Kitabı oxu: «Séneca»

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SÉNECA

CONSOLACIONES

DIÁLOGOS

APOCOLOCINTOSIS

EPÍSTOLAS MORALES A LUCILIO

ESTUDIO INTRODUCTORIO

por

JUAN MANUEL DÍAZ TORRES


EDITORIAL GREDOS

MADRID

CONTENIDO

ESTUDIO INTRODUCTORIO

CONSOLACIONES

DIÁLOGOS

APOCOLOCINTOSIS

EPÍSTOLAS MORALES A LUCILIO


Busto de mármol de Lucio Anneo Séneca, destacado pensador, intelectual y político hispanorromano, que se conserva en el Museo Arqueológico de Nápoles.

ESTUDIO INTRODUCTORIO

por

JUAN MANUEL DÍAZ TORRES

LUCIO ANNEO SÉNECA,

EL FILÓSOFO DE LA SERENIDAD

Tanto la vida como la obra de Séneca muestran hoy un excepcional vigor. Su vida, tan tempestuosa como serena y tan compleja como simple, sigue irradiando amor por lo más excelso y afán de sacrificio por lo que de verdad merece la pena. Esfuerzo y firmeza, valentía y honor, claridad y decisión, brío y autodominio, milicia y fe, aunque también misericordia y piedad, comprensión de la debilidad y consuelo ante el infortunio, son notas asociadas a la vida y a la imagen del que fuera el filósofo más relevante de todos los estoicos.

Por lo que se refiere a sus escritos, destaca el ímpetu de perfeccionamiento moral que infunden a quien se acerca a ellos con ánimo de mejora, con verdadero espíritu filosófico y amor por la verdad. En efecto, los Diálogos , las Consolaciones y las Epístolas morales a Lucilio [Epíst. ] forman un conjunto ardoroso de reflexiones y de consejos que nunca dejan indiferente ni a la razón del entendimiento ni a las razones de los sentimientos.

Por ello, la filosofía de Séneca no quedó encerrada en sí misma. El ansiado asentamiento de la dignidad humana sobre la naturaleza racional se instalaba en una época en la que se había dejado de creer en los dioses y aún no había llegado la creencia en Dios. Pero dicho emplazamiento no la hace menos fecunda, sino todo lo contrario. Las dificultades aparentemente insalvables en las que Séneca vivió, y por las que también fue obligado a dar la propia vida, se han hecho presentes en todo momento histórico posterior como loable esfuerzo del hombre por superar lo azaroso y alcanzar la altura que le es debida.

La pervivencia de Séneca, la huella de su filosofía en el pensamiento posterior, ha sido dilatada y profunda. Sus influjos se perciben con notoria claridad desde las obras de los autores cristianos antiguos o de los primeros siglos. Se constata la influencia filosófica en Lactancio y en Tertuliano tanto como en san Jerónimo, mientras que la literaria se deja ver en Prudencio y en san Martín de Braga.

Siguió un paréntesis de más de siete siglos en el que las doctrinas de Séneca quedaron eclipsadas ante la pujanza permanente del platonismo y la renovada del aristotelismo. Hubo que esperar al Renacimiento para que su pensamiento recobrara el vigor, como protocristiano o humanista puro; entonces lo hizo de la mano de Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio y, posteriormente, por obra de Juan Luis Vives, Michel de Montaigne, René Descartes, Pierre Corneille, Jean Racine, Jean de La Bruyère, Francisco de Quevedo, Baltasar Gracián, Denis Diderot, Ángel Ganivet, Marcelino Menéndez Pelayo y José María Pemán, entre otros de una lista casi interminable. La influencia del pensamiento de Séneca también puede hallarse en Arthur Schopenhauer, Edmund Husserl y María Zambrano, al menos como motivo para la reflexión sobre temas históricos o propiamente filosóficos.

Como escribió esta última en El pensamiento vivo de Séneca , merece la pena acercarse a la figura seductora del filósofo, ya que penetrar en su imagen

[…] es sorprender al mismo tiempo la fe antigua a la que se vuelve de la aventura de la razón y sorprender lo que hace la razón cuando quiere suplir a la religión, cuando se convierte en medicinal y consoladora, penetrada de caridad. Será también sorprender un poco a una especie de sabio, de intelectual diríamos hoy, que se ve a la cabecera del hombre desahuciado, cuando a solas ha renunciado a todo, a todo lo que puede renunciar una razón, una filosofía, a todo menos a aquello que empezó siendo su punto de partida en Grecia: resignarnos a aceptar nuestra condición humana.

VIDA

Los orígenes y la familia

Lucio Anneo Séneca tenía sesenta y cuatro años cuando se arrebató la vida. Corría el año 75 de nuestra era, y tuvo que ser el emperador Nerón quien ordenase cercenar la existencia temporal de quien había sido su propio preceptor y, más tarde, el hombre más importante del Impe rio después del mismo Nerón. Séneca había alcanzado ante Nerón la condición de amigo autorizado, favorito o íntimo consejero en lo privado, y de asesor oficial en lo público. Esta circunstancia, unida a la gran sensatez y a la rectitud moral de Séneca, vino a determinar su muerte.

Las vidas de Séneca y de Nerón convergieron durante quince años. Sin embargo, todo este tiempo no había sido suficiente para conseguir de Séneca el acatamiento servil que Nerón exigía a quienes deseaban seguir a su lado. Séneca, que siempre actuó con lealtad hacia Nerón, a quien había tenido por educando reflexivo y persona desapasionada, intentó mantenerse recto, al margen de todo servilismo, ante los oscuros avatares de una política marcada por las inveteradas desavenencias entre el Senado y los césares.

De origen cordobés y alta cuna, Séneca nació en la Hispania del siglo i, y fue uno de los primeros ciudadanos romanos de provincias que alcanzó el honor de ser cónsul. Los ascendientes de Séneca por parte paterna y materna procedían del valle del Guadalquivir y de Córdoba, ciudad romana desde hacía un siglo y medio, y donde residía el gobernador. Dicha zona de Hispania estaba habitada por nativos con ciudadanía romana y matrimonios constituidos entre oriundos e itálicos; entre sus pobladores se contaban también los descendientes de soldados y de libertos, así como los inmigrantes itálicos en busca de las riquezas mineras de Linares, antaño Cástulo. Queda claro que entre los ancestros de Séneca debió haber una rica diversidad de orígenes y una variada extracción social.

Marco Anneo Séneca, padre de Séneca, ha pasado a la posteridad con los sobrenombres de Séneca el Viejo o el Rétor. Nació en el año 55 a.C. y fue un ilustre ciudadano romano perteneciente a la nobleza ecuestre. Apasionado por la cultura en general, y en concreto por la retórica y la oratoria, viajaba con frecuencia a la ciudad de Roma. Bien formado intelectualmente, llegó a escribir un trabajo sobre la historia de su época, estudio que se ha perdido. También realizó otros estudios sobre controversias y suasorias, en forma de guías educativas dedicadas a sus hijos, en los que exponía fórmulas, procedimientos y argumentos para la discusión y la persuasión. Su pasión por las bellas letras, y en especial por el arte de la oratoria le abrió las puertas de la distinción social, de la nobleza gobernante y de la carrera pública, que siempre quiso virtuosa. Su propia valía personal, unida a la disponibilidad de un gran poder económico y también al disfrute de amistades influyentes, le permitió introducirse en la clase gobernante romana.

Helvia, la madre de Séneca, era bastante más joven que su marido y procedía de un ilustre linaje de la Bética. El matrimonio se celebró cuando ella tenía catorce años y, al igual que su esposo, era una iniciada en el cultivo de las bellas letras. Tuvieron tres hijos. El mayor de ellos, Lucio Anneo Novato, tomaría posteriormente el nombre de Junio Galión al ser adoptado por un amigo de su padre, que era también un conocido retórico. El segundo fue Lucio Anneo Séneca, el filósofo, y Lucio Anneo Mela, padre del poeta épico Lucano, fue el tercero.

Novato, el mayor de los tres hermanos, fue muy estimado por su pragmático padre. Le atribuía más inteligencia que al segundo de sus hijos, Séneca, más inclinado a la filosofía. Séneca el Viejo detestaba la filosofía por su inutilidad para los asuntos de la administración pública y su poca eficacia por lo que respecta al éxito político. En aquella época, la retórica era considerada una actividad sublime y una herramienta intelectual muy valorada que, además, favorecía el ascenso en la escala pública. Pues bien, Séneca el Viejo, que vivió hasta el año 39, quiso que sus hijos hicieran carrera pública aunque nunca a costa de una vida virtuosa o, cuanto menos, de la honestidad, lo cual no resultaba nada sencillo en medio de una estructura gubernamental como la de la época que nos ocupa. Así, Galión, Séneca y Mela fueron enviados a Roma por su padre para que aprendieran de aquellos a los que se atribuía la excelencia de la oratoria magisterial. Allí tuvieron ocasión de escuchar a los mejores oradores y de estudiar con los mejores maestros.

Galión llegó a ser senador y procónsul de Acaya en el año 52, durante el mandato del emperador Claudio. Tuvo a Pablo de Tarso (san Pablo) bajo su tribunal por actuar contra la ley, y falló a favor de él. Por el parentesco y por la gran proximidad emocional con Séneca, Galión se vio arrastrado por la caída del filósofo: tras la muerte de éste se suicidó en el año 65, durante el mandato de Nerón y a consecuencia de la purga neroniana. Por su parte, Mela, el más joven de los hermanos, llegó a ser un alto funcionario que optó por no sobrepasar el orden ecuestre, para atender los negocios de sus ascendientes. Mela también siguió a Séneca en su muerte, pues se suicidó ese mismo año, víctima de idénticas acusaciones. Incluso Lucano, poeta, senador y comensal del emperador Nerón, hijo de Mela y sobrino de Séneca, fue sacrificado el mismo año en esta espiral de frenesí.

Roma: formación y vida activa

Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón fueron los emperadores que marcaron la vida del Imperio durante la época en que le tocó vivir a Séneca. Tiberio, que había nacido en el año 42 a.C., fue adoptado y designado sucesor por Augusto cuando éste perdió a sus nietos Gayo y Lucio; fue emperador desde la muerte de Augusto (14 d.C.) hasta el año 37. Por su parte, Calígula, emperador desde el año 37 de nuestra era, fue adoptado por Tiberio como sucesor. Calígula fue una persona mentalmente inestable: extravagante en exceso, despótico y cruel. Tras su asesinato, en el año 41, le sucedió Claudio, su tío, hasta el 54. Claudio, débil de cuerpo y endeble de espíritu, fue esposo de Mesalina primero y de Agripina después, y adoptó al hijo del matrimonio anterior de ésta, Nerón, a quien nombró sucesor, privando a Británico, hijo de su primer matrimonio, de tal honor.

Se sabe que Séneca viajó a Roma cuando era muy joven, hacia el final del reinado de Augusto. Estaba muy familiarizado con las obras de Cicerón y de Virgilio, e influido por ellas. En Roma conoció las doctrinas de Pitágoras y de Sextio a través de Soción de Alejandría, y hasta los dieciocho años estuvo bajo la influencia directa del cínico Papirio Fabiano. Pero el influjo de Átalo, griego y estoico, muy admirado por el padre de Séneca, fue mucho más intenso. Acudía con extraordinaria inquietud y docilidad a recibir las enseñanzas del austero Átalo, movido sólo por la búsqueda de lo honesto y de lo justo.

Átalo fue considerado por Séneca un filósofo sublime, por encima de todos, casi más que un rey, pues no podía ser menos quien tenía la facultad de censurar a los reyes. Cuando aquél ensalzaba y recomendaba la pobreza, a la vez que mostraba lo superfluo y molesto que resultaba lo que no era necesario, Séneca advertía la grandeza de tal virtud. Y cuando Átalo estigmatizaba los placeres, el joven Séneca acababa deseando la sobriedad como norma de vida. Así pues, a los veinte años, Séneca quedó definitivamente convertido a la filosofía estoica, que cuidó y profesó durante quince años más, hasta su entrada en la carrera pública, en la que tuvo que conciliar una con otra. Como él mismo manifestó, había aprendido de sus maestros a vivir, y no tanto a discutir. De hecho, Séneca se reconoce en sus escritos como un joven que anheló siempre cultivar su espíritu mucho más que nutrir su inteligencia.

En la Roma que cien años antes había conocido a Cicerón en su esplendor intelectual, Séneca respondía a la idea de plenitud humana. Ser literato, filósofo y además senador representaba la síntesis ideal a la que cualquier mortal romano podía aspirar en aquella época. Su dedicación a la política del más alto nivel le permitió convertirse en heredero y representante de una tradición romana gloriosa y acrecentar su fortuna económica hasta cotas insospechadas. Su disciplinada, espiritual, lujosa, influyente y respetada forma de vivir conforme a su modo estoico de pensar le granjeó el laurel de la filosofía y el privilegio de su digna muerte. Además, su conocida producción literaria le hacía valedor, frente a lo griego, de lo genuinamente romano.

En aquellos tiempos no era fácil compaginar la vida política activa con las ansias de perfeccionamiento moral. Responder a la exigente y realzada figura del filósofo y dedicarse a una aventura política entretejida habitualmente por los hilos de la maledicencia, la lisonja y la inhabilitación más dramática suponía granjearse fama de hipócrita en la realidad social. Séneca pudo experimentarlo e incluso sufrirlo en su nada precoz pero exitosa carrera pública. Sin embargo, su fecunda capacidad para lo diverso hizo que pudiese armonizar la actividad filosófica y el modo de vida espiritual con la vida política, de apariencias, poder y prebendas, con total honestidad y al margen de las acostumbradas, consentidas y sostenidas corruptelas.

Vinculado estrechamente a la familia imperante y refractario a la oposición senatorial de la casi totalidad de los estoicos, Séneca siempre se mantuvo fiel a su convicciones monárquicas. Y si bien fue leal al compromiso político adquirido, también lo fue a su pensamiento, ámbito en el que nunca realizó concesión alguna ni se halló en él, estrictamente, doblez censurable. Su ascenso tardío pero fulgurante se debe en parte a sus propias virtudes, aun cuando no resulte nada desdeñable su explícita amistad y profunda admiración por el cónsul Crispo Pasieno, a quien Séneca tenía por el mayor experto en la distinción y en la curación de los vicios.

Como consecuencia de su siempre delicada salud, Séneca, aquejado desde joven por una bronquitis crónica que terminó derivando en tuberculosis pulmonar, buscó un clima mejor y vivió unos años con su tía Helvia, esposa de Gayo Galerio, prefecto de Egipto. Séneca llegó a tierras egipcias en el año 25, y allí permaneció seis años e inició su labor de escritor. Regresó a Roma en el año 31, acompañado por Helvia y Gayo Galerio, que murió durante la travesía. A su llegada a la ciudad imperial —Sejano, el favorito de Tiberio, había muerto—, inició su ascenso político y funcionarial, su gran carrera política, que le llevó a ser cuestor hacia el año 33 y edil unos cuatro años después. Le esperaba aún su puesto definitivo en el Senado.

Destierro y plenitud

Con el trasfondo del complejo y tortuoso mundo de celos, envidias y traiciones de la familia imperial, sería el emperador Claudio, instigado por su primera esposa, Mesalina, quien pronto truncó —aunque sólo de forma provisional— la prometedora carrera pública de Séneca. El odio de Mesalina hacia Julia Livila, sobrina de Claudio y hermana de un Calígula que no dudaba en recelar de la brillantez de Séneca, propició la desgracia del filósofo. Acusado de haber mantenido relaciones adúlteras con Julia Livila, Séneca fue condenado a sufrir destierro en Córcega desde el año 41 hasta la boda de Claudio con Agripina, su segunda esposa, en el año 49. Tras ocho años de exilio —una pena que legalmente podría haber sido de muerte, por ser Livila miembro de la familia imperial, si no hubiese sido conmutada por Claudio—, Séneca regresó a Roma a los cuarenta y nueve años.

Agripina, esposa del emperador Claudio, obtuvo la gracia del perdón para Séneca cuatro años antes de la muerte de éste. Veía en él un magnífico consejero potencial, un maestro de prestigio y una celebridad reconocida. En él buscaba un poderoso cómplice que con seguridad odiaba a Claudio, y también un magnífico preceptor para educar a Nerón, su propio hijo e hijo adoptivo de Claudio. Pero hay más. Agripina, al perdonar oficialmente a Séneca, ansiaba ganarse no sólo el reconocimiento y la gratitud populares, sino también asegurarse de que el futuro emperador, el sucesor de Claudio, fuese Nerón y no el joven Británico, hijo del matrimonio anterior de Claudio con Mesalina.

Con estos precedentes, un Séneca ya célebre retornó a Roma cubierto de gloria, amparado por una Agripina que preparó su nombramiento como pretor de manera inmediata, y dispuesto a vivir definitivamente como filósofo pleno y rico hacendado. Ambas pretensiones se verían cumplidas, si bien Séneca sería humillado a consecuencia de la segunda.

Nerón, tan presuntuoso como original, accedió al trono a los diecisiete años. Corría el año 54, el de la muerte de Claudio, y Británico, excluido del trono, murió envenenado al mes del ascenso de su hermanastro. El nuevo emperador, que había tenido a Séneca como preceptor desde el año 49, cuando contaba doce años, disfrutó siempre de la confianza del filósofo, pero nunca de su adulación. La lealtad de Séneca se basaba en su convencimiento de que Nerón sabría poner fin al trágico ciclo político en que se hallaba Roma.

Con Nerón como emperador, Séneca reunió una de las mayores fortunas de la época, cifrada en más de setenta millones de denarios, un capital que podía constituir entre una quinta y una décima parte de la recaudación total del Estado romano. Esta fortuna dio origen a muchas críticas: resultaba fácil satirizar sobre alguien que pretendía una vida plena y feliz, asentada en el desinterés más puro, y al mismo tiempo llevaba una existencia descomunalmente rica en términos patrimoniales. Pero las críticas no afectaron en exceso a Séneca, ya que su promoción a tan elevada función pública como la senatorial suponía un notable enriquecimiento gracias a los regalos irrecusables provenientes del mismo César o a herencias de amigos en posición igualmente noble. Cabe afirmar, pues, que la riqueza y la moral estoica nunca se vieron enfrentadas en la persona de Séneca.

En el año 58, Séneca no sólo se hallaba en el cenit de su celebridad, sino que también había alcanzado el momento álgido de su capacidad de influencia tanto pública como privada sobre Nerón. A todo ello hay que añadir que su riqueza presentaba ya cotas insospechadas. Esta circunstancia era digna de admiración por parte de la inmensa mayoría de sus desiguales inferiores, pero generó un recio movimiento de recelo, crítica y sátira, no siempre soterrado, entre los miembros del reducido grupo de familias aristocráticas que lo consideraban un farsante —por el hecho de amalgamar tesis estoicas con la posesión y el disfrute de riquezas materiales–, un codicioso —por su extraordinaria fortuna— y un adulador del emperador; por tanto, un mal ejemplo moral y un enemigo que convenía derribar.

Ese mismo año, Séneca reaccionó contra tales acusaciones con su breve tratado Sobre la vida feliz . En él muestra conocer la distancia entre la propiedad material de riquezas y el aferramiento moral a ellas, o entre su tenencia y su consideración como fin último de la vida. Sostiene que la pobreza no garantiza nada por sí misma, porque la enfermedad que supone el vicio radica en el alma y no en la mucha o escasa posesión de las cosas. Está convencido de que el austero desprendimiento hace que la posesión de riquezas no degenere en vicio del alma. La pobreza material, considerada en sí misma, no es virtud, como tampoco lo es la riqueza. Se puede vivir contrariado en la pobreza, o vivir en ella de buen grado. El afán excesivo de bienes mate riales, el deseo vehemente y desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas es defecto del alma, y se instala en ella con independencia de lo que pueda poseerse o adquirirse.

Séneca, al igual que los epicúreos, apreciaba la pobreza, pero a diferencia de éstos no consideraba pertinente la ostentación de la indigencia con el fin de dotarse de mayor credibilidad. Además, sostuvo que la decisión libremente tomada de vivir en la pobreza era un acto virtuoso, lo cual está muy alejado de una vida circunstancialmente forzada a la pobreza, en la que ésta ha de aceptarse por necesidad. Cabe recordar que «desdeñar» significa «tratar con desdén», esto es, con la indiferencia y el desapego que denotan menosprecio; por tanto, el menosprecio no supone en absoluto abandono, sino sólo alejamiento o falta de interés desmedido. En definitiva, Séneca defendía que es de gran mérito permanecer pobre entre las riquezas, no corrompiéndose entre ellas; que la calidad del hombre no radica en lo que tiene sino en su manera real de ser, en su forma de vivir, es decir, en su conformidad con la naturaleza y en su desprecio interior de la fortuna, sea ésta capital o encadenamiento fortuito de sucesos que procura algún bien o algún mal.

Confianza y frustración

Para Séneca, el advenimiento de Nerón como nuevo emperador trajo nuevas esperanzas. Para el filósofo fue un tiempo de ilusionada aunque tensa expectación, pues dada la personalidad y la formación del joven Nerón, parecía advertirse la cercanía de un período político y social de mejora. Y no tardaría mucho en expresarlo. Así, en el año 56, escribió un tratado político dirigido al propio emperador y titulado Ad Neronem Caesarem de clementia. En Sobre la clemencia expuso no sólo su absoluta confianza en Nerón —lo cual, viniendo de una autoridad como Séneca, suponía apuntalar aún más la legitimidad del nuevo emperador—, sino que además presentó la manera de rectificar la inercia de errores que provenía del pasado y cómo proceder a un saneamiento del cesarismo, que Séneca nunca creyó injusto en sí mismo.

En el tratado adopta la forma de consejo público, pidiendo la práctica de la clemencia a un Nerón al que aún consideraba capaz de controlar el potencial de poder despótico de que gozaba como emperador, y de ser lo suficientemente sensato para comprender la complejidad política y ética de tal forma de proceder. De modo simultá neo, Séneca expone en Sobre la clemencia lo razonable de la moderación al aplicar la justicia, a la vez que solicita a Nerón la erradicación de la tiranía mediante la práctica de la atenuación de los rigores del castigo de los súbditos; por último, presentaba al propio Nerón como un príncipe justo, capaz de practicar la clemencia, con la altura intelectual y moral necesarias para iniciar una nueva y diferente singladura, más recta y más ecuánime, del cesarismo.

Al escribir a Nerón sobre la clemencia, Séneca distingue entre esta virtud y la misericordia: si bien ésta supone, en general, la inclinación del ánimo a compadecerse de las miserias ajenas, la virtud de la clemencia es —como se ha indicado— moderación al aplicar la justicia. Según Séneca, los varones mejor formados y justos deberían ejercer la clemencia y la mansedumbre, evitando la misericordia, al ser ésta un vicio del ánimo débil que sucumbe ante los males ajenos, por lo que resulta común incluso entre los malvados.

Séneca se cuida mucho de señalar que la clemencia va unida a la razón. No así la misericordia, que no toma en consideración la causa sino sólo el infortunio. La conclusión que cabría obtener de todo ello es coherente: si la misericordia es, en el fondo, tristeza o dolor del ánimo ocasionados por la presencia de las miserias de otro o por unos males ajenos que imagina inmerecidos, aquélla no debe alcanzar al sabio, ni tampoco al emperador.

Estas precisiones sobre el marco general en el que se inscribe el magisterio de Séneca sobre la clemencia ayudan a comprender mejor algunos de sus consejos y consideraciones. Séneca le recuerda a Nerón cinco verdades de capital importancia para su labor de gobierno. En primer lugar, que es uno mismo el que se perdona cuando perdona a otros, y que el más reacio para otorgar perdón suele ser quien con más frecuencia necesita implorarlo. En segundo lugar, que debería contener la mano al proceder a derramar sangre, pues tal medida suele provocar una herida excesivamente profunda. Por lo que se refiere a la tercera, que los vicios son enfermedades del alma que exigen tratamiento suave y médicos cordiales. En cuarto lugar, que es conveniente juzgar inocente a una ciudad para que llegue a serlo, y que es peligroso demostrarle en cuánta mayoría están los malvados. Por último, que la verdadera felicidad no consiste en el ejercicio despótico del poder, sino en asegurar la suerte de muchos y merecer la corona cívica por el ejercicio de la clemencia.

A Séneca le quedaban sólo nueve años para ver frustradas sus expectativas, para comprobar que nada había cambiado ni iba a cambiar, que no se había tomado un rumbo nuevo: justo el tiempo que le quedaba de vida. Así, cuatro años antes de su muerte, un Séneca casi sexagenario y toda Roma conocieron el fin del período de cinco años de felicidad que Nerón les había otorgado; se preparaba el advenimiento de un matricidio, el asesinato de Agripina, que marcaría un antes y un después.

En efecto, corría el año 59 cuando un frenético Nerón convocó de urgencia a Séneca y a Burro, a la sazón prefecto pretorial y buen amigo del filósofo. El emperador, que entonces contaba veintiún años, quería informarles de tres asuntos de máxima importancia. Primero, que había fracasado en su intento de acabar con la vida de su madre, Agripina. Segundo, que el intento de asesinato obedecía a que le habían llegado noticias, para él creíbles, de que Agripina preparaba una sublevación popular a la vez que tramaba su asesinato; la guardia pretoriana, el Senado, los sirvientes e incluso amplios sectores del pueblo estarían siendo dirigidos hacia tales objetivos por la hábil Agripina. La tercera de las razones que motivaba la reunión era que debía evitarse a toda costa y para siempre la más que previsible venganza de una Agripina enfurecida, y si se pretendía que tal amenaza dejara definitivamente de serlo, no quedaba más opción que el asesinato.

Nerón no pudo contar con la anuencia práctica de Burro. El prefecto pretorial evitó inmiscuir a la guardia pretoriana en tales acontecimientos basándose en que se trataba de arrebatar la vida a una princesa de sangre, cosa que dicha guardia nunca admitiría. A pesar de tal oposición, Agripina fue degollada, y al apesadumbrado Burro le correspondió el amargo cometido de encarnar la versión oficial y justificar los hechos ante la guardia pretoriana. Burro moriría en el año 62. Por su parte, Séneca apareció como la voz del joven Nerón, lo que suponía convertirse en expresión de legitimación política y de acreditación moral, pues al haber redactado el discurso imperial en el que se justificaba la muerte de Agripina, Séneca entraba en connivencia con el luctuoso suceso.

Se acerca el final

A partir de aquí se abrió un único escenario con dos actores que tomaron direcciones opuestas: un Nerón cada vez más altivo, neurótico y déspota, y un Séneca que, desalentado y cada vez menos comprometido interiormente, intentaba batirse en retirada con gran discreción. El filósofo, que nunca podría olvidar lo acontecido a Agripina y tampoco dejar de observar el rumbo tiránico de Nerón, no abandonó de forma inmediata sus funciones, y tampoco se convirtió en la figura opositora que podría combatir al emperador. Guardó silencio e inició la marcha hacia el «exilio interior».

Al cumplir sesenta años, Séneca, acogiéndose a las normas que lo permitían, abandonó el cargo de senador, aunque no podía dimitir de sus obligaciones de amigo de Nerón sin una causa razonable y sin la aprobación expresa de éste. Hubiera sido un acto osado pero suicida decirle al emperador que el motivo de la petición de su relevo al frente de tales obligaciones eran sus consideraciones sobre el matricidio y el ejercicio de su poder; y por las peculiaridades de tal vínculo, una renuncia a él entrañaría siempre el abandono y el alejamiento, aparte de la acusación soterrada contra el emperador.

A pesar de ello, y tras su cese como senador, Séneca lo intentó en junio del año 62 esgrimiendo su deseo de consagrarse por entero y con tranquilidad inalterable a la reflexión filosófica, a un retiro fecundo; pero Nerón desestimó la petición. En efecto, en esta fecha Séneca escribió la epístola moral número 73 de las dirigidas a Lucilio. Con la intención de solicitar a Nerón ser relevado de su cargo, en ella intentó mostrar su nula peligrosidad personal y lo inocuo que debía resultar su retiro para el emperador. Séneca sostuvo en la citada epístola que los filósofos, lejos de ser insumisos y desdeñosos con las autoridades, saben agradecer a los gobernantes la dádiva que supone el beneficio de un retiro tranquilo.

Tras el incendio de Roma del año 64, un Séneca comprometido en el plano formal, pero con el ánimo de quien anhela el retiro y la soledad más absolutos, intentó llevar una vida apartada de todo reconocimiento y lujo. Ahondar en la sabiduría, llenarse de ésta vaciándose de todo otro compromiso, es justamente lo que expresa en sus Epístolas morales a Lucilio , escritas entre el comienzo del verano del año 62 y los últimos días de noviembre del año 64. Séneca quería dejar de ser fiel seguidor de Nerón y al mismo tiempo precisar que ello no le convertiría en adversario o enemigo declarado del emperador; quiso decir la verdad sin que ésta provocara una reacción negativa. Séneca buscaba calma, disponer de tiempo y de una quietud que no se viese alterada por los cargos públicos. Necesitaba prepararse por dentro, disponerse de manera íntima, regresar al hontanar de sí mismo.

A principios del verano del año 64 ya era pública la noticia del suicidio del senador Silano, que tras ser acusado de sedición contra Nerón se había abierto las venas. Séneca, en esa época, escribió la epís tola 70. En ella, anticipando y defendiendo su más que probable sacrificio, expuso las causas que pueden justificar el suicidio, alabando más la calidad de la vida que su duración. Si la cuestión era morir bien, debía plantearse cómo se podía morir bien tras haber evitado el riesgo de vivir mal. Morir bien exigiría erradicar del ánimo la necedad del temor a la muerte y, por tanto, de morir por causa de dicho temor. Asimismo, la muerte rápida sería preferible a la lenta, y más agradable la muerte apacible que la dolorosa. Se anticipaba así algo importante: que la cicuta era preferible al verdugo, ya que aquélla no sólo asegura mayor dignidad, sino también el derecho a la sepultura y el respeto de las últimas voluntades, que evitaba la confiscación de bienes.

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Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
1311 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9788424930356
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı: