Kitabı oxu: «Besos de seda»

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© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Besos de seda, n.º 3 - febrero 2021
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Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1375-638-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
La lluvia le caló hasta los huesos. No era novedad que esa clase de situaciones le ocurriesen precisamente a ella. Al parecer, era privilegiada en el área de desastres durante momentos importantes. Maldiciendo, Bianca trató de cubrirse, más por inercia que por funcionalidad, con la bolsa de segunda mano que había adquirido en un mercado de pulgas, mientras entraba a la boca del metro.
Iba a llegar tarde a su turno en el restaurante, el tercer trabajo de media jornada que le servía para sobrevivir en un estado tan costoso como lo era el de Nueva York, y lo peor del caso es que no sería la primera ocasión. Laurent, su jefe, no era de las personas más tolerantes. Sería un milagro si le permitía que esta segunda tardanza, en menos de una semana, no contara como motivo para despedirla.
—¡Imbécil! —exclamó cuando alguien intentó quitarle la bolsa—. A ver si hoy le intentas robar a otra persona menos avispada.
De mala gana empezó a caminar para cambiarse de vagón. Odiaba el hediondo metro, pero no conocía otra manera de transportarse sin tener que donar sus órganos en vida. En una existencia lejana, muy lejana, tuvo chófer a la puerta y un grupo de amigos que, ahora, la miraban por encima del hombro. Una realidad muy distinta.
Después de que su padre arruinase su vida, ella tuvo que pagar por pecados que no le correspondían. Las burlas y humillaciones a las que fue sometida, años atrás cuando el mundo tal como lo conocía desapareció, la hicieron más fuerte. Tan solo el respeto por sí misma le impidió prostituirse cuando, en medio de la miseria, esa pareció ser la única opción para subsistir. Los bancos de comida la salvaron, así como la buena voluntad de algunas personas que aparecieron en su camino.
—Mi reeeina, qué buen culo —le gritó un desadaptado, mientras ella iba a paso rápido por una de las amplísimas avenidas de Manhattan.
Bianca le hizo la seña con el dedo medio, y continuó su camino.
La brecha social era abismal en el estado de Nueva York. No era raro ver gente sin hogar echada en las veredas pidiendo ayuda o algún tarado tratando de pasarse de listo. Le resultaba gracioso que los que vivían en otros países tenían la fantasía de que Nueva York era un sitio fabuloso y lleno de promesas. Pufff, ella podía dar su propia perspectiva de cómo era vivir en una torre de marfil para después, sin previo aviso, ser lanzada a los lobos y convertirse en una paria social.
Si alguien conocía cómo funcionaba la élite, y también la escoria neoyorquina, esa era Bianca Levesque, aunque ahora llevaba otro apellido. Al menos le quedaba la invaluable circunstancia de haber tenido una larga lucha de aceptación, y también entereza, consigo misma. Era más fuerte que antes.
Una vez que llegó al área reservada para el staff en el restaurante fue hasta su casillero, sacó el uniforme y se cambió en el baño lo más rápido posible. No podía hacer mucho por el cabello mojado, así que lo trenzó con suavidad. Se aplicó maquillaje. El espejo le devolvía la imagen de una mujer de veintiocho años de edad que sabía ocultar muy bien cuán desesperada estaba por las propinas de los clientes, y también cómo una sonrisa podía confundir la alegría con la resignación de vivir.
Otro de los motivos que la instaban a mantener la cordura, cuando sus pies pedían a gritos un descanso, era que en Bon Apetit garantizaban comida gratuita para sus empleados. Al final de cada mes, el dueño del local enviaba una tarjeta de regalo de doscientos dólares que eran entregados al mejor colaborador. Lamentablemente, solo participaban aquellos que llevaban más de un año en el local. A Bianca le faltaban varios meses, y también un desenvolvimiento impecable que, por supuesto, no incluía retrasos o accidentes con los platos o las bebidas.
Intentaba sacar lo bueno de cada situación.
—Bianca.
—Laurent, eh…, hola… —murmuró tomada por sorpresa.
Era ingenuo creer que su jefe no notaba cada detalle que sucedía alrededor. Uno podía soñar de vez cuando.
—Llegas tarde de nuevo. Hoy es viernes, y los clientes duplican la asistencia.
—Lo siento, tuve un gran problema, y me agarró la lluvia. Después…
—No me interesa —interrumpió haciendo un gesto con la mano—. Llevas trabajando para mí casi medio año, y cada semana es un nuevo incidente contigo. Si no llegas tarde, entonces riegas el café sobre algún cliente o te equivocas con la cuenta. Este es un restaurante con estrellas Michelin. Si no fuera porque estoy haciéndole un favor a tu abuelo, ya te habría despedido.
El bigote negrísimo era el único adorno en un rostro adusto, y cabeza con calvicie. Laurent Ellis, sin embargo, se mantenía en perfecta forma. Así como también mantenía el carácter de mierda que lo caracterizaba.
—Lo sé, gracias, Laurent. No es a propósito, y…
—Ve a ponerte a las órdenes del chef y empieza a trabajar. Intenta no traerme líos. No habrá más oportunidades —zanjó dándole la espalda.
—Lo comprendo.
Bianca respiró con alivio, y empezó a caminar para enfrentarse a las siguientes seis horas tratando de complacer a los comensales que, la mayor parte del tiempo, eran unos hijos de puta. La necesidad a veces obligaba a poner un rostro amable en tiempos en los que la empatía parecía ser un lujo ajeno a la raza humana.
***
Las noticias en China no auguraban nada bueno, y solo era cuestión de tiempo para que todo empezara a entrar en caos. El negocio de Hailey en Jupiter Resources consistía en distribuir insumos médicos a los hospitales más grandes del estado de Nueva York. Al ocupar la vicepresidencia de comercialización y mercadeo, su posición ejecutiva era clave para generar el flujo de recursos materiales, así como reuniones interminables con posibles nuevos clientes
Jamás podría defraudar a su padre, Paul Morgan-Scott, después de que él se enfrentó a toda la junta directiva para darle el cargo que ella se merecía, no por ser la heredera, sino porque se había ganado con creces la posición. Después de graduarse como número uno de su clase en Wharton, trabajó para tres compañías de Fortune 500, y cuando creyó que su experiencia era suficiente, le pidió a Paul, presidente fundador de Jupiter Resources, que le permitiese formar parte activa en la empresa familiar.
No empezó en puestos gerenciales, claro que no. Ella decidió que la mejor manera de sentar el ejemplo era desde los puestos base. Así que se inició tratando con distribuidores pequeños, yendo puerta a puerta a los hospitales para convencer al buró de médicos que sus productos eran seguros, pagables y de la mejor calidad.
Tan solo cuando consiguió un contrato en pedido de insumos de bioseguridad por medio millón de dólares, su padre empezó a ascenderla. Dos años después de empezar en la empresa que un día le pertenecería, los contratos que consiguió sobrepasaron los cinco millones de dólares.
Ahora, no solo facturaba el doble o triple al mes, sino que contaba con un gran equipo de empleados que hacía posible que ella pudiera enfocarse en otros asuntos corporativos. Sin embargo, esa mañana al parecer no todo empezaba con pie derecho.
Acababa de llegar a su oficina, y esta, en lugar de estar prístina como usualmente la encontraba, exhibía un escenario en el que la comida de la noche anterior y las tazas de café a medio acabar continuaban en el mismo lugar en que las dejó. El aroma a especias tailandesas, por más tenue que fuese, se mantenía en el ambiente.
¿Cómo era posible que eso ocurriese a las nueve de la mañana?
Ella era el tipo de mujer que no podía trabajar en un entorno desorganizado, peor, sucio. Tenía cosas más importantes de las cuáles preocuparse, en lugar de hacer llamadas al personal administrativo. Por si fuera poco, su madre estaba en la ciudad, y eso no presagiaba nada bueno. Ameliè Borantz Morgan-Scott poseía la tendencia de organizarle citas románticas, porque creía que, con treinta años de edad, su hija necesitaba con urgencia formar una familia y tener descendencia. Jamás había querido entender que Hailey no estaba interesada en desviarse de su carrera.
—Jacynth, ven, por favor —llamó a su asistente personal.
Cuando la mujer entró en el despacho, la expresión de su rostro denotaba el alto nivel de estrés que acarreaba su posición. Sin embargo, jamás perdía la calidez con propios o extraños que pasaban por la compañía.
Por lo general, Jacynth sostenía una actitud serena que ayudaba mucho a Hailey en los momentos de caos. De hecho, llevaba años trabajando para Jupiter Resources, y en ningún instante había faltado a la confianza que se depositó en ella.
—Quiero que me expliques esto —señaló la mesilla de su oficina.
Jacynth tragó en seco. Su jefa era una persona justa, aunque en la misma medida también resultaba exigente en todos los aspectos.
—Me comunicaré con la agencia de limpieza y no volverá a ocurrir. Debí entrar a cerciorarme de que todo estuviese en orden para cuando tú llegases de la reunión de las ocho en el centro de la ciudad.
Hailey asintió.
—Hazlo, y cuando…
La puerta de vidrio se abrió de repente.
—Lo lamento tanto —dijo una voz agitada irrumpiendo en la oficina. La mujer empezó a recoger la vajilla de pocos platos y cubertería, y después se inclinó sobre el escritorio para agarrar las tazas—. Tuve un pequeño accidente —continuó sin mirar a nadie—, y por eso tardé en llegar hoy. No volverá a suceder.
Hailey no podía quitar los ojos de la figura curvilínea, cubierta con unos jeans ajustados, un top negro con el logo de la compañía de limpieza, y zapatillas deportivas. El rostro de labios generosos no tenía gota de maquillaje, aunque no hacía falta porque era hermosa. Se aclaró la garganta y apartó la mirada, tal como hacía desde que podía recordar cuando una mujer capturaba su interés y sabía que no era ni bienvenido ni correcto. Reprimió esas emociones tras su usual máscara de fría indiferencia.
Llevaba treinta años sin una vida íntima satisfactoria, salvo por su vibrador o las mujeres que, bajo un estricto contrato de confidencialidad, contrataba como acompañantes en sus viajes fuera de Nueva York. Se sentía una farsa. A medida que avanzaba el tiempo también se incrementaba su resignación a no encontrar el amor.
—¿Quién te permitió entrar a mi despacho sin más? —preguntó Hailey.
De inmediato la desconocida elevó el rostro. Abrió y cerró la boca.
—Estás despedida —intervino Jacynth con las manos en la cintura zanjando cualquier posibilidad de comunicación—. Yo contactaré con la agencia para notificarles la situación. Puedes recoger tus utensilios.
Los ojos verdes de la mujer se abrieron de par en par, y empezó a menear la cabeza con preocupación en su rostro.
—Señora Keybolds —dijo la muchacha de la limpieza mirando a Jacynth—, no volverá a suceder, tuve un impasse y…
Hailey elevó la mano para que ambas se callaran.
No tenía tiempo para perder en nimiedades. Dejar a una persona sin empleo no estaba entre sus intereses, menos si se trataba de alguien que tenía esa expresión de desesperación. En otra circunstancia no hubiese dudado en suspender a la compañía que enviaba incompetentes, pero algo la detuvo esta ocasión.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Hailey.
—Bianca —replicó con suavidad tratando de mantener el equilibrio de los objetos que había logrado recoger hasta el momento.
Sabía que la popular Hailey Morgan-Scott podría reconocerla si la miraba con más detenimiento, porque el círculo social de la socialitê era el mismo que, tiempo atrás, Bianca había frecuentado. Ocho años sin rodearse de esa gente era bastante, aunque no suficiente para olvidar o ser olvidada, así que era mejor prevenir. Claro, podría decirle que se había confundido con otra persona si llegase a reconocerla, pero no le apetecía explicarse. Ya tenía bastante con elucubrar una excusa para que no la echaran de allí.
—Okey. Estoy en un asunto importante, así que no hagas ruido al limpiar lo que queda pendiente. Llega temprano en tu próximo turno y díselo a tu compañera o compañero que esté en el cronograma del edificio. —Bianca asintió—. Si vuelves a incurrir en un atraso o descuidas la pulcritud de mi sitio de trabajo, no volveré a mostrarme benevolente. Hazlo saber a tus compañeras que formen parte de la plantilla usual delegada para la limpieza en Jupiter Resources. ¿Queda claro? —preguntó cruzándose de brazos. Esa mañana llevaba el cabello rojizo en un tocado bajo que hacía relucir sus ojos celestes, y los pómulos altos de su rostro.
—Muy claro, señorita Morgan-Scott —murmuró mirando de soslayo a Jacynth—. Gracias por su comprensión.
Hailey asintió.
—Bianca, ¿puedo llamarte así? —preguntó sentándose tras el escritorio con superficie de vidrio templado y detalles de madera blanca.
Hailey era una mujer que destacaba por su elegancia, así como por la tonalidad de su cabello. La estructura ósea que le había otorgado la naturaleza le hubiese servido mucho si hubiera elegido ser modelo de lencería o actriz. Sin embargo, eran los negocios, la adrenalina de las posibilidades y las estrategias para conseguir sus metas, lo que ella anteponía a la belleza. Su ropa, su postura, así como sus maneras frente a los demás eran parte de una máscara bien trabajada.
Casi nadie la conocía de verdad.
Existía gracias a su motivación profesional, pero se sentía más sola que nunca, a pesar de vivir en una propiedad que costaba más de veinte millones de dólares en el Upper East Side de Manhattan. Su mejor amigo, Marlo, solía ser su paño de lágrimas y su motor motivacional, sin embargo, procuraba no aprovecharse de ese hecho y trataba de salir a flote por su propia cuenta. También colaboraba como asesor externo en la compañía para asuntos de ética ambiental, pero lo hacía más bien porque para ella era importante contar con el respaldo o el consejo de Marlo cuando sus días resultaban atroces. Él pasaba la mayor parte del tiempo como profesor en NYU, aparte era gran amigo de la familia Morgan-Scott y una excelente tapadera cuando la madre de Hailey intentaba hacerla cambiar de opinión sobre tener hijos y casarse.
—Sssí, claro —replicó Bianca con una sonrisa tímida. Se sentía un poco deslumbrada, y trataba de esconder esa reacción.
Por otra parte, no quería tener otro contratiempo laboral. Necesitaba el dinero, y el mercado era competitivo, en especial si la preparación académica no llegaba hasta el grado universitario. Cuando te convertías en una paria social, las puertas conocidas se cerraban en tus narices y las oportunidades en relación a los trabajos que podías elegir eran limitados, mal pagados y sin condiciones legales apropiadas.
—Bien, puedes llamarme Hailey, como hace todo el mundo aquí —dijo con frialdad—. Eso es todo por el momento. —Rodeó el escritorio y procedió a encender el ordenador. Miró a Jacynth—: Registra lo que tengo que hacer para el resto de la jornada, porque nos queda por delante un día complicado y ya voy retrasada.
Empezó a darle las instrucciones del día a su asistente, tratando de ignorar las ganas de saber más de la mujer que empezaba a moverse con agilidad en las inmediaciones de su oficina. Iba a pedir el archivo de esa compañía de limpieza, Smiley Cleaning, al final del día, decidió, mientras Jacynth verificaba notas en el iPad.
***
Bianca activó el auricular a través del cual su coordinadora le marcaba el momento en que tenía que abandonar una estancia o piso para continuar con el siguiente. Era una forma eficiente por si a alguna de las empleadas se les iba el tiempo de las manos. Ella, que solía soñar despierta, consideró que era más que bienvenido ese modo de comunicación adicional.
Estaba agotada, no solo física, sino también mentalmente. Llevaba horas sin dormir, y no había tenido tiempo de desayunar. Llegó tarde a limpiar las oficinas de Jupiter Resources, porque no era su turno hacerlo ese día, sino que recibió la llamada súbita a las siete de la mañana para reemplazar a una de sus compañeras. Echar bajo el bus a su empleadora y coordinadora, Mallory, por ser desorganizada, no era en absoluto un movimiento inteligente, así que cuando Jacynth le dijo que iba a despedir a la empresa de limpieza, entró en pánico. Hailey Morgan-Scott tenía fama de ser fría e indolente, por eso Bianca consideraba que había corrido con suerte esa mañana. Bien pudo haberla despedido. Las mujeres en esa posición privilegiada, recordaba muy bien a su madre, solían ser indiferentes a las necesidades de quienes subsistían a base del día a día.
Tampoco es que Bianca tuviera solo dos empleos de media jornada, no. Trabajaba en tres sitios distintos, y uno de ellos incluía los fines de semana. Las fiestas en hoteles o casas particulares generaban muy buenos ingresos financieros si eras una camarera eficiente, recordabas las órdenes de comida o bebida de los invitados, y te movías sin causar distracción. Ella era experta en ganarse la sonrisa y apreciación de los comensales. Sonreía por fuera, porque su historia era más bien de aquellas que era preferible olvidarlas porque las cicatrices no eran leves.
Con lo que ganaba, Bianca lograba pagar la renta, el boleto del metro, y también la calefacción en los meses de invierno. Lo más importante era que el dinero le servía para afrontar la residencia de ancianos de sus abuelos. No podía dejarlos en la calle, menos cuando fueron quienes le tendieron la mano y la acogieron el día en que su mundo, tal como lo conocía desde que tenía conciencia, se hizo añicos.
No permitir que echaran a sus abuelos maternos, Moira y Bruno, de la casa de cuidados era el único motivo por el que toleraba los abusos que, en relación a horarios laborales, solían cometerse con ella o sus compañeras de trabajo que tenían una situación financiera tirante. Llevaba casi dos semanas sin visitar a sus familiares, porque aceptó un par de trabajos extra por horas como camarera en un par de eventos y los horarios de visitas no coincidían con los momentos que Bianca tuvo libre.
Moira tenía artrosis, y Bruno sufría de demencia senil. Ambos habían sido considerados «parias» por el padre de Bianca, Brentt, al haber apoyado a su única nieta, y heredera del imperio cosmético Levesque, cuando esta anunció que estaba cansada de vivir bajo los estándares de la sociedad, que no podía esconderse y pretender ser feliz cuando le gustaban las mujeres, y no los hombres.
Eso fue seguido de la ruptura de su compromiso matrimonial con Vladimir Petrovsky, un acaudalado ruso con múltiples negocios internacionales y con base en Estados Unidos. El escándalo apareció en todos los tabloides de sociedad. La declaración, hecha en una noche de Navidad, había marcado el inicio de una larga batalla emocional de Bianca. Vladimir, contrario a lo que ella hubiera esperado, a pesar del shock que representó la situación, la apoyó y se alejó amigablemente de ella.
Sin sus abuelos maternos, ella no hubiera podido sobrevivir. Por eso, ahora que podía pagarles de algún modo su amor y apoyo, le parecía incluso muy poco lo que era capaz de entregarles en comparación a lo que el bienestar de ambos representaba en su existencia día a día. Y es que los horribles momentos que siguieron aquella noche de Navidad todavía escocían….
Ella necesitaba el dinero de sus empleos como aire para respirar. Imaginaba que ese desespero por llegar a fin de mes sería, durante un par de años más, la tónica de su vida. Su sueño de ser diseñadora de moda resultaba una burla cuando apenas tenía ingresos para comprar material. «Algún día», solía decirse a sí misma para no perder la ilusión. «Al fin y al cabo, soñar es gratuito».
—Bianca, ya te toca ir al piso cinco. Los lavabos y aseos —le dijo por el auricular la coordinadora que se encargaba de que todas las empleadas de Smiley Cleaning siguieran la ruta correcta cada día—. Me alegro de que no te hayan despedido hoy. Estoy segura de que el dueño estará satisfecho de no perder a Jupiter Resources.
—De acuerdo. Son buenas noticias, supongo —murmuró Bianca en tono bajito.
Apagó el discreto auricular, porque no le apetecía para nada escuchar lo que hablaban o cotilleaban sus compañeras. Ya sabía que después de los aseos y lavabos del piso cinco, le tocaba ir a otro edificio hasta las próximas tres horas, solo entonces volvería a encender el molesto aparatito. Recogió todos los utensilios, y constató que la oficina de Hailey hubiera quedado impecable.
Esa no era la primera ocasión en la que veía en persona a una de las mujeres más exitosas de Nueva York, pero sí la primera que lo hacía frente a frente. No solo eso, sino que podía comprobar que era hermosa, a pesar de la frialdad que destilaba. Parecía inalcanzable. Quizá porque en realidad así era… Poseía un cuerpo hecho para modelar en pasarelas, en lugar de hacerlo en oficinas o salas de reuniones.
A diferencia suya, que era toda curvas generosas, Hailey Morgan-Scott era alta y ni un solo punto de su atuendo estaba fuera de sitio; sus curvas eran más bien discretas, pero no por eso menos llamativas. A Bianca le parecía intrigante, y ella vivía para descifrar misterios. «Una lástima que fuesen, no solo diferentes en ámbitos sociales, sino también en gustos», pensó llevando el ligero carrito metálico.
***
Cuando llegó a su apartamento, nueve horas más tarde, se duchó. Tenía una fiesta que atender en Tribeca como camarera. El servicio de catering en el que trabajaba proporcionaba el transporte: se reunían en un sitio común, y desde allí llegaban al lugar de destino. Al acabar el evento, lo mismo. No recibía propina, pero esos detalles eran los que conseguían su lealtad como empleada para Burke & Burke, además de que siempre pagaban puntualmente.
Necesitaba prepararse.
Iba a ser una larga noche, y tendría que hallar la forma de evitar toparse con su hermano mayor por dos años. De hecho, esperaba que él no asistiese.
Gregory era el chico dorado, y manejaba el imperio Levesque, así como también a la madre de ambos, Charity, cuando esta trataba de entrometerse en las decisiones corporativas. Que no tuviera comunicación con ellos, no implicaba que las noticias de negocios no se escuchasen en los pasillos de los edificios que Bianca limpiaba. No sentía resentimiento con su hermano, al final, aquella infame Navidad que cambió su vida, él estaba pasando las fiestas con sus amigos en Aspen, Colorado.
Su familia entró en el olvido para ella tiempo atrás; parecían décadas.
—Eh, guapa —dijo Jennifer, su mejor amiga, cuando esperaban en la furgoneta de transporte a que el último camarero, Morton, que siempre llegaba retrasado, se uniera—. ¿Cómo terminó de ir el día?
El vehículo ya iba lleno, y el frío de la ciudad cubría de nieve las aceras. De momento no estaba nevando; eso era de agradecer.
—No rompí ni un plato en el restaurante, y todos los turnos de limpieza quedaron cubiertos. Deberían darme una medalla —dijo riéndose.
A pesar de que trabajaría hasta casi la una de la madrugada, la sola presencia de su amiga hacía todo más llevadero.
—O un aumento de pago por horas —replicó Jennifer con un guiño.
La muchacha negra era chispeante y con unos inusuales ojos verde oscuro; su cabellera rizada le otorgaba un aspecto sexy cuando vestía para ir de fiesta o cuando se esmeraba cuidando sus bucles. A diferencia de Bianca, ella sí tenía una familia que la adoraba y apoyaba en sus emprendimientos. No solo eso, sino que era generosa hasta el punto de incluir a su mejor amiga en los eventos familiares.
Jennifer Gurtrie disfrutaba mucho ejerciendo de camarera, porque solía hacerlo junto a Bianca. Beber gratis al final del turno era un plus. Su novio acababa de proponerle matrimonio, así que pronto celebrarían la despedida de soltería. Esta clase de trabajo le permitía tener dinero extra con rapidez. De nueve a cinco trabajaba en el departamento financiero de una compañía de transporte pesado. La paga era decente, y le permitiría costear parte de la luna de miel en el Caribe. Su prometido iba a encargarse del resto, porque era un tiburón de Wall Street. De los buenos.
—¿Estás segura de que tu hermano puede estar en ese dúplex? —preguntó cuando el conductor empezó a sortear la ruta.
—No, pero ella es una de sus folla-amigas hasta lo que recuerdo de la publicación de hace un mes de Página Seis. Y mi hermano es de aquellos que no suele enemistarse con sus amantes. —Se encogió de hombros—. A menos que haya cambiado. No lo sé. En el caso de que lo veas…
—Te tengo cubierta, yo me encargo de avisarte o servir por el sector en el que se encuentre. Por cierto, ¿qué pasó con Ashley?
—Lo dejamos hace dos semanas —murmuró Bianca—. Ella estaba tratando de olvidarse de una relación pasada, pero no me lo comentó hasta que su ex le pidió que le diese una nueva oportunidad. —Se encogió de hombros—. No estaba enamorada.
Jennifer le dio un abrazo afectuoso.
—Ya encontrarás a la mujer que aprecie el tesoro que representas. Créeme, si me gustasen las mujeres, estarías en mi lista de crushes.
Bianca soltó una carcajada.
—Gracias por tratar de levantarme el ánimo.
—Nah, es la verdad. Me alegra que hayas cortado con Ashley, porque tengo una amiga a la que llevo tiempo hablándole de ti. —Sonrió—. Le comenté que, en cuanto estuvieras soltera, os presentaría. ¿Qué tal con eso?
—Estás mal de la azotea, Jenn, en serio —replicó riéndose—. No estoy con ganas de tener un romance. Ya tengo demasiado en mi plato.
—Acepta tomar un café con ella. ¿Qué puedes perder? Además, te hace falta relajarte un poco. No puedes matarte la espalda trabajando todo el día, Bianca.
—Te daré una respuesta más tarde o mañana, ¿vale? —A regañadientes, Jennifer asintió—. Quiero aprovechar la mayor cantidad de trabajos temporales que surjan para ahorrar un poco más y así empezar a bosquejar algunos diseños ya sobre una tela bonita. Quizá en una tienda de segunda mano quieran comprarlos.
—¡Por favor! ¿Cómo osas pensar así? Tus diseños son extraordinarios, y los he visto con detalle. De hecho, iba a pedirte que hicieras mi vestido de novia. Yo te daría la tela y los materiales, además, claro, te pagaría.
Bianca bajó la mirada. Eran esa clase de gestos que habían convertido a Jennifer en una de las personas más preciadas en su vida. La hermana que no tuvo por nacimiento, la vida se la puso en el camino como su amiga. Jenn pretendía confiarle un vestido tan especial a ella; a ella que solo tenía sueños e ilusiones que, a sus veintisiete años, ya deberían estar más que concretados.
—¿Dije algo mal? —preguntó moviendo su hombro contra el de Bianca.
—No, no —murmuró levantando la mirada—. Solo que no sé si te he dicho que eres la mejor amiga del mundo. —Jennifer expandió su contagiosa sonrisa—. Será un honor diseñar tu vestido, pero no quiero que me pagues. Es un obsequio.
—De eso nada. —Bianca iba a reprochar, cuando Jennifer agregó—: Eh, ya hemos llegado. En esta fiesta serviremos Dom Pérignon, así que espero que estos ricachones desperdicien suficiente alcohol para disfrutarlo contigo.
Bianca se rio, y de pronto, a pesar del frío, todo parecía ir bien de nuevo. ¿Cuánto le duraría?, pensó sin olvidar que, de algún modo, el universo a veces confabulaba para joderle la existencia.
El dúplex era impresionante.
La iluminación hacía parecer el espacio el doble de grande, y todos los invitados empezaban a llegar con una expresión que solían tener aquellos que no se preocupaban de nada más que disfrutar su fortuna y sus amantes o su familia. Cada prenda que llevaban, calculaba Bianca desde su posición en la cocina junto al resto del equipo de catering, seguro cubriría dos meses de la residencia de sus abuelos. En otra realidad casi olvidada, ella también disfrutó de las mismas libertades financieras, aunque, en su caso, estaba presa en una torre de marfil hasta que se aceptó a sí misma y dejó de lado la preocupación sobre el pensar de otros.
—Entre los seis camareros se distribuirán en turnos cambiantes cada cuarenta y cinco minutos, suben y bajan, para no hartar a las personas. Les recuerdo que cualquier interacción no profesional con los invitados del cliente será penalizada con un descuento del veinte por ciento de la paga final.
—Es un porcentaje muy alto —murmuró Jennifer para que solo su mejor amiga fuese capaz de escuchar. Bianca asintió; no pretendía incurrir en esa clase de errores.
—Intenta no coquetear mucho —replicó Bianca con una sonrisa, porque sabía que Jennifer era coqueta, pero jamás le pondría los cuernos a su prometido.
—Pfff, como si estos estirados me interesaran —murmuró.
—Bianca, Clare y Marvin, en el piso superior. Jennifer, Karla y Morton, piso inferior del dúplex. Son las nueve y media de la noche —dijo Celeste, coordinadora y socia de Burke & Burke—. Ya los bocaditos están listos. El chef tiene organizadas las bandejas, como saben, él y sus dos asistentes llegaron tres horas atrás para preparar el menú. La comida principal se servirá a las once de la noche. Solo champán y vino blanco. El tequila y las demás bebidas para antes y después de la cena. Estaremos aquí hasta que hayamos retirado toda la vajilla de la compañía que se utilice en la propiedad. A las dos de la madrugada estará el vehículo esperando para llevarlos. ¡A trabajar!
Capítulo 2
—Gracias por acompañarme —dijo Hailey con una sonrisa cálida a Marlo.
No solía ofrecer a las personas esa clase de sinceridad, pero claro, él era uno de sus grandes amigos, y de los pocos en quienes solía apoyarse muchísimo. En este caso, la idea de ver a Danielle Rupert le escocía.
La mujer había sido la artífice de una elaborada trama social para poner en entredicho su habilidad como empresaria. Le costó muchísimo, pero al final, el éxito de su gestión habló por sí sola, dejando a Danielle como mentirosa. Por supuesto, la mujer tuvo que lamerse las heridas y fingir, durante sus encuentros sociales cada tanto, que no guardaba rencor y era una buena perdedora. Esto último era tan alejado de la realidad que daba risa. No solo era Danielle un ave rapaz, sino también pérfida en sus modos de lograr objetivos; carecía de ética.
—Creo que la noche será muy interesante —replicó Marlo, junto a Hailey, esbozando una espléndida sonrisa.
Marlo era profesor en la carrera de Biología Molecular, pero su fachada distaba mucho de lo que se podría concebir físicamente de un profesional de esa rama. De hecho, él solía bromear con que uno de sus amigos en Hollywood le propuso en una ocasión si quería trabajar como doble de Robert Downey Jr. en un filme. Claro, Marlo lo rechazó porque le parecía gracioso y también poco realista para lo que le gustaba hacer en el día a día. ¿Ser el doble de un actor cuando podía dar clases en NYU y torturar a sus alumnos con exámenes sorpresa? Imposible.
—No sería lo mismo si no hubieras aceptado mi invitación —dijo ella con sinceridad. Encontrar pareja para sus eventos solía ser una molestia, porque al final de la noche sus acompañantes pretendían algo más que solo un beso amistoso de despedida. Con Marlo Sandler era diferente, no solo porque él era un amigo entrañable y divertido, sino también porque el hombre disfrutaba exponiendo las malas mañas de otras personas, en este caso, Danielle.
Hailey no era muy sociable, aunque debido a la posición que ocupaba en Jupiter Resources implicaba que asistir a eventos sociales, le gustase o no, estaba dentro de sus responsabilidades. La presencial de su gran amigo apaciguaba los nervios.
—Un placer, además —dijo él, palmeando el bolsillo interior de la chaqueta—, aquí tengo el documento de la cesión del contrato de distribución para el hospital John Hopkins en Boston. Estoy convencido de que Danielle estará más que encantada de firmarlo, en especial si eso representa que no entregues a la junta directiva de su empresa el comprobante del fraude que ha estado cometiendo contra ellos.
Hailey soltó una carcajada.
—Imagino que es una emboscada perfecta. Tan dramática como le gusta a ella, y tan de mal gusto como también se ajusta a la anfitriona de esta noche —murmuró, mientras un empleado vestido de esmoquin le abría la puerta principal—. La única diferencia es que la víctima será la misma Danielle.
—Veo que disfrutas esto tanto como yo —dijo Marlo dándole un beso en la mejilla—. Eres incorregible.
—Somos un buen equipo —se rio ella, entrando a la lujosa propiedad.
Hailey había tenido una tarde ajetreada. La última junta fue con su padre y la junta directiva de la compañía. Estaban en pleno fin de enero, y no era el mejor mes para tomar decisiones de negocios, menos después de las fiestas de cierre de año.
La junta había acordado ampliar la rama de negocios, y ahora tenían en mente trabajar en la distribución de productos de belleza, cosméticos específicamente, en los sectores de clase media y clase baja. Para ello, Hailey tenía que organizar un profundo estudio de mercado, aunque el reto principal consistía en localizar a Gregory Levesque e intentar forjar una alianza comercial para que Jupiter Resources fuese la distribuidora principal en los Estados de la Costa Este del país.
La idea era empezar en territorio norteamericano para luego proponerle la distribución en otros países. Aquella no era una meta tan sencilla, porque Levesque tenía reputación de ser esquivo, sin embargo, Hailey no iba a detenerse.
Adquirir un contrato de distribución como aquel no solo lograría ampliar el poder financiero de Jupiter Resources, sino que consolidaría su imagen interna como empresaria capaz de alcanzar objetivos complejos. No habría más murmullos a sus espaldas, ni cotilleos que buscaban desprestigiarla, por creer que todo lo que poseía era gracias a sus conexiones familiares, mas no a su esfuerzo per se.
A ella estaba tomándole el triple de esfuerzo conseguir que la mirasen con la misma equidad que a otros ejecutivos de negocios. Su vida no era una cama de rosas como querían creer muchos. Sí, el dinero conseguía abrir ciertas puertas que en otras circunstancias resultaría imposible. Esa riqueza no podía comprar la libertad, pues se sentía presa de sus miedos y fantasmas que la atormentaban cuando las puertas de su apartamento la dejaban a solas con sus pensamientos.
***
El tipo de chaqueta azul cielo estaba colmando la paciencia de Bianca. Llevaba gran parte de la noche diciéndole guarradas. La excusa que soltaría, si ella lo acusaba, era el efecto alcohol. ¿Acaso no era mediocre la sola idea?
Dios, esa era de aquellas cosas que odiaba de trabajar como camarera en eventos. No podía exigir perfección, así como tampoco le había tocado los cambios de turno en el mismo grupo con Jennifer. Quejarse no estaba en su repertorio.
De momento, agradecía al universo porque su hermano no se hubiera presentado todavía, aunque Gregory no destacaba por su puntualidad. Él era de aquellos que solía llegar tarde incluso para los estándares de Nueva York.
Le escribió un texto a Jennifer, pero su amiga no respondió. No era raro que eso sucediese si estaban trabajando. «Grrr», pensó frustrada. Hablar con Celeste tampoco serviría de nada, pues al parecer el número de invitados sobrepasaba los esperados y estaban delegando más tareas, además de servir, al equipo de Burke & Burke. Claro, seguro sería más dinero, pero no para Bianca, porque ella continuaba fija en lo que implicaba llevar bandejas con exquisiteces del chef de un lado a otro.
Estaban próximos a servir la cena.
Uno de los espacios del dúplex había sido adecuado para que el bufé fuese servido con todas las comodidades. No era una cena formal. Sería imposible que así fuese considerando, que la anfitriona era una de las mujeres más pendencieras de la élite de la ciudad y que pretendía romper esquemas. Además, era una influencer, y disfrutaba haciendo las cosas de manera distinta para dar de qué hablar. ¿Qué burrada era una influencer, sino alguien con ávida necesidad de recibir atención?, pensaba mientras disponía las bebidas en orden de acuerdo a las marcas.
—¿Me llevas una copa de champán a la habitación de invitados? Estoy quedándome a dormir aquí, y me apetece mucho descansar con un Dom Pérignon.
Bianca se giró para ver, otra vez, al tipejo de la chaqueta azul.
—Estoy trabajando, señor —murmuró tratando de ser cordial.
—Soy Chandler, por si te lo preguntabas —dijo con una sonrisa. Tenía una ligera abolladura en el diente frontal, y esos ojos grises no parecían amigables.
Ella contó mentalmente hasta tres. Esbozó una sonrisa que no tenía nada alegre.
—Claro —trató de salir del paso—, ¿me da permiso, por favor? —preguntó, porque no cometería jamás la equivocación de tutear a una de esas personas.
El hombre se frotó la barba con los dedos, pensativo. Inclinó la cabeza hacia un lado y la recorrió con la mirada de arriba abajo.
—Te he pedido una copa de champán —repitió.
—Por supuesto, ahora mismo…
—En la habitación de invitados —interrumpió. La sonrisa no estaba más, y había sido reemplazada por una expresión que daba a entender que rechazaría cualquier indicio de una respuesta negativa—. ¿Comprendes?
Bianca miró a todas partes tratando, entre el mar de gente, encontrar a alguno de sus compañeros del turno de ese momento. La música estaba en volumen alto, el olor a cigarrillo y marihuana no podía pasar desapercibido, y el constante ir y venir hacía difícil captar la atención de alguna persona en particular.
—Será mejor que…
Él no le dio oportunidad a continuar hablando. La agarró del codo y empezó a subir a trompicones con ella por las escaleras hacia el piso superior.
Nadie parecía considerar que era una acción grotesca, sino, más bien, creían que eran dos personas tratando de llegar pronto a algún sitio para fines muy personales. Y no se equivocaban, la gran diferencia era que una de esas dos partes de la ecuación estaba tratando de alejarse sin éxito.
Bianca no podía agarrar el teléfono para llamar, esta vez sí que tenía el argumento perfecto, a Celeste. Sabía que Jennifer no iba a responderle, porque era imposible escuchar algo entre ese barullo de gente. Empezó a entrar en pánico, mientras era llevada hacia una de las habitaciones. Sin parpadear, Chandler la hizo entrar y cerró de un portazo, su modo de soltarla fue lanzarla al centro del colchón de la cama de dos plazas sin arreglar. Tenía impregnado el aroma a la colonia de él.
Ella trató de retroceder, pero él, a pesar de la cantidad de licor que había ingerido, actuó más rápidamente. Se abalanzó sobre Bianca restándole capacidad de movimiento. Empezaron a forcejear, y Chandler le abrió los botones de la camisa con facilidad, y estos volaron por el suelo de parqué.
—No, por favor —susurró, mientras él le agarraba los pechos con dureza, lastimándole la piel, al tiempo que le abría las piernas con las suyas, y trataba de besarla en la boca. Bianca giraba la cabeza de un lado a otro, intentando patearlo sin éxito.
—Poca cosa, a mí nadie me rechaza, ¿es que no lo sabes? —preguntó sin esperar respuestas. Se desabotonó el pantalón y se sacó el miembro. Su mirada la recorrió con repugnante ansia sexual, excitado ante la posibilidad de violarla tan solo porque se creía con el derecho de hacerlo.
—Hay muchas mujeres que pueden aceptar tus avances —lo tuteó con desprecio—, ¿por qué tienes que forzar a una que no te encuentra atractivo?
Eso pareció acicatear la furia de Chandler, quien le propinó una bofetada. Ella sintió el sabor metálico de la sangre sobre su labio inferior. Intentó, sin éxito, contener las lágrimas por el dolor.
—Vas a tener entonces que aprender un par de cosas, camarerilla ingenua.
Chandler tenía ambas manos de Bianca sujetas con fuerza con las suyas, y con la que tenía libre maniobraba. Le era fácil al ser más grande y corpulento, a diferencia de ella, que apenas podía con la brutalidad de su fuerza.
Ella se removía, pero estaba en shock, además de inmovilizada. «¿Cómo puede pasarme esto?», pensó con angustia. La boca asquerosa de ese hombre estaba por todo su cuello y sus pechos. Cuando él le agarró el sexo sobre las bragas, le dieron arcadas. En el instante en que se las desgarró y le acarició los labios vaginales, Bianca gritó de rabia.
A punto estaba Chandler de penetrarla con el pene cuando la puerta se abrió de sopetón, y alguien encendió el interruptor de la luz. Ella parpadeó y aprovechó un instante de distracción de su atacante para salir de la cama y replegarse en un rincón. Bajó la mirada, mientras alrededor escuchaba gritos y la súbita falta de música.
***
—Mmm… —murmuró Hailey cuando vio a Chandler acercándose a una de las camareras—. Eh, Marlo. Deja de comer esas gambas, mira. —Señaló con discreción hacia el área en la que estaba sirviéndose el bufé—. Creo que el tonto este pretende que la camarera le preste atención a toda costa. No me parece que ella esté interesada e intenta poner espacio con discreción.
Marlo siguió el sitio al que Hailey señalaba.
—El idiota todavía cree que las mujeres lo encuentran atractivo con sus modos vulgares de hablarles —replicó riéndose—. Lleva gran parte de la noche tratando de cautivar a esa mujer sin éxito. Si ella quisiera ya lo habría puesto en evidencia…
—Quizá eso implicaría que pudieran despedirla de este empleo. —Frunció el ceño, porque las expresiones de la mujer daban a entender con claridad que no estaba interesada—. Y no quiere arriesgarse a perderlo, ¿no lo crees?
—Tal vez —dijo Marlo.
En ese momento se acercó a ellos Danielle y toda la atención de ambos se centró en la mujer de cabello dorado. Esa noche, llevaba una blusa elegante de seda azul, un pantalón a medida largo, y zapatos de tacón de aguja de Christian Louboutin.
No tardó en empezar a hacer charla superflua, agradeciéndoles que hubieran acudido a su fiesta de cumpleaños, después empezó a hablar de negocios. Y durante diez minutos, sin parar, alabó su propia gestión como influencer, se atrevió a darle consejos a un aburrido Marlo, y una agotada Hailey. Ninguno la interrumpió hasta que, aparentemente, la mujer se dio cuenta de que estaba haciendo un monólogo.
—Oh, me encantaría saber si han probado el catering de Burke & Burke, la compañía es lo más solicitado en Manhattan para fiestas de gente bien. —Sonrió llevándose una burbujeante bebida a los labios pintados de rojo.
—Exquisito todo —dijo Marlo. Sacó los papeles que tenía en la chaqueta y los extendió sobre una de las mesillas altas que tenían cerca—. Sé que es tu cumpleaños, pero ya que eres una persona tan ocupada, ¿qué te parece si de una buena vez concluimos estos detallitos para que Hailey duerma hoy tranquila?
Hailey quiso reírse, pero un movimiento, que para otros menos observadores pasaba desapercibido, en su visión periférica la contuvo. Chandler estaba mangoneándola. La mujer parecía reticente, y una incómoda sensación se apropió de ella. Se incorporó, pero la mano de Danielle la detuvo. No tuvo más que mirarla.
—Claro que firmaré los papeles —dijo la rubia—, pero antes, me gustaría pedirte un consejo.
—¿A mí? —preguntó Hailey riéndose, pero pronto ocultó la risa con una tos disimulada, ante la expresión de advertencia de Marlo.
—Quisiera que me contaras sobre los secretos para mantener el cabello rojo tan brillante —bajó la voz y agregó—: Claro, salvo que lo tintures. —Le hizo un guiño—. Entonces podemos fingir que jamás te lo pregunté.
Hailey mantuvo a duras penas la sonrisa. Marlo le dio una patadita discreta que la impulsó a asegurarle que no existía secreto y que se trataba más bien de no lavarlo todos los días, así como cepillarlo un rato en la noche.
—Ya… —replicó con aburrimiento—. Espero que continúen disfrutando de la fiesta. Uno de mis grandes amigos debe aparecer de un momento a otro.
—¿Quién sería ese? —preguntó Hailey fingiendo ignorancia.
—Gregory Levesque, por supuesto. ¿Es que no lo conoces? —preguntó en un tono horrorizado—. Ay, tengo que presentártelo, querida. ¡Vas a adorarlo!
«Y mis negocios también», pensó Hailey para sí. Observó cómo Danielle firmaba los documentos que Marlo había llevado en el bolsillo de su chaqueta, pues en la bolsa Chanel de Hailey era imposible que entraran.
Una vez que su molesta anfitriona se fue, ella consideró marcharse también, sin embargo, algo le parecía fuera de sitio. El sector en el que se hallaba tenía solo dos camareros, en lugar de tres. Sabía que, porque había estado de un lado a otro haciendo vida social, cada cierto tiempo los camareros del piso superior bajaban.
Le dio un empujón suave a Marlo para que dejara de hablar un momento con Christine Lebowis, una arquitecta muy cotizada del país. Este, con renuencia, la miró.
—Acompáñame.
—¿Qué ocurre? —preguntó tomándola del codo con suavidad, mientras ella lo guiaba entre la gente.
—Algo no va bien.
—Evidentemente, ya tenemos que irnos, y no podemos hacerlo hasta después de que la cena haya sido servida.
Ella negó con la cabeza.
—Chandler desapareció de repente, al mismo tiempo que la camarera.
—¿Y? Si ella decide que quiere tener un revolcón con ese perdedor es su problema, siempre que no la descubra la loca de Danielle y haga un escándalo.
Hailey le dio un codazo.
—Vamos arriba. Sígueme en esta.
—¿Ahora eres detective? —preguntó subiendo las escaleras. Saludaron a uno y otro, y continuaron hasta que llegaron al área de las habitaciones—. Hailey, ¿qué pretendes viniendo hasta aquí? Ya tenemos la firma, bajaremos a cenar, y luego nos iremos para continuar nuestra rutina mañana como dos personas normales.
Ella le hizo una seña para que se callara. Escuchó un grito y, con eso, abrió sin llamar la puerta de la que provino el sonido.
Lo que vio ante sus ojos la horrorizó. Marlo tenía reflejos rápidos y de inmediato agarró a Chandler, lanzándolo contra la cómoda. Hailey salió al pasillo y ladró un par de órdenes como si esa fuera su casa. Es que en ese momento sentía tal nivel de rabia que creía no poder controlarse lo suficiente. Algunos curiosos entraron, pero Hailey los echó. Después la música cesó y apareció Danielle con las manos en las caderas.
—¿Qué es esto? —preguntó mirando cómo la camarera sollozaba en una esquina de la habitación tratando de cubrirse con la sábana de la cama.
—Si no llamas a la policía, Danielle —dijo Hailey, mientras Marlo sostenía a Chadler, que no paraba de vociferar chorradas, contra el parqué, bocabajo—, créeme, lo haré yo, porque aquí se ha cometido un crimen.
Boquiabierta, la rubia puso seguro a la puerta.
—No harás tal cosa, llegaremos a un acuerdo con esta mujer y…
—¡De eso nada! —exclamó Hailey—. Voy a contar hasta cinco. Y si al terminar no has llamado a la operadora del 911, lo haré yo. Empiezo, Danielle, uno…
—¡Quítame a este imbécil de encima, Dan-Dan! —exclamó Chandler.
—Dos…
—¿Cómo se te ocurre hacer semejante idiotez, Chandler? —preguntó Danielle a gritos, mientras miraba con fastidio a la mujer de la esquina que tenía la cabeza baja. Estaba arruinada su fiesta de cumpleaños. Maldición.
—Tres…
—¡De acuerdo, de acuerdo! —exclamó, fastidiada, Danielle, mientras marcaba el número de emergencias.
Lo que ocurrió a continuación fue todo un desmadre. Llegó la policía. Los invitados, algunos, salieron de la fiesta y otros se quedaron por simple curiosidad, en especial porque ese sería el cotilleo de la semana. Se llevaron detenido a Chandler, porque Danielle decidió, al final, acusarlo. Era él o ella en la guillotina, y no quería verse como cómplice de una situación tan terrible porque había sido en su casa en la que ocurrió semejante incidente.
La camarera, según escuchó Hailey, no quería presentar cargos, tan solo que la dejaran en paz para irse a su casa a bañarse y olvidar lo ocurrido. No quería la atención de nadie. La socia de Burke & Burke se ofreció a llevar a su empleada a la casa, pero la muchacha también rehusó argumentando que se iría con todo el grupo como se había dispuesto desde un inicio.
Cuando tuvo oportunidad, Hailey decidió intervenir, y se acercó a la chica. Ahora que podía verle el rostro, la recordaba.
—Eh, tú estabas hoy en mi oficina —le dijo con suavidad—. Bianca, ¿verdad?
Ahora estaban en la pequeña salita de la planta alta, y ya todos los invitados habían desalojado el sitio.
—¿Qué quiere? —preguntó abrigada con un albornoz grueso que le facilitó, porque no podía ser para menos, Danielle. Tenía el labio inferior lastimado y el pómulo izquierdo un poco amoratado.
—Lo siento —murmuró acomodándole un mechón de cabello tras la oreja. Bianca tembló, pero no tenía que ver con una reacción de miedo, sino con algo parecido a un contacto eléctrico que pareció inquietarla. Hailey apartó la mano con rapidez—. Debí intervenir antes… —dijo con remordimiento—. Vi a Chandler contigo, pero no pude imaginar que tendría esta clase de comportamiento… Hasta que noté que tanto tú como él habían desaparecido no creía que debería considerar la situación como sospechosa. —Bajó levemente la mirada y meneó la cabeza—. Chandler es fastidioso, aunque siempre, hasta donde entiendo, ha sido inofensivo.
—¿Lo defiendes? —preguntó tuteándola. Le daba igual.
—Claro que no —dijo horrorizada ante la posibilidad—. De hecho, considerando que este es tu trabajo, imaginé que no irías a arriesgar la posibilidad de un ingreso por un polvo.
—¿Y eso lo dedujiste porque eres vidente? —preguntó, apartando la mirada.
—No, porque sé leer las señales —replicó Hailey con suavidad. Entendía que Bianca estuviera agitada, y en shock.
—Te felicito —replicó—, y agradezco que hayas aparecido cuando lo hiciste. Me salvaste, pero ya es momento de que me dejes tranquila. Necesito irme a casa.
—Hagamos un trato —dijo Hailey, molesta por lo que acababa de ocurrir—. Sé que tu jefa puede llevarte a tu casa o incluso podrías irte con tus compañeros, pero…
En ese momento, se abrió la puerta principal capturando la atención de los pocos que estaban alrededor, y apareció la última persona que Bianca hubiera querido ver esa noche. Soltó una maldición por lo bajo.
—No creo que sea lo más adecuado —dijo apartando la mirada de Hailey—. No quiero hacer ningún trato, ni necesito ayuda.
El equipo de Burke & Burke estaba terminando de recoger la vajilla, así como limpiando todo el sitio. Danielle les había prometido una bonificación, así como sendas recomendaciones entre sus contactos. La fiesta estaba arruinada, y nada le fastidiaba más a la rubia que ser el centro de la atención por las razones equivocadas.
—¿Qué demonios, Danielle? —preguntó Gregory a viva voz al entrar—. Me prometes la fiesta del año, pero no sabía que incluía policías yéndose de tu propiedad. Uno que llega tan solo ligeramente retrasado y…
Pronto, la expresión del hombre cambió por completo, y se borró su sonrisa al reparar en la persona que estaba junto a Hailey Morgan-Scott. Se acercó de inmediato.
—¿Bianca? ¡¿Qué te ocurrió?! —quiso saber mirando a su hermana—. Ese moratón… Hace tanto tiempo que no te veo y resulta que lo hago en estas circunstancias. Si la tonta de Danielle hizo…
—Ah, qué bonito, una reunión familiar —murmuró Bianca interrumpiendo con fastidio. La expresión sorprendida de Hailey se extendió a Marlo, quien estaba a unos pasos de ella—. No sé si te informaron que soy una persona que trabaja por lo que quiere… A veces no siempre obtengo buenos resultados —dijo con un gesto que la instó a sobresaltarse, la herida del labio le recordó que era mejor no hacer muecas.
—¿Familia? —preguntó Hailey con suavidad.
—Hola, Hailey, perdona mis modales, pero no imaginé encontrar a mi hermana aquí, menos en estas condiciones —aclaró—. ¿Me puedes explicar lo que sucedió? Al parecer, Bianca continúa siendo obstinada.
Hailey procedió a relatarle lo ocurrido, ante la expresión de hartazgo de Bianca.
—Quiero irme a casa —dijo Bianca mirando con expresión implorante a Jennifer, quien se sentía culpable por no haber revisado su móvil.
—Te llevaré —expresó Gregory sin opción a esperar reproches. Miró por sobre el hombro y reparó en Jennifer—. Hola, Jenn, ¿vienes con nosotros? —La mejor amiga de Bianca asintió—. Perfecto.
—Lamento lo que te ocurrió —intervino Hailey con sinceridad, pero Bianca decidió que ya había tenido suficiente por esa noche.
—De acuerdo, gracias por ayudarme —dijo Bianca. Miró a su hermano—: Vamos a mi casa, pues… No quiero escuchar críticas del sitio, ni el barrio en el que vivo. ¿Te queda claro, Gregory?
El hombre se frotó el puente de la nariz con exasperación.
—Solo tú puedes pensar en lo que voy a decir, en lugar de preocuparte por poner una denuncia.
—¿Y de qué me serviría? —preguntó con fastidio, mientras era seguida por Jennifer—. No tengo dinero, no tengo…
—Porque eres demasiado orgullosa para buscarme y pedir ayuda. Yo puedo…
—No quiero nada de ti, Gregory, porque todo lo que tienes es herencia de una familia que no me acepta por quién soy. ¿O acaso te has olvidado de aquel episodio?
—Bianca… La compañía de la familia la dirijo yo. Mi padre se retiró hace dos años, y tanto él como mamá están más tiempo fuera de Estados Unidos ahora…
Ella lo miró con fastidio cuando entraron al elevador. No le importaba.
—He tenido suficiente por hoy. ¿Puedes callarte, Gregory?
Él cerró los ojos, y se presionó el puente de la nariz. Ya tendrían oportunidad de hablar sobre el elefante en la habitación.
—De acuerdo.
—Todo estará bien —intervino Jenn rodeando a Bianca en un abrazo—. Hablaremos cuando te sientas lista para ello.
Miró a su amiga con agradecimiento.
—Gracias, Jenn —murmuró Bianca.
***
Cuando Gregory entró al pequeño apartamento de su hermana, maldijo por lo bajo. Llevaba mucho tiempo sin saber de ella. No era indiferente ante la injusticia que su padre cometió, así como el silencio de la madre de ambos, sin embargo, él tenía la responsabilidad de cientos de familias que esperaban que el nuevo CEO de LeCos, la compañía de cosméticos, hiciera los movimientos de trabajo precisos para que los ingresos ni la estabilidad faltaran. Él trataba de manejar su vida personal con la profesional, y entre sus fallas estaba el distanciamiento con Bianca.
—No puedes quedarte aquí —fue lo primero que dijo Gregory.
Con el cabello ondulado, ligeramente largo hasta lo hombros, y los ojos azules, parecía un rebelde en traje de Armani. Su rostro guardaba similitud con el actor Alex Pettyfer. No faltaban acompañantes en su cama, pero él se consideraba demasiado joven para atarse a una en específico. Prefería divertirse.
Bianca lo miró con fastidio.
—Puedes volver a tu palacio si quieres —replicó con sarcasmo—. No te he necesitado ni a ti ni a mis padres durante ocho años, Gregory. Así que esta ocasión tampoco es diferente. Aquí está Jenn, y me es suficiente. —Jennifer no quería estar en ese fuego cruzado, así que murmuró una disculpa y fue a prepararle el baño a su amiga —. Todo esto me lo he ganado sola, así que no te atrevas a criticar mi casa.
Él soltó una exhalación y apoyó la espalda contra la puerta principal.
—Por favor, déjame pagarte otro sitio.
—No —dijo abrazándose a sí misma. Quería quitarse el asqueroso olor de su atacante—. Y ya déjame en paz.
—Bianca, dejaré el tema de la familia o el sitio en el cual vivir, pero debes presentar cargos contra Chandler Hyatt. No eres la primera persona que se queja de ser víctima de avances indeseados. —Bianca lo miró con suspicacia—. Es la verdad.
—Ya le dije a la policía que no iba a presentar cargos…
—Celeste presentará cargos porque eres una empleada de ella —gritó desde el cuarto de baño Jennifer. El apartamento tenía un pequeño baño con tina, igual de pequeña; una habitación, una pequeña salita de estudio, y una sala-comedor con un espacio decente para la cocina. No sobrepasaba los treinta y dos metros cuadrados. No resultaba difícil escuchar de un lugar a otro.
Gregory sintió alivio al escuchar esa información y Bianca hizo una mueca.
—Te pagaré el mejor abogado. Al menos piensa que estás sacando del paso a una persona que puede agredir de nuevo. Piensa en otras mujeres que, como tú, no tienen opción más que defenderse, cuando la palabra «no» debería ser suficiente.
Ella se arrebujó con el albornoz que todavía llevaba puesto desde que Danielle se lo entregó más de una hora atrás.
—No quiero la atención de la gente sobre mí —replicó Bianca y se sacó los zapatos. Miró a su hermano significativamente—. No de nuevo.
Bianca podía ver cómo la apariencia de hombre que disfrutaba ir de fiesta en fiesta escondía alguien distinto. Tantos años sin verlo frente a frente, quizá implicaba que podía notar diferencias marcadas, en especial por esa forma de hablar, así como los gestos. Lejos quedaba el niñato que lucía despreocupado o cuyas respuestas implicaban una sonrisa bribona. El Gregory Levesque que estaba ante ella, ahora lucía más controlado, y con la capacidad de cerrar la boca. Esto último parecía toda una hazaña de la vida, pues su hermano era por lo general un bocazas.
La entrada dramática de Gregory en el dúplex de Danielle fue inesperada, aunque eso le permitió a Bianca notar el lado juguetón que era característico de él cuando estaba relajado. Quizá deducir esos pequeños cambios a simple vista en su hermano era una habilidad adquirida de su trato constante con las personas en sus diferentes trabajos a media jornada.
—Vale… —Se aclaró la garganta—. ¿Te hizo daño? —preguntó él con furia.
Bianca meneó la cabeza. Él asintió con alivio.
—Lo intentó, sí. Hailey llegó a tiempo con su novio.
Gregory la observó con interés.
—¿No recuerdas a Hailey? Solía ser parte de mi círculo social, no faltaba a ninguna de las mejores fiestas…
—Limpié su oficina esta mañana —interrumpió—. Imagino que disto mucho de la persona que pudo haber visto alguna ocasión en tus fiestas, Gregory. No me reconoció. Utilizo un uniforme de limpieza, además de procurar pasar desapercibida. También un nombre falso, por supuesto.
—¿Limpieza? —preguntó—. ¿Por qué estás limpiando oficinas? No quiero imaginar qué más debes de hacer para sobrevivir en esta ciudad. Déjame ayudarte.
Ella se encogió de hombros.
—Es la vida que elegí. No recibo caridad.
—Te he tratado de buscar, pero si te has cambiado el apellido… Ahora comprendo que me haya sido imposible. —Meneó la cabeza.
—¡Es suficiente, Gregory! —exclamó con resignación—. Me voy a duchar, y si mañana me apetece te avisaré si presento cargos contra Chandler.
Gregory asintió. «No se puede ganar siempre», pensó él.
—Aquí te dejo mi número de teléfono personal. —Agarró el móvil de la mesita e introdujo su información. Después se llamó a sí mismo, y registró los datos de su hermana—. Espero saber de ti. —Miró hacia el corredor—. ¿Seguro que estarás bien con Jennifer? Creo que está tan agotada como tú.
—¡Estaremos bien, Gregory! —exclamó desde el baño Jennifer.
—Gracias por traerme a casa… —dijo Bianca.
Él asintió.
—Me alegra haberte encontrado —dijo antes de que su hermana le diera la espalda y se encaminase hacia el cuarto de baño.
Una vez que estuvo a solas con su amiga, soltó todas las lágrimas que había estado guardando desde el incidente.
***
Lo primero que hizo Hailey al llegar a su oficina, a la mañana siguiente, fue leer el archivo de la agencia de limpieza. La horrenda noche en casa de Danielle le provocó insomnio, así que lo primero que hizo fue echarse en la cama. Café en mano, ya podía enfrentar la jornada que tenía delante.
La fotografía de Bianca en el archivo digital cobraba sentido. Ahora entendía que se le hubiera hecho un poco conocida cuando la encontró en la oficina. No recordaba interacciones con ella, a pesar de que solía frecuentar el mismo círculo social que Gregory. Claro, no eran amigos, pero entre la misma clase de personas era fácil conocer a uno u otro por su reputación financiera, buena o mala.
Frunció el ceño al notar que la ficha de la compañía mostraba el nombre de Bianca Caroline Neuman. ¿Por qué se habría cambiado de apellido? ¿Qué la había impulsado a tener empleos de media jornada, cuando era heredera de una fortuna mucho más amplia que la de los Morgan-Scott?
Por otra parte, pensó, recostando la espalda en la silla, se sentía inquieta sobre la situación de Bianca con relación a Chandler. No tenía cómo justificar el presentarse de repente en la dirección que tenía marcada como sitio de residencia. El barrio en el que vivía no era tampoco muy seguro. La mujer era un enigma para Hailey. Con dos clics cerró el archivo digital de la compañía de limpieza.
Le escribió un correo electrónico a la dueña de Smiley Cleaning. Tan solo cuando terminó de hacerlo su día de trabajo cobró el habitual ritmo acelerado.
Capítulo 3
Ya había quemado todas las oportunidades con Laurent, pensó Bianca al cerrar la llamada con su ahora exjefe. Él no entendió que estaba de baja porque sufrió un intento de asalto (ella no especificó demasiado, porque era algo personal), y tenía el labio amoratado y el pómulo izquierdo en similares condiciones. Le explicó que era poco profesional atender clientes de un restaurante tan concurrido de esa manera, y le pidió una semana libre sin paga. De por sí, la oferta era bastante difícil de hacer para Bianca, porque ese salario era indispensable, aunque también consideraba que era lo justo para el restaurante. Sin embargo, Laurent tan solo le exigió que dejara las excusas de lado y que pasara a recoger el cheque de esa semana. La despidió.
Después de limpiar la casa, y ducharse, Bianca se sentó con desánimo en el sofá.
Ahora solo contaba con el empleo de limpieza, y como camarera. Su jefa en Burke & Burke, Celeste, se había mostrado muy comprensiva y solícita.
La mujer no solo le ofreció asesoría legal gratuita, sino que le dijo que en todos los empleos que la compañía fuese contratada durante el próximo medio año, la llamarían para formar parte fija de la plantilla. Además, le dio una bonificación adicional a la paga del trabajo en casa de Danielle. Fue una sensación increíble de respaldo de un empleador que no recordaba haber tenido.
Sin embargo, Bianca necesitaba hallar otro empleo, porque sus abuelos estaban de por medio. Aunque sencilla, la residencia de ancianos era bastante costosa, aparte de las medicinas y controles externos que Moira y Bruno Harrison necesitaban.
Se frotó los ojos. No iba a llorar. Las lágrimas no iban a darle otro trabajo.
Fue a prepararse un té, y mientras esperaba a que la tetera sonara, llamaron a la puerta. Soltó una exhalación resignada. Su hermano la convenció de presentar cargos contra Chandler, y la audiencia preliminar se llevó a cabo dos días atrás.
Abrió sin más y se quedó de piedra. Parpadeó varias veces.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —preguntó con incredulidad mirando a Hailey.
—Buenas tardes, Bianca.
La hermosa pelirroja iba vestida con un juego de falda, zapatos y chaqueta color blanco, y una blusa interior de seda celeste. Solo tenía delineador negro y labial rosa. Elegante e inalcanzable para otros, pero en ese instante, lejos de la oficina o los entornos sociales, lucía más accesible. Esto último se acentuó cuando esbozó una sonrisa dedicada a Bianca, y le extendió una caja con el logotipo de una marca costosa.
—No podía estar tranquila ante la idea de ignorar en cómo terminó la noche para ti. —Bianca agarró la caja de forma automática con suavidad, y murmuró un agradecimiento—. ¿Puedo pasar? —preguntó inclinando la cabeza hacia un lado.
Bianca llevaba un pijama de short y blusa que había visto mejores días, en especial después de tantas lavadas. No usaba sujetador en casa, y estaba convencida de que las formas de sus pechos podían adivinarse con facilidad.
—Ssssí, sí —dijo abriendo la puerta—. ¿Cómo me encontraste? —preguntó en un tono abrupto que no era lo que hubiera esperado que saliera de su garganta. Tampoco es que hubiera podido predecir una reacción ante ese escenario inaudito.
Hailey observó el entorno.
Lucía impecable y había un aroma tenue a rosas en el ambiente que provocaba calma. La decoración mínima existente era de buen gusto. Quizá Bianca vivía modestamente, pero cada pieza de ese apartamento daba a entender que había pasado un proceso de detallada elección. Y el sillón mullido en tono café oscuro de la salita invitaba a acomodarse. No recordaba la última ocasión en que se tomó un descanso tan solo porque le apetecía. Cuanto más dinero caía en sus manos, menos tiempo tenía para sí, pues la responsabilidad de administrar bien los recursos incurría directamente en la estabilidad de los cientos de familias de los trabajadores de Jupiter Resources.
Intentó no fijarse en lo hermosa que era Bianca, pero era imposible. Decenas de preguntas pugnaban por salir de su boca relacionadas al distanciamiento del apellido Levesque, sabía que era algo demasiado personal, así que esa duda no sería aclarada. Se aclaró la garganta, no estaba para perder los papeles, por más que se sintiera impulsada por un magnetismo invisible a mirar a la mujer curvilínea de labios generosos. Le parecía tan inapropiada su atracción que por un momento consideró regresar sobre sus pasos y regresar a su agenda de trabajo usual.
Resultaba una tortura tal nivel de interés por alguien heterosexual. Incontables ocasiones había confundido amabilidad de una mujer en un bar con un flirteo, y los resultados terminaron siendo embarazosos. Por eso había recurrido a contratar scorts de lujo que firmaban un acuerdo de confidencialidad, este incluía severas penalidades legales y económicas si era roto. Ella contaba con un despacho de abogados muy discreto y eficiente a su servicio que se encargaba de asuntos personales.
—Mi compañía tiene los archivos de todos los prestadores de servicios. No sabía cómo encontrarte, así que tuve que pedirle a Jacynth que recurriese a ello. Lamento haber invadido tu privacidad al presentarme hoy —dijo con sinceridad observando el labio y el pómulo amoratado todavía. Sintió rabia al recordar cómo encontró al cretino de Chandler sobre ella—. Quería asegurarme por mí misma de que estuvieras bien.
Bianca sonrió con timidez.
—No hacía falta…Yo… Me ayudaste, y fue suficiente, de verdad —suspiró—. Por favor, siéntate. ¿Te ofrezco algo de beber? Estaba por tomar un té…
—Un té estaría bien. —Sonrió—. Gracias
Al cabo de un instante, Bianca le entregó una taza humeante, y luego se sentó marcando una distancia que no pasó desapercibida. Hailey se preguntaba si la tensión de la química tan palpable de su lado era demasiado evidente. No quería hacer un papelón. Ella estaba habituada a mantener siempre la calma.
—El abogado que me contrató Gregory dice que pueden darle cuatro años a Chandler… Como no hubo agresión sexual agravante —se aclaró la garganta—, pues… Imagino que durante el juicio se hará la evaluación. Odio la sola idea de pasar por algo así, pero mi hermano me ha asegurado que estaré respaldada.
—Un hombre tan importante como Gregory seguro que sabrá llevar la situación procurando tu mejor interés.
Bianca soltó un suspiro resignado.
—Mi relación con él es muy diferente. La otra noche fue la primera vez que lo veía en muchísimo tiempo.
Hailey asintió.
—Me alegro que hayas decidido presentar cargos, Bianca. Nadie merece ser asaltado ni abusado desde ninguna perspectiva. —Elevó la mano y le acarició la mejilla en la que tenía lastimado el pómulo con cautela—. Pronto mejorará.
Bianca elevó la mirada y sus ojos impactaron con los de Hailey.
Ambas quedaron suspendidas con la fuerza de una conexión distinta. Parecía como si sus almas estuvieran reconociéndose después de una búsqueda que no sabían que hubiera tenido lugar.
—Lo sé —susurró con el aire atrapado en la garganta. El corazón le iba a mil—. Soy solo una camarera, y hago limpieza. ¿Por qué tomarte la molestia de venir?
—Haces muchas preguntas —sonrió, Hailey.
—Tú eres una de las ejecutivas más respetadas de la ciudad y con una agenda, por supuesto, mega complicada. No tiene mucho sentido.
Hailey se incorporó. Pasó las palmas de las manos sobre la impoluta chaqueta antes de dejar la taza de té a medio acabar sobre la mesita.
—Quería ofrecerte un empleo —dijo.
Bianca la observó con incredulidad. Dejó la taza sobre la mesita y cruzó los brazos, mirándola desde el sofá.
—¿Cómo sabes que poseo la cualificación que buscas?
—Ese es el segundo motivo por el que estoy aquí. —Sonrió—. Háblame al respecto, porque entiendo que todos los Levesque reciben educación en Harvard, Yale e incluso Wharton.
Bianca soltó una exhalación. La mujer la descolocaba con su interés que parecía demasiado genuino. Después del golpe que implicó que su propia familia la despreciara, la idea de poder confiar le resultaba demasiado difícil, salvo por Jennifer.
—No soy una Levesque desde hace ocho años. —Hailey no quiso hacer preguntas, y Bianca continuó—: Imagino que lo notaste al revisar mi archivo, y si Gregory no hubiera abierto su bocaza ni llegado a la fiesta, no lo sabrías tampoco.
—Correcto.
—Estudié a distancia Artes y Ciencias en una universidad europea. No es una Ivy League, pero al menos tengo un grado académico. —Que le había costado muchísimo obtener, en especial porque tenía que pedir prestado siempre un ordenador para poder estudiar y estar al día, además de mil malabares para generar ingresos.
—Vamos a abrir una nueva línea de negocios, así que, tu grado académico es bienvenido, pero existe un entrenamiento. —Sonrió—. En Jupiter Resources yo ejerzo como vicepresidenta de comercialización y mercadeo. Una de las nuevas líneas de negocios que vamos a implementar consiste en instalar sistemas de riesgo especializado para huertos familiares. La onda fitness, así como la de productos orgánicos, está cobrando más fuerza en el mundo. Necesito que una persona se entrene para coordinar los procesos de instalación en conjunto con especialistas: arquitectos, agrónomos, interioristas, decoradores, en fin…
—¿Lo que quieres es una coordinadora de gestión, enfocada en estructurar una cadena de trabajo, y que aprenda los procesos y variantes de las ofertas que pretende ofrecer tu compañía?
Hailey asintió.
—Solo para esa rama de negocios, porque, como ya sabes, Jacynth es mi asistente personal para todo en Jupiter Resources. La idea es que, con el paso del tiempo, redirecciones a los clientes con el equipo adecuado, según el tipo de necesidad. La implementación tomará al menos dos años, porque estamos en los procesos preliminares de estudio de mercadeo, pero el resto está dado. Necesitamos empezar lo antes posible. Esta es la primera línea de expansión de negocios.
Cuando Hailey le dijo el salario, Bianca la miró ojiplática. Con esa paga podría cubrir sin problemas un nuevo sitio para vivir, buscar una nueva casa de cuidados para sus abuelos, y darse, por primera vez, el lujo de comprarse ropa nueva.
—¿Por coordinar me vas a pagar todo eso?
Hailey se rio. Bianca empezaba a descubrir que era un sonido que le gustaba.
—El departamento de recursos humanos se encargará de hablarte de las bonificaciones por cumplimiento de metas. —Bianca abrió y cerró la boca—. Solo tengo una condición para darte el empleo.
—Es la entrevista de trabajo más rara de mi vida —dijo sonriendo por primera vez, a pesar del dolor que implicaba hacerlo por el labio magullado—. ¿Qué condición es la que tienes pensada?
—Te tomarás una semana para organizarte.
—Okey…
—Las reglas son sencillas. No admito faltas. Si quieres mantener tus otros empleos no es mi problema, pero en el momento que afecten tu desempeño, entonces tendremos inconvenientes severos. Las segundas oportunidades no existen en mi entorno. Exijo lo mejor, y por eso la paga es alta. Quiero ayudarte, aunque jamás haría algo que beneficie solo a otros sin pensar en la compañía a la que represento.
—¿De qué modo puedo beneficiar a tu compañía? —preguntó Bianca incorporándose. No quería seguir mirando a Hailey desde el sofá.
—Eres una Levesque, aunque no lleves el apellido. El público objetivo de esta nueva rama de negocios implica que conoces lo que buscan y prefieren, porque naciste en su entorno. Este es un negocio elitista, porque los huertos familiares instalados en los penthouse, lofts, dúplex, etcétera, de Nueva York resultan más bien un lujo que una necesidad, en especial considerando que nuestra ciudad está sobrepoblada y lo que se requiere es más espacio y menos complicación. Pero ¿quién entiende a los millonarios? —preguntó riéndose de sí misma—. Ocho años o uno no hacen la diferencia en un conocimiento que se lleva en el ADN, para bien o para mal, Bianca. Y sé que tú conoces muy bien cómo funciona la clase alta de Manhattan.
—Lamentablemente —murmuró Bianca—. No quiero que nadie sepa que soy una Levesque en la compañía. ¿Puedes garantizarme eso?
—Asumo que estás aceptando el empleo.
—Sería tonta al no hacerlo —replicó Bianca.
—Estoy de acuerdo —dijo Hailey—. Tu trabajo es con mi empresa. Lo que hagas fuera de ella, lo que decidas en relación a tu identidad o con quiénes te vinculas, no es mi asunto. Tu identidad es la que decidas. Ahora, existen políticas internas que te serán informadas a tiempo. Todo lo que ocurra en la empresa es confidencial.
—Entiendo…
Bianca se preguntaba cuánto tiempo llevaría Hailey con el hombre con el que acudió a la fiesta. ¿Serían pareja? Tan solo cuestionárselo era ridículo. No entendía cómo podía interesarse en una mujer heterosexual. «Dios, mi radar está atrofiado».
Así de jodida era su existencia, aunque al menos iba, al parecer, a cambiar en el ámbito financiero. Resultaba imposible tenerlo todo en la vida y ella había aprendido a contar sus bendiciones, elegir sus batallas y decidir cuándo avanzar o retroceder. Este era el momento de aceptar la oportunidad, y hacer lo mejor de ella. Un lado optimista a considerar, en especial después del asalto de Chandler Hyatt.
—Te veo en una semana —dijo Hailey borrando por completo la calidez de su tono—. Jacynth te contactará para darte todos los detalles, incluido el horario.
—Quizá que Gregory se hubiera presentado revelando que soy su hermana no sea tan desastroso —expresó en tono teatral.
—Nada es tan bueno ni tan malo como parece —replico Hailey cerrando la puerta tras de sí, dejando un halo de intriga en sus últimas palabras.
Cuando Bianca fue hasta su habitación se dio cuenta de dos cosas.
La primera, que tenía los pezones erectos contra la blusa y que lo más seguro era que Hailey los hubiera visto, ¿qué habría pensado? ¿Qué la excitaban las propuestas de trabajo? «Trágame tierra». La segunda, que iba a tener problemas para tratar de asimilar que su nueva jefa no solo era la única capaz de humedecerle las bragas sin saberlo, sino que, estaba segura, a Hailey solo le interesaban los hombres.
***
La biblioteca era inmensa y fabulosa. Lo que más le atrajo, mientras esperaba a que su hermano terminara la conferencia telefónica, fue la bonita estación de bebidas calientes y frías junto al ventanal que ofrecía una vista privilegiada al Central Park.
Resultaba complicado que la decoración del penthouse la defraudara tratándose de Gregory. Desde pequeño había sentido fascinación por el equilibrio en los colores, la disposición de sus juguetes de una manera específica y no de otra.
Él la había citado esta tarde de domingo para comer, pero Bianca rehusó mostrarse públicamente. Prefería mantener un perfil bajo, y su hermano no era el tipo de persona que no tuviese amigos o conocidos por doquier. Así que, por ese motivo, se hallaba en el penthouse de Gregory.
A lo largo de la semana tuvo tiempo de organizar su apartamento con minuciosidad. Aprovechó para ir a visitar a sus abuelos, conversar con las enfermeras que se encargaban de sus cuidados e intentar recuperar el tiempo perdido. También hizo la compra de la semana e incluso alcanzó a hacer los primeros bosquejos para el vestido de matrimonio de Jennifer. Cuando le contó la oferta de trabajo para Jupiter Resources, ella puso el grito en el cielo y la instó a celebrar. Así que, apenas su vida estuviera más encaminaba a la «normalidad», irían de fiesta.
Al cabo de un instante apareció Gregory. Llevaba unos jeans y una camisa gris. Andaba descalzo sobre la alfombra.
—Gracias por haber venido, Bianca —dijo acercándose.
Ella se dejó abrazar, pero no devolvió el gesto. Si él lo notó, no hizo comentario.
—Claro. Te has comprado un sitio muy chulo. Me he tomado un té y un café mientras esperaba. Algún momento consideraré este tipo de indulgencias como parte de mi lista de compras —bromeó.
Gregory sonrió, y dos hoyuelos se formaron en las mejillas. Se aclaró la garganta y se sentó frente a Bianca. Ambos sabían que la conversación era necesaria, porque de lo contrario les sería imposible retomar el lazo tan quebrantado.
—Ocho años es mucho tiempo sin haber celebrado tantas cosas contigo, Bianca. Incluso viajes y experiencias que pudieron ser recuerdos increíbles —empezó él con tono sincero, ella tan solo asintió, porque si no hubiera estado dispuesta a escucharlo no habría tomado el tren desde su casa hasta el Upper East Side—. Cuando regresé de Aspen después de las fiestas de aquel año, me enteré de lo ocurrido por toda la gente que asistió. Qué suerte que no hubiera la propagación indiscriminada de fotos con Instagram o Facebook o Twitter. —Ella se encogió de hombros, pero era algo en lo que no había pensado—. Enfrenté a mi padre, y también dejé de hablarle a mamá por un buen número de meses.
—Imagino que no lo tomaron bien… —murmuró con las manos entrelazadas sobre el regazo. Llevaba unos jeans negros, sandalias rosas, y un top blanco—. Y si hubieras querido encontrarme de verdad, el dinero con el que cuentas habría bastado para pagarle a buenos detectives.
Gregory la observó con pesar.
—Buscaban a Bianca Levesque, mas no a Bianca Caroline Neuman. —Él conocía la identidad nueva, porque ella había utilizado los datos con el abogado frente a Gregory—. Debo confesar que tampoco me esforcé demasiado, y creí… Todavía creo que estás resentida conmigo o me culpas por no haber estado a tu lado. Han sido ocho años complicados, y hasta hace tres meses no se concretaban las diligencias para…
—No estaba enfadada contigo… Se trataba de toda la situación.
Él asintió.
—Si te hubiese encontrado, ¿qué habrías hecho? —preguntó.
—Huir, porque no estaba preparada para verlos, a nadie de la llamada «familia» —dijo con sarcasmo—. No sé si lo estoy ahora tampoco, pero supongo que las circunstancias me obligan a asumir esta conversación —respondió, y luego agregó—: ¿Qué justificación tienes para haberte olvidado de nuestros abuelos maternos? Están en una residencia, Gregory. Sin nadie que los pueda ayudar más que yo. Yo, que no tengo recursos suficientes y me toca hacer malabares. Que no me importa, porque ellos fueron quienes me dieron el amor y apoyo que ustedes no. Ahora, la abuela Moira tiene artrosis, y el abuelo Bruno demencia senil en estado poco avanzado.
Gregory se incorporó y se mesó los cabellos espesos.
Esta era la parte que, sabía él, no iba a gustarle a su hermana. Tal vez, desde la perspectiva en la que seguramente Bianca lo vería, Gregory resultaría igual al padre y madre de ambos, tan preocupado por las opiniones de terceros o ávido de dinero.
—Quería que la empresa estuviera en mis manos lo antes posible, porque era inmaduro y necio. Quería demostrar que tenía la capacidad y ufanarme de heredar la compañía. Cuando te fuiste, nuestros abuelos solicitaron una reunión familiar. Mamá les dijo a Moira y Bruno que no era asunto de ellos, pero ya conoces a ese par de ancianos. Son tercos, y no hubo modo de que se les olvidara el asunto. —Bianca hizo una mueca—. Yo salí a defenderlos cuando mi padre les dijo que nadie contradecía lo que ocurría con sus decisiones y que, si continuaban en su intención de apoyarte, entonces iba a encargarse de que les congelaran las cuentas, y él, personalmente, se encargaría de suspenderles la pensión que les daba por el simple hecho de ser sus suegros. —Bianca se llevó la mano al corazón—. Nuestro padre me amenazó. —Tragó en seco—. Y me dio a elegir. Me exigió tomar un bando.
Bianca bajó la mirada. Sintió los ojos llenársele de lágrimas. En su familia las elecciones sobre el éxito o el dinero estaban siempre sobre los sentimientos.
—El mando de la empresa, el poder financiero del apellido, las conexiones sociales, el prestigio… —murmuró con un tono de voz monótono—. ¿A cambio de qué te ofreció eso, Gregory? —preguntó incorporándose.
Él la miró con tristeza. No tenía modo de cambiar el pasado, aunque estaba tratando de arreglar la situación con un poco de lo que ellos jamás habían tenido por parte de sus padres: honestidad.
—A cambio de que los echara de la casa de una buena vez, así como mi padre lo hizo contigo —dijo avergonzado—. Les pagué un hotel con mis ahorros durante dos meses hasta que una tarde, cuando fui a verles por última vez, en recepción me comentaron que ambos habían decidido continuar su vida en otra ciudad.
—Te mintieron para no ponerte en una posición difícil…
—Ahora lo sé. ¿Tú dónde viviste esos primeros meses, Bianca?
—Dormía con ellos en el hotel, y me escabullía para seguir buscando empleo de media jornada. Cuando la abuela me comentó que tenía pensado pedirte que dejaras de ayudarlos a escondidas, ella sufrió un infarto, y tuve que apresurarme en buscar también una residencia para ambos. Con los ahorros, ellos se costearon al menos un año y medio de sus habitaciones. Hasta que yo asumí la responsabilidad.
—Dios… —dijo Gregory con la voz quebrada, pasándose los dedos entre los cabellos—. Me siento tan en la mierda, pero sé que jamás podrá compararse una decisión con la parte que sufre las consecuencias.
Bianca asintió.
—La abuela Moira jamás habla mal de ti, y siempre que el abuelo te menciona, a ambos les da por quedarse un rato en silencio y yo debo cambiar el tema. En su demencia, Bruno tiene muchos ratos de lucidez.
Gregory sintió un nudo en la garganta. Apretó los labios.
—A pesar de que eran nuestros únicos abuelos vivos, a pesar de que eran sus padres, mamá no movió ni un solo músculo. Intenté hacer lo que pude con mi conciencia… —Soltó una exhalación sonora—. Mis abuelos te eligieron a ti, Bianca. Al menos eso debería contar de algún modo.
Bianca se secó las lágrimas y tomó una profunda respiración.
—Ya… Será mejor que me marche. —Rebuscó en su bolsa, y sacó una tarjeta de la residencia de ancianos y la dejó sobre una mesilla cercana—. Yo seguiré encargándome de mis abuelos, no quiero que pongas ni un centavo. —Omitió comentarle de su empleo en Jupiter Resources—. Si en algún momento decides que ha llegado la hora de enmendar tus errores con ellos, visítalos.
Gregory asintió paulatinamente.
—Quiero que formes parte de mi vida, hermana. Puedes incluso vivir conmigo porque, como puedes notar, tengo muchísimo espacio, o te puedo facilitar el piso que está bajo este penthouse. Lo uso para cuando vienen mis amigos de otros continentes a Nueva York a visitarme o por asuntos de negocios, y no es recurrente, pasa la mayor parte del año solo. Remodélalo a tu gusto. De hecho, te lo obsequio.
Ella meneó la cabeza con vehemencia.
—No intentes comprarme con dinero, ¿es que no lo comprendes? Eso no funciona. Además, ya estás ayudándome con los abogados para mi caso.
Gregory se frotó el puente de la nariz.
—¿Qué te parece si comemos todos los domingos aquí? No tienes que ir a sitios públicos, salvo que así lo quieras. Para mí no hace diferencia qué persona te gusta y cuál decides elegir como pareja. Eres mi hermana. Empecemos de nuevo, Bianca.
Ella entendía desde dónde provenían los modos y expectativas de Gregory. También sabía que no era una persona sin empatía, pero confiar, incluso en su propia sangre, era todo un desafío. De momento, agradecía que él no hubiera ido por la calle de los recuerdos y sacara a colación los hechos acaecidos ocho años atrás. Aunque, tarde o temprano, lo tendría que dejar salir de su memoria, porque a pesar del tiempo transcurrido, el pasado le quemaba.
—Lo pensaré. ¿Vale? Agradezco tu sinceridad.
Al cabo de un minuto, él asintió con expresión atormentada.
—Los abogados me notificarán sobre el transcurso del proceso contra Hyatt. Si necesitas algo, si quieres que esté contigo, solo dilo. ¿Está bien? —Bianca asintió—. Mi chófer está abajo esperando para llevarte a casa.
Ella no iba a discutir. No le quedaban fuerzas por ese día.
—De acuerdo —murmuró, mientras él le daba un abrazo que resultaba muy extraño para ambos después de tantos años. Bianca se lo devolvió al cabo de un rato tratando de contener un sollozo.
Una vez que estuvo fuera en el asiento de pasajeros, ella dejó las lágrimas correr por sus mejillas sin ningún tipo de contingencia. Estaba muy agotada. Sentía como si un tsunami hubiera decidido pasar varias veces sobre ella, y cada vez que lograba salir a la superficie, llegaba otra ola para hundirla.
El chófer, por supuesto, mantuvo en todo momento la ventanilla que lo separaba arriba. Vidrios oscuros y contra sonidos. Tan solo por ese instante, Bianca apreció la privacidad que podía comprar la opulencia de Gregory.
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