Kitabı oxu: «Una casa es un cuerpo»
Shruti Anna Swamy
UNA CASA ES UN CUERPO
Traducción de Pablo Ingberg

“Shruti Swamy es un talento poco común; Una casa es un cuerpo es un magnífico debut”.
LAURA FURMAN
“Una colección de relatos deslumbrante, exquisitamente elaborada”.
KIRKUS REVIEW
Desde la primera página de Una casa es un cuerpo, uno comprende que está frente a una escritora inusual. Dos veces ganadora del Premio O Henry, Shruti Swamy escribe como si lo más normal fuera extraño, y lo extraordinario algo natural. En sus cuentos vibra una cotidianeidad misteriosa, poblada de personas que gravitan entre la deriva y una tímida esperanza. Una víctima de violencia doméstica confiesa su padecimiento a una vecina que también lo sufre y le responden con indiferencia y negación: una joven india visita al viudo de su hermana, que ha muerto dejando a una bebita, y es arrastrada por una extraña pasión; una madre paralizada se enfrenta a un incendio forestal que amenaza su casa, mientras lidia con una crisis febril tal vez grave de su pequeña hija.
Shruti Swamy se acerca a sus personajes con cautela y va develando sus secretos sin pudor aunque compasivamente. Su prosa clara y sencilla, capaz de sorprendentes y variados registros, es el arma perfecta para sacar a luz la perturbadora intimidad; su mirada distante, la mejor manera de narrar enigmáticos sentimientos. Una casa es un cuerpo es un debut estelar.
Swamy, Shruti Anna
Una casa es un cuerpo / Shruti Anna Swamy. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Pablo Marcelo Ingberg.
ISBN 978-987-628-654-1
1. Narrativa. 2. Novelas. I. Ingberg, Pablo Marcelo, trad. II. Título.
CDD 823
Título original: A House is a Body Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición en Argentina: octubre 2021
Edición en formato digital: diciembre de 2021
First published in the United States under the title: A HOUSE IS A BODY: Stories © Shruti Anna Swamy, 2020 Grateful acknowledgment is made to the editors of the following journals, where these stories first appeared: Black Warrior Review, for “Blindness”; the Kenyon Review Online, for “The Laughter Artist”; West Branch for “Wedding Season”; AGNI for “A Simple Composition”; the Boston Review for “The Siege”; the Paris Review for “A House Is a Body”; McSweeney’s Quarterly Concern for “Mourners”; Joyland for “Didi”; and Prairie Schooner for “Night Garden.” Additional thanks to Laura Furman for her inclusion of “A Simple Composition” in the O. Henry Prize Stories 2016, and “Night Garden” in the 2017 collection. Published by arrangement with Algonquin Books of Chapel Hill, a division of Workman Publishing Co., Inc., New York.
© de la traducción Pablo Ingberg, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2021
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Argentina
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ISBN 978-987-628-654-1
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Ceguera
De luto
Mi hermano en la estación
El asedio
Placeres terrenales
Temporada de casamientos
Las vecinas
Una sola composición
La artista de la risa
Didi
Una casa es un cuerpo
Jardín nocturno
Agradecimientos
Sobre la autora
Para Abe.
Con un amor tan vasto, no veo la otra orilla
Ceguera
Sudha y Vinod tuvieron un casamiento modesto. Por insistencia de los padres de los dos, Vinod había entrado a caballo. Era la temporada de los casamientos en Delhi y todas las noches las calles se llenaban de ruidosos bailes de las familias de los novios, clima suave, todavía a unas semanas del calor feroz. A Sudha le habían cubierto el cuerpo de cúrcuma la noche anterior. No creyó que fuera a disfrutarlo, pero el placer de ser tocada por tantas manos amorosas era innegable. La cúrcuma era fresca, y en textura y consistencia se parecía al barro del río de la casa ancestral de su madre, donde ella misma había nadado de niña en los veranos. También le dieron un baño de leche. ¿Cómo te sientes?, le preguntó la madre, mientras la bañaba como cuando Sudha era una niña, y por eso Sudha no había sentido nada de vergüenza de estar desnuda.
Bien, dijo Sudha. Olía a hierbas amargas, pero le habían jurado que al día siguiente estaría hermosa. Cuando salió del baño, la madre la frotó fuerte con una toalla áspera.
¿Y tu noche de bodas?
¿Qué pasa?
¿Estás lista?
¿Para qué hay que estar lista? Pero entonces le sonrió a la madre y la madre supo que solo estaba bromeando. Una noche semanas más tarde Sudha y Vinod subieron a la azotea de su nuevo departamento a fumar un cigarrillo. Desde alguna curva de una avenida subían los sonidos de los metales de una banda de casamiento. No hablaron, solo se pasaron el cigarrillo ida y vuelta. Había una capucha de smog que hacía fulgurar de color los atardeceres pero oscurecía las estrellas. Sudha tomó la mano del marido. Era delgada y estaba seca y tibia. Había memorizado las líneas de esa palma, talladas hondo como en madera. Le escuchaba el sonido de la respiración. Una vez se había acostado encima de él, muy quieta, con la cara cerca de la suya para poder saborear el aire que salía de su boca, con un dejo a clavo de olor por las pepitas que chupaba para mejorar la digestión.
¿Me ves atractivo?
¿Y tú a mí?
Sí, dijo él, con su sonrisa amable, te veo muy atractiva.
Yo también a ti.
Vamos a tener que dejar de fumar estas cosas pronto. Nos van a matar.
¿En eso estás pensando?
No, dijo él. Estaba pensando en la vez en que trataste de enseñarme a nadar y casi me ahogo. ¿Te acuerdas?
Me acuerdo.
¿Qué edad tenías, nueve?
Ocho, tú tenías nueve.
¿Me veías atractivo en ese entonces?
No. No pensaba en esas cosas.
La música de la calle se desvaneció. Había cometas en el aire, pero ¿quién los remontaba? Era tarde y Sudha se sentía cansada, apoyada en la baranda de concreto, con los pulmones llenos del smog de la ciudad antigua. Daba la sensación de que se acercaba el amanecer, aunque no era tan tarde como para eso: el cielo era de un morado intenso. Una vez abajo se quitó la ropa y se acostó desnuda en la cama. Su cuerpo se acoplaba al agua, mientras que los brazos flacos de Vinod la rechazaban; él agitaba los brazos delgados como loco, su boca había tragado pulmonadas de río. Ella al principio se rio, pensó que era un chiste; luego, con esfuerzo, lo sacó del agua. En su mente mientras se dormía: un cigarrillo, un río, un bebé y los ojos del marido, los mismos ojos oscuros de aquel chico que se ahogaba.
¿Me quieres?, dijo ella.
Te quiero, dijo él. La penetró. Ella se había levantado el vestido hasta arriba de los pechos y se había corrido el calzón. Cerró los ojos. Mírame, dijo él, pero no pudo mirarlo. Cuando la madre de Dhritarashtra copuló con el padre con los ojos cerrados, el hijo nació ciego. Mírame, dijo de nuevo él, pero ella siguió sin mirarlo. Miedo, un sentimiento bueno-enfermo, ternura, un terror extraño. Cállate, dijo ella, y él corcoveó contra ella, respirándole fuerte. El ruido de su respiración era como un tren que ella trataba de alcanzar. Lo corría y sabía que si lograba subirse de un salto, la llevaría lejos.
¿Paro?, dijo él. Sudha…
No pares, dijo ella, y lo hizo entrar más hondo. Él se salió y acabó sobre el vientre de ella. Se quedaron acostados codo con codo sin tocarse. Ella no se movió para quitarse el semen del vientre. Era cálido, el aire estaba cálido, el sudor de la espalda de él se secaba contra las sábanas y se espesaba en la tela. Cosas que al parecer resultarían repugnantes de repente no eran repugnantes. Eso la asombró.
En julio le volvió una sensación oscura y se retiró del trabajo temprano, fue en metro hasta la casa y se sentó en el diván duro delante del televisor, sin volumen, sin mirar absolutamente nada en realidad, sentada en la sala y viendo cómo los labios de los actores formaban palabras mudas. Vinod la encontró así y trató de hablarle, pero ella lo sentía muy lejano. Estaba toda borrosa, traslúcida, inalcanzable, y observaba caminar a Vinod con mucha agitación de un lado a otro de la sala. ¿Qué pasa?, dijo él.
No sé, dijo ella. Sentía la voz en su propia garganta, pero no le sonaba suya.
¿Habría que llamar a alguien?
¿A quién?
¿A un doctor? ¿A tu madre?
Ella meneó la cabeza. Estoy bien, dijo. Cuando era chica, se quedaba dormida sobre el brazo y al darse vuelta durante la noche se despertaba y se daba cuenta de que la presión del cuerpo encima se lo había dejando sin sangre y pesado, se convertía en el brazo de otra persona. En los instantes previos a que llegara el dolor de las agujas, se lo tocaba con la otra mano, pasando la yema de un dedo por la piel del antebrazo, el vello fino, el nudo del codo. Era entonces que llegaba la sensación, pero en aquellas noches solo había sentido los primeros pinchazos, del modo en que una persona aplastada por piedras podría disfrutar de las primeras que le cayeran en el pecho, su peso placentero, el modo en que hacían sentir el cuerpo más pequeño o estrechado en un abrazo.
No sabía cómo explicarlo, así que se quedó en silencio hasta que se le pasó y luego se dio un atracón con la cena fría que había preparado Vinod, sentada a su lado en la cama, observando cómo se le crispaban los dedos mientras dormía.
Tres noches más tarde durante la cena Sudha se preguntó qué pasaría si muriera Vinod. La idea le vino de repente y después se sorprendió de no haberla tenido antes en cuenta. Era una pelota dura que le rebotaba en la boca del estómago: no va a morirse y luego sí y luego no por ahora y luego qué voy a hacer y luego no tendré a nadie, y él abrió la boca, y el rosado por dentro, el color apagado de la sangre, pero ahora estaba vacía, labios formaban palabras, lo veía en la calle, muriendo en un choque, y saltó de la silla y se fue al baño y gritó contra una toalla hecha una bola.
Él entró en el baño y le tocó el brazo. Había embaldosado y concreto lisos allí dentro y el anochecer venía fresco después de mucho calor. Dijo el nombre de ella. La hizo sentir bien oír su nombre en esa boca, en esa voz. Había estado trabajando muchas horas, lo cual a veces mantenía a raya la sensación. La arquitectura era un culto de la lógica y de las líneas nítidas; trabajaba durante horas sin parar. Entonces vino el peso. Él volvió a decir su nombre. Él tenía catorce años, ella trece, estaban fumando su primer cigarrillo juntos en una playa de Bombay, lejos de los padres. Él ya había tenido una novia, no Sudha, otra chica, Sudha estaba enamorada de Amitabh Bachchan. Había elefantes en la playa y hacía calor pero no mucho, el puente a medio construir colgaba en el aire sobre el agua, un puente a ninguna parte. Trece años no eran demasiado pocos para saber que una era feliz y ahora le daba consuelo saber con certeza, por un momento, que había sido feliz. Más tarde esa noche él lloró en sus brazos en el dormitorio y ella supo que había decidido dejarla, pero no dijo nada, se limitó a mantener la cara de él entre sus manos y dejarlo llorar, enjugándole las lágrimas con el camisón. Él se fue tres días más tarde y ella, mientras lo observaba, con la oscuridad del cabello planeando sobre el torso encamisado de blanco al llamar a un bicitaxi, sintió por un minuto que no sería capaz de soportarlo sola. Pero pronto la sensación fue apagándose en cansancio. El calor secó a todo el mundo. Al final del día una sentía que iba a desmenuzarse como papel viejo. Si se cortaba las venas, saldría sangre seca semejante a arena.
A últimas horas de la mañana, Sudha se despertó, embarazada. Lo sintió de repente, lo supo, a pesar de lo que habían dicho los doctores. Tenía una delgada película de sudor sobre el pecho. Bajó a la estación de tren, peleando contra la muchedumbre en la boletería. Su cuerpo tomaba decisiones por sí mismo, abriéndose paso a codazos hasta llegar al mostrador y deslizarle el dinero, húmedo de sudor, al hombre soñoliento situado del otro lado del vidrio. Luego fue a buscar el andén correspondiente. El día no había llegado aún a su cima, el sol no había llegado todavía a calentar lo suficiente para hacerla transpirar, incluso protegida como estaba por las marquesinas de chapa acanalada. A todo su alrededor los changadores, con sus uniformes rojos y su postura perfecta, subían y bajaban los extensos tramos de escaleras de acceso a los andenes con valijas en equilibrio sobre la cabeza, seguidos por viajeros, semejantes a niños. Se enjugó la frente con el dorso de la palma. Sentía los pechos sensibles y repletos.
Encontró su andén y esperó. El tren debía llegar pronto. Un niño se acercó, descalzo y vestido con una camisa que en un tiempo había sido blanca pero ahora era marrón. Tenía los ojos brillantes y bordeados de una costra amarilla, los dientes amontonados en la boca. Tendía las manos. Señora, dijo, por favor, señora, tengo hambre. Mucho hambre. Hizo un gesto hacia la boca. Ella alcanzó a percibir la presencia de una chica, la hermana menor, detrás en algún lado, una chica con un vestido sucio y los mismos ojos relucientes, amarillentos. Por favor, señora, comida, señora, tengo mucho hambre. Sudha se había olvidado de sus ojos de ciudad. Se dirigió hasta el puesto donde vendían samosas y le compró cinco y fue a encajárselas en las manos. Y entonces él desapareció; la muchedumbre se lo había tragado. Se inclinó sobre las vías y vomitó un líquido claro y cuando se le pasó la náusea cerró los ojos.
¿Dónde estás?
En el tren.
¿Qué tren? ¿Estás loca? El señor Malhotra está preguntando por ti. En quince minutos llegan los clientes.
Tengo que ir a Rishikesh.
Pero ¿por qué? ¿Dónde estás?
En el tren.
Bueno, bájate del tren.
Ahora no puedo. Dile que es una emergencia. Por favor.
No te oigo. Hay mala conexión.
Digo si puedes decirle que es una emergencia.
De acuerdo. Se lo digo. ¿Estás bien?
Sí, todo bien, dijo Sudha. El tren traqueteaba contra las vías. Al otro lado de la ventanilla, los vastos campos verdes estaban llenos del sol de la tarde, de ciudades sin nombre, de pueblitos repletos de niños sin madre. El tren avanzaba paralelo a una ribera vacía y el cielo estaba repleto de pájaros y cometas vueltos diminutos por la distancia. Voy a estar bien, dijo al teléfono, y volvió a decirlo después que cortó su colega.
Llegó a Haridwar al atardecer. Su bolso era pequeño, pero de todas maneras tuvo que luchar para recuperarlo de manos de un changador, que se lo había quitado en cuanto se bajó. Aquí en el norte estaba más fresco. Se sintió arrastrada hacia el río, no atestado de peregrinos como estaría en Haridwar, sino suave y vacío a la luz del atardecer, sin la adoración de los sacerdotes zumbadores y sus estrictos adeptos. En Rishikesh, un recodo del río. Pájaros, animales adorados allí, peces, serpientes, cenizas. Rishikesh, hasta el nombre le daba una sensación de frescura en la boca, como agua corriente contra una gran sed. Consiguió un taxi. Haridwar iba iluminándose en el anochecer y el cielo iba oscureciéndose a medida que avanzaban por el camino, las luces en Mussoorie como estrellas bajas contra las colinas negras. Haría frío en Mussoorie en esta época del año. La ciudad estaba hecha para parejas en luna de miel. Ella había estado con Vinod antes de casarse. Habían fingido estar casados para conseguir una habitación. Ella había ido vestida con un sari para tener más aspecto de esposa. Vinod llevó brandy y tomaron de la botella; después ella se había descompuesto.
Cuando Sudha llegó al ashram de Rishikesh, le mostraron una habitación pequeña y limpia con paredes de ladrillo y una ventana con vista al río dormido. Se quedó dormida y tuvo un sueño. Era una mujer con dos hijos. El marido había muerto en un accidente al borde del camino. Ella vivía ahora con las criaturas en la casa del hermano del marido, en una habitación pequeña al lado de la cocina que había sido pensada para sirvientes. Alimentaba a las criaturas lo mejor que podía, pero a la noche solo recordaba la parte más triste del cuento de hadas para contarles. La madre de ese cuento era tan pobre que después de terminar de cocinar para su cuñada rica guardaba el agua con la que se lavaba las manos para darles de tomar a las criaturas. Las partículas de atta adheridas a sus manos le daban al agua un color blanco lechoso y eso era todo lo que podía ofrecerle al hambre de sus criaturas. En el cuento la madre era una buena mujer y su cuñada era una mala mujer y Dios las trataba en consecuencia; castigando a la cuñada con la vergüenza o la muerte y recompensando a la madre con riquezas…; no lograba recordar eso ahora. Todo lo que lograba recordar era el cuenco con agua que la madre les daba a sus criaturas, cómo las observaba llevarse el cuenco a los labios y beber, cómo obligaba a sus labios a esbozar una falsa sonrisa. Cómo por la noche, mientras los tres dormían en la misma cama, no una cama sino una estera estrecha tendida en el piso, respiraban fuerte en un dormir hambriento, liviano. Interrumpía el relato al ver dormidas a las criaturas. Necesitaban ropa nueva. La pequeña, a punto de cumplir seis años, tenía la piel color río del padre y el pelo oscuro tupido que la madre le había enseñado a peinarse sola. El hermano, de diez años, se parecía a la madre. Alguien le había regalado un reloj de bolsillo. Ella se lo había quitado porque pensaba que se le iba a romper, pero él se puso entonces tan furioso que no quiso hablarle durante días y el tío –el hermano del marido de ella– la había convencido de que se lo devolviera. Eran criaturas amorosas. Iban a la escuela, la acompañaban por la tarde a las casas que ella limpiaba y se quedaban sentados quietos y hacían las tareas escolares y a veces la buena mujer para la que trabajaba les daba un vaso de leche a cada uno. Trabajaba para la buena mujer algunos días, pero las otras mujeres cuyas casas limpiaba ni siquiera le permitían entrar con los niños, de modo que tenía que mandarlos de vuelta a la casa del hermano del marido, reprimiendo, al hacerlo, una mala sensación, parecida a la vergüenza.
La mujer del sueño recordaba cuando había nacido el hijo. Eran pobres pero el marido estaba vivo todavía. Ella tenía a su bebé reciente en brazos y sentía amor y terror en partes iguales. Era diminuto, había nacido unas semanas prematuro. Una criatura tibia, que respiraba en sus brazos, pero era como si fuera de cristal. ¿Y si se le caía o llegaba a pasarle algo malo?
¿Me quieres?, dijo el hermano del marido.
Te quiero, dijo ella. Él la penetró. Ella no se había sacado el sari, solo se lo había arremangado hasta la cintura. Cerró los ojos. Tantas veces había hecho eso a altas horas de la noche, noche tras noche, que ya no sentía ganas de llorar. Apenas si sentía algo. Su mente se elevaba de su cuerpo y observaba la escena desde el punto panorámico del ventilador de techo. Con los ojos cerrados alcanzaba a ver a dos personas moviéndose juntas, solo dos cuerpos oscuros. Mírame, decía él. Ella no lo miraba. Cuando la madre de Dhritarashtra se sometió al padre de él con los ojos cerrados, el hijo nació ciego. Dije que me miraras, gruñó él, pero ella siguió sin mirarlo. Cállate, dijo ella, y él corcoveó contra ella, respirándole fuerte.
¿Quieres que pare?, dijo él, burlón.
No, dijo ella. Él se salió y acabó sobre el vientre de ella. Se quedaron acostados codo con codo sin tocarse. Ella no se movió para quitarse el semen del vientre. Era cálido y todo en la habitación parecía simple y muy real: la silla de ratán, el piso limpio. Cosas que al parecer no resultarían repugnantes de repente eran repugnantes. Eso la asombró.
¿Quién le había regalado un reloj de bolsillo al niño?
Algunas noches no se dormía. Los cuerpos de las criaturas a su lado, con olor a sudor gomoso y jabón y cuero cabelludo. Les tocaba apenas la espalda con las palmas. No se despertaban. Ojalá hubiera un modo de quedarse así para siempre, los tres durmiendo en grupo en la misma estera, las criaturas felices en sus sueños y el hambre olvidada, seguras y quietas. Ojalá hubiera un modo de retenerlos para siempre, sin que se volvieran mayores o ingratos o avinagrados o furiosos. Cada momento se hacía insoportable. Ojalá pudiera tejerles con su propia piel y pelo una armadura. Conocía la dureza del mundo, la vileza. Cargaría con eso siempre ella si pudiera, cargaría con eso ella sola.
Una tarde se miró la cara en el espejo que estaba limpiando. Las criaturas no estaban con ella. El baño estaba vacío. Era uno lujoso con inodoro occidental; lo limpió también. Luego se dio vuelta y allí estaba su cara. Se la miró un rato largo; sintió tanta sorpresa como si estuviera mirando la cara de una extraña. Parecía mayor de lo que era, con canas incipientes en las sienes y pliegues en la piel de las esquinas de los ojos. Ya no era una chiquilla, pero veía allí a la chica de su cara, en los labios llenos, en los iris oscuros, en los pliegues suaves de los párpados, y la cara de esa chica estaba impresa sobre la suya como un fantasma, la cara de su hija no crecida todavía o tal vez una hija todavía no nacida, o simplemente la cara de cualquier chica joven, una chica tranquila que absorbe todo lo que ve, todo le sienta bien, una chica repleta de un amor ansioso por el mundo que le desborda. Y entonces pasó otro instante y la cara era de nuevo la suya y se sintió aliviada.
La chiquilla estaba llorando cuando ella llegó a la casa, pero el chico no estaba por ninguna parte. ¿Dónde está tu hermano?, le preguntó a la chica. La chiquilla moqueó y se enjugó la cara. Señaló hacia el dormitorio, el que compartían el tío y la tía. Me dijo que yo no podía entrar, dijo la chica, pero me siento muy triste y sola sentada afuera esperándolo. Pero no me deja entrar, nunca me deja entrar.
La madre fue hasta la puerta y la abrió. Ya sabía lo que estaba a punto de ver antes de verlo: el tío sorprendido, el chico mudo. Lo sabía, tal vez lo supo todo el tiempo. Pero no tenía ningún otro lugar adonde ir.
Sudha se despertó. La luz brillaba sobre el río, brillaba fuerte a través de la ventana. Estaba apenas amaneciendo. Se vistió y fue hasta el río. Se encontró las estribaciones de las colinas y estaban verdes. Subió los estrechos escalones de concreto del ghat hasta llegar al último que se mantenía por encima del agua. Allí había siempre tranquilidad, una quietud de la madrugada que duraba hasta el anochecer. Durante un rato se quedó al borde del agua. No había nadie alrededor. Solía haber elefantes en la selva del otro lado del río, los había visto de niña con binoculares. Ya no había más. La selva estaba reduciéndose, incluso mientras el río crecía.
Cuando miró al río vio una cara. Esa cara en el agua era de piel oscura como la de ella pero tenía arrugas en torno a los ojos y la boca. Parecía cansada y triste, algo de los ojos se lo decía, oscuros pero no apagados, el leve frunce de la boca, y vio formarse un suspiro en los labios de la cara. La cara parecía la cara de su madre o la cara de su abuela, y sin embargo podía encontrar en ella la suya también. Hubo un momento en que las dos caras estuvieron totalmente inmóviles una encima de la otra, y luego el reflejo fue de nuevo la suya.
Dejó que todas las sensaciones se precipitaran a su vientre y quedaran allí. Allí estaba él, anudado dentro de ella y creciendo, dentro de un mes la piel de ella empezaría a estirarse para darle cabida mientras desarrollaba uñas y pulmones, con su pequeño corazón latiendo como una mariposa nocturna. Dejó que el pavor la inundara, y el amor, y el miedo, y la furia, empezó a reírse aunque no había motivo, y pensó no tengo que asustarme ahora. Recordó al bebé de su sueño, el bebé que tenía en brazos, recordó a su propia madre. Las sensaciones eran un tren, que avanzaba fuerte por el medio de ella, y cuando salieron todas por el otro lado, se sintió vacía de todo, excepto de él.
De luto
–No comiste nada –dice Reggie. Oyen a Maya con la bebé en la otra habitación; la bebé está llorando, luego va callándose.
–No tengo hambre –dice Mark.
–¿Cómo es eso, gentil primo? –dice Reggie. Le apoya la mano en la mejilla áspera. En la cara de ella hay sarcasmo como siempre, pero también bondad. Luego entra Maya con la bebé, cuyas pequeñas mejillas están empapadas de lágrimas. Al ver a su padre, la bebé le tiende las manos. Maya tiene puesto un vestido sin mangas. Sus ojos, de párpados gruesos, normalmente lánguidos, ahora están rojos y cansados.
–¿No quieres tenerla en brazos? –dice Maya.
–No –dice Mark.
Maya mira a Reggie, que abre los brazos.
Cuando se enteró de que Chariya había muerto, Maya salió de inmediato de su pequeño departamento. Había viento en Nueva York; iba con tapado y guantes y bufanda y sombrero. La luz diurna había desaparecido. Caminó junto a hombres y mujeres y los miraba con nada más que la cara expuesta. Pero a partir de esa pequeña extensión de piel podían captarla a la perfección. Su mente estaba aturdida, su cuerpo hambriento, un hambre que la asustaba. Se quedó dormida en el asiento con una mano sobre la boca mientras su cuerpo volaba hacia el oeste: soñaba que la cogían. Fue Reggie la que se presentó en el aeropuerto a buscarla, con el aspecto tosco que le daba la ropa sencilla de esposa de granjero y la bebé de Chariya en un carrito. De pie bajo el cartel de llegadas, Maya obligaba a sus lágrimas a volver a los ojos con los talones de las manos.
Maya se queda sentada en la bañera un rato largo antes de abrir la canilla. Era el espacio de Chariya, su espacio de maniobras, donde había tomado largos baños y donde había dado a luz. Baldosas azules, paredes azules, toallas azules y una luz plana y gris que entraba por la ventana. Con el pie se las arregla para abrir la canilla, que desborda calor. Se mira el cuerpo, oscilante bajo el agua. ¿Para qué sirve un cuerpo? No hay leche en sus pechos.
–Maya. –La voz de Mark. Viene de lejos y ella alza la cabeza por encima de la superficie traslúcida y cierra la canilla. Entonces la casa queda en silencio. Él vuelve a decir–: Maya.
–¿Qué?
–Dejé…, dejé algo ahí dentro.
–¿Qué?
–Mis anteojos de leer. ¿Los ves?
–No. –Todavía lo siente allí, apretado contra la puerta abierta. Dice–: Hoy encontré siete canas.
–¿Dónde?
–En mi sien izquierda.
–Eres joven todavía.
–Chariya está encaneciendo.
–Estaba. –A lo lejos alcanzan a oír a Reggie con la bebé, haciendo gorgoritos, un sonido de un animal. El sonido de la risa de una bebé. Ha estado quisquillosa, le están saliendo los dientes. Pero en los últimos días ha sentido el cambio en la casa y se tranquilizó.
–Maya.
–No –dice ella.
Cinco o seis, la oscuridad aumenta tranquilamente afuera hasta llenar la habitación. Mariposas blancas extienden las alas contra las ventanas, pero desde el interior son solo formas: negras. Cuando llora la bebé, Maya la levanta y la mece contra su cuerpo. Pronto la bebé se queda dormida. Maya y Reggie empiezan a hablar de Chariya. Desde la otra habitación, Mark escucha el descenso de sus voces. Son tiernas mientras hablan de Chariya.
–Acababa de cortarse el pelo. ¿Te fijaste?
–No –dice Maya.
–Corto como un varón. Como una chica francesa. Le quedaba bien.
–La gente a veces pensaba que éramos gemelas. Pero ella era mayor.
–No sería por mucho.
–Cinco años.
–¿Cinco? No puedo creerlo. Pensé que tendrían menos de un año de diferencia a lo sumo.
Mark piensa en las hermanas juntas. Las dos están a orillas del lago. Chariya no está embarazada todavía. Una entra en el agua y la otra se queda en la costa: una morena, la otra más morena. Entonces son una el reflejo de la otra. Es Chariya la que sale a flote, con los brazos y el pelo extendidos, en el agua verde. Lleva puesto un traje de baño azul que hace parecer dorada la piel del lado interno de sus brazos y muslos. Cuando quiere, puede parecer sublime, muy feliz. Desde alguna parte a él le llega la risa de Chariya y el corazón le da un vuelco. Pero entonces se da cuenta de que es Maya. Maya que empieza a tararearle una canción a la criatura dormida, una canción de cuna que Chariya también cantaba. Una canción de cuna para la hija de él, pero él la acepta como suya. Y se duerme.
Las mujeres están en la cocina a la mañana cuando se despierta Mark. Reggie tiene el pelo húmedo y Maya está sentada muy tranquila a la mesa, con la bebé en brazos. La bebé examina una manzana pequeña que le ha dado Reggie. Todavía no tiene dientes para morderla. Se la lleva una y otra vez a la boca.
–¿Tienes hambre? –dice Reggie. Le da una taza de café.
–Sí –dice él.
Maya se puso un suéter amarillo que había sido de Chariya y una falda azul claro. Reggie está de vaqueros.
–Estabas tan profundamente dormido que pensamos que te habías muerto –dice Maya.
Mark se sienta a la mesa, enfrente de Maya. Ella tiene los dientes de abajo torcidos. Nunca tuvo aparatos, como su hermana mayor.
–No me mires así.
–Tienes un claro problema con las avispas –dice Reggie. Señala a la ventana.
–Pensé que las había agarrado a todas.
–Bueno, no.
–Las va a agarrar el frío.
–El frío no va a hacer nada. Voy a llamar a alguien. –Reggie está examinando la cara de él. Él se ve sentado descalzo en pantalones cortos en su cocina con esas mujeres y se siente ridículo.
–No, llamo yo a alguien –dice–. Llamo yo.
Es una tarea para más tarde, para el anochecer. Reggie prepara huevos. Se sientan a la mesa a comer. La bebé ha dejado la manzana y descontenta se tira de la oreja. Tiene puesto un austero jumper blanco, y con la gorra de su pelo oscuro parece un monje en miniatura. Mark vio una vez un cráneo infantil, en un museo médico, con todos los dientes definitivos listos bajo los de leche. El cráneo que vio era mayor, de una criatura de cuatro o cinco años. Pero Mark ve allí el cráneo de su hija. Hueso tranquilo, y en crecimiento, los dientes en expansión, crujientes como madera hinchada cuando empujan hacia fuera, cortando las encías. La doble sonrisa burlona que perdura en la muerte, mientras que los ojos y la nariz y las orejas se deshacen, se convierten en agujeros oscuros. Alza la vista en dirección a Maya, cuyo mentón está apoyado en la cabeza de la bebé. Cuando ella da vuelta la cara para mirar por la ventana, él contiene la respiración. Por un simple momento, brillante, ella es Chariya, la curva de la mandíbula de color chocolate, los ojos feroces, con pestañas rizadas. Se queda muy quieto y la mira.
–Basta –dice ella, sintiéndolo, enfrentándolo, y empieza a llorar–. Basta, por favor.
¿Lloverá? La lluvia tiembla en las nubes, pero las nubes no se rompen. Mark está cansado, Maya está cansada, Reggie está cansada, incansablemente. Está arreglando la costura reventada de un tapado, de Chariya. Reggie con los ojos entrecerrados a la luz de la lámpara para enhebrar la aguja. ¿Por qué molestarse?
Pero debe molestarse. Ha visto a Chariya con ese tapado una y otra vez. Es la costura que une el pecho con el brazo, bajo la axila izquierda, su brazo de saludar. Chariya está de pie junto al portón y saluda, con el suéter asomándose amarillo en la abertura. La cara morena de Chariya en el portón mientras Reggie da vuelta el coche y retrocede por el acceso. Y Reggie gritó:
–Cuidado, vas a arrancarte la manga entera.
Pero Chariya no tenía tiempo de arreglarse el tapado: ¿por qué si no se cortaba el pelo tan corto? Chariya no tenía tiempo de peinarse. Chariya no tenía tiempo de leer un libro que le gustara. Chariya no tenía tiempo de ir a París. Chariya no tenía tiempo para echarse una siesta.
La casa es vieja y se mueve sobre sus estribos, para asentarse. A Reggie no la sobresaltan los ruidos de la casa, vive calle abajo en una casa vieja que es suya, pero duerme aquí desde que llegó la muerte. Sin dormir, sino acostada insomne en la habitación intermedia entre la de su primo y la de la bebé, siempre en alerta por los lloriqueos cuando se despierta con hambre, y en alerta por Mark, que gime en sueños, nunca palabras, solo resoplidos y gruñidos. Ve en los ojos de él despierto la confusión aturdida de una criatura muy pequeña. Las mejillas secas y cetrinas como un papel, las mismas mejillas que besó ella con bendiciones cuando él se casó, y besó con suaves bendiciones las mejillas suaves de la novia.
Reggie arrastra el hilo a través de la tela. Hace su trabajo al tacto, no con la vista, siguiendo por instinto la curva de la tela. Qué violento el arreglo, la aguja perfora y perfora. Es un buen tapado, un tapado fino, que ha contenido el cuerpo de Chariya durante años, incluso cuando el vientre estaba hinchado de bebé y el botón no llegaba al ojal. Una vez que termina, corta el hilo con los dientes y se cubre los hombros con el tapado.
Cuando llega la nochecita, Mark se ata una bufanda para taparse la boca y saca el veneno. El cielo está hermoso, pende muy bajo, cargado de nubes, y todos los árboles se oscurecen en formas grandes en el patio, el manzano y el limonero y el roble. Él sigue el canal de avispas hasta su fuente. Aun con la escasa luz alcanza a ver el nido apoyado en el espacio que queda entre el techo y la pared de la casa. Parece irradiar luz, aunque pálida, como una luna. A las avispas hay que matarlas al anochecer, una vez que han terminado su trabajo diario y están volviendo a casa. Pero la vez anterior no había sido implacable. El olor del producto químico lo había descompuesto. Las avispas no hacían ruido, drogadas por los vapores. Estaban mareadas y asustadas y no trataban de picar. Le dieron pena y volvió adentro.
Ahora, observa entrar volando a las últimas avispas. Hay una oscuridad total, pero sus ojos se han acostumbrado. Tiene las manos frías. Antes que el producto químico cubra el nido y se seque, salen algunas, vuelan raro, casi como borrachas, luego caen. Él rocía una y otra vez. El resto queda atrapado en esa casa suya. Mueren tranquilas. El olor acre lo circunda, aunque trata de no inhalarlo.
Mark se aleja del nido y aspira una bocanada de nochecita, se la traga. El aire está fragante y fresco y están saliendo las estrellas. Son solo las cinco y media. Adentro, han encendido las luces. La casa se ve alegre. Nunca ha estado parado fuera de su casa, así como ahora, en la oscuridad, solo, mirando hacia dentro. Es una sensación agradable y cómoda estar afuera con frío, espiando hacia dentro como un ladrón, o como un niño que mira la casa del vecino. Alcanza a ver a Reggie que se mueve por la cocina, pero no a Maya. Se quita la bufanda y el aire frío le entra en los pulmones. Lo siente en el pecho. Por un momento se despierta gracias a eso, por fin se ha despertado. Contiene la respiración. Está tan cerca, de sentir goce, el goce el cuerpo. Pero se le va. No puede alcanzarlo. Veneno en mano, lo muerto está muerto. La respiración contenida le sale en un estallido, y desaparece.
La punta de un diminuto diente blanco aparece en la mandíbula inferior de la bebé, como la punta de la luna poniendo a prueba el horizonte. No está centrado sino dispuesto ligeramente hacia la derecha. La bebé se toca el diente con los dedos. Un sabor familiar, casi feo, sabor a rojo. Al principio está la pura sorpresa de la novedad, donde no hay miedo. Pero el miedo llega. Antes era suave, toda suave. Ahora tiene hincada una dureza, que empuja para salir. Siente una voz que crece en sus pulmones como un calor, una voz que crece y crece hasta brotar a chorros por su boca. El sonido es un alivio a su alrededor, la aureola anaranjada amarillenta que ella hace crecer. El diente en la boca y ¿adónde se fue mamá? Mamá y no mamá. Mamá vino cuando ella la llamó, y la alzó. Mamá acarició y lloró. Mamá rio. Y papá besaba dulce pero raspando. Ahora no la besa. Ella tiende los brazos y él se da vuelta. La voz de ella crece y crece y entonces le entra una frescura en la garganta, y se tranquiliza. Levanta los puños y los pies y patea, sintiendo que abajo las extremidades funcionan. Hay silencio en el centro. Es coraje, la bebé. Es el coraje de vivir en un cuerpo en expansión, con extremidades que se elevan hacia fuera, con dientes que empujan hacia arriba, con manos y mente que se vuelven más finas, con ojos que deciden color, con un cuerpo que se endereza de la tierra y se yergue, en peligroso equilibrio sobre dos piernas, y luego avanza, caminando, corriendo, perdiendo dientes, reponiéndolos, rodillas raspadas y sanándose, voz ganando profundidad y seguridad, caderas y pechos en aumento, piel oscureciéndose, estirándose, sangre que se escurre entre los muslos y la muerte siempre, siempre, a las espaldas.
Brazos rodean, brazos alzan. Cuando la mujer mira a la bebé que tiene en brazos, la bebé a su vez la mira con sus ojos de color cambiante, ahora grises, a la luz de la cocina. Los iris son inmensos, como ojos de gato, con casi nada de blanco, la boca imposiblemente dulce. Reggie no quiere bendecir a la bebé porque ¿qué han hecho de bueno sus bendiciones? Le pasa hielo por las encías calientes. Chasquea contra el pedazo de diente. Están en calma, la mujer y la bebé. Su silencio es mamífero y tibio. La mujer puede oler la piel lechosa de la bebé, la bebé puede oler el humilde jabón y el bálsamo para manos de la mujer. Es ella, quizá, la que debería pedir bendiciones de esta criatura, que vendrán a ella, Reggie, cuando esté vieja, con los brazos cargados de lilas fragantes. Poniendo las lilas en un florero, mientras la vieja se mueve por la cocina preparando el té. Y la vieja saca fuerzas y placer, sí, del espectáculo fragante de las flores, pero más todavía del cuerpo fuerte, feliz de la joven, la extensión y dulzura de sus extremidades, el brillo de su cara morena.
Esa noche comen todos sentados a la mesa, toman vino. No es un vino bueno, pero no importa. Empiezan a tomarse el pelo, a contarse chistes, chistes para hacerse reír entre sí. La risa tiene gusto gracioso en sus bocas, mezclado con el gusto amargo del vino, entonces se entusiasman. Cuentan historias de antiguos amantes. Maya tiene los pies descalzos apoyados en las patas de su silla, Mark mira esos pies: le gustaría convertirse en perro y lamerlos, y los huesos gordos de ese tobillo. Amante que solo quería tener sexo en los baños de trenes en movimiento, amante que llamaba a la madre mientras acababa, amante que se excitaba con el ruido del agua corriente. Una amante que siempre se dejaba las medias puestas. Chariya: Mark jamás lo diría. Llanto después de hacer el amor, lágrimas en las comisuras de los párpados. Pero no por tristeza, decía ella, enjugándose la cara y riéndose. No por tristeza.
–Yo dormí con un blanco que se la pasaba pidiéndome que le hablara en hindi.
–¿Y le hablaste?
–Bueno, no sé hindi. Así que empecé a decir nombres de platos de los restaurantes indios.
–¡Qué mal! –dice Reggie–. ¿Y él qué hizo?
–Acabó.
La bebé se cansa. Maya la agarra y la cambia y la acuesta a dormir. Se queda achispada en la habitación a oscuras mirando a la criatura con ojos aguzados por la noche. La criatura está enrollada, con los puños, los pies, apretados contra sí misma, impenetrable en el sueño. Parece feroz en su cuna, da una profunda ilusión de autosuficiencia. Sin pedir nada a la joven que la mira y sin embargo, con la pregunta de todas formas planteada. ¿Va a quedarse ella a hacerles compañía a estas personas de luto, mientras la criatura se hace cada vez más sustancial y encantadora, y se entera de la amplitud y la profundidad de su pérdida? No puede enfrentar esa pregunta. Quiere despertarse en su departamento y sacarse de encima ese sueño como un perro mojado, darse una ducha, tomarse un café bien fuerte y sentarse en la luminosa posibilidad de la mañana. Pero la mañana nunca más volverá a ella de ese modo. Cada mañana va a despertarse con la mancha metálica de la ausencia en la lengua.
En la cocina Reggie ayuda a Mark a guardar la vajilla. Pero ella de repente está exhausta y de pronto la luz de la estancia se vuelve blanca en el centro y se expande.
La mano aferrada al plato se afloja y el plato se hace añicos contra la baldosa azul. Ella se apoya contra la mesada, hasta que los brazos de Mark la rodean y se desploma en esa masa corpulenta, medio despierta, medio en sueños, que pide disculpas a través de labios peludos. Ella puede olerle las lágrimas tragadas pero no tiene fuerzas para sentir lástima. Tiene en el cuerpo un zumbido vívido, el ruido de un tren. Él la alza por encima de los pedazos de plato, pisando con cuidado a los costados con los pies solo en medias, con calma, murmurándole como a una criatura, diciéndole que está muy cansada, que necesita descansar. No la han llevado alzada desde que era una niña, Mark lo hace con facilidad. Pese a su solidez y altura, ella es liviana en brazos de él mientras la lleva a la cama. Él inspecciona ambos pies encallecidos en busca de astillas de loza incrustadas y, cuando no encuentra ninguna, le pregunta si quiere agua. No, dice ella, haciéndole señas de que se vaya. Dice que lo lamenta. “¿Lamentas qué?” Ella no contesta. El dormir se cierne sobre sus ojos con espesor lechoso. Luego lo ha atravesado, sin un sueño que lo suavizara.
–¿Tomó mucho? –Maya de pie en el vano de la puerta.
–Apenas un poquito. Está cansada, nomás, me parece.
–¿Llamamos a un médico?
–Está bien. Dejémosla dormir.
Regresan a la cocina y recogen el plato roto: Maya junta los pedazos grandes en una bolsa, Mark pasa la aspiradora por los rincones de la cocina. Una vez terminada la tarea, dejan la vajilla donde está y abren otra botella de vino. Esta botella es mejor que la primera, es interesante retener el amargor en la lengua. Los dientes de Maya adquieren por el vino un tinte azul, Mark se lo ve cuando ella sonríe.
–Recuerdo cuando nos conocimos. No me gustaste.
Él está cansado por demás para tomárselo con el mejor de los ánimos.
–¿Por qué?
–Parecías demasiado esplendoroso. Un poco arrogante.
–Nunca me habían herido.
–Pero no es mejor así. No estás mejor. Desearía que no te hubieran herido.
Él dice simplemente:
–No tiene sentido desear.
–Fuiste bueno con ella.
Apoya el pie sobre el pie de él por debajo de la mesa, y está frío, él lo siente a través de la media. Luego ella baja la vista. Con mano ausente frota la base de la copa vacía. Es un hombre distinto del que conoció, hace seis años, con un traje elegante. Así como no ha hecho ningún esfuerzo por vestirse en los últimos días, no ha hecho ningún esfuerzo por cuidar y serenar su cara. Sin afeitarse, la piel áspera de un hombre, con pecas y arrugas. Le ve los poros en las mejillas. Le mira la cara como una quiromante mira una mano, y ve el futuro de la cara, con la conmoción profundizada en amarga furia. Ve expandirse espeso por la frente el amor por la criatura. La posibilidad de la crueldad temblando en las tensas comisuras de los labios. Se inclina por encima de la mesa y le besa con suavidad la boca. Por favor no seas cruel. La boca es carne viva, como besar una herida abierta. Por un segundo sus caras se ciernen separadas entre sí, sus cuerpos están quietos, como reflexionando. Luego ella se trepa a él, con las rodillas sobre la mesa para apretarse contra su cuerpo. Los brazos que la abrazan irradian de un cuerpo desesperado. Van a la habitación de Maya, no a la de Mark, y cierran la puerta. Ella se saca el suéter que era de Chariya y la falda y se acuesta sobre el cubrecama. Mark de pie arriba, con aspecto tierno y hostil: un extraño. Ella siente locura en el cuerpo. Por favor no seas cruel. Está mirándola, y ella lo deja, pero se cubre la cara con la almohada. Él la atrae hacia sí y le baja el calzón, libera los pechos del corpiño, los pezones morenos se abultan al encontrarse con el aire azul. Él entonces le introduce la tersa cosa tibia, resbaladiza en la humedad interior, y ella lo aferra con las piernas. Él la alza hacia sí, sus cuerpos apretados, sin espacio, al fin, entre ambos cuerpos, excepto la diminuta, infinita ausencia que permanece entre ellos. El espacio es una pregunta que hace el cuerpo y no encuentra respuesta. ¿Por qué? y ¿Dónde? y ¿Chariya?
Los ojos de Maya están abiertos. Ve la oreja de él, la curva de su cabeza, la puerta cerrada. Siente acabar su furia a través de ella como veneno. Pero va a recibirla, a esa furia, y va a agregarla a la suya. Y la tibieza se le congrega en el centro. Cierra los ojos. Descubre la comodidad del cuerpo en otro cuerpo, el sudor que se junta donde se tocan. Le apoya una mano en la nuca, entierra los dedos en el pelo mullido. ¿La siente él, esa tibieza en el centro, apaciguadora? Él se calma, incluso en el momento en que su cuerpo alcanza el frenesí. La sensación es casi sagrada. El pelo de ella, suelto, el olor a miel en torno a él, cayéndole por los hombros. La voz de ella mordiéndole la nuca, construyendo, construyendo, luego tranquilizándose. El goce del cuerpo sale tambaleante. Están anonadados, asustados por ese goce. Pero ambos lo aferran, reteniéndolo en brazos como a un gato montés hasta que se libera y huye.
Él la baja a la cama. Ella, jadeante, lo mira. Lo ve más humilde que nunca.
–¿Quieres un cigarrillo?
–No sabía que fumabas.
–Chariya me hizo dejar. Tenemos que ir afuera.
Maya se detiene ante la puerta de la bebé para comprobar cómo duerme. Tiene la boca abierta, chupando. Mark y Maya se ponen bufandas y gorras y abrigos y salen por la puerta corrediza al porche trasero. Él saca del bolsillo del abrigo un paquete de cigarrillos y enciende uno con destreza. Ella se mete en la boca un bastón no encendido y finge fumar. Todavía borracha.
–¿La sientes aquí?
–¿Y tú?
Ella menea la cabeza. El frío le quema las yemas de los dedos. Se quedan un rato en silencio.
–Ahí está –dice él y señala el nido. Todavía abultado en los pliegues de la casa como un tumor–. ¿Vas a volver?
–No me lo preguntes todavía.
–Ah, toma –dice él, encendiendo llama en el encendedor y ofreciéndoselo. Ella lo cubre con las manos. Aspira hondo la nicotina, el alquitrán. No hay luna, pero sí estrellas. Fumaba cigarrillos con Chariya. De vuelta en casa desde la universidad para el Día de Acción de Gracias, y Chariya ya trabajando. Colar bebidas y cigarrillos en la prístina casa de los padres y reírse como niñas pícaras. Un ruido animal perfora la oscuridad: la bebé. Es Mark quien apaga en el suelo su colilla y entra. Sin encender la luz, la alza. Es un peso extraño en sus brazos, sus brazos que echaban en falta esa carga. Chariya lo regañaba, diciendo que la bebé jamás aprendería a caminar si él la llevaba alzada a todas partes.
–¿Qué pasa, mi amor?
La bebé se tranquiliza, vigila. Le huele los cigarrillos, pero lo perdona.
–Tiene un diente nuevo –dice Maya, desenrollándose del cuello la bufanda.
–¿Qué tal esto? –le dice él a la criatura, meciéndola, mientras el alcohol abandona su cuerpo. Pronto se queda dormida. La casa está empapada de noche: la noche se ha contraído como un puño en torno a la casa. No importa. Pueden encender todas las lámparas de la casa hasta que arda la mañana.
Pulsuz fraqment bitdi.