Kitabı oxu: «La luz y la montaña»

COLECCIÓN PRIMEROS LIBROS
LA LUZ Y LA MONTAÑA
SOLEDAD URQUIA

Urquia, Soledad
La luz y la montaña / Soledad Urquia. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tenemos las Máquinas, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3633-34-8
1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
© Soledad Urquia, 2021
© Tenemos las Máquinas, 2021
Primera edición: agosto de 2021
Primera reedición: marzo de 2022
EDICIÓN
Julieta Mortati
DISEÑO
Julián Villagra
CORRECCIÓN
Martín Vittón y Karina Garofalo
DIBUJO DE CUBIERTA
Ana Carucci
EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS
Av. Independencia 2765 (1225), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
www.tenemoslasmaquinas.com.ar
Hecho el depósito que establece la Ley 11723.
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
La luz y la montaña
Textos fuente
Canciones
Agradecimientos
Tenemos las máquinas
Sobre este libro
Sobre el autor
Otros títulos de la editorial
A mi hijo
Concebidas
la una por la otra, nos engendramos la una a la otra en una oscuridad
que recuerdo como inundada de luz.
Quiero llamar a esto vida.
ADRIENNE RICH,
«Orígenes e historia de la conciencia», en El sueño de una lengua común.
Miércoles
Hace diez años que lo primero que hago al despertar es sentarme en silencio por un lapso que fue oscilando a lo largo del tiempo entre los quince y los cuarenta minutos. Cuando nació mi hija Aurora, hace cuatro años, pensé que no iba a poder sostener el hábito. Sin embargo, a los pocos días del parto empecé a meditar mientras ella dormía, a veces con ella a upa o pegada a mi cuerpo, aunque la mayoría de las veces trataba de apoyarla en la cama un poco alejada de mí. La práctica suele ser un momento íntimo, y en el puerperio solo durante esos minutos me permitía a mí misma escaparme de la fusión total con mi bebé.
De a poco y a medida que ella fue creciendo, me volví experta en calcular a qué hora iba a despertarse para poder poner una alarma cuarenta minutos antes. Saltaba de la cama en silencio y me escabullía a otra habitación. Prendía un sahumerio o un palo santo y una velita. Lo que más me gusta es meditar cuando está amaneciendo, es decir, habitar el umbral entre la noche y el día en estado de silencio o con esa intención. Descubrí que hacerlo en ese momento preciso, recién despierta y con la panza y la mente relativamente vacías, facilita la práctica.
Muchas veces el llanto de mi hija me interrumpió. Ahora, algunos días aparece caminando mientras medito, se trepa a mi cuerpo en posición de loto y me abraza antes de empezar a hablarme.
Algunos sábados, domingos o feriados me vuelvo indulgente y deliberadamente no me levanto a meditar. La cualidad de los días en los que no medito suele ser distinta, sutilmente más acelerada y con una mayor tendencia de mi parte a reaccionar.
A veces me pregunto si la meditación es un hábito que se volvió automático y si tiene sentido seguir haciéndolo. De todas maneras, lo que siempre me gustó de la práctica es su sinsentido o, al menos, la carencia total de objetivo o de alguna promesa. Meditar todos los días con honestidad y dedicación no asegura ningún resultado: los efectos pueden ser inesperados, diversos o nulos.
Hay un poema de Simone Weil que me conmueve cada vez que lo leo.
El deseo de luz produce luz.
Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.
Es realmente la luz lo que se desea
cuando cualquier otro móvil está ausente.
Aunque los esfuerzos de atención
fuesen durante años aparentemente estériles,
un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos
inundará el alma.
Cada esfuerzo añade un poco más de oro
a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer.
Me encanta la definición de la meditación como «esfuerzo de atención», no solo por su precisión y exactitud sino también porque no es pretenciosa ni New Age. Pero cada vez que comparto este poema con amigos meditadores, algo me hace un poco de ruido. ¿El esfuerzo que hacemos para meditar tendrá necesariamente una recompensa? ¿No estamos replicando la lógica occidental de causa y efecto, de premios? Para mí, lo más interesante de la práctica es la idea de hacerla sin esperar nada.
Viernes
Hoy me costó despertarme para meditar. Incluso me senté en posición de loto durante veinte minutos, pero después volví a dormir un rato más. Siento que hay algo de mi voluntad que últimamente es menor. En otros momentos de mi vida más exigidos, no había duda: si no meditaba a primera hora de la mañana, el día me llevaba por delante como un tsunami. Ponía el reloj a las seis o seis y cuarto y salía de la cama haciendo movimientos rarísimos para no despertar a mi hija. Vivía como un pequeño triunfo cerrar la puerta del cuarto sin que ella se despertara. En ese departamento tenía un cuarto exclusivo para mí, en el que siempre había un poco de olor a incienso y en el que había colgado sin pudor fotos de maestros y de divinidades hindúes. Me había armado un mini refugio.
Una vez, el novio de un amigo me dijo que todos los neuróticos necesitamos un lugar donde escondernos. Se lo había dicho su psicólogo y yo sentí que esa frase ayudaría a justificar mi tendencia al repliegue e, incluso, a la huida. Por ejemplo, cuando tenía veinticuatro años me fui a la India y me quedé un año. Me había recibido de ingeniera hacía unos meses y trabajaba en una empresa constructora. De repente, apareció con claridad la idea de que no podía seguir viviendo así, fue una certeza kinestésica, irracional y sin mucha justificación. La mejor manera que encontré de resolver esa situación fue poner dos océanos de distancia con todo lo que había sido mi vida hasta ese momento: familia, amigos, parejas, hábitos, ideas, mandatos, proyectos y, sobre todo, esa nube de inconsciente colectivo que me llevaba a confundirme y fundirme con los otros. La verdad es que me funcionó muy bien: de ese viaje me quedó la sensación constante de estar un poco por fuera de todo. También me traje el hábito de meditar a diario.
¿Hay algo de escape en la necesidad de sentarse todos los días en silencio, con los ojos cerrados, e inmóvil? ¿Está mal escaparse?
Run like hell my dear,
From anyone likely
To put a sharp knife
Into the sacred, tender vision
Of your beautiful heart.1
Hafiz, un místico y poeta sufí que murió en 1389, me recomienda correr, incluso correr como loca, si algo amenaza con cortarme las alas. Lo más difícil para mí es discernir cuándo nos estamos escapando de algo que nos impediría crecer y cuándo huimos despavoridos de lo que justamente nos ayudaría a dar el salto.
Desde que vivimos en Traslasierra, Aurora va a un jardín donde los nenes y nenas juegan en el monte entre espinillos, piedras y, según ella, duendes y hadas. Las maestras nos felicitan por cosas que en cualquier otro jardín nos cuestionarían: a mi hija le gusta disfrazarse y jugar sola o imaginar, por ejemplo, que está en Saturno o de viaje por África. Nos dicen que está todo el tiempo inspirada y en sintonía con el aprendizaje creativo que proponen. También nos marcan que no le importa nada lo que le digan los adultos.
Hace unos días las maestras nos citaron a una reunión porque pasó algo que les resultó llamativo. En el jardín hay una carpita armada con telas de colores a la que llaman espacio de silencio donde los chicos miran libros o usan algún cuenco tibetano. Es un lugar más bien reflexivo e introspectivo. Una tarde, en la carpita, había varios nenes que no estaban del todo silenciosos. Aurora se molestó, les pidió que hicieran silencio, acá hay que estar callados, les dijo. Sus amiguitos no le llevaron el apunte y siguieron haciendo ruido. Aurora se levantó, agarró una colchoneta y les dijo que se iba a meditar porque necesitaba estar tranquila. Estuvo un rato sentada debajo de un árbol y, cuando volvió al espacio de silencio, recibió un golpe bastante fuerte de uno de los niños. Lo que les resultó llamativo a las maestras es que Aurora no reaccionó ni atinó a defenderse, solo se quedó inmóvil y callada con cara de sorpresa.
Mientras nos cuentan esto, siento la mirada de Santi sobre mí, como cuando el sol de la siesta te da en la espalda y sentís un poco de ardor. Evito cruzar la mirada con él, adivino lo que está pensando y planeo una defensa, con ese mecanismo de las parejas en el que las batallas empiezan antes de que se pronuncie la primera palabra. Yo misma me siento responsable: Aurora imitó a la perfección todo lo que yo haría. Me recordé a mí misma en el último retiro de silencio al que fui, irritada porque mis compañeros hablaban entre meditaciones. También identifiqué mi tendencia a irme y buscar el silencio en lugar de enfrentar el conflicto y tratar de resolverlo in situ.
—¿Cómo esperaban que reaccionara? ¿Devolviendo el golpe? —me pregunta Santi mientras volvemos en auto. Justo estamos por cruzar un arroyo así que reduce la velocidad con elegancia, en los senderos de ripio sinuosos mantiene la misma seguridad y resolución urbana que tendría manejando por cualquier avenida de Buenos Aires.
Su comentario me sorprende y me acuerdo de lo mal que me va cada vez que creo que ya le saqué la ficha para siempre.
—Igual, qué loco que la reacción cuando no le gusta algo sea irse a meditar. Me hace acordar a alguien —continúa él un poco en broma.
Mis defensas se levantan, no quiero entrar en su tema de conversación favorito: mi inclinación por irme a otros planos en lugar de quedarme en este. Me río para descomprimir.
Lunes
Pablo d’Ors escribió un libro hermoso llamado Biografía del silencio en el que dice que lo difícil no es meditar sino querer meditar. Para mí es exactamente al revés. Por ejemplo, hoy me desperté muy temprano. Traté de dormir un rato más y no pude. Cuando me senté a meditar aparecieron pensamientos y sensaciones incómodas, una cierta inquietud que no pude terminar de localizar. Esto es algo que me pasa en muchas sentadas: no siempre sucede que me encuentro con paz, quietud, alegría o bienestar. A veces siento que lo que estoy haciendo no tiene una cualidad esotérica, espiritual o mística, sino que se asemeja más a sacar la basura. De alguna manera, es como lavarse los dientes o bañarse, de hecho, algunos textos clásicos del Yoga dicen que, al principio, la práctica tiene que ver con la higiene.
«Asana y pranayama limpian internamente. Ayudan a purificar los pensamientos, palabras y obras», dice Iyengar en su libro sobre los Yoga Sutras de Patañjali.
Pero, más allá de la incomodidad y contra todo pronóstico, hay algo en mí que insiste en sentarse y empezar los días así, como si hubiese un imán en el zafu violeta y amarillo que le regalaron a mi hija y que estoy usando ahora porque el mío se descosió. Quizás tenga que ver con la posibilidad de encontrarme con ese observador imparcial, con esa parte mía que toma una cierta distancia y sabe que no es la mente ni lo que está pasando en el cuerpo, ni las emociones que a veces me atropellan hasta tomarme por completo. Más allá de todo esto, hay algo que mira con ecuanimidad, que no juzga. Siento que ubicar y sostener este espacio interior es parte de un proceso artesanal y específico para cada persona.
Siempre que pienso en este observador o, como lo llaman algunos, testigo interno, empiezo a recitar mentalmente la respuesta a una pregunta que le hizo un discípulo a Ramana Maharshi.
¿Quién soy yo?
El cuerpo burdo, no soy. Los cinco órganos sensoriales, no soy. Los cinco órganos de acción, a saber, los órganos del habla, de la locomoción, del asimiento, de la excreción y de la procreación, no soy. Los cinco aires vitales, prana, etcétera, no soy. No soy siquiera la mente que piensa, y tampoco la nesciencia, que solo está dotada con las impresiones residuales de los objetos, y está vacía de todo conocimiento y acción; todo eso no soy.
Por alguna razón inexplicable, desde la primera vez que las leí, sentí que estas palabras son verdaderas, incluso sin saber qué significan algunas de ellas (por ejemplo, ¿a qué se refiere con los cinco órganos de asimiento o con los cinco aires vitales?). Están escritas en un libro verde y finito que se vende en el ashram de Ramana en la India al que fui por primera vez a mis veinticuatro años. El lugar tuvo una suerte de efecto hipnótico en mí y me quedé cuatro meses, me fui un mes y volví para quedarme cinco meses más.
El ashram es en realidad un predio al que se entra atravesando un arco de metal que tiene inscripciones en tamil. A la izquierda del arco hay un espacio donde las personas dejan sus zapatos o sandalias. Después siguen caminando descalzas por el piso de tierra y se cruzan con monos, pavos reales y vacas. Cuando llegué al pueblo por primera vez era verano y la sensación térmica llegaba a los cincuenta grados, pero los salones del ashram se mantenían inexplicablemente frescos. Pasé muchas horas sentada en el piso de mármol, con la espalda derecha apoyada contra la pared y los ojos cerrados, observando qué estaba pasando en mi mente. A veces simplemente me abrazaba a las rodillas y miraba a la gente que entraba y salía: algunas personas indias se postraban frente al samadhi del Maestro sin dejar de hablar en tamil en voz muy alta, mientras que los occidentales, pocos en ese momento del año, mantenían una expresión grave y un poco desconcertada. También leía otro libro sobre las enseñanzas de Ramana que me había comprado en el ashram. En uno de los capítulos se explican las bases de la indagación del yo, una técnica de meditación que yo trataba de practicar.
Ramana, quien murió en 1950, transmitía sus enseñanzas sobre todo desde el silencio. Cuando algún discípulo insistía en entrar en el terreno fangoso de las palabras, Él le proponía una práctica. Yo la entiendo de la siguiente manera: la idea es localizar la sensación «Yo soy» pero de manera indeterminada, sin decir «yo soy esto o aquello». Si aparece, por ejemplo, un pensamiento, uno se pregunta: ¿a quién se le aparece este pensamiento?, y de esa manera se vuelve a la sensación «Yo soy». La técnica se llama en sánscrito atma vichara, y como todas las palabras en ese idioma antiguo y sagrado, tiene una sonoridad hermosa.
Con el tiempo, desarrollé por Ramana una actitud devocional. Cada vez que viajo, llevo su foto en mi mochila, y en mi casa hay varios cuadritos con su cara distribuidos por las habitaciones. También puse su foto al lado de mi hija cuando nació. Confieso con cierto pudor que cada vez que una situación me supera, se la entrego sutilmente a Él, siguiendo la lógica del pensamiento mágico y confiando en que va a saber qué hacer con eso.
Jueves
Ayer Sebas, un amigo astrólogo, me hizo la revolución solar. Su hijo va al jardín con Aurora y coordinamos el astroencuentro en un cumpleaños infantil. Le dije de hacer la revolución un poco por curiosidad y también para bancar su propuesta: en el valle de Traslasierra apoyamos los proyectos de las personas que conocemos, reenviamos flyers, recomendamos terapias alternativas y recitamos las bondades de los productos locales.
La cuestión es que fui a la sesión sin expectativas, es decir, de la mejor manera en que se puede encarar algo. El encuentro era en una habitación circular y de adobe llamada domo. Llegué manejando por caminos de tierra rodeados de monte, Sebas me esperaba afuera. Después de saludarnos, comenté algo sobre su remera, que tenía dibujada media revolución solar, él me respondió que era su uniforme de trabajo. Nos reímos, abajo tenía puesto un jogging negro.
Entramos al domo y nos sentamos en un colchón cubierto por un aguayo. Sebas sacó varias hojas impresas con diagramas complicados. Empezó a hablarme casi como si estuviera en trance. Una de las primeras cosas que me dijo fue que la relación con mi hija va a cambiar este año, que algo se va a volver más liviano, más lúdico. Le conté que justo el día anterior Aurora me había dicho que tenía ganas de andar en barco. Estábamos las dos en casa tiradas en el sillón, con las cortinas cerradas para tratar de frenar lo sofocante del calor de la siesta. Lo pensé unos segundos y me pareció que salir a navegar podía estar bien. Nos pusimos la malla y preparamos una mochila con protector solar, una botella con agua y un repelente natural. Manejé veinte minutos hasta que llegamos a un camping al lado de un lago en el que durante la temporada se alquilan triciclos de agua y kayaks. Había música fuerte, un castillo inflable gigante y muchísimos veraneantes con cara de desconcierto frente a lo agotadoras que pueden resultar las vacaciones. Nosotras solíamos ir a ese mismo lugar durante el invierno, poníamos una manta en el pasto y hacíamos un pícnic. Siempre éramos las únicas personas en todo el predio. Sin embargo, la invasión turística no nos detuvo, por el contrario, incluso nos levantó el espíritu. Fuimos directo al puesto donde alquilaban triciclos de agua. Dos chicas nos dijeron los precios, nos preguntaron nuestros nombres y los escribieron en un papel. Aurora se puso un salvavidas naranja que le quedaba enorme sobre su malla y un tutú rosa. Nos dieron las indicaciones y salimos, mi hija intentaba pedalear sin llegar a los pedales. Navegamos durante varios minutos y frenamos en medio del lago. Nos quedamos en silencio durante un rato, mecidas por el movimiento leve de las olas. Mirábamos el agua y un cerro con mucha vegetación que de alguna forma contiene el lago. ¿Será esa la función de las montañas, contener la emocionalidad del agua?
«Quiero volver», me dijo Aurora en un momento y empecé a pedalear despacio en dirección a la orilla.
Le cuento a Sebas esta escena para ejemplificar cómo siento que mi maternidad está cambiando sutilmente: ir a andar en triciclo de agua es una actividad sin sentido, no hay un aprendizaje o un mensaje para la vida, como tiendo a pensar que tiene que ser todo lo que le ofrezco a Aurora. También podemos jugar. A Sebas le gusta la anécdota, me dice que va por ahí, hacer cosas juntas que tengan que ver con el puro disfrute.
Me sorprende lo asertivo que resulta ser Sebas: me habla de mi familia de origen y me dice que este año voy a dejar definitivamente de ser hija. Aparentemente el corte va a ser al estilo de un rayo, lo que me produce un alivio inmenso. Sigue nombrando cosas que vengo trabajando en terapia hace un tiempo. Entiendo que todas las personas resonamos con los mismos grandes temas: el miedo a repetir la historia familiar, los cuestionamientos sobre nuestra manera de ser hijos en la adultez, la maternidad, lo material, el sentimiento religioso y la pareja. Sin embargo, quizás por la precisión y los matices de lo que me va diciendo, le creo. En un punto, tampoco me importa si es verdad: entiendo que Sebas me está hablando en un lenguaje simbólico y que es una locura entender los símbolos de manera literal. ¿De qué nos sirve ser cínicos?
En un momento termina una frase diciendo «… por eso te duele estar en el mundo». No sé sobre qué viene hablando, pero algo de sus palabras me descoloca. ¿Me duele estar en el mundo? ¿Qué está diciendo? ¿No les duele a todos? Enseguida recito mentalmente la primera de las cuatro Nobles Verdades budistas: «La naturaleza de la vida es sufrimiento». Si bien es innegable que todos sufrimos, no registro en mi vida un dolor mayor que el del resto de los seres humanos que conozco.
Me acuerdo de una historia sobre Ramana que contó un yogui francés al que iba a ver todas las semanas cuando vivía en Buenos Aires. Sospecho que es apócrifa. No me considero una experta en Ramana pero sí una fanática y nunca la encontré en ninguna de las biografías o libros sobre sus enseñanzas. La cuestión es que Ramana se estaba muriendo porque tenía un tumor en un brazo y algunos de sus discípulos estaban desesperados. Llamaban a médicos alópatas, curanderas y expertos en medicina natural. Ramana aceptaba los tratamientos con indiferencia y ecuanimidad, estaba claro que para Él era lo mismo estar en el cuerpo que soltarlo. Cuentan que una vez Ramana tenía un empaste de hierbas naturales alrededor del brazo, se lo había hecho especialmente una señora del pueblo. Una persona enferma fue a verlo y Ramana se sacó su empaste y se lo puso en su cuerpo. Esta persona se curó inmediatamente.
En un momento un discípulo le preguntó a Ramana si le dolía. «Hay dolor pero no hay sufrimiento», respondió Él. Me gusta esta diferencia sutil: del dolor no podemos escapar, del sufrimiento quizás sí.
—Yo siempre les explico a las personas que me vienen a ver que todos tenemos algo de tierra en nuestra carta natal —continúa Sebas—. Pero la verdad es que en tu caso realmente no hay nada de ese elemento.
Me explica que eso tiene su parte positiva: una conexión fluida y natural con lo divino, con otros planos.
—Personas como vos vienen a oxigenar el planeta —me dice, y si bien me hace sentir un poco un árbol, me gusta esta metáfora.
Esta carencia astrológica contiene un desafío para mí: enraizarme para poder actuar en el mundo, así como conectar con los placeres corporales.
El cuerpo.
El hombre es un alma y tiene un cuerpo. Cuando ubica debidamente su sentido de identidad, deja tras de sí todas las limitaciones compulsivas. Mientras permanezca confundido en su estado ordinario de amnesia espiritual, se hallará bajo el dominio de las sutiles ligaduras de la ley del ambiente.
Esto escribe Yogananda en su Autobiografía de un yogui, casualmente en un capítulo que se titula «Cómo dominar la influencia de los astros». Me encanta la idea de que, en realidad, estamos confundidos: por alguna razón misteriosa nos olvidamos de que somos un alma y nos identificamos con fuerza con nuestra corporalidad. Quizás me resuena porque mi propia materialidad suele resultarme un tanto esquiva, no por sabiduría o elevación espiritual sino debido a mi tendencia a la huida. Sin cuerpo no hay dolor. Ni placer.
Sebas insiste con el tema del placer sensorial y yo le explico que mis tendencias ascéticas se fueron suavizando a lo largo del tiempo. Por ejemplo, desde que nos mudamos a Traslasierra me permito tomar un café con leche cada tanto. Él se ríe, le parece que no es suficiente, incluso me dice que tengo que animarme al desborde. Entiendo que hay algo contrario al disfrute en esa tendencia natural que tengo a ir por caminos que implican algo de sacrificio o renuncia. Tiendo a conectar con prácticas espirituales más bien áridas: meditaciones que empiezan temprano y en posturas difíciles que hay que sostener por mucho tiempo, retiros en los que no se puede hablar y en los que se desaconseja incluso el contacto visual, lecturas de textos antiguos con bastante sánscrito y teoría védica. Sin embargo, miro con curiosidad a las personas que, por ejemplo, practican contact dance, esa danza cuyo propósito es que los bailarines estén pegados, en la que los olores corporales se funden en uno, y los cuerpos están tan cerca unos de los otros que resulta erótico. Los contacteros me parecen personas felices y livianas. Si bien no estoy lista para esa especie de orgía sensorial, sí estoy dispuesta a hacer cosas que tengan un color parecido al contact.
Antes de irme, Sebas me pide que me pare y me sahúma mientras me pasa cerca del cuerpo un cuenco de cerámica con un carbón y salvia. Me dice que siempre estuve muy protegida y yo siento que él es más brujo que astrólogo.
Cuando me subo al auto, chequeo el celular y veo un mensaje de mi hermana Lucía. Es un link a una canción de Spotify. La pongo y escucho los primeros versos de mi nuevo mantra:
Yo disfruto de esta vida que me ha tocado en suerte
a esta Tierra le prometo gozar hasta que me ausente.
Miércoles
«Mamá, ¿quién cuida al mundo?», me preguntó hoy Aurora antes de dormirse. No supe qué responder: ¿por qué el mundo necesitaría que alguien lo cuide? Siento que de a poco van perfilándose sus propios y pequeños desequilibrios del susto.
Jueves
Hoy me levanté con mucho sueño. Aurora estuvo engripada y ya van varias noches en las que duerme mal, se mueve todo el tiempo, me pega patadas y hace unos chillidos suaves. De todas formas, la meditación fluyó con facilidad: a veces, cuando estoy muy cansada, algo de las defensas mentales se cae por simple agotamiento. «El Yoga es el cese del movimiento de la consciencia», dice una de las traducciones de los Yoga Sutras de Patañjali. A mi traducción favorita nunca la encontré escrita y la escuché en una de las clases que tomé con un experto en Alquimia Jungiana. «El Yoga es frenar los remolinos de la mente.» Me gusta esta definición: no importa que me dé vértigo hacer un paro de cabeza, da lo mismo si la posición de loto es perfecta, al final no es tan trascendente que mi espalda se incline un poco hacia la derecha cuando estoy meditando. Lo único significativo de la práctica es detener la agitación mental. Sorprendentemente, el cansancio físico colabora con este objetivo, quizás porque siento que sigo durmiendo mientras una parte mía está despierta y observa mi mente en calma.
No se me ocurre nada más agotador que la maternidad. En ese punto contribuye a mi práctica porque, cuando me siento a meditar después de dormir mal y de forma entrecortada, enseguida entro en ese estado semidespierto consciente tan hermoso. En muchos otros sentidos, haber tenido una hija hizo que los espacios de encuentro conmigo sean más raros, diseñados a la fuerza y, quizás por eso mismo, más preciados.
Siento que recién ahora estoy empezando a trascender la idea de que la vida familiar y la práctica espiritual son incompatibles.
Cuando Aurora comenzó a ir al jardín en Buenos Aires, la psicopedagoga nos citó a una entrevista de admisión y nos preguntó si había sido un bebé buscado. Santi y yo cruzamos miradas, después la miré a Aurora, que dibujaba concentrada con crayones de colores. La idea era entrevistar a los padres solos y la psicopedagoga nos retó cuando nos vio llegar a los tres. Ese día no teníamos con quién dejarla.
Tardamos unos segundos más de la cuenta en empezar a responder la pregunta. La psicopedagoga, una persona más bien práctica, tomó la iniciativa:
—Bueno, marco la casilla que dice accidental —dijo tachando la palabra buscado.
Sentí que los únicos mecanismos que movían a las personas a tener hijos eran la intencionalidad o la negligencia, eliminando toda complejidad, y nosotros, con nuestra ineptitud para responder, quedamos del lado de los irresponsables.
—Digamos que no fue buscada de manera consciente —trató de explicar Santi, que es psicoanalista, mientras yo miraba a Aurora, que seguía dibujando.
Me acordé de lo que me dijo una vez una amiga en la India: «El único trauma que nunca se puede superar es el de haber sido un hijo no deseado».
Volví a mirar a Aurora tratando de encontrar resquicios de trauma, pero ella seguía concentrada dibujando corazones con un crayón rojo.
Empecé a sospechar que estaba embarazada porque sentía unos tirones en la parte baja de la panza, como si algo estuviera haciéndose lugar.
—No te preocupes que no dan las fechas —me dijo Santi—. Igualmente hagamos un test por las dudas, así empezás la semana tranquila.
Ese domingo a la noche preparé arroz yamaní con verduras, que comimos sobre un escritorio en un departamento muy pequeño de Caballito. Ni bien terminamos de levantar los platos, entré al baño con el test y salí a los pocos minutos sin haber mirado el resultado, sacudiéndolo con la mano para que Santi lo agarrara.
Él estaba sentado con las piernas cruzadas arriba del colchón y lo miró un rato en silencio.
—Me parece que sí —dijo como dudando—. ¿Cómo es? Acá hay dos líneas, pero puede estar mal.
Agarré la tirita con dos líneas rosas. Después, me tapé la cara con las manos antes de empezar a llorar. Santi me abrazó para consolarme, como si la noticia no nos afectara a ambos casi en igual medida.
—Podemos ver qué hacemos. Tranquila, mi amor —me dijo mientras yo seguía llorando. Por razones que no sabría explicar, nunca dudé de que la íbamos a tener, si bien sentía que avanzar con el embarazo implicaba renunciar a todas mis aspiraciones espirituales. Ese mismo día supe con certeza que era una nena y que se iba a llamar Aurora.
Al día siguiente llamé a Mario Hernández, un chamán al que iba en ese momento. Atendía en un edificio antiguo en la avenida Santa Fe, con muebles de madera oscuros, alfombras y símbolos de todo tipo colgados en las paredes. Cuando llegabas, te recibía una chica que te hacía pasar al consultorio. Por la casa iban y venían varias personas, mujeres jóvenes en su mayoría, con los ojos grandes y brillosos y una actitud cómplice, como si estuvieran compartiendo algún secreto inaccesible para mí. Además de las sesiones, yo también hacía un curso con él en ese mismo lugar y siempre me preguntaba cuál era el vínculo entre él y todas las chicas que daban vueltas por su casa.
Entré al consultorio y esperé diez minutos, inquieta. El chamán siempre se retrasaba un poco.
—Me hice un test de embarazo y me dio positivo —le dije después de saludarlo. Sentí como si estuviera en un confesionario buscando mi redención.
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