Kitabı oxu: «Las independencias iberoamericanas en su laberinto»
LAS INDEPENDENCIAS IBEROAMERICANAS EN SU LABERINTO
CONTROVERSIAS, CUESTIONES, INTERPRETACIONES
Manuel Chust (ed.)
John Elliott, John Lynch, Tulio Halperín Donghi, Josep Fontana, Jaime E. Rodríguez, Eric Van Young, Carlos Marichal, Germán Carrera Damas, Brian Hamnett, Alberto Gil Novales, David Bushnell, Ana Ribeiro, Ana Frega, Armando Martínez, Beatriz Bragoni, Enrique Ayala, Carlos Contreras, Clément Thibaud, Óscar Almario, Geneviève Verdo, João Paulo G. Pimenta, Jorge Gelman, Julio Sánchez, Marta Irurozqui, Miquel Izard, Nidia R. Areces, Sara E. Mata, Tomás Straka, Víctor Peralta, Alfonso Múnera, Mónica Quijada, Xiomara Avendaño, Michael Zeuske, Juan Marchena, María Luisa Soux, Federica Morelli, Patricia Galeana, Sajid Herrera, Véronique Hérbrad, Juan Andreo, Eduardo Cavieres, Juan Andreo, Ivana Frasquet
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Del texto, los autores, 2010
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2010
Publicacions de la Universitat de València http://puv.uv.es
publicacions@uv.es
Ilustración de la cubierta: Bandera con la que se ganó el castillo de Acapulco. Archivo Histórico del Palacio Real.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7900-4
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PRESENTACIÓN
EL LABERINTO DE LAS INDEPENDENCIAS
ÓSCAR ALMARIO
JUAN ANDREO
NIDIA R. ARECES
XIOMARA AVENDAÑO ROJAS
ENRIQUE AYALA
BEATRIZ BRAGONI
DAVID BUSNHELL
GERMÁN CARRERA DAMAS
EDUARDO CAVIERES F.
CARLOS CONTRERAS
TULIO HALPERÍN DONGHI
JOHN ELLIOTT
JOSEP FONTANA
IVANA FRASQUET
ANA FREGA
PATRICIA GALEANA
JORGE GELMAN
ALBERTO GIL NOVALES
BRIAN HAMNETT
VÉRONIQUE HÉBRARD, CLÉMENT THIBAUD Y GENEVIÈVE VERDÓ
SAJID HERRERA
MARTA IRUROZQUI
MIQUEL IZARD
JOHN LYNCH
JUAN MARCHENA FERNÁNDEZ
CARLOS MARICHAL
ARMANDO MARTÍNEZ GARNICA
SARA EMILIA MATA
FEDERICA MORELLI
ALFONSO MÚNERA
VÍCTOR PERALTA RUIZ
JOÃO PAULO G. PIMENTA
MÓNICA QUIJADA
ANA RIBEIRO
JAIME E. RODRÍGUEZ O.
JULIO SÁNCHEZ GÓMEZ
MARíA LUISA SOUX
TOMÁS STRAKA
ERIC VAN YOUNG
MICHAEL ZEUSKE
CURRÍCULUM DE LOS AUTORES
BIBLIOGRAFÍA
PRESENTACIÓN
La obra que el lector tiene ante sí es diferente de las muchas que van a aparecer o han aparecido en estas conmemoraciones de los bicentenarios de las independencias iberoamericanas.
Celebraciones y conmemoraciones que recuerdan las fechas en las que la historia nacional y la historia oficial las estatalizaron en fiestas nacionales o patrias. Fechas que recuerdan determinadas gestas o acontecimientos sin que mediara, en la mayor parte de los casos, ninguna independencia.
Estamos, evidentemente, ante uno de los grandes temas de la historia del siglo XIX. Y no sólo porque se han escrito miles de páginas y se han publicado cientos de libros y artículos, sino porque es uno de los grandes temas históricos de la historia universal del siglo XIX. También porque estamos ante uno de esos temas históricos que traspasa inevitablemente la línea de la ciencia histórica y se cruza en el terreno de los sentimientos, de la emotividad, de la identidad. Y ahí la historia nacional, del nacionalismo en suma, lleva una gran ventaja, dado que los avances historiográficos se enfrentan a una conciencia nacional asentada y difícil de cambiar. Tarea de titanes con la que pretendemos contribuir a matizar, cuestionar o simplemente reflexionar sobre este hecho.
Sin duda éste es uno de los principales objetivos del presente libro, contribuir desde la reflexión, desde el debate y desde la aportación de los especialistas en este tema a la crítica, desde la ciencia histórica, de la historiografía tradicional.
Decía anteriormente que estamos ante una obra diferente. Así es. El presente libro no es producto de ningún congreso, de ningún evento conmemorativo, todos ellos muy legítimos y necesarios por otra parte, sino de un proyecto iniciado hace dos años con la finalidad de reunir a un gran elenco de historiadores e historiadoras especialistas en el estudio de las independencias, para que reflexionaran, debatieran y plantearan algunos de los ejes centrales de este auténtico laberinto que es para la historiografía las independencias iberoamericanas.
Ése es el primer objetivo del editor. Es decir, no son científicos sociales los que discuten sobre el hecho histórico, sino profesionales del estudio del hecho histórico. Y auque parezca una obviedad, no lo es. Acertada o desacertadamente, las conclusiones a las que llegan están dentro de un análisis histórico, en donde los valores y las metodologías históricas prevalecen sobre otras disciplinas sociales y humanísticas. Y por lo tanto, se espera de ellos y de ellas unas conclusiones, una síntesis o unas reflexiones en el plano del análisis histórico, es decir, desde la perspectiva mínima del valor del tiempo y del espacio del pasado. Y ahí, las ciencias del presente están a mucha distancia de ello.
El segundo valor que se ha de resaltar es que son especialistas en el período y en el tema. No encontrará el lector en este volumen aproximaciones curriculares de última hora u oportunismos académicos en participar de atractivas conmemoraciones. Los autores son especialistas de reconocido prestigio nacional e internacional y lo son por sus obras en esta temática.
El tercer objetivo de este proyecto fue concitar a un destacado elenco de historiadores e historiadoras de ambos continentes que reflexionaran en unas pocas páginas sobre cuestiones generales que han preocupado a la historiografía especializada en los últimos treinta años. He de decir que la tarea, a priori, si bien aparentemente parecía sencilla, no lo era, no lo es. Se les pidió a estos historiadores capacidad de síntesis, concreción en las respuestas y planteamientos generales sobre un tema tan complejo, tan poliédrico y tan laberíntico como las independencias iberoamericanas. Planteamientos generales que en buena medida entran a discutir per se la concepción parcial de las historias nacionales. Y ahí nos mostrábamos exigentes, al pedir a los historiadores que cruzaran las fronteras de sus países y se adentraran por el laberinto de lo que fue el proceso de las independencias.
Las seis cuestiones que les propusimos y a las que debían responder fueron las siguientes:
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
6. Cuestiones que desee formular y que no hayan quedado registradas anteriormente.
Como editor tengo que felicitar a todos ellos por su disciplina, su esfuerzo, su capacidad de síntesis y, el lector lo juzgará, el alto valor de las ideas y reflexiones aquí expuestas. A todos ellos y ellas mi agradecimiento. Y sin duda, la ciencia histórica sabrá juzgar el valor historiográfico de este trabajo.
El cuarto propósito de este proyecto fue ofrecer un estudio amplio, plural, diverso, en el que cupiesen la mayor parte de las escuelas e interpretaciones historiográficas y ponerlas en discusión, en debate calmado, científico y reflexivo. En una palabra, lo que debería ser el debate académico.
Por ello se ha reunido, para contrastar sus respuestas, a un variado grupo que representa diferentes generaciones, diferentes formaciones, diferentes países, tanto de Europa como de Iberoamérica o de Estados Unidos. Porque uno de los objetivos que perseguimos es ofrecer una amplia representación de estudiosos de la mayor parte de los países iberoamericanos.
Si bien son muchos los concitados en este libro, nos hubiera gustado incluir a más, pero la extensión del volumen también tiene sus limitaciones. Un conjunto de reflexiones que ofrece un panorama actual bastante amplio sobre las diversas interpretaciones historiográficas en torno a las independencias, así como una puesta en actualidad de viejos temas, nuevos enfoques o recientes preocupaciones historiográficas.
Por último, queremos hacer constar nuestro agradecimiento a Publicacions de la Universitat de València, especialmente a su director, el profesor Antoni Furió, ya que desde el primer momento en que le presentamos el proyecto obtuvimos todo su apoyo y entusiasmo.
MANUEL CHUST
EL LABERINTO DE LAS INDEPENDENCIAS
Manuel Chust
Universitat Jaume I
Castellón
En una célebre frase, mi maestro, Enric Sebastià, admitía sus escrúpulos apriorísticos para abordar la dimensión poliédrica que suponía el estudio y la investigación de la revolución burguesa española. Treinta años después, recordamos aquella expresión sincera del eminente historiador y la hacemos nuestra para expresar también una gran dificultad apriorística en el abordaje de tamaña cuestión como es el estudio de las independencias iberoamericanas. Estudio laberíntico cuyo análisis es necesario abordar desde dos premisas que creemos centrales, a saber: la categorización de éste como un proceso histórico con características revolucionarias y, en segundo lugar, el contexto de espacio y tiempo en el que surgieron, se desarrollaron, crecieron y triunfaron, es decir, el contexto del ciclo de las revoluciones burguesas, como acuñaron Eric Hobsbawm y Manfred Kossok. Ciclo revolucionario que, lejos de cesar con la Revolución francesa, tuvo una continuidad con las hispanoamericanas y la portuguesa y culminó con la española desde los años treinta hasta los cuarenta del ochocientos, si bien el proceso revolucionario español también había empezado, como se sabe, en la coyuntura de 1808. Nos intentaremos explicar a lo largo de estas páginas.
LA PROBLEMÁTICA APRIORÍSTICA
Es indudable el gran avance de la historiografía sobre las independencias en estos últimos treinta años. Ya lo advertimos en otro estudio.[1] No obstante, consideramos que existe una problemática de desequilibro que se ha de tener en cuenta antes del abordaje en una investigación general. En primer lugar, aún se registra un preeminente peso de los estudios de los casos dominantes y su extensión como modelos generales a otros casos que tuvieron otras dinámicas particulares. En segundo lugar, los casos historiados pueden confundirse con la perspectiva presentista de las fronteras de los actuales estados nacionales, conformados posteriormente a las independencias. Esto puede distorsionar la visión histórica del proceso, así como su conformación dinámica, en nada estática, y dialéctica. En tercer lugar, persiste en ciertos casos una lectura de las independencias desde el presente, lo que condiciona su interpretación histórica volviéndola ahistórica. La inevitable proyección del presente a lo histórico, y más en este tema, ha sido utilizada consciente e inconscientemente. En cuarto lugar, se puede observar que sigue habiendo una difícil conjugación entre la aplicación del análisis del método histórico, sus herramientas, la crítica de fuentes, etc., y el aparato ideológico-político del nacionalismo que acompaña inherentemente a este tema, lo cual invade y llena de suspicacias de clase, étnicas, raciales y nacionales las conclusiones a las que muchas veces se llega y que, inevitablemente, se proyectan a la situación presente ideológica y políticosocial. Y ello en un doble sentido, el arma del nacionalismo de utilizar las independencias como una confrontación contra la tiránica metrópoli como un instrumento cohesionador y de consenso social y étnico-racial se quebró a finales de los años sesenta del siglo XX. Las explicaciones causales exógenas que acusan de las desigualdades sociales y el subdesarrollo a la herencia colonial o al imperialismo norteamericano, sin ser falsas, se revelaron insuficientes a partir de los sesenta. Y el consenso social, político e historiográfico se rompió. Hubo una mirada hacia el interior y ella dejó al descubierto etapas históricas de la sociedad contemporánea iberoamericana no solamente no resueltas interiormente, sino insuficiente e insatisfactoriamente explicadas. El interés aumentó hacia el interior en busca de explicaciones. A la vez que empezó a volverse incómodo para las elites dominantes, acostumbradas no sólo al consenso, sino también a buscar las raíces de las desigualdades en el exterior y la lejanía histórica, y no en el interior y la proximidad coetánea. Y el recurso al proteccionismo historiográfico del nacionalismo empezó a no funcionar. La historia escrita por los historiadores más conservadores, quienes reclamaban una historia sólo de autores «nacionales» –«nuestra historia»–, también se empezó a quebrar. Aunque todavía se mantienen ciertas reminiscencias que distinguen entre historiadores nacionales y «extranjeros», y agradecen el «interés» de estos últimos por acercarse a «sus historias». Por suerte, las cosas han cambiado notablemente, y el contacto entre redes de historiadores, los congresos internacionales, la amplitud de temas y de bibliografía, las nuevas tecnologías y, especialmente, la comunicación y el surgimiento de asociaciones de historiadores más allá de las fronteras nacionales han posibilitado el resto.
Por último, se advierte, si bien cada vez en menor medida, un desequilibrio entre las distintas historiografías nacionales y también regionales. Lo cual ha devenido en notorios estudios para unos casos y en un panorama casi desierto para otros.
LOS PLANTEAMIENTOS HEGEMÓNICOS DE LOS ÚLTIMOS CINCUENTA AÑOS
En los años cincuenta irrumpió de una forma muy atractiva la tesis de R. R. Palmer[2] que se materializó en el concepto de «revoluciones atlánticas». Palmer venía a proponer, desde la metáfora de la mancha de aceite, que el origen de la democracia se había desarrollado en la independencia de Estados Unidos y en la Revolución francesa, fruto del desarrollo de estas ideas, las cuales se expandieron a lo largo del Atlántico provocando las demás revoluciones e independencias. A la propuesta de Palmer se unió la de Godechot.[3] Los dos afirmaban que hubo una revolución de las ideas que finalmente afectó también al mundo hispano y luso en América, fruto de la propagación de las ideas ilustradas francesas y su plasmación en una revolución de independencia en Estados Unidos y después en la revolución en Francia. Por lo tanto, lo que quedó de estas tesis fue que las independencias hispanoamericanas fueron consecuencia de las ideas liberales y democráticas de Estados Unidos, por lo que tanto el constitucionalismo como el republicanismo de origen estadounidense habían sido los causantes de las independencias. Tesis que venían a subrayar, primero, la influencia decisiva de las ideas anglosajonas y francesas en las raíces ideológicas de las independencias y, después, que las causalidades residían en cuestiones ideológicas, es decir, idealistas, más que materiales.
Qué duda cabe que las tesis de las revoluciones atlánticas fueron asumidas. En realidad, la historiografía nacionalista hispanoamericana de vertientes antiespañolas también entroncaba con varios de sus presupuestos, pues con ello se subrayaba el deslinde emancipador y fundador de causas hispanas y se asumían las influencias anglo y francesa. También es sabido que las tesis de Palmer estaban en el contexto de la creación de la OTAN y de la Guerra Fría. No obstante, esta tesis llevó a discutir sobre el origen ideológico del movimiento insurgente, sobre el origen del sistema político administrativo resultante del triunfo independiente –federal o centralista– y sobre el cariz del sistema republicano hispanoamericano. A la vez que también puso en la discusión el debate sobre las independencias y no sobre la particularidad de cada una de ellas y su estudio individual.
Coetáneas a estas tesis, pero contrapuestas, fueron las resoluciones y propuestas del I Congreso Hispanoamericano de Historiadores convocado en Madrid en 1949,[4] cuyas actas se publicaron en 1953.[5] Propuesta que partía desde la España franquista, que por esos años también asumiría las exigencias de Estados Unidos de convertirse en «democracia orgánica» a cambio de integrarse en la ONU en 1951 y romper con ello su aislamiento, producto de su apoyo al Eje en la Segunda Guerra Mundial y el carácter fascista de su régimen. Las contrapartidas fueron la instalación de bases militares de EE. UU. en suelo peninsular.
En ese contexto, el I Congreso Hispanoamericano de Historia estuvo dedicado a las «causas y caracteres de las independencias americanas». Mismo año en el que el general Perón suscribió el tratado de amistad con el general Franco.
Ricardo Levene, académico del Derecho argentino, fue la persona encargada de pronunciar la conferencia inaugural bajo el sugerente y clarificador título de «Las Indias no eran colonias». Es conocido que las conclusiones de este I Congreso Hispanoamericano de Historia fueron muy significativas, a la vez que contenían un mensaje: América no había sido un territorio colonial, sino un conjunto de reinos en igualdad de derechos con los peninsulares, por lo que la independencia no pudo ser nunca una ruptura dramática y abrupta, sino una «emancipación» tranquila, madura, como la de un «hijo con respecto a la tutela del padre». Esta interpretación partió de diversos historiadores e historiadores del derecho, situados muchos de ellos próximos a sectores conservadores, clericales e hispanófilos, especialmente en Argentina, México y España. Interpretación que encasilló durante décadas, hasta los años noventa, y aún hoy en día se nota en ciertos sectores historiográficos, cualquier intento de incluir en la explicación de las independencias al liberalismo gaditano y doceañista como un paso más en el proceso histórico de las independencias, sin que por ello se beba en las fuentes ideológicas del conservadurismo y clericalismo, muy al contrario. Hasta la fecha.
Quizá fue por todo ello que las tesis de Nettie Lee Benson quedaron aisladas desde los años cincuenta durante décadas, al abogar por los orígenes gaditanos del liberalismo novohispano como explicación de la génesis del republicanismo federal mexicano. No obtuvo ningún eco durante años, hasta entrada la década de los noventa, cuando su libro fue reeditado por el Colegio de México, si bien la coyuntura ya era distinta.
En las décadas de los años setenta y ochenta, al tiempo que las tesis sobre las revoluciones atlánticas no desaparecieron, se prodigaron otros planteamientos que consiguieron notable eco en unas ocasiones y respuestas alternativas en otras. En primer lugar, el libro de John Lynch[6] se tradujo rápidamente al español en una exitosa edición. La tesis de Lynch prendió rápidamente en España e Hispanoamérica, especialmente en Venezuela, por distintos motivos. Se convirtió, hasta casi hoy, en manual de referencia universitaria para las generaciones de historiadores españoles y también hispanoamericanos. Lynch planteó, en síntesis, que las causas de las independencias se debieron a un «neoimperialismo» borbónico que se impuso en la Monarquía española tras el triunfo de esa casa nobiliaria en la guerra de sucesión de los Austrias a partir de 1701. Lynch, magnífico conocedor del siglo XVIII hispano, tanto peninsular como americano, trazó un panorama de agravios, tanto políticos como económicos, que los Borbones impusieron a los criollos, especialmente en la segunda mitad del siglo XVIII. Lo cual contrastaba, para Lynch, con una época de mayor autonomía y permisibilidad de los Austrias en América. Política de estos monarcas que había permitido ascender en cargos políticos, religiosos y en fortuna al criollismo, especialmente hacendado y comercial a lo largo de toda América. La tesis de Lynch cautivó a un amplio espectro universitario. Era, es, un libro documentado, con tesis claras y con razonamientos demostrables. Y, sobre todo, incluía en sus explicaciones no sólo cuestiones ideológicas y jurídicas, sino también económicas y sociales. Y el salto fue cualitativo. El éxito en España fue tremendo, y no sólo por la magnífica distribución del libro y por el prestigio de una editorial –Ariel– que por aquellos años del tardofranquismo se había ganado ya el reconocimiento de los sectores universitarios antifranquistas, sino porque contrastó ampliamente con la lectura hegemónica hasta el momento del americanismo español, enclavada en su mayor parte en visones gloriosas y trasnochadas del Imperio y explicaciones dulcificadoras de las independencias.
Y, en segundo lugar, desde el materialismo histórico –en el contexto de las tesis de Palmer, de la Guerra Fría y de las controversias historiográficas sobre la Revolución francesa–, se explicitó, especialmente por Manfred Kossok,[7] la propuesta de calificar las independencias como revoluciones burguesas, si bien inconclusas o incompletas. Lo destacable en esta propuesta, en la que también participó con estudios esporádicos Pierre Vilar,[8] fue que su análisis se circunscribió al contexto de un ciclo de revoluciones burguesas que desde la independencia de Estados Unidos, pasando por la Revolución francesa, llegaban a la eclosión revolucionaria hispanoamericana y acababan con las oleadas revolucionarias de 1830 y 1848 en Europa. Es decir, para estos autores las independencias no sólo supusieron un cambio cualitativo que derribó el Antiguo Régimen en un sentido estatal y colonial, sino que, además, esas revoluciones tendrían un carácter de clase «burgués», si bien no alcanzarían los presupuestos «europeos» o, mejor dicho, franceses y, por lo tanto, quedarían fallidas o inconclusas. Es de hacer notar, en primer lugar, que especialmente la propuesta de Manfred Kossok se alejaba de presupuestos exclusivamente teóricos para apoyar sus aseveraciones documentalmente a partir del caso del Río de la Plata.[9] Y, en segundo lugar, supuso una confrontación no sólo historiográfica, sino especialmente política e ideológica, que aisló y encasilló buena parte de sus escritos[10] sin ni siquiera en muchas ocasiones un merecido debate, salvo algunas excepciones. Si bien es cierto que también influyó en buena medida que la mayor parte de sus escritos se publicaran en alemán, por lo que tuvieron una difusión más restringida en el campo hispanohablante. Es de resaltar también que era casi la primera vez que desde el campo de la historiografía marxista se enunciaban propuestas que calificaban las independencias de revoluciones. Lo cual contrastó, y mucho, con los teóricos de la Dependencia que, también desde el campo del materialismo histórico, no vieron más que continuidades de un nuevo colonialismo en las independencias.[11]
El tercer momento que apreciamos entronca con los años ochenta y se manifiesta más claramente en los noventa. Y en estos años la propuesta casi hegemónica tiene nombre y apellidos: François-Xavier Guerra. Se han publicado recientemente diversos homenajes a este emblemático historiador.[12] Y también nosotros[13] hemos dedicado algunas páginas a la historiografía de este autor, por lo que no nos vamos a extender sobre ello. Lo esencial para este estudio es que Guerra introdujo ya en la década de los ochenta el concepto de revoluciones hispánicas.[14] Y lo hizo en un determinado contexto no sólo historiográfico, sino también político, especialmente internacional. No sólo fue en el contexto de la caída del Muro y del socialismo real y de sus estados, sino también en el de las dictaduras y la llegada de los procesos democráticos a Latinoamérica. En poco más de un lustro, quizá una década, las propuestas de Guerra prendieron en un amplísimo y diverso sector de la historiografía iberoamericana, especialmente entre sectores progresistas. Lo sugestivo era que Guerra, que conocía bien el debate historiográfico sobre la Revolución francesa entre la historiografía marxista y la conservadora, comandada especialmente por François Furet,[15] propuso una vuelta a la historia política desde presupuestos revisionistas. Y lo hizo, no sé si abiertamente, en contraposición a la historia social y económica, en boga por aquellos años, pero también en contra de los diversos presupuestos de un marxismo, o deberíamos decir marxismos, en decadencia, incluso desprestigiado por su ortodoxia y esquematismo harneckenianos, encallado en muchas ocasiones en los presupuestos cepalinos y dependentistas de los años sesenta y setenta. Y, sin duda, eminentemente teórico y poco empírico, a excepción de algunos casos, como hemos mencionado ya. Si bien hay que señalar que muchas de las bases teóricas de sus presupuestos partieron de historiadores o de científicos sociales en su aproximación a plantear tesis históricas. Queda ahí el debate.
Lo cierto es que Guerra, en los noventa especialmente, enamoró a diestro y siniestro, a una buena parte de la historiografía que no pasaba por ser conservadora, sino todo lo contrario, tal vez por la orfandad que estaba provocando, provoca aún, la caída de la teoría y sus derivados, y conquistó a buena parte de las distintas historiografías. ¿Quién no ha citado a Guerra en sus escritos?
Guerra partió desde una historiografía que reivindicaba el término de historia cultural en sentido amplio, y llegó a conclusiones conocidas y antes rechazadas por conservadoras y clericales, como fue que las raíces ideológicas de las independencias se hundían en la escolástica hispana del siglo XVI y la neoescolástica del XVII. Explicación que proseguía abundando en temas y aspectos en los cuales Furet, entre otros, ya había insistido, como que las revoluciones hispánicas lo fueron por razones culturales. Ese gradualismo, que no ruptura, les llevó a la Modernidad. Concepto en el que no vamos a entrar, pues produjo, también en su momento, su debate. Toda vez que llegó desde la sociología y no desde la historia.
La ausencia de otras categorías no fue en Guerra una omisión, sino una constante. Paradójicamente, no hubo contestación, hasta ahora. La historia nacional y la historia oficial, impermeables a renovaciones historiográficas, siguieron su curso hegemónico, no nos engañemos. Pero Guerra concitó también una renovación, no sé si decir una rehabilitación, de los estudios de los historiadores del derecho, de los estudios jurídicos. Paradójicamente, estudios y estudiosos del derecho a los que ya no se los vio necesariamente como sospechosos de conservadores y clericales a partir de Guerra, justamente un representante, al menos en Francia, de esa historiografía. Y ahí radica uno de los muchos méritos de Guerra, y si se nos permite, del guerrismo, porque hay que reconocer que en poco tiempo no sólo los discípulos directos, a cada uno de los cuales encomendó el estudio de un país diferente, sino los indirectos, que prolongaron y reinterpretaron lo que en ocasiones no estaba claro que quería proponer, sugerir o rebatir; prosiguieron su obra. También es justo decir que Guerra modificó sus planteamientos originales o al menos los matizó. En resumidas cuentas: hubo cambio, pero éste no fue revolucionario, sino gradual y desde la política y las ideas.
Por último, advertir que los planteamientos de Guerra triunfaron en América, pero pasaron un tanto desapercibidos o con un bajo impacto en España, en donde el manual universitario aún sigue siendo el de John Lynch. Quizá porque, a diferencia creemos que de Iberoamérica, el libro de Guerra llegó cuando en la década de los noventa el debate sobre la «revolución» española ya se había producido desde los setenta, y pasó de ser un tema hegemónico en la historiografía contemporaneísta de esas décadas a un tema más en la década de los noventa y prácticamente desaparecido en la actualidad.
¿Y EN EL BICENTENARIO? ¿QUÉ HISTORIOGRAFÍA?
En resumen, en los últimos años ha habido propuestas historiográficas, hegemónicas o no, más que interesantes. Una parte de ellas, voluntaria o involuntariamente, no ha sido neutra o aparentemente neutra. Quizá dada la envergadura del tema, ya lo hemos escrito anteriormente, su significación y valor, especialmente para los países iberoamericanos, la trascendencia de éste en la educación, en la cultura, en sentido amplio, conducían a ello. Las independencias, como otros grandes temas de la historia universal contemporánea, traspasaron el terreno de la academia, o quizá la academia fue utilizada. Lo cierto es que la coyuntura del siglo XXI, la coyuntura de estos Bicentenarios, tanto a niveles nacionales como internacionales, está mediatizada por otras condiciones, por otra coyuntura diferente a las pretéritas, y no me refiero, aunque sin duda tendrá impacto, a la crisis económica de superproducción del capitalismo en la que estamos.
Desde el punto de vista historiográfico, el tema de las independencias se ha visto enriquecido en los últimos veinte o treinta años por otros enfoques de la historia. Sin duda, los aportes en los últimos años de historiadores del derecho, del pensamiento, de la historia social, de la historia económica, han contribuido no sólo a una pluralidad de temas y subtemas, sino a una amplitud de propuestas, hipótesis y tesis muy fructíferas. También se puede observar un cambio de posible coyuntura historiográfica, dado que hay una cierta relativización del impacto de determinadas disciplinas de las ciencias sociales y humanas en la historia, a diferencia de los años cincuenta a setenta. Nos referimos a la antropología, la pedagogía, la psicología, la sociología o la politología. No queremos decir que se ha reducido su importancia entre los historiadores, sino que el abordaje de la historia está siendo el inverso del que era décadas atrás. No son antropólogos, sociólogos, politólogos los que hacen «historia», sino historiadores que, desde el pasado, se aproximan a la metodología de estas disciplinas para enriquecer su propuesta de análisis. En tercer lugar, se puede observar que no hay una lectura hegemónica de las independencias. Bien podemos estar ante una «convivencia» de lecturas sobre las independencias. O quizá en un momento en el que se seleccionan determinadas propuestas de las grandes tesis. Así, junto a las tesis de Lynch, conviven las de Guerra, se rescatan las de Kossok, se esgrimen las de Jaime E. Rodríguez,[16] se incorporan nuevas propuestas, algunas de ellas derivadas de estos maestros. No hay, a nuestro entender, un esquematismo tan rígido como en décadas anteriores, en donde se seguían unas líneas, un tanto rígidas, de unos u otros autores, de unas u otras propuestas. Ahora, creemos, hay una pluralidad más amplia. También una formación más profesional. Y sobre todo, un acceso a las fuentes mucho mayor. Y en ese tema, la revolución tecnológica, la digitalización de bibliografía primaria y secundaria, de fuentes documentales, de archivos privados, de catálogos de archivos, de bibliotecas, de prensa, etc., son y han sido fundamentales para las nuevas investigaciones.
Decíamos que no vemos una propuesta hegemónica sobre las independencias. Quizá habría que matizarlo, porque la que creemos que sigue siendo hegemónica es la historia nacional o historia nacionalista. Si bien no es la misma, obviamente, se ha revestido de nuevos andamiajes, de algunos ropajes «modernos», pero sigue triunfando en la sociedad, las escuelas primarias, las secundarias y buena parte de las universidades. Y sobre todo, sigue triunfando en el interior de cada país. Aunque siempre hay excepciones.
Nos podemos encontrar en estos momentos, a modo de especulación, con una época de post-Guerra, es decir, de interpretaciones que beben en sus planteamientos pero que o bien amplían su propuesta o bien se adentran en temas en los que Guerra nunca entró. Todo un experimento. Y ello está dentro del contexto de la amplia renovación historiográfica que el tema sobre las independencias ha tenido y tiene desde los últimos veinte años. A ello ha contribuido el asentamiento en los centros universitarios e investigadores de lo que podríamos llamar historiadores profesionales, por su formación, por su dedicación, por su condición de profesores a tiempo completo. También el crecimiento de universidades iberoamericanas, que imparten en estos años maestrías y doctorados en historia. El alumno hispanoamericano no necesita ahora tan urgentemente salir de su país para formarse, graduarse o doctorase. Y en eso hay que evaluar si existe una relativización en la formación de estas generaciones de historiadores que ya no se han formado necesariamente en Europa o en Estados Unidos o Canadá. Pueden ser varias las razones: menor número de becas, disminución del peso de los centros internacionales europeos o norteamericanos, potenciación de los nacionales, etc.
Por último, en este posible cambio de perspectiva historiográfica de las tesis de las independencias, tenemos que considerar la coyuntura actual, diferente a la de las otras décadas, tanto a niveles nacionales como internacionales. No estamos en una coyuntura de Guerra Fría, ni de bloques, quizá todo lo contrario, el peso de Estados Unidos es indiscutible. No estamos tampoco en un proceso de descolonización, las teorías mayoritarias sobre el subdesarrollo o la dependencia han dado paso a preocupaciones sobre la sostenibilidad, la crisis mundial, la contaminación del planeta, la globalidad, la biodiversidad o el cambio climático, no sé si en una claudicación sobre las primeras. El «miedo» a una revolución socialista, el miedo al peligro rojo o amarillo, a la URSS o a China o Japón, ha dejado paso a otros «miedos», como los del islamismo fundamentalista. Cuba, si bien sigue cercada, no ofrece más problemas que su incomodidad o la justificación de determinas actitudes. El desmoronamiento de teorías alternativas al liberalismo y sus funcionalismos ha provocado el surgimiento de otras «modas» historiográficas, pero no de propuestas novedosas que tener en cuenta más allá del éxito temporal de la novedad, que, en ocasiones, no son más que impostaciones de escritos anglosajones de los sesenta y setenta.
El laberinto del estudio de las independencias es tan complejo que algunas de estas propuestas de autores tan diferentes pueden ser válidas para componer un puzzle interesante. Nos referimos a las tesis que, sin ser antagónicas, se pueden complementar. También se puede observar que se rescatan planteamientos antes rechazados apriorísticamente. Pasado un tiempo, lo que en décadas anteriores era señalado como peyorativo ahora se incorpora, complejizando el proceso de las independencias.
EL LABERINTO DE LAS INDEPENDENCIAS. ALGUNAS CONSIDERACIONES
La primera cuestión es que interpretamos las independencias como un proceso histórico revolucionario liberal-burgués. Nos explicamos. Creemos que la categorización del concepto de proceso puede ser adecuada para analizar e investigar las independencias porque posibilita estudiar el período de una forma dinámica, cambiante, con avances y retrocesos, y fundamentalmente alejada del estatismo y de visiones finalistas y presentistas. De esta forma, con esta perspectiva de proceso histórico, podemos alejarnos de dos problemas que han evidenciado algunos estudios. Por una parte, una visión ahistórica, es decir, interpretada desde el presente, lo cual ha llevado a conclusiones como plantear la inevitabilidad de las independencias. Por otra, analizadas como un proceso, la dialéctica centro-periferia se puede rastrear también en sus formas cambiantes, coyunturales, sin que por ello tenga que desaparecer la unidad de la evolución del fenómeno que se trata.
La cuestión sobre si o bien fue un proceso revolucionario o bien primaron las continuidades está en debate. Y este libro es una buena prueba de ello. Sin embargo, planteamos su cariz revolucionario en cuanto a antagonista del Antiguo Régimen metropolitano. Tras 1830, la monarquía absoluta desaparecerá como estado en América. Y a ello nos referimos con lo de revolucionario. Sabemos que también hubo bastantes continuidades, pero subsistieron como pervivencias coloniales en un mundo que ya no era tal y que se adentraba, si bien lentamente, en otros caminos estatales como la república, el parlamentarismo y el constitucionalismo. Lo cual no quiere decir que la revolución supusiera el ascenso al poder de las capas populares o un estado del bienestar para éstas. Eso también lo sabemos.
Y en tercer lugar, está, ligado con lo anterior, el carácter de la revolución. Para nosotros los elementos liberales-burgueses primaron en las independencias. Y ello no sólo por el vocabulario, los discursos y las propuestas empleados, sino por la propuesta de las independencias de crear un estado-nación con las señas de identidad políticas del liberalismo. Ahora bien, desde una perspectiva singular, sin establecer modelos apriorísticos o copiar casos anteriores norteamericanos o europeos. El surgimiento de los estados nacionales americanos en los años treinta fue fruto de las propias circunstancias del momento, tanto internas como externas, de cada territorio. Condicionadas, evidentemente, por su pasado colonial.
Pero ocupémonos de estudiar las independencias como un proceso histórico. Y para ello es necesario establecer fases, es decir, una periodización. Fases o periodización que debemos plantear en determinados cortes de años, que en modo alguno son estáticos ni para todas las regiones iguales, pero que pueden significar un guión para historiar una estructura general que a nivel interno es dinámica hasta su final. También puede servir para advertir ciertos cambios de coyuntura, de actitudes, de propuestas o de reacciones. Y ello evidentemente desde presupuestos generales y sintéticos.
Éstas serían las fases o períodos:
1.ª 1808-1810. La independencia por el rey.
2.ª 1810-1815/16. Las luchas por la soberanía/as.
3.ª 1815/16-1820. La independencia contra el rey.
4.ª 1820-1830. La institucionalización de las independencias.
La primera fase, que va desde 1808 a 1810, contempla la explosión coyuntural de la Monarquía española a partir de las abdicaciones de Bayona. Esta primera fase significa el inicio de la «chispa» que provocó el estallido de la crisis estructural del Antiguo Régimen de la monarquía. Especialmente en dos direcciones: la lucha de imperios que se venía dilucidando desde la Guerra de los Siete Años y sus consecuencias tras su final en 1763 y la crisis estructural propia de la Monarquía española, cada vez más agudizada desde el último tercio del siglo XVIII. Y por la Monarquía española contemplamos la de «los dos hemisferios».
Fase en donde la «vacatio regis» va a provocar una lucha por el «rex» que fue interpretada de múltiples formas y maneras por cada uno de los sujetos en el poder: autoridades españolas, fracciones de criollos, clases populares indígenas, ciudades principales, ciudades subordinadas, regiones principales y subordinadas, etc.
Y en esa coyuntura, tendremos que seguir muy atentos las noticias, cambiantes, contradictorias, escalonadas, desescalonadas, que procedían de la península y de Europa, la marcha, triunfante o no, de la guerra en España, el «miedo» general, particular, a que Napoleón fuera el rey, a la pérdida de la guerra en la península, miedo de los nuevos aliados ingleses a perder el poder privilegiado y absoluto de autoridades peninsulares en América, temor de los criollos a que el vacío de poder generara inseguridades no sólo políticas, sino sociales y raciales, a perder los beneficios económicos de la explotación y el comercio coloniales, a poder obtener otros beneficios por ese motivo, a comprender que dentro del caos es necesario un orden, a abrirse una coyuntura de movilidad social, a valorar en su justa importancia las medidas propuestas por los intereses criollos de las diferentes y desiguales regiones –a menudo contrapuestas y antagónicas en sus intereses económicos entre la capital y el centro–, o, por finalizar, a reconsiderar los tres presupuestos esenciales mediante los que se movía el estado: legitimidad, representación y soberanía.
En definitiva, salvo casos aislados, estos años están marcados por la coyuntura que, en general, los movimientos junteros asumieron, y que fue una lucha por la independencia del rey. Otra cosa es la diferente interpretación que los distintos grupos sociales hagan de ello.
La segunda fase va desde 1810 hasta 1815/1816. Lo primordial en esta fase es que la confrontación entre los distintos actores se circunscribe a una lucha por la soberanía.
Se ha estudiado notablemente esta fase. Creemos que hay que tener en cuenta en estos años la diferente marcha de la guerra en la península, el cariz de las diversas juntas en América, la asunción de la legitimidad y de la soberanía por parte de autoridades metropolitanas como F. J. Elío en la Banda Oriental, que comandó la Junta, o como F. Abascal en el Perú, que impidió la creación de otras. Y, en segundo lugar, el mantenimiento de la jerarquía territorial del Antiguo Régimen por las nuevas juntas capitalinas en cuanto a intentos de subordinación de las demás regiones y de sus intereses económicos. Es decir, la confrontación de intereses políticos y económicos de las distintas fracciones criollas, que llevó a posicionarse a favor de mantener la «fidelidad» o adscribirse a la autonomía política.
Lo cual fue interpretado y utilizado a posteriori, e incluso coetáneamente, con una postura «nacional» al enunciarse en clave de patriotas versus realistas. Confrontación nacional que en estos años hay que matizar, porque tanto peninsulares como criollos tenían intereses en un bando u otro sin que ello alcanzara a ser suficiente para plantear de forma concluyente opciones fuera del ámbito de la monarquía. Salvo los casos de Caracas o Buenos Aires.
La segunda cuestión que dirimir es que este conflicto, complejo, de intereses intrarregionales e interregionales, también se dio en el interior de las autoridades metropolitanas y entre las capas dirigentes criollas. Es decir, el vacío de poder se plasmó en todos los niveles. Lo cual provocó que, en ocasiones, de manera unilateral, quien poseía la fuerza armada no llegara a la negociación política, sino a la imposición armada y represión. Y ahí prendió la guerra: Elío contra Buenos Aires, ésta contra las regiones del interior, Abascal contra los junteros de Quito, La Paz o Chuquisaca, todos contra Paraguay, etc. La guerra, tanto en América como en la Península, comenzó a marcar la agenda política. Y también a dislocar las fuerzas armadas del Antiguo Régimen, en «ambos hemisferios». Y no sólo porque permitió un ascenso social de plebeyos en la oficialidad, sino porque para el ejército realista en América supuso que esta cuestión derivara en un conflicto no sólo social, sino también de clase y raza. Criollos, mestizos y morenos ascendieron a oficiales, reprimiendo en estos años a la insurgencia. Y claro, para el ejército peninsular que se encontraba en la península fue una contradicción de clase –privilegiados frente a no privilegiados–, pero para el ejército peninsular en América, esta ascensión además fue interpretada como una cuestión nacional, de nacionalidad y de identidad. Son conocidos los casos de Nueva España con el Plan Calleja y el ejército que se configuró en su tránsito a la independencia en 1821.
Pero debemos reconsiderar la diversidad del lenguaje de las juntas que proclamaron su independencia de Napoleón, pero también de Inglaterra y de la monarquía en un sentido absolutista. Juntas y propuestas que se van a prodigar a partir de 1810, porque tendrán otra significación: la guerra en la península estaba perdida. Y ahí los planteamientos, el vocabulario, las propuestas y los objetivos tuvieron un corpus tan similar como disonante entre el movimiento juntero americano. Lo que sí los unió es que se organizaron para que Napoleón –y lo que sospechaban o imaginaban que pudiera significar el triunfo del estadista francés– no fuera su rey. Pero en esa insurrección también hubo una resistencia de otras fracciones de intereses a subordinaciones que ya no estaban dispuestos a aceptar, como la del criollismo dominante de las «viejas» capitales en la colonia. Fue así como hubo una lucha muy diversa por la soberanía territorial.
Pero la monarquía tampoco debe verse como monolítica desde América. Ya advertimos que los cambios en la organización del nuevo estado, tanto afrancesado como español, se estaban produciendo. Porque la guerra, en ambos hemisferios, era no sólo revolucionaria, sino también un acelerador de la revolución. Y en ese sentido hay que seguir resaltando la opción constitucional y parlamentaria hispana que representaron no sólo las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, sino también su gestión y su organización. Desde hace dos décadas ya estamos advirtiendo que el «liberalismo gaditano» no fue únicamente importante porque albergó a la representación americana, sino también porque éste se conformó con sus propuestas políticas y su ideología. Y tuvo trascendencia en América, claro.
Es más, para ciertos sectores criollos enfrentados a las regiones insurgentes y por ello calificados a posteriori de «realistas», esta fase representaba la opción liberal más posibilista, ya que pudo plantear y conseguir buena parte de sus reivindicaciones en las Cortes, como fueron, entre otras, libertades económicas y políticas, la libertad de imprenta, la organización del poder local en ayuntamientos y del poder provincial en diputaciones provinciales, etc.
Quizá, la complejidad esté en los conceptos. Particularmente en el de Monarquía española. Aunque resulte una obviedad, no fue lo mismo la monarquía absolutista que la constitucional en esta coyuntura. Por lo tanto, el laberinto de las independencias se complejizó aún más al existir en esta fase vías de evolución, de transformación o de resistencias a todas ellas para mantener el estatus quo de 1808. A saber: la insurgente, la afrancesada, la gaditana y la colonial. Y hay que ponerlas en relación y en discusión.
La tercera fase fue la desarrollada desde 1815-16 hasta 1820 y viene caracterizada por la independencia contra el rey.
Tras el golpe de estado de Fernando VII en mayo de 1814, la monarquía volvió a ser absoluta. Éste es un cambio que, a nuestro entender, hay que resaltar y tener en consideración. Desde un análisis general, varios son los factores que se deberán tener en cuenta al menos en este período. En primer lugar, la restauración absolutista de Fernando VII conllevó la derrota del liberalismo gaditano al suprimir la obra parlamentaria y constitucional doceañista. Ello supuso, para el criollismo que estaba apostando por esta vía, el abandono progresivo de estas posiciones para decantarse por una vía insurgente. Y, en segundo lugar, la restauración de la monarquía absoluta supuso el triunfo de la vía armada para recuperar lo que el rey creía que era suyo: los territorios americanos. Los cuales le estaban arrebatando tanto la vía liberal gaditana como la vía liberal insurgente. De esta forma, la guerra y el envío de ejércitos de «pacificación» fueron las formas de responder a la insurgencia. Es en esta fase en donde la confrontación con un rey reconquistador y guerrero se hace más visible. Ya no hubo posiciones intermedias, dulcificadoras del rey. El recurso único a las armas y la represión marcó esta fase. Los antagonistas se redujeron a dos. El enfrentamiento fue más directo: las tropas «del rey» y la insurgencia. Ahora sí que el término «realista» obtuvo un carácter pleno, dado que representaba los intereses del rey.
Un ejército del rey, un ejército de una monarquía absoluta en el que también había oficiales liberales surgidos de la guerra de España, después también llamada guerra de independencia. Fernando VII embarcó a numerosos oficiales liberales españoles con la finalidad de sacarlos de la península con destino a una guerra contra los «otros» liberales americanos y en previsión de potenciales y previsibles pronunciamientos en la península, que por otra parte ya se estaban produciendo.
Pero en esta fase el contexto internacional también fue otro. Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815 en los campos de Waterloo, la Europa de las monarquías absolutistas campeó en suelo continental para regocijo de la Monarquía británica, que veía a su competidor derrotado y a sus potenciales rivales económicos neutralizados. Y tras el gran «susto» de Napoleón, las casas reales europeas se conjuraron en nombre de Dios, la Iglesia y la religión para que no volviera a repetirse. Las guerras napoleónicas enseñaron que un estado-nación podía poner en jaque todo un sistema de valores privilegiados, en definitiva, al Antiguo Régimen. Fue por ello el recurso de las monarquías absolutas a las alianzas políticas del Congreso de Viena y armadas de la Santa Alianza.
El absolutismo cerró filas, políticas y armadas. Y la nobleza europea se aplicó a la idea de la restauración. Devolver al trono a las dinastías depuestas por los Bonapartes. Para la monarquía española, sabemos que ello pasaba también por recuperar los territorios americanos. Para la monarquía británica, todo lo contrario. Mantenerlos y ampliarlos en su independencia, puesto que ello suponía relaciones comerciales bilaterales.
Tendremos que reflexionar también si es en este contexto cuando los generales y líderes insurgentes llegaron a ser consecuentes con la estrategia absolutista europea y emplearon su misma táctica, es decir, la coalición militar para derrotar al ejército del rey español. Pues la guerra en Sudamérica se volvió interregional.
Por último, la cuarta fase la constituye el triunfo final de las independencias desde 1820 en adelante. No fue fácil en los antiguos territorios americanos de la monarquía española luchar contra el rey. Entendemos el recurso, con «máscara» o sin ella, de los primeros años. Pero los años veinte registraban ya otra coyuntura. La independencia se volvió una lucha armada y, si bien hubo resistencias, el recurso a la confrontación contra el rey devino en la justificación que encontró la insurgencia para la proclamación de la república. Se están estudiando detenidamente las diversas posiciones de los realistas, su identificación y sus planteamientos. Los años veinte vienen marcados indefectiblemente por las independencias de los dos grandes y antiguos virreinatos. Nueva España y el Perú. Los dos en 1821. Y aquí tendremos que considerar también la vuelta, por segunda vez, a un período constitucional de España. Esta vez con el rey presente y con una coyuntura internacional pacífica pero amenazante, constantemente, de invasión. 1821 representa para el caso novohispano las contradicciones de ganar la guerra contra la insurgencia y engendrar en el propio ejército real las condiciones antagónicas de un ejército de Antiguo Régimen, y el agotamiento de la segunda experiencia del liberalismo gaditano. Ivana Frasquet y Jaime E. Rodríguez han explicado convincentemente el paso de Nueva España a la Monarquía mexicana y a la República Federal. Son conocidos sus estudios. Quizá tendríamos que poner en relación esta presión internacional con el recurso de México y Brasil de proclamar sus estados como un «Imperio» y contextualizarlo con la amenaza de intervencionismo armado de la Santa Alianza contra los estados liberales. Lo cual supondría empezar a abandonar la idea de interpretarlos como exóticos. Porque, qué menos sospechoso de «liberal» que un Imperio.
Por último, como conclusión, tendremos que insistir en la relación que ya han advertido algunos autores entre la indisoluble explicación de la historia de España y la de América y viceversa. La relación de causa-efecto, la interrelación dialéctica en las explicaciones tanto generales como a niveles más particulares, sigue siendo indispensable. Así como la ausencia de una explicación general de las independencias de los territorios americanos para poder explicar las particularidades de cada estado-nación queda obsoleta.
Para el caso español, la revolución en suelo peninsular no pudo triunfar sin su verificación en los territorios americanos. Es decir, la revolución liberal española tuvo como condicionante y especificidad que fue a la vez antiseñorial y anticolonial, en la península y en las colonias, respectivamente. La derrota del liberalismo que había propuesto la abolición de ambos, del feudalismo y del colonialismo, pasó por una estrategia condicionada por arrebatar el privilegio de mantenerse como clase dirigente y propietaria en la península a la nobleza, en el caso de la primera, y al rey en el caso de la segunda. Su derrota, que no fracaso, fue debida en gran parte a la unión de planteamientos revolucionarios antiseñoriales y anticoloniales. Una vez desprendida de la cuestión nacional americana y también de los problemas generados por ella a la debilitada hacienda del rey, el liberalismo español dejó de ser doceañista, hispano, para ser sólo español. ¡Paradojas de la revolución española!
[1] Manuel Chust y José Antonio Serrano: Debates sobre las independencias, Madrid-Frankfurt, Vervuert-Iberoamericana, 2007.
[2] R. R. Palmer: The age of the democratic revolution. A political history of Europe and America, 1760-1800, Princeton, 1959, también «The world revolution of the West» en Political Science Quarterly, 1954.
[3] J. Godechot y R. R. Palmer: “Le problème del Atlantique du XVIIIe au XXe siècle”, Congresso internationale di Scienze storiche, Relazioni, Florencia, 1955. J. Godechot: La Grande Nation. L’éxpasion révolutionnaire de la France dans le monde, 1789-1799, París, 1956. J. Godechot: Les révolutions, 1770-1799, París, 1963.
[4] I Congreso Hispanoamericano de Historia, celebrado en Madrid del 1 al 12 de octubre de 1949.
[5] Causas y caracteres de la independencia hispanoamericana, Madrid, Cultura Hispánica, 1953.
[6] John Lynch: Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Barcelona, Ariel, 1976.
[7] Cf. la reciente antología de Kossok traducida al español sobre esta cuestión en Lluís Roura y Manuel Chust (eds.): La Ilusión heroica. Colonialismo, revoluciones, independencias en la obra de Manfred Kossok, Castellón, Universitat Jaume I, 2010.
[8] Pierre Vilar y Fidel Castro: Independencia y revolución en América Latina, Barcelona, Anagrama, 1976.
[9] Manfred Kossok: El virreinato del Río de la Plata, Buenos Aires, La Pléyade, 1972.
[10] Al respecto los interesantes estudios de Middell, Roura y Zeuske en LLuís Roura y Manuel Chust (eds.): La ilusión heroica. Colonialismo, revoluciones, independencias en la obra de Manfred Kossok, Castellón, Universitat Jaume I, 2010.
[11] Manuel Chust: «Insurgencia y revolución en Hispanoamérica. Sin castillas hubo bastillas», Historia Social 20, Valencia, uned, 1994, pp. 67-96.
[12] Erika Pani y Alicia Salmerón: Conceptualizar lo que se ve. François-Xavier Guerra historiador: homenaje, México, Instituto Mora, 2004. Jaime Peire: Actores, representaciones e imaginarios: homenaje a François-Xavier Guerra, Universidad Nacional de Tres de Febrero, 2007.
[13] «Ciudadanía y nación en Hispanoamérica. Homenaje a François-Xavier Guerra», Tiempos de América, 10, Castellón, Universitat Jaume I, 2003, pp. 87-120.
[14] François-Xavier Guerra (dir.): Revoluciones Hispánicas. Independencias americanas y liberalismo español, Madrid, Editorial Complutense, 1995.
[15] François Furet: Penser la révolution française, París, Gallimare, 1978. En su avertissement antes del comienzo del estudio, el director de L´École des Hautes Études de Sciencies Sociales, fue muy explícito: “Elle comported ábord une polémique avec les historiens communistes de la Révolution française, destinée à mettre en relief les incohérences de ce qui constitue aujourd´hui l´interprétation dominante du phenomène”.
[16] Jaime E. Rodríguez O.: La independencia de la América española, México, Fondo de Cultura Económica-El Colegio de México, 1996.
ÓSCAR ALMARIO
Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín
1. ¿Cuál es su tesis sobre las independencias?
En términos sustantivos, lo que propongo es comprender el proceso de las independencias iberoamericanas desde una perspectiva que permita completar los enfoques críticos adoptados por la historiografía nacional e internacional en las últimas décadas, que por lo general lo analizan como una consecuencia de la crisis política en el mundo hispánico que se trasformó en revolución política en las antiguas colonias, o como una guerra de independencia que condujo a la aparición de las naciones modernas y a la república como nueva forma de gobierno adoptada por los Estados nacionales emergentes. Desde tales perspectivas analíticas, revolución política, guerra de independencia y formación del Estado nacional son conceptos con los cuales se han pretendido explicar los acontecimientos y que suponen la existencia de unos proyectos orgánicos liderados por las elites criollas como agentes por excelencia de la modernidad, pero que sin embargo debieron contar con el concurso de los sectores populares considerados en principio como agentes de la tradición. Más allá de su utilidad analítica, que nadie pone en duda, estos y otros conceptos revelan su opacidad, cuando no sus contradicciones, al ser sometidos a la carga de la prueba histórica y de la evidencia documental, desde las cuales sale a flote la extraordinaria complejidad de la realidad americana, que deshace cualquier pretensión reduccionista, o modelo simplificador o generalizador. Todo esto simplemente invita a considerar otras dimensiones del proceso que hasta ahora han sido invisibilizadas y a persistir en la construcción de su cabal y completa complejidad.
En tal sentido, pretendo comprender el proceso de las independencias iberoamericanas como la irrupción inédita y amplia de un conjunto de acontecimientos y fenómenos que se pueden analizar en dos planos, el histórico procesual (acontecimiento y proceso) y el histórico conceptual (devenir). Por una parte, como proceso, la ruptura del orden político-institucional colonial se resolvió mediante la irreversible inscripción de estos países en la modernidad política, en virtud de la emergencia sorprendente del sujeto moderno de la nación desde lo más profundo de las condiciones del dominio colonial. Por otra, como devenir, la experiencia iberoamericana reexaminada hace posible una doble acción, la de su recuperación del contexto del relato historicista y la de restitución de su espacio-tiempo social como singularidad dentro de la modernidad occidental, lo que entre otros aspectos implica reconocer su propia centralidad histórica y, por consiguiente, el descentramiento (pero no negación) de Europa en el análisis.
La tesis que se acaba de exponer plantea una ruptura importante con los enfoques más o menos convencionales al respecto. En efecto, es frecuente que las independencias iberoamericanas se aborden por los distintos enfoques analíticos que se ocupan de ellas, o bien como continuidades de las revoluciones europeas que le dieron forma a la modernidad, o como simples epifenómenos que confirmarían la supuesta centralidad histórica de los procesos europeos, o en el mejor de los casos como circunstancias especiales que hay que tratar de comprender en el contexto colonial, pero sin atreverse a cambiar de fondo los esquemas metodológicos dominantes de centro-periferia o de lo universal y lo particular.
Sin embargo, hasta ahora, nos hemos privado de la posibilidad de examinar las independencias iberoamericanas como la constatación histórica de la existencia de una contemporaneidad simultánea en estas latitudes tropicales y en condiciones coloniales, y no solamente como el registro de acontecimientos que aparentemente confirmarían el desarrollo lineal de la historia occidental en sus fronteras. Dicho en otras palabras, las independencias iberoamericanas nos invitan a un doble ejercicio, tanto de descentramiento de la historia, como de fragmentación del tiempo histórico, con el fin de revaluar la condición y los motivos de los sujetos sociales y sus acciones, desvelar el complejo entramado de relaciones entre una modernidad imaginada desde Europa y la realidad colonial de América e identificar los flujos y las conexiones entre la modernidad como tal y la formación de la modernidad política en las antiguas colonias europeas. Desde esta perspectiva, las independencias iberoamericanas deberían ser revaluadas tanto por ser un poderoso momento de cambio social, como por ofrecer una posibilidad de interpretación contrahistórica frente al historicismo y el eurocentrismo.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
Sin duda, en la crisis de 1808 confluyeron varios factores que interactuaron para que se produjera una gran revolución política en el mundo hispánico con amplios efectos en las colonias de América. En efecto, como es sabido, los acontecimientos más importantes que se han de tener en cuenta son: la crisis de la Monarquía española, la ocupación francesa de la península y la abdicación de sus gobernantes, sumados a los antecedentes de intentos de modernización del Estado imperial y las consiguientes modificaciones de los pactos de la Corona con los cuerpos provinciales y corporativos en la metrópoli y las colonias a lo largo del siglo XVIII, amén de la crisis de representación que eclosionó en todo mundo hispano en la modalidad de juntas de gobierno que asumieron la soberanía ante el hecho del rey ausente desde 1808.
Ahora bien, en términos sintéticos se puede plantear la hipótesis de que 1808 actúa como el detonante coyuntural de una situación estructural acumulada en la cual convergieron factores económicos, políticos y simbólicos. No obstante, cabe preguntarse por la simultaneidad y profundidad de una crisis política en la metrópoli que se traduce en revolución política en sus colonias. Las contradicciones estructurales del imperio español han sido analizadas mediante el binomio hegemonía/decadencia y la llamada «paradoja española». En efecto, la historia de España ha sido expuesta como la historia de una espectacular hegemonía establecida en el siglo XVI, seguida por una larga decadencia ocurrida del XVII al XIX. Respecto a la paradoja española, Antonio-Miguel Bernal volvió sobre ella recientemente para llamar la atención sobre unas relaciones poco estudiadas, entre los costes/beneficios del Imperio y su frustrado proyecto nacional de Estado unitario, cuestión que juzgo muy pertinente para los propósitos de esta comunicación, centrada en el caso de las independencias iberoamericanas. Conviene recordar los tres componentes de la paradoja: España, pionera de la modernidad capitalista, quedó finalmente rezagada respecto a los otros países del Occidente europeo; España, no obstante haber sido el titular del mayor imperio que haya existido desde la antigüedad, no formó como tales colonias, sino Reinos de Indias o de ultramar, y, finalmente, España, aunque promovió el primer ensayo de Monarquía universal, dejó sin acabar la construcción de su propio proyecto nacional de Estado unitario. En resumen, para el momento crucial de 1808, el Imperio español se encontraba más unido que integrado y, por lo tanto, expuesto a múltiples presiones, tanto externas como internas.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
Se trata sin duda del contexto de una «gran revolución política» en todo el mundo hispánico, pero que tuvo su concreción particular en Hispanoamérica como «revolución de independencia», lo que parecería indicar que, por lo general, los análisis se decantan por dar cuenta de un cambio centrado exclusivamente en la esfera de lo político. Lo que también equivale a decir que en los órdenes social, económico y cultural prevalecieron las condiciones de antiguo régimen. Sin embargo, la dinámica de los acontecimientos fue tan poderosa, que incluso en el plano de lo político tomó forma una situación excepcional en comparación con Europa, en la medida en que irrumpió una modernidad política radical pero incompleta, que en el caso de Nueva Granada incorporó a la política y masivamente al pueblo (sobre todo negros y pardos, y en menor medida mestizos e indios), a través de la guerra, con la cual se cuestionaron instituciones de antiguo régimen como la esclavitud, el tributo indígena y los fueros de las ciudades y provincias. Adicionalmente, la guerra de independencia introdujo una movilidad geográfica inédita que sólo se volvería a repetir con las migraciones laborales y los procesos de colonización de finales del siglo XIX y del XX.
Los imaginarios de las elites y de los sectores populares, aunque con orígenes y características diferentes, tendieron a confluir al hilo de los acontecimientos y de sus primeras interpretaciones nacionalistas, lo que permite comprender por qué los ideales que animaron la Campaña del Sur, los primeros diseños constitucionales y la formación de la Gran Colombia, bien pudieron ser percibidos como momentos memorables por los humildes miembros del Ejército Libertador, por los pueblos que celebraban o padecían los triunfos o por las gentes sencillas que recibían las proclamas y hasta es posible que algunos de ellos alcanzaran a tener plena conciencia de estar participando de cosas muy grandes para los países en formación y para la humanidad en general. Sin embargo, esto no significó, ni en esos momentos ni posteriormente, que el mundo tradicional hubiera refluido como referente tanto para las elites como para los grupos subalternos, sino todo lo contrario. En efecto, tradición y modernidad se entremezclaron de forma original para producir una realidad social y política distinta, a la vez que similar a la que le había antecedido, lo que explica la ambigüedad y aparente contradicción de los acontecimientos. De tal manera que negros y pardos fueron movilizados por los independentistas, pero temiendo siempre el peligro de la pardocracia, el fin de la esclavitud y la formación de ciudadanía se convirtieron en componentes de una ecuación sin solución para las elites dirigentes, mientras que la protección e integración de los indígenas y su inclusión política en las instituciones republicanas fue otro escenario de los problemas lanzados a la modernidad política desde los imaginarios de la identidad tradicional, como también lo fueron la injerencia de la Iglesia en los asuntos privados y sociales, o la del Ejército en las cuestiones del ordenamiento institucional, o las identidades de pueblos y provincias frente a la construcción de la identidad nacional. Los actores étnicos y sociales tradicionales, sus prácticas e imaginarios y su manera de experimentar la modernidad política, contrastaban con la urgente necesidad de inventar una identidad auténticamente moderna pero a partir del predominio de una cultura política corporativa y pactista, y una composición étnica y social heterogénea e iletrada, todo ello en medio de un territorio tan extenso y diverso como despoblado y la precaria herencia del aparato administrativo colonial.
Estos pueblos «entraron», pues, en la modernidad política a través de la Guerra de Independencia y sin contar con una etapa previa de preparación, tal como lo sugirieron posteriormente los filósofos políticos europeos con la masificación de las ideas ilustradas y mediante la enseñanza universal. Por el contrario, en Hispanoamérica, estos sujetos políticos forzados a la modernidad, tuvieron que incluirse de forma heterodoxa en la contemporaneidad de entonces, dando lugar a una de las experiencias colectivas más originales de la modernidad. Por lo mismo, no resulta casual que en relación con las grandes ideas políticas del momento, como el autogobierno, la libertad, la igualdad y la ciudadanía, la experiencia iberoamericana abunde en ejemplos de proyectos audaces que, aunque en buena medida no se llevaron a cabo, de todas formas anticiparon varios de los debates clásicos del siglo XIX. Así por ejemplo, el autogobierno en estos países vino a resolver de forma radical tanto las moderadas discusiones acerca de la inclusión de los criollos americanos en un ordenamiento reformado del Imperio español realizadas en las Cortes de Cádiz y que la restauración absolutista canceló para siempre, como las propias vacilaciones de los criollos respecto de la separación definitiva de España. A su vez, Bolívar, con su propuesta de la creación de la Gran Colombia, pretendió darle un alcance ambicioso al republicanismo naciente en las antiguas colonias españolas, con lo cual apuntaba en una dirección contraria a la de la tendencia expansiva de los imperios europeos, que justamente se consolidaría durante el siglo XIX.
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
Desde las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX los procesos de la independencia comenzaron a ser mejor conocidos, como lo evidencian trabajos seminales como los de J. Lynch, F. Chevalier y R. Konetzke, por ejemplo. Aparte de considerar la influencia de los elementos culturales externos, como las ideas ilustradas, la Revolución francesa, la filosofía neoescolástica de Suárez o la independencia norteamericana, estos estudios empezaron a concederle una mayor atención a los factores internos y especialmente a las rivalidades entre criollos americanos (blancos o mestizos) y españoles (peninsulares), así como a sus consecuencias durante el período de la Independencia y a la cuestión del legado colonial en América Latina. Desde esta perspectiva, las tensiones sociales se habrían intensificado en las últimas décadas del siglo XVIII con las reformas borbónicas, en la medida en que buscaron una mejor administración y un poder más centralizado, constituyendo por tanto un notable y contradictorio esfuerzo por racionalizar los contenidos y dispositivos de la dominación, pero que finalmente contribuyeron al resquebrajamiento y colapso final del poder colonial. Sin embargo, aunque este cambio de enfoque de lo externo a lo interno significó un avance historiográfico en la medida en que se ganó en densidad en los análisis, de alguna manera seguía presa de una perspectiva centrada en los procesos institucionales del Imperio, la resistencia de la aristocracia criolla y sus supuestas consecuencias, con lo cual se velaban otros componentes de la situación colonial y se desconocía la presencia de otros sujetos sociales y sus acciones. Por eso Lynch podrá afirmar que el nuevo imperialismo de Carlos III tuvo el objetivo de detener la primera emancipación de Hispanoamérica, que sus políticas reformistas constituyeron una segunda reconquista de América y que la reacción a éstas condujo a la Independencia. La cual es representada como una fuerza poderosa pero limitada, que si bien deshace los vínculos con España y destruye la estructura del Estado colonial, deja intactas las arraigadas bases de la sociedad colonial. Por todo lo anterior concluía que la Independencia es esencialmente una revolución política y que con ella se inició un período de cambio que debía continuar en otras fases del desarrollo histórico. La idea de la Independencia como una primera etapa de cambio se refuerza con el análisis de la figura del caudillo, la cual emerge de las guerras de Independencia con el propósito de llenar el vacío de poder que dejan tanto la destrucción del Estado colonial como la precariedad de las instituciones republicanas. Chevalier, por su parte, analiza la hacienda como el otro gran tipo socioeconómico común a la historia latinoamericana independiente, en la medida en que desde lo rural se asume un protagonismo político y social que en principio estaba destinado para lo urbano y que una modernidad política y cultural incompleta impide hacer efectivo en ese momento. Asimismo, Konetzke sostuvo que si bien era posible emanciparse políticamente de la dominación metropolitana, no lo era el liberarse de las tradiciones acuñadas por ella y que por eso esas estructuras históricas seguían gravitando sobre el presente. Para los efectos partió de una cuidadosa revaloración de la economía, la sociedad y la cultura construidas por los imperios español y luso-brasilero en América, que sin embargo no logra escapar de una perspectiva totalizante de la historia que le impide apreciar en toda su magnitud la singularidad de la inscripción americana en Occidente y preguntarse por los otros legados culturales.
En las décadas siguientes y hasta el presente, bajo la influencia de la escuela de Annales en Francia y la historia social inglesa, la historiografía latinoamericana experimentará un significativo impulso que la conducirá a descubrir esos otros legados culturales de América, de indígenas, afroamericanos y mestizos, los cuales van a ser analizados desde la etnohistoria mesoamericana y andina, los estudios afroamericanos y la historia social y política. En efecto, de la mano de renovadas estrategias de investigación y crítica documental, la historiografía crítica cuestionará la historiografía nacionalista de los siglos XIX y XX, y en ese esfuerzo encontrará, o mejor dicho, construirá nuevas unidades de análisis, como las rebeliones indígenas y populares, la incidencia de la experiencia colonial y de los pactos escritos y no escritos en la formación de una cultura política tradicional escenificada en villas y ciudades pero en contacto cercano con el mundo rural, las diversas modalidades de resistencia a la esclavitud y la coexistencia de la esclavitud y la libertad en la experiencia colectiva, el enorme peso de lo racial y lo mestizo en la vida social, así como una lectura mucho más sutil acerca de las relaciones entre actividades económicas, instituciones coloniales y colectivos humanos, entre otros temas. De tal manera que, al irrumpir la modernidad política con el proceso de la Independencia, ésta no partirá de cero y se propiciará un encuentro súbito y original entre lo existente y el cambio, una suerte de sincronía inédita de todo ese entramado de sujetos étnicos y castas en un sentido estratificados y en otro entremezclados, de imaginarios distintos pero en interacción, de identidades e intereses tanto diferentes como complementarios, que será el fermento de las virtudes y los vicios de los proyectos políticos, la imaginación de futuro y la redefinición de las identidades.
El recorrido historiográfico es sin duda notable, y por lo mismo, estamos en condiciones de comprender mejor la profundidad y complejidad de estos procesos. Así, los más penetrantes análisis intentan avanzar hacia territorios y problemas históricos hasta ahora más o menos inexplorados. A. Annino y F.-X. Guerra han animado una relevante discusión acerca de la invención de la nación moderna en el mundo iberoamericano, observando que las independencias no fueron la causa, sino el producto, de la crisis de las dos monarquías peninsulares, y que su «precocidad casi anormal», en tanto no se partió de un antecedente «nacionalista» en estos territorios, se explicaría por ocurrir durante la etapa de decadencia definitiva de ambas metrópolis y bajo el signo de ser la primera experiencia de caída de imperios en la era moderna. La Independencia se define, entonces, por una época de crisis política que conduce a una revolución política.
Ahora bien, la experiencia iberoamericana hace pensar en la utilidad del concepto de salto cuántico de los físicos pero con fines sociopolíticos, puesto que la súbita irrupción de una nueva legitimidad, la de la nación, que sirve de sustento a la formación de los nuevos estados soberanos, procede del abigarrado y heterogéneo universo de «comunidad de comunidades» que conformaban los imperios y que se sentía parte de ellos y representados por las monarquías de España y Portugal. Desde ese universo molecular de identidades distintas, jerárquicamente organizadas y corporadas, emergerá el nuevo sujeto de la nación moderna, dando inicio a un largo y tormentoso viaje hacia la verdadera formación de una comunidad política basada en un pueblo de individuos-ciudadanos. Precisamente, estudios como el de M.-D. Demélas para el caso andino permiten examinar las complejas mediaciones establecidas desde la Independencia entre el universo tradicional y los proyectos modernos de la democracia representativa, en la medida en que detalla cuidadosamente las tensiones existentes y los compromisos establecidos entre imaginarios, prácticas y representaciones de orígenes diversos pero obligados a confluir en una realidad conflictiva. Entre el sujeto moderno del ciudadano imaginariamente invocado por los dirigentes nacionales y los sujetos reales y sus comunidades tradicionales, median un conjunto de iniciativas, políticas, dispositivos e instituciones que propenden por la transformación social con mayor o menor éxito, los cuales vienen siendo estudiadas por los historiadores.
Uno de esos dispositivos fue la historiografía (y la geografía) como tal. Al respecto, G. Colmenares pudo establecer que la historiografía nacionalista del siglo XIX en América Latina, con su exaltación de los héroes criollos, cumplió una función contracultural en relación con los demás sujetos étnicos y sociales, a los que les negó su lugar en los acontecimientos y en su posterior evolución, con lo cual se facilitó el control del pasado desde el presente por parte de quienes se erigieron en los vencedores de la guerra y en los dirigentes del proyecto nacional. En tal sentido, de la Independencia entendida como momento heroico, se produce el efecto de una impresión ficticia de unidad entre las antiguas castas sociales, lo que por otra parte posibilita su representación como momento de epifanía o seminal, dando lugar a la instauración de una especie de presentismo con el que se origina el relato histórico moderno. El historicismo decimonónico no sólo significa una negación del pasado colonial sino de la experiencia social como tal y de la propia condición de los sujetos colectivos.
M. Chust, a propósito del bienio trascendental de 1808-1810, rescata para el análisis histórico el valor del acontecimiento o de una cadena de acontecimientos que forman una estructura, abriendo la posibilidad de su comprensión en una doble vía, es decir, desde los dos hemisferios hispanos, el europeo y el americano, o en un sentido dialéctico, como dicho autor prefiere decirlo. Por su parte, en su reciente biografía de Bolívar, J. Lynch puede afirmar en forma sintética y brillante lo siguiente: «Como fenómeno social, la guerra de independencia puede verse como la competencia entre los criollos republicanos y los criollos realistas por conseguir ganarse la lealtad de los pardos y reclutar a los esclavos. En el modelo bolivariano, la revolución se convirtió en una especie de coalición contra España, una coalición de criollos, pardos y esclavos». Los acontecimientos, las grandes estructuras, los modelos comprehensivos están, pues, de vuelta, pero ya no para reafirmar centralidades y universalismos históricos, sino para reconocer la extraordinaria densidad de los hechos y para ayudarnos a asumir el reto estimulante de su comprensión.
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
El racismo y las regiones, y su abordaje desde las perspectivas de la etnicidad y la región, son, en mi opinión, dos temas importantes que desarrollar en el inmediato futuro y que, en lo posible, se deben llevar acabo como programas colectivos de investigación y no sólo como proyecto personal. Como es sabido, la noción de raza surge durante el siglo XVIII como una de las tantas construcciones de la modernidad ilustrada, y con ella se procedió a la jerarquización de los grupos humanos y, en particular, de los americanos originarios, así como de los otros grupos trasplantados, como los blancos, y de los cautivos, como los negros, amén de sus respectivos cruces raciales que, en la América española y portuguesa, condujeron a una auténtica manía clasificatoria, con la cual se reforzó el sistema social de castas como dispositivo de racialización y dominio. El racismo es una ideología particular que acompaña la expansión occidental, sobre todo durante el siglo XIX, pero que sin embargo no tiene una sola manera de presentarse, sino que por el contrario se ajusta a geografías, pueblos y condiciones de la explotación y la dominación. Precisamente por eso, tal vez sea más conveniente hablar de racismos que de racismo. En esa dirección, es importante una historia del racismo y sus configuraciones sociales en el Nuevo Reino de Granada y de sus relaciones con el racismo republicano y contemporáneo de Colombia. En otro lugar y en pos de esta pista, he planteado cómo, durante las guerras de independencia en la antigua Gobernación de Popayán, una sociedad esclavista situada en el suroccidente de la actual Colombia expresó con fuerza un proyecto libertario negro que, no obstante su carácter inorgánico, valida que se puedan entender varios acontecimientos y procesos en términos de una guerra de castas.
En el caso colombiano, resulta definitivo reconocer complejos fenómenos de diferenciación regional y fragmentación del poder, lo cual es válido para el dominio colonial, pero sobre todo para el proyecto republicano durante la construcción temprana del Estado nacional. La cuestión regional adquiere connotaciones muy particulares por varias razones: por la debilidad del nacionalismo que rápidamente se divide en dos partidos históricos, por la muy precaria construcción de Estado y por su no menos frágil expresión simbólica, lo que permitió la capacidad de presión de las provincias y la territorialización del poder de sus caudillos. De esta manera, se prolongó el desencuentro entre las etnias, la Nación y el Estado. En estas condiciones, los sectores subalternos tuvieron una amplia capacidad de resistir y negociar con la sociedad dominante regional y hasta de edificar sus proyectos propios. La perspectiva regional podría contribuir al descentramiento del que ha sido considerado como el sujeto por excelencia del siglo XIX, es decir, el Estado.
6. Cuestiones que desee formular y que no hayan quedado registradas anteriormente.
Un análisis crítico del proceso de las independencias iberoamericanas permite concluir que sus grandes tendencias constituyeron, de hecho, interpelaciones notables a dos grandes supuestos que para ese momento ascendían como parte de las ideas fundamentales de Occidente: por una parte, el historicismo, la idea de la historia como una unidad o totalidad en progresión constante, desde la cual se podían comprender todas sus partes y, por otra, la universalización de la experiencia europea, en el sentido de un camino civilizatorio que obligatoriamente debían recorrer las demás sociedades. Como es sabido, dichos supuestos, que provenían del siglo XVIII, experimentaron un singular impulso a principios del XIX al ser especialmente animados por los avances del proyecto napoleónico, que las ideas ilustradas inicialmente saludaron como destino universal y después cuestionaron por sus excesos despóticos. Finalmente, todo esto transformó estos supuestos en doctrina racional de validez general y en voluntad de poder, por lo cual terminaron por servir de sustento a la expansión europea a escala global.
Contrariando cualquier idea unívoca y unidireccional de las tendencias históricas, a la luz de la experiencia iberoamericana se puede decir que la revolución de Independencia formó una esfera política moderna –en virtud de los tiempos, los ideales y las alternativas institucionales–, pero habitada y trasegada por actores y proyectos que provenían de la amplia heterogeneidad social y étnica de los reinos americanos. Razones por las cuales los distintos sujetos sociales actuaron tanto en clave universal como particular, es decir, en un sentido desde la modernidad y en otro desde la singularidad americana. Lo que entre otras cosas significa que existieron no una sino varias guerras de independencia, y no un proyecto libertador sino tantos proyectos como fueron capaces de darle expresión los distintos actores sociales y étnicos, bien fuera desde el bando de los republicanos o bien desde el bando de los realistas, o incluso desde sus propios proyectos, fueran estos orgánicos o inorgánicos, e independientemente de que tuvieran una dimensión local, provincial o nacional.
JUAN ANDREO
Universidad de Murcia
Todas las conmemoraciones tienen el mismo problema: a medida que se acerca el momento, todo el mundo se apunta a la ocasión y quiere aportar su grano de arena al evento. En el caso que nos ocupa, las independencias iberoamericanas, que ya de por sí llevan un largo bagaje historiográfico, se ven sobrecargadas en los últimos instantes con una verdadera cascada de trabajos y opiniones. En sí mismo este hecho no es negativo, casi siempre ha mejorado la percepción histórica del acontecimiento abriendo aún más la multifocalidad y plasmando mejor la poliédrica visión que sobre el tema se tiene; lo que ocurre es que, en tan poco tiempo, estar al tanto de todo lo que se dice es empresa de titanes. Hará falta que pase algún tiempo más para apreciar en toda su extensión los aportes producidos y, desde luego, estoy seguro de que eso lo harán aquellos que no han aprovechado la ocasión puntal, sino que estaban antes y seguirán después ocupados en el estudio de tales procesos.
Por todo ello, repito, hacer una reflexión sobre este tema concreto se torna complicado en estos instantes; no obstante, se puede intentar afrontar el reto con la conciencia de saber, a ciencia cierta, la imposibilidad de abarcar todas las aristas de tan heterogéneo acontecimiento.
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
El historiador que utiliza como herramientas para su trabajo el estudio y la visión que, de un determinado acontecimiento, tuvieron aquellos que lo vivieron y dejaron sus testimonios y opiniones, está sujeto a una visión sesgada, o al menos interpuesta, que marcará la dirección de su estudio. No cabe duda de que cuantos más testimonios consulte, más fuentes oficiales y oficiosas, y mejor aplique su experiencia y buen sentido, es posible que se acerque con mayor fiabilidad al proceso que estudia. Lo seguro es que tal circunstancia origina una multiplicidad de enfoques y de interpretaciones sobre un mismo acontecimiento; en el caso de las independencias esa multiplicidad de enfoques y teorías ha sido innumerable dada la importancia del fenómeno.[1]
En todo proceso histórico, el análisis diacrónico de éste es una categoría esencial en su tratamiento, puesto que ningún acontecimiento se explica sin atender, sobre todo, a sus antecedentes en la larga duración. Nada se produce por generación espontánea. Es imposible que alguien se acueste monárquico y se levante republicano. Por tanto, para cualquier explicación de determinado hecho puntual no puede faltar el análisis de lo que podemos llamar sus antecedentes y, en el caso de las independencias iberoamericanas, mucho menos.
El estallido de las independencias, que no la independencia, como tradicionalmente se ha denominado al proceso, ya que en realidad fueron muchas si se atiende a las necesarias diferencias puntuales de formas y consecuencias posteriores fruto de las condiciones y características de cada uno de los territorios de las colonias y de la diferente conformación social de cada entorno, de la existencia de diferentes grupos de poder de distinto origen y diversa ocupación y, por ende, con determinados y variados intereses, derivados de rivalidades regionales o territoriales, etc., presenta, a mi entender, un denominador común: los acontecimientos ocurridos en el entorno continental e insular iberoamericano a raíz de la crisis que se desarrolla, o mejor, se inicia en la Península a partir de 1807 y sobre todo en 1808.
No era nueva la conciencia, más o menos explícita desde hacía años, de que el sistema se estaba desmembrando y que presentaba síntomas de agotamiento. El anquilosamiento de las estructuras tradicionales de las monarquías hispánicas era un asunto del que muchos habían escrito y polemizado. No obstante, a pesar de todo, la situación o situaciones críticas que afloraron durante el XVIII habían sido, al menos en parte, superadas o mantenidas en sordina más o menos artificialmente; por tanto, a pesar de las persistentes premoniciones, más o menos fundamentadas, sobre la inminencia o necesidad de la independencia de los territorios americanos, a pesar de ser cierto que existían descontentos y recelos entre los criollos sobre la prepotencia peninsular en los principales cargos gubernamentales, o por búsqueda de mayores libertades económicas..., las sociedades iberoamericanas no pudieron articular, antes de 1808, un movimiento claro y definido, con el suficiente poder como para llevar a cabo los respectivos procesos de independencia.
Por tanto, opino que ni las explicaciones puramente económicas y hacendísticas, ni la expansión de las ideas surgidas a partir de la Ilustración, ni la coyuntura internacional..., pueden explicar por sí solas el estallido de ese fenómeno. La conjunción de todo lo dicho y algunos otros elementos, como por ejemplo, la mala gestión de la crisis por parte de los funcionarios, la ruptura o el fracaso del pacto entre los grupos de poder por solventar el problema debido a una actitud de defensa a ultranza de sus intereses particulares, la sensación de orfandad debido al secuestro de la Monarquía y, en consecuencia, la necesidad de mantener el orden, el peligro inminente de invasión..., fueron el origen del estallido del proceso que llevará a las independencias. En aquellos lugares donde los distintos grupos de la elite mantuvieron un consenso de cara a la defensa de unos intereses concretos que creían amenazados por la posibilidad de no controlar de modo efectivo la situación (problemas de insurgencia popular o de peligro para la situación de privilegio económico y social, miedo a la revuelta esclava..., en definitiva, miedo a la revolución), ésta se ralentizó y se mantuvo en sordina por lo menos hasta bien avanzado el siglo, tal y como ocurrió en el Caribe español. En esos primeros instantes, tal y como afirmaba Guerra,[2] la opción de la independencia no era tal para la mayoría de los americanos, pero los acontecimientos los despertaron de un cierto letargo, y la velocidad inusitada de éstos los hizo tomar iniciativas impensables hasta ese momento. Iniciativas que, encaminadas a solucionar los problemas que puntualmente se suceden, toman distintas formulaciones detrás de las cuales van tomado cuerpo intereses cada vez más definidos y que cada vez son más irreconciliables entre ellos y en los que no hay vuelta atrás, aunque los propios sujetos no saben dónde les llevarán, tal y como se trasluce en las palabras de Camilo Torres: «... la soberanía que reside esencialmente en la masa de la nación la ha reasumido ella y puede depositarla en quien quiera, y administrarla como mejor acomode a sus grandes intereses». Quedaba abierta una doble opción: si las juntas actuaban como depósito del poder para restituirlo a sus tradicionales detentadores o si había intenciones de no hacerlo así.
En resumen, podemos decir que la acumulación de todas estas variables, interactuando en el momento preciso y en el lugar idóneo, dio lugar al desencadenamiento de un proceso de cambio que resultó irreversible. Proceso de cambio que no es entendible si no se enfoca de manera global, como un fenómeno que ocurre a ambos lados del Océano.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
Podemos decir que la crisis de 1808 es el resultado final de una acumulación de tensiones y circunstancias de todo tipo, sociales, políticas y económicas, que venían produciéndose desde ya hacía años en el ámbito de las viejas estructuras de las monarquías ibéricas y que dieron como resultado la transformación de la cultura política del mundo hispánico, según palabras de Jaime E. Rodríguez.[3]
Tales situaciones, como digo, no eran nuevas; al contrario, existen indicios de situaciones de malestar y crisis desde la segunda mitad del XVIII, indicios muy claros de que el mundo colonial venía sufriendo un cambio en cuanto a la valoración que de él se tenía, tal y como recogen los Stein.[4] Este entorno será considerado el teatro de disputa de los problemas europeos, que, en lugar de dilucidarse en el propio ámbito territorial, pasarán a hacerlo en el nuevo continente. En consecuencia, el que en muchas partes de la península y en Iberoamérica se produjese idéntico fenómeno se debe a que la situación, el caldo de cultivo propicio, estaba preparada desde hacía tiempo, sólo que hasta este momento no se habían dado las condiciones necesarias para que cristalizase; una vez que se dieron, se desencadena, en catarata, una serie de acontecimientos que resultaron impredecibles en sus consecuencias.
De lo que no cabe duda es de que lo ocurrido en toda Iberoamérica a partir de 1808 está ligado de manera indisoluble a los acontecimientos de la península provocados a raíz de la presencia de las tropas francesas y de los proyectos de Napoleón. Es un fenómeno de carácter global, si entendemos como tal las dos orillas del Atlántico, y está inmerso en todo el proceso revolucionario mundial que estaba teniendo lugar en esos momentos. En esto son innumerables los historiadores de todas las corrientes que coinciden, a pesar de las matizaciones y puntualizaciones que todos hacen.
Este es el marco genérico sobre el que descansa lo que, yo creo, produce la crisis de 1808; sin embargo, se puede centrar y afinar en causas más puntuales. Todo parece indicar que los criollos americanos, de manera parecida a lo ocurrido en la Península, reaccionaron según las leyes españolas con intentos de formar juntas en defensa de los derechos de Fernando VII. Basados en tales leyes, ante un vacío de poder, buscan la formación de un gobierno que vele por la estabilidad del pueblo y en defensa del rey. De esta manera, la reacción criolla no buscaba, al menos durante esos primeros años, destituir a las autoridades coloniales que representaban a la Corona, sino más bien actuar contra autoridades sospechosas de aproximación al usurpador francés.
De hecho, ninguno de los movimientos subversivos anteriores a esa fecha, considerados en muchos casos por una parte de la historiografía como precursores de la independencia, fue acogido de una manera definitiva ni por la inmensa mayoría de la población ni tan siquiera, y esto es importante, por los únicos grupos que reunían las condiciones sociales, económicas y desde luego intelectuales para llevarlos a buen puerto. El catálogo de situaciones es largo y continuado en el tiempo y, en la extensa geografía colonial española, no es necesario citar los muchos casos que todos tenemos en la mente. Algunos manifestaban su descontento por las condiciones económicas (los monopolios), otros por medidas reformistas puntuales, otros fueron originados por situaciones de explotación y desigualdad, etc. Todos, en un primer momento, despertaron algunas simpatías entre las clases dominantes, o elites criollas,[5] pero el desarrollo de los acontecimientos hizo que pronto declinaran en sus simpatías, y siguieron actuando así hasta que la situación de caos se agudizó con el desastre de Ocaña y se dieron cuenta de que el ejército español no podía contener al invasor y, en consecuencia, empezaron a tomar posturas más comprometidas y más definitivas.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
En cuanto a la denominación de este proceso como Revolución, desde la historiografía tradicional del siglo XIX hasta la más reciente, desde opciones ideológicas y políticas contrapuestas, de las más conservadoras hasta las más progresistas, hay unanimidad.
Si acudimos al diccionario de la Real Academia, vemos como de entre las acepciones que la palabra presenta destacan:
1. Acción o efecto de revolver o revolverse.
2. Cambio violento de las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.
3. Inquietud, alboroto, sedición.
4. Cambio rápido y profundo de cualquier cosa.
Todas coinciden prácticamente en señalar el concepto de cambio, y se completan con adjetivos como violento, rápido o profundo. Por supuesto, el cambio más radical y, por tanto, revolucionario es que de los territorios dependientes de unas monarquías surgen naciones independientes y la mayoría como repúblicas; por tanto, en esencia y según el significado estricto del concepto, se produce una revolución que da como consecuencia la independencia.
En lo que prácticamente toda la historiografía coincide hoy es en que las independencias hispanoamericanas fueron parte de un proceso revolucionario único que, originado en España, se extiende por toda la América colonial. Muchos se empeñan en que se produjo una ruptura; pero pocos ya piensan que fue total. No hace falta ser un genio para saber aplicar el sentido común a cualquier proceso histórico y comprobar que las continuidades son inherentes a cualquier proceso de cambio; claro que, en muchos casos, cuando lo que prima es un fin determinado, se puede obviar esa evidencia y enmascararla, para eso está la historia oficial, cuyo fin es justificar determinadas posturas.
Lo que parece cierto es que, a partir de ese momento, las cosas no fueron iguales. Algo, si no todo, cambió. Sabemos que a partir de los acontecimientos de 1808, empiezan a moverse y a instalarse nuevas fórmulas de sociabilidad política, aparecen conceptos que, no cabe duda, hacía algún tiempo que se gestaban, pero que ahora empezaban a tomar cuerpo y a desarrollarse: ciudadanía, nación, pueblo, soberanía, igualdad, libertad, república..., y sobre todo aparecen nuevos espacios públicos donde interactúan, debaten y se expresan esas sociabilidades y conceptos (conceptos y términos que presentan, es cierto, una polisemia que conviene estudiar en cada caso y entorno). Estoy de acuerdo con que los personajes, como decía Guerra, parecen los mismos, pero el guión y la escenografía empiezan a cambiar, y lo hacen de manera irreversible en un movimiento continuado que hará que, al poco tiempo, todo parezca y sea diferente. A partir de ese momento, las cosas no fueron iguales.
Todo el nuevo vocabulario político es adoptado en los espacios públicos y en las charlas domésticas, y la idea de la participación política se extiende a distintos grupos, adaptándose a una modernidad forzada para evitar el estigma de atraso y tradicionalismo, según afirma Guillermo Palacios.[6] Una modernidad importada, de nuevo, como todo lo anterior, desde Europa. El gran reto era asumir esa modernidad desde una sociedad de Antiguo Régimen, tal y como se hizo o empezó a hacer en Francia después de 1789, desde una sociedad fragmentada, multiétnica, estamental, repartida por un enorme y también disperso territorio, de fronteras y límites poco claros, y se debió de hacer mediante una apoyatura ideológica, a través de una semiótica de la palabra o del gesto, creando así un imaginario que va a producir mutaciones culturales y políticas de amplia significación.[7]
Pero eso sí, hubo revolución cuando interesó, y no antes. Cuando las clases poderosas, las oligarquías dominantes y las elites sociales y económicas pudieron encabezar directamente procesos cuyas consecuencias creían que ya no se les escaparían de las manos, se aprovecharon, incluso, de los movimientos que organizaron o iniciaron las clases subalternas cuando comprobaron que tenían el control. Fue entonces cuando se lanzaron y no antes. No lo hicieron, por ejemplo, en 1796, cuando España no tenía apenas vínculo con sus colonias debido a las guerras con Inglaterra.
En consecuencia, se producirá una ruptura, una transformación; pero, como decía Lynch, esa transformación se basó en los recursos, sobre todo sociales y económicos, heredados del sistema colonial.[8] La ruptura no se produce, pues, de forma abrupta. Se produce en todos los casos una evolución en la que las continuidades no dejan de apreciarse; pero conforme se desarrollan los acontecimientos se van deslizando, a veces insensiblemente los cambios. De manera que, si se pudieran hacer cortes estancos, es evidente que los cambios, pasada una generación, serían evidentes; pero en un análisis diacrónico, no nos aparecerían tan claros. Por todo ello considero que en un primer momento están más claras las continuidades que las rupturas, aunque ambas se dan en cada uno de los territorios de la antigua América colonial.[9]
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
Muchas han sido las interpretaciones que sobre la cuestión que nos ocupa se han dado. No es mi intención hacer un recorrido exhaustivo de éstas, sobre todo después del excelente trabajo de puesta al día llevado a cabo por el profesor Manuel Chust.[10]
Hoy, prácticamente existe un consenso en el que la tesis tradicional que enfrenta al absolutismo español frente al liberalismo americano como explicación al proceso de independencia, es una interpretación que no da respuesta satisfactoria a la magnitud y complejidad del proceso independentista. Por mi parte, soy más proclive a la opinión de Roberto Breña, que analiza los procesos desencadenados en 1808 a partir de los ejes explicativos de tradición y de reforma.
Al situarnos ante los acontecimientos e intentar darles una explicación, siempre se puede caer en la tentación de zanjar la cuestión con aquello de que una revolución se justifica en sí misma. Creo que no es cierto y, aunque parezca ya una opción pasada e insuficiente para explicarlos, se impone recurrir a los antecedentes. Como decía en párrafos anteriores, todo acontecimiento histórico tiene un pasado, no surge de la noche al día; por tanto, las interpretaciones que indagan unos antecedentes más o menos inmediatos tienen un serio fundamento y no van desencaminadas al buscar en las etapas inmediatamente anteriores a 1808 toda una serie de elementos y circunstancias sociales, económicas, políticas y culturales que prepararon, de alguna manera, las sendas por donde posteriormente circulará la historia.
Una vez analizada y tenida en cuenta la coyuntura histórica que enmarca el fenómeno, queda plantearse, entre otros, aspectos como la simultaneidad y el paralelismo de las situaciones a lo largo y ancho del enorme territorio americano, en un determinado momento y no antes: qué fuerzas profundas fueron capaces de movilizar al unísono a diversas capas de la población americana y por qué... Las respuestas han sido múltiples y variadas, como ya hemos visto. Todas ellas tienen elementos explicativos que deben ser tenidos en cuenta; con todo, por su trascendencia, la tesis de Lynch es una de las más importantes; a mi juicio su planteamiento supone la línea divisoria entre unas interpretaciones un tanto sesgadas y cortas de miras y las que a partir de entonces insertaron los procesos de independencia en una perspectiva global, que puntualizó después Guillermo Céspedes al recoger lo que ya es un aserto asumido por otros muchos historiadores: «La independencia hispanoamericana es difícil de entender si no se inscribe en el marco de referencia que es la Monarquía española sumida en unas crisis de legitimidad política».[11]
Antes y después se ha recorrido un amplio espectro explicativo, poniendo unas veces el acento en las cuestiones económicas, otras en las sociales y las más en las políticas; explicaciones que se superponen o pasan a segundo plano en beneficio de otras que se retoman o se renuevan constantemente a la luz de nuevos enfoques, nuevas metodologías o nuevas fuentes.
Aunque, después de todo, estoy convencido de que este proceso es un conflicto épico, revolucionario, que abarcó todas las contradicciones sociales y tensiones resultantes del régimen colonial hispanoamericano considerado en su conjunto, tal y como afirma Eric Van Young.[12] Tensiones entre raza y clase, entre riqueza y pobreza, entre centro y periferia, entre tradición y modernidad, y que también se erigió como epítome del colapso del imperio transatlántico español, que se instaló en un proceso más amplio de las revoluciones burguesas. Considero que este planteamiento hasta el momento es el que mejor puede explicar el fenómeno. Dicha explicación ha recibido numerosos aportes en los que se aclaran y puntualizan aspectos que atienden a las diferentes aristas que el proceso presenta. Considero que, a partir de Godechot, siguiendo por Manfred Kossok, Jaime E. Rodríguez, Halperín Donghi, François-Xavier Guerra..., se ha ido centrando, con diferencias de apreciación importantes, en las que se pueden considerar las tesis más aproximadas a la realidad de los acontecimientos. Siempre, claro está, a la luz de nuestros conocimientos actuales.
Como bien afirma Manuel Chust en lo que podría ser la interpretación que cierra y da sentido, de momento, a las tesis que acabo de explicitar, el proceso revolucionario desembocaría en una revolución social que acabaría con las relaciones feudales y las estructuras coloniales, inaugurando una suerte de sociedad liberal y capitalista que, de forma cualitativa, culminó en la dura gestación y nacimiento de las repúblicas iberoamericanas.[13]
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
Los aspectos que a continuación señalo no apuntan ni mucho menos a campos que considere inexplorados. Mi intención es marcarlos como merecedores de una mayor profundización, como sujetos de más amplio estudio en un momento propicio como el de la conmemoración de los bicentenarios. Podrían ser más, pero en aras de la concreción y brevedad voy a resaltar los tres que considero más importantes.
Creo que hay un aspecto fundamental que ha sido relegado tradicionalmente. Hace años que insistía, a propósito de mis trabajos sobre la Intendencia,[14] en el hecho de que a partir de la segunda mitad del XVIII, el grueso de las reformas borbónicas, implantadas sobre todo con Carlos III, empezaron a dotar a las sociedades hispanoamericanas de un utillaje intelectual y económico, de unas infraestructuras y herramientas que, puestas en marcha por una serie de probos funcionarios y con la clara intención de «poner a producir las colonias o con el propósito de reconquistarlas» (compañías comerciales, consulados, intendencias...), fomentaron la producción interior y vías de comunicación terrestres y costeras que cohesionaron territorios, abrieron mercados y pusieron en contacto entornos sociales que habían funcionado en muchos casos como compartimientos estancos; medidas que, pareciendo conseguir sus propósitos iniciales, se convirtieron en un arma de doble filo, porque dotaron, como digo, de instrumento eficaces a la sociedad criolla, o al menos a algunos de sus sectores, para el proceso que se iniciaría después. En palabras de Federica Morelli: «... dado que las reformas favorecieron también a algunos sectores de la sociedad americana, hay que preguntarse ¿hasta qué punto los proyectos reformistas han contribuido a poner en tela de juicio los valores sobre los cuales se fundaba la sociedad?».[15] En consecuencia, sería necesaria y urgente una mayor profundización en este asunto partir de estudios locales y regionales.
Un segundo aspecto que merecería tratamiento en profundidad supondría afrontar el análisis de los procesos de independencia desde la interacción, desde el entrelazamiento entre historia cultural e historia política, como decía Peter Burke, y esto con la clara intención de poner a las clases subalternas, según el término utilizado por Gramsci, en el lugar que les corresponde junto a las elites, cuya actividad ha llenado hasta ahora las historias de las independencias.[16] Hablo de afrontar la temática desde el punto de vista de la historia cultural o, mejor, de las corrientes surgidas a partir del desarrollo de ésta, concretamente desde la óptica de la tan traída y llevada historia de las gentes sin historia, desde la historia de las mentalidades y de las representaciones colectivas e imaginarios sociales, o desde la historia de la vida cotidiana. Se caería en la cuenta de aspectos poco tenidos en cuenta, como la interacción entre la cultura popular tradicional y sus consecuencias a partir de la conmoción originada por los movimientos de independencia; se profundizaría en el papel desempeñado por las masas indígenas, en el de los esclavos y libres de color, en el de las grandes olvidadas, las mujeres, y no la mujer individual que hasta ahora ha sido abordada por la retórica nacionalista a partir de su vinculación con próceres o héroes, se profundizaría en la línea trazada por Eric Van Young[17] a propósito de la historia cultural de la violencia o de la mixtura entre cultura y rebelión.
Por último, creo que habría que incidir con mucha más precisión y profundidad en el papel desempeñado por las sociedades secretas y las logias masónicas, que, no cabe duda, dieron un novedoso y marcado carácter a algunos de los espacios de discusión que se abrieron entonces y que rompieron con un cierto sprit de corps a favor de un sprit de société, según indicaban Guillermo Palacios y Fabio Moraga.[18]
[1] Manuel Chust y José Antonio Serrano (eds.): Debates sobre las independencias iberoamericanas, Madrid, Iberoamericana, 2007. Ver una aproximación a esa multiplicidad de enfoques en el primer capítulo, firmado por los editores, pp. 9-25.
[2] François-Xavier Guerra: Modernidad e Independencias, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 428.
[3] Jaime E. Rodríguez O.: «El reino de Quito», en Manuel Chust (coord.): 1808. La eclosión juntera en el mundo hispano, México, Fondo de Cultura Económica-El Colegio de México, 2007, p. 187.
[4] Stanley J. Stein y Bárbara H. Stein: El apogeo del imperio. España y nueva España en la era de Carlos III, 1759-1789, Barcelona, 2004. Ver el capítulo primero.
[5] Término que habría que puntualizar muy bien, como explica el profesor Manuel Chust en «La Independencia en Hispanoamérica. Reflexiones, revisiones y cuestiones antes de los bicentenarios», Anuario de Historia Regional y de las Fronteras, vol. 12, septiembre de 2007, pp. 385-414.
[6] Guillermo Palacios: «La herencia colonial en las Independencias Iberoamericanas: equilibrios y oscilaciones en la construcción de la Nación y el futuro de la Historia», Foro Bicentenarios, Santiago de Chile, 2006, p. 223.
[7] Guerra: Modernidad…, op. cit., pp. 85-102.
[8] John Lynch: «Factores estructurales de la crisis: La crisis del orden colonial», en Germán Carrera Damas y John V. Lombardi: La crisis estructural de las sociedades implantadas, París, unesco, 2003, p. 52.
[9] Así se demuestra a lo largo de todo la obra citada en la nota anterior.
[10] Manuel Chust: «La independencia en Hispanoamérica...», op. cit.
[11] Guillermo Céspedes del Castillo: La Independencia de Iberoamérica. La lucha por la libertad de los pueblos, Madrid, 1988, p. 11.
[12] Eric Van Young: La otra rebelión, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 25-26.
[13] Manuel Chust: La independencia en Hispanoamérica..., op. cit.
[14] Juan Andreo García: La Intendencia en Venezuela. Don Esteban Fernández de León, Intendente de Caracas, 1791-1803, Murcia, 1991. Del mismo autor: «Notas para el análisis y replanteamiento del protagonismo de una institución Borbónica: La Intendencia en Indias», en VV. AA.: Las transformaciones hacia la sociedad Moderna en América Latina, Leipzig-Köln, 1996, pp. 771-800. Y «La Intendencia Indiana. Análisis historiográfico y perspectivas», Contrastes, vol. 9-10, 1998, pp. 237-258.
[15] Federica Morelli: «La redefinición de las relaciones imperiales: en torno a la relación Reformas dieciochescas/Independencia de América», Nuevo Mundo. Mundos Nuevos [en línea]. Debates 2008, puesto en línea al 17 de mayo de 2008. URL: <http//nuevomundo. revues.org/index3242.html>, p. 1.
[16] Peter Burke: ¿Qué es la Historia cultural?, Barcelona, 2005, p. 129.
[17] Eric Van Young, op. cit., p. 55.
[18] Guillermo Palacios y F. Moraga: La Independencia y el comienzo de las regímenes representativos, Madrid, Síntesis, 2003, p. 139.
NIDIA R. ARECES
Universidad Nacional de Rosario, Argentina
La propuesta de reflexionar sobre el proceso de las independencias iberoamericanas abre una agenda interesante que, por supuesto, puede completarse y cuyas respuestas no tienen, a mi entender, carácter concluyente. En este desarrollo se trata de exponer algunas cuestiones y argumentar otras con la intención de dar lugar al debate que siempre posibilita enriquecer conocimientos y fructificar ideas.
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
El concepto de «era de las revoluciones», difundido a partir de la obra de Eric Hobsbawm, da lugar a incluir las independencias iberoamericanas en el amplio conjunto de transformaciones y de sustanciales cambios que se producen, tanto espacial como temporalmente, en el mundo atlántico desde mediados del siglo XVIII a mediados del siguiente, en el transcurso del cual se conforman los modernos Estados nacionales. En este sentido, se dejan de lado aquellas interpretaciones que entienden que los movimientos de independencia son fundamentalmente eventos particulares y específicos de la historia de América, no comparables con los producidos en Europa ni en las colonias inglesas de Norte América.
Una variante clave del concepto es el de «revolución atlántica», cuyo significado principal lo cubren básicamente los principios derivados de las revoluciones francesa y americana y de sus programas de transformación de la sociedad, que se difunden en ese complejo y vasto mundo atlántico. Al respecto, cabe mencionar la influencia que sus declaraciones y proclamas ejercieron en círculos instruidos o la que la Revolución francesa tuvo en la Revolución haitiana.
La amplia periodización que contempla la «era de las revoluciones» tiene su utilidad en la medida en que, entre otras cuestiones, permite explicar el vocabulario político que se estaba utilizando a partir de las mudanzas de palabras y de significados; permite despejar mejor las tensiones que se dan en el ámbito económico, en particular en el cuadro de las finanzas y del comercio, al enmarcarlas en la larga duración; permite encuadrar las guerras que se dieron a ambos lados del Atlántico en ese largo período y, específicamente, las guerras de las independencias; resumiendo, una visión con esta perspectiva permite abarcar temas diversos como las ideas religiosas, los nacionalismos y el ámbito cultural, tan necesarios si se quiere llegar a una comprensión más profunda y acabada del proceso histórico.
Por lo demás, conceptos como éstos rompen con los hábitos historicistas que acotan el estudio a la prolongada década en la que se sucedieron los hechos específicos de las independencias. Se pregunta por el antes y el después. Unos tiempos precedentes que indagan acerca de la desintegración de los imperios coloniales de antiguo cuño. De éstos, hay que señalar que, en el marco cambiante de la dimensión internacional, por su propia flexibilidad y su capacidad para incorporar a muchos grupos sociales diferentes dentro de su órbita política, sobrevivieron tres siglos. Y unos tiempos posteriores signados por las paradojas de la construcción de la nación, de la organización estatal y de la búsqueda de las señales identitarias donde se pone de manifiesto la diferente consistencia política de los «pueblos» americanos que han establecido lazos de identidad con la tierra que habitan, que buscan legitimar la «patria» que empieza a construirse y crear símbolos que la encarnen.
Ahora bien, comprender las independencias desde la perspectiva planteada no desestima de ninguna manera que su detonación tenga el origen en la crisis y el derrumbe de los imperios ibéricos y la creciente presencia inglesa. El conflicto europeo, que afecta a la metrópoli, que se muestra incapaz de resolverlo por sí misma, constituye un marco sumamente propicio para el desencadenamiento de las independencias. A estos elementos hay que agregar que en casi todas las capas sociales americanas a fines del dominio colonial existen descontentos como consecuencia de la suma de contradicciones que el sistema había acumulado y que las reformas borbónicas incrementaron. Éstas no sólo contemplaron los aspectos administrativos, económicos y militares, sino el proyecto de redefinición imperial y, concomitante con ello, los procedimientos de corte absolutista que fueron activados para llevarlo a cabo. Una idea imperial reformada que distanciaba aún más a España de los territorios coloniales, que se fueron conformando en campos propicios para el discurso patriótico criollo interesado en indagar los antiguos orígenes de las civilizaciones americanas.
Contextualizadas las independencias en un proceso espacio-temporal más abarcador de modernización política, hay que preguntarse sobre éstas, lo que implica caracterizarlas. Las independencias, pertinente plural para analizar las especificaciones regionales, fueron revoluciones que se enfrentaron al absolutismo y a las instituciones asociadas con el Antiguo Régimen. Esas luchas, en la mayoría de los casos, se hicieron para erigir la república frente a la monarquía, luchas que no pueden ignorar el papel de los pueblos, su ideario y sus proyectos, así como sus manifestaciones y protestas.
El carácter revolucionario de las guerras de las independencias pone de relieve las contradicciones sociales y las tensiones resultantes del régimen colonial en su conjunto y del colapso imperial, pero también de las fuerzas y estructuras emergentes de la construcción de los nuevos Estados nacionales. Durante este proceso, el conjunto de la población se militarizó, contribuyendo directa o indirectamente al sostenimiento de las «guerras de las independencias», que se dieron entretejidas con luchas intestinas, enfrentamientos entre liberales y conservadores y entre federales y centralistas.
Resumiendo, las independencias iberoamericanas no sólo fueron el resultado de un cúmulo de reacciones ante la crisis de la monarquía; en ellas tuvieron que ver proyectos que un campo muy complejo de ideas provenientes de distintas vertientes había hecho germinar y que encontraron en esa coyuntura las condiciones propicias para llevarlos a cabo.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
La crisis de la monarquía ibérica tiene como efecto las revoluciones de independencia, el desmembramiento del Imperio español y el surgimiento de los Estados-nación hispanoamericanos. Si se tiene en cuenta este resultado, que incluye buscar las respuestas locales de la crisis metropolitana, los sucesos ocurridos entre los años cruciales de 1808 y 1809 se muestran en toda su magnitud, implicancias y repercusiones. Sin embargo, la crisis de 1808 no puede entenderse si no es incluida en la coyuntura crítica que se inicia a comienzos del siglo XIX. La libertad de comercio, la guerra con la Francia revolucionaria, la inversión de alianzas y la consecuente guerra con Inglaterra, que se mantuvo hasta ese año de 1808, implican un decisivo cambio en la relación entre las colonias y su antigua metrópoli. Es más de una década de guerra en la que el Imperio español se ve involucrado, lo que afecta a las finanzas y el comercio de la metrópoli y sus colonias.
Las abdicaciones de Bayona, la designación como rey de José Bonaparte, los levantamientos en las provincias españolas contra los franceses, la formación de juntas insurreccionales en nombre de la fidelidad a Fernando vii, el funcionamiento del Consejo de Regencia son acontecimientos que dan lugar a cuestionar quién gobierna y en nombre de quién. El problema de la legitimidad de los nuevos gobiernos provisionales y de la representación política entra a debatirse tanto en España como en América. En las colonias se discute el reconocimiento por parte de la Junta Central, entrando en cuestión la precariedad de su legitimidad, que se basa en que sólo está constituida por la delegación de las juntas insurreccionales peninsulares. Se brega por la convocatoria de Cortes Generales y la elección de los diputados que representarán a los territorios hispanoamericanos. Los americanos son convocados por el decreto del 22 de enero de 1809 a elegir vocales a la Junta Central, que proclama la igualdad de representación. Sin embargo, la desigualdad en la representación es por otra parte notable: nueve diputados para América frente a treinta y seis para la península, ante lo cual se manifiestan diversas reacciones americanas; en ellas se conjugan tanto el interés por participar como el descontento que produce la desigualdad numérica y el trato que se le da en conjunto a América.
A partir de lo acontecido en 1808, la representación del poder tradicional queda menoscabada al revertirse los principios que confieren autoridad y derechos legítimos a la monarquía de los Borbones. El acatamiento a José I parte de los Consejos y de sectores de la nobleza y de la Iglesia, mientras la insurrección proviene de los que desconocen el Gobierno impuesto por Napoleón, los que organizan las juntas de gobiernos tanto para responder al poder usurpador como para lograr la reorientación de la insurrección que se extiende espontánea y anárquicamente. En España son tiempos de movilizaciones espontáneas, luchas de guerrillas que tienen como permanente leiv motiv combatir al invasor francés, pero también de enfrentamientos faccionales y conspiraciones. El ejército no queda al margen de estos tiempos de convulsión revolucionaria, donde participa la población en su conjunto, militarización que tiene un repliegue con la entrada del ejército napoleónico.
Los acontecimientos de la península repercuten en distintas regiones hispanoamericanas en donde se pretende establecer constitucionalmente la autonomía en el marco de la Monarquía española, movimientos que sólo consiguen el rechazo de las autoridades surgidas después de Bayona. Las pretensiones autonómicas de los americanos buscan el reconocimiento de su personalidad política, que conlleva el rastreo de su identidad, al enfrentarse a los españoles y optar por la independencia y organizar un nuevo Estado. La nación no existía ni tampoco la respectiva nacionalidad, éstas fructificarán con el proceso que se inicia. En virtud de la acefalía del trono y de la retroversión de la soberanía, se abre el debate del sujeto portador de la soberanía.
Frente a la cuestión de la legitimidad del poder se presentan el del gobierno, de la representación y de la soberanía. La teoría de la reasunción de la soberanía ante el trono vacante se convierte en América en una tesis recurrente que proviene de la tradición jurídica castellana, que permite afirmar que, en ausencia del monarca, la soberanía retorna al pueblo. Se escucha una multiplicidad de discursos donde se entrecruzan las voces de los españolistas con las de los criollos, dejando en ellos marcas de la existencia de las singularidades americanas y de sus complejidades socioétnicas y culturales. Pero, sobre todo, se advierte la variedad de manifestaciones que tiene el ejercicio de la soberanía en esos años, lo que permite comprender mejor por qué, a pesar de que algunas juntas en su constitución, como la de Buenos Aires, invocan la soberanía popular como fuente de su legitimidad, esto no implica automáticamente un propósito independentista.
La formación de juntas en Hispanoamérica atañe a las elites políticas, que actúan con pretensiones soberanas, aunque esa soberanía se ejerciera con carácter de transitoriedad, esto es, proclamando una recuperación de la soberanía del monarca con el propósito de devolución cuando éste recobrara el trono. Se está frente a una representación de la soberanía del monarca cautivo o a un depósito de la soberanía. Pero si bien esas juntas surgen estimuladas por el ejemplo de las españolas de 1808, se forman sobre un terreno relativamente preparado para iniciativas autonómicas en el marco de la monarquía.
En los comienzos, la visión tradicional de que la representación de la comunidad política antigua son las ciudades representadas por sus cuerpos municipales sirve de base a la formación de las juntas autónomas americanas, replanteando la antigua reivindicación de gozar de iguales derechos que los españoles de España e incluso de derechos prioritarios en sus Reinos de Indias e invocando para justificar su creación las bases pactistas que habían sido empleadas por las juntas peninsulares. Las doctrinas contractualistas y su médula, el principio del consentimiento, informan todo el proceso desatado por los sucesos de Bayona. Que el príncipe no puede ceder su reino sin consentimiento de sus súbditos es una doctrina de raíces medievales que se encuentra en los iusnaturalistas que tanto influyeron en Europa y en América.
En 1809, el futuro de la península se vislumbra como muy incierto mientras el malestar se acrecienta. En América, se debate la fidelidad al rey al mismo tiempo que la infanta Carlota Joaquina de Borbón, residente en Río de Janeiro, pretende ser reconocida como regente de los dominios españoles en América y las ideas revolucionarias de distinto cuño se propagan por todos los ámbitos. El turbulento ambiente político se inquieta aún más con las noticias que provienen de la península; proliferan las reuniones y los cónclaves en donde participan todos los sectores de la población, no quedando al margen las fuerzas armadas, cuya situación es la heredada de las reformas borbónicas.
Los conflictos aparecen entre aquellos que defienden los intereses peninsulares y los americanos, o mejor dicho, entre los defensores del orden colonial y quienes a partir de la crisis de la metrópoli quieren transformarlo, posiciones que no están claramente definidas ni demarcadas. Tanto españoles como criollos participan en ambos grupos, utilizando los espacios políticos habilitados durante la colonia, especialmente, los cabildos, ámbito indiscutible de debates y tomas de decisiones. Adquieren relevancia los intereses locales respecto a la aplicación de las disposiciones dictadas desde la península, jugando en ello las demoras ocasionadas por las largas distancias. Cobra sentido entonces el papel que los espacios capitulares y militares, cabildo y cuartel, desempeñan como ámbitos privilegiados donde los actores políticos se desenvolvieron durante la crisis imperial y los acontecimientos que le siguieron.
En 1810, algunas regiones de América acatan al nuevo Gobierno peninsular representado por el Consejo de Regencia, y se realizan las elecciones para Cortes generales del reino sólo en México, América Central y Perú, mientras que en Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, se organiza una Junta que, en nombre de Fernando VII, no reconoce al Consejo de Regencia. La situación en esta última capital difiere de las otras en la medida en que la revolución rioplatense que se inicia con la Primera Junta de Gobierno cuenta con fuerzas militares organizadas, localmente indiscutibles y con experiencia por haberse enfrentando a los invasores ingleses en 1806 y 1807. Pero no todas las ciudades de provincia acatan lo dispuesto por la ciudad capital, lo que acarrea otros debates y conflictos que se van a prolongar durante largo tiempo.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
Una cuestión previa que plantear es si en las sociedades americanas existían reclamos que incitaran a la revolución. Las manifestaciones de descontento en forma de rebeliones, insurrecciones, protestas se sucedieron en el mundo colonial sobre todo a lo largo del siglo XVIII, muchas de ellas inducidas por la aplicación de las reformas borbónicas, que actuaron como caldo de cultivo de ideas portadoras de cambios. Pero estos movimientos no terminaron en proclamas de independencia; su adhesión al gran cuerpo imperial no era cuestionada. En ese mundo de las ideas de finales del siglo XVIII y principios del siguiente, fraguaron distintas corrientes de pensamiento provenientes del liberalismo y de la ilustración que, junto con el absolutismo, impregnaron los campos de la política, la educación y la cultura. Los actores políticos del período, muchos de los cuales harán de las independencias la plataforma para cuestionar el ordenamiento existente, conocen estos antecedentes y están impregnados del pensamiento filosófico y político en boga.
Al plantear la fecha de 1808 como decisiva para el proceso que se inicia, hay que preguntarse respecto a las formas de gobierno que comenzaron a darse. ¿Cuánto tenían de tradicional?, ¿cuánto de revolucionario?, ¿cuánto de moderno? Y, específicamente, si los líderes del juntismo eran revolucionarios, teniendo en cuenta que muchos de ellos estaban de acuerdo con la tradición monárquica española. En este punto, la remisión a la cuestión de la soberanía es esencial porque entre la asunción de la soberanía como depósito o como atributo esencial existe una trascendental diferencia. Como depósito implica tutelar, usar, administrar, pero, de ninguna manera, alterar el orden existente; en cambio, como atributo implica que el pueblo o la nación la asume; por consiguiente, la antigua forma de gobierno es desposeída y se le atribuye a un nuevo actor político que está posibilitado para construir un nuevo orden; para alcanzarlo el camino es la revolución.
Por un lado, se aprecia que el retorno del poder al pueblo proviene de las más tradicionales concepciones de la monarquía y la actuación de las juntas se aproxima más a esa interpretación tradicional que a lo ocurrido en la Revolución francesa. En un comienzo, el juntismo americano emite y difunde, con un lenguaje legal, declaraciones de autonomía y no de independencia, manteniendo su dependencia de la metrópoli. Con ese propósito los americanos se remiten al mismo conjunto de nociones político-constitucionales que los propios españoles utilizan para justificar su actuación, pero que éstos les niegan, reprimiendo sus intentos de constituir gobiernos locales a semejanza de lo hecho en España.
Por otro, la propia dinámica de los acontecimientos conduce a las independencias, una dinámica que incluye los tiempos que cada sociedad tiene de entender y hacer la política. En los comienzos, la incertidumbre respecto al futuro de la monarquía es un factor determinante para sostener la posición autonomista. La rapidez con que se suceden los acontecimientos y las audaces decisiones que los «españoles americanos» toman, muchas veces con apoyo de peninsulares que se reconocen como americanos, conducen a que controlen las situaciones políticas derivadas de la crisis de la monarquía. Se percibe que el mundo se está invirtiendo, y este proceso no es para nada cómodo para la elite que busca readaptarse a los nuevos tiempos. La mayoría de los actores políticos brega por el logro de la mayor autonomía posible, mientras una pequeña parte de ellos está empeñada en independizarse. La cuestión es legitimar lo actuado, para lo cual, si el desenlace debía ser la recuperación del trono por Fernando VII, un argumento válido es el de la «representación» de la soberanía del monarca. Por otra parte, el control de la situación local posibilita la toma de decisiones, entre las que queda incluida la más significativa y relevante: la declaración de independencia.
¿En qué medida el proceso que se desencadena a partir de la crisis de la monarquía conduce a las independencias? Para ello no sólo hay que poner en la balanza de la historia los efectos que cada hecho produce, sino los proyectos, muchos de ellos contrapuestos entre sí, que se elaboran y tratan de concretarse en el marco de legitimar las emancipaciones y de alcanzar el tipo de independencia que se desea. Por supuesto que resulta difícil desentrañar el propósito inicial de los participantes en las independencias iberoamericanas y conjuntamente la forma de legitimar la conformación de los gobiernos locales. Hay que señalar que la historiografía relativa al lapso 1808-1810 ha tenido algunos contrapesos, sobre todo ha estado muy ceñida a detectar el grado de voluntad independentista de los actores políticos. Las actuales interpretaciones entienden que el proceso abierto por la crisis de la monarquía provoca la emergencia de un abanico de iniciativas entre las cuales la independencia total no es la única, ni tampoco, en las primeras etapas, un objetivo determinante de los acontecimientos.
Los procesos resultantes de las emancipaciones muestran la supervivencia de la «antigua constitución» y las formas de acción política concomitantes así como las dificultades que se tienen que afrontar cada vez que se ansía innovar en materia de política. Los intentos de cambio que, a pesar de los repetidos fracasos, se van imponiendo junto con la resistencia de las antiguas formas dan como resultado que, en el transcurso de las décadas que siguen a las guerras de la independencia, se van hibridando las nuevas con las viejas tradiciones y prácticas políticas que se aprecian, por ejemplo, en la relación entre la autoridad central y los pueblos. Ésta es concebida fundamentalmente por éstos en términos de acuerdos pactados entre ciudades, aunque no están ausentes fórmulas unitarias de gobierno. El papel político desempeñado por las ciudades, tanto las capitales como las de provincia, y su tendencia de autogobierno aluden a la emergencia de soberanías locales, lo que pone en el tapete de discusión la cuestión de la soberanía y también las prácticas representativas que se inauguran, para lo cual hay que tener en cuenta las relaciones con las bases sociales y políticas que sustentan a los nuevos poderes.
En síntesis, si en la América hispana el proceso se inicia siguiendo los pasos de los acontecimientos que se producen en la península, cada vez más adquiere un vuelo propio encaminado a provocar una ruptura política y revolucionaria. Pero, ¿cuánto hubo de «revolucionario» en las independencias? Revolución, genéricamente, implica un giro radical con respecto a la situación anterior. Los propios actores que experimentaron esos tiempos históricos percibieron y no dejaron de expresar que eran partícipes responsables de decisivas transformaciones. Claramente, las independencias dieron lugar a los tiempos de primacía de lo político, donde los principales interrogantes sobre la institución de la sociedad y los fundamentos del poder entran a debatirse: ¿Quién ejercería los poderes legítimos? ¿Cómo organizarlos?, es decir, el problema de la gobernabilidad de las nuevas naciones surgidas del desmembramiento del Imperio español, que concierne, sobre todo, a la forma de gobierno que adoptar. Siguiendo este razonamiento, una cuestión que irrumpe por sí misma ¿Cómo los revolucionarios se erigieron en defensores de la república? No puede dejar de admitirse que el sistema republicano encarnado en la comunidad política de habitantes poseedores de virtudes cívicas, aprendidas muchas de ellas a través de los catecismos patrios, constituye una de las herencias más importantes del proceso de las independencias hispanoamericanas.
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
A través del tiempo se fue reivindicando la inscripción en determinadas corrientes historiográficas de las interpretaciones que explican las independencias iberoamericanas. Una revisión significativa de los períodos previos e inmediatamente posteriores a las independencias comienza a darse a partir de la segunda mitad del siglo XX. Con ella se desplaza la de las historias patrias construidas por los historiadores del siglo anterior, y por consiguiente son rechazados los paradigmas del historicismo positivista. Algunas de esas nuevas visiones no dejan de nacionalizar el pasado buscando erigir mitos de la nacionalidad, acentuando en la interpretación el sesgo político ideológico; otras privilegian los temas institucionales, también los militares y los provenientes del campo de las ideas, acopladas a la historia descriptiva documental. Tanto unas como otras, en general, esquematizan los conflictos de intereses contraponiendo americanos con españoles como bloques monolíticos, reservorios de agravios acumulados durante los tiempos coloniales que eclosionan con la independencia.
Durante las décadas de los sesenta y setenta, el campo historiográfico vuelca su interés al análisis de las estructuras económicas y sociales y a la dominación colonial, debates dados sobre todo en el marco del marxismo funcionalista o del estructural funcionalismo, interesados en explorar el subdesarrollo. Las continuidades de las variables que signan la situación de dependencia de América Latina, según estas corrientes de interpretación, indican una naturaleza no revolucionaria de las independencias en la medida en que éstas no habían removido las tradicionales estructuras sociales, con lo que sobrevivieron las tradiciones y los poderes del Antiguo Régimen. Por consiguiente, el orden emergente no había absorbido los cambios que la etapa revolucionaria había podido acarrear y que actuaron como desestabilizadores que hubo que integrar a través del empleo de la fuerza. Esta corriente que desecha la interpretación de las independencias como revoluciones burguesas que, como tales, habían inducido al nacimiento de un capitalismo nacional, arriba a la conclusión de que no constituyen revoluciones sociales, pues las clases poseedoras, además del poder económico, supieron hacerse con el control político aprovechando el momento revolucionario.
En las décadas de los ochenta y noventa, el campo historiográfico en su conjunto, y en particular la historia social, reciben el aporte de la historia «desde abajo», nutriente que incide en las interpretaciones que se tenían sobre las independencias, abriendo otras vías de análisis. Una de esas vías se encamina hacia la indagación del descontento social, buscando sus raíces, indagando su composición y tratando de comprender el comportamiento de los sectores sociales y de la sociedad en su conjunto. En particular, la elite y la plebe se constituyen en conjuntos preferenciales en los análisis historiográficos. Otras vías se van encaminando hacia la historia regional y local, recorriendo estudios de casos e individualizando sujetos participativos que no tenían reconocimiento en el panteón tradicional de los héroes nacionales.
La renovación de la historia política signa profundamente el rumbo de las últimas dos décadas de la historiografía independentista. No se trata ya de una narración de acontecimientos políticos, sino ante todo de comprender la lógica de un proceso que pone en juego los elementos constitutivos de lo político. Sus focos preferenciales están dirigidos a lo institucional, cultural y a la cultura política, apareciendo con esta renovada perspectiva un flujo de publicaciones sobre las independencias y la conformación de los nuevos Estados. La historia política sigue aún campeando, linda con la historia cultural y también con una historia global que le permite interrelacionarse con distintos campos disciplinarios.
En medio de este panorama de renovación se instala la reinterpretación general de François-Xavier Guerra acerca de las revoluciones hispánicas. Este historiador sostiene que en todo el mundo hispánico, incluida la propia España peninsular, se producen al mismo tiempo fenómenos tan parecidos que dan lugar a esa denominación. Sus planteamientos sobre distintos tópicos, modernidad, actores políticos, republicanismo, soberanía, representación, liberalismo, sociabilidad, entre otros, decididamente impactan y renuevan el debate sobre las independencias y el nuevo régimen emergente.
Desde la historia conceptual, que evalúa tanto las modalidades de las apropiaciones que hacen los actores involucrados de las circunstancias políticas cambiantes de la época como los distintos significados que van conformando la historia de los conceptos, se abren nuevas perspectivas de análisis. Hay que reconocer que gran parte de la confusión imperante en la historiografía respecto a las independencias y a las organizaciones políticas que surgen de ellas proviene de una interpretación anacrónica del vocabulario político de la época. En este sentido, la historia conceptual entiende que con las independencias se inicia un proceso de reelaboración conceptual del legado imperial, siendo el momento constituyente de las historias nacionales. El lenguaje visto de esta manera no es sólo un instrumento para la expresión del pensamiento, sino que es histórico al diferenciar las voces de los propios agentes de las interpretaciones de los historiadores. Por consiguiente, se trata de hacer la historia de los modos característicos de producir conceptos y de rastrear los cambios de sentidos en esas categorías y en el sistema de sus relaciones recíprocas.
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
El comportamiento de los diferentes sectores sociales en el transcurso de las independencias ha merecido la atención de distintos historiadores, a pesar de lo cual sería deseable que se diera un tratamiento mayor de la participación y el protagonismo de los sectores populares y/o subalternos. Se entiende que en este proceso la denominada «plebe» adquiere relevancia y, en algunas circunstancias, su actuación resulta definitoria, pero también el resultado es concluyente: será la elite la que termine obteniendo las mayores ventajas a través de los reacomodamientos que realiza y que le permiten reubicarse social y políticamente. En general, habría que ahondar en distintos aspectos que permitan conocer mejor la incidencia del proceso político en la revolución social y para ello abarcar las distintas categorías y estamentos sociales.
En este sentido, una línea sugerente es incluir los aspectos étnicos, en particular las confrontaciones que de ellos se derivan provenientes de los rasgos asumidos y formalizados de una sociedad de castas y que derivan en situaciones de violencia. Específicamente, indagar en la participación de la población indígena en las independencias y en su postergación política, la que se produce tanto por la negativa de los liberales gaditanos a integrarla en la ciudadanía en construcción, como por el desinterés de los independentistas americanos para hacerlo. Seguramente, esto contribuirá al análisis de las postergaciones y los relegamientos que, en el marco de prejuicios e injusticias, esta población ha experimentado y experimenta, teniendo el cuidado de advertir, para no caer en antinomias, las cuestiones que para la época atañen a la concepción de la soberanía predominante en cuanto a la incompatibilidad entre el régimen representativo liberal y el sistema comunitario indígena. Aún más, indagar en el traspaso de indio tributario a ciudadano de segunda clase permite reflexionar acerca del concepto de ciudadano y de su vinculación con la noción de igualdad, que se abre a múltiples cuestiones derivadas de los cambios políticos iniciados con las independencias, entre ellas las resignificaciones de las categorías de los sujetos políticos.
Otro tema que seguir indagando es el del género, entendido no sólo como una categoría analítica, sino como una realidad cultural, que si bien contempla la historia de las mujeres, comprende un conjunto muy complejo de relaciones. Es decir, no sólo tratar de explicar la participación de las mujeres en el proceso y en la arena política, sino las relaciones que entre los géneros se producen y las transformaciones que se experimentan. En principio, desechar esa visión estrechamente patriótica de «heroínas de las guerras de las independencias» y hacer hincapié en el contexto histórico de las condiciones socioeconómicas de las mujeres en relación con los hombres, evaluando los artefactos culturales, las creencias, las prácticas, la persistencia de lo viejo frente a nuevas corrientes de cambio que reevalúan el papel de las mujeres en la sociedad y el universo relacional.
Reclaman también la atención no sólo los actores y las interacciones, sino los símbolos, las apariencias y las representaciones, entrando en el campo de las tradiciones y de los valores, su vigencia y su transformación, impactados por los acontecimientos revolucionarios. Este campo se completa con los lenguajes, los imaginarios y las identidades políticas que deben seguir siendo atendidos para continuar desentrañando el proceso.
Hay un tema que resulta no sólo motivador, sino que presenta amplias perspectivas analíticas, el referido a los aspectos más regionales de las independencias, con el propósito de desvelar las especificidades de las distintas regiones y localidades para integrarlas en un conjunto que no sólo tenga en cuenta unas grandes batallas y la gesta de unos grandes personajes. En la base de todo esto campea la idea de desechar una imagen colectiva de pertenencia y orígenes comunes destinada a imponerse sobre la realidad de las sociedades plurales. Para ello, el proceso independentista hay que observarlo no sólo como una yuxtaposición o interrelación de fuerzas localistas o escenarios sociopolíticos diversos, sino que obliga a indagar sobre los comportamientos políticos de los sujetos participantes tanto en el medio urbano como en el rural, tanto en las ciudades capitales como en los centros locales. Una de las tareas que hay que realizar consiste entonces en bucear en las formas que toma la incorporación de los distintos espacios regionales y de nuevas masas humanas y las transformaciones que experimentan los viejos recintos coloniales en cuyo devenir otorgan un nuevo sentido a la territorialidad del Estado-nación en formación y su ámbito jurisdiccional. Esas regiones no pueden definirse históricamente a través de las relaciones de equilibrio, sino más bien en función de conflictos, guerras intestinas y/o civiles y violencia, que atañe en especial al universo campesino.
La indagación de las independencias a partir de una perspectiva de historia regional no obvia la estrecha vinculación de los procesos americanos con la historia política española, que es uno de los tantos caminos emprendidos para repensarlas, porque todo se enriquece si se mira desde la diversidad de un imperio que se va a desmembrar, pero que ha involucrado a multitudes de personas social y culturalmente diversas, distribuidas en un territorio vasto y muy heterogéneo. Esto se reafirma aún más porque todas las fuentes indican la mutua causalidad y permanente imbricación entre los acontecimientos de la península y los de los territorios americanos. Con esta perspectiva, se deja de lado la contemplación que de estos fenómenos hicieran los historiadores del siglo XIX, tanto españoles como americanos, para los cuales el marco determinante es el Estado-nación. De esta manera, desplazaban del análisis a la Monarquía hispánica, la estructura política cuya existencia había precedido a la de esos nuevos Estados y que los había contenido.
6. Cuestiones que desee formular y no hayan quedado registradas anteriormente.
Merece que se le preste especial atención a la perspectiva comparativa y de largo plazo para que el estudio de las independencias iberoamericanas no quede circunscrito a eventos particulares y específicos y, de esta manera, se intente una mejor comprensión de los fenómenos históricos ocurridos en ambas orillas del Atlántico desde mediados del siglo XVIII a mediados del siguiente. Al escribir historia comparada, las diferencias que en un principio yacen ocultas salen a la luz, y las similitudes no resultan tan estrechas como parecen, incluso las comparaciones, por más imperfectas que parezcan, llevan a la reflexión histórica a un plano que trasciende los provincianismos, lo que motiva nuevas preguntas.
Asimismo, extender la comparación al proceso de las independencias de las colonias angloamericanas contribuye a entender la forma en que los protagonistas de la crisis de la Monarquía hispana pretendían legitimar su actuación. Así, el argumento basado en la naturaleza del pacto de sujeción, de que se era súbdito del monarca y no de la nación, no es privativo de la tradición hispánica, pues es también esgrimido en el caso norteamericano, donde también como objetivo inicial piensan la autonomía en el marco de la Monarquía inglesa para luego arribar a la independencia y la consiguiente separación de la antigua metrópoli.
También hay que pensar en características comunes que presentan ambos procesos, el iberoamericano y el angloamericano, entre las cuales pueden rescatarse las reformas que las metrópolis encararon en los tiempos previos a las independencias, el contexto de guerras en que se mueven y las corrientes políticas y filosóficas que inciden en el pensamiento revolucionario.
Otra cuestión es que durante las independencias se vivieron y sufrieron años de guerra, conflictos civiles, anarquía política, siendo nefastos los efectos que éstos tuvieron sobre la población en su conjunto. En este punto interesa justipreciar la violencia que toda guerra engendra. Reflexionar acerca de si la guerra puede ser considerada como un estado de cosas, originario y fundamental, respecto del cual todos los fenómenos de dominación, de diferenciación, de jerarquización social deben ser tratados como derivados. O si los procesos de antagonismo, de enfrentamiento y de lucha entre individuos, grupos o clases, provienen en última instancia de los procesos generales de la guerra. No hay que olvidar que en algunas regiones la guerra es total, a muerte, interfiriendo profunda y decisivamente en la vida de las poblaciones que se ven afectadas con la movilización de hombres y recursos y las muertes de familiares y amigos. Pero tampoco obnubilarse completamente con los grandes males de la guerra, las experiencias de vida y la historia transcurren también por otros carriles que hacen las sociabilidades y la convivencia entre los hombres.
Las inquietudes no se cierran con lo hasta aquí expuesto; por el contrario, no sólo los tiempos de las independencias, sino los que les sucedieron y son consecuencia de ellas, dan lugar a múltiples preguntas, todo lo cual encaminaría hacia otras disertaciones y debates que sería interesante realizar.
XIOMARA AVENDAÑO ROJAS
Universidad Nacional de El Salvador
1. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
Cada vez se comprueba que las ideas por sí solas no producen los cambios o las revoluciones, prevalece la utilidad social y política de éstas. Por ello, la injustificada entrega del poder de los Borbones al hermano de un plebeyo, Napoleón Bonaparte, causó no sólo estupor, sino que significó una oportunidad política. La ausencia del monarca fue aprovechada para debatir e impulsar los intereses y las necesidades de los grupos sociales.
Los eventos de Bayona no habían sido confirmados o ratificados por las corporaciones, por eso se rechazaban tanto en la península como en América. Me parece que el debate sobre el origen del poder tuvo muchos matices; el objetivo era insertarse en el sistema político representativo sin llegar a cometer un acto de «sedición». Es llamativo que los americanos coincidieran con los planteamientos historicistas del gran jurista Francisco Martínez Marina y con las ideas del constitucionalismo histórico del ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. Peninsulares y americanos defendieron y justificaron la creación de la Junta Suprema Central, entidad desconocida y que surgió por la necesidad de un gobierno. Fue una novedosa respuesta de la nación española ante una crisis política sin precedentes en la historia de la monarquía.
Lo interesante es que en su conformación participarían los españoles de ambos hemisferios. Para los hispanoamericanos significó el primer indicio en la participación del Gobierno central. La Junta Suprema hizo un llamamiento para la restitución de un nuevo convenio, solicitó el juramento de fidelidad a Fernando VII y a la propia Junta, así como la incorporación de representantes de los reinos. Sin embargo, la instancia fue objetada y se dio paso al Consejo de Regencia. Tras la conformación del Consejo, éste abrió –dadas las circunstancias– la puerta para deliberar y restablecer el gobierno: llamó a Cortes con la inclusión de diputados del nuevo continente.
La búsqueda de los mecanismos de gobierno llevó paso a paso a la formación de un sistema representativo y al ingreso en lo que llaman el primer liberalismo. Sin embargo, se llegó por un camino diferente al trazado por las experiencias francesa y norteamericana. No se llevó al patíbulo a los monarcas y no se enfrentó a la Corona para lograr un cambio. Se les defendió de los malvados franceses y se les guardó un lugar con sus privilegios –ahora restringidos por una Monarquía constitucional.
La crisis de 1808, provocó situaciones aparentemente paradójicas. Por un lado, cuando las provincias americanas, apelando a la retroversión de la soberanía, intentaron formar juntas, como las de la península, se vieron envueltas en guerras civiles. Es en ese momento cuando se comienza a vislumbrar el camino de la independencia. Pero, por otro, la crisis introdujo a las elites provinciales en un nuevo sistema político discutido durante meses y aprobado en Cádiz en 1812.
2. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
Las elites americanas tenían en sus manos no sólo el poder local y provincial, sino también los hilos de la economía. La forma de resguardar el poder y de hacer negocios tiene una relación directa con las redes de familia, donde el matrimonio aparece como la llave principal. Lo antes dicho nos coloca ante una perspectiva en la que la familia desempeñó un papel transcendental; son entonces los intereses de esos imbricados tejidos sociales los que estarán presentes en las decisiones políticas de los grupos urbanos.
Mi propuesta sustenta la presencia de un estado dual o estamental, lo que significa que las elites compartían el poder con la monarquía. No eran ajenas o extrañas al poder, entonces deseaban un sistema político acorde a sus intereses. Es conocido que los diputados americanos en las Cortes coincidieron en dos puntos para ellos de primer orden, el primero, la presencia de los cabildos, llamados posteriormente ayuntamientos constitucionales.
El segundo asunto fue la creación de las diputaciones provinciales. En este punto, el acceso al poder quedó plasmado en elecciones indirectas, y utilizaron la reglamentación electoral para facilitar la distribución del poder entre las familias. El cargo antes obtenido por compra y además hereditario, después de 1812, fue asegurado por unas elecciones indirectas, las cuales estaban totalmente controladas en cada territorio.
Las instancias antes mencionadas –cabildo y diputación– resguardaron la autonomía. Ésta no es, ni surge sólo como un modelo de organización estatal; en el fondo, es el engranaje de la sociedad corporativa, en otras palabras, se reformularon para no perder sus privilegios. Por ello, durante la primera mitad del siglo XIX, el ideal es un modelo político descentralizado. Debemos entonces volver la vista no sólo a los panfletos, a los discursos, a los agravios, sino también a la organización, a la representación, a las relaciones sociales y al ejercicio del poder, de una sociedad estamental. No existe una sociedad de individuos, sino unas corporaciones acostumbradas al pacto.
Se debe no sólo mostrar la combatividad de los grupos sociales, también la capacidad de adaptación de la sociedad estamental, en un nuevo escenario político provocado por la invasión francesa de España en 1808. Hubo personajes con discursos y postulados radicales sobre la independencia, pero no es el radicalismo lo que impera. Prevaleció una tendencia al evolucionismo histórico, es decir, un cambio sin rupturas profundas, una reformulación de los nuevos conceptos y la nueva institucionalidad. Brasil es la evidencia de ese evolucionismo histórico, no fue una excepción. El traslado de la monarquía lusitana del viejo al nuevo continente –para ponerse a salvo de Napoleón– no significó el retraso de las capitanías generales brasileñas. La familia real se insertó en una monarquía constitucional, y desde ahí evolucionó el sistema representativo.
La independencia emergió en el transcurso de la crisis del sistema político hispánico. Fue una medida práctica que se dio en cada uno de los territorios, teniendo en cuenta las alianzas políticas, la preservación de los privilegios y la aceptación de buscar otro camino, puesto que el Imperio español no estaba en condiciones de ofrecerles uno. Fue también una medida preventiva para no caer en otra Francia y en otro Haití, en donde la muchedumbre cortó muchas cabezas.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
Es evidente que hubo continuidades, pero las elites criollas no salieron de la misma forma que cuando entraron, es más, lucharon por no volver hacia atrás.
¿En qué sentido fue una revolución? Es una revolución política discontinua, no entró y se desarrolló al mismo tiempo y de la misma forma. En la parte continental de la América septentrional, por ejemplo, se adoptó el sistema representativo y se aceptó el cambio de la soberanía del rey por la soberanía de la nación, sin haber declarado la independencia; los territorios mencionados no lo hicieron hasta septiembre de 1821.
Durante el Trienio Liberal, en el segundo llamamiento a Cortes, se repitió un aspecto muy sensible, la representación minoritaria americana. Por ejemplo, Centroamérica, de 6 diputados que envió a España en 1813, eligió a 22 en 1822, cuando formó parte del primer Congreso Constituyente mexicano. En este sentido, la finalidad de la emancipación no era dar origen a una revolución política, era resguardarla. Es falso que las mencionadas declaraciones fuesen una reacción conservadora ante un proyecto liberal español; el verdadero significado fue el rechazo a la desigualdad política.
Debemos expresar que los cambios mencionados perduraron en América, a diferencia de Europa continental, que durante el siglo XIX se debatió entre el antiguo poder del rey y los límites a sus amplios poderes. El primer contraataque a la soberanía de la nación fue inmediato, la Santa Alianza no sólo pretendía la recuperación de territorios perdidos, defendía férreamente el Antiguo Régimen, el sistema monárquico.
Lo revolucionario en política llegó al nuevo continente, es cierto, pero el funcionamiento fue conflictivo. El sistema representativo cambió la geografía política y hubo una recomposición del poder local y provincial; el cabildo cabeza de provincia perdió el control ante la multiplicidad de ayuntamientos constitucionales con igualdad de derechos. Este asunto fue considerado al transformar la Intendencia en una Diputación Provincial, puesto que debía ser integrada por un representante de cada ayuntamiento constitucional. El resultado de este proceso fue la creación de nuevas diputaciones, es decir, la aparición de otra división político-administrativa en cada reino americano.
La continuidad no se puede separar de la novedad. El tema de la ciudadanía, nuevo en un sistema representativo, fue condicionado por los valores morales y sociales antiguos. Pero Cádiz permitió establecer un escalafón de ciudadanos porque respaldó un sistema de elecciones indirectas. La mayoría de los hombres con una diversidad de colores fueron compromisarios; los que tenían alguna distinción, electores de primer grado; los comprometidos con la red de familias poderosas o los linajes indígenas eran los electores de segundo grado; finalmente, los miembros de las redes de familia se convirtieron en los electores de tercer grado o de provincia.
Esto nos permite observar que durante las décadas de 1810 y 1820, la mayoría de hombres tuvieron el derecho de votar por el invento americano del compromisario; la constitución gaditana no lo estableció. Luego se entraba en el embudo de los electores, donde se debían demostrar los requisitos de una sociedad estamental para ganarse el derecho de ser elegible. Posteriormente, liberales y conservadores coincidieron en restringir el acceso a la ciudadanía estableciendo requisitos censitarios.
La representación política no provino de partido político alguno, no existían, fueron elegidos por las redes de familia, quienes, apoderándose del entramado de electores de segundo y tercer grado, afianzaron el camino para acceder al poder. Los elegidos como diputados eran prestigiosos padres de familias, casados, vecinos con oficio o modo honesto de vivir e integrantes de alguna corporación: clero, cabildo, universidad, consulado de comercio, militares.
La ciudadanía y la representación política, elementos nodales del sistema representativo y del primer liberalismo, estuvieron condicionadas por la sociedad jerárquica colonial. Debemos cambiar el enfoque de observar los cambios políticos de forma radical; sucedieron a partir de adaptaciones o reformulaciones.
Sin embargo, existen temas relacionados con la legitimidad política en los cuales los cambios fueron de larga duración y generaron conflictos. Los mecanismos para deslegitimar el poder constituido provocaron constantes conflictos respecto al poder central, antes ocupado por la figura del monarca:
1. El derecho de insurrección. La multiplicidad de poderes locales fortalecidos durante el proceso independentista, amparados por Cádiz, fue una limitación para establecer un poder central. Los insurrectos, para destituir una autoridad electa, no solo debían ampararse en sus victorias, sino obtener el respaldo de los pueblos por medio de la adhesión a un acta o plan político. En este sentido, se recurría al antiguo derecho de insurrección y luego se utilizaba un nuevo andamiaje para restablecer el poder: las elecciones.
2. La igualdad ante la ley. El nuevo sistema pretendió imponer que ley era para todos. Esto coloca a los ciudadanos en un plano de igualdad, pero se trataba de una sociedad desigual, de tal manera que las reacciones se dieron para defender los privilegios de una sociedad corporativa. Aquí no hubo reformulación, se entendió a partir del bagaje político antiguo, cuando una ley era injusta no era ley, no se tenía la obligación de obedecer; esta apreciación y práctica permaneció durante el siglo XIX.
4. ¿Cuales son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
a) Persiste la idea de que el cambio político es el resultado directo de las grandes revoluciones: la Revolución francesa y la Revolución norteamericana. Se parte del análisis causa-efecto. En este sentido, se percibe la herencia hispánica como un valor político negativo.
b) Derivado de lo anterior, la fecha de independencia se toma como corte histórico. Este aspecto lleva no solamente a un asunto de orden metodológico; el fin o comienzo de un estudio es la presencia de un enfoque interpretativo. Se asume que, a partir de la declaración de independencia, cambió todo el sistema político antiguo y, de inmediato, de forma mágica, se estableció un nuevo orden.
c) Los historiadores positivistas inventaron la existencia de próceres como gestores de la emancipación. Es decir, que se predetermina la existencia de una sociedad individualista. Esa interpretación omite que esas personas actuaban no por sí mismas, sino en representación de un cuerpo: el clero, los militares, los comerciantes, los gremios, el cabildo.
d) El análisis marxista puso a flote la cuestión social de la independencia, pero determina que la motivación fue la explotación de la metrópoli sobre las colonias americanas. Por ello se traduce que es una época de lucha anticolonialista. Los estudios desde este planteamiento tienen otra valoración negativa, puesto que la independencia no resolvió los problemas económicos y sociales de «las masas».
e) Otras veces, la emancipación aparece como el punto de origen de cada uno de los Estados-naciones. Es una justificación con la cual se levantan los elementos de creación de la nación política. Es el momento en donde se desarrolla la noción de progreso, de civilización, y se compara con el oscurantismo y el atraso impuestos por los españoles.
f) Se da por sentada la existencia de dos grupos antagónicos de tintes ideológicos, los monárquicos y los liberales. Por ende, el enfrentamiento se dio entre los «partidos» liberales y conservadores, aduciendo que los individuos estaban organizados. La versión supone una situación posterior, puesto que la sociedad estamental participó en alguna de las muchas corrientes de opinión, y se expresó en grupos o facciones.
Me parece que las interpretaciones de la independencia tienen, en general, una justificación política, más que una verdadera explicación histórica. Las investigaciones recientes están desmoronando las justificaciones nacionalistas; en este punto los historiadores están siendo acusados de apátridas. Esta situación presenta un gran reto: cómo interpretar el proceso emancipador sin lastimar o demoler las bases de los mitos fundacionales de la nación política.
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
a) La omisión de los grupos subalternos. La participación de los indígenas en sus diversas expresiones corporativas, el cabildo de los pueblos y las cofradías. Es abundante el material que se refiere a las elites y muy escaso el que lo hace a los indígenas, mestizos, mulatos o negros durante el proceso emancipador.
Los pueblos tenían los elementos suficientes para entrar en el entramado de un sistema representativo; recordemos que la Iglesia aportó a este sistema su experiencia y sus prácticas para articular las elecciones indirectas. Por ejemplo, tanto los cabildos como las cofradías tenían como procedimiento de renovación y control la elección anual de sus miembros.
b) El papel del clero. Se ha visto la parte conflictiva, por ejemplo, los curas Hidalgo y Morelos en México, o los que emitieron una proclama ardiente. Pero falta estudiar a ese clero conciliador y gestor. La Iglesia desempeñó un papel preponderante en el sostenimiento del gobierno local, provincial y estatal en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Falta la valoración de la Iglesia como parte de la sociedad estamental y en la evolución del estado moderno en América.
c) La adaptación y el uso del lenguaje político liberal. No se debe dar por entendido que un concepto tiene igual significado que tenía en el lugar y el momento en que surgió. Existe un proceso de asimilación y otro de adaptación. Este tema comienza a ser estudiado pero no lo suficiente.
6. Cuestiones que desee formular y no hayan quedado registradas anteriormente.
a) Se debe ahondar en la autonomía provincial. Este asunto se ha mencionado, pero no ha sido explicado. Es historia social y política. Las redes de familia, los linajes indígenas, el clero, los militares, se estudian de forma separada, son parte del proceso. Participan como actores y beneficiarios, se tiende a verlos como fuerzas en conflicto.
b) La geografía política de la independencia. Se debe elaborar una geografía política que nos permita observar la posición de los pueblos y las corporaciones ante cada paso del proceso independentista. Para el tema militar, se tienen mapas de avances, derrotas y victorias militares. Nos daría la movilidad de la opinión, no emitida, sino adaptada y acogida en determinado (os) momentos políticos.
c) Formas del control social. Esto entra en la línea de los estudios de imaginarios colectivos. Mi apreciación es que los grupos subalternos o dominados tenían, a finales del período colonial y durante el siglo XIX, un mayor espacio político. Se atomizó la política, pero quedó un elemento común, la religión. La religiosidad desempeñó un papel insospechado y todavía totalmente desconocido.
ENRIQUE AYALA
Universidad Andina Simón Bolívar, Quito
1. ¿Cuál es su tesis central sobre la independencia?
Es el acto fundacional de los estados nacionales latinoamericanos. Así se vio después de que se dieran los hechos, cuando nuestros países fueron definiendo sus imaginarios nacionales; pero justamente por ello el proceso fue importante. La independencia no fue sólo el fin del régimen colonial. Al mismo tiempo, fue el comienzo de la vida republicana de nuestros países. Por ello es vista como el nacimiento heroico de nuestras patrias. Sus hechos son parte de la mitología de la lucha por la libertad. Sus personajes son nuestros héroes y villanos, según el lado donde lucharon. Nuestras banderas nacionales se crearon entonces como símbolos libertarios. La gran mayoría de nuestros himnos se refieren justamente a la gran gesta independentista para levantar las identidades colectivas.
Las independencias son el punto de partida de nuestra inacabada construcción nacional. A ellas nos referimos como uno de los ejes de las identidades de nuestros países, pero casi siempre las vemos, principalmente, por influencia de los sistemas educativos, como conjuntos de hechos puntuales y coincidentes. Pero la verdad es que el proceso de emancipación latinoamericana no puede ser explicado por motivaciones aisladas, sino por sus causas estructurales complejas. Aunque se dio en un marco internacional favorable, el principal motor de la independencia fue interno. La decadencia del Imperio español y la crisis de su monarquía, la independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa con todo su impacto en Europa, tuvieron una influencia muy significativa; sin embargo, el movimiento autonomista americano tuvo sus principales raíces en el agotamiento del propio hecho colonial y en las contradicciones que se dieron en su interior. La independencia se inició con lo que debe considerarse como la Revolución americana contra el Antiguo Régimen. Pero, en su evaluación, el proceso fue, ciertamente, mucho más allá.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
La de 1808 fue una crisis que se dio en España, pero afectó a todo el Imperio y fue el detonante de los pronunciamientos americanos ulteriores. Justamente en estos años, en ambos lados del Atlántico, se ha renovado el interés por conocer mejor los hechos peninsulares y los de este lado, pero especialmente se ha tratado de establecer las mutuas influencias de procesos que, forzosamente, estaban estrechamente imbricados. De lo que va quedando en claro, se puede ver que las independencias hunden sus raíces muy dentro de la sociedad colonial.
El siglo XVIII estuvo marcado por una aguda crisis en la relación España América que acentuó el proceso de decadencia de la metrópoli y provocó hondas transformaciones en las colonias del Nuevo Mundo. Cuando las minas de metales preciosos que habían alimentado la economía española durante siglo y medio se agotaron definitivamente, o al menos redujeron drásticamente su producción, los centros de explotación minera, fundamentalmente el Alto Perú y Nueva España, entraron en una recesión muy pronunciada, arrastrando consigo las áreas cuyas economías estaban articuladas en torno a esos grandes polos económicos. España, a su vez, privada de los metales americanos que habían mantenido su edad de oro, y luego prolongado su crisis, intentó hallar una nueva forma de relación económica con sus posesiones en América. Los sucesivos gobiernos de la dinastía Borbón, que habían llegado al trono español a principios del siglo XVIII, hicieron repetidos esfuerzos por establecer un nuevo «pacto colonial» con nuevas relaciones metrópoli-colonias.
En este esfuerzo transformador, los gobiernos borbónicos, especialmente el de Carlos III, llevaron adelante una serie de cambios en la legislación para América: en los sistemas de gobierno, así como en los mecanismos de control administrativo y funcionamiento fiscal. Se crearon dos nuevos virreinatos, se establecieron las llamadas «intendencias», se modificaron impuestos, se tomaron medidas como la expulsión de los jesuitas, etc. El proyecto, empero, terminó por fracasar a medio plazo. España, que siglos antes había detenido represivamente el desarrollo de una burguesía manufacturera, conservándose el poder en manos del viejo latifundismo de origen medieval y guerrero, no pudo a esas alturas de la historia europea alcanzar el nivel de desarrollo económico de otras naciones del continente, con lo que quedó cada vez más reducida a una potencia de segundo orden, cuya economía era un satélite de aquellas en las que se asentaba el centro del sistema capitalista en ascenso.
Tanto la propia decadencia española como las reformas que intentaron establecer el nuevo «pacto colonial» tuvieron importantes consecuencia en tierras americanas. La ruptura de los ciclos de producción y comercialización ligados a la explotación de los metales llevó a una readecuación de las economías hispanoamericanas, que a su vez robusteció el poder económico de los propietarios locales (los criollos) frente al poder de control de los funcionarios de la Corona, quienes perdieron paulatinamente su alta cuota de injerencia sobre las actividades económicas coloniales. Un divorcio entre el poder político y el poder económico, latente desde antaño, fue patentizándose conforme avanzaba el siglo XVIII. Los notables criollos fueron acrecentando su control económico y consolidando sus mecanismos de dirección de la sociedad.
Las reformas administrativas y la racionalización fiscal, que procuraban un gobierno más centralizado y eficiente, tuvieron a la larga efectos contraproducentes, porque fueron creando en los criollos una conciencia sobre la necesidad de autonomía que fue la antesala de su asalto al poder político. Aunque la crisis económica del siglo XVIII tuvo efectos distintos en los diversos lugares del Imperio hispánico en América, de una forma u otra en todos ellos se consolidó el poder de los propietarios locales, frente a los emisarios metropolitanos. En Sudamérica, por mencionar un proceso que toca más de cerca, la larga recesión provocada por el descalabro de la producción minera y del comercio de textiles que afectó a Potosí, Perú y Quito, así como el notable crecimiento que experimentaron, entre otras regiones, Venezuela y el Río de la Plata gracias a la activación del comercio, llevaron a la gestación de movimientos autonomistas a principios del siglo XIX.
La experiencia en la represión de alzamientos indígenas o negros en varios lugares, así como su éxito en la lucha contra intentos de conquista de Buenos Aires por parte los ingleses, fueron volviendo conscientes a los criollos de su propia fuerza, y de la debilidad del Estado colonial español. Por otra parte, la necesidad de intensificar el comercio con los centros de la economía mundial provocó cada vez más resistencias a las barreras aduaneras del régimen colonial. De este modo, los grupos comerciales asentados en los principales puertos americanos empezaron a pensar en la eliminación de España como incómoda intermediaria.
Esta última observación nos lleva de vuelta a considerar lo acontecido en el escenario mundial. Justamente, la segunda mitad del siglo XVIII atestiguó una serie de procesos que transformaron profundamente la faz de Occidente. En el curso de unas cuantas décadas, se habían producido en Europa dos fenómenos de grandes proporciones: la Revolución industrial asentada en Inglaterra y la revolución política desatada en Francia.
Con la Revolución industrial no se dio solamente un cambio radical en la producción manufacturera o agrícola, en la organización de los centros urbanos, en la estructura social y la política del Reino Unido, sino que también significó la definitiva consolidación de Gran Bretaña como el eje del sistema económico internacional. Desde entonces, la presión del comercio y el sistema financiero británico sería determinante en todos los continentes. Y para la América española sería uno de los coadyuvantes de su proceso autonomista. La Revolución francesa no significó exclusivamente el derrumbamiento del Antiguo Régimen. Trajo consigo un desequilibrio de poder en toda Europa, así como la caída de varios sistemas de gobierno en el continente. Por lo demás, fue la Revolución francesa un resorte de movilización ideológica de las elites de oposición, no sólo al otro lado del Atlántico, sino también en América.
Ya en nuestro continente, debemos también considerar el impacto de la independencia de Estados Unidos, un proceso que redefinió el cuadro europeo de alianzas y enfrentamientos, al mismo tiempo que significó el nacimiento de la primera república independiente en América y en el mundo. Todo ello sería un poderoso antecedente del proceso independentista hispanoamericano, como también lo fue la independencia de Haití, pionera en varios aspectos y fuente de encontradas reacciones. Por un lado, el apoyo que los líderes independentistas haitianos dieron a los insurgentes fue muy buscado; por otro lado, el temor racista al predomino negro hizo también lo suyo.
Al responder a la pregunta, se debe considerar que la crisis de los mil setecientos y la aplicación de las reformas borbónicas afectaron al equilibrio de poder que se había establecido entre el Estado colonial, representante de los intereses metropolitanos, y los grupos de propietarios locales. Al consolidarse el predominio de los señores criollos de la tierra, la burocracia estatal perdió su ingerencia en la vida económica. La mayoría de los trabajadores quedaron vinculados de forma directa y cada vez más estrecha al poder latifundista. Por otra parte, las trabas comerciales implantadas por la metrópoli afectaban a los grupos importadores y exportadores. Las clases terratenientes y los comerciantes consolidaron su control sobre las economías locales y regionales, en tanto que la burocracia española debilitada conservaba sólo el control político. Este divorcio entre el poder económico social y el poder político se resolvería a favor de las clases dominantes locales, que una vez habían controlado el sistema productivo, se lanzaron a captar la dirección política.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
La primera década del siglo XIX sorprendió a España en su momento de más evidente debilidad. La decadencia económica de largo plazo se expresó en una crisis fiscal de enormes proporciones, al tiempo que acentuó un impasse gubernamental hecho visible en las disputas por el trono protagonizadas por el rey-padre y el rey-hijo. Todo ello fue el antecedente de la invasión napoleónica de la península, el destronamiento de los reyes españoles y su reemplazo por el hermano del emperador de Francia. Ante todo ello se alzaron varias insurrecciones en el país. Desconocido el soberano extranjero, se organizaron «juntas» para que gobernaran en nombre del rey cautivo, Fernando vii. Aunque los invasores franceses lograron dominar la mayoría de las insurrecciones, quedaron algunos focos de resistencia en donde el Gobierno provisional, controlado por gente de orientación liberal, aprovechó para dictar algunas reformas políticas y redactar una Constitución para el reino. Como sabemos, fue formulada en Cádiz por un congreso al que concurrieron también delegados de las colonias americanas.
La intervención napoleónica en la península ibérica convirtió a las autoridades de los virreinatos y las audiencias en representantes del usurpador. Así surgió en América la idea de sustituirlas por juntas, integradas por criollos que gobernarían en nombre del «monarca legítimo». La mayoría de los pronunciamientos se dieron en ese sentido, aunque unos pocos, como el de La Paz, fueron muy frontales. Esto ha suscitado en algunos medios académicos una falsa discusión sobre la naturaleza «independentista» de la independencia, o sobre su radicalidad. Se ha dicho que, al menos, los primeros pronunciamientos fueron más bien actos de lealtad al rey, no de ruptura; que los miembros de las juntas, al menos la mayoría de ellos, eran conservadores y hablaban horrorizados de la Revolución francesa. Se destaca, entre otros, el hecho de que entonces había mucho más interés en saber si era viable que reinara Carlota Joaquina en la América española que en fundar repúblicas democráticas.
Estas apreciaciones se centran en un interés por caracterizar los hechos, a veces del todo aislados, pero sin mirarlos con perspectiva. La independencia debe ser vista como un proceso, no como una sucesión de hechos. Sólo así se aprecia una continuidad entre las «patrias bobas» y las grandes acciones militares de los años veinte. Sólo así se entiende cómo de las declaraciones de lealtad a Fernando vii, surgidas a veces de la convicción y otras de la conveniencia, se llegó a la ruptura total, a la «guerra a muerte». Los grandes procesos históricos son así; rebasan constantemente sus propios horizontes.
Entre las juntas iniciales, unas tuvieron mayor vigencia que otras, pero su organización marcó el inicio de las guerras por la independencia. En general, el movimiento logró consolidarse tempranamente en lugares en donde la administración colonial era más nueva, como Venezuela y el Río de la Plata. En sitios en donde se había asentado antiguamente el Gobierno español, como en México y Perú, las lealtades a España duraron más y, en este último caso, debieron ser vencidas mediante largas campañas militares. Como una constante, el proceso logró ser exitoso cuando convocó a los actores populares como apoyo, y cuando se integraron los esfuerzos de diversos ámbitos coloniales contra las fuerzas metropolitanas. Fue una acción de dimensiones continentales.
Después de varios movimientos independentistas aislados y empresas bélicas de destino diverso, en Sudamérica se organizó la guerra justamente desde los polos del Río de la Plata y Venezuela, para confluir al fin en el Perú. Al mismo tiempo, como ya mencioné, la base social del esfuerzo bélico se amplió. Lo notable del aporte del libertador Simón Bolívar fue precisamente esto. Por un lado, darse cuenta de que la independencia de cada una de las circunscripciones coloniales era inviable si no se realizaba como un esfuerzo general de todo el subcontinente. Por otro, comprender que los sectores populares no iban a incorporarse al proceso si no se consideraban sus propios intereses. Bolívar condujo la guerra por lo que luego fueron seis países e incorporó a los pardos, llaneros y a la chusma urbana en la campaña independentista. Fue un pionero de la integración social de nuestros países y de la integración internacional entre ellos.
Pero volvamos a la Revolución americana. Cuando a mediados de la segunda década del siglo XIX Napoleón fue derrotado y Fernando VII volvió al trono, las fuerzas españolas habían recobrado espacio en América. Empero, no pasó mucho tiempo hasta que la suerte de los insurgentes cambió, y se produjo una radicalización de posiciones. Esto se dio en buena parte por la ampliación del ámbito del proceso que ya mencioné y también como reacción a la política del rey de borrar todo intento de reforma. Hacia 1820, la guerra comenzó a definirse. En cuatro años, todo el Imperio continental había ganado ya su independencia.
Hasta aquí hemos constatado algunos rasgos del proceso. Pero queda en pie una discusión que no por vieja ha quedado del todo desechada. Es aquella que se plantea la naturaleza básica de las independencias. En las paredes de Quito apareció por entonces una frase que decía: «último día del despotismo y primero de lo mismo». Cosas similares se dijeron en otros lugares. De este modo, muchos han afirmado que se dieron cambios de gobierno, pero no rupturas del hecho colonial. Se dice que, aunque los burócratas peninsulares fueron sustituidos por los notables criollos, la estructura social no cambió; las masas siguieron sometidas y se mantuvo la «colonialidad» del poder, que está presente hasta hoy.
Pero, en verdad, la independencia fue una revolución en la que pesaron más las rupturas que las continuidades. Derrumbó el poder metropolitano y expulsó a los «godos», «gachupines» o «chapetones»; sacudió las estructuras de la sociedad, aunque no cambió las relaciones básicas en las que se asentaban; provocó rápidos ascensos y descensos sociales; abrió nuevas líneas de comercio; provocó cambios rápidos en las ideas y en ciertas costumbres; fue la partera de quince nuevos estados. Si bien las sociedades estamentales, con sus elites criollas a la cabeza, quedaron en pie, las independencias fueron el principio de su fin.
La ruptura independentista, empero, no fue lineal. Los pronunciamientos y la guerra trajeron transformaciones importantes, entre ellas un clima de participación popular y una corriente democratizante, pero luego desembocaron en fuertes intentos regresivos. Los sectores dominantes, apenas fundados los nuevos estados, cambiaron el discurso de la libertad por el del orden, y trataron de que el cambio de manos del poder no afectara en su raíz a las desigualdades. En las independencias, insisto, pesaron más las rupturas que las continuidades. Pero en algún sentido fueron procesos de ida y vuelta. Muchos de los cambios fueron irreversibles, pero otros se toparon con la barrera de una sociedad tradicional que aprendió muy pronto a disolver hasta las propuestas de transformación más radicales. Sólo con el paso del tiempo varias consignas libertarias pudieron ser alcanzadas. Y algunas todavía están pendientes.
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
Por todo lo dicho, es evidente que son varias. Una de las más importantes es aquella que pone en el centro del proceso a los actores colectivos. Las historias tradicionales pintaron las independencias como acciones heroicas de grandes individualidades. Y aunque hemos avanzado mucho en el plano académico, en la conciencia colectiva y en los sistemas educativos todavía se mantiene la tendencia de interpretar los procesos a partir de las personalidades que se consideran «determinantes». Cuando tenemos enfrente, a veces aún en medio del análisis más riguroso, a las grandes personalidades de la historia, sufrimos una «ilusión óptica», como la llama Plejanov. Para nosotros, los latinoamericanos, Simón Bolívar es quizá el caso más extremo. La independencia fue obra de su «genio», que explica la magnitud del hecho y sus consecuencias. El libertador es el paradigma de esos «patriotas» superhombres que «nos dieron la libertad», con una mítica acción bélica que asombró a la humanidad. Las complejas realidades de veinte años de guerra independentista se reducen, al fin y al cabo, a la participación individual de Bolívar y, como mucho, también de sus tenientes.
A que esta visión se consolidara han contribuido, no sólo los sistemas educativos, sino también una tendencia a la simplificación que caracteriza el sentido común del pensamiento dominante. Pero no por enraizada y persistente que sea esta manera de ver las cosas es verdadera. Porque bien sabemos que la acción de los individuos en la historia no la determina. Sus actos personales pueden ser cabalmente comprendidos sólo en el marco de los grandes movimientos sociales en los que los actores son colectivos. Desde luego que es un error pensar que las sociedades se mueven por fuerzas impersonales, mecánicas, neutras. Pero también es incorrecto «personalizar», como dice Vilar, los grandes movimientos económicos o sociales. Con ello no entendemos la realidad, ni siquiera a los propios personajes a quienes se adjudica el protagonismo determinante. Por eso debemos acercarnos al proceso de independencia tratando de hacer confluir en su análisis el conocimiento de los personajes con las condiciones generales de la sociedad latinoamericana que les tocó vivir.
Lo afirmado apunta fundamentalmente a que debemos aumentar nuestros esfuerzos por comprender mejor la acción de los protagonistas colectivos de las independencias. El más importante de ellos lo conformaron las clases dominantes locales, es decir, los notables criollos. Con su triunfo, los grandes latifundistas reforzaron su control sobre el campesinado; los comerciantes de los puertos más importantes garantizaron un mecanismo de relación directa con las nuevas metrópolis capitalistas; unos y otros ganaron una cuota de poder político y consolidaron sus canales de dirección social; unos y otros confluyeron en la conveniencia de reducir sus contribuciones e impuestos, manteniendo al mismo tiempo los que pagaban los grupos populares, especialmente indígenas, que eran mayoría en los países nacientes.
El fracaso de los movimientos iniciales llevó a los insurgentes a entender, como indiqué, que la guerra contra España requería el soporte activo de los sectores populares. De ahí que, en un segundo momento, buscaron el respaldo de campesinos y artesanos, de mestizos, pardos y negros. Los grupos populares urbanos, básicamente artesanales y el pequeño comercio, fueron reticentes al principio, y sólo apoyaron la rebelión anticolonial en estadios posteriores de la lucha. En las masas indígenas, protagonistas de repetidos alzamientos en las décadas previas, estaba arraigada la conciencia de quiénes serían los beneficiarios de la autonomía, justamente los terratenientes que habían contribuido a la sangrienta represión de esos alzamientos. Por ello, los pueblos indios sólo excepcionalmente participaron en las luchas independentistas. Y cuando lo hicieron, en muchos casos respaldaron a las fuerzas realistas. Los negros, en cambio, cuando vieron que su participación en la guerra les permitiría librarse de la esclavitud o ascender en la sociedad, se integraron en gran número en los ejércitos patriotas.
Ésta fue la tónica del continente. Sin embargo, no debe olvidarse el caso excepcional de México, donde una de las vertientes de la insurgencia, concretamente la que se manifestó primero, no era expresión de los intereses latifundistas y comerciales, sino un movimiento popular que demandaba radicales transformaciones de la sociedad. A esto se debe justamente que las insurrecciones campesinas, lideradas por Hidalgo y Morelos, fueran reprimidas con igual furia por los representantes de la Corona y los notables criollos, quienes pactaron luego un plan independentista de marcado sesgo oligárquico.
No se entendería el tono ideológico y la realidad militar de la independencia sin considerar la participación de los jefes de los ejércitos y de los intelectuales. A veces venidos de las elites, otras surgidos de los incipientes grupos de la clase media de la sociedad colonial y también frecuentemente salidos de estratos bajos de la población (mestizos y pardos), los generales, y en menor escala los políticos, pusieron el rasgo de radicalidad al proceso. El discurso ideológico liberal expresaba esos intereses de captación burocrática y dirección ideológica. La jerarquía de la Iglesia, por su parte, se mantuvo leal a la Corona, aunque hubo muchos clérigos que abrazaron la causa independentista.
Por fin, hay un actor colectivo que de alguna forma podemos calificar de externo, pero que fue determinante: el apoyo británico a los insurgentes. El Reino Unido, que respaldó la independencia con créditos y el envío de oficiales con la expectativa de que ésta desembocara en una apertura de los mercados, logró con la emancipación la creación de condiciones para la paulatina integración de los nuevos países a la periferia del capitalismo en ascenso.
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
Nunca, ni en el mejor escenario, podemos pensar que un tema, aunque sea de los más trabajados, está agotado. Pero como no estamos en el mejor escenario, la verdad es que hay mucho que hacer en diversos aspectos de las independencias. La Historia, sin embargo, es una interrogación al pasado desde el presente y, quizá por ello, debemos priorizar cuestiones que están muy directamente conectadas con los grandes temas actuales. Por ejemplo, el impacto de las independencias en el ulterior desarrollo de los Estados-nación, o su incidencia en la gestación de una sensibilidad integracionista en nuestros países. Por otro lado, pueden también mencionarse aspectos como la participación de grupos populares y sectores subalternos, aunque ya se ha trabajado en este campo; el papel cumplido por los cabildos en el proceso y su propia conversión en los municipios republicanos, o la presencia de las mujeres en la conspiración, la movilización social y la guerra. Diré algo al respecto de esto último.
El proceso de la independencia americana está dominado por figuras masculinas. Los pensadores e intelectuales fueron hombres; los pronunciamientos estuvieron liderados por notables latifundistas, comerciantes, abogados; la guerra fue comandada por militares varones, muchos de los cuales ejercieron luego el poder en los nuevos estados. La historia tradicional ha reducido el rol de las mujeres a episodios aislados de galantería y apoyo marginal a la acción de los generales, o simplemente lo ha silenciado.
Pero el papel de las mujeres en los años en que se luchó por independizar nuestros países fue muy importante. Muchas de ellas conspiraron contra los realistas, recogieron dinero y donaron sus joyas para armar a los ejércitos y acompañaron a los soldados en las batallas –«rabonas» las llamaban–, llegando incluso a combatir y morir en éstas. Las mujeres cocinaban para los soldados y los auxiliaban cuando estaban heridos; ayudaban a enterrarlos y les rezaban las oraciones de los difuntos. Buen número de ellas realizaban peligrosas labores de espionaje o enlace. Hubo madres que animaron a sus hijos a enrolarse en las filas insurgentes. Varias mujeres llegaron a ocupar cargos importantes en los ejércitos libertadores. Algunas fueron encarceladas y ejecutadas por los españoles.
En tiempos independentistas, la presencia pública femenina fue polémica. La mayoría del clero, que era realista, inducía a las mujeres a mantener la lealtad a las autoridades monárquicas y denunciar a los patriotas. Y muchas lo hicieron. Se condenaba la insurrección y se tildaba de pecadoras y hasta de prostitutas a las que acompañaban a los ejércitos. Especialmente, las mujeres que desafiaban la moral colonial y se convertían públicamente en amantes de los jefes y soldados patriotas eran estigmatizadas. Y lo fueron hasta no hace mucho, cuando han comenzado a ser reivindicadas.
La acción de las mujeres, como la de la mayoría de los hombres anónimos que lucharon por la independencia, permanecerá desconocida. Pero se pueden rescatar algunos rasgos de su participación colectiva, así como los de unas pocas sobre las que se puede llegar a conocer mejor su actividad destacada, como ejemplo de la lucha femenina.
Sin agotar los temas, desde luego, me parece que no debemos olvidar los aspectos pedagógicos. Si las independencias son consideradas como los actos fundacionales de nuestros Estados-nación, no sólo tienen interés historiográfico, sino un enorme peso cívico. De ahí su importancia en la enseñanza de nuestras «historias patrias». Al estudiarlas ahora, es preciso que lo hagamos con un adicional sentido crítico sobre la forma en que los estados latinoamericanos se han justificado a sí mismos a lo largo de sus trayectorias, ya largas, desde el siglo XIX hasta el presente.
6. Cuestiones que desee formular y que no hayan quedado registradas anteriormente.
Me parece que podría mencionar al menos una. Y es la necesidad de poner nuestras independencias en un verdadero ámbito mundial y no en el acostumbrado marco nacional y hasta parroquial, como muchas veces sucede.
En 1809 se abrió un proceso político y militar de alcance continental, en medio del cual se produjeron las independencias de casi todas las antiguas colonias españolas de América y también del Brasil, la colonia portuguesa. La ruptura del vínculo colonial tuvo profundas raíces internas, económicas, sociales, políticas y culturales; pero se dio en un marco internacional de revolución y guerra que también tuvo gran impacto en esos acontecimientos. Al mismo tiempo, éstos influenciaron el panorama europeo y mundial de entonces. Pero si bien estas realidades se han mencionado repetidamente en los estudios históricos, se han dado pocos esfuerzos por estudiar comparativamente las independencias latinoamericanas entre sí y con relación a lo que estaba aconteciendo en la Europa de entonces, que avanzaba firmemente en el camino de consolidarse como eje del sistema mundial moderno.
Se han producido muchos estudios sobre la independencia de cada uno de los países de forma individual. Algunos trabajos han estudiado las campañas a nivel regional, como aquellos que han seguido las acciones de Bolívar o San Martín. Unos pocos se han referido al subcontinente latinoamericano como una unidad y han realizado un esfuerzo de comparación entre los diversos procesos independentistas que, por cierto, tuvieron facetas particulares y rasgos comunes muy importantes. Hay muy escasos estudios sobre la relación entre la independencia de Estados Unidos y las de nuestros países. Y todavía menos sobre su impacto en las realidades españolas y europeas, africanas o asiáticas de entonces.
Si el siglo XIX fue el de las independencias latinoamericanas y del crecimiento y auge de los imperios coloniales, el siglo XX fue el de la descolonización de grandes espacios en Asia, África y el Caribe. Esos hechos marcaron el ocaso del colonialismo en el mundo y cambiaron en varios sentidos la geopolítica internacional. Entre la segunda posguerra y los años sesenta, se dieron hechos y en algunos casos guerras de independencia que tuvieron fuerte influencia en el escenario mundial. Sobre estos procesos hay una vasta literatura, pero sin los elementos comparativos suficientes como para entenderlos en una perspectiva amplia.
Las independencias latinoamericanas decimonónicas y los procesos de descolonización de otros lugares del mundo, en el siglo pasado, tuvieron enorme impacto en el ámbito internacional y cambiaron en varios sentidos la historia del mundo. Por ello, las conmemoraciones del bicentenario de las independencias de las colonias hispánicas deben ser una ocasión para promover, quizá por primera vez en la historia, un estudio comparativo entre las dos realidades en un marco global. Comparar los procesos, sus actores, sus continuidades y rupturas, es un gran desafío y un gran aporte académico. Espero que podamos poner un grano de arena para ese esfuerzo en este año.
BEATRIZ BRAGONI
CONICET/Universidad Nacional de Cuyo
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
Las revoluciones de independencia hispanoamericanas han sido y siguen siendo un tema controvertido; esa razón explica la centralidad que han tenido en la agenda de los historiadores desde la constitución de las disciplinas académicas que acompañaron la formación de los estados nacionales, y que hicieron de ellas el germen de las narrativas fundacionales de las nacionalidades hispanoamericanas en el siglo XIX. Esa dilatada genealogía literaria en la que se inscribe la actual agenda de investigación se ha nutrido de diferentes climas historiográficos e intelectuales. Mirado con perspectiva, ese denso derrotero interpretativo habilitaría a postular la existencia no de una, sino de varias historiografías sobre las independencias, y si podemos pensarlas en plural es porque la fertilidad del debate académico contemporáneo se inscribe en tradiciones historiográficas (que en ocasiones no escapan a las historiografías nacionales) que no siempre dialogan entre sí, y quizá esa dimensión sea la que la distingue de las prevalecientes treinta años atrás. Pocas dudas caben sobre que los contrastes con aquellas historiografías deberán atender a los climas institucionales, políticos e intelectuales que alimentaron su curso, como en las nociones esencialistas y nacionalistas que vigorizaban aquellos relatos. Y si bien hasta los años setenta, las historiografías académicas y militantes habían avanzado en la caracterización de sus dimensiones políticas, institucionales, ideológicas e incluso económicas, el debate ideológico había hecho de ellas un terreno de confrontación entre verdaderos «catecismos revolucionarios» nacidos al abrigo de empresas intelectuales la mayoría de las veces revisionistas en sus variantes de izquierda o de derecha. Con algunas excepciones, ningún clima semejante ha de encontrarse hoy por la sencilla razón de que el debate sobre aquel fragmento del pasado iberoamericano se circunscribe al ámbito académico en sentido estricto, en el cual brilla un consenso inusitado por aquello que antes generaba posiciones encontradas. Esa suerte de enfriamiento ideológico de la labor intelectual que acompañó la conformación de los estudios sobre las revoluciones de independencia en las últimas décadas ha permitido trazar un repertorio de temas y problemas comunes que han mejorado su comprensión histórica, y del cual pretendo ofrecer algunas notas en las páginas que siguen, haciendo un uso libre del temario propuesto por el profesor Manuel Chust.
Ensayar respuestas al puñado de interrogantes formulados constituye un desafío estimulante y al mismo tiempo complejo. Lo estimulante deriva concretamente de la oportunidad de sintetizar un abanico tan atractivo de problemas; lo complejo reside justamente en el enorme corpus bibliográfico que, desde la fundación de las narrativas clásicas, ha indagado sobre los pormenores del formidable proceso de transformación que hasta 1808 configuró el esquema de identificación política y cultural en una porción nada desdeñable del mundo atlántico. Antes y ahora, la especificidad del tema que nos ocupa reside en que se trató de un fenómeno histórico tortuoso, violento y creativo que configuró un nuevo mapa sobre los territorios que hasta entonces habían formado parte de las Indias españolas, y contribuyó a modelar el mundo político contemporáneo.
Al interior de esa diversidad rica en matices y tradiciones, podría convenirse que la tesis central que hoy organiza la agenda de los estudios sobre las revoluciones de independencia las interpreta al interior de la estela de las revoluciones políticas que transformaron las formas prevalecientes de relación entre gobernantes y gobernados en el mundo atlántico, y que en su variante hispanoamericana hizo de ellas el acontecimiento medular que, al quebrar el lazo de dependencia secular, dio como resultado un repertorio de comunidades políticas soberanas en los territorios que hasta entonces habían integrado la vasta geografía imperial. Aun a riesgo de economizar al extremo mi argumento, me parece conveniente reparar en cuatro presupuestos que considero indicativos del nuevo canon historiográfico: el desencanto de las visiones unidireccionales y progresivas que hacían posible pensar el pasado como receptáculo especulativo de los dilemas contemporáneos; el abandono parcial de nociones afines a las historias militantes de cuño nacionalista por sus consecuencias en los usos políticos del pasado; la atención dedicada al contexto iberoamericano como a los espacios locales en la medida que iluminan aspectos poco advertidos desde perspectivas generales y/o nacionales, y la confianza depositada en enfoques e instrumentos analíticos refinados cuyos usos han permitido capturar las formas de concepción del poder y la política, así como mejorar la comprensión de las motivaciones y el sentido de la acción política individual y colectiva. En este punto, las nociones de fabricación o invención dieron el giro necesario para cuestionar las perdurables versiones genealógicas de la nación diseñadas por las historiografías decimonónicas, aunque para ser justos, no sólo por ellas. Aquí, como en otras disciplinas, el repertorio de temas y enfoques contemporáneos vino acompañado de un conjunto de inflexiones operadas en el interior del campo historiográfico en sentido estricto, el cual aparece vertebrado por la crisis de los paradigmas clásicos, el declive de los modelos estructurales y cuantitativos y su eventual reemplazo por perspectivas cualitativas que hicieron de los actores, las prácticas y las representaciones sociales el centro de atención de los historiadores.
Ahora bien, si esa relocalización de la política y lo político organiza el nuevo canon historiográfico, resulta difícil obviar que la posibilidad de repensar la naturaleza política de las revoluciones de independencia no haya sido también tributaria de las interpretaciones prevalecientes antes de que las nuevas perspectivas y enfoques ganaran adeptos en los ámbitos académicos. En tal sentido, cualquier revisión historiográfica sobre el tema que nos ocupa deberá admitir el potente legado de las interpretaciones nacidas al abrigo de las vertientes
«estructurales» que hicieron de la economía, la demografía y la sociedad el centro de las preocupaciones intelectuales, y que mejoraron la comprensión de procesos históricos en la «larga duración», sirviendo en definitiva a precisar con más detalle el sentido de aquella dimensión eminentemente individual de la vida histórica que Braudel metaforizó en su Mediterráneo con la «agitación de la superficie, las olas que alzan las mareas en su potente movimiento». A decir verdad, y siguiendo la huella advertida por Pierre Rosanvallon, esa matriz (y no otra) es la que habilita y justifica a emprender la renovación de la historia política. Cualquier lector atento al curso de aquellas historiografías podrá percibir que no se trataba por cierto de preocupaciones ajenas a los historiadores de la economía y la sociedad hispanoamericanas en el preludio de la revolución, sino del lugar preservado a la política en sus interpretaciones en cuanto ésta no podía ser entendida por fuera de los contextos sociales que explicaban su dirección o sentido.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
Bajo estas nuevas lentes, la crisis de 1808 emerge como momento excepcional en la medida en que precipita toda una serie de novedades a raíz del descalabro producido en la cúspide de las monarquías ibéricas, acechadas por el reordenamiento de los poderes imperiales europeos desde el siglo XVIII. Y si la historiografía generalmente atribuye a la oportuna decisión emigratoria de los monarcas portugueses la clave para mantener el lazo político con sus territorios de ultramar, las abdicaciones mayestáticas producidas en las convulsionadas jornadas de la primavera de 1808 constituyeron un acontecimiento inédito que descalabró por completo los canales de transmisión de autoridad y obediencia entre el rey y sus súbditos. Esa disrupción en el dispositivo central del consentimiento político introdujo una perplejidad inusitada en la extensa geografía hispánica, y las soluciones políticas que emanaron a raíz del rechazo de la familia Bonaparte dieron cuenta de la nada sorprendente apelación de las tradiciones doctrinarias y jurídicas que habían sedimentado la cultura política plurisecular en ambas orillas del Atlántico. Como bien se sabe, la eventual proliferación de las formas contractualistas que habían prefigurado la arquitectura de la Monarquía española desde los tiempos de los Austrias necesariamente no entró en contracción con las novedades institucionales introducidas por las urgencias de la nueva coyuntura, ya sea por las variantes iusnaturalistas que actualizaron la tradición política española, ya sea por la libre traducción del principio de soberanía popular generada por esa verdadera usina ideológica que antecedió y acompañó a la Revolución francesa.
La «eclosión juntera» emanada en las principales capitales de la América española y en la propia península puso de manifiesto ese tema caro al modelo guerreriano de cómo fue entendido y procesado el problema de la soberanía y la representación, y el derrotero seguido por cada una de ellas exhibe la manera en que iban a gravitar otros asuntos igualmente importantes que, si bien no ponían todavía en duda la legitimidad de origen, desnudaron una serie de tensiones que hicieron de las elites locales y las corporaciones urbanas un actor central del escenario hispanoamericano acechado por la incertidumbre. Ni los resentimientos acumulados por las políticas centralizadoras de los Borbones y la restricción mercantil, ni el rechazo a la presión fiscal exigida por las guerras europeas, ni la decidida actividad de los precursores, ni el temor a la revuelta de los grupos subalternos, ni tampoco las pretensiones imperiales de Napoleón sobre las posesiones españolas en América hacían prever que iban camino de la independencia, pero todo lo ocurrido a partir de 1808 en la península y en América condujo a ella a costa de los más decididos por mantener lealtad a la Monarquía y al rey cautivo.
Resulta probable que la enumeración antes expuesta simplifique demasiado el abanico de condicionamientos que contextualizó la formación de las juntas insurreccionales que, en nombre del rey cautivo, se arrogaron la facultad de gobernar en su lugar. La literatura histórica ha ofrecido evidencias suficientes sobre los pasos y procedimientos que dieron origen a esa simultánea emergencia, y su extrema variedad no impide reconocer que se trató en la mayoría de los casos de cuerpos colegiados de base local instituidos conforme al derecho vigente: tumultos urbanos, asambleas populares, cabildos abiertos, corporaciones, milicias, destitución de autoridades trazan un mapa político demasiado común que difícilmente puede poner en duda la vigencia y vitalidad del sistema de creencias que englobaba al completo mundo hispánico. Todo parece indicar entonces que quienes habían participado de la toma de decisiones habían interpretado de igual modo la ruptura de la legitimidad acaecida a raíz de las aspiraciones imperiales del «mandón de Europa». François-Xavier Guerra acuñó una expresión eficaz para caracterizar la densa y atribulada coyuntura encapsulada entre 1808 y 1810: ese «bienio crucial» exhibió con nitidez las formas variadas en que las elites urbanas hispanoamericanas aspiraron a hacer de esa coyuntura una oportunidad favorable para preservar los resortes del poder local y negociar a partir de ellos márgenes de mayor autonomía frente a la metrópoli. Esa clave interpretativa que reactualizó el clásico debate sobre «autogobierno e independencia» habría de mejorar la comprensión del fidelismo bien en sus variantes reaccionarias o bien liberales, siendo éstas las que en última instancia habrían de favorecer la difusión del liberalismo que necesariamente no iba a entrar en contracción con la matriz católica de la tradición política hispánica. Más aun, algunos han propuesto que la unidad sociocultural del todavía intacto Imperio habría hecho de la religión católica su principal nervio transmisor, y esa razón explicaría también por qué las elites independentistas hicieron de la simbología religiosa un recurso primordial, aunque no exclusivo, para construir la nueva cohesión social y política americana. No obstante, la chispa revolucionaria que electrizó las almas del mundo hispánico habría de arrojar resultados muy distintos a partir de 1810 en ambos márgenes del ya corroído Imperio. Y si en definitiva los ejercicios soberanos ensayados en las periferias resultaron tributarios del curso de la guerra peninsular, en amplia mayoría pusieron de manifiesto una acción política colectiva encarada por un grupo de hombres decididos a asumir que el destino estaba en sus manos, y no en las autoridades de origen peninsular o criollo que gobernaban en nombre del rey cautivo o de las instituciones que se arrogaban su representación.
El dilema abierto en 1810 conduce a otro problema no menos relevante que el que caracteriza las ambigüedades del «bienio crucial». Si quienes integraron las juntas patrióticas se creyeron herederos del poder vacante, las acciones políticas que emanaron de su seno no siempre estuvieron dirigidas a fundar una legitimidad necesariamente opuesta a la que había servido a su conformación. Y en el interior de esa frontera demasiado porosa en la que se arbitra la vieja y la nueva legitimidad es donde se hace necesario distinguir las expectativas de quienes abrigaban todavía utilizar aquella aciaga coyuntura para negociar en mejores términos algún tipo de integración en la Monarquía, y quienes por el contrario la interpretaron como una oportunidad inmejorable para clausurar la dependencia colonial. Si esa distinción evoca en algún punto el clásico modelo de las revoluciones burguesas, la literatura más reciente ha fortalecido el debate historiográfico sobre la tensión entre autonomía e independencia al confrontar la evidencia empírica con instrumentos analíticos más refinados que mejoraron la comprensión del fenómeno despojándolo de las historiografías que habían hecho de él un baluarte del hispanismo.
Por cierto, pocas dudas caben sobre la indeterminación que late en 1810; no obstante, el dilema allí abierto introduce otro problema de interpretación no menos significativo frente a la omnipresencia del vocablo independencia y la completa ausencia de la voz autonomía del vocabulario político de la época. Obviamente, aquí habrá que hacer prevalecer todo tipo de recaudos para descifrar la clave interpretativa que mejor ilustre los usos que los contemporáneos hicieron de la noción de independencia, y aceptar que no necesariamente podía remitir a la ruptura institucional y política. No obstante, advertimos que la indeterminación prima en la coyuntura de 1810; deberá admitirse de igual modo en la especificidad de acciones y contextos que contribuyeron a poner término a aquella ambigüedad política y conceptual. En torno a ello, la guerra disparada en la geografía insurgente habría de convertirse en un formidable laboratorio de redefiniciones en el cual resulta ineludible reparar en el progresivo componente anticolonial y antiespañol con el que se identificó la independencia. Esa disrupción alcanzó incluso regiones todavía escasamente conmovidas por el desarrollo de la guerra, y parece ser la clave que explica la perplejidad de un vecino de la periférica ciudad de Mendoza cuando en 1811 advirtió que el «patriotismo» que hasta entonces había identificado a los fieles custodios de la Monarquía y del rey cautivo había cedido paso a la diferenciación de grupos, y que sólo uno se había arrogado el apelativo de «patriota». Para ese entonces, y a la velocidad de un rayo, la ambigüedad sobre la independencia había desaparecido casi por completo.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
Las referencias antes expuestas me permiten avanzar en otro de los interrogantes formulados por el profesor Chust, y el problema remite en pocas palabras al desafío de pensar la transición en relación con la «ruptura revolucionaria», y las formas políticas originales resultantes de esa conexión. Y aquí tengo la impresión de que el declive de las visiones teleológicas que primaban sobre las lecturas de aquel atribulado pasado ha favorecido miradas mucho más complejas a las prevalecientes décadas atrás en la medida en que atemperaron el peso de la noción de transición entre un orden colonial en agonía y el moderno o republicano en construcción. Se trata de una inflexión decididamente importante no sólo porque ha permitido descentrar el potente legado tocquevilliano sobre el tránsito del Antiguo Régimen a la revolución, sino porque ese dislocamiento trajo aparejado la aceptación del carácter no unívoco, sino plural, de la experiencia social y política del siglo XIX iberoamericano. Tomando prestadas algunas de las reflexiones que Hilda Sábato realizara en un reciente coloquio celebrado en Salta, el fructífero debate sobre la transición del Antiguo Régimen a la modernidad política y social en Iberoamérica, disparado por la obra seminal de F. X. Guerra, ha ganado mayor riqueza analítica al mostrar la variedad de formas asumidas por las comunidades políticas resultantes de la revolución.
La eficacia de pensar la experiencia política y social en términos plurales va unida a otra convicción no menos relevante: esta es que, aunque la crítica o el virtual abandono de las categorías matrices de la teoría de la modernización
–sociedad tradicional y sociedad moderna– hubieran perdido productividad, esa situación no supone que no sean de utilidad para reconocer diferentes maneras de concebir la sociedad y la política porque permiten identificar la profunda brecha existente entre las sociedades del Antiguo Régimen y las resultantes de las revoluciones liberales y de independencia. En cualquier caso, una apretada caracterización de la ruptura revolucionaria destaca entre sus rasgos sobresalientes la percepción que tuvieron los propios contemporáneos del momento revolucionario que vivían, la aspiración de transformar el orden social heredado y el papel que comenzó a ocupar la política en individuos y grupos sociales que hasta entonces habían estado ausentes del proceso de toma de decisiones políticas tal como estaba preservado en los estatutos del Antiguo Régimen. En torno a ello, la militarización y la movilización social que estructuraron el completo ciclo revolucionario desde la Nueva España hasta las fronteras del Maule, exhibieron, más allá de sus variantes regionales o locales, experiencias de politización popular inéditas e inesperadas para las elites criollas enroladas en la carrera de la revolución. Todo parece indicar entonces que las guerras de independencia alojan en su interior algunas claves para explicar las formas a través de las cuales entre 1810 y 1830 la monarquía cedió paso al republicanismo, las antiguas patrias criollas fueron remplazadas por el Estadonación y los «americanos españoles» dejaron de serlo, asumiendo el apelativo de «peruanos», «chilenos», «venezolanos», «mexicanos» o «argentinos». Y aquí tengo la impresión de que el reclutamiento voluntario o coactivo de quienes integraron los cuerpos y batallones de los ejércitos, el papel desempeñado por el patriotismo como ingrediente ideológico de cohesión cívica y el desplazamiento territorial de vastos contingentes de individuos nunca antes conocido en la geografía americana, representaron un laboratorio formidable de redefiniciones políticas tan relevante como el que representó el asociacionismo y la cultura impresa en el recoleto mundo de las elites. Esa sociabilidad guerrera que para hacerse legítima se vio exigida a refundir las jerarquías sociales de la colonia habría de modelar procesos de identificación colectiva en torno a entidades políticas que, a pesar de su naturaleza inestable y en algunos casos efímera, como lo atestigua la experiencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sedimentaron la construcción de identidades nacionales en el temprano siglo XIX. De no ser así, resultará difícil interpretar los numerosos conflictos suscitados a raíz de la llegada y posterior actuación de los oficiales y soldados de los ejércitos libertadores en Chile o en el Perú, y que empujaron en última instancia al fracaso de restituir la unidad americana bajo un liderazgo y una organización política común.
DAVID BUSNHELL
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
Siendo historiador de vieja escuela, abordé el tema de la independencia latinoamericana hace ya muchos años, cuando incluso colegas de avanzada la consideraban una cosa simplemente natural e inevitable, aspecto intrínseco del desarrollo de las naciones –y sin gastar mucha energía, tratando de precisar qué tipo de naciones eran las latinoamericanas. Nadie se preocupaba todavía por eso de las «comunidades imaginadas», y para un norteamericano en particular no parecía nada raro que las colonias vecinas hubieran imitado el glorioso ejemplo de su propio país. El hablar de «las independencias» habría implicado por supuesto toda una visión hemisférica, de la América española en general junto con los casos brasileño, norteamericano y haitiano. Y de vez en cuando se especulaba y discrepaba sobre el posible carácter prematuro del proceso latinoamericano: si los sucesos europeos detonaron una explosión ya preparada por el propio desarrollo de las colonias o más bien empujaron a los criollos a actuar antes del tiempo adecuado. Mas a mí no me llamaron mucho la atención este tipo de preguntas teóricas al redactar mi tesis doctoral sobre la Gran Colombia, sino que me dediqué a compilar datos de su política interna, dejados de lado por una historiografía centrada en las hazañas de los libertadores; a lo sumo, trataba de averiguar hasta qué punto las medidas del gobierno patriota se ajustaban a los patrones del temprano liberalismo atlanticista.
Posteriormente, me di cuenta de que existían mayores complejidades, pero seguía aferrado (¿por pura pereza intelectual?) al enfoque original, pensando en las independencias americanas como un aspecto normal del desarrollo histórico de sus pueblos. El proceso bien podía conllevar resultados diferentes de un pueblo a otro, pero en un principio el proyecto emancipador de Bolívar o Washington era el mismo que el de Dessalines y Pedro I, sin decir nada de la posterior independencia tardía de Canadá y las Antillas Británicas u Holandesas y hasta de los países africanos en la posguerra del siglo XX. Huelga decir que dentro del sistema mundial no ha existido nunca una independencia absoluta, pero sus límites y modalidades se prestan muy bien al análisis comparativo, que siempre me ha llamado la atención.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
En una perspectiva de corto plazo la respuesta a este interrogante es demasiado obvia y además muy tradicional: la acefalía del trono español, que obligó a los españoles americanos a decidir entre una obediencia al nuevo régimen bonapartista, el reconocimiento de las autoridades de la resistencia española o el autogobierno (aunque fuera concebido sólo como una solución temporal). En este sentido, el artífice de la independencia viene a ser el propio Napoleón, pero es menos obvio lo que impulsó a los futuros «patriotas» a escoger la tercera de estas opciones: en una perspectiva más larga, nos toca explicar por qué un recurso en apariencia fidelista frente a la crisis imperial desembocó en revolución separatista. Los consabidos agravios americanos (impuestos, discriminación en materia de empleos, etc.) constituyen una parte de la razón, pero aun más relevante en un último análisis fue la convicción de la elite criolla (por lo menos una parte importante de ella) de merecer una mayor voz sobre su propio destino. Por consiguiente, no pudo descartarse la oportunidad creada por el cautiverio del rey legítimo. Dicho de otra manera, pues, el origen hay que buscarlo también en el desarrollo paulatino entre los americanos de un incipiente nacionalismo, generalmente latente pero molesto con los intentos borbónicos de centralización administrativa (aquella «segunda conquista» en palabras de John Lynch) y capaz de reaccionar frente a una crisis.
Si volvemos la mirada sobre las otras dos independencias latinoamericanas, se nota igualmente la importancia de un choque externo como detonante: la Revolución francesa para Haití y las peregrinaciones de la corte portuguesa para el Brasil.
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
A mi modo de ver, se trata realmente de una falsa disyuntiva. Que haya habido revolución es para mí una verdad demasiado obvia, aunque tampoco niego que la palabra se presta a diferentes interpretaciones. Hay revoluciones con mayúscula, como la Revolución cubana, o en época más cercana a las latinoamericanas, la francesa, que conllevaron no sólo un cambio de gobierno, sino profundos cambios en el orden social y económico. Me parece que, de las independencias latinoamericanas, una sola, la haitiana, revistió similar profundidad. Pero las otras no fueron simples cuartelazos, con la sencilla sustitución de una camarilla gobernante por otra de casi idénticas características. Además de la ruptura con la metrópoli –de manera que las anteriores colonias ya no estaban sujetas a un control remoto desde el otro hemisferio–, las independencias significaron la llegada al poder de una nueva clase dirigente. Ésta no era necesariamente muy diferente de la colonial en cuanto a sus intereses personales, mas era de tamaño más amplio (por la propia naturaleza del tipo de nuevas instituciones republicanas y representativas), lo que sí constituía un cambio social. Incluso gente que no pertenecía a la «clase dirigente» se involucró (no siempre por propia voluntad) en la vida política, marcada ya por enérgicas discusiones y debates además de balas y atropellos. Si todo esto no equivalía a una suerte de «revolución», yo no sabría de qué otra manera designarla.
Así y todo, las continuidades también son obvias. El ímpetu reformista de la Monarquía borbónica no contemplaba la separación de las colonias, ni siquiera una mayor participación de los americanos en la toma de decisiones fundamentales, pero significaba una apertura a nuevas ideas e innovaciones diversas en lo económico, eclesiástico, etc., lo cual no podía sino desbordarse hacia inquietudes políticas. Algo similar podría decirse del reformismo pombalino en el caso del Brasil y hasta de ciertos antecedentes franceses de la Revolución haitiana. Por otra parte, muchas medidas de las tomadas por los primeros gobiernos independientes –cercenando poderes de la Iglesia, por ejemplo– fueron una continuación de otras de la colonia tardía. Sin embargo, una continuidad aun más importante consiste en lo mucho que no cambió (con la acostumbrada salvedad de Haití) ni en la colonia tardía ni durante la independencia. En la América española y Brasil, seguía en pie el subdesarrollo económico, a pesar de los cambios de política comercial, e igualmente la esclavitud, salvo donde no tenía importancia. A lo sumo, se atenuó algún tanto la desigualdad social por el aumento de puestos públicos y las posibilidades de ascenso mediante el servicio militar. En cualquier caso, para una mayoría de habitantes, la vida familiar cotidiana continuó más o menos como antes.
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias americanas?
Creo que mis ideas a este respecto se hallan implícitas en los comentarios anteriores. Es decir, que las independencias constituyeron un fenómeno histórico de importancia real, aun cuando de una importancia principalmente política, dejando una impronta no muy profunda en otros varios aspectos de la vida humana; y, además, que semejante fenómeno no fue un simple episodio más dentro de procesos de larga duración, sino un hito histórico en sí mismo. Formaba parte, eso sí, del movimiento más amplio que sacudió el mundo ibérico a partir de 1808 –movimiento cuya expresión americana desembocó en lucha por la independencia–. En este último aspecto me adhiero, con ciertas salvedades, a la corriente actual de interpretación que encabeza (por así decirlo) Jaime Rodríguez y que se expone en varias publicaciones recientes tales como las actas del simposio que él organizó en California en el 2003. La interpretación tiene sus desaciertos: es demasiado eurocéntrica, minimiza indebidamente el independentismo anterior a 1808 que en la primera etapa de la revolución se disfrazó con «la máscara de Fernando» (terminología de autores de otra generación ya caída aparentemente en desuso) y, lo que hoy en día es más grave, no tiene lo suficientemente en cuenta el papel de grupos subalternos. Pero incluso éstos, en la América española, se aprovecharon de la oportunidad que les abrió la crisis de la monarquía. Y en cuanto al eurocentrismo, ¿no era un rasgo incluso del libertador Bolívar, sin disminución de su propio fervor americanista?
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
Supongo que la respuesta convencional a este interrogante sigue siendo la necesidad de rescatar del olvido a toda la gama de esos grupos subalternos, aun cuando últimamente han aparecido muchos más estudios sobre ellos. Claro que han llamado más la atención de los investigadores los grupos de color (negros, pardos, indígenas) que los blancos o mestizos pobres que también había, pero incluso para aquéllos la atención ha resultado desigual: para Colombia, por ejemplo, ya tenemos unas magníficas obras sobre los pardos de la costa del Caribe, pero muy poco sobre el papel de los indígenas. Obviamente, hacen falta también mayores investigaciones sobre cambios y continuidades en la vida de las mujeres. Por otra parte, hay aspectos de la vida cotidiana material hasta de los estratos altos que se han tratado casi siempre sólo anecdóticamente, confiando en gran medida en los relatos de visitantes extranjeros. Bien sé que los temas que acabo de mencionar (y otros similares o relacionados) son difíciles de manejar, ya que no figuran sino de pasada en las fuentes más utilizadas No pienso personalmente afrontar ese reto, sino quizá entretenerme algún día repasando periódicos de la época, de los cuales muchos se han reeditado (aunque no fuera sino para guardar polvo en las estanterías), y utilizarlos para contabilizar menciones femeninas, anuncios de género importados y cosas por el estilo. Semejante investigación arrojaría sólo una visión desde lo alto de la sociedad, pero no es nada difícil de hacer y, en fin, algo es algo.
La historia militar y política de la independencia ha recibido siempre mayor atención y las fuentes por supuesto son más accesibles. Incluso hay superávit de documentación editada sobre ciertos subtemas y sobre los grandes próceres. No toca repetir ahora el trabajo de Lecuna sobre las campañas del Libertador. Sin embargo, la obra de Clément Thibaud sobre los ejércitos bolivarianos –su composición y su conducta aun fuera del campo de batalla, y las implicaciones políticas de todo eso– merecería la imitación para otros teatros del conflicto. Además, la historiografía política del período se ha centrado en los proyectos de los jefes principales y las alianzas o rivalidades entre facciones mucho más que sobre las acciones administrativas (si es que el aparato estatal siquiera funcionaba) o sobre los decretos y leyes que iban emitiendo los nuevos gobiernos revolucionarios. La historia administrativa es relativamente accesible, ya que se han conservado grandes cantidades de documentos burocráticos en los archivos, y puede contribuir al esclarecimiento de una cuestión importante: hasta qué punto sobrevivieron las instituciones coloniales (ya con ropaje republicano) o pudieron edificarse otras nuevas –o si el andamiaje institucional simplemente se derrumbó–. (Tengo la impresión de que los polititólogos de hoy valoran mucho las evidencias de institucionalidad).
En cuanto a las leyes y los decretos, su estudio goza de mala fama por cierta presunción de que se quedaron sobre el papel, mas aunque así fuera, el mero hecho de que alguien se tomó el trabajo de elaborarlos es indicativo de ideas e intenciones. Por añadidura, son de las fuentes más accesibles, por aparecer en las gacetas oficiales y recopilaciones que conservan las bibliotecas principales y que, en muchos casos, se han reeditado para generaciones posteriores. Muchas veces estas reediciones casi no se leen, lo que es lamentable, porque su contenido se presta a medir el grado de innovaciones intentadas o, por lo menos, pensadas en casi todos los campos de la vida nacional. Se presta también a las mil maravillas al estudio comparativo, en especial para las ex colonias de España, que nacieron a la vida independiente con una legislación homogénea de origen colonial y después fueron insertando innovaciones, cada una a un ritmo propio, aunque las más de las veces esgrimiendo las mismas formulaciones jurídicas. El averiguar si las leyes y los decretos se cumplieron cabalmente es cuestión bien complicada; pero se comienza contabilizando lo legislado.
6. Cuestiones que desee formular y que no hayan quedado registradas anteriormente.
Habiendo dedicado la mayor parte de mis propias investigaciones al período de la independencia, me es grato constatar el incremento reciente del interés por el tema entre investigadores latinoamericanos y latinoamericanistas. Sin duda, obedece en parte al bicentenario que se acerca, en especial en lo que se refiere a apoyo financiero de entidades oficiales y privadas. Pero seguramente representa también el reconocimiento de que, en años recientes, los estudiosos habían ido demasiado lejos en su reacción justificada contra las exageraciones patrioteras de la antigua historiografía y, a la vez, habían cometido excesos propios al huir de la historia política como si consistiera sólo en anécdotas irrelevantes en comparación con la realmente importante social y económica. Incluso parece abrirse paso ahora una mayor conciencia de que en los acontecimientos políticos yace siempre algún contenido social y cultural, etc. En todo caso, dentro de la historia intelectual latinoamericana –en particular de la historia de la historiografía–, quisiera que alguien rastreara los altibajos del tema de la independencia, desde los tiempos de Alamán y Restrepo hasta los de quienes lean estas páginas.
Otra cuestión para mí de verdad interesante que apenas toqué antes de paso es el de las independencias comparadas. Es verdad que abundan comparaciones entre Latinoamérica y Estados Unidos –o sea, Bolívar y Washington–, no siempre bien concebidas, pero que resaltan los principales paralelismos y diferencias. Mas que yo sepa casi no se ha intentado nada similar con respecto a Latinoamérica y Canadá (que, por supuesto, encierra en sí mismo un bloque de latinidad) o Latinoamérica y la miscelánea de nuevas naciones del Caribe. Más fascinante todavía sería realizar un esfuerzo de comparación con los países africanos independizados desde mediados del siglo XX: fueron otro tipo de colonia, pero han exhibido en forma a veces exagerada muchos de los problemas que afligieron a los latinoamericanos después de su propia independencia. Una vez me comprometí con un colega africanista a ofrecer un seminario conjunto sobre este tema; no se realizó, pero sigo pensando que constituiría por lo menos un magnífico ejercicio mental.
GERMÁN CARRERA DAMAS
Universidad Central de Venezuela
Advertencias previas
Mis respuestas corresponderán, sobre todo, al estudio de la que denomino La disputa de la Independencia, en Venezuela, y en la que fuera la República de Colombia; si bien sus planteamientos, al responder también, en cierto grado, a un enfoque latinoamericano y euro occidental, es posible que tengan algún valor referencial para la comprensión de otros procesos sociohistóricos de la región. Debo precisar que con la denominación arriba expresada intento compendiar el prolongado juego de conflictos políticos, sociales, militares e ideológicos, que se desarrolló a partir de la abolición de la monarquía y de la proclamación de la república, en 1810-1811; y que se extendió, en Venezuela, a lo largo de los siglos XIX y XX, hasta el presente, configurando La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia.
Lo dicho suscita otra aclaratoria: Por La disputa de la Independencia entiendo, consecuentemente, un proceso sociohistórico que no sólo es la columna vertebral de la historia de la Venezuela republicana, sino que forma parte esencial de su contemporaneidad. Esto, por guardar respecto del presente histórico una doble relación: de cercanía y de proximidad. Por la primera entiendo el relativamente breve período histórico del que se trata; por la segunda, la supervivencia de sus cuestiones básicas, es decir, de la correlación entre soberanía nacional y soberanía popular, como fundamento de los valores inherentes a la libertad y la democracia.
Mi conclusión, en este terreno, es que toda consideración histórico-crítica sobre la independencia, en el caso de Venezuela, requiere un enfoque global del proceso sociohistórico republicano –necesariamente apoyado en la persistente formación colonial– que lo hace propio de nuestra historia contemporánea.
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
El factor que disparó, y la nutrió de manera perdurable, La disputa de la Independencia, dándole su marcado y perdurable carácter de guerra civil, fue la abolición de la Monarquía, mediante la proclamación e instauración primera y primaria de la República; si bien la guerra mostró una creciente inclinación hacia su conversión en guerra internacional, sobre todo a partir de la ratificación, el 20 de noviembre de 1818, de la Declaración de la Independencia formulada el 5 de julio de 1811; y la consiguiente invasión del Virreinato de Nueva Granada por las fuerzas de «la República de Venezuela [que] por derecho divino y humano, está emancipada de la nación española, y constituida en un Estado independiente, libre y soberano».
El resultado inmediato fue visto por Simón Rodríguez, en 1828, cuando invitó a los habitantes de los recién creados Estados –que iniciaban su difícil conversión de súbditos en ciudadanos, ya fueren activos, ya pasivos, en razón de su capacitación política– a decidir sobre si querían una república monárquica o una monarquía republicana. No escapaba, al agudo crítico, la comprobación de que no existía incompatibilidad entre la independencia y la monarquía, pero sí entre ésta y la república, salvo que se adoptasen fórmulas poco menos que aberrantes. Por su parte, Simón Bolívar, consecuente con las consideraciones constitucionales que hiciera en su discurso inaugural del II Congreso de Venezuela, reunido en Angostura, el 15 de febrero de 1819, concibió la fórmula constitucional mixta que propuso, el 25 de mayo de 1826, al Congreso Constituyente de la República Bolívar.
De hecho, la república liberal autocrática, surgida de la ruptura selectiva del nexo colonial, estuvo –¿y está?– más cerca de la monarquía absoluta que de la república liberal moderna diseñada por el Congreso general o constituyente reunido en la Villa del Rosario de Cúcuta, y contenida en la Constitución de la República de Colombia, promulgada el 6 de octubre de 1821; dándose cumplimiento con ello a lo establecido en la Ley Fundamental de Colombia, aprobada el 17 de diciembre de 1819 en el Congreso de Venezuela, reunido en Angostura, y ratificada en la Ley Fundamental de la Unión de los Pueblos de Colombia, aprobada por el mismo Congreso constituyente reunido en Cúcuta, y promulgada el 18 de julio de 1821. La aprobación de la Ley Fundamental de Colombia buscó legitimar, sin lograrlo de manera convincente, la invasión del Virreinato de Nueva Granada, al considerarlo parte del nuevo Estado independiente.
La denominada cómodamente Constitución de Cúcuta, vigente en Venezuela hasta 1830, fue jurídica e institucionalmente la primera constitución venezolana efectiva. Marcó una continuidad con los proyectos constitucionales precedentes, pero adaptó, en aspectos cruciales, las galas de la monarquía constitucional contempladas en la Constitución política de la monarquía española, promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812. Quedaron sentadas, de esta manera, algunas de las bases para que funcionase la dinámica de continuidad y ruptura que rigió la que he denominado demolición selectiva de la Monarquía.
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
La crisis de 1808 se gestó en lo colonial interno, como resultado del progresivo agotamiento del proceso de implantación de las nuevas sociedades, en sus dos sentidos, interrelacionados, el espacial y el social. En sentido espacial, por haber menguado, desde finales del siglo XVIII, el establecimiento de núcleos primeros y primarios de implantación que hicieran avanzar la frontera del área implantada. En sentido social, por la incapacidad del régimen socioeconómico colonial para generar factores dinámicos cuyo juego se tradujese en la evolución de la clase dominante colonial hacia su conformación como una burguesía primaria –lo que constituía una meta contemplada en la Constitución de la República de Colombia–. De esta manera, se configuró un área que aún requiere investigación sistemática: la de los fundamentos socioeconómicos de la sociedad colonial venezolana, comenzando por la valoración crítica de la productividad y, sobre todo, de la rentabilidad, de sus bases agropecuarias, aceleradamente agotadas casi desde el inicio de La disputa de la Independencia.
El factor crítico de origen colonial metropolitano se manifestó como la crisis del poder colonial, en el sentido de que el componente criollo de ese poder perdió rápidamente confianza en que el componente metropolitano de éste pudiese continuar cumpliendo, eficazmente, en tan complejo organismo políticoespiritual, su papel de fuente de la legalidad, representada por la Corona, y de la legitimidad, como expresión de la voluntad divina. Quedaría afectado, así, el requisito indispensable para preservar la estructura de poder interna de la sociedad colonial; fundada, en su versión «interna», en la condición del criollo como dominador cautivo, es decir, la de un súbdito cuya identificación –más que subordinación– con la Corona legitimaba la dominación por él ejercida sobre las demás clases y sectores de la sociedad colonial. El tener clara esta correlación parece haber sido determinante en el hecho de que la porción mayoritaria de los criollos venezolanos defendió su privilegiada ubicación en la estructura de poder interna de la sociedad colonial, enfrentándose tanto a los proyectos autonomistas-independentistas, en el seno de la colonia, como a los avances liberalizadores procedentes, primero de la Metrópoli, a partir de 1812, y luego de la República de Colombia, moderna y liberal.
Creo que se ha sobrevalorado el papel de los condicionamientos ideológicos, elaborados y sistemáticos. El estudio crítico de La disputa de la Independencia revela que el verdadero escenario ideológico-social estaba ocupado por las creencias, y que éstas giraban en torno a la conciencia monárquica cristiana católica. Estas consideraciones valen también para las repercusiones de la propia crisis de la Corona, interpretadas en su única expresión, metropolitano-colonial, en el marco de la monarquía colonial americana, que regía la condición genuinamente monárquica de la sociedad colonial. Simón Bolívar, ocupado en justificar su aparatosa derrota en el denominado año terrible, dejó una altisonante constancia de la fortaleza de esta condición de la sociedad colonial en el llamado Manifiesto de Carúpano, fechado el 7 de setiembre de 1814:
«La destrucción de un gobierno, cuyo origen se pierde en la obscuridad de los tiempos: la subversión de principios establecidos: la mutación de costumbres, el trastorno de la opinión, y el establecimiento en fin de la libertad en un país de esclavos, es una obra tan imposible de ejecutar tan súbitamente, que está fuera del alcance de todo poder humano...».
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
La historiografía materialista marxista elemental negó el carácter revolucionario de La disputa de la Independencia. Para este fin incurrió en excesos doctrinarios que aún perduran en la visión de los marxistas arcaizantes. Los expondré muy sumariamente:
a) Abrazó esa historiografía el concepto de que la tradicionalmente denominada guerra de independencia fue una guerra civil, señalado –que no descubierto– por Laureano Vallenilla Lanz. Al hacer esto, tales materialistas marxistas no sólo no advirtieron que toda revolución es, por definición de la lucha de clases, una guerra civil, sino que, lo que resulta más desconcertante aún, pagaron tributo a la historiografía patria, necesitada como estaba de desvincular drásticamente las guerras civiles, auténtica prolongación de la fase inicial de La disputa de la Independencia, pero consideradas no gloriosas, de la sí gloriosa guerra de independencia. No era admisible la semejanza que de otra manera se establecería entre Simón Bolívar y los caudillos abigeos.
b) Imposibilitados tales historiadores para adoptar la tesis de Laureano Vallenilla Lanz –además, por haber sido éste el más destacado teórico de la dictadura del general Juan Vicente Gómez Chacón (1909-1935)–, pero impedidos por razones doctrinarias marxistas para utilizar el concepto de revolución, como también obligados a preservar este concepto de su vulgarización al ser extrapolado para denominar las guerras civiles que sacudieron el siglo XIX y entraron en el XX, los historiadores marxistas primarios utilizaron el concepto de rebelión popular, para contraponerlo al de República mantuana, y explicar así los levantamientos de pardos y esclavos en defensa del nexo colonial, brotados tan pronto fue abolida la monarquía al ser instaurada la república.
c) La persistencia de este enfoque puede apreciarse en el hecho de que un marxista, que fue en lo fundamental crítico y creativo, y nada lego en el estudio de la historiografía venezolana de su tiempo, Rómulo Betancourt, sentenció el 24 de junio de 1945, a tres meses escasos de ascender revolucionariamente al poder: «La independencia se frustró como revolución burguesa y antifeudal precisamente porque la gran propiedad agraria no fue quebrantada en sus propios cimientos, y el latifundio pasó sin solución de continuidad de los terratenientes coloniales a los patricios civiles y caudillos militares de la República». Se reveló, de esta manera, su enfoque de nuestra historia republicana, la secuela de la tesis sobre la revolución agraria antiimperialista, predicada por la III Internacional Comunista, tan combatida por el citado.
De hecho, los observantes del historicismo marxista se basaron, al desconocerle a esa guerra civil el carácter de revolución, en la negación de haber transformado el sistema de producción, particularmente en lo concerniente a la liquidación del latifundismo, como tocaba a una sociedad por ellos clasificada como semicolonial. Esto, pese a que el estudio histórico crítico revela que, como resultado de La disputa de la independencia, ocurrieron resultados y cambios revolucionarios fundamentales, en diversos órdenes, que deben ser apreciados sin rendir tributo a todo inmediatismo, por ser éste esencialmente ahistórico:
a) La disputa de la Independencia significó el fin legal de la esclavitud en Venezuela; primero mediante la prohibición de la trata desde 1810 y luego al abrir el camino hacia la abolición definitiva, pasando por la manumisión, en 1854; es decir, apenas treinta años después de terminada la fase bélica primaria de La disputa de la Independencia (1824) y nueve años después de haber sido reconocida la independencia por nuestra Corona, el 30 de marzo de 1845. Recuérdese que en las colonias de la Francia revolucionaria, la esclavitud, abolida en 1794 y restablecida por Napoleón, fue abolida definitivamente en 1848 (¿?), es decir tan sólo seis años antes que en Venezuela.
b) La abolición definitiva de la monarquía, aun en los términos señalados de guerra esencialmente civil, ¿ocurrió de manera muy diferente en la Francia reconocidamente revolucionaria? ¿No fue, en sí, un hecho revolucionario?
c) El basar la estructura de poder interna de la sociedad no ya en la legalidad y la legitimidad derivadas de la ecuación Rey-Corona-Voluntad Divina, sino en la vigencia procurada de los principios liberales de libertad, seguridad (en el sentido de Estado de derecho), propiedad e igualdad, cual lo hiciera expresamente el Congreso constituyente de la República de Colombia, en 1821, es un hecho revolucionario de orden mayor, que forzaba la conversión del súbdito en ciudadano.
d) El diseño y montaje de una república moderna liberal, asociada con la búsqueda institucionalizada de una articulación modernizadora con el sistema capitalista en fase de formación-expansión, buscaba abrir la senda hacia la formación y el desarrollo de la burguesía –mediante la recuperación de la vigencia del derecho de propiedad y la liberación del comercio, la creación de las condiciones para el desenvolvimiento de la economía y la promoción de la empresa privada moderna–, clase que recibió en el Manifiesto comunista de 1848 la siguiente mención: «La burguesía ha jugado en la Historia un papel altamente revolucionario» (I. Burgueses y proletarios).
e) La separación del Estado y de la Iglesia cristiana católica y el establecimiento del Estado laico como principio rector de las relaciones del ciudadano con la esfera de lo religioso fueron función de la subordinación institucional de la Iglesia al poder republicano, del desmantelamiento de su poder socioeconómico y de su puesta, como institución, al servicio de las políticas liberales, particularmente en la educación.
En cuanto a la continuidad respecto al erróneamente denominado Antiguo Régimen –prefiero hablar de continuidad de la sociedad colonial en el planteamiento constitucional y la institucionalización del régimen sociopolítico republicano–, ésta fue resultado ineludible de la acción de tres factores que conformaron la que he denominado abolición selectiva de la monarquía, determinada, sobre todo, por la urgente necesidad de restablecer la estructura de poder interna de la sociedad. Este proceso fue particularmente visible en los siguientes aspectos:
Pulsuz fraqment bitdi.