Kitabı oxu: «Explosión de vida»

Şrift:

Sergio Expert

Explosión de vida

Historia de mi re-nacimiento


Este libro está dedicado a mis padres, Jeannette y Michel, y a mis hijos, Sofía, Marina y Marcos.

Esto es para ustedes.

Agradecimientos

Este libro no se podría haber terminado si no fuera por la colaboración de muchas personas. Todas ellas aportaron para Explosión de Vida y ayudaron a recrear el lado B de esta historia.

Jean, Florencia e Inés, son lo más. Qué bendición los hermanos que tengo. Gracias, Flor, por la ayuda con toda la lectura y corrección final.

A Ana, por ser fuente de información constante y primer filtro de la lectura de los capítulos.

También un GRACIAS bien grande a Elena, Fil, Memo, Willy, Gabriela, Hernán y Juampi, que tan amablemente accedieron a destinar parte de su tiempo para recordar y recrear sus vivencias de hace más de treinta años.

Alejandra Herrera, gracias por la información recopilada, las entrevistas y volcar todo esto en papel. Sin vos todo hubiese sido muy cuesta arriba.

No quiero dejar de agradecer a los Bomberos Voluntarios de San Isidro y al personal del Hospital de San Isidro, que aquella noche hicieron todo lo necesario para salvarnos.

Nando Parrado, gracias por tu generosidad desde el momento en que nos conocimos.

Gracias, Felicitas, por estar. Por leer y corregir cada capítulo, para después volverlos a releer conmigo sin importar día ni hora.

Viejitos, mil gracias por todo lo que me dieron y enseñaron. Gracias eternas.

Prólogo

Martes 17 de marzo de 2020. Hace tres días que volví de México. A mediados de febrero fui contactado para participar en el Tercer Congreso Internacional de Valores por la Paz, que tendría lugar en la Universidad Autónoma de Sinaloa, ciudad de Culiacán. ¿Qué puedo decir? Me sentí tremendamente halagado y muy curioso frente a esta invitación, la cual acepté casi sin pensar y de inmediato. Sin embargo, el nombre del Estado, Sinaloa, me hacía ruido y me remití a Google para sacarme la duda. Entre otros artículos, allí encontré esto: “El hijo del Chapo Guzmán, fugitivo”, “El asesinato del jefe del Cártel de Sinaloa”, “El emporio del Chapo Guzmán”. Ahí entendí por qué me hacía tanto ruido esa palabra.

Si bien emprendí el viaje sin miedo y con muchas ganas, como en cada actividad que llevo a cabo, todo mi entorno repetía una y otra vez que fuese prudente y tuviese mucho cuidado con todo. Entendí su preocupación, así que les aseguré que me manejaría con mucha responsabilidad y que, ante la primera situación que me llamase la atención, tomaría todos los recaudos para estar seguro y a resguardo en el hotel.

Viví cuatro días muy intensos. El 10 de marzo a la mañana tomé el vuelo AM 031 de Aeroméxico con destino a México DF. Después de casi catorce horas de viaje, llegué a Culiacán. Cansado pero muy feliz de formar parte de un congreso internacional que trataría temas relacionados con la paz en una zona mundialmente reconocida como peligrosa.

Al no haber despachado ninguna valija, fue sumamente fácil atravesar controles migratorios y responder las nuevas preguntas de rutina. Puse alcohol en gel en mis manos y crucé las puertas corredizas del aeropuerto para encontrarme con Jorge y Karla, su prometida. A Jorge lo había conocido de forma virtual. Con él traté todo lo relacionado con mi charla en la universidad. Después de los saludos y palabras de cortesía, nos subimos a su camioneta Jeep rumbo al Hotel San Marcos, donde me hospedé las cuatro noches siguientes.

A la mañana me desperté muy temprano, ni asomaba el sol. No dudé en seguir durmiendo hasta las siete sin ningún remordimiento. Después miré un rato de televisión, navegué en mi Instagram como de costumbre, me vestí y fui a tomar el desayuno. Una vez con el tanque lleno, estuve listo para ir a recorrer Culiacán. Salí del hotel hacia la avenida Obregón. El calor agobiante de la calle me resultó impactante. A pesar de esto, enfilé hacia la catedral, que quedaba a cinco cuadras del hotel. Comencé el city tour y me sorprendió que las personas usaran ropa de invierno a pesar de las altas temperaturas. Yo no entendía nada: a diferencia de ellos, solamente tenía puesta una bermuda y una remera liviana, y aun así no paraba de transpirar. La humedad y el sol radiante de esa mañana eran una combinación agobiante.

Una vez dentro de la pintoresca catedral, que data de 1842, lo primero que hice, además de refugiarme del sol, fue agradecer. Estaba a pocas horas de enfrentar el escenario, hablarle al público y dar lo mejor de mí. Fueron muchos años de mi vida laboral en grandes compañías y ahora seguía forjando mi nuevo camino en forma independiente. Cerré los ojos e hice un breve recorrido de todo lo que había hecho desde ese julio de 1986. Pensé en todas las personas que me acompañaron, aguantaron, rezaron por mí y me brindaron su amor incondicional para poder sanar. Fue inevitable recordar a los que ya no están, a los que ya no puedo llamar ni escribirles. Sonreí y les agradecí por todo lo que me habían enseñado. Les dije que estuvieran tranquilos, porque yo estaba bien.

Camino de regreso compré dos botellas de Coca Zero, necesitaba tomar algo fresco urgente. Mientras esperaba para pagar, sonó mi teléfono. Un número local, era Karla. Tenía buenas nuevas del Colegio Chapultepec. Había podido organizar una actividad para después del recreo del almuerzo. Mi charla estuvo dirigida a las chicas de sexto, séptimo y octavo grados. Jóvenes, en plena adolescencia. Busqué la mejor manera de atraer su atención durante media hora, más de ese tiempo sería aburrido para ellas. Fue una linda experiencia. Las alumnas estuvieron muy atentas y, mientras yo hablaba, un gran silencio se hizo en la sala y las miradas de ellas estaban concentradas en mi presentación. Me sorprendió la cantidad de preguntas que me hicieron, de lo más variadas y no me lo esperaba. Hubo aplausos, selfies y agradecimientos.

Al día siguiente iba a ser el gran día. Era la apertura del Congreso. Lo único que me había quedado pendiente era que no habíamos podido hacer una prueba de sonido e imagen. Sin embargo, cada vez que les preguntaba por esto, tanto Jorge como Karla me decían siempre lo mismo:

—No te preocupes, mañana a la mañana chequeamos todo.

Llegó el día tan esperado, jueves 12 de marzo. Nos buscaron temprano por el hotel. Éramos tres oradores argentinos, un costarricense, un español, un chileno, un colombiano y un mexicano. Algunos de ellos se conocían del mundo académico y, en virtud de sus profesiones, ya habían compartido algunos eventos. Ese no era mi caso, ni de cerca.

En la entrada del modernísimo edificio de la Universidad Autónoma de Sinaloa había una gran cantidad de gente que hacía fila para ingresar. Ni bien bajamos de la combi, la alta temperatura se hizo sentir. Mi vestimenta era un tanto más informal que la de los demás expositores, sin embargo mucho más formal que lo que acostumbro. Zapatos marrones con suela amarilla, jean oscuro, camisa blanca, cinturón que hacía juego con los zapatos y saco azul con un detalle rojo en los botones. No desentoné para nada. Para llegar al auditorio central tuvimos que pasar entre una gran multitud. La ubicación de todos los conferencistas era en la quinta fila cerca del escenario, pero con la distancia suficiente para poder tener perspectiva de todo.

La ceremonia empezó con la entrada de la bandera de México, llevada y escoltada por cuatro jóvenes mujeres vestidas con uniforme, que marchaban y marcaban con mucha fuerza cada paso. Luego se entonó el Himno Nacional, se presentaron las autoridades y a continuación, los discursos correspondientes. Nuestra tarea como oradores era inspirar a las personas a ser agentes de cambio. Menudo desafío.

Luego de la firma de acuerdos entre distintos organismos representados por los presentes, se dio por inaugurado el Tercer Congreso Internacional de Valores por la Paz. Tuvimos que retirarnos del auditorio central para ir a un sitio especialmente preparado para la foto oficial. Hubo corte de cinta y más de treinta y cinco grados al sol.

Había tres lugares destinados especialmente a las conferencias, además de varias pantallas gigantes ubicadas afuera para que las más de dos mil personas presentes pudiesen disfrutar de la jornada. El auditorio central albergaba a setecientas personas aproximadamente; el SUM, unas doscientas, y la sala audiovisual, un poco menos, ciento cincuenta. Un tremendo evento y un espacio armado para ello. Mi charla estaba prevista para el mediodía en el auditorio central, así que mientras se desarrollaba la conferencia anterior, pude probar el video que proyectaría. Después de varios intentos, finalmente se pudo descargar. A pesar del susto, todo estaba quedando en orden.

Antes de iniciar mi exposición vinieron periodistas de un medio televisivo de Culiacán para hacerme un breve reportaje. Luego, me presentaron a Dalia, con quien conversamos un poco para distenderme y arreglar los últimos detalles. Era casi la hora, pude espiar y notar que el auditorio estaba con muy poco espacio vacío. Sentí nervios. Dalia me presentó: “Con ustedes, Sergio Expert, licenciado en Administración de Empresas de la Universidad de Buenos Aires. Orador, conferencista y consultor independiente, actualmente lidera Explosión de Vida, dicta talleres y capacitaciones a partir de su historia de vida”.

Y aquí vamos…

Introducción

Viernes 11 de julio de 1986, nueve de la noche. Invierno. Frío tremendo.

“¡Feliz cumpleaños!”, le digo a mi amigo de la infancia Enrique “Cachua” Casares y lo abrazo fuerte.

Entro y veo que ya somos seis los que dimos el “presente”. Es que nadie se quiere perder un asado de Cachua…

Por lo visto, tuvo que mudar el asado a la chimenea de piedra del living. Es que el frío está bravísimo. Enrique tiene una parrilla portátil que usa como back up. El tipo está en todo. Como a esa parrilla le falta una pata, Cachua suele usar un adorno de metal para estabilizarla.

El asado está a pleno. Charlamos, nos reímos, la estamos pasando genial.

Aproximadamente a las nueve y media un tremendo estallido se apodera de todo. El living se llena de humo y de destellos. Estoy aturdido, no entiendo qué está pasando. El humo no me deja respirar. Quiero salir corriendo pero no me responden las piernas. Siento la garganta cerrada. Escucho gritos… no sé de dónde provienen. Un zumbido muy intenso presiona mi cabeza. Un calor insoportable me envuelve.

Nuevamente intento levantarme, quiero ver si todos están bien, pero no logro mover las piernas, ¡no las siento!

Con los codos avanzo arrastrando el cuerpo entre escombros, vidrios y pedazos de madera. Afuera el humo no es tan denso. Creo ver movimiento a mi alrededor. Los gritos no cesan.

Recuerdo que éramos siete en el asado, éramos siete. Empiezo a decirlo en voz alta, una vez, otra vez. Necesito saber si están bien. Tengo que hacer algo. No puedo dejarme vencer. No quiero morirme. No quiero morirme, Dios…

Estoy terriblemente agotado, no doy más, pero tengo que mantenerme alerta, tengo que estar despierto. Alguien se me acerca, me habla. Le digo mi nombre, le pregunto por mis amigos. “¡Éramos siete adentro!”, le digo. Escucho las sirenas a los lejos. Vienen para acá. Sin tener noción del tiempo, sólo sé que me suben a una camioneta y escucho que vamos al hospital.

En ningún momento supe qué había sucedido. Cómo habíamos pasado de estar compartiendo un asado a salir volando por los aires, aturdidos por ese ruido ensordecedor y luego, el silencio desolador de la tragedia.

Tiempo después y tras las pericias respectivas, se determinó que había detonado un proyectil. Ese “adorno” metálico era una bala de cañón de la Segunda Guerra Mundial comprada en un chatarrero. En su coraza aún contenía trotyl (trinitrotolueno, TNT), un compuesto químico explosivo. Ese artefacto decorativo que en incontables ocasiones había sostenido la parrilla fue lo que tiñó de fatalidad aquella jornada.

La explosión dejó un boquete de casi un metro de diámetro en la pared del living y uno aún más grande en nuestros corazones.

Capítulo I

I feel lucky today / Hey look at that, man /

Do you want to get rocked?

[Me siento afortunado hoy. /

Ey, mirá eso, loco. / ¿Querés rockear?].

DEF LEPPARD, «Let’s get rocked».

Nací el 10 de agosto de 1966 de la unión de dos grandes. Mi padre Michel y mi madre Juana Molina Salas, que lograron un increíble matrimonio criollo-belga. Soy de Leo, un gran remador que no se rinde fácil y muy entusiasta de la vida. Mi madre siempre dijo que fui el hijo de la vejez. Esto, porque nací siete años después de mi hermana Inés, nueve después de Florencia y diez después de mi hermano Jean. De manera que siempre fui “el gordo”, “borrego” o “Sergín” (odiaba y odio ese último apodo). Bastante mimado dicen todos, aunque no lo recuerdo particularmente. Más bien creo que, al haber tenido tres hermanos mayores, tuve bastante más libertad que la que habían tenido ellos. Sí me acuerdo de haber sido muy malcriado por mi hermana Florencia, “Flopi”.

Mis abuelos paternos, Louis Expert y Jeanne Pollet, vinieron en barco desde Bélgica en 1951 junto con mi padre, su único hijo. Ninguno de los tres sabía castellano y mi padre era muy joven. Llegaron al país porque mi abuelo había sido trasladado a la sucursal del Banco Ítalo-Belga en Buenos Aires. Se instalaron en Acassuso, en plena zona norte, después de deambular un poco por varios lugares y elegir dónde empezar su aventura en tierra argentina.

En honor a mi abuelo materno, Sergio Molina Salas o “Tatita”, me llamo Sergio. Era muy machista, no podría sobrevivir a la sociedad actual, un hombre patriarcal. Divertido a su manera, sarcástico y muy inteligente. Arquitecto, gran lector, trabajaba también como profesor de francés nada más ni nada menos que en el Colegio Nacional Buenos Aires. Entre otras cosas, no sabía manejar y su mujer, mi abuela, era quien debía conducir el Buick negro que tenían. Se llamaba Esther Etchart y le decían “la Rusa”. Timbera como pocas. A partir de las cinco, casi todas las tardes se jugaban partidos de generala en su casa, y que nadie se atreviera a interrumpir. ¡Cada participante debía llevar su cubilete y sus dados! Ella me enseñó que la doble generala se hace únicamente con seis o ases. Mis hermanos y yo somos muy timberos también. Nos gusta divertirnos, compartir y competir. De algún lado tuvo que haber salido nuestro gusto por las cartas, los dados y la timba en cualquiera de sus formas. De ahí que cada vez que juego a algo quiero ganar, soy competitivo, nunca juego a menos, aunque después, si pierdo, no me importa tanto. Tengo un tatuaje de los cuatro palos de cartas francesas, cada uno representa a un personaje familiar. Mamama —así le decíamos nosotros— murió jugando a las cartas, y para ella debe haber sido un honor haberse ido de este mundo de esa manera.

“Tatín” o Inés, la hermana menor de mamá, fue una persona extraordinaria. Muy esotérica, espiritual, leía muchos libros de magia blanca, creía en la reencarnación, en Buda y en una infinidad de cosas. De hecho, fue la primera persona en regalarme un libro que me inició en las cuestiones espirituales, uno de Alice Bailey. Siempre tratando de abrir mi mente, jamás desde la obligación. Recalcaba mucho la importancia de ser buena persona, de ser correcto. Su relación conmigo y con mis hermanos siempre fue muy fluida. A Ester, hermana mayor de mamá, solo la conocí por cuentos, ya que falleció en un accidente cuando manejaba su MG convertible, en 1972. Era excéntrica y toda una playwoman para la época.

Mi abuela Jeanne Pollet era muy sociable. Una vez instalados, empezó a averiguar dónde podrían conocer gente. Le sugirieron que fueran al Club Náutico San Isidro, ya que al vivir en Acassuso era un lugar cercano. Una vez admitidos, a mi abuela se le ocurrió investigar quién hablaba francés, porque el castellano era un idioma muy difícil para ellos. Y adivinen qué: mi abuelo, el famoso Tatita, su mujer y sus hijas lo hablaban a la perfección. El particular matrimonio belga había encontrado entonces con quién hablar fluidamente su lengua materna. Allí empezaron los primeros encuentros entre mi madre y mi padre. Contaba mamá que al principio el gringo le parecía un plomo. Menos mal que mi viejo era de remar duro, una característica que sin lugar a dudas heredé. Poco a poco, y después de un trabajo arduo, el belga se ganó el corazón de mi vieja. Una vez que se pusieron de novios y la relación se fortalecía día a día, mi padre tuvo que irse a prestar el servicio militar obligatorio en la Alemania de la posguerra, en 1952. Mamá lo esperó por dos años y, cuando finalmente papá volvió, decidieron casarse el 20 de mayo de 1955 en la Catedral de San Isidro.

Como dije, de mis hermanos el primero en nacer fue Jean. Al año siguiente vino Florencia y por último Inés, dos años más tarde. Parecía que la familia estaba completa, pero no: después de siete años, el 10 de agosto de 1966 aparecí yo. Al mejor estilo de “unas de cal y unas de arena”, cuando le dijeron a Jean de mi llegada también lo nombraron padrino para que no se sintiera desplazado. Se emocionó un poco y con apenas diez años juntó sus ahorros y me compró una cruz para el bautismo. Mis otras dos hermanas lo tomaron como lo más natural del mundo.

Cuando nací, mi familia vivía en San Isidro, puntualmente en Avenida del Libertador, pleno barrio histórico con adoquines y frondosas tipas, muy cerca de la catedral. Vivíamos en un PH al fondo del que no tengo muchos recuerdos. Dicen que Jean me llevaba al jardín de infantes de la mano, no sin antes pasearse por el colegio donde estudiaba mi cuñada Ana. En realidad me usaba para chapear. Después nos mudamos a nuestra casa en La Lucila, donde viví hasta que me casé, en 1993. Allí es donde están mis más gratos recuerdos de infancia y adolescencia. Quedaba en Moreno 419. En la planta alta había un cuarto principal para mis padres, un segundo que compartíamos con mi hermano Jean y un tercero donde dormían las chicas. En la planta baja había un living, comedor, cocina, patio y un pequeño estar. Este último espacio sería testigo de infinidad de historias fuertes y momentos de felicidad. Si bien mis hermanos eran bastante más grandes y no teníamos muchos juegos y actividades en común, fueron ellos quienes me iniciaron en la música. Jean era fanático de los Beatles, a las chicas también les gustaba el rock. Gracias a ellos empecé a conocer a Genesis, Yes, América, Rod Stewart, Elton John y Supertramp. Mi amor por la música empezó desde muy chico.

La relación que tenían mis viejitos entre ellos es, para mí, lo mejor que a uno le puede pasar. Papá era quien proveía y mamá quien se encargaba de que todo funcionase bien en la casa, algo corriente en aquella época. El engranaje que tenían como pareja funcionaba súper bien. Se entendían, siempre atentos a lo que necesitaba el otro, y eran muy buenos compañeros. Les gustaba hacer programas con amigos y tengo el claro recuerdo de que cada vez que salían, lucían impecables. Lo suyo fue realmente un gran amor. Y hablando de esto, el amor que me dio mi viejita linda fue una de las cosas que me sostuvieron, me sostienen y me sostendrán. Asimismo, los consejos de mi padre fueron los que me moldearon, los que me forjaron. Consejos desde un amor profundo, pero no de contacto físico. Hoy en día hay más besos y abrazos entre padres e hijos. El nuestro era de poco contacto pero no dejaba de ser muy profundo. Simplemente era distinto.

De muy chiquito, cuando íbamos al Náutico, yo nadaba en la pileta, jugaba en el arenero o me iba a hablar con los capataces mientras descansaban, así era como me divertía. Mis padres intentaron que aprendiera a navegar en Optimist, un velero pequeño, pero nunca pude hacerlo bien. Creo que el respeto y el cagazo que le tengo al agua vienen de esa experiencia fallida. Otro de los planes clásicos de fin de semana era ir a almorzar a la casa de mis abuelos maternos, en Martín y Omar 734, pleno San Isidro. La comida que más recuerdo y la que más me gustaba eran los ravioles de verdura con salsa de tomate. El postre, ciruelas secas con crema. Yo era el más chico, así que tuvo que pasar un tiempo considerable antes de que pudiese sentarme en la mesa de los grandes. Así y todo, lo disfrutaba.

Navidad era una fecha muy importante para nosotros. Aunque nuestra forma de festejarla era un poco distinta, o más bien bastante europea. Comíamos temprano y entonábamos una canción en francés llamada “Gloria”, seguida de una pequeña plegaria de agradecimiento entonada por papá. Recién ahí, y mucho antes de las doce de la noche, se abrían los regalos. Era una fecha muy especial. A mí por lo menos me trae recuerdos de una infancia y una juventud gratísimas. Actualmente, después de tantos años, seguimos con la misma tradición, cantando y rezando en familia. El año nuevo era diferente. Tenía mucha menos relevancia que la Navidad, comíamos y se abría un champán, después no había mucho más. Cada uno era libre de hacer el programa que quisiera.

Jean se fue de casa en 1978, muy joven. Se casó con Ana, su novia de toda la vida. Para mí, Jean siempre fue con Ana. Ella es una persona entusiasta, luchadora, incondicional y con buen humor. Inés se casó en 1984 con Martín, un petiso muy divertido y ocurrente, con el que siempre tuvimos muy buena relación. Florencia se casó con Enrique en 1985. Un tipo buenísimo, con un corazón muy grande y con un carácter tremendo.

Banda de La Lucila

Estudié en el Colegio San Juan El Precursor desde el jardín de infantes hasta quinto año. Delantal gris en primaria, amigos y pasarla bien. No tuve sobresaltos en esta época. De bien chico jugaba mucho a los soldaditos, a la guerra, a los indios y cowboys y mis compañeros de aventuras eran Santi Cordeyro y Juan Racedo. No era habilidoso para jugar a la pelota, por eso no me invitaban a participar de programas que incluyeran actividad física, pero no me importaba mucho porque tenía cómo divertirme. El juego de los soldaditos era muy importante. Papá me contaba historias de cuando él vivía en Bélgica con sus diez años y los nazis habían invadido y ocupado Amberes. Fueron cinco años muy duros hasta que finalizó la guerra. Sus relatos narraban cómo tuvieron que racionar las comidas, vivir en una casa con todos los vidrios de las ventanas rotos por los bombardeos. Y sentía un puñal clavándose en el corazón cada vez que veía a las tropas nazis desfilar por su pueblo. Tuvieron que emigrar por un tiempo al sur de Francia, hasta que finalmente pudieron volver en 1944. De ahí mi gran interés en el tema bélico. Estos juegos me nutrieron y me enseñaron mucho. Hay muchas cosas de la Segunda Guerra Mundial que sé precisamente porque jugué a los soldaditos. Tenés que saber para jugar, y cuando jugás, siempre tenés que hacerlo en serio. Tuve una muy linda infancia.

A los diez años Jean me llevó al San Isidro Club (SIC) a jugar al rugby. Este fue un suceso maravilloso que me cambió la vida. De ahí en más mis sábados pasaron a ser días de rugby. Ese año mi división fue la novena y mi entrenador, Pedro Lawson. En ese momento empezó mi larga y estrecha relación que mantengo hasta hoy con el club de mis amores. Esos colores que me identificaron para siempre: celeste, negro y blanco. Crecí dentro de esos valores que nos inculcaron y que nos moldearon como personas: trabajo en equipo, respeto al otro, disciplina, compromiso, dar siempre lo máximo en cada actividad y no bajar los brazos. Cuando empecé a jugar mi físico no era propiamente el de un gran atleta. Era gordito y no tenía buena estatura. Entrené por primera vez en la cancha número dos del SIC, con una camiseta blanca, pantalón del colegio y medias del Ajax de Ámsterdam. Al verme, los entrenadores me indicaron que fuera junto a las forwards. Ahí comenzó mi recorrido por el deporte más lindo y noble que tuve la suerte de jugar por casi diez años, y que me sigue acompañando.

Ese mismo año mi padre compró un departamento en Punta del Este, Uruguay. Estaba muy bien ubicado, no era lujoso pero tenía lo justo. Era chiquito, pero muy piola y acogedor. Su gran virtud era la vista al mar. De ahí en más, todos los veranos fueron en Punta del Este. Este lugar, además de darme momentos únicos con mi familia, me permitió conocer a mucha gente y vivir experiencias increíbles. Andar a caballo por la playa y los bosques, comer churros en Manolo, pescar en altamar, las primeras salidas con chicas en la calle Gorlero y jugar a los flippers esperando poder sacarles créditos o extra ball para jugar hasta la medianoche.

Durante un viaje a Europa con mis padres y mis hermanas, estando en Londres fuimos a ver La Guerra de las Galaxias. Era la primera película de la saga de Star Wars, ícono que hoy por hoy sigue siendo de culto. Fue un evento que me marcó profundamente, de esos que quedan grabados a fuego. Fuimos a verla solamente papá y yo. Podría decir que lo que pasó esa tarde fue mágico, me llevó a amar las películas de ciencia ficción para siempre. Tenía once años.

Nunca tuve mucha pasión por el estudio. La primaria fue muy tranquila y relajada, y en la secundaria tuve que ajustarlo un poco. Como jugaba en el SIC, pude formar parte de los equipos de rugby del colegio durante mis últimos cuatro años. En 1981 salimos campeones en la categoría Cadetes jugando de preliminar de Los Pumas versus Canadá en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA). Incluso en quinto año fui capitán; en más de una ocasión le avisaba a mamá que tenía partido y en realidad me iba a cualquier lado. Otras veces directamente me rateaba del colegio para vagar por ahí. Por suerte el control de los viejos respecto del estudio no era muy estricto y me las arreglaba para no llevarme ninguna materia. Hice lo que quise. Solía ir a almorzar con mis abuelos maternos. No sé si me divertía mucho pero lo hacía igual. Salía del colegio e iba a comer algo para después volver caminando. Poco a poco pude desarrollar una relación más estrecha con Tatita, y ni hablar con Tatín. Hubo un maravilloso día que le descubrí a mi abuelo una buena colección de revistas Playboy de los años setenta escondidas, eso sí, en francés. De ahí en más, las visitas dejaron de ser aburridas y rutinarias a merced del descubrimiento de semejante tesoro.

Mi barrio de chico fue La Lucila. Ahí surgió mi gran amistad con Guillermo “Willy” Méndez Córdova, Ignacio “Nacho” Aldazábal y Diego “Gaita” González Alayes. Éramos inseparables. Los primeros dos eran del colegio y estaban un año adelante. Nos hicimos muy amigos gracias a que éramos parte del mismo pool de madres que nos llevaba al colegio. Por ellos empecé a andar en skate y lo disfruté realmente mucho. También salíamos a andar en bicicleta, hacer fulbito en la calle, tirar petardos en diciembre y jugar al carnaval en verano. Me acuerdo de que había muchos naranjos en las calles del barrio y nos trenzábamos en duras guerras de naranjas. Nos gustaba el quilombo, el desorden.

Alrededor de los trece o catorce años empezamos a interactuar más con las chicas del barrio. Teníamos lindas vecinas, como Irene y sus amigas del St. Andrews. También vivían cerca unas hermanas canadienses de las que no recuerdo los nombres, con quienes compartimos muchos momentos y, al ser “de avanzada”, podíamos, sin los prejuicios de la época, reconocer y festejar nuestro despertar hormonal. Boludeábamos mucho en la calle con nuestras viejas bicicletas inglesas y disfrutábamos todos juntos.

Una noche de verano, a eso de la medianoche, mientras deambulábamos por ahí, nos encontramos un muñeco de Tribilín grande en la basura. Decidimos ponerlo en medio de la calle, como si fuese una persona parada. Rápidamente nos escondimos detrás de los autos estacionados porque veíamos un haz de luz que se acercaba. Era un auto que venía muy rápido. Tres metros antes de nuestro Tribilín, intentó frenar y provocó un gran chillido pero no pudo evitar chocarlo. La mujer que iba como acompañante empezó a gritar:

—¡Atropellaste a una criatura! ¡Atropellaste a una criatura!

Nosotros casi no podíamos contener la risa. El conductor bajó a toda velocidad y, cuando se dio cuenta de que era un muñeco, gritó furioso:

—¡Pendejos de mierda! ¡¿Dónde están?!

Caminó unos pasos hacia los autos estacionados y se detuvo. Miraba para todos lados.

—¡Dale, gordo, subite al auto! Es tarde.

—Pará que aprovecho y voy a mear.

A los pocos segundos escuchamos el ruido del pis caer sobre el cemento. Se nos heló el corazón. Pensamos que después iba a intentar encontrar a los responsables de la joda. Sin movernos, apenas levantamos las cabezas para entrecruzar miradas. Estábamos conteniendo el aire para no hacer ruido y deschavarnos. Teníamos un cagazo bárbaro de que nos encontrara.

—¡Pendejos de mierda! —volvió a murmurar mientras se levantaba el cierre—. Escuchá cómo se ríen esos hijos de puta. ¡La puta madre! —balbuceó.

Puso primera y se fue.

La preadolescencia me unió mucho con mis amigos del barrio. Posterior a eso, el deporte me llevó a compartir más tiempo con mis compañeros de rugby. Para ese entonces los veía cuatro veces por semana. Entrenábamos martes y jueves, veíamos a la primera el sábado y jugábamos el domingo. Dentro de la cosecha de amigos que me dio el rugby, la lista es inmensa y confieso que temo dejar a alguno afuera, razón por la cual no la detallo.

A medida que fui creciendo, mi cuerpo se fue modificando. Si bien nunca fui de contextura física grande, el rugby acompañó mi desarrollo y terminé siendo un pilar derecho que formaba bastante bien. No era un jugador sobresaliente, sin embargo, tenía buen juego de manos, corría rápido y tacleaba sin problema. Con los muchachos la pasábamos muy bien. Salíamos mucho, pero como no éramos de los más populares, nunca estábamos invitados a las mejores fiestas. Al no salir con las chicas de los colegios San Andrés, Northlands o Sworn, pocas chances teníamos de ser invitados a esos fiestones. Sin embargo, hicimos muchos intentos de colarnos, algunas veces con éxito y buena cosecha, y otros no tanto. Hubo muchos intentos fallidos. Una noche, me subí a un paredón para poder llegar al techo de una casa. Nuestro destino final era una fiesta que iba a estar muy buena. Tuve que pasarme de techo en techo para llegar al lugar indicado. Cuando faltaba poco para concluir la misión, pisé fuerte una teja y casi me fui para abajo, ¿se imaginan caer en el living de una casa? Retrocedí rápidamente todo el camino avanzado. Cuando volví a tocar el suelo, estaba muy asustado y nervioso. Todavía temblando decidí volverme directo a La Lucila. No hubo fiesta esa noche.

Durante el último año del colegio quise divertirme y mucho. Cultivé una gran amistad con Juan Pablo Kexel, compañero de primaria y secundaria. Ese año nuestra relación se afianzó y fortaleció de manera tal que se mantiene hasta el día de hoy. Por otro lado, tenía un grupo de amigos, Los Marlos, que cursaban conmigo. Éramos los cuatro del fondo de la clase: Leandro, Nacho Valera, Sebastián y yo. Ese año fue increíble, tan increíble que hasta me salvé del servicio militar obligatorio por número bajo.

Jugar en equipo

En 1984 tuve el primer encontronazo con la fatalidad. Hasta ese momento nunca había pensado que algo malo pudiera pasarme. Me sentía indestructible. Las cosas malas les pasaban a otros. Típico pensamiento adolescente. Un martes de entrenamiento, nos mandaron a correr desde el SIC, que queda en Márquez y Panamericana, hasta el puente de la avenida Uruguay y Panamericana Ramal Tigre. Éramos más de veinte jugadores que hacíamos el recorrido. Cuando estábamos pasando a la altura del puente José Ingenieros, nos topamos de frente con la persecución de dos autos. Se escucharon los chillidos de las ruedas y de pronto se desató un tiroteo. Instintivamente y a modo de supervivencia, todos nos tiramos al suelo. La sensación fue horrible, sentía que las balas nos rozaban la cabeza. Ninguno fue capaz de alzar la mirada y ver qué estaba pasando. Una vez que se disipó todo, corrimos de regreso lo más rápido que pudimos. Andrés Rolón llegó primero, una clara señal de que algo malo estaba pasando: no era de los más rápidos, pero ante la angustia y miedo corrió como un verdadero velocista. Después fuimos llegando los demás, con un cansancio enorme, mental más que físico. Nos estaba esperando el “Veco” Villegas, entrenador de la primera división y ex entrenador de Los Pumas, a quien no le importó en lo más mínimo lo que nos había ocurrido minutos antes. Estaba molesto por la tardanza, era hora de iniciar la práctica de scrum contra la menores de 21, algo que yo no disfrutaba. Formar contra ellos equivalía más o menos a formar contra rocas. Después no había manera de que alguna parte del cuerpo no te doliera.

Me tocó jugar en la división Menores de 19, donde se juntaban las camadas 1965 y 1966. El equipo A del SIC era entrenado por José Luis del Campo, mientras que el equipo B estaba dirigido por Gabriel Chientaroli y Mariano Fernández. Después de armadas las listas, quedé en el equipo B. Ahí se empezó a gestar la legendaria M19 B, que fue tan trascendental en mi vida y seguramente en la de varios de los que la formaron. Fue un equipo que se armó y sostuvo a base de garra, entrega y compañerismo. Nos focalizábamos en lo bueno que teníamos deportiva y humanamente. En la clasificación de ese campeonato, en el que participábamos el equipo B y A del SIC, nos fue perfecto. Terminamos invictos y avanzamos a la zona campeonato ganándoles a muchos equipos que, en teoría, eran superiores. Sufrieron nuestro rigor La Plata Rugby, Banco Nación, Belgrano Athletic y Curupaytí. Lo recuerdo hasta el día de hoy. De pronto fuimos furor en el club gracias a los resultados, y esto nos resultó muy motivante.

Se empezaron a sentir en el aire la emoción y la tensión del primer partido de la zona campeonato. Nos tocaba jugar nada más ni nada menos que contra la A del SIC, nuestros amigos. Esto generaba debates y discusiones generalizadas para determinar quién ganaría. Fueron dos semanas intensas las que separaron el término de la zona clasificatoria y el inicio del campeonato. La adrenalina que sentíamos era inexplicable. La usábamos para entrenar con la mayor voluntad y responsabilidad posible. Queríamos encarar ese partido de la mejor manera. La tarea no era fácil, la A era muy buena. Varios de sus jugadores estaban preseleccionados para el representativo de Menores de 19 de Buenos Aires.

Finalmente el partido empezaría a las tres y media, como todos los domingos. Para entonces, la cancha número uno del SIC estaba con muchísima gente. Nos tocaba jugar de visitantes y nos correspondía usar la gloriosa tricolor, pero en el vestuario destinado a la visita. ¡Queríamos salir a comernos la cancha! Este fue el único partido al que mis viejos me fueron a ver, ¿sería premonitorio? El juego fue disputado con lealtad pero ¡con los corazones bien calientes! Nosotros éramos más chicos de tamaño y mucho menos habilidosos que ellos. Nuestro juego era a base de muchísimo tacle y presión. Teníamos una entrega generosa, mucho compañerismo y poníamos el alma en cada pelota. Así suplíamos nuestras debilidades. Gracias a todo esto pudimos contenerlos e incluso superarlos. El glorioso partido terminó 21-12 a nuestro favor. Se imaginarán lo que fue ganarle al equipo A de nuestro propio club. Una vez que el referí pitó el final, hubo un desenfreno total. Nervios, alegría y adrenalina que terminaron en un abrazo grupal y una inmensa sensación de felicidad que atesoro y puedo recordar como si hubiese sido ayer. El “Pelado” Chientaroli fue el gran artífice de ese equipo. No teníamos palabras para expresar la emoción. Fue uno de los mejores momentos de mi vida deportiva en el SIC.

Esa tarde formamos así: F. Rubio, J. I. Claverie y S. Expert; M. Ferrando y P. García Morteo; M. Giménez Hutton, A. Aguirre y C. Schlottmann; F. Chientaroli y E. Belaustegui; H. Reguera, M. Landajo, F. Williams, A. Arce y C. Hordh. Suplentes: A. Rolón, E. Alegre, M. San Martín, S. García Hervas, J. Funes, I. Bosch, L. Palau y J. P. Kexel.

Esa racha ganadora nos duró poco. Nuestra suerte y la concentración como equipo fueron decreciendo ligeramente. Perdimos el siguiente partido contra el CASI A, nuestro eterno rival. El partido terminó 15-10 a favor de ellos. El clima desfavorable y el lodazal enorme que había en la cancha, entre otras cosas, nos jugaron en contra. En la segunda mitad del año solo pudimos ganar un partido más.

Capítulo II

Oh, when I look back now /

That summer seemed to last forever /

And if I had the choice /

Yeah, I’d always wanna be there /

Those were the best days of my life

[Oh, cuando miro hacia atrás ahora /

ese verano pareció durar para siempre /

y si tuviera la opción, /

sí, siempre querría estar ahí. /

Esos fueron los mejores días de mi vida].

BRYAN ADAMS, “Summer of the 69”.

En 1985 tenía mucha más libertad. Había terminado el colegio, tenía registro para conducir y podía hacer casi lo que quisiera. Fue un año con mucha expectativa al saber que en un futuro próximo nos íbamos de gira por Nueva Zelanda. Por lo tanto, deportivamente nos comprometimos mucho. Miguel “Negro” Iglesias y Marcelo Bertolini fueron nuestros entrenadores. Fue un gran honor que semejantes zanjeros fuesen nuestros líderes de la división. El Negro supo combinar efectivamente los aspectos técnicos con los valores del rugby. La base de jugadores se fortaleció y se afianzó. Entrenábamos mucho y estábamos muy bien físicamente. Combinábamos a la perfección la joda y salíamos todos los fines de semana sin dejar de lado la obligación deportiva.

Una vez clasificados en Zona Ganadores, la avalancha de resultados favorables no se hizo esperar. Ganamos contra equipos importantísimos como Alumni, CUBA, Newman, CASI, Belgrano Athletic, Pueyrredón y Champagnat. Veníamos muy bien, hasta que un día de lluvia y frío, en la cancha número uno del SIC, perdimos contra Pucará. Tuvimos que resignarnos a quedar segundos.

Ese año se dio el inicio de mi largo, muy largo recorrido por el terreno universitario. Empecé el Ciclo Básico Común (CBC) en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fuimos el conejillo de Indias del CBC, instancia creada durante el gobierno radical del presidente Raúl Alfonsín para descartar los exámenes de ingreso a las universidades públicas. Decidí anotarme ahí porque no quería que mis padres me exigieran rendimiento o resultados. Elegí Administración de Empresas por descarte, no tenía una vocación bien definida. Como Jean también había seguido Ciencias Económicas, tal vez mi elección estuvo marcada por eso. Me inscribí y quedé en la sede de Coghlan. Tuve la suerte de compartir el CBC con Guillermo “Memo” Richards, amigazo del alma.

Si bien tenía todas mis necesidades económicas cubiertas, igualmente buscaba changas para ganarme unos australes —moneda argentina entre 1985 y 1991— y poder cubrir las diferentes salidas y programas. Ante mi insistencia de laburar, el viejo me ayudó a conseguir un trabajo como cadete en una financiera en el Microcentro. Fue una experiencia rara y duré poco. Un día me entregaron una valija llena de billetes para llevar al Banco de Boston. Nunca había visto tanta guita en mi vida. No me dijeron cuánto había, solo me comunicaron que me iba a acompañar Oscar, un tipo grandote que era el guardaespaldas de la financiera. Cuando se presentó, me saludó y sutilmente me mostró el arma que llevaba en el cinturón.

—Cuando termines de preparar todo, salimos.

—OK —contesté con la mirada fija en la valija.

—Salimos por Florida y caminamos derechito para el banco.

—…

—Vos caminá unos pasos adelante, yo te cuido —afirmó y volvió a palpar su campera donde tenía la cartuchera con su pistola.

—Dale, Oscar, perfecto —le dije mirando el lugar donde tenía el arma.

Me dio un cagazo terrible. Se imaginarán el miedo que me generaba ir con todo ese fangote de guita que no era mía y con un tipo armado que no conocía. Hicimos todo el recorrido sin problemas hasta llegar al banco, dejamos el dinero y volvimos con un recibo y la valija vacía. Cuando llegué a casa, se lo conté a mis padres a modo de anécdota mientras cenábamos. Después de un breve cruce de miradas entre ellos, papá me dijo que no fuera más a la financiera. Así que por un tiempo dejé las changas y decidí dedicarme por completo al rugby y a la facultad.

El Renault azul

Ese año tuve mi segundo encontronazo con la fatalidad. Volvíamos de San Isidro con Memo por Avenida del Libertador camino al centro en el Renault 12 de su tía Betty. Esa avenida se hacía mano a Capital los domingos para que la circulación fluyera. Íbamos por un carril de la izquierda y, al llegar a una esquina, vimos un auto detenido en el medio. Sin previo aviso, arrancó y terminó de cruzarla. Memo pegó un primer volantazo para evitar chocarlo. Pero esta maniobra nos llevaba directo hacia las enormes tipas que había en la vereda. Dio el segundo golpe de volante y el auto empezó a derrapar. Comenzaron a levantarse las ruedas derechas y con el impulso de la velocidad volcamos. Así, de campana, el Renault de la tía Betty quedó atravesando la Avenida del Libertador de derecha a izquierda. No sé cuántos metros habremos recorrido hasta que nos chocamos contra el cordón. Fue un momento de mucha tensión. Parecía todo en cámara lenta. Era como si estuviéramos mi alma y yo surfeando el asfalto. Con los ojos cerrados esperaba el ruido del desenlace fatal que por suerte no llegó.

Cuando el auto se detuvo, Memo y yo nos miramos y al verme pálido me preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí, creo, ¿y vos?

—También. ¡Salgamos ya de acá!

Pateando el vidrio astillado, salimos por el hueco del parabrisas. De milagro ninguno de los dos tenía un solo rasguño. Ni siquiera estábamos atados, no llevábamos puestos los cinturones de seguridad. Lo primero que hizo Memo fue salir corriendo a buscar al auto que se nos había cruzado. Era una Ford rural verde o gris, y ya se había ido. Entonces no tuvo mejor idea que ponerse a gritar: “¿¡Testigos, testigos!?”.

Yo me cagué de risa. Hasta el día de hoy lo sigo cargando con eso. No sabíamos si reír o llorar. El auto de la tía Betty estaba destrozado, ¿con qué cara se lo íbamos a devolver? De pronto vimos a Guillermo Spangenberg, para nosotros “Spider”, bajar del colectivo 168. Al reconocernos, quiso saber qué nos había pasado. Al poco tiempo apareció Pedro Grehan, jugador del CASI, quien nos llevó en su auto a la comisaría, que quedaba a pocas cuadras. Curiosa y lamentablemente estos dos amigos que nos encontraron y ayudaron esa noche ya fallecieron. Pedro, en el atentado contra las Torres Gemelas, en 2001, y Spider, mientras corría los diez kilómetros de Adidas en 2004.

Una vez que confirmamos que los dos estábamos bien, la preocupación de Memo por el auto de la tía Betty fue en aumento. Estaba hecho mierda. Iniciamos los trámites de la denuncia y en una pausa aprovechó para llamarla desde un teléfono público. La conversación desde la comisaría fue en inglés debido a que la seriedad de la situación ameritaba el uso de su lengua materna.

—Hola, Betty, tuvimos un accidente, no te preocupes que estamos bien, pero el auto está destruido.

—…

—¿Betty? —preguntó Memo después de unos largos segundos de espera.

—Gracias a Dios están bien. No te preocupes por el auto, la compañía de seguros se va a ocupar. Volvé a tu casa lo antes posible, descansá y mañana vemos —dijo en tono amoroso.

Memo me miró y colgó con cara de alivio. Nos sorprendió lo bien que había reaccionado Betty. Una genia. Terminamos de hacer la denuncia y fuimos a Olivos a devolver el auto con el techo aplastado, sin luneta ni parabrisas. Pasamos a ser el foco de atención de todos los que circulaban por allí.

En noviembre, después de mi experiencia laboral fallida, acepté una nueva changa. Esta vez, con Juan Pablo Zervino “la Vaca”, mi compañero de primera línea y de muchas batallas en el scrum. Nos ofrecieron repartir credenciales de la prepaga Omint y, como se acercaba la gira a Nueva Zelanda, decidimos tomarla sin dudarlo. Ganábamos un austral por cada sobre entregado, y cuando se trataba de correspondencia para el interior, íbamos al correo y la enviábamos por treinta centavos, así que igual ganábamos la diferencia. Repartimos todos los sobres por la Capital y zona norte. Nos movíamos en el Citroën 3 CV que teníamos en casa. Era multicolor, casi todo amarillo, con un guardabarros azul y otro gris. Fue una experiencia muy divertida.

En enero de 1986 nos fuimos a Punta del Este con la Vaca. Como el departamento de mis padres estaba alquilado y yo no tenía un mango, me colé en la casa de su padrino. Se llamaba El Rincón del Indio y era muy famosa. Nos tocó dormir en la parte de servicio, al lado de la cocina, y la heladera estaba siempre llena. Había cancha de tenis y una enorme pileta, era un lugar alucinante. Me encontré con muchos amigos que había conocido en veranos anteriores. Nunca faltaba gente, siempre había alguien que se sumaba a la banda. Las tocatas con Fede Chientaroli y el Yuyo Schlusselblum en La Olla eran inolvidables. ¡Fueron épocas increíbles, hasta se gestaron varias leyendas!

La gira

Al volver de las minivacaciones, mi principal prioridad y la de mis amigos de la zanja era entrenar fuerte y prepararnos para la gira. Entrenábamos muchísimo. Nos concentrábamos y hacíamos las cosas bien. Lo que se venía era grandioso y teníamos que estar a la altura. Serían veinte días en los que la única responsabilidad iba a ser jugar al rugby, lo que más me apasionaba. A decir verdad, estaba por vivir uno de esos momentos que te quedan guardados para siempre. Mucho rugby, amigos, salidas y chicas. Cuando finalmente llegó el día, subimos al Jumbo de Aerolíneas Argentinas. Pantalón gris, saco con escudo bordado, corbata especialmente confeccionada y zapatos. Todo muy formal. Éramos en total noventa personas. El plantel superior, la Menores de 21 y la Menores de 19, la mía. El vuelo era Buenos Aires – Auckland, pasando sobre la Antártida, pero con una parada obligada en Río Gallegos a cargar combustible. Al llegar a tierra maorí, no todos hacíamos el mismo recorrido. Plantel Superior y M19 por un lado y M21 por otro. Lo disfruté minuto a minuto, lo tengo grabado en mi mente y en mi corazón. Se podrán imaginar el nivel de adrenalina. De no creer. Fue el mejor viaje en grupo que hice de joven.

Nos divertimos, jugamos rugby y chupamos mucho. Los latinos tenemos una energía especial, un carisma distinto, y eso sin lugar a duda hizo la diferencia. Uno ganaba con las chicas de ese lado del planeta. Tuve experiencias muy divertidas e inolvidables, que por lo general se dieron después de los terceros tiempos. Después del primer partido en Auckland, en el bar del club había un tipo grandote jugador de la primera del SIC hablando con una rubia. Yo era un humilde jugador de M19 pero, a diferencia de él, sabía inglés. Empecé a hablarle al oído a la neozelandesa. Después de un par de risas y miradas cómplices, me retiré del lugar, ya que mi vida corría peligro. Al rato ella se me acercó y me propuso irnos a su casa. Yo no lo podía creer. Nos fuimos con otro jugador del plantel superior y una amiga de mi nueva compañera. Anduvimos como media hora hasta llegar. Quise tomar distintas referencias por si teníamos que volvernos al hotel por nuestros propios medios. No hubo caso. No supe si fuimos al norte o al sur, si estábamos lejos o cerca del mar. Cuando finalmente llegamos, empezamos con unos tragos en la cocina y después cada uno fue a lo suyo. Pude desplegar un inglés no tan fluido pero efectivo. Conversamos y, cuando nos trabábamos, el lenguaje corporal y el de señas fueron de gran ayuda. Nos reímos de las miradas y las breves palabras en el bar antes de concretar la cita. Y por suerte, nos llevaron de regreso. Antes de bajarme, nos besamos y nos prometimos volver a vernos. Eso nunca sucedió.

Pero esto no fue todo. Al parecer, el carisma latino me iba a seguir acompañando por un tiempito. En otro tercer tiempo, empecé a coquetear con otra chica. Mientras charlábamos, los besos no se hicieron esperar. Me propuso ir a su auto, cosa que acepté sin dudar. La chica me había encendido desde el primer momento. Una que vez llegamos al estacionamiento, noté que su auto era recontra chiquito. En plena acción me dio un tremendo calambre en una pierna. La blonda no paraba de reírse mientras intentaba ayudarme. Gracias a eso pudimos terminar lo empezado, no sin dejar de reírnos.

Nunca me consideré un ganador con las mujeres, más bien era tímido, no me creía un winner. No tenía alta autoestima. En Nueva Zelanda fue diferente, la interacción con las mujeres me sorprendió gratamente. En poco tiempo dos mujeres me habían dado mucha bolilla, algo que a priori era impensado. La sociedad era más avanzada. Sin prejuicios ni tabúes. Sin embargo, a medida que avanzó la gira, el tema sexual fue decreciendo.

Humanamente se había armado un equipo tremendo que además jugaba muy bien al rugby. Yo no era titular pero tuve la suerte de poder ser parte del XV inicial porque Mauro Uberti se lastimó la muñeca en el primer encuentro contra East Coast Bays. A partir de ahí jugué los partidos restantes de la gira. Fueron durísimos y muy disputados. Ganamos todos pero solo uno por amplio margen. En los demás tuvimos que desplegar nuestras mejores armas, mucha garra y corazón.

Nos alojábamos en hoteles y en casas de familia, una buena combinación. Cuando nos hospedaba alguna familia, conocíamos sus costumbres y las charlas con los locales eran muy enriquecedoras. Es algo que aún hoy me fascina. Me tocó junto con Federico Chientaroli, con quien tengo una gran amistad, una casa frente al mar y el dueño nos dejó solos porque tenía que viajar. Playa privada y una heladera llena de provisiones que cada tanto nuestros amigos disfrutaban con nosotros. Nos portamos bien y no hubo ningún descontrol. Fue un viaje insuperable, la pasé bomba. De lo que no tenía ni idea era de que con Fede viviríamos, unos pocos meses después, una situación que nos uniría más todavía.

Club Cien

Ya de vuelta en Argentina, mi responsabilidad pasó por ir a la facultad y entrenar. La experiencia en Nueva Zelanda me había inyectado ganas y entusiasmo. Me conectó aún más con la pasión por el rugby. Cuando armaron las listas de los jugadores para el campeonato, por primera vez quedé dentro del equipo A. Estaba muy contento. Era un equipo súper competitivo y además tenía muy buena gente. Yo era suplente por lejos, había grandes jugadores, pero eso no me quitaba las ganas. Podía jugar de primera línea o de ala. Formaba bien y además era rápido. No en vano en 1982, mientras se desarrollaba la Guerra de las Malvinas, me clavaron otro apodo, “Exocet”. Muchos de los jugadores con los que compartí equipo terminaron formando parte del plantel superior del SIC por años. Pero lo más importante fue que pasaron a ser amigos de toda la vida. Incondicionales. Me acompañaron y bancaron con todo su corazón y cariño. Estuvieron en las buenas, pero más en las malas.

En uno de los partidos de pretemporada tuvimos que jugar contra nuestros vecinos, el CASI. Fue mi día de gloria. Uno de los partidos de los que tengo mejores recuerdos. Era un día gris y fresco y jugué como un as, hasta hice dos tries. Les cuento cómo fue uno de ellos. Tomé una pelota que estaba boyando por el medio de la cancha, la levanté con una mano y a toda carrera. Corrí a toda velocidad hasta zambullirme en el ingoal contrario, un éxtasis. A nuestro entrenador no le gustó una mierda.

Hacia mediados de mayo conocí a Elena Moro. Me la presentó Josefina, novia de Memo. Iba al Colegio Labardén y tenía diecisiete años. Era una chica sensible y divertida que me hizo sentir cómodo enseguida. Atractiva, rulos morochos, flaquita y de baja estatura. Me sorprendió de entrada con su forma de ser. Hubo conexión, era como estar con una persona que conocía de toda la vida. Como nunca antes, se me había encendido algo interno. Los sentimientos no se piensan, solo se sienten. Me acuerdo muy bien de una salida a Club Cien, un boliche que quedaba en un subsuelo de la calle Florida. Si bien no pasó nada en particular, esa noche sentí que algo especial podía pasar. Obviamente yo estaba flechado. Elena, por su parte, y de esto me enteré con el tiempo, tenía una expectativa formada con respecto a mí. Creía que yo era “el gordo” canchero, popular y rodeado de gente. De todo lo anterior, lo que sí me hacía honor era ser amiguero, estar rodeado de los que quería. Ella también se sintió atraída cuando nos conocimos, le parecía divertido conocer a alguien “deportista” como yo. Empezó a ver otras cosas en mí que le gustaban. Según su mirada, yo era suelto, divertido y extrovertido. Cuando yo estaba con Elena me sentía hechizado. Tiempo después me enteraría de que a ella le pasaba lo mismo.

Capítulo III

Some guys have all the luck / Some guys have all the pain /

Some guys get all the breaks /

Some guys do nothing but complain

[Algunos chicos tienen toda la suerte. /

Algunos chicos tienen todo el dolor. /

Algunos chicos tienen todas las oportunidades. /

Algunos chicos no hacen más que quejarse].

ROD STEWART, «Some guys have all the luck».

En julio del 86 todo marchaba con normalidad. Martes, miércoles y viernes, facultad. No tengo claro qué materias cursaba, a excepción de la cátedra de Historia Económica I con Martiré. Lo único que me tenía mal era una lesión en la rodilla izquierda. Llevaba dos semanas sin entrenar ni jugar. Había probado de todo, acupuntura y otros tratamientos alternativos, pero sin resultados.

El 11 de julio era un viernes como cualquier otro. Sonó el despertador bien temprano y me levanté con más facilidad que otras veces porque la noche anterior no había entrenado. Me di un baño y me preparé para encarar el día. Una vez listo, bajé a tomar el desayuno, tostadas con manteca y azúcar con un Nesquik frío. Antes de salir, agarré mi único cuaderno, saludé a mamá y me fui caminando a la estación de La Lucila. Tomé el tren a Retiro, hice combinación con el subte y terminé en la estación Facultad de Medicina. Subí las escaleras hasta llegar a la mismísima entrada del edificio de Ciencias Económicas de la avenida Córdoba, entré y busqué la clase a la que tenía que ir. Por suerte siempre había algún conocido. Compartía varias materias con Hernán “Pucho” Reguera, amigo de mil años. Con él todo era más llevadero porque al jugar en la primera del SIC siempre tenía alguna noticia jugosa para contarme. Una vez terminadas las cuatro horas de clase, para mí eternas, volví a casa. Después de almorzar me fui a dormir una siesta, para prepararme para el triple programa del fin de semana.

Siempre había planes para los viernes, y para ese teníamos un tremendo programa. Primero íbamos a ir a lo de Enrique “Cachua” Casares a festejar su cumpleaños con un asadazo. Después veríamos el partido de Los Pumas, que jugaban contra Australia su segundo partido. Y para terminar, partiríamos con Fede Chientaroli, Hernán Calvo y Memo Richards al campo de Edu Belaustegui en Madariaga. No me podía quejar de cómo venía ese fin de semana. Hacía mucho frío y me puse las zapatillas Nike con pipa fosforescente que me habían traído los viejos de Europa, además de una remera que había intercambiado en la gira, un jean y un saco de Tatita. Me pasó a buscar Memo en el auto de la tía Betty, que ahora estaba impecable, y me dejó en la casa de Enrique, en Beccar. Se fue a comer algo con su novia Josefina, después regresaría al festejo.

Enrique, Cachua para nosotros, era un personaje de otro mundo, un inimputable diría yo, en el buen sentido, claro está. Era un tipo querido, gracioso, divertido y muy generoso. Nos unía una amistad iniciada en el colegio. Nuestros programas iban desde quedarnos a dormir en su casa, jugar a los soldaditos cuando éramos chicos, andar en su viejo Ford Tarreglado de adolescentes y salir a bailar o a tomar algo de más grandes. Tengo un montón de cuentos geniales con él. Sin embargo, hay uno en particular que tengo grabado como si hubiese sido ayer. Una noche decidimos ir a un boliche en Vicente López después de hacer deporte. Juan Pablo Kexel no se había cambiado. Enrique no tuvo mejor idea que prestarle sus pantalones para que pudiese entrar. Al rato lo vimos a Cachua bailando en medio de la pista con una pollera que se había hecho con una bolsa de arpillera que había encontrado en la calle. Como si nada, gritaba y bailaba. Un personaje.

Otra de las cosas que hacía era llevar a sus amigos escondidos en el asiento de su Ford T para poder entrarlos al Náutico de colados. Curiosamente, él era de los pocos de mis amigos que no jugaban al rugby. No le gustaba, ni de cerca; era jugador de golf. Tenía fama de conseguir nuevos grupos de chicas para presentarte y cada vez te enganchaba alguna distinta. No le conocí una novia oficial. Era muy generoso en todo. A decir verdad, buscaba lo mejor para sus amigos.

Su casa quedaba en Acassuso 2246. Los adoquines de la calle y los altos pinos le daban un toque de casa de veraneo. Ni bien pasabas el portón doble de madera, había un espacio para estacionar dos autos y al costado, un camino que bordeaba la pared y que conducía a la puerta principal. Era tipo tirolesa, de tres plantas y con balcones de madera. Un jardín adelante y una galería con una mesa y sillones de hierro. En la planta baja, estaba el living con un ventanal enorme y una chimenea toda recubierta de piedra. Arriba, los dormitorios. Me acuerdo de que era una casa con muchísima madera.

Cuando entré, después de un fuerte abrazo noté que Cachua había mudado el asado de la parrilla de afuera a la chimenea de piedra. Parecía lógico teniendo en cuenta el tremendo frío que hacía. El ambiente era ideal: música, asado y bebida entre varios amigos. Hasta ese momento estábamos el dueño de casa, Pucho Reguera, Fede Chientaroli, Hernán Calvo, Martín García, Martín Posleman y yo. Parecía un tercer tiempo, éramos cuatro del SIC, dos del CASI y Cachua, el golfista. Faltaban Memo y Juan Pablo Kexel, que vendría al rato. Apostábamos a que Juampi llegaría tarde como siempre. Años después confesó que ese día no tuvo mejor idea que quedarse jugando al golf en el Atari de un amigo en Palermo. Cuando notó lo tarde que llegaría al festejo, pidió que lo llevaran a la estación de Barrancas de Belgrano para tomar el tren a Beccar y llegar lo más rápido posible.

En el living había un sillón de tres cuerpos frente a la chimenea y dos de un cuerpo a los costados, con una mesa ratona en el medio. A la derecha estaba el comedor, que a su vez conectaba con el jardín trasero mediante una puerta-ventana de vidrio que conducía a la pileta. A la izquierda, un gran ventanal dejaba apreciar el jardín delantero. Yo me encontraba cómodamente sentado en el sillón grande frente al fuego, con las piernas sobre la mesa ratona. Martín García de un lado y Hernán del otro. Hacíamos pronósticos de cómo iba a salir el partido de Los Pumas. En el sillón de la izquierda estaba Martín Posleman y en el de la derecha, Pucho. Fede deambulaba buscando bebidas y preparando platos y cubiertos, mientras Enrique estaba a cargo del asado. A la parrilla le faltaba una pata y Cachua siempre la improvisaba con un adorno cilíndrico de metal, ideal porque ni el fuego ni el calor lo derretían. A él le gustaba encargarse detalladamente de todo y estábamos esperando que salieran los primeros choripanes. Había una buena cantidad de carne y alguna que otra achura.

Sonaba “Some guys have all the luck”, en la inconfundible voz de Rod Stewart. En ese momento Fede se alejó de la chimenea porque era fanático de ese tema y fue a subir el volumen. La suerte era justamente lo que estaba por cambiarnos a los siete para siempre. Cachua volvió de la cocina con una lata de aceite que dejó en el piso, corrió las brasas para un lado y acomodó las provoletas para darles el último toque. De pronto, de la nada, hubo un ruido ensordecedor y explotó todo. Mi visión se puso naranja, hubo destellos rojos y amarillos frente a mis ojos. Lo primero que pensé y me dije fue: “Cachua, ¿qué mierda hiciste con el aceite que hizo volar todo?”. La onda expansiva me tiró para atrás. No entendía qué estaba pasando. Estaba aturdido, desorientado y mis oídos estaban completamente afectados por la explosión. Sentía un zumbido insoportable. Fue como quedarme fuera de acción por un momento, completamente aislado del mundo real, en medio de una película en la que no terminaba de darme cuenta qué estaba sucediendo.

Empecé a sentir mucho calor que se hacía insoportable con el pasar de los segundos. El olor a pólvora y carbón quemado hacía casi imposible respirar. Mi garganta comenzó a cerrarse de forma muy rápida, la desesperación y la angustia de no poder hacerlo eran tremendas. No podía pensar ni actuar. La cara y las manos me latían y quemaban. Repetía para mis adentros “Esto no es real, esto no me puede estar pasando a mí, les pasa a otros”. Perdí la noción del tiempo. Todo era en cámara lenta, pudieron ser segundos pero resultaron eternos. Estaba en shock.

Cuando mis oídos empezaron a funcionar, oí gritos desesperados que se mezclaban. No lograba escuchar algo en concreto porque el zumbido no paraba. En un segundo reconstruí el instante previo a la explosión y recordé que estaba sentado frente a la chimenea en el sillón grande con alguien más. Éramos siete en el asado, aunque en ese momento no veía a nadie. Una vez que fui medianamente consciente, por instinto quise escaparme de ahí. Correr y ponerme a resguardo. Traté de levantarme y no pude en un primer intento, pero tampoco en el segundo ni el tercero. Mi cabeza les daba instrucciones a las piernas y ellas no respondían, además, y para mayor angustia, ni siquiera las sentía. Necesitaba irme de ese infierno.

Cuando me di cuenta de que definitivamente mis piernas no iban a responder, junté toda la fuerza disponible para buscar otra manera de salir de ese caos. Vi el ventanal a mi izquierda, mi objetivo era llegar al jardín como fuera. Atravesé aproximadamente unos quince metros arrastrándome, parecían kilómetros. Pasé por sobre vidrios, escombros, pedazos de madera chamuscada y trozos del techo colapsado. A medida que avanzaba podía sentir cómo se me incrustaban vidrios en los brazos, pero eso no me frenó. Tenía la firme convicción de ponerme a salvo, y así iba a ser. No tengo la menor idea de cuánto tardé en recorrer ese trayecto, solamente quería salir de ahí.

Después de ese enorme esfuerzo pude llegar afuera. Había mucho movimiento en el lugar. Todo se veía destruido, oscuro, quemado. Levanté la cabeza y noté que el humo pesado comenzaba a disiparse. Veía en blanco y negro. La angustia de no saber dónde estaban mis amigos recorría todos mis poros. Repetía una y otra vez: “¡Somos siete, somos siete!”. Tenía una necesidad imperiosa de saber dónde estaban, cómo estaban. Tendido en el pasto al lado de un árbol, solo trataba de entender qué era aquello que estaba ocurriendo. Qué me estaba pasando. Hice un paneo de izquierda a derecha y no me era posible distinguir los colores. Noté la presencia de dos cuerpos cerca pero no pude identificar quiénes eran. Todo era muy confuso. Tampoco sabía si estaban mejor o peor que yo. Ni siquiera sabía si estaban vivos.

Se oían gritos y murmullos por todos lados. Eran tantos que al final no escuchaba nada en concreto. El dolor físico era tal que terminé por no sentir nada. Lo único que tenía realmente claro era mi desesperación por vivir. Sabía que algo grave me había pasado al ver mi zapatilla apuntándome con el pie hacia adentro. Ahí empecé a tomar conciencia de la magnitud de lo que estaba viviendo. Era imposible que una pierna estuviese bien si se veía de esa manera. Mi instinto de supervivencia me mantuvo activo, no quería morirme y sabía que no me podía desmayar. Si eso pasaba, tenía una alta probabilidad de no sobrevivir. Estaba verborrágico, necesitaba hablar. Por otro lado, me aterraba el hecho de morir sin confesarme, porque creía estar en pecado.

Tomé aire y decidí descansar unos segundos, estaba físicamente agotado. Serían unos segundos, no más que eso, tenía claro que no podía dejarme vencer por el cansancio. En ese trance no vi ninguna luz al final del túnel, ni un flashback de mi vida en Super 8. Seguía aferrado a esta vida y no iba a dejar que me la quitaran. Mantenerme alerta requirió de mucho esfuerzo de mi parte, pero lo conseguí.

De la nada apareció una cara conocida que me miraba, la ubicaba del colegio, era alguien unos años más grande que yo.

—¡Vos sos Fil Rivero! —le grité.

—…

—¡Soy Sergio Expert!

Repetí mi nombre una y otra vez sin que me reconociera, pero empezamos a hablar. Ese primer contacto verbal me mantuvo bien despierto. Mientras lo hacíamos, los gritos, los llantos y los lamentos se hacían mucho más audibles. El contraste de la temperatura de mi cuerpo con la temperatura del ambiente se hacía notar. Podía ver el vaho que salía de mi boca al decir cada palabra.

—¡Éramos siete! —seguí insistiendo.

A él lo trajo su intuición, de esto me enteré muchos años después. Estaba a una cuadra y media de la casa de Enrique con sus amigos, compartiendo un asado, como nosotros. Cuando escucharon el estruendo, pensaron que había explotado un horno, y como Fil había sido criado en el campo, se dio cuenta de que ese sonido era de otra cosa. Caminó rápido en dirección al humo y al llegar a la casa escuchó gritos y decidió saltar el portón. Una vez adentro, caminó unos metros y me vio. Al observar que me estaba arrastrando, me tomó por los hombros y me ayudó a ponerme a resguardo al lado de un árbol. Yo tenía el pelo quemado y la cara negra, por eso, aunque repetía una y otra vez que era Sergio Expert, él no lograba reconocerme. Esa charla fue crucial para seguir atento y despabilado. Mientras él me preguntaba cosas para mantenerme despierto, escuchamos sirenas y eso eran buenas noticias.

Yo seguía viendo solo esos dos cuerpos y no sabía de quiénes eran. Mi preocupación por los otros cuatro iba en aumento. Seguía insistiendo en que éramos siete una y otra vez. Finalmente llegaron tres bomberos y me subieron en una camilla improvisada con un pedazo de puerta chamuscada fruto de la explosión. Pasando por el portón de la entrada, me crucé sin saberlo con Juampi. Él había caminado las ocho cuadras que separaban la estación del tren de la casa de Enrique y, con sorpresa, al acercarse había notado que se vivía un caos en el barrio. La presencia de un patrullero, un camión de bomberos y una camioneta de apoyo. A pesar de estar con los ojos bien abiertos y atento a lo que pasaba, no lo vi. Antes de que me subieran a la camioneta Volkswagen amarilla de los Bomberos de San Isidro, pude girar la cabeza y darle una última mirada a la casa. Parecía la escena de un documental de guerra. Aunque creía que estaba solo, íbamos tres camino al hospital.

Mientras tanto, Juan Pablo trataba de consolar a una de las hermanas de Cachua y averiguaba lo que había sucedido.

—¿Qué pasó?

—No sé, yo estaba arriba y en un momento escuché una explosión tremenda, como si el piso se desplomara —contestó María Cruz.

—¡¿Una explosión?! ¿Cómo una explosión? ¡No puede ser!

Entró corriendo a corroborarlo y se encontró con un lugar muy oscuro. A pesar del humo residual notó las paredes rajadas, las ventanas rotas, el horno desempotrado y parte del techo colapsado. No podía creer lo que estaba viendo. Parecía una pesadilla.

Rumbo al hospital empecé a pedir por un cura. Yo no quería morir, pero por las dudas necesitaba estar cubierto. Quería vivir, tenía diecinueve años y una larga vida por delante. Quería seguir jugando al rugby, estar con mi familia, mis amigos. Morirme no estaba en mis planes, no todavía. Ante mi insistencia por el sacerdote, uno de los bomberos me miró fijo, me tomó de la mano y me dijo enojado:

—¡Vos no necesitás un cura, pibe! ¡No te vas a morir! ¡Necesitás un médico y te vas a salvar! —concluyó.

Cortó en seco mis súplicas y enfatizó que los médicos me iban a salvar. Supongo que esto en algún punto me dio la calma suficiente para seguir aguantando.

Finalmente llegamos al Hospital de San Isidro, sobre Primera Junta y Juan José Díaz. Ingresamos por la entrada de emergencias. La adrenalina me brotaba por los poros. Estaba todo chamuscado y con esquirlas en los brazos y la cara. Yo sabía que algo terrible estaba pasando en la parte inferior de mi cuerpo. Las piernas no me respondían, y no entendía por qué. Seguía sin tener noción del tiempo, pero no recuerdo haberme dormido. Pude mantenerme consciente desde la explosión. Me pasaron de la camioneta a una camilla que no tenía ruedas y me llevaron a la sala de emergencias. Allí pasó algo que hasta entonces solo había visto en las películas. Apareció una enfermera con unas tijeras grandes y empezó a cortar toda mi ropa hasta dejarme semidesnudo.

La sala de emergencias del hospital pasó a ser un pandemonio. Todo era confuso. No entendía mucho ni sabía exactamente qué estaba pasándome. Y para peor, no sabía nada de mis otros amigos. En esa pequeña sala éramos solo tres. Me sentía exhausto pero seguía luchando por mantenerme despierto mientras recibía la atención médica. Estaba despedazado y todo roto, en manos de los médicos y de Dios. Esa noche pasó algo curiosamente milagroso. Al momento en que entramos de urgencia, había tres jóvenes cirujanos en el hospital. Hacían su residencia allí y justo habían combinado para cenar y después ver el partido de Los Pumas. Eran rugbiers, qué bendita coincidencia. El hecho de que estuviesen todos ellos permitió poder recibir y atender en primera instancia con un poco más de soltura a cada uno de los casos que revestían extrema gravedad.

En la sala de emergencias seguían mis pedidos por un cura. Ante mi insistencia, el personal del hospital mandó llamar al Servicio Sacerdotal, que quedaba en frente. Cuando ingresó a los quirófanos el sacerdote Checo Avellaneda, se encontró con una escena literalmente de guerra. Caminó entre los charcos de sangre y escurriéndose por entre los brazos de los médicos, que estaban haciendo un gran esfuerzo, nos impartió la extrema unción a mí y a mis otros dos amigos que estaban allí. Días después me enteraría de quiénes eran esos amigos.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
182 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9789874188793
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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