Kitabı oxu: «El Credo»
SCOTT HAHN
ADRIAN SCOTT MARIE HAHN
THERESA CATHERINE REINHARD
FRANCESCA CHIARA HAHN
JOSEPH PIO HAHN
EL CREDO
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2017 by SCOTT HAHN
© 2017 de la presente edición, by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Imagen de cubierta: ©Foto Scala. Adoración de la Trinidad (1511), de Alberto Durero. Museo de Historia del Arte de Viena (Austria).
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (versión digital): 978-84-321-4836-1
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
1. EL CREDO NOS HACE
2. LA NECESIDAD DEL CREDO: LA PREHISTORIA VETEROTESTAMENTARIA DE LA PROFESIÓN NEOTESTAMENTARIA
3. UNA NUEVA ALIANZA Y UNA NUEVA CONFESIÓN
4. UN KANON IMPETUOSO
5. DE LA LIBERTAD A LA FÓRMULA
6. LA CORONA DEL CONCILIO
7. EL MARCO DEL CREDO
8. SEÑALES LUMINOSAS
9. SIEMPRE PADRE
10. CREADOR DE TODO
11. EL CULTO AL HIJO
12. ¡ESE ES EL ESPÍRITU!
13. LA IGLESIA Y EL FUTURO
14. AMÉN
APÉNDICE A. LOS PRINCIPALES CREDOS POSTERIORES
APÉNDICE B. EL CREDO BÍBLICO
BIBLIOGRAFÍA SELECTIVA
RESEÑAS
AUTOR
PATMOS, LIBROS DE ESPIRITUALIDAD
1.
EL CREDO NOS HACE
EN LOS AÑOS 80 Y 90 del siglo XX una serie de éxitos de la música cristiana contemporánea le ganaron una fama imperecedera al cantautor Rich Mullins, quien en menos de una década recibió una docena de Premios Dove. Su himno Awesome God (Nuestro Dios es maravilloso) ha quedado como un clásico de la alabanza evangélica. Los inicios de la música de Mullins revelan la influencia de su formación cuáquera rigurosamente antidogmática, y de sus años jóvenes de «cristiano independiente». La escuela bíblica a la que asistió tiene sus orígenes en un movimiento cuyo lema fundacional afirmaba: «No hay más credo que Cristo».
Las lecturas de Mullins sobre la historia del cristianismo despertaron su admiración por la figura de san Francisco de Asís, otro poeta tan amante de la alabanza espontánea y de la libertad espiritual como él. No obstante, Mullins descubrió que la poesía de Francisco bebía del hondo depósito de la doctrina y la liturgia católicas, de una tradición cristalizada en los credos.
De sus estudios nació su pasión por los credos: una pasión que en 1997 le llevó a recibir la catequesis de Iniciación Cristiana de Adultos en una parroquia católica. En septiembre de ese año, la víspera del día en que iba a ser admitido en la comunión plena de la Iglesia católica, Mullins falleció en un accidente de tráfico. La música que compuso en la recta final de su vida muestra la transformación operada en su vida interior. Entre sus obras más maduras destaca la canción Creed, con su vehemente coro:
Creo que lo que creo
me hace ser lo que soy.
No es algo que haya hecho yo:
es lo que me hace a mí.
Es la verdad de Dios
y no la invención de un hombre.
Creo en ella. Creo.
Lo que vale para Rich Mullins vale también para ti y para mí. Lo que creemos va haciendo que seamos lo que somos y lo que esperamos ser para toda la eternidad. Es una gracia recibida de Dios. A ti, a mí, a Richard Mullins y a san Francisco se nos ha concedido la gracia de proclamarlo, de confesarlo en los credos de la Iglesia.
* * *
Un credo es un resumen autorizado de las creencias fundamentales del cristianismo. En los artículos del credo profesamos nuestra fe en los misterios, en las doctrinas que solo podemos conocer gracias a la Revelación divina: que Dios es una Trinidad de personas, que Dios Hijo se encarnó y nació de una virgen, etc. Si Dios no hubiera revelado los misterios del cristianismo, esos misterios que afirmamos en el credo, nunca seríamos capaces de descubrirlos por nosotros mismos.
Un credo no es la totalidad de la fe cristiana, sino un resumen que expone todo lo que enseña la Iglesia católica, la cual es, a su vez, uno de los misterios que proclamamos en el credo. Se trata de un símbolo de algo más amplio y, en último término, de Alguien a quien amamos, Alguien que nos hace ser quienes somos a través de lo que creemos y a través de otras gracias.
Así lo afirma con elocuencia el catecismo de la Iglesia católica cuando dice que no creemos en fórmulas, sino en las realidades que esas fórmulas expresan y que la fe nos permite tocar (ver CCC 170). La fe es nuestra adhesión personal a Dios y a toda su verdad (ver CCC 150): es nuestro acto de confianza en todo lo que Dios es, lo que nos dice y lo que nos pide. Nuestro objeto no es un enunciado, sino una Persona. Pero no se puede amar a quien no se conoce. Los artículos del credo nos acompañan en el camino hacia el conocimiento, que es nuestro camino hacia el amor.
* * *
El término «credo» procede del latín y se puede traducir literalmente como «¡creo!». Esa es la palabra con la que suelen empezar las profesiones de fe de los cristianos. Como veremos más adelante, existe una firme evidencia de que esos actos de fe sintéticos formaron parte integral del cristianismo desde sus inicios. Credo (o su equivalente en arameo) es lo que grita un padre desesperado para implorar de Jesús la curación de su hijo: «¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!» (Mc 9, 24); es la palabra que pronuncia el ciego de nacimiento sanado por Jesús; es la palabra que sirve de preludio al culto verdadero (Jn 9, 38). Credo es también el grito de dolor de Marta, la palabra que Jesús quiere escuchar de ella antes de resucitar a su hermano Lázaro (Jn 11, 27).
A esas declaraciones de fe parece referirse san Pablo cuando dice: «Si confiesas con tu boca “Jesús es Señor”, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa la fe para la salvación» (Rm 10, 9-10).
En el itinerario del amor lo normal es creer con el corazón y confesar con la boca. Si llevamos una vida íntegra, existe una unidad entre nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras obras; entre nuestros corazones, nuestras manos y nuestras voces. Decimos lo que pensamos y obramos como decimos. «Predicamos con el ejemplo».
Pero eso no significa que recitar el credo conlleve el dominio de la materia. Como dice Rich Mullins, el credo nos «va haciendo». Ese «ir haciendo» indica un proceso en desarrollo. Recordemos de nuevo al padre desesperado del evangelio que grita a Jesús: «¡Creo!», para acto seguido añadir: «¡Ayuda mi incredulidad!» (Mc 9, 24).
El credo señala el camino hacia la conversión a una Iglesia peregrina en la tierra y a cada uno de sus miembros.
* * *
De ahí que los credos hayan sido siempre una parte esencial del rito del bautismo, uno de los medios utilizados por la Iglesia primitiva para garantizar el cumplimiento del mandato de Jesús: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Algunos de los credos más antiguos que conocemos son meras afirmaciones con las que se confiesa la fe en cada una de las Personas de la Santísima Trinidad. A lo sumo, añaden alguna afirmación de que Jesús es Dios y hombre, que fundó la Iglesia y que los muertos resucitarán.
En sus inicios la Iglesia carecía de Biblias, misales y libros de himnos. Los apóstoles solían resumir los acontecimientos salvíficos de la vida de Jesús en breves y escuetos sermones —resúmenes del Evangelio— que acabaron conociéndose como la «regla de fe». En el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles observamos el desarrollo de ese proceso. Pedro predica un resumen de la vida y la misión de Cristo (ver sobre todo 2, 29-36) y el corazón de la gente experimenta un cambio (v. 37): «Aceptaron su palabra», «fueron bautizados» (v. 41) y recibieron la Eucaristía (v. 42).
El credo fue para ellos la puerta de entrada a la transformación por la gracia materializada en los sacramentos de iniciación.
Se trata de un patrón que encontramos repetidamente en el Nuevo Testamento y, más adelante, en las obras de los primeros Padres de la Iglesia.
Aunque la regla de fe adoptó distintas formas, siempre afirmó una serie de misterios: Dios es uno; Dios se ha hecho hombre en Jesucristo; Cristo ha muerto; Cristo ha resucitado; Cristo ha sido glorificado y vendrá de nuevo. Con el tiempo estas declaraciones se hicieron más detalladas y más estandarizadas, y fueron universalmente aceptadas como sellos de la fe. En Oriente las conocían como «vara de medir».
Desde muy pronto existieron dos tipos de credo: los dialogados en forma de preguntas y respuestas y los de forma declaratoria.
La Iglesia emplea la forma dialogada en el bautismo y durante la Vigilia Pascual. Es un credo que expresa en términos dramáticos el movimiento de conversión, que va de la renuncia al pecado y al mal («¿Renunciáis a Satanás?»: «Sí, renuncio») a la afirmación del Dios verdadero («¿Creéis en Dios Padre Todopoderoso?»: «Sí, creo»).
Esos dos «síes» resuenan potentes, exultantes y con la firmeza del compromiso, como los votos esponsales y los solemnes juramentos que se prestan ante los tribunales. Al igual que el matrimonio, el credo nos cambia. Señala un hito en la historia de nuestro proceso de conversión. Nos «va haciendo».
* * *
El «credo declaratorio» nos resulta más familiar: lo recitamos en una u otra de sus formas en la misa dominical. Está compuesto de una serie de frases que proclaman nuestra fe en muchos misterios individuales (pero relacionados entre sí): la paternidad de Dios, la filiación divina de Jesús, la divinidad del Espíritu Santo, la misión de la Iglesia.
La mayoría de los misales contienen el Credo Niceno y el Credo de los Apóstoles. El credo niceno recoge la fe explicitada en los dos primeros concilios ecuménicos de la Iglesia celebrados en el siglo iv: el concilio de Nicea (325 d.C.) y el de Constantinopla (381 d.C.). El credo de los apóstoles, bastante más breve y menos detallado, se basa en la fórmula más antigua empleada por la Iglesia de Roma y lo encontramos en distintas formas ya desde el siglo III.
Durante los últimos siglos, en la misa dominical las Iglesias de Occidente han utilizado por lo general el credo niceno. El credo de los apóstoles, más breve y sencillo, es un buen sustituto en las misas de niños.
Recitamos el credo después de la homilía y lo hacemos de pie. Cuando pronunciamos las palabras «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre», se suele hacer una inclinación.
El credo es la culminación de la liturgia de la Palabra. Hemos escuchado las palabras de los profetas y cantado las alabanzas de los salmos. Hemos recibido el Evangelio de un modo tan real como lo recibió la asamblea de san Pedro en aquel primer Pentecostés. Y ahora, mientras recitamos el credo, pronunciamos nuestro «sí», nuestro credo, igual que el padre implorante del evangelio, igual que el ciego de nacimiento, igual que Marta. Alimentamos lo que hemos recibido.
El hecho de que en nuestra liturgia el credo siga a las lecturas de la Biblia es significativo, ya que resume la historia de la salvación. Y no deja de ser útil que siga a la homilía: así, aunque nuestro párroco tenga un mal día y su sermón no haya sido demasiado coherente, siempre se le pone un buen broche con la regla de fe.
* * *
Nuestros credos, que surgieron a partir de esas formas más simples y más antiguas, se desarrollaron con el tiempo. A medida que la Iglesia se iba enfrentando a interpretaciones erróneas, disensiones y amenazas, hubo que responder con una enseñanza cada vez más clara. La doctrina de la Iglesia no sustituía ni sustituye las palabras de la Escritura; al contrario: el dogma es la explicación infalible que la Iglesia hace de la Escritura. Porque la Biblia no es un texto de libre interpretación: así lo afirma incluso la propia Biblia.
Pensemos en ese pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que san Felipe encuentra al etíope leyendo al profeta Isaías. «¿Entiendes lo que lees?», le pregunta Felipe; y el hombre replica: «¿Cómo lo voy a entender si no me lo explica alguien?». Y Felipe le contesta predicando la regla de fe (Hch 8, 31).
Dos mil años después, no estamos tan avanzados tecnológicamente como para poder prescindir de esa ayuda.
Lo que está claro es que los cristianos sí se sirvieron de ella en el siglo IV, cuando algunos empezaron a afirmar que Jesús no era «Dios» del mismo modo que el Padre era Dios. Decían que Dios no es coeterno ni coigual con el Padre. El movimiento arriano —que tomó el nombre de Arrio, su defensor más célebre— se difundió rápidamente por la Iglesia. Unas décadas después otro movimiento amenazó la fe cristiana tradicional en la divinidad del Espíritu Santo.
Para dar respuesta a ese desacuerdo la Iglesia convocó concilios y elaboró credos más detallados. No hubo más remedio que hacerlo así, porque el riesgo era alto. El blanco de los ataques era la verdad acerca de Dios: la verdad acerca de nuestra salvación. Y para «probar» su falsa doctrina los herejes presentaban argumentos persuasivos basándose en las páginas de las Escrituras. La historia fue demostrando que existían formas correctas e incorrectas de leer la Biblia. Los arrianos y los católicos sostenían doctrinas mutuamente excluyentes. Una tenía que ser cierta y la otra falsa.
Los concilios dejaron claro que la interpretación de los herejes no casaba con la forma en que los cristianos habían entendido siempre la Biblia: esa forma proclamada en el mundo entero en la regla de fe, en la liturgia del bautismo y de la misa y en los primeros credos.
* * *
En el concilio de Nicea la Iglesia empleó en el credo una palabra que no aparece en la Biblia. El término griego es homoousion, que en castellano se traduce como «consustancial». Pese a estar ausente en la Escritura, resume todo el significado que esta contiene.
Homoousion expresa el significado esencial de la filiación. La experiencia de nuestra familia terrenal nos demuestra que los hijos y las hijas comparten la naturaleza de sus padres. Un padre humano no puede engendrar un perro o un gato, ni puede adoptarlos y reconocerlos legalmente como hijos suyos.
Cuando decimos que Cristo es «consustancial con el Padre», estamos diciendo que Cristo es Dios igual que el Padre es Dios. Los dos son coeternos. Los dos son coiguales. Comparten un amor que engendra vida, un amor que conocemos de un modo analógico e imperfecto gracias a la paternidad humana.
A través de la Encarnación Dios Hijo se hizo lo que somos nosotros. Se rebajó al nivel de una criatura, asumiendo lo que es propio de nosotros y dándonos lo que es propio de Él. No se limitó a asumir la naturaleza humana para «ponérsela» como nos ponemos un jersey o una americana durante un par de días, sino que vivió de un modo concreto la vida humana en sus manifestaciones más dolorosas y sacrificiales. La vida que vivió es una revelación de la filiación y esa filiación es una revelación de la paternidad eterna de Dios. Dios Padre es el Padre perfecto y no ha existido un tiempo en que no haya sido Padre, porque siempre ha habitado con el Hijo en el amor unitivo del Espíritu Santo.
Jesús se hizo lo que somos nosotros para que nosotros podamos hacernos lo que Él es. Por medio del bautismo nos hemos hecho «partícipes de la naturaleza divina» (2P 1, 4). Desde ese momento habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros. Al participar de su naturaleza participamos de su filiación. Vivimos el amor de la Trinidad.
Esa es nuestra fe bautismal. Es la fe que confesamos en nuestros credos bautismales. Confesar una fe diferente es creer en un Dios diferente y esperar una salvación diferente. Pero no existe otro Dios ni existe otra salvación.
Los Padres del siglo IV lo sabían y estuvieron dispuestos a entregar sus vidas antes que cambiar los artículos del credo. Sus adversarios —los que deseaban llegar a un acuerdo con los herejes— propusieron un enfoque de la doctrina basado en el mínimo común denominador y sugirieron añadir una sola letra —la letra griega iota— al término homoousion, lo que transformaba su significado de «uno en el ser» a «semejante en el ser». Se trataba de una expresión con un contenido múltiple, porque los objetos que son una misma cosa pueden considerarse legítimamente «semejantes». No obstante, los Padres no admitieron esa fe diluida y los concilios la condenaron explícitamente. Una sola iota lo cambiaba absolutamente todo. Más de un cristiano sufrió martirio por esa letra insignificante.
El credo, tal y como ha llegado hasta nosotros, transmite el núcleo relacional de la fe cristiana. Al afirmar la verdad acerca del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, confesamos que las relaciones interpersonales que estamos llamados a compartir son el misterio de Dios. Proclamamos la relación para la que se nos ha hecho renacer y por la cual se nos concede el poder de vivir como vivió Jesús, de morir con Jesús y de resucitar a la vida eterna.
Y así, en palabras de la Iglesia, «renovamos» nuestra alianza bautismal con las palabras del credo. Y somos renovados. Nos hacemos una nueva creación, cada vez más gloriosos (2 Co 3, 18).
Por la gracia de Dios, el credo nos va haciendo.
* * *
Este libro es una introducción al credo. Con la palabra «credo» no me refiero a ninguna declaración en particular, porque de la Iglesia han nacido muchas. Si me centro en el credo nacido de los concilios de Nicea (325 d.C.) y Constantinopla (381 d.C.) es sencillamente porque ha sido desarrollado y aceptado por una amplia variedad de cristianos.
No obstante, en los primeros capítulos me propongo repasar el uso de los credos en la religión bíblica, no solo en el periodo del Nuevo Testamento, sino mucho antes, en la historia de Israel. Pretendo demostrar que los credos, además de hacer de ti quien eres y de mí quien soy, también hacen de nosotros quienes somos. Son uno de los medios ordinarios de los que se sirve Dios para unir a su pueblo. Dios escoge a algunas tribus descarriadas y hace de ellas una nación; y más que eso: ¡hace de ellas una familia! Escoge a todas las naciones ingobernables y rebeldes de la tierra y hace de ellas una Iglesia; y más que eso: ¡su propio cuerpo! Y eso comienza por un grito nacido del corazón: ¡Creo!
En los capítulos siguientes examinaré el contenido del credo. Lo escuchamos demasiado a menudo; nos lo sabemos de memoria; y su lenguaje es algo abstracto. Por eso es fácil que se nos escapen las implicaciones revolucionarias de lo que estamos diciendo. Con razón los judíos, los romanos y los persas —y tantos otros— han visto en el credo cristiano una amenaza para el orden social establecido. El credo nos amenaza a todos porque nos promete hacernos nuevos —reconfigurarnos a imagen de Cristo— y conformarnos para la vida del cielo mientras aún vivimos nuestra vida terrenal. Recoge el impulso de la intención original de Dios en el primer momento de la creación. Sus palabras solo son nuestro asentimiento.
Para estudiar uno a uno los artículos del credo y escudriñar el significado más profundo de esas breves frases beberemos de las fuentes de la historia, la teología, la catequesis, los Padres, los Doctores, los papas y el magisterio ordinario de la Iglesia. Pero todo esto es secundario. Lo que espero es recuperar y exponer el carácter revolucionario del credo. Lo que quiero es que recordemos esa cualidad del credo que nos hace cristianos corrientes dispuestos a morir en defensa de un detalle tan insignificante como una iota.
Lo que deseo es que el credo nos haga —como ha hecho siempre— santos. En estas páginas es Cristo quien nos hace uno, en esa sagrada unidad que el credo afirma. Como nos revelan las Escrituras, el credo es nuestra respuesta más natural y más sobrenatural a su Palabra.
2.
LA NECESIDAD DEL CREDO: LA PREHISTORIA VETEROTESTAMENTARIA DE LA PROFESIÓN NEOTESTAMENTARIA
SAMSON RAPHAEL HIRSCH fue un rabino de una erudición y una talla notables. Su vida ocupó buena parte del siglo XIX (1808-1888). Considerado uno de los fundadores del judaísmo ortodoxo moderno, fue gran rabino de varias ciudades alemanas y su influencia traspasó fronteras. Frente a las tendencias aperturistas de la época —los movimientos emergentes del judaísmo reformista y conservador—, Hirsch abogaba por un enfoque renovado de la observancia de la Ley de Moisés.
Algunos de sus seguidores creían en la conveniencia de que los judíos de su tiempo contaran con un resumen sencillo de sus fundamentos religiosos. No obstante, tanto Hirsch como sus adversarios se resistían a establecer fórmulas fijas. En el mundo de habla inglesa el lema que los distinguía era el de deeds, not creeds («obras y no credos»). Cuando la gente le preguntaba por qué los judíos no tenían catecismo ni credo, el rabino Hirsch respondía: «El catecismo del judío es su calendario»[1].
Y algo de razón tenía. Las fiestas y ayunos de la religión bíblica constituyen un poderoso sistema de instrucción para la doctrina básica. Como la historia parece demostrar, las celebraciones y las conmemoraciones rituales son el medio más eficaz para que judíos y cristianos se instruyan en la fe.
No obstante, también es evidente la necesidad de codificar los fundamentos. En el siglo XII el rabino Maimónides elaboró una profesión de fe formada por trece principios de la fe, todos los cuales comienzan con la frase «yo creo con fe completa...» y abarcan una serie de fundamentos doctrinales: la unidad y la naturaleza única del Creador, su incorporeidad, la eficacia de la oración, la verdad de la Escritura, la autoridad de la Ley, la espera del Mesías, etc.
El éxito de Maimónides fue escaso. Aunque algunas congregaciones adoptaron su fórmula, en otras sus inclusiones y sus omisiones generaron una —vehemente— oposición. Medio milenio después ni los rabinos ortodoxos ni los reformistas admitían la idea de un credo judío.
Sin embargo, para los eruditos que estudian hoy en día la Torá —los cinco primeros libros de la Bibia— junto con los profetas y otros textos, el antiguo Israel sí poseía un credo. Las Escrituras de nuestro Antiguo Testamento contienen de manera recurrente un resumen de la doctrina básica que distingue al pueblo elegido de todas las religiones de las naciones vecinas.
La profesión de fe de Israel es el Shema Yisrael. Este título hebreo está tomado de las palabras iniciales de esa confesión, que procede a su vez literalmente de la exhortación de Moisés:
Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Deuteronomio 6, 4-5
A los cristianos les resulta familiar porque aparece citado dos veces en los evangelios: una en boca de Jesús (Mc 12, 29) y otra en la de un doctor de la ley que le plantea una pregunta (Lc 10, 27). En este último caso introduce la parábola del buen samaritano.
Para Jesús y para sus contemporáneos el shemá era una piedra de toque de la identidad de los judíos religiosos. Según Josefo, historiador judío del siglo I, los judíos observantes recitaban esa oración dos veces al día, al levantarse y al acostarse, leyéndola de un texto que llevaban siempre consigo[2]; y guardaban el texto del shemá en sus tefillin o filacterias, unas cajitas generalmente de cuero (ver Mt 23, 5). También era costumbre grabar las primeras palabras del shemá en las jambas de las casas y en las puertas de los pueblos y las ciudades judías. Entre los Manuscritos del Mar Muerto de Qumrán se encontraron varios tefillin del siglo i que contenían el shemá.
Con el tiempo el texto del shemá, sobre todo tal y como se recitaba en las sinagogas, se fue ampliando hasta incluir otros pasajes de la Torá: Deuteronomio 6, 6-9 y 11, 13-21, y Números 15, 37-41. Estos versículos sirven como recordatorio de los mandamientos y de las recompensas (bendiciones) concedidas a quienes cumplan la Ley.
Las prácticas relacionadas con el shemá fueron desarrolladas en profundidad por los rabinos —incluido Gamaliel, el primer maestro de san Pablo— cuyas enseñanzas se conservan en la Mishná y el Talmud.
El shemá era la base del vocabulario religioso utilizado en tiempos de Jesús y por los judíos anteriores y posteriores a Él. Aunque no constituye una declaración de fe personal ni contiene ningún «creo», encierra un contenido doctrinal: posee características propias del credo. Aun así ¿se trata de un credo? Y en caso afirmativo ¿qué es lo que profesa o confiesa?
* * *
Los «críticos formales» estudian los géneros literarios de los textos y los pasajes bíblicos. Normalmente suelen incluir el shemá y otros protocredos en la categoría de las «profesiones de fe»[3]. Estas profesiones conllevan «tanto un contenido cognitivo que proclama la verdad (la de que existe un solo Dios) como una participación personal y comprometida»[4] en un «mundo» concreto.
No cabe duda de que el shemá cualifica. Es cierto que le falta un «creo» introductorio, pero pedir tal cosa resultaría anacrónico. Al parecer, la expresión «creo» surgió mucho más tarde, a partir de las primeras fórmulas bautismales cristianas. En cualquier caso, ese «creo» aparece implícito en el mensaje del shemá. Quien afirma sinceramente que «el SEÑOR nuestro Dios es Uno» antes tiene que creer que el Señor es uno y divino. Quien continúa recitando el shemá verazmente tiene que creer también que el Dios Uno desea el culto exclusivo y amoroso de cada uno de los miembros individuales de su pueblo elegido. Lo cual a su vez implica algo acerca de Dios: que está involucrado en la historia y en las vidas individuales, y que busca amor.
Este «contenido cognitivo que proclama la verdad» distingue a Israel de prácticamente todos sus vecinos gentiles, quienes creían en la coexistencia y la confrontación de muchos seres divinos: de muchos «dioses». Los gentiles ofrecían sacrificios alternativamente a sus dioses o diosas, y por lo general los dioses no exigían una atención exclusiva. Entre un dios y un hombre no había amor posible. En las religiones antiguas la idea de una ley moral sancionada divinamente también constituía una novedad. Los dioses ni imponían ni cumplían unas leyes.
Algunas veces los gentiles llegaron por medio de la razón al monoteísmo: a la existencia de un dios y creador supremo (el ejemplo más conocido es el del faraón egipcio Amenhotep IV —o Akenatón—); pero por lo general aquello se redujo a unos cuantos casos teóricos abstractos e idiosincráticos. No cuajaron. En cuanto «religiones», quedaron en gran parte circunscritos a sus autores y murieron con ellos.
El shemá indica una religión muy distinta: un Dios que se da a conocer y que pide algo, cuyo ascendiente es universal y que premia y castiga la conducta humana y vive una relación de amor con su pueblo.
Además, conlleva una participación personal en la historia de las relaciones del Señor nuestro Dios con el mundo creado por Él. Recitar el shemá —así como recitar cualquier profesión de fe acuñada por judíos o cristianos— significa situarse de lleno dentro de esa historia. Significa reclamar un lugar dentro de un pueblo concreto.
Toda la historia de la religión de Israel habla de esa relación particular del Señor Dios con su pueblo: una relación que las Escrituras describen con el término hebreo b’rith o alianza. De ahí que la alianza sea el contexto necesario para entender la profesión bíblica más antigua, el protocredo que conocemos como shemá.
* * *
El Antiguo Testamento califica de «alianza» el vínculo entre Dios y su pueblo: una alianza que es clave para entender la Biblia y que se divide a su vez en «Antigua Alianza» y «Nueva Alianza». (El término hebreo para designar la alianza, b’rith, y el término griego, diatheke, se suelen traducir como «testamento»). En la Última Cena Jesús identifica el acto ritual definitorio del cristianismo, la Eucaristía, con «la nueva alianza en mi sangre» (Lc 22, 20). En palabras de Walter Brueggemann, especialista en el Antiguo Testamento, «la fe bíblica es esencialmente aliancista en su percepción de toda la realidad»[5].
Esto no es algo que se haya descubierto ahora. En el siglo II san Ireneo de Lyon enseñaba que la «alianza» define el relato bíblico de la historia humana. Para entender «el proyecto divino y la economía de salvación de la humanidad» primero se han de entender las «diversas alianzas [de Dios] con la humanidad», así como «el carácter propio de cada una de ellas»[6].
¿En qué consiste una relación de alianza? Se trata de un vínculo familiar. El profesor de Harvard Frank Moore Cross describe la alianza como «el medio legal por el que los deberes y privilegios de un parentesco pueden extenderse a otros individuos o grupos, incluidos los foráneos»[7]. Así pues, la alianza crea un vínculo familiar allí donde no existía previamente. El matrimonio y la adopción son dos ejemplos que les resultarán familiares a los lectores de hoy en día.
En sus «diversas alianzas con la humanidad» Dios ha intentado atraernos a la comunión con Él, de modo que podamos vivir una vida no solo buena, sino divina. Él ha permanecido siempre fiel y sus criaturas humanas han incumplido reiteradamente su (nuestra) parte de la alianza.
En el mundo antiguo las dos partes establecían las alianzas por medio de un juramento del que se ponía a Dios como testigo. Luego esa nueva alianza quedaba ratificada y sellada con la ofrenda de un sacrificio y una comida ritual compartida. Así lo demuestran los relatos del Antiguo Testamento que recogen las alianzas de Abraham y Moisés (por ejemplo, Gn 15, 7-18 y 21, 27-31; y Ex 24, 3-11).
Todas las alianzas imponían unas obligaciones a las partes implicadas. El cumplimiento de esas exigencias traía consigo bendiciones y recompensas; su incumplimiento traía consigo maldiciones y castigos: algo que en ningún otro sitio se afirma de forma tan explícita como en el libro del Deuteronomio. Cuando entrega la Ley a su pueblo, Moisés le habla de «la bendición y la maldición que te he presentado» (Dt 30, 1); y concluye así: «Pongo ante vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición: elige, pues, la vida, para que tú y tu descendencia viváis» (30, 19).
Cada vez que el pueblo de Israel renovaba su alianza con Dios se recordaba a sí mismo estos términos. Cualquier confesión de la existencia y la acción de Dios implicaba una aceptación de los términos de la alianza. Por eso es lógico que esas renovaciones adquirieran a menudo la forma de voto o juramento[8]. Proclamar la verdad acerca de Dios significaba insertarse en la historia de Israel, en la historia de la alianza.
Las declaraciones con las que se renovaba la alianza solían pronunciarse en voz alta. El verbo que se emplea habitualmente para referirse a ello es «confesar» o «confesar con la boca». Los judíos de habla griega utilizaban el término homologia, adoptado por los primeros cristianos para usarlo en sus declaraciones de fe.
El shemá cumplía una función de confesión que recordaba al pueblo elegido dos veces al día la verdadera doctrina de Dios tal y como le fue revelada a Moisés. En su forma más extensa le recordaba también la alianza con Israel y sus bendiciones y maldiciones.
Durante la antigüedad los judíos invocaron este principio básico con una forma abreviada y solían limitarse a decir «Dios es Uno»[9]. Estas pocas palabras constituían un símbolo representativo de toda la verdad, de toda la alianza, con toda su ley, su vida y su culto sacrificial.
Las palabras son símbolos que se refieren a personas, lugares, objetos, acciones y cualidades. Las palabras acerca de Dios intentan ir más allá que las palabras corrientes; intentan lo imposible: representar a Dios en su infinito poder, su absoluta simplicidad y su misterio insondable.
No obstante, parece evidente que vivir una relación de amor con Dios pasa por ese intento. No podemos amar lo que no conocemos y uno de los modos que Dios tiene de revelarse son las palabras. El shemá reconoce que la esencia de la alianza es el amor. Dios reclama el amor de su pueblo tanto con las obras de la ley como con las creencias que confiesa.
Esta verdad es tan antigua como la alianza. Formó al pueblo elegido y lo hizo uno. Lo dotó de su identidad y de un principio que ordenaba toda su vida. Le hace quien es.
Como profesión de fe en Dios, es una sombra de las firmes aclamaciones futuras en el designio de la Nueva Alianza.
[1] Samson Raphael Hirsch, Collected Writings, Volume II: The Jewish Year, Part Two (Nanuet: Feldheim, 1997), p. 41.
[2] Flavio Josefo, Antigüedades judías 4.8.13.
[3] Ver, por ejemplo, Vernon H. Neufeld, The Earliest Christian Confessions (Grand Rapids: Eerdmans, 1963), p. 34-41.
[4] Anthony C. Thiselton, The First Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text (Grand Rapids: Eerdmans, 2000), p. 630.
[5] Walter Brueggemann, «The Covenanted Family», Journal of Current Social Issues 14 (1977): 18.
[6] San Ireneo de Lyon, Contra los herejes 1.10.3.
[7] F.M. Cross, «Kinship and Covenant in Ancient Israel» en From Epic to Canon: History and Literature in Ancient Israel (Baltimore: John Hopkins University Press, 1998), p. 8.
[8] Sobre este tema ver Neufeld, p. 14-15.
[9] Ver Neufeld, p. 36-37.
3.
UNA NUEVA ALIANZA Y UNA NUEVA CONFESIÓN
NADIE TIENE NECESIDAD DE PROFESAR su fe en los hechos que resultan obvios. Así lo demuestra el dramaturgo Eugène Ionesco en su obra La cantante calva. Cuando sus personajes se pronuncian solemnemente acerca de asuntos triviales —«el techo está arriba y el suelo está abajo»—, el efecto es absurdamente cómico: quedan como necios. Lo que se espera del auditorio es que se eche a reír.
El contenido de una frase como esa no carece de sentido. Lo que carece de sentido es esperar que alguien lo proclame o que se tome siquiera la molestia de mencionarlo. La posición relativa del techo o del suelo no la confesamos, sino que la observamos. Las afirmaciones que confesamos son solemnes porque expresan un acto de fe interior en algo sumamente importante: algo esencial pero incognoscible (o muy difícil de conocer) al margen de la Revelación divina. No confesamos nuestra fe «en las cosas visibles, sino en las invisibles» y «eternas» (2 Co 4, 18).
Por eso en el shemá los judíos confesaban la unicidad de Dios y la elección particular de que eran objeto. Para los gentiles, que adoraban a muchos dioses y no tenían a Israel en especial consideración, el contenido cognitivo del shemá no era evidente en sí mismo. El shemá contenía las creencias que distinguían a Israel de los demás, los principios que lo definían.
Los primeros cristianos eran judíos. Vivían en el mismo medio pagano que sus antepasados, de modo que se veían obligados a hacer la misma confesión elemental que esos antepasados suyos. De ahí que la afirmación que constituye el núcleo del shemá —la de que «Dios es uno»— aparezca repetidamente en el Nuevo Testamento (ver, por ejemplo, Romanos 3, 30; Gálatas 3, 20; Santiago 2, 19). No obstante, los cristianos consideraron necesario resaltar otras diferencias. Debían distinguir sus creencias no solo de los paganos idólatras, sino de los judíos que no reconocían la divinidad de Jesús ni le reconocían a Él como su Mesías (el Redentor Ungido).
Los evangelios nos dan a conocer los primeros pasos de los apóstoles hacia esos actos de fe. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», le pregunta Jesús a Pedro; y este responde: «Tú eres el Cristo» (Mc 8, 29). «Ni la carne ni la sangre» son capaces de descubrirlo por medio de la razón, ni es un hecho que Pedro haya podido deducir basándose solamente en datos sensibles. La condición de Mesías de Jesús le ha sido revelada a Pedro por Dios que está en los cielos (Mt 16, 17). Y Pedro responde con una profesión de fe.
De un modo semejante, cuando Tomás contempla a Jesús resucitado de entre los muertos, confiesa: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Basa su afirmación en lo que ha visto, pero lo que afirma trasciende ampliamente los datos empíricos. Tomás identifica a Jesús con la divinidad, con Dios. Y Jesús le responde haciendo hincapié en el carácter «invisible» del objeto de la fe: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20, 29).
Las confesiones de Pedro y de Tomás podrían considerarse actos de fe bastante habituales entre la primera generación de cristianos. En su carta a los romanos san Pablo se refiere a la confesión cristiana en los mismos términos: «Si confiesas con tu boca “Jesús es Señor”, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 9). Pablo da por hecho que una declaración de fe cristiana sincera ratifica las doctrinas que distinguen el cristianismo de cualquier otra religión: la divinidad de Jesús, su identidad de Mesías y su resurrección. También especifica que la confesión cristiana debe hacerse en voz alta. La fe puede empezar «en el corazón», pero además debe expresarse con «la boca». Una confesión como esa, al igual que antes el shemá, apunta a una alianza con unas consecuencias concretas, con bendiciones y maldiciones, unas explícitas y otras implícitas. Si haces esa confesión, recalca Pablo, te salvarás.
En otras ocasiones comprobamos cómo el contenido de la confesión era algo que se le entregaba a un individuo y que este «recibía» activamente (1 Co 15, 1). Cada creyente ratificaba esta doctrina en voz alta al hacer de ella «solemne profesión en presencia de muchos testigos» (1 Tm 6, 12).
Estos casos muestran una relación con lo que conocemos acerca del rito bautismal de la Iglesia primitiva. Antes de la inmersión ritual, cada candidato recibía los principios básicos de la fe y los ratificaba confesándolos a su vez en medio de la comunidad.
La propia palabra que empleamos da testimonio de la característica comunitaria de estas fórmulas anteriores al credo. «Confesar» deriva de dos términos latinos que significan «conocer... juntos». El término griego original, homologia, también es un compuesto, y el significado de los elementos que lo componen es «palabras iguales»: las palabras compartidas por la comunidad.
Las primeras confesiones eran declaraciones de un compromiso con la alianza que se efectuaban de manera individual, pero que pertenecían a toda la asamblea de la Iglesia. Configuraban las vidas de los individuos, conformándolos con la vida de Jesucristo.
* * *
En Jesucristo «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). El cuarto evangelio comienza con una serie de afirmaciones doctrinales aderezadas poéticamente. La culminación del prólogo es la afirmación del Dios hecho carne, de su Encarnación. Puesto que Jesús es la plenitud de la auto-revelación de Dios, la misión de los apóstoles consistía en llevarlo al mundo.
Los apóstoles presentaban al «Verbo» ante el mundo por medio de milagros y de obras, pero también —y tal vez principalmente— mediante expresiones verbales. Este «principalmente» no quiere decir que las palabras sean más importantes que las obras o los ritos, sino que en buena medida conocemos las obras y los ritos gracias a los datos documentados y a la transmisión oral del relato. Prácticamente la totalidad de las obras las conocemos a través de las palabras.
Los apóstoles anunciaban a Jesús, enseñaban a Jesús, predicaban a Jesús, recordaban a Jesús y confesaban a Jesús empleando una serie de expresiones verbales. Los términos griegos aplicados a esas expresiones son abundantes: euangelion, leitourgia, kerygma, didache, martyria, paradosis y homologia. Sus equivalentes en castellano se han convertido en términos técnicos del vocabulario religioso cristiano: evangelio, liturgia, predicación, doctrina, testigo, tradición y confesión. Todos ellos (tanto los términos como las expresiones) pueden encontrarse en los textos del Nuevo Testamento. Todos ellos poseen un contenido doctrinal. Todos ellos contribuyen de algún modo al desarrollo de los credos de la Iglesia.
Son formas que no encajan en categorías herméticas; de hecho, muchas veces se solapan. Las confesiones de fe pueden presentarse como declaraciones independientes, pero también mezcladas con otras expresiones. Fijémonos en la fórmula que suele citarse generalmente como ejemplo de las primeras declaraciones de fe cristianas: «Jesús es Señor». San Pablo la utiliza en tres cartas distintas: en Romanos 10, 9, en la primera a los corintios 12, 3, y —con el añadido del título de «Cristo»— en Filipenses 2, 11. En la carta a los romanos Pablo presenta el contenido de su predicación mediante esta breve confesión. En la carta a los filipenses, sin embargo, enfoca esa declaración como un acto de culto público y ritual: la liturgia. En la primera a los corintios la frase aparece como una oración personal o tal vez como un testimonio público.
Otros pasajes del Nuevo Testamento nos ofrecen confesiones más detalladas y desarrolladas en las que empezamos a reconocer la fraseología que acabará encontrando su espacio en los credos de la Iglesia.
No hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros también por él.
1 Corintios 8, 6
En él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles.
Colosenses 1, 16
Cristo murió por nuestros pecados [...] fue sepultado [...] resucitó al tercer día, según las Escrituras.
1 Corintios 15, 3-4
En él se fue a predicar también a los espíritus cautivos.
1 Pedro 3, 19
Después de haber subido al cielo, está sentado a la diestra de Dios, con los ángeles, las potestades y las virtudes sometidos a él.
1 Pedro 3, 22
Tendrán que rendir cuentas al que está ya preparado para juzgar a vivos y muertos.
1 Pedro 4, 5
Un solo Cuerpo y un solo Espíritu [...] un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos.
Efesios 4, 4-6
Pese a aparecer en muchos y muy distintos contextos de una serie de libros bíblicos que son obra de autores diferentes, todas estas afirmaciones poseen un carácter confesional. El hecho de que la confesión cristiana constituía un juramento queda claramente evidenciado en Filipenses 2, 9-11.
Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre.
Este pasaje se presenta a sí mismo como una confesión («toda lengua confiese») y recoge el oráculo de Isaías en el que Dios jura en su propio nombre: «Lo juré por Mí mismo [...] la palabra que no será revocada. Ante mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua» (Is 45, 23).
Aunque las confesiones de la Nueva Alianza conservan el persistente monoteísmo de la Antigua Alianza, confirman al mismo tiempo la diferencia cristiana: que el Hijo de Dios, Jesús, es también divino —Él es Señor— y que existe un solo Espíritu. Por lo tanto, ya entonces la Iglesia confesaba la pluralidad de personas divinas en un solo Dios. Los credos reunirán los elementos doctrinales de este misterio de un modo mucho más completo y preciso.
* * *
La unidad doctrinal cobra suma importancia desde la primera generación de la Iglesia. No obstante, el Evangelio no se puede reducir a una doctrina. La Buena Nueva es narrativa y los apóstoles procuran contar la historia siempre que predican (ver, por ejemplo, Hechos 2, 3, 10 y 13).
Y cuentan la historia haciendo un resumen muy básico: Jesucristo murió, fue sepultado, resucitó y ha sido glorificado. Es curioso que los apóstoles, en su mayoría, pasen por alto la enseñanza moral y los milagros de Jesús y aborden directamente los acontecimientos de las últimas semanas de su ministerio terrenal. Proclaman el escándalo de su muerte, pero parecen ignorar sus demostraciones de poder: las muchedumbres alimentadas, la curación de los leprosos y sus pasos sobre las aguas.
Más adelante examinaremos con todo detalle este patrón. Por el momento basta con constatar que los detalles esenciales de la vida de Jesús —en la predicación apostólica y en las profesiones de fe— son las estaciones de su Pasión y del Misterio Pascual. Este patrón, fijado en la etapa apostólica, se prolonga a lo largo de todas las generaciones posteriores y queda consagrado en los credos clásicos.
* * *
En el Nuevo Testamento las confesiones eran signos de conversión e iluminación. Pedro recibió la doctrina de Cristo como una gracia inmediata; al confesarla, la aceptó activamente y la proclamó. Tomás, por su parte, vio, creyó y profesó su fe. Fue cosa de un instante. Pablo transmitió lo que había recibido, confiando en que su grey, a su vez, lo confesara en presencia de numerosos testigos.
No es una cuestión meramente instructiva. Se trata de momentos de conversión, de profunda transformación de la vida humana. La confesión es un signo exterior del cambio interior que se está obrando.
El lugar habitualmente elegido para hacer esa declaración era el bautismo. Los creyentes recibían primero un resumen del Evangelio que hacía hincapié en unos misterios ocultos y en las doctrinas que distinguían a los cristianos de todos los demás; con su respuesta aceptaban los términos de la alianza; y con el sacramento eran admitidos en la familia de la alianza.
A partir de ese momento, como nuevos cristianos, eran distintos: distintos de lo que habían sido y distintos del resto del mundo. Habían recibido la gracia de participar en la vida divina desde ya y para siempre. Y además eran proscritos, víctimas de la persecución y culpables —ante los tribunales terrenales— de un delito punible con la muerte.
Confesar la fe cristiana traía consigo ingentes consecuencias. Confesar la fe en Jesús significaba aceptar el estigma que Él mismo portaba —y aceptar compartir su muerte ignominiosa— con la esperanza de participar de su gloriosa Resurrección.
Cada confesión era al mismo tiempo una promesa de vivir la doctrina absolutamente revolucionaria de Jesús: esa doctrina que hacía distintos a los cristianos y provocaba en sus semejantes fascinación y temor.
Con la homologia los cristianos aceptaban la obligación del martyria, un término griego que significa «testimonio» y del que procede la palabra «martirio». En la generación de los apóstoles ese testimonio exigía muchas veces el derramamiento de sangre. Y exige, ahora y siempre, la entrega total de uno mismo.
Pulsuz fraqment bitdi.