Kitabı oxu: «Loncongüé, los fusilados de Sarmiento»
Sobre este libro
Por fin se escribe algo así. Algo que se había callado siempre. Además, nos descubre un Sarmiento que había sido ocultado. Este libro debe difundirse, lo merece. Y merece el tema conocerse hasta en los institutos de enseñanza. Cumple todos los principios de una investigación absolutamente honesta y científica.
Osvaldo Bayer
Índice
Sobre este libro
Loncogüé
I. Introducción
II. Loncogüé
Lugar de la cabeza
El escenario
Territorio de conflictos
Se establece el fortín
III. Los hechos
¡Arriba los entrerrianos y mueran los porteños!
Fuentes y versiones
La versión de Maguire
IV. La decisión del Gobierno Nacional
“Proceda a diezmarlos”
Contradicciones a la vista
Otro caso: el fusilamiento de Zacarías Segura
V. Línea dura
La violencia en todo
Perfiles de Sarmiento
Continuidades y rupturas del proyecto liberal
VI. Al amparo de la legislación monárquica
La premeditación
¿Un “buen diablo”?
Ataques y defensas
Dedicación personal
VII. La responsabilidad de Sarmiento en los fusilamientos
Acusaciones en la prensa
En el Senado
VIII. El contingente
Cuestión de ley
El rol de Urquiza
Nuevas modalidades
IX. El aliado inesperado
Enemigos leales
“Ahora sí que me siento presidente”
X. El pacto
La interna sale a la luz
Urquiza excluido
XI. La derrota de Mitre
Los hechos de San Juan
El debate en el Senado de la Nación
Mitre acusa al gobierno nacional
“La polea loca”
“Murder” no es homicidio, es “asesinato”
La derrota ha sido tremenda
XII. La investigación
XIII. ¿Cómo fueron reclutados?
Elementos de desorden
Chamorro reclutado
XIV. ¿Quiénes fueron?
La palabra de Carriego
José Chamorro y sus compañeros
XV. El debate en los medios de prensa
El inicio
Reacción del diario oficialista
Contraataque en La Nación Argentina
Sigue El Nacional
La Tribuna contra Sarmiento
¿Motín o simple tentativa de evasión?
XVI. Repercusión y opinión entre los entrerrianos
Una resistencia muy cara
Las venganzas del tirano
Provocaciones periodísticas
Final de juego
XVII. Conclusiones
Fuentes bibliográficas
Periódicos y diarios
Archivos y bibliotecas
| Carciofi, Sergio FabioLocongüé, los fusilados de Sarmiento / Sergio Fabio Carciofi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4465-46-71. Historia Argentina. 2. Crímenes. I. Título. CDD 982.05 |
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Sergio Fabio Carciofi
Loncogüé
Los fusilados de Sarmiento

Historia y Pensamiento latinoamericano
“Si los muertos no hablan, deber de los que sobreviven es pedir reparación sobre sus restos inanimados o al menos solicitar de sus representantes de la ley una garantía de que no prevalecerá en el futuro la sangrienta doctrina que fusila sin proceso y procesa extendiendo y firmando primero la sentencia de muerte”.
Diario La Nación Argentina, 12 de mayo de 1869
“Nunca pues, en tiempo alguno, ni por causa alguna estaremos por fusilamientos, ni los defenderemos aun cuando nazcan de la ley. Los condenaremos siempre porque el hombre no debe morir por mano del hombre. Harto horrorosa es la guerra para matar en la paz”.
Diario La Tribuna, 7 de abril de 1869
“Llegará el día en que desapareciendo las sombras sólo queden las verdades, que no dejarán de conocerse por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias”.
Juan Manuel de Rosas, 1857
I. Introducción
El 26 de marzo de 1869, un grupo de entrerrianos enviados por Urquiza a la frontera oeste para sumar soldados a los regimientos de línea fueron fusilados en Loncogüé, sin juicio previo y sin sentencia judicial alguna. Este hecho ocurrido como consecuencia del ¿motín?, ¿levantamiento?, ¿sublevación?, ¿intento de fuga? tuvo un profundo impacto público en los primeros años del gobierno de Sarmiento. Se lo consideró como “el más grave suceso de estos tiempos”.1 El diario La Nación Argentina lo describió como un hecho “atroz, inaudito, único en la historia del derecho militar que ha conmovido tan profundamente la sociedad”.2 Tanto es así que los hechos llegaron a ser debatidos en el Congreso Nacional. En la sesión del Senado de la Nación del 15 de junio de 1869, el senador Salustiano Zavalía los calificó de “actos atroces practicados por los que manejan la fuerza pública de la Nación”. Y días más tarde, en la sesión del 19 de junio del mismo año, el ex-presidente de la Nación y entonces senador Bartolomé Mitre, en referencia a hechos de estas características sostuvo: “La ejecución de un preso o prisionero sea o no delincuente político, sea bandolero o beligerante, yo la califico de asesinato […] Es un asesinato, porque todo hombre que no es muerto por sentencia de su juez natural, está mal muerto; y porque, aun cuando pueda serlo con motivo, no lo es con justicia y con legalidad”.3
Sin embargo, lejos de ser tratado por nuestra historia con la atención que un acontecimiento de ese tenor se merece, fue más bien soslayado y, con el correr del tiempo, olvidado. ¿Por qué? ¿Es posible que estos entrerrianos enviados a Loncogüé para engrosar las filas de la milicia de frontera no fueran criminales, convictos o malentretenidos, sino federales opositores a Urquiza? ¿Cuál habrá sido el rol del gobernador entrerriano en este hecho, cuál su connivencia con Sarmiento? ¿Es posible entender el fusilamiento de los entrerrianos en Loncogüé como un crimen político, de abuso de autoridad, como el fusilamiento de los peones patagónicos en 1921-1922, o el de los obreros en los basurales de José León Suárez en 1956, o de los presos políticos en la cárcel de Trelew en 1972? ¿Acaso la responsabilidad del presidente Sarmiento fue tal que hoy los hechos merecerían ser caratulados como un crimen de lesa humanidad?
1. Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad, Buenos Aires, Tor, 1957, pág. 304.
2. La Nación Argentina, “Cuestiones de derecho militar, a propósito de las ejecuciones en Loncogüé”, 1869.
3. Diario de sesiones del Senado de la Nación correspondiente al año 1869, Biblioteca del Congreso de la Nación.
II. Loncogüé
Lugar de la cabeza
Loncogüé, o Loncagüe, es un paraje ubicado en el partido de 9 de Julio, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, llamado así por sus habitantes originarios. Según Estanislao Zeballos, quiere decir “lugar de la cabeza”;4 según John W. Maguire significa “cabeza de caballo”5, y según José P. Thill y Jorge A. Puigdomenech “es un topónimo aborigen de raíz araucana que significa donde hay un bajo o lugar del bajo”.6
En la mayoría de las fuentes oficiales, bibliográficas y documentales consultadas –partes militares, notas periodísticas y relatos de la época– encontramos el lugar referenciado como “Loncagüe”. Zeballos toma nota del supuesto mal uso del topónimo y señala: “Estábamos en la laguna de Loncohué, punto que muchos años después adquirió notoriedad histórica con el nombre vulgar de Loncagüe”.7
Sin embargo, ambas denominaciones tienen su asidero. Ana Fernández Garay, especialista en lenguas aborígenes patagónicas, informa que la palabra loncogüé proviene del mapudungun o araucano. El término sería, fonéticamente, /longkowe/: longko significa “cabeza”, también “cacique”; y we es un sufijo que indica “lugar de” o “lugar donde hay”. De modo que Zeballos no estaba equivocado al traducirlo como “lugar de la cabeza”. Tal vez también tenga razón Zeballos en que la adopción de la palabra por los europeos haya popularizado el uso de Loncagüe, dado que, como indica Fernández Garay, puede ser el resultado de una contracción de dos palabras: longko (cabeza) y kawellú (caballo). En efecto, al ser pronunciado en un tempo presto se producía la reducción del sintagma longko kawellú: algunas sílabas se perdían dando por resultado loncawe. Por lo tanto, la traducción hecha por Maguire, que conoció la opinión de Zeballos y aun así prefiere llamar al lugar Loncagüe, también sería correcta: “cabeza de caballo”. Respecto de la traducción dada por Thill y Puigdomenech, sólo coincide en el significado del sufijo we, no así con el de la palabra longko, que interpretan como “bajo”, quizá porque la zona también se conoce como “laguna de Loncogüé”. Asimismo, Federico Barbará registra en su vocabulario de la lengua pampa de 1856 Loncahue como el nombre de una laguna cuyo significado sería “profundidad de quebrada”.5 Actualmente, los pobladores y lugareños denominan al lugar Loncagua.
Las denominaciones del lugar, entonces, son muy dispares. En este trabajo hemos optado por la forma Loncogüé, que se asimilaría más a la fonética original del araucano.
El escenario
En los tiempos de Zeballos, Loncogüé era una “encrucijada estratégica de los caminos, a una jornada de tropas livianas de los campos de la Blanca Grande hacia el sur, de Junín y Rojas por el norte y de la Cruz de Guerra, por el centro”.8
Maguire cuenta que Loncogüé era una verde lomada cubierta de pasto fino con cañadas que bordeaban una gran laguna de agua dulce.9 La descripción es exacta: hoy se puede verificar que la lomada aún conserva las mismas características que encontró el primer poblador cristiano, Diego Gaynor, que asentó allí la cabecera de su estancia con instalaciones que aún conservan en su estado original sus descendientes y actuales propietarios, los hermanos Marcela y Alfredo García Robin Maguire.
Thill y Puigdomenech establecen la ubicación del fortín
(...) a 23 km de Tres Lagunas o Clalafquén (9 de Julio) y a 7 leguas del fortín Médanos de Illescas. En el cuartel 10º de 9 de Julio, al sureste de la estación Bacacay del ferrocarril Belgrano, en la propiedad de María Young en 1865, Alicia Wallace de Gaynor en 1882 y Juan Bazterrica y Murgaza en 1954. Entre las propiedades de Bazterrica y Luis Artola en 1986.10
Sin embargo, aunque la ubicación exacta del fortín se desconoce, preferimos seguir las indicaciones de Maguire, para quien el campamento propiamente dicho se habría instalado en dirección oeste y a una distancia no mayor a diez kilómetros del casco de la estancia Loncagua de García Robin.11 Además, como sucedió en la mayoría de las estancias de la época ubicadas en la línea de frontera, la misma fue fortificada y la azotea del casco sirvió como mirador.
Maguire, además, sostiene que Loncogüé fue adjudicado por el gobierno nacional en 1860 a tres estancieros: don Diego Gaynor, y dos amigos y vecinos suyos, que instalaron allí su establecimiento agropecuario, en una extensión que no superaba las doce leguas. Buenaventura Vita informa, con más exactitud, que la fundación del pueblo de 9 de Julio, el 12 de febrero de 1864, atrajo el interés de los pioneros por los campos de la zona ganados como resultado del avance de la frontera y que fue Diego Gaynor quien pobló a siete leguas del pueblo el paraje que los indios llamaban Laguna de Loncagüe.12 Estos comentarios dan la pauta de que, si enseguida los pobladores de Loncogüé pidieron la adjudicación de esas tierras, las instalaciones de la actual estancia que se conoce con el nombre de Lancagua existían desde antes de la fundación de lo que hoy es la ciudad de 9 de Julio, cabecera del partido homónimo, en la provincia de Buenos Aires.
Los emprendimientos agropecuarios de los pioneros eran temerarios. En esos tiempos los malones de Calfucurá controlaban y arreciaban total y permanentemente el área. Estanislao Zeballos recuerda en sus crónicas su experiencia ante el ataque de un malón de esta manera:
¡He sido despertado en la estancia fortificada de los Desmochados por la alarida de los indios, y al abrir los ojos espantados veía a las mujeres trémulas, con el rosario en la mano, preparando las joyas, la ropa y los víveres, que con los niños eran depositados en el Mirador, en la ciudadela, en el último baluarte, a la expectativa del combate empeñado sobre los fosos!
Territorio de conflictos
Al ser un lugar de cruce estratégico de varios caminos, antes de que los cristianos decidieran poblarlo, Loncogüé fue lugar de diferentes episodios de sublevaciones y luchas entre los habitantes originarios, como también de asiento de los vivacs y campamentos que estaban de paso por la zona.
Uno de los sucesos que recuerda Santiago Avendaño en sus memorias es el conflicto iniciado en 1831 entre las tribus ranqueles, que lideraban, por un lado, el cacique Yanguelén y, por el otro, el cacique y jefe supremo de los ranqueles, Yanquetruz. Los yanguelenes se sublevaron contra el jefe ranquel y se presentaron “al Gobierno de Buenos Aires ofreciendo sus servicios como aliados y auxiliares de la frontera”.13 El gobierno nacional tenía una política de “indios amigos”, a los que les asignaba en propiedad territorios para que se sumaran al ejército nacional. Buscaba así reforzar los puntos estratégicos de la línea de frontera interna con las demás tribus, y de ese modo defender las posiciones de avanzada. Uno de los indios amigos más famosos fue el cacique Ignacio Coliqueo, que se estableció con su tribu en agosto de 1862, en la llamada “tapera de Díaz”, hoy Los Toldos. Otro indio amigo, de decisiva participación en la defensa de las fronteras cristianas, fue el cacique Cipriano Catriel, “a quien Sarmiento había dado el grado de cacique general, con uso de uniforme”.14 También fue beneficiado con asignación de tierras por prestar servicios en defensa de la frontera el cacique Andrés Raninqueo, “hermanastro de Ignacio Coliqueo”,15 que se estableció en el paraje de laguna La Verde en 1867, cercana a la comandancia de Loncogüé.
El cacique Yanguelén se puso, entonces, al servicio de los cristianos. Zeballos dice que “semejante traición a la Barbarie traía indignados a los indios de Tierra Adentro […] contra el pueblo Yanguelén”.16 Así las cosas, nos informa Avendaño que, en ocasión en que los caciques Pichuiñ y Painé llevaban adelante un malón contra el destacamento de Rojas, los yanguelenes, motivados por su rol de protectores de los puestos cristianos de esa frontera, los sorprendieron en la retaguardia y les tomaron 1341 caballos, el hijo y la hija de Pichuiñ, el hijo de Painé, Panguithruz (a quien su padre no volvería ver y que luego llegaría a ser el cacique Mariano Rosas) Esto no fue perdonado y Pichuiñ y Painé prepararon “la carnicería más atroz que jamás hayan visto los indios”,17 que terminó con el degüello de todos los yanguelenes. El lugar de encuentro para los preparativos de la batalla fue en la laguna de Loncogüé.
Se establece el fortín
En 1863 se estableció en la zona un fortín que sirvió de apoyo a la comandancia de Clalafquén o Tres Lagunas, que fuera instalada “a raíz del nuevo avance de la línea de frontera llevado a cabo por el coronel Julio de Vedia, Jefe de la Frontera Oeste”18 y luego fundador de 9 de Julio. Ya, en abril de 1864, para proteger la fundación del pueblo, Loncogüé formaba parte de los cantones de vigilancia y defensa “guarnecido con 30 hombres”.19
El coronel Nicolás Granada, el jefe de frontera, informó el 17 de abril de 1867 que la dotación del fortín Loncagüé era de un alférez, un sargento primero y 11 soldados.20 Un año antes ya había propuesto la formación de un “Regimiento de Húzares de la Frontera Oeste Nº…” para asegurar y “garantir las fronteras de las invasiones de los indios” Y sugiere que este cuerpo “puede formarse en enganchados, destinados o voluntarios”.21 Cosa que luego tendrá muy en cuenta Sarmiento.
En el marco del proyecto de adelantamiento de las fronteras con el indio, establecido por el Congreso Nacional el 13 de agosto de 1867, mediante aprobación de la Ley Nº 215, que dispuso el avance hasta el río Negro, Loncogüé fue un fortín de avanzada. Esa ley, dictada durante los últimos meses del gobierno de Mitre, comenzó a ser implementada por Sarmiento, quien le “dedicó especial atención a la cuestión fronteras, desde los primeros instantes”22 de su gobierno.
Al asumir la Presidencia de la Nación, el 12 de octubre de 1868, Sarmiento designó a Martín de Gainza al frente del Ministerio de Guerra y dio instrucciones para que se ocupara de adelantar la línea de fortines doce leguas más hacia el oeste de Buenos Aires. Además, y desconfiando de los informes y reportes que daban cuenta de las amenazas e incursiones de los indios de Calfucurá, a diecinueve días de asumir dictó un decreto relevando de su cargo al coronel D. Nicolás Granada.23 Y para cumplir el adelantamiento de la frontera designó al coronel de Ingenieros Juan F. Czetz.
El coronel Antonino López Osornio reemplazó en la jefatura de la frontera oeste al coronel Nicolás Granada,y al mando del Regimiento 5º de Caballería de Línea fue designado el teniente Fortunato Solano.
Gainza pretendía llevar la frontera hasta Loncogüé, es decir, a siete leguas de 9 de Julio, pero se estableció finalmente en el fuerte General Paz junto con los fortines Bagual, Cisneros, Aguilar, Barrera (más tarde pueblo Maya y hoy Carlos Casares), Luna y Médano de la Estaca.
Esta ley dio definitivamente un nuevo impulso a la incorporación de tierras que serían distribuidas para la explotación comercial. Todas las fronteras se modificaron. El coronel de Ingenieros Czetz, al informar al ministro Gainza del establecimiento de la nueva línea conforme las instrucciones de la Ley 215, explica la importancia estratégico-militar del trazado:
Por la disposición general de esta línea, los indios se ven privados en la actualidad de las principales aguadas que les servían de punto de apoyo en sus invasiones [como lo fue la laguna de Loncogüé]; ahora estos puntos de descanso quedan a 20 y más leguas afuera de la línea, y en caso de penetrar por ella, tendrán otras 20 o 25 leguas que andar hasta llegar a nuevas aguadas y a los campos ocupados por haciendas, de modo que cualquier invasión, sabiéndose casi inmediatamente por las descubiertas de los fortines, no es presumible que se logre; tomando en cuenta el celo, valor y la decision de los Jefes de Frontera; al contrario, tendrán que abandonar su botín en oposición a lo acostumbrado hasta hoy.24
Según Meinrado Hux, consta en el archivo del Estado Mayor un documento de fecha 26/5/186825 donde se informa que ese año Antonino López Osornio estableció un campamento en Loncogüé, conjuntamente con un oficial y dieciséis soldados y, aunque según asevera Hux, luego tuvieran que retroceder por las invasiones de los aborígenes, para la fecha de llegada de los entrerrianos el fortín de Loncogüé aún funcionaba como sede de la comandancia de la frontera oeste. Varios documentos fechados en Loncogüé, que constan en el Archivo del Servicio Histórico del Ejército Argentino, dan cuenta de la actividad del campamento: el 10 de enero 1869 López Osornio solicita al inspector general de armas de la Nación, Emilio Conesa, dos nombramientos26; el 4 de marzo López Osornio solicita a Emilio Conesa la promoción del teniente coronel graduado Fausto Avendaño, el capitán de infantería de línea Gerino Greni, el teniente 1º de infantería de línea Miguel Rubio y el teniente Andrés Ancalao27.
En los primeros meses de 1869 la comandancia de Loncogüé estaba en plena actividad organizativa y de aprovisionamiento, y en constante comunicación con el gobierno nacional. Un día después de esta última misiva, llegaron los entrerrianos.
4. Zeballos, Estanislao S., Callvucurá, Painé, Relmu, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2007, pág. 243.
5. Maguire, John W., Loncagüé. Relatos de frontera, Buenos Aires, 1968, pág. 27.
6. Thill, José Pedro y Puigdomenech, Jorge Alberto, Guardias, fuertes y fortines de la frontera sur, tomo II, Servicio Histórico del Ejército, Buenos Aires, Ejército Argentino, 2003, pág. 457.
7. Idem, pág. 243.
8. Zeballos, Estanislao S., op. cit., pág. 252.
9. Maguire, John W., op. cit.
10. Thill, José Pedro y Puigdomenech, Jorge A. op. cit., pág. 457.
11. Maguire, John W., op. cit., pág. 44.
12. Vita, Buenaventura N., “Crónica vecinal de 9 de Julio, 1863-1870”, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, pág. 16.
13. Avendaño, Santiago, Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño, recopilación de Meinrado Hux, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2004, pág. 63.
14. Rosa, José M., Historia Argentina, Buenos Aires, Oriente, tomo 8, 1981, pág. 127.
15. Hux, Meinrado, Coliqueo, el indio amigo de Los Toldos, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2009, pág. 196.
16. Zeballos, Estanislao S.,op. cit., pág. 248.
17. Avendaño, Santiago, pág. 67.
18. Thill, José Pedro y Puigdomenech, Jorge A., op. cit., pág. 456.
19. Vita, Buenaventura N., op. cit., pág. 18.
20. Thill, José Pedro y Puigdomenech, Jorge Alberto, op. cit.
21. Memoria presentada por el Ministerio de Estado en el Departamento de Guerra al Congreso Nacional de 1868, págs. VIII y IX.
22. Zeballos, Estanislao S., op. cit.., pág. 133.
23. Colección de Leyes y Decretos Militares, Archivo General del Ejército, pág. 325.
24. Memoria de Guerra 1869/70, págs. 178-180, en la Biblioteca del Estado Mayor del Ejército.
25. Hux, Meinrado, op. cit., pág. 168.
26. Trascripción del original que consta en el Archivo del Servicio Histórico del Ejército Argentino, carpeta 15-4860.
27. Trascripción del original que consta en el Archivo del Servicio Histórico del Ejército Argentino, carpeta 15-4976.
III. Los hechos
¡Arriba los entrerrianos y mueran los porteños!
El comandante de la frontera oeste con asiento en el fortín de Loncogüé, coronel Antonino López Osornio, informa la llegada de los entrerrianos a través de la siguiente misiva.
Campamento en Loncague, Marzo 5 de 1869
Al Sr. Inspector General de Armas de la Nación, General Don Emilio Conesa
Pongo en conocimiento de V. S. que con esta fecha se han recibido sesenta y ocho soldados para ser destinados al 5º Regimiento de Caballería de Línea, los que han sido dados de alta a dicho Regimiento.
También hago presente a V. S. que dichos destinados vienen sin monturas y tendrán que andar en pelos mientras no lleguen las monturas para ellos.
Lo que comunico a V. S. para los fines que convengan.
Dios guarde a V. S.
Antonino L. Osornio28
Estos hombres, enviados por Urquiza a pedido de Sarmiento, venían a cubrir la necesidad de tropas en la frontera oeste de la provincia de Buenos Aires.
Hay diferentes versiones de los hechos y, si bien las valoraciones que se hacen en las fuentes y en la bibliografía son dispares, en general la mayoría toma como referencia el informe que elevó el jefe del Regimiento Nº 5 de Caballería de Línea y comandante del campamento de Loncogüé, teniente coronel D. Fortunato Solano, a su inmediato superior, el comandante en jefe de la frontera oeste, coronel López Osornio:
El Jefe del Regimiento 5º de Caballería de Línea.
Loncagué, Marzo 27 de 1869
Al comandante en Jefe de la Frontera del Oeste Coronel D. Antonino López Osornio
En cumplimiento de mi deber, paso a dar cuenta a V. S. de la sublevación que tuvo lugar en el cuerpo de mi mando en la noche del 26 del corriente en la que sólo ha tomado parte el contingente entrerriano.
Serían las doce de la noche, y me hallaba durmiendo en mi carpa, cuando me recordaron los gritos atronadores que se daban en la cuadra del Regimiento de “arriba los entrerrianos y mueran los porteños”, y el ruido continuado de que se cargaban las carabinas.
En el acto tomé mi revólver y me trasladé al 1er. escuadrón, donde fui recibido a balazos; pero a pesar de ello conseguí dispersar a algunos. En el momento tomé la guardia de prevención que con oficial a la cabeza vino en mi protección.
Como V. S. sabe los entrerrianos destinados los dividí en varias fracciones, engrosando las compañías del cuerpo, por cuanto me constaba ser la mayor parte criminales de nota.
Sin embargo en la noche mencionada todos han estado de acuerdo, y la mayor parte se dirigieron al corral con el intento de tomar caballos mientras que la otra hacia fuego sobre los soldados viejos del cuerpo que salían de sus ranchos para formar.
El que firma, acompañado del Mayor Parodi y la guardia de prevención, nos dirigimos junto con los sublevados al corral, y después de una sostenida lucha a sablazos y balazos, los dispersamos quitándoles la entrada que sostenían para tomar caballos, pero como a veinte pasos se formaron otra vez y nos volvieron a trabar un combate desigual por cuanto estábamos cortados del cuerpo y aún no llegaban los demás soldados y a pesar de ello los rechazamos persiguiéndolos a pie a más de diez cuadras, quedando muertos y heridos en el corral, y más adelante nueve de ellos capturados doce de ellos fueron fusilados según orden que recibí de V. S.
En esto llegó V. S. al corral con el piquete de infantería y dispuso que montase el que firma con alguna fuerza para perseguir veintitrés que dispersados tomaron los campos y se han guarido en algunos de los grandes fachinales y esteros de juncales, pues a pesar de las muchas partidas desprendidas y exploraciones hechas en la misma noche aún no se han podido encontrar.
En este momento se sabe que se halla una parte en el gran bañado que está cerca de este campo y han sido tomados seis, entre ellos un tal Chamorro, de los que encabezaban la sublevación.
Me permito hacer presente á V. S. la necesidad que encuentro como Jefe del Cuerpo de pasar por las armas al citado Chamorro y otros aunque no se han tomado, tanto para castigar la gravedad del delito cuanto para cimentar la moralidad del cuerpo.
Me es honroso señor Coronel el recomendar a V. S. la bravura y arrojo con que se ha conducido el 2º Jefe del cuerpo Sargento Mayor D. Carlos Parodi, el que desde el principio del conflicto ha estado a mi lado batiéndose cuerpo a cuerpo con los amotinados, como también el Capitán Guerrico y demás oficiales del cuerpo se han conducido bien, restándome sólo decir a V. S. que los soldados viejos del Regimiento se han distinguido todos.
Dios guarde á V. S.
Fortunato Solano
Tanto el teniente coronel Solano como el coronel López Osornio fueron protagonistas de los hechos. Por lo tanto cabe suponer que el informe fue escrito por ambos. Además, el informe que al día siguiente López Osornio eleva a la Inspeccción General de Armas de la República, con el objeto de cumplir con la formalidad de las comunicaciones, no sólo en nada amplía el suscripto por Solano sino que además cumple en elevar el pedido de fusilamiento del cabecilla, en los siguientes términos: “[…] Entre estos siete se encuentra el individuo Chamorro que es uno de los cabezas del motín, por lo que pido a la superioridad, autorización para pasarlo por las armas previo un consejo de guerra verbal […] Antonino L. Osornio”.
Fuentes y versiones
Manuel Gálvez recuerda el hecho en su libro Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad: “A fines de marzo llegan al campamento ochenta hombres, enviados por Urquiza. Descontentos, se sublevan. Terminada la breve lucha, el jefe hace fusilar a doce de esos hombres”.
El historiador Pérez Amuchástegui cuenta que “80 hombres enviados por Urquiza como contingente de Frontera, incorporados al regimiento 5º de caballería de línea, se amotinan y el jefe de la guarnición, coronel Antonino López Osornio, ordena el fusilamiento de 12 de ellos”.29
José María Rosa relata: “En marzo [de 1869] ochenta remitidos al fortín de Loncogüé, cerca de Nueve de Julio, se sublevan. Pero el jefe nacional consigue imponerse y fusila a doce”.30
El padre Meinrado Hux, al referirse a los cambios que había producido la asunción del presidente Sarmiento en los servicios de la frontera, cuenta que
durante la noche del 26 de marzo de 1869, se sublevó el contingente entrerriano que, como prisioneros, habían sido enviados a la frontera del Oeste bonaerense, engrosando el Regimiento 5º de Caballería. Un tal Chamorro encabezó el levantamiento. El tumulto empezó al grito: ¡Arriba los entrerrianos y mueran los porteños! El comandante Solano con su tropa adicta les hizo frente, sobre todo en la entrada del corral. Tras recio tiroteo pudo sofocar la rebelión. En la refriega murieron 12 soldados y 20 quedaron heridos.31
Por su parte, Pedro De Paoli hace mención al hecho cuando describe la situación en que Sarmiento recibe la presidencia y su arbitrariedad en la búsqueda de soluciones: “Con el ministro de Guerra ordena el fusilamiento de un infeliz Chamorro, entrerriano, que se subleva en el pueblo de Loncogue, cerca de 9 de Julio, y hace diezmar a sus partidarios”.32
En su Historia de la Argentina, Norberto Galasso apunta: “en Loncogüé, son detenidos varios entrerrianos enemigos de Urquiza; enviados por la fuerza, se sublevan y son fusilados por oficiales del ejército nacional, acción que recibe la aprobación de Sarmiento, quien, además, indica que sea fusilado Chamorro, jefe de esa partida”.33
El 10 de abril de 1869, el diario La Nación Argentina publica un relato pormenorizado de los hechos con un extenso tratamiento de la cuestión jurídica en diez capítulos, bajo el inquietante título de “Jurisprudencia de sangre”. El 12 de mayo anuncia: “Ayer hemos enviado a los señores senadores y diputados al Congreso el folleto en que se contienen los artículos publicados por La Nación Argentina sobre las matanzas de Loncogué.” La publicación es distribuida, con un apéndice de documentos oficiales en forma de separata bajo el título: Cuestiones de derecho militar, a propósito de las ejecuciones en Loncogué.34
Tanto el diario como el folleto se nos presentan como una fuente privilegiada porque fueron publicados en fecha muy próxima a la de los hechos. El diario expone las decisiones que el gobierno tomó respecto del motín, pero aún desconoce el resultado final: “Los tres sorteados que van a morir o habrán muerto ya, tal vez hubieran sido absueltos por un tribunal”, dice en el capítulo donde se cuestiona duramente el sorteo de los que serían diezmados.
El documento buscaba desesperadamente que el gobierno reconociera su equivocación y revisara su conducta, lo cual hubiera sido un triunfo político del mitrismo, pero no resultó así. Por otro lado, las publicaciones de La Nación Argentina se ocupan de analizar pormenorizadamente lo que considera un “hecho atroz que no tiene precedentes legales en el mundo, ni la ley que lo justifique”.
Para el diario mitrista los hechos fueron los siguientes:
Un contingente de soldados irregularmente enrolados se subleva en Loncogué (frontera del oeste) con el objeto de fugar, y hacer armas para conseguir su intento. Once individuos son muertos en la refriega, sin causar daño alguno a los que les intiman rendición. De cuarenta y tres individuos que resultan prisioneros, doce son fusilados en el acto sin forma de juicio y después de rendidos, es decir casi la tercera parte, lo que equivale a matar de cada tres uno. A los treinta y un rendidos y a la ejecución de cada tres de uno, se les manda diezmar sin audiencia y a sangre fría, aparte del cabeza que se manda fusilar anticipando la sentencia al juicio a que se le somete, invocando para todo ello un artículo de la Ordenanza Militar. Tal es el hecho descarnado.
La versión de Maguire
John W. Maguire publicó en 1968 un libro llamado Loncagüé. Relatos de frontera, en homenaje a los hacendados que se instalaron allí en procura de ganar terrenos al “desierto”. Aporta nuevos detalles que no surgen del informe de Solano. Por ejemplo que:
(...) los entrerrianos, gente de la campaña, que habían vivido siempre a su albedrío, sin familia, y muchos criados en plena selva de Montiel, donde ni las levas de Urquiza y López Jordán habían podido capturarlos, eran quienes más sentían [el] rigor [del servicio en el campamento de Loncagüé].
Urquiza había enviado el contingente de entrerrianos a Loncogüé por pedido –con la anuencia de Sarmiento– del ministro de Guerra, coronel Martín de Gainza. Más adelante veremos la forma en que fueron reclutados, que demostrará que muchos fueron capturados por las huestes del gobernador de Entre Ríos, por delitos que jamás fueron probados y menos enjuiciados. Por otro lado, la gran mayoría de los integrantes fueron jóvenes separados de sus familias, dato que confirma Maguire: “Si bien la mayor parte tratábase de jóvenes, cuya edad oscilaba entre los diez y ocho y veinte años, el resto ya eran hombres hechos […]”
Maguire agrega que el cabecilla Chamorro tenía cuentas pendientes con el comandante Solano, que los sublevados aprovecharon que el coronel López Osornio estaba gravemente enfermo. También se refiere a un soldado que participó de la sublevación enfrentando “en pleno campo al alférez que lo mandaba”, pero que luego se presentó al comandante Solano y “lo enteró de la sublevación que se estaba gestando. Le pidió entonces, que lo hiciera su asistente, pues él no quería tomar parte de la misma”. Afirma Maguire que a raíz de lo relatado por el informante “el comandante procedió enérgicamente [...]. Arrestó a los soldados que atacaron al alférez, y se les retiró las armas y municiones al contingente entrerriano.”
En el relato de Maguire no hay referencias documentales, probablemente hayan sido transmitidos oralmente por los peones de la estancia de Loncogüé, que tan calurosamente recuerda Maguire en el proemio de su libro. Sin embargo confirma algunos datos y no aclara otros, por ejemplo dice que “doce muertos y más de veinte heridos fue el saldo de este lamentable suceso que en su hora llegó a conmover a la opinión pública de Buenos Aires”, pero, sorprendentemente, Maguire no aclara si son de los rebeldes o del ejército nacional.
En varios pasajes de los hechos relatados, Maguire extrae aquello de lo que Solano da cuenta a sus superiores: 1º) que hubo “un tal Chamorro” como supuesto cabecilla; 2º) que el coronel López Osornio estaba en el lugar de los hechos; 3º) que hubo una “sostenida lucha a sablazos y balazos”; 4º) que lograron dispersar a los rebeldes en la “puerta del corral”; 5º) que los dispersados fueron a guarecerse a unos “grandes fachinales”; 6º) que el sargento mayor Parodi acompañó al comandante Solano en la embestida contra los insurrectos, y 7º) que lograron “tomar” a varios dispersados.
No obstante obvia, al parecer deliberadamente: 1º) que perecieron once rebeldes en los combates; 2º) que Solano y López Osornio informan que persiguieron (no que tomaron) a veintitrés y que sí tomaron a seis, entre ellos a un tal Chamorro, en horas de la mañana del día 27; 3º) que los doce muertos habían sido fusilados inmediatamente sin juicio ni sentencia previa por el comandante Solano, cumpliendo órdenes del coronel López Osornio, a quien Maguire califica como “un hombre comprensivo y de gran corazón” porque no fusiló a más.
También olvida que los integrantes del ejército nacional no sufrieron heridas ni bajas. Cuestión que sólo denuncia el diario La Nación Argentina el 2 de abril de 1869, día en que da a conocer los hechos públicamente: “Los sublevados fueron rendidos, matándose veinte hombres, en el combate y fusilados después, según dicen las cartas, habiendo resultado también varios muertos y heridos de las tropas del gobierno”.35
La redacción del diario dice “habiendo resultado también…” pero luego no lo confirma en las sucesivas y extensas referencias al hecho, que muy especialmente se encargó de publicar durante el mes de abril de ese año.
28. Trascripción del original que consta en el Archivo
29. Nicolás Gibelli (director) y A. J. Pérez Amuchástegui (asesor), Crónica Histórica Argentina, tomo IV, Buenos Aires, Codex, 1972, pág. 223.
30. Rosa, José María, Historia Argentina, tomo 7, Buenos Aires, Oriente, 1981, pág. 239.
31. Hux, Meinrado, Coliqueo, el indio amigo de Los Toldos, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2009, pág. 247.
32. De Paoli, Pedro, Sarmiento. Su gravitación en el desarrollo nacional, Buenos Aires, Theoría, 1964, pág. 225.
33. Galasso, Norberto, Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner, Buenos Aires, Colihue, 2011, tomo I, págs. 359-360.
34. Extraído del diario La Nación Argentina, archivado en formato microfilm en el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”.
35. Diario La Nación Argentina del día 2 de abril de 1869. Archivo en microfilm de la bilioteca del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”.
IV. La decisión del Gobierno Nacional
“Proceda a diezmarlos”
Siete días después de los hechos, el 2 de abril de 1869, Rufino Victorica, ayudante de la Inspección General de Armas, eleva el informe de Solano; y López Osornio al ministro de Guerra, coronel Martín de Gainza:
Tengo el honor de acompañar a V. E. los partes que acabo de recibir del Comandante en Jefe de la Frontera del Oeste, Coronel Osornio, dando cuenta del escandaloso motín producido por el contingente entrerriano en la noche del 26 del pasado y el modo como fue sofocado completamente […]36
El mismo día, con una celeridad que llama la atención, el presidente Sarmiento ordena que se conteste la nota37, y en consecuencia simultáneamente el ministro Gainza aprueba “las medidas tomadas por dicho Jefe para contenerla” y ordena al inspector general de armas que comunique al coronel López Osornio “que, previo Consejo de Guerra verbal, proceda a hacer pasar por las armas al cabecilla Chamorro y diezmar el resto de los sublevados; dando cuenta del cumplimiento de esta resolución.”38 La “necesidad” del comandante Solano de fusilar a Chamorro es satisfecha.
Finalmente el coronel López Osornio recibe las instrucciones impulsadas por el presidente Sarmiento en una notificación firmada por Rufino Victorica también del 2 de abril de 1869 en la que, especialmente, dice que:
S.E. [Gainza, y por lo tanto también Sarmiento] me ha encargado le conteste: que es de su completa aprobación la brillante conducta observada tanto por V.S. como por el Teniente Coronel Solano, mayor Parodi y demás jefes, oficiales y tropa, que, con particular arrojo, sofocaron completamente el motín de que da cuenta; que respecto al cabecilla Chamorro haga V.S. como propone, formarle un consejo de guerra verbal, fusilándolo en seguida, y respecto de los demas sublevados, con arreglo al tratado 8.º título 10 de la ordenanza […] Proceda V. S. á formarlos al frente de la Division de su mando y a diezmarlos, pasando por las armas al que le toque designado por la suerte, dando cuenta despues de cumplida la disposición del Sr. Ministro, que dejo comunicada […]
El gobierno nacional, como si hubiese estado esperando ansioso la noticia, una vez informado del suceso expresa que es de “su completa aprobación la brillante conducta observada”. Es decir, haber sofocado el motín y, además, haber fusilado sumariamente a doce amotinados sin previo consejo de guerra, juicio y sentencia les parece algo brillante. Y, como si fuera poco, propone, formarle un consejo de guerra verbal y fusilar enseguida al cabecilla Chamorro con la sola opinión del comandante Solano, sin haber tenido a su disposición más elementos que dieran cuenta de que, efectivamente, Chamorro era el cabecilla. También está claro que al gobierno nacional no le importa si Chamorro fue realmente el cabecilla o no, porque adelanta, sin más, la sentencia que debería haber sido consecuencia de la valoración de los hechos con las pruebas. La decisión, sin más que se cumpla con la formalidad del consejo de guerra pero que luego no pierda más el tiempo y que lo fusile enseguida.
Contradicciones a la vista
Al diario mitrista La Nación Argentina39 que, como bien afirma Gálvez, “en un principio creíase que no colaboraba Mitre y que los brutales ataques al presidente eran obra exclusiva de José María Gutiérrez y del ex ministro Elizalde”,40 no le cuesta nada poner al descubierto las contradicciones de la decisión gubernamental.
Comienza diciendo que “la jurisprudencia gubernativa es absurda […] el procedimiento […] no puede ser más errado, ni más contrario a los fines de la justicia militar”; adjudica la carga de probar por parte de “un superior [que] atente contra la vida de un soldado sin proceder como Juez, si tuvo la necesidad imperiosa [de] obrar así, ya sea en defensa propia ya sea consultando la seguridad común de la tropa o las exigencias de la disciplina.” Cuestiona el hecho de que el coronel López Osornio “no explica cual fue esa necesidad ni que circunstancias hicieron indispensable la ejecución de los rendidos”, y resalta que el informe del comandante Solano “parecería indicar que la imperiosa necesidad no está justificada, único caso en que por excepción podría probarse la ejecución.”
La Nación Argentina critica que el gobierno haya manifestado anticipadamente que “aprueba y elogia la ejecución de los doce rendidos o capturados, efectuada por una orden verbal”, cuando “debió ordenar el esclarecimiento del hecho, por medio de un sumario y si la necesidad resultaba justificada reservar para entonces su aprobación”, cosa que, como veremos más adelante, el mismo presidente Sarmiento ordena investigar cuando López Osornio se niega a cumplir con la orden de diezmar a los capturados.
El diario se pregunta “si Chamorro era uno de los cabezas ¿por qué no fue fusilado como los otros doce a quienes por la misma circunstancia dice a renglón seguido que se vio obligado a ejecutar? Y acusa directamente al gobierno de Sarmiento de “dictar la sentencia antes que el tribunal […] pronuncie la sentencia”.
Trece días después, el coronel López Osornio cumple en parte la orden emanada desde el mismo despacho presidencial:
Comandancia en Jefe de la Frontera Oeste
Buenos Aires, Abril 15 de 1869.
Al Señor Inspector de Armas de la Nación, General D. Emilio Conesa
Tengo el honor de elevar a manos de V. S. la sumaria instruída contra el cabecilla Chamorro por el crimen de rebelión, el cual condenado por el Consejo, y en cumplimiento de la orden superior transmitida por esa Inspección General con fecha 1º del corriente fue pasado por las armas al frente del Regimiento el día 9, previas las formalidades de ordenanza […]
Dios guarde a V. S.
Antonino L. Osornio
En su informe el coronel López Osornio refiere que la orden para fusilar a Chamorro y diezmar a los restantes la recibe el día 1º de abril y no el 2 de abril, como así consta fechado en las órdenes firmadas por Gainza y Victorica. Además, llamativamente el informe es fechado en Buenos Aires y no en el campamento de Loncogüé, lo que nos hace suponer que el comandante López Osornio puede haberse presentado personalmente a dar su parte ante el presidente y el ministro, y planteado su disconformidad con lo resuelto. Veremos más adelante que haría saber su desacuerdo por escrito.
Otro caso: el fusilamiento de Zacarías Segura
Las respuestas del gobierno nacional a estas consideraciones sobre los hechos de Loncogüé están en la sesión ordinaria del Senado de la Nación del 17 de junio de 1869, en la que se debatió acerca de otro fusilamiento sin juicio previo. En este caso se trataba de la ejecución del joven Zacarías Segura, en la provincia de San Luis. Allí, el general Arredondo lo había capturado en los combates mantenidos con las montoneras de Santos Guayama, para luego aplicarle la ley marcial también de manera irregular.
El senador Salustiano Zavalía, “antiguo miembro de la Coalición del Norte de 1840, luego constituyente del 53 en Santa Fe y gobernador urquicista de Tucumán en 1860, ahora senador mitrista por su provincia […], a quien Sarmiento llama el Caballero de la Relamida Figura”, en la sesión anterior –del día 15 de junio– pidió “que el señor Ministro de Guerra [Martín de Gainza] sea llamado por esta Cámara a concurrir a su próxima sesión, para explicar el hecho y las circunstancias de la ejecución del joven ciudadano Zacarías Segura, por orden del general Arredondo en comisión del Poder Ejecutivo Nacional”.
Fundó su petición diciendo que se trataba de “un hecho monstruoso por su deformidad y por sus dimensiones, una doble violación criminal y escandalosa de la Constitución, un atentado, en fin, a las leyes de la humanidad […]”. Y lo comparó con los fusilamientos de los entrerrianos: “[…] vemos reaparecer hoy día ese mismo odioso sistema con actos atroces practicados por los que manejan la fuerza pública de la Nación. Ayer Loncagué y hoy la ciudad de San Luis, son el teatro de sangrientas ejecuciones que han estremecido de horror el corazón de nuestra sociedad”.
En la siguiente sesión, junto con el ministro de Guerra, se presentaron para defender la posición gubernamental los ministros del Interior, Dalmacio Vélez Sarsfield; de Relaciones Exteriores, Mariano Varela, y de Culto e Instrucción Pública, Nicolás Avellaneda, “porque temen que el de Guerra no pueda defenderse solo”.41
El debate se centró alrededor de la figura de un joven “vinculado a las tradicionales familias federales de Mendoza”, que conmovió a toda la sociedad. Por él, para evitar su fusilamiento, pidió el mismo gobernador de San Luis, y hasta una mujer se ofreció en matrimonio. Al parecer, Segura, además, “era un hombre alto, pálido, delgado, de cabellos rubios, de ojos azules, de fisonomía apacible”, recuerda burlonamente el ministro Varela como respuesta a la interpelación de Zavalía, y luego pregunta con ironía a los senadores presentes: “¿Cómo se puede ejecutar la ley con un hombre que está adornado de tan bellas calidades físicas? ¿No es verdad?”.
La verdad es que Segura, y también los entrerrianos, fueron fusilados sin juicio previo conforme a un procedimiento “ajustado a instrucciones recibidas con anticipación del gobierno nacional”, y que los fundamentos dados por el gobierno, por medio del mismísimo ministro del Interior Dalmacio Vélez Sarsfield, fueron que “hombres que han tenido […] combates sangrientos contra las fuerzas nacionales […] deben morir por las armas nacionales después de un consejo de guerra durante el fuego y después del fuego también”. Valoración, esta última, que descarta toda posibilidad de someter a los acusados por ante los jueces naturales, y de que los acusados pudieran correr con otra suerte que no fuera la de morir. Es decir, para Vélez no importa si se trata de un delito común, de una sublevación militar o un enfrentamiento por causas políticas. El hecho mismo de enfrentarse con las fuerzas nacionales basta y los habilita a sacar a los acusados de toda competencia de los jueces naturales y pasarlos por las armas antes o después de un consejo de guerra.
Pero para comprender las posiciones de ministros y senadores es necesario llevar a la superficie la cuestión de fondo que presenta este debate, la cual tiene dos aristas unidas por un objetivo común: por un lado, la pretensión de Sarmiento de imponer su proyecto de nación “utilizando la violencia en todo” para, como él mismo le cuenta “con exceso de satisfacción” en una carta a su amigo José Posse, “transformar la colonia: y esto con esplendor y en brevísimo tiempo” y así “asegurar que la revolución que nos hará norteamericanos, que destronará al estanciero que hace nacer el gaucho y la montonera no sólo esté próxima sino realizada. Aquí en este pedazo de la pampa hasta Córdoba, va a constituirse una nueva sociedad, una nueva nación, dejando a los muertos allá que entierren a sus muertos”. Por otro lado, la manía paternalista de Mitre, que intenta imprimir a la nación su legado político pronunciado en la carta de Tuyú Cué, en ocasión de dar respuesta a su partido respecto de sus preferencias electorales para la elección presidencial que, finalmente, ganó Sarmiento:
Mi constante empeño ha sido preparar al país a una libre elección de presidentes en las mejores condiciones posibles para el gran partido nacional de principios […] El candidato es el partido liberal. […] Si el partido liberal no hubiese de triunfar en las condiciones de su propia existencia, si no hubiese de luchar con los principios de su credo político inscriptos en su bandera y leal y valientemente practicados, no tendrá razón de ser, ni merecería triunfar, ni sería digno de gobernar; pues para escamotear la soberanía del pueblo desacreditando la libertad, y desmoralizar el gobierno dándole por base el fraude, la corrupción o la violencia, ahí están sus enemigos [los federales] que lo harán mejor y que francamente proclaman esos medios y esos fines que son los únicos que tienen porque son los únicos que conocen.
Pero los liberales no le darán esa satisfacción y el mismo Sarmiento se lo hizo saber a Mitre el día en que le entregó la banda presidencial: “La Constitución ha hecho del Presidente el jefe único de la Administración. […] Una mayoría me ha traído al poder, sin que yo lo haya solicitado; y tengo, por lo tanto, derecho para pedirle, al sentarme en la dura silla que me ha deparado, que se mantenga unida, y que no eche en adelante sobre mí solo las responsabilidades de su propio gobierno”.
Mitre, ahora senador, en pleno debate por los “asesinatos” de los entrerrianos en Loncogüé y del joven Zacarías Segura en San Luis, aprovechará para contestarle: “Quiero que se respete la base fundamental de nuestro sistema, que son los derechos de las provincias con todas sus imperfecciones, conciliándolo con las exigencias del orden y de la libertad; quiero la paz entre los poderes públicos, para que su acción se arregle á la ley de las democracias; que es la mayoría: quiero por fin, que no compliquemos el difícil problema de consolidar el orden á la par de la libertad, propalando doctrinas que no pueden dar por el resultado sino el descrédito de las instituciones mismas establecidas sobre bases falsas”.
Mitre y Sarmiento son dos caminos para el mismo objetivo “imponer aceleradamente el credo liberal de los vencedores de Pavón”. Pero en tanto Mitre proponía un sistema representativo donde fueran los partidos los que gobiernen la república, la presidencia personalista de Sarmiento no perdería un segundo en abonar su línea dura con “sangre de gauchos”.42
36. Memoria presentada por el Ministro de Estado en el Departamento de Guerra y Marina al Congreso Nacional en 1869, págs. 308-309.
37. Ibídem, pág. 309.
38. Ibídem, pág. 309.
39. Ibídem, págs. 310-311. La fecha consignada en la memoria dice “Abril 20 de 1869”, pero es un error. Primero, porque no guarda relación con el orden cronológico de las sucesivas resoluciones y, segundo, porque así lo confirma el folleto del diario La Nación Argentina.
40. Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad, Buenos Aires, Tor, 1957, pág. 312.
Un año después, en 1870, el diario se convertirá en La Nación y Mitre en su principal accionista.
41. Ibídem, pág. 306.
42. “No trate de economizar sangre de gauchos. Es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al país”. Carta de Sarmiento a Mitre del 20/9/1861, en el Archivo del general Mitre (AGM), “Campaña de Pavón”, tomo IX, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1912, citado por Norberto Galasso en Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner, Buenos Aires, Colihue, 2011, tomo I, págs. 359-360.
V. Línea dura
La violencia en todo
Sarmiento heredó de la administración mitrista una serie de conflictos: el tramo final de la guerra exterior contra Paraguay (la llamada guerra del Paraguay o de la Triple Alianza), la guerra interior contra los caudillos federales –liderada, primero, por Felipe Varela y después de la muerte de Urquiza, por López Jordán–, un ejército en constantes sublevaciones y deserciones, con las escasas y desordenadas fuerzas instaladas casi Tierra Adentro,43 y las dificultades que la línea de frontera debía enfrentar ante los temibles e insistentes ataques y saqueos de los malones comandados por el Gran Gulmen de la confederación araucana: Juan Calfucurá.
El mismo Sarmiento relata tales circunstancias a su amigo José Posse, en una carta fechada en febrero de 1869:
Se necesita la violencia en todo. En el momento en que te escribo hay paz general, si no es que Guayama se levanta en la Rioja, los blancos amenazan invadir Entre Ríos, los liberales de Corrientes no contentos con vivir quisieran vengarse de Urquiza. [Felipe] Varela nos costará cien mil pesos, inútilmente gastados. La guerra del Paraguay sigue, sin que podamos distraer un soldado ni economizar un centavo; y Calfucurá nos amenaza con una guerra formidable.44
Estanislao S. Zeballos da testimonio de este momento político del país en su libro Callvucurá…:
Las invasiones se sucedieron desde 1862 hasta 1868 con una frecuencia y resultados que llenaban de espanto a las desgraciadas provincias colindantes con el país de los indígenas. La ruina y el incendio, la matanza y el cautiverio, la despoblación, en fin, eran en los campos del sur el espectáculo de todos los días. Agregábase la profunda desmoralización del ejército, producida por la guerra civil, lo cual arrebataba a las campañas sus últimas esperanzas.
Antes de comenzada la guerra del Paraguay se sublevaron de una manera sangrienta y bochornosa las guarniciones de las Tunas, Fraile Muerto, San Rafael, Melincué y Patagones, y, después de emprendida aquella, la guardia nacional movilizada se amotinaba con mayor frecuencia y desertaba miserablemente del puesto de honor.
A las solemnes y extraordinarias exigencias de la lucha contra el Paraguay […] se añadía el nuevo y formidable estallido de la rebelión de los caudillos del interior, tenientes del Chacho los unos, fanáticos de la extinguida Confederación los más, nobles defensores de las autonomías locales los otros, todos ignorantes, movidos por una grande resolución de trastornar el orden establecido en la República después de la batalla de Pavón, derrocando sus autoridades para restaurar la influencia de los hombres de Paraná.
[…] Los ejércitos organizados de la Nación y las fuerzas improvisadas en las provincias eran escasas para luchar contra el Paraguay en el exterior, y contra la montonera en el interior; y la defensa de las fronteras nada podía esperar de semejante estado de cosas, durante el cual se aumentaban las calamidades públicas con el saqueo causado por los indios y con el desenfrenado pillaje a que la rebelión se entregaba en la mitad de la República.45
Zeballos no sólo transmite con su relato la preocupación de los sectores dirigentes, puesto que él fue uno de los más fervientes impulsores de la que llamaron “conquista del desierto” –y así lo hizo saber como redactor del diario La Prensa–,46 sino que también nos informa claramente que la situación política y militar recibida por Sarmiento representaba la puesta en marcha de la instrumentación definitiva del proyecto unitario que venció en Caseros y que se instaló definitivamente en Pavón, para luego sentar las bases el modelo agroexportador que se extendió exitosamente a fuerza de fuego y fraudes electorales. Más allá de las diferencias de métodos, lo cierto es que Mitre había logrado en Pavón doblegar a Urquiza, la única amenaza real de federalismo47; y Sarmiento, ahora, debía terminar la tarea procurando una urgente victoria en todas las guerras que al proyecto liberal se le presentaban contra los paraguayos, los caudillos federales, la confederación de indios araucanos en las fronteras y las deserciones, sublevaciones y amotinamientos de las propias tropas, que no sentían como propio el proyecto liberal, unitario y porteñista.48
Fácilmente, entonces, puede suponerse que Sarmiento haya tomado las más extremas decisiones y, como escribió Evaristo Carriego, haya tenido “propensiones sanguinarias” y tendencia a “permanecer malo y atrabiliario”.49 Su mirada adusta, malhumorada, severa, tan típica de sus retratos fotográficos, representa la imagen perfecta del momento político que le tocó presidir y el rol que tuvo que asumir.50
Sin embargo, no es que Sarmiento hubiera decidido descuidar las formas. Era un hombre práctico, estaba en su personalidad y temperamento avanzar más allá de cualquier formalidad que detuviera o demorara sus propósitos.
Perfiles de Sarmiento
La mayoría de los historiadores, tanto quienes lo defienden como quienes lo critican, reconocen –por ejemplo Manuel Gálvez– que “sobre todas las grandezas que haya podido tener, él fue escritor, un poderoso escritor”,51 aunque lo dice en el marco de un libro que titula Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad. El historiador Pedro Di Paoli disiente de Gálvez: “Sarmiento era un hombre de mando, mando arbitrario, pero no de autoridad. La autoridad en estos casos es una cualidad moral, o intelectual, o política. Tal fue la autoridad de Sáenz Peña, de Irigoyen. Sarmiento fue hombre de mando, pero no de autoridad”.52
Por su parte, Galasso sostiene que “hay varios Sarmientos que difícilmente puedan identificarse y valorarse de una sola manera”. Sin embargo, “el más conocido es el Sarmiento ideólogo, que ofrece a sus contemporáneos un cuerpo de ideas, centrado en la alternativa civilización o barbarie […] para hegemonizar ideológicamente al resto del país […] A través de esas ideas […] logra el consenso, impone, como diría Gramsci, el sentido común de la sociedad argentina o, como sostenía Marx, logra que las ideas de la clase dominante sean las ideas dominantes en la sociedad”.53
Pero el Sarmiento hombre, para Galasso, “era bastante distinto […] En su personalidad conviven los antagonismos que él pretendió hallar en los avatares de la sociedad de su época. Es un hombre tensionado entre su pasión argentina y bárbara, y su inteligencia colonial, reverente ante el hecho externo. Su vida y su obra aparecen signadas por ambas influencias contradictorias, siempre en turbulenta pugna y quizás pueda concluirse que de ahí vienen aciertos y desaciertos, estallidos imprevistos y declaraciones descomedidas, que le ganan la fama de loco”.54
A su vez, Atilio García Mellid, es quien da en el clavo al caracterizar al sanjuanino de la siguiente manera: “también él fue un perfecto unitario. Solamente que en él restaba algo de primitivismo provinciano, para ablandar su petulancia, y había el chispazo del genio, que le permitió mofarse de los principios que enfáticamente proclamaba. La inautenticidad de sus cofrades unitarios, Sarmiento la volvió del revés, y esto es lo auténtico suyo: la barbarie y la ferocidad, como cualquiera de los otros, pero desnuda de simulaciones, hora de estupideces doctrinarias, vaciada de todo aparato de formulación legal…”.55 Una descripción que lo diferencia de Mitre, “que piensa en frases y se embriaga con ellas”, al decir de José María Rosa.56
Esa “inautenticidad de sus cofrades”, que menciona García Mellid, la describe brillantemente el mismo Sarmiento en el Facundo: “El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunque sienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frase con gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas, invariables, y a la víspera de una batalla, se ocupará, todavía, de discutir en toda forma un reglamento, o de establecer una nueva formalidad legal, porque las fórmulas legales son el culto exterior que rinde a sus ídolos, la Constitución, la garantías individuales. Su religión es el porvenir de la república, cuya imagen colosal indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horas cubierta con el manto de las pasadas glorias y no lo deja ocuparse de los hechos que presencia. Es imposible imaginarse una generación más razonadora, más deductiva, más emprendedora y que haya carecido en más alto grado de sentido práctico”.57
Sentido práctico que Sarmiento en su gobierno tradujo en mano dura, sin la cual, a su juicio, no habría sido posible ocuparse de los hechos que se vivían.
Continuidades y rupturas del proyecto liberal
Elías Giménez Vega y Julio González, en Hernandismo y Martinfierrismo, recuerdan una nota del diario La Prensa del 23 de marzo de 1880, que describe lo que ellos mismos llamaron un “ambiente de terror impuesto al país durante este proceso genocida, del que se hizo responsable Sarmiento”, de la siguiente manera: “Dondequiera que ha puesto [Sarmiento] la mano, ha dejado los rasgos de su carácter procaz, irascible y sanguinario… Él ha ordenado a sus subalternos el degüello de sus prisioneros. Él ha mandado a clavar en picas las cabezas de los que combatían contra su autoridad y colocarlas en el trayecto de las vías públicas. Él ha dictado la sentencia de muerte de un centenar de soldados amotinados en Loncague. Él mandaba a un jefe sublevado en Mendoza y por toda instrucción sobre su captura decía al general encargado de esa comisión que lo fusilaran sobre un tambor”.
Giménez Vega y González recuerdan también que “unos años antes (15 de julio de 1876) el mismo diario La Prensa se admiraba: “no se explica uno que semejante fiera ande en las calles libremente…”.58
Pero ese “ambiente de terror” no fue patrimonio exclusivo de Sarmiento. Luego de Caseros, y sobre todo luego de la revolución del 11 de septiembre −que ocasionó la separación de Buenos Aires del resto de la Confederación Argentina− fue Mitre quien llevó adelante el proyecto liberal de país utilizando el fraude y el terror. Milcíades Peña sostiene que la oligarquía porteña liberal, con Mitre a la cabeza, “emancipada […] del despotismo urquicista, inauguró su propio despotismo sin comillas sobre la provincia de Buenos Aires, aplastando con el terror y el fraude a todas las oposiciones internas, al tiempo que proclamaba su fervorosa devoción al liberalismo democrático y republicano”.59
Y después de Pavón, cuando Mitre tenía el camino allanado hacia la presidencia, declaró la guerra a las provincias interiores con el argumento de la pacificación. Al respecto Milcíades Peña, citando a Emilio Vera y González, dice: “¿Pacificación? Es una forma de decir. Con menos delicadeza y mayor exactitud podría decirse carnicería sistemática. ‘Una cacería de hombres en la que se persiguió como a perros rabiosos a todos los elementos que se consideró podían estorbar la política de Buenos Aires’ (Vera y González, vol. II, 156)”.60
Por otro lado, respecto de la prensa opositora, Gibelli y Pérez Amuchástegui consideran lo siguiente: “Conviene señalar que, a la sazón, el periodismo porteño −el que más contaba, por cierto− distaba muchísimo de representar el sentimiento multitudinario del interior, del litoral, de la campaña. Todos los periódicos eran también órganos de la clase culta y, como señaló a su hora Mitre desde La Nación, las disidencias con Sarmiento apuntaban al desdén del presidente por las formalidades, pero no divergían en cuanto al propósito central de la política gubernativa que, con la línea dura, quería imponer aceleradamente el credo liberal de los vencedores de Pavón, sinónimo de civilización”.61
Al respecto, también es conveniente aclarar que si bien es cierto que la prensa “que más contaba”, es decir la prensa de la clase culta, no representaba el sentimiento multitudinario, también es cierto que tampoco lo representaban Sarmiento y su gobierno. En este sentido, cabe recordar que fueron Dorrego y Rosas, este último el primer político votado abrumadoramente por el pueblo, quienes representaron ese sentimiento multitudinario tan criticado por el mismo Sarmiento. Tulio Halperín Donghi define esta etapa post-Caseros/Pavón como una etapa de conflicto entre facciones liberales pero, paradójicamente, marcada “por la creciente consolidación de un Estado que, por cierto, no ha ampliado sus bases sociales […]”. Sin embargo, sostiene el historiador, los consensos alcanzados después de Caseros muestran “cómo los elementos de continuidad predominan sobre los que impondrían una ruptura”,62 como la que Mitre pretenderá imponer con su intento de golpe de estado en 1874.
Y en este marco de acuerdo entre las elites vencedoras, la línea dura, también consentida por Mitre durante su gobierno,63 fue la opción del liberalismo unitario para asegurar definitivamente su triunfo en Pavón. Si el gobierno de Mitre fue el ensayo general, la presidencia de Sarmiento tenía que ser la obra maestra que pusiera en escena una larga generación de gobiernos liberales (Avellaneda, Roca, Juárez Celman son su continuidad).
El mismo Mitre así se lo decía al general Gelly y Obes, el 16 de septiembre de 1868, antes de que asumiera Sarmiento la jefatura del país: “La nacionalidad argentina, después de estos últimos seis años, es un hecho indestructible que por nuestro propio honor y gloria debemos esforzarnos en mantener a todo trance. Hombres de buena voluntad y celosos por conservar nuestra grandiosa obra (como Sarmiento), no esquivaremos esfuerzos ni sacrificios para que se consolide, y hemos de prestar el más desinteresado concurso a los que van a sucedernos en la tarea, ayudándolos con nuestros consejos y nuestros brazos”.64
Gibelli y Pérez Amuchástegui definen el ímpetu liberal de la siguiente manera: “Conclusión forzosa era la necesidad de erradicar lo hispanoamericano y europeizar todo, desde los habitantes hasta las instituciones, bajo la pauta rectora del liberalismo, fruto maduro del genio inglés. Personero indiscutible de la élite intelectual que negaba a la masa el derecho a tener ingerencia política, instauró un personalismo europeizador porque consideraba que él (Sarmiento) era el único plenamente europeizado65 y, por tanto, capacitado para dirigir los planes que aseguraban la civilización de las pampas bárbaras”.66
Este camino tuvo una también una forzosa conclusión: “Los elementos nativos −hispánicos, católicos, nacionalistas y antiliberales− tendrían que acceder buenamente a la civilización, o ser extirpados. El país sería poblado por gentes nuevas, dispuestas a someterse a las directivas liberales. La fecunda Europa poblaría las pampas argentinas en poco tiempo, pues allí sobraban aldeanos, campesinos y artífices ávidos de mejorar su situación. […] Al mismo tiempo, las 400.000 hectáreas cedidas a la Compañía de Tierras del Central Argentino fueron entregadas en propiedad, con el consiguiente desalojo de sus ocupantes que, transformados en parias, se hicieron matreros o fueron a pelear por el derecho a vivir. La montonera fue extirpada con energía, y los paisanos apresados marcharon a la frontera contra el indio que debía extenderse hasta el río Negro. Paralelamente se intensificó el usual sistema de los contingentes, armados mediante arreos de vagos y malentretenidos en pulperías y enramadas. La deserción se penó con la muerte por decreo de 1872. Y cuando los gauchos quisieron rebelarse en Loncohué, se ordenó diezmar a los insurrectos. El asesinato de Urquiza fue buen pretexto para acabar con el tradicionalismo mesopotámico encarnado en López Jordán, a quien el gobierno declaró culpable del crimen sin prueba alguna. Con razón, años más tarde, pudo decir el senador Domingo Faustino Sarmiento: Todos los caudillos llevan mi marca”.67
Maguire sostiene que después de un malón liderado por el célebre cacique Pincén, a pedido de un hacendado de la zona de Loncogüé, se instaló un fortín a cargo del Regimiento 5º de Caballería de Línea, que funcionaba bajo “una férrea disciplina [que] regía en éste [campamento de Loncogüé], como en todos los cuerpos destacados en la frontera, donde por cualquier falta grave se formaba un consejo de guerra verbal y se fusilaba, sin más trámite, al acusado”.68 Lo que nos hace suponer que si los comandantes de frontera tenían por costumbre este procedimiento, seguramente no se practicaba con el desconocimiento de la Comandancia General, del ministro de Guerra y del presidente Sarmiento.
Halperín Donghi destaca el entorno de corrupción de la frontera: [...] la supuesta defensa contra el indio ha sido organizada con una ineficacia calculada para aumentar los lucros de quienes controlaban la frontera: proveedores necesariamente inescrupulosos (ya que no hay manera honrada de abastecer a las guarniciones sin perder dinero), comerciantes y oficiales que son cómplices de esas expoliaciones […]. Por lo tanto, no es sorprendente que un sistema de defensa que se basa en la arbitrariedad administrativa para movilizar los recursos humanos que requiere, acentúe el imperio de ésta sobre las zonas en que recluta a sus víctimas [donde] el juez de paz es libre de administrar a su capricho el distrito que el gobierno provincial le ha confiado, mientras logre obtener de él (por procedimientos que no serán tampoco sometidos a ningún pedantesco escrutinio) los veredictos electorales que a ese gobierno convienen; de este modo el interés de la facción gobernante (cualquiera sea ella) se suma al del fisco −deseoso de gastar lo menos posible en la defensa contra el indígena− para mantener a la entera campaña a merced de administradores necesariamente arbitrarios y casi siempre corrompidos”.69
La línea dura se aplicó sin piedad y sin pausa para erigir una nación sobre la base de un modelo liberal y agroexportador que reclamaba tierras y sometimiento, pero “es en Buenos Aires donde la presencia amenazante de la frontera indígena toca de cerca a las zonas rurales dinamizadas por la expansión de la economía exportadora, y contribuye a dar allí un tono peculiar a las relaciones entre el estado y sus pobladores”.70
Este era el escenario que tuvo como víctimas a los entrerrianos fusilados en Loncogüé y que José Hernández pintó magistralmente en su célebre poema El gaucho Martín Fierro.
43. Con ese nombre, “Tierra Adentro”, se denominaban los territorios o el país de los indios.
44. Archivo del Museo Histórico Sarmiento, Epistolario entre Sarmiento y Posse. 1845-1888, Buenos Aires, 1946, tomo I, págs. 233-234.
45. Zeballos, Estanislao S., Callvucurá, Painé, Relmu, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 2007, pág. 132.
46. Diario fundado el 18 de octubre de 1869.
47. Recordemos que el 20 de septiembre de 1861, tres días después de Pavón, Sarmiento le escribe a Mitre: “Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca” y, ya a su regreso de EE.UU., como presidente electo, siente todavía la amenaza del caudillo entrerriano. Así lo describe Manuel Gálvez: “Frente a la tierra uruguaya todavía duda. Todos le saben electo Presidente, pero quiere creer que nadie quiere persuadirse de que en realidad lo es. Se imagina ver en Buenos Aires, detrás del pueblo que lo aclame, a sus enemigos. Uno es Urquiza”. Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad, Buenos Aires, Tor, 1957.
48. Para esta época, sostiene Halperín Donghi, “los problemas del reclutamiento arbitrario se han agravado porque, como consecuencia de la guerra del Paraguay, la necesidad de tropas está creciendo rápidamente y sectores cada vez más altos de la sociedad ganadera son afectados por la presión reclutadora”. Halperín Dongui, Tulio, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1992, pág. 124.
49. Rosa, José María, Historia Argentina, Buenos Aires, Oriente, 1981, pág. 239.
50. “Que el aspecto exterior de un hombre es un retrato de su interior, y el rostro una expresión y revelación de la totalidad del carácter, es en sí una presunción bastante probable, y por lo tanto, una de la que te puedes fiar, corroborada como está por el hecho de que la gente está siempre ansiosa de ver a cualquiera que haya alcanzado la fama […] La fotografía […] satisface completamente nuestra curiosidad”. Schopenhauer, citado por Susan Sontag en Sobre la fotografía, Buenos Aires, Debolsillo, 2012, pág. 178.
51. Gálvez, Manuel, Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad, Buenos Aires, Tor, 1957, pág. 442.
52. De Paoli, Pedro, Sarmiento. Su gravitación en el desarrollo nacional, Buenos Aires, Theoria, 1964, pág. 225.
53. Galasso, Norberto, op. cit., pág. 429.
54. Ibídem, pág. 434.
55. García Mellid, A., Proceso al liberalismo argentino, Buenos Aires, Theoria, 1957, pág. 353
56. Rosa, José María, op. cit., pág. 224.
57. Sarmiento, Domingo F., Facundo, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, pág. 123.
58. Giménez Vega, Elías y González, Julio, Hernandismo y Martinfierrismo, Buenos Aires, Plus Ultra, 1976, pág. 103.
59. Peña, Milcíades, Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Emecé, 2012, pág. 200.
60. Ibídem, pág. 215.
61. Gibelli, Nicolás (director) y A. J. Pérez Amuchástegui (asesor), Crónica Histórica Argentina, tomo IV, Buenos Aires, Codex, 1972, pág. LXXXVI.
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