Kitabı oxu: «Que todo el territorio se vuelva feminista. Las protagonistas de las tomas universitarias del 2018»


© LOM ediciones Primera edición, mayo de 2021 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN impreso: 9789560013880 ISBN digital: 9789560014184 RPI: 2021-a-659 imagen de portada: Paulo Slachevsky https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky/> Todas las publicaciones del área de Ciencias Sociales y Humanas de LOM ediciones han sido sometidas a referato externo. Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Diseño de Colección Estudio Navaja Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Tomas 2018 / Localización, fechas de inicio y duración
Las localizaciones de las tomas aquí señaladas, corresponden a las entrevistas realizadas para la edición de este libro, por lo que no contempla la totalidad de las tomas ni las universidades movilizadas durante el movimiento feminista.

Índice
Introducción
No solo había que mejorar el reglamento Universidad Austral
La precarización tiene diferentes manifestaciones Universidad de Chile
Por lo menos ganamos poner el bichito y visibilizar los problemas Universidad de Concepción
Hemos logrado vivir como queremos que sea la sociedad Universidad de Talca
Estamos perdiendo el miedo Universidad Diego Portales
El feminismo está poniendo en jaque su ideología, su educación, todo Universidad de Santiago de Chile
Logramos un tejido tan fuerte entre todas Universidad de La Frontera
Nosotras podemos crear algo nuevo Universidad de Playa Ancha
Nunca antes en la universidad se había visto a tantas mujeres juntas Universidad del Bío-Bío
El feminismo es una revolución social Universidad Católica del Norte
Cuando entré a la universidad se derrumbaron todas mis creencias Universidad Católica de Valparaíso
Las enmascaradas: Una decisión política y estética Universidad Católica de Chile
En esta toma, las mujeres deciden Universidad de La Serena
Somos la generación que no tiene miedo Universidad de Magallanes
Anexo
Introducción
A pocas semanas de haber iniciado el año académico 2018, un prolongado sismo de importante envergadura removió las placas tectónicas de la institucionalidad universitaria, aquellas que se han construido sobre los cimientos de una cultura patriarcal y androcentrista, que durante las últimas cuatro décadas ha transformado a lxs estudiantes en clientes y deudores eternos, ha promovido la competitividad y el individualismo, además de preservar la definición de roles según una distinción de género: sexista, binaria, étnica y de clase.
El inicio se fecha el 17 de abril del 2018 y su epicentro se ubica en la Universidad Austral de Valdivia, donde las estudiantes de Antropología, motivadas por casos no resueltos de acoso, abuso y violencia de género al interior de dicha casa de estudios, deciden iniciar la primera toma feminista que desencadenará el levantamiento. Las asambleas llevaron a los paros, los paros a más asambleas, y ellas a las tomas, abriendo nuevos espacios con nuevas denuncias.
Durante el mes de mayo de 2018 se desata la «inesperada» revuelta feminista, que agita las universidades –y algunos liceos– del país y se abre a la sociedad exigiendo un alto al abuso, mayor investigación y sanciones, educación no sexista, igualdad y dignidad. Fue así como comenzaron a activarse antiguas batallas en nuevas protagonistas, las que desplegaron inéditas alianzas y formas de interacción con el poder que resuenan hasta nuestros días.
Hacía ya algunos años que, en distintas universidades, las estudiantes venían organizándose a través de vocalías y secretarías, haciéndose cargo de las diversas expresiones de violencia, para luego, en su mayoría, articularse a través de la Coordinadora Feminista Universitaria (Cofeu). Desde esas y otras instancias expusieron a las autoridades hechos que se venían arrastrando al interior de los centros de estudios: situaciones de acoso y abusos de carácter sexual, diferencias salariales, mínimo o nulo porcentaje de autoras en las bibliografías, baja presencia de profesoras en las aulas, abusos de poder, entre otros.
La ausencia de acciones concretas, la indolencia desde las estructuras de poder de las instituciones, la emergencia de nuevos relatos de abusos, las cifras alarmantes de femicidios en el país, así como las acciones de los movimientos #NiUnaMenos y Me Too, constituyeron el cúmulo de hechos visibles que desencadenaron una respuesta contrahegemónica frente a la cultura universitaria por parte de las estudiantes, impactando también al resto de la comunidad.
Día a día fueron incrementándose las tomas de escuelas y/o facultades a través del territorio nacional; algunas se prolongaron por meses. Las estudiantes resolvieron instituir, en numerosas ocasiones, los espacios separatistas como un lugar para pensarse y reconocerse, un momento único de encuentro y sororidad, lo que permitió generar un ambiente seguro para escuchar y ser escuchadas, un espacio para el habla y los afectos, para decir y desenterrar los «secretos personales», los hechos naturalizados por el silencio.
Los relatos no solo estaban referidos a lo vivido al interior de las instituciones, y el intercambio fue la constatación sobre lo que todas compartían en lo profundo: experiencias similares que desde niñas habían sufrido al interior de las familias, en el barrio, en el colegio, con sus parejas o amigos, y luego en las universidades; una cultura del abuso que las concebía como objetos y las trataba con desdén, producto del rol que la sociedad ha predefinido según su género.
Así, la denominada «Ola feminista» –como la llamó la prensa– no fue producto de una «pataleta de las estudiantes», como se escuchó decir a distintas voces masculinas; tampoco se trataba de la respuesta a «pequeñas humillaciones», como señalara el entonces ministro de Educación, por lo que este «sunami feminista», como también se le conoce, no debió haber sorprendido a nadie, y si lo hizo fue porque se había naturalizado la denostación, la descalificación y la humillación hacia las mujeres.
«Que todo el territorio se vuelva feminista» fue la consigna que vimos irrumpir con fuerza desde la gran marcha del 16 de mayo de 2018, donde decenas de miles de mujeres salieron a las calles de todo Chile haciéndose parte de las demandas por el fin a los abusos y la violencia contra las mujeres. Llamó la atención y provocó controversia la ocupación de las calles con certeras y creativas performances, donde las jóvenes, enmascaradas con coloridas capuchas y a torso descubierto, vindicaron el cuerpo como el primer territorio, demandando su autonomía y soberanía como de exclusiva propiedad de las mujeres. Con este gesto, las jóvenes subvertían la dominación y sexualización de sus cuerpos, así como los roles asignados. De esta manera, hacia fines de mayo, más de veinte facultades y escuelas se encontraban movilizadas en asambleas permanentes, paros y/o tomas.
En este contexto, nos propusimos saber quiénes eran las protagonistas de la revuelta feminista, de dónde venían las insurrectas que habían resuelto tomarse las universidades para hacer oír ese ¡basta! tantas veces pronunciado, tantas veces reclamado y silenciado, pero que esta vez, como un reguero de inflamable determinación y creatividad, se fue escuchando y replicando región por región, haciéndose sentir de punta a cabo en nuestro territorio.
Nos interesaba conocer de primera fuente las motivaciones de las universitarias que se hacían parte de la movilización, cuáles eran sus demandas, qué era para ellas el feminismo y, de manera particular, queríamos saber las opiniones de quienes no eran necesariamente voceras o no tenían una trayectoria como parte de una organización, por lo que el abanico de entrevistadas fue diverso en cuanto a experiencias en el movimiento estudiantil. También diverso respecto de quienes se sintieron identificadxs con la movilización, decidiendo articularse, desplegar iniciativas propias y sumarse a la agenda que el movimiento feminista levantaba; nos referimos a las voces de la disidencia, que fueron también sujetxs políticos activos al interior del movimiento.
Que todo el territorio se vuelva feminista. Las protagonistas de las tomas universitarias del año 2018 recoge los testimonios de cuarenta y cuatro actorxs directxs de quince universidades chilenas en el momento más álgido de las tomas feministas, entre los meses de junio y agosto de 2018. Ellos nos permiten conocer el apremio de las demandas, el proceso de politización de las participantes, de reconocimiento y convergencia de diversas sensibilidades feministas, así como la recuperación de un cuerpo colectivo, un nosotras, y con ello la voluntad transformada en acción para decir ¡no más! Son estos relatos vivos los que nos dibujan el momento, todos ellos acuñados al calor del acontecimiento, algunos realizados al interior de las tomas –generalmente conversaciones en pequeños grupos– de manera presencial o vía online, y otras –las menos– posteriores a las tomas. Cada entrevista fue trabajada como un relato continuo, a fin de hacer legible y más amable cada intervención.
La rebelión feminista de mayo de 2018 recogía una hebra de largo aliento de la lucha feminista, que ha cobrado mayor visibilidad en diversos periodos de nuestra historia. En casi todas las intervenciones, las jóvenes señalaron sentirse herederas de las luchas históricas emprendidas por las mujeres en busca de su emancipación. Así también, muchas se reconocían herederas de las pequeñas o grandes batallas que dieron sus abuelas, sus tías y madres al interior de sus propias familias y en el contexto de la historia que les tocó vivir.
Para la mayoría de las estudiantes, la toma, la revolución feminista, les cambió la vida, las removió en lo profundo respecto de su historia, de sus afectos y de las relaciones con su entorno. «El separatismo no es una práctica excluyente; nace en realidad como respuesta a la exclusión», señala Nicoletta Poidimani, y es así, efectivamente como lo describen las jóvenes en sus relatos. Los espacios separatistas significaron momentos de dolor compartido –como varias lo señalan–, pero también espacios de reconstitución individual y colectiva, lugar donde confluyó la energía emotiva y creativa que configuró un «nosotras», alineando la voluntad y determinación para trazar la acción política y vislumbrar el horizonte deseable.
Si bien en muchos casos las asambleas separatistas se convirtieron inicialmente en encuentros catárticos, luego se transformaron en demandas y petitorios con distintos énfasis según cada realidad: urgentes pronunciamientos de las autoridades, aceleración y transparencia de sumarios en curso, reconocimiento del nombre social de las estudiantes trans, inicio del trabajo de actualización, creación e implementación de protocolos, incorporación de una perspectiva de género en las mallas curriculares, igualdad salarial para diversos estamentos, mayor presencia de profesoras y mujeres en cargos directivos, y la erradicación de la violencia machista de las aulas. Sin embargo las jóvenes saben que estos cambios no se hacen por decreto; es por ello que apuntaron a abrir un horizonte más amplio por el que se hacía necesario transitar. De allí la exigencia de una educación no sexista para todos los niveles de la educación, lo que significa un replanteamiento de la sociedad que se quiere construir.
Constatamos que muchas de ellas rehúyen de la posibilidad de integrar algún partido político tradicional, y varias de las que son parte de alguno señalan con claridad que en la militancia feminista el partido queda afuera. Detrás de ello se lee una crítica profunda a las estructuras partidarias convencionales, sus prácticas verticales y su jerarquización machista y excluyente, con una orgánica de representatividad poco democrática, donde las demandas feministas siempre han sido relegadas a un segundo plano. Es decir, para ellas, los partidos políticos han reproducido el ordenamiento patriarcal tanto en su estructura como en sus relaciones interpersonales. Y, a estas alturas, el movimiento feminista tiene cada vez más claro que «la revolución será feminista, o no será», como lo expresaron en numerosas pancartas.
Cada relato da cuenta de que la revuelta feminista fue una respuesta a un proceso de acumulación de malestar frente al asedio y la discriminación, frente a una sociedad competitiva y mercantil, donde la educación es uno de los eslabones de la cadena de endeudamientos que cada chilenx arrastra, y que en las mujeres tiene un impacto mayor esa precarización. Fue así como las jóvenes emplazaron y cuestionaron la legitimidad de las instituciones, impugnaron la cultura autoritaria y neoliberal, en cuanto estructuras discriminatorios y excluyentes. De ese cuestionamiento no quedó exenta la familia, haciendo visibles y públicas las diversas formas, rostros y manifestaciones que adquiere la estructura androcéntrica y patriarcal. Las estudiantes universitarias movilizadas no solo develaron el abuso en sus diversas formas, sino que lo nombraron y vocearon, lo señalaron y motejaron, hilvanándolo con todos los abusos que sufren los cuerpos de mujeres, jóvenes, niñxs, ancianxs, lxs excluidxs y marginadxs históricamente.
La mayoría de las universidades emplazadas por este movimiento feminista –según el estudio en torno a las relaciones de género en la educación superior realizado por Diana Bravo, que cierra este libro– son instituciones que han incrementado la matrícula femenina durante los últimos años, llegando en algunos casos a superar la matrícula masculina; sin embargo, esta mayor presencia no ha modificado la distribución equitativa de mujeres en las diferentes carreras que ofrece el sistema universitario, ni más mujeres en el estamento académico, y menos en cargos con mayores atribuciones para la toma de decisiones. Debemos considerar que la igualdad numérica en ningún caso refleja una igualdad sustantiva de género, y la interpelación del movimiento feminista expone la postura impasible de las estructuras universitarias frente a la presencia cada vez más significativa de mujeres en sus estancias como si este fuera un fenómeno inocuo e imperturbable en su cotidiano.
Podemos aseverar que, por muchísimo tiempo, y aun cuando la participación femenina se incrementaba lenta pero paulatinamente en el mundo universitario, y de manera diferenciada según tipo de estamento, las políticas públicas y legislativas en materia de género no solo eran insuficientes, sino que prácticamente inexistentes en el régimen universitario. Escasamente se contaba con estadísticas diferenciadas y diagnósticos de género, políticas de prevención de la violencia o en favor de la conciliación entre la vida familiar, laboral y/o estudiantil, lo cual también interpela el rol social de estas instituciones y su impacto en las políticas públicas, así como su carácter autónomo para ejercer su responsabilidad disciplinaria con perspectiva de género, debates todos muy actuales que dejó el movimiento y que patentizan la deuda que aún se prolonga en el desarrollo de una agenda de género no solo en la educación superior, sino también en nuestro país.
La revuelta feminista de 2018 vino a removernos de manera decisiva; tocó la memoria y la conciencia de las mujeres, sacudió no solo las aulas universitarias, sino que se expandió extramuros, y los temas planteados por el feminismo estuvieron en la boca de todo el mundo, para bien o para mal. Este fue el gran triunfo del movimiento, provocar un remezón de carácter cultural sin parangón, dejando una huella en la historia social y del feminismo en Chile.
Pronto a cumplirse tres años de este acontecimiento y en medio de una prolongada crisis sanitaria mundial que ha hecho más recurrente y dramática la violencia de género, producto de las condiciones materiales en que muchas deben asumir las medidas sanitarias, el confinamiento, las extenuantes jornadas laborales, el desempleo femenino, entre otros factores, queremos relevar ese momento como un hito que no solo visibilizó la situación de las mujeres, sino que marcó una disposición de lo que ya no era posible seguir callando. Es así como la denominada «Ola feminista» inauguró un ciclo de irrupciones sociales de carácter más profundo. La explosión social del 18 de octubre de 2019, con ribetes insurreccionales, que se extendió por todo el territorio nacional, llegando incluso a ciudades y pueblos que raramente aparecen en las noticias, nos hizo volver a pensar en ese mayo feminista y reconocer allí un antecedente de la revuelta popular de octubre. Aquellas voces y acciones de las mujeres que se levantaron frente a la denostación y el abuso se vieron multiplicadas en miles, en millones de voces y cuerpos que ocuparon las calles y plazas de Chile, lxs precarizadxs, lxs asfixiadxs por el mismo poder indolente patriarcal-neoliberal que ha hipotecado la vida de buena parte de la población. Fueron ellxs los que luego de una larga, muy larga acumulación de malestar multidimensional, volcaron su frustración para decir ¡basta!, la que prontamente se canalizó en una demanda generalizada que se sintetizó en la palabra DIGNIDAD.
Las estudiantes que protagonizaron la revuelta feminista de 2018, como las movilizaciones estudiantiles del 2011, como la resistencia mapuche de todos estos años, anticiparon la urgencia del «despertar» frente a todo tipo de abusos e incitaron a no cejar en la búsqueda de justicia frente a la impunidad, tan característica de nuestro país. Fueron sus movilizaciones e intervenciones un catalizador del cuestionamiento al modelo económico, social, cultural y educacional con sustrato patriarcal y colonial. A través del repaso de los carteles y los lienzos desplegados aquel entonces en los frontis de las casas de estudio, reconocemos los mensajes cargados de sentidos, varios de los cuales volvieron a ser reproducidos en los miles de pancartas escritas en trozos de cartón y en las paredes de las ciudades durante los últimos meses de 2019 e inicios de 2020, logrando ampliar y resignificar los términos: abuso, opresión, dominación, violencia, impunidad. Esto hizo parte de la expresión de un cansancio profundo, que si en mayo del 2018 se expresaba en la frase «yo te creo, compañera», en octubre de la revuelta popular fueron «Chile despertó» y «Hasta que la dignidad se haga costumbre», al tiempo que se levantó con mayor fuerza la consigna «La revolución será feminista, o no será».
Encaminadxs en un proceso constituyente y una convención paritaria, que si bien no nos garantizan la efectiva ampliación democrática que se demanda producto del sistema electoral que rige dicho evento y las asimetrías en los mecanismos de participación, podemos decir que estos son avances significativos y que han sido posibles gracias a la organización y las luchas dadas durante años. Pero, sobre todo, por la tenaz movilización desplegada durante octubre y noviembre de 2019, y los meses que le han seguido –con pandemia y sus restricciones–, que lamentablemente ha dejado a más de tres mil doscientas víctimas de la violencia de Estado, producto de las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante este tiempo. Solo a octubre de 2020 el INDH consignaba en más de treinta los muertos, cuatrocientos sesenta jóvenes mutiladxs y otros miles encarceladxs por meses, muchos de ellxs con más de un año en prisión preventiva. En tal sentido, este proceso, y lo que de él surja, es solo un peldaño en esta búsqueda por ensanchar la democracia y la igualdad; claro está –y con pesar lo decimos, por la historia de ayer y de hoy, por las luchas dadas por las mujeres y por todxs los marginadxs de la historia– que el poder no hace concesiones: la libertad, la justicia, la igualdad y la vida digna se ganan.
No nos queda más que dar las gracias a todas las mujeres que participaron en cualquiera de sus formas en la revuelta feminista del año 2018, por su valentía, por su determinación, por contribuir a hacernos más conscientes de nuestras opresiones, que por cierto no se trata solo de las opresiones hacia las mujeres, sino que también hacia los hombres y disidencias, hacia lxs inmigrantes, lxs indígenas, lxs niñxs, lxs ancianxs, las personas de color, las con capacidades diferentes y toda alteridad manifiesta. El registro que aquí presentamos, a través de las voces de algunas de esas jóvenes, plasma aquel momento histórico en el desarrollo de las luchas de los movimientos feministas y sociales en Chile.
Agradecemos a todxs lxs estudiantes que estuvieron dispuestxs a conversar con nosotras, por la confianza de compartirnos sus experiencias personales e íntimas, por sus ideas, por desafiar la normalidad impuesta y sus ganas de cambiar el orden de las cosas.
Este libro está dedicado todxs lxs que luchan, y a las que ya no están...
Silvia Aguilera M.
Diana Bravo B.
Beatriz Navarrete S.
Marzo de 2021
No solo había que mejorar el reglamento Universidad Austral
Un espacio más de conciencia
Valentina Gatica Gómez, 23 años.
Quinto año de Geografía, Universidad Austral,
Valdivia, junio de 2018.
Nuestras compañeras de Antropología fueron las que iniciaron la toma, ocupando el edificio de Filosofía y Humanidades el 17 de abril del 2018. Fue una toma feminista, porque la mayoría son mujeres y son las que mueven la Facultad. Lo mismo sucede con la Facultad de Arte.
Las chicas de Antropología estaban organizadas; tenían un círculo de mujeres de la carrera que venía actuando desde el año pasado. Ellas diagnosticaron que los casos de violencia de género dentro de nuestra universidad iban en aumento. Y habíamos sido nosotros como Universidad los que tuvimos el primer reglamento a nivel nacional que sancionaba los abusos, esto fue el 2016; sin embargo, no estaba considerado el acompañamiento a las víctimas. La Universidad tampoco estaba poniendo atención a la gravedad del aumento de casos. Este análisis se fue compartiendo en distintos espacios, y lo que iniciaron nuestras compañeras se hizo eco en todos. No solamente había que mejorar el reglamento, sino que también había que tener en cuenta que estamos en un sistema educativo que perpetúa la violencia machista.
La toma de la Facultad era totalmente legítima
Llevábamos recién una semana de haber asumido la federación. Como directiva nos hicimos cargo el 10 de abril de 2018 y el 17 de abril se dio inicio a la toma. Esa primera semana estábamos recién habituándonos a lo que era ser la nueva federación. Como lista, dentro del programa, teníamos el eje de género y diversidad, donde además de las temáticas de género y disidencias sexuales tocábamos temas culturales como lo relacionado al pueblo mapuche, a la juventud árabe, que tiene un trabajo acá. Cuando las compañeras se tomaron su facultad, encontramos que era totalmente legítimo. Ellas dieron una muestra de que se puede empezar a funcionar de manera autónoma y dinámica. Además, los representantes estudiantiles que van a los consejos, que son resolutivos para la federación, son más hombres que mujeres, entonces lo que hicieron nuestras compañeras fue también una demostración de cómo ellas hacen política dentro de sus espacios, por lo que tuvieron todo nuestro respaldo. Apoyamos siempre sus movilizaciones. Empezamos a participar en las asambleas feministas que ellas convocaron, y lograron que en muchos espacios se fueran dando cuenta de que vivían situaciones que habíamos naturalizado. Creo que este fue un trabajo en conjunto con la federación.
Posteriormente otras facultades comenzaron a levantar sus tomas y nosotros como federación cumplimos el rol de coordinar, ya que tenían demandas similares y creíamos que era mejor unificar todos los petitorios para que nadie quedara excluido o excluida. Las tomas duraron bastante; la mayoría se extendió por un mes y medio a dos, aproximadamente.
Cada facultad lleva su movilización de manera independiente, eso tenía que ver más que nada con un tema organizativo. Tenían las mismas aristas de discusión, las mismas problemáticas, pero cada espacio prefirió organizarse a su manera porque también negociaban con sus decanos sobre cuestiones específicas. Por ejemplo, acá en humanidades los ramos de género no eran problema, ya se habían instalado, pero sí había críticas a la comisión que llevaba a cabo los acompañamientos, o lo que sanciona la universidad, ya que de cierta manera había encubierto a docentes que habían violentado. En otros espacios abordaron otro tipo de temas, como los profesores que en los laboratorios acosaban a nuestras compañeras, o que no teníamos un protocolo de fiscalización. Entonces cada espacio, independientemente, trata ese tipo de temas más puntuales y los más generales los unificamos. Trabajamos con un petitorio que levantaron las chicas de Igualdad Humanidades y le agregamos componentes de todos los espacios.
La federación la componemos organizaciones del Frente Amplio: el Movimiento Político Social SOL, que es una organización feminista; Revolución Democrática, el Movimiento Autonomista y la Unión Nacional Estudiantil e Independiente. El programa que postulamos contemplaba estas problemáticas, habíamos visto la necesidad de crear secretarías de género, de cambiar el lenguaje sexista, entre otras cosas, pero claramente la movilización agilizó todo esto.
En la federación somos dos mujeres, las dos feministas, así es que tenemos una participación activa en nuestros espacios de organización. Yo participé mucho en la movilización de mi facultad, de donde era el profesor que había acosado y al que solamente habían cambiado de lugar de trabajo; por esa parte creo que nunca hubo falta de perspectiva de género para ver lo que estaba pasando.
Una de las primeras desigualdades que se sufre
como ser humano es la de género
Yo soy de SOL, que es una organización feminista de izquierda. Más que una organización política, nosotras siempre ponemos por delante el componente feminista, ya que es una de las primeras desigualdades que se sufren como ser humano, por lo que era una de las problemáticas que había que tratar. La mayoría de nuestras compañeras y compañeros que están en SOL levantaron el primer congreso por una educación no sexista el año 2014, y participan en la red chilena contra la violencia hacia la mujer, en la Red Docente Feminista, por lo que es algo que forma parte del carácter de nuestra militancia feminista.
Creo que la educación no sexista debe quitar finalmente los sesgos de género que se han perpetuado a través de la historia. No se puede desconocer que en el tiempo se han determinado ciertos roles para los hombres y para las mujeres, ciertas situaciones que, en la sala de clase, por ejemplo, diferencia el trato entre unos y otros. En mi caso, soy deportista, viví esa diferenciación cuando hacíamos educación física, en un momento nos dijeron «ustedes hagan barra a sus compañeros que juegan a la pelota». Este tipo de cosas va generando una desigualdad que no es propia. Entonces, entendemos por educación no sexista una que elimine ese sesgo que determina ciertos roles.
Este es un movimiento de gente «escuelada»
Concuerdo con la gente que dice que este fue un movimiento elitista. No hay que desconocer que quienes estamos en la universidad es porque tenemos ciertos privilegios que muchas mujeres que viven en el campo o que viven en la pobreza no los tienen, no tienen la posibilidad de llegar a estos espacios. Naturalizan, por lo tanto, muchas prácticas porque tienen que arreglárselas solas. Entonces, claramente esto es un movimiento de gente «escuelada», como diría mi abuela. Por lo tanto, que este movimiento trascienda es bueno; está por un lado la demanda de una educación no sexista y por otro las demandas que levantan las mujeres desde otros espacios. Pero la educación es una de las principales generadoras de estas desigualdades. Desde el jardín infantil se van perpetuando los estereotipos sexistas, que generan la discriminación a las mujeres.
Pienso que hay varias cosas que han vuelto a salir a la palestra y que, de hecho, no fueron consideradas por Sebastián Piñera en la agenda mujer, que son –yo creo– las más importantes: el tema de la equidad salarial, el tema de la paridad y un sinfín de otras cosas que no se consideran. Nuestra misma justicia ha sido sumamente negligente al momento de sentenciar feminicidios. Como vemos, hay muchas cosas que trascienden al ámbito de la universidad y lo que nosotras hicimos finalmente fue generar un espacio más de conciencia. Pienso que muchas decían «lo que viven las chicas en la universidad es muy similar a lo que sucede en mi casa con mi esposo».
La vida de campo tiene factores de género súper determinantes
Nuestra región tiene altos índices de catolicismo, es también una región con amplios sectores rurales, y la forma en que se llevaba la vida de campo tiene factores de género súper determinantes. También la mayoría de los colegios que hay en el sur de Chile fueron levantados por la iglesia católica, y entendemos las divergentes perspectivas que ellos tienen sobre el rol del hombre y la mujer. Por ende, eso marca una diferencia de ese sexismo en la región; o sea, ellos son quienes hasta el día de hoy tienen colegios segregados y quienes no quieren impartir educación sexual. Creo que ese es uno de los factores puntuales de cómo se ha ido perpetuando el sexismo en nuestra sociedad.
Sin embargo, en Valdivia se recibió súper bien la movilización feminista. Creo que las veces que hicimos marchas, tuvimos el apoyo de muchas compañeras de la región. Tuvimos harta visibilidad en términos mediáticos. Nunca se criticó lo que estábamos discutiendo. Se apoyó bastante el hecho de que nosotras no estábamos pidiendo algo fuera de lo normal, sino que, para empezar, pedíamos un resguardo: poder estudiar y andar tranquilas. Creo que también se tomó conciencia de cosas que para muchos eran naturales, pero hoy ya no lo son. Las tallas machistas ya no causan tanta risa como antes: creo que se han dado cuenta de que eso forma parte de la naturalización.
Respecto de mi familia, tengo una mamá que es súper chora; mi papá es evangélico. Pese a eso, él siempre me potenció y me enseñó que nunca me dejara pasar a llevar por ningún hombre. Si yo quería jugar a la pelota y no quería jugar con muñecas, él me dejaba. Mi papá ha sido un evangélico muy particular, siempre tuve mucho apoyo; de hecho, mi papá ha tenido bastantes cambios en el tiempo con respecto a lo que se predica dentro de su comunidad religiosa. Muchos temas que para ellos son tabúes, como el aborto, o las disidencias sexuales, para él ya no son algo en lo que se enfrasque a discutir ni tiene una actitud negativa. Cuando lo acompañaba a su comunidad, sabía cómo se tomaba eso, y hasta el día de hoy sigue igual. El mismo rechazo hacia el aborto; la misma jerarquía siempre pone a la mujer por detrás, o relegadas a las labores del hogar. Pero mi papá siempre fue de la idea de que yo tenía las mismas capacidades que mi hermano.
Creo que hubo una muy buena acogida a la movilización: las docentes y las funcionarias de nuestra universidad apoyaron harto. Dentro de las ganadas, en relación a los objetivos que teníamos, logramos aumentar las capacitaciones, crear un observatorio de género, diversidad y no discriminación para orientar las políticas académicas. Nos propusimos la erradicación del lenguaje sexista, el respeto al nombre social de nuestros compañeros y compañeras trans. Los profesores se tomaron bastante bien nuestra movilización.
También, como parte de las exigencias, planteamos que una vez incorporadas a clases, el primer curso de cada ramo debía abrir una conversación entre el profesor y los estudiantes sobre lo que fue la movilización, qué opinaban los profesores, qué entendían los compañeros. Y creo que eso fue bueno, se ha ido visualizando una menor naturalización de ciertas violencias. Ahora todos miran con ojo más crítico algunas conductas. En los carretes hay muchos compañeros y compañeras que están más atentos y atentas a ciertas situaciones, a la forma de referirte a una compañera, u otras cosas.
Nosotros tenemos un reglamento, no un protocolo. Y en nuestro reglamento se identifica qué es sancionable y que no lo es, y se aplica a la comunidad estudiantil como a la comunidad docente y funcionaria. Entonces, lo que finalmente se pidió es mayor profesionalismo para el acompañamiento; vamos a crear también normas para fiscalizar el cumplimiento efectivo del reglamento.
Me parece que ahora lo que sigue es que esto quede internalizado en todo nuestro sistema educativo. O sea, la educación no sexista es una demanda que venía desde hace mucho tiempo y ahora lo que necesitamos es que todo lo que hemos ganado y generado en nuestras universidades sea parte de la reorganización del sistema educativo.
Las asambleas feministas que crearon las compañeras de humanidades son uno de los espacios importantes de conversación; cada facultad tiene su propia organización con su círculo de mujeres. En el caso de mi facultad, tenemos nuestra asamblea feminista donde discutimos cosas como la mujer en la ciencia o cómo vamos potenciando el desarrollo científico de las mujeres.
Creo que ninguna mujer podría dudar que estamos retomando luchas que las mujeres que las iniciaron no pudieron seguir desarrollando o no pudieron profundizar. En el caso de nuestra universidad, los reglamentos que tenemos son producto del trabajo de docentes y alumnas feministas de la Facultad de Derecho que hicieron visible la violencia de género; se tomaron sus espacios, se movilizaron, agitaron durante el año 2014 señalando la necesidad de tener un comité que generara políticas de género y diversidad para la universidad, y comisiones que sancionaran esas conductas. Por ello su lucha es pionera, y lo que ellas hicieron hoy nosotras lo replicamos en otros espacios y lo seguiremos profundizando con lo que queremos desarrollar posterior a esta movilización.
La precarización tiene diferentes manifestaciones Universidad de Chile
Comprendemos la necesidad de cambiarlo todo
Sofía Brito Vukusich, 24 años
Cuarto año de Derecho, Universidad de Chile,
Santiago, Junio de 2018.
La violencia se reproduce en las instituciones
Estamos en un momento de catarsis, en que muchas compañeras nos hemos dado cuenta de ciertos tipos de violencias que vivimos dentro de las instituciones que no son naturales. La violencia de género ha sido tan normalizada y naturalizada que ahora muchas compañeras se han dicho «esto no es normal», «esto no tiene por qué seguir así; puede ser de otra manera». Esto también sucede acá en la Facultad, en donde mi caso en particular* fue algo así como «la gota que rebasó el vaso», porque desde hace años ha existido una serie de manifestaciones para este tipo de casos. De hecho en diciembre del año pasado abrimos una serie de discusiones para modificar el reglamento de ayudantes, ya que se destaparon múltiples casos de violencia sexual. Los ayudantes utilizaban su posición de poder académico para acosar a estudiantes.
La secretaría de género ha estado presente en la Facultad también desde hace harto tiempo, pero todavía se estaba gestando una reflexión un poco más profunda respecto de la justicia que está anclada a nuestra institucionalidad y que hoy vemos que no nos sirve. Es decir, no responde a nuestras demandas, no responde a la posibilidad de que las compañeras que sufrimos estas violencias dentro de la universidad –o dentro de la institución en general– podamos seguir estudiando sin ser expulsadas implícitamente de ellas. Entonces, por eso ha sido un mes muy intenso de movilización, un mes y medio ya, en la cual no hay respuesta por parte de la institucionalidad a las denuncias realizadas. Nos damos cuenta hoy que los protocolos son insuficientes, no responden a la necesidad de la organización, en una perspectiva que va más allá de un sistema estructural que nos determina en un cierto rol.
En este sentido, me parece que es bien importante señalar que por eso también el movimiento no parte con una consigna tipo «todas las mujeres contra todas las violencias», sino que parte desde la consigna «por una educación no sexista». O sea, no está anclada solamente en el tema violencia, por así decirlo, sino que en la comprensión de que la violencia se reproduce en las instituciones porque existe un modelo educativo que hoy en día ampara esas diferencias de género. En esa misma línea, es relevante comprender que eso también fue posible dado que ha habido muchas feministas en este movimiento estudiantil que han controvertido esa situación desde hace muchos años. Claro, antes de este año el tema era todavía una especie de «varios» en las demandas estudiantiles, no era una demanda central, pero si este año se instala de manera explosiva es por el trabajo que se viene gestando desde antes, es por las situaciones que hemos vivido. Y también porque en universidades como la Chile, que, si bien tenía protocolo, era totalmente deficiente. Hay muchas universidades que ni siquiera tienen protocolo y ahora entran en esa etapa. Pero, también nos dimos cuenta de que podemos tener el mejor de los protocolos, pero si no hay un cambio radical en la forma en que nos educamos, no va a ser posible subvertir la forma en que nos relacionamos entre todas y todos.
Tenemos una masculinidad que no sabe cómo comportarse
Hablar de violencia de género es difícil, porque siempre ha sido un tema muy tabú. Es decir, cuando uno habla de la violencia sexual y todo lo que involucra, el tema es complejo, porque también vivimos en una sociedad que ha sido históricamente muy conservadora. Es complejo plantear la recuperación de la autonomía de los cuerpos, y proponer formas de manifestación que de alguna manera interrumpen este orden de normalidad, en la cual las mujeres siempre hemos sido vistas como madres o como víctimas. Y pareciera ser que, lo demás, el hecho de ser protagónicas en la Historia, es una excepción. Es siempre una visión de excepcionalidad, y cuando una sale de ese rol de víctima, rol de madre o rol secundario, de la que está ahí en el fondo cocinando mientras los hombres hacen la Historia, eso incomoda mucho, y creo que esa incomodidad provoca las ganas de guiar, de conducir. De hecho, las columnas de Carlos Peña, los dichos de Gumucio, todas esas cosas dan cuenta de aquello, de una masculinidad complicada, que no sabe cómo responder, que no sabe qué decir, no sabe qué hacer. Sienten una especie de temor, pero al mismo tiempo tratan de conducir.
En ese sentido, hay que comprender que estamos en un periodo de mucha catarsis y de intentar salir de ese rol de víctima...; claro, imagino que ellos esperarían que nosotras, las que denunciamos, estemos en nuestras casas llorando, lamentándonos por las cosas que hemos vivido y no convirtiéndonos en sujetas políticas. Entonces, surge la discusión de por qué esta persona que sufrió violencia está hablando de política, y eso porque se ven como cosas separadas, porque nosotras siempre hemos sido expulsadas de lo público, o bien, para acceder a lo público tenemos que asumir un rol masculino, entonces entendemos que esto sea incómodo para muchos. Frente a estas situaciones hay una masculinidad que entra en una crisis brutal, que no sabe cómo comportarse, y por eso la arremetida conservadora es fuerte. En esta línea, no es casual que tampoco se hable mucho de la educación, porque significa cambiar la forma en que nos relacionamos de manera radical y no solamente en términos sancionatorios.
No habrá nunca más un movimiento estudiantil
que no sea feminista
En una lectura muy personal, mi sensación es que este movimiento expresa la crítica radical a la democracia que ha existido en Chile desde hace muchísimo tiempo, con la crisis de representatividad y de las instituciones, incluso la crítica alcanza a los mismos movimientos sociales. Hay mucha sospecha en cómo se llevan las vocerías, en cómo se llevan a cabo las organizaciones, las asambleas, en quién asume en el fondo los roles más protagónicos. También el hecho de no responder a ninguna institución previamente establecida como la Confech o la Cofeu o lo que sea, da cuenta de eso, de cómo hoy tenemos una necesidad urgente de refundar nuestras organizaciones, de refundar la forma en que hacemos política y de crear parámetros nuevos. Sin duda esto hizo crisis y es bueno comprenderlo así, más allá de cómo pujar para que la cuestión se vaya a un lado o hacia el otro; pienso que hay que comprender que estos han sido los tiempos de movilización y que es necesario ponernos en la urgencia de reconstruir lo que hemos construido históricamente. O sea, la FECH es una institución histórica y la Confech también. En tal sentido, hay que comprender que no habrá nunca más un movimiento estudiantil que no sea feminista. Hay aquí un punto de apertura, las feministas entramos a los movimientos sociales propiamente tales y así como pasa en No+AFP, también hay compañeras que disputan en el movimiento de salud, en el movimiento de vivienda y ahora en el movimiento estudiantil.
Por esto me parece que es tan significativo el hecho de que hoy la demanda central sea por una «educación no sexista» y no por más sanciones ni mayores penas en el código penal, sino del cómo nos hacemos cargo de los derechos sociales, y que cuando decimos que el feminismo es para todo el mundo –por otro lado, entendiendo los distintos roles que cumplimos mujeres, disidencias y hombres– es porque comprendemos esa necesidad de cambiarlo todo.
Esto va a ser un proceso quizás no tan rápido como nosotras esperamos, pero es mucho más sustantivo que el solo hecho de la sanción. Tal vez todavía cuesta entender esto, pero cuando decimos que la precarización la vivimos todas, o hablamos contra la precarización de la vida, estamos diciendo que la violencia no se vive solamente por la que comete un compañero o un profesor contra ti, sino que es la violencia del estado actual de las cosas. Que no tengamos salud, vivienda y educación, o que, por ejemplo, Piñera salga a hablar diciendo que va a equiparar las Isapre, cuando en realidad solo el 20% de las mujeres tiene Isapre, esto es una cuestión muy violenta.
Este movimiento reabre la discusión sobre los contenidos mismos de cómo estamos siendo educados
En el 2011 yo era estudiante universitaria, eso no fue hace tanto tiempo, pero no había whatsapp. Esto cambió radicalmente la forma de organización, lo que es algo increíble. Creo que desde el 2001 al 2011 el movimiento estudiantil ha venido cobrando relevancia en un continuo de movilizaciones, donde ya en el 2011 fue una explosión mucho más grande, principalmente porque se logró instalar como conversación en las once de cada casa cuestiones como el fin al lucro o la necesidad de una educación pública gratuita y de calidad. Me parece que este movimiento reabre un poco esa posibilidad. Me acuerdo de que post-2011 discutíamos mucho que estábamos centrándonos demasiado en acceso, en financiamiento, que son cuestiones muy importantes, pero también teníamos que centrarnos en qué es la educación, cuál es la educación que van a recibir esas compañeras y compañeros que entren a la educación superior, así como a la educación inicial. Este movimiento reabre la discusión sobre los contenidos mismos de cómo estamos siendo educados, y esto porque nos hemos dado cuenta de que hay una alianza muy profunda entre el sexismo y el mercado de la educación.
Nosotras en la Universidad de Chile, al redactar el petitorio, vimos lo que pasa con las facultades que son mucho más precarizadas. Allí te dicen «pero es que no tenemos ni siquiera para una encuesta docente, entonces cómo quieres que cambie mis mallas curriculares si ni siquiera hay financiamiento para poder implementar un departamento de sicología para que puedan ir las compañeras que denuncian». Y esto también tiene que ver con que hay carreras que son menos «rentables para el mercado»; ellas son, en general, las más feminizadas. Es decir, esta es la situación para todas las formaciones de los Centros de Formación Técnica y los Institutos Profesionales, así como para las carreras que son artísticas y ligadas con el mundo de la educación. Esa es la profundidad de esto, y la apuesta es cómo reabrimos esa reforma que pareció ser cerrada desde arriba con una derrota del movimiento social; claro, con la posibilidad de que ciertos dirigentes entraran en la institucionalidad, pero con poca posibilidad de decir cuál es el sur que tenemos que seguir; me parece que eso se perdió.
Recuerdo que los años post-2011 fueron como correr constantemente en círculo: nos preguntábamos hacia dónde ir, «nos vamos para el medio ambiente, nos vamos para la cuestión del trabajo, nos vamos para las cuestiones de la salud». De hecho, en diferentes universidades empezaron a surgir las vocalías y secretarías de territorio, de trabajo de salud, de medioambiente, como una especie de sectorialización de los conflictos, y en ese momento género entraba en esa sectorialización. Era como poner por un lado el problema del medio ambiente y por otro el problema de las mujeres, o sea era algo que estaba completamente disociado. Pienso que este movimiento tiene la potencialidad de dar cuenta de que las mujeres no somos un sector, somos parte de los movimientos sociales, somos parte central y periférica de la lucha. Ayer se creó la comisión de mujer y equidad de género en el Congreso y está bien que se haga, pero tenemos que dar cuenta de que no somos un sector de la sociedad, como si fuéramos una minoría, por así decirlo, sino que estamos insertas, somos estudiantes, somos trabajadoras, somos madres, somos jubiladas, no somos solo mujeres, como un sujeto en abstracto. Es decir, cuando hablamos de pensiones, cuando hablamos de salud, también estamos hablando de mujeres.
Se ha tendido a homologar el hecho de ser mujer al hecho de ser feminista, como si fuera lo mismo o fuera algo automático. Si nosotras hemos devenido en feministas ha sido luego de un largo proceso de reflexiones sobre qué significa ser mujer, qué significa estar situada en ese lugar, qué significa poder construir nuevas formas de relaciones sociales que no son un decreto, como tampoco puedo decretarme desconstruida. Estamos en constante contradicción y siento que es importante esa contradicción como mujeres feministas: por un lado, reivindicamos la situación de opresión en la que estamos para poder subvertirla, y por otro lado queremos deshacernos de ese ser mujer, de ese lugar en el cual se nos ha situado de forma secundaria. Aquí sigo un poco El Segundo Sexo de Beauvoir : nos damos cuenta de que siempre hemos sido construidas desde esa alteridad. Entonces desde ella es complejo poder «desituarse».
Se hace necesario resolver esa contradicción; sin embargo, eso no se resuelve solo por el hecho de que se decrete «entran más mujeres, la universidad será más feminista», sino que es algo más profundo y complejo la forma en que se reproducen estas relaciones sociales dentro del mismo espacio educativo; la educación, la forma cómo están estructuradas las mallas curriculares. Eso es lo que hay que comprender, no es cosa de decir «Hay cuota, se acabó».
El feminismo nos ayuda a mirar la totalidad
de las opresiones que vivimos
Pienso que es necesario entender el feminismo como una herramienta de lucha y no como una ética. No es una moral, como si fuéramos a cambiar la moral cristiana por la moral feminista, sino más bien cómo esta herramienta nos ayuda a comprender la forma en que nos relacionamos, la forma en que vivimos, cuestiones que siempre habían sido relegadas a un segundo plano, incluso la mayoría de las veces eran invisibles.
Siempre digo que en el 2011 éramos muy miopes con respecto a que veíamos estas situaciones sólo como diferencias socioeconómicas, pero no veíamos que esa situación de diferencias también tenía rostro de mujer. Entonces, en realidad, el feminismo nos ayuda a mirar de manera más concreta y amplia la totalidad de las opresiones que vivimos, por lo que se requiere que cada una y cada uno comprendamos cuál es nuestra posibilidad de ser aliado de la lucha. El punto no es que los hombres deban callar o no puedan participar, sino que ellos deben tomar conciencia sobre cuáles han sido sus privilegios, también en la participación política, que nosotras no hemos tenido y, en ese sentido, es interesante ver cómo subvertimos esos roles que han sido históricamente determinados. Por ejemplo, siempre digo que me encanta que en la toma haya sido tan importante comprender la necesidad de espacios para mujeres, espacios en que las compañeras pudieran manifestarse sin tener que ser nosotras las que fuéramos a hacer la comida, las que fuéramos a estar en la seguridad, las que fuéramos a hacer los baños mientras ellos decidían los grandes problemas de la república. Esta subversión de los roles que está pasando, no es porque sí, sino que es la única forma que tenemos de reconocer hoy esas opresiones.
El otro día me tocó ir a un foro en el Campus Oriente de la Universidad Católica, en donde la asamblea definió que ellos iban a ser todos intersex, que no eran ni hombres ni mujeres, y esto lo decretaron en una asamblea para poder entrar en la toma de la Casa Central, porque parece que los espacios de discusión eran separatistas. Entonces ellos decretaron que no tenían género, pero luego no entendían por qué las compañeras y los compañeros de disidencias sexuales se habían enojado tanto por esa situación. No lo comprendían, les costaba mucho entenderlo, hasta que se fueron dando cuenta. O sea, hay una historia de opresión, por lo que no puedes negarla. En el fondo, no se puede negar que la historia de las mujeres y de disidencias se las ha determinado en un cierto rol que es necesario reconocer para poder subvertir, porque si no lo reconocemos, tampoco hay posibilidad de encuentro, no hay posibilidad de diálogo. Ese es el punto. De hecho, hay una compañera de mi generación de Derecho que sacó un estado de Facebook, muy millenial, pero muy bueno porque decía así: «yo también fui de esas mujeres que cuestionaban a las feministas en su momento, les decía histéricas y locas. Yo también fui una compañera que le decía a la otra “por qué te estay mostrando tanto”», nosotras también cargamos con esas contradicciones, nosotras también tuvimos esas actitudes y esas prácticas. Entonces esto ha sido, para todas y todos, un proceso de pegarse el alcachofazo.
Creo que el feminismo es la única herramienta de lucha capaz de trascender hoy a nivel internacional, de poder tener esa conectividad y esa forma de expresión, y pienso que hay que fortalecer esos canales y la forma en que se articulan de manera internacional. Las feministas hemos funcionado en pequeñas redes, de forma a veces muy clandestina; entonces volver a posicionar el feminismo como un movimiento más transversal es algo necesario y es lo que está pasando durante estos últimos años; esto requiere de un trabajo de masas, un trabajo mucho más amplio del que hasta ahora se había dado desde del «madrinaje», es decir: mi madrina feminista fue tal persona. Pero ahora en esta especie de catarsis, el tema se ha ampliado mucho más, comienza a ser un asunto de mayorías lo que tiene una potencia muy fuerte, y muy radical en ese sentido.
Pienso que debemos avanzar sin suplantar, considerando que hay luchas que son más urgentes que otras. Entendiendo que las mujeres somos todo y las disidencias sexuales somos todo, menos un universal. No hay algo así como la mujer en abstracto, ni el cola en abstracto, si no que estamos trascendidas por nuestra materialidad misma, por el hecho de ser estudiante o ser trabajadora o ser migrante o afrodescendiente, entonces me parece que la homogeneización nos ha nublado un poco. Creo, en tal sentido, que debemos articularnos, pero sin suplantarnos, sin considerar que hay una lucha más relevante que otra.
Hay que desafiar el mito de que la lucha estudiantil
y feminista es de élite
Nosotras estamos diciendo que necesitamos un movimiento que le hable a la mayoría de las mujeres trabajadoras, a la mayoría de las mujeres que, por ejemplo, no tiene contrato laboral, que no tiene Isapres, que no tiene una pensión digna. En este sentido en cuanto estudiantes estamos diciendo que la agenda mujer es insuficiente. Esto confronta también el mito que han forjado respecto de que nuestra lucha es de élite, como los dichos de Gumucio «que son de élite, que están llorando porque les tocaron el pelo». Sin embargo, en los espacios educativos también se da la precarización que viven las mujeres fuera del campus, porque si quedamos embarazadas tenemos que irnos. Si en la familia una persona se enferma, quienes tienen que dejar de estudiar son las mujeres. La precarización tiene diferentes manifestaciones, y es bien macabro ese ejercicio de medir quién es la precarizada más precarizada, es algo muy perverso.
Debemos dar cuenta de la forma en que vivimos la precarización y la necesidad de articularla sin suplantarla, porque acá en la Universidad, y en los espacios educativos en general, también las mujeres son las que sustentan esas labores de cuidados y son las que tienen dobles o triples jornadas laborales porque deben llegar a hacer el trabajo doméstico a sus casas; o sea, cómo sustentamos también el cuerpo de la sociedad en su conjunto sin ningún tipo de remuneración, sin ningún tipo de reconocimiento a eso; es decir, lo asumimos como algo muy natural, como algo de nuestras tareas esenciales y sin dar cuenta de que en el fondo esas son cuestiones que podrían ser socializadas. De hecho, yo trabajo hace tiempo como asesora sindical y me ha tocado mucho conversar en asambleas de sindicatos y te das cuenta de que siempre sale el viejo sindicalista a decir «sí, porque esto es culpa del capitalismo», y sale una compañera a decir «sí, es culpa del capitalismo, pero todo sería más fácil si tú me ayudaras en la casa». O sea, si tuviéramos socializadas las labores de cuidado, evidentemente también la posibilidad de que las mujeres ingresemos a la lucha y seamos actoras protagonistas sería mucho más simple, porque no tendríamos que ser nosotras las que estamos siempre cargando con esas labores.
Evidentemente la configuración del ser estudiante te da la posibilidad de detener tu tarea sin ningún costo en términos de que puedes seguir viviendo sin dejar de estudiar, y eso nos permite llevar adelante las tomas y paros. Pero también somos muchas compañeras que trabajamos, además de estudiar; venimos a la toma, volvemos a trabajar, venimos a la toma de vuelta y así. Hay que desafiar ese mito y decir ¡basta, ha sido mucho!
Es necesario que los compañeros puedan repensar
la forma en que han vivido la masculinidad
Con Emilia Schneider, compartimos la posición de que el feminismo es para todo el mundo, un tema que forma parte de la discusión, y comprendemos que es necesario también que los compañeros se articulen en base a poder repensar la forma en que han vivido la masculinidad y se deshagan de esa masculinidad que siempre los ha interpelado desde la posesión, desde la propiedad sobre el cuerpo de las mujeres, además de todas las cuestiones que vivimos con respecto a la violencia; así como la situación en que nos ponen cuando militamos con ellos, cuando trabajamos y estudiamos con ellos, etcétera. Nosotras no podemos decirles qué es lo que tienen que hacer; ellos deben tomar una iniciativa. Como decía, tenemos dobles jornadas laborales, pero muchas veces también tenemos dobles jornadas en el activismo militante, por el hecho de ser feministas. Es importante que se planteen cómo pueden desprenderse de estos roles históricos de protagonismo, lo que no es sencillo, obviamente, pero es necesario que lo vayan trabajando.
Rescato y comparto aquí una experiencia bien bonita que se ha dado en las últimas marchas, sobre todo en la marcha del 8 de marzo que se hizo por la tarde. Nuestros compañeros se quedaron haciendo una guardería para que las compañeras que son madres pudieran ir a marchar, fueron ellos los que se quedaron cuidando a les niñes en la librería Proyección, que queda acá cerca de Santa Lucía. Eso se ha hecho harto. O también en la marcha de ayer vi a muchos padres jóvenes llevando el coche de la guagua mientras sus compañeras, digamos las madres, iban entremedio de la marcha con su espacio, gritando tras los lienzos, qué sé yo. Esas son prácticas interesantes.
Acá hubo un círculo de hombres que se creó durante la primera semana de la toma y lo primero que hicieron los cabros fue sacarse una selfie y subirla a facebook que decía «acá nosotros deconstruyéndonos»…, es como para decirles, pucha, amigo, la idea es que no tenga que anunciarlo todo, pero son aprendizajes. Queda un largo camino por delante.
Un movimiento feminista amplio socialmente
Emilia Schneider Videla, 21 años Cuarto año de Derecho, Universidad de Chile, Santiago, junio de 2018.
Partimos la movilización el 27 de abril; ahora estamos cumpliendo seis semanas. Ayer nuevamente se revalidó la toma por votación electrónica; esa es una reforma que hicimos aquí en Derecho y creo que es buena. Estuvimos un buen tiempo un poco entrampadas en esta movilización, ya que el feminismo interrogaba las maneras actuales de organizarse. Hubo debates históricos dentro del feminismo, no sé, entre las «autónomas» de la institucionalidad versus las «políticas», pienso que ese era un clivaje que, de alguna manera, renacía. Ahora pienso que estamos en un escenario en que nada está dado, viene una etapa más concreta con la posibilidad de ganar y de poder perspectivar este conflicto, más que cerrarlo este año y decir «bueno, acabamos con el sexismo». Tenemos que ver de qué manera esto, efectivamente, abre un nuevo ciclo político, de reformas y de transformación en el país. Creo que ese es el escenario que tenemos por delante, la posibilidad es esa; o bien, la de un cierre del conflicto y la desarticulación de todo este auge feminista.
El feminismo es para transformar a toda la sociedad
Sabemos que las condiciones de esta movilización no comenzaron a construirse hoy, aunque la visibilidad del movimiento feminista ahora sí toma una fuerza muy distinta. Desde hace tiempo venían instalándose algunas cuestiones: se venían haciendo manifestaciones y poniendo ciertos temas en el debate, como, por ejemplo, la violencia como una situación ya no natural, ya no casual, sino como un problema estructural, parte de toda nuestra relación social. En ese sentido, creo que hace tiempo también viene manifestándose una contrarreacción, y es algo con lo que el movimiento va a tener que lidiar.
Sin embargo, pienso que la más peligrosa es esa reacción que parece abrazar tus demandas pero las distorsiona; como por ejemplo, los protocolos son insuficientes, pero aún así hoy desde muchos sectores nos están diciendo que ese es el máximo horizonte de esta movilización. Creo entonces que ahí está la posibilidad de que hoy le hagamos frente a esa reacción, que busca darte un espacio dentro del orden pero no para transformar ese orden, es decir esto no se va a solucionar acá. Y en esa proyección me parece que se juega la continuidad de esta pugna que va a seguir entre la reacción y el movimiento. Podemos decir que ya hemos visto varios gestos; por ejemplo, a principio de año cuando se crea el Ministerio de la Familia a nivel gubernamental y se empieza a entender las políticas de desarrollo social desde la familia, es una respuesta a lo que viene diciendo el feminismo bien fuerte. Ahora también cuando omiten la educación no sexista como demanda es la posición más recalcitrante que solo te niega, solo te violenta, infantiliza y distorsiona el movimiento. Esto siempre va a estar y habrá que ir haciéndole frente políticamente.
Dejando en claro que el feminismo no es solamente para las mujeres, para las disidencias sexuales, sino que es para transformar a toda la sociedad, hay que avanzar hacia una emancipación, hacia la redistribución del poder y de la riqueza, como también hacia la transformación de nuestras relaciones sociales. Creo que desde el movimiento feminista estudiantil eso es lo que hay que ofrecerle a Chile, a la sociedad. Tenemos que decir que queremos una educación no sexista, no solamente para nosotras, sino que para transformar este país tan violento.
El feminismo no era relevante en el debate
Ahora, cómo sacamos esta reflexión hacia afuera. Debemos reconocer que hay un cuestionamiento a la organización –en todos lados–, a las instituciones propias del movimiento, lo que también ha dificultado la autorrepresentación del mismo movimiento social, lo que ha hecho más complejo instalar temas. En esta pasada se instaló la idea de una educación no sexista, por lo menos así combatimos ese sentido punitivo con que se presentaba al movimiento, y se puede ver además una diferencia programática entre el movimiento y lo que ofrece la autoridad, el Gobierno. Pero claro, para ir más allá de lo que logramos dentro de nuestras instituciones y poder proyectarlo hacia afuera, debemos tener claras dos cuestiones: primero, no entender esto como algo desanclado de todas las luchas sociales anteriores, creo que eso es clave, porque para algunos pareciera que esta movilización surgió solo hace seis semanas y que las feministas no estábamos en el movimiento estudiantil, y esa es la segunda cuestión, no hay que olvidar que el feminismo no era relevante en el debate, nosotras no ocupábamos posiciones protagónicas, pero ahí estábamos, ahí estuvimos siempre.
Durante estas semanas hemos ido logrando hacer un vínculo histórico entre las luchas por financiamiento, por educación pública gratuita, con lo que está pasando. Decíamos en una asamblea que, sin reabrir la discusión de financiamiento basal, sin reabrir la discusión de fin al lucro, no vamos a combatir de manera efectiva la precarización en que vivimos las mujeres y disidencias sexuales. No vamos a poder implementar políticas más sustantivas que los protocolos, los que no requieren ni un peso, pero sí todo lo demás. Esta es una cuestión que, para que salga de acá y que efectivamente pueda abrir un nuevo ciclo, hay que pujar, porque son discusiones que estamos dando para reabrir el debate en torno a la reforma de la educación superior, a la reforma al modelo educacional en general. Pienso que por ahí va un poco la posibilidad de sacar el debate de lo que ocurre aquí adentro y hablarle más a la sociedad.
Las cuotas de género no solucionan el problema de raíz
Respecto a la efectividad de establecer cuotas de género al interior de la Universidad, si bien estas parecen ser una herramienta positiva para combatir ciertos espacios masculinizados y ciertas áreas del conocimiento particularmente masculinas, cuando discutíamos su efectivo potencial para transformar la situación nos dimos cuenta de que no era así, de que no era una herramienta que pudiera apuntar al problema en su raíz, sino solo en su manifestación: aquí hay pocas mujeres, hagamos entonces que entren más mujeres. Con estas medidas no se apunta a transformar el espacio y la lógica que impera, ni tratar de entender por qué hay carreras en donde estudian más hombres que mujeres, por qué esas carreras son social y económicamente más valoradas; no se abordan esas preguntas. En ese sentido la cuota puede ser una herramienta, pero yo no la estandarizaría para todos, eso puede ser irresponsable.
Aquí en Derecho, que no deja de ser un espacio masculinizado, un espacio violento, estadísticamente somos más mujeres estudiantes que hombres estudiantes, pero no deja de ser un espacio conservador con una carga tradicional profunda. Tampoco se está produciendo un masivo ingreso de académicas, porque sigue habiendo muchas trabas. En la carrera de Arquitectura pasa lo mismo. En Música, donde podríamos imaginar que es una carrera feminizada, no es así, es una carrera sumamente masculinizada, con muchos académicos hombres. Entonces, claro, yo creo que las cuotas pueden servir en ciertos espacios para hacerse cargo de situaciones particularmente críticas, particularmente problemáticas, pero lo más relevante es ser parte de un engranaje más, de un plan mucho más grande. En ese sentido, nosotras no saldríamos a quemar las cuotas, pero sí a decir súper claro que eso no soluciona el problema de raíz.
Necesitamos una educación que descontinúe los roles de género
La educación tiene mucho que decir en los procesos de deconstrucción que planteamos, porque es la que reproduce determinadas formas de sujetos y de sujetas, con determinadas habilidades, conductas y, en definitiva, determinados roles que después se proyectan a la educación superior, al mundo del trabajo, y son las que sostienen esta división y jerarquización de «lo femenino» y «lo masculino». Creo que ahí hay mucho que hacer, y es complejo porque está todo en construcción.
Hay que ir incorporando una visión que deje de invisibilizar el rol de la mujer en la Historia.
Necesitamos una educación que descontinúe los roles de género, que elimine ese currículum oculto en que se hace reforzamiento de ciertas habilidades en función del género, que en el currículo explícito exista la educación sexual y que esta no sea tan binaria ni tan heteronormada. Pienso que así se van dando pasos concretos; capacitación docente para que estos no reproduzcan esa diferencia. Hay mucho que hacer desde este conflicto en particular, para ofrecer un cambio en los roles de género.
Hoy lo accesorio sigue la suerte de lo principal
Sobre qué es ser feminista, o no serlo, creo que hay que partir por entender que para ser feminista no se trata de cumplir con un check-list de actitudes individuales, no es una ética de vida, sino que es una lucha política. Pienso que el hacerse parte de esa lucha política, de esa toma de conciencia, de ese proceso de organización es lo que, finalmente, te va haciendo feminista, o parte del movimiento feminista.
Podemos afirmar que existe un movimiento feminista, pero no es un movimiento homogéneo. Hay varios feminismos. Yo no sé si hay movimientos que coexistan por el lado, pero creo que ahora sí hay un movimiento feminista estudiantil más allá de las dificultades de tener una sola voz, una sola cabeza.
Sin duda el feminismo hoy está en disputa, al igual que todos los otros campos de la política. Nosotras podemos tener un feminismo más ligado a la izquierda, un feminismo socialista, y otras podrán estar yendo hacia otros lados, pero más que hablar de varios movimientos, hablaría más bien de feminismos, y eso significa hablar de distintas estrategias, tácticas y objetivos que se le quieren dar a esta fuerza movilizada. Y desde esos distintos feminismos, se le quiere dar distintos énfasis.
Pienso que una se hace feminista por necesidad, que es una frase de Sofía que comparto. Claro, tomas consciencia de una situación que no te pasa solamente a ti, de que no es algo casual, que le pasa también a tu compañera, a tu vecina, a tu mamá, y que es una cuestión no solo de ahora, sino histórica, que configura un orden social. Así ves la necesidad y comienzas a entender que todos los conflictos que analizas y las cuestiones que ves deben pasar por el feminismo. No pueden dejar de verse bajo esa óptica, porque si no, nunca va a estar completa esta emancipación. Creo que ahí está la necesidad del devenir feminista y del por qué tantas hoy devenimos feministas.
Varias de las que llevamos roles de vocería, de conducción en estas movilizaciones, habíamos estado en el movimiento estudiantil, pero no habíamos visto, por ejemplo, ese proyecto de educación pública completo, porque finalmente no estaba eso que nos pasaba, estaba relegado e invisibilizado desde esa típica lógica sigloveintera de decir «bueno, se soluciona lo principal y esto va a venir después. Lo accesorio se va a solucionar». Hoy lo accesorio sigue la suerte de lo principal.
Ahora, tal vez, la única movilización que ha sido capaz de vislumbrar una izquierda que tiene planteamientos parecidos a nivel mundial ha sido el feminismo, como lo que sucedió el 8 de marzo en España, o acá; sin embargo, es complejo hablar hoy de un movimiento internacional. Ahora, esto te hace parte de un proceso mayor que está visibilizando la violencia y la desnaturalización de la misma, pero creo que falta bastante para que sea un movimiento internacional.
Debemos tender a una articulación política más amplia
Hoy también se debate sobre cómo construir el movimiento feminista y cuáles son sus límites. Yo creo en un movimiento feminista amplio socialmente, que permita articular una gran oposición social de superación de las opresiones de hoy. Y ahí la disidencia sexual tiene un rol importante, y me voy a referir al ejemplo de lo trans porque es lo que yo vivo dentro del movimiento. Se habla mucho de que no tenemos constituciones de identidad iguales, de que no vivimos la misma opresión, y eso es cierto; pero caer en que por fuera de lo trans, por fuera de la disidencia, hay un universal mujer, eso es muy tramposo e invisibiliza muchas otras cosas, como por ejemplo, los factores de clase y raza. Distintas cuestiones que en ese «universal mujer» no se verían. Entonces creo que debemos decir: construyamos un movimiento feminista amplio, en el que las mujeres, las disidencias, las trans, tengamos un lugar y una trinchera de la cual aportar, pero sin homogeneizarlos. Nuestras luchas son distintas, pero no tenemos por qué tratarlas como gremios o sectores separados que no pueden dar una gran pelea juntos, respetando los espacios sólo de mujeres, que, por supuesto tienen que seguir existiendo, debemos tender a una articulación política más amplia.
En estas semanas me preguntan mucho ¿cómo es ser trans y estudiar? ¿Cómo es ser trans y ser dirigente política? Y yo digo «una excepción tremenda», incluso dentro de algo que parecía ser como un grupo de feminismo, no hay homogeneidad. O sea, en lo particular yo no represento desde mi vivencia la generalidad de lo trans en Chile. Me ha tocado estudiar Derecho y ser dirigente. Esa situación no es normal. Entonces ese universal nos juega en contra todo el rato y caemos incluso dentro de los subgrupos que podrían estar en este gran movimiento feminista.
Hoy en día lo que más afecta a todos
es la falta de derechos sociales
Me parece que hay una cuestión bien tendenciosa cuando se dice que el movimiento estudiantil y que el problema de la educación son un problema de élite; eso es no entender lo relevante que es para la sociedad y para la configuración del después, en qué vas a trabajar y dónde te ubicas en la sociedad.
Hay que entender que en un modelo educacional de mercado sexista como el que vivimos nosotras y nosotros, todos y todas estamos precarizados. Hay universidades privadas que viven el mercado mucho más frente a frente, y nuevamente la cuestión es no homogeneizarse, no decir que todos vivimos la vida de la misma manera. Ahora sí hay una cuestión que nos precariza a todas y todos, y negar el factor de clase de ese conflicto es muy fuerte. Hoy en día lo que más afecta a las familias, a las mujeres, a los hombres, a todos, es la falta de derechos sociales, y esto es una cuestión muy relevante, no porque lo decretemos, sino que es relevante porque estalló, y así es como la educación sigue siendo hoy un conflicto abierto. Pienso entonces que negar eso, negar el endeudamiento de muchas familias, negar por ejemplo que esa falta de derecho a la educación la parchan las mujeres con su trabajo, es complicado. Si el colegio no es bueno, si en una sala tienes a cincuenta cabros y no se hacen cargo de sus necesidades, eso recae en las familias; quién ayuda con las tareas: la mamá; quien parcha con esa pega, es la mamá. La mujer endeudada tiene mayor tasa de endeudamiento, por lo que sale ganando menos; estudió algo y luego al ejercer gana menos, y además sigue cargando con el trabajo de cuidado. Entonces, decir que sólo porque en la Universidad Católica hay una clase alta no hay precarización, es también negar que hay distintas formas de vivir el conflicto; lo vivimos de manera diferente. Sin embargo, al mirar la película completa podemos decir que aquí hay un problema en el modelo educacional y esto es un problema de clases sociales, por lo tanto, de todos y todas.
El feminismo es un espejo
María José Sepúlveda Páez, 25 años
Quinto año de Arquitectura, Universidad de Chile.
Santiago, junio de 2018.
Soy parte de la Secretaría de Sexualidad y Género (Sesegen) de esta Facultad, y miembro de Las Hijas Venéreas, un colectivo que tiene menos actividad ahora, pero era bien al choque, e hicimos muchas intervenciones. Este nació el año 2015 en la toma de la Facultad, y de alguna manera es heredero de un colectivo que se llamaba Colectivo Venéreo, chicas que se organizaron en torno a temáticas de sexualidad y género, y cuando ellas egresaron nosotras tomamos la posta.
El feminismo me hizo sentido. Estudié en un colegio católico y de mujeres, creo que eso me marcó. Mis papás están separados, por lo que me crié con mi mamá, pero tengo buena relación con mis dos padres. En la casa no había «roles establecidos», porque mi mamá hacía de todo. Y mi familia siempre tuvo este discurso de que las mujeres pueden hacer de todo; entonces mi mamá un día podía estar cocinando y al día siguiente estaba taladrando para colgar un cuadro. Mientras que en el colegio me impusieron muchos estereotipos que a mí no me hacían sentido, no lo pasé bien allí. Me vine a dar cuenta ya más grande, cuando empecé a leer y a conversar con mis compañeras, que no era yo la que estaba «mal», sino que había distintas formas de ser mujer.
Vivimos en un sistema de opresión contra todo aquel que no calza dentro de la heteronorma, o dentro de esta especie de ranking invisible que existe, donde el hombre viene por delante. Se premian ciertas conductas, como la agresividad, la competitividad y se merma todo lo que pueda ser considerado femenino, eso incluye a disidencias, personas homosexuales, bisexuales, trans, queer, etcétera, y a las mismas mujeres. Y esto se enraíza. Hay ciertos comportamientos que son socialmente más aceptados, que están relacionados a personas puntuales y a formas de ser.
Además, en el mundo en el que vivimos existen distintos tipos de opresión y cuando éstas se empiezan a cruzar, vemos que hay personas que son más oprimidas que otras. O sea, es muy distinto por ejemplo ser un hombre gay de clase alta que ser una mujer pobre o mapuche heterosexual. A esto nos referimos con interseccionalidad.
Tenemos también que hacer una lectura de lo que pasó ya en los sesenta y setenta con el hecho de que el movimiento de mujeres tuviera ese discurso «universalista» de la imagen de mujer blanca de clase media, y no tomar en cuenta a las mujeres latinoamericanas, mujeres negras, mujeres transexuales. Y bueno, creo que lo que se está buscando ahora con el movimiento es que no solo sea una lucha de mujeres, sino que incluya a todos los que son oprimidos, a todes los que son oprimides. Es lo que estamos tratando de impulsar acá en la Facultad.
Para mí el feminismo ha sido como tener un espejo enfrente tuyo, y de repente puede que veas cosas muy crudas de ti misma. Es el llamado a preguntarte quién eres de verdad y cómo te relacionas con los otros. Es un llamado a ser un humano decente con todes. Es cuestionarte cómo te compones y configuras como persona, es algo que realmente te nace del corazón, o es algo que te han impuesto. Es una invitación a ser valiente y a sacarse todas esas cosas que te han asignado, a entender finalmente que todos somos personas y que todos merecemos respeto.
Hay mucha gente que siente escozor con la palabra feminismo, porque tiene delante este componente de lo femenino, y siempre ha estado esa tensión. Hay gente que dice «¿por qué feminismo y no «igualismo»?, que a las feministas nos molesta mucho. Y es que es súper importante reconocer que las mujeres, particularmente, históricamente, siempre han sido oprimidas, como también un grupo no menor de personas que no entran en esta idea heteronormada. Es importante reconocerlo así. Como pasa en Estados Unidos, donde el movimiento negro dice «todas las vidas negras importan», eso no significa que las demás vidas no importan, pero es necesario poner luz sobre ese problema. Lo mismo pasa con el feminismo.
Esta movilización me ha puesto el mundo de cabeza
Para mí ser feminista es estar constantemente revisándome. Y esta movilización me ha puesto el mundo de cabeza, porque además siempre he dicho que soy una «feminista en formación, en aprendizaje», y creo que uno nunca termina de aprender. No me gusta decir «soy feminista de tal corriente o de tal corriente», porque pienso que uno puede aprender de todo. Pero me ha dado vuelta el mundo porque me he dado cuenta de que hay un montón de prácticas que yo ejercí años anteriores, en el colegio, que nunca me había cuestionado y que me he venido a cuestionar ahora. Si bien ha sido doloroso darme cuenta de que he hecho cosas de las que no me siento orgullosa, sí puedo observarlas, revisarme y cambiarlas hacia adelante. Y creo que esa es la invitación que estamos haciendo a todos con este movimiento.
El feminismo lo permea todo. De hecho, para mí ha sido súper enriquecedor tener conversaciones tanto con mi mamá como con mi papá, del cómo las mujeres nos sentimos oprimidas y los hombres también. A mí me gusta mucho una autora francesa, Virginie Despentes, que tiene un libro que se llama La Teoría de King Kong, y ella en uno de sus capítulos habla de que el sistema de género es igualmente castrador tanto para los hombres como para las mujeres porque imponer para las mujeres esta idea de feminidad, de ser suave, de no poder ser viril con todo lo que implica ser viril, que es: ganar dinero, tener poder, hablar un poco más fuerte; y a los hombres los obliga a ser máquinas al servicio del Estado, básicamente, a ser fuertes, ganar plata, tragarse sus emociones, no poder ser humanos sino que ser como robots, robots proveedores, fuertes y machos. Creo que al final solo deberíamos revisarnos y tratar de ser felices y ser respetuosos con los demás.
De partida me he preguntado si existe lo femenino, porque lo femenino es un constructo social que cambia en todas las sociedades. Y creo que lo importante es entender que el feminismo abre espacios para que todas puedan ser como les nazca ser. Y si una se siente cómoda siendo como «la chica de revista súper guapa, súper arreglada» y se hace consciente del porqué, y es algo que le nace de adentro, es tan válido como que yo quiero andar vestida de lo que se considera «ropa de hombre».
Creo que hay que empezar a derribar esta idea de que existen ciertas formas de ser, de que hay formas que son correctas y otras incorrectas. Está también esta otra idea de que lo femenino está mal, y que una para ser triunfadora tiene que masculinizarse, ser más ruda y más violenta, pero eso no es necesario. ¿Por qué una mujer no puede ser suave y amorosa y ser «triunfadora», entre comillas, según lo que te impone esta sociedad?... Esto también es otro tema, hay que entrar a revisar el exitismo en el que vivimos.
A mí me gusta mucho leer, toda la vida me ha encantado leer, y a medida que me he ido adentrando en las temáticas feministas, me he dedicado a leer mucho de feminismo y me he dado cuenta de que en esta escuela esos temas no se tratan. Está muy invisibilizado. De todos los cursos que he realizado, tuve un ramo que tenía una pequeña unidad que hablaba de género y espacio; pero no nos hacemos cargo, siendo que es algo súper importante que debiera permear y que está ocurriendo en todas partes. Y también es un tema que se relaciona mucho con las prácticas que hay dentro del aula, que son prácticas patriarcales violentas y exitistas. Arquitectura y Diseño son carreras tremendamente agresivas, donde está ese discurso de la Universidad de Chile en que para ser un buen titulado tienes que resistir lo que venga por delante. Entonces los profesores te humillan, te piden trabajos de un día para otro, y si tú no cumples, te maltratan, te denigran. He tenido compañeras a las que profesoras les han apagado el cigarro en la maqueta. Te rompen los trabajos. Tenemos todas esas prácticas que están normalizadas.
La Universidad no se está haciendo cargo
Creo que la perspectiva feminista es súper importante porque nos ayuda a cuestionarnos, y es lo que dijimos en nuestro petitorio: la universidad completa es un espacio de aprendizaje, no solo el aula y las prácticas que tenemos dentro del aula, los profesores desde su posición de poder, así como nosotros entre compañeros, con los funcionarios, con los profesores. Es así como nos formamos como individuos, y la Universidad en este momento no se está haciendo cargo de eso. Ni la universidad ni las carreras.
La formación pasa por las prácticas, la que tiene dos ramas: las prácticas diarias y la forma en que entendemos el hacer la clase, la existencia de un perfil docente y todo eso. Así como los contenidos que se pasan en el aula, que tampoco tienen temática feminista. Es decir, nosotros en la carrera de arquitectura estudiamos teoría y a mí nunca me han hablado de las mujeres; las únicas arquitectas que conozco, o las que he conocido dentro del aula, han sido Lina Bo Bardi y Zaha Hadid. Por ejemplo, de Robert Venturi y Denise Scott Brown, cuando se habla de ellos siempre se habla de Venturi, a la mujer se le invisibiliza, siendo que ellos trabajaron juntos. Entonces vemos que ese no es un tema. Lo conversaba con mi mamá y ella me decía ¡pero es necesario que ustedes tengan referentes!, entonces me puse a pensar que quizás sería bonito que nosotras podamos crear nuestra propia historia… Creo que es importante reconocer a las mujeres que hicieron algo antes y yo creo que desde esa perspectiva tenemos que dar la lucha.
Tirar el hilo de un tejido mayor
Creo que ahora estamos empezando a tirar el hilo de un tejido mayor que está relacionado a una serie de cosas que pasan también por temáticas personales que te tocan, y te das cuenta de que te han pasado cosas que no están bien, luego eso comienzas a relacionarlo con un sistema más amplio… Y a medida que uno empieza a tirar de ese hilo, uno empieza a ver la historia y sus relaciones.
Creo que este movimiento ha servido mucho para visibilizar el proceso histórico que ha existido en Chile con los movimientos de mujeres, que es algo de lo que tampoco se habla. Hay hombres que dicen que nos dieron el voto, siendo que fueron las mujeres las que tuvieron que luchar para que pudiéramos votar como lo hacemos ahora, como los movimientos de mujeres en dictadura. Pienso que es súper importante reconocer que nosotras somos herederas de esos procesos, tenemos que valorarlos para poder proyectarnos. Yo no sabría decir hacia dónde vamos a llegar, porque creo que cada generación tiene sus caballitos de batalla, como fue por ejemplo en los setenta la emancipación de la mujer en el ámbito de la vida privada y sexual. Obviamente existieron ciertas cosas ganadas y otras se perdieron. Creo que tenemos que seguir cuestionando cómo nos educan, porque la educación forma sociedades, y empujando para articularnos con los demás movimientos, reconocernos desde las diferencias y apoyarnos, por lo que debemos llamar a no elitizar este movimiento.
El feminismo viene a cuestionar el sistema
Carolina Unda Villarroel, 22 años
Cuarto año de Arquitectura, Universidad de Chile
Santiago, junio de 2018.
Soy presidenta del Centro de Estudiantes de Arquitectura, también hice parte del colectivo Hijas Venéreas y actualmente participo de la Secretaria de Género de la FAU.
Soy de Rancagua, estudié en un colegio bien elitista donde nunca se daba este tipo de discusiones. Por lo que mi despertar fue netamente en la universidad. Empecé a militar en izquierda autónoma y ese fue mi despertar político, pero todo partió por el feminismo.
Creo que acá me di cuenta de algunas cosas: había pocas profesoras, existe cierto autoritarismo y se ve el uso del poder dentro de la sala de clase. Me empecé a involucrar también con colectivos feministas por fuera de la universidad, pero empecé a trabajar en feminismo más bien en la universidad.
El feminismo para mí es una postura política
En mi opinión, el patriarcado es el sistema de relaciones de dominación y de opresión que ha existido, sobre todo lo que no está bajo la ley de la masculinidad. Todo lo que históricamente se ha apartado de ella ha significado la opresión para las mujeres y para lo que no se define como un hombre heterosexual, digamos, para las disidencias sexuales. Y eso demarca nuestras relaciones cotidianas de abuso de poder, de autoritarismo, de violencias, que es como la punta del iceberg, pero que vivimos diariamente de muchas maneras y su manifestación tiene muchas formas: desde el uso del lenguaje hasta la violencia física.
El feminismo para mí es una postura política. En este sentido, el feminismo viene a cuestionar de manera estructural el sistema y su implementación desde que nació la humanidad. Viene a cuestionar el sistema capitalista y a poner en duda todas las relaciones que nosotros establecemos; por eso son importantes los temas de interseccionalidad, de clase, de raza y ahora de género.
Puedo decir que me enmarco en el feminismo socialista, por lo tanto, creo que debe haber un horizonte en el que empecemos a cuestionar las prácticas del sistema. Nosotras ahora estamos cuestionando la educación, y es una cuestión bien ejemplificadora eso de que las carreras más «feminizadas» están sumamente relacionadas con la inserción del mercado de la educación. No es casualidad que, en la FAU, la carrera más precarizada, que es Diseño, sea también la que tiene mayor composición femenina. O que en la Universidad de Chile las más precarizadas, como Arte y Teatro, que son las carreras que menos sirven al mercado, son precisamente las más feminizadas. En este sentido creo que es esencial encontrar el vínculo que existe entre el feminismo y lo que pasa en el sistema económico, social y cultural más profundo. Creo entonces que para ser feminista es muy importante ser también activista, tomar posición respecto de estas cosas. Pienso que las movilizaciones sirven para que todos den su opinión, y nosotros vemos cómo olas de opiniones se dan en facebook, en twitter, lo que considero muy valorable para poder empujar por un cambio en la sociedad. Pero creo que el verdadero cambio se vive ejerciendo un trabajo directo en el espacio de inserción, ya sea en las facultades, en los colegios los secundarios, en el espacio de trabajo, en el entorno inmediato. Es sumamente importante que nos empecemos a articular con los individuos de nuestro entorno, porque solo de esa manera vamos a generar un cambio. Creo que para ser feminista no basta solo con tener una opinión, es muy importante ser activista. Y no creo que el feminismo sea un estilo de vida ni una identidad.
Hoy en día ser mujer no asegura que vas a ser feminista
Pienso que una educación no sexista es la que estaría cimentando el piso mínimo para que nosotras podamos andar libres por nuestras facultades. La educación no sexista viene a proponer que desde la etapa preescolar se cambien todas las históricas discriminaciones que han existido contra la mujer y la violencia agregada. Me parece que esta movilización se ha caracterizado por pedir cosas que son bastante básicas para que nosotras podamos estudiar tranquilas. Pero el horizonte debiese ser que nosotras apostemos por una educación feminista, donde estemos cuestionando nuestra disciplina cotidianamente, donde estemos problematizando de manera transversal lo que estamos estudiando, el patriarcado en su totalidad, en la sala de clase. Ahora, abogando por cosas básicas: que frente al acoso existan protocolos que sean efectivos y que no exista discriminación en el aula.
Creo que las mujeres también incurrimos en prácticas machistas, discriminatorias entre nosotras mismas; e incluso cuando las mujeres alcanzan rangos de poder dentro de los espacios universitarios, cuando son profesoras titulares, cuando son decanas, también incurren en esas prácticas. O sea, hoy en día ser mujer no asegura que vas a ser feminista. Pienso que nosotras debemos insertarnos en el ámbito laboral de manera completa, pero eso también debe significar que tenemos otras prácticas de liderazgo que no son las que usualmente ocupan los hombres para dominar.
Nosotras en general estamos acostumbradas al profe que es dominante y autoritario, que ocupa su cuerpo, que ocupa su gesticulación, su proxémica para violentar, y tenemos pocos referentes femeninos de otro tipo de prácticas. Nosotras tenemos que apostar a ser más inclusivas, a ocupar un liderazgo que sea participativo, que sea paritario.
Sin nosotras esta cuestión no va a funcionar
Carolina Olivares Rojas, 26 años
Cuarto año de Diseño Industrial, Universidad de Chile
Santiago, junio de 2018.
Estudié antes Química y Farmacia en esta universidad. Estuve en las movilizaciones del 2011 y 2015. Durante ese último año se hizo una gran toma aquí en la FAU que duró tres meses. El 2006 lo viví en la enseñanza media. Como ven, he participado en varias movilizaciones de carácter estudiantil.
Una va politizando la mirada
Pienso que las mujeres siempre nos identificamos con el feminismo, o bien llegamos al feminismo, porque en algún momento de nuestras vidas nos damos cuenta de que la opresión se hace tangible, se siente; luego algunas lecturas y el conocimiento de experiencias de otras realidades. Personalmente el feminismo llegó a mi vida cuando buscaba salir de ciertas opresiones de las que estaba siendo víctima, de relaciones violentas tanto a nivel familiar como de parejas. Cuando conocí el feminismo fui entendiendo que las opresiones y las incomodidades que yo sentía tenían una explicación que iban más allá, y que no era algo que me pasaba solo a mí. Cuando una comienza a reconocer sus propios relatos en los de otras personas, ahí te das cuenta de que lo que estás viviendo no es un problema personal, sino que llega a ser un problema social, un tema cultural. Después ves cómo eso se traspasa al plano educacional, económico y te hace sentido, una va politizando la mirada.
No vengo de una familia con tradición política. Soy de la comuna de La Granja, una comuna periférica de Santiago, de las llamadas comunas «dormitorio», donde en el día no hay nadie; uno está allí y no pasa nada. Tuve la suerte de que mi madre me diera una muy buena educación y pude llegar a la Universidad de Chile. Siempre me interesó la política, a lo largo de mi vida he tenido una visión crítica y política, pero ha sido algo muy autodidacta. Siempre he buscado hacerme parte de los movimientos sociales.
El movimiento pingüino de 2006 fue para mí encontrarme con demandas que sentía muy propias. Me identificaba mucho. Entendía que la educación gratuita era algo muy importante para todos. Y desde ahí fui haciendo un proceso de construirme a nivel político. Trabajo también en una escuela popular de acá de la Facultad que ayuda a los tíos y tías del aseo para rendir el octavo básico. En el 2015 la toma de la Facultad consiguió poner fin al subcontrato, pero para que eso se hiciera efectivo los auxiliares de aseo debían tener el octavo básico cursado. Esa experiencia me acercó mucho a la educación popular, así me hice parte de un grupo con un enfoque más político. Ahora milito, no es ningún partido político sino el Frente Feminista La Trenza. Llevo dos años militando y bueno, ahí me encontré. Antes no me había sentido representada en ningún partido político, además, siempre, en los movimientos estudiantiles de los que participaba las mujeres no teníamos opinión. O sea, las mujeres nos quedábamos en la cocina durante las tomas. En las asambleas, los hombres eran quienes tenían la voz y el voto y las mujeres nos encargábamos de cocinar y que se mantuviera el aseo. Nunca me encontré en esas asociaciones políticas mixtas porque no era posible alzar la voz, bueno, como sucede también en el lugar de donde vengo. Una solo alzaba la voz en la marcha y gritaba, pero era algo más catártico; en un debate de asamblea, o en las salas de par a par, las mujeres no levantaban la voz, lo que no era muy fructífero.
En el Frente Feminista La Trenza somos puras mujeres… bueno, sí, hay dos hombres que nos apoyan en nuestras actividades, pero no son ellos quienes deciden las cosas que hacemos. Allí no se niegan las dobles militancia, pero nosotras tampoco nos posicionamos como un partido. Tenemos nuestros propios lineamientos, nuestros propios principios: somos mujeres anticapitalistas, antipatriarcales, anticlericales.
Debemos entender que el sexo, el género, es un constructo social
El patriarcado es un sistema que se expresa de distintas maneras y el machismo es una de esas expresiones, a través del cual se subordina a la mujer. El patriarcado no solo oprime a la mujer, sino a todo lo que se escapa de la heteronorma binaria, lo que es hombre o es mujer. Entonces, el hombre que es un poco más afeminado también sufre de ciertas violencias. Debemos entender que el sexo, el género, es un constructo social, con normas que nos imponen y que debemos cumplir, asumir el rol asignado.
Ese constructo social es muy tangible acá en la universidad. Recuerdo haber tenido una experiencia al presentar un trabajo que hablaba de cómo los juguetes seguían reproduciendo los roles de género. El trabajo fue desechado porque al profesor no le parecía y, bueno, reprobé el ramo. O sea, finalmente, también hablar dentro de la sala de clases de algunos temas de género es súper juzgado. Incluso plantear lógicas más comunitarias en el enfoque de las carreras no es posible, y esto, ¡dentro de la Universidad de Chile!
Además, encuentro que mi carrera, Diseño Industrial, tiene un enfoque súper neoliberal, súper de mercado: ojalá saques el producto que más ventas produzca y chao. Se olvida todo este rol social que dice tener la Universidad de Chile. Y yo decidí entrar a esta universidad por eso, es decir, entendía que la Universidad de Chile era el lugar desde donde yo podría retribuir, y es lo que sigo sintiendo que tengo que hacer, lo que puedo hacer hacia la sociedad. En mi población, los de mi barrio, me miran y me doy cuenta de que soy una privilegiada. Entonces, ¿cómo al final uno devuelve eso?; porque cuando uno entiende que es una privilegiada, te das cuenta de que la meritocracia acá no tiene mucho que ver.
El feminismo incomoda, no es algo que llega y que una lo abraza
Para mí el feminismo aborda muchos aspectos de la vida de una mujer, se mete en nuestra vida privada, nos hace cambiar nuestras relaciones personales, nuestras relaciones de pareja. El feminismo se mete hasta en la cama, porque ahora las mujeres podemos empezar a disfrutar de nuestra sexualidad más libremente. Sin embargo, siempre he creído que el feminismo incomoda, no es algo que llega y que una lo abraza. En realidad, el feminismo te hace despojar de muchas cosas, te hace reconocer muchos miedos, te refleja, te pone enfrente cosas que uno nunca antes había cuestionado. Entonces, me parece que es una forma de ver la vida, de enfrentarla, de practicarla diariamente y también de cuestionarse las cosas, como la política. Creo que el feminismo debe impregnar todas las políticas que se aborden, todas las cosas que se hablen. Para mí la mirada feminista debe estar en todo.
Por esto creo que el feminismo involucra a todos; de ahí el cántico «que todo el territorio se vuelva feminista». El feminismo tiene que tocar también a los hombres. En nuestros relatos acá en los círculos, nos hemos dado cuenta de que los hombres también se sienten muy oprimidos. También sienten que deben mantener una forma de vida que es a causa del patriarcado.
Hay quienes dicen que las feministas somos «camionas», somos todas peludas y hediondas; que somos feministas porque somos gordas y nadie nos pesca, porque somos feas. ¡Y nada que ver! El feminismo es algo que te invita a ser libre y a expresarte como una quiera. Y la feminidad tiene un componente cultural potente: el contexto en el que uno está define lo femenino. La realidad la vamos traduciendo y la vamos aprendiendo desde que nacemos: los juguetes que tenemos cuando somos chicas, el cómo vemos a nuestra madre desempeñarse en la casa, a nuestra abuela, y así uno va reproduciendo esas cosas, como las reglas que te van imponiendo, la educación sexista que tenemos, etcétera. Entonces, lo «femenino» es algo que sí está construido socialmente y creo que lo importante acá es cuando el feminismo te plantea «sabes, que esto no tiene por qué ser necesariamente así. Si tú quieres ser así, tómalo o déjalo, pero no es obligación».
Cuando nos oponemos al «amor romántico», no es que nos opongamos a que haya detalles, atenciones u otros gestos de ese tipo en la pareja. El amor romántico es el que entiende que la persona con la que estás te pertenece, que tu pareja es de tu propiedad. Entonces ahí empiezan los celos y otras muchas cosas en las que la violencia patriarcal se expresa. O sea, esto de los «crímenes pasionales» en realidad no son crímenes pasionales. El hombre cree que la otra persona es de su propiedad y no logra entender, por ejemplo, que esa persona ya no quiera estar con él o con ella. Es necesario entonces destruir esta idea y ahí lo personal es político. Lo político es también la vida privada.
No estoy de acuerdo con hacer y hacer leyes y dejarnos llevar por estas lógicas punitivas, porque creo que se deja de lado el análisis profundo en relación a la educación que debiese existir. También creo que debemos entender que es distinto cuando una persona ejerce una violencia con total conocimiento de lo que está haciendo, respecto de otra que nunca ha recibido educación, que no sabe manejar bien sus emociones y que a veces terminan involucrados en situaciones tan fatales. Con esto no quiero quitarle importancia a la condena social para estas conductas, para que no sean repetidas, pero creo que debiese haber una lectura más allá de la aplicación de más condenas, o condenas más duras. Se ha planteado a veces, incluso, la pena de muerte. Yo creo que eso no sirve; tampoco llenar las cárceles nos va a servir. Por eso me parece muy importante este llamado que hace el movimiento feminista por una educación no sexista, a lo que Piñera no se refirió dentro de su discurso y cuenta pública, porque es ahí donde necesitamos que se produzca el cambio, el cambio real. Porque tener más presos, tener más cárceles y más condenas, no va a ayudar nada; tampoco estaba de acuerdo con estas condenas como de los piropos callejeros y todas esas cosas, porque creo que cae en la misma lógica de castigar y castigar estas conductas, pero en realidad no estamos enseñando nada, no estamos dando el mensaje que se debe dar. Simplemente se está diciendo «esto que tú consideras cultural está manchado», pero no se explica el porqué, no se entiende, no se hace algo más allá, y eso hace que la sociedad se polarice.
La educación no sexista debe apuntar a que no se siga reproduciendo este tipo de miradas, estos roles sociales. La educación es uno de los pilares de nuestra sociedad, todo lo que se enseña allí es reproducido finalmente en el funcionamiento de la sociedad. Creo que desde la educación pre-escolar debiese existir un enfoque no sexista. Y ojalá que a los niños cuando nazcan no se les asigne el color azul o rosado según su sexo. Que los juegos no sean clasificados para niñas o para niños, y dejar que los juguetes sean juguetes para unos y otros. ¿Por qué a los niños siempre se les orienta hacia una perspectiva más aventurera y a las niñas a las cosas domésticas?
Si las mujeres paramos, el mundo para
Este movimiento feminista empezó desde las universidades como llamados de emergencia, llamados de alerta por las situaciones de abuso. Las mujeres nos empezamos a cansar de lo que estaba pasando y dijimos no queremos seguir aguantando. Nos dijimos vamos a tener que paralizar las actividades para que nos escuchen. Y este movimiento dio pie a que comenzaran otras organizaciones a movilizarse, no solamente las estudiantes.
Soy parte de la Coordinadora 8 de Marzo y ahí he podido encontrar a otras organizaciones sociales tanto de pobladoras como movimiento No+AFP, donde también se hacen estos cuestionamientos desde el feminismo. Por lo que creo que el feminismo permite, en esta instancia que está naciendo, primero, encontrarnos como mujeres, encontrarnos en nuestras opresiones, en las cosas que lamentablemente nos asemejan, nos hacen similares las unas a las otras, y desde ahí comenzar a cuestionarnos otras cosas.
Lo que busca la Coordinadora 8 de Marzo es lograr una huelga feminista, una huelga de mujeres el 8 de marzo de 2019, es decir, un paro general que sirva para darnos cuenta de que si las mujeres paramos, el mundo para. Somos la mitad del mundo, tenemos que hacernos escuchar, no somos insignificantes, no podemos seguir siendo insignificantes, porque así no importará cuántas denuncias hagamos, porque nos van a matar igual. Entonces vamos a parar y se van a dar cuenta de que sin nosotras esta cuestión no va a funcionar, porque sí somos muy importantes en el desarrollo de esta sociedad. Y eso nos significa empezar ya el trabajo de concientización, empezar a hacer estos llamados, encontrarnos en asambleas de mujeres, en asambleas territoriales para hablar de estos temas. Porque lo que queremos es cambiar este paradigma social, este paradigma económico, esta forma de entender la vida. Podemos lograr este cambio cultural, porque es lo que buscamos y es algo muy potente.
Nuestra sociedad está totalmente permeada por los medios de comunicación masiva, en donde los problemas de los ricos se hacen los problemas de los pobres. Donde la mujer que ni siquiera tiene un auto, ni siquiera tiene reja, ¡ni casa tiene!, está preocupada de los portonazos. Al final, nos traspasan todos los miedos de la burguesía y los hacen los miedos de los pobres, de nosotros, y así nos mantienen embobados y preocupados de otras cosas y no de lo que realmente nos está pasando. Al final nos hacen pelear entre nosotros, entre la clase oprimida, manteniéndonos ocupados de otros problemas. Creo que el feminismo en este momento tiene que ir pasando por esas etapas, por esas lecturas en donde primero es llegar, instalar el tema, hablar sobre las cosas, movilizar y empezar a hacer un trabajo bien de hormiga, de a poco, pero debe ser algo potente social y cultural, debe ser un cambio profundo.
Cuestionarse el sistema heteronormado
Valentina Zúñiga Olave, 21 años
Cuarto año de Geografía, Universidad de Chile
Santiago, junio de 2018.
Soy presidenta del Centro Estudiantes de Geografía y también soy parte de la Sesegen. Participé en la formación del colectivo Las Hijas Venéreas, en el año 2015.
Estudié en un colegio mixto, con muchos compañeros bien machistas, a los que siempre les hacía la crítica, pero nunca vi eso como algo político o lo relacioné con el feminismo. Creo, además, que en ese entonces ser feminista se veía como algo malo o algo muy radical. Entrar a la Facultad y hablar de estos temas me abrió los ojos. De hecho, cuando formamos el colectivo me di cuenta de que el feminismo es político y es a la vez muy personal, por lo que me hizo sentido. Luego empecé a salir con una mujer, entonces el feminismo me hacía mayor sentido: ser mujer y, además, ser mujer lesbiana.
El patriarcado se expresa de todas las maneras posibles
Me parece que el patriarcado es un sistema económico, cultural y político. Soy también militante de un partido y este tema me ha generado mucha reflexión, porque hay compañeros que creen que si se elimina el capitalismo, se elimina el patriarcado. Pero para mí es una pregunta constante, y digo «no, porque sigue existiendo dominación por parte de unos sobre otros, independiente de la clase». Esta discusión la compartimos con las chiquillas; el patriarcado se expresa de todas las maneras posibles, por eso pensamos que el feminismo tiene que ser interseccional. Y por eso esto no es solo un tema económico y político, sino también social y cultural, que oprime a las mujeres, principalmente a las mujeres negras, lesbianas, transexuales; creo que tiene muchas aristas y hay que atacarlas todas. El feminismo lo aprendí independiente de la organización y, de hecho, traté de introducir el tema del feminismo en la política partidaria.
El feminismo tiene que abarcar a toda la sociedad: hombres, mujeres, trans, etcétera. Pero, en estos contextos, tiene que ser una lucha liderada por las mujeres, o por cualquiera que se sienta mujer. Y eso no significa que a los hombres no les afecte, sino que en este sistema somos las mujeres las que estamos más afectadas y por lo mismo también es muy difícil pedirles a los hombres…, es difícil que sepan lo que vivimos las mujeres.
He discutido esto tanto con mi mamá como con mi papá y mis hermanas, que están todas full feministas, pero mi papá, por ejemplo, me cuestiona lo que pasó en Las Condes con ese mal llamado «piropo» que le tiraron a una chiquilla y ella denunció por acoso callejero. Él me decía que eso era exagerado y no sé qué más, y yo le respondía «papá, tú nunca vas a poder entender lo que es caminar por la calle y que te digan cosas, independiente de qué sea, porque ningún hombre va a estar mirándote y ningún hombre va a estar opinando sobre tu cuerpo». Pero es muy difícil que un hombre entienda eso, o quizás lo entiende, pero nunca lo ha vivido.
Para mí ser feminista es cuestionarse radicalmente
el sistema heteronormado
En estas movilizaciones hemos discutido bastante si somos separatistas o no lo somos, porque, claro, el feminismo tiene que llegar a todos, a todas y a todes, porque tampoco nos a vamos a encerrar como se hizo en México, donde hay un vagón del metro sólo para mujeres; una sale a la calle y se tiene que enfrentar con la sociedad patriarcal... Pero sí creo que es una cuestión que tiene que ser liderada por las mujeres. Sabemos también que este es un proceso en construcción, es decir tenemos una idea, tenemos un horizonte.
Para mí ser feminista es cuestionarse radicalmente el sistema heteronormado, ya sea económica, política y socialmente; es tener una posición y ojalá tener un activismo. La otra vez vimos un documental que mostraba que, finalmente, todos los cambios que han ocurrido en la historia han sido porque la gente ha tomado una posición y se ha levantado, ha habido hasta muertos, como ocurrió acá en Chile con la dictadura, y eso de alguna manera ha permitido que cambien las cosas. Y es la única forma de hacerlo.
En el contexto de neoliberalismo en Chile, creo que el feminismo tiene que ser de clase, porque las que finalmente están más oprimidas son las mujeres más precarizadas de este país. Y esto es también una autocrítica: hemos tenido este espacio, que ha sido la asamblea de mujeres, nos hemos organizado y hemos podido discutir de todo, luego nos preguntamos cuánto de esto le está llegando realmente al territorio. Porque la idea no es tampoco «ya, les damos el espacio, organícense; o nosotros las vamos a ayudar a organizarse», porque eso sería una actitud maternalista, incluso una actitud machista. Entonces, ¿cómo lo haces para que las mismas mujeres sientan necesidad de organizarse?
Creo que las movilizaciones y este estallido ayudan a que la gente empiece a hablar sobre estos temas, la educación sexual en los colegios, la educación no sexista, la identidad de género, las leyes que se han pasado, el aborto en tres causales…, también hemos perspectivado la discusión hacia el aborto libre, y eso es algo que ha generado conversaciones en la sociedad.
Da risa que la derecha diga «no estamos de acuerdo con el aborto, es ir en contra de la vida», pero tampoco están de acuerdo con educar a los niños y niñas en cómo no embarazarse. Esto tiene que ver con una cuestión cultural, pero también con una cuestión de políticas públicas. El Estado ahí se tiene que hacer cargo. Lo mismo que pasó esta semana, hubo cinco femicidios en treinta y seis horas. ¿Quién se hace cargo? El Estado debe hacerse cargo de que no exista impunidad frente a estos hechos, como con los derechos humanos en general, donde hay harta impunidad. Cuando hay impunidad, las personas comienzan a dejar pasar no más las cosas, porque nadie se hace cargo. Lo que nos ha pasado aquí: nadie quiere denunciar, porque uno cree que en verdad no va a pasar nada. Voy a seguir viendo al mismo profesor, voy a seguir viendo al compañero que me abusó, ¿para qué voy a denunciar?
Contra el capitalismo y el patriarcado
Nicole Martínez Aranda, 26 años
Ingeniería Industrial, Universidad de Chile
Estudiante del Magíster en Gestión y Políticas Públicas
de la Universidad de Chile.
Santiago, julio de 2018.
Soy nacida y criada en Chillán. Llegué a Santiago el año 2011 para iniciar mis estudios en la Universidad de Chile, donde actualmente soy presidenta del Centro de Estudiantes de Ingeniería (CEI). Soy la tercera presidenta mujer en los 112 años de historia de esta Facultad; ha sido muy especial este tiempo aquí en Beauchef, un período que he vivido con mucha felicidad, pero también harto trabajo.
Nuestra Facultad en este remezón feminista
La directiva del Centro de Estudiantes está compuesta por seis mujeres y seis hombres. Las elecciones fueron en noviembre del año pasado, pero en marzo comienza el trabajo con el estudiantado de manera oficial. La historia de nuestra facultad en este remezón feminista nace como en la mayoría de las facultades: se realizan encuentros y asambleas de mujeres en el espacio universitario convocadas por situaciones coyunturales o casos más específicos en torno a sumarios no resueltos de acoso o abuso sexual dentro de la institución. Esos encuentros o asambleas poco a poco se hicieron más frecuentes, luego en conjunto con la Sesegen, que es la Secretaría de Sexualidad y Género de nuestro espacio, nosotras como CEI y beauchefianas, que es una comunidad de funcionarias, académicas y estudiantes de la Facultad, todas mujeres que funcionamos a través de Facebook, comenzamos a agitar el tema. En la asamblea del día 8 de mayo se decide tomarnos la llamada Torre Central, que es el edificio administrativo de la Facultad.
La red de mujeres en Facebook se constituye el año 2016, es una red que lleva tiempo y en el último periodo ha significado un espacio donde se conversan estas cosas entre las estudiantes y algunas académicas las funcionarias son mucho menos activas por la características del soporte. En una facultad donde existe un 30% de mujeres, este es un espacio netamente nuestro y ha permitido que exista mayor confianza entre nosotras, además de socializar el cómo se llevan adelante los procesos de denuncia.
El argumento más fuerte para irnos a toma fue poner al estudiantado al tanto del estado en que se encontraban algunos sumarios que teníamos en la Facultad, que involucraban a docentes como acosadores y estudiantes como víctimas y que llevaban más de diez meses sin ser resueltos, con los profesores haciendo clases impunemente y relacionándose con estudiantes de distintos cursos; eso fue lo que gatilló la movilización, porque se marca un «ya está, ¡ya!». O sea, hemos intentado todos los canales institucionales y no ha funcionado, por lo que se decide radicalizar la acción. Sumado a esto había un contexto global: veíamos cómo la Universidad Austral se estaba movilizando y cómo sonaba también lo de la Facultad de Derecho. Logramos movilizar a unos quinientos estudiantes, y a la toma entraron más de mil trecientos de un universo total de cinco mil. Lógicamente eso disminuyó con el tiempo por el desgaste, como todas las movilizaciones, y el resto se vio más permeado por una participación lejana, distante, a través de plataformas virtuales.
Teníamos dos grandes sumarios, los de los departamentos de Geología y de Astronomía. Son sumarios que hace unos meses llegaron a la esfera pública, a la prensa, de manera desafortunada. En primera instancia se filtra la carta de los estudiantes de Geología que denuncia a estos profesores. Es una carta que ellos llevaban al decanato y de alguna manera se filtró a los medios, se generó así una exposición que las estudiantes no querían, esto fue a finales del año pasado.
Nuestra Facultad tiene protocolo y en enero de este año (2018) rectoría lo regularizó y es el que actualmente rige para las denuncias de acoso, abuso y discriminación arbitraria. El antiguo te permitía hacer las denuncias, pero era menos certero, y el año pasado Beauchef estuvo marcado por las denuncias. Pero no todas estas llegan a ser sumario y esa fue una de las críticas más importantes por la que nos fuimos a toma. Estábamos hablando de solo dos procesos que efectivamente estaban en sumario, por lo que debieron haber asegurado un resultado más rápido o más eficiente, o más cuidado, pero no fue así. Entonces nos preguntamos qué hacemos como Facultad con todas las denuncias que ni siquiera llegan a transformarse en investigaciones sumarias, porque son las mismas autoridades las que tienen la facultad de decidir si esas denuncias se convierten o no en una investigación sumaria. Además se sumaban las denuncias informales que como estudiantes recibimos en conjunto con la secretaría de género, las que no se hacían llegar al canal formal por la desconfianza en el proceso que finalmente terminaba en nada. No manejo el detalle de todas las denuncias, pero puedo asegurar que en esta movilización no hubo reporte de denuncia por parte de hombres, excepto el sumario de Geología, que se levantó por hombres y mujeres miembros de una generación que sí sufrieron abusos de docentes. En ambos sumarios hay acoso sexual, los que se complementan con dinámicas de abuso de poder por esta asimetría docente-estudiante.
Las diferencias de cómo se vive el feminismo
Creo que hay dos cosas importantes de señalar: uno es que en nuestra Facultad hay una dinámica bien jerárquica, bien elitizada, que ha dejado fuera de esta cultura de denuncia en Facebook a las funcionarias, socializándose más entre el estudiantado. Las funcionarias no han llegado a avanzar en eso por la permanente negación por parte de las autoridades a sus denuncias. Por ende, yo me imagino que a pesar de que esa red se configure como un espacio, entre comillas, de confianza, las funcionarias, les funcionaries de Beauchef, no tienen una señal institucional; existe un porcentaje no menor de renuncias por abuso de poder o de índole de acoso laboral, o sexual que no llegan a nada y terminan en la desvinculación de las funcionarias.
Creo que también hay disimilitudes en como una vive el feminismo, las demandas de la perspectiva de género desde los distintos estamentos.
Al menos en lo que se vive acá, las funcionarias no declaran el componente de género como lo central, ellas declaran el abuso de poder, sus denuncias son de acoso laboral el que puede ser perpetrado por hombre y mujer. Por eso nosotras al final de nuestra movilización identificamos no al hombre como el perpetuador de la estructura patriarcal, sino que a la estructura patriarcal misma como la que empuja estos abusos y que en el estamento funcionario se traduce en jefaturas muy patriarcales, en la reproducción sexual del trabajo que mantiene un 70% y 80% de mujeres para limpiar baños, versus los hombres que limpian el jardín y así sucesivamente. Entonces es un cuento mucho más heterogéneo creo yo.
Decía que nuestra Facultad se componía de un 30% de mujeres, en esta cifra considero solo a estudiantes. Para ser más específica, este año ingresó un 33% de mujeres, desconozco el número de funcionarias. Respecto de las académicas titulares de Beauchef, son un 11% y es mucho más alto el porcentaje de académicas no titulares. Como autoridad existía solo una directora hasta el ingreso de la nueva administración que llegó hace dos semanas, este nuevo decanato viene con un componente de cuota de género interesante en términos directivos. Ahora tenemos tres directoras, que es un número sumamente bajo pero es un cambio importante para lo que teníamos. Son tres directoras del equipo directivo del decanato, es decir, tenemos una directora de académica, una directora de Escuela y ahora la directora de Género porque se crea la dirección de género en Beauchef. También aumentan las directoras de departamento, lo que es significativo porque la cúpula jerárquica de la facultad es el consejo de facultad y en ese consejo éramos tres mujeres, ahora vamos a ser alrededor de ocho, contando las directoras de departamento, las representantes funcionarias, la nueva directora de la cúpula y yo, que voy como presidenta del CEI.
La creación de una nueva figura en nuestra Facultad, que es la dirección de género, es el resultado de un trabajo que se viene desarrollando desde el año pasado por unos casos de ciberacoso y ciberbullying muy fuertes que aquí se dieron, donde compañeras se vieron expuestas de manera brutal en foros anónimos y donde se descubre que eran los propios compañeros que llevaban la información a esos foros. Hubo una exigencia de nuestra parte de institucionalizar el tratamiento del tema e impulsar políticas transversales, de manera que no quedara la componente de perspectiva de género como algo invisible y que existiera de manera seria una señal institucional. Se aprobó la constitución de esta dirección en el primer consejo de facultad, después de la toma.
Desde el socialismo el feminismo no es una lucha aparte
El año pasado yo me candidateé como independiente y en marzo de este año ingresé a militar a Revolución Democrática. Fue súper interesante el debate político del feminismo militante versus la militancia solo en el feminismo, creo que ello enriqueció muchísimo la construcción de la movilización aquí. Fuimos capaces de conjugar esas miradas. Aquí declaro que soy militante de izquierda, feminista y soy dirigente, pero demoré en llegar a afirmar eso sin sentirme de alguna u otra forma traicionando al feminismo. Pasé por un momento de formación, de leer a feministas mayores, de revisar un poco la historia del feminismo y con ello pudimos dar una discusión mucho más rica, porque en un principio se tornaba bastante difícil.
Había compañeras, ajenas a la política, a las que les daba miedo decirse feministas porque entendían el feminismo como algo idealizado, que solamente lo podían llevar aquellas que trabajan teóricamente el feminismo en las distintas ramas, pero hoy día entendemos que va mucho más allá. Soy militante feminista porque creo que desde el socialismo el feminismo no es una lucha aparte. Creo que la lucha estructural contra el capitalismo debe ir de la mano de la lucha contra el patriarcado y por eso todo lo que hago y empujo desde mi organización, es necesariamente desde un lente feminista. En lo concreto con las demandas que posicionamos: una educación no sexista y el tema del financiamiento no son luchas disociadas. O sea, no creo que haya que pelear por un financiamiento más justo en la Universidad de Chile o en el sistema educacional separado de la pelea por el feminismo, ambos tienen mucho que ver con lo que nosotros queremos para Chile.
El sujeto femenino es el sujeto disidente
Al principio en Beauchef el separatismo era visto como un fin, y se llegó a pensar que la movilización feminista era mujeres versus hombres. Pero luego empiezan a avanzar las conversaciones y nos vamos dando cuenta de que es precisamente eso lo que queremos deconstruir. Entonces hoy si hay algo que rescatar a acá, es que nacen las subjetividades. Pienso que dentro de un espacio muy heteronormado, muy masculinizado, hemos sido capaces de plantear las subjetividades de lo femenino, de lo masculino, que la disidencia sexual tenga voz y eso es algo que a nuestro juicio podemos mostrar como un triunfo, una ganada política. Hoy día existe B eauchef Diverso como una organización estable que está elaborando políticas y eso había costado mucho posicionarlo. Entonces, ¿cuál es el sujeto femenino? Creo que precisamente es ese sujeto disidente, que busca romper con la norma que Beauchef acrecienta, y desde ahí romper, por ejemplo, con el liderazgo de la mujer entendido como un liderazgo masculinizado, de voz fuerte, de carácter potente, para empezar a reconocer a la mujer científica como una sujeta que había estado totalmente invisibilizada. Creo que hemos avanzado en eso. Hoy es mucho menos claro qué mujeres están levantando acá el feminismo, es decir, que no son sólo las mujeres, sino «les» quienes nos declaramos feministas aquí en Beauchef.
Ahora creo que, en general, la respuesta o el efecto que ha tenido esta movilización en el hombre blanco promedio, primero es un poco de incomodidad, de reticencia por el desconocimiento, porque se sienten atacados. Pero en Beauchef el efecto tiene otros componentes: el hombre beauchefiano heterosexual nunca se había sentido interpelado por nada. O sea, era el genio, el alto promedio PSU, el sujeto para el cual la Facultad está hecha. Y de pronto llega una movilización que interpela directamente la masculinidad y no sólo la masculinidad como la entendemos todos, sino que el ser hombre también. La primera respuesta fue evidente, una resistencia absoluta, y en el imaginario social se desató este relato de hombres versus mujeres, y que las mujeres de Beauchef les declararon la guerra a los hombres. Se inició una serie de reacciones defensivas, donde ellos comenzaron a decir: no todos somos abusadores, por qué tenemos que entrar en la misma bolsa. Creo que ahí lo importante fue que logramos hacer entender a cierta población de compañeros que esa no era la lucha que nosotras estábamos proponiendo; cuando logramos eso, empezamos a encontrar aliados en lo estratégico y en lo político. No hombres feministas, y pienso que estoy lejos de poder asegurar que en mi Facultad existan, pero sí encontramos aliados estratégicos para lo que nosotras estábamos queriendo lograr. Fueron compañeros que desde nuestra perspectiva interpelaban a otros compañeros en diversos espacios, lograban transmitir realmente nuestro mensaje y acabar con esa caricatura de la movilización feminista. Nosotras tenemos un foro institucional y allí se abrieron debates increíbles, lo que fue bien importante porque fue una transición en lo relacional. Y hoy, la posición machista, dura, que sigue existiendo en Beauchef es totalmente indicada con el dedo, es mal vista.
El poder se sigue manteniendo bajo lógicas patriarcales
En nuestra Facultad ha sido muy interesante la discusión sobre la educación no sexista, porque vivir en una realidad tan hostil para la mujer y la disidencia sexual generó lentitud en el avance de las propuestas políticas o las lecturas políticas. Hemos levantado una mesa de trabajo que quedó como resultado de la movilización, y es el espacio institucional que se ha creado en todas las facultades. Mediante esa mesa nosotras hemos ido estableciendo pilares para avanzar hacia una educación no sexista. Pero creo que no hay claridad aún de cuál va a ser nuestro objetivo final, porque a nosotras mismas nos ha costado identificar por dónde podemos ir.
Lo que sí es claro es que ya no es posible que en las clases los profesores sigan replicando discursos sexistas. Que la condición de ser mujer, por ejemplo, y ser madre sea totalmente invisibilizada en este espacio. O sea, si eres mujer y eres madre, adiós ingeniería, o ve tú cómo la sacas. Estas cosas han sido más fáciles de reconocer. Entrar a las mallas curriculares o a las capacitaciones ha sido muy difícil, porque la institución ha sido muy reacia a avanzar en ello. Si bien estamos logrando cosas mediante la mesa de trabajo, hay mucha reticencia a remecer aún más el conservadurismo. Creo que esta Facultad es una de las más conservadoras y hay una correlación directa entre los comportamientos o el pensamiento sexista y el poder. Entonces, mientras esa lógica se mantenga, es imposible lograr una reestructuración democrática, porque el poder se sigue manteniendo bajo lógicas totalmente patriarcales.
Muchas compañeras estaban temerosas del regreso a clases, principalmente por las reacciones adversas que podían comenzar a generarse. Hasta ahora no hemos visto eso de manera concreta, no ha salido. Pienso que ello también es porque de cierta forma logramos interpelar al perfil beauchefiano promedio. Porque el beauchefiano es bien interesante: es una persona de un ego muy alto pero a la vez con una autoestima muy bajita, y creo que hemos logrado interpelar al ñoño –no sé si esto está bien decirlo así–, hacerle entender que esto no es contra él. Hay una porción bien importante de esos compañeros que lograron entender y decir «oye, a mí no me han quitado nada, no me están remeciendo nada, al contrario, yo puedo aportar para que esta movilización sea mejor».
Beauchef hoy diverso
Para mí ha sido una cuestión tremendamente positiva y emocionante ver a la gente de Beauchef Diverso cuando la semana pasada tuvieron una especie de celebración acá en la cancha de Beauchef, que es el espacio icónico de celebración; llenaron el lugar con un show queer. O sea, se realiza el primer show queer en Beauchef y se llena… eso para mí fue impresionante. Han hecho intervenciones en las salas, en estos torniquetes que tenemos ahora a la entrada de la Facultad; han hecho harto en poco tiempo y creo que ese es el resultado de un proceso súper duro que les ha tocado. Al inicio de la movilización, como señalaba, ganaba mucho más el esencialismo como una suerte de feminismo radical, no entendiendo las distintas manifestaciones y corrientes que tiene el feminismo, por lo que la disidencia sexual lo pasó muy mal. Fue a través de las asambleas y los planteamientos políticos de las militantes de algunos partidos, que compartimos la concepción del feminismo socialista, que logramos abrir las conversaciones y comenzamos a madurar que no hay solo un feminismo, existen diversas corrientes, y de a poco empezamos a comprender que la disidencia también debía formar parte de la lucha.
Pienso que elles lo están haciendo súper bien. Ahora no digo que la violencia hacia las disidencias esté totalmente en cero, es un trabajo de largo plazo, pero al menos ahora les compañeres tienen espacio para manifestarse y disputar cosas que son tremendamente relevantes para ellos, como por ejemplo el avance en la implementación del decreto Mara Rita, que reconoce las identidades trans, al nombre trans me refiero, cuestión que hasta antes de la movilización no lo querían implementar por temas «operativos». Era como que le costaba al computador y no se podía por razones técnicas. Cosas como esas hemos logrado impulsar y ha sido significativo el avance de la disidencia.
Debe haber respuestas heterogéneas desde el feminismo
Para nosotras es una preocupación el alcance que puede y debe tener este movimiento. El solo hecho de ver cómo viven la lucha feminista las funcionarias nos hace entender que la relación entre clases o las distintas opresiones que viven las mujeres necesita una respuesta heterogénea desde el feminismo. O sea, una respuesta que rescate por ejemplo el feminismo en los territorios, en la ruralidad, en regiones y en el trabajo. Sabemos que nuestro petitorio a nivel U. de Chile adolece de esa respuesta, y ello es una autocrítica como vocera. El petitorio puede leerse un poco desde el chauvinismo de la Chile: avanza, es cierto, pero no somos capaces de interpelar tan directamente al sistema educativo como sí lo hizo el movimiento en el 2011, pero creo que es parte de lo complejo que es definir una estrategia política en torno al feminismo. Ahora la democratización es prioridad en nuestras conversaciones.
Hoy el feminismo sí o sí es tema de conversación
Soy de región y pronto vuelvo a mi casa nuevamente, aunque después de la movilización también me fui unos días a descansar y el tema del feminismo ahora allí está. En todas las instancias familiares alguna pregunta sale, alguna broma de mi abuelo fue un poquito abucheada, cierto… Y comienza la conversación familiar que no se da tan abiertamente: hay miedo en el qué decir y no decir. Lo que yo he llevado a mi casa es: hay que perder el miedo, porque esto nos viene a interpelar a todes, y desde la posición de aprendiz. Veo a mi mamá, a mi abuela, a mi tía que se hacen ciertas preguntas, pero luego dicen «chuta, a ver, esto será feminista, o no estoy siendo feminista». En ese sentido comparto lo que plantea Julieta Kirkwood, que lo personal es político, y eso nosotras tenemos que ser capaces de llevarlo, no de manera maternalista, dando la respuesta, esto no es una prédica «mira este es el feminismo, toma, agárralo y aplícalo», sino que más bien desde la autonomía de las mujeres y de la disidencia, que ellas mismas vayan identificando al feminismo como una forma de vivir, de relacionarse, y creo que eso está pasando.
Somos herencia
Hay algo que nosotras podemos reconocer y es que somos herencia de una fuerza que ha pasado por olas, pero bastó la primera toma feminista para que todas las feministas mayores de nuestro país aparecieran como aliadas férreas, y son a quienes una tiene que recurrir para entender la historia. Es decir, creo que sería bastante ceguera creer que estamos inventando la rueda. Intentamos darle continuidad a una lucha histórica y quizás lo diferente de hoy es que tenemos redes sociales más activas, tenemos herramientas socioculturales que pueden permitir que esta cuestión llegue más lejos, esa es la diferencia; yo creo que todo lo que nos está pasando, todas estas discusiones políticas desde el primer día de movilización hasta la inclusión de la disidencia, son discusiones que perfectamente podemos ver cómo se dieron en otros tiempos si miramos hacia atrás.
Hablar de patriarcado o feminismo es algo abstracto
Cuando voy a mi casa y hablo del patriarcado me preguntan qué es eso..., decirlo así es algo abstracto. Lo mismo pasa con el feminismo. Es difícil definirlos. Aun así, creo que el feminismo es una lucha permanente contra la invisibilización de las subjetividades de lo que significa ser mujer. Es la lucha por derribar esa estructura del hombre como la representación del macho, el líder del mundo, lo exitoso, lo proyectable, lo admirable, lo reconocible. Si hay algo que está en la base del feminismo, es que este quiere reconocer a la mujer como sujeta política, de acción, de cambios. Y eso no está, no lo vemos, por más que le pongamos cuotas en los distintos lugares, no está. Porque no se reconoce la mirada de mujer. Hay que reivindicar a la mujer en todas las aristas de la sociedad, pero reconociendo que esa mujer no es una respuesta a la mujer que quieren que seamos.
Creo que el feminismo debe interpelar a lo femenino y no por querer apagarlo, sino porque lo femenino responde mercantilmente a lo que es el patriarcado en cuestión. La feminidad que conocemos es un constructo social: nos han obligado a entenderla de la manera como lo hacemos. Yo veo al feminismo como una lucha que en sí es disidente, porque rompe con estas lógicas que han dominado nuestra forma de evolucionar, también estéticamente.
Pienso que lo primero que tenemos que lograr es una suerte de «consciencia feminista» en la comunidad para que las peticiones después sean mucho más profundas que una cuota de género. Porque hay mujeres en puestos de poder que de una u otra forma también perpetúan prácticas de las que estamos hablando. Si no, no habría abuso de poder por parte de mujeres.
La toma me cambió la vida
Axel Ballesteros Villegas, 19 años
Plan Común Ingeniería y Ciencias, Universidad de Chile
Santiago, julio de 2018.
Creo que el feminismo incluye y abre las puertas a todas las luchas que se van a tener que tomar en cuenta en algún momento, incluyendo a todas la intersexualidades y grupos humanos que son discriminados o que son excluidos. O sea, comenzamos con las mujeres, después deberíamos hablar de disidencias sexuales, inmigrantes e indígenas. Este tipo de instancias –las tomas y paros para debatir– abren las puertas para que se potencie este tipo de luchas. En lo personal me integré por eso a «Beauchef Diverso» este año, para luchar desde aquí, porque no soy de ningún partido político, pero me gusta la política, participo pero no milito, me invitan a inscribirme, pero soy muy independiente.
Después de las tomas, han pasado cosas…, cosas tan simples como cuando estamos conversando entre amigos y alguno se manda algún comentario desubicado, otro inmediatamente le dice: «¡ya po!, ¿qué onda?..., pero si estuvimos ocho semanas en paro, ¿no aprendiste nada?». Creo que algo quedó, aunque sea muy pequeño.
Me teñí el pelo en cuarto medio y me sacaron de todo
El año pasado recién «salí del clóset» es que soy de región, soy de Puerto Varas, entonces para mí la llegada a Santiago fue abrir mi mente en 180 grados. Fue pasar desde 1 grado a 180, básicamente por el hogar donde yo vivía y con el círculo que me relacionaba. Estaba en un lugar más o menos de derecha, conservador, mucha cultura alemana, de campo y en un colegio de curas. Entonces cuando llegué a Santiago fue como «¡wow!», … todo podía ser, y todo fue nuevo. No me había cuestionado mi sexualidad hasta cuarto medio, fue muy al final en mi etapa escolar. Entonces en el colegio no puedo decir que lo pasé mal ni que me hicieron bullying, salí con buenas notas, pero tenía una duda sobre mí, muy en el fondo.
Ahora me doy cuenta, después de todo lo que he aprendido, que el colegio era terriblemente machista, conservador y discriminador.
Para llevarle la contra al sistema que vivía, me teñí el pelo en cuarto medio y me sacaron de todo. Fue mi primer choque contra la heteronorma y el patriarcado. Tuve un tremendo apoyo de mis compañeros, incluso los papás de mis compañeros me dijeron que podía ocupar la Ley Zamudio porque me discriminaron por teñirme el pelo. Me decían que por ese tipo de cosas podía ir a la Intendencia, pero yo no me quería hacer problemas, ya estaba saliendo y me iba a ir de ese lugar…, lo dejé pasar.
Y nadie preguntó
Después llegué a la Universidad y me asumí como homosexual en el primer semestre, nunca lo comuniqué, nunca dije nada y no «salí del clóset» porque pensaba: «lo voy a tratar como algo tremendamente común y normal». No se lo dije a nadie y nadie preguntó. Entonces hice amigos, estudiábamos juntos, compartía con distintas personas, hasta que se realizó la primera marcha del año 2017… Fue en el mes de julio, cuando después de un control era la marcha y yo quería ir… un amigo me acompañó. Y claro, los dos adivinábamos que éramos «colas», pero nunca dije nada, nunca me declaré homosexual ante nadie, ni de mis compañeros, ni de mi sección… Nunca dije nada, fue completamente normal.
Alguna vez vi anuncios sobre «Almuerzos Diversos de Beauchef», pero sentía que no estaba preparado para ir, no quise. Y fui un «beauchefiano» más…, un poquito salido del perfil; pero vivía la vida igual que el resto, vivía una vida normal y común. Eso fue todo el primer semestre, pero en el segundo semestre tomé un curso de formación general (CFG) sobre diversidad y género, y este fue mi primer acercamiento al mundo LGBT donde aprendí cosas básicas; como la diferencia entre orientación sexual e identidad de género, las vivencias de las lesbianas o la gente trans, ese tipo de diferencias, pero siempre muy desde lejos, solo aprendiendo cosas…, alejado de todo lo que me pudiera identificar.
La toma cambió mi vida
Nunca viví episodios de discriminación o algo por el estilo, creo que fue porque no se me notaba mucho, pero todo cambió este semestre, cuando empezó la toma.
Cuando fui al desayuno de «Beauchef Diverso» estaba preocupado, pero me di cuenta de que «somos caleta», somos muchos. Yo no tenía idea de que éramos tantos y fue una instancia donde todos estábamos muy abiertos de mente. Fue «bacán», en comparación con el mundo del que yo venía. Nunca sentí que era tan patriarcal Beauchef, nunca lo sentí tan violento, porque mi comparación era muy radical.
Soy la prueba viviente de que estamos invisibilizados, o sea, yo no me di cuenta durante un año que existe este tremendo mundo en Beauchef. Yo creo que, de verdad, la toma me cambió la vida…, y le digo a todo el mundo: «siento que crecí como persona en la toma y le doy gracias a "Beauchef Diverso"», … la toma me cambió la vida.
Me doy cuenta también del machismo internalizado, de lo heteronormado, de las prácticas del siglo pasado que aún existen. Entonces, darse cuenta de esto, como mi despertar en ambos sentidos –feminismo y disidencia– fue gracias al movimiento feminista de este año, la toma fue un cambio rotundo en mi perspectiva de la sociedad.
Con esto viví cosas distintas
En mi casa también hubo cambios. Me dije: «ya, no puedo irme a Santiago de vuelta sin decirles». Mis papás en ese sentido son mucho más liberales que el resto de Puerto Varas. Fue la última semana antes de venirme… nos juntamos todos los hermanos en la casa. Entonces, yo lo hice no como en el secreto del tipo: «siéntense, este es un tema que hay que tratar». Lo traté muy normal; una amiga me ayudó e hicimos muffins de colores, algo muy normal… les quise contar muy feliz, con letritas y sorpresas… esta es la cuestión. Y hubo una aceptación. Me dijeron que a lo mejor alguna vez lo habían pensado, de hecho, me había dado cuenta que una vez mi papá en las típicas charlas de papá-hijo había dejado de ocupar el término «pareja», esto antes de que se supiera todo. En ese sentido tuve una muy buena aceptación, pero claro, nunca hubo un momento para profundizar y a la semana siguiente me vine a Santiago.
Mi hermana estaba feliz, me decía que ahora podemos conversar de niños y cosas así. Después vino la toma y yo empecé a hacer otras cosas que antes no hacía, como pintarme las uñas, que era algo que por mi forma «heteronormada» no pensaba hacer nunca. Con esto viví cosas distintas, porque además me empecé a soltar un poco en la manera de hablar, me preocupé menos de si era amanerado o de si gesticulaba más. Bueno, esas cosas sí le han chocado un poquito más a mi familia. Ahora recién estuve de vacaciones y me dijeron: «oye qué onda las uñas, ¿qué está pasando?». Mi papá se preocupa porque fui a Puerto Varas y estuve con las uñas largas y pintadas, entonces eso choquea demasiado allá. A mi mamá le preocupa si llegara alguien y le preguntara si ahora soy travesti, es algo que allí podrían decir porque no tienen idea de nada. Eso les cuesta un poquito más, la expresión de como uno es, más que la orientación sexual, y en eso estamos creciendo.
El enemigo es el patriarcado
Ian Wolde Ponce, 24 años
Ingeniería Civil Mecánica, Universidad de Chile
Santiago, julio de 2018.
Me integré a «Beauchef Diverso» hace harto tiempo, estaba en segundo de universidad. En ese momento, en el 2013, se llamaba Comisión de Género y, que yo sepa, fue una de las primeras agrupaciones que intentó ver temas ligados al feminismo y diversidad sexual. En realidad, trataron de abarcar todo, pero comenzó más ligado a temáticas de acoso sexual. Fueron los primeros acercamientos de la gente al tema, así se dio a conocer, se hizo famoso y hubo algunas intervenciones ese mismo año, como por ejemplo una en que las mujeres fueron con tacos, súper arregladas y con carteles diciendo: «¿ahora me veo suficientemente bonita para ti?». Además de eso, pusimos una cama en medio de la Facultad, en la parte más transitada, donde en la mañana había una pareja de dos hombres durmiendo abrazados; después como al medio día había una pareja heterosexual tomando desayuno en la cama, como lo más normal, y después de almuerzo había una pareja de dos mujeres conversando y de repente se daban un beso, tratando de mostrar todo con normalidad… ¡Ese momento fue súper rupturista!, a la gente le chocó harto, recibimos harto odio en el foro.
Después de eso, la agrupación pasó a ser una Sesegen, una secretaría de género, y desde ese momento se siguieron abordando temáticas de género y diversidad, pero más enfocados a género y feminismo, ahí me alejé un poco porque también estaba con otras cosas de la Universidad. Con el tiempo, se terminó por separar en dos ramas: la Sesegen que veía los temas de feminismo y el LGBT, que trató de abordar parte de la diversidad, pero en general estuvo muy débil, porque no lográbamos convocar a mucha gente. Tratamos de hacer actividades, pero no nos resultaban. Organizamos un conversatorio queer y salió bonito, pero éramos como quince personas y de esas, siete éramos parte de la agrupación. Después cambiamos de nombre, creo que fue en el 2016, pasó a llamarse «Beauchef Diverso», continuando con la idea de tratar temáticas de diversidad, pero no teníamos metas claras –por lo menos así me parecía–; además hubo peleas internas, y al final se terminó por desarmar en el 2017, pero hoy en la toma revivió fuertemente…
Decidimos que la organización fuera abierta
Después de una «asamblea desayuno» donde llegó mucha gente, organizamos un almuerzo al que llegaron más. Éramos unos treinta, todo un logro considerando los números anteriores. Muchos ni siquiera nos conocíamos y entonces lo primero fue discutir sobre quiénes podrían integrar la organización, ante lo cual decidimos que la organización fuera abierta, que incluyera obviamente todo el espectro que no es heterosexual, pero también que recibiéramos a heterosexuales que no viven dentro de la «heteronorma», incluye a personas que son asexuales o que viven el «poliamor», esto es, una relación de más de dos personas.
Los que quieran experimentar y vivir el «poliamor» , que lo hagan, es parte de las cosas por las que nosotros luchamos en contra de la heteronorma y el patriarcado. Entonces decidimos incluir a todas las personas que veían esto como un problema, que sin embargo vivían su vida distinta a la norma. También podían participar los heterosexuales monógamos, pero obviamente no iban a ser los abanderados o representantes, pero sí aliados del movimiento y por supuesto que se iban a considerar como parte de la organización.
Generamos tres ejes de trabajo a nivel solo de Facultad, esa fue por ahora la decisión, porque estábamos recién retomando después de una especie de periodo de «decadencia»; entonces había que acotar el desafío. Los ejes son: la visibilización, educación y espacios seguros.
El primero es cómo hacernos presente adentro de Beauchef, sabiendo que hay mucha gente de la diversidad y que realmente no lo parece, pero hay mucha. Para mí fue un tremendo choque llegar a la universidad en mi primer año, no sabía que existía «Beauchef Diverso», nada. Yo pensaba que eran pocas personas, porque yo tampoco había salido completamente del clóset, pero al llegar y ver a una tremenda cantidad de gente en la diversidad fue chocante, porque no pensaba que sería así en un lugar como Beauchef.
El otro eje, el de la educación, se trata de la formación para nosotros mismos y hacia la comunidad en general. La idea es enseñar cosas que de repente son básicas, como saber la diferencia entre orientación sexual e identidad de género, o saber qué es cis o qué es trans.
Y el tercero, «espacios seguros», está enfocado a generar instancias donde se pueda conversar libremente. Podría haber sido, no sé quizá «separatista», por ejemplo, las lesbianas se juntan entre ellas porque las problemáticas que puedan tener en comparación a los gays o los trans son distintas. Son diferentes vivencias, ellas tienen problemas de ginecólogos o cosas así, que nosotros no tenemos, entonces la idea es apoyar a que se generen esas instancias entre ellas, que se puedan apoyar y conversar.
Y fueron buenas las oncecitas…, fuimos creciendo
Y así fue como resurgimos. Estábamos en toma todavía y el día 17 de mayo hicimos nuestra primera intervención, contra la homo-lesbo-transfobia, en la cancha, que es un espacio central donde está «el muerto» dibujado en el suelo. Es como de película de ciencias: está ahí y es un símbolo en Beauchef al que no debes pisar porque repruebas los ramos. Es conocido; todo el mundo sabe lo que es el muerto, entonces nosotros decidimos copiar la figura del muerto con las distintas banderas de las diversidades: los gays, las lesbianas y las trans. Lo hicimos en un espacio que no estaba tomado, en las entradas y salidas de los edificios para que la gente lo viera. Era además una explicación sobre lo que queríamos hacer como organización, con extractos sobre anécdotas que hemos encontrado de trans y lésbicas. La gente se paraban a verlo, leían, o sea, tuvo su impacto.
Después que se bajó la toma, nosotros seguimos siempre en reuniones casi semanales, pensando qué actividades podíamos hacer en paro.Organizamos así una charla de educación no sexista.
Cuando volvimos a clases comenzamos a hacer onces informativas: nos reuníamos por las tardes, escogíamos un texto de cualquier temática dentro de las diversidades y la gente lo leía, eran cortitos, de cinco páginas… y lo discutíamos, fueron buenas las oncecitas que tuvimos. Fuimos creciendo; al principio éramos como quince, hasta que en una fuimos demasiados y se nos hizo pequeña la sala. Ese día llegó un funcionario. Él vio lo que estábamos haciendo y preguntó si eran actividades solamente para estudiantes. Le dijimos que estábamos abiertos a los tres estamentos, y así se materializó la apertura…
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