Kitabı oxu: «La primera sociedad»

Şrift:

SCOTT HAHN

LA PRIMERA SOCIEDAD

EDICIONES RIALP, S. A.

MADRID

Título original: The first society

© 2018 by St. Paul Center for Biblical Theology,

Emmaus Road Publishing

© 2019 by de la versión española traducida por GLORIA ESTEBAN,

EDICIONES RIALP S. A.,

Colombia 63, 8.º A, 28016 MADRID

(www.rialp.com)

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-5200-9

ISBN (edición digital): 978-84-321-5201-6

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra

A Andrew Jones,

inspirador de esta nueva reflexión

sobre el modelo de una sociedad sacramental.

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

INTRODUCCIÓN

1. PROHIBIDA LA NOSTALGIA

2. LA PRIMERA SOCIEDAD

3. UNA SOCIEDAD BAJO EL HECHIZO DEL MATRIMONIO

4. EL MATRIMONIO ES IMPOSIBLE

5. EL MATRIMONIO PERFECTO

6. UNA HISTORIA TURBULENTA

7. EL PENSAMIENTO SOCIAL CATÓLICO

8. SEXO Y BIEN COMÚN

9. APOCALIPSIS Y SOCIEDAD

10. LA BATALLA PERSONAL

11. LA REDENCIÓN DEL MATRIMONIO A TRAVÉS DEL SACRAMENTO

12. LA GRACIA PERFECCIONA LA NATURALEZA

13. EL PUESTO RESERVADO A LA IGLESIA

14. UNA SOCIEDAD SACRAMENTAL

15. CONCLUSIÓN: ¿UN SUEÑO IRREALIZABLE?

AUTOR

INTRODUCCIÓN

«El tema del matrimonio [...] merece en este sentido una atención especial. El mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: “Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne” (Gn 1,24, Mc 10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser “una sola carne” en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque [...] el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz [...] Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no solo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización».

Papa Benedicto XVI

Homilía durante la Santa Misa para la apertura del Sínodo de los obispos

7 de octubre de 2012

AÚN NO ERA CATÓLICO CUANDO EMPECÉ a estudiar teología en una universidad católica. Pero fue allí, en la Marquette University de Milwaukee, donde se plantó la semilla que ha dado como fruto este libro.

Aquello sucedió un día durante un seminario de grado, «Religión y sociedad», impartido por el P. Donald J. Keefe, un magnífico sacerdote jesuita. Estoy seguro de que la clase era interesante, pero no me acuerdo de ningún detalle... excepto de una anécdota. El P. Keefe estaba hablando de The Naked Public Square, del Rvdo. Richard John Neuhaus (que por entonces tampoco era católico), cuando, de repente, se detuvo y se quedó mirando fijamente por la ventana. Recuerdo con absoluta claridad sus palabras: «Si durante una generación los católicos se limitaran a vivir el sacramento del matrimonio, seríamos testigos de la transformación de la sociedad y tendríamos una cultura cristiana».

Acto seguido, el P. Keefe salió de su ensimismamiento y retomó el hilo de la clase pidiendo disculpas por su inciso. Pero a mí no me resultó tan fácil volver a concentrarme. Por lo que a mí respecta, el P. Keefe podría haber continuado la clase en sueco. Su digresión me dejó absorto: no fui capaz de pensar en nada más.

¿Lo único que hace falta para lograr la clase de cultura que deseamos es vivir el sacramento del matrimonio durante unas cuantas décadas? ¿Hay algún diagnóstico, alguna receta más simple y que implique un reto mayor que este? Lo cierto es que la cosa tiene mucho sentido. En el matrimonio hallamos la comunidad humana fundamental, de la que emanan las demás comunidades. Si entendemos bien el matrimonio, podremos transformar no solo nuestras familias y nuestras parroquias, sino el mundo entero.

La idea me fascinó entonces y no ha dejado de fascinarme nunca, sobre todo cuando pienso en mi matrimonio. Coincidiendo con la reflexión del P. Keefe, yo estaba descubriendo la Iglesia católica, para consternación de Kimberly, mi mujer. Pasamos por momentos difíciles una vez que yo me uní a la Iglesia y ella siguió albergando dudas. Pero, pese a las dificultades, no ha habido nada —nada— en esta vida que me haya proporcionado tanta satisfacción personal y espiritual como el matrimonio y la familia.

Sí, entonces creía y sigo creyéndolo hoy —y hoy más que nunca— que en el matrimonio puede estar la clave de la clase de sociedad y de cultura que queremos construir. Pero también veo lo intimidante, lo desalentador, lo frustrante —y también lo absolutamente maravilloso— que puede ser el proyecto. Y, cuando contemplo a mi alrededor los frutos vivos de mi matrimonio, me invade el deseo de ponerme manos a la obra.

***

No sé cuándo sucedió exactamente, pero hubo un momento en que mi rol en la familia sufrió un cambio y, desde entonces, soy, fundamentalmente, abuelo. Aunque un padre no deja nunca de ocuparse de sus hijos, ahora tengo quince nietos diseminados por todo el país; y, cuando reflexiono sobre el futuro, en quienes pienso es en esos niños maravillosos.

De modo que el momento de escribir este libro lo han elegido mis nietos. Es imposible escuchar el llanto inquieto de un bebé sin pensar en el futuro. Es imposible verse rodeado de niños pequeños en Navidad sin preguntarse qué sociedad heredarán las generaciones venideras. Es imposible asistir a su bautizo o a su primera comunión sin plantearse el futuro de la Iglesia en nuestra cultura.

Normalmente todas estas inquietudes suelen resumirse en la siguiente pregunta: «¿Qué clase de sociedad vamos a dejarles a nuestros hijos y nietos?». Una pregunta que, sin duda, merece la pena plantearse, aunque no estoy seguro de que sea la primera pregunta en la que tengamos que detenernos, más aún si somos católicos que intentan salir adelante en una civilización cada vez más secularizada. Y es que es la clase de pregunta capaz de hacernos sentir indefensos y derrotados frente a las «fuerzas que mueven la historia».

Recuerdo una ocasión en la que, hablando con mi mujer, esta me comentó cuánto le preocupaba la clase de mundo que vamos a legar a nuestros hijos. Yo le respondí que nuestro deber de padres no consiste en legar a nuestros hijos un mundo, una sociedad o una cultura determinadas, sino únicamente la fe. De modo que hay que comenzar por centrarse en lo que tenemos más cerca y nos es más querido. No podemos controlar la cultura de la nación o de la civilización que heredarán nuestros hijos, pero sí podemos hacer cuanto esté en nuestra mano para asegurarnos de que nuestros hijos hereden la fe verdadera. No podemos controlar la clase de sociedad con la que tendrán que lidiar nuestros hijos, pero sí podemos influir en la clase de hijos católicos con los que tendrá que lidiar nuestra sociedad. En otras palabras: lo que estamos haciendo es transmitir hijos a nuestra sociedad, y no transmitir una sociedad a nuestros hijos.

Por eso este libro es diferente del resto de mis libros. Las páginas que encontrarás en él están, como de costumbre, orientadas al cielo y a la eternidad; pero esta vez ahondan más en las implicaciones de la doctrina católica aquí y ahora, es decir, en lo que significa vivir una vida verdaderamente católica no solo para nuestras almas, sino para nuestra sociedad; y eso, a su vez, nos exige reflexionar sobre cuál es la sociedad idónea para una forma de vida verdaderamente católica.

***

Aunque los inspiradores de este libro hayan sido mis nietos, los fundamentos de mis tesis han estado siempre presentes en todos mis textos, así como en la doctrina de la Iglesia. Hoy, sin embargo, estoy más convencido que nunca de que no podemos seguir callando sus implicaciones. Puede que el sacramento del matrimonio sea incapaz de transformar la sociedad de aquí a que me muera, pero quizá a esos niños que bailan felices alrededor del árbol de Navidad sí se les permita contemplar los inicios de una cultura más aceptable, más hermosa y más católica.

Por otra parte, si aparto la mirada de mi familia, lo que contemplo es una cultura totalmente en crisis: algo que —como veremos más adelante— no es ninguna novedad. No obstante, en los últimos años los síntomas crónicos de una sociedad degradada se han agudizado considerablemente. En las épocas dominadas por la prosperidad, la seguridad y las sensaciones positivas, la erosión social provocada por el secularismo y el liberalismo puede pasar desapercibida. Pero en las épocas dominadas por la incertidumbre y la inestabilidad, se hace patente el debilitamiento de los fundamentos de nuestra vida en común, y es precisamente entonces cuando más los necesitamos[1].

En los últimos años ha habido muchos sabios autores cristianos que han sugerido diagnósticos certeros y originales tratamientos para este malestar general. Aun así, todos ellos coinciden en que hemos descuidado el patrimonio de nuestra civilización, malgastando los tesoros de la cultura cristiana acumulados a lo largo de los siglos en costosos y errados proyectos como la revolución sexual y el consumo de masas relativista. Desde la muerte y la resurrección del Señor, este rechazo del depósito de valores cristianos es una de las grandes tragedias de la historia de la humanidad que hoy sigue desplegándose lentamente ante nuestros ojos.

Aunque este libro —así como los de los autores que acabo de mencionar— sea producto y respuesta a una época y un lugar concretos, no quiero dejar de insistir en el carácter intemporal y universal de las ideas en las que se basa. Lo que encontrarás en estas páginas no es tanto un diagnóstico de este momento como un diagnóstico de lo que se ha dado siempre en las sociedades humanas. No es tanto la propuesta de nuevas medidas como la propuesta de las medidas que podrían y deberían tomarse siempre, tanto en los buenos momentos como en los malos. No es tanto descubrir nuevos estilos de vida como redescubrir los recursos con los que hemos contado siempre para construir comunidades cristianas rectas y sostenibles: para construir sociedades enteras consagradas a Cristo, y no esos pequeños nichos que a duras penas nos permite conservar una secularización benévola.

***

Si todo esto te parece utópico, por no decir disparatado, es porque lo es. También la gracia inmerecida de nuestro Señor Jesucristo, transmitida por su esposa, la Iglesia, es utópica y disparatada desde cualquier punto de vista humano. Y no hay «solución» a los problemas de este mundo que, en último término, no empiece y acabe en la gracia.

Seamos claros: este no es un libro optimista. No sostiene que esté a la vuelta de la esquina un nuevo amanecer de la civilización cristiana. No sugiere que, entornando los ojos y con luz suficiente, descubriremos que el siglo XXI está en condiciones de ser un momento espléndido para los fieles católicos de Occidente. No trapichea con eslóganes estereotipados ni proporciona cómodas garantías para revestir la ingenuidad con el falso ropaje de una confianza engañosa.

Este libro está más bien lleno de esperanza. Trata de la gracia de Dios, del amor de Cristo y de la verdad de la Iglesia que da vida: esa verdad que perdura y que ni la situación social ni las supuestas «fuerzas de la historia» son capaces de minar. Trata del patrimonio divino que no se agotará nunca y al que, desde la llegada de la Nueva Alianza, siempre hemos tenido y siempre tendremos acceso... si elegimos conservar la amistad con Dios. Por eso este libro fija sus ojos en Dios, fuente de esperanza; porque apartar de Él la mirada significa coquetear con la desesperanza.

Esa esperanza es, en definitiva, la esperanza del cielo: una esperanza que se hace realidad cada vez que celebramos la cena de las bodas del Cordero. El reto que propone este libro consiste en aportar a nuestras familias, a nuestras comunidades, a nuestra sociedad y a nuestra civilización la sobreabundancia de gracia que se desborda de la vida sacramental de la Iglesia. El mismo poder capaz de transformar a las almas es capaz de transformar el mundo. De nosotros depende que rinda sus frutos.

[1] A lo largo de este libro, a menos que se indique claramente lo contrario, con el término «liberalismo» no me refiero a las políticas que se asocian al Partido Demócrata norteamericano o al centro izquierda en general, sino a la línea predominante en el pensamiento político occidental desde la Ilustración. El liberalismo sitúa los derechos y libertades del individuo en el centro de la constelación formada por los valores políticos, en detrimento de los deberes comunitarios y la búsqueda del bien común. Por eso el liberalismo no concibe la sociedad como un todo orgánico compuesto por distintos bienes adecuados a ese todo, sino como un conjunto de individuos autónomos que persiguen sus bienes particulares. El secularismo es un acelerador del liberalismo y erosiona el énfasis del cristianismo en la verdad, el amor y el servicio que han hecho a las sociedades liberales humanas y sostenibles.

1.

PROHIBIDA LA NOSTALGIA

TUVE UNA INFANCIA IDÍLICA. O, al menos, siempre he querido creerlo así.

Hace poco, mientras recorría en coche las calles que me vieron crecer en compañía de un amigo mío, iba enseñándole entusiasmado los colegios, los campos de béisbol, etc., y me imagino que aburriéndole con mis recuerdos. Pero, al ver que me seguía la corriente, continué hablándole de mis amigos de la infancia a medida que íbamos pasando por las casas en las que se criaron.

Mientras le contaba qué había sido de mis compañeros de clase, el halo de perfección en el que había envuelto mi niñez se desvaneció rápidamente. Uno se había hecho adicto al alcohol y a las drogas desde muy joven. Otro, según nos enteramos más adelante, había sufrido malos tratos. Otro se había suicidado.

Entonces recordé mi adolescencia. Pensé en lo terriblemente cerca que había estado de que los cálidos recuerdos que otros tenían de mí se enfriaran, y en lo afortunado que había sido de escapar de ese destino. Y comprendí que los problemas que persiguieron a esos chicos no surgieron de la nada. Bajo los cómodos ropajes de una vida de clase media, de puertas adentro y en el interior de unas mentes tan frágiles, se desarrollaron dramas y tragedias ocultas. No hubo que esperar mucho para cosechar los frutos decrépitos de una cultura profundamente corrompida.

Aunque esta constatación no acabó del todo con mi nostalgia, sí le puso algunas trabas. La comunidad y las relaciones que acompañaron mi infancia tuvieron muchas cosas buenas, y no hay nuevos datos ni reflexiones capaces de destruirlas. Aun así, tampoco existen épocas ni lugares tan perfectos como desearíamos desesperadamente que fueran.

***

Nací el mismo mes en que la CBS estrenó Leave It to Beaver[1]. Y me gradué en el instituto el año en que se estrenó Saturday Night Live[2] en la NBC. Huelga decir que mi niñez coincidió con una etapa de cambios culturales decisivos, no muy distinta de la que vivimos en la actualidad.

A día de hoy, y debido en buena parte al éxito de las reposiciones que emite la televisión, Leave It to Beaver representa el máximo exponente de la nostalgia de la época que siguió a la segunda guerra mundial. Las cercas de madera blancas, la seguridad de las calles, la honradez de fondo de las familias y del barrio (a excepción de Eddie Haskell)...: no es difícil enamorarse de la sencilla y decorosa bondad de ese mundo. ¡Qué casualidad que Hugh Beaumont, que interpretaba a Ward Cleaver, fuese, además de actor, pastor metodista!

Sabemos, por supuesto, que aquello distaba mucho de ser un retrato global de la vida norteamericana. Mientras Ward jugaba al golf en el club de ese Mayfield ficticio, la policía de Birmingham disolvía con mangueras las concentraciones de negros de carne y hueso. Mientras June Cleaver repartía guisos perfectos en tupperwares perfectos, en Estados Unidos se comercializaba por primera vez la píldora anticonceptiva. Mientras Wally y Beaver cometían amables travesuras, se recrudecía la guerra de Vietnam y crecía una generación turbulenta. Por cada familia perfecta de 1957 había otra rota por los malos tratos, el alcoholismo o el adulterio.

Todos estos problemas no anulan la sencilla bondad que existió realmente en la sociedad americana de la posguerra: no más de lo que las constataciones acerca de mi niñez anulan la bondad real que viví. Pero, si queremos aprender del pasado, hay que verlo tal cual fue. En esta época de veloces cambios sociales y culturales, de creciente inestabilidad política y económica, no nos podemos permitir enfrentarnos con ingenuidad a las lecciones que nos ofrece la historia.

***

¿A qué viene darle tantas vueltas al pasado? ¿Qué importancia tiene la nostalgia? ¿Y por qué debería preocuparnos?

La respuesta a estas preguntas coincide con los motivos que han originado este libro. No es ningún secreto que las nociones del matrimonio y la familia atraviesan una crisis generalizada. Los titulares más llamativos derivados de esta crisis son los que recogen las decisiones del Tribunal Supremo en los casos de Windsor contra U.S. y Obergefell contra Hodges, que han redefinido jurídicamente el matrimonio en todo el país. Ahora el matrimonio se define oficialmente como poco más que una unión romántica reconocida por el Estado.

Pero lo cierto es que estas leyes se han limitado a codificar una realidad cultural preexistente. La gran mayoría de norteamericanos ya veía el matrimonio como un mero contrato basado en el afecto y en el compromiso reconocido por el gobierno. Una vez que fue ganando terreno la idea del matrimonio entre personas del mismo sexo, la oposición se desvaneció tan rápidamente porque la noción generalizada del matrimonio carecía del respaldo de unos principios con los que resistirse a la innovación.

No hace falta que te recuerde los problemas de nuestra cultura del matrimonio. Basta con unas cuantas frases: el divorcio es moneda corriente; los jóvenes retrasan el matrimonio o lo evitan definitivamente; los matrimonios que no desean tener hijos están a la última; las élites mejor vistas promueven un matrimonio abierto y plural; etc., etc., etc.

Todo esto no ha sucedido de la noche a la mañana. Llevamos décadas viviendo como si esta versión hueca del matrimonio —la versión que dice que el matrimonio es una relación que se define por sí misma y está basada en las contingencias de la atracción sexual y la realización personal, con la esperanza (pero no con la expectativa) de un compromiso de por vida— fuera el amor auténtico. Eso es lo que recogen nuestras películas y nuestros programas de televisión, nuestras canciones y nuestros libros. No podemos evitarlo, igual que no podemos evitar respirar polvo. Está en nuestra atmósfera social.

Eso significa que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es la causa, sino un síntoma. Naturalmente, este síntoma concreto, a su vez, empeorará la enfermedad latente. Los casos Windsor y Obergefell acostumbrarán a las generaciones venideras a esta noción deshidratada del matrimonio no solo en la práctica, sino con las leyes; y no solo con las leyes, sino con la propia Constitución de los Estados Unidos. (Aunque no debemos menospreciar las consecuencias derivadas de incluir el matrimonio moderno en la Constitución, tampoco deberíamos permitir que nos obsesionen. El matrimonio entre personas del mismo sexo no es el problema en sí mismo, sino que forma parte de un problema más amplio que reside en nuestra forma de entender el matrimonio).

Estamos atravesando una tormenta cultural: por eso buscamos un puerto seguro. Y, como el horizonte no parece ofrecernos ninguna tabla de salvación, es normal que volvamos los ojos al pasado: a antes de Roe contra Wade; a antes del divorcio amistoso; a antes de La mística de la feminidad; a antes de la píldora. Y desde allí, mirándonos con sus ojos sabios y cómplices, está Ward Cleaver.

Pero siento decirte que solo es un espejismo.

***

La nostalgia es un sentimiento humano, y un sentimiento incluso bueno. Pero puede ponernos unas gafas de color de rosa: gafas que filtran las realidades difíciles y dolorosas y son capaces de nublar nuestra memoria. De ahí la imposibilidad de servirnos de la nostalgia como base para un análisis riguroso de nuestras circunstancias sociales y políticas actuales, o para una propuesta de futuro.

Ya he mencionado antes el lado más oscuro de la época de Leave It to Beaver en la historia de Estados Unidos. Por otra parte, una nostalgia desordenada no solo oscurece el pasado: también puede oscurecer el presente y el futuro. Es difícil ver con claridad dónde estamos o hacia dónde vamos si idealizamos dónde hemos estado.

El objeto idealizado de nuestra nostalgia puede convertirse en un punto de partida engañoso: en un falso telón blanco sobre el que proyectar nuestros problemas de hoy. Si, por ejemplo, identificamos 1957 como el momento ideal de la sociedad norteamericana, quedan descartadas de nuestro análisis todas las tendencias anteriores a ese año, por no hablar de las contracorrientes y las corrientes de fondo de la vida de 1957.

La sociedad humana no funciona así. Cualquier época tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, y cualquier época se basa en las que la han precedido y depende de ellas. Durante la revolución francesa, los revolucionarios intentaron crear un calendario que asignaba el número uno al primer año de la república. A su modo de ver, la república francesa representaba tal ruptura con el pasado que la nueva etapa iniciada en la historia de la humanidad era totalmente distinta. La historia, sin embargo, no se mostró tan complaciente, y el calendario solo duró un poco más que la primera república: unos doce años.

La década de 1950 no puede aislarse de su contexto. Todas las características que atribuyamos a esa época dependen de corrientes que estuvieron actuando mucho tiempo antes en la política, la economía y la cultura, tales como la prosperidad y el atrincheramiento social que siguieron a la segunda guerra mundial. Frente a ese mundo respetable de Mayfield que retrataba Leave It to Beaver, al mismo tiempo se relajaban las costumbres sexuales. Hugh Hefner, por ejemplo, fundó Playboy en 1953.

Y esta búsqueda de la perfección histórica no se circunscribe a los años 50. Algunos católicos llegan a apuntar a la Edad Media como el periodo cuyo orden social se debería intentar recuperar. (Más adelante hablaré sobre esta época: ahora me limitaré a decir que fueron tiempos más complicados de lo que la arrogancia de los modernos y la ingenuidad de los tradicionalistas están dispuestas a creer). Otros piensan que, si pudiéramos detener el sonido de las campanas del movimiento progresista que acompañó el cambio de siglo, hoy disfrutaríamos de una espléndida civilización cristiana y liberal.

Estas idealizaciones del pasado no se pueden calificar estrictamente de nostalgia, porque no queda nadie que haya vivido esos momentos históricos. Pero la pulsión es la misma: identificar un orden social histórico al que se debería regresar para crear una sociedad sostenible y virtuosa.

Eso no sería un análisis riguroso, sino una forma de eludir la realidad. Buscar un momento perfecto de la historia es como buscar al monstruo del Lago Ness: no existe; y, si intentas fingir que existe, todo el mundo adivinará lo que te propones. Lo mismo ocurre con la nostalgia: no hay relatos ni recuerdos de dos personas que coincidan, y no hay dos experiencias nostálgicas que sean las mismas. La nostalgia es un sentimiento profundamente personal, de modo que no puede servir de base para un discurso político, y mucho menos para un orden político.

Entre todas las personas a las que les transmitieras tus sentimientos sobre —pongamos por caso— principios de la década de 1960, siempre habría unas cuantas que considerarían tu relato falto de credibilidad. El motivo podría estar en las diferencias de raza, clase o sexo; o en el mero hecho de que mentes distintas recuerdan las cosas de distinta manera.

Pero, incluso en caso de encontrar en la historia algún momento perfecto, la triste realidad —el aguijón típico de la nostalgia— es que no se podría regresar a él.

***

La palabra «nostalgia» procede de dos términos griegos que se combinan para designar el dolor asociado al deseo de regresar a casa. Tanto si nuestra nostalgia cultural atañe a un tiempo que hemos vivido personalmente como a un tiempo anterior a nuestro nacimiento, se trata, al fin y al cabo, de un deseo de «volver» a un tiempo y un lugar en los que nuestros valores y nuestro estilo de vida recibirían aplausos y aliento: igual que el deseo de regresar a casa.

No hay prácticamente nada más humano que el deseo de estar en casa; y este, a su vez, va unido a muchos otros deseos naturales del hombre. Queremos tener vínculos con un lugar que existía antes que nosotros y que seguirá existiendo después de nosotros. Queremos que nuestros relatos se entretejan con otros relatos más amplios —de familias, lugares, acontecimientos, etc.— que recorren el tiempo. Queremos amar y ser amados por quienes nos son más cercanos.

Pero hemos de ser conscientes de que todos esos deseos son solo el reflejo del principal deseo de toda persona humana: la comunión eterna con Dios en el cielo, nuestra verdadera casa. Solo allí veremos satisfechos todos nuestros deseos. Solo en el cielo nos sentiremos definitiva, verdadera y plenamente en casa.

La tragedia de toda nostalgia —sobre todo de la nostalgia de un tiempo y no de un lugar— es que en esta vida nunca se verá satisfecha. Podremos ver satisfechos pedacitos de nostalgia —con un antiguo programa de televisión o un aroma evocador—, pero en este mundo nunca podremos experimentar una satisfacción plena y duradera.

Eso no hace peor la nostalgia, pero sí significa que debemos situarla en el lugar que le corresponde. La nostalgia, igual que el resto de las pasiones, debe estar al servicio de la razón. Y, desde luego, no puede constituir la base de una renovación cultural, social y política: ese es un peso que la nostalgia, simplemente, no es capaz de asumir.

Por otra parte, las peculiaridades del momento de la historia que estamos viviendo hacen que recrear el pasado —incluido el reciente— se convierta en una aventura quijotesca.

***

La sociedad en la que vivimos hoy es la más secularizada de toda la historia de Occidente. Hasta la sociedad romana más tardía, por decadente y monstruosa que nos pueda parecer en muchos aspectos, valoraba la piedad pública (aunque fuera una piedad pagana y reducida a una manifestación de adhesión al imperio). La civilización actual, por su parte, no solo evita cualquier manifestación religiosa en el espacio público, sino que está dispuesta a desmantelar intencionadamente su propia herencia cristiana.

El patrimonio cristiano es, por un lado, inagotable. La Verdad no se puede acabar nunca. Es imposible gastar bienes sobrenaturales infinitos y eternos como el amor de Cristo o la gracia de Dios. Y eso es algo que no debemos olvidar nunca a la hora de reflexionar sobre la tarea de los cristianos en nuestra civilización.

Lo que sí se puede agotar es nuestro patrimonio cristiano cultural. De hecho, el pozo está a punto de secarse. Es poquísima la gente que tiene una idea de cómo debería ser una sociedad verdadera e integralmente cristiana. Y no me refiero solo a lo que solemos llamar «cultura»: el arte, la música, la arquitectura, etc. Me refiero a nociones cristianas relativas a la política y la sociedad como la primacía del bien común, el papel esencial de la Iglesia en la vida pública y la dignidad inalienable de la persona. Aunque estas verdades —como cualquiera de las que forman parte del tesoro de la enseñanza de la Iglesia— no cambian nunca, sí se pueden perder o, al menos, olvidar temporalmente.

Cualquier debate en torno a las aspiraciones de una re-forma cristiana de la sociedad debe tener en cuenta dónde nos encontramos. La Edad Media, el siglo XIX y la década de 1950 recurrieron a abundantes reservas de la cultura cristiana de las que hoy, sencillamente, no disponemos. Incluso en el caso de que alguna época anterior nos pareciera en términos generales lo suficientemente buena para servirnos de modelo, no contamos con los recursos de nuestro patrimonio cristiano que nos permitan hacerlo. Sentar unas bases destinadas no solo a recuperar ese patrimonio, sino a reunir un patrimonio nuevo para el siglo XXI en adelante, debe formar parte del núcleo del debate.

El secularismo ha situado el pasado más lejos de nuestro alcance que nunca. Por eso el momento que vivimos presenta nuevos desafíos que requerirán respuestas nuevas e innovadoras. En cualquier caso, el hecho de no poder recrear el pasado no significa que no podamos aprender de él.

***

Una relación saludable con el pasado nunca nos llevará a rendirle culto, pero tampoco a ignorarlo. De hecho, cuando retrocedemos a momentos o lugares que nos inspiran a la vez admiración y desprecio, la regla es muy sencilla: quedarnos con lo bueno y descartar lo malo.

Tanto la década de 1950 como la Edad Media, así como cualquier otra época que despierte nuestra admiración, tuvieron sus cosas buenas. Nuestra tarea, guiada por la prudencia, no consiste únicamente en separar lo bueno de lo malo, sino en discernir qué y de qué modo puede aplicarse de forma eficaz a nuestro momento histórico.

En cualquier época de la historia podemos encontrar reflejos de las verdades intemporales. Cada época aplica sus propios filtros para crear esos reflejos, y es tarea nuestra discernir la imagen real para, a continuación, trasladarla al mundo posmoderno.

Si nos centramos, por ejemplo, en la unidad familiar y en las leyes de género estadounidenses durante la década de 1950, descubriremos un importante reflejo de la antropología cristiana. Pero conviene recordar que se trata únicamente de un reflejo: esas ideas pueden convertirse rápidamente en ídolos que, en lugar de revelar la verdad, la encubran.

Fijémonos en la familia nuclear. Su primacía constituye un fenómeno relativamente moderno y distanciado del bíblico que contiene algo muy bueno: la importancia para la sostenibilidad de la sociedad de unas relaciones estables entre padres e hijos. Pero también puede oscurecer la importancia de la amplia familia intergeneracional que ha constituido la norma histórica, fomentando una visión limitada de la identidad y los deberes familiares.

De modo semejante, la primacía de la Iglesia en todos los aspectos de la vida que caracterizó a la mayor parte de la Edad Media es un claro reflejo de la verdad que la lógica sacramental de la Iglesia puede y debe aplicar en la sociedad. No obstante, cualquiera con un somero conocimiento de la historia medieval sabe que muchas veces esa primacía generó una gran corrupción dentro de la Iglesia. Dado que no queremos recrear un pasado necesariamente idealizado, hay unas cuentas preguntas que nos deberían guiar. ¿Cómo podemos aplicar la lógica sacramental de la fe a las circunstancias concretas del siglo XXI sin dejar de aprender al mismo tiempo de las trampas del pasado? ¿Cómo puede servirse la Iglesia de esa lógica no solo para dialogar con el secularismo, sino para derrotarlo? ¿Podemos encontrar ahí los recursos intelectuales y espirituales para un renacimiento de la civilización cristiana?

Buena parte de lo que queda de este libro reflexiona sobre las respuestas a estas preguntas. Pero antes retrocedamos a los inicios, al primer matrimonio de los primeros seres humanos.

[1] Serie norteamericana emitida por la cadena de televisión CBS entre 1957 y 1963 que traslada una imagen idílica de las típicas familias de clase media instaladas en las afueras de las ciudades estadounidenses en los años 50 del siglo pasado (N. de la T.).

[2] Programa nocturno de variedades estrenado en 1975 por la NBC con un carácter totalmente innovador para esa época. Incluye entrevistas a invitados famosos, sketches, parodias, actuaciones musicales, etc., y se sigue emitiendo en la actualidad (N. de la T.).

2.

LA PRIMERA SOCIEDAD

ESTE ES UNO DE LOS EJES FUNDAMENTALES DE LA BIBLIA: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18). Hasta ese momento, en el doble relato de la creación —los seis días de Génesis 1 y el jardín de Génesis 2 y 3— Dios declara «buenos» todos los aspectos de su creación; y, en el caso del hombre, «muy bueno». Es ahora cuando, por primera vez, el Señor considera que en su creación hay algo que «no es bueno»: la soledad.

Aparentemente, todo estaba terminado y ocupando su sitio. Gracias al jardín, Adán tenía una casa, toda la comida y la bebida que era capaz de comer y beber, y tantas mascotas como para no saber qué hacer con ellas. Es más: tenía a Dios, a cuya imagen y semejanza estaba hecho. No obstante, ni la creación ni Adán estaban acabados. Adán se encontraba solo, y eso no era bueno.

Todos sabemos qué ocurre a continuación: Dios seda a Adán y le quita una costilla. Y convierte ese hueso en la pieza básica del único ser idóneo para hacer compañía al hombre: la mujer. Como dice Adán, «esta sí es hueso de mis huesos, y carne de mi carne» (Gn 2, 23). Ahora el hombre está completo. La imagen y semejanza de Dios es plena.

Y aún hay más. Eva no fue solo la primera mujer: Eva fue también quien completó la primera familia. La primera comunidad humana creada por Dios no era una pareja formada por compañeros de piso o por simples amigos, sino una pareja casada. La unión del hombre y la mujer como esposo y esposa (y, si es voluntad de Dios, como padre y madre) constituye el fundamento no solo de cualquier sociedad humana, sino de toda la humanidad.

El orden divino de la creación no es arbitrario. Hemos sido creados para la comunidad, es decir, nuestra naturaleza halla su máxima expresión en comunidad con otras personas. A Aristóteles no le hizo falta la revelación divina para entenderlo así: el hombre es un ser social. Y ha seguido siéndolo desde entonces hasta hoy: la familia es la primera sociedad, tanto en el orden del tiempo como en orden de importancia.

***

El postulado de la teoría del átomo —la unidad de materia indivisible y discreta— se remonta a la Antigüedad. Los científicos no encontraron una evidencia real de esta teoría hasta principios del siglo XIX y, durante buena parte de los cien años siguientes, supusieron que los átomos eran las partículas más pequeñas del universo.

Hoy sabemos que existen electrones, protones, neutrones y bosones de Higgs, y un sinfín de partículas subatómicas. Pero, en su significado más básico, la teoría de los antiguos y el modelo de los primeros científicos estaban en lo cierto: el átomo es la unidad de materia más pequeña que conserva todas las propiedades de un elemento. Y, aunque puede que no sea la partícula más pequeña del universo, sí es la unidad básica de la materia.

Mientras los científicos iban acumulando evidencias de la teoría atómica, otros pensadores fueron formulando nuevos modos de concebir las sociedades humanas. Estas nuevas ideas liberales hacían más hincapié en el individuo que en la familia, el clan o la comunidad. Hoy damos por sentada la primacía del individuo; es decir, damos por sentado que la unidad básica de la sociedad es el individuo. Los sociólogos toman prestado un término científico para describir el desmantelamiento de la sociedad civil provocado por el individualismo: atomización.

Aunque no se debe ignorar la importancia del individuo, lo cierto es que reducir la sociedad a un conjunto de individuos independientes equivaldría a intentar reducir la naturaleza a un conjunto de átomos independientes. Lo cual no nos llevaría demasiado lejos. No cabe duda de que existirían el oro, el nitrógeno y los diamantes (que no son más que una estructura ordenada de carbono). Pero no existirían moléculas como el agua, los azúcares o las proteínas indispensables para la vida, todos ellos combinaciones de átomos. Hasta el gas oxígeno es la mezcla de dos átomos de oxígeno, y no partículas individuales que flotan en el espacio.

Del mismo modo, nadie se pasa toda la vida solo. Tenemos comunidades de amigos, de compañeros de estudios y de colegas de trabajo. Nos adherimos con entusiasmo a algún equipo deportivo o a un programa de televisión. Necesitamos ayudarnos unos a otros cuando surgen dificultades, tanto a título personal como a través de sistemas de apoyo social. Y, naturalmente, rendimos culto juntos (aunque no tanto como en el pasado).

Y lo más importante: nacemos dentro de una comunidad. Una comunidad (idealmente) formada por la madre, el padre y el hijo. Nadie —ni siquiera Jesucristo— ha nacido plenamente formado de un modo estrictamente aislado. Nacemos totalmente indefensos dentro de una comunidad. A esa comunidad la llamamos familia. Y, así como la unidad básica de la humanidad es el individuo, la unidad básica de la sociedad es la familia.

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Cualquier familia, cualquier comunidad, cualquier sociedad empiezan de uno u otro modo con un hombre y una mujer: un Adán y una Eva. Así nos ha creado Dios. Y, de hecho, es así como compartimos más plenamente su imagen y semejanza, tal y como dice el Génesis: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1, 27).

Ya he dicho antes que la pareja casada es la primera sociedad en el orden del tiempo y en orden de importancia. Pero ¿qué quiere decir eso exactamente?

Empecemos por el orden del tiempo. Es obvio que eso significa que, en los primeros tiempos del jardín, Dios no le dio al hombre un colega o un mentor, sino una esposa. Dios podría haber establecido como la primera entre sus nuevas creaciones cualquier tipo de relación, pero optó por la de la familia. Y no lo hizo arbitrariamente: de ese modo quería indicar que, dentro de su valiosa creación, la unión del hombre y la mujer poseía un valor especial y permanente.

Pero el concepto de la pareja casada como espacio inicial no terminó en el jardín. Con cada matrimonio se vuelve a establecer algo totalmente nuevo. Puede que Dios no vuelva a montar nuestras piezas, como hizo en el caso de Eva, pero sí reorganiza de un modo real nuestras almas. Cada pareja casada es una nueva creación: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 2, 24).

La consumación del matrimonio es en un sentido real y radical un nuevo comienzo: la creación de una nueva familia, reflejo de la creación original de toda la humanidad; solo que esta vez colaboramos con Dios. Tanto si Dios bendice esa unión con hijos como si no, la pareja ha creado algo nuevo que no había existido nunca antes ni volverá a existir nunca. Esta participación en el poder creador de Dios es el fundamento de la sociedad humana.

Por eso la pareja casada no es solo la primera en el orden del tiempo, sino también en importancia. Si Dios no concede a esa relación ese poder único creador, no puede haber más comunidad, no puede existir una sociedad autosostenible. De ahí el interés y el cuidado especiales que hay que dedicar al matrimonio. Sin menospreciar otro tipo de relaciones, se puede decir que no hay nada de lo que dependan tantas cosas como el matrimonio. No existe un sustituto para la unión de un hombre y una mujer como esposo y esposa.

Una sociedad en la que no se construyan relaciones de amistad sólidas y basadas en el amor se debilita. Una sociedad en la que no se construyan relaciones laborales basadas en la confianza se empobrece. Y una sociedad en la que no se construyan matrimonios va camino de extinguirse.

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El ADN es básicamente el plano de cada una de las moléculas extraordinariamente complejas que deben fabricar las células vivas. Si las células no producen determinadas moléculas orgánicas, o si las moléculas que producen son deformes o no están bien formuladas, es factible toda clase de problemas, incluida la muerte.

Así es como funciona el envenenamiento por radiación: pequeñas partículas atraviesan el cuerpo y, por el camino, colisionan con las cadenas de ADN, desbaratándolo todo. La radiación emborrona los planos, dando lugar a mutaciones, es decir, a cambios impredecibles e irreparables que se transmiten a la creación de nuevo ADN. Cuando los planos emborronados son muchos y los errores se van acumulando, el cuerpo acaba siendo incapaz de seguir funcionando.

Si la cultura es el ADN de la sociedad —de donde proceden los planos—, donde se siguen y se ejecutan las instrucciones es en el matrimonio. Pero, a diferencia de las células individuales, las parejas casadas pueden corregir los planos: pueden discernir si los cambios son positivos o peligrosos y reaccionar en consecuencia. Son las únicas capaces tanto de formar como de ejecutar el ADN de la sociedad.

La mayoría de los elementos humanos básicos de la sociedad se construye en el matrimonio. No me refiero solamente a cada hijo: como he dicho antes, el matrimonio nos permite participar del poder creador de Dios para formar y mantener tanto comunidades nuevas como individuos nuevos. Cuando el matrimonio no cumple esa función o no la cumple correctamente, sufre todo el cuerpo social.

Si los matrimonios son débiles o dejan de formarse, los padres (y especialmente las madres solas) se hallan indefensos frente al ADN cultural predominante. Sin la fuerza social y sacramental del matrimonio, es extraordinariamente difícil hacer otra cosa que no sea ejecutar las instrucciones que proporciona la cultura. Las familias se encuentran sometidas a las fluctuaciones de las tendencias y las modas. Y, por lo general, de las mutaciones dañinas del ADN se derivan otras de generación en generación.

¿Y qué ocurre cuando sí se construyen matrimonios, pero los individuos que los componen presentan malformaciones? Aunque la situación es más estable que la de una sociedad con una cultura del matrimonio débil o inexistente, las consecuencias apenas son menos peligrosas. Los matrimonios malformados se adaptarán sin pensarlo al ADN cultural. Aceptarán lo que tendrían que desechar y desecharán lo que tendrían que aceptar. Y las mutaciones dañinas seguirán sin corregirse.

El problema es que nuestra sociedad se halla invadida por una peligrosa radiación. Está por todas partes. Está dentro de nosotros. Y está alterando nuestro ADN social de una manera tan compleja (y muchas veces oculta) que no somos capaces de darnos cuenta del todo. Aun así, hemos de reaccionar de algún modo.

Los católicos, no obstante, partimos con ventaja. En la enseñanza intemporal de Cristo y de la Iglesia disponemos de un ADN inmune a cualquier radiación cultural, por potente y peligrosa que sea. Vamos a fijarnos en dos aspectos del ADN de la Iglesia para el matrimonio, la familia y la sociedad: la naturaleza trinitaria y sacramental del matrimonio.

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No «era bueno» que Adán estuviese solo. ¿Por qué? ¿Lo que preocupaba a Dios era únicamente el estado emocional de la soledad? ¿O se trataba de algo más profundo, de algo intrínseco al hombre o al mismo Dios?

Como afirma el credo atanasiano, adoramos «a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias». El misterio trinitario —¿cómo puede ser Dios a la vez uno y trino?— forma parte del núcleo de nuestra fe.

Al margen de todo lo que se pueda decir acerca de un misterio tan insólito, hay una cosa clara: Dios es al mismo tiempo unidad y comunidad. En Dios encontramos tanto el concepto de unicidad como el concepto de unión. Y, además, ambos conceptos no se contradicen ni rivalizan entre ellos, sino que se complementan y se completan el uno al otro.

Por eso «no era buena» la soledad de Adán. No es solo que estuviera emocionalmente incompleto: estaba incompleto en su condición de criatura hecha a semejanza de Dios. Estar realmente hecho a imagen de Dios implica ser un individuo en una comunidad.

Y el matrimonio, como hemos dicho, constituye la primera comunidad humana. Es el modo fundamental de participar de la esencia trinitaria de Dios. Eso no significa que los sacerdotes y religiosos célibes y los solteros no sean reflejo terrenal de la Trinidad: todos somos miembros de una u otra comunidad, sea secular o religiosa, en la que se materializa nuestra orientación natural a unirnos a otros.

El matrimonio, no obstante, lleva a cabo esa unión de un modo especial y único: en «una sola carne». No hay ninguna otra frase en las Escrituras que exprese una unidad-en-comunidad tan radical aplicada a los seres humanos. La capacidad del matrimonio de engendrar hijos completa la analogía trinitaria: la madre, el padre y el hijo.

¿Y qué es lo que sostiene la familia? El amor mutuo entre todos sus miembros. Cuando lo demás falla —cuando escasean los medios económicos, cuando enloquecen las hormonas de la adolescencia, cuando se calientan los ánimos—, el amor mutuo conserva esa unidad-en-comunidad.

Es ese amor mutuo, quizá por encima de cualquier otra cosa, el que refleja la esencia de Dios. Con convicción y con fe, afirmamos que «Dios es amor». Pero el amor requiere un sujeto y un objeto: alguien que da y alguien que recibe. Es evidente que el amor de Dios se ha derramado sobre nosotros, la cima de su creación: eso justifica la afirmación «Dios ama», pero no explica del todo la afirmación más honda de que Dios es amor.

Podemos decir que Dios es amor porque es, en sí mismo, tanto el sujeto como el objeto del amor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —cada uno de los cuales es plenamente Dios— viven una relación eterna de amor entre ellos. Este permanente don de sí mismo hace que Dios sea quien es. Y eso es lo que el matrimonio, de un modo imperfecto pero espléndido, refleja en este mundo.

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Muchas generaciones antes de que Jesucristo fundara la Iglesia católica, Dios Padre mostró la naturaleza sacramental del matrimonio en la relación de Adán y Eva. La unión del hombre y la mujer como esposo y esposa fue bendecida de un modo especial por Dios desde el principio.

La palabra «sacramento» procede del término latino sacramentum, que significa «vínculo» o «juramento». A lo largo de la Escritura, el juramento —la promesa hecha en el nombre de Dios— aparece una y otra vez como elemento esencial de las alianzas. De hecho, cuando más adelante en el Antiguo Testamento un ángel de Dios anuncia la alianza con Abrahán, declara que el Señor está haciendo un juramento en su propio nombre (Gn 22, 16-18).

¿Y qué queremos decir con la palabra «alianza»? Quizá nos sirva de ayuda establecer una comparación entre dicho concepto y el de «contrato», con el que se suele confundir fácilmente. Por lo general, un contrato establece en qué términos se entrega, se recibe o se comparte determinado aspecto de nosotros mismos: una propiedad, unos bienes, el trabajo, etc. La alianza, por su parte, establece en qué términos se une a otro todo nuestro yo. La alianza añade algo tan importante al contrato que este se convierte en algo real y sustancialmente diferente.

«Alianza» es, por lo tanto, la única palabra válida para definir la relación entre Dios y la humanidad. No somos propiedad suya: somos sus hijos e hijas adoptivos. Los contratos crean acuerdos de propiedad temporales y contingentes, mientras que las alianzas crean vínculos familiares permanentes.

La relación entre Adán y Eva y de ambos con el Señor poseía todos los rasgos distintivos de una alianza sellada con un juramento: de un sacramentum. Los dos primeros seres humanos no eran simples amantes: estaban unidos sacramentalmente, lo que equivale a decir que eran un matrimonio. Y de esa alianza procede toda la humanidad[1].

Y aquí viene lo más maravilloso de este vínculo sacramental en particular: según los ancianos rabinos, se selló en sabbath, signo de la alianza de Dios con toda la humanidad. En el primer capítulo del Génesis, Dios ensambló todas las piezas del universo durante seis días, pero la creación no se completó hasta el día de su descanso. Obviamente, Dios no necesita descansar. Ese séptimo día —el sabbath— es una invitación que nos dirige Dios a descansar para participar así de su vida íntima.

El matrimonio de Adán y Eva quedó sellado el día que es signo de la alianza de Dios con la cima de su creación. Ese vínculo sacramental sienta las bases no solo para todas las futuras generaciones humanas, sino para todas las futuras alianzas: entre las personas, y entre Dios y su pueblo. Además de ser la primera sociedad humana, el matrimonio es, en cierto modo, el primer sacramento.

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El matrimonio es, por lo tanto, la primera sociedad y la sociedad básica. Del matrimonio brotan y adquieren su estructura todas las demás sociedades. Esta conexión intrínseca entre el matrimonio y la sociedad sugiere que la naturaleza trinitaria y sacramental del matrimonio tiene algo que enseñarnos acerca de las sociedades humanas en general.

El aspecto trinitario del matrimonio nos enseña que cuando más participamos de la semejanza de Dios es estando en comunidad con otros. Recordemos que la soledad fue lo primero de la creación que el Señor declaró «no bueno». Desde una perspectiva católica, la comunidad no es una limitación innecesaria de nuestra personalidad y de nuestra individualidad. Una sociedad recta, por el contrario, nos ayuda a hacer realidad nuestro verdadero yo: el de seres creados para buscar al Señor, encontrarle y vivir toda la eternidad unidos a Él.

La naturaleza sacramental del matrimonio indica, por otra parte, la orientación divina de la sociedad humana. El matrimonio es una relación de alianza que refleja la alianza de Dios con la humanidad (y, en particular, con la Iglesia). Del mismo modo, la sociedad debe reconocer y reflejar nuestros deberes de alianza con el Señor. Sería muy extraño que las comunidades basadas en la institución sacramental del matrimonio no fueran más que invenciones seculares sin ninguna orientación a Dios y al bien. Sería algo más que extraño: no tendría ningún sentido.

De esto trata el resto de este libro: de lo que implica la realidad del matrimonio para la sociedad y para el Estado. Pero antes vamos a analizar la historia cultural del matrimonio, en la que se puede distinguir claramente esa realidad, pero siempre aplicada de un modo imperfecto.

[1] Véase John GRABOWSKI. Sex and Virtue: An Introduction to Sexual Ethics (Washington, DC: Catholic University of America Press, 2002).

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