Kitabı oxu: «E-Pack Jazmín Luna de Miel 2»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Jazmín Luna de Miel, n.º 209 - agosto 2020

I.S.B.N.: 978-84-1348-778-6

Índice

Portada

Créditos

Luna de miel en Marbella

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Luna de miel griega

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Corazón dormido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

–ESTELLE, te lo prometo, no tendrás que hacer nada más que darle la mano a Gordon y bailar.

–¿Y? –presionó Estelle.

Dobló la esquina de la página del libro que estaba leyendo y lo cerró sin poder creer apenas que estuviera considerando la posibilidad de aceptar el plan de Ginny.

–A lo mejor, también un beso en la mejilla, o en los labios. Lo único que tendrás que hacer es fingir que estás locamente enamorada.

–¿De un hombre de sesenta años?

–Sí –Ginny suspiró, pero, antes de que Estelle pudiera protestar, continuó diciendo–: Todo el mundo pensará que eres una cazafortunas y que estás con Gordon por su dinero. Cosa que será… –Ginny dejó de hablar, interrumpida por un ataque de tos.

Ginny y Estelle eran compañeras de piso, dos jóvenes que estaban intentando sacar adelante sus estudios universitarios. Estelle, de veinticinco años, era unos años mayor que Ginny. Tiempo atrás, se había preguntado cómo era posible que Ginny pudiera tener coche y vestir tan bien. Al final lo había averiguado: Ginny trabajaba para una agencia de acompañantes y tenía un cliente fijo, Gordon Edwards, un político que ocultaba un secreto que, precisamente, era la razón por la que no esperaría nada de Estelle si ocupaba su lugar como pareja en la boda que iba a celebrarse aquella tarde.

–Tendré que compartir habitación con él.

Estelle no había compartido habitación con un hombre en su vida. No era una mujer tímida ni retraída, pero no tenía el interés de Ginny por la vida social. Ginny pensaba que los fines de semana estaban destinados a las fiestas, mientras que la idea que Estelle tenía de un fin de semana perfecto consistía en ir a visitar edificios antiguos y acurrucarse con un libro en el sofá.

–Gordon siempre duerme en el sofá cuando compartimos habitación.

–No.

Estelle se colocó bien las gafas y volvió al libro. Intentaba concentrarse en aquel libro sobre el mausoleo del primer emperador Qin, pero le resultaba muy difícil. Estaba preocupada por su hermano, que todavía no había llamado para decirle si había conseguido trabajo. Y no podía negar que el dinero que Ginny le ofrecía le serviría de ayuda.

Pero estaba en Londres y la boda se celebraba aquella misma tarde en un castillo de Escocia. Si de verdad pensaba ir, debería comenzar a prepararse porque tendrían que volar a Edimburgo y desde allí trasladarse en el helicóptero al castillo.

–Por favor –le suplicó Ginny–. En la agencia están aterrorizados porque no encuentran a ninguna sustituta en tan poco tiempo. Y Gordon va a venir a buscarme dentro de una hora…

–¿Y qué pensará la gente? –preguntó Estelle– Si están acostumbrados a verle contigo…

–Gordon se ocupará de eso. Contará que hemos roto. En cualquier caso, íbamos a tener que terminar pronto la relación ahora que estoy a punto de acabar la universidad. Sinceramente, Estelle, Gordon es un hombre adorable. Sufre constantemente la presión de fingir que es heterosexual y no irá solo a esa boda. ¡Y piensa en el dinero!

Estelle no podía dejar de pensar en el dinero. Si asistía a aquella boda, podría pagar un mes de la hipoteca de su hermano. Sabía que aquello no resolvería del todo su problema, pero les daría a Andrew y a su familia algo más de tiempo y, teniendo en cuenta todo lo que habían tenido que soportar durante el año anterior y lo que todavía estaba por llegar, les iría muy bien aquella prórroga.

Andrew había hecho mucho por ella. Cuando sus padres habían muerto, a los diecisiete años de Estelle, había dejado de lado su propia vida para asegurarse de que su hermana disfrutara de una vida lo más normal posible. Ya era hora de que ella hiciera algo por él.

–Muy bien –Estelle tomó aire. Había tomado una decisión–. Llama y di que iré.

–Ya les dije que habías aceptado –admitió Ginny–. Estelle, no me mires así. Sé lo mucho que necesitas el dinero y, sencillamente, no soportaba decirle a Gordon que no había conseguido a nadie.

Ginny miró atentamente a Estelle. Llevaba su larga melena negra recogida en una cola de caballo, su cutis pálido no tenía una sola mancha y no quedaban restos de maquillaje en sus ojos verdes porque rara vez se maquillaba. Estaba intentando disimularlo, pero, en realidad, estaba preocupada por el aspecto de Estelle y por su capacidad para llevar adelante aquella actuación.

–Tienes que arreglarte. Te ayudaré con el pelo y con todo lo demás.

–Con esa tos, ni se te ocurra acercarte a mí. Ya me las arreglaré sola –vio la expresión dubitativa de su amiga y añadió–: Todas podemos vestirnos como mujerzuelas, si es necesario –sonrió–. Aunque la verdad es que creo que no tengo nada que ponerme. ¿Crees que alguien se dará cuenta si me pongo algo tuyo?

–Compré un vestido nuevo para la boda.

Ginny se dirigió al armario que tenía en el dormitorio y Estelle la siguió. Cuando vio el ligerísimo vestido dorado que sostenía entre las manos, se quedó boquiabierta.

–¿Eso es lo que va debajo del vestido?

–Es despampanante.

–Cuando te lo pones tú, a lo mejor –respondió Estelle. Ginny era mucho más delgada y tenía poco pecho, mientras que ella, aunque delgada, era una mujer de curvas–. Yo voy a parecer una…

–Y esa es precisamente la cuestión. Sinceramente, Estelle, si te relajas, hasta podrás divertirte.

–Lo dudo –respondió Estelle.

Se sentó en el tocador de Ginny y comenzó a ponerse rulos calientes en el pelo y a maquillarse bajo el ojo vigilante de su compañera de piso. Gordon tenía que parecer un mujeriego y ella tenía que fingir que le adoraba, a pesar de ser infinitamente joven para él.

–Tienes que maquillarte más.

–¿Más? –Estelle tenía la sensación de llevar encima más de tres centímetros de maquillaje.

–Y ponerte máscara en las pestañas.

Observó a Estelle mientras esta se quitaba los rulos y su oscura melena caía en una cascada de rizos.

–Y también una buena cantidad de laca. ¡Ah, por cierto! Gordon me llama Virginia, te lo digo por si alguien me menciona.

Ginny parpadeó varias veces cuando Estelle se volvió. La sombra de ojos de color gris y las capas de máscara realzaban el verde esmeralda de sus ojos. El lápiz de labios acentuaba sus labios llenos. Al ver los rizos negros enmarcando el bello rostro de su amiga, por fin comenzó a creer que podría llevar a buen puerto su plan.

–¡Estás increíble! Ahora veremos cómo te queda el vestido.

–¿No me cambiaré allí?

–Gordon tiene un horario muy apretado. Supongo que, en cuanto aterricéis, iréis directamente a la boda.

El vestido era precioso, transparente y dorado, y se pegaba a todas sus curvas. Era excesivamente revelador, pero era maravilloso.

–Creo que Gordon podría dejarme por ti –le dijo Ginny con admiración.

–Esta será la primera y la última vez.

–Eso es lo que dije yo cuando comencé a trabajar en la agencia. Pero si las cosas van bien…

–¡Ni lo sueñes! –respondió Estelle justo en el momento en el que un coche tocaba el claxon en la acera.

–Todo saldrá bien –le aseguró Ginny al ver que Estelle se sobresaltaba–. Estoy segura de que lo harás perfectamente.

Estelle se aferró a aquellas palabras mientras abandonaba su piso de estudiante. Tambaleándose sobre los tacones, salió a la calle y caminó hacia el coche que la estaba esperando, asustada ante la perspectiva de conocer a aquel político.

–¡Tengo un gusto increíble!

Gordon la recibió con una sonrisa mientras el chófer le abría la puerta. El político era un hombre rechoncho, iba vestido con el traje de gala escocés e hizo sonreír a Estelle incluso antes de que se hubiera sentado en el coche.

–Y tienes unas piernas mucho más bonitas que las mías. Me siento ridículo con la falda escocesa.

Estelle se relajó inmediatamente. Mientras el coche se dirigía hacia el aeropuerto, Gordon le explicó rápidamente lo que debía saber sobre su relación.

–Nos conocimos hace dos semanas…

–¿Dónde? –preguntó Estelle.

–En Dario’s…

–¿Qué Darío? –le interrumpió Estelle antes de que hubiera terminado.

Gordon se echó a reír.

–Realmente, no estás al tanto de nada, ¿verdad? Es un bar del Soho… frecuentado por hombres ricos que buscan la compañía de mujeres más jóvenes.

–¡Dios mío…! –gimió Estelle.

–¿Trabajas?

–En la biblioteca, a tiempo parcial.

–Quizá sea mejor no mencionarlo. Limítate a decir que trabajas ocasionalmente como modelo. O, mejor aún, di que ahora mismo dedicas todo tu tiempo a hacerme feliz –Estelle se sonrojó y Gordon lo notó–. Lo sé, es terrible, ¿verdad?

–Me preocupa no ser capaz de representar bien mi papel.

–Lo harás perfectamente –la tranquilizó Gordon, y continuó repasando toda la información con ella.

Durante el vuelo a Edimburgo, repasaron la historia una y otra vez. Gordon le preguntó incluso por su hermano y su sobrina, y a Estelle le sorprendió que estuviera al tanto de las dificultades que atravesaban.

–Virginia y yo hemos llegado a ser buenos amigos a lo largo de este año –le explicó Gordon–. Estuvo muy preocupada por ti cuando tu hermano sufrió el accidente y al saber que tu sobrina había nacido con una enfermedad. ¿Cómo está ahora?

–Esperando una operación.

–Tú intenta recordar que les están ayudando –le recomendó Gordon mientras se dirigían al helicóptero.

Minutos después, mientras cruzaban el patio del castillo, Gordon le dio la mano y Estelle agradeció que lo hiciera. Era un hombre encantador y, si se hubieran conocido en otras circunstancias, habría estado deseando disfrutar de aquella velada.

–Estoy deseando ver el interior del castillo –admitió Estelle.

Ya le había contado a Gordon lo mucho que le interesaba la arquitectura antigua.

–No creo que tengamos tiempo de explorarlo –respondió Gordon–. Nos enseñarán nuestra habitación y después solo tendrás tiempo de refrescarte un poco antes de bajar a la boda. Y recuerda –añadió–, dentro de veinticuatro horas, todo habrá terminado y no tendrás que volver a ver a ninguno de los invitados en toda tu vida.

Capítulo 2

NI EL sonido de las gaviotas en la distancia ni el latido de la música sacaron a Raúl de su sueño; al contrario, fueron precisamente esos sonidos los que le tranquilizaron cuando se despertó sobresaltado. Permaneció tumbado con el corazón palpitante durante unos segundos, diciéndose que solo había sido una pesadilla, aunque sabía que, en realidad, había sido un recuerdo lo que le había despertado tan bruscamente.

El delicado movimiento del yate le invitaba a volver a dormir, pero recordó de pronto que se suponía que debía reunirse con su padre. Se obligó a abrir los ojos y fijó la mirada en la melena rubia que cubría su almohada.

–Buenos días –ronroneó su propietaria.

–Buenos días –contestó Raúl, pero, en vez de acercarse a ella, le dio la espalda.

–¿A qué hora tenemos que salir para la boda?

Raúl cerró los ojos ante aquella presunción. Él jamás le había pedido a Kelly que fuera con él a la boda, pero ese era el problema de salir con su asistente personal: Kelly conocía su agenda. La boda iba a celebrarse aquella tarde en las Tierras Altas de Escocia y era evidente que Kelly pensaba que estaba invitada.

–Hablaremos de eso más tarde –respondió Raúl, mirando el reloj–. Ahora tengo que reunirme con mi padre.

–Raúl… –Kelly se volvió hacia él con un movimiento que pretendía ser seductor.

–Hablaremos después –repitió Raúl, y se levantó de la cama–. Se supone que tengo que estar en el despacho dentro de diez minutos.

–Eso no te habría detenido antes.

Raúl subió por las escaleras a cubierta y se abrió camino a través de los restos de otra de las fiestas salvajes de Raúl Sánchez de la Fuente. Se puso las gafas de sol y caminó a lo largo de la marina de Puerto Banús, donde tenía atracado el yate. Aquel era el lugar al que pertenecía Raúl. Encajaba en aquel ambiente porque, a pesar de su vida de excesos, él nunca era el más salvaje. Oyó el sonido de una fiesta, el retumbar de la música y las risas, y aquello le recordó los motivos por los que adoraba aquel lugar. Rara vez había silencio. El puerto estaba lleno de lujosos yates y olía a dinero. Allí podían encontrarse todos los frutos de las grandes fortunas y Raúl, sin afeitar, desaliñado y terriblemente atractivo, se fundía perfectamente con aquel paisaje.

Enrique, su chófer, le estaba esperando en el puerto. Raúl se montó en el coche, le saludó y permaneció en silencio mientras recorrían la corta distancia que los separaba de la filial marbellí de De la Fuente Holdings. No tenía ninguna duda sobre el asunto del que quería hablarle su padre, pero su mente volvió a lo que Kelly acababa de decirle. «Eso no te habría detenido antes». ¿Antes de qué?, se preguntó Raúl. ¿Antes de haber perdido el interés? ¿Antes de que Kelly hubiera dado por sentado que la noche del sábado tenía que ser una noche compartida?

Raúl era una isla. Una isla con visitas frecuentes y fiestas famosas en el mundo entero, una isla de lujos infinitos que solo se permitía relaciones superficiales y había decidido no dejar que ninguna persona se acercara demasiado a él. No quería volver a sentirse responsable del corazón de nadie.

–No tardaré mucho –le dijo a Enrique cuando el coche se detuvo.

A Raúl no le apetecía aquel encuentro, pero su padre había insistido en que se vieran aquella mañana y quería terminar cuanto antes.

–Buenos días –saludó a Ángela, la asistente personal de su padre–. ¿Qué estás haciendo aquí un sábado por la mañana?

Normalmente, Ángela se marchaba todos los fines de semana con su familia, que vivía en el norte.

–Estoy intentando localizar a cierto individuo que dijo que estaría aquí a las ocho –Ángela frunció el ceño.

Ángela era la única mujer que podía hablarle abiertamente a Raúl. Cercana ya a los sesenta años, llevaba trabajando para la empresa desde que Raúl podía recordar.

–He estado llamándote. ¿Es que nunca tienes el teléfono encendido?

–Me he quedado sin batería.

–Bueno, antes de que hables con tu padre, tengo que recordarte tu agenda.

–Déjalo para más tarde.

–No, Raúl. Yo ya estoy yéndome a mi casa más tarde de lo habitual, así que esto hay que arreglarlo ahora. También tenemos que encontrarte otra asistente personal y, preferiblemente, una que no te guste demasiado –Ángela no se dejó impresionar por la forma en la que Raúl entornó la mirada–. Raúl, tienes que recordar que dentro de varias semanas voy a disfrutar de un largo permiso. Si tengo que preparar a alguien, necesito empezar cuanto antes.

–Entonces, elige tú a alguien –contestó Raúl–. Y tienes razón. A lo mejor es preferible que sea alguien que no me guste.

–¡Por fin! –exclamó Ángela con un suspiro.

Sí, Raúl había aceptado por fin que mezclar los negocios con el placer tenía consecuencias y que acostarse con su asistente personal a lo mejor no era una buena idea. ¿Qué demonios les pasaba a las mujeres?, se preguntó. ¿Por qué en cuanto conseguían meterse en su cama decidían que ya no podían continuar trabajando para él? Al cabo de varias semanas, exigían exclusividad, compromiso, algo a lo que Raúl, sencillamente, se negaba.

–Ya he arreglado todos tus vuelos para esta tarde –le dijo Ángela–. No me puedo creer que vayas a ponerte una falda escocesa.

–Estoy guapísimo con falda escocesa –Raúl sonrió–. Donald les ha pedido a todos los invitados que la lleven y ya sabes que yo soy escocés honorario.

Era cierto. Había estudiado en Escocia durante cuatro años, quizá los mejores años de su vida, y conservaba las amistades que había hecho entonces. Excepto una.

Endureció la expresión al pensar en su exnovia, que estaría aquella tarde en la boda. A lo mejor debería llevar a Kelly, o llegar solo y enrollarse con alguna de sus antiguas amantes, aunque solo fuera para irritar a Araminta.

–Bueno, acabemos con esto cuanto antes.

Comenzó a caminar hacia el despacho de su padre, pero Ángela le llamó.

–Deberías tomarte un café antes de ir a verle.

–No hace falta. En cuanto acabe con esto, me iré a desayunar al Café del Sol.

Le encantaba desayunar en el Café del Sol, un café situado frente al mar en el que, si uno no era suficientemente atractivo, rápidamente le echaban. A la gente como él, ni siquiera la molestaban con las cuentas. Querían ese tipo de clientes, querían la energía que llevaban a un lugar como aquel. Pero Ángela insistió.

–Ve a refrescarte y te llevaré un café y una camisa limpia.

Sí, Ángela era la única mujer a la que le permitía hablarle de aquella manera.

Raúl entró en su enorme despacho, en el que además de la zona de oficina, había un elegante dormitorio. Mientras se dirigía hacia el baño, miró la cama y sintió la tentación de tumbarse. Solo había dormido dos o tres horas la noche anterior. Pero se obligó a ir al baño y esbozó una mueca al mirarse en el espejo. Entonces, entendió que Ángela hubiera insistido en que se refrescara antes de reunirse con su padre.

Tenía los ojos inyectados en sangre y la mandíbula cubierta por una barba de dos días. El pelo, negro azabache, le caía sobre la frente y tenía restos de lápiz de labios en el cuello.

Sí, tenía el aspecto del playboy depravado que su padre le acusaba de ser.

Raúl se quitó la chaqueta y la camisa, se lavó la cara, comenzó a afeitarse y le dio las gracias a Ángela cuando le dijo que le había dejado un café en el escritorio.

–¡Gracias! –repitió, y salió del baño a medio afeitar.

Posiblemente, Ángela era la única mujer que no se ruborizaba al verle sin camisa. Al fin y al cabo, le había visto con pañales.

–Y gracias también por hacer que me arregle antes de ir a ver a mi padre.

–De nada –sonrió–. Te he dejado una camisa limpia en el respaldo de la silla del despacho.

–¿Sabes por qué quiere verme? ¿Voy a recibir otro sermón sobre mi obligación de sentar la cabeza?

–No estoy segura –Ángela se ruborizó–. Raúl, por favor, haz caso de lo que te diga tu padre. Este no es momento para discusiones. Tu padre está enfermo y…

–El hecho de que esté enfermo no implica que tenga razón.

–No, pero se preocupa por ti, Raúl, aunque no le resulte fácil demostrártelo. Por favor, hazle caso… Le preocupa que te enfrentes solo a determinadas cosas –se interrumpió al ver que Raúl fruncía el ceño.

–Creo que sabes perfectamente a qué viene todo esto.

–Raúl, solo te estoy pidiendo que le escuches. No soporto oíros discutir.

–Deja de preocuparte –le pidió Raúl con cariño. Apreciaba a Ángela, era lo más parecido a una madre que tenía–. No tengo intención de discutir con él. Sencillamente, creo que a los treinta años nadie tiene que decirme a qué hora tengo que acostarme y menos aún con quién.

Raúl regresó al baño para continuar afeitándose. No pensaba permitir que le ordenaran lo que tenía que hacer, pero, de pronto, se detuvo. ¿Sería tan grave dejar que su padre pensara que tenía intenciones serias con alguien? ¿Qué daño podía hacerle fingir que estaba a punto de sentar la cabeza? Al fin y al cabo, su padre se estaba muriendo.

Recién afeitado y con la cabeza algo más despejada, pasó por delante de Ángela dispuesto a hablar con su padre.

–Deséame suerte –le pidió, pero al ver la tensión que reflejaban las facciones de Ángela, la tranquilizó–. Mira… –sabía que Ángela jamás le ocultaba nada a su padre–, estoy saliendo con alguien, pero no quiero que mi padre me presione.

–¿Con quién? –preguntó Ángela con los ojos abiertos como platos.

–Es una antigua novia. Nos vemos de vez en cuando. Vive en Inglaterra y voy a verla en la boda.

–¡Araminta!

–Dejémoslo ahí.

Raúl sonrió. Era todo lo que necesitaba. Sabía que había sembrado la semilla.

Llamó a la puerta del despacho de su padre y entró.

Debería haber habido fuego, pensaría después. Olor a azufre. Definitivamente, debería haber percibido el olor a gasolina y el sonido de un trueno seguido por un largo silencio. Algo debería haberle advertido que estaba regresando al infierno.

Capítulo 3

ESTELLE se sentía como si todo el mundo supiera que era una farsante.

Cerró los ojos con fuerza y tomó aire. Estaban en uno de los jardines del castillo, disfrutando de unos aperitivos y unas copas antes de la ceremonia.

¿Por qué demonios habría aceptado hacer algo así? Sabía exactamente por qué, se dijo a sí misma, intentando reafirmarse en su decisión.

–¿Estás bien, cariño? –le preguntó Gordon–. La boda no tardará en empezar.

–Sí, estoy bien –contestó Estelle, y se aferró con fuerza a su brazo.

Gordon la presentó a una pareja que se acercó a ellos. Estelle advirtió que la mujer arqueaba ligeramente una ceja.

–Esta es Estelle –la presentó Gordon–. Estelle, estos son Verónica y James.

–Estelle –la saludó Verónica con una inclinación de cabeza, y se alejó con James.

–Lo estás haciendo maravillosamente –le aseguró Gordon.

Le apretó la mano y la apartó del resto de invitados para que pudieran hablar sin que les oyeran.

–Creo que deberías sonreír un poco más –le recomendó–. Y ya sé que para eso hace falta ser una gran actriz, pero ¿podrías fingir que estás locamente enamorada de mí?

–Por supuesto –contestó Estelle temblorosa.

–El gay y la virgen –le susurró Gordon al oído–. ¡Si ellos supieran!

Estelle abrió los ojos escandalizada y Gordon se disculpó rápidamente.

–Solo pretendía hacerte sonreír.

–¡No me puedo creer que te lo haya contado!

Estaba horrorizada al saber que Ginny había compartido una información tan personal con Gordon. Pero, por supuesto, era más que posible. A Ginny le parecía infinitamente divertido que Estelle no se hubiera acostado nunca con nadie. En realidad, no había sido algo que Estelle hubiera decidido de una forma consciente. Pero la muerte de sus padres la había traumatizado de tal manera que los libros habían sido su única vía de escape. Para cuando había superado el duelo, Estelle se sentía muy diferente a sus amigas. Los pubs y las fiestas le parecían una frivolidad. Eran las ruinas antiguas y los edificios los que la fascinaban y, cada vez que conocía a alguien, siempre surgía el terror a que su condición de virgen implicara que estaba buscando marido. Poco a poco, su virginidad había llegado a convertirse en un problema.

¡Y Gordon hablaba de ello como si fuera una broma!

–Virginia no me lo comentó con malicia –Gordon parecía desolado–, estuvimos hablando de ello una noche. No debería haber sacado el tema.

–No pasa nada –cedió Estelle–. Supongo que soy un poco rara.

–Todos tenemos nuestros secretos. Y, esta noche, los dos tenemos que ocultarlos –sonrió–. Estelle, sé lo difícil que ha sido para ti aceptar este compromiso, pero te prometo que no tienes por qué ponerte nerviosa. Yo pronto seré un hombre felizmente casado.

–Lo sé –Gordon le había contado que pensaba casarse con Frank, su novio de hacía muchos años–. Lo que pasa es que no soporto que todo el mundo piense que soy una cazafortunas. Aunque, en realidad, ese sea el objetivo de esta noche.

–Deja de preocuparte por lo que piensen los demás.

Era lo mismo que ella le decía a Andrew, que sufría por estar en una silla de ruedas.

–Tienes razón.

Gordon le hizo alzar la barbilla y ella le sonrió mirándole a los ojos.

–Así está mejor –Gordon le devolvió la sonrisa–. Lo superaremos juntos.

Así que Estelle le agarró del brazo e hizo todo lo que estuvo en su mano por parecer convenientemente enamorada e ignorar las ocasionales miradas de desprecio de otros invitados. Y estaba comenzando a relajarse cuando llegó él.

Hasta ese momento, Estelle había pensado que sería la novia la que hiciera una entrada triunfal, pero fue la llegada de un helicóptero y el hombre que descendió de él lo que atrajo las miradas de todo el mundo.

–¡Esto se pone interesante! –exclamó Gordon, mientras un hombre imponente se agachaba bajo las hélices del helicóptero y comenzaba a caminar hacia los invitados.

Era alto, llevaba el pelo negro peinado hacia atrás y tenía un gesto sombrío. Su fisonomía mediterránea podría haberle hecho parecer ridículo con una falda escocesa, pero parecía haber nacido para llevarla. Con las caderas estrechas y las piernas tan largas y musculosas, cualquier cosa le quedaría bien. Incluso ella quedaría bien a su lado, pensó Estelle.

Le observó aceptar un whisky que le ofrecía un camarero. Parecía distante. Incluso a las mujeres que revoloteaban a su alrededor las despachaba rápidamente.

Y, entonces, la miró a los ojos.

Estelle intentó desviar la mirada, pero no pudo. El recién llegado deslizó la mirada por el vestido dorado, pero no con la expresión de desaprobación de Verónica. Aunque tampoco lo estaba aprobando. Se limitaba a analizarlo.

Estelle se sintió arder cuando le vio desviar la mirada hacia su acompañante y deseó decirle que aquel hombre de sesenta años no era su amante. Pero, por supuesto, no podía.

–Solo tienes que tener ojos para mí –le recordó Gordon, consciente quizá de la energía que parecía vibrar entre ellos–. Aunque, francamente, nadie te culparía por mirar un poco. Es absolutamente divino.

–¿Quién?

Estelle intentó fingir que no se había fijado en aquel atractivo desconocido, pero no consiguió engañar a Gordon.

–Raúl Sánchez de la Fuente –respondió Gordon en voz baja–. Nuestros caminos se han cruzado varias veces. Ese canalla está guapo hasta con falda. Me ha ganado por completo el corazón… aunque no creo que lo quiera.

Estelle no pudo por menos que echarse a reír.

Raúl recorrió con la mirada a los invitados. Estaba comenzando a cuestionarse la decisión de ir solo. Aquella noche necesitaba diversión y, cuando había pensado en las antiguas amantes con las que se encontraría, había evocado los pechos erguidos y las cinturas estrechas del pasado, como si el tiempo se hubiera detenido en sus días de universitario. Pero las manillas del reloj habían continuado moviéndose.

Estaba Shona. La otrora larga melena pelirroja había dado paso a un severo corte de pelo. Shona permanecía junto a un tipo sin ninguna personalidad. Al ver a Raúl, se sonrojó y le miró furiosa, como si su tórrido pasado hubiera sido borrado y olvidado.

–Raúl…

Raúl frunció el ceño al ver a Araminta caminando hacia él con una sonrisa suplicante que activó todas sus alarmas. Lo que necesitaba aquella noche era una distracción, no desesperación.

–¿Cómo estás? –le preguntó a Araminta.

–No muy mal –contestó ella.

E inmediatamente procedió a hablarle de su horrible divorcio, de lo mucho que había pensado en él desde su ruptura y de cuánto se arrepentía de que hubieran roto.

–Ya te dije que te arrepentirías –respondió Raúl sin ningún sentimiento–. Ahora tendrás que perdonarme. Tengo que hacer una llamada de teléfono.

–¿Podremos hablar más tarde?

Raúl advirtió la esperanza en su voz y aquello le irritó. ¿Sería ya suficientemente bueno para su padre? ¿Suficientemente rico?

–No hay nada de lo que tengamos que hablar.

Ni siquiera la miró mientras ella se alejaba sollozando.

¿Qué demonios estaba haciendo allí?, se preguntó Raúl. Debería estar preparando una fiesta en el yate. Debería estar olvidándose de sí mismo en vez de reencontrándose con su pasado. Además, no podía decirse que hubiera un número infinito de mujeres elegibles en aquel castillo de las Tierras Altas de Escocia. Y, después de lo que Raúl había averiguado aquella mañana sobre su padre, no tenía ganas de estar solo.

Tensó la mano sobre el vaso de whisky. Apenas estaba comenzando a asimilar el impacto de lo que le había contado su padre.

Sus pensamientos eran tan sombríos que consideró seriamente la posibilidad de marcharse. Pero, justo en ese momento, una caída de pelo negro y una tez pálida le llamaron la atención. La joven parecía nerviosa, algo extraño en las acompañantes de Gordon, normalmente, mujeres atrevidas y desenvueltas.

Le sostuvo la mirada cuando le miró y, a partir de entonces, se convirtió en la única mujer a la que le hubiera permitido acercarse. El problema era que estaba aferrada al brazo de Gordon.

Aquella mujer le ofrecía algo más que una distracción. Le ofrecía olvido. Porque, por primera vez en el día, había conseguido olvidar la conversación que había mantenido con su padre.

En ese momento, una voz con marcado acento escocés anunció que estaba a punto de comenzar la boda y solicitó a los invitados que ocuparan sus asientos.

–¡Vamos! –Gordon tomó la mano de Estelle–. Me encantan las bodas.

–Y a mí –Estelle sonrió.

Caminaron juntos a través de aquella cálida noche. El suelo estaba iluminado por antorchas y habían preparado ya las sillas. Con el castillo de fondo, la escena era imponente y Estelle se olvidó del sentimiento de culpa y se dispuso a disfrutar. Había volado en avión por primera vez en su vida, había montado en helicóptero, estaba en un castillo de las Tierras Altas de Escocia y Gordon era absolutamente encantador, se dijo mientras se sentaban y continuaba hablando con Gordon.

–Donald dice que Victoria está muy nerviosa –le explicó él–. Es muy perfeccionista y, por lo visto, lleva meses pendiente de hasta el último detalle.

–Bueno, pues parece que todo está saliendo muy bien. Estoy deseando ver el vestido.

Y, justo cuando empezaba a relajarse y todos se levantaron para recibir a la novia, se volvió… y descubrió que Raúl estaba sentado detrás de ella.

No tenía ninguna importancia, se dijo a sí misma. Era una simple coincidencia. Al fin y al cabo, en algún lugar tenía que sentarse. El problema era que Estelle era agudamente consciente de su presencia.

Intentó concentrarse en la novia. Victoria estaba deslumbrante. Llevaba un sencillo vestido blanco y un ramillete de brezo. La sonrisa que Donald le dirigió a la futura esposa hizo sonreír también a Estelle, pero no durante mucho tiempo. Podía sentir la mirada de Raúl ardiendo en su espalda y, poco después, tuvo la sensación de que le abrasaba la nuca.

Hizo todo lo que pudo para concentrarse en la ceremonia, que fue increíblemente romántica. Tanto que, cuando el sacerdote recitó lo de «en la salud y en la enfermedad», los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar la boda de su hermano. ¿Quién podía haber imaginado el duro golpe que les tenía reservado el destino a Amanda y a él?

Gordon, siempre caballeroso, le tendió un pañuelo de papel.

–Gracias –Estelle sonrió emocionada y Gordon le apretó la mano.

«¡Por favor!», pensó Raúl, «¡ahórrame esas lágrimas de cocodrilo!». Había ocurrido lo mismo con la novia anterior de Gordon, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Virginia. La nueva, aunque no parecía del gusto habitual de Gordon, era increíble. Las mujeres de pelo negro no eran ninguna rareza en el país de Raúl, y él, normalmente, prefería a las rubias. Sin embargo, aquella noche, deseaba a una mujer con el pelo negro azabache.

«Date la vuelta», le ordenó en silencio, porque quería mirarla a los ojos. La vio tensar los hombros e inclinar ligeramente la cabeza, como si le hubiera oído, pero se estuviera resistiendo a su demanda.

Raúl quería preguntarle qué demonios estaba haciendo con aquel hombre que la triplicaba en edad. Pero, por supuesto, conocía la respuesta: le interesaba su dinero.

Raúl supo entonces lo que tenía que hacer. Encontró la respuesta al dilema al que se había visto obligado a enfrentarse a la hora del desayuno. Curvó los labios en una sonrisa al verla alzar la mirada bruscamente hacia el cielo. Vio arquearse su pálido cuello y deseó posar los labios en él.

Un gaitero lideró el regreso al castillo. Caminaba delante de Gordon y Estelle. A ella se le clavaban los tacones en la hierba, pero aquella incomodidad no era nada comparada con la sensación de estar hundiéndose en arenas movedizas que la asaltaba cada vez que miraba a Raúl a los ojos.

La falda de Raúl era de tonos grises y violeta, la chaqueta, morada, de terciopelo oscuro, y su zancada, firme y sensual. A Estelle le entraron ganas de acercarse a él, darle unos golpecitos en el hombro y pedirle que por favor la dejara en paz. Pero, en realidad, no le había hecho nada. Ni siquiera la había mirado. Se limitaba a hablar con otro de los invitados mientras se dirigían hacia el castillo.

Raúl la ignoró deliberadamente. Estuvo hablando con Donald, le pidió un pequeño favor y después coqueteó con un par de antiguas novias, pero en todo momento fue consciente de que aquella mujer le buscaba con la mirada. Raúl sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué. En el pasado, mezclar el trabajo con el placer le había causado problemas. Aquella noche, aquella mezcla se había convertido en una solución.

Capítulo 4

–PERDONE un momento, señor.

Un camarero detuvo a Estelle y a Gordon cuando se dirigían hacia su mesa.

–Ha habido un cambio de planes. Donald y Victoria no se habían dado cuenta de que estaban sentados tan atrás. Ahora mismo corregiremos el error. Por favor, acepten nuestras disculpas.

–¡Oh, nos han subido de categoría! –comentó Gordon mientras les conducían hacia una mesa.

Estelle se sonrojó al ver que la mujer llorosa que había estado hablando con Raúl estaba siendo discretamente alejada hacia una de las mesas de la parte de atrás. E incluso antes de que hubieran llegado, supo en qué mesa les iban a sentar a ellos.

Raúl no alzó la mirada cuando se acercaron. De hecho, no les miró siquiera hasta que no les mostraron sus asientos.

Estelle sonrió para saludar a Verónica y a James, pero ni siquiera intentó mirar a Raúl. Había dos asientos vacíos a su lado. Él era el responsable de aquella situación.

Alguien estaba sosteniendo la silla que había al lado de la de Raúl. Estelle quiso volverse hacia Gordon, preguntarle si podían cambiar de asiento, pero sabía que parecería ridícula.

–Gordon –Raúl le tendió la mano.

–Raúl.

Gordon sonrió mientras se sentaba. Estelle, sentada entre los dos, se inclinó ligeramente hacia atrás mientras ellos hablaban.

–No nos vemos desde… –Gordon se echó a reír–. Desde la última temporada de bodas. Mira, esta es Estelle.

–Estelle –Raúl arqueó una ceja mientras ella se acomodaba a su lado–. En español te llamarías Estela.

–Estamos en Inglaterra –consciente de lo crispado de su respuesta, intentó suavizarla con una sonrisa.

–Por supuesto –Raúl se encogió de hombros–, aunque debo hablar con mi piloto, que se empeñó en decirme que estábamos en Escocia.

Aunque intentó evitarlo, Estelle no pudo evitar una sonrisa.

–Estos son Shona y Henry… –Raúl les presentó mientras el camarero les servía el vino.

Estelle bebió un sorbo y pidió agua, porque, a pesar de estar en un castillo, hacía un calor sofocante.

Hubo una breve conversación y más presentaciones, y todo habría ido perfectamente si Raúl no hubiera estado allí. Pero Estelle era consciente, a pesar de su escasa experiencia, de que estaba atento a todas sus respuestas.

Como Gordon estaba ocupado hablando con James, ella intentó concentrarse en el menú. Entrecerró ligeramente los ojos para poder leerlo, porque Ginny le había sugerido que se dejara las gafas en casa. Raúl confundió aquel gesto con el de un ceño fruncido.

–Vichyssoise –le aclaró en voz baja y profunda–. Es una sopa. Está deliciosa.

–No necesito que nadie me explique el menú –se interrumpió. Sabía que estaba siendo grosera, pero los nervios la tenían a la defensiva–. Y has olvidado mencionar que se sirve fría.

–No –él sonrió–, estaba a punto de decírtelo.

No le resultó fácil terminar la sopa con Raúl sentado a su lado, pero lo consiguió, a pesar de que la conversación con Gordon fue constantemente interrumpida por llamadas de teléfono.

–No puedo desconectar ni una sola noche –se lamentó Gordon.

–¿Es algo importante? –preguntó Estelle.

–Podría serlo. Tendré que mantener el teléfono conectado.

Sirvieron el segundo plato, la carne más maravillosa que Estelle había probado en su vida. Aun así, le costó tragarla, sobre todo cuando Verónica le preguntó:

–¿Trabajas, Estelle?

–Trabajo ocasionalmente de modelo –sonrió, recordando las instrucciones que Gordon le había dado–. Aunque ocuparme de Gordon es un trabajo a tiempo completo.

Estelle vio que Raúl detenía el tenedor que estaba a punto de llevarse a la boca y oyó la risa fingida de Gordon. Estaba atrapada en una mentira y no tenía escapatoria. Aquello era una actuación, se dijo a sí misma. Después de aquella noche, no volvería a verlos. ¿Y qué más le daba que Raúl tuviera una mala imagen de ella?

–¿Podrías pasarme la pimienta? –le pidió Raúl con voz sedosa.

¿Era el acento español el que hacía parecer su voz tan sexy o se estaría volviendo loca?

Le pasó la pimienta, sintiendo durante un instante el calor de sus dedos. Raúl notó inmediatamente su error.

–Esa es la sal –le dijo, y Estelle tuvo que pasársela de nuevo.

Era extraño. Apenas había cruzado dos palabras con ella, no había hecho ninguna sugerencia. No le presionaba las rodillas bajo la mesa y no prolongó el contacto de sus manos cuando le pasó la pimienta. Pero, aun así, el ambiente que se respiraba entre ellos estaba cargado de tensión.

Raúl rechazó el postre y se puso queso y dulce de membrillo en las galletas de avena escocesas.

–Había olvidado lo ricas que están.

Estelle se volvió mientras él daba un mordisco a la galleta y se pasaba después la lengua por los labios para atrapar un pedacito de membrillo.

–Ahora sí que lo recuerdo.

No había ninguna insinuación. Era solo un intento de entablar conversación. Pero la mente de Estelle cuestionaba cada una de sus palabras.

Estelle le imitó, untó queso en la galleta y añadió membrillo.

–¿No te parece fantástico? –preguntó Raúl.

–Sí.

Y, aunque pareciera una locura, ella sabía que estaban hablando de sexo.

–Ahora vendrán los discursos –Gordon suspiró.

Fueron largos. Terriblemente largos. Sobre todo para alguien que no conocía a la pareja.

El primero en hablar fue el padre de Victoria, que se alargó en exceso. Después le tocó hacerlo a Donald, el novio, que fue más breve y más divertido. Cumplió con las formalidades de rigor y dio las gracias a todo el mundo en su nombre y en el de su esposa, sobre todo a los que habían llegado de lejos.

–En realidad, esperaba que Raúl no viniera –dijo mirando a Raúl–. Y tengo que agradecer que Victoria no le haya visto con la falda escocesa hasta después de que le haya puesto el anillo. ¡Quién iba a decirme que un español la luciría tan bien!

Todo el mundo se echó a reír, incluido Raúl, que no parecía ni remotamente avergonzado. Seguramente, estaba acostumbrado a ser el centro de atención y a que alabaran su atractivo.

Después, le llegó el turno al padrino.

–En España no se hacen discursos en las bodas –explicó Raúl, inclinándose para hablar con Gordon.

Estelle percibió entonces el olor de su colonia y notó la cercanía de su brazo. Tensó los dedos alrededor de la copa.

–Celebramos la boda, después el banquete y luego a la cama –dijo Raúl.

Era el primer comentario que podía considerarse insinuante e, incluso entonces, Estelle se dijo que estaba exagerando. Pero, aun así, le entraron ganas de alzar la mano y exigir que cesara aquel ataque a sus sentidos.

–¿De verdad? –preguntó Gordon–. Pues debería ir a vivir a España. Es más, estaba pensando…

El zumbido del teléfono le interrumpió y Raúl se echó de nuevo hacia atrás. Estelle estuvo observando a la pareja de recién casados bailando en la pista.

–Cariño, lo siento mucho –se disculpó Gordon mientras leía el mensaje que acababa de recibir–. Voy a tener que irme a algún lugar en el que pueda hacer unas llamadas y utilizar el ordenador.

–Suerte con el acceso a Internet –le deseó Raúl.

–Es posible que me lleve algún tiempo –advirtió Gordon.

–¿Ha surgido algún problema? –preguntó Estelle.

–Siempre hay problemas, aunque este es inesperado. Pero lo resolveré tan pronto como pueda. Siento dejarte sola.

–No estará sola. Yo estaré pendiente de ella –se ofreció Raúl.

Estelle habría preferido que no lo estuviera.

–Muchas gracias –dijo Gordon–. Con ese vestido se merece al menos un baile –se volvió hacia Estelle y le dio un beso en la mejilla.

En cuanto Gordon se fue, Estelle se volvió hacia James y Verónica y, desesperada, intentó entablar conversación. Pero ellos no tenían el menor interés en conocer a la última amante de Gordon y, al cabo de unos minutos, siguieron a otras parejas a la pista de baile, dejándola sola con Raúl.

–De espaldas, podrías parecer española.

Estelle se volvió al oír su voz.

–Pero por delante…

Deslizó la mirada por su cutis cremoso y Estelle sintió arder sus mejillas. Aunque Raúl no apartó la mirada de su rostro, ella se sintió como si la estuviera desnudando, tal era la fuerza de aquel hombre.

Capítulo 5

–¿ERES irlandesa? –preguntó Raúl.

Estelle vaciló un instante antes de asentir.

–Pero tu acento es inglés.

–Mis padres se mudaron a Inglaterra antes de que yo naciera –contestó con frialdad.

–¿En qué parte de Inglaterra viven?

–No viven –contestó Estelle.

Raúl dejó de insistir y cambió de tema.

–¿Y dónde conociste a Gordon?

–Nos conocimos en Dario’s –contestó Estelle, sintiendo todo su cuerpo en alerta–. Es un bar…

–Del Soho, sí, he oído hablar mucho de Dario’s. No es que haya estado. Creo que todavía soy demasiado joven para ir allí –sonrió ligeramente al advertir el sonrojo de Estelle–. Aunque a lo mejor debería probarlo.

Se acercó más a Estelle. Aquella joven de ojos verdes y pómulos redondeados le parecía asombrosamente atractiva. Había algo particularmente dulce en ella a pesar del vestido y del maquillaje, y su azoro resultaba tan raro como refrescante.

–Así que, al final, los dos estamos solos en la boda.

–Yo no estoy sola. Gordon no tardará en volver –no quería preguntar, pero se descubrió mirando la silla vacía que había al otro lado de Raúl–. ¿Cómo es que…? –se interrumpió. No era posible hacer esa pregunta de forma educada.

–Hemos roto esta mañana.

–Lo siento.

–No tienes por qué. En realidad, decir que hemos roto es una exageración. Solo llevábamos saliendo unas cuantas semanas.

–Aun así, las rupturas son duras –respondió Estelle, intentando ser educada.

–Nunca me lo han parecido –replicó Raúl–. Es la situación previa la que me resulta difícil.

–¿Cuando las cosas empiezan a ir mal?

–No, cuando empiezan a ir bien.

La miraba a los ojos, su voz era grave y profunda y lo que decía le resultaba interesante. A pesar de sí misma, Estelle quería saber algo más sobre aquel hombre tan fascinante.

–Lo duro viene cuando empiezan a preguntar qué vamos a hacer el próximo fin de semana. O cuando empiezan a decir «Raúl dice…» o «Raúl piensa». No me gusta que nadie diga lo que estoy pensando.

–Puedo imaginármelo.

–¿Sabes lo que estoy pensando ahora?

–No, no lo sé –estaba segura de que estaba pensando lo mismo que ella.

–¿Te gustaría bailar?

–No, gracias. Prefiero esperar a Gordon.

–Por supuesto –contestó Raúl–. ¿Has conocido ya a los novios?

–No –Estelle se sentía como si le estuvieran haciendo una entrevista–. ¿Eres amigo del novio?

–Fui con él a la universidad aquí en Escocia. Estudié aquí durante cuatro años y después me fui a Marbella. Pero esto sigue gustándome. Escocia es un país precioso.

–Sí, lo es. Bueno, por lo menos, lo poco que he visto.

–¿Esta es la primera vez que vienes?

Estelle asintió.

–¿Has estado en España alguna vez?

–El año pasado, pero solo unos días. Surgió una urgencia familiar y tuve que volver.

–¿Raúl?

Raúl apenas alzó la mirada cuando se acercó aquella mujer. Era la misma a la que habían apartado antes de la mesa.

–He pensado que podríamos bailar.

–Estoy ocupado.

–Raúl…

–Araminta –se volvió entonces para mirarla–, si quisiera bailar contigo, te lo habría pedido.

Estelle parpadeó, porque, a pesar de la suavidad del tono, sus palabras fueron brutales.

–Has sido un poco duro –le reprochó Estelle cuando Araminta se marchó.

–Es preferible ser duro a lanzar mensajes ambiguos.

–Quizá.

–Entonces… –Raúl eligió sus palabras con cuidado–, si cuidar a Gordon es un trabajo a tiempo completo, ¿a qué te dedicas cuando no estás trabajando?

En aquella ocasión, Estelle no frunció el ceño. No había ningún error en lo que estaba insinuando. Sus ojos verdes relampaguearon cuando se volvió hacia él.

–No me gusta esa insinuación.

A Raúl le sorprendió su respuesta desafiante, y también que se enfrentara abiertamente a él.

–Perdón, a veces mi inglés no es del todo bueno. Es posible que me haya expresado mal.

Estelle tomó aire mientras se preguntaba cómo debería comportarse. Al final, decidió que lo mejor era ser educada.

–¿En qué trabajas? –le preguntó–. ¿Tú también eres político?

–¡Por favor! –asomó a sus labios una reluctante sonrisa–. Soy uno de los directores de De la Fuente Holdings, y eso quiere decir que me dedico a comprar, mejorar edificios y a veces a venderlos. Mira este castillo, por ejemplo. Si yo fuera el propietario, no solo lo dedicaría a bodas exclusivas, sino que lo utilizaría también como hotel. Por supuesto, habría que restaurarlo.

Estelle no estaba en absoluto impresionada, pero intentó no demostrarlo. Raúl no podía saber que estaba estudiando Arquitectura Antigua y que los edificios eran su pasión. La idea de que aquel lugar fuera modernizado la dejaba fría. Desgraciadamente, Raúl no.

Ni una vez en sus veinticinco años de vida había reaccionado ante un hombre como lo estaba haciendo con Raúl. Si hubiera estado en cualquier otra parte, se habría levantado y se habría marchado. O a lo mejor se hubiera inclinado hacia él para besarle en la boca.

–Entonces, ¿es un negocio de tu padre? –le preguntó.

–No, era un negocio de la familia de mi madre. Mi padre lo compró cuando se casaron.

–Lo siento, has dicho que te apellidabas De la Fuente y creía que ese era tu apellido.

–En España tenemos dos apellidos, primero el del padre y luego el de la madre. Mi padre se llama Antonio Sánchez, y mi madre se llamaba Gabriela de la Fuente.

–¿Se llamaba?

–Murió en un accidente de coche.

Normalmente, no le costaba tanto decirlo y, siempre que lo hacía, luego cambiaba rápidamente de tema. Pero, después de lo que le habían dicho aquella mañana, descubrió de pronto que no podía hacerlo. Intentando recobrar el aplomo, alargó la mano hacia su copa de agua e hizo un esfuerzo para no pensar en ello.

–¿Ha sido algo reciente?

Estelle le vio batallar contra sí mismo. Sabía, y seguramente mejor que nadie, lo que sentía, porque ella había perdido a sus padres de la misma forma. Le vio vaciar el vaso de agua y parpadear antes de que reapareciera el Raúl afable de antes.

–Murió hace años –contestó, quitándole importancia–, cuando yo era niño –retomó el tema de conversación anterior, negándose a profundizar en su pasado–. Mi nombre verdadero es Raúl Sánchez de la Fuente, pero resulta demasiado largo para una presentación.

–Sí, me lo imagino.

–Pero no quiero perder el apellido de mi madre y, por supuesto, mi padre espera que mantenga el suyo.

–Es bonito que se transmita el apellido de la mujer.

–En realidad, solo lo hace durante una generación, el mayor peso sigue teniéndolo el del hombre.

–Entonces, si tuvieras un hijo…

–Eso nunca ocurrirá.

–¿Pero si lo tuvieras?

–Que Dios no lo permita –Raúl dejó escapar un pequeño suspiro–. Intentaré explicártelo. ¿Cómo te apellidas?

–Connolly.

–Muy bien, imagínate que tenemos una hija y la llamamos Jane.

Estelle se sonrojó al pensar, no en el hecho de tener una hija, sino en lo que tendrían que hacer para llegar a tenerla.

–Se llamaría Jane Sánchez Connolly.

–Ya entiendo.

–Y cuando Jane se case, con, por ejemplo, Harry Potter, esta se apellidaría Sánchez Potter. ¡El Connolly desaparecería! Es muy sencillo. Por lo menos lo del apellido. Lo difícil es lo de los cincuenta años de matrimonio. No puedo imaginarme atado a otra persona y, desde luego, no creo en el amor.

–¿Cómo puedes decir eso en una boda? –le desafió Estelle–. ¿No has visto cómo sonreía Donald a la novia?

–Claro que lo he visto. Era la misma sonrisa que tenía en su boda anterior.

–¿Estás hablando en serio? –preguntó Estelle, riéndose.

–Completamente.

Pero estaba sonriendo, y, cuando sonreía, a Estelle le entraban ganas de ponerse las gafas de sol. Porque su deslumbrante sonrisa la cegaba a todos sus defectos, y estaba convencida de que un hombre como él tenía muchos.

–Te equivocas, Raúl. Mi hermano se casó hace un año y su mujer y él están profundamente enamorados.

–Un año –él se encogió ligeramente de hombros–. Todavía están en la fase de luna de miel.

–Durante este año han superado más obstáculos que algunas parejas durante toda su vida –aunque no pretendía hacerlo, se descubrió a sí misma abriéndose a él–. Andrew, mi hermano, sufrió un accidente durante su luna de miel, en una moto de agua… Ahora va en silla de ruedas.

–Debe de costar mucho acostumbrarse a algo así –Raúl pensó en ello un momento–. ¿Eso fue lo que te obligó a volver a casa cuando estabas de vacaciones en España?

–Sí, y, desde entonces, su situación está siendo muy dura. Amanda estaba embarazada cuando se casaron…

No sabía por qué le estaba contando todo aquello. A lo mejor porque era más seguro que bailar. O porque le resultaba más fácil contar la verdad sobre su hermano que inventarse historias sobre el Dario’s.

–Su hija nació hace cuatro meses, y justo cuando pensábamos que todo iba a cambiar…

Raúl vio que los ojos se le llenaban de lágrimas, y que parpadeaba rápidamente para apartarlas.

–Tiene un problema en el corazón. Están esperando a que crezca un poco más para operarla.

Raúl la vio meter la mano en el bolso para sacar una fotografía. Vio a su hermano, Andrew, y a su esposa, y a un bebé diminuto con un ligero tono azulado. Comprendió entonces que no eran lágrimas de cocodrilo las que había visto durante la ceremonia.

–¿Cómo se llama?

–Cecilia.

Raúl la miró mientras ella contemplaba la fotografía, y comprendió el motivo por el que estaba allí con Gordon.

–¿Tu hermano trabaja?

–No –Estelle negó con la cabeza–. Era trabajador autónomo. Él…

Guardó la fotografía y tomó aire. No soportaba pensar en todos los problemas de su hermano.

Raúl decidió entonces aligerar el tono de la conversación.

–Se me están enfriando las piernas.

Estelle soltó una carcajada y, justo en ese momento, les hicieron una fotografía.

–Una fotografía de lo más natural –aplaudió el fotógrafo.

–Nosotros no… –comenzó a decir Estelle.

–Tenemos que movernos –Raúl se levantó–, y Gordon me ha dicho que cuide de ti.

Le tendió la mano. Para él, aquel baile era mucho más importante de lo que Estelle se podía imaginar. Con él pretendía asegurarse de que Estelle pensara solamente en él, de que su propuesta no le pareciera algo impensable. Pero antes quería que supiera que sabía la clase de negocios en los que andaba metida.

–¿Te gustaría bailar?

En realidad, Estelle no tenía elección. Se dirigió con él a la pista de baile, esperando que la orquesta tocara algo más frívolo que sensual, pero todas sus esperanzas desaparecieron en el momento en el que Raúl la rodeó con los brazos.

–¿Estás nerviosa?

–No.

–Teniendo en cuenta que conociste a Gordon en el Dario’s, me imaginaba que te gustaría bailar.

–Y me encanta –Estelle forzó una sonrisa–, pero es un poco pronto para mí.

–Y para mí. A estas horas suelo estar preparándome para salir.

Estelle no era capaz de interpretar a aquel hombre. Bailaba con ella con elegancia y delicadeza, pero sus ojos no sonreían.

–Relájate.

Estelle lo intentó, pero no la ayudó el hecho de que Raúl se lo hubiera susurrado al oído.

–¿Puedo preguntarte algo?

–Por supuesto –contestó Estelle, aunque preferiría que no lo hiciera.

–¿Qué estás haciendo con Gordon?

–¿Perdón? –no se podía creer que se atreviera a preguntarlo.

–La diferencia de edad es evidente.

–Eso no es asunto tuyo –se sentía como si estuviera siendo atacada a plena luz del día.

–¿Cuántos años tienes?

–Veinticinco.

–Gordon tenía diez años más de los que tengo yo ahora cuando tú naciste.

–Eso solo son números –intentó apartarse, pero él la retuvo con fuerza.

–Por supuesto, supongo que solo le quieres por su dinero.

–Eres increíblemente grosero.

–Soy increíblemente sincero –la corrigió Raúl–. No te estoy criticando, no tiene nada de malo.

–¡Vete al infierno! –le dijo en español, agradeciendo las expresiones que le había enseñado una amiga española cuando estaba en el colegio–. Lo siento, a veces mi español no es muy bueno. Lo que quería decirte es…

Raúl presionó un dedo contra sus labios antes de que Estelle pudiera decirle en su propio idioma y con mayor crudeza a dónde podía largarse. Y la intimidad de aquel gesto tuvo el poder de silenciarla.

–Un baile más –dijo Raúl–, y volverás con Gordon. Y siento haberte parecido grosero. Créeme, no era esa mi intención.

Estelle entrecerró los ojos mientras analizaba su rostro y notaba cómo le latían los labios tras aquel ligero contacto. La razón le decía que se alejara de él, pero ganó su propia excitación.

La música se hizo más lenta e, ignorando su resistencia, Raúl la estrechó contra él. Estelle tenía razón al pensar que la estaba juzgando, pero no lo estaba haciendo duramente. Raúl admiraba a las mujeres capaces de separar los sentimientos del sexo. De hecho, él necesitaba una mujer así. Y le pagaría muy bien.

Estelle debería haberse marchado en aquel momento, debería haber vuelto a su mesa. Pero su cuerpo ingenuo se negaba a moverse. Parecía estar despertando en los brazos de Raúl.

Raúl la sostuvo de manera que se vio obligada a posar la cabeza en su pecho. Estelle sentía el terciopelo de la chaqueta en la mejilla. Pero era más consciente de la mano que reposaba en su espalda.

Por un instante, Raúl olvidó los motivos de aquel baile. Disfrutó de la delicadeza con la que Estelle se inclinaba contra él y se concentró solo en ella. En la mano que posaba sobre su hombro, bajo su pelo. Le acarició el cuello y deseó besarlo. Quería levantar aquella cortina negra y saborear su piel.

Por su parte, Estelle sentía la tensión que había entre ellos y aunque su cabeza negaba lo que estaba pasando, giró ligeramente el cuerpo para acercarse a él. Sintió el roce de su pecho en los pezones. Y Raúl presionó ligeramente.

–Yo siempre había pensado que el sporran tenía una función puramente decorativa.

Estelle sintió el calor de la piel del sporran contra su estómago.

–Pero, ahora mismo, es lo único que me permite tener un aspecto decente.

–Estás muy lejos de ser decente –le espetó Estelle.

–Lo sé.

Continuaron bailando, no mucho, solo meciéndose de vez en cuando, pero Estelle ardía.

Raúl podía sentir el calor de su piel contra sus dedos, podía sentir su respiración tan agitada que deseaba inclinar la cabeza y respirar contra sus labios. Se imaginó su pelo oscuro sobre la almohada y los pezones rosados en su boca. La deseaba, aunque aquella no fuera una sensación que le resultara cómoda.

Aquello solo era una cuestión de negocios, se recordó a sí mismo. Quería que aquella noche pensara en él. Que cuando se acostara con Gordon, fuera su cuerpo el que deseara.

Deslizó la mano bajo su pelo y descendió hasta la piel desnuda que asomaba por uno de los costados del vestido.

Estelle ansiaba que moviera la mano, que cubriera con ella su seno. Y Raúl le confirmó una vez más que sabía lo que estaba pasando.

–Pronto te devolveré a Gordon –le dijo–, pero antes disfrutarás conmigo.

Eran los preliminares del sexo. Lo eran hasta tal punto que Estelle se sentía como si Raúl hubiera deslizado los dedos dentro de ella. Y era mucho lo que podía sentir. A pesar del sporran, notaba el contorno de su sexo bajo la falda. Aquel era el baile más peligroso de su vida. Quería salir corriendo. Pero su cuerpo ansiaba sentir los brazos de Raúl. Las mejillas, apoyadas contra el terciopelo violeta de la chaqueta, le ardían, y podía oír el latido firme del corazón de Raúl.

El olor de Raúl era exquisito y el tacto de su mejilla contra la suya la hizo desear volver la cabeza y buscar el alivio de sus labios. Estelle no conocía el alcance de un orgasmo y era demasiado inocente como para saber que Raúl estaba haciendo todo lo posible para provocárselo.

Raúl sintió que Estelle descendía ligeramente sobre su pecho y, por un breve instante, se relajaba contra él.

–Gracias por el baile –aturdida y sin aliento, Estelle comenzó a retroceder.

Pero Raúl la retuvo, le levantó la barbilla y lanzó su veredicto.

–¿Sabes? Me gustaría verte maldecir y gritar en español.

La soltó entonces y Estelle buscó rápidamente refugio en el tocador de señoras y se mojó las muñecas con agua fría. «Cuidado», se dijo a sí misma, «tienes que tener cuidado, Estelle». La atracción era más intensa que cualquier otra que hubiera conocido. Pero sabía que un hombre como Raúl sería capaz de destrozarla.

Se miró en el espejo y se retocó el lápiz de labios; no podía comprender lo que acababa de ocurrir. Y menos que lo hubiera permitido. Que hubiera participado voluntariamente en ello.

–¡Ah, estás aquí!

Gordon le sonrió cuando regresó a la mesa y Estelle no pudo sentirse más culpable: había fallado incluso como acompañante.

–Siento haberte dejado. Un ministro quería hablar urgentemente conmigo, pero no conseguíamos establecer el contacto y, cuando lo hemos conseguido –sonrió con cansancio–, la verdad es que no tengo la menor idea de lo que pretendía decirme. Venga, ¡vamos a bailar!

Bailar con Gordon fue muy diferente. Se rieron y hablaron mientras Estelle intentaba no pensar en el baile que había compartido con Raúl.

–Raúl no te quita los ojos de encima –comentó Gordon–. Creo que le has causado una gran impresión.

Estelle se tensó en sus brazos.

–Tranquila, Estelle. Me siento halagado. Competir con Raúl es todo un cumplido.

Le dio un beso en la mejilla y Estelle apoyó la cabeza en su hombro. Después, miró a Raúl, que continuaba clavando sus ojos en ella. Intentó desviar la mirada, pero no fue capaz. Vio a Raúl curvando los labios en una lenta sonrisa, hasta que Gordon cambió de rumbo y Raúl desapareció de su línea de visión. Un segundo después, recorrió el salón con la mirada, rezando para que aquella peligrosa parte de la velada hubiera terminado. Y sí, Raúl había desaparecido.

Capítulo 6

–¡LO SIENTO!

Gordon se disculpó profusamente por haberla asustado, después de que, al entrar en su habitación, se hubiera encontrado con lo que le había parecido un monstruo.

Gordon se quitó la mascarilla.

–Es para respirar. Tengo apnea del sueño.

Estelle se había cambiado en el cuarto de baño que había en el pasillo y, en aquel momento, llevaba un viejo pijama rosa. Era el único que tenía, pero estaba segura de que Gordon no esperaba un camisón de pronunciado escote.

Se ofreció a dormir ella en el sofá, puesto que era él el que pagaba, pero, fiel a su palabra, Gordon insistió en que ocupara ella la cama.

–Gracias por esta noche, Estelle.

–Lo he pasado muy bien –contestó Estelle–. Pero para ti debe de ser muy difícil tener que ocultar tu verdadera vida.

–No ha sido fácil, pero, dentro de seis meses, podré ser yo mismo de verdad.

–¿Y no puedes serlo ahora?

–Si de mí dependiera, probablemente ya se sabría todo –le explicó Gordon–. Pero Frank es un hombre muy reservado y para él sería terrible que se hablara públicamente de nuestra relación. Pero, dentro de seis meses, nos iremos a vivir a España.

–¿Queréis vivir allí?

–Y casarnos. En España, es legal el matrimonio homosexual.

Estelle estaba agotada. Se acostaron y estuvieron hablando un poco más.

–¿Sabes que Virginia está a punto de terminar la carrera? –le preguntó Gordon.

–Sí, lo sé.

–El mes que viene comenzará a trabajar. No pretendo ofenderte sugiriendo nada, pero si quieres seguir acompañándome durante estos meses…

No la presionó, a pesar de que ella no contestó, y Estelle lo agradeció.

–Piensa en ello –le pidió Gordon y le deseó buenas noches.

Estelle pronto comenzó a divagar, pero no pensando en la oferta de Gordon, sino en Raúl.

Desde el instante en el que cerró los ojos, Raúl apenas abandonó sus pensamientos. Todavía no comprendía lo que había pasado en la pista de baile; casi esperaba sentir las campanas, las sirenas y los silbidos del orgasmo y, sin embargo, había experimentado algo infinitamente delicioso y delicado. ¿Cuánto más le quedaba por saber? Ni siquiera se atrevía a pensar en ello. Agotada después de un largo día, estaba a punto de hundirse en el sueño cuando Gordon encendió la máquina para respirar.

Ginny no le había hablado de aquella parte de la velada.

Así que permaneció tumbada, con la cabeza debajo de la almohada. A las dos, continuaba escuchando el siseo y el zumbido de la máquina y, al final, se rindió. Se levantó y, descalza, se dirigió al cuarto de baño y bebió un poco de agua del grifo, deseando que la noche acabara cuanto antes. Pero al salir del baño, olvidó sus lamentaciones. Salió a una enorme balconada de piedra y contempló la vista del lago. Era increíble que hubiera tanta luz a aquella hora de la madrugada. Respiró la cálida brisa del verano y comenzó a pensar en la oferta de Gordon.

Justo en ese momento, se abrió la puerta del balcón. Se volvió y puso los ojos como platos al ver a Raúl vestido únicamente con la falda escocesa.

Estelle habría preferido que fuera completamente vestido. Y no porque tuviera nada que resultara decepcionante. Todo lo contrario. Pero la visión de aquella piel de color oliva y del ligero vello oscuro que cubría su pecho le dejaba un único lugar en el que fijar la mirada. Y mirarle a los ojos no era en absoluto seguro.

Advirtió entonces que Raúl no la había seguido hasta allí. Estaba hablando por teléfono.

Seguramente tenía mejor cobertura allí fuera. Estelle le dirigió una breve sonrisa e intentó alejarse de él, pero Raúl la agarró por la muñeca, obligándola a permanecer a su lado.

–No tienes por qué saber en qué habitación estoy –entornó los ojos mientras hablaba por teléfono–. Araminta, te sugiero que te acuestes –dejó escapar un irritado siseo–. ¡Sola!

Terminó la llamada y, solo entonces, le soltó la muñeca a Estelle. Esta permaneció donde estaba mientras él examinaba su rostro.

–¿Sabes? Sin todo ese maquillaje con el que te habías embadurnado, estás impresionante. Me sorprende que Gordon se haya permitido perderte de vista.

–Necesitaba tomar el aire –le explicó.

–Yo me estoy escondiendo.

–¿De Araminta?

–Alguien debe de haberle dado mi número de teléfono. Voy a tener que cambiarlo.

–Pronto renunciará.

Estelle sonrió, compadeciendo a la otra mujer. Si Araminta había tenido una aventura con él años atrás y sabía que iba a estar allí aquella noche, entendía que se hubiera hecho ilusiones.

El teléfono de Raúl volvió a sonar. En aquella ocasión, decidió no contestar.

–¿Y tú qué haces aquí a esta hora de la noche? –le preguntó a Estelle.

–Pensar.

–¿En qué?

–En cosas –no añadió que muchos de sus pensamientos estaban dedicados a él.

–Ha sido un día interesante –admitió Raúl.

Fijó la mirada en el silencioso lago y se sintió muy lejos del lugar en el que se había despertado aquella mañana. Ni siquiera sabía cómo se sentía. Miró a Estelle, que también contemplaba la noche y parecía sentirse cómoda con el silencio.

Era Raúl el que no lo soportaba. Era él el que se aseguraba de que sus noches y sus días estuvieran repletos de actividades para llegar agotado por la noche a la cama.

Allí, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se encontraba solo con sus pensamientos, y no le gustaba. Interrumpió el silencio. Quería oír la voz de Estelle.

–¿Cuándo te vas?

–Mañana a última hora de la mañana –contestó Estelle con la mirada fija en el lago–. ¿Y tú?

–Me iré temprano.

Se acercó al balcón para asomarse y Estelle vio la enorme cicatriz que iba desde el hombro a su cintura. Raúl se volvió y reconoció en el rostro de Estelle la impresión que le había causado. Normalmente, se negaba a explicar el origen de aquella cicatriz, no necesitaba la compasión de nadie. Pero, aquella noche, decidió contarlo.

–Me la hice en el accidente de coche.

–¿En el que murió tu madre?

Raúl asintió y fijó la mirada en la noche. Se alegraba de que Estelle estuviera allí. Eran las dos de la mañana de la segunda noche más larga de su vida, y en la primera había estado solo.

–¿Puedo preguntarte otra vez qué estás haciendo con Gordon?

–Es un buen hombre.

–Como mucha otra gente. Y eso no significa que tengamos que ir por ahí… –no terminó la frase, pero quedó claro lo que pretendía decir–. ¿Estás aquí esta noche por tu hermano?

Estelle no podía contestar, pero sabía que los dos conocían la verdad.

–¿Tienes hermanos? –le preguntó.

Se hizo un largo silencio. El padre de Raúl le había pedido que no revelara nada todavía, pero pronto se sabría. Estelle se acercó a él mientras esperaba la respuesta. A lo mejor iba directa a la prensa con aquella novedosa información, pero en aquel momento, a Raúl no le importaba. No podía pensar en el mañana. Necesitaba concentrarse en superar aquella noche.

–Si me lo hubieras preguntado ayer, la respuesta habría sido no. Esta mañana, mi padre me ha confesado que tengo un hermano, Luka. Luka Sánchez García.

Después de lo que le había contado durante la velada, Estelle supo que no eran hijos de la misma madre.

–¿Le conoces?

–No directamente.

–¿Cuántos años tiene?

Era la misma pregunta que él le había hecho a su padre, aunque Estelle desconocía la relevancia de la respuesta.

–Veinticinco –contestó Raúl–. Esta mañana he entrado en el despacho de mi padre esperando el sermón habitual, mi padre siempre insiste en que siente la cabeza –se rio con tristeza–. No sabía lo que me esperaba. Mi padre se está muriendo y quiere poner todos sus asuntos en orden. Así que hoy me ha dicho que tiene otro hijo.

–Supongo que la impresión ha sido muy fuerte.

–Todo el mundo esconde algún esqueleto en el armario. Pero, en este caso, no se trata del fruto de una aventura de hace muchos años que de pronto sale a la luz. Mi padre tiene otra vida. Se ve con la madre de su hijo en una ciudad del norte de España. Yo pensaba que viajaba regularmente por asuntos de trabajo. Tenemos un hotel en San Sebastián que siempre ha sido uno de sus principales intereses. Ahora sé por qué.

Estelle intentó imaginarse lo que sería descubrir algo así. Y Raúl continuaba intentando comprender por qué se había abierto con tanta facilidad a ella. Y entonces se recordó la razón. Si quería encontrar una solución a sus problemas, tenía que contarle la verdad a Estelle. Por lo menos, en parte. Jamás podría revelarlo todo.

–Su asistente personal, Ángela, siempre ha sido para mí…

Se encogió de hombros. Ángela había sido una constante en su vida, una mujer en la que confiaba. Raúl cerró los ojos y recordó las duras palabras que le había dirigido aquella mañana.

–Al parecer, el hijo del que tan a menudo hablaba Ángela en realidad es mi hermano –sonrió con ironía–. Pasé gran parte de mi infancia con mis tíos, pensando que mi padre tenía que trabajar en un hotel de San Sebastián, y ahora resulta que estaba allí con su amante y su hijo. Así que, en respuesta a tu pregunta, sí, tengo un hermano. Pero, a diferencia de lo que te ocurre a ti con el tuyo, no me importa nada.

–Podrías llegar a apreciarle si le conocieras.

–Eso no va a ocurrir.

Estelle sintió un escalofrío que atribuyó a la brisa nocturna.

–Voy a entrar –susurró.

–No, por favor –le suplicó Raúl.

Estelle tenía que volver. Tenía que regresar a la seguridad de Gordon. No quería alejarse de Raúl, pero sabía que tenía que hacerlo.

–Buenas noches, Raúl.

–Quédate.

Estelle negó con la cabeza y agradeció que en aquel momento sonara el teléfono de Raúl. Pero, cuando se volvió para abrir la puerta, oyó la voz de una mujer histérica en el pasillo.

–¡Contesta el teléfono, Raúl! ¿Dónde demonios estás?

Raúl tuvo buenos reflejos. Rápidamente, desconectó el teléfono y agarró a Estelle.

–Necesito que me hagas un favor.

Antes de que Estelle pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, la estrechó entre sus brazos y presionó la boca contra sus labios mientras deslizaba la mano por la parte superior del pijama. Estelle se resistió, hasta que se dio cuenta de lo que estaba pasando. Oyó a Araminta llamando a gritos a Raúl. Podía aparecer en el balcón en cualquier momento, pero lo pasó de largo sin volver siquiera la cabeza.

Raúl podría haberse detenido en ese momento, pensó Estelle. Pero tenía el pijama completamente abierto y sus senos presionaban el pecho desnudo de Raúl.

Deberían parar inmediatamente, se dijo mientras la lengua de Raúl buscaba la suya.

Raúl gimió débilmente en su boca. Fue la cosa más sexy que Estelle había oído o sentido en su vida. Raúl deslizó la mano por su trasero mientras la hacía sentir su lengua caliente y húmeda.

Estelle quería poner fin a aquel beso y, al mismo tiempo, deseaba que se prolongara… Era como si estuviera recorriendo un camino prohibido y estuviese deseando llegar hasta el final para ver la mujer en la que Raúl la había convertido.

–No vuelvas con él –le ordenó Raúl sin abandonar apenas su boca.

Tenía intención de hablar con ella en otro momento, de pedirle el número de teléfono, pero no podía soportar la idea de que volviera a la cama con Gordon. De modo que le revelaría sus planes inmediatamente.

–Ven conmigo.

Estelle se dio cuenta entonces de lo que le estaba pidiendo. Había dado por sentado que para ella era habitual entregar su cuerpo. Cuando Raúl intentó besarla otra vez, le dio una bofetada.

–Tú pagas más, ¿verdad?

–No pretendía que lo interpretaras así.

Raúl sintió el escozor de la bofetada en la mejilla y supo que se la merecía. Pero en lo último que estaba pensando él era en el dinero. Sencillamente, no quería que Estelle volviera con otro hombre.

–Lo que pretendía decir…

–Sé exactamente lo que pretendías decir.

–¡Sinvergüenza!

Ambos se volvieron y vieron a Araminta con el rostro empapado en lágrimas.

–¡Me has dicho que estabas cansado, que querías acostarte!

–¿Puedo sugerirte que vuelvas a la cama? –le espetó Raúl a Araminta, molesto por aquella intrusión.

Estelle pudo ser testigo una vez más de lo brutal que podía ser aquel hombre cuando se lo proponía.

–¿De qué manera puedo dejar más claro que no tengo ningún interés en ti?

Se volvió para ayudar a una mortificada Estelle a abrocharse los botones del pijama, pero Estelle le apartó la mano.

–¡No me toques!

Salió disparada del balcón y se dirigió a su habitación, donde intentó olvidar la sensación de las manos y la boca de Raúl. Donde intentó negar que era la primera vez que deseaba realmente a un hombre.

Capítulo 7

–ESTELLE…

Gordon se mostró encantador cuando le contó lo que había pasado. Que, pretendiendo evitar a otra mujer, Raúl la había besado. Fue una conversación terriblemente embarazosa, pero Gordon le estaba firmando ya el cheque para no tener que hacerlo delante del chófer, y Estelle, que no quería aceptarlo, tuvo que explicarle por qué.

–Frank y yo tenemos tres pases libres –le dijo Gordon.

Estelle parpadeó y Gordon sonrió mientras le tendía el cheque.

–Tenemos tres personas con las cuales, si ocurriera algo, no sería considerado una infidelidad. Es solo un juego, por supuesto, y casi todos son actores, pero no me importaría incluir a Raúl en mi lista. Nadie puede resistirse a él, y menos una mujer tan encantadora como tú.

–Me siento fatal.

–No tienes por qué. Competir con Raúl servirá para mejorar mi reputación, en el caso de que llegue a saberse.

–Lo siento.

–No tienes por qué –insistió Gordon, y le dio un beso en la mejilla–. Pero ten cuidado con él.

–No volveré a verle nunca más. No sabe nada de mí.

–Para un hombre como él, eso es un simple detalle.

A Estelle se le pusieron los pelos de punta al recordar que le había dicho su nombre.

–Tú ahora péinate y maquíllate para que bajemos a desayunar. Y, si alguien dice algo sobre lo que pasó anoche, limítate a reírte y a encogerte de hombros –le recomendó Gordon.

Fue un alivio poder disimular su sonrojo con el maquillaje. Estelle se puso una minifalda y unos tacones, se recogió el pelo en una cola de caballo y después se echó laca.

–Me siento como un payaso –le dijo a Gordon mientras miraba su reflejo en el espejo.

–Bueno, reconozco que a mí al menos me haces sonreír.

Raúl ya se había ido, de modo que lo único que tuvo que soportar Estelle durante el desayuno fueron algunas miradas asesinas de Araminta.

Por fin pudieron marcharse, pero Estelle no llegó a su casa hasta última hora de la tarde.

–Piensa en lo que te he dicho –le recordó Gordon a Estelle mientras salía del coche.

–Creo que ya he tenido suficientes emociones para todo un año –admitió Estelle mientras se despedía de él.

Entró por fin en territorio familiar y suspiró antes de anunciar a Ginny que ya estaba en casa.

–¿Cómo te encuentras? –le preguntó a su amiga cuando entró en el salón.

–¡Fatal! Voy a irme un par de días a mi casa. Mi padre vendrá a recogerme. Necesito a mi madre, sopa casera y mimos. ¿Y a ti cómo te ha ido?

–Bien –se limitó a responder Estelle.

No estaba de humor para contarle a Ginny todo lo que había pasado.

–Gordon ha sido encantador.

–Ya te dije que no tenías nada por lo que preocuparte.

–Pero estoy agotada. No me dijiste que Gordon tenía apnea. Me llevé el susto de mi vida cuando entré en la habitación y le vi pegado a una máquina.

–La verdad es que se me olvidó –contestó Ginny riéndose–. Tu hermano te ha llamado varias veces.

El teléfono volvió a sonar. Al ver que era su hermano, a Estelle le dio un vuelco el corazón.

–A lo mejor ha conseguido ese trabajo.

Pero no fue así.

–Lo supe el viernes –le explicó Andrew–, pero no tuve valor para decírtelo.

–Ya saldrá algo.

–No sirvo para nada. No sé qué hacer, Estelle. Les he pedido a los padres de Amanda que nos ayuden… –se le quebró la voz. Estelle sabía el daño que aquello tenía que haberle hecho a su orgullo–. Pero no pueden.

–Seguro que encuentras algo –pero hasta a ella misma le costaba parecer convincente–. Lo único que tienes que hacer es seguir buscando trabajo.

–Lo sé –Andrew soltó una bocanada de aire, intentando recuperar la compostura–. Pero ya está bien de hablar de mí. Ginny me ha dicho que estabas en Escocia. ¿Qué hacías allí?

–He ido a una boda.

–¿De quién?

–Mañana te lo contaré.

–¿Mañana?

–Quiero hablar contigo de algo.

Un coche paró fuera de la casa y Ginny se levantó.

–Andrew, tengo que colgar –le dijo Estelle–. Te llamaré mañana.

Estelle no sabía cómo decirle a Andrew que tenía dinero para él, pero, en cualquier caso, el pago de un mes de hipoteca sería solo una ayuda provisional. Se alegraba de que Ginny se fuera unos días porque necesitaba tiempo para pensar en su situación.

En la biblioteca le habían ofrecido más horas de trabajo. A lo mejor podía aplazar los estudios e irse a vivir con Andrew y con Amanda durante un año, pagarles el alquiler y quizá incluso aceptar la oferta de Gordon.

–Muchas gracias por lo de anoche, Estelle –le dijo Ginny antes de irse.

Ginny agarró el bolso, salió y se metió en el coche de su padre sin fijarse en el lujoso coche que había aparcado en la carretera.

Pero Raúl sí se fijó en ella y frunció el ceño al ver a Virginia, la acompañante de Gordon, meterse en el coche de otro hombre. Después de lo que le había revelado su padre, ya nada le sorprendía, pero sintió una extraña decepción al pensar que Virginia y Estelle estaban juntas con Gordon. No le gustó la imagen que aquello conjuraba, así que se decidió por una versión más digerible: que Estelle no había conocido a Gordon en el Dario’s y, en realidad, Virginia y ella trabajaban para la misma agencia de acompañantes.

Él necesitaba una mujer dura, se dijo Raúl a sí mismo, una mujer capaz de separar el sexo de los sentimientos, que comprendiera que le proponía una oportunidad de mejorar sus finanzas y que no le estaba haciendo una proposición romántica. Pero se estaba aferrando al volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Desde la noche anterior, sentía un vacío en el estómago cada vez que se imaginaba a Estelle con Gordon. Estelle estaría mucho mejor con él.

–¿Te has olvidado al…? –a Estelle se le quebró la voz al ver que no era Ginny quien llamaba a la puerta.

A Raúl le había gustado más la noche anterior en el balcón, pero el aspecto que tenía en aquel momento, maquillada y con minifalda, le facilitaba las cosas.

–¿Qué quieres? –le increpó Estelle en cuanto le vio.

–Quería disculparme por lo que te dije anoche. Creo que no me expresé correctamente.

–Y yo creo que dejaste las cosas perfectamente claras –tomó aire–. Disculpas aceptadas. Y ahora, si me perdonas…

Tenía la mano preparada para cerrar la puerta. Raúl solo contaba con unos segundos y sabía que tenía que aprovecharlos. No había tiempo para mensajes equívocos.

–Tenías razón, no quería que volvieras con Gordon, pero no solo… –la puerta comenzó a cerrarse, de modo que Raúl le dijo lo que pretendía–: Quiero pedirte que te cases conmigo.

Estelle soltó una carcajada. Después de la tensión de las últimas veinticuatro horas, de la llamada de su hermano y de la sorpresa de encontrarse a Raúl en la puerta de su casa, lo único que pudo hacer fue echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada.

–Lo digo en serio.

–Sí, claro. Y también hablabas en serio anoche, cuando me dijiste que no querías casarte nunca.

–No quiero casarme por amor, pero necesito una esposa. Quiero casarme con alguien que sepa lo que quiere y esté dispuesta a hacer todo lo posible para conseguirlo.

Ahí estaba de nuevo la insinuación, comprendió Estelle. Estaba a punto de cerrar la puerta, pero entonces vio el cheque que Raúl tenía en la mano y la cantidad que le ofrecía. No podía estar hablando en serio. Pero alzó la mirada y comprendió que posiblemente sí, que estaba dispuesto a pagar por sus servicios, igual que Gordon.

–Mira, pienses lo que pienses, Gordon y yo…

–¿No deberías decir Gordon, Virginia y yo? –la vio palidecer–. Acabo de verla salir. ¿Salís las dos con él?

–No tengo por qué darte ninguna explicación.

–Tienes razón.

–¿Cómo te has enterado de dónde vivo?

–Revisé tu bolso cuando estabas bailando con Gordon.

Estelle parpadeó. Era sincero, brutalmente sincero. Y, sí, no podía evitarlo, despertaba su curiosidad.

–¿Vas a invitarme a entrar o tenemos que seguir hablando aquí? Solo te pido diez minutos, si después quieres que me vaya, lo haré y no volveré a molestarte nunca más.

Hablaba en un tono de total profesionalidad. Era evidente que para él aquello solo era un negocio y asumía que también lo era para ella.

–Diez minutos –le dijo Estelle, y abrió la puerta.

Raúl miró a su alrededor. Aquella parecía la típica casa de estudiantes, pero no podía decirse que Estelle fuera la típica estudiante.

–¿Estás estudiando?

–Sí.

–¿Puedo preguntar qué?

Estelle vaciló un instante.

–Arquitectura Antigua –respondió por fin.

–¿De verdad? –no era la respuesta que él esperaba.

Estelle le ofreció asiento y Raúl se sentó. Ella se sentó en el otro extremo de la habitación. Y Raúl fue al grano.

–¿Te he dicho que mi padre está enfermo? –preguntó. Estelle asintió–. Lleva mucho tiempo pidiéndome que siente la cabeza y, ahora que se acerca su muerte, está cada vez más empeñado en que se cumplan sus deseos. Está convencido de que una esposa me ayudará a amansarme.

Estelle no dijo nada. Se limitó a mirar a aquel hombre al que dudaba que nadie pudiera amansar. Había saboreado su pasión y había oído hablar de su reputación. Desde luego, una alianza de matrimonio no habría impedido lo que había pasado la noche anterior.

–¿Recuerdas que te conté también que mi padre me acababa de revelar que tenía otro hijo?

Estelle volvió a asentir.

–También me dijo que, si no sentaba la cabeza, le dejaría su parte del negocio a mi… a Luka. Y yo me niego a permitir que eso suceda. Por eso he venido a hablar contigo esta noche.

–¿Y por qué no hablas con Araminta? Estoy segura de que estará encantada de casarse contigo.

–Lo pensé, pero hay varias razones en contra. La principal es que le costaría mucho asumir que esto solo es un negocio. Creo que aceptaría, pero con la esperanza de que surgiera el amor con el tiempo y de que quizá un niño me hiciera cambiar de opinión. Por eso he venido a hablar contigo. Al fin y al cabo, eres una mujer que entiende sobre determinados negocios.

–Creo que tienes una idea equivocada sobre mí.

–No he venido a juzgarte. Al contrario. Admiro a las mujeres capaces de separar el amor del sexo.

No comprendió la sonrisa irónica que esbozó Estelle. «¡Si él supiera!», pensó ella.

–Además, hay atracción entre nosotros. Supongo que para ti eso también es una ventaja.

Estelle resopló. Prácticamente, le estaba diciendo que era una prostituta, y estaba en una situación en la que no podía negarlo.

–A los dos nos gustan las fiestas y vivir a mil por hora, aunque también sabemos tomarnos las cosas en serio –continuó diciendo Raúl.

Estaba equivocado en lo de vivir a mil por hora, pero Estelle sabía que si lo admitía se iría inmediatamente. Y sí, se sentía atraída por él. De hecho, todavía aspiraba a disfrutar de un momento de paz para poder procesar el baile y el beso que habían compartido el día anterior.

–Estelle, he hablado con el médico de mi padre. Se morirá en cuestión de semanas. Solo tendrías que marcharte durante una temporada.

–¿Marcharme?

–Vivo en Marbella.

–Raúl, tengo una vida aquí. Mi sobrina está enferma. Estoy estudiando…

–Podrás retomar tus estudios convertida en una mujer rica. Y, por supuesto, vendrás regularmente a tu casa.

Raúl la miró recordando el consuelo que le había proporcionado la noche anterior, incluso antes de besarla. Podía no importarle, pero no le gustaba la vida que llevaba. De pronto, por motivos que tenían muy poco que ver con su padre, quería que Estelle aprovechara aquella oportunidad.

–No te juzgo, Estelle, pero podrías empezar de cero. Podrías llevar la vida que quieres sin tener que preocuparte por tener que pagar el alquiler.

Estelle se levantó y se acercó a la ventana. No quería que viera las lágrimas que arrasaban sus ojos. Por un momento, Raúl había hablado como si de verdad la apreciara.

–Desde luego, no tendrás que organizar mis fiestas ni cocinar para mí. Yo me paso el día trabajando. Podrás dedicarte a ir de compras. Y saldremos a cenar todas las noches. Podrás elegir las fiestas a las que quieres ir. Te aseguro que no te aburrirás.

Evidentemente, Raúl no sabía absolutamente nada sobre ella.

–Cuando muera mi padre, después de un tiempo prudencial, admitiremos que nuestro repentino matrimonio no pudo sobrevivir al dolor de su muerte y que tenemos que separarnos. Nadie sabrá nunca que te casaste por dinero. Eso también figurará en el contrato.

–¿Un contrato?

–Por supuesto. Un contrato que nos proteja a los dos. Le pediré a mi abogado que venga para que podamos reunirnos mañana al mediodía.

–No pienso aceptar. Mi hermano nunca me creería.

–Hablaré yo con él.

–¿Y crees que a ti te creerá? ¿Que se creerá que nos conocimos ayer y nos enamoramos locamente? Hará que me inhabiliten por loca antes de dejar que me marche con un desconocido…

–Nos conocimos el año pasado –Raúl interrumpió su diatriba–, cuando estuviste en España. Entonces nos enamoramos, pero, con el accidente de tu hermano, aquel no era el momento de hacer planes, así que decidimos dejarlo. Hace unas semanas, volvimos a encontrarnos y yo tuve claro que no pensaba dejarte marchar.

–No quiero mentirle a mi hermano.

–¿Siempre dices la verdad? –le preguntó Raúl–. ¿Eso quiere decir que sabe lo de Gordon?

–Muy bien –le interrumpió ella. Por supuesto, había cosas que su hermano no sabía–. ¿Y tu familia se lo creería?

–Antes de enterarme de que mi padre llevaba una doble vida, le hice creer que estaba teniendo una relación seria con una persona con la que había salido tiempo atrás. No era en ti en quien estaba pensando, pero eso ellos no lo saben.

El ceño de Estelle se suavizó al comprender que no era del todo imposible. Raúl comprendió que aquel era el momento de marcharse.

–Consúltalo con la almohada. Por supuesto, hay otras cosas que debo decirte, pero no estoy dispuesto a hablar de ello hasta que nos casemos.

–¿Qué clase de cosas?

–Nada que pueda afectarte. Solo son cosas que una esposa enamorada debería saber. Es algo que jamás revelaría a nadie en quien no confiara.

–¿O a quien no pagaras?

–Sí –Raúl colocó el cheque sobre la mesita del café y le tendió dos tarjetas–. Una es del hotel en el que nos alojaremos mi abogado y yo. Tengo reservada una habitación que utilizaré como despacho. En la otra tienes los detalles sobre cómo ponerte en contacto conmigo… por ahora.

–¿Por ahora?

–Mañana cambio de número de teléfono. ¡Ah! Y otra cosa –le acarició la mejilla con el dedo y contempló aquellos labios llenos que tanto había disfrutado besando–. Durante el tiempo que dure nuestro contrato, no habrá nadie más…

–No va a haber ningún contrato.

–Bueno, si cambias de opinión… –le tendió un sobre–, a lo mejor necesitas esto.

Estelle abrió el sobre y se quedó mirando fijamente la fotografía que les habían hecho la noche anterior. Raúl tenía el brazo apoyado en el respaldo de su silla y sonreía con los ojos fijos en ella mientras Estelle se reía. Seguramente sabía que estaba allí el fotógrafo, comprendió Estelle. Parecía haber tramado todo aquel plan la noche anterior. Comprendió entonces hasta dónde era capaz de llegar para salirse con la suya.

–¿También fuiste tú el responsable de la llamada de teléfono que obligó a salir a Gordon?

–Por supuesto.

–¿Ni siquiera vas a intentar negarlo?

–¿Prefieres que te mienta?

Estelle desvió la mirada hacia la repisa de la chimenea, hacia la fotografía en la que aparecían su hermano y Amanda sosteniendo a una diminuta y frágil Cecilia. Estaba cansada de luchar, pero le parecía increíble estar considerando la posibilidad de aceptar su oferta. Sin embargo, había considerado la oferta de Gordon, se dijo. Al día siguiente, iría a ver a su hermano, le diría que pensaba aplazar los estudios y se iría a vivir con ellos.

Ya había decidido dar un vuelco a su vida. Lo que Raúl le ofrecía también sería un vuelco, pero bastante más espectacular.

Se dirigió a la cocina con la excusa de preparar un café, pero, en realidad, necesitaba pensar.

Raúl iba a comprarla.

Estelle cerró los ojos con fuerza. Aquello iba en contra de todo lo que creía, pero no era solamente el dinero lo que la tentaba. Había algo más. Tener a un hombre como Raúl como primer amante. La idea de compartir su cama, su vida, durante un tiempo, era tan tentadora como el cheque que le había firmado. Estelle resopló, excitada ante la idea de acostarse con él. Pero sabía que, si Raúl se enteraba de que era virgen, se acabaría la posibilidad de firmar aquel acuerdo.

–No hagas para mí.

Raúl estaba en la puerta de la cocina, observándola mientras ella echaba café instantáneo en dos tazas.

–Dejaré que pienses en ello. Si no vienes a la cita, anularé el cheque. Como ya te he dicho, mañana cambio de número de teléfono. Si cambias de opinión después, será demasiado tarde.

Realmente, y Estelle lo sabía, aquella era una oportunidad con la que uno se encontraba una sola vez en la vida.

Capítulo 8

–TU FAMILIA podrá venir a la boda. Yo hablaré con tus padres y con tu hermano.

Estaban sentados en el despacho del abogado de Raúl, revisando numerosos detalles que tenían a Estelle al borde de la histeria, pero que eran tratados de una forma muy fría y precisa.

–Mis padres están muertos –le recordó Estelle en tono muy práctico. No buscaba la compasión de Raúl–. Y mi hermano y su esposa no podrán asistir. Cecilia está muy enferma.

–Pero debería venir algún invitado de tu parte.

–¿Porque si no tu familia no nos creerá? –había cierto tono burlón en su voz, aunque estaba intentando controlarse.

Al fin y al cabo, había sido ella la que había decidido estar allí. Pero el recuerdo de sus padres y de Cecilia le había provocado un nudo en la garganta, y también el comprender que tendría que estar sola durante aquella boda.

–No tiene nada que ver con eso. Es el día de tu boda y es posible que te cueste estar sola.

–¡Oh, por favor! –respondió Estelle, decidida a no mostrar su temor–. Estaré perfectamente.

–Muy bien –Raúl asintió–. Será una boda sencilla, pero tradicional. La prensa se volverá loca, llevan mucho tiempo esperando a que me case, pero no diremos nada hasta después de la boda.

Estuvieron hablando durante horas, fijando cada detalle. Estelle insistió en elegir su propia ropa, pero Raúl replicó con un agrio:

–Tengo que pensar en mi reputación.

Acordaron que Estelle podría visitar a su familia una semana al mes durante el tiempo que durara el contrato.

–Estoy seguro de que los dos necesitaremos espacio –fue la explicación de Raúl.

Y tuvieron también una conversación extremadamente incómoda, al menos para Estelle, sobre la regularidad de las relaciones sexuales, métodos anticonceptivos y revisiones médicas. Raúl no parecía ni mínimamente afectado.

–En el caso de que hubiera un embarazo… –comenzó a decir el abogado.

Raúl le interrumpió con un tono ligeramente amenazador.

–No habrá ningún embarazo. No creo que mi futura esposa sea tan tonta como para intentar atraparme de esa forma.

–No tengo ninguna intención de quedarme embarazada –Estelle se rio nerviosa, horrorizada ante la perspectiva de un embarazo.

Había visto el estrés al que habían estado sometidos Andrew y Amanda, y eso que ellos estaban profundamente enamorados.

–Podrías cambiar de opinión, decidir que te gusta mi estilo de vida y no querer renunciar a él –Raúl miró a su abogado–. Sí, habría que dejarlo claro por si se diera el caso.

–Absolutamente –dijo el abogado.

No podía estar más claro que aquel era un asunto estrictamente de negocios. Estelle permanecía sentada observando con frío distanciamiento, mientras Raúl aseguraba que mantendría al hijo que pudieran tener solo en el caso de que viviera en España.

–Bueno, creo que con esto ya está todo cubierto –dijo el abogado.

–No del todo –Estelle se aclaró la garganta–. Me gustaría que quedara claro que no nos acostaremos hasta después de la boda.

–No hace falta establecer algo tan absurdo –protestó Raúl.

–Yo he aceptado todas tus condiciones –le miró fríamente. Aquella era la única manera de sacar adelante aquel plan. Si Raúl se enteraba de que era virgen, la reunión podía terminar en ese mismo instante–, supongo que no te costará aceptar una mía. Me gustaría poder disfrutar de algún tiempo libre antes de empezar a… trabajar.

Vio que Raúl tensaba ligeramente la barbilla cuando le dejó claro que para ella aquello solo era un trabajo.

–Muy bien, pero es posible que cambies de opinión.

–No lo haré.

–Vendrás a Marbella un par de días antes de la boda. Yo estaré en el yate, de fiesta, como corresponde a un novio antes de la boda. Y tú tendrás tu propio apartamento –esperó a que ella asintiera y se volvió entonces hacia su abogado–. Haz un borrador.

Raúl y Estelle esperaron en un elegante salón mientras el abogado trabajaba, pero Estelle no podía relajarse.

–Estás muy tensa.

–No todos los días me ofrecen un millón de dólares. Ni me voy a vivir a Marbella.

–Te encantará. La vida nocturna es fantástica.

Estelle volvió a pensar en lo poco que la conocía.

–¿Cómo murieron tus padres? –preguntó Raúl. Estelle tensó los hombros–. Mi familia querrá saberlo.

–En un accidente de coche –contestó Estelle, volviéndose hacia él–, como tu madre.

Raúl abrió la boca para decir algo, pero cambió de opinión.

–Espero que todo el mundo nos crea –musitó Estelle.

–¿Y por qué no van a creernos? Mantendremos la mentira incluso cuando nos divorciemos. Comprendes que hay una cláusula de confidencialidad, ¿verdad? Nadie sabrá nunca que este es un matrimonio de conveniencia.

–Por lo menos por mi parte –la posibilidad de que alguien lo averiguara la aterraba–. Solo será un romance vertiginoso y un matrimonio que no ha funcionado.

–Muy bien –dijo Raúl–. Y, Estelle… aunque nos llevemos bien, aunque te guste…

–No te preocupes, Raúl, no voy a enamorarme de ti. Me mantendré fuera de tu vida, tal como dispone el contrato.

Capítulo 9

RAÚL tenía razón.

Estelle estaba en el balcón de su lujoso apartamento, mirando hacia el puerto la mañana del día de su boda, y se sentía completa y absolutamente abrumada.

Había llegado a Marbella dos días atrás y apenas había parado desde entonces. Al entrar en aquel enorme apartamento, había podido hacerse una idea de la riqueza de Raúl. Disponía de cualquier capricho imaginable, desde un jacuzzi hasta una sauna. También tenía un amplio guardarropa. La única pega era que los armarios de la cocina y la nevera estaban vacíos.

–Si no quieres salir, puedes llamar al Café del Sol –le había dicho Raúl–, te traerán lo que quieras.

Lo único que le resultaba familiar era la fotografía que les habían hecho en la boda de Donald, elegantemente enmarcada en una pared. Pero hasta la fotografía había sido manipulada para que el maquillaje pareciera más discreto y el escote menos revelador.

Aquel había sido un duro recordatorio de que la consideraba una prostituta.

Raúl sabía con qué tipo de mujer quería casarse, que no era la mujer a la que había conocido, así que Estelle había tenido que ir a un salón de belleza para hacerse un tratamiento en el pelo y recibir clases de maquillaje.

–No necesito que me enseñen a maquillarme –había protestado Estelle.

–Claro que sí –había respondido Raúl–, es preferible ser más sutil.

Estelle tenía que acordarse constantemente de comportarse como la mujer que él pensaba que era. Una mujer que se mostraba encantada con su nuevo guardarropa y a la que no le importaba que Raúl le recomendara echarse un protector solar con un factor cincuenta plus porque le gustaba su piel pálida.

Pero no era aquello lo que la preocupaba aquella mañana, mientras contemplaba los lujosos yates del puerto. Aquella noche estaría en el yate de Raúl. Y compartiría su cama. Estelle no estaba segura de qué le daba más miedo, si perder la virginidad o que Raúl averiguara que nunca se había acostado con nadie.

La noche anterior, antes de salir a disfrutar de su última noche de soltero, Raúl le había dado un beso lento y profundo. El mensaje que le había enviado con la lengua había sido de lo más explícito.

–¿Por qué quieres hacerme esperar? –le había preguntado.

Esa misma noche lo averiguaría.

–Tiene una llamada de teléfono –Rosa, el ama de llaves, le llevó el teléfono al balcón.

Era Amanda, su cuñada.

–¿Cómo estás? –le preguntó.

–Aterrorizada –era preferible ser sincera.

–Todas las novias lo están –contestó Amanda–, pero Raúl te cuidará.

Raúl había conseguido encandilar a Amanda, aunque no había podido ganarse del todo a Andrew.

–¿Cómo es el vestido? –le preguntó Amanda.

–Precioso. Más bonito incluso de lo que me imaginaba.

Era lo único que le habían permitido decidir a ella. Lo había hecho todo por teléfono y por Internet, y los arreglos finales se habían hecho cuando había llegado a Marbella.

–¿Cómo está Cecilia? –preguntó, desesperada por tener noticias de su sobrina.

–Todavía está durmiendo. Pero, cuando se despierte, voy a vestirla para la boda, le haré una foto y te la enviaré. Aunque no podamos estar allí contigo, sabes que estaremos pensando en ti.

–Sí, lo sé.

–Y, aunque no somos hermanas, para mí es como si lo fueras.

–Gracias –dijo Estelle con los ojos llenos de lágrimas–. Para mí, tú también eres como una hermana.

No eran palabras vacías. Habían pasado muchas horas juntas en la sala de espera del hospital durante aquel año.

–¿Están llamando a la puerta? –preguntó Amanda al oír el sonido de un timbre.

–Sí, pero no te preocupes, ya abrirán.

–¿Tienes mayordomo?

–¡No! –Estelle se echó a reír, tragándose las lágrimas–. Solo tengo al ama de llaves de Raúl. Aunque esto pronto va a empezar a llenarse de gente, tiene que venir la peluquera…

Se volvió al oír su nombre y se quedó boquiabierta al ver a su hermano cruzando la puerta.

–¡Andrew!

–¿Así que está allí? –preguntó Amanda entre risas y volvió a ponerse seria–. Siento mucho no poder estar allí contigo. Pero con Cecilia…

–Gracias –dijo Estelle, y rompió a llorar.

–Creo que se alegra de verme –bromeó Andrew, haciéndose cargo del teléfono.

Habló un momento con Amanda y colgó.

–¡No me puedo creer que estés aquí! –exclamó Estelle.

–Raúl me dijo que necesitarías tener a alguien cerca y, por supuesto, yo quería estar contigo. Me ha asegurado que, si le pasa algo a Cecilia, dispondré de todos los medios para regresar.

A Estelle le costaba creer que hubiera hecho algo así por ella. Hasta ese momento, no había sido consciente de lo asustada que estaría aquel día. Pero, al parecer, Raúl sí.

–¿Cuándo llegaste?

–Ayer por la noche. Estuvimos en el Café del Sol.

–¿Saliste con Raúl?

–Desde luego, sabe cómo disfrutar de una fiesta –Andrew sonrió–. Yo ya lo había olvidado.

Aunque Estelle estaba haciendo todo aquello por su hermano y por su esposa, no había considerado aquel entre los muchos beneficios que les reportaría su boda. El que su hermano, que estaba teniendo serios problemas para aceptar que nunca volvería a caminar, fuera capaz de volar en avión hasta España.

–Tengo algo para ti.

Estelle se mordió el labio inferior, esperando que no se hubiera gastado un dinero que no tenía en un regalo para una boda ficticia.

–¿Te acuerdas de esto? –dijo Andrew mientras Estelle abría una cajita. «Esto» eran unos diamantes diminutos que habían pertenecido a su madre–. Papá se los compró a mamá para el día de su boda.

Estelle nunca se había sentido más falsa.

–Ya está bien de llorar –dijo Andrew–. Hay que prepararse para la boda.

Raúl rara vez se ponía nervioso, pero, curiosamente, mientras permanecía ante el altar esperando a Estelle, lo estaba.

Su padre casi se había creído su historia, y el futuro de Raúl en la empresa estaba asegurado, pero, en vez de regodearse por el hecho de que sus planes estuvieran saliendo como había previsto, solo podía pensar en los motivos que le habían llevado a dar aquel paso.

Volvió ligeramente la cabeza y vio a Ángela en medio de la iglesia. Estaba sentada al lado de su padre. La familia de su madre todavía no estaba al tanto del papel que había jugado en la vida de su padre, ni tampoco en la muerte de su madre.

Raúl miró hacia delante, furioso por el hecho de que Ángela hubiera tenido el valor de presentarse allí. Después, al oír el murmullo que se levantaba entre la congregación, giró la cabeza. La rabia desapareció para ser sustituida por un único pensamiento: Estelle estaba preciosa.

El vestido era de encaje de color crema. Era ajustado y mostraba sus curvas, pero de una forma muy elegante. Llevaba un ramo de flores de azahar y los labios pintados de color coral claro.

–Estás guapísima –le dijo cuando llegó a su lado, y era absolutamente cierto.

Estelle estaba visiblemente temblorosa y Raúl intentó bromear para tranquilizarla.

–Pero, como costurera, eres un desastre.

Estelle bajó la mirada hacia la camisa de Raúl y compartieron una sonrisa. A pesar de lo poco que se conocían, consiguieron encontrar un recuerdo común ante el altar. Raúl estaba haciendo referencia a la conversación que habían mantenido cuando le había comentado a Estelle que la tradición mandaba que la novia le bordara la camisa al novio.

–¡No voy a casarme con un millonario para sentarme a coser! –le había contestado ella.

Raúl se había echado a reír y le había dicho que las novias ya no bordaban toda la pechera de la camisa, sino solo una pequeña parte en la que podría poner lo que quisiera.

Él casi esperaba encontrarse con que Estelle le bordara el símbolo del euro, pero, aquella mañana, cuando se había puesto la camisa, había visto una piña diminuta en la pechera. Raúl todavía no había averiguado lo que significaba, pero le gustó ver que Estelle se relajaba.

Se arrodillaron juntos y, a lo largo de la celebración, Raúl fue explicándole en voz baja la ceremonia.

–El lazo –le dijo Raúl cuando le colocaron un lazo sobre los hombros que extendieron hasta llegar a los de ella.

El sacerdote les explicó entonces que el lazo que los unía simbolizaba la responsabilidad que ambos compartían en aquel matrimonio y que permanecería allí durante toda la ceremonia.

Pero no durante toda la vida, pensó Estelle.

Se sentía como un fraude. Y lo era, pensó mientras sentía cómo iba creciendo el pánico. Pero Raúl le tomó la mano y la miró a los ojos como si hubiera notado que se había puesto repentinamente nerviosa.

–Ahora te está pidiendo que le entregues las arras –le explicó.

Estelle entregó entonces la pequeña bolsita que Raúl le había dado cuando había llegado a su lado. Contenía trece monedas que simbolizaban el compromiso de mantenerla. Aquella era la única parte sincera de la ceremonia, pensó mientras el sacerdote bendecía las monedas.

–Tranquilízate –le susurró Raúl–. Estamos juntos en esto.

Pero se hubiera sentido mucho más segura si hubiera estado sola.

Cuando terminó la ceremonia, salieron de la iglesia y fueron recibidos por los vítores de los invitados y una lluvia de arroz y pétalos de rosa. Raúl posó la mano en su cintura y la tensó con fuerza cuando Estelle estuvo a punto de salir corriendo al oír una explosión.

–Son fuegos artificiales –le dijo–. Lo siento, había olvidado avisarte.

Y también los habría más tarde, pensó Estelle, cuando se acostaran y le dijera la verdad.

La celebración de la boda fue maravillosa, una fiesta interminable en la que se bailó hasta el amanecer y recibieron todo tipo de felicitaciones. Estelle conoció allí a Paola y a Carlos, los tíos de Raúl, que le hablaron de la madre de este.

–Se habría sentido muy orgullosa de su hijo si hubiera estado hoy aquí –le dijo Paola–, ¿verdad, Antonio?

Estelle se fijó en lo amables que se mostraron con el padre de Raúl y con Ángela, que estaba sentada con ellos.

–Mi hijo tiene un gusto excelente –la alabó Antonio, y le dio un beso en la mejilla.

Estelle le había conocido el día anterior y, aunque había sido Raúl el que se había encargado de contestar a la mayor parte de sus preguntas, ambos habían visto en sus ojos la sombra de la duda sobre su relación. Una duda que poco a poco iba desvaneciéndose.

–Me alegro de ver tan feliz a mi hijo.

Y, realmente, Raúl parecía feliz.

Raúl le sonrió mientras compartían su primer baile como marido y mujer con todos los invitados como testigos.

–¿Te acuerdas de nuestro primer baile? –le preguntó.

–Bueno, no vamos a repetirlo esta noche.

–No, todavía no –Raúl bajó la mirada e interpretó su sonrojo como fruto de la excitación.

Jamás podría imaginarse su miedo.

–Me muero de ganas de estar dentro de ti.

Raúl le acarició el brazo desnudo y ella se estremeció al pensar en lo que la esperaba. Se preguntaba si aquellos ojos dulcificados por el deseo terminarían oscurecidos por la furia.

–Raúl…

Aquel no era el mejor momento para decírselo, pero prefería hacerlo estando rodeados de gente.

–Estoy muy nerviosa por lo que va a pasar esta noche –confesó.

–¿Y por qué estás nerviosa? Pienso cuidar de ti.

Y era cierto, decidió Raúl. La monogamia nunca le había emocionado, pero quería cuidar a Estelle. Impulsado por una repentina necesidad de protegerla, tensó los brazos a su alrededor. Sintió de nuevo su nerviosismo e intentó hacerla sonreír.

–¿Puedo preguntarte por qué has bordado una piña en la camisa? –le susurró al oído.

–¡Es un cardo! –asomó a sus labios una sonrisa–. La flor nacional de Escocia.

Raúl se descubrió a sí mismo sonriendo.

–¡Llevo todo el día intentando imaginarme lo que podía significar esa piña!

Estelle se echó a reír y Raúl se descubrió a sí mismo sonriendo también. Bajó la cabeza y la besó suavemente.

Era algo esperable, por supuesto. ¿Qué novio no besaba a la novia? Desde que Raúl le había hecho aquella propuesta, Estelle había dudado muchas veces sobre la moralidad y la viabilidad de aquel proyecto. Pero, cuando Raúl la besó, cuando sintió el calor de sus labios y la caricia de su mano en la espalda, fueron las dudas sobre su propia capacidad para llevarlo a cabo las que la asaltaron. De pronto, se descubrió preocupada por su corazón.

Fue el momento. Fue el hecho de tener allí a su hermano. Todo pareció conjurarse para que se sintiera como si todo aquello fuera real, como si de verdad se quisieran.

Minutos después, se disculpó para ir al cuarto de baño. Necesitaba recomponerse. Desgraciadamente, para una novia no era fácil esconderse el día de su boda.

–¿Estelle? –Estelle se volvió al oír una voz–. Soy Ángela, la asistente del padre de Raúl.

–Raúl me ha hablado de ti –respondió Estelle con cuidado.

–Estoy segura de que lo que te ha dicho no es muy halagador –tenía los ojos llenos de lágrimas–. Estelle, no sé qué creer…

–¿A qué te refieres?

–A este matrimonio tan repentino –Ángela estaba siendo tan sincera con ella como lo era con Raúl–. Pero sé que Raúl parece más feliz de lo que lo ha sido nunca. Si quieres a tu marido…

–«¿Si?».

–Perdóname. En nombre del amor que le tienes a tu marido, quiero pedirte algo. No lo hago por mí, ni siquiera por Antonio. Piense lo que piense Raúl, le quiero y me gustaría que viniera a vernos y que pudiéramos ser una verdadera familia, aunque sea durante muy poco tiempo.

–Eso podrías haberlo intentado hace mucho tiempo –contestó Estelle con la lealtad que Raúl esperaría de su esposa.

–Quiero que haga las paces con su padre mientras esté todavía a tiempo. No quiero que se sienta culpable cuando muera su padre. Sé lo mal que se siente por lo que le ocurrió a su madre.

Estelle parpadeó sin saber qué responder. ¿Por qué tenía que sentirse Raúl culpable? Cuando su madre había muerto, él solo era un niño.

–Yo siempre he querido mucho a Raúl. Para mí ha sido como un hijo.

–Entonces, ¿por qué has tardado tanto en decirle la verdad? –quizá fuera por la emoción del día, pero las lágrimas que afloraron a los ojos de Estelle fueron completamente reales–. Si tanto le querías…

Se interrumpió bruscamente. Aquel no era el momento de preguntarlo y, desde luego, Raúl no le iba a agradecer que indagara en su vida. Estaba allí para garantizar que heredara el negocio de su padre, y haría bien en recordarlo.

–Y le quiero. Desde la distancia, siempre le he querido como a un hijo.

–¿Desde la distancia? –repitió Estelle con amargura.

Giró sobre los talones y regresó directamente a los brazos de Raúl.

–Ángela quería que habláramos de ti y no sé si lo he manejado bien –le explicó.

–Ya hablaremos de eso más tarde –había visto a Ángela seguirla al cuarto de baño–. Ahora tenemos que repartir los recuerdos de la boda a los invitados.

Como marcaba la tradición, los novios tenían que despedir personalmente a todos los invitados y ser los últimos en marcharse. Antonio, cansado, fue el primero en irse, y Estelle sintió que Raúl tensaba la mano alrededor de la suya al ver a su padre yéndose con Ángela.

–Ha sido genial –dijo Andrew mientras se disponía a dirigirse al hotel en el que se alojaba–. En cuanto Cecilia esté bien y me ponga a trabajar, vendremos a verte.

–Por supuesto –dijo Estelle.

Se inclinó para darle un abrazo y permaneció a su lado mientras Raúl le estrechaba la mano.

–Cuida de mi hermana –le pidió Andrew.

–De eso no tienes ni que preocuparte.

–Que disfrutéis de una maravillosa luna de miel.

Aparte de los empleados, ya solo quedaban Raúl y Estelle. La música continuó sonando mientras disfrutaban del último baile de la noche.

–Me ha ayudado mucho tener a Andrew a mi lado –reconoció Estelle–. Y no solo me has ayudado a mí.

Estelle comenzó a hablarle de la falta de confianza de Andrew, pero Raúl la interrumpió dándole un beso en el hombro.

–Ya está bien de hablar de los demás.

Estelle tragó saliva. Podía sentir los dedos de Raúl explorando su escote, mientras con la otra mano recorría los botones que llegaban hasta la base de su espalda. Comprendió entonces que fingía estar desnudándola mientras bailaban.

–Raúl…

Raúl comenzó a besarle la base del cuello. Estelle podía sentir la delicadeza de su succión y el calor de su lengua a medida que iba creciendo su excitación.

–Raúl, nunca me he acostado con nadie.

Raúl gimió contra su hombro y la estrechó con fuerza contra él, de manera que pudiera sentir plenamente su excitación.

–Lo digo en serio –insistió Estelle con voz temblorosa–. Serás mi primer amante.

–Vamos –le susurró él al oído–, vamos a jugar a las vírgenes.

Capítulo 10

LES llevaron en coche hasta el puerto. La mañana estaba a punto de llegar, pero a pesar de lo avanzado de la hora, las fiestas continuaban. Alberto, el capitán del barco, les dio la bienvenida y le presentó rápidamente al resto de la tripulación, pero Estelle apenas retuvo sus nombres. Mientras la tripulación brindaba por ellos, solo era capaz de pensar en lo que la esperaba.

–Mañana te lo enseñaré todo como es debido –le prometió Raúl tras despedir a sus empleados–. Pero ahora…

No había escapatoria. La atrajo hacia él y deslizó la lengua por su cuello. Ya había simulado desnudarla durante el baile, pero en aquel momento, estaba desatándole con mano experta el lazo que fijaba el escote del vestido.

Esperaba encontrarse con algún otro obstáculo, pero al ver que el vestido tenía un sujetador interior, soltó un gemido de aprobación mientras uno de los senos que habían alimentado su imaginación durante los días previos a la boda caía maduro sobre su mano.

–Raúl, podría entrar alguien…

–No, nadie va a molestarnos.

Raúl bajó la cabeza y lamió la pálida aréola del pezón, sorprendido por el hecho de que a Estelle le preocupara que pudieran verles. Los empleados del yate habían visto suficientes fiestas como para que una noche de bodas palideciera frente a lo que ocurría habitualmente en el yate. Volvió a tomar el seno entre sus labios y sintió que Estelle intentaba apartarle. Aunque sorprendido en un primer momento por su reticencia, no tardó en recordar lo que creía su juego.

–Por supuesto –sonrió–, estás nerviosa.

La levantó en brazos y la llevó al camarote sin dejar de besarla durante todo el trayecto. Una vez allí, la dejó en el suelo y la hizo volverse para desabrochar los botones del vestido. Y continuó besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.

Le quitó el vestido, los zapatos y las medias. Cuando comenzó a lamerle el sexo a través de la seda de las bragas, Estelle estuvo a punto de enloquecer. Raúl no la desnudó por completo hasta que la humedad que provocaba con la lengua igualó la humedad de la seda.

–Raúl…

Estelle posaba las manos sobre su cabeza intentando apartarle al tiempo que sus gemidos le instaban a continuar.

–Te deseo con locura –arrodillado frente a ella, buscó su clítoris y lo lamió una y otra vez mientras ella enredaba las manos en su pelo.

–¡Raúl…! –gimió Estelle–. Lo digo en serio. Nunca me he acostado con nadie.

Pero Raúl no la creía. Mientras alcanzaba el orgasmo bajo su boca, Estelle se dijo que a lo mejor no se daba cuenta, que a lo mejor no se enteraba. Porque, a pesar de su falta de experiencia, su cuerpo respondía. Lo sentía palpitar contra su boca mientras él continuaba besándola suavemente, desesperado por hacer el amor con ella.

Se levantó entonces en toda su altura y se quitó la chaqueta.

Excitada, sin aliento y dejándose guiar por su instinto, Estelle le desató los botones de la camisa. Dejó que sus manos vagaran por su pecho y le lamió los pezones mientras le desataba el cinturón.

Raúl quería sentir sus dedos sobre la cremallera, quería que Estelle se diera prisa, pero ella prolongó el momento explorando su sexo a través de la tela del pantalón. La ya dolorosa erección se endureció todavía más con aquellas caricias.

–Estelle… –apenas podía pronunciar su nombre.

Afortunadamente, Estelle reconoció su urgencia, le bajó la cremallera, deslizó los dedos a lo largo de su sexo y palpó la delicada piel que ocultaba la fuerza de su erección. Le asustaba pensar que pronto estaría dentro de ella, pero deseaba al mismo tiempo que lo estuviera. Vio una gota plateada, la atrapó con el dedo y la extendió sobre el prepucio de Raúl, extasiada por su belleza.

Raúl cerró los ojos con una mezcla de frustración y placer. Quería sentir la presión de su mano sobre él y, al mismo tiempo, disfrutaba de aquella lenta exploración.

Se besaron profundamente. La lengua de Raúl parecía urgirla a moverse más rápido, la erección se tensaba ante el placer de los besos y él ya no aguantaba más.

–Te deseo.

Se lo dijo mientras la empujaba a la cama y la instaba a abrir las piernas.

–Intenta ser delicado.

Pero Estelle se retorcía sensualmente bajo sus brazos, desmintiendo sus propias palabras. Su sexo estaba húmedo y lubricado mientras Raúl la acariciaba. Estaba a punto de alcanzar nuevamente el orgasmo y su súplica fue ignorada mientras Raúl intentaba abrirse paso en su interior.

–Ya es demasiado tarde para andarse con delicadezas.

Cuánto se arrepentiría Raúl de aquellas palabras al entrar dentro de ella.

Raúl la oyó sollozar e intentar ahogar un grito.

Estelle supo entonces lo tonta que había sido al pensar que podría engañarle. Raúl desgarró la barrera, pero el dolor no cesó. Su fiera erección se abrió paso a través de unos músculos que ofrecían todo tipo de resistencia. Cuando ya era demasiado tarde, Raúl se detuvo. Se inclinó sobre ella mientras Estelle trataba de averiguar cómo respirar con Raúl en su interior.

Raúl intentó apartarse lentamente, pero Estelle le suplicó que no lo hiciera. Permaneció quieta, esperando a que cesara el dolor y sus músculos se adaptaran a aquella intromisión.

–Intentaré salir lentamente –propuso Raúl.

Se sentía enfermo por su propia brutalidad, y también culpable por el placer que experimentaba al sentirla caliente y tensa a su alrededor. Estaba a punto de llegar al orgasmo, pero estaba intentando contenerse.

–No –le pidió Estelle–, no te detengas.

Entrecerró ligeramente los ojos cuando Raúl se movió, pero, cuando él se detuvo, su cuerpo pareció relajarse. El dolor comenzaba a ceder para ser sustituido por un calor palpitante, así que Estelle volvió a moverse, reconfortada al sentirlo dentro de ella.

–¿Estelle?

Raúl no quería parar, pero tampoco quería hacerle daño. Se movía lentamente dentro de ella y jadeaba como si ya hubiera alcanzado el clímax.

Estelle movió las manos hasta sus nalgas y las notó tensarse bajo sus dedos. Era ella la que estaba marcando los tiempos y, cosa curiosa en Raúl, él le permitió que lo hiciera.

Raúl no quería pensar en las muchas preguntas que tendría que hacer, solo quería concentrarse en el calor de su cuerpo alrededor de su sexo.

A Estelle se le aceleraba la respiración. Raúl sintió crecer la impaciencia dentro de ella, notó cómo aumentaba la presión de sus manos. Incapaz de seguir conteniéndose, embistió con fuerza. Estelle arqueaba el cuello mientras él iba profundizando en cada embestida y, cuando pudo llenarla plenamente, volvió a salir para hundirse nuevamente en ella hasta hacerla gemir.

Sus movimientos eran rápidos. Estelle le rodeó con las piernas, maravillada de que fuera su propio cuerpo el que pareciera tener el control. Se alzaba para Raúl, se movía junto a él mientras buscaban juntos el mismo objetivo.

Una vez perdida la inocencia, su cuerpo estalló en un orgasmo. Junto a Raúl, traspasó todas las fronteras del placer. Se sentía palpitar alrededor de su cuerpo. Raúl continuó acariciándola en lo más profundo hasta hacerla gemir y, entonces, se liberó completamente dentro de ella.

Cuando todo acabó, Estelle le miró esperando todo tipo de preguntas, pero Raúl se tumbó a su lado, le pasó el brazo por los hombros y la estrechó contra él.

–Debería habérmelo imaginado –la regañó.

–He intentado decírtelo.

–Estelle… –le advirtió.

Estelle asintió en silencio, sabiendo que habría sido demasiado tarde decírselo aquella noche.

–Ya hablaremos mañana.

De momento, permanecieron abrazados, cansados y satisfechos, y ambos en una situación en la que nunca habrían pensado que podrían llegar a encontrarse: Estelle como una mujer que se había vendido por dinero y Raúl convertido en un hombre casado que acababa de hacer el amor con una mujer virgen.

Capítulo 11

ESTELLE se despertó y en un primer momento, no supo dónde estaba. Sentía el cuerpo dolorido y oía el sonido de una ducha. Dio media vuelta en la cama, vio la prueba de su encuentro y tiró de la sábana para ocultarla.

–¿Escondiendo la prueba?

Estelle se volvió y se sorprendió al ver a Raúl. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y tenía en el pecho las marcas que le había dejado Estelle la noche anterior. Raúl se volvió para tomar un vaso de la mesa con el desayuno que les había llevado uno de los empleados.

–Necesito una ducha –dijo Estelle.

–Tenemos que hablar –respondió Raúl–: Come algo y dúchate, ya son casi las dos. Después hablaremos.

Estelle se bebió un zumo de pomelo a toda velocidad y se dirigió al baño. Cuando se había enterado de que iban a pasar la luna de miel en un yate, se había imaginado que apenas dispondrían de las comodidades básicas y, sin embargo, aquel parecía el cuarto de baño de un hotel de cinco estrellas. Aun así, apenas se fijó. En lo único en lo que pensaba era en recuperar su neceser.

El médico le había advertido lo importante que era tomar la píldora cada día. Se tomó la píldora y se preguntó si debería poner la alarma del teléfono a las dos del mediodía. ¿O debería tomarse la píldora a las siete? Estaba asustada. Todavía no sabía lo que iba a decirle a Raúl.

Se duchó, se peinó, se maquilló, salió del baño y descubrió con alivio que Raúl no estaba allí. Eligió un biquini de los muchos que Raúl le había comprado y un pareo de color violeta. Le dolía la cabeza por culpa del champán, y también de Raúl. Se sentó en la cama, se puso unas alpargatas y se levantó. Desvió entonces la mirada hacia la cama y, mortificada al pensar que la empleada iba a ver la mancha de sangre, comenzó a hacerla.

–¿Qué haces? –le preguntó Raúl cuando entró en el camarote.

–Solo estoy haciendo la cama.

–Si hubiera querido una criada, lo habría especificado en el contrato. Y, si tuviera algún interés por las vírgenes, también lo habría dejado claro. Deja la cama como está –le ordenó con voz sombría–. Y ahora voy a enseñarte el yate.

–No, iré a dar un paseo –comenzó a pasar por delante de él.

–Aquí no vas a poder esconderte de mí –le advirtió Raúl, agarrándola de la muñeca–. Pero ya hablaremos en otro momento. No quiero que mis empleados puedan sospechar siquiera que esto no es una luna de miel normal.

–¿No confías en tus empleados?

–No confío en nadie –respondió Raúl–. Tengo motivos.

Estelle le siguió a la cubierta. Al salir, la cegó el sol.

–¿Dónde tienes las gafas de sol?

–Se me han olvidado –se volvió para ir a buscarlas, pero Raúl la detuvo y llamó a un miembro de la tripulación–. Puedo ir yo misma –se quejó Estelle.

–Pero ¿por qué vas a tener que hacerlo? –y, sin importarle que estuvieran rodeados de gente, la abrazó y la besó.

–Raúl… –se sentía avergonzada por su pasión.

–Solo vamos a pasar dos días aquí, cariño, y el plan es disfrutarlos plenamente.

Sus palabras eran delicadas, pero el mensaje que encerraban, no.

–Ahora te enseñaré el barco.

Una de las empleadas le tendió las gafas y Raúl le mostró después la que iba a ser su morada durante los próximos días. El salón, en el que apenas se había fijado la noche anterior, era enorme. Otra de las empleadas estaba ahuecando en aquel momento los cojines de los sofás. Había una pantalla enorme y, a pesar de sus nervios, Estelle se esforzó en mostrar su entusiasmo.

–Es perfecta para ver una película.

Raúl tragó saliva y descubrió la mirada de su empleada. Cuando Estelle intentó acercarse a ver su colección de películas, él la condujo rápidamente a otra zona.

–Este es el gimnasio –abrió una puerta y se lo mostró–. No es que lo vayas a necesitar. Yo ya me aseguraré de que hagas suficiente ejercicio.

Y una vez allí, con la puerta cerrada tras ellos, dio rienda suelta a su frustración.

–Si crees que vamos a dedicarnos a ver películas y a hacer manitas, estás muy equivocada.

–Sé perfectamente para qué estoy aquí.

–Pues procura no olvidarlo.

Raúl se había despertado a la hora del almuerzo después de haber disfrutado del primer sueño decente desde hacía días, de su primera noche sin pesadillas. Por un momento, había creído vislumbrar la paz. Pero Estelle había comenzado a moverse entre sus brazos y él había sentido la presión de sus senos contra el pecho, había bajado la mirada hacia la palidez de su piel y había visto la prueba de lo que habían compartido la noche anterior en la cara interior de su muslo.

Había intentado entonces taparla con la sábana, pero aquel movimiento había estado a punto de despertarla, de modo que había optado por permanecer quieto, luchando contra las ganas de besarla y hacer el amor con ella otra vez.

Horas después, en aquel gimnasio tan bien equipado, volvió a bajar la mirada hacia aquellos labios llenos que le habían engañado, decidido a dejar las cosas claras.

–Yo quería una mujer que supiera divertirse. Que fuera buena en la cama.

La vio enrojecer.

–Estoy segura de que aprenderé rápido. No necesito limitarme a hacer manitas.

–No vamos a hacer manitas –le agarró la mano y la colocó en el lugar que se proponía que visitara con regularidad–. Ya sabías que te habías comprometido a…

Tenía que mantenerla a distancia, tenía que mostrar su peor cara; no podría apartarla de su lado como hacía normalmente cuando sus parejas comenzaban a sentir algo por él. Tenían muchas semanas por delante y no podía arriesgar el corazón de Estelle.

–Vamos a darnos un baño en el jacuzzi.

Estelle vio el desafío en sus ojos, supo que la estaba poniendo a prueba y sonrió con dulzura.

–Muy bien.

Le siguió a cubierta e intentó ignorar el hecho de que, mientras ella se quitaba las alpargatas y el pareo, él se quedaba completamente desnudo.

–Quítate la parte de arriba del biquini –le pidió Raúl.

–Dentro de un momento.

Raúl notó que estaba nerviosa y aquello le enfureció. Llegó a desear que su padre muriera cuanto antes para poder poner fin a aquella farsa. Porque, si Estelle pensaba que estaba allí para hablar del paisaje, estaba completamente equivocada.

Con manos temblorosas y el rostro ardiendo, Estelle se desabrochó la parte de arriba del biquini y se hundió en el agua antes de quitársela y dejarla en el borde.

–¡Buenos días! –la saludó entonces el capitán.

Los senos desnudos eran algo habitual en la Costa del Sol, y especialmente en el yate de Raúl. El capitán no tuvo ningún problema para mirar a Estelle a los ojos mientras la saludaba. Ella, sin embargo, tenía los ojos llenos de lágrimas mientras intentaba sonreír en respuesta.

–Nos dirigimos hacia los acantilados de Maro - Cerro Gordo –le explicó Alberto, y se dirigió después a Raúl–. ¿Quieres que pasemos allí la noche? El chef se preguntaba si te gustaría que cenáramos en la bahía.

–Cenaremos en el yate. Pero podríamos acercarnos a la playa con las motos de agua y dar un paseo.

–Por supuesto –dijo Alberto. Se volvió después hacia Estelle–. ¿Alguna preferencia para la cena?

–No, comeré cualquier cosa –era evidente lo violento que le resultaba hablar estando medio desnuda.

–Vamos a parar en una bahía preciosa –continuó contándole Alberto–. Pronto comenzaremos a adentrarnos en un territorio sorprendentemente virgen.

Les deseó que pasaran una agradable tarde y se marchó.

–Yo ya he explorado otros territorios vírgenes –dijo Raúl cuando el capitán ya no podía oírle.

Estelle no contestó.

–Toma –enfadado consigo mismo por haber cedido, pero odiando al mismo tiempo su incomodidad, le arrojó el biquini–. Póntelo si quieres.

Estelle estaba temblando de verdad, pensó Raúl con una sensación de culpabilidad mientras veía cómo se ponía la prenda. Cruzó el jacuzzi y la hizo volverse para atarle el biquini. Después, y sin saber por qué, la estrechó en sus brazos y estuvo abrazándola hasta que dejó de temblar. La besó entonces y admitió la verdad sobre aquel territorio virgen.

–Sí, anoche exploré otros territorios vírgenes, y fue sorprendente.

Capítulo 12

NORMALMENTE, Raúl amarraba el yate en la zona más concurrida del muelle. Sin embargo, aquella tarde, navegaron lentamente hasta los acantilados de Maro - Cerro Gordo.

–Las playas son inigualables y los turistas lo saben –le explicó Alberto–, pero no hay ninguna carretera de acceso –se volvió hacia Raúl–. Las motos de agua ya están preparadas.

Pero estaban a punto de salir cuando Raúl se acordó de algo. Se volvió y vio el rostro pálido de Estelle. Su disculpa entonces fue sincera.

–Estelle, lo siento. Había olvidado el accidente de tu hermano.

–No pasa nada –respondió. Le castañeteaban los dientes–. Él estaba haciendo el payaso cuando tuvo el accidente –estaba intentando fingir que la moto no la aterraba–. Nosotros seremos más prudentes.

Raúl no tenía ninguna intención de ser prudente. Adoraba montar en moto acuática y quería compartir aquella diversión con ella. Pero le tomó la mano y dijo:

–Sí, claro que pasa algo. No tienes por qué fingir.

¡Por supuesto que tenía que fingir!, pensó Estelle. Tenía que fingir constantemente.

–Monta conmigo –la animó Raúl–. Alberto, ayúdala.

Se dirigieron juntos hacia la bahía a mucha menos velocidad de la que Raúl acostumbraba. La empleada que estaba preparando la mesa para la cena miró a Alberto cuando él se volvió para observar su trabajo y compartieron ambos una breve sonrisa.

Desde luego, nadie esperaba el efecto que aquella mujer estaba teniendo sobre Raúl.

–Creo que voy a ir a cambiar la colección de DVD –sugirió la empleada, y el capitán asintió.

–Me parece muy sensato.

Estelle se aferraba con fuerza a la cintura de Raúl mientras saltaban sobre las olas. Apoyaba la cabeza en su espalda sin estar muy segura de si la velocidad de los latidos de su corazón se debía al terror que le inspiraba la moto, a las preguntas a las que pronto tendría que enfrentarse o, simplemente, a la emoción del momento.

Hacer el amor con Raúl había sido increíble. Y mientras sentía su piel bajo la mejilla, con las olas del mar salpicándola y el viento azotando su pelo, no podía arrepentirse de estar viviendo todo aquello. La pasión que habían compartido sería un recuerdo que visitaría con frecuencia en el futuro.

Raúl se adentró en la orilla. Estelle se separó de él y bajó de la moto sin su ayuda.

–Son impresionantes –miró hacia los acantilados–. ¡Mira qué altura!

Raúl lo hizo, pero solo durante un instante. Y Estelle estaba demasiado ocupada admirando el paisaje como para fijarse en su palidez.

–¿Qué te dijo Ángela el día de la boda? –le preguntó de pronto Raúl.

Estelle, que esperaba todo un bombardeo de preguntas sobre su falta de experiencia, se sorprendió, pero se recordó a sí misma la falta de interés de Raúl en ella.

–No estaba segura de que fuéramos una verdadera pareja.

–¿Y la sacaste de su error?

–Por supuesto. Al parecer, cree que, si te quiero, debería animarte a hacer las paces con tu padre. Quiere que vayamos a hacerles una visita.

–Ya es demasiado tarde para jugar a la familia feliz.

–También me dijo que no quiere que te sientas culpable por la muerte de tu padre, como ya te sientes por la de tu madre.

–No soy yo el que tiene que sentirse culpable –respondió Raúl, pero no añadió nada más.

Se detuvo y se sentaron en la playa, mirando hacia el yate. Estelle vio que encendían las luces. La tripulación estaba preparando la cena. Le resultaba difícil creer que existiera un lujo como aquel. Pero el lujo del que ella realmente deseaba disfrutar era Raúl.

–No supe qué decirle. Apenas sé nada sobre tu familia y sobre ti.

–En ese caso, te contaré todo lo que necesitas saber –estuvo considerando durante unos segundos la mejor manera de explicárselo–. Mi abuelo, el padre de mi madre, dirigía un pequeño hotel. Las cosas le fueron bien, construyó otro hotel y compró después un terreno en el norte.

–¿En San Sebastián? –preguntó Estelle.

–Sí, en San Sebastián. Cuando murió, sus tres hijos heredaron el negocio. Mi padre y mi madre se casaron y mi padre comenzó a trabajar en el negocio familiar. Pero siempre se le consideró un intruso, o así se sentía él, aunque fue el encargado de supervisar la construcción del hotel de San Sebastián. Cuando yo nací, mi madre comenzó a enfermar. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que estaba deprimida. Fue entonces cuando mi padre empezó a acostarse con Ángela. Al parecer, Ángela se sintió culpable y dejó el trabajo, pero comenzaron a verse otra vez.

–¿Cómo has averiguado todo eso?

–Mi padre me lo contó la mañana del día que te conocí.

Así que aquella información era casi tan novedosa para Raúl como para ella, pensó Estelle.

–Ángela se quedó embarazada, a mi padre comenzó a devorarle la culpabilidad y le contó a mi madre la verdad. Quería saber si podría perdonarle. Ella lloró y gritó, le dijo que se marchara y mi padre se fue con Ángela. Su hijo estaba a punto de nacer. Mi padre asumió que mi madre se lo contaría a su familia, pero no fue así. Cuando mi madre sufrió el accidente, mi padre regresó y se dio cuenta de que nadie sabía que tenía otro hijo. Al contrario, le dieron la bienvenida de nuevo a la empresa –se quedó callado durante unos segundos–. Pero pronto averiguarán la verdad.

–Ángela me dijo que te culpabas por la muerte de tu madre.

–Eso es todo lo que necesitas saber de momento –la miró–. Ahora te toca a ti.

–No sé qué decirte.

–¿Por qué me mentiste? Yo dejé muy claro que quería una mujer experimentada.

–Siento no contar con suficientes recursos…

–¡No estoy hablando de sexo! Yo quería una mujer que supiera manejar una situación como esta. Capaz de mantener un trato. Que no terminara enamorándose…

–¡Otra vez vuelves a dar cosas por sentadas! –estalló Estelle–. ¿Por qué voy a enamorarme de un frío canalla que solo piensa en el dinero? ¿De un hombre que me dice lo que tengo que ponerme y que ni siquiera me permite broncearme? Raúl, yo jamás permitiría que un hombre me dijera cómo tengo que peinarme o pintarme las uñas. Te estoy dando aquello por lo que me pagaste, lo que tú exigiste. ¡Considera mi virginidad como un extra!

Hundió los talones en la arena, y casi se creyó sus propias palabras. Intentó olvidar los sentimientos absurdos que la habían invadido la noche anterior, cuando se había quedado dormida entre sus brazos.

–Estoy aquí por dinero, Raúl. Estoy aquí por la misma razón por la que estaba con Gordon.

–Si estabas con Gordon por dinero, ¿a qué se debe que estuvieras intentando cambiar las sábanas antes de que entrara mi empleada?

–Nunca he estado con Gordon en ese sentido. Solo estaba sustituyendo a Ginny.

–Compartiste su cama. Y todo el mundo conoce su reputación.

–Gordon no quería ir solo a la boda –respondió Estelle con cuidado.

–¿Y te pagó para que te presentaras allí con el aspecto de una mujerzuela? ¿Y qué me dices de lo del Dario’s? –se interrumpió de pronto y frunció el ceño al darse cuenta de lo lejos que había ido Gordon. Y lo frunció un poco más al comprender la verdad–. ¿Gordon es…? –no terminó la pregunta. Sabía que aquello no era asunto suyo–. ¿Necesitabas el dinero para ayudar a tu hermano?

Estelle asintió en silencio.

–Estelle, no es a mí a quien corresponde juzgar tus motivaciones…

–Entonces, no lo hagas.

Pero su advertencia no le detuvo.

–Andrew no lo aprobaría –continuó diciendo.

–Y esa es la razón por la que nunca se enterará.

–Sé que, si yo tuviera una hermana, no querría que…

–¡No te atrevas a compararte con mi hermano! Tú ni siquiera quieres conocer al único hermano que tienes.

–¿Y eso qué tiene que ver con todo esto?

–Tú y yo somos muy diferentes, Raúl. Si yo me enterara de que tengo un hermano, no me dedicaría a urdir estrategias para hundirle.

–Yo no estoy urdiendo nada. Sencillamente, no quiero que me quiten lo que me pertenece por derecho. Y tampoco quiero terminar trabajando con él.

–Te estás perdiendo muchas cosas, Raúl.

–No me estoy perdiendo nada, tengo todo lo que quiero.

–Solo tienes cosas que se pueden comprar con dinero. Yo incluida.

Raúl la besó, pero el beso no le supo a nada. Fue un beso vacío que palidecía al lado de lo que habían compartido la noche anterior. Y, cuando le quitó la parte superior del biquini, Raúl supo que Estelle estaba fingiendo, que, en realidad, estaba pensando en el yate y en las personas que podían estar viéndoles. Y que estaba haciendo un gran esfuerzo para no llorar.

–Aquí no –dijo Raúl por ella.

–Por favor, Raúl…

Estelle buscó sus labios. Continuaba representando su papel, y su falta de experiencia le impedía darse cuenta de que Raúl sabía que su cuerpo mentía.

Él quería recuperar la intimidad de la noche anterior. Podían aprender a disfrutar el uno del otro y romper después de buenos modos. Lo último que quería era que Estelle estuviera tensa y triste. Admiraba lo lejos que era capaz de llegar por su familia. Y creía lo que acababa de decirle, que no buscaba su amor.

–Seguiremos después –Raúl se apartó de ella–. Ahora estoy hambriento.

La ayudó a ponerse el biquini, utilizando su propio pecho como escudo para impedir que alguien pudiera verla o fotografiarla con un teleobjetivo. Su timidez, en vez de irritarle, le hizo sonreír. Sobre todo al pensar en lo desinhibida que había estado la noche anterior.

–Vamos –le dijo, a pesar del dolor que sentía en la entrepierna–. Volvamos al yate.

Capítulo 13

–NOS daremos una ducha y después nos arreglaremos para la cena –dijo Raúl cuando abordaron de nuevo el yate–. ¿Quieres que le pida a Rita que te peine?

–¿A Rita?

–Es masajista y esteticista. Si quieres que te ayude, solo tienes que pedírselo a Alberto –dijo Raúl, y se dirigió hacia su camarote.

Estelle le llamó. Olía ya los aromas de la cena y estaba realmente hambrienta.

–¿Por qué tenemos que arreglarnos para la cena? Solo vamos a estar nosotros dos.

–En un yate como este, cuando el chef… –comenzó a explicar Raúl, pero cambió de opinión, porque a bordo no siempre era necesario guardar la etiqueta–. Muy bien… –se volvió hacia Alberto, que ya había tomado nota.

–Avisaré al chef inmediatamente.

Se ducharon en cubierta y se sentaron después a cenar.

Raúl estaba acostumbrado a tener a rubias con cuerpos espectaculares y vestidos muy poco discretos sentadas frente a él. Pero había algo increíblemente sensual en el hecho de estar sentado medio desnudo, disfrutando de las exquisiteces que les llevaban.

–Creo que podría acostumbrarme a esto –comenzó a decir Estelle, pero se corrigió rápidamente–. Quería decir que…

–Ya sé lo que querías decir –para Estelle fue un alivio verle sonreír–. La comida es increíble. El chef es maravilloso. Es algo habitual en los yates.

Estuvieron charlando mientras cenaban con mucha más naturalidad que en ocasiones anteriores. Y no lo hacían para que lo viera la tripulación. Después, disfrutaron de unos bailes en cubierta.

–Ahora comprendo por qué teníamos que cambiarnos para cenar –admitió Estelle–. ¿Crees que he ofendido a alguien?

–Creo que no podrías ofender a nadie aunque lo intentaras.

Comenzaba a oscurecer. Raúl miró hacia los acantilados y hundió la cabeza en el pelo de Estelle.

–Y, por cierto, aunque me acuses de ser un canalla controlador, lo que me preocupa es que puedas quemarte. Jamás en mi vida había visto una piel tan blanca.

–Creo que ya me he quemado un poco, de hecho.

–Lo sé.

Se trasladaron al salón. Estelle estaba empezando a relajarse hasta tal punto que, cuando les llevaron una copa de vino, ni siquiera se apartó de sus brazos.

–Vámonos a la cama… –sugirió Raúl con la mano en el biquini, intentando liberar su seno.

–No, todavía no –susurró Estelle contra sus labios–. Ahora no podría dormirme…

–No tengo ninguna intención de dejarte dormir.

–Veamos una película –propuso Estelle, apartándose de él y acercándose hacia la colección de DVD.

–¡Estelle, no!

–¡Oh, lo siento! –había olvidado que le había dicho que se negaba a ver películas haciendo manitas–. Sí, ya sé que es mejor que vayamos a la cama.

–No me refería a eso –respondió Raúl entre dientes–. Pero no creo que encuentres ninguna que te guste.

Se preparó para renunciar a la que prometía ser una noche de placer mientras Estelle revisaba la colección.

–Esta me encanta.

–¿De verdad? –preguntó Raúl gratamente sorprendido.

–De verdad… –miró un par de películas más–. Y esta es una de mis favoritas –le mostró la carátula y no entendió su sonrisa.

–Por supuesto –dijo Raúl.

Tiró de ella para que se sentara a su lado y sonrió. Algún día, cuando una anécdota como aquella no pudiera ofenderla, le contaría lo divertido de la situación.

Pero aquel día nunca llegaría, se recordó. Su relación se ceñía al presente.

Raúl no se había sentado a ver una película, por lo menos una película con argumento, desde que podía recordar.

Notó que Estelle se estremecía. Las puertas del salón estaban abiertas y la brisa era fresca. Tomó una manta de detrás del sofá y la colocó sobre ellos.

–¿Te escuece? –le preguntó a Estelle, besándole los hombros sonrosados.

–Un poco.

Estelle se concentró en la película y Raúl se concentró en Estelle. Estuvo besándole el cuello y los hombros durante una eternidad. Después, le acarició los senos con las palmas de las manos y le pellizcó suavemente los pezones con el pulgar y el índice. Y, lentamente, cuando supo que Estelle no pondría reparos, deslizó la mano bajo la parte inferior del biquini. Repitió entonces la pregunta en un tono más íntimo.

–¿Te escuece?

–Un poco –volvió a responder Estelle.

Pero la delicadeza de Raúl convirtió la sensación en algo sublime. Podía sentir el movimiento del yate y la dureza enorme de Raúl tras ella; podía sentir la urgencia de su boca y su creciente insistencia.

–Date la vuelta, Estelle –le pidió Raúl con la respiración agitada.

–Ahora mismo.

A esas alturas, ni siquiera estaba viendo la película. Tenía los ojos cerrados y se limitaba a disfrutar de las caricias de Raúl y a desear que continuaran.

–Ahora viene lo mejor –le dijo a Raúl, refiriéndose a la película.

Raúl la subió un poco más, de manera que su trasero desnudo quedara contra su estómago y la colocó en un ángulo perfecto. Estelle le sintió entonces deslizarse perfectamente en su interior. Todavía estaba un poco dolorida, pero, aun así, se cerró aliviada a su alrededor.

–Esto sí que es lo mejor –la corrigió Raúl con voz ronca.

Presionó lentamente en su interior mientras le acariciaba el clítoris. Se deslizaba lenta y profundamente, sin la precipitación de la noche anterior. En aquella ocasión fue Estelle la que tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse.

–Estoy a punto de llegar al orgasmo.

–Todavía no –le pidió Raúl, hundiéndose más profundamente en su interior.

–Sí –respondió ella temblorosa mientras intentaba aguantar.

Raúl alcanzó entonces un punto en sus profundidades y la sensación fue tan intensa que Estelle dejó escapar un pequeño gemido.

–¿Es ahí? –preguntó Raúl.

Estelle no sabía a qué se refería, pero, cuando Raúl volvió a acariciarla, jadeó:

–¡Sí, ahí!

Y continuó suplicando mientras Raúl presionaba una y otra vez aquel punto cuya existencia hasta entonces Estelle ignoraba.

Raúl gimió mientras Estelle palpitaba a su alrededor y se tensaba una y otra vez sobre su sexo. Sintió la oleada del orgasmo de Estelle fluyendo hacia él y se derramó en su interior, adorando el abandono de su amante, adorando a la Estelle que su cuerpo revelaba. Y adorando también el rubor que el azoro extendía sobre su piel mientras se esforzaba en recuperar la respiración.

–¿Qué ha sido eso?

–«Eso» hemos sido nosotros –respondió Raúl, todavía dentro de ella.

Y no fueron los acantilados los que despertaron su miedo aquella noche, sino el perfume del mar en el pelo de Estelle. Un miedo que lo asaltó al ser consciente de lo mucho que había disfrutado. No solo del sexo, de la conversación y de la cena, sino también del presente.

–Deberíamos volver.

Habían estado buceando con esnórquel. Todo había comenzado de la forma más inocente, pero, poco a poco, había ido convirtiéndose en una actividad adulta. Raúl no sabía si había sido la risa de Estelle, o la sensación de sus piernas a su alrededor o, sencillamente, lo mucho que disfrutaba estando con ella. La besó en la mejilla y le apartó las piernas con delicadeza.

–¿Ya es hora de cenar?

–Lo que quería decir es que deberíamos volver a Marbella.

Habían sido dos días increíbles, y mucho más parecidos a una luna de miel de lo que Raúl pretendía. Aquella noche sería su última noche en el yate, y ella ya lo echaba de menos.

Mientras Rita la peinaba y la maquillaba, Estelle pensó que habían sido unos días mágicos. Habían transcurrido como si hubieran suspendido las reglas del contrato. Habían pasado las horas hablando, riendo y haciendo el amor, pero Raúl había dejado muy claro que todo sería diferente cuando volvieran a Marbella.

Cuando Rita le puso la última horquilla en el pelo, Estelle tuvo la sensación de que ya estaba acercándose ese momento. Y aquella sensación se incrementó cuando sonó el teléfono de Raúl y le oyó mantener una tensa conversación.

–Iré a decirle al chef que no tardaréis en subir –se ofreció Rita.

Estelle dio las gracias y comenzó a vestirse.

No había entendido la conversación de Raúl, pero, por el tono, no podía haber sido agradable.

–Se van a casar –Raúl colgó el teléfono y, en silencio, continuó anudándose la corbata.

–Vaya –Estelle no sabía qué otra cosa decir, así que siguió peleándose con la cremallera.

–Ven aquí –Raúl se hizo cargo de la cremallera–. Se ha atascado.

Estelle permaneció muy quieta mientras Raúl intentaba desatascar la cremallera.

–Mi padre dice que quiere hacer las cosas bien con Ángela, que quiere darle la dignidad de ser su esposa y su viuda. Y quiere que pueda opinar sobre las decisiones que tomen los médicos.

–¿Y tú qué le has dicho?

–Que era la primera cosa decente que le había oído decir sobre el tema.

–¿Y vas a ir a la boda?

Raúl no contestó a la pregunta.

–Vamos, no está bien hacer esperar al chef.

¿Desde cuándo era Raúl tan considerado con sus empleados?, se preguntó Estelle, pero no dijo nada.

La cena fue increíble. El chef les había preparado una paella que, hasta Raúl estuvo de acuerdo, era la mejor que habían probado en su vida. Pero, aun así, Raúl apenas la tocó. Estuvo contemplando a Estelle durante la cena. Con el pelo recogido y un vestido negro espectacular, estaba preciosa.

–¿Qué dirías si no volviéramos a Marbella?

Estelle tragó la comida que tenía en la boca y bebió un sorbo de agua, nerviosa por las mismas razones por las que lo estaba Raúl.

–Podríamos dirigirnos a las islas, alargar el viaje…

–Te perderías la boda de tu padre.

–Ha sido él el que ha decidido casarse mientras estoy de luna de miel.

–En algún momento tendrás que enfrentarte a él.

–¡No me digas lo que tengo que hacer! –le espetó, pero rápidamente cambió de tono–. Él quiere celebrar una boda, tener un recuerdo feliz con su esposa y dudo que pueda conseguirlo estando yo allí. Sobre todo, si va Luka. Así que ¿qué te parece si prolongamos la salida? Hace años que no disfruto de unas verdaderas vacaciones.

–Yo pensaba que toda tu vida era como unas largas vacaciones.

–No –la corrigió Raúl–. Mi vida es como una gran fiesta. Así que, por mí, podemos volver dentro de un par de días.

Esperó a que Estelle se decidiera, hasta que recordó que la decisión era completamente suya. Pagaba para disfrutar de su compañía, no para que ella decidiera dónde tenían que estar.

El par de días se convirtió en dos semanas. Navegaron alrededor de Menorca. La piel de Estelle fue adquiriendo un tono dorado. Raúl observaba cómo ella estaba cada vez más desinhibida. Le encantaba verla estirarse en una tumbona llevando únicamente la parte de abajo del biquini. Su sexualidad florecía ante sus propios ojos.

Al cabo de aquellas dos semanas, regresaron a Marbella. Normalmente, aquella era una de las vistas que Raúl más apreciaba, pero, en aquel momento, le entraron ganas de pedirle al capitán que siguiera navegando hasta Gibraltar y pasara de allí a Marruecos, solo por el placer de prolongar el viaje. El problema era que estaba creciendo demasiado rápido su afecto por Estelle.

Estelle se reunió con él en cubierta para contemplar aquella espléndida vista. Posó la mano en su hombro, pero le sintió tensarse ante su contacto.

Raúl se volvió hacia ella. Estelle iba vestida con la parte de abajo del biquini y la camisa que Raúl se había puesto en la boda anudada bajo sus sonrosados senos.

–Será mejor que te vistas –normalmente, Raúl la acusaba de ir excesivamente vestida–. Es posible que haya prensa. Ponte el vestido de color crema y pídele a Rita que te maquille.

Y con esas simples palabras, volvió a colocarla en su lugar.

Cuando llegaron a tierra firme, le tomó la mano. Pero solo para que las cámaras captaran la imagen. Y por si acaso alguien estaba fotografiándoles con teleobjetivos, la levantó en brazos y subió a su apartamento, dispuesto a regresar a su vida anterior.

Pulsuz fraqment bitdi.

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