Kitabı oxu: «Tiam: El destello de tus ojos»

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Sofía Goytia Morillo

TIAM

El destello de tus ojos

DE ÉPOCA

Goytia Morillo, Sofía

Tiam. El destello de tus ojos / Sofía Goytia Morillo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-17-5

1. Literatura Argentina. I. Título.

CDD A863

© 2022, Sofía Goytia Morillo

Primera edición, marzo 2022

Diseño y diagramación Lara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Lo que desde el corazón es cierto, desde la acción es posible.

GABRIELA ARIAS URIBURU

Capítulo 1

Rumbo a Buenos Aires, junio de 1944

Tenía cerrados los ojos, pero no podía dormir. En la mente de Allegra Ortiz Moreno sucedían una y otra vez las escenas transcurridas en los últimos meses. Los apretó aún más fuerte, como tratando de olvidarlas. Fue en vano, no podía controlarlas. Trató de concentrarse en el paisaje que veía a través de la ventana del tren mientras una lágrima bajaba por su mejilla. Se acercó a la ventana rozándola con su nariz, intentando que la pareja de ancianos que tenía enfrente no la notara. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Dónde estarían Aurora y Alanna? Afuera las hojas empezaban a caer, señal de que se avecinaba el otoño, y eso no ayudaba a su estado de ánimo, parecía que la naturaleza conspiraba en su contra.

Se secó rápidamente esa lágrima solitaria, decidiendo poner una pausa al dolor, sin embargo, volvió a cerrar los ojos y las escenas reaparecieron. Esta vez las dejó fluir y, como siempre, comenzaron con el acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia de los sanjuaninos.

El sábado 15 de enero de 1944, a las 20:45, una jauría alertaba lo que sucedería segundos después. Un ruido ensordecedor sacudió a la provincia, todo empezó a temblar y a desvanecerse. Del ánimo festivo de un típico sábado de verano se pasó a la oscuridad. San Juan se revelaba rodeada de escombros y dolor.

Ese día había amanecido totalmente despejado, el verano empezaba a agobiarla con sus temperaturas, el cantar de los pájaros anunciaba que no sería la excepción. Por suerte, tenía la mañana libre antes de ir al hospital. Había ascendido a enfermera principal, algo muy inusual con sus veintidós años, y podía gozar de ciertos privilegios. Sin embargo, esa noche le tocaba el turno nocturno por haberle cambiado a su compañera Lucía, ya que ella tenía una boda. Tampoco le importó, a fin de cuentas, nunca le gustaron mucho las fiestas porque la sensación de ser sapo de otro pozo no dejaba de perseguirla. Prefería encerrarse en el estudio de su padre y perderse en uno de los tantos libros de anatomía.

Pedro Ortiz Toledo se había ganado con los años la fama de ser uno de los mejores médicos de San Juan; no solo era respetado, sino que constantemente buscaba capacitarse y su inquieta sangre española le impedía quedarse sereno; y Allegra, deseosa de seguir sus pasos, no perdía oportunidad para husmear en su extensa biblioteca.

Sabiendo que no iba a dormir durante la noche, Allegra se permitió unos minutos más en la cama. Además, sabía que en el preciso momento en que bajara a desayunar, sus hermanas mellizas, Aurora y Alanna, la emboscarían para meterla en unas de sus travesuras, que, para sus ocho años, eran bastante ingeniosas; a menudo se preguntaba de dónde sacaban las ideas. Al morir su mujer, Pedro debió hacerse cargo de tres muchachitas, dos de ellas recién nacidas. Su gran vocación muchas veces le impedía estar en casa y ser partícipe de la educación de las niñas, por lo que las envió al colegio privado de las Hermanas del Huerto de Jesús, la mejor institución de señoritas existente en la provincia. Allegra, una muchacha más bien reflexiva y responsable, creció prácticamente cuidando a sus dos hermanas menores.

En la casona de los Ortiz Moreno reinaba el caos porque a las mellizas, por mucho que les enseñaran las normas sociales y la etiqueta de la época, no había manera de llevarlas por el camino “correcto”, y Allegra ya se había resignado.

Unos golpes en su habitación la sacaron de su descanso y la obligaron a levantarse:

—Señorita Allegra, ya se encuentra servido el desayuno y su padre la está aguardando —anunció Sara, apenas asomada en la puerta.

—Muchas gracias, Sara, enseguida bajo.

Observó cómo la mujer de unos cincuenta años, regordeta y con un moño bien tirante que sujetaba su cabello, abandonaba la habitación. Sara, jefa del servicio doméstico, trabajaba en la casa familiar desde que Allegra había llegado al mundo y, con el correr de los años, más que una empleada se había convertido en una confidente y lo más parecido a una abuela. Allegra contempló su habitación y se alegró mentalmente de contar con ese lugar sagrado en el que ni sus hermanas se atrevían a hacer de las suyas. Todo perfectamente ordenado con cada cosa en su sitio. Eligió un vestido floreado con mangas cortas, ya que el día lo ameritaba y, además, necesitaba algo ligero que combinara con su uniforme blanco impoluto que reposaba perfectamente doblado en la esquina del tocador. “Gracias, Sara”, pensó, “siempre pendiente de los detalles”.

Bajó las escaleras de la residencia ubicada sobre la calle San Martín, que ocupaba una de las esquinas emblemáticas de la provincia de San Juan. Los Ortiz Moreno contaban con una excelente posición social. Por parte de María Isabel Moreno Naón, madre de Allegra, tenían parientes en el Gran Buenos Aires que formaban parte de la alta cuna argentina. Sin embargo, luego de la muerte de su esposa, Pedro se distanció e instauró en el seno de su familia más bien una vida sencilla sin tantas distinciones sociales, suavizando sus estrictas normas. En el fondo, Allegra agradeció el estilo que su padre les hacía llevar, de lo contrario, jamás habría podido ingresar a la escuela de enfermería y mucho menos seguir la carrera de Medicina en un futuro, tal como lo tenía planeado. Ya su entorno se encontraba bastante escandalizado y no concebían que una señorita de buena familia, a sus veintidós años, no estuviera casada, y por si fuera poco, deseara estudiar el cuerpo humano. No era bien visto que una señorita de su estirpe se dedicara a ello. “Menos mal que no estoy en Buenos Aires”, pensaba Allegra.

—Buenos días, papá. ¿Qué estás leyendo? —preguntó, y se sentó frente a su padre en la gran mesa del comedor.

—Hola, hija —respondió Pedro sin levantar la vista del periódico que tenía enfrente y con la taza de té en mano—. Un artículo sobre los trabajadores rurales; se acerca la vendimia y aquí sostienen que si los empleadores no les ofrecen mejores condiciones, están considerando una huelga —contestó con gesto serio.

—¿Y qué dice la Secretaría de Trabajo y Previsión al respecto? —dijo mientras se servía unas cuantas tostadas.

Su padre levantó por fin la vista, acostumbrado a la inteligencia y el manejo de información de la joven.

—Por lo que afirma el licenciado Puente, todavía no se han pronunciado, quedará analizar si la Junta la aprobará —comentó cerrando el diario y dando por finalizada su lectura—. ¿Realmente tienes que ocuparte del turno nocturno, hija? —La miró con cariño—. Estamos invitados al casamiento de los Acosta Garmendia, ¿no habías sido compañera de la hermana menor de Gabriela Garmendia?

—Sí, en efecto, pero debo regresar al hospital, hay numerosos asuntos de los que debo encargarme si deseamos inaugurar la nueva sala. Además, debo asistir al doctor Pizarro en una intervención —puntualizó la joven, haciendo referencia al colega de su padre.

—Pues muy bien, dale mis recuerdos al doctor —concluyó él, y se levantó y le dio un pequeño beso en la frente a su hija para luego abandonar el comedor.

Quién hubiera dicho que ese sería el último recuerdo de su padre. Habría dado todo lo que tenía para que se repitiera. Otra lágrima volvió a caer y ya no se molestó en apartarla. Fijó la mirada en el campo abierto e interminable que se reflejaba a través del vidrio y sus pensamientos retornaron a donde los había dejado.

Después de un almuerzo ligero, en el cual apenas probó bocado porque, siendo honesta con los calores que hacía, no podía disfrutar a pleno de las exquisiteces de doña Eulogia, se dirigió al living, que hacía a la vez de sala de juegos de sus hermanas. Y allí estaban Aurora y Alanna, corriendo de un lado al otro, incordiando a la pobre Sara, que, ya entrada en años, no podía perseguirlas como antaño.

—Señorita Aurora, se lo suplico, venga a practicar esta partitura, después la hermana del Socorro se la va a exigir una vez que retornen las clases —rezongó.

Se esperaba que todas las señoritas de buenas familias fueran hábiles en el arte de los quehaceres domésticos, que tocaran algún instrumento musical y supieran en detalle dos o más idiomas. El temperamento con el que habían salido sus hermanas no concordaba con estas reglas. Allegra, por su parte, dominaba el italiano y el inglés, y sabía bordar y coser a la perfección; la diferencia es que ella lo hacía sobre una base bastante distinta de la esperable: la piel de los seres humanos, lo que resultaba peculiarmente escandaloso.

—¡Ay, Sara! ¿Para qué debo realizar esas actividades aburridas? Con solo escucharla me entra un sueño terrible, y dormirme arriba del piano no vendría a ser muy propio de una “señorita” —replicó Aurora en tono de burla con el ceño fruncido—. Además, Alanna está otra vez con los dedos llenos de carbonilla y a ella no le dices nada.

—¿Y permitir que ensucie el pianoforte traído de España? —respondió Sara dirigiéndose a la otra niña—. ¿Y se puede saber por qué tiene los dedos negros? Se va a manchar todo el vestido.

Alanna, con las manos detrás, dirigiendo su mirada a Allegra, preguntó con su voz más inocente:

—Allé —diminutivo con el que la habían bautizado las niñas—, ¿podemos salir a jugar al patio, por favor? Ya el sol no está tan fuerte y acá nos sofocamos. Además, estamos de vacaciones y en el colegio las monjas apenas nos dejan salir —y puso su mejor cara.

Aurora y Alanna se destacaban por ser unas niñas llenas de alegría, sus ojos color verde esmeralda compraban a cualquiera. Reinas de las travesuras, de las que su padre se enteraba de la mitad, eran apañadas tanto por Sara como por Eulogia. Allegra hacía otro tanto: no faltaba oportunidad en que se presentaran en el hospital para que su hermana les diese algún que otro punto en una ceja o en el mentón, sin mencionar los dolores de cabeza que provocaban a las Hermanas del Huerto. Pese a ser mellizas, tenían diferencias notables. Aurora conquistaba con su pelo lacio interminable color café y ese lunar tan característico sobre su mejilla derecha, mientras que Alanna lo hacía con una cabellera poblada de rizos castaño claro.

Sabiendo de primera mano los comportamientos exigidos en el colegio, Allegra fue a abrazarlas. Se agachó para estar a la misma altura:

—¿Será que se lo tienen merecido, pequeñas diablillas? Vayan, disfruten del aire puro y diviértanse. ¡No se olviden de ponerse las capelinas! —gritó Allegra ya cuando las niñas estaban en plena carrera.

—Cada día están más ocurrentes. —Con una sonrisa se volvió—. Sara, hoy tienes la noche libre, ¿alguna nueva función de radioteatro?

—Por ahora no, seguramente saldré a dar una vuelta a la plaza con Eulogia, señorita Allegra, y aprovecharemos el aire fresco; pero antes tengo que pasar por el correo a despachar unas cartas.

Por más que llevaba toda una vida al servicio de los Ortiz Moreno, Sara jamás dejaba el trato formal hacia sus patrones.

—Las niñas van a estar en la casa de los Núñez —se refirió al matrimonio amigo de la familia, quienes tenían una hija de la edad de las mellizas y también compañera de sus aventuras—. Su padre las dejará camino a la fiesta —concluyó Sara, mientras recogía las muñecas y el desorden que habían dejado las pequeñas a su paso.

A las seis de la tarde, Mario, el chofer de la familia, dejó a Allegra en la puerta del hospital. Con una sonrisa, el uniforme impecable y la convicción de saberse útil, se dirigió a realizar su labor.

Sara no se había equivocado, la noche estrellada y la refrescante brisa que corría invitaban a disfrutarla. Allegra, aprovechando que había terminado de ordenar la nueva sala, se permitió tomar un descanso. Se sentó en un banco de mimbre blanco en el patio del hospital, dirigió la vista al cielo y contempló las distintas constelaciones mientras a la lejanía se podían escuchar los acordes de una tarantela emitida por una radio a todo volumen.

No sabía con exactitud cuánto tiempo había estado observando el cielo cuando de repente un fuerte sacudón la expulsó de sus cavilaciones. Se agachó deprisa para ver si algún animal se había metido bajo el banco, escuchó que la tarantela se cortó súbitamente y tomó su lugar un bramido ensordecedor, como si de una explosión se tratase. El suelo se zarandeaba sin tregua, y le hizo perder el equilibrio. En cuestión de segundos la ciudad quedó en penumbras.

El sonido amplificado sobresaltó a Allegra.

—Buenas tardes, pasajeros, desde la compañía ferroviaria Unidas del Sud nos complace informarles que en un cuarto de hora arribaremos a la capital de la república.

Agradecida por la distracción, Allegra se arregló el sobretodo y se colocó el sombrero que había dejado sobre su regazo. Tomó en su mano la cadenita de oro de la Virgen Niña, respiró hondo y con una determinación desconocida en los últimos tiempos, afirmó: “Las voy a encontrar, así me deje la vida en ello”.

Capítulo 2

Parado en el rellano del Hospital Rawson, Bernardo aspiraba un olor peculiar, mezcla de tierra y humedad. Olor a desolación. Se alegró de haber viajado a San Juan pese a los constantes reproches de su madre por perderse la temporada veraniega. “Si ella viera esto, entendería”, pensó.

Observó a su derecha cómo un señor de unos cuarenta años con ropas desvencijadas quitaba pesados escombros para liberar una especie de puerta subterránea del edificio. No dudó un segundo, se arremangó la camisa, dejó la pequeña maleta junto con el sombrero y se dispuso a ayudarlo. No hicieron falta las palabras, comprendiendo el dolor, Bernardo lo abrazó con la mirada. Una vez finalizada la tarea, sudado y con el traje desarreglado, ingresó. Un mundo de gente iba y venía, había camas apostadas en cualquier lugar. Interrumpió a una enfermera que pasaba apresurada por su lado.

—Disculpe, señorita, ¿sabe dónde puedo encontrar al oficial Cerviño?

La cara de aquella jovencita lo impactó de golpe. Unos mechones color cobrizo caían lacios sobre los ojos verde musgo que, a pesar del cansancio, demostraban entereza. Bernardo perdió la capacidad del habla.

—Primer piso, despacho del directorio —Allegra contestó al pasar, y continuó su carrera.

Sentado en el sillón de su estudio, Bernardo Álvarez Costa recordaba con estupor lo que había presenciado en San Juan. Había decidido viajar aun antes de que el presidente del Patronato Nacional de Menores se lo sugiriera.

En sus treinta y dos años nada lo había apesadumbrado como semejante tragedia, a pesar de que estaba habituado a lidiar con situaciones adversas. Como abogado, formaba parte de un grupo reducido de especialistas del problema de la infancia “abandonada y delincuente” de la Argentina. Su espíritu inquieto y filantrópico siempre lo había llevado a la defensa de los derechos de quienes no tenían voz. Precisamente por esto era el quebradero de cabeza de su familia, una de las más renombradas de la sociedad porteña, miembro del Victory Club y con un palco exclusivo en el Teatro Colón.

Más allá de la posición, sus padres, Cristóbal Álvarez Posse y Trinidad Costa Ocampo, se profesaban un profundo cariño; era una de las pocas uniones que en su época habían contraído matrimonio por amor. Bernardo, segundo de cinco hermanos, había heredado el porte de los Ocampo y el atractivo de su padre. Con sus penetrantes ojos azules era el suspiro de varias señoritas.

Siempre recordaba su infancia con una sonrisa. Su época favorita consistía en los largos veranos paseando y jugando con sus hermanos por las playas de Mar del Plata. Allí tenían un chalet imponente de dos niveles, construido al estilo español. Desde joven había perseguido los ideales de una justicia social más equitativa, resultado de haber ingresado a los dieciséis años como pupilo en el Highfield College en Georgia, Estados Unidos, el cual se encontraba en pleno apogeo y crecimiento de sus golden years. Allí dedicaba gran cantidad de horas cátedra al servicio de la comunidad colindante y es así como Bernardo, una vez de regreso al país, se abocó de lleno a su afición, para disgusto de su padre.

La voz de Cristina lo obligó a detener su lectura.

—Doctor, disculpe la interrupción, tiene una llamada del señor López Iriarte —anunció la joven secretaria.

—Gracias, puede pasármelo.

Una vez que Cristina hubo salido del despacho, Bernardo se sirvió una medida de whisky del aparador que tenía junto a su escritorio. La verdad es que jamás bebía durante el día, pero los recuerdos lo tenían bastante inquieto. Después del primer trago, se dispuso a atender la llamada de su mejor amigo.

—Jacinto, perdón por no devolverte las anteriores llamadas, estos días no sé ni dónde estoy parado —susurró agarrándose la frente y restregándose el cansancio.

—¿Hace cuánto que no duermes? —soltó de sopetón, como si estuviera justo enfrente.

Bernardo pensó en mentirle, no solía pedir ayuda y menos aún mostrarse vulnerable. Pero era Jacinto quien, a fin de cuentas, lo iba a terminar descubriendo como usualmente lo hacía.

—Vengo con unos días complicados y ajetreados, la semana que viene tengo que ir a Mar del Plata por unos asuntos, ahí aprovecharé para descansar.

—Bien sabes que cuando te vas a la costa, tus hermanas te siguen a sol y a sombra —bufó su amigo y, conociéndolo lo suficiente, no indagó más en el tema—. No te olvides de que esta noche hay reunión en el club.

The Victory Club comprendía el selecto establecimiento situado frente al pintoresco Parque 3 de Febrero, al que pertenecían los hombres de las familias patricias y era cuna de las más grandes decisiones políticas.

—Damn, lo olvidé por completo. Tenemos reunión extraordinaria del Patronato, con todo lo sucedido en San Juan no puedo faltar —cuando estaba distraído mezclaba palabras en inglés, vieja costumbre de haber vivido un tiempo afuera.

—Bah, no te olvides de descansar un poco, no quiero que nuestro próximo encuentro sea en una cama de hospital.


A las ocho de la noche en punto, enfundado en un esmoquin negro impecable hecho a medida, Bernardo ingresó al salón de la sede del Patronato Nacional de Menores, ubicada entre las calles Diagonal Norte y Libertad.

Este organismo público había sido creado en enero de 1931, haciendo eco de lo establecido por la Ley N.º 10.903, más conocida como Ley Agote. Buscaba el amparo y la protección integral de la minoridad, y organizaba sistemáticamente todos los establecimientos tutelares del Estado. Como vocal primero, Bernardo lo visitaba asiduamente, no por obligación propia de su función, sino porque su corazón se lo exigía.

Dentro de sus tareas, el Patronato actuaba como contralor de las sociedades privadas abocadas a atender el problema “de la infancia abandonada y delincuente de la Argentina”. Solía trabajar codo a codo con la Sociedad de Beneficencia presidida por las elegantes damas argentinas y perseguía la implementación de políticas sociales para la educación integral de la minoridad. Aquellos que quedaban amparados bajo la órbita del Patronato debían realizarse un estudio de sus condiciones físicas, morales e intelectuales para estructurar bases biotipológicas de clasificación y, de esta manera, se permitía una mejor organización a la hora de elegir el establecimiento de mayor conveniencia para su formación escolar y profesional. Una de las tantas prácticas con las que Bernardo no estaba de acuerdo. Reflexionaba que, para lograr un verdadero cambio en materia de niñez y avanzar como sociedad, se debía comenzar por una profunda humanización del proceso. Sin embargo, se daba cuenta de que era difícil romper con ciertos paradigmas y terminaba, muchas veces, ganándose el descontento de su círculo.

Don Juan Esteban Collot, presidente del Patronato, entregaba cuerpo y alma por el organismo, y era el principal precursor de grandes ideologías reformistas. No solo en materia de niñez abandonada o de pocos recursos, sino en la cada vez más necesaria figura de adopción.

Al ingresar al salón, un garçon recibió a Bernardo con una bandeja de habanos y whisky, que declinó con amabilidad. “Mucha bebida por hoy”, recordó. Además, el olor a cigarros en la ropa lo descomponía.

—Señores, los invito a pasar a la Sala de Juntas —tronó el vozarrón del doctor Collot y encabezó la marcha.

Tomaron asiento en la extensa mesa de roble, cuyo centro estaba repleto de bocadillos. Bernardo, tras agarrar uno de prosciutto y melón, se dispuso a escuchar a su mentor.

—Los he reunido hoy aquí porque nos urge, como organismo, resolver dos asuntos de extrema gravedad. Como todos sabrán, continúa el conflicto bélico en Europa. Solo Dios sabe su duración —expresó mientras elevaba los ojos con un visible agotamiento—, pero hasta que eso pase, sigue llegando a nuestras costas un número incontable de familias de inmigrantes. Nos encontramos con niños mal alimentados y con grandes carencias. El hospital del puerto se encuentra cubierto en su capacidad, porque muchos de esos niños no resisten la travesía desde el viejo continente. Desde el Ministerio de Justicia nos han ordenado que realicemos un relevamiento de los conventillos cercanos, como también que busquemos una alternativa hospitalaria.

—Los salesianos se ofrecieron al acondicionamiento temporal de su polideportivo —interrumpió Manuel García del Río, otro vocal—. Creo que podemos aprovechar ese espacio y concentrar todos los recursos en lo sucedido en San Juan. Tenemos a los hombres de Perón oliéndonos la nuca.

—¡Pero en buena hora que hagan algo! —de pie y con las manos sobre la mesa exclamó Bernardo—. Señores, San Juan quedó devastada, lo vi con mis propios ojos, y los del Patronato de allá apenas podían actuar; su vida, sus familias estaban en juego. Era tal la cantidad de niños que difícilmente llegaron a censar, y aquellos que no estaban heridos partían a Mendoza. Cuando llegué, más de la mitad ya había sido trasladada a distintos puntos del país. Es momento de exigir de una vez por todas la aprobación de nuestro estatuto legal y que la intervención federal nos otorgue plenas facultades, porque, de lo contrario, se van a superponer con las directivas del Patronato de la provincia y los únicos perjudicados van a ser nuevamente los niños. ¿Qué pasó con el proyecto de ley sobre adopción ingresado al parlamento? —preguntó dirigiéndose al secretario, Hilario Gretti.

—Está en fase de debate aún, ya presionamos, teniendo en cuenta especialmente la situación de los huérfanos de San Juan, y que muchos de los niños fueron colocados informalmente en distintas familias. Pero tienen mucha oposición —concluyó mirando al suelo.

A Bernardo lo ponían de un humor de perros todos los impedimentos que se presentaban. “Las cosas deberían ser más simples”, pensó. Es verdad que formaba parte de su genio la dificultad de cumplir órdenes y mandatos, pero tratándose de personas vulnerables, simplemente no comprendía la estupidez humana. “Es momento de dar visibilidad al tema”, reflexionó. Un fuerte dolor de cabeza lo empezó a molestar. Jacinto tenía razón, necesitaba dormir o, si no, ni él mismo sería de alguna ayuda. Terminada la reunión se iría derecho a su piso.

Capítulo 3

Sosteniendo su pequeña maleta, Allegra se abría paso entre el gentío que se acumulaba en la estación de Retiro. No era la única que venía de la región de Cuyo, familias enteras se fundían en sollozos y abrazos eufóricos. Su metro sesenta le impedía divisar a su tío político, Alejandro Pacheco Laprida.

Se adentró en el gran vestíbulo y allí estaba, peinado a la perfección y con un empleado a sus espaldas. Se habían visto dos veces en la vida, porque su padre nunca se había llevado bien con su cuñado, y además se encontraba constantemente ocupado como para viajar a la capital. Reuniendo la compostura, se acercó.

—Eres la viva imagen de tu padre, ¿ese es tu único equipaje? —le preguntó su tío con indiferencia, haciendo un gesto para que la persona que tenía detrás lo tomara.

—Le agradezco, pero ya lo llevo yo —dijo Allegra apegándose a lo único que le quedaba. En el terremoto había perdido la mayor parte de sus pertenencias—. Permítame expresarle mi gratitud por recibirme, seguro tiene muchos asuntos que atender.

—En efecto, pongámonos en marcha. Manuel, déjame de pasada en el club y luego conduce a la señorita a la casa.

Mientras se dirigían al automóvil, le llamó la atención una bombonería apostada en una esquina. Desprendía un exquisito olor a chocolate caliente y su estómago dio un pequeño rugido. Habían pasado horas desde la última vez que había probado bocado y su cuerpo le reclamaba un poco de azúcar. No se atrevió a pedirle a su tío que se detuvieran, ya algún día volvería por uno de ellos.


El hogar de los Pacheco Laprida se erigía en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires; ocupaba media manzana allí donde las calles Montevideo y Paraná se tocan. Se trataba de una construcción nivelada en tres pisos con una rosaleda circular en la entrada. Tres ventanales de arco rebajado al estilo Art Nouveau inundaban la fachada, y la completaba un extenso jardín trasero. Este pequeño palacete había sido construido por un renombrado arquitecto francés para un empresario de la misma nacionalidad. Fallecido este, fue adquirido por sus tíos.

En la puerta de entrada, dos mujeres la aguardaban expectantes. Su prima, la joven Elena Pacheco Laprida, salió corriendo —pese a llevar zapatos altos— y la envolvió en un abrazo.

—Allé, ¡qué alegría saber que estás bien! ¡No pude dormir desde el día que escuché las noticias, las cartas no llegaban y a duras penas me retuvieron en la costa! —parloteaba Elena y logró arrancarle una media sonrisa.

—Elena, querida, dale un respiro a la pobre, ya van a tener mucho tiempo para ponerse al corriente —susurró María del Pilar Moreno Naón, la hermana menor de su madre—. Ven aquí, pequeña… —dijo y la tomó en sus brazos.

Allegra, al observar el parecido familiar, no pudo contenerse más y estalló en sollozos quedos, como si hubieran liberado el tapón que frenaba su dolor. Diez minutos después, y con los ojos como compota, se dirigió a su tía:

—Perdóneme, tía, esto, yo no sé qué me pasó… —bajó su mirada.

—Nada que perdonar, mi niña, y, por favor, tutéame, somos familia —sostuvo mientras le acariciaba la mejilla—. Elena, dile a Luisa que prepare un baño caliente, unas tisanas y un almuerzo tardío para Allegra.

Hacía mucho que no se dejaba cuidar de esa forma, pero la verdad era que nunca había sentido tanto abatimiento y cansancio. Guiándose por su tía, ingresó. María del Pilar Moreno se caracterizaba por ser una mujer en extremo bondadosa. Desde la muerte de su madre era quien más pendiente estaba de ella y de las mellizas, jamás se olvidaba de los cumpleaños o fiestas, y se las ingeniaba para hacerles llegar pequeños presentes. Por su padre, sabía que su vida no había sido fácil. En medio de un confuso enlace, había tenido grandes dificultades para concebir. Antes del nacimiento de Elena había perdido a una niña de muy corta edad y su esposo no se jactaba de ser el más respetuoso. “Al parecer, sigue atrapada en ese matrimonio”, concluyó Allegra. Por su parte Elena, ahora de veinte años, distaba mucho de ser la niña mimada y consentida que todos creían. Por fortuna, se habían mantenido en contacto a través de extensas cartas y Allegra la sentía más cerca que nunca. Con su pelo rubio radiante, era el centro de atención en cada lugar que pisaba y dentro de esa jovencita habitaba un corazón inquieto e indomable.

Unas cuantas horas más tarde, sin saber dónde se encontraba, Allegra intentó abrir los ojos, pero estaba todo oscuro. Saltó de la cama con el corazón en la boca y tanteó el interruptor de luz porque desde esos días no soportaba encontrarse envuelta en penumbras. Se dio un tiempo para acostumbrarse, estudió la habitación. Todo era excesivamente rosa, paredes pasteles, cómoda y armario de pie decorados con pequeñas florecillas salpicadas del mismo tono y, por si fuera poco, cubrecama de seda rosa. “Dios mío, ¡qué intensidad!”, y automáticamente recordó a sus hermanas. Volvió a sentir esa opresión en el pecho y sostuvo en su puño a la Virgen Niña. “Madre mía, protégelas dondequiera que se encuentren.”

Tenía que ponerse en marcha, no había ido a Buenos Aires para reposar, cada día que pasaba era un día más en que las niñas estaban por su cuenta. Se sorprendió de la energía que la inundó, y tras vestirse con lo primero que encontró, bajó en busca de su tía. “¿Ahora adónde voy? Esta casa es tan grande y silenciosa…” Todo se veía impoluto e intocable, por primera vez en su vida el orden la perturbaba. Extrañaba el alboroto de su propio hogar.

—¡Allé! Por fin despertaste, dormiste como cinco horas seguidas y mi madre nos tenía prohibido emitir sonido —la sobresaltó Elena—. Veo que te mandaron a la habitación rosa, con solo pasar me encandila. Pero mi madre se niega a redecorarla —alzó los hombros—. Si quieres, puedes dormir conmigo.

Le bombeaba la cabeza. La euforia de su prima no contribuía en lo más mínimo, sin embargo, tenerla cerca le traía ese pedacito de paz que tanto anhelaba y no quería dormir sola, los fantasmas eran demasiado grandes.

—Por favor, pero solo con la condición de que me narres una de tus tantas historias que mencionas en las cartas, allá nos tenías embelesadas —bajó repentinamente la voz.

—Yo estoy contigo y lo sabes, nada ni nadie me detendrá. No olvides que no estás sola y, por más autosuficiente que seas, primita, no debes cargarlo todo —concluyó tomándola por la cintura—. Ahora bajemos, mi madre me mandó a buscarte y, si no aparecemos, nos quedaremos sin cenar.

Entró en una sala de estar inmensa pero acogedora, y su tía las recibió sentada en una butaca donde estaba leyendo.

—Tía, quería agradecerle… agradecerte por haberme recibido, ojalá fuera en mejores circunstancias.

Cómo le costaba hablar del tema, era todo muy reciente como para sanar, pero no podía ser descortés.

—Considera esta casa como tu hogar. No sabes el gusto que me da tenerte aquí; ahora, cuéntame, ¿qué es lo que sabes de las niñas?

Cuando se disponía a explicarle el último rastro que tenía, Luisa las interrumpió.

—Señora Laprida, disculpe la intromisión, pero el señor acaba de llegar y dice que está hambriento.

A María del Pilar le cambió el semblante, y, poniéndose nerviosa, les exigió:

—Vamos, queridas, al comedor ahora mismo.

—Ufff… —resopló Elena y puso los ojos en blanco—, ahora que se digna a venir, tenemos que salir corriendo como sus títeres.

—Te escuché, hija, no quiero problemas.

En el comedor se repetía el carácter inmaculado reparado escaleras arriba. Su tío ya estaba acomodado en la cabecera, engullendo su primer plato sin siquiera esperarlas. Tomaron asiento y un silencio incómodo inundó la estancia, solo podía escucharse el entrecruce de la fina vajilla.

—Pilar, mañana he organizado una cena aquí, necesito cerrar un negocio importante. Así que encárgate de todo —expresó Alejandro.

—Muy bien, ¿para cuántos comensales? ¿Vendrán con sus señoras?

—Pero ¡qué dices! Las mujeres son inútiles en lo referido a los negocios; seremos diez.

A Allegra se le escapó el tenedor de los dedos, el cual chocó escandalosamente con el plato. No podía creer lo que estaba escuchando, ya estaba dispuesta a replicarle cuando vio que Elena le ponía la mano en su regazo.

—No se olviden de que el sábado próximo se celebra el cumpleaños de Federico Leloir y, como es uno de nuestros principales clientes, las necesito con sus mejores galas —siguió expresando su tío—. Allegra, tú también deberías ir, ya que los próximos meses estarás viviendo bajo este techo, ¿tienes la ropa adecuada?

La furia de Allegra emanaba de cada parte de su cuerpo. Estaba acostumbrada a lidiar con situaciones similares en el hospital, no obstante, le era imposible controlarse.

—No se preocupe, tío —empezó Allegra—. Tengo mi vestuario en perfectas condiciones, sin embargo, aprecio su invitación. Si me encuentro en Buenos Aires, es pura y exclusivamente para buscar a mis hermanas, así que no causaré ninguna molestia.

Alejandro levantó los ojos del plato por primera vez y contempló a esa jovencita que se había atrevido a llevarle la contra.

—Ahí estaremos, papá —interrumpió Elena mirando fijamente a su prima.

Allegra perdió completamente el apetito. Se excusó, no podía seguir en el mismo lugar sin quedarse callada, pero tampoco quería poner en aprietos a su tía y su prima. Necesitaba calmarse, así que aprovechó y fue a cambiar sus cosas de habitación.

Media hora más tarde, Elena, abatida, ingresó al cuarto que compartirían.

—¿Cómo lo haces? Yo le hubiera partido la jarra en la cabeza —preguntó incrédula Allegra.

—Créeme que tengo deseos de lo mismo, pero si le contestamos de forma indebida es peor, y eso hace sufrir a mi madre. Así que opto por callar para evitar nuevos conflictos. Igualmente, nunca está en casa. Se la pasa en el club, así que eso nos da un respiro —y mirando el diminuto equipaje dijo—: vamos a tener que encargarte vestidos nuevos.

—No creerás que voy a asistir a todos esos eventos, ¿verdad? Elena, tengo que encontrar a mis hermanas. No puedo soportar la idea de que ellas estén ahí fuera mientras yo pierdo el tiempo en estúpidos bailes.

—Se llaman dîner dansant.

—Bueno, me da igual, bebiendo y haciendo sociales como si todo estuviera de maravilla.

—Pero ahí está el punto, Allé, es la mejor forma de obtener pistas de las mellizas. ¿Crees que visitando los hospitales, los hogares o del mismísimo Patronato vas a sacar información? Lo queramos o no, todo depende de la voluntad de aquellos que detentan el poder. Y para lograrlo hay que asistir a estos “estúpidos eventos”.

—Pero… —pensó qué replicar, porque había gran acierto en lo expresado por su prima— no quiero deberle favores a nadie. Soy perfectamente capaz de buscarlas por mis propios medios.

—Lo sé, pero llevo inmersa en estas reglas toda mi vida y si una no juega a su compás, no llega a ningún lado —dijo y desapareció en el vestidor.

Capítulo 4

Sentada en el descansillo del jardín, Allegra redactaba la carta que le enviaría a Sara. Con todos los altibajos de su llegada no había podido comunicarse y seguro que estaba loca de preocupación. Las conexiones eléctricas en San Juan quedaron fuera de servicio, por lo que habían acordado que el remitente fuese el hospital. Se sobresaltó con la presencia de su tía y tiró la lapicera.

—Pequeña, nos ha llegado una invitación del taller de madame Henriette para la presentación de la nueva colección. Me gustaría que nos acompañaras, solo serán unas horas y podrás probarte algunos modelos.

Había meditado toda la noche cómo iniciar su búsqueda y, por mucho que le pesara, Elena tenía razón. Tendría que tragarse el disgusto y convertirse en la mejor socialité.

—¿Crees que todo esto vale la pena? ¿Que voy a lograr algún avance?

—Por supuesto que sí, debes saber que los Leloir son una de las familias insignia de Buenos Aires, si hay alguien que mueve poderosos hilos, son ellos. Además, nadie se pierde su agasajo porque es el evento que da inicio a la temporada. Querida, ayer me ibas a referir qué información tienes.

En ese instante apareció Elena a paso ligero. Allegra se preguntó cómo se las ingeniaba para hacerlo con semejantes zapatos. Extrañaba sus botines de enfermera. Elena se sentó al lado de Allegra y abrió un cuaderno de notas de cuero marrón.

—Ahora sí, somos todo oídos. No me mires así, no se nos tiene que escapar detalle.

—La verdad, no tengo mucha información, ni tampoco sé de qué utilidad. Luego de lo acontecido, trabajé en el hospital por casi cuatro días seguidos sin dormir, no podía ausentarme para ver qué había sido de todos porque no dábamos abasto y los heridos llegaban a montones. En el primer descanso que tuve salí desesperada. Jamás voy a olvidarme de lo que vi… en fin. Iba a ser en vano dirigirme a casa porque todos habíamos salido, me acordé de que las niñas iban a estar con unos amigos de mi padre en su domicilio cerca del centro. Cuando llegué, si bien una de las paredes estaba destruida, la casa se mantenía en pie. Sin embargo, no había ningún tipo de actividad ni se veía a nadie. Volví corriendo a la plaza principal a buscar en las distintas carpas que se habían instalado, pero tampoco tuve suerte. En la Escuela Normal Sarmiento se habían ubicado los comandos militares y de ahí se impartían todas las órdenes importantes, por eso cuando me presenté era todo bastante caótico, igualmente supieron decirme que días antes habían salido varios convoyes con niños de diferentes edades para Mendoza. Pregunté por registros e informes, pero se amparaban en la confidencialidad. Para ese momento se había terminado el descanso y debía volver al hospital —prefirió omitirles el detalle de que, por el cansancio y producto de no haber ingerido nada, se había desmayado y despertado veinticuatro horas más tarde—. Como habían llegado médicos y enfermeras voluntarias de distintos puntos del país, pude organizar un viaje a Mendoza con uno de los camiones de abastecimiento. Una vez en el Hospital Central, me guiaron hasta el primer piso, que habían acondicionado para recibir a todos los niños que no revestían urgencia médica o simplemente como refugio. Me había imaginado la sala a rebosar, pero solo unas cuantas camas estaban ocupadas, aunque ninguna de ellas por Aurora y Alanna. Una enfermera de planta, con mucha gentileza, me comentó que todos los días salían trenes hacia Buenos Aires y que había escuchado de su jefe que algunos iban dirigidos a Mar del Plata o Necochea. Otra vez, no tenían ningún tipo de registro o censo. “Esos se los llevan quienes los trasladan, señorita, aquí no quedó nada.” Le describí a mis niñas y no supo decirme por qué cambiaban de turno todos los días.

Las lágrimas caían solitarias mientras jugueteaba con su medallita. Se las secó rápidamente y recobró la compostura.

—Toma —Elena le extendió una botella minúscula con brandy en su interior—, bébelo de una sola vez.

—Elena, por el amor de Dios, de dónde sacas esas cosas. No es propio de una jovencita. —“Esta muchacha algún día me sacará canas verdes o me ‘salvará’”, dijo para sus adentros Pilar—. Todo va a estar bien pequeña, ten por seguro que la Virgen las protege.

El alcohol le quemó el interior, pero sirvió para reanimarla y centrarse nuevamente en su objetivo.


Cuando llegó al taller, no esperaba semejante despliegue. Había imaginado unos cuantos vestidos exhibidos y pocos asistentes, pero lo que veía la dejó atónita. El barullo de charla superpuesta la aturdía, hombres de traje servían champagne y unas confituras. Sus ojos volaron a la bandeja y se posaron en unos cuadraditos bañados en coco, no pudo negarse y, atenta a que nadie la observara, sacó dos. Siempre había tenido debilidad por las dulzuras; todas las noches, Eulogia le dejaba su frasquito de jalea de membrillo.

Pilar y Elena la condujeron a unos asientos que formaban un extenso camino alrededor de todo el taller. Estaba confundida.

—¿Para qué nos ponen mirándonos enfrentados a otra hilera de asientos? —preguntó Allegra con su característica racionalidad.

—Ya verás. De esta forma podemos apreciar mejor las prendas sin tener que amontonarnos como vacas. Ya sé, mamá, no debemos comparar a las personas con animales.

Allegra largó una carcajada, la ocurrencia y la frescura de su prima eran caricias para su alma. En ese momento un montón de jovencitas ataviadas en sus mejores galas empezaron a caminar frente a ellas y Allegra entró en una especie de trance. Los detalles de las prendas, los movimientos y las luces propias de las telas la tenían embelesada. Necesitaba tocar esos géneros. Una voz las presentaba acorde a la ocasión. Se sucedían atuendos de día, ideales para el campo, y otros que destellarían en eventos nocturnos. Un vaporoso vestido blanco recubierto de encaje cerraba las filas. Unos aplausos sutiles la sacaron de su ensueño y en su mente quedó grabado un vestido nocturno de muselina mostaza.

—¿Nos dejan probarnos los mismos vestidos que acabamos de ver?

—Esos y muchos más. Hay uno en especial que quiero regalarte.

—No hace falta, tía, puedo permitírmelo.

Cuando salió de San Juan, había llevado consigo los ahorros de un año fruto de su trabajo, además de una buena suma que su padre guardaba en la caja fuerte.

—No tengo dudas, pequeña, pero concédeme ese capricho. Vamos, Elena, el azul marfil te irá estupendo para el sábado.

—¿En un cuarto de hora estaremos desocupadas? Quiero asistir a mi clase. Si quieres, puedes acompañarme, Allé, es en la Biblioteca Nacional.

—¿Ahí hay una hemeroteca?

El corazón de Allegra dio un brinco, necesitaba estudiar todos los artículos que habían publicado para la época del terremoto, seguro habría información valiosa.

—Mmm… Sí, creo que está ubicada en el último piso.

—Perfecto, entonces voy contigo. ¿No quieres venir, tía?

—Vayan ustedes tranquilas, debo volver para ultimar detalles de la cena de Alejandro.

Capítulo 5

Bernardo tenía que apresurarse, había quedado con Jacinto para un almuerzo ligero en el club. Su amigo había sido consultado por el gobierno nacional para una posible reestructuración de San Juan. Últimamente el tiempo parecía no alcanzarle y sus allegados no perdían oportunidad para presentar sus quejas. Sin embargo, si él mismo no se ocupaba de ciertos asuntos, no lo haría nadie más. El día anterior se había reunido con el editor de la revista Infancia y Juventud para entregarle el artículo acerca de la infancia huérfana y la necesidad primordial de una ley de adopción.

Esta revista había sido creada en 1936 para dar a conocer a la población argentina las actividades y las funciones llevadas a cabo en el Patronato. Pero no fue hasta la década del 40 que adquirió popularidad y se había posicionado, junto con la revista El Hogar, como lectura obligada.

Sabía que iba a causar revuelo, no tenía dudas. Pero era la única forma de llamar la atención a los miembros del Congreso, y por ende, a su propio padre. El estudio jurídico de Cristóbal no solo manejaba los asuntos de los más grandes estancieros del Gran Buenos Aires, sino que asesoraba directamente en los proyectos parlamentarios. Su hermano mayor, Francisco, era la mano derecha de su padre y no concebían que Bernardo se hubiese alejado del legado familiar y desperdiciase su tiempo en misiones absurdas. Lo consideraban producto de un capricho juvenil. “Capricho” que ya llevaba cinco años y cada vez estaba más fortalecido.

“Good Lord”… Hablando de ellos, se acordó de que debía ponerlos sobre aviso. Ya conocían sus ideas reformistas, pero su padre le recalcaba constantemente que prefería enterarse primero de su propia boca. Un día de estos iba a dejar la cabeza en algún lado. Ya con el sobretodo en la mano y buscando su billetera, llamó a su secretaria:

—Cristina, ¿puedes comunicarte con el Palacio Álvarez —como era conocido el hogar de su infancia— y avisarles que esta noche me esperen a cenar? Gracias. Estaré toda la tarde fuera, puedes irte cuando termines.

Sin darle tiempo a contestar, bajó rápidamente las escaleras. Por suerte el club se encontraba a pocas cuadras y las haría caminando. El tráfico era un infierno y le vendría bien tomar un poco de aire. Cuando llegó, Jacinto lo estaba esperando en la mesa habitual junto a la ventana. Los atendió un joven mozo que había estado bajo la órbita del Patronato y Bernardo, utilizando sus influencias, le consiguió el puesto. Tenía un gran cariño por todos.

—Buen día, patrón, ya se lo extrañaba por aquí, hoy hicieron los tortelletis que a usté le gustan.

—Sergio, qué alegría verte, espero que anden bien tus asuntos —palmeó con cariño la espalda—. Pues traeme un plato recargado que estoy famélico —miró a su amigo a la espera de su pedido.

—Ya ordené, gracias. ¿Qué tal las cosas por el Patronato?

—Ahí andan, cada vez estamos más colapsados, no tenemos las respuestas adecuadas. Con todo lo de San Juan se nos desbordaron las instituciones, y como no hay una figura legal que nos respalde, se cometen cualquier tipo de irregularidades. Pero, bueno, ya estoy verborrágico de nuevo, contame del proyecto.

Jacinto López Iriarte era una persona imprescindible en su vida. Habían concurrido al colegio juntos hasta su partida a Norteamérica. Posteriormente, él decidió seguir la carrera de Ingeniería. Ni siquiera eso los mantuvo apartados. Con su carácter sosegado pero de gran liderazgo, poseía una de las constructoras más importantes del país.

—¿Viste que, luego de lo sucedido, el coronel Perón convocó a una gran colecta nacional en el Luna Park para el 22 de enero?

—Sí, cómo olvidarlo, dicen que ahí se deslumbró con la actriz Eva Duarte.

—Sí, fueron muchos los artistas que se presentaron y se deslumbraron —rio—. Pero lo importante es que ahí se recaudó una suma de treinta y ocho millones de pesos, y quieren destinar parte de ello a la reconstrucción de la ciudad. Desde la órbita presidencial, me exigieron que presente un proyecto dentro de dos meses y que el mismísimo Farrell iba a supervisarlo —enmudeció repentinamente mientras se arremangaba la camisa.

Bernardo estaba acostumbrado a los silencios reveladores de su amigo. Como si en fracciones de segundos su mente encajonase cada pieza de su rompecabezas disperso.

Jacinto chasqueó los dedos.

—Ahora sí, para eso te necesito a ti, Bernardo. Me urge saber cómo eran las estructuras, de qué material estaban hechas las viviendas, ancho de calzada, ¿te acuerdas de algo? Hasta que pueda viajar.

Como si Jacinto hubiera presionado un interruptor, el recuerdo difuminado de aquella joven enfermera inundó su mente y lo distrajo por completo. Sergio, con los platos humeantes de comida, los interrumpió.

—Of course —volvió en sí.

Esa jovencita lo había hechizado y había hecho que su mundo parase por unos instantes. Su figura entre mujer y niña parecía salida de un cuento de fantasías. No recordaba haber conocido nada igual.

—Te enviaré todo redactado entre esta semana y la otra. Pero recordale a Cristina, es mi agenda viviente.

—Ni que lo digas. Sé que hay algo rondando en tu cabeza, ¿temes por tus amistades americanas?

La verdad, no había pensado en ellas desde hace un tiempo, y eso le recordó que debía escribirles. Necesitaba concentrarse.

—Las últimas novedades son que se encontraban a cargo de la brigada de investigaciones, no los iban a mandar al frente, pero tú sabes, en la guerra todo puede cambiar. Sinceramente, me preocupa más la reacción de mi padre sobre un artículo que, creo, va a hacer rodar algunas cabezas.

—¿Sobre lo que viviste en San Juan? —desde su retorno, lo notaba taciturno y más despistado de lo normal—. Pero no lo haces a propósito, en esta vida no venimos a cumplir con las expectativas de nadie más que de nosotros mismos. Cada uno debe recorrer su camino y cometer sus equivocaciones. Siempre que nuestro accionar sea con buena fe, las reacciones de los demás no nos pertenecen. Como seguramente hoy lo verás, recuerda eso —Jacinto se levantó y le palmeó el hombro con cariño.

Como otras tantas veces, su amigo lo dejó meditabundo. En la aristocracia argentina este tipo de pensamientos era más bien censurado. Por este tipo de cuestiones, entre otras, Jacinto era admirado por un gran grupo de féminas y repudiado por el bando contrario.


Bajó de su Ford Super Deluxe azabache. Pese a que todos en su familia contaban con chofer exclusivo, él prefería manejar. Eso lo tranquilizaba. Antes de la cena había pasado por el Patronato y había retirado el ejemplar de la revista que circularía al día siguiente.

Volver al hogar siempre le traía grandes recuerdos y sonrisas. Escondidas y juegos de la mancha con sus hermanos, corriendo de par a par. Una explosión de cristales lo obligó a ingresar corriendo.

—Good heav… Victoria, pero ¿qué pasó? —vio a una de sus hermanas con un jarrón hecho añicos en sus pies—. No te muevas.

En ese instante apareció el resto de la familia. Clara, la segunda de sus hermanas, a las corridas con Adolfito, el último del clan. La seguía doña Trinidad Costa Ocampo, que pese a los años y la crianza de cinco hijos, conservaba su figura jovial. A paso lento y pausado, se asomaron Francisco, el primogénito, con su mujer embarazada de apenas unos pocos meses. Cerraba las filas su padre. Enarcó una ceja, mientras observaba divertido la escena. Sí que su familia sabía destacarse.

—Virgen bendita —elevó los ojos su madre—. Jovencita, más vale que tengas una buena explicación.

—Venía absorta en una de las mejores escenas del libro Orgullo y prejuicio y no vi la mesita. Perdón, madre.

—Bah, “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Pero ¿qué tengo enfrente? Al hijo pródigo. Ya era hora de que se acordase de que tiene una madre.

—Por eso te he traído esto —Bernardo sacó un ramo de jazmines resplandecientes y se lo entregó seguido de un abrazo.

—Ni pienses que vas a comprarme con esto —respondió Trinidad con su rostro enterrado por completo en las flores—. ¿Cuándo será el día en que sentarás cabeza? —dejó la frase en el aire y se perdió en los interiores.

Mientras el servicio se encargaba de levantar el estropicio provocado por su hermana, Bernardo se dedicó a saludar al resto de su bulliciosa familia. Buscó a su padre pero este ya había desaparecido. Se dio cuenta de cuánto los había necesitado cuando su cuerpo sintió una recarga automática de energía. “Tengo que venir más seguido”, reflexionó.

La voz del ama de llaves anunció que la cena estaba lista. Abrazado a Clara encabezó la marcha. Cristóbal, con un traje impecable, ya estaba sentado en la cabecera. Con su bigote característico, estaba degustando un finísimo malbec. Su madre tomó lugar a su derecha y expresó:

—Solo porque estamos en la intimidad de la familia podrás cenar con nosotros, Adolfito.

Hizo referencia a su hermano menor, de doce años de edad. El muchacho, rebosante de alegría, tomó asiento junto a Bernardo y no paraba de comentarle sobre fútbol.

—Sabes que en esta temporada hay muchas señoritas de buena familia, ¿no, Bernardo? Ya es tiempo de conocer a mi nuera. Ahora que Francisco y Valentina van a darme un nieto, bien podrías ponerte en campaña, así tendríamos la parejita. ¿Te llegó la invitación de los Leloir?

—Ya, mujer, lo agobias con tanta pregunta. Cenemos en paz. Después tendrás tiempo de sobra —sentenció su padre.

El resto de la cena transcurrió de forma muy amena. Risas espontáneas y anécdotas imborrables. Para orgullo de sus padres, el Palacio había sido elegido para ser la sede del baile de debutantes de ese año y Clara iba a hacer su gran presentación en sociedad. Incluso la revista El Hogar había dedicado una página entera para exponer las ventajas de la propiedad. Eso solo significaba que su madre iba a estar atareada durante los próximos tres meses. Thanks, God!

Una vez finalizada la comida, como de costumbre, las mujeres se retiraron al salón y su padre llamó personalmente a Francisco y a él a su despacho. Le sudaban las manos como un adolescente, temía la reacción de Cristóbal. Nunca coincidían en sus pensamientos, pero era su padre y siempre le tuvo profundo cariño y aprecio.

—Anda, Francisco, y ponme un medida de whisky. No más de un dedo porque si no tu madre me trastorna.

Se lo veía decaído, con un aire cansado; las canas poblaban su cabeza. Deseó poder ahorrarle la discusión, pero recordó las palabras de Jacinto. Era para beneficio de millones de niños vulnerables. Era ahora o nunca, de lo contrario se pondrían a debatir sobre la gran guerra, y lo que pasaba en Argentina era más urgente.

—Papá, ¿mañana hay sesión? —esperó aun sabiendo la respuesta—. Seguramente te llegará a tu despacho esto —y le puso el artículo sobre el escritorio. Muchas veces usaba seudónimos, pero esta vez necesitaba del poder de su nombre para causar el efecto deseado—: En San Juan viví cosas como nunca lo hice en mi vida y no soporto que se queden de brazos cruzados. Entiendo los contratiempos que pueda generar, pero…

—Ya sabía yo que no era una visita al azar. Ahora déjame juzgarlo por mí mismo.

Bernardo se sirvió también un vaso. Presentía que lo iba a necesitar para lo que se venía. Haciendo eco de lo que decía su madre, si ya estaba en el baile, pues había que bailar.

—Francisco, concierta una reunión urgente con el senador Hidratti por la mañana —soltó con una seriedad preocupante—, ve y manda un telegrama ahora mismo.

Una vez que su hermano mayor dejó el despacho, su padre se quitó los lentes y lo miró fijo durante unos segundos.

—Ya sé, padre, lo que piensas, pero es el tercer proyecto de adopción que se presenta y no hacen más que encajonarlos, los menores no esperan, y…

—No sé a quién saliste tan locuaz —pausó y exhaló—. Sé que no digo esto con frecuencia pero estoy orgulloso de ti, hijo. No cualquiera tiene tus agallas. Sí, no te voy a negar que se armará una buena y eso no sé dónde nos dejará parados. Pero vale la pena enfrentarlo. Ahora ve, que tu madre es capaz de derribar esta puerta con tal de verte.

—Ejemmm, sí, gracias, papá —carraspeó porque en su garganta se había formado un nudo y temía largarse a llorar como un chiquillo.

Capítulo 6

El edificio de la Biblioteca Nacional impactó a Allegra. Situada en la calle México, parecía una fortaleza. Le dio la impresión de que era un lugar oscuro. Cuando ingresó, sus sospechas se confirmaron. No había ni un destello de luz natural. Techos bajos y pasillos que la ahogaban. Elena se movía como pez en el agua y la llevaba por distintas habitaciones, una más pequeña que la otra.

—Bueno, yo me quedo aquí, voy a estar aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Si te divierten las comunidades originarias del Noroeste argentino, puedes asistir. De lo contrario, para ir a la hemeroteca sigues las indicaciones de ese cartel.

Tras darle un pequeño abrazo, la dejó sola en ese pasillo fúnebre. Un escalofrío la recorrió. Si bien estaba poblado de numerosas arañas de cristal, la oscuridad se podía palpar. Necesitaba salir de ahí. Se apresuró, si no le iba a ser imposible registrar todos los periódicos.

Cuando ingresó, la sala se presentó mucho más amplia. Detrás de un gran mostrador se encontraba un hombre de unos cuarenta años con unos lentes desproporcionados para su rostro.

—¿En qué la puedo ayudar, señorita?

—Buenas tardes. ¿Sería tan amable de facilitarme los ejemplares del terremoto de San Juan del pasado 15 de enero?

—Ufff, casi todos. Déjeme ver qué puedo hacer. Puede tomar asiento si lo desea, yo se los alcanzo. Vaya tragedia, ¿no?

—Ajá —y sacó la libreta de cuero marrón que le había pedido prestada a Elena.

El encargado fue sacando pilas y pilas de periódicos. Todos contenían un encabezado similar: “San Juan devastada”, otros cambiaban el adjetivo por “destruida”. Lo que reflejaban los medios no era ni la mínima parte de lo que realmente había sido. Siguió viendo imagen tras imagen pero sin ninguna información útil. Con cada una de ellas su corazón se encogía. “Vamos, Allegra, no es tiempo de sentimentalismos. Te nublan el juicio y te impiden avanzar.” Inspiró.

Uno de ellos le llamó la atención porque contenía una lista larga de nombres sin ningún archivo visual. Su autocontrol la abandonó y se tapó la boca al comprender qué significaba. Necesitó más tiempo del esperado para calmarse. Le enseñaron a ser una mujer fuerte, no podía echarse atrás ahora. Tenía que ver si estaban sus nombres. Los habían colocado en orden alfabético. Llegó a la “O” y sus piernas flaquearon. Soltó de golpe el aire que estaba conteniendo.

No estaban los nombres de sus hermanas. En el fondo de su corazón sabía que estaban vivas. Necesitó un tiempo para recobrar la compostura. Mientras estaba en la tarea, el señor le alcanzó un vaso de agua en silencio. “Menos mal que no desea conversación, me hubiese quebrado en un abrir y cerrar de ojos.” Allegra le agradeció el gesto con la mirada. Continuó su tarea por un cuarto de hora. Enfrascada como estaba, no vio aproximarse de nuevo al encargado y dio un brinco en la silla.

—Disculpe, señorita, no era mi intención incordiarla. Este artículo acaba de ingresar y me pareció que podría interesarle.

Y le dejó una revista abierta de par en par en una nota que se titulaba:

Adopción o colocación: estigma de la niñez argentina

“La prueba de la moralidad de una sociedad es lo que hace por sus menores.”

DIETRICH BONHOEFFER

¿Hace falta algo más para despertar? Dos conferencias nacionales sobre la infancia abandonada y delincuente; tres proyectos legislativos sobre adopción y un terremoto. ¿Seguirán pagando los niños la inoperancia de los adultos?

El mundo evoluciona y nosotros con él. Se habla de derechos pero se olvidan las obligaciones. Se estudian términos sin tener en cuenta que la materialización de los mismos rompe la inocencia y la humanidad.

La incorporación de una ley de adopción en el sistema argentino reviste de imperiosa necesidad. Necesidad que se ve obstruida con pensamientos incoherentes y prehistóricos de aquellos pocos que manejan la posteridad.

Algunos afirmarán que la beneficencia apodera dicha tarea. Y no existe tan noble actividad como la caridad y buena voluntad de aquellas que prestan ad honorem su vocación. ¿Mas con eso basta?

Para quienes lo ignoran, en nuestro país existe la afamada práctica de “colocación” de menores. En mi profesión, técnicamente hablando, significa que los niños son objetos de contratos. Equiparables a una propiedad o a una “cosa”. Sin mencionar que se los despoja del más elemental atributo, identificándose con placas numéricas como si de ganado se tratase. Entonces, ¿para qué se nos otorga un nombre si la identidad es una nimiedad? Estoy seguro de que el servicio doméstico va a enriquecerse aún más.

Comprendo, nuestra ley es clara, ¿cómo dilucidar, pues, entre legitimidad e ilegitimidad? Ser hijo, con uno u otro calificativo, no varía el estado que se le atribuye.

Al ciudadano argentino le gusta deleitarse con tintes del viejo continente. La elegancia y el porte europeos definen la escena. Allí sí existe la figura legal de adopción y va a ser de gran utilidad una vez finalizado el conflicto bélico.

Tuvo que acontecer una tragedia para detenernos a considerar el tema. Hoy fue San Juan, fueron vagones repletos de orfandad. Centenar de niños distribuidos con deficiencias registrales. Ellos tienen una historia. Tienen afectos. Tienen identidad.

¿Usted quiere ser responsable de las consecuencias?

Dr. B. A. Costa

Patronato Nacional de Menores

Tanta claridad y certeza la dejaron asombrada. Susurró la última oración. Ella estaba ahí en busca de esos afectos que el terremoto le había quitado. Se sintió comprendida y abrazada. ¿Será otro sobreviviente del sismo? Una suave llama de esperanza se apoderó de ella.

Elena apareció en la sala buscándola.

—Allé, es hora de partir… —frenó en seco ante la expresión de su prima—. Esa sonrisa con el corazón te ilumina por completo. Ahora yo me voy a poner sentimental —se abanicó los ojos—. Ven, debemos irnos, mi padre piensa que tomamos clases de couture.

—Pues deberían saber que las mujeres servimos para mucho más que hilvanar —Allegra aprovechó y la tomó de las manos—. Gracias por tu bondad.

Corrieron a la salida con los sombreros al compás y agitadas subieron al automóvil para emprender la vuelta.

Capítulo 7

Ese sábado había amanecido con un sol resplandeciente. Pese a encontrarse en los albores del invierno, el clima se presentaba agradable. Allegra había planeado visitar el Gran Hospital Buenos Aires, ubicado junto a la recién estrenada Facultad de Medicina. Recordaba la imagen que había visto tiempo atrás en el Diario de Cuyo con su padre y cómo había fantaseado con asistir. Pero ya no era la misma de entonces. Esperaba encontrar alguna otra pista.

Cuando se disponía a salir, su tío la increpó.

—¿Adónde crees que te diriges, jovencita?

—A la Facultad de Medicina —contestó Allegra con la cabeza en alto y la mirada fija, no le tenía miedo.

—Supongo que en el pueblo no te enseñaron modales. En primer lugar, acá no se sale sola y cuando le venga en gana. Segundo, me da risa de solo imaginarme a una mujer en el ámbito de salubridad.

—Con todo respeto, le recuerdo que me desempeño como enfermera, por lo que ya estoy en ese lugar y… —estrujó los guantes en un puño.

—Allegra, aquí estás, nos está aguardando la peluquera. El evento de hoy es de los más importantes y no escatiman en detalles —Pilar la tomó del codo para conducirla a las habitaciones superiores. En el camino escuchó a su tío murmurar.

—A esta le falta un marido que la ponga en su lugar.

La furia le tiñó las mejillas de un rojo ardiente, no estaba de humor para ir a ningún baile, siempre lograba evitarlos. Pero necesitaba conocer las altas esferas de la capital.

—Trata de anoticiarme a mí primero de tus planes, Allegra. Ya no estás en San Juan, pequeña.

—Sí, tía, ruego que me disculpes —avergonzada, agachó la mirada. Lo último que deseaba era poner en aprietos a las únicas personas que estaban dispuesta a ayudarla. “La próxima, cierra el pico y actúa con inteligencia”, se dijo.

—Ven, vamos, ahora déjame prepararte. Elena nos está aguardando.

Transcurrieron todo el almuerzo y parte de la tarde en un salón al estilo Versailles embelleciéndose. Su prima le había asegurado que esa noche lograrían grandes avances, así que Allegra se relajó. No había resultado tan tedioso como lo había imaginado. Hubo charlas profundas, risas sanadoras y hasta se acordó de su madre.

Miss Gretcher las había peinado una por una. Según Elena, esta jovencita proveniente de las Américas dominaba a la perfección el arte del estilismo. Hacía apenas dos años que había pisado Buenos Aires y ya era disputada en las altas esferas porteñas.

Elogió el cabello de Allegra, con su color cobrizo tenía un brillo digno de admirar. La verdad es que ella no era muy adepta a los rigurosos cuidados. La mayor parte del tiempo lo tenía recogido bajo la cofia de enfermera. Incluso en San Juan los eventos no requerían tan puntillosa preparación.

Mientras se armaba de valor, Allegra dio vuelta y se topó en el espejo con una mujer irreconocible. Estaba preciosa, el vestido mostaza adquirido en el atelier de Henriette se ajustaba impecable a su figura. En forma de corazón, el escote ceñía su cintura emulando un corsé. Sus hombros al descubierto desprendían la idea de una mujer osada. Lástima que no tenía permitido mostrar la piel en exceso, por lo que un chal de cashmere completaba el atuendo. Asombrada como estaba, Allegra volteó sutilmente y la falda de muselina flotó a su alrededor.

—Allé, ¡estás magnífica! Te agradezco de antemano por alivianarme la carga hoy —Allegra contempló a su prima sin comprender—. Causarás sensación, lo presiento. De esa forma podré librarme de varias invitaciones. Y eso ya es motivo para brindar.

Elena le alcanzó una copa de champagne y las dos quedaron frente a sus reflejos.

—Lo dudo, Elena, tu reputación te precede. Además, jamás podré superarte —respondió Allegra con una mirada pícara.

La heredera de los Pacheco Laprida estaba deslumbrante, tenía el porte de una reina. Sin lugar a dudas, el azul era su color. Hacía contraste con unos rizos dorados armados a la perfección y que caían en cascada.

María del Pilar las observaba desde el rellano de la puerta, cargaba un estuche de terciopelo verde.

—Con juicio, Elena, no se te vayan a querer subir esas burbujas a la cabeza. Ambas están soberbias. Allegra, me gustaría mostrarte algo —abrió el estuche y exhibió un collar compuesto por una única pieza de zafiro blanco con un par de pendientes a juego—. Es el detalle que faltaba.

—Tía, no puedo aceptarlo, es demasiado… —sus manos temblaron.

—Eran de tu madre, ¿sabías? Ella lo llevó el día de su presentación en sociedad. Cuando yo contraje matrimonio, ella me lo entregó. Sé que le gustaría que los lucieras —carraspeó—. ¿No hay una copa para mí?

Elena se la alcanzó y cada una de ellas quedó sumida en sus pensamientos frente al gran espejo.

¿En qué momento había confirmado su asistencia a la fiesta? Bernardo se arrepintió. Había tenido una semana atroz y lo único que quería era descansar. Él se consideraba lo opuesto a las costumbres de la oligarquía argentina, donde el ocio era significado de elegancia y vida holgada. Ya quisiera tener un respiro.

Tal como lo había predicho, su publicación causó enorme revuelo y temía ser la comidilla de esta noche. Iba por el solo hecho de que su madre no lo atormentase después. Además, el hijo mayor del agasajado siempre había sido un buen amigo. Haría acto de presencia y antes de la medianoche ya estaría de regreso.

Agradeció mentalmente que Jacinto se ofreciera a buscarlo, el martilleo en la sien iba en aumento. Enfundado en sus mejores galas, salió al sonido del claxon. Su amigo tenía afición por los automóviles. Era dueño de por lo menos seis de ellos, de todos los colores y modelos. Esta vez había elegido un Cadillac gris plata, traído exclusivamente de Nueva York antes del inicio de la guerra.

Una gran cantidad de autos esperaba su turno para descender en el Palacio Leloir, ubicado en la calle Libertad. Ingresaban por el patio de honor, rebosante de vegetación y la más exquisita decoración. La residencia estaba compuesta por dos plantas construidas al estilo francés. Habían dispuesto todo el salón de la planta baja para el evento. El mármol se encontraba perfectamente pulido, así como encerado el roble de sus pisos. Se respiraba elegancia por doquier.

Bajo la escalera en forma de caracol, el matrimonio compuesto por Federico Leloir y Azucena Unzué daba la bienvenida a sus invitados.

—¡Qué gusto verlos a los dos! Echo de menos sentirlos jugar en los jardines —los recibió la anfitriona con una cálida sonrisa.

—Señora, se encuentra radiante como siempre. Muchas gracias por la invitación. Don Federico, felicidades, espero que sea de su agrado nuestro regalo —respondió Bernardo, y Jacinto apoyó la moción.

—Han dado justo en la tecla. Esta mañana llegó el vino. ¿Así que traído exclusivamente de Mendoza? ¿Tiene que ver con tu travesía, esa que mencionas en la revista? ¡Vaya opinión!

—Querido, hay invitados esperando, seguro que están deseosos de verse con sus amigos. Por cierto, Bernardo, tu madre ha llegado unos minutos antes, deberías saludarla.

No le hizo falta estirarse, ya era lo suficientemente alto para distinguir a los presentes. Quería encontrar a su familia para después escabullirse tranquilo.

—No te preocupes, yo también tengo otros planes. Pasado el brindis te espero en la antesala. Muero de hambre, voy a las mesas. Ah, y saluda a tus padres de mi parte —Jacinto se marchó y lo dejó en medio del gentío.

Necesitaba encontrarlos antes que un malón de madres casamenteras lo agarrasen desprevenido. Lo habían educado en amabilidad y sabía que si alguna lo emboscaba no podría salvarse. A dos metros divisó la figura de su padre. Con las manos cruzadas en la espalda hacía de perfecto consorte de su madre que exponía con ahínco. Al llegar notó las ojeras que lo rodeaban y una punzada de culpa lo atravesó. El parlamento estaba alborotado y sabía cuál era la causal. Más bien, quién.

—Buenas noches, señoras. Permítame decirles que están guapísimas. —Se escuchó un suspiro colectivo. Nadie se podía resistir a su sonrisa—. Mamá, ¿le importaría reservarse el primer baile para mí?

—Ya me estaba preguntando yo dónde estabas. Por un momento temí que no aparecieras; yo misma te iba a buscar. Está bien. Pero, señoras, no se lo crean, porque “el hábito no hace al monje”.

En el fondo, Bernardo sabía que a su madre le encantaba presumir de su familia. Y era mejor mantenerla complacida.

—Bernardo, allí está la señorita Josefina de Pratz. No te saca el ojo de encima. Estuvisteis juntos el verano pasado. Una jovencita adorable, y ya sabes cómo dicen, “a rey muerto, rey puesto”. ¡Anda, ve!

Saludó a su madre con un beso casto en la sien, a las demás señoras con una leve inclinación y tomó la dirección opuesta. Iba a servirse un trago, de lo contrario no iba a soportar la noche.

Allegra intentaba recordar el motivo de no ser asidua a los eventos sociales. La avergonzaba ser observada. Jamás había disfrutado ser el centro de atención y ahora sentía todos los ojos puestos en ella. No debería estar ahí, su corazón y su mente luchaban por salir corriendo y cumplir con lo que vino a hacer.

Se obligó a respirar lento, pausado, hasta que su ritmo cardíaco fue descendiendo. Recordaba a la perfección sus prácticas como enfermera, sin embargo a veces era difícil aplicarlas a su persona.

—La que ves allá, esa mujer rechoncha con cara de pocos amigos, es Isabel Agüero de Pratz. Ella ejerce la presidencia de las Damas de la Sociedad de Beneficencia —comentó Elena—. Le gusta que la traten de “doña” —ironizó.

—Por favor, Elena, sabes bien que pertenece al círculo de mis amistades. Además, fuiste compañera del liceo con su hija. Josefina, si mal no recuerdo —Pilar replicó.

—Te lo advierto, ambas mujeres son insufribles —le susurró su prima al oído.

—¿Qué es la Sociedad de Beneficencia? —preguntó Allegra. Tenía que ponerse manos a la obra. De este evento iba a salir con otra pista a como diera lugar.

En ese momento se les unió un grupo formado por tres jovencitas. Elena las presentó, aunque a Allegra le fue imposible retener sus nombres. A lo largo de la noche un sinfín de asistentes la había saludado.

—Es una organización creada por Rivadavia, allá por 1823, que en sus primeros momentos se encargaba de administrar todos los establecimientos públicos dedicados a la caridad. Con el tiempo, se fue sectorizando y ocupando de la niñez pobre, desviada y abandonada del país. Únicamente dirigida por damas. Pero no cualquiera, no, señor, solo aquellas que pertenezcan a la alta sociedad. Hoy sus políticas se basan en el sistema familiar de casas hogares. Allí separan a los menores en grupos pequeños según su edad, sexo, personalidad, y los colocan al cuidado de matrimonios respetables. A veces a las niñas las colocan como parte del servicio doméstico de familias de buen nombre. La enseñanza que se imparte, y eso puedo decirlo porque una vez al mes me dirijo como voluntaria para dar clases, es integral y de excelencia —contestó Elena.

¿De dónde sacaba tanta información su prima? Muchos subestimaban su ingenio. Allegra empezaba a descubrir que parte de la estrategia de Elena era mostrarse insípida a cambio de su libertad.

—Exacto, y eso a nosotras nos inculcan desde que somos unas niñas. Una vez que nos presentamos en sociedad, nos toca organizar diferentes galas para recaudar fondos para su subsistencia. La mayoría de las matronas aquí presentes pertenece a la comisión directiva. Pero la que lleva la voz cantante es doña Isabel. En la reunión de febrero, cuando tomaron el té en casa, pude escuchar, a través de la puerta, claro, que organizó a varios de los niños que vinieron de San Juan —añadió una de las jovencitas.

—Pero qué casualidad, Amalita, pues aquí Allegra…

—Me interesa mucho el tema, ya que me desempeño como enfermera y mi debilidad es la infancia —la interrumpió Allegra alzando la voz. La verdad es que no quería compartirles sus malestares y desconfiaba de tanta pomposidad—. ¿Cuándo es la próxima recaudación?

Y una idea empezó a gestarse en su mente. Podría organizar por completo la gala siguiente y de esa forma tendría pleno acceso a información certera. Incluso podría derivar parte de lo recaudado al Hospital Rawson y a sus compañeras que habían quedado sin nada.

—Con Elena estábamos comentando que nos encantaría hacer una gala destinada a la asistencia en general de la provincia de San Juan. Tenemos muchas ideas y plena disponibilidad, ¿contamos con su disposición, señoritas?

—Por supuesto, en todo lo que Elena esté involucrada, nosotras también.

—No sabes en lo que te metiste —le susurró su prima y en la misma posición le respondió—: Confía en mí.

Elena la miraba atónita con una ceja enarcada, primero por arrastrarla a algo que presentía que su prima no tenía idea de a qué se atenía. Y en segundo lugar, ya se veía tomando las riendas del asunto. Sin embargo, presentía una buena idea tras esto y haría todo lo que estuviera a su alcance para ayudar a Allegra. Era la hermana que nunca había tenido. Era a quien confiaba sus más íntimos secretos y deseos. ¡Qué demonios! Iba a ser interesante embarcarse en esta aventura. Ya quería verla con todos los preparativos encima. Las esperan unos meses de lo más interesantes.

—Pues, manos a la obra, voy en busca de mi madre y doña Isabel.

Bernardo se había parado en un rincón del salón, a escasos metros de la barra. Con el vaso de whisky en la mano se dedicó a observar lo que había a su alrededor. Ese lugar le permitía controlar quiénes eran los asistentes y a quiénes, con buen tino, debía evitar. Ya había tenido dos conversaciones no muy agradables con miembros del Congreso y no estaba de humor para repetirlas. Miró su reloj. ¡Dios! Todavía faltaban dos horas para medianoche. Al levantar la vista, sus ojos se posaron en una jovencita situada a unos cuantos metros de distancia. Estaba con un atuendo que resaltaba por sobre las demás. No aparentaba más edad que su hermana pequeña. Debía ser debutante, de lo contrario ya la hubiera conocido. La pareció raro que nadie la acompañara. El bullicio parecía lejano a su alrededor, mientras miraba absorta a través de una ventana. Tenía la espalda al descubierto y aquello que pretendía cubrirla rozaba el piso. Ella, ni percatada, cruzó los brazos con determinación y asintió. Parecía que había ganado una batalla interna. A Bernardo le picó la curiosidad. Le llamaban la atención los gestos y apariencia de esa mujer. El moño con el que estaba peinada le impedía descubrir qué observaba tan abstraída. Vio que se le acercó un hombre. Seguramente dispuesto a invitarla a bailar. Bernardo apoyó su hombro derecho en la pared y siguió atento el intercambio.

Al principio pareció sobresaltarla. La joven adivinó rápidamente las intenciones y comenzó a gesticular con las manos. ¿Qué hacía? Bernardo frunció el ceño, hasta que la vio señalarse el oído. ¿Tenía deficiencia auditiva? El hombre se disculpó torpemente y desapareció. La muchacha largó una carcajada. Él hizo una mueca.

“Nice move”, ya estaba pensando de nuevo en inglés. Cada vez más intrigado, apuró de un solo trago lo que quedaba y volvió a su centro de atención. Ya se había posicionado junto a la ventana, pero esta vez le permitía estudiarla con detenimiento. Se volteó ante el paso de un camarero y quedó justo enfrente de su campo visual. Bernardo entornó la mirada. ¿Por qué ese color de pelo y rostro le resultaban familiares?

La jovencita miró a sus costados y Bernardo temió por un instante haber sido descubierto. Sin embargo, lo que vino a continuación terminó por fascinarlo. Había hecho ese gesto para poder sacar tranquila de la bandeja de comida más de un bocadillo que engulló con premura. Ahora él se descubrió sonriendo de par en par.

Al parecer, uno de sus dedos contenía restos de crema. Procedió a limpiarlo con su boca con inocente sensualidad. Apretó el vaso. En ese preciso instante, otra mujer la interceptó. Y se cortó esa secreta intimidad en la que él había estado metido.

—¡Por fin te encuentro! Tenemos piedra libre para marcharnos. La misma anfitriona me concedió el honor —le palmeó el codo Jacinto.

—¿Qué? ¿Cómo? —miró apresurado la hora y de nuevo a la jovencita—. Pues cambio de planes y tú —señaló el pecho de su amigo— me vas a ayudar.

—¿Por qué ese repentino cambio de humor, hermanito? —los sorprendió Victoria Álvarez Costa.

¿De dónde había salido? No le importaba, siempre estaba ahí para incordiarlo.

—Buenas noches para ti también. Ya que estás aquí, ¿no te frecuentabas con la señorita Pacheco Laprida? Jacinto, tú también la conoces, ¿verdad?

Ambos lo miraron extrañado.

—Sí, es una de mis amistades. Tomamos el té los tres juntos en varias ocasiones. Ocasiones en las que jamás apareciste pese a estar invitado —expresó Victoria.

—Si mal no recuerdo, te parecía una chica petulante y consentida para tu gusto —punzó Jacinto divertido.

—Ya, bueno, los tiempos cambian. Necesito que me abran paso adonde se encuentra ella. Miren, justo ahí.

Jacinto volteó, descubrió la compañía de Elena y el comportamiento de su amigo cobró sentido.

Allegra estaba inquieta, se convenció de que su idea iba a tener éxito. Salvo por un pequeño detalle: los formalismos y las reglas de sociedad ya la tenían suficientemente agobiada. ¿Qué estarían haciendo sus niñas? ¿Estarían bien? ¿Alguna habrá salido herida? La incertidumbre comenzó a calar hondo en su corazón y los canapés que acababa de ingerir le revolvieron el estómago. Necesitaba salir de ahí. Había visto un árbol centenario que ocupaba gran parte del jardín. Emprendió su marcha, pero Elena la alcanzó.

—Mi madre ya está al tanto de la situación. En breve vendrá a buscarnos con mi padre y te presentará a la familia Pratz.

—No quería ponerte en esa emboscada, Elena. Pero no puedo permitirme malgastar el tiempo. Pienso utilizarlo como una fachada para poder moverme con libertad.

—Para nada, me entusiasman estas cosas —juntó sus manos en aplausos cortos—, ahora ni se te ocurra querer librarte de mí.

—¿De qué aventura me estás dejando fuera, querida Elena? —la interceptó Victoria, que había escuchado el comentario anterior—. Ya conoces a Jacinto. Señoritas, les presento a mi hermano mayor, Bernardo Álvarez.

Allegra fulminó a su prima con la mirada. Solía irse de boca y ella no quería involucrar a nadie más, era perfectamente capaz de manejar las cosas por su cuenta. Lo único que faltaba era que se entrometieran personas que no tenían nada más que hacer que aparentar. Su actitud se agrietó. Basta de presentaciones y jolgorio. Iría ella misma con la presidenta de la Sociedad de Beneficencia.

—Permiso, ejem, voy por algo de beber.

—Aguarde, señorita… ¿Nos conocemos? —reaccionó Bernardo.

Allegra se detuvo al escuchar esa voz con gran presencia. Al voltear, descubrió a un hombre que la devoraba con la mirada. Pero no de esas incómodas, sino una que le llegaba al alma, como si esos ojos azules pudieran descubrir los más recónditos secretos. El rostro estaba cubierto por una barba impecable que le otorgaba un toque exótico. ¡Qué atractivo! En sus veintidós años, jamás un hombre le había llamado la atención como tal. Según las matronas, iba camino a “vestir santos”. Pero, a decir verdad, solía aburrirse con los hombres. Claro que no habían faltado oportunidades de cortejo, pero la mayoría no toleraba a una mujer que pudiera equiparársele y mantener una conversación coherente fuera de la costura, la cocina o los últimos cotilleos sociales. Por eso había decidido evitar al sexo opuesto y huir del camino convencional del matrimonio, para total disgusto de Sara. Su sueño era llegar a ser médica y no estaba dispuesta a renunciar por depender de un hombre.

Como tal, se había convertido en una experta en rehusarlos, y utilizaba las más variadas excusas. Empero, la presencia, la voz y la apariencia de este hombre la pusieron nerviosa. Sin mencionar el atrevimiento. No había manera de que la conociera, era su primera vez en Buenos Aires y dudaba de que hubiera sido en San Juan, ya que había quedado reducida a escombros.

—Justo me dirigía a lo mismo, permítame que la acompañe —insistió Bernardo—. Puede oírme, ¿verdad? —alzó la voz.

Allegra percibió un tono de burla en la pregunta. Claro que podía escucharlo.

—Yo, y todos los presentes en la sala. Le agradezco pero puedo llegar sola. Además, me temo que todavía tiene su bebida sin terminar.

Vio que él se ponía serio cuando rápidamente contemplaba el vaso que sostenía. Allegra contuvo la risa. Una lástima, porque le quedaba tan bonita la sonrisa. Por Dios, ¿qué acababa de pasar? “Mejor me voy, a ver si con un poco de alcohol se me acomodan las neuronas.”

—Esto… el vaso es de mi buen amigo Jacinto, ¿no es así? —Bernardo clavó intencionalmente los ojos en su amigo y en un santiamén le encajó el vaso—. Yo solo se lo sostenía como fiel servidor.

—Sí, sí. Claro que es mío… Estemmm, uno de mis gemelos se enganchó y necesitaba tener las manos libres y… como que la sala está bastante concurrida, ¿a usted no le parece?

—En efecto. No soy asidua a este tipo de celebraciones. Para recobrar el aire voy por la bebida, si me disculpan —y se encaró para el costado.

—¡Señorita!

“Otra vez esa voz, ¿y ahora qué?”, pensó ella, aunque secretamente había anhelado que la siguiera.

—No hace falta que grite, ya le he dicho que…

—Era eso o dejarla que se cayera de bruces con como quiera llamar a esa prenda femenina —señaló la pashmina que Allegra tenía enredada en los pies—. Por cierto, mi nombre es Bernardo.

Por la vergüenza, se ruborizó y sus ojos centellearon.

—Gracias por velar por mi seguridad —ironizó y omitió adrede su nombre—. Ahora que puedo mantenerme en mis dos piernas, continúo mi camino.

—El sector de las bebidas es para el otro lado —señaló Bernardo muy cerca de ella—. Venga, vamos, la acompañó.

Allegra quedó con la palabra en su boca. El perfume dulzón de ese hombre la extasió. Con el solo propósito de que se cansara y la dejara tranquila, accedió. Un par de conversaciones y seguro que buscaría a otra jovencita. El salón estaba repleto de mujeres despampanantes. “No creo que un hombre como Bernardo esté solo.” ¿Ya estaba usando su nombre de pila? “¡Allegra!” Discretamente husmeó su mano izquierda en busca de alguna alianza, “¿En serio?”. Se le formó una tímida sonrisa al descubrir su dedo anular vacío.

“¡Bueno, suficiente!” ¿Qué le estaba pasando? ¿Cuándo se había fijado en esas cosas? Y por tener la cabeza en cosas que no debía, trastabilló. ¡Malditos tacones! Por suerte, Bernardo la sostuvo del codo. Ya habían llegado al aparador donde estaban exhibidos los distintos cócteles.

—¿Está segura de que sus piernas la resisten? —la sonrisa se hizo expansiva—. ¿Qué desea, una limonada?

¿Pero quién se creía que era? ¿Una jovencita tonta e inocente? Se sintió insultada. Ella no se parecía en nada a las mujeres a las que seguramente solía frecuentar; era hora de ponerle los puntos.

—Para eso están hechas, ¿no cree? Una onza de ese jerez, no, el que está más arriba —satisfecha vio cómo lo dejaba perplejo mientras el camarero les entregaba las respectivas bebidas—. Allegra.

—Puede ser, si lo vemos de manera lógica. En cambio, si uno se atreviera a leer entrelíneas, diría que nuestros movimientos reflejan el deseo de los pensamientos… ¿Cómo dijo? —a Bernardo le costó comprender la última palabra, ya que había arrastrado la pronunciación. Otra vez le había resultado familiar.

Pulsuz fraqment bitdi.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2025
Həcm:
223 səh. 6 illustrasiyalar
ISBN:
9789878924175
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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