Kitabı oxu: «Pack Bianca y Deseo marzo 2021»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca y Deseo, n.º 229 - marzo 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-310-2

Índice

Una pasión oculta

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

En el paraíso con su enemigo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

El precio de una pasión peligrosa

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Capítulo Uno

Paul Watts entró en el ascensor del hospital y presionó el botón de la cuarta planta con más fuerza de la necesaria. Dos horas más tarde, se iba a marchar de Charleston para asistir a una conferencia de una semana sobre ciberseguridad. Su instinto le decía que estaba cometiendo un error. La salud de su abuelo, que tenía ochenta y cinco años, no mejoraba. Grady había tenido que ingresar en el hospital seis días antes a causa de un edema cerebral que le había ocurrido como complicación del gravísimo ictus que había sufrido tres meses atrás y que le había afectado al habla y que le había dejado paralizado un lado del cuerpo. La familia estaba muy preocupada por que Grady no durara mucho más. Por eso, Paul estaba teniendo dudas sobre su viaje.

Aunque Grady había cedido el cargo de director gerente del imperio naviero de la familia hacía ya una década y había delegado la dirección de la empresa en el padre de Paul, Grady había seguido siendo el presidente del consejo. Como no era de los que se quedaban de brazos cruzados, había seguido estando activo en su jubilación asistiendo a las reuniones de varias organizaciones y manteniendo una gran vida social.

Paul, que estaba acostumbrado al incansable vigor, la testarudez y la franqueza sin paliativos de su abuelo, no podía comprender por qué Grady no luchaba por ponerse bien y, gracias a la tensa relación que había entre ambos, no era muy probable que consiguiera una respuesta. Su distanciamiento era un dolor que nunca desaparecía, pero Paul se negaba a lamentar su decisión de labrarse una carrera en el mundo de la ciberseguridad en vez de unirse al negocio familiar. Detener a los malos satisfacía su necesidad de justicia de un modo que jamás lo haría dirigir el negocio naviero de la familia.

Las puertas del ascensor se abrieron y Paul salió al rellano. Al pasar junto al puesto de las enfermeras, saludó con una breve inclinación de cabeza y tomó el pasillo que conducía hasta la habitación de su abuelo.

Sus pasos fueron perdiendo brío a medida que se acercaba al lugar donde Grady yacía tan quieto y derrotado. Nadie podría decir nunca que Paul era un pusilánime, pero temía que lo que se iba a encontrar en cuanto entrara en la habitación. Todos los aspectos de su vida se habían visto influidos por la personalidad arrolladora de su abuelo. La fragilidad de Grady en aquellos instantes causaba en Paul un profundo desaliento. Igual que su abuelo parecía haber perdido las ganas de vivir, la seguridad de Paul se había convertido en desesperación. Sería capaz de hacer cualquier cosa que insuflara a Grady el deseo de presentar batalla.

Al llegar a la puerta, se detuvo y respiró profundamente. Entonces, escuchó música al otro lado de la puerta. Una mujer estaba cantando una melodía dulce y motivadora. Paul no reconoció la voz. No pertenecía a ningún miembro de su familia. Tal vez era una de las enfermeras. ¿Había descubierto alguna de ellas que su abuelo adoraba la música?

Paul abrió la puerta y entró en la habitación. La imagen que vio lo hizo detenerse en seco. Grady estaba tumbado, totalmente inmóvil, con la piel pálida como la cera. Si no hubiera sido por el tranquilizador pitido del monitor que le controlaba el corazón, Paul habría creído que su abuelo ya había fallecido.

Al otro lado de la cama, de espaldas hacia la ventana, una desconocida le sostenía la mano a Grady. A pesar de la amable expresión de su rostro, Paul se puso en estado de alerta. Ella no era la enfermera que había esperado. Se trataba de una mujer guapa, esbelta, de unos veinticinco años. Llevaba puesto una especie de disfraz formado por un vestido de campesina de color lavanda y una peluca rubia peinada con una gruesa trenza adornada con flores de mentira. Unos enormes ojos castaños dominaban un delgado rostro de pronunciados pómulos y afilada barbilla. Parecía una muñeca que hubiera cobrado vida.

Paul se quedó tan sorprendido que se olvidó de moderar la voz.

–¿Quién es usted?

La pregunta resonó en la habitación, provocando que la mujer interrumpiera en seco su canción. Abrió los ojos de par en par y se quedó inmóvil, como una cierva deslumbrada por los faros de un coche. Entreabrió los rosados labios por la sorpresa y respiró profundamente. Sin embargo, Paul le disparó otra pregunta sin darle tiempo a responder la primera.

–¿Qué está usted haciendo en la habitación de mi abuelo?

–Yo… –susurró ella mirando hacia la puerta.

–Venga, Paul, tranquilízate –dijo una voz a sus espaldas. Era Ethan, el hermano menor de Paul. El tono de su voz encajaba mejor con una habitación de hospital que la de Paul–. Te he oído desde el pasillo. Vas a molestar a Grady.

Paul se percató de que su abuelo había abierto los ojos y que movía la boca como si tuviera una opinión que quisiera compartir. El ictus le impedía formar las palabras que le permitían comunicarse, pero no había duda de que Grady se encontraba muy agitado. Movía la mano derecha. La mirada de la mujer pasó de Paul a Grady y luego una vez más a Paul.

–Lo siento, Grady –dijo Paul mientras avanzaba hacia la cama de su abuelo. Entonces, apretó los dedos del anciano y notó cómo le temblaban–. He venido a verte. Me sorprendió ver a esta desconocida en tu habitación –añadió mirando de nuevo a la mujer–. No sé quién es usted –añadió en un susurro–, pero no debería estar aquí.

–Claro que debe estar aquí –anunció Ethan colocándose junto a su hermano y comportándose como si presentarle a Paul a una mujer disfrazada fuera lo más normal del mundo.

La falta de preocupación de Ethan hizo que a Paul le subiera la tensión.

–¿La conoces?

–Sí. Es Lia Marsh.

–Hola –dijo ella, con una voz dulce y limpia como un fino cristal.

En cuanto Ethan entró en la habitación, se había empezado a mostrar más relajada. Evidentemente, consideraba al hermano de Paul como su aliado. Le ofreció a este una tímida sonrisa. Sin embargo, si creía que una sonrisa iba a bastar para borrar las sospechas de Paul, estaba muy equivocada. A pesar de todo, él descubrió que la ansiedad que llevaba días atenazándolo se aliviaba un poco. Una confusa e inesperada sensación de paz se apoderó de él cuando los nublados ojos verdes de Grady se posaron en Lia Marsh. Parecía contento de tenerla a su lado, a pesar de su extraño disfraz.

–No entiendo lo que esta mujer está haciendo aquí –insistió Paul.

–Ha venido a alegrar al abuelo –respondió Ethan mientras colocaba una tranquilizadora mano sobre el hombro de Grady–. Yo se lo explicaré a Paul.

¿Qué había que explicar?

Durante la conversación de los dos hermanos, la mujer apretó la mano de Grady.

–He disfrutado mucho del ratito que hemos pasado juntos –dijo ella. La musical voz creó un oasis de tranquilidad en la habitación–. Vendré a verte de nuevo más tarde.

Grady dejó escapar un ruido de protesta, pero ella ya se había apartado de la cama. Paul ignoró las protestas de su abuelo y le interceptó el paso.

–De eso nada –afirmó.

–Lo comprendo –dijo ella, aunque su expresión reflejaba tristeza y desaprobación. Miró a Ethan y sonrió–. Hasta luego.

Se dirigió hacia la puerta dejando tras ella el rastro de un perfume floral. Paul no pudo evitar aspirarlo. La energía de la habitación pareció caer en picado en cuanto ella desapareció por la puerta. Paul se quedó atónito al comprobar que sentía un desconcertante deseo de llamarla para que regresara.

¿Quién era y por qué iba vestida así? También quería saber por qué había decidido tatuarse un delicado lirio en la parte interior de la muñeca. Se preguntó cómo su hermano podía haberse dejado engañar por aquella aparente ingenuidad cuando lo más probable que era que todo fuera fingido.

Agarró a Ethan del brazo y lo sacó de la habitación, ansioso por obtener respuestas sin molestar a Grady. Cuando ambos estuvieron en el pasillo, cerró la puerta y miró a su alrededor.

–¿Quién es? ¿Qué diablos está pasando? –le espetó a su hermano.

–Lia es amiga mía –suspiró Ethan.

–Nunca la habías mencionado antes –dijo Paul mesándose el cabello–. ¿Y la conoces bien?

–Lo suficiente. Mira, creo que estás viendo problemas donde no los hay.

–¿Se te ha olvidado que Watts Shipping y también varios miembros de nuestra familia han sido víctimas de ciberataques a lo largo del año pasado? Por eso, cuando me presento en la habitación de Grady y veo que hay una desconocida a solas con él, me preocupo.

–Confía en mí. Lia no tiene nada que ver con eso. Es muy amable y solo quiere ayudar. Grady ha estado muy deprimido. Pensamos que una visita suya podría alegrarle.

Paul se negaba a creer que su reacción fuera exagerada. Ethan se estaba preparando para sustituir como director gerente de Watts Shipping a su padre, que se iba a jubilar al año siguiente. ¿Por qué no se tomaba su hermano en serio aquellos ataques?

–Pero iba vestida como una… una…

–¿Princesa Disney? –completó Ethan sonriendo–. Más concretamente, Rapunzel de Enredados.

–De acuerdo, pero no has respondido a mi pregunta. ¿Dónde la conociste? ¿Qué sabes de ella? –insistió Paul.

Cuando conocía a la gente por primera vez, Paul solía evaluarlos como si fuera una investigación y, a menudo, le costaba darles el beneficio de la duda. ¿Era suspicaz por naturaleza? Probablemente. Si tenía que serlo para mantener segura a su familia, lo sería.

–¿Puedes dejar de pensar como un poli durante dos segundos?

Paul se tensó. No solo era Grady el que no había apoyado su decisión de unirse al departamento de policía de Charleston después de la universidad y de fundar, años más tarde, su propia empresa de ciberseguridad.

–¿Cuál es su objetivo?

–No tiene objetivo. Es exactamente lo que parece.

Paul lanzó un bufido de reprobación. ¿Una fanática del cosplay?

–¿Qué más sabes de ella?

–No sé… –dijo Ethan con impaciencia–. Es muy agradable y sabe escuchar.

–Sabe escuchar –repitió Paul. Se imaginó que Lia Marsh se había aprovechado de la desesperación de Ethan por la enfermedad de su abuelo–. Supongo que le has contado todo sobre Grady y nuestra familia.

–No creo que sea un gran secreto…

–Sea como sea, has traído a una completa desconocida, alguien de quien apenas sabes nada, a conocer a nuestro abuelo moribundo –replicó Paul sin ocultar su irritación–. ¿En qué estabas pensando?

–Estaba pensando en que a Grady podría venirle bien recibir una visita de una persona dulce y cariñosa que canta maravillosamente –respondió Ethan mientras lo miraba con tristeza–. ¿Por qué siempre tienes que imaginarte lo peor?

Paul miró fijamente a su hermano. Ethan se comportaba como si aquella explicación tuviera todo el sentido del mundo. Paul, por el contrario, no podía comprender qué clase de excentricidad empujaba a una persona a ir paseándose por todas partes como si fuera un personaje de cuento.

–Estaba disfrazada. Simplemente no lo entiendo.

–Se dedica a eso.

–¿Se gana la vida así?

–¡Por supuesto que no! –exclamó Ethan–. Se disfraza para ir a visitar a niños enfermos. La adoran.

Paul lanzó una maldición.

–¿Y de qué la conoces?

–Soy cliente –contestó Ethan frunciendo el ceño.

–¿Qué clase de cliente?

–Eso no importa. Lia es estupenda y tus problemas de confianza ya cansan.

Un pesado silencio cayó entre los dos hermanos. A Paul no le gustaba tener roces con su hermano y no estaba seguro de cómo arreglar aquella situación. Se llevaban menos de un año y, de niños, los dos habían estado muy unidos a pesar de que sus diferentes gustos e intereses. A Paul le fascinaba la tecnología y se podía pasar horas convirtiendo componentes electrónicos en aparatos útiles mientras que Ethan era más social y prefería los deportes a las horas de estudio. Los dos habían sacado excelentes notas en la secundaria y la universidad y, cuando Paul decidió que no se iba a unir al negocio familiar, empezó a crecer entre los dos hermanos una sutil tensión.

–Sería mejor que me dijeras qué es lo que está pasando porque sabes que voy a investigar para descubrir quién es exactamente Lia Marsh.

* * *

Lia Marsh contuvo el aliento cuando salió de la habitación y se marchó rápidamente por el pasillo vacío. El corazón se le había acelerado y tenía las palmas de las manos sudorosas. Aunque Ethan no le había ocultado la naturaleza sospechosa de su hermano, ella no había estado preparada para la hostilidad de Paul ni para el modo en el que su furia acrecentaba su ya imponente carisma. Como no estaba acostumbrada a que ningún hombre la afectara, Lia consideró lo ocurrido igual que lo haría con un arañazo en Misty, su adorada caravana. Inesperado y poco deseable.

Abrazaba toda la alegría que la vida pudiera ofrecerle y renegaba de la negatividad con la meditación, los cristales y la aromaterapia. A menudo utilizaba aquellas mismas técnicas de sanación espiritual con los masajes. Un hombre de negocios como Ethan Watts jamás abriría la mente a aquellas prácticas espirituales pero nunca había que prejuzgar a la gente.

Aquel encuentro había provocado un revuelo en sus emociones con una turbadora mezcla de excitación y miedo, ocasionado por una repentina atracción física y la aversión que Lia tenía hacia el conflicto.

Distraída por su propio conflicto interior, a Lia le resultó imposible volver a meterse en su papel de Rapunzel mientras avanzaba por el pasillo iluminado por potentes luces blancas de hospital. Recorría las paredes grises con la mirada mientras el aire, con su característico aroma a desinfectante, la envolvía por completo.

Bajó por las escaleras para dirigirse a la tercera planta, la de pediatría. Recogió su bolso del puesto de enfermeras. Desde que se presentó como voluntaria hacía unos meses, había visitado con frecuencia el hospital y las enfermeras de pediatría se habían acostumbrado a sus disfraces. Agradecían todo lo que levantara el ánimo de los pacientes y les ayudara a desconectar de las pruebas y los tratamientos.

Se dirigió al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, entró y apenas se percató de las reacciones del resto de los pasajeros por su disfraz. Minutos más tarde, salía al sol. Respiró profundamente y espiró, deseando poder olvidarse de la preocupación que le había ocasionado su encuentro con Paul Watts. Entonces, apretó el paso con la esperanza de poder dejar atrás aquellos sentimientos.

El accidente de tráfico que destrozó su furgoneta y provocó daños a su adorada caravana la había obligado a alquilar un pequeño apartamento en King Street hasta que pudiera permitirse comprar un coche. Aquel alojamiento temporal estaba a unos veinte minutos andando del hospital.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que un hombre estaba apoyado contra un todoterreno aparcado frente a su apartamento hasta que él se apartó del coche y se interpuso en su camino. Al sentir que alguien le bloqueaba el paso, Lia se sobresaltó.

Paul Watts tenía la clase de ojos verdes que le recordaban a Lia a un tranquilo pinar, pero el escepticismo que irradiaba de él le advertía de que tuviera cuidado. A pesar de eso, su cercanía despertaba la misma química que ella había sentido en la habitación del hospital.

No era en absoluto su tipo. Era demasiado obstinado. Demasiado terrenal. Cruel. Decidido. Tal vez aquella era precisamente la atracción.

–Me ha costado encontrarla –afirmó Paul.

Ethan le había dicho que Paul había sido policía y que, en aquellos momentos, dirigía su propia empresa de ciberseguridad. Se le puso el vello de punta al pensar que podría investigar su pasado, en el que había cosas que prefería que permanecieran enterradas para siempre.

–Y, sin embargo, lo ha hecho –replicó ella.

No se podía creer que la hubiera localizado en el tiempo que a ella le había costado llegar andando hasta su casa. No estaba acostumbrada a estar en el radar de nadie. Para la mayoría de sus clientes, ella era la masajista que utilizaba sus manos y una voz muy relajante. Los niños del hospital veían tan solo a su personaje favorito. Gozaba con su anonimato.

–¿Está bien Grady?

–Sí, está bien. Al menos, no está peor.

–Yo no lo conocía antes del ictus, pero Ethan me dijo que era un hombre muy duro y fuerte. Podría salir adelante.

–Podría, pero es como si se hubiera rendido.

–Ethan me comentó que, estos últimos años, parecía obsesionado con reunirse de nuevo con su nieta. Tal vez si la encontrara…

–Mire –le espetó Paul–, no sé qué es lo que está tramando, pero tiene que mantenerse alejada de mi abuelo.

–Yo no estoy tramando nada –insistió Lia mientras sacaba la llave del bolso y se dirigía a la puerta principal del edificio–. Lo único que quiero es ayudar.

–Él no necesita su ayuda.

–Claro. De acuerdo. ¿Ha terminado ya?

Abrió la puerta y la empujó con la intención de cerrarla de nuevo cuando estuviera dentro del edificio para poder así escapar de Paul. Entonces, él volvió a hablar.

–¿No tiene curiosidad por saber cómo la he encontrado?

A pesar de la agitación que sentía, Lia se detuvo en la puerta y lo miró de soslayo. Aunque a Paul le sobraba seguridad en sí mismo y poder, ella no carecía de puntos fuertes. Tendría que combatir su insistencia con descaradas armas de mujer.

–En realidad –dijo mientras se giraba para mirarlo y esbozaba una descarada sonrisa. Por lo que Ethan le había contado, Paul se regía por la lógica en vez de por los sentimientos. Desafiar al experto en ciberseguridad para que se enfrentara a sus sentimientos seguramente terminaría explotándole en la cara–, estoy más intrigada de lo que a usted le gustaría.

Capítulo Dos

King Street pareció desvanecerse a su alrededor mientras Paul valoraba cómo responder a la desafiante sonrisa de Lia. La expresión de su rostro no era sexual, pero eso no consiguió aliviar la atracción que se apoderó de él exigiéndole que actuara. Apretó los puños para ahogar el impulso de tomarla entre sus brazos y deslizarle los labios por el cuello en busca de aquella deliciosa fragancia.

¿Cuál era su objetivo? El dinero, evidentemente. Después de conocer a Ethan, resultaba evidente que se lo había puesto como objetivo utilizando la enfermedad de su abuelo para ganárselo. ¿Estaba planeando que Ethan pagara sus deudas o que invirtiera en algún negocio?

–Ophelia Marsh, nacida el uno de marzo –comenzó, decidido a ponerla nerviosa con una rápida enumeración de sus datos personales.

–Como dato curioso –le interrumpió ella–, estuve a punto de nacer el veintinueve de febrero. Sin embargo, parece que yo no quería celebrar mi cumpleaños cada cuatro años.

Aquella incesante retahíla de palabras, llenas de energía y buen humor, agriaron aún más el ánimo de Paul.

–Bien, nacida el uno de marzo en Occidental, California…

–Pisciana.

–¿Cómo?

–Que soy Piscis. Ya sabes, el signo del zodiaco. Dos peces nadando en direcciones opuestas. Igual que tú eres una cabra.

Paul suspiró. Los horóscopos no eran nada más que tonterías, pero eso no le impidió preguntar.

–¿Que soy una cabra?

–Capricornio. Acabas de celebrar tu cumpleaños.

–¿Y cómo lo sabes?

Él era el experto en seguridad, el brillante investigador que acosaba a los ciberdelincuentes y mantenía a salvo los datos de sus clientes. Que una desconocida supiera algo tan personal como su fecha de nacimiento hizo que saltaran las alarmas.

–Me lo dijo Ethan.

–¿Y por qué haría él algo así?

–¿Y por qué no? –replicó ella mirándole como si fuera algo evidente–. Le gusta hablar sobre su familia y el hecho de conocer vuestros signos me ayuda a imaginaros a todos. Tú eres Capricornio. Tu madre es Libra. Ella es la pacificadora de la familia. Tu padre es Sagitario. Es hablador y tiende a perseguir sueños imposibles. Ethan es Tauro. Testarudo, fiel y con un lado muy sensual que adora la buena comida.

Aquel rápido resumen de su familia era tan exacto que las sospechas de Paul alcanzaron niveles aún más altos. Evidentemente, aquella mujer había estado investigando a los Watts con algún nefasto propósito en mente. ¿Qué estaba tramando? Había llegado el momento de seguir con los datos que él conocía.

–No te quedas mucho tiempo en ningún sitio –dijo, recordando lo que había conseguido sacar sobre ella–. Nueva York, Vermont, Massachusetts, ahora Carolina del Sur… Has estado en todos esos lugares en los últimos doce meses. ¿Por qué?

En su experiencia, los que se dedicaban a aprovecharse de los demás trabajaban en una zona hasta que las cosas se ponían demasiado caliente. Los movimientos de Lia Marsh encajaban perfectamente con alguien que no tramaba nada bueno. Tal vez era hermosa y poseía una naturaleza dulce y generosa, pero para Paul todo aquello iba en su contra. Conocía de primera mano lo fácilmente que la gente se deja llevar por las apariencias.

–Soy una nómada. Me gusta la vida en la carretera. Así fue como me crie –dijo mientras le observaba y sonreía al ver la expresión del rostro de Paul–. Nací en una autocaravana y en mi primer año de vida viajé casi ocho mil kilómetros. A mi madre le cuesta quedarse mucho tiempo en un lugar.

Él pertenecía a una familia que había vivido durante generaciones en la misma zona de Charleston, ni siquiera se podía imaginar el estilo de vida del que ella hablaba.

–¿Acaso huía tu madre de alguien? ¿De tu padre? ¿O de un novio?

–No. Simplemente era muy inquieta –respondió ella encogiéndose de hombros.

–¿Y tú? ¿Eres inquieta tú también?

–Supongo –dijo ella. Algo se le dibujó en el rostro, pero desapareció demasiado deprisa como para que Paul pudiera analizarlo–, aunque suelo quedarme más tiempo que ella.

Paul decidió cambiar de tema. No estaba allí para saber de su familia, sino porque necesitaba adivinar qué estaba tramando para poder decidir el peligro que ella representaba para su familia.

–¿Dónde os conocisteis Ethan y tú?

–Lleva un mes siendo cliente mío.

–¿Cliente?

–Trabajo para Springside Wellness –respondió, confirmando lo que Paul ya había averiguado sobre ella. Era un balneario que funcionaba como estudio de yoga y espacio de terapias alternativas. Tonterías de esas del cuerpo, mente y alma–. Ethan es uno de mis clientes.

Su hermano ya le había explicado cómo conocía a Lia, pero a Paul le costaba imaginarse a su hermano haciendo yoga y reflexología.

–¿Qué clase de cliente?

–Soy masajista. Viene una vez a la semana. Le dije que probablemente debería venir con más frecuencia porque está muy estresado.

Aquella respuesta condujo a Paul por un camino inesperado.

–Vaya, eso es perfecto…

En realidad, no lo era. La imagen de Lia dándole un masaje a Ethan ocupó inmediatamente su pensamiento, por lo que la suprimió con rapidez.

–No entiendo a qué te refieres y no tengo tiempo para descubrirlo. Tengo que estar en el trabajo dentro de una hora y me lleva un tiempo quitarme el disfraz. Me alegro de conocerte, Paul Watts.

Él no reflejó el mismo sentimiento en sus palabras.

–Solo recuerda lo que te he dicho de mantenerte alejada de mi abuelo.

–Ya te he dicho que lo haría.

Con un elegante aleteo de los dedos, se despidió de él y desapareció por la puerta principal del edificio. Paul quedó solo en la acera. A pesar de que ella le había prometido que mantendría las distancias, se sentía muy nervioso. La lógica le decía que aquella era la última vez que veía a Lia Marsh, pero su instinto le decía todo lo contrario.

Le envió a su hermano un mensaje antes de volver a ponerse detrás del volante. En el mensaje le urgía a que reiterara a Lia que Grady le estaba totalmente vedado.

La tensa respuesta de Ethan resaltó aún más la tensión entre los dos hermanos y que parecía estar acrecentándose. La distancia cada vez mayor que había entre ellos frustraba a Paul, pero no se le ocurría cómo arreglarlo.

Decidió dejar en un segundo plano a Ethan y el problema de Lia Marsh y centró su atención en algo concreto, algo que podía controlar: la conferencia y lo que esperaba sacar de ella.

Por mucho que Ethan hubiera disfrutando viendo cómo su hermano se quedaba totalmente atónito al conocer a Lia ataviada con un disfraz de Rapunzel, en cuando Paul se marchó para investigarla, la satisfacción de Ethan desapareció. Era propio de su hermano salirse por la tangente en vez de enfrentarse al verdadero problema: la salud de su abuelo. Del mismo modo, Paul había evitado la desilusión de Grady cuando él prefirió escoger una carrera en las fuerzas de seguridad en vez de unirse a Watts Shipping. Tampoco había comprendido Paul los sentimientos enfrentados de Ethan por ser el segundo plato a la hora de tomar las riendas.

Ethan reconocía que él era el mejor de los hermanos para dirigir la empresa familiar, pero quería conseguir el puesto por sus propias habilidades y no porque Paul lo hubiera rechazado. Y no solo era su orgullo lo que estaba en juego. Ethan era adoptado y, en una ciudad tan preocupada por el linaje de una familia como Charleston, no saber quiénes eran sus verdaderos, se había convertido en una sustancia tóxica que corroía la tranquilidad de su espíritu.

Aunque nadie le había hecho sentirse nunca ajeno a la familia, en todas las fotografías de la familia Watts, el cabello y los ojos oscuros de Ethan le hacían destacar entre el resto de los Watts. Como no deseaba causar a su familia dolor alguno, se guardaba para sí sus sentimientos, pero, últimamente, estos afloraban cada vez más y viciaban su relación con Paul.

Había compartido algunas de estas preocupaciones con Lia. Ella sabía escuchar bien, atentamente y sin juzgar. Ciertamente era algo rara, pero a Ethan le resultaban encantadoras sus excentricidades. El hecho de que Paul las considerara tan sospechosas le empujaba aún más a defenderla.

Trató de refrenar su intranquilidad y volvió a entrar en la habitación de su abuelo. Grady tenía los ojos abiertos, con una mirada algo triste. ¿Había escuchado a los hermanos discutiendo en el pasillo? Antes de que le diera el ictus, Grady le había confiado a Ethan que le preocupaba su distanciamiento con Paul y la tensión que iba creciendo entre ellos. Ethan sabía que Paul estaba también frustrado, pero ninguno de los dos hermanos había dado paso alguno para superar aquellos años de distanciamiento.

–Siento lo de antes –murmuró Ethan mientras tomaba asiento en la silla que había junto a la cama–. Ya sabes cómo se puede llegar a poner Paul.

Grady movió los labios, pero no pudo formar las palabras que quería expresar. Por primera vez en mucho tiempo, aquello pareció frustrarle.

–Él se preocupa por ti –siguió Ethan–. Ver a Lia aquí lo ha sorprendido mucho. ¿Te ha gustado su disfraz de Rapunzel? –añadió con una sonrisa–. Los niños de pediatría la adoran.

Grady comenzó murmurar algo parecido a una canción que Ethan no reconoció. Entonces, de repente, dijo una palabra.

–Ava.

Ethan se quedó atónito de que Grady hubiera dicho, o más bien cantado, el nombre de su hija.

–Te refieres a Lia.

Se preguntó cómo su abuelo pudo haber confundido a su hija con Lia. Ava Watts era rubia y con los ojos verdes, por lo que no guardaba ningún parecido con Lia, que tenía el cabello oscuro y los ojos castaños. Entonces, Ethan frunció el ceño. ¿Había ido Lia alguna vez a visitar a Grady sin disfraz o siempre lo había hecho de Rapunzel? Tal vez Grady pensaba que era rubia. Además, estaba la diferencia de edad. Si Ava hubiera seguido con vida, estaría por la cuarentena. El ictus había afectado el lado izquierdo del cerebro de Grady, donde estaban la lógica y la razón. Podría ser que estuviera algo confuso.

Ava tenía dieciocho años cuando huyó a Nueva York. La familia le perdió la pista poco después. No fue hasta cinco años más tarde cuando descubrieron que había muerto, dejando huérfana a una niña. La pequeña había sido adoptada, pero nunca habían podido descubrir más porque el expediente había sido sellado.

–Ava… bebé… –aclaró Grady.

–¿Crees que Lia es la hija de Ava?

Grady asintió con mucho entusiasmo. Ethan se quedó atónito. Evidentemente, Grady se estaba aferrando a la nada. Cada año que pasaba le obsesionaba más encontrar a su nieta desaparecida.

–¿La hija de Ava está aquí? –preguntó Constance Watts desde la puerta–. ¿Dónde? ¿Cómo?

Ethan se volvió hacia su madre. Estaba a punto de explicarle lo que estaba ocurriendo cuando los dedos de su abuelo le agarraron con fuerza la muñeca. La mirada de Grady tenía la determinación de antaño, lo que llenó de alegría a Ethan.

–Ethan… –dijo su madre mientras se acercaba a la cama.

–Lia –canturreó de nuevo Grady, más agitado aún dado que estaba tratando de hacerse entender.

–¿Lia? –preguntó Constance mientras observaba a su suegro y luego a su hijo para obtener alguna respuesta–. ¿Quién es Lia?

Sin embargo, cuando consiguió su respuesta, fue Grady quien se la proporcionó.

–Ava… bebé.

Después de su encontronazo con Paul Watts el día anterior, el último lugar en el que Lia esperaba encontrarse era sentada en el coche de Ethan de camino al hospital para visitar al abuelo de este.

–No estoy segura de que esto sea muy buena idea –dijo Lia temblando al recordar su encuentro con Paul Watts–. Tu hermano me dejó muy claro que no quería que yo me acercara a vuestro abuelo.

–El trabajo de Paul le hace sospechar de todo el mundo –respondió Ethan–, y la enfermedad de Grady le ha puesto aún más nervioso. Hay que añadir a eso el hecho de que no le gustan las sorpresas, lo que explica por qué reaccionó tan exageradamente al encontrar a una desconocida junto a la cama de su abuelo. Además –añadió, dedicándole una sonrisa llena de encanto–, tú estabas vestida de Rapunzel.

–¿Estás seguro de que a Paul no le importará que vaya a visitarle?

–Quiere que Grady se ponga bien, como el resto de nosotros.

–No es lo mismo que no le vaya a importa que yo le visite –señaló. Las evasivas de Ethan empeoraban aún más su estado de nervios. La mala opinión que Paul parecía tener sobre ella le importaba más de lo que le gustaba admitir.

–Mira, Paul no está en la ciudad en estos momentos, así que no tienes que preocuparte por la posibilidad de encontrarte con él. Visita a Grady algunas veces más y sé el rayo de sol que le permita mejorar. Cuando Paul regrese, Grady estará mucho mejor y Paul se dará cuenta de que ha sido por ti.

–Creo que estás exagerando… –susurró, aunque le gustaban las alabanzas de Ethan. Cada vez que iba a visitar a Grady, le tomaba la mano y le cantaba, llenando de energía sanadora su frágil cuerpo.

–Confía en mí. No estoy exagerando nada. Tus visitas lo han transformado.

–Pero si solo he ido a verlo cuatro veces –murmuró, decidida a insuflar cautela a la situación–. No creo haber causado tanto impacto.

–Te subestimas –dijo Ethan mientras hacía entrar el coche en el aparcamiento y lo estacionaba en un espacio vacío–. Ayer, empezó a comunicarse un poco cantando, tal y como tú le sugeriste. Eso le ha dado mucho ánimo y se está poniendo mejor. Ya lo verás.

Lia estaba deseando ver cómo mejoraba Grady. Creía en el poder de la sanación espiritual y confiaba en poder contactar con la energía de todos los seres vivos y provocar un cambio. No siempre funcionaba. Algunos problemas en concreto necesitaban soluciones más mundanas. Por ejemplo, el eje roto de su caravana y su destrozada furgoneta. En ese caso, la meditación no servía. Necesitaba dinero y un mecánico. Sin embargo, después de pedir ayuda, el universo le había proporcionado un trabajo maravilloso, estupendos compañeros de trabajo y un lugar en el que vivir que se podía permitir. Se le había ofrecido una solución en un momento de su vida en el que se encontraba desesperada.

Ethan apagó el contacto y se volvió a mirarla con una ansiosa sonrisa.

–¿Lista?

–Claro –respondió Lia, aunque en realidad distaba mucho de estarlo.

Cuando llegaron a la cuarta planta y se fueron acercando a la habitación de Grady, Lia vio que una figura familiar emergía de su interior.

–Hola, Abigail –le dijo a la enfermera–. ¿Cómo está Grady hoy?

Durante un instante, la enfermera pareció no reconocerla. Entonces, se fijó un poco más en Lia y la miró asombrada.

–¡Lia! No te había reconocido sin el disfraz.

–Estoy segura de que Grady tampoco me va a reconocer –comentó ella mirando a Ethan.

–El señor Grady te reconocerá, vas a ver. Se va a poner muy contento de que hayas venido hoy a verlo. Tu idea de animarlo a cantar ha hecho maravillas. Está muy contento de volver a comunicarse con la gente.

–Eso es estupendo –dijo Lia encantada.

–Su familia y todo el personal nos pusimos muy contentos ayer cuando la situación pareció dar un vuelco. Ha mejorado tanto que el médico cree que se podrá ir dentro de unos pocos días.

–¡Vaya! Esa es una maravillosa noticia.

–Estamos muy contentos de que ella se presentara cuando lo hizo –afirmó Ethan–. Ha hecho un milagro.

–Por favor, parad –protestó Lia. Se sentía incómoda con tantos halagos–. El mérito debería ser para todos vosotros, que tan bien le habéis estado cuidando todo este tiempo.

–Hay un límite para lo que la medicina es capaz de hacer cuando el deseo de seguir viviendo ha desaparecido –dijo la enfermera.

–El poder de la mente. La gente no se lo cree –afirmó Ethan.

–Así es –apostilló Abigail antes de marcharse de nuevo al puesto de enfermeras.

Ethan agarró a Lia por el codo y la condujo al interior de la habitación. La primera vez que visitó a Grady, lo encontró inmóvil e inconsciente. Aquel día, estaba totalmente despierto y mirándola con atención. La mirada del anciano le recordó a la de Paul, lo que le provocó un escalofrío.

Grady movió los dedos y ella le tomó la mano. Le apretó suavemente la mano, sorprendida por el afecto que sentía por alguien a quien apenas conocía.

–Hola, Grady –le dijo Lia con la voz llena de afecto–. Soy Lia. Probablemente no me reconozcas sin mi disfraz. ¿Cómo te encuentras hoy? Tienes muy buen aspecto.

Grady apretó los dedos contra los de ella mientras la reconocía con dos palabras cantadas.

–Ava hija.

Ethan le había explicado la desesperación del anciano por reunirse con su nieta desaparecida antes del ictus, llegando incluso a especular que la enfermedad del anciano había sido ocasionada por la desesperación de no encontrarla.

–Eso es, Grady –dijo Ethan sonriendo a Lia–. La hija de Ava ha vuelto a casa por fin.

Encantada al escuchar la noticia, Lia miró a Ethan y notó el modo en el que el guapo empresario la miraba a ella, como si quisiera decirle algo. El corazón comenzó a latirle con fuerza al comprender lo que Ethan estaba tratando de decirle. Miró a Grady e hizo ademán de protestar. Sin embargo, antes de que ella pudiera decir nada, vio el amor con el que Grady la miraba. No. No a ella. A su nieta desaparecida.

Se volvió para mirar a Ethan.

–¿Qué es lo que está pasando?

–Lo que está pasando es que Grady cree que tú eres su nieta –le respondió Ethan mientras le apretaba el codo con la mano y le suplicaba con la mirada que le siguiera la corriente–. Le he explicado cómo te localizó Paul a través de una de esas empresas de análisis genéticos. Hace mucho que el sueño de Grady es volver a reunirte con tu familia. Y ahora aquí estás.

Lia se quedó sin palabras. La posición en la que Ethan la había colocado era insostenible. Sin embargo, ver la alegría en los ojos del anciano la empujó a morderse la lengua. Aquello no podía estar ocurriendo. Tenía que decir la verdad. Ella no era la hija de Ava Watts. Afirmar que lo era solo podía ocasionarle problemas.

–Tenemos que hablar sobre esto –le susurró a Ethan en voz baja. Entonces, colocó la mano sobre el hombro de Grady–. Volvemos enseguida.

Lia salió rápidamente al pasillo, seguida de Ethan.

–¿Has perdido la cabeza? ¿Cómo has podido decirle que soy su nieta? –le espetó en cuanto se aseguró de que estaban solos–. Y encima metes a Paul en todo esto. Se va a poner furioso…

–Grady ha llegado él solo a esa conclusión –le explicó Ethan–. Y la razón por la que he metido a Paul en esto es para ayudar a reparar la tensa relación que hay entre Grady y él.

–Tu hermano jamás va a seguirte la corriente en esto.

–Lo hará cuando vea el modo en el que Grady se está recuperando. De la noche a la mañana, sus posibilidades de recuperación han cambiado y solo porque cree que tú eres su nieta. Reunirse con ella era su mayor deseo y ahora tiene una razón para vivir.

–Pero yo no soy su nieta. ¿Por qué piensa que lo soy? Yo no me parezco a ningún miembro de vuestra familia –protestó, aunque sintió que se le encogía el corazón al pensar que Ethan pudiera sentirse incómodo por sus palabras.

–Podrías ser la hija de Ava –dijo Ethan levantando las manos con gesto suplicante–. Llevamos años tratando de encontrarla sin suerte alguna. Ya te dije que, después de que mi tía muriera, su hija fue adoptada y los registros fueron sellados. Creer que tú eres ella le ha dado a mi abuelo una razón para seguir adelante. ¿De verdad quieres volver a entrar ahí y romperle el corazón? Ha estado muy deprimido desde el ictus. En menos de una semana, lo ha devuelto de las puertas de la muerte.

Lia cerró los ojos y se pasó algunos segundos escuchando los latidos de su corazón. Aquello no podía estar ocurriéndole, pero así era.

–No puedo hacerlo.

Además de estar mal, aunque accediera temporalmente a hacerse pasar por la nieta de Grady Watts, estaba segura de que Paul no le permitiría hacerse pasar por la hija de Ava.

–Claro que puedes. Te dedicas a hacer que la gente se sienta mejor.

–Sí, pero no de este modo –protestó Lia–. Y no quiero mentir a tu familia.

–Lo comprendo, pero a ellos no se les da bien mantener secretos. Nunca hemos podido dar una fiesta sorpresa o algo parecido sin que alguien de la familia se enterara. Para que esto funcione, tenemos que ocultarles la verdad para no correr el riesgo de que alguien se vaya de la lengua y te delate.

–¿Y Paul? –le preguntó–. Estoy segura de que ya ha indagado sobre mí lo suficiente como para saber que yo no soy vuestra prima.

–Deja que sea yo quien se ocupe de mi hermano.

–Maldita sea, Ethan –susurró ella mientras se secaba las palmas de las manos sobre los pantalones–. No puedes engañar a tu abuelo de esta manera.

–Puedo si eso significa que Grady sigue con vida…

–Pero es mentira –insistió Lia, pero sintió que su determinación perdía peso bajo el entusiasmo de Ethan–. Es una mentira muy grande y muy peligrosa. Además, ya sabes que yo no pensaba quedarme mucho más tiempo en Charleston. Misty está arreglada y casi he ahorrado lo suficiente como para reparar mi furgoneta –añadió. Aunque era cierto, Lia no tenía lo suficiente para comprar un vehículo fiable–. Ya va siendo hora de que me marche de aquí.

–Tan solo tienes que quedarte un par de semanas hasta que Grady esté completamente recuperado. Entonces, podremos decirle que los del laboratorio de ADN cometieron un terrible error… lo he pensado todo mucho y sé que todo saldrá bien.

Si Lia no le hubiera tomado mucho aprecio a Ethan desde que empezó a darle masajes hacía seis meses, jamás le habría ayudado y mucho menos hubiera considerado un plan tan descabellado, pero el dolor que Ethan sentía por la enfermedad de su abuelo le había llegado al corazón. Además, Ethan conseguía que todo sonara tan razonable… Un par de semanas y luego podría marcharse de allí. ¿Qué importaba unas cuantas mentiras más encima de las que ya estaba contando?

–Pero yo estaría mintiendo no solo a Grady, sino a toda tu familia. Es una crueldad hacerles algo así.

–Lo he pensado mucho también, pero, si lo hacemos bien, se pondrán tan contentos de que Grady vuelva a estar recuperado que eso hará que la desilusión de que tú no seas nuestra pariente sea más fácil de soportar.

Ethan le agarró las manos y la envolvió con una oleada de su carisma.

Lia estaba pensando cómo poder negarse cuando las puertas del ascensor se abrieron y salió una esbelta mujer con un elegante traje color pistacho. Su expresión se iluminó al verlos.

–Ethan –dijo mientras se dirigía hacia ellos–. Me alegro de verte aquí.

–Hola, mamá –respondió él mientras inclinaba la cabeza para besarle en la mejilla–. Esta es Lia.

Constance Watts era la perfecta matriarca del sur, con su cabello rubio bien peinado y un delicado hilo de perlas. Observó con avidez los vaqueros y la camiseta barata que Lia llevaba puesta y esta se preparó para la censura. Sin embargo, Constance se limitó a sonreír afectuosamente.

–Ethan me ha hablado de ti –dijo, con su cautivador acento sureño lleno de emoción.

–¿Sí?

–Por supuesto. Me dijo que Paul te encontró a través de un servicio de pruebas genéticas.

–En realidad, yo…

–Está abrumada –le interrumpió Ethan apretándole el brazo con la mano y apretándole suavemente–. ¿Quién puede culparla? Encontrar por fin a su verdadera familia después de tantos años es un acontecimiento muy especial.

Entre la necesidad de Ethan y la alegría de su madre, Lia se sintió como si estuviera atrapada en arenas movedizas. Sin poder evitarlo, comenzó a asentir.

–La hija de Ava está por fin en casa –murmuró Constance mientras daba un paso al frente para abrazar a Lia–. Vas a hacer tan feliz a Grady…

Capítulo Tres

Paul estaba atravesando el vestíbulo del hotel de camino a la primera ponencia cuando su teléfono móvil empezó a vibrar. Sacó el teléfono y vio que se trataba de su madre. Su primera reacción fue el pánico. ¿Habría empeorado la salud de Grady?

–¿Qué ocurre? –le preguntó al contestar–. ¿Está Grady bien?

–Está bien. De hecho, está mejor que bien –respondió encantada Constance Watts–. Solo quería decirte que Grady va a salir hoy del hospital.

–¡Qué estupenda noticia! –exclamó Paul, asombrado–. Entonces, ¿ha decidido luchar?

–Sí. Gracias a Lia.

–¿Lia? –repitió Paul. Escuchar aquel nombre le hacía sentirse como si hubiera tocado un cable de alta tensión–. No entiendo… ¿Cómo puede ser ella responsable que de la salud de Grady haya mejorado?

–No me puedo creer que me preguntes eso. Ethan me dijo que tú la habías encontrado.

–¿Cómo? ¿Es que esa mujer ha estado visitando a Grady?

Constance se echó a reír.

–Lleva días constantemente a su lado. Tenerla junto a él ha hecho que la recuperación de abuelo sea algo prácticamente milagroso. Todo el hospital no deja de hablar al respecto.

–¿Grady se está poniendo mejor? –insistió. El alivio que sentía era casi capaz de hacerle olvidar el otro detalle: Lia estaba visitando a Grady a pesar de que él le había pedido que se alejara de él.

Evidentemente, Paul había subestimado lo decidida que ella estaba a interferir con su familia. En cuanto regresara a casa, se encargaría de que hiciera las maletas.

–… la hija de Ava esté entre nosotros.

–Lo siento, mamá. Hay mucho ruido aquí. ¿Puedes repetirme lo que acabas de decir?

–Te he dicho que Grady está encantado de que hayas encontrado a la hija de Ava.

–Yo…

–¿Cuándo vas a venir a casa? Grady ha estado preguntado por ti.

Por primera vez en su vida de adulta, Paul Watts se quedó sin palabras. El cerebro de Paul trataba febrilmente de descubrir qué era lo que estaba ocurriendo en Charleston. Había seguido investigando sobre Lia y su vida pasada y lo que había descubierto reforzaba sus sospechas de que era una especie de timadora.

–Mamá, tengo que dejarte –le dijo. No quería ser grosero con ella, pero necesitaba hablar inmediatamente con su hermano–. ¿Te puedo llamar más tarde?

–Por supuesto. ¿Cuándo vas a volver a casa?

Paul tenía pensado regresar al cabo de tres días, pero…

–Voy a acortar mi viaje y voy a tomar un avión hoy mismo.

–¡Eso es maravilloso!

* * *

Las horas que transcurrieron entre el despegue y el aterrizaje le dieron tiempo a Paul para contactar con el resto de su familia y empezar a imaginar lo que estaba pasando. La situación había progresado más de lo que nunca hubiera imaginado. Lo que realmente le escocía era lo contento y despreocupado que se encontraba todo el mundo con la llegada de una desconocida que afirmaba ser la hija de Ava. Lia había engatusado a sus padres, a sus tíos y a sus primas. Nadie le escuchaba cuando les decía que no sabía nada de aquella mujer. Lo único que les importaba era que la hija de Ava había regresado a casa y que Grady, por arte de magia, había mejorado mucho.

En cuanto llegó a Charleston, se dirigió directamente a la casa de Grady. El coche de Ethan no estaba. La conversación que Paul quería tener con él tendría que esperar.

Paul se dirigió al dormitorio de su abuelo y se preparó para encontrar la luz tenue y el ambiente silencioso que había desde que su abuelo sufrió el ictus. Sin embargo, lo que se encontró fue todo lo contrario. Lo que vio lo dejó atónito. ¿Qué demonios estaba pasando allí?

Alguien había abierto las cortinas para permitir que la luz iluminara todo el espacio. La canción de Elvis Presley, All shook up, resonaba con fuerza en un altavoz que el anciano tenía sobre la mesilla de noche. La estancia olía a lavanda y a romero, un aroma que le llenó a él de energía y le hizo sentirse mucho más tranquilo de lo que había estado en mucho tiempo. Frunció el ceño al ver el origen de tanta conmoción.

Se dio cuenta de que había sido Lia la que había transformado por completo la habitación de su abuelo para convertirla en un espacio alegre y festivo. Por primera vez desde el ictus, Grady estaba sentado, totalmente erguido, en la cama, apoyado sobre un buen montón de almohadas. Su mirada estaba prendida de la mujer que estaba a su lado. Lia no paraba de hablar mientras masajeaba suavemente el brazo de Grady.

Una asombrosa colección de sentimientos se apoderó de él al ver a su abuelo tan feliz y tan saludable. Alivio. Alegría. Enojo. Lia era la responsable de todo aquello. Parecía totalmente normal, sin el maquillaje y el disfraz de princesa. Llevaba puesta una camiseta gris y unos leggins negros que hacían destacar sus estrechas caderas y esbeltos muslos. Una sedosa coleta de cabello castaño le caía delicadamente sobre el hombro mientras los mechones sueltos enmarcaban un rostro de afilada barbilla y hermosos labios rojos. Unos pendientes de aro se meneaban contra la fina mandíbula.

El primer impulso de Paul fue sacarla de allí y alejarla de su abuelo. No confiaba en ella a pesar de no haber encontrado nada concreto en su pasado que apoyara sus sospechas. Solo porque no la hubieran atrapado no significaba que ella no estuviera tramando algo malo. Tampoco ayudaba lo rápidamente que ella había encandilado a toda la familia hasta el punto de que todos la consideran una de los suyos.

A pesar de todo, Paul fue consciente de que había algo más, algo caliente y turbador por debajo de su profunda irritación. Era como si su ira hubiera despertado un insistente e instintivo deseo. Maldijo la aparición de tan inoportuna lujuria hacia Lia Marsh. Verse distraído por anhelos físicos era lo último que necesitaba.

Como si por fin algo le alertara de su presencia, Lia miró hacia él. Las miradas de ambos se cruzaron. El placer se apoderó de Paul al ver que ella se mordía el labio y se sonrojaba. Durante un instante, Paul se preguntó qué ocurriría si el deseo que sentían fuera recíproco.

Apartó sin piedad aquel pensamiento. ¿Qué importaba si se sentía atraída por él? Entonces, se le ocurrió que tal podría utilizarlo para su ventaja…

Sus pensamientos debieron reflejársele en el rostro porque Lia frunció el ceño. Irritado por haberse dejado en evidencia, Paul frunció el ceño también. Con un gesto de temor, ella miró de nuevo a Grady y su sonrisa se iluminó con lo que parecía ser un afecto sincero. Paul sintió que se le hacía un nudo en la garganta al ver la imagen.

–Mira quién está aquí –murmuró ella señalando a Paul.

Grady giró la cabeza y sonrió con tanta alegría que a Paul se sintió abrumado por una felicidad incontenible. Era como si los años de distanciamiento entre ellos hubieran desaparecido de repente.

–Paul.

Al oír que su abuelo pronunciaba tan claramente su nombre, Paul se quedó atónito. Evidentemente, todo lo que le habían contado sobre la mejora tan milagrosa de Grady no había sido exagerado. Entonces, escuchó que su abuelo hacía resonar rítmicamente un pequeño tambor que tenía a su lado sobre la cama.

–Eso significa que te acerques –le explicó Lia.

Asombrado totalmente por lo que estaba ocurriendo, Paul se acercó a su abuelo y le apretó suavemente el brazo.

–¿Cómo te encuentras hoy?

En realidad, la pregunta era totalmente innecesaria. La salud de Grady no se parecía en nada al inválido que había sido hacía una semana. Lo que estaba viendo en su abuelo en aquellos momentos era exactamente el cambio que había deseado, pero, ¿a qué coste?

–Feliz.

Un tamborileo de los dedos acompañó el canto de Grady. A pesar de que la voz resonaba cansada y sin tono alguno, pronunció la palabra con sorprendente claridad. Sin embargo, a pesar de su alegría, a Paul le turbaba la mirada de cariño con la que su abuelo observaba a la joven que le masajeaba el brazo.

–Lia casa.

–¿Por qué el tambor? –le preguntó Paul a Lia. Aún no se podía creer lo rápidamente que había mejorado su abuelo.

–Investigué un poco sobre la recuperación de los ictus cerebrales y descubrí que la música y el ritmo pueden ayudar a mejorar el estado de ánimo de un paciente, capacitarles para comunicarse y mejorar su habla –respondió Lia sonriendo cariñosamente a Grady–. Mañana vamos a aprender los ritmos de la respiración y también a practicar la meditación con música.

–¿Y qué se supone que hace todo eso?

–Bueno, en realidad no entendí muy bien la explicación médica –dijo ella–, pero tenía algo que ver con el modo en el que el cerebro procesa la información y en cómo la música puede afectar eso de un modo positivo. Creo que es la razón por la que Grady es capaz de cantar, pero no de hablar.

Paul sintió una extraña sensación en el pecho. Por el modo en el su abuelo sonreía a Lia, resultaba evidente que la mejora de Grady tenía mucho que ver con el regreso de su nieta, aunque, en realidad, Lia no era la hija de Ava y a Paul no le gustaba nada la mentira que Ethan y ella habían urdido.

¿Qué iba a hacer? Grady había recuperado sus deseos de vivir por la llegada de Lia. ¿Podría Paul encontrar el modo de librarse de ella sin causarle daño a su abuelo?

–¿Puedo hablar contigo un momento? –le preguntó a Lia cuando ella terminó de masajear el brazo del anciano.

–Grady tiene una sesión con su fisioterapeuta dentro de diez minutos.

–Entonces, te espero junto a la piscina.

Mientras esperaba a que Lia llegara, Paul comenzó a andar arriba y abajo junto a la piscina. Dada la mejora de Grady, ya no estaba convencido de que deshacerse de Lia fuera la mejor opción. Además, la situación estaría mucho más clara si hubiera aparecido algo en el pasado de Lia que le hubiera hecho sospechar, pero no tenía nada en concreto para demostrar que ella podría no ser tan transparente como parecía.

Cuando Lia llegó, Paul no perdió el tiempo en dejarle muy clara su postura.

–Cuando te dije que te mantuvieras alejada de mi abuelo, no tenía ni idea de que la situación se descontrolaría tanto. No sé en qué estabais pensando mi hermano y tú, pero esto no puede seguir.

–Tienes razón. No debería haber permitido que Ethan me convenciera para mentir a todo el mundo. Lo siento. Es que Ethan estaba tan desesperado por ayudar a tu abuelo… Y, efectivamente, creer que yo soy su nieta ha hecho que mejorara.

Paul la observó atentamente, decidido a ver más la verdad más allá de la inocencia de su rostro.

–Has conseguido asegurarte de que todo el mundo se sienta unido a ti.

Lia parpadeó al escuchar tan deliberada acusación.

–Era de esperar. Todos piensan que soy la niña que perdieron hace mucho tiempo. ¿Has decidido ya cómo vas a dar la noticia a todos de que soy una impostora?

–Desgraciadamente, no estoy seguro de poder hacerlo. La verdad destrozaría a mi abuelo.

–Entonces, ¿qué es lo que vas a hacer?

–No lo sé… –dijo. Tenía que hablar con Ethan.

Lia entornó los ojos. Parecía confusa.

–Entonces, ¿por qué querías hablar conmigo?

–Yo…

¿Qué podía decir Ethan? ¿Que no había dejado de pensar en ella desde que se marchó? ¿Que, a pesar de no confiar en ella, la encontraba fascinante? Quería saberlo todo sobre ella, y no solo porque su misterioso pasado y limitada huella digital despertaran su curiosidad. Parte del comportamiento de Lia no encajaba fácilmente en patrones explicables. Por ejemplo, ¿por qué se disfrazaba e iba a visitar a los niños al hospital? Algo tan altruista era totalmente contrario a lo que haría una oportunista, a menos que jugara con las simpatías de los padres de los niños con algún fin. No lo sabría nunca a menos que consiguiera conocerla mejor.

Además, estaba la atracción física que ella le inspiraba. Incluso en aquellos momentos, al tiempo que su pensamiento lo llevaba por caminos sombríos, no podía dejar de admirar sus largas pestañas ni de preguntarse si los gruesos labios serían tan suaves como parecían. La ropa informal que llevaba puesta hacía destacar un cuerpo tonificado con suaves curvas. Se imaginó colocándole las manos en las caderas para estrecharla contra su cuerpo. Bajando la cabeza y deslizándole los labios por el cuello hasta el lugar en el que este se unía con el hombro. Escucharla gemir de placer mientras la apretaba contra su creciente erección y le hundía la lengua en la boca…

–¿Paul? ¿Te encuentras bien?

–No, no estoy bien. Ethan y tú me habéis puesto en una posición insostenible por tener que mentir a Grady –replicó él, saliendo de su ensoñación.

–Lo sé y lo siento –replicó Lia. Le colocó una mano sobre el brazo. El contacto parecía abrasarle a través de la ropa–. Sin embargo, no tendrás que preocuparte por eso mucho tiempo. Dentro de un par de semanas, en cuanto Grady esté más restablecido y todo apunte a que se va a recuperar del todo, le explicaremos que el laboratorio que realizó la prueba genética cometió un error y yo me marcharé.

–¿Y por qué estás haciendo esto? –le preguntó Paul. Necesitaba comprender desesperadamente–. ¿Qué sacas tú de todo esto?

Algo apareció en los ojos de Lia muy brevemente. Entonces, ella se recompuso rápidamente y esbozó un gesto de completa inocencia.

–Nada.

¿Nada? La cautela volvió a apoderarse de Paul. No sonaba a verdad porque, lo que había visto en aquella décima de segundo, había sido toda la confirmación que necesitaba. Lia Marsh no estaba tramando nada bueno.

Lia se dio cuenta de que Paul no creía su afirmación y decidió que sería mejor explicarse un poco.

–En realidad, no quiero nada de tu abuelo ni de tu familia. Solo quiero ayudar.

Pronunció aquellas palabras con toda su pasión, preguntándose si algo de lo que ella pudiera decir conseguiría aplacar las sospechas de Paul.

Cuando él llegó a la habitación de su abuelo, la primera reacción de Lia no había sido pánico, sino un claro e innegable deseo. Era tan guapo… Sus anchos hombros y su gran altura le aceleraban los latidos del corazón mientras que su apostura empujaba sus deseos hacia un terreno muy peligroso.

En aquellos momentos, mientras la observaba con el ceño fruncido, Lia se vio de nuevo abrumada por su atractivo sexual. La luz del sol provocaba reflejos dorados en el rubio cabello y hacía destacar aún más su fuerte estructura ósea. En los breves momentos en los que no estaba frunciendo el ceño, sus rasgos eran tan atractivos como los de un muchacho. Lia deseaba que la sonriera, un deseo ridículo considerando que Paul había dejado totalmente clara la opinión que tenía sobre ella.

Antes de que Paul pudiera responder, su teléfono empezó a sonar. Él miró la pantalla e hizo un gesto de disgusto.

–Tengo que contestar.

En el momento en el que él centró su atención en la llamada, Lia regresó hacia la casa. Quería comprobar cómo estaba Grady antes de marcharse a su apartamento. Dado que Paul había regresado a casa, decidió que cuanto menos tiempo pasara junto a él, mucho mejor para ambos.

Cuando estaba a punto de llegar a la casa, vio que la madre de Paul descendía por la escalera que llevaba a la terraza. La sonrisa de Constance le dio a Lia una falsa sensación de pertenencia que le hizo sentir muy culpable por el engaño que ella representaba.

–Por fin te encuentro –dijo Constance–. ¿No está Paul contigo?

–Tenía que contestar una llamada.

–Seguramente será de su trabajo. Te juro que ese hijo mío no hace más que trabajar.

–Ethan me dijo que es muy bueno en su profesión.

–Se le da muy bien el trabajo con ordenadores y está completamente comprometido con la detención de delincuentes. En realidad, causó un gran revuelo en la familia que él decidiera trabajar para el departamento de policía al salir de la universidad en vez de hacerlo para Watts Shipping. Sin embargo, tenía que hacer lo que le pedía el corazón.

–Atrapar delincuentes parece ser su pasión.

–Sí, pero en realidad, desde hace dos años, se ha convertido más bien en una obsesión.

–¿Por qué?

–La empresa de un amigo suyo fue atacada por piratas informáticos, que le introdujeron un virus que afectó a cuatro millones de dominios, provocándoles que se filtraran datos de clientes sensibles, como las tarjetas de crédito. Esto estuvo ocurriendo durante seis meses antes de que se dieran cuenta. La mala prensa que le produjo ese incidente le provocó la pérdida de casi todas las cuentas más importantes y le dejó sin nada.

–¿Atrapó Paul a los responsables?

–Al final sí, pero no lo suficientemente rápido como para poder evitar lo que al final le ocurrió a Ben.

–¿Y qué le ocurrió a su amigo?

–Después de perderlo todo, murió en un terrible accidente de coche –dijo Constance con expresión sombría–. Paul estaba convencido de que las circunstancias eran muy sospechosas, porque no había otros coches implicados. Ben perdió el control, cayó por un puente y se ahogó. Además, Paul recibió un correo electrónico muy raro poco antes del accidente. Eso le convenció de que, tal vez, Paul se había suicidado.

–Es horrible…

–Sí. La muerte de Ben afectó mucho a Paul. Después de eso, se comprometió aún más con su lucha para poner entre rejas a todos esos delincuentes informáticos. ¿Sabes una cosa? Es increíble lo mucho que te pareces a tu madre –comentó Constance cambiando de tema, algo que pilló completamente desprevenida a Lia.

Sabía que su cabello y sus ojos oscuros la distanciaban de los rubios Watts y sus ojos verdes. Y eso incluía a Ava. Había visto fotografías de ella. Sin embargo, había bastado la palabra de Ethan para que todos la acogieran sin hacer preguntas. Al menos, la mayoría.

–Háblame de ella –dijo Lia.

–Era hermosa y con mucho talento. Jugó al tenis hasta que cumplió los catorce años, a un nivel que podría haberlo hecho profesionalmente.

–¿Y por qué no lo hizo?

–Le costaba mantenerse centrada en una sola cosa –contestó Constance–. Cuando llegó a la adolescencia, Ava era una niña muy complicada. Creció sin madre y Grady la mimaba terriblemente. Todo el mundo lo hacía porque podía ser totalmente encantadora cuando se lo proponía.

–Ethan me dijo que, al terminar la educación secundaria, se marchó a Nueva York para intentar ser modelo.

–Grady y ella tuvieron una pelea terrible cuando él descubrió que ella no tenía intención de ir a la universidad. Le dio a elegir, o seguía estudiando o se ponía a trabajar. Tenía muchas esperanzas en su futuro y quería motivarla –suspiró Constance–. Después de muchos años sin contacto alguno, Grady contrató a un detective privado para que la encontrara. Fue entonces cuando nos enteramos de que había fallecido. La policía no se puso en contacto con nosotros porque Ava consiguió borrar muy cuidadosamente todo lo que la ataba a Charleston. Cuando descubrimos que te había tenido, ya habías sido adoptada y tu expediente había sido sellado.

–Y mi… padre –dijo Lia. Le costó pronunciar aquella palabra. No solo porque no era la hija de Ava, sino porque ella no sabía nada de su propio padre. Su madre se había negado a hablar de él.

Constance parpadeó sorprendida.

–No sabemos nada de él. Lo que tu madre hizo en Nueva York es un absoluto misterio… Por eso es tan maravilloso tenerte aquí. Solo siento que nos llevara tanto tiempo encontrarte.

–He tenido una buena vida –comentó Lia, que, por alguna razón se sintió obligada a defender su infancia–. Una vida feliz.

–Claro que sí. Resulta evidente que eres una persona cariñosa y amable. Eso solo se consigue cuando has tenido la educación adecuada. Anoche estuve hablando con tu tía Lenora y creemos que deberías mudarte al antiguo dormitorio de tu madre.

–Oh… –susurró Lia, abrumada ante la idea de tener que mantener el engaño constantemente. Trató de encontrar la manera de zafarse de aquella invitación–. No podría imponer mi presencia…

–Eres de la familia. No estarías imponiendo nada. Además, nosotras tenemos razones puramente egoístas para sugerirlo. Pensamos que, cuanto más tiempo pases con Grady, más rápido mejorará él.

–Sí, pero…

–Lleva sin ti demasiado tiempo. Tenéis mucho de lo que hablar.

–Bueno, sí, pero…

–¿De qué estáis hablando las dos? –preguntó Paul mientras se acercaba a ellas por el sendero.

Lia se dio la vuelta para enfrentarse a él y prepararse para el desagrado con el que él recibiría la sugerencia de su madre.

–Por fin te encuentro –dijo Constance–. ¿Has subido a ver a Grady? Sus progresos son absolutamente sorprendentes.

–Sorprendentes, sí –repitió Paul mientras miraba a Lia con desconfianza.

–Y tenemos que darle las gracias a Lia.

–Eso oigo todo el rato –comentó él en tono neutral.

Constance, que pareció no notar la tensión que había entre Lia y su hijo, siguió hablando.

–Le estaba diciendo a Lia que Lenora y yo queremos que se mude aquí.

–Y yo le estaba respondiendo que no creo que sea buena idea –comentó Lia esperando que Paul creyera en su deseo de mantener las distancias con la familia.

–No hay necesidad de gastar dinero en un alquiler cuando aquí hay tanto espacio –apostilló Constance.

–Solo son un par de semanas –protestó Lia–. Entonces, Misty y yo nos marcharemos de aquí.

–¿Misty? –preguntó Paul.

–Es mi caravana.

–¿Le has puesto nombre a una caravana?

Lia lo miró con desaprobación. Paul podría insultar su integridad todo lo que quisiera, pero no a la caravana que consideraba su hogar.

–Es vintage.

Antes de que Paul pudiera seguir hablando, Constance intervino.

–Todo el mundo va a venir a cenar esta noche aquí. Espero que puedas venir.

–He venido aquí directamente desde el aeropuerto –dijo Paul–, así que tengo que ir a mi casa primero.

–Llévate a Lia. Estoy segura de que a ella le encantará ver tu casa. Lleva días aquí metida con Grady sin salir. Un poco de aire del mar le vendrá muy bien –sugirió Constance. Entonces, se volvió hacia Lia–. Luego te puedes pasar por tu casa a recoger tus cosas para instalarte aquí.

–De verdad, no estoy segura de que…

–Será mucho mejor para Grady que estés cerca.

A Lia no le quedó más remedio que ceder ante la determinación de Constance.

–Está bien.

–La cena es a las siete –dijo la madre de Paul.

–Volveremos con tiempo de sobra –afirmó Paul mientras miraba a Lia con desaprobación al ir a besar a su madre antes de marcharse.

Lia tuvo que apresurarse para alcanzarlo. Cuando se aseguró de que nadie podía escucharlos, le dijo:

–Quiero que sepas que no se lo he sugerido yo.

–Lo sé. Todo el mundo cree que lo que has hecho por Grady es un milagro.

–Yo no he hecho nada.

Paul la miró en silencio durante unos instantes antes de responder.

–Al contrario. Has hecho mucho.

A pesar de su desaprobación, Paul tenía unos impecables modales. Le abrió la puerta de su Range Rover a Lia y esperó a que ella se hubiera acomodado para cerrarla. Entonces, se dirigió al otro lado.

–Sé que no estás interesado en pasar tiempo conmigo, así que si quieres dejarme en mi casa…

–Al contrario. Tengo la intención de pasar contigo todo el tiempo que pueda para conocerte bien.

Lia tardó unos instantes en decidir si estaba alarmada o halagada.

–Estupendo. ¿Y es eso recíproco?

Paul dejó de concentrarse durante un instante en la carretera para mirarla.

–¿Qué quieres decir?

–Tú quieres saber todo sobre mí. ¿Me vas a permitir conocerte a mí también?

–¿Y por qué querrías hacer algo así?

–Porque es lo que hace la gente normal. Intercambian información para conocerse los unos a los otros.

–¿Es eso lo que hiciste con Ethan? –le espetó Paul.

–¿Por qué me preguntas por él?

–Aún no puedo comprender tu relación con mi hermano. ¿Cuánto te está pagando él por esta locura?

Por fin comprendía Lia adónde quería llegar Paul.

–Accedió a cubrir los ingresos que pierdo durante dos semanas.

–¿Cuánto?

–No lo sé –dijo ella arrugando el rostro mientras trataba de calcular una cifra–. Ninguna semana es igual que la anterior. Me pagan por cliente y eso varía.

–Redondéalo.

–Con las propinas, más o menos puede llegar a unos ochocientos dólares a la semana.

Por primera vez, Paul pareció sorprendido.

–¿Eso es todo?

–Sí, eso es todo. Solo quiero lo que es justo.

Paul la miró con escepticismo.

–¿Qué te parece si yo te pago cincuenta mil dólares y te largas de aquí para no regresar jamás?

Durante unos segundos, Lia pensó en el coche que podría comprar con esa cantidad de dinero. Si aceptaba la oferta de Paul, podría volver a su estilo nómada de vida en unos cuantos días.

–Dijiste que querías conocerme mejor –contestó por fin–. Bien, pues lo primero que deberías saber es que mi motivación no es el dinero.

–Eso es exactamente lo que dirías si tu finalidad fuera garantizar una cifra aún mayor.

–¿Sospechas solo de mí o de la gente en general?

–Tienes que comprender que tengo razones de sobra para dudar de ti.

–En realidad, no las veo –replicó ella, deseando que Paul dejara de jugar con ella.

¿Acaso conocía su pasado? Si Paul hubiera descubierto sus secretos, se lo habría dicho directamente. ¿Qué importaba que Paul conociera su historia?

–No me has contestado sobre lo de aceptar los cincuenta mil y desaparecer para siempre.

Lia vivía con frugalidad, evitaba incurrir en deudas, compraba solo lo que necesitaba y tenía muy pocas cosas.

–No tienes que pagarme nada por dejar de representar esta locura y desaparecer por completo de vuestras vidas –le dijo Lia. Notó un ligero alivio en la tensión que atenazaba a Paul. El deseo de ganarse su confianza la empujó a seguir halando–. Lo que Ethan y tú decidáis me parecerá bien.

Capítulo Cuatro

–¿De verdad te marcharías si convenciera a Ethan de que es lo mejor?

–Sí. Francamente, me sorprende que no lo hayas hecho ya.

–No contesta mis llamadas.

Paul agarró con fuerza el volante y consideró la respuesta de Lia. ¿De verdad les dejaría la decisión a Ethan y a él o actuaría solapadamente para ganarse el apoyo de Ethan?

–Entonces, no lo sabes.

–¿No sé qué? –quiso saber Paul mientras se preguntaba qué más habría ocurrido en su ausencia.

–Cómo surgió toda esta situación.

Paul la miró con curiosidad.

–¿Y cómo fue?

–Ethan me puso en una situación en la que las únicas opciones que tenía eran dejarme llevar y fingir ser la nieta de Grady o decirle la verdad y arriesgarnos a que él no se recuperara del golpe.

Aunque no le sorprendió que ella culpara de todo lo ocurrido a Ethan, Paul le dijo:

–¿Por qué no me dices lo que ocurrió?

–Ethan me hizo una encerrona. Yo pensaba que iba a ir a visitar a Grady como Lia. En vez de eso, cuando me coloqué al lado de la cama y le di la mano, tanto Ethan como él empezaron con lo de ser la hija de Ava.

–Entonces, ¿culpas a mi abuelo también de esta situación?

–No. Sí. Más o menos. Ethan me dijo que a Grady se le había ocurrido a él solo la idea.

–¿Y tú no mencionaste nada sobre que Grady podría mejorar si su nieta aparecía milagrosamente?

Lia se quedó boquiabierta.

–¿Con qué fin?

–Los Watts somos una familia rica, de las familias más antiguas de Charleston. Tenemos poder e influencia en esta ciudad. Tal vez te gustó la idea de formar parte de todo eso.

–No lo creo. De hecho, todo suena bastante estresante e intimidante, por no mencionar que tendría la amenaza de una sencilla prueba de ADN pendiendo sobre mi cabeza constantemente.

–Y, sin embargo, estás aquí –comentó él–. Y aquí estoy yo también, maldita sea. Odio tener que mentirle a toda mi familia, pero sobre todo a Grady.

–Yo me siento igual. Tu madre y tu tía han sido muy amables conmigo y tus primos son muy agradables. Es horrible no poder decir la verdad, pero luego veo lo contento que está Grady y lo veo mejorar un poco todos los días y pienso que toda esta situación podría merecer la pena.

Paul se negó a verse persuadido por sus palabras.

–Estoy seguro de que esa es la lógica que Ethan y tú habéis usado para justificar lo que habéis hecho, pero mentir está mal.

–La mayoría de las veces, pero no siempre. ¿Qué hay de lo de mentir para proteger los sentimientos de alguien? Mientras la mentira no sea maliciosa, no hace daño a nadie.

A Paul todo aquello le sonaba como un montón de excusas, pero había decidido invitarla a aquella visita a su casa para comprenderla un poco más y aquella conversación le estaba enseñando muchas cosas.

–Entonces, ¿no crees eso de que la verdad nos haga libres?

–No siempre. A veces puede ser dolorosa.

–Pero eso no justifica la mentira.

Lia se encogió de hombros.

–Tendremos que estar de acuerdo para estar en desacuerdo.

Paul la miró y vio que ella estaba contemplando el paisaje por la ventanilla. A pesar de las opiniones encontradas que ambos tenían, no podía evitar sentirse fascinado por ella.

–Supongo que sí.

Un profundo silencio cayó entre ellos y no se rompió ni siquiera cuando Paul tomó el desvío que conducía a su casa. Tras aparcar delante de ella, apagó el motor y la miró. Lia irradiaba desilusión y dolor, pero Paul se negaba a dejarse arrastrar por ello. A pesar del efecto positivo que tenía sobre Grady, no podía olvidar que Lia Marsh tan solo iba a causar problemas a su familia.

Ella estaba ocultando algo. Tan solo tenía que averiguar de qué se trataba. Por eso, había decidido mudarse a los antiguos establos, que estaban en la parte posterior de la finca, durante las próximas dos semanas para poder vigilarla. Quería que Lia comprendiera que a él no le engañaba con sus aparentemente buenas acciones.

–Solo estaré dentro unos minutos –dijo–. ¿Quieres esperar aquí o prefieres entrar?

–Como prefieras.

La cerradura electrónica se desbloqueó en cuanto él se acercó. Abrió la puerta y le indicó a Lia que pasara. Después de sugerirle que admirara las vistas, la dejó mirando la playa desde el enorme ventanal que componía una pared entera de su salón. Ya en su dormitorio, deshizo la maleta y cambió los trajes que había llevado a la conferencia por los pantalones y camisas más informales que prefería para ir a trabajar.

Antes de que hubiera terminado, su teléfono empezó a sonar. Miró la pantalla y vio que se trataba de Ethan. La intranquilidad que había estado sintiendo por la actitud de su hermano se alivió ligeramente.

A pesar de las expectativas de la familia, era Ethan y no Paul quien iba a suceder a Grady como mediador en la familia y la persona que tomaba las decisiones. Ethan siempre había sido el más empático de los dos hermanos. Extrovertido y simpático, tenía a estar más en contacto con los sentimientos. Aunque era el más joven, todo el mundo acudía a él para consejo y apoyo.

Por el contrario, Paul era más como un lobo solitario.

–Ya iba siendo hora de que me devolvieras las llamadas –respondió Paul con irritación mientras cerraba la puerta del dormitorio por si a Lia se le ocurría escuchar la conversación.

–Antes de que te pongas en tu papel de hermano mayor y empieces a echarme la charla sobre lo mucho que he metido la pata, dime que no ves un cambio espectacular en Grady.

–Está bien. Admito que Grady está mejor y que el hecho de creer que Lia es la hija de Ava es la razón de ello, pero, ¿por qué me metiste a mí en este asunto diciendo que yo fui quien la encontró?

–Pensaba que, si te llevabas el mérito de haber hecho algo que hiciera muy feliz a Grady, vuestra relación mejoraría.

–Te equivocaste al pensar que meterme en tu plan me haría sentirme menos furioso contigo. ¿Has pensado bien todo esto? Se va a quedar destrozado cuando se sepa la verdad y te aseguro que se sabrá, porque no pienso dejar que todo esto se prolongue.

–Nunca pensé que lo harías, pero, dentro de unas semanas, él estará más fuerte… O tal vez ella no tenga que irse. Piénsalo bien –prosiguió Ethan al escuchar que Paul se disponía a protestar–. Se pasa la vida conduciendo por todo el país con una caravana, trabajando en lo que encuentra. Esa no es vida. En vez de eso, podría quedarse con nosotros y ser nuestra prima.

–¿Has perdido la cabeza? –le preguntó Paul atónito–. No sabemos nada de esta persona.

–Yo sí lo sé. Es auténtica y amable. Todo el mundo la quiere.

–¿Incluso tú?

–¿Cómo dices? –exclamó Ethan. Entonces, soltó una carcajada–. Claro que no.

Lejos de estar satisfecho por la respuesta de su hermano, Paul siguió preguntando.

–¿Está ella enamorada de ti?

–No.

–¿Estás seguro? –insistió Paul. No podía dejar de pensar en que Lia había estado masajeando el cuerpo desnudo de Ethan–. Las mujeres suelen enamorarse de ti rápidamente.

–Eso es porque me porto bien con ella –replicó Ethan–. Deberías probarlo en alguna ocasión.

Paul tardó un instante en responder a la indirecta de su hermano. En realidad, ni tenía tiempo ni interés alguno por tener vida personal. Su estilo de vida tan solitario era lo único que Paul comprendía sobre Lia Marsh.

–¿Estás seguro de que no fue Lia quien te metió en la cabeza la idea de que ella debería hacerse pasar por la hija de Ava?

–Confía en mí. La idea se me ocurrió a mí solo.

–Ella afirma que solo tiene la intención de quedarse dos semanas.

–Eso es lo que hemos acordado. Traté de convencerla para que se quedara un mes, pero está decidida a marcharse. No le gusta quedarse en un lugar más de unos meses.

–¿Por qué?

–No lo sé. No habla mucho sobre sí misma.

–¿No te parece que eso indica que tiene algo que ocultar? Bueno, tengo que admitir que no me gusta esa situación, pero estoy de acuerdo que ella tiene un impacto positivo en Grady. Mientras solo sea dos semanas, no me importa que ella se quede y finja ser la hija de Ava.

–Gracias –dijo Ethan tras exhalar un largo suspiro–. Y no te preocupes. Ya hemos diseñado una estrategia para que pueda marcharse. Todo va a salir bien. Ya lo verás.

–Los dos decís lo mismo. Espero que tengáis razón.

–Claro que sí. Y sé amable con Lia. Nos está haciendo un gran favor.

Después de terminar de hablar con Ethan, Paul estuvo pensando en las últimas palabras de su hermano mientras metía la ropa que necesitaría para las próximas dos semanas en una bolsa de viaje. Nadie cuestionaría su decisión de quedarse en la finca familiar. Su despacho estaba muy cerca de allí y había dormido en los antiguos establos con frecuencia desde que su abuelo sufrió el ictus.

Cuando terminó, bajó y dejó la bolsa en el vestíbulo antes de regresar al salón para buscar a Lia. Miró por la ventana y la vio junto a la piscina, con los brazos cruzados sobre el pecho mientras contemplaba el océano Atlántico. Se había soltado el cabello y la fuerte brisa se lo revolvía.

–Nunca he podido decir si prefiero la montaña o la playa –comentó ella con una sonrisa cuando él se le acercó–. Supongo que por eso viajo tanto. Siempre hay sitios nuevos por descubrir.

La tranquila expresión de su rostro dejó a Paul sin palabras. Examinó las pecas que le cubrían la nariz y las mejillas y se preguntó qué era lo que ella tenía que tanto lo cautivaba. A pesar de que no había dejado de sospechar de ella, estaba dispuesto a aceptarla en su familia para salvar a su abuelo, pero, aunque Ethan había tratado de convencerle de lo contrario, sabía que Lia representaba un peligro para la familia.

Entonces, ¿por qué tenía que reprimir constantemente el deseo de tocarla, de saborear su piel, de estrecharla contra su cuerpo y capturar aquellos rosados labios con un beso? Aquella guerra sin cuartel entre su cuerpo y su mente resultaba agotadora.

¿Habría influido en Ethan de la misma manera?

–Creo que mi hermano podría estar enamorado de ti.

–¿Cómo has dicho? –le preguntó ella mirándolo. Entonces, soltó una carcajada–. Eso es ridículo.

–¿Tú crees? Se muestra muy protector hacia ti.

–Eso es porque le caigo bien. Soy una buena persona.

–¿Te estás acostando con él?

–Es mi cliente –replicó ella inmediatamente–. No me acuesto con mis clientes.

–¿Pero te sientes atraída por él?

–Ethan es un hombre muy atractivo, con modales impecables, una voz profunda y sensual y mucho encanto. El hecho de que no me sienta atraída por él hizo que mis compañeros de trabajo, de ambos sexos, cuestionaran mi orientación sexual. Soy una profesional. Nunca aceptaría a Ethan como cliente si él me atrajera. Para mí, eso es cruzar la línea.

–Te olvidas de que os he visto juntos. Hay algo entre vosotros.

–Cuando está conmigo, se siente lo suficientemente cómodo como para compartir cosas.

–Es más que eso…

–No, no hay nada más –afirmó Lia con impaciencia–. Mira, me da la sensación de que estamos bailando alrededor de algo.

–Yo no bailo.

–No, no esperaba que lo hicieras. Mira, para que esto funcione, tenemos que encontrar el modo de llevarnos bien. ¿Qué te parece si te confieso que hay algo que me resulta difícil admitir? –comentó. Entonces, se aclaró la garganta y esbozó una nerviosa sonrisa–. Te encuentro atractivo.

Paul debería haber considerado aquella afirmación como una manipulación y haberla recibido con escepticismo. Sin embargo, aquella confesión encendió su cuerpo como si se tratara de una fogata.

–¿Por qué me dices eso?

–Te da un poco de poder sobre mí –respondió ella con una sensual y dulce sonrisa.

–Y piensas que lo necesito –observó Paul.

–¿No es así? Creo que te gusta tener el control en todo momento y apuesto algo a que te vuelves loco cuando las cosas no salen como habías planeado.

–No me vuelvo loco –dijo él dando un paso al frente e invadiendo el espacio de Lia. No quería pensar en la verdadera motivación que había para lo que estaba a punto de hacer–. Me adapto.

Lia no comprendió la razón por la que Paul se acercó a ella y no vio venir el beso. El hecho de que la sorprendiera acrecentó el impacto emocional del aliento de él acariciándole la piel. Un instante más tarde, los labios de él tocaron los de ella y Lia sintió que millones de estrellas explotaban bajo sus párpados. Él le agarró la cabeza con fuertes manos, sujetándola, mientras la firme y hábil presión de la boca le quitaba a Lia el aliento y el equilibrio.

Los besos de Paul eran de una clase especial. Nunca antes se había sentido ella tan poseída por la magia del momento. La perfección de sus labios deslizándose sobre los de ella. El modo en el que contuvo el aliento cuando Lia se puso de puntillas y se inclinó sobre él. Lia no quería que el beso terminara nunca, pero no podía explicar por qué. ¿Qué tenía Paul que la atraía de aquella manera? Él no le había ofrecido nada más que escepticismo y malas palabras. Sin embargo, su masculino y limpio aroma y la delicada caricia de sus dedos sobre la piel desataba gozo y deseo a la vez.

Cuando le aspiró el labio inferior, Lia dejó escapar un gemido y le proporcionó acceso completo a su boca. La lengua se enredó con la de ella y su sabor acrecentó aún más su apetito. Le enredó los dedos en el cabello para evitar que las bocas se separaran mientras él la besaba con fruición y ella lo devoraba.

Paul le rodeó la cintura con el brazo y la estrechó contra su firme torso. Aunque ella ya había apreciado el poderoso cuerpo de Paul desde la distancia, apretada de aquella manera contra él incrementó el deseo de sentirlo aún más íntimamente.

La habían besado lo suficiente para saber que nunca había experimentado algo así antes. La piel le ardía y se sentía como si le corriera fuego por las venas hasta llegar a lo más profundo de su vientre. Paul debió de reconocer el aumento de su deseo porque le colocó una mano sobre el trasero y apretó lo suficiente para provocarle una oleada de placer entre las piernas. Abrió la boca y arqueó la espalda, irguiendo los pechos hacia él para satisfacer el deseo de contacto que estos tenían.

De repente, Paul rompió el beso. Lia estuvo a punto de lanzar un grito de protesta, pero el gélido aire del mar le golpeó con fuerza la acalorada piel y la devolvió a la realidad. Dio un paso atrás, sorprendida de la falta de apoyo que le ofrecían las rodillas. Colocó la mano sobre el torso de Paul para recuperar el equilibrio y notó que él espiraba con fuerza. Su propio corazón latía a toda velocidad como consecuencia del beso.

Levantó la mirada y vio la llama del deseo reflejada en aquellos ojos verdes. Un momento después, desapareció por completo. ¿Se lo había imaginado? Por mucho que le doliera abandonar la calidez y la comodidad de sus brazos, Lia necesitaba distanciarse para recuperar la compostura y darle sentido a lo que acababa de ocurrir. Paul le había dejado muy claro que ella no le gustaba. Entonces, ¿qué era lo que estaba haciendo?

–¿Ha sido eso para determinar si es verdad que me siento atraída por ti? –le preguntó ella mirando la expresión de Paul y esperando que no hubiera sido esa la razón del beso.

–¿Por qué crees que yo sería capaz de hacer algo así? –replicó él mientras se deslizaba el pulgar por el labio inferior.

–Porque no te crees nada de lo que digo –respondió ella, completamente hipnotizada por aquel gesto, con cierta amargura. El tono de su voz la sorprendió, porque deseó que la opinión de Paul no fuera tan importante para ella–. Bien, ¿cuál es el veredicto? ¿Crees que me siento atraída por ti?

–Sí. ¿No me vas a preguntar si el sentimiento es mutuo? –añadió Paul al ver que ella guardaba silencio.

–No. No quiero jugar a eso contigo.

El rostro de Paul parecía estar tallado en piedra.

–Le dije a Ethan que, por el momento, seguiré vuestra mentira.

–Genial –dijo ella. Se sentía derrotada, aunque no sabía por qué aquella noticia le había molestado tanto–. Estoy segura de que eso alegró mucho a Ethan.

Paul la miró durante unos segundos antes de asentir.

–Deberíamos regresar.

Realizaron el trayecto a Charleston casi en silencio. Lia tenía que ordenar sus sentimientos sobre el beso, sobre el hecho de que Paul hubiera aceptado tan repentinamente que ella se hiciera pasar por su prima y lo que ocurriría si sus razones para representar el papel salían a la luz.

Sospechaba que la fuerte atracción que sentía por Paul podría transformarse en algo más, algo que no se parecería en nada a lo que había vivido antes. Nunca había experimentado tal deseo de estar con un hombre. Esa necesidad la asustaba un poco, pero no podía ignorar la potencia de su deseo. No podía fingir que rendirse a la tentación no tendría consecuencias. No se imaginaba que el deseo que sentía por él desaparecería en un día. Incluso si Paul nunca descubría de dónde venía, tenía la intención de volver a la carretera en cuestión de pocas semanas. Para su tranquilidad futura, necesitaba embotellar sus sentimientos en aquel mismo instante.

Desgraciadamente, lo que estaba ocurriendo entre Paul y ella en aquellos instantes no era solo una bomba emocional que estaba a punto de explotar. El modo en el que su madre y su tía le habían dado la bienvenida a la familia la había afectado de un modo que no había esperado. A pesar de que se sentía culpable por el fraude que estaban haciendo, el amor que todos ellos habían mostrado por la niña perdida había hecho que Lia se preguntara cómo la recibirían a ella si alguna vez se pusiera en contacto con la familia que su madre había dejado en Seattle.

Jen Marsh se había marchado poco después de terminar la secundaria y no había vuelto a mirar atrás. El hecho de que jamás se quedara mucho tiempo en un lugar significaba que rara vez formaba vínculos duraderos. Y lo mismo le ocurría a Lia.

Aunque no había disfrutado nunca de apoyo de una familia, en ocasiones Lia añoraba pertenecer a una. En realidad, no se imaginaba pertenecer a una familia tan grande y unida como los Watts. La realidad era que muy pronto estaría viviendo entre ellos y que todos esperarían que compartiera detalles de su vida. Jen Marsh se había tomado muchas molestias para escapar de su pasado y crear una vida anónima para Lia y ella. Si Paul seguía escarbando en su pasado, podría poner todo aquello en peligro. ¿Le interesaría a alguien la historia sobre la nieta de un estafador tres décadas después de que él ingresara en la cárcel? Lo dudaba, pero para estar segura, sería mejor que evitara la atención pública en las próximas dos semanas.

Después de parar brevemente en su apartamento para que ella pudiera recoger su limitado guardarropa, Paul la llevó directamente a la casa de Grady. Constance los estaba esperando y la condujo a la planta superior, donde estaban los dormitorios, explicándole la historia de la casa al mismo tiempo.

–Fue construida en 1804 por Jacob Birch y sus descendientes vivieron aquí hasta 1898, cuando la compró Theodore Watts. La casa es propiedad de la familia Watts desde entonces.

–Vaya, eso es mucho tiempo. ¿Y aquí solo vive Grady?

–Grady lleva solo aquí desde que perdió a su esposa a finales de los años sesenta –añadió Paul–, pero las gemelas Shaw viven en la casa del guardés y yo paso las noches en los antiguos establos de vez en cuanto. Con más frecuencia desde que tuvo el ictus.

–Debe de gustarle teneros a todos tan cerca…

–Las dos chicas están tan ocupadas con sus estudios y vidas sociales que por eso es maravilloso que te alojes aquí con Grady. ¿Te has traído traje de baño? La piscina se arregló hace poco. Este era el dormitorio de tu madre –le dijo Constance mientras la llevaba a una habitación que quedaba justo enfrente de la de Grady–. Es la mejor habitación, después de la suite de Grady.

–¡Vaya!

La enorme y luminosa estancia daba a los jardines. Lia contempló los enormes ventanales, la maravillosa cama y el enorme armario acristalado que dominaba una pared entera. Incluso con los dos disfraces de princesa que ella tenía, Lia sabía que su ropa no ocuparía ni la mitad de aquel espacio.

–Parece que te gusta –comentó Constance encantada.

–Nunca he estado en un dormitorio tan grande ni tan bonito –dijo Lia–. Es mucho más grande de a lo que yo estoy acostumbrada.

Lia era minimalista tanto por deseo como por necesidad. Necesitaba muy pocas cosas porque el hecho de vivir en una caravana en la que viajaba por todo el país la había acostumbrado a vivir tan solo con lo esencial. La única excepción era su cada vez más amplia colección de disfraces de princesa. Sin embargo, en el momento en el que había entrado en aquel dormitorio se había quedado atónita, no solo por el lujo y comodidad del dormitorio, sino también por el hecho de contar con un cuarto de baño que era mayor que su propia caravana. Se imaginó dándose un largo baño en la maravillosa bañera, pero, entonces, la realidad se volvió a apoderar de ella. No estaba de vacaciones. Dentro de un par de semanas, volvería a estar con Misty en la carretera.

–Acostúmbrate –le aconsejó Constance–. Vas a estar con nosotros mucho tiempo…

Lia sintió que se le hacía un nudo en la garganta. La familia Watts era totalmente opuesta a la actitud que tenía su madre hacia la familia.

–Paul, ¿puedes ir a buscar a Cory para decirle que tiene que subir el resto de las cosas de Lia?

–Esto es todo lo que tiene –respondió Paul mientras colocaba las cajas con los disfraces encima de la cama.

–¿Qué quieres decir? –preguntó Constance mirando las cajas y la pequeña bolsa de viaje de Lia–. ¿Cómo es posible?

–No tengo mucho sitio en mi caravana –explicó Lia–. Y tampoco necesito muchas cosas.

–Eso era en tu vida de antes. Ahora eres una Watts y deberías vestirte como tal –comentó Constance mientras miraba las mallas de yoga y la camiseta que Lia llevaba puestas–. Tenemos que comprarte ropa nueva. Las gemelas te pueden enseñar sus boutiques favoritas.

–No hay necesidad –comentó Lia mirando a Paul con cautela–. Estoy segura de que Poppy y Dallas están demasiado ocupadas para llevarme de compras. Además, solo voy a estar aquí un par de semanas.

–Tonterías. Tienes que quedarte más tiempo. Por ti, Grady se está poniendo mejor a cada día que pasa. No hay necesidad de que estés metida en la casa todo el tiempo. Las gemelas y Ethan te pueden llevar por ahí para que conozcas a sus amigos. Tengo varios eventos en las próximas dos semanas a los que todos vamos a asistir. Cuando se corra la palabra, todo Charleston estará deseando conocerte.

Mientras Constance hablaba, la ansiedad de Lia iba cada vez más en aumento. Recurrió en silencio a Paul, pero él permaneció en silencio. Lia frunció el ceño al darse cuenta de que su actitud era deliberada. No quería prestar ayuda para demostrar lo alocado que era el plan de Ethan. Como si Lia necesitara que se lo mostrara.

–En estos momentos, me siento verdaderamente abrumada –protestó Lia–. No estoy acostumbrada a tanta atención. Si no te importa, me gustaría centrarme en conseguir que Grady se ponga mejor.

–Sí, claro, por supuesto –dijo Constance algo sorprendida y un poco avergonzada–. Supongo que me he emocionado un poco. Estamos tan contentos de tenerte en casa…

Por fin, Paul pareció apiadarse de Lia.

–Mamá, ¿por qué no la dejamos a solas para que deshaga su maleta?

La mirada de agradecimiento que ella le dedicó solo consiguió que él frunciera el ceño. Ciertamente, no había manera de caerle en gracia.

–Por supuesto –dijo Constance–. Reúnete con nosotros abajo cuando hayas terminado. ¡Ah! Casi se me había olvidado –añadió cuando estaba a punto de marcharse–. Hay un pequeño regalo de bienvenida para ti en la mesilla de noche.

La primera reacción de Lia fue mirar a Paul y luego protestar porque ella no necesitaba regalos.

Cuando por fin se quedó a solas, comenzó a colocar en los cajones de la cómoda sus escasas pertenencias. Entonces, sucumbió a la curiosidad para ver qué era el regalo. Un estuche pequeño y aplastado esta sobre la cómoda junto a nota escrita en una elegante hoja de papel.

Esto perteneció a tu abuela. Pensamos que deberías tenerlo tú. Constance.

Lia retiró la cinta del estuche y lo abrió. Sobre terciopelo negro, había un relicario muy antiguo. Sintió que se le hacía un nudo en el corazón cuando lo abrió y vio que contenía una fotografía de Ava cuando solo era una adolescente. Se sentó en la cama y miró la fotografía, pensando en todos los sucesos que la habían llevado hasta aquel momento y deseando haber hecho muchas cosas de un modo muy diferente.

–Hola.

Lia levantó la mirada y vio a Ethan, imponente con un elegante traje azul con corbata color lavanda.

–Hola.

–¿Te parece bien alojarte aquí durante las próximas dos semanas? –le preguntó Ethan mientras entraba en la habitación–. Tanto mi madre como mi tía Lenora pueden ser muy insistentes y no quiero que te sientas presionada.

–Pienso pasar la mayoría de ese tiempo con tu abuelo, así que creo que podré soportarlo durante un par de semanas.

Ethan se acercó a ella y le tomó la mano.

–Sé que esto no es lo que habíamos planeado en un principio. Estoy en deuda contigo por ayudar de esta manera.

–No, de verdad. Solo quiero traerle algo de paz a tu familia.

–Ciertamente lo estás haciendo.

–¿Puedes convencer a tu madre para que no me presente delante de todo Charleston como la hija de Ava? Eso podría terminar complicándolo todo y no quiero que tu familia sea objeto de chismorreos.

–Claro, yo me ocuparé.

–Gracias, porque tu hermano no me ha ayudado en nada. Pensaba que quería mantenerme lejos de su vida.

–Sé que resulta muy difícil creerlo, pero me parece que Paul cambiará de opinión cuando te conozca.

–Eso espero…

El recuerdo del beso que habían compartido hizo que se le ruborizaran las mejillas y que el deseo se despertara dentro de ella.

–Resulta inquietante la enorme antipatía que siente por mí.

Capítulo Cinco

Paul terminó un poco antes de trabajar y se dirigió a la casa de su abuelo para ver cómo estaba. Antes de que Lia Marsh entrara en sus vidas, su jornada laboral jamás tenía hora de finalización, pero últimamente no se podía concentrar tanto en sus actividades diarias.

Cuando no estaba tratando de investigarla, se sorprendía recordando el momento en su casa en el que se había rendido al deseo de besarla. En varias ocasiones en los últimos días, habría dado cualquier cosa por escapar del recuerdo de cómo la había sentido entre sus brazos, de lo suaves que eran sus labios y del deseo que lo llevaba a imaginar lo sedosa y fragante que sería la piel de Lia bajo sus manos.

Su intención había sido desestabilizarla, pero en realidad no había conseguido averiguar nada sobre sus planes. Además, a lo largo de la última semana ella no había dado ningún paso en falso que confirmara que no era tan buena como parecía. Aún no había averiguado cuál era su motivación para hacerse pasar por la nieta de Grady. No había descartado aún el dinero, pero no había encontrado nada que la delatara.

También se le ocurrió que tal vez se estaba preocupando por algo que no debía. Solo quedaba una semana para que ella se marchara y Grady seguía mejorando. Sin embargo, cuando le dijeran que la prueba genética no era válida y que Lia no era su nieta, ¿volvería a empeorar de nuevo la salud del anciano? Lia seguía insistiendo que, cuando ella se marchara, Grady seguiría mejorando solo, pero, ¿y si ella era el oxígeno que mantenía ardiendo la llama del deseo de vivir de Grady?

Se bajó de su vehículo con la intención de marcharse a los antiguos establos para tomarse una cerveza bien fría. Entonces, escuchó un ligero canturreo por encima del crujido de la grava bajo los pasos y comprendió de quién se trataba. Era Lia.

Después del beso que habían compartido, había evitado quedarse a solas con ella. La mujer que salió de entre las plantas ejerció sobre él un impacto…

¿Qué diablos?

Lia se había transformado en otra princesa. Incluso sus movimientos eran diferentes.

–¿Qué es lo que llevas puesto?

–Es un vestido de baile –respondió ella como si fuera lo más normal del mundo llevar puesto un vestido amarillo de raso y tul con tres voluminosas capas, una peluca pelirroja peinada muy elegantemente y largos guantes amarillos–. Voy al hospital para visitar a los niños. He estado tan ocupada con Grady que falté la semana pasada y no puedo volver a desilusionarles.

–¿Qué princesa eres hoy?

–Bella, de La bella y la bestia. La película de Disney sobre el príncipe que se ve transformado en una bestia y que solo se puede salvar por alguien que le ame tal y como es.

–¿Por qué te vistes como personajes Disney?

–Porque a los niños les encanta. También agradecen cuando aparezco sin disfraz para estar con ellos, pero cuando los visito vestida de Bella, de Elsa, de Cenicienta… se olvidan de lo enfermos que están.

–¿Cómo empezaste a hacer esto?

–Supongo que podríamos decir que crecí queriendo ser una princesa. Me imaginaba que era como Rapunzel o la Bella Durmiente, encerrada en una torre alejada de mis padres. Oculta. Cuando me hice mayor, me obsesioné con conseguir un trabajo en Disney como una de las princesas.

–¿Y qué ocurrió?

–Me convertí en un personaje Disney, sí, pero no fue una de las princesas.

–¿Uno de los malos?

–No. Dale. De Chip’n Dale. Las ardillas. Llevaba puesto una enorme cabeza de ardilla y me daba mucho calor. Era muy incómodo, pero merecía la pena porque a los niños les encantaba.

–¿Cómo pasaste de ser un personaje Disney a masajista?

–Ya te he dicho que ese disfraz me daba mucho calor. Ser un personaje Disney no era tan glamuroso como yo había esperado. Una de mis compañeras estaba dando clases para convertirse en masajista y me pareció buena idea. Era una manera de ayudar a la gente y eso es lo que realmente me gusta hacer.

–Ciertamente has tenido un gran impacto en Grady, así que supongo que tienes habilidad para que la gente se sienta mejor.

–Gracias por decir eso…

–¿Cómo vas a llegar al hospital?

–Andando. Solo está a quince minutos de aquí.

–¿Por qué no te llevo en coche?

–De verdad, no es ningún problema.

–Insisto.

–Me gusta andar.

–A mí también. Podría ir andando contigo.

Lia se colocó las manos en las caderas y arqueó las cejas.

–¿No tienes ningún malo al que perseguir?

–No. Acabo de cerrar una investigación muy importante, así que me he tomado la tarde libre –le dijo Paul. Entonces, le ofreció el brazo a Lia con gesto galante, algo que la sorprendió profundamente–. No puedo pensar en nada que yo pueda disfrutar más que ver cómo haces de Bella.

–Normalmente estoy allí durante un par de horas. Estoy segura de que tienes cosas mejores que hacer.

–Deja de intentar librarte de mí –protestó Paul–. No hay ninguna otra cosa que prefiera hacer en este momento –añadió. Y, a su pesar, era cierto.

Lia parecía querer seguir oponiéndose, pero se encogió de hombros y se agarró al brazo de Paul. El delicado contacto produjo en él tanta impresión que le costó concentrarse mientras ella le contaba cómo Bella y Bestia se enamoraron.

A Paul nunca le pareció que quince minutos pasaran tan rápidamente y enseguida se encontraron en el hospital. Lia parecía ajena al revuelto que causaba su presencia. Todos los trabajadores del hospital la saludaban afectuosamente. Paul se fijó que algunas de las visitas la miraban atónitos o incluso se reían del elaborado disfraz. Se sorprendió mirando con desaprobación a algunos, que en realidad reaccionaban de la misma manera que él cuando la vio por primera vez.

–¿Qué? –preguntó él al ver la expresión divertida con la que ella lo miraba mientras esperaban el ascensor.

–Estaba pensando que, por el modo en el que has mirado a esas personas, harías de Bestia estupendamente.

–Supongo que no estoy hecho de la pasta del Príncipe Azul.

–Pues podrías…

–No. Ethan es el Príncipe Azul.

–¿Ethan? ¿De verdad te lo imaginas disfrazado con casaca y pantalones de montar a caballo?

–Tal vez para la mujer adecuada…

–No creo que le gustara actuar…

–A mí tampoco.

–Creo que te sorprenderías… –murmuró ella mientras lo miraba muy fijamente.

La sonrisa que Lia le dedicó le provocó una oleada de calor por todo el cuerpo. Entraron en el ascensor, pero, antes de que él pudiera encontrar una respuesta, las puertas volvieron a abrirse y, en menos de un segundo, se encontraron en el pasillo de la planta de pediatría. Ella se detuvo durante un instante, respiró profundamente y cerró los ojos. Un seguro después, los abrió y una maravillosa sonrisa frunció sus labios. Era como si se hubiera convertido en una persona totalmente diferente.

Aquella transformación dejó a Paul sin palabras. La siguió hasta el puesto de las enfermeras y, después de que ella saludara a todo el mundo, lo presentó a él. Varias enfermeras los acompañaron hasta una sala donde los niños se habían reunido para jugar. La aparición de la adorada princesa provocó una increíble alegría en los niños.

Paul observó el espectáculo completamente hipnotizado junto a un grupo de padres. Observó cómo ella iba de niño en niño, esparciendo alegría a su paso. Llamaba a algunos de los niños por su nombre. El efecto no solo se producía en los niños. Paul vio cómo algunas madres echaban a llorar al ver los rostros felices de sus hijos. Una vez más, Lia estaba sacando la magia que había utilizado para alejar a Grady del borde de la muerte.

Sintió que se le hacía un nudo en el pecho y lo frotó suavemente para aliviarlo. Lia era demasiado. Recordó las palabras de Ethan el primer día, afirmando que era completamente auténtica mientras Paul solo pensaba en desenmascararla. Sin embargo, en ese momento, estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda.

Y aquello empeoraba todo aún más.

Controlar la atracción había sido más fácil cuando tenía motivos para sospechar de ella. Sin embargo, en cuanto empezó a cantar, todo cambió. Paul jamás habría imaginado que se sentiría atraído por un espíritu libre como Lia. Sus ideas sobre el poder curativo de la música y de la aromaterapia parecía más una utopía que un hecho real. Sin embargo, no podía negar la increíble mejora de Grady.

Ni cómo estaba cambiando su propia opinión.

Durante la siguiente hora, Lia mostró un extenso repertorio de canciones infantiles. Cuando por fin terminó la actuación con una reverencia digna de una princesa real y se despidió, a Paul no le sorprendió el nudo que se le hizo en el corazón cuando por fin le dedicó toda su atención a él.

Cuando salieron a la calle, comenzaron a andar en dirección a la casa de Grady.

––¿Y haces esto todas las semanas? ¿Por qué?

–Tú mejor que nadie deberías comprenderlo –comentó ella mientras se quitaba uno de los guantes amarillos. No fue un gesto ni provocativo ni sexy, pero a Paul le aceleró los latidos del corazón.

–¿Por qué crees que debería comprenderlo?

–Por todas las obras benéficas que hace tu familia.

–La filantropía y la riqueza suelen ir de la mano.

–Hay una diferencia entre firmar un jugoso cheque y darle tiempo y energía a una causa. Tu familia participa activamente porque es lo que le dictan sus valores.

Sin embargo, parte de esos valores estaban definidos por el hecho de que, por su buena fortuna, los Watts sentían que debían algo a los menos afortunados. Lia no tenía mucho dinero, entonces, ¿a qué se debía su deseo de ayudar a los demás? A pesar de los hechos que conocía sobre ella, la visita al hospital de aquel día le había demostrado lo poco que en realidad sabía de ella.

–Gracias por acompañarme –dijo ella sacando a Paul de sus pensamientos.

Ya estaban llegando a la casa y Paul no tenía ganas de separarse de ella.

–¿Quieres venir a tomar una copa?

Lia lo miró fijamente, como si se estuviera pensando qué responder. Entonces, sacudió la cabeza.

–No te entiendo.

–El sentimiento es mutuo.

–Llevas toda la semana evitándome y hoy, de repente, decides venir conmigo al hospital y me invitas a tomar una copa. ¿Qué ha cambiado? Ah. Me apuesto algo a que estás planeando emborracharme con la esperanza de que se me escape algo y te diga algo que condene.

–Ahora eres tú la suspicaz –replicó él. No quería poner sus cartas sobre la mesa, pero comprendía que, al menos, tenía que dejarle echar un vistazo con la esperanza de que ambos pudieran extender su tiempo juntos–. Tal vez me ha gustado tu compañía esta tarde y no quiero que acabe.

–¿Cómo? –repuso ella, parpadeando con incredulidad–. ¿Te he escuchado bien? ¿Has dicho que has disfrutado de mi compañía?

–¿Quieres venir a tomar una copa conmigo o no?

Lia comenzó a golpearse suavemente los labios con un dedo, como si estuviera considerando la invitación.

–Bueno, dado que me lo has pedido tan cortésmente, claro que sí. Deja que me cambie y vaya ver a Grady. No tardaré más de diez minutos.

–¿Necesitas ayuda? –le preguntó al ver los complicados lazos con los que se sujetaba el vestido–. Nunca antes he desvestido a una princesa.

–Si pensara que has dicho eso en serio –comentó ella–, aceptaría tu oferta.

Paul abrió la boca para hablar, pero Lia se lo impidió.

–No, no digas nada más –añadió antes de dirigirse hacia la casa–. Volveré dentro de diez minutos. Eso debería ser tiempo suficiente para que averigües cómo salir de esta.

El buen ánimo de Lia la acompañó mientras atravesaba los jardines en dirección a la casa. Cuando se puso el disfraz aquella tarde, nunca se habría imaginado que le esperaban unas horas tan mágicas. Se había pasado una semana ansiosa y triste sobre la exagerada desaprobación de Paul y sin saber cómo enfrentarse a la irresistible respuesta de su cuerpo al atractivo físico de él o cómo mantener bajo control su propio deseo.

Si le hubieran dicho que describiera a Paul, Lia habría dicho antes de aquella tarde que era seguro de sí mismo y autoritario. Sin embargo, en el hospital, había visto un lado muy diferente de Paul, demostrando que podía ser más abierto de lo que había imaginado. Aquel breve respiro en la desconfianza que había mostrado hacia ella era un cambio muy agradable.

Afortunadamente, no se encontró con nadie en el camino a su dormitorio. La puerta de Grady estaba cerrada, lo que indicaba que estaba descansando. No le molestó.

Aunque se dio prisa, tardó más de diez minutos en cambiarse. Tras quitarse el elaborado disfraz, se dio una ducha y se aplicó un poco de rímel y de lápiz de labios. Quería que Paul pensara que era una mujer atractiva. Se recogió el cabello en lo alto de la cabeza para no tener que secárselo y se aplicó unos polvos sueltos sobre la nariz, borrándose las pecas. Notó cómo Paul a menudo se fijaba en aquella imperfección.

Cuando llegó a los antiguos establos, estaba temblando de anticipación. Muchas noches le había costado conciliar el sueño y se había dicho una y otra vez que era una necia por permitir que Paul la afectara de aquella manera. Mientras él la trataba como una ladrona, ella se veía atormentada por fantasías sexuales en las que él le hacía el amor con toda pasión e intensidad. De repente, aquel día, él le mostraba un poco de amabilidad y ella se dejaba llevar.

–Siento haber tardado tanto tiempo. El vestido y la peluca que habían hecho sudar mucho, por lo que me di una ducha –dijo mientras observaba su rostro para ver si él la encontraba atractiva o no.

Paul se acercó a ella y aspiró.

–Maldita sea, qué bien hueles…

Una sensación parecida al rayo de una tormenta recorrió el cuerpo de Lia. Entonces, envalentonada, levantó la mano y le cubrió la mejilla.

–Estás atraído por mí… lo que ocurrió la última vez fue real –susurró.

–Muy real –dijo él mientras le rodeaba la cintura con un brazo y la estrechaba contra su cuerpo–. Y me prometí que no volvería a ocurrir.

–¿Por qué no? –preguntó ella. Ansiaba deslizar las manos por debajo de la ropa y acariciarle la piel.

–Estás haciéndote pasar por mi prima.

–Bueno, mientras tengamos cuidado y no nos sorprendan…

–¿De verdad crees que es eso lo que me preocupa? –replicó él mientras le apartaba las manos con un gesto de frustración–. ¿Que nos sorprendan?

–¿No? –preguntó ella muy confusa.

La expresión del rostro de Paul podría haberla empujado a hacer más preguntas si su cuerpo no estuviera preso de un potente anhelo. Día y noche, se había atormentado recordando aquel beso, yendo más allá de aquel momento cuando él se detuvo. Se había imaginado cien variaciones. Los dos entrando y haciendo el amor en su cama. Que Paul la llevaba al jacuzzi y le hacía correrse mientras ella flotaba rodeada de burbujas. O ella arrodillándose ante él para darle placer mientras él se agarraba a la balaustrada y mostraba a gritos su placer.

–Mira, si lo que te preocupa es que me pueda enamorar de ti… no tienes por qué. Te encuentro atractivo. Es solo sexo.

Desde que empezó a sentir la atracción física, había aceptado que no tenían futuro. Paul la miraba con sospecha y desconfianza. En muchos sentidos, sus caracteres y su pasado eran tan diferentes que resultaban totalmente incompatibles. Nunca hubiera podido ella imaginar que Paul podría declarar públicamente que ella era su acompañante, y mucho menos su novia.

Sin embargo, la química que había entre ellos era innegable. Por ello, lo único que les quedaba era el sexo. Sexo espectacular. Tal y como Paul la había besado, Lia sabía que él sería maravilloso en la cama. Tembló de anticipación al imaginarse sus fuertes manos recorriéndole el cuerpo desnudo. Solo imaginarse cómo él le deslizaría el dedo entre los húmedos pliegues de la entrepierna bastaba para que su cuerpo se tensara de placer.

–Solo sexo… Y dentro de una semana te habrás marchado.

–Ese es el plan.

–Nadie podría enamorarse de otra persona tan rápido… Es solo una semana…

–Eso es. Solo una semana. No hay tiempo para enamorarse.

Lia no estaba segura de cuál de los dos se movió primero, pero, de repente, sintió que él le colocaba la mano en el cuello y le hundía los dedos en el cabello desde la nuca. Entonces, los dos comenzaron a besarse y a gemir de placer, presas del deseo y la necesidad…

–Eso está mejor –murmuró Lia cuando rompieron el beso y Paul comenzó a deslizar sus labios por la garganta de ella–. Eso se te da muy bien, maldita sea.

–¿El qué?

Paul apretó los dientes en el lugar en el que se unían el cuello y el hombro. Lia experimentó un potente placer por el embriagador dolor del mordisco. Gimió luego cuando él le deslizó la lengua por el mismo sitio. No recordaba haberse sentido tan viva y llena de energía en toda su vida.

–Besar. Pensaba que estabas tan centrado en perseguir a los malos que no tenías tiempo para la vida amorosa.

–¿Pensabas entonces que no tenía experiencia en lo que se refería a las mujeres?

Paul no esperó a que ella respondiera. La besó de nuevo dura y apasionadamente, de una manera que la dejó débil y sonrojada desde la cabeza a los pies. Le agarró con fuerza las caderas mientras ella se movía contra él. Entonces, Paul le deslizó una mano sobre el trasero y la apretó contra su creciente erección. Lia gimió de frustración por la tensión que se estaba acumulando dentro de ella.

Paul deslizó los labios por el lóbulo de la oreja, despertando en ella un millón de sensaciones. Perdida en el placer que estaba experimentando, Lia no esperaba el mordisco que le dio en el lóbulo ni los fuegos artificiales que le estallaron en todo el cuerpo, haciéndola arder de deseo.

–¿Has pensado en nosotros dos juntos? –le preguntó él, con una voz tan seductora que le provocó una miríada de placenteras sensaciones por todo el cuerpo.

Lia asintió.

–¿Y era así?

–A veces…

–¿Te imaginabas que te hacía inclinarse y te poseía por detrás?

Aquella imagen era tan solo una de los cien escenarios diferentes con los que ella había fantaseado.

–Sí.

–¿Y mi boca entre tus piernas, volviéndote loca?

–Sí.

En aquella ocasión, Lia gimió prácticamente la palabra. Paul le deslizó los dientes por el cuello.

–Yo pienso en tu boca sobre mi cuerpo…

–Sí… Oh, sí…

–Chica mala…

Lia suspiró aliviada cuando él le deslizó una mano entre los muslos, aplicando la presión perfecta con los dedos justo sobre el lugar donde más lo necesitaba. Mientras se movía contra la mano, Paul volvió a besarla, asaltándole la boca con la lengua una y otra vez. Rápidamente, la excitación fue ganando intensidad al sentir cómo él le frotaba el clítoris con la mano. Con la barrera de la ropa entre ambos, experimentaba frustración y deseo, que se reflejaban en los sonidos incoherentes que emergían de su garganta. Llevó un momento que no pudo seguir soportándolo más.

–Maldita sea, Paul –gimió. La desesperación casi le impedía hablar.

Él levantó la cabeza y la miró.

–¿Qué ocurre?

Mientras ella trataba de encontrar las palabras para decirle lo que deseaba, Paul deslizó los dedos y siguió avanzando hasta el lugar donde más ardía la piel de Lia. El placer fue abrumador cuando comenzó a acariciar su cálido y húmedo sexo.

–Eres increíble… –murmuró él mientras le mordía suavemente el labio inferior–. No me puedo creer lo húmeda que estás. Es tan sexy…

Paul deslizó los dedos por los húmedos pliegues, susurrando palabras de admiración para que ella supiera lo mucho que apreciaba su reacción. Lia gemía y movía las caderas, deseando sentir los dedos de Paul dentro de su cuerpo. La presión que se fue formando resultaba casi insoportable.

–Por favor… por favor, haz que me corra…

–Tus deseos son órdenes…

Ella tembló con anticipación al ver que él se arrodillaba y le bajaba los leggins y las braguitas. Un instante más tarde, se inclinó hacia ella y deslizó la lengua sobre la línea que ocultaba su sexo. Lia sintió que los músculos le fallaban. Se habría caído al suelo si él no la hubiera sujetado.

Después, comenzó a deslizar la lengua por el centro de su feminidad. Rápidamente, Paul provocó que su excitación llegara al máximo y llegó al clímax. La rapidez y la intensidad de su orgasmo la dejaron atónita.

–Paul… –susurró echando la cabeza hacia atrás para disfrutar plenamente del intenso placer que la atenazaba.

–Vaya… –murmuró él mientras le besaba el abdomen–. Eres como un cohete…

No era de extrañar, dado que llevaba una semana ya con los preliminares. Entonces, se sintió desolada al ver que él volvía a colocarle las braguitas en su sitio antes de ponerse en pie.

–¿Ya hemos terminado?

Paul la miró con gesto escandalizado.

–Espero que no…

–En ese caso, bésame otra vez y coloquémonos en horizontal…

Paul la rodeó con un brazo y le deslizó la mano por el trasero para que ella pudiera sentir su erección. Lia saboreó la firmeza de la potente columna contra su cuerpo y se movió ligeramente para añadir más fricción. El sabor de su propio sexo en los labios de Paul le hacían sentirse ansiosa por corresponderle. Aunque aún no había dejado escapar lo que había detrás de la cremallera, notaba que estaba bien dotado.

De repente, se escuchó un pitido que indicaba que alguien había cerrado un coche cerca de la casa. Paul se apartó rápidamente de ella. Unas voces femeninas se entrometieron en la niebla sensual que los había atrapado a ambos.

Un segundo más tarde, alguien llamó a la puerta. Lia estuvo a punto de gemir de desilusión al reconocer la voz de Poppy.

–¡Eh, Paul! ¿Estás ahí dentro?

Paul apretó la mandíbula y miró la puerta con desaprobación.

–Tengo que abrir.

–Por supuesto –dijo ella. Se sentía expuesta por las sensaciones que le había producido el orgasmo. Necesitaba algo de intimidad para recuperarse antes de enfrentarse a las gemelas–. ¿Puedo utilizar tu cuarto de baño?

–Está ahí –respondió él. Le indicó el pasillo mientras se dirigía a la puerta principal.

En cuanto se miró en el espejo, Lia se encontró parpadeando para contener unas repentinas lágrimas. Se apoyó sobre el lavabo y se dejó llevar hasta que se fue sintiendo más tranquila.

Lo que acababa de experimentar con Paul valía más que todas sus experiencias sexuales juntas. Eso le hacía preguntarse si se habría quedado en un lugar para siempre si hubiera encontrado algo así antes.

Adoraba su vida errante, pero el tiempo que llevaba en Charleston le había dado la oportunidad de pensar en lo que quería para el futuro. ¿Iba a seguir viajando durante el resto de su vida o terminaría echando raíces en alguna parte? ¿Cuáles serían sus criterios para quedarse en un lugar? Había encontrado en Charleston muchas cosas que le gustaban, pero, ¿le parecía un hogar? ¿Se sentía atraída por el lugar, por la gente o por ambas cosas? La incapacidad de contestar le dijo que sería mejor que siguiera con su camino.

Abrió la puerta y escuchó la conversación lo justo para recordar que se había comprometido a pasar la tarde con las gemelas.

–Nos va a leer el futuro –le decía Poppy a Paul, refiriéndose a la promesa de Lia de sacar sus cartas de tarot y leérselas–. Que te las lea a ti también.

–Todo eso son tonterías –replicó Paul.

–Venga –insistió Dallas–. Voy a probar algunas recetas nuevas para la boda de Zoe y Ryan y habrá cócteles. Será divertido.

–Por favor… –suplicó Poppy–. Ya no te juntas con nosotras…

–Está bien. Ahí estaré.

–Genial –dijo Dallas–. En media hora.

–Y deja tu escepticismo en la puerta –apostilló Poppy–. El universo podría tener un importante mensaje para ti.

Cuando las dos primas se hubieron marchado, Lia regresó al salón con una valiente sonrisa en el rostro para ocultar su desilusión por el cambio de planes.

–Tiene razón –dijo–. Deberías venir con mente abierta. Las cartas tienen su manera de encontrar la verdad. Si uno abre el corazón, las respuestas brillan como el sol de mediodía.

–Pero yo no hago esa clase de preguntas.

Preguntas que podrían animarle a seguir su corazón y no su cabeza. Lia sabía que nada de lo que ella pudiera decirle lo convencería de lo contrario, por lo que ocultó su desilusión y se juró que solo le pediría lo que sabía que Paul podía darle.

Capítulo Seis

Paul estaba tomándose el segundo de los tres cócteles que Dallas había preparado para que los probaran. Aquel se llamaba poción de amor y con dos chorros de vodka y uno de bourbon mezclado con zumo de arándanos y de cerezas, pegaba muy fuerte.

A pesar de que eran gemelas idénticas, con los ojos azules y el cabello rubio de su madre, Dallas y Poppy tenían personalidades muy diferentes. Dallas era ambiciosa y tenía la cabeza para los negocios de la familia. Desde su graduación, había trabajado en los mejores restaurantes de Charleston con el objetivo de abrir su propio local. Poppy, por el contrario, era estilista de un importante salón de Charleston y una activa bloguera. Era alocada y testaruda.

–¡Eh, Paul! –exclamó Poppy–. Te toca a ti.

–No me interesa.

–¡Venga ya! Las dos lo hemos hecho –le dijo Dallas–. ¿De qué tienes miedo?

–Además –añadió Poppy–, no es justo que tú hayas oído todos nuestros oscuros secretos y que nosotras no veamos los tuyos.

–Yo no… Ya sabéis que estas cosas no me gustan…

–Chicas, dejadlo en paz –comentó Lia. Recogió las cartas de Poppy y las juntó con el resto de la baraja.

–Tiene miedo de enfrentarse a la verdad –observó Dallas.

Durante la última hora, Lia había realizado predicciones bastante creíbles para las gemelas, pero Paul se había vuelto cada vez más escéptico por lo que veía. Aunque la habilidad de Lia parecía sincera, en opinión de Paul el concepto de poder predecir el futuro basándose en una carta no eran nada más que tonterías. Sin embargo, había permanecido en silencio porque Dallas y Poppy parecían estar divirtiéndose o, al menos, lo parecía. Algunas de las predicciones de Lia las habían dejado algo preocupadas, aunque las dos reían y se tomaban sus cócteles para disimularlo

–No hay verdad a la que yo tema enfrentarme –afirmó Paul–. Solo veo que todo esto es una gran pérdida de tiempo.

–¿Desde cuándo es una pérdida de tiempo divertirse? –le preguntó Poppy.

–En lo que se refiere a Paul, desde siempre –afirmó Dallas.

–Venga, Paul –insistió Poppy–. ¿Qué malo tiene que Lia te lea las cartas?

Al ver que sus primas no iban a dejar de insistirle, Paul se terminó su cóctel y se dirigió a la silla que Poppy acababa de dejar vacía. Los ojos de Lia brillaron cuando le ofreció las cartas.

–Mientras las barajeas, piensa en algo sobre lo que les quieras preguntar a las cartas –dijo ella.

–De verdad que no hay nada.

–En ese caso, deja que tu mente vuele.

Paul barajó las cartas con indiferencia para demostrar que consideraba todo aquello una gran pérdida de tiempo. Sin embargo, mientras lo hacía, se encontró pensando en los deliciosos minutos que había compartido con Lia en su casa antes de que llegaran sus primas. Su sabor. El modo en el que se había entregado a él. En cómo pronunció su nombre al alcanzar el orgasmo.

Su cuerpo se tensó y se rebulló con incomodidad en la silla. Entonces colocó las cartas sobre la tela de seda que ella había colocado sobre la mesa del comedor.

–Ya sabes que no me creo nada de esto –musitó.

–No crees y está bien, pero nunca se sabe. Podrías escuchar algo interesante. Ahora, corta –le instruyó ella–. Haz tres montones.

Paul hizo lo que ella le había ordenado.

–Ahora, escoge un montón –dijo Lia.

–Este –respondió él indicando el montón de su derecha.

Lia asintió, recogió las cartas y colocó el que él había elegido en la parte superior. Entonces, empezó a colocar las cartas en un orden particular y boca abajo, tal y como había hecho antes.

–¿Listo?

–Sí.

Rápidamente, sus primas se acercaron a la mesa y se sentaron en las sillas que estaban vacías a ambos lados de Paul. Sentían mucha curiosidad.

–Empezaremos con estas dos del centro –dijo Lia.

Le dio la vuelta a la primera. Se trataba de un anciano de larga barba y espalda encorvada. Llevaba un farol y se apoyaba sobre un bastón. A Paul le recordó al personaje de Gandalf, de El Señor de los Anillos.

–Es el Ermitaño al revés –dijo Lia–. Indica lo que te está influyendo en estos momentos. Está cruzado por… el Loco –añadió, tras dar dramáticamente la vuelta a la otra carta–. Es la primera carta de los arcanos mayores e indica el principio de un viaje. El Loco puede representar que sigues tus instintos a pesar de lo que podría parecer que es más sensato –añadió. Entonces, tocó la carta de el Ermitaño–. Como puedes ver, el Ermitaño está al revés. Eso indica que el tiempo de tu aislamiento se ha terminado. Está listo para volverte a unir a la comunidad.

Paul miró a las tres mujeres y tuvo que reprimir su deseo de soltar una carcajada. Nada de lo que Lia le había dicho se podía aplicar a él. No se aislaba. Trabajaba muchas horas para asegurarse que sus clientes estuvieran satisfechos. En cuanto a lo de empezar un viaje… no pensaba ir a ninguna parte.

Lia dio la vuelta a la siguiente carta.

–Esta es la base de la situación.

–Pues no parece una escena muy alegre –comentó Dallas.

Paul observó la carta y frunció el ceño. Dos personas andando con dificultad a través de la nieve, con las espaldas encorvadas. Parecían perdidos y con mucho sufrimiento. Sobre ellos, había una reluciente iglesia con cinco círculos dorados.

–Muchos interpretan el cinco de oros como una mala situación económica –explicó Lia–, pero, a menudo, he leído que se puede interpretar como alguien que no ve una mano que le ayuda o que es incapaz de aceptar la ayuda que se le ofrece.

Como había esperado, nada de aquello tenía sentido. Paul trató de contener su impaciencia. Él no necesitaba ayuda de nadie. Con la excepción de la aparición de Lia en sus vidas, en la órbita de Paul todo iba a las mil maravillas.

–¿Qué hay en el pasado de Paul? –preguntó Poppy mientras señalaba la carta que quedaba a la izquierda.

Lia le dio la vuelta.

–Tres de bastos. Indica a alguien que ha conseguido muchas cosas y que está satisfecho con lo que ha hecho. Creo que eso resume tu pasado perfectamente –comentó ella mirando a Paul–. Te has pasado mucho tiempo trabajando en tu empresa y ahora puede mirar con esperanza al futuro. La carta que hay encima indica el resultado posible –añadió. Dio la vuelta a la carta.

–Vaya, que triste… –susurró Dallas.

La carta mostraba a un hombre de pie y con una venda sobre los ojos atado delante de un semicírculo de espadas. La tristeza de la imagen le hizo alegrarse a Paul de que no fuera un resultado definitivo. Rápidamente, rechazó aquel pensamiento. Aquello no era nada más que una tontería. No significaba nada.

–Es un posible resultado –observó Lia.

–Pues no parece que Paul esté destinado a un final feliz –comentó Poppy mordiéndose el labio.

–La clave de esta carta es la venda que cubre los ojos –dijo Lia–. Simboliza confusión y aislamiento. Pero fijaos que, a pesar de que tiene los brazos atados, las piernas están libres. Podría escapar de esa situación de peligro en cualquier instante, pero ha decidido quedarse donde está. Esta siguiente carta es el futuro cercano. Muestra una situación a la que tendrás que enfrentarte pronto, pero no con la misma certeza que el resultado posible. Sin embargo, puede tener una influencia en el resultado de las cosas.

Cuando dio la vuelta la carta, Paul sintió que se le paraba el corazón al verla. Dos personas desnudas con el sol brillando y un ángel flotando a su alrededor.

Poppy lanzó un grito de felicidad.

–Los Amantes.

–Paul, ¿qué es lo que nos estás ocultando? –dijo Dallas.

Paul sintió un fuerte calor. No podía ser posible. Lia debía de haber hecho algún truco con las cartas. No había otra explicación posible para la aparición de aquella carta en aquella posición después de lo que había estado a punto de ocurrir entre ellos.

–Parece que voy a tener suerte –comentó, recurriendo al humor para ocultar su incomodidad.

–Me alegro por ti –comentó Poppy diciéndolo como si él hubiera estado descuidando su vida sexual.

–Tal vez conozcas a alguien en la boda de Ryan –afirmó Dallas.

Paul iba a ser el padrino en la boda de su mejor amigo.

–No lo creo, dado que conozco a todos los que van a asistir –respondió. Sin embargo, mientras hablaba, no puedo evitar mirar a Lia.

–Los Amantes no siempre significa lo evidente –explicó–. En algunos casos, puede ser una elección entre dos cosas que le gusten.

–¿Tienes dos cosas que te gusten, Paul? –le preguntó Dallas.

–Lo único que le gusta es trabajar –apostilló Poppy.

Paul les dedicó a ambas una mirada de desaprobación antes de mirar a Lia. Desde que había empezado a leerle las cartas, ella había evitado mirarle a los ojos. Sin embargo, en cuanto apareció la carta de los Amantes, ella se había sonrojado ligeramente.

–La carta de la parte inferior indica el yo –dijo Lia–. La actitud con la que tú estás contribuyendo a la situación… –Dio la vuelta a la carta y apareció un rey sentado en un trono con una espada–. El rey representa la autoridad, el poder y el juicio. Le gusta regir el mundo con su inteligencia y poderosa personalidad.

–Eres tú, Paul –dijo Dallas.

–Totalmente –repitió su hermana.

–La siguiente carta es tu ambiente –anunció Lia mientras daba la vuelta a la carta. El Dos de Copas.

–Esa me salió a mí también –comentó Dallas–. Dijiste que representaba el romance. Mira, pues está al lado de los Amantes. Parece que a Paul le espera el amor…

–¿Cómo dices? –le espetó Paul sin ocultar lo descontento que estaba–. ¿Ahora eres una experta?

Dallas sonrió descaradamente.

–También podría significar que está dividido entre dos cosas que son muy importantes para él –dijo Lia–. Tal vez necesita equilibrar su tiempo mejor entre la familia y su ansia por perseguir a los delincuentes.

Aquella interpretación sonaba muy razonable, aunque toda aquella charla entre amor y sexo le estaba poniendo muy nervioso.

–¿Y las últimas dos cartas? –preguntó, ansioso por terminar.

–Esta indica tus esperanzas y temores –le explicó Lia–. Y esta es tu resultado final.

–¿Y qué es lo que dicen? –preguntó con ansia Poppy.

Lia dio la vuelta a la primera. Desde el punto de vista de Paul, la imagen parecía ser la de un hombre bailando encima de un tronco, pero se dio cuenta de que estaba mirando la carta al revés. El hombre estaba en realidad colgado por los pies.

–Pues eso no tiene buena pinta –comentó.

–No es tan malo como parece –replicó Lia–. El Colgado simboliza la paz y la comprensión. Sin embargo, cree que el único modo de mantener este estado es retirándose de la sociedad. Se parece mucho a el Ermitaño. Está sereno porque lleva años encerrando sus sentimientos.

–¿Y la última? –preguntó Paul.

Lia le dio la vuelta a la cara para revelar una única copa, que parecía estar en equilibrio sobre una palma y suspendida encima del mar.

–El As de Copas indica un tiempo de felicidad y amor. El don de la alegría.

–En resumen –empezó Dallas–, si yo me he enterado bien, Paul ha estado solo demasiado tiempo y va a empezar una nueva relación, pero va a luchar contra sus sentimientos porque lleva mucho tiempo encerrando sus sentimientos y les tiene miedo, pero al final todo va a salir bien y será muy feliz.

Mientras Dallas resumía la lectura y Poppy asentía, Lia estudiaba las cartas. Frunció el ceño. ¿Había Lia cambiado el significado de las cartas para que encajaran con sus necesidades con la esperanza de que Paul creyera que se estaba enamorando de ella? Si era así, no parecía tan contenta como Paul hubiera esperado.

–Me muero de ganas por conocer a esa mujer –le dijo Poppy mirándole muy contenta.

–Este no es un gran momento para que yo me centre en mi vida personal.

–Me encanta que creas que vas a tener elección –comentó Dallas riendo. Entonces, indicó la cartas–. A mí me parece que tu futuro está claro. El amor aparece en el horizonte y lo va a cambiar todo.

Mientras Dallas resumía la tirada de Paul, Lia recogió las cartas. Mientras se las leía a sus primas, Paul había tenido un gesto de indulgencia en el rostro. Sin embargo, en aquellos momentos, se había retirado tras una expresión impasible. Solo el ceño fruncido indicada que estaba contrariado. Lia trató de dedicarle una sonrisa tranquilizadora, pero él entornó aún más la mirada.

Parecía imposible que ella pudiera estar enamorándose de alguien tan serio como Paul Watts. Sin embargo, después de lo que había ocurrido entre ellos en los antiguos establos, Lia estaba segura de que, sin un creciente vínculo emocional, el potente orgasmo que él le había regalado no habría sido posible. Lia jamás había conocido una pasión tan abrasadora.

En cierto modo, aquello la aterrorizaba. Estaba acostumbrada a poder escoger e ir donde le apeteciera. No tenía vínculos emocionales que limitaran su libertad. Había vivido toda su vida viajando donde le apetecía. La idea que su madre tenía de un perfecto estilo de vida le había parecido totalmente racional a Lia dado lo que le había ocurrido a Jen Marsh. Nadie podía acercarse cuando una se estaba moviendo constantemente. Sin vínculos emocionales no había sufrimiento. O al menos así era en teoría.

–¿Qué te ha parecido tu primera lectura de tarot? –le preguntó Lia mientras tomaban el sendero que salía de la casa del guardés.

–Ya sabes que no creo en nada de eso.

–Lo sé. Eres un hombre muy lógico. No es lo tuyo.

–Toda esa historia de un romance futuro y tener que escoger entre dos cosas que adoro… –comentó él con un tono de voz pensativo y no de desprecio.

Mientras Lia trataba de comprender qué era lo que le molestaba, se dio cuenta de que Paul había visto bastante verdad en las cartas como para sentirse turbado. ¿Cómo era posible? Lo lógico hubiera sido que lo rechazara todo.

–Si no estás listo para el amor, no es probable que te ocurra –le tranquilizó ella–. Tal vez el universo simplemente te está animando a que trabajes menos y pases más tiempo con tu familia y amigos –añadió. Por el modo en el que Paul la miró, Lia decidió que debería haberse guardado el consejo para sí. Llena de frustración, levantó las manos–. Mira, ¿qué sé yo? Es tu vida.

Caminaron sumidos en un tenso silencio hasta que el sendero se unió con el que llevaba a la casa principal. Lia se desvió, pero Paul le tocó el brazo para detenerla.

–Sé que es algo precipitado, pero me estaba preguntando si te gustaría venir conmigo a la boda de Ryan y Zoe este sábado.

–Pensaba que querías que yo mantuviera un perfil bajo –dijo ella colocándose la mano sobre el corazón, que le latía muy rápidamente.

–Es una pequeña reunión de mis amigos más íntimos. Ninguno de ellos irá chismorreando por Charleston sobre ti.

–Dada la reacción que tuvieron tus primas cuando te estaba leyendo las cartas, creo que hay más interés en tu vida amorosa de lo que tú crees.

–Si alguien pregunta, simplemente diremos que eres una amiga de la familia que está de visita en la ciudad durante unos días.

Lia lo estudió durante un instante, su instinto le advertía que pasar más tiempo con Paul era un error, pero la tentación era demasiado fuerte.

–A ver si lo adivino –dijo en tono burlón, para ocultar sus embarullados sentimientos–. Estabas tan ocupado en capturar a los malos que se te olvidó invitar a alguien y no quieres ir a la boda solo.

La mirada que Paul le dedicó confirmó sus sospechas. Sin embargo, los dedos no dejaban de acariciarle el brazo. El deseo de volver con él a los antiguos establos para terminar lo que habían empezado la hizo temblar.

–¿Por qué tienes que hacer que todo sea tan difícil?

–Qué curioso –replicó ella–. Yo estaba pensando lo mismo sobre ti.

El aire que los envolvía pareció restallar cuando Lia giró la mano y colocó la palma contra la de Paul. Dejó escapar un gemido cuando él entrelazó los dedos con los de ella. Durante varios segundos, se limitaron a mirarse el uno al otro hasta que, desgraciadamente, el teléfono de Lia vibró. Le costó un gran esfuerzo romper el contacto visual con Paul para mirar la pantalla del teléfono. El mensaje era de Ethan.

–¿Ocurre algo? –le preguntó Paul.

–Ethan iba a llevarme a mi caravana para que yo pudiera recoger un disfraz y luego íbamos a ir a mirar furgonetas, pero tiene una reunión y no puede. Las enfermeras van a dar una fiesta de cumpleaños para uno de los niños del hospital el sábado y prometí sorprenderla con una visita de Elsa.

–Yo puedo llevarte.

–No tienes por qué. Ethan…

–Olvídate de Ethan.

Aquella orden tan taxativa le provocó una oleada de placer por todo el cuerpo. Antes de conocer a Paul, jamás se habría imaginado que se sentiría atraída por un hombre tan autoritario como él. Paul era firme en sus costumbres y ella se deslizaba como una mariposa en la brisa. La falta de compatibilidad de sus caracteres no ofrecía razón alguna por la que debiera haber ni un ápice de química entre ellos y, sin embargo, la atracción no se podía negar.

–No quiero molestarte.

–Es demasiado tarde para eso. Escríbele a Ethan y dile que te acompaño yo.

–De verdad, no tienes por qué –susurró. Cada célula de su cuerpo brillaba de gozo–. Se lo puedo pedir a una de las gemelas.

–¿Hay alguna razón para que, de repente, te quieras librar de mí?

–Yo no me quiero librar de ti…

–Entonces, ¿hay alguna razón para que prefieras ir con Ethan en vez de conmigo?

–Tampoco es que prefiera la compañía de Ethan…

–Entonces, ¿de qué se trata?

–Yo… creo que me consideras un poco excéntrica…

–Un poco nada más –bromeó él.

–Es que… llevarte al lugar en el que vivo es muy íntimo…

–¿Más de lo que hicimos antes?

–Para mí, sí. Misty es el lugar en el que me siento segura. Sea lo que sea lo que cambie en mi vida, esa caravana es una constante. Es mi refugio.

–Y yo no soy bienvenido a tu refugio.

–No, no es eso… –musitó, mientras trataba de encontrar un modo de explicarse que no causara más daño a su ya frágil relación.

–¿Y Ethan sí?

–Con él es diferente.

–¿Por qué?

–Somos amigos.

–Amigos…

–Lo que te estoy tratando de decir es que hace meses que lo conozco y hemos hablado de muchas cosas.

–¿De cosas de las que no te sientes cómoda compartiéndolas conmigo?

Lia pensó en las diferencias entre los dos. Ethan era más como un hermano que aceptaba sus excentricidades. Paul era un ejemplo de corrección y perfección y, desde el principio, le había dejado muy claras a Lia sus limitaciones y sus faltas. Últimamente, ella había visto algo de admiración por el modo en el que había ayudado a Grady. Al mismo tiempo, Lia sospechaba que, si ella no le hubiera resultado sospechosa desde el principio, ni siquiera se habría fijado en ella.

–Ethan me acepta por quién soy.

–¿Y crees que yo no?

Cuando Paul tensó los dedos, Lia se dio cuenta de que aún seguían de la mano. De repente, fue consciente de que alguien de la familia podría verlos y trató de soltarse.

–Tienes mala opinión de mí –comentó él.

–Eso no es cierto.

–Por otro lado, tienes una gran opinión de Ethan.

–Mira –dijo ella decidiendo que era inútil seguir hablando sin decir la verdad–, Ethan no me juzga por vivir en una caravana.

–Y crees que yo sí –replicó él. Le soltó la mano y dio un paso atrás–. Déjame que te diga que eres tú la que está sacando conclusiones precipitadas sobre mí, lo que es una ironía considerando que me he pasado la última hora viendo cómo leías cartas de tarot y que no he hecho ni un mal comentario.

–Tienes razón. Yo… yo…

–¿Lo sientes? Deberías sentirlo. Me he mostrado bastante abierto sobre todos los tratamientos alternativos que has utilizado con Grady. Meditación, baños de sonido, aromaterapia… Nunca he conocido a nadie que crea en las cosas que crees tú, pero nunca he tratado de interferir con nada de lo que has sugerido.

–Tienes razón –repitió ella–. No estoy siendo justa contigo. Sé que todo eso es completamente raro para ti y, sin embargo, te has portado genial… Si aún estás dispuesto a llevarme para recoger el disfraz de Elsa, estaré encantada.

–Después iremos a ver furgonetas –afirmó él. El tono de su voz no dejaba espacio a más discusión–. Y luego te llevaré a cenar.

–Eso estaría genial –dijo ella con una pequeña sonrisa–. Dame diez minutos para poner las cartas de nuevo en mi habitación y recoger mi bolso.

Paul asintió muy satisfecho.

–Te espero en la puerta.

Capítulo Siete

Mientras Paul esperaba a Lia, no hacía más que pasear de un lado a otro. Se sentía muy inquieto por su estado emocional. Lejos quedaban los días en los que podía echar mano de su fría tranquilidad cuando lo necesitaba. Solo estar cerca de Lia rompía todos sus esquemas. La lógica que le había servido tan bien toda su vida se estaba viendo derrotada por cosas que no podía ver o tocar. Además, estaba empezando a creer aquellos rollos metafísicos. La lectura del tarot le había afectado demasiado.

Siempre había creído que la suspicacia era una parte fundamental de él, como su altura o el color de sus ojos. Algo innato que nadie podría cambiar. Sin embargo, últimamente era cada vez más consciente del impacto que producía en Lia tanta desconfianza. Ella carecía de la armadura que llevaban los que solían tratar con él. La actitud abierta y relajada de Lia hacia la vida encandilaba a todos los que conocía. Por eso precisamente le extrañaba más que ella se hubiera resistido a que él viera su caravana.

Lia no confiaba en él. Aquella revelación le escoció.

Peor aún era la fe ciega que tenía en Ethan. ¿Se había olvidado ya de cuál de los dos hermanos la había colocado en aquella situación? Ethan era el que lo había liado todo para que Grady creyera que era su nieta. Lia debería tener cuidado con Ethan.

–¿Listo?

Había hecho mucho más que recoger su bolso. Se había puesto un vestido camiseta a rayas blancas y negras y unas zapatillas blancas. Con el cabello recogido informalmente y unas gafas de sol oscuras tenía un aspecto muy fresco y casual, que contrastaba totalmente con el revuelo emocional en el que Paul se encontraba.

El deseo se apoderó de él. Ansiaba poder tomarla entre sus brazos. Para no hacerlo, tuvo que echar mano de su gran fuerza de voluntad y limitarse a abrirle la puerta del todoterreno para que ella pudiera montarse. Por muy tentado que se sintiera, aquel no era ni el momento ni el lugar para cruzar aquella línea.

Cuarenta minutos más tarde, Paul atravesó la valla de seguridad de un lugar de almacenaje y detuvo su todoterreno junto a una pequeña caravana vintage pintada de blanco y verde menta. Por la expresión de adoración del rostro de Lia, aquella debía de ser la famosa Misty.

–No tardaré ni un segundo en recoger el disfraz –le dijo Lia–. ¿Quieres esperar aquí?

–No. En realidad, me gustaría ver cómo es por dentro.

–Está bien –respondió ella mientras salían del todoterreno.

Lia abrió la caravana y entró. Paul la siguió, sorprendido de que el techo fuera lo suficientemente alto como para que no tuviera que agacharse.

–Es muy pequeña… ¿Cómo puedes vivir en un espacio tan minúsculo?

–Muy sencillamente –respondió ella con una sonrisa–. Normalmente no está tan desordenada. Guardo los disfraces en la furgoneta.

–¿Te gusta vivir con tan pocas cosas? –le preguntó Paul mientras miraba a su alrededor. Vio rápidamente el lugar donde se encontraba la sugerente cama, adornada con unas extravagantes almohadas.

–Me resulta tranquilizador. Bueno, ¿qué te parece?

–Es acogedor. Y encaja perfecta contigo.

En menos de quince metros cuadrados, tenía una cocina, un cuarto de baño, una cama completa, un pequeño comedor y un armario decente. Las telas de colores pastel suavizaban las paredes blancas, el techo de aluminio y el vinilo del suelo. Todos los utensilios eran del mismo color verde menta que el exterior y parecía el original de los años sesenta.

–Gracias.

–¿Por qué?

–Por ser tan abierto de mente –contestó ella con una maravillosa sonrisa–. ¿Sabes una cosa? Aquí no nos van a interrumpir… –añadió. Mientras Paul procesaba lo que ella había dicho, Lia dejó escapar un suspiro de exasperación–. ¿Vas a quedarte mirándome así? –le pregunto mientras le daba un provocativo tirón a la camisa–, ¿o vas a tomarte entre tus brazos para poner mi mundo patas arriba?

Paul le rodeó la cintura con las manos y la estrechó contra su cuerpo. Ella realizó el mismo gesto y, entonces, apoyó la mejilla sobre el torso de él.

–¿Qué es lo que estás haciendo? –le preguntó Paul.

–Darte un abrazo.

–¿Por qué?

–Quiero que sepas que me gustas. Antes de que me beses. Antes de que perdamos el control. Quiero que sepas que me gustas tú, y no tu dinero ni el poder de tu familia. Soy una chica sencilla con necesidades sencillas. Una de ellas es un hombre guapo y sexy que me haga el amor como si yo fuera la mujer más deseable que él hubiera conocido nunca.

–¿Por qué es eso tan importante antes de que te bese?

–No creo que esta vez podamos detenernos ahí. Y, después de lo que pase, estarás menos dispuesto a confiar en mí.

–No es que no confíe en ti…–susurró él. Era más que Paul no confiaba en sí mismo cuando estaba con ella. Los sentimientos que ella despertaba en él le nublaban el pensamiento.

–Confías en que soy buena para tu abuelo, pero no creo que puedas confiar nunca que podría ser buena para ti.

–Eso no es cierto.

Sin embargo, reconocía la razón de la aprensión que ella sentía. Él afrontaba las cosas con lógica y ella creía que una baraja de cartas podría predecir el futuro. Ella daba saltos de fe sin preocuparse de su propia seguridad. Paul casi nunca daba un paso sin saber de antemano cuál sería el resultado. Sin embargo, en aquellos momentos se sentía empujado más allá de la sensatez y el sentido común por la necesidad que tenía de ella.

–No creerías que no quiero nada de ti –insistió ella–, incluso cuando nada de lo que he hecho te da razón alguna para sospechar de mí.

–No tengo todas las respuestas –admitió él–, pero es que no te pareces en nada a ninguna persona que yo haya conocido antes. Francamente, me asustas.

–No veo cómo –respondió ella muy sorprendida.

–Has traído la magia a mi vida.

–Tú no crees en la magia.

–Creo en ti…

Paul bajó la cabeza y dejó que su aliento le acariciara suavemente los labios antes de besarla. Nada podría haberle preparado para el modo en el que su cuerpo entero se iluminó como si se hubiera conectado a un generador de alto voltaje.

Bebió profundamente de aquella dulce y pecaminosa boca, saboreando un beso que le recordaba al bourbon de buena calidad, cálido y complejo. El deseo se apoderó de él. El gemido que Lia dejó escapar le dio la señal que buscaba para profundizar el beso. Perdido en los húmedos movimientos de las lenguas de ambos, cambió un momento para aspirar el labio inferior de ella y sonrió al ver que Lia dejaba escapar un nuevo gemido. Los dientes se chocaron cuando él inclinó la cabeza para ajustar el ángulo de un nuevo beso que le permitiera devorarla sin obstáculos.

Lia deslizó las manos debajo de la camisa de Paul y él sintió una descarga eléctrica que le hizo vibrar. Rompió el beso lo suficiente para poder susurrar:

–Esto va a complicar mucho las cosas…

–Oh…

La angustia de aquel murmullo hizo que Paul se odiara por haber dado voz a sus preocupaciones. Entonces, ella siguió y pronunció un sí con voz ronca que selló los destinos de ambos.

Paul volvió a besarla. Un gemido de necesidad se escapó entre los labios de Lia y ella volvió de nuevo a frotarse contra él. Los movimientos se iban haciendo más frenéticos a cada segundo que pasaba. Ella movía las caderas como si se hubiera entregado por completo a lo que su cuerpo necesitaba y no le importaran las consecuencias.

Paul no se saciaba de ella. La química entre ambos era increíble. A pesar de que sabía que aquel momento robado no podía durar y que la dulzura de Lia podría derribar por completo sus defensas, Paul no pudo detenerse.

Bajó los labios hacia los de ella una vez más. Cuando la lengua de Lia, hambrienta y deseosa, se introdujo entre sus labios, encendiéndole aún más si eso era posible, Paul levantó las manos y le soltó el cabello. Enredó los dedos entre la sedosa cascada de mechones castaños y gozó con su suavidad. Aspiró el aroma a vainilla de su cuerpo y, a partir de aquel momento, sus pensamientos racionales se cortocircuitaron y desaparecieron por completo.

Cayeron sobre la cama, deslizando ambos las manos bajo la ropa para encontrar la cálida piel. Gruñendo y jadeando, profundizaron el beso. La ropa cayó y Paul le cubrió un seno con la mano para luego meterse el erecto pezón en la boca. Con un profundo grito sin palabras, Lia arqueó la espalda y movió las caderas para sentirlo más cerca. Paul quería tomarse su tiempo, besarle entre las piernas para saborear su excitación, pero el deseo que sentía por Lia ardía con fuerza. Las manos le temblaban cuando se puso un preservativo y la colocó a ella a horcajadas sobre su cuerpo.

La gozosa expresión del rostro de Lia lo dejó sin palabras. Entonces, ella echó la cabeza hacia atrás y se apretó contra la erección. Hundido en el calor de su cuerpo, Paul prácticamente se olvidó de respirar. Ninguna mujer que hubiera conocido en toda su vida lo excitaba como Lia. Ella despertaba anhelos que no podían negarse y Paul, desde hacía mucho tiempo, había perdido la capacidad de resistirse.

Cuando el orgasmo se apoderó de ella, Paul sintió que su impacto le llegaba hasta lo más profundo de su ser. Después, le acarició la sonrosada piel hasta que ella abrió los ojos. Estos le brillaban con una evidente alegría y absoluta confianza. Al verla, algo se desató en el pecho de él y estuvo a punto de detenerle el corazón.

–Yo…

Con una tierna sonrisa, ella le colocó los dedos sobre los labios.

–Córrete para mí, por favor. Te necesito tanto…

Sin despegarse de ella, Paul colocó a Lia de espaldas y comenzó a moverse de nuevo dentro de ella. Con un ardiente gemido, Lia le enredó las manos en el cabello y recibió los profundos envites con una pasión y un entusiasmo que convirtieron su deseo en algo desatado e imparable. Pegó los labios a los de ella y se hundió en ella una y otra vez, gozando con sus gemidos. Lia estaba a punto de alcanzar un segundo orgasmo cuando el clímax de él llegó a un punto de no retorno.

A pesar de todo, con las piernas de Lia rodeándole las caderas y los dientes arañándole el cuello, Paul se contuvo hasta que el cuerpo de Lia comenzó a temblar y ella dejó escapar un profundo gemido de placer. Solo entonces se dejó ir Paul quedando atrapado por la impactante explosión de su propio orgasmo.

Una profunda sensación de bienestar se apoderó de él cuando enterró el rostro en el sedoso cabello de Lia. Esperó que su respiración se tranquilizara. Deslizó los dedos sobre los delicados hombros y por la esbelta espalda. Entonces, se tumbó sobre la cama y observó el techo de la caravana. Luego, giró la cabeza y observó las almohadas que habían caído al suelo con su pasión. La realidad se apoderó del momento y borró rápidamente la agradable sensación de satisfacción.

Habían acordado que ella se quedaría dos semanas. Habían pasado ya siete días. La prueba de que ella se iría muy pronto estaba a su alrededor, pero la verdad que había en el corazón de Paul era que no estaba dispuesto a dejarla marchar.

Dado que solo faltaban dos días para la boda a la que Paul la había invitado, Lia tuvo que hacer inventario de su armario. No encontró nada adecuado para una boda a la que asistiría lo más granado de la sociedad de Charleston. Dallas había descrito el evento como un evento sencillo, pero Lia estaba segura de que la boda distaría mucho de serlo.

Lia quería algo que no llamara la atención con respecto al resto de las mujeres que asistieran, pero no tenía ni idea de por dónde empezar. Por eso, decidió que lo mejor que podía hacer era pedirles ayuda a Poppy y a Dallas. El entusiasmo que las dos mostraron le hizo pensar si su decisión había sido acertada.

Dentro de unos pocos días, se despediría de ellas. Intimar un poco más con las dos hermanas iba a suponer que fuera más difícil despedirse. Por otro lado, cuando se supiera que Lia no era la hija de Ava, la pérdida no sería tan profunda.

Las dos hermanas fueron a buscarla a las tres. Lia vio enseguida que la primera tienda a la que la llevaron no era la adecuada para ella. La ropa tenía un aire sexy que a ella le podría haber interesado si hubiera buscado destacar. Cuando se lo dijo a las dos gemelas, ellas la miraron con asombro.

–Pero si tienes un cuerpo perfecto –comentó Dallas.

–No veo por qué no querrías enseñar lo que tienes –añadió Poppy.

–No es esa la impresión que quiero causar –dijo Lia–. Estaba pensando más bien en pasar desapercibida.

–¡Pero eso es muy aburrido! –exclamó Poppy.

–Creo que lo aburrido está bien cuando hablamos de una boda –replicó Lia.

–Bueno, pero ya que estamos aquí, ¿por qué no te pruebas un par de cosas? –le sugirió Dallas–. Aunque no te compres nada, será divertido.

–Dallas y yo escogeremos un vestido cada una para ti y a ver cuál te gusta más.

El entusiasmo de Poppy acabó con las protestas de Lia. ¿Qué malo había en darles ese gusto a las gemelas?

Tras haber escogido los vestidos, las dos llevaron a Lia al probador. Ella entró en el cubículo y examinó las dos prendas. La primera era un llamativo vestido azul cobalto con escote palabra de honor. A pesar de que era muy bonito, resultaba muy llamativo. El segundo era un vestido rojo con escote halter, muy ceñido y con una abertura lateral. No era mucho mejor. Si entraba en la fiesta vestida así, todo el mundo la vería y sabría quién era. A pesar de todo, accedió a probarse los dos. Se puso el azul cobalto primero.

–¿Qué os parece? –les preguntó cuando salió y se miró frente al espejo.

–Creo que todos los amigos de Paul se pondrán a babear cuando te vean –dijo Dallas.

Eso era lo último que Lia buscaba. No quería que nadie se fijara en ella.

–Es muy bonito, pero no es exactamente lo que yo estoy buscando. Me siento demasiado… –comentó mientras trataba de subirse el escote del vestido– expuesta con este vestido.

–Pruébate el rojo –le dijo Poppy.

Lia regresó al probador y se cambió de vestido. Aunque el escote halter resultaba un poco mejor, tampoco fue de su agrado. Además, las gemelas mostraron reacciones opuestas. A Poppy le encantó, pero Dallas negó con la cabeza.

–El color te sienta muy bien, pero esa abertura…

–Estoy de acuerdo –afirmó Lia–. Vamos a otro sitio.

King Street estaba alineada de boutiques. En la siguiente a la que fueron los vestidos eran más del estilo de Dallas, con encajes y volantes y en tonos pastel.

–Tengo la tienda perfecta –dijo Dallas.

En cuanto entraron, Lia supo que aquel era el lugar que estaba buscando. En aquella ocasión, en vez de permitir que fueran las gemelas las que eligieran, Lia decidió tomar parte ella también en la búsqueda y probarse algo que le gustara. Había mucho donde elegir, pero ella se decidió por un vestido en particular.

El hermoso vestido de manga larga le llegaba hasta los tobillos y le sentaba a la perfección. Tenía un sutil tono rosado con un ligero brillo que ayudaba a definir sus esbeltas curvas sin atraer demasiado la atención.

–Este –dijo Lia mientras salía del probador para mostrarles a las gemelas el que había elegido.

–Es elegante y discreto –comentó Poppy, pero su rostro reflejaba dudas–. ¿Estás segura de que no quieres algo que cause un poco más de impacto?

–Este vestido es precisamente lo que estaba buscando –afirmó Lia mientras se miraba en el espejo–. Desgraciadamente, no me lo puedo permitir, pero así os hacéis una idea de lo que estoy buscando.

–No deberías preocuparte por el precio –replicó Dallas, haciendo destacar así la profunda diferencia que había entre cómo vivían las gemelas y la realidad de Lia.

Las dos mujeres trabajaban y se pagaban sus gastos, pero provenían de una familia muy rica.

–Es demasiado dinero para gastarlo en algo que no creo que vaya a volver a ponerme –insistió Lia.

Tras insistir en despedirse del vestido rosa, Lia se decantó por uno negro que estaba de rebajas. Ceñía su figura y hacía destacar los hombros. Tanto Poppy como Dallas le dieron su aprobación y, lo mejor de todo, era que el precio del vestido estaba dentro de la zona de confort de Lia. No era el vestido de sus sueños, pero serviría para la ocasión. Se moría de ganas por ver la expresión de Paul cuando la viera con él puesto.

Ethan se dirigía a casa después de otro largo día en Watts Shipping cuando vio que la puerta del despacho de su padre estaba abierta. Miles Watts estaba junto a la ventana, con una copa en la mano.

–¿No te estaba esperando mamá hace horas? –le preguntó Ethan.

–No –replicó Miles mientras se daba la vuelta para mirar a su hijo–. Esta noche tenía club de lectura.

–Me sorprende que no hayas aprovechado la oportunidad para ir a Chapins.

Chapins era el lugar favorito de todos los hombres Watts. Un elegante salón de fumadores en el corazón de Charleston que ofrecía una amplia selección de las mejores marcas.

–Tenía demasiado que hacer aquí. ¿Te marchabas ya?

–Sí. Había pensado pasarme por el gimnasio antes de ir a casa. ¿Va todo bien? Pareces estar muy distraído.

–Tu madre le llevó a Grady hoy una de sus tartas de limón. Ya sabes cómo le gusta.

–A todos.

–Sí –afirmó Miles–. Se encontró con Taylor English mientras estaba allí.

Aunque no era inusual que la abogada lo visitara, había habido algo sobre el encuentro que había hecho que la madre de Ethan lo comentara.

–¿Y? –preguntó Ethan.

–Y nada. Ya sabes que ella no habla de sus cosas con tu abuelo.

–Pero Taylor debe de haber dicho algo que te haya dado que pensar, si no, no lo mencionarías.

–No fue lo que le contó a tu madre, sino las preguntas que le hizo sobre Lia, sobre su pasado y si Paul había comprobado bien de quién se trataba.

Ethan comenzó a sentirse muy intranquilo, pero mantuvo un tono de voz neutral.

–¿Qué le dijo mamá?

–Que daba por sentado que Paul lo había comprobado todo bien –dijo Miles mientras miraba a su hijo para obtener confirmación–. Sin embargo, Taylor no paraba de hacer preguntas.

–¿Como cuáles?

–Señaló que había lagunas en el historial de adopción de Lia. ¿De verdad le permitiría un tribunal a una mujer que se mudaba tanto quedarse con una niña? ¿No hay un proceso en el que ella tendría que haber sido evaluada para ver si tenía estabilidad?

–Estoy seguro de que lo fue –comentó Ethan, deseando que hubieran ideado una historia algo más corriente en vez de utilizar el verdadero pasado de Lia.

El padre de Ethan no pareció muy convencido.

–¿Por qué iba a hacer Taylor tantas preguntas sobre Lia a menos que sospechara algo?

–Ya sabes qué clase de abogada es Taylor. Es muy concienzuda.

–Pero, ¿por qué sentiría la necesidad de serlo? El servicio de pruebas de ADN determinó que Lia es la hija de Ava. No entiendo por qué Taylor podría cuestionar algo así –susurró Miles entornando la mirada–. A menos que piense que esa prueba no es fiable. Tu madre cree que deberíamos hacerle nosotros una prueba de ADN.

Aunque su padre acababa de presentarle la oportunidad perfecta para explicar el error, Ethan dudó. Habían acordado que aquella situación duraría dos semanas. Paul iba a ser el padrino de la boda de Ryan y Zoe y había invitado a Lia a que lo acompañara. Los dos se merecían poder acudir con la cabeza alta antes de que Ethan les diera a todos la noticia de que Lia no era en realidad familia.

–¿Tiene Taylor motivos para hacer tantas preguntas? –insistió Miles al ver que Ethan tardaba demasiado tiempo en contestar–. ¿Qué es realmente lo que está pasando con Lia?

–Nada.

–No me mientas.

Ethan respiró profundamente.

–Está bien, la historia es que…

Les contó todo.

Miles asintió de mala gana.

–No puedes estar planeando seriamente hacer que Lia pase como miembro de la familia.

–Se suponía que el plan solo iba a durar hasta que Grady mejorara y lo ha hecho. Todo terminará dentro de unos pocos días. Tenemos pensado anunciar que los del laboratorio se equivocaron y que Lia no es la hija de Ava.

–Esto va a destrozar a mi padre…

–Sé que se disgustará, pero estoy convencido de que lo habríamos perdido si él no hubiera creído que Lia es la hija de Ava. Ahora está más fuerte. Creo que, cuando sepa la verdad, lo superará.

–Eso espero… pero prepárate para las consecuencias. Si hay algún empeoramiento en la salud de Grady, Paul y tú seréis responsables.

–Paul no. Solo yo. Cuando Paul se enteró de lo que estaba pasando, los dos ya estábamos demasiado metidos en el asunto.

Miles miró fijamente a su hijo.

–Una última cosa. Tienes que decirle a tu abuelo toda la verdad.

–Lo he pensado, pero creo que si Grady se entera de que lo hemos engañado además de perder a la que creía que era la hija de Ava, el golpe será mayor.

–El problema de todo esto es que Grady seguirá creyendo que la hija de Ava sigue aún por ahí.

–Lo he estado pensando –dijo Ethan mientras abría su maletín y sacaba un test de ADN que había pedido en los días posteriores a cuando hicieron creer a todos que Lia era la nieta de Grady–. Tal vez tú podrías ayudarme a encontrar a la verdadera.

Pulsuz fraqment bitdi.

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