Kitabı oxu: «El invencible»
El Invencible

Stanisław Lem
Traducción del polaco a cargo de
Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz

«El Invencible» es un hito en el género de la ciencia ficción. El único libro de Stanislaw Lem capaz de hacerle sombra a la mismísima «Solaris».
«En la literatura de nuestro tiempo, los dos grandes maestros de la ironía y de la imaginación son StanisLaw Lem y Jorge Luis Borges.»
Ursula K. Le Guin
«El Invencible es una aventura emocionante; la batalla más apocalíptica que se haya escrito o filmado jamás.»
La Nación
La lluvia negra
El Invencible, un crucero de segunda clase —la mayor de las naves de las que disponía la base en la constelación de Lira—, avanzaba a propulsión fotónica por el cuadrante más alejado de la galaxia. Los ochenta y tres miembros de la tripulación dormían en el hibernador de la cubierta principal. Como la travesía era relativamente corta, en lugar de la hibernación total se había optado por un sueño profundo en el que la temperatura del cuerpo no descendía por debajo de los diez grados. En el puente de mando solo trabajaban autómatas. En su campo de visión, en el retículo del visor, se encontraba el disco de un sol no mucho más cálido que una simple enana roja. Cuando su circunferencia ocupó la mitad de la superficie de la pantalla, la reacción de aniquilación fue detenida. Durante unos instantes, una calma chicha se apoderó de toda la nave. Los climatizadores y las máquinas de computación trabajaban en silencio. Cesó cualquier vibración, por ligerísima que fuera, de las que acompañaban poco antes a la emisión en la parte de popa del chorro de luz que a modo de espada de una infinita longitud atravesaba las tinieblas propulsando la nave. El Invencible, inerte, silencioso y aparentemente vacío, avanzaba a una velocidad estable, cercana a la de la luz.
Más tarde, las luces empezaron a intercambiar pequeños guiños desde los cuadros de mando, bañados por el rosáceo resplandor del lejano sol que aparecía en la pantalla central. Las cintas ferromagnéticas se pusieron en marcha, los programas fueron reptando poco a poco hacia el interior de los diferentes aparatos, los conmutadores soltaron chispas y la electricidad corrió por los circuitos con un zumbido que nadie alcanzó a oír. Los motores eléctricos, venciendo la resistencia de lubricantes solidificados hacía ya mucho tiempo, arrancaron y pasaron de un sonido bajo a un agudo gemido. Las barras mates de cadmio asomaron desde los reactores auxiliares, las bombas magnéticas bombeaban sodio líquido en la serpentina del sistema de refrigeración, recorrió las planchas de las cubiertas de popa una vibración, y al mismo tiempo, se pudo escuchar un ligero crujido en el interior de las paredes, como si camparan a sus anchas manadas enteras de pequeños animales que golpeaban con sus garras el metal. Todo indicaba que los autorreparadores móviles ya habían empezado una ronda de varios kilómetros para comprobar el estado de todas las soldaduras de las vigas, la hermeticidad del casco, la integridad del ensamblaje metálico. La nave entera se iba llenando de ruidos y de movimiento, iba despertando, y únicamente la tripulación seguía durmiendo.
Finalmente, otro de los autómatas, tras engullir su cinta de programación, envió unas señales al centro de control del hibernador. Un gas despertador se mezcló con el chorro de aire frío. Por entre las hileras de coyes sopló una corriente templada procedente de las rejillas de ventilación del suelo. La gente, sin embargo, parecía no querer despertar. Algunas personas movieron indolentes los brazos; el vacío de su sueño helado se había llenado de delirios y pesadillas. Finalmente, hubo una primera persona que abrió los ojos. La nave ya estaba preparada para eso. La oscuridad había sido difuminada por el blanco resplandor del día hacía varios minutos: en los largos pasillos de a bordo, en los huecos de los ascensores, en los camarotes, en el puente de mando, en los diferentes puestos de la tripulación, y en las cámaras de despresurización. Y mientras el hibernador se llenaba del rumor de los suspiros de la gente y de sus gemidos involuntarios, la nave, que parecía impaciente porque la tripulación volviera en sí, iniciaba la maniobra preliminar de frenado. En la pantalla central aparecieron las estelas del fuego de proa. La inercia de la propulsión sublumínica se vio rota por una sacudida, la enorme potencia aplicada a los reactores de proa intentaba contrarrestar las dieciocho mil toneladas de peso muerto de El Invencible, que ahora parecían haberse multiplicado por la gran velocidad de la nave. En las cabinas de cartografía, los mapas, herméticamente cerrados, se estremecieron intranquilos en sus rollos. Aquí y allá, los objetos que no estaban bien sujetos se movieron como si cobraran vida. Los utensilios de cocina resonaron al chocar, los respaldos de espuma de los sillones se arquearon hacia atrás, las correas y los cables de las paredes de las cubiertas empezaron a balancearse. Una estrepitosa mezcla de sonidos de cristal, chapa y plástico recorrió toda la nave, desde la proa hasta la popa. Desde el hibernador llegaba ya un rumor de voces; la gente abandonaba la nada en la que había permanecido durante siete meses y, tras un corto sueño, volvía a la realidad.
La nave iba perdiendo velocidad. El planeta, todo él envuelto en una rojiza lana de las nubes, tapaba las estrellas. El espejo convexo del océano, con el sol reflejado en él, se movía cada vez más despacio. En el campo de visión apareció un continente de color parduzco, plagado de cráteres. La gente, desde sus puestos en cubierta, no vio nada. Muy por debajo de ellos, en las titánicas entrañas del propulsor, un rugido sofocado iba creciendo, la gigantesca masa contenía la respiración. Una nube de mercurio que entró en el radio de alcance de la propulsión explotó entre brillos plateados, se disgregó y desapareció. El rugido de los motores se intensificó por un instante. El disco rojizo se aplanó, así era como un planeta pasaba a ser tierra firme. Ya se podía ver cómo el viento perseguía las líneas curvas de las dunas, las estelas de lava, que se dispersaban como los rayos de una rueda desde el cráter más próximo, se iluminaron con la ignición abierta de las toberas del cohete, más intensa que la del propio sol.
—Toda la potencia al eje. Impulso estático.
Los indicadores pasaban perezosos al siguiente sector de la escala. La maniobra se desarrolló de forma impecable. La nave, como un volcán invertido que exhalaba fuego, estaba suspendida a ochenta metros de altura de la superficie variolosa repleta de crestas rocosas sumergidas en la arena.
—Toda la potencia al eje. Reduzcan impulso estático.
Se apreciaba ya el lugar en el que la exhalación vertical del reactor golpeaba el suelo. Se levantaba allí una tormenta de arena roja. De la popa emanaban relámpagos violeta, aparentemente silenciosos, porque el rugido de los gases, al ser más fuerte, absorbía los truenos que acompañaban a aquellos. La diferencia de potenciales se atenuó gradualmente, y las descargas desaparecieron.
Una de las paredes de proa empezó a gemir, el comandante alertó con un gesto al ingeniero jefe. Una resonancia, había que quitarla… Pero nadie abrió la boca, las transmisiones aullaban, la nave descendía sin la menor vibración, como una montaña de acero que colgara de unos cables invisibles.
—Potencia media al eje. Leve impulso estático.
Las humeantes ráfagas de arena del desierto galopaban en todas direcciones formando anillos enroscados, como las encrespadas olas de un verdadero mar. El epicentro, impactado a corta distancia por la tupida llama de las toberas, ya no humeaba. La arena había desaparecido hasta evaporarse por completo, tras transformarse en un espejo de un rojo burbujeante, en un hirviente lago de sílice fundido, en una columna de ensordecedoras explosiones. Desnuda como un hueso, la antigua roca basáltica del planeta había empezado a ablandarse.
—Reactores al ralentí. Impulso en frío.
El azul del fuego atómico se apagó. De las toberas manaron oblicuos rayos de boranos y en un instante, el desierto, las paredes de los cráteres rocosos y las nubes que se encontraban encima de ellos se cubrieron de un verde espectral. La superficie de basalto sobre la que había de posarse la ancha popa de El Invencible ya no corría el riesgo de fundirse.
—Reactores a cero. Impulso frío para aterrizaje.
Los corazones de toda la tripulación latieron con más fuerza, las cabezas se inclinaron sobre los instrumentos; las empuñaduras, entre los dedos agarrotados, se cubrieron de sudor. Aquellas sacramentales palabras significaban que ya no había marcha atrás, que sus pies tocarían tierra firme, y aunque se tratara de la arena de un planeta desértico, podrían ver amaneceres y atardeceres, horizonte y nubes, y viento.
—Aterrizaje puntual en el nadir.
El prolongado gemido de las turbinas, que bombeaban el combustible hacia abajo, llenaba la nave. Una verde columna cónica de fuego unió a El Invencible con la humeante roca. Por todas partes se levantaron nubes de polvo que cegaron el periscopio de las cubiertas centrales, únicamente en el puente de mando, en los monitores de los radares, aparecían y desaparecían los contornos principales del paisaje en medio de un tempestuoso caos.
—Detengan al acoplar.
El fuego remolineaba agitado bajo la popa, aplastado milímetro a milímetro por el inmenso cuerpo de la astronave, el infierno verde disparaba largas llamaradas hacia el interior de las trepidantes nubes de arena. La brecha entre la popa y la roca de basalto abrasada pasó a ser una estrecha grieta, una línea de incandescencia verde.
—Cero cero. Detengan todos los motores.
Una campanada. Un solo y único tañido, como de un gigantesco y roto badajo. El cohete se había detenido. El ingeniero jefe estaba de pie, agarrando con las dos manos los mandos del propulsor de emergencia, temía que la roca pudiera ceder. Estaban expectantes. Las manecillas de los segunderos seguían desplazándose con su característico movimiento de insecto. El comandante observó durante un instante el indicador de la vertical: la lucecita plateada no se apartaba ni un ápice del cero rojo.
Callaban. Las toberas que habían alcanzado el rojo vivo, como si de guindas maduras se tratara, empezaron a contraerse, emitiendo una serie de peculiares sonidos, como un ronco carraspeo. La nube rojiza, que se elevaba a cientos de metros, empezó a descender con lentitud. Aparecieron el morro achatado de El Invencible, los costados chamuscados por la fricción de la atmósfera y el doble blindaje de un color parecido, debido a esa fricción, al de una vieja roca; aquel polvo rojizo seguía amontonándose y girando alrededor de la popa, pero la nave ya se había detenido por completo, parecía formar parte del planeta, como si girase junto a su superficie con un movimiento perezoso e ininterrumpido desde hacía siglos. Bajo el cielo violeta se apreciaban las más brillantes estrellas, que solo desaparecían en la inminente cercanía del sol rojo.
—¿Procedimiento normal?
El astronavegador se reincorporó tras haber estado mirando el libro de bitácora y haber anotado en medio de una página el consabido signo de aterrizaje, la hora, y el nombre del planeta: Regis III.
—No, Rohan. Empezaremos por el tercer grado.
Rohan intentó no mostrar su sorpresa.
—De acuerdo. Sin embargo… —agregó con la gran confianza que Horpach le había tolerado en más de una ocasión—, preferiría no ser yo quien se lo comunicara a la gente.
El astronavegador pareció no oír las palabras de su oficial y, tomándolo por el brazo, lo acompañó hasta la pantalla como si de una ventana se tratara. La arena que había quedado a los lados había formado una leve hondonada, rodeada de dunas que se iban deshaciendo, como efecto de la retropropulsión en el momento del aterrizaje. Desde una altura de dieciocho pisos y a través de una superficie tricromática de impulsos electrónicos que ofrecía una fiel imagen del mundo exterior, observaban la aserrada silueta rocosa de un cráter que se encontraba a tres millas de distancia. Por el oeste, la silueta desaparecía en el horizonte. Por el este, al pie de sus acantilados, se acumulaban sombras negras e impenetrables. Los anchos ríos de lava, con crestas que se alzaban sobre la arena, tenían el color de la sangre vieja. Una potente estrella brillaba en el cielo, justo debajo del borde superior de la pantalla. El cataclismo provocado por el descendimiento de El Invencible ya había cesado y el viento del desierto, una violenta corriente de aire que circulaba sin cesar desde las zonas ecuatoriales hasta el polo del planeta, introducía ya las primeras lenguas de arena bajo la popa de la nave, como intentando restañar con paciencia la herida causada por la emisión de fuego. El astronavegador conectó la red de micrófonos exteriores y un aullido penetrante y lejano, unido al ruido de la arena refregándose contra el casco, llenaron por un instante el amplio espacio del puente de mando. Después, Horpach desconectó el micrófono y se hizo el silencio.
—Las cosas están así —dijo lentamente—. El Cóndor nunca salió de aquí, Rohan.
Apretó las mandíbulas. No podía enfrentarse al comandante. Aunque había recorrido muchos parsecs con él, no llegaron a entablar amistad. Es posible que la diferencia de edad fuera demasiado grande. O que los peligros por los que habían pasado no fuesen lo suficientemente grandes. Aquel hombre de cabellos casi tan blancos como sus ropas era despiadado. Eran prácticamente cien personas las que permanecían inmóviles en sus puestos tras el intenso trabajo que había precedido a la aproximación: trescientas horas de desaceleración de la energía cinética acumulada en cada átomo de El Invencible, la entrada en órbita, el aterrizaje. Miembros de la tripulación que desde hacía meses no habían oído el sonido del viento y que habían aprendido a odiar el vacío como solo lo puede odiar quien lo conoce. Pero el comandante no pensaba en eso, claro. Cruzó con paso lento el puente de mando, y apoyando las manos en el respaldo del sillón, elevado ya a su nueva posición, musitó:
—No sabemos qué es esto, Rohan. —Y añadió cortante—: ¿A qué espera?
Rohan se acercó rápidamente a los paneles de control, conectó las comunicaciones internas y con una voz en la que todavía vibraba una rabia contenida, bramó:
—¡Atención, todos los niveles! Aterrizaje finalizado. Protocolo de superficie de tercer grado. Nivel número ocho: preparen los energobots. Nivel número nueve: reactores de apantallamiento preparados. Técnicos del campo de protección, a sus puestos. El resto de la tripulación ocupe sus puestos de trabajo. Es todo.
Mientras decía aquello, con la mirada puesta en el ojo verde del amplificador que titilaba según la modulación de la voz, le pareció estar viendo sus caras sudadas dirigidas hacia los altavoces, demudadas por la repentina sorpresa y la ira. Ahora que lo habían entendido todo, sería cuando empezarían a soltar las primeras maldiciones…
—Protocolo de superficie de tercer grado en curso, comandante —dijo sin mirar a aquel hombre mayor. Este lo observó e, inesperadamente, con la comisura de los labios, sonrió:
—Esto es solo el principio, Rohan. Vaya usted a saber, igual hasta acabamos dando largos paseos al atardecer…
Sacó un libro largo y estrecho de un armario empotrado poco profundo, lo abrió, y poniéndolo sobre la blanca consola erizada de mandos le dijo a Rohan:
—¿Lo ha leído?
—Sí.
—Su última señal fue registrada por el séptimo hipertransmisor, y llegó hace un año a la boya más cercana a la base.
—Conozco su contenido de memoria: «Aterrizaje en Regis III finalizado: planeta desértico del tipo sub-Delta 92. Bajamos a tierra según el protocolo número dos, en la zona ecuatorial del continente Evana».
—Sí. Pero esa no fue la última señal.
—Lo sé, señor. Cuarenta horas más tarde, el hipertransmisor registró una serie de impulsos que parecían emitidos en morse, pero que no tenían ningún sentido, esto fue seguido de unos extraños sonidos que se repitieron varias veces. Haertel los describió como «maullidos de gatos a los que se les tirara de la cola».
—Sí… —dijo el astronavegador, pero estaba claro que no le escuchaba. Se encontraba de nuevo frente a la pantalla. En los límites del campo visual, justo al lado del cohete, aparecía un tramo de la rampa extendido en forma de tijera, los energobots, máquinas de treinta toneladas protegidas con un casco ignífugo de silicona, avanzaban en formación, uno tras otro. A medida que iban descendiendo, su capa protectora se entreabría y levantaba, y el tamaño de las máquinas iba creciendo, al abandonar la rampa, se hundían profundamente en la arena, pero se movían resueltas y araban la duna que el viento ya había formado alrededor de El Invencible. Se separaban en una y otra dirección de forma alternativa, así que pasados diez minutos, todo el perímetro de la nave estaba rodeado por una cadena de tortugas metálicas. Tras quedar inmovilizadas, empezaron a enterrarse en la arena al mismo ritmo, hasta desaparecer por completo, solo unas pequeñas manchas brillantes situadas regularmente sobre las laderas rojizas de la duna indicaban los lugares de los que emergían las pequeñas cópulas de los emisores Dirac.
El suelo de acero del puente de mando, cubierto con un material de espuma plástica, vibraba bajo los pies de la tripulación, sus cuerpos fueron atravesados por un claro y leve estremecimiento, fugaz como un relámpago, que desapareció dejando un cosquilleo en los músculos de sus mandíbulas y nublando su mirada brevemente. Aquel fenómeno no duró ni medio segundo. El silencio se impuso de nuevo, interrumpido solo por el rumor lejano, que llegaba de las cubiertas inferiores, de la puesta en marcha de los motores. Después, todo volvió a ser como antes: el desierto, los cúmulos rocosos de color rojo y negro, las sucesiones de olas de arena que se arrastraban perezosas, se vieron de forma más clara en las pantallas, pero por encima de El Invencible se levantó la invisible cúpula de un campo de fuerza que cerraba el paso a la nave. Sobre la rampa aparecieron unos cangrejos metálicos, avanzaban hacia abajo, con los molinillos de las antenas moviéndose alternativamente a izquierda y derecha. Los inforobots, mucho mayores que los emisores de campo, tenían el tronco aplanado y unos zancos metálicos encorvados que salían de sus costados. Aquellos artrópodos, que se hundían en la arena y extraían las largas extremidades de allí como asqueados, se fueron dispersando y ocuparon su lugar en los espacios vacíos de la cadena de energobots.
A medida que se iba desarrollando el protocolo de protección, en el panel central del puente de mando las luces de control empezaron a parpadear sobre un fondo mate, y las esferas de los relojes de percusión se cubrieron de un resplandor verdoso. Era como si una decena de enormes e inmóviles ojos de gato les estuviera observando. Las manecillas se encontraban todas en el cero, prueba de que nada intentaba atravesar el invisible obstáculo del campo de fuerza. Solo el indicador de disponibilidad de potencia subía, cada vez más alto, hasta superar las líneas rojas de los gigavatios.
—Voy a bajar a ver si puedo comer algo. ¡Implemente usted el procedimiento, Rohan! —dijo de repente Horpach, con voz cansada mientras se alejaba de la pantalla.
—¿Por control remoto?
—Si tiene usted especial interés, puede enviar a alguien… o ir usted mismo.
Dicho esto, el astronavegador descorrió la puerta y salió. Rohan aún alcanzó a ver la silueta de Horpach bañada por la débil luz del ascensor que descendía en silencio. Echó una mirada al panel de los relojes del campo: cero. Lo que habría que hacer es empezar por la fotogrametría, pensó. Orbitar el planeta tanto tiempo como fuera necesario para tener una serie completa de imágenes. Tal vez así se pudiera descubrir algo. Porque la observación visual desde la órbita no sirve de gran cosa; los continentes no son el mar, ni todos los observadores con sus telescopios son marineros en la cofa de un barco. No hay que olvidar, sin embargo, que sería necesario alrededor de un mes para llegar a conseguir todo un juego de fotos.
El ascensor volvió. Rohan entró y bajó a la sexta cubierta. La gran plataforma que había frente a la cámara de despresurización estaba repleta de gente que ya no tenía por qué estar allí: y más teniendo en cuenta que las cuatro señales que anunciaban la hora de la comida principal llevaban un cuarto de hora sonando. Todos se apartaron para dar paso a Rohan.
—Jordan y Blank, seguidme al reconocimiento.
—¿Traje espacial completo?
—No. Solo máscaras de oxígeno. Y un robot. Lo mejor sería llevar uno de los arctanes, para que no se nos atasque en esa maldita arena. ¿Y qué hacéis vosotros aquí? ¿Habéis perdido el apetito?
—Hay ganas de bajar a tierra…
—Aunque solo sea unos segundos.
Se levantó un tumulto de voces.
—Calma, chicos. Ya llegará el momento de salir a dar una vuelta. De momento estamos en tercer grado. —Se dispersaron de mala gana.
Del hueco del montacargas emergió un elevador con un robot que le sacaba una cabeza a la gente de más altura. Jordan y Blank, ya con las máscaras de oxígeno, volvían en un vehículo eléctrico. Rohan los vio, apoyado como estaba en el pasamanos; ahora que la nave espacial descansaba sobre la popa el corredor se había convertido en un pozo vertical que llegaba hasta el primer mamparo de la sala de máquinas. Rohan sintió sobre su cabeza y bajo sus pies las vastas cubiertas metálicas, en la parte inferior de la nave los transportadores trabajaban en silencio, se oía el débil bombeo de los mecanismos hidráulicos, y desde las profundidades del pozo de cuarenta metros llegaban con regularidad bocanadas de aire fresco purificado por los climatizadores de la sala de máquinas.
Las dos personas encargadas de la cámara de despresurización les abrieron la puerta. Rohan comprobó mecánicamente la posición de las correas y el ajuste de la máscara. Jordan y Blank entraron detrás de él y después la chapa rechinó pesadamente bajo los pies del robot. El aire penetró en la cámara con un silbido estridente y prolongado. La escotilla exterior se abrió y pudieron ver la rampa que utilizaban las máquinas que se encontraba cuatro cubiertas más abajo. Para bajar, la gente hacía uso de un pequeño ascensor que había sido separado previamente del casco y que estaba abierto por sus cuatro costados. El armazón llegaba hasta lo alto de la duna. El aire no era mucho más frío que en el interior de El Invencible. Entraron los cuatro, los electroimanes se desactivaron y ellos descendieron con suavidad desde la undécima cubierta, pasando junto a los sucesivos sectores del casco. Rohan fue revisando de manera mecánica el aspecto de estos. No suele ser muy habitual observar una nave desde el exterior, fuera de la dársena. «Está un poco castigado», pensó al ver los arañazos que habían causado los meteoritos. En algunas zonas las placas del blindaje habían perdido su brillo, como corroídas por un ácido fuerte. El ascensor finalizó su corto vuelo y se posó con suavidad sobre una de las olas de arena acumuladas por el viento. Los hombres saltaron fuera y se hundieron al instante hasta por encima de las rodillas. Solo el robot de exploración de superficies nevadas era capaz de avanzar con paso firme, con aquellas caricaturescas y planas patas, y aquella ridícula forma de moverse tan parecida a la de una oca. Rohan le ordenó que se detuviera, y los tres se dedicaron a examinar con atención todas las salidas de las toberas de popa, siempre y cuando la accesibilidad desde el exterior lo permitía.
—No les vendría mal un pequeño pulido y una limpieza con aire comprimido —dijo. Solo cuando salió de debajo de la popa se dio cuenta de lo gigantesca que era la sombra que proyectaba la astronave. Parecida a una ancha carretera, se extendía a través de las dunas iluminadas con fuerza por la luz del sol del ocaso. Aquellas regulares y homogéneas olas de arena ofrecían una singular calma. El fondo estaba cubierto enteramente por una sombra azulada, las crestas resplandecían rosadas con la luz del atardecer, y aquel tono, cálido y delicado, le trajo a la memoria los colores que vio una vez en las ilustraciones de un libro infantil. Tal era su irreal suavidad. Poco a poco, pasó la mirada de duna en duna y fue encontrando diferentes matices de ese fuego amelocotonado, cuanto más lejos, más rojizos eran, estaban cortadas por las negras hoces de las sombras hasta desembocar en una grisura amarilla y rodeaban amenazantes las erizadas placas de las desnudas rocas volcánicas. Rohan, inmóvil, contemplaba el paisaje, y su gente, sin prisa, con movimientos automatizados por la larga costumbre, efectuaba las mediciones rutinarias, recogía en pequeños recipientes muestras de aire y de arena, y medía la radiactividad del suelo con una sonda portátil cuyo cuerpo taladrador era llevado por el arctán. Rohan no prestaba la menor atención al ajetreo de los suyos. La máscara de oxígeno solo le cubría la nariz y la boca, en cambio, los ojos y la cabeza entera quedaban libres, ya que se había quitado el ligero casco protector. Notaba la sensación del viento en el pelo, sentía los granos de arena que se le posaban delicadamente en la cara y cómo se le metían entre los bordes de plástico de la máscara y las mejillas provocándole cosquillas. Inquietas ráfagas de viento agitaban las perneras del traje espacial, el disco del sol grande, como si estuviera entumecido —que se encontraba detrás del vértice superior del cohete—, podía ser mirado directamente y de forma impune durante un segundo. El viento silbaba sin cesar, el campo de fuerza no frenaba la circulación de gases, por eso Rohan no lograba distinguir en la arena dónde se levantaba el muro invisible.
El gigantesco espacio que se podía abarcar con la mirada estaba muerto, como si el ser humano nunca hubiera puesto un pie allí; como si no se tratara del planeta que había engullido una nave como El Invencible, con una tripulación de ochenta personas; un experimentado navío del espacio capaz de desarrollar, en una fracción de segundo, una potencia de miles de millones de kilovatios, de convertirla en un campo energético que ningún cuerpo material atravesaría, de concentrarla en rayos destructores a la temperatura de estrellas incandescentes y capaces de reducir a cenizas una cadena montañosa o de secar un mar. Y a pesar de eso, era aquí donde había desaparecido de forma incomprensible aquel organismo de acero construido en la Tierra, fruto de varios siglos de progreso tecnológico, aquí se había esfumado sin dejar rastro, sin ningún S.O.S., desvanecido en este desierto rojo y gris.
«Y todo este continente tiene el mismo aspecto», pensó. Lo recordaba bien. Desde lo alto, el único movimiento que había captado en medio de ellos, permanente, era el lento fluir de unas nubes que arrastraban sus sombras por aquella infinita avalancha de dunas.
—¿Actividad? —preguntó, sin volverse.
—Cero, cero y dos —respondió Jordan que estaba de rodillas y se reincorporó. Tenía la cara roja, le brillaban los ojos. La máscara de oxígeno deformaba el timbre de su voz.
«Eso significa menos que nada», pensó. Además, los de El Cóndor no habrían muerto por una imprudencia de ese calibre, los sensores automáticos habrían disparado la alarma incluso si nadie se hubiera ocupado de realizar los análisis estándar.
—¿Atmósfera?
—Nitrógeno 78 %, argón 2 %, dióxido de carbono cero, metano 4 %, el resto es oxígeno.
—¿16 % de oxígeno? ¿Seguro?
—Seguro.
—¿Radiactividad del aire?
—Prácticamente cero.
Era algo extraño. ¡Tanto oxígeno! Aquella noticia le sorprendió. Se acercó al robot, y este le puso ante los ojos, de manera inmediata, la cinta con los indicadores. Puede que intentaran prescindir de las máscaras de oxígeno, pensó absurdamente, porque sabía que aquello no podía ser. Es cierto que, de vez en cuando, algún hombre más atormentado que otro por la necesidad de regresar a la Tierra se quitaba la máscara ignorando las órdenes, el aire podía parecer tan limpio, tan fresco… y se intoxicaba. Pero eso le podría haber sucedido a uno, todo lo más a dos.
—¿Lo tenéis ya todo? —preguntó.
—Sí.
—Volved —les dijo.
—¿Y usted?
—Yo me quedaré un poco más. Volved —repitió impaciente. Quería estar solo. Blank se echó al hombro la correa que sujetaba las asas de los recipientes, Jordan le dio la sonda al robot, y se fueron, avanzando con dificultad; el arctán los seguía renqueante, por detrás parecía un hombre disfrazado.
Rohan se dirigió hacia la duna más alejada. De cerca pudo apreciar cómo sobresalía de la arena un emisor, parecido a los que creaban el campo de fuerza de protección, pero más ancho en su extremo. Agarró un puñado de arena y lo lanzó hacia adelante, no tanto para comprobar la presencia del campo, sino por puro capricho infantil. Una pequeña estela flotó y, como si chocara con un cristal inclinado e invisible, cayó en vertical al suelo.
Sentía unas ganas locas de quitarse la máscara. Conocía muy bien la sensación: escupir la boquilla de plástico, arrancar las correas, llenarse los pulmones de aire y aspirarlo hasta el fondo de los pulmones…
«Estoy algo sensible», pensó y dio media vuelta, lentamente, hacia la nave. La caja del ascensor le esperaba vacía, con la plataforma hundida suavemente en la duna, y el viento había alcanzado a cubrir la chapa con una fina capa de arena en los pocos minutos que había estado ausente.
Cuando se encontró en el pasillo de la quinta cubierta echó una ojeada al informador de pared. El comandante estaba en la cabina de astronomía. Rohan subió.
—En pocas palabras, un lugar idílico —resumió el astronavegador tras oír su informe—. Nada de radiactividad, nada de esporas, ni bacterias, ni moho, ni virus, nada…, solo ese oxígeno… Sea como sea, habrá que hacer cultivos con las muestras.
—Ya están en el laboratorio. Quizá en este planeta la vida esté en otros continentes —observó Rohan nada convencido.
—Lo dudo. Más allá de la zona ecuatorial la insolación es muy débil; ¿no ha visto usted el grosor de los casquetes polares? Me juego lo que sea a que la capa de hielo tiene como mínimo ocho kilómetros, si no son diez. Pensaría más bien en los océanos: plantas acuáticas, algas… ¿pero por qué la vida no salió hacia tierra firme?
—Tendremos que echar un vistazo a esas aguas —dijo Rohan.
—Es demasiado pronto para preguntárselo a nuestra gente, pero el planeta tiene pinta de ser viejo. Este huevo podrido tendrá unos seis mil millones de años. Su sol también hace un montón de tiempo que dejó atrás su época dorada. Es casi una enana roja. Sí, esta ausencia de vida da que pensar. Un tipo peculiar de evolución que no puede soportar la sequía… Es posible. Eso explicaría la presencia de oxígeno, pero no la cuestión de El Cóndor.
—Igual se trata de alguna forma de vida, de seres submarinos ocultos en el océano que hayan creado una civilización en las profundidades —sugirió Rohan. Los dos hombres observaban un enorme mapa del planeta en la proyección de Mercator, poco preciso, ya que había sido elaborado con datos de sondas automáticas del siglo anterior. Solo mostraba los contornos de los principales continentes y mares, el perímetro de los casquetes polares y algunos de los cráteres más importantes. Sobre la retícula de meridianos y paralelos se veía un punto en el interior de un círculo rojo a 8° de latitud norte: el lugar en el que habían aterrizado. El astronavegador apartó impaciente el mapa de la mesa de cartografía.
—Ni usted mismo se cree ese disparate —dijo incómodo—. Tressor no era más tonto que nosotros, ningún ser submarino habría podido con él. ¡Es absurdo! Además, incluso suponiendo que aquí existieran seres marinos inteligentes, una de las primeras cosas que habrían hecho hubiese sido conquistar la tierra firme. Hasta con escafandras llenas de agua. ¡Es un absoluto disparate! —repitió, no para pulverizar por completo la idea de Rohan, sino porque ya estaba pensando en otra cosa.
—Nos quedaremos aquí un tiempo —concluyó finalmente, y tocó el borde inferior del mapa, que con un leve siseo se enrolló y desapareció en una de las estanterías de un gran mueble con otros planos—. Vamos a esperar y ver qué pasa.
—¿Y si no…? —preguntó cuidadoso Rohan—. ¿Iremos a buscarlos?
—Rohan, sea usted sensato. Su sexto año estelar y me viene usted con… —El astronavegador buscaba la expresión adecuada, y como no la encontró, la sustituyó por un desdeñoso gesto de la mano.
—Este planeta es del tamaño de Marte. ¿Cómo los buscaríamos? ¿Cómo localizaríamos una nave como El Cóndor? —Se autocorrigió.
—Ya, el suelo es ferruginoso… —reconoció Rohan a desgana. Lo cierto es que los análisis habían demostrado una presencia considerable de óxidos de hierro en la arena, así que los indicadores ferroinductivos no servían de nada. Sin saber qué más decir, optó por el silencio. Estaba convencido de que el comandante acabaría por encontrar una salida. No era cosa de regresar con las manos vacías, sin ningún resultado. Seguía a la espera, observando las pobladas cejas de Horpach, que emergían por debajo de su frente.
—A decir verdad, no creo que esperar cuarenta y ocho horas nos sirva de algo, pero lo exige el reglamento —dijo el astronavegador a modo de inesperada confesión—. Siéntese, Rohan. Está usted ahí de pie, encima de mí, como si fuera mi conciencia. Regis es el lugar más absurdo que se pueda imaginar. El colmo de lo innecesario. No se sabe para qué enviaron aquí a El Cóndor, pero qué más da, lo hecho, hecho está.
Estaba de mal humor y en esos casos, por regla general, le daba por hablar y animaba a los demás a participar en la conversación por íntima que pudiera ser, esto siempre acarreaba cierto peligro, ya que en cualquier momento podía acabar la charla con algún comentario mordaz.
—Bueno, sea como sea, tenemos que hacer algo. ¿Sabe qué? Coloque un par de fotobservadores pequeños en la órbita ecuatorial. Pero a baja altura y que realmente describan un círculo. A unos setenta kilómetros.
—Pero eso significa que aún estarían dentro de la ionosfera —protestó Rohan—. Antes de dar cien vueltas ya se habrán calcinado.
—Que se calcinen. Pero tendrán tiempo de tomar las fotografías que puedan. Yo incluso le aconsejaría arriesgar hasta los sesenta kilómetros. Es posible que ardan ya en la décima vuelta, pero solo las fotos hechas desde esa altura pueden aportar algo. ¿Sabe usted qué aspecto tiene un cohete visto a cien kilómetros de distancia, incluso con el mejor teleobjetivo? La cabeza de un alfiler es a su lado un verdadero macizo montañoso. Haga el favor de… ¡Rohan!
Al oír el grito, el navegador, que ya estaba en la puerta, volvió la cabeza. El comandante tiró sobre la mesa el informe con los resultados de los análisis del robot.
—¿Qué es esto? ¿Qué tontería es esta? ¿Quién lo ha escrito?
—Un autómata. ¿Qué ha pasado? —preguntó Rohan intentando mantener la calma porque la ira empezaba a apoderarse también de él. «¡Ahora me vendrá con sus tonterías!», pensó acercándose con lentitud premeditada.
—Lea usted. Aquí. Sí, aquí.
—Metano, 4 % —leyó Rohan. Y él también se quedó estupefacto.
—¿Qué? ¿Cuatro por ciento de metano? ¿Y 16 % de oxígeno? ¿Sabe usted qué es eso? ¡Una mezcla explosiva! ¿Me puede explicar por qué no saltamos todos por los aires cuando aterrizábamos con nuestros boranos?
—Es verdad… No lo entiendo —balbuceó Rohan. Se acercó al panel de control exterior con rapidez, dejó que los extractores succionaran un poco de la atmósfera externa y mientras el astronavegador iba de un lado para otro del puente de mando, en medio de un siniestro silencio, observó cómo los analizadores trajinaban afanosos con los recipientes de vidrio.
—¿Y?
—Lo mismo. 4% de metano…, 16 % de oxígeno —dijo Rohan. Aunque no entendía en absoluto cómo era posible, sintió cierta satisfacción: al menos Horpach no podría reprocharle nada.
—¡Traiga, enséñemelo! Mmm, metano, cuatro, mal rayo me…, vale. Rohan, coloque las sondas en la órbita y vaya al laboratorio pequeño. ¡¿Para qué demonios tenemos si no a los científicos?! Que sean ellos los que se devanen los sesos.
Rohan bajó, agarró a dos técnicos de cohetes y les repitió la orden del astronavegador. Después, regresó al nivel dos, donde estaban los laboratorios y los camarotes de los especialistas. Fue pasando junto a estrechas puertas empotradas en el metal, todas con placas en las que figuraban siempre dos letras: «I. J.», «F. J.», «T. J.», «B. J.»… La puerta del laboratorio pequeño estaba abierta de par en par; entre las monótonas voces de los científicos sobresalía a veces la voz de bajo del astronavegador. Rohan se detuvo en el umbral. Estaban todos los «jefes»: el ingeniero jefe, el biólogo jefe, el físico, el médico y todos los tecnólogos de la sala de máquinas. El astronavegador estaba sentado, en silencio, en el último sillón, por debajo del programador electrónico de la máquina digital manual. Moderon, de piel aceitunada, con sus pequeñas manos entrelazadas, como las de una niña, decía:
—No soy experto en la química de gases. En todo caso, es probable que no sea metano común. La energía de los enlaces es distinta; la diferencia aparece apenas en el centésimo lugar después de la coma, pero existe. Reacciona con el oxígeno solo en presencia de catalizadores, y aún así no mucho.
—¿De qué origen es ese metano? —preguntó Horpach, jugando con los pulgares.
—Bueno, el carbono que lo conforma es de origen orgánico, eso sí. No es mucha información, pero de eso no cabe duda…
—¿Y hay isótopos? ¿De qué edad? ¿Cuánto tiempo tiene ese metano?
—Entre dos y quince millones de años.
—¡Menudo intervalo!
—Hemos tenido media hora de tiempo. No puedo decir nada más.
—¡Doctor Quastler! ¿De dónde sale ese metano?
—No lo sé.
Horpach miró uno a uno a sus especialistas. Parecía que estaba a punto de explotar, pero de repente sonrió.
—Señores. Son ustedes gente con experiencia. Llevamos tiempo volando juntos. Les pido su opinión. ¿Qué debemos hacer ahora? ¿Por dónde empezar?
Como nadie parecía tener prisa por tomar la palabra, el biólogo Joppe, uno de los pocos que no temían la irascibilidad de Horpach, se dirigió al comandante mirándolo tranquilamente a los ojos:
—Este no se trata de un planeta ordinario de la clase sub-Delta 92. Si lo fuera, El Cóndor no habría desaparecido. A bordo viajaban profesionales, ni peores ni mejores que nosotros, así que lo único que sabemos con seguridad es que sus conocimientos resultaron insuficientes para evitar la catástrofe. Por eso deberíamos mantener el tercer grado del procedimiento y examinar la tierra firme y el océano. Creo que hay que iniciar perforaciones geológicas y, de manera simultánea, ocuparse de las aguas. Todo lo demás sería una hipótesis y en nuestra situación no podemos permitirnos ese lujo.
—De acuerdo —Horpach apretó las mandíbulas—. Las prospecciones dentro del perímetro del campo de fuerza no son un problema. Se encargará el doctor Novik.
El geólogo jefe asintió con la cabeza.
—En cuanto al océano… ¿A qué distancia está la línea de la costa, Rohan?
—A unos doscientos kilómetros… —dijo el navegador, nada sorprendido de que el comandante fuese consciente de su presencia, a pesar de no estar viéndolo: Rohan estaba unos pasos detrás de él, junto a la puerta.
—Un poco lejos. Pero ya no vamos a mover El Invencible. Le acompañarán tantos hombres como considere oportuno. También Fitzpatrik y algún oceanógrafo más, y seis energobots de reserva. Irá hasta la costa. Podrán trabajar solo bajo la protección del campo de fuerza; nada de excursiones marítimas, ni inmersiones. Y no abuse de los autómatas, no tenemos demasiados. ¿Está claro? Bien, ya puede empezar. Ah, y una cosa más. ¿Es posible respirar en la atmósfera local?
Los médicos cuchichearon entre sí.
—En principio, sí —dijo finalmente Stormont, pero no parecía muy convencido.
—¿Qué significa «en principio»? ¿Se puede respirar o no?
—Esa cantidad de metano no es inocua. Al cabo de un tiempo la sangre se saturará y podrían producirse leves alteraciones cerebrales. Aturdimiento…, pero no antes de una hora, quizá más.
—¿Y no sería suficiente un filtro de metano?
—No. O sea, no compensa producir filtros de metano porque habría que cambiarlos con mucha frecuencia, además, el porcentaje de oxígeno es bastante bajo. Personalmente, optaría por los aparatos de oxígeno.
—Hmmm. ¿Ustedes piensan lo mismo? —Witte y Eldjarn asintieron. Horpach se levantó—. Empecemos, pues. ¡Rohan! ¿Qué pasa con las sondas?
—Ahora mismo las lanzamos. ¿Puedo controlar las órbitas antes de irme?
—Puede.
Rohan salió dejando atrás el bullicio del laboratorio. Cuando entró en el puente de mando, el sol se estaba poniendo. Una parte púrpura oscuro, casi violeta, del disco solar delineaba en el horizonte con una nitidez asombrosa el contorno dentado del cráter. El cielo, que en esa zona de la Galaxia estaba repleto de estrellas, parecía dilatado. Inmensas constelaciones brillaban cada vez más abajo, absorbiendo el desierto que se desvanecía en las tinieblas. Rohan se comunicó con el lanzasatélites de proa. Acababan de ordenar el lanzamiento del primer par de fotosatélites. Una hora más tarde tenía que salir la segunda tanda. Al día siguiente, las fotografías diurnas y nocturnas de ambos hemisferios del planeta deberían proporcionar una imagen de toda la franja ecuatorial.
—Un minuto y treinta y un… acimut siete. Orientando… —repetía una voz cantarina en el altavoz. Rohan redujo el volumen con el regulador y giró la silla hacia el panel de mandos. Nunca se lo confesaría a nadie, pero el juego de luces que acompañaba al lanzamiento de una sonda hacia una órbita planetaria siempre le había divertido. Primero, se encendieron las luces piloto del booster: escarlatas, blancas y azules. Después ronroneó el mecanismo automático de despegue. Cuando el tictac se cortó de repente, todo el casco del crucero fue atravesado por una leve vibración. Al mismo tiempo, el desierto que aparecía en los monitores se encendió con un brillo fosforescente. El minúsculo proyectil se precipitó desde el lanzador de proa con un finísimo y punzante estruendo, inundando la nave nodriza con un torrente de llamas. Mientras se alejaba, el destello del booster, cada vez más débil, aleteó en las laderas de las dunas hasta que al final se extinguió. Ya no se oía aquel pequeño cohete, en cambio, todo el panel de mandos estalló en un impetuoso fervor lumínico. Con una febril precipitación emergieron de la oscuridad las alargadas luces del control balístico, coreadas por las de tono nacarado del mando a distancia, después apareció una especie de árbol navideño multicolor: eran las señales que avisaban del desprendimiento de las protecciones externas, finalmente, encima de todo aquel irisado hormiguero, se encendió un rectángulo blanco e impoluto que indicaba que el satélite había entrado en órbita. En el centro de su nívea y brillante superficie se vislumbró un islote gris que, entre vibraciones, formó el número 67, lo que indicaba la altura a la que volaban. Rohan comprobó todavía los parámetros de la órbita: tanto el perigeo como el apogeo estaban dentro de los límites establecidos. Ya no pintaba nada en aquel lugar. Echó un vistazo al reloj de a bordo, que marcaba las dieciocho horas, después al reloj que marcaba la hora local, la vigente en ese momento: eran las once de la noche. Cerró los ojos un momento. Estaba contento con aquella escapada al océano. Le gustaba actuar solo. Tenía sueño y hambre. Y se planteó tomar una pastilla estimulante. Pero decidió que con la cena sería suficiente. Al levantarse se dio cuenta de lo muy cansado que estaba; se sorprendió para bien y la propia sorpresa le reconfortó un poco. Bajó al comedor. Su nuevo equipo ya estaba allí: dos conductores de transportadores aerodeslizantes, entre ellos Jarg, que por su permanente buen humor le caía bien. También se encontraba allí Fitzpatrik con dos compañeros, Broza y Koechlin. Estaban terminando de cenar cuando Rohan acababa de pedirse una sopa caliente y había sacado pan y unas botellas de cerveza sin alcohol de un distribuidor de pared. Mientras se dirigía a la mesa con su bandeja llena de comida el suelo tembló ligeramente. El Invencible acababa de lanzar el siguiente satélite.
El comandante no les había permitido viajar de noche. Se pusieron en camino a las cinco, hora local, antes de que amaneciera. El necesario orden de la columna y la molesta lentitud de su avance hacían que la formación fuera conocida con el nombre de «cortejo fúnebre». La abrían y la cerraban los energobots, que con su campo de fuerza elipsoidal protegían todas las máquinas en el interior: aerodeslizadores universales, astromóviles con radioemisoras y radar, una cocina, un transportador con un barracón hermético automontable destinado a vivienda, y un pequeño láser de destrucción directa sobre orugas, al que la tripulación llamaba «lezna». En el energobot delantero iban Rohan y tres científicos, era una situación bastante incómoda, ya que apenas cabían sentados uno al lado del otro, pero al menos les daba una sensación de normalidad. Había que ajustar la velocidad a la de las máquinas más lentas del cortejo, los energobots. Ir a bordo de uno no era precisamente un placer. Las orugas aullaban y relinchaban en la arena, los turbomotores zumbaban como mosquitos del tamaño de un elefante, el aire de refrigeración se precipitaba por las rejillas justo detrás de los pasajeros y todo el energobot se bamboleaba como una pesada chalupa entre las olas. Pronto, la aguja negra de El Invencible desapareció tras el horizonte. Durante un tiempo, avanzaron por el monótono desierto bajo los horizontales rayos de un sol frío y rojo como la sangre; había cada vez menos arena, y de ella sobresalían oblicuas placas rocosas que había que sortear. Las máscaras de oxígeno y el aullido de los motores no invitaban a entablar una conversación. Observaban el horizonte con atención, pero el paisaje era siempre el mismo: rocas amontonadas, grandes peñascos erosionados… La llanura empezó a descender en pendiente y en el fondo de una suave hondonada apareció un arroyo estrecho, sin apenas agua, donde se reflejaba la luz del rojo amanecer. Los cantos rodados se extendían como en manadas a ambos lados, lo que indicaba que el caudal a veces era mucho mayor. Hicieron un alto para analizar el agua. Era muy limpia, bastante dura, con cierta cantidad de óxidos de hierro y una testimonial presencia de sulfuros. Reanudaron la marcha, ahora más rápida, ya que las orugas se arrastraban con mayor facilidad sobre el suelo pedregoso. Por el oeste se levantaban unos pequeños acantilados. La última máquina mantenía una comunicación ininterrumpida con El Invencible. Las antenas de los radares giraban y sus técnicos, ajustándose los auriculares a la cabeza, se inclinaban sobre sus pantallas sin dejar de mordisquear barras de concentrado alimenticio, a veces, desde debajo de alguno de los aerodeslizadores saltaba con ímpetu una piedra, como lanzada por una pequeña tromba de aire, y brincaba, repentinamente avivada, pedregal arriba. Más tarde se encontraron con unas suaves colinas, calvas y desnudas. Recogieron unas muestras sin detenerse, y Fitzpatrick le gritó a Rohan que la sílice era de origen orgánico. Finalmente, cuando apareció ante ellos la amoratada línea del agua, hallaron también rocas calizas. Bajaron hasta la orilla traqueteando por unas piedras pequeñas y planas. El cálido aliento de la máquina, el rechinar de las orugas, el aullido de las turbinas, todo eso se calmó de repente cuando a cien metros de distancia apareció el océano, que de cerca era verdoso y en apariencia absolutamente terrestre. Hubo que realizar una complicada maniobra porque para proteger al grupo de trabajo con un campo de fuerza había que meter al energobot delantero en el agua, a una profundidad considerable. Primero, la máquina fue convenientemente hermetizada y después, dirigida desde el segundo energobot, se adentró en las olas, revolviéndolas y llenándolas de espuma, hasta convertirse en un objeto más oscuro dentro del agua y apenas visible, solo entonces obedeció la señal enviada desde el puesto central, y el coloso sumergido sacó a la superficie un emisor Dirac y cuando el campo de fuerza se estabilizó, cubriendo con su invisible hemisferio parte de la orilla y de las aguas litorales, empezaron los análisis previstos.
El océano era algo menos salado que los terrestres, pero no obtuvieron resultados sorprendentes. Al cabo de dos horas sabían más o menos lo mismo que al principio. Entonces decidieron enviar a alta mar dos sondas de televisión teledirigidas y observaron su trayectoria en los monitores del puesto central. Pero las señales no transmitieron información importante hasta que las sondas no se alejaron más allá del horizonte. En el océano vivían unos organismos parecidos en su forma a los peces óseos terrestres. Pero en cuanto vieron la sonda huyeron a gran velocidad en busca de refugio en las profundidades. Las ecosondas establecieron que la profundidad del océano, en aquel primer encuentro con seres vivos, era de ciento cincuenta metros.
Broza se empeñó en tener al menos uno de aquellos peces. Intentaron, pues, pescar alguno; las sondas perseguían, disparándoles descargas eléctricas, sombras que se revolvían en la penumbra verde, pero los supuestos peces se movían con una incomparable agilidad. Fueron necesarios muchos disparos para conseguir capturar uno. La sonda que lo atrapó con sus tenazas fue dirigida inmediatamente a la orilla, mientras que Kochlin y Fitzpatrik manipulaban otra sonda con la que pretendían recoger muestras de unas fibras que flotaban entre las olas y que les parecieron una especie local de algas o plantas acuáticas. En última instancia, enviaron a la sonda hasta el fondo oceánico, a una profundidad de doscientos cincuenta metros. Una fuerte corriente submarina dificultaba considerablemente el pilotaje de la sonda, ya que se desviaba todo el tiempo hacia las grandes aglomeraciones de rocas del fondo. Sin embargo, tras muchos esfuerzos, consiguieron derribar algunos peñascos y, tal como pensaba Koechlin, debajo encontraron toda una colonia de pequeñas criaturas flexibles con forma de pincel.
Rohan, Jarg y otras cinco personas pudieron comer el primer plato caliente de ese día cuando ambas sondas regresaron al perímetro del campo de fuerza, y los biólogos se pusieron manos a la obra en el barracón montado mientras tanto, en el que por fin era posible quitarse las fastidiosas máscaras.
Se pasaron el resto del tiempo, hasta que llegó la noche, recogiendo muestras de minerales, examinando la radiactividad del fondo marino, midiendo la insolación y realizando otras mil tareas igual de laboriosas, todo debía ser realizado a conciencia, con una meticulosidad incluso exagerada, para así poder proporcionar resultados fiables. Para el atardecer, ya habían hecho lo máximo posible y Rohan, con la conciencia tranquila, pudo acercarse al micrófono para atender la llamada que Horpach le hizo desde El Invencible.
El océano estaba plagado de formas vivas que, sin embargo, evitaban, todas ellas sin excepción, la zona litoral. El organismo del pez diseccionado no mostraba nada particular. La evolución, según datos estimativos, había empezado en el planeta cientos de millones de años atrás. Se detectó una cantidad considerable de algas verdes, lo que explicaba la presencia de oxígeno en la atmósfera. La división de seres vivos entre el reino vegetal y el animal era típica, como también lo eran las estructuras óseas de los vertebrados. El único órgano desarrollado del pez capturado y cuyo equivalente terrestre desconocían los biólogos era un órgano sensorial sensible a cambios del campo magnético, por mínimos que estos fueran. Horpach ordenó que todo el equipo regresara tan pronto como fuera posible, al final de la conversación anunció que era probable que hubiesen conseguido establecer el lugar de aterrizaje de la nave desaparecida.
Así que, a pesar de las protestas de los biólogos —que juraban necesitar varias semanas más de investigación—, se desarmó el barracón, los motores arrancaron, y la columna se dirigió hacia el noroeste. Rohan no pudo transmitir a sus compañeros ningún detalle sobre El Cóndor, él tampoco sabía nada. Quería llegar lo antes posible a la nave, porque suponía que el comandante le asignaría la siguiente tarea, quizá más rica en hallazgos. Ahora lo más importante era examinar el lugar del probable aterrizaje de El Cóndor. Rohan sacó la máxima potencia de las máquinas, y regresaron rodeados del ensordecedor e infernal ruido de las piedras machacadas bajo el paso de las orugas, mucho más potente que el que habían experimentado a la ida. Cuando cayó la noche, se encendieron los grandes faros de las máquinas; era una imagen insólita e incluso amenazante: cada dos por tres las columnas móviles de luz hacían emerger de la penumbra siluetas amorfas de gigantes que parecían moverse y que solo resultaban ser simples rocas testigo, vestigios de una cordillera destruida por la erosión. Tuvieron que parar varias veces ante las profundas grietas que se abrían en el basalto. A medianoche, El Invencible se divisó por fin, iluminado por todas partes, como si se tratara de un desfile, de lejos el casco parecía una brillante torre metálica. En el perímetro del campo de fuerza retahílas de máquinas se movían en todas las direcciones mientras descargaban provisiones y combustible; una multitud se agolpaba en los alrededores de la rampa envuelta por la luz cegadora de los focos. Los que regresaban oyeron de lejos el ajetreo de aquel hormiguero. Por encima de las dinámicas columnas de luz se erguía el silente casco del crucero, acariciado levemente por el resplandor de los focos. Se encendieron unas luces azules que señalaban el punto por el que los vehículos, uno tras otro, cubiertos de una gruesa capa polvo, se abrirían paso hasta el interior del espacio circular a través del escudo de fuerza. Rohan, antes incluso de saltar a tierra, ya le estaba preguntando por la suerte de El Cóndor a Blank, al que había reconocido y que era una de las personas que se encontraban más cerca.
Sin embargo, el contramaestre no sabía nada del supuesto hallazgo. Rohan no logró enterarse de gran cosa. Antes de arder en las capas más espesas de la atmósfera, cuatro satélites proporcionaron once mil fotos, recibidas por radio y reproducidas, a medida que iban llegando, en unas placas especiales tratadas con ácido en la cabina de cartografía. Para no perder tiempo, Rohan llamó a Erett, técnico cartógrafo, a su camarote. Mientras se duchaba lo interrogó sobre todo lo que había pasado a bordo. Erett era uno de los que habían estado buscando El Cóndor en los contactos fotográficos obtenidos. Alrededor de treinta personas habían estado buscando aquel grano de metal en el océano de arena; además de a los planetólogos se había recurrido también a los cartógrafos, a los operadores de radar y a todos los pilotos de la nave. Por turnos, durante veinticuatro horas, estuvieron revisando todo el material fotográfico que iba llegando y anotaban las coordenadas de cualquier punto sospechoso en el planeta. Pero la noticia que el comandante le transmitió a Rohan resultó errónea. Lo que habían tomado por la nave era un obelisco rocoso excepcionalmente alto que proyectaba una sombra asombrosamente parecida a la del cohete. Por lo tanto, seguían sin saber nada de la suerte de El Cóndor. Rohan quería presentarse ante el comandante para hablar de la situación, pero este ya se había retirado a descansar, así que regresó a su camarote. A pesar del agotamiento, tardó mucho en conciliar el sueño. Cuando se levantó por la mañana, el astronavegador le pidió, a través de Ballmin, jefe de los planetólogos, que entregara al laboratorio principal todo el material recogido. A las diez, Rohan sintió tanta hambre —aún no había desayunado— que bajó al nivel dos, al pequeño comedor de los operadores de radar y fue allí, mientras se estaba acabando su café, sin haberse sentado siquiera, donde le pilló Erett.
—¿La tenéis? —preguntó ansioso al ver la excitada cara del cartógrafo.
—No, pero hemos encontrado algo más grande. Vaya usted enseguida… Le llama el astronavegador.
A Rohan le pareció que el cilindro acristalado del ascensor iba muchísimo más lento de lo normal. En la penumbra de la cabina reinaba el silencio, se oía el susurro de los transmisores eléctricos, y del alimentador salían sin cesar nuevas fotografías, brillantes a causa de la humedad, pero nadie prestaba atención. Dos técnicos sacaron de un compartimento en la pared una especie de episcopio y apagaron las luces restantes en el momento en que Rohan abrió la puerta. Vio la cabeza blanca del astronavegador, que destacaba sobre las demás. Y un instante después, la pantalla, que había bajado del techo, centelleó con tonos plateados. En medio de un atento silencio, solo roto por la respiración de los presentes, Rohan se acercó todo lo que pudo a la gran superficie. La imagen no era muy buena, y además en blanco y negro; rodeada por un círculo de cráteres caóticamente dispersados destacaba una meseta desnuda, que por uno de sus lados se cortaba en línea recta, como si las rocas hubieran sido seccionadas por un enorme cuchillo. Se trataba de la línea litoral, ya que la homogénea negrura del océano ocupaba el resto de la foto. A cierta distancia de aquel acantilado se extendía un mosaico de formas algo difusas, cubiertas en dos puntos por estelas de nubes y por sus sombras. A pesar de todo, no cabía duda de que la curiosa formación de difuminados detalles no era un fenómeno geológico.
«Una ciudad…», pensó Rohan exaltado, pero no lo dijo en voz alta. Todo el mundo seguía callado. El técnico que manejaba el episcopio intentó en vano aumentar la nitidez de la imagen.
—¿Hubo interferencias en la recepción? —La tranquila voz del astronavegador interrumpió el silencio general.
—No —contestó Ballmin desde la oscuridad—. La recepción era buena, pero es una de las últimas fotografías del tercer satélite. Ocho minutos después de que fuera enviada dejó de responder a las señales. Es probable que la foto fuese sacada con los objetivos que ya estaban dañados por la creciente temperatura.
—La cámara se encontraba a no más de setenta kilómetros del epicentro —añadió otra voz que a Rohan le pareció que era la de Malte, uno de los planetólogos con más talento—. Yo diría que entre cincuenta y cinco y sesenta kilómetros, la verdad… Miren… —Su silueta ocultaba parcialmente la pantalla. Acercó una plantilla de plástico transparente con círculos recortados y se la aplicó, uno por uno, a más de una decena de cráteres en la otra mitad de la imagen.
—Son claramente más profundos que en las fotografías anteriores. Aunque en realidad —añadió—, no tiene mayor importancia. Sea como sea…
No acabó la frase, pero todos entendieron lo que quería decir: que pronto comprobarían la exactitud de la foto porque examinarían in situ esa zona del planeta. Siguieron observando la imagen en la pantalla durante unos instantes más. Rohan ya no estaba tan seguro de que se tratara de una ciudad, si no de sus ruinas. Las sombras onduladas de las dunas demostraban que aquella formación geométricamente regular llevaba tiempo abandonada: unos finos trazos rodeaban por todas partes las complicadas estructuras, si bien algunas de ellas habían quedado prácticamente sumergidas por el arenoso tsunami del desierto. Además, aquella constelación geométrica estaba dividida en dos partes desiguales por una línea negra, zigzagueante, que se ensanchaba a medida que se adentraba en el continente, una fractura sísmica que había partido en dos algunas de las enormes «construcciones». Una de ellas, que parecía haberse caído, había formado una especie de puente cuyo extremo descansaba en la orilla opuesta de la grieta.
—Luz, por favor —sonó la voz del astronavegador. Cuando la sala se iluminó, miró el reloj de pared.
—En dos horas despegamos.
Sonó un coro de voces entremezcladas; los que más protestaban eran los hombres del biólogo jefe, que con sus perforaciones de prueba habían alcanzado los doscientos metros de profundidad. Horpach, con un gesto, dejó claro que no había nada que discutir.
—Todas las máquinas regresan a bordo. Aseguren adecuadamente los materiales recogidos. La revisión de fotografías y los demás análisis deben seguir su curso. ¿Dónde está Rohan? ¡Ah, aquí está! Bien. ¿Ha oído lo que he dicho? En dos horas todo el mundo tiene que estar en los puestos de despegue.
La operación de carga de las máquinas se desarrollaba con prisas, pero sistemáticamente. Rohan hizo oídos sordos a los ruegos de Ballmin, que pedía un cuarto de hora más para continuar las perforaciones.
—Ya ha oído lo que ha dicho el comandante —repetía a diestra y siniestra mientras apremiaba a los montadores que se acercaban con enormes grúas a las zanjas excavadas. Las máquinas perforadoras, los provisionales puentes de rejilla metálica, los contenedores de combustible… Uno a uno acabaron en las bodegas de carga; cuando ya solo el suelo socavado daba cuenta de los trabajos allí realizados, Rohan y Westergard, ingeniero jefe adjunto, revisaron por si acaso el recinto de las obras recién abandonadas. Después, la gente desapareció en el interior de la nave. Solo entonces se agitaron las arenas en el perímetro lejano, los energobots, convocados por radio, regresaron en fila india y subieron a bordo; la nave metió en el interior, bajo las acorazadas placas, la rampa y la caja vertical del ascensor y permaneció inmóvil durante un instante, acto seguido, el monótono aullido del viento fue mitigado por el silbido metálico del aire comprimido que limpiaba a chorro las toberas. Unos remolinos de polvo envolvieron la popa y un resplandor verde que se mezclaba con la luz roja del sol trepó por ellos, en la incesante estampida de truenos que sacudían el desierto y reverberaban con un múltiple eco entre las paredes rocosas, la nave se fue elevando lentamente en el aire, dejando tras de sí un abrasado círculo de roca, unas dunas cristalizadas y unos jirones de condensación. Acto seguido El Invencible desapareció veloz en un cielo violeta. Mucho más tarde, cuando el último rastro de su trayectoria, señalada por una blanquecina línea de vapor, se disipó en la atmósfera, y las arenas móviles empezaron a cubrir la roca desnuda y a llenar las excavaciones abandonadas, apareció, por el oeste, una nube oscura. Fue avanzando muy baja, empezó a desplegar un extendido y arremolinado tentáculo que rodeó el lugar de aterrizaje y quedó suspendida, inmóvil, sobre él. Permaneció así cierto tiempo. Cuando el sol se hubo esquinado claramente hacia el oeste, de la nube empezó a caer sobre el desierto una lluvia negra.
Entre ruinas
El Invencible se posó en un lugar cuidadosamente elegido, a unos seis kilómetros al norte del límite exterior de la llamada «ciudad», que desde el puente de mando se veía francamente bien. Parecían construcciones artificiales, y era algo que ahora se podía apreciar con mayor claridad que en las fotografías hechas por el satélite de observación. Angulosas, negruzcas y de formas desiguales, con brillos metálicos aquí y allá, por regla general más anchas en su base, se extendían a lo largo de muchos kilómetros. Pero ni el más potente telescopio permitía distinguir los detalles, sin embargo parecía que la mayoría de esas construcciones tenía más agujeros que un colador.
No había cesado aún el retumbar metálico que producían las toberas al enfriarse cuando la nave extrajo de su interior la rampa y el andamio de la grúa y se rodeó de un círculo de energobots. Esta vez, sin embargo, se implementaron mayores medidas: frente a la ciudad (imposible de ver desde el nivel del suelo porque quedaba oculta tras unas pequeñas colinas) se agruparon dentro de un escudo energético cinco vehículos todoterreno, a los que se uniría un lanzador móvil de antimateria, que los doblaba con creces en tamaño, parecido a un escarabajo apocalíptico de azulado caparazón.
El comandante del grupo opertivo era Rohan. Estaba de pie, erguido en la torreta abierta del primero de los todoterrenos, esperando a que se abriese un paso en el campo de fuerza en respuesta a la orden que llegaría desde El Invencible. Dos inforrobots situados en las colinas más próximas lanzaron una serie de bengalas verdes incombustibles para señalar el camino, y la pequeña caravana en formación doble, con el vehículo de Rohan al frente, se puso en marcha.
Los motores de los vehículos entonaban notas graves, penachos de arena salían despedidos de por debajo de los neumáticos de balón de aquellos gigantes, un robot de reconocimiento volaba a ras del suelo doscientos metros por delante del primer todoterreno. Se parecía a un plato llano con antenas que vibraban con gran rapidez, cuyos chorros de aire inferiores revolvían las cimas de las dunas, como si avivase un invisible fuego a su paso. La polvareda levantada por el convoy en aquella tranquila atmósfera tardaba bastante en posarse, y marcaba el paso de la columna con una estela rojiza y alborotada. Las sombras proyectadas por las máquinas eran cada vez más largas, se acercaba el ocaso. La columna sorteó un cráter prácticamente cubierto de tierra situado en su camino, y al cabo de veinte minutos llegó al límite de las ruinas, donde cambiaron la formación. Tres vehículos no tripulados salieron para encender unas luces de un azul intenso que señalizaban la creación de un campo de fuerza local. Otros dos, estos con tripulación, se movían por el interior de aquel escudo móvil. Por detrás de ellos, a cincuenta metros, avanzaba sobre unas patas dobladas el enorme lanzador de antimateria, con varios pisos de altura. En cierto momento, tras atravesar una maraña sepultada y destrozada de lo que parecían unos cables o alambres metálicos, hubo que parar, porque una de las extremidades del lanzador se hundió en una grieta invisible cubierta por la arena. Dos arctanes saltaron del vehículo del comandante y liberaron al coloso aprisionado. Acto seguido el convoy reanudó la marcha.
Lo que habían denominado ciudad en realidad no se parecía en lo más mínimo a los asentamientos de la Tierra. Oscuras moles de superficies erizadas como las púas de un cepillo, no semejantes a nada que hubieran visto ojos humanos, se erguían hundidas a una profundidad desconocida en las dunas móviles. Sus formas, que resultaban imposibles nombrar, alcanzaban varias plantas de altura. No tenían ni ventanas ni puertas, ni siquiera paredes; unas parecían entretejidas redes onduladas en un sinfín de direcciones, muy tupidas, con nudosidades gruesas en el lugar de las junturas; otras se asemejaban a los complicados arabescos tridimensionales que habrían formado panales o cedazos de orificios triangulares o pentagonales mutuamente superpuestos. En todas y cada una de las estructuras de mayor tamaño y de las superficies visibles se podía detectar algún tipo de regularidad, no tan homogénea como en un cristal, pero indudable, repetida con una cadencia determinada, a pesar de estar bastamente interrumpida por un rastro de destrucción. Algunas construcciones, que sobresalían verticalmente de la arena, estaban formadas —aunque no como las de los árboles o los arbustos: libres— por una especie de ramas que parecían haber sido cortadas a toscos hachazos, unidas estrechamente entre sí en forma de medio arco o de dos espirales girando en direcciones opuestas, otras de las que encontraron estaban, en cambio, inclinadas como la plataforma de un puente levadizo. Los vientos, que por regla general soplaban del norte, acumularon en todas las superficies horizontales o ligeramente ladeadas una arena ligera y volátil, de manera que desde lejos, los vértices superiores de las ruinas parecían pirámides achaparradas y truncadas. Pero cuando te acercabas, su lisa superficie revelaba un sistema de varillas y listones breñosos y afilados, enredados aquí y allá de tal manera que incluso la arena quedaba presa en la espesura. A Rohan le pareció que eran restos cúbicos y piramidales de rocas cubiertas por una vegetación apergaminada y reseca. Pero esa sensación volvía a cambiar a pocos pasos de distancia, porque la regularidad ajena a las formas vivas revelaba su presencia a través del caos de la destrucción. En realidad, las ruinas no eran compactas, se podía echar un vistazo a su interior entre las rendijas de la maraña metálica, tampoco estaban huecas, ya que dicha maraña las rellenaba por completo. Reinaba por todas partes el marasmo del abandono. Rohan pensó en el lanzador de antimateria, pero era absurdo el uso de la fuerza si se tenía en cuenta la inexistencia de interiores a los que entrar. El vendaval acorralaba a los torbellinos de polvo corrosivo entre los altos bastiones. La arena, que no cesaba de caer a chorros por aquel mosaico regular de orificios negruzcos, formaba en su base unos conos puntiagudos a modo de aludes en miniatura. Un susurro constante y desatado los acompañó durante todo el recorrido. Las antenas giratorias, los cañones pendulares de los Geiger en funcionamiento, los micrófonos ultrasónicos y los detectores de radiación estaban en silencio. Solo se oía el crepitar de la arena bajo las ruedas y el rugir entrecortado de los motores al acelerar, cuando la columna cambiaba de formación y cuando giraba, y de repente el sonido desaparecía en la sombra profunda y fría que arrojaban los colosos dejados atrás y que emergían de nuevo en la arena iluminada por una luz escarlata.
Al final llegaron a una fisura tectónica. Era una grieta de cien metros de ancho que formaba un abismo sin fondo en apariencia; en todo caso, seguro que era muy profundo porque no lo pudieron llenar las cascadas de arena que los golpes de viento barrían sin cesar de sus bordes. Pararon y Rohan envió al otro lado un robot aéreo de reconocimiento. Observó en la pantalla lo que el robot veía con los objetivos de su cámara de televisión, pero la imagen era la misma que ya conocían. Al cabo de una hora, el explorador recibió la orden de volver y al reunirse con el grupo Rohan, tras consultarlo con Ballmin y el físico Gralev, que lo acompañaban en el vehículo, decidió inspeccionar algunas ruinas con mayor detalle.
Primero intentó averiguar con sondas ultrasónicas el grosor de la capa de arena que cubría las «calles» de la ciudad muerta. Se trataba de una labor bastante ardua. Los resultados de los sucesivos sondeos no coincidían, probablemente porque la roca base había sufrido una descristalización interna durante el seísmo que provocó su gran fisura. Aquella enorme depresión del terreno parecía estar cubierta por una capa de arena de entre siete y doce metros de espesor. Se dirigieron al este, hacia el océano, y tras haber recorrido once kilómetros de un camino tortuoso, entre ruinas negruzcas que se hacían cada vez más bajas y que emergían cada vez menos de las arenas hasta desaparecer por completo, llegaron a unas rocas desnudas. Se detuvieron al borde de un acantilado, tan alto que el ruido de las olas que rompían en su base les llegaba como un susurro apenas audible. La línea quebrada estaba marcada por una franja de roca desnuda, desprovista de arena, extrañamente lisa, se elevaba hacia el norte como una hilera de cumbres montañosas precipitándose hacia el espejo del océano en saltos petrificados.
Dejaron atrás la ciudad, convertida ya en una línea negra de contornos regulares, inmersa en una niebla rojiza. Rohan se comunicó con El Invencible y le transmitió al astronavegador los datos obtenidos, prácticamente nulos; la columna entera, que en ningún momento había dejado de guardar todo tipo de medidas de seguridad, se adentró de nuevo en las ruinas.
Por el camino hubo un pequeño accidente. El energobot del extremo izquierdo amplió demasiado su campo de fuerza, probablemente a causa de un pequeño error de trayectoria, y rozó el borde de una de aquellas construcciones puntiagudas con forma de panal inclinadas hacia ellos. Alguien había programado el lanzador de antimateria, conectado con los indicadores de consumo de energía, en modo automático en caso de ataque y el repentino salto en el consumo de potencia fue interpretado como una clara señal de un intento de traspasar el campo de fuerza, y el lanzador le disparó a la ruina inofensiva. Toda la parte superior de aquella retorcida construcción del tamaño de un rascacielos terrestre perdió su sucio color negruzco, se puso al rojo vivo, resplandeció con un brillo cegador y acto seguido se desintegró en un chaparrón de metal incandescente. Ni un solo fragmento alcanzó a la columna, los restos en llamas se deslizaron por la superficie de la invisible cúpula del campo de fuerza. Antes de llegar al suelo se habían evaporado a causa del golpe térmico. La aniquilación, sin embargo, provocó un aumento repentino de radiación, los Geiger dispararon automáticamente la alarma y Rohan, sin parar de maldecir y prometer romperle los huesos a quien hubiera programado los dichosos aparatos, tardó un buen rato en desactivarla y en responder a El Invencible, que había visto el brillo y había preguntado inmediatamente las causas del mismo.
—De momento, solo sabemos que se trata de un metal. Es probable que su composición sea una aleación de acero, volframio y níquel —dijo Ballmin que, sin preocuparse por el alboroto, aprovechó para hacer un análisis espectroscópico de las llamas que envolvían las ruinas.
—¿Es usted capaz de establecer su edad? —preguntó Rohan limpiándose la fina arena que se había posado tanto en sus brazos como en su cara. Dejaron atrás lo que había quedado de las ruinas, retorcidas ahora a causa del calor y que colgaban como un ala rota sobre el camino por el que acababan de pasar.
—No. Pero puedo decir que es algo endemoniadamente antiguo. Endemoniadamente antiguo —repitió.
—Tenemos que analizarlo con mayor detalle… Y no voy a pedirle permiso al viejo —añadió Rohan con repentina determinación.
Pararon junto a un complicado objeto formado por una serie de brazos que confluían en un mismo punto. Se abrió una portezuela en el campo de fuerza, señalizada por dos bengalas. De cerca predominaba una sensación de caos. La fachada de la construcción estaba formada por placas triangulares cubiertas por brochas de alambre, placas que sujetaban por dentro un sistema de barras del grosor de una rama. Desde la superficie parecían tener un cierto orden, pero desde el interior, donde intentaron echar un vistazo con la ayuda de unos potentes focos, el bosque de barras se extendía, ramificándose desde unos gruesos nudos para volver a juntarse. Todo aquello recordaba a un gigantesco cepillo de púas con millones de cables enmarañados en los que buscaron rastros de corriente eléctrica, polarización, magnetismo residual, incluso radiactividad, pero sin resultado alguno.
Las bengalas verdes que señalizaban la entrada en el campo de fuerza centelleaban inquietas. Silbaba el viento, las masas de aire que recorrían la maraña de acero entonaban escalofriantes melodías.
—¿Qué puede significar esta maldita jungla?
Rohan se sacudió de la cara la arena que se le pegaba a la piel sudorosa. Ballmin y él estaban subidos a la parte alta de un aparato de reconocimiento aéreo, protegidos por un cercado bajo, suspendidos a más de diez metros sobre la calle: una plaza triangular cubierta de dunas situada en la confluencia de dos espacios en ruinas. Por debajo, a gran distancia, se encontraban sus vehículos y unas pequeñas figuritas que parecían salidas de una caja de juguetes y que los observaban con la cabeza levantada.
El robot de reconocimiento seguía planeando. En ese momento estaban sobre una superficie desgarrada y desigual repleta de afiladas aristas de un metal negruzco y cubierta a intervalos por aquellas placas triangulares que no se hallaban colocadas en un mismo plano, si no que se abrían hacia arriba y hacia los lados permitiendo contemplar su interior, totalmente a oscuras. La enredada espesura de mamparas, barras y cavidades con estructura de panal era tal que la luz del sol no podía penetrarla. Incluso los rayos de los focos se ahogaban impotentes en su interior.
—¿Usted qué piensa, Ballmin?, ¿qué puede significar todo esto? —repitió Rohan. Estaba irritado. Tenía la frente roja de tanto frotar, le dolía la piel, le picaban los ojos. En unos minutos tenía que mandar otro comunicado a El Invencible y ni siquiera encontraba las palabras apropiadas para definir lo que tenía delante.
—No soy adivino —respondió el científico—. Ni siquiera soy arqueólogo. Además, creo que un arqueólogo tampoco le podría decir gran cosa. Me parece… —se interrumpió.
—¿Quiere hacer el favor de hablar?
—No me parece que se trate de viviendas, ni de las ruinas de casas de algún tipo de criatura. No sé si me entiende. Si tuviera que compararlo con algo, sería con una máquina.
—¿Cómo? ¿Con una máquina? ¿Qué tipo de máquina? ¿Datoarchivadora? ¿No sería una especie de cerebro electrónico…?
—Eso no se lo cree ni usted… —contestó, flemático, el planetólogo.
El robot se movió hacia un lado, pero seguía rozando las barras que asomaban caóticas entre las retorcidas placas.
—No, aquí no había circuitos eléctricos de ningún tipo. ¿Acaso ve usted separadores, aisladores, pantallas electromagnéticas?
—Puede que fueran inflamables. Igual los destruyó el fuego. Tengamos en cuenta que son ruinas —contestó Rohan sin estar convencido.
—Es posible —admitió de forma inesperada Ballmin.
—Entonces, ¿qué le digo al astronavegador?
—Lo mejor es que le transmita todo este galimatías por televisión.
—Esto no era una ciudad… —dijo de repente Rohan, como si estuviera haciendo un resumen mental de todo lo que había visto.
—Es probable que no —asintió el planetólogo—. En todo caso, no una ciudad como nosotros podríamos imaginar. Aquí no vivían ni homínidos ni nada que se les semejara remotamente. Pero, sin embargo, las formas oceánicas son bastante parecidas a las terrestres. Así que lo lógico sería que en tierra firme también hubiera formas de vida similares.
—Sí. Es algo a lo que no dejo de darle vueltas. No hay ningún biólogo que quiera hablar del tema. ¿Usted qué opina?
—No quieren hablar porque la cosa raya lo imposible: parece que algo impidió que la vida se instalara en tierra firme… Como si hubiera imposibilitado que emergiese del agua….
—Esa causa pudo haberse dado una única vez, en forma, por ejemplo, de explosión de una supernova muy cercana. Como usted sabe bien, la Zeta de Lira fue una nova hace millones de años. Es posible que la radiación dura exterminara la vida en los continentes, pero los organismos que vivían en el fondo de los océanos hubiesen sobrevivido…
—Si esto hubiera pasado como usted dice, sería posible detectar las huellas de la radiación hoy en día. Sin embargo, los niveles que muestra el suelo son sorprendentemente bajos para esta zona de la galaxia. Además, en los millones de años que han pasado, la evolución habría avanzado de nuevo, no habría vertebrados, claro está, pero sí formas primitivas en las aguas litorales. ¿Se ha fijado usted en que la costa está totalmente muerta?
—Me he fijado. ¿Pero de verdad tiene tanta importancia?
—Es decisivo. La vida, por lo general, aparece primero en las aguas litorales, solo más tarde desciende a las profundidades del océano. Las cosas aquí no pudieron ser de otra manera. Algo la hizo retroceder. Y creo que ese algo sigue impidiendo hoy su acceso a tierra firme.
—¿Pero por qué?
—Porque a los peces les dan miedo las sondas. En los planetas que conozco ningún animal temía algo así. Nunca temen algo que no han visto.
—¿Quiere usted decir que los peces de aquí han visto las sondas antes?
—No sé lo que han visto. ¿Pero para qué otra cosa podría servirles entonces el sentido magnético si no es para huir de ellas?
—¡Es una historia delirante! —gruñó Rohan. Miró los desgarrados festones de metal y se reclinó por encima del asidero; los extremos negros de las barras vibraban en medio de la columna de aire que despedía el robot. Ballmin, con unas largas tenazas, seccionaba, uno por uno, los alambres que sobresalían de la boca de un túnel.
—Le voy a decir una cosa —soltó—. Aquí no ha habido nunca una temperatura muy elevada, ya que en ese caso el metal se habría gleificado. Así que su hipótesis del incendio también queda descartada…
—Aquí no hay hipótesis que se sostenga —murmuró Rohan—. Además, no acabo de ver la relación que puede haber entre esta demencial maraña y la destrucción de El Cóndor. ¡Esto está absolutamente muerto!
—No siempre tuvo que ser así.
—De acuerdo, igual hace siglos, pero sí desde hace unos años. Aquí ya no hacemos nada. Volvamos.
Dejaron de hablar hasta que la máquina tomó tierra frente a las señales verdes colocadas por la expedición. Rohan ordenó a los técnicos que encendieran las cámaras de televisión y que comunicaran a El Invencible el estado de la cuestón..
Él se encerró, junto con los científicos, en la cabina del vehículo principal. Tras ventilar el minúsculo compartimento con un chorro de oxígeno, empezaron a comerse unos bocadillos que acompañaron con el café de los termos. Sobre sus cabezas resplandecía un enorme tubo lumínico. A Rohan le resultaba agradable su luz blanca. Había acabado hartándose del día rojizo de aquel planeta. Ballmin escupía porque la arena que se le había metido pérfidamente en la boquilla de la mascarilla le rechinaba entre los dientes cuando comía.
—Esto me recuerda… —dijo inesperadamente Gralev mientras cerraba el termo. Su cabello negro y espeso brillaba bajo la lámpara fluorescente—. Os lo podría contar. Pero solo a condición de que no os lo toméis demasiado en serio.
—Que esto te recuerde algo ya es mucho —soltó Rohan con la boca llena—. Venga, dinos qué te recuerda.
—De forma concreta, nada. Pero una vez oí una historia… bueno, más bien una especie de fábula. Sobre los liranos.
—No es una fábula. Existieron de verdad. Hay una monografía entera de Acramian sobre ellos —observó Rohan. Detrás de Gralev empezó a centellear una lucecita que indicaba que tenían conexión directa con El Invencible.
—Sí. Payne creía que algunos lograron salvarse. Pero yo estoy casi seguro de que no. Murieron todos en la explosión de su nova.
—Eso está a dieciséis años luz de aquí —dijo Gralev—. No conozco ese libro de Acramian, pero oí, no recuerdo dónde, la historia sobre cómo intentaron ponerse a salvo. Parece ser que enviaron naves a todos los planetas de otras estrellas cercanas. Ya conocían bastante bien la astronavegación sublumínica.
—¿Y?
—No hay mucho más. Dieciséis años luz no es una distancia muy grande. Igual alguna de sus naves aterrizó aquí.
—¿Crees que están aquí? Es decir, sus descendientes.
—No lo sé. Simplemente he asociado las ruinas con ellos. Podían haber construido todo esto…
—¿Qué aspecto tenían, exactamente? —preguntó Rohan—. ¿Eran homínidos?
—Acramian cree que sí —contestó Ballmin—. Pero es solo una hipótesis. Hay menos huellas suyas que de los Australopithecus.
—Qué raro…
—Para nada. Durante unos quince mil años su planeta estuvo inmerso en la cromosfera de la nova. La temperatura en la superficie superaba los diez mil grados en determinados períodos. Incluso las rocas de fondo de la corteza del planeta sufrieron una metamorfosis total. No quedó ni rastro de los océanos, todo el planeta se abrasó como un hueso en una hoguera. Imaginad unos cien siglos en medio del incendio de una nova.
—¿Liranos aquí? ¿Pero por qué tendrían que esconderse? ¿Y dónde?
—¿Y si se hubieran extinguido ya? Además, no me pidáis que os exlique mucho más. He dicho lo que se me ha ocurrido y ya está.
Se hizo el silencio. En el panel de mandos se encendió una luz de alarma. Rohan se levantó de un salto y se puso los auriculares.
—Aquí Rohan… ¿Qué? ¿Es usted? Sí, sí. Le escucho. De acuerdo, regresamos inmediatamente. —Rohan giró la cara, blanca como la cera, hacia los otros.
—El segundo grupo ha encontrado El Cóndor… a trescientos kilómetros de aquí…
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