Kitabı oxu: «Fuego»

Fuego
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Tara G. 2018
© Editorial LxL 2018
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: septiembre 2018
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-17516-28-4
Para Arlet.
Siempre fue para ti, incluso antes de conocerte.
Agradecimientos
Cualquier agradecimiento debería ir acompañado de una amable mirada o una mano en el hombro. Pese a ser una persona que se expresa más cómodamente por escrito que de cualquier otra forma, a todos y cada uno de los individuos que menciono a continuación ya les he expresado mi gratitud en persona. Sirva la siguiente lista como un mero recordatorio.
Esta novela no hubiera sido posible sin los cimientos que Escola d’escriptura Ateneu Barcelonés y, sobre todo, Laboratorio de escritura me ayudaron a consolidar.
El proceso de escritura requiere un espacio y un tiempo para llevarse a cabo. Agradezco a mis padres haberme concedido ambos en los primeros meses en los que se gestó la novela tal y como se conoce hoy. Gracias por no molestar a la loca de vuestra hija cuando se encerraba en el cuarto, por amor al arte, horas y horas a escribir.
Las historias, como las plantas, brotan a partir de semillas. Agradezco a Carol y Uri por regalarme una conversación, hace más de quince años, que ninguno de los dos recuerda, pero que para mí lo significó todo.
Àdam, gurdito, es la pasión con la que te tomas esta recién descubierta afición de tu tieta la que me devuelve de nuevo a la silla cada día para escribir más. Gracias por tus increíbles ideas para los libros que están por venir.
A Lali, Aida, María y Belén, sin vosotras la portada de Fuego tendría otro aspecto. Esos consejos furtivos en horas prohibidas. ¿Te gusta más así o así? Gracias por lidiar con mis dudas sin perder jamás la sonrisa.
Nieves y David, vosotros sois mi zona de confort. Gracias Nieves por tus consejos editoriales y por no permitir que mis pies se alejen de la Tierra.
No puede faltar Editorial Lxl en esta lista de gratitud. Confiasteis en Infinito cuando ni yo misma lo hacía. Habéis lanzado las páginas de esta historia al aire, por mí. Gracias, Noelia, por tus palabras positivas. Gracias, Angy, por ser mi primera fan.
Arlet, bichini, escribo por y para ti. Aunque me resulte imposible crear en tu presencia, porque acabas sentada en mi regazo, robándome el ratón inalámbrico, aporreando las teclas o golpeándote la cabeza con un escritorio que parece menguar cada día a tu lado, y aunque pierda la energía del día caminando tras de ti con la columna curvada como un signo de interrogación, eres tú la que cada noche, mientras descansas como un ángel, impulsas mis dedos sobre el teclado.
Edu, cariño, ninguna línea impresa de este libro existiría sin ti. Tú eres el único que siempre lo supo. Crees tanto en mí y con esa seguridad tan aplastante que junto a ti es imposible que a alguien no le crezcan alas. Gracias por tu amor incondicional, ternura y acertados consejos. Eres mi roca del río. El elemento impertérrito en esta vida cambiante. Eres mi Feyrian.
A todos los que aparecen en esta lista, mi más sincera gratitud, pero también a aquellos cuyo nombre no menciono. Cualquier anécdota o persona que se ha cruzado en mi camino ha tenido cabida en Fuego o aparecerá en los siguientes volúmenes de la saga. Gracias a la vida por ponerme delante personalidades tan variopintas y situaciones, a veces, inverosímiles que utilizar en mi historia.
Y gracias a ti, lector, por escoger Fuego como tu siguiente lectura. Es un honor.
1
Cuando el único pensamiento que ocupa tu mente es correr, el hecho de que tus piernas se muevan como si no estuvieran hechas para la gravedad de este planeta apenas te desconcierta. Solamente importa el ritmo, derecha, izquierda, y la senda. Galopas por un túnel de niebla; tan solo su centro aparece nítido en tu campo de visión. Es todo lo que necesitas para orientarte, para seguir huyendo a esa velocidad sobrehumana.
Tu perseguidor se acerca. Su aliento alcanza tu oreja. No te queda más opción que trotar, mover las piernas cada vez más rápido, aunque en lo más hondo de tu ser una voz consciente que ha sobrevivido al modo automático, al instinto, te susurre que esa velocidad es imposible, que tu cuerpo no lo soportará, que eres humano.
Pero no dejas de correr. No puedes. ¿Cien kilómetros por hora? ¿Doscientos? Te trae sin cuidado. Solo importa el viento frío que reseca tu cara, el hálito caliente que eriza tu nuca.
De pronto, caes sin haberte tropezado. Algo se ha desplomado sobre tu espalda. Giras, te enfrentas y luchas. Como tus piernas, tus manos no son de este mundo. Se aferran a la vida, arañan, empujan, golpean con una fuerza más allá de la humana. Pero tu oponente es más fuerte. Sus extremidades atenazan las tuyas contra el suelo, y su mirada, que te ensarta, amenaza con transportar tu lucidez a un estado de profunda inconsciencia. Te desgañitas y luchas en vano. Lo último que alcanzas a ver, antes de perder la cordura en el mar gris claro de sus iris repletos de pequeñas estrías rojas, es el verde fulgor de la esmeralda que se clava en tu cuello.
2
Otra vez aquel sueño. No era siempre el mismo. Sin embargo, la desesperación, la luz verde, los ojos... Esos elementos se repetían en cada uno de ellos. Eran tan reales... Vivía aquellos sueños desde el alma, con todo el espectro de mis emociones. Al despertar, me embriagaba una extraña sensación de paz. Mi corazón bombeaba lento y lejano, desconocido, como si fuera el de otro y no el mío. Con cada respiración, mi cuerpo se ensanchaba permitiendo un interior más amplio y la piel de mi pecho se tensaba como el cuero de un tambor, tañido desde dentro con cada latido. Tras un sueño de aquellos me sentía flotar, ajena al mundo y al presente. Me desperezaba feliz sin motivo, sonreía incluso, hasta que tocaba con mis pies desnudos el suelo y el mordisco del frío me hacía recordar de pronto quién era.
Ada. Dieciocho años. Rara. Solitaria.
Yo no me habría descrito así. En realidad, por aquel entonces no tenía muy claro cómo describirme. Esos dos adjetivos eran los que solía utilizar Jonás, mi único amigo, cuando intentaba explicarme por qué mi vida social era tan pobre.
Jonás.
Recordé que aquella tarde habíamos quedado y no pude evitar ponerme nerviosa.
Faltaban exactamente dos minutos para las seis de la tarde cuando me asomé con cautela a la ventana. Allí estaba. Parecía un espejismo observado a través de la cortina. Se apoyaba con desenvoltura sobre la farola, ajeno a mi meticuloso escrutinio. Jonás descruzó un brazo y se pasó los dedos por entre los rizos castaños con gracia. Ahuecó el leve tupé que se formaba entre sus sienes con un par de palmadas y se recolocó la cazadora de cuero mientras observaba su reflejo en la furgoneta aparcada tras de sí. Acercó la cara al vidrio y la estudió durante un instante. Desde la ventana de mi habitación solo podía imaginarme qué era lo que examinaba de su exótico rostro, cuáles de las líneas curvas o de sus formas afiladas ojeaba. En el rostro de Jonás, facciones dispares se fundían de forma natural: labios gruesos, nariz prominente y estrecha, ojos redondos de largas pestañas, mentón agudo con un hoyuelo en el extremo. Todos los rasgos se ensamblaban con un gusto tan sublime que podría invertir horas admirándolo en una fotografía.
Jonás volvió en un solo paso a su despreocupada postura contra la farola de forma tan limpia y rápida que pareció que nunca se hubiera movido. Él sabía que era guapo. Era algo obvio. Aun así, le gustaba aparentar indiferencia ante su aspecto físico, como si su atractivo hubiera florecido en contra de su voluntad. Jonás elevó la mirada y saludó hacia mi ventana con un ademán seco.
Me aparté de la cortina como un resorte.
Era febrero, domingo por la tarde y soplaba una fuerte ventisca del norte. El pueblo de Venon era célebre por sus severos inviernos. No llovía demasiado, aunque las corrientes que lo azotaban durante todo el año se agravaban con la bajada de temperaturas.
Venon poseía las playas rocosas más hermosas de los alrededores. Singulares formas y salientes dibujaban el perfil de la costa, esculpido durante siglos por el viento, cincelado por las olas. Pese a sus bellezas, el pueblo era casi un desconocido. El litoral de Venon era como la boca de un dragón dormido. Mientras no se despertara el viento, la ancestral belleza de sus playas de guijarros sobrecogía a cualquiera. Pero la crueldad de su clima había preservado el encanto de Venon.
El pueblo no tenía edificios altos ni apartamentos. Apenas un centenar de familias habitaban su superficie en casas unifamiliares de grandes parcelas. El terreno sobraba en Venon y era asequible. La aldea contaba con los servicios esenciales. Para caprichos algo más específicos, los habitantes debíamos desplazarnos hasta Tolca, la población cercana más grande.
En Venon tan solo había una cafetería. Ni siquiera tenía nombre. Sobre la puerta colgaba un letrero luminoso de color blanco con una taza humeante dibujada en el extremo derecho y la palabra «Cafetería» impresa en letra de palo. Debido al clima y a la falta de oferta del pueblo, aquella tarde el local se había convertido en una extensión del instituto. La mayoría de mis compañeros reían, gritaban apiñados en las pequeñas mesas, en la barra, apoyados en las paredes, como simios encaramados a la copa de un árbol. Jonás y yo cruzamos el umbral y nos adentramos en el caos. «Al menos estoy con él», pensé.
―Parece que nos han quitado la mesa ―me dijo Jonás mientras me agarraba una mano y me llevaba serpenteando por entre el apretujado mobiliario.
Nuestra mesa, o más bien la mesa de Jonás y de quien quiera que lo acompañara, era la que se situaba justo en el centro de la cafetería. Redonda, con capacidad para seis personas y a una distancia similar tanto de la barra como de la entrada y de los servicios, constituía el sol de aquella galaxia. Rosi, la camarera de las tardes, solía reservársela a Jonás a menos que el aforo estuviera completo. Aquella tarde era una de esas.
Rosi pasó a nuestro lado, sosteniendo una bandeja de vasos vacíos, y señaló con la cabeza hacia una pequeña mesa libre al final del establecimiento. Jonás se inclinó hacia ella, como un caballero ante su princesa, y le susurró algo al oído. Rosi, del mismo color que su nombre, huyó entre risas antes de tirar la bandeja al suelo, y Jonás, muy sonriente y con la mirada perdida, me estrujó tanto la mano que no pude reprimir un quejido. Me pidió perdón, lívido, sumamente preocupado. Hasta que no se aseguró de que no me había hecho daño, no proseguimos la marcha hasta la mesa del fondo.
A veces tenía esas salidas extrañas. Sus emociones viajaban en una montaña rusa: de pronto, estoico y sereno, se tornaba atractivo; si viraba a asustado, cambiaba a tierno. Su humor mutaba como un camaleón daltónico, pero no me importaba mientras estuviera conmigo.
Alcanzamos la mesa antes de que me diera cuenta. Jonás se quitó la cazadora en menos de un segundo y con la agilidad de un gimnasta. La prenda dibujó una filigrana en el aire y aterrizó a plomo sobre el respaldo de la silla de forma tan precisa que cualquiera habría pensado que lo tenía ensayado. La capacidad física de Jonás se situaba en el extremo opuesto de la torpeza, sobre todo en aquellas ocasiones en las que se encontraba rodeado de un público en su mayoría femenino.
Sentada de espaldas a la clientela del bar, no podía ver aquello que tanto llamaba la atención de Jonás. Observaba con fijación aquí y allá. De repente, detenía sus ojos de color miel sobre un objetivo y, tras unos segundos, apartaba la vista con rapidez para detenerla a unos metros y mirar lo que fuera con igual intensidad. Jonás acechaba como un felino a su próxima presa. Imaginaba qué clase de caza tenía en mente, alguna con actitud delicada y larga melena rubia. Un clon de Rebeca, su exnovia.
―¿Sabes algo de Rebeca? ―le pregunté, intentando llamar su atención.
―¿Por? ―me dijo con la vista aún perdida más allá de mi cabeza―. ¿Ha vuelto a decirte algo?
Rebeca estaba más tranquila últimamente, y me sorprendía. Negué con la cabeza y me encogí de hombros, obligándolo con mi silencio a mirarme. En lugar de hacerlo, levantó un brazo y miró a Rosi, que esquivaba como podía a los clientes, aglutinados y esparcidos sin concierto por las zonas de paso de la cafetería. La camarera asintió como respuesta a la vez que realizaba malabarismos con una bandeja repleta de vasos y tazas colmados de líquido.
―No te molestará más ―me dijo Jonás aún sin mirarme―. Tuve una conversación con ella.
―¿Hablaste con ella sobre mí?
Sabía que la relación de ambos había acabado por mi culpa, o por culpa de los celos que Rebeca me tenía; algo absurdo, teniendo en cuenta su aspecto y el mío. Desde entonces me martirizaba.
Jonás asintió y elevó de nuevo la mano, moviéndola con insistencia. Detesté de pronto la manía de Jonás de vestir siempre, calentara el sol o nevara, camisetas de manga corta muy ajustadas, y aparté la vista a regañadientes del bíceps que enarbolaba. Me cubrí media cara con el cuello de cisne de mi suéter de lana marrón e inhalé, de paso, la esencia de canela que me había vaporizado antes de salir de casa. De repente, el tufo a mantequilla y a café del local me estaba aturdiendo hasta la náusea. Jonás bajó el brazo de golpe y bufó hinchando sus labios.
―Ada, escóndeme ―me susurró mientras tendía medio cuerpo sobre la mesa―. Hablando del rey de Roma...
Rebeca y sus amigas acababan de entrar a la cafetería. Tuve que realizar una torsión realmente incómoda para comprobarlo. Aún meditaba de qué forma podía ocultar yo a Jonás, teniendo en cuenta su tamaño y el mío, cuando este interrumpió mis pensamientos:
―¿Sabes qué? ―me dijo―. Mejor me voy a pedir a la barra. Con un poco de suerte, se quedan en alguna mesa de la entrada y no nos ven. Te pido lo de siempre. Ahora vengo. ―Me guiñó un ojo y desapareció antes de que pudiera objetar o añadir algo.
Me giré con dificultad y busqué a Rebeca por el local, sin éxito. La multitud había engullido su melena rubia. Tras la silla que acababa de abandonar Jonás, Greta Garbo, o su retrato en blanco y negro, sonreía con elegancia. Cejas pintadas, pestañas postizas, casquete de perlas. «¿Cómo habría lucido esta mujer sin artificios?», me pregunté.
La primera vez que entré en la cafetería, recuerdo haber pensado que el local era enorme. Claro que, por aquel entonces, yo medía unos cuantos centímetros menos que ahora. Jonás y yo teníamos unos once años y paseábamos por la calle principal del pueblo cuando una nube negra que venía amenazándonos desde primera hora de la mañana decidió descargar su contenido. Ninguno de los dos llevaba paraguas, por lo que, sorprendidos por el temporal frente a la puerta de la cafetería, no nos quedó otro remedio que entrar.
Entre las monedas que encontró Jonás en su bolsillo del pantalón y las vueltas de comprar el pan que yo guardaba en mi calcetín izquierdo para emergencias, juntamos para un refresco de limón. Nos lo tomamos en la barra, con dos cañas, asustados y aupados a unos altísimos taburetes como un par de agapornis.
En aquella ocasión nos rodeaba un grupo bastante pobre pero intimidatorio de chicos jóvenes, estudiantes de último año de instituto que gritaban y reían mucho. Recuerdo haber observado los retratos en blanco y negro que decoraban las paredes de la cafetería: imágenes de clásicas estrellas de cine, todo sonrisas y tristes miradas. Recuerdo quedarme absorta en ellas, impactada por la certeza de que estaban muertas. Jonás sorbía el refresco a mi lado, con la cara enterrada en el vaso, mientras el grupo de chavales reía aún más alto. Empujó el vaso por la barra hasta que una de las pajitas alcanzó mis labios. Sorbí las últimas gotas y saltamos de los taburetes. Jonás cogió las dos cañas del refresco y nos marchamos de la cafetería dejando un rastro de limonada. Aún guardo en el cajón de mi mesita aquella pajita de extremo mordisqueado, no sé si por mis dientes o por los suyos, y en mis recuerdos, la promesa que hicimos bajo las últimas gotas de lluvia: no volver a la cafetería nunca más.
Me fue imposible localizar a Rebeca entre el gentío. El establecimiento rebosaba de caras conocidas, personas que llevaban cuatro años estudiando conmigo y que ahora ni sospechaban que me encontraba sentada allí sola... «Aunque, en realidad, no estoy sola; he venido con Jonás», pensé. Tras su silla vacía, Greta Garbo me observaba con sonrisa triste, lejana, desde otra época, desde la vida. Si no fuera porque ella era preciosa, habría pensado que observaba un espejo.
Contemplé, de pronto, mis manos menudas. Los diez dedos de siempre, cortos y delgados. El estallido de risas guturales que se desató en la mesa de al lado me recordó aquella primera vez en la cafetería. Habían pasado años, pero seguía sintiéndome insegura... Mis manos parecían las de una niña... Un grupo de amigas gritaba a mi espalda como sopranos afónicas, pletóricas por reencontrarse tras la insoportable ausencia de un día... Mis uñas estaban cortas y sin pintar, pero arregladas... Dos chicas de otra mesa observaban la espalda de Jonás mientras este pedía en la barra y comentaban la fantástica forma en que acababa… Todas mis uñas estaban limpias, menos el índice derecho... Limpié con vehemencia la suciedad y sujeté entre un par de dedos la esmeralda que pendía de mi cuello. Acaricié las suaves aristas pulidas del verde rombo mientras hinchaba mis pulmones hasta no poder más. Adoraba mi colgante. Era el regalo que mis padres me habían hecho para mi dieciocho cumpleaños. La gema formaba parte de mi familia desde hacía décadas. Había sobrevivido a más de tres generaciones, que ellos supieran, y ahora descansaba cerca de mi pecho.
La primera vez que me percaté de su existencia tenía cinco años. Rebuscando en el cajón de la ropa interior de mi madre alguna prenda cargada de blonda que me permitiera simular el velo de una novia, hallé un delgado estuche rectangular, forrado por un finísimo terciopelo verde botella. Lo abrí con excitación contenida, convencida de que aquello no podía ser otra cosa que un tesoro.
Desde entonces, de vez en cuando, mis pasos me llevaban hasta la habitación de mis padres y mis dedos al tirador de oro cromado que liberaba la joya. Abría con cuidado la pequeña caja que la protegía y contemplaba la gema de forma casi reverente. Entonces, aún no conocía su frío tacto y el delicado peso sobre mi garganta. Jamás la tocaba ni la extraía. Lo más cerca que mi piel había estado de la esmeralda hasta mi pasado aniversario había sido el blando lecho de satén sobre el que descansaba. Nunca le mencioné a mi madre mis furtivas escapadas a su cajón de la ropa interior ni el hallazgo que me mantenía apegada a la costumbre de regresar a él. Un par de semanas atrás, cuando destapé el papel de regalo y las yemas de mis dedos rozaron la familiar textura del terciopelo, apenas pude contener las lágrimas.
—Hola, Ada. —No me hizo falta girarme para reconocer la voz de pito que hablaba a mi espalda—. Me puedo sentar, ¿verdad? —continuó diciendo.
Sin esperar respuesta, Rebeca se sentó en la silla que Jonás había dejado libre hacía tan solo unos minutos. Cruzó los muslos con diligencia y desplegó, con un golpe seco de cuello, una cortina de lacio pelo platino desde el pecho hasta la espalda, como una sirena fuera del agua. Pensé que Jonás y Rebeca hacían una pareja estupenda.
—Me encanta tu collar. ¿Es nuevo? —me dijo, todo sonrisas.
Su voz sonaba más cantarina de lo normal, falsamente amable. De pronto, me apetecía contemplar una sonrisa sincera, aunque fuera triste, pero la cabeza de Rebeca no me dejaba ver a Greta Garbo.
—Sí. No —le dije—. ¿Qué quieres, Rebeca?
—¡Qué directa! —rio, aunque sonó como el cloqueo de una gallina. Repasó con la vista las sillas vacías alrededor de la mesa—. ¿Estás sola? —añadió sin ocultar la satisfacción en su mirada.
—No —le contesté—. Estoy con Jonás.
—Y... ¿Jonás sabe que has venido con él? —me dijo.
Parpadeó con fingida inocencia. Seguí la mirada de Rebeca hasta la barra, sobre la que se apoyaba Jonás. Sujetaba en una mano un refresco de naranja y en la otra mi chocolate blanco caliente, seguramente frío a esas alturas. Frente a Jonás, una chica hablaba con entusiasmo, la misma que minutos antes había contemplado boquiabierta junto con su amiga la parte trasera del cuerpo de mi amigo.
Rebeca se apartó un mechón de la frente con un grácil gesto e inclinó la cabeza, como una gama sorprendida en su pastura. Descubrió, tras sus labios carmesí, una lustrosa hilera de pequeñas y romas piedras de río.
—En realidad, he venido a hacer las paces —me dijo.
—Se nota —me mofé.
—Lo digo en serio. Creo que fui injusta contigo —reconoció. Sus ojos brillaron intensos. Me repasó de arriba abajo y añadió—: Al fin y al cabo, no tenía ningún motivo para estar celosa.
Jonás había dejado la taza de chocolate en la barra y con la mano recién liberada pulsaba veloz la pantalla de su móvil. Besó la mejilla de la chica durante más segundos de los que me parecieron necesarios mientras acariciaba su mano con una delicadeza insólita en él. Volví, incómoda, la vista a Rebeca demasiado tarde para esquivar los brazos que se lanzaron a mi cuello. El repentino abrazo de la chica me acabó por noquear.
—Siento mucho por lo que te he hecho pasar estos últimos meses —me susurró al oído, agarrada con firmeza a mis hombros.
—Está bien, Rebeca —le solté incómoda, sin saber muy bien qué decir—. No pasa nada.
Giré como pude la cabeza, buscando a Jonás. Se dirigía hacia nuestra mesa con las dos bebidas y un gesto de satisfacción en los labios. En cuanto reparó en nosotras, frunció el ceño y ladeó la cabeza a modo de interrogación. Le contesté poniendo los ojos en blanco.
—Gracias, Ada —soltó Rebeca, deshaciendo el abrazo por fin—. Pasadlo bien.
Se levantó con presteza y desapareció como una centella, sin dejar más rastro que el tufo de su carísimo perfume.
—¿Qué ha sido eso? —me preguntó Jonás mientras tomaba asiento en la silla recién liberada.
—No tengo ni idea —admití.
Coloqué un par de rizos pelirrojos tras mis orejas que con el abrazo se habían desprendido de mi coleta mientras Jonás empujaba la taza hacia mí.
—Marchando un chocolate blanco calentito para la dama... ¿Sabes qué? Acabo de hablar con una chica que va con nosotros a clase. No la había visto en mi vida.
—Lo sé. Os he visto —le dije.
Ceñí mis manos a la taza con la intención de calentarlas, pero el chocolate estaba frío.
—Por cierto —Jonás alargó un brazo hacia la unión entre mis clavículas y palpó el grueso jersey de lana. Contuve la respiración mientras su índice se deslizaba con delicadeza por la base de mi cuello—, ¿dónde está tu collar?
Me llevé la mano a la garganta, sin importarme darle un manotazo a la de Jonás. Palpé, froté, reseguí el cuello en busca de algo... La cafetería, Jonás, los gritos de los compañeros de instituto... Todo dejó de tener contornos para fundirse a blanco. Un blanco denso, asfixiante. El vacío.
Me levanté de golpe y examiné de un rápido vistazo las cabezas del bar. No había ni rastro de Rebeca.
Pasé por encima de mi silla, que se encontraba tirada en el suelo. Oí que Jonás gritaba algo a mi espalda mientras me dirigía a grandes zancadas hacia la salida.