Kitabı oxu: «Te juro que es por tu bien»

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Te juro que es por tu bien

Te juro que es por tu bien

Susana Ibáñez

Índice de contenido

Portadilla

Legales

La aguja en el ojo

Me verás volver

Agradecimientos


Ibáñez, María SusanaTe juro que es por tu bien / María Susana Ibáñez. - 1a ed. - Santa Fe : Palabrava, 2020.Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-4156-23-51. Narrativa Argentina. 2. Transexualidad. 3. Violencia. I. Título.CDD A863

Te juro que es por tu bien

Susana Ibáñez

Editorial Palabrava

Diagonal Maturo 786

Santa Fe

editorialpalabrava@yahoo.com.ar

www.editorialpalabrava.blogspot.com

Colección Rosa de los vientos

Directora de colección: Patricia Severín

Coeditora: Viviana Rosenzwit

Diagramación: Álvaro Dorigo

Diseño de Colección y Tapa: Álvaro Dorigo

Santa Fe – www.sugoilab.com

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-987-4156-23-5

LA AGUJA EN EL OJO


…el tiempo es un árbol que no cesa de crecer

Blanca Varela, Así sea

1

¿Vos eras varón o mujer?, me pregunta Doris cuando pasa a mi lado, y sin esperar respuesta se sube al taxi. La cabeza le tiembla casi tanto como la voz. La sobrina acomoda una valija en el asiento del acompañante, toma su lugar junto a ella y le dice algo al taxista, supongo que una dirección. Me quedo en la puerta del edificio porque creo que Doris me va a guiñar el ojo por la luneta trasera. Espero de ella un ademán de complicidad, pero no lo hace. El auto se aleja y pronto la pierdo de vista. Sé que antes de llegar a la esquina me habrá olvidado.

Si yo era varón o mujer fue lo primero que preguntó cuando llegamos al barrio, casi cuatro décadas atrás. Ese año yo pasaba a segundo grado, así que tiene que haber sido el verano del 83. El edificio al que nos mudamos, ya por entonces venido a menos, me parecía altísimo. El departamento estaba en el primer piso y tenía dos dormitorios y el único atractivo de un patio chico donde el bebé podría jugar. Cuando bajamos con mamá para hacer nuestra primera compra en el almacén de enfrente, Doris aprovechó que nos detuvimos en el semáforo y nos dijo que se llamaba Doris Díaz de Tonali y que si necesitábamos algo le tocáramos el timbre. Señaló una casa sencilla contigua al edificio, en la ochava, con dos ventanas y una puerta verde de metal en medio. La puerta tenía una reja con tres barrotes en forma de lira que protegían una ventanita alargada, y sobre el vidrio había un cartel pegado. Cuando me acerqué para leerlo (Modista - confección y arreglos - precios módicos), oí que ella preguntaba: ¿es varón o nena?

No sé qué contestó mamá, pero no olvido el porte de Doris aquellos años: el pelo rubio y a la nuca, un poco batido y con el flequillo corto, los ojos negros maquillados de celeste a toda hora, la cintura angosta, los tacos finitos y las manos nerviosas. Me gusta pensar esa primera escena en nuestra historia con ella vestida de seda verde y cuello bote, como Doris Day en Té para dos, y me veo con el pelo al hombro, flequillo recto, mameluco de jean y remera, como me vestía por entonces.

Es Emi, tiene que haber dicho mamá, que estaba embarazada por esos días. Siempre decía eso, es Emi.

Durante toda la escuela primaria me mandaron a hacer la tarea a lo de Doris. Después me di cuenta de que iba a su casa porque mamá tomaba un empleo cada vez que papá nos dejaba por alguna empleada del negocio. A la muerte del abuelo, papá se había hecho cargo de un comercio céntrico que vendía desde medias a lapiceras fuente. En casa siempre teníamos medias nuevas, pero nunca suficientes cuadernos ni lápices. Antes de que naciera mi hermanito, a mi hermana y a mí de vez en cuando nos llevaba a pasar la tarde al negocio, pero ya siendo dueño supongo que se dio cuenta de que no era conveniente aparecer ante su joven empleada como padre de familia, por lo que dejó de hacerlo. La estrategia probó ser exitosa: cada año papá desaparecía unos meses, tragado por los abrazos efusivos de la chica nueva, como le decía mamá. Cuando se le gastaba la pasión regresaba, con cara de enojo y aburrimiento, se quejaba de tener que enfrentar un juicio por despido y retomaba su lugar en la mesa del domingo por un tiempo. Imagino que yo todavía no tenía edad para percibir o entender esas mudanzas temporales, o tal vez fuera por mi legendaria distracción. Tan lejano era el mundo que yo había decidido habitar, que cuando papá no vivía en casa yo creía que llegaba muy tarde del trabajo, cuando ya estábamos durmiendo, y que se iba tan temprano que no llegábamos a verlo.

Entendí mucho más tarde que mamá nos ocultó la errática vida amorosa de nuestro padre con un intrincado sistema de mentiras muy detalladas que incluían viajes, reuniones, amigos enfermos y largas jornadas de remarcación de precios, tal vez la excusa más verosímil. Después de sus ausencias, él reaparecía con regalos importantes, como si todo ese tiempo hubiera estado pensando en nosotros. Lo cuento de esta manera pero nunca tengo la seguridad de que mis recuerdos sean precisos: tiendo a asociar los regalos con el final de cada período de ausencia, pero tal vez solo recuerdo las cosas en ese orden porque así cobran sentido y me reconcilian con lo que nos fue pasando.

2

Fue Doris la que se dio cuenta de que me costaba ver de lejos. Se lo dijo a mamá, después a papá, pero no hicieron nada; mamá, seguro que porque estaba trabajando para costear los gastos que papá no cubría cuando andaba de amores; él, porque cuando estaba en casa siempre tenía ganas de estar en otra parte. A veces nos quedábamos hablando con papá de qué estaba viendo yo en Historia en la escuela. Me sorprendía la cantidad de datos que él era capaz de recordar, desde el año en que murió Julio César hasta el nombre de los presidentes franceses de las diferentes Repúblicas. Siempre había tenido buena memoria, decía, y además la entrenaba a diario por tener que recordar tantos precios. Un día me di cuenta de que le gustaba hablar de la Guerra Civil Española. Cuando me contaba tal o cual detalle, que conocía porque a su vez lo había oído en la casa de su propio padre, siempre se ponía del lado de Franco; eso no me sorprendía, pero me costaba entender que también lagrimeara por Guernica. Lo cierto es que cuando se enteró de que yo no veía bien, no hizo nada.

En la escuela me las arreglaba sin ver de lejos porque en vez de copiar del pizarrón miraba la hoja de mi compañera de banco, que escribía con el cuaderno en diagonal para que yo pudiera leer su letra agrandada a propósito. En las vacaciones de invierno me iba a lo de Doris después de almorzar y me quedaba hasta la noche, así que podía ver Estrellita mía y el noticiero mientras la ayudaba con la costura. Doris se quejaba de mi mala costumbre de acercarme demasiado al televisor y me preguntaba si me habían llevado al oculista, pero cuando notó que yo apenas podía enhebrar la aguja para hilvanar los ruedos, se calzó la cartera bajo el brazo, me agarró de la mano y, sin decirles nada a mis padres, me llevó a lo de un médico amigo. Alta miopía, astigmatismo y ambliopía, fue el diagnóstico. Tenés un ojo como dormido, dijo el hombre, y corrés peligro de que se desvíe si no empezás a usarlo más. Necesitaba anteojos permanentes lo antes posible para detener la pérdida de visión y la bizquera.

Recuerdo una discusión fuerte entre Doris y mamá. Me mandaron al cuarto que compartía con mi hermana y con mi hermanito y me dijeron que no saliera. Por más que me esforcé por entender de qué hablaban, solo distinguí la voz de Doris, más alta que lo habitual, diciendo su salud y presten atención. Mamá se mantuvo callada unos días, como si estuviera ofendida conmigo por haberme dejado revisar por un médico. Siempre mintiendo, vos, me dijo. ¿Por qué no dijiste que la Doris te llevó al oculista?

Una tarde, al volver de la escuela, me encontré con un par de anteojos muy gruesos y feos en la mesita de luz, calzados entre un cuaderno de mi hermana y la mamadera a medio terminar del más chico. Ahí tenés, te los trajo la Doris, seguro que te van a quedar hermosos, dijo mamá, con una sonrisa curvada hacia abajo que la hizo ver fea. No basta con todo lo que ya te pasa, parece que además hay que ponerte anteojos...

Doris me dijo que los usara, que era por mi bien. Mis padres, que cada tanto nos llevaban a una guardia pero nunca a un control pediátrico, preferían invertir en una terapia de reorientación y mandarme todas las semanas con un psiquiatra que decía reparar lo que a ellos más les preocupaba: mi forma de vestir y de hablar, mi elección equivocada de juguetes y que hiciera los mejores dobladillos del barrio en vez de estudiar Historia y Formación Cívica, que parecían ser los campos a los que tenía que dedicarme para tener éxito en la adultez. Le dijeron a Doris que no me enseñara a coser porque yo iba a estudiar abogacía; ella les juraba que en su casa yo solo leía y hacía los deberes, pero la verdad era que apenas terminaba con las cosas de la escuela la ayudaba con la costura. Mirábamos las telenovelas y las noticias hasta que mamá me hacía salir con dos timbres cortos. Mirá que de hacer vestiditos no vas a poder vivir, me advertía en el ascensor. Nunca subíamos por la escalera porque ahí se estancaba el olor a comida que venía bajando de piso en piso.

En algún momento, creo que hacia el 88, porque en casa se hablaba del Plan Primavera, el psiquiatra se puso caro y mis padres decidieron que, como de todas maneras no estaba cumpliendo sus promesas, era mejor recurrir a un pastor que había abierto un templo a pocas cuadras y tenía fama de efectivo. Me llevaban a hablar con él una vez por semana. Ellos se quedaban conversando con un grupo de conocidos cerca de la salida mientras en la oficina de atrás primero leíamos la Biblia, casi siempre los mismos pasajes del Antiguo Testamento y de las Cartas de los Apóstoles, y después me ponía las manos sobre las orejas y me hacía mirarlo a los ojos. Me sostenía la mirada un rato largo, con una expresión beatífica que después volví a ver en mis amigos que fumaban faso y en algunas ocasiones después del sexo. Una vez le pregunté por qué no leíamos los Evangelios, pero solo me respondió con su mirada somnolienta.

Cuando empecé la secundaria mis padres me dijeron que ya podía ir a hablar con el pastor por mi cuenta, que no necesitaba que me llevaran. Tomé eso como un permiso para no verlo más, interpretación que confirmé cuando dejaron de preguntarme si había ido al templo o no. Supongo que ya se habían dado cuenta de que, por más elevadas que fueran sus intenciones, con ese método el pastor no iba a resolver la pregunta que le seguían haciendo a mamá cuando la veían conmigo, o que, para escándalo de las profesoras, me hacían en la escuela entre empujones e insultos tanto mis compañeros como mis compañeras. Papá y mamá trataban en vano que me vistiera diferente, pero lo único que yo aceptaba usar era mamelucos de jean. Mamá amenazó con quemar los dos que tenía y nunca lo hizo, pienso que por temor a tener que comprarme nuevos si yo seguía rehusando otra cosa. Los escuché murmurar entre ellos una vez que seguro que yo prefería la ropa holgada para que no se me marcara la forma del cuerpo. Por suerte nunca se metieron con el pelo al hombro ni el flequillo.

3

Pasé con Doris casi todas las tardes de mi primaria, y aun cuando estuve lo bastante grande como para quedarme en casa cuando no había nadie, igual me escapaba a la suya apenas los demás se iban. Ella confiaba a mis manos y a mi miopía las pecheras de nido de abeja y los festones más apretados. Para cuando cumplí catorce me bastaba rozar un género con los ojos cerrados para saber si era sarga o franela, raso o tafeta, crepe, chiffon o el muy ocasional guipur y tenía criterio propio en cuanto a cómo accesorizar los conjuntos. La palabra accesorizar todavía no se usaba, pero se sabía que a los atuendos había que realzarlos con peinado y complementos apropiados.

En la reconstrucción que hago de mis años en ese barrio tiendo a pensar en términos de grandes eras, empezando con la Pasión del Ferretero, seguida al poco tiempo por la Guerra de las Modistas. Atraviesa esas dos primeras épocas un fenómeno histórico prolongado que terminó en desgracia, el de las borracheras recurrentes del marido de Doris, situación que desembocó en la Misteriosa Muerte del Tona y su Incomprensible y Prolongado Duelo.

Delmiro Tonali tenía un bar, pero Doris prefería decir que gerenciaba un restaurant. A veces pasábamos por ahí con mamá cuando íbamos al Centro a comprar algo y a vigilar a papá. Ella tomaba por esa calle a propósito, porque no quería que yo perdiera la perspectiva. Me apretaba la mano y me decía: No idealices a las personas, Emi, que nunca son lo que parecen. No pierdas la perspectiva. Yo no sabía qué era la perspectiva, así que cuando pasábamos por la vidriera oscura y breve del barcito del Tona pensaba que había que recordar que las cosas siempre son más angostas que lo que parecen.

Doris insistía en que lo del Tona era un restaurant porque al mediodía preparaba minutas para los empleados de comercio y a la noche servía hamburguesas hasta eso de las diez, cuando en el Centro ya no quedaba nadie. Lo que no te dice la Doris, completaba mamá con los labios angostados por la rabia, es que a partir de las diez eso es un antro. Yo tampoco sabía qué era un antro, pero la entonación que le daba mamá a la palabra evocaba lugares cóncavos, húmedos y oscuros.

El Tona volvía a casa a la madrugada, dormía toda la mañana y se iba al mediodía. Nunca lo vi salir del baño recién duchado. Doris parecía contenta cuando las cosas funcionaban así. El secreto de un buen matrimonio es verse poco, me decía, apretando en el costado de la boca un par de alfileres con bolitas de colores. Igual, nunca te cases. ¿Vos no te querés casar, no? Yo sacudía la cabeza con energía, lo que movía mi pelo lacio como si fuera una cortina de oro y miel. Así decía ella, tenés el pelo de oro y miel, Emi.

Había épocas en que el Tona pasaba días sin levantarse o no volvía a casa por la madrugada. A mamá, que para papá encontraba mil excusas, para el Tona no le quedaba imaginación. Es que estará con su amante, decía, estará besando la botella en ese tugurio. Hubo una época en que yo pensaba que el Tona en serio se había enamorado de una mujer de apellido Botella, que iba a buscarlo a su antro y que ya había entendido cómo funcionaba la perspectiva en los tugurios.

Mientras el Tona no se levantaba de la siesta todo era normal en casa de Doris. Yo hacía la tarea, miraba la telenovela y la ayudaba con la costura. Si el Tona no volvía, tampoco había problemas. Pero a veces se despertaba a la tarde, me veía con su mujer y me gritaba cosas que he aprendido a olvidar. En esas ocasiones Doris me pedía que no le contestara y que no me fuera hasta que él se volviera a dormir. Es más seguro que te quedes un rato más, me decía, y cuando mamá tocaba sus dos timbres cortos, Doris salía a hablar con ella. Entonces mamá me dejaba quedarme a cenar y volvía muy tarde, daba dos golpecitos en la puerta para no despertar al Tona y me llevaba a casa. Ya por entonces yo pensaba que era mejor ser escudo humano en lo de Doris que escuchar las quejas de mis padres sobre mi ropa, mis notas y mi gusto por las telenovelas. Ay, esa voz, Emi, decían cuando los irritaba mi manera de hablar. ¿No ves que la gente te mira si caminás así? Si no cambiás no vas a encontrar a nadie que te quiera. Por tu bien te lo digo.

La Pasión del Ferretero fue un episodio en nuestras vidas que, según recuerdo, empezó cuando cumplí quince, porque Doris pensaba que yo tenía edad suficiente para entender sus confidencias. La obra social me había autorizado a cambiar los armazones de los anteojos y ahora se me veía un poco más a la moda, pero como no había pegado el estirón aparentaba menos edad. El ferretero también usa lentes, como vos, y le encanta Menem casi tanto como a mí, decía Doris, elevando la mirada a la luz del techo del comedor, un plafón donde siempre se juntaban bichitos por más que yo me subiera a la mesa, lo desenroscara, se lo diera a Doris para que lo lavara y después lo volviera a ajustar bien fuerte sin dejar resquicios por los que se pudieran volver a colar.

Así empezaron el romance: una vez que ella fue a la ferretería a comprar tapitas de luz se quedaron conversando sobre Menem. Las charlas se fueron alargando y, para cuando inició la convertibilidad, Doris ya le tenía suficiente confianza como para contarle que con el Tona estaba todo mal. Vos sabés que mi marido ni me toca, me dijo que le dijo. Me dio vergüenza que me contara una intimidad semejante, pero una vez que Doris empezaba a hablar de algo no paraba, y yo era la persona más cercana que tenía. Fui su cómplice a partir de ese momento. Doris empezó a hablar abiertamente de cosas que mamá comentaba hacía mucho: de las borracheras del Tona, de cómo tiraba la plata, de los días que pasaba sin aparecer y también de que el ferretero, que resultó llamase Juan Pedro, la había pasado a buscar en auto para llevarla a cenar como si fueran novios. ¿Y son?, le pregunté. Ay, no sé, me dijo, y se quedó sonriendo un rato largo. Ella nunca lo mencionó, pero todos en el barrio sabíamos que Juan Pedro tenía esposa y mellizos.

Doris empezó a arreglarse más. A mí me parecía ridículo que se pusiera tacos para estar en el taller y que se tiñera cada dos semanas. Compró una sombra de ojos de mejor calidad, rímel negro y hasta empezó a usar jeans y unos cárdigans de trama abierta, velludos y sedosos, que llevaba volcados hacia un costado para que se le viera un hombro. Estaba hermosa. Se reía de nada. Detrás de las orejas se ponía unas gotas del Chanel que él le había regalado y el Tona ni se daba cuenta de que ahora su mujer olía a algo exquisito que no era el almuerzo. Ella se quejaba de él con todas sus clientas. Hasta ese momento había mantenido su desdicha matrimonial en secreto y de vez en cuando decía una que otra cosa buena del Tona, como que administraba un restaurant o que había salido de viaje de negocios, aunque más no fueran mentiras; pero ahora comentaba sus borracheras, que ella llamaba episodios de ebriedad, inclusive hablaba de las siestas interminables que seguían a sus grandes curdas, crisis durante las que bebía sin parar hasta que caía desmayado y de las que se levantaba furioso.

Las clientas le preguntaban por qué no lo echaba de la casa. Doris alzaba los hombros y sacudía la cabeza, pero no decía lo que a mí sí me había contado: la casa era de él. Como no tenían hijos, si decidía dejarlo era ella la que tendría que irse, y no había ahorrado lo suficiente para instalarse sola. Tendría que comprarme todo, Emi, desde los muebles hasta la heladera, todo, decía. Acá tengo mi clientela, viste. Y la casa está en la ochava, justo enfrente de la parada de colectivos y al ladito del semáforo.

Juan Pedro le llevó algo de alegría. Saltaba a la vista que se sentía bonita. Cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, como si la alegría le saliera como un chorro impulsado desde los talones. Cada tarde, durante las propagandas de Regalo del cielo, me hablaba del ferretero. Llegué a conocer toda la biografía de Juan Pedro, o mejor dicho, lo que él le había contado a ella de su vida, y no me parecía mal tipo. Una nochecita, esperando los dos timbres de mamá, Doris anunció que me dejaría cortar crepe. Un poco emocionada, me dijo: Ya estás grande, Emi, y si podés entender a una mujer enamorada también podés cortar al bies.

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