Kitabı oxu: «Una novia indómita»

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© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una novia indómita, n.º 267 - octubre 2020
Título original: The Untamed Bride
Publicado originalmente por HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.
Traductor: Amparo Sánchez
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con persona, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta: Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-656-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Preámbulo al cuarteto de la Cobra Negra
Una novia indómita
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Si te ha gustado este libro…
Querido lector,
Estoy encantada de presentarte el primer libro de mi nuevo y emocionante proyecto, El cuarteto de la Cobra Negra. El concepto surgió al plantearme qué había sido de los soldados que lucharon junto a los primos Cynster en la tropa de caballería en Waterloo. La respuesta es:
Cinco de ellos fueron a India a servir en el ejército de la Compañía de las Indias Orientales bajo el mando del Gobernador General de la India, que en 1822 les asigna a los cinco una misión: hacer lo que sea necesario para llevar al diabólico villano, conocido como «la Cobra Negra», ante la justicia.
Uno de los cinco da su vida por asegurar la prueba vital. Los otros cuatro juran vengar su muerte llevando esa prueba de regreso a Inglaterra y entregársela a Royce Varisey, convertido en el duque de Wolverstone, el único hombre con el poder suficiente para hacer caer a la Cobra Negra.
Supongo que no pensaríais que ya no oirías nada más de Royce y los miembros del club Bastion, o sus esposas, ¿verdad? Y, por supuesto nuestros cuatro nuevos héroes acuden a sus antiguos compañeros de armas, los primos Cynster, en busca de ayuda. El resultado son cuatro aventuras llenas de acción que se desarrollan desde Bombay hasta Norfolk, llenas de peligro, pasión e intriga, con un emocionante elenco de nuevos personajes en un escenario ya poblado por muchas caras conocidas.
El preámbulo se sitúa en la India, tras el cual nuestros cuatro héroes emprenden el viaje, tres llevando sendos señuelos y uno la prueba esencial original, para reunirse con Royce en Inglaterra, llegando cada uno por una ruta diferente. Cada libro del cuarteto constituye el relato de uno de esos viajes, y de la dama y el amor que cada uno de los héroes descubrirá en el camino.
Cada uno de nuestros héroes debe llegar a Inglaterra en los días previos a la Navidad de 1822. Acompañadme en el seguimiento de los peligros y placeres de sus viajes, que culminarán en una maravillosa Navidad compartida que no querréis perderos.
Así pues, seguid leyendo y dejaos llevar por el preámbulo a la India de 1822, y luego poneos cómodos y disfrutad del viaje del coronel Derek Delborough en Una novia indómita.
¡Feliz lectura!
Stephanie Laurens
Preámbulo al cuarteto de la Cobra Negra
24 de marzo de 1822
Cuartel general de la Compañía de las Indias Orientales, Calcuta, India
—No tengo palabras para expresar lo importante que es descabezar a ese demonio —Francis Rawdon-Hastings, marqués de Hastings y Gobernador General de la India desde hacía nueve años, caminaba de un lado a otro tras su escritorio.
Los cinco oficiales, sentados relajadamente en los sillones de ratán colocados delante del enorme escritorio de caoba en el despacho del Gobernador General, permanecieron inmóviles y en silencio. El vaivén del cuerpo de Hastings era lo único que movía el pesado y húmedo aire.
Las mejillas del hombre estaban encendidas, los puños, apretados, los músculos de los hombros y brazos, tensos. El coronel Derek Delborough, Del para los conocidos, estaba sentado en un extremo de la fila de sillones y contemplaba con un cínico desapego las evidentes señales de agitación de su comandante en jefe. A Hastings le había llevado no poco tiempo convocarle a él y a sus hombres, los oficiales especiales asignados personalmente por el propio gobernador.
Detrás de Hastings, la pared blanca de yeso estaba rota por dos ventanas con marcos de teca, sombreadas por el amplio balcón, aunque con las persianas bajadas para proteger el interior del tórrido calor. Entre las dos ventanas, sobre la pared, colgaba un retrato del rey, pintado cuando aún era el príncipe Florizel, el novio de Europa, que contemplaba el puesto avanzado símbolo de la riqueza e influencia de Inglaterra. La habitación estaba ampliamente dotada de mesas de palisandro y armarios de teca, muchos con elaborados labrados y marquetería, reluciendo bajo la luz que se filtraba a través de las persianas y que arrancaba una miríada de destellos de los herrajes de metal.
Espacioso, inmaculadamente limpio, exóticamente decorado, el despacho poseía una serenidad intemporal bajo su función utilitaria, a imagen del propio subcontinente, una amplia extensión sobre la cual gobernaba Hastings, que continuaba con sus pesados movimientos.
—No podemos permitir que continúen los saqueos a nuestras caravanas, cada día que pasa, con cada ataque sin contestación, perdemos prestigio.
—Entiendo… —la voz cansina de Del era la personificación de la calma inalterada, en contraste con el tenso tono de Hastings— que las actividades de la Cobra Negra han experimentado una escalada desde hace un tiempo.
—¡Sí, maldita sea! Y el puesto de Bombay no lo consideró digno de mencionar, mucho menos de ejercer alguna acción, hasta hace unos meses, y ahora se quejan de que la situación se ha complicado —Hastings hizo una pausa y rebuscó con exasperación entre una pila de documentos, eligiendo unos cuantos, que deslizó por la pulida superficie del escritorio—. Estos son algunos de los informes más recientes, para que sean conscientes de la anarquía hacia la que se dirigen.
Los cuatro hombres sentados a la derecha de Del, lo miraron. Ante su asentimiento, cada uno tomó un documento y se reclinó en el asiento para leer detenidamente la información.
—Tengo entendido —continuó Del, reclamando la atención de Hastings— que la secta de la Cobra Negra asomó la cabeza por primera vez en el año 1819. ¿Tiene alguna historia previa, o surgió en ese momento?
—Fue la primera noticia que tuvimos de ellos, y los lugareños de Bombay tampoco habían oído hablar de ellos antes. Lo cual no quiere decir que no hubiesen estado al acecho en algún lugar, solo Dios sabe que hay un montón de esas sectas nativas secretas, pero no existe ningún informe, ni siquiera de los maharajás más antiguos, de su existencia anterior a mediados de 1819.
—Una secta de novo, sugiere la aparición de un líder determinado.
—Así es, y es a él a quien tendrán que eliminar. O, por lo menos, provocar el suficiente daño a sus fuerzas —Hastings señaló los documentos que estaban leyendo los otros cuatro—, a la chusma que emplea para los asesinatos, violaciones y pillajes, para ayudarlo a esconderse bajo la piedra de la cual salió.
—Asesinato, violación y pillaje no hace justicia a la Cobra Negra —observó el mayor Gareth Hamilton, uno de los cuatro oficiales que servían a las órdenes de Del. Levantó la vista y clavó sus ojos marrones en Hastings—. Esto sugiere un acto deliberado para aterrorizar a los pueblos, un intento de subyugar. Para una secta es algo muy ambicioso, un intento de conseguir el poder que va más allá de la habitual sangría de dinero y suministros.
—Estableciendo un yugo de terror —el capitán Rafe Carstairs, sentado a tres sillas de Del, secundó a Gareth y arrojó sobre el escritorio el informe que acababa de leer. Los rasgos aristocráticos de Rafe reflejaban disgusto, incluso desprecio, lo que le indicó a Del que el contenido del informe que Rafe acababa de leer era realmente espantoso.
Los cinco que se sentaban ante el escritorio de Hastings habían sido testigos de masacres inimaginables para la mayoría. Como grupo habían servido en la campaña de la Península en la caballería bajo las órdenes de Paget, y luego habían participado en primera línea en Waterloo, tras lo cual habían sido designados a la Honorable Compañía de las Indias Orientales, para servir a las órdenes de Hastings como un grupo de oficiales de élite con el objetivo de tratar específicamente con las peores revueltas e inestabilidades que había visto el subcontinente en los últimos siete años.
Sentado entre Gareth y Rafe, el mayor Logan Monteith frunció los labios mientras con un movimiento de su bronceada muñeca lanzaba el informe, que se deslizó sobre el escritorio hasta unirse con los demás.
—Esta Cobra Negra hace que Kali y sus thugees parezcan unos seres civilizados.
Sentado junto a Rafe, el último y más joven de los cinco, el capitán James MacFarlane, que aún conservaba su cara aniñada a pesar de sus veintinueve años, se inclinó hacia delante y dejó delicadamente el documento que había estudiado junto con sus compañeros.
—¿Y en el puesto de Bombay no tienen la menor idea de quién puede estar detrás de esto? ¿Ninguna pista, ningún colaborador, ninguna idea de la zona donde puede encontrarse el cuartel general de la Cobra?
—Después de más de cinco meses de búsqueda activa, no tienen nada más que una sospecha de que algunos de los príncipes Maratha han pasado a la clandestinidad apoyando a la secta.
—Cualquier imbécil podría haber llegado a esa conclusión —Rafe soltó un bufido—. Desde que los aplastamos en el 18, han estado buscando pelea, cualquier pelea.
—Exactamente —el tono de Hastings era ácido, mordaz—. Como bien saben, Ensworth es ahora gobernador de Bombay. En todos los demás aspectos lo está haciendo muy bien, pero es diplomático, no militar, y reconoce que en lo que se refiere a la Cobra Negra, está perdido —Hastings los miró uno a uno, deteniéndose en Del—. Y ahí, caballeros, es donde entran ustedes.
—Doy por hecho —respondió Del—, que Ensworth no va a enfadarse cuando invadamos sus dominios.
—Al contrario, los recibirá con los brazos abiertos. Está como loco por asegurar el comercio a la vez que cuadra las cuentas para Londres, nada fácil cuando cada dos por tres una caravana es saqueada —Hastings hizo una pausa y, durante un momento, la tensión producida por dirigir el lejano imperio en que se había convertido India se reflejó en su rostro. Pero rápidamente encajó la mandíbula y los miró a los ojos—. No hace falta que explique la importancia de esta misión. La Cobra Negra tiene que ser neutralizada. Sus expolios y las atrocidades cometidas en su nombre han alcanzado un nivel que no solo amenaza a la Compañía sino a la mismísima Inglaterra, y no solo en cuestiones comerciales, sino al prestigio. Todos llevan aquí el tiempo suficiente como para saber lo esencial que es esto último para los intereses continuos de nuestra nación. Y por último —señaló los informes con la cabeza—, se trata de la India, y la gente de esos pueblos, quien necesita que desaparezca la Cobra.
—Sobre eso no hay discusión —Rafe deshizo su típica postura relajada y se levantó al mismo tiempo que Del y los demás.
Hastings volvió a mirarlos uno a uno mientras formaban, hombro con hombro, frente a su mesa, un sólido muro de uniformes rojos. Todos medían más de metro ochenta, todos eran antiguos soldados de la Guardia Real, todos estaban curtidos por años de batallas y mandos. La experiencia esculpía sus rasgos, incluso los de MacFarlane. Su conocimiento del mundo coloreaba las miradas.
Satisfecho con lo que vio, Hastings asintió.
—Su misión, caballeros, es identificar y capturar a la Cobra Negra, y llevarlo ante la justicia. Tienen total libertad de acción. Me da igual cómo lo hagan, mientras se haga justicia públicamente. Como de costumbre, pueden disponer de los fondos de la compañía, y también de los hombres que consideren necesarios.
Normalmente era Rafe el que daba voz al pensamiento colectivo del grupo.
—Ha mencionado la decapitación —el tono de voz era ligero, su habitual e inefable encanto desplegado, como si estuviese en alguna fiesta hablando sobre croquet—. Con las sectas suele ser el enfoque más efectivo. ¿Podemos suponer que prefiere que vayamos directamente a por el líder, o debemos mostrarnos cautelosos e intentar defender las caravanas cuando sea posible?
—Usted, capitán —Hastings miró a los cándidos ojos azules de Rafe—, no reconocería la cautela aunque lo mirara a los ojos.
Los labios de Del se curvaron y por el rabillo del ojo vio que Gareth también sonreía. Rafe, apodado el Temerario, por un buen motivo, se limitó a mirar con expresión inocente a Hastings.
—Su suposición es correcta —Hastings soltó un bufido—. Espero que encuentren a la Cobra Negra, que lo identifiquen y que lo eliminen. En cuanto a lo demás, hagan lo que puedan, pero la situación es urgente, y ya no podemos permitirnos emplear la cautela.
De nuevo Hastings los miró uno a uno.
—Pueden interpretar mis órdenes como prefieran, pero lleven a la Cobra Negra ante la justicia.
15 de agosto, cinco meses después.
Comedor de oficiales
Base en Bombay de la Honorable Compañía de las Indias Orientales
—Hastings dijo que podíamos interpretar sus órdenes como quisiésemos, que teníamos libertad de acción —Rafe apoyó los hombros contra la pared que tenía a sus espaldas y luego levantó uno de los vasos que el mozo acababa de dejar sobre la mesa y tomó un buen trago de la turbia cerveza ambarina.
Los cinco, Del, Gareth, Logan, Rafe y James, estaban sentados alrededor de la mesa del rincón, que habían reclamado como suya en el bar del comedor de oficiales. Habían elegido esa mesa por sus comodidades, básicamente porque ofrecía una vista completa del bar, de la terraza cerrada delantera del comedor, así como del espacio que se abría más allá de las escaleras de la terraza. Además, lo más recomendable de la mesa eran las gruesas paredes de piedra que había detrás y a un lado. Nadie podía permanecer inobservado por ellos, ni dentro ni fuera, ni tampoco podía nadie oír sus conversaciones mantenidas en voz baja.
Las pantallas de bambú encajadas entre las columnas delanteras de la terraza estaban bajadas para proteger del sol de la tarde y el polvo levantado por una tropa de cipayos que estaba ensayando para un desfile, sumiendo el bar en una fresca sombra. Un distante murmullo de conversaciones se alzó de dos grupos de oficiales sentados en un extremo de la larga terraza. El entrechocar de las bolas de billar surgía de una pequeña estancia en el lado más alejado de la terraza.
—Cierto —Gareth tomó un vaso—. Pero dudo que el buen marqués esté ansioso por vernos por allí.
—Me parece que no tenemos elección —junto con los otros tres, Logan miró a Del.
Del, la vista fija en su cerveza, sintió la mirada de sus hombres y levantó la vista.
—Si, tal y como pensamos, la Cobra Negra es Roderick Ferrar, Hastings no nos dará las gracias por darle la noticia.
—Pero, de todos modos, emprenderá alguna acción, ¿no? —James alargó una mano hacia el último vaso que quedaba en la bandeja.
—¿Te fijaste en el retrato colgado detrás del escritorio de Hastings? —Del lo miró fijamente.
—¿El del príncipe regente?
—No es propiedad de la compañía —Del asintió—, sino del propio Hastings. Debe su cargo al príncipe, disculpadme, a Su Majestad, y sabe que no puede olvidarlo nunca. Si, suponiendo que la encontremos, le llevamos la prueba innegable de que Ferrar es nuestro villano, lo colocaremos en la ingrata posición de tener que decidir a qué amo satisfacer: a su conciencia o a su rey.
—¿Es Ferrar realmente tan intocable? —James frunció el ceño mientras hacía girar el vaso en su mano.
—Sí —la afirmación de Del se vio reforzada por la de Gareth, Logan y Rafe.
—Hastings está en deuda con el rey —explicó Del—, y el rey está en deuda con Ferrar padre, el conde de Shrewton. Y, aunque es el segundo hijo de Shrewton, es bien sabido que Ferrar es el favorito de su padre.
—Se rumorea —Rafe se apoyó en la mesa— que Shrewton tiene al rey en el bolsillo, cosa que no resulta muy difícil de creer. De modo que, a no ser que exista alguna animosidad entre Hastings y Shrewton, de la que nadie esté al corriente, es muy probable que Hastings se vea obligado a «perder», las pruebas que logremos encontrar.
—¡Demonios! —Logan soltó un bufido—. No me extrañaría que parte del oro que la Cobra está robando a la Compañía, indirectamente, termine en los bolsillos de Su Majestad.
—Hastings —les recordó Gareth— insistió mucho en que llevásemos a la Cobra ante la justicia. No nos dio instrucciones para que lo capturásemos y lo entregásemos en Bombay —miró a Del y enarcó una ceja—. ¿Crees que Hastings opina que utilizarnos sería un modo de lograr que se haga justicia sin ofender a su amo?
—Esa posibilidad ya se me había ocurrido —Del sonrió con cinismo—, teniendo en cuenta que nos llevó tan solo dos semanas llegar a la conclusión de que la Cobra Negra o bien tenía a alguien en la oficina del gobernador o era un empleado del gobernador. Después de eso nos llevó, ¿cuánto?, ¿seis semanas de vigilancia de los convoy atacados para estrechar el cerco en torno a Ferrar? Como segundo adjunto del Gobernador de Bombay, él y solo él conocía todas las caravanas atacadas. Había otros que conocían detalles de algunas, pero solo él estaba en posesión de los itinerarios y horarios de todas. Hastings tiene una información similar desde hace meses. Al menos debería sospechar quién podría estar detrás de la secta de la Cobra Negra.
—Hastings —intervino Rafe— también es consciente de cuándo fue asignado Roderick Ferrar a su puesto aquí, a principios de 1819, unos cinco meses más o menos antes de la primera aparición conocida de la Cobra Negra y sus secuaces.
—Cinco meses es tiempo suficiente para que alguien tan espabilado como Ferrar se dé cuenta de las posibilidades, haga planes y reúna a los susodichos secuaces —añadió Logan—. Es más, como adjunto al gobernador, tiene contacto fácil y oficialmente aceptado con los descontentos príncipes Maratha, los mismos exaltados que, como ahora sabemos, han cedido en secreto a la Cobra Negra sus bandas particulares de asaltantes.
—Ferrar —señaló Del— se presentó a Hastings en Calcuta antes de unirse a la oficina del gobernador, un puesto que, según confirman nuestros contactos en Calcuta, solicitó específicamente. Ferrar podría tener un puesto con Hastings en el cuartel general, estaba a su disposición, ¿y qué joven ansioso por ascender en la compañía no preferiría trabajar para el gran hombre? Pero no, Ferrar solicitó un puesto en Bombay, y al parecer se mostró bastante satisfecho con el de segundo adjunto.
—Lo cual hace que uno se pregunte —dijo Gareth— si la principal atracción de dicho puesto no sería que estaría en la otra punta del subcontinente, lejos de la posible vigilancia de Hastings.
—Así pues, James, muchacho —Rafe le dio una palmada en la espalda al joven capitán—, todo sugiere que la orden de llevar a la Cobra Negra ante la justicia, y utilizar para ello cualquier medio que consideremos necesario, es probable que sea la manera política de ocuparse del asunto —miró a los demás a los ojos—. Y Hastings nos conoce lo suficiente como para estar seguro de que haremos el trabajo sucio por él.
James miró a los demás y confirmó que todos pensaban lo mismo. Asintió con cierta reticencia.
—De acuerdo. De modo que evitamos a Hastings. Pero ¿cómo lo hacemos? —miró a Del—. ¿Has tenido alguna noticia de Inglaterra?
Del miró hacia la terraza para confirmar que no hubiese nadie que pudiese oír la conversación.
—Esta mañana llegó una fragata con un envío muy grande para mí.
—¿De Devil? —preguntó Gareth.
—Una carta suya —Del asintió—, y algo más de uno de sus pares, el duque de Wolverstone.
—¿Wolverstone? —Rafe frunció el ceño. Yo creía que el anciano estaba prácticamente retirado.
—Y así es —contestó Del—. El hijo, el actual duque, es otra cosa. Lo conocemos, o más bien sabemos de él, bajo otro nombre. Dalziel.
—¿Dalziel es en realidad Wolverstone? —preguntó James mientras los cuatro abrían desmesuradamente los ojos.
—El heredero de Wolverstone, al parecer —contestó Del—. El anciano murió a finales de 1816, después de que llegásemos aquí.
—Para entonces, Dalziel debía estar retirado —Gareth contaba los años.
—Seguramente. En cualquier caso, como duque de St. Ives, Devil conoce bien al duque de Wolverstone. Tras leer mi carta en la que explicaba nuestra situación, Devil se la mostró al duque, pensando que no podría haber nadie mejor para aconsejarnos. Si recordáis bien, Dalziel estuvo a cargo de todos los agentes británicos en suelo extranjero durante más de una década, y conoce todos los trucos para hacer llegar la información sensible a través del continente y a Inglaterra. Es más, como bien señaló extensamente Devil, Wolverstone no le debe nada al rey, y la pelota está en el otro tejado. Y Su Majestad es muy consciente de ello. Si Wolverstone presenta alguna prueba de que Ferrar hijo es la Cobra Negra, ni el rey ni Shrewton se atreverán a hacer nada para hacer descarrilar el tren de la justicia.
—Siempre supe que había un motivo por el que decidimos formar una tropa con los Cynster en Waterloo —Rafe sonrió.
—Eran unos soldados condenadamente buenos —Gareth sonrió al recordarlo—, aunque no fueran militares de carrera.
—Lo llevaban en la sangre —Logan asintió.
—Y por sus caballos merecía la pena matar—añadió Rafe.
—Les cubrimos las espaldas en más de una ocasión, y ahora nos devuelven el favor —Del levantó el vaso y esperó a que los demás brindaran con él—. Por los viejos compañeros de armas.
Todos bebieron. Logan se volvió hacia Del.
—¿Y Wolverstone nos ha facilitado el consejo requerido?
—Detalladamente —Del asintió—. Primero confirmó que está dispuesto a presentar cualquier prueba que encontremos ante los canales adecuados, tiene todos los contactos y la posición para poder hacerlo. Sin embargo, ha dejado claro que para derribar a Ferrar hijo la prueba debe ser incontestable. Tiene que ser clara, obvia, inequívoca, no circunstancial, nada que se preste a interpretaciones.
—De modo que debe ser algo que implique sin ningún lugar a dudas directamente a Ferrar.
—Exactamente —Del soltó el vaso vacío—. En cuanto dispongamos de esa evidencia, y Wolverstone fue muy claro en que no tiene sentido proceder sin la prueba adecuada, pero con vistas a cuando la tengamos, él ya ha dispuesto, a falta de una palabra mejor, una campaña, un detallado plan de acción para que lo sigamos con el fin de llevar la prueba con seguridad a Inglaterra, y a sus manos —miró a los demás y curvó los labios con ironía—. Repasando su plan se entiende por qué tuvo tanto éxito en su anterior ocupación.
—¿Y cuáles son esos detalles? —Logan apoyó los brazos sobre la mesa, claramente interesado. Los demás también aguardaban expectantes.
—Debemos hacer copias de la prueba, y luego separarnos para regresar a casa cada uno por nuestro lado, cuatro llevando copias y uno la prueba original. Nos ha enviado cinco cartas selladas, cinco juegos de instrucciones, uno para la prueba original y las otras cuatro para los señuelos. Cada carta contiene la ruta que debemos seguir cada uno de nosotros de vuelta a Inglaterra, y los puertos que debemos utilizar. En cuanto arribemos, habrá hombres suyos esperando para escoltarnos. Ellos, nuestras escoltas, sabrán adónde debemos dirigirnos cada uno de nosotros en cuanto estemos en Inglaterra.
—Sospecho que Wolverstone está decidido a compartir la información únicamente con quienes necesitan conocerla —los labios de Logan se curvaron.
—Lo que sucederá —Del sonrió— es que, si bien cada uno de nosotros sabrá si es portador del señuelo o de la prueba original, y qué ruta tomará para regresar a casa, no sabrá qué llevan los demás, ni sus rutas. El único que sabrá quién lleva la prueba original y qué ruta empleará para regresar a casa, hacia qué puerto se dirigirá, será el que tenga la original —Del se apartó de la mesa—. Dalziel quiere que lo sorteemos, y que emprendamos inmediatamente el viaje.
—Es lo más seguro —Rafe asintió y miró a los demás—. De este modo, si alguno de nosotros es apresado, no podrá delatar a los demás —con una voz y una expresión inhabitualmente sombría en él, dejó cuidadosamente el vaso vacío en la bandeja—. Después de estos meses persiguiendo a las bandas de la Cobra Negra, viendo de primera mano los resultados de sus métodos, lo más inteligente es asegurarnos de que, si uno de nosotros es capturado, los demás permanecerán a salvo. No podremos confesar lo que no sabemos.
Pasó un momento en silencio, cada uno de los hombres recordando las atrocidades que habían presenciado mientras dirigían sus tropas de soldados en las incursiones en tierras del interior y en las colinas, persiguiendo a la Cobra Negra y las bandas de ladrones que formaban una gran parte de la fuerzas de la secta, buscando la prueba, la irrefutable, la incontrovertible prueba que necesitaban para aniquilar el reino de la Cobra Negra.
Gareth respiró hondo y soltó el aire.
—Entonces, primero encontramos la prueba y luego la llevamos a casa —miró a los demás—. ¿Estamos de permiso o por fin vamos a renunciar a nuestros puestos?
Rafe se pasó una mano por el rostro, como si con ello pudiera borrar los recuerdos de los segundos anteriores.
—Yo renunciaré —él también miró a los otros, leyendo sus expresiones—. Ya lo hemos hablado otras veces.
—Cierto —Logan hizo girar el vaso vacío entre los dedos—. Y después de estos últimos meses, y los meses que faltan hasta que encontremos la prueba que necesitamos, para cuando lo hagamos, ya estaré más que harto —levantó la vista—. Yo también estoy preparado para regresar a casa para siempre.
—Y yo —Del sonrió y miró a Gareth, que también sonrió.
—Llevo toda mi vida adulta en el ejército, igual que vosotros. He disfrutado de las campañas, pero esto, lo que estamos haciendo aquí ahora, ya no es una campaña. Lo que este país necesita no son militares, caballería, o armas. Necesita gobernantes que gobiernen, y nosotros no somos eso —miró a los demás—. Supongo que intento decir que nuestro papel aquí ha concluido.
—O habrá concluido —corrigió Del—, en cuanto anulemos a la Cobra Negra.
—¿Y tú qué dices, jovenzuelo? —Rafe miró a James.
A pesar de que desde Waterloo era uno de ellos, James seguía siendo el niño del grupo. Solo había dos años de diferencia entre Rafe y él, pero en experiencia, y más aún en carácter, la diferencia era inconmensurablemente mayor. En conocimiento, actitud y dominio absoluto, Rafe era tan viejo como Del. Rafe había conservado el rango de capitán por elección, rechazando ascensos con el fin de fundirse con sus hombres, de inspirar y liderar. En el campo de batalla era un extraordinario comandante.
Del, Gareth, Logan y Rafe eran iguales, sus fortalezas no, pero sí eran igualmente respetados cada uno por los demás. James, por muchas acciones en las que luchara, por muchas atrocidades que presenciara, por muchas masacres de las que fuera testigo, seguía reteniendo vestigios del inocente muchacho que había sido al unirse al grupo, un joven subalterno en medio de esa vieja tropa de caballería. De ahí el paternalista afecto que ejercían sobre él, su costumbre de verlo como alguien mucho más joven, de gastarle bromas por ser un joven oficial, alguien cuyo bienestar se sentían obligados a asegurar, aunque de lejos.
—Si todos os retiráis —James se encogió de hombros—, entonces yo también lo haré. Mis padres se alegrarán de verme de vuelta en casa. Ya llevan un año insinuando que ha llegado el momento de regresar, de sentar la cabeza, esas cosas.
—Seguramente te habrán elegido ya alguna jovencita —Rafe rio por lo bajo.
—Seguramente —James sonrió, impasible, como siempre, a sus bromas.
James era el único de los cinco que seguía conservando a sus padres. Del tenía dos tías paternas, mientras que Rafe, el hijo pequeño de un vizconde, tenía numerosos parientes y hermanos a los que hacía años que no había visto. Pero, al igual que Gareth y Logan, nadie lo esperaba en Inglaterra.
Regresar a casa. Únicamente James tenía un hogar al que regresar. Para los demás, «casa», era un concepto desdibujado que tendrían que definir cuando estuvieran de nuevo en suelo inglés. Al regresar a Inglaterra, los cuatro más mayores tendrían, en cierto sentido, que aventurarse a lo desconocido, aunque Del sabía que para él había llegado el momento. Y no le sorprendió que los demás sintieran lo mismo.