Kitabı oxu: «La conquista del sentido común»

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“¿CÓMO PUEDE SER QUE TODO ESO HAYA PASADO, QUE ESTO SIGA PASANDO Y NADA SUCEDA?”

Este tipo de pregunta ha formado parte de la atmósfera general y expresa cierto aire de sorpresa y desconcierto, en el marco de un descalabro económico y social generalizado. Se dijo ya por el 2015 que mucha “gente” actuaba en contra de sus propios intereses. Hoy se subraya desde distintos ámbitos sociales y políticos –a veces con una sorprendente admiración- que la responsabilidad de estos hechos recae en el complejo trabajo político comunicacional desarrollado por el macrismo. Este libro aborda el modo en que esa fuerza planificó puntillosamente la captura y transformación del “sentido común”, el “cambio cultural” tan pregonado. El análisis se centra en las estrategias comunicacionales que encuentran su raíz en una articulada cosmovisión que tiene su punto de arranque hace ya más de quince años atrás. No hubo improvisación en este campo. Asimismo, se desarrollan en términos operativos y discursivos los fundamentos y funcionamiento de la “cinicracia”, un modo sustancial de organización y gestión del gobierno macrista, no simplemente una actitud provocadora, que lleva en su vientre, inexorablemente, el desarrollo del odio y la búsqueda de disciplinamiento. Se intenta generar herramientas que permitan repensar el caos y el desorden de vida en que se ha sumergido a la mayoría de la población a partir de esa cosmovisión y la necesidad de poner el foco en un sentido común que habilite nuevas formas sociales de vida, lejos de las fantasías tanáticas del macrismo.


Saúl Feldman 1949, Mataderos, Buenos Aires. Sociólogo (UBA). Realizó el Posgrado en Comunicaciones Sociales (Comunication Institute, Hebrew University of Jerusalem). Dictó seminarios en esta universidad sobre Semiótica de la Publicidad, Teoría de los Procesos Ideológicos y Comunicaciones y Lenguaje de la Prensa Popular Israelí. Fundador y director general durante 22 años, de "Focos Latinoamérica" Centro de Investigación de Culturas de Consumo, agencia de investigación de mercado.

Saúl Feldman

La conquista del sentido común Cómo planificó el macrismo el “cambio cultural”


Índice

  Cubierta

  Contratapa

  Biografía del autor

  Portada

  Índice

  Dedicatoria

  Introducción

  I. El cambio cultural

  II. El sentido común

  III “Esto yo ya lo viví”

  IV. “Ir contra los propios intereses”

  V. El macrismo que no se pudo ver

  VI. El nuevo sistema de valores

  VII. Operacionalizando el sistema de valores

  VIII. Cinicracia

  IX. Vos

  X. La puesta en escena

  XI. “Los fierros”

  XII. El disciplinamiento macrista como acto de comunicación

  XIII. Vecinos y ciudadanos

  XIV. Matar la historia, matar al padre. Menos simbolismo...

  XV. La grieta

  XVI. ¿Hacia dónde vamos?

  Agradecimientos

  Bibliografía general

  Créditos

  Otros títulos de esta editorial

A Ester Szlit, hablando de sueños, y a Pablo, Ariel y Maayan, nuestros queridos hijos, creativos y sabios, acompañantes, consecuentes, críticos feroces y dulces a la vez, que pretenden que esté a la altura de mis deseos, más allá de sus pareceres, y que hicieron posible que este libro sea. Y sea mejor.

A mis amigos

INTRODUCCIÓN


NO ES PAÍS PARA VIEJOS (EN LA ARGENTINA,

SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES, JOEL Y ETHAN COEN, 2007)*

* No es país para viejos (en la Argentina, en mala “traducción”, Sin lugar para los débiles), de 2007, dirigida por los hermanos Joel y Ethan Coen. Basada fielmente en la novela de Cormac McCarthy, de 2005, es una película acerca de los tiempos que corren, el cambio de valores que se da en contextos sociales e históricos complejos y los diferentes paradigmas éticos que están en juego. El relato se inicia en la frontera desértica entre México y EE. UU.: un robo y un enfrentamiento entre bandas de narcotraficantes desencadena la historia. Cuenta cómo un asesino por encargo, un psicópata (Javier Bardem), persigue a un hombre no involucrado directamente en la transacción fallida −que terminó a los tiros y dejó un tendal de muertos− pero que se ha apoderado del dinero. Y retrata, además, a un alguacil ya mayor (Tommy Lee Jones) que, en el final de su carrera, queda a cargo de la investigación. Como otros films de los Coen, este constituye una reflexión moral sobre un mundo que se transforma y ya no es para viejos, para sus reglas de lealtad y solidaridad básicas. El foco está puesto sobre la responsabilidad personal volcada en las decisiones que cada uno toma: el alguacil, frente a un condenado a muerte que ha capturado, y a punto de presenciar su ejecución, reflexiona sobre la parte que le cabe en esa revulsiva situación social; el sujeto que se ha apoderado de un dinero que no le pertenece, de manos de un moribundo, decide volver al desierto a darle de beber, poniendo en peligro su propia vida. Y estas actitudes son contrapuestas al condicionamiento que impone el personaje del psicópata a sus víctimas casuales. A estas les reclama supuestas responsabilidades personales sobre una situación que les impone arbitrariamente, en un marco de reglas compulsivas, crueles, que les presenta como si fueran parte de una elección libre y natural (elegir cara o cruz en el lanzamiento de una moneda para decidir su destino: vida o muerte). Funciona este relato como una alegoría del actual sistema social en crisis. Señala, en concreto, el deterioro general de los valores vinculares en la sociedad estadounidense –extrapolable a cualquier otra en la que domine el neoliberalismo–, y apunta, al mismo tiempo, al rescate de otros valores: el amor y la solidaridad (en la relación del alguacil con su compañera; en la del personaje que se apodera del dinero con el moribundo a quien no conocía; en la rebeldía de la novia de ese personaje frente al poder arbitrario y cruel que el psicópata le quiere imponer, etc.).

Tres premios Óscar obtuvo No Country for Old Men (mejor película, mejor director y mejor actor de reparto), además de tres premios BAFTA y dos Globos de Oro.

LA REFORMULACIÓN DEL SENTIDO COMÚN, EJE DE LA POLÍTICA COMUNICACIONAL MACRISTA

El macrismo y una supuesta aporía

Pocas veces en la Argentina fueron tan previsibles las funestas consecuencias de un modelo económico. Pocas veces, también, una coyuntura como la que vive el país no desembocó, para sorpresa de muchos, en un conflicto social capaz de condicionar al poder político, como ocurrió en 2001. Los tempranos diagnósticos sobre el rumbo económico de Cambiemos se encapsularon de inmediato en expresiones del tipo “esto yo ya lo viví”, en referencia explícita a los años 90, sin excluir otros momentos de auge neoliberal como el iniciado en 1976 o el del comienzo del milenio. Pero para explicar las razones últimas de la “no explosión”, los motivos del inesperado apoyo inicial al macrismo, revalidado en las elecciones de medio término, la oposición solo atinó a expresar una perpleja constatación: que las personas pueden, en ciertos contextos, actuar “en contra de sus propios intereses”, axioma que se evidencia en la conducta de sectores medios, medios bajos y bajos que se habían beneficiado durante las administraciones kirchneristas y que se verían perjudicados por las políticas neoliberales, pero aun así apoyaron y apoyan al macrismo. Paradojalmente, el kirchnerismo le dejó tendida al macrismo una red de políticas públicas de inclusión social (Asignación Universal por Hijo, extensión masiva de las jubilaciones, etc.) que todavía actúan como un amortiguador frente al deterioro de la situación económica general de los sectores de menores recursos. También hubo, es cierto, ingentes esfuerzos por contener o no liderar climas potencialmente explosivos. Pero esto explica solo en parte la “paz social” en la que ha venido sustentándose el gobierno.

Esta aparente contradicción –entre el manifiesto agravamiento de la situación económica y la falta de una reacción consecuente y en la medida esperable– tiene poco que ver con una aporía, con una supuesta paradoja sin resolución, sino más bien con fenómenos socioculturales y políticos que no son exclusivos de la Argentina. Se trata de una nueva forma de funcionamiento del modelo neoliberal, que no es solo económico sino también, y especialmente en esta etapa, político y cultural. El neoliberalismo se despliega hoy en el marco de una revolución tecnológica inédita en el campo de las telecomunicaciones, que conlleva transformaciones de carácter civilizatorio, cambios en la cultura profundamente asociados a estos dispositivos de innovación tecnológica-comunicacional que están propiciando el desarrollo de un individualismo exacerbado, afectando el comportamiento de las personas, que ya no es unilineal ni descifrable en los términos tradicionales del análisis de la conducta.

Y todo esto se da en el marco de un proceso de disciplinamiento social complejo que trasciende lo represivo, en el que los medios de comunicación y el poder judicial están cooptados en sectores estratégicos. Este sistema de gestión del poder y su imprescindible aparato discursivo es lo que, en conjunto, denominaremos “cinicracia”.

Volveremos más adelante y en detalle sobre este concepto, que consideramos central en el sistema de gestión político-comunicacional del macrismo. Es más, sostendremos que la dimensión comunicacional es parte fundante y esencial de esta “cinicracia”. Y si le otorgamos tal relevancia al concepto es porque, en la actual etapa neoliberal, caracterizada por la presencia omnímoda de las comunicaciones en multiplicidad de medios y plataformas, tiene en el sentido común su objeto de acción fundamental.

Es quizás este resorte comunicacional, eje de la “cinicracia”, la parte más organizada, estable y eficiente del macrismo, la que consolidó su poder y hoy obra como soporte básico ante el evidente resquebrajamiento de su gestión.

Desde luego, si llamamos a este sistema “cinicracia” es porque su lógica de gestión está fundamentada en principios de organización filosófica, discursiva y de acción que tienen en el “cinismo” su base, el puntal expresivo sobre el que se posicionan sus actores y que operan en tanto “cínicos”, más allá de sus características personales.

Ya desarrollaremos extensamente este concepto, pero volvamos por un momento a la supuesta aporía del macrismo. Bien avanzado el gobierno de Cambiemos y ya en plena crisis, en julio de 2018, el “staff report” del Fondo Monetario Internacional sobre la Argentina dejaba constancia de que “la oposición social al programa (económico) ha sido más tenue que la esperada”. Algo más tarde, a mediados de noviembre, cuando ya era ostensible el plan de ajuste que iba a aplicarse –además del ejecutado hasta ese momento–, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, se ufanaba, provocativamente, de que “nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el gobierno”. Ambas acotaciones insinuaban que se había logrado algo inédito, extraño a la realidad sociohistórica argentina.

El macrismo, como tercera experiencia neoliberal neta en la escena local y a pesar de ser en muchos sentidos una continuidad de sus predecesoras, no es enteramente comparable con aquellas, no es algo “ya vivido”, a pesar de ciertos paralelismos que pudieran trazarse, fundamentalmente en el campo económico. La cosmovisión neoliberal que baja a tierra el macrismo resulta diferente a esos experimentos previos desde su concepción, desde su sistematicidad tanto en términos de lógica cultural como discursiva, y también desde sus estrategias de aplicación. Por lo pronto, se despliega en un contexto distinto a los regímenes neoliberales anteriores: lo hace en el marco de un mundo totalmente globalizado, dominado por corporaciones económicas y financieras que subyugan a los estados nacionales, bajo la égida del poder de los medios de comunicación concentrados y la impronta de la tecnología en la vida cotidiana y en las modalidades cognitivas y culturales de los individuos, que instauran un dominio hegemónico de la posverdad neoliberal en el mundo entero, y lo hace en la era del “lawfare”, lo jurídico utilizado arteramente como arma de guerra política, en un planeta fascinado por las opciones de derecha y las políticas de exclusión.

Esa pretendida “sorpresa” frente a la victoria de Cambiemos en 2015, y el apenas menguado favor que tuvo en las urnas dos años después, no oculta que el macrismo, lejos de ser un conglomerado de improvisados como se los quiso hacer aparecer en un comienzo –más allá de sus evidentes limitaciones de gestión–, se conformó como fuerza política al cabo de un proceso de largo aliento que comenzó allá por el año 20001 y se planteó desde un comienzo ser un proyecto hegemónico no solo en términos económicos, sino políticos y culturales. Desde sus cimientos, el PRO buscó comprender cabalmente los valores de la época, las formas en que se construye el sentido común en el deseo de las personas, asociándolo a una serie de mensajes políticos insertos en el diseño de un plan estratégico global que, en vista de sus resultados electorales, supo disimular todas sus debilidades.

Ya en el poder, la incierta disputa entre los partidarios del gradualismo y la política de shock, que el macrismo aseguró haber zanjado a favor de los primeros, no fue otra cosa que la incorporación de la opinión pública y de los sectores más resistentes al despojo a un debate en cierto modo ficticio, cuyo móvil es el celoso monitoreo del desarrollo de un nuevo sentido común, que requiere ser administrado con cuidado para evitar recurrir a mecanismos de represión indiscriminada y abierta. No se trató de ir un paso más lento en la imposición de las reformas económicas funcionales al modelo neoliberal, sino de manejar a voluntad las variables de un proyecto económico, social y cultural complejo. Eso fue, en realidad, el “gradualismo”, la generación de un marco de democracia precarizada, con un plan de disciplinamiento planificado y regulado. Sin dudas, el macrismo parece haber ganado, al menos en sus primeros tres años de gestión a nivel nacional, esa batalla cultural.

Ha sido un duro golpe, especialmente para el kirchnerismo, confinado en el laberinto de una minusvaloración del macrismo que le impidió organizarse frente al poder real que, efectivamente, vino por todo. Y sin embargo, “la calle”, ese territorio de imaginarios en permanente disputa, donde los colectivos se reúnen, intercambian, se manifiestan y reaccionan, ese lugar tan temido por el poder, produce, de pronto, vientos que desafían las premisas centrales del orden conservador.

Es un hecho que todo el edificio ideológico comunicacional al que haremos referencia en este trabajo, erigido con inteligencia y con rigurosa sistematicidad, constituye una diferencia cualitativa respecto del que pusieron en juego las experiencias neoliberales anteriores, pero no es menos cierto que, por más sólido que parezca, no puede sino resentirse en medio de una crisis económica de tal magnitud y de un proceso de transferencia de riquezas del conjunto de la población hacia un puñado de grupos concentrados tan rápido y tan significativo.

¿Cuánto y cómo percibe el poder esas fisuras? En marzo de 2018, en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, meses antes de la brutal devaluación y la recesión que sobrevendrían, el presidente Macri acuñó su concepto de “crecimiento invisible”. Una invisibilidad que se hizo patente a su salida del Parlamento, con saludos a la nada, a una plaza vacía, en una puesta en escena estudiada, marca registrada de Cambiemos. La gente ya se había vuelto invisible para el gobierno nacional. Después vinieron las corridas cambiarias y el pedido de auxilio al FMI, pero el cruento deterioro de lo real es, para el esquema cultural del macrismo, apenas un desafío comunicacional: modificar parámetros, afinar targets, encontrar una nueva sintonía con ese público que deliberadamente invisibiliza.

El contexto global

“Hoy la Argentina se integra al mundo y es parte de la agenda global del siglo XXI”, dijo Mauricio Macri frente a la Asamblea General de la ONU, en septiembre de 2016.

En tanto capítulo argentino del neoliberalismo, es necesario analizar la construcción de sentido de Cambiemos en el contexto internacional. El marco analítico que describe este libro funciona como macroparadigma de expectativas, que hoy son internalizadas por públicos de distintas culturas y que están funcionando como ejes de ordenamiento del nuevo sentido común para poblaciones muy diversas en todo el orbe.

No hacemos hincapié en la complejidad global por una cuestión mecánica de prolijidad metodológica. Lo hacemos porque los individuos, hoy invadidos por dispositivos de hiperinformación que los interpelan en tiempo real, incorporan los acontecimientos mundiales como referencias cognitivas y actitudinales, hechos cercanos a lo que sucede en los muchos epicentros de un planeta hiperconectado, y evalúan, desde ese punto de vista extendido, lo que es posible, lo que es normal, etc., y a partir de allí diseñan sus modos de asimilar los procesos locales, en un contexto global. También a partir de esa experiencia general es que activan (o neutralizan) los modos de resistencia que consideran posibles, convenientes, etc.

Posiblemente esto explique en parte esa supuesta aporía a la que hacíamos referencia al comienzo: la inexplicable aceptación de las duras condiciones de existencia que se imponen como “forma normal de vida” para una importante porción de la población. (De todos modos, las situaciones son muy fluidas y lejos de permanecer uniformes. Prueba de ello es el fenómeno masivo y sostenido de los “chalecos amarillos” en Francia, que obligó al presidente Macron a retroceder momentáneamente en sus medidas.)

El mundo vive convulsionado. No se trata de un estado de crisis, es decir, de una interrupción momentánea, de duración variable, de las reglas que gobiernan un sistema hasta tanto el sistema vuelva a estabilizarse en un ordenamiento y un equilibrio distintos. Se trata de la percepción de que estamos no frente a un mero proceso de cambios sino frente a una circunstancia sin término, que evoluciona hacia algún lugar incierto, una amenaza que sabemos constante aunque no podamos definir sus alcances ni comprender claramente en qué consiste. La incertidumbre domina, de una u otra manera y con gravedad diversa, el panorama político, económico, social y cultural de la mayoría de las sociedades.

Se llame Trump, Brexit, crisis de los refugiados, “terrorismo fundamentalista”, conflictos bélicos de todo tipo, sociedades dominadas por una exclusión creciente o avance de los llamados “populismos” de derecha, la sensación es que vivimos sorprendiéndonos. Lo “normal” es lo sorpresivo y, paradójicamente, a lo que nos acostumbra es al límite, a la frontera vulnerada. Y en esta situación de lo sorpresivo como normalidad que desordena, está el origen de la angustia de la que se nutre el neoliberalismo, responsable, a su vez, de su creación2.

La incertidumbre pasó a ser un valor estratégico, reivindicada como factor de libertad. En septiembre de 2016, el entonces ministro de Educación Esteban Bullrich sintetizaría el nuevo credo durante su participación en el panel “La construcción del capital humano para el futuro”, ante los inversores del Mini Davos: “Debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”.

Acaso la manifestación más amarga de esta situación convulsiva es la que se da al nivel del lenguaje. Hoy nos resulta innombrable, difícil de precisar, lo que estamos viviendo. Hablamos de posverdad, posdemocracia, pospolítica, para señalar que aludimos a algo que viene después de aquello que conocíamos y entendíamos, pero que carecemos de palabras adecuadas para denominar estos nuevos fenómenos, puesto que, parece, todavía no dominamos todas sus lógicas e implicancias y nos negamos a abandonar el espacio de la Ilustración que les dio sentido3. Simplemente podemos decir “pos”: lo que vino después y ha sido des-naturalizado nos deja, literalmente, sin palabras.

La gravedad de esta convulsión, ligada a la dinámica de desarrollo del capitalismo actual, se expresa en mucha literatura de distintas disciplinas que describen esta época no como una crisis social o económica, como dijimos, sino como una crisis civilizatoria. Bajo el expresivo título Living in the End Times, Slavoj Žižek escribe:

“La premisa básica de este libro es bastante simple: el sistema capitalista global está aproximándose a un apocalíptico punto cero. Sus ‘cuatro jinetes’ están formados por la crisis ecológica, las consecuencias de la revolución biogenética, los desequilibrios dentro del propio sistema (los problemas de la propiedad intelectual; las luchas que se avecinan sobre las materias primas, los alimentos y el agua) y el explosivo crecimiento de las divisiones y exclusiones sociales”4.

Esta idea de crisis civilizatoria es fuerte en los países centrales en los que se ve resquebrajarse el “estado de bienestar” inaugurado tras la Segunda Guerra Mundial. En otras partes del mundo esta visión está matizada por sus propias particularidades, como en Latinoamérica. Aquí el acento está puesto en el fenómeno de la exclusión social, en un contexto de contrarreforma neoliberal que se da en el marco de una caída pronunciada de los precios internacionales de las materias primas y a través de la ofensiva de una alianza entre los grandes intereses económicos financieros con los medios masivos de comunicación altamente concentrados y muchas veces en alianza con el poder judicial. Lo que aparece en primer plano es la destrucción del importante desarrollo socioeconómico concretado con los gobiernos “populistas” progresistas, cuya consecuencia fue la inclusión social de grandes masas de la población.

Žižek y Fredric Jameson apuntan que es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo5. El neoliberalismo parece haber alcanzado tal hegemonía para establecer las reglas de funcionamiento del mundo y de la vida cotidiana de las personas que hizo realidad en el imaginario social la famosa frase de la primera ministra británica Margaret Thatcher de que “no hay alternativa”.

En la Argentina, Mauricio Macri pretende reafirmar ese principio cuando, en medio de una crisis económica fenomenal, dice que “no hay plan B”. Lo hace, además, afirmando que “esta vez (el cambio) es en serio” y que hay que decirse “la verdad mirándose a los ojos”. El disciplinamiento y la consiguiente precarización de la democracia son presentados como el único camino posible.

El capitalismo siempre tuvo una relación difícil con la democracia, a pesar de que en su nacimiento fue esta una premisa de funcionamiento del sistema. Desde luego, la lucha entre el capital y el trabajo y el continuo ciclo de crisis que hace a su desarrollo siempre supuso límites para una libertad amplia y sin restricciones. Solo con el estado de bienestar a partir de la década del 60, capitalismo y democracia mantuvieron un vínculo más consistente alrededor de la expansión de derechos. En los 80, con el desarrollo del neoliberalismo y la concepción hayekiana6, creció el descreimiento en el sistema democrático, paradójicamente en los sectores que supuestamente más se veían beneficiados por él. Como señala Wolfgang Streeck, en “la marcha hacia el neoliberalismo, como una rebelión del capital contra el keynesianismo, con el objetivo de entronizar en su lugar el modelo hayekiano (…) La democracia dejó de ser funcional para el crecimiento económico y, de hecho, se convirtió en una amenaza para la rentabilidad del nuevo modelo; por eso tenía que disociarse de la economía política. Así fue como nació la ‘posdemocracia’. En este contexto toma fuerza el ‘there is no alternative’”7.

Mark Fisher habla de “realismo capitalista”, con un guiño irónico al “realismo socialista”, como algo “que no puede limitarse al arte o al modo casi propagandístico en que funciona la publicidad. Es algo más parecido a una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”8.

Ahora bien, este libro se ocupará específicamente de un aspecto central en este ambiente convulsivo: el de la comunicación como constructor ideológico-cultural del sentido común, pilar y sostén de la actual hegemonía neoliberal en la Argentina, a través del macrismo.

El neoliberalismo, lejos de ser, especialmente en esta época, una visión y una práctica económicas, es una cosmovisión, es decir, una forma de ver el mundo en sus diversos aspectos. Lo comunicacional no es, en el neoliberalismo, un elemento más. Es aquello que permite darle coherencia ideológico-cultural, generando fuertes consensos que atraviesan diversos grupos sociales, inclusive aquellos que, como se dice, “actúan contra sus propios intereses”, en una época de intromisión tecnológica en que lo comunicacionalmente conformado aparece como la realidad misma. En este reino de la posverdad, lo que campea es el “realismo cínico” de vastos sectores de la sociedad que aceptan las penurias y asimetrías como datos de una realidad dada, inmutable, que fatalmente hay que asumir.

Las formas tradicionales de oposición y resistencia, las grandes concentraciones, las protestas localizadas, los núcleos duros del disenso, están rodeadas hoy por un minucioso trabajo de invisibilización que los medios hegemónicos realizan en forma sistemática y planificada, mientras operan equipos de disciplinamiento complejos y articulados, que incluyen en el plano comunicacional la generación de pseudoacontecimientos que buscan contrarrestar las “malas noticias”, la construcción de una agenda que desvíe la atención de los temas que afectan a la vida cotidiana, y el accionar furtivo de trolls y usinas de “fake news” en las redes sociales.

La experiencia neoliberal argentina y las razones para hacer foco en ella

El centro de nuestro análisis será la construcción de la cosmovisión de la experiencia neoliberal argentina, poniendo el acento en el trabajo comunicacional del macrismo, en su intento de producción de subjetividad. ¿Cuál es aquella verdad que siente una importante parte de la población que hizo y hace que la alianza Cambiemos haya logrado constituirse como una alternativa buena y necesaria para el país y para sus vidas?

Hemos hablado del contexto global convulsivo en el que transcurren las experiencias particulares. Pero nos queremos ocupar del capítulo argentino de esta realidad neoliberal global. ¿Cuáles son, a nuestro juicio, los elementos característicos de la política y la sociedad argentinas que expresan la singularidad de esta experiencia, y los que en ese contexto distinguen per se a la gestión comunicacional del macrismo?

Primero: Lo que no se pudo ver. Un muy organizado, disciplinado y agresivo proceso de construcción de hegemonía, planificada tanto en el plano político como en el comunicacional, que es el que a nosotros nos ocupa específicamente en este libro.

El proyecto neoliberal que lidera Mauricio Macri se propuso desde muy temprano, entrado el milenio, trabajar en forma ordenada y sistemática en el rediseño de la sociedad argentina en muchos niveles, entre ellos el que llamaron “el cambio cultural”. Este incluyó, conscientemente, una profunda redefinición del sentido común. Es decir, se profundizó en el rol de los valores y las emociones que rigen los procesos personales con relación a la política y el sentido de la vida misma en relación a lo social, con el propósito de intervenir en lo que suele denominarse la “producción de subjetividad”.

Esa reflexión temprana de las campañas del PRO adquirió nuevo ímpetu y sufrió un punto de inflexión con la incorporación del consultor de imagen ecuatoriano Jaime Durán Barba como asesor político allá por 2004; con el aporte de Alejandro Rozitchner, filósofo, en cuanto asesor personal de Macri; y más tarde con la coordinación de Marcos Peña, actual jefe de Gabinete de Ministros. Estos vinieron a sumarse a equipos que ya venían trabajando en la misma dirección. Entre ellos, la Fundación Pensar, presidida por el exministro de Producción Francisco Cabrera y dirigida por el académico Iván Petrella.

La actividad de estas y otras usinas del pensamiento neoliberal –como el Grupo Sophia, creado por el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, o Creer y Crecer, una ONG que apuntaló el propio Macri− permite ver una evolución que se inicia con el siglo y que ya en 2007, en ocasión de la presentación de Macri como candidato a alcalde de la ciudad de Buenos Aires, exhibe la estratégica estructura de un modelo operativo de cosmovisión, que trabaja con sistematicidad en la generación de canales de significación persuasivos, conceptos y terminologías que fueron usados con éxito en esa campaña.

Desdeñado en sus formas y en sus contenidos por sus rivales políticos, el macrismo ya mostraba los núcleos básicos de lo que luego se manifestaría como la escrupulosa planificación de un proyecto político, cuyo potencial comunicacional y de gestión era monitoreado continuamente, con el objetivo final de construir los consensos públicos que le permitieran, al cabo, expandir su hegemonía a escala nacional. Ese rediseño social, esa nueva subjetividad que pacientemente acuñaron los “think tanks” del PRO, no aparecía en la superficie, y no se vio.

En nuestro análisis procuraremos hacer foco en la construcción de ese modelo de producción de subjetividad, al que preferimos referirnos como los dispositivos de “cincelamiento y trabajo del alma” del proyecto neoliberal argentino.

Hoy el macrismo lleva más de doce años abocado al armado de un sistema planificado, sistemático y articulado de comunicación y propaganda con equipos de profesionales comandados por un pensamiento estratégico consciente y altamente organizado. Tiene un organigrama que cubre todo el espectro de las tareas comunicacionales, siendo una de sus cabezas estratégicas más conocidas, aunque no necesariamente la única ni la máxima, Jaime Durán Barba, el asesor que alcanzó tal poder y conocimiento público que convirtió su nombre en verbo, para señalar algunas características, ciertamente exitosas, de la acción política y los modos de comunicarla: “duranbarbizar”, es la expresión en boga.

Como ya se dijo, estos equipos empezaron a “producir sentido” aun antes de que Macri obtuviera la Jefatura de Gobierno porteña, en 2007. El análisis de su trabajo para las campañas en las distintas contiendas electorales y de otras producciones comunicacionales provee material para formular hipótesis centrales sobre el modo de construcción del consenso que hoy distingue al neoliberalismo que gobierna la Argentina. Hemos trabajado sobre un corpus de un centenar de comunicaciones publicitarias de campaña y de gestión del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, a partir de 2015, de Presidencia de la Nación, declaraciones y apariciones públicas de sus diferentes funcionarios y apoyaturas en los medios tradicionales y en las redes a lo que sumamos una profusa bibliografía que, creemos, enriquece los alcances de nuestro aporte analítico.

Segundo: El proceso de fragmentación política, objetivo central estratégico del macrismo desde sus inicios. La estructura de partidos y representaciones políticas en la Argentina experimenta un momento de redefinición, con un movimiento popular original y poderoso, el peronismo, que se muestra fragmentado y todavía en crisis.

La Argentina cuenta con una importante historia de luchas populares que superaron varias experiencias neoliberales. El movimiento peronista, un fenómeno “populista” particular, único, contradictorio, oscilante, compuesto por muchas organizaciones, con tendencias enfrentadas, que van de la derecha a la izquierda en su interior, sigue siendo para muchos un fenómeno político difícil de explicar, pero ha sido, en cualquier caso, la columna vertebral de la resistencia en épocas aciagas de la historia argentina: “el hecho maldito del país burgués”, en la célebre definición de John William Cooke.

A pesar de sus fuertes contradicciones internas, de transitar hoy un proceso que parece disolvente, producto de esta época de reordenamiento ideológico y político generalizado, el peronismo es un movimiento que persiste, pero no parece amenazar desde su organización y composición actual, por sí mismo, la consolidación de un proceso neoliberal. Por el contrario, muchos de sus representantes han sido absorbidos por la oleada neoliberal y directamente se han unido formal o subrepticiamente al macrismo. Puede vislumbrarse entonces, como insinuamos, un fenómeno de cierta descomposición del peronismo, funcional al objetivo estratégico del macrismo, que se ha propuesto borrarlo del mapa en cuanto representación de mayorías cuestionadoras, como parte de la radical transformación social que se ha propuesto. Cuenta para ello con un contexto político-cultural en el que para los jóvenes, un sector de peso creciente en la concepción de toda realidad, el peronismo muchas veces aparece más como una referencia histórica que como una realidad significativa y actual internalizada en sus vidas. No es casual que el presidente, que quiere polarizar con el peronismo, ponga énfasis en aducir que su gestión ha venido a terminar con los fracasos de un modelo político económico que se remonta, casualmente, 70 años atrás. O sea, a las décadas de los 40 y 50, la época fundacional del peronismo.

En un contexto global de transformación y disolución de los viejos partidos y en esta “nueva época” de rediseño de consensos bajo la hegemonía neoliberal, el peronismo resiste bajo su perfil heterodoxo kirchnerista, y es en esa dirección que el cálculo de la comunicación macrista, objeto de nuestro análisis, elige confrontar.

Tercero: Un país con una tradición de resistencia consolidada. Subsiste en la Argentina una extendida red de organizaciones intermedias con arraigadas prácticas de intervención en los asuntos públicos.

La movilización es la praxis común de un enorme número de organizaciones de la vida política argentina, que reconoce su origen en los sindicatos pero se extiende a estudiantes, mujeres, jubilados, militantes por los derechos humanos, por la diversidad de género, piqueteros, artistas e intelectuales, y a un amplio abanico de organizaciones de la sociedad civil y colectivos de todo tipo dispuestos a actuar en el espacio público para visibilizar sus demandas: profesionales, consumidores, feministas, empresarios de la pequeña y mediana industria, socios de clubes barriales, enfermeros o pacientes. Este entramado organizacional es único en Latinoamérica, nuclea a sectores de todas las clases sociales e implica una disposición potencial a movilizarse para reclamar el acceso a derechos o defender los ya adquiridos. Es este, entonces, un país con una tradición de resistencia consolidada, cuyos actores, en general dispersos, repiten y exageran la fragmentación del arco político opositor.

Sin embargo, el desafío comunicacional del poder real no es interpelar a ese público que sale a gritar su discrepancia, sino ocultarlo, estrechar los espacios de visibilización de esas manifestaciones. Las transformaciones tecnológicas en los modos de consumo de información han generado una situación inédita: para los dispositivos comunicacionales de la alianza Cambiemos y sus medios afines, el número de los descontentos, el tamaño de la movilización, no importan, siempre que puedan ser escamoteados de la cobertura periodística. En esa tensión –entre la dimensión pública del descontento y la capacidad de esconderla o, eventualmente, reprimirla− se juega buena parte de la suerte de un gobierno cuyos recursos propagandísticos, veremos, funcionan más eficazmente en el ámbito de lo privado.

Cuarto: La poderosa pero fallida experiencia populista del kirchnerismo a la hora de consolidar poder, que merece ser considerada en su política comunicacional.

La experiencia de doce años de gobierno kirchnerista produjo transformaciones fundamentales en el plano social y generó ciertas alianzas políticas nuevas, pero no ha logrado introducir cambios importantes en la matriz del sistema de poder ni en la estructura básica de la economía. La coalición denominada Frente para la Victoria fue derrotada en las elecciones presidenciales de 2015 por escaso margen (49 % a 51 % en la segunda vuelta) en las elecciones presidenciales, permitiendo el ascenso, diríase inesperado, del neoliberalismo al poder.

El kirchnerismo ha hecho en forma explícita del neoliberalismo y sus políticas, en distintos frentes, su enemigo, conservando evidentemente un considerable poder de fuego, al punto que la entente financiera-judicial-mediática no ha ahorrado medios para desprestigiarlo y tratar de destruirlo. El “populismo” antineoliberal todavía es fuerte en la Argentina, pero no tuvo éxito en doblarle el brazo al consenso obtenido por el macrismo, sorpresivamente, en amplias capas de sectores medios y bajos. Analizada en el contexto de la disputa comunicacional, está claro que la irrupción de Cambiemos hizo su agosto no solo en base a estrategias publicitarias que al cabo se demostraron exitosas, sino también debido a la persistente y por momentos incompresible minusvaloración que hizo el kirchnerismo de las herramientas del marketing político.

Quinto: El macrismo como deseo de alineación explícita con el neoliberalismo global.

Macri quiere insertar a la Argentina en el mundo, lo repite en forma insistente, y considera que lo ha logrado. No habla de cualquier mundo. Habla del mundo neoliberal, liderado, fundamentalmente, por los Estados Unidos. Busca integrar a la Argentina a la economía y a la estructura de valores del siglo XXI, que en lo sustancial impone modos de vida degradados a porciones crecientes de la población.

Pero hay un imaginario dominante sobre la “excepcionalidad argentina” que el presidente parece querer retomar y ser parte de él. Ya en 2007, llamaba a votar al PRO expresando la idea de cambio en la arenga publicitaria de que “Argentina tiene que volver a ser campeón”, pivoteando sobre el narcisismo argentino y la mitología de una supuesta excepcionalidad de origen. Esa fantasía preexistente de un lugar reservado por derecho propio a la Argentina en el mundo está ciertamente en crisis terminal, pero vuelve a sobrevolar mágicamente en el imaginario del poder cuando pretende verse reflejado en fastos como los del último G20, organizado en una Buenos Aires militarizada y desierta.

En cualquier caso, para ejemplificar y “demostrar” esa singularidad de lo argentino, que por tanto debería ser retribuida, están los héroes-íconos de alcance mundial, retomados por la cultura global bajo distintos formatos de representación estética: Evita y el Che, Maradona y Messi, y aun el papa Francisco. ¿Por qué no tomar en serio, entonces, ese evidente producto de la megalomanía nacional, postulando al propio macrismo como poseedor de una misión trascendental, particularmente en una región hasta no hace mucho “asolada” por los populismos, para que el mundo entero lo reconozca? En esa lógica se inscribe la representación a ultranza de las posiciones de EE. UU. en el continente y, en particular, el ataque reiterado al gobierno de Venezuela en todos los foros internacionales.

Mientras la economía se desbarranca y crece la pobreza, los elogios a las políticas neoliberales emprendidas en el país se multiplicaron en boca del presidente estadounidense Donald Trump, de la titular del FMI Christine Lagarde, y del coro de mandatarios globales reunidos por el G20. En la búsqueda explícita de convertirse en líder de la contraofensiva neoliberal en Latinoamérica, ese “regreso” al mundo es el eje de la política económica de endeudamiento externo y de alineamiento ideológico del macrismo, en un revival de las “relaciones carnales” mantenidas con el país del norte durante el neoliberalismo modelo 90, con Carlos Menem como presidente. Es en tal sentido que podemos llamar a la experiencia macrista el “capítulo neoliberal argentino”, como parte de las tendencias macroculturales globales que condicionan su propia evolución en la tarea de producir subjetividad.

Sexto: La destrucción de la política de derechos humanos, un ejemplo paradigmático del cinismo como modo de gestión política y comunicacional del macrismo.

Si en algún terreno la Argentina ha construido un paradigma propio, ese es el campo de los derechos humanos, con el ejemplo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el movimiento de Memoria, Verdad y Justicia, los juicios y condenas a los represores y la lucha incesante por recuperar la identidad de los hijos de desaparecidos, apropiados durante la última dictadura cívico-militar, y eso la convirtió para el neoliberalismo global en un muy mal ejemplo que sería deseable eliminar. Es lo que se propuso de modo casi inocultable el gobierno de Mauricio Macri. Y si bien sus repetidos intentos se han topado con importantes resistencias, insiste, pues está en el ADN de su representación política. ¿Cómo podría reivindicar si no la historia neoliberal, proteger a viejos aliados del campo empresarial y los modelos económicos de exclusión que hoy se repiten, sin borrar la política de derechos humanos? Esa tarea pasó a formar parte de un engranaje comunicacional ideológico prioritario del macrismo, un núcleo de la estrategia publicitaria a contramano de valores de época, pero que siempre encuentra en la intolerancia un campo fértil para propagarse.

Un diccionario terminológico del “cambio cultural”

El presente trabajo busca hacer foco en el análisis de cuestiones que pueden parecer secundarias frente al evidente empeoramiento no solo de las condiciones económicas y sociales, sino ante otros cambios en el funcionamiento de lo político e inclusive ante situaciones que suponen un recorte en el Estado de derecho. Se trata del examen pormenorizado de aquello que ha ocupado un espacio menor en los análisis críticos que estudian los objetivos estratégicos económicos, sociales y políticos de la experiencia neoliberal que gobierna el país. Es este trabajo una suerte de reconstrucción del diccionario terminológico de la ideología cultural del macrismo, de las consecuencias que persigue su “cambio cultural” y de las expresiones cotidianas de parte del electorado que acompañó estas políticas.

Nuestro propósito es mostrar que esas expresiones comunicacionales que forman parte del vocabulario cotidiano de los medios y de una vasta porción de los ciudadanos son el ariete del entramado persuasivo del neoliberalismo macrista. Que son parte y clave de una estrategia compleja, cuya relevancia se ve muchas veces minimizada en el diario fluir discursivo, en las conversaciones de todos los días, pero que se inscriben en la matriz profunda de un sistema de ideas que busca de un modo incesante imponer su hegemonía.

Este libro tiene como objetivo internarse en esa supuesta aporía que todavía muestra un importante apoyo al gobierno de Mauricio Macri de sectores sociales que “naturalmente” no deberían facilitárselo. Y ofrece una mirada sobre la meticulosa tarea cultural y comunicacional que, operando sobre el sentido común, se asocia a la producción de subjetividad del macrismo y permite explicar, al menos en parte, ese inesperado sostén.

No decimos que sea este el principal cimiento que sostiene todo el proyecto de Cambiemos ni pretendemos subordinar la política a la reflexión y a la acción comunicacional. Sí postulamos que la mirada comunicacional, entendida en su complejidad de construcción y análisis vincular, simbólico e imaginario, y el examen de los dispositivos de los que dispone permiten explicar el proceso de constitución de un nuevo sentido común en el que el macrismo está embarcado, y con ello la conformación de una nueva hegemonía. Y que esta mirada abre un marco para pensar los alcances y los límites de esa hegemonía, especialmente en un contexto democrático que consiste en ganar voluntades y ayudar a generar políticas persuasivas que contrarresten los aparatos de dominación ideológica.


El esquema supone una estructura de superficie y otra profunda, teniendo en cuenta los niveles de conciencia diferencial que tienen los actores sobre los procesos. Los aspectos más condicionantes y dinamizadores son las distintas biósferas contextuales. El esquema permite ensayar análisis y proyectos poniendo en contacto dinámico los distintos espacios.

No es este un texto que se proponga desarrollar teorías ni establecer nuevas categorías de análisis del mensaje político. Nos movemos en el espacio del lenguaje cotidiano, que actúa como cincel en el trabajo del alma, que es el espacio del sentido común. Por eso partimos de palabras, frases y dichos que se usan comúnmente para describir lo que supuestamente pasa, lo que habría que hacer, lo que la gente desea que suceda. A través de esa terminología de uso ordinario y, por lo mismo, omnipresente en el imaginario de los ciudadanos, intentamos diseccionar esos instrumentos, pensarlos en sí mismos, en los modos de su utilización. Desde esos códigos de lo cotidiano, lo que −supuestamente− todos sabemos, “lo bien conocido en general” como diría Hegel, es posible encarar la comprensión del interior de ese pensamiento persuadido y esa sensibilidad capturada por el macrismo.

Quiere ser este libro una suerte de glosario razonado de esos cinceles del alma. Y el deseo es que pueda servir, como cualquier diccionario, no solo para entender el sentido de lo que se define, sino, por sobre todo, que las definiciones y conclusiones que surjan de él y la conexión entre ellas puedan habilitar reflexiones e ideas, elaborar instrumentos para otros usos, para la construcción de otras subjetividades. No “almas blancas”, que como todos sabemos son muy peligrosas, por engañosas, sino almas emocionalmente construidas para operar en la dificultad, aceptando que se viven tiempos difíciles, en los que la contradicción es un elemento constitutivo de lo real; almas, en fin, que puedan afrontar la búsqueda de caminos personales en un marco colectivo solidario.

Si bien el libro está organizado en su progresión con una lógica determinada, los capítulos están redactados de manera de poder funcionar autónomamente. Es en función de ello que en algunas oportunidades se reiteran ciertas ideas y conceptos que permitan ese funcionamiento autónomo.

Este libro lo comencé a escribir a mediados de 2017 y los capítulos nacieron motivados en diversas instancias a medida que la situación, con un alto dinamismo, evolucionaba. De todos modos, decidí no eliminar las huellas de ese dinamismo, aunque fuera en pocos casos evidente, en un libro muy marcado por la coyuntura, privilegiando la impronta de la realidad en la que fue escrito.

Marzo 2019

1 Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti, Mundo PRO. Anatomía de un partido fabricado para ganar, Planeta, 2015.

2 Renata Salecl, Angustia, Ediciones Godot, Buenos Aires, 2018.

3 Desde una posición antagónica, el libro de Steven Pinker, En defensa de la Ilustración (Paidós, 2018), se ha puesto de moda en algunos círculos para “demostrar” que, a diferencia de lo que se sostiene, las cosas están mucho mejor de lo que se piensa.

4 Slavoj Žižek, Viviendo en el final de los tiempos, Akal, 2015. Otra consideración en este mismo sentido ofrece la filósofa española Marina Garcés en un artículo publicado con el significativo título de “Condición póstuma”: “Nuestro tiempo es un tiempo en que todo se acaba. Vimos acabar la modernidad, la historia, las ideologías y las revoluciones. Hemos ido viendo cómo se acababa el progreso: el futuro como tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento. Ahora vemos cómo se terminan los recursos, el agua, el petróleo y el aire limpio y cómo se extinguen los ecosistemas y su diversidad. En definitiva, nuestro tiempo es aquel en que todo se acaba, incluso el tiempo mismo. No estamos en regresión. Dicen, algunos, que estamos en proceso de agotamiento o de extinción. Quizá no llegue a ser así como especie, pero sí como civilización basada en el desarrollo, el progreso y la expansión” (Obra colectiva, El gran retroceso, Seix Barral, 2017, pág. 109).

5 Slavoj Žižek y Fredric Jameson, Estudios culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, 1998.

6 Por Friedrich August von Hayek (1889-1992), el economista austríaco que señaló las contradicciones entre la economía planificada y las libertades individuales.

7 Wolfgang Streeck, ¿Cómo terminará el capitalismo?, Traficantes de Sueños, Madrid, 2017, pp. 36-41: “Disociación de la Democracia y la Economía Política”.

8 Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra, 2018, pág. 41.

I
EL CAMBIO
CULTURAL


BALCARCE EN EL SILLÓN DE RIVADAVIA *

* Consumado su triunfo electoral en 2015, el macrismo sintió que podía emprender un acelerado proceso de cambio cultural que ya había insinuado activamente desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Pero esta vez en el mismo corazón de la cultura política, no solo de la cotidiana. Ahora en poder del aparato del Estado, podía, además, desplegar un sistema de disciplinamiento e intervenir fuertemente en la transformación del sentido común. Desplegó entonces un guión general ya escrito que, lejos de cualquier improvisación, puso en juego herramientas pensadas en detalle para cada coyuntura específica que confluyeron en una sincronizada estructura comunicacional. Se quiso dejar impresa en la mente de las personas una serie de documentos, imágenes, improntas para una especie de “película documental” rodada en tiempo real que funcionase como testimonio del cambio cultural programado. Así fueron acuñadas, entre otras, las imágenes del perro Balcarce sentado en el sillón de Rivadavia, el baile de Mauricio Macri al ritmo de “No me arrepiento de este amor”, de Gilda, en el balcón de la Casa Rosada, los nuevos billetes ilustrados con animales autóctonos, “despolitizantes”, en lugar de los próceres, etc.

Todo estuvo y está impregnado de la intención de romper con los símbolos, con el tiempo histórico acumulado, con la memoria colectiva. Y cargado de un tono sardónico, una tácita burla arrojada sobre el Otro, sobre el concepto de Patria, sobre la política. Fue la muestra de una forma de dinamitar una cultura política y un sentido común vigente. La no política. El perro “Balcarce” sentado en el sillón presidencial, haciendo trizas la historia como continuidad y memoria, reemplazando a los presidentes −o a los niños, deportistas o trabajadores de la cultura que habían sido sentados por Néstor Kirchner en ese mismo lugar, como representación legítima del pueblo− por un animal. Una afrenta a la Historia y a la política como acto colectivo, dejando latente la idea de que el verdadero poder está fuera de la Casa de Gobierno. Que ese objeto, el del sillón como símbolo de poder y representación, es un simulacro con el que había que terminar. Asimismo, el baile en el balcón, teatro de la máxima conexión colectiva del poder político con el pueblo, con el fondo de la cumbia de Gilda, da a entender que ese amor (¿del que habría que arrepentirse?), individual, circunstancial, una “calentura” del momento, debía tomarse como metáfora de la nueva política marcada por lo efímero, por lo privado. Más que la alegría desubicada de un festejo, sonaba a la burla chabacana que coronaba la ascensión de una nueva cultura política, en la que la idea de lo colectivo queda afuera, y no hay otra promesa que la de un mundo feliz, inspirada en una fantasía casi infantil, pero no desde un balcón que sea abrazo y trabazón entre política y ciudadanía, sino de un balcón palaciego, mueca comunicacional de la fiesta aristocrática, para pocos, que el gobierno ofrece a los suyos puertas adentro del castillo.

EL CAMBIO CULTURAL NO ES UNA COARTADA DEL MODELO NEOLIBERAL

No había transcurrido un puñado de meses desde la elección que catapultó a Mauricio Macri a la presidencia cuando empezó a ocupar un espacio mayor en el discurso oficial la insistencia en la “necesidad de un cambio cultural”. Era un llamado a recordar que la persistente consigna del “cambio”, que logró galvanizar los deseos más diversos del electorado, originados en muy distintas motivaciones de sectores sociales bien diferentes, podía reconcentrarse en algo más trascendente: el deseo de un cambio en los valores que sustancian el tejido social. En el campo político más inmediato, la primera novedad había sido vencer al kirchnerismo, pero ahora se trataba de demolerlo, marcado este deseo por un odio acérrimo por “los K”, vértice de confluencia esencial de buena parte de los votantes de Cambiemos. Pero había un mensaje de fondo, desarrollado en paralelo a la persecución jurídica a los integrantes del anterior gobierno o a la implementación de fuertes reformas económicas de corte neoliberal: la necesidad imperiosa de instalar otro orden social y cultural.

Aquella demanda explícita de un “cambio cultural” que debía producirse para poner fin a todos los males de la República ocupó el primer plano de las declaraciones, mientras arreciaban las primeras medidas económicas que sentarían las bases de la matriz del modelo –tarifazos, endeudamiento, apertura de importaciones, despidos en el Estado y ajuste permanente−, ante la reacción desarticulada y débil de un kirchnerismo que aún no salía del shock de la derrota y de una ciudadanía todavía desconcertada por la impiedad de lo que el gobierno llamaba “gradualismo”.

Esa convocatoria a un necesario “cambio cultural”, ¿fue solo un ardid discursivo para generar un apoyo a las medidas económicas, en atención a los “sacrificios” que demandaban? No parece. La evidencia permite ir más allá del crucial pero, con todo, estrecho campo de la economía como la única motivación para hacer ese “llamamiento” del orden de lo moral. Se trataba, más bien, de establecer un necesario y complementario nuevo orden cultural capaz de sustentar –y contener, llegado el caso− el diseño de este nuevo orden económico y social.

Los cuadros intelectuales de la oposición ya habían hecho la caracterización neoliberal e individualista de la ideología macrista, un perfil que fue robusteciéndose con cada medida de gobierno y a partir de las temerarias declaraciones antipopulares de ministros y funcionarios de primera línea de Cambiemos. Para los partidarios de la coalición de gobierno, el anunciado “cambio de valores” se afirmó desde el primer momento en la expresión de un odio que paulatinamente se fue acrecentando, fogoneado desde los medios masivos y las redes sociales. Eso que poco antes se había bautizado como la “grieta”, y de cuya generación se había responsabilizado al kirchnerismo, se iría ensanchando como perverso fundamento desde el cual concebir ese nuevo orden. Hubo, sin embargo, analistas de la hoy oposición, en rigor no muchos, que señalaron en medio de sus diagnósticos político-económicos, aun antes del desembarco de Macri en la Casa Rosada, que no debe olvidarse que el neoliberalismo era también una cosmovisión, y que ese cambio cultural que estaba en juego implicaba el diseño de un nuevo modelo social.

Se trata de un concepto que acompaña al macrismo desde sus inicios como fuerza política. Cuando se comenzó a hablar de “cambio”, esta referencia no ocupó públicamente el centro de la cancha, y cuando su utilización se intensificó en la previa a las elecciones, sugería en principio solo un cambio de color político. La explicitación sobre un cambio que solo era en sí mismo posible si implicaba un cambio de valores en la sociedad entró en escena inmediatamente después, aunque era claro que, para la dirigencia del PRO, esa modificación de los valores imperantes era la condición que exigía el rediseño de la política económica y sus consecuencias sociales.

Como señalamos más arriba, ya desde el temprano 2005 se fue conformando un equipo, con el acercamiento a Macri del consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba y, más invisible, Alejandro Rozitchner, filósofo. El primero tuvo a su cargo la misión de ir generando la estrategia política y el monitoreo del diseño de medidas políticas y comunicacionales; el segundo fue el encargado de ponerle letra a la nueva visión de sociedad modelo PRO. Rozitchner ya había publicado Amor y País (Sudamericana, 2005), que llevaba por subtítulo “Manual de Discusiones” y sentaba, a lo largo de 76 puntos contenidos en catorce capítulos, la columna vertebral de esa nueva cosmovisión cultural.

No se le prestó demasiada atención. La construcción de ese equipo fue silenciosa y, además, parecía el de Rozitchner un escrito más bien personal, con una portada de estilo “contracultural”, ilustrada con un gran corazón rojo envuelto en una cinta, tatuado en un brazo masculino. Pasional, militante y a la vez descontracturado, su discurso se asemejaba, más allá de su tono de manifiesto, al de un libro de autoayuda política. Esta visión sobre los nuevos valores se consolidaría en Rozitchner con su libro La evolución de la Argentina, de 2016, ya con el macrismo en el poder y habiendo adquirido sus equipos de comunicación un gran nivel de madurez. Es la de ese libro una mirada organizada y actual de la cosmovisión de Cambiemos para este nuevo diseño de sociedad, en una etapa de expansión y generación de hegemonía.

El nombre de Durán Barba surge siempre públicamente como pieza fundamental en el armado de los escenarios políticos, en cuanto asesor. Pero el principal consejero a la hora de consolidar la visión filosófica e ideológica del nuevo orden y de “bajarla” hacia el interior de la estructura del macrismo siempre fue Alejandro Rozitchner. De hecho, el filósofo también se ha ocupado personalmente de captar fuera de la alianza a futuros intelectuales orgánicos de mayor y de menor jerarquía. Mientras Rozitchner desarrollaba esta tarea de construcción de sentido, el equipo de Durán Barba orientaba los ejes, términos y estrategias de exposición y debate de las tácticas políticas en las diferentes puestas en escena del presidente y sus adláteres más cercanos, junto a otros equipos ligados a la “comunicación”. Con todo, el verdadero jefe operativo de todas estas tareas y líder de ese armado venía perfilando su figura desde hacía años –mano derecha de Macri ya desde su puesto de secretario general del gobierno porteño− y no es otro que Marcos Peña, el jefe de Gabinete de la administración Cambiemos.

El neoliberalismo retornó al poder en 2015 al cabo de un sistemático plan de formación y “consolidación” de equipos, en los que, además de los tecnócratas que hoy deciden y aplican medidas de gobierno, fluyeron y se afianzaron profesionales de diversas áreas, atravesadas por las ciencias políticas, el marketing y hasta la teología, que examinaron en detalle el clima social de la Argentina, la posibilidad de resignificar concepciones y valores que el advenimiento del “populismo” había puesto en crisis, y las perspectivas ciertas de instituir esa otra cosmovisión, actuando cada uno de ellos como nodos de difusión del nuevo credo político en los círculos de los que provenían, por lo general ámbitos académicos de universidades privadas y núcleos operativos de fundaciones de cuño liberal. El nombre de Hernán Iglesias llla, hoy a cargo de la Subsecretaría de Comunicación Estratégica desde la Jefatura de Gabinete, es uno de esos emergentes, convertido en hombre clave del entramado discursivo del gobierno y, también, en su cronista de campaña: en 2016, Iglesias Illa publicó Cambiamos (Sudamericana), el día a día del arribo de Macri al balcón presidencial.

Lo inédito –por su magnitud y por el escrupuloso apego de los protagonistas al libreto preestablecido− en la política argentina fue lo que tempranamente se puso en marcha no solo en los mensajes publicitarios del macrismo, sino también en las propias apariciones públicas de Macri y de prácticamente todos los funcionarios del PRO en cualquier ámbito comunicacional y, en particular, en los sets televisivos: una disciplina expositiva y un ejercicio guionado y sistematizado de la interpelación al público y también del debate político. Un tenaz mecanismo de adiestramiento colectivo que revela, en el detrás de escena del macrismo, un trabajo metódico y permanente, digitado por los personajes nombrados más arriba y sus equipos.

Ese soporte no es solo verbal ni se sustenta en un cierto inventario de términos e ideas, sino que es un trabajo de construcción estratégica a nivel teórico, que tuvo su afanosa fase de investigación preliminar, que despliega a diario una creatividad comunicacional para distintos vehículos informativos y de contacto con el público, que opera un monitoreo constante de las reacciones de la ciudadanía frente a las acciones propias o ajenas, sean estas políticas, económicas o ideológicas, que podrían afectar el rumbo del proyecto, y que produce cotidianamente recomendaciones discursivas y protocolos de acción para los distintos miembros de la coalición de gobierno.

Caracterizado desde sus inicios como una “ceocracia”, por el importante número de dirigentes provenientes de las gerencias de empresas multinacionales, la forma de gestión de este gobierno y sus modos de construcción discursiva invitan a calificarlo según una categoría que creemos más apropiada y cuyos alcances definiremos más adelante, que es la de “cinicracia”. Porque el macrismo ha hecho del vínculo cínico con sus interlocutores una conducta que se despliega en todos los niveles, ordenada y disciplinadamente. Y que funciona a través de una estructura doble: la institucional y administrativa que constituye el gobierno en sí, con un discurso oficial, y en paralelo, una estructura dinámica, no oficial, no pública, pero organizada internamente con la misión de intervenir en tres ámbitos diversos pero confluyentes a la hora de construir hegemonía: la injerencia en el Poder Judicial; la articulación con el omnímodo poder de los medios de comunicación hegemónicos y con periodistas e “influencers” que trazan un férreo control sobre la agenda de la opinión pública; y una acción directa y remota sobre la ciudadanía y sus nuevos mecanismos de acceso a la información, a través de equipos clandestinos de operadores en redes sociales que, según se ha sostenido públicamente, dependen directamente de Marcos Peña.

Todo este sistema paralelo es esencial para el manejo de un ámbito de gestión opaco, y tiene su revés en un discurso público que no necesariamente niega la existencia de esos resortes subterráneos, sino que tiende más bien a legitimarlos. Ese es el sistema cinicrático que sostiene a Cambiemos, cuya función es, en la superficie, apuntalar el discurso de sus funcionarios, pero que esencialmente apunta a la construcción de esos nuevos valores y del régimen de disciplinamiento que los sustente. Este armado cinicrático tiene una dimensión comunicacional tan enorme como puntillosa, que opera a través de los dispositivos más diversos: intervenciones en los medios de comunicación y variadas puestas en escena, pero también “aprietes”, “carpetazos”, demolición online de opositores por “troleo” y, eventualmente, represión lisa y llana.

Desde luego, la cinicracia ya no es, como sistema de gobierno, más que una democracia vampirizada, cuya alma ha sido tomada por ese sistema de gestión paralelo que deja a la vista solo la parte corporal formal de la república.

Desde sus inicios, la estrategia comunicacional del macrismo ha buscado tejer una red de sentidos que demostraron ser relevantes para amplias franjas del electorado. Sin embargo, su pericia para emparentar nuevos discursos, en apariencia vacíos, con los deseos latentes y aun manifiestos de cierto sector de la ciudadanía recibió poca atención. Por una parte, se la consideró “puro marketing” y tan elementales sus invocaciones, sus innobles intenciones tan transparentes, que no merecían dedicarles tiempo por obvias. Por la otra, se creyó que el foco de develamiento y la mejor defensa contra el plan neoliberal de Macri estaba en el seguimiento y la mera denuncia de sus medidas económicas y de las expresiones que dejaban expuesta su ideología. El esfuerzo por comprender los efectos profundos y concretos que perseguía ese anunciado “cambio cultural”, cuya imperiosa necesidad reafirmó el propio Macri una y otra vez, fue desplazado a un segundo plano.

Desde el kirchnerismo nunca se consideró que ese entramado estratégico conceptual y lexical que tempranamente puso en juego el macrismo en su comunicación entrañara un peligro serio para su proyecto político-social. Y mucho menos que ese compendio de artilugios discursivos y del marketing político podría convertirse en un sólido intento de cambiar radicalmente el paradigma simbólico alrededor del cual se organizan las relaciones sociales, y que iba a lograr persuadir a una importante masa de la población: sectores al cabo convencidos de que encumbrar con sus votos el proyecto macrista era un modo de mejorar sus vidas.

Como lo señaló autocríticamente Cristina Kirchner, ya en octubre de 2016: “Este mecanismo de sentido común sutil, nosotros no lo advertimos. Creíamos simplemente que era una estigmatización”, cuando en realidad “era una planificación de creación de subjetividades”. En efecto, Cambiemos tuvo éxito en instalar en sectores medios y medios bajos la idea de que ellos eran los artífices únicos y exclusivos responsables de su situación económica, que no estaba vinculada con la intervención del Estado y sus políticas públicas de inclusión, redistribución de la riqueza o generación de empleo, y que lo que les faltaba se lo llevaban los “choriplaneros”, los “vagos”, apelando a idearios regresivos que podrían resumirse en el extendido axioma conservador de que “el que es pobre es porque quiere”. Los alcances de esa verdadera “batalla cultural” en derredor del sentido común y la precisión de sus mecanismos de funcionamiento, aparentemente simples pero contundentes, no fueron debidamente evaluados, y ante la magnitud de la disputa política y por el dominio de la agenda pública, la complejidad ideológica de esos engranajes comunicacionales fue desdeñada.

Por supuesto, la producción de una terminología, una lógica y una ética que implicaran la captura del sentido común y su rediseño se pensó en tándem con los vehículos apropiados para canalizarlas, tarea que acometieron los medios de comunicación concentrados afines al proyecto macrista, capaces de hegemonizar el espacio de circulación de sentido del discurso público, y que de manera creciente extendería su propagación a los ámbitos digitales, las redes sociales, convertidas durante el último lustro en la principal vía de acceso a la información −consciente o involuntaria, activa y entusiasta o completamente pasiva− de la mayoría de la población.

Frases reiteradas como que había que ordenar “de una vez y para siempre” el país y la sociedad, y eslóganes de tono imperioso como “haciendo lo que hay que hacer”, se leyeron apenas como recursos de campaña comunicacional y no se les atribuyó la calidad de piezas ordenadas en ese entramado persuasivo y disciplinario del plan de cambio cultural. Los resultados electorales que obtuvo el macrismo y, luego, el acompañamiento acrítico de muchas de sus medidas, algunas muy impopulares, verificable en la elección de 2017 y en diversas encuestas hasta bien entrado 2018, escandalizó a la oposición “bienpensante” al macrismo, pero no se tradujo en un diagnóstico que permitiera exceder aquella afirmación táctica de que la gente actúa “en contra de sus propios intereses”.

Este libro pretende contribuir en la tarea de dilucidar sobre qué fundamentos se ha alcanzado ese éxito y, en otros términos, cómo ha funcionado y funciona en la práctica lo que preocupa a muchos: esa categoría en la que insiste el psicoanalista Jorge Alemán1, “la producción de subjetividad” tal como se presenta en la versión neoliberal macrista, que hace que un nuevo tipo de deseo y emocionalidad desarrollada en sectores populares pueda acompañar un modelo económico, político y social de derecha, democráticamente elegido y cargado por un fuerte odio (el “motor” del macrismo, en términos de Alemán) a todo aquel que se oponga a ese proyecto. Proyecto que fue sostenido con cierto fervor por parte de importantes sectores medios y de bajos recursos, en el marco de una democracia sin alma democrática, demacrada por su vampirización.

Nos ocupamos concretamente de lo que resulta, a nuestro parecer, más próximo a la práctica y a los mecanismos cotidianos de esa producción de subjetividad. Es decir, nos proponemos exponer cómo se ejecuta –retomando un concepto del filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi2− el “trabajo del alma” que el macrismo ha planificado. Este concepto nos obliga a indagar sobre las formas en que se cincela el alma de la gente a través de estrategias retóricas, discursivas, poniendo el alma a disposición de un sistema, el sistema neoliberal.

Usamos el término “cincelar” porque tiene la facultad de subrayar la intención de modelar, pero con un instrumento cortante, filoso, que se impone de manera potente y, necesariamente, supone en esas almas sobre las que va a trabajar una materialidad (el metal, la madera) que ofrece sus características materiales a la intencionalidad de ese objetivo: invadir las almas, cincelarlas en pos de crear allí nueva subjetividad.

Reordenamiento

DEL SENTIDO COMÚN

“ES NECESARIO UN CAMBIO CULTURAL”


El sistema neoliberal, decimos, pone a trabajar colaborativamente el alma de la gente en la misma dirección, haciéndole pensar a cada uno que contribuirá a expandir su libertad, su realización personal, siendo la tarea del sistema, supuestamente, crear las condiciones para que cada uno pueda concretar sus proyectos. Y, por sobre todo, deshacerse de todos aquellos que se opondrían a este diseño en la defensa de intereses políticos del pasado, “de la vieja política”, de aquellos que estarían viviendo a costa de los que trabajan y se esfuerzan y estarían atentando contra una sociedad ordenada y, desde luego, moderna. Y así, alcanzar la felicidad.

Quedó atrás el concepto de “macdonalización”3 que dominó los estudios culturales de los años 90 y que destacaba metafóricamente un modo de organización colectivo, cronometrado y de cálculo en el que se desarrollaba un mundo social colaborativo y completo, informal pero eficiente, joven, en que los propios consumidores se incorporaban al proceso de gestión de un trabajo precarizado, aportando su granito de arena a un sistema que funcionaba como un nuevo paradigma social general, para dejar paso hoy a una mirada distinta: la “uberización” (o la “rappización”, lo mismo da) de la sociedad. Ahora se trata de entrepreneurs que aportan sus propios instrumentos de trabajo (automóvil, bicicleta, teléfono móvil) y “deciden” individualmente su propia autoexplotación en un sistema “conveniente” y “libre”, un modelo que se extiende a todas las formas de producción que lo permiten, y que solo puede desarrollarse en la matriz de un nuevo modelo de producción de subjetividad donde lo colectivo se arma como un sistema de conveniencia temporal, que se presenta como si fuera un sistema de individuación y de identidad personal genuina y diferenciada de la “masa”. Allí está, por fin, expresada la propia responsabilidad sobre la calidad de vida, independientemente de los condicionamientos socioeconómicos que, por acción u omisión, introduzcan las políticas públicas.

Se podría decir que dar cuenta del entramado ideológico de las campañas del macrismo implica “bucear superficies”, afirmación a primera vista paradójica, pero lo decimos así para dar cuenta de la interpelación a un público que, en general, en el plano cultural, ha cambiado sus códigos en forma radical en lo que va del milenio y ha modificado los modos en que maneja su relación con la comunicación y la manera en que elabora la información. Para ese público, la condición “transparente” de la realidad es un hecho4. Todo está ya allí, a la vista, en la superficie. Pero superficial no necesariamente quiere decir simple: la sociedad de la transparencia conlleva una fuerte carga de “positividad” sobre los significantes, con una sensibilidad emocional que se juega mucho en lo expresivo. Que deja atrás el interés por el discurso “complejo” y el contenido “denso”. En esa límpida superficie donde cada uno se entrega voluntariamente, “posteando”, “arrobando”, a la mirada del otro digital, la actividad comunicacional hiperpresente e hiperacelerada es la esencia de la vida cotidiana. Y el desvanecimiento de la frontera entre las estrategias de marketing y la política, algo natural. En este marco, el macrismo se permite utilizar un profuso instrumental de planificación y gestión que actúa en el orden de lo persuasivo, muy familiar a los jóvenes cuadros medios de Cambiemos, que provienen del ámbito empresarial y tienen naturalmente incorporada esa lógica discursiva, y cuyo target es ese vasto universo de personas expuestas voluntariamente en las redes sociales.

Esta sociedad global de la transparencia favorece, entonces, esa producción de subjetividad y posibilita ese trabajo del alma sobre la que se monta el proyecto neoliberal. Ante la explosiva expansión de nuevas tecnologías que favorecen la visibilidad de los actos individuales, adquiere valor la necesidad de nuevas experiencias, de cambio, que prioricen la sensorialidad y las construcciones estéticas, favoreciendo una política del deseo, del individualismo, de la necesidad del disfrute, del valor de la materialidad, todas piezas que forman parte del arsenal ideológico del macrismo y cuyo aparato comunicacional utiliza como armas de persuasión. Lo que ha cambiado es el concepto de “interés”, que ya difícilmente pueda restringirse al campo de lo económico, y que se complejiza en su plano sociológico cultural. Sobre este hecho cultural actúa el mensaje de la cosmovisión neoliberal.

Las “superficies” que actúan como espacios expresivos se imponen como fuentes discursivas frente a la “profundidad” de los planteos intelectuales, del valor de la autoridad, de la política del conflicto. Esa nueva sensorialidad, lejos de representar una modalidad de incomprensión de la realidad, se transforma en la medida de valor que determina la comprensión que se tiene de las cualidades de esta sociedad transparente y de sus lógicas. Es en este marco que se desarrollan las líneas conceptuales comunicacionales del macrismo y entonces cobra sentido el ejercicio de “bucear superficies”. Bucearlas para discernir cómo hizo la “nueva derecha” para generar cierto tipo de empatías con un electorado que le era esquivo, “surfeando” los antecedentes políticos e ideológicos de Macri que, a primera vista, hacían irremontable semejante proyecto. El trabajo del alma a partir de 2007, bajo esos parámetros, adquiere una forma sistemática y planificada. No comenzó, desde luego, en las vísperas de las presidenciales de 2015.

Este trabajo del alma se inscribe en un proyecto que implica un giro dramático en la Argentina, en los modos sociales de concebir la vida, sus objetivos, su sentido, los vínculos con los otros. Este cambio cultural que el macrismo vino a proponer, como capítulo argentino de la sociedad neoliberal global, se presenta como una suerte de manual para “alcanzar la felicidad” personal y colectiva, necesario para que la sociedad argentina sane de sus males.

Como dijimos, el neoliberalismo es una cosmovisión, es decir, una visión general del mundo y del sentido de la vida de las personas en ese mundo. Una cosmovisión que tiene un fundamento económico y una modalidad política. Muchos trabajos se ocupan de la política económica del neoliberalismo y de las variables que están reconfigurándolo en este milenio. Otros, a nivel local, han dedicado un espacio importante a describir la construcción política que arranca con el PRO, desarrollada con intensidad, en forma organizada, astuta y exitosa, un proceso silencioso que, según algunos autores, fue subvalorado5.

Nuestro trabajo gira alrededor de la respuesta a la pregunta, muchas veces formulada con estupefacción y otras con indignación, pero siempre con cierta sorpresa: “¿cómo puede ser que…?”. Es decir, qué mecanismos comunicacionales, sutiles a veces, otras burdos pero igualmente deliberados, capturaron el apoyo de amplios sectores de la ciudadanía hacia un proyecto político construido para perjudicarlos.

Se dice frecuentemente que la producción de subjetividad tiene en el sentido común su objeto de trabajo material. Es verdad: es allí, en el cuerpo de ideas, relatos populares, concepciones cotidianas compartidas, sentimientos colectivos, donde ese trabajo tiene la facultad de tornarse invisible, formando parte “natural” y constitutiva de los modos de vida y de las argumentaciones que los sostienen, que se tornan naturalmente verdaderos. El “sentido común” está inundado de deseos colectivos, muchas veces contradictorios, muchas veces llenos de prejuicios y de creencias más emparentadas con los miedos que con lo que la cotidianeidad parece justificar. Pero son, esos deseos, parte de aquello que la cultura popular construye como realidad.

Ese sentido común hoy no se elabora solo a través del desarrollo de una cultura popular local, sino que se alimenta y vive en el contexto de macrotendencias culturales de carácter planetario. Estas adquieren una fuerza enorme porque el grado de naturalidad que se desprende de ese marco se ve reforzado: ciertas ideas y sentimientos son ideas y sentimientos de “todo el mundo”, y es fácil comprobar cómo dominan los deseos y los miedos de las almas a un nivel global.

El macrismo se ha encargado de construir una filosofía cotidiana que, partiendo de ese sentido común, montándose sobre el deseo (y el miedo) de la gente, llevó a cabo la tarea de instalar creencias que están básicamente alimentadas de odio, que la comunicación hegemónica se encarga de activar. Así nació la idea de “grieta”, los eslóganes con eficacia de axioma como el de que “se robaron todo”, la extendida creencia de que la Argentina era un “país aislado del mundo”, todo multiplicado y diversificado en operaciones específicas de activación del odio, dirigidas a cualquier grupo político o minoría capaz de ejercer algún tipo de oposición al modelo, desde el kirchnerismo, encarnación de la corrupción y el mal, hasta, por ejemplo, los mapuches, que querrían apoderarse de parte del territorio nacional y, por lo tanto, serían merecedores de una muerte violenta, todo para instaurar la necesidad de poner orden en “un país de mierda”6, supuestamente amenazado por la anomia.

A ese escenario, el neoliberalismo lo confronta con fantasías individualistas y precarizantes, como la del “emprendedorismo” –llegando a extremos bochornosos, como cuando celebró al “emprendedor San Martín” en una publicidad del Ministerio de Modernización porteño, en agosto de 2017, lanzado en su “emprendimiento” de liberar parte de Latinoamérica−, propalando que es mejor ir “juntos” que unidos y mucho menos organizados; que el cultivo meritocrático de la individualidad y no la construcción colectiva y solidaria es la columna vertebral del progreso; que por eso es mejor ser “vecinos” en un país que ciudadanos de plenos derechos en una nación; que el pasado es bueno que esté muerto y que sea pasado, y que lo esencial es el futuro (un eterno e inalcanzable “segundo semestre”), mirado exclusivamente desde un presente que es mera promesa y sacrificio; y todo eso siempre que se viva bajo una nueva filosofía, la inexorable “revolución de la alegría”, sin hurgar en situaciones conflictivas, sin ser críticos –una actitud que entristece−, con trabajo en equipo, porque de eso se trata construir un país en serio, inserto en el mundo.

Se trata de ideas simples, simplísimas. Precisamente en su simpleza −que el sentido común exige− está la posibilidad de persuadir. Sobre todo cuando esas ideas tienen su origen en deseos y miedos claramente identificados. Expuestas en su trivialidad, resulta difícil, para muchos, aceptar que el trabajo del alma se haya hecho y se haga con estos elementales instrumentos discursivos y que así pueda ganarse –o perderse− una batalla cultural. Pero de este tipo de faenas de lo simbólico está plagada la historia y más de una vez capturó a los pueblos más ilustrados. Todo profesional de la comunicación, de la propaganda política y el marketing lo sabe: en qué condiciones ciertos mecanismos de la persuasión pueden tornarse muy eficaces. Ideas simples, entonces, fuertemente articuladas entre sí y, como dijimos, enganchadas a deseos, angustias y miedos, personales y también colectivos. Ideas y una terminología rigurosa que las repite incesantemente, ligadas a puestas en escena muy planificadas, reiteradas, en escenografías y con estéticas que las muestran en acción, y las convierten en ideas verosímiles, deseables, y que las vuelven poderosas.

Esos armados ideológicos cuentan hoy, además, con contextos en los que los instrumentos de trabajo del alma, de producción de la subjetividad, actúan como pasaportes que permiten sortear las eventuales barreras de la crítica, de las ideas alternativas al modelo, de manera muy sencilla. La alianza estratégica con los medios de comunicación concentrados es, por supuesto, la base necesaria para ese trabajo, pero no es suficiente. El armado supone una sensibilidad dispuesta, que cuanto más forme parte de la vida de los individuos, de sus mundos simbólicos, mejor. El entorno en el que nos proveemos de servicios y objetos allana en gran parte ese camino. La comunicación publicitaria ha creado buena parte de ese universo simbólico, y lo ha expandido. Esta red de valores establecida desde la publicidad es de incalculable importancia para la comunicación neoliberal, puesto que porta la idea inocente de proponer, creativamente, un fin práctico, mientras va delineando nuestros espacios de consumo corporal y emocional, espacios de vida que se sitúan como el modo natural y compartido de nuestra existencia. Es decir, esa inocentización de los motivos y los fundamentos que ponen en marcha esos mundos simbólicos está en la base de la construcción de una cultura cotidiana que pertenece a todos. Desde allí se interpreta la sensibilidad que componen los deseos y los miedos, que se conectan con creencias que se analizan y estudian, que se utilizan en pos de objetivos, que se monitorean constantemente, que vuelven a volcarse en ideas que le den razonabilidad y nueva emocionalidad a esos deseos. Y aunque muchos de ese “todos” se crean o sepan excluidos de la influencia de esa cultura simbólica, porque conocen la ficción elemental que las anima, porque están “vacunados” contra el influjo de esos valores que jamás compartirían, la potencia de ese andamiaje simbólico es la materia prima de la comunicación del poder, y se vuelve tan vasta su ascendiente en el imaginario cotidiano que obliga a cualquier interpelación política a partir siempre de él, aunque sea para intentar desmontarlo.

Es difícil sostener que haya en esto una “manipulación” subliminal y escandalosa de conciencias y sentimientos. No hay aquí grandes confabulaciones. Más bien lo que hay son deseos, sueños que cada uno ha decidido adoptar como propios y que decide dejar a merced de ese trabajo del alma. Por eso es justo decir que esa tarea cuenta con la colaboración del poseedor de esa alma. De ese modo funciona la persuasión. Por tanto, la idea de la manipulación como explicación preclara y absoluta resulta al fin y al cabo falsa. Peor que eso: inútil para reflexionar y pensar nuevas alternativas. Podrá ser innegable que se escucharon muchas promesas falsas en la previa de las elecciones y que constituyeron una estafa electoral, pero esa constatación no basta para explicar el terreno ganado por el macrismo en la sociedad.

Sin embargo, y esto es central, las almas no son ni monolíticas en su constitución ni tan simples en su entramado de sentimientos, deseos y emociones. Por el contrario, como todos sabemos aunque muchas veces olvidemos –y demostró, entre muchos, Shakespeare, “el inventor de lo humano”7−, el alma es un mar de contradicciones y conflictos. Quienes planifican y ejecutan ese trabajo al que es sometida el alma tienen por objetivo domesticar ese mar de emociones, para allanarla en pos de sus propios intereses.

1 Jorge Alemán, Horizontes neoliberales en la subjetividad, Grama Ediciones, 2016.

2 Franco Berardi, “Bifo”, El trabajo del alma, Cruce Editora, 2016.

3 Smart Barry, Resisting McDonaldization, Sage, 1999.

4 Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, Herder, 2013.

5 Vommaro y otros, op. cit.

6 En su documento “Hay otro país, hay otro futuro”, publicado por el grupo de intelectuales opositores Fragata en agosto de 2018, se advierte que “para el macrismo el problema es la sociedad argentina, a la que considera el principal obstáculo para alcanzar una supuesta ‘modernización’. En consecuencia, se plantea a sí mismo como un hecho fundacional que busca desarmar ‘hábitos populistas’”. El documento agrega que “gobiernan a la Argentina como si fuera un país que debe achicarse, ‘sincerarse’, avergonzarse, retraerse. Gobiernan a la Argentina como si fuera un país de mierda”.

7 Harold Bloom, Shakespeare. La invención de lo humano, Anagrama, 2002.

II
EL SENTIDO
COMÚN


CABARET (BOB FOSSE, 1972)*

* Cabaret fue una película muy exitosa, tanto a nivel de premios (obtuvo ocho Óscar) como en términos comerciales. Representó, en 1972, una suerte de renacimiento del musical como género. Con Liza Minelli, Michael York y Joel Grey en los papeles estelares, está ambientada en los comienzos de la década del 30, en Berlín, y traza una alegoría entre el mundo híbrido del cabaret, con sus personajes “monstruos”, y la sociedad convulsionada que veía el auge del nazismo en Alemania. Tiene varias escenas que quedaron en la memoria colectiva como parte de esa alegoría sociopolítica: “Willkommen”, la entrada al cabaret como representación del mundo; o “Money, Money”, lo que lo hace andar. De algún modo, lo que funciona dentro del cabaret es una forma parodiada, crítica, por lo tanto, pero también tétrica y sarcástica, del sentido común, que es así revisado. Sin embargo, es la escena que se desarrolla fuera de ese lugar, quizás, una de las representaciones cinematográficas más sintéticas y acabadas de la adhesión emocional e irracional de un pueblo, el alemán, a una propuesta política que implicaba una cosmovisión perversa y destructiva, en cuya génesis ya podía verse que estaba destinada al desastre, para el judaísmo europeo, para gran parte de Europa y para el sufrimiento del propio pueblo alemán. La escena se desarrolla en una cervecería en la campiña, a cielo abierto, en un ambiente bucólico, que transmite tranquilidad pueblerina, casi romántico, en el que irrumpe un adolescente rubio y de ojos celestes, bello, que, pronto descubrimos, a medida que la cámara se aleja del primer plano de su rostro, está vestido con un uniforme nazi, con el brazalete y la esvástica. El joven canta “El futuro me pertenece”, y conforme va subiendo el tono emocional de su interpretación, se van plegando a cantar con él todos los parroquianos −salvo un viejo que está claramente a disgusto−, de distintas edades, de distinto género y origen social, poniéndose de pie en forma marcial, enfervorizados, y sus rostros se van desfigurando en un rictus de desafío amenazante, cargado de orgullo pasional, con cierto matiz de fuerza vengativa, de odio. La letra de la canción hace mención a un idílico contexto campestre de flores que abrazan abejas, cervatillos vagando por el bosque, amor, niños que esperan el llamado de la patria para hacerse cargo del futuro, porque “el futuro me pertenece”. Una poética que promete un futuro brillante −que dejaría atrás el humillante Tratado de Versailles y la crisis de la República de Weimar−, en el marco de una atmósfera de dulzura inocente que encierra, empero, una terrible amenaza. Mientras tanto, nosotros, espectadores, embargados por el propio clima épico y emocional que habitan los personajes, nosotros, sabedores de la tragedia que sobrevendría como consecuencia, también, de esas subjetividades capturadas, sentimos la angustia y el horror de la historia. Una historia que contó con la complicidad de millones de personas comunes que adhirieron irracionalmente a esa atmósfera, a esas ideas cargadas de soberbia y odio. Espectadores, llegamos a sentir en el cuerpo, en esa escena de Cabaret, cómo pudo haberse performado esa construcción social y subjetiva al cabo catastrófica. En una sola escena, toda la horrorosa captura emocional del sentido común.

OBJETIVO: COOPTAR EL SENTIDO COMÚN Y COLONIZAR LA SUBJETIVIDAD ¡NO ES LA IDEOLOGÍA, ES EL SENTIDO COMÚN!

Lo que luego llegaría a ser el “macrismo” entendió bien temprano, en los inicios del milenio, aun antes de pensarse como una estructura partidaria, “que meterse en política”, con las reglas de juego de un sistema democrático, implicaba operar sobre el sentido común de las personas. Que ese marco dado debía entenderse como un sistema de “oportunidades”. Es decir, se trataba de utilizar sus formalidades y vericuetos y hacer de la esencia de la democracia apenas una parte de los argumentos persuasivos. Que más allá de operar sobre fuerzas y movimientos constituidos, personas influyentes y punteros en los territorios, así como sobre la ideología de los individuos, es decir, específicamente sobre sus posiciones generales y coyunturales respecto de la organización social y política en la que viven, se trataba de operar sobre el sentido cotidiano de la vida de las personas –entendidas como el mercado de la política−, sobre sus concepciones culturales, sobre sus cosmovisiones. Y que eso significaba organizarse para ello, lo que entrañaba constituir “equipos” generadores de estrategias culturales integrales y particulares y de acciones operativas, además de instrumentar canales mucho más orgánicos con los medios disciplinadores: con las corporaciones de la información y sus periodistas, primero, y más tarde, con los principales estamentos del Poder Judicial y con las fuerzas de seguridad.

No ha sido, por supuesto, un fenómeno eminentemente local. El gran éxito del neoliberalismo a nivel global es haber logrado instalar, en gran medida ya a partir de finales de los años 80, su sistema de valores como parte del sentido común. Es decir, ha logrado que un amplio catálogo de ideas, argumentaciones y eslóganes, que forman en conjunto un sólido sistema de creencias, regulen en forma masiva las conversaciones, las actitudes y las conductas sociales, y se tornen hegemónicas.

Esto ha sucedido y sucede en un contexto sociocultural de un control importante de los medios de comunicación por parte de grandes grupos económicos, vinculados al desarrollo de corrientes culturales en las que el individualismo predomina, y de desarrollos tecnológicos que han puesto a la cultura digital en el centro de un nuevo paradigma comunicacional. El crecimiento exponencial de las redes sociales y el individualismo extremo de la cultura de consumo “móvil” conllevan un paradójico aislamiento del entorno en el contexto de una matriz de hipercomunicación que, en realidad, se presenta también ultrasegmentada, a la medida de las necesidades del marketing publicitario y político, y con el peligro cierto de que un puñado de megacorporaciones hagan uso y abuso de la información sensible –perfiles, preferencias, datos de todo tipo− que los usuarios vuelcan allí voluntariamente1.

En este contexto, el trabajo sobre el sentido común ha tenido en el neoliberalismo macrista, por primera vez, un carácter que, desde su misma concepción política, buscó ser planificado, extensivo, intensivo y sistemático. Ese trabajo implicaba la asunción del neoliberalismo como una cosmovisión consistente y necesaria, orientada a capturar la esencia de la organización política y social del mundo en orden de perpetuar su hegemonía económico-financiera, para lo cual lo que hay que capturar es la subjetividad de las personas, delinear los parámetros en los que deberá desenvolverse su vida cotidiana. Una cosmovisión, entonces, no meramente una ideología en el sentido estrecho, más allá de la forma en que se la enuncie. La subjetividad se convirtió así en el gran objetivo de la acción política.

Y la forma en que esta cosmovisión se instala como parte de la vida de las personas es el sentido común. Ha generado el neoliberalismo la hegemonía de una cosmovisión que, por su propio carácter omnicomprensivo, invade los discursos cotidianos a nivel periodístico, publicitario, técnico, de gestión social, de relaciones interpersonales, etc. De esa manera ha conseguido instaurar fenómenos de corrientes de opinión que llevan a amplias capas de la población a actuar de modo inesperado para algunas interpretaciones políticas, contrario a sus “intereses”, entendidos éstos, fundamentalmente, como aquellos de carácter económico.

Se ha reflexionado sobre el sentido común desde distintas perspectivas teóricas, que van de la ciencia política a la antropología. Pero casi siempre viendo en ese concepto un modo de entender el valor de la cultura en la definición de procesos políticos y sociales de organización, yendo más allá de lo que se entiende corrientemente por “ideología”. Más conocidas son las ideas de Antonio Gramsci, quien definió la actividad política revolucionaria como un modo de desplazar el sentido común presente, generando, a partir del desarrollo de núcleos del “buen sentido” que se hallan en ese sentido común y que contienen lucidez, comprensión y reflexión sobre la realidad, modificándolo, transformándolo en una base cultural necesaria para el cambio político y social. Sus pensamientos sobre el sentido común permitieron llevar a cabo una lucha eficaz contra el economicismo y el mecanicismo en el marco del marxismo, permitiendo entender el valor de lo ideológico y aún más de lo cultural en el análisis político.


La cultura como campo del sentido comúnIdeologíaCultura
Tradición disciplinariaFilosofía. Ciencia política.SociologíaAntropología. Antropología social. Estéticas concretas
El núcleo teórico básicoLa ideología como construcción de ideas sobre la posición de una clase, estamento social, respecto de una realidad social y/o política.La cultura como sistema de valores, expresados en una cosmovisión, actitudes y conductas respecto de un espacio local y un espacio global.
Términos básicosClase social. Ideas sobre el rol social de un grupo estructural de raíz económico-social.Distorsión. PoderEstamentos y subestamentos que constituyen comunidades en base a preguntas y problemas generales y específicos.
Punto de referenciaSituación y misión que se desprende de una posición en una estructura económico-social.Situaciones límite: naturaleza, la comunidad, los otros, políticas de género, las generaciones, etc.
Construcciones discursivasIdeas sobre la sociedad. La política, el progreso y el cambio social. Los medios de comunicación y la democracia.Mitos, rituales. Estructura/Antiestructura. Dramas sociales.
ProblemáticasToma de conciencia. “Falsa conciencia”. Función de los intelectuales. Intelectuales orgánicos. El poder.Repetición y cambio. Ritos de pasaje. Estado liminal y estéticas de performance.
AutoresMarx. Althousser. Gramsci. Michel Pecheux. Slavoj Žižek. Lukács.Gramsci. Escuela inglesa. Turner. Schechner.

Desde la perspectiva antropológica, ya Evans-Pritchard señalaba que el concepto de sentido común refiere a aquellas ideas, razonamientos y argumentaciones que, al tener un carácter esencial, no necesitan ser explicadas: un archivo de conocimientos sobre el cual no es necesario ofrecer evidencias. Por su parte, el prestigioso investigador norteamericano Clifford Geertz muestra en sus estudios sobre distintas comunidades primitivas cómo el sentido común no solo es un reflejo de las experiencias prácticas en la vida cotidiana sino parte de una concepción que implica una valorización de esas prácticas, que varía en cada comunidad. Es decir, el sentido común como sistema cultural2, parte de la elaboración de una cosmovisión que permite organizar la vida cotidiana.

El concepto de sentido común refiere a aquellas ideas, razonamientos y argumentaciones que tienen, además, ciertas características. Son:

Extendidos: Una parte importante de la población, más allá de su pertenencia a clases y segmentos sociales diferentes, y de sus intereses económicos objetivos contrapuestos, comparten esas ideas, razonamientos y argumentaciones que rigen sus vidas cotidianas al nivel de sus opiniones e influyen en su toma de decisiones. Esta característica explica por qué ciertos razonamientos e ideas tienen facilidad para atravesar fronteras que separan “intereses” diversos.

Simples: Estas ideas, razonamientos y argumentaciones son sencillos. Marcan una causalidad transparente, con responsables claramente identificables, con consecuencias supuestamente indubitables, con remedios conocidos, etc. Las personas se incorporan a esas modalidades de pensamiento de manera irreflexiva, porque no ven nada sobre lo cual reflexionar.

Heredados: Justamente, la reflexión se vuelve improcedente puesto que sus fundamentos se basan en la experiencia cultural de una comunidad y se trata, por tanto, de ideas “probadas” por una realidad “razonada” en las vivencias cotidianas a lo largo del tiempo. Estas argumentaciones atraviesan generaciones. Cuando se intenta desplazar un sentido común por otro, se percibe que esa herencia que se intenta cambiar no es muchas veces más que un proceso que implica, en realidad, la reafirmación de una herencia ideal que habría quedado subsumida, por la desidia, por el abandono temporario, y que ese desplazamiento viene a significar la reafirmación de su propia esencia “verdadera”.

Naturales: Si hay algo sobresaliente en el sentido común, ya lo dijimos, es la evidencia de esas ideas, razonamientos y argumentaciones que lo componen. Son de “esa” manera y no podrían ser de otra. Generan una complicidad propositiva entre las personas que inhibe toda discusión y coloca a quienes lo discuten en el lugar de la falta, en un supuesto y evidente fanatismo que no entiende razones y no acepta hechos de la realidad compartida.

Familiares: La negación sobre lo que afirma el sentido común supone, precisamente, correrse de la pertenencia a una supuesta comunidad lógica. Es esa relación cotidiana y frecuente con esas lógicas la que las vuelve cercanas e irrefutables. Desafiar esa familiaridad en tiempos de desconfianza o de convulsión puede llegar a ser un camino de reafirmación con otra familiaridad progresiva que de alguna manera había quedado latente.

Eficaces: Sirven para explicar y sustentar acciones de manera potente. Fundamentadas en creencias muy acendradas, esas ideas, razonamientos y argumentaciones se transforman en mecanismos persuasivos fuertes. El sentido común es aquello en lo que se piensa como razonable en términos de experiencia condensada, prejuicios que funcionan sobre mitos, rutinas, temores defensivos que se expresan en dichos, metáforas y frases hechas conocidas. Los rituales son parte de lo que puede parecer “inútil”, repetitivo para un espíritu crítico, pero necesario al sentido común, puesto que resultan dadores de certezas y seguridad.

SENTIDO COMÚN


Regulan los vínculos de personas y grupos entre sí en la vida cotidiana y también condicionan la toma de decisiones de todo tipo, entre ellas las decisiones políticas.

En el sentido común se desarrolla, entonces, la lucha política como generación de consensos y hegemonía. Con todo, se trata de una lucha que tiene en la cultura su espacio de combate, y ya no en la ideología, concepto más relacionado con el debate político en sentido estricto, con los modos de ver y actuar que se corresponden con el ejercicio y el sostenimiento del poder. Lo cultural se inscribe en las formas y estilos de vida, se articula con los rituales, con lo emocional, con lo afectivo que propone un vínculo con la realidad total, con “tu” vida. Lo ideológico coincide con lo cultural en que ambos son sistemas de ideas en los que personas y grupos toman conciencia del mundo que los rodea. Sin embargo, la ideología en sí se vuelve inespecífica a la hora de asumir la tarea de dar cuenta de la vida cotidiana de la gente. El campo ideológico es más bien el de la política y el poder, el de su conquista. Su interpelación tiene en las consignas su forma de condensación. Por el contrario, el sentido común, en el despliegue de discursos y comunicaciones, la activación de ideas y emociones, de persuasión, es de una mayor complejidad semiótica, cuyos significantes interpelan las creencias y los sentimientos más profundos.

Asimismo, esas diferentes narraciones que propone lo ideológico-político frente a lo cosmogónico se alimentan de otro tipo de monitoreos e investigaciones, puesto que la información requerida para construir las interpelaciones tiene, como dijimos, características y complejidades diferentes. El acercamiento a la “gente” que operó el macrismo estuvo inspirado en un saber que procedía no solo del mundo de la gestión empresarial, de donde provenían sus equipos, sino de una concepción y un saber técnico que, trascendiendo y alimentando las concepciones del marketing, puso en juego competencias filosóficas, semióticas, antropológicas, psicológicas, estéticas, digitales, aportadas por profesionales que pasaron a formar parte axial de esos equipos, ocupando lugares claves, y cuyo objeto de estudio no es otro que el sentido común.

Tras asumir la presidencia, Macri insistió reiteradamente en que lo que se necesitaba era un cambio cultural, imprescindible para convertir a la Argentina en un país “en serio”. No pedía simplemente un cambio en la formas de pensar, sino un cambio en el sistema cultural que servía de soporte a las actitudes y conductas cotidianas de los distintos sectores de la población, conforme al lugar que cada uno debía ocupar en la sociedad, identificando cuáles serían las formas de progreso individual consideradas legítimas y valorables y aquellas que no lo serían.

El examen de algunas de las frases-ideas que se desarrollaron antes y después para conquistar y luego extender la hegemonía del modelo neoliberal sobre el sentido común revela el fundamento familiar que tienen, esa suerte de información “autoexplicativa” de la experiencia personal y colectiva, y una expresión hiperbólica y general que en última instancia otorga legitimidad a todas esas ideas y argumentaciones, al tiempo que justifica y acrecienta ese sentimiento de odio condenatorio que el sentido común necesita.

La potencia movilizadora y apelativa de una “movida” en el sentido común es el resultado de una articulación entre el fundamento, el objeto y el interpretante de la construcción de que se trate. Es decir, su semiosis social es similar al funcionamiento de un signo. Una propuesta generada para afectar el sentido común tiene a) un fundamento, que es aquello que lo sostiene en su capacidad de representación y apelación. Se trata de sentimientos y emociones básicos, ancestrales como el odio, el miedo, el ansia de poder, la envidia, la búsqueda de seguridad, etc.; también creencias, ideas básicas, que contienen valores que sustentan códigos de identidad de una comunidad, que tienen alcance universal para ella: aquello que es ético y aquello que no lo es, lo que corresponde a una situación y lo que no, etc.; b) un objeto, que son los temas, sintagmas o significados que propone la embestida en el campo del sentido común, que se apoyan en el fundamento que le sirve de sustento y c) el interpretante, que es aquella disponibilidad de evaluación interpretativa que para una cultura dada, un sector determinado de una sociedad, puede tener una propuesta que se quiere imponer en el sentido común.

Las frases e ideas que traemos más abajo adquirieron una fuerte impronta en el campo del sentido común justamente porque lograron una fuerte articulación entre el fundamento, el objeto y el interpretante.

De alguna manera, esta aproximación permite poner el acento en la participación que la gente tiene en el establecimiento del sentido común, en un entramado complejo de sentimientos, captaciones e intercambios.

“Se robaron todo”: Acaso la más eficaz de estas ideas-frases, se apoya en el axioma de que los políticos –los de “la vieja política”− roban. La “información” es, en consecuencia, que el gobierno anterior robó, lo cual constituye una evidencia per se, que es obvia por lo que se “ve”, por lo que “sabemos”. Lo expresivo, lo emocional, opera en el orden cuantitativo del despojo, puesto que se apoderaron de “todo”, con lo que la argumentación se erige como explicación integral de la causa de todos los males de la sociedad.

“La pesada herencia”: Las consecuencias de ese robo son, obviamente, “pesadas”, y el cepo cambiario, los impuestos y retenciones, todo aquello que implica el cercenamiento de una “libertad”, significan que han querido apoderarse de lo que es de “uno”, obligando a que el producto del esfuerzo personal sea cedido, malamente, a una construcción colectiva cuya quintaesencia es la corrupción.

“Hay que pagar la fiesta”: El concepto a naturalizar es que se vivió por encima de las posibilidades del país y de la economía. Que lo vivido y gozado fue una “fiesta” irresponsable, en contraposición a lo que una fiesta debe ser, es decir, un hecho excepcional, que no se corresponde con la cotidianeidad. El máximo exégeta de esa idea-frase fue un funcionario (el presidente del Banco Nación, Javier González Fraga), quien aseguró que “le hicieron creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. “Eso era una ilusión, eso no era normal”, agregó. Un axioma instrumentado para fijar a los sectores medios y bajos en su realidad histórica, que había sido trastocada como parte de una ilusión, una anomalía.

“Las tarifas estaban regaladas”: Una idea-frase que representa en su aceptación colectiva −bastante generalizada, por lo menos hasta fines de 2018− uno de los ejemplos asombrosamente exitosos en el trabajo del sentido común que instrumentó el macrismo, y que derivó en una aceptación relativamente pasiva en contra de los propios intereses, en forma permanente y gravosa, por parte de los propios afectados, que vieron como lógica la argumentación. La magnitud del tarifazo en los servicios públicos multiplicó su costo por veinte y hasta treinta veces en tres años. Es, quizás, el caso testigo de este proceso de razonamiento simple basado en una supuesta “evidencia” que logra instalar una creencia que, además, apela a la culpa y a la propia responsabilidad de los usuarios, escondiendo que las tarifas subsidiadas eran, precisamente, parte de las políticas públicas de redistribución del ingreso, no siempre bien ejecutadas.

“La grieta”: El discurso de la derecha neoliberal y de los medios concentrados consagró su existencia, dividiendo a los argentinos, y producida y profundizada, desde luego, por el kirchnerismo, que atizó supuestamente el enfrentamiento entre amigos, entre familiares, entre todos los argentinos. El debate político quedó desvirtuado; las divergencias basadas en la defensa de intereses contrapuestos, desacreditadas como fenómeno de crispación o intolerancia. La grieta fue instituida como una fisura anormal que hiende una unidad necesaria. Los responsables de engendrar semejante cosa, los que empujaron a los argentinos a esa disputa estéril, insana, debían ser sancionados.

“Íbamos camino a ser Venezuela”: La integración regional, un valioso capital conquistado por los gobiernos populares que durante más de una década rigieron los destinos de varios países sudamericanos, fue estigmatizada con ese vaticinio –al cabo autocumplido, sobre todo en términos inflacionarios−, instalado como verdad incontrastable y destino final que el triunfo macrista habría venido a impedir.

“Los empresarios no necesitan robar y son buenos administradores”: Otra argumentación pueril pero, a fuerza de reiteraciones, instalada en amplias capas de la sociedad y destinada a contraponer la corrupción de los políticos a la prosperidad meritocrática de los hombres de negocios, cuyo éxito en el ámbito privado los habilitaría para administrar la cosa pública con eficacia y, lo más importante, sin meter “la mano en la lata”. En acuerdo con esa lógica inexorable, las cuentas no declaradas de los exempresarios en el extranjero o los “aportes” para quedarse con licitaciones de obra pública forman parte de la dinámica propia de los negocios; la única modalidad del robo condenable es la del funcionario que recibe la dádiva.

“Panelista de 6, 7, 8”: Epítome de la descalificación, sinónimo de arbitrariedad, encarnación de la propaganda política, fue una de las caracterizaciones predilectas del discurso macrista, al punto que el presidente la utilizó en el debate previo para desacreditar al candidato rival. El ataque virulento y gratuito que desarma, rompiendo las reglas de la argumentación política, es un instrumento clave de la comunicación de Cambiemos y de las invectivas de sus funcionarios. Esta frase refiere al programa insignia de la televisión pública durante el gobierno anterior –que, si bien exhibía un fuerte sesgo oficialista, lo que realmente molestaba era la denuncia mediante archivos del pasado y del presente, contradicciones flagrantes y dichos altamente criticables de políticos, periodistas, etc. Logró el macrismo instalar la idea de que era simplemente propaganda política gubernamental “pagada por todos”. Lo que el sentido común absorbió fue que la crítica periodística era aceptable siempre que dominase una retórica “independiente” que se vestía de “crítica objetiva”−, pero ilustra el modo pautado y sistemático de sustraerse al debate concreto de ideas y políticas que practican los dirigentes macristas, a través de la diatriba gratuita, y cómo esa pobre elocuencia se traslada a la opinión pública.

“La Argentina estaba aislada del mundo”: En paralelo a la desintegración de los lazos latinoamericanos, el capítulo local del neoliberalismo global se aprestó a consolidar su alineamiento con los Estados Unidos y los organismos multinacionales de crédito. La idea de aislamiento se logró instalar cuando lo que se hizo visualizar como tal era una política que había elegido confrontar con ciertos poderes mundiales muy poderosos.

“Un país de mierda”: Una frase contundente, bien analizada, como vimos, por el documento del Grupo Fragata, intercambiable con formulaciones más complejas, como que la Argentina “es un país en el que es imposible que las cosas funcionen bien, porque la gente no hace lo que tiene que hacer”. Es una concepción extendida, autoflagelante, que al cabo tiende a justificar los perjuicios de las políticas que ejecuta el gobierno, en un cuadro que conlleva la sumisión a las consecuencias que ellas arrastran y, más aún, la asunción fatalista de futuras políticas todavía más gravosas. Una idea que volvió a instalarse en los períodos críticos del macrismo, llegando a su tercer año de gestión, y que apela a la repetición de procesos históricos frustrantes que, en definitiva, busca endilgarle a la ciudadanía la responsabilidad por la crisis, porque al fin y al cabo “los argentinos somos así”.

Estas y otras piezas discursivas han ido rediseñando una nueva hegemonía en el sentido común, pero acaso la concepción que sobrevuela toda esta construcción comunicacional es la de que la condición de los individuos es el resultado de su propio hacer, que lo natural es que cada uno debe ser responsable de su vida, de su “destino”. La pretensión de torcer situaciones dadas, transformándolas a través de acciones colectivas, es una imposición de la política, desnaturalizante del orden de la vida. Cuando se extiende socialmente el concepto del mérito individual como instrumento exclusivo del progreso social, cuando el Estado se desentiende de las políticas de empleo y cunde el elogio del emprendedorismo, es que el neoliberalismo ha logrado apoderarse de buena parte del sentido común.

Desde el comienzo, entonces, el macrismo tuvo claro que su campo de acción era el sentido común, no el más estrecho campo de una batalla ideológico-política, como fundamento de las interpelaciones que debían ponerse en juego. Para la campaña presidencial de 2015, esa visión estaba totalmente consolidada y desarrollada. El kirchnerismo no logró entender totalmente en ese momento cuán peligrosa y potente era esa estrategia, que venía por el alma de muchos sectores que habían adherido a la gestión anterior. El sentimiento pesadillesco que inundó los discursos reactivos del kirchnerismo con posterioridad inmediata a la asunción de Macri denunciaba la percepción ralentizada de lo que había ocurrido y que no se había valorado, seguramente, en la medida necesaria.

La batalla es por el difícil espacio del sentido común. Un espacio en el que los “fierros” comunicacionales del neoliberalismo han logrado instalar con fuerza una idea de orden lógico cuya esencia son los individuos y no el colectivo social, orden en el que cada uno tiene asignado un lugar determinado y una función, en el que debe reinar una disciplina que dé seguridad a todos, un orden y una idea de progreso y cambio social cuya esencia es la “modernización”, la concepción de la responsabilidad personal casi exclusiva sobre los procesos sociales y las condiciones de vida de cada uno, y una noción de democracia que tiene que ver exclusivamente con las elecciones y no con el ejercicio de derechos. Y, por sobre todo, la idea de que una sociedad es un conjunto de “equipos” formados por individuos en acción, no un pueblo, en donde el “hacer” es la esencia, y no el conflicto alrededor del ejercicio de los poderes fácticos, y que eso se hace “juntos”, colaborando y no discutiendo ni tratando de imponer “ideologías”. Es en el espacio del sentido común que se ha ido forjando lo que hoy resulta “incomprensible”, un espacio que lentamente se va llenando de significantes más precisos y ominosos: el miedo y el odio.

1 Conviene visitar, entre otros, Natalia Zuazo, Los dueños de Internet, Debate, 2018.

2 Clifford Geertz, “El sentido común como sistema cultural”, en Conocimiento local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas, Paidós, 1999.

III
“ESTO YO
YA LO VIVÍ”


EL AÑO PASADO EN MARIENBAD

(ALAIN RESNAIS, 1961)*

* El año pasado en Marienbad, dirigido por Alain Resnais y con guión de Alain Robbe-Grillet, el “padre” del noveau roman, fue un film que causó revuelo en su época, hermético, tedioso, para muchos sobrevalorado, y sin embargo reconocido por su influencia en muchos directores, como Agnès Varda, Bergman, Fellini, Peter Greenaway o David Lynch. Se la asocia directamente a varias películas posteriores, desde El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) a Inland Empire (Lynch, 2006) o Inception (Christopher Nolan, 2010). Inspirado en la novela La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares (para Borges, una obra “perfecta”), el film se ocupa del tiempo narrativo en la construcción de sentido de una realidad que resulta, en principio, inexplicable. Una necesidad de explicación que permitiría entender no solo el mundo sino la propia identidad. La película de Resnais, estrenada en 1961, relata la historia de un personaje que cree reconocer a una mujer en una reunión social en un castillo en Marienbad, intrigante mujer a la que supuestamente conoció el año anterior, situación que ella desconoce y niega. Se dan situaciones extrañas de reconstrucción, memorización y repetición sistemáticas de estos hechos, que se reflejan en la reiteración de imágenes y diálogos, etc. Se ha querido leer esta construcción narrativa temporal, por ejemplo, a partir de las reflexiones del filósofo Paul Ricoeur* y la diferenciación que hace entre el tiempo cosmológico (el que ordena nuestra realidad tal como lo conocemos, en hechos organizados en presentes, pasados y futuros), el tiempo fenomenológico (que tiene como centro la propia experiencia personal) y el tiempo narrativo (como el que organiza el arte, que ordena el tiempo en función de “acontecimientos” que se incluyen en una lógica determinada, en una obra determinada, que se fundamenta en una estética construida). La invención de Morel, justamente, refiere a una máquina fantástica que tiene la capacidad de grabar la realidad y reproducirla eternamente. El narrador es un fugitivo que llega a una isla misteriosa en la que transcurren hechos en otro tiempo, y que busca la posibilidad de encontrarse con una mujer de la que se enamoró, a la que conoció como producto de esa grabación, en otro espacio temporal que se reproduce en el suyo. Sirve de inspiración a El año pasado en Marienbad, película que de todos modos subraya la confluencia de modalidades temporales en la que estamos metidos en la construcción de nuestra propia realidad, nuestros deseos y, en última instancia, nuestra identidad, en un marco social en el que nos estamos moviendo, por más que creamos estar en un castillo, supuestamente, encerrados.

La película de Resnais obtuvo en 1962 el León de Oro en Venecia y el Premio Méliès.

* Paul Ricoeur. Tiempo y narración, Siglo XXI, 2003.

LA CARACTERIZACIÓN DEL MODELO NEOLIBERAL MACRISTA Y EL USO DE LA MEMORIA COLECTIVA PARA ENTENDER QUÉ PASA Y, SOBRE TODO, QUÉ HACER

A la hora de intentar comprender qué estaba pasando, en medio de la sorpresa por los resultados electorales de 2015 y la conmoción que causaba la vorágine de las primeras medidas tomadas por el gobierno de Mauricio Macri, que transformaban radicalmente la organización económica, distributiva y social, se recurrió a la comparación con experiencias pasadas: “Esto yo ya lo viví”. Esta expresión sigue escuchándose con frecuencia y sirve, en general, para emparentar las políticas de la administración Cambiemos en materia económica y social con los no tan lejanos 90. La referencia a aquellos años marcados por las políticas neoliberales de Carlos Menem permitía, de paso, denunciar los antecedentes ideológicos y de prácticas empresariales no solo del nuevo presidente, sino de muchos de sus ministros y funcionarios, algunos de los cuales fueron parte de ese gobierno, habían lucrado con la privatización de las empresas estatales (como la familia Macri) o sencillamente apoyaron fervientemente aquella experiencia. También se recurrió y se recurre hoy a la analogía con el 55 y con la última dictadura cívico-militar iniciada en 1976 para caracterizar el actual proceso.

Quizás valdría la pena salir al encuentro de esa reacción primera con el ánimo de precisar que “no, ahora no es exactamente así”, con el objetivo de entender, en sus especificidades, en qué consiste el régimen macrista. Además, ¿por qué no se producen aquellas reacciones que, muchos suponen, deberían aparecer masivamente frente a las regresivas medidas adoptadas en estos tres años, como sucedió en otras épocas?

Es diferente esta experiencia neoliberal macrista en muchos aspectos esenciales respecto de las experiencias neoliberales anteriores, a pesar de representar a prácticamente los mismos intereses corporativos y que el programa de reformas económico-sociales implicadas sea similar y que los beneficiarios de este modelo pertenezcan a los mismos sectores de entonces. Es cierto, desde luego, que la memoria colectiva no puede dejar de activar la propia experiencia pasada para entender lo que sucede en el presente. También es cierto que desde el poder se repiten formas que inevitablemente estos sectores tienen incorporadas en su propia memoria del ejercicio del poder: las políticas de exclusión y de odio, sobre todo. Sin embargo, muchas son las diferencias.

Y lo diferente es, más allá de un contexto económico y político global totalmente distinto, el proyecto político en sus modos de construir consensos y adhesiones en contextos sociales y culturales muy distintos, en el marco del uso de estrategias comunicacionales y de formas de construir hegemonías que han cambiado notablemente. Tampoco son lo mismo una estrategia muy articulada que planee establecer un régimen y otra que, siendo parte de un esquema global, aspira a instalarse por décadas basada no ya en la fuerza –por lo menos, no desde el inicio ni centralmente−, sino transformando la esencia cultural y política de la sociedad de manera tal que nunca más se habilite la posibilidad de que emerjan “populismos” indeseables. Tampoco, como contexto favorable a esa intención, son las mismas las macrotendencias culturales, ahora globales, que intervienen con eficacia creciente sobre la realidad política y la realidad de vida cotidiana y la subjetividad. Estas no son circunstancias secundarias de este proceso, sino condicionantes cada vez más potentes en la determinación de los hechos.

Esos contextos diferentes –culturales, comunicacionales y de generación de hegemonía− contribuyen a construir escenarios también disímiles en las formas de asimilar, antagonizar y reaccionar frente a las condiciones de vida planteadas y a los conflictos latentes en ellas.

El arsenal de medidas económicas antipopulares y las herramientas de persecución política puestas en juego por el actual gobierno permitieron desde el primer momento trazar vínculos establecidos con otras experiencias históricas de la derecha en el poder. Cuando la estrategia política pasa por generar odio en la sociedad –apuntando, por ejemplo, a demonizar las figuras de Cristina y Néstor Kirchner y convertir en malas palabras sus nombres−, la relación con el 55 devuelve una imagen que resulta suficientemente explicativa en los términos de aquella época de furioso antiperonismo en el que los nombres de Perón y Evita y toda mención al movimiento justicialista fueron hasta prohibidos por decreto1, y parece justificar la expresión “esto yo ya lo viví”. Con fuertes similitudes respecto de aquella época, la cimentación de un odio visceral contra el gobierno anterior, apalancado sistemáticamente por los medios concentrados, es un eje comunicacional fundamental del macrismo. Como entonces, se construyó un fortísimo argumento alrededor de la “corrupción”, aunque también se han esgrimido con indisimulable eficacia mensajes en torno a la falta de la libertad (en particular, respecto del “cepo cambiario” y las restricciones para adquirir dólares, hoy impuestas de hecho por la crisis, y con la burda puesta en escena de los periodistas del establishment que “querían preguntar”).

En el 55, a nivel del lenguaje el ataque se expresó a través de la pura y brutal supresión de la palabra; ahora lo que se produjo fue una exacerbación macartista traducida en axiomas irrefutables (“se robaron todo”) o sencillamente en el estigma de una letra, la “K”. Los paralelismos, siempre dispares, entre lo que sucede hoy y los años posteriores al derrocamiento de Perón abrevan en las detenciones arbitrarias de exfuncionarios opositores –el caso más flagrante es el del hostigamiento jurídico y el encarcelamiento irregular de la dirigente jujeña Milagro Sala−, a través de una nueva y aviesa interpretación de la prisión preventiva, con escenificaciones deliberadamente denigrantes –como la detención del exvicepresidente Amado Boudou esposado, descalzo y en pijamas, fotografiado para su inmediata propagación en los medios oficialistas−, y sobre todo, en la vía libre a la violencia institucional que parece patrocinar el ala más dura del macrismo, felicitando al policía Chocobar luego de que este asesinara a un ladrón por la espalda.

Sin internet ni redes sociales, el poder confiaba en los años 50 en que con la supresión de la palabra (y la represión generalizada, por supuesto) se lograría la supresión de los hechos y de las conciencias. Hablaba allí el poder brutal, descarnado, y su brazo armado: el odio, la revancha. Hay que decir que las afinidades con esa época fueron suscriptas por el propio macrismo a través de la política económica y social de manera dramática, materializadas en una caída brutal del salario real y en el recorte creciente de derechos laborales y sociales, que pugnan por llevar a la Argentina a una época preperonista. No es inocente en este marco la referencia explícita de los guionistas del presidente a la necesidad de terminar con 70 años de “fiesta”, de decadencia y políticas erróneas que, dice, no se pueden subsanar en solo tres años, retrotrayendo así sus ambiciones de anulación de derechos a la época inmediata anterior al primer gobierno de Perón.

Otro tipo de paralelismo con el pasado se esgrimió al argumentar que “esto yo ya lo viví” en referencia a la última y sangrienta dictadura cívico-militar. Al resaltar el origen del paradigma de las políticas neoliberales en la Argentina, con su espiral de endeudamiento externo, el nombre de Martínez de Hoz y la experiencia que siguió al golpe del 76 fue la referencia obligada. Tampoco se evitó la correlación cuando, avanzada la gestión macrista, empezaron a aparecer formas de represión más propias de períodos dictatoriales como tácticas de “contención” de la protesta social. El aún impune caso de Santiago Maldonado, caratulada inicialmente como “desaparición forzada” a manos de la Gendarmería, y enseguida la muerte del joven mapuche Rafael Nahuel bajo las balas de la Prefectura, dejaron a la ministra de Seguridad Patricia Bullrich en el centro de los discursos de mano dura (“mano justa”, dice el subterfugio comunicacional del gobierno), cada vez más instalados en los mensajes de campaña, como continuidad de la construcción de una nueva subjetividad anclada en el odio y el miedo, e impulsados, además, por la corriente militarista y racista que el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, vino a imprimir a la región. Con los hechos de las fuerzas de seguridad que tiene a cargo y sus dichos (desde “el beneficio de la duda siempre tiene que estar del lado de las fuerzas de seguridad” hasta “el que quiere andar armado, que ande armado”), la ministra expresa con desparpajo un paradigma de violencia institucional reñido con los valores de la democracia.

En la subjetividad colectiva, entonces, se percibe que algo en el discurso del poder ha vuelto desde ese pasado ominoso. No se puede verbalizar, porque la magnitud de aquella tragedia histórica, la iniciada en el 76, que dejó un país en ruinas y 30.000 desaparecidos, impide cualquier comparación. Sin embargo, lo que está de regreso, además del temerario elogio del fusilamiento, es la mentira descarada, el cinismo del poder en su más perversa expresión, consagrado a imponer una realidad. El vacío, la desolación y la impotencia en la escucha, características centrales de la dinámica de la comunicación desde y hacia el poder de aquella época y también de esta, desnudan las circunstancias del acto cínico: cuando todos se sienten sometidos por un acto violento –ejercido, con abismales diferencias y también muchos puntos en común, en términos de libertades y opresiones, por aquella fundacional experiencia neoliberal argentina y por el actual capítulo local del neoliberalismo global− y ese acto violento es naturalizado por una reformulación del sentido común, vastos sectores de la ciudadanía no pueden o no atinan a construir un contradiscurso eficaz.

En el año 79, al nivel de la palabra, aún en medio de la represión más brutal de que se tenga memoria, el dictador Videla acudió, en una conferencia de prensa posterior a la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, al eufemismo y al cinismo más puro. Es paradigmática esa aparición pública, aduciendo que no puede referirse a los desaparecidos porque “el desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita… no puede tener un tratamiento especial, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni vivo ni muerto, está desaparecido, frente a eso no podemos hacer nada”. Esto lo decía mientras con su brazo derecho dibujaba en el aire la idea de algo que se evaporaba y desaparecía.

La sola asociación de esta época con la dictadura, a partir del uso de similares estructuras de argumentación que se resumen en el acto cínico, conmociona a pesar de las diferencias concretas, que son evidentes. “Cínicos” es una de las referencias más frecuentes que se utilizan para apostrofar a los funcionarios del gobierno de Mauricio Macri y al propio presidente, por sus declaraciones, caracterizadas como mentiras descaradas.

El negacionismo sobre la cifra de los desaparecidos, encabezado entre otros nada menos que por el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, y luego la sanción por la Corte Suprema de Justicia del 2x1 para los represores, que reducía sus penas de prisión (revertida por una multitudinaria manifestación, acaso la única hasta ahora, por número y cohesión, que demostró la fortaleza de la oposición en las calles), permitieron comenzar a verbalizar esa comparación, que al cabo no se presentaba tan antojadiza. Volveremos sobre este tópico cuando caractericemos lo que llamamos “cinicracia” y su centralidad en la construcción de la política macrista.

De todos modos, el paralelismo preferido para definir el lugar de Cambiemos en una línea histórica fue la vinculación que se estableció, como se dijo, con la década del 90. Una época cercana, que antecedió a la hecatombe de 2001, muy presente en la memoria colectiva y, por lo tanto, acaso más adecuada para “explicar” lo que está pasando: son los mismos de entonces, que regresaron.

Recurrir a experiencias anteriores, formatos institucionales ya codificados, hechos políticos pretéritos significativos, estereotipos ideológicos, es una manera natural y lógica de proceder para dar sentido al presente, especial y paradójicamente cuando no queda claro de qué se trata. Más cierto aún es que en la memoria colectiva se guardan experiencias que no pueden, para bien y para mal, dejar de influir en nuestros sentimientos y acciones. Pueden aterrorizarnos o bien aleccionarnos. Son parte de nosotros.

Ante la pregunta de un periodista que dejaba trascender la idea de que había poco que hacer frente al poder concentrado de los medios y la represión, el exjuez de la Corte Suprema Eugenio Raúl Zaffaroni la rechazó con vehemencia y señaló el valor de la comunicación boca a boca, el cuerpo a cuerpo como modo de hacer política y de resistencia, entendida como aquello a lo que esos poderes ideológicos y represivos no tienen acceso y se vuelve, como lo ha demostrado la experiencia histórica, algo profundamente transformador. Apuntaba Zaffaroni no simplemente a buscar parecidos históricos, sino a aprender de la experiencia, imaginar otra “Resistencia” que se oponga a la política de odio y al establecimiento de un proyecto económico político de exclusión y de destrucción de los lazos sociales: trazar un eje de discurso-acción, objetivos concretos, un espacio de diálogo sobre los modos de lograrlos. Solo así, parece sugerir Zaffaroni, las referencias históricas cobran sentido. A diferencia del 76 y de los 90, la referencia al 55 quizás porte en germen un modo posible y legítimo de actuar.

Ahora bien, volviendo a los paralelismos, sobre todo los de raíz económica, el modo de funcionamiento del actual modelo neoliberal es muy diferente a los anteriores en aspectos esenciales –el dominio hegemónico del capital financiero, la constitución de bloques con intereses contradictorios (EE. UU./Europa/Rusia-China, etc.) e incluso el resurgimiento de políticas proteccionistas nacionales (EE. UU.) que generan una guerra comercial–, lo cual redunda en que la pretensión de identificar un período con otro en forma absoluta no ayude a entender la dimensión de los conflictos e impida proceder en consecuencia.

Han cambiado radicalmente el entorno cultural y los modos en que la gente se relaciona entre sí y con la realidad por imperio de la tecnología, que privilegia un vínculo individual que, a su vez, va configurando un modo particular de procesar esa realidad, las posibilidades de actuar sobre ella, los valores por los que se rige. En la era de la posverdad, cuando también se habla de pospolítica y aun de posdemocracia2, en una época en la que el capital en general y el financiero en particular se mueven de manera tal que demuelen todos los diques de contención jurídica de los estados, decir que “esto ya lo viví” puede resultar legítimo como modo inicial de aproximación pero no como base para la caracterización pormenorizada del régimen macrista, y supone, por el contrario, el riesgo de impedir la identificación correcta de las condiciones en las que un trabajo de comunicación política como el que puso en marcha este gobierno puede resultar exitoso.

En un contexto en el que se habla no solo de cambio de época, sino que se afirma la emergencia de una verdadera crisis civilizatoria, es difícil sostener que lo que está pasando ya ha pasado antes, restringiendo la comparación a la pertenencia de ciertos personajes a segmentos económicos y de ciertas medidas económicas a modelos que, por otra parte, operan, como dijimos, también de manera diferente. Trazar un paralelo entre el ciclo neoliberal actual y los de épocas pasadas es imposible sin llevarse puesta la evidencia de que el propio accionar del neoliberalismo cambió, y poner en peligro el diseño de estrategias políticas certeras que permitan enfrentarlo.

La sorpresa, la consternación, la alusión a la “pesadilla”, el “no lo puedo creer”, son expresiones que muestran que las referencias al pasado, a aquello que se creía había quedado atrás en la historia, no alcanzan por sí solas si no se complementan con otras explicaciones que marquen las diferencias entre un proceso y otro, y producen, por el contrario, una cierta parálisis especulativa.

Y no es solo la sorpresa por lo que se percibe como la vuelta de algo que se pensaba superado. Sino, y sobre todo, por el modo en que el poder traspone límites de manera implacable y, llamativamente, sin que se produzcan reacciones importantes, contando incluso con el apoyo de parte importante de la población.

Es quizás a partir del particular modo de maniobra de Cambiemos en el ejercicio del poder que se vuelve estéril la elucubración sobre qué período histórico es el que vuelve en término de prácticas de gestión. Hay una manera novedosa, articulada, de gobernar que el macrismo cultiva sin encerrarse en dilemas que le son ajenos, y que en cualquier caso reúne elementos comunicacionales afines a las tres experiencias previas ya citadas: es al mismo tiempo la imposición del silencio y la búsqueda de la destrucción y dignidad del otro, como en el 55, ahora con el control hegemónico de los medios masivos de comunicación bajo formas de coacción articuladas que cuentan con consenso social transclasista; es el cinismo del 76, con el manejo de un lenguaje generado y adoptado para instaurar realidades y discursos paralelos, unos oficiales y abiertos, otros encubiertos y clandestinos, como son los trolls, los “carpetazos”, los aprietes y el manejo de la justicia; y son los 90, con sus promesas de derrame, pero esta vez en un contexto de reformas económicas y sociales que quieren abrir una nueva etapa histórica civilizatoria, con el apoyo de una importante base social que se reúne alrededor del desarrollo del emprendedorismo y la idea meritocrática del progreso individual.

Pero, sobre todo, la caracterización distintiva del macrismo es su modo político y comunicacional de gestión altamente planificado, disciplinado y articulado. Que monitorea constantemente cada una de sus acciones en sus ámbitos de influencia y que ha desarrollado una filosofía social que lleva a la práctica de manera también muy regulada.

El modelo neoliberal activado en este nuevo contexto procura rediseñar una nueva sociedad, y su objetivo central estratégico es el “cambio cultural”, tal como lo enuncian los portavoces del gobierno y, especialmente, Macri. No se trata simplemente de cambios económicos, políticos, sociales, por más fuertes que sean. Se trata de conseguir que el sistema de valores de las personas, su forma de procesar la realidad, de concebirla, su propia subjetividad, su alma, se conviertan en el verdadero sostén del proyecto. El contexto actual, las nuevas condiciones para la constitución de subjetividades, le juegan a favor. Hablamos de una cultura que privilegia el individualismo y que tiene en el tiempo presente el modo de valoración de las cosas, aunque hable constantemente de futuro.

Y todo este proceso de “cambio”, veremos, ocupa el epicentro de una política planificada de disciplinamiento social, escenificada con métodos y lenguajes cada vez más violentos, que alcanza a todos los niveles de la sociedad y que recurre a una vasta red de medios.

1 El decreto ley 4161 del año 1956, sancionado por el general golpista y presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, prohibía pronunciar los nombres de Juan Domingo Péron y Eva Perón o cualquier mención que se considerara propagandística del peronismo.

2 Crouch, Colin, Posdemocracia, Taurus, España, 2004.

IV
“IR CONTRA LOS PROPIOS
INTERESES”


EL VIAJANTE

(ASGHAR FARHADI, 2017)*

* Forushandeh (El viajante) es una película de 2016, dirigida por el iraní Asghar Farhadi, que se ocupa del deseo de venganza de un marido que ve afectada su “hombría” a partir de un ataque sexual sufrido por su esposa, en una sociedad tradicionalista, religiosa y machista como la iraní. El film muestra cómo ese deseo vengativo lo envuelve en una serie de actos crueles, desconsiderados respecto de su propia mujer, la víctima, a la que termina perdiendo. Se trata de un joven matrimonio de actores, burgueses, intelectuales, progresistas, que debe dejar su departamento en refacción y se instala en otro que les consigue un amigo, en el que han quedado pertenencias de su antigua moradora, una mujer que aparentemente se dedicaba a la prostitución. Ellos están representando La muerte de un viajante, dejándonos ver una construcción en espejo entre la historia de la película y la pieza teatral.

Cuando un individuo ataca a la esposa mientras esta tomaba un baño, se desatan a la vez la preocupación del esposo por la mujer, herida y conmocionada, y su ira. Encuentra al atacante, un señor mayor, cabeza de una familia de clase media tradicional iraní, que tenía una relación con la prostituta que había vivido en esa casa. Queda claro que el individuo no intentó violarla: primero la confundió con su amante, luego se vio tentado de verla desnuda y, asustado al verse descubierto, la atacó. La historia refleja en espejo aspectos centrales de la célebre obra de Arthur Miller, de 1949, aunque la relación entre sistema social-cultural e individuo es más unívoca y totalizante en Miller que en la película de Farhadi. En la obra de teatro, el protagonista, producto frustrado del sueño americano, llega a la edad de su retiro considerándose importante y reconocido en su rol de vendedor de una firma, y aunque en la realidad está en franca decadencia, abandonado a su suerte por su patrón, tiene envueltos en esa fantasía grandilocuente a sus dos hijos y a su esposa. Despótico, responsable de haber generado una familia dependiente y frustrada como reflejo de su propio engaño, el viajante decide, ante el descalabro emocional y financiero que sobreviene, quitarse la vida. Por fin, su mujer se pregunta por qué nadie ha asistido al sepelio.

El protagonista del film iraní, arrastrado por un paradigma cultural naturalizado e impuesto por la sociedad, ve cómo su ira −que su mujer desaprueba− va desplazando el amor que siente por ella −que bajo tales circunstancias queda amenazado− por el mandato de vengarla.

Ambas historias muestran, en conjunto, el poder de sistemas culturales que, marcándolos con una impronta individualista y exitista por un lado, y machista por el otro, lleva a los personajes a destruirse a sí mismos y a sus vínculos más cercanos. Esa impronta cultural es tan fuerte en el personaje iraní que lo lleva a repetir la situación de La muerte de un viajante, sin haber comprendido nada de la obra que montaba con su compañía.

Esta tragedia no aprendida, este no aprendizaje, habla de cuán difícil es para los protagonistas entender sus “verdaderos intereses”, atrapados en sistemas que generan fantasías trágicas para ellos. Esos personajes que van en contra de sus propios intereses se hacen cargo, entonces, de la impronta ilusoria del sistema (el sueño americano, el machismo), confundidos en una trama de valores muchas veces contradictorios.

El viajante obtuvo en 2016 el Óscar a la mejor película extranjera y en el Festival Cannes los premios a mejor actor y mejor guión, escrito por el propio Asghar Farhadi.

UNA RAZÓN USADA PARA PERSUADIR QUE NO HA LOGRADO APELAR A INTERESES VITALES DE “LA GENTE”

Algo distinto, nuevo, está sucediendo. Muchas personas están actuando contra los que podrían definirse, naturalmente, como sus propios intereses. Sectores pobres y otros empobrecidos, no solo en la Argentina sino en otras partes del mundo, se dejan captar “ingenuamente” o apoyan abiertamente políticas neoliberales que desde el punto de vista económico, y de manera ostensible, afectan o afectarán sus bolsillos. Esto parece doblemente incomprensible. Por una parte, no se caracteriza esta época por la falta de información, más bien por su sobreabundancia, lo cual, en teoría, permitiría estar al tanto de hechos y circunstancias capaces de afectar el modo en que vivimos. ¿Han sido y son esos individuos engañados, manipulados? Todo tiende a ser explicado por el poder omnímodo de los medios de comunicación dominantes, por su capacidad de instalar una agenda y establecer un amplio aparato de “fake news” en el ecosistema comunicacional.

Está claro que se trata de políticas que suponen un visible deterioro de la propia experiencia de vida y de la posibilidad de acceso a bienes y servicios. Evidentemente, no se trata sin más de disponer de información, de un abordaje racional de los sucesos políticos. Se trata en todo caso de experiencias personales que, como tales, son vividas y, por lo tanto, sentidas. ¿Hay un deseo superior a la propia experiencia negativa de ciertos sectores perjudicados por el modelo que, de algún modo, prevalece y los hace actuar en acuerdo con intereses que les son ajenos? ¿Hay, en todo caso, la esperanza de que ese estado de cosas desventajoso sea apenas un precio inicial a pagar en función de un futuro mejor prometido, personal y/o colectivo?

Quienes se muestran sorprendidos en sus concepciones acerca de cómo deberían actuar esos sectores medios, medios bajos y pobres de la población creen, esperan, que en algún momento la experiencia sea lo suficientemente severa como para advertirles que han estado errados en sus opciones políticas.

Objetivamente, se ha producido un considerable desacople entre intereses económicos y conductas esperables. Esto es nuevo: en el pasado, las conductas en el plano social siempre se han correspondido más o menos consistentemente con la afectación de los intereses económicos.

La idea es que, por efecto de una rara sugestión colectiva, viven en el engaño y han sido cooptados por sus enemigos naturales. La explicación habitual, innegable en parte, es que la incesante labor de los medios de comunicación no solo les oculta una porción de la realidad, sino que también genera una agenda de temas que aleja a la gente de lo que es importante, imponiendo en el menú del intercambio cotidiano lecturas de la realidad que al cabo conducirían a esas conductas anómalas. Esta línea argumental desplaza, claro, el peso de la experiencia personal, y la percepción del contexto como un todo sensible imposible de eludir.

Si bien el bombardeo de los medios es un argumento razonablemente cierto, y también lo es, quizás, que hayan logrado imponer con cierta docilidad en la opinión pública la promesa del “derrame” que sobrevendrá una vez consumados todos los sacrificios que exige el modelo −a pesar de que el recurrente augurio, esgrimido en muchas oportunidades, nunca se cumple−, el rol de los medios masivos no alcanza por sí solo para explicar ese fenómeno de desacople. De hecho, tampoco se explican, como vimos, en el marco de expectativas que corresponden a aproximaciones tradicionales de exclusivo enfoque económico.

Cuando la cuestión se discute con los propios sectores afectados, empiezan a aparecer en el radar temas que antes no considerábamos. Básicamente, que la idea de “intereses” trasciende lo económico. Por eso, ciertos planteos táctico-políticos de persuasión, del estilo “fíjate cómo estabas hace tres años y cómo estás ahora”, si bien aparecen a todas luces correctos y contundentes, pues invitan a las personas a no dejarse cooptar por ideas engañosas y enfocarse en lo que “realmente” les sucede, el dilema es que este examen de la propia experiencia cotidiana está exclusivamente centralizado en lo económico, y no considera otros aspectos.

¿Qué herramientas fue desarrollando el macrismo como argumentos de persuasión que, captados como deseos y miedos en sus estudios de marketing político, resultaron vitales para convencer a sectores que en su momento habían acompañado con su voto a los gobiernos kirchneristas? Lo sintomático fue que esos deseos y miedos podían identificarse aun en un sistema que había alcanzado cierto nivel de bienestar para capas crecientes de la población, y que más allá de la encrucijada de los desafíos crónicos de la economía argentina en esa etapa de crecimiento con redistribución, y del hostigamiento constante al que era sometido por los medios que monopolizaban la opinión pública y por la oposición misma, parecía estabilizado en su representatividad política.

Pero hay otros intereses. Enunciamos aquí una lista de diez, los principales que el aparato de propaganda de Cambiemos seguramente confirmó a partir de tendencias globales estudiadas e identificó como deseos y miedos en sus “focus groups”, y que sirvieron como bases de interpelación que luego pasaron a integrarse en el diseño de la matriz ideológica de las campañas publicitarias, los claims y todos los desarrollos comunicacionales estratégicos que configuran el discurso del macrismo.

1. El interés por sentirse simétrico en relación a la/s autoridad/es. Considerarse quien ha concedido la autoridad que portan aquellos que toman las decisiones o lideran instituciones que condicionan las vidas de las personas es una buena creencia de época. Esa sensación de libertad individual, tan central hoy, derivada de la anulación de la opresión que deriva de la autoridad, es su resultado fundamental. Como un ejemplo de la exacerbación de este deseo no consumado se apuntó a las transmisiones en cadena que hacía la expresidenta, muy frecuentes, leídas en el contexto de una expresividad que marcaba su fuerte liderazgo, y usadas por la oposición para marcar un rasgo de supuesta falta de humildad, y aun de desprecio por la autonomía de cada individuo y su capacidad de decidir, incluso sobre su tiempo libre (en relación a la omnipresencia de la cadena oficial en las pantallas). En contraposición, la comunicación macrista subraya, a través de cuidadas puestas en escena (con armados fotográficos para las presentaciones públicas de los principales candidatos –luego funcionarios− y sus equipos en los actos, la construcción de la proxemia con abrazos, palmadas en el hombro y la cercanía “espontánea” del timbreo, el modo de vestir informal, etc.), que supone un nuevo modo de ver las cosas en el que “vos” sos un igual entre pares.

2. El interés por sentir que debe haber una alternativa al “conflicto” constante como modo de relación entre las personas. Primero fue la idea de caminar “juntos”. El llamado a “unir a los argentinos”, como una de las tres consignas centrales de campaña, apareció más tarde, en la campaña de 2015. El macrismo supo oponer a la lucha de intereses concretos alrededor de la redistribución de la riqueza que planteó el kirchnerismo la idea de colaboración, de “trabajo en equipo” como modo de vida. Cada intervención pública del Frente para la Victoria, incluso en el anuncio de medidas o la inauguración de obras que se presentaban como un resultado exitoso de la confrontación con las corporaciones, se encuadraba frecuentemente en ese “mundo de intereses en pugna”. Frente a ello, el macrismo opuso la idea de un mundo donde la única adversidad era la desunión frente a los desafíos “naturales” de la vida, destacando la colaboración frente al conflicto, la construcción y las obras como alternativa a la lucha, esa “grieta” que entrañaba tensión, la sensación permanente de un peligro, ante el cual había que encauzar positivamente las energías del país “en serio”.

3. El interés de sentir que se vive en un mundo ordenado, en el que cada uno ocupa un lugar natural y le ha sido asignada determinada función. Frente a un mundo presentado como desordenado, sin reglas precisas, parte de esa lucha en la que “cada uno hace lo que quiere”, lo que abría las puertas a la inseguridad, fortaleciendo el rol de “los violentos” organizados frente a la voluntad de los individuos, el macrismo vino a proponer “orden”, reglas claras, un gobierno que, según el eslogan acuñado hacia su segundo año de mandato, se muestra “haciendo lo que hay que hacer”. La derecha neoliberal asume como valor central el respeto por el individuo y un supuesto orden como garantía de las condiciones para su realización personal, y a ese individuo interpela, bien que acentuando la segunda persona, “vos”, ajeno a un “nosotros”, el poder real, que nunca se pronuncia.

4. El interés de sentirse a salvo de un mundo en crisis constante que amenaza la propia seguridad. El delito y, en particular, el narcotráfico, realidades muy cercanas a las experiencias personales, sobre todo en los barrios populares, se convirtió en uno de los ejes discursivos de la campaña de Cambiemos. El crimen organizado alrededor del tráfico de drogas, instituido como origen de toda inseguridad, fue enarbolado por el macrismo siguiendo modelos internacionales que han demostrado su vasto poder de fuego en el ámbito político (la “guerra a las drogas” desatada por los Estados Unidos, básicamente fuera de sus fronteras), y así nació otra de las tres consignas de 2015: “La lucha contra el narcotráfico”. El tópico de la inseguridad fue, desde mucho antes del triunfo electoral del macrismo, el mascarón de proa de las coberturas periodísticas, sobre el que se machacó en forma reiterada, creando un clima de miedo constitutivo de la realidad social, y que en vísperas de las elecciones fue asociado a burdas pero enormes operaciones de prensa pensadas para estigmatizar a candidatos del kirchnerismo. Sentir seguridad pasó a ser, según el andamiaje emocional de la comunicación macrista, prioritario.

5. El interés por sentir “disfrute”. Hace tiempo que la idea de disfrute se ha convertido en un imperativo como forma de vida, una macrotendencia global, un sentimiento que se vuelve acuciante frente a todo aquello que limita ese deseo, y que llama a desprenderse de todo lo que innecesariamente suponga un escollo y desvíe a los individuos de esa posibilidad. Para ello, la dimensión del conflicto social debe ser erradicada. Es en ese marco que el macrismo pudo instalar una fuerte dosis de liviandad en el mundo de la política, y emergió acaso la formulación más antipolítica del universo publicitario de Cambiemos: la “Revolución de la Alegría”. La omnipresencia de los globos en cada acto se ha convertido en una marca registrada de la puesta en escena del partido que hoy gobierna la Argentina, mixturado con temas escogidos de la música popular y la celebración de cada éxito electoral con los pasos de baile del presidente: la demostración palmaria de que el disfrute, en las antípodas del territorio confrontativo y de disputa permanente planteado por la política tradicional, era posible.

6. El interés de sentir que uno es “diferente” de los otros. En su construcción de subjetividad, el neoliberalismo ha sabido interpelar la necesidad humana de trascender como “personas individuales” y no simplemente por ser parte de un colectivo que tiene obligadamente un destino y un camino común, sino, a lo sumo, como integrantes de grupos que se identifican circunstancialmente con un mismo proyecto. El reconocimiento es un mecanismo vital en una sociedad en que la individuación es un valor en sí. Es en respuesta a este síntoma social que la comunicación macrista acudió tempranamente al uso del nombre de pila en forma obsesiva: “Mauricio”, “María Eugenia”, “Horacio”, de un lado, y del otro, que no se muestra exactamente como un lado “discernible”, el de la gente común, “Cacho” o “María”, protagonistas casi genéricos de historias fraguadas, moralizantes, ejemplificadoras, que demostraban en el plano individual y como ejemplo para todos, la vía de superación inherente a cada consigna política.

7. El interés de sentir que uno es uno porque, ante todo, no es parte de un colectivo al que no se quiere pertenecer. Nadie quiere ser identificado con aquello que se desprecia, ni puede pensarse como parte de un colectivo que carece del sentido del esfuerzo, de la rectitud y la moral que se consideran pilares del ejercicio de la ciudadanía. Fundida en ese colectivo, presentado como uno que vive a costa del esfuerzo de los demás, la propia individualidad desaparecería en la ignominia. En este marco, el Estado pasó a ser identificado en el discurso neoliberal como un sistema oneroso estrictamente diseñado para encubrir vagos, inútiles, “planeros” y su vertiente más perversa, los “choriplaneros”. Estos y otros epítetos pasaron a ser adjetivos descalificativos de grupos vistos como los culpables de cualquier penuria individual. Así, la apelación del macrismo a “vos”, junto a un llamado a la creatividad y el señalamiento del valor del proyecto personal, del emprendedor que no necesita de la protección ni de la regulación del Estado para progresar, cobraba todo el sentido.

8. El interés de sentir que alguien le habla en términos de sus proyectos personales y que piensa que lo conseguido es producto del propio esfuerzo. Otro síntoma social extendido en tiempos del neoliberalismo es la necesidad de los individuos de, aun perteneciendo a determinado grupo social, sentir que se le abren oportunidades independientemente de lo que le suceda a ese colectivo. Es decir, que se valora su propio esfuerzo, considerado por fuera de las condiciones favorables que para ello pudieran crear las políticas públicas y la organización colectiva. Esa persona siente, y esto hay que subrayarlo, que se lo merece, que cualquier progreso que obtenga es fruto exclusivo de su propio esfuerzo. Es en el marco de estos deseos y este imaginario individualista que el emprendedorismo, célula programática del proyecto de desarrollo económico-social neoliberal que aparece como factor de protección del desarrollo creativo y personal, le sirve en bandeja al poder económico un cierto sustrato ideológico que, en última instancia, lo habilita para emprender reformas sustanciales en el ámbito laboral, a fin de desmantelarlo en cuanto sistema colectivo de protección social.

9. El interés de sentir que el Estado está organizado para servir y no para ser fuente de corrupción. Explotando este lógico interés ciudadano fue que los medios hegemónicos acuñaron, avalada por un puñado de casos flagrantes, una consigna que, al tiempo que enardecía a los individuos de odio contra el kirchnerismo, los hizo sentir que los involucraba a todos y a cada uno como víctimas personalmente afectadas: “Se robaron todo”. El acto verosímil de malicia –robar− articulado a la hipérbole −todo− se convirtió en la causa de todos los males sociales e individuales, y en virtual estandarte de Cambiemos durante la campaña y aun después, cuando comenzó el incesante desfile de los funcionarios del gobierno anterior por los tribunales y, muchas veces sin pruebas sustanciales ni, desde luego, sentencia, su encarcelamiento. Tomar esta idea como propia supuso, además, estar a tono con la agenda global de la transparencia, procurando generar una identificación irrefutable entre corrupción y peronismo, corrupción y sindicalismo, corrupción y empleo público (los “ñoquis”, la “grasa militante” que hubo que eliminar). El argumento de la corrupción ha sido en América Latina el ariete elegido para socavar la credibilidad de los gobiernos populares, derrocar y encarcelar presidentes –los casos de Dilma Roussef y Lula en Brasil son paradigmáticos−, para reemplazarlos por administraciones de derecha que sistematizan la corrupción cercenando derechos adquiridos décadas atrás. Lo fue también para Cambiemos, a modo de anticipo complementario de otra consigna que serviría para justificar toda medida regresiva que se adoptara y que implicara un costo político para el nuevo gobierno: “la pesada herencia”.

10. El interés por no ser “pobre”, mecanismo de un nuevo diseño social apuntalado en la promesa de realización de los proyectos personales, aunque eso signifique aceptar una “lógica” exclusión interpretada como autoinfligida. Postulados y corroborados la desidia y el robo, el paso siguiente de la comunicación macrista fue ofrecer a los sectores más vulnerables salir de ese lugar. Sin pudores, la campaña de Cambiemos se lanzó a contrarrestar los argumentos kirchneristas de ampliación de derechos y beneficios colectivos conseguidos durante 12 años, prometiendo mejoras en todos los frentes, para los trabajadores por la anulación del impuesto a las ganancias, para los jubilados que obtendrían el 82 % móvil, etc. Pero la promesa hiperbólica, que se convirtió en la tercera gran consigna de campaña de 2015, y que galvanizó todos los deseos, fue la de “pobreza cero”. El cinismo tocaba su cúspide. En un solo movimiento discursivo, “pobreza cero” se convirtió en un síntoma no solo de cómo sería el funcionamiento de un gobierno cinicrático, sino también de la predisposición de una parte de la población a ser partícipe de una creencia, de una fe que le permitiese acercarse a ese nuevo diseño de sociedad que dejase atrás las preocupaciones económicas para concentrarse en otros intereses.

Esos intereses, movilizados por deseos y miedos oportunamente detectados y reformulados, forman parte de la agenda del “cambio cultural”, que reivindica la realización de los proyectos personales como eje único y exclusivo del esfuerzo y de las ansias de progreso individual, en el marco de un orden que le asegure a cada uno el lugar que supuestamente le corresponde en la sociedad.

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