Kitabı oxu: «E-Pack Bianca y Deseo julio 2021»

Şrift:

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 263 - Julio 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-996-8

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Capítulo 1

Beatrice resistió el instinto habitual de abrirse camino entre las brumas del sueño, y apretó aún más el cuerpo contra los cálidos contornos masculinos… masculinos… aquella noción la sobresaltó al mismo tiempo que escuchaba la melódica voz de su hermana a lo lejos. Al parecer se había recuperado de la migraña que tenía la noche anterior, y estaba cantando algo pegadizo e irritante abajo.

Una de las mayores diferencias entre ellas, aparte de que su hermana no era rubia ni de ojos azules, era que Maya se despertaba con una sonrisa en la cara y con paso alegre. También afinaba al cantar, y Maya nunca se habría despertado al lado de un hombre que entró en un bar solo y salió unos minutos después acompañado.

Beatrice se llevó una mano a la cara con gesto protector para contener el miedo. Luego abrió los ojos y extendió los dedos en abanico para mirar a través de ellos.

Tal vez fuera todo un mal sueño… con algunas partes buenas.

¡No era un sueño!

Conectó con aquellos ojos de ébano pulido enmarcados por unas pestañas imposibles que la miraban con sorna. Beatrice soltó un gemido y se apartó.

La reacción del dueño de aquellos ojos y de aquel cuerpo, que incluso vestido había hecho que todas las mujeres del bar la miraran con envida cuando salieron de allí juntos, fue atraerla más hacia sí y susurrarle al oído con voz seductora:

–¿Qué prisa tienes?

Beatrice sintió un temblor en la parte inferior del vientre, acompañado de una sensación de humedad. Con los ojos cerrados, dejó escapar un suspiro tembloroso y luego gimió cuando él movió su duro cuerpo de forma sugerente hacia la curva del suyo, dándole suficientes razones para no irse a ninguna parte. Su resistencia se disolvió por completo al sentir el palpitar de su masculino deseo contra las piernas.

Se permitió durante unos momentos disfrutar de la sensación de sus manos fuertes y sensibles moviéndose por sus costillas, trazando una línea hacia su vientre y provocando que contuviera el aliento por la excitación cuando le cubrió un seno con la mano, acariciándole el erecto pezón.

–No sigas.

Beatrice sintió una punzada de frustración cuando él obedeció y retiró la mano. Una acción que la llevó a echarse un poco hacia atrás, agarrarle el pulgar de la mano y llevárselo a la boca.

–No seas mala, Beatrice.

Antes de que ella pudiera reaccionar a su ronca protesta, se vio a sí misma boca arriba. No era la fuerza del hombre lo que la mantenía allí sin aliento, podría haberse deslizado fácilmente debajo de él. Había aire entre sus cuerpos, él tenía las manos apoyadas a cada lado de su cara sobre la almohada y el cuerpo curvado encima del suyo.

Estaba atrapada allí por el deseo que la consumía por dentro y por la mirada oscura y audaz clavada en su rostro, que se detuvo en sus labios todavía hinchados por los besos que se habían seguido dando la noche anterior mientras se quitaban la ropa en uno al otro al entrar en el dormitorio.

A Beatrice se le oscurecieron los ojos al recordar lo apasionado que había sido el encuentro. El impacto que le había provocado verlo a su lado quedó relegado cuando lo miró. Su rostro era un completo milagro. «Perfecto» era una palabra demasiado suave para describir su perfecta estructura ósea, el tono de piel dorado y la fuerte mandíbula cubierta por una sensual barba incipiente. La firmeza del labio superior contrarrestaba la sensualidad del inferior.

Beatrice parpadeó y se aclaró la garganta. Consiguió apartar la mirada de la suya haciendo un gran esfuerzo, pero no consiguió escapar de su boca. El ángulo de sus pómulos, la dominación aguileña de la nariz, todo se borró cuando él inclinó la cabeza. El primer beso fue un susurro cálido y tormentoso sobre sus labios entreabiertos que le despertó un gemido en la garganta. El segundo, también suave y en las comisuras, la llevó a arquear el cuerpo para tratar de aumentar la presión. Los que siguieron intensificaron el tormento hasta que ya no pudo seguir soportándolo y alzó las manos, hundiéndolas en su cabello oscuro y abundante antes de entrelazarlas en la nuca y atraerlo hacia sí con los ojos cerrados.

Se besaron con pasión salvaje, retorciendo los cuerpos sinuosamente para acrecentar el contacto, arrebatados por un deseo que recordaba al de la noche anterior.

–Beatrice, ¿vas a bajar o te llevo el café?

Beatrice se puso tensa como si le hubieran arrojado un jarro de agua fría de realidad. Apretó los ojos y un gemido recriminatorio la nació en la garganta. Sin decir nada, se apartó del cuerpo caliente contra el que estaba pegada.

–¡Débil… estúpida… débil! –murmuró castigándose verbalmente mientras bajaba las largas piernas de la cama y agarraba con gesto elegante la sábana que había caído a los pies de la cama en algún momento.

No se detuvo hasta que llegó a la esquina más alejada de la habitación, donde se apoyó contra la pared sosteniendo la sábana contra su cuerpo. No se trataba del mejor escudo del mundo, pero era mejor que nada.

Miró nerviosamente a la puerta; en su cabeza surgió un escenario de pesadilla: Maya apareciendo por la puerta.

–¡Enseguida bajo! –gritó–. Tienes que irte –susurró dirigiéndole una mirada agónica al hombre que estaba tumbado en su cama.

Él no parecía tener ninguna prisa. Se tumbó boca arriba y se colocó una mano en la nuca, provocando que la sábana ligera que le cubría las estrechas caderas se deslizara un poco más. Se sentía completamente cómodo desnudo, pero ella no. Era una escultura andante perfecta hecha de músculos y piel aceitunada. El solo hecho de mirarlo le provocaba escalofríos.

Su expresión burlona no resultaba acorde con la oscura frustración que encerraba su mirada cuando la posó sobre el montículo de sus senos, por encima de la sábana que Beatrice agarraba desesperadamente.

–Tienes que marcharte de aquí –volvió a decir en un susurro–. No hagas las cosas más difíciles.

Él se acomodó apoyando el peso en un codo.

–No veo cuál es el problema –aseguró con una mirada inocente–. A menos que lo hayas olvidado, estamos casados.

Capítulo 2

Beatrice dejó escapar un sordo silbido entre los dientes y se negó a apartar la mirada del desafío que vio en los ojos de Dante Aristide Severin Velázquez, príncipe de San Macizo.

Su marido.

–Ojalá pudiera olvidarlo –el murmullo llegó acompañado de una mirada resentida que no casaba con su civilizado divorcio.

Nunca había entendido realmente lo que conllevaba un divorcio civilizado, pero estaba convencida de que no incluía una noche de sexo apasionado con tu ex.

Todo el mundo tomaba malas decisiones y ella no era una excepción, pero a veces tenía la sensación de que desde el momento en que Dante entró en su vida, las únicas decisiones que habían tomado eran malas… desastrosas, de hecho.

Siempre había operado desde el principio de que las acciones de una persona tienen consecuencias, y había que vivir con ellas. O en su caso, intentar rodearlas, al menos la más peligrosas.

Pero entonces apareció Dante y Beatrice olvidó su filosofía; sus habilidades de navegación se tomaron unas vacaciones. No es que se olvidara, es que le daban igual las consecuencias. Los instintos primitivos que Dante había despertado en ella tomaron el control por completo. Unos instintos que habían acallado las señales de alarma, a las que se mantuvo sorda. De hecho, la noche anterior no hubo ninguna alarma, solo un deseo arrebatado.

Cuando levantó la cabeza vio la razón por la que el abarrotado bar se había quedado en silencio, y sintió una profunda desesperación, como un drogadicto que tuviera su droga favorita al alcance de la mano y pudiera olerla. Dante era su adicción, un virus de la sangre contra el que no tenía antibióticos.

Podía parecer que no tenía elección, pero sí la tenía. No se había metido sonámbula en aquella situación. Sabía en todo momento lo que estaba haciendo. Sí, no había buscado su nombre en internet cuando aceptó su invitación a cenar, consciente de que no estaba hablando de una cena en realidad. Pero no hacía falta buscar datos, bastaba con verlo una vez para saber que representaba el peligro del que había estado huyendo toda su vida adulta.

La idea de experimentar una atracción lo bastante fuerte como para compartir intimidad con un desconocido era algo que consideraba con una sonrisa incrédula, e incluso petulante. Estaba convencida de que cualquier relación que tuviera surgiría de la amistad y el respeto.

Se había acostado con Dante la primera noche. Estaba tan decidida a que aquella primera noche terminara como ella había imaginado desde el momento que lo vio, que no le había dicho que iba a ser su primera vez por miedo a que Dante reculara.

Y el instinto no le falló, porque Dante no se mostró contento después al saber que era inexperta, y le dijo muy serio que las vírgenes «no eran lo suyo». Todo podía haber terminado allí… pero no fue así, porque Beatrice no quería.

Cuando ella le respondió que ya no era virgen, y por lo tanto el obstáculo había desaparecido, Dante se rio, y volvió a reírse cuando le explicó que no había sido una elección consciente. No estaba esperando al hombre adecuado ni nada parecido; sencillamente, no era una persona particularmente «física».

Se pasaron los siguientes tres días y noches en la cama desmontando aquella teoría. Nada ni nadie los molestó en el ático de vistas millonarias que Beatrice nunca miró porque estaba saboreando cada momento perfecto de intimidad. Sabía que aquel paraíso no iba a durar. Dante lo había dejado dolorosamente claro.

No había dejado lugar a la duda cuando le explicó que no era un hombre de relaciones a largo plazo ni de hecho de ningún tipo de relación en aquel momento de su vida.

Aquello era algo que Beatrice ya sabía, porque finalmente buscó su nombre en internet en el teléfono: si era verdad que se había acostado con una décima parte de las mujeres que allí se decía, resultaba impresionante que hubiera encontrado tiempo para dedicarse a la fundación benéfica que había creado. Era inevitable preguntarse si alguna vez dormía, pero Beatrice sabía que sí. Había observado con absoluta fascinación cómo se le relajaban las duras líneas del rostro cuando dormía, haciéndole parecer más joven y casi vulnerable.

En aquel fin de semana hubo más de una ocasión en las que Dante se sintió en la obligación de volver a ponerle los pies en la tierra recordándole: «Esto es solo sexo… lo sabes, ¿verdad?».

La burbuja de fantasía en la que Beatrice había pasado el fin de semana reventó cuando abrió los ojos y se lo encontró allí de pie, trajeado y acicalado, con el aspecto del príncipe playboy siempre dispuesto a dar un buen titular.

Beatrice recordó cómo había luchado contra el deseo de correr tras él cuando Dante se detuvo al agarrar el pomo de la puerta. Ella consiguió decir una respuesta fría y despreocupada ante la sugerencia de Dante de que se encontraran tres semanas después, cuando sus compromisos lo llevaran de nuevo a Londres.

Cuando pasaron las tres semanas, las cosas habían cambiado, y le resultó imposible ignorar las consecuencias de sus actos. Aunque no se hubiera hecho la cantidad de pruebas que se hizo, sabía por qué se sentía distinta; sabía sin necesidad de mirar la línea azul que estaba embarazada.

También sabía perfectamente cómo se iba a desarrollar el siguiente paso, la furiosa respuesta de Dante. Había recreado la escena en su cabeza varias veces con algunas variaciones, y sabía exactamente lo que ella iba a decir. Seguía sabiéndolo cuando llamó al telefonillo y un hombre de uniforme la acompañó al ascensor.

Beatrice entró sabiendo no solo lo que iba a decir, sino cuándo decirlo. Se permitiría una última noche con él, y luego se lo contaría.

Pero lo cierto fue que apenas había cerrado la puerta tras ella cuando lo soltó.

–Estoy embarazada, y sí, sé que tuvimos… que tuviste cuidado.

Tenía un vago recuerdo de haber apartado la mirada de la suya.

–Me he hecho tres pruebas, y… no, eso es mentira, me he hecho seis. Solo quiero que… que sepas que no quiero nada de ti. Iré mañana a casa a contárselo a mi madre y a mi hermana y voy a estar bien. No estoy sola.

Dante permaneció allí de pie sin moverse durante su exposición maquinal de los hechos. Extrañamente, el hecho de decirlo en voz alta había hecho que el secreto que guardaba le resultara un poco menos surrealista.

Beatrice creía estar preparada para cualquier reacción, la mayoría incluían ruido, pero no había contemplado la posibilidad de que Dante se girara sobre los talones y saliera por la puerta antes de que ella pudiera siquiera recuperar el aliento.

No sabía si transcurrieron unos minutos o una hora, pero cuando la puerta se abrió de nuevo ella no se había movido del sitio en el que estaba antes de su abrupta salida. Dante seguía un poco pálido, pero no tenía cara de asombro. Una expresión decidida como el acero le marcaba las líneas del rostro.

–Bueno, está claro que tenemos que casarnos. No necesito que mi familia forme parte de esto, es una de las ventajas de ser el repuesto. Carl se va a casar, y seguramente ni siquiera se den cuenta de lo mío. ¿Y tú?

¿Carl? ¿Qué tenía que ver su hermano mayor con aquello? Los pensamientos de Beatrice iban unos pasos más atrás de las palabras de Dante.

–Una gran boda, dadas las circunstancias, no es opción. Pero si quieres que tu familia más cercana venga, puedo arreglarlo. Tengo negocios que atender en la zona, así que ¿qué te parece Las Vegas la semana que viene?

Dante hizo una pausa, seguramente para tomar aliento.

–¿Estás de broma? La gente no se casa porque vaya a tener un bebé… vamos a olvidar lo que has dicho. Estás en estado de shock.

No pareció que Dante tuviera en cuenta su comentario.

–Puede que solo sea el repuesto, pero sigo siendo el segundo en la línea de sucesión al trono… mi hijo no cargará con el estigma de ser un bastardo. Créeme, lo he visto con mis propios ojos y no es algo bonito.

–Estás loco.

Dante tenía un argumento para todas las objeciones que le presentó. La más convincente fue que era lo mejor para el bebé, aquella nueva vida que habían creado.

Beatrice terminó por acceder, por supuesto. Decirle que sí a Dante era un hábito que tenía que romper si quería recuperar el control de su vida.

Y en cuanto a lo de la noche anterior… ¿cómo podía haber sido tan estúpida… otra vez? Y solo podía culparse a sí misma. Dante no tenía que hacer nada para que ella le siguiera como un perrito. Solo tenía que existir.

Y nadie había existido nunca tanto como Dante. Nunca había conocido a nadie tan vivo. Tenía una presencia electrizante, y exudaba una vitalidad desnuda que hacía que resultara imposible olvidarse de él.

Pero tenía que hacerlo. Tenía que dejar la noche anterior atrás y comenzar de nuevo. Las cosas se pondrían más fáciles. ¡Tenía que ser así! Pero primero, no podía huir y esconderse, o fingir que la noche anterior no había pasado. Tenía que aceptar que lo había estropeado todo y seguir adelante.

–¿Qué estás haciendo aquí, Dante?

–Tú me invitaste. Me pareció de mala educación…

–¿Cómo sabías dónde estaba?

Tras dejar a Dante, se mudó las primeras semanas con su madre, y luego ocupó el sofá de Maya hasta que apareciera un apartamento que pudieran pagar.

Dante arqueó una ceja y ella suspiró.

–De acuerdo, es una pregunta estúpida.

Había considerado la posibilidad de seguir insistiendo en que no necesitaba ningún tipo de seguridad, ni siquiera al ultradiscreto equipo de hombres que la vigilaban de dos en dos las veinticuatro horas del día, pero había aprendido que era mejor pelear las batallas en las que había una posibilidad de ganar.

–¿Sabes? Hubo un tiempo en que mi vida era mía.

–Volverá a serlo.

No como en el caso de Dante. El momento en el que su hermano renunció al trono fue el momento en el que supo que su vida había cambiado para siempre. Ya no era el príncipe playboy y el futuro padre por sorpresa. Era el futuro de la monarquía.

Beatrice frunció el ceño al escuchar aquello, pero la expresión de Dante no daba a entender nada.

–Una amiga de mi madre es la dueña de este sitio. Solíamos venir aquí cuando éramos pequeñas.

Dante levantó la vista de sus puños apretados al pensar en su futuro mientras ella recorría con la mirada las paredes de madera de la modesta cabaña de esquí.

–Ruth, la amiga de mi madre, tuvo una cancelación de última hora y nos ofreció la cabaña durante quince días a un precio casi simbólico. Maya está trabajando en unas ideas que tiene para una línea deportiva, y pensamos que la nieve podría inspirarla.

–Entonces, ¿el negocio va para delante? La industria de la moda es muy dura.

–Poco a poco –respondió ella bajando la mirada en gesto protector mientras Dante cambiaba de posición, provocando que se le marcaran los músculos del torso.

No le sobraba ni un gramo de grasa, y su complexión fuerte y de hombros anchos provocaría la envidia de muchos atletas profesionales.

Beatrice se habría retirado si hubiera un lugar al que retirarse. Pero ignoró el temblor de la pelvis y fingió que no tenía la piel de gallina, ajustándose la sábana una vez más.

–Sería mucho más rápido y fácil si le hicieras llegar al banco la noticia del acuerdo que vas a firmar. ¿Saben que vas a ser pronto una mujer rica?

Rica y soltera. Beatrice se negó a pensar en la sensación de vacío que le nació en el estómago.

–Y estaré encantado de hacerte llegar ahora mismo los fondos que necesitas.

Ella apretó los labios. Si la gente la llamaba cazafortunas no le importaba, siempre y cuando ella supiera que no lo era.

–No quiero tu dinero. No quiero nada…

«Quiero volver a ser la persona que era», pensó con tristeza, consciente de que aquello no iba a pasar. Solo había estado casada diez meses, y llevaba seis más separada, pero nunca podría volver a ser quien fue, y lo sabía.

–Bueno, cara, parece que no elegiste bien a tu abogado. Parece más interesado en jugar al golf que en ocuparse de tus asuntos.

–¿Podrías fingir aunque fuera por un instante que no conoces todos los detalles de mi vida? Y repito, ¿por qué estás aquí?

«Buena pregunta», pensó Dante pasándose la mano por el pelo. Cuando Beatrice se marchó, se había dicho a sí mismo que entonces sería más fácil centrarse en su nuevo papel sin la distracción de tener que preocuparse de ella, de saber que detrás de su sonrisa había infelicidad, resentimiento, o normalmente, ambas cosas. Que por muy duro que hubiera sido el día de Dante, el suyo seguramente había sido peor.

Dante no había sido nunca responsable de otra persona en su vida. Había vivido para sí mismo, y ahora tenía un país entero que dependía de él y de Beatrice… menuda ironía.

Aunque ella no dependía ahora de él. Los informes que le llegaban a su mesa así lo indicaban. Le estaba yendo bien… pero quería verlo con sus propios ojos. Aquella era una opción con la que pronto ya no contaría. La lista de potenciales sucesoras a llenar el espacio que había dejado Beatrice en su vida, candidatas que sabrían cómo lidiar con la vida del palacio sin su guía, seguía esperando.

–Necesito que firmes unos papeles –dijo, recibiendo por parte de Beatrice un gesto de desdén.

–¿Ahora eres mensajero?

Dante suspiró con gesto frustrado mientras escudriñaba su rostro con ansia. Seguía siendo lo más bello que había visto en su vida, y durante un tiempo, sus vidas se habían encontrado. Pero las cosas habían cambiado. Dante tenía otras responsabilidades, un deber que cumplir. ¿Quizá pensó que ir allí le proporcionaría algún tipo de cierre?

–En realidad… nunca nos despedimos.

Beatrice parpadeó, negándose a dejarse llevar por la oleada de resentimiento que hizo que el corazón le latiera con más fuerza.

–¿Ah, no? Seguramente tendrías alguna reunión. ¿O a lo mejor me dejaste una nota? –se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre.

¿Podía sonar todavía más como alguien que no había conseguido seguir adelante?

–¿Te sentías abandonada?

–Me sentía… –Beatrice hizo un esfuerzo por controlar sus sentimientos–. Da lo mismo. Esta es una conversación que nunca tuvimos, así que vamos a dejarlo así. Digamos que la noche anterior fue el cierre.

Dante sacudió la cabeza al ver el brillo de las lágrimas en sus ojos.

–No, esto no estaba planeado. Es solo que… estoy harto de saber de ti a través de terceras personas.

–Echo de menos… –Beatrice se detuvo, reteniendo las palabras que no podía admitir ni ante sí misma, y mucho menos ante él–. Creo que es más seguro así –murmuró.

–¿Y quién quiere seguridad?

El brillo temerario de sus ojos le recordó al hombre del que se había enamorado. Resultaba irónico que ella tuviera que recordarle que ya no era ese hombre.

–Tus futuros súbditos. Y francamente, Dante, ya viví toda la emoción que puedo sostener…

Beatrice cerró los ojos y se apoyó en la pared hasta que la presión hizo que le dolieran los omóplatos. Era cierto, tras abandonar el papel real para el que nunca había estado preparada, se lanzó a su nueva vida, y allí encontró desafíos nuevos, emocionantes y a veces aterradores con los que llenar sus días. Recuperó parte de su habitual entusiasmo, aunque ahora estaba mezclado con cierta precaución. Una precaución que, lamentablemente, había olvidado la noche anterior. Dante entraba en una estancia, y todos aquellos instintos y deseos que había despertado en ella cobraban vida.

«Una insensatez», pensó para sus adentros. La noche anterior no había tenido nada que ver con la sensatez. Se puso tensa por dentro cuando aquellos cálidos recuerdos le inundaron la cabeza. Había sido todo pasión y deseo.

Beatrice también sentía pasión por el chocolate, pero si se dejaba llevar sabía que tendría que comprarse un guardarropa nuevo. El ejercicio y un poco de autocontrol significaban que todavía podía vestir con la ropa del año pasado.

El problema era que Dante se le ajustaba a la perfección en todos los sentidos de la palabra, y siempre había sido así. Cuando en su matrimonio no había nada que funcionara bien, el sexo seguía siendo increíble. El dormitorio era el único lugar donde siempre se las arreglaban para estar en el mismo barco. Desafortunadamente, se necesitaba algo más que química y compatibilidad sexual para que un matrimonio funcionara, sobre todo cuando se encontraba con obstáculos tan potentes como el suyo.

Beatrice se dio cuenta entonces de que, mientras su mente vagaba, su mirada había empezado a recorrer su torso esculpido para a continuación descender a la musculosa definición de su vientre. Entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y bajó las pestañas para protegerse. Pero no le proporcionó mucha protección contra el latido sexual que Dante exudaba, ni contra su enervante capacidad de leerle el pensamiento.

–¿Te arrepientes?

La respuesta de Beatrice a aquella pregunta debería haber sido inmediata, un acto reflejo, y por supuesto que se arrepentía de lo que había pasado, a un nivel. Pero en otro, en uno que le avergonzaba, no habría cambiado absolutamente nada, porque Dante sobrepasaba su sentido común. Solo tenía que aspirar el aroma de su piel para que su instinto de conversación quedara borrado.

¡Tenía que romper aquel círculo!

Era fácil decirlo, era fácil pensarlo, pero cada vez que Dante la tocaba, algo dentro de ella gritaba que aquello estaba bien.

«¡Entonces, no dejes que te toque!».

Beatrice atajó aquel diálogo interno que cada vez se volvía más desesperado, se aclaró la garganta y se dio un tiempo para pensar cuál sería su siguiente movimiento. Quería dar la impresión de que la noche anterior no significaba que no había superado lo suyo.

Un movimiento que dejara claro que podía marcharse con la misma facilidad que él tras satisfacer un deseo primario. Que Dante no era el único que podía compartimentar su vida.

–Lo de anoche ha sido…

La voz grave de Dante, matizada por la impaciencia, la atajó antes de que pudiera decir nada.

–Teniendo en cuenta que estás ahí de pie arrebujada en una sábana y actuando como una virgen ultrajada, doy por hecho que te arrepientes de lo de anoche.

Su tono acusatorio provocó que a Beatrice se le sonrojaran las mejillas.

–Eso es muy astuto por tu parte –murmuró con ironía.

Para Dante, su ultraje virginal había sido siempre igual a cero, incluso cuando tenía derecho a él. Beatrice no tuvo reparo en entregarle su virginidad, aunque él recibiera aquel inesperado regalo de forma poco relajada.

–¿Te arrepientes de haberte casado conmigo? –preguntarlo por segunda vez no le dejaba claro a Dante por qué le importaba la respuesta… ¿tal vez para apaciguar su culpa?

No se le escapaba la ironía de la situación. Seguramente había muy poca gente en el mundo que hubiera llevado una vida con menos sensación de culpa que él. El labio superior se le curvó en una sonrisa.

Si fuera un hombre que creyera en el karma, podría pensar que la situación actual era la manera que tenía el destino de hacerle pagar por una vida vacía de absoluto hedonismo, en la que el único camino era el camino fácil. En el pasado rechazó el concepto del deber, y ahora se veía gobernado por él.

Cuando se declaró pensaba que estaba haciendo lo correcto, y no se paró a pensar ni por un instante si era lo correcto para Beatrice. Era él quien estaba haciendo el sacrificio definitivo. Dante apretó las mandíbulas y dejó escapar un suspiro fuete para librarse de sus pensamientos.

Beatrice parpadeó, las pestañas le acariciaron la suave curva de las mejillas como las alas de una mariposa.

–No tiene sentido lamentarse de nada, ¿verdad?

–Lo que significa que te arrepientes.

¿Se había preguntado Beatrice alguna vez si las cosas habrían terminado de otra manera en el caso de que su hijo se hubiera agarrado a la vida y no hubiera sido simplemente un latido que desapareció de la pantalla?

Dante sintió una punzada de hielo en las entrañas al recordar el momento en el que el médico les dio la noticia de que su bebé ya no estaba.

Se había sentido devastado. Aquello no tenía sentido. Nunca había querido tener hijos.

–Ahora miro hacia delante.

Dante alzó la vista y sus pensamientos volvieron al momento presente.

La intensidad de su mirada provocó que Beatrice perdiera el hielo, pero tras una momentánea pausa, volvió a recuperar el control y la actitud desafiante.

–El pasado ha quedado atrás. No me interesa revivirlo –sintió que la sábana se le bajaba un poco y la subió. A veces la sinceridad era la mejor manera de encarar algo–. Tengo muchos recuerdos maravillosos que siempre atesoraré. Sencillamente, no soy tan realista como tú lo eres a veces –se mordió el labio, que le empezó a temblar de emoción.

Un espasmo cruzó las facciones perfectamente simétricas de Dante.

–Tal vez yo tenga expectativas más bajas… deberías probarlo, Beatrice. Menos desilusiones en la vida –sugirió con crudeza.

–¿Quieres que sea igual de cínica que tú? Eso es mucho pedir, Dante.

Él bajó un poco las pestañas con los ojos brillantes y esbozó una media sonrisa triste mientras la miraba a los ojos.

–Tú lo llamas cinismo. Yo lo llamo realismo. Y se trata de ir dando pequeños pasos, cara.

La expresión de Beatrice no fue lo único que se detuvo. El tiempo también. Dante casi podía escuchar los segundos antes de que ella bajara la mirada. Sin embargo, tuvo tiempo de ver el dolor en sus ojos.

Dante apretó las mandíbulas y se maldijo a sí mismo en silencio. Por supuesto que sabía que la autorecriminación habría sido más útil si hubiera llegado antes. Como cuando la pérdida de su bebé pasó de ser una tragedia personal a convertirse en un debate palaciego alentado por los cortesanos cercanos al trono.

Para Dante no supuso ninguna sorpresa, en el momento en que su hermano se apartó del trono, supo lo que le esperaba. Pero para Beatrice debió ser como entrar en un universo paralelo.

Ella levantó la mirada esperando encontrarse con la suya, pero Dante no la miró a los ojos. Tal vez estaba pensando en la princesa con la que iba a reemplazarla… aquella que sí podría darle hijos.

Los hijos que Beatrice se había esforzado tanto por darle; diez meses de vida marital en el interior de los muros de palacio, diez meses de espera y de esperanza, y luego la terrible e inevitable sensación de fracaso.

Dante sacó las piernas por un lado de la cama, provocando que la sábana arrugada que tenía en la cintura descendiera peligrosamente unos centímetros más.

Luchando contra el dormido instinto de protección que Beatrice despertaba en él, Dante se encogió de hombros, pero lo cierto era que de quien debía protegerse era de él.

–Lo siento.

Ella lo escudriñó con la mirada, pero Dante tenía una expresión imposible de captar.

–¿Qué es lo que sientes? –se dijo que si sentía lo de la noche anterior le daría un puñetazo–. ¿Casarte conmigo? Yo sabía lo que estaba haciendo –afirmó. No le gustaba que le asignaran el papel de víctima.

–Y ahora sigues adelante con tu vida. Sin él.

–Eso resultaría más fácil si no estuvieras sentado en mi cama.

–Tengo que estar en París mañana. Retrasaron la reunión, y…

–¿Y pensaste «voy a complicarle la vida un poco más?» –en su tono había más cansancio que reproche.

–Yo no me invité solito a tu cama, Beatrice.

Ella se sonrojó. ¿De verdad le parecía necesario decirlo en voz alta?

–Lo siento. No te estoy culpando. Me lo has puesto muy fácil para que me fuera.

–Entonces, ¿has traído papeles?

–Sí, hay papeles, pero… a la prensa le encanta…

Beatrice se puso tensa al ver de pronto dónde conducía todo aquello. Y Dante no la miraba a los ojos. Pálida, pero contenida, lo atajó:

–Felicidades.

Él frunció el ceño con gesto perplejo.

–¿Por qué?

–Estás prometido.

Sus acelerados pensamientos unieron rápidamente los puntos, pasando de la teoría a los hechos en su cabeza en cuestión de segundos. Sería algo oficial. Dante no habría ido hasta allí para decirle en persona que tenía una amante. Eso lo daba por hecho. Un hombre tan sensual como él no estaba hecho para el celibato.

Dante dejó escapar finalmente un silbido entre los dientes apretados.

–Sería un poco pronto para prometerme. Ni siquiera estoy divorciado aún.

Ella volvió a agitar las pestañas.

–Ah, yo solo…

–Solo has dado por hecho algo, como siempre, con la premisa científica de que si algo es una auténtica locura, entonces es verdad.

–Era una suposición completamente razonable –protestó ella, odiando sentirse tan aliviada–. Volverás a casarte algún día –añadió–. Tienes que hacerlo.

A Dante se le formó un nudo en el estómago porque así era. Beatrice había utilizado las palabras «tienes que hacerlo». La gente que tenía alrededor, su familia, los cortesanos, lo llamaban deber. Cada palabra que pronunciaba, cada acto que llevaba a cabo, era observado y juzgado.

La conclusión era que su vida ya no le pertenecía. Cuando abrió la boca para responder, Dante se dio cuenta de la hipocresía que suponía que ocupara una posición moral superior.

–Entonces, ¿crees que me acostaría contigo estando prometido?

–Sí –afirmó ella sin vacilar. La culpa que sentía se la guardaba para sí misma, porque sabía que nada habría impedido que se acostara con Dante la noche anterior–. Solo habrías continuado con la tradición familiar –le espetó.

Los labios de Dante se curvaron en una sonrisa al recordar lo sorprendida que se había mostrado cuando supo que tanto su padre como su madre tenían amantes que en ocasiones se quedaban a dormir.

–¿Quieres sentarte? No voy a saltar encima de ti.

–No –Beatrice reculó todavía un poco más hacia la esquina.

No era él quien le preocupaba: estaban los dos desnudos, y sentarse era un primer paso para tumbarse. Abrió los ojos de par en par cuando le vino a la cabeza otra posible y seguramente más probable explicación a su presencia allí.

–¿Es por el divorcio? –preguntó tragando saliva–. ¿Hay algún problema?

–No, no es por el divorcio. Es por el abuelo.

¿Reynard? Beatrice dejó de plisar la tela que sostenía sobre los senos y sonrió. El anciano rey, que tras sufrir un ataque había renunciado al trono en favor de su hijo, el padre de Dante, era una de las pocas personas de palacio con las que Beatrice se sentía relajada.

Conocido por su lengua ácida y un ingenio que no dejaba títere con cabeza, la hacía reír, aunque no fue consciente hasta más tarde del privilegio que suponía que se hubiera ofrecido a enseñarle a jugar al ajedrez.

Seguían jugando por internet.

–Uno de estos días le voy a ganar.

Dante curvó los labios en una media sonrisa.

–Si lo haces será de verdad, porque nunca te dejaría ganar.

–Eso espero… ¿y cómo está? –había visto lo suficiente en el rostro de Dante como para entrar en pánico. No fue su expresión lo que la asustó, sino la ausencia de ella–. Oh, Dios mío, ¿no está… no ha…?

–No, no… está bien –la tranquilizó él–. Pero ha sufrido otro ataque.

–¡Oh, Dios, no!

–Tranquila. Los médicos le administraron la medicación a tiempo, así que parece que no hay daño permanente. Al menos no más del que ya había.

Beatrice dejó escapar un suspiro de alivio, pero todavía se sentía temblorosa y triste, porque algún día el peor escenario sería real, y un mundo sin aquel carácter irascible sería un lugar peor.

–Hemos sido discretos, pero resultará inevitable que la noticia se filtre pronto, y ya sabes cómo les gustan los dramas. Quería que tú conocieras los hechos, no una ficción exagerada.

–¿Por qué no me dijiste simplemente que esa es la razón por la que has venido?

Los ojos de Dante se clavaron en los suyos, y Beatrice sintió que todo el cuerpo se le sonrojaba.

–De acuerdo –se apresuró a decir antes de que él pudiera señalar que no habían hablado mucho la noche anterior–. Podías haber mandado un mensaje… o llamarme. No ha sido muy amable por tu parte venir aquí. Para mí no ha sido fácil…

Dante apretó las mandíbulas.

–¿Y crees que para mí sí?

–Muy bien. Pues digamos que lo de anoche fue una despedida –tenía que ser así, no podía hacer aquello más de una vez–. Dale recuerdos a Reynard de mi parte. Ojalá pudiera verlo.

–Puedes verlo.

Beatrice soltó una carcajada amarga.

–¿Volver a San Macizo? Supongo que estás de broma.

–¿Tan desgraciada fuiste allí?

Ella mantuvo una expresión neutra.

–Fui irrelevante allí.

La única función que podría haberla convertido en alguien aceptable era producir bebés, y no lo había conseguido. Mes tras mes de expectativas, y luego… Dante debió sentirse aliviado cuando Beatrice le anunció que no iba a continuar.

Ya era suficiente. Beatrice levantó la cabeza y se dirigió sin mirarlo al vestidor. Dándole la espalda, se puso la bata turquesa que estaba colgada detrás de la puerta. Resultaba completamente ridículo mostrar aquella falsa modestia delante de Dante que conocía íntimamente cada centímetro de su cuerpo. Dejó caer la sábana.

–Lo intenté durante diez meses –dijo dándole la espalda, satisfecha de que no pudiera verle la cara–. Intenté hacer lo correcto, decir lo correcto. Intenté encajar. Intenté…

No terminó la frase, pero las palabras no dichas quedaron colgando entre ellos como un velo. Ambos sabían lo que había intentado y no había conseguido, lo único que podría haberla convertido en aceptable para su familia: darle un heredero.

Capítulo 3

Dándole la espalda, Beatrice apretó el cinturón de la bata antes de girarse e hizo un esfuerzo por no fijarse en el brillo de sus ojos mientras la miraba apretarse un poco más el cinturón.

Alzó la barbilla en gesto desafiante y se apartó el cabello de la cara antes de colocárselo detrás de la oreja.

Aunque fuera había empezado a nevar de nuevo, allí dentro la temperatura era incluso demasiado cálida, sin duda porque el enorme radiador de hierro fundido parecía no responder al termostato.

Algo muy parecido a lo que le sucedía a su termostato interior, que ignoraba las instrucciones cuando Dante estaba cerca.

–Estabas empeñada en eso, pero no es verdad. Nunca fuiste irrelevante –aseguró él–. Un dolor de… pero nunca irrelevante –murmuró, incapaz de apartar la mirada de la sensualidad de su cuerpo, realzada bajo la seda–. ¿Esa bata es nueva? Resalta el color de tus ojos.

Que eran tal azules que al principio pensó que llevaba lentes de contacto.

Beatrice esbozó una sonrisa tirante.

–Han pasado seis meses. He añadido algunas prendas a mi guardarropa. Seguramente tendrás una lista en alguna parte.

–Seis meses desde que tú te marchaste. Yo no te pedí que te fueras.

Ella se había marchado. Para Dante no era una opción; él nunca podría irse. Estaba atrapado en un papel que tendría que representar el resto de su vida. Encasillado eternamente como una persona que nunca sería.

Beatrice sintió que su rabia se encendía de nuevo, despertando viejos resentimientos. Dante hacía que sonara muy sencillo, y marcharse había sido lo más duro que había hecho en su vida. Habría resultado mucho más fácil si le hubiera dejado de amar, para él era sencillo porque nunca la había amado, no de verdad.

Aquella era una certeza que siempre había sabido y que había enterrado profundamente.

–No intentaste detenerme.

–¿Querías que lo hiciera?

–Aunque me hubiera quedado embarazada, no se pude utilizar un bebé para cerrar las grietas de una relación. Por eso esto no puede volver a ocurrir.

–¿Esto?

–Sí, que aparezcas así de pronto y…

Beatrice se dio cuenta de que se le iban los ojos a la boca de Dante, y le desesperó volver a sentir aquella llamarada de deseo por el cuerpo.

–Creo que en el futuro debemos comunicarnos a través de nuestros abogados –concluyó luchando por mantener un tono de voz frío.

Dante sintió una tirantez en el pecho que se negó a reconocer como soledad mientras apartaba de sí fragmentos de recuerdos que aparecían en rápida sucesión en su mente. Las lágrimas de su hermano cuando le dijo que lo sentía, la frialdad en la mirada de sus padres cuando le informaron de que el futuro de la familia real caía sobre sus hombros.

–Entonces, ¿no crees que los ex pueden ser amigos?

Aquella breve carcajada amarga no sonó como la risa desinhibida y fresca que él recordaba. Unas semanas casada, y Beatrice había dejado de reír.

–Esto no es una amistad. Los amigos comparten.

Compartir, había dicho. Dante estuvo a punto de reírse también. Lo último que había querido cuando estaba con Beatrice era compartir. Lo que quería era olvidar. No quería demostrarle nada a su esposa, ya tenía que hacerlo con todos los demás.

Por primera vez en su vida, Dante había experimentado el miedo al fracaso, algo tan ajeno a él que le había llevado un tiempo identificarlo. Peor que la debilidad era la idea de que Beatrice viera esos miedos, lo mirara de otra manera… conocía aquella mirada. La había visto todo los días y no podía soportarla.

Había visto aquella mirada en los ojos del equipo que había formado para coordinar su nueva vida. Le dijeron que tenían confianza total en él, y al mismo tiempo le pidieron que abrazara unos valores que había rechazado mucho tiempo atrás. Apelaron a su sentido del deber.

El auténtico impacto, al menos para él, fue que tenía sentido del deber. Había pasado toda su vida olvidando las lecciones de deber y servicio, pero al parecer habían dejado en él una huella profunda. No compartió aquella revelación con nadie, no quería darles el arma de su debilidad. Lo que hizo fue escuchar y luego reducir el equipo a tres personas con las que pudiera trabajar.

Miró a Beatrice con ojos entornados.

–No puedo estar mitad dentro y mitad fuera, Dante. No es justo. Es… cruel –le espetó.

Dante recorrió con la mirada las hermosas y angustiadas facciones de la mujer con la que se había casado. «Por fin ha sido razonable»: aquella fue la reacción de su padre cuando le dio la noticia de que habían terminado.

«Ha entrado en razón. Beatrice me deja».

Dante había señalado el hecho de que era decisión de ella, aunque no añadió que pelear contra aquella decisión era probablemente lo único noble que había hecho en su vida.

Sabía que no debería sentir aquella rabia, aquella sensación de traición. Su matrimonio tuvo lugar por el niño, y luego no había niño. La decisión de Beatrice fue la lógica.

La mayoría de los matrimonios debían su longevidad a la conveniencia mutual y la pereza, o, como en el caso de sus padres, a un acuerdo. Dos personas que tenían vidas paralelas que se tocaban ocasionalmente. Aquello era algo que Beatrice nunca llegaría a entender.

Al final, la noticia oficial había sido una separación de prueba, mientras que por detrás se preparaban listas de candidatas de reemplazo para cuando la «prueba» se convirtiera en permanente de modo oficial.

Dante no estaba muy interesado en las listas y los nombres de quienes se añadían o se borraban cuando se descubría algún cadáver en sus armarios de sangre azul.

Una novia conveniente le resultaba igual que otra, aunque se preguntó si habrían incluido a la mujer que había sido elegida para compartir el trono con su hermano. No recordaba su cara ni su nombre, solo que pertenecía a una de las pocas familias reales europeas con las que Carl y él no estaban emparentados.

Carl se había atragantado antes de hacerlo oficial, y decidió apartarse de la mentira de su vida… porque aunque San Macizo era considerado un lugar progresista, la idea de un soberano gay que no iba a proporcionar un heredero no era negociable.

Sus opciones eran marcharse o vivir una mentira.

Dante se había preguntado si él hubiera sido capaz de mostrar la misma entereza que su hermano en las mismas circunstancias.

Una de las cosas que más le impactó, tras el shock inicial de sus revelaciones, fue no haberlo visto venir. Cuando su hermano reveló su orientación sexual y su profunda infelicidad, le pilló completamente por sorpresa. Pero lo cierto era que nunca le había interesado mucho la vida de los demás, reconoció con disgusto.

Volvió a dirigir la mirada hacia el rostro de Beatrice, sus suaves facciones, la pureza del perfil, el brillo que tenía a pesar de la infelicidad de sus ojos.

–Y estás fuera –Dante levantó ligeramente los hombros–. Me parece bien.

Ella parpadeó, asombrada por su respuesta. Y una parte irracional de su ser se disgustó al ver que Dante no lo luchaba.

–¿Estás de acuerdo?

–Ya lo estaba. Nos estamos divorciando, así que relájate. Las cosas están marcha.

–¿Lo están?

El día anterior le habría parecido bien, pero el día anterior no estaba respirando el mismo aire que Dante. Desde entonces estaba puesta a prueba y se había enfrentado cara a cara con su vulnerabilidad respecto a él.

–A todo el mundo le interesa que esto suceda. Todos estamos en el mismo barco.

–Lástima que no se pudiera decir lo mismo de nuestro matrimonio.

No tendría que haberle dolido que él no lo negara, pero le dolió.

Su decisión de marcharse había sido recibida con un alivio mal disimulado.

–No creo que nadie confiara en que durara, ni siquiera tú…

Dante volvió a encogerse de hombros.

–Yo nunca creí que me casaría. Creo que el matrimonio significa cosas muy distintas para nosotros dos –Dante empezó a recoger la ropa para vestirse–. Nuestras vidas se cruzaron, pero ahora…

Se cruzaron pero casi no conectaron. Tal vez fuera la profundidad de su reacción lo que hizo mostrar cierta contención. Necesitó de todo su autocontrol para no ir detrás de aquella impresionante mujer de piernas interminables y piel dorada que había visto en el vestíbulo del abarrotado teatro, o al menos buscar su nombre… pero Dante se marchó.

Cuando días más tarde estaba en primera fila de un desfile de ropa del diseñador de moda de la temporada, vio a aquella rubia desfilar con las manos en las caderas y rezumando sensualidad. Permitió que su acompañante, no recordaba quién, lo arrastrara a la fiesta que se celebraba después, el tipo de eventos que él normalmente evitaba. Ahí supo que la mujer se llamaba Beatrice, y que ya se había marchado. Su acompañante se quedó en la fiesta y él salió corriendo de allí, poseído por una sensación de urgencia que no quería pararse a analizar. Unos días más tarde se topó literalmente con ella en las escaleras de la galería donde se había celebrado el desfile. Parecía más joven sin todo aquel maquillaje y el peinado, y Dante decidió en aquel instante que, si el destino existía, tenía que dejar de luchar contra él. Nunca antes se había sentido tan atraído por una mujer.

El ruido del trasiego de la vajilla en la parte inferior atajó sus recuerdos y provocó que Beatrice diera un respingo.

–¿Qué tal está Maya? –preguntó él.

–La gente por fin empieza a reconocer su talento artístico.

Tal vez su hermana pensara que el talento hablaba por sí mismo, pero Beatrice sabía que no era así. Ella había tomado clases nocturnas de marketing durante el tiempo que fue modelo, y todo lo que ganó en aquella época lo ahorró para la empresa que quería montar de moda ecológica.

–¿Vas a estar bien? –preguntó Dante mientras terminaba de abotonarse la camisa.

–Estaré fenomenal.

Lo estaría, no iba a permitir que la adicción a Dante de unos meses definiera el resto de su vida. Había aceptado que le resultaría doloroso durante un tiempo, pero era una persona fuerte por naturaleza.

Cuando su padre murió, la gente le dijo que era muy fuerte, una roca. Y luego, cuando su madre se casó con Edward, ella estuvo allí para Maya, que había sido el objetivo del maltrato de su padrastro. Durante un tiempo ella fue la única que vio lo que hacía aquel hombre, porque no había nada físico en sus acciones, pero había empezado a destruir de manera sistemática la autoestima de su hermana.

Durante un tiempo, su madre eligió al hombre con el que se había casado por encima de sus hijas. Se creyó sus mentiras, permitió que la manipulara y controlara todos los aspectos de su vida. Fue una mala época que duró mucho tiempo. Beatrice, que era más crítica que su hermana, había tenido que hacer un gran esfuerzo por perdonar la debilidad de su madre.

Resultaba irónico que su matrimonio con Dante le hubiera demostrado que ella tenía aquella misma debilidad. Dante no había mentido, lo que convertía el autoengaño de Beatrice en algo todavía peor. Había querido creer que era algo que no era, que entre ellos había algo que no existía.

Apartó de sí aquellos recuerdos y se centró en el hecho de que Maya y ella habían perdonado a su madre, el vínculo había sobrevivido, y ellas también. Ahora lo único que ambas querían era que su divorciada madre dejara de sentirse culpable.

–¿Cómo están tus padres? –se sintió obligada a preguntar, pero sin ninguna calidez en la voz.

–Más o menos igual.

Beatrice alzó las cejas al recordar aquella primera cena en el palacio con sus padres. La tensión de la sala le quitó el apetito, y terminó yéndose a la cama sin comer…

Y sola.

Eran las dos de la mañana cuando se despertó al escuchar los pasos de Dante. Recordó haber estado esperando, comprobando la hora cada pocos minutos. En una habitación desconocida, una cama desconocida y un país desconocido, todo se hacía más duro.

Beatrice había encendido la luz de la mesilla de noche.

–Lo siento, no quería despertarte.

Recordaba claramente la empatía que había sentido cuando vio su expresión de agotamiento. Se le formó un nudo en la garganta ahora al recordar que solo había querido abrazarlo. Si el día había sido duro para ella, se dijo, para Dante debió ser cien veces peor.

–No estaba dormida –le dijo haciéndole sitio para que se sentara a su lado en la cama–. Pareces muy cansado –le deslizó la mano por la barba incipiente.

–No tanto –Dante le tomó la mano antes de acercarle la boca a la suya–. Solo quiero… hundirme en ti.

Apartó de sí aquellos recuerdos, que tan dolorosos resultaban ahora. Le recordaban lo estúpida que había sido. Para ella, aquella noche había ido más allá del placer físico. Dante siempre la llevaba al cielo de la sensualidad, pero aquella conexión había sido más profunda, se dijo luego, tendida sobre la cama con el cuerpo enredado en el suyo y los ojos brillantes por las lágrimas de emoción. Se había sentido… completa.

Pero todo había sido una mentira, y las grietas empezaron a aparecer casi inmediatamente… antes de que sus cuerpos húmedos y calientes terminaran de refrescarse en la aterciopelada oscuridad.

Capítulo 4

Beatrice esperó a que Dante terminara de vestirse antes de formular la pregunta que se le había metido en la cabeza y se negaba a salir de allí.

–Me preguntaba… ¿lo de anoche afectará al divorcio?

¿Cuál era la repercusión legal de acostarte con tu «casi» exmarido?

Dante sonrió.

–¿Vas a contárselo a alguien o qué?

Ella se sonrojó.

–Por supuesto que no, aunque Maya….

–Estará esperando nuestro paseo de la vergüenza.

–Maya no juzga ni es cotilla. Bueno, dime, ¿tiene consecuencias esto?

–No veo razón para que así sea.

–Bien, entonces podemos olvidarnos de lo ocurrido y seguir adelante con nuestras vidas.

–Parece que tú ya lo has hecho…

Beatrice captó algo en su voz, como una sugerencia muda de que no debería ser así. Sintió cómo se le encendía la rabia.

–Bueno, sopesé la idea de quedarme sentada en una habitación y evaporarme, pero luego pensé que podría haber vida después de Dante, y mira por donde… –abrió los ojos de par en par en gesto burlón–. La hay.

Dante apretó las mandíbulas y se metió la camisa por la cinturilla del pantalón.

–Y dime, ¿quién es él?

Beatrice dejó escapar un suspiro cuando entendió a qué se refería. Durante una décima de segundo se sintió tentada a inventarse una vida amorosa… después de todo, dudaba mucho que un hombre con el apetito sexual de Dante se hubiera mantenido célibe. ¿Se sentiría celoso?

–¿Por qué tiene que haber siempre un hombre? –replicó mirándolo con desdén–. No necesito un hombre para completarme. ¡A ninguno! Yo no soy mi ma…

Se detuvo antes de decir la comparación que tenía en mente.

Los músculos de Dante necesitaron unos segundos para relajarse y borrar de su mente la imagen de un hombre sin rostro explorando las delicias del cuerpo de Beatrice. Se acostumbraría a la idea, pero todavía era demasiado pronto.

–Tendríamos que haber tenido un romance salvaje y apasionado –los romances salvajes y apasionados eran muy simples. Se quemaban rápidamente, alcanzaban la cumbre y luego se desvanecían. Una locura controlada temporal que no dejaban remordimientos ni sensación de asunto sin terminar.

Sus palabras hicieron que Beatrice se estremeciera.

–Pero me quedé embarazada… la ironía está en que si hubiéramos esperado un poco no habría habido bebé por el que casarse.

La expresión de Dante se ensombreció.

–No me refería a eso y lo sabes. Sé que me culpas por el aborto, pero…

–¿Te culpo?

Los labios de Dante se curvaron en una sonrisa cínica.

–No me irás a decir que nunca has pensado que si no te hubieras visto obligada a mudarte a otro país, a un ambiente extraño, aislada de todo lo que conocías, tal vez no habrías perdido al bebé.

–No he pensado ninguna de esas cosas.

Pero a juzgar por su expresión, estaba claro que él sí. ¿Por qué no había sospechado nunca que Dante podría sentirse culpable por la pérdida del bebé?

–Los médicos nos dijeron que un alto porcentaje de embarazos terminan antes de tiempo… muchas mujeres ni siquiera llegan a saber que estaban embarazadas.

–El estrés influye en estas cosas. Y una aventura se habría terminado quemando y nos habríamos separado como amigos.

–Creo que ha quedado claro que eso no va a pasar. Tienes que marcharte –Beatrice se mordió el labio inferior y apartó la mirada de él.

–Sí.

–Entonces, estamos de acuerdo. A partir de ahora nos comunicaremos a través de nuestros equipos legales –afirmó ella tratando de ser fría.

–Tú no tienes un equipo. Tienes un abogado que pasa más tiempo regando las rosas que ocupándose de los intereses de sus clientes.

Si lo hubiera dejado en manos de ese hombre, Beatrice habría salido de su matrimonio tan pobre como cuando entró. Dante había dado unas instrucciones a su propio equipo legal para que eso no ocurriera.

–Bea, ¿te subo el café?

Dante pasó por delante de ella y abrió la puerta.

–¡Enseguida bajamos, Maya! –cerró la puerta con fuerza.

Beatrice se puso en jarras y le dirigió una mirada de desprecio.

–Vaya, muchas gracias por esto.

–Considéralo un regalo de despedida.

–Lo considero más bien un golpe bajo.

Dante exhaló un suspiro de irritación.

–¿Sería preferible que apareciera sin más? Al menos así está advertida.

–Terminemos con esto de una vez.

Tenía una expresión tan neutra como su voz. En el pasado, Dante era capaz de saber todo lo que sentía porque tenía las emociones a flor de piel. ¿Esto era lo que le había hecho la vida de palacio? ¿Lo que él le había hecho?

La había liberado, y eso debería hacer que se sintiera mejor. No era el caso. De todas maneras, siempre había pensado que hacer lo correcto estaba sobrevalorado.

La hermana de Beatrice, vestida con pantalones de esquí negros y un jersey de ochos, no se dio la vuelta mientras seguía preparando los huevos revueltos.

Había una tensión inconfundible en el aire.

–Buenos días, Dante.

–Dante ya se iba, solo…

–Vamos a dejarlo estar, ¿de acuerdo? –Maya se dio la vuelta con la cuchara en la mano y le dirigió a su hermana una mirada glacial.

Beatrice se mordió la lengua, aunque no sabía bien qué palabras estaba conteniendo. Maya siguió cocinando los huevos.

–¿Quieres desayunar, Dante? –le preguntó sin mirarlo.

–No, no quiere –dijo Beatrice antes de que él pudiera responder–. Ya se iba –para enfatizar la frase, se dirigió a la puerta y la abrió. La bocanada de aire frío y nevado la dejó sin aliento, pero se mantuvo en su sitio y le dirigió a Dante una mirada decidida.

–Me alegro de verte, Maya.

La joven siguió revolviendo los huevos y dándole la espalda, pero Dante podía sentir su desaprobación irradiando en oleadas.

La puerta se cerró y la tensión abandonó el cuerpo de Beatrice. Agarró el respaldo de una de las sillas y se sentó.

–¿Qué tal la cabeza? ¿Ya no tienes jaqueca?

–No. Solo necesitaba acostarme pronto, pero parece que las cosas se pusieron interesantes cuando me marché –Maya retiró la sartén del fuego y sirvió el café en una cafetera. La dejó en la mesa frente a Beatrice mirando a su hermana con el ceño fruncido.

Beatrice se aclaró la garganta.

–Debes estar preguntándote…

Maya sacudió la cabeza.

–Solo dime que no habéis vuelto y que no regresas a San Macizo…

–No volveré a verlo jamás –afirmó Beatrice con los ojos llenos de lágrimas.

–¡Gracias a Dios! –Maya dejó escapar un profundo suspiro de alivio–. De verdad, intento ser objetiva, pero la última vez que volviste parecías…

Conmocionada al ver la expresión del rostro de su hermana, Beatrice le cubrió la mano con la suya.

–No voy a volver –afirmó apretándosela–. Dante ha venido porque Reynard ha tenido un ataque. Pero no ha sido mortal –Beatrice se levantó, agarró una tostada y empezó a untarla de mantequilla. No porque tuviera hambre, sino por hacer algo–. Así que las muestras han sido un éxito.

–¿Por qué cambias de tema, Bea?

–Sé que Dante no te cae bien.

–Creo que Dante es encantador –afirmó Maya sonriendo antes de añadir–. Pero no me puede caer bien alguien que te hace infeliz.

–No soy infeliz. Y Dante se ha ido y no va a volver.

Las lágrimas que estaba conteniendo Beatrice cayeron entonces durante largo rato.

Capítulo 5

Fechas!».

Beatrice parpadeó, atrapada entre la confusión y el pánico. Llevó su mirada azul hacia la joven médico que la animaba con una sonrisa profesional. Se veía incapaz de formar un pensamiento coherente.

–¿Fechas? –repitió como si estuviera pensando en ella. Y no era cierto. Sencillamente, pensar no era una opción.

La realidad era que apenas recordaba cómo se llamaba, así que mucho menos la información que la joven médico, que tendría aproximadamente su edad, le estaba pidiendo. Irónicamente, dadas las circunstancias, su médico habitual estaba de baja por paternidad.

–Creo… a ver… –Beatrice apretó los puños como si tratara de atravesar la nebulosa que se le había formado en la cabeza. Se había dicho a sí misma que se trataba de una bajada de azúcar. No había sido capaz de retener el desayuno, ni tampoco la cena de la noche anterior… una vez más.

–Entonces doy por hecho que esto no estaba planeado, ¿verdad? –sugirió la médico con tono amable.

Beatrice sacudió la cabeza y deseó que se le contagiara algo de la calma de la doctora.

–Según las estadísticas, los embarazos rara vez se planean –comentó la joven–. ¿Ha venido alguien contigo?

–Sí… mi hermana.

Que se había negado a aceptar un «no» por respuesta y había acudido con ella a la cita que Beatrice había pedido al ver que el virus estomacal no se le pasaba. ¿Había sospechado Maya la verdad? ¿La había sospechado ella?

Por supuesto que sí. Pero había enterrado aquella certeza en lo más profundo, construyendo muchas alternativas perfectamente razonables que no habían servido para amortiguar el golpe de la inevitable realidad.

A pesar del impacto, su cuerpo seguía ejecutando todas aquellas respuestas automáticas: respiraba, sentía el temblor de las rodillas, pensaba… Aunque eso tal vez no. Sus pensamientos se negaban a ir más allá de aquel enorme muro mental de ladrillo. «Estoy embarazada».

–Estoy de seis semanas –dijo de pronto, dejando claro por el tono de voz que no le cabía ninguna duda al respecto. Un calor le cubrió las pálidas mejillas cuando sus pensamientos volvieron a la noche que había pasado bajo el edredón en la cabaña de esquí con Dante–. Hoy hacemos dieciocho meses de casados…

–Felicidades. ¿No está aquí tu marido hoy?

–Está fuera del país –murmuró.

–¿Quieres que le diga a tu hermana que entre?

Beatrice le dirigió una sonrisa de gratitud.

–Sí, por favor.

Unos instantes más tarde, Maya y ella salieron de la consulta al fresco aire de la mañana. Beatrice dejó escapar un largo suspiro y cerró los ojos, abriéndolos cuando sintió a Maya agarrándola del brazo.

–¿Te apetece dar un paseo por el parque? Te vendrá bien un poco de aire fresco.

Beatrice se encogió de hombros.

–¿Por qué no?

El pálido sol de primavera había salido de detrás de las nubes cuando las hermanas pasaron por debajo de las desnudas ramas de una hilera de álamos.

Fue Maya quien rompió el silencio.

–Me encanta el olor a primavera, esa promesa de una nueva vida… –apartó la mirada del vientre de su hermana–. Lo siento, no era mi intención ponerme profunda ni nada de eso.

Beatrice levantó la cabeza entonces, y sus ojos conectaron con la preocupación de los de Maya.

–¿Tú lo sabías? –preguntó hundiendo las manos en los bolsillos del abrigo.

–Me parecía… una posibilidad.

–¡Debes pensar que soy idiota!

–Lo pensaré si sigues diciendo esas tonterías.

Beatrice esbozó una sonrisa pálida en respuesta.

–Supongo que yo debí sospecharlo –admitió pensando en todas las señales que había visto–. Pero no pensé que volvería a pasar después de…

No terminó la frase. Una sonrisa irónica le curvó los labios mientras sus pensamientos se dirigían al consejo que le había dado el abuelo de Dante: «Relájate, mujer».

Sus palabras se le quedaron grabadas, principalmente porque en aquel entonces todo el mundo le decía que entrara en pánico. No con aquellas palabras, pero no había resultado difícil leer entre líneas, sentir las miradas o ver cómo las conversaciones se detenían bruscamente cuando ella aparecía.

Bueno, pues resultaba que el viejo Reynard tenía razón. Lo único que tuvo que hacer fue relajarse…

Giró la cabeza hacia su hermana. La expresión preocupada de Maya hizo que empezara a hablar.

–Es que todo el mundo lo estaba esperando cada mes… y yo me dejaba llevar por la esperanza, y luego tenía que decirle a Dante que no había pasado.

Dante actuaba como si no le importara, pero ella sabía que sí: para palacio, su fertilidad había dejado de ser algo privado desde el momento en que Dante se convirtió en príncipe heredero.

Se miró el vientre plano y trató de separar las confusas emociones que intentaban abrirse camino en su cabeza.

–Hace un año, esto me habría hecho muy feliz –Beatrice se mordió el labio inferior y se preguntó cuál sería la reacción de Dante ahora.

¿A quién quería engañar? Sabía perfectamente cuál sería su reacción cuando descubriera que estaba embarazada del heredero al trono.

Esto era el final de su nueva vida; Dante no le permitiría bajo ningún concepto que criara a su hijo fuera de San Macizo.

–¿Por eso te marchaste? –preguntó Maya mientras buscaba un banco para sentarse–. Cuando volviste a casa, nunca dijiste por qué. Solo que se había terminado.

Beatrice esbozó una sonrisa triste.

–Estoy segura de que esa fue la razón por la que Dante me lo puso fácil para irme –reconoció con los ojos llenos de lágrimas–. Todo sucedió muy rápido. Primero era yo, y luego me quedé embarazada y me casé.

–Y te convertiste en princesa.

Beatrice forzó una carcajada.

–Una princesa pésima. Luego perdí el bebé y no tuve tiempo de llorarle –apretó los temblorosos labios–. Se suponía que tenía que cumplir con mi deber y concebir un heredero. La gente actuaba como si nuestro primer hijo nunca hubiera existido. Yo no hacía más que disculparme, cuando lo único que quería…

Lo único que quería era que Dante le dijera que no había necesidad de disculparse por nada, que un bebé no debería ser un asunto de obligación, sino de amor.

Pero no lo hizo.

De hecho «amor» era una palabra que su marido nunca usaba. ¿Creería siquiera en su existencia? Le había repetido muchas veces cuánto la deseaba, pero nada más. Beatrice se decía a sí misma que a los hombres les costaba hablar de sus sentimientos, pero en el fondo sabía que había algo más.

No quería reconocer su mayor miedo: que el problema de Dante no fuera no ser capaz de reconocer sus sentimientos más profundos, sino que no tuviera esos sentimientos. Cuando perdieron al bebé, no había nada que los conectara profundamente, solo la pasión… y ahora tenía otra vida.

Beatrice soltó una risa amarga y se giró hacia Maya.

–Me pregunto si hay alguna estadística sobre la tasa de divorcios en las bodas de Las Vegas.

–¿Estás segura de que habrá un divorcio ahora?

Beatrice decidió no pensar en la duda que veía reflejada en los ojos de su hermana. Una duda que ella también compartía, una duda a la que no quería enfrentarse.

–Creo que tienes que sentarte –añadió Maya saliendo del camino para acercarse a un banco.

Beatrice la siguió, y cuando estuvieron sentadas, su hermana le tomó la mano entre las suyas.

–Dime que me calle, o que no es asunto mío. Pero ¿qué ocurrió, Bea?

–Encontré en mi calendario una cita marcada con un especialista en fecundación in vitro.

–Oh, Dios mío –murmuró Maya–. ¿Y qué hiciste?

–Bueno, ya me conoces, soy sutil y contenida al máximo. Entré en una sala en la que Dante estaba reunido con todos los empresarios más importantes de la isla y le dije que ya era suficiente. Que no quería un calendario y que no tenía que hablar con nadie de mis asuntos ginecológicos.

Beatrice recordó cómo Dante había apretado los labios cuando la acompañó a la puerta.

–Me llamó infantil y dijo que estaba exagerando –continuó con tono seco–. Seguramente era cierto, y… bueno, es difícil describir cómo es el palacio. Yo quería esperar. No quería quedarme embarazada todavía. Aún seguía de luto por el bebé que había perdido… ya sé que solo era un puñado de células, pero…

–Por supuesto que necesitabas tiempo. ¿Dante no entendía cómo te sentías?

–Nunca se lo dije. No hablábamos mucho de ello… en realidad no hablábamos de nada. Cuando Carl se fue, tenía mucha presión encima. Tal vez yo sea más parecida a mamá de lo que pensaba –murmuró–. Aquello le hubiera hecho feliz a él.

¿Cuándo dejó de preguntarse qué le haría feliz a ella?

Igual que su madre, había visto lo que quería ver; había dejado de lado sus propias necesidades para complacer a un hombre.

–Sabes que eso no es cierto, Bea.

Beatrice desvió la mirada del rostro de su hermana hacia el jazmín amarillo, que estaba en flor.

–Voy a tener un bebé –dijo intentando que al pronunciarlo fuera más real. Pero no ocurrió así–. Tendré que decírselo a Dante.

La expresión de Maya se suavizó cuando vio que su hermana empezaba a buscar el móvil en el bolso.

–Date tiempo primero para hacerte a la idea –le aconsejó Maya tratando de esconder la preocupación que sentía tras una sonrisa de ánimo.

Beatrice se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre y sacudió la cabeza. Tal y como se sentía ahora, aquel momento podría no llegar nunca.

–¿Tengo que decírselo? –preguntó con una repentina oleada de esperanza que se transformó en culpa cuando conectó con los ojos de su hermana–. No quería decir eso. Es que todo va a cambiar. Este bebé será el segundo en la línea sucesoria al trono –le parecía una tremenda responsabilidad para un niño que todavía no había nacido siquiera–. Dante tuvo una mala infancia, y ahora este bebé crecerá en ese mundo…

–Dante tuvo una mala infancia porque sus padres son unos narcisistas centrados en sí mismos. Este niño te tendrá a ti.

–Si vuelvo, no será como la última vez –sabía que no cabía el condicional. Aquel embarazo no dejaba opción–. No permitiré que…

–No me lo digas a mí, Bea –la atajó su hermana–. Díselo a él. ¿Sabe lo de mamá y el tratamiento de fertilidad?

Beatrice sacudió la cabeza.

–A veces tengo la sensación de que fue ayer.

Las hermanas se miraron a los ojos mientras ambas recordaban su adolescencia, cuando, en un intento de satisfacer la exigencia de su marido de tener un hijo propio, su madre entró en un tratamiento de fertilidad para darle el hijo que quería.

Presenciar el peaje que tuvo que pagar la salud de su madre debido a los muchos ciclos de tratamiento a los que se sometió fue horrible, pero resultó todavía peor el juego de culpabilidad que seguía a cada intento por parte del hombre que hacía responsable a su mujer del fracaso de no darle un hijo propio.

Siempre era culpa de ella: si hubiera descansado más, si hubiera estado más motivada, más sana, más delgada, más gorda… la lista de acusaciones resultaba interminable.

Cuando el especialista se negó a seguir tratándolos por el impacto que aquello tenía en la salud de su madre, se fueron a otra clínica.

–Contestando a tu pregunta, me marché por mi propia voluntad, pero era solo cuestión de tiempo que Dante se viera obligado a apartarme por alguien que pudiera darle un heredero –Beatrice se llevó la mano al vientre. El pánico seguía ahí, pero quedó algo relegado por una certeza–. Seguramente pensarás que estoy loca, pero quiero este hijo.

Maya sonrió.

–No creo que estés loca. Creo… creo que vas a ser una madre maravillosa y yo quiero ser también una gran tía –abrió los ojos maravillada al darse cuenta de algo–. Dios, contigo de madre y Dante de padre, este bebé ha ganado la lotería genética.

Capítulo 6

Me temo que Su Alteza está…

–¿Ocupado en este momento? –se adelantó Beatrice sin disimular el sarcasmo.

En aquel instante no le importaba matar al mensajero. Y menos a ese mensajero.

Había necesitado de todo su valor para hacer la primera llamada, y se sintió físicamente enferma al marcar el número personal de Dante. Pero la llamada fue desviada hacia alguien que se identificó como «la oficina de Su Alteza el príncipe», que en realidad no era una oficina, sino una mujer con tono despectivo que a Beatrice le cayó mal al instante.

Su marido la estaba evitando. Todos los números y las direcciones de correo que tenía de él le aparecían como irreconocibles o ya no disponibles.

El único número en el que le contestaban la llamada era ese.

–Su Alteza real no recibe llamadas, pero puedo pasarle un mensaje y…

–Sí, eso ya me lo ha dicho –la atajó Beatrice.

Aquella era la quinta vez que había intentado contactar con Dante y recibía la misma respuesta por parte de aquella subordinada con tendencia a la condescendencia.

–Pero si lo prefiere, puede hacer llegar sus preguntas a los representantes legales de Su Alteza. ¿Quiere que le facilite el número del bufete de abogados?

Beatrice apretó los ojos y le dijo lo que podía hacer exactamente con aquel número. Escuchó cómo la mujer contenía un gemido ofendido al otro lado de la línea. No estaba orgullosa de ello, pero había ciertos límites, y ella había alcanzado el suyo.

Fue consciente por el rabillo del ojo de los gestos que le hacía Maya con las manos para que no siguiera por ahí. Beatrice los ignoró y luego sonrió. No se estaba divirtiendo, pero era un alivio sacar la cabeza del parapeto.

–En realidad no tengo ninguna pregunta. Solo quiero transmitirle una información.

–Yo le pasaré cualquier información importante.

–Es una información personal. Información delicada.

–Yo soy su asistente personal.

–En ese caso… ¿por qué no? –dijo Beatrice con voz pausada–. ¿Tiene un bolígrafo? Bien, pues entonces escriba esto, por favor. Dígale a mí marido que pensé que le gustaría saber que va a ser padre. ¿Lo tiene? –decidió tomarse el ruido de atragantamiento como un gesto afirmativo–. Bueno, muchas gracias por su ayuda.

Beatrice colgó el teléfono y dirigió la mirada hacia su hermana. Se llevó la mano a la boca para contener una risa nerviosa.

–No has seguido el guion –la reprendió Maya poniendo los ojos en blanco.

–No –Beatrice miró las notas que tenía delante y que estaban orientadas a ayudarla a expresar de forma sucinta y calmada los hechos.

–Supongo que recibirás una respuesta ahora –murmuró Maya mientras Beatrice seguía mirando el teléfono que tenía en la mano como si fuera una bomba a punto de estallar.

–He perdido los papeles. ¿Qué hago ahora?

Eran las tres de la mañana cuando Beatrice pudo finalmente dormirse, así que tardó unos instantes en orientarse y darse cuenta de que el ruido no era parte del sueño, sino que era real. Alguien (no era muy difícil adivinar quién) tenía el dedo apretado en el timbre, cuyo sonido inundaba toda la casa.

Maya apareció cuando Bea estaba poniéndose la bata encima del camisón.

–¿Cómo ha podido llegar tan rápido?

Beatrice se encogió de hombros.

–¿Quieres que vaya y le diga que venga más tarde?

–Como si eso fuera a funcionar –Beatrice se pasó la mano por el pelo revuelto para calmarse un poco–. No pasa nada, estoy bien.

Aspiró con fuerza el aire, se ató el cinturón de la bata y alzó la barbilla en gesto desafiante.

Maya no parecía muy convencida.

–Si tú lo dices… si me necesitas, estaré en mi cuarto.

–Gracias –Beatrice sonrió con expresión ausente. Ya tenía la mente puesta en la persona que estaba al otro lado de la puerta.

Con el corazón acelerado, abrió. Dante ocupaba todo el umbral, bloqueando la vista del pasillo común.

Se apartó de la pared lo suficiente para que Beatrice pudiera ver mejor el traje oscuro que llevaba puesto. No iba tan pulcro como de costumbre. La tela estaba arrugada y tenía la blanca camisa abierta en el cuello, dejando al descubierto una sección de piel bronceada. Pero apenas se fijó en aquellos detalles. Lo único que veía, o mejor dicho, lo único que sentía, eran las poderosas y crudas emociones que emanaban de él.

–Te has mudado –Dante había mantenido sus emociones a raya, pero al verla allí de pie sintió que perdía el control–. Nadie me lo había dicho.

El viaje hasta allí ya había llevado su autocontrol al límite. Dante estaba en medio del Atlántico cuando recibió el mensaje, una frase que iba a cambiar literalmente su vida de una manera que todavía le costaba trabajo imaginar.

La visión de aquellos grandes ojos azules que lo miraban cansados y rojos por haber llorado no hizo que se sintiera menos furioso. Solo añadió una capa más a las emociones que trataban de abrirse paso en su pecho.

–La semana pasada. Esto es más grande –igual que ella sería más grande dentro de poco. Una idea que seguía pareciéndole profundamente extraña y no del todo real.

Sin embargo, Dante era muy real. Y estaba muy enfadado.

–La gente que vive allí ahora parece… mi equipo de seguridad tuvo que convencerlos de que no soy peligroso –mientras él invertía algunos minutos tratando de encontrar la dirección correcta para dársela al chófer.

–¿Qué estás haciendo aquí? –aquellas palabras acusatorias flotaron entre ellos y provocaron un gemido gutural y feroz en la garganta de Dante.

–¿Estás de broma?

–No era realmente necesario que vinieras en persona. Habría bastado con avisar que habías recibido la noticia.

–Bueno, pues aquí estoy.

–Seguro que todo el edificio es consciente de ello ya. Vuelve mañana.

–Eso no va a pasar y ambos lo sabemos. ¿Vas a dejarme entrar o quieres que tengamos esta discusión aquí? –Dante miró con desprecio a su alrededor antes de clavar en ella una mirada gélida–. Lo siento, no me he traído el megáfono, pero puedo llamar a algunos paparazis que conozco. ¿Eso es lo que quieres? Claro, compartamos la noticia… Ah, se me olvidaba que ya lo has hecho. Sería interesante saber a cuánta gente se lo has contado antes que a mí. Total, yo solo soy el padre.

Beatrice apretó los labios ante tanto sarcasmo.

–Baja la voz y no seas tan poco razonable.

–¡Supongo que debo sentirme afortunado de que no me hayas enviado la noticia por mensaje!

Aunque pensándolo bien, al recordar lo que había sentido al escuchar a su asistente diciéndole que iba a ser padre, tal vez hubiera sido mejor un mensaje.

Beatrice corrió el pestillo de la puerta y se echó hacia atrás para dejarle pasar.

–Intenté contactar contigo –aseguró ella cruzándose de brazos.

–No lo intentaste demasiado.

Ella apretó los labios.

–Supongo que eso depende de tu definición de «demasiado». El número que tenía tuyo ya no existe. Aunque no sé para qué te cuento esto, porque seguramente fuiste tú quien le dijo a tu robótica asistente que no te pasara mis llamadas.

–Es una asistente muy eficaz –protestó Dante.

–Oh, no me cabe la menor duda de que solo repetía lo que le habían mandado. Supongo que fuiste tú quien le dijo que cualquier comunicación conmigo debía hacerse a partir de ahora a través de nuestros abogados.

–Eso fue idea tuya –le recordó él.

–Debería haber imaginado que la culpa era mía –sin previo aviso, se le agotaron las ganas de luchar y se quedó temblorosa, débil y con ganas de llorar.

–¿Te encuentras bien?

Beatrice logró reunir el suficiente coraje para lanzarle un gruñido.

–Estoy embarazada, no enferma.

–Entonces, ¿es verdad?

–Obviamente, no. Me lo inventé.

–Lo siento, ha sido una pregunta estúpida –murmuró poniéndole la mano en el codo–. Deberías sentarte.

–Debería irme a la cama. Estaba en la cama –consciente de que le temblaban las rodillas y de que agradecía el apoyo de su mano, Beatrice señaló con la cabeza la puerta que tenía él detrás–. El salón está ahí. Ten cuidado. Hay cajas que todavía no hemos desembalado.

Dante la ayudó a esquivar las cajas hasta que ella se sentó en uno de los sofás.

–¿Has ido ya al médico? –preguntó agachándose a su lado.

Escudriñó sus facciones y sintió una punzada de culpabilidad. Parecía que llevaba una semana llorando. Tal vez fuera así. Parecía tan frágil que temía que se rompiera si la abrazaba.

Beatrice asintió.

–Así que no hay error –bajo la oleada de culpabilidad surgió algo nuevo. Una sensación de protección–. ¿Y te has hecho una ecografía?

Ella sacudió la cabeza.

–Todavía no… ¿qué haces?

Dante se apartó el móvil de la oreja.

–Unas gestiones.

–Son las tres de la mañana. Ya sé que en tu mundo puedes pedir cualquier cosa en cualquier momento del día y la gente salta, pero en mi mundo pedimos cita de día y nos colocan en la lista de espera.

–¿Lista de espera?

–Si quieres hacer algo por mí, prepárame un té. Jengibre. Me calma las náuseas. La cocina está por allí –le señaló con la cabeza.

Beatrice cerró los ojos, estaba demasiado cansada para comprobar si Dante había reaccionado, y desde luego, demasiado cansada para discutir. No los abrió hasta que sintió su mano en el brazo.

–Bebe –le dijo él observándola.

Beatrice obedeció soplando en la superficie del líquido para enfriarlo un poco. Dante se sentó en el sofá de enfrente. Parecía sumido en sus propios pensamientos. Ella sentía como si estuviera sentada en el ojo de la tormenta, consciente de que en cualquier momento se desencadenaría de nuevo el infierno. Bebió un poco más y sintió que se le asentaba el estómago.

Dejó la taza en la mesita auxiliar y sintió un nudo de tensión cuando Dante se puso de pie.

–No he pensado en la hora que es –reconoció–. Estaba…

–En shock… lo sé.

–Me imagino que debes sentirte… sé que esto no es lo que querías, pero está pasando y tenemos que lidiar con ello.

–No tenemos que lidiar con nada –todavía se sentía como si la hubiera arrollado un camión, pero el té hacía que fuera un poco más coherente–. Ya me estoy ocupando yo –añadió, ansiosa por corregir cualquier impresión de lo contrario que pudiera haber dado–. Tengo hora para la primera ecografía en un par de semanas.

–Bien. La cancelaré y pediré cita para cuando volvamos –murmuró como para sí mismo.

–¿Volver? –preguntó Beatrice sintiendo un nudo en el estómago–. Yo no voy a ir a ninguna parte. Estoy aquí, y aquí me voy a quedar –se llevó las rodillas al pecho y las rodeó con los brazos–. Relájate, cuando tengamos el divorcio podemos revisar los detalles de cómo vamos a hacerlo.

–¿De qué diablos hablas? –masculló Dante–. No va a haber ningún divorcio ahora que estás esperando un hijo mío.

Ella lo miró a los ojos y vio la misma convicción de acero que mostraba su voz. Hizo amago de levantarse pero volvió a sentarse. Una oleada de pánico le atravesó el cuerpo.

Lo miró con ojos todavía más grandes. Las oscuras ojeras hacían que pareciera un animal atrapado, pensó Dante.

–Estás embarazada de nuestro hijo, el heredero al trono. Eso lo cambia todo.

–Tal vez él… o ella no deseen eso –afirmó Beatrice llevándose la mano al vientre en gesto inconsciente.

–¿No debería ser él o ella quien lo decida? ¿Vas a intentar robarle su herencia, su derecho de nacimiento?

–Ni a ti ni a Carl os hizo muy felices –le espetó Beatrice.

–Nosotros no tenemos por qué repetir los errores de mis padres.

Ella se llevó una mano temblorosa a la cabeza.

–Tiene que haber otra manera. No puedo volver a lo de antes –sacudió la cabeza–. No dejaré que me manipulen ni me controlen.

Dante la estaba mirando con una expresión extraña.

–¿Fue así como te sentiste?

Su asombro parecía auténtico.

–Así es como era.

–No será así cuando vuelvas. Habrá cambios.

Beatrice no tenía fuerzas para disimular su escepticismo extremo ni aunque hubiera querido hacerlo.

–¿Qué cambios?

–Al diablo con las encuestas de opinión. Voy a anteponer a mi familia. Esto no se trata de tener un heredero. Se trata de ser padre –hasta aquel momento no había apreciado las enormes diferencias entre ambas cosas–. Haremos que funcione.

–Por el bien del bebé.

Dante no dijo nada. La férrea determinación de sus ojos brillantes lo dijo todo cuando le tomó la barbilla entre los dedos.

–No puedes criar a este niño sola…

Beatrice tuvo que hacer un esfuerzo para no apoyar la mejilla en su palma.

–La gente lo hace todos los días, algunas personas por elección y otras porque no tienen alternativa.

–Pero tú si tienes alternativa –la atajó con suavidad–. Hemos tenido una separación de prueba. ¿Por qué no un matrimonio de prueba?

–¿Otra forma de decir que sería una farsa? Ya he estado ahí –murmuró ella con cansancio.

El estrés emocional y físico de los últimos días, y tal vez las hormonas del embarazo estaban haciéndose notar, y su lucha se veía reemplazada por un peligroso fatalismo.

Tal vez Dante notara que sus defensas caían, porque se inclinó hacia ella con el rostro a la misma altura que el suyo, la miró a los ojos y Beatrice se sintió culpable por haber dudado de su sinceridad. No había nada falso en las emociones que transmitía.

Cuando pensó en ello más tarde, se dio cuenta de que fue la emoción de su rostro, la preocupación y la responsabilidad lo que la llevaron a dejar de luchar contra lo inevitable.

Beatrice alzó la barbilla.

–Las cosas tendrán que cambiar… si vuelvo –se apresuró a añadir.

–Te prometo que nadie intentará controlarte.

–Quiero ser algo más que un accesorio decorativo. Quiero que se me trate como a una igual, no con condescendencia. Ah –dejó caer un poco la cabeza mientras lo miraba a través del velo de sus oscuras pestañas–. No quiero que se lo cuentes a nadie hasta que esté de tres meses y las cosas sean más… seguras.

–¿Y a mis padres?

Beatrice soltó una breve carcajada que dejó sus ojos azules sombríos.

–A tus padres menos.

No se veía capaz de soportar su falta de sinceridad. Ellos querían un bebé de sangre real, y durante un breve espacio de tiempo la tratarían muy bien, pero sabía que pronto estarían planeando a sus espaldas cómo separarla del niño.

¿Era una paranoica por pensar así? Bueno, mejor eso que una ingenua.

–No les caigo bien, nunca les he caído bien… y me da igual, porque ellos a mí tampoco.

Dante asintió tras un instante.

–Esta espera, el secretismo… ¿te dijo el médico si algo no iba bien, si hay algún problema potencial con el embarazo?

–No, es solo que todavía es pronto, y si llegara a pasar algo, como antes… –Beatrice sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y apartó la vista. Tragó saliva como si estuviera intentando contener sus miedos–. No quiero que nadie más lo sepa. Me da igual lo que les digas, solo…

Dante le acarició la mejilla antes de ponerse de pie y dar un paso atrás. Sintió una poderosa oleada de protección.

–No va a pasar nada.

–No puedes decir eso –murmuró ella mirándolo con ojos vidriosos–. Porque hay gente que le pasa una y otra vez y… no creo que pudiera soportarlo.

Se le quebró la voz cuando tragó saliva, y una enorme lágrima le resbaló por la mejilla. Sintió la mano de Dante en la nuca, y sin pensar en lo que hacía, Beatrice apoyó la cabeza en su pecho.

Dante le depositó un beso en la coronilla y una oleada de protección lo atravesó mientras le acariciaba el pelo.

Los sollozos fueron disminuyendo, pero ella se permitió unos minutos más allí, disfrutando de la solidez de su pecho y la fuerza de sus brazos. Finalmente exhaló un profundo suspiro y se apartó.

–Gracias –dijo en un susurro.

Dante sintió una punzada de algo a lo que no supo ponerle nombre cuando se levantó de la posición arrodillada en la que había terminado al lado del sofá.

–No hay de qué.

–Debo estar horrible.

–Espantosa –corrigió él, y Beatrice sonrió–. Y pronto te pondrás tan gorda que ni siquiera te verás los pies.

«¿Y aun así me querrás?».

Aquellas palabras se le quedaron en la cabeza, porque tampoco la quería ahora.

Capítulo 7

Emergieron de la neblina baja que había cubierto la zona alrededor del aeropuerto privado y se alzaron por encima del cielo azul. Pero el ánimo de Beatrice no mejoró; la tensión que hacía que le dolieran los hombros no desapareció cuando se desabrochó el cinturón y se reclinó en el asiento con la corona de Velázquez grabada en el cabecero de cuero.

Sabía que la familia solo la recibiría de buena gana por el bebé. No le importaba, pero tampoco podía negar el hecho de que Dante solo la quería allí por el bebé. Evitó la tentación de ver alguna otra intención en su determinación de reavivar su matrimonio.

Se escuchó la impersonal voz del piloto diciendo que tal vez se encontraran con turbulencias. «Y que lo digas», pensó Beatrice mirando a su alrededor. Alguien se había llevado la chaqueta forrada de piel con la que se tapó de camino al aeropuerto. No la iba a necesitar, ni tampoco todas las capas de ropa que llevaba debajo. San Macizo disfrutaba de un clima templado durante todo el año. A continuación se cambió las botas por los mocasines que tenía en la bolsa mientras Dante le traducía las palabras que el piloto había dicho en italiano. Beatrice sonrió y asintió con expresión ausente, aunque no necesitaba traducción. Había seguido con las clases de italiano que empezó sin demasiado entusiasmo durante su breve estancia en San Macizo, donde el italiano, introducido hacía siglos en el país por la familia real, era el idioma oficial. Aunque nunca había conocido a un nativo que no hablara inglés y francés con fluidez, como Dante, que también hablaba con fluidez árabe y español.

Liberada de sus capas, se ajustó los puños de la camisa blanca y vio cómo Dante se desabrochaba a su vez el cinturón y los botones de la chaqueta gris del traje, y esperó, preguntándose si valdría la pena sacar el libro de la bolsa. Dudaba mucho que fuera a ser capaz de concentrarse, tenía los nervios demasiado a flor de piel.

No era de extrañar. A lo que se había comprometido estaba a punto de reabrirle una herida a medio curar, y eso era doloroso. Hasta que se subió al jet privado no se había permitido pensar en lo que le esperaba. Ahora no podía dejar de pensar en ello.

Tras unos instantes, frunció ligeramente el ceño. Dante no había ido a buscar un lugar tranquilo y privado para trabajar; ni siquiera había abierto el ordenador portátil que estaba en el asiento de al lado.

A Beatrice le pareció un tanto inquietante aquel pequeño cambio de rutina. Rebuscó en la memoria y no pudo recordar ni una sola ocasión en la que Dante no se hubiera enfrascado en el trabajo a la menor oportunidad, al menos desde que había ocupado el puesto de su hermano. Al principio le hacía bromas por su capacidad para ignorar por completo las distracciones, hasta que se dio cuenta de que ella era una de esas distracciones, y ya no le hizo tanta gracia.

Dante seguía sin dar señales de apartarse, y hacerlo ella sería demasiado obvio, así que exhaló un suspiro resignado y sacó el libro. Aunque no podría perderse en el mundo de ficción, tendría un lugar al que mirar que no fuera directamente su marido. Su marido… todavía podía recordar decir aquella palabra en voz alta y sonreír. Le daba la sensación de que fue mucho tiempo atrás.

En aquellos días se sentía impaciente con su «yo» más joven por ser tan ingenua. Mientras ella flotaba, dudaba mucho de que, a pesar de lo que estaba escrito sobre papel, Dante sintiera que era su marido de verdad. Pero era el padre de su hijo.

Beatrice deseaba desesperadamente aquel hijo. Aquella certeza era lo que la hacía seguir adelante: la vida que creía en su interior era la luz al final del túnel.

No podía dar por hecho que Dante hubiera sentido lo mismo. Debía ver las cosas como eran y no como ella quería que fueran.

Se sentía atraída por el hombre incorrecto y se negaba a ver las cosas que no quería ver. Vaya, ¿dónde había visto aquello antes? La imagen del rostro de su madre surgió en su cabeza.

La idea de que la historia se repitiera a sí misma a través de las generaciones le resultaba deprimente, y su intención era romper el ciclo. Era una lástima que no se le hubiera ocurrido aquella idea antes, en lugar de pasarse su corto matrimonio en un mundo de fantasía que ella misma había creado.

Con solo pensar en ello podía saborear el disgusto en la boca. Por supuesto, la ironía estaba en que cuando por fin abrió los ojos a la realidad de su matrimonio, le resultó imposible no quedarse atrapado en el hecho de que era culpable de la misma debilidad que tanto le había costado perdonar en su madre.

Pero aunque no podía evitar compararse con ella, no podía incluir a Dante, que no se parecía en nada a su expadrastro, un hombre manipulador y cruel.

Dante no era el hombre que ella había querido. Había creado una ficción, pero eso no lo convertía en una mala persona. Era directo, fuerte, complejo, impaciente, arrogante y tenía tolerancia cero por la incompetencia, y su único pecado real había sido no estar enamorado de ella.

Pero eso no significaba que ella tuviera el derecho de robarle a su hijo el amor de su padre, ni tampoco su legado. Del mismo modo, estaba decidida a que ese legado no dañara emocionalmente al bebé.

–¿Estás bien?

Beatrice pegó un respingo al escuchar la voz de Dante atravesando sus pensamientos.

–¿Qué? Sí. ¿Por qué?

Dante alzó una ceja con gesto sarcástico y señaló el libro que tenía en el regazo.

–Está al revés.

Beatrice sintió el sonrojo subiéndole por el cuello y le dio la vuelta.

–Nunca me ha gustado mucho volar.

–No hay ningún problema, médicamente hablando, para que vueles en esta etapa. He estado leyendo un poco –añadió al ver su expresión de sorpresa.

–No has hablado con nadie de esto… ¿verdad?

–He hecho algunas consultas ginecológicas. Discretas. Tengo entendido que la monitorización temprana es importante.

Ella se lo pensó un instante y luego asintió.

–¿Y qué les has dicho a tus padres?

–Que hemos vuelto.

–¡Seguro que les ha encantado la idea! –afirmó Beatrice con ironía.

–No tienes que preocuparte por ellos. Si te sirve para relajarte, te diré que dejé de intentar complacerles hace ya tiempo, cuando me di cuenta de que nunca iba a conseguirlo.

Recordaba el momento exacto. Estaba mirando las llamas del fuego de la chimenea consumir la tarjeta navideña que había hecho para ellos. Una tarjeta que no se habían molestado siquiera en abrir.

Cuando terminó de quemarse y se convirtió en cenizas, Dante decidió que si le consideraban un salvaje, alguien en quien no se podía confiar, el que les daba quebraderos de cabeza, entonces se divertiría y haría exactamente lo que la gente esperaba de él.

–Ah, casi se me olvida. Mi abuelo te envía sus mejores deseos y dice que espera que puedas ofrecerle una partida decente.

Beatrice esbozó una media sonrisa.

–Al menos tengo un amigo en palacio.

Algo cruzó por las facciones de Dante, y ella hizo un esfuerzo por tratar de descifrarlo.

–Tienes un marido.

–No lo he olvidado –dijo Beatrice pensando que era una lástima que él no pudiera decir lo mismo respecto a ella. En cuando las puertas del palacio se cerraron tras ella, quedó completamente relegada.

–Yo también tengo muchas cosas que aprender.

Sorprendida por aquel inesperado reconocimiento, Beatrice se lo quedó mirando fijamente.

–Por desgracia, no hay cursos intensivos para convertirse en príncipe. Tuve varios consejos valiosos. Mis padres me aconsejaron que delegara, lo que, como ya habrás notado, es su estilo. El abuelo me dijo que no confiara en nadie y que no creyera ni una palabra de lo que me dijeran.

Tal y como esperaba, su comentario hizo reír a Beatrice. Aquel sonido hizo que él también sonriera. Y luego se le borró la sonrisa al recordar cuánto había echado de menos aquel sonido.

–¿Y ya has encontrado tu propio estilo?

–Me gusta pensar que he conseguido un camino personal entre el indolente desprecio por todo excepto mi propio confort y la paranoia, pero eso lo tendrán que juzgar los demás.

Sus miradas sonrientes se clavaron una en la otra, y Beatrice fue consciente del perceptible cambio en el ambiente.

Aspiró con fuerza el aire y apartó la mirada.

–¿Ocurre algo? Me lo puedes contar.

Beatrice volvió a alzar la mirada.

–Es que parece que…

Hizo una pausa y volvió a aspirar con fuerza el aire, preguntándose si llegaría el día en el que podría mirarlo y sentir simplemente un aprecio estético en lugar de aquella punzada de deseo. Se podría pensar que, transcurrido un tiempo, el aburrimiento haría su aparición, pero podría quedarse mirándolo eternamente.

–¿Parece que…?

–Bueno, es más bien que estás… –Beatrice agitó las manos en gesto descriptivo–. Estás aquí.

Dante frunció el ceño. Parecía completamente desconcertado.

–¿Dónde más iba a estar?

Una pequeña carcajada surgió de los labios de Beatrice. ¿No era consciente de que desde el momento en que saltó la noticia de que su hermano renunciaba al trono, Dante la había apartado de sí y se había distanciado más de lo que sería necesario por una comprensible preocupación por el papel que le había tocado?

–¿Ocupado con cosas más importantes? –le espetó. Y al instante se mordió el labio, porque el comentario estaba cargado de amargura.

Beatrice se apartó un mechón de pelo brillante que le caía por el escote de la impecable camisa blanca. Cuando captó la dirección de la mirada de Dante dirigió la suya hacia el suéter de lana que se había quitado y apretó los dientes. Sentía la necesidad de abrocharse otro botón o volver a ponerse el suéter. Pero en su lugar alisó las inexistentes arrugas de los pantalones de sastre color crema y se ajustó la hebilla del estrecho cinturón de cuero rojo, solo para darles a sus manos algo que hacer.

Apretó los labios al darse cuenta de que Dante parecía tener un problema parecido. Apretó los largos dedos como si quisiera contener el instinto de agarrar el portátil tras su comentario.

Beatrice exhaló un suspiro interno. Vaya, parecía que aquel iba a ser un viaje muy relajado… siempre y cuando fuera la clase de persona que encontrara relajante morderse las uñas y sentarse al borde del asiento mientras buscaba una vía de escape.

Adoptó una expresión neutra mientras levantaba la barbilla y cruzaba los tobillos. Los mocasines planos de piel que se había puesto demostraban que se podía tener un aspecto elegante y estar cómoda. Bueno, al menos de tobillo para abajo. Estar cómoda en cualquier otro lado resultaba difícil cuando era tan consciente del poder contenido que Dante exudaba. Siempre era un reto, pero ahora tenía los sentimientos tan a flor de piel que le resultaba difícil disimular su vulnerabilidad.

–Estoy bien, siéntete libre para… –hizo un gesto con la mano antes de esbozar un intrincado bostezo–. No he dormido mucho anoche.

Maya y ella habían estado hablando hasta muy tarde, y cuando su hermana se fue a dormir, ella se quedó tumbada en la cama completamente vestida mirando al techo. Tenía miedo de que llegara la mañana. Finalmente se quedó dormida media hora antes de que sonara la alarma del móvil, y se había sentido como una muerta en vida.

–Ni tampoco la noche anterior –continuó sin pensar–. Eso no era una pulla –dijo cuando se dio cuenta.

–Siento haber perturbado tu sueño.

–No sería la primera vez.

El temblor que sintió en el estómago podría estar conectado con la turbulencia que acababan de atravesar, pero Beatrice sabía que no.

–¿Estás bien?

–Sí. Siempre me han gustado las montañas rusas –tragó saliva para pasar la náusea que le entró y se perdió lo que dijo Dante–. ¿Qué has dicho? –le preguntó llevándose la mano a la garganta.

–He dicho que…

Hizo una pausa y dirigió la mirada hacia las oscuras sombras que rodeaban los preciosos ojos de Beatrice. Dante no sabía si había heredado aquella característica de sus padres o simplemente la había aprendido por observación, pero lo cierto era que siempre había poseído la habilidad de dar un paso atrás y observar los acontecimientos y a las personas desde una perspectiva objetiva.

Excepto con Beatrice.

–Pareces cansada.

–Gracias –murmuró ella interpretando el comentario como «estás horrible»–. Maya y yo estábamos intentando decidir qué hacer ahora que yo… bueno, que ya no estoy ahí.

–Poner en marcha un negocio es todo un reto.

Y Dante sospechaba que la mayoría del trabajo caía sobre los hombros de Beatrice. No tenía nada contra Maya, pero no le parecía una persona excesivamente dinámica, y por lo que él sabía, tenía la costumbre de no terminar las cosas. Por lo que Beatrice había dado a entender, Maya era una de esas personas que mostraban un entusiasmo salvaje al principio, y luego lo perdían cuando llegaba el trabajo duro.

No era la clase de personas que alguien elegiría como socio.

–¿Tu hermana tiene la intención de seguir sola?

Beatrice sintió una renovada oleada de culpabilidad. Estaba dejando tirada a Maya una vez más, y su hermana se había mostrado de lo más comprensiva con ella, pero ambas estaban de acuerdo en que no podía volver a dejar los planes en suspenso.

–Dice que está encantada de probar con un formato menos ambicioso.

–Y crees que miente.

–Por supuesto.

Dante se quedó pensativo.

–Iba a sugerir… tengo algunos contactos. ¿Crees que estaría abierta a la idea de que un grupo de expertos le ofreciera consejo? Conozco a alguien que podría estar interesado en invertir.

–¿Cuando dices «alguien» te refieres a ti?

–Alguien anónimo –murmuró él.

–Eso es muy generoso por tu parte.

–Me interesa que no te pases el embarazo preocupada.

–Bueno, hablaré con ella, pero puede llegar a ser un poco susceptible. Tiene muchos prejuicios porque la gente es incapaz de ver más allá de una cara bonita y joven.

–Yo no apostaría contra ninguna de vosotras cuando ponéis la mente en algo.

Beatrice reaccionó con una sonrisa radiante ante el inesperado cumplido.

–Nos gustan los desafíos –la sonrisa se le borró entonces.

–¿Qué ocurre?

–Quiero ser una buena madre –reconoció. Si hubiera estado delante de una cámara para confesar que tenía miedo, no le habría costado tanto.

–Pues lo serás.

–¿De verdad lo crees?

Antes de que Dante pudiera responder a su humillante necesidad de confirmación, apareció un auxiliar de vuelo.

Dante observó cómo el hombre se sonrojaba, tal y como era de esperar, y empezaba a tartamudear al hablar con Beatrice. Dante se dirigió a él con sequedad, y el auxiliar hizo un esfuerzo por mantener la compostura, aunque la vista se le iba hacia ella. Mientras el hombre esperaba, se giró hacia Beatrice.

–He pedido café y sándwiches. ¿Tú quieres algo?

Beatrice esbozó una sonrisa triunfal que él no entendió hasta que se giró hacia el auxiliar y le pidió té y galletas en un italiano bastante bueno.

Dante esperó a que el joven se marchara antes de hablar.

–¿Cuándo lo has aprendido?

Ella se encogió de hombros y trató de no parecer demasiado complacida.

–Tenía algo de base. Hasta un mal estudiante puede aprender bastante en diez meses, así que seguí donde lo había dejado. Hay muchos cursos por internet muy buenos. Y estoy recibiendo clases porque yo quiero, no porque…

Los largos dedos de Dante se curvaron en la taza de café cuando la levantó.

–Haces que parezca como si te hubiera obligado –dijo mirándola por encima del borde.

–¿Obligarme? Tal vez no –reconoció ella–. Pero nadie me consultó. Nadie me preguntó si quería dar clases. Ahora Maya se ha unido a mí, y practicamos conversación juntas, aunque ella es mucho mejor que yo. Se le dan muy bien los idiomas.

Dante gruñó algo entre dientes que provocó que se le despertaran las alarmas. Lo miró con ojos entornados.

–¿Tienes algún problema con mi hermana?

–No, ninguno… –empezó a decir, pero se detuvo–. De acuerdo, ¿eres consciente de lo mucho que la alabas? Es algo constante. Maya es preciosa. Maya es brillante. Maya dice, Maya opina… hasta donde yo sé, Maya tenía las mismas ventajas que tú, pero terminó el colegio sin grandes notas, se metió a hacer un grado y lo dejó, trabajó en una asociación benéfica… y sí, lo dejó también.

Dante sintió cómo crecía en él la antipatía. Siempre era el cumpleaños de Maya el que merecía una atención especial, todo lo que ella hacía era digno de celebración y, sin embargo, la que tenía la fuerza y el talento era Beatrice.

–Eso es porque… –empezó a decir ella. Pero se mordió el labio. Maya era una persona muy reservada y Beatrice lo respetaba, aunque se moría de ganas de decirle cuatro cosas a Dante–. No lo entenderías.

–Inténtalo.

El deseo de defender a su hermana fue más fuerte que su resistencia a contar detalles.

–Digo esas cosas porque… –se aclaró la garganta y apretó los puños–. Porque durante mucho tiempo, nadie más lo hizo.

Dante frunció el ceño en gesto confundido.

–Hablas de tu hermana como si fuera una especie de víctima.

–No es una víctima, es una superviviente –le espetó con fiereza. La autocompasión no era uno de los rasgos de su hermana–. Cuando mi padre murió, mi madre volvió a casarse.

–Lo sé. Pero se divorciaron hace muchos años, ¿no?

–Sí. ¡Gracias a Dios! –afirmó Beatrice con emoción contenida–. Era un hombre despreciable.

Trató de que sonara simplemente como un hecho, pero le salió con más vehemencia de la esperada.

Dante se quedó paralizado. Sintió un escalofrío en la espina dorsal.

–¿Te hizo daño?

–No. A mí no. Nunca fue violento, nunca levantó una mano –la gente siempre daba por hecho que el abuso tenía que ser físico, pero la tortura se manifestaba de muchas formas–. No le hacía falta. Y yo nunca fui realmente su objetivo. Resultó que ser demasiado alta y desgarbada, como era yo a aquella edad, tenía sus ventajas.

Dante deslizó la mirada por su rostro, asimilando los suaves contornos de las mejillas, la sensual curva de los labios carnosos y los expresivos ojos azul cobalto. Resultaba difícil relacionar aquel rostro con la analogía del patito feo. Imposible imaginarla de otro modo que no fuera increíblemente bella. Pero tal vez aquello explicara por qué no se jactaba de su belleza. Beatrice era la mujer menos vanidosa que había conocido en su vida, y la que mayor motivo tenía para serlo.

–Él siempre quería ser el centro de atención, sobre todo de mi madre, y no le gustaba la competencia. A mí no me consideraba lo bastante atractiva o inteligente, así que la tomó con Maya desde el principio. Ella era muy guapa, como una muñeca, y tenía además mucho talento. Y creo… creo que él percibió que el vínculo que tenía con mamá… era especial.

Beatrice hizo una pausa para recuperar la compostura antes de seguir hablando.

–Papá y mamá siempre le decían que era especial porque no querían que se sintiera mal cuando llegué yo. Querían que supiera que era tan hija para ellos como yo.

–Había olvidado que era adoptada.

La descripción de la dinámica familiar sacó a relucir su instinto de protección. Le quedaba claro que había resultado inevitable que los bienintencionados padres favorecieran a la hija adoptada.

–¿Y tú? ¿Cómo te sentías cuando le decían a Maya que era especial?

Beatrice se rio y sacudió la cabeza.

–No, no me estoy explicando bien –hizo una pausa antes de continuar–. Mis padres querían que supiéramos que las dos éramos especiales. Y respecto al vínculo entre mi madre y Maya… puedes tener más conexión con uno de tus progenitores. Yo era la niña de papá –admitió con la mirada triste–. Siempre estuve más cerca de él que de mi madre.

Dante observó cómo una sombra de tristeza le cruzaba el rostro antes de que negara con la cabeza como si quisiera liberarse de aquel recuerdo.

–Éramos una familia feliz, incluso después de que mi padre muriera. Y entonces… –Beatrice tragó saliva–. Todo cambió de la mañana a la noche, pero hicimos piña. Al principio fue maravilloso ver a mamá más contenta y arreglándose. Maya y yo la ayudábamos a maquillarse cuando tenía una cita, y Edward era un hombre encantador.

Hizo una breve pausa.

–Hasta que se cansaron… entonces él cambió. Fue espantoso el modo en que apartó a mi madre de todo y de todos, incluidas nosotras. En el momento no nos dimos cuenta, éramos unas niñas, y él se cuidaba mucho de aparecer cariñoso delante de mamá. Pero cuando ella no estaba, una de sus armas contra Maya era buscarle defectos.

Sonaba bastante inocuo al decirlo, pero el efecto acumulativo había resultado devastador.

–La iba socavando diariamente. Nada de lo que hacía era lo bastante bueno. La ridiculizaba, se reía de todo lo que hacía y le decía que era un caso perdido.

Y, al final, su hermana había terminado creyéndoselo. Beatrice alzó la mirada en respuesta a la palabrota que soltó Dante en italiano.

–Tenía una vena sádica. Quería verla llorar.

Dante soltó otra palabrota y sintió la rabia que un hombre fuerte podía sentir por un acosador. Lo llamaban «control emocional», él lo llamaba ser un cobarde patético. Perdida en sus recuerdos, Beatrice continuó.

–Y ella intentaba por todos los medios no llorar.

Beatrice se apartó con mano enfadada una lágrima que le había resbalado. Tenía una extraña sensación de alivio por poder compartir cosas que llevaba años reteniendo.

–Maya siempre tuvo talento artístico. Sus profesores se dieron cuenta desde muy pronto y la animaron. Pero Edward destruyó su confianza en sí misma. Agarraba sus dibujos y se burlaba…

La voz se le quebró al recordar aquellos momentos tan dolorosos.

–Hizo que se sintiera una inútil. Pasó de ser una niña brillante y jovial a convertirse en una persona introvertida. Pero lo peor de todo fue que, cuando se lo conté a mi madre, no me creyó. Durante mucho tiempo –suspiró y lo miró con una sonrisa triste–. Así que ya ves, digo muchas veces que Maya es brillante porque lo es.

–Sí, ya lo veo.

Para Dante, Maya no era la única mujer brillante de la familia Monk. Beatrice había sido la defensora de su hermana: no había ni rastro de envidia en ella, y si lo comparaba con el resentimiento que él había sentido de niño porque toda la atención estaba puesta en su hermano, el heredero, se sentía avergonzado.

Sintió una punzada de renovada vergüenza al recordar lo irritado que se había sentido por la cercanía entre Beatrice y Maya, y su actitud defensiva cuando percibía la mínima crítica hacia su hermana.

–Creo que la peor parte era sentirme tan indefensa, pero supongo que esa era la clave… para los indeseables como Edward, lo que importa es tener el poder.

Beatrice estaba mirando por la ventana, y parecía casi como si hubiera olvidado que él estaba allí.

–Ver lo que le hizo a Maya y luego a mamá, con el maldito tratamiento de fecundación… también la hizo sentirse una fracasada. No podía darle su propia familia, y aunque estuviera afectándole la salud, Edward seguía presionándola y culpándola por el fracaso.

–¿Tu madre se sometió a un tratamiento de fertilidad? –Dante maldijo entre dientes–. Por eso reaccionaste de forma tan extrema a lo de la consulta. Si lo hubiera sabido…

–No creo que reaccionara de forma extrema –lo interrumpió Beatrice girándose para mirarlo–. Y aparte de mi historia familiar, no creo que algo tan personal y tan íntimo deba delegarse. Es algo que se debería hablar.

–Pensé que tu reacción significaba que no querías tener hijos. Después del aborto, di por hecho…

Beatrice se llevó la mano al vientre en gesto inconsciente.

–Yo sabía que tú no querías tener hijos. Querías un heredero.

Dante sintió una punzada de vergüenza y se puso a pensar en los acontecimientos de la vida de Beatrice que la habían llevado a ser la mujer que era ahora.

La experiencia le resultó perturbadora, porque Beatrice no tenía rencor. Se había centrado en cómo el mal matrimonio de su madre había afectado a su hermana, pero el trauma de la infancia también le había impactado a ella.

Los hombres que hacían daño a seres que no estaban en posición de defenderse provocaban una furia intensa en Dante. Los conocía bien: se presentaban en todas las guisas, y él hacía todo lo que estaba en su mano para asegurarse de que no prosperaran.

Lo que él veía, pero Beatrice no, era que ella también había sido una víctima al ver sufrir a su hermana y a su madre y sentirse impotente.

–¿Por qué no me contaste nada de esto?

–No es realmente mi historia, es la de Maya, y… –hizo una pausa y lo miró directamente a los ojos–. Nunca llegamos a ese punto, ¿verdad? Estábamos casados, pero en realidad éramos todavía dos personas que se estaban conociendo.

Dante abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla cuando ella añadió en voz baja:

–Y, al final, nos saltamos la parte de conocernos el uno al otro y fuimos directamente al divorcio.

Pulsuz fraqment bitdi.

9,46 ₼