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Espérenme que ya vuelvo

Teodoro Boot

Colección Imaginerías

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Teodoro Boot

Espérenme que ya vuelvo

E-Book

ISBN 978-987-86-4663-3

© 2019, Al Fondo a la Derecha Ediciones

José Cubas 3471 (C1419), Buenos Aires, Argentina.

www.alfondoaladerecha.com.ar

© 2019, Teodoro Boot

Diseño de tapa e interior:

Al Fondo a la Derecha Ediciones

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723.

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Espérenme que ya vuelvo es un texto que atrapa al lector desde el comienzo y no le permite alejarse hasta el final. Hilarante y burlesca el lector puede sospechar —y bien que hace— que debajo de su apariencia se esconde un drama, una de las grandes escenas trágicas de la historia argentina. Teodoro Boot sabe pasar de la caricatura a la nostalgia; administra sabiamente la información para terminar esta exquisita novela a toda orquesta.

Disculpe el lector, no corresponden mayores adelantos.

A María Elena Márquez

Agradecimiento

A Enrique Arrosagaray, José María Castiñeira de Dios, Enrique Pavón Pereyra, Eduardo Gurrucharri, Arturo Jauretche, John William Cooke, Leopoldo Marechal, Bernardo Alberte, Juan Vigo, Fermín Chávez, Juan Salinas, Hipólito Barreiro, Andrés Framini, Rodolfo Walsh y Juan Domingo Perón, quienes inadvertidamente me permitieron manipular sus palabras con tanta desaprensión, irresponsabilidad y —espero de todo corazón— impunidad.

La única verdad es la realidad

Arturo Frondizi

1

Era casi de madrugada. De Santis acababa de terminar el recorrido, estacionó el Mack de 41 asientos en una de las cortadas frente a la estación Retiro y se quedó al volante, tratando de encontrar alguna comodidad en el asiento. Imposible, con ese respaldo tan recto. Debía ser una venganza de los ingleses por el gol del Grillo. Puteó a los ingleses, sin mucha convicción: el Mack bien podía ser norteamericano. Puteó entonces a los norteamericanos y, de paso, a los ingenieros y técnicos argentinos que deberían pensar un poco en el bienestar de los trabajadores.

—La reputa madre —declaró, aludiendo al asiento, los ingleses, los norteamericanos, los ingenieros flor de ceibo y, ya más específicamente, al clima.

Había llovido durante todo el día y el agua se acumulaba en grandes charcos sobre el desparejo adoquinado de la avenida Ramos Mejía, desbordaba las bocas de tormenta, bajaba en torrente desde la barranca de Plaza San Martín. Plaza de los Ingleses era un lago en el que las gotas se estrellaban formando globitos. Habría lluvia para rato. Y frío. Demasiado como para caminar hasta el barcito. Verdad que en el barcito no se veía luz, pero eso no era raro, si no se veía un carajo a la vela.

Los playones aledaños a la estación Retiro eran un inmenso cementerio de colectivos y ómnibus, y De Santis pensó en los restos de los barcos que asomaban escorados en el cauce del Riachuelo.

Algún tenue relumbrón denunciaba a lo lejos la presencia de un colega tratando de matar el tiempo con un cigarrillo. Sin embargo, la mayoría debía dormir. No era su caso: apenas tenía que esperar cuarenta minutos para desandar el camino hasta Liniers, donde se tomaría un café con un par de medialunas. Claro que podía estirar las piernas o recostarse en alguno de los asientos dobles, que era lo que seguramente hacía Friedman, unos pocos metros a su espalda, pero De Santis prefería quedarse en el asiento del conductor.

Buscó en el espejo, moviéndolo de un lado a otro, hasta que descubrió a Friedman tendido en el último asiento. Había dejado gorra y boletera en el piso y dormía a pata suelta.

—Ruso de mierda.

Lo dijo en voz baja, para no despertarlo. Al fin de cuentas, era su compañero. Y le tenía afecto, tal vez debido a su aspecto desvalido, a su aire a pájaro enclenque y un poco deforme.

Pequeño, esmirriado, con una gran nariz huesuda en un rostro enjuto, pálido como el de un cadáver, y una mata de pelo a la que el corte a la media americana hacía ver como una cresta rojiza, Friedman era una caricatura de los sobrevivientes de los campos de concentración que había visto en el noticiero de Sucesos Argentinos alguna vez que se detuvo una horita en el cine Tarico de la avenida San Martín.

Además, Friedman era tan feo. Feo y virgen, pobrecito.

De Santis había apoyado la cabeza contra la ventanilla y se quedó dormido. Lo descubrió cuando lo sobresaltaron un par de golpes en el vidrio. Había alguien afuera.

Abrió el ventilete, que era todo lo que los ingleses, confabulados con los norteamericanos y los ingenieros flor de ceibo, habían dispuesto como ventilación con el avieso propósito de que él se cagase de calor en el verano, y miró hacia afuera. Bajo la lluvia, un hombre alto y robusto, cubierto por un capote, hacía visera con una mano sobre sus ojos para evitar que el agua que se escurría por su tupida cabellera negra, brillante de gomina, le cayera sobre los ojos.

—A ver, mi amigo, si nos puede hacer una gauchada, que se nos quedó el Cadillac en un charco.

Gesticuló exageradamente al hablar y De Santis pudo ver, como en una alucinación, la inconfundible sonrisa que relumbraba en la oscuridad. Parecía dotada de luz propia.

Se puso de pie de un salto.

—¡Fríman! ¡Fríman! ¡Despertate! ¡Es Perón!

Algo dijo Friedman, una puteada que De Santis pasó por alto: ya tiraba de la palanca de la hidráulica que abría la puerta delantera.

—¡Suba, General, que se va a empapar!

—Ya estoy hecho una sopa —explicó Perón en tono jovial mientras trepaba al Mack. Se veía, de lejos, que conservaba un excelente estado, pero ahora De Santis pudo comprobarlo con sus propios ojos.

Perón subió hasta el segundo peldaño de la escalerilla, desde donde saludó a Friedman alzando una mano hasta la altura de su cabeza.

—¡Qué nochecita!

Mientras trataba de dar arranque al perezoso motor del Mack, De Santis miró a Friedman por el espejo. De pie, con los ojos desorbitados, Friedman se había calzado la gorra y permanecía en posición de firmes.

—Vamos, Fríman, movete. Buscá la cuarta.

La cuarta era una cadena que por su propia iniciativa los choferes de Mack llevaban debajo del último asiento. En las madrugadas de invierno, con el motor en frío, muchas veces las baterías se agotaban antes de que se consiguiera dar arranque. Entonces había que cincharlos.

De Santis se lo explicó a Perón, que meneaba la cabeza.

—¡Estos norteamericanos...! —comentó—. No sé cómo hicieron para ganar la guerra.

Una vez que la carrocería comenzó a vibrar, De Santis colocó primera y avanzó bajo la lluvia.

—Agarre para allá —indicó Perón.

Al fin, unos doscientos metros más adelante, De Santis alcanzó a distinguir el Cadillac. Tenía las luces de posición encendidas y el capó abierto. Junto a éste, un hombre se afanaba en el motor, tratando de secar el distribuidor, conjeturó De Santis, mientras colocaba el Mack delante del automóvil, de un negro casi tan reluciente como la cabellera del General.

De Santis abrió la puerta y Perón saltó hacia la calle.

—A ver, Gilaberte, si se me deja de bartolear y se prepara, que estos muchachos nos van a dar una mano.

De Santis había bajado detrás de Perón y ya hacía lo propio Friedman, llevando, con esfuerzo, la pesada cadena.

—Se mojó el distribuidor... —dijo el tal Gilaberte.

Sin detenerse, y casi con displicencia, De Santis contestó:

—Le entró en tercera al charco.

Y se encontró con los ojos de Perón. Chispeaban. El derecho se cerró, con complicidad. Perón se daba cuenta: Gilaberte era un pelotudo. Y cómo no se iba a dar cuenta, si se daba cuenta de todo.

Friedman, más torpe que nunca, se había tirado debajo del Cadillac y, prácticamente sumergido en el charco, trataba de enganchar la cadena.

De Santis hizo un gesto de fastidio y se volvió hacia Perón.

—General, métase adentro. Llueve mucho.

Perón no se movió.

—Yo, como siempre, al pie del cañón.

—¡Vamos Fríman, movete! ¡Este boludo de Hitler debería haber hecho mejor las cosas!

Perón rio, con sus dos pequeñas manos entrelazadas sobre el abdomen.

Friedman salió de abajo del Cadillac, completamente mojado.

—Ya está —dijo— Y ahora, para variar, hace algo vos y enganchala al Mack.

—Así me gusta Fríman, que tengás caráter.

Afirmó la cadena al elástico del omnibus. Perón ya se había subido al Cadillac.

—¿Lo llevo a Tagle, General?

—No —dijo Perón—. Voy acá nomás, a Puerto Nuevo.

—Al dique A —agregó Gilaberte, sin que nadie le preguntase nada.

De Santis fingió no haberlo escuchado.

—A Puerto Nuevo, entonces.

Trepó al Mack y lo condujo de regreso por Libertador hasta Retiro. Dobló a la izquierda y tomó por Antártida Argentina, luego de cruzar, a excesiva velocidad, las desparejas vías del ferrocarril.

Friedman perdió equilibrio y cayó sobre un asiento. Atrás, en el Cadillac, Gilaberte protestó airadamente, con exagerados movimientos de brazos, pero esto pudo muy bien haber ocurrido sólo en la imaginación de De Santis: la lluvia distorsionaba las imágenes en el espejo lateral y el parabrisas del Cadillac estaba empañado.

La visibilidad era casi nula. Para peor, cada tanto tenía que mirar por el retrovisor derecho tratando de adivinar las señas de Perón quien, indiferente a la lluvia, sacaba el torso por la ventanilla para hacerle alguna indicación. En un par de oportunidades, De Santis debió detenerse, para consultarlo personalmente. Y hasta estuvo a punto de agarrar a Gilaberte del cogote cuando el muy imbécil se distrajo —“No ví la seña”, fue todo lo que se le ocurrió decir— y chocó el Cadillac contra el paragolpes trasero del Mack.

Finalmente llegaron al dique A. Mientras Friedman bajaba dispuesto a desenganchar la cuarta, De Santis dejó el motor en marcha, colocó el freno de mano y salió del ómnibus. El muelle parecía desierto. La persistente lluvia y la niebla que se levantaba del río le impedían ver mucho más allá de la silueta del General, ahí donde Gilaberte empezaba a impacientarse. Perón se había detenido frente a ellos para decirles algo, seguramente agradecerles y darles una tarjeta de recomendación, pero Gilaberte le tironeaba de la manga del sobretodo.

—Vamos, General, que no hay tiempo —decía el pelotudo.

Perón se desprendió de Gilaberte y dio un paso adelante.

Friedman soltó la cadena del chasis del Cadillac y se paró junto a De Santis.

—Bueno, muchachos —mientras se les aproximaba, De Santis notó el pequeño maletín en su mano izquierda—, muy agradecido. La verdad, me sacaron de un apuro.

—Para servirle —dijo De Santis, listo para manotear la tarjeta, que Perón se demoraba en largar. Friedman se revolvía incómodo, mirando a su alrededor. La niebla era cada vez más espesa y parecían estar solos en el fin del mundo. Hasta la figura de Gilaberte se difumaba.

—¿Qué va a hacer? —preguntó Friedman.

De Santis lo codeó

—Callate, ruso —dijo por lo bajo.

La sonrisa de Perón se había disuelto en una mueca que le pareció de disgusto. Friedman empezó a tartamudear, que era lo que le pasaba al ponerse nervioso. En cualquier momento se mandaría otra cagada. De Santis cerró los ojos. Y así, con los ojos cerrados y el upite fruncido, escuchó la voz de Perón.

—Es hora de renunciamientos, muchachos. ¿Saben qué pasa? Esos bárbaros son capaces de bombardear la destilería. Imagínense, ¡la obra de mi vida!

De Santis abrió los ojos y, de puro impulso, miró hacia el río. Un golpe de brisa había levantado el celaje y pudo ver, a lo lejos, un buque de extraño aspecto. Echaba humo por una única y gigantesca chimenea, ubicada en el centro del casco, inmediatamente detrás de un mástil rematado en lo que parecía un tanque de agua. Por los toldos extendidos en cubierta, que le daban un gran parecido a las bañaderas que paseaban turistas los fines de semana, pensó que se trataba de un barco de excursión. Fue Friedman quien advirtió los cañones. Y en la popa, una bandera azul, blanca y roja.

—¿Se va...?

Gilaberte había tomado el maletín de la mano de Perón y lo esperaba junto a la planchada. Perón asintió.

—Y nosotros —se atragantó de Santis— ¿qué hacemos?

Perón dio un paso, acercándose a los dos afiliados a la Unión Tranviarios Automotor. Le llevaba a De Santis una cabeza, y media más al esmirriado Friedman. Pero hasta De Santis, que a pesar de su juventud ya mostraba signos inequívocos de la gordura que iría adquiriendo por culpa de tanta mala sangre, se sentía un enclenque al lado del General.

Éste le puso una mano en el hombro, la derecha, mientras apoyaba la izquierda en el de Friedman.

—Ustedes despreocúpense, que yo ya vuelvo. Entre tanto, serán mis ojos y oídos en la Argentina.

De Santis sintió un nudo en el estómago. Y sin que supiera por qué, se le escaparon un par de lágrimas.

—¿Nosotros?

—Naturalmente. Les dejé una doctrina, una mística y una organización. Yo sé que usted y Friedman sabrán emplearlas cuando llegue la hora.

—Pero... —balbuceó De Santis, que no sabía qué decir— ... pero este, es judío.

—¡Tanto mejor! —exclamó Perón, y dando media vuelta, se perdió en la bruma.

—¡Hasta pronto! —escuchó De Santis —¡Y cuídense; no se me vayan a resfriar!

Permanecieron en el muelle, bajo la lluvia, que ya parecía eterna. Después de un rato, De Santis rodeó con un brazo la huesuda espalda del guarda.

—Ahora sí que estamos jodidos, ruso.

2

Luego de su encuentro con Perón, que con los años le iría pareciendo cada vez menos fortuito, la vida de De Santis cambió drásticamente, pero no de inmediato ni, menos todavía, de un modo que pudiera considerarse evidente. Si ni siquiera De Santis se daba cuenta de que su vida había sufrido un cambio. Mucho menos podían hacerlo los demás, exceptuando al “Chancho”, como todos los choferes y guardas de la compañía conocían familiarmente a Martínez, el encargado de supervisar horarios y controlar los boletos de los pasajeros, así como la boletera de Friedman.

Martínez controlaba las boleteras de todos los guardas, pero no había modo de hacérselo entender a Friedman, que solía quejarse ante la mera mención del apodo: —Me tiene entre ceja y ceja.

El Chancho era un cordobés presuntuoso, perfumado hasta las náuseas y con el empaque de un comandante del Queen Mary. El cuello de su camisa era de un blanco inmaculado, el nudo de la corbata y el lustre de los zapatos, impecables. Llevaba el uniforme cuidadosamente planchado y pulía los botones del saco y la chapa del frente de su gorra, que refulgían los días de sol.

Friedman empezaba a tartamudear apenas veía al Chancho bajar del cordón en una esquina cruzándose desaprensivamente delante del Mack, confiado en que De Santis se detendría, absteniéndose de hacer lo que más ansiaba en el mundo: pasarle por encima con las seis ruedas del ómnibus.

Por el espejo interno, De Santis se entretenía observando la reacción en cadena que la inquietud de Friedman desataba entre los pasajeros, los más descuidados, revisando con nerviosismo sus bolsillos en busca del boleto “correspondiente al día de la fecha”, como decía desdeñosamente el Chancho cuando alguno le alcanzaba uno de la jornada anterior o de váyase a saber de cuándo. Muchos pasajeros tenían la absurda costumbre de conservar los boletos en los bolsillos, donde terminaban entremezclándose varios. Otros, más cuidadosos, los plegaban con esmero para sujetarlos al anillo; algunos, con ostentación, en el dorso del dedo, mientras los más avispados preferían sorprender al Chancho extrayéndolos del interior de sus manos y, sin siquiera mirarlo, alcanzárselo con gesto displicente.

—Muy bien —decía el Chancho, luego de picar el boleto, pero De Santis alcanzaba a percibir su contrariedad: el mayor placer del Chancho era verduguear a todos, pasajeros, guardas y choferes. Especialmente a Friedman.

Esa tarde los paró en Loria y Rivadavia, subió al Mack y luego de firmar la planilla de horarios, comenzó a controlar la boletera de Friedman, que temblaba. Por más que De Santis le hubiera explicado mil veces que el control de la numeración de los boletos era únicamente para verificar que los pasajeros no se hubieran pasado de sección, Friedman temblaba tanto que hasta quienes conservaban sus boletos cuidadosamente plegados en los anillos empezaron a sentir una vaga inquietud. A Friedman le correspondía temblar —le había dicho De Santis— al término del turno, en el momento de entregar la recaudación. Pero Friedman afrontaba esa prueba con serenidad: jamás había dado un vuelto equivocado.

Algo le pasó a De Santis esa tarde, algo que no conseguiría explicarse, cuando el Chancho gozaba, casi eróticamente, del absurdo nerviosismo de Friedman. La escena se había repetido cientos de veces a lo largo de los dos últimos años y a De Santis jamás se le había ocurrido intervenir: era el chofer, un robot programado para acelerar cuando Friedman gritaba “¡Dale!”, y para detenerse en la siguiente parada al oír sonar la campanilla que los pasajeros accionaban tirando de la soga. El aislamiento, la deshumanización de De Santis estaba signada por el Primer Mandamiento de la Secretaría de Transportes, inscripto con letras de molde en el gran espejo que se extendía todo a lo ancho de la carrocería por encima de los dos parabrisas del Mack, como un precepto grabado en el frontispicio de un templo griego:

“Prohibido hablar con el conductor”

De Santis agradecía a la Secretaría de Transportes la interdicción, que lo libraba de contestar preguntas estúpidas o de dar consejos sobre el mejor lugar donde bajarse para llegar a determinada dirección. Para eso estaba Friedman, que no hacía otra cosa que cortar boletos y dar vueltos, absteniéndose de intercambiar con él palabra alguna, aun cuando se dirigían vacíos y fuera de servicio hasta el depósito de José Martí. Por más que De Santis le hiciera una pregunta o formulara en voz alta algún comentario en la esquina de Lacarra y Rivadavia, Friedman le respondía invariablemente media hora después, apenas dejaban el Mack en el depósito.

De Santis se había habituado y disfrutaba del silencio, la reconcentración y el aislamiento, prestando apenas un interés estrictamente profesional a todo cuanto sucedía a su alrededor. Razón de más para que no consiguiera explicarse qué le había ocurrido esa tarde cuando, como siempre, el Chancho comenzó a gozar sádicamente del nerviosismo de Friedman.

—No sé qué me pasó —dice, como si yo fuese capaz de entender el motivo de su preocupación—. Me di vuelta y le grité al Chancho: “¿Y? ¿Cómo anda hoy el compañero peronista?”.

El Chancho palideció, mientras todos los pasajeros se volvían hacia él. De Santis había advertido, semanas atrás, que Martínez ya no lucía en la solapa del uniforme el colorido escudo justicialista: lo había reemplazado con una escarapela. Luego de la revolución libertadora y democrática que había llevado a Perón —con la invalorable ayuda del propio De Santis— hasta Puerto Nuevo, que el Chancho se quitara el escudo partidario parecía muy razonable, pero lo de la escarapela ya era una exageración.

—¿Qué hacés? ¡Callate! —siseó el Chancho, con los ojos desorbitados y enrojecidos de uno de los conejos que mi tío criaba en la terraza.

Mi tío Rodolfo criaba conejos en la terraza. Como lo oyen.

—Ni vencedores ni vencidos —saludó De Santis al tiempo que colocaba la primera. El Mack se impulsó hacia delante con brusquedad, haciendo trastabillar al Chancho que, para no caer, tuvo que aferrarse del brazo de Friedman. En cuanto recuperó el equilibrio, dio un paso hacia De Santis.

—Dejame acá.

De Santis se detuvo recién en la parada y el Chancho pudo al fin bajar del Mack, con el rostro arrebatado y cubierto de transpiración.

Los pasajeros permanecieron en silencio, mirando hacia la calle a través de las amplias ventanillas. El ómnibus volvió a recobrar animación una vez que en Plaza Miserere se renovó parcialmente el pasaje, poblándose con voces provincianas.

—¡Qué susto le metí! —rio De Santis más tarde, en el bar de mi tío. Meneó la cabeza—. No era para tanto.

Supongo que no, pero esto lo digo ahora, recordando que, si bien hacía calor y estábamos de vacaciones, todavía no había empezado el verano. En ese momento no dije nada, concentrado en pasar el trapo rejilla sobre la mesa y, tal como me había explicado mi tío Rodolfo, secar la base del vaso de agua antes de dejarlo junto al café, en el que ya De Santis disolvía el terrón de azúcar. Por otra parte, De Santis no me había hablado a mí, sino a Friedman.

De regreso del trabajo, De Santis se detenía invariablemente en el bar de mi tío, a tomarse un café, o un vermú. O ambas cosas. Pero siempre tomaba el café antes del vermú, lo que hacía reír a mi tío, para quien De Santis era un tipo raro, precisamente por su hábito de empezar con el café y terminar con el aperitivo. Si mi tío no me lo hubiera dicho, yo tampoco me habría dado cuenta de eso, porque no me daba cuenta de nada.

Me lo dijo, así, como al pasar, mientras lo ayudaba a secar los pocillos y cucharitas y vasos y platitos de ingredientes que se habían acumulado en la pileta en uno de esos momentos en que a medio barrio se le daba por entrar al mismo tiempo al café.

Desde entonces, había tratado de acercarme lo menos posible a la mesa de De Santis y lo estudiaba desde lejos, con disimulo. Fue así como vine a descubrir que a veces hablaba solo. Nunca supe exactamente cuando tuvo lugar ese descubrimiento que, al fin de cuentas, no era tan importante: mucha gente hablaba sola entonces, cuando los años pasaban, livianos, quietos, repetidos, no existían los teléfonos celulares para que los locos pudieran disimular que hablaban solos y la monotonía era apenas rota por acontecimientos como la fogata de San Pedro y San Pablo o el final de las clases, cuando me instalaba en casa de mi tía, a leer cuanta revista de historietas encontrara en la pieza de la terraza, y ayudar a mi tío en el bar.

Lo mejor que podía ocurrir era que mi tío Rodolfo me dejara atender las mesas, eso sí: durante la mañana o la tarde, cuando “el ambiente” era bueno y todavía no habían llegado los borrachos, los calaveras y las mujeres noctámbulas, siempre bien arregladas, de polleras estrechas, medias de punto y zapatos de tacón alto, a las que, sentado en la escalera con una revista sobre las rodillas, veía atravesar el patio, rumbo al baño. El de “señoras” era el de la casa; el de hombres estaba en el bar: una letrina inmunda que no sé si alguien limpió alguna vez. Era misión bélica de Pablito Serún, polaco o rumano, uno de los varios borrachos de los que mi tío se apiadaba dándoles alojamiento temporario en la piecita de la terraza a cambio de que de tanto en tanto barrieran el local y limpiaran la letrina.

Toda la ropa de Pablito Serún había sido de mi tío, que lo primero que hizo cuando lo encontró tirado en la vereda, en un charco de orín y vómito, fue obligarlo a tomar un baño, prepararle un especial de crudo y queso y quemar toda la ropa que llevaba puesta.

Yo nunca limpié la letrina, a eso me refiero. Y si atendía las mesas, poniendo en riesgo a mi tío, porque había cientos o miles —los imaginaba bandadas enteras— de inspectores del Ministerio de Trabajo controlando los aportes patronales, condiciones laborales y, más que nada, el trabajo de menores, era por diversión y por las propinas. Todo el mundo me dejaba propina. También De Santis, aún después de que se le diera por hablar solo.

Lo noté durante las vacaciones, uno de los tantos veranos que seguían al periodo escolar, aunque ese año en particular había tenido lugar un suceso verdaderamente extraordinario: Argentinos Juniors acababa de ascender a primera. No había otro tema de conversación en el barrio, si bien en algún momento del verano, después de que a De Santis se le dio por hablar solo, escuché a mi vieja y mi tía bajar la voz al mencionar a mi tío Polo, que también vivía en la casa.

Mi tío Polo era ferroviario. Y tenía un taxi, un Mercedes Benz 170 D. Los había traído de Alemania un tal Jorge Antonio y el gobierno se los había dado a crédito a los acomodados. Así lo oí y así lo repito.

—Polo es peronista, ya sabés —le escuché susurrar a mi tía.

Mi vieja asintió, en silencio. Debía ser como la tuberculosis, o algo peor: la parálisis infantil.

Si bien el brote más furibundo de la epidemia se desataría en el transcurso de ese mismo año, unos meses después, la parálisis infantil había formado parte de nuestras vidas desde que tengo memoria.

De parálisis había muerto la hija de una vecina, a la vuelta de mi casa. Por eso —así lo creía entonces— pasaba los veranos en lo de mi tía, y los troncos de los árboles eran pintados de blanco y mi vieja y mi tía y todas las mujeres lavaban los patios con acaroína y echaban acaroína en las rejillas, en los inodoros, en las piletas de las cocinas.

El mundo apestaba a acaroína.

Así y todo, no pasaba día sin que un chico se enfermara. A veces, era uno del barrio, un pariente, un conocido. Entonces había que bajar la voz y hablar en susurros, como cuando mi tía le recordó a mi vieja que el tío Polo era peronista.

Eso no era algo que se dijera de De Santis, ni nadie se refería a él bajando la voz, por más que hablara solo, lo que no parecía motivo de alarma ni de sorpresa. Pero todos se reían de su costumbre de tomar el café antes del aperitivo. Hasta Friedman se reía.

Por lo general, Friedman y De Santis bajaban juntos del tranvía en el puente de la avenida San Martín y siempre juntos —De Santis, expansivo, extrovertido, gesticulante, bromeando a costa de Friedman, y Friedman, parco, con su eterna media sonrisa apenas visible debajo de su gran nariz cubierta de pecas y verrugas— caminaban por Lascano hasta el bar de mi tío.

Cada tanto, Friedman cedía ante la insistencia de De Santis, se sentaba en la mesa de la ventana y, tras pedir una grappa Chissoti, se reía del hábito de su amigo de tomar el café antes que el vermú. Pero la mayoría de las veces, al menos al regresar del trabajo por la tarde —que es lo que me consta— y no cuando lo hacían al mediodía o de noche, Friedman doblaba por Gavilán y se me perdía de vista.

Cuando se instalaban juntos en el bar, De Santis también hablaba solo, pero en voz alta. Friedman jamás decía nada, limitándose a asentir o a sonreír o a murmurar algún monosílabo, para mí, que permanecía cautelosamente alejado, inaudible.

Que recuerde, De Santis hizo silencio una sola vez. Pablito Serún, el borracho, contestó el teléfono, como hacía siempre. Mi tío no le prestaba la menor atención al teléfono y si era por él, podía sonar durante horas sin que se diera por enterado. No exagero al decir que en muchas ocasiones, en especial antes de la incorporación de Pablito a la grey hogareña, el Mudo, el Pelado, Alberto y Carlitos Culaciati (¡cómo olvidar ese apellido!) o cualquier otro de los que tenían al bar como segundo hogar y, aunque no se les conociera ocupación, también como oficina; los que se pasaban el santo día en el bar, pasaban detrás del mostrador para contestar el teléfono, acabar con el molesto ring-ring de la chicharra y de paso manotear algún peso del cajón ante la indiferencia de mi tío.

No es que no se diera cuenta. Sospecho que dejaba un poco de cambio chico, siempre a la mano, para que el Mudo, el Pelado o los hermanos Culaciati se lo robaran. Total, volvían a gastarlo en consumición. Era una manera de invitarlos sin sentar precedente.

Esa vez, el teléfono sonaba y Pablito Serún se bamboleó en dirección a la repisa, arrastrando las pantuflas marrones, apelmazadas, asombrosamente sucias, que habían sido de mi tío y salvado por milagro de las periódicas campañas antisépticas que mi tía llevaba a cabo en el cuartito de la azotea.

Menos De Santis, siempre locuaz, que cuando no bromeaba a costa de Friedman decía piropos a las señoras que pasaban por la vereda, todos en el bar dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y prestamos atención a la escena. El cerebro estragado por el alcohol de Pablito y su dificultad para el castellano eran una combinación infalible.

El teléfono era de vela, o candelabro, negro y pegajoso.

Ustedes dirán que la cualidad de lo pegajoso no puede ser advertida por el sentido de la vista sino por el del tacto, pero eso es porque no vieron el teléfono de mi tío, percudido por la mugre, con tantas huellas digitales impresas como las del archivo del departamento de dactiloscopia de la Federal.

Mi tía jamás entraba al bar. La limpieza del bar estaba a cargo de mi tío y de Pablito Serún. Y mi tío, ya saben, ignoraba olímpicamente al teléfono, que había pasado a ser de la exclusiva incumbencia de Pablito. Imagínense.

Pablito tenía dificultades con las distancias, tal vez debido a trastornos oftalmológicos o cerebrales, o directamente alcohólicos. Manoteaba el auricular de lejos y, en vez de arrimarse a la boquilla, se echaba hacia atrás. El bamboleo era parte esencial, constitutiva, de su personal sistema de conservar el equilibrio, pero al atender el teléfono siempre se echaba hacia atrás. Ahí empezaban los gritos, con el primer “Hola”.

De acuerdo a su experiencia, todos los que llamaban a ese teléfono eran sordos. Pero en tanto ese primer “Hola”, gritado desde más de medio metro de distancia de la boquilla, era inmediatamente seguido de las carcajadas, los abucheos y la rechifla del Mudo, el Pelado, Carlitos y Alberto Culaciati y a veces hasta los de Aníbal —el agente de policía de la cuadra, que recalaba en el bar para tomarse una copa después del servicio— Pablito se veía obligado a seguir aumentando el volumen de sus gritos, ya no para hacerse oír, sino para escucharse a sí mismo.

8,84 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2025
Həcm:
250 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789878646633
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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