Kitabı oxu: «El verdadero significado de la pertenencia»

Título original: BELONGING
Traducido del inglés por Alicia Sánchez Millet
Maquetación: Toñi F. Castellón
© de la edición original
2017 de Toko-pa Turner, por acuerdo con The Cooke Agency International e International Editors Co. Publicado originalmente en inglés por Her Own Room Press.
© de ilustraciones de cubierta e interior
2017 de Molly Costello. Usadas con autorización.
© diseño de portada
Toko-Pa Turner
© fotografía de la autora
Morgaine Owens
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
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I.S.B.N.: 978-84-18000-98-0
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Contenido
Cubierta
Créditos
Dedicatoria
Agradecimientos
Dedicatoria
Algo más grande
Los puentes vivos
Soñar que estamos en casa
El origen del distanciamiento
El origen del distanciamiento
Estricto y estrecho
El arquetipo del marginado
La Madre Muerte
La escasez y el merecimiento
La cultura de la Madre Muerte
Curar la herida
La falsa pertenencia
La vida dividida
Virtuosa silenciosa
El matrimonio interior
La supresión de lo femenino
El gran olvido
El exilio como iniciación
El descenso al inframundo
La perseverancia y la renuncia
La rebelión necesaria
La vida simbólica
Cuidar del pozo
Caminar por la jungla de la creatividad
Dejar que se acerque el misterio
La originalidad creativa
El perfeccionismo y la comparación
La firma vibratoria
Los huéspedes oscuros
La ira
La decepción
La inquietud
La impaciencia
La vergüenza
El duelo
La casa se convierte en hogar
El dolor como aliado sagrado
Heridas ancestrales
El anhelo sagrado
Abandonar el cañaveral
Tú también eres la gota
El anhelo ancestral
Habilidades de la pertenencia
El compromiso: la ofrenda de la devoción
Una vida hecha a mano
Practicar la medicina de la belleza
Hacernos visibles
La vida como ofrenda
Soportar el placer
El músculo receptor
El merecimiento
La gratitud
La presencia invitadora
Encarnar la ambigüedad
El no-tiempo es ahora
Pozos de historia y trazos de la canción
Reescribir tu vida
Hechizar tu camino
Cuidar de una comunidad
La reciprocidad
Los valores compartidos
Los círculos y los rituales
La ancianidad
Ver y ser vistos
Conviértete en una tierra baja
Terminar bien
Ser el anhelo
Reciprocidad con la naturaleza
Recuperemos el temenos
Conclusión
Nota de la autora
La conversación sigue
Sobre la autora

Para Craig,
la tierra donde están las raíces de mi pertenencia
Agradecimientos
Quiero dar las gracias a Terri Kempton, mi amiga y editora, por acompañarme en cada paso de mi camino: ha sido la comadrona perfecta para dar a luz a este libro; a Angela Gygi por leer el manuscrito y regalarme sus rigurosos y valiosos comentarios; a Caoimhe Merrick por sus generosas páginas de entusiasmo; a Michelle Tocher por animarme a que le diera a mi historia la importancia que se merece; a Molly Costello, capaz de resumir en un grabado todo lo que quiero decir; a mi fallecida mentora Annie Jacobsen, quien, a pesar de mis reticencias, siguió insistiendo en que yo era escritora, y muy especialmente a Craig Paterson, mi amado esposo, por enseñarme todos los días cómo se crea el sentido de pertenencia, a través de su constante presencia, sus sabias reflexiones y la protectora generosidad de su ternura. Por último, quiero dar las gracias a Salt Spring Island, por apuntalar mis ramas místicas y prestar atención a mis palabras.

A los rebeldes e inadaptados, las ovejas negras y los forasteros. A los refugiados, los huérfanos, los que se convierten en chivos expiatorios y los bichos raros. A los desarraigados, los abandonados, los desterrados y los invisibles.
Que reconozcáis con creciente intensidad que sabéis lo que sabéis.
Que dejéis de ser fieles a las dudas sobre vosotros mismos, a la mansedumbre y a la indecisión.
Que estéis dispuestos a no agradar, y que en ese proceso seáis sumamente amados.
Que no os inmuten las proyecciones distorsionadas de los demás, y que sepáis transmitir vuestro desacuerdo con precisión y gracia.
Que veáis, con la claridad total de la naturaleza que obra a través de vosotros, que vuestra voz no solo es necesaria, sino imprescindible para sacarnos de este embrollo.
Que os sintáis fortalecidos, apoyados, conectados y reafirmados cuando ofrezcáis vuestros dones y vuestra persona al mundo.
Tened la certeza de que aunque os parezca que estáis solos, no lo estáis.
Con amor,
Toko-pa
Uno
Algo más grande


Perteneces a este mundo. Algo más grande te ha guiado hasta este momento y este lugar en el que te encuentras ahora. Estás vinculado al impulso de un largo linaje de supervivientes. Tu historia se ha tejido, a raíz de sus buenas muertes, de las nuevas vidas que las sucedieron y de los incidentes de amor que las sembraron. Estás conectado con el júbilo salvaje de la naturaleza. Tu vida ha sido moldeada por las condiciones de cada estación y la tendencia sagrada invisible.
Sin embargo, puede que sientas, como nos pasa a muchos, el sufrimiento de vivir en la orfandad de pertenencia.
Podemos convertirnos en huérfanos de muchas formas. Directamente, por un padre o una madre que no han sido capaces de cuidar de nosotros, o indirectamente, por aquellos que no quisieron entender nuestros dones, por el sistema que te exige lealtad, pero comercia con tu singularidad, o por la historia que, mediante la intolerancia y la guerra, nos ha convertido en refugiados.
Pero también nos quedamos en huérfanos cuando una cultura, encarnando ciertos valores y negando otros, nos fuerza a separarnos de las partes de nosotros mismos que ella rechaza. Quizás esto sea el peor acto de orfandad, porque es un abandono del que somos cómplices.
Con este pequeño rasguño, sin tan siquiera ser conscientes de todo lo que se nos ha perdido, hemos de emprender nuestro viaje. Empezaremos por la ausencia –un anhelo de algo que tal vez nunca se calme– y nos adentraremos en las entrañas del exilio, para averiguar qué podemos hacer con la nada, si es que se puede hacer algo. Para convertirnos en huérfanos de la vida huérfana.
A pesar de todas sus implicaciones, rara vez se habla abiertamente de la pertenencia. Al igual que sucede con el duelo, la muerte y la inadaptación, se nos induce a creer que el sentimiento de no pertenencia es vergonzoso y que hemos de ocultarlo. Lo más irónico es que nuestra sociedad moderna padece una epidemia de alienación; sin embargo, muchos nos sentimos solos en nuestro desarraigo, como si todo el mundo estuviera dentro de algo a lo que solo nosotros somos ajenos. Y el silencio sobre nuestra experiencia de distanciamiento es, en gran parte, la causa de su continuidad.
Vivimos en una era de fragmentación, en que el racismo, el sexismo, la xenofobia y otras formas sistémicas de «otredad» van en aumento. Nunca antes habíamos experimentado semejantes migraciones sísmicas de seres humanos a través de nuestras fronteras, como sucede hoy en día. Las dificultades de asentamiento e integración son inmensas y complejas, incluso al cabo de varias generaciones. Actualmente, nos encontramos en un punto crítico, divididos por fisuras políticas, sociales, raciales y de género. Tácitamente, la pertenencia es la principal conversación de nuestro tiempo.
No cabe duda de que el anhelo de pertenencia, una de las motivaciones que más me han influido en mi vida, me estaba moldeando de formas de las que ni siquiera era consciente, hasta que, al final, me agarró del pelo y me arrastró hacia el fondo de sus aterradores abismos. Este libro es un diario de viaje de mi largo proceso de años de iniciación y de las puertas aparentemente interminables que crucé, en cada una de las cuales tuve que renunciar a algo muy valioso para mí. Y por eso, no te escribo como experta en pertenencia, sino como una huérfana que necesitaba descubrir que todavía tenía más que perder, antes de poder ser encontrada.
Existen muchos tipos de pertenencia. Normalmente, lo primero que se nos ocurre es la pertenencia a una comunidad o a una zona geográfica. Pero para muchos de nosotros, el anhelo de pertenencia empieza en nuestra familia. Luego viene el anhelo de sentir la mutua pertenencia en el santuario de una relación, y la pertenencia que deseamos sentir cuando tenemos un propósito o una vocación. También está el anhelo espiritual de pertenecer a un conjunto de tradiciones, de conocer el conocimiento ancestral y participar de él. Y, aunque no seamos conscientes de cómo nos influye su separación, nos morimos por estar bien en nuestro propio cuerpo.
También existen otras formas más sutiles de pertenencia, como la que, al final, hemos de crear con nuestra propia historia, y los regalos que hemos recibido de ella. Y si adoptamos una visión más amplia, encontraremos la copertenencia * con la propia tierra, que todos sentimos (o no) en lo más profundo de nuestro ser. Por último, está la gran pertenencia, que puede ser la más ambigua y persistente de todas, el anhelo de pertenecer a ese «algo más grande» que dé sentido a nuestra vida.
Los puentes vivos
En el nordeste de la India, en la cima del conjunto montañoso de Meghalaya, las lluvias monzónicas estivales son tan fuertes que el caudal de los ríos que atraviesan sus valles aumenta extraordinariamente, se vuelven impredecibles y es imposible cruzarlos. Hace siglos los habitantes de las aldeas dieron con una ingeniosa solución. Plantaron higueras estranguladoras en las orillas y empezaron a orientar sus intricadas raíces para que estas consiguieran cruzar al otro lado y enraizarse.
Mediante un lento proceso de unir y entretejer raíces, los aldeanos crearon un sólido puente vivo capaz de resistir el volumen de las lluvias de verano. Puesto que es una labor que no se puede completar en una sola vida, el conocimiento de unir y cuidar las raíces se transmite de generación en generación para mantener viva esta práctica, contribuyendo de este modo a lo que ahora es una emocionante red de puentes vivos por los valles de Meghalaya. 1
Si vemos los puentes vivos como una metáfora del trabajo de pertenencia, podemos imaginarnos que estamos varados en una orilla del peligroso río, anhelando ser conectados con algo más grande que está fuera de nuestro alcance. Tanto si se trata del deseo de encontrar nuestro verdadero lugar como de encontrar a nuestra gente, o una relación que dé sentido a nuestra vida, el anhelo de pertenencia es la motivación silenciosa que se esconde tras muchas de nuestras otras ambiciones.
En todos los años que llevo trabajando con los sueños, he descubierto que el anhelo de pertenencia es la causa de muchas búsquedas personales. Es el anhelo de ser reconocidos por nuestras facultades, de ser aceptados en el amor y en la familia, de sentir que tenemos un propósito y somos necesarios para una comunidad. Pero también es el anhelo de abrirnos a la dimensión sagrada de nuestra vida, de saber que estamos al servicio de algo noble, de vivir la magia y el asombro.
Sin embargo, la alienación, la hermana oscura de la pertenencia, es tan ubicua que podríamos considerarla una epidemia. Gracias a la tecnología estamos más interconectados que nunca; no obstante, jamás nos habíamos sentido tan solos y distanciados. Somos las generaciones que no han recibido la herencia del conocimiento que nos devolvería a la pertenencia. Pero lo peor es que, en nuestro estado de amnesia, muchas veces no somos conscientes de qué es lo que nos falta.
Cada vez más, nuestras interacciones con los demás son suplantadas por máquinas. Tanto si es a través de la comunicación digital como de contestadores automáticos de atención al cliente o de máquinas dispensadoras, que nos ofrecen servicios que antes eran realizados por personas, nos estamos convirtiendo en esclavos de la era mecánica. De acuerdo con los intereses de las compañías, somos reducidos a meros consumidores, convertidos en un engranaje de la propia maquinaria con la que estamos comprometidos. Esta entidad más grande, que a menudo está oculta, es una parte sustancial de lo que contribuye a que nos sintamos deshumanizados, y nos hace sentir que somos prescindibles. No amamos a la máquina, ni esta nos ama a nosotros.
Intentamos seguir adelante con nuestra pequeña aportación a la coreografía mecánica de las cosas, pero nos invade la sensación de falta de sentido. Inconscientemente, sentimos que hay algo más grande a lo que deseamos pertenecer. Y aunque no seamos capaces de decir qué es, percibimos que otros pertenecen a ese algo más grande, mientras nosotros miramos desde fuera.
Deseamos desesperadamente que se note nuestra ausencia del círculo de la pertenencia. Este sentimiento nos envenena desde dentro. Aunque intentemos permanecer ocupados, rara vez conseguimos aplacar la soledad interna subyacente. Al primer soplo de silencio, se produce una erupción de alienación de tal magnitud que amenaza con engullirnos por completo. No importa cuánto acumulemos ni lo importantes que sean nuestros logros, la punzada de la no pertenencia sigue perforándonos desde dentro.
Y así, consideramos nuestra vida como un proyecto de mejora, un intento de ser útiles, admirados, inmunes e inteligentes. Nos esforzamos por erradicar cualquier aspecto que resulte inaceptable, que pudiera poner en peligro nuestra integración. Pero a medida que este «autodesarrollo» invade nuestro territorio salvaje interior, nuestros sueños y nuestra conexión con lo sagrado se resienten. Al utilizar todos y cada uno de los recursos al servicio del anhelo inconsciente de pertenencia, cada vez nos sentimos más alejados de casa.
Este es nuestro punto de partida: justo en la cruda fisura en la que estamos perdidos, en lo más hondo de nuestro vehemente deseo de encontrar nuestro sitio en la familia de las cosas. Antes de preguntarnos cómo vamos a curarnos de nuestro distanciamiento, hemos de profundizar en la propia herida y convertirnos en sus aprendices. Hemos de reflexionar sobre qué es lo que nos ha estado faltando. ¿Qué se nos está negando? Solo cuando somos capaces de doblegarnos a ese anhelo sacro podemos vislumbrar la majestuosidad que estamos destinados a alcanzar.
Soñar que estamos en casa
Los seres humanos tenemos una tendencia natural a adorar a ese «algo más grande» que nos une, pero, en la actualidad, vivimos en una especie de callejón sin salida, donde nuestros dones solo nos sirven a nosotros mismos. Los occidentales, a diferencia de muchas culturas chamánicas que practican la interpretación de los sueños, los rituales y el agradecimiento, hemos olvidado algo que los indígenas consideran primordial: que este mundo debe su existencia a lo invisible. Toda cacería y cosecha, muerte y nacimiento, se caracterizan por la creación de belleza y las ceremonias a aquello que no podemos ver, por alimentar a aquello que nos alimenta. Creo que nuestra alienación se debe a nuestra negligencia en sentir esa reciprocidad.
Aunque todas las culturas tienen su propia mitología, la visión animista del mundo se basa en saber que el espíritu está presente en todas las cosas. No solo en los seres humanos, sino en los seres con cuatro patas, en los grandes árboles, en las aves que podemos ver a lo lejos, en el silencioso y fuerte acantilado, en esas durmientes montañas soñadoras y en el pueblo río que siempre está dispuesto a conversar. A veces, hasta podemos percibirlo en la forma curva de una taza de cerámica.
Mientras las culturas animistas viven en la reciprocidad con lo que Martín Prechtel, autor y chamán maya, denomina lo «sagrado en la naturaleza», la nuestra se ha obsesionado con lo literal y lo racional. Divorciados del mito y de la vida simbólica, nuestras historias personales han dejado de tener sentido en el impulso colectivo global. En esta división también se está atrofiando nuestra capacidad para imaginar, asombrarnos y visualizar un camino para seguir adelante.
Pero todos tenemos nuestro propio camino para regresar a nuestro parentesco con el misterio: a través de nuestra vida onírica. La interpretación de los sueños es una forma poderosa de volver a tejer una relación íntima con lo que los sufíes llaman el Amado: la cohesión divina, lo sagrado en la naturaleza, de lo cual se originan todos los seres. Eso que nosotros recordamos también nos recuerda a nosotros. Nuestra conversación, como los puentes vivos entre las dos orillas, es la práctica de nuestra copertenencia. En este libro compartiré sueños, algunos míos y otros de las personas que amablemente me han dado permiso para hacerlo, que ilustran a la perfección las diferentes puertas en el camino hacia la pertenencia.
A mi entender, soñar es la naturaleza naturalizándose a través de nosotros. Igual que un árbol da frutos o una planta se manifiesta a través de las flores, los sueños son nuestros frutos. Generar símbolos e historias es una necesidad biológica. No podemos sobrevivir sin sueños. Y aunque podamos vivir sin recordarlos, una vida que se guía y se deja moldear por los sueños es una vida que sigue el conocimiento innato de la propia tierra. A la par que aprendemos a seguir los instintos de nuestra selva interior, respetando sus acuerdos y desacuerdos, también desarrollamos nuestra capacidad para la sutileza. Esta sensibilidad es lo que nos hace más permeables y políglotas, y nos acerca a conversar en los múltiples idiomas del mundo que nos rodea.
La sensibilidad es el privilegio y la responsabilidad de recordar. Tal como escribió Oscar Wilde: «Un soñador es aquel que solo puede encontrar su camino a la luz de la luna, y su castigo es que ve el amanecer antes que el resto del mundo». Cuando entendemos la simetría entre el paisaje exterior y nuestro mundo salvaje interior, no podemos más que lamentar la forma en que nuestra propia naturaleza ha sido alterada, denigrada, sometida y, en muchas ocasiones, hasta erradicada de nuestra memoria. Empezamos a afrontar las formas en que hemos sido cómplices de este lento apocalipsis, interno y externo. Solo cuando nos encontramos en ese lugar de pérdida y anhelo podemos empezar a recordar nuestro hogar.
Este libro es un intento de exaltar lo que a mi entender es la definición más amplia de trabajo de los sueños: la práctica de entrelazar un puente vivo entre lo visible y lo invisible, empresa que solo se puede lograr con paciencia, aptitud para el duelo y voluntad para asumir la responsabilidad sobre los resultados, aunque no vivamos lo suficiente para ver los beneficios. Esta es la práctica de la pertenencia.
Espero que a través de mis escritos pueda ahorrarte, aguerrido viajero, algunas de las confusiones de este camino iniciático. Te introduciré, tal como me introdujeron a mí, en las diferentes facetas de la pertenencia y te explicaré cómo hemos llegado a alejarnos de ellas. Veremos las influencias que pueden convertirnos en versiones reducidas de nosotros mismos, que es como se nos induce a establecernos en la «falsa pertenencia». Veremos el arquetipo del marginado y descenderemos a las dimensiones del exilio, un viaje agotador y doloroso, pero necesario, hacia la verdadera pertenencia. Allí, nos encontraremos con la otredad interior que quiere pertenecernos. Esta es la gran labor que a mí me gusta llamar «reintegración por recuerdo». La mayoría de nosotros pensamos en la pertenencia como un lugar mítico, que es posible que acabemos encontrando, si somos diligentes en nuestra búsqueda. Pero ¿y si la pertenencia no es un lugar, sino una habilidad: un conjunto de destrezas que hemos perdido u olvidado en nuestra vida moderna? Al igual que con los puentes vivos, estas habilidades son las formas en que podemos orientar, entrelazar y cuidar de las raíces de nuestra separación, y con ello, restauraremos nuestra membresía a la pertenencia.
* Este es un concepto que utiliza la autora a lo largo de todo el libro para indicar que es una pertenencia compartida, es decir, no hay un sujeto al cual pertenezca un objeto, sino que ambas partes son sujetos en igualdad de condiciones, y ambos se pertenecen el uno al otro. en este caso la tierra nos pertenece tanto como nosotros le pertenecemos a ella. (Nota de la T.)
1 Human Planet, «Rivers: friend and foe», 2011, BBC One.