Kitabı oxu: «Energía y civilización. Una historia»
ENERGÍA Y CIVILIZACIÓN.
UNA HISTORIA
Título original: Energy and civilization. A history
© del texto: Vaclav Smil, 2018
© de la traducción: Álvaro Palau Arvizu, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: septiembre de 2021
ISBN: 978-84-18741-17-3
Depósito legal: B 13110-2021
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
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Vaclav Smil
ENERGÍA Y CIVILIZACIÓN.
UNA HISTORIA
Traducción de Álvaro Palau Arvizu

SUMARIO
1. ENERGÍA Y SOCIEDAD
Flujos, reservas y controles
Conceptos y medidas
Dificultades y advertencias
2. LA ENERGÍA EN LA PREHISTORIA
Sociedades de cazadores-recolectores
Orígenes de la agricultura
3. AGRICULTURA TRADICIONAL
Puntos en común y particularidades
Trabajo de campo
El dominio de los granos
Ciclos de cultivo
El camino hacia la intensificación de la agricultura
Animales de tiro
Riego
Fertilización
Diversidad de cultivos
Constancia y progreso
Antiguo Egipto
China
Culturas mesoamericanas
Europa
América del Norte
Los límites de la agricultura tradicional
Éxitos
Nutrición
Límites
4. MOTORES PRIMARIOS Y COMBUSTIBLES PREINDUSTRIALES
Motores primarios
Fuerza humana y animal
Energía hidráulica
Energía eólica
Combustibles de biomasa
Madera y carbón vegetal
Residuos de cultivo y estiércol
Consumo doméstico
Preparación de la comida
Calor y luz
Transporte y construcción
Transporte terrestre
Barcos de remos y veleros
Edificios y estructuras
Metalurgia
Metales no ferrosos
Hierro y acero
Guerra
Energía humana y animal
Explosivos y armas
5. COMBUSTIBLES FÓSILES, ELECTRICIDAD PRIMARIA Y ENERGÍAS RENOVABLES
La gran transición
Los inicios y la expansión de la extracción de carbón
Del carbón vegetal al coque
Máquinas de vapor
Petróleo y motores de combustión interna
Electricidad
Innovaciones técnicas
Tipos de carbón
Hidrocarburos
Electricidad
Energías renovables
Motores primarios en el transporte
6. CIVILIZACIÓN DE COMBUSTIBLES FÓSILES
Una potencia sin precedentes
La energía en la agricultura
Industrialización
Transporte
Información y comunicación
Crecimiento económico
Consecuencias y preocupaciones
Urbanización
Calidad de vida
Implicaciones políticas
Armas y guerras
Cambios medioambientales
7. LA ENERGÍA EN LA HISTORIA DEL MUNDO
Grandes patrones de consumo energético
Eras energéticas y transiciones
Tendencias a largo plazo y costes decrecientes
¿Qué no ha cambiado?
Entre determinismo y elección
Imperativos de los requisitos y usos de la energía
La importancia de los mecanismos de control
Los límites de las explicaciones energéticas
ADENDAS
BIBLIOGRAFÍA
1
ENERGÍA Y SOCIEDAD
La energía es la única moneda de cambio universal: sin transformación de energía no hay nada —nada de nada; niet—. La rotación de las galaxias y las reacciones termonucleares en el seno de las estrellas son dos manifestaciones universales de transformación de energía. En la Tierra, la transformación de energía abarca desde la fuerza de la tectónica de placas, que separa los fondos oceánicos y crea cadenas montañosas, hasta el impacto erosivo acumulativo de minúsculas gotas de lluvia (como decían los romanos, gutta cavat lapidem non vi, sed saepe cadendo: «una gota de agua no perfora la piedra por la fuerza, sino por repetición»). La vida en la Tierra —que, a pesar de nuestros esfuerzos por captar señales extraterrestres que tengan algún tipo de sentido, sigue siendo la única vida que conocemos en el universo— sería imposible sin la conversión fotosintética de la energía solar en fitomasa (biomasa vegetal). Los humanos dependen de este tipo de transformación para su supervivencia —y de muchos otros flujos de energía para su existencia civilizada—. Como dijo Richard Adams (1982, 27):
Podemos pensar millones de cosas, pero, si no tenemos los medios para convertir esas cosas en acciones, seguirán siendo meros pensamientos. [...] La historia actúa de manera impredecible. Sin embargo, los eventos históricos toman necesariamente una estructura acorde con sus componentes energéticos.
La evolución de las sociedades humanas ha generado un importante crecimiento poblacional, sistemas sociales cada vez más complejos y mayor calidad de vida para cada vez más personas. Desde una perspectiva biofísica básica, tanto la evolución humana prehistórica como el curso de la historia pueden pensarse como la búsqueda por controlar mayores reservas y flujos de formas de energía cada vez más concentradas y versátiles, y por convertirlas en calor, luz y movimiento de manera cada vez más asequible y eficiente y menos costosa. Esta tendencia ha sido modelizada por la ley de la máxima energía del matemático, químico y estadista estadounidense Alfred Lotka (1880-1949): «Mientras exista materia y energía disponible (sin utilizar), la selección natural operará en todo momento para aumentar la masa total del sistema orgánico, la velocidad de circulación de la materia a través del sistema y el flujo de energía total que circula a través del mismo» (Lotka, 1922: 148).
La historia de las civilizaciones —los organismos más grandes y complejos de la biosfera— ha seguido este curso. La dependencia humana respecto a flujos de energía cada vez más importantes puede pensarse como una continuación inevitable de la evolución orgánica. Wilhelm Ostwald (1853-1932, ganador del Premio Nobel de Química de 1909 por su trabajo sobre la catálisis) fue el primer científico que de manera explícita extendió «la segunda ley de la energía [termodinámica] a todas y cada una de las acciones del universo y, en particular, a todas las acciones humanas». Y sigue: «No todas las energías están listas para esta transformación; solo ciertas formas, conocidas como energías libres. [...] Esto significa que la energía libre es el capital consumido por todas las criaturas de todo tipo, y que su conversión explica todo lo que ocurre» (Ostwald, 1912: 83). Esta observación lo condujo a formular su imperativo energético: «Vergeude keine Energie, verwerte sie». Es decir: «No desperdicies ninguna energía, utilízala» (Ostwald, 1912: 85).
Tres citas ilustran cómo los seguidores de Ostwald han reafirmado sus conclusiones y en algunos casos han hecho que el vínculo entre energía y actividad humana sea aún más explícitamente determinista. A principios de la década de 1970, Howard Odum (1924-2002) introdujo una variación sobre el tema clave de Ostwald: «La disponibilidad de fuentes de energía determina la cantidad de trabajo que puede existir y el control de los flujos de energía determina las relaciones de poder entre los seres humanos y para con la naturaleza» (Odum, 1971: 43). A finales de la década de 1980, Ronald Fox, en las conclusiones de un libro sobre el papel de la energía en la evolución, señaló que «cada mejora de la gestión de los flujos de energía ha provocado una mejora de los mecanismos culturales» (Fox, 1988: 166).
No es necesario ser un gran especialista para constatar el vínculo entre el suministro de energía y el progreso social. Esto es lo que escribió Eric Blair (George Orwell, 1903-1950) en 1937 en el segundo capítulo de El camino a Wigan Pier, después de una visita a una mina de carbón subterránea:
Según Chesterton, la dependencia de nuestra civilización respecto al carbón es más completa de lo que cabe imaginar espontáneamente. Todas las máquinas que nos mantienen vivos (así como las máquinas que fabrican máquinas) dependen directa o indirectamente del carbón. En el metabolismo del mundo occidental, solo el hombre que ara la tierra es más importante que el minero de carbón. Este es una suerte de cariátide sobre cuyos hombros reposa casi todo lo que no es mugriento. Por eso vale la pena observar por uno mismo el proceso de extracción de carbón si se tiene la oportunidad de hacerlo y se está dispuesto a tomarse la molestia. (Orwell 1937, 18)
Sin embargo, reafirmar este vínculo fundamental (como hizo Orwell) y afirmar que el progreso cultural siempre ha ido de la mano del progreso en el control de los flujos de energía (como hace Fox) son dos cosas distintas. La conclusión orwelliana es inatacable. En cambio, el enunciado de Fox es una clara reafirmación de la visión determinista que se desprende de la primera ley del desarrollo cultural propuesta por la antropóloga Leslie White (1900-1975) en la década de 1940: «En igualdad de circunstancias, el grado de desarrollo cultural es una función de la cantidad de energía aprovechada por persona y año» (White, 1943: 346). Mientras que la formulación de Ostwald y el efecto general de la energía sobre la estructura y la dinámica de las sociedades que describe Orwell no son verdaderamente discutibles, la existencia de un vínculo determinista entre el nivel de consumo de energía y el progreso cultural sí que lo es. En el último capítulo del libro examino esta correlación (o su ausencia).
La naturaleza fundamental del concepto «energía» no está en cuestión. Como dijo Robert Lind (1975: 2):
Si pudiéramos hallar una palabra que representara una idea que se aplicara a cada elemento de nuestra existencia de tal manera que sintiéramos que tenemos una comprensión genuina de la misma, habríamos logrado algo económico e importante. Esto es lo que ha sucedido con la idea expresada por la palabra energía. Ningún otro concepto ha unificado tanto nuestra comprensión de todo lo que es.
Pero ¿qué es la energía? Sorprendentemente, incluso los ganadores del Premio Nobel tienen importantes dificultades para ofrecer una respuesta satisfactoria a una pregunta aparentemente sencilla. En sus famosas Lecciones de física, Richard Feynman (1918-1988) reconoce que «la física actual no sabe claramente qué es la energía. No tenemos ninguna foto que nos muestre que la energía se desplaza en pequeñas burbujas de un tamaño determinado» (Feynman, 1988: 4-2).
Lo que sí sabemos es que toda la materia es energía en reposo, que la energía se manifiesta de múltiples formas y que todas las formas de energía están unidas entre sí por numerosas conversiones, muchas de ellas universales, omnipresentes y constantes, y otras altamente localizadas, esporádicas y efímeras (figura 1.1). La comprensión de estos potenciales, reservas y transformaciones se expandió y sistematizó fundamentalmente durante el siglo XIX y se perfeccionó durante el siglo XX, cuando —hecho que refleja la complejidad de las transformaciones de energía— entendimos cómo liberar energía nuclear antes (teóricamente a finales de la década de 1930 y en la práctica en 1943, cuando el primer reactor nuclear comenzó a funcionar) de comprender cómo funciona la fotosíntesis (cuyas secuencias solo se revelaron durante la década de 1950).

Figura 1.1 Matriz de conversiones de energía. Cuando existen diversas posibilidades, solo se identifican dos transformaciones especialmente importantes.
FLUJOS, RESERVAS Y CONTROLES
Todas las formas conocidas de energía son críticas para la existencia humana. Esta realidad excluye cualquier tipo de clasificación por importancia. En buena medida, el curso de la historia se ha visto determinado y circunscrito tanto por flujos de energía universales y planetarios como por sus manifestaciones locales o regionales. Las características fundamentales del universo dependen de la energía gravitacional, que ordena incontables galaxias y sistemas estelares. La gravedad también mantiene nuestro planeta a la distancia adecuada del Sol y genera una atmósfera suficientemente masiva para que la Tierra sea habitable (recuadro 1.1).
Como en cualquier estrella activa, la fusión alimenta al Sol y el producto de dicha reacción termonuclear llega a la Tierra en forma de energía electromagnética. Su flujo se extiende en un amplio espectro de longitudes de onda, incluida la luz visible. Cerca del 30% de este enorme flujo es reflejado por las nubes y la superficie, cerca del 20% es absorbido por la atmósfera y las nubes, y el resto —aproximadamente la mitad del total— es absorbido por los océanos y los continentes, se convierte en energía térmica y vuelve después al espacio (Smil, 2008a). La energía geotérmica de la Tierra genera un flujo de calor mucho más pequeño: resulta de la acumulación gravitatoria original de la masa planetaria y la descomposición de la materia radiactiva e impulsa grandes procesos tectónicos que siguen reordenando océanos y continentes y causan erupciones volcánicas y terremotos.
RECUADRO 1.1
Gravedad y habitabilidad de la Tierra
La tolerancia límite de los metabolismos basados en el carbono viene determinada por el punto de congelación del agua, cuya forma líquida es necesaria para la formación de moléculas orgánicas y sus reacciones (límite inferior), y por las temperaturas y presiones que desestabilizan los aminoácidos y descomponen las proteínas (límite superior). La zona habitable de la Tierra —región orbital que garantiza condiciones óptimas para que un planeta albergue vida— es muy estrecha (Perkins, 2013). Un cálculo reciente concluye que estamos todavía más cerca del límite de lo que pensábamos antes: Kopparapu et al. (2014) explican que, dada su composición y presión atmosférica, la Tierra orbita en el borde interior de la zona habitable, justo fuera del radio donde un efecto invernadero desbocado generaría temperaturas intolerablemente altas.
Hace aproximadamente dos mil millones de años, el océano, las arqueas y las algas secuestraron suficiente dióxido de carbono como para evitar este efecto en la Tierra. Si el planeta hubiera estado un 1% más alejado del Sol, casi toda su agua estaría encerrada en glaciares. Incluso con temperaturas incluidas dentro de una franja óptima, el planeta no hubiera podido soportar una vida altamente diversificada sin su singular atmósfera, mayoritariamente formada por nitrógeno, enriquecida por el oxígeno proveniente de la fotosíntesis y con una serie de importantes gases traza que regulan la temperatura de la superficie. Por último, este delgado envoltorio gaseoso no podría haber persistido si el planeta no hubiera sido lo suficientemente grande como para ejercer la gravedad adecuada para mantener la atmósfera en su lugar.
Solo una pequeña parte de la energía radiante entrante (menos del 0,05%) se transforma mediante fotosíntesis en nuevas reservas de energía química en forma de plantas, que proporcionan la base de cualquier forma de vida superior. El metabolismo reorganiza los nutrientes en tejidos en crecimiento y mantiene las funciones corporales y la temperatura constante en todas las especies superiores. La digestión también genera la energía mecánica (cinética) de los músculos. La transformación de energía en los animales está inherentemente limitada por el tamaño de los cuerpos y la disponibilidad de alimento. Una característica distintiva fundamental de nuestra especie ha sido la extensión de estos límites físicos mediante el uso más eficiente de los músculos y el aprovechamiento de energía exterior a nuestro propio cuerpo.
Esta energía extracorporal ha sido progresivamente desbloqueada por el intelecto humano y utilizada para un número creciente de tareas en forma de motores primarios más potentes y combustibles (cuya combustión libera calor). Los detonantes del suministro de energía dependen del flujo de información y de una enorme variedad de artefactos. Estos dispositivos han abarcado desde herramientas tan sencillas como piedras y palancas hasta complejos motores de combustión y reactores de fisión nuclear. La secuencia evolutiva e histórica básica de estos avances es fácil de describir en términos cualitativos amplios. Como ocurre con cualquier organismo no fotosintetizante, el principal requisito energético del ser humano es la alimentación. La caza y recolección de los homínidos se parecieron mucho a las prácticas de adquisición de alimentos de sus antepasados primates. Aunque algunos primates —así como otros mamíferos (como las nutrias y los elefantes), algunas aves (cuervos y loros) e incluso algunos invertebrados (cefalópodos)— han desarrollado un pequeño repertorio de herramientas rudimentarias (Hansell, 2005; Sanz, Call y Boesch, 2014; figura 1.2), solo los homínidos han hecho de la fabricación de herramientas una marca distintiva de su comportamiento.

Figura 1.2 Un chimpancé (Pan troglodytes) en Gabón abre nueces con una herramienta (Corbis).
Las herramientas nos han otorgado una ventaja mecánica a la hora de adquirir alimento, cobijo y ropa. El dominio del fuego amplió muchísimo nuestro rango de asentamiento y nos distanció aún más de los animales. Nuevas herramientas condujeron al uso de animales domesticados, la construcción de máquinas más complejas alimentadas por músculos humanos y animales, y la conversión de una pequeña fracción de la energía cinética del viento y el agua en energía útil. Estos nuevos motores primarios multiplicaron la energía que éramos capaces de controlar, aunque durante mucho tiempo su uso estuvo circunscrito por la naturaleza y magnitud de los flujos capturados. El caso más evidente es el de las velas, antiguas y eficaces herramientas cuya capacidad estuvo restringida durante milenios por los flujos de viento y las corrientes oceánicas. Estos grandes flujos dirigieron los viajes transatlánticos europeos de finales del siglo XV hacia el Caribe. También impidieron que los españoles descubrieran Hawái, a pesar de que los barcos mercantes españoles —conocidos como galeones de Manila— cruzaron el Pacífico una o dos veces al año desde México (Acapulco) hasta Filipinas durante 250 años, entre 1565 y 1815 (Schurz, 1939).
La combustión controlada en chimeneas, estufas y hornos convirtió la energía química de las plantas en energía térmica. Este calor se utilizó directamente en los hogares y también para fundir metales, cocer ladrillos y procesar y perfeccionar innumerables productos. El uso de combustibles fósiles hizo más habituales y eficientes todos estos usos directos tradicionales del calor. Gracias a una serie de inventos cruciales, pudimos convertir la energía térmica de la quema de combustibles fósiles en energía mecánica (primero en motores de vapor y de combustión interna y más adelante en turbinas de gas y cohetes). Desde 1882 hemos generado electricidad mediante la quema de combustibles fósiles y el aprovechamiento de la energía cinética del agua y desde 1956 mediante la fisión de un isótopo de uranio.
La quema de combustibles fósiles y la generación de electricidad crearon un nuevo tipo de civilización energívora que hoy abarca todo el planeta y cuyas fuentes de energía primaria incluyen una pequeña pero rápidamente creciente proporción de nuevas fuentes renovables, especialmente la energía solar (aprovechada mediante dispositivos fotovoltaicos o en centrales de energía termosolar de concentración) y la eólica (obtenida mediante grandes turbinas eólicas). A su vez, estos avances se han basado en una concatenación de acontecimientos anteriores. Por utilizar una analogía con los modelos de flujos: para liberar el flujo de la creatividad humana tuvieron que configurarse y activarse primero un conjunto de compuertas o válvulas en el orden adecuado.
Las principales compuertas que deben configurarse y activarse para liberar grandes potenciales energéticos son el acceso a la educación, un sistema jurídico estable y predecible, un sistema económico transparente, la disponibilidad de capital suficiente y condiciones adecuadas para la investigación fundamental. Por consiguiente, no es sorprendente que el crecimiento cuantitativo y la mejora cualitativa de los flujos de energía existentes —así como la difusión de fuentes de energía completamente nuevas— a menudo requiera varias generaciones. La cronología, la capacidad global y la composición de los flujos de energía que resultan de todos estos cambios son extremadamente difíciles de predecir. E incluso cuando dichas transiciones se ponen en marcha, es imposible evaluar el impacto que un cambio de motor primario o combustible tendrá en la agricultura, la industria, el transporte, las urbes, la guerra o el medio ambiente. El análisis cuantitativo es esencial para comprender nuestros límites y éxitos y requiere conocer conceptos y medidas científicos básicos.