Kitabı oxu: «E-Pack Bianca septiembre 2020»

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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca, n.º 210 - septiembre 2020
I.S.B.N.: 978-84-1348-779-3
Índice
Portada
Créditos
Recuerdos borrados
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
A merced del rey del desierto
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Amor en carnaval
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Pasión sin protocolo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
EL CORAZÓN de Milly palpitó de emoción cuando vio el nombre de Brooke en la pantalla de su viejo teléfono móvil. Hacía mucho que no sabía nada de su famosa y sofisticada media hermana. Brooke solía tener una actitud fría y crítica con ella, pero sabía que cuando la llamaba era porque la necesitaba. Le gustaba sentirse necesitada, y en el fondo estaba convencida de que la quería, aunque fuese demasiado orgullosa como para reconocerlo.
Si no la viera como alguien en quien podía confiar, no le hablaría de sus asuntos privados. Además, solo se tenían la una a la otra; no les quedaba ningún pariente vivo. Y con lo revuelta que estaba la vida de Brooke por culpa del tirano posesivo con el que había cometido el error de casarse, tampoco le extrañaba que la necesitara. ¿Qué clase de hombre intentaría dinamitar la carrera de su esposa? ¿Qué hombre querría divorciarse de una mujer tan hermosa y con tanto talento solo por un rumor de que le había engañado con otro? Brooke le había dicho entre sollozos, al contárselo, que se negaba a escucharla y que estaba empezando a pensar que le había tendido una trampa porque quería deshacerse de ella, que estaba convencida de que había pagado a aquel baboso para llevarla engañada a una habitación de hotel y luego difundir la mentira de que se había acostado con ella.
–Brooke, ¡qué sorpresa! –exclamó–. ¿Cómo es…?
–Escucha, Milly, necesito tu ayuda –la interrumpió Brooke–. Tienes que hacerte pasar por mí. Solo será unos días.
–¿Unos días? –repitió Milly desconcertada. Se había hecho pasar por ella otras veces, pero nunca más de unas horas–. ¿Cómo voy a hacer eso? Aunque nos parezcamos, en cuanto abra la boca la gente se daría cuenta de que no soy…
–Te alojarás en un hotel de lujo en el centro de Londres –replicó Brooke con aspereza–. No tendrás que hablar con nadie más que con el servicio de habitaciones; ni podrás salir de la suite.
Milly frunció el ceño.
–Pero… cuando dices unos días… ¿de cuántos días estamos hablando? –inquirió nerviosa.
–Cinco o seis nada más.
–¿Cinco o seis? Pero es que no puedo faltar tantos días al trabajo… –contestó Milly, en un tono de disculpa–. No quiero perder mi empleo.
–¡Por amor de Dios!, ¡eres camarera, no neurocirujana! –le recordó Brooke con brusquedad–. En esta época del año puedes encontrar trabajos eventuales en cualquier sitio, y si necesitas que vuelva a pagarte el alquiler, lo haré.
Milly se sonrojó. Era verdad que podría encontrar otro empleo con relativa facilidad, y si Brooke la compensaba pagándole el alquiler de su estudio, difícilmente podría negarse. Aunque la última vez que no había podido pagar el alquiler había acabado teniendo que dormir en el sofá de una amiga, era algo en lo que intentaba no pensar. Cierto que esa vez Brooke había olvidado darle el dinero que le había prometido prestarle, pero la culpa era suya por no habérselo recordado porque le daba vergüenza.
Milly prefirió no sacar a relucir la diferencia entre las finanzas de ambas. No le sorprendía que Brooke no quisiera que la vieran en público con ella, y que no la invitara nunca a ningún evento en su glamuroso mundo, salvo para que se hiciese pasar por ella. Claro que.. ¿qué otra cosa podía esperar?, se preguntó con tristeza. La verdad era que tenía suerte de que Brooke hubiera accedido siquiera a relacionarse con ella…
Brooke se había puesto en contacto con ella poco después de que cumpliera los dieciocho años, cuando acababa de dejar la casa de acogida del ayuntamiento en la que se había criado tras la muerte de su madre. Milly siempre había sabido que era hija ilegítima, pero no que su padre tenía otra hija. En un primer momento las palabras que Brooke había empleado para referirse a su madre la habían ofendido y chocado, pero al ponerse en su lugar había comprendido que se sintiera traicionada por su padre, y había disculpado su manera de expresarse.
–¡Tu madre fue la zorra que casi destruyó el matrimonio de mis padres! –le había dicho con aspereza el día que se habían conocido.
Siendo justos, era verdad que su madre, Natalia Taylor, una joven modelo, se había convertido en la amante del rico empresario William Jackson, el padre de Milly, a sabiendas de que era un hombre casado, infligiendo un sufrimiento terrible a su esposa y a su hija.
Sin embargo, aunque William había amenazado con dejar a su esposa, no llegó a hacerlo porque un infarto segó su vida. Brooke tenía quince años y ella solo nueve. Su madre murió apenas un par de años después, en un accidente de tráfico, y a ella la enviaron al hogar de acogida, donde había permanecido hasta alcanzar la mayoría de edad.
Al conocerse, las dos se habían sorprendido del parecido entre ellas. Ambas habían heredado de su padre el cabello rubio y rizado y los ojos azules. Sin embargo, Milly había nacido con el caballete de la nariz bastante pronunciado, y por sus facciones podría decirse que era bonita, pero no una belleza, como Brooke.
Había sido idea de esta utilizarla como a su doble para evitar los eventos que le resultaban aburridos o, más frecuentemente, para confundir a los paparazzi que seguían sus pasos como sabuesos, y que algunas veces la fotografiaban en lugares donde no quería que se la viese, o con personas con quienes no quería que se la viese. Estaba obsesionada con controlar y moldear la imagen que se daba de ella en los medios.
Por eso había llegado al extremo de decirle que para poder hacerse pasar por ella tendría que «arreglarse» la nariz para que se pareciese a la suya, que era mucho más elegante. En un primer momento ella se había negado en redondo, no porque sintiese un especial cariño por su nariz imperfecta, sino simplemente porque era su nariz y estaba acostumbrada a sus defectos.
Brooke se había puesto hecha un basilisco ante su negativa y había cortado todo contacto con ella durante semanas, haciéndola sentirse fatal. Cuando había vuelto a llamarla, un mes y medio después, se había sentido tan aliviada que había acabado accediendo a someterse a esa operación estética y antes de que pudiera cambiar de opinión Brooke la había llevado a una clínica privada para que se la hicieran.
La primera vez que se había hecho pasar por Brooke para que pudiera escaquearse de un aburrido evento benéfico, había pasado unos nervios tremendos a pesar de ir vestida, peinada y maquillada como ella. Sin embargo, nadie había sospechado nada y por primera vez en su vida se había sentido como alguien importante. Además, Brooke se había mostrado tan agradecida con ella…
La segunda vez solo había tenido que bajarse de una limusina y entrar en una boutique mientras Brooke estaba en otro lugar a miles de kilómetros. Había descubierto que era divertido ponerse ropa cara y fingir ser otra persona, sobre todo cuando en su vida hasta entonces no había habido mucha diversión.
La inquietaba que en esa ocasión Brooke estuviera pidiéndole que se hiciera pasar por ella no unas horas, sino varios días, pero con la difícil situación por la que estaba pasando Brooke con la crisis de su matrimonio, sabía que no podía negarse. Haría lo que fuera por ayudarla.
–¿Y dónde estarás mientras yo me alojo en ese hotel? –le preguntó con curiosidad.
–Voy a tomarme unas pequeñas vacaciones en el extranjero, así que necesitaré tu pasaporte para que los medios no se enteren –respondió Brooke.
Milly frunció el ceño al oír lo del pasaporte, pero luego esbozó una sonrisa. Unas vacaciones eran justo lo que necesitaba la pobre Brooke en ese momento, con todo el estrés y la tensión a los que estaba sometida, y al fin y al cabo ella lo único que tendría que hacer sería pasar unos días en una suite de hotel. Sería egoísta por su parte negarle su ayuda.
–Está bien, lo haré.
–Solo podrás llevar una bolsa de viaje pequeña. Yo prepararé una maleta con ropa mía para que te vistas con ella esos días –la informó Brooke–. Pasaré a recogerte y nos cambiaremos la ropa en el coche. Y te maquillaré yo; se me da mejor que a ti.
Después de que acordaran a qué hora pasaría a recogerla, Milly fue a la cafetería donde trabajaba para decirle a la dueña que dejaba el empleo, aduciendo una urgencia familiar. Odiaba dejarla tirada de esa manera, avisándola de que se iba con tan poca antelación, pero Brooke tenía razón: probablemente no tendría problema en encontrar otro empleo como camarera.
Volvió a casa, se alisó el pelo y metió en una bolsa de viaje su pasaporte, ropa interior, un par de libros y sus agujas de tricotar y unas madejas para entretenerse esos días que pasaría «encerrada» en el hotel.
Cuando bajó a la calle solo estaba lloviznando un poco, pero abrió el paraguas nada más salir para que no se le mojara el pelo. Brooke siempre lo llevaba perfectamente liso.
Al poco rato apareció una limusina con las lunas tintadas, que se detuvo frente a ella. La puerta trasera se abrió y vio sentada dentro a Brooke, que la apremió diciéndole:
–¡Vamos, sube ya! ¡No nos pueden ver juntas!
Milly se apresuró a entrar en el coche y cerró tras de sí.
–Pero… ¿y el conductor? –le siseó cuando se pusieron en marcha.
Brooke pulsó un botón y se elevó un panel de cristal frente a sus asientos, aislándolas de la parte delantera del vehículo. Luego pulsó otro botón y el cristal se oscureció.
–Le pago bien para que mantenga la boca cerrada –respondió, desabrochándose el cinturón–. Y ahora ayúdame a quitarme esto… –masculló, girándose para señalarle la cremallera que su vestido tenía en la espalda–. ¿Te has acordado de traer tu pasaporte?
–Sí, pero… ¿no es ilegal que viajes con el pasaporte de otra persona? –murmuró Milly incómoda, bajándole la cremallera.
Brooke giró la cabeza y le lanzó una mirada furibunda.
–No tengo elección. Si viajara con el mío, los medios se enterarían de a dónde voy y me seguirían. Pero si viajo con el tuyo, como tú no eres nadie, no habrá problema.
A Milly le dolió oírle decir que no era nadie, pero era la verdad, así que le entregó el pasaporte a regañadientes y la ayudó a quitarse el vestido.
–¡Por Dios, dejo de verte un par de meses y mira cómo te descuidas! ¡Mira qué manos! –la increpó Brooke ceñuda, agarrándola de una mano para mirarle más de cerca las uñas, más cortas que las suyas y sin pintar–. Yo siempre tengo las uñas perfectas. Cuando entres en el hotel y vayas al mostrador de recepción a recoger la llave de la suite, intenta ocultarlas lo más posible y pide que te manden a una esteticista para que te haga la manicura –le ordenó impaciente.
–Lo siento –murmuró Milly mientras se desvestía ella también, omitiendo que no podía permitirse, como Brooke, tratamientos de belleza semanales.
Brooke le metió por la cabeza su vestido y resopló al ver que le quedaba justo.
–¿Has puesto peso otra vez? –exclamó exasperada–. Anda, contén el aliento para que pueda subirte la cremallera.
Milly no era tan esbelta como Brooke, pero tampoco podía decirse que tuviera sobrepeso. De hecho, desde la primera vez que le había pedido que se hiciera pasar por ella, se había esforzado por perder unos kilos para que le cupiera mejor su ropa. Y eso le había supuesto sacrificios importantes, como evitar sus antojos favoritos y controlar su pasión por el chocolate.
Brooke se quitó los zapatos y se puso sus vaqueros y su suéter. Luego se recogió el cabello, se puso una gorra, y de su bolso sacó unas toallitas húmedas y empezó a desmaquillarse.
–Esto es casi como ser una espía –observó Milly divertida.
–¡No seas niña! –la reprendió Brooke con impaciencia–. ¿Tienes idea de lo importante que es este viaje para mí? Voy a reunirme con alguien que puede que me consiga un papel en una película.
–Bueno, para mí esto es emocionante –le confesó Milly azorada, frunciendo la nariz–. Perdona, es que me imagino que pasar varios días encerrada será bastante aburrido, así que para mí esta es la parte divertida.
–También necesitarás mis anillos… ¡y por amor de Dios, no vayas a perderlos! –la advirtió Brooke–. Puede que tenga que venderlos –masculló mientras se los quitaba para dárselos–. ¡Ese bastardo de Lorenzo! Está podrido de dinero, pero insistió en que hiciéramos ese acuerdo prematrimonial y no recibiré ni un penique más de lo que me corresponde. Pero dentro de unos años no será más que un mal recuerdo. Mi próximo marido será un icono de la moda, o un actor, ¡no un banquero!
Alicaída por el mal humor de Brooke, Milly se puso sus anillos y sus zapatos.
–¿Crees que podríamos… no sé, quedar una tarde cuando vuelvas? –le preguntó vacilante.
–¿Para qué? –inquirió Brooke con aspereza.
–Bueno, es que hace mucho que no nos vemos –apuntó Milly, abrochándose el cinturón–. Me apetece mucho pasar un rato contigo, aunque solo sea para tomar un café y charlar, y tal vez te sentirías mejor si hablaras de todo lo que te preocupa.
–No me hace falta; estoy bien –replicó Brooke. Bajó el cristal que las separaba del chófer y le ordenó que fuera más deprisa porque no quería perder su vuelo–. Cuando me enteré de que mi padre había tenido otra hija te busqué porque sentía curiosidad y ya está. Me he portado muy bien contigo: te he enseñado a tener un poco más de estilo, te pagué esa operación estética… ¿Qué más quieres de mí? Tampoco esperarás que seamos amigas, después de que tu madre se acostara con mi padre. ¿Sabías que mi pobre madre intentó suicidarse al enterarse de que él la estaba engañando?
Milly palideció al oír eso y agachó la cabeza.
–No sabes cuánto lo siento. Pero esperaba que con el tiempo… bueno, que podríamos dejar todo eso atrás porque somos hermanas.
Brooke que había sacado del bolso su kit de maquillaje, le levantó la barbilla para pintarle los labios con su barra de carmín.
–Mira, jamás podré olvidar que tu madre se acostaba con a mi padre, y yo no soy de tener amigas. Las amigas te dejan tirada y hablan a tus espaldas.
–¡Pero yo jamás haría eso! –protestó Milly.
–Bueno, hasta ahora no lo has hecho, es verdad –concedió Brooke a regañadientes mientras continuaba maquillándola–, y me has sido muy útil, pero no tenemos nada en común. Tú eres pobre, no tienes estudios y ni siquiera hablarías bien si no te hubiera mandado a esas clases de dicción… Te gusta leer y hacer punto; ¿de qué íbamos a hablar? A los cinco minutos estaría aburriéndome como una ostra.
Milly palideció de nuevo y se puso tensa. Era una idiota, dejándose maltratar por Brooke de esa manera. Durante todo ese tiempo había ignorado la frialdad de Brooke hacia ella, con la esperanza de que llegase a aceptarla como su hermana y dejase atrás el pasado, superando el dolor que le habían causado su madre y el padre de ambas. Pero ahora se daba cuenta de que Brooke seguía tan furiosa y resentida con ella como cuando se habían conocido.
Brooke guardó su kit de maquillaje y volvió a decirle al chófer en un tono agrio que acelerara. La lluvia estaba cayendo con mucha más fuerza y chorreaba por los cristales, dificultando la visibilidad.
–Está será la última vez que me haga pasar por ti –le dijo Milly, en un tono quedo pero firme–. De hecho, para serte sincera, desearía no haberlo hecho nunca.
–¡Por amor de Dios! ¿Tienes que enfurruñarte precisamente ahora? –le espetó Brooke airada.
–No me estoy enfurruñando, y no pienso dejarte tirada –respondió Milly con voz tirante–, pero cuando esto se haya acabado, no volveré a hacerme pasar por ti.
Brooke esbozó una sonrisa encantadora y le apretó la mano.
–Perdona si he perdido los nervios, pero es que esta oportunidad ha surgido tan de repente, y estoy tan estresada… –le dijo melosa–. Mira, ya no falta nada para llegar al hotel. Recuerda que no debes hablar más de lo estrictamente necesario con los empleados; yo no charlo con gente irrelevante. Quédate en la suite y haz que te suban el desayuno, el almuerzo y la cena. Y no comas porquerías. Todo el mundo sabe que llevo una alimentación muy sana, y dentro de poco tengo pensado subir a mi canal de YouTube un vídeo con unos ejercicios para mantenerse en forma. Recuérdalo: no debes dejarte ver. Es lo que espera la gente; saben que mi matrimonio se ha acabado y parecería insensible si no diese la impresión de que lo estoy pasando muy mal y necesitara pasar unos días a solas, apartada de todo.
Milly no se dejó engañar por aquella sonrisa falsa ni por sus disculpas. Estaba claro que Brooke solo estaba mostrándose amable con ella porque temía que la dejara plantada en el último minuto, y la entristecía ver que pudiera ser tan falsa cuando ella había llegado a sentir por ella un afecto sincero.
De repente el chófer, que había acelerado para contentar a Brooke, frenó bruscamente y dio un volantazo. Milly miró hacia delante y vio aterrada que estaba intentando esquivar un camión que se había saltado un semáforo en rojo e iba hacia ellos.
Milly se preparó para el impacto, rezando en silencio, y trató de agarrar a Brooke de la mano, pero estaba inclinada hacia delante, chillándole al conductor, y no podía alcanzarla. Se oyó un horrible crujido metálico cuando chocaron y el golpe sacudió todos sus huesos. Una ola de insoportable dolor la envolvió. Brooke… «¡Brooke…!», quiso gritar, presa de horror, al recordar que su hermana se había quitado el cinturón y no había vuelto a ponérselo, pero una densa oscuridad la engulló poco a poco y perdió el conocimiento.
Lorenzo Tassini, el banquero más excepcional de su generación y reconocido genio de las finanzas, estaba de muy buen humor porque esa mañana Brooke, que pronto sería su exmujer, por fin había firmado los papeles del divorcio.
Ya estaba hecho. Dentro de unas semanas sería libre, libre al fin, de una esposa que le había mentido, que le había engañado acostándose con otros, y que había dado pie a un sinfín de vergonzantes titulares en los periódicos.
Brooke confiaba en que su notoriedad la ayudase a abrirse paso en la industria del cine para labrarse una carrera como actriz. Él la despreciaba, pero se culpaba más a sí mismo por haber cometido el error de casarse con ella, que a Brooke por cómo lo había decepcionado. Echando la vista atrás, apenas podía comprender la locura que se había apoderado de él al conocer a Brooke Jackson. Sin duda la lujuria que había despertado en él había sido su perdición.
Su belleza lo había hipnotizado, pero los dos años que habían estado juntos habían generado en su interior rabia y resentimiento. La felicidad ilusoria que había experimentado al principio había durado muy poco. Pronto se había dado cuenta de que era imposible hacer realidad su sueño de crear un hogar y formar una familia junto a una mujer que no quería tener hijos y que no quería pasar tiempo con él a no ser que fuera en un ruidoso club nocturno.
Claro que… ¿qué sabía él lo que era un hogar feliz, o tener una familia? Había crecido en un antiguo palacete en Italia, con un padre a quien le importaban más sus calificaciones académicas que su felicidad, y había sido criado y educado por una sucesión de estrictas niñeras y tutores.
Las traiciones de Brooke habían aniquilado sus sueños de una vida familiar normal, de un hogar cálido. Había dejado atrás todos esos anhelos absurdos. No necesitaba nada de eso; era un hombre muy, muy rico y libre de todo tipo de ataduras. No volvería a casarse, y tampoco tendría hijos porque, con el mal ejemplo que había tenido, estaba seguro de que sería un pésimo padre.
Iba a salir a almorzar cuando llamaron por teléfono. Era la policía. La limusina en la que iba Brooke se había visto involucrada en un accidente. Se quedó paralizado al oír los detalles que le relató el agente al otro lado de la línea: su esposa estaba gravemente herida y la habían ingresado en la unidad de cuidados intensivos; el chófer, que trabajaba para él, había muerto, y también la otra mujer que iba a bordo. ¿Qué otra mujer?, se preguntó aturdido.
Visitaría a la familia del chófer en cuanto le fuera posible para darles sus condolencias, decidió de inmediato tras colgar el teléfono. Y aunque ya no pensara en Brooke como su esposa, sabía que no tenía ningún pariente y era su responsabilidad moral hacerse cargo de ella. Por eso, se fue derecho al hospital. Hacía mucho que había perdido el aprecio y el respeto a su mujer, pero jamás le desearía mal alguno.
Cuando Lorenzo llegó al pabellón de urgencias había un par de policías esperándole. Querían hacerle unas preguntas sobre la otra mujer, la que había muerto en el accidente. Según el pasaporte que habían encontrado se llamaba Milly Taylor, pero Lorenzo nunca había oído ese nombre ni sabía quién era.
La policía pensaba que tal vez también hubiera sido una extraña para la propia Brooke, que quizá, como estaba lloviendo tanto, se había ofrecido a llevarla porque le pillaba de paso. A Lorenzo le costaba imaginar a Brooke haciendo de buena samaritana y contestó que tal vez fuera una de las maquilladoras o estilistas a cuyos servicios recurría con frecuencia.
Se preguntó si el accidente habría sido culpa del conductor, y por ende culpa suya también por haber permitido a Brooke el capricho de seguir usando una de sus limusinas hasta que estuvieran oficialmente divorciados.
Aunque el acuerdo prematrimonial que habían firmado antes de la boda le aseguraba un férreo control para evitar que sus bienes acabasen en sus garras, se había mostrado generoso con ella. Además de dejar que siguiese haciendo uso de la limusina, le había comprado un lujoso apartamento para que viviese en él cuando abandonase Madrigal Court, su casa de campo. De hecho, ya le había entregado las llaves, pero Brooke aún no se había mudado porque le gustaba demasiado la comodidad de contar con un servicio pagado que le cocinaba, limpiaba, lavaba la ropa… ¡Madre di Dio…!, ¿cómo podía estar pensando esas cosas en un momento tan grave?, se reprendió.
La policía le aseguró que el accidente no había sido culpa de su chófer. Un camionero extranjero había girado en la calle equivocada, le había entrado el pánico en medio del intenso tráfico y se había saltado un semáforo en rojo, provocando el accidente.
Brooke había sufrido un severo traumatismo craneal y el neurocirujano que estaba a punto de operarla le advirtió que era posible que no sobreviviera a la intervención. Lorenzo se pasó horas paseándose arriba y abajo por la sala de espera, rumiando los demás detalles que le habían dado sobre su estado: le habían dicho que Brooke tenía múltiples cortes y golpes en la cara y aunque solo había podido verla unos segundos cuando habían pasado con ella en una camilla, camino del quirófano, había podido comprobar hasta qué punto el accidente había desfigurado sus facciones. Sabiendo lo importante que era para Brooke su apariencia, sintió lástima de ella. Si sobrevivía, se aseguraría de conseguirle al mejor cirujano plástico para que pudiera volver a mirarse al espejo sin sentirse mal. Haría todo lo que estuviera en su mano por ella.
Cuando por fin apareció el médico para decirle que la operación había ido bien, respiró aliviado. Sin embargo, el neurocirujano también le explicó que Brooke estaba en coma y que no había manera de saber cuándo saldría de él, ni en qué estado quedaría. Esa clase de traumas craneales solían causar complicaciones y secuelas. En cualquier caso, le dijo, tenía un largo y lento proceso de recuperación por delante.
Una enfermera le entregó los efectos personales de Brooke. Entre ellos estaban su anillo de compromiso y la alianza que él había puesto en su dedo el día de la boda con tanta confianza y optimismo. Tragó saliva, consciente de la encrucijada en la que se encontraba de repente. Hacía unas horas solo había podido pensar en que dentro de unas semanas sería libre, pero Brooke aún era su esposa, y le daría todo el apoyo que fuera necesario en esos momentos difíciles. Dejaría en suspenso el asunto del divorcio hasta que Brooke se recuperase.
Capítulo 2
LA JOVEN tendida en la cama sentía como si estuviera atrapada por un pesado sueño del que despertaba a ratos. Oía voces, pero no las reconocía. También oía ruidos aislados, como leves pitidos y zumbidos, pero tampoco sabía qué podían ser. Por más que se esforzaba, era incapaz de moverse. No lograba articular los dedos de las manos, ni de los pies… ni siquiera podía abrir los ojos. Los brazos y las piernas le pesaban.
A veces también había una voz profunda, masculina, más diferenciada, y aunque tampoco la reconocía, empezó a aferrarse a ella cuando la oía, desorientada como estaba, igual que un náufrago se aferraría a un salvavidas.
No alcanzaba a entender lo que decía. Tal vez fuera un televisor, y se preguntaba si siempre tendrían sintonizado todo el tiempo un canal extranjero porque parecía que aquel hombre estuviese hablando en otro idioma, o al menos con acento de otro país.
Y a veces se escuchaba música de fondo, música clásica sobre todo, y ocasionalmente cantos de pájaros, olas y ruido de lluvia, como si alguien hubiese recopilado los sonidos más diversos para ella. Le encantaban los cantos de los pájaros porque la hacían sentir que, si pudiera despertarse del todo, sería como despertar al amanecer de un nuevo día.
De pie junto a la ventana, Lorenzo estudiaba en silencio el rostro de su esposa. Si no fuera por los tubos y las máquinas, cualquiera diría que Brooke solo estaba dormida, con los rizos rubios enmarcando su rostro. La había trasladado a una clínica privada, cuando el hospital ya no podía hacer nada más por ella, y el personal la llamaba «la bella durmiente». Llevaba quince meses en estado vegetativo.
Quince meses ya…, pensó, pasándose una mano por el pelo, quince meses en los que su vida había girado en torno a su esposa, postrada en cama y sin visos de recuperarse. Quince meses en los que Brooke había entrado y salido de la unidad de cuidados intensivos, en los que la habían sometido a distintas intervenciones quirúrgicas. Sus huesos rotos se habían soldado, los cortes y los moratones habían desaparecido; los mejores cirujanos plásticos habían reconstruido con esmero sus facciones, y cada día un fisioterapeuta le movía los brazos y las piernas para que no perdiese el músculo. Y, sin embargo, seguía sin despertar.
Asegurarse de que se repararan todos los daños físicos que había sufrido en el accidente había mantenido motivado a Lorenzo aun cuando el personal de la clínica había empezado a perder la esperanza de que Brooke despertara.
No podía dejarla ir; no podía permitir que desconectaran las máquinas. Sin embargo, estaba empezando a darse cuenta de que, por más especialistas a los que consultara y más cuidados que le proporcionaran, el dinero no lo hacía omnipotente, y era posible que Brooke jamás volviera a abrir los ojos.
Se sentó en una silla, junto a la cama, y bajó la vista a sus cuidadas uñas. Había contratado a una manicura para que se las arreglaran con regularidad, y a una peluquera para que le lavara y arreglara también el cabello. Era lo que ella habría querido, aunque le había dicho a la peluquera que no se lo alisara, como acostumbraba hacer Brooke. Ella no habría estado de acuerdo con ese cambio, pensó, sintiéndose algo culpable, mientras acariciaba distraído sus rizos rubios.
–Una vez te amé –le dijo en un tono casi desafiante, en el silencio de la habitación.
Uno de los dedos de Brooke se movió ligeramente. Lorenzo se quedó paralizado y miró fijamente su mano, que seguía en la misma posición. No, tenía que haber sido su imaginación, se dijo. No era la primera vez que había tenido una impresión de ese tipo.
Lo entristecía que Brooke estuviera tan sola. Los paparazzi habían intentado colarse en el edificio para sacarle una foto, pero no había ido a verla ningún amigo. Él era el único que la visitaba. Solo habían llamado para preguntar por ella su agente y algunas personas con las que mantenía una relación profesional, y cuando se enteraron de que se había quedado en coma dejaron de llamar. La fama de la que tanto se había vanagloriado Brooke había sido tristemente fugaz. De hecho, después del accidente había habido un estallido de titulares en los periódicos y especulación en los medios al respecto, pero parecía que todo el mundo se había olvidado ya de ella.
A la mañana siguiente, las máquinas que había junto a la cama empezaron a emitir pitidos de alarma. La joven se despertó y, frenética, paseó la mirada por aquella habitación desconocida antes de que llegaran dos enfermeras. Las dos mujeres se miraron entre preocupadas y emocionadas.
La joven intentó agarrar el tubo que tenía en la garganta porque no podía hablar, pero las enfermeras se lo impidieron y trataron de tranquilizarla diciéndole que el médico llegaría enseguida y que no tenía de qué preocuparse.
¿Que no tenía de qué preocuparse? ¡Pero si no podía moverse! Solo podía mover una mano, y se notaba el brazo raro, como adormecido… Su pánico iba en aumento, y no disminuyó siquiera cuando llegó el médico y le quitó el tubo de la garganta. No dejaba de hacerle preguntas, preguntas que ella no era capaz de responder. No sabía quién era, ni cómo se llamaba, y tampoco sabía por qué estaba en aquel lugar. Era como si su mente estuviera completamente en blanco. Experimentó un alivio ridículo cuando al menos logró recordar el nombre del primer ministro y en qué año estaban.
–¿Qué me ha pasado? –preguntó con voz entrecortada–. ¿He estado enferma?
–Sufrió un accidente –dijo el doctor, y cruzó una mirada con las enfermeras.
–¿Y cómo me llamo? –inquirió ella, temblorosa.
–Brooke… Brooke Tassini.
El nombre ni siquiera le resultaba familiar.
–Su marido llegará enseguida.
Brooke puso unos ojos como platos.
–¿Tengo marido?
Las enfermeras sonrieron con picardía.
–Ya lo creo, y un marido muy guapo, además –respondió una de ellas.
Brooke bajó la vista a su mano, pero no encontró en ella ningún anillo. ¿Estaba casada? Dios… ¿Y también tenía hijos?, preguntó a las enfermeras. No, le dijeron, o al menos no que ellas supieran. Brooke sintió alivio al oír su respuesta, aunque también culpable: ¿acaso no le gustaban los niños? En todo caso, si la inquietaba tener un marido al que no recordaba, peor aún habría sido haberse olvidado de sus hijos.
Cuando Lorenzo llegó, el médico lo recibió en el pasillo. El hombre, de mediana edad, no paraba de balbucear, entre nervioso y emocionado. No ocurría todos los días que un paciente de la clínica saliera del coma.
–Tiene amnesia postraumática –le estaba diciendo–, lo cual es perfectamente comprensible después de un traumatismo craneal tan fuerte como el que sufrió. Un psiquiatra podrá asesorarle mejor que yo, pero de momento lo más importante es que no le diga a su esposa nada que pueda aumentar su confusión. Yo no le mencionaría aún nada sobre las personas que murieron en el accidente ni tampoco que estaban… bueno, en proceso de divorciarse –farfulló, visiblemente incómodo por mencionar algo tan personal–. Bastante alterada está ya en su situación. Intente calmarla y no le dé demasiada información.
¿Brooke tenía amnesia? Lorenzo no sabía si debía creerse algo así de una mujer que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguir la atención de los medios. ¿Qué mejor manera de volver a ocupar las portadas que con una historia como aquella? Se sintió mal por pensar que pudiera estar fingiendo, pero sabía por experiencia que Brooke tenía una habilidad especial para el engaño.
Incorporada y recostada en un par de almohadones, Brooke se quedó sin aliento cuando la puerta se abrió. El que se suponía que era su marido estaba allí, en el umbral. No había nada en él que le resultase familiar, aunque no sabía cómo podría haber olvidado a un hombre así.
De pelo negro y ojos castaños, debía medir más de metro ochenta, era ancho de hombros y estrecho de caderas. Iba vestido con un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata azul, y no podría ser más guapo, pensó, sintiendo que le ardían las mejillas.
Sin embargo, si era su marido… ¿por qué se había quedado parado en la puerta? El médico le había explicado que había estado en coma; lo normal sería que corriera a su lado con una sonrisa de alivio y felicidad. Pero aquel tipo no tenía pinta de sonreír muy a menudo. De hecho, la intimidaba bastante ahí plantado, mirándola fijamente.
–Brooke… –murmuró él, con una expresión desprovista de emoción. Entró, cerrando tras de sí, y se acercó a la cama–. ¿Cómo te encuentras?
Al oír su voz, Brooke se quedó paralizada momentáneamente. Su voz le resultaba familiar.
–Conozco tu voz… ¡Recuerdo tu voz! –exclamó–. Desde que me desperté, es lo primero que he recordado… pero no te reconozco –murmuró contrariada–. Me han dicho que eres mi marido. ¿Es verdad?
Lorenzo no podía apartar la vista de ella. Estaba preciosa, con el cabello algo revuelto cayéndole sobre los hombros, con esos increíbles ojos azules, casi violetas, mirándolo de un modo angelical. Por alguna razón no parecía la misma. Tal vez porque no estaba acostumbrado a verla sin maquillar. Brooke era de las que se pintaban nada más levantarse, por más que le había dicho que no necesitaba maquillaje para estar guapa.
Claro que… era normal que estuviese distinta. Para empezar, estaba más delgada. Parecía frágil y hasta más joven. Los cirujanos plásticos habían hecho un trabajo impecable «restaurando» su rostro después del accidente, aunque los cambios –por más leves que fueran– no escapaban a su aguda mirada. Su boca parecía un poco más ancha, sus labios algo más carnosos y su nariz un poco más corta. Y esa mirada en sus ojos azules…
Brooke casi nunca dejaba entrever sus emociones a los demás, pero en ese momento veía incertidumbre en sus ojos además de curiosidad.
–Sí, estás casada conmigo –le confirmó.
Habría querido decirle la verdad, que estaban en proceso de divorcio, porque no quería más mentiras entre ellos, pero se atuvo a las recomendaciones del médico. Necesitaba que Brooke confiara en él porque no tenía a nadie más que se hiciera cargo de ella en esos momentos.
Brooke tragó saliva y cerró los ojos un momento. Estaba empezando a dolerle la cabeza.
–¿Un poco de agua? –le ofreció Lorenzo, levantando el vaso con pajita que había dejado la enfermera en la mesilla.
–Sí, gracias –Brooke tomó un sorbo–. Tengo tantas preguntas…
–Te las contestaré todas una por una.
–Todo esto se me hace tan raro… ¿Por qué no te recuerdo pero sí recuerdo tu voz? –exclamó ella con frustración–. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Nadie quiere decírmelo.
–Más de un año –contestó Lorenzo. Brooke puso unos ojos como platos–. Después de las primeras semanas, al ver que no salías del coma, el pronóstico de los médicos no era demasiado optimista, así que me da mucha alegría verte de vuelta en el mundo de los vivos –bromeó.
–¿Ah, sí? –murmuró Brooke, enarcando una ceja–. Y entonces… ¿por qué no lo demuestras?
–¿Que lo demuestre? –inquirió él, frunciendo el ceño.
–No sé, que sonrías o algo para parecer feliz de verdad. Has entrado todo serio, como si fueras la Parca –le dijo ella, sonrojándose por su atrevimiento–. Aquí me siento tan sola…
Apartando de su mente las dudas que le rondaban sobre si Brooke no estaría fingiendo su amnesia, Lorenzo le puso la mano en el hombro y le dijo:
–No estás sola.
–Siéntate a mi lado –le pidió Brooke, dando un par de palmadas en el colchón con mucho esfuerzo.
Él dio un respingo, como si le hubiese pedido que se metiese en la cama con ella, y acercó una silla para sentarse. Parecía que era muy reservado y muy seco, pensó Brooke. De hecho, le costaba imaginar haber tenido relaciones íntimas con alguien así, y la sola idea hizo que se le subieran los colores a la cara.
–¿Cuánto tiempo llevamos casados? –le preguntó.
–Tres años.
Entonces sí que debían haber tenido relaciones, pensó, sintiéndose incómoda de nuevo. Claro que él también debía sentirse incómodo, viendo que su esposa no se acordara de él.
–Siento mucho todo esto –murmuró–. Siento no poder acordarme de ti, y haberte dado tantos problemas.
–No me has dado ningún problema –replicó Lorenzo, sorprendido por sus disculpas.
No parecía la misma. Brooke siempre había sido muy egoísta y no pensaba en los demás salvo cuando podía utilizarlos para sus propósitos. Al verla bostezar, decidió que quizá deberían dejar las preguntas para otro momento.
–Creo que necesitas descansar; será mejor que me vaya y vuelva mañana –le dijo levantándose–. Además, tengo que hacer los trámites para que te trasladen a otra clínica más adecuada a…
–Pero es que yo lo que quiero es irme a casa –protestó ella–. No quiero quedarme aquí
–Me temo que eso es imposible. Necesitas rehabilitación para recuperar la movilidad y los consejos de un profesional especializado para tratar la amnesia –le explicó Lorenzo.
–¿Y no podrías quedarte un rato más? –le suplicó ella–. ¿No podríamos hablar un poco más? Hay tantas cosas que necesito saber…
Lorenzo se quedó callado un momento antes de volver a sentarse con un suspiro.
–De acuerdo. ¿Qué quieres saber?
–Pues, no sé… ¿Cómo nos conocimos? –inquirió ella. Se notaba cansada, pero su mente no podía parar; era un hervidero de preguntas.
–En una fiesta, en Niza. Yo había ido allí por negocios.
–¿Eres empresario? –inquirió Brooke.
–Banquero.
–No me gustan los bancos –murmuró ella. ¿Por qué había dicho eso?, se preguntó sorprendida.
Lorenzo también frunció el ceño.
–¿Por qué no te gustan los bancos?
A Brooke le pesaban los párpados.
–No lo sé –reconoció con una sonrisa soñolienta–. No sé por qué se me ha pasado ese pensamiento por la cabeza y lo he dicho en voz alta.
–Se te cierran los ojos. Te dejo para que descanses –insistió él, levantándose de nuevo–. Mañana nos vemos.
–¿No vas a darme ni un beso de despedida?
Aquella pregunta, hecha con una ingenuidad casi infantil que era risible, teniendo en cuenta que Brooke nunca había sido precisamente recatada, dejó a Lorenzo descolocado.
–Nada de besos –respondió–. Te estás cayendo de sueño y a mí, cuando beso a una mujer, me gusta que esté bien despierta.
–Eso es cruel –murmuró ella, cerrando los ojos.
Lorenzo vio que se había dormido. Debería estar buscando en Internet clínicas para periodos de convalecencia. Debería estar buscando al mejor psiquiatra para que la tratara de la amnesia. Pero en vez de eso se quedó allí de pie, observándola en silencio y sintiéndose mal porque le había mentido: al día siguiente no iría a verla porque tenía que volar a Milán para asistir a una conferencia internacional sobre banca.
Además, a pesar de llevar tres años casado con Brooke, de repente tenía la sensación de que no la conocía de verdad. Claro que a veces las personas se comportaban de un modo distinto dependiendo de las circunstancias. Quizá Brooke era así cuando se sentía insegura, y era normal, porque en ese momento ni siquiera sabía quién era. Seguro que cuando volviera a disponer de su fabuloso vestuario, de su maquillaje, y ocupara de nuevo los titulares de la prensa del corazón, volvería a ser la mujer a la que recordaba.
Brooke se dejó caer en la silla frente al escritorio del doctor Selby, su psiquiatra, y dejó a un lado el bastón que usaba para caminar. Después de la sesión de fisioterapia siempre se encontraba dolorida y la leve cojera que aún sufría entorpecía sus movimientos, pero no se quejaba porque el simple hecho de poder volver a andar ya le parecía una bendición.
–¿Cómo has estado estos últimos días, Brooke? –le preguntó el psiquiatra, mirándola por encima de la montura de sus gafas.
–Muy bien, aunque sigo sin tener ningún recuerdo –respondió ella con incomodidad–. Todo se me hace aún muy extraño. Hace unos días Lorenzo me regaló un maletín de cosméticos para reemplazar el que se destruyó en el accidente. Tuve la sensación de que esperaba que la sorpresa me entusiasmara, pero no sé para qué sirven la mitad de las cosas que trae el maletín. Aun así, me maquillé un poco para su siguiente visita. No quería que pensara que no apreciaba su regalo.
–Parece que la opinión de Lorenzo te importa mucho –observó el doctor.
–Bueno, es normal, ¿no?, es mi marido.
–Claro, claro. El caso es que ahora mismo dependes por completo de él, pero sería más sano para ti que intentaras recobrar poco a poco tu independencia a medida que vayas recobrando las fuerzas.
Brooke asintió con tirantez. En los últimos dos meses había aprendido a ignorar los consejos que no le hacían gracia. Y es que todo el personal de la clínica de rehabilitación parecía querer darle consejos. Y no solo eso; desde su llegada había ido de sorpresa en sorpresa: había descubierto que el hombre con el que estaba casada era extremadamente rico, que antes del accidente había sido famosa, una conocida influencer y aspirante a actriz que solía despertar la atención de los medios.
Esas revelaciones la habían chocado porque se veía como una persona introvertida y con poca confianza en sí misma. Le había preguntado a Lorenzo cuándo podría disponer de un teléfono móvil o un portátil para buscar información en Internet sobre su vida antes del accidente, pero él había insistido en que no era buena idea, que había más posibilidades de que recuperara sus recuerdos si no los forzaba.
–¿Qué haré si no recupero la memoria? –le preguntó al psiquiatra.
–Lo superarás volviendo a empezar de cero. Has tenido mucha suerte. Los daños que sufriste en el accidente fueron graves, pero aparte de la amnesia no te han quedado secuelas –le recordó el doctor Selby.
Sí, pero no podía recordar a su marido, y era algo que la atormentaba cada vez que Lorenzo iba a visitarla. Sin embargo, no podía ir a visitarla tan a menudo como había esperado. Por lo que se veía era un hombre muy ocupado, que tenía que viajar al extranjero varias veces al mes. De hecho, parecía que había acertado con su impresión inicial sobre Lorenzo: era muy reservado, y raramente la tocaba. Era evidente que lo incomodaba profundamente que no lo recordara, pero el que pareciese no querer rozarla siquiera tampoco la ayudaba a sentirse cómoda con él. Era algo que tendría que hablar con él… y cuanto antes mejor.
Además, Lorenzo no se había apartado de ella durante todos esos meses que había estado en coma. ¿Por qué ahora de repente guardaba las distancias con ella? ¿Es que ya no la amaba? ¿Tal vez había dejado de encontrarla atractiva? ¿Estaría pasando su matrimonio por un mal momento?
Esa tarde, después de su sesión diaria de fisioterapia, fue a su habitación a arreglarse. Lorenzo iba a ir a visitarla, y no quería recibirlo en camiseta y pantalón de chándal. Buscó algo que ponerse entre la ropa que le había traído de casa unos días antes, aunque no fue tarea fácil. Todas aquellas prendas le parecían ahora demasiado llamativas y poco prácticas. Finalmente se decantó por un vestido azul. El color era demasiado brillante, casi chillón, pero si se lo había comprado sería porque le había gustado. Lorenzo estaba acostumbrado a verla pintada y a la última moda, y tenía la esperanza de que podría derribar las barreras entre ellos si veía que estaba esforzándose por agradarlo.
Tras darle instrucciones a su chófer para que lo recogiera más tarde, Lorenzo se bajó del coche. Alzó la vista hacia la fachada de la clínica y apretó los labios, preparándose para otra visita a su esposa. Si no recobraba la memoria, antes o después se vería obligado a contarle que antes del accidente habían estado tramitando su divorcio. Pero el psiquiatra le había advertido que no estaba preparada para enfrentarse a esa realidad, que él se había convertido en su punto de apoyo, y que verse desprovista de repente de ese apoyo podría afectar a su estado mental, ya de por sí frágil, y hacer que su recuperación sufriera un fuerte retroceso.
Ya había tenido fuertes disensiones con sus abogados por las advertencias que le habían hecho con respecto a visitar a Brooke. Le habían dicho que yendo a verla solo conseguiría que el juez se convenciera de que concederle el divorcio obstaculizaría lo que podría considerarse como una posible reconciliación.
Y eso no era lo que él quería, desde luego que no. No quería seguir casado con ella. Sabía que tenía que poner un límite a su compasión, pero en el fondo sabía que no era eso lo que lo preocupaba. El verdadero problema era que la deseaba. De hecho, parecía como si de repente la deseara más que nunca. Pero… ¿por qué? Porque estaba distinta, tan distinta que a veces no podía creérselo. Por ridículo que resultara, la Brooke de ahora le gustaba. Tal vez hubiera sido así antes de que él la conociera, antes de que se hubiera apoderado de ella el ansia por ser famosa. Además, ya no parecía obsesionada con su aspecto, y para su sorpresa así, al natural, resultaba incluso más hermosa.
Y era evidente que no estaba fingiendo, porque la Brooke a la que recordaba nunca habría sido capaz de fingir de un modo convincente esa mezcla de inocencia e ingenuidad que ahora exhibía. De pronto veía en ella cualidades que jamás había visto: se preocupaba por él, no se comportaba de un modo egoísta ni caprichoso… Sin embargo, estaba decidido a no caer de nuevo en las arenas movedizas de las que tanto le había costado salir. Brooke se estaba recuperando bien y pronto podría volver a cortar lazos con ella.
Cuando entró en la habitación, Brooke, que estaba sentada en uno de los dos silloncitos que había junto a la ventana, se levantó como un resorte. Parecía como si quisiera que viera que se había arreglado y maquillado, que supiera que estaba haciendo progresos.
–Hoy pareces más… tú –comentó Lorenzo, al ver que estaba mirándolo expectante.
El brillo de emoción en los ojos azules de Brooke lo inquietó.
–Creo que estoy preparada para marcharme… para ir a casa contigo –le dijo–. Estoy segura de que sería mejor para mí estar en un sitio que me sea familiar. Aquí son muy amables conmigo, pero me estoy volviendo loca encerrada aquí. Esto es tan aburrido… Tus visitas son los únicos momentos que espero con ilusión cada semana.
Lorenzo dominó con dificultad su consternación.
–Mañana hablaré con tus médicos. No queremos precipitarnos, ¿verdad? Al fin y al cabo, hace dos meses no podías ni andar.
–¡Pero cada día me siento más fuerte! –protestó ella–. ¿Es que no lo ves?
–Pues claro que lo veo –contestó él con suavidad–, pero hasta que no hayas recobrado la memoria, es demasiado arriesgado.
Brooke apretó los puños, sin poder contener ya la frustración que llevaba reprimiendo durante días.
–¿Y entonces qué?, ¿tendré que quedarme aquí toda mi vida como paciente? –le espetó enfadada–. ¡Porque me han dicho, y supongo que a ti también, que puede que no llegue a recuperar jamás la memoria!
Lorenzo apretó los dientes. Sí, se lo habían dicho, pero había estado ignorando esa posibilidad con la esperanza de que sí recuperara la memoria y así pudieran dar carpetazo a su matrimonio y que cada uno siguiera su camino.
–Siéntate –le dijo–. Vamos a hablar de esto con calma.
Brooke volvió a sentarse y él ocupó el otro sillón y la escrutó en silencio. Parecía que había estado impaciente por que llegara para pedirle que la llevara a casa, y sentía que estaba siendo cruel aunque sabía que no tenía otra opción. Estaba preciosa, con el ensortijado cabello tapándole parte de la cara, los carnosos labios fruncidos en un mohín de enfado y las largas piernas asomándole por debajo del vestido.
–Antes del accidente… –comenzó Brooke en un tono vacilante–… nuestro matrimonio estaba pasando por un mal momento, ¿no es así?
La verdad era que no quería que le respondiera que sí, pero sentía que tenía que preguntarle y ser lo bastante fuerte como para afrontar la realidad por dolorosa que fuera. Si había problemas en su relación, no sería justo ni para él ni para ella que siguieran fingiendo lo contrario.
Lorenzo la miró desconcertado.
–¿Qué te hace pensar eso?
–Tampoco hay que ser un genio para darse cuenta –contestó ella en un murmullo–. No me tocas nunca, a no ser que no puedas evitarlo. Ni tampoco mencionas nunca nada personal, y si te hago alguna pregunta de ese tipo me sales con evasivas. Además, es evidente que no quieres que vuelva a casa. Sé sincero, Lorenzo; lo soportaré. Y luego puedes irte a casa o volver al banco, porque parece que trabajas dieciocho horas al día.
Lorenzo apretó los dientes, lleno de frustración. Habría sido el momento perfecto para hablarlo si no tuviera que tener en cuenta el delicado estado de Brooke. Además, había lágrimas en sus ojos.
Enfadada consigo misma, Brooke se las enjugó con impaciencia con el dorso de la mano.
–Deja de tratarme como a una niña; deja de escoger las palabras cuando me hablas. ¡Tengo veintiocho años, por amor de Dios, no soy una cría! La amnesia es frustrante, pero estar todo el día aquí metida, preguntándome qué clase de relación tenemos es un auténtico suplicio… –exclamó levantándose y dándole la espalda, decidida a no llorar delante de él.
Aturdido, Lorenzo se levantó y le puso una mano en el hombro, pero ella se revolvió, girándose hacia él para decirle con fiereza:
–¡Vete a casa! Ya hablaremos otro día…
Lorenzo no pudo contenerse. La asió por los brazos y, cuando se encontró inclinándose contra su voluntad para besarla, se increpó mentalmente por ese momento de debilidad. Sin embargo, conocía demasiado bien a las mujeres como para no darse cuenta de que si Brooke, que le había rodeado el cuello con los brazos, se lo estaba permitiendo, era para ponerlo a prueba. Aun así, no había nadie observándolos y solo sería un beso breve, se dijo cuando ella abrió la boca en una muda invitación.
La pasión con que estaba besándola sorprendió a Brooke. Los labios de Lorenzo acariciaban los suyos con fruición, justo lo que había estado ansiando durante todas aquellas semanas interminables sin ser consciente de ello.
Se aferró a sus anchos hombros pues sentía que le flaqueaban las piernas, mientras se deleitaba con la embriagadora sensación de los labios de Lorenzo contra los suyos. Le faltaba el aliento, se notaba mareada, y estaba experimentando toda una miríada de sensaciones que eran completamente nuevas para ella.
No, era imposible que fueran nuevas para ella, se corrigió; era solo que no las recordaba. Y, sin embargo, la chocaban los rápidos latidos de su corazón, lo duros que se le habían puesto los pezones, y lo sensibles que los notaba al roce contra la tela del vestido. También el calor que notaba entre los muslos, como un ansia palpitante, y la incipiente erección de él contra su abdomen.
Lorenzo despegó finalmente sus labios de los de ella y la hizo sentarse de nuevo. Solo había sido un beso, se repitió. ¿Y qué era un beso? Sin embargo, se sentía tan irritado consigo mismo por haber vuelto a sucumbir a la tentación que apretó los puños y retrocedió un par de pasos.
–Ha sido maravilloso –murmuró Brooke con una enorme sonrisa, completamente ajena a sus pensamientos–. Ahora me siento mucho mejor con respecto a lo nuestro.
–Estupendo –respondió él entre dientes.
Se sentía completamente descolocado. En los tres años que llevaban casados, Brooke jamás lo había besado de ese modo, ni le había mostrado ni un ápice del deseo que había dado por hecho que sentía por él cuando se habían casado.
Fijó sus ojos en ella y le dijo:
–No soy un hombre dado a expresar mis emociones.
–No hace falta que lo jures –apuntó ella–; es bastante evidente. No lo has hecho en ninguna de tus visitas. Me preocupaba que nuestra relación no fuera bien, y ahora mismo estás muy tenso.
Lorenzo estaba empezando a sentirse como si estuviera sentado en el banquillo de los acusados.
–No estoy tenso –replicó.
Pero no tenía razón; sus facciones no podían estar más tensas, pensó Brooke. Y, sin embargo, a pesar de lo reservado que parecía, había demostrado tanta emoción en aquel beso… ¿O habría sido solo deseo? ¿Y cómo podía ser que no fuera capaz de diferenciar entre una cosa y la otra cuando llevaban tres años casados, cuando no había olvidado cosas como los nombres de las estaciones o los días de la semana? Tragó saliva. Tenía miedo de dejarse llevar por sus expectativas, de esperar demasiado de él.
–¿Me llevarás a casa esta semana? –le preguntó sin rodeos–. Aunque los médicos no estén de acuerdo, yo me siento preparada para irme. No puedo quedarme aquí para siempre… ¿O es que preferirías que me quedase?
Al oír la ansiedad en su voz, Lorenzo se sintió como si le hubiesen dado un latigazo. Por más que intentase ocultárselo, era evidente que estaba estresada y preocupada, y volvió a maravillarlo ese poder leer en ella como en un libro abierto cuando nunca había podido hacerlo.
–Pues claro que no; hablaré con ellos.
Satisfecha con esa respuesta, Brooke lo miró a los ojos.
–Te prometo que no te causaré ningún problema. No tengo una depresión ni una enfermedad mental; solo he perdido la memoria. Y solo quiero recuperar mi vida… –murmuró. «Y a mi marido», añadió para sus adentros.
De pronto se encontró sonriendo ante la perspectiva de reunir a Brooke con toda la ropa que tenía en su vestidor, con sus joyas y con los álbumes que atesoraba, llenos de artículos de la prensa rosa que hablaban de ella. Estaba seguro de que eso la ayudaría a recobrar la memoria. ¿Cómo podía haber esperado que la recobrara encerrada en un entorno completamente aséptico, sin el menor estímulo, privada de todo lo que valoraba y de todo aquello con lo que disfrutaba? En aquella clínica privada no había nada que pudiera resultarle familiar ni que respondiera a sus gustos. Sí, la llevaría a «casa» con él, a Madrigal Court, y allí, con toda probabilidad, recobraría la memoria y recordaría que lo odiaba.
Capítulo 3
MIENTRAS la limusina avanzaba por el largo camino de acceso hacia el palacete que se divisaba a lo lejos, Brooke lo miraba todo con los ojos muy abiertos, maravillada, aunque tratando de disimular. Parecía que su marido era muchísimo más rico de lo que había dado por hecho. Pero, por extraño que le resultara, aquella era su vida, se recordó, intentando calmarse, y aquel era su hogar.
El palacete, que Lorenzo le había dicho que recibía el nombre de Madrigal Court, no podría ser más hermoso, pensó admirando los reflejos del sol en la hilera de altas ventanas. Por el intrincado diseño del edificio dedujo que debía ser muy antiguo. ¿De la época de los Tudor, tal vez?
Alargó el brazo y tomó la mano de Lorenzo, entrelazando sus dedos con los de él. Se sentía tan halagada y agradecida de que se hubiese tomado el día libre para pasar junto a ella el momento de su vuelta a casa.
Lorenzo, a quien aquel gesto lo pilló totalmente desprevenido, lanzó una mirada furtiva a sus manos unidas e inspiró profundamente para intentar mantener la calma. No podía dejar de imaginarla entrando en el vestidor y chillando de emoción: «¡Estoy en casa!».
Sin embargo, aquella nueva versión de Brooke no chillaba, y su voz hasta sonaba más suave. Era uno de los muchos cambios que estaba notando en ella y que lo inquietaban. Era como si le hubieran hecho un trasplante de personalidad. ¡Por Dios, si hasta había llorado cuando le había dicho que sus padres habían fallecido antes de que él la conociera y que no tenía otros parientes que pudieran ayudarla a recobrar la memoria! Aunque tal vez hubiera fotos de familia entre sus cosas.
A petición suya le había llevado el anillo de boda y al ponérselo Brooke lo había hecho con delicadeza, como si fuera algo especial y no la sencilla alianza que había desdeñado años atrás como «poco imaginativa». Una joya sin piedras preciosas no tenía valor alguno para ella.
Y aquel cambio no era el único que lo sorprendió; ahora Brooke también seguía sus consejos. No había vuelto a pedirle un teléfono móvil ni poder buscar información sobre sí misma en Internet, y lo impresionaba porque antes del accidente vivía enganchada a su smartphone.
¿Cómo podía ser que no lo echase de menos? Claro que también podía ser que, por la amnesia, no recordara qué o a quién tenía que echar en falta. Como ese actor casado que había llamado para preguntarle por la salud de Brooke, pensó, notando cómo se endurecían sus facciones. Sin duda había oído los rumores de que estaba recuperándose del accidente. Sospechaba que había habido algo entre ellos, pero se recordó que, por suerte, aunque aún estuviesen casados desde el punto de vista legal, la vida sexual de Brooke ya no era asunto suyo.
Cuando el mayordomo les abrió la puerta, Brooke le sonrió y le dijo:
–Disculpe, no recuerdo su nombre. ¿Cómo se llama?
–Stevens, señora –respondió el anciano.
Al entrar en el enorme e imponente vestíbulo, Brooke miró a su alrededor admirada.
–¡Vaya! ¡Qué bonito! –exclamó.
Lorenzo frunció el ceño.
–Pero si odiabas esta casa… –se oyó replicar a sí mismo, en un murmullo–. Querías una casa moderna, una de esas enormes en una zona residencial de lujo, con piscina, garaje para varios coches, jacuzzi… Yo me negué porque este había sido el hogar de mi familia materna durante siglos, y aunque no llegué a conocer a mi madre me gustaba pensar que ella había vivido aquí.
–¿Dices que odiaba esta casa? –exclamó ella con incredulidad, girándose para mirarlo–. Imposible.
Parecía tan aturdida que Lorenzo se dio cuenta de que debía tener más cuidado con lo que le decía y cómo se lo decía.
–Muchos matrimonios tienen gustos distintos –le dijo, tomándola del codo para conducirla por un amplio pasillo–. Mira, siempre me decías que esta sala, por ejemplo, era más de tu estilo –indicó, abriendo una puerta.
¿Qué estilo?, casi preguntó Brooke al entrar. Era una sala de estar en la que los muebles eran dorados y las cortinas, la tapicería y la alfombra eran de un blanco prístino. Hasta las flores del jarrón que había sobre la mesita eran blancas. Era un estilo bastante aséptico y poco acogedor, aunque llamativo sí que era.
–Y ahí estás tú… –dijo Lorenzo, señalando una gran fotografía de estudio enmarcada que colgaba de la pared–. Te la hicieron para una entrevista en la revista Dream House unas semanas antes del accidente.
Brooke se quedó mirando la fotografía, fascinada, y se llevó una mano vacilante a su pelo rizado mientras se fijaba en lo liso que lo tenía en la imagen.
–Debería volver a alisarme el pelo –murmuró.
–A mí me gusta más así, al natural –respondió Lorenzo.
–¿De verdad? –inquirió ella tensa, sin poder dejar de mirar la foto.
La mujer de la fotografía estaba tan impecablemente maquillada, vestida y peinada que casi parecía inhumana, y el solo compararse con ella la hacía sentirse aún más insegura.
–De verdad –contestó él.
Sin embargo, Brooke no podía evitar sentirse abrumada. Su regreso a casa estaba resultando más complicado de lo que había imaginado que sería. ¿Era posible que la contusión que había sufrido en el accidente hubiese alterado sus gustos?
–Vamos arriba –le dijo Lorenzo–. Te enseñaré tu habitación.
–¿Mi habitación? –repitió Brooke–. ¿Dormimos en habitaciones separadas?
Lorenzo esbozó una sonrisa. Tenía bien ensayada esa respuesta.
–A ti te gusta tener tu espacio, y solías hacer que tu estilista subiera contigo para escoger tus modelos para cada día, así que compartir habitación no era práctico.
Habitaciones separadas… No le extrañaba que Lorenzo se mostrara tan distante con ella, pensó Brooke, ni que la tratara más como a una amiga que como a su esposa. Claro que también podría ser que Lorenzo hubiera llegado a estar conforme con aquella situación, reflexionó con preocupación.
¿Cómo podía haber dejado que el hombre al que amaba se distanciara tanto de ella? Porque era evidente que lo amaba. Era incapaz de creer que se hubiese casado con él sin estar enamorada. La intimidaba que fuera tan rico y aquella enorme casa con sirvientes, pero él no la intimidaba, él la hacía… feliz.
En su habitación todo era blanco también, pero al ser un dormitorio al menos daba una sensación de tranquilidad.
–Y este es tu sitio favorito –anunció Lorenzo, abriendo la puerta del vestidor.
Brooke se detuvo anonadada en el umbral. No solo era enorme, sino que además tenía montones y montones de prendas y complementos: baldas y baldas de zapatos y bolsos, y perchas con coloridas prendas a la última moda. Era como un festín de consumismo, una negación del «menos es más», y se encontró pensando: «¡Dios! ¡Soy una obsesa de la moda que gasta miles de libras en ropa!». Pero luego se recordó, intentando ser menos crítica consigo misma, que era una influencer y que eso conllevaba mantenerse a la última.
Se adentró en el vestidor para ver más de cerca las prendas, con la esperanza de que reviviesen en ella algún recuerdo, pero lo único que le resultaba familiar eran los nombres en las etiquetas, exclusivas firmas de ropa que reconocería cualquiera.
–Me imagino que querrás deshacerte de todo –dijo Lorenzo.
Brooke se giró hacia él con unos ojos como platos.
–¿Deshacerme de todo? –murmuró.
–Porque todo lo que hay aquí ya estará pasado de moda –apuntó Lorenzo con honda satisfacción. Ya se le había ocurrido en qué ocupar el tiempo de la que pronto sería su exmujer–: Tendrás que partir de cero y renovar todo tu vestuario.
–Pero eso sería un despilfarro tremendo –replicó Brooke con incredulidad, mientras echaba un vistazo a los pantalones.
Estaba buscando unos vaqueros corrientes y molientes, pero los que había eran todos con rotos, con lentejuelas o con bordados. La sorprendía que su yo anterior al accidente nunca pareciera haber sucumbido al deseo de ponerse simplemente algo cómodo.
–Es tu estilo de vida –respondió él, encogiéndose de hombros, sin poder evitar el tono algo cínico que destilaron sus palabras–. Cada temporada partes de cero, así que me imagino que ahora te pasarás semanas de compras hasta que caigas rendida.
Brooke asintió vacilante, porque suponía que era lo que Lorenzo esperaba de ella.
–Aun así… Me parece una manera disparatada de vivir, gastando tanto dinero… –comentó incómoda.
–Nos lo podemos permitir –contestó él.
Le extrañaba que no pareciese entusiasmada en lo más mínimo ante la idea de ir de compras. Además, parecía como perdida plantada en medio del vestidor. ¿Cómo podía ser? Aquel era su mundo: desde la flamante colección de zapatos que había en aquellos estantes hasta el montón de revistas de moda apiladas en la mesita del dormitorio. Pero la realidad era que no reconocía nada de todo aquello, pensó apesadumbrado.
Cuando Lorenzo se marchó, Brooke se animó pensando que al menos allí podría explorar la que había sido su vida antes del accidente. Entre el dormitorio y el vestidor debía haber objetos personales que pudieran hacer aflorar sus recuerdos: fotos de sus difuntos padres y esa clase de cosas.
En cuanto al asunto de la ropa, no se sentía preparada para volver a convertirse en un icono de la moda. No se imaginaba llevando un vestido de encaje con transparencias ni vaqueros que dejaban al descubierto las nalgas.
Sin embargo, aquello también suponía un obstáculo más en su camino: Lorenzo se había casado con aquella Brooke atrevida que había vestido siempre a la última, una mujer desinhibida que no sentía pudor y sabía resaltar su atractivo físico. ¿Y si ese hubiera sido el denominador común de su matrimonio? ¿Y si Lorenzo y ella habían sido como los polos opuestos que se atraen, él reservado y ella atrevida? ¿Podría ser esa la razón por la que ahora Lorenzo se mostraba tan distante con ella, porque ella ya no lo atraía con su manera de vestir sensual y su carácter provocador? Si fuera así, no le quedaría más remedio que interpretar ese papel.
Pero… ¿qué sabía ella de cómo ser sexy?, se preguntó con desánimo. Y, sin embargo, ¿cómo no iba a saber cómo serlo cuando antes del accidente se había vestido de ese modo tan atrevido?
Pensó en el beso que Lorenzo le había dado y en su vientre afloró una ola de calor. Quizá el deseo la desinhibiera. Tal vez si hicieran el amor le saldría de forma natural. Pero… ¿y si no fuera así? ¿Y si la amnesia la había afectado también en lo relativo al sexo? ¿Y si al meterse en la cama con él se quedaba paralizada? ¿Qué pensaría Lorenzo?
¿Y por qué estaba pensando esas cosas, se preguntó, cuando hasta la fecha lo más que había conseguido de él había sido un beso? Quizá había sido siempre ella la que daba el primer paso, la que se mostraba sugerente y tentadora, pensó nerviosa. Si así fuera, no le quedaba otra que lanzarse…
Capítulo 4
ME GUSTARÍA conocer algunos detalles sobre el accidente –le pidió Brooke a Lorenzo durante la cena, dos semanas después.
–No creo que sea buena idea –respondió él.
Por primera vez, a Brooke le entraron ganas de darle un guantazo a su marido por seguir tratándola como a una niña a la que tenía que evitar el más mínimo malestar.
–No estoy de acuerdo. De lo poco que me has dicho es que yo no iba al volante. ¿Quién conducía?
–Uno de mis chóferes. Desgraciadamente murió en el accidente –le explicó Lorenzo–. Se llamaba Paul Jennings.
Brooke palideció.
–¡Qué horror! Debería ir a ver a su familia para darles el pésame. ¿Me darás su dirección?
–No tienes por qué hacerlo. No estaba casado ni tenía hijos; vivía con su madre, una mujer anciana. Ya le he dado el pésame yo en nombre de ambos, y me he asegurado de que, durante el tiempo que le quede de vida, estará bien atendida y no le faltará de nada –le aseguró Lorenzo.
–Aun así creo que lo menos que puedo hacer es visitarla para darle el pésame en persona –respondió Brooke con firmeza.
Lorenzo casi puso los ojos en blanco ante aquel inesperado despliegue de preocupación por parte de Brooke. Apretó los labios. Cada vez que la miraba lo irritaba lo hermosa que era, lo… tentadora que era. Como en ese momento, sentada frente a él, con el cabello ensortijado enmarcándole el rostro. Aun sin maquillaje seguía estando guapísima. Y hasta se había puesto unos vaqueros normales y corrientes y unos zapatos planos. Estaba casi irreconocible, pero no iba a dejarse embaucar por esa transformación porque estaba seguro de que no duraría, de que era imposible que durase. Era inevitable que, cuando recobrase la memoria, volvieran a resurgir su carácter obstinado y su sed insaciable de cosas caras, amantes y exposición mediática. Y él, desde luego, se alegraría cuando ocurriera, porque al fin podría poner punto final a su matrimonio y alejarse de ella.
–¿Quieres que te cuente todos los detalles del accidente? –le preguntó–. ¿Aunque puedan alterarte?
Lo cierto era que ocultándole cosas tampoco la ayudaba a adaptarse en su regreso al mundo de los vivos.
Brooke, algo preocupada por esos detalles que no le había contado, asintió con vehemencia.
–Sí.
–Está bien. Iba otra mujer contigo en la limusina, y también murió –le dijo Lorenzo–. La policía no sabe por qué estaba contigo y, aunque indagué un poco acerca de ella antes del entierro, no encontré ninguna información que pudiera explicar qué hacía contigo ese día.
Brooke frunció el ceño.
–Sí que es raro… ¿Y quién era?
–Era camarera en una cafetería de Londres, aunque dejó su empleo ese mismo día, mencionando que le había surgido una emergencia familiar. Sin embargo, por lo que he podido averiguar sobre ella, ni siquiera tenía familia –le explicó Lorenzo, encogiéndose de hombros–. Supongo que jamás sabremos por qué te acompañaba ese día, a menos que recuperes la memoria.
Aquel asunto de la mujer misteriosa inquietó a Brooke igual que el descubrir que en su habitación no había demasiados objetos personales. Había hojeado una docena de álbumes con recortes de revistas con escandalosos titulares y fotos de ella en distintos clubes nocturnos con otros hombres, pero no había encontrado ni una sola fotografía de sus padres o de su infancia y adolescencia. Era como si hubiera vivido su vida exclusivamente a través de los medios y nada más le hubiese importado, y eso la entristecía, porque su anterior vida le parecía ahora superficial y vacía.
Y si su estilo de vida la inquietaba, tampoco podía decirse que su matrimonio gozase precisamente de buena salud, pensó con pesadumbre. Excepto a la hora de la cena, apenas veía a Lorenzo, y cuando había hecho el esfuerzo de levantarse temprano para desayunar con él no parecía haber apreciado su compañía y no había levantado la vista del Financial Times, el único periódico que entraba en la casa.
Resultaba irónico que hubiera pasado más tiempo con él estando en la clínica que ahora que estaba de vuelta en casa. Lorenzo se mostraba educado y agradable con ella, pero era casi como si para él no existiera.
Claro que todo en su relación era bastante extraño. Por ejemplo, ¿por qué Lorenzo no dormía con ella? ¿Habría hecho algo antes del accidente que lo hubiera molestado? ¿Sería que algo iba mal en su matrimonio? Había intentado ignorar los signos de que había problemas en su relación, pero tras dos semanas allí, con Lorenzo tratándola como a una invitada en vez de como a su esposa, no podía seguir desdeñando las sospechas que tanto la preocupaban.
–¿Por qué no me llevas nunca contigo a ninguna parte? –le preguntó, sorprendiéndose a sí misma. Nunca se había atrevido a ser tan directa con él.
Lorenzo levantó la vista del plato, y cuando fijó sus ojos entornados en ella el corazón le latió con fuerza y sintió un cosquilleo en el estómago.
–Siempre hemos llevado vidas sociales separadas –le explicó Lorenzo–. Además, por desgracia, si nos vieran juntos en público los paparazzi no nos dejarían en paz. Recuerda que eres la popular influencer que ha salido de un largo coma; hay mucha gente que siente curiosidad. Y, a diferencia de ti, a mí nunca me ha gustado que los medios hablen de mi vida privada.
Oírle decir aquellas cosas hizo a Brooke sentirse fatal.
–¿Quieres decir… que crees que si nos vieran juntos en público, saldríamos en las revistas?
–No es que lo crea, es que es lo que pasaría –respondió Lorenzo. Exhaló un suspiro y se echó hacia atrás en su asiento, increíblemente guapo, y tan calmado que la enfurecía–. Desde el día en que te traje a casa ha habido paparazzi apostados frente a la verja. Si hubieras salido de compras los habrías visto. Supongo que ahora mismo no te apetece convertirte en el centro de atención de los medios, ¿no?
–No –asintió ella.
–Ya, pero antes era lo que buscabas, la atención mediática –le recordó Lorenzo–, y los paparazzi no se darán por vencidos tan fácilmente.
Tras asestarle ese golpe descorazonador Lorenzo se marchó al trabajo y Brooke subió a su dormitorio y se puso a leer una novela que había comprado por Internet, junto con algo de ropa informal: vaqueros, camisetas, blusas…
También había comprado un vestido de color escarlata, corto y ligeramente escotado y unos zapatos de tacón. Se había decidido a comprarlo para darse un empujón a sí misma, para volver a ser la mujer que parecía que Lorenzo esperaba que volviera a ser. Sin embargo, ni siquiera estaba segura de que fuera a armarse de valor para ponérselo.
Respecto a lo que le había relatado sobre el accidente… Todavía no podía creer que hubieran muerto dos personas y ella hubiese sobrevivido. Tenía suerte de haber salido con vida, y tenía claro que en su primera salida iría a darle el pésame a la madre del chófer e ir al cementerio para visitar la tumba de la mujer que había ido con ella en la limusina ese día. Quería pensar que quizá hubiese sido amiga suya, porque había observado con tristeza que no parecía tener ninguna. ¿Es que había tenido algo en contra del resto de las mujeres? ¿O quizá otras mujeres habían tenido algo en contra de ella? El caso era que el no tener amigos ni familiares en los que apoyarse la hacía sentirse muy sola en algunos momentos.
Tenía que dejar de compadecerse, se dijo con firmeza, y siguió leyendo el libro mientras se preguntaba si sería capaz de reunir el coraje suficiente como para ponerse el vestido esa noche, y si Lorenzo se fijaría siquiera en lo que llevaba puesto, porque no parecía que la mirara demasiado. Y de pronto, cuando menos lo esperaba, la puerta se abrió de sopetón, haciéndola incorporarse sobresaltada.
Cualquiera diría al verla que Brooke era la viva imagen de la inocencia, pensó Lorenzo con ironía, entrando en la habitación como un vendaval. Allí sentada en la cama, con un libro en el regazo, mirándolo con los ojos muy abiertos, como un animalillo asustado.
Avanzó a zancadas y tiró sobre la cama el periódico sensacionalista que llevaba en la mano. El sensacional titular en grandes letras decía: ¡No sabe quién es!.
Estaba furioso consigo mismo por haber empezado a fiarse de ella de nuevo a pesar de que sabía que era una mentirosa y una manipuladora. No era habitual en él perder los estribos, pero al ver aquel titular se había sentido traicionado, aunque luego se había preguntado por qué, cuando Brooke no estaba haciendo más que lo que siempre había hecho: moldear su imagen pública y azuzar el interés de los medios.
Debía haber sabido que ocurriría algo así, haber esperado un comportamiento semejante de ella. Si se sentía engañado era culpa suya, por haber confiado en ella. ¿Cómo podía haber olvidado la clase de persona que era?
–Debería haberlo imaginado… –masculló–. ¡Te di un voto de confianza y tú, mientras, andabas buscando de manera sibilina la atención de los medios! –la increpó.
Brooke se había quedado de piedra. No podía creerse lo que estaba ocurriendo; Lorenzo nunca le había levantado la voz, pero en ese momento era evidente que estaba furioso con ella, porque esa ira se reflejaba en lo tensas que estaban sus facciones.
–¡Adelante, léelo y dime que esto no es cosa tuya! –la desafió con desprecio.
Temblorosa, Brooke tomó el periódico y lo primero que la sorprendió fue ver una fotografía de ella en la clínica con el vestido azul que se había puesto para una visita de Lorenzo. De inmediato se acordó de la agradable enfermera que había alabado su vestido y le había preguntado si podía hacerle una foto con el teléfono móvil. Ella, creyendo que, como le había dicho, lo que le interesaba era el vestido, le había dado permiso. Había sido una ingenua.
–Está claro que tu vanidad no podía soportar las especulaciones de la prensa de que podrías haber quedado desfigurada o en una silla de ruedas –masculló Lorenzo–. Dijiste que no querías convertirte en el centro de atención de los medios… ¿y vas y haces esto?, ¿les das una entrevista? ¡Madre di Dio!, ¡no sé ni por qué me sorprende!
–¿Una entrevista? –musitó ella.
Brooke temblaba por dentro, más intimidada por el arranque de ira de Lorenzo de lo que querría admitir. Nunca habría imaginado que pudiera llegar a mostrarse tan irascible.
–¡Sí, una entrevista! –la increpó él–. Mientras yo estaba ocupado, reforzando las medidas de seguridad para protegerte, tú estabas echando gasolina al fuego para llamar la atención de esos admiradores sin los que no puedes vivir.
Brooke trató de ignorar a su furibundo marido para concentrarse en el artículo. De inmediato reconoció algunos comentarios sueltos que le había hecho a la enfermera, y algunos detalles médicos que deberían ser confidenciales. Parecía que habían hecho un refrito con todo ello y lo habían publicado como si le hubieran hecho una entrevista.
–Yo no he concedido ninguna entrevista –le dijo a Lorenzo–. Una enfermera me dijo que le gustaba el vestido que llevaba y me pidió permiso para sacarle una foto. No tenía ni idea de que se la vendería a la prensa –le explicó incómoda–. Si lo lees verás que te estoy diciendo la verdad. Es una entrevista inventada. ¿Cómo iba yo a querer que la gente supiese que sufro de amnesia? Es muy embarazoso.
–Por desgracia para ti sé que no puedo creer una sola palabra de lo que me estás diciendo –replicó Lorenzo en un tono gélido–. Eres una mentirosa consumada. Mientes sobre las cosas más ridículas y luego, cuando se descubre la verdad, te encoges de hombros como si no fuera contigo. ¡Nunca he podido confiar en ti!
Aunque Brooke había logrado mantener la calma y el control sobre sus emociones mientras Lorenzo daba rienda suelta a su ira por un ingenuo error que había cometido, esas palabras la sacudieron como granadas de mano que explotaban al caer sobre ella. Aturdida, dejó a un lado el periódico, flexionó las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos. Notó que se le revolvía el estómago y se sintió palidecer. ¿Había mentido a su marido varias veces y él lo había descubierto? ¿Era una mentirosa?
De pronto se dio cuenta de que era la primera vez que Lorenzo le contaba toda la verdad, sin paliativos, sobre sí misma. Solo la ira había conseguido que se mostrara sincero con ella. Durante unos minutos había dejado de tratarla como a una persona demasiado delicada para soportar la realidad.
Y ahora, de repente, se veía obligada a afrontar el hecho de que, por más que había intentado disculpar la fría actitud de su marido hacia ella, sí que había problemas en su relación. Lorenzo la veía como a una mentirosa en la que no podía confiar. Aturdida y espantada por esa revelación, se balanceó adelante y atrás, esforzándose por digerir esa dolorosa realidad.
Al verla reaccionar de ese modo, la ira de Lorenzo se esfumó al instante. Sintiéndose culpable por cómo le había gritado, maldijo su falta de autocontrol y se sentó junto a ella en la cama. De pronto parecía tan pequeña, tan perdida, tan distinta de la mujer a la que recordaba… Y entonces aceptó que tenía que enterrar el recuerdo de esa Brooke, porque era posible que jamás regresase.
–Lo siento. No debería haber perdido los estribos de esa manera –admitió con pesadumbre, tomando su mano–. Cuando vi ese artículo algo estalló dentro de mí y…
–Esta situación es muy estresante –apuntó Brooke en un murmullo, con voz temblorosa–. Y estoy segura de que a ti también te afecta.
No era que a él le estresara la situación, sobre todo porque sabía cosas que ella no podía recordar, pero sí se sentía culpable, horriblemente culpable por haberle generado esa angustia.
Brooke apartó su mano.
–No hace falta que sigas fingiendo –le dijo con un suspiro–. Ya lo has dicho: nuestro matrimonio no va bien. De hecho, eso explica muchas cosas.
Lorenzo, que no había esperado que llegase tan rápidamente a esa conclusión, vaciló un momento antes de atraerla hacia sí, a pesar de que ella se resistió un poco, para abrazarla.
–No, lo único que explica es que tengo muy mal genio, aunque normalmente soy capaz de mantenerlo bajo control –murmuró. Brooke temblaba entre sus brazos, esforzándose por contener los sollozos que se le escapaban–. No significa nada.
–Pero… ¡has dicho que siempre estaba contándote mentiras y que no podías confiar en mí! –exclamó ella, sin poder contener ya las lágrimas.
Lorenzo se sentía fatal por haber hecho que se alterara de ese modo, por haberla hecho llorar. ¿Cuándo se había vuelto tan resentido, tan falto de empatía, tan egoísta? Le había procurado todos los cuidados que había necesitado, pero desde que la había llevado allí con él la había ignorado todo el tiempo. Normal que se hubiese dado cuenta de que no estaba comportándose como lo haría un marido. Normal que le hubiese generado ansiedad en su delicado estado mental.
–Esas mentiras que te contaba… ¿eran sobre dinero? –le preguntó ella en un susurro entrecortado–. Quiero decir que… por toda la ropa que hay en el vestidor… da la impresión de que era muy derrochadora.
Lorenzo vio el cielo abierto ante su ingenua deducción. Era lo bastante rico como para mantener a mil esposas derrochadoras, y le haría menos daño dejando que creyera que habían discutido por sus gustos caros y porque le había mentido en cuanto a sus gastos, que contándole la verdad.
–Sí –asintió, aliviado al ver que la tensión de Brooke se disipaba un poco–. No es que no pudiéramos permitírnoslo, pero seguías gastando y ocultándomelo, y eso me enfadaba.
–Pues ya no lo haré nunca más –le susurró ella temblorosa–. Te prometo firmemente que no volveré a mentirte ni a gastar sin control. La tarjeta de crédito que me diste el otro día para comprar por Internet… Quizá deberías restringirme el límite de gasto.
Lorenzo inspiró profundamente.
–No creo que tengamos que preocuparnos por ahora. Solo has gastado unas doscientas libras –le contestó–. Te aseguro que esa cifra está muy por debajo de las cantidades que podías llegar a gastarte.
–Quizá el casarme con alguien con dinero como tú hizo que se me subieran los humos a la cabeza y me dejé llevar –sugirió Brooke, pensativa.
–En realidad no. No estabas precisamente pasando apuros económicos cuando nos casamos. De hecho, tu padre te dejó un buen fondo fiduciario antes de morir. Era importador de vinos y tú eras hija única.
Brooke puso unos ojos como platos.
–¿Tengo mi propio dinero? –exclamó con incredulidad.
–Sí, aunque cuando nos casamos acordamos que yo me haría cargo de todas las facturas.
Brooke todavía no podía creérselo.
–Se me hace tan raro… –murmuró–. No tengo la sensación de haber tenido nunca mucho dinero. Supongo que te parecerá absurdo, pero el que me sirvan, el ir en un coche con chófer, esta casa tan enorme… no sé, todo eso me hace sentir… abrumada –le confesó finalmente–. Suponía que era porque aún no había tenido tiempo para acostumbrarme a tu estilo de vida.
–Bueno, tus padres no eran ricos; solo gente de clase acomodada –le explicó Lorenzo.
El calor del cuerpo de Brooke y el roce de sus senos contra su camisa estaban aumentando el palpitante deseo en su entrepierna, recordándole cuánto hacía de la última vez que habían hecho el amor. Con la mayor delicadeza posible se apartó de ella y la hizo tenderse.
–Deberías descansar; siento haber sido tan brusco.
Brooke se incorporó.
–No pasa nada. La enfermera que me hizo esa foto se llamaba Lizzie, y si lees esa presunta entrevista verás que es falsa.
Lorenzo recogió el periódico de la cama y lo dobló a la mitad.
–Informaré a la clínica para ponerles al corriente sobre lo que ha hecho.
–¡No, por favor!; no quiero que tenga problemas –protestó ella.
–Brooke… Ha vendido una foto tuya a la prensa y ha divulgado datos médicos que son confidenciales. La clínica tiene el deber de proteger la intimidad de sus pacientes –murmuró Lorenzo, que aún sentía vergüenza por haber acusado a su esposa injustamente, y por haberla alterado.
No volvería a echarle la culpa de nada juzgándola por sus faltas del pasado. Hasta ese momento no había sido consciente de la responsabilidad que había asumido al llevarla consigo de vuelta a casa. Y ahora estaba atrapado: ni casado ni divorciado, sino que sus vidas se hallaban en un limbo.
Lorenzo se marchó al trabajo y Brooke salió al jardín. Le encantaba pasear por sus caminos de grava, y disfrutar del sol, de las flores y todo el verde que la rodeaban. Un perrillo saltó de detrás de unos matorrales y empezó a ladrarle. Brooke se rio porque era pequeñísimo, una bolita de pelo castaño con cuatro patitas muy finas.
–¡Eh! ¿Y tú de dónde has salido, amiguito? –le preguntó, sentándose en un banco cuando la curiosidad hizo al animalillo acercarse.
El perro apoyó las patas delanteras en sus pantorrillas, como reclamando su atención. Brooke lo acarició y al levantarlo del suelo se rio al descubrir que no era un perrito, sino una perrita. Dejó que se sentara en su regazo y continuó acariciándola.
El jardinero, que andaba cerca colocando plantas nuevas en un parterre, se quedó mirándola como sorprendido. Brooke se levantó, dejó al animalito en el suelo, y al ver que la seguía le preguntó al hombre:
–¿Sabe de quién es esta perrita?
–Se llama Topsy y es suya, señora Tassini –le contestó el jardinero sin la menor vacilación.
Parecía que su amnesia ya era del dominio público. Brooke se sonrojó ligeramente y se agachó para acariciar a la perrita. Sonrió, feliz de descubrir que tenía una mascota y que le gustaban los animales. La animaba saber que había algo de positivo en ella, y más cuando hasta el momento todo lo que había descubierto sobre sí misma le había parecido negativo, se dijo, pensando en sus gustos caros y en las mentiras que habían dañado su matrimonio.
Aunque, al mismo tiempo, era preferible ser consciente de que más adelante podría encontrar nuevos obstáculos, reflexionó apesadumbrada. ¿Qué otras cosas había hecho que no recordaba, y que la avergonzarían cuando las descubriese?
Esa noche Brooke se arregló más de lo habitual para la cena y cuando se miró en el espejo del vestidor ocurrió algo extraño. Se notó mareada y una serie de imágenes acudieron a su mente, como en fogonazos. Imágenes de otra mujer… No, no era otra mujer, pensó estremeciéndose. Era ella, vestida con una chaqueta negra y un vestido rojo. Se había alisado el cabello y estaba sentada en el asiento trasero de una limusina. Parpadeó al comprender que era un recuerdo, algo del pasado, y se sintió impaciente por contárselo al señor Selby, el psiquiatra.
Sin embargo, no le pareció lo bastante importante como para mencionárselo a Lorenzo, igual que tampoco le había mencionado que ya no le quedaban bien ninguno de los carísimos zapatos del vestidor. Debía haber engordado un poco desde el accidente y le apretaban un horror. Sin embargo, aquel recuerdo repentino que había tenido, aunque no le decía demasiado, era un comienzo prometedor de cara a recobrar por completo la memoria.
Como Lorenzo aún no había bajado cuando entró en el comedor, salió a la terraza que se asomaba a los jardines. Quizá podría sugerirle que cenaran allí fuera durante los meses de verano. La temperatura al atardecer era muy agradable y le encantaba poder estar al aire fresco.
Con Topsy detrás –no se había apartado de ella en todo el día–, bajó los escalones que descendían hasta el jardín, y echó a andar por un sendero que conducía a un área de bosque natural. Topsy, que iba en avanzadilla, se detuvo a unos metros y empezó a ladrar con ferocidad.
–¡Topsy! –la llamó, y de pronto apareció un hombre, como salido de la nada, y del susto Brooke se puso a chillar mientras retrocedía con el corazón desbocado.
El hombre pareció sobresaltarse, y antes de que pudiera reaccionar llegaron dos de los guardas de seguridad que Lorenzo había contratado y se lo llevaron.
En ese momento apareció el propio Lorenzo, que la rodeó con sus brazos, haciéndola sentirse segura aunque aún estaba temblando. Del alivio que sintió, se derrumbó contra él como una muñeca de trapo.
–¿Estás bien? –le preguntó Lorenzo–. Acababa de entrar en el comedor cuando te oí gritar y salí corriendo a ver qué pasaba.
–¿Quién era ese hombre? –inquirió ella con voz trémula–. ¿Qué hacía aquí?
–Era un tipo de la prensa intentando conseguir una foto –le explicó Lorenzo–. ¿No has visto la cámara que llevaba?
–No. Creí… creí que era un violador o algo así –balbució Brooke. Aún estaba pálida y temblorosa por el susto–. La culpa es mía. Está claro que la obsesión que tenía antes del accidente por conseguir atención mediática ha provocado esto.
–Pues claro que no; querías ser actriz y necesitabas darte a conocer. Ese mundo funciona así –le contestó Lorenzo–. Siento haberte dado la impresión de que tus metas profesionales eran una mala elección; hacías lo que tenías que hacer para conseguir tus aspiraciones.
«Pero, estando casada contigo, sí que eran una mala elección», añadió Brooke para sus adentros. Estaba claro que a él, que era un hombre muy reservado, lo último que le gustaba era que su esposa estuviera en el punto de mira de los medios. También estaba claro que antes del accidente eso a ella no le había importado demasiado. Tenía veintiocho años, así que difícilmente podría achacar su comportamiento a inmadurez. Había antepuesto su carrera a su matrimonio.
–¡Vamos, Topsy! –llamó a su mascota.
La perrita corrió hacia ellos, con la lengua fuera y las largas orejas agitándose en el aire. Brooke se agachó para levantarla y se puso a acariciarle la cabeza mientras le decía que era un gran perro guardián.
Lorenzo la observaba anonadado. A Brooke nunca le habían gustado los animales, pero un fan anónimo le había regalado aquel cachorro cuando los perros falderos estaban de moda. Brooke había llevado al animal a casa consigo, lo había dejado en la cocina y, hasta donde él sabía, no había vuelto a mirarlo.
Había llegado el momento de tener otra charla con el psiquiatra de Brooke para preguntarle cómo era posible que su esposa estuviese exhibiendo rasgos completamente nuevos en su personalidad, además de gustos muy distintos a los que tenía antes. Ya no estaba obsesionada con las ensaladas ni se preocupaba por su dieta. Tampoco usaba ya el gimnasio, y apenas bebía alcohol, a excepción de una copa de vino en la cena. Estaba observando tantos cambios que ya no sabía qué esperar cuando habría jurado que lo sabía todo de ella.
–¿Te apetece una copa después de este… incidente tan desagradable? –le propuso cuando volvieron dentro y pasaron al comedor.
–No es necesario; estoy bien. Pero agradezco que hayas venido en mi auxilio –murmuró ella, alzando la vista hacia él.
–No tienes que darme las gracias; esta mañana no me porté bien contigo. Te ataqué y te juzgué mal.
Ella lo miró a los ojos.
–No pasa nada –murmuró ella en un tono juguetón, avanzando hacia él–; ya te he perdonado.
–Pues no deberías perdonarme tan fácilmente –la reprendió él con una sonrisa sarcástica, al tiempo que retrocedía, intentando mantener las distancias entre ellos.
Sin embargo, no pudo evitar tensarse cuando la cálida mirada de Brooke le provocó una punzada de deseo en la entrepierna.
Brooke se dio cuenta de que, sin pretenderlo, estaba a punto de arrinconarlo contra la pared y se rio, sorprendida, preguntándose si Lorenzo siempre sería tan corto, tan serio, tan dado a decir y hacer solo lo correcto que ni siquiera se daba cuenta de cuando su esposa se le estaba insinuando.
Le puso las manos en la camisa para deslizarlas por su pecho, recorriendo con las yemas de los dedos cada centímetro de sus impresionantes músculos, y se puso de puntillas para apretar sus labios contra los de él.
Lorenzo hundió los dedos en su rizada melena, y ella sonrió contra su boca y se dejó llevar cuando hizo el beso más profundo. Ya no le quedaba duda alguna de que su marido la deseaba, se dijo con satisfacción; solo necesitaba un empujoncito.
En ese momento se oyó un ruido detrás de ellos, y Lorenzo la apartó como si le hubiesen arrojado agua hirviendo. Era Stevens, el mayordomo, que murmuró una disculpa y les anunció que la cena estaba servida.
Con las mejillas ardiendo, Brooke deseó que la tragase la tierra en ese momento y fue a sentarse a la mesa. Tomó su copa de vino para tomar un sorbo, no porque tuviera sed, sino para rehuir la mirada de Lorenzo. Estaba tan azorada por su atrevido comportamiento… Pero es que era como si Lorenzo fuese un imán que la atraía con tal fuerza que le era imposible resistirse.
La enfurecía que Lorenzo se comportara como si nada hubiera pasado, preguntándole por su día y otras cosas triviales. Sin embargo, se esforzó por calmarse. No era culpa de Lorenzo que ella quisiera que fuese la clase de hombre que diría que al cuerno con la cena y la llevaría al sitio más cercano donde pudieran tener privacidad para hacerle apasionadamente el amor.
Capítulo 5
ERA AHORA o nunca, se dijo Brooke, desafiándose a sí misma, aunque para sus adentros se moría de vergüenza por lo que estaba a punto de hacer.
Los espejos del vestidor reflejaban su esbelta figura enfundada en un camisón de satén blanco y encaje. Se sentía rara llevando algo así, porque le parecía que era más una chica de pijamas, que aquel camisón tan sexy y a la última no iba con ella. Sin embargo, a juzgar por la extensa colección de lencería atrevida que había encontrado en el vestidor, parecía que su antiguo yo nunca había sucumbido a la tentación de anteponer la comodidad a la imagen. No, un pijama no era nada sexy y ella necesitaba parecer sexy, ¡lo necesitaba desesperadamente!
¿Y si Lorenzo la rechazaba, después de todo? ¿Cómo se repondría de esa humillación? Inspiró profundamente. Lo que la movía era la necesidad que sentía de tener un matrimonio normal, sumada al deseo que sentía por Lorenzo, se recordó. Además, ¿por qué habría de rechazarla cuando la había besado como si le fuese la vida en ello?, se preguntó, intentando apuntalar su maltrecho valor mientras se acerca a la puerta que comunicaba sus dormitorios y alargaba la mano hacia el picaporte.
¡La condenada puerta estaba cerrada con llave! No podía dar crédito, pero le preocupaba tanto acabar acobardándose, que salió de su dormitorio y recorrió el corto trecho hasta el de él. La puerta estaba abierta, y se coló dentro con el corazón desbocado.
No podía creer la suerte que había tenido cuando oyó el ruido de la ducha en el cuarto de baño. Se subió de un salto a la cama de matrimonio y apagó las luces. No, quizá fuera un poco cobarde apagarlas, pensó contrayendo el rostro. Si se había puesto aquel camisón tan sexy era para que él lo viera. No era momento de ponerse tímida, se dijo, y volvió a encender.
Lorenzo estaba de mal humor cuando salió de la ducha y agarró una toalla para secarse el pelo. Le costaba creer que el estar conviviendo con Brooke pudiera provocar en él ese deseo imposible de ignorar que parecía estar consumiéndolo por dentro. ¿Cómo podía estar pasando algo así?
Cuando salió del cuarto de baño desnudo y la vio tumbada en su cama la poca capacidad de autocontrol que le quedaba se resquebrajó y ya no pudo contenerse más. Estaba harto de reprimirse todo el tiempo y de las advertencias de sus abogados, y lo único en lo que podía pensar era en que en su dormitorio no había cámaras y que podía hacer lo que le viniese en gana con la mujer con la que se había casado. Porque Brooke aún era su esposa, y él la deseaba a ella y ella a él.
–Se… se me ocurrió que podríamos… –balbució Brooke, mientras intentaba, en vano, pensar en algo atrevido que decir.
Se sentía como si nunca se hubiera acostado con un hombre, y eso no hacía sino aumentar sus nervios.
–A mí se me estaba ocurriendo lo mismo –murmuró Lorenzo, con esa voz grave tan sexy.
Pero es que además le sonrió –¡una sonrisa de verdad!–, y era una sonrisa tan arrebatadora que el pulso se le disparó y el estómago se le llenó de mariposas. Lorenzo tenía un cuerpo tan increíble… todo bronceado, cubierto de vello, tan viril… Al ver que ya estaba excitado, se le secó la boca.
–Entonces… –musitó con voz trémula–, ¿no vas a echarme?
Lorenzo, que aún tenía el cabello húmedo, ladeó la cabeza y la miró de arriba abajo de un modo ardiente.
–¿Tú me deseas?
Algo nerviosa por su cambio de actitud, Brooke asintió con brusquedad, como una marioneta.
–Dilo –le pidió Lorenzo, que necesitaba oír esas palabras.
–Sí, te deseo –dijo Brooke, casi en un susurro.
–Dannazione… –masculló él–. No, por supuesto que no voy a echarte –le dijo con voz ronca.
–Quiero que tengamos un matrimonio normal –murmuró Brooke.
–Hace bastante que dejó de serlo –admitió Lorenzo.
–¿Pero por qué? –inquirió ella.
–Me parece que eso es algo de lo que es mejor no hablar en este momento –le espetó él. Arrojó a un lado la toalla, que aún tenía en la mano, y se subió a la cama.
Brooke sintió que le faltaba el aliento con Lorenzo tan cerca, y notó el calor de su cuerpo aun antes de que la tocara. Y luego, cuando sus sensuales labios descendieron sobre los suyos y empezó a besarla con ardor, se olvidó por completo de respirar. El olor a gel de ducha y colonia la embriagaba, y el sabor mentolado de la lengua de Lorenzo era delicioso. Y, por si eso fuera poco, el sentir su cuerpo, musculoso y cálido, contra el suyo no podría ser más excitante, y se encontró apretándose contra él.
Lorenzo le quitó el camisón sin más preámbulos, y a Brooke se le cortó el aliento mientras la miraba. Se quedó muy quieta, como en un trance, hasta que sus cálidos y sensuales labios volvieron a sellar los suyos, y una ola de calor la recorrió cuando la mano de Lorenzo se cerró sobre uno de sus pechos y frotó el sensible pezón con el pulgar hasta hacerla gemir.
Luego inclinó la cabeza para lamer y succionar el pezón endurecido, y Brooke sintió que afloraba un calor húmedo entre sus muslos, como si se estuviera derritiendo por dentro. Se apretó de nuevo contra él, ansiosa, y deslizó las manos por su ancha espalda. Sin embargo, cuando dejó que una se desviara hacia delante al llegar al costado y tocó su miembro, Lorenzo se detuvo. Azorada por haber sido tan atrevida, se apresuró a apartar la mano.
–No… no la apartes –murmuró Lorenzo junto a su oído, volviendo a colocarle la mano en su entrepierna–. Me gusta que me toquen.
Brooke empezó a acariciar con renovada confianza su miembro endurecido, que parecía de satén, pero al cabo de un rato Lorenzo la detuvo, y la hizo tumbarse boca arriba como si fuera una estrella de mar. Volvió a sentirse algo nerviosa, pero los nervios se le olvidaron en cuanto Lorenzo empezó a explorar su cuerpo con la boca y con las manos. Su sexo estaba cada vez más húmedo.
–Todas estas… semanas me has estado… volviendo loco de deseo –murmuró Lorenzo mientras subía, beso a beso, por la cara interna de su muslo.
Ella no podía dejar de estremecerse de placer.
–¿De verdad? –musitó.
Se le cortó el aliento cuando Lorenzo deslizó la lengua por su piel, y apretó los puños para contenerse cuando lo que en realidad quería hacer era hundir los dedos en su cabello revuelto.
–Cada vez que te miro, te deseo –murmuró Lorenzo con voz ronca, depositando un reguero de besos en su tembloroso vientre.
Lorenzo inclinó la cabeza entre sus muslos, enloqueciéndola con su lengua y con sus dedos. La tensión iba en aumento y cuando creía que ya no podría aguantar más, ocurrió: una explosión mágica que la hizo sentirse como una estrella fugaz, un placer inimaginable que sacudió todo su cuerpo y la dejó aturdida, porque nunca habría pensado que pudiera llegar a experimentar unas sensaciones tan increíbles.
Cuando Lorenzo se incorporó y deslizó las manos por debajo de sus caderas para levantarlas hacia él, contuvo el aliento, nerviosa. Se hundió en ella, pero su cuerpo no reaccionó como si hubiera estado preparado para aquella invasión. Le dolía. Le dolía tanto que casi gritó, pero por suerte logró contenerse mordiéndose el labio.
Estaba segura de que si hubiera gritado lo habría estropeado todo, porque Lorenzo se habría sentido culpable por haberle hecho daño, cuando estaba segura de que ese dolor se debía solo a que hacía más de un año que no había tenido relaciones.
Fue un alivio notar que al cabo de un rato el dolor desapareció por completo, y el corazón empezó a latirle con fuerza cuando Lorenzo comenzó a moverse, entrando y saliendo de ella. Jadeante, le rodeó las caderas con las piernas y saboreó el intenso placer que experimentaba con cada embestida. La excitación que sentía iba en aumento, pero quería más y se arqueó hacia él, respondiendo a cada ola de aquel salvaje placer, y de pronto un nuevo orgasmo se apoderó de ella.
–Vaya… –susurró aturdida cuando hubo recobrado el aliento.
Estaba agotada y se notaba los brazos y las piernas flojas, pero sentía que había triunfado porque había conseguido justo lo que se había propuesto.
–Ha sido increíble –murmuró Lorenzo, dejándose caer junto a ella.
¿Cómo era posible que el sexo con Brooke le hubiera parecido tan distinto de las otras veces que había hecho el amor con ella?, se preguntó. No era solo su comportamiento; tenía la sensación de que fuera otra mujer. Sí, decididamente tenía que ir a ver al señor Selby porque necesitaba respuestas para todas esas preguntas.
De pronto Brooke pensó en algo que le hizo sentir una punzada de angustia.
–Lorenzo… No estoy tomando la píldora –murmuró–. Y no hemos usado preservativo…
Con los problemas por los que estaba pasando su matrimonio, sospechaba que un embarazo no planeado no haría sino complicar aún más la situación.
–No pasa nada; llevas un DIU –la tranquilizó Lorenzo, que estaba pensando en otras cosas.
¿Habría hecho el amor Brooke con él si no sufriese de amnesia? Cuando le había pedido el divorcio, antes del accidente, se había puesto furiosa con él y no le había dirigido la palabra durante el tiempo que habían pasado separados.
–No deberíamos haber hecho esto –murmuró de repente, irritado consigo mismo. Sentía que se había aprovechado de ella aunque fuera ella la que hubiera iniciado aquello–. Aún no estás bien… No sabes lo que estás haciendo…
Brooke sintió que el pánico se apoderaba de ella. No quería que se arrepintiese de los momentos tan íntimos que acababan de compartir.
–¡No, eso no es cierto! –replicó con vehemencia, girándose hacia él.
–Pues claro que lo es –la contradijo él muy serio–. Me he aprovechado de ti.
–¡No es verdad! –protestó Brooke incorporándose. Plantó las manos en la almohada de él, a ambos lados de su cabeza, y los pezones de sus senos rozaron su pecho–. ¡Por amor de Dios, si he sido yo la que me he metido en tu cama! ¡Quería hacer el amor contigo y lo hemos pasado bien; no hay más!
Lorenzo parpadeó, sorprendido de verla protestar tan apasionadamente, y no pudo contenerse: tomó su rostro entre ambas manos y la besó como si estuviese sediento y sus labios fueran el agua de un oasis en medio del desierto. Su deseo se reavivó al instante con una fuerza que lo descolocó por completo.
–Creo que estoy volviendo a enamorarme de ti –le dijo Brooke cuando el beso terminó.
Él se quedó paralizado al oírle decir eso. Una reacción extraña de un marido cuando su esposa proclamaba su amor por él, pensó Brooke con pesadumbre.
–No puedes estar enamorada de mí… Tienes amnesia y es como si apenas me conocieras –respondió él.
–No estoy de acuerdo. Ya hace casi tres meses que salí del coma, y en todo ese tiempo has estado a mi lado y has sido mi mayor apoyo –replicó ella con firmeza–. Te he ido conociendo y he visto como siempre antepones mis necesidades a todo lo demás. Así que, por favor, no me digas que no puedo estar enamorada de ti por culpa de la amnesia. Y sí, estoy volviendo a enamorarme de ti.
Lorenzo inspiró profundamente y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego volvió a cerrarla y atrajo a Brooke hacia sí, rodeándola con sus brazos.
–Está bien –murmuró–. De todos modos no puedo ocultar que aún te deseo.
–No hay nada de malo en eso –le aseguró ella, sonrojándose al ver la intensa mirada de Lorenzo.
–Dio… cara mia… –masculló Lorenzo, dando por perdida la batalla, aun cuando sabía que no debería usar con ella esos apelativos afectuosos–. Entonces, supongo que tengo permiso para hacer realidad contigo todas mis fantasías, ¿no? –bromeó.
–Más o menos –murmuró ella. Apenas se reconocía a sí misma, comparándose con la mujer insegura que había sido hacía solo una hora escasa.
–Más te vale que sí, porque soy insaciable –le advirtió él con voz ronca.
–Me parece que yo también –susurro Brooke, que volvía a notar esa sensación ardiente en la pelvis.
Lorenzo la colocó sobre él y segundos después todo volvía a empezar cuando él la penetró de nuevo y la sujetó por las caderas, controlando cada uno de sus movimientos, y tocándola de una manera que pronto hizo que volviera a abandonar la estratosfera. Cuando el orgasmo les sobrevino de nuevo, apoyó la cabeza en su hombro musculoso y sonrió como una boba.
Esa mañana, durante el desayuno, Lorenzo apenas pudo apartar los ojos de su esposa. Sentada en su silla como una adolescente, con una pierna doblada debajo de la otra, hablaba y bromeaba afectuosamente con él mientras se tomaba una tostada y le daba a Topsy trozos de la corteza.
Era tan extraño… Brooke jamás había tomado carbohidratos; los consideraba puro veneno. Tampoco se había comportado nunca de un modo afectuoso, ni bromista. Ni siquiera antes de que se casaran.
Una hora después, antes de ir al banco, se reunió con el psiquiatra de Brooke pues le había pedido una cita en busca de consejo.
–Sí, veo perfectamente posible que se haya convertido en una persona muy distinta sin ese marco de referencia de su antigua vida como una celebridad que tan importante era para la imagen que tenía de sí misma –le dijo el hombre con seguridad–. Hay ejemplos documentados de casos similares, pero me temo que no puedo decirle cómo debe proceder. Eso es decisión suya, aunque sospecho que pronto llegará el momento de decirle que antes del accidente estaban divorciándose.
Lorenzo fue dándole vueltas a aquella sugerencia durante el trayecto hasta el banco, donde tenía ese día una reunión de la junta directiva. La noche anterior habían hecho el amor; no podía soltarle de repente que estaban en medio de un proceso de divorcio. Inspiró profundamente y gruñó irritado. No, eso no funcionaría.
Esperaría a que se presentase el momento adecuado para decírselo, pensó. Estaba seguro de que cuando ese momento llegase lo sabría. No quería angustiarla ni causar problemas innecesarios. Tenía que apoyarla, no destruirla. Por otra parte, sin embargo, también era consciente de que jamás se plantearía continuar casado con Brooke porque no podía perdonarle sus mentiras ni sus infidelidades. Y eso lo colocaba entre la espada y la pared…
Ajena al espinoso dilema de Lorenzo, Brooke estaba vistiéndose para salir, lo cual era un auténtico desafío con la ropa que tenía en el vestidor. Sabía que no tenía que ir de negro para darle sus condolencias a la madre del chófer muerto en el accidente, pero le parecía una cuestión de respeto ponerse algo con lo que al menos no pareciera que iba a una fiesta.
Finalmente escogió una falda de tubo de color azul marino y una blusa de seda a rayas, pero no conseguía que le subiera la cremallera de la falda, y tuvo que quitársela mientras admitía para sus adentros con una mueca de contrariedad que estaba claro que había puesto peso.
Cambió la falda por unos pantalones oscuros sueltos y al salir de la casa por primera vez desde su llegada se sentía más fuerte, y aliviada de que por fin hubiera reunido el valor suficiente para hacer lo que sentía que tenía que hacer para cerrar en su mente el episodio del accidente.
La secretaria de Lorenzo había parecido sorprendida cuando la había llamado, pero le había facilitado el teléfono y la dirección de la madre del chófer fallecido. Lorenzo había puesto otro coche y otro chófer a su disposición, y cuando el vehículo cruzó las puertas de la verja de la propiedad, se puso las gafas de sol y agachó la cabeza para evitar que los fotógrafos que había a ambos lados pudieran sacar una imagen de ella.
A la madre del chófer le gustaron mucho las flores que Brooke le llevó, y agradeció tener la oportunidad de hablarle de su hijo fallecido. Se refirió en varios momentos a las cuantiosas propinas que ella solía darle cuando la llevaba, y Brooke sonrió, aliviada de saber que al menos había sido una persona generosa antes del accidente.
El visitar la tumba de Milly Taylor, sin embargo, la puso de un humor sombrío. Aunque había intentado averiguar algo más sobre ella, solo parecía haberla conocido la dueña de la cafetería donde había estado trabajando antes de morir, y ese sería el siguiente lugar al que fuera.
La lápida era muy sencilla. Brooke depositó sobre ella las flores que había comprado y suspiró, preguntándose si aquella joven habría sido su amiga. Parecería lógico que al menos hubiera tenido una amiga, ¿no? Sin embargo, se le antojaba extraño que hubiese trabado amistad con alguien de un extracto social tan distinto del suyo. ¿Qué podrían haber tenido en común?
La cafetería no estaba muy lejos del cementerio, así que le dijo al chófer que iría andando, y le pidió que la recogiera pasada media hora.
De camino allí pasó por un quiosco de prensa y la portada de una revista llamó su atención. En una esquina había una fotografía suya y debajo un titular que decía: ¿Divorcio o reconciliación?.
–Si quiere leerla, tendrá que comprarla –le dijo el vendedor, malhumorado, cuando tomó la revista para mirarla.
Brooke se puso colorada y sacó el dinero de su monedero para pagarle. Se quedó parada en medio de la calle leyendo el artículo que venía en el interior de la revista, y su estupor fue en aumento. Tenía el estómago revuelto y se sentía mareada. De pronto todo lo que había creído saber sobre Lorenzo y sobre sí misma se estaba tambaleando. ¿Rumores o infidelidades? Sí, había visto esas fotos de ella en distintos clubes nocturnos con otros hombres, pero había dado por hecho que eran contactos de trabajo o conocidos de su círculo social; jamás habría pensado que…
Lorenzo tenía un viaje de negocios a Italia y se marchaba esa misma noche y estaría fuera una semana. Si quería hablar con él no podía esperar; tenía que verlo de inmediato…
Capítulo 6
ESTÁ AQUÍ su esposa, señor Tassini –informó a Lorenzo su secretaria–. Dice que necesita hablar con usted.
Sorprendido, pues Brooke jamás había ido al banco a verlo, Lorenzo se levantó de inmediato de su escritorio y le dijo a su secretaria que la hiciera pasar.
Brooke entró y su secretaria cerró para dejarlos a solas. Nada más verla, Lorenzo supo que había ocurrido algo malo. Tenía la mirada perdida, estaba muy pálida y se había detenido a unos pasos de él entre vacilante y tensa.
–¿Qué ha pasado? –le preguntó en un tono quedo–. Debería alegrarme porque es la primera vez que sales de casa desde que abandonaste la clínica, pero tienes mala cara.
–Perdona, no debería haber venido a tu lugar de trabajo –murmuró Brooke. Le había impactado tanto la noticia que ni se le había pasado por la cabeza que no era lo más acertado–. Debería haber esperado a que llegaras a casa. Será mejor que me marche; ya hablaremos antes de que te vayas al aeropuerto.
–No, espera –dijo Lorenzo, rodeando la mesa y acercando una silla–. Siéntate; es evidente que hay algo que te preocupa. ¿Quieres una taza de té?, ¿o un café?
–Un café estaría bien –respondió ella, con la esperanza de que la cafeína hiciera que se asentaran un poco sus revueltas emociones. Se sentía como si el suelo se hubiera hundido bajo sus pies.
Dependía demasiado de Lorenzo, admitió desolada para sus adentros. Desde que había despertado del coma había construido toda su vida en torno a él, y la idea de que su matrimonio no fuera más que un cruel espejismo la había hecho derrumbarse y se hallaba a la deriva en un mar de inseguridad y arrepentimiento.
Lorenzo le tendió el café que le había pedido, y al tomar el platillo y la taza la alivió tener algo con lo que poder ocupar sus manos.
–Esta mañana fui a ver a la madre de Paul Jennings –comenzó a explicarle.
Lorenzo se sentó frente a ella, en el borde de su mesa.
–Sí, mi secretaria me dijo que le habías pedido la dirección. Me pareció estupendo que por fin te decidieras a salir de casa –comentó–. ¿Es que no ha ido bien?
–No, no es eso –replicó ella, visiblemente tensa–. Es que… compré una revista porque vi mi cara en la portada.
–Dio… –masculló Lorenzo–. Debería haber previsto que podrías hacer algo así.
Brooke levantó la barbilla y lo miró con decisión.
–No puedes protegerme de todo, Lorenzo. Y no deberías intentar protegerme de la verdad –le dijo–. Si es cierto que estábamos divorciándonos antes del accidente, deberías habérmelo dicho hace semanas.
Lorenzo levantó una mano para interrumpirla y se incorporó.
–Sí, ya sé –continuó ella a pesar de todo–: me imagino que el doctor Selby, o algún otro médico te advirtió de que podría ser traumático que afrontase algo así en mi frágil estado. Pero no estoy de acuerdo con esa actitud sobreprotectora. Vuelvo a estar en el mundo real y tengo que hacerme a él de nuevo, aunque me resulte duro o me desestabilice. No soy una niña.
Lorenzo la estudió pensativo. Lo admiraban la dignidad y el autocontrol que estaba demostrando en aquella situación tan estresante. Era algo que no se habría esperado de ella; Brooke siempre había sido más de ponerse a despotricar, histérica, y de echarle la culpa a todo el mundo y no reconocer su responsabilidad. Inspiró profundamente y aceptó lo inevitable: Brooke había descubierto la verdad y no podía seguir negándolo:
–Sí, estábamos en proceso de divorcio cuando ocurrió el accidente –admitió.
–Pero… ¿por qué? –le preguntó Brooke, sin irse por las ramas.
Lorenzo la escrutó un momento antes de contestar. Parecía tan frágil, y estaba tan pálida… No sabía cómo iba a decirle que había estado engañándolo con varios hombres, con cualquiera, de hecho, que pudiera ayudarla a abrirse camino en la industria del cine. No podía dejar caer sobre ella en esos momentos la fea verdad con todo su peso. Bastante duro debía haber sido ya para ella, que le había dicho la noche anterior que creía que lo amaba, descubrir que habían estado divorciándose antes del accidente.
–Éramos incompatibles: teníamos distintos objetivos, una visión diferente de la vida –comenzó a explicarle–. Yo quería hijos y tú no; yo quería un hogar, mientras que tú solo querías una casa enorme y lujosa de la que presumir… El divorcio era inevitable.
Brooke asintió con valor.
–¿Y… lo de los otros hombres, las aventuras que dicen que tuve?
–Rumores –mintió él–, pero aun así no me hacían gracia.
Brooke agachó la cabeza, pero respiró un poco más tranquila ahora que se había disipado su mayor temor: que hubiera sido capaz de traicionar a su marido de esa manera, engañándolo con otros.
–Lo comprendo –murmuró–. La verdad es que, a pesar de que no recuerdo nada, desde que salí del coma, al ir descubriendo más y más cosas sobre mi vida antes del accidente, cada vez tuve más claro que no estábamos hechos el uno para el otro –le explicó–. Y también está claro que no debería seguir viviendo en tu casa –añadió en un tono quedo. Sentía que debía liberarlo de la carga de sentirse responsable de ella.
Lorenzo bajó la vista y todo su cuerpo se tensó. No podía dejarla marchar; aún no, se dijo con fiereza. No estaba en condiciones para valerse por sí sola. Sería como abandonarla a su suerte, y aunque en un sentido estricto ya no fuese asunto suyo si se hundía o salía a flote, seguía sintiéndose responsable de ella. Apartarla de sí en ese momento sería algo prematuro.
–Tengo una solución mejor –se oyó murmurar, antes de pensar bien siquiera lo que iba a decir. No era algo habitual en él, y eso lo sorprendió–. ¿Por qué no te vienes conmigo a Italia esta noche?
–¿A Italia? –repitió ella confundida.
–Sí, te haría bien escapar de los paparazzi y disfrutar de un poco de privacidad. Eres una celebridad aquí en el Reino Unido, pero en Italia apenas te conocen –le explicó, escogiendo con cuidado sus palabras–. Allí estaríamos tranquilos, libres de las especulaciones constantes de los medios. Es lo que necesitamos, un descanso.
Brooke levantó la cabeza y sintió que se desvanecía la pesadumbre que se había instalado en su corazón, y que latía con fuerza.
–¿Los dos? –musitó.
–Los dos –recalcó Lorenzo.
–Pero… si estábamos divorciándonos… –le recordó ella con voz temblorosa.
–El divorcio quedó en suspenso desde el accidente. Y tal y como están las cosas unas semanas más no supondrán mucha diferencia –apuntó Lorenzo–. Además, podemos separarnos o divorciarnos en cualquier momento. La situación ahora es distinta, y no deberíamos dejar que nos controlen las decisiones que tomamos en el pasado. Intentemos ser pacientes y ver cómo se van desarrollando las cosas. Puede que recuperes la memoria.
Brooke no salía de su asombro; había pasado de un extremo al otro. Había ido allí con el corazón en un puño para poner las cartas sobre la mesa. Desde que había despertado del coma había tenido la impresión de que su matrimonio no era más que una pantomima y que era su deber liberar a Lorenzo, aunque lo amara.
Pero, para su sorpresa, Lorenzo había reaccionado de un modo completamente inesperado, ofreciéndole una segunda oportunidad. ¿Qué otra cosa podía significar sino su proposición de que viajara con él a Italia? Un suspiro tembloroso escapó de sus labios; sentía un alivio inmenso que estaba liberando en su interior todas las emociones que había estado luchando por reprimir desde que había leído en aquella horrible revista que estaban divorciándose. Se le habían llenado los ojos de lágrimas, pero parpadeó para contenerlas y tomó un sorbo de su café, que estaba enfriándose.
Lorenzo se agachó para quitarle de las manos trémulas el platillo y la taza. Las dejó en la mesa y levantó a Brooke de la silla para rodearla con sus brazos. No era lástima lo que lo movía, se dijo con fiereza, era una mezcla insana e imposible de deseo, compasión y fascinación por la mujer en la que se había transformado de repente. Sí, iba a llevársela a Italia con él; estaba decidido.
–Lo siento –sollozó Brooke contra su hombro antes de controlarse y alzar la vista hacia él azorada–. Ha sido por el disgusto que me he llevado; pensé que…
–Tienes que simplificar, como yo –la urgió Lorenzo–. Soy como la mayoría de los hombres, práctico y calculador, y por eso mismo te quiero en mi cama cada noche.
Ella soltó una risa temblorosa y dejó de llorar.
–¿De verdad? –murmuró, sintiendo una punzada de felicidad en el pecho.
–Ni siquiera me has preguntado qué hice mal yo en nuestro matrimonio –apuntó él–. No fuiste tú la única que cayó en falta. Yo trabajaba demasiadas horas, no pasaba el suficiente tiempo contigo y solo te llevaba a cenas aburridas donde únicamente se hablaba de finanzas. Tú tampoco eras feliz conmigo.
–Puede que haya crecido un poco como persona desde el accidente. Es evidente que he cambiado. Ahora no quiero tener a gente con cámaras persiguiéndome. Y parece que he perdido el interés que tenía por la moda. ¡Vamos, si es que voy a tener que obligarme a comprar ropa si de verdad vas a llevarme contigo de viaje! Mucha de la ropa que tenía, y en particular los zapatos, se me ha quedado pequeña –le confesó azorada.
–Me ocuparé de que esta tarde vengan de una boutique para equiparte con toda la ropa que necesites. Y pospondré el vuelo hasta mañana a primera hora –le dijo Lorenzo–. Aunque eso significa que hoy tendré que quedarme trabajando hasta tarde.
–Lo entiendo; no pasa nada.
Cuando Lorenzo bajó la vista a su hermoso rostro no pudo evitar preguntarse qué diablos estaba haciendo. Sin embargo, sus ojos descendieron a los suculentos labios de Brooke y se encontró inclinando la cabeza para besarlos.
Ella respondió al beso, y sintió que se derretía por dentro. Era como si corriera fuego por sus venas. Le ocurría cada vez que Lorenzo la besaba, y era una sensación maravillosa, como una droga adictiva y peligrosa que dispersaba ese calor por cada centímetro de su cuerpo. No quería que el beso terminara, pero finalmente despegó sus labios de los de él. Después de su arranque sentimental de hacía un momento, quería demostrar que aún tenía capacidad de controlarse.
Se ruborizó cuando sus ojos se encontraron con los de él. Quizá aquel ardiente deseo que sentían el uno hacia el otro era lo que los había unido en un principio, lo que los había hecho seguir juntos aunque en otros aspectos su relación no funcionase. Aun así, era triste tener que aceptar que esa atracción sexual era lo único en lo que se había fundado su relación de pareja y lo único con lo que contaba para intentar salvarla.
En cualquier caso, se dijo, enfrentarse a otras situaciones más difíciles ella sola le haría bien y la haría más fuerte. Por eso, decidió en ese mismo momento que al salir de allí iría a la cafetería en la que había trabajado Milly Taylor para intentar averiguar algo más acerca de ella. Quizás eso la ayudase a dilucidar qué conexión había habido entre dos mujeres tan distintas como ellas.
La cafetería era también una panadería-pastelería, y Brooke esperó pacientemente en la cola de clientes que esperaban a ser atendidos. Cuando llegó al mostrador, la dueña del local, una mujer de mediana edad, la miró con unos ojos como platos, palideció y retrocedió como si hubiera visto a un fantasma.
–¡¿Milly?! –exclamó temblorosa, llevándose una mano a la boca, como confundida, sin apartar la vista de ella–. No, no… perdone, la había confundido con otra persona por un momento. Es que se parece tanto a ella…
Brooke frunció el ceño y le preguntó si podrían hablar un momento. La mujer asintió y salió de detrás del mostrador.
–Mi nombre es Brooke Tassini. Milly iba conmigo en el coche cuando sufrimos el accidente, pero ella murió y yo sobreviví. Dice que me parezco a ella y… verá, es que he perdido la memoria –le explicó Brooke, contrayendo el rostro–. Aún estoy intentando recordar qué relación podía tener Milly conmigo.
–Yo soy Marge –dijo la mujer, tendiéndole la mano, aún visiblemente incómoda. Brooke se la estrechó–. Ahora que la miro mejor el parecido ya no me resulta tan marcado, pero es que Milly también tenía el pelo rubio, largo y rizado, y sus ojos eran del mismo color que los suyos. Venga, le enseñaré una foto de ella.
La llevó hasta una pared de la que colgaba una fotografía de grupo del personal enmarcada. No estaba tomada muy de cerca, pero al escudriñar más de cerca a la persona que Marge le señaló, vio ese parecido tan extraordinario que decía en sus facciones, el pelo y los ojos.
–Durante el tiempo que estuvo trabajando aquí, ¿le habló alguna vez de mí? –le preguntó–. ¿Puede que fuéramos parientes lejanas, como primas, o algo así?
–Me temo que Milly nunca la mencionó –respondió Marge–. Era una chica callada. Para serle sincera, no creo que tuviera mucha vida social fuera del trabajo, y solo estuvo trabajando aquí un par de meses. Me daba la impresión de que era de esas personas que no permanecían mucho tiempo en un sitio, pero aun así me sorprendió esa mañana, cuando me dijo que iba a dejar el trabajo, porque parecía muy contenta aquí. Me dijo que tenía que dejarlo por una emergencia familiar –contrajo el rostro–. Parece que no se acordaba de que me había dicho que no tenía familia.
–Vaya… –musitó Brooke.
No había avanzado demasiado. Seguía sin saber quién había sido aquella joven, ni por qué había ido con ella en el coche ese día. El parecido entre Milly y ella, sin embargo, era un dato nuevo, pensó mientras le daba las gracias a la mujer por el tiempo que le había dedicado.
Mientras se dirigía hacia la puerta para marcharse, una imagen inquietante, un recuerdo, saltó a su mente y se quedó paralizada un instante. En ese vívido recuerdo ella estaba sentada en una de las mesas de la cafetería, y un borracho estaba de pie, a su lado, gritándole, mientras Marge abría la puerta del local, ordenándole que se marchara. Habría querido preguntarle a Marge por ese recuerdo, pero la apuraba robarle más tiempo a la pobre mujer, que ya estaba sirviendo a otros clientes, así que, aturdida como estaba, salió de la cafetería.
¿Por qué no recordaba nunca nada útil?, se preguntó, llena de frustración. Era evidente que debía haber ido a la cafetería en algún momento del pasado para ver a Milly. Y el que Marge no la recordara tampoco tenía nada de raro con la cantidad de gente que pasaría por allí. Sin embargo, lo que seguía intrigándola era ese parecido entre Milly y ella que Marge había apuntado y que había constatado por sí misma al ver la fotografía. Era una coincidencia extraña, pero no sabía qué relación podría tener aquello con el hecho de que Milly hubiera ido con ella en el coche aquel día.
Capítulo 7
DURANTE el trayecto en coche desde el aeropuerto de Florencia Brooke se sentía tranquila y relajada. Ni siquiera la había irritado que hubieran tenido que salir de Londres al alba porque el cambio de ambiente era un alivio para ella y una manera de escapar de sus pensamientos inquietos y repetitivos.
El día anterior esos mismos pensamientos casi la habían empujado a comprar otras revistas de cotilleos en busca de nueva información acerca de su matrimonio. Sin embargo, consciente de que no le serviría de nada, porque ya sabía todo lo que necesitaba saber por el momento, se había obligado a concentrarse en seleccionar la ropa que necesitaría para el viaje con la ayuda de la estilista que Lorenzo había hecho que se desplazase a Madrigal Court esa tarde.
El vestido de tirantes blanco y azul que llevaba puesto había sido una buena elección para el calor estival de Italia. Además, no era atrevido ni la última moda, como la ropa que había encontrado en su vestidor, pero era elegante y le favorecía, porque resaltaba de una manera sutil sus curvas.
Estaba empezando a pensar que quizá estuviera ganando peso. Quizá la obsesión que había tenido antes del accidente por vigilar lo que comía se debiera a que tenía tendencia a engordar. Sin embargo, al salir del coma había estado demasiado delgada, y ahora le parecía que el peso que tenía era mucho más sano.
–¿Había estado antes en Florencia contigo? –le preguntó a Lorenzo.
–No. Intenté traerte un par de veces, pero nunca tenías un hueco en tu agenda. Siempre había algún evento, alguna inauguración o algún desfile de moda que no te podías perder.
–¿Te criaste en la casa en la que vamos a alojarnos? –inquirió Brooke con curiosidad.
Para su sorpresa, Lorenzo se rio y sus ojos negros brillaron, como si la sola idea lo divirtiera.
–No, la compré y la rehabilité hace unos años. A veces se me olvida que sigues con amnesia. No, me crie en un espléndido palacete en el Gran Canal de Venecia, junto a mi padre.
–¿Quieres decir que tu madre…?
–Sí, por desgracia murió al dar a luz. Tenía problemas de corazón –le explicó Lorenzo–. Creo que mi padre jamás me perdonó que fuera la causa de su muerte. Más de una vez me dijo que era la única mujer a la que había amado y que por mi culpa la había perdido. Murió el año pasado; jamás tuvimos una relación estrecha.
–¡Qué triste!, ¡qué lástima! –murmuró Brooke–. Ojalá mis padres hubieran vivido lo suficiente como para que hubieras podido conocerlos; así podrías contarme algo más de ellos.
–Nunca tuve la impresión de que te preocupara no tener familia –le confesó Lorenzo–. De hecho, parecía que era algo que iba con tu carácter, que no necesitabas a nadie. Te gustaba estar sola.
–¿Crees que por eso no quería tener niños? –le preguntó ella abruptamente.
Lorenzo resopló entre dientes.
–No, decías que había múltiples razones por las que no querías hijos: el efecto que tendría en tu cuerpo, el riesgo que suponía para tu incipiente carrera, que la responsabilidad de ser madre coartaría tu libertad…
Brooke asintió. Estaba claro que su carrera lo había sido todo para ella, pero aun así la sorprendía que se hubiese mostrado tan reacia a tener hijos porque, durante el tiempo que había pasado en la clínica, cuando había visto a los niños pequeños que iban a visitar a otros pacientes se había encontrado observándolos con una sonrisa en los labios y le infundían mucha alegría.
–Lo de que no quería hijos… ¿te lo dije antes de que nos casáramos? –le preguntó a Lorenzo.
–No –fue la sucinta respuesta de él–. Si lo hubiera sabido no me habría casado contigo, pero, para ser justo, tampoco me engañaste diciéndome lo contrario. Luego, con el tiempo, me di cuenta de que simplemente habías evitado el tema para no decir algo que te habría comprometido –añadió–. Pero no sé ni por qué estamos hablando de esto; lo último que necesitaríamos ahora sería complicarnos la vida con un niño –comentó con ironía.
–Ya, es verdad –respondió ella algo tensa, porque era verdad. Bastante tenían ya con su amnesia–. ¿Y qué pasó con ese palacete veneciano en el que creciste? ¿Es que no lo heredaste?
–Sí, pero lo convertí en un hotel de lujo. No me sentía unido en absoluto a ese lugar; no tengo recuerdos cálidos ni bonitos de mi infancia –le confesó.
–Me pregunto si mi infancia fue feliz –murmuró ella.
–Yo creo que sí. Por lo que me contaste cuando nos conocimos, parece que tus padres te adoraban –respondió Lorenzo. Al ver que estaba retorciéndose las manos sobre el regazo, puso la suya sobre ellas y le dijo–: Deja de preocuparte por lo que no sabes y por las cosas sobre las que no tienes ningún control.
–Lo sé, sé que no debo preocuparme –musitó Brooke–. Por cierto, me han vuelto un par de recuerdos –le comentó–. El doctor Selby cree que es un motivo de esperanza.
Lorenzo frunció el ceño, entre desconcertado y molesto por que no se lo hubiera dicho antes a él.
–¿Y qué es lo que has recordado?
–Solo a mí misma sentada en una limusina, y otra vez en la cafetería donde trabajaba esa chica, Milly Taylor. Supongo que debía haber ido allí para reunirme con ella. Tampoco es que sean unos recuerdos de gran utilidad –comentó Brooke con un suspiro.
–Sí, pero es un avance prometedor –respondió él.
¿Por qué no lo ilusionaba más en ese momento la perspectiva de que pudiera llegar a recobrar la memoria y que los dos retomaran sus vidas por separado? Tal vez, después de tantos meses, estaban empezando a hacer mella en él el cansancio, sus esperanzas frustradas y la compasión que sentía por Brooke, y simplemente se sentía culpable de desear para sus adentros que su vida volviera a la normalidad.
¿Por qué diablos no era sincero consigo mismo? Aquella nueva versión de Brooke le gustaba muchísimo más; no tenía ninguna prisa por que volviera la original. Tal y como era ahora era agradable e increíblemente sensual. Era natural que prefiriera a la Brooke actual, admitió para sus adentros con cruda sinceridad. No era ningún misterio; solo un masoquista echaría de menos a la Brooke de antes.
Brooke miró por la ventanilla mientras subían por un serpenteante camino de tierra con frondosos árboles a ambos lados. Abrió mucho los ojos, admirada, al ver el enorme caserón con cuatro torres que se alzaba sobre la colina. Debía haber una vista magnífica de la campiña toscana desde allí arriba.
–Es un sitio precioso –comentó cuando se detuvieron frente al caserío.
–Está un poco apartado –le advirtió Lorenzo mientras se bajaban del coche–. Puede que te sientas un poco sola aquí cuando esté fuera por mi trabajo.
–Estaré bien –le aseguró Brooke.
El chófer sacó del vehículo el transportín de Topsy. Brooke se agachó para dejarlo libre, y las frenéticas muestras de afecto del animalito la hicieron sonreír de oreja a oreja.
–Siempre puedo aprovechar esos ratos para salir a pasear con Topsy, sentarme al aire libre a leer un rato, o incluso explorar un poco.
–Bueno, tampoco pienso pasar cada día trabajando –puntualizó él con una sonrisa–. Y no quiero que te vayas muy lejos tú sola, así que mejor deja lo de explorar para cuando esté aquí contigo.
Cuando se dirigieron a la entrada con Topsy tras ellos, Brooke alzó la vista hacia la fachada. Sus ojos violetas brillaban admirados.
–Me encantan las casas antiguas –murmuró, alargando una mano para acariciar la piedra blanquecina, calentada por el sol.
Lorenzo se mordió la lengua para no contradecirla; antes del accidente había detestado las antigüedades.
–¿Cuándo la compraste? –le preguntó ella cuando entraron.
–Mucho antes de conocerte. Quería una casa aquí, en Italia, y siempre pensé en venir de vacaciones, pero, para serte franco, apenas he pisado este lugar desde que terminaron las reformas.
Brooke le dio un golpe juguetón en el hombro.
–Es que trabajas demasiado –apuntó.
Estaba admirando el rústico vestíbulo con una mano apoyada en la barandilla de la vieja escalera de madera, cuando apareció un hombre mayor, que los saludó en italiano.
–Este es Jacopo –se lo presentó Lorenzo–. Su esposa Sofía y él están a cargo de las tareas de la casa –le informó. El hombre le preguntó algo en italiano y él se lo tradujo a Brooke–: ¿A qué hora quieres almorzar?
–¿Sobre las doce? –propuso ella vacilante–. Como nuestro vuelo salió tan temprano tengo bastante hambre.
Lorenzo le transmitió su respuesta a Jacopo y la condujo al piso de arriba mientras le explicaba:
–A Sofía le gusta organizarse con tiempo. Y es una excelente cocinera.
–¿Alguna vez cociné yo para ti? –le preguntó Brooke.
–Nunca.
Ella enarcó las cejas, sorprendida.
–Me pregunto por qué; me he dado cuenta de que me gusta la sección de recetas de las revistas, y eso me había hecho pensar que debía gustarme cocinar –le dijo.
Entraron en un dormitorio impresionante pero también lleno de encanto. Brooke giró con la cabeza levantada para admirar el techo abovedado, y al ver una puerta en una esquina de la habitación se dirigió hacia allí curiosa y se rio con deleite al descubrir, como había imaginado, que era una de las cuatro torres, y que allí se había construido un cuarto de baño circular.
–Es una casa maravillosa, Lorenzo –comentó al salir–. ¿Estaba muy destartalada cuando la compraste?
–Prácticamente estaba en ruinas –asintió él–, pero me encantaban las vistas y el viejo patio de atrás, que estaba totalmente invadido por la maleza. No me fijé demasiado en el potencial de la casa en sí, ni en lo enorme que era. De hecho, no necesitamos la media docena de habitaciones que hay.
Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par, y cuando salieron Brooke respiró aliviada al ver que el entramado de hierro forjado de la barandilla era lo bastante cerrado como para que la curiosa de Topsy no pudiera asomarse y caerse. Se apoyó en la barandilla y admiró extasiada el paisaje.
La bruma matinal flotaba aún sobre el pintoresco pueblo amurallado que se alzaba sobre una colina cercana, y realzaba de un modo mágico el intenso verde de los viñedos y los huertos de árboles frutales que se extendían por el valle. El jardín estaba bordeado por ancianos castaños, y sus hojas estaban cambiando ya de color, anunciando que se acercaba el otoño.
–Todo esto es tan hermoso… –murmuró con un suspiro.
Lo más hermoso era ella, con su suave melena, rubia y rizada, cayéndole sobre la espalda, pensó Lorenzo, poniéndose detrás de ella.
Posó una mano sobre su hombro desnudo y Brooke se echó hacia atrás, apoyándose en él. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para luchar por su relación. Cuando Lorenzo agachó la cabeza para besarla en el otro hombro un cosquilleo recorrió todo su cuerpo, como si él hubiera accionado un interruptor secreto. Y luego, cuando rozó sus labios contra la sensible piel de la curva que ascendía hacia el cuello, se encontró empujando las caderas hacia atrás, contra las de él.
Lorenzo le bajó lentamente la cremallera del vestido y lo abrió para descender por su espalda beso a beso mientras ella se removía, excitada, al descubrir que a lo largo de la columna tenía una serie de puntos erógenos que desconocía. Al notar que le soltaba el enganche del sujetador se inquietó porque estaban en el exterior y, aunque aquella era una zona rural, podría haber gente en los alrededores.
–No quiero que me vean desnuda –murmuró nerviosa, girándose hacia él entre sus brazos. Al ver el modo en que Lorenzo la miró, como sorprendido de que se sintiera cohibida, se temió que su reacción pudiera sofocar su pasión–. Quiero decir que… bueno, podría haber gente trabajando en los viñedos, o cerca.
Lorenzo se rio suavemente, la levantó en volandas, como si no pesara nada, y la llevó dentro para sentarla al borde de la cama. Inclinándose sobre ella le quitó el sujetador con tanta facilidad que Brooke no pudo sino admirar su pericia y se encontró murmurando:
–Debes haber estado con muchas mujeres.
En cuanto esas palabras abandonaron sus labios contrajo el rostro, preguntándose por qué lo habría dicho, y sintió que le ardían las mejillas.
Lorenzo la miró sorprendido.
–Tampoco tantas. Supongo que lo normal, antes de que nos casáramos –respondió.
–¿Quieres decir que desde entonces no…? –balbució ella–. Me refiero a que… bueno, estábamos separados… y yo he estado más de un año en coma…
–No he estado con ninguna otra mujer desde que nos casamos –le dijo Lorenzo–. El día de nuestra boda, al pronunciar los votos matrimoniales, prometí serte fiel, y yo no falto a mis promesas.
Aquel era un tema controvertido, reconoció Brooke intranquila para sus adentros, aunque no podía dejar de impresionarla esa lealtad, a la que seguramente muchos hombres habrían faltado durante una separación. Era algo más por lo que debía sentirse afortunada. Al confesarle eso Lorenzo la había hecho muy feliz, y la había reafirmado en su convicción de que merecía la pena intentar salvar su matrimonio. No había buscado sexo ni consuelo en otra mujer durante todo ese tiempo, y eso decía mucho de la clase de persona que era. Quería volver a decirle que lo amaba, pero se tragó las palabras porque pensó que a él le parecerían vacías en ese momento.
–Nos estamos poniendo demasiado serios –le dijo Lorenzo con una media sonrisa.
–Es culpa mía –murmuró ella–; soy yo la que me he puesto a hacer preguntas incómodas.
–Puedes hacerme las preguntas que quieras –la tranquilizó él, yendo a cerrar la puerta.
Mientras lo veía quitarse la chaqueta, la corbata y los zapatos, Brooke tragó saliva, preguntándose por qué siempre se sentía tan tímida con él, por qué en ese momento quería tapar sus senos desnudos. Llevaban años casados; no tenía sentido. Además, que se sintiera tan cohibida se contradecía con todo lo que había descubierto sobre su yo antes del accidente. Las mujeres que eran tímidas o a las que les daba vergüenza mostrar su cuerpo no se ponían pantalones cortísimos ni minifaldas.
Y Lorenzo tampoco podía decirse que fuera precisamente tímido, se dijo mientras lo veía avanzar hacia la cama, completamente desnudo, como un sensual depredador de piel bronceada y músculos esculpidos.
El solo mirarlo la abrumaba porque todavía no acababa de comprender cómo un hombre tan rico, poderoso e importante podía haberse casado con ella. Y esa baja autoestima que tenía… ¿de dónde venía? Se suponía que era una mujer con confianza en sí misma, con un fondo fiduciario, que a su manera también había disfrutado de éxito profesional. ¿Podría ser que, aunque siempre había mostrado esa fachada de cara a los demás, para sus adentros hubiera sido una persona insegura?
–Dio… Estoy impaciente por estar dentro de ti… –murmuró Lorenzo con voz ronca.
Esas palabras tan gráficas hicieron que un rubor subiera desde el pecho de Brooke hasta su cara, y volvió a sentirse como un pez fuera del agua, como en la primera noche que había pasado con él.
–¿Qué pasa? –inquirió él, al ver lo tensa que se había puesto.
–No lo sé –balbució ella.
Se apresuró a acabar de quitarse el vestido y descalzarse para meterse bajo las sábanas. Se sentía tremendamente incómoda con Lorenzo mirándola de ese modo suspicaz. Siempre parecía darse cuenta de sus inseguridades, y no solo era embarazoso, sino que además la ponía nerviosa porque la hacía perder la compostura.
–¡Pero si te has puesto colorada! –exclamó Lorenzo riéndose, como si lo divirtiera haber conseguido esa proeza.
–¿Por qué has tenido que decirlo? –protestó Brooke–. No sé por qué, todavía siento estos momentos de intimidad contigo como algo nuevo, a lo que no estoy acostumbrada. Sé que es una bobada, pero es así.
–No es una bobada –replicó él, a pesar de que le parecía imposible que nada pudiera azorar a Brooke–. Perdona, ahora me doy cuenta de que estoy siendo muy poco sensible.
–No, es que yo me siento como… fuera de lugar –replicó ella, y alargó la mano para estrechar la de él, en un intento por salvar las distancias entre ellos.
Lorenzo dejó de intentar explicarse lo inexplicable y se metió en la cama junto a ella. Mientras besaba a Brooke comenzó a acariciarle un pezón. Sin embargo, de nuevo se encontró dándole vueltas a los cambios que se habían producido en ella. ¿Cuándo se había vuelto tan seria? ¿Y cuándo había empezado él a comportarse como si aquella solo fuese una identidad temporal de la «verdadera» Brooke?
El caso era que allí estaba él, loco de deseo por la mujer de la que se quería divorciar, como si fuese una droga. Por primera vez desde el accidente se encontró queriendo alejarse de ella, pero entonces Brooke entrelazó sus dedos con los de él, despegó sus labios de él para mirarlo y la sonrisa que iluminó su rostro hizo que se evaporaran todos esos pensamientos.
Cuando empezó a besarlo de nuevo, enroscando su lengua con la de él, Lorenzo sintió que su miembro se endurecía. Se colocó sobre ella y la sujetó por las manos, permitiéndose dar rienda suelta a su pasión.
Brooke notó ese cambio en su actitud y respondió con deleite a sus besos, comprendiendo que había estado a punto de ahuyentarlo con sus inseguridades. Hundió los dedos en su pelo negro y gimió y arqueó la espalda cuando él agachó la cabeza para mordisquear uno de sus pezones. Las hábiles manos de Lorenzo descendieron por su cuerpo, aproximándose a la unión entre sus muslos. Y entonces, cuando la tocó, sus caderas se levantaron del colchón y un grito ahogado escapó de sus labios.
–Estás tan húmeda, tan dispuesta… –murmuró Lorenzo satisfecho.
Hizo que se girase y se pusiese de rodillas frente a él, con los antebrazos apoyados en el colchón. Cuando la penetró de una embestida, todo el cuerpo de Brooke se tensó. El placer que la sacudió era electrizante. Los latidos de su corazón se dispararon y se le cortó el aliento. Lorenzo empezó a mover las caderas, y cada poderosa embestida le provocaba una nueva oleada de placer, como un intenso seísmo que la hacía estremecer e incrementaba la tensión en su pelvis.
Sus músculos internos se contrajeron, y el increíble clímax que le sobrevino la hizo gritar de gusto y hasta se le saltaron las lágrimas. Sin embargo, Lorenzo no se detuvo, sino que siguió sacudiendo las caderas contra las suyas, y empezó a sentir que la tensión volvía a escalar en su pelvis, y bastó con que sus dedos tocaran la parte más sensible de su cuerpo para que se desatara en su interior un nuevo orgasmo.
Se derrumbó sobre el colchón mientras oía a Lorenzo gruñir de satisfacción. La hizo girarse de nuevo y la besó de un modo muy sensual que la hizo estremecerse de nuevo.
–No pienso volver a moverme en lo que me queda de vida –le aseguró Brooke, exhausta.
–El helicóptero viene a recogerme a las dos, pero estaré de vuelta esta noche, sobre las nueve –le dijo él, mirándola a los ojos–. Así que aprovecha para descansar esta tarde, porque esta noche no vas a dormir mucho, cara mia.
–Promesas, promesas… –lo picó Brooke, sintiéndose maravillosamente relajada–. Puede que cuando llegues seas tú el que estés demasiado cansado.
Lorenzo apartó un mechón rizado de su blanca frente y la atrajo un poco más contra sí.
–Para ti no estaré demasiado cansado –murmuró con voz aterciopelada, apartando cualquier pensamiento de trabajo de su mente para vivir el presente.
Cuatro semanas después seguían en Italia porque Lorenzo había vuelto a alargar su estancia. Brooke, que acababa de poner la mesa en el patio, retrocedió un par de pasos para admirar lo bonita que le había quedado. Tarareando, volvió a entrar en la cocina para ver cómo iba la comida que tenía al fuego.
Esa noche estaba preparando ella la cena porque Sofía se había ido unos días a visitar a su hija. Había descubierto que no se le daba tan bien la cocina como había esperado, pero Sofía le había dado unos cuantos consejos útiles y con algunos preparativos previos se había sentido capaz de probar a hacer un menú sencillo.
Sus ojos se posaron en la labor de punto que Sofía había dejado en la mesita del rincón. Estaba tejiendo una chaquetita de lana para su primer nieto. La tomó, incapaz de explicar por qué le había llamado la atención, y mientras la estudiaba descubrió que no solo sabía cómo se llamaban cada uno de los puntos, sino que hasta se dio cuenta de que en una de las vueltas Sofía había cometido un error. Parpadeó y notó una fuerte punzada en la sien. Sacudió la cabeza sorprendida. Bueno, sí, parecía que sabía tricotar, pero… ¿y qué?, se dijo, quitándole importancia. ¡Pues como tantas otras personas!, se respondió, frotándose la sien hasta que el dolor comenzó a disiparse.
Sin embargo, cuando salió de nuevo al patio unos mareos repentinos hicieron que la cabeza le diera vueltas y que le flaquearan las piernas. Se apresuró a sentarse, puso la cabeza entre las piernas e inspiró lenta y profundamente. No sabía qué le pasaba, y ya había pensado en pedir cita con un médico cuando volvieran a Londres al día siguiente.
Dudaba que los mareos y el dolor de cabeza tuvieran relación alguna con la contusión que había sufrido en el accidente. Y tampoco creía que esa fuera la causa de las náuseas que había sentido de tanto en tanto en los últimos días, pero sí pensaba que ya iba siendo hora de que se hiciera una revisión, de todos modos. Quizá hubiera pillado algún virus, pensó preocupada.
Volvió a levantarse y alzó la mirada hacia el tranquilo paisaje de viñedos y huertos frutales que se extendía más allá de los jardines. Nunca hubiera imaginado que acabarían quedándose todo un mes en Italia. El tiempo había pasado tan deprisa…
Durante ese tiempo Lorenzo había tenido que ir a montones de reuniones de negocios, algunas incluso en otras ciudades de Italia, como ese día, o fuera del país, pero el resto del tiempo estaba allí, con ella, bien trabajando desde casa o bien llevándola a hacer un poco de turismo, y su tranquila estancia en la Toscana estaba obrando maravillas en su estado de ánimo.
Por desgracia no le habían vuelto más recuerdos, y eso la decepcionaba un poco, pero, viéndolo por el lado positivo, estaba durmiendo bien, comiendo bien, y en general se sentía con más fuerzas. Claro que una buena parte de todo eso se debía a que su relación con Lorenzo había mejorado. Cuando le había propuesto que dejasen que la situación fluyese y viesen cómo iban las cosas, no le había prometido que fuera a hacer un esfuerzo especial, pero estaba claro que estaba esforzándose por que todo fuera bien.
Por muy ocupado que estuviera, siempre buscaba tiempo para ella. La había llevado a degustar el vino local a la Piazza Grande de Montepulciano, habían paseado a la sombra de los árboles a lo largo de las murallas de Lucca, explorado el laberinto de las cuevas subterráneas de Pitigliano y los jardines Garzoni en Collodi. También la había llevado a cenar a varios restaurantes maravillosos de Florencia, aunque había disfrutado muchísimo más con el picnic en el huerto de naranjos al pie de la villa porque Lorenzo la había sorprendido con un colgante de zafiro que la había dejado sin aliento, y luego le había hecho apasionadamente el amor.
Para cuando oyó posarse el helicóptero de Lorenzo, ella ya tenía el primer plato en la mesa. Dio un paso atrás y sonrió al verlo subir la colina en dirección hacia ella. Estaba guapísimo, vestido con un traje gris tórtola a medida y el cabello negro despeinado.
Cuando vio que Brooke estaba esperándolo, una amplia sonrisa asomó a los labios de Lorenzo. Probablemente era un poco presuntuoso por su parte, pero lo halagaba que su esposa estuviera impaciente por que llegara. Su figura, esbelta pero curvilínea, toda de blanco parecía la de un ángel, con una nube de rizos rubios enmarcando sus bellas facciones.
–He preparado la cena –le dijo–. Venga, siéntate.
–Es que quería darme una ducha antes…
–Ni hablar; se enfriará la comida –replicó Brooke–. Si quieres comer, es ahora o nunca.
Lorenzo sonrió con picardía.
–Hagamos un trato: yo me siento a comer ahora si tú luego te vienes a la ducha conmigo…
–Hecho –murmuró Brooke sonrojándose. Cuando se sentaron los dos a la mesa, señaló el plato de él con un ademán–: Venga, come. Es una comida muy sencilla, pero es que todavía tengo mucho que aprender.
–No te preocupes; si lo que no acabo de creerme es que hayas hecho la cena… –le confesó Lorenzo.
–Bueno, no me darán una estrella Michelín ni nada de eso, pero he pensado que tampoco podía ser tan difícil cocinar algo –respondió ella muy seria.
Empezaron a comer con apetito y, después de charlar un rato de cosas intrascendentes, Lorenzo le preguntó:
–¿Cómo llevas lo de volver a Londres mañana?
–Me entristece un poco –admitió ella, dejando el tenedor para juguetear con el zafiro que pendía de su cuello–. Me encanta este lugar y me siento mucho más relajada que cuando llegamos, pero sé que no podemos vivir eternamente desconectados del resto del mundo.
–No, es verdad –asintió Lorenzo, apartando su plato al terminarlo. Se echó hacia atrás en su asiento y le preguntó–: ¿Por qué te has tomado tantas molestias?; podríamos haber cenado fuera. Es lo que suelo hacer cuando Sofía libra.
–Es que… como es nuestra última noche aquí… –Brooke se encogió de hombros en un intento por parecer despreocupada.
Se levantó para ir a la cocina a por el segundo, un estofado. Lo sirvió en un par de platos y volvió fuera.
–Tiene muy buena pinta –comentó Lorenzo cuando le puso el suyo delante.
–Espero que también sepa bien –respondió ella mientras se sentaba de nuevo.
Lorenzo saboreó el plato en silencio, disfrutando de cada bocado, y cuando hubo acabado rebañó la salsa con el pan y le dijo con una sonrisa traviesa:
–No se hable más: a partir de hoy cocinarás cada noche que pueda pasar sin ti.
–¿Y eso cada cuánto será? –inquirió ella juguetona, levantándose y recogiendo los platos para traer el postre.
–Me temo que no muy a menudo –le confesó Lorenzo, siguiéndola hasta la cocina. Cuando Brooke metió los platos en el fregadero, le rodeó la cintura con los brazos, atrayéndola hacia sí–. Tienes tareas mucho más importantes que la cocina, cara mia.
Al notar que estaba excitado, Brooke se echó hacia atrás, apretándose contra él, y se deleitó al oírlo aspirar hacia dentro, y aún más cuando le desabrochó los vaqueros y su mano descendió por su vientre tembloroso hacia su sexo.
–¿Qué clase de tareas? –le preguntó con voz trémula, sospechando que no llegarían a tomarse el postre.
Al notar la húmeda bienvenida bajo sus braguitas y escuchar el gemido que escapó de sus labios, Lorenzo se rio suavemente.
–Creo que tú ya sabes cuáles son, gatita mía.
–Pues tienes que tomar una decisión –murmuró Brooke. Luchando contra el deseo, se apartó de él y se abrochó los vaqueros–: o el postre… o yo.
Lorenzo la atrajo de nuevo hacia sí.
–Soy italiano; las mujeres siempre son lo primero.
–Bueno, puede que si te portas muy, muy bien –lo picó Brooke–, te lleve el postre a la cama.
Por toda respuesta, Lorenzo inclinó la cabeza y la besó con voracidad, devorando sus labios con los dedos enterrados entre sus rizos. Cuando Brooke gimió, no esperó más antes de alzarla en volandas y dirigirse a las escaleras.
–Eres un poco impetuoso, ¿no? –lo picó ella.
–Sé que te gusta que lo sea –replicó Lorenzo con voz ronca.
Al llegar a la habitación la sentó en la cama y la descalzó. Sin embargo, cuando iba a quitarle el resto de la ropa, ella lo detuvo.
–No, tú primero –le dijo, haciendo que se sentase a su lado.
Y se puso a quitarle la chaqueta, sintiéndose muy atrevida. Luego le desanudó la corbata y se la arrancó, y después le desabrochó uno tras otro los botones de la camisa. Se la abrió impaciente, y deslizó las manos por su pecho, cálido, musculoso y cubierto de vello.
Lorenzo se levantó para acabar de desnudarse.
–Y ahora fuera esos vaqueros y la camiseta –le ordenó impaciente.
Brooke lo atormentó bajándose los vaqueros lentamente, sacando primero una pierna y luego la otra. Luego se sacó la camiseta por la cabeza y apretó los dientes cuando sintió el aire frío en sus pezones endurecidos. Hacía varios días que se notaba los pechos raros, como sensibles al tacto, y también algo hinchados. Había pensado que debía ser una señal de que estaba a punto de bajarle la regla.
Aunque había tenido sus periodos de forma regular durante su estancia en la clínica, no había tenido ninguno desde que había vuelto a casa con Lorenzo. Cuando pidiese cita con el médico tendría que comentárselo también. Probablemente estuviera causándole problemas el DIU, se dijo. Tal vez debería plantearse utilizar otro método anticonceptivo.
Lorenzo se deleitó la vista sin el menor pudor, deteniéndose especialmente en sus voluptuosos senos. Debía haber puesto algo de peso y le sentaba muy, pero que muy bien.
–No sabes cómo te deseo. Estoy consumiéndome por dentro…
–¿No me digas? Me despertaste a las seis de la mañana –le recordó ella divertida. No dejaba de sorprenderla que pareciese desearla a todas horas.
Lorenzo sonrió y se sentó en la cama, junto a ella.
–Sí, pero eso fue esta mañana, y de eso hace ya una eternidad, bellezza mia.
–¿Crees que las cosas seguirán así entre nosotros cuando volvamos a Londres? –le preguntó Brooke.
Temía que la intimidad que se había fraguado entre ellos se desvaneciera cuando abandonaran Italia.
–Ni hablar; cuando volvamos te vendrás a dormir conmigo a mi habitación –le aseguró Lorenzo.
–¿De verdad? –inquirió Brooke sonriendo, como una niña con zapatos nuevos.
La respuesta de Lorenzo la tranquilizó; ese cambio en su actitud implicaba que quería que se diesen una oportunidad, no que se separasen.
–Pues claro. Espero que no vayamos a tener una discusión por eso –murmuró Lorenzo contra sus labios, enrojecidos por sus besos.
Brooke hundió los dedos entre los mechones de su pelo negro para atraerlo hacia sí, y sintió que el fuego del deseo la recorría.
–Ni hablar.
Mucho después ella yacía en los brazos de él y se sentía tan relajada que acabó quedándose dormida. Sin embargo, lo feliz que se sentía antes de que el sueño la arrastrara hizo aún más aterradora la pesadilla que tuvo porque no estaba preparada para algo así. No, nada podría haberla preparado para las imágenes que acudieron a su cerebro, como fogonazos, unas imágenes que la hicieron chillar de espanto.
Eran vívidas imágenes del accidente y de pronto se dio cuenta de que ella era Milly, no Brooke. Vio el choque; se vio alargando la mano hacia ella en la pesadilla sin poder alcanzarla, y experimentó una horrible agonía al comprender que no había podido salvar a su hermana, al único familiar que le quedaba…
De pronto hubo como un salto adelante en el tiempo. Debía ser de cuando había recobrado la conciencia, porque revivió unos dolores insoportables, un miedo atroz, y vio, entre el amasijo de los restos del vehículo siniestrado, sus agujas de tricotar…
–Tranquila, tranquila, no pasa nada –oyó decir a Lorenzo cuando se incorporó como un resorte en la cama, sollozando y balanceándose adelante y atrás, con las piernas dobladas y la cabeza agachada y apoyada contra ellas–. Solo ha sido una pesadilla. No era real. ¡Dio!, estabas chillando de tal manera que creí que había entrado un ladrón o algo así.
No, sí que había sido real, muy real, replicó Milly para sus adentros. Mil pensamientos revoloteaban frenéticos por su mente, en medio de una densa bruma de incredulidad. Tras la desesperación de haber estado todo ese tiempo con amnesia, de repente, de algún modo, había recobrado la memoria.
Su verdadero yo había vuelto sin fanfarrias a través de esa pesadilla, arrojando luz sobre todo lo que hasta ese momento había sido un vacío absoluto en su mente. Pero ahora que había recobrado la memoria y sabía quién era se sentía aún más inquieta.
Su hermana había muerto y todo el mundo había dado por hecho que había sido ella, Milly, quien había fallecido. ¿Cómo podría haber ocurrido algo así?, se preguntó. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más fácil le parecía de comprender. Al fin y al cabo, en el momento del accidente había llevado puesta la ropa de Brooke, y había sufrido heridas en el rostro. Nadie había advertido el gran parecido entre ambas, aunque probablemente se debiera a que la propia Brooke también debía haber quedado desfigurada por el choque.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Cómo podría arreglar todo aquel lío? Lorenzo se quedaría destrozado cuando le contase la verdad. ¡Si ni siquiera sabía que se había quedado viudo! Había pasado meses cuidando de ella, preocupándose por ella cuando nadie más lo había hecho, y había acabado llevándola a su casa y a su cama porque creía, naturalmente, que era su esposa. Pero no lo era, era una extraña para él.
Temblorosa, se apartó de Lorenzo, que seguía intentando calmarla, y corrió al cuarto de baño. Abrió el grifo de la bañera para darse un baño, aunque en realidad solo era una excusa para estar sola un rato. Lorenzo se asomó a la puerta, pero le pidió que se marchase; le dijo que necesitaba un baño caliente y estar a solas para relajarse.
Minutos después, sentada en el agua tibia, las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas a medida que iba adquiriendo plena consciencia de la magnitud de aquel embrollo. No sabía cómo iba a contarle a Lorenzo la verdad. Había despertado de una pesadilla para descubrir que estaba viviendo una pesadilla aún peor: estaba viviendo la vida de su hermana muerta, con un hombre del que se había enamorado pero que no la amaba a ella.
Capítulo 8
NO VUELVAS a decirme otra vez que estás bien –le advirtió Lorenzo con cierta aspereza y muy serio, mientras su chófer los llevaba a casa desde el aeropuerto–. Está claro que no estás bien, que algo te ha disgustado muchísimo y ya va siendo hora de que lo hablemos.
–Lo hablaremos cuando lleguemos a… a casa –le dijo ella con voz trémula.
No tenía la menor prisa por llegar, por tener que hacer frente a la reacción que sin duda tendría Lorenzo cuando le contara la verdad: indignación, incredulidad y dolor por la muerte de su esposa.
Le dolía el corazón al pensar que Lorenzo nunca había sido suyo, y que todo lo que había ocurrido entre ellos se debía tan solo a que él creía que era su esposa. Y lo más irónico era que antes de morir Brooke lo había odiado, había dicho de él que era un tirano posesivo, que la había acusado injustamente de haberle sido infiel para pedirle el divorcio.
Estaba claro que había habido un fuerte resentimiento en su relación, pero quería pensar que, si Brooke hubiera visto lo compasivo que se había mostrado con ella tras el accidente, sin saber que no era su esposa, le habría perdonado las diferencias que había habido entre ellos.
En ese sentido, el comportamiento de Lorenzo había sido irreprochable. Podría haberse desentendido, haber dejado que el procedimiento de divorcio siguiera su curso, haberla abandonado a merced del sistema público de salud bajo la tutela de un testaferro para que se ocupase de su fondo fiduciario. Sin embargo, no había hecho eso; se había mantenido fiel a los votos que había pronunciado el día de su boda: «en la salud y en la enfermedad».
Obviamente tendría que abandonar la casa de Lorenzo, y lo antes posible. Por desgracia para ella no tenía a dónde ir, ni un penique a su nombre, ni tampoco amigos que pudieran acogerla porque había estado mudándose con demasiada frecuencia como para hacer amistades duraderas.
Ahora se arrepentía de no haberse esforzado más en sus estudios durante los años que había estado viviendo en casas de acogida. Cada vez que la habían enviado a una nueva, también había tenido que cambiar de colegio o de instituto, y eso había hecho que perdiera el interés por aprender. Los continuos cambios la habían descentrado, la habían vuelto indisciplinada y no se atrevía a forjar una relación estrecha con ninguna de las personas a las que conocía porque sabía que antes o después tendría que irse a otro lugar y dejaría de verlas.
Quizá por eso había reprimido sus recelos para no perder el contacto con Brooke, llegando a pasar por alto sus malos modos y la manera en que se portaba con ella. No había querido perder ese vínculo de hermanas que tan importante era para ella, y siempre había estado ansiosa por ofrecerle todo su cariño y su apoyo.
¿No se había aferrado igual a Lorenzo, con esa ansia patética por ofrecerle su cariño aun cuando él no se lo había pedido? Se reprendió para sus adentros por esas muestras de debilidad y de dependencia emocional. Claro que era comprensible que anhelara sentirse amada.
Los recuerdos que tenía de su madre, Natalia, eran algo difusos porque había muerto cuando ella tenía solo once años. Recordaba vagamente que había sido una madre afectuosa, pero su padre, en cambio, jamás le había prestado la menor atención cuando las había visitado. No parecía haber tenido el más mínimo interés en ella, recordó con tristeza, aunque era probable que su aparente indiferencia se debiera al sentimiento de culpa que debía haber tenido por haber sido infiel a su esposa.
De hecho, si su madre no le hubiera dicho que William Jackson era su padre, jamás lo habría sabido, porque su nombre ni siquiera figuraba en su certificado de nacimiento. Aunque había ayudado a su madre económicamente, se había negado a reconocerla a ella como a su hija.
–Bueno pues ya estamos en casa –dijo Lorenzo cuando entraron en la vivienda.
No, Madrigal Court era la casa que Brooke y él habían compartido, lo corrigió ella para sus adentros. Ella no debería estar allí.
–No alcanzo a entender cómo una pesadilla ha podido generarte tanto estrés –murmuró con impaciencia mientras la conducía a la sala de estar y cerraba la puerta tras ellos–. ¿No vas a contarme qué te ocurre?
Milly se sentó en un sillón e inspiró profundamente para calmar sus nervios.
–Esa pesadilla me hizo revivir el accidente –le confesó–, y al despertar había recobrado la memoria.
Lorenzo palideció y se puso rígido.
–¿Así, de repente?
–Así, de repente –le confirmó ella con un nudo en el estómago–. Pero el problema es que al recobrar la memoria me di cuenta de que no soy la persona que todo el mundo había dado por hecho que era…
Lorenzo frunció el ceño, como si estuviera intentando desentrañar el significado de sus palabras.
–¿De qué estás hablando?
–No soy Brooke, Lorenzo. No soy tu esposa. Soy Milly Taylor.
Lorenzo puso unos ojos como platos.
–Eso no es posible –murmuró, sacando el móvil del bolsillo.
–¿Qué haces? –le preguntó ella, en un hilo de voz.
Lorenzo apretó los labios. Para él estaba claro que su esposa estaba teniendo una especie de crisis nerviosa. No tenía ni idea de cómo lidiar con algo así, pero estaba seguro de que su psiquiatra sabría qué hacer.
–Voy a llamar al doctor Selby para que puedas hablar de esto con él –respondió, volviéndose
–Pero es que yo ahora no quiero hablar con el doctor Selby. Primero necesito aclarar las cosas contigo –replicó Milly–. Es importante.
–No hay nada más importante que tu salud mental –replicó Lorenzo. Y, lanzándole una mirada de reproche, le preguntó–: ¿Por qué te lo habías callado hasta ahora? ¿Cómo es que no me lo dijiste anoche?
–Necesitaba poner mis ideas en orden –protestó ella–. Para mí fue un shock tremendo y me siento fatal por todo lo que ha pasado. No sé cómo podrás poner orden en todo el embrollo legal que…
Lorenzo enarcó una ceja.
–¿Qué embrollo legal?
Milly volvió a inspirar profundamente para infundirse valor.
–Brooke… Brooke está muerta, Lorenzo, y a mí me dieron por muerta, pero estoy viva. Hay que rectificar ese error… no sé cómo.
Lorenzo apretó el móvil en su mano. ¿Estaría sufriendo un brote psicótico? Al estudiar sus tensas y pálidas facciones entrevió en ellas la agitación que había en su interior. Era evidente que se creía lo que estaba diciéndole, pensó consternado. Se había convencido de que no era su esposa, de que era esa joven que iba con ella en el coche en el momento del accidente. ¿Pero por qué iba a hacer algo así?
–Brooke era mi hermana –murmuró.
–Brooke no tiene ninguna hermana –la corrigió él.
–Oficialmente no –admitió Milly–. Soy hija ilegítima. William Jackson, el padre de Brooke, tuvo una aventura con mi madre durante años, y yo fui el fruto de ese romance. Nunca me reconoció legalmente como hija, y yo nunca supe que era un hombre casado y con familia. Cuando Brooke se enteró de mi existencia me buscó porque sentía curiosidad; quería conocerme. Yo acababa de dejar el hogar de acogida en el que estaba porque ya había cumplido los dieciocho años. Así que sí, éramos hermanas, aunque solo fuera por parte de padre…
Lorenzo resopló con los ojos entornados. No había recabado ninguna información acerca de Milly Taylor. No había considerado que su pasado pudiera tener relevancia alguna para averiguar qué relación había tenido con su esposa.
No podía aceptar la enormidad de lo que acababa de oír, pero tampoco alcanzaba a imaginar cómo o por qué podría habérsele ocurrido a su esposa una historia tan fantasiosa y detallada de la noche a la mañana.
–Si hubiera tenido una hermana, Brooke lo habría mencionado alguna vez –observó.
–No le hablaba a nadie de mí, y se cuidaba mucho de que nunca la vieran en público conmigo. Para ella, mi misma existencia era… –Milly vaciló antes de continuar–. Para ella era una fuente de resentimiento y un fastidio. Sabía que su padre le había sido infiel a su madre y todo el dolor que le había infligido. Para cuando Brooke me buscó mi madre ya hacía años que había muerto, pero sospecho que la amarga ira que sentía hacia ella la había proyectado en cierto modo sobre mí.
Lorenzo frunció el ceño.
–¡Pero eso no explica nada! Si Brooke estaba resentida contigo, ¿por qué ibas con ella en el coche el día del accidente? ¡Nada de todo esto tiene sentido!
Milly se puso de pie lentamente, mirándolo preocupada.
–Puedo explicártelo, pero tienes que intentar no perder los estribos.
Lorenzo echó la cabeza hacia atrás con arrogancia y le lanzó una mirada irritada.
–Lo intentaré, pero dudo que vayas a ser capaz de explicarme todo este absurdo y me parece que hablar de ello como si fuera la verdad no te ayuda en nada.
–Brooke me pidió varias veces que me hiciera pasar por ella –le confesó Milly sin más preámbulos–. Nos parecíamos mucho, y aún más desde que me sometí a una operación de cirugía estética de la nariz –prosiguió Milly, a pesar de que Lorenzo estaba mirándola como si le hubiesen salido cuernos y pezuñas–. Brooke me la pagó. Yo no quería hacerme esa operación, pero cuando se lo dije empezó a hacerme el vacío, y yo estaba tan desesperada por que no se alejara de mí que acabé accediendo.
Lorenzo frunció el ceño con incredulidad.
–¿Os parecíais? ¿Y qué problema había con tu nariz?
–Tenía el caballete muy pronunciado, y no podría haberme hecho pasar por ella si no me hubiese sometido a esa operación. Me pidió que acudiera en su lugar a algunos eventos benéficos en los que no tenía que hacer nada más que dejarme ver allí. Lo de fingir no se me da muy bien –le confesó incómoda–. Eran eventos a los que no le apetecía ir; otras veces quería despistar a los paparazzi para poder ir a algún sitio sin que la siguieran. Me prestaba ropa y joyas para que resultara más convincente.
Las facciones de Lorenzo no podían estar más tensas.
–¿Me estás diciendo que te compinchaste con Brooke para engañar a otras personas? ¿También a mí?
Milly frunció el ceño, ofendida.
–Bueno, yo no lo veía así, y nunca fue para engañarte a ti. Yo lo hacía porque pensaba que estaba ayudándola, haciéndole la vida un poco más fácil, porque siempre parecía muy ocupada y estresada –protestó.
–Engañabais a la gente –la contradijo Lorenzo con una mirada gélida de desaprobación–. Si esta historia tan surrealista es verdad, dime a dónde ibais el día del accidente.
Milly contrajo el rostro.
–Yo tenía que ir a un hotel, donde me alojaría varios días fingiendo ser Brooke, mientras ella estaba fuera, de viaje, con mi pasaporte. Claro que ni yo llegué al hotel, ni ella al aeropuerto…
–¿Ella iba a usar tu pasaporte? –exclamó Lorenzo sin dar crédito a lo que estaba oyendo–. ¡Pero eso es ilegal? ¿Y dónde pensaba ir?
–No lo sé; no me lo dijo –murmuró Milly–. A veces me contaba cosas, y otras no me decía nada. Dependía de su estado de humor.
La descripción que había hecho del carácter impredecible y temperamental de Brooke no podía ser más exacta, admitió Lorenzo de mala gana para sus adentros. En contra de toda lógica, estaba empezando a escucharla, a atar cabos y estaba empezando a ver que aquella historia tan rocambolesca podía tener algún sentido.
Podría intentar averiguar si una pasajera con el nombre de «Milly Taylor» no había llegado a embarcar ese día en su vuelo e indagar un poco más sobre ella para contrastar la veracidad de su historia.
A Milly la actitud de Lorenzo le parecía extrañamente distante. Sospechaba que estaba sopesando los hechos, pero ignorando la dura realidad de su situación.
–El caso es que por eso iba en el coche con Brooke el día del accidente. Nos habíamos cambiado la ropa, y me imagino que por eso se equivocaron al identificarnos.
–Las dos habíais quedado desfiguradas –reconoció Lorenzo apartando la vista, muy tenso, como si no pudiera soportar mirarla ni un segundo más. Se quedó callado un momento antes de añadir–: No puedo creer que me estás diciendo que mi esposa está muerta, que murió hace dieciocho meses en el accidente.
–Lo siento muchísimo. Siento todo lo que ha ocurrido –murmuró Milly acongojada–. Si no hubiera sufrido amnesia habría podido decir que yo no era Brooke y habrías sabido la verdad hace meses…
Lorenzo dejó escapar el aliento y se pasó una mano por el corto cabello. Su agitación era palpable.
–Brooke está muerta… –murmuró.
–Sí –susurró Milly, con lágrimas en los ojos–. ¿Me crees ahora?
–Solo podré creerte cuando haya tenido tiempo de confirmar las cosas tan sorprendentes que me has dicho –le respondió Lorenzo.
Milly se estremeció por dentro. Se sentía como si Lorenzo la estuviera despachando con esa respuesta, distanciándose de ella hasta que hubiera averiguado si era demasiado fantasiosa o si estaba sufriendo una crisis nerviosa. De pronto todo había cambiado entre ellos.
No significaba nada para él; nunca había significado nada para él. Todo lo que había hecho por ella lo había hecho porque creía que era Brooke. Para él ni siquiera había existido, y ahora que sabía quién era en realidad jamás volvería a tocarla o a mirarla como lo había hecho antes de ese día.
Y a ella no le quedaba otra que afrontar esa realidad y volver a poner los pies en la tierra, aunque no sería nada fácil. Se sentía como si se le estuviera partiendo en dos. Apretó los labios e irguió los hombros, decidida a no hacer o decir nada que pudiera delatar su abatimiento. En ese momento lo último que necesitaba Lorenzo era más estrés, y probablemente ni siquiera querría recordar que había hecho el amor con ella creyendo que era su esposa. No, cuanto antes volviera a su vida anterior, mejor sería para él.
Echando la vista atrás a los últimos meses, Lorenzo no podía dejar de maravillarse de cómo había permitido que los médicos acallasen sus inquietudes con respecto a lo distinta que parecía Brooke desde que había salido del coma. Desde ese momento había tenido la sensación de que su personalidad había cambiado por completo. Pero naturalmente había hecho caso a los médicos cuando le habían restado importancia al asunto porque jamás se le habría ocurrido que aquella mujer pudiera ser otra que su esposa.
¡Dio mio, pero si hasta la policía la había identificado como su esposa! En ese momento a nadie se le había pasado por la cabeza que podrían haber cometido un espantoso error. ¿Quién podría haberlo imaginado, cuando nadie había sabido del parecido físico entre ambas mujeres? Y por supuesto entonces él tampoco sabía qué relación había habido entre ellas.
Probablemente Brooke solo había mantenido el trato con su media hermana por interés, al ver que podía sacar provecho del parecido entre las dos. Le repugnaba pensar que Milly se había hecho pasar por ella varias veces, que se hubiera prestado a engañar a otras personas de ese modo.
–Me buscaré otro sitio donde vivir tan pronto como pueda –murmuró Milly de carrerilla.
–¿Y a dónde piensas ir? –inquirió Lorenzo, mirándola con frialdad–. ¿Derecha a la prensa para vender la historia del siglo por un montón de dinero?
A Milly la horrorizó que pudiera siquiera creerla capaz de algo así. Al oírle sugerir eso se puso lívida y lo miró con los ojos muy abiertos.
–¡Por supuesto que no! Jamás te haría algo así, ni me lo haría a mí misma.
–¿Ni siquiera por dinero? –apuntó él.
Lorenzo se sentía tremendamente confundido. No terminaba de digerir todo lo que había oído. Se le hacía muy cuesta arriba pensar en los últimos meses, en todo lo que había vivido con aquella mujer que había creído que era su esposa, y aceptar que era otra persona. Y una extraña, además, añadió para sus adentros, a la que no había visto en su vida y de la que nunca había oído hablar. Necesitaba tiempo para aceptar todo aquello.
Milly no podía estar más tensa. No podía creer que la noche anterior Lorenzo le hubiese hecho apasionadamente el amor y la hubiese rodeado después amorosamente con sus brazos, como si significase algo para él.
–No, ni siquiera por dinero –le respondió con el corazón en un puño.
Lorenzo se apartó de ella, incapaz de seguir mirándola.
–Recoge tus cosas –le ordenó. Tenía que sacarla de allí de inmediato si quería evitar el escándalo que se desataría si los medios se enteraran–. Tengo un apartamento donde podrás vivir mientras compruebo la información que me has dado y consulto todo esto con mis abogados.
¿Que recogiera sus cosas? Milly se quedó paralizada. La cabeza le daba vueltas. Estaba claro que Lorenzo estaba impaciente por deshacerse de ella, y aunque lo comprendía, no había esperado que fuera a ser así, tan pronto, pensó parpadeando y mirándolo aturdida.
–No tengo nada que llevarme; nada de lo que hay aquí me pertenece –murmuró. Incluso la ropa que había comprado por Internet la había pagado con una tarjeta que le había dado él.
–¡No seas ridícula! –gruñó Lorenzo–. Lo que te hayas estado poniendo, lo que hayas estado usando, te lo puedes llevar. Brooke ya no está, y no va a volver.
Milly asintió nerviosa. Tenía las manos frías y sudosas y el estómago revuelto, pero no iba a dejarle entrever su debilidad a Lorenzo. Aunque estuviese echándola, no iba a comportarse como la pobrecita víctima que no podía valerse sola. Bastante mal lo había pasado ya sintiéndose débil y vulnerable durante el tiempo que había estado ingresada en la clínica.
Cuando abrió la puerta para salir, apareció Topsy, que corrió hacia ella y apoyó las patas delanteras en sus rodillas para saludarla.
–También puedes llevarte al perro contigo –murmuró Lorenzo–. Se ha acostumbrado a ti y sería cruel separaros.
Sin embargo, no le parecía cruel echarla a ella con cajas destempladas de golpe y porrazo, pensó Milly mientras subía las escaleras, esforzándose por contener las náuseas que estaban asaltándola de nuevo. Seguro que no era más que un estúpido virus que debía haber pillado y no la dejaba en paz, pensó de nuevo, cansada, restándole importancia. Tan pronto como se hubiera instalado pediría cita con un médico.
La ropa que había usado en Italia estaba aún en las maletas, pues todavía no habían deshecho el equipaje, pero cuando estaba empezando a reunir las pocas prendas que no se había llevado al viaje, apareció una criada que le traía unas maletas vacías. Parecía que Lorenzo ya había informado al servicio de que se marchaba, se dijo con pesar, y el estómago se le revolvió de tal modo que tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para vomitar.
Luego se cepilló los dientes y, como si fuera un robot, continuó preparando lo que iba a llevarse. Se quitó los anillos, el reloj con incrustaciones de diamantes y el colgante de zafiro y los dejó sobre la cómoda. No eran suyos. O, al menos, cuando Lorenzo se los había regalado, lo había hecho pensando que era Brooke.
Intentó convencerse de que, aunque tuviera la sensación que su vida había acabado, solo estaba empezando una nueva fase. Era absurdo que se sintiera dolida por que Lorenzo quisiera que se marchara. Tenía que llorar la muerte de Brooke y aceptar que la mujer por la que había estado velando durante meses mientras estaba en coma era otra persona. Tenía que trazar una línea divisoria entre el presente y los últimos meses, y era lógico que necesitase que se alejase de él para poder hacerlo.
Las maletas estaban ya en el maletero del coche y Milly estaba sentada en el asiento de atrás, abrazando a Topsy contra sí a modo de consuelo. Lorenzo salió por fin de la casa. Su atractivo rostro estaba desprovisto de emoción, de calidez, y apenas cruzó palabra con ella durante el trayecto a Londres.
El apartamento al que la llevó era fabuloso. Tenía incluso su propio ascensor privado. Sin embargo, cuando entraron, Milly se quedó parada, mirando con aprensión los prístinos muebles blancos a su alrededor.
–Hice que lo decoraran así para Brooke –murmuró Lorenzo en un tono tenso–. Le encantó.
–Es espectacular –respondió ella de mala gana.
Quería que se fuera ya para no seguir teniendo que poner cara de póquer, pero al mismo tiempo la aterraba que llegara el momento en que se marchase y se encontrara preguntándose cuándo lo volvería a ver.
–Ahora es tuyo. Puedes hacer los cambios que quieras –le dijo Lorenzo–. Yo lo pagaré –añadió con impaciencia cuando ella lo miró sorprendida–. Además, legalmente este apartamento iba a ser tuyo de todos modos.
Milly frunció el ceño.
–¿Mío? ¿Cómo?
–Lo puse a nombre de Brooke antes del accidente, y según mis abogados lo más probable es que todo su patrimonio acabe pasando a ti cuando yo lo rechace. No quiero nada de lo que pertenecía a Brooke –le confesó Lorenzo en un tono quedo–. Naturalmente llevará semanas, si no meses, solucionar todo el embrollo legal por el error en la identificación del cadáver y liberar su fondo fiduciario, pero entretanto me aseguraré de que no tengas que preocuparte por nada. Tengo contratado un servicio de limpieza con una agencia, y también se encargan de hacer la compra; deberías encontrar llena la nevera.
–No quiero tu dinero –susurró ella.
Sin embargo, nada más pronunciar esas palabras se sintió ridícula porque estaba en un apartamento que él había comprado y la ropa que llevaba la había pagado con una tarjeta que él le había dado. Y el saber que había consultado a sus abogados acerca de su situación antes incluso de que se hubiera ido de su casa le había helado el corazón.
–Aun así, no voy a dejarte en la indigencia. Sería imperdonable –masculló Lorenzo con fiereza–. No has hecho nada malo; todo esto ha sido fruto de una equivocación cuando os identificaron, una equivocación que ha alterado tu vida tanto como la mía. Es responsabilidad mía asegurarme de que no sufras por ello.
El problema era que ya estaba sufriendo por ello y no quería oírle decir que seguía considerándola como una responsabilidad, no cuando estaba rechazándola como quien se desprende de unos zapatos viejos.
Cuando Lorenzo se hubo marchado, se quedó un buen rato sentada en el sofá del salón con Topsy en su regazo. Ahora tenía una nueva vida que planificar, se dijo. No quería volver a trabajar de camarera. Vivir la vida de Brooke durante ese tiempo la había hecho más ambiciosa, igual que el largo periodo de rehabilitación después del accidente la había hecho más fuerte. Buscaría otros empleos y averiguaría si podría empezar, aunque fuera, en periodo de formación.
El haber perdido a su hermana para siempre, y ahora también –en otro sentido– a Lorenzo, hacía que se sintiera como si se hubiese abierto un inmenso agujero negro en su pecho, pero no podía dejarse arrastrar por ese pesar o acabaría hundiéndose.
Capítulo 9
EL MES siguiente se le hizo espantosamente lento a Milly. Lorenzo no se había puesto en contacto con ella para nada, pero había recibido más de una visita de sus abogados para que firmara declaraciones juradas y otros documentos, además de para persuadirla de que consintiera en hacerse una prueba de ADN. La mantenían informada de su situación jurídica y de cuáles serían los siguientes pasos. Y, tal y como ocurre con todos los asuntos legales, las cosas avanzaban despacio, pero finalmente llegó el día del funeral de Brooke.
Al saltar la noticia de la muerte de Brooke y del error en la identificación de ambas tras el accidente se había desatado una tormenta mediática, pero apenas había durado, por una parte porque la gente se había olvidado ya de Brooke, y por otra porque ella se había negado a hablar con los medios para contar su historia y no habían encontrado ninguna información «jugosa» sobre ella.
Durante todo ese mes había llevado una vida muy discreta, dando largos paseos con Topsy e intentando mantenerse ocupada para no pensar en el tiempo que había pasado junto a Lorenzo. No tenía sentido revivir constantemente una relación que para empezar jamás debería haber tenido lugar, se decía a sí misma con severidad. El corazón de Lorenzo no le pertenecía; nunca le había pertenecido y jamás le pertenecería.
Y aun así, en medio de todo ese dolor, llegó un día en que ya no podía obviar la complicación que había surgido: estaba embarazada de Lorenzo. Aquel descubrimiento la había llenado de dicha, pero también de preocupación porque tenía la sensación de que sería la única a la que alegraría ese embarazo. Había ignorado los síntomas demasiado tiempo, pensando que sería solo un virus, y para cuando había ido a un médico para confirmar sus sospechas, era porque ya se había hecho un test de embarazo en casa y había aceptado que era más que probable que el resultado no hubiese sido un falso positivo.
Además, tampoco era ninguna sorpresa que se hubiese quedado embarazada, se dijo con pesar. Lorenzo y ella habían hecho el amor un sinfín de veces y no habían tomado precaución alguna porque él, creyendo que era Brooke, le había dicho que no tenía que preocuparse porque tenía un DIU.
Estaba segura de que cuando le dijese que estaba embarazada no le caería nada bien, pero antes o después tendría que hacerlo. Tenía derecho a saberlo, aunque ella no fuese la mujer que habría elegido para ser la madre de su hijo.
Cuando aún creía que era Brooke incluso le había dicho que lo último que les hacía falta era buscarse más problemas en ese momento, como tener un hijo. Sin embargo, ella ya no era la misma que había sido antes del accidente. Su lenta recuperación y el tener que lidiar con un matrimonio en ruinas la había enseñado que era más fuerte física y psicológicamente de lo que jamás habría imaginado.
Ninguno de los dos tenía la culpa de aquel embarazo. Ella se sentía feliz ante la idea de tener un hijo, e incluso ilusionada con respecto al futuro. El casi seguro rechazo que su embarazo provocaría en Lorenzo podría hacerle mucho daño, pero no dejaría que la hundiera.
Esos eran los pensamientos que cruzaban por su mente mientras se vestía para asistir al funeral de Brooke. Cuando terminó, se recogió el cabello y se puso un sombrero y unas gafas de sol. Quería asegurarse de que nadie se fijara en ella y se diera cuenta del tremendo parecido entre Brooke y ella.
Los abogados le habían asegurado que nadie esperaba que asistiese a la ceremonia. Por «nadie» había entendido que se referían a Lorenzo, y al oír eso había contraído el rostro y había contestado que no por eso pensaba dejar de asistir a la ceremonia de su hermana.
Un coche la recogió a las diez de la mañana. La iglesia estaba casi vacía. Habían pasado tantos meses desde la muerte de Brooke que era normal que hubiese tan pocos asistentes, pero fuera había unos cuantos fotógrafos y reporteros mirando suspicaces a todo el que entraba. Sin duda estaban buscándola, a la media hermana de Brooke Tassini de la que todos habían oído hablar pero con la que ninguno había conseguido dar.
Con la cabeza agachada y envuelta en un abrigo negro pasado de moda, Milly se sentó en un banco al fondo y escuchó la misa mientras se esforzaba por no quedarse mirando a Lorenzo, que estaba sentado al frente.
¿Cómo podría pensar en él como en el padre de su bebé cuando ni siquiera quería que se le acercara durante el funeral, no fuera a hacerles alguien una foto juntos? Al pie de la sepultura, mientras se esforzaba por contener las lágrimas por la hermana a la que había perdido y por ese afecto filial que no había conseguido despertar en ella, le lanzó una breve mirada a Lorenzo. Él la saludó con un leve asentimiento de cabeza. Sus facciones parecían más angulosas; había perdido peso. Claro que ella también había perdido unos kilos. Durante buena parte del día tenía náuseas y le costaba obligarse a comer.
Lorenzo, por su parte, estudiaba pensativo a Milly, que estaba a unos metros de él. Habría preferido que no asistiera al funeral ni al entierro, que hubiera permanecido alejada, al margen. Se había dicho una y otra vez que era lo más sensato. Y, sin embargo, allí estaba, arrebujada en un abrigo negro, con su hermoso cabello oculto bajo un sombrero y el delicado rostro apenas reconocible. Parecía más delgada, y también más joven, aunque eso era normal, porque en realidad tenía unos cuantos años menos que Brooke. De hecho, aún no había cumplido los veintitrés.
Por fin se había terminado, todo aquel desagradable asunto de su matrimonio con Brooke. Estaba acabado, finiquitado, se dijo, tratando de no pensar en las semanas que había pasado en Italia con Milly, esos días de despreocupación, su perfume, sus besos, el sonido de su risa y su sonrisa, siempre presta.
No le haría ningún bien aferrarse al pasado. Su matrimonio con Brooke había sido un desastre de principio a fin, y la verdad era que Milly, al haber consentido en hacerse pasar por ella la había ayudado a engañar a personas inocentes.
Y estaba claro que no había visto nada de malo en su comportamiento. En otras palabras: la falta de honradez que había caracterizado a su difunta esposa tenía su eco en Milly también. Sin embargo, él podría guiarla por el buen camino. Al fin y al cabo, nadie era perfecto. Y después del infierno de haber vivido con Brooke había descubierto que él tampoco lo era porque le estaba costando mucho volver a confiar en ninguna mujer. De hecho, había necesitado apartarse de Milly para recuperarse del drama de descubrir que durante los últimos meses había estado viviendo con otra mujer y creyendo que era su esposa.
Recordó cuando Milly había cocinado para él, recordó el placer sin igual que había experimentado con ella en la cama y se encontró apretando los dientes. No había vuelta atrás: por el momento tenía que mantenerse alejado de Milly si no quería que los paparazzi saltaran sobre ella como hienas. Con un poco de suerte pronto perderían el interés en ella, pero si descubrieran quién era y qué lugar ocupaba en su vida, la destrozarían con insinuaciones, le harían un daño tremendo, y no se merecía eso.
Cuando el entierro hubo terminado, Milly vio a Lorenzo darse media vuelta y alejarse, con los hombros erguidos y la espalda bien recta, y de pronto ya no pudo soportarlo más y la ira se apoderó de ella. ¡Había tantas cosas que no se habían dicho, y ni siquiera tenía su número de teléfono! ¿Qué pecado tan terrible había cometido para que la tratara como si no existiera?
Además, tenía que decirle lo del bebé. No tenía elección; ¡no iba a llamar a sus abogados para que se lo dijeran! ¡Ni hablar! Tendría que escucharla.
–¡Lorenzo! –exclamó yendo tras él, con las mejillas encendidas por verse obligada a dejar a un lado su dignidad.
Lorenzo se paró en seco y se volvió hacia ella.
–Necesito hablar de algo contigo –le dijo Milly apresuradamente–. ¿Podrías pasarte a verme esta tarde?
Lorenzo fijó sus ojos negros en los de ella, y la intensidad de su mirada la hizo estremecerse por dentro.
–Mañana por la noche, si es importante –masculló.
–Lo es –recalcó Milly–. No te lo pediría si no fuera por una buena razón.
–Entonces nos vemos sobre las ocho –le contestó él–. ¿Seguro que no es algo de lo que puedan ocuparse mis abogados?
–No, es demasiado personal –replicó Milly irritada, sonrojándose por tener que hacer esa distinción.
–De acuerdo; iremos a cenar y hablaremos de ello. Te recojo a las ocho.
Lorenzo se alejó hacia donde esperaba su chófer, enfadado por la descarga de adrenalina que se había disparado por sus venas ante la perspectiva de volver a ver a Milly al día siguiente. Había pasado semanas intentando mantenerse alejado de ella y ahora había tenido que venir a desbaratar todo su esfuerzo mirándolo con esos tentadores ojos violetas…
¿Acaso no iba a ser capaz de salir a cenar con ella y controlarse? ¿De llevarla de vuelta al apartamento y luego marcharse? Pues claro que sí. ¿Y qué diablos sería aquello tan personal de lo que quería que hablaran?, se preguntó apretando la mandíbula. No le gustaba reunirse con alguien sin saber de antemano exactamente a qué iba a enfrentarse.
Claro que tampoco podía poner pega alguna a su comportamiento desde que se había ido de Madrigal Court. No le había pedido nada ni había acudido a la prensa. Tampoco había intentado ponerse en contacto con él ni había dado muestras de necesitarlo; había hecho exactamente lo que él, supuestamente, había querido que hiciese.
Sin embargo, a él no le había llevado más de un día darse cuenta de que, aunque había actuado con la convicción de que no tenía elección, de que así debían ser las cosas entre ellos, no era esa la actitud que quería de Milly. ¡Al diablo con los paparazzi!
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