Kitabı oxu: «Once escándalos para enamorar a un duque»
Índice de contenido
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Epílogo
Agradecimientos
Título original: Eleven Scandals to Start to Win a Duke's Heart
© 2010 by Sarah Trabucchi
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Traducción: Eva Pérez Muñoz
Corrección: Xavier Beltrán
Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
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1.ª edición: marzo 2012
Nueva edición corregida: octubre 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
1
«Los árboles son solo un dosel para los escándalos.
Las damas elegantes no salen de casa después del anochecer».
Tratado sobre las damas más exquisitas
«Es sabido que las hojas no son lo único que cae en los jardines…».
El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823
Visto en retrospectiva, la señorita Juliana Fiori debería haber recapacitado un poco aquella noche antes de llevar a cabo cuatro acciones.
Para empezar, tendría que haber ignorado el impulso que la empujó a abandonar el baile de otoño de su cuñada para aventurarse en los jardines de Ralston House, un lugar menos empalagoso, más fragante y mucho peor iluminado.
En segundo lugar, debería habérselo pensado dos veces cuando ese mismo impulso la llevó a adentrarse en los lóbregos senderos que bordeaban la mansión de su hermano.
Y, en tercer lugar, debería haber regresado al interior de la casa en cuanto se tropezó con lord Grabeham, completamente ebrio, que se mantenía en pie a duras penas y expelía comentarios poco caballerosos.
Pero no debería haberle golpeado.
No importaba que la hubiera atraído hacia él y la hubiera obligado a oler su aliento caliente y apestoso, a whisky nada menos, ni que sus labios fríos y húmedos hubieran buscado torpemente el arco de su mejilla; ni siquiera que sugiriera que iba a disfrutarlo tanto como lo había hecho su madre.
Las damas no golpean a la gente.
Al menos las damas inglesas.
La señorita Juliana Fiori observó cómo el supuesto caballero gritaba de dolor y sacaba un pañuelo del bolsillo para cubrirse la nariz y manchar de escarlata el inmaculado lino blanco. Paralizada, sacudió la mano distraídamente para deshacerse del escozor mientras el miedo la consumía.
Aquello saldría a la luz pública. Se convertiría en un «acontecimiento».
Y no importaba que el susodicho caballero se lo hubiera merecido.
¿Qué otra cosa podría haber hecho? ¿Permitir que abusara de ella mientras esperaba a que entre los árboles apareciera un salvador? Lo más probable era que cualquier hombre que estuviera en el jardín a aquella hora de la noche fuera otro acosador.
Pero acababa de confirmar todas las habladurías. Jamás podría ser una aristócrata.
Juliana levantó la vista para admirar el dosel que formaban los árboles. Hacía tan solo un momento, el susurro de las hojas por encima de su cabeza había supuesto la promesa de un respiro de las destemplanzas del baile. Ahora, el sonido se mofaba de ella, como el eco de los suspiros que brotaban de los salones de todo Londres cuando pasaba por delante de ellos.
—¡Me ha golpeado! —El grito del hombre gordo fue demasiado alto, nasal e indignado.
Juliana se llevó la palpitante mano a la cara para apartarse un mechón suelto de la mejilla.
—Si vuelve a acercarse, recibirá más de lo mismo.
El hombre siguió mirándola fijamente mientras se limpiaba la sangre de la nariz. El enfado que reflejaban sus ojos era evidente.
Conocía ese sentimiento. Sabía qué significaba. Juliana se preparó para lo que venía a continuación. Pero el sufrimiento fue el mismo.
—Se arrepentirá de esto. —El hombre dio un paso amenazador hacia ella—. Haré creer a todo el mundo que me lo rogó. Aquí, en el jardín de su hermano, como la fulana que es.
Un dolor penetrante se instaló en su sien. Juliana dio un paso atrás sacudiendo la cabeza,
—No —dijo, e hizo una mueca ante la contundencia de su acento italiano, el mismo que llevaba tanto tiempo intentando dominar—. No le creerán.
Sus palabras sonaron vacías incluso para ella.
Por supuesto que lo creerían.
Lord Grabeham leyó el pensamiento en sus ojos y derramó una risotada furiosa en la noche.
—No se le puede ni pasar por la cabeza que la creerán a usted. Apenas es legítima. La toleran solo porque su hermano es un marqués. Es imposible que él confíe en su palabra. Al fin y al cabo, no es más que la hija de su madre.
«La hija de su madre». Por mucho que lo intentara, aquellas palabras eran un bofetón imposible de esquivar.
Juliana alzó el mentón y enderezó los hombros.
—No le creerán —repitió, deseando que su voz se mantuviera estable—, porque nadie podría ni imaginar que yo me sienta atraída por usted, porco.
Lord Grabeham tardó unos segundos en traducir la palabra del italiano al inglés, en procesar el insulto. Pero, cuando lo hizo, la palabra cerdo quedó suspendida entre ambos en las dos lenguas. Grabeham alargó hacia ella una mano rolliza de dedos como salchichas.
Aunque era más bajo que ella, compensaba la diferencia con fuerza bruta. Clavó los dedos en la muñeca de Juliana con una presión que prometía dejarle moratones. Al intentar zafarse de él retorciendo el brazo, ella notó una quemazón en la piel. Contuvo el dolor y actuó por instinto, agradeciéndole al Creador haber aprendido a pelear con los chicos en los arenales de Verona.
Su rodilla salió propulsada hacia arriba y alcanzó su objetivo con precisión y crueldad.
Grabeham emitió un alarido y aflojó la mano lo suficiente para que ella pudiera liberarse.
Y entonces Juliana hizo lo único que se le ocurrió. Echar a correr.
Se recogió los faldones de su brillante vestido verde y atravesó los jardines evitando la luz que se filtraba por los ventanales del enorme salón, consciente de que ser descubierta corriendo en la oscuridad resultaría tan nocivo como acabar en las zarpas del odioso Grabeham…, que se había recuperado con alarmante presteza. Juliana oía cómo la perseguía a través de un seto particularmente espinoso, resollando a grandes bocanadas.
El sonido la espoleó e hizo que traspasara velozmente la puerta lateral del jardín, que daba acceso a las caballerizas que colindaban con Ralston House, donde una serie de carruajes esperaban en una larga fila a que sus propietarios los reclamaran para regresar a sus domicilios. Juliana tropezó con algo afilado y dio un traspié. Detuvo la caída sobre el empedrado con las manos y se las arañó al tratar de recuperar el equilibrio. Se maldijo a sí misma por la decisión de quitarse los guantes al salir del salón; por engorrosos que fueran, la piel de cabritilla le hubiera evitado unas cuantas gotas de sangre aquella noche. La puerta de hierro se cerró detrás de ella, y Juliana vaciló durante una fracción de segundo; el sonido tal vez atraía la atención de alguien. Una rápida mirada en derredor le permitió descubrir la presencia de un grupo de cocheros absortos en una partida de dados en el otro extremo del callejón; ninguno de ellos mostró el menor interés en ella. Al mirar hacia atrás, vio cómo la mole de Grabeham avanzaba hacia la puerta. Era como un toro embistiendo el capote; faltaban solo unos segundos antes de que la corneasen.
Los carruajes eran su única esperanza.
Con un débil y tranquilizador susurro en italiano, se deslizó por detrás de las enormes cabezas de dos jamelgos negros y se escabulló rápidamente entre la línea de carruajes. Al oír cómo la puerta se abría y volvía a cerrarse con un portazo, se quedó inmóvil, atenta a cualquier sonido que pudiera indicarle que el depredador se aproximaba.
Pero los latidos de su corazón le impedían oír nada. Rápidamente, abrió la portezuela de uno de los descomunales vehículos y se aupó al interior sin la ayuda de ningún estribo. Oyó que la tela de su vestido se rasgaba al engancharse a un borde afilado. Ignoró la punzada de remordimientos y tiró de la falda para introducirla en el carruaje. A continuación, alargó una mano para cerrar la portezuela lo más silenciosamente que pudo.
El satén verde sauce había sido un regalo de su hermano, un guiño al odio que sentía Juliana por los vestidos insulsos y mojigatos que solían exhibir las damas solteras de la alta sociedad. Y ahora estaba roto.
Se quedó sentada en el suelo del carruaje, con las rodillas apoyadas en el pecho, y dejó que la oscuridad la rodeara.
Rezó por contener los jadeos y se esforzó por oír algo, cualquier sonido que quebrara aquel velado silencio. Contuvo la necesidad de moverse por miedo a desvelar su escondrijo.
—Tego, tegis, tegit —susurró en voz muy baja. La relajante cadencia del latín la ayudaba a concentrarse—. Tegimus, tegitis, tegunt. Una sombra apenas perceptible pasó por encima de ella, obstruyendo la tenue luz que moteaba el exuberante tapizado del carruaje. Juliana se quedó inmóvil un segundo antes de buscar refugio en un rincón del habitáculo y encogerse todo lo que pudo, todo un reto teniendo cuenta su altura, poco habitual en una mujer. Esperó mientras la desesperación se acumulaba en su interior y, cuando la tenue luz volvió a iluminar el carruaje, tragó saliva y cerró los ojos con fuerza soltando un largo y lento suspiro.
Ahora en inglés.
—Me oculto. Te ocultas. Se oculta…
Contuvo el aliento al oír varias voces masculinas y rezó para que pasaran de largo y, por una vez, la dejaran en paz. Cuando el vehículo se balanceó con el movimiento de un cochero que subía al pescante, supo que sus plegarias no iban a ser escuchadas.
Demasiadas esperanzas puestas en un buen escondrijo.
Soltó una maldición, una de las palabras más pintorescas de su lengua materna, y valoró sus opciones. Grabeham quizá estuviera cerca, pero incluso la hija de un comerciante italiano que solo llevaba en Londres unos cuantos meses sabía que no podía llegar a la puerta principal de la mansión de su hermano en el carruaje de Dios sabía quién sin provocar un escándalo de proporciones épicas.
Tras tomar una decisión, alargó una mano hacia la manija de la portezuela y cambió de postura mientras reunía el coraje necesario para escapar saltando del vehículo y avanzar por el empedrado hasta la siguiente sombra.
Y entonces el carruaje se puso en marcha. Y huir dejó de ser una opción.
Durante un instante, Juliana pensó en la posibilidad de saltar del carruaje en marcha. Pero ni siquiera ella era tan imprudente. No quería morir. Solo quería que el suelo se abriera bajo sus pies y la tragara, y al carruaje con ella.
¿Acaso era tanto pedir?
Tras inspeccionar rápidamente el interior del carruaje, decidió que lo más sensato era volver a sentarse en el suelo y esperar a que se detuviera. En cuanto lo hiciera, saldría por la portezuela más alejada de la casa y cruzaría los dedos para que no hubiera nadie que pudiera verla.
Algo tenía que salirle bien aquella noche. Con un poco de suerte, dispondría de unos segundos antes de que los aristócratas bajaran la escalera.
Juliana respiró hondo cuando el coche de caballos empezó a detenerse. Se incorporó…, alargó la mano hacia la manija…, lista para salir corriendo.
Antes de que pudiera bajar, sin embargo, se abrió la otra puerta del carruaje, que dejó entrar una violenta ráfaga de aire. Sus ojos se posaron en el corpulento hombre que se encontraba de pie frente a la puerta del coche.
Oh, no.
Aunque las farolas exteriores de Ralston House quedaban a su espalda y dejaban su rostro sumido en la penumbra, el modo en que la luz cálida y amarilla le iluminaba la mata de rizos dorados, convirtiéndolo en un ángel oscuro expulsado del paraíso que se hubiera negado a devolver su halo, resultaba inconfundible.
Juliana notó un cambio sutil en él, una tensión casi imperceptible en sus amplios hombros, y supo que la había descubierto. También comprendió que debería sentirse agradecida por su discreción cuando el hombre atrajo la portezuela hacia él, eliminando la posibilidad de que otros la vieran. No obstante, en cuanto subió ágilmente al carruaje sin la ayuda del estribo ni de un sirviente, la gratitud de ella se transformó rápidamente en otro sentimiento.
Un sentimiento que se parecía mucho más al pánico.
Juliana tragó saliva mientras en su mente había lugar para un solo pensamiento.
Debería haberse arriesgado y haberse enfrentado a Grabeham.
Porque no había nadie en el mundo con quien deseara menos encontrarse cara a cara en aquel preciso momento que con el insufrible e impertérrito duque de Leighton.
No cabía duda de que el universo conspiraba en su contra.
La portezuela se cerró con un suave chasquido, dejándolos solos.
La desesperación hizo acto de presencia y la impulsó a ponerse en movimiento. Se abalanzó sobre la puerta más cercana y manipuló la manija con los dedos, deseosa de abandonar el carruaje.
—Yo que usted no lo haría.
Aquellas palabras frías y serenas cortaron la oscuridad como un estilete.
Hubo un tiempo en que no había sido tan distante con ella.
Antes de que Juliana se prometiera a sí misma no volver a dirigirle la palabra.
Respiró hondo para recuperar la calma, decidida a negarle el control de la situación.
—Aunque agradezco su consejo, excelencia, me perdonará si no lo sigo.
Ignorando el escozor en la palma de la mano por la presión de la madera, agarró la manija y cambió de postura para abrir la portezuela. El duque se movió a la velocidad de un rayo, cubriendo con su cuerpo la anchura del carruaje y manteniendo la puerta cerrada sin apenas esfuerzo.
—No era un consejo.
Dicho esto, golpeó el techo del carruaje dos veces, con firmeza y sin vacilación. El vehículo se puso en movimiento al instante, como si lo condujera la mera voluntad del duque, y Juliana maldijo a todos los obedientes cocheros mientras caía hacia atrás y su pie quedaba atrapado en la falda de su vestido, rasgándolo todavía más. Hizo una mueca ante el ruido del desgarro, mucho más escandaloso debido al silencio reinante, y recorrió con añoranza la hermosa tela con la sucia palma de su mano.
—Se me ha roto el vestido. —Se regocijó ante la insinuación de que el duque era el responsable del desaguisado. No había necesidad de hacerle saber que el vestido ya estaba roto mucho antes de que se colara en su carruaje.
—Sí. Bueno, se me ocurren unas cuantas formas con las que podría haber evitado semejante tragedia. —Sus palabras no dejaban el más mínimo resquicio al remordimiento.
—No tenía demasiadas opciones. —Y de inmediato se arrepintió de su comentario.
Especialmente dirigido a él.
El duque acercó la cabeza justo en el momento en que una farola proyectaba un haz de luz plateada a través del ventanuco del carruaje; en su rostro se reflejó un alivio contenido. Juliana intentó hacer caso omiso a su proximidad. Trató de no fijarse en cómo cada centímetro de su cuerpo presentaba la marca de su excelente educación, de su legado aristocrático: la larga y recta nariz patricia, su perfecta mandíbula cuadrada, los altos pómulos que deberían darle un aspecto femenino pero que solo conseguían que resultara más atractivo.
Juliana emitió un pequeño resoplido de indignación. El duque tenía unos pómulos ridículos.
Jamás había conocido a alguien tan atractivo.
—Sí —dijo él arrastrando las palabras—, entiendo que le resulte difícil estar a la altura de su reputación.
La luz desapareció, reemplazada por el aguijonazo de sus palabras.
Y jamás había conocido a alguien tan aborrecible.
Agradecida por la oscuridad de su rincón del carruaje, Juliana retrocedió ante la insinuación de él. Estaba acostumbrada a los insultos, a los ignorantes rumores que acompañaban al hecho de ser la hija de un comerciante italiano y una marquesa inglesa venida a menos que abandonó a su marido e hijos… y que renunció a la élite londinense.
Eso último era la única decisión de su madre por la que Juliana sentía cierta admiración.
A ella le hubiera gustado decir a todos dónde podían meterse sus reglas aristocráticas.
Empezando por el duque de Leighton, el peor de su calaña.
Aunque al principio no lo hubiera sido.
Juliana desechó ese pensamiento.
—Le ruego que detenga el carruaje y me deje bajar.
—Supongo que las cosas no van como había planeado, ¿no es así?
Juliana se detuvo.
—¿Como había… planeado?
—Venga, señorita Fiori. ¿Cree que no sé qué pretendía con su jueguecito? Descubierta en mi carruaje vacío, el lugar ideal para un encuentro clandestino, al pie de las escaleras de la casa ancestral de su hermano, durante uno de los eventos más concurridos de las últimas semanas.
Juliana puso los ojos como platos.
—¿Cree que pretendo…?
—No. Sé que pretende llevarme al altar. Y su pequeña confabulación, que su hermano supongo que ignora, dada su absoluta simpleza, podría haber funcionado con otro hombre de menor valía y título. Pero le aseguro que no funcionará conmigo. Soy un duque. Si nos enfrentáramos en un combate de reputaciones, me alzaría fácilmente con la victoria. De hecho, si en estos momentos no me encontrara desgraciadamente en deuda con su hermano, habría dejado que se hundiera en la miseria a las puertas de Ralston House. Su pequeña farsa no se merecía otro final.
El duque se expresó con calma y frialdad, como si hubiera mantenido aquella misma conversación innumerables veces en el pasado y ella solo fuese un pequeño inconveniente; una mosca en su tibio e insípido consomé, o lo que fuera que comieran con cuchara los esnobs aristócratas británicos.
De entre todos los arrogantes y pomposos…
Juliana notó cómo se acumulaba la rabia en su interior y apretó los dientes con fuerza.
—De haber sabido que este era su vehículo, lo habría evitado a toda costa.
—Entonces resulta todavía más sorprendente que no viera el gran sello ducal grabado en la puerta.
Aquel hombre era exasperante.
—Sí, es realmente sorprendente, ¡porque no me cabe duda de que el sello de su carruaje debe de rivalizar en tamaño con su engreimiento! Le aseguro, su excelencia —escupió el título honorífico como si fuera un insulto—, que si deseara encontrar marido iría tras alguien que tuviera algo más que ofrecer que un extravagante título y un exceso de vanidad. —Pese a ser consciente del temblor de su voz, fue incapaz de detener la perorata—. Está tan encantado con su título y su posición social que me sorprende que no lleve la palabra «duque» bordada con hilo de plata en todas sus capas. Por el modo en que se comporta, cualquiera pensaría que ha hecho algo más para ganarse el respeto de estos incautos ingleses que haber sido engendrado, azarosamente, en el momento adecuado y por el hombre adecuado. Quien, además, imagino que llevó a cabo la proeza exactamente del mismo modo en que lo hace el resto de los hombres: sin el menor refinamiento.
Cuando Juliana se detuvo, con el corazón martilleándole en los oídos, sus palabras quedaron suspendidas entre ambos; su eco pesado, en la oscuridad. Senza finezza. Hasta ese momento no comprendió que en algún punto de su perorata se había puesto a hablar en italiano.
Esperaba que el duque no la hubiera entendido.
Se produjo un largo silencio, un vacío abismal que amenazó su cordura. Y entonces el carruaje se detuvo. Permanecieron sentados un instante interminable, el duque inmóvil como una roca, ella preguntándose si se quedarían en el interior del vehículo para siempre, pero entonces Juliana oyó el sonido de la tela sobre el asiento. El duque abrió la puerta de par en par.
Juliana se asustó al oír su voz: profunda, oscura y más cercana de lo que imaginaba.
—Baje del carruaje.
Hablaba italiano. Perfectamente.
Juliana tragó saliva. Bien, no pensaba disculparse. Sobre todo después de las cosas terribles que le había dicho él. Si iba a echarla del carruaje, que así fuera. Volvería a casa caminando. Con orgullo.
Tal vez alguien le indicara la dirección en la que debía encaminarse. En cuanto hubo descendido del carruaje, se dio la vuelta, esperando ver cómo se cerraba la portezuela tras ella. Pero, en lugar de eso, vio cómo el duque la seguía, ignorando completamente su presencia y dirigiéndose hacia las escaleras del palacete más cercano. La puerta se abrió antes de que llegara al rellano.
Como si las puertas, al igual que todo lo demás, se inclinaran ante su voluntad.
Lo observó entrar en el profusamente iluminado vestíbulo, donde un enorme perro marrón corrió con torpeza para darle la bienvenida con euforia.
Adiós a la teoría según la cual los animales son capaces de presentir la maldad.
Ese pensamiento le arrancó una sonrisa, y el duque se dio la vuelta en aquel mismo instante, como si le leyera los pensamientos. La luz volvía a iluminar sus angelicales rizos cuando dijo:
—Entre o márchese, señorita Fiori. Está agotando mi paciencia.
Juliana hizo ademán de contestar, pero el duque ya había desaparecido, de modo que se decidió por la opción menos problemática.
Lo siguió al interior de la casa.
Cuando la puerta se cerró a su espalda y el lacayo se apresuró a seguir los pasos de su señor adonde fuera que lacayos y señores solieran ir, Juliana se detuvo a contemplar el amplio vestíbulo de mármol y espejos dorados cuyo único propósito debía de ser conseguir que el espacio resultara aún más grande. Había media docena de puertas que conducían a otras tantas estancias, así como un largo y oscuro pasillo que se adentraba aún más en el palacete.
El perro se sentó al pie de la ancha escalera que daba a los pisos superiores de la casa. Bajo el silencioso escrutinio canino, Juliana fue súbita y embarazosamente consciente del hecho de que se encontraba en la morada de un hombre.
Sin escolta.
Con la salvedad de un perro.
Un animal que había demostrado ser bastante mediocre juzgando el carácter de las personas.
Callie no lo aprobaría. Su cuñada le había advertido específicamente que evitara situaciones como aquella, pues temía que los hombres pudieran aprovecharse de una joven italiana apenas familiarizada con la constricción británica.
—Le he enviado una misiva a Ralston para que venga a recogerla. Puede esperar en…
Juliana levantó la cabeza cuando el duque se interrumpió. Al mirarlo a los ojos, vio que estos estaban nublados con algo que, si no lo conociera, podría confundirse con preocupación.
Pero ella lo conocía bien.
—¿Qué pasa…? —preguntó ella mientras intentaba entender qué había provocado que el duque avanzara hacia ella a grandes zancadas.
—Dios mío. ¿Qué le ha sucedido? Alguien la ha atacado.
Juliana observó a Leighton mientras este servía dos dedos de whisky en un vaso de cristal y después se acercaba hasta donde ella se encontraba, sentada en una de las descomunales butacas de piel de su estudio. Cuando le ofreció la bebida, Juliana negó con la cabeza.
—No, gracias.
—Debería tomárselo. La ayudará a relajarse.
Juliana levantó la cabeza.
—No necesito calmarme, su excelencia.
El duque entrecerró los ojos y ella se negó a apartar la mirada del retrato de la nobleza inglesa que él representaba: alto y deslumbrante, de una belleza casi insoportable y una expresión de absoluta confianza, como si no lo hubieran desafiado en toda su vida.
Hasta aquel momento, por supuesto.
—¿Pretende negar que la han atacado?
Juliana encogió un hombro, pero no le respondió. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué podía contarle que no acabara volviéndose en su contra? El duque afirmaría, con su tono imperioso y arrogante, que si se hubiera comportado como una dama…, si hubiera cuidado mejor de su reputación…, si hubiera actuado más como una inglesa y menos como una italiana…, nada de todo aquello habría sucedido.
La trataría como lo había hecho el resto de la gente.
Como él mismo la había tratado en cuanto descubrió su auténtica identidad.
—¿Cambiaría algo las cosas? Seguramente llegaría a la conclusión de que he estado representando un papel toda la noche para atrapar un marido. O cualquier otra cosa igual de ridícula.
Juliana había elegido bien las palabras para tratar de descolocarlo.
No lo consiguió.
El duque la recorrió de arriba abajo con una mirada fría y pausada. Se detuvo especialmente en su rostro y sus brazos, cubiertos de arañazos, y en su vestido, rasgado por varias partes y manchado de tierra y de la sangre de sus manos, en carne viva.
Cuando la comisura de sus labios se torció en un gesto provocado seguramente por la repugnancia, Juliana no pudo evitar decir:
—Una vez más demuestro no ser digna de su presencia, ¿no es así?
Juliana se mordió la lengua y deseó haber guardado silencio. El duque la miró a los ojos.
—Yo no he dicho eso.
—No ha sido necesario.
El duque se bebió el whisky de un trago justo antes de que alguien llamara tímidamente a la puerta medio abierta de la habitación. Sin apartar su mirada de ella, espetó:
—¿Qué ocurre?
—Traigo lo que me ha pedido, su excelencia. —Un criado avanzó por la habitación arrastrando los pies y cargando con una bandeja en la que apenas cabían un cuenco, vendajes y varios botecitos. La dejó en una mesita baja.
—Eso es todo.
El criado hizo una pulcra inclinación de cabeza y abandonó la sala al tiempo que Leighton se acercaba a la bandeja. El duque cogió un paño de lino y sumergió uno de sus extremos en el cuenco.
—No le ha dado las gracias.
Leighton la miró con semblante de sorpresa.
—Los acontecimientos de esta noche han hecho mella en mi estado de ánimo.
Juliana se tensó ante su tono de voz y la acusación implícita de sus palabras.
Bueno. Ella también podía ser testaruda.
—A pesar de todo, le ha servido. —Hizo una pausa dramática—. Negarle el agradecimiento lo convierte en un glotón.
El duque tardó unos segundos en interpretar el significado de sus palabras.
—En un grosero.
Juliana agitó una mano.
—Lo que sea. Un hombre distinto le hubiera dado las gracias.
Leighton se acercó a ella.
—¿No querrá decir un hombre mejor?
Juliana abrió los ojos en un gesto de fingida inocencia.
—Jamás. Usted es un duque, después de todo. Estoy segura de que no hay nadie mejor que usted.
Sus palabras dieron en el blanco. Y, después de todo lo que le había dicho a ella en el carruaje, se las tenía bien merecidas.
—Una mujer distinta se daría cuenta de que está en deuda conmigo y mediría un poco más sus palabras.
—¿No querrá decir una mujer mejor?
Leighton no respondió. Se limitó a sentarse frente a ella y a alargar una mano con la palma hacia arriba.
—Deme su mano.
Juliana se llevó ambas manos al pecho, recelosa.
—¿Por qué?
—Las tiene magulladas y manchadas de sangre. Déjeme que se las limpie.
No quería que la tocara. No confiaba en sí misma.
—No hace falta.
Leighton dejó escapar un suspiro grave, frustrado, y el sonido le provocó a ella un escalofrío.
—Es cierto lo que dicen acerca de los italianos.
Juliana se tensó ante sus palabras, que prometían un insulto.
—¿Que somos superiores en todos los sentidos?
—Que les resulta imposible admitir la derrota.
—Un rasgo que le resultó muy útil a Julio César.
—¿Y qué tal le va al Imperio romano hoy en día?
El tono casual y arrogante del duque hizo que tuviera ganas de gritar. De insultarlo. Y además en su propia lengua.
Era un hombre imposible.
Se miraron durante un buen rato; ninguno de los dos deseaba ceder, hasta que el duque dijo:
—Su hermano llegará en cualquier momento, señorita Fiori. Y ya se pondrá suficientemente furioso sin necesidad de ver sus manos ensangrentadas.
Juliana entrecerró los ojos y se fijó en las manos del duque: anchas y largas, rezumaban fuerza. Tenía razón, por supuesto. Juliana no tuvo más remedio que ceder.
—Le va a doler. —Sus palabras fueron la única advertencia antes de que le recorriera suavemente la palma de la mano con el pulgar, examinando la maltrecha piel, ahora con una costra de sangre seca.
Juliana cogió aire ante el roce de su piel.
Leighton alzó la cabeza al oír el sonido.
—Disculpe.
Juliana no respondió, sino que fingió comprobar el estado de su otra mano.
No iba a permitir que el duque supiera que no era el dolor lo que la había obligado a coger aire.
Por supuesto, era algo que esperaba: la innegable e inoportuna reacción que amenazaba con dominarla cada vez que lo veía. La súbita tensión cada vez que él se le acercaba.
Pura aversión. Estaba segura.
Se negaba a considerar cualquier otra posibilidad.
En un intento por realizar una fría evaluación de la situación, Juliana bajó la vista y se fijó en las manos del duque, casi entrelazadas con las suyas. La temperatura de la habitación aumentó súbitamente. Leighton tenía unas manos enormes, y Juliana se quedó maravillada ante sus dedos, largos y con las uñas perfectamente arregladas, cubiertos por un fino vello dorado.
El duque exploró con un dedo el feo cardenal que le había aparecido en la muñeca, con suavidad, y cuando ella levantó la cabeza, vio que tenía la vista clavada en la piel purpúrea.
—Ahora va a decirme quién le hizo esto.
Sus palabras estaban teñidas de una fría seguridad, como si esperara que Juliana accediera a su petición para que él, a su vez, pudiera hacerse cargo de la situación. Pero Juliana no iba a dejarse engañar tan fácilmente. Aquel hombre no era ningún caballero. Era un dragón. Un líder.
—Dígame, su excelencia, ¿cómo sienta creer que su voluntad solo existe para ser obedecida?
El duque la miró a los ojos y la irritación le oscureció el semblante.
—Dígamelo usted, señorita Fiori.
—No, no se lo diré.
Juliana volvió a bajar la mirada hasta sus manos. No era habitual que se sintiera endeble —sobrepasaba en altura a casi todas las mujeres y a muchos hombres de Londres—, pero al lado de aquel hombre en particular se sentía diminuta. Su pulgar era apenas más grande que el dedo meñique de él, donde lucía el sello de oro y ónice que daba fe de su título.
Un recordatorio de su relevancia social.
Y de la escasa relevancia de ella, claro.
Juliana levantó el mentón ante aquel pensamiento y se sintió invadida por una ardiente oleada de rabia, orgullo y humillación. En ese preciso instante, Leighton rozó su piel en carne viva con la húmeda tela de lino. La muchacha aprovechó la distracción que le proporcionaba el dolor y el escozor para proferir un indecoroso improperio en italiano.
El duque no detuvo sus atenciones mientras decía:
—Desconocía que esos dos animales pudieran hacer eso juntos.
—No tendría que haber oído eso. Es una grosería.
Leighton enarcó una ceja rubia.
—Resulta muy difícil no oírla cuando la tengo a escasos centímetros de mí y no deja de expresar su malestar a gritos.
—Las damas no gritan.
—Pues parece que las italianas sí. Especialmente cuando se están sometiendo a cuidados médicos.
Juliana tuvo que contener una sonrisa.
No era divertido.
Leighton bajó aún más la cabeza y se concentró en su tarea. Enjuagó la tela de lino en el cuenco de agua limpia. Juliana hizo una mueca al notar de nuevo la fría tela sobre su mano arañada, y él vaciló unos segundos antes de proseguir.
Aquella pequeña pausa intrigó a Juliana. El duque de Leighton no era precisamente famoso por su compasión, sino por su arrogante indiferencia, por lo que era sorprendente que se rebajara a llevar a cabo una tarea tan trivial como la de eliminar la tierra de sus manos.
—¿Por qué hace esto? —le preguntó ella de repente cuando el duque volvió a sumergir la tela en el cuenco.
Leighton no detuvo sus movimientos.
—Ya se lo he dicho. Su hermano se pondrá más que furioso. No hay necesidad de que, además, manche su ropa de sangre. Ni mis muebles.
—No. —Juliana sacudió la cabeza—. Quiero decir por qué me está curando usted. ¿No dispone de un batallón de sirvientes dispuesto a ejecutar cualquier tarea desagradable?
—Así es.
—¿Entonces?
—Los sirvientes cuchichean, señorita Fiori. Prefiero que el menor número posible de personas sepa que está usted aquí, sola, a estas horas de la noche.
Era solo un incordio para él. Nada más.
Tras un prolongado silencio, Leighton la miró a los ojos.
—¿No está de acuerdo?
Juliana se recuperó rápidamente.
—En absoluto. Es más, me sorprende que un hombre de su alcurnia y fortuna tenga sirvientes con tendencia al chismorreo. Imaginaba que habría encontrado el modo de despojarlos del deseo de socializar.
El duque torció un lado de la boca y sacudió la cabeza.
—Pese a estar ayudándola, se limita a encontrar nuevas formas de ofenderme.
Cuando Juliana respondió, lo hizo seria, con palabras sinceras.
—Discúlpeme si recelo de sus atenciones, su excelencia.
Los labios del duque se tensaron formando una línea recta. Le cogió la otra mano y reanudó sus cuidados. Ambos observaron mientras él eliminaba la sangre seca y la gravilla de la cara interior de la muñeca, descubriendo una carne rosada y tierna que tardaría varios días en curarse.
Sus movimientos eran gentiles pero firmes, y el roce del lino sobre la piel abrasada se hacía más soportable a medida que limpiaba las heridas. Juliana se fijó en que uno de los rubios rizos del duque le caía por la frente. Su semblante era, como siempre, severo y concentrado, como el de una de las apreciadas estatuas de mármol de su hermano.
Juliana se sintió invadida por un deseo familiar, uno que la dominaba siempre que él estaba cerca.
El deseo de agrietar aquella fachada.
Solo en dos ocasiones lo había sorprendido sin ella.
Y entonces él descubrió quién era: la hermanastra italiana de uno de los vividores más famosos de todo Londres, la hija casi ilegítima de una marquesa venida a menos y un comerciante, criada alejada de Londres y sus costumbres, tradiciones y reglas.
Todo lo contrario a lo que él representaba.
La antítesis de todo lo que él consideraba importante en el mundo.
—Mi único motivo es devolverla a su casa de una pieza y, si es posible, sin que su hermano descubra su pequeña aventura de esta noche.
El duque dejó el paño de lino en el agua rosada del cuenco y cogió un pequeño frasco de la bandeja. Lo abrió, liberando una fragancia a romero y limón, y volvió a buscar sus manos.
Esta vez Juliana cedió al instante.
—¿No pretenderá que crea que le preocupa mi reputación?
Leighton metió la punta de su dedo en el frasco y aplicó el ungüento cuidadosamente sobre su piel. El bálsamo calmó la quemazón y dejó una agradable sensación refrescante allí por donde pasaban los dedos de él. Como resultado de ello, Juliana tuvo la irresistible ilusión de que el roce de sus dedos era el heraldo que anunciaba la llegada del placer a su azorada piel.
Cosa que no era cierta. En absoluto.
Intentó contener un suspiro antes de que fuera evidente, pero el duque lo oyó de todos modos. La ceja dorada volvió a alzarse, y Juliana sintió el impulso de afeitársela.
Cuando de pronto apartó la mano, Leighton no hizo ademán de retenerla.
—No, señorita Fiori. No me preocupa su reputación.
Por supuesto que no.
—Pero me preocupa la mía.
Lo que entrañaban aquellas palabras, que ser descubierto con ella —verse relacionado con ella en cualquier sentido— podía dañar su reputación, resultaba doloroso, incluso más que las heridas que se había hecho aquella noche.
Juliana respiró hondo, preparándose para el siguiente asalto de su batalla verbal, pero se vio interrumpida por una voz furiosa procedente de la entrada.
—Si no le quitas las manos de encima a mi hermana ahora mismo, Leighton, tu preciada reputación será el menor de tus problemas.
2
«Hay una razón por la que las faldas son largas y los cordones de las botas, complicados. Las damas refinadas no deben mostrar los pies. Nunca».
Tratado de las damas más exquisitas
«Parece ser que los vividores reformados consideran el deber fraternal algo así como un reto…».
El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823
Era muy posible que el marqués de Ralston tuviera intención de matarlo, pese a que Simon no tenía nada que ver con el actual estado de la muchacha.
No fue culpa suya que acabara en su carruaje después de pelearse con, por lo que podía adivinar, un arbusto, los adoquines de las caballerizas de Ralston y el lateral de su carruaje.
Y con un hombre.
Simon Pearson, undécimo duque de Leighton, ignoró la ira virulenta que amenazó con dominarlo al pensar en el moratón púrpura que decoraba la muñeca de la chica y volvió a dirigir su atención al airado hermano de esta, que en ese momento recorría el perímetro del estudio de Simon como un animal enjaulado.
El marqués se detuvo delante de su hermana y dijo finalmente:
—Por el amor de Dios, Juliana. ¿Qué demonios te ha pasado?
Su lenguaje hubiera hecho sonrojar a una mujer menos refinada. Juliana ni siquiera pestañeó.
—Me caí.
—Te caíste.
—Sí. —Hizo una pausa—. Entre otras cosas.
Ralston levantó la vista al techo como si intentara armarse de paciencia. Simon comprendió su desesperación. Él también tenía una hermana, una que le había hecho sentir frustrado en más de una ocasión.
Y la hermana de Ralston era más exasperante que cualquier mujer que hubiera conocido.
Y también más hermosa.
El duque se tensó ante aquel pensamiento.
Por supuesto que era hermosa. Era un hecho empírico. Incluso con aquel vestido manchado y desgarrado, dejaba en ridículo a la mayoría de las mujeres londinenses. Era una maravillosa mezcla de delicadeza inglesa —piel de porcelana, ojos de un azul líquido, nariz perfecta y mentón insolente— y exotismo italiano, con aquellos revoltosos rizos color azabache, labios carnosos y curvas generosas, ante lo cual ningún hombre en su sano juicio podría resistirse.
Y él era un hombre perfectamente cuerdo. Pero no estaba interesado. Un recuerdo apareció en su mente.
Juliana entre sus brazos, de puntillas, los labios de ella pegados a los suyos.
Simon se peleó con esa imagen.
Juliana era también descarada, impulsiva, un imán para todo tipo de problemas. El tipo de mujer del que deseaba mantenerse alejado.
Y, por supuesto, había acabado en su carruaje.
Simon suspiró, se enderezó el cuello de su sobretodo y volvió a fijar su atención en la escena que se desarrollaba delante de él.
—Y ¿por qué tienes arañazos en la cara y en los brazos? —continuó acosándola Ralston—. ¡Parece que hayas atravesado un rosal!
—Puede que lo haya hecho. —Juliana irguió la cabeza.
—¿Puede? —Ralston dio un paso hacia ella, y Juliana se levantó para enfrentarse a su hermano cara a cara. Aquella no era una dama incauta.
Era anormalmente alta para ser una fémina. Simon no estaba acostumbrado a encontrarse en presencia de una mujer ante la que no tuviera que agacharse para conversar.
La cabeza de ella le llegaba a la altura de la nariz.
—Es que estaba bastante ocupada, Gabriel.
Su comentario resultó tan irrefutable que Simon no pudo contener su regocijo, lo que atrajo la atención hacia su persona.
Ralston se dio la vuelta súbitamente.
—Oh, yo que usted no me reiría mucho, Leighton. Estoy planteándome retarle a un duelo por su participación en la farsa de esta noche.
Simon mostró su descrédito.
—¿Retarme a un duelo? Lo único que he hecho es evitar la ruina de su hermana.
—Entonces, ¿sería tan amable de explicarme qué hacían los dos solos en su estudio, con las manos entrelazadas cariñosamente cuando he llegado?
Simon comprendió entonces lo que pretendía Ralston. Y no le gustó lo más mínimo.
—¿Qué está sugiriendo, Ralston?
—Simplemente que se han tomado licencias especiales por mucho menos.
Simon miró con los ojos entornados al marqués, un hombre a quien apenas toleraba en el mejor de sus días. Y aquel estaba convirtiéndose rápidamente en uno nefasto.
—¡No voy a casarme con su hermana!
—¡No pienso casarme con él por nada del mundo! —gritó Juliana al mismo tiempo.
Bueno, al menos estaban de acuerdo en algo.
Un momento.
¿No quería casarse con él? ¿Dónde iba a encontrar a un mejor partido? ¡Él era un duque, por el amor de Dios! Y ella, un escándalo con patas.
La atención de Ralston volvía a estar centrada en su hermana.
—Si continúas con este comportamiento ridículo, te casarás con quien yo te diga, hermana.
—Me prometiste… —empezó Juliana.
—Sí, pero cuando te hice esa promesa no tenías por costumbre que te acosaran en los jardines. —La impaciencia tiñó el tono de Ralston—. ¿Quién te ha hecho eso?
—Nadie.
La respuesta, demasiado rápida, quedó colgada en el aire.
¿Por qué se negaba a revelar la identidad de su asaltante? Tal vez no deseaba tratar un tema tan personal delante de Simon, pero ¿por qué no con su hermano?
¿Por qué no permitía que el culpable recibiera su merecido?
—No soy estúpido, Juliana. —Ralston reanudó su deambular—. ¿Por qué no me lo dices?
—Lo único que debes saber es que me defendí.
Los dos hombres se quedaron de piedra. Simon no pudo contenerse.
—¿De qué modo se defendió?
Juliana hizo una pausa, y entonces se rodeó la muñeca amoratada con una mano, lo que hizo que el duque se preguntara si se habría hecho un esguince.
—Lo golpeé.
—¿Dónde? —replicó Ralston.
—En los jardines.
El marqués levantó la vista al techo, y Simon sintió lástima por él.
—Creo que su hermano le preguntaba en qué parte de su anatomía golpeó a su atacante.
—Ah. En la nariz. —Se produjo un silencio provocado por el aturdimiento general, y entonces Juliana añadió a la defensiva—: ¡Se lo merecía!
—Por supuesto que sí —convino Ralston—. Ahora dime su nombre y me encargaré de rematarlo.
—No.
—Juliana, un golpe de mujer no es castigo suficiente para una ofensa semejante.
Ella miró a su hermano con los ojos entrecerrados.
—¿De veras? Pues para ser solo un golpe de mujer, le provocó una considerable hemorragia, Gabriel.
Simon parpadeó.
—Le hizo sangrar por la nariz.
Juliana esbozó una sonrisa presumida.
—Y eso no fue lo único que le hice.
Por supuesto que no.
—No sé si preguntar… —azuzó Simon.
Juliana lo miró primero a él y después a su hermano. ¿Se había sonrojado?
—¿Qué hiciste?
—Lo… golpeé… en otra parte.
—¿Dónde?
—En su… —Juliana vaciló, torció los labios mientras buscaba la palabra adecuada y lo dejó estar—. En su inguine.
Si el duque no hubiera entendido perfectamente el italiano, el movimiento circular de la mano de Juliana sobre la zona considerada generalmente inapropiada como tema de conversación con una joven dama de buena cuna habría resultado inconfundible.
—Madre de Dios. —No quedó claro si las palabras de Ralston pretendían ser una plegaria o una blasfemia.
Lo que quedó claro era que la mujer era una gladiadora.
—¡Me llamó furtiva! —anunció a la defensiva. Hizo una pausa—. Un momento. No era eso.
—¿Furcia?
—¡Sí! ¡Eso es! —Juliana se fijó en los puños apretados de su hermano y miró a Simon—. Entiendo que no se trata de un cumplido.
Al duque le costó oír bien por culpa del zumbido de los oídos. A él también le habría gustado ponerle la mano encima a aquel hombre.
—No, no lo es.
Juliana se quedó pensativa un instante.
—Entonces se lo merecía, ¿verdad?
—Leighton —dijo Ralston tras recuperarse—, ¿hay algún sitio donde pueda esperar mi hermana mientras usted y yo hablamos?
Sonaron campanas de advertencia, fuertes y claras. Simon se puso en pie e hizo un esfuerzo por calmarse.
—Por supuesto.
—Vais a hablar de mí —soltó Juliana.
¿Alguna vez se guardaría para ella algún pensamiento?
—Así es —anunció Ralston.
—Me gustaría participar.
—No me cabe ninguna duda.
—Gabriel… —empezó Juliana con un tono de voz que Ralston solo había oído dirigido a caballos indómitos y reclusos de manicomios.
—No tientes a la suerte, hermana.
Juliana vaciló, y Simon observó atónito cómo esta cavilaba su siguiente paso. Finalmente, se encontró con su mirada; sus brillantes ojos azules destellaban irritación.
—Su excelencia, ¿dónde piensa dejarme mientras usted y mi hermano se dedican a hablar de cosas de hombres?
Increíble. Aquella mujer se resistía a todo.
Simon se encaminó hacia la puerta y la acompañó al vestíbulo, donde le señaló una puerta situada justo al otro extremo.
—La biblioteca. Allí podrá ponerse cómoda.
—Mmm. —El sonido fue seco y malhumorado.
Simon contuvo la sonrisa, incapaz de resistirse a lanzarle una última pulla.
—¿Puedo decirle que me alegra que finalmente haya reconocido la derrota?
Juliana se dio la vuelta y dio un paso al frente, con lo que sus pechos quedaron a escasos centímetros de él. El aire se hizo más pesado entre ellos e inundó a Simon con su perfume: grosellas y albahaca. El mismo perfume que había percibido meses atrás, antes de descubrir su auténtica identidad. Antes de que todo cambiara. El duque resistió la tentación de mirar la extensión de piel por encima del generoso escote de su vestido verde y, finalmente, dio un paso atrás.
La muchacha carecía del más mínimo sentido del decoro.
—Puede que admita la derrota en una batalla, su excelencia. Pero no de la guerra.
La observó cruzar el vestíbulo y entrar en la biblioteca. Cuando cerró la puerta a su espalda, el duque sacudió la cabeza.
Juliana Fiori era un volcán a punto de entrar en erupción.
Era un milagro que hubiera sobrevivido medio año en Londres.
Era un milagro que ellos hubieran sobrevivido medio año con ella.
—Lo tumbó con un rodillazo en los… —dijo Ralston cuando Simon regresó al estudio.
—Eso parece —contestó este, y cerró firmemente la puerta como si de ese modo pudiera aislar a la conflictiva mujer.
—¿Qué demonios voy a hacer con ella?
Simon parpadeó una sola vez. Él y Ralston apenas se toleraban. Si no fuera por la amistad que lo unía al gemelo del marqués, ni siquiera se dirigirían la palabra. Ralston siempre había sido un imbécil. No estaría pidiéndole consejo, ¿verdad?
—Oh, por el amor de Dios, Leighton, era una pregunta retórica. Jamás se me ocurriría pedirte consejo. Especialmente acerca de mi hermana.
El dardo dio directo en el blanco, y Simon le indicó claramente dónde podía ir en busca de consejo.
El marqués soltó una risotada.
—Mucho mejor. Empezaba a preocuparme que te hubieras convertido en un anfitrión de lo más cortés. —Se acercó al aparador, donde se sirvió tres dedos de un líquido ambarino en un vaso de cristal. Dándose la vuelta, añadió—: ¿Whisky?
Simon volvió a sentarse al comprender que la noche aún podía ser muy larga.
—Qué oferta más generosa —dijo secamente. Ralston le acercó el vaso y se sentó.
—Ahora hablemos de cómo ha acabado mi hermana en tu casa; en mitad de la noche, además.
Simon bebió un trago largo, disfrutando de la quemazón del licor al pasar por el gaznate.
—Ya te lo he dicho. Estaba en mi carruaje cuando me he marchado del baile.
—¿Y por qué no me has informado de ello inmediatamente?
Una pregunta adecuada. Simon hizo girar el vaso de whisky en una mano mientras pensaba. ¿Por qué no había cerrado la portezuela y había ido a buscar a Ralston?
La muchacha era ordinaria, imposible y resumía todo lo que no soportaba en una mujer.
Pero también era fascinante.
Se dio cuenta el día que la conoció, en la maldita librería, donde ella estaba comprando un ejemplar para su hermano. Y después volvieron a encontrarse en la Royal Art Exhibition, donde le había hecho creer…
—¿Sería tan amable de decirme su nombre? —le había preguntado, dispuesto a no perderla de nuevo.
Las semanas siguientes a su encuentro en la librería habían sido interminables.
Ella se había mordido el labio, un mohín perfecto, y él había intuido la victoria.
—Yo me presentaré primero. Mi nombre es Simon.
—Simon. —Le había encantado oír su nombre en sus labios, aquel nombre que llevaba décadas sin utilizar.
—¿Y el suyo, milady?
—Oh, creo que eso echaría a perder la diversión. —Hizo una pausa; su sonrisa iluminaba la sala—. ¿No está de acuerdo conmigo, su excelencia?
Ella ya sabía que él era un duque. En aquel momento tendría que haber sospechado que algo no iba bien. Pero, en lugar de eso, se quedó paralizado. Tras sacudir la cabeza, se le acercó lentamente, y Juliana retrocedió con timidez para mantener la distancia entre ambos. Aquel juego lo cautivó.
—Eso es injusto.
—A mí me parece más que justo. Simplemente soy mejor detective que usted.
Él se detuvo a reflexionar.
—Eso parece. Tal vez deba averiguar su identidad.
Ella sonrió.
—Adelante.
—Es una princesa italiana que acompaña a su hermano en una visita diplomática al rey, .
Ella ladeó la cabeza del mismo modo que lo había hecho aquella noche al conversar con su hermano.
—Tal vez.
—O la hija de un conde veronés disfrutando aquí de la primavera, deseosa de experimentar la legendaria temporada londinense.
Ella se había echado a reír, y el sonido de su risa le recordó a los rayos del sol.
—Qué decepcionante que convierta a mi padre en un mero conde. ¿Por qué no en un duque, como usted?
Él había sonreído.
—Un duque, entonces. —Y había añadido en voz baja—: Eso haría que las cosas fueran mucho más fáciles.
Le había hecho creer que era más que una molesta plebeya. Algo que, por supuesto, no era.
Sí, tendría que haber ido en busca de Ralston en cuanto vio aquel pequeño incordio en el suelo de su carruaje, ovillada en un rincón como si fuera una mujer más pequeña, como si pudiera ocultarse de él.
—Si hubiese ido a buscarte, ¿cómo crees que habría terminado todo?
—Ahora estaría durmiendo plácidamente en su cama. Así es como habría terminado.
Simon ignoró la visión de Juliana durmiendo, su revoltoso cabello azabache desparramado sobre el blanco y fresco lino, su dorada piel brotando del bajo escote de su camisón. Si es que dormía con camisón.
Se aclaró la garganta.
—¿Y si hubiera bajado de mi carruaje delante de todos los invitados de Ralston House? ¿Qué habría pasado entonces?
Ralston hizo una pausa ensimismada.
—En ese caso, supongo que hubiera sido su ruina. Y tú estarías preparándote para una vida de felicidad matrimonial.
Simon dio otro trago.
—De modo que lo mejor para todos ha sido que actuara como lo hice.
Los ojos de Ralston se oscurecieron.
—No es la primera vez que te muestras contrario a la idea de casarte con mi hermana, Leighton. Creo que estoy empezando a tomármelo como algo personal.
—Tu hermana y yo no encajamos, Ralston. Y tú lo sabes.
—No puedes dominarla.
Simon torció el gesto. No había ningún hombre en Londres capaz de dominarla.
Ralston lo sabía.
—Nadie la querrá. Es demasiado atrevida. Demasiado descarada. Todo lo contrario que las buenas jóvenes inglesas. —Hizo una pausa, y Simon se preguntó si el marqués esperaba que mostrara su desacuerdo. No tenía la menor intención de hacerlo—. Dice lo que le pasa por la cabeza cuando y donde quiere, sin la menor consideración por lo que puedan pensar los demás. ¡Es capaz de hacer que le sangre la nariz a cualquier incauto! —Aquello último lo dijo acompañado de una risa descreída.
—Bueno, para ser justos, parece que el hombre de esta noche lo vio venir.
—Sí, ¿verdad? —Ralston hizo una pausa pensativa—. No debería ser muy difícil de localizar. Seguro que no hay muchos aristócratas con un labio roto paseando por ahí.
—Y aún menos que cojeen por culpa del otro golpe… —dijo Simon con ironía.
Ralston sacudió la cabeza.
—¿Dónde crees que aprendió esa táctica?
«Con los lobos que la han criado desde niña».
—No me atrevo a especular.
El silencio se impuso entre los dos hombres. Finalmente, Ralston se puso en pie con un suspiro.
—No me gusta estar en deuda contigo.
Simon sonrió al oír esa confesión.
—Considera entonces que estamos en tablas.
El marqués asintió y se encaminó hacia la puerta. Cuando la alcanzó, se dio la vuelta.
—Es una suerte que este otoño haya una sesión especial, ¿no te parece? Eso nos mantiene alejados del campo.
Simon buscó la mirada de reconocimiento de Ralston. El marqués evitó decir lo que ambos sabían: que Leighton había invertido su considerable influencia en la aprobación de un proyecto de ley por procedimiento de urgencia que podría haber esperado a la sesión de primavera del Parlamento.
—Los preparativos militares son un tema acuciante —dijo Simon con calma deliberada.
—Por supuesto que sí. —Ralston se cruzó de brazos y se apoyó en la puerta—. Y el Parlamento consigue distraernos de las hermanas de una manera más que adecuada, ¿no es así?
Simon entrecerró los ojos.
—Nunca te has mostrado beligerante conmigo, Ralston. No hay necesidad de empezar ahora.
—Supongo que no puedo pedirte que me ayudes con Juliana.
Simon se quedó petrificado, con la petición flotando entre ambos.
«Simplemente, dile que no».
—¿Qué tipo de ayuda?
«Eso no ha sido exactamente un no, Leighton». Ralston enarcó una ceja.
—No te pido que te cases con ella, Leighton. Relájate. Me irían bien un par de ojos extras. Es decir, no puede salir a los jardines de nuestra propia casa sin que algún desconocido intente asaltarla.
Simon le dirigió a Ralston una mirada fría.
—Parece ser que el universo te está castigando con una hermana que causa tantos problemas como solías provocar tú.
—Puede que tengas razón. —Se produjo un incómodo silencio—. Ya sabes lo que podría ocurrirle, Leighton.
«Has pasado por ello».
Pese a que el marqués no lo dijo, Simon lo oyó de todos modos.
«Aun así, la respuesta es no».
—Disculpa que no esté interesado en ayudarte, Ralston.
«Mucho mejor».
—También estarías ayudando a St. John —añadió Ralston, invocando el nombre de su hermano gemelo, el gemelo bueno—. Podrías compensarlo el hecho de que mi familia haya dedicado una buena cantidad de energía en cuidar de te hermana, Leighton.
Ahí estaba. El insoportable peso del escándalo, tan poderoso que era capaz de mover montañas.
No le gustaba tener una debilidad tan evidente.
Y solo podía empeorar.
Simon no consiguió pronunciar palabra en un buen rato. Finalmente, asintió para mostrar su conformidad.
—Es justo.
—Debes de imaginar lo mucho que detesto tener que pedirte ayuda, duque, pero piensa cuánto disfrutarás restregándomelo por la cara durante el resto de tu vida.
—Confieso que esperaba no tener que soportarte durante tanto tiempo.
Ralston soltó una carcajada.
—Eres un sinvergüenza insensible. —Avanzó hasta situarse delante de la silla que había dejado vacía—. ¿Estás preparado, entonces? Para cuando se haga pública la noticia, quiero decir.
Simon no se molestó en fingir que no lo entendía. Ralston y St. John eran los dos únicos hombres que conocían el más oscuro de sus secretos. Aquel que destruiría a su familia y su reputación si saliera a la luz.
Aquel que tarde o temprano saldría a la luz pública.
¿Algún día estaría preparado?
—Aún no. Pero lo estaré pronto.
Ralston le dirigió una mirada fría y azul que a Simon le recordó a Juliana.
—Sabes que estaremos a tu lado, ¿verdad?
Simon soltó una corta risotada que no era producto precisamente de la alegría.
—Disculpa que no ponga demasiadas esperanzas en el apoyo de la familia Ralston.
Ralston torció la comisura de los labios en un intento de sonrisa.
—Somos una familia un tanto abigarrada. Pero lo compensamos con una gran tenacidad.
Simon pensó en la mujer de su biblioteca.
—No me cabe duda.
—¿Me equivoco al suponer que planeas casarte?
Simon se quedó con el vaso a medio camino de sus labios.
—¿Cómo lo sabes?
La sonrisa se convirtió en un gesto de reconocimiento.
—Casi todos los problemas se resuelven con un pequeño paseo hasta la vicaría. Especialmente el tuyo. ¿Quién es la afortunada?
Simon se planteó mentir, fingir que no había sido él quien la había elegido. Pero tarde o temprano se conocería la verdad.
—Lady Penelope Marbury.
Ralston dio un silbido largo y grave.
—Hija de un doble marqués. Reputación impecable. Linaje excelente. La Santa Trinidad del partido deseable. Y con una buena fortuna. Una excelente elección.
Nada que Simon no hubiera pensado ya, por supuesto, pero oírlo en boca de otra persona lo enorgulleció.
—No me gusta oírte enumerar los méritos de la futura duquesa como si fuera una yegua.
Ralston se inclinó hacia delante.
—Te pido disculpas. Tenía la impresión de que habías elegido a la futura duquesa como si fuera una yegua.
Aquella conversación estaba empezando a resultarle incómoda. El duque estaba en lo cierto. Iba a casarse con lady Penelope exclusivamente por su impecable genealogía.
—Después de todo, nadie espera del gran duque de Leighton que vaya a casarse por amor.
A Simon no le gustó el sarcasmo con que Ralston dijo aquello último. Por supuesto, el marqués siempre había sabido cómo irritarlo. Desde que eran niños. Simon se puso de pie, deseoso de moverse.
—Creo que iré a buscar a tu hermana, Ralston. Ya es hora de que te la lleves a casa. Y te agradecería que en el futuro mantuvieras alejados de mi casa tus problemas familiares.
Sus palabras sonaron arrogantes incluso a sus oídos.
Ralston se enderezó y lentamente se puso casi a la misma altura que Leighton.
—Haré todo lo que esté en mi mano. Al fin y al cabo, ya tienes suficiente con tus propios problemas familiares, que amenazan con derribar tu casa hasta los cimientos, ¿no es así?
No había nada de Ralston que le gustara a Simon. Sería mejor que no lo olvidara nunca.
Salió del estudio y se dirigió a la biblioteca. Tras abrir la puerta con más ímpetu del necesario, se quedó paralizado nada más entrar.
Juliana se había quedado dormida en el sillón. Con su perro.
El sillón que había elegido era uno de los que más le había costado transformar, hasta obtener el nivel de comodidad perfecto. Su mayordomo había insistido en incontables ocasiones en que era necesario retapizarlo, en parte debido, por lo que Simon imaginaba, a la frágil y suave tela que él consideraba uno de los mejores atributos del mueble. Recorrió con la mirada la figura dormida de Juliana, su mejilla arañada apoyada en las suaves hebras doradas de la gastada tela.
Se había quitado los zapatos y tenía los pies doblados debajo de su cuerpo. Simon sacudió la cabeza ante semejante comportamiento. A ninguna dama de Londres se le ocurriría ir descalza en la privacidad de su propia casa, y en cambio ahí estaba ella, acomodada y echando una cabezada en la biblioteca de un duque. Dedicó unos segundos a contemplarla, a apreciar cómo encajaba perfectamente en su sillón. Era más grande que la mayoría de los sillones, confeccionado especialmente para él quince años atrás, cuando, cansado de encajar en sillones que según su madre eran «el culmen de la moda», decidió que, como duque, tenía derecho a gastarse una fortuna en un sillón adecuado a su fisionomía. Era lo bastante ancho para sentarse en él cómodamente y con espacio sobrante para ubicar un montón de papeles que requirieran su atención o, como era el caso en aquel momento, para un perro en busca de un cuerpo caliente. El perro, un chucho que se había colado en la habitación de su hermana un día de invierno, ahora seguía a Simon a todas partes y se instalaba allí donde el duque estuviera. El can apreciaba especialmente la biblioteca del palacete, con sus tres chimeneas y sus muebles confortables, y era evidente que acababa de hacer una nueva amiga.
Leopold estaba acurrucado formando un pequeño ovillo, con la cabeza apoyada en uno de los largos muslos de Juliana.
Muslos que Simon no tendría que estar mirando.
La traición del perro era un tema que decidió dejar para otro momento.
Ahora, no obstante, debía encargarse de la dama.
—¡Leopold! —Simon llamó al perro palmeándose el muslo en una maniobra habitual con la que consiguió que este se pusiera en pie de inmediato.
Si con la misma estrategia pudiera conseguir lo mismo de la muchacha…
No. Si tuviera la oportunidad, no la despertaría tan bruscamente, sino que lo haría despacio, acariciando larga y tiernamente aquellas gloriosas piernas… Se acuclillaría a su lado y sepultaría la cara en aquella mata de cabello color ébano, bebiendo su aroma, y después recorrería con los labios el adorable ángulo de su mandíbula hasta llegar a la curva de su suave oreja. Le susurraría su nombre y la despertaría con su aliento en lugar de con el sonido de su voz.
Y entonces terminaría lo que había empezado hacía varios meses.
Y la levantaría de un modo completamente distinto.
Apretó los puños para evitar que su cuerpo actuara impulsado por su imaginación. No había nada más peligroso que satisfacer el molesto deseo que sentía por aquella mujer imposible.
Tan solo debía recordar que estaba en el mercado en espera de la duquesa perfecta.
Y la señorita Juliana Fiori nunca lo sería.
Por muy bien que encajara en su sillón favorito. Había llegado el momento de despertarla. Y de enviarla de vuelta a su casa.
3
«Los salones de las damas son un hervidero de imperfecciones. Las damas exquisitas no deben permanecer
en ellos mucho tiempo».
Tratado de las damas más exquisitas
«No hay ningún lugar más interesante en todo Londres que el palco junto a una sala de baile…».
El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823
—¡Pensaba que tu temporada había terminado y que ya no habría más bailes!
Juliana se dejó caer en un sofá de la pequeña antesala del salón de las damas de Weston House y soltó un largo suspiro mientras se masajeaba el talón a través de su fina zapatilla.
—Y así debería ser. —Mariana, su amiga más fiel y recién acuñada duquesa de Rivington, se levantó el bajo de su elaborado vestido azul para inspeccionar el lugar donde había caído su dobladillo—. Pero mientras continúen las sesiones en el Parlamento, se prolongará la temporada de bailes. Todas las anfitrionas quieren que su festividad de otoño sea más impresionante que la última. Y tú tienes la culpa de todo —dijo Mariana tajantemente.
—¿Cómo iba a saber que Callie pretendía iniciar una revolución de la diversión en mi honor? —Calpurnia, la hermana de Mariana y cuñada de Juliana, había recibido el encargo de suavizar la presentación de Juliana en la sociedad londinense tras su llegada aquella primavera. Con el verano, la marquesa había reemprendido su tarea. Una oleada de bailes de verano y actividades había mantenido a Juliana en el ojo del huracán público, provocando que las otras anfitrionas de la alta sociedad permanecieran en la ciudad mucho después del final de la temporada.
El objetivo de Callie era encontrarle un buen partido. El de Juliana, sobrevivir.
Tras llamar con la mano a una de las jóvenes sirvientas, Mariana arrancó una hebra de hilo de su bolso de mano y se la entregó a la muchacha, quien ya se había arrodillado a su lado para reparar el daño. Mirando a Juliana a través del espejo, dijo:
—Tuviste suerte de haber podido declinar la invitación a la «extravagancia naranja» de Lady Davis de la semana pasada.
—Ella no lo llamó de ese modo.
—¡Claro que sí! Tendrías que haberlo visto, Juliana… Era una explosión de color, y no precisamente armonioso. Todo era naranja: la ropa…, los arreglos florales…, los sirvientes tenían libreas nuevas, por el amor de Dios… La comida…
—¿La comida? —Juliana arrugó la nariz.
Mariana asintió.
—Fue terrible. Todo era de color zanahoria. Un festín para conejos. Da gracias por no haberte encontrado bien.
Juliana se preguntó qué habría pensado lady Davis —una noble dama un tanto extravagante y bastante obstinada— si hubiera acudido a la fiesta llena de arañazos tras el encuentro con Grabeham de la semana anterior.
Sonrió tímidamente ante aquel pensamiento y se dedicó a devolver media docena de rizos rebeldes a su lugar original.
—Pensaba que, ahora que eres duquesa, no tendrías que soportar esos eventos.
—Yo también lo pensaba. Pero Rivington no es de la misma opinión. O, para ser más precisos, la duquesa de Dowager no es de la misma opinión. —Suspiró—. Si vuelvo a ver un cuerno de la abundancia, creo que no podré soportarlo.
Juliana se rio.
—Sí, debe de ser muy difícil ser una de las invitadas más deseadas del año, Mariana. Además de estar locamente enamorada de tu joven y atractivo duque, y tener a todo Londres a tus pies.
Los ojos de su amiga centellearon.
—Oh, es realmente agotador. Espera un poco y lo descubrirás por ti misma.
Juliana lo dudaba.
Mariana, apodada el Ángel de Allendale, no había perdido el tiempo a la hora de conocer y casarse con su marido, el duque de Rivington, en su primera temporada. Había sido el cotilleo del año, un encuentro amoroso cuasi instantáneo que había resultado en una boda espléndida y en un torbellino de compromisos sociales para la joven pareja.
Mariana era la clase de persona a la que la gente adoraba. Todo el mundo deseaba estar cerca de ella, y por eso nunca estaba sola. Había sido la primera amiga de Juliana en Londres; tanto ella como su duque habían decidido mostrar a los demás que la aceptaban, independientemente de su genealogía.
En la presentación pública de Juliana, Rivington la había reclamado para el primer baile, estampando en ella de forma instantánea el sello de la venerable aprobación ducal.
Tan distinto del otro duque que había asistido al baile aquella noche. Leighton no había mostrado la más mínima emoción aquella noche, ni cuando lo miró a sus ojos fríos del color de la miel desde el otro extremo del salón, ni cuando pasó por su lado de camino a la mesa de los refrigerios; ni siquiera cuando se encontró con ella en una sala privada alejada del baile.
Aquello último no era completamente cierto. En ese momento sí mostró emoción. Aunque no el tipo de emoción que ella esperaba.
El duque estaba furioso.
—¿Por qué no me dijo quién era?
—¿Tan importante es?
—Sí.
—¿Qué parte? ¿Que mi madre sea la descarriada marquesa de Ralston? ¿Que mi padre fuera un comerciante? ¿Que yo no tenga título?
—Todo es importante.
A Juliana la habían advertido sobre él. El duque del desdén, profundamente consciente del lugar que ocupaba en la sociedad, sin interés alguno por aquellos que consideraba inferiores a él. Era conocido por su actitud huraña, por su frío desprecio. Juliana había oído que elegía a sus sirvientes por su discreción; a sus amantes, por su carencia de emoción; y a sus amigos, por…, bueno, nada hacía pensar que el duque se rebajara ante algo tan mundano como la amistad.
Pero hasta ese momento, cuando descubrió su identidad, Juliana no había creído en las habladurías. Hasta experimentar en persona su infame desdén.
Había sido doloroso. Mucho más que las opiniones de todos los demás.
Y entonces Juliana lo había besado. Como una estúpida. Y había sido más que agradable. Hasta que él la apartó con una violencia que aún seguía avergonzándola.
—Es un peligro tanto para usted como para los demás. Debería regresar a Italia. Si se queda aquí, sus instintos la llevarán a la ruina más rápido de lo que imagina.
—Lo ha disfrutado —dijo Juliana con la acusación manteniendo a raya el dolor.
El duque le dirigió una mirada fría, calculadora.
—Por supuesto. Pero a menos que desee convertirse en mi amante, para lo que está más que capacitada… —Juliana jadeó, y él terminó la frase como si estuviera clavándole una daga en el pecho—, haría bien en recordar cuál es su posición.
En aquel momento Juliana decidió quedarse en Londres para demostrarles, a él y a todo aquel que la juzgaba desde detrás de sus elegantes abanicos y sus impávidos rostros ingleses, que ella era más de lo que aparentaba.
Juliana se pasó la punta del dedo por la rosada cicatriz en su sien apenas visible, el último vestigio de la noche en que acabó en el carruaje de Leighton, y volvió a rememorar todos los momentos dolorosos de las primeras semanas en Londres, cuando era inexperta y estaba sola, y aún esperaba convertirse en uno de ellos…, en una aristócrata.
Tendría que haberse dado cuenta antes, por supuesto. Jamás la aceptarían.
La doncella terminó de arreglar el dobladillo de Mariana y Juliana observó cómo se zarandeaba la falda antes de girar sobre sus talones.
—¿Regresamos?
Juliana encorvó los hombros exageradamente.
—Si no queda más remedio…
La duquesa se rio, y juntas se encaminaron hacia la sala principal del salón.
—He oído que la noche del baile de otoño en Ralston House la descubrieron en un tórrido abrazo en los jardines.
Juliana se quedó petrificada al reconocer el tono agudo y nasal de lady Sparrow, una de las cotillas más notables de la sociedad.
—¿En los jardines de su hermano? —El jadeo de asombro dejó claro que Juliana era el tema de conversación.
Dirigió la mirada hacia una furiosa Mariana, que parecía dispuesta a asaltar la habitación y a sus indiscretas moradoras, cosa que Juliana no podía permitir. Apoyó una mano en el brazo de su amiga, para detenerla, y esperó mientras escuchaba.
—Es solo mitad aristócrata.
—Y todas sabemos cómo era esa mitad. —Un coro de risas acompañó el escarnio, dolorosamente preciso.
—Resulta sorprendente que haya tanta gente dispuesta a invitarla —dijo otra arrastrando las palabras—. Esta noche, por ejemplo… Pensaba que lady Weston sabía juzgar mejor a las personas.
Juliana también lo pensaba.
—Es complicado invitar a lord y lady Ralston sin extender la invitación a la señorita Fiori —señaló una nueva voz, seguida por un resoplido de escarnio.
—No es que ellos sean mucho mejores… Con el escandaloso pasado del marqués y el poco interés que despierta la marquesa. Aún me pregunto qué hizo para ganárselo.
—Por no hablar de lord Nicholas, casado con una palurda de campo. ¡Qué horror!
—Eso es lo que ocurre cuando se mezcla una mala estirpe con la buena sangre inglesa. Es evidente que la madre ha… dejado su huella.
Aquello último llegó en forma de un cacareo histérico. La ira de Juliana empezó a desbordarse. Una cosa era que aquellas infames brujas la insultaran a ella, pero otra muy distinta que sus insinuaciones alcanzaran a su familia. A aquellos a quienes amaba.
—No entiendo por qué Ralston no le da una asignación y la envía de vuelta a Italia.
Juliana tampoco lo entendía. Había esperado que lo hiciera en incontables ocasiones desde que llegó, sin ser invitada, a la puerta de Ralston House. Su hermano ni siquiera lo había sugerido una sola vez.
Pero a Juliana aún le costaba creer que no deseara quitársela de encima.
—No les hagas caso —susurró Mariana—. Son unas mujeres horribles y detestables que solo saben odiar.
—Solo haría falta que una persona distinguida la descubriera haciendo algo indigno para ser desterrada para siempre de la alta sociedad.
—No tardaremos en verlo. Todo el mundo sabe que los italianos son de moral relajada.
Juliana no pudo soportarlo más.
Dejó atrás a Mariana y se abrió paso hasta el salón de las damas, donde las tres mujeres estaban retocándose el maquillaje frente al enorme espejo colgado en una de las paredes de la sala. Sonriendo abiertamente a las mujeres, Juliana disfrutó de su inmovilidad, resultado de una combinación de sorpresa y disgusto.
Lady Sparrow, con su fría hermosura y su absoluta maldad, seguía riéndose de su propia ocurrencia. La dama se había casado con un vizconde, rico como Creso y el doble de viejo, tres meses antes de que este muriera y la dejara en posesión de una inmensa fortuna. La vizcondesa estaba acompañada de lady Davis, quien aparentemente no había tenido bastante con su legendaria extravagancia naranja, pues iba enfundada en un atroz vestido que acentuaba de tal modo su cintura que más que una mujer parecía una enorme calabaza.
Había una joven dama con ellas a la que Juliana no conocía. Menuda y rubia, con un rostro redondo, ancho y ordinario y ojos asustados. Juliana se preguntó fugazmente cómo habría acabado en semejante nido de víboras. De él saldría muerta o transformada. Tampoco le preocupaba demasiado.
—Señoras —dijo en un tono ligero—, un grupo más sagaz se habría asegurado de encontrarse a solas antes de iniciar una conversación que afecta a tanta gente.
La boca de lady Davis se abrió y se cerró como la de una trucha, y después desvió la mirada. La mujer menuda se sonrojó y entrelazó las manos con fuerza a la altura del pecho, en un gesto que solo podía indicar arrepentimiento.
No así lady Sparrow.
—A lo mejor sí que éramos perfectamente conscientes de la compañía —se burló—. Solo que no temíamos ofenderla.
Mariana, eligiendo el momento a la perfección, salió entonces de la antecámara. El resto de las damas contuvieron el aliento al reparar en la presencia de la duquesa de Rivington.
—Pues es una lástima —dijo en el tono claro e imperioso propio de su título—, porque me siento profundamente ofendida.
Mariana abandonó la habitación, y Juliana contuvo la sonrisa ante la impecable y justificada actuación de su amiga. Devolvió la atención hacia el grupo de mujeres y se acercó a ellas, disfrutando del modo en que se removían, incómodas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para oler su empalagoso perfume, dijo:
—No teman, señoras. Al contrario que mi cuñada, yo no estoy ofendida.
Hizo una pausa y movió la cabeza de un lado al otro, comprobando de un modo exagerado el estado de su cabello y recolocando un rizo errante de vuelta a su tocado. Cuando estuvo segura de contar con toda su atención, añadió:
—Han planteado su desafío. Lo acepto encantada.
No volvió a respirar hasta encontrarse fuera del salón de las damas; la ira, la frustración y la aflicción que bullían en su interior le provocaron vértigo.
No debería haberle sorprendido que cotillearan sobre ella. Había sido así desde el mismo día en que llegó a Londres.
Aunque se había convencido a sí misma de que por aquel entonces habrían dejado de hacerlo.
Pero no. Nunca lo harían. Aquella era su vida.
Llevaba el estigma de su madre, que seguía siendo un escándalo, veinticinco años después de abandonar a su marido, el marqués de Ralston, y a sus dos hijos gemelos, huyendo de aquella reluciente vida aristocrática para refugiarse en el Continente. Su periplo terminó en Italia, donde conquistó al padre de Juliana, un comerciante muy trabajador que juró no haber deseado nada más en la vida que a ella, su inglesa de cabello azabache, ojos brillantes y sonrisa generosa.
Se había casado con él, una decisión que Juliana había acabado identificando como el tipo de comportamiento temerario e impulsivo por el que su madre había sido conocida.
Un comportamiento que ahora amenazaba con dominarla a ella.
Juliana esbozó una mueca ante semejante pensamiento. Cuando actuaba impulsivamente, lo hacía para protegerse.
Su madre había sido una aristócrata con una tendencia casi infantil por el dramatismo. Pese a haber envejecido, nunca había madurado.
Juliana supuso que debía dar gracias por el hecho de que la marquesa también la hubiera abandonado a ella y a su padre. No quería ni imaginar las cicatrices que podría haberles dejado.
Su padre hizo todo lo que estuvo en su mano para criar solo a una hija. Le había enseñado a hacer nudos, a reconocer una carga defectuosa y a regatear con los peores y mejores comerciantes…, pero nunca le contó lo más importante.
Nunca le dijo que tenía una familia.
Se enteró de la existencia de sus dos hermanastros, nacidos de la madre a la que apenas había conocido, después de la muerte de su padre, cuando descubrió que sus fondos habían sido depositados en un fideicomiso y que un desconocido marqués británico iba a ser su custodio.
En cuestión de pocas semanas, su vida dio un vuelco.
La dejaron en la puerta de Ralston House junto a tres baúles con sus posesiones y su doncella.
Y todo gracias a una madre sin un ápice de instinto maternal.
¿Cómo sorprenderse de que la gente cuestionara la personalidad de su hija?
¿De que incluso ella misma de la cuestionara?
No.
Ella no era como su madre.
Nunca había dado la más mínima muestra de serlo.
Al menos no a propósito.
Pero aquello no parecía tener ninguna importancia. Aquellos aristócratas se fortalecían insultándola, mirándola con sus rectas y largas narices, erguidos. En ella solo veían el rostro de su madre, el escándalo de su madre, la reputación de su madre.
A nadie le interesaba saber quién era ella en realidad. Solo les importaba que era diferente, que no era como ellos.
Sentía la tentación de demostrarles lo distinta que era de ellos…, de aquellas criaturas impertérritas, insulsas y desapasionadas.
Respiró hondo para recuperar la compostura y dirigió la mirada hacia el otro extremo de la sala de baile, hacia las puertas que daban al jardín. Empezó a moverse en aquella dirección pese a saber que no debía.
Sin embargo, en el torbellino de emociones que la embargaban, fue incapaz de encontrar un motivo para no hacerlo.
Mariana apareció de la nada y apoyó una delicada mano enguantada en el hombro de Juliana.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. —No miró a su amiga. No podía.
—Son horribles.
—Y también tienen razón.
Mariana se quedó inmóvil al oír aquello, pero Juliana siguió moviéndose, concentrada en las puertas francesas abiertas…, en la salvación que prometían. La joven duquesa volvió a situarse a su lado rápidamente.
—No, no es verdad.
—¿No? —Juliana miró a su amiga de reojo y vio los grandes ojos azules que la convertían en el perfecto espécimen de la feminidad inglesa—. Por supuesto que tienen razón. No soy uno de vosotros. Nunca lo seré.
—Y doy gracias a Dios por ello —dijo Mariana—. Ya somos más que suficientes. Yo, por ejemplo, me alegro de tener a alguien distinto en mi familia, al fin.
Juliana se detuvo donde terminaba la pista de baile y se dio la vuelta para mirar a su amiga.
—Gracias. —Aunque fuera mentira.
Mariana sonrió como si todo hubiera vuelto a la normalidad.
—De nada.
—¿Por qué no vas a buscar a tu galante marido y bailas con él? No querrás que empiecen a cotillear sobre tu matrimonio.
—Deja que cotilleen.
Juliana esbozó una sonrisa torcida.
—Ya hablas como una duquesa.
—El título tiene sus beneficios.
Juliana rio forzadamente.
—Ve.
Mariana frunció el ceño, preocupada.
—¿Seguro que estás bien?
—Claro que sí. Solo necesito un poco de aire fresco. Ya sabes que no soporto el calor de estos salones.
—Ten cuidado —dijo Mariana mirando con recelo hacia las puertas—. No te pierdas.
—¿Quieres que deje un rastro de petits fours?
—No es mala idea.
—Adiós, Mari.
Mariana se alejó finalmente y la multitud engulló su reluciente vestido azul casi al instante, como si los presentes estuvieran deseosos de que se uniera a ellos.
A Juliana no la absorberían del mismo modo. Imaginó a la multitud rechazándola como si fuera un hueso de aceituna escupido desde el ponte Pietra.
Salvo que aquello no era tan sencillo como caer desde un puente. Ni tan seguro.
Juliana dedicó unos segundos a observar a los bailarines, decenas de parejas girando y moviéndose al ritmo de una danza campestre, y no pudo evitar compararse con las mujeres volteando delante de ella, todas ellas enfundadas en sus coloridos vestidos, con esos cuerpos adoptando la postura perfecta y esas tibias personalidades. Eran el producto de la esmerada educación inglesa, criadas como cepas para producir la misma fruta y el mismo vino inofensivo e insustancial.
Reparó en la presencia de una muchacha en el salón, que ocupaba su lugar a un lado de la larga fila de bailarines; el rubor de sus mejillas le daba un aspecto más vivaz de lo que a Juliana le había parecido hacía solo unos minutos. El mohín de sus labios solo podía interpretarse como una sonrisa largamente ensayada: ni demasiado exagerada, lo que podría indicar deseo desmedido, ni demasiado difuminada, lo que podría confundirse con desinterés. Parecía una uva madura lista para la recolección. Preparada para su inclusión en aquella sencilla cosecha inglesa.
La uva alcanzó el final de la fila, y ella y su pareja avanzaron juntos.
Su pareja era el duque de Leighton.
Mientras los dos bailaban girando sobre sí mismos, avanzando hacia ella por la larga fila de invitados, Juliana solo podía pensar en una cosa.
Formaban una pareja imposible.
No era solo una cuestión de aspecto físico; la única similitud era el cabello demasiado rubio de ambos. Ella era poco atractiva —un rostro demasiado redondo, unos ojos azules demasiado pálidos, unos labios con un tono rosa demasiado apagado— y él era…, bueno… Él era Leighton. La diferencia de estatura era inmensa: él superaba el metro ochenta y ella era tan bajita y menuda que su cabeza apenas le llegaba al pecho.
Juliana puso los ojos en blanco ante la estampa que tenía ante sí. Probablemente a él no le desagradara la idea de una mujer tan menuda, alguien a quien manipular fácilmente con la punta del dedo meñique.
Pero había otras cosas que los diferenciaban. La uva disfrutaba del baile, resultaba evidente por el brillo de sus ojos al mirar a las otras mujeres que esperaban en la fila. Él no sonreía mientras bailaba, pese a conocer perfectamente los pasos de la danza. No estaba disfrutando. Evidentemente, no era el tipo de hombre que gustara de bailes campestres. De hecho, era un hombre muy poco dado a cualquier tipo de placer.
Lo más sorprendente era que hubiera accedido a participar en una actividad tan vulgar.
Cuando llegaron al final de la fila y se encontraban a pocos metros de Juliana, Leighton la miró a los ojos. Fue un instante fugaz, apenas uno o dos segundos, pero la intensidad de su mirada, del color de la miel, hizo que Juliana notara un cosquilleo en el estómago. Aunque era una sensación a la que ya tendría que estar habituada, nunca dejaba de sorprenderla.
Siempre esperaba que su presencia dejara de afectarla. Que algún día aquellos escasos y fugaces momentos del pasado se convirtieran únicamente en eso, en el pasado, en lugar de en un recordatorio continuo de lo aislada que se sentía en aquel mundo.
Se alejó de la sala de baile, se encaminó hacia las amplias puertas de cristal y la negra noche con renovada urgencia y salió sin dudarlo al balcón de piedra. Abandonó la seguridad de la habitación consciente de que era algo que no debía hacer. Sabía que su hermano y el resto de Londres la juzgarían por sus acciones. A sus ojos, los balcones eran invernáculos del pecado.
Cosa que resultaba ridícula, por supuesto. Era evidente que no podía ocurrir nada malo por salir unos minutos a un balcón. Lo que debía evitar eran los jardines.
Afuera hacía frío, y Juliana agradeció el aire cortante. Levantó la mirada hacia el despejado cielo de octubre y contempló las estrellas.
Por lo menos había algo que era inalterable.
—No debería estar aquí.
Juliana no se dio la vuelta ante las palabras del duque. No estaba demasiado sorprendida.
—¿Por qué?
—Podría sucederle algo.
Juliana encogió un hombro.
—Mi padre solía decir que las mujeres tienen doce vidas. Como los gatos.
—Aquí los gatos solo tienen siete.
Juliana sonrió por encima del hombro.
—¿Y las mujeres?
—Muchas menos. No es seguro que esté aquí sola.
—Lo era hasta que ha llegado usted.
—Por eso siempre… —El duque se interrumpió.
—Por eso siempre corro peligro.
—Sí.
—Entonces, ¿qué hace aquí, su excelencia? ¿No está poniendo en peligro su propia reputación al acercarse a mí? —Finalmente se dio la vuelta y lo vio a varios metros de ella. Soltó una corta risotada—. Bueno, supongo que a esa distancia nadie puede deshonrarse. Está seguro.
—Le prometí a su hermano que la protegería del escándalo.
Estaba tan cansada de que todo el mundo pensara que se encontraba a un paso del escándalo…
Juliana entrecerró los ojos.
—Eso resulta muy irónico, ¿no cree? Hace un tiempo usted fue el mayor peligro para mi reputación. ¿O no lo recuerda?
Dijo aquello antes de poder contenerse, y, en las sombras, el semblante del duque adquirió un aspecto pétreo.
—Este no es el momento ni el lugar para hablar de tales cuestiones.
—Nunca lo es, ¿verdad?
El duque cambió de tema.
—Debería sentirse afortunada por que sea yo quien la haya encontrado.
—¿Afortunada? ¿Está seguro? —Juliana lo miró a los ojos intentando encontrar la calidez que una vez percibió en ellos. Sin embargo, se topó con esa inquebrantable mirada patricia.
¿Cómo podía ser tan distinto ahora?
Al notar que la ira la dominaba, volvió a dirigir la mirada hacia el cielo.
—Creo que será mejor que se vaya.
—Pues yo creo que lo mejor es que regrese al baile.
—¿Por qué? ¿Cree que si bailo un reel me recibirán con los brazos abiertos y me aceptarán en el redil?
—Creo que jamás la aceptarán si no lo intenta.
Juliana giró la cabeza para mirarlo.
—Usted cree que deseo su aceptación.
El duque la miró largamente.
—Creo que debería desear que la aceptáramos.
«Aceptáramos. Nosotros».
Juliana se enderezó.
—¿Por qué? Forman un grupo rígido y desangelado, más preocupado por la distancia adecuada entre las parejas de baile que por el mundo en el que viven. Creen que sus tradiciones, su educación y sus estúpidas reglas hacen de su vida algo envidiable. Pero no es así. Solo los convierten en unos esnobs.
—Y usted es solo una niña que no conoce el juego en el que está metida.
Sus palabras fueron un aguijonazo, pero no quería que el duque lo supiera.
Juliana se acercó a él poniendo a prueba su disposición a no retroceder. No lo hizo.
—¿Cree que considero esto un mero juego?
—Creo que es imposible que lo considere de cualquier otro modo. Mírese. La alta sociedad a escasos metros de aquí y usted al borde de la ruina. —Su tono fue mordaz, su anguloso rostro ensombrecido y hermoso a la luz de la luna.
—Ya se lo he dicho. No me importa lo que piensen.
—Por supuesto que le importa. Si no le importara, no estaría aquí. Hace tiempo que habría regresado a Italia y se habría olvidado de nosotros.
Se produjo una larga pausa. Se equivocaba.
No le importaba lo que pensaran de ella.
Pero sí le importaba lo que él pensara.
Y aquello solo servía para aumentar su frustración.
Se dio la vuelta hacia el jardín y se asió a la ancha barandilla de piedra del balcón mientras consideraba qué ocurriría si corría hacia la oscuridad.
La encontrarían.
—Espero que se le hayan curado ya las manos.
Volvía a mostrarse educado. Impasible.
—Sí. Gracias. —Respiró hondo—. Parecía estar disfrutando del baile.
El duque tardó un segundo en responder.
—Ha sido tolerable.
Juliana rio tímidamente.
—Un gran cumplido, su excelencia. —Hizo una pausa—. Su pareja parecía estar disfrutando de su compañía.
—Lady Penelope es una bailarina excelente.
La uva tenía nombre.
—Sí, he tenido la suerte de conocerla durante la velada. Y debo decirle que no sabe elegir muy bien a sus amistades.
—No permitiré que la insulte.
—¿No me lo permitirá? ¿Y qué le hace pensar que está en disposición de exigirme nada?
—Hablo muy en serio. Lady Penelope es mi prometida y le exijo que la trate con el respeto que merece.
El duque iba a casarse con esa criatura insulsa.
Juliana se quedó boquiabierta.
—¿Está comprometido?
—Aún no. Pero ya solo es cuestión de formalidades.
Juliana supuso que no era extraño que el duque estuviera comprometido con la perfecta novia inglesa. Pero resultaba tan inapropiado…
—He de confesar que jamás había oído a alguien hablar de un modo tan desabrido sobre el matrimonio.
Leighton cruzó los brazos para protegerse del frío, y la lana de su chaqueta negra de gala se tensó en los hombros, resaltando su amplitud.
—¿Qué más quiere que diga? Somos compatibles.
Juliana parpadeó.
—¿Compatibles?
El duque asintió.
—Exacto.
—Qué apasionado.
Leighton no reaccionó ante su sarcasmo.
—Es una cuestión de negocios. En los buenos matrimonios ingleses no hay lugar para la pasión.
Era una broma. Tenía que serlo.
—¿Cómo espera vivir su vida sin pasión?
El duque resopló con desdén, y Juliana se preguntó si sería consciente de lo pomposo que era.
—Las emociones están sobrevaloradas.
Juliana soltó una risita.
—Vaya, eso es quizá lo más británico que le haya oído decir a nadie.
—¿Qué tiene de malo ser británico?
Juliana sonrió lentamente.
—Lo ha dicho usted, no yo. —Y continuó, consciente de que estaba irritándolo—. Todos necesitamos pasión. Y a usted le sentaría bien una buena dosis en todos los campos de su vida.
El duque enarcó una ceja.
—¿Tengo que aceptar el consejo precisamente de usted? —Cuando ella asintió, Leighton añadió—: Permítame hablar con sinceridad. Usted cree que mi vida necesita pasión, una emoción que la empuja a jardines umbríos, a carruajes de extraños, a balcones, y que la impele a poner en riesgo su reputación con alarmante frecuencia.
Juliana levantó el mentón.
—Exacto.
—Puede que eso funcione con usted, señorita Fiori, pero yo soy diferente. Tengo un título, una familia y una reputación que proteger. Por no mencionar el hecho de que estoy muy por encima de los instintos viles y… vulgares.
La arrogancia que destilaban sus palabras era casi asfixiante.
—Es un duque —dijo ella con sarcasmo.
Leighton la ignoró.
—Exacto. Y usted es…
—Alguien que está muy por debajo de usted.
El duque enarcó una ceja dorada.
—Lo ha dicho usted, no yo.
Juliana dejó escapar el aire como si la hubieran golpeado en el vientre.
El duque necesitaba una sagaz y enérgica lección. Una que arruinara la reputación de un hombre para siempre. Una que solo una mujer podía proporcionar.
Una lección que Juliana deseaba darle desesperadamente.
—Es un… asino. —Los labios del duque trazaron una delgada línea al oír el insulto, y Juliana hizo una exagerada y socarrona reverencia—. Le pido disculpas, su excelencia, por haber recurrido a un lenguaje tan vulgar. —Lo miró a través de sus oscuras pestañas—. Permítame que se lo repita en inglés, esa lengua tan superior. Es usted un idiota.
—Acérquese —dijo él con los dientes apretados.
Juliana lo obedeció, tragándose la ira que amenazaba con dominarla, y Leighton le clavó los fuertes dedos en el hombro, encarándola hacia la sala de baile. Cuando volvió a hablar, lo hizo a escasos centímetros de su oído, con voz grave y enfurecida:
—Cree que su valorada pasión la convierte en alguien mejor que nosotros, cuando en realidad solo pone en evidencia su egoísmo. Tiene una familia que se esfuerza por conseguir que la acepten en la sociedad y, a pesar de eso, lo único que le interesa a usted es satisfacer todos sus deseos.
Juliana sintió cómo el odio se apoderaba de ella.
—No es verdad. Me preocupo mucho por ellos. Jamás haría nada que… —Se detuvo. Jamás haría nada que pudiera incomodarlos.
Aquello no era del todo cierto. Al fin y al cabo, ahora mismo estaba en un oscuro balcón en compañía de un hombre.
El duque pareció intuir sus pensamientos.
—Su imprudencia será su ruina… y posiblemente también la de su familia. Si se preocupara por ellos, intentaría comportarse como una dama y no como una…
Leighton se detuvo antes de pronunciar el insulto. Pero Juliana lo oyó de todos modos.
Y entonces percibió que la calma se aposentaba en su interior.
Deseaba humillar a aquel hombre perfecto y arrogante.
Si la consideraba una imprudente, se comportaría como tal. Lentamente, Juliana apartó el brazo de él.
—¿Realmente cree que está por encima de la pasión? ¿Que su mundo perfecto puede regirse únicamente por normas estrictas y experiencias indolentes?
El duque dio un paso atrás ante el desafío que destilaban sus palabras.
—No lo creo. Lo sé.
Juliana asintió.
—Inténtelo. —Leighton enarcó una ceja, pero no dijo nada—. Permítame que le demuestre que ni siquiera un duque frígido puede sobrevivir sin pasión.
Leighton continuó inmóvil.
—No.
—¿Tiene miedo?
—No, falta de interés.
—Lo dudo.
—Realmente le importa un comino su reputación, ¿verdad?
—Si tanto le preocupa la suya, su excelencia, le recomiendo que traiga una carabina.
—¿Y si me resisto a su vida tempestuosa?
—Entonces se casará con la uva y todo estará bien.
Leighton parpadeó.
—¿Uva?
—Lady Penelope. —Se produjo una larga pausa—. Pero… si no puede resistirse… —Se acercó a él, su aliento era una tentación en el frío aire de octubre.
—¿Entonces, qué? —preguntó él con voz grave y oscura.
Ya era suyo. Conseguiría que se arrodillara. Y su mundo perfecto con él.
Juliana sonrió.
—Entonces su reputación estará en serio peligro.
El duque guardó silencio; el único movimiento era el lento espasmo del músculo de su mandíbula. Un momento más tarde, Juliana pensó que podía dejarlo allí, con su amenaza cerniéndose en el frío aire nocturno.
Y entonces Leighton dijo:
—Le doy dos semanas. —Juliana no tuvo tiempo de disfrutar de la victoria—. Pero será usted quien aprenda la lección, señorita Fiori.
El recelo se impuso.
—¿Qué lección?
—Que la reputación siempre triunfa.
4
«Caminar o trotar es adecuado.
Las damas delicadas jamás galopan».
Tratado sobre las damas más exquisitas
«La hora de moda es cada vez más temprano…».
El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823
A la mañana siguiente, el duque de Leighton se levantó con el sol.
Se aseó, se puso ropa de lino fresca y piel de ante tersa, se calzó sus botas de montar, se anudó su pañuelo al cuello e hizo que le trajeran su montura.
En menos de un cuarto de hora, cruzaba el gran vestíbulo de su palacete, donde aceptó un par de guantes de montar y una fusta de manos de Boggs, su atento mayordomo, y salió de la casa.
Llenándose los pulmones de aire matinal, fresco y henchido de los olores del otoño, el duque subió sin ayuda a la silla de montar, como hacía cada mañana desde el día en que asumió el ducado, quince años atrás.
En la ciudad o en el campo, lloviera o hiciera sol, en invierno o en verano, el ritual era sagrado.
Hyde Park estaba prácticamente vacío a aquella hora tan intempestiva; eran pocos los interesados en montar a caballo sin la oportunidad de que otros los vieran, y aún eran menos los interesados en salir de sus casas tan temprano. Precisamente por eso Leighton disfrutaba tanto de los paseos matinales: el silencio roto solo por los cascos, por el sonido de la respiración de su caballo fundida con la suya mientras recorrían a medio galope los largos y solitarios senderos, que unas horas más tarde se llenarían con los miembros de la alta sociedad que todavía no se habían ido de la ciudad y que deseaban estar al tanto de los últimos cotilleos.
La sociedad elegante comerciaba con la información, y Hyde Park en un hermoso día era el lugar ideal para el intercambio de semejante producto.
Era solo cuestión de tiempo antes de que su familia se convirtiera en el producto del día.
Leighton se recostó sobre su caballo, incitando al animal a avanzar más deprisa, como si con aquello pudiera dejar atrás las habladurías.
Cuando se descubriera el escándalo que rodeaba a su hermana, los cotilleos circularían como la pólvora y su familia se quedaría sin nombre ni reputación que proteger. El ducado de Leighton se remontaba a once generaciones atrás. Habían luchado al lado de Guillermo el Conquistador. Y los que ostentaban el título y la venerable posición muy por encima del resto de la sociedad tenían grabada a fuego una regla inexcusable: que nada mancille el nombre.
Durante once generaciones, aquella regla había sido cuidadosamente respetada.
Hasta ahora.
Durante los últimos meses, Leighton había hecho todo lo posible para asegurarse de que su nombre continuara siendo inmaculado. Había dejado a su amante, se había dedicado con entusiasmo a su trabajo en el Parlamento y había atendido multitud de recepciones cuyos anfitriones dominaban la percepción que tenía la sociedad elegante del decoro. Había bailado danzas campestres. Había tomado el té. Había asistido a Almack’s. Había visitado a las familias más respetadas de la aristocracia.
Había difundido el respetable y aceptado rumor de que su hermana se encontraba en el campo durante el verano. Y después durante el otoño. Y dentro de poco durante el invierno.
Pero no era suficiente. Nada lo sería.
Y esa certidumbre —la aguda evidencia de que jamás podría proteger del todo a su familia del curso natural de los acontecimientos— amenazaba su serenidad.
Solo le quedaba una opción.
Una esposa adecuada e intachable. Una futura niña mimada de la sociedad elegante.
Aquel mismo día debía encontrarse con el padre de lady Penelope. El marqués de Needham y Dolby se había aproximado a Leighton la noche anterior y le había sugerido un encuentro para «hablar del futuro». Leighton no tenía motivos para dilatar la cuestión, pues cuanto antes tuviera la aprobación del marqués, mejor preparado estaría para enfrentarse a las lenguas viperinas cuando se destapara el escándalo.
Una sonrisa tímida acudió a sus labios. El encuentro era una mera formalidad. De hecho, el marqués había estado a punto de hacer la proposición él mismo.
No había sido la única proposición que recibió aquella noche.
Ni la más tentadora.
El duque se enderezó sobre la silla y tiró de las riendas para hacerse de nuevo con el control del caballo. Una imagen apareció en su mente: Juliana enfrentándolo como una guerrera en el balcón de Weston House, lanzando su desafío como si se tratara de un simple juego.
«Permítame que le demuestre que ni siquiera un duque frígido puede sobrevivir sin pasión».
Las palabras resonaron a su alrededor con su cantarín acento italiano, como si Juliana estuviera allí, susurrándole nuevamente al oído. «Pasión».
Cerró los ojos para deshacerse del pensamiento y volvió a espolear a su caballo, como si el viento cortante en sus mejillas combatiera las palabras y el efecto que tenían sobre él.
Juliana lo había provocado. Y había sentido tal ira ante la arrogancia de su tono de voz —por su convencimiento de que todos los principios sobre los que se asentaba su vida eran despreciables— que en aquel momento lo único que deseaba era demostrarle que se equivocaba, que su insistencia en la vacuidad de su mundo era algo tan ridículo como su estúpida apuesta.
Le había concedido dos semanas.
No era un plazo arbitrario. Le había dado dos semanas para llevar a cabo su tentativa, pero al final sería él quien le demostrara a ella que la reputación estaba por encima de todo. Cuando concluyera el plazo, enviaría el anuncio de su compromiso nupcial al Times, y Juliana aprendería que la pasión era un camino tentador…, pero tremendamente frustrante.
No le cabía duda de que, de haber rechazado su ridículo desafío, Juliana habría embaucado a otro hombre para sus grotescos planes, alguien que no estuviera en deuda con Ralston y que no tuviera el más mínimo interés en evitar su ruina.
En realidad, le había hecho un favor.
«Que haga lo que quiera».
Esas maliciosas palabras fueron un fogonazo, y después la tentadora visión de Juliana. Sus largos y desnudos miembros enredados en las sábanas de lino, su cabello extendido como satén sobre la almohada, sus ojos del color de zafiros de Ceilán, prometiéndole el mundo mientras sus carnosos labios se curvaban y susurraban su nombre, cada vez más cerca.
Durante un instante cedió ante la fantasía —pues no pasaría de eso— e imaginó cómo sería tenderse a su lado, abrazar su largo y exuberante cuerpo, y sumergirse en su pelo, en su piel, en sus cálidas y acogedoras caderas, y dejarse llevar por la pasión que ella tanto estimaba.
Sería como estar en el paraíso.
La había deseado desde el mismo día en que la conoció: joven, lozana y tan distinta de las muñecas de porcelana obligadas a desfilar delante de él por madres que apestaban a desesperación.
Y durante un breve instante pensó que podría ser suya. A sus ojos, le había parecido una exótica joya extranjera, precisamente el tipo de esposa que se ajustaba a las necesidades del duque de Leighton.
Hasta que descubrió su auténtica identidad y el hecho de que carecía completamente del honor exigible a la futura duquesa. Incluso entonces había considerado la posibilidad de hacerla suya. Pero no creía que Ralston aceptara de buen grado que su hermana se convirtiera en la amante de un duque, y mucho menos de uno a quien repudiaba.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos —afortunadamente— por el enérgico sonido de otros cascos de caballo. Leighton se enderezó sobre la silla, ralentizando de nuevo el ritmo del animal, y, al mirar hacia el otro lado del prado, distinguió a un caballo y a su montura cabalgando a galope tendido, que se dirigía hacia él a una imprudente velocidad incluso para un jinete obviamente experimentado como aquel. Leighton se detuvo, impresionado ante el movimiento sincronizado de amo y bestia. Sus ojos recorrieron las largas y gráciles piernas y los fuertes músculos del negro corcel para después pasar a evaluar el cuerpo del jinete, que formaba un mismo ser con el caballo, inclinado sobre el cuello de la criatura, susurrándole palabras de ánimo. Simon buscó los ojos del jinete para mostrarle su reconocimiento con un asentimiento, de un jinete experimentado a otro, y entonces se quedó petrificado.
Los ojos que encontró eran de un azul intenso y relucían con una mezcla de desafío y satisfacción.
Tuvo la certeza de que acababa de conjurarla, puesto que no cabía ninguna posibilidad de que Juliana Fiori estuviera allí, en Hyde Park, al amanecer, vestida con una indumentaria masculina y cabalgando a una velocidad suicida, como si estuviera en la mismísima pista de Ascot.
Detuvo su montura de forma inconsciente, incapaz de hacer nada más que observarla progresar hacia él, ignorando o menospreciando el descrédito y la ira que amenazaban con dominarlo, dos emociones que se enfrentaban en un combate poderoso y perturbador por el control de su mente.
Juliana llegó finalmente a su lado y detuvo su avance con tal precisión que Simon supo inmediatamente que no era la primera vez que montaba con semejante energía y velocidad. La observó boquiabierto mientras ella se quitaba uno de sus guantes negros para acariciar el largo cuello de su caballo y le susurraba palabras de aliento en un italiano suave y jadeante; y entonces el animal reaccionó al contacto de su mano desnuda. Juliana dobló los largos dedos sobre el pelaje de la bestia, rascándolo enérgicamente para recompensarlo.
Solo entonces, tras elogiar debidamente al caballo, Juliana se volvió hacia él, como si aquel fuera un encuentro totalmente normal y apropiado.
—Buenos días, su excelencia.
—¿Está usted loca? —Sus palabras sonaron duras y severas, extrañas incluso para él mismo.
—He decidido que si Londres… y usted… están tan convencidos de mi cuestionable personalidad, no existe ningún motivo por el que deba preocuparme en exceso, ¿no le parece? —Agitó una mano, como si estuviera evaluando la posibilidad de que los sorprendiera la lluvia—. Desde que llegué aquí no había podido montar a Lucrezia como es debido. Y a ella le encanta…, ¿no es verdad, carina? —Volvió a inclinarse sobre su cuello y a murmurar al oído de la yegua, que se pavoneó ante las cariñosas palabras de su ama y resopló de placer por ser tan adecuadamente alabada.
No podía culpar a la bestia.
Simon se deshizo de aquel pensamiento.
—¿Qué está haciendo aquí? ¿Tiene idea de lo que podría ocurrirle si la descubrieran? ¿Qué lleva puesto? ¿Qué estaba pensando…?
—¿Qué pregunta desea que conteste primero?
—No me ponga a prueba.
Juliana no parecía muy intimidada.
—Ya se lo he dicho. Hemos salido a cabalgar. Usted sabe tan bien como yo que el riesgo de ser vistos a esta hora es mínimo. El sol apenas ha salido. Y respecto a mi indumentaria… ¿No cree que es mejor que vaya vestida como un caballero? De ese modo, si alguien me viera, no se detendría a mirarme dos veces. Y eso no ocurriría si me hubiera puesto un vestido de montar. Además, estoy segura de que estará de acuerdo conmigo en que montar como una mujer no es tan divertido.
Con la mano desnuda, Juliana trazó la larga extensión de su muslo para destacar su atuendo, y Simon no pudo evitar seguir el movimiento con la vista, apreciando la torneada curva de su pierna, pegada en el flanco del animal. Tentándolo.
—¿Lo está, su excelencia?
Simon levantó la vista para mirarla a los ojos, y reconoció en estos un regocijo petulante que no le gustó nada.
—¿Si estoy qué?
—¿Está de acuerdo conmigo en que es menos divertido montar como una mujer? Es tan adecuado. Tan… tradicional.
El duque volvió a sentirse invadido por una irritación muy familiar, y con esta recuperó la cordura. Echó un vistazo a su alrededor para comprobar que en la amplia extensión del prado no hubiera más jinetes. Estaba vacío. Gracias a Dios.
—¿Qué la ha llevado a cometer una locura como esta?
Juliana sonrió, lentamente, con la satisfacción de una gata al sumergir por primera vez los bigotes en un cuenco lleno de leche.
—Porque es una sensación maravillosa, ¿por qué iba a ser?
Sus palabras fueron como un golpetazo en la cabeza, suaves, sensuales e inequívocas.
Y completamente inesperadas.
—No debería decir esas cosas.
Juliana frunció el ceño.
—¿Por qué no?
—No es apropiado. —Simon fue consciente de la necedad del comentario incluso antes de verbalizarlo.
Juliana emitió un suspiro exagerado y doliente.
—¿No hemos superado eso ya? —Cuando él no respondió, ella continuó—: Reconozca, su excelencia, que no está aquí montado en su caballo, cuando el cielo aún está velado de oscuridad, porque considere que cabalgar es simplemente agradable. Está aquí porque para usted también es una sensación maravillosa. —Apretó los labios hasta formar una fina línea y después emitió una corta risita cómplice que provocó en Leighton un escalofrío de reconocimiento. Juliana volvió a ponerse el guante, y él observó sus movimientos, paralizado por la precisión con que la piel se adaptaba a la delicada red de sus dedos—. Niéguelo si quiere, pero lo he visto.
El duque no pudo resistirse.
—¿Qué ha visto?
—La envidia. —Juliana le señaló con uno de sus largos dedos en un gesto que debería haber considerado insolente—. Antes de reconocerme sobre este caballo…, deseaba estar en mi lugar. Dar rienda suelta a su montura y cabalgar… con pasión. —Tirando de las riendas, situó a su yegua encarada hacia la amplia extensión del prado, vacío y tentador.
Simon la observó detenidamente, incapaz de apartar la mirada de ella, del modo en que resplandecía con energía y poder.
Sabía lo que iba a ocurrir. Y estaba preparado.
—Lo desafío a una carrera hasta el Serpentín. —Sus palabras tenían una suave cadencia italiana y quedaron flotando en el aire, detrás de ella, cuando espoleó su montura. Al cabo de pocos segundos, cabalgaba a galope tendido.
Simon fue tras ella sin pensárselo dos veces.
Aunque su montura era más rápida, más fuerte, Simon mantuvo a la criatura bajo control mientras observaba a Juliana. Cabalgaba como una experta, moviéndose con el animal, inclinada sobre el cuello de la yegua. Aunque no la oía, supo que estaba hablándole a la bestia, animándola, alabándola…, dándole la libertad para que corriera tan rápido como deseara.
Desde su posición, unos metros por detrás, Simon se dedicó a trazar con la mirada la larga y recta espalda de Juliana, la generosa curva de su trasero, el modo en que sus muslos se constreñían y separaban de los costados de su montura, dando órdenes silenciosas e irresistibles a la bestia debajo de ella.
El duque se sintió invadido por un intenso deseo. Que rechazó casi inmediatamente.
No era ella. Era la situación.
Entonces Juliana miró por encima del hombro, y sus ojos azules relucieron al comprobar que él la había seguido. Que le iba a la zaga. Soltó una carcajada, y el sonido viajó con el viento penetrante y con los primeros rayos del sol, envolviéndolo completamente mientras ella se centraba de nuevo en la carrera.
Simon dio rienda suelta a su caballo, confiriéndole el control. La superó en pocos segundos e inició la amplia curva que reseguía la zona densamente arbolada del parque, atravesando el prado y encaminándose al borde del lago del Serpentín. Simon se dejó llevar por el movimiento, por el modo en que el mundo se balanceaba y deslizaba, dejando tras de sí solo al hombre y su corcel.
Juliana tenía razón.
Era una sensación maravillosa.
Simon echó la vista atrás, incapaz de apartar la vista de ella durante mucho tiempo, y la vio, a varios metros de él, desviarse del sendero que él había elegido y adentrarse sin disminuir la velocidad en el denso follaje.
¿Adónde demonios se dirigía?
Simon tiró de las riendas y su caballo se encabritó para obedecer su orden, dándose la vuelta prácticamente en el aire. Espoleó al animal, y este se adentró en el bosque a escasos metros detrás de Juliana.
El sol matinal aún no había alcanzado la línea de árboles, pero la falta de luz no le impidió a Simon cabalgar desbocado por el tenebroso sendero apenas visible desde el prado. La agitación se le trabó en la garganta, en parte provocada por la rabia, en parte por el miedo. El sendero serpenteaba delante de él, lo que solo le permitía distinguir brevemente a Juliana y su montura.
Después de un giro especialmente brusco, se detuvo en la parte superior de una larga y sombría recta, por la que Juliana apremiaba a su yegua en dirección a un enorme tronco caído que bloqueaba el sendero.
Simon entendió su propósito con alarmante claridad. Iba a saltarlo.
La llamó por su nombre con un grito severo, pero ella no redujo la marcha ni se dio la vuelta.
Por supuesto que no.
Se le detuvo el corazón cuando caballo y amazona se levantaron del suelo grácilmente y superaron el obstáculo con varios palmos de margen. Volvieron a posarse en el suelo y giraron en redondo en el extremo más alejado del árbol. Simon, lívido y furioso, perjuró y se inclinó sobre su montura, desesperado por llegar a su lado.
Alguien debía atar en corto a aquella muchacha.
Superó el tronco caído sin mayores dificultades, mientras se preguntaba cuánto tiempo más persistiría Juliana en aquella estúpida persecución. Su ira aumentaba con cada nueva zancada de su caballo.
Tras una curva, tiró con fuerza de las riendas.
En mitad del sendero estaba la yegua de Juliana, serena y relajada.
Y sin su amazona.
Simon bajó del caballo antes de que este se detuviera del todo. Llamó a Juliana por su nombre, quebrando el sosegado aire matinal, y entonces la vio apoyada en un árbol a un lado del sendero, con las manos apoyadas en las rodillas, tratando de recuperar el aliento, las mejillas encendidas por culpa del esfuerzo y el frío, los ojos brillantes por la agitación y algo más que en aquel momento no tenía la paciencia de identificar.
Simon corrió a su encuentro.
—¡Es usted una insensata! —bramó—. ¡Podría haberse matado!
Juliana no se amedrentó ante su ira; todo lo contrario, su rostro se iluminó con una sonrisa.
—Tonterías. Lucrezia ha superado obstáculos más altos y traicioneros.
El duque se detuvo a escasos centímetros de ella, con los puños apretados.
—Como si se trata del mismísimo corcel del diablo. Ha hecho todo lo posible por sufrir un accidente.
Juliana descruzó los brazos y los desplegó a ambos lados de su cuerpo.
—Y, pese a todo, estoy ilesa.
Sus palabras no sirvieron para tranquilizar a Simon. De hecho, lo enfurecieron aún más.
—Ya lo veo.
Juliana arqueó la comisura de los labios, un gesto que muchos hombres encontrarían atractivo. A él le resultó molesto.
—Estoy más que ilesa. Me siento alborozada. ¿No le había dicho que tenemos doce vidas?
—Sin embargo, no puede sobrevivir a doce escándalos, y su cuenta no hace más que aumentar. Podría haberla descubierto alguien. —El duque fue consciente del enojo que destilaban sus palabras y se odió por ello.
Juliana soltó una carcajada, y el radiante sonido de su voz iluminó la umbría arboleda.
—Solo han sido un par de minutos.
—Si no la hubiera seguido, podría haber acabado en manos de ladrones.
—¿A esta hora?
—Para ellos sería tarde.
Juliana meneó la cabeza lentamente y dio un paso hacia él.
—Pero me ha seguido.
—Cosa que usted no sabía que ocurriría. —No supo por qué aquello era tan importante. Pero lo era.
Juliana se acercó un poco más, cautelosamente, como un animal salvaje.
Él se sentía como uno. Fuera de control.
Respiró hondo y se sintió inundado por su aroma.
—Por supuesto que iba a seguirme.
—¿Por qué piensa eso?
Juliana encogió elegantemente uno de sus hombros.
—Porque quería hacerlo.
La tenía al alcance de la mano. Simon flexionó los dedos a ambos lados de su cuerpo, deseando tocarlo, atraerla hacia él y demostrarle que tenía razón.
—Se equivoca. La he seguido para evitar que se metiera en más problemas. —Juliana lo miraba con esos ojos brillantes y esos labios carnosos en una tímida sonrisa que prometía secretos infinitos—. La he seguido porque su impulsividad es un peligro para usted misma y para los demás.
—¿Está seguro?
La conversación se le estaba yendo de las manos.
—Por supuesto que sí —dijo esforzándose por encontrar pruebas que lo demostraran—. No tengo tiempo para sus juegos, señorita Fiori. Hoy he de encontrarme con el padre de lady Penelope.
Juliana desvió la mirada una décima de segundo, pero volvió a centrarla en él.
—Será mejor que se vaya, entonces. No querrá perderse una cita tan importante.
Simon percibió el desafío en sus ojos.
«Vete».
Quería hacerlo.
Iba a hacerlo.
Un largo mechón de cabello negro se había soltado de su sombrero, y Simon alargó el brazo de forma instintiva. Debería haberse limitado a apartarlo de su rostro —de hecho, ni siquiera debería haberla tocado—, pero en cuanto lo tuvo entre los dedos, no pudo evitar enrollárselo una, dos veces en el puño, observar cómo formaba una franja sobre la suave piel de sus guantes de montar. Deseó sentir el sedoso mechón sobre su piel.
A Juliana se le aceleró la respiración, y Simon desvió la mirada hacia su pecho palpitante, protegido por su abrigo. La prenda masculina debería haberlo puesto aún más furioso, pero, en lugar de eso, sintió una descarga de deseo que le recorrió todo el cuerpo. Solo lo separaban de ella una ristra de botones; botones que podían arrancarse fácilmente, dejándola sin nada más que la tela de lino de su camisa, que, a su vez, podía separarse de los pantalones de montar, permitiendo el acceso a la suave piel femenina que se ocultaba debajo.
Cuando volvió a mirarla a los ojos, vio que había desaparecido el audaz desafío y la petulante satisfacción de su semblante, reemplazados por algo crudo, poderoso e inmediatamente reconocible: deseo.
De repente, Simon supo cómo recuperar el control de la situación. De sí mismo.
—Creo que deseaba que la siguiera.
—Yo… —Juliana se interrumpió, y Simon sintió el embriagador placer del cazador que detecta su primera presa—. No me importaba.
—Mentirosa. —Susurró la palabra, con voz grave y contundente en el pesado aire matinal. Tiró del mechón de cabello, atrayéndola hacia él hasta que ambos quedaron a escasos centímetros el uno del otro.
Juliana abrió la boca para coger aire, atrayendo su atención. Y cuando Simon vio aquellos labios embriagadores ligeramente abiertos, reclamándolo, no pudo resistirse. Ni siquiera lo intentó.
«Sabe como la primavera».
El pensamiento estalló dentro de él al rozar los labios de Juliana con los suyos, levantar las manos para acoger con ellas sus mejillas y ladearle ligeramente la cabeza. Tuvo la sensación de que susurraba su nombre…, un sonido terso, susurrante e increíblemente embriagador. La atrajo más hacia él, presionándola con su cuerpo. Ella no opuso resistencia, se contoneaba pegada a él como si supiera lo que deseaba antes incluso que él.
Y tal vez lo sabía.
Simon le recorrió el carnoso labio inferior con la lengua, y cuando la oyó jadear, no esperó más: volvió a tomar su boca, a jugar con su lengua, a no pensar en nada más que no fuera ella. Y entonces ella le devolvió el beso, reproduciendo sus movimientos, y Simon se dejó llevar por la sensación. Las manos de Juliana recorrieron sus brazos con tortuosa lentitud hasta que finalmente alcanzaron su cuello, sus dedos juguetearon con su cabello, la suavidad de sus labios y los enloquecedores, maravillosos sonidos que brotaban de su garganta cuando él la reclamaba.
Y la reclamaba de manera primitiva y perversa.
Juliana se pegó más a él, y al notar el volumen de sus pechos presionándole la parte superior del suyo, sintió una oleada de placer. La besó con más ímpetu y deslizó las manos por su espalda para acercar su cuerpo a donde más la deseaba. Los pantalones de montar le permitían una movilidad que las faldas le hubieran negado, y le recorrió con la palma de la mano su largo y glorioso muslo, levantándole la pierna hasta acunar su palpitante extremidad en su cálido núcleo.
Simon interrumpió el beso con un suave gruñido, y Juliana se meció pegada a su cuerpo con un ritmo que inflamó su deseo.
—Es una hechicera. —En aquel momento no era más que un joven inocente intentando descubrir por primera vez qué se esconde bajo una falda; el deseo, la excitación y algo mucho más primitivo colisionaban en su interior en un cúmulo de sensaciones.
Deseaba que se tendiera completamente desnuda allí mismo, en el sendero de tierra en el centro de Hyde Park, sin importarle que alguien pudiera verlos.
Cogió el suave lóbulo de su oreja entre los dientes, tanteando la tierna carne que lo conformaba, hasta que ella gritó alto y claro:
—¡Simon!
El sonido de su nombre interrumpiendo el silencio de la mañana lo devolvió a la realidad. Se separó de ella y le soltó la pierna como si de repente hubiera empezado a arder. Retrocedió jadeante y observó cómo la confusión sustituía al deseo en su semblante.
Juliana dio un traspié en cuanto dejó de contar con su apoyo, incapaz de sustentar su propio peso sin previo aviso. Simon avanzó para sostenerla y ayudarla a recuperar el equilibrio.
En cuanto lo consiguió, Juliana renunció a su brazo auxiliador y dio un paso atrás. Un velo cubrió sus ojos y la emoción que trasmitía su mirada se enfrió. Simon deseó besarla de nuevo para traer de vuelta el deseo.
Juliana dio media vuelta antes de que pudiera hacerlo y se dirigió hacia su montura, que aún seguía en mitad del camino. Observó, incapaz de moverse, cómo Juliana subía a la silla con desenvoltura y lo miraba desde arriba con la gracia de una reina.
Debería disculparse.
Acababa de acosarla en mitad de Hyde Park. Si hubiera aparecido alguien…
Juliana interrumpió su pensamiento.
—Parece ser que no es tan inmune a la pasión como cree, duque.
Y con un frío movimiento de muñeca se alejó a toda prisa en la misma dirección por la que habían venido.
La siguió con la mirada hasta que desapareció, atento al intervalo de silencio que indicaba que había vuelto a saltar el árbol caído. Esperó a que el silencio fugaz ahogara el eco de su título en los labios de Juliana.
5
«Nunca se sabe dónde pueden ocultarse los rufianes.
Las damas elegantes no salen de casa solas».
Tratado de las damas más exquisitas
«Resultan sorprendentes las decisiones que pueden tomarse sobre un fusil aún humeante».
El Folleto de los Escándalos, octubre de 1823
El marqués de Needham y Dolby apuntó con cuidado a un urogallo rojo y apretó el gatillo de su fusil. El tiro rasgó el aire calmado de la tarde.
—Maldita sea. He fallado.
Simon evitó comentar que el marqués había fallado los tiros dirigidos a las cinco criaturas a las que había apuntado desde que sugirió que conversaran en el exterior, «como hombres».
El corpulento aristócrata apuntó y disparó de nuevo, y el estruendo le produjo a Simon un estremecimiento de irritación. Nadie cazaba por la tarde. Y mucho menos alguien con una puntería tan lamentable.
—¡Maldita sea!
Otro error. Simon empezó a preocuparse por su propia seguridad. Si el hombre deseaba destrozar los jardines de su extensa propiedad en la margen del Támesis, no sería él quien lo disuadiera, pero eso no significaba que no lamentara su proximidad ante semejante ineptitud.
Aparentemente, incluso el marqués tenía sus límites. Farfulló una maldición, le entregó el fusil a un criado y, entrelazando las manos a la espalda, empezó a caminar por un largo y sinuoso sendero que se alejaba de la casa.
—De acuerdo, Leighton, será mejor que vayamos al grano. Desea casarse con mi hija mayor.
Tal vez el marqués fuera un pésimo tirador, pero no era tonto.
—Creo que el enlace beneficiaría a ambas familias —dijo Simon situándose junto al marqués.
—Sin duda, sin duda. —Caminaron en silencio unos minutos antes de que el marqués continuara—. Penelope será una excelente duquesa. No tiene cara de caballo y sabe cuál es su lugar. No exigirá nada desproporcionado.
Aquello era lo que Simon deseaba oír. Era una alabanza a su elección de la dama que debía convertirse en su futura esposa.
Entonces, ¿por qué lo perturbaba tanto?
El marqués continuó.
—Una chica excelente, sensible y preparada para cumplir con su deber. De buen linaje inglés. No debería tener problemas para tener hijos. No se hace ninguna ilusión sobre el matrimonio ni sobre todas esas cosas extravagantes que las chicas de hoy creen que merecen.
«Como la pasión».
Una imagen apareció en su mente, imprevista, indeseada: Juliana Fiori sonriendo ante sus propias palabras. «Ni siquiera un duque frígido como usted puede sobrevivir sin pasión».
Tonterías.
Seguía pensando lo mismo que la noche anterior: la pasión no tenía cabida en un buen matrimonio inglés. Y, al parecer, lady Penelope era de la misma opinión.
Y eso la calificaba como la candidata ideal para convertirse en su esposa.
Era totalmente adecuada. Justo lo que necesitaba.
«Todos necesitamos pasión».
Las palabras resonaron como un susurro en algún lugar recóndito de su mente, ese tono socarrón matizado por el acento italiano.
El duque apretó los dientes. Juliana no sabía lo que él necesitaba.
Con un asentimiento cortante, Simon dijo:
—Me alegra oír que cuento con su aprobación.
—Por supuesto que sí. Es un matrimonio adecuado. Dos líneas aristocráticas británicas de calidad. Iguales en reputación y genealogía —dijo el marqués quitándose el guante de la mano derecha y extendiéndola hacia Simon.
Mientras estrechaba la mano de su futuro suegro, Simon se preguntó si pensaría de modo distinto en cuanto salieran a la luz pública los secretos de la casa Leighton.
Entonces, su familia no gozaría de una reputación tan intachable.
Simon confiaba en que el matrimonio sirviera para que todos pudieran sobrevivir al escándalo.
Al encaminarse de nuevo hacia Dolby House, Simon dejó escapar un lento y largo suspiro.
Un paso más. Lo único que debía hacer ahora era proponerle matrimonio a la dama.
El marqués lo miró de refilón.
—Penelope está en casa. Si lo desea, puede hablar ahora con ella.
Simon comprendió el significado oculto tras sus palabras. El marqués deseaba anunciar y completar el compromiso cuanto antes. No era habitual que un duque buscara esposa.
Valoró aquella posibilidad. Después de todo, no había razón para posponer lo inevitable.
Dos semanas.
Le había dado dos semanas a Juliana.
Había sido una concesión ridícula. Podría haber utilizado aquellas dos semanas en beneficio propio; para planificar la boda, por ejemplo. Si hubiera insistido, incluso podría haber estado casado en aquel plazo.
Y, en lugar de eso, había accedido al estúpido juego de Juliana.
Como si tuviera tiempo para juegos, comportamientos temerarios, atuendos impropios y… abrazos irresistibles.
No. Lo de aquella mañana había sido un error. Un error que no podía repetirse.
Por mucho que deseara repetirlo.
Sacudió la cabeza.
—¿No está de acuerdo?
Las palabras del marqués sacaron al duque de su ensoñación.
Se aclaró la garganta.
—Me gustaría cortejarla adecuadamente, si me lo permite.
—No es necesario, ¿sabe? Todo el mundo sabe que no es un compromiso basado en el amor. —Alborozado ante semejante ocurrencia, el marqués se rio con ganas desde las profundidades de su abultada barriga. Simon hizo todo lo posible por ocultar su irritación. Cuando finalmente logró contenerse, su futuro suegro añadió—: Solo quería decir que es de conocimiento público su aversión a las emociones pueriles. Penelope no espera que la corteje.
Simon ladeó la cabeza.
—Pese a todo, me gustaría hacerlo.
—No me importa cómo lo haga, Leighton —dijo el marqués recorriendo su voluminoso contorno con sus grandes manos—. Mi único consejo es que empiece tal y como espera continuar. Las esposas son más fáciles de manejar si saben desde el principio qué esperar del matrimonio.
La marquesa de Needham y Dolby era una mujer afortunada, pensó Simon irónicamente.
—Intentaré seguir su consejo.
El marqués asintió una sola vez.
—¿Le apetece un brandi para celebrar un excelente compromiso?
Había pocas cosas que Simon deseara menos que pasar más tiempo con su futuro suegro. Sin embargo, también sabía que no era adecuado rechazar su ofrecimiento. Ya no podía permitirse el lujo de vivir ajeno a aquel tipo de exigencias.
No podría volver a hacerlo nunca más.
Tras una pausa, dijo:
—Me encantaría.
Dos horas después, Simon se encontraba de nuevo en su palacete, sentado en su sillón favorito, con su perro a los pies, mucho menos exultante de lo que debería sentirse. La reunión no podría haber ido mejor. Dentro de poco quedaría unido a una familia de enjundia e impecable reputación. Aunque no había visto a lady Penelope —a decir verdad, no había querido verla—, todo estaba dispuesto, e imaginó que solo era cuestión de conseguir la aceptación de la dama antes de hacer oficial el compromiso.
—Supongo que el resultado de tu visita ha sido satisfactorio.
Simon se tensó de repente y se dio la vuelta para enfrentarse a la fría y gris mirada de su madre. No la había oído entrar. Se puso de pie.
—Así es.
Ella no se movió.
—El marqués ha dado su consentimiento.
Simon se acercó al bar.
—Sí.
—Es muy pronto para beber, Leighton.
Simon se dio la vuelta con un vaso de whisky en la mano.
—Considéralo un brindis.
Su madre no respondió y siguió mirándolo impertérrita. Se preguntó qué estaría pensando. Aunque nunca había comprendido qué se ocultaba bajo la glacial fachada de la mujer que le había dado la vida.
—Dentro de poco serás suegra. —Hizo una pausa—. Además de viuda de un aristócrata.
Su madre no picó el anzuelo. Nunca picaba.
En su lugar, asintió de forma cortante, como si todo estuviera controlado. Como si todo fuera sencillo.
—¿Cuándo planeas obtener una licencia especial?
«Dos semanas». Simon cerró los ojos ante aquel pensamiento y dio un trago para ocultar su vacilación.
—¿No crees que primero debería hablar con lady Penelope?
La duquesa dejó escapar el aire por la nariz, como si la pregunta insultara su inteligencia.
—No abundan los duques en edad de matrimonio, Leighton. La susodicha está a punto de consumar el mejor compromiso en muchos años. Hazlo de una vez.
Allí estaba, expresado en la fría e impertérrita voz de tenor de su madre. «Hazlo de una vez». La exigencia…, el convencimiento de que un hombre como Simon haría cualquier cosa para asegurar la seguridad y el honor de su nombre.
Simon regresó a su sillón y se relajó deliberadamente, una proeza, teniendo en cuenta su frustración. Su madre se tensó ante su aparente serenidad, y Simon saboreó la minúscula victoria.
—No hay necesidad de comportarse como un animal, madre. Cortejaré a la chica. Se merece cierta emoción, ¿no crees?
Su madre continuó inmóvil, su fría mirada ocultaba sus pensamientos. Simon se dio cuenta de que nunca había recibido ningún elogio por su parte y se preguntó, fugazmente, si tendría la capacidad para hacerlo. Lo más probable era que no. No había lugar para la emoción en la vida de un aristócrata. Y menos aún para sus vástagos.
Las emociones eran para los plebeyos.
Nunca había visto a su madre exhibir sus sentimientos. Jamás había parecido feliz, triste, airada, entretenida. En una ocasión le había oído decir que las distracciones eran para aquellos con menor enjundia que ellos. Cuando Georgiana era una niña risueña y despreocupada, la duquesa apenas la había tolerado. «Intenta ser un poco más refinada», solía decirle con el labio ligeramente torcido, el único gesto de disgusto que le había visto permitirse. «Tu padre es el duque de Leighton».
Georgiana se ponía seria, una parte de su exuberancia perdida para siempre.
Simon se tensó ante el recuerdo, largamente enterrado. No era extraño que su hermana hubiera huido en cuanto fue consciente de su situación. Su madre no era muy dada a las muestras de amor.
Él no se había comportado mucho mejor.
—¡Eres la hija del duque de Leighton!
—Simon…, fue un error. —Apenas había oído su susurro.
—¡Los aristócratas no comenten errores!
Y la había abandonado en un lugar remoto de Yorkshire. Sola.
Cuando le había contado a su madre el escándalo que se avecinaba, esta se había quedado inmóvil, impertérrita. Tras mirarlo largamente con sus ojos fríos y omniscientes, le había dicho: «Tienes que casarte». Y no habían vuelto a hablar de Georgiana nunca más.
Simon sintió un fogonazo de arrepentimiento. Que ignoró adecuadamente.
—Cuanto antes mejor —dijo la duquesa—. Antes.
Alguien menos familiarizado con la duquesa podría pensar que esta había dejado la frase en el aire. Pero Simon la conocía bien. Su madre no solía usar palabras superfluas. Y el duque entendió perfectamente qué quería decir.
La mujer no esperó su respuesta, pues sabía de un modo intuitivo que su orden sería obedecida. Se dio la vuelta y abandonó la habitación, olvidándose de todo lo que esta contenía incluso antes de que la puerta se cerrara a su espalda.
Confiando en que Leighton haría lo que se esperaba de él.
«Antes».
Antes de que se descubriera el secreto.
Antes de que su nombre acabara hundido en el barro. Antes de que se destruyera su reputación.
Si le hubieran dicho a él cuatro meses atrás que estaría encaminándose hacia el matrimonio para proteger la reputación de su familia, se habría reído larga y altivamente antes de echar al insolente de su casa.
Por supuesto, hacía cuatro meses las cosas eran muy distintas.
Por entonces, Simon era el soltero más deseado de Gran Bretaña, sin nada que indicara un cambio en semejante estatus.
Cuatro meses atrás nada podría haberlo afectado.
Maldijo en voz baja, sombríamente, y, al apoyar la cabeza en el respaldo de su sillón, la puerta de la biblioteca volvió a abrirse. Mantuvo los ojos cerrados.
No quería volver a enfrentarse a ella. Ni a ella, ni a lo que representaba.
Oyó cómo alguien se aclaraba la garganta con delicadeza.
—¿Su excelencia?
Simon se enderezó inmediatamente.
—¿Sí, Boggs?
El mayordomo cruzó la habitación, alargando la bandeja de plata en dirección a Simon.
—Le pido disculpas por la interrupción, pero ha llegado un mensaje urgente.
Simon alargó la mano para coger el pesado sobre de color crudo. Le dio la vuelta y vio el sello de Ralston.
Su cuerpo se tensó al instante.
Solo había un motivo para que Ralston le enviara una nota urgente: Georgiana.
Tal vez se le hubiera acabado el tiempo.
—Puede retirarse.
Esperó a que Boggs saliera de la habitación, a oír el suave y aciago sonido de la puerta rozando la jamba.
Solo entonces deslizó uno de sus largos dedos bajo el sello, sintiendo el grueso peso del momento en sus tripas. Extrajo la hoja de papel y la desdobló con resignación.
Leyó las dos líneas de texto.
Y pese a no saber que estaba conteniendo el aliento, dejó escapar el aire en una corta bocanada airada y arrugó la hoja en su puño.
En el Serpentín a las cinco en punto.
Esta vez iré vestida apropiadamente.
***
—Exspecto, exspectas, exspectat…
Susurró las palabras en latín mientras lanzaba piedras a la superficie del Serpentín, intentando ignorar el sol, que se hundía lentamente en el horizonte.
No debería haber enviado aquella nota.
—Exspectamus, exspectatis, exspectant…
Eran más de las cinco.
«Si hubiera decidido venir, ya tendría que estar aquí».
Su doncella, Carla, hizo un chasquido de incomodidad poco delicado que Juliana oyó a pesar de que su acompañante se encontraba a unos metros de allí, sobre una manta de lana.
—Espero, esperas, espera…
Si el duque había informado a Ralston sobre la nota…, no volvería a salir de casa nunca más. O al menos no lo haría sin un batallón de sirvientes, carabinas y, muy probablemente, el propio Ralston.
—Esperamos, esperáis, esperan…
Lanzó otra piedra y falló su objetivo. Hizo una mueca ante el sonido hueco que produjo el guijarro al hundirse en el fondo del lago.
—No vendrá.
Se dio la vuelta al oír las palabras en italiano, monótonas y llenas de verdad, y se encontró con la mirada marrón oscura de Carla. La joven se abrigaba hasta el pecho con un chal de lana, los brazos alrededor de su cuerpo para protegerse del viento otoñal.
—Solo lo dices porque quieres volver a casa.
Carla alzó un hombro y esbozó una mueca de desinterés.
—Eso no hace que mis palabras sean menos ciertas.
Juliana frunció el ceño.
—No es necesario que te quedes.
—De hecho, eso es precisamente lo que se espera de mí. —Se sentó bajo un frondoso árbol—. Y no me importaría si este país no fuera tan insoportablemente frío. No me sorprende que su duque sea un hombre de hielo.
Para reforzar sus palabras, el viento volvió a soplar con fuerza, amenazando con arrancarle a Juliana el sombrero. Se llevó una mano a la cabeza para impedirlo, haciendo una mueca cuando los lazos y las cintas que lo adornaban le fustigaron el rostro. Era sorprendente que un complemento pudiera resultar al mismo tiempo tan problemático e inútil.
Cuando el viento amainó, Juliana creyó que era el momento de quitarse el sombrero.
—No es mi duque.
—¡Oh! Entonces, ¿qué hace aquí, soportando este viento y esperando su llegada?
Juliana miró a la joven con los ojos entrecerrados.
—¿Sabes?, he oído decir que las doncellas inglesas son mucho más dóciles. Estoy pensando hacer un cambio.
—Se lo recomiendo. Así podré regresar a la civilización. A la cálida civilización.
Juliana se agachó para recoger otra piedra.
—Diez minutos más.
Carla suspiró, larga y dramáticamente, y Juliana notó cómo una sonrisa acudía a sus labios. Por muy estricta e inamovible que fuera, su presencia resultaba reconfortante. Era como un pedacito de hogar en aquel mundo nuevo y extraño.
Aquel mundo insólito lleno de hermanos y hermanas, reglas y normas, bailes y sombreros, y hombres increíbles y exasperantes.
Hombres a quienes no había que enviarles notas insinuantes y tentadoras durante el día con el papel y el sello de un hermano.
Juliana cerró los ojos al sentir cómo una oleada de vergüenza le recorría todo el cuerpo.
Había sido una idea nefasta, el tipo de idea que llegaba en el momento álgido de la victoria y que convertía cada pensamiento en una pincelada radiante. Aquella mañana había llegado a Ralston House cuando todo el mundo aún dormía, ebria de excitación y poder después de su encuentro con Leighton, emocionada tras haber zarandeado a aquel hombre enorme e inalterable.
La había besado.
Y no como los mansos y sumisos chicos que había conocido en Italia, aquellos besos robados mientras la izaban del barco mercante de su padre para posarla en el muelle. No… Aquel había sido el beso de un hombre.
El beso de un hombre que sabía lo que quería.
Un hombre que jamás había tenido que pedir permiso para conseguir lo que quería.
Había percibido en él las mismas cosas que meses atrás: fortaleza, poder y algo más que era a un tiempo insoportable e irresistible.
«Pasión».
Juliana lo había retado a descubrir aquella emoción, pero ella tampoco estaba preparada para afrontar sus consecuencias.
Había tenido que recurrir a toda su energía para montar su caballo y alejarse de él, dejándolo solo bajo el sol de la mañana.
Juliana había deseado más.
Como siempre le ocurría con él.
Y, al llegar a casa, embriagada por el éxito de su primera interacción y sabedora de que había conseguido sacudirlo de pies a cabeza, tal y como le había prometido, no había podido evitar regodearse en su triunfo. Antes de que Ralston se levantara, se había colado en su estudio para escribirle una misiva a Leighton; más que una invitación, un desafío.
Una fuerte ráfaga de aire sopló desde el prado, provocando encrespadas ondas blancas en la superficie del lago. Carla se quejó airadamente mientras Juliana se colocaba de espaldas al viento y se protegía el cuerpo con el abrigo.
No debería haberle enviado la nota.
Lanzó una piedra a la superficie del lago.
«Ha sido una idea pésima».
Otra piedra.
«¿Qué le había hecho creer que vendría? No era estúpido».
Otra más.
«¿Por qué no venía?».
—Ya basta, idiota. No viene porque tiene cerebro. Al contrario que tú —murmuró las palabras en dirección al lago.
Ya lo había esperado suficiente. Hacía mucho frío, cada vez había menos luz y ya era hora de irse a casa. Inmediatamente.
Mañana pensaría su siguiente movimiento; no tenía ninguna intención de rendirse. Y tenía una semana y cinco días para conseguir arruinar a aquel hombre tan arrogante.
El hecho de que ignorara sus requerimientos solo servía para alentarla aún más.
Tras renovar su compromiso, Juliana se dio la vuelta y se encaminó hacia el árbol donde la esperaba su acompañante.
—Andiamo. Volvamos a casa.
—Ah, por fin —dijo la doncella en un feliz arrebato, y se puso de pie—. Pensaba que nunca llegaría a rendirse.
«Rendirse».
La palabra fue como un aguijonazo. No estaba rindiéndose. Solamente estaba asegurándose de que no perdía ninguna extremidad por congelación para la próxima batalla.
Como si los elementos percibieran su convicción, volvió a levantarse viento, una fuerte y enfurecida bocanada, y Juliana se llevó una mano a la cabeza para asegurar el sombrero. Lamentablemente, no llegó a tiempo y el maldito tocado salió volando. Soltó un gritito y se dio la vuelta para ver cómo flotaba en dirección al lago, donde rebotó en la superficie como una de las piedras que había estado lanzando. Se posó, por increíble que pudiera parecer, en el extremo más alejado a la orilla de un tronco caído, y los largos lazos flotaron en las oscuras y frías aguas, burlándose de ella.
Carla se rio por lo bajo, y Juliana giró sobre sus talones para enfrentarse a los parpadeantes ojos marrones de su doncella.
—Tienes suerte de que no te envíe a recuperarlo.
Carla enarcó una de sus cejas oscuras.
—La mera sugerencia me deja sin palabras.
Juliana ignoró el impertinente comentario y volvió a dirigir su atención hacia el sombrero, que se mofaba de ella desde el lugar donde había ido a parar. No estaba dispuesta a que un complemento de sombrerería se riera a su costa. Algo tenía que salir bien aquella tarde.
Incluso si para ello tenía que adentrarse en el mismísimo Serpentín.
Juliana se deshizo del abrigo y se encaminó hacia el tronco, se subió a él extendiendo los brazos para equilibrarse y empezó a avanzar hacia el rebelde sombrero que estaba poniéndola en ridículo a varios metros de distancia.
—¡State attenta! —gritó Carla, y Juliana hizo oídos sordos a la recomendación, concentrada como estaba en recuperar el sombrero. El viento volvió a soplar con fuerza e hizo que las florituras azules se agitaran, y Juliana se detuvo, esperando a ver si el sombrero volvía a salir volando.
El viento se detuvo.
El sombrero se quedó donde estaba.
Vaya. Como diría Isabel, su cuñada, había llegado la hora de la verdad.
Juliana continuó avanzando hacia su sombrero para evitar que fuera sacrificado a los dioses del Serpentín.
Solo unos cuantos metros más.
Entonces lo tendría en la mano y podría regresar a casa.
Casi había llegado.
Se agachó lentamente, se balanceó y alargó una mano. Con la punta de los dedos rozó un tirabuzón de satén azul.
Y entonces el sombrero salió volando. En un instante de frustración, Juliana olvidó la precaria situación en la que se encontraba y saltó hacia delante.
Las aguas del Serpentín estaban más frías de lo que aparentaban. Mucho más.
Y eran más profundas.
Emergió a la superficie escupiendo y maldiciendo como un estibador veronés, ante la risa estridente de Carla. Se movió instintivamente hacia la orilla, pero las faldas de su vestido se enrollaron en sus piernas y la empujaron hacia el fondo del lago.
Dominada por la confusión, empezó a mover las piernas frenéticamente, emergió de nuevo a la superficie y jadeó en busca de aire sin comprender a ciencia cierta qué estaba ocurriendo.
Algo no iba bien.
Era una nadadora experta, ¿por qué no podía mantenerse a flote?
Siguió moviendo las piernas y estas se enredaron en una masa de muselina y sarga, y comprendió que la pesada falda de su vestido estaba tirando de ella. No podía alcanzar la superficie.
La invadió el pánico.
Extendió los brazos y movió las piernas en un desesperado intento por dar una bocanada de aire.
Todo fue inútil.
Los pulmones le ardían por el esfuerzo de mantener la última y preciosa cantidad de aire…, aire que sabía que estaba a punto de…
Exhaló, y el sonido de las burbujas de aire que se elevaban hacia la superficie del lago señaló su destino.
«Voy a ahogarme».
Las palabras se deslizaron por su mente con una calma siniestra. Y entonces algo fuerte y cálido agarró una de sus manos extendidas y tiró de ella… hasta que pudo…
Gracias a Dios.
Podía respirar.
Juliana cogió una jadeante bocanada de aire, tosió y escupió y se convulsionó, concentrada exclusivamente en respirar mientras la izaban desde las profundidades del lago y la posaban finalmente en el anhelado suelo firme.
Sus piernas no pudieron sostener el peso de su cuerpo.
Se derrumbó sobre su salvador, rodeando su cuello cálido y robusto con los brazos; una roca en un mar de incertidumbre. Le costó unos minutos recobrar la noción del tiempo y el espacio, y entonces oyó a Carla gritando como una abuela siciliana desde la orilla del lago. Experimentó la fría mordedura del viento en la cara y los hombros, percibió el movimiento de su salvador mientras la sostenía con el agua a la altura del pecho y sintió el temblor de su propio cuerpo, ya fuera por el frío, el miedo o por ambas cosas.
Las manos de su salvador le recorrieron la espalda, y este le susurró palabras reconfortantes al oído. En italiano.
—Respira… Te tengo… Estás a salvo… Todo saldrá bien. —Y, de algún modo, se dejó convencer por sus palabras. La tenía. Estaba a salvo. Todo saldría bien.
Notó cómo el pecho de su salvador subía y bajaba pegado a su espalda cuando respiró hondo.
—Estás a salvo —repitió—. Niña tonta… —susurró en un tono igualmente tranquilizador—. Ya te tengo. —Sus manos le recorrían rítmicamente los brazos y la espalda—. ¿Qué demonios hacías en el lago? ¿Y si no hubiera venido? Shhh… Ya te tengo. Sei al sicura. Estás a salvo.
Juliana tardó unos segundos en reconocer el timbre de su voz, y, cuando lo hizo, giró la cabeza y lo miró a los ojos por primera vez.
Y se quedó sin respiración.
Simon.
Despeinado y completamente mojado, su rubio cabello oscurecido por el agua que ahora le resbalaba por la cara, su aspecto no tenía nada que ver con el duque regio y perfecto que conocía. Estaba empapado, desaliñado, jadeante…
Y era maravilloso.
Juliana dijo lo primero que acudió a su mente.
—Ha venido.
Y la había salvado.
—Justo a tiempo, según parece —contestó él en italiano, comprendiendo que aún no estaba preparada para el inglés.
Se vio sorprendida por un ataque de tos y, durante un momento, lo único que pudo hacer fue agarrarse a él. Cuando logró volver a respirar, se fijó en su mirada serena, en sus ojos, del color del buen brandi.
La había salvado.
Sintió un escalofrío ante aquel pensamiento, y el temblor hizo que él reaccionara.
—Tiene frío.
La cogió en brazos, la sacó del agua y la posó en la orilla del lago, donde Carla estaba al borde de la histeria.
La doncella dejó escapar un torrente de palabras en italiano.
—¡Madonna! ¡Creía que la había perdido! ¡Que se había ahogado! ¡No he dejado de gritar pidiendo ayuda! —Y dirigiéndose a Simon, aún en italiano—: ¡Me maldigo por no saber nadar! ¡Si pudiera haber vuelto a mi infancia y aprender! —Y de nuevo a Juliana, abrazándola con fuerza contra su pecho—: ¡Mi Julianina! ¡De haberlo sabido…, jamás le habría dejado subirse a ese tronco! ¡Es evidente que esa cosa la ha dejado ahí el mismísimo diablo! —Y nuevamente a Simon—: ¡Ay! ¡Gracias a Dios que ha venido! —El torrente de palabras cesó abruptamente—. ¡Tarde!
Si Juliana no hubiese tenido tanto frío, se habría reído ante el desdén que transmitía esa última palabra. Era cierto, había llegado tarde. Pero había venido. Y si no lo hubiera hecho…
Pero había venido.
Miró a Simon de reojo y se dio cuenta de que no se le había escapado la insinuación de Carla: si hubiera llegado antes, todo aquello podría haberse evitado. Se quedó inmóvil con el rostro impertérrito, como el de una estatua romana.
El duque tenía la ropa pegada al cuerpo; no se había quitado el abrigo antes de sumergirse en el lago, y las distintas capas de ropa parecían formar una sola. De algún modo, con la ropa empapada parecía más grande, más peligroso, más contundente. Una gota de agua resbaló por su frente, y Juliana sintió la tentación de eliminarla con los dedos.
Con un beso.
Ignoró aquel pensamiento, convencida de que solo era el producto de la experiencia cercana a la muerte que acababa de vivir, y desvió la mirada hacia su boca, que formaba una línea recta y serena.
Y de inmediato sintió el impulso de besarla.
Le temblaba ligeramente una de las comisuras, la única señal de su irritación.
Más que irritación. Enfado.
Posiblemente ira.
Juliana sintió un escalofrío que atribuyó al viento y al agua, y no al hombre que se cernía sobre ella. Se rodeó el cuerpo con los brazos para protegerse del frío y le agradeció en voz baja a Carla que se apresurara a recoger el abrigo que había dejado en el suelo antes de su aventura, y se lo posó sobre los hombros. La prenda no hizo nada por combatir el frío aire de la tarde ni la mirada acerada que le dirigía Leighton. Siguió temblando mientras buscaba el cobijo de la delgada sarga.
De entre todos los hombres en Londres, ¿por qué tenía que ser él quien la salvara?
Con la mirada clavada en una cuesta cercana, vio cómo un grupo de personas observaba la escena. Aunque no veía sus rostros a aquella distancia, estaba segura de que los habían reconocido.
La historia estaría circulando por todo Londres a la mañana siguiente.
Se sintió invadida por un cúmulo de emociones: cansancio, miedo, gratitud, vergüenza y algo más primitivo que se retorcía en su interior y que la hacía sentir como si estuviera a punto de vomitar sobre sus botas, antes perfectas y ahora destrozadas.
Solo quería estar sola.
Haciendo un esfuerzo por controlar los temblores, miró al duque a los ojos y dijo:
—Gr… gracias, su ex… excelencia. —Se maravilló al comprobar que, tras haber estado a punto de morir ahogada, era capaz de expresarse con fría cortesía. Y nada menos que en inglés. Se puso de pie con la ayuda de Carla y dijo aquello que hubiera preferido no tener que decir jamás—: Estoy en deuda con usted.
Giró sobre sí misma y, pensando únicamente en un baño caliente y en una cama cómoda, se encaminó hacia la salida del parque.
Las palabras del duque, expresadas en un perfecto italiano, la obligaron a detenerse.
—No me dé aún las gracias. Jamás he estado tan furioso.
Pulsuz fraqment bitdi.