Kitabı oxu: «E-Pack Bianca octubre 2021»
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28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca, n.º 274 - octubre 2021
I.S.B.N.: 978-84-1105-235-1
Índice
Créditos
Índice
Cenicienta en palacio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Un diamante para la amante del jeque
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Una noche con el ama de llaves
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
La camarera y el rey
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
JENNA volvió a mirar la carta que tenía en la mano, de papel grueso y caro. Llevaba la firma del auxiliar ejecutivo del signor Evandro Rocceforte, de Rocceforte Industriale, una sociedad anónima con sede en Turín. La releyó y sintió una mezcla de satisfacción y nerviosismo por la oferta que contenía.
Era la misma sensación que había tenido ocho años antes, cuando le ofrecieron una plaza en la universidad para estudiar Lenguas Modernas. Aquella oferta había disipado todo el menosprecio y la indiferencia que había sufrido durante su juventud. Demostraba que tenía derecho a creer en sí misma. Y su título de Magisterio terminó de confirmarlo.
Sin embargo, Jenna estaba cansada de su trabajo. Llevaba cuatro años en un colegio de primaria con demasiados alumnos y pocos profesores, que además se encontraba en uno de los barrios más pobres de Londres. Necesitaba un cambio radical, un nuevo desafío. Necesitaba algo distinto, y la oferta de Rocceforte lo era: ser tutora de una niña de siete años en un palazzo italiano, donde viviría y trabajaría si aceptaba el puesto.
Jenna siempre había sido consciente de que no era ni particularmente carismática ni particularmente bella. Lo sabía de sobra, y también sabía que la gente no se fijaba en ella cuando entraba en una habitación. Pero eso carecía de importancia en su trabajo. No había sido relevante en el colegio, y tampoco lo sería en Italia.
Decidida, se sentó delante del ordenador y empezó a escribir la respuesta.
Evandro Rocceforte estaba mirando su ordenador, con expresión sombría. Pero su formidable y astuta mente, que parecía hecha para los negocios, no analizaba los datos financieros de la pantalla, sino la conversación que había tenido con su abogado, quien deploraba el acuerdo que acababa de firmar con su exmujer.
Durante el amargo y agotador proceso de divorcio, Berenice había jugado sus cartas de forma implacable y sin más objetivo que castigar a Evandro por un delito peor que el de divorciarse de ella.
Por saber quién era.
Por ver a través del glamour, la belleza y el carisma con los que engañaba al mundo. Por ver a través de lo mismo que le había engañado a él, hasta que se hartó de sus constantes infidelidades. Por ver quién era de verdad, una mujer egocéntrica, manipuladora y narcisista, una mujer que vivía a partir de un solo lema: Yo, yo, yo.
Berenice quería que todos los hombres del mundo la adoraran, la mimaran y estuvieran atentos al menor de sus caprichos. Y él había caído en esa trampa. Había sido un estúpido.
Pero ya no lo era. Se había resistido a sus intentos por recuperarle y, como no había mordido el anzuelo de sus seductores encantos, ella se había vuelto contra él y le había atacado con una furia salvaje, usando todas las armas que tenía a su disposición. Incluida la más destructiva de todas.
Al pensarlo, sus duros rasgos se volvieron aún más pétreos y sus oscuros ojos, más lóbregos. No era la primera vez que Berenice utilizaba a su hija en contra suya. Lo había hecho una y otra vez, desde el día de su nacimiento. Y, cuando Evandro insistió en divorciarse, ella le condenó a una infernal batalla por la custodia de Amelie, una batalla que él debía ganar a toda costa, y por una buena razón.
Tenía que proteger a su hija. No podía permitir que acabara en manos de su tóxica madre, quien no la quería más de lo que quería a nadie que no fuera ella misma.
Por supuesto, la batalla legal le había costado una verdadera fortuna, que se sumaba además a la del acuerdo de divorcio. Pero, al final, había logrado que Berenice renunciara a la custodia de la pequeña. Con una condición.
Evandro intentó no pensar en la condición que Berenice le había impuesto. Era una venganza para satisfacer su monstruoso ego y calmar su furia ante el hecho de que la hubiera rechazado. Pero no conseguiría hacerle daño. Se aseguraría de ello.
Desde la concesión del divorcio, Evandro había disfrutado a fondo de la libertad que tanto le había costado recuperar. La tórrida aventura que había tenido en invierno con la voluptuosa y apasionada Bianca Ingrani era un buen ejemplo.
Por supuesto, Bianca habría estado encantada de convertirse en la siguiente señora de Rocceforte. En eso, no era distinta a las demás. ¿Y por qué iba a serlo? Se acababa de convertir en uno de los solteros más deseados de Italia: un multimillonario de treinta y pocos años, y tan potentemente atractivo que habría llamado la atención de cualquier mujer. Pero Bianca solo podía tener lo que habían tenido, una aventura. No estaba dispuesto a nada más.
Las protestas de su abogado volvieron a sus pensamientos, y él las expulsó sin contemplaciones. Por muy abusiva que fuera la condición final de Berenice, no iba a permitir que le preocupara. Era irrelevante.
Cambió de posición, se estiró un poco y se recordó que lo único que quería en ese momento era lo que Bianca le había dado, es decir, fiestas, diversiones y hedonismo. Además, cosas más importantes en las que pensar. Algo mucho más importante.
Amelie. La hija por la que había luchado con tanto ahínco.
Desgraciadamente, su humor se volvió otra vez sombrío. ¿Qué sabía él de la paternidad? Nada en absoluto. Sobre todo, porque Berenice se había asegurado de que Amelie estuviera lejos de él hasta el segundo siguiente de que le concedieran la custodia.
Pero, por desconocido que fuera para su hija, se aseguraría de que tuviera todo lo que pudiera necesitar. Además, ya estaba a salvo. Descansaba tranquilamente en el palazzo italiano que iba a ser su hogar, y su futuro no podía ser más prometedor.
Eso era lo importante. Lo único importante.
Jenna miró a su pupila y dijo, con tanta simpatía como firmeza:
–Termina las sumas. Ya comerás después.
Se lo dijo en inglés, como le habían pedido, aunque también sabía francés e italiano. Jenna era trilingüe gracias a sus padres y a los sitios donde había vivido, y también era perfectamente consciente de que no habría conseguido aquel empleo sin su dominio de los tres idiomas y de su experiencia como profesora de primaria.
Por desgracia, a su joven alumna no le gustaban demasiado los deberes. Conseguir que Amelie se concentrara en sus estudios era todo un desafío; sobre todo, en lo tocante a las matemáticas. Pero no resultaba sorprendente, teniendo en cuenta sus circunstancias.
La pobre criatura no había hecho otra cosa que viajar por Europa y los Estados Unidos en compañía de su madre hasta que su recientemente divorciado padre se la había llevado a vivir a Italia. Su vida había sido un ir y venir de Beverly Hills al sur de Francia, siempre de mansión en mansión, sin tener ni un hogar ni un mínimo de estabilidad emocional.
Por lo que Jenna sabía, su madre la había tratado como si fuera un juguete, una especie de muñeca preciosamente vestida que enseñar a sus amigos; y, cuando no la quería exhibir, la dejaba en manos de sus niñeras mientras ella se divertía. En consecuencia, su educación se había resentido bastante, y Jenna había tenido que esforzarse a fondo para que recuperara el tiempo perdido y pudiera ir al colegio en otoño.
Mientras la niña hacía sus cuentas, Jenna se giró hacia los balcones de la espaciosa sala que hacía las veces de aula y contempló los jardines, intensamente verdes bajo el sol de principios de verano. No tenía ninguna duda de que Amelie mejoraría con rapidez en el precioso palacio del siglo XVIII donde vivía, entre colinas, viñedos y granjas, con mucho sitio para poder jugar, una piscina donde poder nadar y hasta bosques que poder explorar.
Jenna llevaba tres semanas en el palazzo, y se había enamorado de él a primera vista. Era una pequeña maravilla de techos con pinturas, paredes con murales clásicos, anchos balcones de claras cortinas de seda y elegantes chimeneas de mármol blanco, al igual que los suelos. No se parecía nada al horrible colegio londinense de hormigón gris donde había dado clases,
A decir verdad, se sentía increíblemente afortunada de haber conseguido aquel empleo. Y, como solo lo iba a tener hasta el otoño, estaba decidida a disfrutar cada segundo.
Sus pensamientos volvieron a la niña, que estaba concentrada en su trabajo, con la cabeza inclinada y el ceño fruncido. Mientras la miraba, se preguntó a quién habría salido. La pequeña tenía una fotografía de su madre en la mesita de noche; pero, descontando sus ojos marrones y la forma de su cara, no se parecía mucho a la elegante y glamurosa morena. ¿Habría heredado el pelo rubio de su padre?
Por lo que le había contado el ama de llaves, la signora Farrafacci, una inglesa que se había casado con un italiano, el padre de Amelie era de una familia del norte de Italia que se había hecho rica en el siglo XIX, con la industrialización del país. Pero no estaba nunca en la mansión, donde solo vivían los empleados y la propia niña y, como sabía por experiencia que los hijos de padres divorciados corrían el peligro de quedarse en tierra de nadie, se interesó por la situación.
–¿Sabe si su padre tiene intención de vivir con ella? –preguntó a la señora Farrafacci.
–El signor Rocceforte viene siempre que puede, pero es un hombre muy ocupado, uno de los principales empresarios del país –contestó la mujer con orgullo–. Nunca se sabe cuándo se va a presentar. Por si acaso, yo mantengo la casa en orden, y le recomiendo que usted haga lo mismo en su trabajo. Es un buen patrón, pero quiere ver resultados, y querrá ver si la niña ha hecho algún progreso.
Jenna cruzó los dedos para que la medida de dicho progreso no fuera su rendimiento en matemáticas, porque dejaba bastante que desear.
–Cuantas más cuentas hagas, más fáciles te resultarán –dijo a la niña.
–¡Pero no me gustan! –protestó Amelie–. Mamá nunca hace nada que no le guste. Se enfada si intentan obligarla… ¡Y tira cosas! Una vez, tiró un zapato a una criada porque le había comprado un pañuelo de color equivocado. El tacón era de punta, y le hizo sangre en la cara. La criada salió corriendo, y mi madre se enfadó más, le gritó que volviera y me ordenó que me fuera a mi habitación, porque dice que complico las cosas.
A Jenna se le encogió el corazón. El pequeño discurso de Amelie, que había empezado con tono de desafío y había terminado de forma triste, le recordó a la mujer de su padre, que la criticaba y se la quitaba de encima constantemente.
Pero no quería pensar en su propia infancia, así que borró el recuerdo de sus pensamientos y declaró, eligiendo sus palabras con cuidado:
–¿Sabes lo que decimos en Inglaterra? Que te guardes tu mal humor, porque nadie lo quiere.
La niña la miró con intensidad durante unos segundos y, a continuación, sonrió.
–¡Eso es gracioso! Guárdate tu mal humor, porque nadie lo quiere… –dijo con voz cantarina–. ¿Crees que mi papá también se enfadará conmigo?
–No, seguro que no –contestó, intentando tranquilizarla.
En su opinión, lo último que necesitaba Amelie era un padre con mal genio; sobre todo, después de haber estado a expensas de las rabietas y los caprichos de su madre. Amelie necesitaba afecto y amor. Necesitaba sentirse querida y valorada. No merecía una infancia como la que había sufrido ella.
Tras quitar los deberes a la niña, salieron de la estancia e hicieron lo que hacían siempre cuando el tiempo lo permitía: llevarse la comida fuera y comer en la ancha terraza que daba a los espaciosos jardines.
La niña atacó enseguida su apetitosa ensalada de pollo, y ella la miró con cariño.
Cada vez la quería más. Se veía reflejada en ella, en su ansiedad y su inseguridad. Sabía lo que significaba no sentirse querida. Había tenido una infancia de lo más solitaria, y no quería que la de Amelie fuera igual.
Sin embargo, eso dependía de su padre, quien seguía sin hacer acto de presencia.
¿Aparecería en algún momento? Nadie lo sabía.
Evandro se giró hacia la ventanilla, impaciente por aterrizar y bajar del avión. Su apretada agenda lo había obligado a cruzar Europa y viajar por Italia de norte a sur, comprobando varios de sus multimillonarios proyectos y sopesando posibles negocios.
Sin embargo, la verdadera razón de que hubiera comprimido un viaje profesional de tres meses hasta el punto de convertirlo en uno de tres semanas era de carácter personal: quedarse libre de compromisos para poder ir al palazzo, ver a la niña a la que había salvado de su vengativa madre y darle una vida mejor.
Estaba decidido a ello. Establecería una relación con su hija aunque tuviera que aprenderlo todo desde el principio. Y la protegería siempre, costara lo que costara, hasta de la propia Berenice.
–¿Eres consciente de las implicaciones? –preguntó su abogado en ese momento, con expresión sombría–. Esa mujer puede destruir tu futuro.
Evandro lo miró a los ojos.
–Las implicaciones me dan igual –respondió–. Lo importante es que me acabo de liberar de un matrimonio infernal que ha durado diez años. Además, Amelie es mi prioridad absoluta, el centro de toda mi atención.
El tren de aterrizaje del avión tocó la pista con tanta suavidad que apenas lo notaron. Diez minutos después, Evandro estaba de camino a su despacho. Mantendría unas cuantas reuniones, se marcharía a su apartamento, haría la maleta y se iría al palazzo por la autopista del sur. No había exagerado al decir que Amelie era su prioridad absoluta. Lo era. Y a partir de entonces, sería lo más real de su vida.
Jenna miró el cielo, aún cubierto de las nubes que habían descargado horas antes. Faltaba poco para el anochecer, pero necesitaba tomar el aire. Había estado encerrada todo el día, jugando a las cartas con el ama del llaves y las dos criadas, Maria y Loretta.
Por supuesto, tendría que estar de vuelta a la hora de cenar; pero, durante los minutos siguientes, se limitó a disfrutar de su paseo por el empinado camino que empezaba en el palazzo, situado a un kilómetro de la carretera principal. El camino serpenteaba entre los bosques, y se bifurcaba al cabo de rato, dando paso a uno más estrecho que llevaba a la grandiosa fachada del edificio.
Mientras bajaba por el segundo, descubrió que se había producido un desprendimiento de rocas, causado quizá por la lluvia. El camino estaba casi bloqueado y, como el desprendimiento se había producido detrás de una elevación rocosa, podía ser peligroso: si algún vehículo circulaba en esa dirección, su conductor no vería las rocas hasta el último momento, y tendría que frenar en seco o pegar un volantazo que le llevaría directo a un precipicio.
Jenna sopesó la situación y decidió volver al palazzo tan deprisa como fuera posible, para alertar a los empleados. Y entonces, distinguió el inconfundible sonido de un coche que se acercaba a gran velocidad.
Consciente de que debía hacer algo, saltó entre las rocas caídas con intención de hacer señas al conductor para que se detuviera. Por desgracia, ya estaba anocheciendo y, cuando los encendidos faros del vehículo la iluminaron, Jenna se quedó paralizada durante unos segundos, en mitad del camino.
El conductor pisó el freno hasta el fondo, y el enorme y elegante vehículo se detuvo con un chirrido de neumáticos.
Un segundo después, el hombre que lo conducía se bajó y empezó a gritar, furioso.
–¡Idiota! ¿Qué diablos hacía en mitad de la carretera? ¡La he podido matar!
Jenna, que seguía inmovilizada, alzó la vista y lo miró.
Su alta silueta se recortaba contra las luces de los faros, y en sus duros rasgos se adivinaba una mezcla de enfado y alivio. Llevaba un traje de color gris marengo, que enfatizaba sus anchos hombros y sus largas piernas. Y todo en él, desde el corte del traje hasta la corbata de seda, pasando por el carísimo coche que conducía, dejaba claro dos cosas: que era rico y que solo podía ser una persona.
Evandro Rocceforte.
Capítulo 2
A JENNA se le encogió el corazón. Y tras unos segundos de pánico, recuperó el aplomo, alzó la barbilla y dijo, con voz temblorosa:
–Mi dispiace. Pero tenía que hacer algo. Hay un desprendimiento de rocas.
Jenna se giró hacia el lugar donde se había producido el derrumbe. Su jefe frunció el ceño y, sin decir una sola palabra, pasó por delante de ella, comprobó lo sucedido y la miró con expresión sombría, aunque ya no parecía enfadado.
Ella no supo qué pensar. Evandro era tan impresionante en persona que estaba completamente confundida. Su alto y potente cuerpo la había dejado anonadada.
–Menudo desastre –dijo él.
Evandro apretó los dientes, regresó al coche y apagó las luces. Luego, sacó el teléfono móvil y habló con alguien en italiano, pero tan deprisa que Jenna no entendió ni una palabra. A continuación, cortó la comunicación, se guardó el móvil en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta y la miró con el ceño fruncido, como si la viera por primera vez.
–¿Se puede saber quién es?
Jenna no tuvo ocasión de contestar, porque se contestó él solo.
–Ah, claro, debe de ser la profesora de inglés… Aunque, con la luz del crepúsculo, me ha parecido un duende de los bosques –dijo soltando una carcajada irónica–. Bueno, vuelva al palazzo. Van a venir a recogerme, y a cerrar el camino para que nadie se mate. Lo despejarán mañana por la mañana.
Evandro volvió al coche, abrió el maletero y sacó lo que parecía ser su equipaje. Jenna se abrió paso entre las rocas desprendidas y se fue.
Aún no había salido de su asombro.
Acababa de conocer al padre de Amelie.
Jenna apartó una rama caída y aceleró el paso, pensando en el rico y poderoso empresario que le había gritado y le había ordenado que volviera al palazzo. Pero, por dictatorial que fuera su actitud, también le había mostrado su sarcástico sentido del humor. Incluso la había comparado con un duende.
¿Sería un buen ejemplo de su carácter?
Fuera como fuera, el carácter de Evandro Rocceforte no era precisamente lo que dominaba sus pensamientos cuando llegó a los enormes jardines de la propiedad. Su altura, su formidable cuerpo, sus atractivos rasgos y su ronca y sensual voz la habían dejado tan impactada que el corazón se le aceleró al recordarlo.
Ya en el palazzo, descubrió que la inesperada aparición de su propietario había convertido el lugar en un hervidero. Los empleados iban de un lado a otro, y con tanta prisa que la signora Farrafacci solo se detuvo lo necesario para informarle de que Amelie iba a cenar con su padre y de que a ella le servirían la cena en su habitación.
Jenna se alegró de poder refugiarse en la enorme suite que le habían dado, situada en uno de los pisos superiores. No podía ser ni más cómoda ni más conveniente, porque además de tener dormitorio, salón y cuarto de baño, daba a la sala de juegos de Amelie, conectada a su vez a la habitación de la niña.
Al llegar, se acercó a la ventana del salón, la abrió y apoyó los codos en el alféizar para disfrutar de la cálida brisa y del olor a madreselva que empapaba el ambiente. Ya se había hecho de noche, y oía a los búhos que ululaban en los bosques.
Su abrupto e intenso encuentro con Evandro Rocceforte volvió a su mente en ese instante, y no solo por el peligro que había corrido al plantarse en mitad de la carretera para advertirle del derrumbe. Su impresionante cuerpo también estaba fresco en su memoria. Y su ceño fruncido. Y sus gritos.
Pero ¿qué pretendía que hiciera? Si no hubiera sido por ella, él y su carísimo coche habrían terminado en el fondo del valle, completamente destrozados.
Molesta, entró en el dormitorio y decidió darse un baño para relajarse un poco mientras esperaba a que le subieran la cena. En general, prefería ducharse, porque era más rápido y eficaz; pero, de vez en cuando, se permitía el capricho de bañarse.
Mientras se hundía en el agua, volvió a pensar en el encuentro con su jefe, aunque en términos muy distintos.
¿Un duende de los bosques?
Era una comparación sorprendente, aunque no podía negar que le gustaba. Se suponía que los duendes eran menudos como bellos, y ni Jenna era pequeña ni se consideraba particularmente hermosa.
De estatura media y melena recogida en un moño, tenía un cuerpo delgado que tampoco llamaba la atención por su ropa, teniendo en cuenta que siempre llevaba prendas prácticas y cómodas. No era de las que llamaban la atención. Y ni siquiera se maquillaba, porque el maquillaje era del todo innecesario en su trabajo y porque su escasa vida social se limitaba a las funciones escolares con sus colegas.
No, definitivamente no se parecía nada a un duende, nada en absoluto. Pero, en tal caso, ¿por qué la había llamado eso?
Jenna se hundió un poco más en el agua caliente, que acariciaba su cuerpo y jugueteaba con las zonas más sensibles de sus muñecas cuando las sumergía. Era tan sensual como agradable. Y poco a poco, le provocó una especie de somnolencia, inducida además por el aire cargado de vapor, la solitaria y suave luz del baño y la propia sensación de relajamiento.
Al cabo de un rato, notó que los ojos se le cerraban y se dejó llevar, extrañamente consciente de los contornos de su cuerpo semisumergido, que casi flotaba. Pero, en el mismo instante en que cerró los párpados, la imagen de su jefe apareció en su mente con toda claridad, como si estuviera allí mismo, mirándola con intensidad, disfrutando de su desnudez.
Jenna abrió los ojos al instante y se sentó en la bañera, sintiendo un calor en las mejillas que no tenía nada que ver con la temperatura del agua. ¿Qué le estaba pasando? ¿De dónde había salido esa imagen?
Sacudió la cabeza, respiró hondo y parpadeó varias veces para borrar de su imaginación la incómoda e indebida estampa de Evandro. Luego, alcanzó el jabón y el champú para hacer lo que se suponía que tenía que hacer. No estaba allí para entregarse a deseos que ni ella misma podía explicar, sino para lavarse.
Se enjabonó con rapidez, se puso champú en el pelo y, tras quitar el tapón a la bañera, abrió el grifo de la ducha. Pero esta vez, puso el agua tan fría como la podía soportar. Al fin y al cabo, no se trataba tanto de quitarse el jabón y el champú como de eliminar sus libidinosos y desconcertantes pensamientos.
Diez minutos después, envuelta en una bata y un pijama de algodón, se sentó en el sofá y encendió el televisor para ver las noticias. Su día de trabajo no había terminado. Después de cenar, tendría que planear las clases de la mañana siguiente y redactar un informe breve sobre el progreso de Amelie, por si su jefe se lo pedía.
Su jefe.
Jenna se repitió a sí misma que solo era eso, un jefe.
Segundos después, llamaron a la puerta. Era la cena.
Evandro estaba en la terraza, mirando el paisaje nocturno de los jardines, con las manos metidas en los bolsillos. El cielo estaba parcialmente cubierto y, como la luna aparecía y desaparecía entre las nubes, daba la impresión de moverse.
Pero solo era una ilusión, como todo en su vida.
Como la mujer con la que se había casado.
Al pensar en ella, frunció el ceño. ¿Por qué se acordaba ahora de su boda, si habían pasado diez largos y lamentables años desde entonces? Sobre todo, cuando la propia boda había sido una estafa. Le había costado un dineral. Había sido un fiel reflejo de Berenice, quien se presentó ante los invitados envuelta en diamantes y con un vestido de novia que costaba más que una casa. Había sido superficial, chabacana, excesiva y falsa.
¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¿Cómo era posible que se hubiera dejado engañar por su belleza?
Evandro apretó los dientes. La respuesta era sencilla. Se había dejado engañar por su capacidad de seducción y por las presiones de su propio padre, quien insistió una y otra vez en que lo tenía todo: una belleza asombrosa y la mayoría de las acciones de Trans Montane, la empresa que acababa de heredar.
Era una combinación perfecta. Tendría que haber sido paradisíaca.
Y fue infernal.
Pero le había dado algo bueno: Amelie.
La expresión de Evandro cambió al instante. Su encuentro había sido algo tenso. La niña se había mostrado tan tímida e introvertida como tres semanas antes, cuando fue a recogerla al aeropuerto para llevarla al palazzo. Pero eso no tenía importancia. Estaba seguro de que cambiaría con el tiempo.
En cuanto a la mujer que le estaba dando clases, no sabía qué pensar. Se había plantado en mitad de una carretera para impedir que se estampara contra unas rocas o cayera por un barranco, aun a riesgo de su propia vida.
Evandro intentó recordar sus poco especiales rasgos.
¿Qué era aquella mujer? ¿Una insensata? ¿O una valiente?
Quizá, las dos cosas.
Jenna bajó al vestíbulo por la ancha escalera de mármol, llevando consigo los cuadernos y los dibujos de Amelie. Había llegado el momento de informar a su jefe sobre los progresos de la pequeña, a la que había dejado estudiando caligrafía.
Aquella mañana, Amelie estaba más inquieta que de costumbre. Pero, teniendo en cuenta que su padre había llegado la noche anterior, no tenía nada de particular. Además, ella también estaba nerviosa, y sintió un acceso de inseguridad cuando llegó a la biblioteca, llamó suavemente a la puerta y entró en la enorme sala, con sus estanterías llenas de libros, su chimenea y sus sillones de cuero.
Junto a los altos balcones, que estaban abiertos para que entrara el aire fresco, había una mesa de gran tamaño sobre la que descansaban un ordenador y un montón de documentos. Y detrás de la mesa, estaba su jefe, trabajando.
Los músculos del estómago de Jenna se pusieron súbitamente tensos cuando el alzó la mirada. El impacto que causó en ella fue tan instantáneo y potente como el de la noche anterior. Su carisma era sencillamente abrumador.
Sin embargo, Jenna decidió no darle importancia. Tratándose de un hombre con tanto poder, que dirigía una empresa internacional y manejaba cifras multimillonarias de forma habitual, era lógico que se sintiera incómoda en su presencia. Sobre todo, porque la estaba mirando con una expresión que no podía interpretar y con una tensión rara en los labios.
¿A qué se debería esa tensión? ¿Qué padecimiento sufría?
Jenna se lo preguntó unos segundos y, a continuación, borró las preguntas de su mente. Estaba allí para informarle sobre su hija. El carisma de Evandro Rocceforte era irrelevante; su impresionante cuerpo era irrelevante, y también lo eran los problemas que pudiera tener.
Al llegar a la mesa, se detuvo y asintió a modo de saludo. Él la invitó a sentarse.
–Buenos días, señorita Ayrton –dijo Evandro, en un inglés perfecto–. ¿Cómo van las cosas con mi hija? Por favor, sea tan breve como sea posible.
Jenna dejó el montón de cuadernos encima de la mesa, lejos de sus documentos. Luego, hizo una exposición tranquila y concisa sobre los progresos de Amelie y, acto seguido, pasó a las materias en las que estaba concentrando sus esfuerzos: comprensión lectora, matemáticas y conocimientos básicos de geografía, historia y ciencias.
Estaba en mitad de una frase, hablando sobre las ventajas de que Amelie fuera multilíngüe, cuando su jefe alzó una mano.
–Bueno, ya basta. Enséñeme sus cuadernos.
Jenna le dio los cuadernos, que el hojeó someramente antes de devolvérselos sin hacer comentario alguno.
–Amelie ha avanzado mucho –dijo ella, deseosa de hacérselo saber–. De hecho, su mayor problema es la falta de atención, debida en parte a que esta es su primera experiencia educativa. Pero ese es un problema general entre los niños. Obviamente, trabajar les gusta menos que jugar.
Él sonrió con ironía y puntualizó:
–Entre los niños y entre los adultos, señorita Ayrton.
Jenna no supo si debía sonreír. Aparentemente, el comentario de Evandro había intentado ser gracioso. Pero, como no estaba segura, se limitó a asentir y a seguir hablando, eligiendo sus palabras con cuidado.
–La rutina y la estabilidad son esenciales para los niños. Sin ellas, es difícil que aprendan a concentrarse. Y tengo entendido que no ha tenido ninguna de las dos.
Su jefe la miró con expresión sombría.
–Su madre la ha tenido de arriba para abajo desde que nació, cruzando Europa y los Estados Unidos. Casi me sorprende que sepa leer –replicó él con dureza.
Jenna no dijo nada. En primer lugar, porque la relación de los padres de Amelie no era asunto suyo y, en segundo, porque había tratado con muchos padres divorciados y sabía que no era una buena idea.
Pero la dureza de Evandro, tan parecida a la que le había dedicado a ella la noche anterior, desapareció al instante.
–¿Hay algo que se le dé bien? –preguntó con normalidad.
Jenna ni siquiera intentó ocultar su sorpresa.
–¡Sí, por supuesto! –dijo, vehemente–. Puede que las matemáticas no sean lo suyo, pero el arte y la creatividad lo son.
Jenna sacó varios dibujos, y le enseñó el primero.
–Mire lo buena que es. Lógicamente, aún no ha desarrollado la técnica necesaria, pero tiene imaginación y sabe usar los colores. Mire, mire.. –añadió, enseñándole otro.
Los oscuros ojos de Evandro contemplaron el fruto del trabajo artístico de Amelie, con su mezcla de castillos de hadas, animales fantásticos y princesas opulentamente vestidas.
–Hay que apoyar los gustos y las habilidades de los niños –continuó ella, sintiendo la súbita necesidad de defender a la pequeña contra las posibles críticas de su padre–. Hay que apoyarlas siempre.
Jenna alzó la barbilla y clavó la vista en sus ojos, negándose a sentirse acobardada por su dura expresión. Estaba luchando por Amelie, una niña que necesitaba un padre que la halagara y valorara sus esfuerzos.
Un padre distinto al que ella había tenido.
–Ningún niño debería sentirse inútil o sin valor. Es esencial que los animemos, que sepan que todos tienen algo especial.
La pasión de sus palabras estaba directamente relacionada con el recuerdo de su infancia y el carácter crítico, impaciente e indiferente de su padre, que aún le dolía. Y Jenna se dio cuenta de que Evandro la estaba evaluando de un modo que no tenía nada que ver con la relación de un jefe y una empleada, consistente en determinar si estaba haciendo el trabajo para el que la habían contratado.
Había algo más en sus ojos.
Pero desapareció rápidamente.
Instantes después, él se recostó en su moderno sillón de cuero, de estética radicalmente distinta a la tradicional mesa y las antiguas estanterías, y dijo:
–Muy bien. Gracias por informarme. Siga con lo que está haciendo.
Evandro se detuvo un momento y la miró de arriba abajo antes de seguir hablando.
–Esté preparada para reorganizar sus clases en cualquier momento y sin aviso previo. Mientras yo siga aquí, las lecciones no son prioritarias. Lo prioritario es el tiempo que pueda pasar con mi hija –afirmó–. ¿Alguna pregunta? Si no tiene ninguna, vuelva con su pupila.
Jenna se levantó y recogió los cuadernos de Amelie. Pero, una vez más, se sintió en la necesidad de apoyar los intereses de la niña.
–Sé que no es asunto mío, señor Rocceforte, pero estoy completamente de acuerdo en que las lecciones no son lo más importante en este momento. Teniendo en cuenta que ha estado separada de usted, es crucial que…
–Tiene razón, señorita Ayrton –la interrumpió él, sin contemplaciones–. No es asunto suyo.
Jenna se quedó helada, igual que en la carretera. Pero no se arrepintió de lo que había dicho, porque estaba decidida a defender a Amelie, quien súbitamente se veía obligada a vivir con un padre al que apenas conocía.
Evandro no añadió nada más. Se limitó a mirarla con la misma dureza. Y Jenna, que estaba decidida a hacerle ver que necesitaba un padre cariñoso, echó los hombros hacia atrás y declaró, con tanta firmeza como pudo:
–Soy la profesora de Amelie, señor Rocceforte y, aunque no tenga intención de meterme donde no me llaman, mi trabajo me obliga a ello. Su hija es mi principal responsabilidad, y está muy confundida. Por bien que la hayan educado, nunca ha tenido lo que necesita: estabilidad, constancia y seguridad. Y no se trata de establecer rutinas, sino de hacer que se sienta valorada y querida. Sobre todo, querida.
Jenna no esperó a la reacción de Evandro. Dio media vuelta, abrió la puerta y se fue, dejando solo al formidable, rico y poderoso italiano.
Cuando Jenna cerró la puerta, Evandro miró el sillón donde había estado sentada. Si hubiera tenido que decir qué ropa llevaba, cuánto medía o de qué color eran sus ojos, no habría podido. No tenía ni idea.
Sin embargo, habría podido repetir todas las palabras de su vehemente discurso, desde el principio hasta el final.
Desde luego, estaba de acuerdo en que su hija necesitaba sentirse valorada y querida. El simple hecho de que hubiera pagado una fortuna a Berenice a cambio de su custodia demostraba que Amelie era fundamental para él. Aún recordaba la cara de su abogado cuando vio la suma del acuerdo que habían firmado. Pero, desgraciadamente, no estaba seguro de que su forma de amar fuera la adecuada.
De repente, recordó las crueles palabras que le había dedicado su exmujer y se levantó del sillón para salir al balcón.
Necesitaba aire fresco.
Capítulo 3
JENNA y Amelie comieron juntas, pero no les sirvieron la comida en la terraza, sino en la sala que hacía las veces de aula; probablemente, porque Evandro estaba trabajando en la biblioteca y no quería que le molestaran.
Amelie seguía estando insegura, y Jenna decidió que necesitaba divertirse un poco. De hecho, ella también lo necesitaba, porque no dejaba de revivir su enfrentamiento matinal con Evandro. ¿Le habría molestado lo que le había dicho? Aunque así fuera, eso le incomodaba bastante menos que la posibilidad de que no tuviera en cuenta sus palabras, de las que no se arrepentía en absoluto.
–¡Salgamos a dar un paseo!
La cara de Amelie se iluminó al instante. Momentos después, abandonaron el aula y salieron a la terraza, decididas a pasear por los jardines.
–Cuando yo daba clases en Londres, no había campos o bosques por donde pudiera pasear –dijo Jenna–. Eres muy afortunada, Amelie. Tienes unos jardines preciosos a tu disposición.
Justo entonces, oyeron la voz de un hombre.
–Me alegra que le gusten.
Jenna se giró, sorprendida. Era Evandro, que se acercaba a ellas a grandes zancadas, vestido con un traje gris de color oscuro que iba a juego con sus ojos.
–Os he visto desde el balcón de la biblioteca. ¿Adónde vais? –preguntó él.
Amelie se aferró a la mano de Jenna, como buscando seguridad. Y Jenna respondió, con tanta tranquilidad como pudo:
–A dar un paseo por los jardines.
–¿Puedo ir?
Jenna se volvió a quedar sorprendida. No solo porque quisiera pasear, sino también porque su tono de voz estaba en las antípodas de la brusquedad que le había dedicado aquella mañana. Y entonces, comprendió que no se mostraba tan amable por ella. Era por su hija.
Y se alegró.
–¿Te parece bien, Amelie? Estoy seguro de que la señorita Jenna y tú me podéis enseñar muchas cosas sobre la naturaleza. Por ejemplo, sé muy poco de las costumbres domésticas de las babosas –continuó él.
Jenna no supo si estaba bromeando o estaba hablando en serio. Se quedó tan confundida como durante su encuentro matinal, cuando él comentó que los niños no eran los únicos que preferían jugar a trabajar.
En cualquier caso, Amelie seguía agarrada a su mano, lo cual demostraba que estaba lejos de sentirse cómoda en presencia de su padre. Y a ella se le encogió el corazón. Los niños necesitaban sentirse queridos.
–Las babosas no me gustan –dijo la pequeña.
–Pues menos mal que se gustan entre ellas –replicó su padre–. Se gustan tanto que habrá un montón de bebés babosa en primavera.
–Son hermafroditas –intervino Jenna–. Como los caracoles.
Amelie la miró con curiosidad.
–¿Qué significa eso?
–Que son chico y chica al mismo tiempo –respondió su profesora–. Puede que a nosotros nos parezca extraño, pero para ellas es normal.
–A mí no me gustaría eso –dijo Amelie–. ¡No quiero ser un chico!
–Tú estás muy bien como estás. Eres una niña perfecta –declaró su padre–. Y me alegro mucho de que vayas a vivir conmigo.
Jenna se tranquilizó al notar el fondo afectuoso de su voz. Estaba diciendo las cosas correctas, haciendo que su hija se sintiera bienvenida y dejando bien claro que estaba donde debía: en el palazzo, con él.
–¿Cuál es el plan? ¿Dónde vamos a ir? –prosiguió él, con el mismo tono entusiasta.
–Tenía intención de llevarla a la rosaleda, para ver a las abejas mientras liban y explicarle cómo ayudan a las rosas y al resto de las flores –contestó Jenna.
Estaba encantada con el cambio de actitud de Evandro. Por supuesto, sabía que lo hacía por su hija, y también supo que su papel consistía en hacer de puente entre los dos. El paseo por los jardines era una ocasión perfecta para estar juntos, compartir una actividad y acostumbrarse el uno al otro.
Jenna empezó a caminar, y soltó subrepticiamente la mano de Amelie cuando llegaron a la rosaleda. El sol de la tarde era bastante intenso, pero esperaba que no fuera excesivo. La niña llevaba ropa de verano, al igual que ella y, aunque su jefe iba de traje, era de una tela ligera.
–Bueno, vamos a ver si hay alguna abeja –dijo ella.
–Ahí hay una –dijo Evandro, señalando una particularmente grande.
–¡Ah, sí! ¡Mira, Amelie! ¿Ves el polen amarillo que lleva entre las patas? Eso significa que ha pasado por otra flor.
Estuvieron mirando a la abeja durante un rato y, cuando el insecto se fue, Jenna los sacó de la rosaleda. La niña caminaba al lado de su padre, quien le hablaba en tono cariñoso sobre los doscientos años de historia del palazzo y sus jardines.
–Esta semana, encenderemos la fuente que está en mitad del estanque –le prometió–. El agua llega desde un arroyo de las montañas.
Evandro pasó a explicarle el funcionamiento de la fuente y, aunque Jenna no estaba segura de que la niña entendiera algo, pensó que eso no era lo importante. Lo importante era que estaba con su padre, y que le estaba prestando atención.
Los ojos de la niña se clavaron entonces en la alta estatua del centro del estanque. Jenna la admiró un momento y clavó la vista en su jefe, asombrada de lo distinto que era cuando estaba con Amelie. Desde luego, seguía siendo un hombre inmensamente carismático, pero más dulce, más suave, más asequible.
Por suerte para ella, cuyos pensamientos empezaron a tomar un camino peligroso, Evandro rompió la magia del momento al preguntar:
–¿Volvemos a casa?
Jenna asintió y, una vez más, abrió camino. Pero haciendo un esfuerzo por no pensar en el cabello negro, la ronca voz y los anchos hombros de Evandro.
Al llegar a la terraza, se giró hacia Amelie para decirle que subiera a su habitación. Sin embargo, su padre tenía otras ideas.
–Amelie, ¿podrías pedirle a la señora Farrafacci que nos prepare algo de beber? Seguro que tienes sed, y estoy seguro de que la señorita Jenna estará tan sedienta como yo. Aunque, siendo inglesa, quizá prefiera tomar el té –añadió con sorna.
Amelie se fue, y Jenna se sintió súbitamente insegura. Se había quedado a solas con su atractivo jefe.
–Sentémonos –dijo él, ofreciéndole una silla.
Jenna se sentó a la mesa, bajo su amplia sombrilla. Evandro se acomodó enfrente, aunque solo después de aflojarse la corbata, quitarse la chaqueta y dejarla en el respaldo. Su tensión había desaparecido. Ya no era el hombre brusco con el que se había reunido aquella mañana, sino un hombre relajado. Y eso lo hacía más peligroso.
–Bueno, ¿qué le parece? –preguntó él, clavando la vista en la mujer que se había atrevido a darle lecciones de paternidad–. ¿Estoy siendo un buen padre?
Ella asintió.
–Sí. Amelie se ha ido relajando cada vez más mientras paseábamos –respondió ella–. Al principio, estará un poco tímida con usted, pero sé que se abrirá por completo si la sigue animando.
Evandro frunció el ceño. El tono de Jenna era afectuoso, pero había algo extraño en él, algo parecido a una súplica.
¿A qué se debería?
–Espero que no le moleste mi forma de trabajar –continuó ella–. De vez en cuando, me gusta dar clase en el exterior.
Él sacudió una mano, como restándole importancia.
–Si lo que he visto hoy es un ejemplo de lo que hace, me parece muy bien. De momento, no tengo ninguna queja sobre usted.
Evandro se detuvo unos segundos y añadió:
–Siento haber estado tan brusco esta mañana. Compréndalo… esto es nuevo para mí –le confesó–. No he estado lejos de Amelie por gusto, sino por los caprichos de su madre. Y voy a hacer todo lo necesario para que sea feliz y tenga la infancia que merece, el tipo de infancia que usted defiende con tanta elocuencia.
Ella se ruborizó un poco y, súbitamente, él deseó que llevara algo más atractivo que la falda beis y la blusa a juego que había elegido ese día. No se podía decir que le sentaran bien. Parecía empeñada en estropear su imagen.
–Puede que lo dijera de forma demasiado vehemente –se defendió ella–, pero si hubiera visto lo que sufren los hijos de padres divorciados en determinadas circunstancias…
–¿Lo que sufren? –preguntó él, interrumpiéndola.
–Se vuelven invisibles.
Jenna bajó la vista y apretó los puños. Evandro se dio cuenta, y llegó a la conclusión de que sus opiniones sobre la infancia no estaban directamente relacionadas con Amelie.
–¿Lo dice por experiencia?
Los avellanados ojos de Jenna se clavaron en él.
–Sí –contestó.
–Siga –ordenó Evandro–. Cuéntemelo.
Jenna no dijo nada, y él se sintió en la necesidad de disculparse de nuevo.
–Lo siento. No pretendía ser descortés. Es que estoy acostumbrado a dar órdenes. No soy de los que se andan por las ramas… me gusta ir al grano –dijo–. Pero le ruego que me lo cuente. Por el bien de Amelie.
Ella respiró hondo.
–Cuando los padres no quieren a sus hijos, los niños lo notan y adaptan su comportamiento en consecuencia, así que…
Jenna se detuvo, y Evandro pensó que no quería decir nada más. Pero entonces se dio cuenta de que se había callado porque había visto a Amelie, que volvía del interior del palazzo con una criada.
Evandro se sintió frustrado por la interrupción, aunque eso no impidió que invitara a Amelie a sentarse y diera las gracias a la criada, quien dejó una bandeja en la mesa. Había té para Jenna, café solo para él y un zumo de naranja para la niña, además de una jarra de agua helada y un plato de pastas.
Jenna sirvió el zumo a su pupila y lo rebajó con el agua.
–Una bebida sana –comentó él, alcanzando su café.
–La signorina Jenna dice que tomar demasiados refrescos hace que se te caigan los dientes –le informó Amelie mientras se bebía el zumo.
Evandro asintió.
–Eso es cierto –dijo, muy serio–. Conozco un hombre al que se le cayeron todos los dientes en mitad de una gala, mientras daba un discurso. La gente se quedó encantada, porque su discurso era aburridísimo. Desde entonces, lleva una dentadura postiza y, como no le encaja bien, hace un ruido como este.
Evandro castañeteó los dientes, y su hija rompió a reír. Luego, él se giró hacia Jenna como buscando su aprobación, y descubrió que sus mejillas tenían algo más de color, que estaba sonriendo y que su sonrisa mejoraba bastante su espantosa forma de vestir.
Súbitamente, se sintió en la necesidad de arrancarle otra sonrisa, y se preguntó por qué. Jenna Ayrton estaba allí para dar clase a Amelie. Eso era todo.
–Me alegra saber que vas bien con tus estudios y que podrás ir al colegio en otoño –continuó, girándose de nuevo hacia la pequeña–. ¿Has aprendido muchas cosas sobre Italia? A fin de cuentas, es tu nuevo hogar.
–He estudiado un montón de historia y geografía. Ahora sé dónde están las ciudades, los ríos y las montañas.
Amelie le dio una larga lista de nombres, y Evandro asintió de nuevo.
–Bravo –dijo–. Pero ¿sabes en qué ciudad trabajo yo?
–En Turín –contestó sin dudarlo–. En italiano, se llama Torino.
–Esattamente!
Evandro preguntó entonces por las montañas y, a continuación, le dijo que tenía ganas de que llegara el invierno para ir a esquiar y la invitó a acompañarlo la siguiente vez que fuera.
–¿Te gustaría? Podrías esquiar, hacer snowboard o deslizarte con un trineo –añadió él, antes de clavar la vista en Jenna–. ¿Le gustan los deportes de invierno, señorita Ayrton?
Jenna, que no esperaba esa pregunta, se quedó momentáneamente desconcertada.
–No lo sé. Nunca los he practicado –respondió.
–¡Pues ven con nosotros! –intervino la niña, entusiasmada.
Jenna sacudió la cabeza.
–Lo siento, Amelie, pero no estaré aquí cuando llegue el invierno. Volveré a Inglaterra en cuanto empieces con el colegio.
Amelie se puso triste, para horror de su padre. Pero, a pesar de ello, Evandro se recordó lo que había dicho su abogado tras el duro y costoso divorcio: que Amelie no debía crecer con ninguna mujer, porque los hechos demostraban que era demasiado peligroso. Y él tampoco quería pasar otra vez por el mismo trago.
En cualquier caso, la advertencia carecía de importancia en esa situación. Jenna Ayrton no era nada más que la profesora temporal de Amelie y, cuando la niña se fuera al colegio, se olvidaría de ella.
Al igual que él.
Capítulo 4
JENNA se miró en el elegante espejo de su habitación. Para su sorpresa, el signor Rocceforte la había invitado a cenar con él y con su hija, que ahora la miraba con el ceño fruncido. Era obvio que no le gustaba lo que se había puesto: un sencillo y soso vestido de color azul marino, de manga larga.
–¿No tienes vestidos de noche? –preguntó la pequeña.
Jenna sacudió la cabeza.
–No. Y aunque lo tuviera, no me lo pondría –respondió–. Soy tu profesora, Amelie, una empleada de tu padre. No estoy aquí en calidad de invitada.
Jenna miró a Amelie con la expresión más neutral que pudo, porque a ella tampoco le gustaba lo que se había puesto la niña. Su madre la había acostumbrado a vestirse como una muñeca de la alta sociedad, y Amelie había elegido un vestido de cóctel de color fucsia, todo de satén. Era completamente inadecuado para una niña de su edad, pero estaba tan contenta que Jenna no tuvo corazón para decírselo.
Desgraciadamente, su padre no tenía tantos escrúpulos y, en cuanto vio a la niña, sus cejas se juntaron en un inconfundible gesto de condena que auguraba males mayores. Pero Jenna impidió que las cosas fueran a más.
–Amelie se ha puesto un vestido de cóctel porque quería estar guapa para usted –dijo rápidamente.
Evandro apartó la vista de su hija y la clavó en ella.
–A diferencia de su profesora –replicó con sorna.
Jenna no dijo nada.
–Si yo fuera más alta, le habría prestado uno de mis vestidos –intervino la niña.
–Pues menos mal que no lo eres –ironizó su padre.
Olvidado el asunto de la moda, se sentaron a la enorme mesa de caoba, con su fina cristalería y sus cubiertos de plata. Era tan formal como el salón donde estaban, pero la ropa y la actitud distendida de Evandro relajaban el ambiente. Aquella noche, llevaba unos pantalones oscuros y un jersey gris, de cachemir. Pero ni la sencillez de su apariencia disminuía su atractivo ni logró que Jenna fuera menos proclive a admirar a su jefe.
–¿Bebe vino, señorita Ayrton? –dijo él, alcanzando la botella–. ¿O está en contra de tomar alcohol delante de sus alumnas?
Jenna se dio cuenta de que la estaba desafiando, y dijo:
–Si usted no tiene inconveniente, yo tampoco.
Evandro sirvió dos copas, pasó el zumo de naranja a su hija y, a continuación, alzó su vino a modo de brindis.
–Saluti! –dijo, mirando a su hija–. Es lo que decimos en Italia en lugar del santé de los franceses y el cheers de los ingleses. ¿Verdad, señorita Ayrton?
Jenna asintió.
–¡Pues bebamos! –añadió él.
Evandro dio un trago largo y ella, uno más modesto. El vino estaba tan exquisito que Jenna se empezó a relajar, y se dio cuenta de que su inquietud anterior era una mezcla de preocupación por Amelie y de tensión sexual, porque se sentía muy consciente de sí misma cuando estaba con su jefe.
En ese momento, aparecieron dos criadas para servirles la cena. Él les dio las gracias, y Jenna sospechó que las dos jóvenes se sentían tan atraídas por el atractivo y potente Evandro como ella. Incluso era posible que tuviera el mismo efecto en todas las mujeres.
Al darse cuenta de lo que estaba pensando, se recordó que Evandro Rocceforte no era un hombre normal y corriente, sino su jefe. La relación que tenían era de carácter laboral, y no podía ser otra cosa. Aunque eso carecía de importancia, porque los hombres nunca se fijaban en ella, así que no corría ningún peligro.
Sus ojos se clavaron entonces en Amelie, la niña que se había ganado su afecto. Estaba mirando a su padre, y Jenna notó que no estaba totalmente cómoda. A fin de cuentas, seguía siendo un desconocido para ella.
Durante los segundos posteriores, se dedicó a sentir lástima de sí misma. Los problemas de Amelie se parecían demasiado a los suyos, los de una mujer que se sentía rechazada y condenada a la soledad. Pero pensar en esos términos era tan objetable como absurdo. Y, por otra parte, ya se había acostumbrado a que los hombres no le prestaran atención. De hecho, casi resultaba tranquilizador.
–Buon appetito! –dijo él.
La voz profunda del hombre que estaba sentado en la cabecera de la mesa la sacó de su introspección. Jenna probó el primer plato, una tarrina de salmón y marisco con salsa de langosta y guarnición de rúcula y achicoria roja. Le pareció tan refinado que se giró hacia Amelie, temiendo que fuera excesivo para sus gustos, porque nunca comían esas cosas cuando estaban juntas; pero la niña se lo estaba tomando con toda tranquilidad y con los cubiertos correctos.
Al ver que Jenna admiraba los modales de su hija, Evandro comentó:
–Tenga en cuenta que los niños mediterráneos no se acuestan tan pronto como los ingleses, señorita Ayrton. Pasan las noches con sus padres y, a veces, les acompañan a los restaurantes.
–Es verdad. Mamá me llevaba a cenar con sus amigos –intervino Amelie–. Tenía que ponerme mis vestidos más bonitos. Pero, si hablaba demasiado o hacía tonterías con la comida, se enfadaba conmigo.
La declaración de Amelie fue un ejemplo perfecto de lo que pasaba cuando hablaba de su caprichosa y exigente madre: empezaba con entusiasmo y terminaba con tristeza. Era tan triste que a Jenna se le encogió el corazón, y quiso decir algo para animarla. Sin embargo, Evandro se le adelantó.
–Bueno, cualquiera se daría cuenta de que tus modales en la mesa sont par excellence, mignonne –dijo, pasando al idioma natal de Berenice, el francés.
Amelie sonrió de oreja a oreja, y Jenna se alegró por la pequeña, aunque sin dejar de sentirse dolida. No recordaba que su padre le hubiera dedicado nunca un halago como el de Evandro a su hija.
–¿Aprueba mi actitud? –preguntó él, sabiendo que le estaba juzgando.
–Apruebo su aprobación –respondió ella, confundida.
¿Por qué le importaba su opinión? Solo era una profesora. Nada más.
–Me lo tomaré como un cumplido –replicó él, antes de pasar otra vez a su hija–. La señorita Jenna me ha dicho que te gusta la pintura, mignonne. Esta mañana me enseñó unos dibujos tuyos, y me gustaría ver más. Pero ¿sabes que me gustaría de verdad?
–¿Qué? –dijo la niña.
–Que dibujes uno para mí.
La cara de Amelie se iluminó al instante.
–¡Pues claro! Haré uno de mis favoritos… La signorina Jenna me pide que pinte flores y cosas que imagino, pero me gusta dibujar modelos con vestidos elegantes. La moda es muy importante, ¿sabes? Mamá dice que es esencial que estemos toujours à la mode.
Jenna vio que Evandro se ponía tenso, y estuvo a punto de intervenir en la conversación para impedir que dijera algo inadecuado. Pero, a pesar de su disgusto, él se limitó a comentar:
–Sí, la moda es importante en los sitios donde se gustan mucho a sí mismos, como París y Milán. Pero creo que deberías dejar eso para más tarde, para cuando seas mayor.
Aunque el comentario de Evandro no tenía tono de crítica, la niña se quedó muy seria. Al fin y al cabo, iba en contra de todo lo que su madre le había enseñado. Y esta vez, Jenna decidió tomar cartas en el asunto.
–¿Sabes lo que es divertido a tu edad? ¡Disfrazarse! –declaró–. Cuando daba clases en Londres, celebrábamos el día del disfraz, y todos los niños se vestían como uno de los personajes del libro que estuvieran leyendo. ¿De qué te disfrazarías tú, Amelie?
–¡De princesa medieval! –respondió sin dudarlo–. ¡Como la Bella Durmiente! Pero después de despertarse, claro.
–Perfetto! –exclamó él, devolviendo la sonrisa a la pequeña.
Evandro alcanzó su vino, tomó un poco más y volvió a mirar a Jenna con su ya familiar expresión de ironía.
–¿Qué tipo de disfraz me recomendaría a mi, señorita Ayrton? –preguntó–. ¿Alguno especialmente terrible?
Jenna, que estaba empezando a apreciar su sentido del humor, dijo:
–Bueno, puede que un disfraz de ogro sea excesivo. Quizá, el de uno de esos caballeros de los cuentos de hadas que siempre están en liza con otros como él o afrontando aventuras peligrosas –contestó.
Evandro soltó una carcajada.
–¡Vaya! Y yo que esperaba ser un príncipe azul…
–Podría serlo. Pero un príncipe azul sometido a un hechizo maligno.
–¿Sometido a un hechizo maligno? –repitió él, frunciendo el ceño.
Ella no dijo nada. Evandro la estaba mirando con tanta intensidad que se había quedado sin habla.
–Pero los hechizos malignos se pueden romper, ¿no? –prosiguió él.
–Todos los hechizos se pueden romper.
–¿Cómo? –preguntó Evandro, sin apartar la vista de ella.
–¡Con las hadas! –intervino súbitamente la niña–. Las hadas buenas pueden romper todos los hechizos malos, papá.
Evandro apartó la vista de Jenna, que se sintió aliviada al instante.
–¿Y dónde puedo encontrar un hada?
–Las hadas viven en burbujas de plata –le informó Amelie–. Todo lo que tienen es plateado. El pelo, las alas, las varitas mágicas y los vestidos.
Su padre sonrió, y Jenna preguntó a la niña:
–¿Por qué no le dibujas una, Amelie?
–¡Excelente idea! –dijo Evandro, recuperando su sentido del humor–. Y ahora, si ya hemos terminado con el primer plato, pasemos al segundo.
Evandro pulsó un discreto botón de la mesa. Momentos después, las criadas reaparecieron, se llevaron los platos vacíos y les sirvieron un guiso de cordero.
La niña estaba cada vez más cómoda con su padre, quien se interesó por sus conocimientos de historia italiana. Jenna se mantuvo prácticamente al margen, y solo intervino para animar a la pequeña cuando sonaba insegura. Evandro se la había ganado por completo con sus anécdotas históricas, que narraba de un modo calculadamente dramático.
El tema les duró hasta el postre, consistente en una delicadísima tarta helada, que estaba deliciosa. Pero los dos adultos se dieron cuenta de que la niña empezaba a estar cansada, y su padre decidió solventar el problema.
–Piccolina, te estás quedando dormida… –dijo–. Es hora de que te acuestes.
Jenna hizo ademán de levantarse, pero él se lo impidió.
–No, quédese aquí. Loretta o Maria se encargarán de Amelie. Aún no de disfrutado de mi formaggio, y me gustaría tomármelo con un adulto.
Loretta apareció enseguida, y Evandro se despidió de su hija con dulzura.
–Dormi bene, piccolina… Y sueña con los angelitos.
Loretta se llevó a Amelie, y Maria apareció con una enorme tabla de quesos. Cuando la criada se marchó, Evandro volvió a mirar a Jenna con intensidad, y ella se sintió terriblemente incómoda. Cenar con Evandro y su hija era una cosa, pero estar a solas con él era un asunto muy diferente.
–Estoy deseando que me dé su opinión, señorita Ayrton. ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Estoy cumpliendo sus estipulaciones en lo tocante a Amelie?
Una vez más, Jenna no supo si se lo estaba preguntando en serio o si estaba de broma. Evandro era el hombre más enigmático que había conocido en su vida. Pero le había hecho una pregunta, y no tenía más remedio que contestar.
–No sé si mi opinión puede tener alguna validez, pero yo diría que ha tomado el camino correcto para establecer una buena relación con su hija, signor Rocceforte. Su hija está cada vez más relajada, y se relaja aún más cuando le dedica algún cumplido.
–¿Cómo no se los voy a dedicar? Es una niña admirable en todos los sentidos –comentó él mientras ella probaba los quesos–. Bueno, en casi todos. Su forma de vestir es espantosa.
–Sí, ya me he dado cuenta de que el vestuario de Amelie es del todo inadecuado para una niña de su edad. Pero recuerde que ha estado con su madre, y que su hija habrá intentado hacer todo lo posible por ganarse su aprobación, que es la de una mujer obsesionada con la moda. No podemos condenar a Amelie por…
–¿Por los pecados de Berenice? –la interrumpió.
La expresión de Evandro se volvió sombría. Durante unos momentos, Jenna tuvo la sensación de que estaba a miles de kilómetros de distancia. Y, cuando la volvió a mirar, sus ojos estaban más oscuros que nunca.
–Mi exmujer gasta cantidades obscenas de dinero en ropa. Pero ese es el menor de sus pecados –comentó.
Él echó otro trago de vino, y ella supo que estaba haciendo un esfuerzo por mantener el aplomo. Parecía a punto de estallar, de perder el control de sus emociones. Por lo visto, su divorcio había sido verdaderamente amargo.
–Bueno, es obvio que Amelie necesita un vestuario nuevo –continuó él, retomando la conversación anterior–. Ayúdele a elegir la ropa. Yo no sé nada de ropa de niñas.
–Si le parece oportuno…
–Me lo parece –dijo él, tajante–. Y ahora, creo recordar que dejamos una conversación sin terminar. Cuando estábamos en la terraza, me empezó a hablar de los hijos de los divorciados. Continúe, por favor.
Ella no estaba segura de querer retomar el asunto. Pero Evandro estaba esperando una respuesta que, además, podía ser útil para el bienestar de Amelie.
–A veces, los niños se sienten perdidos cuando sus padres se divorcian de mala manera. Se vuelven invisibles, por así decirlo. Y a veces, son ellos mismos los que quieren ser invisibles para…
Jenna no terminó la frase. Se había metido en un terreno demasiado personal, y no quería seguir adelante. Pero Evandro no soltaba a sus presas cuando las tenía acorraladas.
–Supongo que está hablando de su propia experiencia –declaró él, entrecerrando los ojos–. Pero ¿por qué quería ser invisible?
Jenna sacudió la cabeza. De repente, se sentía como si estuviera soñando y aquello no fuera real. Tal vez, por lo avanzado de la noche; tal vez, por la quietud del lugar o, tal vez, porque estaban solos. Y tal vez fue eso lo que la animó a seguir.
–Mi madre se mató en un accidente de tráfico, y yo me fui a vivir con mi padre y con su pareja de entonces. Por desgracia, no me recibieron precisamente con los brazos abiertos. Ni mi madrastra ni sus hijos ni mi propio padre.
–¿Cuántos años tenía?
–Seis. Era mas pequeña que Amelie.
Él guardó silencio.
–Yo me armé de valor, esperando que la situación cambiara un día y mi padre empezara a fijarse en mí, esperando el momento en que dejaría de ser invisible. Pero no llegó. Y, al cabo de un tiempo, decidí que la invisibilidad era mucho más segura.
Evandro frunció el ceño.
–¿Más segura?
–Por supuesto. No desear lo que no se puede tener es mucho más seguro que desearlo. Es mejor ser invisible.
Él asintió lentamente y dijo:
–Y sigue siéndolo, según veo.
Jenna se sintió como si le hubiera pegado un puñetazo, lo cual era absurdo. A fin de cuentas, ella misma se creía invisible. Sabía que podía entrar en cualquier habitación sin que nadie se diera cuenta; y le parecía bien, porque era menos doloroso que su alternativa: que la condenaran por el simple hecho de existir.
Aún se estaba intentando recuperar cuando volvió a oír la voz profunda de Evandro, como emergiendo de un mar insondable.
–Si le preocupa que Amelie pueda acabar en el mismo caso, despreocúpese. Le aseguro que no tiene nada de invisible para mí. Y haré todo lo que esté en mi mano por conseguir que se sienta querida y valorada, como me recomendó usted misma esta mañana –afirmó–. No hay nada que la pueda apartar de mí, señorita Ayrton. Nada.
Evandro lo dijo con tanta vehemencia y determinación que Jenna tendría que haberse sentido aliviada. Aparentemente, sus temores sobre el futuro de Amelie carecían de fundamento. Pero, por alguna razón, su tono le causó un escalofrío.
Y justo entonces, su humor volvió a cambiar.
–Bueno, basta de cosas serias. ¿Sabe si a mi hija le gusta nadar? Se lo pregunto porque usted lo sabrá mejor que yo. Como empieza a hacer calor, he pensado que podría disfrutar de la piscina… Y ya puestos, ¿qué otras cosas le gustan?
Encantada de pasar a asuntos más fáciles, Jenna respondió a todas sus preguntas hasta que una de las criadas apareció para informarles de que Amelie se había acostado y de que quería que la signorina le diera las buenas noches.
Jenna aprovechó su petición como excusa para marcharse y, cuando se despidió de su jefe, él respondió con otra de sus miradas enigmáticas.
Amelie se quedó dormida poco después, y ella volvió a su habitación, donde se preguntó por qué diablos le había hablado de su infancia. Nunca hablaba de esas cosas y, mucho menos, con hombres como él.
Con un hombre cuyas palabras seguían sonando en su oídos.
Con el hombre que se había atrevido a decirle que seguía siendo invisible.
Y lo era para él, claro. Evandro Rocceforte tenía poder, riqueza y atractivo. Indudablemente, estaba acostumbrado a recibir los favores de las mujeres más bellas y seductoras del mundo, es decir, de mujeres que básicamente eran su antítesis.
¿Qué podía ser para él, sino invisible?
Sin embargo, esa pregunta no era tan relevante como la que se formuló a continuación: ¿qué quería ser para él?
Al pensarlo, se acordó del largo y sensual baño de la noche anterior, cuando se dejó llevar por la fantasía de unos ojos oscuros que admiraban su desnudez.
Nerviosa, expulsó las imágenes de su cabeza. No le quería desear. Era un sentimiento inapropiado y, sobre todo, inútil, porque no tenía ninguna posibilidad de despertar el deseo de un hombre excepcional.
Evandro se sirvió un coñac, se recostó en el sillón y entrecerró los ojos, que clavó en el lugar donde Jenna había estado sentada.
Creía ser invisible.
Todo lo contrario que Berenice, tan llamativa y vanidosa como un pavo real, una narcisista compulsiva que exigía que todo el mundo la deseara, cediera a sus caprichos y cayera bajo su malevolente hechizo. Bajo el hechizo que había destrozado todo lo que había tenido él de príncipe azul.
Alcanzó su copa, estiró sus largas piernas y se puso a pensar en la conversación sobre los personajes de los cuentos. Amelie había dicho algo interesante cuando él comentó que los hechizos se podían romper: que los rompían las hadas buenas.
¿Pero existían las hadas?
Durante los minutos siguientes, se dedicó a disfrutar del coñac entre reflexiones sobre mitos, leyendas, cuentos y folclore. Y entonces, se acordó de otro comentario, el que había hecho él a la profesora de Amelie cuando se la encontró plantada en mitad de la carretera: que parecía un duende de los bosques.
Al recordarlo, frunció el ceño. Se había jugado la vida por salvar a un desconocido, pero no le había importado. Y tampoco había dudado en enfrentarse a él para decirle lo que debía hacer con su hija.
Pero ahora conocía el motivo. Ahora sabía por qué se había mostrado tan vehemente al respecto. Se lo había confesado ella misma al hablarle de su infancia.
Jenna Ayrton se sentía invisible.
Y era normal que se sintiera así.
No había nada en ella que llamara la atención, ni un solo detalle externo que pudiera despertar su interés.
Calzado sin tacón y vestidos sosos que no hacían nada por realzar su figura. Una cara bonita, pero sin el énfasis del maquillaje. Y, para empeorar las cosas, una melena de pelo castaño normal y corriente que, encima, se recogía con moños.
Cualquiera se habría dado cuenta de que hacía todo lo posible por pasar desapercibida. No es que se sintiera invisible; es que quería serlo.
Volvió a alcanzar la copa, echó otro trago y, mientras lo saboreaba, pensó que había algo muy atractivo bajo su apariencia gris. Estaba en su forma de hablar y en su forma de responder. Estaba en sus claros ojos de color avellana.
Había algo que…
¿Qué?
Evandro dejó la pregunta en el aire, sin contestar.
Capítulo 5
EVANDRO fue fiel a su palabra. Todos los días, sacaba tiempo de donde fuera para estar con Amelie.
Y lo hacía en cualquier momento, aunque tuviera que interrumpir una lección para llevarse a la niña a la piscina, al cine del pueblo más cercano, al campo o a alguna tienda de juguetes, que se iban acumulando en su habitación. Un día, aparecieron con una bicicleta de color rosa y, por supuesto, Amelie se apresuró a subirse en ella para lanzarse como un rayo por la terraza y los jardines, encantada.
A Jenna no le hacía ninguna gracia que interrumpieran sus lecciones, pero se alegraba por la niña. Cada vez se llevaba mejor con su padre, y él con ella. De hecho, Evandro se esforzaba tanto que, a veces, se emocionaba al verlo.
Sin embargo, su emoción tenía dos elementos desconcertantes.
El primero era la envidia, por indigno que le pareciera. Envidiaba a Amelie cuando se iba con su padre, cuando jugaba a perseguirlo y cuando él la abrazaba. Pero el segundo era peor, por inesperado y porque no lo podía explicar.
Además, era la primera vez que se sentía así.
Siempre había estado cómoda con la soledad. Y ahora, de repente, no la soportaba. Habría dado cualquier cosa por estar en el lugar de Amelie.
Por supuesto, Jenna sabía que no tenía derecho. Amelie era su pupila; Evandro, su jefe y el precioso palazzo, una residencia temporal. Pero, a pesar de recordárselo constantemente, y de intentar mantenerse ocupada con largos paseos por el bosque y un sinfín de brazadas en la piscina, la soledad había dejado de ser su amiga.
Ya no le gustaba.
Era una sensación tan extraña como perturbadora. Cuando Evandro y Amelie se marchaban, no hacía otra cosa que echarles de menos y preguntarse qué estarían haciendo. Y, por si eso fuera poco, solo era feliz cuando Evandro las invitaba a cenar con él.
Cuanto más tiempo pasaba, más extrañaba esos momentos. Cuanto más tiempo pasaba, más cómoda se sentía con él. Le encantaba su carácter franco, su ironía y su sentido del humor, que podía aparecer en cualquier instante.
Desde luego, Jenna no dejaba de repetirse que un hombre tan rico, poderoso y cosmopolita como Evandro Rocceforte no podía estar muy interesado en una mujer como ella. Pero cabía la posibilidad de que estuviera equivocada, porque cada vez que Amelie se retiraba a su habitación, él se quedaba con ella, rellenaba sus vasos de vino, estiraba las piernas y entablaba una conversación que nunca tenía nada que ver con su hija.
Y hablaban de todo, desde política hasta arte, pasando por literatura.
–Hable sin miedo, señorita Ayrton –le solía decir–. Quiero conocer su opinión, porque sé que tiene una y que será incisiva. Por muy tranquilo que sea su tono, siempre destripa las cosas. Y no espero menos de usted.
Jenna se quedó sorprendida con sus propias reacciones. Evandro era un hombre tan formidable que la intimidaba, pero hablar con él era una experiencia embriagadora, algo a lo que no estaba acostumbrada.
Su profunda voz y sus intensos ojos oscuros la hechizaban de tal manera que no podía hacer otra cosa que dejarse llevar. Evandro quería respuestas francas, sin reticencias de ninguna clase y, poco a poco, ella había empezado a ser consciente de que no quería ser reticente con él. El hecho de que quisiera conocer sus opiniones y, más aún, de que quisiera escucharla, era tan perturbador como estimulante.
Los días pasaron y, aunque Jenna ya no necesitaba hacer de puente entre Amelie y su padre, Evandro la invitó varias veces a comer, a cenar, a pasear por el bosque y, al final, a poner en funcionamiento la fuente del jardín. Y, sin darse cuenta, se sorprendió deseando algo que contradecía todo lo que había sido hasta entonces, todo lo que le resultaba familiar, cómodo, seguro.
Por primera vez en su vida, deseó lo que nunca había deseado.
Ya no quería ser invisible.
No con Evandro Rocceforte.
–Piccola, la signora Farrafacci dice que te va a enseñar a hacer galletas esta tarde –anunció Evandro durante la comida–. Y mientras tú te diviertes en la cocina, la señorita Ayrton y yo daremos un paseo por el bosque.
Jenna abrió la boca para protestar, pero él se lo impidió.
–No, no permitiré que se retire a sus habitaciones. Necesito ejercicio y una buena conversación, algo que solo puedo tener con usted.
Evandro fue sincero, aunque no sabía por qué le interesaba tanto aquella mujer. Vestía mal, estaba decidida a estropear su imagen y carecía de atractivo sexual, pero ardía en deseos de pasar más tiempo con ella. Fuera cual fuera el motivo, no podía negar que disfrutaba de su compañía. Y, por supuesto, la buscaba.
Además, estaba encantado con su cambio de actitud. Al principio, Jenna hacía lo posible por encerrarse en sí misma; pero, con el paso del tiempo, y a base de presionarla, se había ido abriendo a él. Cada vez estaba más relajada. Cada vez sonreía con más facilidad. Se sentía cómoda.
Y no todo el mundo se sentía cómodo con él. Berenice le había dejado una huella profunda, un poso de amargura que había destrozado al príncipe azul de su juventud, potenciando su brusquedad, su impaciencia, su autoritarismo y su cinismo. Pero, cuando estaba con Jenna, se sentía distinto, como si ya no pesara esa losa sobre sus hombros.
Evandro no sabía por qué. Solo sabía que era verdad. Quizá fuera porque se había atrevido a plantarle cara en su obsesión por defender a Amelie y evitarle el dolor de sufrir una infancia como la suya. O quizá fuera porque parecía entender instintivamente su irónico sentido del humor, al que respondía con frases tan limpias como directas que siempre le arrancaban una sonrisa de satisfacción.
Pero lo que más le gustaba era su franqueza. Todas sus respuestas eran sinceras. Cuando decía algo, lo decía de verdad. No intentaba edulcorar sus opiniones para que encajaran con las de él. Se limitaba a decir lo que pensaba y aceptar sus diferencias con aplomo.
Definitivamente, Jenna no se parecía a ninguna de las mujeres con las que había estado. Defendía sus posiciones con firmeza, pero también con una tranquilidad tan avasalladora que, a veces, le dejaba sin palabras. Decía lo que sentía, lo que consideraba correcto, sin añadir artificios de ninguna clase.
Jenna se mostraba tal como era.
A diferencia de Berenice.
Al acordarse de ella, Evandro frunció el ceño. ¿Sería esa la verdadera razón de que la encontrara tan atractiva?
Incómodo, se intentó convencer de que solo le interesaba porque era la profesora de Amelie, la niña que ahora estaba a salvo de las malignas maquinaciones de su madre. Además, su estancia en el palazzo era temporal. Cuando terminara el verano, volvería a su país. Y él dejaría de dar vueltas a su extraña relación.
Pero ahora estaba con ella, caminando a buen paso por la empinada y boscosa pendiente de la colina, y no pudo resistirse a la tentación de girarse hacia la antítesis de Berenice, que iba unos pasos por detrás.
–Cuando era más joven, salía a correr por los senderos de esta zona. Y cuando era niño, tenía una casa en un árbol –le confesó–. De hecho, he pensado que podría reconstruirla para Amelie. ¿Cree que le gustaría?
–Por supuesto que sí. A ella y a cualquier niño.
–¿A usted también le habría gustado? –preguntó, mirándola de nuevo.
–Sí –contestó ella.
Evandro no se quedó satisfecho con su contestación, así que se detuvo y dijo:
–¿Eso es todo lo que va a decir? Sabe perfectamente que los monosílabos nunca me dejan contento.
Ella apartó la mirada.
–Sí, me habría gustado tener un sitio como ese, un sitio para esconderme. Mis hermanastros odiaban que estuviera en su casa, y yo hacía lo posible por no cruzarme en su camino –declaró Jenna–. Pero no lo tenía, de modo que me ocultaba tras la caseta del jardín, entre ortigas y zarzas. A veces, me quedaba allí durante horas, temiendo que me encontraran y me atormentaran de nuevo, una de sus grandes diversiones.
Evandro apretó los dientes al oír la triste historia de Jenna. No era extraño que se hubiera preocupado tanto por Amelie, a quien deseaba ahorrar un destino parecido. Pero Amelie estaba a salvo ahora, y su profesora seguía sometida a sus viejos fantasmas, que la perseguían y le impedían disfrutar de la vida.
Evandro reorganizó rápidamente sus pensamientos y, sin darse cuenta, de forma completamente inesperada, tomó una decisión y la volvió a mirar.
El sol jugueteaba con su cabello castaño, algunos de cuyos mechones se habían escapado del estricto moño y caían sobre sus mejillas, ruborizadas por la caminata. Sus ojos de color avellana parecían verdes bajo las frondosas ramas de los árboles, y sus pequeños pechos subían y bajaban por el esfuerzo realizado.
Una vez más, se acordó de lo que le había dicho durante su primer encuentro, que parecía un duende de los bosques.
Y en cierto modo, lo era.
Un duende que podía desaparecer en cualquier momento.
Un duende que podía hacerse invisible.
Tan invisible como su insensible padre le había empujado a ser. Tan invisible como ella misma creía.
Sí, Evandro había tomado una decisión.
No quería que fuera invisible. Nunca más.
No con él.
Capítulo 6
EVANDRO apoyó el codo en la ventanilla abierta de su elegante y gris sedán, un vehículo bastante más cómodo que el deportivo en el que había llegado a la propiedad. Estaba esperando a que sus dos pasajeras salieran del palazzo, ansioso por disfrutar del día que tenían por delante.
En principio, solo se trataba de comprar ropa nueva a Amelie, porque su vestuario era bastante inadecuado. Sin embargo, Evandro tenía un objetivo más, algo que pretendía conseguir ese mismo día.
Al pensarlo, sus ojos brillaron con satisfacción. Y justo entonces, Jenna y la niña salieron del palazzo.
Amelie, que llevaba un top rosa con lentejuelas y una falda amarilla abullonada, corrió hacia él. Evandro salió del coche, le abrió la portezuela posterior y le hizo una reverencia deliberadamente exagerada, limitando la crítica a la estética de la niña a la afirmación de que estaba tan deslumbrante que tendría que ponerse las gafas de sol.
Amelie se sentó detrás, y él le puso el cinturón de seguridad y se giró hacia Jenna.
Aquella mañana, su aspecto no era tan gris como de costumbre; quizá, porque iban a pasar el día fuera del palazzo. Se había puesto un vestido de color azul claro que le quedaba muy bien, y cuyo estrecho cinturón enfatizaba su también estrecha cintura y la discreta curva de sus senos, aunque Evandro sospechó que no era consciente de ello.
Sin embargo, lo que más le extrañó fueron sus ojos, que brillaban de una forma especial. ¿Sería por la perspectiva de pasar el día en otra parte?
Fuera cual fuera el motivo, se alegró.
Un segundo después, cerró la portezuela trasera y abrió la del copiloto, porque no iba a permitir que Jenna se sentara detrás, con la niña.
–La quiero aquí, a mi lado –dijo, señalando el asiento del copiloto–, para poder contarle cosas sobre los sitios por donde pasemos. Lleva demasiado tiempo encerrada, así que combinaremos las compras y el turismo. Ya es hora de que vea un poco de mundo.
Jenna acató sus deseos, se sentó delante y declaró, en una objeción de lo más previsible:
–No es necesario que me lleve a hacer turismo.
Naturalmente, Evandro no hizo ni caso.
–Ya que estamos, iremos a ver una villa romana. Es un yacimiento arqueológico notable, y estoy seguro de que será una visita suficientemente educativa para Amelie. Así no perderá un día de estudios. Y ahora… avanti!
Evandro arrancó y tomó el mismo camino donde se había producido el derrumbe el día en que se conocieron. Por supuesto, Jenna se acordó del suceso. Y él también, como le demostró a continuación.
–Aún no le he dado las gracias por lo que hizo, señorita Ayrton. Se arriesgó por mí, y solo consiguió que le gritara, pero me salvó la vida.
El tono de Evandro se había vuelto súbitamente sombrío, y no era de extrañar. Si él hubiera muerto, Amelie habría regresado con Berenice y habría llevado una vida tan poco sana como la de su madre, lo cual la habría convertido en una persona tan egoísta y narcisista como ella o en un ser profundamente dañado.
–En fin, aunque llegue un poco tarde, gracias –añadió.
Jenna lo miró a los ojos, provocando un momento tan intenso como mágico, que solo duró una fracción de segundo. Pero, a pesar de su brevedad, aún seguía en la mente de Evandro cuando clavó la vista en la estrecha carretera.
–¡Pasta por pranzo! –dijo Evandro.
Estaban sentados en la terraza de una trattoria, en la plaza mayor del pueblo medieval donde se habían detenido a comer.
Hasta entonces, el día había sido maravilloso. Primero habían ido al yacimiento arqueológico, donde admiraron los mosaicos mientras Evandro les explicaba el funcionamiento del hipocausto, es decir, el sistema de calefacción que usaban los romanos. Luego, volvieron al coche y, mientras avanzaban entre viñedos y cipreses, él les dio explicaciones sobre todo tipo de cosas, desde la producción vinícola de la zona hasta su historia y geografía.
Jenna no supo si Amelie se acordaría de algo; pero, fuera como fuera, formaba parte de su curva de aprendizaje, lo cual hizo que se acordara de su infancia en el colegio.
En cuanto a ella, no podía negar que estaba encantada de ampliar sus conocimientos sobre la zona, que no había visitado antes, aunque lo estaba aún más por el simple hecho de que Evandro la hubiera invitado a pasar el día con ellos. Y desde luego, no dejaba de pensar en su inesperado agradecimiento y en la intensa y breve mirada que se habían cruzado un instante después.
El padre y la hija se pusieron a hablar entonces sobre lo que iba a comer la segunda, inclinándose sobre el menú. Jenna los miró y se preguntó a quién habría salido la pequeña, porque su cabello no podía ser más diferente: Evandro lo tenía prácticamente negro y Amelie, intensamente rubio. Pero eso carecía de importancia. Habían establecido una relación magnífica, disipando todos sus temores iniciales.
Amelie no sería una solitaria como ella. Amelie tendría un lugar en el mundo.
Al pensarlo, el corazón se le encogió. Le habría gustado que las cosas fueran distintas, pero no se engañaba a sí misma. Por muy bien que se llevara con su jefe, por mucho que quisiera a su pupila y por mucho que se alegrara de su afectuosa relación, ella era una persona ajena a su familia, una simple observadora.
Cuando acabara el verano, se marcharía. Y probablemente, no los volvería a ver.
Deprimida, alcanzó el otro menú e intentó concentrarse en los platos.
Sí, su estancia en Italia era temporal; tan temporal como su estancia en el palazzo y sus días con Evandro Rocceforte y su hija. Pero, de momento, estaba con ellos, y nada impedía que lo disfrutara.
–Bueno, ¿vamos a ir de compras? ¿O no? –preguntó Amelie cuando volvieron al coche.
Después de comer, habían ido a ver la iglesia del pueblo, un edificio histórico con murales del quattrocento. Amelie se había divertido; sobre todo, cuando dejaron que encendiera una vela a la Virgen y el niño Jesús. Pero estaba más interesada en la prometida expedición a las tiendas de la zona.
–¡Por supuesto que sí! –respondió su padre.
Evandro arrancó y, tras salir del pintoresco pueblo, se dirigió a la localidad más grande de la región, que tenía un barrio lleno de tiendas y una enorme galería comercial, frente a la que aparcaron.
Al llegar a la sección de niños, Amelie se fue directa hacia la ropa.
–Bueno, me tengo que ir –dijo Evandro a Jenna–. Cómprele todo lo que necesite y, por favor, asegúrese de que incluya alternativas más aceptables que su colección de ropa actual. Volveré dentro de una hora y lo pagaré todo.
Evandro se fue, y la hora siguiente se pasó en un suspiro, con Amelie dudando sobre lo que le gustaba y Jenna, aconsejándola con tanta dulzura como firmeza.
Ya tenían una cantidad suficiente de ropa aceptable cuando Evandro reapareció.
–Mucho mejor –dijo al ver los sencillos vestidos de verano.
Evandro los pagó con una tarjeta de crédito típica de ricos y, a continuación, se alejó con Amelie y le dijo algo en voz baja, que Jenna no pudo escuchar. Amelie asintió con entusiasmo, y sus ojos se iluminaron.
–Ahora le toca a usted –anunció Evandro, mirando a Jenna.
Ella frunció el ceño.
–¿A qué se refiere?
–Amelie quiere que tenga un vestido nuevo –le informó–. En agradecimiento a sus lecciones de matemáticas.
La niña la agarró súbitamente de la mano.
–Bueno, no es por las lecciones de matemáticas. Mi papá está bromeando, porque sabe que las matemáticas no me gustan nada. Pero es verdad que quiero darte las gracias. Me gustaría hacerte un regalo… si lo quieres, claro –añadió con inseguridad.
Al oírla, Jenna supo que estaba perdida.
–Por supuesto que lo quiero –dijo con calidez–. Me encantaría tener un regalo tuyo. Sobre todo, si es un vestido nuevo.
Sencillamente, Jenna no podía rechazar su ofrecimiento. Aunque Evandro hubiera manipulado a la niña para conseguirlo. Pero ¿por qué lo había hecho? ¿Era un simple gesto de caballerosidad? ¿O algo más retorcido, como impedir que le vieran en compañía de una mujer cuyos gustos estéticos no estaban a la altura de él?
En cualquier caso, Evandro se había salido con la suya, así que no tuvo más remedio que dejarse llevar a la sección de mujeres, donde supuso que él volvería a desaparecer. Pero, en lugar de marcharse, se sentó en uno de los sillones de cuero del establecimiento y alcanzó una de las revistas deportivas que estaban a disposición de los desgraciados hombres que se veían obligados a esperar.
Luego, Amelie la arrastró arriba y abajo en busca de su regalo, y no se detuvo hasta encontrar lo que quería.
–Mira, estos vestidos son como los míos, pero de tu talla –dijo la pequeña.
En ese momento, apareció una de las dependientas y se sumó a Amelie con entusiasmo.
Jenna se rindió, derrotada.
Evandro apagó su ordenador, tras haber terminado el trabajo del día satisfactoriamente. El equipo de dirección estaba contento; los accionistas estaban contentos y sus clientes estaban contentos. Hasta él lo estaba.
Desconcertado, se preguntó por qué. No era una emoción a la que estuviera acostumbrado. Hacía mucho tiempo que no era tan feliz.
Al final, se levantó del sillón y optó por dejar de hacerse preguntas y limitarse a disfrutar. Al fin y al cabo, eran las cuatro en punto de la tarde, hora de tomar el té. Y esta vez, iba a ser una ocasión muy especial, porque estaría presente la señorita Jenna Ayrton, quien iba a llevar el vestido que le había comprado.
La había manipulado descaradamente, y no se arrepentía.
Había tomado la decisión de destruir su invisibilidad, de impedir que siguiera sometida a los fantasmas de su infancia. No quería que siguiera por ese camino, escondiéndose del mundo, encerrada en sí misma, sintiéndose un fracaso.
Y ahora, estaba a punto de ver el resultado de su pequeña confabulación. Amelie había recibido instrucciones estrictas por la mañana, unas instrucciones que había recibido con alegría. Solo tenía que salir a su encuentro.
Acababa de cerrar la puerta de la biblioteca cuando Amelie y Jenna bajaron al vestíbulo por la ancha escalera de mármol. La niña estaba preciosa con su vestido nuevo y la diadema que le recogía el pelo, a juego con la florida prenda. Pero, por muy bonita que estuviera, eso no le gustó tanto como lo que hizo a continuación: dedicarle una sonrisa enorme, soltar la mano de Jenna y correr hacia él.
El corazón se le encogió al instante. Lo había conseguido. Su hija estaba a salvo, y él se encargaría de que siempre lo estuviera. La niña que Berenice había utilizado como arma, la que había alejado de él para hacerle daño, ya no era una desconocida. Y, aunque no estuviera seguro de tener lo necesario para ser un buen padre, aunque tuviera que luchar todos los días por ganarse su confianza, no se rendiría jamás.
Su profesora tenía razón. Los niños necesitaban sentirse queridos.
Mientras abrazaba a Amelie, que aumentó su emoción por el procedimiento de pasarle los brazos alrededor del cuello, Evandro se giró hacia Jenna.
Por Dio!
Había dejado de ser invisible.
Volvía a ser un duende de los bosques. O, más bien, una ninfa.
El verde vestido, de estilo años cincuenta, enfatizaba maravillosamente su esbelta figura con su falda acampanada y su escote con forma de corazón, dejando desnudos sus brazos y acentuando la estrechez de su cintura.
Por primera vez, llevaba el pelo suelto, aunque recogido hacia atrás con un pañuelo de seda verde. Y hasta se había puesto maquillaje: rímel, sombra de ojos y brillo de labios, en cantidad suficiente para llamar la atención de cualquier hombre y conseguir que la quisieran mirar y admirar.
–Bueno, ¿qué te parece? ¿Estamos guapas, papá? –preguntó su hija.
–¡Estáis preciosas! ¡Las dos!
Evandro volvió a mirar a Jenna, sabiendo que se ruborizaría. Y se ruborizó.
–Por fin se ha liberado, señorita Ayrton. Ha dejado de ser invisible –dijo él, que alcanzó su mano y la besó–. No se oculte más.
Evandro mantuvo el contacto visual mientras hablaba y, de repente, tuvo la impresión de que algo había cambiado en su interior, algo que ni siquiera sabía que pudiera cambiar.
En su cabeza, resonó la advertencia de su abogado. Pero se la quitó de encima, negándose a que contaminara la extraña, cálida y maravillosa sensación que lo dominaba en ese momento, para su asombro.
Fuera lo que fuera, Jenna aún no había apartado la mano, así que Evandro se la puso en un brazo, hizo lo mismo con la niña y sonrió, satisfecho.
–Menuda suerte la mía. Llevo a una bella donna en cada brazo –dijo con humor–. Un momento perfecto para tomar el té.
Jenna no había podido negarse a la petición de Amelie, quien se había empeñado en que se pusiera el vestido nuevo y se maquillara. Una vez más, había sido incapaz de decepcionar a la pequeña, quien estaba encantada de ponerse guapa para bajar a tomar el té y, sobre todo, de que su profesora hiciera lo mismo.
Atrapada, se puso el vestido, se dejó el pelo suelto y, tras tomar prestado uno de los muchos pañuelos que tenía Amelie, se lo recogió y se empezó a maquillar con ayuda de la niña. No usó demasiado maquillaje. Solo el justo.
El justo para que sus ojos parecieran más grandes; sus pestañas más largas y sus ojos, más brillantes.
Y, para su sorpresa, descubrió dos cosas: que llevar el pelo suelto acentuaba sus pómulos y los delicados contornos de su mandíbula y que el precioso vestido de estilo años cincuenta enfatizaba su figura, dándole más curvas de las que creía tener.
Al mirarse en el espejo, se quedó atónita. ¡Qué distinta estaba! Y desde luego, se sentía incomparablemente mejor que el día en que se puso uno de sus aburridos vestidos para cenar con Amelie y su padre por primera vez.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se había maquillado, dejado el pelo suelto y puesto una prenda más o menos bonita? No pudo recordarlo, aunque supuso que habría sido en la universidad, para ir a alguna de las fiestas de los estudiantes de primero. Pero no habría tenido éxito, porque nadie se fijaba en las chicas aburridas que solo vivían para sus estudios y que ni siquiera llamaban la atención de sus propios padres.
Desde entonces, no se había arreglado nunca. A fin de cuentas, era profesora, y lo único que esperaban de ella era que tuviera un aspecto más o menos pulcro y que mantuviera el orden en clases abarrotadas de niños de familias y barrios pobres. Un mundo radicalmente distinto al magnífico y elegante palazzo italiano. Un mundo que estaba a años luz de los hombres como Evandro Rocceforte.
Mientras caminaban hacia la rosaleda, donde habían instalado sillas, una mesa de hierro forjado y una sombrilla para protegerles del sol, Jenna se estremeció. Su mano seguía en el brazo de Evandro, el príncipe azul que la había besado a la antigua usanza y que la había mirado como si la encontrara inmensamente deseable.
Pero, si él era un príncipe azul, ¿qué era ella?
Evidentemente, la Cenicienta. Una Cenicienta que siempre se había escondido, que se parapetaba detrás de su trabajo, que intentaba ser invisible.
–No se oculte más –había dicho él.
Y la voz de Evandro seguía sonando en sus oídos, con su tono profundo e intenso. Y, por primera vez en su vida, se atrevió a desear lo que no había deseado nunca.
Dejar de ser invisible para siempre.
Por lo menos, en lo tocante a Evandro Rocceforte.
Capítulo 7
MENUDA sorpresa! –declaró el ama de llaves.
Evandro la llevó por la rosaleda e invitó a sentarse a la encantada mujer, que estaba resplandeciente con su falda de color azul cielo, su chaqueta y su blusa de cuello con encajes.
–Ya que la signora Farrafacci nos ha preparado una comilona, me ha parecido oportuno que la disfrute con nosotros –dijo Evandro a Jenna.
–Bueno, reconozco que la tarta Victoria se me da bastante bien –replicó la mujer mientras se sentaba.
Loretta y Maria aparecieron con dos bandejas y añadieron su contenido a lo que ya estaba en la mesa.
Era un té típicamente inglés, con vajilla de porcelana, pequeños sándwiches de pepino, huevo cocido y salmón ahumado y varios tipos de postres, tan resplandecientes como su creadora y a cual más apetecible: la tarta Victoria, con sus capas de mermelada de frambuesa, un montón de pasteles de distintos colores y un refinado pastel de Saint Honoré, hecho de pasta choux e hilo de azúcar.
Más que un té, parecía una fiesta. Y, por si no estuviera suficientemente claro, Evandro alcanzó la botella que estaba en la cubeta de hielo, la descorchó con la facilidad de un experto y dijo:
–Ninguna fiesta estaría completa sin una botella de champán.
Evandro lo dijo completamente en serio. El champán era ideal para la ocasión, que había creado y orquestado de forma perfecta. Y de momento, no podía estar de mejor humor. Todo estaba saliendo según lo planeado.
Sus ojos se clavaron en Jenna, revelándole otra vez la transformación que también había provocado él. El triste y angustiado fantasma de su infancia había desaparecido. Ahora, era una mujer libre.
Pero, a pesar de ello, no creyó que su transformación se debiera a un simple vestido, un poco de maquillaje y una forma más atractiva de llevar el pelo. Había algo más, mucho más. Una luz nueva en sus ojos, una actitud resplandeciente y una sonrisa en sus labios.
Y era cosa de ella, no de él.
Jenna había decidido que ya no era invisible. Eso era lo que marcaba la diferencia. Eso era lo que tanto le gustaba.
Sin embargo, Evandro se recordó que no la había manipulado para que ella le gustara más, sino para que ella se gustara. Y, mientras se lo recordaba, llenó la copa de la signora Farrafacci, hizo lo propio con la de Jenna y sirvió un chorrito de champán con zumo de naranja en la de Amelie antes de servirse a sí mismo.
–¡Esta es la única bebida civilizada que tiene burbujas, mignonne! –informó a su hija–. Y no se alarme, señorita Ayrton… En los países mediterráneos, los niños no se limitan a cenar con sus padres en restaurantes. También prueban el vino desde pequeños, aunque huelga decir que en cantidades pequeñas. ¿Y bien, Amelie? ¿Qué te parece?
La niña echó un traguito y arrugó la nariz.
–¡Hace cosquillas! Pero sabe muy bien.
–Pues yo lo prefiero sin naranja –intervino la signora Farrafacci, alzando su copa hacia Evandro Rocceforte.
Jenna y Amelie hicieron lo mismo.
–Saluti! –exclamó él, chocando su copa con la de la niña–. Y ahora, ¡que empiece la fiesta!
Una vez más, miró a la mujer a la que había rescatado de la invisibilidad. Por fin, después de tantos años, podía ocupar su lugar en el mundo.
No volvería a negarse el placer de vivir.
El ama de llaves hizo los honores y sirvió el té, aunque Amelie lo rechazó porque prefería su champán con naranja.
Evandro sonrió entonces y se recostó en su silla.
–Qué excepcionalmente agradable es todo esto –dijo–. Deberíamos hacerlo más a menudo… o mejor aún, durante todo el verano. ¡Y deberíamos vestirnos de tiros largos, como se suele decir! Por cierto, ¿qué es vestirse de tiros largos?
Jenna soltó una carcajada.
–No tengo ni idea –admitió–, pero secundo la moción.
–Y yo la apoyo –intervino la signora Farrafacci.
Al final, acordaron que lo harían más a menudo y, a medida que Jenna iba bebiendo champán, se fue sintiendo como si las burbujas circularan por sus venas, aumentando su relajación y haciéndola tan feliz que sonreía constantemente.
Además, Evandro lideraba el ambiente de alegría, que el ama de llaves reforzaba con su jovialidad y Amelie realimentaba con sus risitas. Y, al cabo de un rato, Jenna se sorprendió pensando que aquello era la quintaesencia de la felicidad. De hecho, no se había sentido tan feliz en toda su vida.
En determinado momento, sus ojos se volvieron a clavar en el hombre que estaba sentado enfrente de ella, bromeando con su hija y alabando al ama de llaves por la excelencia de su tarta Victoria. Su fuerte y poderoso cuerpo estaba completamente relajado en la silla de hierro, y el cuello abierto de su impoluta camisa blanca competía en calidez con la temperatura de la tarde, enfatizando aún más su masculino atractivo.
Aquel era el hombre que había cambiado su vida, el que había conseguido sacarla de su encierro y que dejara de ocultarse. El único hombre del mundo para el que ya no era invisible.
No, definitivamente, no podía ser más feliz.
Se sentía como el burbujeante y efervescente champán de su copa.
–¡No puedo comer ni un bocado! ¡Y no exagero! –anunció la signora Farrafacci, levantándose–. Será mejor que me vaya, porque esta noche voy a casa de mi hijo.
Evandro intentó levantarse para despedirse de ella, pero el ama de llaves sacudió la cabeza.
–No, no, por favor, no se levante –dijo–. Gracias por la fiesta vespertina, y por pedir una cena fría para que me pueda marchar.
El ama de llaves alcanzó el plato con los restos de su magnífica tarta Victoria, y Evandro pidió a Amelie que la ayudara a llevar las cosas a la cocina. Por supuesto, Jenna intentó sumarse a ellas, pero él se lo impidió.
–No, quédese un rato. Aún queda champán en la botella… ¡Ah, Amelie! Si te vas a poner a jugar, cámbiate antes de ropa. O juega a algo que no te arruine el vestido.
Amelie asintió y se fue alegremente con el ama de llaves.
–Bueno –dijo entonces Evandro, mirando a Jenna–. ¿Ha disfrutado de nuestra pequeña fiesta?
Ella sonrió.
–¿Que si he disfrutado? ¡Ha sido un éxito!
Él soltó una carcajada.
–Como su vestido nuevo –dijo, mirándola de arriba abajo–. No sabe lo bien que le queda.
Jenna parpadeó, y Evandro notó que sus ojos de color avellana parecían verdes, como reflejando el color del vestido.
–Gracias –replicó en voz baja.
Evandro supo que su agradecimiento era sincero y, una vez más, tomó su mano, se la llevó a los labios y la besó. Le pareció que era un gesto medido, y mucho menos problemático de lo que le apetecía de verdad. Además, no le había hecho ese regalo para su propio disfrute, sino por el bien de ella.
–Yo también tengo que darle las gracias –dijo, incómodo con lo que deseaba hacer–. Los vestidos que le compró a Amelie son incomparablemente más bonitos que los que le compró su madre.
Los ojos de Jenna se iluminaron.
–Sí, y estaba encantada. Se nota que quiere complacerle.
Evandro frunció el ceño, y su voz sonó súbitamente brusca.
–No necesito que me complazca. Si esa es la impresión que tienen ella y usted, es obvio que he fracasado en mi intento de ser un buen padre.
–¡No ha fracasado! –protestó Jenna con vehemencia–. Es un padre maravilloso. Absolutamente maravilloso.
Jenna lo miró con intensidad, y él supo que estaba buscando las palabras adecuadas.
–Es normal que un niño quiera complacer a sus padres –continuó ella–, y también lo es que usted quiera complacer a su hija. Está completamente justificado. Solo es peligroso cuando es unilateral… entonces, puede ser de lo más dañino.
–También es dañino entre adultos –observó Evandro–. Hay pocas cosas peores que intentar ganarse el amor de una persona incapaz de amar y caer bajo su hechizo.
–Porque hay hechizos malignos –dijo, citando las palabras que había pronunciado durante su primera cena.
Evandro no quiso decir quién le había hechizado de esa manera. No era necesario, porque Jenna ya lo sabía. Además, había sufrido lo suficiente como para saber lo que pasaba cuando el amor no era recíproco, cuando una de las dos partes carecía de la más primordial de las emociones. Y eso era tan válido en cuestión de amantes como en cuestión de padres.
–Bueno, no malgastemos el champán con recuerdos terribles. Mi exmujer es cosa del pasado, al igual que su padre, y no tienen más poder sobre nosotros que el que nosotros les queramos dar –dijo–. Venga, brinde conmigo.
Ella aceptó el brindis, y él pensó que la había mentido. Berenice no era cosa del pasado. Aún podía envenenarlo todo.
Pero no quería pensar en eso. No en ese momento.
La volvió a mirar y se volvió a sorprender con su asombrosa transformación, intentando convencerse de que mirarla no era ningún pecado.
La tarde ya estaba muy avanzada, y el calor empezaba a ser más tolerable. Desde el palazzo, les llegaba la voz de Amelie, que estaba hablando de moda con sus muñecas. Evandro sonrió con resignación y dijo:
–Como siga así, acabará de diseñadora.
Jenna también sonrió.
–Bueno, no sé qué querrá ser de mayor, pero sospecho que no tendrá nada que ver con las matemáticas.
Evandro soltó una carcajada.
–¿Por qué estudió idiomas? –preguntó con curiosidad.
Ella se encogió de hombros.
–Porque se me daban bien. Pero, sobre todo, porque era una forma de ampliar mis horizontes con vidas distintas a la mía.
–¿Una vía de escape?
Ella asintió.
–Sí, aunque luego me empezó a gustar la enseñanza. Me daba la oportunidad de ayudar a los niños con sus habilidades, es decir, de darles la ayuda que yo no tuve –dijo–. ¿Y usted? ¿No tuvo más opción que hacerse cargo de Rocceforte Industriale?
–Lo hice de buena gana. Tal vez, porque lo llevo en la sangre. Pero reconozco que también lo hice por mi padre –contestó, antes de beber un poco más–. Y no, no fue por ganarme su afecto, porque ya lo tenía. Fue por la misma razón por la que…
Evandro se detuvo un momento. La sombra de su exmujer seguía siendo alargada. Pero luego pensó que quizá se sentiría mejor si se lo confesaba. A fin de cuentas, Jenna había sufrido una experiencia parecida, y sabría entenderlo.
–Por la misma razón por la que me casé con Berenice –prosiguió–. Yo lo estaba deseando, y sabía que mi padre también estaba encantado con esa boda. Como se suele decir, el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
Evandro se bebió el resto de su champán y se levantó, maldiciendo para sus adentros a Berenice y maldiciéndose a sí mismo por haber estado tan ciego.
Sin embargo, no estaba dispuesto a permitir que sus lóbregos pensamientos estropearan un día tan especial, de modo que ofreció una mano a Jenna y dijo:
–Si ya ha terminado el champán, venga conmigo. Daremos un paseo, aunque solo sea para bajar la comida.
Evandro volvía a estar de buen humor.
Y se llevó a Jenna a los jardines, alejándose del recuerdo de su exmujer.
Jenna estaba en la terraza. El sol se acercaba lentamente al horizonte, y su luz dorada bañaba los jardines.
Evandro y ella habían estado un par de horas en la sala de juegos de Amelie. Primero, viendo una de sus películas favoritas y más tarde, divirtiéndose con la niña con uno de sus juegos de ordenador, aunque las dos cosas tenían más o menos el mismo argumento: historias de princesas medievales, expediciones heroicas y animales mitológicos.
Había sido tan divertido como agradable.
Después, Maria se había llevado a Amelie para bañarla, y Evandro se había ido a la biblioteca a comprobar el correo electrónico, momento en el cual apareció Loretta. Al ver que se disponía a servirles una cena fría, consistente en ensaladas y antipasti, Jenna la ayudó a poner la mesa en el salón y, acto seguido, le dio las buenas noches.
Y ahora estaba disfrutando de las vistas, dominada aún por la sensación de felicidad que había tenido toda la tarde.
Al cabo de unos instantes, oyó los pasos de Evandro, y sus ojos se iluminaron al instante. No lo pudo evitar. Hasta se preguntó si él estaría tan contento como ella. Pero había oscurecido tanto que no veía bien su cara.
Evandro se detuvo junto a la mesa, alcanzó los cócteles que le habían preparado y caminó hacia Jenna, sin apartar la vista de sus ojos.
–Espero que le guste –dijo, pasándole un martini dry–. Tras el champán de esta tarde, le refrescará el paladar.
Ella lo probó. Era fresco, ácido y, con toda seguridad, más potente de lo que habría sido sensato, teniendo en cuenta que ya se había tomado dos copas de champán. Sin embargo, era un día especial, y optó por dejar la cautela y la sensatez para otro momento.
–¿Y bien? –preguntó él, arqueando una ceja.
–Está buenísimo.
Él asintió, satisfecho.
–Brindemos por la puesta de sol –dijo, mirándola aún–. Y por cosas más importantes que una puesta de sol.
Jenna no estuvo segura de lo que había querido decir y, para empeorar las cosas, seguía sin poder distinguir su expresión. Pero notó algo distinto en su tono de voz, algo que le causó un escalofrío de placer, como el beso que le había dado en la mano cuando bajó por la escalera del palazzo con su vestido nuevo.
Durante los minutos siguientes, se dedicaron a disfrutar de sus cócteles y de la gloriosa puesta de sol. El cielo se oscureció enseguida, y las cigarras empezaron a cantar a su alrededor. Fue extrañamente romántico.
La mente de Jenna se llenó de pensamientos contradictorios, que acalló rápidamente. Tampoco era el momento más adecuado para hacerse preguntas o ponerse a especular. Solo lo era para estar así, tranquilamente, juntos.
Sin embargo, Amelie rompió el hechizo por el procedimiento de aparecer repentinamente en el salón con unas zapatillas y una bata. Jenna sonrió y le ofreció una mano. La niña corrió hacia ella y se aferró a su profesora.
–Estamos esperando a la primera estrella, carina –dijo su padre–. ¿Tú puedes ver alguna?
Amelie alzó la vista.
–¡Sí! ¡Allí, papá! ¡Mira!
La niña señaló un minúsculo y casi invisible punto en el firmamento.
–¡Es verdad! –exclamó Jenna.
–Qué lista eres –dijo él.
Evandro se giró hacia Jenna y le dedicó otra sonrisa, aún más íntima que las anteriores, una sonrisa que se le quedó grabada, dejándole un poso de felicidad.
De felicidad, ni más ni menos.
Tan sencillo y tan precioso como eso.
Una sensación que no había tenido en toda su vida.
¿Y por qué no iba a ser feliz? Había sido un día perfecto, y ahora disfrutaban del cielo nocturno con Amelie entre los dos, como si fueran una familia. Como si la niña fuera hija suya y Evandro, su esposo.
Al darse cuenta de lo que estaba pensando, se ruborizó y soltó la mano de Amelie como si le quemara.
¿Cómo era posible que tuviera esos pensamientos? ¿Cómo se atrevía a desear tal cosa?
Jenna dio un beso a la dormida niña antes de salir de su habitación y dirigirse a la escalera. Los empleados ya se habían retirado, y el palazzo estaba en silencio.
Sin hacer ruido, entró en el comedor y miró a Evandro, que estaba sentado con las piernas extendidas y una copa vacía en la mano. Pero Evandro debió de notar su presencia, porque se giró al instante.
–La luna acaba de salir –dijo, levantándose–. Vamos a verla.
Aunque Jenna ya se había acostumbrado a sus modales bruscos, notó algo distinto en su voz. Y empezaban a ser demasiadas coincidencias, porque también se había comportado de forma distinta durante la cena.
No había hecho nada fuera de lugar. Había sido agradablemente informal y, desde luego, había estado encantador con Amelie; pero Jenna se había dado cuenta de que no dejaba de mirarla. ¿Estaría pensando en lo cambiada que estaba? ¿En el éxito de plan para que dejara de ser invisible?
Fuera cual fuera el motivo, la dejó tan confundida que, cuando salieron a mirar las estrellas, hizo todo lo posible por no mirarlo a los ojos. Sin embargo, eso no impidió que notara sus miradas, de las que era dolorosamente consciente.
Y ahora, mientras le seguía a la oscura terraza, se preguntó si no habría cometido un error al volver a bajar. Habría sido mejor que le diera las buenas noches antes de acostar a la niña y retirarse a sus habitaciones. Habría sido mejor que mantuviera las distancias hasta la mañana siguiente, para enfrentarse a él con su ropa de trabajo, el pelo recogido y ningún asomo de maquillaje.
Se estaba arriesgando mucho. En primer lugar, porque empezaba a sentir cosas que no debía sentir y, en segundo, porque también era consciente de lo que había sido ese día: un regalo maravilloso de Evandro Rocceforte. Uno que no olvidaría nunca, y por el que siempre le estaría agradecida.
Además, sus fantasías eran irracionales, el deseo de una mujer que nunca había tenido una familia de verdad ni conocido el amor. El anhelo de una mujer que se había visto obligada a vivir en soledad y que había terminado por abrazar esa soledad, porque era todo lo que conocía, todo lo que podía esperar.
Y, por supuesto, no podía esperar que los Rocceforte la acogieran en su seno.
No tenía ningún derecho sobre Amelie.
Ni sobre Evandro. Por muchas miradas subrepticias que ella misma le lanzara, por muy intenso que fuera el efecto de su atractivo físico.
Eso carecía de importancia. Solo era la profesora de Amelie y, aunque su padre la tratara con amabilidad y respeto, eso no significaba que compartiera lo que sentía. No significaba nada en absoluto.
Por desgracia, su insistente negativa a hacerse ilusiones fracasaba todo el tiempo. Quisiera o no, deseaba algo más. Deseaba que Evandro no la hubiera convertido en una mujer atractiva y deseable por hacerle un favor, sino para hacerla suya.
Porque la había cambiado de verdad. Ya no quería ser invisible. Ya no se quería esconder. No de él. Y tampoco quería que ese día terminara.
Evandro se detuvo en la terraza y se giró hacia ella. El aire olía a flores, y la canción de las cigarras amenizaba el ambiente. A Jenna se le hizo un nudo en la garganta, y su nerviosismo aumentó cuando él le ofreció una mano y se quedó esperando a que ella la aceptara, cosa que hizo. La oscuridad de la noche difuminaba sus duros rasgos, y el aroma de su loción de afeitar competía con el de las rosas del jardín.
Entonces, súbitamente, Evandro le acarició el pelo.
–Llévelo siempre suelto. Es precioso, y comete un crimen cuando lo esconde tras las horquillas –declaró.
La caricia fue casi imperceptible, pero Jenna se estremeció de todos modos. No se podía mover. No podía mover ni un músculo. Solo podía mirarlo con los ojos muy abiertos, empapándose de él, reducido todo al deseo de estar allí, a su lado, con aquel hombre, con el único hombre del mundo que tenía la habilidad de hacerle sentir esas cosas.
Una vez más, intentó recordarse que solo era la profesora de Amelie, pero no pudo. ¿Como podía pensar en esa situación, tan cerca de él, sintiendo la cascada de su propio cabello en la espalda, el suave roce del vestido en sus muslos, el fresco aire de la noche en los hombros y el delicado contacto de su sostén contra sus senos?
No había sido tan consciente de su propio cuerpo en toda su vida. Hasta podía sentir los latidos de su corazón.
Excitada, entreabrió los labios y clavó la vista en sus ojos.
–Oh, Jenna –dijo él, casi en tono de advertencia–. Jenna, no…
La voz se le quebró, y su actitud cambió de repente, como si estuviera haciendo un esfuerzo por romper el hechizo. Pero Jenna no lo podía permitir y, sin darse cuenta de lo que hacía, pronunció su nombre en voz baja.
–Evandro…
Su expresión volvió a cambiar. Se volvió menos tensa, se suavizó. Y, durante un momento, Jenna tuvo la sensación de que el tiempo se había detenido. Evandro estaba completamente inmóvil, como atrapado.
El momento duró una eternidad y, cuando terminó, él bajó la cabeza y la besó con dulzura, muy despacio.
Jenna se dejó llevar, rindiéndose a los sensuales movimientos de sus labios. Él le puso una mano en la cintura y la apretó contra su cuerpo, provocando que ella alzara las suyas y las pusiera en la ancha pared de su pecho, encantada de poder sentirlo.
Poco a poco, el beso se volvió más apasionado e, instintivamente, Jenna se lo devolvió. Estaba cada vez más entregada, y el contacto de Evandro, que no dejó de acariciarle en ningún momento, aumentaban su excitación. Había cruzado una línea imaginaria, y todos sus deseos se concentraban en él.
El mundo había dejado de existir. Lo único que había sobrevivido eran sus manos, sus brazos, su boca.
Hasta que él se apartó.
Desconcertada, ella abrió los ojos. Su corazón se había desbocado, y casi no podía respirar.
–Acuéstate –dijo Evandro, tuteándola por primera vez–. Acuéstate. No ha pasado nada.
Ella no se movió. No podía. El tono de voz de Evandro era tan duro y frío como las baldosas de piedra de la terraza.
–No ha pasado nada. Esto no ha ocurrido –insistió él.
Jenna cerró los puños y se clavó las uñas en las palmas.
–Ha sido cosa mía. Mía, no tuya. Cúlpame a mí, a la luna y a las estrellas. Piensa que estoy borracho y tírame lo que quieras, lo que te dé la gana, pero márchate –continuó.
Jenna no derramó una sola lágrima. No hizo ni el menor ruido. Se limitó a darse la vuelta y marcharse, invisible otra vez.
Capítulo 8
EVANDRO pisó el acelerador, ardiendo en deseos de volver a Turín, de llegar a su despacho tan deprisa como el vehículo permitiera.
En determinado momento, se miró en el retrovisor y vio que estaba rígido, como si llevara una máscara de hierro. ¿Cómo podía haber sido tan imprudente? ¿Cómo podía haber besado a Jenna?
Había hecho exactamente lo que intentaba evitar desde el principio. Se había vuelto a poner en peligro. Aunque, a decir verdad, nunca había creído que una mujer como ella pudiera ser un peligro. Ni siquiera le llamaba la atención.
Por lo menos, al principio. Porque era evidente que poco a poco, día a día y de un modo tan lento como implacable, había despertado su interés.
Ya no se contentaba con pasear con Jenna y compartir risas y carcajadas. Se había esforzado por conseguir que saliera de su encierro, que dejara de protegerse con un manto de invisibilidad. Y ahora descubría que ese manto no la protegía solo a ella, sino también a él.
Era de lo más irónico. Se había convencido a sí mismo de que la estaba ayudando por su bien, sin querer nada a cambio, sin más deseo que el de salvarla de sus fantasmas. Le había demostrado lo bella que podía ser. Y al demostrárselo, se había condenado a sí mismo, había provocado su propia caída.
No, no tendría que haber permitido que volviera después de acostar a Amelie. No tendría que haber cometido la locura de llevarla a la terraza y dejar que lo mirara a los ojos bajo la luz de la luna. Tendría que haberse resistido. Pero ¿cómo? Estaba prendado de ella desde que la vio en la escalera con su vestido nuevo, libre al fin de sus ataduras. Estaba en peligro desde entonces, desde ese preciso momento.
Y, sin embargo, había hecho todo lo posible por no reconocerlo. Se había comportado como el mejor de los anfitriones y había disfrutado de su compañía como de costumbre, como si no pasara nada. Pero bajo esa apariencia de normalidad fluía un río de pasión que le había empujado a mirarla constantemente, a llenarse de ella, a tomar nota de todos los detalles de su cuerpo.
Era un duende del bosque, buscando las estrellas y la luna con sus preciosos ojos, buscándole a él.
Y la besó.
Y perdió la razón.
Y olvidó sus temores.
Y despreció el peligro hasta que la tuvo entre sus brazos, apretada contra su cuerpo. Hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y, tras apartarse de ella, le habló con dureza y la obligó a marcharse.
Cuando Jenna se fue, se quedó a solas en la terraza, maldiciendo la luna, las estrellas y, sobre todo, a sí mismo.
Maldiciendo el cruel hechizo de Berenice, cuyas cadenas estaba lejos de romper.
–¡Papá se ha ido! –dijo Amelie, incapaz de concentrarse en sus estudios–. Ha vuelto a Turín.
–Tenía trabajo, Amelie. No puede estar aquí todo el tiempo –replicó Jenna, haciendo un esfuerzo por mantener el aplomo.
Estaba profundamente deprimida, y enfadada con su propia estupidez. Se había dejado llevar. Le había besado con toda su pasión. Y él la había rechazado.
Pero era lo más sensato, y ella también tenía que rechazarle. Por el bien de los dos. Tenía que seguir adelante y comportarse como si fuera verdad que no había pasado nada, sin más huella que un recuerdo doloroso.
Pero ¿cómo? ¿Cómo podía olvidarlo? ¿Cómo podía olvidar que había estado entre sus brazos? ¿Cómo podía olvidar los besos, lo que había sentido, lo que tanto ansiaba? ¿Cómo podía olvidar las caricias del hombre del que se había enamorado?
Al darse cuenta de lo que estaba pensando, se quedó helada. No, podía estar enamorada de él. No debía.
Era una locura, un imposible.
Pero tan real como el sol.
Desesperada, se giró hacia la ventana de la habitación. No quería que Amelie le viera la cara, porque habría notado su desmayo. Se había enamorado de Evandro Rocceforte. Se había enamorado sin remedio de un hombre que la había rechazado.
¿Qué podía hacer?
Solo una cosa.
Asumirlo, sacar fuerzas de flaqueza y volver a ser la persona que había sido. Retirarse a su refugio, encerrarse en el único sitio donde podía estar a salvo: en su familiar y discreta invisibilidad.
Evandro estaba de pie, junto a la chimenea del salón dorado, que solo abría cuando tenía invitados.
Y ahora los tenía.
Las diez o doce personas que habían llegado de Turín hablaban en voz alta y bebían champán con música de fondo. Los balcones del palazzo estaban abiertos y la terraza, tan iluminada como un escenario. Algunas parejas habían salido al exterior, y bailaban al ritmo de la música, que se oía en toda la propiedad.
–¡Tesoro! ¡Caro mío! No te quedes ahí como un gran seigneur de la antigüedad. ¡Ven a bailar conmigo! –exclamó una mujer, cuyo estrecho vestido enfatizaba sus sensuales curvas.
Era una vieja conocida de Evandro. Se conocían muy bien; por lo menos, en términos de intimidad física. Pero, por muchas veces que hubieran estado juntos, Evandro pensó que la profundidad de las relaciones no estaba tan vinculada con el tiempo como con la armonía entre dos personas. Y a veces, se alcanzaba en un instante.
Rápidamente, borró esa idea de su pensamiento. Solo servía para reforzar la emoción contra la que estaba luchando, la emoción que le había llevado a llenar el palacio de gente que no le gustaba para marcar una distancia definitiva entre ella y él.
Para proteger a Jenna y protegerse a sí mismo.
Esa también era la razón de que se hubiera marchado a Turín. Necesitaba protección, la clase de protección que solo podía darle la mujer que le estaba invitando a bailar, Bianca Ingrani. Y solo se la podía dar ella porque ya no la deseaba.
Ahora deseaba a otra.
Sus ojos buscaron al objeto de su deseo. Estaba en un sillón, en el fondo de la sala, con las piernas juntas y las manos sobre el regazo. Vigilaba a Amelie, que estaba entusiasmada con la fiesta y bailaba de un lado otro, ganándose aplausos de algunos invitados.
Al ver a su hija, Evandro frunció el ceño. Llevaba otro de los vestidos que le había comprado Berenice, y se preguntó quién había permitido que se lo pusiera.
La respuesta era obvia: la mujer del sillón, la única persona del lugar que permanecía inmóvil, como ajena a todo.
Volvía a ser invisible.
Pero ¿quién se lo podía recriminar?
–¿Quién demonios es esa? –dijo Bianca en ese momento–. Ah, una especie de niñera… Comprendo.
Él no dijo nada.
–Tu hija es adorable, Evandro –continuó ella, hablando con voz acaramelada–. Será mejor que vaya a hablar con ella y me presente. Por si acaso, ya sabes. Por si me convierto en su madrastra.
Bianca se acercó a Amelie y le habló, pero sin apartar la vista de Jenna. Evandro se dio la vuelta, incapaz de mirar. Y entonces, oyó un grito que le obligó a girarse.
–¡Maldita patosa! ¡Mi vestido! ¡Me has tirado la copa encima con tus estúpidos bailes!
Era Bianca, cuyo vestido de seda estaba empapado de champán. Por lo visto, se lo había tirado Amelie, quien rompió a llorar instantes después. Y Evandro ya se disponía a acercarse a ella cuando Jenna se le adelantó.
–Es hora de que te acuestes, preciosa –dijo–. Te has puesto a llorar porque estás agotada.
Jenna se giró entonces hacia Bianca y añadió, tensa:
–Lo siento mucho. Ha sido culpa mía, por no vigilarla mejor. Espero que su vestido se pueda limpiar.
Jenna se llevó a la niña, sin mirar ni una sola vez a su padre.
Como si no soportara mirarlo.
Jenna miró el techo de su habitación. Era de madrugada, y aún podía oír las conversaciones, las risas y la atronadora música que atravesaba suelos y paredes y resonaba en su cabeza, aumentando su desesperación. La desesperación de volver a ver al hombre del que se había enamorado estúpidamente.
Evandro había llegado por la tarde, en su coche. Tras él, iba todo un desfile de sedanes y limusinas de los que bajaron invitados que parecían aves del paraíso, con su ropa de diseñadores, sus gafas de diseñadores y su glamour. Reían y hablaban sin preocupación alguna, como loros ruidosos. Y, en cuanto llegaron, entraron en tromba en el palazzo y lo tomaron por completo.
Jenna ya no sabía quién era Evandro, el seigneur, el millonario. ¿Había algo en él además de lo evidente, ser miembro de una élite de la que ella no formaba parte? Y, si lo había, ¿cómo se podía comparar ella con la impresionante belleza con la que estaba en ese momento? Sobre todo, porque volvía a ser invisible, como había demostrado él mismo al no hacerle ni caso mientras vigilaba a Amelie.
Pero, por muy impresionante que fuera aquella mujer, había entristecido terriblemente a Amelie con sus duras palabras. La niña había estado llorando todo el tiempo, y ella había tenido que oír sus angustiados hipidos mientras la desvestía para ponerle un pijama y acostarla.
–Una vez, tiré el vino a mi mamá. Era tinto, y le manchó el vestido… y se enfadó mucho conmigo, como esa señora –dijo entre sollozos–. ¡Odio a esa mujer! ¡No me gusta nada!
Jenna la abrazó.
–No le gusta a nadie, preciosa. Es horrible.
Jenna la llevó a la cama, y la niña se tumbó.
–Pues a papá le gusta.
Jenna no dijo nada. Le echó el pelo hacia atrás, la tapó con la sábana y bajó la intensidad de la luz de la mesilla hasta dejarla en poco más que un destello leve. Luego, esperó a que se durmiera y se fue a su suite, recordando aún las palabras de Amelie.
«Pues a papá le gusta».
Y las oyó en su mente una y otra vez, combinadas con una palabra de su propia cosecha, que también se repetía una y otra vez.
«Estúpida».
¿Qué otra cosa había sido, sino una estúpida? Nunca había significado nada para nadie. Nunca, en ningún momento.
Y menos aún, para el hombre al que amaba.
Evandro abrió la ventana de su dormitorio, y los sonidos de la noche silenciaron la infernal música de la fiesta. Lo único que se oía era el incesante murmullo de las cigarras, el coro eterno de la noche mediterránea. Y la luna era la misma que iluminaba la terraza y los jardines la noche anterior, cuando tomó a Jenna entre sus brazos y la besó, aunque ahora estaba en fase menguante.
Había cometido un error al besarla y, por mucho que deseara besarla de nuevo, no podía repetirlo. Era demasiado peligroso, como ya le había advertido su abogado.
Al cabo de unos momentos, cerró la ventana y se dijo que solo podía hacer una cosa: acostarse con Bianca, quien lo estaba deseando. En teoría, pasar la noche con su antigua amante era lo único que podía borrar el recuerdo de Jenna.
Pero la idea le daba asco, porque Bianca no era la mujer que deseaba.
Deprimido, se tumbó en su solitaria cama y se quedó mirando el techo, consciente de que no podía dormir.
Deseaba algo que no podía tener.
Y ese deseo era superior a sus fuerzas.
Jenna soportó la situación durante dos largos y casi interminables días. Las puertas se abrían y se cerraban, y las voces de los invitados lo llenaban todo. Aparecían coches, se iban y llegaban otros. Había música dentro y fuera del palazzo y, entre canción y canción, se oía el traqueteo de los tacones de aguja en los suelos de mármol.
Los empleados trabajaban a destajo, llevando y sirviendo comida, vino y champán. Y en mitad del ruido, cortante como una cimitarra, se oía la voz profunda del hombre del que se había enamorado.
Desde luego, Jenna intentó hacer caso omiso y concentrarse en sus ocupaciones, que esencialmente consistían en impedir que Amelie se distrajera. A fin de cuentas, era su pupila, la única razón de que ella estuviera allí.
Y no debía olvidarlo. Nunca más.
¿Cómo era posible que se hubiera creído capaz de seducir a un hombre como Evandro Rocceforte, que podía estar con mujeres tan bellas y sensuales como Bianca Ingrani? Aunque, por otra parte, estaba segura de que no tenía intención alguna de casarse con ella y, mucho menos, después de lo cruel que había sido con Amelie.
Eso era lo único que la reconfortaba. Tras el incidente con Bianca, Amelie rehuía a los invitados constantemente, ahorrándole a Jenna el mal trago de tener que ver a Evandro con su escultural amante.
Pero, por desgracia, los veía en su atormentada imaginación.
Y siempre los veía juntos.
Evandro se sintió aliviado cuando el último de los vehículos desapareció en el camino de grava. Por fin se habían ido. Y se habían llevado a Bianca, dejándole a solas con la decisión que había tomado.
Había organizado la fiesta sin más propósito que el de olvidar a la mujer que ocupaba sus pensamientos, la única a la que no debía desear. Pero, lejos de concederle el olvido, su plan había tenido el efecto contrario.
No dejaba de recordar la imagen de Jenna en el sillón, sentada como un fantasma, tan lejos de él como si estuviera en otro mundo.
Y no la podía perder. Se negaba a perderla.
Su maldito matrimonio le había destrozado la vida, pero no iba a permitir que Berenice se saliera con la suya. Había encontrado la felicidad, y no iba a renunciar a ella por las amenazas de su exmujer. Pagaría el precio que fuera, por muy alto que fuera.
Resuelto, volvió al interior del palazzo.
Mientras subía por la escalera, tuvo la sensación de que el diablo se estaba riendo de él. Pero no tenía miedo de los diablos. Ni le importaban sus carcajadas.
Capítulo 9
AMELIE, aún te queda una página de sumas. Tienes que hacerlas, porque no desaparecerán.
La voz de Jenna sonó tan suave como firme. Al igual que la niña, era consciente de que los invitados se habían ido. Habían oído los coches y, por supuesto, también habían sentido el silencio posterior a su marcha.
–¿No puedo ir a ver a mi papá? La gente ya se ha marchado.
–Cuando esté preparado, vendrá a verte o te pedirá que bajes –replicó Jenna.
Su alumna suspiró, derrotada. Pero instantes después, oyeron pasos en el pasillo exterior. Los rápidos y fuertes pasos de Evandro.
–¡Papá! –exclamó la pequeña, entusiasmada.
Jenna apenas tuvo un segundo para prepararse y sacar fuerzas de flaqueza.
Cuando Evandro entró, Amelie corrió hacía su padre. Él la abrazó, le dio unas vueltas en el aire y la dejó en el suelo.
–Es hora de que te des un chapuzón –dijo él–. Anda, ve a por tus cosas.
Amelie no necesitaba que insistiera, y se fue inmediatamente.
Entonces, Evandro cruzó la habitación a grandes zancadas, se detuvo delante de Jenna y, tras mirarla con intensidad, le puso una mano en la cara y la besó.
–¿Quién quiere un helado? –preguntó Evandro en la piscina.
–¡Yo! ¡Yo!
Amelie salió del agua y corrió hacia su padre, quien sostenía los tres helados de cucurucho que acababa de salir del frigorífico. La niña alcanzó el que le ofrecía y se sentó en una tumbona a comérselo.
–Bueno ya solo quedan los nuestros –dijo Evandro, quien se acomodó junto a Jenna y le pasó su helado.
Ella lo aceptó, consciente de que sus ojos brillaban como si el sol estuviera dentro de su cuerpo. Habían estado brillando desde que Evandro apareció de repente y la besó con pasión.
¿Lo había soñado? ¿O había ocurrido de verdad?
¿Era posible que hubiera pasado de la tristeza más profunda a la felicidad más radiante en cuestión de segundos?
Sí, lo era. No había sido un sueño.
Le había dado el mejor beso de toda su vida. Y, cuando rompieron el contacto, él le acarició la mejilla, la miró con dulzura y le pidió disculpas por lo que había hecho.
Fue una disculpa breve, un sencillo «perdóname», pero no hizo falta que dijera nada más. El resto de la disculpa estaba en el calor de sus manos, en la sonrisa de sus labios y en los ojos que la miraban con tanto deseo como ahora.
Jenna no pedía nada más. Tenía todo lo que quería, y su felicidad era tan intensa que ocupaba hasta el último poro y la última célula de su ser. Lo tenía, y no iba a dudar ni a examinar esa sensación.
Se limitaba a aceptarla. Con todo su corazón.
Evandro estaba apoyado en el viejo castaño que estaba en la linde del bosque, por encima de los jardines del palazzo. La tarde había sido de lo más calurosa, y habían decidido salir de palacio y tomar un picnic a la sombra de los árboles, donde se estaba más fresco. A poca distancia, Amelie estaba jugando con sus muñecas, a las que había ofrecido su propio picnic con hojas que hacían las veces de platos y bellotas que hacían las veces de tazas.
Por supuesto, a Evandro le encantó que su hija se pusiera a jugar, porque así podía concentrarse en Jenna.
–Está encantada –dijo ella en ese momento, mirando a la niña.
Él sonrió y la acarició.
–Tan encantada como yo. No podría ser más feliz.
La afirmación de Evandro era sincera. Había encontrado la felicidad que nunca había tenido, y la había encontrado gracias a una mujer muy especial, su duende de los bosques, como la había llamado aquella vez.
Al recordar su primer encuentro, volvió a sonreír. ¿Quién le habría dicho que el camino iniciado entonces le llevaría a esa situación? Quién le habría dicho que acabaría en un verano de amor, tan perfecto que nada podía amenazarlo.
Al cabo de unos instantes, oyeron un rumor brusco y lejano, procedente del valle que el sol achicharraba.
Amelie levantó la cabeza y preguntó, preocupada:
–¿Qué es eso, papá?
–Un trueno. Va a haber tormenta.
Evandro escudriñó el cielo en busca de las nubes que se estaban formando, aunque no hacía falta. El ambiente empezaba a estar cargado de electricidad.
–¿Estás seguro de que es una tormenta? –preguntó Jenna.
Amelie se levantó.
–No me gustan las tormentas –dijo la niña.
Jenna también se incorporó.
–Será mejor que nos marchemos, Evandro. Un bosque no es un lugar seguro en esas circunstancias.
Jenna se puso a recoger las cosas del picnic, y él se puso en pie.
–Puede que pase de largo –alegó–. Puede que no llegue aquí.
Sus palabras no sirvieron de nada, porque Amelie se alejó con sus muñecas mientras Jenna la seguía con los cojines y la manta sobre la que habían comido, dejándole a él la cesta del picnic. El cielo estaba cada vez más oscuro, y el sol había desaparecido entre las nubes.
Evandro las siguió a toda prisa, encantado con la súbita oscuridad. Quizá no fuera tan intensa como la de la noche, pero sabía que, cuando llegara, Jenna y él darían rienda suelta a su deseo.
Estaban tumbados en la cama, abrazados el uno al otro. La noche había llegado, y los besos de Evandro aumentaban poco a poco la excitación de Jenna, que no podía ser más feliz. Al fin y al cabo, acababan de empezar.
Poco después, él introdujo una mano entre sus muslos y la empezó a acariciar. Luego, sin dejar lo que estaba haciendo, llevó la otra a los senos de Jenna y se dio tal festín con sus pezones que ella empezó a soltar pequeños gemidos y suspiros de placer. Era verdaderamente exquisito, y Jenna no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos y dejarse llevar por la experta atención de su boca y sus dedos.
Evandro la estaba preparando para él, y la consciencia de lo que le esperaba le arrancó un gemido más. Para entonces, había arqueado la espalda y llevado sus manos al pelo de Evandro, quien seguía lamiendo sus excitados pechos.
El placer no dejaba de aumentar, y Jenna separó las piernas sin darse cuenta de lo que hacía, como si su cuerpo hubiera tomado el control de la situación y se estuviera ofreciendo a su amante.
Entonces, Evandro se apartó de sus senos, besó de nuevo sus labios y, a continuación, se puso sobre ella y la penetró con un movimiento tan fluido que no se dio cuenta de lo que había pasado hasta que lo sintió dentro. Evandro había tomado el control, y estaba haciendo todo lo posible para que aquel momento fuera tan mágico como debía ser, tan maravilloso como la unión de dos personas.
Tras unos instantes de quietud, que Jenna aprovechó para cerrar los brazos sobre su cuerpo, él se empezó a mover muy despacio, increíblemente despacio y de un modo asombrosamente excitante. Luego, le acarició el pelo con una mano y, al ver que temblaba un poco, Jenna se dio cuenta de que estaba apoyado en un solo brazo, por miedo a aplastarla.
Momentos después, la besó otra vez, y ella volvió a sentir un calor arrebatador, que amenazaba con derretirla por dentro. Nunca habría imaginado que existiera un placer tan intenso, capaz de consumir su cuerpo y hasta su espíritu. Era asombroso.
Los movimientos de Evandro se volvieron más rápidos. Su torso estaba tenso sobre ella, y sus musculosos muslos chocaban con los de Jenna, quien echó la cabeza hacia atrás, completamente concentrada en sus sensaciones, hasta que el orgasmo los alcanzó y fundió el calor de sus cuerpos en uno solo.
Ni siquiera supo si había gritado. Solo supo que había sido el momento más glorioso de su vida, y que había dado y recibido un regalo de valor incalculable.
Sentía el amor en sus venas, y ni siquiera le preocupó el hecho de que él no hubiera pedido su amor. Eso carecía de importancia. Lo único importante era el presente, la pasión de su unión, la felicidad.
Evandro la tomó entonces entre sus brazos. Respiraba con dificultad, y su cuerpo estaba empapado de sudor.
–¿Te he hecho daño? Espero no haber…
Ella sonrió, lo tumbó en la cama y, tras ponerse de lado, apoyó la cabeza en su ancho pecho, que besó.
–No, tú no me harías daño nunca.
Evandro no lo pudo ver, porque la habitación estaba demasiado oscura. Pero los ojos de Jenna estaban llenos de amor.
La tormenta no llegó hasta poco antes del alba, desatando un torrente de lluvia sobre el palazzo y toda una sinfonía de rayos y truenos. Había llegado de repente, tras unos instantes de tenso y eléctrico silencio.
Evandro se levantó de la cama y corrió a la ventana para cerrarla y bajar la persiana. La lluvia golpeaba las losetas de la terraza, los rayos iluminaban insistentemente el cielo y los truenos retumbaban en todo el edificio.
–¡Oh, Amelie! –dijo Jenna, preocupada.
–Iré a ver si está bien.
Evandro alcanzó una bata, se la puso y salió rápidamente de la habitación, a la que volvió instantes después.
–Está profundamente dormida –anunció.
Luego, se quitó la prenda, se acostó de nuevo y abrazó a Jenna. Era todo lo que quería.
Estaba seguro de ello.
Había dado el paso que debía dar, y había reclamado a la mujer que necesitaba, una mujer radicalmente distinta a Berenice. Jenna, su maravilla de mirada clara. Amable, compasiva, sincera, honrada, tranquila y sutil. Jenna, la única persona que podía borrar la mancha de su fracasado matrimonio y sacar el veneno de sus venas.
No volvería a alejarse de ella.
Sencillamente, no podía.
Si era arriesgado, que lo fuera.
Y afrontaría cualquier peligro que se presentara.
Pero hasta entonces, si es que se llegaba a presentar, disfrutaría de la felicidad que la vida le debía después de tantos años malgastados.
De la felicidad que solo podía darle aquella mujer.
Jenna, su adorada Jenna.
Al cabo de un rato, ella se quedó dormida; pero él siguió despierto, escuchando su suave respiración. La tormenta pasó tan deprisa como había llegado. Los truenos volvieron a ser un rumor y los rayos, un destello distante.
Evandro se apretó contra Jenna.
Era el único sitio donde quería estar.
Y, poco a poco, él también se quedó dormido.
Lejos de allí, justo en la linde del bosque, cayó un rayo. Pero el terrible sonido que se oyó a continuación no fue el de un trueno, sino el del castaño bajo el que Jenna y Evandro habían comido horas antes.
El rayo acababa de partirlo en dos.
Capítulo 10
BUENO, la tormenta me ha ahorrado la molestia de tener que regar –dijo Evandro, contemplando los empapados jardines.
Sus ojos se volvieron hacia Jenna, que estaba en la terraza, con Amelie. El día había amanecido despejado, y el aire era tan fresco que animó su corazón.
Tenía todo lo que podía desear.
Tenía a Jenna y tenía a Amelie.
–Es como si el mundo empezara de nuevo –se oyó decir a sí mismo.
Y era verdad.
Se sentía como si todo hubiera cambiado y estuviera en un universo distinto, donde ya no le podían alcanzar los malos recuerdos de su relación con Berenice. Pero no quería pensar en su exmujer. No quería que estropeara ese momento.
Decidido, pasó un brazo alrededor de los hombros de Jenna, le dio un beso en la cabeza y tomó a Amelie de la mano, diciéndose a sí mismo que no las abandonaría nunca. Ni a Jenna ni a la niña que había jurado proteger.
En ese momento, una nube tapó momentáneamente el sol, y él creyó oír la burlona y vengativa risa de Berenice, provocada sin duda por sus pensamientos anteriores.
Pero la borró de su mente.
–¿Qué vamos a hacer hoy? –preguntó con alegría–. ¿Nos quedamos en la piscina? ¿O vamos a alguna parte? Y, si queréis ir a algún sitio, ¿adónde? Y si nos quedamos aquí, ¿organizamos un té como el del otro día, con nuestras mejores galas? ¿O una cena, con galas aún mejores?
Amelie se apuntó a la tercera opción.
–¡Con galas aún mejores! –exclamó la niña–. ¿Podré disfrazarme como los niños del colegio donde enseñaba Jenna?
Él sonrió.
–¿Por qué no? Supongo que podrías disfrazarte de hada… Aunque ahora que lo pienso, el hada deberías ser tú, Jenna, porque eso es lo que eres para mí. El hada buena que rompió el hechizo de la bruja mala.
Ella también sonrió.
–Y tú eres mi príncipe azul.
Él soltó una carcajada y, tras besarla otra vez, las llevó al comedor a desayunar.
Ya estaba sirviendo el café cuando se le ocurrió otra idea.
–Ahora que lo pienso, ¿qué os parece si nos tomamos unas vacaciones y nos vamos a la costa? Podríamos ir la semana que viene.
Los ojos de Amelie se iluminaron.
–¡Sí! ¡Sí! ¡La costa! ¡La costa!
–Ya lo has vuelto a hacer –intervino Jenna, divertida–. Ahora no habrá nadie que le saque esa idea de la cabeza.
–Excelente, porque no tengo intención de sacársela.
No, ya no había vuelta atrás. Y nada de lo que pudiera ocurrir pondría en peligro su recién descubierta felicidad.
Incluso era posible que no pasara nada.
Evandro se aferró a esa esperanza con la misma seguridad que había sentido cuando Bianca y sus amigos se marcharon, con la férrea y poderosa determinación que le había llevado a subir las escaleras, entrar en la sala de estudios de Amelie y reclamar a la mujer que deseaba, a pesar de sus propios miedos.
Miró a Amelie, miró a Jenna y, acto seguido, escudriñó los soleados jardines hasta llegar al desafortunado castaño de la linde del bosque, que un rayo había quemado, ennegrecido y partido en dos.
Había sido víctima de la tormenta. Víctima de un poder que destruía todo lo que se atrevía a desafiarlo.
–¡Esto es maravilloso!
Jenna se tumbó en la cálida y suave arena de la playa, con la cara hacia el sol y el pelo recogido con un pañuelo de colores.
Desde luego, era maravilloso. Pero, teniendo en cuenta que todo era maravilloso últimamente, ¿qué otra cosa podía ser?
Se giró hacia Evandro, que estaba tumbado a su lado, y se le encogió el corazón. Cuando llevaba traje, resultaba formidable; y cuando llevaba ropa informal, inmensamente atractivo. Pero el Evandro de ese momento, el que apenas ocultaba una mínima parte de su impresionante cuerpo con un bañador, era sencillamente embriagador.
–Pareces una estrella cinematográfica de los cincuenta. Pero con mucho más glamour –declaró él, mirándola con intensidad.
Al clavar la vista en sus ojos, Jenna deseó no estar en la playa del elegante hotel Cinque Terre, sino en el dormitorio. Y, como no quería pensar en esas cosas, se giró hacia Amelie, quien estaba haciendo un castillo de arena con otra niña.
–Me encanta verla tan contenta –dijo ella con calidez–. Eres un padre magnífico, Evandro. Harías cualquier cosa por tu hija.
Jenna lo dijo con un poso de emoción, porque se estaba acordando de su padre, que no había hecho nada por ella. No la había amado. No la había querido. Se había limitado a ningunearla y a despreciarla. Pero no quería pensar en ello.
Entonces, Amelie se les acercó y les preguntó si ella y su amiga, que se llamaba Luisa, podían ir a comprar helados en el puesto de la playa.
–Si los padres de Luisa se lo permiten, sí –contestó Evandro.
Las dos niñas se fueron a preguntárselo a los padres de Luisa, que estaban sentados bajo una sombrilla, con un bebé en un carrito. La madre de Luisa asintió, y las dos pequeñas se fueron corriendo hacia el puesto.
–Tienen una hija encantadora –dijo la mujer, dirigiéndose a ellos–. Y con muy buenos modales.
–Igual que su hija –replicó Evandro, devolviéndole el cumplido.
Jenna se dio cuenta de que la mujer miró al Evandro con interés, pero no le extrañó en absoluto, porque tenía un cuerpo perfecto, musculado, potente, de piernas largas y fuertes. De hecho, se quedó sin adjetivos cuando se puso a pensar en él, aunque tampoco era relevante. Al fin y al cabo, era suyo. Y las palabras carecían de importancia.
En cambio, las palabras de la desconocida le importaron mucho más. Había dado por sentado que Amelie era hija de los dos, y Jenna se volvió a sentir como si fuera una Rocceforte, como si fuera de su familia.
Pero ¿lo era?
Si los deseos y la realidad hubieran sido la misma cosa, la respuesta habría sido positiva. Pero, por mucho que estuviera enamorada de él, y por mucho que Evandro la deseara, eso no significaba necesariamente que lo fuera.
Por supuesto, Jenna lo deseaba con toda su alma. Era su sueño.
Pero ¿no sería también una ensoñación?
La pregunta se quedó en el aire, clavándose en ella como un cangrejo que hubiera hecho presa en su carne. Y, aunque no podía ser más feliz, aunque el día estuviera siendo perfecto, se la repitió una y otra vez.
Sin salir de dudas.
Sin encontrar respuesta.
Quince días más tarde, después de haber disfrutado hasta el hartazgo de la playa, de explorar los encantos del famoso Cinque Terre, de visitar los preciosos pueblos de la costa, de comer en las terrazas de un sinfín de trattorias y de salir a la mar en busca de delfines y peces voladores, Evandro anunció que tenía que volver al trabajo, porque ya no podía retrasarlo más.
En consecuencia, no tuvieron más remedio que dirigirse a Turín, aunque solo después de que Amelie y Luisa se prometieran escribirse todos los días, como muestra de su imperecedera amistad.
Al llegar a Turín, Jenna y Amelie se instalaron en el moderno piso de Evandro, y aprovecharon sus ausencias laborales para retomar las clases de la pequeña. Pero hasta Evandro se sumó, porque todas las noches, cuando volvía del trabajo, ayudaba a su hija con las clases de matemáticas.
–Imagina que yo no supiera sumar –le dijo en determinado momento–. No sabría si estoy ganando dinero con lo que hago. Y peor aún… tampoco sabría si los puentes y edificios que construye Rocceforte Industriale se van a caer.
Esa misma noche, después de que Amelie terminara de estudiar y se fuera a jugar con su amiga Luisa por Internet, Jenna comentó:
–Eres muy bueno con ella, un padre atento. Se nota que lo llevas en los genes.
Jenna le dio un beso en la mejilla, ansiosa por disipar sus temores sobre la paternidad. Pero Evandro no dijo nada. Se levantó con expresión sombría. Y un segundo después, volvió a ser el hombre sonriente al que se había acostumbrado.
–Bueno, ¿qué delicias gastronómicas nos esperan hoy? –preguntó él.
–He pensado que podía hacer algo distinto –replicó ella con sorna, porque Evandro era muy consciente de sus limitaciones culinarias–. Algo como pasta. Pero completamente distinta a la de ayer.
Él soltó una carcajada y, a continuación, entró en la cocina para sacar una cerveza del frigorífico y supervisar la preparación de la salsa que ella intentaba hacer, aprovechando las verduras que habían comprado esa misma mañana.
Para Jenna, vivir en Turín y salir con Amelie todas las mañanas era un verdadero placer. Y no solo por la posibilidad de explorar juntas la ciudad, con su mezcla de estilos arquitectónicos, bulevares y pasajes con arcos, sino también por la diversión de verse como un ama de casa italiana, que hacía la compra todos los días, reafirmándola constantemente en la idea de que su felicidad era una consecuencia de estar con Evandro y su hija.
Como si fueran una familia.
En cualquier caso, tenía que preparar una salsa, así que añadió a la sartén los tomates que había cortado previamente y los movió, cruzando los dedos para que Evandro la quisiera tanto algún día como ella le quería a él.
No era mucho pedir. Solo tenía que darse cuenta de que podían ser felices. Especialmente, después de las amarguras que le había causado su matrimonio.
Pero ¿llegaría a ver ese día?
Por fortuna para ella, el teléfono de Evandro sonó instantes después, y ella se alegró de que el sonido interrumpiera sus inútiles pensamientos.
Evandro contestó la llamada, pensando que sería su director de proyectos, a quien había pedido que le telefoneara esa noche. Pero no era él, sino otra persona.
–Mis espías me han dicho que estás en la ciudad, querido.
Evandro respiró hondo y se maldijo para sus adentros por no haber mirado quién lo llamaba antes de contestar.
–Hola, Bianca.
Jenna se quedó helada y dejó de mover la salsa, cosa que Evandro notó.
–Es obvio que te has aburrido mucho después de que nos marcháramos de tu casa de campo –continuó la mujer, con voz seductora–. Ven a tomar algo. Bueno, a tomar algo y a lo que quieras…
–Me temo que no será posible –dijo él.
Evandro lo dijo con un tono neutro, porque quería quitársela de encima con educación. Y, en consecuencia, no tuvo más remedio que morderse la lengua para no decir la verdad: que su vida no era asunto suyo.
Era de Jenna y de él.
–¿Por qué? –preguntó Bianca.
–Porque Amelie está conmigo.
El enfado de Bianca fue evidente.
–Pues es una pena –replicó con brusquedad–. Pero puedes llamar a una agencia de niñeras para que se hagan cargo de ella.
–Gracias, pero ya hay alguien que cuida de mi hija. La mujer a la que tomaste precisamente por niñera, Jenna.
Evandro se maldijo para sus adentros. ¿Por qué le estaba dando explicaciones a una mujer como Bianca Ingrani?
–¿Jenna? –dijo ella con todo de sospecha–. ¿Insinúas que has metido a esa chica en tu casa?
Él perdió la paciencia. Y como se quería librar de Bianca con tanta rapidez como fuera posible, contestó:
–Sí, Jenna vive aquí. Lamento que te hayas ilusionado con la idea de volver conmigo, pero eso es agua pasada. Nos divertimos mucho –añadió, intentando ser conciliatorio–, y huelga decir que te deseo lo mejor. Espero que encuentres un hombre mejor que yo.
Evandro colgó el teléfono y, a continuación, se giró hacia Jenna, quien seguía al cuidado de la salsa; pero con movimientos rígidos, casi mecánicos.
Se acercó a ella, le pasó un brazo alrededor de la cintura y le dio un beso en el cuello.
–Tranquila. Me he librado de Bianca para siempre.
Jenna se apretó contra él.
–Es una mujer increíblemente bella.
–No, a mí no me lo parece. Ya, no –replicó él con firmeza–. Y además, ¿crees de verdad que podría salir con una persona capaz de tratar a Amelie como lo hizo? ¿Con alguien capaz de ser tan cruel con una niña? No, desde luego que no. Bianca es historia. No quiero saber nada de ella.
Evandro la giró hacia él y, como no estaba dispuesto a que siguiera preocupada por Bianca Ingrani, la volvió a besar. Primero, con dulzura y después, apasionadamente. Pero, aunque ardía en deseos de darse un festín con ella, rompió el contacto al cabo de unos segundos.
No era el momento adecuado para esas cosas. Y menos aún, cuando Amelie se presentó en la cocina.
–¿Ya está la cena? ¿Puedo rallar el queso? Es que Luisa y yo estamos buscando unicornios. Ella ha encontrado uno. ¡Y yo, dos!
La niña abrió el enorme frigorífico, sacó el parmesano, se sentó en uno de los altos taburetes y empezó a rallar. Evandro se terminó la cerveza que se estaba tomando, sacó una botella de vino blanco y sirvió una copa para Jenna y otra para él mientras Jenna cocía la pasta.
La escena no podía ser más doméstica. Los tres juntos, en una situación completamente relajada, como una familia unida.
Justo lo que no había tenido con Berenice.
Sin embargo, eso no significaba que no se hubiera hecho ilusiones al principio de su matrimonio. Se las había hecho. Y habían saltado por los aires.
Su exmujer lo había destruido todo. Todo lo que podía destruir.
Evandro volvió a mirar a Amelie, quien seguía con el queso y a Jenna, quien seguía con la pasta. Y de repente, se estremeció.
¿Qué más podría destruir Berenice?
La respuesta era obvia.
Pero no podría destruirlo si no se llegaba a enterar.
Capítulo 11
EVANDRO compaginó su trabajo con el turismo y, mientras estuvieron en Turín, se dedicó a enseñarles toda la zona, desde el precioso campo del Piamonte hasta los esplendorosos lagos y montañas de los Alpes. Y, quince días después, regresaron al palazzo, donde los empleados les dieron una cálida bienvenida.
En cuanto llegaron, Amelie se fue con Loretta y Maria para enseñarles los recuerdos de su viaje y para darles los regalos que les había comprado: dos burritos de madera tallados a mano y dos pañuelos de una de las boutiques más famosas de Turín.
Los pañuelos no eran la única adquisición que habían hecho durante sus vacaciones. Evandro había mimado a su hija con varias compras cuidadosamente seleccionadas y, por supuesto, Jenna también había sido sujeto de su generosidad.
Ante su insistencia, no había tenido más opción que ampliar su vestuario con prendas que jamás se habría podido comprar con un sueldo de profesora, por muy bien que Evandro pagara. Y lo había hecho por dos razones: porque quería estar guapa para él y porque la devoraba con los ojos cada vez que se ponía algo que le quedaba bien.
La signora Farrafacci les preparó un verdadero festín para cenar y, cuando Jenna entró en el comedor con Amelie, su vista se clavó inmediatamente en Evandro, que se había puesto un esmoquin para celebrar su regreso.
Como tantas veces, él la miró con intensidad, consciente de que se había puesto un vestido cortado al bies y bastante ajustado sin más intención que la de gustarle. Y por supuesto, ella se ruborizó.
–Estás bellísima –dijo Evandro–. Y tú también, carina.
Evandro besó la mano de Jenna e hizo lo mismo con su hija, quien soltó unas risitas, encantada. El vestido de Amelie era tan rosa como el de su profesora, pero más claro y combinado con una chaquetilla.
–¿Quién de las dos está más guapa, papá? –preguntó la niña–. ¡Tienes que elegir entre las dos!
Jenna miró a Evandro, esperando que hiciera algún comentario irónico sobre la imposibilidad de responder a esa pregunta, pero no lo hizo. De hecho, su expresión se volvió súbitamente sombría. O eso le pareció, porque el cambio fue tan breve que Jenna no supo si había sido cosa de su imaginación.
Fuera como fuera, Evandro se apresuró a servir dos copas de champán para ellos y una con zumo de naranja para Amelie.
–¡Por la vuelta al hogar! –exclamó.
La palabra «hogar», tan sencilla y a la vez tan poderosa, resonó en la mente de Jenna.
Sí, le habría encantado que el palazzo se convirtiera en su hogar. Habría dado cualquier cosa por conseguirlo, por quedarse para siempre con la niña que se había ganado su afecto y con el hombre del que se había enamorado.
Y, durante un momento, se dejó llevar por esa fantasía.
Aunque se arriesgara a que le partieran el corazón.
Evandro cortó la comunicación y se guardó el teléfono, satisfecho. Acababa de inscribir a Amelie en el campamento de verano del colegio al que iba a ir en otoño. Era perfecto para ella, porque podría conocer a sus futuros compañeros de clase y divertirse con las actividades que organizaran los monitores.
Sin embargo, tenía otro motivo para inscribirla en el campamento, de carácter más egoísta. Cuando su hija se marchara, él podría dedicar toda su atención a Jenna. Desde luego, tendría que trabajar, porque sus responsabilidades eran demasiado grandes; pero el resto de su tiempo sería para ella.
Súbitamente inquieto, se levantó del sillón. Aunque se alegraba enormemente de haber vuelto al palazzo, sintió un deseo casi irrefrenable de marcharse otra vez, y tan distante como fuera posible. Australia, Nueva Zelanda, los mares del Sur, algo así.
Con Jenna y con Amelie.
A cualquier sitio fuera del alcance de Berenice.
Justo entonces, llamaron a la puerta de la biblioteca. Era el ama de llaves, que le llevaba su habitual café de media mañana.
–Gracias –dijo él, obligándose a sonreír.
La signora Farrafacci dejó la bandeja en la mesa, y él se volvió a sentar. Pero ella se quedó donde estaba.
–¿Qué ocurre? –preguntó Evandro, desconcertado con la amplia sonrisa de su ama de llaves.
–Nada. Solo quería decir que los empleados estaríamos encantados de que lo que dicen los paparazis sea verdad. ¡Nos haría verdaderamente felices!
Evandro frunció el ceño.
–¿Los paparazis?
–No suelo hacer caso de lo que escriben, porque suele ser basura. Pero la signorina Jenna es una joven ciertamente maravillosa, y será una signora Rocceforte mucho mejor que la anterior. Ni usted ni Amelie merecen menos –afirmó–. Pero bueno, ya he dicho demasiado. Será mejor que le deje con su trabajo.
El ama de llaves se fue y, cuando cerró la puerta, Evandro pasó de haberse quedado helado a echar casi humo. Era como si la sangre le hirviera en las venas.
Tras su divorcio, se había acostumbrado a llamar la atención de la prensa amarilla, siempre dispuesta a informar sobre su vida de soltero. Además, sabía que Bianca les filtraba información sobre su relación amorosa, dándoles detalles sobre sus salidas nocturnas por Turín, Milán y Roma e insinuando siempre que no era una simple amante, sino su prometida.
Sin embargo, aquello era diferente, y Evandro sopesó rápidamente lo sucedido, en busca de una solución.
Siempre había sabido que cortejar a Jenna era peligroso, pero había despreciado el peligro porque estar con ella lo merecía. Y aun así, había hecho lo posible por minimizar los riesgos. Cada vez que salían del palazzo, intentaba pasar desapercibido, y hasta había buscado un hotel familiar en la playa porque sabía que no era el típico sitio al que iban los ricos y famosos.
¿Cómo era posible que los paparazis se hubieran enterado? Especialmente, porque también había tenido cuidado en Turín, decidido a que no le vieran en compañía de Jenna.
Perplejo, se conectó a Internet y buscó el artículo al que se había referido la signora Farrafacci.
Segundos después, apareció en su pantalla. Y con profusión de fotografías.
Evandro lo supo al instante.
Bianca.
Tenía que haber sido ella. Se había vengado de él por rechazarla.
El periodista afirmaba que el scapolo más deseado de Turín estaba saliendo con una mujer a la que trataba con guantes de seda, alejándola de clubes y otros locales nocturnos. También decía que la mujer en cuestión estaba viviendo en el palazzo y que, por mucho que él la quisiera presentar como niñera de su hija, ningún hombre se gastaba una fortuna en ropa de mujer si no había algo más.
El artículo mencionaba la boutique donde había comprado la ropa y, por si eso fuera poco, confirmaba la información con varias fotos que les habían sacado en el exterior de la tienda, unas fotos donde se les veía del brazo y mirándose con indudable afecto.
Evandro maldijo a los paparazis con toda su alma. Pero aún quedaba lo mejor, como leyó a continuación:
¿Estarán sonando campanas de boda? ¿Tendrá suerte el recientemente divorciado Evandro Rocceforte en su segundo matrimonio? ¿Será feliz el apuesto empresario con su nuevo amor? ¿Lo será su adorable hija con su nueva madrastra?
¡Eso esperamos! ¡Porque nos encantan los finales felices!
Evandro se quedó mirando la pantalla, más enfadado que antes.
–¡Maldita sea! –bramó.
Tendría que haber sido más cuidadoso. Tendría que haber sido más discreto. ¿Cómo había podido cometer la estupidez de llevar a Jenna a Turín y, sobre todo, de dar explicaciones a Bianca?
Se recostó en su sillón de cuero y apretó los puños, furioso. Su abogado se lo había advertido cuando leyó el acuerdo de divorcio con Berenice. Había intentado que recapacitara, pero no le había hecho caso.
–¿Eres consciente de las implicaciones? Esa mujer puede destruir tu futuro.
Por desgracia, ya era demasiado tarde. Solo podía esperar una cosa: que Berenice no llegara a leer el artículo del paparazi. Porque, si lo leía, las advertencias de su abogado se harían realidad y su vida sería una pesadilla.
Sí, esa era su única esperanza.
Y, como no podía hacer nada, se aferró a ella.
–No te muevas.
Evandro lo dijo con intensidad, aunque en voz baja. Jenna estaba desnuda, iluminada solo por la luz de la luna, que se filtraba por la ventana del dormitorio.
–No te muevas –repitió–. Te quiero así, tal como estás.
Evandro se arrodilló sobre ella, encajonándola con sus fuertes piernas. Después, le subió los brazos por encima de la cabeza, llevó una mano a uno de sus senos y empezó a acariciarle el pezón, que se endureció al instante.
Ella arqueó la espalda y soltó un gemido de placer mientras clavaba la vista en los ojos de Evandro, quien sostuvo su mirada implacablemente y llevó la otra mano a los delicados pliegues de su sexo.
Jenna volvió a gemir y cerró los ojos, entregándose a las exquisitas sensaciones que sus hábiles movimientos provocaban. Pero eso no impidió que notara el contacto del duro miembro de su amante cuando se inclinó un poco más, ni restó precisamente intensidad al deseo de que la penetrara.
Sin embargo, Evandro no estaba dispuesto a acelerar las cosas, y la siguió acariciando sin descanso, aumentando su excitación y arrancándole gemidos cada vez más rápidos hasta que, por fin, tras un buen rato de maravillosa tortura, alcanzó el orgasmo que tanto ansiaba. El orgasmo que solo le podía dar él.
Solo entonces, Evandro apartó las manos de su sexo y sus senos, las llevó a sus caderas y, tras levantarla un poco, la penetró con un movimiento súbito, contundente y poderoso, lleno de deseo.
Ella gritó y cerró los dedos sobre sus hombros, que apretó con fuerza. Luego, cerró las piernas sobre la cintura de Evandro y siguió gritando mientras las sucesivas olas de un placer casi insoportable rompían contra su espíritu y lo consumían.
Poco después, Evandro alcanzó el clímax, y ella intentó pronunciar su nombre. Pero la experiencia había sido tan intensa que solo fue capaz de soltar un suspiro ininteligible mientras descendía de la indescriptible cumbre al que él la había llevado.
Aún seguía aferrada a su cuerpo cuando él se apartó de ella con dulzura y se tumbó a su lado, jadeando. Podía oír su corazón, latiendo al unísono con el suyo.
¿Se lo había imaginado, o Evandro le había hecho el amor con más urgencia y deseo que nunca? ¿Se lo había imaginado, o Evandro se había entregado con algo parecido a la desesperación, como si estuviera obsesionado por la necesidad de poseerla?
Jenna se acurrucó contra sus fuertes brazos, que la apretaban más que de costumbre. Cualquiera habría dicho que tenía miedo de perderla.
Sin embargo, estaba tan profundamente satisfecha que se dejó dominar por la sensación general de relajación a medida que su respiración se fue normalizando. Y, al cabo de unos momentos, pronunció su nombre en voz baja y le tomó de la mano.
Cuánto le quería. Cuánto le amaba.
Las palabras se difuminaron en su mente cuando empezó a rendirse al suave y cálido manto del sueño, que los unió a los dos.
Como de costumbre, desayunaron en la terraza. Amelie se dedicó a contarles todas las cosas divertidas que hacía en el campamento de verano, donde llevaba dos semanas, y Jenna se alegró de que se lo estuviera pasando bien. No solo por el bien de la niña, sino también por ella. Por encantadora que fuera Amelie, estaba feliz de tener a Evandro para ella sola.
Sus ojos se clavaron en él. Evandro se estaba tomando un café, y había algo en sus ojos que le recordó lo que había visto muchas veces, un fondo oscuro en su expresión o en el brillo de sus ojos.
¿Se estaría acordando de Berenice, de la amargura de su relación?
No lo sabía, pero Evandro se había liberado de su exmujer. Era libre, y podía buscar la felicidad. Podía empezar una vida nueva.
Una vida con ella.
¿O se estaba engañando a sí misma? Quizá estaba deseando lo que no podía tener.
Justo entonces, Evandro se giró hacia Maria, quien salió a la terraza para decirle a Amelie que el chófer estaba esperando para llevarla al campamento de verano. La niña se levantó, alcanzó su mochila y dio un beso a Jenna y otro a su padre antes de marcharse a toda prisa.
En ese momento, Maria se acercó a su jefe, dejó un montón de cartas junto a su plato y dijo:
–Son para usted, signor.
Evandro hizo lo que hacía todos los días cuando le llevaban el correo: echarle un vistazo en busca de asuntos que tuvieran algo que ver con su empresa. Y cuando ya había llegado a la mitad del montón, se detuvo de repente, sacó una de las cartas y se puso en pie, sin mirar a Jenna.
–Discúlpame –dijo.
Su voz sonó brusca, y su tensión era tan obvia que cualquiera la habría notado.
Jenna se lo quedó mirando, sin saber qué hacer. Se había quedado helada y, de repente, no quiso más café.
Algo andaba mal.
Y todos sus temores se avivaron al unísono.
El papel repujado de la carta descansaba en la mesa de Evandro, con las floridas letras de los carísimos abogados con los que Berenice le solía atacar. Y las palabras que contenía resonaban en su cabeza.
Había llegado el momento.
La tormenta se había desatado sobre él, y ya no podía escapar.
Evandro respiró hondo y se acordó de su primera cena con Jenna, cuando hablaron de hechizos malignos.
Según ella, todos los hechizos se podían romper.
Pero Evandro estaba seguro de que aquel era una excepción.
Desesperado, pegó un puñetazo a la carta del abogado, que anunciaba la última jugada de su exmujer. Una jugada contra la que no podía hacer nada. Una jugada contra la que no podía luchar.
Su rebeldía había sido inútil. Y solo podía hacer una cosa: lo que tenía que hacer. No tenía más remedio que ser fiel a lo que había firmado, por muy alto que fuera el precio.
Y era ciertamente alto. Pero no solo para él.
Eso era lo más amargo de todo.
Jenna estaba ordenando los libros de texto de Amelie. Como la niña se había ido al campamento de verano, ella ya no tenía nada que hacer, así que se dedicó a apartar los que había llevado a Italia y a guardar los demás en un armario. No estaba de buen humor, y seguía con la sensación de que algo andaba mal.
Ya estaba con los cuadernos de la niña cuando oyó los inconfundibles pasos de Evandro en el pasillo exterior. Un segundo después, él abrió la puerta y, durante un instante, ella se acordó del día en que Bianca y sus amigos se marcharon del palazzo y Evandro apareció de repente, la tomó entre sus brazos y la besó.
El recuerdo desapareció enseguida. Evandro entró en la habitación, pero se quedó en el umbral, inmóvil. Jenna dejó lo que estaba haciendo y lo miró. Su rostro era como de piedra. Las arrugas de su boca parecían más profundas que nunca. Y su actitud no podía ser más distante.
Jenna se estremeció, helada.
–Jenna –dijo él.
Evandro pronunció su nombre de forma seca, obligándose a sí mismo a decir lo que tenía que decir. Y eso implicaba una mentira aceptable, una mentira necesaria.
–Acabo de recibir una carta de mi tía –continuó–. Es la hermana mayor de mi padre, que vive en Sorrento. Quiere conocer a Amelie, porque nunca tuvo ocasión… odiaba tanto a Berenice como Berenice la odiaba a ella. Y, por supuesto, quiero que Amelie conozca a su tía abuela.
Evandro intentó sonar razonable, pero ella no movió un músculo. Se quedó completamente quieta, y tan pálida como la nieve.
Y él lo supo.
Supo que Jenna sabía lo que estaba haciendo.
Pero, a pesar de ello, se obligó a seguir con su mentira. Era la única salida. La única opción que se le ocurría.
–Como Amelie está en el campamento de verano, y yo tenía intención de llevarla a Sorrento antes de que vaya al colegio, supongo que es un momento oportuno para que tú…
Evandro se detuvo, se encogió de hombros y añadió:
–Ha sido un verano fantástico. Y siempre lo recordaré con afecto. Pero…
Jenna lo miró como lo había mirado cuando llevó a Bianca al palazzo. Y fue como si hubiera un mundo entre los dos, un mundo que ninguno de ellos podía cruzar.
–Has decidido seguir con tu vida –dijo ella.
En su voz no había ninguna emoción. Ninguna en absoluto. Y tampoco en su cara.
Evandro asintió, sacando fuerzas de flaqueza. ¿Qué otra cosa podía hacer?
–¿Cuándo quieres que me vaya? –prosiguió Jenna.
Él no contestó. Sencillamente, no podía.
–Será mejor que me marche hoy mismo –dijo ella, contestándose a sí misma–. Pero Amelie se va a disgustar cuando lo sepa. Se ha acostumbrado a mí. Y yo a ella.
Jenna se puso a temblar, y él tuvo que hacer un esfuerzo para mantener las distancias.
–Estoy seguro de que lo entenderá –replicó, seco.
Evandro dio media vuelta, porque no podía seguir allí. No lo podía aguantar ni un segundo más, de modo que abrió la puerta y se fue.
Y, mientras se iba, creyó oír la malvada y sarcástica risa de Berenice.
Jenna terminó de guardar los libros en el armario, lo cerró y luego, lentamente, muy despacio, se sentó en el suelo y rompió a llorar, rota.
¿Cómo era posible que Evandro le hiciera eso? ¿Cómo podía ser tan despiadado, tan cruel? ¿Es que no significaba nada para él?
Angustiada, se acordó de lo brutal que había sido con Bianca cuando la expulsó de su vida. Pero, por muy brutal que hubiera sido, la había tratado mejor que a ella. Por lo menos, le había deseado lo mejor.
Las lágrimas le ardían en la cara, y el dolor era tan intenso que casi no lo podía soportar. La frialdad y la indiferencia de Evandro le habían partido el corazón. Con toda la fuerza de su destrozado amor.
Amelie rompió a llorar desconsoladamente. Evandro había ido a recogerla al campamento de verano y le había dicho que Jenna se había ido.
–¡Pero no quiero que se vaya! –exclamó la niña, sollozando–. ¡Quiero que se quede con nosotros, papá!
Amelie se aferró a él, desesperada.
–¡Haz que vuelva, papá! ¡Haz que vuelva, por favor!
Él la abrazó, con el corazón roto.
–No puedo, mignonne. No puedo –replicó Evandro.
Era la única respuesta posible. La única, porque sabía que Jenna ya no podía volver.
Capítulo 12
JENNA entró en su piso. El ambiente estaba enrarecido, así que abrió las ventanas tan mecánicamente como había guardado los libros de Amelie esa misma mañana, tan mecánicamente como había cerrado el armario donde los guardó y tan mecánicamente como había subido a su dormitorio para meter su ropa en la maleta.
No la ropa que le había regalado Evandro. Esa no era suya. Pertenecía a una mujer que ya no era ella. A la mujer que había deseado lo que no podía tener, que anhelaba una familia que no tendría nunca y que ansiaba el amor de un hombre que no la podía amar.
La desesperación había anidado en su corazón, y no podía hacer nada al respecto. Nada, salvo lo que estaba haciendo. Y tampoco podía decir más de lo que había dicho.
Pero faltaba una cosa.
Tras cerrar la maleta y meter la cartera y el pasaporte en el bolso, se fue a la habitación de Amelie. Estaba destrozada, porque no soportaba la idea de que la niña volviera a casa y descubriera que ella se había ido. Hasta se acordó de un recuerdo de lo más amargo: el día en que le informaron de que su madre había muerto en un accidente de tráfico y que tendría que marcharse a vivir con su padre, un completo desconocido.
Por suerte, el padre de Amelie no era como el suyo. Eso era lo único que la consolaba. La quería con toda su alma, y estaría siempre a su lado, protegiéndola, apoyándola.
Además, ella no era su madre. Solo su profesora.
Y fue la profesora quien escribió una nota a Amelie, una nota donde le decía que le iría bien con los estudios, que esperaba que se divirtiera en el colegio y algo más:
Nunca olvidaré el maravilloso verano que pasé en tu precioso palazzo, contigo y con tu padre. Sé buena, preciosa, y cuida mucho de tu papá, porque te quiere muchísimo.
Jenna no pudo seguir escribiendo, porque los ojos se le llenaron de lágrimas. Se había encariñado de Amelie, y no la volvería a ver.
Ni a ella ni al hombre del que se había enamorado.
Porque volvía a ser invisible para él.
Evandro miró a Amelie, que estaba jugando con la casa de muñecas que le había comprado en Nápoles. En ese momento, se dedicaba a cambiar los muebles de sitio y reorganizar las pequeñas habitaciones, pero sin alegría.
–Está triste –dijo su tía.
La mujer se giró hacia su sobrino, esperando una explicación que no llegó. Estaban sentados en la terraza de su espacioso piso de la bahía de Nápoles.
–Me dijiste que sería feliz en Italia –continuó ella–. ¿Por qué no lo es?
Evandro sabía que debía decir algo, pero también sabía que su tía no era de las que tenían pelos en la lengua. No los había tenido con su matrimonio ni con la propia Berenice, quien le disgustó desde que la vio por primera vez, el día de su boda.
–¿Por qué no lo es? –insistió ella, tajante.
Evandro suspiró.
–Porque echa de menos a su profesora, la que ha estado en el palazzo este verano. Esa es la razón de que la haya traído a tu casa. Pensé que sería una buena idea, que le vendría bien cambiar de aires.
Su tía arqueó una ceja.
–Hace poco, leí un artículo en una de esas despreciables revistas del corazón donde aparecías regularmente cuanto te divorciaste de la bruja de tu exmujer y te dedicaste a disfrutar de la vida. Pero este artículo era diferente. Y la mujer que mencionaban no se parecía a ninguna de tus amantes.
Ella alcanzó su martini y bebió un poco, esperando una respuesta.
Pero tampoco llegó esta vez.
–Ah, ahora lo comprendo. Amelie no es la única persona que echa de menos a su profesora, ¿verdad?
Él apartó la mirada, incapaz de clavarla en los perceptivos ojos de su tía.
–Eres tonto, Evandro. Un maldito tonto.
Evandro no necesitaba que se lo dijera. Lo había sido desde el momento en que se casó con Berenice.
Y no se libraría nunca de su maldad.
Nunca.
Jenna estaba buscando trabajo, y lo estaba buscando donde fuera, dispuesta a marcharse a cualquier sitio. Londres, el norte, el sur, el este, el oeste, le daba igual.
Y se lo daba porque solo había un sitio donde quisiera estar.
Un sitio que ahora le estaba tan vetado como el hombre de sus sueños. El único sitio que le gustaba de verdad, que podía ser un hogar de verdad para ella. Y el único hombre al que quería con todo su corazón.
Incluso ahora, estando a miles de kilómetros de distancia, podía ver con toda claridad el elegante palazzo, sus soleada terraza, sus preciosos jardines, sus umbríos bosques y su verde valle. Veía a Loretta y a Maria, siempre ocupadas. Veía a la signora Farrafacci yendo de habitación en habitación y a la pequeña Amelie, corriendo por las escaleras, montando en su bicicleta rosa y llamándola a ella con su aguda voz.
Y por supuesto, también veía a Evandro con toda claridad, saliendo a la terraza con sus largas zancadas, sentado en el comedor y besándola.
Lo veía todo, pero como si ella fuera un fantasma que pasaba por la escena sin que ningún ser vivo la pudiera ver. Un fantasma que, además, era un forastero sin derecho a estar allí, sin derecho a formar parte de ello.
Sin derecho a que le amaran.
Deprimida, soltó un gemido de angustia y se tapó la boca con la mano, intentando reprimirlo, ahogarlo, silenciarlo. Como si así pudiera borrar el dolor de desear lo que nunca volvería a ser suyo.
Evandro miró la hora. Amelie iba a salir más tarde del colegio, porque tenía que ensayar en el coro. Pero decidió que podía ir a buscarla para llevarla a cenar. Cualquier cosa con tal de alegrarla un poco. Aunque se había integrado bien en el colegio, se hundía en la tristeza con demasiada frecuencia.
Pero, por lo menos, ya no mencionaba tanto a Jenna. Y él se lo agradecía, claro. No por ella, sino por él mismo.
En cualquier caso, se negaba a permitir que los recuerdos de su último día con Jenna asaltaran sus pensamientos. Había hecho lo que tenía que hacer, lo mejor para todos. Y ella había hecho las maletas y se había ido silenciosamente.
Había desaparecido sin más, invisible otra vez.
Desde entonces, el palazzo solo era el hogar de Amelie y de él, quien se esforzaba por conseguir que la niña hiciera amistades nuevas, jugara con ellas y participara en todas las actividades del colegio, coro incluido.
En cuanto a él, trabajaba en el palazzo siempre que las circunstancias se lo permitían, aunque de vez en cuando se veía obligado a marcharse a Turín. Afortunadamente, Amelie se llevaba muy bien con el ama de llaves y el resto de los empleados, así que no había ningún problema. Y, en cualquier caso, la llamaba por teléfono cuando estaba fuera y nunca se olvidaba de llevarle un regalo al volver.
Estaba haciendo todo lo posible por hacerla feliz.
Jenna tenía razón. Era un buen padre.
Decidido a no pensar en ella, alcanzó el teléfono y empezó a marcar un número. Tenía trabajo que hacer, y se estaba haciendo tarde. Pero no llegó a hablar con nadie, porque la signora Farrafacci llamó a la puerta en ese momento, y no lo hizo con la levedad de su forma habitual, sino de un modo extrañamente brusco.
Cuando entró, estaba tan desencajada que Evandro dijo, frunciendo el ceño:
–¿Qué ocurre?
La mujer se detuvo junto a la mesa.
–Acaba de llegar cierta persona –respondió, agitada–. Exige verle.
Evandro frunció el ceño un poco más, pensando que a su hija le había pasado algo, pero no se trataba de eso.
–¿Quién es?
El ama de llaves respiró hondo.
–Su exmujer.
Evandro se quedó helado.
Jenna contempló la gris y aparentemente tranquila masa de agua, que no daba pista alguna de las turbulencias que había bajo la superficie, provocadas por el choque de la marea contra el flujo de la desembocadura del río.
Los días eran cada vez más cortos, y el aire frío anunciaba la llegada del invierno. Estaba en el estuario del Támesis, en la pequeña población de Essex donde estaba trabajando como sustituta temporal de una profesora embarazada. No se podía decir que fuera un paisaje que le resultara familiar. De hecho, los únicos seres que parecían felices en tan desolador lugar eran las aves acuáticas.
Para los pájaros, el estuario era su refugio, un sitio parecido al que ella misma se había buscado, huyendo del dolor, del recuerdo y de lo que podría haber sido y no fue.
Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y siguió caminando por el paseo marítimo, donde solo había un par de personas que estaban sacando a sus perros. El helado viento del este la azotaba, y la lejana línea de la costa de Kent casi se fundía con el mar.
Necesitaba empezar de nuevo. Se había llenado la cabeza de sueños imposibles, y había creado una realidad falsa con esperanzas falsas y deseos falsos. Se había empeñado en ser la mujer que se ganara el corazón de Evandro, pero no lo había conseguido y, al final, él la había rechazado y echado de su casa, de su vida y de su cama con unas pocas, breves y crueles palabras.
¿Cómo se había atrevido a tratarla así?
No se lo merecía. No merecía esa indiferencia, esa frialdad. No merecía que rompiera su relación de un modo tan brutal.
Y sobre todo, de forma tan repentina, sin motivo alguno.
Jenna se detuvo, frunciendo el ceño.
¿Seguro que no tenía ningún motivo?
Aquello había sido tan doloroso para ella que no había tenido ocasión de reflexionar seriamente sobre lo que había pasado.
Evandro le había dicho que había recibido una carta de su tía, donde les invitaba a ir a su casa. Pero ¿qué más decía esa carta, la que había llegado esa misma mañana, la que él había recibido antes de levantarse, excusarse con frialdad y entrar en el palazzo?
Algo andaba mal.
Era imposible que una simple invitación a la casa de su tía hubiera tenido esas consecuencias. Pero quizá no fuera de su tía, sino de otra persona.
Jenna cerró brevemente los ojos, intentando recordarla. Era un sobre grande, de color blanco y con la dirección impresa, no escrita a mano; un sobre más típico de una comunicación oficial que de la misiva de un familiar querido.
Y había algo más, incluso más importante, algo que recordó en ese mismo momento.
No tenía sello de Italia, sino de Francia.
Y su tía vivía en Sorrento.
Impulsivamente, dio media vuelta y cambió de dirección. El Evandro que la había echado de su casa no era el Evandro que ella conocía. No era el Evandro de irónico sentido del humor, el que disfrutaba de su compañía y sus conversaciones. No era el Evandro que la tomaba entre sus brazos y la llevaba a su cama. No era el Evandro que la besaba ni el Evandro que se reía con sus bromas.
El Evandro que ella conocía no se parecía nada al brusco, cruel, insensible y tenso individuo que la había mirado con frialdad y la había expulsado de su vida como si no hubiera pasado nada entre ellos, nada en absoluto.
Pero ¿por qué se había comportado así?
Y entonces, se acordó de algo que había dicho ella misma la primera noche que cenó con él y con Amelie.
Lo del hechizo maligno.
Sí, tenía que ser eso. Su matrimonio había sido un desastre. Hasta el ama de llaves lo sabía. Pero Evandro se había liberado y había salvado a su preciosa hija de su egoísta y dañina madre. Berenice ya no les podía hacer ningún mal.
¿O sí?
Jenna aceleró el paso, súbitamente apremiada.
Evandro estaba sentado en la biblioteca, en su sillón de cuero. Era una noche de octubre, y hacía frío; pero no había encendido la chimenea.
No quería ver llamas de ninguna clase.
Alcanzó su copa de coñac y dio otro trago. El reloj de la repisa daba insistentemente los segundos, que pasaban muy despacio. Ya era de madrugada, y el palazzo estaba sumido en el silencio.
Se terminó el coñac, alcanzó la licorera y rellenó la copa. Tendría que haber dejado de beber, pero no le apetecía. Si seguía bebiendo, el efecto analgésico del alcohol provocaría que se quedara dormido allí mismo, en el sillón. Y eso era mejor que irse a la cama. Mucho mejor que tumbarse en su ancho y solitario desierto, lleno de recuerdos insoportables.
Recuerdos de una mujer a la que no volvería a ver. Recuerdos de una mujer que estaba fuera de su alcance.
Para siempre.
Al pensarlo, se enfureció de tal modo que lanzó la copa contra la chimenea. Naturalmente, se rompió, pero él no oyó el ruido. Solo pudo oír el desgarrador grito que salió de su propia garganta, tan parecido al de una bestia herida.
Jenna se despertó de golpe.
Había sido un sueño, una simple pesadilla, pero aún podía oír ese grito. Había sido tan real como la vida misma y, aunque sacudió la cabeza para expulsarlo de sus pensamientos, no lo consiguió.
Con el corazón en un puño, se levantó de la cama, se acercó la ventana y descorrió las cortinas. Era de madrugada, y la calle estaba completamente desierta.
Solo había sido un sueño. Un grito en un sueño.
¿Seguro?
Por irracional que fuera, tuvo la sensación de que había sido algo más. Y en su angustia, decidió que necesitaba distraerse de alguna manera, tranquilizarse de algún modo, así que alcanzó el ordenador portátil, se sentó en la cama y encendió el aparato. Tenía que trabajar a la mañana siguiente, pero sabía que no se volvería a quedar dormida.
Inconscientemente, se sorprendió escribiendo el nombre de su amor imposible en el navegador y, tras pasar por encima de algunas noticias que no le llamaron la atención, se detuvo en una de lo más relevante. Era una nota de prensa de Rocceforte Industriale, que decía así:
Lamentamos anunciar la dimisión de nuestro presidente y director ejecutivo por motivos de salud. La persona que sustituirá a Evandro Rocceforte será…
Jenna no siguió leyendo. Estaba demasiado angustiada.
Capítulo 13
EL AUTOBÚS se detuvo, y Jenna se bajó. Había intentado encontrar un taxi en el pueblo, pero no lo había conseguido, y ahora tenía que subir andando al palazzo.
Al menos, no llevaba equipaje. Había optado por no llevar nada porque no quería dar la impresión de que pretendía quedarse. Y no estaba segura de no haber cometido una locura cuando llamó al colegio para decirles que se iba a ausentar, se fue al aeropuerto más cercano, tomó el primer vuelo a Bérgamo y, una vez allí, tomó un tren.
Pero estaba aterrorizada.
¿Qué era eso de que Evandro había dimitido por motivos de salud? ¿Qué tipo de enfermedad había conseguido que renunciara a su querida empresa? Debía de ser grave, porque no habría dimitido de otro modo.
Mientras ascendía por la estrecha carretera, se preguntó si esa era la verdadera razón de que se hubiera librado de ella. De hecho, se hizo un montón de preguntas y, de repente, se encontró en el mismo sitio donde se había producido el derrumbe de aquella tarde, cuando se plantó delante del coche de Evandro.
Había sido una reacción instintiva, un impulso. Igual que el absurdo viaje en el que se había embarcado ahora.
En lugar de tomar el camino que llevaba a la parte delantera del palazzo, tomó el atajo que cruzaba el bosque y salía a los jardines. Al llegar a la linde del primero, sus ojos se clavaron en el castaño partido en dos. Alguien había retirado las ramas caídas y cortado las partes desgajadas; pero, aunque el tronco estaba tan quemado como el día de la tormenta, había brotes nuevos en su parte inferior.
Jenna los admiró un momento y se giró hacia la parte trasera del impresionante palazzo, con sus balcones abiertos a la espaciosa terraza.
Estaba tal como lo recordaba.
Tal como lo había soñado la noche anterior.
Igual que siempre.
Y entonces, se dio cuenta de que no todo estaba como de costumbre, ni mucho menos. Su fachada delantera era una carcasa achicharrada, y el vestíbulo de suelos de mármol había perdido parte de su techo.
¿Qué había pasado allí?
Incrédula, cruzó los jardines tan deprisa como pudo. Y ya estaba a punto de llegar a su destino cuando alguien salió a la terraza, apoyándose en un bastón.
Jenna no pudo hacer otra cosa que gritar.
Evandro se quedó helado al oír el grito, aunque no tanto como al ver a la mujer que se dirigía hacia él forzando el paso.
La única mujer del mundo a la que deseaba ver.
Aunque nunca habría querido que le viera en esas circunstancias.
–Oh, Dios mío… –dijo ella al llegar a su lado.
–Dios no ha tenido nada que ver –replicó, tenso–. Pero ¿por qué has venido?
–Porque tenía que venir.
Evandro guardó silencio.
–Te oí gritar en un sueño –continuó ella–. Luego, me conecté y leí una nota de prensa que anunciaba tu dimisión por motivos de salud. Pero no entraba en detalles, claro.
Evandro suspiró.
–Será mejor que entremos en la casa. Necesito sentarme un momento –dijo–. Como ves, me cuesta caminar.
Evandro señaló el bastón que llevaba en la mano derecha y, acto seguido, cojeó hasta llegar a la biblioteca. Una vez allí, se sentó en el ancho sillón de cuero que estaba junto a la apagada chimenea y la invitó a sentarse en el sillón de enfrente.
Jenna se sentó, horrorizada aún.
–Cuéntamelo –dijo ella, casi en tono de ruego.
Él dejó el bastón a un lado y estiró las piernas con dificultad. Parte de la mampostería se había hundido encima de él durante el incendio, y le había destrozado un hueso.
–Mi esposa apareció de repente.
–¿Tu esposa?
–Mi exmujer –puntualizó él–, aunque se comporta como si siguiéramos casados.
–¿Y qué pasó?
–Que insistió en quedarse a pasar la noche. En mi cama.
Jenna soltó un suspiro ahogado.
–Cuando rechacé su ofrecimiento, se fue hecha una furia y se retiró a una de las habitaciones de invitados, donde pidió que le subieran la cena y que le llevaran varias botellas de champán y vino, que se bebió enteras –le explicó él–. Como es lógico, se emborrachó. Y tuvo la desgracia de apagar mal un cigarrillo, que cayó a la alfombra y la prendió fuego.
Evandro se detuvo un momento antes de continuar.
–El fuego llegó a las cortinas y se empezó a extender. La alarma de incendios saltó enseguida, y los empleados se pudieron poner a salvo. Pero el pueblo está a bastante distancia de aquí, como sabes. Los bomberos tardaron en llegar. Y los edificios antiguos arden muy deprisa.
Evandro guardó silencio de nuevo. Y cuando volvió a hablar, su voz sonó quebrada.
–Intenté salvarla. Te juro que lo intenté. Le deseé lo peor en incontables ocasiones. Pero no merecía morir así… Por lo visto, fue el humo lo que la mató.
–Qué horror –dijo ella.
–Por suerte, estaba tan borracha que no se dio cuenta de lo que estaba pasando. Es lo que afirman las autoridades. La enterramos en la cripta de mi familia, en el cementerio del pueblo. Era lo más apropiado, aunque solo sea por Amelie.
–Oh, Amelie. Dime que no estaba aquí cuando…
–No, no, estaba fuera. Cuando Berenice apareció, llamé al colegio y les pedí que la dejaran dormir en sus alojamientos. Tardó bastante en volver al palazzo, porque estaba lleno de escombros y yo seguía en el hospital. Pero ya está de vuelva, y va al colegio todos los días. Pensamos que es lo mejor para ella, para aliviar su trauma en lo posible.
–¿Y tú? –preguntó Jenna–. ¿Qué pasa con tu trauma?
Él se encogió de hombros.
–Estoy vivo, ¿no? Eso es lo importante. Amelie me necesita.
Jenna lo miró con intensidad y dijo, antes de romper a llorar:
–Amelie no es la única persona que te necesita.
Jenna no podía dejar de llorar. Sencillamente, no podía. Pero ¿qué tenía eso de malo? ¿Qué otra cosa podía hacer?
Evandro había intentado salvar a Berenice, a la mujer que le había atormentado durante años y que había puesto en peligro a todos los habitantes del palazzo, empezando por ella misma. La había intentado salvar a pesar de todo. Había arriesgado su vida por ella.
Jenna sintió lástima de él, y mucho más que lástima. Su corazón rebosaba de tristeza, pero Evandro le lanzó una mirada irónica, le dio un pañuelo para que enjugara sus lágrimas y dijo con una sequedad que no estaba dirigida a ella, sino a él mismo:
–Basta de lágrimas, Jenna. Sobreviviré. Además, tú eres la última persona que debería llorar por mí. Especialmente, después de lo que te hice.
Las arrugas que rodeaban la boca de Evandro se volvieron aún más profundas, como puñales en una herida.
–Sobre todo, después de lo que te hice –recalcó.
Evandro se levantó y se acercó cojeando a la mesa, sin utilizar el bastón. Luego, abrió uno de los cajones y sacó la carta que estaba allí desde el día en que le había dicho a Jenna que se marchara.
Mientras la sacaba, sintió una punzada que no tenía nada que ver el machacado hueso de su pierna herida. Pero hizo caso omiso del dolor, acostumbrado como estaba a no pensar en el castigo físico que sufría su cuerpo desde aquella noche.
Miró el sobre durante unos segundos, se apoyó en la mesa y se giró hacia Jenna, quien dijo con debilidad:
–Cuando leí el anuncio de tu dimisión, me acordé de la carta que habías recibido. Y pensé que los motivos de salud de los que hablaba eran…
–No fue por motivos de salud –la interrumpió él–. No te dije que te marcharas por eso.
Evandro respiró hondo y siguió hablando.
–Jenna, tienes que entender esto… Desde que me divorcié, la prensa del corazón no ha hecho otra cosa que informar sobre lo que yo estaba haciendo. A veces, con ayuda de Bianca, que les filtraba noticias cuando podía. En parte, porque le encanta estar bajo los focos y, en parte, porque albergaba la esperanza de convertirse en la siguiente signora Rocceforte. Por supuesto, nunca tuvo esa posibilidad. Pero los periodistas estaban buscando una noticia, y cuando…
Evandro se detuvo un momento.
–Poco después de que volviéramos de Turín, uno de esos medios publicó un artículo muy distinto a los que publicaban sobre Bianca, un artículo donde hablaban de ti, desde una perspectiva diferente. El periodista te puso en el papel que Bianca no había tenido nunca, y enfatizó el hecho de que tú eras lo que ella no había podido ser –continuó–. Eso fue lo que provocó la carta en cuestión. Esta carta.
Evandro dejó la carta encima de la mesa, con tanta brusquedad como si le quemara.
–Desde que te vi por primera vez, supe que ser algo más que tu jefe y el padre de tu alumna era un error. Supe que no debía desear nada más, que pasar tiempo contigo, hablar contigo y reír contigo podía ser muy peligroso. Supe que no debía romper tu manto de invisibilidad ni besarte bajo la luz de la luna.
Ella no dijo nada. Se había quedado sin palabras.
–Por eso te alejé de mí. Por eso invité a Bianca y sus amigos, en un esfuerzo por dejar de desearte, pensando que me distraerían. Creí que me ayudarían a alejarme de ti, a deshacer lo que había hecho de un modo tan irresponsable. Pero no pude expulsarte de mis pensamientos. De hecho, solo sirvió para demostrarme que tú eras la única persona que deseaba, y con todas las fibras de mi ser.
–Evandro, yo…
–Eras lo que Berenice no había sido nunca –continuó él–. Eras la única persona que me podía sacar de la pesadilla de mi matrimonio. Tu actitud tranquila, tu voz tranquila, tu tranquila forma de amar, tu mirada clara… y sobre todo, por encima de todo, tu sinceridad, tu franqueza, tu amabilidad y tu compasión. Eras todo lo que yo podía desear. Eras la mujer que quería, la que necesitaba, la que podía dar sentido a mi vida. Y por eso me libré de Bianca.
Él respiró hondo, cerró los ojos durante un momento y siguió con su explicación.
–Quise reclamarte para mí, Jenna. Quise hacerte mía, un término muy peligroso. Y huelga decir que era consciente del peligro que estaba corriendo. Lo sabía de sobra. Sabía que besarte, tomarte entre mis brazos y llevarte a mi cama era un riesgo monumental, pero no me importó. Me dije que estaba dispuesto a arriesgarme pasara lo que pasara, porque tú no tenías nada que ver con Berenice.
Ella frunció el ceño, sin entender nada.
–¿Arriesgarte? ¿Qué riesgo corrías? –se atrevió a preguntar.
Él apretó los dientes y calló durante unos segundos, porque no quería decirle la verdad. Pero tenía que decírsela.
–El de elegir entre Amelie y tú.
Jenna no pudo creer lo que estaba diciendo.
–Pero Evandro, yo jamás me atrevería a… ¡Nunca te obligaría a elegir entre ella y yo! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes creer que sería capaz de dañar tu relación con Amelie, después de lo que te conté sobre tu propio padre? ¿Y por qué iba a hacer tal cosa? –preguntó, sin entender nada–. Amelie es una niña magnífica, y la quiero tanto como te…
Evandro la interrumpió.
–No me refería a ti. No habrías sido tú quien me obligara a elegir.
–Entonces, ¿quién?
–Berenice.
–¿Berenice? No comprendo.
–Lo comprenderás mejor dentro de unos momentos, porque tengo otra historia triste que contarte. Tan triste como necesaria.
–Te escucho –replicó ella.
–Mi padre quería expandir Rocceforte Industriale mediante una fusión con una compañía francesa, Trans Montane, que Berenice había heredado. La forma más fácil de conseguirlo era la unión de las dos familias, y sobra decir que la idea me encantó. Así, mi padre quedaba satisfecho y yo le hacía un favor a nuestra empresa. Pero ese no fue el único motivo que me llevó a casarme con Berenice.
Evandro se volvió a detener. Su cara era la viva imagen de la angustia.
–Cuando la vi por primera vez, me encapriché de ella. Yo tenía veinticinco años, y la cabeza llena de nociones románticas. Pensé que tendría una mujer por la que todo el mundo me envidiaría, una mujer como mi madre, que había fallecido dos años antes. Y además, mi padre estaba muy ilusionado con la idea de verme felizmente casado… pero Berenice tenía sus propios planes.
–¿Sus propios planes?
–No estaba enamorada de mí. Fingió estarlo porque sabía que yo la adoraba, y que así sería más maleable. Hizo lo mismo que hacía con todos los hombres que se le acercaban, con la salvedad de que mi caso era peor, porque me casé con ella. Me quería de rodillas, atento a sus extravagancias y caprichos, sometido a su narcisismo y tan cegado por su belleza que hasta le perdonaba sus infidelidades.
La voz de Evandro se volvió más dura.
–Con el tiempo, me di cuenta de que no era la mujer que yo creía y, cuando lo supo, hizo lo posible por mantenerme atado a ella. Pero no lo consiguió. No pudo conseguir que siguiera enamorado de una persona que no me quería, así que me castigaba de todas las formas posibles, decidida a partirme el corazón.
–Pero seguiste con ella…
–Por el bien de Amelie y hasta por el bien de mi padre. Pero, cuando él falleció, me di cuenta de que no lo soportaba más y me divorcié. Berenice ya no tenía poder sobre mí. La había derrotado. Había terminado con ella –le explicó–. Por desgracia, ella no había terminado conmigo, como supe cuando le pedí la custodia de Amelie.
–¿Qué quieres decir?
–Que me exigió un precio a cambio, un precio añadido a la fortuna que ya le había concedido en nuestro acuerdo de divorcio. Un precio que satisfacía su sed de venganza contra mí por haberme divorciado de ella y haberle impedido que me destrozara por completo… Exigió que firmara un documento tan abusivo que mi propio abogado se espantó cuando lo leyó. Incluso me dijo que yo le había dado el poder de destruir mi futuro.
Evandro se detuvo de nuevo. Y, cuando volvió a hablar, ni siquiera se atrevió a mirarla a los ojos.
–Los términos de nuestro acuerdo eran muy sencillos: si yo volvía a estar con otra mujer, tendría que elegir entre ella y nuestra hija. Y lo firmé de todas formas, porque era el único modo de conseguir la custodia de Amelie y poner fin a nuestra interminable disputa en los tribunales. Pero claro, Berenice no se refería a una mujer cualquiera. No le importaba que tuviera amantes. Las personas como Bianca le daban igual.
Jenna empezó a entender.
–Se refería a una mujer como tú. Y, cuando esa revista del corazón publicó el artículo sobre la relación que manteníamos, puso en marcha su venganza definitiva. Eso es lo que está en la carta que acabo de dejar en la mesa. Es de sus abogados. Decía que, si no me separaba de ti, volvería a los tribunales para quitarme la custodia de Amelie.
–E hiciste lo que habíais acordado –dijo ella.
–¿Qué otra cosa podía hacer? Había firmado ese maldito documento. Y Berenice me obligó a elegir… entre Amelie y tú.
Jenna sacudió la cabeza, horrorizada. Se estaba acordando de un hombre muy diferente a él, de un padre que, sin estar obligado a nada, decidió apoyar a su segunda esposa y rechazar a su propia hija. Se estaba acordando de su padre.
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