Kitabı oxu: «Queremos hijos felices»

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Índice

Portada

Dedicatoria

Agradecimientos

Donación de los derechos de autor de este libro

Prólogo

SECCIÓN I: INTRODUCCIÓN

1. Cómo ser unos padres trabajadores y no morir en el intento

Errores que hay que evitar para conseguirlo:

2. ¿Culpable por no dedicarles más tiempo?

3. Educar en equipo y en la misma línea

Poli bueno-poli malo:

Seis consejos para repartir «con cabeza» las parcelas correspondientes a la educación de los hijos, complementándose y actuando a la vez como un equipo:

4. Ojo con el lenguaje con el que nos dirigimos a los niños

¿Cómo establecer una comunicación positiva con los hijos?

5. ¡Cuidado con lo que hacemos! Los niños aprenden por modelado

El caso de Sara:

6. La importancia de las normas y de los límites

Estrategias para poner normas:

7. La sobreprotección

SECCIÓN II: DE CERO A DOS AÑOS DE EDAD

8. Antes de nacer

9. La base de un buen desarrollo: adquirir buenos hábitos

10. Los bebés y el sueño

Funciones del sueño:

Cómo conseguir que el bebé adquiera unos correctos hábitos de sueño:

Cuánto tiempo necesitan dormir los niños:

El caso de Rosa:

11. Cuándo empezar con las pautas y normas con la comida

El caso de Carolina:

12. Los hábitos de higiene. Cuándo quitar el pañal

¿Cuándo quitar el pañal de la noche?

13. Cómo favorecer su autonomía

Aprender a jugar solos:

El caso de Juan:

14. La vuelta al trabajo. Cómo llevarlo lo mejor posible

Cinco consejos de ayuda a los padres trabajadores:

15. Y ahora… ¿con quién le dejamos? ¿en casa o en la escuela infantil?

Cuando se quedan con los abuelos:

Cuando se opta por una cuidadora o niñera:

Algunas pistas para llevar a cabo la selección de la canguro:

Qué ventajas aporta cada opción:

16. La cuidadora, una más en el equipo

17. ¿Cómo elegir los juguetes adecuados para los bebés?

Cuando empiezan a crecer:

¿Qué hacemos con los juegos tecnológicos?

Jugar también es compartir:

18. Cómo estimular la inteligencia de los bebés

Cómo evoluciona el pensamiento del niño:

Juegos para trabajar la psicomotricidad gruesa:

Juegos para trabajar la psicomotricidad fina:

19. La importancia de la inteligencia emocional desde bebés

Consejos para fomentar la inteligencia emocional de los bebés:

20. Los «terribles» dos años

Qué hacer y no hacer ante una rabieta

Lo que hay que hacer:

Lo que no hay que hacer:

¿Cómo proceder cuando pegan?

El caso de Ángel:

SECCIÓN III: DE TRES A CINCO AÑOS

21. Tres años: ¡Al colegio de los mayores!

Cinco consejos para que la etapa de adaptación sea mejor:

El primer día de clase:

Comemos en el comedor del colegio:

¿Y si la comida no les gusta?

¿Y si no le da tiempo a comer en el horario establecido?

Pasos que hay que seguir si nuestro hijo va a acudir al comedor por primera vez:

22. Los miedos en los niños

¿Cómo se adquieren los miedos?

¿Cómo reaccionar ante los miedos de los niños?

Cinco claves para enfrentarse al miedo

El caso de Mario:

23. Los problemas de sueño en los niños

Efectos de no dormir correctamente:

Las pesadillas y los terrores nocturnos:

Cómo actuar ante una pesadilla:

Cuando el niño tiene terrores nocturnos:

La siesta:

El caso de Andrea:

24. Cuando el problema es la comida

Y si un hijo come bien, y otro, mal:

La televisión en las comidas:

El caso de Ricardo:

25. Los celos. ¿Por qué aparecen en los niños?

26. ¿Cómo podemos prevenir los celos ante el nacimiento de un hermano?

Más estrategias para evitar los celos entre hermanos:

El caso de Lucía:

27. Cuando desobedecen; problemas de conducta y rabietas

Cómo conseguir que los niños obedezcan:

Niños «protestones»:

El caso de Irene:

28. El castigo: ¿Funciona?

Dentro de los errores más comunes que encontramos, están:

Entonces, ¿no castigamos?

¿Cómo se aplica la extinción?

29. ¿Y cuando los que no obedecen o se portan mal son los hijos de los demás?

30. Las peleas entre hermanos: ¿cómo actuar?

Errores típicos que cometemos ante las peleas entre hermanos:

Para que no se peleen:

Pasos para evitar las peleas entre hermanos:

¿Los castigamos cuando se pelean?

El caso de David y Sergio:

31. Los juguetes. Cómo elegirlos en función de la edad del niño:

Cada edad, su juguete:

Consejos para elegir un regalo para un niño:

32. Niños que tienen de todo y se aburren

El caso de Sonia y Laura:

33. Enseñemos a compartir

Pautas para enseñar a los hijos a compartir:

34. Cómo gestionar el tiempo libre del niño

Beneficios del juego al aire libre:

Algunas actividades que pueden facilitar la integración social del niño pueden ser:

35. La televisión y los dibujos

¿Durante cuánto tiempo les dejamos ver la televisión?

Los dibujos de ahora y los de antes:

El merchandising de los dibujos:

Los dibujos y la sociabilidad del niño:

El caso de Carlos:

36. ¡Queremos dormir el fin de semana!

¿Que sigan con la siesta?

37. La inteligencia en la etapa infantil. Cómo estimularla

Trabajar el eje de simetría:

Claves para estimularles correctamente de dos a cinco años:

38. La importancia de la inteligencia emocional en la etapa infantil

Estrategias para estimular la inteligencia emocional en estas edades:

39. Cómo fomentar la paciencia de los niños

Consejos para fomentar la paciencia de los niños:

SECCIÓN IV: EN FAMILIA

40. Los abuelos

Cómo deben actuar los abuelos:

41. Cuando los padres se separan

Decálogo a seguir ante una separación:

42. Nuevas modalidades de familia

Cuando papá o mamá tienen novio:

Errores a evitar:

¿Y si los niños rechazan a la pareja del padre o de la madre?

Cuando la nueva pareja de papá o de mamá también tiene hijos:

Las familias monoparentales:

Familias con padres o madres del mismo sexo:

SECCIÓN V: EPÍLOGO

43. Educación en valores

¿Qué son los valores?

¿Qué valores hay que trasmitir a los niños?

Bibliografía

Notas

Créditos

Dedicatoria:

A todos los niños que he tenido el placer de conocer a lo largo de estos años de experiencia profesional, que me han dado la oportunidad de ayudarles y aprender con ellos; y a sus padres por confiar en mí.

Muchas gracias por vuestra aportación.

Agradecimientos:

A mis profesores, a los de mi formación en el colegio, a los de mi etapa universitaria, a los de postgrado y a los que me están guiando ahora en el doctorado. Muchas gracias por trasmitirme vuestro conocimiento, por inculcarme el valor del esfuerzo, de la importancia del trabajo bien hecho y el rigor científico.

A Javier, Malú y Marga, porque sois unos editores estupendos y me habéis puesto en bandeja esta gran oportunidad.

A mis compañeros del Centro de Psicología Álava Reyes, porque es un honor formar parte de un equipo de profesionales tan preparados y formados como vosotros, sois un referente para mí.

A Natalio, por tu ayuda, tu paciencia y tus consejos. Sin ti este libro no sería lo mismo.

A Elena, por tus aportaciones, tus ­correcciones y tu amistad.

A Miguel, porque eres el motor del ­equipo.

A mis amigos y familiares, por vuestra paciencia y vuestros consejos.

A César y Cristina por ser ejemplo de buen hacer a la hora de criar hijos felices y por darme vuestro apoyo en todo momento.

A mis padres, por confiar en mí y ofrecerme la oportunidad de ir a Madrid a estudiar psicología con 17 años, y por ser modelo de cómo mantener una familia feliz.

Y especialmente a una gran profesional y mejor persona, que siempre me ha apoyado y que me ha enseñado gran parte de lo que sé desde el día que decidí que, como ella, yo también quería ser psicóloga, María Jesús Álava Reyes.

Gracias a todos.

Donación de los derechos de autor de este libro

Los niños necesitan figuras paternas que se ocupen no solo de sus necesidades básicas —darles de comer, cambiarles… — sino también que se preocupen de sus, no menos importantes, necesidades emocionales. Para su desarrollo, los niños precisan de adultos con los que establecer vínculos afectivos; tienen necesidad de amor, de cariño, de besos, de mimos y de brazos. Necesitan alguien que les quiera y que se ocupe de ellos.

Todos deberíamos nacer en el seno de una familia que nos quiera pero, lamentablemente, esto no siempre es así. Hay niños que no son deseados y que son abandonados en el momento de nacer e incluso antes porque, en algunos casos, las madres no se cuidan en el embarazo y no velan por la correcta salud del futuro bebé. También hay muchos niños procedentes de familias gravemente desestructuradas, que han sufrido pérdidas, que han experimentado la negligencia, el abandono o la insuficiencia en los cuidados parentales. Todos ellos están llenos de miedos y de inseguridad.

Por desgracia, esta situación también ocurre en España. No hay que irse muy lejos, ni a países menos desarrollados, para encontrarse esta realidad. Por eso, asociaciones como Nuevo Futuro se preocupan de que estos niños estén atendidos. Los Hogares de Nuevo Futuro constituyen el recurso ideal para realizar este tipo de intervención por la forma en que se produce el contacto entre menores y profesionales, cálido, acogedor y familiar. Estamos convencidos de que la vida en familia es indispensable para que todo niño pueda desarrollarse como ser humano.

Por este motivo, los derechos de autor de este libro son donados en su integridad a la Asociación Nuevo Futuro. Me gustaría que esta aportación sirviera de ayuda y de reconocimiento a la impresionante labor que realizan y poder, con ello, ofrecer una pequeña contribución para que puedan resolver y tratar los problemas psicológicos, cognitivos y sociales que genera esa falta de apego que sufren los niños ante la ausencia de adultos de referencia en sus primeros meses y años de vida.

PRÓLOGO
LOS HIJOS LLEGAN SIN UN MANUAL DE INSTRUCCIONES

Silvia Álava es una excepcional psicóloga y una de las mejores especialistas en psicología infantil. Cada año ve en su consulta a cientos de niños que presentan cuadros tan diferentes como con los problemas de conducta, dificultades de aprendizaje, trastornos por déficit de atención, hiperactividad, miedos, inseguridades, apatía, desmotivación, tiranía y manipulación hacia los adultos, trastorno límite de la personalidad… Se ha convertido en un referente, con un trabajo muy sólido que consigue desbloquear infinidad de casos que habían fracasado en tratamientos previos.

Además de la gran experiencia que atesora, gran parte de su éxito radica en su excelente preparación, en su capacidad de observación, en su rigor científico, en su sensibilidad, en sus conocimientos profundos y en su entrega sin límites a la profesión. Diariamente, atiende a padres muy preocupados por la evolución de sus hijos, progenitores llenos de dudas y temores ante los conflictos o las dificultades que presentan sus vástagos, y a niños a veces muy perdidos, inseguros, confundidos, preocupados e insatisfechos, que necesitan de alguien que les ayude, que les infunda seguridad y les enseñe a quererse y valorarse.

Silvia ha nacido para ejercer la psicología. Podría haber ejercido otras profesiones, y lo habría hecho muy bien, pero posee un perfil y una sensibilidad que le permiten conectar desde el principio con los padres preocupados, y con los niños problemáticos, conflictivos, tristes o infelices.

Nuestra autora, después de muchos años de trabajo, dirige en la actualidad el Área Infantil del Centro de Psicología Álava Reyes. Es, asimismo, experta en logopedia por el Instituto de la Comunicación y el Lenguaje; ha conseguido la suficiencia investigadora dentro del programa de Psicología Clínica y de la Salud de la Universidad Autónoma de Madrid, colabora en diversos medios de comunicación y ha publicado numerosos artículos en revistas de psicología y pedagogía.

Silvia lleva años trabajando en este libro; años seleccionando aquellos casos que más podrían ayudar a los futuros lectores y que pudieran cubrir y dar respuesta al amplio abanico de dudas, interrogantes y preocupaciones que pueden tener muchos padres. La realidad que ve diariamente, y la que le gustaría ver, han hecho que el título del libro sea Queremos hijos felices. Lo que nunca nos enseñaron. Constantemente ha comprobado que en la sociedad en que vivimos la preparación académica es cada vez más alta y especializada, pero no existe una preparación específica para el trabajo más importante de nuestras vidas: ser padres.

Con frecuencia, cuando llegan a la consulta de psicología, los padres dicen, con cierta resignación e ironía: «¡Es que los niños no vienen con manual de instrucciones! No sabemos cómo actuar ante muchas situaciones; no sabemos si lo hacemos bien o mal», o «Lo hemos probado todo, pero nada funciona».

El objetivo de este libro es cubrir esa acuciante necesidad de formación e información que los padres experimentan; ayudarles poniendo –por fin– en sus manos un manual de instrucciones sobre cómo educar a sus hijos, sobre cómo actuar en el día a día, sobre cómo enfrentarse a los problemas que aparecen…, haciendo hincapié en un concepto clave, el modelo que todo padre y madre debe ser para sus hijos: hay que ser ejemplo, porque los niños aprenden por modelado.

En sus páginas se describen la tarea y las funciones del «coach o asesor familiar», y se muestra a los padres cómo enfocar y resolver los problemas que presentan sus hijos en todos los aspectos que pueden darse. Igualmente se presenta, de una forma muy fácil de leer, cómo actuar en situaciones muy estresantes en la vida cotidiana, situaciones a veces límite que pueden incluso afectar a la interacción de los miembros de la pareja.

Pero este libro no se limita a ser un gran manual de psicología, también aborda, con valentía y determinación, todo lo que comporta una educación en valores; una educación que debe llevarse a efecto en esta difícil etapa que estamos viviendo, una etapa de cambio y transformación como nunca ha vivido la humanidad.

El profundo conocimiento que la autora tiene de la realidad hace que empiece abordando un tema tan candente como el sentimiento de culpa que experimentan hoy muchos padres, por ejemplo, cuando ambos progenitores trabajan y no disponen de todo el tiempo que desearían para estar con los hijos; sigue con otros temas como la importancia del trabajo en equipo; el uso del lenguaje que utilizamos con los niños; la necesidad de fijar una serie de pautas, límites, hábitos… que favorezcan la educación, la seguridad y el equilibrio emocional de los niños; la sobreprotección, como uno de los principales errores de la educación actual; la presión consumista que impone la sociedad y que afecta a los pequeños; el influjo de las nuevas tecnologías, las nuevas modalidades de familia…

En Queremos hijos felices. Lo que nunca nos enseñaron,Silvia Álava ha hecho un trabajo muy generoso y completo, donde ha abordado las grandes dudas y miedos que tienen muchos padres, y todo lo relacionado con el buen desarrollo de los niños: cómo trabajar los hábitos de sueño, comida, alimentación, higiene…; pero también los hábitos que van a favorecer su desarrollo intelectual, su inteligencia emocional y su preparación para la vida. Una preparación donde la felicidad es uno de los principales objetivos a conseguir y conquistar.

En cada capítulo, la autora desvela los secretos que mejorarán la calidad de vida de los padres y conseguirán la felicidad de sus hijos. Por ello, el texto recoge, en orden cronológico, las situaciones a las que los progenitores se enfrentarán desde el nacimiento de su retoño hasta los seis años de edad, cuando pasan a educación primaria.

Este libro viene a llenar, sin duda, un hueco importante: qué necesitan saber los padres de hoy para que, desde la primera infancia, la educación de sus pequeños se desarrolle en las mejores condiciones posibles, teniendo en cuenta la escala de valores de cada familia, y con la valiosa ayuda que puede prestarnos la psicología actual.

Siento una enorme satisfacción y un profundo orgullo al redactar el prólogo de este libro. Se trata de una obra que será referencia indispensable para educadores y padres preocupados por la buena educación y la felicidad de sus retoños. En sus páginas encontraremos expuestos, de forma clara, sencilla y práctica, los consejos y las pautas que nos ayudarán a conseguir que la educación de los pequeños se lleve a efecto con éxito y en un clima placentero y gratificante tanto para los padres como para los niños.

Los múltiples casos que ilustran el libro harán su lectura muy fácil y amena, a la par que nos ofrecen las claves para abordar cualquier situación que puedan vivir los niños en su desarrollo.

Termino como empecé: Silvia Álava es una excepcional psicóloga y una maravillosa persona. Su sensibilidad, su experiencia, su gran generosidad y su dedicación sin límites han hecho que tengamos ante nosotros una obra sin igual. En este libro encontraremos los recursos y las reglas de oro que nos permitirán ver las soluciones a los problemas que puedan presentar los niños, las respuestas a los interrogantes que los adultos tenemos en nuestro día a día y, lo que no esperamos, también veremos los mapas de los caminos, senderos y veredas que nos acercarán a la felicidad que todos buscamos.

María Jesús Álava Reyes

Sección I:
INTRODUCCIÓN

El objetivo que se plantea en este libro es entender mejor a los niños, conocer los problemas típicos de la primera infancia y saber cómo resolverlos. En ocasiones, las situaciones no son tan complicadas como parecían en un principio y los padres pueden aprender otras fórmulas y estrategias para conseguirlo. No dejemos de utilizar el sentido común, que, como se suele decir, es el menos común de los sentidos; ni el sentido del humor, que en muchos casos nos ayudará a «desenquistar» las situaciones.

Con este libro buscamos mejorar la calidad de vida en el día a día de los padres, mediante un asesoramiento claro y concreto, fruto de nuestros años de experiencia en psicología infantil. Para ello hemos ido recogiendo en orden cronológico las situaciones con las que los padres se enfrentarán desde el nacimiento del niño hasta los seis años, cuando se finaliza la etapa infantil para pasar a educación primaria. En algunos capítulos hemos utilizado casos de experiencias reales de la clínica, que se han adaptado modificando los nombres de los niños, padres, hermanos e incluso en ocasiones se ha cambiado el género.

No hemos querido olvidar en este libro la importancia de educar a los hijos en valores. Actualmente se habla mucho de la crisis económica, financiera y menos de algo que es fundamental y que afecta a la educación de nuestros hijos: la crisis de valores.

Esto es algo que parece nuevo, pero que ya era descrito por los griegos clásicos, Sócrates, Platón y Aristóteles. Incluso antes de Sócrates, Platón y Aristóteles, en torno al 700 a.C., Hesíodo reflexionaba:

«No veo esperanza para el futuro de nuestra gente si dependen de la frívola juventud de hoy día, pues ciertamente todos los jóvenes son salvajes más allá de las palabras… Cuando yo era joven, nos enseñaban a ser discretos y respetar a los mayores, pero los jóvenes actuales son excesivamente ofensivos e impacientes a las restricciones».

Dada la importancia de este tema, hemos querido concluir el libro a modo de resumen, con esos valores para trasmitir a los niños.

1. CÓMO SER UNOS PADRES TRABAJADORES Y NO MORIR EN EL INTENTO

La generación actual de padres se parece poco a la de sus progenitores. Los padres de hoy día lo tienen más difícil que los de hace treinta años, cuentan con menos tiempo para estar con los niños y estos se ven sometidos a presiones que antes no existían, pero eso no implica que hoy los niños estén peor atendidos. No debemos generalizar y conviene saber que hay muchas variables individuales a considerar. Actualmente, los padres cuentan con un nivel de formación y de recursos superior al que a su vez tuvieron los de antaño, y muchas ganas de aprender y mejorar en esta importante faceta vital.

Hoy vivimos en un mundo de prisas, cargados de obligaciones, actividades extraescolares, compromisos sociales, tareas pendientes de casa, del trabajo… y esto no solo les ocurre a los adultos, sino que en cierta manera se trasmite a los niños. Con ambos progenitores trabajando y con el ritmo de vida que nos impone la sociedad, es necesario aprender a relajarse y evitar que las prisas generen estrés en los padres y en los hijos.

No olvidemos que los niños aprenden por modelado, es decir, copian a sus figuras de referencia, que principalmente son sus progenitores. Cuando los padres van con prisas, agobiados a todos los sitios, pueden llegar a trasmitir ese agobio a los niños. Por mucha prisa que tenga el adulto, no vamos a poder reducir los tiempos de reacción de los niños que, por evolución natural, son superiores a los de los adultos. Planifiquemos el tiempo necesario en función de la edad del niño, no del tiempo que necesitaríamos nosotros. Por ejemplo, si queremos que por la mañana el niño se despierte, vaya al baño, desayune, se vista, se peine, se lave los dientes y coja la mochila para ir al colegio, no despertemos al niño veinte minutos antes de salir de casa, porque no le va a dar tiempo de hacer todo eso él solo: necesitará una hora si queremos que sea el niño quien se vista, quien desayune sin ayuda, quien se prepare solo para ir al colegio…

Los niños no cuentan con el suficiente desarrollo psicomotor ni cognitivo para gestionar su horario, ni tampoco con recursos para hacerlo.

Por tanto, y siguiendo con el ejemplo que hemos mencionado, será necesario acostar al niño antes por la noche para poder levantarle con el tiempo suficiente para que consiga realizar él solo las rutinas de la mañana. Pero esto no solo ocurre con las tareas cotidianas; determinados aprendizajes llevan su tiempo y, por mucho que los adultos se empeñen, no van a poder reducirlo.

Son los adultos los que tienen que amoldar su horario al del niño y no al contrario.

Es difícil para unos padres trabajadores no trasmitir los agobios y las prisas a los niños, pero se puede conseguir. Que el adulto tenga claro y sepa que lo importante es la calidad del tiempo que pasa con sus hijos, y no la cantidad, ayuda a que se sienta menos culpable, y se relaje. Si se dispone de poco tiempo, lo importante será asegurar su calidad y asignar prioridades en función de las necesidades de los hijos. Es fundamental pararse a escucharlos. Los niños necesitan poder contar sus vivencias y sus problemas a sus padres y percibirles como cercanos; y todo ello no tiene por qué estar reñido con el trabajo y los compromisos de estos. Los niños no necesitan que sus padres estén todo el día con ellos; también tienen que aprender a divertirse y a estar solos. No obstante, es importante dedicar tiempo para jugar con ellos, para enseñarles, para dibujar, pintar…; necesitan un adulto que les estimule, que les guíe y que comparta sus juegos. No basta con estar al lado contemplando al niño.

Por causa de las prisas, no se debe caer en la sobreprotección, o en que sea el adulto quien haga las cosas a los niños. Por ejemplo, muchos padres prefieren vestir a los niños para no llegar tarde al colegio, en lugar de esperar pacientemente a que ellos lo hagan solos. Esto es un error, ya que el pequeño tiene que aprender a vestirse, a lavarse, a comer y hacerlo él solo. Es fundamental que aprendan a valerse por sí mismos. En el trabajo diario en el Centro de Psicología, los padres nos trasladan numerosas dudas sobre este tema. No saben identificar cuándo están cayendo en la sobreprotección de sus pequeños, por eso le dedicaremos un capítulo de forma monográfica en el libro[1].

Cuando los padres hacen continuamente las tareas de los niños no están favoreciendo su correcto desarrollo ni su autonomía; por ello, es necesario dedicar tiempo al aprendizaje del niño.

Sabemos que lo importante es la calidad del tiempo que pasamos con los hijos, pero es aconsejable cumplir con una mínima cantidad. Por eso aconsejamos reservar momentos para estar con ellos y darles prioridad absoluta. En este rato reservado para los pequeños no es conveniente estar haciendo otra tarea, como contestar correos, atender llamadas, programar la agenda, realizar labores del hogar...

El mensaje que se debe trasmitir al niño es: «Este es nuestro espacio; para mí en estos momentos no hay nada más importante que estar contigo, que tú me cuentes qué tal estás, qué cosas te han pasado…, solo estoy para ti».

Un buen momento para hablar con ellos, en el que los niños se relajan y pueden compartir sus vivencias, contar las cosas que han hecho durante el día, sus problemas, puede ser justo un poco antes de irse a la cama. Conviene que reservemos diez, quince minutos para charlar con ellos. Lo más importante para hacer felices a nuestros hijos, con el poco tiempo del que se dispone hoy, es que les dediquemos un rato al día, pero siempre mostrándonos cercanos e interesados por sus cosas, guiándoles, aconsejándoles y motivándoles.

Por las tardes los horarios suelen ir muy ajustados: baño, cena, hora de irse a la cama. Una opción que seguro que ayuda es llegar a un acuerdo con los niños que consistirá en que ellos obedecerán a la primera y el tiempo que antes se perdía en insistir y en mandar las cosas varias veces, en conseguir que se ducharan, que cenaran… ahora se utilizará en jugar un rato antes de irse a la cama, o en leer un cuento o en un momento para realizar confidencias.

Es verdad que, en ocasiones, por cuestiones ajenas a la voluntad del adulto, es difícil reducir las obligaciones laborales u otro tipo de compromisos de los padres, pero siempre se pueden hacer cosas para mejorar. Pensemos en qué empleamos el tiempo, tanto los padres como los niños; puede que sea más conveniente ver menos la televisión por la tarde, utilizar menos el ordenador y la tableta, acostarse antes y poder despertar al pequeño con tiempo para que aprenda a adquirir los correctos hábitos de higiene y de autocuidado por las mañanas.

Lo importante es la calidad del tiempo que se pasa con el niño, no la cantidad, pero sí que hay que cumplir una cantidad mínima.

Errores que hay que evitar para conseguirlo:

Meterles prisas y pretender que sigan el ritmo del adulto. Los niños necesitan su tiempo y los adultos deben respe­tarlo.

Que el niño se adapte al horario del adulto; es más cómodo y permite que los adultos sigan con su vida. Los padres deben seguir el horario del niño y no al revés. A las nueve de la noche el niño tiene que estar en la cama no a las doce, como sus padres.

Hacerles las cosas, como por ejemplo, vestirles por la mañana para ganar tiempo. Los niños tienen que aprender a hacer las cosas solos. Se trata de favorecer su autonomía.

Sobreprotegerles para que no sufran por equivocarse, porque se frustren si no les salen las cosas bien. Tienen que aprender a desarrollar sus propios recursos y a tolerar la frustración.

Pensar que sus problemas son poco importantes y no prestarles la suficiente atención cuando nos los cuentan o escucharles a la vez que se está en el ordenador, con el teléfono, la tableta o la televisión. El niño merece tener momentos de atención plena, en los que sepa que él es lo más importante para sus padres.

2. ¿CULPABLE POR NO DEDICARLES MÁS TIEMPO?

Raros son los padres a los que, de vez en cuando, no les asalta el sentimiento de culpa:

Por dedicar a los hijos menos tiempo del que les gustaría.

Por no dar abasto con las mil y una tareas pendientes.

Por perder la paciencia con los niños.

Aunque hay muchas diferencias individuales, esto les ocurre en mayor medida a las mujeres, quienes lo expresan mucho más que los hombres y sienten mucho más la presión que les impone la sociedad al considerarlas como las principales educadoras.

Todos sabemos que la maternidad y la paternidad son unas experiencias maravillosas, pero eso no quiere decir que sea fácil vivirlas. Nos preparamos duramente a fin de estar bien capacitados para nuestros trabajos, con años de colegio, instituto, universidad y másteres si es necesario. Pero no dedicamos la misma cantidad de tiempo a formarnos como padres.

Por otra parte, el bebé no trae un libro de instrucciones bajo el brazo. Se trata de una tarea difícil en la que una «personita» completamente indefensa y vulnerable depende absolutamente de sus padres. Y esto es un añadido a las obligaciones que ya se habían adquirido antes del nacimiento del bebé. Por ser padres no podemos desatender los compromisos previos ya establecidos. Todos estos factores pueden hacer que los padres sean más vulnerables, y pueden provocar un sentimiento de culpabilidad por no llegar a todo.

Hay gente que piensa que el sentimiento de culpa es sano porque puede hacernos reaccionar y mejorar en aspectos de nuestra vida o de nosotros mismos. Es cierto que cuando hemos hecho algo mal es muy común que se genere este sentimiento de culpabilidad, que nos puede ayudar a percatarnos de que tenemos que cambiar nuestra conducta. Eso sí, una vez que aparece, parémonos, reflexionemos sobre la situación –«¿Qué ha ocurrido?, ¿por qué he reaccionado de esta manera?, ¿dónde está mi error?»– y elaboremos una estrategia diferente para que la próxima vez no volvamos a equivocarnos.

Y una vez hecho esto, no le dediquemos ni un minuto más a esos pensamientos que sustentan el sentimiento de culpa. Hay que aprender a perdonarse. Un sentimiento de culpa exacerbado genera malestar y quita energías para reaccionar ante las diversas situaciones de nuestra vida. Cada persona vivirá las señales de este sentimiento de forma diferente. No obstante, las más comunes pueden ir desde:

la repetición de forma obsesiva de la idea de culpabilidad –«Por qué hice esto», «no tenía que haberlo hecho/dicho», «lo hice mal»–,

hasta manifestaciones fisiológicas, como un nudo en el estómago, opresión en el pecho, ganas de llorar…

Hay que aprender a perdonarse. Las personas que son capaces de perdonar tanto a los demás como a sí mismas son más felices y son capaces de trasmitir esta enseñanza a sus hijos.

Es importante aprender a manejar la culpa para que nos permita aprender de nuestros errores y perdonarnos. Una vez que hemos reflexionado sobre el error y que hemos elaborado una nueva estrategia de actuación para futuras situaciones, el sentimiento de culpa debe desaparecer, manteniéndolo lo único que conseguiremos será encontrarnos mal, sufrir inútilmente y perder fuerzas y energías para solventar el fallo que cometimos.

Si ya advertimos nuestro error y hemos hecho lo posible por subsanarlo, la culpa solo nos va a generar malestar y es una mala compañera de viaje: «Deja de pensar en el tropezón, y coge fuerzas para levantarte».

Muchos padres llegan tarde de la oficina y no pueden dedicar a sus hijos todo el tiempo que les gustaría; creen que se están perdiendo muchas cosas. Esto les genera un fuerte sentimiento de culpa que conviene trabajar. Es verdad que muchas veces no disponen de todo el tiempo que les gustaría para pasarlo con sus hijos, pero recordemos lo que decíamos en el capítulo anterior: lo que sí dependerá de nosotros es la calidad del tiempo que pasamos con los pequeños. Al llegar a casa, todavía quedan muchas rutinas para realizar con el niño (deberes, baño, cenar, lavarse los dientes, contar un cuento, irse a la cama…).

Siempre es posible enfrentarse a ellas de una forma positiva y sacar lo mejor de uno mismo para ese rato que compartimos. Lo importante es centrarnos en las cosas con las que disfrutamos, impidiendo que «gane» el sentimiento de malestar por lo que nos perdemos. Se puede aprovechar también el fin de semana: con una buena planificación, dispondremos de tiempo para hacer un montón de cosas que disfrutaremos y recordaremos toda la vida.

Céntrate en las cosas que sí que haces con tu hijo y no en las que no puedes hacer.

Otra de las situaciones que más culpa genera en los padres es que, en un momento dado, pierden la paciencia con los niños y les gritan. Luego se sienten mal y se lo reprochan a sí mismos durante cierto tiempo. Los niños pueden llegar a ser muy persistentes y, en ocasiones, un poco cabezotas; por eso, es normal que el adulto pueda llegar a perder la paciencia y gritarles, pero ¿qué conseguimos con ello? Sí, es verdad que el niño termina obedeciendo, pero a costa de que tanto padres como hijos se sientan mal, y con mucho desgaste emocional. De ahí que sea fundamental cambiar la estrategia.

Es necesario utilizar la firmeza y la seguridad cuando se dé una orden para que los niños aprendan a obedecer de inmediato.

No olvidemos que los primeros que tienen que cambiar son los padres evitando, por ejemplo, gritar.

Entrenarse en utilizar la comunicación no verbal será de gran utilidad. Será una herramienta muy poderosa.

Una mirada firme a tiempo ahorra muchos gritos.

Ya hemos comentado que es muy habitual que los padres generen un sentimiento de culpa porque no pueden estar todo el tiempo que les gustaría con sus hijos. Pero eso no exime de la responsabilidad de su educación. No es justificable decir a todo que sí para que el niño esté contento el poco tiempo que está con su padre o cargarle de juguetes para compensar su falta.

Es importante que, aunque se disponga de poco tiempo, los progenitores pongan normas y límites a los niños y que aprendan a decirles «no».

Uno de los problemas más habituales que observamos en la práctica diaria como psicólogos infantiles es la falta de normas y de límites que hay en muchos hogares, lo que en absoluto beneficia a los niños, dado que no les ayuda a situarse. Los niños necesitan unas normas y unos límites que favorezcan su correcto desarrollo emocional. Los problemas relacionados con la conducta ocupan casi el 40 % de los casos que se observan en la clínica infanto-juvenil, y el 49,8 % de entre los menores de doce años[2].

En muchas ocasiones nos encontramos con niños que se han convertido en unos expertos manipuladores. En estos casos un error muy típico es ceder para evitar males mayores pensando que esto pasará con el tiempo, porque así lo único que conseguimos es que el niño cada vez tenga menos autocontrol. Hay que decir que no y cuando hagan algo prohibido deben saber que habrá consecuencias. Para ello es clave que los padres asuman la importancia de los límites y de las normas en los hijos, que sepan que son necesarios y que precisamente por ello tienen que saber decir «no» y, sobre todo, desterrar el miedo a que les dejen de querer. En muchas ocasiones los niños están probando, quieren saber hasta dónde pueden llegar y es entonces cuando los padres deben conocer como cortarles a tiempo.

Los adultos se tienen que mostrar firmes pero cariñosos, atentos y cercanos. El niño tiene que sentir que puede contar con su padre o su madre cuando los necesita, pero eso no implica que cedamos a sus caprichos o antojos. Se pueden negociar las normas que hay que seguir, pero nunca se debe dejar que sean ellos los que marquen los límites. Los padres deben mantenerse firmes y seguros respecto a las normas fijadas; de nada sirve desesperarse y trasmitir inseguridad.

Otro de los problemas con que nos encontramos con mucha asiduidad en la práctica diaria es la sobreprotección. Muchos padres sobreprotegen a sus hijos, tratándoles como si fueran más pequeños y con eso no están favoreciendo su correcto desarrollo emocional ni su autonomía. Los chicos pueden sentir miedo por tenerlo todo demasiado fácil.

Los adultos deben permitirles que desarrollen sus propias estrategias, que resuelvan sus problemas y conflictos. Pero, a su vez, han de estar siempre presentes, en un segundo plano, para evaluar su forma de relacionarse con el mundo y encauzarles en todo momento para que sean tolerantes y respetuosos, para que sepan escuchar, compartir, aprender, observar y desarrollar el sentido común. Dada la importancia de este tema, también le hemos dedicado un capítulo completo[3].

El sentimiento de culpabilidad no ayuda en absoluto, nos quita fuerzas y energías para afrontar el día a día y nos hace ­cometer más errores, como no poder límites a los niños, no decirles que no cuando es necesario o caer en la sobreprotección.

3. EDUCAR EN EQUIPO Y EN LA MISMA LÍNEA

Cuando surge una situación en la que un progenitor da por hecho que resolver un problema o hacer algo determinado con el hijo es responsabilidad del otro y él o ella no ha asumido su parte, hay que efectuar un análisis para saber qué ha conducido a esa interpretación. Hay que pararse a observar qué es lo que hace cada uno de los adultos implicados.

Según nuestra experiencia, en la mayoría de los casos lo que se ha producido es un problema de comunicación. En las parejas se instaura una especie de norma que se basa en que «como siempre lo ha hecho él o ella» queda establecida como una especie de «ley universal», por la cual esa tarea en concreto la tiene que seguir haciendo el mismo progenitor durante el resto de su vida. Esto ocurre incluso con mayor frecuencia cuando las situaciones están relacionadas con los roles de la pareja; por ejemplo, la madre es la que elige y prepara la comida; es ella la que compra la ropa y decide qué se pondrán los hijos en cada una de las ocasiones; es la que lava y plancha la ropa…

Por ello, en pareja, y más aún cuando hay niños, es crucial cuidar la comunicación, buscar momentos para hablar, conversar… partir de la premisa de que no se debe dar nada por supuesto, y tener muy claro que la educación no se delega, que ambos progenitores son igual de responsables y que, por tanto, se trata de un trabajo en equipo, en el que el objetivo se establece en común.

La educación no se delega y ambos padres son responsables de la educación del niño. No se aceptarán excusas tales como «eso te tocaba a ti».

Poli bueno-poli malo:

Una de las reglas de oro de la educación es que los padres intentarán seguir la misma línea y no mostrarán conductas y actitudes contradictorias, especialmente delante de los niños. En educación, el escenario de «poli bueno-poli malo» no funciona; los niños necesitan que ambos adultos vayan al unísono marcando las reglas y los límites y que los hijos les vean seguros, que sepan que no pueden manipular a los padres diciendo que «papá me deja o mamá me lo daría». En tal situación, cuando no se muestra ni firmeza ni confianza, que es lo que los niños necesitan, estos enseguida aprenden qué cosas deben pedir a su madre y cuales a su padre, porque así tienen más probabilidades de conseguir su capricho.

Para facilitar que ambos padres sigan la pauta educativa, lo mejor es que las normas y los límites sean muy claros y estén establecidos de antemano para que, así, ambos progenitores mantengan idéntica línea y no tiendan a contradecirse.

Otra pauta que ayuda es que cuando el padre o la madre inicia la «negociación» con el niño, sea este quien la acabe. De esa forma no habrá contradicción posible y, ante todo, hay que utilizar el sentido común, que en educación es fundamental aunque muchas veces sea el sentido más olvidado.

Seis consejos para repartir «con cabeza» las parcelas correspondientes a la educación de los hijos, complementándose y actuando a la vez como un equipo:

1. Lo primero que es necesario tener en cuenta es la idea de equipo –«Somos un equipo»–, y eso implica trabajar en equipo; es decir, aunque las tareas estén repartidas, eso no significa que siempre las tenga que hacer la misma per­sona.

2. La flexibilidad será fundamental para que el equipo funcione. Se trata de conseguir entre los dos el objetivo marcado, no tanto de ver quién lo ha hecho (de apuntarse un tanto individual). Por eso, si en una determinada situación uno de los dos no puede hacerse cargo de la tarea o está en peores condiciones para ello, el otro puede realizarla sin que suponga una pelea ni lo anote como un favor personal hacia su pareja.

3. Asignemos las tareas en función de los horarios. Por ejemplo, si el padre o la madre llega a casa del trabajo a las 20:30 h, lo más razonable será que el que esté en casa sea el que vaya bañando a los niños.

4. Las tareas también se pueden repartir en función de los gustos. No obstante, todo esto será negociable y es importante dejar establecido que en cualquier momento se pueden reasignar y volver a repartir.

5. No olvidemos que una parte fundamental será trabajar la autonomía del niño, por lo que hay que ir asignándole progresivamente una mayor responsabilidad en el seno del hogar. Por ejemplo, llevar el pañal a la basura cuando son pequeños; meter la ropa sucia en la lavadora o en el cesto según vayan creciendo; ayudar a poner la mesa, etc.

6. Los adultos no deben asumir las responsabilidades que les corresponden a los niños, como es el caso de los deberes. Una cosa es que los padres les ayuden y otra muy diferente es que se hagan los responsables de ellos.

4. OJO CON EL LENGUAJE CON EL QUE NOS DIRIGIMOS A LOS NIÑOS

Aunque todos sabemos que las palabras dañinas tienen un efecto negativo en los niños, y más si vienen pronunciadas por parte de sus padres, que son sus adultos de referencia y su principal fuente de seguridad, en algunas ocasiones se nos olvida y decimos a los niños cosas de las que luego nos arrepentimos. Los padres tienen que procurar aportar a sus hijos la mayor seguridad y autonomía posible, y con frases negativas se consigue justo todo lo contrario.

La autoestima y la seguridad del niño van muy relacionadas en un primer momento con las valoraciones que recibe del exterior.

Hasta que se desarrolla el lenguaje interior, la principal fuente de seguridad del niño son los mensajes de sus padres y demás adultos de su entorno.

Si los padres se dirigen a él con frases negativas, la seguridad y la autoestima del pequeño se pueden ver resentidas.

Hay que tener en cuenta que en ocasiones los niños se pueden poner muy pesados y agotar la paciencia de los padres, que pierden los nervios y les dicen cosas de las que luego se arrepienten. Esta es una de las razones por las que será más efectivo utilizar el lenguaje no verbal. En estos casos, intentar razonar con los niños no funciona; por mucho que intentemos hacerles reflexionar no lo conseguiremos. Por eso, ser muy contundentes con el gesto y con la mirada va a ser mucho más efectivo que entrar en la provocación del niño, los adultos pueden terminar diciendo cosas de las que luego seguro que se van a arrepentir, mientras que con una mirada reprobatoria a tiempo el niño entenderá perfectamente qué es lo que no tiene que hacer.

Utiliza el lenguaje no verbal. Una mirada a tiempo puede evitar muchos gritos.

Los estudios realizados por el investigador Albert Mehrabian[4] sobre la trasmisión de emociones concluyen que a la hora de trasmitir emociones, el lenguaje verbal (las palabras), solo influye un 7 %, mientras que el lenguaje corporal lo hace un 55 %, y el paraverbal, (el tono de voz, las pausas…), un 38 %.

Si el niño está manifestando una clara llamada de atención, con amenazas por parte del adulto no se consigue nada y, además, se está reforzando su conducta. El niño percibe que con esa actitud obtiene la atención del adulto, que es lo que iba buscando. En estos casos, lo mejor es utilizar la extinción.

Consideramos refuerzo a cualquier consecuencia positiva y, será muy importante que no lo confundamos con el recurso a premios materiales; el mejor refuerzo para los niños puede salirnos muy barato: consiste en la atención de sus padres. Se trata de aprender a reforzarles cuando estén mostrando las conductas que queremos instaurar; es decir, estar con ellos y reforzar y premiar a los pequeños mientras se portan bien y no prestarles atención cuando están realizando las conductas disruptivas o las llamadas de atención que queremos que desaparezcan. Esto es lo que se conoce como extinción.

Cómo utilizar de forma correcta el refuerzo y la extinción es un aspecto que trabajaremos a lo largo del libro.

Lo mejor, para evitar que se nos escapen ese tipo de frases negativas, es utilizar la extinción. Además, será más efectivo demostrarle al niño que mientras se esté portando así, que mientras no deje de llorar, de chillar o de patalear, no le haremos caso. De esta forma, entenderá que así no va a conseguir la atención de los padres y estos no entrarán en su provocación.

Intentando razonar con el niño en el momento de la rabieta lo único que conseguiremos es que la situación vaya a más. El niño percibirá que suscita atención y las posibilidades de que los adultos pierdan los nervios y griten o digan frases desafortunadas aumentan exponencialmente.

A continuación, mencionamos las principales frases con connotaciones negativas que suelen escuchar los niños, sobre todo en situaciones como las anteriormente comentadas, en las que sus padres pierden la paciencia, y que hacen que luego se sientan especialmente culpables.

«Eres malo».

Consecuencias: No cometamos el error de «etiquetar» a los niños, como si el ser malo fuese algo inherente a ellos y que no se puede cambiar; de esa forma solo conseguiremos que el niño se habitúe al adjetivo y que lo viva como «Yo soy así, y por tanto no lo voy a cambiar».

Alternativa: «Te estás portando mal, porque no estás obedeciendo, estás gritando». Se trata de centrarnos en lo que el pequeño está haciendo mal, sin caer en generalizaciones ni etiquetas.

«Eres un vago».

Consecuencias: de nuevo estamos etiquetando al niño como si ser vago fuera algo que va con su persona y que no va a poder cambiar.

Alternativa: El niño funcionará mejor si le decimos «Hoy has hecho el vago porque no te esforzaste todo lo que podías o porque no hiciste los deberes, porque no estudiaste, pero estoy seguro de que mañana sí que lo harás». Se trata de hacerle ver al niño qué conducta puede cambiar e, incluso, le indicamos cómo hacerlo.

«Eres muy torpe, todo lo haces mal» / «Eres tonto».

Consecuencias: Con frases de este tipo es muy probable que minemos la autoestima del niño.

Alternativa: «Esta actividad en concreto no se te da bien; vamos a trabajar juntos para que mejores» y, sobre todo, haced hincapié en las cosas positivas del niño, en lo que sí que se le da bien o en aquello en que destaca.

«No me das más que disgustos. ¡Con lo bien que estaba yo sin hijos!».

Esta frase, que vista en frío parece una barbaridad, a algunos adultos se les llega a escapar cuando los niños pasan por épocas extremadamente problemáticas.

Consecuencias: Nunca se le puede decir algo así a un niño; con ello se le está culpando de muchos de los problemas que tiene el adulto de los que el niño no es responsable, y, además, de esta forma no se le trasmite ni cariño, ni afecto, ni amor.

Alternativa: «Hoy estoy muy disgustado contigo por esto que has hecho». De nuevo, enfatizamos en el problema que ha ocurrido, y recalcamos que es hoy en concreto cuando el padre está enfadado, pero nunca se debe entrar a poner en duda el amor hacia el hijo.

«Te vas a quedar solito».

Cuando los niños pegan a otros niños, o se pelean con ellos, esta es una frase habitual en los padres.

Consecuencias: Fomentamos el miedo en el niño.

Alternativa: Dependerá de la edad del crío, pero en cuanto sea un poco mayor (en torno a los cuatro años), podremos explicarle que con determinadas conductas, como pegar o pelearse, conseguirá que los otros niños no quieran jugar con él, pero no hay que exponérselo de forma tan rotunda y tajante.

«Ya no te quiero».

Consecuencias: De nuevo jugamos con el amor y con el cariño del niño, lo que puede hacer que se sienta solo e inseguro.

Alternativa: «Cuando te portas mal, nos ponemos tristes / no queremos estar contigo», pero nunca entraremos a cuestionar el amor hacia el hijo.

«No digas tonterías» / «No tengo tiempo para tus tonterías».

Consecuencias: Damos al niño un mensaje contradictorio: le decimos que no tenemos tiempo para sus tonterías, a la par que le estamos recriminando. Así, el niño se ve reforzado porque sí que está consiguiendo la atención de sus padres.

Alternativa: Cuando el niño hace el tonto se le deja de prestar atención y, además, se le explicita: «Cuando tú haces el tonto, yo no te hago caso».

«No pareces de esta familia».

Consecuencias: El niño puede sentirse rechazado.

Alternativa: «No me gusta que hagas esto». De nuevo, focalizando directamente la conducta que hay que extinguir, o aludiendo a las normas que tenemos en casa o en la familia.

«Cuando lleguemos a casa te vas a enterar» / «Cuando lo sepa tu padre o tu madre te vas a enterar».

Consecuencias: Con frases de este tipo, el niño puede percibir poca autoridad en la madre o en el padre, que tiene que recurrir a una segunda persona. Los niños necesitan que sus padres sean por sí mismos fuentes de autoridad para sentirse seguros.

Alternativa: Las consecuencias de la conducta tienen que ser inmediatas, y ya hemos señalado que lo que mejor funciona es la extinción –«Cuando te estás portando así yo no te hago caso»–, con las amenazas el niño sigue consiguiendo la atención del ­adulto.

«¡Aparta; estoy harta de que estés siempre pegado a mí!».

Hay niños a los que les cuesta mucho estar o jugar solos y piden continuamente que sus padres estén con ellos y les presten atención.

Consecuencias: El niño lo puede vivir como un rechazo, como una falta de cariño, lo que puede incrementar su inseguridad.

Alternativa: «Ahora mamá / papá está haciendo la comida (o lo que corresponda en ese momento) y hasta que termine tú tienes que jugar solito. Cuando mamá / papá termine te irá a buscar y haremos algo juntos».

«Como suspendas, te llevo a un internado».

Consecuencias: No podemos amenazar con nada que no vayamos a cumplir, ya que perderemos nuestra credibilidad. Si realmente no vamos a llevarle a un internado no debemos pronunciar esa frase.

Alternativa: Los niños funcionan mejor con los estímulos positivos: «Seguro que te va a salir bien el examen, lo vas a aprobar»…

«Menos mal que tu hermano se porta bien (o hace tal cosa bien), porque tú...».

Consecuencias: Entrar en comparaciones entre hermanos es complicado; no es bueno compararlos, cada niño es diferente y, sobre todo, debemos evitar las etiquetas de «hermano bueno» vs. «hermano malo».

Alternativa: Haremos caso al hermano que se esté portando bien, que es el que tiene que salir reforzado, es decir, el que tiene que tener una mayor atención, sin entrar en comparaciones, dado que mientras criticamos al que se porta mal, es este el que está acaparando la atención del adulto.

«Si sigues portándote mal, vendrá el hombre del saco (o el coco) y te llevará».

Consecuencias: Provocamos un miedo irracional en los niños.

Alternativa: «No te vamos a hacer caso hasta que te portes bien».

«Deja de llorar como una niña. Los chicos no lloran».

Consecuencias: Además de entrar en juicios de tipo sexista, podemos hacer que el niño inhiba la expresión de sus sentimientos.

Alternativa: Tendremos que distinguir entre el llanto de llamada de atención, al que extinguiremos con frases como «No se lloriquea» (independientemente del sexo), de aquel que se desencadena cuando el niño tiene un problema. En este último caso, lo consolaremos y trataremos de ponernos en su lugar para ayudarle.

¿Cómo establecer una comunicación positiva con los hijos?

Utilicemos palabras que ellos entiendan.

Seamos claros, no ambiguos.

Seamos breves.

Asegurémonos de que nos están atendiendo cuando hablamos.

Mantengamos nuestra palabra, tanto en promesas como en advertencias.

Escuchémosles, prestémosles atención y no les interrumpamos cuando hablan.

5. ¡CUIDADO CON LO QUE HACEMOS! LOS NIÑOS APRENDEN POR MODELADO

No debemos olvidar que la principal fuente de aprendizaje de un niño es el modelado. Los niños copian lo que ven, y sobre todo lo que ven en sus adultos de referencia, que principalmente son sus padres y sus hermanos mayores. Por eso es fundamental no caer en la trampa de exigir al niño que no manifieste una determinada conducta, si los padres sí que lo hacen, pensando que el niño va a entender que es una excepción y los mayores están exentos de dicha norma. Por ejemplo:

Si le decimos que no hay que gritar, los padres son los primeros que deben cumplir la norma y no gritar.

Si se le dice que no se debe pegar, por muy desesperados que estén los padres, tampoco ellos deben darle un cachete.

Si se le dice que no mienta, los adultos deben predicar con el ejemplo y no buscar excusas para sus mentiras de adultos.

Cuidado: los hijos copian lo que ven a sus padres. No exijamos justo lo contrario de lo que nosotros hacemos.

Es normal que el niño suelte frases del tipo: «Papá, ¿por qué has mentido?, nos has dicho que no se miente». Instaurar unas normas en la familia facilitará mucho la educación de los hijos; pero dichas normas han de cumplirlas todos los miembros, empezando por los mayores. Órdenes tan básicas como «no grites», o «no llores» cuando el niño monta una pataleta, pierden mucha efectividad si el adulto las emite gritando. El objetivo será permanecer con un tono de voz frío, pero sin mostrar alteración.

En el caso de niños más pequeños, preguntarán por qué los padres se han saltado la norma, porque no lo entienden. Si se ha fijado una pauta, ¿por qué para los mayores no vale? Según van creciendo, cada vez son más conscientes de las incoherencias educativas de sus padres, y ese «no entender», da lugar a un sentimiento de injusticia –«¿Por qué yo no puedo gritar y papá y mamá gritan constantemente?», «¿Por qué me dicen que eso no se hace si ellos lo hacen?…»– que, llegada la adolescencia, puede incluso desembocar en un acto de rebeldía: «Voy a comprobar lo injusto que es el hecho de que yo no pueda hacer esto pero mis padres sí». Se debe seguir teniendo cuidado, dado que en esta edad, aunque aparentemente los adolescentes no necesitan a sus padres, siguen precisando de su cariño y comprensión ya que a pesar de su aparente rechazo todavía dependen de ellos.

Con los adolescentes todo se vuelve más complicado. Cuando queremos instaurar en ellos conductas sanas, la dificultad aumenta si su modelo familiar actúa en sentido contrario. Por ejemplo, ¿con qué fuerza moral le explicamos que él no puede fumar si los padres lo hacen? Con esta actitud favorecemos la disonancia cognitiva que se crea en torno a estas conductas: «Sé que fumar o beber es malo, pero aún así lo hago, y muy perjudicial no debe ser, si además mis padres lo hacen».

Los niños tienen una gran capacidad de observación. Perciben perfectamente lo que sus padres hacen, cómo les educan, y detectan sus incoherencias educativas. Por ello, es necesario intentar que estas desaparezcan. En el caso de que los niños pillen a los padres en un renuncio –que seguro que alguna vez ocurrirá–, no se debe dar la vuelta a la situación con explicaciones que suelen ser más largas de lo deseado, y que muchas veces están por encima de su propio desarrollo cognitivo. Será mucho más efectivo aplicarse la misma consecuencia que se impone a los hijos.

Los niños se dan cuenta de las incoherencias educativas de sus padres y de que en muchas ocasiones lo que les dicen que hagan no es lo mismo que hacen sus padres.

El caso de Sara:

Sara es una niña de seis años de edad que viene a consulta porque sus padres están preocupados por las dificultades que tiene a la hora de relacionarse con otros niños y porque le cuesta mucho obedecer en casa. En una ocasión, Sara y sus padres se fueron a pasar el día al campo con familiares y amigos. Había un lago con patos. El padre contó una anécdota de su niñez, en la que sin querer, jugando con unos amigos a tirar piedras en un lago, mató a un pato y se organizó un lío impresionante con el Seprona de por medio. Todos los allí presentes se rieron mucho de la historia del padre de Sara. Al rato la niña se puso a tirar piedras a los patos y sus padres la regañaron porque eso no se podía hacer. La niña se cogió un gran disgusto.

¿Qué ocurrió? Sara estaba siendo consciente de la discrepancia educativa de su padres. En ese momento, ella solo quería reproducir la «hazaña» que había contado su padre, y generar la misma expectación y atención en los presentes, creía que esa era una forma de hacer amigos. En este caso, la rabieta de Sara estaba motivada por el sentimiento de injusticia y por el hecho de no comprender la situación que había ocurrido en ese momento.

«Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera».

Albert Einstein

6. LA IMPORTANCIA DE LAS NORMAS Y DE LOS LÍMITES

Actualmente, los hijos poseen cada vez más y más cosas y no tienen que hacer ningún esfuerzo por conseguirlas, y no por ello podemos afirmar que son más felices. Además, en general, cuantas más cosas tienen los niños, más cosas quieren, por la progresión insaciable que supone «el tener» frente a la gran oferta que existe hoy día. Y llega un momento en el que los padres se ven incapaces de proporcionarles más satisfacción por la vía material. Se encuentran desorientados y superados porque ven que no disminuye el grado de exigencia en los hijos, sino que, al contrario, aumenta el nivel de inconformismo.

Los niños necesitan normas y límites y cuando no los tienen están muy perdidos, no saben qué es lo que tienen que hacer, qué es lo que se espera de ellos y tampoco saben qué camino deben elegir.

Los niños tienen que aprender a ganarse las cosas y no es necesario que trabajen o que asuman en casa tareas extras desproporcionadas para su edad, sino simplemente que cumplan las normas establecidas. Para facilitar la labor, las normas deben ser muy claras, muy concisas y adecuadas a la edad del niño.

Ejemplo de normas para niños de cuatro y cinco años:

No gritar.

No pegar.

Obedecer a la primera.

Cuando los niños no aprenden que las cosas hay que ganárselas, que tienen que cumplir las normas establecidas, que junto con nuestros derechos van nuestras obligaciones, y que si no las cumplimos no podremos disfrutar de los privilegios (como ver la televisión, disponer de ordenador, tableta, videojuegos…), se pueden convertir en jóvenes y adultos insatisfechos e infelices porque no han aprendido a valorar lo que tienen; todo lo consideran como un derecho, y cuando la sociedad les impone sus normas, pueden sentirse muy dolidos y frustrados.

Los padres son siempre los responsables de la educación de los hijos, y esto es algo que no se puede delegar. Los profesores u otros familiares podrán ayudar en ese proceso, pero nunca podremos delegar la responsabilidad en ellos.

La responsabilidad de la educación de los hijos es siempre de los padres.

Muchas veces, las largas jornadas laborales hacen que muchos padres se sientan culpables por pasar poco tiempo con sus hijos e intenten compensar esto dándoles todo lo que piden, sin darse cuenta de que les hacen un flaco favor. Los niños, además de valorar más las cosas cuando se las ganan, necesitan aprender el sentido del esfuerzo y de la responsabilidad, y necesitan aprender a tolerar la frustración. Educando en las normas, en los límites, conseguiremos que los hijos sean más autónomos, más seguros y, sobre todo, más felices.

Cuando los padres tienen una forma de actuar permisiva y una acción educativa muy blanda, no ayudan a los niños a interiorizar las normas y los límites, ni a aprender el sentido del esfuerzo o a asumir sus responsabilidades. Esa forma de educar no contribuye a formar individuos más seguros y más autónomos, aspectos que les van a resultar necesarios a lo largo de su vida.

Los padres son, ante todo, padres, no amigos ni colegas. Reflexionemos sobre la frase de Emilio Calatayud, juez de menores de Granada: «Si los padres nos hacemos amigos de nuestros hijos, se quedan huérfanos».

Los padres tienen que ser siempre los que marquen los límites. Determinadas cuestiones se pueden negociar, pero la norma y el límite deben estar muy claros; el niño debe conocerlos y también las consecuencias que experimentará cuando se los salte. Hay que mantenerse firmes y seguros al respecto. Con gritos, regañinas y broncas se trasmite enfado, desesperación e inseguridad, justo lo contrario de lo que necesitan los hijos en esos momentos.

Los niños son muy perseverantes, casi siempre más que sus padres. Por eso nunca hay que ceder pensando que de esa forma la situación no va a ir a más, dado que va a suceder lo contrario: el niño entrará en una espiral de enfado y provocación, en la que cada vez su conducta se reforzará y se portará peor. En nuestra práctica diaria, observamos cómo el miedo a que la situación vaya a más prolonga y agrava los problemas. No actuando, no cortando a los hijos y cediendo, nunca se soluciona el problema. Por el contrario, se agrava. Los niños tendrán cada vez menos autocontrol.

No sobreprotejamos a los niños ni les hagamos las tareas para las que sí que están preparados.

Hay que dejarles que desarrollen sus propios recursos, que aprendan a generar estrategias, y que sepan resolver sus problemas y sus conflictos.

Los padres siempre estarán detrás alentándoles y dándoles fuerza y ánimo, pero no saliendo al quite en todas las situaciones.

Las normas y los límites no anularán la personalidad del niño, sino que le ayudarán a moldear su temperamento y conseguir el autocontrol necesario para vivir con éxito en la exigente sociedad de hoy día.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
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ISBN:
9788415131601
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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