Kitabı oxu: «Líder, llegó tu hora»
LÍDER, LLEGÓ TU HORA
Sebastián Escudero
LÍDER, LLEGÓ TU HORA
Editorial Claretiana
Índice
Portada
Portadilla
Lagales
Agradecimientos
Prólogo
Del desierto a los verdes pastos
Introducción
Capítulo 1: Las características del líder
1. La necesidad de un liderazgo
2. Compasión por las ovejas
3. Influenciamos como líderes
4. ¿Te están siguiendo?
5. Una cuestión de carácter
6. Dejando huellas
7. Añadiendo valor a las personas
8. Aprendiendo a ser líder
9. La fidelidad es la clave
El uso de los dones
El uso del dinero
10. La perseverancia marca la diferencia
Capítulo 2: La oración del líder
1. La unción privada determina la unción pública
2. La dependencia de dios
3. Los tres escalones hacia la madurez
a) El primer escalón: el rezo
b) El segundo escalón: la oración espontánea
c) El tercer escalón: la comunión
La comunión eucarística
Capítulo 3: La visión y planificación del líder
1. Un dios de planes
2. La planificación del líder
3. Ponerle fecha a los sueños
4. El reconstructor de murallas
1) Escribir la visión
2) Estar enfocado
3) Esforzarse
5. La necesidad de una visión
6. Inspectores del futuro
7. Permanentemente adelantados
8. La fiebre por el oro
Capítulo 4: La pasión del líder
1. Un solo hombre apasionado
2. El apasionado de los apasionados
3. El poder que viene de lo alto
4. El poder de la pasión
El poder del entusiasmo
5. Amantes apasionados
Capítulo 5: Las tentaciones del líder
1. La tentación del poder
2. El Dictador
3. Los “Uperetes”
4. Los oportunistas
5. La tentación de la carne
Crónica de una caída anunciada
La caída del rey
Soldado que huye…
¿Por qué cuidarme tanto?
La vida privada determina la eficacia del líder
6. Levantarse nuevamente
Capítulo 6: Los peligros del líder
1. Las crisis personales
2. El abandono
3. La rutina
4. El mal de la “tradicionitis”
5. La independencia
6. El hombre orquesta
7. Las emociones
El desánimo
El pesimismo
El mal humor
La nostalgia
La pasividad
El estancamiento
El activismo
La ansiedad
Capítulo 7: Las crisis del líder
1. Las críticas
Los que restan
2. La corrección fraterna
La fórmula Romanos 4, 17
| Escudero, SebastiánLíder, llegó tu hora / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.Libro digital, EPUB - (Sanación en el espíritu)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-762-086-31. Superación Personal. 2. Liderazgo. 3. Dios. I. Título.CDD 158.1 |

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1ª edición, libro papel, septiembre de 2016
1ª edición libro digital, marzo de 2021
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Versión: 1.0
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Dedico mi tercer libro a los Misioneros Mensajeros de Jesús, los principales inspiradores de mi ministerio, a quienes pertenezco por carisma, identidad, afecto y convicción.
A los de ayer, a los de hoy y a los que poblarán el planeta en el mañana de Dios.
Si no fuera por ustedes no hubiese escrito ni una sola página de este libro. Uno de los mayores regalos del Señor a mi ministerio es el de poder servirles como su líder.
AGRADECIMIENTOS
A mi hermano de sangre Hugo, por seguir sosteniéndome como hace más de 30 años. Gracias por ser mi líder desde que éramos niños.
A todos los Misioneros Mensajeros de Jesús, de todas las comunidades con las que batallamos juntos desde hace tantos años, en especial a mi comunidad de origen La Visitación, en Córdoba, por apoyar y renovar constantemente mi ministerio.
A la Familia Eclesial Mensajera de Jesús, especialmente al Instituto religioso de las hermanas, que hacen tan fecundo mi ministerio con su oración y afecto.
A la Hermana Ramona Taborda, gracias por seguir siendo a través de los años mi modelo de líder, mi confidente y especialmente “mi madre”.
A mis alumnos, los actuales y los que siguen siendo mis amigos con el correr de los años. Ser su líder es uno de los principales motivos de mi gozo en esta vida. Los amo.
A Martín Duarte y Ximena Guerrero, y a todos los amigos que el Señor me ha regalado a lo largo del país y del mundo en mis viajes de evangelización. Gracias por existir.
A Horacio Tissera y Gabriela Castro, por invertir noches sin dormir, una vez más, en la revisión literaria de este inexperto.
Al padre Alonso Sanchez y a toda la Editorial Claretiana por volver a poner su toque de confianza en mí en este nuevo libro.
Y dejo para el final mi principal agradecimiento a mi amado Jesucristo, el mayor Líder de mi vida. No me alcanzan las horas del día, ni los cds, ni los artículos, ni las prédicas para demostrarte lo agradecido que estoy con el llamado que le hiciste a este desconocido muchacho de un remoto barrio de Córdoba. Te amo con todo lo que soy.
PRÓLOGO
Es un amanecer como cualquier otro en el desierto. Pero este amanecer parece ser un poco más frío. El viento pareciera querer golpear en la cara. Hay un solo hombre despierto que se ha levantado tan temprano esta mañana de entre los cientos de miles que descansan en sus tiendas. Es un varón más bien joven, pero con cara de haber luchado demasiado en su vida. Está sentado en una roca con la mirada fija en el horizonte. Y lo único que sus ojos le permiten contemplar es arena y más arena a la distancia. No parece estar sentado allí por gusto. Su semblante calculador da a entender que una inquietud no le ha permitido dormir en toda la noche, y que lo ha traído a este sitio para resolver algo crucial para el resto de su vida.
Su mirada fija en el horizonte solo se altera al ver un palito entre las piedras con el que comienza a hacer un dibujo en la arena. Más bien parece ser un plano. Luego se rasca la barba y vuelve a zambullir su mirada en el desierto. Todavía no sabe que se está decidiendo el resto de la historia de la salvación y el destino de todo un pueblo.
De pronto, una voz suave le susurra en su corazón unas cuantas palabras que serán suficientes para robarle un par de lágrimas de sus ojos:
Así es Josué, ha muerto mi servidor Moisés. Y este pueblo necesita salir de una vez por todas de este desierto inhóspito. Tú ya conoces lo que hay del otro lado. Eres el líder indicado. Eres el líder que elijo para esta gran cruzada. Líder, llegó tu hora.
Del desierto a los verdes pastos
Si bien el liderazgo de Josué en la Biblia es uno más de los cientos que allí se encuentran, me pareció oportuno utilizar su figura como un modelo adecuado para comenzar ejemplificando lo que implica ser un líder.
El ministerio de Josué, a pesar de no ser tan famoso como lo fue el de Moisés, o el de David, no deja de ser uno de los más sobresalientes de toda la Biblia. Tuvo que suceder nada más y nada menos que a Moisés, con todo lo que debe haber implicado tener que reemplazar a un líder que con su bastón tocaba el mar y este se abría; o que tocaba la roca y de esta brotaba agua. La hora de su liderazgo consistía no solo en conducir a su pueblo a la tierra prometida, sino también en dejarlo a este asentado en una tierra ocupada por países de guerreros. Era un nuevo tipo de liderazgo. No podía repetir el liderazgo de Moisés. Eran nuevos los retos, y distinta la realidad. Josué debería hacer lo que su antecesor no hizo. Dante Gebel lo explica así:
Aquellos que seguían a Moisés tenían mente de turistas, mientras que los que seguían a Josué tenían mente de soldados.
Los primeros salían a buscar el maná del cielo. Los segundos sembraban y cosechaban.
Los primeros esperaban que Dios ahogara a los egipcios que venían detrás. Los segundos iban a conquistar la tierra que tenían por delante.
Los que seguían a Moisés vivían de los regalos de la gracia. Los que seguían a Josué de las recompensas a causa del esfuerzo y el trabajo duro.(1)
Y yo me atrevo a agregar: los que seguían a Moisés tenían que cruzar el mar Rojo viendo cómo Dios al toque del bastón abría de par en par las aguas. Los que seguían a Josué tenían que atravesar el río Jordán dando pasos de fe, y a medida que pisaban se iban deteniendo las aguas (Cfr. Jos 3, 7-17).
Sin duda es un nuevo pueblo, es un nuevo tipo de liderazgo. Un desafío, una carga muy pesada… pero posible de llevar.
Este libro es una motivación a tomar el lugar de liderazgo que nos corresponde para conducir y guiar a nuestros hermanos a los pastos verdes que el Señor en visión ya nos ha mostrado; a luchar por ellos para asentarlos en su lugar definitivo de modo tal que puedan dejar de andar sobreviviendo en el desértico valle de lágrimas por donde hace tanto tiempo caminan. Les escribo a los líderes de hoy, que tienen que enfrentar los desafíos del presente. Ya no están los Moisés de ayer, nos toca asumir la responsabilidad con nuestro propio estilo de liderazgo.
Te animo a creer que Dios cuenta contigo para llevar a cabo una gran obra. Y si después de leer este libro te encuentras tú también sentado en el desierto con un bastón de mando entre tus manos, tengo para ti la misma respuesta de Dios a Josué: “Líder, llegó tu hora”.
Sebastián Escudero
Mayo de 2011
sebaescudero3@hotmail.com
1. GEBEL, Dante. Destinado al éxito. Ed. Vida. 2009: Miami, Florida. Cap. 11.
INTRODUCCIÓN
Este libro es el resultado de muchos años de triunfos y fracasos como líder. Cuando empecé a liderar a los 21 años hubiera deseado tener a mi alcance muchas más enseñanzas sobre liderazgo de las que en ese momento tenía. Tuve que aprender a liderar a la fuerza de caídas, de ensayos y fracasos. Y desde entonces tengo en mi mente la idea de hacer un libro que resuma todo lo que he aprendido a lo largo de mi vida sobre esta área tan importante del liderazgo, aplicándolo específicamente a los líderes cristianos.
He aprendido sobre liderazgo de vivencias, de consejeros, de observar otros líderes, y de mucha lectura sobre el tema. Pero sin duda he aprendido de los errores mucho más que de cualquier otra cosa. Por eso este humilde libro estoy convencido que puede ayudar a quien lo lea, y aplique los principios que enseño en su propio liderazgo, a no cometer los mismos errores que cometí yo y a crecer como líder para ser ocasión de bendición para otros.
Habrá quienes encuentren principios que sean una novedad en sus vidas, y otros para los cuales solo serán recordatorios de enseñanzas que ya aprendieron en su liderazgo. Pues como decía Platón: “La mayor parte de la instrucción es que a uno le recuerden las cosas que ya sabía”.
Si bien el libro está enfocado en aquellos líderes cristianos que tienen algún tipo de responsabilidad en lo que se refiere a la conducción de personas, esto no quiere decir que no sirva para todo tipo de personas; porque todos, lo aceptemos o no, somos influencia para alguien más. Y eso nos convierte en líderes, aun cuando no sepamos a quién estamos liderando:
Estés donde estés, seas quien seas, tengas lo que tengas, ocupes la posición que ocupes, siempre habrá alguien, por debajo de ti, que estará observándote.
Alguien que anhela ser como tú, parecerse a ti, actuar como tú, estar donde tú estás, tener lo que tú tienes, llegar donde tú has llegado, o, quizá, ocupar tu posición.
Siempre serás un modelo para alguien y serás responsable, con tus actos, con tus actitudes, con tus expresiones, en general, con tu comportamiento, por ese alguien que te sigue (Carlos Ache).
Y si no existiera ninguna persona que te siga, lo mismo tengo que comentarte que no has dejado de ser líder. Porque aún te queda alguien que precisará de ti el liderazgo más desafiante de toda tu vida: tú mismo. Solo si aprendemos a liderarnos a nosotros mismos estaremos capacitados para dirigir a los demás, sean uno, diez o diez mil personas. Así que no tengo ninguna duda de que escribí este libro para ti que estás acompañándome en esta introducción ahora mismo.
Mi intención no es impresionar a quienes lo lean, ni impartirles sabiduría, sino más bien compartir principios que considero que pueden llegar a ser importantes tenerlos en cuenta para llevar a cabo un liderazgo cristiano. No es un libro más de mi ministerio, ni lo escribí para agrandar mi “currículum”, sino que es una excusa, una nueva idea que el Señor puso en mi corazón para afectar a mi generación y a las venideras. Y esta idea no surgió de la nada; permíteme contarte cómo comenzó todo.
En enero del año 2006 el Consejo General de los Misioneros Mensajeros de Jesús, a quienes pertenezco por carisma e identidad, reunido en Salta, al norte de mi país, me eligió como el primer coordinador regional de la provincia de Córdoba, por tres años, con la posibilidad de ser re-elegido. Yo acepté con mucho gusto la propuesta. Sentía que toda mi vida, hasta ese entonces, me había preparado para llevar a cabo esta nueva misión. La tarea principalmente consistía en el acompañamiento de cada comunidad de la región, especialmente el pastoreo de los líderes.
Mientras regresaba de aquella misión maravillosa, el Señor me reveló la necesidad que los líderes de la región tenían de una formación sobre liderazgo. Y tenía dos opciones: les brindaba una formación en base a temas escritos por otras personas o me tomaba el trabajo de escribir yo mismo el material que creía adecuado. Elegí la segunda opción. Y así surgieron una serie de siete artículos sobre liderazgo que escribí para las reuniones de consejo regional a lo largo de mis tres años como coordinador regional.
Cuando terminé de escribir el séptimo artículo, supe claramente que el Señor quería que el material se difunda más allá de los Misioneros Mensajeros de Jesús de mi provincia. Y entendí que el Señor me llamaba a darle forma a los artículos para que se convirtieran en mi tercer libro. Y ese es el resultado que tuvieron efectivamente.
Le coloqué el título: Líder llegó tu hora, no solo por la referencia textual que la Biblia hace en el libro de Josué (Jos 1, 2), sino también porque sentí de parte de Dios que este libro, como millones más que se escribieron, escriben y escribirán, tiene que ser un llamamiento a tomar nuestro lugar de combate en esta hora clave de la historia. Como lo fue para Josué en la Biblia, después de pasar 40 años luchando en el ejército de Israel a la derecha de Moisés en el desierto, un día Dios viene a decirnos que se acabó el tiempo en el desierto… llegó la hora de atravesarlo. Y para hacerlo hacen falta líderes que muevan a las masas.
Los escritores bíblicos supieron distinguir correctamente dos maneras distintas de hablar del tiempo. Hay un tiempo que consiste en el paso de las horas, de los días y de las semanas. Para este tipo de tiempo usaban la palabra griega Cronos. Pero hay otro tiempo, que es el tiempo de Dios, en el que Él interviene en nuestra historia, en nuestro Cronos, y para designar ese tipo de tiempo usaban la palabra griega Kairós. Este libro está pensado para que los líderes podamos empezar a vivir en ese Kairós… en la hora exacta de la voluntad de Dios para nuestras vidas como líderes. (2)
He tenido el alto privilegio en estos años de viajar por distintos países y conocer de cerca las múltiples actividades que la Iglesia del Señor realiza mes tras mes para bendecir al Pueblo de Dios: conferencias, cursos, talleres, recitales, seminarios, retiros, jornadas de evangelización, peregrinaciones, asambleas de oración, etc. Y aunque estoy agradecido a Dios de todas las cosas que estamos emprendiendo en este tiempo, he llegado a la conclusión que podríamos estar mucho mejor que como estamos si hubiese más capacitación de líderes que sepan cómo hacer que estos eventos produzcan frutos multiplicadores en la Iglesia. El problema es que no disponemos de la suficiente preparación para este tipo de líderes. Y si lo disponemos, son los menos, lamentablemente.
Tengo el profundo anhelo de que este libro sea un canal de revelaciones de Dios para aquellos líderes que el Señor quiere que tomen un lugar protagónico de liderazgo donde Él los necesita. Será de seguro una gota de agua más en el océano, pero la hermosa Madre Teresa nos enseñó que el océano no sería lo mismo sin esa gota de agua.
El gran líder, primer ministro de Inglaterra durante la segunda guerra mundial, Winston Churchill, decía: “En toda época llega el momento en el cual un líder debe salir a la delantera a enfrentar las necesidades de la hora. Por lo tanto, no existe líder en potencia que no tenga la oportunidad de hacer una diferencia positiva para la sociedad. Trágicamente, hay veces en las cuales el líder no se levanta en su hora”.
Y en otra ocasión afirma: “En la vida de todos llega un momento especial en el cual, en sentido figurado, les dan un toque al hombro y les ofrecen la oportunidad de hacer algo sumamente especial, único para ellos y ajustado a sus talentos. ¡Qué tragedia si aquel momento les sorprende sin preparación o capacitación para lo que habría sido su hora más sublime!”.
Es mi oración que este libro llegue a la hora indicada y a las personas correctas que sepan levantarse y entender que les llegó su tiempo. Seguramente nunca conoceré el alcance que tendrá este libro para todos los líderes que lo lean. Pero no se nos pidió cosechar, sino sembrar. Este libro es eso: una siembra de todo lo que aprendí en mi vida sobre liderazgo. Que Dios te hable, líder querido, como hace casi 4000 años atrás lo hizo con un joven israelita, y te diga: “¡Líder, llegó tu hora!”
2. Dicho sea de paso, me costó discernir si el título del libro no debiera ser: Líder: llegó tu kairós. Pero elegí el término hora por respeto a quienes no tienen este conocimiento del término griego y que no alcanzarían a entender en qué consistía el mensaje del título.
CAPÍTULO 1
LAS CARACTERÍSTICAS DEL LÍDER
El primer capítulo del libro lo dedicaré a enumerar algunas de las características principales de un líder cristiano.(3) Necesitaría escribir varios libros para colocar todas las características que debe reunir un líder para desarrollar correctamente su liderazgo. Pero como no me es posible hacerlo, me limitaré a exponer solo algunas de las que en estos años de servicio a Dios me han hecho entender que son indispensables para cumplir el rol del liderazgo.
1. LA NECESIDAD DE UN LIDERAZGO
Todo florece o se marchita por un liderazgo. Toda obra buena, grande o fructífera necesita de un liderazgo. Nada se pone en movimiento sin una persona que mueva a los demás. Es como una ley natural. A lo largo de la historia, detrás de todo acontecimiento trascendente ha estado un hombre o una mujer que llevó a otros a concretar un proyecto. Pensemos por ejemplo en Cristóbal Colón, Alejandro Magno, la Madre Teresa de Calcuta, Hitler… etc. Fíjate la variedad de liderazgos que te muestro; sin importar el objetivo moral de quienes lideran, han tenido que asumir ese rol porque hubo una necesidad histórica de que lo asumieran.
Sin ir más lejos, tu misma familia camina hacia delante porque uno de sus miembros (papá, mamá, tu hermano mayor, tú) asumió el liderazgo necesario.
El desarrollo del rol de líder es necesario allí donde hay personas que se sienten movidas o llamadas a cumplir con un propósito. Si se trata de una obra de Dios, Él mismo se encarga de levantar un liderazgo que lleve a una porción de su pueblo a cumplir con su designio.
No hay liderazgo si no hay necesidad de este tipo de conducción. Pero el liderazgo no se lleva a cabo hasta que alguien no se siente llamado a ejercerlo. Y nadie se siente llamado si antes no ha percibido una necesidad en su grupo, equipo, familia o comunidad.
Puede que Dios esté necesitando del liderazgo de alguien que no se hace cargo por el simple hecho de no ver una necesidad a su alrededor. Hasta que no vea la necesidad no asumirá el rol que le toca. Un día leí una frase que decía: “Un líder es el menos conformista de un grupo”. Estoy convencido que así es. El líder es aquel que no soporta quedarse quieto sin hacer nada cuando sabe que se puede hacer algo.
Por eso, si tuviera que definir qué es el liderazgo me gustaría acuñar una serie de definiciones que nos brinda el gran líder John Maxwell:
Liderazgo es sentirse insatisfecho con la realidad actual.
Liderazgo es tomar responsabilidad cuando los demás están presentando excusas.
Liderazgo es ver las posibilidades que ofrece una situación, cuando los demás solo ven las limitaciones.
Liderazgo es estar preparado para sobresalir en medio de una muchedumbre.
Liderazgo es estimular en otro la capacidad de soñar.
Liderazgo es el poder que ejerce uno para aprovechar el poder de muchos.
Liderazgo es hacer que un sueño se convierta en realidad.
Liderazgo, por encima de todo, es valentía.(4)
Hoy la Iglesia del Señor está necesitando liderazgo; está necesitando líderes que cambien la situación tan preocupante que estamos viviendo, donde Satanás gobierna con tanta vehemencia a millones y millones que caminan por caminar, sin un rumbo, sin un propósito, y sin alguien que los guíe por las sendas del Señor. Pero para que eso suceda es necesario que Dios suscite en el corazón de los que serán líderes una actitud indispensable: la compasión.
2. COMPASIÓN POR LAS OVEJAS
La primera y más indispensable actitud de un líder o de un futuro o posible líder es la de la compasión. No se puede liderar al estilo cristiano sin esta actitud de base. Liderar no es mandar, sino servir.
Hay distintos tipos de liderazgo en la sociedad. La primera motivación es la que define si se trata de un liderazgo cristiano o no. Uno puede estar motivado a dirigir a los demás por muchas razones:
Para sobresalir de los demás.
Para alimentar el propio ego y orgullo.
Para dominar a otras personas.
Para levantar la autoestima dañada.
Para lucrar económicamente a través de ello.
Para “cumplir” ocupando el puesto que alguien le encargó.
Etc.
Ninguna de estas motivaciones es cristiana en realidad. Para que lo sea debe estar basada en el amor. Por eso, la motivación correcta del líder cristiano debe ser siempre:
Porque me conmueve la situación de los demás.
Conozco a cientos de personas que pudiendo ser líderes no lo son, quizás por el simple hecho de que se han quedado mirando su ombligo y no han levantado su cabeza para ver si podían ayudar a alguien más.
En el año 2000 me alejé por primera vez de Dios y caí en una hambruna espiritual impresionante. Como consecuencia de esto dejé mi comunidad misionera donde servía desde hacía años, pero como un miembro más.
Un día decidí volver a visitar a mis hermanos, y la situación que contemplé era realmente triste. Había solo tres hermanitos que no sabían qué hacer para pasar el tiempo; y mi hermano de sangre, uno de esos tres, estaba tratando de hacer andar una casetera para poner música cristiana en la reunión.
Ese panorama me conmovió tanto, que volví a los pies de Jesús a ofrecerme nuevamente para su servicio. No podía seguir como si nada, con mi vida tan cómoda en medio de los placeres del mundo mientras mis hermanos estaban tratando de llevar adelante, de un modo tan forzoso, sus reuniones. Yo era ministro de música, podía ayudar en eso al menos.
En ese tiempo Dios habló a mi vida diciéndome que me hiciese cargo de mi comunidad apoyando a mi hermano. Empecé acompañando con la música en las reuniones. Pero a los pocos días el Señor me motivó a tomar el liderazgo por entero. Así lo hice por un tiempo de cinco años y medio hasta que vi a mis hermanos ya crecidos y con suficientes líderes como para seguir guiando a la comunidad hacia la tierra que el Señor nos había prometido. No fui un mesías para mis hermanos, en absoluto no lo fui, pero sin lugar a dudas fui un líder. Y ese liderazgo fue la consecuencia del deseo de ver crecer a mi comunidad.
El liderazgo es una cuestión de compasión. Los grandes líderes bíblicos han sido movidos por un impulso de compasión por la situación que sus hermanos estaban viviendo.
Moisés asumió el liderazgo luego de ver la opresión que los egipcios ejercían sobre sus hermanos de raza.
Josué aceptó la delegación de mando de Moisés por el anhelo de ver a su pueblo instalado en su lugar definitivo y que deje de andar vagando por el desierto.
David comenzó a dirigir a su pueblo al contemplar el peligro de las invasiones filisteas.
Nehemías dejó su trabajo en Persia como mano derecha del rey para ir a reconstruir las murallas abandonadas de su pueblo que estaba desanimado.
Jesús predicaba y hacía milagros porque veía que el pueblo estaba como ovejas sin pastor (Cf. Mc 6, 34).
Pablo se pasó la mitad de su vida entre viajes, peligros y persecuciones por el solo hecho de salvar a las ovejas perdidas que necesitan conocer el Evangelio de la liberación.
Y así podríamos hablar de cientos de casos más.
Tengo una pregunta para hacerte: ¿habrá alguna situación en tu comunidad que necesite que asumas un liderazgo? Quizás no te has puesto a pensar en qué puedes ayudar. Pero puedes ser tú el que haga que cambie la situación paralizante de los tuyos.
La madre Teresa de Calcuta llegó a ser lo que fue porque un día paseando en las calles de Calcuta vio la miseria espantosa en la que la gente vivía allí, se compadeció y asumió el lugar que le tocaba para cambiar esa situación.
La compasión es lo primero que define a un líder cristiano.
3. INFLUENCIAMOS COMO LÍDERES
“Si tienes alguna autoridad la ejercerás sin proponértelo; si no la tienes no la alcanzarás obteniendo títulos o cargos, sino cambiando tu vida” (René Trossero).
Desde el momento en que asumimos el liderazgo nos convertimos en un modelo para los demás y comenzamos a influir en la vida de las personas ya sea para bien o para mal. William Arthur Ward dice: “El maestro mediocre, dice. El buen maestro, explica. El maestro superior, demuestra. El gran maestro, inspira”.
El liderazgo de por sí es influencia. Y tú, líder, que estás leyendo este libro, debes saber que los que están bajo tu liderazgo (y tantos más que no lo estén también) te estarán observando para saber cómo actuar en sus propias vidas. Inconscientemente comenzarán a imitar actitudes tuyas que le hayan impactado, o a repetir palabras o gestos tuyos. Y esto no es porque al otro le falte identidad o personalidad, sino porque tu manera de ser es inevitablemente una influencia para ellos. De hecho, si queremos saber cuánto éxito o fracaso tiene un líder, bastaría con que miremos a su gente, porque tal cual sea el líder, tal serán las personas que son por él lideradas.
Eres un líder si la gente ante cada situación se mantiene mirándote con el fin de averiguar qué piensas.
Pablo sabía del poder de influencia que tenía su ministerio sobre los demás. Y por ello mismo es que entendía lo importante que es el testimonio personal. Cuando le dice a Timoteo: Que nadie menosprecie tu juventud: por el contrario, trata de ser un modelo para los que creen, en la conversación, en la conducta, en el amor, en la fe, en la pureza de vida (1Tim 4, 12), lo que le está indicando es que su liderazgo es influyente sobre los demás. Por ello el testimonio personal es tan importante para ser líder.
Por tanto, el liderazgo no tiene nada que ver con la edad, sino con la influencia que ejerzamos en otros. En este sentido todos de algún modo somos líderes. Pero el liderazgo en Cristo tiene una gravedad extrema porque de nuestro estilo de vida va a depender que uno, diez o millones de millones conozcan a Jesús y se entreguen a Él. No tenemos idea de lo que puede hacer en la vida de los demás un simple gesto o palabra nuestra. A veces son cosas totalmente insignificantes para nosotros las que impactan a otros. Tengo el caso de varios alumnos míos que besan la Biblia cada vez que la cierran por el solo hecho de haberme observado hacerlo a mí.
Somos influencia. No es algo de nosotros lo que influencia, sino nuestra vida entera. Todo lo que hacemos y decimos, lo que pensamos y sentimos puede influenciar la vida de los demás para siempre. La música que escuchamos, la manera de vestirnos, lo que hablamos, lo que estudiamos, dónde trabajamos, nuestro pasado, nuestras metas en la vida, la forma de caminar y de reírnos, nuestros hobbies, etc. Todo, absolutamente todo lo que somos y hacemos es influencia. Es tu estilo de vida lo que afecta a los que te observan. Ven como vives y eso empieza siendo un llamado de atención hasta convertirse en una marca en el destino de las personas.
4. ¿TE ESTÁN SIGUIENDO?
“Un líder es alguien a quien sigues a un lugar al que no irías por ti mismo” (Joel A. Barker).
Una de las maneras de darnos cuenta si somos o no líderes es mirando hacia atrás: ¿Nos sigue alguien? Si nadie nos sigue es porque no somos líderes. John Maxwell dice: “El que cree estar guiando, pero nadie lo sigue, solo está dando un paseo”.
El liderazgo no es cuestión de títulos o de puestos asignados, sino de inspiración. Puede haber -y de hecho los hay- gente que se le dio el título de “Coordinador”, “Responsable”, “Dirigente”, etc. sin que ello implique que lo sea en realidad. Es fácil darse cuenta si está respondiendo a un título o si se trata de un auténtico líder: el líder arrastra a la gente en pos de una meta, moviliza a las personas, les marca el rumbo a seguir, los entusiasma, los inspira a avanzar.
Que alguien salga elegido líder no quiere decir que lo sea. Y que haya alguien que no tenga el título no quiere decir que no sea un verdadero líder.
El verdadero líder no le tiene que recordar a nadie que es un líder para que le lleven el apunte. Si tienes que decir a la gente que eres un líder, si se lo tienes que recordar, es que no lo eres. Si tienes que lograr el respeto o el silencio a fuerza de hacer valer el título, debes saber que lamentablemente no eres un líder aún. En todo caso, el verdadero líder se gana el respeto de los demás por saber manejar las relaciones personales, no por hacer uso del título.
Los líderes se reconocen fácilmente en una reunión. Piensa en un líder que conozcas. ¿Ya lo tienes? Bien, ahora imagínatelo en una reunión cualquiera en medio de gente que no conoce bien, donde hay simplemente “algo” para resolver, aunque sea solo algo pequeño e insignificante. ¿Puedes ver lo que él haría? Claro: él toma la batuta, en el momento menos esperado él ya ha tomado protagonismo en el asunto; se diferencia al poquito tiempo de los demás por ser el que está diciendo lo que deberían hacer. Primero comienza tímidamente a sugerir, después lanza pequeños bocadillos de ideas posibles, hasta que finalmente termina con el bastón de mando en mano.
No puedes forzar a nadie a que te siga, tienes que inspirar a la gente a que te siga, motivarlos. Un jefe es alguien que dice “vaya”; un líder es alguien que dice “vamos”. Si eres líder, hay gente atrás tuyo porque algo de ti que tú no sabes bien qué es, los ha seducido, los ha inspirado tras de ti. Y si eres líder cristiano, no es a ti al que siguen, sino a la visión que tú les muestres. Ellos creen que tu visión te la mostró el mismo Señor, por eso siguen tus huellas.
Ahora bien, para llevarlos a la cima a los demás es necesario que nosotros mismos hayamos hecho el camino antes. Porque no podemos dirigir a nadie a un lugar que no conocemos. Por eso es importante nuestro éxito personal, porque la credibilidad del liderazgo comienza con haber llegado nosotros a la cima. Y concluye cuando le enseñamos al otro a llegar por sí mismo. Cuanta más alta sea la cima más cantidad de gente querrá seguirnos.(5)
5. UNA CUESTIÓN DE CARÁCTER
“Temo más a un ejército de cien ovejas dirigidas por un león que a un ejército de cien leones dirigidos por una oveja” (Charles, Conde Talleyrand).
El fundamento del liderazgo es el carácter. Carácter es tu modo de ser ante las situaciones. Es tu manera propia de reaccionar y de sentir que te distingue de los demás. Es aquello privativo de ti e intransferible que te hace único entre el resto de las personas. Una persona con carácter tiene un espíritu firme ante las circunstancias. En cambio, una persona indecisa, inestable, “blanda” a la hora de tomar una decisión es una persona carente de carácter.
Tener carácter es tener propósitos, convicciones, planes y visiones, y hacer que estas se lleven a cabo sin necesidad de democracia, del consenso de todo el mundo, de ser aceptado, de ser popular por la decisión que tomemos. Por eso es en los momentos en que se deben tomar decisiones difíciles en los que aflora el verdadero carácter del líder. Martin Luther King decía: “La medida suprema de un hombre no es dónde se encuentra en momentos de comodidad y conveniencia sino dónde se encuentra en momentos de reto y polémica.”
El carácter es la verdadera esencia de nuestro ser. Aquello que realmente somos detrás de nuestras máscaras. Rick Warren enseña: “Reputación es lo que la gente dice que eres. Carácter es lo que realmente eres”. Y D. L. Moody decía: “El carácter es lo que somos en medio de la oscuridad, cuando nadie nos está mirando”.
No debemos confundir carácter con personalidad. No hace falta que seas colérico, extrovertido, sanguíneo, histérico o un dictador para ser un líder. En cambio sí te hace falta carácter. Muchos, en cambio, creen que lo importante es la personalidad. Sin embargo en la Biblia tenemos el ministerio de un Pablo que era colérico, y por otro lado el ministerio de la virgen María que era más bien discreta y suave. Ambos son líderes, con una personalidad distinta, pero con algo en común: el carácter. Tú no debes buscar imitar la personalidad de los demás; Dios te dio a ti una personalidad particular con un propósito. Y esa forma tuya de ser te hace único.
Hay mucha gente que sufre por no ser tan enérgico como otros en el liderazgo, y se viven comparando en la manera de dar órdenes y de dirigir una comunidad. Pero eso es un error. Podemos liderar perfectamente sin jamás levantar el tono de voz o enfadarse ante las circunstancias. Es una cuestión de carácter lo que marca la diferencia: de mantenerse firme, de ser uno mismo, de reaccionar, de no ser un palito llevado por cualquier viento, de enfrentar las circunstancias, de hacer frente a los problemas, de tomar decisiones, de tomar parte en los asuntos sin preguntar si se puede.
El profesor y autor Leo Buscaglia enseña: “Lo más fácil de ser en el mundo es ser uno mismo. Lo más difícil es ser lo que los demás quieren que uno sea. No permita que lo pongan en esa situación”.
Debemos ser nosotros mismos para llegar a ser el mejor tipo de líderes que podemos ser. Y esto no quiere decir que nos estanquemos o dejemos de crecer, porque como dice el psicólogo Carl Rogers: “La paradoja curiosa es que cuando me acepto a mí mismo tal como soy, entonces puedo cambiar”.
En conclusión, debemos tener carácter para liderar, pero no el carácter de otro, sino nuestro propio carácter. Nuestra propia manera de liderar, nuestro propio estilo. “Dios te ayudará a ser todo lo que necesites ser, pero nunca permitirá que tengas éxito si intentas ser otra persona” (Joyce Meyer)(6).
6. DEJANDO HUELLAS
Los líderes tienen un mensaje digno de ser recordado. Ellos no hablan por hablar. Cuando un verdadero líder está por hablar, los demás guardan silencio; y lo que inspira este tipo de respeto no es precisamente el tono de voz, ni la edad de quien habla, ni el título que tiene, sino el mensaje que trae. La gente se calla sola porque sabe que tiene al frente a una persona que habla dejando huellas.
Los líderes dejan huellas en el corazón. Tú debes tener tantas palabras almacenadas en tu corazón que algún líder en el transcurso de tu vida inscribió sin darse cuenta. Es que un buen líder necesita, indispensablemente, tener un mensaje y saber cómo transmitirlo. No hace falta ser un descomunal orador para ser líder. Pero sin dudas, una alta dosis de comunicación es necesaria:
Desarrollar excelentes habilidades de comunicación es esencial para el liderazgo efectivo. El líder tiene que ser capaz de compartir conocimientos e ideas para transmitir un sentido de urgencia y entusiasmo a otros. Si no puede hacer comprender un mensaje claramente y motivar a otros a actuar, entonces no tiene sentido tener un mensaje (Gilbert Ameli).
Los auténticos líderes no hablan cualquier cosa. Tienen en sus labios palabras de bendición. Y los líderes cristianos tienen una característica sobresaliente: hablan Palabra de Dios. Estoy seguro de que cuando tú tienes que recurrir a alguien en tu comunidad para que te ayude en algún asunto o crisis personal recurres a algún líder que hable Palabra de Dios. Es que no hay mayor consejero que el que se deja guiar por nuestro manual personal de instrucciones: la Biblia.
El líder deja huellas en la vida de las personas al hablar, marca los corazones, provoca la adhesión de quien los escucha. La gente tiene ganas de escucharlo. Los evangelios hablan del asombro que provocaba en el pueblo la manera de enseñar de Jesús, porque lo hacía como quien tiene autoridad y no como sus maestros de la Ley (Mt 7, 29). Jesús era un líder de alto impacto en la sociedad.
Pero no solo las palabras del líder dejan huellas e impactan en la vida de los demás, sino su testimonio de vida. El líder es sobresaliente al resto. Con solo observar un tiempito una comunidad cristiana, salta a la vista quién es el líder: es el que está un escalón más arriba que el resto. Y no hablo por el bochinche que hagan sus palabras, ni por la sumisión de los demás a sus órdenes (porque en este sentido está lleno de dictadores y de histéricos en las comunidades simulando ser líderes, cuando en realidad son unos simples fanfarrones que han encontrado una manera de satisfacer el ansia oculta de ser respetados y queridos por los demás). Hablo de una presencia especial que distingue al líder cristiano.
El líder cristiano tiene un testimonio digno de ser imitado. Tanto es así que sin necesidad de que el líder hable la gente sabe lo que tiene que hacer: hacer lo que hace el líder. Ahora, si no puedes decir “imítenme” como lo hacían Jesús y Pablo por ejemplo (Cf. Jn 13, 8; Fil 3, 17), es porque tienes un liderazgo pobre. Debes poder decirle a los tuyos “hagan como yo” sin usar palabras. ¿Me explico? En resumen: ponte a servir tú antes de explicarles cómo hacerlo; da el ejemplo antes de dar la orden; levanta las manos al cielo antes de señalar con tus dedos al que no está orando…
¿Estás dejando huellas en el corazón de las personas?
7. AÑADIENDO VALOR A LAS PERSONAS
Exhortando a todos los hombres e instruyéndolos en la verdadera sabiduría, a fin de que todos alcancen su madurez en Cristo. Por esta razón, me fatigo y lucho. (Colosenses 1, 28b-29a)
Si es maravilloso que la gente hable bien de su líder, es más maravilloso aún que el líder hable bien de su gente.
Una de las características esenciales de un buen líder es que siempre, siempre, les añade valor a las personas a las que lidera. Conducirlos a un nivel superior al que se encuentran es un requisito indispensable de un liderazgo eficaz. Jack Welch, el octavo director general de la General Electric Company, sin dudas, una de las empresas más grandes del mundo, afirmó: “Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder”.
Un bueno maestro siempre quiere que su alumno alcance su nivel… y más aún. Un buen líder también busca lo mismo de su gente. Eso es precisamente lo que hizo Dios con nosotros, buscar desesperadamente que subamos a su nivel. Los Padres de la Iglesia han afirmado esto incansablemente:
“Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta El y se sentara a su derecha”(7).
“Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios”.(8)
Por eso Dios siempre es nuestro mayor modelo de liderazgo. Quizás por esto Jesús eligió el oficio de carpintero: porque este implica hacer una obra de arte de un árbol caído. Y en esto el Señor es un especialista con estos pobres árboles que somos los seres humanos.
Otra cosa: un líder con éxito puede impresionar a los demás, pero el éxito de quienes él lidera puede impactarlos. Porque en esto consiste la verdadera clave del liderazgo: hacer que los demás tengan éxito. René Trossero enseña: “Si quieres saber cuánta autoridad tienes, no te preguntes a cuántos sometiste, sino a cuántos ayudaste a crecer”.
Bill Russell, uno de los jugadores más grandes que tuvo la NBA enseñó lo mismo, pero aplicado al deporte: “La forma más segura para saber lo bien que he jugado es ver cuánto he hecho para que mis compañeros hayan jugado bien.”
Una regla de oro del liderazgo consiste en “ser animadores y no desanimadores”. Hay algunos líderes que se encargan de maldecir sin darse cuenta a quienes lideran, de subestimarlos. Eso no es propio de un buen líder. Un correcto liderazgo descubre el potencial de las personas, sus zonas fuertes y se dedica a ayudarles a crecer en ellas. Más adelante veremos la tentación de convertirse en dictador que tienen todos los líderes, que hace exactamente todo lo contrario: quedarse con el poder, impedir el crecimiento de los demás y humillar a las personas. Eso puede resultar para un liderazgo al estilo de Hitler, pero no para un liderazgo cristiano. “El verdadero líder siempre va un paso más adelante que su equipo, sin embargo no lo deja atrás, lo guía para crear más líderes. El saca lo mejor de los demás” (José Augusto).
Debiéramos a diario recordarles a los demás lo bien que están haciendo las cosas. El reconocimiento es un elemento vital del liderazgo.(9)
La mejor forma de añadir valor para quienes somos líderes es descubrir cuáles son las áreas fuertes de las personas a las que estamos liderando y brindarles las herramientas y puestos necesarios para que se afiancen en las mismas. Solemos pasar de largo este principio, colocando a personas en lugares de servicios equivocados, que no tienen nada que ver con sus dones y talentos; cuando son precisamente estos dones y talentos los que determinan el propósito de una persona en esta vida. No asignarles el lugar conforme a su talento puede ser frustrarles su propio llamado por naturaleza. Por eso se trata de una cuestión de discernimiento demasiado importante el que tenemos que tener como líderes.
El film cristiano Prueba de fuego, basado en el libro El desafío del amor, explica en un momento, que el matrimonio implica estudiar a la pareja gradualmente, como quien hace una licenciatura y luego un doctorado, para conocer sus gustos, necesidades, emociones, sentimientos, etc. De esta manera podemos servirle mejor y hacer más feliz al cónyuge. Lo mismo sucede en el liderazgo: debemos aprender a estudiar a quienes Dios nos permite liderar, de modo tal que podamos colocarlos en el lugar indicado de servicio. No solo para que sirvan mejor, sino también para que sean más felices, más plenos.
A veces creemos que le estamos haciendo bien a las personas haciéndoles que trabajen en áreas en las cuales carecen de talentos. Pensamos que debemos reforzar sus debilidades de manera que estén preparados para poder asumir un día el liderazgo en esas áreas. Pero lo único que conseguimos en realidad es que esas personas asciendan a lo sumo hasta la mediocridad (10). Y les impedimos que den lo mejor de sí mismos aprovechando todo su potencial.
No colocar a las personas en sus áreas fuertes no solo es una falta de caridad, sino también una falta de eficacia en el liderazgo. Fijémonos qué sucede si les pedimos a un águila que nade y a un pato que vuele alto. Solo veríamos el triste espectáculo de un águila y un pato mediocres y frustrados.
¡Hay tantas personas que están dando vueltas alrededor de sus áreas fuertes y no en el centro! Debido a líderes que desconocen estos principios de liderazgo.
Hay tres preguntas a tener en cuenta a la hora de discernir cuál puede ser el área fuerte de una persona:(11)
1. ¿Qué le gusta hacer?
2. ¿Qué hace bien?
3. ¿Qué es lo que más le elogia la gente de lo que sabe hacer?
Tener en cuenta estas cosas que aprendí en mi vida me ayudaron a especializarme en mis áreas fuertes. Un día descubrí que la evangelización a través de la música y de la palabra era algo que me apasionaba hacer; reconocí humildemente que era lo único que hacía un poco bien en mi vida; y me di cuenta que la gente elogiaba estas dos cualidades mías porque era bendecida por ellas. Como resultado de eso me dediqué tiempo completo a trabajar en esas áreas. Y nada en el mundo me hace más feliz que ver lo que Dios obra a través de mi ministerio hoy en día.
Eso se lo debo en gran parte a excelentes líderes que han sabido encargarme trabajar en mis áreas fuertes añadiendo valor a mi vida. Aun cuando al comienzo estos dos talentos, el de la prédica y el de la música, estaban ausentes en mi vida, ellos supieron descubrir lo que yo podría llegar a ser y me enseñaron a confiar en mí mismo.
Porque hay un tipo de líderes que se encargan de hacer que sus seguidores “confíen en ellos”, pero hay otro tipo de líderes que se encargan de que sus seguidores “confíen en sí mismos”(12). Hay líderes pendientes de brillar ellos mismos y otros pendientes de hacer que brillen los demás. Hay quienes se encargan de hacer que la gente se sienta bien con ellos mismos, y otros que se encargan de hacer que la gente se sienta bien consigo misma. Este último tipo de líderes marca la diferencia entre un líder normal y un líder carismático. Como dice Dan Reiland, pastor de la Iglesia Lawrenceville en Georgia: “¿Cómo puedes tener carisma? Preocúpate más en hacer que otros se sientan bien consigo mismo que hacerlos sentir bien contigo.”
El sabio chino Lao-tzu enseñaba que el trabajo del buen líder es similar al de una buena partera, que interviene en el trabajo de parto lo suficiente como para que la madre se convenza de que ella lo logró por sí misma. Así debiéramos hacer los líderes en el proceso de enseñarle a volar a la gente: ayudarles a convencerse que fueron ellos mismos los que lo hicieron, que nosotros solo los hemos acompañado, impulsado, alentado y bendecido. Eso, señoras y señores, es añadirle valor a la gente. Y tiene que ver con el amor que el Señor nos pide hacia los demás, porque como diría el pensador Miguel Bartra Quera: “Los tres pasos de oro del amor son: amarse uno mismo, amar al otro y ayudar al otro a que se ame a sí mismo.”
Ahora bien, no podemos dar a los demás lo que no tenemos. Por lo tanto es indispensable que, antes de ejercer liderazgo añadiendo valor a los demás, aprendamos a añadirnos valor a nosotros mismos.(13) De lo contrario solo seremos con los demás tal como somos con nosotros mismos. Muchos líderes realizan sobre los demás una proyección de lo que son sus exigencias consigo mismo, sus propios maltratos a su persona, sus descuidos y sus fracasos. El amor, en contra de lo que muchas veces hemos escuchado falsamente, no comienza en los demás, sino en uno mismo.
Ayúdate tú primero. Solo los amados aman. Solo los libres libertan. Solo son fuente de paz quienes están en paz consigo mismos.
Los que sufren hacen sufrir.
Los fracasados necesitan ver fracasar a otros.
Los resentidos siembran violencia.
Los que tienen conflictos provocan conflictos a su alrededor.
Los que no se aceptan no pueden aceptar a los demás.
Es tiempo perdido y utopía pura pretender dar a tus semejantes lo que tú no tienes. Debes empezar por ti mismo.
Motivarás a realizarse a tus allegados en la medida que tú estés realizado.
Amarás al prójimo realmente en la medida en que aceptes y ames serenamente tu persona y tu pasado.
Amarás al prójimo como a ti mismo, pero no perderás de vista que la medida eres “tú mismo”.
Para ser útil a otros, lo importante eres “tú mismo”.
Sé feliz tú, y tus hermanos se llenarán de alegría (Ignacio de Larrañaga).
8. APRENDIENDO A SER LÍDER
Los líderes no nacen siendo líderes, se hacen. Se puede aprender a ser líder. El mismo Jesús invirtió gran parte de su tiempo dedicándose a adiestrar a sus discípulos. Y con aquellos que iban a ejercer un mayor liderazgo dedicó un máximo de tiempo “extra”, como es el caso de Pedro, Santiago y Juan, pilares de la Iglesia.
Nadie nace con un microchip de liderazgo en el cerebro. Todos debemos ir aprendiendo progresivamente. Y lo maravilloso del liderazgo cristiano es que a nuestro Jefe Formador le encanta capacitar a personas que no saben demasiado. Es por eso que entre tantos líderes que encontramos en la Biblia, vemos que Dios elige:
Un tartamudo para que sea el que hable al Faraón (Moisés).
Un pastor de ovejas para convertirlo en el mayor rey de la historia de Israel (David).
Un jovencito sin experiencia para ser el Profeta de las naciones (Jeremías).
Una humilde muchacha pobre del norte del país, que era considerado el sector de los pecadores, para ser la Madre del Salvador (María).
Un pescador bruto, sin estudios ni conocimientos bíblicos, para ser el primer responsable de su Iglesia (Pedro).
Es el estilo de Dios, que Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale (1Cor 1, 27-28).
Abraham Lincoln decía: “Dios prefiere a la gente corriente, por eso ha hecho tanta.”
Por eso, aunque es normal que pongamos excusas para servirlo en un puesto de liderazgo para el que no nos sentimos preparados, por el miedo que nos provoca no estar a la altura del llamado divino,(14) no debemos olvidar una máxima de todo liderazgo cristiano: “Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los que llama”.
Ahora bien, esta capacitación se da de muchas maneras. La primera de todas es estando bajo el liderazgo de otro o de otros. Decía el obispo Fulton J. Sheen: “El que no es buen discípulo jamás será buen maestro”.
Son muchas las cosas que te ayudan a ser un buen líder:
Ejercer un liderazgo (tan sencillo como eso)
Enfrentar las situaciones tensas y críticas de un liderazgo.
Ver el testimonio de otros líderes.
Leer y aprender de los liderazgos bíblicos.
Leer materiales sobre liderazgo.
Etc.
Es un aprendizaje que quizás te lleve toda una vida. Siempre es un buen momento para empezar a liderar mejor. No se convierte uno en un buen líder de la noche a la mañana (15). Como líderes cristianos debemos entender que Dios aún no nos ha terminado. Tenemos que tenernos paciencia en nuestro proceso de conversión. A veces pensamos en un Dios mago, al estilo Harry Potter, que nos toca el corazón y empezamos a ser perfectos. Pero Dios no es un mago, sino un artista. Por eso se toma su tiempo para hacernos progresar de gloria en gloria (2Cor 3, 17) hasta poder alcanzar la perfección. Y ese tiempo puede ser “todo lo que nos quede de vida”.
No existe el liderazgo microondas. Como todas las cosas importantes en la vida, el liderazgo implica un largo proceso. Porque Dios no está tan interesado en la rapidez de nuestro crecimiento, como en la calidad con que lo hagamos. Eso es una marca distintiva de Dios: nunca camina de prisa, y sin embargo jamás llega tarde. Debemos confiar que está haciendo un buen trabajo con nosotros… a su tiempo, obvio.
Lo importante es que nos esmeremos en hacer nuevos progresos, en crecer. Es lo que san Pablo les rogaba que hicieran a las comunidades: Procuren hacer nuevos progresos (1Tes 4, 1b).
Pero el vivir procurando nuevos progresos no nos debe hacer perder de vista el lugar donde estamos; pues ciertamente nos falta mucho por progresar, no estamos donde quisiéramos estar, pero tampoco estamos donde estábamos antes. He aquí una razón para vivir agradecidos al Señor por la obra que está realizando en nosotros permanentemente.
Ahora bien, cuidado con algo: se puede dejar de ser líder si descuidamos nuestro aprendizaje. Así como ciertas disciplinas de la vida requieren el ejercicio constante para mantener una actitud (la música por ejemplo), así también el liderazgo requiere de no dejar nunca de aprender, y de avanzar cada vez más hacia lo que Dios nos pide (16). Cuando nos tomamos “vacaciones” en nuestro liderazgo, bajo la excusa de que estamos cansados, o de que mi prioridad en este momento de mi vida es otra, corremos el peligro de arruinar el plan de Dios para nuestra vida, y que la unción pase a otro por descuidar lo que Dios nos confió. Por eso san Pablo exhorta con fuerza a Timoteo: vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio (2 Tim 4, 5).
La unción de Dios no se delega. No podemos pretender que otros se hagan cargo de lo que me fue confiado a mí. Otros lo pueden hacer mejor que yo, seguro, pero la misión me fue confiada a mí. Tengo la obligación de vigilar el rebaño, pues como dice el refrán: “el ojo del patrón alimenta el ganado”. Pero para eso debemos tener bien en claro otro principio fundamental del liderazgo: la fidelidad.
9. LA FIDELIDAD ES LA CLAVE
“La verdadera fuerza del hombre se manifiesta en su fidelidad” (Juan Pablo II).
He visto a lo largo de mi vida en Cristo a muchas personas que asumen una responsabilidad con entusiasmo y pasión, y tiempo después te las encuentras en la calle sin nada en las manos. Hay otras personas en cambio que llevan años trabajando incondicionalmente en el Reino. La fidelidad es la clave que determina el triunfo en la vida.
Desde la primera vez que tuve que salir a formar comunidades, tuve claro este principio fundamental de todo cristiano. Y el título de este apartado: La fidelidad es la clave, es el título del primer mensaje que doy en todas las comunidades nuevas. Lo primero que se les debe dejar marcado a fuego a los líderes es que deben ser fieles.
Juan Pablo II decía: “La fidelidad es decir en la noche el mismo sí que dijimos a plena luz del día”.
Debemos ser fieles en nuestro rol, a pesar de cualquier crisis o adversidad. Nuestro mayor objetivo en cuanto a nuestro ministerio debiera ser poder decir en el atardecer de nuestras vidas las mismas palabras del apóstol Pablo a punto de que le corten la cabeza en Roma, luego de haber luchado durante 33 años en su liderazgo: He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe (2 Tim 4, 7).
Un gran modelo de fidelidad en el liderazgo lo encontramos en la Biblia en la persona del patriarca José. Se convirtió en el vice Faraón, en la persona más influyente del mundo, por haber sido fiel en lo poco. Cuando uno lee Gn 41, 43 donde se muestra a José vestido con ropas de lino fino, con el anillo real en su mano y collar de oro al cuello, abriéndose paso entre la gente desde la carroza mayor del palacio de Faraón, máxima autoridad del mundo en aquel momento, uno podría decir fácilmente: “¡Vaya, qué suerte tuvo este muchacho!” Sin embargo, no fue la suerte la que lo llevó a ese lugar a la edad de 30 años, sino su fidelidad.
Fue fiel a su padre en Israel.
Fue fiel a sus hermanos, a quienes sirvió a pesar de que lo querían matar.
Fue fiel a los árabes a los que lo vendieron sus hermanos.
Fue fiel a Potifar, en Egipto, inclusive cuando tuvo la gran posibilidad de traicionarlo acostándose con su esposa.
Fue fiel en el calabozo de Egipto, entre las ratas de aquel lugar desagradable.
La consecuencia de eso: ocupar el magno lugar de autoridad que ocupó y convertirse en un grande en la historia. El cineasta y actor Woody Allen dice: “Se tarda como 20 años para ser feliz de la noche a la mañana”.
Porque muchos líderes quieren el puesto, pero no son capaces de pagar el precio que el mismo implica. A veces el precio consiste en acomodar sillas con entusiasmo, o limpiar baños… o simplemente ser un fiel segundo (17). Y entonces, cuando el Señor ve que puede confiarnos más nos coloca en el lugar de servicio en que nos necesita. El joven Josué heredó el puesto de Moisés porque supo ser un excelente “segundo” fiel durante 40 años a su líder en el desierto.
Aprendí a los golpes esta lección en mi propia vida. Tenía 18 años cuando descubrí mi vocación a la docencia. Dios puso en mí una carga inmensa por los jóvenes, y qué mejor espacio que la educación para impartirles semillas en su corazón. Empecé a estudiar la carrera de profesor de Teología a esa edad. Y desde los primeros días de cursado de la carrera me dediqué a dejar mi currículum para que me tomen en algún colegio de mi ciudad. Sin embargo, comenzaron a transcurrir largos años en los que ningún colegio me tuvo en cuenta para dar clases; inclusive pasado un año de haberme recibido y habiendo obtenido una medalla de oro al mejor promedio de todas las carreras de mi Instituto.
Durante esos años tuve que ingeniármelas para subsistir y poder pagar mis estudios. Trabajé de vendedor y repartidor de helados, de mensajero repartiendo sobres para distintas empresas de mi ciudad… y finalmente en el depósito de una empresa de venta de cosméticos acomodando cajas. Cada trabajo que realizaba me hacía sentir más humillado. No le quería contar a la gente dónde estaba trabajando porque me daba vergüenza. Y como consecuencia de mi desgano y falta de motivación, hacía un trabajo mediocre. Era el último en llegar a trabajar y el primero en retirarme. Me llevaba mal con todos mis compañeros. Vivía haciendo las cosas con fastidio y mala cara… soñando el gran sueño de mi vida de un día entrar a dar clases a los adolescentes.
Hasta que una bendita tarde entré al baño de aquel viejo depósito donde acomodaba cajas a llorarle a Dios y reclamarle las promesas que me había hecho de que iba a dar clases predicándoles a miles de jóvenes. Y mientras me quejaba pude escuchar claramente la voz de Dios en mi corazón que me decía: “Si no haces bien lo de las cajas no tengo nada más para ti”.
Esas palabras fueron suficientes para que entienda cuál había sido mi falla en todos esos largos siete años: estaba siendo infiel en lo poco, y eso hacía que Dios no me pueda confiar lo que soñaba para mí, porque estaba trabando mi lugar definitivo. Así que, aprendida la lección, empecé a hacer mi trabajo con devoción, con pasión, con entusiasmo. Comencé de repente a llegar media hora antes de que abra el depósito y a retirarme horas después a pesar de que nadie me pagaba horas extras. Me puse con orgullo la camiseta de la empresa para la que trabajaba y empecé a llevarme bien con todos mis compañeros.
La consecuencia: en menos de un mes de haber estado sentado llorando en aquél baño estaba dando clases en dos colegios y en el instituto donde me había recibido, a más de 300 alumnos por semana. Y al día de hoy ya le he anunciado la Palabra a miles de ellos en estos años gloriosos. Por el solo hecho de haber aprobado aquella asignatura que no figura sino en el currículum oculto: la fidelidad en lo poco.
Ahora bien, lo que debemos saber es que nuestra fidelidad es probada de varias formas por Dios. Me limitaré a nombrar dos por ahora.
Pulsuz fraqment bitdi.