Kitabı oxu: «La querella de los novelistas»
LA QUERELLA
DE LOS NOVELISTAS
LA LUCHA POR LA MEMORIA
EN LA LITERATURA ESPAÑOLA (1990-2010)
HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 55
DIRECCIÓ
Ismael Saz (Universitat de València)
Julián Sanz (Universitat de València)
CONSELL EDITORIAL
Paul Preston (London School of Economics)
Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)
Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)
Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)
Sophie Baby (Université de Bourgogne)
Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)
Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)
Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)
Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)
Teresa M.ª Ortega López (Universidad de Granada)
LA QUERELLA
DE LOS NOVELISTAS
LA LUCHA POR LA MEMORIA
EN LA LITERATURA ESPAÑOLA (1990-2010)
Sara Santamaría Colmenero
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Sara Santamaría Colmenero, 2020
© De esta edición: Universitat de València, 2020
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María
Fotografías de la cubierta:
Fotografía de Juan Marsé cedida por la Agencia Literaria Carmen Balcells
© L. M. Palomares
Fotografía de Rafael Chirbes cedida por la Fundació de la C. V. Rafael Chirbes
© Col·lecció Fundació R. Chirbes
Fotografía de Almudena Grandes cedida por Tusquets Editores
© Iván Giménez
Fotografía de Antonio Muñoz Molina cedida por Editorial Seix Barral
© Iván Giménez - Seix Barral
Fotografía de Javier Cercas cedida por la Agencia Literaria Carmen Balcells
© Sonia Balcells
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: David Lluch
ISBN: 978-84-9134-618-0
Edición digital
Para Xavi
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN: LA LUCHA POR EL PASADO
Historia, novela y nación
Experiencia y memoria: la construcción política de los significados
La memoria como discurso de poder
Literatura, memoria y modernización
En busca de una estética nacional
I. LA MEMORIA COMO FORMA DE INTEMPERIE. JUAN MARSÉ
1. Juan Marsé, ¿un escritor realista?
2. Ficción y realidad para un conjurador de la memoria
3. Las voces del pasado: Rabos de lagartija
3.1 Las apariencias frente a la realidad
3.2 La escritura contra el olvido o cómo dar sentido al pasado
4. Nostalgia del futuro. La República como promesa en El embrujo de Shanghai
4.1 Presencia de la guerra
4.2 Nostalgia de la República
5. La «nación real» frente a la «nación oficial»
II. UNA INTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA RECIENTE DE ESPAÑA. RAFAEL CHIRBES
1. El realismo como opción política
2. ¿Literatura versus historia?
3. El pasado en la memoria de vencedores y vencidos
4. Contar un tiempo y un país
4.1 La larga marcha hacia ningún lugar
4.2 La caída de Madrid
III. LA REPÚBLICA ESPAÑOLA COMO PROYECTO DE FUTURO. ALMUDENA GRANDES
1. Una escritora en pos de la modernidad
1.1 Almudena Grandes y el nuevo discurso republicano
1.2 La memoria del Holocausto: ¿paradigma de la modernización?
1.3 La española, ¿una modernidad ambigua?
2. Una estética para afrontar el pasado
2.1 Cordura versus locura
2.2 El posrealismo, una narrativa «verdaderamente española»
3. El corazón helado: una novela nacional
3.1 Madrid, el corazón de la República
3.2 Relectura de Antonio Machado, ¿otra versión de «las dos Españas»?
3.3 La tercera generación y la enmienda a la transición
3.4 Novela magistra vitae o la literatura como testimonio
4. Inés y la alegría o la república como utopía
4.1 La España de Galdós: «real y verdadera»
4.2 Historia con mayúsculas y minúsculas historias
4.3 La mujer comunista, metáfora de España
4.4 La transición como horizonte interpretativo
IV. LA DESMITIFICACIÓN DE LA REPÚBLICA EN DEFENSA DEL PACTO CONSTITUCIONAL. ANTONIO MUÑOZ MOLINA Y LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
1. La novela como máquina del tiempo
2. La República como distopía
2.1 El «proyecto» de la Segunda República
2.2 La República en guerra: «carnaval y carnicería»
2.3 La República aprisionada: fanatismos adversarios
3. Pensar España: «realismo galdosiano» y patriotismo constitucional.
4. Memoria e historia en La noche de los tiempos
V. LOS ORÍGENES DE LA DEMOCRACIA: LA RECONCILIACIÓN NACIONAL. JAVIER CERCAS
1. Soldados de Salamina y el «espíritu de la transición»
1.1 ¿Una novela de tesis posmoderna?
1.2 La memoria al servicio de «la verdad»
1.3 Los orígenes de la reconciliación nacional
2. El 23F como «fin de la guerra». Anatomía de un instante
2.1 Una verdad esencial
2.2 Héroes de la retirada. Traición política y reconciliación democrática
CONCLUSIONES
AGRADECIMIENTOS
Este libro tiene su origen en una tesis doctoral que defendí en 2013 en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat de València. Son muchas las personas que de un modo u otro han contribuido a él. Quiero dar las gracias, en primer lugar, a Pedro Ruiz Torres por la enorme inspiración que supusieron sus clases y por haberme animado a embarcarme en este viaje. Agradezco el generoso apoyo recibido de Ismael Saz, Ferrán Archilés, Isabel Burdiel, Marta García Carrión, María Cruz Romeo Mateo, Manuel Martí, Jesús Millán, Julián Sanz, Javier Navarro y Justo Serna. El Departamento de Historia Contemporánea y el Seminario de Historia Cultural de la Universitat de València constituyeron un entorno intelectual inigualable y en él se suscitaron muchas de las preguntas que están en el origen de este libro.
Gema Palazón, Jaume Peris y Joan Oleza me orientaron en mis primeros pasos en el terreno literario. Elina Liikanen y Catherine Orsini-Saillet compartieron sus trabajos con entusiasmo. Celia Fernández Prieto y Hans Lauge Hansen realizaron comentarios críticos valiosos. Enzo Traverso, Jordi Canal y Anna Caballé me acogieron en sus diversas instituciones.
Enrique Gavilán y el resto de colegas del Seminario de Teoría de la Historia de Valladolid promovieron mi interés por la teoría y la literatura y su capacidad para pensar problemas históricos. Feli Mediavilla, Fernando Lamas y Pablo de Castro fomentaron mi interés por los problemas históricos, artísticos y teóricos. Fernando Valls me alentó a publicar este libro y lo enriqueció con sus comentarios. Un agradecimiento especial debo a Ricard Vinyes por la confianza que mostró en este trabajo y el empoderante apoyo que me ha brindado.
Agradezco al Ministerio de Educación y Ciencia de España la concesión de una beca de formación del profesorado universitario (FPU). Sin el servicio prestado por la Biblioteca Nacional de Catalunya a los investigadores no hubiera podido concluir este proyecto. Agradezco al School of Communication and Culture y al Department of Romance and German Languages de la Universidad de Aarhus los medios puestos a mi disposición para poder terminar este libro.
El intercambio con mis colegas del equipo MemorÁgora de Memorias en Red, especialmente con Chiara Bianchini y Marije Hristova, supuso una ráfaga de aire fresco e hizo el camino menos solitario. Michaela Hejnà me ha alentado durante la última fase de este libro. Vladimir López, Paloma Bengoechea y Laura del Río me acompañaron en los inicios y me empujaron a seguir adelante. Mis amigas Lispi, Celia, Ali y Rebe me han animado en la distancia durante años.
Leticia Cardona ha estado presente durante todo el proceso y le estoy agradecida por ello. Mi padre y mi familia me han impulsado a perseguir mis sueños, a pesar de la lejanía que esto suponía. La fuerza de mi madre, Carmen, me ha estimulado a luchar por lo que creía que era justo. Y el recuerdo del cariño de mi tía Fermi, y de mis abuelos, me ha reconfortado en momentos de desaliento.
Sin el amor de Xavi no hubiera escrito este libro.
INTRODUCCIÓN
LA LUCHA POR EL PASADO
A partir del año 2011 nuevos movimientos políticos y sociales cuestionaron el significado del concepto de democracia dominante hasta entonces en España y, con ello, el carácter democrático del régimen instaurado en 1978. Hoy, una parte importante de la ciudadanía percibe de forma diferente el significado de la democracia española. Este cambio ha conllevado también un cuestionamiento de la monarquía y, especialmente, del proceso de transición, periodo durante el cual se habría forjado, según esta visión, una democracia incompleta. Estos movimientos se han distanciado de los planteamientos críticos anteriores con la voluntad de subrayar sus especificidades y enfatizar su carácter novedoso. Así pues, tienden a interpretar los marcos culturales previos como un bloque homogéneo, hermético y despolitizado, donde apenas pueden percibirse aristas. Con anterioridad al movimiento de los indignados tuvieron lugar pugnas entre diversos proyectos políticos por situar los orígenes del régimen democrático y sus significados.
Esa querella se concretó de forma manifiesta en la disputa sobre cómo interpretar el legado de la guerra civil de 1936 y la larga dictadura franquista y, de forma menos evidente, sobre la interpretación de la transición. Esta polémica tuvo especial relevancia entre los novelistas, que contribuyeron de modo fundamental a articular los discursos sobre dicho pasado, definiendo en buena medida las grandes tendencias que después se manifestaron en otros ámbitos. La preocupación por la Guerra Civil se generalizó en la esfera pública a mediados de los años noventa, aunque estaba presente ya en la literatura española de las décadas precedentes, especialmente en las obras publicadas por la generación del medio siglo en los años sesenta y setenta.1 En los noventa cobró importancia una visión crítica del relato preponderante sobre la Guerra Civil articulado a partir de la transición democrática. Este cuestionamiento estuvo relacionado con un proceso de redefinición de la nación española que continúa hoy en día, en el que la elaboración de un relato dominante sobre el pasado nacional tiene una importancia capital.2 En los años noventa y dos mil los novelistas participaron de manera destacada en la elaboración de relatos nacionales.
En esta tesitura tuvo lugar una lucha por el significado del pasado de la democracia española actual que conllevó una pugna entre diversas formas de comprender el presente de la nación y cómo esta debía proyectarse en el futuro. La querella sobre la Segunda República, la guerra y la posguerra condensó asimismo una disputa fundamental sobre el significado del proceso de transición de la dictadura franquista a la democracia constitucional. Este proceso, que había sido considerado mayoritariamente como un proceso político y social modélico y como momento fundacional del régimen democrático actual, empezó a ser ampliamente cuestionado por distintas voces que reclamaban mayor atención al pasado republicano, en tanto que antecedente legítimo e ignorado del régimen actual. La lucha por establecer un relato hegemónico sobre la Segunda República, la guerra y el franquismo tuvo lugar, pues, al tiempo que se dirimía el combate por establecer una interpretación dominante sobre el proceso de transición. En esta pugna participaron numerosos actores: historiadores, políticos, miembros de la sociedad civil, intelectuales y artistas, entre otros muchos. Los novelistas ocuparon un lugar destacado en estos años debido a la difusión y el impacto de sus relatos en la sociedad. Las y los intelectuales y novelistas han actuado –y siguen actuando– como actores políticos de primer orden, y sus obras –ampliamente difundidas– actúan como espacios donde se libra una lucha discursiva. Mientras que algunos reclamaron una actitud distinta hacia el pasado –y sobre todo hacia las víctimas del franquismo– de la que fue dispensada por parte de las instituciones públicas durante los primeros gobiernos de la democracia, otros consideraron el consenso de la transición como el pilar fundamental de dicho régimen. El cuestionamiento del proceso de transición estuvo acompañado en muchos casos de una crítica más profunda hacia las políticas del pasado llevadas a cabo por los sucesivos gobiernos democráticos. Esta crítica fue ejercida durante años casi en exclusividad por algunos intelectuales de izquierda. Mi postura se distancia en parte de la de aquellos autores que han considerado el «régimen cultural del 78» como un periodo homogéneo en el que habría habido un consenso impenetrable sobre el carácter democrático de la nación española. Un análisis profundo permite iluminar las luchas que han tenido lugar por establecer un relato dominante sobre la nación española y su pasado, así como los matices y las diferencias.3
En esta obra analizo cómo y por qué una serie de escritores contemporáneos concibieron la Segunda República española, la Guerra Civil y la posguerra, en el lapso de tiempo que se encuentra a caballo entre los dos últimos siglos. He tomado como límites cronológicos dos fechas simbólicas para la izquierda española: 1989, que con la caída del Muro de Berlín y el posterior desmantelamiento de la URSS supuso el principio del fin de una forma de concebir el mundo, y 2011, año en el que explosionó el movimiento 15M, que supuso un cambio de ciclo para la izquierda en España. En las décadas que abarca este libro fueron publicados varios centenares de novelas sobre la Guerra Civil española. Aquí me centro en la producción intelectual de varios novelistas que, a mi juicio, tuvieron un protagonismo especial en el debate sobre la memoria en España: Juan Marsé, Rafael Chirbes, Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas. No obstante, fueron muchos los que participaron en el debate y cientos las novelas publicadas en esos años sobre la Guerra Civil española. Algunas de las obras a las que hago referencia no se circunscriben de forma estricta a este marco temporal. El objetivo principal de este libro es analizar, por tanto, la dimensión política e ideológica de los discursos sobre el pasado que en los años noventa y dos mil pusieron en circulación los autores mencionados, así como sus ideas sobre la historia, la memoria y la literatura, y sus interpretaciones de la historia de España. Lo hago a partir de una lectura situada intelectual y políticamente, que parte de los problemas definidos en el ámbito de la historia cultural para dialogar con otras disciplinas que analizan la literatura. Veamos a continuación cuál es el contexto principal que abordamos en este libro.
* * *
El acuerdo general establecido durante la transición para no instrumentalizar políticamente el pasado fue subvertido en 1993 por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que en vísperas de los comicios electorales temió perder el gobierno. Hasta entonces los dos partidos mayoritarios habían mantenido un consenso en su interpretación de la guerra como una tragedia colectiva. El cambio en la forma de mirar al pasado se hizo aún más evidente a mediados de los noventa, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la muerte del dictador en 1995 y el sexagésimo aniversario, en 1996, del inicio de la Guerra Civil y de la llegada de las Brigadas Internacionales a España.4 Con el cambio de siglo y la llegada al gobierno del Partido Popular (PP) en el año 2000 con mayoría absoluta, se acrecentaron los debates parlamentarios en torno a la condena del alzamiento militar y la reparación moral y económica de los represaliados del franquismo.5 Ese mismo año se formó, como resultado de diversas iniciativas cívicas, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.6 En este contexto, en el que las reivindicaciones de los familiares de las víctimas del franquismo ocupaban un espacio creciente en la esfera pública, el PSOE hizo suyas muchas de sus reclamaciones. En 2004, con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se inició un proceso de reconocimiento institucional que culminó con la aprobación de la conocida popularmente como Ley de la Memoria Histórica.7 El proceso de elaboración de la ley se produjo en medio de un enconado debate en el Congreso de los Diputados y en los medios de comunicación. Mientras que el PP interpretó la ley como un intento de revisar el proceso de transición, otros grupos parlamentarios la consideraron insuficiente. En octubre de 2008 Baltasar Garzón, entonces juez de la Audiencia Nacional, en respuesta a las denuncias presentadas por numerosas entidades cívicas, se declaró competente para investigar los crímenes del franquismo.8 Y tres años después, en enero de 2011, la Asociación Nacional de Afectados por las Adopciones Irregulares (ANADIR) denunció ante la Fiscalía General del Estado el robo de niños que se habría producido entre los años cincuenta y noventa, y que afectó en un principio a las familias contrarias al régimen franquista y habría continuado en democracia como un negocio lucrativo.
A finales de mayo de ese mismo año estalló una nueva polémica en torno al tratamiento del pasado. En esta ocasión las y los historiadores se verían directamente afectados, ya que la controversia tuvo su origen en la publicación, por parte de la Real Academia de la Historia, de los primeros veinticinco tomos de su Diccionario biográfico español, en algunos de los cuales se ensalzaba a figuras del franquismo, incluida la del propio Franco. Los grupos de izquierda exigieron la retirada de los veinticinco tomos, cuya realización había sido financiada con el apoyo del Ministerio de Educación y Cultura, y este último pidió la revisión de aquellas biografías que no respondieran al criterio de objetividad académico. Las reacciones contra esta publicación se suscitaron en el contexto de movilización social y política que se vivió en España a mediados de mayo de 2011 conocido como movimiento 15M o de los indignados.9
El descontento con el sistema sociopolítico y las reclamaciones ciudadanas de «democracia real» que se produjeron entonces fueron interpretados como una confirmación de una supuesta deficiente modernización española. Sin embargo, los nuevos movimientos ciudadanos contienen a mi juicio la posibilidad de interpretar el tiempo de una forma distinta. En este sentido, al calor de nuevas formas de afrontar el pasado podría estar fraguándose un cambio en la forma hegemónica de relacionarnos con el futuro. Para muchos europeos, el modelo alemán dejó de ser en muchos aspectos el camino que se debía seguir. Así, para el 15M, lugares como la plaza Tahrir de El Cairo y las luchas democráticas características de la llamada Primavera Árabe se convirtieron en el símbolo de una visión de la democracia que cuestiona las dinámicas de la democracia capitalista occidental. Las generaciones que crecimos o llegamos a la edad adulta inmersas en «la cultura de la memoria» nos proyectamos ahora hacia un futuro que es significativamente distinto de nuestro presente. El presentismo que caracterizó la época que aquí estudio habría periclitado desde entonces. Este libro trata de iluminar los conflictos sobre la interpretación del pasado que se produjeron en España en las décadas de entre siglos. Para ello estudio los discursos sobre el pasado, es decir, aquellos que nos permitieron situarnos entonces en el presente e imaginar el futuro. Realizo este análisis a partir de un abanico de diversas tradiciones teóricas e intelectuales que pongo en diálogo –y frente a las que me sitúo– para conformar un aparato teórico sólido que actúa a modo de constelación e inspira las preguntas que han guiado este estudio. A continuación, paso a describir las teorías que conforman esa constelación.
HISTORIA, NOVELA Y NACIÓN
Resulta difícil iniciar este viaje sin hacer una reflexión sobre la estrecha relación que la literatura y la historiografía han mantenido desde el nacimiento de ambas, así como su vinculación con el proceso de construcción de las naciones modernas. A finales del siglo XVIII se produjo un cambio en la forma como los individuos experimentaban el tiempo. Tuvo lugar entonces una transformación en el modo de concebir el futuro en relación con el pasado y el presente. El futuro posible comenzó a configurarse como expectativa, como un horizonte radicalmente distinto del pasado. Este cambio constituyó la experiencia de la modernidad y condicionó las pautas de conducta de los individuos. Esta nueva manera de comprender la relación entre pasado, presente y futuro se consolidó con la Revolución francesa, a partir de la cual las situaciones históricas concretas fueron consideradas únicas e incomparables. El sentido pragmático y didáctico de la historia cedió paso ante el nuevo concepto moderno de historia. Frente a la antigua noción de historia magistra vitae, la nueva noción de historia se vinculó con las ideas de evolución, progreso y universalidad.10 Al tiempo que surgió el concepto moderno de historia, surgieron también la novela histórica y la idea de nación. Por ello, muchos teóricos del nacionalismo han prestado atención a los vínculos entre novela y nación. El nacimiento de la novela histórica está relacionado con el de la historiografía moderna. Ambas requieren la aparición de una conciencia histórica, es decir, están vinculadas con ese cambio en la forma de experimentar la relación con el tiempo que tuvo lugar a finales del siglo XVIII. Según Benedict Anderson la novela hizo posible imaginar un tiempo considerado objetivo que podía ser compartido por toda una comunidad.11 La narración histórica y la ficcional han interactuado constantemente desde sus orígenes. Ambas, novela histórica e historia, tienen por objetivo restablecer la continuidad entre el pasado y el presente de la nación. A pesar de los cambios que desde entonces ha protagonizado el género novelístico, en lo concerniente a su relación con la historia, las novelas actuales –como tendremos ocasión de ver– se presentan como espacios aventajados para pensar explícita o implícitamente tanto la nación como la historia.12
Entiendo la nación como una comunidad cultural y política imaginada como inherentemente soberana y limitada. Las naciones están en permanente construcción y en continuo cambio, pues necesitan definir constantemente sus límites y dar nuevos significados a sus mitos fundacionales.13 En este sentido, comparto los planteamientos de los teóricos constructivistas, quienes consideran que las naciones y el nacionalismo son fenómenos contemporáneos y fruto de la acción de los nacionalistas.14 Utilizo el término nacionalismo para referirme a una manera global de comprender y relacionarse con el mundo, según la cual existen diversas naciones que poseen o deberían poseer algún tipo de soberanía política. En consecuencia, considero discursos sobre la nación o nacionales todos aquellos que formulan la existencia de un mundo de naciones. Estos tienden a menudo a localizar su origen en tiempos inmemoriales o a considerar las naciones como entes naturales en lugar de comprenderlas como realidades históricamente construidas.
El nacionalismo incluye no solo los movimientos de reivindicación nacionales, sino también todas aquellas prácticas significativas que los individuos hemos naturalizado y nos pasan habitualmente desapercibidas. Estas últimas conforman lo que Michael Billig denominó nacionalismo banal o cotidiano.15 A pesar de los procesos de globalización y de las cesiones de soberanía por parte de los Estados a entidades supraestatales, esta narrativa (según la cual el mundo está divido en naciones) continúa siendo predominante en nuestra sociedad y articula las formas como nos comprendemos como sujetos y nos interrelacionamos con los demás. En este proceso, a través del cual la nación se está redefiniendo permanentemente, ejercen un papel fundamental los relatos sobre el pasado.
EXPERIENCIA Y MEMORIA: LA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA DE LOS SIGNIFICADOS
En los últimos años se ha incrementado el interés académico por el estudio de las representaciones y los usos del pasado. Entre otras tradiciones, destacan los llamados Cultural Memory Studies, de raigambre europea, que, influidos por la tradición de los estudios sobre la Shoah, se fundamentaron en un principio sobre la diferenciación entre la experiencia del pasado y el recuerdo de dicha experiencia. Enfatizaban así la distinción entre experiencia «vivida en carne propia» y la rememoración de dicha experiencia, que puede ser transmitida a las generaciones posteriores en forma de relato. Enfatizaban, siguiendo quizás a Walter Benjamin, la diferencia entre una experiencia transmitida de forma «natural», frente a otra conservada y transmitida «artificialmente», con la ayuda de artefactos culturales.16 Su objetivo era subrayar la diferencia entre las formas de relacionarse con el pasado de aquellos que lo vivieron y las de aquellos que nacieron después. Estos trabajos enfatizan la experiencia del horror como única, irrepetible y en ocasiones incomunicable, opuesta a una experiencia vicaria de esos acontecimientos que corresponde a los descendientes. Distinguen así una experiencia directamente conectada con el pasado de una experiencia indirecta y mediada. En mi opinión, ambos tipos de experiencia poseen un elemento clave en común: su articulación como experiencias significativas a través del lenguaje.
Los trabajos de los Cultural Memory Studies radicados en Europa estudian las dinámicas de la cultura de la memoria e inciden especialmente en la relación entre identidad, cultura y medios de comunicación. Dos conceptos clave para estos estudios son la «memoria cultural» y el «lugar de memoria». Los Memory Studies realizan una relectura de la sociología de la memoria y los conceptos elaborados por el sociólogo Maurice Halbwachs en la primera mitad del siglo XX, así como del estudio histórico de la memoria realizado por Pierre Nora.17 Una aportación clave para comprender esta corriente de análisis cultural es la realizada por Jan Assmann a finales de los años ochenta.18 Assmann reinterpretó la teoría de la sociología de la memoria de Halbwachs (y la relación entre memoria y colectividad) a la luz de las ideas del historiador del arte Aby Warburg, quien había estudiado el vínculo entre la memoria y las formas culturales. De este modo, Jan Assmann distinguió dos elementos diferenciados: la memoria comunicativa y la memoria cultural. La memoria comunicativa es aquella que se transmite de forma oral de unas generaciones a otras, mientras que la memoria cultural sería toda aquella que necesita de la mediación de las instituciones para subsistir. La memoria comunicativa se correspondería, según Assmann, con el objeto de la historia oral. Por el contrario, la memoria cultural tendría una cierta correspondencia con lo que Pierre Nora llamó les lieux de mémoire, que surgen en el espacio y en el tiempo cuando se produce o se percibe una ruptura con respecto al pasado. La memoria cultural sería, por tanto, una memoria institucionalizada, «contenida en lugares»: museos, archivos, instituciones de memoria, medios de comunicación y otros artefactos culturales. La teoría de Assmann se fundamenta en la distinción entre un ámbito personal, un ámbito social y un ámbito cultural. Su concepto de cultura hace referencia a un aspecto de la vida claramente diferenciado del resto de ámbitos de la vida social.19 A partir de esta tradición y ampliando su horizonte teórico, Ann Rigney y Astrid Erll insistieron en su momento en el carácter activo y resignificador de la memoria, que entienden como una performance, más que como un proceso pasivo ligado a la plenitud de la experiencia. En este sentido, comprenden la memoria desde una perspectiva constructivista, vinculada con prácticas memoriales.20 Entienden la memoria cultural, por tanto, como un proceso dinámico, resultado de actos de rememoración recursivos, más que como algo que permanece y es dado en herencia. Estas autoras han concebido la literatura en relación con la memoria principalmente en tres sentidos: como «medio de la rememoración», como «objeto de rememoración» y como «mímesis de la memoria». Pese al énfasis puesto en el carácter performativo de la memoria, las ideas de «mímesis de la memoria» y «medio de la memoria» arrastran consigo una cierta noción de la literatura entendida como reflejo de una memoria que parece existir plenamente fuera de los textos literarios. En armonía con este punto de vista están los conceptos de «memoria prótesis» o «posmemoria», que enfatizan el carácter artificial de los recuerdos de las generaciones que no han tenido una experiencia «en carne viva» de los acontecimientos traumáticos y estudian los productos culturales que esas generaciones utilizan para contar el pasado.21 La memoria cultural se refiere, por tanto, a los artefactos culturales que la mantienen de forma más o menos institucionalizada. Esta noción de memoria cultural se fundamenta, en mi opinión, en una idea de cultura próxima a la del célebre antropólogo cultural Clifford Geertz.22 Geertz entiende la cultura como un sistema de símbolos y significados que posee una cierta autonomía con respecto a otras esferas de la vida. En consecuencia, los estudios culturales de la memoria habrían puesto el acento en la autonomía de la esfera cultural respecto a los ámbitos de lo social y lo individual.