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Espiritualidad y autoayuda
Agradecimientos
A todos los que siembran el bien.
A todos los que practican la virtud.
A todos los que tienen el corazón noble.
A todos los generosos, pacientes y justos.
A todos los inocentes.
Sin ellos, el mundo habría dejado de existir.
Sobre el autor

Sebastián Vázquez ha estado vinculado al mundo del libro durante más de treinta años. Fue editor durante veinte años y director de Arca de Sabiduría, colección especializada en textos clásicos de las religiones y filosofías de Oriente. Ha colaborado en distintos medios de comunicación y actualmente imparte cursos y seminarios sobre el pensamiento heterodoxo y religiones, especialmente la egipcia.
Es autor de El Tarot y los dioses egipcios; Enseñanzas de la Tradición original; Guíaburros: La salud emocional en tu empresa; Guíaburros: Cómo perjudicarse a uno mismo; Guíaburros: Budismo; Guíaburros: Cuentos de Oriente para Occidente ; Guíaburros: La sabiduría de las grandes religiones y GuíaBurros: El Camino de Santiago y el juego de la Oca. Es coautor junto a Ramiro Calle de Los 120 mejores cuentos de la tradición espiritual de Oriente y Los mejores cuentos de las tradiciones de Oriente y, junto a Esther de Aragón de Rutas Sagradas y Guíaburros: Rutas por lugares míticos y sagrados de España. Es autor de las novelas Por qué en tu nombre y El karma del inspector González.
Desde hace algunos años viaja por España y otros países como parte integrante de los cursos que imparte, especialmente a Egipto para profundizar en su religión y enseñanzas desde la perspectiva de la tradición del pensamiento esotérico y del legado de las religiones mistéricas.
Su blog es: tradicionoriginal.com
Introducción
Más o menos sobre la década de los años sesenta del siglo pasado, algunos psicólogos pensaron que para comprender mejor la naturaleza, la conducta y, en definitiva, la psique humana, tal vez tendrían que incorporar como un elemento más respecto al estudio de la persona su posible dimensión trascendente. Al fin y al cabo, las religiones daban por hecho que esa dimensión espiritual existía, por lo que sus prácticas y doctrinas marcaban siempre una dirección que, en apariencia, resultaba positiva para el ser humano. A la vez postulaban que el ejercicio de una serie de conductas éticas también procuraban una vida más estable y mejor. Sus prácticas comprendían algunas psicofísicas como el yoga, otras solicitaban la asistencia a ritos, y otras aconsejaban la práctica intimista de la plegaria o de la silente meditación y, mayoritariamente, incidían en el fundamental ejercicio de la virtud como forma de vida.
En el pasado, todo ello había demostrado el alcance de su eficacia y los testimonios de sus beneficios eran innumerables. Además, los psicólogos se enfrentaban diariamente en sus consultas al desafío de comprender la razón del sufrimiento humano y todo aquello que pudiera significar una aportación sería bienvenido. Algunos concluyeron que el patrimonio de sabiduría de las grandes religiones podía contribuir con importantes aportaciones. Por ejemplo, una religión en concreto, el budismo, había construido su enseñanza sobre la base de dar una respuesta al sufrimiento humano.
¿Y si la causa del sufrimiento de algunas personas se debía a que no podían o no sabían dar curso a esa posible dimensión trascendente? Esta pregunta empezó a formularse porque por sus consultas pasaban personas sin problemas económicos, con buena salud, con entornos familiares, sociales y laborales sin graves conflictos y, sin embargo, sus pacientes sentían una angustia existencial y/o tristeza vital no fácilmente explicables con los manuales al uso.
Obviamente, la respuesta de la psicología fue diversa. Algunos aceptaron esa posibilidad de “la condición trascendente del ser humano” y otros no. Sin embargo, empezó a haber unanimidad en el aserto de que ciertas prácticas provenientes de distintas religiones eran significativamente eficaces a la hora de proporcionar mejoras en la vida de las personas. Unos ejemplos fueron el yoga y la meditación a las que, en aras de ser más fácilmente utilizables en el nuevo contexto psicológico y para adaptarlas mejor como formas de alcanzar un mayor bienestar, se las desvinculó de su fuente religiosa y se las dejó solo con una leve capa de espiritualidad un tanto imprecisa.
Tal vez por ello, la psicología avanzó no solo como forma terapéutica, sino como una disciplina capaz de proveer al ser humano de herramientas de mejora, de superación y de ayuda. De este modo la psicología demostró que ya no era necesario sufrir una patología para beneficiarse de ella: ahora podía ayudar a todos a comprenderse mejor y proveía al individuo de herramientas para conseguir mayor bienestar y felicidad.
Es entonces cuando empieza a ser accesible a un público más amplio y se produce un esfuerzo en divulgar esas herramientas de modo que cada uno pudiera aplicarlas a su vida. Así nace la autoayuda y es difundida a través de libros fáciles de leer y de cursos al alcance de cualquier persona que no precisaba tener ningún conocimiento previo de psicología para aplicar esas herramientas de mejora.
Muchos de estos libros de autoayuda incorporaron conceptos emanados de las religiones que fueron adaptados a la mentalidad occidental dejando de lado los aspectos más profundos de la religión de donde tomaba su inspiración. Esto ocurrió principalmente con las religiones de Oriente.
Pero la literatura de autoayuda empezó a mostrar dos caras. En una aparecían autores capacitados que proporcionaban a los lectores conocimientos y motivos de reflexión y que resultaban en definitiva una aportación excelente. Pero por otro lado, aparecieron obras irrelevantes, con ideas copiadas de otros autores sin ningún criterio ni conocimiento y, lo que es peor, empezaron a publicarse libros e impartirse cursos en los que se exponían planteamientos que, lejos de ser benéficos, prometían “fórmulas mágicas” que, a la larga, solo procuraban decepción, frustración y mayor infelicidad.
La demanda de cada vez un número mayor de personas que solicitaban esos libros “milagrosos”, produjo el hecho de que la autoayuda dejó de pertenecer al ámbito de la psicología y aparecieron muchos autores sin ninguna formación ni conocimientos que, sin embargo, lograron triunfar con sus propuestas apelando a falsas promesas o, simplemente, a la fantasía. Promesas y fantasías que, según su envoltorio y según sus atractivas y elaboradas campañas de promoción y publicidad, fueron capaces de seducir a muchas personas.
La mayoría de psicólogos ya han alertado sobre algunas de esas ideas nocivas repetidas hasta la saciedad. Por ejemplo, se divulgaron preceptos basados en simplezas tales como que con solo llevar a la mente positivamente un deseo, este se realizaba “mágicamente”. Naturalmente sobre los costes emocionales y espirituales que conllevaba la frustración asociada a estas “fórmulas mágicas” no se hablaba en estos libros, pero los psicólogos sí detectaron pronto lo nocivo de esta falsa “autoayuda”.
Pero esas imposturas no fueron capaces de ocultar otros textos y planteamientos de gran valor aportados por competentes profesionales que, efectivamente, lograban ciertos objetivos de mejora personal. Sin embargo, esa confusión entre farsantes y buenos profesionales, dejó secuelas entre los seguidores de esta literatura a los que al principio les costaba diferenciar los unos de los otros hasta que se produjo un posicionamiento entre los que solo se nutrían y se interesaban por las fantasías “milagrosas” y entre los que sinceramente buscaban herramientas de mejora personal.
Sin embargo, dentro del grupo de los que aspiraban a una verdadera mejora personal, existían otro tipo de “buscadores” que, a pesar de todas las terapias, libros y cursos excelentes que tenían a su disposición, lo cierto es que para ellos todo aquello seguía siendo insuficiente para afrontar su necesidad interior; una necesidad interior a veces acuciante.
Al final, desde la premisa de la posible dimensión trascendente del ser humano la pregunta apareció: ¿sería necesario para ciertas personas atender a esa necesidad espiritual ?
Es como si las propuestas de la autoayuda se mostraran valiosas pero insuficientes.
Hay que recordar que la psicología deja a Dios aparte y la autoayuda hizo lo mismo, aunque si bien a veces esta muestra una pátina de pseudo espiritualidad que suele resultar nociva y confusa para quien tiene verdadera necesidad de Dios ya que propone una difusa espiritualidad en la que, precisamente, Dios queda apartado.
Pero muchas de las enseñanzas y prácticas de las religiones fundamentales están en la raíz de los postulados de la autoayuda. Por ello he seleccionado para este libro algunas de estas prácticas y enseñanzas de las religiones que, en mi opinión, proporcionan un mayor alcance de acción respecto a la autoayuda.
Esto se debe a dos razones. La primera es que ya llevan implícitas enseñanzas y valores espirituales de alto nivel. La segunda es que poseen un poder transformador mucho mayor ya que su origen está en fuentes de profunda sabiduría.
A su vez, las personas con verdadera necesidad espiritual encontrarán que pueden llenar el vacío que la autoayuda no llena y los que no tienen esa aspiración espiritual encontrarán en sus prácticas una mayor potencia de ayuda y mejora.
Pero antes, para situarnos en un contexto correcto, es necesario empezar a hablar de religiosidad. Ese sentimiento íntimo difícilmente definible y explicable, pero que es parte sustancial en la vida de muchas personas, tanto para aquellas que han encontrado formas de expresión para dar cauce a esa demanda interior como para aquellas que no lo han encontrado aun.
Primera parte
Religión y religiosidad
“En toda alma se encuentra el sentido espiritual y la imagen de Dios”.
Orígenes
La pérdida del pensamiento religioso o mítico es el origen de muchos de los desequilibrios y problemas que aquejan al ser humano.
El modelo de pensamiento racional y científico como soporte casi exclusivo de la lectura e interpretación del hombre y la existencia es algo muy reciente en la historia de la humanidad. En concreto desde la Ilustración y el posterior desarrollo industrial y científico de finales del siglo XVIII, y su continuación en el XIX y XX. Es decir, un muy corto espacio de tiempo respecto a nuestra crónica como civilización.
Dicho modelo de pensamiento racionalista llegó a la conclusión de que la ciencia era capaz de explicar y dar respuesta a las grandes preguntas existenciales y esta, más o menos, es la posición aceptada en la actualidad por el establishment de la cultura imperante.
El resultado es el de una única respuesta reduccionista y simplificadora: el hombre es exclusivamente materia, parte de la materia y va a la materia. En cuanto a los acontecimientos de la vida, muchos de estos, especialmente los más relevantes, se producen debido a una sucesión de hechos y leyes naturales o como resultado del azar, entendido este bien como caos aleatorio o bien como el efecto de leyes desconocidas e impredecibles. Así de sencillo; no hay más.
Además, de este modo, queda eliminada de un plumazo cualquier pregunta metafísica que ya resulta innecesaria.
Y a partir de este axioma ha quedado constituido el escenario social y cultural en el que se desenvuelve el hombre contemporáneo.
Obviamente dicha perspectiva es vitalmente demoledora para muchas personas, pues el significado de la vida queda reducido a un mero azar bioquímico ocurrido millones de años atrás. Y la existencia queda por tanto reducida también a una suerte de lotería y, cada persona quedará más o menos satisfecho según lo que le toque. Desde el premio mayor de nacer como varón de raza blanca sin taras físicas en la élite del primer mundo, hasta la desdicha de vivir la experiencia del hambre y la miseria con la calamidad añadida de nacer mujer en según qué sociedades.
Tal vez por ello, frecuentemente muchas personas optan- me refiero naturalmente en las sociedades del primer mundo, los “otros” bastante tienen con intentar comer diariamente- consciente o inconscientemente, por buscar contenido a sus existencias apelando a la acumulación de experiencias que les llene la vida utilizando, sobre todo, la mecánica de la excitación. Sin embargo, para muchos el resultado es la frustración, pues la dinámica de la excitación se convierte en una espiral sin salida y la experiencia por la experiencia o la excitación por la excitación, suelen producir pronto un vacío que hay que llenar de nuevo, pues la recompensa que se logra cada vez dura menos y es menos intensa. Es bien sabido que para muchas personas esta dinámica de excitación más experiencias les es suficiente.
Sin embargo, son otras muchas las personas que se conforman con el discurrir cotidiano de sus vidas sin grandes alteraciones ni cambios en sus rutinas que pongan en cuestión los pilares de sus seguridades y creencias. Y en medio queda la gestión personal que cada uno haga respecto a los problemas, conflictos y adversidades de la vida diaria. En cambio, para otras personas, sencillamente una existencia basada en los modelos descritos no logra dar significado a sus vidas.
Durante milenios la perspectiva exclusivamente racionalista y científica no ha sido la visión que el hombre ha tenido del mundo ni ha sido su pauta principal de relación con el entorno. Desde que alguno de los primeros pobladores de la tierra puso una flor encima de una tumba-un acto irracional e inútil- o pintaron el interior de sus cuevas-otro acto mágico sin ningún valor práctico- otra forma de expresión ha convivido con el pensamiento racional dando como resultado la cultura que conocemos: me refiero a la religiosidad o, como otros lo han llamado, el pensamiento mítico.
Esta convivencia entre la religiosidad y pensamiento científico no implicaba en el pasado ninguna contradicción ni conflicto. Al contrario, eran complementarios y garantizaban un equilibrio y una armonía en la vida personal y social. Hoy este tipo de pensamiento que dio origen al arte, o una buena parte de la filosofía o a las religiones, prácticamente ha desaparecido o ha quedado arrinconado. Tal vez esta ausencia sea una de las causas de una sociedad en la que se aprecia una mayor falta de valores y de virtudes.
En cuanto a religiones son expresiones de la religiosidad que han triunfado en un determinado tiempo y lugares de la historia. Las religiones muestran distintas formas de canalizar esa religiosidad a lo largo de la historia y se han mostrado como “vías” de acceso a lo trascendente. Todas proponen sus propias prácticas, enseñanzas, dogmas, relatos respecto a la creación o el más allá… algunas religiones que estuvieron activas durante siglos han desparecido y otras se mantienen vivas. Sin embargo, y esto es muy importante, en todas ellas podemos encontrar elementos de enorme valor y útiles para el crecimiento espiritual.
La religiosidad es intrínseca al ser humano y su expresión es sutil, íntima, creativa, estética y procura el bien.
Hoy día muchas personas inteligentes y sensibles han dejado de lado a las religiones por la fuerte carga dogmática que tienen y por la extraña mezcla de simplezas y complejidad presentes en sus postulados, teniendo en cuenta además que estos postulados están enmarcados en un tiempo y entornos culturales ya muy antiguos con sus propias leyes, usos y costumbres sociales.
Esto no significa que las distintas religiones deban ser minusvaloradas, al contrario, muchas de las más grandes luces del pensamiento en la historia provienen del ámbito de las religiones: santa Teresa, san Francisco de Asís, Ibn Arabí, Maimónides, Sankara, Dogen, Lao Tsé… y así continuaría una larga lista de personas que demostraron que cada una de las religiones es una vía válida para llevar al ser humano hasta cimas muy altas. Este punto de vista es fuertemente rebatido por todas y cada una de las religiones pues si hay algo que las caracteriza es su condición de exclusividad a la hora de detentar la “verdad”. Esto hace que, lógicamente, el resto de religiones o facciones dentro de una misma religión resulten para las demás equivocadas o incompletas, o ambas cosas.
Es evidente, y basta ver la historia, que las religiones también han mostrado su cara más cruel e intolerante, pero no es ese lado el que nos interesa; no ese lado de los que han dominado, humillado, herido y matado en nombre de Dios cuando en realidad lo han hecho en nombre de sus dogmas y su obsesión por imponerlos. Nos interesa el lado de los que han tolerado, comprendido, ayudado, servido y amado en nombre de Dios. Eso solo ocurre cuando el amor a Dios y al prójimo vencen a la intransigencia y es más fuerte que las cadenas de los dogmas.
Gracias a estos últimos, en todas las religiones tradicionales encontramos herramientas de acción útiles y potentes junto a reflexiones y enseñanzas de enorme valor.
El sentimiento de religiosidad
La religiosidad es intrínseca al ser humano, y cuando esta se manifiesta en el corazón y la conciencia, una persona se percibe como perteneciente a la eternidad, su expresión es la de nobleza y su fruto es la acción basada en valores éticos y morales que se practican de modo natural.
El descubrimiento de la propia religiosidad parte del sentimiento profundo de sentirse potencialmente eterno y perteneciente a una Totalidad.
Esta sensación interior, individual y emanante de lo más profundo del ser, cuando se toma conciencia de ella, empieza a percibirse respecto a uno mismo como nobleza y dignidad. En realidad es la percepción de lo sacro. Es la percepción de sentirse conectado a algo superior de lo que se forma parte.
La auto percepción de nobleza, dignidad y sacralidad provoca que la mirada al mundo participe de ello, por lo que paulatinamente se empieza a percibir la vida y a los vivientes- sobre todo al “otro”- como también nobles, dignos y sacros.
Esa percepción del otro y de uno mismo desde esta perspectiva provoca a su vez el natural fluir de los valores y virtudes que se manifestarán en el pensamiento, en la palabra y en la acción, como un acto de dignidad, respeto y honra hacia uno mismo y hacia el prójimo.
Como hemos dicho las religiones tradicionales han proporcionado al ser humano unos principios y herramientas que han permitido a sus fieles alcanzar estos valores y virtudes. Han demostrado que pueden proporcionar al ser humano una enorme fuente de sabiduría que, hoy lo sabemos, poseen una mayor potencialidad de proporcionar un crecimiento interior que supera las limitaciones de la autoayuda para los que tienen la necesidad de Dios.
La necesidad espiritual
“Te parecerá que no conoces ni sientes nada a excepción de un puro impulso hacia Dios en las profundidades de tu Ser”.
La Nube del no saber
(Texto anónimo del siglo XIV)
Por así decirlo todo empieza con el reconocimiento de la necesidad de Dios y, a su vez, la necesidad de encontrar cómo satisfacer esa necesidad.
La diferencia que propone la religiosidad respecto a la autoayuda es la de llevar a cabo un trabajo espiritual que, en sí mismo, lleva implícito las aportaciones que ofrece la autoayuda.
¿Qué es un trabajo espiritual? es la pregunta que alguna vez nos hemos hecho cuando la necesidad interior alcanza una intensidad ineludible.
Todo trabajo espiritual, por decirlo de algún modo, provoca el “recuerdo de Dios”, el recuerdo del origen. Y ese es el inicio.
Pero dado que la palabra espíritu lleva a la confusión por su significado polisémico según la perspectiva de la creencia desde la que se contemple, es más fácil empezar por referirnos a aquello que no es espiritual.
Un trabajo físico no es espiritual. Hacer artes marciales o ir al gimnasio son actividades sanas, positivas y favorecedoras, pero dado que se refieren a aquello que no trasciende, la envoltura del cuerpo orgánico, no podemos pretender que sus resultados sean “espirituales” salvo de un modo indirecto pues, efectivamente, aportan unos entornos sanos y positivos que facilitan la posibilidad de que la necesidad espiritual se manifieste.
Lo mismo ocurre con un trabajo de orden psicológico, emocional o mental. Un trabajo serio en estos campos será siempre altamente positivo y benéfico, pero dado que mente, ego y emociones pertenecen a la estructura impermanente del ser humano que resulta de su participación en esta vida, asimismo impermanente, tampoco trascienden ya que nacen en el mundo y quedan en el mundo. Sin embargo sí es fácil intuir que disponemos de “algo más” que pertenece a ámbitos superiores; el mejor ejemplo es la potencia del amor o la sutilidad y belleza de la inocencia o la percepción de lo sublime por medio de la misma belleza.
Todo ello, perteneciente a la vida, puede convertirse en un escenario propicio donde, para muchas personas, antes o después, podrá comenzar la experiencia espiritual.
Una equilibrada estructura física, un sistema vital y de relaciones regularmente ordenado y sano, un sistema de creencias no dañinas ni solidificadas ni dogmáticas, una esfera emocional sin excesivas culpas ni temores, una mente que funcione medianamente controlada en su tendencia de ir al pasado que ya no está o al futuro que aun no es, o una psicología y una reactividad que no le haga demasiado daño a uno mismo, siempre serán un escenario favorable para el legítimo y previo bienestar interior del individuo.
Del mismo modo, será el campo idóneo para que la semilla espiritual pueda germinar y, nutrida y en crecimiento, pueda dar su fruto. Sin embargo no es bueno confundir el escenario con la Presencia. Y, es cierto, una vez que la Presencia aparece, poco a poco, se adueñará del escenario en la medida de que ese escenario sea cada vez más ligero. Entendemos como Presencia el autodescubrimiento de lo que se ha definido como el Ser trascendente no subordinado a lo impermanente.
Qué es un trabajo espiritual y qué es la búsqueda del bienestar
Un trabajo espiritual se refiere a aquel específico que primero despierta y después nutre la estructura espiritual del individuo provocando su crecimiento interior que derivará en el encuentro con Dios y en Dios por medio de su recuerdo. Este trabajo se refiere siempre a nuestra condición eterna, a aquello que sí trasciende, a lo no condicionado por el mundo. Solo se necesita cierta madurez interior, una dosis de libertad (referida esta a la capacidad de romper ataduras respecto a uno mismo), cierto coraje y, sobre todo, una necesidad espiritual sincera. Si es así, y la inocencia primordial no es violentada, de algún modo (solo Dios sabe) la Vía para alcanzarlo se hará presente a los pies del individuo. Ya será su elección, poner el pie en ella o no, es decir, iniciarla. Entendemos como Vía a aquellas prácticas que procuran un crecimiento espiritual verdadero.
El trabajo espiritual asume, porque los contiene, el resto de aspectos de la vida de una persona. Sin embargo, escapa a los habituales modos de reconocimiento de una actividad vital. Y, sobre todo, escapa al ámbito de la mente. A Dios no se le puede pensar pero sí experimentar. Es en este punto en donde aparece la primera dificultad pues si voy al gimnasio veré los resultados en mis músculos, si hago yoga lo veré en mi flexibilidad o mejor equilibrio energético básico, etc., pero en un trabajo espiritual esas percepciones no aparecen de un modo habitualmente reconocible. ¿No hay pues resultados perceptibles?
Sí los hay, pero solo son perceptibles a partir del “lenguaje del corazón” que, en una primera impresión, se parece a la intuición. Una persona ya inmersa en el trabajo espiritual no sabrá qué pasa ni cómo, pero de algún modo, sabe “que algo pasa” aunque sea casi imposible expresarlo verbalmente. Esto se debe a que aquello que trasciende y pertenece a lo eterno no es dependiente de la mente y, por tanto, mientras la mente funcione con los códigos comunes que le son propios, no podrá acceder ni mucho menos interpretar lo que acontece en el ámbito espiritual. Solo cuando la mente, precisamente a través del trabajo espiritual, se empieza a expandir y abarca un campo mayor de comprensión, puede empezar a transformar la experiencia en comprensión y la comprensión en conocimiento.
Diciéndolo de modo resumido y sencillo, en el ser humano habita tanto aquello que trasciende y pertenece a la eternidad y a lo Real, como lo que pertenece al mundo, tiene su origen en el mundo, es consecuencia del mundo y por tanto no es Real y no trasciende. Pero es necesario no confundir ambos.
Lo que pertenece al mundo es el ego. Es en el ego donde está el campo de acción de la autoayuda. Una autoayuda eficaz procurará siempre un ego más sano.
Pero repetimos que el ego pertenece al mundo, su origen está en el mundo y es consecuencia del mundo. Y, es necesario repetirlo también, no trasciende, sin embargo necesita y merece encontrar su bienestar en el mundo.
Pero el ego pertenece a una ilusión; el hinduismo y el budismo definen a esta ilusión con el término maya que a la muerte desaparece: es producto del mundo.
En todo trabajo espiritual y toda Vía real se contempla la “dilución” del ego hasta su lenta absorción por el Ser.
Es necesario recordar de nuevo que entendemos como Vía aquellas prácticas, acciones y trabajo interior que permiten al ser humano crecer en Dios. Queda al correcto juicio de cada cual y a su propia capacidad de comprensión el discernir aquellas que provienen de una enseñanza espiritual auténtica y diferenciarla de los sucedáneos o pseudo enseñanzas espirituales que hoy, lamentablemente, abundan. Deberá elegir aquella Vía que el corazón reconozca, pero sobre todo aplicando la máxima “por sus frutos los conoceréis”, que enseñó Jesús o “la verdad es aquello que produce resultados”, que enseñó Buda. Es decir, un trabajo espiritual sincero y verdadero hace a la persona mejor y la hace crecer espiritualmente. Si no da frutos, no es auténtica.
¿Qué quiero?
Lamentablemente vemos que la tendencia actual respecto al desarrollo humano es la del afianzamiento de la individualidad y del ego a través del cultivo de ciertos aspectos de la personalidad. Esto nace como respuesta a la vorágine sin sentido de la vida contemporánea que, literalmente, es una fuerza de demolición que destroza la autoestima y, con ella, algunas condiciones indispensables para una correcta espiritualidad. Siendo ese afianzamiento de la personalidad una respuesta compensatoria, su eficacia es solo momentánea.
Hoy asistimos a una época en la hay una ingente cantidad de prácticas y doctrinas dirigidas al “engorde” del ego, otras, sencillamente representan una pérdida de tiempo. Queda preguntarse si existe una relación clara entre lo que muchas personas buscan y lo que estas prácticas ofrecen. Son muchas las personas que sucesivamente se apuntan a diferentes cursos o métodos de autoayuda pero, si se les pregunta, al final, queda en muchos de ellos un poso de insatisfacción. Una insatisfacción producida porque no hay correspondencia entre lo buscado y lo encontrado. Por eso es fundamental preguntarse correctamente: ¿qué quiero?
Para responder a esta pregunta, es muy importante distinguir las necesidades y bienestar del cuerpo, de la mente y del ego, de la necesidad espiritual.
Si estoy mal físicamente voy al médico a que me cure. Si estoy mal psicológicamente voy al psicólogo a que me cure. Es lo lógico y natural; esa es la función de un terapeuta. Pero si mi demanda interior pertenece a “lo eterno”, ni un médico, ni un terapeuta podrán ser eficaces porque ellos solo pueden actuar en el ámbito de lo que les corresponde, aunque, si son profesionales competentes, obviamente su labor siempre será positiva.
Aquí encontramos un factor muy importante que hoy ha llevado a error a muchas personas. Un terapeuta o un coach es alguien que te puede curar, hacer que tu vida sea mejor o procurarte un bienestar pero eso no tiene nada que ver con un trabajo espiritual. Un médico trabaja con lo orgánico y un terapeuta trabaja con el ego y con la mente. Repito que un trabajo espiritual, no; trabaja directamente con aquello que trasciende, que pertenece a lo eterno. Y, es bueno repetirlo, el ego no trasciende.
Hoy es común que autodenominados “buscadores” no adscritos a ninguna de las religiones tradicionales, o renegados de ellas, se apliquen en prácticas o estudios mal llamados espirituales que, por lo general obvian y olvidan, a veces premeditadamente, algo fundamental: Dios.
Es curioso que incluso el lenguaje actual trata de evitar este término que es sustituido por otros muchos: principio universal, el todo, conciencia cósmica, la fuente, etc. Sabemos que Dios es solo un término más- en nuestro idioma viene del latín Deus que, a su vez, es una corrupción del nombre griego que designaba a la principal deidad del Olimpo, Zeus- y que en Occidente está indisolublemente identificado con el cristianismo con todas las connotaciones que ello acarrea, pero también es evidente que dicha identificación es fácilmente asumible y superable para cualquier persona madura que sin dificultad sabrá separar a Dios de las connotaciones dogmáticas de tal o cual credo.
Como ya dijo San Anselmo “a Dios no se le puede pensar”, sin embargo, antes de que surja Dios/experiencia a veces es necesario el preámbulo de Dios/idea, entendiendo bien que esta etapa es solo un tránsito al cual no hay que aferrarse. Como toda creencia, una ideación también debe ser provisional.
En el sufismo se dice que la necesidad es lo que mueve a la “gente de la Vía”: la necesidad de Dios. Pero no todo el mundo tiene activa esa necesidad, ese anhelo de eternidad. Sin embargo, al estar insertos en el mundo de la forma y bajo las leyes de lo orgánico, todos aspiramos a un bienestar, un bienestar físico, psicológico y vital.
Y la conquista de un bienestar suficiente en todos los órdenes es algo tan legítimo como necesario para que a partir de él, los que tienen esa “necesidad” puedan iniciar la Vía, es decir, un trabajo espiritual verdadero.
Para ese bienestar, según las tradiciones clásicas, se requiere:
Un cuerpo en suficientes condiciones de salud para alcanzar el mayor fruto de la vida.
Un corazón en paz y ligero.
Una mente clara y en calma.
Buenas personas alrededor a las que amar y que te amen: el trabajo del Amor.
Un logro suficiente de estos requisitos benéficos configuran el entorno idóneo para que madure y fructifique el trabajo espiritual. Y la consecución de estos requisitos requieren, a su vez, un trabajo colosal. Un trabajo que irá en paralelo con el trabajo espiritual. Es por esto que es muy importante la sinceridad frente a sí mismo, porque además muchas personas necesitan también una “tranquilidad intelectual”, es decir, respuestas a esas cuestiones existenciales que todos compartimos.
Esa búsqueda de respuestas filosóficas va desde las que se refieren a un relato post mortem más o menos asumible y más o menos confortable para la mente; a respuestas sobre el origen del hombre, conocer el sentido de la vida, etc.; sin embargo, sabemos que esa necesidad de aquietar la curiosidad intelectual o de dar respuesta a preguntas existenciales, tampoco tiene que ver directamente con un trabajo espiritual. Además, esas respuestas también deberán ponerse en el lado de lo “provisional” pues se pueden convertir en creencias dogmáticas.
Para muchas personas la adquisición de las condiciones antes mencionadas representaría, en sí mismo, una meta. Sin embargo para ciertas personas, independientemente del grado en el logro de esos requisitos, el anhelo de “lo eterno” está siempre presente en sus vidas por lo que la conquista del bienestar o el encontrar respuestas intelectuales satisfactorias solo será un preámbulo hasta que su aspiración y su necesidad de Dios no quede satisfecha. Y ese anhelo de Dios está íntimamente relacionado con la adquisición de un conocimiento de sí mismo sincero y alejado de la fantasía.
Por eso es bueno siempre preguntarse de modo sincero y profundo qué quiero: ¿solo la legítima y necesaria conquista del bienestar ? o ¿habita en mí un anhelo espiritual al que tengo que dar respuesta? Responder sinceramente a esta demanda puede cambiar una vida.
Emociones o el paso de un estado a otro
Dentro de esa necesidad de conocerse a uno mismo, las emociones juegan un papel muy importante. El otro es la importancia de conocer la propia mente y sus contenidos.
El tema de las emociones es fundamental a la hora de entender la naturaleza humana. Este término nos viene del latín y alude a un movimiento. Y, efectivamente, una emoción es el movimiento de un estado a otro estado distinto. Esta es la perspectiva que ofrecen la mayoría de enseñanzas de Oriente que los definen como “estados mentales”. Esta definición es muy ilustrativa pues nos remite a imaginarnos, por ejemplo, que una persona que está en un estado de tranquilidad, recibe la noticia de que le ha tocado un buen dinero en la lotería y pasa de ese estado de tranquilidad a un estado de alegría, es decir, cambia de estado mental como efecto reactivo a la noticia recibida.
La psicología nos dice que una emoción es una reacción o respuesta adaptativa al entorno. Son primarias, automáticas y espontáneas y obedecen a estímulos externos de todo tipo. Algunas pasan con claridad a la conciencia y otras menos.
Los sentimientos, por su parte, nacen de la llegada de esas emociones a la consciencia que las interpreta y las confiere ya un significado que será utilizado en la relación con los demás en donde puede expresarse, por ejemplo, en forma de empatía o de rechazo al prójimo.
Las emociones están íntimamente ligadas a la naturaleza reactiva del ser humano. Sin embargo esas emociones o estados mentales, tienen distintos orígenes, unos fuertemente orgánicos vinculados a los instintos, especialmente a los de supervivencia y reproducción, y otros de distinta naturaleza que tienen que ver con nuestra propia e individual reactividad. A veces como reacción a estímulos o hechos evidentes y otras a factores más sutiles que incluso ni siquiera pasan por la consciencia.
La observación de nuestras emociones es una excelente herramienta de autoconocimiento. Facilita el convertirse en “testigo” de nuestras emociones. Hemos visto que una emoción es el resultado de pasar de un estado mental a otro estado mental. Si estamos en un estado mental de reposo y alguien nos insulta, la mente reacciona y pasará a un estado mental diferente que puede ser de ira, sorpresa, temor, etc. Esta práctica procura no perder la atención a cómo se produce ese cambio utilizando la consciencia. No implica actuar al principio sobre él, sino actuar solamente como un “testigo” que contempla la escena de cómo se produce ese cambio. Esto lo veremos de nuevo cuando tratemos la meditación. Sin embargo, es prioritario entender que el ser humano es, sobre todo, reactivo. Es importante comprender nuestro nivel de reactividad tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo; es decir, ser conscientes de a qué reaccionamos, en qué medida reaccionamos y cuántas veces reaccionamos.
Es evidente que si una persona consume la mayor parte de su tiempo y gasta su mayor parte de energía respondiendo a reacciones, difícilmente podrá actuar desde la proactividad y la creatividad y su hacer estará fuertemente condicionado por su reactividad que lo convertirá en un esclavo dependiente de los estímulos que reciba.
La clave de la comprensión de nuestro mundo emocional es ser consciente de ese cambio de estado en el momento en que se produce, estar atentos y presentes en ese momento del cambio, llegar a saber qué es lo que “dispara” en cada momento una emoción precisa, ser conscientes también de cuánto dura el nuevo estado producido por la reactividad y cómo la mente mantiene o no ese estado reactivo y cuál es el camino de vuelta al estado anterior previo a la reacción.
Hay estados reactivos como respuesta a un elemento estimulante exterior: los que son “rápidos”- la ira inmediata por ejemplo-; y los que surgen de una más lenta elaboración interior. De este tipo “lento”, algunos estados pueden ser dañinos como la culpa o benéficos como la empatía. Sobre estos estados que se caracterizan por no necesitar de un estímulo exterior inmediato, actúa la mente. Esta puede actuar mediante su capacidad de comprensión si es que esa mente está en calma y sus contenidos no son excesivamente dañinos, o mediante los contenidos enfermizos que haya acumulado durante su vida. Es fundamental evitar que una reacción, por ejemplo de ira, se convierta en un sentimiento de ira. La emoción reactiva es efímera, pero el sentimiento puede perpetuarse y convertirse en algo verdaderamente dañino si, por ejemplo, se transforma en odio. Es ahí, en ese paso de la emoción al sentimiento donde la conciencia debe actuar también como “testigo”.
Es cierto que una persona tiene una naturaleza de base, tanto de tipo genético, como adquirida a partir de sus experiencias vitales acumuladas en las etapas de la vida en las que construye el “yo”, pero no es menos cierto que un trabajo interior correcto es susceptible de corregir para bien los patrones emocionales y sentimentales de un individuo. Siendo conscientes de nuestra naturaleza reactiva, veamos ahora la importancia de diferenciar lo que pertenece al ego, o sea, lo que trasciende, de lo que pertenece al Ser. Para ello, vamos a apelar al enorme patrimonio de conocimiento del hinduismo, especialmente el de la filosofía advaita.
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