Kitabı oxu: «Historias tardías»

Historias tardías
STEPHEN DIXON
Cuando termino de leer sus libros me siento muy consciente de que la vida acabará, de que el proceso del final está ocurriendo en este mismo momento, lo que a un nivel más elevado me hace sentir más tranquilo, más emocional, menos desesperado y menos ansioso.
Tao Lin
Philip Seidel, un reconocido escritor, es el protagonista de estos treinta y un relatos tan intrínsecamente conectados que bien podrían leerse como una novela. Su mujer, con quien compartió treinta años de vida, ha fallecido.
La muerte, la vejez, el deseo de conservar la lucidez, la posibilidad de volver a enamorarse después de un duelo son solo algunos de los tópicos que Stephen Dixon, uno de los escritores más talentosos de la literatura estadounidense de los últimos años, profundiza en Historias tardías, y lo hace con una vitalidad sorprendente, lejos de cualquier tinte melancólico o nostálgico. En un ambiente donde por momentos la falta de memoria, la confusión y la soledad parecieran tomar el control, Dixon encuentra un terreno fértil para explorar los límites de la escritura y, al mismo tiempo, desarticular sus obsesiones más profundas.
Historias tardías
STEPHEN DIXON
Traducción de Ariel Dilon

Índice
Cubierta
Sobre este libro
Portada
Esposa en reversa
Otra historia triste
Dos mujeres
Los muertos
En o Por el camino
Cape May
Solo
Duérmete
Cochran
Loco
Una cosa lleva a la otra
La chica
Hablar
Recuerda
Vera
La sacristía
Lo que van a encontrar
Terapia
Intermezzo
El sueño y la fotografía
Dos partes
Aquella primera vez
No tengo idea
El mentiroso
Sentirse bien
Flores
Lo que es
Lo que no es
Perdérsela
Un final diferente
Sostener
Agradecimientos
Sobre el autor
Página de legales
Créditos
ESPOSA EN REVERSA
Su esposa muere, los labios ligeramente separados, un ojo abierto. Él golpea la puerta del dormitorio de su hija menor y le dice: “Sería mejor que vinieras. Parece que mamá está por fallecer”. Su esposa entra en coma tres días después de haber vuelto a casa y sigue así durante once días. Hacen una pequeña fiesta al segundo día de su regreso: salmón de Nueva Escocia, chocolates, un risotto que prepara él, queso brie, frutillas, champagne. Un vehículo de traslado médico trae a su esposa a casa. Ella le dice: “Llévame a dar una vuelta por el jardín antes de que me meta en la cama por última vez”. Su esposa no acepta la sonda de alimentación que los médicos quieren ponerle e insiste en que desea morir en casa. Dice: “Ya no quiero más asistencia vital, ni remedios, ni suero, ni comida”. Él llama al 911 por cuarta vez en dos años, le dice al operador: “Mi esposa; estoy seguro de que es otra vez neumonía”. A su esposa le colocan un tubo traqueal. “¿Cuándo me lo sacarán?”, dice ella, y el doctor responde: “¿Para ser honesto? Nunca”. “Su esposa tiene un caso muy grave de neumonía”, les dice a él y a sus hijas, la primera vez, el médico de cuidados intensivos, “y entre uno y dos por ciento de probabilidades de sobrevivir”. Ahora su esposa usa una silla de ruedas. Ahora su esposa usa un carrito a motor. Ahora su esposa usa un andador con rueditas. Ahora su esposa usa un andador. Su esposa tiene que usar bastón. A su esposa le diagnostican esclerosis múltiple. Su esposa tiene problemas para caminar. Su esposa da a luz a su segunda hija. “Esta vez no lloraste”, le dice, y él contesta: “Estoy igual de feliz”. Su esposa le dice: “Me parece que algo no anda bien con mis ojos”. Su esposa da a luz a su hija. El obstetra dice: “Nunca vi a un padre llorar en la sala de partos”. El rabino los declara marido y mujer, y justo antes de besarla, él se pone a llorar. “Casémonos”, le dice, y ella dice: “Por mí está bien”, y él dice: “¿De veras?”, y se pone a llorar. “Qué reacción”, dice ella, y él: “Estoy tan feliz, tan feliz”, y ella lo abraza y le dice: “Yo también”. Ella lo llama: “¿Cómo estás? ¿Quieres que nos encontremos y hablemos un poco?”. Lo alcanza hasta la entrada de su edificio y le dice: “Esto sencillamente no está funcionando”. En su primera cita verdadera van a un restaurante y él le dice: “Si me pongo tan quisquilloso sobre qué comer es porque soy vegetariano, cosa que estaba un poco reacio a decirte, tan pronto”, y ella dice: “¿Por qué? No es nada tan peculiar. Solo significa que no vamos a compartir la entrada, excepto las verduras”. En una fiesta, conoce a una mujer. Conversan durante largo rato. Ella tiene que dejar la fiesta para asistir a un concierto. Él le pide su número de teléfono. Le dice: “Te llamaré”, y ella: “Eso me agradaría”. Se despiden en la puerta y él le estrecha la mano. Después de que ella se ha ido, piensa: “Esa mujer va a ser mi esposa”.
OTRA HISTORIA TRISTE
Recibe una llamada. Es un sheriff de condado, en California. Tiene una muy mala noticia que darle. Su hija ha tenido un grave accidente de auto. Fue en una estrecha ruta de dos carriles, bordeando el océano. Aparentemente hizo una maniobra exagerada para evitar chocar contra otro auto que venía en sentido contrario, y desbarrancó. “Sí, sí, ¿está viva?”. “No sé cómo decirlo. Nunca he tenido que decirle esto a un padre. Murió en la ambulancia que la llevaba al hospital”. Cuelga el teléfono. ¿Qué hacer? Tiene que llamar a su otra hija. Debería decírselo a su esposa antes. Pero su esposa está muerta, ¿en qué está pensando? Sus hermanas. Una de ellas, que luego podría decírselo a la otra. No hará nada. Va a acostarse en su cama y dormir. Primero debería cubrir con su funda la máquina de escribir. No, no hace ni siquiera eso. Quita el cubrecama, se acuesta y cierra los ojos. Suena el teléfono, se levanta a contestar. Probablemente sea su hija mayor, diciendo que volvió sin problemas de Los Ángeles y algo sobre la entrevista que tenía en Berkeley. Es el sheriff. “Ha colgado antes de que pudiera terminar. Quería decirle cómo dar conmigo, dónde estamos, en qué hospital se encuentra su hija y algunos detalles que usted o la persona que usted designe para que lo represente debe saber, y hacer”. “Tomaré un avión. No he subido a un avión en casi quince años. Entiendo que hoy volar es muy diferente. Los preparativos en el aeropuerto, las largas esperas y todo eso. Voy a buscar un lápiz. Una lapicera, quiero decir. Siempre llevo una encima. Soy escritor. ¿Qué es un escritor sin lapicera? Pero por alguna razón no tengo ninguna en los bolsillos de mi pantalón, y no hay ninguna encima de mi cómoda. Es ahí donde estoy. En mi dormitorio. Estaba trabajando aquí, cuando usted llamó, porque también lo uso como estudio. Suelo dejar una lapicera sobre la cómoda para los mensajes, y para garabatear mientras hablo por teléfono. ¿Dónde está? ¿A qué aeropuerto debo volar? Lo recordaré”. “Señor, mejor escríbalo”. Encuentra una lapicera en su mesa de trabajo y escribe en un papel, apoyado sobre la cómoda, el nombre y el número de teléfono del sheriff y los nombres del hospital, el aeropuerto y la ciudad. El papel es un señalador que vino con el último libro que compró en la única librería en la que compra sus libros. Siempre ponen uno dentro del libro que uno ha comprado. “Creo que ahora tengo todo lo que necesito”, y cuelga el teléfono. Se acuesta en su cama. Debería llamar a su hija menor, en Chicago. ¿Qué hizo con el señalador? En fin, si se perdió, se perdió. Pero no puede haberse ido muy lejos. Debería llamar a una de sus hermanas. Pero qué harán esas dos, sino gritar y llorar y decir que esto es lo peor que podría haber sucedido. Ojalá pudiese hablar con su esposa. No sabe cómo manejar esto solo, al menos por ahora. Tal vez si cerrara los ojos y durmiera un poco. Cierra los ojos. Tiene que llamar a su hija menor. Ellas eran muy unidas. Pero entonces tendrá que lidiar con su histeria. Tal vez podría mandar a una de sus hermanas a decírselo, pero su hija tan solo querría escucharlo de boca de él. Se levanta y va hasta la habitación de su hija mayor. ¿Cuándo fue la última vez que ella durmió aquí? Un par de semanas atrás. Vino brevemente de visita. Tenía un pasaje gratis de ida y vuelta gracias a todos los vuelos que había hecho en los últimos años. Cuando la dejó en el aeropuerto, ella dijo que la había pasado fantástico. Cuando la llamó a Los Ángeles, al día siguiente, volvió a decirle que la había pasado fantástico. Él le tenía la cena preparada, el día que llegó. Ella dijo que no había probado una comida mejor desde la última vez que estuvo aquí. Él dijo que había empezado a prepararla una semana antes y que la había descongelado el día anterior. La ensalada, dijo, la había hecho hoy. El tercer y último día salieron a cenar a un restaurante japonés. ¿Qué habían preparado de cenar la segunda noche? Ella le regaló un dibujo que hizo en California. Había trabajado en él durante varias semanas. “Deberíamos mandarlo a enmarcar”, dijo él. Al día siguiente de su llegada fueron a una casa de marcos de cuadros. “Elige el que te guste”, dijo ella. “No, tú sabes más de estas cosas. Pide lo que quieras, no me importa el precio”. Dejó una seña por el marco. Aún no lo llamaron para decirle que el marco está listo. ¿Qué va a hacer cuando lo llamen? Dirá: “No puedo hablar ahora. Lo llamaré dentro de un par de semanas”. Después de salir de la casa de marcos fueron a almorzar. Ese día, más tarde, él iba a ir a la YMCA a hacer ejercicio y a nadar, y le dijo si quería ir con él. Ella le preguntó si la dejaría de camino, en caso de que encontrara una clase de yoga en la ciudad. En la computadora del estudio de su esposa encontró una clase de yoga. Él la dejó de camino y después la pasó a buscar, al volver de la YMCA. Esa noche pidieron comida persa, una de las favoritas de su esposa y de sus hijas. Se sienta allí, en la cama. Ella entra en la habitación. “¿En qué estás pensando, papi?”. “Nada”, dice él, “solo pensaba”. “Tiene que ser en algo”. “En tu mamá. Ha estado todo tan solitario sin ella. Pero no quiero ponerte triste contándote lo triste que estoy yo. Ya van dos años y apenas si logro adaptarme. Todas las decisiones que tengo que tomar solo, ahora. Ella era tan buena dándome consejos, ayudándome a decidir y a planear lo que debíamos hacer. También estoy triste porque te vas”. “Me gustaría quedarme más tiempo, pero tengo que volver a dar clases”. “Deberíamos haberlo previsto mejor. Planear que vinieras durante tus vacaciones de primavera. Eso es lo que mami habría sugerido, porque ¿cuál era el apuro? Pero estoy contento, aun del poquito tiempo que estuviste. Fue divertido. Un lindo cambio, para mí”. Ella se sienta sobre la cama y le sostiene la mano. “Voy a tratar de venir también para las vacaciones de primavera”. “Sí, hazlo. Yo pagaré el viaje, y no me importa lo que cueste. Debería llamar a tu hermana, ahora. No quiero, pero es algo que debo hacer. Y tengo que llamar a una compañía aérea. ¿Qué compañía tiene vuelos a Santa Bárbara, o a la ciudad más cercana? No sé cómo averiguarlo”. “Llama a cualquier compañía aérea en la guía telefónica. Ellos te dirán”. “Bien pensado. ¿Podrías hacerlo tú por mí? Luego llamaré a tu hermana. Y a tus tías, o a una de ellas, que puede llamar a la otra”. “Ahora soy yo la que no está pensando”, dice ella: “Puedo encontrar toda la información que necesitas en la computadora”. Ella sale de la habitación. Él va a su dormitorio y se acuesta en la cama. Pliega las manos sobre su pecho y cierra los ojos. Debo parecer un cadáver, piensa. Solo me falta tener puesto un traje con todos los botones abrochados, una camisa de vestir y una corbata. Suena el teléfono. Lo va a dejar que suene. Pero tal vez sea su hija mayor. Se levanta, agarra de encima de la cómoda el auricular del teléfono y dice hola. “Encontré la compañía aérea que deberías tomar”, dice ella en el auricular. “Dime cuál es”, dice él, “lo escribiré, pero ¿qué voy a hacer con el gato? Tendré que conseguir a alguien para que se ocupe de él”. “Llama a alguno de tus amigos, o a los amigos de mami. Cualquiera de ellos lo haría por ti”. “Eso significaría tener que hablar con alguien, aparte de tu hermana y de alguna de mis hermanas, y de ti. No podría. Ahora mismo soy incapaz de hacerlo. Realmente no veo cómo puedo ir a California”. “Tienes que hacerlo. Yo voy a estar ahí. Nos divertiremos tanto. Te mostraré mis lugares favoritos. Iremos a museos. Y aquí hay tantas buenas galerías y restaurantes”. “De acuerdo, voy a ir”. Se recuesta en la cama y vuelve a abrazarse el pecho con las manos. Ve que tiene puesto un traje, una camisa de vestir y una corbata. El traje es el mismo con el que se casó, en el departamento de ella, veintinueve años atrás. Su esposa insistió en que lo comprara para la boda. Él iba a ponerse una vieja chaqueta deportiva y un pantalón recién planchado. El traje tiene algunos agujeros de polilla, pero todavía le queda bien. “Soy un cadáver”, dice. “No puedo moverme”.
DOS MUJERES
Desde su dormitorio lo llama una mujer. Él está leyendo en un sillón, en el living, y tomando un poco de vino. “Ven”, dice ella, “¿qué estás esperando? Trae tu pene aquí”. La voz suena como la de su esposa. También suena como la de la mujer a la que conoció hace tres meses, en una fiesta de Navidad, y que lo atrae mucho y con quien le gustaría iniciar una relación seria e incluso piensa que le gustaría casarse. Su esposa murió hace un poco más de un año. Hoy es el trigésimo primer aniversario del día que se conocieron. Fue en la presentación de un libro de una mujer a quien los dos conocían. Ella había ido desde el departamento de sus padres en el centro. Había hecho una parada allí para pasar un breve momento con ellos y darles un regalo por su aniversario de casados, que era ese día. Él nunca durmió con esta otra mujer. Ni siquiera se han dado un beso en los labios. O una vez, pero accidentalmente, debido a una torpeza de ella, según dijo. Se estaban despidiendo, al lado de su auto, después de uno de sus almuerzos semanales, y ella adelantó los labios cuando su intención era ofrecerle la mejilla para que la besara. “Fue sin querer”, dijo. “Pero fue lindo”, dijo él. “Pero fue un accidente, debido a una distracción momentánea, a las que reconozco que soy propensa, así que no ha significado nada, no significa nada, y deberíamos continuar con nuestra amistad como si no hubiese pasado. En otras palabras, no hagas de esto algo más que lo que fue”. Han estado encontrándose a almorzar casi todos los miércoles desde que se conocieron. Todas las veces menos una en el mismo restaurante. “¿Por qué ir a otro?”, dijo ella. “Estamos más interesados en la conversación que en la comida, aunque la comida que sirven ahí es más que aceptable, y una vez que te la han traído te dejan en paz. Y si quieres más café, cosa que nosotros siempre queremos, solo hay que ir hasta la barra y servirse uno mismo de alguno de los termos. Me gusta seguir una cosa a rajatabla, si es buena, ¿y tú?”, y él dijo: “Yo igual”. Hace dos semanas, ella fue a su casa cuando él no la esperaba. Tocó el timbre. Él prendió las luces de afuera y miró por la puerta de la cocina, vio que era ella y la hizo pasar. “Andaba por el vecindario”, dijo. “Me moría por ver cómo era el lugar donde escribes, y pensé que era una oportunidad como cualquier otra para hacerlo”. “¿Es la única razón por la que viniste?”, y ella dijo: “Es la única razón, y tal vez para tomar una copa de vino contigo, después. Me fascinan los lugares de trabajo de los escritores, y el aspecto de toda la habitación. Estoy planeando reunir fotos para un libro sobre el tema, pese a que ya se han hecho un par que son excelentes. Pero en el mío, los escritores no aparecerían en las fotos. Solo el lugar donde escriben y lo que escriben, y si hay un gato sentado sobre el teclado, no hay problema”. “Mi lugar de escritura no tiene nada de extraordinario”, dijo él. “Salvo porque escribo en mi dormitorio, y porque todavía lo hago a máquina, una máquina de escribir manual, convencional. Así que es lo que hay, y cuando no estoy escribiendo la máquina de escribir queda siempre cubierta, para que no le entren el polvo ni los pelos del gato. Y alrededor montones de papeles, por supuesto, y escribo sobre una larga mesa de trabajo, de fórmica. Te mostraré”. La llevó hasta su dormitorio. “Esto es perfecto”, dijo ella. Sacó una cámara de su cartera, ajustó la lente y tomó montones de fotos, tanto de su mesa de trabajo como de los manuscritos que había sobre ella y la máquina de escribir sin la cubierta, y después con dos hojas de papel en el rodillo. Luego tomaron una copa de vino, ella dijo que tenía que irse, él la acompañó hasta el auto y ella le ofreció la mejilla para que la besara. “Te veo el miércoles”, dijo, “misma hora y lugar”. “¿Dónde era?”, dijo él. “Eres tan gracioso”, dijo ella, “eso me gusta”. Ahora, ya sea ella o su esposa está en su dormitorio. Si es su esposa, entonces en el dormitorio “de ambos”. “Ey”, dice una de las dos, “¿qué diablos es lo que te retiene? Ven aquí, ¿vas a venir o no? O al menos trae tu pene hasta aquí, déjamelo y el resto de ti puede volver al living, a leer y a beber”. Él se levanta del sillón y va al dormitorio. Las cortinas están cerradas y la habitación a oscuras. “¿Dónde estás?”, dice. “Bajo las mantas”, dice ella. “¿Lado derecho o izquierdo?”, y ella: “Ven y averígualo”. Hay un ruido de mantas que se mueven. “Ahora ya no estoy debajo de las mantas, pero sigo en el mismo lado de la cama”. “¿Estás desnuda?”, y ella: “Completamente”. “Sabes, no sé cuál de las dos eres. Suenas como mi difunta esposa, pero también suenas como la mujer que conocí en una fiesta de Navidad, hace tres meses”. “Bueno, si te metes en la cama sabrás cuál de las dos soy. En un caso u otro, yo diría que no puedes salir perdiendo”. “Tienes razón”, dice él. “Si eres mi esposa, es un sueño hecho realidad. No hay nada que desee más que volver a abrazarla, dentro o fuera de la cama. Y si eres esa otra mujer, de la que creo que he empezado a enamorarme y con quien pienso que incluso me gustaría casarme, cosa que no debería estar diciendo porque me ha dicho que no quiere que me enamore de ella, y estoy seguro de que casarse conmigo es lo último que tiene en mente y que solo quiere que sigamos siendo buenos amigos, entonces también es un sueño hecho realidad”. “‘Sueño hecho realidad’”, repite ella: “Perdona que lo diga, pero qué frase más floja para ser dicha por un escritor profesional con cincuenta años de carrera. Pero como ya he dicho, y no quiero tener que repetirlo, ven a la cama y averígualo”. “Tu actitud y la manera en que te expresas también se parecen a las de mi esposa: franca, sucinta y con talento para las palabras. Y tu voz: dulce y suave. Realmente no podría distinguirlas”. “¿Y eso qué importa?”, dice ella. “Por última vez… ¿vas a venir a la cama o no? Estoy tomando frío sin las mantas encima y sin nada de ropa. Pero antes quítate tú también toda la ropa”. Se desviste, se mete en la cama y estira las mantas encima de los dos. La toca y ella lo toca. “Tus manos son tibias como las de mi esposa, salvo después de haber lavado los platos, y me tocas de la manera en que ella lo hacía. Delicadamente y en los lugares adecuados, como si supieras por experiencia dónde me gusta ser tocado”. “Te toco como una mujer toca a un hombre en la cama; nada más”. “Tus pechos también, me dan la misma sensación que los de mi esposa; bien llenos. Y tus pezones: grandes y duros. Pero eso no significa que seas mi esposa. Lo mismo con la forma de tus nalgas: tan redondas. Y tus piernas: largas, un poquito grandes en los muslos, pero fuertes como las de ella. También tu nariz y tu pelo. Hasta tu vello púbico. Supongo que al tacto la mayoría de los vellos púbicos deben parecerse, pero es la cantidad a lo que me refiero. Muchísimo, cosa que quizá no quieras oír, pero que a mí me gusta”. “Ahí tienes: dos por el precio de una”, dice ella. “Mi mujer solía decir eso mismo, pero hablando de otras cosas”. “¿Lo decía?”, dice ella. “¿Por qué tengo la sensación de que ya lo sabía? En cualquier caso, cuando estemos listos… y tómate tu tiempo. Ya sea que pienses que esto es un reencuentro o nuestra primera vez, no lo apresures. Tenemos toda la noche”. “Eso es lo que mi esposa solía decir también, y de la misma manera. Pero ¿podemos parar por unos minutos y solo besarnos? Quiero ver si tus labios y la manera en que besas apasionadamente –esa única vez, tan rápida, fue como que te robé un beso y no me bastó para saberlo– son también como los de ella, y por supuesto debido al placer que eso implica”. “Creo que con eso me basta”, dice ella. “Digamos que acepto un vale para otra ocasión, pero ahora me voy a dormir”. “No me atrevo a decirlo, porque podrías saltarme a la yugular, aparte de añadir que eso último que dije es también una frase de mal escritor, pero esa parte, lo del vale para otra ocasión, es algo que ella decía muchas veces cuando no podía hacer el amor o no tenía interés en hacerlo, por una u otra razón”. “Bien”, dice ella, “pero ahora tendrás que esperar a que amanezca para averiguar cuál de las dos soy”. “Siempre tengo la opción de encender la luz”. Y ella dice: “No lo arruines”.
LOS MUERTOS
Murió Bartók. Murió Britten. Murió Webern. Murió Berg. Murió Górecki. Murió Copland. Murió Messiaen. Murió Bernhard. Murió Beckett. Murió Joyce. Murió Nabokov. Murió Mann. Murió De Ghelderode. Murió Berryman. Murió Lowell. Murió Williams. Murió Roethke. ¿Quién del resto de los grandes no ha muerto? En el siglo pasado. A comienzos de este siglo. Murió Bacon. Murió De Kooning. Murió Rothko. Murió Ensor. Murió Picasso. Murió Braque. Murió Apollinaire. Acaso todos los grandes se hayan muerto. Mi hermano menor se va a morir. Mis otros dos hermanos han muerto. Robert. Merrill. Mis dos hermanas menores se van a morir. Murió Madeline. Mis padres murieron. Murió mi esposa. Murieron sus padres. Sus parientes en Europa llevan muertos largo tiempo. Mis dos mejores amigos murieron. Estoy acostado en una cama de hospital. No puedo levantarme. No puedo darme vuelta. Estoy clavado a esta cama por cables y tubos. No puedo hacer nada por estar menos incómodo, me siento tan desamparado y tan dolorido que casi quiero estar muerto. Llamo a la enfermera. Normalmente responde alguien. Esta vez no responde nadie. Espero. No quiero contrariar a nadie. Vuelvo a llamar. ¿Qué voy a decir: “Háganme morir”? “¿Sí?”. “Analgésico, por favor”. “Le diré a su enfermera”. “Lo necesito mucho”. “Le diré a su enfermera”. Viene la enfermera. “¿Nivel de dolor, en una escala de uno a diez?”. “Nueve”. Quiero decir “Diez”, pero tiene que existir un dolor peor que el mío. Me da la medicación a través de la vía intravenosa. Me quedo dormido. Cuando me despierto empiezo a alucinar. Demasiada medicación para el dolor, dijeron. ¿Qué puedo hacer? Es la única manera de parar el dolor y dormir. La habitación se ha transformado en un calabozo. Barrotes en mis ventanas y mi puerta. Luego es una celda de manicomio. No hay barrotes; solo vidrios extra-gruesos. Hay gente que pasa. Oigo unas voces muy bajas. “Esto”, dicen, y “Aquello”. Tengo que salir de aquí. Grito pidiendo ayuda. La gente no deja de pasar en ambas direcciones delante de mi habitación pero nadie parece oírme ni se da vuelta hacia mi puerta de vidrio. Todos llevan puesta ropa blanca de doctor. Ambos de hospital. Guardapolvos. O como se llamen, pero muy blancos y limpios. Batas de laboratorio, tal vez. Abrazan pizarras contra sus pechos. “Esto”, dicen. “Aquello.” Luego algún que otro murmullo y se han ido. “Ayuda”, grito. “Necesito ayuda. Voy a defecar en mi cama”. Siguen pasando. “De acuerdo”, digo, “voy a cagar en mi cama”. Idiota, pienso; la enfermera. Llamo para que venga. A duras penas puedo manejar la cajita. El aparato solicitador. Comoquiera que lo llamen. La cosa que enciende y apaga el televisor y sube y baja los dos extremos de la cama. Ya no sé cómo se llama ninguna cosa. Ni siquiera aquello que me trajo aquí. Interrupción intestinal. Obstrucción. Aun si encontrara el término correcto, dos operaciones después de haber llegado aquí, ni siquiera sé lo que es. “¿Sí?”. “Gracias a Dios. Analgésicos, por favor”. “Le diré a su enfermera”. Viene mi enfermera. “No debería ser más seguido que cada cuatro horas. Pero estamos a diez minutos, así que lo bastante cerca”. “Gracias. Y eso debe significar que dormí la mayor parte de las últimas cuatro horas. Eso es bueno. Cuanto más duerma, mejor. Y creo que necesito que me cambien”. Se fija. “Lo está imaginando. ¿Necesita ir ahora?”. “No. No quiero estar sentado ahí la próxima hora. Y no he comido nada en días, así que probablemente no haya nada ahí”. Me quedo dormido. Sueño que soy devorado por leones. Lucho por salir del sueño y me despierto. ¿Qué fue todo eso? ¿Leones literarios? Oh, a quién le importan las interpretaciones. Cierro los ojos y oigo voces. Abro los ojos y veo gente que pasa en esmoquin blanco, todos sosteniendo pizarras. “Construya”, dicen. “No construya”. “Entonces corte”. “De acuerdo”. Tengo que salir de aquí. Sueños, despierto, siempre hay algo a lo que tenerle miedo. El médico del otro día, que era solo un residente haciendo su ronda y ni siquiera era mi médico de guardia, dijo que leyó mis rayos X y podría ser que tengan que ponerme una bolsa por fuera de mi barriga para juntar mi mierda. Si voy a morir, y querría morirme si tuvieran que ponerme una de esas bolsas, déjenme morirme en mi propia cama con una gran sobredosis de lo que sea que tengamos en casa o con lo que me manden para allá. Y si voy a vivir, necesito una habitación menos aterradora. Quiero llamar a mis hijas pero no encuentro mi celular. Hoy lo recargaron y dijeron que lo pondrían en un lugar donde yo pudiera alcanzarlo fácilmente, pero no lo veo. Tanteo a mi alrededor. Está el aparato solicitador. Un pañuelo. Una lapicera. Diré que sé que es tarde pero que me estoy volviendo loco y tienen que conseguirme otra habitación. “Son las drogas. Pero sin ellas estoy peor aun. Probablemente no esté hablando con mucho sentido”, diré, “pero oigo voces. Voces de otras personas. Y veo pasar gente por delante de mi habitación, que o bien están muertos o me ignoran intencionadamente, pero nunca responden a mis pedidos de auxilio. Si no consigo otra habitación, me arrancaré todos los cables y los tubos, incluso la sonda, no importa cuánto pueda doler, y me escaparé”. Pero no las asustes ni las despiertes. Han sido tan buenas contigo, volando desde diferentes ciudades distantes y quedándose en tu habitación de ocho a diez horas por día. Leyéndote, aunque no quisiste decirles que no deseabas que te leyeran. Sosteniéndote la mano y haciendo cosas como poner paños húmedos sobre tu frente, aunque tampoco querías eso. Ángeles, las llamaste; así que deja a tus ángeles dormir. Y ahora no estás tan dolorido. Viene más seguido y después se va. Y las voces que murmuran se han ido y nadie pasa por delante de tu habitación salvo las enfermeras regulares y las auxiliares, que vendrían si las llamaras. Trata de dormir. El tiempo pasará más rápido. Tiro de las mantas hasta el mentón. Siento tibieza, no demasiado calor. Estoy cómodo. Mi cuerpo se siente normal. Me quedo dormido. Sueño que estoy en Tokio, adonde siempre he querido ir, pero llego sin tener que tomar un avión. Me despierto y es el comienzo del día. El crepúsculo. El alba. ¿Cómo era que se llamaba? Debería saberlo. Esa es tan fácil. Las palabras son a lo que me dedico. Pero estoy dolorido otra vez, lo que siempre me deja confuso. Presiono el botón llamador. Eso es lo que es. Botón llamador, botón llamador; lo recuerdo. “¿Sí?”. “Analgésicos, por favor”. “Le diré a su enfermera”. Viene otra diferente. “Hola. Soy Martha. Y tu enfermera auxiliar es Cindy. Nuevo turno”. Borra de una pizarra en la pared los nombres de la enfermera y la auxiliar anteriores y escribe los de ellas con un marcador. “Has dormido poco, dijo la enfermera anterior. Mucho agitarte y hablar. Parece que querías un baño termal caliente. Lo siento, compañero. Aquí no tenemos eso. Y que los dragones andaban tratando de atraparte y algo sobre tus brazos que alguien cortaba con una espada a la altura de los codos. Y transpiraste horriblemente. Ella tuvo que secarte”. “No recuerdo nada de eso. En fin, sueños”. “Por causa de todo eso, quiero evitar, en lo posible, darte la medicación para el dolor. ¿Sigue doliendo?”. “Nivel nueve, u ocho”. “¿Crees que puedes tolerarlo media hora más? Y podríamos ponerte una bata limpia”. Me quita la que está húmeda y me pone una nueva. “¿Algo más que necesites?”. “Mi celular”. “Estuviste durmiendo encima de él”, y lo saca de debajo de mi brazo. Se va. Murió Poulenc. Murió Prokofiev. Murió Mahler. Murió Granados. ¿Ya he dicho que Bartók murió? Pärt no murió. ¿Quién más no murió? Tanizaki murió. Murió Solzhenitssyn. Murió Hamsun. Murió Borges. Murió Conrad. Murió Konrad. ¿No se murió Lessing, hace poco? El escritor italiano cuyo nombre de pila empieza con D, y que en uno de sus libros escribió demasiado parecido a Kafka, se murió. Kafka, por supuesto, murió. Murió Cummings. Murió Stevens. Murió Auden. Murió Yeats. Murió Pollack. Murió Leger. Murió Kandinsky. Murió Malevich. Moore, Maillol y Matisse murieron. Mi dolor no ha muerto. Me cago en mi cabeza. Quiero decir en mi cama. De repente vino. Meo a través de un catéter, así que por ese lado estoy bien. Quiero limpiarme en el baño. Quiero tomarme un vaso entero de agua helada. Quiero pararme y salir de aquí caminando. Presiono el botón del llamador. “¿Sí?”. “Lo lamento, pero necesito una limpieza importante. Y supongo que nueva ropa de cama, y una nueva bata, y que me hagan otra vez la cama. Estoy en el fango. Estoy transpirando como un cerdo. Necesito que bajen el termostato. Por favor haga que venga alguien”. “Le diré a su auxiliar”. Aparece una mujer joven. Casi una niña. Trae una bata nueva para mí, y sábanas y paños de limpieza y una palangana con agua. “Oh, veo que ya tiene mi nombre en su pizarra”. “¿Eres la auxiliar? Lamento el desastre que he hecho”. “En realidad soy una enfermera en entrenamiento, pero hoy soy auxiliar. Así que demos un vistazo. Gire sobre su costado”. Aferro la baranda lateral y me impulso para girar. “No sé de dónde vino. No he comido en una semana. Ni bebido nada. Todo el alimento y el líquido que recibo viene de unos cubitos y de lo que hay en esas bolsas. ¿Esta vez no es mi imaginación y defequé de verdad?”. “En abundancia. Solo tomará un minuto”. Me quita la bata, me limpia y me lava y me seca y agita una lata de polvo para bebés sobre mi trasero. “Huele bien, ¿verdad? Es uno de mis favoritos”. “Esto debe ser horrible para ti. Estar limpiando a un viejo. Hasta hizo que dudara de siquiera llamarte, pero tuve que hacerlo. Estoy prisionero aquí”. “No se preocupe. Estoy acostumbrada a hacerlo. Y cuando sea una enfermera hecha y derecha, de aquí a un año, por lo general tendré a un auxiliar que lo haga por mí. Tiene un absceso en el ano. ¿Le habló de eso su doctor o alguna de las enfermeras?”. “Nada”. “Debe dolerle, y no querrá que esa infección empeore. Dígaselo”. Me pone una bata nueva y luego cambia las sábanas conmigo en la cama. “Es una profesión maravillosa, la enfermería, mira qué buen trabajo haces. Yo fui a meterme en una que no ayuda a nadie”. “¿Que viene a ser cuál?”. “La escritura”. “Yo no leo demasiado. Estoy más interesada en las ciencias”. “Bien por ti. Sigue con eso. Todo hombre debería tener por esposa a una mujer que sea o alguna vez haya sido enfermera. Eso no fue una propuesta. Solo estaba pensando. Cuando uno cae enfermo como caí yo, sería tan reconfortante saber que podría ser cuidado como me cuidas tú, pero por mi esposa y en mi casa. Mi esposa murió”. “Lo siento”. “Dos años y un mes. La mayor pérdida de toda mi vida”. “Me lo puedo imaginar. Ya está, tan limpio como nuevo. Y además huele bien”. “Gracias otra vez. Como ya dije, haces un trabajo maravilloso. ¿Ya puedes darme algo para el dolor?”. “Es la enfermera quien tendrá que hacerlo. A mí no me está permitido. Llámela”. “Si llego a tener otro accidente, y nunca se sabe, espero que sea otra auxiliar quien se ocupe de eso, odiaría que tuvieras que hacerlo de nuevo. Una vez, al menos en un período corto de tiempo, debería ser suficiente”. “En serio, no tengo problema con eso. Hago un turno de doce horas y es una de las cosas para las que estoy aquí”. Se va. Llamo. “¿Sí?”. “Analgésicos, por favor”. “Su enfermera está muy ocupada con otro paciente, pero le diré”. “¿No hay alguna otra enfermera que pueda dármelos?”. “Hay mucho trabajo por aquí. A veces ocurre, pacientes que necesitan atención inmediata, todos al mismo tiempo. Le conseguiré una enfermera tan pronto como pueda”. Murió Hemingway. Murió Faulkner. Murió Paley. Murió Sebald. Murió Lowry. Murió Camus. Murió Eliot. Maldelstam murió. Akhmatova murió. O’Neill murió. Murió Williams. Murió Miller. Murió Hopper. Murió Giacometti. Murió Klee. Miró se murió. Sheeler murió. Soutine murió. Murió Arp. Murió Sibelius. Murió Strauss. Hovhannes murió. Vaughan Williams murió. Tengo que cagar de nuevo. Necesito una palangana. O lo que sea esa cosa para poner en la cama, debajo de mí. Es comparable a un orinal, pero para el trasero. No a una escupidera. Llamo. Nadie responde. Llamo y llamo. “Ya le dije, señor. Todas las enfermeras de piso están ocupadas con otros pacientes. Alguna de ellas irá a atenderlo tan pronto como pueda”. “Pero es para mover los intestinos. No quiero volver a hacerlo en mi cama. Lo único que pido es esa cosa que ponen debajo de mí mientras estoy acostado aquí”. “¿Una bacinilla?”. “Una bacinilla, eso es. Puede pedirle a una auxiliar que lo haga. Pero no la misma, Cindy. Ella ya lo hizo una vez, con mano experta, pero provoqué un chiquero y no quiero que ella tenga que pasar otra vez por eso”. “No tiene elección, señor. Si está disponible, se la enviaré. Y si no, a alguna otra”. Si no fuera por mis hijas, me gustaría estar muerto. Pero no puedo hacerlas pasar por la muerte del otro de sus padres tan pronto, después de la primera. Viene una auxiliar diferente, saca la bacinilla del último cajón de mi mesa de luz. “Arriba”, y la pone justo a tiempo debajo de mí. “Al menos esta vez no voy a hacer un gran desastre en la cama y que usted tenga que limpiarlo como pasó con mi auxiliar de guardia”. “Siempre hay algo que hace ver la vida un poco más brillante. ¿Cree usted que ha terminado?”. “No”. “Llámeme cuando haya terminado. Hoy es una casa de locos ahí afuera, peor para las enfermeras que para las auxiliares, así que alguna de nosotras deberá venir”. “Gracias”. Bergman, Fellini, Antonioni, Kurosawa, Kieslowski... todos murieron. Y Bábel. ¿Cómo pude haber dejado afuera a Bábel? Bábel murió.
EN O POR EL CAMINO
En la radio de música clásica la locutora dice que la próxima pieza va a ser un poema sinfónico, “o lo que también se denomina un poema tonal”, compuesto por Rajmáninov. El título es “La roca”, y la obra se basa en un cuento de Chéjov llamado “Por el camino”. El cuento, dice, trata sobre un indigente entrado en años y una joven rica que, en el transcurso de una ventisca, se encuentran en una posada. “Como que ambos vienen a ser arrojados juntos en una habitación, que el dueño de la posada llama ‘La viajera’, dado que la reserva para viajeros de paso o que han quedado varados”. El hombre y la mujer conversan durante horas y gradualmente se toman afecto. “Hay una posibilidad –podríamos decir incluso una esperanza– de que se conviertan en buenos amigos o, cuando menos, compañeros de viaje por el resto del trayecto. Pero a la mañana siguiente la mujer se va en un trineo que el hombre, parado en medio del camino, sigue con la vista hasta que desaparece. Al cabo de un rato, empieza a tener el aspecto de una roca cubierta por la nieve”, dice la locutora, “de allí el título”. Él no conoce el cuento, pero el final es muy típico de Chéjov. Dos personas de medioambientes o condiciones económicas muy diferentes, o ambas cosas, se encuentran por primera vez y conversan de manera íntima, a menudo después de haber vivido toda su vida en la misma región y haber tenido alguna vaga idea el uno del otro durante años, y cuyas existencias… En fin, hay una posibilidad de que después de su primer encuentro puedan unirse… sus vidas puedan... incluso casarse, o ayudarse el uno al otro de alguna manera… pero… Como sea, lo que parecía prometedor se termina de repente, normalmente porque uno de ellos no dice algo que podría evitar que el otro se vaya, o porque el tiempo se ha despejado, o porque la rueda o el eje de una de las carretas han sido reparados o el obstáculo en el camino removido, y siguen cada uno su rumbo, con escasas probabilidades de que vuelvan a encontrarse o a dirigirse la palabra alguna vez. Él nunca ha sido bueno para resumir historias, ni siquiera las suyas. Pero el final de este cuento, por lo que dijo la locutora, es uno que Chéjov utilizó varias veces de manera similar, y tal vez mucho más que eso, ya que él solo ha leído unos cincuenta de los 568 cuentos y esbozos que Chéjov escribió. Ahora viene la obra de Rajmáninov. Durante el último minuto o algo así, pasaron un anuncio de un concierto gratuito de lieder en la academia de música del centro y una propaganda grabada de la señal de radio, que dice que el sesenta por ciento de su presupuesto viene de las contribuciones de oyentes asociados, “así que ¿no invertiría usted unos pocos minutos de su tiempo para convertirse en socio, marcando el siguiente número de teléfono o registrándose online?”. Durante un minuto escucha la música, no le gusta particularmente, luego no le gusta para nada y apaga la radio. A veces, lo que él considera música horrorosa puede llegar a resultar deprimente. En esta señal de radio pasan un montón de esa música, sobre todo alrededor de las diez de la mañana –marchas briosas, valses sensibleros–, aunque también pasan muchísima buena música. En cuanto a hacerse socio, él y su esposa lo han sido por unos veinticinco años, aunque él ahora aprovecha la membresía para adultos mayores. Pero el cuento. Si estuviera su esposa, él le preguntaría por la pieza de Rajmáninov. Ella es la especialista en Chéjov. Sobre sus cuentos, precisamente, hizo su maestría y su doctorado: una tesis sobre los comienzos de sus cuentos –unos veinte de ellos– y una disertación sobre los finales: diez. Él le diría: “¿Conoces un cuento de Chéjov llamado ‘Por el camino’? Yo no. ¿Y cómo puede ser que un poema sinfónico, que es como yo siempre los he llamado, se base en un cuento corto? Especialmente uno con una trama como la que resumió la locutora –ya que no estamos hablando de ópera–, que parece ser más bien una larga conversación en una posada, entre un hombre y una mujer, y que termina con el hombre de pie, metido en lo que asumo que debe ser nieve bastante alta, con la apariencia, el hombre, de una roca”. Ella podría decir que ha leído más de 300 de sus cuentos y esbozos en ruso –una vez se lo dijo– y más o menos la mitad de los algo así como 400 traducidos al inglés, y que ese que él menciona no le resulta familiar, aunque el final es similar a varios de los suyos. “¿‘Por el camino’? ¿Estás seguro de que la locutora no dijo otro título? Aunque muchos de sus cuentos tienen títulos diferentes en cada nueva traducción. ‘Luto’, por ejemplo, que también he visto como ‘Aflicción’ o ‘Pena’, y en una traducción como ‘Tristeza’, aunque puede ser que me equivoque sobre este último… Sé que hay por lo menos cuatro títulos diferentes, para ese cuento, en las versiones inglesas. Si quieres, puedo buscar en mis notas sobre su narrativa, y si no encuentro nada me fijaré en los volúmenes de cuentos suyos que tengo, tanto en ruso como en inglés. Si encuentro el cuento en inglés, ¿quieres leerlo?”. Él diría: “Me gustaría, y después quizá tú podrías leerlo por primera o por segunda vez, y hablaremos de él. Eso siempre es divertido. Y no será una pérdida de tiempo. Jamás he leído uno de sus cuentos, salvo alguno que otro de los esbozos menores –y esos no son cuentos, ¿verdad?–, que no fuera claro y legible y bueno, y veinte o treinta de los que leí eran francamente geniales. No creo poder decir eso de ningún otro cuentista. Acaso Hemingway o Bábel se le acerquen”. Así que se iba a fijar, podría decir ella, tal vez no ahora mismo, pero hacia el final del día. Ella tiene la colección completa de 16 o 17 o el número que sea de volúmenes de cuentos y esbozos completos de Chéjov en ruso. Él se va a fijar en las antologías de cuentos de Chéjov en inglés. Va al living, saca las tres antologías de un estante y en el índice de una de ellas encuentra el título “En el camino”. Tiene que ser ese. Va a las últimas páginas del cuento. Un hombre, parado en medio de una nevada “como si hubiese echado raíces en ese lugar”, y contemplando las huellas dejadas por los patines del trineo de la mujer, empieza muy pronto a parecerse a un peñasco blanco. Luego lee las primeras páginas del cuento, hojea el resto y entra con el libro en el estudio de su esposa. “Hurra, hurra”, dice, “lo encontré. En una vieja edición de los cuentos de Chéjov de la Modern Library que creo haber comprado cuando estaba en la universidad, traducida por esa vieja tan confiable, Constance Garnett. O me parece que era por ella. No dice quiénes son los traductores, salvo por unos cinco de los cuentos, en la página de agradecimientos, y le atribuyen a ella todos menos uno. Tal vez esté al final del libro”. Se fija: no está. “Pero casi como que tiene que ser de ella. El copyright es de 1932”. “Nada de qué sorprenderse”, podría decir su esposa, aunque ya ha pasado por eso antes. “Y salvo por los traductores top de hoy, que son casi tan conocidos como los autores, las cosas no han cambiado mucho desde esa época. Los traductores siempre han sido mal pagados y solían no figurar en los créditos del libro. Pero pobre de ellos si la traducción no suena tan bien, o si el cuento original no es tan bueno. Entonces toda la culpa es de ellos. ‘Descuidadamente traducido’, esa clase de críticas… El escritor, por supuesto, queda libre de sospecha. Déjame verlo”. Él sostiene el cuento abierto en la primera página. “Ah, sí”, podría decir ella, tal vez después de haber leído un párrafo o dos, “ahora lo recuerdo. No es uno de mis favoritos, razón por la que nunca lo he enseñado en clase, pero aun así, como decías, es un buen cuento. Dos personas en una posada durante una tremenda tormenta de nieve. El viento que aúlla. Él se apoyaba mucho en esas cosas. Incluso la tormenta, que sacude las ventanas y el techo. Si tenía alguna debilidad, era esa. Se supone que la mujer es bastante más joven que el hombre, que es descrito como entrado en años, aunque anda por los cuarenta, así que tal vez solo fuese viejo para esa época y ese lugar. Ella es una terrateniente, o tal vez el terrateniente sea su hermano, a cuyo encuentro se dirige, viajando en trineo. El hombre fue alguna vez bastante próspero –me parece que en una época poseía una finca, o la administraba–, pero durante largo tiempo le ha ido muy mal. Al principio no parecen ser una pareja muy compatible. Pero hacia el final, dado que son tan cálidos y francos y serviciales y hasta solícitos el uno con el otro, uno pensaría, si no conociera mejor a Chéjov, que podrían hacer buena yunta. No creo que eso pase nunca en Chéjov, ni en sus ficciones ni en sus obras de teatro, o bien sucede muy rara vez. El hombre viaja con su hija. Una niña encantadora pero triste, como tantos niños en sus cuentos… muy maltratada y regañada por su padre”. “La sinopsis del cuento que dio la locutora”, dice él, “nunca mencionó a la hija. Tal vez no tuviera tiempo, o las notas del programa de la obra de Rajmáninov no la incluyeran”. “Si no recuerdo mal”, podría decir ella, “la mujer tiene algún dinero propio y siente mucha simpatía por la niña, y habría sido una maravillosa madre sustituta para ella y una buena esposa para el hombre. Olvidé lo que le sucedió a su esposa. Creo que había muerto o lo había abandonado por otro hombre, y él se quedó con la hija. Eso explicaría la cuesta abajo en la que está”. “Lo que me gustaría saber es cómo se puede hacer un poema sinfónico a partir de un cuento como ese”, dice él. “Una ópera, como te dije –de un solo acto–, eso sí puedo verlo, aunque la nieve podría ser un problema”. “Oh”, podría decir ella, “saben cómo hacer la nieve en un escenario de ópera. La Bohème, por ejemplo. Pero tengo que confesar que no sé lo que es realmente un poema sinfónico”. “Supongo que es lo que hizo Richard Strauss en Don Juan y Till Eulenspiegel etcétera etcétera, y lo que hicieron Sibelius y Smetana en algunas obras suyas. Una narración en música, aunque yo tendería a creer que es difícil ilustrarla de esa forma. Pero ¿y si nos olvidamos de la música y leemos el cuento –yo ya lo empecé y sé cómo termina–, y charlamos sobre eso en algún momento del día?”. “Termínalo, yo te alcanzaré”, podría decir ella. “Lo leeré también en ruso, si tengo tiempo, por si acaso en la traducción se pierda algo”. “Hasta luego, entonces”, dice él. Va al dormitorio, ahueca y acomoda las cuatro almohadas, la dos de ella y las dos suyas, unas encima de las otras contra la pared, y se recuesta sobre ellas y lee el cuento. Después de terminarlo vuelve al estudio de su esposa. Ella no está allí.
CAPE MAY
Solían ir a Cape May más o menos cada dos años, sobre todo para avistar aves, en el observatorio de aves que hay allí. Fueron tres veces, una en primavera y dos en otoño, antes de que ella estuviera demasiado enferma como para poder ir. No era algo que a él le gustara mucho hacer: quedarse parado en la playa, durante un par de horas, a la mañana y a la tarde, a veces cuando hacía frío, tratando de encontrar aves con los binoculares que le había comprado. Además, arrastrar su silla de ruedas por la arena hasta el lugar desde el cual quisiera ver los pájaros, y luego arrastrar la silla de vuelta hasta el camino asfaltado, en ocasiones con la ayuda de uno o dos observadores de aves. A ella no le importaba el frío, o decía que no le importaba. Él la arropaba en su manta afgana para cubrirle bien el pecho, le envolvía los hombros y el cuello con su chalina de angora, le bajaba el gorro de lana sobre las orejas y le ponía los guantes. “¿Estás bien calentita?”, o algo así le decía, y ella contestaba: “Ahora sí. Gracias. Así que vayamos a encontrar un ave que nunca hayamos visto”. Siempre había montones de observadores de aves en la playa, no importa cuánto frío hiciera, algunos con binoculares que parecían carísimos y otros con sofisticados telescopios montados sobre trípodes, todos apuntados en diferentes direcciones. Allí todos eran muy amigables y gentiles y la mayoría parecían saber mucho sobre las aves que venían a observar y fotografiar. Algunos le preguntaban si quería mirar a través de sus telescopios; los tenían enfocados en el nido de un pájaro, o en un pájaro entre las ramas de un árbol o escondido en la maleza, a veces a decenas de metros de distancia, sin duda lo suficientemente lejos como para que no pudiesen ser vistos sin un telescopio o unos binoculares de largo alcance, cosa que los suyos no eran. No cree que ella haya visto nunca un ave a través de esos telescopios, cosa que él sí, varias veces. Primero, porque veía mal a causa de la esclerosis múltiple. Y además, como estaba sentada en una silla de ruedas, normalmente no conseguía poner su ojo lo bastante cerca de la lente como para poder ver. Hubo incluso un par de observadores que sacaron el trípode y sostuvieron el telescopio junto al mejor de sus ojos –así es como lo dirá él, porque no se acuerda si era el izquierdo o el derecho–, pero nunca lograban mantenerlo lo suficientemente quieto como para enfocarlo en lo que se proponían que ella viese. Él ni siquiera cree que alguna vez ella haya visto un ave a través de sus propios binoculares. No podía sostenerlos, así que él se los sostenía cerca de los ojos, pero nunca lograba apuntarlos o enfocarlos correctamente para ella. Aun así, a ella le gustaba estar en la playa o en la plataforma de observación, con todos esos avistadores serios. Y cada cierto tiempo un pájaro pasaba volándoles cerca: uno que nunca habían visto alrededor de su casa o en el vecindario, por donde solían dar paseos para avistar aves, y ni siquiera en Maine, adonde pasaban dos meses todos los veranos. Entonces alguien gritaba qué clase de pájaro era y después le contaba –o se lo contaba algún otro, o bien ella misma lo buscaba en el libro de aves que siempre llevaba consigo a la playa– cuáles eran las marcas que lo identificaban u otras cosas acerca de él, para que la próxima vez pudiera reconocerlo por sí misma. Pero en Cape May tenían, o al menos él los tenía con ella, algunos de sus momentos más felices juntos. No en el observatorio de aves sino en un restaurante al que, una vez que lo descubrieron, iban a cenar todas las noches durante sus viajes a Cape May. Lo encontraron de casualidad o buena suerte o destino, lo mismo da. La primera vez que fueron a Cape May no consiguieron reservar habitación en ninguno de los hoteles de la ciudad. Todos estaban completos esa semana, debido a una convención, y los hostales, que tenían un par de habitaciones disponibles, quedaban en viejos edificios en los que había que subir varios escalones para llegar hasta la entrada y más escalones o escaleras en el interior. Ellos siempre llevaban su rampa portátil en viajes como esos, pero solo servía para tres escalones como máximo. Además, en esos hostales, le dijeron los dueños por teléfono, el baño era demasiado chico para mover una silla de ruedas dentro de ellos. Así que, como era temporada baja, el alojamiento más cercano a Cape May que pudieron conseguir fue un motel de cuatro pisos a unos quince kilómetros. Era un lugar muy feo, con una fachada rosada y un enorme letrero de neón en el frente, y muebles de mal gusto adentro. Pero tenía ascensor hasta su piso, una kitchenette para preparar el desayuno y una ducha especial para sillas de ruedas en su habitación, lo que los sorprendió –ni siquiera había una de esas en algunos de los mejores moteles y hoteles en los que se habían alojado–, y eso, junto con el lugar reservado para discapacitados en el estacionamiento gratuito, hizo que volvieran a ir a ese motel las dos veces siguientes. Lo que está diciendo es que si la primera vez que fueron hubiesen conseguido reservar una habitación adecuada en un hotel de Cape May, sin duda habrían caminado hasta algún restaurante cercano –había unos cuantos abiertos– y no se habrían topado con este en las afueras de la ciudad. Iban en el auto desde el motel en dirección a Cape May, la primera noche, buscando un restaurante donde comer, y vieron el cartel de ese lugar junto al camino. “Creo que deberíamos echar un vistazo”, dijo él, y ella: “¿Qué podríamos perder?”. Tomaron una ruta secundaria. El estacionamiento del restaurante estaba casi lleno. Si no hubiesen tenido las placas de discapacidad no habrían conseguido lugar. “Buena señal”, dijo él. Miró el menú, le gustó lo que vio, volvió para sacarla de la camioneta y entraron. Era un lugar enorme –probablemente tuvieran capacidad para ciento cincuenta comensales a la vez– con una amplia recepción donde esperaron que los llamaran a su mesa. Estuvo colmado cada vez que comieron allí, y siempre tuvieron que esperar un cuarto de hora o más, lo que no les molestaba. En la recepción había varias mesas de bufé, una con cócteles de camarón y croquetas de cangrejo, otra con varias clases de ostras en sus valvas, recién desbulladas, y una tercera con martinis y manhattans. Ella adoraba las ostras, acaso más que cualquier otra comida. Aunque no entendía cómo alguien podía comerlas crudas, a él, fritas, le gustaban. Se sirvió media docena de ostras para ella y un martini para él, y se sentaron junto a una mesita auxiliar, o eso parecía, y ella comió y él bebió. “¿Seguro que no quieres una?”, dijo ella: “cinco son suficientes para mí”. “Definitivamente”, dijo él, “¿quieres un trago de mi martini? Está delicioso; simplemente, la mezcla justa”. “Sabes que odio su sabor”. “Pensé que debía ofrecerte, y lo mismo me pasa a mí con tus ostras. ¿Qué tal están?”. “Las mejores que comí jamás”. Después de tragar cada una –antes, él debía exprimir una rodaja de limón sobre cada ostra y acercársela con ese tenedor pequeño que te dan para eso, sosteniendo la concha por debajo, hasta que estuviese dentro de su boca–, ella tenía una gran sonrisa casi arrebatada y decía “Ummm… ummm…”, y tal vez, después de la segunda o tercera ostra: “No sabes lo que te estás perdiendo”. “Sé lo que me estoy perdiendo y no lo lamento. ¿Alguna vez te conté de cuando me comí una ostra cruda entera, en el restaurante de pescado de Oscar, en la Tercera Avenida, y toda la noche pensé que me iba a morir envenenado? Mucho antes de que nos conociéramos. Diez años antes tal vez. Mi padre estaba en el hospital –el Mont Sinai– y mi madre y una de mis hermanas y yo acabábamos de volver de visitarlo”. “No entres en más detalles sobre eso. No quiero arruinar mis ostras. Sobreviviste. Agradezco poder decirlo. Y no porque no habríamos venido aquí y yo no estaría disfrutando tanto de estas ostras hoy. ¿De qué clase dijo que eran, el embullador?”. “Algún nombre indígena local. Un montón de sílabas, muchísimas vocales. Pero está bien, no diré nada más sobre mi mala ostra. Come. Disfruta. Para eso estamos aquí”. Así que era esa sonrisa de deleite total, que ella siempre tenía mientras comía ostras en ese restaurante –del nombre tampoco se acuerda, pero piensa que podría encontrarlo en internet si quisiera–, lo que hacía que el viaje valiera la pena para él. Los ummmms. El aire de completa satisfacción. Que estuviera tan feliz, sentada en su silla de ruedas en la recepción, sonriendo después de que le diese de comer cada ostra, y él diciendo: “Me alegra tanto que lo disfrutes. Mucho, realmente. A veces me parece que solo vivo para hacer que disfrutes cosas y seas feliz”. “Eres muy dulce”, dijo ella un par de veces, después de oírle decir eso. “Y tú eres hermosa”, dijo él la primera vez. “Sé que se supone que las ostras, y no puedo asegurarte que suscriba esa noción, son afrodisíacas, pero soy la única que las está comiendo. ¿Seguro de que no te gustaría comer la última?”. “Ni lo pienso. Y no la necesitaré, si eso es lo que quisiste decir. ¿Quieres que esa sea la última, o busco media docena más, tal vez de alguna otra clase?”. “Seis es más que suficiente para mí. Nos espera toda una comida. Y después de ver lo que hacen con las ostras, estoy segura de que la cena será grandiosa. Mañana. Tal vez mañana deberíamos venir a cenar otra vez aquí. Y pasar un rato en esta área de espera, aunque nos digan que nuestra mesa ya está lista, y tú tomarás tu martini y yo mis ostras. Y la próxima vez que vengamos a Cape May a ver los pájaros –y debemos volver: la estamos pasando demasiado bien–, vendremos de nuevo aquí y nos serviremos las mismas cosas. O yo probaré tres ostras de una clase y tres de otra, y tal vez tu pruebes uno de sus manhattans”. “Me parece bien. Me gustan los dos, ¿y por qué ir a alguna otra parte? Este lugar es lo mejor que hay, y me encanta esta sala, y mirar a las demás personas que esperan, y todo lo que hay alrededor. Las cosas que tienen en las paredes. Tu embullador personal. Todo”. “¿Y el martini es así de bueno, también?”. “Me tomaría otro”, dijo él. “Por lo rápido que lo despaché –y la copa es tan grande, además–, puedes darte cuenta de lo mucho que me gustó, pero quiero tomar vino con la comida y poder manejar de vuelta al motel”. “Ojalá yo todavía pudiese manejar. Entonces podrías beber todo lo que quisieras”. “No te preocupes por eso”, y levantó el tenedor para ostras y ella sonrió y asintió, y él le dio la última ostra. Después le tomó la mano y con la otra bebió lo que le quedaba del martini, y dijo: “Cape May es un lugar genial. Quiero decir, todavía no hemos visto mucho, pero la verdad es que parece serlo. Aunque si no fuera por este restaurante, no sé”. “Me alegro de que me guste tanto observar aves y de haber propuesto venir aquí”, dijo ella. Así que fueron a Cape May otras dos veces. La última vez, ella renunció a llevar los binoculares. Tampoco llevaron la rampa portátil. Descubrieron que no la necesitaban. Fueron a cenar al mismo restaurante todas las veces. Con eso suman seis las veces que esperaron en la recepción. Ella siempre pidió media docena de ostras en su valva, a veces tres de dos clases diferentes y otras veces todas de la misma clase. Él una vez tomó un manhattan, pero no le gustó cómo lo habían preparado. Demasiado dulce. Las otras veces tomó siempre un martini, puro con una aceituna y cáscara de limón, y hecho con la mejor ginebra inglesa que tuvieran, o con vodka ruso o sueco. Algo así como un año después de la última vez que fueron, él le dijo: “¿Te gustaría ir un par de días a Cape May el mes que viene?”. Ella respondió: “Tal vez tendríamos que abstenernos esta vez. Siempre hacemos lo mismo, vamos al mismo lugar, así que mejor probemos algo diferente, o algún lugar al que no hayamos ido en mucho tiempo”. “Ah, pero ese restaurante, del que siempre me olvido el nombre. Cómo lo extrañaría. A esta altura lo encontraríamos con los ojos cerrados, y no tenemos que hacer una reservación, porque la verdad es que nos gusta esperar en esa recepción hasta que se libere una mesa”. “Es un lugar maravilloso”, dijo ella, “pero deberíamos ir a Chincoteague al menos una vez, y cenar en ese restaurante de pescado sobre el mar, que siempre nos gustaba. El que está conectado con una tienda de conchas marinas. Y podemos hacer una o dos escapadas a la reserva natural del parque nacional, y ver los pájaros ahí. Probablemente tengan los mismos pájaros que en la playa de Cape May; parte de la misma ruta migratoria, ¿no?”. “De acuerdo”, dijo él. “Llegar nos llevará más o menos el mismo tiempo, tal vez un poquito más, pero el camino es igual de fácil, ¿y el observatorio de aves de Blackwater no queda de camino? El restaurante que mencionaste no es tan bueno como el de Cape May, ni es tan divertido ir. Pero tienes razón. Hace bastante tiempo que no vamos a Chincoteague, y siempre la pasábamos bien ahí. Tal vez, desde la última vez que estuvimos, haya en la ciudad un lugar nuevo para comer mariscos, mejor que aquel al que solíamos ir, y que tenga ostras que te resulten tan deliciosas como las que preparan en el de Cape May”. “Tal vez”, dijo ella. “Las ostras de Chincoteague. Las del restaurante de Cape May eran casi mis favoritas, pero ningún local de ostras estaba en plena temporada las veces que fuimos a Chincoteague”. “Entonces es lo que haremos, el mes que viene, durante un fin de semana, o dos días en medio de la semana, en el motel más cercano al mar… el Retreat o algo así, me parece que se llamaba. Ese con la piscina cubierta calefaccionada que me gustaba bastante, e instalaciones aptas para discapacitados, casi tan buenas como las que tenía el motel horrible de Cape May. Pero me parece que se llama The Refuge, no Retreat. Tendría sentido, en esa área, para un motel tan cercano al refugio de vida silvestre del Parque Nacional. The Refuge Inn; así se llama exactamente. Ahora ya sé lo que tengo que buscar cuando haga la reservación”. Pero ella estuvo muy enferma el mes siguiente, y también muy enferma algunas veces durante el siguiente año, y no fueron nunca.
SOLO
Maneja de vuelta de un almuerzo en casa de una pareja. Había varios otros invitados. Todos habían ido con sus parejas. Había una mujer que fue sola porque su esposo, médico, tenía que hacer algún trabajo en el hospital. Así que estaba solo, ahí. Su esposa está muerta. Él miraba a las parejas y pensaba: cada persona tiene alguien con quien volver o a quien encontrar en casa, menos él. ¿Todavía no se acostumbró? No, no se acostumbró. No le gusta volver a casa solo. Estar solo en casa. Ir a estos almuerzos solo. ¿Pero qué va a hacer? Sus hijas viven en otras ciudades. Era buena la comida en el almuerzo. Había rebanadas de pavo y de jamón en una bandeja. Pescado ahumado en otra. Una ensalada de papas condimentada solo con vinagre, mostaza y aceite de oliva. Una ensalada de remolacha, una ensalada de guisantes capuchinos, rodajas de tomate, pan. Tuvo ganas de tomar una copa de vino, o cerveza, cuando otros tomaban, pero nunca toma alcohol durante la tarde. Lo hace sentir demasiado cansado. Tomó agua. Se mantuvo bastante tranquilo durante el almuerzo. Aunque la conversación era animada, él no participó mucho. En una ocasión dijo: “Ah, sí, tengo una anécdota acerca de eso”, y todo el mundo alrededor de la larga mesa del comedor se volvió hacia él. Dijo: “Es sobre el rector de la universidad en la que yo enseñaba, el tipo que usted dice que ahora dirige un prestigioso instituto médico en Minneapolis. Teníamos –en mi departamento– un escritor visitante que estaba leyendo una obra suya de ficción. Gran muchedumbre. El tipo este es muy conocido. Y el rector vino al hall después de la lectura… tenía su residencia en el campus y supongo que simplemente habrá salido a caminar, que vio el edificio iluminado y a un montón de gente que salía, porque él no había asistido a la lectura, y… Dios, ¿qué era lo que iba a contar? Algo que él me dijo. Y entonces yo le respondí algo. Sé que termina con él diciendo ‘¿qué es un macho de verdad?’”. Caramba, no me acuerdo. Lo lamento. Sigan conversando, por favor. Ya no soy muy bueno contando historias”. “Claro que lo eres”, dijo la anfitriona. “Es un tipo muy divertido”, dijo su marido, “o puede serlo”, y todo el mundo se rio. Después del café y la fruta, la mujer de una las parejas dijo: “Tendremos que excusarnos. Esperamos invitados a cenar y tengo un montón de preparativos que hacer”. “Yo también debo irme”, dijo él, “no vienen invitados, pero tengo algo que hacer en casa”. Se puso de pie. También la pareja. Él no tenía nada que hacer en su casa. Estrechó la mano de tres de los hombres, besó la mejilla de la anfitriona y de una mujer a quien varias veces se había encontrado en alguna cena en esta misma casa, cuando su mujer todavía vivía, y él y la pareja salieron juntos. Se detuvo frente a una planta que había afuera y dijo: “Tengo de estas alrededor de casa; realmente rodean la casa por todas partes. Venían con ella, y las mías tienen unos dos metros de alto. ¿Alguna idea de cómo se llaman?”, y la mujer dijo: “Aucuba; empieza con ‘a’ y con ‘u’”. “Caramba, realmente le he preguntado a la persona indicada. Debería cortar las mías más o menos a setenta centímetros, como los Pinski”. “Esa sería más o menos la altura correcta para ellas, sí, entre sesenta y cinco centímetros y un metro. Son unas plantas geniales. Resistentes; dan unas bayas rojas. Y no son nada baratas, si uno va a comprarlas en un vivero. A mí me encantan”. “Bueno, si quiere algunas, tengo muchas y puede sacarlas de raíz. Yo saqué algunas sin ningún problema cuando estaban invadiendo todo”. “Lo haré”, dijo ella. “Hablo en serio”. “Yo también”, dijo ella. “En primavera. Iremos los dos. Tenemos las herramientas necesarias y sabemos cómo hacerlo. Les pediré a Ginny y Schmuel su número de teléfono”. Luego se despidieron con un apretón de manos, ellos se metieron en su auto y él en el suyo, y arrancó rumbo a su barrio. Pero ahora, piensa, no tiene ganas de volver a casa enseguida. Tan pronto. Por el camino se detiene junto a un restaurante que vende su propio pan, y compra una hogaza pequeña de su preferido de ahí, el de lino y girasol, y pide que se lo den rebanado. “¿Algo más?”, dice la mujer detrás del mostrador, y él responde: “Eso será todo. Acabo de volver de un gran almuerzo”. Después se detiene en una librería, también camino a casa, que es la mejor librería independiente de la ciudad, y durante unos diez minutos busca algún libro que quiera comprarse para cuando termine el que está leyendo ahora. No ve nada que le interese, y luego piensa que necesita un nuevo American Heritage College Dictionary. El suyo es tan viejo que tiene una foto de O. J. Simpson en el margen, y sus primeras cincuenta páginas, más o menos, están dobladas en las esquinas y plegadas unas dentro de otras, y se ve obligado a aplanarlas para poder leerlas. ¿Tienen la nueva edición, la quinta? Sí, ahí está, queda un ejemplar, lo toma del anaquel. Y se acuerda de que pensó en regalarle un ejemplar de tapa dura de The Oxford Book of American Poetry y uno de English Verse a una pareja que se casó en septiembre –la novia es exalumna suya de los cursos de grado– y que lo invitó a la boda en Nyack, pero él no fue. No tenía ganas de estar solo ahí. Ir solo, a eso se refiere, y además habría significado dos días lejos de casa. Aun si la boda se hubiese hecho aquí, sabe que tampoco habría ido. Se habría sentido demasiado fuera de lugar. Durante la fiesta –ya que su exalumna le había dicho que sería en un gran salón alquilado y que habría una banda– la gente se habría levantado a bailar y cosas así. En la librería no tienen ninguno de los dos libros, así que los encarga. Lo llamarán cuando los libros lleguen. Paga el diccionario, no pensó que sería tan caro, y vuelve a subirse al auto y maneja rumbo a su casa, pero otra vez se dice que todavía no tiene ganas de llegar. Afrontémoslo, se dice, todavía no tengo ganas de estar solo ahí. ¿Es una locura? No. Se detiene en el mercado a menos de un kilómetro de su casa, aunque en realidad no necesita nada de ahí, y toma una canasta y piensa en qué cosas comprar. Siempre puede necesitar más zanahorias, dada la cantidad que consume, y elige una bolsa de un kilo de las orgánicas. Y el gato adora las rebanadas de pavo de la sección rotisería. Le gusta premiarlo con una pequeña porción de vez en cuando, así que compra un poco más de cien gramos. Le durará una semana y él también comerá un poco. Y piensa que se le terminó la cebolla de verdeo, así que vuelve a la sección frutas y verduras. ¿Algo más? Debería haber llevado un poco de la ensalada gourmet de pollo de la sección rotisería, pero resultará extraño volver solo por eso si lo atiende el mismo empleado que le dio el pavo en rebanadas. Toma algunas latas de comida para gatos, a pesar de que en casa tiene suficientes, y un paquete de croquetas de arroz, porque piensa que le queda una sola. ¿Es todo? Bueno, ¿qué va a comer esta noche? Comió un sándwich abierto de atún casi todas las noches de las últimas dos semanas, con el queso encima de las rodajas de tomate, encima de la ensalada de atún que prepara él mismo, encima de dos rodajas de pan tostado –el pan de lino y girasol sería perfecto para eso– que pone en el horno por unos quince minutos y luego un minuto debajo del grill. ¿Le queda atún en casa? Sí, le queda, más de una lata, está casi seguro. Oh, vete de una vez, y se dirige a las filas para las cajas, y entonces se le ocurren un par de artículos más. Tal vez se encuentre con alguien conocido… le pasa a menudo, aquí. Un vecino, o alguien de la YMCA a la que va todos los días, y tendrán una breve charla. O tal vez tome un café de la máquina expendedora. Solo un dólar y no está mal. Y el café con leche por dos dólares es bueno de verdad. Se sirve un café sencillo, negro, le pone una tapa y paga por todo. “¿Plástico está bien?”, dice la cajera, y él dice: “Por lo general llevo papel. Pero tengo tan pocos artículos, plástico está bien, y la bolsa me sirve para el tacho de basura”. Ella mete sus compras en una bolsa y dice: “Que termine bien el día”. “Gracias; usted también”, le dice él y se va. Maneja hasta su casa, separa la comida que compró… bananas, piensa; olvidó que no le quedan bananas. Bueno, la próxima vez. En realidad mañana, tal vez antes del desayuno, y buscará un par de cosas más, porque siempre corta unos trocitos de banana en sus cereales, ya decida comerlos calientes o fríos. Se toma el resto del café y verifica su teléfono celular sobre el aparador del comedor. Rara vez sale con él y lo usa más que nada para hablar con sus hijas, que comparten con él un mismo abono. No hay mensajes. Lleva el diccionario a su cuarto y verifica el teléfono de línea. Lo mismo. El gato duerme sobre la cama o descansa con los ojos cerrados. Se sienta sobre la cama y lo mima. “A ver, ¿cómo va todo, amigo mío? ¿Manteniendo el tugurio libre de ratas y rateros?”. El gato se levanta, se estira y salta de la cama. “¿Quieres salir? No hay problema. Hazlo mientras todavía hay luz afuera”. Camina hasta la cocina. El gato lo sigue. Si quiere salir, por lo general se queda al lado de la puerta de la cocina, y a veces se para sobre sus patas de atrás y rasguña la pared cerca de la puerta. Se sienta al lado de su plato vacío. “Cómete el alimento balanceado del bol. Todavía no es hora de cenar. Más tarde te daré un poco más de comida fresca”. El gato lo mira, se queda sentado. “Está bien, está bien”. Él saca un poco de pavo del envase de plástico en el que está, y lo deja caer en el plato. El gato lo come y va hacia la puerta. “¿Me vas a dejar solo conmigo mismo? Está bien. Hasta luego”, abre la puerta y el gato sale. Él vuelve al dormitorio, se sienta ante su mesa de trabajo y piensa si debería seguir escribiendo lo que empezó esta mañana. Todavía le quedan un par de horas antes de que oscurezca. No. Ya sabe hacia dónde va la cosa. Mañana. Después del desayuno. Se saca las zapatillas y se acuesta en la cama. La habitación está un poquito fría. ¿Y qué? No, no tomes frío. Agarra la manta que está en la silla al lado de la cama. Fue un regalo de su madre cuando tuvieron su primera hija. De Irlanda, les dijo ella. La había encargado por correo. Les regaló otra de un cuadriculado diferente cuando nació la segunda. Su hija mayor usó esta por mucho tiempo. Después la dejó, cuando dejó de vivir con ellos, y él la mandó a la tintorería y ahora piensa en la manta como si fuera suya. La desdobla y se acuesta en la cama y extiende la manta encima de él hasta el cuello. Sus pies asoman afuera. ¿Y qué? No se le van a enfriar. Tiene puestas las medias. Pone las manos sobre su pecho y piensa en el sueño del que se despertó esta mañana, cuando apenas empezaba a hacerse de día. En el sueño, su mujer llevaba un vestido azul. De pana. Abierto en el cuello, tal vez los primeros tres botones, y con un cinturón alrededor del talle. Ella tenía ese vestido desde antes de que se conocieran y lo usaba mucho cuando afuera hacía frío y salían a comer, o iban a ver un concierto o una obra de teatro. Fue una de las muchas prendas suyas que él donó a los Corazones Púrpuras y a los Veteranos. Al principio las chicas se probaron todo, pero en el correr de dos años casi no se llevaron nada, ni una sola alhaja, aunque no querían que él vendiera o donara ninguna de esas cosas. Ella llevaba el pelo peinado hacia atrás, y le colgaba sobre los hombros. Parecía saludable, vivaz, feliz, y corría de aquí para allá por toda la casa. “Detente”, dijo él, cuando ella pasó volando a su lado. “¿Adónde vas tan apurada? Eres como un gato”. La alcanzó en el baño del corredor. Ella se estaba mirando en el espejo del botiquín. Se paró detrás de ella, bien cerca, y le dijo a su imagen en el espejo: “Estás hermosa otra vez. Y cuando estás tan hermosa no quiero alejarme de ti ni por un segundo”. “Tengo que dejarte”, le dijo ella a la imagen en el espejo, y él dijo: “No, me entendiste mal. Me refería a otra cosa. En fin, ¿qué importa a qué me refería? Y tal vez lo que dije sobre que estabas hermosa es algo que no debí decir”. La rodeó desde atrás con los brazos. Ella miró la imagen de las manos de él en el espejo, luego se dio vuelta entre sus brazos hasta quedar cara a cara y se besaron. El sueño terminaba ahí. Cosas de la vida. En fin, al menos llegó a besarla. Cierra los ojos. Tal vez haga una siesta, piensa, y logre soñar con ella otra vez. El gato está golpeando una de las ventanas del dormitorio. Hay tres tipos de ventanas en esta habitación: una larga frente a la cama que le parece que se llama ventanal, pero puede ser que se equivoque; dos ventanas pequeñas a la derecha de la cama, de como máximo sesenta por noventa y que se abren y se cierran con una manija; y una ventana normal, encima de la silla en la que estaba apoyada la manta, precisamente la que el gato está golpeando con su pata. “Vete”, dice él. “Déjame descansar. No has estado afuera tanto tiempo, y además hace lindo tiempo y tienes puesto tu abrigo de piel”. El gato, parado en un saliente exterior, a unos dos metros del suelo, no deja de golpear la ventana con su pata. Él se levanta, alza la ventana y luego el mosquitero. El gato entra, salta al suelo y sale corriendo de la habitación. Él cierra el mosquitero y deja la ventana un poco abierta por debajo. Vuelve a la cama y se cubre con la manta, junta las manos sobre su pecho y cierra los ojos. Lo va a intentar de nuevo. Sería lindo tener otro sueño con ella tan pronto, después del de esta mañana. Ya ha sucedido alguna vez, y quizás una continuación de aquel, o uno en el que hagan el amor. Esos son los mejores, o igual de buenos que cualquier sueño en el que los dos se besen, aun si en esos sueños nunca llegó a acabar. Se queda dormido. No sueña, o no recuerda haber soñado, cuando se despierta.
DUÉRMETE
Se despierta y ella no está. ¿Qué creía? Por supuesto que no está. Pero él se imagina que sí. O lo intenta. Extiende la mano hasta donde ella solía dormir. Palpa el colchón hasta el final del que era su lado de la cama. La toca. Su espalda. Desliza la mano hacia arriba a lo largo de su espina y acaricia suavemente su cuello. Desliza la mano hacia abajo por la hendidura de su espalda hasta su trasero. Lo siente. Lo acaricia. Hace círculos con su mano alrededor de una nalga, luego la otra. ¿Puedes sentirme?, piensa. “¿Puedes sentir mi mano?”, dice. “Te fuiste por tanto tiempo. Es bueno tenerte de vuelta. ‘¿Bueno?’. No hay una palabra para eso. ¿Puedes darte vuelta sobre tu espalda?”. Ella se da vuelta. Él tantea sus pechos debajo de su camisón. Tantea entre sus piernas debajo de su bombacha. Los últimos años, en la cama, ella usaba pañales. O “toallas”, preferían llamarlos. Él se los sacaba a la mañana, aun si estaban secos, cosa que casi nunca ocurría, después de sacarla de la cama y llevarla al baño. “Creí que había tirado todas tus bombachas hace años. Estaban en el segundo cajón de la cómoda, eran unas diez. Te pregunté si no había problema. Después de todo, ya no las usabas más. Desde hacía años, y pensábamos que nunca lo harías. Y estaban viejas y ni siquiera una organización tipo Goodwill o Corazón Púrpura habría querido aceptarlas. Ahora tienes puesta una. ¿Se me escapó una? Supongo que significa que piensas que ya no necesitas las toallas de noche, y tal vez ni siquiera de día. Bien. Te prefiero en bombacha, y estoy seguro de que tú también. La sensación debe ser más agradable. La toalla, pienso, podía ser un poco incómoda de usar, y no son fáciles de poner y de sacar. Debemos haber hablado de esto antes”. Se desplaza un poco más cerca de ella. No puede ver su cara en la oscuridad. No puede ver ninguna parte de su cuerpo. Y ella sigue debajo de las mantas. La noche está fría. Deben ser alrededor de las dos o tres de la mañana. El momento más apacible afuera. Todas las cortinas de la habitación están corridas. Él las corrió antes de que se fueran a dormir. Quería dormir hasta tarde esta mañana, porque últimamente no está durmiendo mucho. Algunas noches da vueltas en la cama durante horas, o después de unas pocas horas de sueño. No sabe por qué. Tal vez debería dejar de beber una hora o dos antes de irse a dormir. Lo que hace ahora, y ha hecho durante meses, o más, es dejar de beber antes de entrar en su cuarto, lavarse, meterse en la cama y leer hasta que se le cansan los ojos y apaga la luz. “¿Te importaría si te toco ahí abajo? Sé que antes lo hice sin preguntar, pero eso solo fue para averiguar lo que llevabas puesto”. No la está tocando ahora, y dice: “Quiero decir, tu entrepierna”, y tantea su entrepierna. El vello alrededor. Luego sus muslos cerca de la entrepierna. “Siempre me gustaron tus muslos. A ti no. Pensabas que eran demasiado anchos. O ‘rechonchos’, esa es la palabra que me parece que usabas, pero yo siempre pensé que estaban muy bien. O no tan anchos o rechonchos. O lo que sea que quiera decir. Siempre me encantó también el vello ahí abajo. Tan mullido. A ti no; pensabas que tenías demasiado. Y sé que no te gusta que hable así sobre tu cuerpo. Nunca te gustó. Pero yo lo hacía igual, tal vez porque eso me excitaba. Claro que porque me excitaba; eso lo sabemos los dos. Yo adoraba su suavidad. Tersura. Desnudez”. Siente su vagina. “No debería juguetear así. Pero quiero tocarla. ¿Te molesta? Di que te molesta y pararé”. Tira un poco de su vello púbico. “Eso no dolió, ¿verdad? Si dolió, lo siento; pararé. Si quieres que siga, lo dirás, ¿verdad? Oh, esto no nos lleva a ninguna parte. En realidad, no sé lo que quiero decir con eso. Y sueno tan asqueroso, cosa que puedo ser, eso también lo sabemos los dos. De acuerdo, retiraré mi mano”, y la retira, y luego trata de ponerla otra vez. Ella no está allí. Él yace sobre su espalda. Retira una de las tres almohadas –sumadas las de ambos, siempre tenían cuatro– que había acomodado contra la pared para poder recostarse contra ellas mientras leía, anoche antes de irse a dormir. Tal vez tener la cabeza sobre tres almohadas fue lo que le impidió dormir. Tal vez no. Pero tal vez ahora pueda volver a quedarse dormido. Dos, si son buenas almohadas, y las suyas lo son, deberían ser suficientes para cualquiera. Se da unas palmadas sobre el estómago y cierra los ojos. No, ella está ahí, de acuerdo. Estaba antes, ¿por qué no iba a estar ahora? Busca su mano. Pero ella se debe haber dado vuelta sobre su lado derecho, en el borde de su lado de la cama, fuera de su alcance. Si estirara la mano o se moviera algunos centímetros más cerca de ella, podría alcanzarla. ¿Qué trataría de tocar primero? Su hombro izquierdo bajo las mantas. No sabe por qué. Solo le vino a la cabeza. Y está seguro de que está debajo de las mantas. Hace demasiado frío en la habitación para que su hombro quede descubierto. Después acercaría la parte anterior de su cuerpo a la espalda de ella y la rodearía con el brazo izquierdo, de manera que su mano pudiera sentir sus dos pechos al mismo tiempo. Si ella dijera que su mano estaba demasiado fría –había estado un rato fuera de las mantas–, él la retiraría. Se quedaría dormido así. Primero diciendo: “¿Te molesta si te abrazo así y me apretujo contra ti?”. Si ella no dijera nada, se quedaría donde estaba, sujetando sus pechos. Tal vez ella ya se habría dormido de nuevo. Tal vez no querría hablar. Tal vez solo querría oírlo. Tal vez le gustaría tenerlo apretujado contra ella desde atrás y sujetando sus pechos con una mano, y pensaría que si dijera algo podría arruinarlo. También podría ser que le gustara tenerlo apretujado contra su espalda y abrazándola, porque la estaba poniendo más tibia de lo que estaría sin él haciendo eso. Él gira sobre su lado derecho y se acerca más a ella o a donde ella estaba. Ella no está ahí. Él iba a apretujarse contra ella y a sujetar sus pechos con la mano izquierda. No acariciarlos, porque eso podría perturbar su sueño o su retorno al sueño, sino solo sujetarlos. Por supuesto que ella no está ahí. ¿En qué estaba pensando? Pero mejor prendes la luz para estar seguro. No seas idiota. No, préndela. Se da vuelta y con la mano derecha enciende su velador. ¿Estás listo para mirar? Piensa. Está mirando hacia el lado contrario del lado de ella en la cama. “Estoy listo para mirar”, dice. Se da vuelta y mira. Hay una almohada. La cuarta almohada, donde él la dejó anoche, la que no acomodó con las otras contra la pared para recostarse contra ellas mientras leía en la cama. Tal vez ella se haya caído de la cama y esté en el suelo. Eso pasó un par de veces. Una vez se rompió la nariz al caerse desde su lado de la cama. Sangró mucho; él la llevó volando a un hospital que estaba a un par de calles. Eso fue en Nueva York. Tuvieron que esperar dos horas hasta que la examinara un médico de guardia y la curara, y para entonces había dejado de sangrar. Después de eso ella tuvo un problema de ronquido por la noche. Les dijeron que solo se podía corregir con una operación en alguna parte de su nariz, que él no quería que ella se hiciera. “Demasiado arriesgado para algo tan menor”, dijo. “Y dado que soy yo el que se queda despierto de noche y que a ti el ronquido no parece incomodarte para nada, debería ser mi decisión. ¿Qué dices?”. Se apoya sobre su estómago y mira el suelo desde el borde del lado de ella. No está ahí. Hay una almohada, había olvidado que faltaba una, la que él quitó de su lado de la cama. Tal vez se haya levantado muy despacito y fue al baño sola, de alguna manera. No al baño de esta habitación –él la oiría, y habría visto la luz debajo de la puerta cuando su velador estaba apagado–, sino el baño de huéspedes en el pasillo saliendo de su cuarto. “¿Estás en el baño de huéspedes?”, dice, más alto de lo que estaba hablando antes. Escucha. Nada. Tal vez fue a la cocina a buscar algo. Agua. De la canilla de agua filtrada conectada en la pileta de la cocina. O tal vez tenía hambre y quería algo de comer. ¿De qué está hablando? Agua. Comida. Ridículo. Apaga la luz. Se pone sobre su lado izquierdo, cerca del borde de su lado de la cama, y alcanza la radio sobre su mesa de noche y la enciende. Están pasando una obra que ha oído en la radio unas cuantas veces, pero no sabe cómo se llama. Schubert. Tiene que ser. Música de cámara. ¿Uno de los cuartetos? Escribió quince. Quince. Él no los conoce todos, pero este sí. Incluso cree que fueron a escucharlo en Maine, en la sala de conciertos de cámara cerca de donde solían alojarse. “¿Volviste a la cama?”, dice, sin darse vuelta. “¿Te gusta esta música? ¿Te molestará para dormir? ¿Te estoy molestando ya con hablar? ¿Quieres acurrucarte otra vez? ¿Y luego quieres que deje la radio encendida? Si no, dilo y la apagaré. Debería apagarla. Nunca nos dormiremos si la dejo encendida. Schubert, uno de sus cuartetos, pero no sé cuál. Estoy casi seguro de que lo oímos en Maine una vez, hace unos cuantos veranos”. Escucha. Nada. Apaga la radio y se queda apoyado sobre su espalda. Estira una mano para alcanzar la de ella. A menudo se iban a dormir de esa manera, los dos sobre sus espaldas. A veces ella estiraba su mano hacia él para sujetar la suya en la cama. A veces él alzaba la mano de ella hasta sus labios, cuando estaban los dos sobre sus espaldas, y se la besaba. La dejará en paz. La dejará dormir o quedarse dormida. A la mañana le dirá, si ella sigue estando en la cama, que si se hubiera acurrucado contra ella un poco más de lo que lo hizo anoche, probablemente habría querido hacerle el amor. Ella podría decir algo como “¿Quieres hacer un intento ahora?”. No, eso no es de su estilo. Diría algo más como: “¿Estás interesado ahora?”. Él diría: “Sí. ¿Quieres que te saque la bombacha antes de empezar?”. “¿Quieres decir mi toalla?”, podría decir ella. “Lo que sea que lleves puesto”. “Claro”, diría ella. “Tendrás que hacerlo, tarde o temprano, ¿o no? No veo qué otra manera podría haber”. Él deslizaría su bombacha por sus piernas y sobre sus dedos. No. Desprendería las tiras a ambos lados de su toalla y la quitaría de debajo de ella, y la dejaría caer al piso aun si estuviese húmeda. No. Ella no lleva nada puesto ahí. Se fue a la cama sin nada puesto excepto el camisón. Él le levanta el camisón hasta el cuello. No. Se lo saca por encima de un brazo y después por encima del otro y luego se las arregla para pasarlo por encima de su cabeza sin lastimarle las orejas y lo deja caer al suelo. A veces incluso el borde de su camisón estaba húmedo, pero esta vez no. Ahora no lleva nada puesto. Él besa su hombro izquierdo, luego su pecho izquierdo. Ella tiene la cabeza sobre dos almohadas. Está acostada sobre su espalda. Las mantas los cubren a los dos. No. Ella está apoyada en su lado derecho. Él besa su hombro izquierdo, besa su espalda. Alza su pierna izquierda, la acaricia allá abajo un momento, y luego mete su pene. Qué maravillosa sensación, piensa. “Qué maravillosa sensación”, dice. “Ssshhhh”, dice ella. “¿Qué?”, dice él. Pero no seas idiota, piensa. Tal vez fue un ruido que hizo la cama, o el gato. Se acomoda boca arriba, tira de las mantas hasta su cuello y cierra los ojos. Duérmete, piensa. “Duérmete”, dice. “Duerme. Duerme”.
COCHRAN
Un amigo me dijo:
–¿Te gustaría conocer a Cochran?
–Seguro, ¿qué escritor no querría conocerlo? ¿Pero qué podría decirle?
–No tienes que decir nada. Mayormente será él quien se haga cargo de la charla. Si hay silencios, incluso uno largo, que lo haya, pero enseguida él o yo diremos algo, o la visita habrá concluido. Ya está, voy a llamarlo. Estoy seguro de que le gustará conocerte.
–¿Por qué le gustaría?
–Porque eres mi amigo y eres escritor.
Llamó a Cochran desde una cabina telefónica. Cochran le dijo que se encontraran en el bar debajo del edificio donde vive. Fuimos. Cochran no estaba. Pedimos una copa de vino para cada uno y esperamos.
–Me sorprende –dijo mi amigo–. Normalmente es tan puntual.
–Tal vez se refería a otro día, o a otra hora.
–No, muy específicamente me dijo que nos encontraría en este bar dentro de veinte minutos, y que por favor no llegáramos tarde. Además, solo podía concedernos media hora.
–Eso es mejor que nada. De hecho, es algo que yo nunca habría esperado. Sabía que lo conocías pero no sabía qué tan bien, y no te lo quería preguntar porque no quería que creyeras que te estaba empujando a organizar un encuentro. ¿De dónde lo conoces?
–Oh, yo siempre ando merodeando.
Cochran entró justo en ese momento en el bar, pero por la entrada de la calle, no por la que daba al edificio. Me tendió la mano y dijo:
–Cochran. Es un placer conocerlo, señor. He sido admirador de su obra desde hace largo tiempo.
–Por favor, seguro que no ha leído mi trabajo. Apenas si tiene circulación, y es tan poca cosa.
–Créame, hijo. Lo he leído. Bueno, ¿qué están bebiendo, muchachos? ¿Vino? Tomaré uno de esos.
Pidió una copa de vino blanco para él, otra vuelta para nosotros y algo de comer para todos.
–Prueben esto –dijo–. Está delicioso.
–¿Qué es? –dije–. No lo reconozco. Solo pregunto porque si es camarón o cualquier cosa de la familia del camarón, langostinos por ejemplo, tengo alergia a todo eso.
–Son camarones –dijo–. Seguro que no los reconoce porque los han pelado. A mí también me engañaron la primera vez. Pediré otra cosa para usted.
–Realmente no tengo hambre.
–Insisto. Usted es joven; tiene que comer.
Pidió otra cosa. Pero le habló tan rápido al mozo que otra vez no pude descubrir qué era.
–No lleva nada de carne –me dijo–, así que no corre peligro. Ahora hablemos de su trabajo mientras tomamos otra copa. Al menos yo la tomaré; se pueden quedar todo el tiempo que quieran y beber lo que gusten, yo invito. El mozo lo pondrá en mi cuenta.
Siguió hablando y hablando sobre mi trabajo. Lo que le gustaba, lo que no le parecía particularmente trabajado, pero que podría arreglarse sin dificultad porque era demasiado bueno como para abandonarlo; lo que le parecía original. Era obvio que había leído mis dos libros, o buena parte de cada uno de ellos.
–¿Puedo decirle lo que pienso de su ficción, ahora? –le dije–. En particular de la prosa breve. Todo lo que tengo para decir es bueno, créame. Y no lo digo por los comentarios amables que ha hecho sobre mis cosas.
–Cosas. Oh, adoro eso. No, amigo mío, me tengo que ir, y por favor no lo guarde para otra vez. Quiero decir, podríamos volver a encontrarnos, he disfrutado de nuestra breve charla, pero me pone muy incómodo cuando alguien tan siquiera alude a mi trabajo delante de mí, sin importar cuánto lo elogie. No, me corrijo. Cuanto más lo elogie, peor me siento. De modo que.
Terminó su copa, estrechó nuestras manos, me palmeó el hombro y salió por la puerta que daba a la calle.
–Vive aquí arriba, como ya sabes –dijo mi amigo–, y habría podido pasar al lobby de su edificio por esa puerta de ahí. Pero le gusta salir del bar y entrar a su edificio desde la calle, no me preguntes por qué.
–Tal vez haya ido a dar un paseo o tuviera algo que hacer.
–También podría ser eso, aunque sé que no lo tenía planeado. Por teléfono me dijo que cuando nos dejara iría a hacer media hora de siesta, cosa que hace todos los días precisamente a esta hora.
No le hicimos caso a Cochran con su oferta de poner todo a su cuenta. Terminamos nuestras copas, salimos y yo volví a mi hotel, e inmediatamente me senté ante mi pequeña mesa de trabajo y empecé a escribir sobre mi encuentro con él. Pero aquel escrito hablaba tanto de mí… de lo que el gran escritor pensaba sobre la obra del escritor mucho más joven y de lo bien que eso había hecho sentir a este último –embelesado, extático– que me pareció un texto muy idiota y auto-celebratorio y lo rompí. Tal vez algún día escriba sobre eso, pensé, aunque tantos otros escritores, jóvenes y viejos, han escrito sobre su primer y por lo general único encuentro con él, que dudo que yo tuviera algo nuevo para decir. Como sea, lo conocí. Me cayó bien. Era como yo sentía que un escritor muy exitoso pero serio debía ser. Cálido, agradable, cortés, modesto, afable, y había sido generoso de su parte querer hablar únicamente de mi trabajo. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que lo hacía para no tener que hablar de su propia obra. A mí tampoco me gusta hablar de la mía, o a partir de aquel encuentro no me gustó.
Un año más tarde, Cochran se internó en un pequeño hogar para ancianos en la ciudad. Les dijo a sus amigos que, después de sesenta años de escribir sin tregua, había terminado con eso para siempre. Se negaba a recibir ninguna visita en ese hogar a excepción de su sobrina, su abogado y aquel que era su editor desde hacía muchos años, y lo que se rumoraba es que no creía que fuera a salir de allí jamás, o que fuese siquiera a desear hacerlo.
Unos pocos meses después de aquello recibí una carta de su abogado donde me decía que Cochran me había cedido su estudio de escritor, un único ambiente en un edificio a pocos pasos de mi departamento, y que los gastos de mantenimiento estaban pagos durante los siguientes cinco años. Las únicas cosas de las que debería ocuparme eran el gas y la electricidad. “Lo único que el señor Cochran le pide”, decía la carta, “es que no trate de agradecérselo ni por carta ni por teléfono ni visitándolo en su hogar para ancianos”.
Llamé a mi amigo, que ya sabía que yo había recibido el estudio, y le dije:
–¿Por qué me lo daría a mí? Tú sabes mejor que nadie que no tengo ninguna conexión con él excepto esa media hora de charla.
–Ni idea –dijo–. Lo vi un par de veces desde aquel día y nunca te mencionó, ni siquiera un “¿Cómo está tu amigo?”. No sé si lo sabes, figura en la reciente biografía suya que hizo J.-T. Christophe, pero era el único lugar donde escribía, aparte de su casa de campo, que donó al pueblo donde está ubicada para que sea usada como biblioteca pública, junto con el dinero suficiente para las reformas. En cuanto al estudio, nadie, en más de cuarenta años, ha entrado allí… además del propio Cochran, la señora de la limpieza que iba semana por medio a ordenar, y algún ocasional plomero o electricista en caso de que algo funcionara mal. Ni siquiera su mujer tenía permitido entrar. Tal vez tu trabajo le guste incluso más de lo que dijo aquel día, y entonces haya pensado que cederte el estudio que él ya no va a volver a usar, con todo pago además, te incentivaría a seguir escribiendo. Su mujer murió hace un par de años, como probablemente sepas. No por mano propia, como tu mujer, y ni cerca de ser tan joven como ella, aunque igual de enferma. Así que eso tal vez tenga algo que ver también.
–Preferiría no hablar de eso –dije–. A propósito, ¿escribiste sobre él alguna vez? Nunca vi nada ni tú lo mencionaste.
–No, jamás, y no solamente porque él no habría querido que lo hiciera. Se burlaba de los escritores que escribían memorias, especialmente de aquellos que lo incluían en las suyas, o que publicaban sus encuentros personales con él. No leía nunca esos textos, y se distanciaba de cualquiera que escribiese sobre él. ¿Tú?
–¿Con ese único encuentro? No. Me lo guardé todo en mi cabeza. Pero déjame que te pregunte. ¿De qué hablaste con él esas últimas veces?
–De diversas cosas. Deportes, artes visuales, poesía italiana moderna. Homero, Rabelais, Heine, Musil. La calle en la que vive. Lo que ha visto desde sus ventanas. Las palomas a las que alimentó en el alféizar. El buen escocés. De que en su próxima vida iba a convertirse en un serio avistador de aves, e incluso tal vez en guardabosques, o en encargado de una torre de vigilancia de incendios forestales. Del perro que tenía cuando era niño. Y cuando había bebido bastante, mucho sobre su hermana, quien también murió joven y a quien obviamente adoraba. ¿Dijo el abogado cómo podrías entrar en el estudio?
–La portera del edificio.
Fue la portera quien me dio las llaves. Era un edificio de aspecto corriente, sin ascensor. El estudio estaba en el tercer piso y yo mismo abrí la puerta. Era una habitación pequeña, de unos cuatro por cinco metros, con una piecita de algo menos de la mitad de esa medida, que tenía un inodoro pero sin una puerta de separación. El único mueble era un pupitre de escuela que estaba a la izquierda de la única ventana, una lámpara de pared frente al pupitre, una silla de cocina y una biblioteca hecha con ladrillos y tres tablas de madera que contenía unos quince libros. Uno era de mi amigo, el primero de los suyos, probablemente dedicado. Otro era una traducción al español de uno de los de Cochran. Los dos libros mayores de Rabelais en francés, en un solo volumen, y otros pocos libros, también en francés, de escritores sobre los que nunca había oído hablar, excepto por Gide. Me fijé si estaba dedicado, porque habría valido mucha plata, pero no. En las paredes, nada más que esa única lámpara. Había una máquina de escribir sobre el pupitre, sin funda. Encendí la lámpara de pared y me senté ante el pupitre. La silla era incómoda. Tendría que llevar un almohadón, pensé. La lámpara no daba mucha luz. Necesitaría una bombilla de mayor potencia y tal vez incluso una nueva lámpara de piso. La máquina de escribir era vieja, de las portátiles, el mismo modelo hecho en Italia que mi madre me regaló cuando me recibí en la universidad, y en la que escribí durante cinco años hasta que aparentemente mis dedos se pusieron demasiado gordos para las teclas y compré el modelo estándar hecho en suiza que utilizo hoy.
Había una media resma de papel en el compartimiento debajo de la tapa del pupitre, el lugar donde un escolar pondría sus libros y su carpeta de hojas sueltas. Saqué algo de papel, lo puse encima del pupitre, que ahora dejaba poco lugar para cualquier otra cosa, puse dos hojas en el rodillo y escribí: “Es momento de que todos los hombres de buena voluntad vengan en ayuda o algo así”. El teclado de la máquina de escribir no funcionaba bien. Necesitaba una limpieza, tal vez una puesta a punto completa. La letra era inglesa. De todos modos, no estaba con ganas de escribir.
Fui a la pieza. Al lado del inodoro, que más arriba tenía una de esas cisternas de agua con una cadena, había una mesada con un lavabo diminuto. También había algo con el aspecto de una mesita de noche, con un anafe de una sola hornalla, una cacerola y una tetera eléctrica encima, y un armario con unos seis repasadores apilados, limpios, algunos artículos de limpieza, un rollo de papel higiénico extra, dos tazas, dos platitos, dos cucharitas de té, un cuchillo de untar y un tenedor, un frasco de café instantáneo, una caja de saquitos de té, un sachet de mayonesa abierto, tres latas de atún y una de ensalada de frutas.
Era una habitación lúgubre para escribir, pensé; deprimente. Los muebles raídos, el linóleo viejo en el piso, las paredes manchadas que habrían necesitado una mano urgente de pintura, y la vista, a través de aquella única ventana, de un horrible edificio mucho más alto del otro lado de un patio de apenas seis metros de ancho. Me daba igual si Cochran había escrito en ese lugar durante tantos años, yo no quería escribir aquí. Pero dale tiempo, pensé; tal vez me acostumbre al lugar. Pero incluso si le hiciera algunos arreglos, ¿por qué querría escribir aquí? Ahora tengo un lindo departamento, con una habitación separada más grande que todo este estudio, solo para escribir. Y esas dos habitaciones y la kitchenette y el baño tienen vista a un lindo parquecito, y con ventanas grandes y dobles, salvo por la del baño, que es de las que empujas hacia fuera en lugar de hacia arriba o abajo, como la que hay en este.
Bajé.
–No estaré usando estas llaves –le dije a la portera–. No voy a seguir viniendo. Fue muy amable de parte del señor Cochran –todo esto lo dije en francés– dejarme su estudio, y con los gastos de mantenimiento cubiertos por cinco años. Pero no es un lugar muy bueno para que yo escriba. Sin duda fue bueno para el señor Cochran, pero lo que digo es que no lo es para mí. Estoy muy consciente también del gran honor que el señor Cochran me hizo al dejarme permanentemente esta habitación para escribir, algo muy generoso de su parte. Si ve al señor Cochran, por favor dígale lo que acabo de decirle. Y por favor, transmítale mis mejores deseos y mi más profundo agradecimiento.
–Se sentirá desilusionado y triste porque a usted no le gustó su habitación –dijo la portera–. Era muy especial para él. Venía casi todos los días y se quedaba muchas horas, y allí escribió obra maestra tras obra maestra. Uno siempre puede oír su máquina de escribir haciendo click, click, click.
–Por favor no le diga que no me gustó su habitación. No ha sido eso. Es un buen lugar para escribir. Pocas distracciones y muy tranquilo, lo cual es perfecto para un escritor. Tal vez decida darse de alta él mismo del hogar de ancianos donde está, y regrese a su habitación allá arriba a escribir.
–No creo que vaya a regresar con nosotros. Tampoco creo que yo tenga oportunidad de decirle nada de lo que usted ha dicho.
–¿Tan enfermo está?
–Es lo que he oído decir. ¿Ahora qué voy a hacer con la habitación? Es de usted. Vi los papeles legales. Podría venderla, si usted quisiera, y hacerse de un buen dinero. De pronto este vecindario se está volviendo muy codiciado. El precio de un departamento, apenas un estudio de un solo cuarto como el suyo, aumenta todos los días. Y el señor Cochran tiene una reputación tan enorme.
–Realmente no creo que me pertenezca como para venderlo –dije–. Me lo dio para que escribiera, no para que lo convirtiera en dinero. Así que haga lo que quiera con él. Déselo a otro escritor. O guárdelo para el señor Cochran en caso de que su salud mejore y decida regresar, que es lo que yo le deseo.
–No conozco a otros escritores –dijo la portera.
–Esta ciudad está llena de ellos, de muchos países. O el abogado que manejó los papeles legales… él sabrá qué hacer. O la sobrina del señor Cochran. Probablemente lo reciba ella. Pero yo no quiero tener nada que ver. Pienso que es la posición más honorable que puedo asumir.
Salí del edificio, llamé a mi amigo para ver si estaba interesado en el estudio, pero su compañero de departamento dijo que repentinamente había tenido que volar a Cape Town, su ciudad, y no volvería hasta dentro de un mes. Así que tal vez debería venderlo, pensé. Pero eso estaría mal, y yo no quería tomarme las molestias del caso, y estaba satisfecho con lo que ya tenía. Al abogado y la portera y la sobrina de Cochran ya se les ocurriría qué hacer con el estudio. No era asunto mío y acaso todo fuese un error. Cochran solo me vio una vez durante apenas media hora. No tenía ningún sentido. ¿Quién sabe?, pensé. Pudo estar borracho cuando estableció la cesión de aquel lugar a nombre mío, o bien me confundió con otra persona.
Iba a parar en algún sitio a tomar un café. Pero tuve una idea para un cuento y volví a mi departamento a escribirlo. El cuento no tenía nada que ver con el estudio y no era sobre mi media hora con Cochran. Trataba más que nada sobre cómo había conocido a mi esposa diez años antes. Fue en el hall de un cine de arte en Nueva York. El día de Año Nuevo, la primera función de la tarde. Probablemente signifique que es soltera, pensé, y sin ataduras. Los dos hacíamos la fila para entrar. Ella estaba delante de mí, leyendo un libro en francés. Tenía una linda cara y un aire inteligente y me gustó que estuviese leyendo un libro grueso en francés mientras esperaba para ver lo que yo suponía una película compleja y rebuscada. Pensé en algo para iniciar una conversación y dije: “Excusez-moi, mademoiselle… de acuerdo, dejo de fingir. Mi francés es abominable. Así que otra vez disculpas, no quiero distraerla de su lectura, ¿pero cuál es el título en inglés de ese libro? Me resulta familiar”. Ella me dijo el título en inglés. “Seguro, ahora lo reconozco”, dije, “y usted es estadounidense. Un escritor interesante. Es escocés, pero vivió en Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y es casi tan conocido por sus cuentos como por sus novelas. Y desde hace muchos años escribe solamente en francés y traduce toda su obra al inglés. Grande en Europa pero no tanto en Estados Unidos, ni siquiera en Escocia”. “Exacto”, dijo ella. “Podría usted pasar a ser el primero de la clase”. “Disculpe. Supongo que soné un poquito pedante, sobre todo considerando que apenas he leído cinco páginas de uno de sus libros”. “No, no”, dijo ella. “Sabe usted mucho más sobre él que la mayoría de la gente, lo cual es una vergüenza. Es un autor que merece tener un público mucho más amplio aquí”. “¿Puedo preguntar si lo está leyendo por razones académicas o por placer, o las dos cosas tal vez?”. “Las dos cosas”, dijo. “Así que está haciendo un doctorado en literatura francesa, y Maitland Cochran es uno de los escritores, o tal vez el principal, sobre quien prepara su tesis…”, y ella dijo: “No, es solo para un curso. Aunque podría terminar por hacer mi tesis sobre algún aspecto de su obra. Incluso su poesía. Hay más territorio virgen, en ese sentido. Y es tan buena como su ficción, y ni un solo poema suyo ha sido publicado aquí ni en ningún otro lugar que Francia. Todavía tengo tiempo para decidirlo”. “Por todo lo que oí decir a gente que leyó su ficción, y también por ese par de hojeadas que yo mismo les di a uno o dos de sus libros… en inglés, por supuesto. Nunca se me habría ocurrido leerlo en francés, aunque tengo una cierta comprensión lectora en ese idioma… me pareció que puede ser un escritor muy difícil y quizás un poquito demasiado cerebral para mí. Intencionalmente difícil, eso es lo que quiero decir, y demasiado abstruso. ¿Hay algo de eso?”. “Para alguna gente, tal vez”, dijo ella, “pero no para mí. Yo lo encuentro muy cómico, en ambas lenguas, un gran estilista, y una vez que uno se ha adentrado algunas páginas en cualquiera de sus libros, fácil de leer y distinto de cualquier otro autor. Definitivamente vale la pena”. “Bueno”, dije, “una vez, hace mucho tiempo, me recomendaron ese que usted está leyendo, desde luego que en inglés. ¿Le parece que ese puede ser bueno para empezar?”. “Oui”, dijo ella, y se echó a reír.
LOCO
Tuve un sueño. En el sueño llevo a mi esposa en su silla de ruedas por una angosta calle de Nueva York. El barrio chino, durante la hora del almuerzo. Edificios de cuatro o cinco pisos, montones de pequeños restaurantes, veredas atestadas y gente que camina apresuradamente. “Disculpen, disculpen”, les digo a unas personas delante de nosotros. “Mejor tengan cuidado, no quiero chocarlos”. No tengo idea de adónde voy. Solamente empujo. Mi mujer va sentada en silencio, mirando hacia delante.
Entonces la escena cambia a una calle del lado este de Nueva York. En la calle 40; cerca de East River. No una calle sino una avenida: Primera o Segunda o Tercera. Las veredas son anchas y otra vez abarrotadas. La hora del almuerzo. Gente que camina muy rápido. A pesar de los edificios altos a ambos lados de la avenida, muchísimo sol. “Estamos en el distrito Gravlax”, le digo a mi esposa. “¿Me oyes, con todo este ruido? El distrito Gravlax. Yo solía venir por aquí únicamente para ir a alguna churrasquería o a un cine de arte” Dejo de empujar y miro alrededor. “Tanta gente”, digo, dándole la espalda. “Las calles nunca están así de atestadas donde vivimos nosotros. Ni el tráfico. Es excitante, ¿no te parece?”. Cuando vuelvo a girar, ella y la silla de ruedas han desaparecido. Retiré mis manos de las manijas de la silla de ruedas, algo que casi nunca hago cuando voy con ella por la calle y estamos en movimiento, ni siquiera cuando estamos detenidos pero hay gente que se mueve alrededor. ¿Adónde puede haber ido? Ella no se iría sin siquiera decirme algo. Debió estar en un apuro, probablemente para hacer pis. Se levantó, me dijo adónde iba y para qué –muy probablemente a un restaurante para usar el baño–, pero yo no la oí debido al ruido de la calle, y luego empujó la silla de ruedas hasta ahí, o bien hizo rodar la silla hasta ahí pero sentada en ella.
Estoy en una esquina y veo un restaurante por la misma calle, unas pocas puertas más allá. Corro hasta ahí y le digo al hombre detrás del mostrador: “¿Ha entrado una mujer en silla de ruedas durante el último minuto más o menos?”.
“¿En silla de ruedas?”, dice. “No habría podido hacerlo. Hay que subir tres escalones hasta nuestra puerta”.
Corro más lejos hasta un parque que hay al final de la calle. ¿El parque Jacob Riis? ¿Llega hasta aquí ese parque? Como sea, un parque que bordea el río. Tal vez haya pensado que había un baño público en algún lugar por aquí, así que echo un vistazo. Abby no está. Sería fácil de ver, además, porque estaría en la silla de ruedas o empujándola. No puede caminar sola. Ningún edificio público cerca, tampoco. Solo un área de juegos rodeada de césped y de árboles.
Corro por la misma vereda dando la vuelta a la manzana. Miro a través de las puertas de entrada de todas las casas de piedra rojiza de ese lado de la calle, como lo hice del otro lado de la calle cuando corrí hasta el parque. Al fondo de un corredor sombrío veo lo que me parece una silla de ruedas volcada. Oh Dios mío; ¿está sobre ella? Toco todos los timbres, me abren con la chicharra. Corro a lo largo del pasillo. Es un cochecito de bebé que está volcado, no hay nadie debajo de él.
Corro a la avenida donde la vi por última vez, hago una bocina con mis manos y grito: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar, Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”. La gente me mira como si estuviera loco. “Estoy buscando a mi esposa”, digo. “Estaba aquí, en su silla de ruedas; y ahora no está”. Vuelvo a gritar: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”. Sigo gritando esas palabras mientras la busco con la mirada en todas las direcciones. Es mejor esperarla aquí que correr alrededor buscándola. Si viene a este lugar y yo no estoy, podría no saber qué hacer para encontrarme. No la veo, ni a nadie en silla de ruedas. La calle sigue muy concurrida y ruidosa. Y ahora oigo música, es música sinfónica que viene de alguna parte, y el volumen está tan alto que no podré gritar por encima de ella.
Me despierto. La música viene de la radio encima de mi mesita de noche. Estaba escuchando en la oscuridad la señal de música clásica cuando me quedé dormido. Pienso en el sueño. Al principio estábamos en el Barrio Chino y después en el lado este, en la 40. Tengo que ir ahí. Tengo que encontrarla. Esto es completamente loco, lo sé.
Manejo hasta la estación de tren, estaciono el auto en el garaje subterráneo y compro un pasaje de ida y vuelta a Nueva York. Cuando llego, voy derecho al Barrio Chino. Aunque no sé muy bien cómo llegar allí. Hace cinco años que no voy a Nueva York, mi ciudad natal y la de Abby. El distrito se angosta en el extremo sur, cerca de donde está el Barrio Chino, así que basta con tomar cualquier subterráneo hacia el sur y bajar en Worth Street o en Canal Street o en Chambers, lo que aparezca primero. Tomo el subte y me bajo en Houston Street –me había olvidado de Houston– y pienso que estoy cerca del Barrio Chino, pero resulta ser una caminata larga. Tengo hambre… salí de casa tan apurado que no comí nada, y en el tren no había coche comedor. Debería parar en cualquiera de los pequeños restaurantes que hay por aquí y sentarme ante la barra y pedir un tazón de sopa y un plato de fideos, pero no quiero perder el tiempo de buscarla.
Camino por todo el Barrio Chino. Pienso que cubro hasta la última manzana. Esto es algo completamente loco, lo sé, pero pensé que podría encontrarla por aquí, o que al menos había alguna chance. No quiero que esté perdida. Se sentirá triste, asustada, incluso aterrorizada tal vez. Así de vulnerable se ha vuelto. Solía gustarle ir sola a lugares –incluso a países lejanos– en los que nunca había estado o a los que no había ido en mucho tiempo. Pero ya no desde que se enfermó tanto. Ella me necesita. Una vez dijo que yo la mantengo con vida. No me lo dijo a mí sino que lo escribió, hace cuatro o cinco años, en uno de los cuadernos suyos que encontré. “Phil me mantiene con vida. ¿Qué hacer?”, y le puso fecha: 6 de octubre; no recuerdo el año exacto. Renuncio a buscarla en el Barrio Chino. El único otro lugar adonde ir es la 40 Este. Tal vez allí la encuentre. Puesto que fue el último lugar donde la vi, es allí donde primero debí haber ido.
Tomo el subte hasta Times Square, y después el ómnibus de enlace que tiene una sola parada, desde ahí hasta la avenida Lexington y la calle 42. Subo y camino por la calle 42 hasta la Primera Avenida. Recorro la Primera Avenida hasta la calle 34, luego la Segunda Avenida hasta la calle 42, luego la Tercera Avenida hasta la Calle 34. Después camino a lo largo de todas las calles laterales entre las avenidas Primera y Tercera, desde la calle 34 hasta la 50. Miro en las tiendas. Miro en casi todas las casas de piedra rojiza ante las que paso, y también en los lobbies de los altos edificios de departamentos y de oficinas, e incluso en unos pocos cines. Esto es algo completamente loco, lo sé, pero por alguna razón empiezo a pensar que la voy a encontrar, que hay más que una ligera chance. Pero ni rastros de Abby ni de la silla de ruedas en ninguna parte. Ni una silla de ruedas en los pasillos de planta baja de ninguna de las casas de piedra rojiza, aunque sí hay un par de cochecitos de bebé, ninguno de ellos volcado.
Tengo que ir al baño. Entro en una cafetería, pido un café en la barra y voy al baño de hombres. Bebo el café, lo acompaño con un muffin y le pregunto a la moza detrás de la barra si ha visto a una mujer en silla de ruedas, hoy, aquí, y le describo a Abby, la silla y su bolso de mano colgado del respaldo. “Yo iba empujando su silla, me distraje uno o dos segundos, cosa que casi nunca ocurre, y o bien alguien se la llevó o bien se alejó por sus propios medios”.
“Si hubiera venido aquí, yo la habría visto”, dice la mujer. “Estuve de turno todo el día, sin la más mínima pausa. La puerta de este lugar es difícil de abrir desde afuera para alguien en silla de ruedas, así que siempre tengo que salir de atrás de la barra para ayudar”.
Pago y me voy. Camino hasta la esquina de la calle 40 y Primera Avenida, que es donde ella desapareció, y la busco un poco más y luego formo una bocina con mis manos y grito: “Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar. Abby, soy Phil; vuelve al mismo lugar”.
Montones de personas me miran. Un hombre se detiene y dice: “¿Algún problema, jefe?”.
“Sí”, digo, “perdí a mi esposa. Estaba en su silla de ruedas”.
“Si se alejó de usted en la silla de ruedas y fue capaz de moverse por sí misma, entonces volverá”.
“Es por eso que la llamo a los gritos”, digo. “Hay demasiada gente en estas calles, y ella va sentada tan abajo en la silla que no podrá verme. Pero me oirá, y entonces volverá al lugar donde la perdí”. Pongo otra vez mis manos alrededor de mi boca y grito: “Abby, Abby, soy Phil. Vuelve al mismo lugar”.
Viene un policía y me dice: “No puede ponerse a gritar así, señor. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarlo?”.
“Mi esposa, en su silla de ruedas, estaba aquí conmigo y desapareció”.
“¿Podría describirme a su esposa? Haré que una patrulla la busque”.
“No”, digo, “eso no va a funcionar. Es algo loco, ya lo sé, hacer lo que estoy haciendo, pero tenía que pasar por esto. Se lo agradezco. Ahora me iré a mi casa. Solo necesito creer que ella estará bien”.
Paro un taxi, lo digo que me lleve hasta Penn Station, allí tomo el siguiente tren de vuelta a mi ciudad. Será mejor que tenga cuidado, me digo. Podrían arrestarme. Llevarme preso. Retenerme toda una noche. Encerrarme no sé por cuánto tiempo en un loquero. No es precisamente lo que me anda haciendo falta.
UNA COSA LLEVA A LA OTRA
He estado escribiendo la misma historia durante semanas. No parece que logre pasar de la página cuatro. El nombre de la mujer fue Delia, Mona, Sonya, Emma, Patrice. El nombre del narrador fue Herman, Kenneth, Michael, Jacob, Jake. De ahora en adelante la voy a llamar “su esposa” y a él, “él”. La locación es un suburbio de Baltimore. Época actual. El título fue Liebesträume, Nada que leer, Listas, La lista, Una lista, La marcha nupcial, Marcha nupcial, El banco ante la iglesia, Tarareando. Siempre pongo el título cerca del margen superior de la primera página del manuscrito. Así que siempre necesito tener el título antes de empezar el último borrador de la primera página de la historia, cosa que con esta historia habré hecho un centenar de veces. Creo que sé lo que quiero decir con la historia y adónde quiero que vaya. Tal vez ambas cosas sean la misma. Con lo que tengo problemas es con cómo decirlo, y con evitar que la historia resulte aburrida, pesadamente escrita y demasiado explicativa. En otras palabras, una historia que yo no tendría ganas de leer. Hasta aquí, ha sido como un encuentro de lucha libre. La historia lucha conmigo y yo lucho con ella. A veces pienso que me tiene en sus manos y otras veces pienso que yo la tengo en las mías. Finalmente lo que quiero hacer es sujetarla contra la lona en lugar de que ella me sujete a mí. Ya me ha ocurrido antes pelear así con una historia, pero nunca por tanto tiempo, y siempre gané yo. Pero basta con esta analogía de lucha. En todo caso, probablemente la haya usado de modo incorrecto. Esto es lo que tengo hasta ahora: el comienzo. Quiero seguir con lo que viene después de lo que ya escribí.
Hay una iglesia episcopal cruzando la calle directamente en frente de su casa. (En algunas versiones es “…justo en frente de su casa…”, y en otras, “…en frente de su casa…”. Cuando copio una página, aun después de cincuenta veces, siempre cambio una palabra o dos, o incluso una línea. Pero ya no voy a frenar la historia hasta que llegue al lugar donde dejé).
Hay una iglesia episcopal justo en frente de su casa. Cada tarde entre las cinco y las seis, él da un paseo por su barrio y casi siempre termina sentado en un banco delante de la iglesia. Hay cuatro bancos ahí, distribuidos en diversos lugares frente a la iglesia, y cada uno mira en una dirección diferente. Se ha sentado al menos una vez en cada uno de ellos, y prefiere aquel que mira hacia la calle que corre paralela a la iglesia. No la calle donde está su casa, sino la perpendicular a ella. Le gusta más ese banco porque a la tarde recibe más sol, y porque hay mucho más para ver desde allí. Por lo general, a esos paseos, se lleva consigo un libro y lee durante una media hora sentado en el banco, si el tiempo lo permite. En fin, si llueve mucho, no sale de paseo. En cambio si está nevando, o si es solo una lluvia ligera, camina pero sin llevarse consigo un libro, y sin terminar por sentarse en uno de los bancos. Estarían demasiado mojados para sentarse. Cualquiera de los bancos. Ninguno de ellos está protegido por un árbol. Si sabe que para el momento en que llegue a sentarse en el banco no habrá suficiente luz para leer o si ya está oscuro en el momento en que sale, no se lleva consigo un libro, aunque aun así podría llegar a sentarse en el banco durante unos pocos minutos. Pero si está cansado de la caminata o le duele la zona de las lumbares, cosa que le ocurre mucho cuando va terminando su caminata, se sienta más tiempo y tan solo piensa en diversas cosas –un sueño de la noche anterior y lo que podría significar, un cuento en el que ha estado trabajando– o simplemente deja vagar su mente. Incluso ha cabeceado un poco, alguna que otra vez en el banco, pero solo cuando ya estaba oscuro.
Así que terminó su caminata y está sentado en el que ha comenzado a llamar, en su conversación telefónica diaria con sus hijas, su banco.
“¿Qué he hecho hoy?”, siempre habla con ellas de noche, más o menos una hora después de su caminata. “Escribí y fue a la YMCA, por supuesto, y di un paseo y me senté en mi banco a leer”. Estamos a comienzos de abril, alrededor de las seis y media, un poquito fresco. La hora de verano empezó hace una semana. Hay sol pero se está escondiendo. Los cerezos alrededor de la iglesia están en flor… un poco pronto, ¿pero qué puede saber él de eso? Ningún auto en el pequeño estacionamiento de la iglesia que también está en frente del banco, y nada de gente alrededor, como suele ocurrir a esta hora por aquí. Oye voces de niños, lejos en alguna parte, y de vez en cuando pasa un auto o una camioneta. Pero más o menos eso es todo, en materia de ruidos y distracciones. Ah, también pasaron un hombre haciendo jogging y una mujer que paseaba dos perros, pero eso es todo, o todo lo que vio. Así que: un sitio tranquilo donde sentarse y pensar o leer. Esta vez trajo consigo un libro: una breve biografía de Máximo Gorki, uno de los más o menos cien libros sobre literatura rusa que su esposa tenía en su estudio y que todavía están ahí. Pero ya no le interesa seguir leyéndolo, después de haber leído las primeras treinta páginas, anoche en la cama. ¿Entonces, por qué lo trajo a su paseo? Estaba sobre el secarropas junto a la puerta de la cocina que da al exterior, donde él lo dejó esta mañana; no había decidido qué libro iba a leer a continuación, así que simplemente lo agarró antes de salir de la casa. Lo apoya sobre el banco, junto a él. Cuando llegue a casa lo pondrá en la biblioteca de donde lo sacó. De modo que nada que leer, en realidad, y entonces cierra los ojos. Ve qué viene, se dice. No viene nada. Solo letras y números que rebotan alrededor de su cabeza, luego una línea vertical que se mueve de derecha a izquierda, de derecha a izquierda, después destellos, como relámpagos, pero no sabe qué son. Tal vez relámpagos. Abre los ojos y mira el cielo, y después las dos casas cruzando la calle, y se encuentra a sí mismo tarareando algo, una y otra vez, durante un par de minutos. El “Liebesträum” de Liszt. Solo el comienzo. No conoce el resto de la obra. ¿Por qué lo está tarareando, y por qué ahora? En fin, no tiene nada más que hacer. No, debe haber alguna razón mejor. No viene así de la nada. Seguro, es una hermosa pieza musical cuando es tocada en piano –no con los sonidos bucales que él estuvo haciendo– o incluso en chelo, es decir: él una vez la escuchó tocada en chelo en un concierto, pero hace mucho de eso. Antes de conocer a su esposa. ¿Ella la tocaba en el piano? No lo cree. O tal vez sí –conocía montones de obras para piano–, pero nunca la tocaba cuando él andaba por ahí. Y si ella tocaba algo… bueno, estaba por decir que la practicaba hasta poder tocarla sin leer la partitura, y para entonces él también llegaba a saberla más o menos de memoria. Pero eso no tiene el sentido que él querría que tuviera: explicar por qué él habría debido oírla tocar esa pieza, si es que la tocaba.
Entonces se acuerda. Esther, una concertista de piano que por esa época era además la profesora de piano de su esposa, tocó el tercer “Liebesträume” completo, ese que él estaba tarareando, en el living del departamento de ellos en Nueva York, antes de que empezara la ceremonia nupcial. Para calentar las manos, o tal vez a fin de preparar a los invitados para la ceremonia. Después inició su interpretación de la “Marcha nupcial” de Mendelssohn, que fue la señal para que su esposa caminara lentamente desde el dormitorio con su dama de honor, y se parara al lado de él frente al rabino para la ceremonia. Él se largó a llorar inmediatamente después de que el rabino los declarara marido y mujer, el rabino y varios invitados le dijeron “Besa a la novia, besa a la novia”, y se secó las mejillas y los ojos con su pañuelo, y la besó y pensó que ese era el momento más feliz de su vida. Y lo fue y lo siguió siendo durante más o menos ocho meses, hasta que el momento más feliz de su vida ocurrió en la sala de partos de un hospital de Baltimore cuando su esposa dio a luz a su primera hija.
Aquí es donde siempre me bloqueo. Sé adónde quiero llegar desde ese punto, pero parece que sencillamente no puedo llegar hasta ahí o avanzar siquiera un poco. Un par de veces pensé que tal vez debería tirar a la basura la primera persona y hacer todo en tercera, y que eso me ayudaría. Y enseguida siempre pienso no, no ayudará, así que no lo hagas. Apégate a la tercera; suena bien, y eso es en lo que debes confiar. Quiero que explique por qué el momento en que nació su primera hija se convirtió en el más feliz de su vida, y el momento en que fueron declarados marido y mujer descendió un peldaño hasta el puesto de segundo momento más feliz. Y después dar brevemente el tercer momento más feliz, y tal vez por qué lo fue. Y luego el cuarto, y así sucesivamente, hasta el noveno o décimo, y que toda la última parte lleve no más de tres o cuatro páginas, y eso sería todo, a menos que de aquí hasta entonces aparezca algo más que venga a convertirse en el final.
Lo que yo tenía en mente era algo como esto: El nacimiento de su primera hija se convirtió en el momento más feliz de su vida por una cantidad de razones, y con “momento” quiere decir momentos, horas, incluso el día. Había querido un hijo durante unos quince años. Embarazó a tres mujeres en todo ese tiempo, pero ninguna de ellas quería casarse con él ni tener al bebé. Todas pensaban que él sería un buen padre pero que nunca ganaría suficiente dinero para mantener a una familia, y se hicieron abortos. Más importante era que en el hospital, su esposa estaba teniendo un problema en el parto. Hacía más de treinta horas que había entrado en trabajo de parto, y aquello se había vuelto extremadamente molesto, agotador y doloroso para ella. Lo más importante de todo: su obstetra –“Doctora Martha”, quería que la llamaran– dijo que la respiración de la bebé estaba en peligro después de un parto tan largo y debido a la posición en el canal de parto donde estaba frenada –su cabeza, o tal vez era su hombro, se había atorado allí–, y que iba a hacer un último intento de parto natural con los fórceps, pero que si eso no funcionaba, iba a tener que hacer una cesárea. Afortunadamente, era una experta con los fórceps y dio vuelta a la bebé dentro del canal de parto y logró sacarla. Así que después de tantas horas, fue el alivio de que la bebé hubiera salido viva y saludable y de que su mujer estuviera bien y hubiera logrado evitar la cirugía y de que él tuviese por fin una hija lo que hizo de aquel el momento más feliz de su vida, cosa que sigue siendo después de casi treinta años.
Su tercer momento más feliz fue cuando nació su segunda hija. No está seguro de por qué no es su segundo momento más feliz, pero no lo es. Es solo un sentimiento que tiene. El nacimiento no implicaba ninguna ansiedad o alivio porque no había ninguna dificultad en el parto. Ella sintió algo en casa, tranquilamente le dijo “Me parece que ya empezó”, fueron con toda calma en el auto hasta el hospital, pensando que tenían muchísimo tiempo, y ella tuvo a la bebé en menos de dos horas en total, desde el momento en que sintió que empezaba hasta que aparecieron la cabeza y los hombros. “Ese es el parto más rápido que alguien puede llegar a tener”, dijo la doctora Martha, “a menos que no haya trabajo y que la bolsa ya esté rota sin que nadie se dé cuenta, y la madre dé a luz cuando está preparando la cena en casa o mientras es llevada al hospital”.
Su cuarto momento más feliz ocurrió durante el primer día de su luna de miel de dos días en un hostal en Connecticut, cuando el test de embarazo que llevaron consigo dio positivo. Ella gritó y chilló y dijo: “Perdón, esto es tan impropio de mí, ¿y qué van a pensar los otros huéspedes? Pero ¿no estás igual de feliz?”. “Por supuesto, ¿qué te piensas?”, y se abrazaron y se besaron y bailaron por toda la habitación, y después bajaron al bar y compartieron una botellita de champán. “Mi último trago hasta que llegue nuestro corazoncito”, dijo ella, y él: “¿Por qué? Puedes tomar un poco durante un par de meses”. “¿Después de dos abortos naturales con mi primer marido? No. Voy a ser extra-ultra-cautelosa. En el futuro, puedes tomarte mi copa si alguien llega a servirme una”.
Su quinto momento más feliz fue en enero de 1965, cuando The Atlantic Monthly aceptó un cuento suyo, veinte años y un mes antes de que naciera su segunda hija. Él tenía una beca de escritura en California, acababa de volver de pasar un mes con su familia en Nueva York. Lo esperaba un montón de correspondencia. Hasta entonces solo dos cuentos suyos habían sido publicados, o más bien uno publicado y otro aceptado, los dos en revistas pequeñas. Rechazo, rechazo, rechazo, pudo ver por el grosor de cada uno de los sobres de papel manila de 24 x 30 que él había enviado con los cuentos. Abrió el sobre tamaño carta de The Atlantic Monthly, asumiendo que no se habían molestado en devolverle el cuento junto con su nota de rechazo en el sobre de franqueo pagado como habían hecho los otros. Adentro había una carta de aceptación de un editor, con una disculpa por haber retenido tanto tiempo el cuento. Gritó “Oh Dios mío; no puedo creerlo. Aceptaron mi cuento”, y golpeó la puerta del estudiante de ciencias políticas que vivía en la habitación vecina a la suya. “Perdona; ¿te desperté? Pero tengo que decirte esto. The Atlantic Monthly ha aceptado un cuento mío, me van a dar seiscientos dólares por él. Tenemos que salir a celebrarlo, yo invito”.
El sexto momento más feliz fue nueve años después. Estaba subiendo las escaleras de su departamento en Nueva York con una mujer a la que había conocido recientemente. Para entonces –quince años después de que empezara a escribir– había publicado nueve cuentos, escrito unos ciento cincuenta, pero ningún libro todavía. “Otro rechazo de Harper’s”, comentó. Ella estaba frente a él y dijo: “Yo no soy escritora, pero supongo que es lo esperable en estos casos”. “Veamos lo que tienen para decir. Siempre sirve para reírse un poco”. Abrió el mismo sobre en el que había enviado su cuento. “¿Qué es esto?”, dijo. Sacó las galeras del cuento, una carta del editor a quien lo había dirigido y un cheque por mil dólares. El editor había escrito: “Soy consciente de que debe resultarle inusual recibir las galeras de su cuento junto con la carta de aceptación. Pero queremos imprimirlo lo antes posible, y hay espacio para él en el número siguiente al que está por salir. Tratamos de llamarlo, pero o no figura en guía o es uno de los pocos escritores de Nueva York que no tienen teléfono”. Eso era verdad. No tenía. Demasiado caro. Y el repentino sonido del teléfono en el pequeño departamento donde tenía su estudio, cuando estaba metido en su escritura, siempre lo sobresaltaba, así que había hecho retirar el teléfono. “Esto es una locura”, dijo. “Harper’s lo aceptó, en lugar de rechazarlo. Y a cambio de más dinero del que nunca he ganado con la escritura”, se puso a agitar el cheque en el aire. Estaban en el descanso del último piso y ella dijo: “Déjeme estrecharle la mano, señor”, y le pellizcó la nariz.
¿El séptimo momento más feliz? Probablemente en 1961, cuando una mujer, que lo había plantado dos años atrás y con la que luego, tres meses más tarde, habían empezado a verse otra vez, dijo que había llegado a una decisión con respecto a su propuesta de matrimonio. Estaban en el lavadero del edificio donde los padres de él tenían su departamento. Habían bajado para recuperar la ropa limpia de uno de los lavarropas y meterla en el secarropas. “¿Entonces?”, dijo él, y ella: “De acuerdo, me casaré contigo”. “¿Lo harás?”. “Bueno, siempre y cuando sigas queriendo pasar por eso”. “¿Que si quiero? Mírame. Estoy en un éxtasis delirante. En un delirio extático. No sé cómo estoy, excepto mareado de felicidad. Te quiero”, y la besó y metieron la ropa limpia en el secarropas y tomaron el ascensor para volver al departamento de sus padres, y les dijeron a ellos y a su hermana y a su hermano que acababan de comprometerse. Ella rompió el compromiso medio año después, a pocas semanas de la fecha en que iban a casarse, en la casa de veraneo de sus padres en Fire Island. Una casa vieja, grande, directamente sobre el océano. El padre era dramaturgo, la madre actriz, como su novia.
¿El octavo? Tal vez cuando lo llamó una editora para decirle que aceptaba su primer libro. Fue en el 76. Estaba feliz pero no en éxtasis. Venía tratando de que le publicara una colección de cuentos o una de sus novelas desde hacía unos cinco años. Pero se trataba de una editorial muy pequeña, ningún adelanto, habría una primera impresión de quinientos ejemplares y probablemente escasas chances de obtener alguna reseña o una cierta atención. Así que tal vez ese haya sido su noveno momento más feliz, y el octavo, cuando un editor importante aceptó su siguiente novela, y con un adelanto suficiente como para que pudiera vivir todo un año, si vivía frugalmente. Pero una vez más, no fue una gran felicidad cuando el editor lo llamó para darle la noticia, dado que la novela había sido aceptada en base a las primeras sesenta páginas, que es lo que él había enviado: el resto aún había que escribirlo.
El décimo ocurrió también cuando vivía en Nueva York y no tenía teléfono. 1974. El mismo año en que lo aceptó Harper’s, pero unos meses después. Había bajado de su departamento para salir a correr por Central Park. El cartero, a quien conocía por su nombre –Jeff– estaba en el vestíbulo del edificio, echando correspondencia en los buzones de los inquilinos. Extrajo una carta de su buzón y se la dio. Era del National Endowment for the Arts. Ya lo habían rechazado dos años seguidos para una beca de escritura, así que esperaba volver a ser rechazado. Abrió el sobre. “Dios”, dijo. “Gané un subsidio NEA.” “¿Qué es eso?”, dijo Jeff. Él se lo explicó. “Pero dice que es por quinientos dólares”. “¿Y eso qué?, quinientos no son como para hacerles asco”, dijo Jeff. “Pero yo creí que todos los subsidios que daban eran por cinco mil”. “Ahí sí, cinco mil realmente son algo, para que te caigan así sobre el regazo. ¿Merezco algo por entregar la noticia?”. Poco después fue hasta la tienda de dulces de la esquina, consiguió mucho cambio y discó el número de la NEA desde una cabina que tenían allí. La mujer que le dijeron que sabría responderle, con la que finalmente consiguió hablar, dijo: “Eso es extraño. No tenemos ningún subsidio de quinientos dólares. Déjeme que me fije y lo llamaré”. “No tengo teléfono”, dijo él. “Entonces tendrá que quedarse en línea mientras verifico”. Volvió unos diez minutos más tarde y dijo: “¿Todavía está ahí? Tenía razón. A su carta de notificación le faltaba un cero”. “¿Entonces el subsidio es por cinco mil?”. “En una semana debería estar recibiendo un duplicado de la carta que recibió hoy, con la diferencia de que la cifra va a estar corregida”. “¿Cuándo puedo empezar a recibir el dinero?”, y ella dijo: “Después del duplicado recibirá otra carta con algunos formularios que deberá llenar”. “¿Puedo recibir el dinero todo junto, o lo distribuyen a lo largo del año?”, y ella dijo: “Todo estará explicado en las instrucciones que acompañan los formularios. Pero para responder a su pregunta, sí”. “¿Todo junto?”. “Si así lo quiere”. “¡Bien!”, dijo él, palmeando el estante metálico debajo del teléfono. “Vaya, voy a escribir como un poseso el próximo año”. “Eso es lo que nos gusta oír”, dijo ella.
¿El onceavo o doceavo momento más feliz de su vida? Ya no se acuerda en qué número dejó. Puede haber sido cuando vivía en un hotel barato en París y la propietaria lo llamó desde abajo para que respondiera una llamada “des États-Unis”, dijo. Bajó las escaleras corriendo. Algo terrible sobre alguno de sus padres, estaba seguro. Eso fue en abril de 1964. Estaba en París desde hacía tres meses, aprendiendo francés en la Alianza Francesa; su objetivo último era conseguir un trabajo de escritura en la ciudad para alguna compañía estadounidense o británica. Era su hermana menor. “Papá no está muy encantado que digamos con que yo haga esta llamada”, dijo. “Demasiado cara. Un telegrama sería más barato, dijo, si no lo hago muy largo. Pero yo le expliqué la urgencia de llamarte. Prepárate, mi afortunado y talentoso hermano. Tengo algo fantástico para decirte.” “Vamos”, dijo él, “¿qué es? Aquí a madame no le gusta que yo acapare el único teléfono”. “Recibiste una llamada telefónica de alguien de la Universidad de Stanford. Te concedieron una beca de escritura creativa por tres mil dólares, desde septiembre”. “Ay, Dios mío”, dijo él. “Me había olvidado por completo, lo que te da una pista sobre la fe que tenía en la posibilidad de conseguirla”. “Pero escucha. Esta mujer dijo que dado que les tomó tanto tiempo seleccionar a los cuatro becarios, quieren tu decisión enseguida. Si es un no, necesitan elegir de apuro a alguna otra persona. Le dije que estaba segura de que la aceptarías, pero que te llamaría y que luego volvería a llamarla con tu respuesta”. “No sé qué hacer”, dijo él. “Quiero decir, estoy agradecido, y debería estar saltando de alegría, pero realmente me está empezando a gustar aquí y estoy aprendiendo el idioma y haciendo amigos. ¿Crees que me dejarían postergar la beca un año?”. “Ya le pregunté por esa posibilidad”, dijo ella. “Me dijo que tienes que aceptarla ahora para este año o volver a postularte el año que viene con un dossier completamente diferente, aunque no necesitarías conseguir referencias nuevas. Esa es su política”. “Madame me está mirando fijo. Tengo que colgar. Supongo que la aceptaré, entonces. Tengo sentimientos mezclados, como puedes ver, pero es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Y California debería ser divertido”. “Monsieur?”, dijo la propietaria. “A veces”, dijo su hermana, “tienes que renunciar a algo bueno para conseguir algo mejor, o incluso parecido. Y yo podré tomar un avión a California para ir a verte, lo que me proporcionará unas lindas mini-vacaciones”.
Pulsuz fraqment bitdi.