Kitabı oxu: «Libertad»
Libertad
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© Editorial LxL 2020
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: mayo 2020
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-17763-85-5
Impreso en España - Printed in Spain
Libertad
Antología solidaria por la lucha contra el COVID-19
Índice
Prólogo
El fin del fin del mundo
A. Oser
Un motivo para vivir
Angy Skay
¿Qué quieres de mí?
Bárbara Bouzas
Liberi
Cristina Fernández
Mi libertad es tenerte
Dani Padilla
El enigma de la luz
Davinia Váfer
Libertad, ese ave Fénix
El Vecino del Ático
Yo, tan libre
Felicitas Rebaque
La fuerza del deseo
Jennifer Palau
Alma
Jorge Daza
Yesenia y el Vampiro
Kely Vargas
Ya estoy aquí, vida mía
Luis M Torrecilla
Libertad… Esa palabra
María G. Vicent
El precio de la libertad
María M. Villén
La llamada del bosque
Mavi Govoy
La vida comedia
Miguel Ángel Rincón
El destino de Delia
Nadia Noor
Rompiendo cadenas
Noelia Medina
Tres mil seiscientos cincuenta pasos
Rosario Rodilana
El juguete roto
Rubén Montero
Un viaje en el tiempo
Samuel Giménez
Cruzando el puente
Shia Arbulú
La torre dorada
SJ Fravelia
Prólogo
Empezaremos contando lo más importante.
Esta antología tiene el principal objetivo de recaudar fondos que irán destinados íntegramente a Diocesana Cáritas de Almería, quienes, en este momento, ayudan a las familias más vulnerables ante la crisis causada por el COVID-19. Gracias, lector. Porque si estás leyendo estas páginas, tú también estás ayudándolas.
Nuestro segundo objetivo es que esa ayuda llegue en forma de lectura, de aprendizaje y positivismo.
Solo basta con arrebatarnos algo para desearlo con ansia, y es exactamente eso lo que está haciendo la vida en estos momentos: coger a la libertad con una mano y cerrar el puño para que la sintamos inalcanzable. Llegará de nuevo, claro que llegará. Pero ya nunca la verás de la misma manera.
No queremos alargarnos, no estamos aquí para definir nuestro concepto de libertad. Hemos venido a presentaros a veintitrés almas que sí lo harán. Veintitrés autores que no han dudado en participar, aunque fuera un proyecto apresurado y con poco margen. Camuflados en pequeñas historias de diferentes géneros, han querido sacar de este difícil momento un mensaje positivo.
Ellos, al igual que tú, están cansados del encierro. Pero existe un sitio sin puertas, sin barreras y sin cadenas, donde puede ocurrir cualquier cosa. Donde nos atrevemos a todo y los miedos desaparecen para dejarle paso a la valentía.
Existe un único lugar, llamado mente, donde somos completamente libres.
Veintitrés mentes, muy diferentes entre sí, te abren sus puertas y, con ello, te invitan a saborear el placer de la liberación.
No nos demoremos más.
Pasa, pasa…
Editorial Lxl
El fin del fin del mundo
A. Oser

Riskur era un transportista metánico que se disponía a tomar la ruta transcósmica 3/12, la que está junto a la nebulosa de andrímedes. El camino estaba desierto y, frente al portal, había una nave de la Patrulla de Control Intergaláctica bloqueando el paso. Entonces se sincronizaron los canales de comunicación entre ambas embarcaciones y uno de los agentes comenzó a hablar.
—¿Adónde cree que va? —le preguntó.
—Me dirijo a entregar mi carga —se explicó Riskur—. Voy hasta arriba de conductor electrocognitivo. Ya sabe, esos seres luminiscentes del universo doce se pirran por una buena mena de mineral psicosensible. Me esperan en el sector siete y voy un poco apurado de tiempo, así que…
—¿No sabe que estamos en cuarentena?
—¿Disculpe?
—Ya sabe, por todo ese jaleo de la gripe cuántica. Va dando saltos de una galaxia a otra y ya ha afectado a un gran número de poblaciones del universo. ¿No escucha el boletín imperial o qué?
—La verdad es que llevo varios ciclos surcando el espacio y no he prestado atención a las noticias. Los transportistas somos como autómatas ausentes.
En realidad lo que sucedía es que había discutido con su pareja. Ya habían pasado varios días estelares de aquello, pero después de su berrinche infantil decidió desconectar su fonovisor cosmotelemático y se había mantenido aislado para no tener que hablar con ella.
—Pues se han cerrado todas las rutas comerciales con otros universos. Tendrá que entregar su carga cuando todo acabe. Le aconsejo que vuelva a su planeta lo antes posible y no salga de él.
La frustración se abrió camino a través de la mente del bueno de Riskur. Había invertido mucho tiempo en hacer el viaje y si no podía realizar la entrega perdería demasiado dinero. Discutió un buen rato con los agentes, intentando convencerles de que aquello sería su ruina. Ellos permanecieron inflexibles y le explicaron que se trataba de una situación excepcional. «No podemos hacer nada —dijeron—, imagina que eres portador del virus y acaba expandiéndose a un nuevo universo».
Cuando se cansó, dio media vuelta e inició el regreso a casa con resignación.
Se sentía el ser más desdichado del multiverso. Entonces se acordó de ella y pasó a sentirse el ser más preocupado del multiverso. Conectó su fonovisor cosmotelemático a toda prisa y la llamó. Solo quería preguntarle si se encontraba bien. Dejaría de lado todas esas gilipolleces sin importancia que le hacían enojar y, si tenía que quedarse en su hogar una temporada, lo aprovecharía para pasar tiempo con ella.
Riskur se perdía ya en la inmensidad sideral y los agentes de la PCI se sintieron satisfechos. Habían evitado una posible expansión del virus. Sin embargo, no podían imaginarse que sus esfuerzos serían en vano y que, en aquel mismo instante, ese virus de origen terrícola estaba mutando de nuevo.
Ya lo hizo una vez para escapar de la Tierra y colonizar el cosmos. En esta ocasión no solo sería capaz de dar saltos a través del espacio, sino que también lo haría a través del tiempo e incluso entre diferentes realidades.
Así que uno de esos malvados viriones tomó un agujero de gusano autoinducido y llegó al reino de Gilford.
A las afueras de la Gran Ciudad Amurallada vivía Esteimur, un experto controlador de plagas. Su principal fuente de ingresos eran los trabajillos que hacía a sus vecinos cuando alguna alimaña se metía en sus territorios. Había muchos trolls, goblins, lobos huargos y ogros que se las daban de listillos. Destrozaban los campos, atemorizaban a los viajeros y robaban en las posadas. En fin, estaban hundiendo el motor turístico que tanto les había costado arrancar en aquella zona rural, así que alguien tenía que hacerlo. Dar caza y pasar por la espada a semejantes bestias no era precisamente un camino de rosas, pero nadie le dijo a Esteimur que ser exterminador en un mundo de fantasía medieval fuera fácil.
Aquel día, Esteimur recibió una paloma mensajera con membrete y sello real.
Gilfordenses, estamos en una situación de alarma. Mucha gente está muriendo. Desconocemos el origen y la naturaleza de este mal, pero todo parece apuntar a que se trata de la magia de un poderoso hechicero. Lo que está claro es que, sea lo que sea, es muy contagioso. Se recomienda evitar el contacto con toda persona, de modo que por orden de Maximiliano iv, Rey de Gilford, todo ciudadano debe permanecer confinado en su hogar hasta nuevo aviso.
Varios días atrás comenzaron a circular rumores. Los enanos de las montañas se habían encerrado a cal y canto en sus galerías subterráneas. Los elfos subieron a las copas de los árboles más altos y no tenían previsto bajar en una buena temporada. Incluso los orcos habían retrocedido hacia los pantanales del oeste. Decían que sus ejércitos se movían en formación amplia, dejando más de dos metros entre un orco y otro, y que, cuando uno se acercaba más de la cuenta, los demás gritaban, recriminándole que no estaba respetando la distancia de seguridad.
Esteimur pensó que todo era un bulo, pero, por si las moscas, optó por aprovisionarse bien y ahora se alegraba de ello. Hizo la compra en el mercado del pueblo un par de días atrás y tenía la despensa llena de harina, levadura, salazones de carne y pescado, barricas de cerveza y un tipo de compuesto celulósico algo tosco al que llamaban papel del culo. Lo sé, eran una sociedad medieval, pero de las más pulcras de todas la que se tienen registros. En fin, tenía todo lo que necesitaba para sobrevivir a varias estaciones.
Lo peor se vería reflejado en su economía. No había ningún gremio de exterminadores que lo respaldara. Él era un trabajador autónomo y no ganaría ni una sola moneda de plata mientras durara aquello. Tendría que fastidiarse, pero al menos tendría ocasión para hacer lo que siempre deseó pero que nunca pudo por falta de tiempo: aprender a tocar el laúd de su padre.
Y, mientras todo eso sucedía, nosotros seguíamos en la Tierra encerrados en nuestras casas, esperando a que todo pasara. Al igual que Riskur y Esteimur, cada uno buscaba dentro de sí sus anhelos más profundos. Nos preguntamos cosas que jamás nos atrevimos a preguntar, exploramos zonas que no sabíamos ni que existían y llegamos a conocernos mejor a nosotros mismos.
Siempre hay luz al final del túnel y, para seguir adelante, solo tenemos que ir hacia ella. A no ser que estés muriéndote, claro, en ese caso harías bien en evitarla. Lo que quiero decir es que al final todo se solucionó y la epidemia llegó a su fin. Riskur arregló su relación y pudo llevar el cargamento al universo 12. Esteimur pudo volver a trabajar, pero decidió dejar el mundo del exterminio para dedicarse a dar conciertos. En muy poco tiempo, se convirtió en uno de los laudistas más prestigiosos del reino.
En cuanto a los terrícolas, pudimos seguir con nuestras vidas. Fue complicado y tuvimos que adaptarnos, pero lo conseguimos. El fin del mundo se terminó.
Adonde quiero llegar es a que entiendas que se puede ser libre de muchas maneras. Toda aquella introspección nos hizo libres dentro de las fronteras de nuestro ser y entendimos que la libertad más pura a la que podemos aspirar está dentro de nosotros mismos. ¿Comprendes lo que te digo? Esa es la moraleja de esta historia.
Su nieta lo observaba con una mirada de reproche. Frunció el ceño, negó con la cabeza y le soltó:
—Está bien, abuelo. Si no quieres llevarme al parque dímelo, pero no me vengas con historietas.
Luego se perdió por el pasillo y se encerró en su habitación, dando un portazo de indignación tras ella.
Un motivo para vivir
Angy Skay

Libertad
que te busco y no te encuentro
yo no sé dónde andarás,
préstame tus alas blancas
para que pueda volar,
quiero decirle te quiero,
a quien me quiere de verdad.
Haze
Nunca nos detenemos a meditar sobre lo que significa la libertad. Nunca, hasta que no la tenemos. Hasta que nos la quitan, nos la arrancan sin compasión. Hasta que nos vemos encerrados en una rutina y todo se nos tuerce. Hasta que no sabemos qué hacer ni a quién acudir porque nos damos cuenta de que, en los momentos malos, en realidad, estamos solos. La mayoría de las veces nadie se acuerda de preguntar por qué o cómo ha pasado, y los problemas los carga uno en su espalda sin ayuda de nadie.
Sin palabras de consuelo por parte de nadie.
Sentado en el mármol de un enorme ventanal, Manuel contemplaba las densas gotas que se clavaban en el cristal como enormes puñales. Como los puñales que él llevaba sintiendo desde hacía veintiséis días.
El motivo era, sencillamente, cuanto menos, entendible. Había sido padre de una preciosa niña prematura y, con todo lo que llevaba acarreado de médicos, informes y rezos para que la vida de su hija se salvase, había tenido que aguantar el abandono de su mujer en cuanto dio a luz, sin justificación. Y el desamparo de su familia, que durante toda la vida lo había ninguneado y maltratado psicológicamente.
«No sirves para nada. Eres un imbécil», le había dicho con mucho inri su madre al enterarse del pronto nacimiento y la huida de su mujer, como si la culpa hubiese sido suya. Como si él hubiese decidido su destino. Recordó los cabeceos de su padre. Un hombre marcado por el campo, de gestos serios y duros, que nunca lo había querido por ser el hijo inesperado en una familia de seis hermanos. El más pequeño, al que todos habían ignorado. Con el que nunca jugaron y al que siempre abandonaron.
«Si haces lo mismo que tu mujer, te quitarás un cargo de encima. Vete. Abandona a tu hija. Tú no sabrás cuidarla», le había dicho uno de sus hermanos mayores al enterarse de la noticia.
Manuel negó con la cabeza ante tales pensamientos. ¿De verdad alguien podía pensar que sería capaz de abandonarla en aquel hospital? ¿De verdad creían que olvidaría que una pequeña criaturita estaba luchando por su vida? ¿Esperando que él la quisiese?
Durante muchos días estuvo hundido, sin rumbo. Sin saber qué camino coger o cómo solucionar las cosas. Buscando un motivo para vivir.
Y lo encontró en su bebé.
Había dado un paso muy grande y, el primero de todos, fue hacerse cargo íntegro de la custodia de su hija, previniendo y encargándose de verificar que en un futuro la fugada madre no reclamase su derecho como tal. En los siguientes días, y tras haber tenido aquella conversación tan desconcertante con su familia, había optado por poner punto final a la relación con ella. Vendió su casa y se preocupó por cambiar de aires y buscarse algo adaptado para ellos dos.
Para él y su preciosa guerrera.
Pero su vida daría un giro muy inesperado esa misma mañana, después de la motivación diaria que le aportaba aquella hermosa pequeña llena de cables.
Traspasó las puertas de la uci, como todos los días desde que nació, y esperó a que la doctora apareciese para decirle los avances de esa noche. El hecho de poder estar con ella a todas horas lo impacientaba y llenaba de desespero. ¿Cómo sería tenerla en brazos? ¿Cómo sería que dependiera de él? Tenía tantas ganas, tanta necesidad de estar a su lado, que no le veía el fin a los días y, a cada segundo, más cuesta arriba se le hacía ver el final del túnel.
—Señor, esta mañana no tenemos muy buenas noticias. El ducto no termina de cerrársele y nos vemos obligados a trasladar a su hija a otro hospital para que sea intervenida de inmediato. —La cara de Manuel cambió de manera drástica y la pena se apoderó de él. No llegó a poder preguntarle qué ocurriría, pues la doctora se adelantó—: Como en todas las operaciones, corremos muchos riesgos, pero…, sabe usted que su hija es muy pequeña y que cualquier complicación en el quirófano puede provocarle la muerte.
Notó que se ahogaba, que la sangre no llegaba a su cabeza, que no podía respirar. Los ojos se le nublaron tanto que pensó que de un momento a otro perdería la consciencia y caería desplomado al suelo.
Elevó su mano hasta la pared y se mantuvo firme en ella, tratando de que las piernas no le fallaran más. De no derrumbarse. Sintió que el aire no quería llegar, que no alcanzaba sus pulmones y, con los ojos llorosos, consiguió preguntarle:
—¿Cuándo?
—Mañana. Tranquilo, casi todas las operaciones son favorables, pero me veo en la obligación de comunicarle los inconvenientes que pueden producirse.
Ella tocó su brazo con afecto. Con un tacto que jamás había sentido y, calmándolo todo lo que pudo, lo invitó a entrar en la sala.
Allí, en la misma incubadora, estaba Esperanza. Así había decido llamarla porque ella sería su impulso para seguir viviendo. La esperanza que él necesitaba.
Posó su mano con cautela sobre el cristal y sonrió con tristeza al verla moverse. Los médicos de la sala lo contemplaban, con seguridad, siendo conocedores de lo que la doctora le había comunicado, y no le pasaron desapercibidas las miradas de lástima por parte de todos.
No quería que nadie sintiese pena por él. Manuel lo único que deseaba era llevarse a su hija de aquel hospital y alejarla lo máximo de allí. Quería cuidarla, mimarla y darle todo el amor del mundo. ¿Por qué Dios le ponía aquellos impedimentos? ¿Qué había hecho él en la vida para merecérselo?
Sencillamente: nada. Nada, porque había acatado las órdenes de su familia desde que nació. Nada, porque no le había llevado la contraria a la que había sido su mujer jamás. Al revés, se consideraba un calzonazos, y lo sabía. Él y todo el que lo conocía. Había sido manejado por todo el mundo y, ahora que estaba en su mano cambiar eso, ahora que podía empezar de cero y ser quien tomara las riendas de su vida, la misma le daba una bofetada y lo tiraba de espaldas, otra vez.
Introdujo una de sus manos por los redondeles de la parte izquierda de la incubadora, llegando a la manita de su niña. La tocó con los ojos emborronados y se preguntó si ella sentiría lo mucho que la amaba desde aquel cristal. Era perfecta. Una muñeca blanquita con unos deditos tan pequeñitos, que sentía unos impulsos horribles por poder achucharla y besarla.
Esa tarde tendría otro rato de «canguro». Así lo llamaban en el hospital. La jornada se hacía para que los bebés sintiesen el calor de sus padres y, de esa forma, poder estar con ellos durante unas horas. Todas las que él no podía estar allí porque no se lo permitían.
Y qué malo era para Manuel cada vez que tenía que mirarla por última vez y debía de salir por la puerta de la uci, pensando en si esa noche una llamada destrozaría su vida para siempre, en si su niña había pasado la noche bien o en si había alguna complicación nueva.
Nunca había sido creyente, pero desde que la pequeña llegó al mundo, se había aprendido todas las oraciones habidas y por haber. Qué retorcidas éramos las personas cuando se trataba de buscar fe de cualquier manera y, aunque él sabía que eso no era del todo correcto, nada podía frenarlo cuando en el silencio de la noche, mientras se ahogaba con sus lágrimas, lo único que era capaz de pedir era «Dios míos, sálvala».
La ansiada mañana había llegado y Manuel tuvo que desplazarse hacia otra provincia con lo puesto y sin tiempo que perder, pues esa noche no había conseguido pegar ojo.
Llegó a un enorme hospital, mucho más grande que el anterior, y aparcó el coche a toda prisa para llegar a las puertas de urgencias por donde Esperanza sería hospitalizada y llevaba a la planta superior.
Le ofrecieron sentarse en una sala diminuta de espera. La operación sería en unas horas y Manuel estaba de los nervios. Esa noche tendría que dormir en el coche porque, según le habían informado, como no tenía lactancia, no tenía derecho a solicitar una de las habitaciones de un albergue donde se quedaban los padres de los bebés trasladados de otras provincias. Todo muy ilógico, pensó. Él no podía darle de mamar a su hija, pero era su padre.
La única persona que su hija tenía en el mundo.
Y no tenía derecho a nada. Ni a dormir en una cama, ni a una comida gratuita en el hospital ni a una simple botella de agua. Todo lo que sí les daban a las madres. ¿Por qué? Nadie lo sabía, pero estaba claro que era una injusticia en toda regla.
—¿Le apetece un café?
Tenía los codos apoyados en las rodillas y las palmas de las manos pegadas, como si estuviese rezando. Y, mentalmente, lo hacía. Elevó sus ojos al escuchar aquella voz femenina que no reconoció, pensándose que era una enfermera. Raro, aunque fue lo que le pasó por la mente.
Al provocar ese movimiento, se encontró con la miranda profunda y azul de una mujer sin uniforme. Entrecerró los ojos y negó con la cabeza sin hablar. No deseaba que nadie lo molestase y no quería deberle nada a nadie. Ya había aprendido demasiado bien sobre las personas. Sobre la vida, a fin de cuentas.
—Le quedan unas cuantas horas para que su hija salga de quirófano. Más las horas que tendrá que estar despierto esta noche con la recuperación. Hágame caso, tómese un café.
—¿Cómo sabe usted lo que le pasa a mi hija? —le preguntó alzando una ceja.
La mujer era muy bella. De largos cabellos rojizos, ojos tan claros que traspasaban con solo mirarla y una deslumbrante sonrisa en sus labios. Nada que ver con la cara que debería tener Manuel en aquel instante.
Ella se sentó a su lado en el sofá negro, hundido por la cantidad de pacientes que había pasado por allí. Suspiró y volvió su rostro para enfocarlo. No supo por qué, pero en ese instante él sintió algo en el pecho que jamás había notado. Algo como la falta de aire al conocer a una persona.
—Mi hijo también ha sido operado del ducto. Ayer. Ya está bien. Y he oído a la enfermera hablar antes… —Pareció avergonzarse—. He escuchado que es de la misma ciudad que yo, y he pensado que ¡menuda coincidencia! —Sonrió, pero Manuel no lo hizo y se sonrojó—. Disculpe si le he ofendido. Solo quería distraerlo un poco…
Manuel notó sus nervios cuando la mujer ya se levantaba y, sin saber qué lo impulsó a hacerlo, elevó su mano y rozó la de ella sintiendo un extenso calambrazo. Los dos sonrieron de manera cautelosa.
—Me llamo Manuel. No me tutees, por favor. Discúlpame tú. Estoy muy nervioso y no sé siquiera si podré tomarme ese café.
—Yo me llamo Elena. No te preocupes, te entiendo. Ayer estuve todo el día sola y me comían los nervios.
—¿Y su marido? —se atrevió a preguntarle. Ella negó con la cabeza y un gesto serio—. Oh, perdóneme.
—No. Tranquilo. Soy madre soltera y muy orgullosa. ¿Su mujer? —Ahora el que negó fue Manuel y ella se sonrojó de nuevo—. Vaya, veo que esta conversación va a estar llena de disculpas.
Esa vez los dos rieron con sinceridad y, durante horas, conversaron sin darse cuenta de que el tiempo transcurría. Al final, ese café lo tomaron en la misma puerta de la uci, esperando noticias cuando la hija de Manuel fue a quirófano y, por primera vez en la vida, tuvo a alguien en los momentos más duros.
En los que más necesitaba.
Unas horas más tarde, el cardiólogo al cargo de la operación apareció sin que Manuel se diese cuenta de que el tiempo había transcurrido más rápido de lo normal y, con el corazón en un puño, recibió una enorme sonrisa que le indicó que su hija estaba sana y salva. La mano de Elena paseó por su hombro con mimo y él le devolvió una sonrisa junto con unas lágrimas de felicidad que ni pudo ni quiso retener.
—Ahora tenemos una estupenda noche en vela para ponernos al día en la sala de espera —informó ella con tono bromista.
Manuel tomó una gran bocanada de aire y, siendo consciente de que lo peor pasaría en unas horas, se sintió liberado al saber que podría empezar de cero de verdad.
Sin obstáculos.
Sin barreras.
Con su bebé.
Con Esperanza y, quién sabía, tal vez con alguna sorpresa más después de aquella noche de confesiones.
¿Qué quieres de mí?
Bárbara Bouzas

—¿Estás bien, cielo? —quiso saber mi madre, mirándome preocupada.
Estaba perdida en mis pensamientos mientras removía el colacao sin mucho ánimo.
—Sí, sí. —Me detuve y la miré con una pequeña sonrisa.
—¿Otra vez? —me preguntó dejando la loza a medio lavar para sentarse conmigo a la mesa. Asentí—. ¿Qué ha sido esta vez?
Llevaba soñando desde hacía una semana, aunque más que sueños podría llamarlas pesadillas. Era como si sufriese lo que estaba ocurriendo en la piel de los protagonistas, pero sin ser yo. Lo veía desde fuera. Algo raro que nunca me había sucedido y que me dejaba el cuerpo abatido y la mente embotada. Sabía que tenían un significado, que todas esas personas que se presentaban en mis sueños querían algo. El problema era que no averiguaba el qué.
Le conté a mi madre la última que había tenido:
Podía ver desde lo alto a un niño pequeño, muy pequeño, de unos tres años. Vivía en una zona de lo más pobre. El niño, con unos hermosos rizos negros, con su piel oscura y un pañal de tela, no dejaba de llorar sentado en una esquina de su caseta. Su madre no le prestaba atención. No era que la mujer no quisiera, sino que no podía. Estaba preparando un matute con pocas cosas. Al acabar, cogió al crío en brazos e intentó tranquilizarlo para que no hiciese ruido. Se quedó en silencio, pero las lágrimas seguían rodando por sus mejillas mientras su madre se aseguraba de que no había nadie y podían salir.
Yo podía sentir el miedo del niño, su angustia, su tristeza, y también podía percibir la de la madre.
Comenzó a caminar deprisa mirando hacia todos lados.
La poca gente que había por la calle andaba aprisa y sin dejar de mirar a sus espaldas. Cerca, muy cerca, se escuchó un fuerte ruido seguido de gritos. Un edificio se desplomaba. Al rebote de las piedras al caer, le siguieron los disparos, las órdenes y más gritos.
La mamá con el niño en brazos no dejó de correr mientras apretaba la cabeza del pequeño contra su pecho para menguar los terribles sonidos.
El pequeño no me hablaba, pero sabía que quería algo de mí. Lo sentía. Lo veía en su mirada. ¿Qué podía hacer yo en una guerra? ¿Qué querría de mí?
—Solo ha sido un sueño —me animó mi madre—. Todos soñamos, no hay nada de malo en ello.
—Es diferente, mamá, no es un sueño normal. Es como… Quieren algo. estoy segura de ello. Y no sé lo que es.
Me levanté y me fui al sofá, puse la música muy bajita, me recosté y comencé a pensar.
El primer sueño había sido el lunes: un pájaro en una jaula, un pez en un acuario, un perro atado a una cadena, insectos en un tarro, un gato encerrado en una casa… Sentí su profunda tristeza, la de cada uno de ellos, aunque también su desesperanza. Estaban resignados a pasar el resto de sus vidas atados o encerrados, escuchando a sus dueños hablar o divertirse sin que ellos formasen parte de ese ambiente.
Era algo normal. Los niños suelen coger insectos para jugar con ellos, los encierran en un tarro o los meten en una cajita y así tienen otro entretenimiento. Muchos dueños atan a sus perros en la puerta para que no se escapen, y no lo vemos mal, exceptuando algunos casos de maltrato. Pero no era lo que yo había vivido en el sueño. Era un perro normal al que no maltrataban, sino al que mostraban indiferencia. Ese era su sitio. Muchos peces pasan sus vidas en acuarios como objeto de adorno de las casas, y también nos parece completamente normal. Incluso algunos los calificamos de preciosos. ¿Los gatos? Pues muchos viven en casas y nunca salen, hacen sus necesidades en un arenero y juegan con bolas de lana.
Todas eran situaciones cotidianas, o al menos, no veía nada anormal excepto sus sensaciones. Y lo que sentían era horrible. Vivirlo en sus pieles fue muy duro. Esa tristeza, resignación, desesperanza, esas ganas de correr, de saltar, de vivir sabiendo que nunca lo harían…
El martes soñé con una chica de la edad media. Parecía que lo tenía todo: era bonita, pertenecía a familia noble muy poderosa e iba a casarse con un apuesto hombre. Sin embargo, lloraba cada vez que lo veía, cada vez que le hablaba, cada vez que escuchaba decir a su alrededor lo afortunada que era. No estaba enamorada de él, amaba a otro chico. Lo supe cuando la vi acercarse al mozo de cuadras para cederle el caballo que iba a montar. Se miraban con profundidad, intentando decirse muchas cosas y sin poder comunicarse.
Antiguamente, era una situación típica, nadie lo veía mal. La gente estaba acostumbrada a que le eligieran el tipo de vida que llevarían, pudiendo no estar de acuerdo, aunque resignándose a hacer lo que se esperaba de ellos.
El siguiente, el miércoles, fue el de una chica bastante joven que trabajaba en un bar más horas de las que debía. Cada día, les servía las bebidas a sus amigos y veía cómo después se iban de fiesta, a la playa, a pasear… mientras ella se quedaba doblando el turno para ayudar a su madre a pagar las facturas. No se quejaba, no estaba enfadada; simplemente añoraba lo que ellos tenían. Esa era su vida. Algo dura, sí, aunque no quitaba que fuera feliz. Pero no era la felicidad que buscaba.
Ese tipo de situaciones se daba mucho en las familias con pocos recursos. Los hijos debían ayudar a sus padres, y que lo hicieran no era algo malo. Lo malo era no tener ningún día para ella, para disfrutar, para pasear, jugar o descansar.
Le siguió el sueño de una niña pequeña. Tendría unos seis años. Miraba por la ventana con nostalgia. Era el cuarto día que le preguntaba a su madre si podrían ir a la playa y recibía la misma respuesta. «No». Su madre no podía llevarla porque trabajaba doce horas diarias para sacarla adelante. Mientras lo hacía, una vecina muy mayor la cuidaba, aunque no podía salir con ella a jugar, llevarla al parque y, mucho menos, a la playa. La niña se entretenía en casa con sus juguetes, sin embargo, todo cansa, y ella, como cualquier otra niña, acababa aburriéndose.
Observaba el exterior recordando las pocas veces que había ido a la playa o los pocos días que su madre podía llevarla a dar una vuelta en la bici. Lo hacía con tristeza y felicidad, esperando que pronto tuviera unas horas para acompañarla.
Era increíble la dicha que sentía la niña al recordarse jugando con las olas o disfrutando del viento en la cara cuando montaba en bici.
Yo no podía entenderla, porque iba a la playa cuando me placía. De pequeña iba al parque a diario, incluso dos o tres veces si me apetecía, y mi madre salía conmigo a caminar o en bici, excepto los días que llovía, que la bici se quedaba en casa y mamá y yo jugábamos a pisar los charcos. Eran situaciones cotidianas a las que no les dábamos importancia. Era lo normal, lo que la gente hacíamos a diario. Aunque, al parecer, no todo el mundo era tan privilegiado.
Después vino el de una mujer de unos cincuenta años. Parecía sumisa y callada, pero cuando la puerta de su casa se abrió, el miedo que la inundó no dejó espacio para nada más. El corazón se le aceleró a medida que las pisadas se acercaban.
Sirvió la cena de forma apurada y, sin querer, tiró un vaso que se hizo añicos por el suelo. Sin decir una palabra, su marido entró y la agarró por el cuello. Comenzó a gritarle y la empujó de forma brusca contra la encimera de la cocina. Al momento se tapó la cara con las manos y se hizo una bola en el suelo, esperando. Los golpes e insultos no tardaron en llegar. Sin remordimientos, sin miedo de lastimarla, le propinaba un golpe después de otro, como si su mujer fuera un saco de boxeo causante de toda su ira.
Notaba su dolor, la desesperación y, sobre todo, el miedo.
Solo murmuraba pidiendo que acabara ya.
Sin duda, no era una situación normal, no tenía nada que ver con las anteriores. La violencia de género no debía existir, todo el mundo lo sabía, y la mayoría estaba en contra de ello. Pero, por desgracia, era algo que existía en abundancia y estábamos hechos a esas situaciones. Cada vez que informaban en la tele de un nuevo caso, otra mujer muerta o maltratada, pensábamos que pobre mujer, si no podía hacerse algo más, si no podía haberlo dejado antes, cómo aguantaba eso… Todos lo lamentamos, nos daba pena y rabia, pero la vida de cada uno continuaba.
¿Qué podría querer esa mujer de mí? ¿Qué buscaría?
El viernes, soñé con un hombre alcohólico. Su vida se resumía en una botella detrás de otra hasta que caía en la inconsciencia. Cuando eso sucedía, el remordimiento y el pesar ocupaban su mente. No valoraba la opción de dejarlo ni de otra vida, sin embargo, sentí que no era feliz y que aquello no era lo que quería para sí.
No era una situación normal, ni mucho menos agradable. Unos dirían que era un borracho, algo que el mismo se había buscado, que no debería beber tanto, que debería dejarlo. Otros irían más allá: que se merecía lo que tenía, que él mismo se lo había buscado y que, si quisiera, terminaría con el vicio. Que le había estropeado la vida a su mujer, a sus hijos o a sus familiares.
Yo no sabía qué pensar. Puede que todas esas opiniones se pasearan por mi mente si no hubiera sentido lo mismo que él. No era quién para juzgar su comportamiento, para hacer conjeturas de cómo y por qué había llegado a eso o de lo qué debería hacer para salir. Estaba lejos de dar un consejo así, cuando había sentido su inseguridad, su infelicidad, su resignación, su pesar, su odio a sí mismo. Pero ¿qué podría hacer yo por él? Nunca había lidiado con una situación parecida.
Me desperté más agotada que nunca, como si hubiera corrido sin parar durante horas, pero mi mente estaba tranquila porque había descubierto lo que querían, lo había hecho y había salvado a todos esas personas. No había abierto jaulas, roto cadenas, trabajado por la mamá para que llevase a la niña a la playa ni cubierto el turno de la chica para que saliera con sus amigos, mucho menos había combatido un ejército o arrojado botellas de alcohol a la basura para llevar al señor a un centro. Lo único que había hecho había sido tocar con mi mano a cada uno de ellos. Eso bastó para que volvieran a sentirse felices y dichosos.
Bajé las escaleras de dos en dos llamando a mi madre.
—¿Qué ocurre? —me preguntó preocupada.
—Lo he conseguido, mamá, he descubierto qué era lo que querían todas esas personas.
—¿De qué hablas? ¿Has soñado otra vez?
—Sí. Pero esta vez ha sido diferente. Ya sé lo que querían y les he ayudado.
—Pero ¿qué iban a querer de ti? No tiene sentido. ¿Qué podrías hacer tú por esas personas tan diferentes entre sí? —dijo mi madre, como si me hubiese vuelto loca.
—Todos querían lo mismo: necesitaban ayuda —le expliqué con énfasis y emoción.
—¿Cómo ibas a poder ayudarlos tú, Libertad?
Liberi
Cristina Fernández

«Liberi» significa libre en latín. Lo recordaba de las clases de bachillerato, antes de hacer la carrera de magisterio para ser profesora de historia, como siempre soñó. Ese era uno de los pensamientos que iban y venían mientras caminaba de manera casi autómata y tranquila, preguntándose cómo había llegado a aquella situación. La brisa primaveral retiraba el pelo cobrizo de su rostro, compungido pero a la vez sereno. ¿Sabría vivir así?
Al pasar por al lado del parque de la Ciutadela, recordó cómo Albert la había llevado algunos años atrás a dar un paseo en una de las bonitas barcas de lago para, cuando estuvieran en el centro, pedirle matrimonio.
El sol de aquel día era cegador, y recordó cómo su propia sonrisa brillaba más que el mismísimo sol.
Albert era todo lo que siempre había soñado: un hombre trabajador, bueno, muy guapo, sociable, y que la quería sobre todas las cosas. La quería tanto, que le repetía una y otra vez que era suya.
La amaba tanto, que solo la quería para sí.
O, al menos, eso pensaba.
Perdida en sus propios recuerdos, seguía paseando, recorriendo un camino sin rumbo, del mismo modo en que lo hacía con sus pensamientos.
Le vino a la cabeza aquel día, cuando se lo presentó a su prima, parte de su pequeña y única familia, ya que no tenía padres y fue criada por sus tíos maternos. Su prima Gema saltó de alegría al conocer a Albert por lo que aquello significaba: que Yaiza había encontrado el amor. O eso pensaba.
Pero es que Albert se mostraba siempre tan correcto, tan encantador, tan enamorado… Siempre haciéndole arrumacos a su preciosa esposa, Yaiza, una chica diez años más joven que él. Con el pelo cobrizo y los ojos del color del mar que le cautivaron desde el primer momento en el que la vio. Además, su tío y tía estaban encantados con él, ya que, además de educado, gracioso y guapo, era arquitecto. Se ganaba la vida muy bien y podía darle a Yaiza una cómoda vida.
Nadie sospechaba que bajo la fachada de aquel guapo y perfecto enamorado había un carcelero, un juez y un cruel verdugo para ella.
Las lágrimas inundaron sus ojos, pero ella las mantuvo a raya. Estaba acostumbrada a disimular el dolor.
Recordó la primera vez. Esa fatídica noche en la que Albert se quitó la máscara de buen hombre. Él se había retrasado horas en llegar a casa. Yaiza le había mensajeado, llamado, buscado por la oficina, sin ningún resultado.
¿Y si le había pasado algo? Ese era el pensamiento que se le cruzaba en la mente y hacía que sintiera una opresión en el pecho sin que esta le dejara respirar con normalidad.
Estaba llamando a emergencias para denunciar su desaparición, ya que era más de medianoche y no sabía nada de su marido. Fue entonces cuando oyó cómo abrían la puerta. Colgó el teléfono sin darle ningún dato a la operadora.
—¿Dónde has estado? —le preguntó Yaiza al acercarse a él, amorosa, pensando, equivocada, que algo le había pasado para producir ese retraso.
Albert levantó la mirada y clavó los ojos en ella. Esos ojos que no reconocía. Unos que no había visto antes, a pesar de llevar unos meses ya casada con aquel hombre. Por un instante le pareció un desconocido.
Estaba inclinado. Le pareció ebrio y, frunciendo el ceño, intentó ayudarlo repitiendo la fatal pregunta.
De un brusco movimiento, Albert se enderezó a la vez que el dorso de su mano derecha y abofeteó la cara de Yaiza, que cayó al suelo más por la sorpresa que del propio golpe.
La mejilla le ardía. Se puso la mano en el rostro golpeado y lo miró atónita, notando cómo algo caliente le rodaba por la comisura de los labios, hasta desembocar en su barbilla, goteando en el suelo y dejando ver un dibujo carmesí hecho con su propia sangre.
Yaiza lo contempló mientras se levantaba. Él, con los ojos llenos de ira, le dijo: «No vuelvas a preguntarme adónde voy o de dónde vengo, puta». Dicho esto, se fue a su habitación, dejándola sorprendida, dolida y confusa.
Una nueva ráfaga de viento hacía que ese doloroso recuerdo se disipara, pero a duras penas mantenía las lágrimas en su lugar, recordando qué equivocada estaba cuando pensó que a lo mejor no volvería a pasar.
El ángel con el que se había casado pasó a ser el peor de los demonios. La aisló de su familia diciendo que lo menospreciaban. Casi no tenía relación con ellos más allá de las llamadas que les realizaba con el móvil que le había dado Gema. Lo hacía a escondidas los viernes por la noche, cuando él se retrasaba.
Gema sabía que algo no iba bien. La había animado a dejar a ese engendro, pero, sin entender por qué, Yaiza decía que no era tan malo, que lo hacía sin querer, que casi siempre era culpa suya y que en el fondo ella lo quería.
Se despertó de sus recuerdos y se sentó bajo el primaveral sol en un banco del paseo. Puso sus manos con los dedos entrecruzados en su regazo, dirigiendo la mirada al parque infantil.
Al sentarse, sintió un dolor en la cadera, viniéndole sin querer el recuerdo de la vez que la agredió por ir provocando con ese vestidito verde botella cuando fueron a cenar juntos. Albert la sacaba a cenar los sábados a caros restaurantes, donde presumía de una joven y preciosa mujer a la que presentaba a sus conocidos como el amor de su vida.
«El amor de su vida…», llegó a murmurar, aún sentada en el banco, pensando en lo tonta que había sido esos años al creer en sus elaboradas disculpas, las miles de promesas en las que juraba por Dios no volver a hacerle daño, para romperlas en unos días, con suerte semanas, en las que cualquier detalle hacía que Albert perdiera la paciencia, se enfadara por algo imaginario o la tomara a la fuerza, solo por el hecho de que él estuviera convencido de que era «suya».
Recordó angustiada cómo intentó amoldarse a él en el pasado con aquellas sencillas normas:
-Vestir de la manera que él consideraba adecuada.
-No hablar sin su consentimiento en una reunión social, ya que su opinión no era correcta o estaba fuera de lugar.
-Ser discreta con las sonrisas. Era decir, no sonreírle a todo el mundo. Eso no era elegante, según Albert.
-Romper esa dependencia enfermiza que según él tenía con sus amigas y su familia. Ellos no los entendían. Por lo que él decía, la manipulaban para su interés propio.
-Dedicarse a sus labores en casa y a cuidar de Albert, que para eso él cuidaba de ella.
-No cuestionar nunca lo que hacía ni de donde veía, ya que él era quien decidía lo mejor para los dos.
-Nada de llamadas por teléfono que no fueran a él, ya que Yaiza tenía un carácter débil, fácil de engañar y por ello debía supervisarle las llamadas, el historial del móvil e incluso las facturas.
Existían más normas, pero esas eran las principales.
Luego estaba claro cuando Yaiza hacía algo para enfadar a Albert. Si la cena estaba fría, no era culpa de que Albert hubiera tardado en llegar. Si había publicado algo en Facebook, Instagram o en cualquier red social, aunque fuera un «me gusta», eso era de idiotas, de personas con poca o ninguna personalidad.
Del aroma de las rosas que al principio le regalaba, ya solo quedaban las espinas, que nada más rozar su piel provocaban que sangrara.
Cuando le rompió la cadera, dijo que se cayó por las escaleras. Esa enfermera la miró incrédula, insistiendo en que no tenía que mentir si alguien la maltrataba. Sin embargo, ella siguió en sus trece, manteniendo la explicación de que estaba torpe y distraída, y que por ello había resbalado y caído.
Nadie le creyó. Pero nadie hizo nada.
Sus amigas al principio la presionaban para que se encarase con Albert por controlarla tanto, por no dejarla salir y, según ellas, ni respirar.
Una vez tuvo el valor de hacerlo. Pero con esa sonrisa sacada del infierno, le pegó por todo el cuerpo. Manotazos, al principio, que dieron paso a puñetazos en el torso, para más tarde cogerla del pelo y patearle el estómago como quien patea un saco inútil.
No insistió en eso nunca más.
Lo más doloroso era recordar cuando utilizaba su cuerpo sin su permiso, para su placer, haciéndose servir de la violencia. Le hacía daño y disfrutaba con ello.
Secó sus lágrimas de manera impaciente con la palma de la mano, negando, pero sonriendo.
La última vez que le pegó, fue con un cinturón. Le dejo la espalda llena de cardenales atravesados que hacían que pareciera la sombra de una persiana a medio abrir reflejada en su piel. Le acompañaron patadas en el vientre, que hizo que sangrara vaginalmente, teniendo que ir a urgencias. Acompañada por su verdugo, claro estaba.
De nuevo, insistieron: si tenía que denunciar a alguien, había gente que podía ayudarla.
Se limitó a negar, a mirar a un lado y a llorar en silencio. Entonces, la misma enfermera que le había insistido en denunciar para salvar su vida, se sentó frente a ella mientras se vestía, pensando en pedir el alta voluntaria.
—Yaiza —le dijo la mujer con unos papeles en la mano—. Tenemos que dar parte de lo que está pasándote…
Yaiza se derrumbó entre lágrimas.
—Si lo hacéis, me matará —le explicó y se lanzó hacia delante, arrodillándose frente a su regazo y cogiéndole las manos. El corazón de la enfermera se detuvo.
—Tranquila. —Le acarició el pelo—. Llamaremos a la policía y pediremos ayuda. Hay gente que puede ayudarte… —le explicaba mientras su paciente sollozaba de miedo y de dolor—. Si no lo haces por ti, hazlo por tu hijo. —Yaiza cesó de llorar casi de inmediato y la miró sorprendida, atónita. La enfermera asintió con la cabeza—. Estás embarazada.
La enfermera sonrió, ayudándola a levantarse.
Para Yaiza, esa sonrisa fue la luz de un ángel.
—Ayúdame —le pidió abrazando a esa desconocida que, por alguna razón, se había convertido en su Mesías.
La enfermera, Judith, puso en marcha todo el protocolo preparado para afrontar una situación de maltrato y de emergencia, pues algo le decía en el corazón, que esa chica corría un grave peligro.
Mientras esperaban a la policía, ella estaba a salvo en compañía de ese ángel de la guarda vestido de blanco.
Albert, mientras tanto, exigió ver a su mujer, y cómo nadie se lo facilitó, entró a la fuerza para llevársela.
El personal de seguridad ayudó a que no la encontrara, hasta que llegó la policía y lo detuvo.
Al informarle de los hechos que justificaban su detención, gritó lleno de furia que mataría a su mujer.
El juicio fue duro, pero lo sentenciaron a ocho años de prisión.
Yaiza sonrió pensando en cómo la prisión de una persona podría convertirse en su libertad.
Ocho años. Quizá no eran demasiados, sin embargo, podría rehacer su vida, cambiar de nombre y de domicilio. Trabajaría de lo que estudió: magisterio, profesora de historia, como había soñado. Empezaría una nueva vida lejos de todo lo que le atara a su antiguo carcelero.
Sonrió al recordar la sonrisa de la enfermera que le salvó la vida.
Sonrió al tocarse el vientre, abultado levemente por una nueva vida que sería el motor de la suya.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con un aire renovado, limpio y puro.
Estaba segura de que sería una niña.
Sin querer, ya había pensado que la bautizaría bajo el nombre de Liberi.
Respiró con una sonrisa volviendo a la realidad.
Una realidad en la que era dueña de sus acciones, de su cuerpo, de su vida.
Una realidad nueva.
Una realidad donde era libre.
Pulsuz fraqment bitdi.