Kitabı oxu: «Amor en carnaval»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2019 Trish Morey

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor en carnaval, n.º 2803 - septiembre 2020

Título original: Prince’s Virgin in Venice

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-691-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

EL PRÍNCIPE Vittorio D’Marburg de Andachstein estaba harto. Aburrido. A pesar de ser el punto álgido de la temporada de carnaval en Venecia, a pesar de que iba de camino a la fiesta más exclusiva del festival, el príncipe playboy no podía ignorar la abrumadora sensación de frustración que le permeaba la piel y le calaba hasta los huesos.

O tal vez fuera el frío de la espesa niebla de febrero que le aguijoneaba la piel lo que provocaba que tuviera unos pensamientos tan cínicos respecto al carnaval. Era una niebla que convertía en invisible la mágica ciudad precisamente cuando las calles y los estrechos puentes estaban más abarrotados que nunca con oleadas de gente disfrazada compitiendo por un poco de espacio disponible, hombres elegantemente ataviados y mujeres para quienes la niebla no podía aguar el ambiente de emoción y la energía que acompañaba al carnaval.

Parecía como si la ciudad se hubiera desatado y fuera a celebrar la fiesta con niebla o sin ella.

Vittorio se abrió paso a través de la interminable oleada de personas agitando la capa a su paso. Cada minuto que pasaba estaba de peor humor.

La gente se apartaba sin saber por qué para dejarle paso. No pensó mucho en ello. Tal vez se debiera al disfraz de guerrero, una cota de malla y cuero azul adornada con brocado y cadena de oro, o quizá se debiera a su actitud como dispuesta a la batalla. En cualquier caso, era como si pudieran leer la hostilidad de su mirada mientras se dirigía a la fiesta más exclusiva de la noche.

Y todos podían verle los ojos. Vittorio había renunciado a jugar a ocultarse cuando era niño. No tenía sentido. Todo el mundo sabía siempre que era él quien se ocultaba tras la máscara.

Sus pasos se ralentizaron antes de llegar a la plaza que albergaba el Palazzo de Marigaldi. Normalmente, se hubiera sentido aliviado de llegar a su destino y escapar de la multitud… pero su padre acababa de darle hacía unos minutos por teléfono la noticia de que la condesa Sirena Della Corte, hija de uno de sus viejos amigos, iba a asistir casualmente al baile.

Vittorio resopló, tal y como había hecho cuando su padre se lo contó. Dudaba mucho que fuera «casualmente».

«Oportunamente» sería una palabra mejor. La mujer era una víbora humana envuelta en ropa de diseño que esperaba obtener un título nobiliario… algo que conseguiría si se casaba con él. Y su padre, a pesar de las enérgicas protestas de Vittorio, la había animado a perseguir su desesperada ambición. No era de extrañar que no tuviera ninguna prisa en llegar. No era de extrañar que, a pesar de haberle asegurado a su buen amigo Marcello que nada impediría que asistiera a la fiesta de aquella noche, el entusiasmo de Vittorio se había desvanecido desde la llamada de su padre.

Había ido a Venecia pensando que el carnaval le ofrecería una escapatoria a la asfixiante atmósfera del palacio y las interminables demandas del anciano príncipe Guglielmo, pero al parecer le habían hecho una encerrona con la condesa Sirena.

La apuesta de su padre para convertirse en su próxima esposa.

Pero tras la experiencia de su primer y fallido matrimonio, Vittorio no estaba dispuesto a que volvieran a darle órdenes en lo que se refería a con qué mujer debería compartir su cama matrimonial.

Cada vez había más gente, se acercaba la hora de las fiesta, y la emoción de los presentes estaba en contraposición con sus oscuros pensamientos. Era un hombre fuera de lugar y fuera de tiempo. Era un hombre que tenía el mundo a sus pies y el destino pisándole los talones. Era un hombre que quería ser capaz de tomar sus propias decisiones, pero estaba maldecido por el legado de su nacimiento y su necesidad de satisfacer a otros antes de poder dedicarse a sus propias necesidades.

Y Marcello era su amigo más antiguo, y le había prometido que estaría allí.

Algo le llamó entonces la atención. Un destello de color entre la multitud, un estallido estático de bermellón entre el desfile en movimiento de disfraces, el atisbo de una rodilla y de una mandíbula alzándose, como brochazos de un retrato al óleo en medio de un torbellino de acuarelas.

Vittorio entornó la mirada mientras obligaba sin palabras a que la gente se apartara. Cuando la multitud obedeció, captó el destello de una cascada oscura de cabello ondulado cayendo por un hombro y vio a la mujer girar su rostro enmascarado hacia cada persona disfrazada que pasaba, buscando a través del corto velo de encaje negro que le cubría la mitad de la cara.

Parecía perdida. Sola. Seguramente sería una turista que había caído víctima del entramado de las calles y canales de Venecia.

Vittorio apartó la vista. No era su problema. Tenía un lugar al que ir, después de todo. Y, sin embargo, sus ojos escudriñaron la plaza. Nadie parecía como si hubiera perdido a alguien y la estuviera buscando.

Volvió a mirar y durante un instante no la encontró, y pensó que se había ido hasta que pasó un grupo de arlequines con sombreros de cascabeles. Y entonces vio cómo ella levantaba la mano y se la llevaba a la boca pintada.

Estaba perdida. Sola. Y tenía ese tipo de belleza inocente y vulnerabilidad que le atraían.

Y de pronto Vittorio ya no se sintió tan aburrido.

Capítulo 2

PERDIDA en Venecia, Rosa Ciavarro sintió el pánico bombeándole con fuerza en las venas mientras se abría paso entre la riada de gente disfrazada que ocupaba el puente y lograba encontrar un trozo de espacio libre a un lado del canal. Trató de recuperar el aliento y calmar su acelerado corazón. Pero nada podía calmar sus desesperados ojos.

Miró a través del velo de encaje en busca de una señal que le dijera dónde estaba, pero cuando logró distinguir el nombre de la plaza, no le dijo nada ni le dio ninguna pista de dónde se encontraba. Escudriñar los rostros de las personas con las que se cruzaba para intentar reconocer a alguien, también resultaba inútil. Era imposible saber quién era quién cuando todo el mundo estaba disfrazado.

Rosa alzó la cabeza hacia el cielo negro como la tinta envuelto en niebla y se abrazó a sí misma mientras exhalaba un profundo suspiro. Todo era inútil, y había llegado el momento de dejar de buscar y afrontar la verdad. Había cruzado ya demasiados puentes y doblado demasiadas esquinas en un vano intento de encontrar a sus amigos, y ya no cabía ninguna posibilidad de que se encontraran ahora. Era la última noche de carnaval y la única fiesta a la que se podía permitir ir, pero ahora estaba perdida en un puente envuelto en niebla en algún rincón de Venecia.

No tenía sentido.

Rosa se arrebujó en el interior de la capa. Hacía mucho frío. Pisó con fuerza el pavimento de piedra para calentarse las piernas y lamentó no haber elegido algo más cálido que el vestido tan fino con hombros al aire y escote.

–Vas a estar bailando toda la noche –protestó Chiara cuando Rosa sugirió que debería vestirse más acorde con el clima–. Hazme caso, si vas más abrigada te vas a asar.

Pero Rosa no se estaba asando ahora. Tenía muchísimo frío. Y por primera vez desde hacía tantos años que no podía ni recordarlo, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Parpadeó. No era de las que lloraban. Se había criado con tres hermanos mayores que se burlaban sin piedad de ella si lo hacía. Cuando era niña aguantó estoicamente todo tipo de caídas, heridas y rodillas desolladas cuando insistía en acompañarlos en sus aventuras. Sin llorar jamás.

Pero nunca se había visto separada de sus amigos y perdida en las laberínticas calles de Venecia en la noche más festiva del año sin la entrada y sin forma de ponerse en contacto con ellos. Seguro que incluso sus hermanos entenderían que derramara una lágrima o dos de frustración.

Especialmente si supieran la gran cantidad de dinero que se había gastado en la entrada.

Cerró los ojos y se arrebujó en la capa, sintiendo cómo el frío helado del invierno le atravesaba los huesos. La resignación dio lugar al arrepentimiento. Tenía muchas esperanzas puestas en aquella noche. Una noche excepcional en medio del carnaval. Una oportunidad de fingir que no era simplemente una trabajadora más en un hotel que limpiaba los restos de los turistas que visitaban la ciudad. Una oportunidad de formar parte de las celebraciones en lugar de limitarse a mirar desde la barrera.

Pero le había costado mucho dinero. Menudo desperdicio. Y solo podía culparse a sí misma de verse en aquella situación.

Le había parecido muy buena idea cuando Chiara se ofreció a llevarle el teléfono y la entrada en su bolso. Después de todo, iban a la misma fiesta. Y había sido una buena idea hasta que un grupo de ángeles con enormes alas blancas se cruzaron con ellos en un puente estrecho, y Rosa se vio separada de sus amigos y obligada a caminar hacia atrás. Cuando consiguió abrirse camino entre las alas de plumas y volver al puente, la niebla se había tragado a Chiara y a sus amigos.

Rosa corrió por el puente y por las abarrotadas calles todo lo rápido que pudo intentando alcanzarlos, chocándose contra personas que llevaban enormes pelucas, trajes de bufón con cascabeles o vestidos de época tan anchos como las estrechas calles. Pero llevaba poco tiempo en Venecia y no tenía muy claro cuál era el camino, y había cruzado tantos puentes ya, que aunque Chira se diera la vuelta no podría encontrarla.

Más le valía volver al pequeño apartamento que compartía con Chiara… si es que lograba encontrarlo. Aunque le llevara toda la noche, sin duda terminaría dando con él. Exhaló un suspiro final y se apartó la máscara de la cara. No necesitaba un velo de encaje en los ojos para dificultar todavía más su búsqueda. No necesitaba una máscara aquella noche. Punto. No habría fiesta para ella.

Se le deslizó la capa cuando se apartó el pelo, dejándole inadvertidamente al aire frío un hombro. Se estremeció bajo la deslizante prenda.

Estaba intentando volver sobre sus pasos en el puente cuando lo vio. Un hombre en el centro de la plaza. Un hombre con un disfraz azul ribeteado en oro. Un hombre alto, de hombros anchos y con aspecto de guerrero.

Un hombre que la miraba fijamente.

Rosa sintió un escalofrío en la espina dorsal. No, no era posible. Se atrevió a girar un poco la cabeza para mirarlo. Solo estaba ella en el canal, y más allá había una muralla derrumbada. Tragó saliva cuando se dio la vuelta y alzó la mirada lo suficiente para ver que el hombre se acercaba ahora a ella con paso firme, y la gente se apartaba misteriosamente ante él. A pesar de la escasa iluminación de la farola de la calle, la determinación de su mirada hizo que le subiera la adrenalina en la sangre.

¿Quedarse ahí o huir? La respuesta estaba clara. Rosa sabía que, fuera quien fuera aquel hombre y sus intenciones, ella había permanecido allí demasiado tiempo. Y el hombre seguía avanzando con largos pasos, acortando la distancia entre ellos. Y sus pies se negaban a moverse. Estaba anclada al sitio, cuando lo que debería hacer era meterse entre el grupo de gente que había en el puente y dejar que la multitud se la tragara y la sacara de allí.

Enseguida estuvo delante de él, un hombre enorme con túnica de cuero y malla, el cabello suelto a la altura de un rostro que exudaba poder. La nariz grande, mandíbula firme y unos ojos de un azul resplandeciente. Cobalto. No, no era un mero guerrero. Debía tratarse de un señor de la guerra. Un dios.

Rosa tenía la boca seca cuando alzó la vista para mirarlo, pero tal vez era solo el calor que parecía irradiar del cuerpo del hombre en aquella noche fría y envuelta en niebla.

–¿Puedo ayudarla? –le preguntó con voz profunda.

Ella alzó la barbilla y trató de demostrar confianza.

–¿Por qué me estaba usted mirando? –preguntó a su vez sin responder a su pregunta.

–Sentía curiosidad.

Rosa tragó saliva. Había visto a esas mujeres de pie esperando al otro lado de la carretera, y se hacía una idea de por qué podía sentir curiosidad por una mujer que estaba sola en una plaza.

Se miró el vestido, y las medias a media pierna visibles bajo el dobladillo de la falda. Se suponía que iba disfrazada de cortesana, pero…

–Esto es un disfraz. No soy… ya sabe.

El hombre alzó las comisuras de los labios y formó casi una sonrisa, un cambio tan drástico que la pilló completamente por sorpresa.

–Esta noche es carnaval. Nadie es quien parece ser.

–¿Y usted quién es?

–Me llamo Vittorio. ¿Y tú?

–Rosa.

–Rosa –repitió él inclinando ligeramente la cabeza.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no tambalearse al escuchar su nombre con aquel tono de voz tan profundo y rico.

–Encantando de conocerte –le tendió una mano y Rosa se la miró con recelo. Era una mano grande–. Te prometo que no muerde.

Rosa alzó la vista y vio que la curva de sus labios había aumentado un centímetro y había en sus ojos azules un brillo de calor. Y no le importó que pareciera que estuviera riéndose de ella, porque aquel gesto había obrado una especie de milagro en su rostro, ofreciéndole un atisbo del hombre que había bajo el guerrero. Así que después de todo era mortal… no un dios salido de entre la niebla.

Rosa le puso la mano en la suya y Vittorio se la estrechó. Ella sintió cómo le apretaba los dedos entre los suyos y sintió el calor. Era una sensación deliciosa que le recorrió seductoramente la sangre y provocó una respuesta en su vientre, una sensación tan inesperada que despertó todas las alarmas en su cerebro.

–Tengo que irme –dijo retirando la mano de la suya y sintiendo la pérdida del calor de su cuerpo.

–¿Dónde tienes que ir?

Rosa miró hacia el puente. Ahora había menos gente, la mayoría había llegado a su destino, y solo los rezagados se apresuraban todavía.

–Se supone que tengo que estar en una fiesta.

–¿Y sabes dónde es esa fiesta?

–La encontraré –afirmó con una convicción que no sentía. Porque no sabía dónde estaba ni dónde era la fiesta, y porque si conseguía milagrosamente encontrarla, tampoco tenía ya la entrada.

–No tienes la menor idea de dónde es ni cómo llegar.

Rosa lo miró y se preparó para negarlo, pero al mirarlo a los ojos se dio cuenta de que sabía que mentía.

Rosa se arrebujó todavía más en la capa y alzó la barbilla.

–¿Y a ti qué más te da?

–No es un delito. Se dice que perderse en Venecia es casi obligatorio.

Rosa se mordió la lengua y se estremeció bajo la capa.

«Tal vez si no te hubieras gastado más dinero del que podías en una entrada, y si tuvieras un móvil con GPS, no te importaría estar perdida en Venecia».

–Estás helada –dijo él.

Y antes de que Rosa pudiera negarlo o protestar, Vittorio se desabrochó la cadena del cuello y le puso la capa por los hombros.

El primer instinto de Rosa fue protestar. Tal vez fuera nueva en la ciudad, pero no era tan ingenua como para pensar que la ayuda de aquel hombre fuera desinteresada. Sin embargo, la capa era pesada y estaba deliciosamente calentita. Y despedía un aroma masculino. El aroma de Vittorio. Lo aspiró y disfrutó de aquella mezcla a cuero y hombre y su protesta murió en sus labios.

–Gracias –dijo sintiendo cómo el calor la envolvía y se le extendía hasta las piernas, que llevaban una eternidad congeladas. Disfrutaría de aquel calor durante un minuto, lo usaría para descongelarse la sangre y volver a cargar de energía sus desinflados cuerpo y alma, y luego insistiría en que estaba bien, le devolvería la capa e intentaría encontrar el camino de regreso a casa.

–¿Hay alguien a quien puedas llamar?

–No tengo el teléfono conmigo –miró la máscara que tenía entre las manos sintiéndose una estúpida.

–¿Puedo llamar a alguien en tu nombre? –preguntó Vittorio sacando un móvil de una bolsa pequeña del cinturón.

Rosa experimentó durante un segundo un destello de esperanza. Pero solo le duró un instante. Porque el teléfono de Chiara estaba almacenado en la memoria de su teléfono. Sacudió la cabeza. Su carnaval había terminado antes siquiera de empezar.

–No me sé el número. Lo tengo guardado en el teléfono, pero…

Vittorio volvió a guardarse el móvil.

–¿No sabes dónde es la fiesta?

Rosa se sintió de pronto muy cansada, abrumada por una montaña rusa de emociones, cansada de preguntas que dejaban en evidencia lo tonta que había sido y lo mal que se había preparado. Tal vez aquel extranjero estaba intentando ayudarla, pero ella solo quería volver a su apartamento y meterse en la cama, taparse hasta la cabeza con las sábanas y olvidarse de aquella noche.

–Mira, gracias por la ayuda, pero seguro que tienes algún sitio al que ir.

–Sí.

Ella alzó una ceja en gesto desafiante.

–Bueno, ¿entonces?

Una góndola se deslizó casi en silencio por el canal detrás de ella. La niebla los envolvía a ambos. La mujer debía estar helada con aquella vestimenta tan poco adecuada para el frío. Todavía le temblaban los brazos, pero seguía empeñada en aparentar que todo estaba bien y que no necesitaba ayuda.

–Ven conmigo –le dijo Vittorio.

Fue un impulso lo que le llevó a pronunciar aquellas palabras, pero una vez dichas se dio cuenta de que tenían todo el sentido. Estaba perdida, sola en Venecia y era preciosa… más hermosa todavía de lo que le pareció al principio cuando se quitó la máscara. Sus ojos color caramelo eran grandes y rasgados como los de un gato, y sus labios pintados eran como una invitación.

–¿Perdona? –sus ojos de gata se abrieron de par en par.

–Ven conmigo –repitió él. Las semillas de su plan habían empezado a germinar. Un plan que los beneficiaría a ambos.

–No es necesario que digas eso. Ya has sido bastante amable conmigo.

–No se trata de ser amable. Me harás un favor.

–¿Cómo es posible, si hace un momento ni siquiera nos conocíamos?

Vittorio le ofreció el brazo.

–Llámalo casualidad si lo prefieres. Porque yo también tengo que ir a un baile de disfraces y no tengo pareja para la velada. ¿Me harías el honor de acompañarme?

Ella se rio suavemente y luego sacudió la cabeza.

–Ya te he dicho que esto es un disfraz. No esperaba que nadie me pidiera que me fuera con él.

–No estoy pidiéndote que te vengas conmigo. Te estoy pidiendo que seas mi invitada esta noche. Pero depende de ti, Rosa. Está claro que tenías pensado ir a una fiesta esta noche.

Vittorio agarró la máscara que ella sostenía entre los dedos que cerraban la capa por encima de sus senos y la giró despacio en las manos. Rosa no tuvo más remedio que soltarla. La otra opción era soltar la capa.

–¿Por qué deberías perderte la mejor noche del carnaval solo porque te hayas separado de tus amigos? –le preguntó Vittorio mirándola a los ojos.

Se dio cuenta de que se sentía tentada, casi podía saborear su excitación al ver que le ofrecían un salvavidas para una noche que había dado completamente por perdida. Pero en la profundidad de sus ojos todavía había preguntas y dudas.

Vittorio sonrió. Había empezado la noche de mal humor y sabía que eso se reflejaría en sus facciones, pero sabía cómo sonreír cuando había algo que le interesaba. Sabía cómo despertar su encanto cuando era necesario, ya fuera para negociar con un diplomático extranjero o para cortejar a una mujer.

–Una casualidad –repitió–. Una oportunidad feliz… para ambos. Y además puedes llevar mi capa puesta un rato más.

Ella lo miró a los ojos. Los suyos tenían largas pestañas y eran tímidos y nerviosos. Vittorio se sintió afectado una vez más por su aire de vulnerabilidad. Era muy distinta a las mujeres que conocía. En su mente apareció la imagen de Sirena: segura de sí misma, egocéntrica e incapaz de mostrar vulnerabilidad ni aunque estuviera sola en el mar con un tiburón hambriento delante.

–Es muy calentita –reconoció Rosa–. Gracias.

–¿Eso es un sí?

Ella aspiró con fuerza el aire y se mordió el labio inferior mientras en su interior se libraba una tortuosa batalla. Luego asintió con decisión y esbozó una tímida sonrisa en respuesta.

–¿Por qué no?

Vittorio no perdió ni un instante y la guio por el puente y a través de las calles hacia la entrada privada de los jardines de palacio. Su humor era considerablemente más ligero que al principio de la velada.

Porque de pronto, una noche que no le apetecía nada había dado un giro completo. No solo porque iba a darle una sorpresa a Sirena y a devolverle la pelota que ella le había arrojado, sino porque llevaba del brazo a una mujer preciosa en una de las ciudades más bellas del mundo, y la noche era joven.

¿Quién sabía cómo terminaría?

Capítulo 3

A ROSA se le aceleró el corazón cuando aquel hombre tan guapo le puso la mano sobre su manga y se abrió camino entre la multitud. Tenía que hacer un esfuerzo por seguirle el paso.

Le había dicho que se llamaba Vittorio, pero eso no le hacía menos desconocido. Y la estaba llevando a un baile de disfraces en alguna parte, o eso había dicho. Pero no tenía más detalles. Y no podía culpar a nadie de aquella chispa de impulso que la había llevado a abandonar todos los consejos de precaución con los que había crecido. Estaba haciendo algo muy lejos de su zona de confort y se preguntó si sería capaz de encontrar el camino de regreso en algún momento.

«¿Por qué no?», había sido su respuesta a su invitación, a pesar de que se le habían ocurrido un sinfín de razones. En sus veinticuatro años de vida, nunca había hecho nada tan impetuoso… ni tan imprudente. Sus hermanos sin duda añadirían «estúpido» a la descripción.

Y, sin embargo, dejando a un lado la incertidumbre e incluso la estupidez, su noche había dado un vuelco. Un vuelco cargado de burbujas de emoción.

–No está muy lejos –dijo él–. ¿Sigues teniendo frío?

–No.

Todo lo contrario. Su capa era como un escudo contra el tiempo, y sentía el brazo de Vittorio bajo el suyo sólido y real. En realidad estaba entusiasmada, como si se estuviera embarcando en un aventura con rumbo desconocido. Había muchos misterios, y aquel hombre estaba en lo más alto de la lista.

Rosa lo miró mientras él caminaba con pasos largos por la estrecha callejuela. Parecía ansioso por llegar a su destino, casi como si hubiera perdido demasiado tiempo hablando con ella en la plaza y quisiera recuperar el tiempo perdido.

Pasaron al lado de una farola que arrojó luces y sombras en su perfil, convirtiendo sus facciones en un espectáculo en movimiento: las líneas fuertes de la mandíbula y la nariz, la frente alta y los ojos oscuros, y todo rodeado por una gruesa melena de cabello negro.

–Ya queda poco –le dijo mirándola.

Durante un instante, un segundo, sus ojos cobalto se encontraron con los suyos y se quedaron allí enganchados. Las burbujas de la sangre de Rosa se elevaron todavía un poco más, y un brillo cálido surgió de lo más profundo de su vientre.

Se tambaleó un poco y Vittorio la sostuvo para no dejarla caer, y el momento desapareció. Pero aunque le dio las gracias en un susurro, decidió no pasar demasiado tiempo mirando a aquel hombre a los ojos. Al menos mientras caminaba.

–Por aquí –dijo guiándola hacia un callejón estrecho apartado de la bulliciosa calle. La muralla antigua de un palazzo desaparecía entre la niebla a un lado, al otro había un muro alto de ladrillo, y a cada paso que daba por el oscuro camino, los sonidos de la ciudad se iban acallando más y más por la niebla hasta que cada cuento de miedo que había escuchado vino a burlarse de ella, y el único sonido que pudo escuchar fue el latido de su propio corazón.

No, no era el único sonido, porque sus pasos resonaban en el estrecho callejón y también estaba el movimiento del agua, el reflejo de luz pálida en la cambiante superficie del camino que tenían delante. Pero no, eso significaría…

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que el camino terminaba en un oscuro receso con solo el canal detrás.

Un callejón sin salida.

La adrenalina le corrió por las venas al mismo tiempo que la emoción se transformaba en miedo. Había recorrido por propia voluntad aquel camino oscuro con un hombre del que no sabía nada excepto su nombre. Si es que era su nombre.

–Vittorio –dijo deteniéndose y tratando de apartar la mano de su codo, donde la tenía atrapada–. Creo que he cambiado de idea…

–¿Disculpa?

Él se detuvo y se giró hacia ella, y las sombras que se proyectaban en su rostro le confirieron una dimensión aterradora. En aquel momento podría haber sido un demonio. Un monstruo.

A Rosa se le secó la boca. No quería pararse a pensar en la razón.

–Debería irme a casa.

Se estaba peleando con el cierre de la capa para poder quitársela y devolvérsela antes de salir corriendo.

–Rosa.

Se abrió una puerta en el receso detrás de Vittorio, dando paso a un mundo de fantasía. Las luces centelleaban en los árboles. Un portero se asomó para mirar quién estaba fuera e inclinó la cabeza al verlos allí esperando.

–Rosa –repitió Vittorio–. Ya estamos aquí. En el palazzo.

Ella parpadeó. Más allá del portero había un camino entre árboles y al final una fuente de la que brotaba el agua.

–¿En el baile?

–Sí –los labios de Vittorio se curvaron ligeramente en la oscuridad, como si de pronto hubiera entendido su necesidad de salir huyendo–. ¿O quieres volver a recordarme que lo que llevas es un disfraz?

Rosa agradeció más que nunca a la niebla por tragarse su oleada de vergüenza. Dios, ¿qué debía pensar Vittorio de ella? Primero la encontraba perdida y desesperada, y luego entraba en pánico pensando que iba a atacarla.

Chiara tenía razón. Necesitaba ser más dura. Ya no estaba en el pueblo. No tenía a su padre ni a sus hermanos para protegerla. Tenía que ser más inteligente y cuidar de sí misma.

Intentó sonreír a su vez.

–No. Lo siento mucho…

–No –dijo Vittorio ofreciéndole de nuevo el brazo–. Lo siento yo. La mayoría de la gente llega en barco a motor hasta la puerta principal. Yo quería hacer un poco de ejercicio y andar, pero se me hizo tarde y por eso iba tan rápido. Tendría que haberte avisado de que íbamos a entrar por la puerta lateral.

La última oleada de adrenalina salió de ella y Rosa logró sonreír mientras le tomaba el brazo y permitía que la guiara hacia un jardín iluminado con pequeñas luces que convertían por arte de magia la línea de árboles en carruajes tirados por caballos que llevaban hacia el palazzo situado más allá.

Cuando estaban entrando en aquel mundo mágico, Rosa se preguntó…

Le habían dicho que contara con que hubiera muchas medidas de seguridad en la puerta, que le registrarían el bolso. Pero el portero les hizo un gesto para que entraran sin pestañear.

–¿Qué clase de baile es este? –preguntó–. ¿Por qué no te piden la entrada ni te inspeccionan el bolso?

–Es un evento privado. Solo se accede por invitación.

Ella lo miró.

–En ese caso, ¿seguro que está bien que yo haya venido?

–Yo te he invitado, ¿no es así?

Se detuvieron justo al lado de la fuente, a medio camino del jardín, de modo que Rosa pudo admirar el aire mágico e iluminado de los jardines. Supuso que más allá estaba el canal, aunque resultaba casi imposible distinguirlo a través de la niebla, y los edificios de enfrente solo eran meras apariciones entre la neblina. Rosa tenía la sensación de que toda Venecia hubiera sido engullida por un cuento de hadas ambientado en un jardín. El aire húmedo le refrescaba el rostro, pero se sentía deliciosamente calentita bajo la capa de Vittorio y no tenía ninguna prisa por entrar. Porque dentro habría más invitados, más desconocidos y, sin duda, todo el mundo se conocería menos ella.

–¿Qué lugar es este? –preguntó mirando cómo caía el agua de la fuente–. ¿A quién pertenece?

–Es de un amigo mío. Los ancestros de Marcello eran duques de Venecia y muy ricos. El palazzo fue construido en el siglo XVI.

–¿Y de qué conoces a alguien tan importante?

Vittorio hizo una breve pausa y luego se encogió de hombros.

–Mi padre y el suyo se conocen desde hace mucho.

–¿Por qué? ¿Tu padre trabajaba para él?

Vittorio se tomó algo de tiempo antes de inclinar la cabeza hacia un lado.

–Algo parecido.

Rosa asintió con gesto comprensivo.

–Entiendo. Mi padre se ocupa de los coches del alcalde de Zecce, el pueblo de Puglia del que venimos. Solía invitarle a la fiesta de Navidad todos los años, y nosotros también íbamos de niños.

–¿Nosotros?

–Mis tres hermanos mayores y yo. Ahora todos están casados y tienen su propia familia.

Rosa miró hacia los jardines perlados de luces y pensó en su próximo sobrino, que nacería dentro de unas semanas, y en el dinero que había malgastado en la entrada para el baile de aquella noche. Un dinero que podría haber utilizado para viajar de visita a casa y comprarle algo especial al bebé, y todavía le habría sobrado algo. Suspiró.

–He pagado cien euros por la entrada del baile. Cien euros tirados a la basura.

Vittorio alzó una ceja.

–¿Tanto?

–Sí, ya sé que es absurdamente caro, y el nuestro era uno de los bailes más baratos. Así que tienes suerte de que te inviten gratis a fiestas en un sitio como este.

Rosa tragó saliva. Estaba balbuceando. Pero había algo en la presencia abrumadora de aquel hombre en la niebla que la llevaba a intentar estar a su altura. Era tan alto, de hombros tan anchos y facciones tan poderosas…

Como Vittorio no dijo ni una palabra en el silencio que siguió, se sintió impulsada a continuar hablando.

–Y luego tienes que ir disfrazada, por supuesto. Aunque el disfraz me lo he hecho yo misma, he tenido que comprar la tela.

–¿A eso te dedicas, Rosa? –le preguntó Vittorio cuando volvieron a dirigirse hacia el palazzo–. ¿Eres diseñadora de moda?

Ella se rio.

–Qué va. Ni siquiera coso bien. Limpio habitaciones en el Palazzo d’Velatte, un hotel pequeño de Dorsoduro. ¿Lo conoces?

Vittorio negó con la cabeza.

–Es mucho más pequeño que esto, pero muy elegante.

Los escalones los llevaron a unas puertas antiguas de madera que se abrieron ante ellos, como si quien estuviera dentro hubiera anticipado su llegada.

Rosa alzó la vista para mirarlo.

–¿Has logrado acostumbrarte a visitar a tu amigo en un lugar tan majestuoso?

Vittorio sonrió y dijo:

–Venecia es bastante especial. Se tarda un poco en acostumbrarse a ella.

Rosa miró las enormes puertas y la luz que se filtraba desde el interior y aspiró con fuerza el aire.

–A mí me está costando «mucho» acostumbrarme.

Cuando entraron en el vestíbulo del palazzo, a Rosa se le salieron los ojos de las órbitas. ¡Y a ella que le parecía elegante el hotel donde trabajaba! Este sí que era un palacio de verdad, lujosamente decorado con techos imposiblemente altos cubiertos de frescos y relieves dorados e impecablemente decorado con muebles que parecían piezas de antigüedad únicas. De algún lugar situado arriba se escuchaba el sonido de un cuarteto de cuerda que descendía por la espectacular escalera. Y Rosa se dio cuenta de que el hotel en el que trabajaba era un lugar decadente y… podrido. Un mero suspiro de lo que intentaba emular. Otro portero dio un paso adelante, saludó con una inclinación de cabeza y liberó a Rosa y a Vittorio de los abrigos.

–Esto es precioso –susurró ella mirando todo con los ojos muy abiertos, frotándose los brazos desnudos bajo la luz de la enorme araña de cristal de Murano, iluminada con al menos cien bombillas.

–¿Tienes frío? –le preguntó él recorriéndola con la mirada, desde el corpiño ajustado hasta la falda con aquel bajo tan poco apropiado para el clima.

–No.

No era frío. La piel de gallina no tenía nada que ver con la temperatura. Más bien se trataba de que, sin la capa y sin la semioscuridad del exterior que la protegía de su mirada, se sentía de pronto expuesta. Loca. Le había encantado cómo había quedado el diseño de su disfraz, se sentía muy orgullosa de su esfuerzo tras tantas noches cosiendo, y estaba deseando ponérselo aquella noche.

–Estás muy sexy –le había dicho Chiara aplaudiendo cuando Rosa giró delante de ella–. Todos los hombres del baile harán cola para bailar contigo.

Se había sentido sexy, y un poco más traviesa de lo que estaba acostumbrada. Al menos antes. Pero, en aquel momento, deseaba tirar del corpiño hacia arriba para taparse más los senos y también hacia abajo para cubrirse las piernas.

En un lugar así, donde la elegancia y la clase rebosaban desde los frescos, las arañas de cristal antiguas y la miríada de superficies de mármol, se sentía como una baratija. Vulgar. Se preguntó si Vittorio se estaría arrepintiendo del impulso de haberla invitado. ¿Sería consciente de lo fuera de lugar que estaba?

Sí, se suponía que iba disfrazada de cortesana, pero en aquel momento lamentó no haber elegido una tela más cara o un color más sutil. Algo con clase, que no fuera tan obvio. Algo que mostrara al menos un poco de decencia y modestia. Pero Vittorio no la estaba mirando con desprecio ni como si la encontrara fuera de lugar. La miraba con algo en los ojos. Una chispa. Una llama. Calor.

Y de pronto sintió que aquella sensación en el vientre que había cobrado vida aquella noche le tiraba todavía más.

–¿Has dicho que te hiciste tú misma el vestido? –le preguntó Vittorio.

–Sí.

–Tienes mucho talento. Solo le falta una cosa.

–¿A qué te refieres?

Pero Vittorio ya le había puesto las manos en la cabeza. La máscara, cayó Rosa. Se le había olvidado por completo. Y ahora él se la colocó por el pelo, ajustando la corona de modo que quedara recta antes de estirarle el encaje del velo delante de los ojos.

Rosa no movió un músculo para intentar detenerlo y hacerlo ella misma. No quería que parara. Porque el suave roce de sus dedos en la piel le provocó una reacción en cadena de escalofríos en el cuero cabelludo, hipnotizándola de tal modo que no podía actuar.

–Ya está –dijo él apartándole las manos de la cabeza –perfecto.

–¡Vittorio!

Una voz masculina resonó desde lo alto de las escaleras, salvándola de dar una respuesta cuando no tenía ninguna.

–¡Has llegado!

–¡Marcello! –respondió Vittorio a viva voz–. Te prometí que vendría, ¿verdad?

–Contigo nunca se sabe –dijo el hombre bajando las escaleras de mármol de dos en dos.

Iba vestido de arlequín en tonos negro y dorado. Cuando llegó abajo Vittorio y él se abrazaron brevemente.

–Qué alegría verte –dijo el arlequín–. Y veo que has venido acompañado –sus labios se curvaron en una sonrisa–. Bienvenida, hermosa desconocida. Me llamo Marcello Donato.

El hombre era imposiblemente guapo. Tenía la piel aceitunada, ojos oscuros, boca sensual y pómulos altos. Pero fue la calidez de su sonrisa lo que hizo que a Rosa le cayera bien al instante.

–Yo soy Rosa.

Marcello le tomó la mano para acercarla más a sí y la besó en ambas mejillas.

–No nos conocemos, ¿verdad? –dijo al soltarla–. Estoy seguro de que me acordaría.

–Yo mismo acabo de conocer a Rosa –reconoció Vittorio antes de que ella pudiera responder–. Estaba perdida en la niebla y no sabía cómo llegar a su fiesta, y me pareció injusto que se perdiera la mejor noche del carnaval.

Marcello asintió.

–Una injusticia de proporciones masivas. Bienvenida, Rosa. Me alegro de que hayas encontrado a Vittorio –dio un paso atrás y los observó detenidamente–. Hacéis una buena pareja. El guerrero fiero que protege a la princesa a la fuga… lo siento, soy un romántico.

–¿Y de qué huye la princesa? –preguntó Rosa con cierta sorna.

–Eso es muy fácil –respondió Marcello–. De una serpiente maligna. Pero no te preocupes, Vittorio te protegerá. No hay serpiente en la tierra capaz de vencerlo.

Los dos hombres se miraron de una manera cómplice.

–¿Qué me estoy perdiendo? –preguntó ella mirando primero a uno y luego a otro.

–La diversión –dijo Marcello poniéndose otra vez la máscara–. Todo el mundo está en la planta de arriba. Vamos.

Marcello era amable y cariñoso, y nadie parecía extrañarse por el modo en que Rosa iba vestida, así que empezó a relajarse. Se había preocupado por nada.

Subieron juntos las escaleras a la zona de recepción del palazzo, que estaba a un nivel superior de las aguas del canal. Rosa se fijó en que aquella planta era todavía más opulenta y más impresionante que la anterior, con sus techos altos, las lámparas de araña de cristal y las ventanas ornamentales con vistas a lo que parecía ser el puente Rialto a la derecha. Y en ese caso…

Rosa miró a través de la niebla y de pronto se hizo la luz en su mente.

–¡Estamos en el Gran Canal!

Marcello se encogió de hombros y sonrió antes de perderse entre la gente. Rosa sintió una punzada de alegría. Vittorio había sido muy amable pidiéndole que le acompañara, pero la realidad era que ya no estaba perdida. Se giró hacia él.

–Ya sé dónde estoy. No estoy perdida. Sé volver a casa desde aquí.

Vittorio se giró hacia ella, le puso las manos en los hombros y la miró fijamente.

–¿Estás buscando una razón para escapar?

Una sonrisa pícara asomó a sus labios. Se estaba burlando de ella, y Rosa se dio cuenta de que no le importaba, porque al ver su sonrisa sentía que estaba capturando algo único y auténtico.

–No, no es eso…

Vittorio alzó una ceja.

–¿Por qué tienes tantas ganas de huir de mí?

Estaba equivocado. No tenía ganas de huir de él, pero se sentía fuera de lugar con un hombre como él, que era mayor que ella, tenía más mundo y se movía en círculos de gente que tenía palazzos. Un hombre que le alteraba la sangre y le despertaba punzadas en el vientre, cosas que no estaba acostumbrada a sentir.

–Me has invitado a esta fiesta porque estaba perdida y has sentido lástima de mí.

Vittorio resopló.

–Yo no hago las cosas por lástima, las hago porque quiero. Te he invitado porque me ha apetecido –le apretó ligeramente los hombros–. Así que en lugar de intentar buscar las razones por las que no deberías estar aquí, ¿por qué no disfrutas del momento?

–Brindemos –dijo Marcello llegando con tres copas de champán y dándoselas–. Por el carnaval.

–Por el carnaval –repitió Rosa alzando la suya.

–Por el carnaval, y por la niebla veneciana que nos trajo a Rosa –murmuró Vittorio mirándola con sus profundos ojos azules.

Rosa supo en aquel momento que aquella noche no duraría para siempre y se le haría muy corta, pero que pasara lo que pasara, la recordaría para siempre.

Capítulo 4

AQUELLO no era una fiesta, ni siquiera un baile. Era como formar parte de un cuento de hadas. Rosa se sentía envuelta en un mundo de riqueza y disfraces suntuosos, un mundo de fantasía. Formaba parte de una Venecia que nunca había visto y que nunca llegó siquiera a imaginar.

De pronto se escuchó un grito de emoción desde el otro ala de la estancia, y una conmoción cuando alguien se abrió paso entre la gente.

–¡Vittorio! –gritó una mujer casi empujando a los invitados–. Me acabo de enterar de que estás aquí. ¿Dónde te has escondido todo este rato?

Pero no era cualquier mujer. Se trataba de Cleopatra. El cabello tipo bob negro estaba adornado con perlas doradas, y no llevaba máscara. El vestido era sencillamente impresionante. De escote muy bajo, estaba hecho todo de cuentas doradas, plateadas y de bronce. La falda corta estaba también hecha de cuentas brillantes que mostraban un destello de piel en cada movimiento. Era un vestido que servía para mostrar el espectacular cuerpo de su portadora.

Cleopatra se acercó a darle dos besos en la mejilla a Vittorio.

–Sirena, me gustaría presentarte a mi amiga Rosa. Esta es Sirena, la hija de uno de los mejores amigos de mi padre.

–Oh –dijo Sirena riéndose sin ganas–. Soy «mucho» más que eso.

Sirena pareció darse cuenta entonces por primera vez de que había alguien al lado de Vittorio. Giró la cabeza hacia Rosa y la miró de un modo que dejaba claro la opinión que tenía de ella.

–Hola –le dijo con frialdad antes de girarse otra vez hacia Vittorio dándole prácticamente la espalda a Rosa– .Ven conmigo, todos nuestros amigos están en la otra sala.

–Estoy aquí con Rosa.

–¿Con quién? Ah… –Sirena volvió a mirarla con desprecio antes de poner una mano sobre el pecho de Vittorio con gesto posesivo–. Ven a ver a nuestros amigos cuando estés libre. Llevan unos disfraces increíbles. Te estaré esperando.

Y dicho aquello se giró agitando su falda de cuentas y desapareció.

–Esa es Sirena –murmuró Vittorio pasándole el brazo por el hombro–. Y tengo que felicitarte por haber aguantado el tipo tan bien –y dicho aquello le dio un beso en la mejilla.

No fue realmente un beso, sino un roce con la mandíbula, un cruce momentáneo de labios y piel, seguramente como cuando besaba a algún conocido. Incluso le apartó el brazo del hombro enseguida. Y sin embargo, para Rosa había sido el momento más emocionante desde que llegó a Venecia.

–Te has sonrojado –le dijo Vittorio mirándola

Ella sintió que se sonrojaba todavía más y bajó la cabeza.

–Sí, qué tontería.

Vittorio le puso la mano en la barbilla y le alzó el rostro hacia el suyo.

–No –afirmó–. Es encantador. Hacía mucho que no veía a una mujer sonrojarse.

Rosa parpadeó y sintió de nuevo escalofríos.

–Vamos, vamos –dijo Marcello dando unas palmadas para reunir a todo el mundo–. La diversión está a punto de empezar.

La planta se dividió en zonas de actuación, con escenarios y telones de terciopelo, y se pasaron la siguiente hora yendo de una estancia a otra para ver las actuaciones de los malabaristas y cantantes de ópera, los acróbatas que se colgaban de cuerdas en el aire. Luego les tocó el turno a los payasos y Rosa no pudo evitar reírse a carcajadas con sus bromas.

Y entonces Vittorio le tomó la mano y el corazón le dio un vuelco dentro de pecho. Lo miró de reojo y vio que sus ojos azul cobalto la estaban observando y tenía una sonrisa sensual en los labios.

Vittorio le apretó ligeramente la mano antes de soltársela y ella volvió a mirar el espectáculo. Pero ya no se reía. Sentía el pecho demasiado tirante, la sangre bullendo, y estaba imaginando toda clase de cosas imposibles. Cosas inimaginables.

Alzó la vista de nuevo para mirarlo a hurtadillas y se dio cuenta de que él la estaba mirando, su pelo negro como la noche enmarcando su rostro fuerte.

Su rostro fuerte y tremendamente bello.

Y pensó que sería una tontería no explorar lo que estaba pasando y ver dónde llevaba.

O Sirena tenía espías o un don para saber que Rosa se había separado de él cinco minutos. Las actuaciones habían terminado, pero aunque la fiesta continuaría hasta el amanecer, Vittorio tenía otros planes. Planes que no incluían a Sirena por mucho que ella se empeñara.

–Se supone que esto era una fiesta de amigos –le dijo Sirena con aire conspirador a Marcello cuando lo acorraló en lo alto de las escaleras, donde Vittorio estaba esperando a Rosa–. Una fiesta exclusiva. Pero, ¿has visto a la mujer que Vittorio ha traído? ¿Viste cómo iba vestida?

–Nadie te está escuchando, Sirena –dijo Vittorio con desprecio buscando con la mirada a Rosa. Cuanto antes se marchara de allí y se alejara de Sirena, mejor.

–Así es nuestro Vittorio –intervino Marcello, siempre en el papel del anfitrión perfecto, intentando apaciguar el antagonismo entre sus invitados–. Siempre trayendo a casa perrillos abandonados, pajaritos caídos del nido. Vittorio, ¿te acuerdas del gatito que encontraste aquel día al lado del río? De eso hace al menos veinte años…

Vittorio gruñó y confió en que Rosa no estuviera cerca, porque no quería que escuchara nada de aquello.

–¿Así que ahora salvas a dulces criaturas que se pierden en las calles de Venecia? Eres todo un héroe –se burló Sirena–. ¿Sabe tu padre que has encontrado a otro perrillo callejero?

Vittorio suspiró. ¿Dónde diablos estaba Rosa?

–¿Qué tiene que ver con mi padre con quien lleve a una fiesta?

–Tiene que ver porque los tres podríamos por fin resolver nuestras diferencias y trabajar para unir a las dos familia. Se suponía que eso era lo que tenía que pasar esta noche. Esa era la intención.

–¿La intención de quién? ¿De tu padre, del mío? ¿Tuya? Porque desde luego mi intención no era… ni esta noche ni ninguna.

Vittorio se dio la vuelta. ¿Dónde estaba Rosa?

–Ay, Vittorio… –dijo Sirena a su espalda.

Reconoció que había cambiado de tono para pasar a la ofensiva dulce. Cuando se giró de nuevo, Sirena le puso una mano en el pecho.

–¿Por qué tienes que hacerte el difícil? Sabes que estamos hechos el uno para el otro. Deberíamos empezar a hacer planes. Podríamos casarnos en la catedral de Andachstein y que Marcello fuera nuestro padrino.

–Sería un honor –murmuró Marcello, siempre diplomático.

Vittorio apartó la mano de Sirena y la dejó caer sin ninguna ceremonia en el reducido espacio que había entre ellos.

–Ya basta, Sirena. Esta farsa ya ha durado demasiado. ¿Por qué no aceptas de una vez que lo que nuestros padres hayan pensado, o la fantasía que tengas en tu cabeza, no se va a hacer realidad?

–Pero Vittorio, ya sé que eres un playboy –Sirena volvió a la carga con un tono histérico–. Pero alguna vez tendrás que sentar la cabeza…

–Tal vez –reconoció él–. Pero no será contigo.

Sirena se giró, agitando todas las cuentas del vestido.

–¡Eres un malnacido! –dijo alzando la regia barbilla y mirándole fijamente con rabia–. Muy bien, pues vete con tu zorra pueblerina, entonces. ¡Como si a mí me importara!

Sirena se marchó de allí pisando fuerte con las sandalias sobre el suelo de mármol. Ojalá por fin hubiera captado que nunca se casarían. Dios, qué harto estaba de aquel mundo de matrimonios de conveniencia y emociones falsas.

Pero en aquel momento tenía cuestiones más acuciantes que resolver. Necesitaba encontrar a Rosa. Había sido un error llevarla allí. La había expuesto a lo mejor y lo peor de su vida. Y a lo mejor y peor de sí mismo, usándola como carne de cañón para dejarle claro a otra mujer que no tenía intención de casarse con ella.

¿En qué estaba pensando para invitarla allí aquella noche? Rosa se merecía un mejor trato. Se encontraba fuera de lugar, Vittorio lo supo desde el principio. Estaba fascinada por la riqueza y la suntuosidad de aquel mundo y, sin embargo, se había manejado muy bien.

Vittorio le dio una palmada en la espalda a Marcello y le dijo que volvería enseguida. Se estaba sintiendo fatal por haberse aprovechado de las circunstancias de Rosa. Cuando la vio la consideró un señuelo para evitar la insistencia constante de Sirena.

Vagó de habitación en habitación sin detenerse. Sabía que debía llevarla a casa, aunque una parte de él se resistía a hacerlo. Rosa había sido lo mejor de la noche. Odiaba que tuviera que terminar. Y tenía suficiente experiencia con las mujeres como para saber que ella tampoco quería que terminara.

Finalmente la encontró rodeada de un grupo de invitados que conocía, miembros del séquito de Sirena, hombres bobos que siempre la seguían a todas partes y la halagaban sin motivo. Ahora rodeaban a Rosa como si fueran la guardia pretoriana.

Sin duda aquello era cosa de Sirena. Su huella estaba por todas partes.

–Aquí estás –dijo Vittorio sin poder disimular el desprecio en el tono de voz al mirar al grupo–. Te he buscado por todas partes.

Rosa no parecía contenta de verlo. Sus ojos no se cruzaron con los suyos con alivio, ni con la alegría que le hubiera gustado ver. Incluso su lenguaje corporal había cambiado. Sus movimientos parecían rígidos y formales.

–Estaba haciendo nuevos amigos –dijo.

Vittorio miró a los seis hombres, que iban todos igual vestidos. O mejor dicho, igual de desvestidos. Tenían el pecho descubierto, faldas cortas blancas, penachos dorados y azules y brazaletes dorados. Los llamados «amigos» de Cleopatra, aunque eran más bien su guardia de honor. Y Vittorio sabía que, al igual que Sirena, eran capaces de hacer pedazos a una persona inocente. Él no era el único capaz de ver su falta de sofisticación y de astucia. Rosa era completamente vulnerable en un mundo de cinismo.

–Siento decepcionar a tus nuevos «amigos» –mintió mirando a cada uno de ellos–. Pero nos vamos. Te llevo a casa.

Rosa alzó la barbilla.

–¿Y si no quiero? Ahora ya sé dónde estoy. Puedo encontrar yo sola el camino.

–Nosotros podemos llevarte –dijo uno de los hombres con sonrisa hambrienta.

–Sí –dijo otro tomándole una de las manos a Rosa–. Quédate un rato con nosotros. Luego te acompañamos.

–Haz lo que tú quieras –le dijo Vittorio.

Hizo un esfuerzo por contener la rabia en el tono de voz, pero no le salió. No podía sacar de allí a rastras a Rosa si no quería irse, aunque el cavernícola que llevaba dentro le gritaba que la echara al hombro y se marchara de allí. Era una mujer adulta y con sus propias opiniones, y si era lo bastante estúpida para elegir quedarse con ellos, allá ella.

Rosa lo miró y Vittorio vio indecisión en su mirada, el muro de resistencia que había alzado a su alrededor. Y como en aquel momento en el puente, cuando la vio encogerse al percatarse de la situación tan impotente en la que estaba, se dio cuenta de que había tomado una decisión.

–No –le dijo al grupo con una sonrisa de disculpa–. Gracias por vuestra amable proposición, pero es tarde y mañana tengo que trabajar.

Vittorio masculló algo entre dientes mientras los hombres le suplicaban a Rosa que lo reconsiderara. ¡Así que había visto lo que encerraban sus ojos y había decidido elegir el mal menor! Al menos tenía cierto sentido común.

Pero se le ocurrió que tal vez tendría que reconsiderar sus planes para aquella noche. Las cosas habían cambiado en la balanza entre ellos. Pensaba que Rosa estaba aprendiendo a confiar en él, que ya no estaba tan asustada. Pero algo había ocurrido durante el rato que la perdió de vista. Algo había fracturado el titubeante vínculo que había empezado a desarrollarse entre ellos.

Era una lástima, pero tampoco suponía el fin del mundo. Vittorio regresaría al día siguiente a Andachstein, un pequeño principado de la costa asentado entre Italia y Eslovenia. Tenía cosas que hacer allí. Tenía que asistir a la gala de un festival de cine, a la inauguración de un ala nueva del hospital y algunas visitas a escuelas… todo formaba parte de sus deberes como heredero. Así que acompañaría a Rosa a casa y luego regresaría al palazzo familiar, el legado de la unión entre la hija de un aristócrata veneciano y uno de los príncipes ancestrales de Andachstein.

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