Kitabı oxu: «Elige solo el amor: La relación divina»

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Elige Solo el Amor
Libro VI
La relación divina

Sebastián Blaksley


Legales

Elige solo el amor

Libro VI: La relación divina

© de los textos: Sebastián Blaksley, 2019

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2022

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: Noelia González Gerpe

Colaboración en corrección: Coralie Pearson

Diseño gráfico y editorial: Alejandro G. Arrojo

1ª edición: enero de 2022

Producción editorial: Tequisté

hola@tequiste.com

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-18-2

ISBN: 978-987-4935-93-9

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Blaksley, Sebastián

Elige solo el amor : libro 6 : la relación divina / Sebastián Blaksley. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-93-9

1. Espiritualidad Cristiana. 2. Misticismo Cristiano. 3. Ángeles. I. Título.

CDD 248.4

Un mensaje de Sebastián

El amor incluye todo lo que somos. Desde nuestra realidad humana nos puede llevar más allá de nuestras ideologías, culturas, educaciones, personalidades y creencias, hacia lo que no puede ser expresado en palabras porque está más allá de todo límite. Esta es la razón por la que, en esta oportunidad, los ángeles expresan su amor universal utilizando símbolos concretos. En mi caso, los propios de una persona laica, devota del siglo XXI, nacida en Argentina y con educación católica. Sin embargo, durante las manifestaciones, se entiende con claridad que el amor es universal y su voz va dirigida a todos y todo. El amor no hace excepción de personas. Es siempre inclusivo.

Sé, por lo que escucho, veo y experimento, que los mensajes recibidos son para todo el mundo e incluso para todos los tiempos, a pesar de la dificultad que a veces experimentamos por causa de la limitación de las palabras humanas, las cuales pueden separar, a pesar de que están ahí para explorar y unir.

Espero de todo corazón que todos se sientan incluidos dentro del abrazo del amor de Dios, expresado de un modo particular en estos mensajes del cielo, no para que se entiendan estos escritos como especiales ni como un puerto de llegada, sino como un trampolín o puerto de salida desde el cual nos animemos cada día más a expresar con nuestra voz particular el amor divino que vive en nosotros. En otras palabras, dar a conocer esa parte del amor que solo cada cual puede manifestar.

Si somos capaces de entender las palabras y símbolos de esta obra como medios y no como un fin, y recibimos estos mensajes con el corazón y no con la mente pensante, podremos ir, más allá de los símbolos, hacia el amor que los suscita y comenzaremos a recordar a nuestro primer amor, es decir a Dios.

Tal como Jesús lo ha dicho en el capítulo 1 del libro 5 titulado “La dulzura del amor”:

...Antes de seguir adelante por el camino de la dulzura del amor, es importante que recuerdes que los nombres, al igual que las palabras, no tienen un significado propio en relación con el reino de la verdad divina. Sin embargo, en el plano de las percepciones, los nombres pueden significar mucho, al igual que las palabras. No te olvides que el amor no tiene palabras.

En esta obra se han utilizado deliberadamente nombres con un alto contenido emocional y dotados de muchos significados a los largo de siglos. Nombres tales como Jesús, María, Espíritu Santo, Dios, y muchos otros pueden ser signos de contradicción.

No podemos escapar a las leyes de la percepción mientras se viva en ella. Tampoco hay por qué hacerlo. El amor de Dios no se salta nada de lo que hayas creado en tu mundo. Más bien se une a ello y, desde esa unión, lo transforma junto contigo en medios eficaces para que la verdad que está más allá de toda palabra brille libremente.

Esta obra no busca prosélitos ni seguidores. Tampoco busca evangelizar o compartir una sabiduría que otros no conocen. Si esta fuera la meta, esta obra carecería de sentido porque intentaría enseñar lo que todos saben: el amor.

Se han elegido los nombres que se eligieron y el contexto que se eligió para que esta obra salga a la luz por múltiples razones, muchas de las cuales exceden el propósito de estos escritos. Sin embargo, hay una razón que es esencial a la meta de la sanación de la memoria y el refuerzo de tu verdadera identidad...

Estos escritos son una carta de amor de Dios, el padre, para sus hijas e hijos bien amados. Va dirigida a la sanación de la memoria para que, una vez sanada resplandezca en nosotros el recuerdo de un amor que no tiene principio ni fin: el amor de Dios, en cuyo centro vive nuestro ser.

Cómo se originó

El 3 de octubre de 2018, súbitamente una presencia que era todo amor, y cuya magnificencia, belleza y benevolencia no se pueden describir, vino a mí de un modo que nunca había experimentado. Se presentó diciendo: “soy la medicina de Dios”. Se me dio a entender con perfecta claridad que era el Arcángel Rafael en toda su gloria. Me dijo que orara una oración en particular durante nueve días. También me dictó las intenciones por medio de inspiración interior. Así lo hice. La oración consistía en rezar cinco Padrenuestros, cinco avemarías y cinco glorias, tal como estas oraciones son descriptas en la Iglesia católica, a la que pertenezco.

El día 13 de octubre, al día siguiente de finalizar la novena de oración, comencé a recibir la visita gloriosa de un coro de incontables ángeles de Dios, cuyo amor y belleza son indescriptibles. En el coro viene una voz, que es la de Cristo, la cual es expresada en una forma inefable.

La voz se hace imagen y se muestra en símbolos visibles para el espíritu. Lo visto luego es puesto en palabras escritas y grabado por mi voz humana, para que también quede plasmado en la palabra dicha. Cada sesión viene a mí de esa manera. La secuencia es la siguiente: recibo las imágenes que el coro presenta, luego el coro se retira, los arcángeles Rafael y Gabriel quedan como custodios, o presencias amorosas, hasta que es transcripto el mensaje o la sesión en cuestión.

El glorioso arcángel Rafael es quien guía la transcripción, permitiendo que se reciba el mensaje y que lo mostrado se pueda pasar de imagen a palabra. El arcángel Gabriel es custodio amoroso de todo lo que atañe a la obra; no solo en referencia a la manifestación en sí y a los escritos, sino a todo lo que de ellos surge y surgirá.

Los mensajes, o sesiones, me son mostrados como en un cuadro de gran belleza en el que cada forma (que no tiene forma) es en sí una voz, un “sonido-imagen”. Es como el tañido de un arpa que se hace palabra. Este es una vibración de música celestial cuya frecuencia no es como la de los sonidos del mundo. Es una especie de “vibración- frecuencia” que el alma conoce perfectamente bien y que con perfecta certeza reconoce como la voz del cordero de Dios. Una vez que todo es transcripto, en palabras escritas y dichas, entonces el coro se presenta en toda su gloria una vez más, como si vinieran a buscar a los santísimos arcángeles Rafael y Gabriel, y todos juntos se retiran cantando un hosanna al Cristo de Dios.

Ese hosanna cantado por el coro de ángeles es un majestuoso canto de alabanza y gratitud al creador, por el misterio infinito de amor que es la segunda venida de Cristo. Es un preludio de su venida. Si los hombres fuéramos capaces de comprender, en toda su magnitud, el inefable misterio de amor que significa la segunda venida de Cristo, cantaríamos eternamente las misericordias de Dios en unión con los ángeles y toda la creación.

Durante las visiones, en ciertas oportunidades, me son mostrados textos de otros tiempos, algunos de los cuales nunca había conocido. Ellos encierran dentro de sí una sabiduría que no es del mundo. En particular me han sido mostrados los escritos de la Bhagavad Gita, Santa Teresa de Jesús, la sabiduría sufí expresada por medio de los textos de Rumi, así como pasajes específicos del Antiguo y Nuevo Testamento. Todo ello unido a su significado. Lo que me fue mostrado está reflejado en esta obra. De este modo, la revelación desea expresar que la sabiduría es una y que es la misma voz de Cristo la que se expresa en toda manifestación en la que ella es plasmada, a lo largo de los siglos, sin importar el contexto cultural, religioso o mental de quienes reciben la revelación. En otras palabras, lo que se pretende expresar es que somos una sola mente, un solo corazón, un solo ser, unidos en la verdad.

Cuando el Arcángel Rafael se hace presente en mí y comienza el proceso de traducción de las imágenes y símbolos a palabras escritas, mi voluntad es fundida en una sola voluntad con Él. Somos una misma y única voluntad. No hay un tú y un yo. Y, sin embargo, aún en esa unidad existe la consciencia de que yo soy yo, y Él es Él. Dos personas, una misma voluntad, una misma consciencia de ser, un único propósito santo. La mente pensante queda silenciada en esta absorción de mi ser en el Ser de todo ser verdadero, el cual compartimos como una unidad. Mi consciencia y la suya se hacen una. Lo que la voluntad una dice que se haga, se hace. No existe distancia entre el hágase y su efecto. El resto de mi humanidad responde con docilidad. No hay resistencia. Solo existe un fluir de palabras que vienen desde la Mente de Cristo, como si se tratara de un manantial que fluye desde la cima de un monte. Este torrente de gracia hecho palabra es el que mueve las manos con una velocidad y precisión que superan ampliamente a las que se experimentan en lo que podría denominarse como escritura ordinaria. El alma queda extasiada de amor y con un único deseo, el de permanecer por siempre fundida a su Cristo amado, ser de su ser y de todo ser verdadero.

En los casos en que la mismísima virgen María o Jesucristo se hacen presentes en su persona humana y divina, y se comunican en forma directa, el coro de ángeles del cielo y toda la creación quedan enmudecidos de amor. Un silencio que es sagrado y de pura expectación rodea sus presencias benditas, por decirlo de algún modo. Los ángeles inclinan sus cabezas, fijando sus miradas hacia abajo y quedan arrobados en un éxtasis de amor, veneración y contemplación. Nada ni nadie se atreve, ni puede, interrumpir el silencio santísimo en el que el universo queda sumergido ante la soberana presencia de María y de Jesús, cuando le hablan en forma directa a nuestras almas. Esto se debe a que ese espacio de dialogo, entre Cristo y el alma, es un espacio inviolable. Es el templo sagrado de la intimidad del alma con Dios.

Durante las manifestaciones, todo mi ser experimenta una gran paz y alegría. Es como si fuera abrazado por el amor universal. Al finalizar la misma, el cuerpo manifiesta un gran cansancio. Pareciera que le cuesta sostener la energía que recibe. La parte de la manifestación que incluye al coro de ángeles, la voz y las imágenes, es algo que ocurre en cualquier momento, lugar o circunstancia. Sin embargo, la transcripción de los símbolos recibidos en palabras escritas y luego dicha ocurre cuando puedo ponerme a disposición para hacerlo. Puede ser en forma inmediata o varios días después.

El mensaje principal de esta obra podría resumirse de la siguiente manera: ha llegado el tiempo de una nueva humanidad. Una humanidad que está lista para que manifieste en cada uno de nosotros al Cristo viviente. Somos Cristo. Esta es la verdad acerca de nosotros, aunque nos percibamos de un modo diferente. Ya estamos preparados para poder vivir la vida en la certeza que dice: ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ayudarnos a hacer real esta verdad en nuestras vidas, aquí y ahora, es de lo que se trata esta manifestación. Todo el cielo nos ayudará en este santo propósito, pues es en sí el segundo advenimiento.

Espero de todo corazón que quienes reciban esta manifestación se dejen amar cada día más por Dios, y de esa manera sean transformados por la belleza de un amor que no tiene principio ni fin.

Descripción de las manifestaciones

Cuando los arcángeles vienen, vienen sin alas. Son como personas (personas humanas) con túnicas. La túnica de San Rafael es verde y el borde de la túnica es dorado, la de San Gabriel es rosa, casi blanca, con el borde amarillo. Todas las túnicas son majestuosas, como si estuvieran hechas de una seda muy preciosa.

Las caras son alegres, radiantes, con una piel amarillenta muy clara y todos tienen el pelo largo hasta el hombro, como si fueran dorados, rubio-dorado... Sus ojos son verdes... Todos tienen características particulares, de modo tal que se identifican muy bien en su singularidad. Sus cuerpos están radiantes de luz en un brillo sereno que genera paz a la vista y un gran sentido de belleza y armonía.

En el coro de los ángeles hay muchos de ellos con túnicas de color rosa claro y azul claro, otros con dorado claro... Todos en colores pasteles, con una luminosidad serena. Algunos tienen túnicas verdes, como si fueran esmeraldas, pero un poco más tenues.

Sorprende la expresión de felicidad permanente. Todo es alegría en ellos, ángeles y arcángeles. Un día me dijeron que irradian felicidad perpetua porque siempre dan alegría.

La presencia de los ángeles está rodeada de luz blanca y majestuosa, como si vivieran en un mediodía eterno de amor y luz que nunca se apaga. Además, la visión se presenta con una canción que es un coro celestial, el cual suena en todos los rincones del universo. Es como el sonido de millones de arpas que suenan al unísono, formando una sinfonía amorosa de gran armonía.

Las vibraciones son de tal cualidad, que calman la mente y el corazón, dando paz a todo el ser. Uno sabe, sin saber cómo, este himno es una especie de himno-oración-alabanza que es canción inmemorial. Es el canto de gratitud de la creación hacia Dios, Padre y creador, por haberla llamado a la existencia. Es la música celestial que el alma ha dejado de escuchar y que cuando regrese a la casa del Padre, recuperará y volverá a oír. Es una canción olvidada y amada por siempre por el alma que ama a su Padre y creador.

Cabe señalar que la belleza inefable de las visiones de los ángeles y los arcángeles, la cual no puede expresarse plenamente en palabras humanas, deja al alma sumergida en un éxtasis de amor y arrobamiento, del cual participa todo el ser. No hay alegría, ni felicidad en la tierra que pueda compararse con este éxtasis que genera la visión de la grandeza, magnanimidad y hermosura de los ángeles y arcángeles.

La inteligencia angélica es de tal grado que supera todo entendimiento del mundo. Sus pensamientos viajan a una velocidad que no se puede describir, incluso más rápido que el pensamiento humano. Sus pensamientos no tienen distorsión de ningún tipo, son pensamiento puro y no hay contradicción de ninguna especie. Todos son caridad perfecta y solo expresan una cualidad de santidad. Así como un relámpago atraviesa el firmamento, tanto más rápido los pensamientos angelicales atraviesan la mente.

La humildad, prudencia y simplicidad son las características centrales de los ángeles, y su mayor alegría es servir. Servir a Dios, sirviendo a toda la creación. Aman a los seres humanos, animales, plantas, piedras, elementos y todos los aspectos materiales e inmateriales de la creación, con un amor y ternura que, cuando se experimenta, es capaz de derretir incluso el corazón más duro. Estoy convencido de que la dureza del corazón procede muchas veces de una falta de experiencia de amor perfecto. Si cada uno de nosotros conociera el amor de Dios, no solamente lloraríamos de felicidad, sino que nos haríamos uno con el amor, y de nosotros brotaría solo amor.

Si bien la belleza y la magnanimidad de las visiones angélicas son inefables, estas son solo un pálido destello en comparación con la magnificencia, grandeza y cualidad inefable de Jesús y María. Nada en el universo se parece a lo que son sus corazones en términos de su realidad indescriptible.

El corazón de Jesús y María son la belleza eterna. Son la hermosura que no puede ser nombrada. Son Dios mismo hecho hombre y mujer. Son la alegría de los ángeles y la veneración de la creación. De ellos brota toda armonía, grandeza y santidad.

Las miradas de Jesús y María derriten todo el universo, por la ternura y el amor que irradian. Sus sonrisas son la pureza en sí misma y de ahí es que brota su hermosura. En su presencia, el alma queda fascinada en un éxtasis de veneración y contemplación que la deja muda. El alma se queda sin palabras y exhala un gemido de alegría que dice algo así, como un “¡ah!”.

Personalmente creo que el cielo consiste en tener la alegría de contemplar eternamente las miradas y sonrisas de Jesús y María.

Espero que se sepa entender algo de lo que intento decir al intentar describir lo indescriptible. Solo digo lo que veo, experimento y escucho. Solo digo que el cielo existe, que Dios existe y que es amor.

Esto es lo que me es dado a ver, oír y entender.

Con amor en Cristo,

Sebastián Blaksley, un alma enamorada

Buenos Aires, Argentina, enero de 2019

Nota aclaratoria

Tal como ha sido transmitido por la voz de la conciencia de Cristo, el mensaje central de la obra, es el siguiente:

«Ha llegado el tiempo de la relación directa con Dios, una relación sin intermediarios, tal como lo era en el origen del tiempo».

En la relación directa con Dios es donde se alcanza la plenitud del ser y, por ende, la plenitud del amor. Esto se debe a que es en Dios donde eres tal como él te creó para ser. Es en la relación directa entre el creado y su creador donde el ser se conoce a sí mismo en la verdad de lo que es. Conocerse a sí mismo, tal como Dios lo conoce, es un anhelo inherente del ser, porque ser y conocer son en verdad uno y lo mismo.

Dado que el amor es relación, puesto que es unión, el amor divino solo puede conocerse en la relación con lo divino, es decir, con Dios. Dicho llanamente, conocerse a uno mismo en la relación directa con Dios es conocer a Dios, fin último de todo ser. Conocer a Dios es tu meta y tu destino.

En la relación directa con Dios es donde descubres, por medio de la revelación, la verdad de lo que eres: el Cristo viviente que vive en ti. Vivir en armonía con este descubrimiento es lo que significa retornar al amor.

Preludio

Un canto expresado por la voz del amado para su amada. La voz de Cristo para un alma enamorada.

Alma bendita del Padre. Dulzura de mi corazón divino y amante. Belleza de la creación. ¡Qué dulce es tu mirada! ¡Qué grande tu pureza!

Dime, alma iluminada, deleite de mi ser.

¿A dónde va el viento cuando sopla? ¿Qué cosa hace que se mueva?

¿De dónde surgen los tulipanes?

¿Quién hace cantar a las aves del cielo?

¿Dónde nace la luz?

¿Quién le ha regalado la belleza al sol?

¿Dónde mora el amor?

Hija del viento y de la luz. Amada de Dios. Mi corazón canta jubilosamente al estar contigo. Unidos somos, la luz del mundo. En nuestro amor reside la fuente de la vida, porque todo lo he creado para ti. Todo te pertenece porque todo es mío.

Te he dado la vida. Te he dado un corazón. Te he regalado la belleza de los mares. He creado la luz para tu gozo y las estrellas para tu alegría. Todo lo he hecho para ti. Todo lo que ven tus ojos y más allá, es regalo sagrado de mi amor por ti, destello de mi ser santo para mi amada.

Cuán bella es nuestra historia de amor. Cuán eterna. Cuán inacabada e inacabable. Nadie podrá escribirla jamás, porque lo que ocurre dentro del recinto sagrado de nuestra unión no puede ser visto ni oído por nada ni nadie, salvo por ti y por mí.

¡Oh, divina intimidad del alma enamorada, fuente de creación perfecta, origen de la vida!

¡Oh, amor santo, relación divina! De ti surge toda luz, cada manantial brota de tus entrañas. Hacia ti va el viento y vuelan las aves. Hacia ti se dirige todo el universo. De ti proceden las aguas del rocío que embeben la tierra y a ti regresan.

¡Oh, divina unión! Quién podrá expresar tu hermosura. Quién tu sabiduría. Eres la fuente de la vida, la razón de la existencia.

¡Oh, relación divina! Morada del amor. Casa de la verdad. Reino de los cielos. En ti, los ángeles se regocijan y las almas cantan unidas un cántico de amor perfecto.

Bendito aquel que ha llegado hasta aquí, pues ha entrado a la morada de Dios.

1
Santos desconocidos

Un mensaje del arcángel Rafael

I. Gratitud y libertad

Amado niño. Es este un encuentro santo entre el cielo y la tierra. Estamos aquí unidos a ti y a todo lo hermoso, lo real y lo sagrado. Hemos venido revestidos de luz, desplegando las alas de la libertad. Lo hacemos por medio de esta expresión de puro amor y divina verdad que juntos creamos por amor a la humanidad y a Dios.

Venimos en la eternidad que somos. Venimos de todo lugar y de todo tiempo porque pertenecemos a la esfera divina, la cual lo abarca todo.

Somos multitud y singularidad. Somos tus amigos del alma por y desde siempre. En el cielo de tu mente santa y en el paraíso de tu corazón residen la consciencia de lo que Dios es, y con ello del reino donde habita su espíritu de sabiduría.

Lo que tienes en el reino forma parte de tu ser, por lo tanto, lo que eres y lo que tienes son uno y lo mismo. Esa es la razón por la que una y otra vez se te ha dicho que eres el cielo. Su realidad es vista por la consciencia de Cristo, la cual le da existencia, en el sentido en que hace que sea conocida por sí misma. Recuerda que la consciencia es lo que hace que el ser se percate de su propia realidad, de tal modo que es lo que lo hace conocido para sí mismo.

Una nueva luz brilla en la tierra. Un nuevo canto se entona en el cielo. Una canción de amor santo se escucha en todos los rincones del universo. Cantan las aves. Danzan las aguas. Se alegran los corazones puros. Un nuevo amor ha nacido de nuestra unión.

¡Amado de los ángeles del cielo! ¡Pureza de Dios hecha humanidad! Nosotros, tus hermanos creados desde siempre para servir al altísimo, te amamos con un amor angélico, un amor que no tiene principio ni fin, el amor de la santísima trinidad.

Nos queman las ansias de incendiarte en el fuego santo del conocimiento de Dios. Somos llama de amor vivo. Nos unimos a tu luz y, unidos, nos fundimos en una nueva luminiscencia, cuyo fulgor procede de la fuente de toda luz, tal como del sol procede el tenue resplandor de la luna.

¡Oh, amado mío! ¡Amado de todo lo que es verdad! Milagro viviente del creador. Se nos hace imposible la sola idea de existir sin ti. Sabemos, porque lo sabe nuestros corazones, que el cielo no sería cielo sin tu presencia. Si no hubieras hecho la opción por el amor, la creación habría quedado teñida de un color un poquito oscuro, el cual el Padre no ha creado y no forma parte de su paleta de colores santos.

¡Cuánto te amo, luz de mis ojos, belleza santa! Todo nuestro ser se estremece ante tu presencia porque en ti vive nuestro Cristo amado. A él, todo poder, toda gloria y toda alabanza. A él, todo honor.

Has de saber que eres templo de sabiduría, casa de oración y monte de contemplación. Eres la torre de marfil donde habita todo lo que Dios creó para ti, sin que nada pueda profanarlo. Eres bello. Eres una bendición.

Qué alegría es recorrer contigo este camino de amor y verdad. Demos gracias al Padre porque su voluntad ha dispuesto que su voz se exprese en la tierra por medio de estas palabras. Vosotros, al igual que toda la creación necesitáis de la palabra viva, presentada y expresada de diversas maneras a lo largo del tiempo. Por eso es que nuestro creador sigue comunicando palabra de vida eterna.

Soy el arcángel Rafael. Se me ha llamado con acierto la medicina de Dios. Lo soy porque soy amor y el amor sana toda dolencia. Soy expresión viva de la santa dilección del Padre. Soy aquel que día y noche vela por ti, incluso si no me sientes ni me oyes con los oídos de tu espíritu, o no me ves con los ojos de tu alma. Por amor te arropo en las gélidas noches de invierno, en la que los corazones fríos intentan, aun sin darse cuenta, apagar el fuego de la relación divina.

A lo largo de esta obra, hemos hablado ya de la mente, del corazón, de la realidad de la mente divina que vive en ti y del sagrado corazón de Jesús que, unido al inmaculado corazón de María, forman una trinidad santa con el tuyo. En una nueva luz te has conocido a ti mismo.

Hemos recorrido un camino lleno de bendiciones, comenzando por el camino del corazón. Luego atravesamos, siempre unidos al amor incondicional del Padre quien nos regaló el perdón eterno, el sendero de la transformación, gracias al cual has devenido en un nuevo ser divino.

Habiendo sido transformado en un ser divinizado, te has sumergido en los abismos insondables de la ruta del conocimiento. Una senda que, por medio de la luz de la santidad, te llevó al recuerdo bendito de quién eres.

Tras haber llegado a la morada santa, luego de recorrer el sereno curso del río del conocimiento perfecto, tu ser se ha encontrado con la sabiduría del amor, única sabiduría necesaria y posible. En ella alcanzaste el saber superior. Has comprendido que todo es relación. Con esa sagrada comprensión comenzamos ahora a caminar juntos por nuevas sendas.

Agradecemos a los caminos recorridos con todo lo que nos han regalado. Bendecimos el pasado y toda la historia, nuestra y de toda la humanidad. Honramos los senderos de la vida y los dejamos atrás.

Giramos suavemente nuestras cabezas y miramos con la santidad de nuestros ojos, todo lo vivido, el amor recibido, y el milagro de la vida. Nos quedamos solo por un instante contemplando esta visión. Y luego, nos despedimos para siempre de lo que vemos. Y con una sonrisa afable decimos en el silencio del corazón:

“Gracias Padre por darme la vida. Gracias por ser como eres, pura misericordia, pura compasión.

Gracias, caminos de mi vida por traerme hasta aquí, donde puedo morar por siempre en la dulzura del amor. Os dejo con mi bendición para seguir ahora por esta nueva senda, en cuyas puertas me encuentro porque vosotros mismos me habéis dejado aquí ya que no podéis venir conmigo. Os bendigo en el nombre del amor”.

Tras haber bendecido todo lo vivido, conocido, prendido y experimentado, lo dejamos ir para siempre y comenzamos entonces un nuevo camino, sin pasado, si planes, sin ideas preconcebidas. Nos dejamos llevar por la gracia de Dios.

II. Misterio y relación

Se ha hablado de la relación que tienes con todo. Con tu mente, con tu corazón, con lo que eres, con tus sentimientos y pensamientos. Con Dios y con los demás. Se ha expresado con claridad y hermosura la belleza de la relación santa y la relación unitiva con Cristo, la única relación real.

Ahora daremos un paso más. Estiraremos nuestra mente hacia lo que nunca fue dicho, visto, ni oído, pero que el corazón conoce. Nos adentraremos en los abismos infinitos de la relación divina.

Así como las relaciones basadas en el ego, o relaciones especiales, tuvieron que ser vistas por lo que eran antes de poder avanzar hacia la relación santa, ahora nos animamos a cometer la osadía de las osadías.

Tu humanidad se abismará por completo en aquello que está más allá de todo pensamiento humano, sin dejar de ser la que es. Ahora, humanidad y divinidad se abrazarán, estableciendo un nuevo vínculo de amor. El vínculo con la fuente suprema y la naturaleza del hombre. Y con ello tomaremos consciencia cada vez más de la unión que está por encima de toda unión, y las incluye a todas.

¡Amado espejo de sabiduría! ¡Qué alegría es poder cantar contigo una nueva canción cada mañana, cada atardecer y cada noche!

¡Qué júbilo sienten nuestras almas puras, unidas a la tuya, al poder crear eternamente nuevos universos de amor infinito! ¡Universos que viven en nuestros corazones puros!

Somos la realidad de la perfecta caridad. Somos la luz de la gloria del Padre de las luces, manifestada de un modo que hace bailar al corazón y reposar a la mente en los dulces brazos del amor.

¿Quién que pueda hablar, expresa con perfecta claridad y extensión, lo que en la relación divina experimenta el alma? Nadie. Y, sin embargo, lo haremos en esta obra única, llena de amor angélico, amor santo. Llena de sabiduría seráfica y belleza celestial.

Lo que en este sexto libro se dirá será único, porque no existen dos expresiones idénticas de lo que la relación divina entre el alma y su fuente sagrada crean. A pesar de ello, los corazones amantes que han hecho la opción por el amor sabrán beber de la fuente de sabiduría que esta obra ofrece. Y así, como un címbalo que resuena con gracia y armonía, sus almas vibrarán al compás de la verdad eterna. Se unirán al coro de los ángeles que esta manifestación regala. Cantarán con nosotros un cántico de amor, que durará para toda la eternidad.

Los que son de la verdad reconocerán quién es el que le habla al corazón. En estas palabras, escucharán al mismo Dios en la tierra. Serán felices en el recuerdo de su primer amor, al cual ya han encontrado y con el que cada día se van fundiendo más y más.

¡Amada alma pura! Tú que vives para Dios. Has de saber que quien se una a esta obra se hará uno con nosotros, y en razón de esa unión, ocurrirán milagros y acontecimientos espirituales de incalculable grandeza y beatitud. Se abrirán compuertas del cielo que aún no se han abierto.

Estos escritos serán un conducto por medio del cual la gracia de Dios fluirá a un incontable número de hermanas y hermanos, tanto entre los que están en el tiempo como los que ya se han ido y los que vendrán a elegir de nuevo. Estas palabras serán como una estela que otros seguirán al venir al mundo. Serán como un surco, o una huella, que otros seguirán con certeza y los llevará sin demoras ni desvíos a la morada santa. Todos ellos, en unión contigo, conmigo, y con el cielo todo, serán abrazados por el amor de Jesús y María. Unidos viviremos por siempre en la realidad del amor. Juntos cantaremos victoriosamente el canto de la vida eterna.

Elegir solo el amor es para lo que has venido a este universo, y para ninguna otra cosa más. Mostrar el camino para que esta elección sea hecha consciente y deliberadamente por otros, es el modo más elevado de compartir al que se puede llegar, porque es la manera de compartir a Dios.

Elegir solo el amor es elegir solo a Dios. En otras palabras, es permanecer solamente en el reino, y permitir que lo demás venga por añadidura.

Hermano, has venido a elegir de nuevo y has elegido. ¡Qué alegría! ¿Qué júbilo más grande puede haber para ti, que has cumplido el propósito del cielo?

¡Oh, divino niño! Deja que estas palabras se adentren en tu corazón. Permite que su música te cante una canción de amor. Haz que la dulzura de Cristo embeba tu ser. Reposa en el descanso de la verdad.

El único obstáculo hacia la iluminación, es decir, hacia el supremo conocimiento, es el miedo. Es cierto que muchas veces dentro del alma se inicia un movimiento que empuja a tu humanidad a hacer largas procesiones, ayunos, meditaciones y ejercicios de todo tipo. Incluso ese movimiento puede llevarte a leer libros o a la práctica de alguna o varias devociones. Todo ello, finalmente dará sus frutos si está cimentado en la sinceridad de corazón. Pero no lo hará en razón de los actos realizados o renunciamientos, lo hará en razón del propósito santo de conocer a Dios.

El mérito que el hacer espiritual tiene reside únicamente en que te permite tomar consciencia de tu anhelo de vivir en la verdad, de tu deseo de habitar en la casa del Padre, lo cual no lo hace algo menor sino muy importante. En otras palabras, procede de tu anhelo de amor perfecto.

El miedo anula tu consciencia al amor en el sentido en que lo pierdes de vista. Por lo tanto, podemos decir, con certeza y en armonía con el caminito propuesto en esta obra, que es el que se concibió para ti, que puedes hacer muchas cosas intentando alcanzar a Dios, pero si no estás dispuesto a dejar a un lado el miedo, nada de eso te servirá mucho, salvo para acrecentar tu ego.

Esta sesión la hemos denominado “los santos desconocidos”. Podría también haberse llamado “los iluminados desconocidos”. Lo que se busca expresar con ello es que existen todo tipo de seres que han alcanzado la iluminación, es decir el conocimiento superior, que es lo mismo que hablar de la sabiduría del amor. Todos tienen un común denominador, tal como se ha dicho ya. Todos han elegido al amor como el centro y la razón de su vida. Todos han elegido a la verdad como su compañera eterna sin importar dónde estén o lo que hagan. Ellos viven para Dios y en él conscientemente, aunque la totalidad de los efectos de su elección no les son completamente conocidos, mientras permanecen con una función en la tierra.

Una vez que ya no prestan un servicio encarnados en el plano físico, a pesar del hecho de que siguen eternamente prestando un servicio al amor, por ende, siguen sirviendo a sus hermanas y hermanos, incluso con un grado mayor de comprensión del amor y de unión con Cristo, comprenden que el supremo conocimiento es eterno y por esto siempre lo conocen. En ese entendimiento, acerca de la vastedad inasible de la verdad, descansan en paz y maravillados al ser eternamente sorprendidos por la grandeza de la sabiduría del amor. Lo que pueden llegar a conocer deja de ser percibido como una carencia para pasar a ser entendido como lo que es, un constante conocer a Dios, más y más en un creciente saber hermoso, sereno y santo. Dicho llanamente, toman plena consciencia de la infinitud de la verdad.

III. Contrastes en la luz

Los millones y millones más de hermanas y hermanos que por todo el mundo van viviendo sus vidas humanas siendo los iluminados de Dios, los que encontraron al amor, pertenecen a todo tipo de entorno social, religioso, filosófico, moral y de cualquier otra índole. Casi ninguno es muy conocido porque el ser un santo célebre es simplemente una opción entre varias. No todos eligen ese camino, ni es necesario. En efecto, esos son los menos, de lo contrario no serían célebres.

Si se lo comprende bien, existe una relación entre los santos conocidos y los desconocidos para el mundo. Uno hace que el otro sea lo que es. Si todos los iluminados fueran notorios y sus obras tuvieran una espectacularidad que hiciera que la curiosidad de los hombres se viera incentivada, entonces la vida espiritual como camino y opción dejaría de ser atractiva para los principiantes.

Lo que se está revelando aquí es que la curiosidad del ego es uno de los principales medios que el Espíritu Santo utiliza en favor de la verdad cuando el hijo de Dios se dispone a iniciar el camino hacia la luz de la gloria. En tu mundo, que también es nuestro y de Dios, porque Cristo lo reunió con el cielo en la resurrección, existe una expresión que explica lo que aquí se dice. Lo poco agrada y lo mucho enfada. O también expresado bajo el concepto de que lo que es escaso tiene más valor que lo que no lo es. En efecto, sostenéis todo un sistema llamado económico sobre esta base. Dado ese concepto tan arraigado en la mente humana, el espíritu de sabiduría se sirve de esa creencia y la aplica al incentivo hacia la búsqueda espiritual.

Prácticamente siempre, el camino espiritual comienza por la curiosidad. De tal modo que, si todos los santos se dieran a conocer constantemente, en lugar de permanecer ocultos a los ojos de los hombres, aunque siempre visibles a los ojos de Dios, entonces no tendrías curiosidad por emprender el fascinante camino de la búsqueda del ser.

¿Puedes comenzar a ver de lo que estamos hablando?

Cuando se habló del camino de María y Jesús, también se intentó describir esta verdad. Aunque también se buscó expresar otras.

A lo que a ti respecta, y en relación a la esencia de esta obra, solo nos importa tomar consciencia de que existen formas o efectos en el camino espiritual que se manifiestan por medio de la notoriedad, y otras por el de ser desconocidos. Ambos son igualmente santos, igualmente servidores.

Ambas opciones crean el mismo efecto sobre la humanidad y el universo en su totalidad. Esto se debe a que su opción no es una que se haya hecho en el tiempo, sino en la eternidad. Y lo que esta elección implica, lo es para el cielo y no para lo perecedero, aunque desde lo alto se extienda hacia la tierra, tal como los rayos del sol se extienden hasta abrazar a la más pequeña hierba del suelo, a pesar del hecho de que no nacen en ella sino en un lugar muchos más elevado, desde donde dan vida a todo.

Recuerda que el amor no es algo que se pueda buscar ni tampoco encontrar. El amor es lo que eres. Con esta reafirmación, lo que hacemos es asegurarnos mutuamente de no caer en el error de creer que vas por buen camino si te siguen multitudes incontables de hermanas y hermanos, o si escribes maravillosos libros que, aunque sean leídos por muchos, no representan ni un minúsculo granito de arena en comparación a la vasta cantidad de seres que tu amor verdadero abraza, transforma y santifica. Recuerda que, al fin de cuentas, en el reino de lo eterno, no existe la idea de cantidad, tamaño ni grados.

Cuando se dijo que “aquel que es santo en lo poco, lo es en lo mucho”, no solo se quiso dar una guía de comportamiento y discernimiento, sino que se trajo a la consciencia la verdad. No es necesario hacer grandes cosas, sino pequeñas cosas con un gran amor.

Toda obra humana es en sí como un pétalo de una margarita pequeña en relación a todo el universo. A pesar de ello, dado que la esencia de la vida es el amor, si esa acción es su efecto, entonces llevará dentro de sí todo el poder del cielo y de la tierra. Sin importar qué tan visible sea a los ojos de los hombres y mujeres del mundo.

Niño amado. Dios, que ve en lo secreto, sabe de la grandeza de tu amor. Cristo, que ama la sencillez, conoce la belleza de tus obras nacidas de tu amor incondicional para con él. María, quien te dio la nueva vida, es plenamente consciente de la pureza de tu corazón y sabe muy bien que por un numero incontable de almas, fluye todo el poder de la gloria del cielo, la cual es extendida por medio de tu ser, como resultado inevitable de lo que eres.

Los que viven en la verdad saben que su luz no procede de ellos. Se regocijan siendo la extensión del Padre. Saben que son seres relativos y no absolutos. No buscan ubicar el puesto que solo al Padre le corresponde, tal como a él no se le ocurre arrebatarle el lugar al hijo. Ambos viven en la verdad de lo que son. Son sinceros. Son honestos consigo mismos, y por ello con todos y todo.

Ellos saben que solo el miedo es capaz de opacar al amor en sus consciencias singulares, aunque no pueda arrancarlo de la vida. Por esa razón hacen todo lo que está a su alcance por dejar a un lado al temor, y vivir para siempre en el amor.

Los que han elegido el amor saben lo que significa vivir en la verdad y se alegran de permanecer en ella todos los días de la vida. No le ponen un nombre diferente a lo que es igual. No buscan cambiar la realidad. Solo aman, porque son amor.

Ellos iluminan con su presencia silenciosa o ruidosa. Saben que Dios no es filosofía, tampoco ciencia, teología o poesía. Saben que Dios es amor y que ellos son uno con él. En ese conocimiento basan su existencia y viven en la luz de la verdad. Son uno con el amor. Son la luz del mundo. Conocen los misterios de la vida porque saben quiénes son. Conocen la verdadera sabiduría porque han reconocido al amor.

¡Escuchadme todos! Sabed que aquellos que vienen a esta obra serán mis amadísimos santos desconocidos para el mundo, pero conocidos para siempre por mi amor.

Existen tantos caminos hacia la verdad como mentes y corazones. Aun así, esta obra propone uno en particular: una senda a la que todas las demás conducen.

Puedes llegar hasta ella por medio del ascetismo, la devoción, el sacrificio, la distensión, el renunciamiento al esfuerzo, el intelecto, o cualquier otro medio, incluyendo la meditación, la oración o la devoción. Puedes venir hasta aquí habiéndote separado literalmente del medio en el que existías o existes. O por medio de la lectura espiritual, la danza, las expresiones del arte o tras dedicar tu vida a una actividad religiosa. O sin nada de esto.

La filosofía te puede dejar cerca de las puertas del camino que aquí se te ofrece, y a veces también la ciencia y la teología. Pero ninguno de ellos, incluyendo a la devoción y la acción, puede ir más allá del punto de acceso o entrada.

Recuerda que el amor no es algo que tenga que pensarse, tampoco algo que tenga que ponerse en palabras o que haces. El amor es lo que eres. Por lo tanto, el supremo conocimiento consiste en saber qué eres en verdad. Esto no puede dejar de repetirse tantas veces como sea necesario, dada la importancia capital que tiene.

En el verdadero saber, el cual procede de conocer tu ser en la única luz que puede ser conocido, es decir, en la luz de la verdad eterna, conoces la relación divina. El camino que se propone en esta obra es el camino de ser. Uno que se recorre dentro de la relación divina, la relación directa con Dios. En ese camino, en la toma de consciencia de la relación entre tu ser y su fuente, y lo que significa esa relación divina, su propósito y su realidad, es en lo que consiste alcanzar la sabiduría.

Como dijimos anteriormente, ser conscientes de la relación directa con Dios, buscarlo a él y a su relación, es buscar la sabiduría, el conocimiento y la verdad. Por lo tanto, no es necesario pasarte horas, días o años sentado bajo un árbol, o ser clavado en una cruz, o recorrer rutas del mundo para compartir una sabiduría que te apetece, y que sin dudas es digna de ser compartida. Tampoco es necesario que hagas portentos, predigas el futuro, o liberes pueblos oprimidos.

No es necesario crear congregaciones y comunidades para alcanzar o vivir en el divino conocimiento. El verdadero saber procede de, y es, la relación divina, y solo se alcanza en ella. Su forma de expresión es particular, pero la sabiduría en sí no lo es; es universal.

Retornar a la relación directa con Dios es retornar a la verdad o, dicho de otra manera, es elegir al amor. Esta es la única elección que el ser humano tiene que hacer. El mundo físico no es un lugar para pagar culpas o pecados cometidos en un pasado inmediato o ancestral. No existe tal cosa como la ley del karma. No existe un karma en los hijos de Dios. Solo existe la consciencia haciéndose consciente de lo que es en verdad.

Dado que lo que tu ser es, lo es en relación a Dios, porque es un ser relativo, y no absoluto, entonces conocerte a ti mismo es conocerte en relación con Dios. En relación con la fuente sagrada que te da la vida. En relación con tu origen santo. En relación con el amor.

Cuando seas capaz de mirar todas las cosas y acontecimientos desde la relación que todo tiene con el amor y que este tiene con todo, habrás cumplido el propósito divino en ti. En efecto, habrás cumplido el único propósito que se puede cumplir, porque es el único verdadero.

2
El arte de vivir

Un mensaje de la voz de Cristo a través de un coro de ángeles, en presencia del arcángel Rafael y el arcángel Gabriel

I. Preludio

¡Amado mío! ¡Pureza creada por el amor! Qué alegría es para nosotros el estar a solas contigo, escriba del cielo y receptor de la sabiduría del amor. Es cierto que debemos amarte en libertad, y que por esa razón respetamos tus tiempos y los quehaceres del mundo. Nuestra relación nunca será una interferencia en tu vida, sino que será la esencia de tu realidad. Somos unidad. Estamos contigo en todo tiempo y lugar, no solo ayudando a escribir lo que aquí se escribe, o mejor dicho dictando. Lo hacemos también cuando recibes lo que la consciencia de Cristo ha determinado sea recibido por ti en esta obra bendita y en todo otro momento santo.

También estamos unidos a ti cuando duermes, cuando preparas el desayuno, cuando deliberadamente te sumerges en oración. Somos uno contigo aun cuando estás haciendo las cosas del mundo, sean las que sean. Recuerda que ya no vives tú, sino que es Cristo quien vive en ti.

Una luz salutífera y esplendorosa te rodea por todas partes, aunque los ojos del cuerpo no sean capaces de verla. La belleza de esa luz se extiende hasta los confines del universo dando luz y vida a todo. Es la luz del Cristo viviente que brilla en ti. Es la luz de tu ser.

Envuelto en la aureola de santidad en la que fuiste creado, tú que recibes estas palabras aquí y ahora, vas por el mundo disipando la niebla, haciendo que los nubarrones se transformen en lluvia y devuelvan a la tierra el agua que le fue arrebatada, por causa de la condensación de la consciencia.

¡Oh, santa hija de Dios! ¡Alma que vive como niña eterna! ¡Oh, pureza del alma santa! ¡Bendición de la creación! Tú que has hecho la opción por el amor y te has hecho consciente de la relación divina en la que existes y eres, has de recordar que un manantial de gracias y milagros fluye desde el corazón de la Madre de los vivientes hacia tu ser y desde él hacia todo lo que existe. Alma bendita, tu función es iluminar porque eres la luz del mundo. Esta afirmación es tan poderosa que por más que la expliquemos de mil maneras diferentes, nunca lograremos abrazar la vastedad inasible de lo que encierra el misterio profundo de amor y verdad que eres.

Iluminar es la función del sol y tú no eres otra cosa que mi sol. Eres hijo de la luz. Eres hijo del viento. Eres hijo de Dios. Luz, viento, amor. Poder, movimiento, creación. Estos son los tres pilares del ser.

Dado que este sexto libro de este trabajo del cielo, regalado al mundo por medio de mi escriba amoroso y generoso, se centra en la preparación final para tu ministerio eterno, es decir, tu misión o trabajo para con el amor que Dios es. Dedicamos tiempo a desentrañar el misterio de la luz, es decir, de la iluminación.

Una vez que hayas terminado este libro, y más aún cuando hayas completado la obra en su totalidad, no te quedará ninguna duda acerca de tu propósito en el universo y en el mundo.

Hacemos una distinción entre universo y mundo para que recuerdes que existen infinitas realidades por crear y creadas dentro de la pura potencialidad del ser divino. Cuando nos referimos al mundo, hacemos referencia a la constelación de relaciones que estableces como individuo y en forma colectiva, con todo lo que forma parte del plano físico, dentro del tiempo y el espacio. Ese es “tu mundo”. Recuerda que esa es una de incontables dimensiones. La creación no tiene límites.

Esta definición de mundo es necesaria recordarla bien y aclararla, dada la confusión que ha habido en el tiempo desde que pisé la tierra y enseñé como maestro incansable y hablé de la realidad del mundo y del reino de los cielos, y lo hice con realidades opuestas o antagónicas. De eso hablaremos aquí.

Tú no creaste el universo. Tampoco creaste al mundo. Pero sí que creaste y creas constantemente tu mundo. Es de ese mundo del que hemos estado hablando y del cual he estado hablando desde tiempos inmemoriales. “Tu mundo” es un concepto que se acerca a la verdad en el sentido en que expresa lo que ocurre en tu mente y corazón. Y lo que haces con ello para relacionarte con todo lo que existe. Así creas tu mundo interior y exterior.

En cierto sentido, la palabra “mundo” intenta definir la relación que tienes con todo. Y dado que esa relación está determinada por la que tienes con lo que eres, y a su vez eso está directamente vinculado a la que tienes con la fuente de tu ser, es decir con Dios, entonces la relación divina lo es todo.

Durante el transcurso de la manifestación celestial que el Padre ha querido regalar a la humanidad por este medio, el cual es único y perfecto en razón del propósito que busca y alcanza, hemos estado recorriendo la realidad de la relación del alma con su creador. De tu ser con Dios. Así hemos comenzado cuando hace tiempo comenzamos a caminar juntos por este sendero tan lleno de sabiduría y verdad. Así continuaremos por toda la eternidad. Ser conscientes de esto es la esencia de la iluminación y el conocimiento.

II. Luz, viento, amor

Dentro del marco de esta obra, iluminación significa encarnar al Cristo viviente que vive en ti. Es decir, encarnar al amor. Esto se debe a que Dios solo se relaciona con su único hijo, es decir, con Cristo. Este asunto del hijo unigénito de Dios también ha creado cierta confusión. No nos extenderemos sobre ello, pero sí diremos lo siguiente.

Dios tiene solo un hijo, por supuesto. Ese hijo es su ser divino. En realidad, todos se relacionan solamente con su ser, y desde esa relación surge otra. En verdad, en verdad te digo que Dios y tú tienen un solo hijo, vuestro ser, al igual que yo y todo ser viviente.

Al ser que Dios es, lo lamamos Cristo, amor, hijo de Dios, o reino de los cielos. Dado que ese es el único ser verdadero, es decir real, cuando fuiste creado se te dio a Cristo para que fuese lo que tú eres. En otras palabras, el creador de tu ser no pudo darte otro ser que el suyo, puesto que no existe tal cosa como un ser ajeno al que él es. Esto es lo mismo que decir que el amor se da a sí mismo porque no tiene otra cosa que dar, ya que no existe nada fuera de sí. Que aceptes o no esta verdad es “harina de otro costal”, pero la razón te dirá que esto es verdad: no puede haber otro ser verdadero que no sea el ser que Dios es.

Puedes ser el hijo de Dios en la tierra y en el cielo porque puedes ser tu ser verdadero. Eso es completar tu camino a la verdad, o dicho de modo más preciso, eso es andar en verdad.

Para que no te pierdas en la abstracción y que todo esto se pueda entender con claridad, es importante que recuerdes, amado niño, que cada camino de la vida que cada cual de vosotros tenéis, es en sí el camino de la iluminación o de la verdad. Esto se debe a que es en sí el camino que se os ha dado para alcanzar el conocimiento supremo. Si os abrís en vuestras mentes y corazones, en vuestras vidas del mundo podéis alcanzar la plenitud del amor. No hay razón para no hacerlo, salvo la decisión consciente y deliberada, es decir, libre, de no hacerlo y de ese modo abrazar para siempre al miedo en vez de vivir en la alegría del amor.

El verdadero conocimiento y la iluminación son lo mismo. No se alcanzan por esfuerzo o por una acción. Se obtienen única y exclusivamente por revelación divina. Es un don. Tal como la vida te fue dada, el amor también te es dado. Que reconozcas al amor, allí donde hace acto de presencia, es un regalo del Padre celestial. Es cierto que puedes disponerte a recibirlo y que tu disposición es valiosa. Y, por sobre todo, es un presente purísimo para tu padre y creador, pero incluso hasta la disposición y el renunciamiento no son condiciones necesarias verdaderamente hablando.

Puedes encarnar a Cristo sin tener actividad cerebral, puedes encarnar al amor sin poder hablar, o incluso sin poder expresar nada a través de los sentidos del cuerpo. Es más, puedes encarnar a Cristo sin siquiera ser humano. Las plantas pueden encarnar al Cristo viviente, los animales también y los elementos que componen la materia también pueden hacerlo. En resumen, ser la encarnación del amor es posible para todos los que habitan la tierra, y para el universo físico como tal.

No te preocupes acerca de si meditas o no, si lees los libros adecuados o no, incluso si sabes leer y escribir o no, o si realizas la acción correcta o no. Ocúpate única y exclusivamente en mantener tu mente y tu corazón abiertos para recibir el amor. Y en la medida en que recibas el amor de Dios, te irás haciendo uno con él. Lo demás es asunto de la unidad de tu ser con su sagrada fuente, es decir de la relación directa con Dios.

Tú, particularmente tú, debes alcanzar y permanecer en el amor divino. Es siendo lo que eres aquí y ahora, abrazando todo ello, aceptando lo que estás siendo a cada instante, como reúnes dentro de tu corazón lo que eres. Con ello, vives en la unidad y permites que tu ser se haga consciente de la relación divina, es decir, de tu relación con Dios.

La relación de amor divino no es una en la que dos seres separados se miran a la distancia, o como si se relacionaran desde la indiferencia, o la violencia. Es una relación de puro amor de unidad. Un vínculo en el que lo que eres y su fuente se hacen uno. Tal como amante y amado, los cuales al unirse ya no pueden vivir el uno sin el otro y ser felices. O como una madre amorosa y su hijo recién nacido. O como un padre cuya luz de sus ojos es su hijo y este vive agradecido.

Recuerda que es en la tierra donde comienzas a reconocer el amor y que quien dice que ama a Dios, a quien no ve, pero no ama a su hermano a quien sí ve, vive en la ilusión. En otras palabras, es necesario comenzar a amar lo que se ve para poder finalmente amar lo que está más allá de toda visión física.

En rigor de verdad, el camino de la vida que cada uno de vosotros estáis recorriendo en el mundo, tal como ya se ha dicho en esta obra, es el camino del despertar al amor. Es el camino perfecto por medio del cual ese despertar acontece.

Es cierto que también algunos despiertan antes y otros después. Pero es importante que reconozcas, bajo la serena luz de la verdad, que en el momento en que naces en el mundo, comienzas a despertar a la consciencia del amor. Eres más consciente de lo que eres, y como lo que eres es amor, entonces lo que haces es despertar al amor que eres en verdad. Cómo es la vida de cada uno es irrelevante, en relación al hecho de que cada cual está despertando a la verdad que es.

El estado de inconsciencia, o dicho con mayor exactitud, de negación del amor, o del sueño profundo en el que Adán se había adentrado, es anterior a tu encarnación en el plano físico. Cuando entraste a la dimensión del espacio y el tiempo comenzaste, por decirlo de alguna manera, la última fase del despertar de la consciencia.

De esto también se ha hablado, aunque ahora lo hacemos desde una nueva perspectiva. Lo hacemos bajo la luz del reconocimiento de que no existen personas más o menos iluminadas, más o menos despiertas. O bien vives en la luz o vives en las tinieblas. O bien estás despierto o estás dormido.

Todos los que están en el mundo han despertado. Eso es necesario para poder hacer la opción que tienen que hacer. Nadie puede elegir verdaderamente mientras está dormido, salvo el seguir durmiendo o despertarse. Esa elección no es la que se hace en el mundo, pues ya se hizo antes de ingresar a él.

La elección que todos están llamados a hacer es la elección por el amor. Para ello deben alcanzar un grado de consciencia que les permita elegir. El tiempo y todo lo que forma parte de la dimensión del espacio y la materia, colaboran con esto.

Para eso has venido al mundo, para elegir de nuevo. Aun así, una vez que despiertas, tienes que recorrer un camino, porque en eso consiste la vida, en un caminar. La vida es movimiento.

Unamos los puntos. El camino de cada uno o, dicho de otra manera, la vida que vives en este mundo, te lleva desde un estado de inconsciencia hacia el de plena consciencia de la verdad de lo que eres. Este camino tiene fases secuenciales, en cierto modo.

Las etapas del despertar de las que estamos hablando, pueden describirse de la siguiente manera. Comienza por el camino del corazón. Una vez finalizado este, empiezas a andar por la senda de la transformación. Al ser transformado, recorres la vía del conocimiento. Tan pronto como en ella alcanzas el supremo saber y elijes vivir en la verdad que te ha sido revelada por medio de la sabiduría que no es del mundo. Entonces, y solo entonces, comienzas a recorrer el único camino que es eterno. El camino de ser.

Estos caminos, concatenados unos con otros, comienzan a ser recorridos con mayor o menor grado de consciencia, pero todos tienen un común denominador: el perdón y el amor, que son como dos piernas con las que el alma camina por los senderos de la verdad. Esas piernas dejan de ser usadas cuando finalizas la vía del conocimiento. A partir de ahí, sigues hacia adelante por el camino de ser. Pero ya no caminas, vuelas. Lo recorres con las alas de la libertad.

Lo cierto es que en este mundo todos están aprendiendo la lección del perdón, por medio de la cual se alcanza el estado en el que cada cual se perdona a sí mismo, a Dios, a todo y todos. La forma en que esta lección se aprende es, en cierta medida, irrelevante en relación a la verdad, porque todos están aprendiéndola y la aprenderán de un modo u otro.

No te olvides de que el plano del espacio-tiempo, o reino material, no es solamente el mundo en el que existe el cuerpo físico tal como lo conoces, sino que hay una realidad que está más allá del cuerpo, pero que sigue siendo parte del universo temporal.

III. Has elegido

La realidad en la que experimentas la vida, a través de un cuerpo, es un camino perfecto para el despertar. Despiertas a través del cuerpo. Conoces tu verdadero ser a través del cuerpo. Dicho de otro modo, el cuerpo, como medio, sirve al propósito del despertar. No es el único medio, pero sí es el elegido por Dios para ti, y para todos los que habitan en la dimensión física del universo.

¿Verdad que siendo así las cosas, el cuerpo y también el mundo son algo digno de ser amado, honrado y respetado por lo que son, y por esto los medios perfectos para tu despertar al amor, en unión con tu mente, tu corazón, tu alma, tu ser y todo lo que habita en la tierra y más allá?

Estamos hablando de la relación divina y del hecho de que es necesario que tomes consciencia de que los caminos espirituales que has recorrido hasta aquí desde la vía del corazón hasta la del conocimiento, han finalizado. Ahora comenzamos un nuevo camino. Para recorrerlo juntos es para lo que nos prepararemos en este sexto libro de esta carta de amor que te invita a elegir solo el amor, es decir, elegir solo a tu verdadero ser.

Tal como ya hemos dicho en varias oportunidades, el ser es puro discernimiento porque es consciencia pura. Si permaneces dentro del discernimiento de la verdadera razón, cosa que puedes hacer perfectamente tras haber completado los caminos previos a este que aquí comenzamos, no existe peligro alguno de perderte en el mundo ni en ningún otro universo o dimensión. Una vez que conoces quién eres, y aceptas ese conocimiento como la única verdad acerca de ti, y estás decidido a vivir en una relación consciente con ello que ahora sabes pues te ha sido revelado, entonces vayas donde vayas seguirás siendo el que eres en verdad.

Cuando digo que te decides a vivir en una relación con lo que has descubierto como única verdad acerca de ti, estoy diciendo que eliges vivir dentro de la relación divina, es decir, dentro de la realidad del amor. Aceptar que eres Cristo y ninguna otra cosa. Esto es lo mismo que decir que aceptas que eres amor y nada más que amor. Y que Dios, o la fuente de tu ser, como prefieras llamarlo, es quien te instruye, guía, informa, conduce, mueve y vive. Esto es lo mismo que decir que tu voluntad se ha unido a la de tu creador por un acto deliberado de tu albedrío. Así es como Dios pasa a ser tu alegría, tu gozo y tu plenitud.

Si lo que eres fue establecido por Dios y permanece unido a su creador, en una unidad que nada puede separar, tal como la vida no puede separarse de aquello a lo que le da vida, pues dejaría de tener sentido su razón de ser, entonces nunca dejaste de ser el Cristo viviente que vive en ti, a pesar de que hayas transitado un camino en el que creíste que eras otra cosa.

Una vez que aceptas quién eres en verdad y vives en armonía con ello, ¿qué efecto puede tener la muerte sobre ti? Ninguno. Por eso es perfectamente veraz la afirmación que dice que la muerte no existe, ni tiene consecuencias. No la tiene para lo que eres. En última instancia, en la muerte no sucede nada. Simplemente lo que eres continúa buscando ser manifestado. Si ya se le permitió que eso ocurriese en la vida, entonces seguirá haciéndolo por siempre. Aquí tienes la más sencilla y clara definición de vida eterna.

Así como el hecho de que reconocer tu verdadera identidad crística y vivir en unión con ello hace que la muerte deje de tener sentido y existencia, lo mismo ocurre con la supuesta ilusión de que el mundo tiene algún efecto sobre ti. Para los que encontraron la verdad, la creación se ha reconocido como inocua, la vida como neutra. Ellos saben que el mundo de las dualidades, los ciclos de cambios, inicios y finales, no tienen efecto alguno sobre su ser porque no tienen causa en él. Dicho llanamente, no solo han descubierto el tesoro de su verdadero ser, sino que ese descubrimiento los ha llevado a conocer que, al ser el Cristo viviente que vive en ellos, entonces su ser es la causa de todo, al ser el efecto de Dios en ello.

Si Cristo es la causa de lo que eres, en el sentido en que es tu origen y tu ser, entonces lo que no es semejante a él carece de causa. Cuando esta verdad resplandece en la mente y vibra en los corazones de los que han alcanzado a Dios en la tierra, entonces saben que lo que no es amor no tiene consecuencia alguna sobre ellos. Han alcanzado la santa indiferencia del mundo.

Así, indiferentes ante todo lo que no es amor, los iluminados van caminando por la tierra donde habitan los hombres, sembrando paz con su sola presencia. Van separando la cizaña del trigo con su santo discernimiento, para que los campos den frutos cada vez más abundantes y nada obstruya el crecimiento de aquello que luego será materia para dar de comer del pan que es alimento de vida eterna. Esparcen las semillas del reino allí donde existe un corazón sediento de belleza y verdad. Van dando vida a cada paso. Van despertando a las almas. Viven amando, a la manera de Dios. No confunden lo que es amor con lo que nunca lo será. No disfrazan de bondad lo que no lo es, ni llaman a las cosas por lo que no son.

A lo santo no le corresponde convivir con lo profano. Al amor no le corresponde habitar en la casa del miedo. Sin embargo, lo santo puede pisar la tierra profana y santificarla, del mismo modo en que el amor puede ingresar allí donde habita el miedo y transformarlo en una morada digna de Cristo. La santidad y el amor pueden hacer eso porque saben lo que son y quién es su fuente unificadora y vivificante. Por ello saben que nada puede cambiarlos, saben que jamás pueden dejar de ser lo que son en verdad. No solo lo saben, sino que jamás se les ocurriría ser otra cosa que lo que son eternamente.

Si lo que eres no puede cambiar, y eso solo aplica a lo que eres en verdad, entonces, ¿dónde hay espacio para el miedo? Recuerda que todo miedo es miedo a no ser. De ahí la importancia de que entiendas con perfecta claridad, no solo con tu mente sino con tu corazón, ambos unidos en la verdad, qué cosa eres.

Una vez que amas lo que eres, es decir que amas a Cristo, entonces dejas de temer por la sencilla razón de que, una vez que te unes al amor que tu ser es y permaneces en él, dejas de tener miedo a perder el amor, fuente de todo temor. Si no puedes perderte a ti mismo nunca más, entonces qué pérdida real puedes experimentar. ¿Qué batalla puede llegar hasta el reino donde solamente reina la paz inquebrantable del creador de lo santo, lo bello y lo perfecto, y en el que nada que no sea él mismo puede existir? ¿Qué temor puede estar justificado una vez que vives dentro de la fortaleza del espíritu de Dios, cuya altura es tal que nada que no sea verdad puede alcanzarla?

Los iluminados, es decir, los que se aman a sí mismos a la manera de Dios y por ello aman todo lo que existe y es, no le temen a la verdad, sea la que sea y se manifieste como se manifieste. Esta aseveración es esencial para el camino que desde ahora en más recorrerás en armonía con la voluntad del Padre. La mentira es la base del ego, así como la verdad es el fundamento de la vida eterna. Por eso es que es tan importante que observes tu mente y corazón y te asegures de que jamás te descubras en nada que no sea verdad. Mentir no es propio del amor. Decir la verdad y nada más que la verdad en todo momento, lugar y circunstancia en que está es llamada a ser dicha dentro del abrazo del amor, es lo propio de los que ya no viven identificados con la ilusión.

No pocas veces los iluminados pueden parecer desalmados, pero no lo son. Viven en el corazón y su mente está unida a la verdad, por lo tanto han abandonado la locura, si es que han estado en ella alguna vez. No caen en la sensiblería del ego que se presenta como sensible cuando es puro juego de emociones desconectadas de la verdad. No lloran por lo que no tiene sentido llorar. No ríen por aquello que no le causa ninguna gracia a la santidad, desde donde toda gracia procede. Son reales. No actúan. Viven pensando en Dios.

El camino de ser Cristo ahora y siempre es en realidad el camino de la verdad en la que fuiste creado. Una vez que reconoces esto, no con el intelecto, sino en espíritu y verdad, no puedes desear nada que esté por debajo de Dios. Lo alto no convive con lo bajo, del mismo modo en que el cielo no toca lo que está debajo del mar. De tal manera que los iluminados son quienes han aprendido a vivir con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. No se contaminan porque viven en la pureza eterna de su ser. De sus bocas solo salen palabras de vida eterna. De sus obras, frutos de santidad. No buscan agradar porque saben que eso es imposible. Solo son la expresión viva de Dios.

Ser el Cristo que siempre has sido no es algo que pueda cambiar porque estés en la tierra o en cualquier otra dimensión de la creación. De tal modo que lo que aquí se busca es ser conscientes de lo que eres, no tanto de lo que eres propiamente dicho, pues no puedes dejar de ser lo que Dios ha dispuesto que seas. Tal como ya sabes, ser no es lo mismo que aceptar lo que eres y vivir en armonía con ello. Tomar consciencia del ser crístico que eres y permitirle a lo que eres en verdad expresarse, es a lo único que debería llamarse el arte de vivir.

¿Lo que Dios es, deja de ser porque tenga que serlo en el tiempo? ¿Acaso Dios solo es verdad en el reino de la eternidad? ¿Acaso la verdad puede dejar de ser lo que es simplemente porque tenga que formar parte de la materia y el espacio?

Hermanas y hermanos de todos los tiempos. La dimensión espaciotemporal de la creación no es un obstáculo para la verdad. Nada lo es. Por lo tanto, ya no vayáis por el mundo pensando en que, porque en el pasado no hallasteis dentro de él al amor que buscabas, el amor no existía. Tampoco penséis que, porque la dicha sin fin no parece habitar en ella, no habite en vosotros. Ahora habéis despertado al amor. Ya no sois lo que un día fuisteis. Yo hice de vosotros algo nuevo. No necesitáis seguir lamentándoos por un pasado que no está aquí ni volverá a hacer acto de presencia si no lo deseáis.

El tiempo en que eras gobernado por las fuerzas del cuerpo quedó atrás. Ahora eres tú el que señorea todo lo que forma parte de ti. Sabes que, si no gobiernas tú, entonces el cuerpo lo hará. Eso es lo que había ocurrido en el pasado. Pero ahora has reivindicado tu poder y tu gloria y el movimiento de tu espíritu ha dado vida a una nueva creación en ti. Un nuevo ser. Una nueva realidad, fundamentada en el amor.

Nada puede atacar lo que eres en verdad. Nada puede herir lo que eres por disposición divina. Nada puede contaminar tu santidad. Tu inocencia ha quedado tan resguardada de todo lo que le es ajeno que nunca jamás pudo ni podrá ser mancillada. Eres la virgen, el santo, el redentor y el redimido. Eres la dulzura del amor. No necesitas que otros te lo digan. Lo sabes. No es necesario demostrárselo a nadie. Simplemente lo sabes y descansas en ese saber sagrado todos los días de tu vida.

3
La paz ha llegado

Un mensaje de Jesús, identificándose a sí mismo como “el Cristo viviente que vive en ti”

I. Mi amor te pertenece

¡Hijo del viento! ¡Hermano del fuego del amor! ¡Qué dicha es tener certeza! ¡Qué alegría es vivir en la verdad!

Ahora el firmamento de tu mente santa está despejado y tú descansas en la eterna paz del Cristo que eres. La paz ha llegado. Finalmente ha llegado.

¡Oh, alegría eterna, júbilo sin igual, gozo de las almas redimidas! Qué dulces son los panoramas del mundo cuando se los mira a través de los ojos del amor. Qué hermosura es cada cosa contemplada cuando es vista con el espíritu y envuelta en el abrazo del amor.

¡Oh, santo Dios, Padre eterno! Qué grandes son tus obras. Todo lo haces bien. Has regalado al hombre la gracia de la divinidad. Has hecho que pueda retornar al amor sin perjuicio de su libertad. Tú, que eres paciente como ninguno y amoroso como no hay otro igual, acepta esta oración que brota de nuestros corazones unidos en espíritu y verdad. Corazones en los que residen todos los que anhelan la paz de todo corazón.

¡Oh, santos desconocidos para el mundo, pero conocidos desde toda la eternidad por mí y por mi padre que está en el cielo! Tenéis muchos motivos para celebrar. Despertad a la alegría de Dios. Vivid conscientemente cada día de vuestras vidas en la dicha del cielo que sois. Cada brizna de viento, cada copo de nieve y cada mirada inocente os hablará de mí. Soy el amor incansable.

¡Humanidad amada!

Hace ya más de dos mil años que te llamo. Antes de eso te he llamado por medio de los profetas. Desde que el tiempo comenzó a rodar como una rueda que al estar suelta de su motor va girando como loca hasta dejar de andar, te he buscado por todos los rincones del mundo. Me he convertido en anhelo de amor para que no te olvides de mí. Me hice presente en la belleza de las aves del cielo y los lirios del campo. He suspirado por ti en cada instante de tu vida.

He llorado cuando me dabas vuelta tu rostro y he reído contigo cuando clavábamos juntos los ojos en el cielo, sumergidos en un éxtasis de contemplación, dentro del abrazo de mi sagrado corazón. Te he levantado cuando estabas caída, acunado cuando tu fe desfallecía y tus fuerzas se debilitaban. He blandido la vela de la luz de mi amor cada vez que te sentías abatida, y la confusión se apoderaba de ti. Te he amado. Te he instruido. Te he creado. Te estoy amando, te estoy instruyendo, te estoy creando; por siempre en mi amor.

Soy tu amadísimo Jesús de Nazareth, el hijo de María dulce. Soy aquel que muchos dicen conocer pero me desconocen porque hacen de mí un ídolo de bronce, creyendo que soy diferente a lo que ellos son en espíritu y verdad.

Soy aquel que, como tú, fue creado como hombre para darle un rostro al amor y al habérselo dado me hice desde siempre uno con Dios. Soy el primero entre todos los hombres y mujeres del mundo, el primogénito de Dios y tu hermano mayor. Soy quien te ha enviado a mis ángeles desde el cielo en incontables oportunidades para que te regalen el recto discernimiento y no caigas en el precipicio de las alucinaciones del mundo.

Soy quien te inspira la palabra justa. Soy quien te ha enviado a todos los que te han amado, ellos lo han hecho en mi nombre. Soy aquello por lo que el alma suspira y gime de amor santo. Soy la morada de la luz. En mí, tu ser canta de alegría y tu corazón baila la danza del amor hermoso. En mi ser, tu mente se regocija en la verdad y toda creación alaba a Dios, su fuente y creador.

¡Oh, luz del firmamento! ¡Una nueva vida ha llegado! La paz ha venido. Escucha como se anuncia su llegada con un himno celestial, preludio de un amor que no cesará jamás. Lo cantan los ángeles de Dios. Ya ha llegado. La soberana del cielo está aquí. Vive rodeada de serafines y luces divinas, cuya belleza agradan a los espíritus que viven en la armonía de la santidad.

¡Oh, soberana eterna, paz bendita, reina de todo lo creado, fuente del amor mismo! Has llegado al alma que aquí está, frente a estas palabras, que son expresión perfecta de la sabiduría del amor.

Alma enamorada. Juntos hemos caminado por los caminos del mundo. Ahora caminaremos por los caminos del cielo. A ti y a todos los que reciben mi voz, expresada de esta forma os digo: pasen benditos de mi padre, entren a gozar de las delicias de la paz de Dios que juntos hemos alcanzado. Ya nada ni nadie te quitará lo que es tuyo por derecho de nacimiento, porque has alcanzado la verdad. A ti te digo que mi amor te pertenece.

II. La soberana del ser

La paz ha llegado, el amor ha vencido. El corazón ha alcanzado lo que anhelaba. Ya no hay nada que buscar. Ahora comenzamos a expresar más vivamente aquello que siempre fuimos, aunque no siempre lo supimos reconocer. Aprender a hacer esto es imposible, porque está más allá de todo aprendizaje. Pero eso no debe ser motivo de preocupación, puesto que no es necesario aprenderlo. Fuiste creado con la capacidad de expresar lo que la paz de Dios es en toda su gloria y belleza.

La tregua ha terminado. La paz no solamente se ha firmado, sino que ahora es la única realidad de tu vida. Tú, que escuchas mi voz y la sigues, has de saber que ya vives en la paz, que el milagro de la resurrección se ha realizado en ti. Recuerda que eres el realizado. Puedes comenzar conmigo ahora a gozar de lo que eres. A disfrutar del banquete de la vida. ¡Hay tanto por qué alegrarnos! ¡Hay tanta alegría para compartir!

¡Oh, expresión del amor! Qué bello es tu semblante. Qué dulce es tu voz. Qué suave tu andar. Qué agraciada tu mirada. Qué sabias tus palabras. Qué resplandeciente es tu luz. Qué linda es tu cintura en la que se ciñe el cinturón de la pureza. Cuán inocentes son tus colores y benditas todas tus formas. Cuán santos tus pensamientos. Cuán bello tu sentir.

Amado de mis entrañas. Has conquistado tu cielo abandonándote en mí. Has entrado a la morada santa, en la que reside tu verdadera mente, unida a tu corazón. Eres santo. Eres la expresión viva de Dios en la tierra y en cielo.

Ha llegado el tiempo en que hagas de la verdad acerca de ti la única verdad que te interese. Créeme cuando te digo que lo que eres hará grandes maravillas en ti y en todo el mundo. En efecto, ya las está haciendo. Pero, por sobre todo, recuerda que las obras del espíritu son para el cielo y no para lo pasajero, aunque se extiendan hacia ello.

Es en el cielo donde reside tu ser, porque el cielo eres tú. Por lo tanto, todo lo que hacemos cuando recordamos la verdad acerca de lo que eres, es recordar donde mora la dulzura, donde vive la ternura. Es decir, donde habitas tú.

Ahora que la paz ha llegado y vives en la verdad, puedes observar los panoramas de la tierra desde el cielo de tu mente santa y responder desde la belleza y serenidad de tu corazón, hasta que llegue el día en que ya no serás visto en un cuerpo, aunque serás recordado por los siglos de los siglos por aquellos que han elegido solo el amor.

Ahora puedes mirar todo tomando distancia de las cosas y permaneciendo sumergido en el feliz recuerdo de que ya has hallado lo que por tanto tiempo has buscado con ahínco. ¿Acaso no es a mí a quien tu corazón buscaba?

Amado mío. Juntos hemos vivido por toda la eternidad, abrazados en la unidad de la verdad. Allí donde existió la vida, en cualquiera de sus formas, allí siempre estuvimos tú y yo. Y así seguirá siendo por toda la eternidad. Somos la extensión de la santidad. Somos la unidad del ser. Somos luz creadora de luz.

Lo que aquí se te está diciendo, desde los abismos de corazón, es que han comenzado nuevos tiempos para ti y para la humanidad. Han comenzado los tiempos de la paz de Cristo en ti. Esta paz no es como la del mundo, procede del cielo y se te ha dado. Ya no hay necesidad de temer a la guerra porque en ti solo existe la verdad.

Fue tu propósito de hallarte a ti mismo lo que hizo que lo lograras. Eres poderoso. Tanto que has arrebatado el cielo para la tierra. Has dado por iniciada una nueva era en la consciencia de la humanidad. Una era signada por la relación directa con Dios. La era de los Cristos vivientes de Dios en la tierra. Una era en la que la humanidad accede a un mayor conocimiento del amor de Dios. La era de la verdad.

En la relación que tienes conmigo reside todo significado verdadero. Esto se debe a que toda relación expresa algo. Si la relación es con la verdad, expresará lo que es verdadero, si es con la ilusión manifestará lo ilusorio. Y dado que es en la verdad donde reside todo significado, ya que es la fuente del significado misma, entonces para poder vivir de tal manera que tenga sentido la vida, es decir, que tengas la certeza de cuál es tu función en la creación, has de vivir tu relación con el amor de modo consciente.

Un aspecto central de la vida nueva que vives desde ahora, en la que la paz y solo la paz es tu realidad, es entender que cada cual tiene un camino que recorrer y que es perfecto tal como es, según los designios de cada alma con su creador. No importa si para ti esos caminos que otros recorren tienen sentido o no, si parecen ser de mucho sufrimiento o de ninguno, si parecen valioso o miserables. Nada de eso debe importarte ya. Debes dejar a un lado todo lo que no sea Cristo. Esto no es un abandonar a tu hermano, es abandonarte al amor.

Los que viven abandonados a la verdad, es decir, en la paz de Dios, no están pensando en cómo cambiar la vida de los demás, ni la suya. Tampoco se preocupan por hacer que los que están cerca de él caminen por una determinada senda. Saben que cada alma ha decretado fuera del tiempo, en unión con la voluntad del Padre, transitar un modo particular de vida humana y lo hace. Reconocen que cada alma le pertenece a su creador. No pretenden entrar allí donde nadie ni nada puede ingresar, pues es un espacio inviolable que solo está reservado para el alma y Dios.

La paz y la verdad son una. Esto se debe a que fuera de la verdad no puede existir certeza de ningún tipo. Por eso es que, cuando creas un ámbito donde la verdad es puesta en el lugar central, puedes ser confiable. Esto es algo que experimentas incluso en los diferentes ambientes del mundo. No puedes confiar en la mentira porque en ella nada se sabe con certeza. De ahí el miedo que antes te suscitaba. Ahora que sabes que la mentira puede ser desenmascarada, incluso en el instante en que pretende hacer acto de presencia, no tienes por qué sentirte inseguro de nada.

Los que han encontrado la verdad, y eso te incluye a ti, saben que con ella pueden vivir serenos como si se tratara de quien va caminando por el bosque con una vela encendida en su mano, y con ella ilumina el camino para ver bien donde pisar. A esa luz, que no es otra cosa que la luz de Cristo, es decir, la luz de la sabiduría que ha sido restaurada en tu mente santa, solo necesitas dirigirla hacia cualquier cosa que quieras ver con claridad y verás que las apariencias se hacen a un lado. Verás que aquello que pretendían ocultar te será revelado dulcemente. Ya no necesitan vociferar, ni dar lecciones de nada, aunque si se las piden las darán, en razón de la dulzura de sus corazones y la generosidad que han cultivado en sus almas. Si el amor se los pide, actuarán como padres pacientes que, si tienen que seguir repitiendo lecciones para uno de sus hijos porque necesita más tiempo para aprender y soltar el apego al aprendizaje, lo harán por amor y con amor. Ellos viven serenos porque la soberana de su cielo, que es la paz de Cristo, es quien ahora reina para siempre en sus corazones, purificados por el óleo del amor del Padre.

III. La paz es ahora

Recuerda que hemos dicho que te encuentras a la entrada del nuevo camino que muy pronto comenzarás a recorrer conscientemente: el camino de ser. Un camino que solo puedes recorrerlo tras haber finalizado la vía del corazón, la de la transformación y la del conocimiento. Este camino, que es el destino al que los otros caminos llevan, es el único camino eterno porque, ser el que eres en verdad es para lo que fuiste creado.

Un aspecto esencial de este nuevo camino, en cuya entrada te encuentras ahora, es el de la no anticipación. Vivir el presente en el amor es la manera de vivir de Dios. Eso se debe a que él no se confunde pensando que hay algo hacia adelante y lo llama futuro, cuando en realidad solo existe en la imaginación. Tampoco piensa en el pasado porque sabe que eso no es pensar. Recuerda que el amor no piensa en absoluto, simplemente es el que es, ahora y siempre. Lo mismo debe ocurrir contigo desde ahora en adelante.

Una vez más te digo por amor: si el pasado te pesa, no pienses en él. Del futuro me ocupo yo. Tú vive en el presente de mi amor. Esta es la clave para vivir en paz. O, dicho de otro modo, para vivir de tal manera que el amor que eres se exprese aquí, ahora y siempre y puedas ser feliz.

Existe una sola fuente de felicidad y esa es el que seas tal como Dios te creó para ser. En otras palabras, que vivas en la verdad de lo que eres. De tal manera que, si vives en el presente que el amor es, vivirás sin preocupaciones y desarticularás para siempre el insana compulsión de la mente de anticiparse a las cosas y acontecimientos.

El pensamiento especulativo es insano como lo es todo lo que procede del ego. En un intento de la mente pensante de controlar las cosas, esta creyó que si se anticipaba iba a poder cambiar lo que es y lo que será. Eso se debe a que esa parte de la mente, que no es real, no sabe nada de crear. El futuro es algo que creamos juntos. De hecho, es algo que estamos creando ahora. A cada instante vas creando tus mañanas. O el instante siguiente. Dicho llanamente, a cada instante creas tiempo o dejas de crearlo. Creas ilusión o dejas de crearla.

El patrón de pensamiento de anticipación es la fuente de fabricación del tiempo psicológico desde la cual el ego se nutría para existir. Es la razón por la cual se produce el dolor en las mentes asediadas, las que, por ende, no pueden reposar en la serenidad del ahora. Esa asedia espiritual, que es la compulsión de fabricar tiempo por medio de centrar la mente en pensamientos del pasado o del futuro, es algo así como un demonio que asfixia al alma, hasta que le dices que se marche definitivamente y que no vuelva nunca más.

Recordar el pasado no es el tipo de recuerdo que le interesa a quienes recorrerán el camino de ser. A ellos solo les interesa recordar a Dios, es decir, el amor que es en verdad. ¿Por qué solo quieren recordar lo que son a la luz de la verdad? Porque saben que esa es la voluntad de su Padre y creador. Ellos viven de la relación con su fuente, hacen del vínculo sagrado con Dios la razón de su vida y el único objeto al que va dirigido su mente y corazón.

Anticiparse es propio de los temerosos, por eso hemos dicho que la ansiedad, la cual es fruto de la asedia espiritual, no es otra cosa que miedo y procede de los caprichos del ego. Tal como ya hemos dicho varias veces, el ego no está aquí. La paz ha llegado. Pero ahora tenemos que aprender a vivir en paz.

Se te ha dicho que no se puede enseñar lo que es la paz de Dios porque es enseñar al amor y eso está más allá de todo aprendizaje posible. Sin embargo, sí que se puede aprender a reconocer, valorar y abrazar las condiciones para la paz. De esas condiciones es de lo que estamos hablando.

Vivir el presente sumergido en el amor del Cristo viviente que vive en ti es una condición para vivir en el amor y, por ende, en paz. Tal como lo es la condición de respirar para conservar la vida. Esta verdad, no es algo que deba alterarte ni preocuparte, pero sí es algo a lo que debes estar alerta.

Lo que estoy diciéndote es que, si descubres que tu mente se ha perdido en divagaciones del pasado o especulaciones acerca del futuro, busques lo antes posible un lugar lo más tranquilo que puedas y te sientes si puedes, si no, permanece de pie o en la posición en que estés. Respira profunda, pausada y conscientemente, centrando tu atención en la respiración, y di para tus adentros:

“Amor mío, esencia de mi ser. Una parte de la mente se ha perdido, reunámosla en ti. Que todo regrese a la paz del cielo. Que todo sea abrazado por la verdad. Que todo retorne al amor. Amén”.

Una vez que hayas observado serenamente a esa parte de la mente, que se entremezcló una vez más en el recuerdo de la vieja locura con la que un día jugó y se lastimó, y la hayas hecho retornar al amor, verás como la paz que eres envuelve todo y no queda ni rastro del ayer.

Todo pasado es del ayer porque para el que vive en la verdad, no existe diferencias entre si el pasado ocurrió hace un segundo, un siglo o un milenio. Todo pasado es simplemente eso, pasado. Lo mismo ocurre con el futuro, no importa si lo que la mente hace es centrar sus pensamientos en lo que comerá mañana o con qué vestirá el cuerpo al despertar o si va a ir a cielo cuando el cuerpo muera en un lejano tiempo por venir.

Todo esto ya lo sabes bien, pero lo repetimos aquí a las puertas del camino nuevo porque no queremos correr riesgos de ninguna especie. La prudencia no es amiga de los arriesgados sino de los que viven en la verdad. De tal manera que vivir en el presente es la base para que puedas recorrer el camino eterno de la relación con Dios.

La relación es ahora, tal como lo es la paz del cielo, la vida y tu ser. En ningún otro tiempo puedes estar en paz salvo en el instante presente. En ningún otro tiempo puedes ser consciente de algo, y eso incluye a la relación, salvo en el ahora sin tiempo. Por lo tanto, cada vez que te desconectas del presente, te desconectas de tu consciencia crística. El amor, y con ello la paz de Dios, no puede vivir en el futuro, ni quedarse estancado en el pasado. El amor solo puede ser el que es ahora, porque es eterno presente. Alégrate de que así sea.

IV. Todo es perfecto como es

Permanecer anclado en el presente es esencial para los que caminan por la tierra como el Cristo de Dios. Esto se debe a que han comprendido que el ahora, si bien sigue siendo un espacio de tiempo, es tan semejante a la eternidad que ambas realidades se unen en un instante de amor y verdad. El instante presente es tal solo cuando es un ahora de puro amor. Y eso es posible en la medida en que se suelta el pasado, el futuro y todo juicio. El presente-amor es un tiempo en el que se permite que todo sea como es, con la certeza de que todo es perfecto así como es.

Para poder vivir anclado en el amor siempre presente es necesario haber aceptado que la vida de cada cual, tal y como es, es simplemente el perfecto camino que Dios preparó para cada uno de sus hijos y para la totalidad como expresión del pacto del alma con su supremo creador.

Cristo, la relación infinita de todas las realidades, sostiene dentro de sí la armonía universal. Esto quiere decir que las leyes del amor, que son las que sostienen la vida, son la base por la que funciona el universo. Y eso atañe a todo. No existe una parte de la creación que no esté unida al resto, de un modo u otro. Que no se vea esa relación no quiere decir que no exista. De hecho, puedes ver sus efectos.

La unión en la totalidad, o unión divina, y el presente son lo mismo en el plano de la verdad, porque la verdad es eterna y, por lo tanto, no está, ni sujeta, ni condicionada por el tiempo. Es por ello que la relación divina lo es todo. En efecto, la relación de Dios con todo lo creado y de ello con él, es la única relación real. Las demás relaciones que se entablan, ya sea la relación que existe entre los números de una ecuación matemática, o entre diferentes ideas en una teoría, o incluso entre el valor de relatividad que hay entre dos seres, o su relación con el tiempo, carecen de sentido cuando se las desconecta de la unión divina, porque carecen de unión en la totalidad.

Ciertamente todo está unido a todo por el amor. Aun así, la mente pensante puede creer, y a menudo lo ha hecho, que puede crear a su modo nuevas interrelaciones mentales entre las cosas, de una manera diferente a las que Dios ha establecido. Esto es lo que significó la separación: establecer un tipo de vínculo con la realidad que no tiene ningún fundamento en el amor perfecto. Para la mente pensante, ella es su propia realidad y con ello, ha buscado crear un mundo que por definición no puede unirse a nada, según ella lo concibe. Hizo eso para no perderse en la totalidad, pues creyó que ser lo mismo anulaba la posibilidad de ser diferente.

A la mente no le corresponde crear la realidad. La vida la ha creado Dios mismo y es eterna. De tal manera que cuando se habla de la separación, o pérdida del amor, en realidad de lo que se está hablando es de vivir guiado por un sistema de pensamiento, cuyo fundamento era el deseo de ser autónomo, en vez de aceptar amorosamente el hecho de que todos somos interdependientes, incluyéndolo al creador. ¿Acaso un creador puede ser tal sin una creación que él mismo haya creado?

No puede haber paz sin verdad. Por esta razón es que, una y otra vez cuando recordamos que la paz ha llegado, hablamos de la verdad. En tu mente, allí en lo alto de esa parte de tu alma que vive unida al amor de Dios, existe la verdadera razón de Cristo. Es allí donde mora la belleza de la razón, donde se encuentran todos los tesoros del reino, sin excepción. ¡Y son tantos! Todos ellos permanecen unidos como un hermoso ramillete de flores benditas. Amor, razón, verdad, paz, armonía, creación. Son todas perlas de inestimable valor, las cuales junto a otras incontables más, coexisten dentro de tu mente santa.

Vivir centrado en el corazón en el que la razón y el amor permanecen unidos es la manera de vivir de Cristo.

Lo que estamos diciendo acá es que los iluminados, que son aquellos que han alcanzado la paz de Cristo en este mundo, son los que, por experiencia propia (y estas pueden y suelen ser muy disímiles), han internalizado y hecho carne, el hecho de que hay un ser superior a todo lo que existe. Que ese ser superior gobierna la creación y es de puro amor desde donde todo surge eternamente, incluyéndolos a ellos mismos. Ellos saben que ese ser supremo de puro amor, al que unos llaman Dios, otros Abba, Alá, Al Baki, Sol, Yavhe, o de otras incontables maneras, es el mismo amor santo que envuelve toda existencia. Esta certeza, la cual procede de la sabiduría del corazón, es el fundamento de su paz.

Todo lo que existe debe tener una base sobre la que pueda existir. Así como un árbol no puede existir si no tiene su base en el suelo, o una casa no puede permanecer erguida sin cimientos, lo mismo ocurre con toda creación. Nada existe por sí mismo, salvo la fuente de la vida que Dios es.

El dulce reconocimiento de que tiene que existir un “algo” que le da existencia a todo, incluyéndote a ti, es la base para que puedas vivir siempre en el amor de Cristo. Este reconocimiento no solo es una verdad universal, es además la base sobre la que se edifica la paz, la alegría y la belleza, porque es la base de la vida.

Toda vida fue creada sobre el fundamento de la certeza perfecta. En otras palabras, la duda no forma parte de la realidad divina. ¿Verdad que esto tiene sentido? Sin embargo, y a pesar del hecho de que lo tenga, el punto significativo para ti es entender cuál es la certeza de la que estamos hablando.

La única certeza necesaria es la de reconocer, con amor y pura aceptación, el hecho de que nada ni nadie es autónomo, ni necesita serlo. En otras palabras, que la relación de todo con todo, dentro del amor de Dios, es la realidad de la vida. Esto es lo mismo que decir que la única certeza necesaria surge de reconocer que el amor es lo único real.

Aceptar la relación divina como la única realidad dentro de la cual todo existe, es la condición previa para la paz porque es la condición de la verdad. Quien vive recordando esta verdad todos los días de su vida, hasta que este recuerdo se hace parte de su modo de ser, es quien ha abandonado la soledad y la carencia para siempre. Si el amor infinito gobierna tu existencia, ¿qué espacio puede haber para el miedo? Recuerda que allí donde existe el amor no hay espacio para el temor. Esta remembranza es esencial para aquellos que encarnan a Cristo, es decir, al amor. Dicho llanamente, para ti que recibes estas palabras y muy pronto saldrás al mundo a ejercer tu ministerio santo.

El amor es el fundamento de la razón y esta es la morada de la verdad. Amor, razón y verdad son una unidad hermanada que habita en el corazón de tu alma, el centro de tu ser. Al amor no le interesa habitar en ningún otro lugar que no sea el templo sagrado donde habita la verdad porque una es la esencia de la otra. El amor no puede coexistir con la ilusión porque es pura realidad y lo que no es real jamás será aceptado por la razón como algo digno de ser venerado. Recuerda que la veneración es un sentir armónicamente encajado, en la relación de amor que fluye desde el creado hacia el creador, y de ninguna otra relación.

Con esta revelación, lo que queremos mostrarte como parte de los santos panoramas de la verdad divina es que el tiempo que la humanidad está viviendo ahora, este nuevo tiempo de la historia, estará signado por la unión de la razón y el amor. Una unión que no siempre se ha reconocido ni honrado. Una unión que es la base de la vida del alma y de la creación.

Retornar a la unidad, o permanecer en la relación divina, es permanecer en la unidad que la razón y el amor son. En ella reside el estado de unión desde donde actúas como el Cristo que eres, desde donde sientes lo que el sagrado corazón siente y desde donde piensas lo que la mente divina piensa. Una vez que reconoces la unión sagrada que existe entre amor y razón, comienzas a permitir que la verdad te sea revelada. Ningún esfuerzo es necesario. Ningún juicio tampoco. En otras palabras, comienzas a permitir que el Cristo que eres en verdad se manifieste por sí mismo en razón del amor que es. De esa manera reconoces que todo es perfecto tal como es, no según los viejos patrones de pensamiento del ego sino según la verdad que procede del amor y la razón. Así es como reconoces jubilosamente que la paz ha llegado. El sol ha vuelto a brillar. El cielo está despejado. Cristo ha llegado.

4
El retorno al Padre

Un mensaje de la voz de Cristo a través de un coro de ángeles, en presencia del arcángel Rafael y el arcángel Gabriel

I. Hijas de la luz

¡Amado del cielo! ¡Espejo donde la santidad se refleja! Hemos venido nuevamente ante ti, envueltos en la luz del cordero. Traemos en nuestras manos el libro de la vida, como regalo bendito de aquel que no tiene nombre. Del que creó todas las cosas. Del que tiene blandido el brazo de la justicia y el amor. Aquel que hace que la luz brille y el viento se mueva.

Venimos llenos de júbilo y de paz. Refulgimos en los colores del cielo que dan regocijo a los ojos de tu alma. Somos los ángeles de Dios que venimos a morar con los hombres por medio tuyo. Somos hermanas, hermanos, amigos y también co-creadores contigo. Somos los mensajeros del amor. O, mejor dicho, somos el amor expresándose ante ti de un modo particular, tal como tú lo haces a tu modo también.

Vienen cantando los coros del cielo. Llegan las almas redimidas del cordero. Van arribando ante esta tierra bendita, llena de cielo y de amor, los incontables que han hecho la opción por el amor.

Hosanna en lo alto y alegría en la tierra, porque un nuevo día comienza. El día en que el amor refulge como nunca antes lo había hecho en vuestras almas. ¡Oh, perpetua novedad del amor! ¡Eterna creación de vida sin fin!

¡Alma bien amada de Dios, dulzura de Cristo, alegría de la Madre de los vivientes! Has de recordar que ya estás en el cielo. Que por decisión de puro amor, en el ejercicio de tu libre albedrío, has decidido, en unión con la voluntad del Padre, extender luz divina en el mundo hasta que llegue el tiempo en que sigas haciéndolo sin estar en la presencia del cuerpo físico, tal como ahora lo estás. A partir de ese instante, seguirás conservando tu cuerpo en toda su hermosura. Será un cuerpo espiritual, glorificado y lleno de belleza, salud y eternidad. Será el reflejo perfecto de la luz de tu gloria. Será hermoseado por las aguas de la vida eterna.

Alma purísima, enamorada de Cristo. Hija de la luz. Comienza a llamar a nuestras hermanas y hermanos, para que salgan a la luz. El esposo viene llegando y ya está aquí. Cristo revive en cada una de vosotras, almas santas que recibís estas palabras milagrosas. Os regalamos vida en esta obra. Os regalamos el cielo, por medio de la sanación de la memoria.

¡Oh, santas y santos de Dios, que habéis recordado al amor de los amores! No os arrepentiréis por haber entregado vuestro tiempo y vuestras vidas a la verdad. Os aseguramos que recibiréis ciento por uno. Recibiréis a cambio la vida eterna. Vosotros que habéis elegido solo el amor, viviréis por siempre en su presencia en razón de vuestra elección.

Cristo viviente. Has de recordar que toda expresión de amor es necesaria y sagrada. Todo lo que haces en tu trabajo para Dios es bendecido por el cielo y da frutos abundantes. No existe nada que pueda ser superfluo en tu expresión de la relación que tienes con la fuente de tu ser. Entre los que han elegido solo el amor algunos cantan, otros escriben, otros oran, otros trabajan, otros bailan. Ellos todos aman a la manera de Cristo. Han tomado la decisión de ponerse en movimiento con ese amor que sienten por su creador. Es tanta la fuerza de su anhelo de hacer algo por su divino amado, que han estallado en una explosión de expresión. Cada vez, en la tierra se verá más y más la manifestación que harán a la fuente del amor hermoso. Alégrate en este mensaje: ha comenzado una nueva explosión del amor.

II. Regresar al amor

Hija del amor. Has de saber que reconocer algo con la mente pensante y aceptarlo como una verdad que es parte de tu ser son dos cosas diferentes. Por eso es que hemos recorrido un camino que toca tu corazón y tu mente. Nosotros, los ángeles de Dios, aquellos que por designio del Padre traemos ante ti la voz del Cristo viviente, sabemos que no existe tal cosa como un corazón y una mente, sino que ambas son una única realidad espiritual que reside dentro de lo que se ha dado a llamar el alma humana. Usamos la distinción de palabras mente y corazón porque integramos el lenguaje de la separación, que es el que surge de la torre de Babel, y lo transformamos en un nuevo lenguaje, el lenguaje de la unidad.

Estás en perfectas condiciones de no perderte en los símbolos. Es decir, en poder reunir aquello que la separación pretendió separar y llevarlo al centro del universo, que es el corazón de Dios, o centro de la unidad universal. Ese centro, o “lugar”, existe.

Cuando hablamos de tu realidad divina, es decir, de la verdad que eres, estamos hablando de algo que el lenguaje humano no puede describir pero que sin embargo sí que puede ponerle palabras. Esas palabras que hemos utilizado a lo largo de la historia para describir lo indescriptible sirven al propósito de la verdad. No hay necesidad de obliterar el lenguaje humano para dirigir la mente y el corazón hacia el cielo. Pronuncia la palabra amor, con toda tu alma, toda tu mente y corazón, luego quédate en silencio y experimentarás el misterio de la vida. Pronuncia la palabra Dios. Quédate en silencio y verás lo que ocurre en tu corazón.

La palabra humana, tal como ya se ha dicho, tiene significado porque está cargada de sentimientos, emociones y creencias. Y todo eso hace que sea una energía que provoca algún efecto en ti. Al provocarlo en ti, afecta a toda la creación. Por eso es que Jesús te ha dicho que toda palabra será pesada. Esto no debe ser motivo de preocupación ni mucho menos, sino de reconocimiento del poder del hijo de Dios. Cuando decimos que la palabra afecta de un modo u otro a la creación, estamos refiriéndonos al pensamiento que la antecede y su correlativo sentimiento. Es la unión de pensamiento y sentimiento lo que tiene poder. No la palabra en sí.

Dado que ya hemos reconocido el poder de la mente y también el poder de los sentimientos, y sabes que en ambos reside una energía que crea tu experiencia consciente y, por ende, lo que concibes como tu vida, entonces el honrar tus sentimientos y pensamientos, así como el de tus hermanas y hermanos, pasa a ser una base fundamental para vivir como el Cristo en la tierra.

El amor es inclusivo, integra dentro de si todo, y lo transforma en amor. Esto es lo mismo que decir que, al abrazarlo todo dentro del amor, se transmuta provocando como efecto, un mayor grado de consciencia amorosa. Menospreciar los sentimientos de tus semejantes bajo el supuesto de que existen sentimiento buenos o malos, o pensamientos pecaminosos o santos, es dedicarse a una actividad tan ajena a la creación que te desconecta del coro creativo de los hijos de Dios.

Durante el tiempo en que regías tu vida por el sistema de pensamiento de la separación, utilizabas la exclusión como medio de protección. Creías que separando eras más, más diferente. Al diferenciarte cada vez más por medio de la separación, creando el individuo único que querías ser, considerabas que tu identidad estaba a salvo. Ahora sabes que eso no es verdad, y que en efecto lo opuesto lo es. Este reconocimiento te vuelve a unir a la verdad de lo que eres. Es decir, te regresa a la casa del Padre.

Regresar a la casa del Padre es una expresión que se ha utilizado para referirnos al retorno al amor divino que tu ser es. Es decir, a tu verdadera identidad como hijo bien amado de Dios. Es en ella donde aprendes quién eres, o mejor dicho donde se te da una identidad. Allí es donde se te da un nombre, quizá hasta un apellido para poder identificarte mejor, y también donde absorbes los pensamientos, creencias y valores que conforman tu visión de la vida. Si esto es así en la casa paterna de la tierra, es porque existe una remembranza de la verdad celestial. La casa del Padre es una expresión que busca simbolizar el origen de la vida y, por ende, de tu ser.

Dado que aquello que te dio la vida es lo que define lo que eres, y no puede hacerlo de ninguna otra manera que extendiendo su naturaleza hacia ti, entonces lo que eres está relacionado a su fuente. Esa relación del ser con la fuente que le da existencia es la relación divina. Existe y es lo que eres.

No solo eres uno con tu fuente sino con la relación que existe entre ella y lo que eres. Reconocer esto es lo que te libera del miedo a la pérdida, a la soledad y al abandono. Es lo que te permite retornar al amor y permanecer en él.

Fueron muchos los que se centraron en la casa y no en el Padre en sí, dentro del relato de la parábola. Ahora que has recorrido el camino del corazón, el de la transformación y el del conocimiento, puedes centrar tu mirada en lo esencial y retirarla de lo que no lo es. Hacer eso es literalmente recuperar la visión espiritual.

Observa cómo vamos corriéndonos cada vez más desde la forma hacia el contenido. Desde lo ajeno hacia lo nuestro. Desde la superficie hacia las profundidades de la verdad.

La casa no es lo importante, en el sentido en que la casa puede ser cualquier de cualquier tipo y, sin embargo, eso no afectará lo que eres. Lo que te dio tu identidad terrena, independientemente de si era egocéntrica o no, ha sido la relación que has tenido con aquellos que hayan actuado de un modo u otro como “tus padres”. Evidentemente esto no tiene nada que ver con el hecho de que ellos fueran realmente tus progenitores o no, y mucho menos con el hecho de que sean dos, uno o incluso una institución.

La palabra “padre”, en este contexto, se refiere a aquel desde donde te nutres para obtener una identidad, un modo de ser. Ahora bien, observemos que en “la familia humana”, sea que adopte la forma de una unidad de dos padres con sus hijos, o cualquier otra forma, pueden existir muchos hijos, y que cada cual tendrá un rasgo de personalidad único, a pesar del hecho de tener todos los mismos padres o educadores. Esta observación tiene algo que decirnos acerca de lo que estamos hablando.

Lo que te ha dado tu personalidad o, mejor dicho, tu identidad aquí y ahora, independientemente de si es real o ilusoria, es la relación que has tenido con la vida. Es decir que no es la vida, ni los padres, ni la cultura, ni la educación, ni el mundo, lo que define lo que eres y por lo tanto tus respuestas. Si bien eres tú el que responde como responde, porque eres el que eres, esa respuesta no cambia tu ser, más bien es lo que hace que este se exprese. Esto demuestra que la relación que tienes con todo es lo que define tu respuesta, no al revés.

III. Tu relación con la vida

La relación es la causa de tu experiencia y no a la inversa. Esto quiere decir que cuando experimentas algo, primero tienes que haber establecido una relación en tu mente, la cual define un significado, y sobre la base de ese propósito asignado, crea un efecto en tu corazón. El efecto es el buscado, por ello se le asignó un propósito a la relación.

Asignarle a la relación un significado, conforme a lo que la mente determina como valioso para ella, es dejar a la relación sin propósito alguno. Todo aislamiento procede de una creencia en que la relación es algo sin valor propio. De esta creencia ha surgido la idea de la separación de Dios. Creer que la relación con aquello que te dio la vida no tiene importancia alguna, o si la tiene es muy escasa, es cortar todo vínculo con la vida. Esto se debe a que la fuente de tu vida no solo te creó, sino que te sostiene en la vida y te crea eternamente. Es decir que no eres el creado, sino creación. Esta distinción es de suma importancia para ti, que comenzarás a ir por el mundo de un modo cada vez más visible y elocuente como el Cristo encarnado.

No eres el creado. Eres creación. Céntrate en esta afirmación. Quédate en ella en el silencio de la paz que no tiene contrario. Sumérgete en los abismos profundos que esta verdad encierra. Si se la entiende bien, en ella reside toda verdad. De ella emana la humildad. Cuando aceptas que eres creación, reconoces que el modo de Dios es crear constantemente tu ser. No existes en ningún otro instante que en el presente de Dios, porque no existe nada más.

El amor es eterno presente, tú también. Precisamente porque eres amor. De tal manera que el hombre, la mujer, el niño o la niña que un día fuiste, incluso aquello que fuiste hace unos minutos cuando comenzaste a leer esta sesión, dejó literalmente de existir. Eres un nuevo ser a cada instante de tu existencia. Dios es eterna creación, siempre creadora y creativa. La vida no envejece. La vida es eternamente naciente. En cierta medida podemos decir que mueres a cada instante y renaces a cada instante, en una muerte que no es muerte sino vida eterna, y en un renacer que es puro gozo infinito.

Si la relación lo es todo y no existe ninguna fuera de la relación con el amor, dado que el amor lo es todo, entonces podemos decir que esta obra te lleva a la única verdad a la que necesitas regresar. A la verdad de la relación directa con el amor. Esto te permite comprender cuán sagrado es el tiempo que vive la nueva humanidad, de la cual eres parte. Una humanidad cuya consciencia de la relación directa con Dios es su fundamento.

Ciertamente los espíritus se están abriendo hacia la relación directa con el amor que su creador es, de un modo que jamás antes lo han hecho, salvo en el origen del tiempo. Este abrirse al amor que reside en cada corazón, por el solo hecho de existir, es el retorno a la casa del Padre. Podemos decir a ciencia cierta que la casa es el corazón que Dios te dio, el padre es el amor que Dios te dio y el hijo es el ser que Dios te dio. ¿Puedes ver cuánto te ha dado tu Padre que te ama tanto? ¿Puedes comenzar a crecer más y más en el amor hacia lo que eres?

Espero de todo corazón que a estas alturas te hayas percatado de que la voz que te habla en estas palabras es tu propia voz divina. Es la voz de tu consciencia verdadera. Es tu ser hablándote a ti y a todo el mundo. Es la voz de que se te ha dado como extensión de la palabra viva para que el mundo escuche una manera diferente del mismísimo amor.

En última instancia ese es el propósito de tu vida: expresar la relación con Dios a tu modo. Es decir, sobre la base de tu modo único e irrepetible de ser. Si no haces eso, no te expresas en verdad. Lo que quiero decirte con esto es que, si lo que expresas es lo que “otros” creen que es la verdad, o lo que “otros” han experimentado, tal como si esa fuera la única forma de expresión, y de un modo u otro piensas que tú no puedes tener tu propia experiencia de Dios, entonces estás de alguna manera negando la relación con Dios y con ello, negando tu ser.

La negación del ser en realidad es la negación de la relación directa con su fuente. Un ser sin causa es, o bien Dios, o nada. Esas son las opciones en que te deja el sistema de pensamiento de la separación o autonomía. Sabes que solo Dios es la causa primigenia de todo y que, si tú no tienes una causa, entonces te asemejarías a Dios. ¿No te resulta un poco familiar esto que estamos diciendo? En esto consistió el diálogo con la serpiente. Esta fue la verdad que se quiso ocultar al decir “seréis como Dioses”.

Los que buscan ser como Dios se quedan sin causa y, por ende, sin fuente de vida, porque para poder ser como algo debes ser un imitador y no un ser auténtico. Ser como alguien es imitarlo, ya que es vivir de una comparación. Si imitas a cualquiera, no tienes una causa, porque la imitación no tiene raíces intrínsecas, lo que tiene es simplemente una fuente externa a sí mismo, la cual utiliza para copiar.

Podemos decir que la imitación es algo así como una identidad a la deriva. En rigor, no es una identidad, es simplemente una copia de algo. Imitar a Dios ha sido el jueguito del ego. Ser auténticamente tal como fuiste creado para ser, es el regalo del amor.

Creer que no puedes tener una relación sensible con Dios, los ángeles y lo que está más allá del cuerpo y la mente pensante, es negar la relación directa. Hacer eso ha sido parte del pasado. Ahora no es necesario seguir por esa senda. De hecho, ya no lo crees con tanta firmeza. No existe tal cosa como algunos con mayor acceso a la divinidad que otros. Esta idea no tiene sentido alguno. Lo que existe es que algunos expresan la relación de un modo y otros de otra manera. Si se la entiende bien, la vida es una expresión de la relación con el creador.

La pregunta entonces es, ¿cómo está siendo ahora tu relación con el amor? ¿Es una relación distante? ¿Es una relación de miedo? ¿Es una relación que abarca toda tu realidad? ¿Recurres a ella constantemente, para nutrirte del néctar divino que da vida a tu alma? ¿Sientes al amor que vive en ti? ¿Te sientes en paz contigo mismo? ¿Recurres a la paz que no tiene contrario como amiga inseparable con la que compartes tus sueños, tus anhelos, tus deseos y tu vida? ¿Confías en el amor? Todas estas preguntas son una y lo mismo, y pueden resumirse simplemente diciendo: ¿qué significa el amor para ti?

No creas que no puedes conocer el significado del amor. Puedes porque Dios es amor y conocerlo a él es conocer también su propósito como ser creador de todo lo creado. Ciertamente esto no es algo que pueda hacer la mente pensante, dada la limitación de su modo de pensar. Pero tú no eres ni los pensamientos que piensas que piensas, ni los deseos que crees que deseas. Eres más que todo ello. No eres un cuerpo que lucha para sobrevivir, o pasarla lo mejor posible antes de tener que morir inexorablemente. Eres espíritu.

La lucha entre el cuerpo y el espíritu hace tiempo que ha finalizado para ti que recibes estas palabras, por eso es que ahora reina la paz en tu corazón y no dejará de reinar en él por los siglos de los siglos. Nada ni nadie puede arrebatártela. En realidad, nunca hubo nadie que tuviera el poder de hacerlo, ni siquiera tú mismo. Cuando te desconectabas de ella en realidad era por pura decisión tuya, pero eso no hacía que la soberana de tu alma dejara de habitar en tu corazón. No era de la paz, ni del amor, de lo que te separaste, era de tu ser. Y dado que en él residen los tesoros del reino, entonces al haberte desentendido de las “tonterías” de tu corazón, te desentendiste de todo lo que en él habita.

¿Cómo ibas a gozar de la paz de Cristo si le dabas la espalda a tu corazón?

Los asuntos del corazón son los asuntos de tu Padre que está en el cielo. Tal como hemos dicho en esta obra, esos son los asuntos de los que debes ocuparte. Ocuparte de tu corazón es la única responsabilidad que tienes, porque tu corazón es lo que eres. Por lo tanto, al ocuparte de él te ocupas de tu ser. Ocuparte de tu ser es amarte a ti mismo, puesto que nadie se ocupa de aquello que no le interesa y nadie está interesado en lo que no considera valioso. Por lo tanto, aquí puedes encontrar la vara de discernimiento que te mantendrá anclado a la verdad inmutable. ¿Cómo anda tu corazón? ¿Qué cosas están ocurriendo en él? ¿Cuánto le dedicas a conservar sano y salvo tu bendito corazón? ¿Quién habita en él, el miedo o el amor?

IV. La luz ha llegado

Conocer el significado del amor es perfectamente posible porque puedes conocer sus efectos. En otras palabras, reconocerás todo por sus frutos, tal como ya se ha explicado. La confusión que existe en relación a este asunto del conocimiento del significado del amor reside en el hecho de que muchos desean ponerlo en palabras o darle una forma particular cuando en realidad el significado en sí no puede limitarse a la forma. La forma es efecto, no causa. Si bien es cierto que causa y efecto son lo mismo, también es cierto que son diferentes. Ser lo mismo en el ser y diferente en la relación es la manera de identificación que Dios ha creado y, por lo tanto, la única manera posible de ser auténtico.

Centrarse en la forma en vez de en el contenido es la base del viejo sistema de pensamiento, el cual estaba fundamentado en el miedo. Ahora que vives en el amor, puedes evitar toda confusión. La forma, forma es. De manera tal que una vez que reconoces que en tu corazón habita el amor perfecto y permaneces unido a él, ocupándote de los asuntos del corazón, la forma en que ese amor se manifieste será de algún modo, irrelevante para ti. Lo expresarás, sin lugar a dudas porque tu sola presencia en el mundo será una extensión viva de tu ser. Sin embargo, no estarás centrado en ello. Estarás centrado en la unidad.

Lo que se quiere decir al decir que no te focalizarás en la forma sino en la unidad, es que descubrirás que tu única función es hacer que tu corazón permanezca dentro de la luz de tu consciencia. Ser plenamente consciente de cada latido de tu corazón es alcanzar la iluminación. Esto quiere decir que debes estar atento, es decir, observando sin juzgar, a cada pensamiento, sentimiento, emoción, impulso, deseo, reacción, respuesta, o cualquier cosa que surja en ti. Esta observación entrelaza tu ser con la consciencia de tu ser. Este enlace te reúne con Cristo y por ello con el amor, es decir, con la fuente de la vida.

Cada día que vayas avanzando por el nuevo camino que pronto comenzarás a caminar, te irás reuniendo con nuevas hermanas y hermanos. Son aquellos que fuera del tiempo han hecho un pacto contigo y con Dios para reunirse en el tiempo para reforzar la presencia de Cristo en la tierra. Observarás que tu vida comenzará a sentirse como si tú mismo salieras de un cascarón. Algo así como una explosión de vida que hace que la expresión comience a ser descubierta. Tantos años de instrucción, de preparación de moldear y hornear el pan y la levadura… Ahora comenzará a expandirse. Comienza el tiempo del descubrimiento. No del tuyo, sino de los demás en relación contigo. Esta obra será el puntal por medio del cual esto suceda.

La expresión de nuestra relación divina, la cual abarca mucho más que estas palabras y toda palabra que te haya sido dada para que se escriba o transmita, despertará interés en todo el mundo. Será como un punto de reunión en el que se reunirán todos los que, desde la eternidad, han sido creados como constelación santa de amor de Cristo para que iluminen la tierra y el cielo por siempre jamás. Quienes se reúnan en esta obra, y toda obra que brota de nuestra unión, se reúnen conmigo porque somos una sola mente, un solo corazón santo, un solo ser. Recuerda que estas palabras son dichas de corazón a corazón, de ser a ser. Surgen en el cielo de tu mente santa, dentro del cual viven todos los que han hecho la opción por el amor.

Si bien es cierto que no existe una sola mente, ni un solo corazón que no sea alcanzado por esta manifestación de vida eterna, algunas resonarán con un tipo de manifestación y otras con otras. Esto se debe a que el amor tiene infinitas formas de expresión. Sin embargo, todas ellas son necesarias. No hacen otra cosa que invitar a otros a amar, expresándose dentro de su autenticidad. Así las cosas, esta obra tocará los corazones que desde la eternidad han estado buscando un tipo de “energía” o “vibración” espiritual dada y que han venido al mundo para unirse a ella. Esa “fuerza” o “tipo de frecuencia de pensamiento” es la que estas palabras crean por sí mismas. Otras manifestaciones crearán otras frecuencias, todas emanadas de la fuente del amor hermoso, por lo tanto serán idénticas en su origen y diferentes en su expresión.

Cada vez que un corazón y una mente se unan a la frecuencia vibratoria que estas palabras crean, serán llevadas por las ondas que genera este movimiento de amor. Cada una de ellas será movida y por ello saldrán a la luz, a la superficie, para que sean vistas por los demás. Puedes imaginarte a esta obra como un llamado que resuena en todo el mundo por medio de una poderosa trompeta que los ángeles hacen sonar con una llamada a que los hijos de la luz salgan a la luz. Esta no es una metáfora. Esta es la verdad.

Tú, que has leído estas palabras desde el inicio de esta obra, sabes que lo que se dice es verdad. Sabes que ya no eres el mismo que fuiste al empezar este camino de luz. Has cambiado. Te ha transformado mi amor y te has dejado llevar por el viento de mi espíritu. Estas palabras han tocado tu corazón, te han traído el recuerdo de un amor que no tiene principio ni fin. Te han llenado el alma. Tu corazón ha cantado y bailado al compás de mi voz porque sabe quién es el que le está hablando.

Tú, que has elegido la mejor parte y no te será quitada, tú que has elegido solo el amor, has de saber que eres parte esencial de esta obra. Sin ti estas palabras no existirían, como tampoco existiría el cielo. Eres un receptor del cielo.

Recuerda que lo que Dios da lo da para que sea compartido. Por lo tanto, el compartir lo que has recibido por bondad del cielo por medio de esta expresión angélica es algo que también compartirás. Lo harás porque tu corazón cantará feliz cada vez que comparta con tus hermanas y hermanos la sabiduría del amor. Como alma pura que eres, unida al amor eterno, con quien Dios mismo ha hecho un pacto de amor por el cual te has unido a él en estas palabras de vida eterna, tienes el derecho a ser feliz. Para ello debes reivindicar tu derecho de nacimiento de vivir en la alegría de compartir. Compartir lo que aquí has descubierto será tu gozo por toda la eternidad.

Te aseguro que cuando te decidas a compartir lo que eres en relación a Dios dirás, tal como tu Madre divina un día dijo para ti, por puro amor: todas las generaciones me llamarán feliz, porque el todopoderoso ha hecho grandes maravillas en mí. De ti brotará una dicha que no has conocido antes en la tierra. Una paz largamente olvidada. Y un amor que parecía perdido, pero que ha sido hallado para siempre.

Si supieras con cuantas ansias la creación espera tu expresión particular del amor de Dios, te apresurarías a reconocer el milagro viviente que eres y la santidad que vive en ti. Los ángeles esperan expectantes, revolotean ya en el cielo y te rodean por todas partes batiendo sus alas de alegría, volando el majestuoso vuelo de la luz de Cristo. Vienen llegando de todas las dimensiones. Vienen reuniéndose en torno a ti. Vienen para ver la obra de Dios. Llegan de todos los universos angélicos para contemplar las maravillas del hijo de Dios. Vienen a alabar al creador por haberlos bendecido con la gracia de la expresión de tu ser.

¡Oh, hijos del cielo! ¡Creaciones santas! Si conocierais la belleza que sois, y cuánta alegría experimenta vuestra alma al compartirla, vivirías felices desde ahora y para siempre. No existe hermosura más hermosa que la santidad. Esa que os ha sido regalada por puro amor divino, cuando fuisteis creados. Esa que nada, ni nadie podrá mancillar jamás.

¡Oh, luz divina de vuestro ser santo! Hijos míos. Vosotros que me habéis elegido, porque yo os elegí primero. Dejad que vuestra luz ilumine todo. Comenzad a refulgir desde ahora mismo para que el mundo sea cada vez más luminoso. Recordad que esa luz no procede del mundo sino del cielo. Llevad siempre presentes que permitiendo que el sol de vuestras almas puras ilumine todo, es como creáis el cielo en la tierra. Dentro de la luz de la santidad, creáis un nuevo mundo basado en el amor.

El tiempo ha llegado. Antes de que os podáis dar cuenta, comenzaréis a brillar como nunca antes lo habéis hecho ¡Es promesa de Dios!

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