Kitabı oxu: «Los mejores reyes fueron reinas»

Şrift:

Los mejores reyes

fueron reinas

Los mejores reyes

fueron reinas

VICENTA MÁRQUEZ DE LA PLATA


Colección: Historia Incógnita

www.historiaincognita.com

Título: Los mejores reyes fueron reinas

Autor: © Vicenta Márquez de la Plata

Copyright de la presente edición: © 2018 Ediciones Nowtilus, S.L.

Camino de los Vinateros 40, local 90, 28030 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos Rodríguez

Diseño y realización de cubierta: Universo Cultura y Ocio

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital: 978-84-9967-983-9

Fecha de edición: octubre 2018

Depósito legal: M-29162-2018

Índice

A modo de prólogo

Tz’u-hsi

Catalina la Grande

María Teresa de Austria

Cristina de Suecia

Isabel Tudor

Catalina de Médicis

La reina de Castilla, Isabel la Católica

Capítulo 1. La emperatriz viuda, Tz’u-hsi (1835-1909)

Sus orígenes y familia

La llegada al Palacio Imperial

El imparable camino ascendente de Yehenara

Una conspiración

La lucha por el poder. Desenlace

Los inicios del Poder. Primera regencia

Tongzhi, el hijo de la emperatriz

Un nuevo heredero, Guangxu

«Los cien dias de las reformas». La reacción de la emperatriz

Guerra entre China y Japón

La rebelión Bóxer

Los cambios iniciados en China y respaldados por Cixí

La resistencia a tales cambios

Fin de la emperatriz

Capítulo 2. Catalina la Grande, zarina de Rusia

El tiempo que le tocó vivir a Catalina la Grande

Orígenes de Catalina, nacida Sofía de Anhalt-Zerbst

Un matrimonio frío. Personalidad del joven Pedro

La difícil sucesión. Amantes, amores y amoríos

La conspiración de Catalina. La suerte del zar

Otros amantes de Catalina

El gobierno de Catalina. Sus contradicciones

El Imperio Ruso

El origen del Hermitage

Política exterior de Catalina la Grande

Capítulo 3. La emperatriz María Teresa de Austria (1717-1780)

Nacimiento, educación y familia

Matrimonio de María Teresa

El Corregente. El Sacro Imperio Romano Germánico

La herencia y la guerra de sucesión

Consecuencias del Tratado de Aquisgrán

La continuación de la guerra de sucesión. La guerra de los Siete Años

Vida familiar de la soberana

El asunto de María Antonieta. La guillotina

La relación matrimonial de la emperatriz María Teresa

Religiosidad de la emperatriz

La opinión de María Teresa en cuanto a judíos y protestantes

Reformas realizadas por la emperatriz

Derechos civiles de los ciudadanos

El fin del reinado de la emperatriz

Capítulo 4. Cristina de Suecia (1626–1689), una reina ilustrada

Nacimiento y familia

Educación de cristina

El siglo XVII. El inicio de la guerra de los Treinta Años

Coronación de la reina de Suecia

La reina, Descartes y otros eruditos

Pretendientes y amoríos

El asunto del matrimonio. Su conversión al catolicismo y renuncia al trono

De un lado para otro

La última estancia en Roma

Su obra literaria

Capítulo 5. Isabel I, reina de Inglaterra e Irlanda (1558-1603)

Nacimiento e infancia de la princesa Isabel

El primer pretendiente de Isabel

Muerte del joven rey Eduardo. Jane Grey y su efímero reinado

El reinado de Maria Tudor

El advenimiento de Isabel Tudor. Organización del Estado

El asunto de María Estuardo. Desenlace y muerte de la reina de Escocia

Relación con España y Felipe II. Como surgió la Grande y Felicísima Armada

La Grande y Felicísima Armada. Causas de su fracaso

Candidatos a la mano de la reina. Favoritos y galanes

Isabel y su reinado

La literatura isabelina

Muerte de Isabel I

Capítulo 6. Catalina de Médicis. Reina de Francia (1519-1589)

Primeros años de Catalina

La fastuosa boda de Catalina

Catalina en la corte de Francia

Cambio de suerte

Catalina, reina legítima y Diana de Poitiers, amante oficial

El reinado de Enrique. Catalina, reina regente

El problema de los hugonotes

Carlos IX. Catalina, regente de Francia

Las guerras

La Miguelada y años siguientes

El nuevo rey de Francia

Juicio crítico sobre Catalina de Médicis

Algunas curiosidades

Catalina como reina regente

Capítulo 7. Isabel la Católica (1451-1504)

Una heredera inesperada

Semblanza y retrato de la reina Isabel

Pretendientes de doña Isabel

El siglo en el que le tocó vivir. Inestabilidad social

La acción de Isabel en el cambio de costumbres en la Iglesia

Otros objetivos del reinado

La reina Isabel. Su familia

El cónyuge, don Fernando

Isabel, la hija mayor. Princesa de Asturias (1470-1498)

Juan, el heredero (1478-1497)

Juana (1479-1555)

La infanta doña María (1482-1517)

La infanta doña Catalina (1485-1536)

Reina mecenas. Algunas notas sobre el Renacimiento bajo la reina Isabel

Bibliografía

A modo de prólogo

Al escribir este libro la autora tuvo la intención de buscar y reunir en un ejemplar la vida y obra de los mejores soberanos que han reinado en Europa, e incluso de fuera de ella. Aquellos que, además de una personalidad relevante, durante de su reinado proporcionaron o bien prosperidad o bien gloria a sus pueblos, o ambas cosas.

Pronto se hizo patente que las personalidades más fascinadoras y sugestivas y que los reinados más admirables, eficientes y útiles, si es que pude usarse ese adjetivo refiriéndose a reinados, fueron las de algunas reinas. Ha habido muchas menos reinas con autoritas que reyes, sin embargo, el resultado es abrumador a favor de estas. Entre los mejores monarcas, ellas gobernaron mejor y su personalidad fue más interesante. ¿Casualidad? ¿Circunstancias? No entraremos en eso, simplemente hablaremos de ellas y que el lector juzgue.

Para presentarlas en algún orden, hemos empezado por la más cercana a nuestro tiempo: la emperatriz de la China: Tz’u-hsi (quien normalmente es conocida como Cixí en Occidente) la cual reinó con plenos poderes desde 1835 hasta 1890.

Cronológicamente le siguen Catalina la Grande de Rusia (1729-1796), la emperatriz María Teresa de Austria (1717-1782), Cristina de Suecia (1626-1689), Isabel I de Inglaterra (1558-1603), Catalina de Médicis, reina de Francia (1519-1589) y por último, cerrando esta ilustre lista está nuestra Isabel la Católica (1451-1504).

TZ’U-HSI

Última emperatriz de la China. La emperatriz viuda Tse-hsi (1835-1908) fue primero concubina y llegó a emperatriz, posteriormente emperatriz viuda, que ejerció el poder efectivo en China desde el año 1861 hasta su muerte en 1908. También desempeñó varias veces el cargo de regente del emperador. Su etapa en el poder coincidió con los años de declive de la dinastía Qing o manchú, la última dinastía imperial china. Aunque en un principio se resistió a los cambios, fue una gran reformadora que llevó a China, decaída después de la segunda guerra del Opio, a un período de modernización y crecimiento económico hasta el día de su muerte. Su nombre de pila era Orquídea, pero pasó a ser llamada Yehenara (el nombre del clan manchú al que pertenecía) al ser nombrada concubina imperial y más tardíamente se la denominó Tz’u-hsi.

CATALINA LA GRANDE

Catalina la Grande (1729-1796) cuyo nombre verdadero al nacer fue Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst, era hija del general prusiano Christian Augusto, príncipe de Anhalt-Zerbst, un noble de segunda línea. Fue elegida como esposa del futuro zar, Pedro, para fortalecer la amistad entre Prusia y Rusia.

En 1762 Pedro subió al trono y con él Catalina. Tras varios errores el zar se retiró del poder y al poco tiempo fue asesinado. El vacío fue llenado por la zarina viuda: Catalina. En su política interior y exterior intentó una europeización (modernización) del país, y otorgó a la nobleza un puesto relevante.

En el interior fracasó su intento de regir el país bajo las ideas de Montesquieu. En el exterior se centró en la expansión territorial. La llamada Semíramis del norte fue considerada como una mujer inteligente, culta, sagaz, muy hábil, apasionada y con una vida privada un tanto peculiar. Mantuvo una gran amistad y comunicación con los grandes ilustrados franceses, como Diderot, Montesquieu o Voltaire, o con el escritor belga Charles-Joseph de Ligne.

En su reinado se introdujeron novedades en la agricultura y la industria, basándose en el pensamiento de las Luces. Trajo la vacuna, una novedad que ella misma probó. En pocas palabras: fue un gran reinado que intentó armonizar Rusia con Europa.

MARÍA TERESA DE AUSTRIA

Reina-emperatriz de Austria. Fue la primera y única mujer que gobernó sobre los grandes dominios de los Habsburgo y la última jefa de esta casa, pues a partir de su matrimonio la dinastía pasó a llamarse Casa de Habsburgo-Lorena. Fue archiduquesa y soberana de Austria, Hungría, Bohemia y Croacia. Duquesa de Milán, Mantua, Galitzia, Lodomeria, Parma y los Países Bajos austriacos. Gracias a su influencia (y ya que ella no podía ser nombrada emperatriz por ser mujer) hizo nombrar a su marido, Francisco Esteban de Lorena, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con lo que ella vino a ser emperatriz, cosa que en realidad era más que el esposo.

Gobernó con sabiduría y se la puede considerar una déspota ilustrada de primera línea. A su muerte la emperatriz María Teresa dejó un imperio revitalizado, lo que influyó al resto de Europa durante el siglo XIX. Sus descendientes siguieron su ejemplo y dieron continuidad a las reformas que ella había instituido, lo que influyó en la grandeza de su país en los años venideros.

CRISTINA DE SUECIA

Hija única de Gustavo II de Suecia y de Leonor de Brandenburgo, nació el 19 de diciembre de 1626 en el castillo Tre Kronor, en Estocolmo, Suecia. Siempre tuvo una relación conflictiva con su madre. Huérfana de padre a los seis años, el canciller Oxenstierna se hizo cargo de educar a Cristina en asuntos de Estado y política, y el obispo Johannes Matthiae Gothus se encargó de instruir a Cristina en idiomas, filosofía, historia, teología y astronomía, entre otras materias. También era muy diestra en los deportes como equitación, la caza y la esgrima. Solía dormir poco y dedicaba muchas horas del día a la lectura. En 1650, una joven Cristina de poco más de veinte años era coronada como reina de Suecia. Fue en su reinado cuando se firmó la Paz de Westfalia. Durante un breve período de cuatro años, Cristina gobernó con eficacia su país. En 1654 anunció oficialmente su deseo de abdicar del trono y seguidamente se convirtió al catolicismo. Su primo Carlos Gustavo fue nombrado rey de Suecia.

Durante toda su vida conservó su soltería. Fue mecenas de las artes y las letras y trabó amistad con los sabios de su tiempo. Ha merecido el nombre de «la erudita libertina» y «la reina errante», como veremos luego.

ISABEL TUDOR

También conocida como Isabel I de Inglaterra fue sin duda la personalidad más vigorosa de su tiempo en su país y quizás en toda Europa. A ella se enfrentaron grandes figuras como Felipe II, pero ella no perdió de vista que la gloria y el honor de su nación estaban en juego y que ella era la primera responsable. No quiso compartir el poder para no ser ensombrecida por un marido que quisiera eclipsarla o dominarla y permaneció soltera en unos tiempos en que ello era insólito. A ella deben los ingleses el engrandecimiento de su nación por tierra y sobre todo por mar. De ella dijo Walter Raleigh en The Age of Elizabeth que «la época isabelina es la más gloriosa y en cierto modo la más significativa de la historia inglesa». De hecho, la época isabelina es el verdadero Siglo de Oro en las islas británicas.

CATALINA DE MÉDICIS

Reina de Francia, hija de Lorenzo de Médicis y Magdalena de la Tour. Cuando llegó a Francia como esposa del segundo hijo del Francisco I, no estaba destinada a reinar, pero la muerte del delfín cambió su destino. Su esposo, con una amante de toda la vida, le relegó al papel de consorte oficial sin prestarle ninguna atención, mientras la favorita, Diana de Poitiers, era la reina efectiva de Francia y la luz de la corte. La prematura muerte de su marido le entregó el poder, pues reinó con sus sucesivos hijos a los que la muerte persiguió. Reinó en un tiempo turbulento: el de las guerras de religión. Ella intentó ser contemporizadora y, aunque católica, permitió una cierta libertad a los hugonotes; pero su política conciliadora fue interpretada como debilidad. A pesar de todos sus esfuerzos la reina no logró unir al dividido reino. Tampoco logró resolver la desesperante falta de ingresos de la Hacienda, pero sí acabar con los abusos judiciales, eliminar aduanas internas y unificar pesos y medidas. Asimismo, se acordó la reunión de los Estados al menos una vez cada cinco años.

Bajo su reinado tuvo lugar la noche de San Bartolomé, que ella no pudo evitar. Fue una mujer enérgica al par que prudente, sin ella los Valois hubieran desaparecido del trono de Francia mucho antes.

LA REINA DE CASTILLA, ISABEL LA CATÓLICA

Organizó de un mosaico de naciones un solo reino, terminó la Reconquista y patrocinó el Renacimiento desde su corte. Fue la reina con más poder y territorios que hasta entonces hubiera reinado, sus dominios se extendieron del uno al otro confín del mundo conocido hasta al otro lado del océano. Casó a todos sus hijos para asegurar la supremacía e influencia de España en toda Europa y con ello intentar cortar las alas al creciente poder de Francia. Otra cosa es que el destino se opusiera de plano a sus proyectos matrimoniales. Las bases de la organización que Isabel y Fernando pusieron en pie han sujetado el edificio de la nación española durante siglos.

Capítulo 1
La emperatriz viuda, Tz’u-hsi (1835-1909)

Cuando la emperatriz Cixí murió, en 1908, los gobernantes que la sucedieron quisieron transmitir la idea de que era una persona incompetente y muy conservadora, para así arrogarse el mérito de la modernización de China

SUS ORÍGENES Y FAMILIA

Cuando nació en noviembre de 1835, la que luego sería emperatriz autócrata en China recibió el nombre de Orquídea, el cual cambiaría por Yehenara (apellido familiar) al llegar a la Ciudad Prohibida.. La familia de esta niña era de nobles orígenes, descendía en línea recta del príncipe Yang-ku-un, jefe de uno de los más antiguos clanes manchúes. En el seno de esta familia de rancios orígenes nació la que habría de mandar sobre millones de seres humanos, ser tres veces regente de China, ejercer un poder sin límites y poner en jaque al Imperio británico.

Su padre, Huizheng, a pesar de su reconocida nobleza, solo ostentaba el rango de capitán del cuerpo de las Ocho Banderas, que eran las divisiones administrativas en que se colocaban todas las familias manchúes. Ellos proporcionaban el marco básico para la organización militar manchú.

Murió el padre de familia cuando ella tenía trece años y el sostén de la casa recayó sobre un pariente de nombre Muyangga, que estuvo en situación de apoyar a los suyos una vez que una de sus hijas ingresó en la corte del emperador Daoguang, y suponemos que con estas relaciones sus medios económicos serían superiores a los de la viuda de Huizheng.


Yehenara

La madre de Yehenara, del clan Manchu Fuca, sobrevivió muchos años al esposo. Vivía en la calle del Estaño, cerca del barrio de las Embajadas. Lo que de ella se dice es que su inteligencia y energía eran notables, incluso en esta familia donde las mujeres destacaron más que los hombres. Cuando falleció fue enterrada junto a su esposo en el cementerio de la familia. Señalemos de paso que cuando su hija llegó a emperatriz hizo nombrar a su madre duquesa imperial. Cerca del cementerio en donde fue enterrada su madre, la emperatriz hizo elevar un arco de honor y poner las tradicionales lápidas de mármol. La costumbre de piedad filial exigía que cuando los hijos pasasen cerca del cementerio de sus padres se detuviesen y arrodillasen, esto le ayudaba a cumplir dicha costumbre cuando la emperatriz pasaba cerca del dicho cementerio. Como no le era posible cuando pasaba en tren, muchas veces hizo que el tren imperial diese un gran rodeo para no pasar cerca del enterramiento de su madre, pues no era viable detener el tren para rendir tributo a sus antepasados. Este detalle gustaba mucho a los habitantes de la ciudad, que se hacían lenguas de la piedad de la emperatriz.

Pocas cosas se saben de la niñez de Yehenara, solo detalles sueltos, por ejemplo que uno de sus camaradas de juegos infantiles era un niño pariente suyo, de nombre Jung-Lu, al cual encontraremos más adelante en la historia de la emperatriz. Algunos autores dice que este Jung-Lu era el hombre que sus padres habían escogido como esposo de Yehenara cuando ella tuviese edad para contraer matrimonio, otros dicen que ella mantuvo relaciones íntimas con él antes de ser emperatriz, pero nada de esto puede ser probado.

La joven recibió la educación tradicional de su clase, aprendió a pintar y a componer versos, a los dieciséis años terminó sus estudios chinos y manchúes y era versada en la historia de las veinticuatro dinastías. Fue por su excepcional inteligencia que la joven se pudo elevar por encima de esta cultura tan superficial; por su inteligencia, sí, y por la gran ambición que mostró a lo largo de toda su vida.

Cuando en 1850 le llegó la hora de morir al emperador Daoguang, tenía la joven Yehenara quince años. El hijo mayor de Daoguang, Xianfeng que tenía diecinueve años, heredó el trono.

LA LLEGADA AL PALACIO IMPERIAL

Durante el período de luto por la muerte del emperador, estaba prohibido casarse, pero trascurrido este, que duraba veintiocho días, ya se podía efectuar cualquier boda. Mediante decreto se llamó al Palacio Imperial a todas las jóvenes manchúes que fuesen bellas y de edad núbil para poder elegir entre ellas a las que habían de configurar el harén del nuevo soberano. El que ahora iba a ser emperador de la China ya había tomado por esposa a una doncella, que no era otra que la hija mayor de Muyangga, el protector de la familia de Ye-ho-na-la. Desgraciadamente ella había muerto antes de que su marido subiese al trono. Entre las jóvenes damas que acudieron al llamamiento del emperador —más bien de la madre del emperador, que era la que escogía a las adolescentes— estaban la segunda hija de Muyanga, de nombre Niohuru y la prima de esta, Yehenara.

Como hemos apuntado someramente, era costumbre que la madre del emperador examinase a las muchachas que optaban al honorable puesto de concubina del soberano. El 14 de junio de 1850, desfilaron unas sesenta muchachas ante la mirada atenta de la viuda de Daoguang. De las que eligió veinticuatro. No terminaba ahí el papel de la viuda, había de adjudicar a cada una su rango en la jerarquía de las esposas. Estas jerarquías eran cuatro: las fe, las pen, las kueyeng, y las tch´ang tse. Niohuru fue admitida como pen y Yehenara como kueyen o ‘persona honorable’.

No dejaremos de mencionar que las concubinas, salvo excepciones, eran algo más que servidoras de la viuda y dependían de su buena voluntad para ascender hacia el emperador. En los asuntos domésticos la viuda ejercía una autoridad sin límites, aunque a veces el emperador podía elegir entre las concubinas.


Palanquín chino

A Yehenara, como honor particular, se le envió un palanquín cerrado. Una dama de palacio, cuyo nombre era Yi, fue enviada a mediodía, tal y como previamente se les había anunciado a los parientes de la joven por medio de un eunuco. Los vecinos de la familia al verla así encumbrada salieron a ambos lados de la calle para alegrase con el gran honor y distinción que se otorgaba a una de sus conciudadanas y vecinas.

Cuando llegó el palanquín los eunucos rogaron a la dama Yi que descendiera, y así lo hizo, entró en la sala principal y ocupó el sitio de honor. Todos se acercaron a saludar a la matrona y se arrodillaron, menos la madre de la escogida joven y los parientes ancianos. Seguidamente se sirvió un banquete y se colocó a Yehenara en un sitial más alto que el de su madre en señal de su ascensión en la escala social. Tras el banquete, a la caída de la tarde, la dama Yi advirtió que era la hora de partir, la honorable persona se despidió de su familia con sentidas muestras de afecto y tras dejar un regalo a cada uno partió hacia palacio. Antes de partir, la dama acompañante advirtió a la madre de Yehenara que siempre que quisiera podía visitar a su hija en la Ciudad Prohibida, su hija en cambio no podría salir de allí salvo por algún motivo muy relevante. La vida de la joven había cambiado trascendentalmente.

EL IMPARABLE CAMINO ASCENDENTE DE YEHENARA

El modo de ascender en el palacio real era ganándose el afecto de la emperatriz viuda, en este caso la viuda de Daoguang y Yehenara hizo lo posible por ganarse a la viuda, cosa que consiguió haciéndole ver que quería aprender de ella, cada día, sus obligaciones y el protocolo de palacio.

Un día la concubina fue llamada a la cama del Hijo del Cielo. Entró en la habitación del emperador y vio que este representaba bastante más edad de la que tenía, pues apenas estaba en la treintena. Su rostro tenía color enfermizo y se presentaba macilento y desagradable. Su cuerpo era fofo, propio de un hombre que no hacía ejercicio ni llevaba una vida sana. Olía a opio y a cuerpo descuidado. Tres días y sus noches se quedó en el cuarto del emperador, y cuando por fin fue a sus aposentos, tuvo que guardar cama enferma de asco y decepción.

Cuando el emperador la volvió a llamar, ella se negó a ir y los eunucos no sabían cómo decírselo al Hijo del Cielo. Yehenara dijo que se tragaría sus pendientes de oro si se la obligaba. El jefe de eunucos, An Te Haih, estaba tan desesperado que hasta habló con Niohuru, su prima de más edad y prestigio, para que convenciera a Yehenara. Finalmente esta accedió porque conocía lo que sucedía en palacio. Cuando las dos primas se encontraron, Yehenara le confesó su horror y su asco, pero Niohuru la persuadió de que no le quedaba más remedio que acceder a los deseos del emperador porque en la Ciudad Prohibida era fácil que una concubina que manifestase desagrado, y más sobre el emperador, muriese envenenada o acabase con sus huesos en el fondo de un pozo.

Afortunadamente para ella, de estos encuentros salió embarazada y la noticia de tal suceso provocó gran alegría en la corte y en todo el reino. Cuando en abril de 1856, la honorable Yehenara, dio a Xianfeng un hijo varón, su situación se vio asegurada. Mientras era cuidada como una piedra preciosa durante su gestación, ella pidió leer los documentos que se remitían al emperador. Pronto la inteligente Yehenara se arrogó el derecho de leer y valorar las memorias que recibía el Hijo del Cielo. Todo esto le sirvió para ir conociendo a su pueblo y sus necesidades y problemas.

En marzo de 1853 llegó una carta en que se comunicaba al emperador que había un levantamiento y que los rebeldes, encabezados por Te-Ping, habían tomado Nankín. Yehenara, enterada del suceso, rogó al emperador que para sofocar la rebelión escogiese como general en jefe a Tseng Kuo-fan. También se preocupó de obtener los recursos necesarios para la campaña y gracias a ello, y también a la ayuda del general Gordon, se sofocó la peligrosa revuelta. El acierto de Yehenara fue celebrado, pues si de acuerdo a las tradiciones el general Zeng Guofan no habría podido dirigir la campaña por estar de luto por su madre, la concubina opinaba que antes que el luto estaban los intereses del Estado, y acertó.

Gordon nació en Woolwich, Londres, hijo del mayor general Henry William Gordon (1786-1865) y de Elizabeth (Enderby) Gordon (1792-1873). Fue educado en la escuela Fullands, en Taunton, Somerset y en la Real Academia Militar de Woolwich. Alumno de la Academia Militar de Woolwich, sirvió en Crimea. Después intervino en la campaña de China de 1860 durante la Rebelión Taiping contra los emperadores. Charles Gordon entró al servicio de China. A la cabeza de un grupo de europeos, reorganizó el ejército imperial. Permaneció con las fuerzas británicas que ocupaban el norte de China hasta abril de 1862, cuando las tropas, bajo el mando del general William Staveley, se retiraron a Shanghai para proteger el enclave europeo de los rebeldes taiping que amenazaban la ciudad. Reconquistó las insurgentes provincias de Suzhou y Wankin. El ejército de Gordon, el ejército siempre victorioso, salvó a la dinastía manchú que parecía perdida y acabó rápidamente con los rebeldes.

En 1863, Gordon, a pesar de las brillantes ofertas de los chinos, volvió al servicio del Reino Unido con el grado de teniente coronel.


Mapa de la provincia de Guangxi, donde se inició el levantamiento Taiping


Salón del palacio en donde vivió la emperatriz

En 1855 había muerto la emperatriz viuda de Daoguang. La prima de Yehenara, Niohuru (que pasó a llamarse Zhen), había pasado a ser emperatriz consorte y ella ascendió en la escala de palacio; de concubina kueyeng pasó a ser concubina peng, o sea de la tercera categoría ascendió a segunda. Con el triunfo sobre los taiping y el nacimiento de un heredero, el hijo de Yehenara, se acrecentó el prestigio de emperador… y también el de su concubina porque el monarca, casado ya por dos veces a los veintiséis años, no había engendrado un varón hasta que llegó la concubina kuenyeng.

Quiso la suerte —mala para el emperador y buena para Yehenara— que el soberano sufriese una grave parálisis y que la concubina kuenyeng en calidad de madre del futuro emperador, y por su enorme energía, pasara a encarnar el Gobierno efectivo del imperio. Afortunadamente para ella la verdadera emperatriz, Zhen, no mostraba ningún deseo de gobernar. Por entonces Yehenara fue de nuevo ascendida y pasó a ser concubina de primera categoría.

Al nacimiento del heredero en 1856, la joven fue elevada de nuevo a otro rango, uno que la igualaba en estatus al de la emperatriz, su prima Zhen, y desde entonces se cambió de nombre y recibió el de Tz’u-hsi (Cixí, españolizado) en vez de Yehenara, el nuevo apelativo quiere decir ‘la emperatriz del este’ porque con este motivo fue trasladada a un palacio en la parte este de la Ciudad Prohibida.


El príncipe Kung, profesor de Cixí

Allí tenía su propia pequeña corte, sus servidores, sus músicos, sus eunucos y también sus murmuraciones, habladurías de palacio y comentarios. Ella, sin que otros lo supieran, se enteraba de muchas cosas.

En poco más de dos años la joven inexperta que se llamaba Yehenara pasó a estar a la altura de la emperatriz de la China y con más prestigio que ella.

Pero esto no era suficiente. Yehenara, dándose cuenta de sus insuficiencias pidió que se le enseñara todo lo necesario sobre el gobierno del Imperio por lo que pudiese suceder, ya que su hijo había sido nombrado heredero del trono. Ante esta petición se eligió al príncipe Kung (la tradición era elegir al sexto tío del heredero por línea paterna) para que la enseñase y adiestrase. Kung destacaba por su sabiduría y honradez, y enseguida supo ver la inteligencia de Ye-ho-na-la, ahora Cixí. La concubina, para evitar habladurías, solicitó estar acompañada en cada lección por algunas de sus damas y alguno de sus eunucos, que más tarde jugaron un papel muy importante en su vida. Desde entonces, todos los asuntos del imperio estuvieron en sus manos, una mujer sin experiencia, concubina, de veintidós años.

UNA CONSPIRACIÓN

Aunque aún andaba en la treintena, la salud del emperador Xianfeng no era buena, con seguridad su afición al opio había minado su resistencia física y su voluntad. Se había decidido que en la primavera de 1861 abandonaría el lugar en que estaba y regresaría a Pekín, pero su enfermedad impidió que se moviese de Jebol, que era el sitio en que se encontraba entonces. No se sabe exactamente por qué o cómo, aunque se dice que por su fragilidad y salud ya muy debilitada, se dejó aconsejar en muchos asuntos por el príncipe Tse-Yuen (también conocido como Yi), el cual, aliado con otros miembros de la familia imperial, decidió adueñarse del poder, ya que estaba seguro de que el fin del emperador estaba cerca y de que pronto atravesaría la Puerta del Dragón. Tal vez con un poco de ayuda…

Aunque nominalmente, por su prestigio, el príncipe Tse-Yuen encabezaba la conjura, en realidad el miembro más activo y el organizador de la conspiración era un tal Sushun, hermano de leche del jefe de las ocho familias principales de manchúes. Sin ser originariamente nadie, Sushun, como hermano de leche de un poderoso manchú y de su mano, había llegado muy alto hasta considerarse él mismo como perteneciente a la familia imperial.

El poderoso manchú, el hermano de leche de Sushun, era un verdadero príncipe de sangre real. Se llamaba Tse-Chen y podía, al igual que Tse-Yuen, aspirar al trono si el emperador fallecía y ambos se movían con rapidez, mientras que el brazo ejecutor, Sushun, era solo un instrumento en manos de los dos ambiciosos príncipes.

Para lograr su fin, Sushun fue vivamente recomendado por los dos príncipes al debilitado emperador y este lo trajo junto a sí en calidad de ayudante al ministro de Hacienda. También acontecía que Sushun, como solía suceder con los arribistas y aduladores de los poderosos, era vicioso y disipado. Para no dejar el cuadro inconcluso era así mismo ambicioso, avaro y cruel.

La concubina Yehenara, ahora ascendida a emperatriz del este, se percató de la nefasta influencia de este personaje, que para entonces era el primer secretario adjunto, y trató de contrarrestar su poder y la dependencia que el enfermizo soberano empezó a manifestar por este personaje.

Con el favor del soberano, Sushun, elevado al cargo de Gran Mandarín, instituyó un verdadero régimen de terror y cualquiera que se opusiese a sus deseos era desterrado o degradado. En poco tiempo amasó una inmensa fortuna a base de enormes multas a los funcionarios, sobre todo a los de Hacienda o a los de otras administraciones, pues los acusaba de engañar y defraudar a las reales arcas, cosa que podía ser cierta, pero que él explotaba en beneficio propio. Con este dinero él y los príncipes esperaban financiar su proyecto de llegar al poder por el camino más directo. Sin embargo, había un problema: la emperatriz del este intentaba influir en el emperador para que alejase al favorito y esto no podían permitirlo, puesto que Sushun era el que, con malas artes, proporcionaba la financiación del proyecto.


El palacio de Jebol, residencia de verano de la familia imperial

Empezaron a propagar calumnias sobre ella y al soberano le manifestaron que Yenehara lo engañaba con un apuesto militar que había estado prometido a ella antes de que entrase en palacio. Al mismo tiempo difundieron los rumores de que el príncipe y maestro Kung estaba en connivencia con los diablos extranjeros (las potencias occidentales). Todo ello hizo que el soberano separase al niño heredero de su madre, la emperatriz del este, y ordenara que lo entregasen a la madre de Tse-Yueng, el gran conspirador, para su educación y crianza. Con el heredero en su poder los conspiradores ya estaban más cerca del trono. La idea de los dos príncipes era hacer matar a todos los europeos residentes en Pekín y también a los otros hermanos del emperador. Incluso habían preparado el documento que justificaría tales acciones.

En todo esto estaban cuando el séptimo día de la séptima luna la concubina Yenehara envió un mensaje urgente a su maestro el príncipe Kung haciéndole saber el mal estado de la salud del Hijo del Cielo, su real esposo. Asimismo le rogaba tomar medidas para proteger al niño heredero y a ella misma, y no menos a sí mismo, toda vez que los conjurados eran también enemigos a muerte del príncipe Kung. Para ello le pedía que enviase urgentemente un destacamento formado por militares del clan de la emperatriz del este, es decir, por sus simpatizantes, no adeptos a los dos príncipes.

Los sucesos se precipitaron: el 16 de junio de 1861, un grupo de los partidarios de Tse-Yuen entraron violentamente en el dormitorio del moribundo emperador y, tras expulsar a la emperatriz Zhen y a la concubina real, obligaron al Hijo del Cielo a firmar un documento en que nombraba a Tse-Yuen, Tuan Hua y Sushun, los tres conspiradores, regentes tras su posible muerte, lo que les quitaba a las dos mujeres toda autoridad sobre el rey niño, Tongzhi. La ley hasta entonces prescribía que la emperatriz y la madre serían las tutoras legales del rey en minoridad, los conspiradores intentaban quitar esta prerrogativa de las dos mujeres y apoderarse del niño y a través de él del poder supremo.

A la mañana siguiente murió el rey Xianfeng y Tongzhi, de apenas cinco años, era el nuevo emperador. Los conspiradores habían preparado su acción por medio de varios decretos ya escritos, pero se hallaron con una dificultad insalvable, el sello real que había de dar legitimidad a los documentos, no aparecía por ninguna parte y sin él no se podía legitimar documento alguno. En espera de que apareciese se leyó el testamento en que se nombraba regentes a los conspiradores y no se hacía mención de las mujeres: madre y emperatriz viuda.

El 25 de agosto el príncipe de Kong anunciaba que «el emperador había partido en la jornada del 22 montado en el dragón para entrar en los países de lo alto y que en consecuencia las relaciones oficiales debían ser interrumpidas durante un tiempo». De momento, las relaciones con Occidente quedaron en suspenso.

LA LUCHA POR EL PODER. DESENLACE

En este período la joven Ye-ho-na-la demostró su capacidad de dirigir los acontecimientos sin levantar sospechas. Con la ayuda y complicidad de su eunuco, Ngan Te-he, enviaba informes diarios al príncipe Kung, que estaba en Pekín, y le mantenía al corriente de lo que sucedía. Por otro lado manifestaba al príncipe Tse-Yuen el mayor respeto y consideración. Aparentaba tranquilidad mientras lo trataba con estudiada deferencia, lo que hizo que este se confiase sin sospechar que la paciente concubina estaba tejiendo su tela de araña. No estaba ella dispuesta a dejarse arrebatar el poder que quería ejercer, aunque fuese en nombre de su hijo Tongzhi.


Retrato de Jung-Lu, primo de Yenehara y luego general y consejero

Tras el período fijado por la etiqueta el entierro del emperador se debía llevar a cabo con toda solemnidad, siguiendo el tradicional protocolo. El féretro debía ser llevado a hombros hasta el lugar en que el difunto había de ser enterrado, que distaba del sitio en que había muerto a unas ciento cincuenta millas del lugar (una milla equivale a 1609 metros, es decir, más de un kilómetro y medio). Todos los personajes del Consejo de Regencia habían de acompañar al catafalco y como este era pesado solo se podrían hacer el equivalente a treinta kilómetros al día en el mejor de los casos. Esto le daba a Cixi un período de unos diez días sin ser espiada por los príncipes y el Gran Mandarín. En sus planes ella ya había contado con ello, pues el protocolo pedía que las emperatrices habían de adelantarse a palacio y ofrecer oblaciones y plegarias por el difunto soberano; allí habían de esperar el regreso de la comitiva funeraria y ofrecer de nuevo junto con los mandatarios otras oraciones y presentes al difunto. Se dieron prisa, pues ambas emperatrices tenían que volver a Pekín y actuar antes de que los dos conspiradores estuvieran presentes, pero el príncipe Tse-Yuen, desconfiado o previsor, también se imaginaba que la emperatriz madre podía estar fraguando alguna trampa o artimaña para arrebatarle el poder si llegaba a Pekín antes que él, esa soberanía por la que él tanto había trabajado. A fin de solucionar el asunto de las emperatrices de forma definitiva se las arregló para integrar en el cortejo de las dos señoras algunos fieles que pertenecían a su guardia de corps para que durante su viaje las mataran. Pero Cixi también contaba con uno de sus fieles en el cortejo de Tse-Yuen: su primo Jung-Lu, quien se enteró de las intenciones de los príncipes y del Gran Mandarín y así, en un punto cerca del lugar en que sabía se había de realizar el crimen, se separó del cortejo fúnebre y acudió con sus hombres a proteger a las dos emperatrices, Zhen y Cixi, antes de que se llevara a cabo el mortal atentado.

Jung-Lu (1836-1903) era el primo con el que en principio, habían pensado en casar a la joven Yenehara. Luego llegó a general y consejero de la emperatriz Cixí, su pariente, con su apoyo fue nombrado virrey de Zhili. Acabó con los proyectos reformistas del emperador Kuan-siu (período de los cien días) con el apoyo del ejército y restauró en el poder a la emperatriz Cixí.

Llegados todos sin ningún otro incidente a Pekín, según el protocolo el nuevo emperador, el niño Tongzhi, su madre y la emperatriz Zhen, su tía, acudieron a las puertas de la ciudad para rendir tributo al difunto. Allí, tras intercambiarse cortesías y saludos, la concubina destituyó a los pretendidos tres regentes, no sin darles las gracias, eso sí, por los servicios prestados. En ese momento el príncipe Tse-Yuen tuvo la audacia de decirle a la emperatriz del este que ella no era nadie para destituirle de un cargo que le había dado el difunto emperador, entonces la emperatriz le mandó tomar preso, orden que fue obedecida por sus hombres. Tarde se dieron cuenta los conjurados de que las calles estaban ocupadas por las tropas adeptas a Cixí y que cualquier resistencia hubiera sido inútil. Aquí se probó que la inteligencia de la inexperta emperatriz del este había sido superior a la astucia de los experimentados príncipes y todo su poder; la muchacha ignorante que había venido hacía seis años desde la calle del Estaño se movía como pez en el agua por los vericuetos de palacio.

Sin perder un instante, las dos emperatrices regularizaron la situación haciendo firmar al niño-emperador los decretos necesarios para formalizar su tutoría en forma legítima, lo que se hizo y selló con el sello real, el llamado «de la autoridad legítimamente trasmitida». Era una ficción legal, pero ello legalizó la situación y la regencia pasaba ahora, como decía la ley y la costumbre, a las dos mujeres.


Trajes chinos en el siglo XIX

En adelante las dos emperatrices gobernaron aconsejadas por Kung y otros hombres de confianza, en nombre del pequeño emperador. Desde ese momento, aparecieron siempre detrás de un biombo con cortinas de gasa, sin presentarse abiertamente ante las miradas masculinas.

La mayoría de los días, el pequeño monarca también asistía a las audiencias, aunque cuando se cansaba a menudo acababa la sesión sentado en el regazo de una de sus madres, o tirado en el suelo, jugando con las alfombras, hasta que un eunuco se lo llevaba en brazos.

En cuanto a los dos príncipes revoltosos, Tse-Yuen y Tuan Hua, se les autorizó para quitarse la vida por su propia mano, salvándose así del descuartizamiento que era la pena por traición y su cómplice, Sushun, fue destinado la peor de las muertes: la de los mil cortes; aunque al final la emperatriz del este accedió a que muriese de otro modo. El Gran Mandarín Sushun, «por la gran bondad de la madre del emperador», fue solamente degollado, eso sí, lo hicieron públicamente para humillarlo más. Su cabeza rodó por el mercado entre las verduras marchitas.

De esta forma, la emperatriz del este, antes Yenehara, pasaba a ser la emperatriz viuda y de ahí en adelante su nombre sería Cixí.

LOS INICIOS DEL PODER. PRIMERA REGENCIA

Durante la primera regencia la emperatriz Cixí intentó pasar casi desapercibida. Todos los decretos se dictaron en nombre del emperador niño, mientras que la verdadera emperatriz viuda, la dama Zhen, no interfería en el Gobierno, aunque se suponía que en teoría ella compartía en todo la tutoría con la dama Cixí. La acompañaba en las audiencias y confirmaba los decretos en nombre del pequeño soberano. Pero la realidad es que no tomaba parte en nada ni en ninguna decisión.

Al tiempo que se proclamó el nuevo reinado apareció un edicto de las dos emperatrices:

Nuestra elevación a la regencia ha sido enteramente opuesta a nuestros deseos; mas nos hemos rendido a las vivas instancias de los príncipes y de los ministros, pues comprendemos que es necesaria una autoridad superior a la cual puedan referirse. Tan pronto como acabe la educación del Emperador, dejaremos de intervenir en los asuntos de Gobierno que se ejercerá de nuevo según el sistema prescrito por todas las tradiciones de nuestras dinastías. Todos deben saber que ejercemos contra nuestro gusto la dirección de los asuntos públicos. Esperamos de los dignatarios del Estado una leal colaboración en la difícil tarea que hemos emprendido.

La primera regencia duró de 1861 a 1873 y puede ser considerada como una preparación para el siguiente paso en el poder. A las dos emperatrices se les otorgaron diversos títulos honoríficos y cada uno tenía anejo una pensión de 100 000 taeles al año. Zhen recibió el título de maternal y apacible y Cixí el de maternal y propicia. A los setenta años Cixí llegó a recopilar más de dieciséis títulos.


Traje de gala de la emperatriz Cixí

En esta primera regencia ya se manifestó la ambición de Cixí y, aunque al principio de su reinado dependía en gran parte de los sabios consejos de su maestro, el príncipe Kung, poco a poco adquirió confianza y también fue capaz de moverse por sí misma en los asuntos de Estado. Cada vez le resultaba más incómoda la presencia del príncipe Kung y sus consejos —pensaba— más innecesarios. Los eunucos, que anotaban en un libro cada falta de protocolo cuando se celebraban las audiencias, anotaban faltas cometidas todos los días por el príncipe Kung, pues este se consideraba a sí mismo el hacedor de la emperatriz y un colaborador necesario. Entraba y salía de palacio sin haber sido llamado, cosa impensable para cualquier otro visitante, y atendía a las audiencias junto con las emperatrices. Sus consejos no siempre eran solicitados y a veces eran contrarios a las opiniones de Cixí, el ambiente era cada vez más tenso.

Un día, en abril de 1865, el consejero Kung se levantó repentinamente en un acto, lo que estaba prohibido expresamente para evitar un ataque repentino por parte de algún colaborador o mandatario. La emperatriz fingió un súbito sobresalto ante este hecho y los guardias se llevaron al atrevido príncipe. Tras esto Kung recibió órdenes de apartarse de palacio inmediatamente. Pronto por un decreto se le relevó de sus funciones tanto de consejero de Gobierno como de miembro del Gran Consejo y jefe del Ministerio de Asuntos Exteriores. El decreto decía que Kung «ha demostrado ser indigno de la confianza de Sus Majestades», se hablaba de su «nepotismo escandaloso», de sus «tendencias a la rebelión» y otras acusaciones veladas.

Sin embargo, este decreto por el que se prescindía del príncipe molestó al pueblo, pues Kung era muy acreditado y apreciado y Cixí vio tambalearse su propia popularidad, así que unas semanas después repuso a Kung en sus puestos tras anunciar que este «había llorado amargamente por sus errores y pedido perdón». El príncipe volvió formar parte del Gran Consejo pero no se le reintegró su título de consejero de Gobierno, con ello se recortaba su autoridad y se le hacía sentir el poderío de la emperatriz. Era algo más que un toque de atención.

Por fin termina el sepulcro del difunto emperador Xianfeng que se había demorado cuatro años en su construcción. En otoño de 1865 se celebró el funeral, con el difunto se enterró a su primera esposa que había fallecido en 1850 y cuyos restos descansaban desde entonces en el templo de su pueblo, a siete millas de la capital.

Terminada la primera regencia que podemos fechar en 1873, desde 1875 a 1889 las cosas cambiaron para Cixí; aunque su nombre solo figura de tarde en tarde en los decretos imperiales, ella se cuidó mucho de guardarse la decisión última en nombramiento de los funcionarios, reparto de recompensas y castigos, así como otros asuntos administrativos. Esto le aseguraba la fidelidad, interesada o no, del personal administrativo y de palacio, así como la del ejército.

Tras esa larga experiencia ejerciendo el poder, Cixí inició su tercera regencia, en donde ya sin miedo alguno usurpó todos los signos externos del poder que en realidad pertenecían a su hijo, Tongzhi. Recibió audiencia diariamente en el salón grande de palacio y decidía sin el concurse de nadie en los asuntos de Estado. La emperatriz era sin duda autócrata, en nombre de Tongzhi, pero él en verdad no actuaba ni arbitraba. Su presencia era simplemente protocolaria y su actuación nominal.

TONGZHI, EL HIJO DE LA EMPERATRIZ

Los comienzos de la regencia de la emperatriz fueron duros, pero su ambición le prestó fuerzas. Se levantaba al amanecer, se bañaba y desayunaba.

Enseguida atendió a las audiencias en el Salón de Audiencias, allí permaneció toda la mañana. Si surgían había de resolver los difíciles problemas y tenía que hacerlo con acierto, pues la dinastía manchú no estaba firme en el trono. Por doquier surgían los descontentos y bastaba un año de malas cosechas para que todo el mundo se levantase en sublevaciones. Ella, Cixí odiaba a los extranjeros, los odiaba y recelaba de ellos.

Durante la última hora de la tarde, si tenía tiempo, gustaba de pasear por sus jardines, cortar las flores que tanto la cautivaban o incluso pintar. Su vida como mujer no existía; era viuda y se dice que amaba a un hombre, aquel al que había estado prometida desde la cuna; pero sabía que le estaba prohibido. Se conformaba con leer los informes a la luz de las velas e irse a la cama a medianoche, cuando su eunuco entraba en el gabinete y le tocaba levemente en el hombro para recordarle que era hora de acostarse. Su hijo prefirió siempre a su otra madre legal, la emperatriz Zhen, porque a ella la veía más a menudo y porque su carácter era consentidor y cariñoso, y en cambio era a Cixí a quien le tocaba prohibir, marcar horarios y tareas y reñir cuando hacía falta. El niño había crecido y se había convertido en un adolescente, mimado, consentido, y que pasaba excesivo tiempo con los eunucos.

Con demasiada frecuencia los eunucos, que eran los eran encargados de distraer a los príncipes, solo les ayudaban a ser peor de lo que hubiesen sido por sí mismos, transformándolos en seres caprichosos, mimados y consentidos, cuando no en degenerados y viciosos. La personalidad de los eunucos era confusa de entender porque se les privaba de su masculinidad y a veces se veían obligados a llevar una vida difícil, de lo cual solían vengarse influyendo en demasía en las personas a las que servían, de manera que era complicado saber quién era el esclavo y quién el amo.

El joven Tongzhi no se caracterizaba por su responsabilidad y sus ganas de trabajar por el bien del país, ese es un apartado que dejaba totalmente a su madre. Él prefería distraerse, gandulear con los eunucos, jugar con trenes que le traían de tiendas extranjeras y además, según se decía en voz baja en los pasillos de palacio, salir por la noche fuera de la Ciudad Prohibida a visitar los mejores burdeles de Pekín, donde le daba igual acostarse con hombres que con mujeres.

La homosexualidad o la bisexualidad nunca ha sido algo extraño en la cultura china y se dice que el anterior emperador, Xianfeng, también disfrutaba por igual con hombres y mujeres. La emperatriz Cixí, al enterarse de las inclinaciones de su hijo, sabiendo cómo acabó el padre, decidió cortar aquellas tendencias y para ello nada mejor que buscarle esposa aun cuando el joven solo tenía dieciséis años.


Salón en la Ciudad Prohibida

Desde luego Cixí no permitió que fuera su hijo el que eligiera consorte y ella fue la que se arrogó el compromiso de hallar la compañera legal conveniente al futuro Hijo de Cielo. Al fin se decidió por una joven de la misma edad que su hijo, la dama Alute, hija de un influyente manchú. Con este matrimonio la emperatriz esperaba contener las inclinaciones de su hijo dentro de los deberes conyugales y al tiempo distraerlo con una esposa mientras ella continuaba ejerciendo el poder. Sin embargo, las cosas no resultaron como la emperatriz había calculado, la dama Alute le resultó respondona, no se avenía a obedecer a la emperatriz y aun le faltaba al respeto. Además sucedió algo con lo que no contaba la soberana: los jóvenes se enamoraron, con lo que el joven Tongzhi, daba la razón a su esposa y no a su madre. Todo esto era un contratiempo para la autócrata Cixí.

Deseando alejar a su hijo de la ahora perniciosa compañía de la dama Alute, la emperatriz empezó a enviar al joven la compañía de concubinas hermosas, pues esperaba que estas le apartasen de la dama Alute, la legítima esposa, que tan ingrata se mostraba con ella al no respetar sus órdenes.


La dama Alute, esposa de Tongzhi

Cixí sabía mejor que nadie que su hijo era débil y que no resistiría las tentaciones. Él compartía el lecho con las concubinas que le enviaba su madre y cuando podía también regresaba a sus antiguas costumbres de salir a visitar los peores sitios de Pekín, con estas costumbres pronto contrajo la sífilis y al parecer también contagió a su esposa, la joven Alute. A resultas de esta vida y el mal contraído, su salud era cada vez más débil, oficialmente se dice que contrajo viruela, pero la verdad es que la sífilis acabó rápidamente con su vida. Al fin, sin que las medicinas pudieran hacer algo por él, falleció en 1875.

La situación de Alute al morir su esposo era peliaguda, puesto que se había enfrentado a su suegra y ella jamás se lo perdonaría. Cuando los funerales terminaron, la emperatriz la llamó a su presencia y le dijo fríamente que si ella se encontrase en la misma situación, seguiría el camino de su esposo hacia las Fuentes Amarillas (mundo subterráneo donde acababan las almas), ya que no había un heredero.

Ella entendió el mensaje y aquella misma noche puso fin a su vida ingiriendo veneno. Nada ni nadie podían detener a la emperatriz cuando se empeñaba en seguir el camino que se había marcado. El poder seguiría en sus manos por otros cuantos años, tantos como necesitase el nuevo heredero para ser mayor de edad.

UN NUEVO HEREDERO, GUANGXU

Muerto el hijo de Cixí, el trono necesitaba un nuevo heredero antes de que los clanes manchúes empezasen a inquietarse. El sucesor lógico era el hijo del quinto tío paterno, pero Cixí se las ingenió para que favorecer al menor del séptimo tío paterno, quien además era su sobrino (hijo de su hermana). El niño tenía cuatro años, por lo que Cixí fue de nuevo elegida como regente, junto a la emperatriz Zhen. A este pequeño, Guangxu, lo sacó de su casa y se lo llevó a palacio para empezar a educarlo como a un futuro emperador. Muy pronto corrió la voz de que el pequeño no gozaba de buena salud, tartamudeaba y sufría de ataques de epilepsia.

Las dos emperatrices quisieron al pequeño, aunque Zhen lo mimase y su tía carnal fuese más dura con él para hacerle fuerte. Pero nunca lo fue y creció débil tanto de cuerpo como de mente. Una vez más los eunucos fueron, en parte, los culpables de su mala educación, porque lo consentían y lo maltrataban a escondidas por igual. A pesar de las órdenes de su tía de que comiera de manera sana, lo alimentaban con dulces y grasas, y cuando sentía dolor en el vientre, se le permitía fumar opio. El resultado fue que Guangxu llegó a ser un emperador débil, como lo habían sido su primo y su tío.

El Trono del Dragón no dejó de sufrir conspiraciones. Uno de los conspiradores más conspicuos era el príncipe Zaiyi, hijo del príncipe Kung, que se creía con derecho a que su hijo mayor fuera el sucesor si algo le pasaba al emperador y moría sin descendencia.


La dama Tzu-An, hermana de Cixí


El príncipe Guangxu

En palacio sucedían desgracias inesperadas, a los cuarenta y cuatro años, la dama Tzu-An, hermana de Cixí, enfermó de la noche a la mañana, aunque su salud siempre había sido buena, y a los dos días murió. Esto bastó para que en la corte y en las embajadas extranjeras, empezasen a correr los rumores de que Cixí la había envenenado. Nunca se ha podido probar nada, pero, como dice el refrán, habla que algo queda. Mientras tanto el emperador había llegado a la edad de dieciocho años, y se hizo evidente que debía casarse.


El eunuco Li Lien Ying


Fotografía real de las candidatas a concubinas

Naturalmente, la responsabilidad de esta elección recaía de nuevo sobre la emperatriz, pero esta vez decidió hacerse aconsejar por su eunuco favorito: Li Lien Ying. Este le recomendó a una sobrina de la soberana, prima hermana del emperador, ya que era hija del duque Guixiang, hermano de Cixí.

No era una joven guapa ni siquiera elegante, pero lo que importaba es que era totalmente fiel a las ideas de su tía y la emperatriz no deseaba otra joven como la dama Alute, que fuera capaz de tomar decisiones o peor aún, discutir sus órdenes. No quería una joven que pensase por sí misma e influyera en el emperador; una muchacha educada, amable y circunspecta sería perfecta. Como principales concubinas se eligieron a las dos hijas del virrey de Cantón, Perla y Jade, que eran hermosas pero bobas, o al menos eso creían la emperatriz y su eunuco. Sin embargo, las cosas no resultaron bien: el emperador despreciaba la compañía de la legítima esposa y buscaba la compañía de Perla, que al fin resultó menos tonta de lo que parecía. La vieja emperatriz se ocupaba de la reconstrucción de uno de los palacios que los diablos extranjeros habían destruido en una de las guerras y, cuando parecía querer retirarse, le llegaron noticias de que el emperador, bajo la influencia de su antiguo tutor, confiaba en algunos intelectuales chinos los cuales le habían persuadido para que aceptase cambios en la manera de gobernar.

Entre esos cambios figuraba el de permitir a los chinos que se cortaran la coleta, que era la manera de representar la sumisión a la dinastía manchú. Para empezar con las innovaciones, se promulgaron algunos edictos en lo que se conoce como «los cien días de las reformas». La concubina Perla le secundaba en todo, mientras la consorte espiaba para su tía, la emperatriz. Cixí, desde su nuevo palacio, no perdía detalle de lo que estaba sucediendo y esperaba pacientemente.

«LOS CIEN DIAS DE LAS REFORMAS». LA REACCIÓN DE LA EMPERATRIZ

La idea de acometer reformas venía ya de lejos, muchos intelectuales como de Kang Yousei y Liang Qichao veían la necesidad de emprender una puesta al día en el Gobierno y administración del Estado, tal y como se estaba haciendo en Rusia y en Japón, sobre todo para mejorar los sistemas de trabajo político y social bajo el poder imperial.

Kang Yousei fue un académico, figura clave en el desarrollo intelectual de la moderna China. Destacó en el campo de la caligrafía y especialmente como reformista social. Kang abogaba por el fin de la propiedad y de la familia, en aras de un idealizado futuro nacionalismo chino a la vez que citaba a Confucio como un reformista y no como un reaccionario, tal y como hacían muchos de sus contemporáneos. En el exilio se opuso a la revolución; en cambio, favoreció a la reconstrucción de China mediante la ciencia, la tecnología y la industria. Regresó en 1914 y participó en un intento de reinstauración del emperador mediante un golpe de Estado fallido en 1917. Terminó envenenado en 1917.

La reforma, que terminaría siendo llamada de los Cien Días, debido a su corta duración, ganó el apoyo del emperador Guangxu y comenzó en 1898. En ese año Guangxu, lanzó un programa de reforma que incluía la modernización del Gobierno, la consolidación de los servicios armados y la promoción de la autonomía local. También se inauguró la Universidad de Pekín.

El decreto de la reforma rezaba así:

En estos últimos años muchos de nuestros ministros han recomendado una política de reformas, y hemos publicado, en consecuencia, algunos decretos relativos a la organización de Exámenes Especiales de Economía Política, a la supresión de tropas inútiles, a la reforma de los exámenes para los grados militares, así como a la fundación de colegios. Ninguna decisión en estas materias ha sido tomada sin atenta reflexión. Pero nuestro país carece aún de luces y difieren los criterios sobre el camino que debe seguir la reforma.

Los que se llaman Patriotas y Conservadores, consideran que deben ser mantenidas las tradiciones, y repudiadas sin contemplaciones las nuevas ideas. Estas opiniones extremas carecen de valor. ¡Considerad las necesidades del tiempo presente y la debilidad de nuestro país! Si el Imperio continúa yendo a la deriva, con un ejército sin entrenamiento, unas finanzas desorganizadas, unos letrados ignorantes, unos artesanos sin instrucción técnica. ¿Qué esperanza tenemos de mantener nuestro rango entre las naciones y salvar el abismo que separa al débil del fuerte? Estamos convencidos de que una situación inestable crea en el pueblo la desconfianza hacia la autoridad y causa descontentos, que a su vez, determinan en el Estado la formación de partidos tan opuestos como el fuego y el agua. […] haremos un estudio de todas las ramas de la educación europea que respoden a necesidades reales. No seguiremos repitiendo servilmente teorías superficiales y palabras retumbantes y vacías; nuestra finalidad es la eliminación de las cosas inútiles y el progreso de los estudios…

Al mismo tiempo que se proclamaba este decreto se publicó otro que recomendaba a los miembros del clan imperial que se fuesen a estudiar a Europa, y hasta a los príncipes de sangre real se les recomendaba que lo hiciesen.

La reforma introdujo cambios radicales en el atrasado Gobierno chino y sobresaltó seriamente a los manchúes, el clan del Gobierno, que por primera vez veía amenazada su supremacía. La recién iniciada reforma, desde luego, desagradó a sectores conservadores (los llamados «patriotas» y «conservadores»), temerosos de perder el poder debido a la influencia de los reformistas. La figura más destacada de la facción conservadora, la emperatriz viuda Cixí, puso fin a las reformas y dio orden de ejecutar a Kang, quien tuvo que huir a Japón.

Ciento tres días después de iniciarla, la reforma fue abortada cuando los conservadores en la dinastía efectuaron un golpe de Estado. Aunque muchos reformistas fueron exiliados todavía quedaban aquellos que deseaban tener una monarquía constitucional parecida a la del Reino Unido, lo que permitiría que la familia imperial permaneciese en el sistema político, pero con el poder político orientado al gobierno democrático.

La emperatriz, hondamente xenófoba, que odiaba y despreciaba por igual a los diablos extranjeros, no podía dejar que la obra de su vida fuese influenciada por esas ideas modernas copiadas, como creía, de los diablos extranjeros. Tras intentar que su sobrino entrase en razón y al ver que al fin no era posible, ella misma fue a la Ciudad Prohibida y tomó de nuevo las riendas del Gobierno. No encarceló al emperador, como han dicho algunos de sus biógrafos, pero sí fue relegado a la condición de mera figura decorativa. Entonces, definitivamente, ella tomó las riendas del poder. Ya no se presentaba ante los ministros velada tras un biombo, se exhibía ante ellos con todo su poderío y decisión, sentada sobre un trono acompañada en escaños inferiores por sus funcionarios y fieles.

Hay que anotar que tras el nombramiento de su sobrino como emperador, la emperatriz había pensado en retirarse a su palacio favorito, aunque en verdad nunca abandonó del todo su tutela sobre los acontecimientos, pero al ver en marcha aquellas reformas que ella consideró como el declive, fin de su país tal y como ella lo había conocido y entendido, salió al paso para barrerlas de un solo plumazo. Las reformas de los Cien Días serían solo una ráfaga en la eternidad. Nada digno de recordar.


Ajusticiamiento de los promotores de las Reformas de los Cien Días

Para que las ideas reformistas no volvieran a resurgir, la emperatriz, como primera providencia, hizo apresar al antiguo tutor del emperador, el sabio Weng Tonghe, a quien odiaba porque creía que había infundido ideas erróneas al emperador y le había conducido por caminos equivocados.

Weng Tonghe (1830-1904) era hijo de un primer secretario y había aprobado con honores en 1856 los exámenes de jinshi (al ser un de los tres mejores recibió el título zhuàngyuán). Fue tutor imperial durante veinte años y profesor de historia de la emperatriz, también desempeñó un alto cargo en lo que diríamos Ministerio de Hacienda en la sección de impuestos. En su opinión, China no podría sobrevivir como una gran nación si no iniciaba reformas. Fue expulsado del Gobierno y, aunque se le acusó de varios crímenes y de aceptar sobornos, no se pudo probar nada. Murió seis años después de su destitución.

GUERRA ENTRE CHINA Y JAPÓN

La primera guerra chino-japonesa (del 1 de agosto de 1894 al 17 de abril de 1895) se libró entre la dinastía Qing de China y el naciente Imperio del Japón, principalmente por el control de Corea. Después de más de seis meses de victorias ininterrumpidas del Ejército imperial y la Marina japonesa, así como de la toma del puerto chino de Weihai; China, humillada, hubo de solicitar la paz en febrero de 1895.

Por primera vez, el dominio regional en el este de Asia pasó de China a Japón y el prestigio de la dinastía Qing, junto con la tradición clásica en China, sufrieron un duro golpe. La bochornosa pérdida de Corea como Estado vasallo de la dinastía Qing provocó una protesta pública sin precedentes. En China, la derrota fue un catalizador para una serie de revoluciones y cambios políticos dirigidos por Sun Yat-Sen y Youwei Kang. Estas tendencias se manifestarían más tarde en la revolución de 1911 que acabó con la monarquía. Pero no adelantemos acontecimientos, prosigamos con nuestra relación. En marzo de 1895, se firmó el Tratado de Shimonoseki entre Japón y China por el cual esta cedía Taiwán, las Islas Pescadores y Liaodong al Imperio del Japón.

Durante los dos siglos anteriores al suceso que estamos relatando, el Japón había limitado el comercio que realizaba a muy pocas naciones. Entre ellas Corea (a través de Tsushima), la China de la dinastía Qing (a través de las Islas Ryukyu) y Holanda (a través del puesto comercial de Dejima).

Las otras naciones europeas estaban excluidas de cualquier comercio con el Imperio del Sol Naciente y el Shogunato nunca había pensado en comerciar con aquellas naciones que consideraba bárbaras y en todo caso enemigas. Sin embargo, el comodoro Matthew Perry obligó a abrir los puertos japoneses.

En 1854, bajo la amenaza implícita del uso de la fuerza, abrió Japón al comercio global. Este acto de fuerza fue sin embargo una puerta que se abrió al Japón para un período de rápido desarrollo del comercio exterior y de la occidentalización del país. Tras el período de expansión, los japoneses enviaron delegaciones y estudiantes a todo el mundo para aprender y asimilar las artes y las ciencias occidentales, con el objetivo de no solo evitar que Japón cayera bajo la dominación extranjera, sino permitir a Japón competir en igualdad de condiciones con las potencias occidentales.

Sintiéndose una potencia, Japón quiso emular a las occidentales y buscó tener colonias. Con este fin centró su atención en Corea para anexionarla a sus territorios o, al menos, asegurar la independencia efectiva de la península mediante el desarrollo de sus recursos y la reforma de su Gobierno conforme a los intereses japoneses. No deseaba que ninguna otra potencia, sobre todo europea, se hiciese con el control de Corea, pues el Imperio opinaba que ello sería una seria amenaza para Japón. Por otra parte deseaba asegurarse los recursos naturales de ese país: yacimientos de carbón y mineral de hierro, que eran codiciados en Japón para su propio desarrollo industrial. Por estas razones, entre otras, se decidió poner fin a la milenaria soberanía china sobre Corea. China, por su parte, trataba de mantener su control sobre el último, mayor y más antiguo de sus Estados vasallo.


El comodoro Matthew Perry en Japón

El 7 de febrero de 1876, Japón impuso el Tratado Japón-Corea por el que se obligaba a Corea a abrirse al comercio con Japón y otras potencias, además de proclamar su completa independencia de China. Para China esta fue una nueva humillación, ya que Corea había sido tradicionalmente nación vasalla y durante el reinado de Cixí había continuado siéndolo; ahora China, debilitada por las derrotas de las guerras del Opio en 1839 y 1856, no podía impedir la pérdida de su soberanía sobre Corea y Japón reemplazaba la influencia china por la suya.

Los japoneses provocaban a China sin cesar y se atrevieron a asesinar a la reina Min en Corea, lo cual desencadenó una serie de enfrentamientos que acabaron mal para los chinos. Nadie se atrevió a reprocharle nada a la emperatriz, aunque en secreto la culpaban de descuidar el Ejército y sobre todo la Armada china. Y para colmo de males, el emperador despreciaba a su consorte y se divertía con la concubina Perla, que al final no resultó ser tan incauta y simple como pensaba la emperatriz. Parecía que Cixí nunca podría descansar; cuando no eran los diablos extranjeros, eran los enanos de las islas cercanas o era su propia familia la que no le daba tregua.


Huída de la delegación japonesa a bordo del Flying Fish

Menos mal que tenía a su diosa particular, Guanyin, a la que podía contar sus penas y creía que se podía comunicar en sueños con ella. El forcejeo entre Japón y China por la influencia sobre Corea no cesó y por fin tras una hambruna en Corea la masa de hambrientos atacó a la delegación japonesa que tuvo que escapar a Chemulpo y después a Nagasaki a bordo del buque de investigación británico Flying Fish.

En respuesta los japoneses enviaron cuatro buques de guerra y un batallón de tropas a Seúl para salvaguardar los intereses japoneses y exigir una compensación. Los chinos también desplegaron cuatro mil quinientos soldados para hacer frente a los japoneses. Por fin se firmó un tratado denominado Tratado de Chemulpo, firmado en la tarde del 30 de agosto de 1882. Por él se establecía que los conspiradores implicados serían castigados y que se pagaría una indemnización de cincuenta mil yenes a las familias de los japoneses que murieron durante el incidente. El Gobierno japonés recibió además quinientos mil yenes, una disculpa formal y permiso para establecer cuarteles y estacionar sus tropas en sus delegaciones en Seúl. China quedaba, una vez más, desairada. Todo esto llegó a producir una xenofobia que aumentaba de día en día.

LA REBELIÓN BÓXER

No entraremos en la historia del movimiento Bóxer, toda vez que este no es el sitio adecuado, solo resumiremos su génesis. El general Jung-Lu, de quien tantas veces hemos hablado, dirigió una carta al virrey del distrito del Fu-Kien, Ju-Ying-kue, que empieza así: «Los bóxeres comenzaron a organizarse en dieciocho pueblos del distrito de Kuan y recibieron al principio el nombre de Puños de la Flor del Ciruelo, cuando [en 1895] Li Bingheng era gobernador de la provincia, lejos de oponerse a su acción los enroló en la milicia…». Es decir, que desde el principio estos rebeldes contaron con apoyo de hombres del Gobierno, quienes, lejos de detener sus embestidas y desmanes, los alentaron y ayudaron en lo posible, pues veían en ello verdaderos patriotas que los salvarían de las intromisiones extranjeras. En último término sus acciones estaban encaminadas a aterrorizar y expulsar a las potencias extrajeras y a eliminar a los cristianos chinos, pues creían que esta religión disolvería la cultura china y sus tradiciones. La sociedad secreta de los bóxers reforzaba sus campañas jurando que mataría a todos los extranjeros «hombres peludos primarios» y a sus simpatizantes chinos «hombres peludos secundarios».


El barón Klemens August von Ketteler, embajador alemán asesinado por los bóxers

También era una especie de venganza por las humillaciones a que los hombres enanos (japoneses) les habían sometido en más de una ocasión. También sobrevino al tiempo una gran hambruna que segó casi una cuarta parte de los habitantes del país, todo ello hizo que los ánimos se caldearan y se buscase un enemigo común, los extranjeros y los cristianos, en quienes descargar su ira y su resentimiento.

Finalmente, las acciones de los bóxers fueron tuteladas, si no instigadas, por Cixí, la emperatriz viuda, que ostentaba el poder. Siguiendo la iniciativa de la emperatriz, varios gobernadores provinciales apoyaron la violenta resistencia de los bóxers en sus jurisdicciones. El asesinato del embajador alemán Von Ketteler disparó los ánimos, y los extranjeros tomaron esta afrenta muy en serio. Los chinos por su parte realizaron actos salvajes, como la quema de algunas iglesias cristianas con todos los fieles dentro. Jung-Lu acudió a hablar con la emperatriz para que parase a los bóxers, pero la anciana dama no quiso escucharle. La guerra estaba servida.

Fortalecidos por el apoyo de la emperatriz, los bóxers habían saqueado el campo, destruido las estaciones de ferrocarril y las líneas de telégrafos y asesinado a 231 extranjeros y a millares de chinos cristianos.

El barón Klemens August von Ketteler (Münster, 22 de noviembre de 1853 - Pekín, 20 de junio de 1900) fue un diplomático alemán. Fue educado para ingresar en el ejército, pero renunció a ello en favor de las delegaciones diplomáticas en 1882. Representó al Gobierno alemán en China, Estados Unidos (donde se casó con una estadounidense) y México. En 1899 regresó a Pekín como plenipotenciario. El 20 de junio de 1900, la embajada alemana fue asaltada los rebeldes bóxers. Klemens von Ketteler recibió un disparo mortal por parte de un sargento de tropas irregulares Kansu. Al conocerse su muerte, el Imperio alemán y otras siete naciones más declararon la guerra a China e invadieron Pekín y Manchuria entre 1900 y 1901, hasta que la rebelión bóxer fue destruida.

El 21 de junio de 1900, la emperatriz, impulsada por su patriotismo, declaró la guerra a todas las potencias extranjeras que «interferían en la vida política china por intereses egoístas». Ante tal peligro, los extranjeros se refugiaron en el barrio de las Legaciones y los bóxers iniciaron un asedio de dos meses a las embajadas en Pekín. Las naciones que sufrieron el ataque, incluyendo Japón, fueron: Rusia, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, Austria-Hungría e Italia. Rápidamente se agruparon en una fuerza internacional con la que llegaron a Pekín el 14 de agosto y vencieron fácilmente a los bóxers.


La rebelión bóxer

El ejército de rescate de los aliados se componía de unos 54 000 hombres a las órdenes del general británico Alfred Gaselee, de los cuales unos 5000 eran chinos contrarios a los bóxers, 20 840 japoneses, 13 150 rusos, 12 020 británicos, 3520 franceses, 3420 estadounidenses, 900 alemanes, 80 italianos y 75 austro-húngaros. En julio desembarcaron cerca de Tianjin y pusieron sitio a la ciudad, que cayó el día 14. También capturaron los fuertes Taku, situados en el estuario del río Hai He, y cuatro destructores chinos, labor en la que se destacó el barón Roger Keyes. Tras asegurar la zona, el ejército de Gaselee partió hacia Pekín (a 120 kilómetros de distancia) el 4 de agosto. La marcha fue sorprendentemente fácil a pesar de que en el recorrido se encontraban estacionados unos 70 000 soldados imperiales y un número aproximado de rebeldes armados, que prefirieron evitarlos.

La emperatriz era una mujer muy terca, siempre segura de sí misma y nada dispuesta a dar su brazo a torcer. No escuchó al único que le hablaba sin interés y con el corazón, el virrey Jung-Lu, y al dar su confianza a los bóxers selló su desgracia. Debería haber sabido que Occidente no perdonaba sus ofensas y por cada uno de sus nacionales muertos, ellos se vengarían matando cuatro chinos. A tal punto llegaba el peligro que, para salvar sus vidas, Cixí y su sobrino, el emperador, se vieron obligados a huir hacia el norte disfrazados de campesinos. La emperatriz solo pudo llevar dos damas y durante los tres meses que duró el viaje, habitó en posadas de mala muerte y, cuando pudo hacerlo, durmió en camas llenas de chinches. Sus comidas fueron cosas impensadas para la vieja emperatriz, col y arroz de mala calidad, como la campesina que fingía ser en su huida.


China fue condenada a pagar 333 millones de dólares tras la guerra de los bóxers en concepto de indemnización

Otro dolor le hirió: se enteró de que su amado palacio de verano, al que dedicó tanto tiempo y dinero en reconstruir, había sido devastado. Hasta su cuarto personal fue saqueado. Menos mal que ella tuvo la precaución de mandar hacer un falso tabique tras el que escondía los objetos de más valor que no pudo llevarse. Pero aún así, la pérdida fue enorme, sobre todo por el orgullo herido.

Cuando por fin pudo volver a la Ciudad Prohibida, lo hizo como una mujer derrotada aunque su dignidad le impidiese mostrarse débil.

Por el contrario, parecía tal cual que fuera ella la que había perdonado a los vencedores y les concedía la gracia de su sonrisa.

Los términos del protocolo bóxer, el tratado de paz que finalizó con la rebelión, fueron extremadamente duros: China fue condenada a pagar una indemnización de 333 millones de dólares; las tropas extranjeras dejaron guarniciones desde Pekín hasta el mar; los exámenes del servicio civil fueron suspendidos durante cinco años; tres oficiales simpatizantes de los bóxers fueron ejecutados y un cuarto fue empujado al suicidio. El káiser Guillermo II, cuyo embajador había sido asesinado por los bóxers, proclamó triunfante: «Nunca más, ningún chino se atreverá a mirar con desdén a un alemán».


Retrato de Kang Youwei, alrededor de 1920

Tras la firma del protocolo bóxer en 1901, las tropas permanecieron allí. En tres años, su presencia provocó la guerra ruso-japonesa. Internacionalmente el prestigio de China llegó a su punto más bajo. La indemnización consumía la mitad del producto nacional y debilitaba a la dinastía Qing. Además, la ocupación de Manchuria por Rusia había trasladado a miles de soldados a la región durante la rebelión.

Alguna cosa buena podía surgir de la rebelión bóxer, después de algún tiempo, el Gobierno liderado por la emperatriz viuda, Cixí, comenzó por llevar a cabo las reformas pedidas por Kang Youwei y Liang Qichao en la Reforma de los Cien Días. Entre los cambios, el único con gran influencia fue la abolición de los exámenes imperiales el 2 de septiembre de 1905. El Gobierno comenzó a construir nuevos colegios, de los que llegaron a existir cerca de sesenta mil al momento de estallar la Revolución Xinhai (la rebelión contra la última dinastía imperial china). Después de la abolición, la gente no podía conseguir buenos puestos en el Gobierno solamente con tener éxito en la examinación, lo que cambió drásticamente el ambiente político.

Al fin la emperatriz, ahora conocida como el Viejo Buda, se dio cuenta de que no le quedaba más remedio que abrir la mano y hacer concesiones.


Suplicio de un misionero francés. Muerte de los mil cortes.

Otra derogación muy celebrada en el exterior, fue la abolición de la tortura, y sobre todo de la muerte de los diez mil cortes, que era un terrible tormento que podía durar semanas e incluso meses de insufrible dolor hasta que el condenado moría.

LOS CAMBIOS INICIADOS EN CHINA Y RESPALDADOS POR CIXÍ

Tras volver a Pekín tras su exilio, la emperatriz hizo publicar un decreto que empezaba así:

[…] desde que hace un año salí súbitamente de la capital, no he dejado un momento de meditar en nuestros infortunios. […] Cuando pienso en las causas de nuestra ruina y de nuestra debilidad, deploro sinceramente no haber introducido desde hace tiempo las reformas indispensables; más ahora estoy absolutamente decidida a poner en vigor todas las medidas necesarias para la regeneración del Imperio. Tenemos que olvidar todos nuestros prejuicios y adoptar los mejores métodos europeos de Gobierno estoy firmemente decidida a emprender reformas […] Publico, pues, el siguiente decreto declarando solemnemente que la situación del Imperio no permite seguir eludiendo o aplazando esas reformas. […] Tenemos, como madre e hijo, un solo propósito: queremos devolver a nuestro Imperio su antiguo esplendor […].

Al fin Cixí había comprendido la inmensa superioridad de las fuerzas materiales del mundo occidental y el poder que la cultura y los medios de comunicación podían ejercer en Europa.


Yuan Chi-kai

Los manchúes, orgullosos e ignorantes, tendrían que verse con los europeos más tarde o más temprano; más valía aprender de ellos para al menos saber cómo enfrentarse a ese peligro cierto. En primer lugar había que abandonar todos o algunos de sus privilegios, pues eran un anacronismo en esos años. Para evitar a los manchúes su destrucción era mejor alentar la fusión de las razas, lo que derogaba aquella ley que prohibía el matrimonio entre manchúes y chinos (raza Han), que en las nuevas leyes pasaron a estar categóricamente recomendados. Si China había de sobrevivir, la emperatriz comprendió que se debería más a los chinos que a los manchúes.

Había que unificar la lengua, pues chinos y manchúes hablaban diferentes lenguas; por otro lado prohibió una costumbre que los extranjeros consideraban bárbara: la de comprimir los pies de las mujeres chinas para hacerlas más atractivas, la emperatriz la calificó de inhumana y la proscribió. Cixí reconoció la ignorancia de sus cortesanos y permitió que todos los nobles y miembros del clan imperial saliesen a estudiar al extranjero.

El Gobierno pensionaría a un grupo de manchúes jóvenes, de entre quince y veinticinco años, para que saliesen a estudiar fuera de China. En cuanto al pueblo y su educación, tras discutirla con Yuan Chi-kai y con Tchan Tchi-tung, llegaron a la conclusión de que el obstáculo para toda reforma era el sistemas de exámenes y que había que encauzarlos como en Occidente. A este tenor en 1904 emitió un mandato que abolía los exámenes clásicos, solo tras aprobar los nuevos exámenes se podría optar a un cargo público.

Yuan Chi-kai (Hunan, 1859 - Pekín, 1916). Político y militar chino. Pertenecía a una de las familias militares chinas con más tradición. Fue protagonista de las profundas transformaciones por las que pasó China desde la transición de su estructura medieval y tradicional hacia la construcción del Estado moderno. Yuan consiguió una brillante carrera militar y política, aun sin haber conseguido altas graduaciones. En 1882 fue enviado a Corea, donde permaneció hasta 1894 con la orden de evitar y controlar la penetración japonesa en la zona. Tras el derrocamiento del último emperador Puyi, perteneciente a la dinastía Qing, pasó a ser el primer ministro de la nueva República de China, tal y como había sido decretado por el emperador.

Otro de los decretos más importantes entre los que se dictaron fue el de la supresión del comercio del opio, que dio para la total liquidación un plazo de diez años. Se creó un nuevo Ministerio, muy necesario, el de Correos y Comunicaciones, pues estos servicios hasta entonces eran poco operativos, casi inútiles, por la corrupción y la dejadez de los encargados de este quehacer. También intentó, la vieja emperatriz, la reorganización de la justicia, declarándose contraria al uso del tormento y a cualquier abuso sobre las personas. Mientras todo esto entraba en vigor en todos los lugares, la pena máxima sería la degollación, suprimiendo el descuartizamiento, la mutilación, la marca con hierro al rojo y hacer pagar las penas a la familia en lugar del reo si este no podía ser apresado. Todos estos abusos se prohibieron en teoría, en teoría, porque en los lugares remotos seguían existiendo. Con todos estos mandatos esperaba la emperatriz instituir las bases de un Gobierno aceptable para los occidentales, a quienes consideraba el germen de un gobierno constitucional. Para demostrar su buena voluntad Cixí envió una comisión presidida por el duque Tse-Tse a estudiar los sistemas políticos en los países extranjeros y sus resultados, a su regreso el duque daría razón de sus estudios y se tomarían las decisiones pertinentes, eso sí, como conviniese. Según la soberana: «[…] cuando los funcionarios y el pueblo hayan comprendido qué es el poder ejecutivo en un Gobierno, la nación estará preparada para una Constitución».

Los artículos chinos tenían gran demanda sobre todo en Gran Bretaña, mientras que los productos de los europeos no tenían demanda ni mercado en China, por ello el comercio entre uno y otro era deficitario sobre todo en Inglaterra. Los ingleses descubrieron que llevando opio a China desde la India, donde se cultivaba, podían equilibrar su balanza, pues el opio proporcionaba ganancias de 1 a 400. Cuando los chinos protestaron ante la emperatriz Victoria, su respuesta fue enviar a las tropas para proteger el comercio de esta droga, de esta actitud surgió la llamada guerra del Opio. Fue un comercio indigno de una nación civilizada.

LA RESISTENCIA A TALES CAMBIOS

Naturalmente tal abundancia de cambios atrajo el descontento de muchos. Ni siquiera la emperatriz, con todo su prestigio, podía proponer tantas transformaciones sin levantar recelos y resistencias. Los antiguos funcionarios y burócratas continuaron aferrados a sus costumbres ancestrales y la resistencia se manifestó en un obstinado apego a lo habitual, lo tradicional, lo de siempre. De no ser porque los mandatos emanaban del Viejo Buda, seguramente la resistencia hubiese tomado una forma violenta, pero todos la temían y se guardaron muy mucho de exteriorizar su oposición o descontento.

En Pekín no había prensa, sobre todo prensa crítica, pero en las provincias del sur, en Shanghai y en Hong Kong, los periódicos desaprobaban abiertamente las medidas adoptadas por la emperatriz. Fue acusada de seguir al pie de la letra los mandatos de los diablos extranjeros, de los hombres peludos primarios y de los enanos del Japón; sin apreciar su inteligencia que le hacía ver lo necesario de esos cambios, que por otra parte odiaba. Acusaron a la emperatriz viuda de querer destruir las esencias del pasado y la tradición milenaria. No apreciaron su talento y astucia para manejar una situación explosiva a corto plazo.

Por otro lado, los extranjeros, Inglaterra, Alemania, Francia, Austria, Rusia, sospechaban que la emperatriz los engañaba con fingidos propósitos; recordaban su actitud anterior de franca hostilidad a todo lo extranjero, su conocida xenofobia y por ello no se creían que las intenciones de la soberana fuesen verdaderas. En realidad nadie le daba el crédito que necesitaba para llevar a cabo su envite por la modernidad. Ni unos ni otros comprendieron la energía y la virilidad de esta mujer anciana. Había tenido errores, pero no por ello dejaba de ser un político de primera fila, un conductor de hombres, un talento dirigente, un gobernante experimentado.

Los periódicos de Shanghai y de Hong Kong publicaban cada día diatribas a los menores actos de la emperatriz. Un crítico escribía:

Es poco creíble que a su edad pueda cambiar todas sus costumbres y hacer nuevas amistades tan contrarias a su educación y su carácter. ¿No se preguntarán los extranjeros si Su Majestad puede sinceramente sentir el menor afecto a unas gentes que han saqueado su palacio y la han obligado a entregar al verdugo [el tratado de paz tras el levantamiento de los bóxers establecía el compromiso del Gobierno chino de ejecutar a 10 oficiales implicados en la revuelta] a sus colaboradores más fieles y más seguros?

En todo caso, Cixí estaba convencida de la bondad de su proyecto y continuó el camino que se había trazado para sacar a China de su marasmo de siglos. Tenía que vencer prejuicios por ambas partes, entre los nacionales y los extranjeros, además existían alianzas y pactos de intereses en ambos lados, era una obra formidable, incluso para una personalidad como la suya. Necesitaba tiempo, aun con el empuje de toda una mujer de talento, pero tiempo era precisamente lo que no tenía el Viejo Buda. La nave del Estado iba a la deriva, había controversia de todos los lados, sin su mano el Estado encallaría en las dificultades que presentaba este modo nuevo de gobernar que deseaba implantar la emperatriz.

FIN DE LA EMPERATRIZ

Cuando la emperatriz iba a cumplir setenta y tres años, el pueblo se preparaba para las celebraciones. Una función teatral que duraría cinco días había de celebrarse en palacio, mientras las calles de la ciudad eran engalanadas. Los dignatarios y el Dalai Lama, que se hallaba a la sazón de visita, irían a saludar humildemente a la señora. El emperador, que estaba muy enfermo, no acudiría a los banquetes que se celebrarían, donde se hizo representar por un príncipe de sangre real.

El mismo día del cumpleaños de la emperatriz, el emperador hizo un esfuerzo y salió de sus habitaciones para dirigirse al salón del trono, pero su aspecto estaba tan deteriorado que alarmó a los circunstantes, tanto fue así que la emperatriz ordenó que se lo volviesen a llevar en su palanquín y le dispensó de estar presente.

Dos días más tarde, el 5 de noviembre, ni el emperador ni la emperatriz estaban bien de salud y no pudieron cumplir las obligaciones, y todos los asuntos de Gobierno quedaron en suspenso durante un par de días. El día 9 de noviembre ambos dirigentes estaban algo mejorados y pudieron asistir al Gran Consejo. Poco después visitaron al emperador cuatro médicos, también la emperatriz estaba enferma. El informe médico sobre la salud de Sus Majestades fue pesimista.

El Gran Consejo, alarmado, envió un mensaje al príncipe K´ing y cuando este llegó, el día 13, halló al emperador en muy mal estado, mientras que la emperatriz decía sentirse restablecida. Sacó fuerzas de su flaqueza, la indomable señora se hizo acicalar y celebró una audiencia en el salón de los Fénix. Ante los consejeros y príncipes ella anunció que era hora de escoger un heredero al trono. Si el emperador Guangxu moría había de sucederle un príncipe de la sangre. Ella, dijo, había hecho ya su elección, pero deseaba contrastarla con la de sus consejeros. Los consejeros, por su parte, propusieron al príncipe Pu-Luen, que era el primogénito de los biznietos de Daoguang (el emperador que había sido el consorte de la Cixí cuando ella era solo la concubina Yenehara, y con quien había tenido su hijo, Tongzhi, fallecido hacía años). La emperatriz manifestó que ella había casado a la hija de Jung-Lu, su fiel ayudante y consejero —y se dice que amante— con el hijo del príncipe Chun. El hijo varón que naciese de este matrimonio debía ser emperador, ella —explicó— se lo debía al fiel Jung-Lu. Chun sería nombrado regente, con el título de príncipe colaborador del Gobierno.

Algunos de los espectadores se opusieron a este nombramiento, pero ella, con gran fortaleza dado su estado, replicó:

Pensáis que soy vieja y chocheo, pero deberíais saber bien que cuando yo decido una cosa, no hay nada que pueda impedirme realizarla. En una época crítica un soberano niño es sin duda una causa de debilidad para el Estado más no olvidéis que yo estaré aquí para dirigir y asistir al Príncipe Chun —entonces se dirigió a los escribientes— redactad enseguida en mi nombre dos decretos: el primero nombrando a Xiaofeng, Príncipe Chun, Príncipe Colaborador del Gobierno, y el segundo ordenando que Pu-Yi, hijo del Príncipe Chun sea trasladado inmediatamente al palacio para recibir en él una educación imperial.


El dragón símbolo de la dinastía Qing

Mientras tanto seguía la gravedad del emperador que no llegaba a los cuarenta años. Además de enfermo estaba sumido en una profunda depresión, solo sobrevivió unas horas a esta decisión de Cixí, era el 14 de noviembre de 1908 cuando el Hijo del Cielo abandonó la tierra. La vieja emperatriz que ya se esperaba este desenlace, volvió a palacio para leer enseguida el testamento del difunto emperador. Esa noche Cixí se acostó y pareció mejor que en días anteriores, pero al día siguiente a mediodía, tuvo un síncope y notando que se acercaba su fin hizo llamar a palacio a la nueva emperatriz viuda (Long-Yu, la legítima esposa del difunto emperador) que ahora tendría que ser regente del joven Pu-Yi; también convocó al Regente (el Príncipe Chun) y al Gran Consejo, y una vez reunido, con gran calma dictó sus disposiciones ultimas: «[…] sintiéndome enferma de una afección mortal, y sin esperanzas de curación, ordeno ahora que en lo sucesivo el gobierno del Imperio pase por entero a manos del Regente […]».

Sin duda Cixí había pensado en vivir aun unos cuantos años y gobernar con Pu-yi como lo había hecho antes con su hijo y con Guangxu, quien, por cierto, se dijo en algunos mentideros que había muerto envenenado. Las últimas investigaciones sobre los restos del emperador confirmaron la presencia de arsénico en su cuerpo.

A las tres de la tarde, mirando al sur, como debe hacerlo un soberano chino, murió Yehenara, la hermosa muchacha que había llegado con apenas quince años al Palacio Imperial y que convertida en Cixí, había regido el imperio chino con mano de acero durante cincuenta años. Dejó su cuerpo en la tierra para volar a la residencia de las Nueve Fuentes.

Apenas sobrevivió un día al emperador Guangxu.

Capítulo 2
Catalina la Grande, zarina de Rusia

Con una gran voluntad de poder, Catalina dio un golpe de Estado y se convirtió en autócrata durante treinta y cuatro años, pero en vez de disfrutar de la situación se dedicó a modernizar el país, a aumentar su territorio, a multiplicar su prestigio y su poder en todos los sentidos, y además a hacerlo con su esfuerzo personal, directo y constante. Recomendamos la lectura de Catalina la Grande, retrato de una mujer, de Robert K Massie.

EL TIEMPO QUE LE TOCÓ VIVIR A CATALINA LA GRANDE

Los rasgos distintivos de la sociedad rusa en esta época (siglo XVIII) eran la servidumbre campesina, el dominio de la nobleza, la debilidad de las clases medias y la autocracia de los soberanos.

La nobleza media poseía de cien a quinientos siervos, los grandes señores más de mil de promedio mientras que los pequeños nobles se contentaban con menos de cien. Desde finales del siglo anterior, se permitía vender a los campesinos sin la tierra y castigarlos con el látigo (knut), tratamiento que hasta entonces se había reservado para los esclavos personales. También se permitía hacerles cambiar de residencia o deportarles a Siberia o a las minas (derecho que se confirmó de nuevo en el siglo XIX, 1806). Los siervos habían estado obligados a prestaciones personales de tres días semanales, en el transcurso del siglo XVIII estos tres días se vieron duplicados y la obligación se extendió a seis días, de modo que todos los días de la semana pertenecían al amo, y al siervo solo le quedaba el domingo para cultivar su propia tierra.


Catalina la grande de Rusia, de Virgiluis Eriksen


Escenas de la vida rural en Rusia en el siglo XVIII

Imposiciones (medievales) que en Europa ya habían sido abolidos hacía siglos aún estaban vigentes en Rusia, tales como la obligación de pedir permiso al amo para contraer matrimonio, sin el cual el siervo no podía casar.


Yemelian Pugachev

Además, las familias podían ser separadas al arbitrio del señor. Estas exigencias explican de por sí las continuas rebeliones campesinas como las de Pugachev en toda la región del Volga y los bajos Urales.

Nacido en una familia de cosacos, a los dieciocho años Yemelián Pugachev fue reclutado a la fuerza por el ejército ruso y separado de su familia. Combatió contra los prusianos en la guerra de los Siete Años (1756-1763). En septiembre 1773, tras haber desertado del ejército ruso después de participar en tres guerras, disgustado por el Gobierno de la zarina Catalina la Grande, lideró una revuelta de los cosacos del Don en la cuenca del Volga y el bajo Ural. En sus correrías se hacía pasar por el fallecido zar Pedro III, ya que a miles de kilómetros de distancia de San Petersburgo nadie conocía la apariencia del zar que había muerto asesinado casi diez años atrás.


Boyardos en el siglo XVIII

Una flamante nobleza de servicio apareció al amparo de los zares; esta se formaba por la burocracia y los mandos del ejército, esta nueva nobleza se fusionó con la antigua, la llamada de los Boyardos.

Pedro el Grande ya había establecido una estrecha alianza con la aristocracia, a aquellos otorgó grandes poderes sobre los campesinos y el poder de la administración local. Más tarde, como veremos, Catalina confirmó esta situación de privilegio.

A más de su posición frente al campesinado y a los privilegios políticos y territoriales, se unieron otros que pusieron en manos de la nobleza la dirección de la industria y el comercio.

Así, la nobleza podía explotar libremente, no solo la tierra, sino el subsuelo, establecer fábricas, comerciar y exportar productos agrícolas y manufacturados. Todo esto hacía la competencia a los escasos mercaderes de las ciudades. Algunos de estos mercaderes lograron prosperar uniéndose a algún noble para formar empresas, fábricas o compañías exportadoras.

En realidad gran parte del país vivía aún en una economía autosuficiente, una economía cerrada, los dominios señoriales producían lo necesario para los habitantes, por tanto, era la agricultura la principal fuente de riqueza y esta estaba en mano de los nobles, boyardos o señores nuevos.

El emperador, zar (forma derivada de la palabra caesar) de Rusia era un verdadero autócrata, un oligarca, dictador, amo y dueño, soberano de vida y muerte. Su mismo título lo decía: zar autócrata.


Pedro I el Grande

El zar Pedro I intentó regularizar la sucesión según el modelo sueco para evitar la confusión que seguía a la muerte de cada soberano, o las guerras que surgían cuando este se aproximaba a su fin. De tal modo era la confusión por la herencia del zar que se decía que el el siglo XVIII la sucesión no era hereditaria ni electiva, sino ocupativa. En último término, como en la Roma imperial, la guardia imperial tenía la última palabra en la sucesión. Según el que fuera protegido por la guardia, así era el elegido.

Este fue el país al que llegó una joven alemana sin gran preparación específica, la que habría de convertirse en la zarina de todas las Rusias, Catalina la Grande, que intentó modernizar ese inmenso país, con resultados desiguales.

ORÍGENES DE CATALINA, NACIDA SOFÍA DE ANHALT-ZERBST

En 1742 la emperatriz rusa Isabel I, al no tener hijos, proclamó heredero a su sobrino, hijo de Ana, su hermana mayor. Se llamaba este Carlos Pedro Ulrico de Holstein-Gottorp (28 de febrero de 1728), el cual con catorce años fue bautizado en la fe ortodoxa con el nombre de Pedro.


La zarina Isabel de Rusia

Parece ser que el príncipe, aunque de ilustre familia, no era demasiado inteligente; por conveniencia dinástica le casaron con Sofía de Anhalt-Zerbst. La aristócrata alemana para poder reinar junto con su prometido, igual que él había hecho, se convirtió a la fe ortodoxa, abandonó el nombre de Sofía y en el bautizo tomó el de Catalina.

El padre de Sofía-Catalina, llamado Christian Augusto, era príncipe de Anhalt-Zerbst y gobernaba la ciudad de Szczecin en nombre del rey de Prusia. Era sin duda un noble, pero de segundo rango y la familia de Sofía nunca hubiese soñado en que su hija se convirtiese en la zarina de todas las Rusias. En realidad no tenía doce años todavía cuando se habló de casarla con su tío Jorge Luis de Holstein-Gottorp, que estaba muy enamorado de ella. Y es posible que el proyecto se hubiera realizado si antes, en 1744, no hubiese llegado al palacio de los Anhalt (apellido de su familia) una carta procedente de Rusia.

Aquella misiva procedía de la mano de la zarina Isabel que había tomado su decisión y escogía a la joven como esposa del futuro zar. De más está decir que los príncipes alemanes dispusieron prestamente el viaje y, aunque desearon que nadie supiese el motivo de tan raudo desplazamiento, al parecer a su llegada a Rusia la gente estaba ya enterada de todo. A su llegada a la ciudad ya había multitudes que los esperaban, quizás con la intención simplemente de ver a la futura zarina, la que ellos ya consideraban la prometida del zarevich. Según pasaba la joven era aclamada por los ciudadanos. A primeros de febrero de 1744 Sofía y su familia eran recibidas por la zarina en el palacio de Annenhof, entonces ocupado por la familia imperial.


Federico de Prusia

La elección de Sofía como la futura esposa del zar (Pedro de Holstein-Gottorp) se debió a la gestión diplomática entre el conde Lestocq y Federico II de Prusia, a cuyo servicio había estado hasta entonces el padre de Sofía-Catalina.

No había recibido Catalina ninguna educación especial que le capacitara para ser emperatriz. Apenas Sofía comenzó a caminar, su madre se había ocupado de llevarla a bailes, banquetes o fiestas de disfraces en las casas más importantes de la región, para que se desenvolviera en un ambiente de etiqueta. Juana era fría con su hija y el padre distante. Tal y como se acostumbraba en las casas elegantes de la nobleza, los niños habían de ser educados por una mademoiselle francesa, una gobernanta que asegurase al menos el conocimiento del francés, la lengua culta de entonces.

Sofía solo recibió afecto de su gobernanta Babette Cardel, una joven francesa paciente y tierna con ella, que le enseñó a leer, escribir y hablar francés. De su mademoiselle, la misma soberana diría que «era la clase de gobernanta que todo niño debería tener». Nunca refrenó el espíritu alegre de su alumna, sino que la alentaba a la conversación y celebraba su vivacidad e inteligencia. Ella le hizo leer a Corneille, Racine y Moliere, cosa que influiría en su futuro.

El matrimonio con el zarevich se llevó a cabo porque tanto el conde Lestocq como Federico de Prusia querían fortalecer la amistad entre Prusia y Rusia para así debilitar la influencia de Austria y, al tiempo, arruinar al canciller Alekséi Bestúzhev-Ryumin, consejero de la zarina Isabel y que era un conocido partidario de la alianza ruso-austríaca.

Además, a la emperatriz le agradaba emparentar con esa familia porque ella, en su juventud, había estado prometida al tío de Sofía, hermano de su madre, Carlos Augusto de Holstein-Gottorp, el cual había muerto de viruela en 1727 antes de que la boda se llevase a cabo. El matrimonio entre los dos jóvenes se celebró en 1745.

UN MATRIMONIO FRÍO. PERSONALIDAD DEL JOVEN PEDRO

El matrimonio fue un fracaso desde la noche de bodas. El gran duque se acostó al lado de su esposa, sin mirarla, y se quedó dormido.

Las noches siguientes tampoco la tocó. Pedro demostraba que su esposa no le interesaba como mujer en absoluto. Quizás el joven no se había desarrollado aún lo suficiente para saber cuáles eran los deberes conyugales, o simplemente la esposa no le atraía en modo alguno. En todo caso no nos equivocaremos si decimos que el fracaso del matrimonio fue debido a la impotencia y la inmadurez del gran duque Pedro, que no pudo, o no quiso, consumarlo durante los doce años siguientes.

Catalina escribiría en sus memorias: «Mi querido esposo no se ocupaba de mí y pasaba todo el tiempo con sus lacayos, jugando con sus soldados de plomo; yo me veía obligada a representar mi papel [de esposa]». El gran duque permanecía indolente, entregado a sus particulares pasatiempos. Otra de las pasiones de su esposo era tocar el violín (sin saber) y meter a sus perros en el cuarto matrimonial, que corrían y saltaban sobre la cama ladrando. La vida de Catalina era un infierno. Su esposo era alcohólico, estaba perturbado y era impotente, tenía fimosis y se había negado a ser operado. Catalina pensó en la posibilidad de suicidarse, pero después buscó alivio en la lectura y en montar a caballo.

En sus memorias, escritas a su hijo Pablo y también para su nieto Alejandro, Catalina se explaya sobre los motivos de su posterior comportamiento para con su esposo. El gran duque era no solo infantiloide, sino abiertamente necio y pervertido al tiempo. Catalina describe extravagantes episodios en que aparece un Pedro que podríamos calificar de desequilibrado, por no decir loco.


Firma autógrafa de Catalina


Pedro III de Rusia

No se sabe a ciencia cierta si lo que describe Catalina es cierto en toda su extensión, pero en lo que sí están de acuerdo los historiadores y los que vivieron aquel tiempo es que todo es, al menos, verosímil.

Relata, entre otras cosas, que el gran duque, su esposo, se divertía en sus habitaciones con el concurso de un lacayo o ayuda de cámara de origen ucraniano, tan disoluto y necio como él y que este la proporcionaba licores y juguetes. A este servidor apreciaba el zarevich como a un colega, un igual. Este comportamiento era inimaginable en un futuro zar, estar en connivencia o complicidad con un lacayo era algo no aceptado como normal o natural y menos aún si provenía del zarevich.

Qué sucedía en las fiestas y bacanales que organizaba el joven con ayuda de su cómplice, Catalina no lo sabía, pero se imaginaba lo peor. Tal era el descrédito de su marido que los criados incluso le faltaban al respeto. En voz baja comentaban sus extrañas preferencias sexuales sobre todo porque una vez, en una de sus borracheras, se ofreció para pervertir y ser pervertido por sus lacayos y bufones.

En una palabra, para Catalina la vida con semejante sujeto no se ofrecía halagüeña. Así como tampoco era prometedora para Rusia.

LA DIFÍCIL SUCESIÓN. AMANTES, AMORES Y AMORÍOS

Lo requerido, como en todas las monarquías, era un heredero y si el gran duque era incapaz o no quería engendrar uno, había que recurrir a métodos extremos.

En la vida de Catalina entró entonces el joven y apuesto Sergei Saltykov, un aristócrata que la misma zarina había escogido para suplir a su sobrino en el tálamo de Catalina. Ante las dudas de la gran duquesa de que el esposo notase enseguida la infidelidad, la zarina le contestó que seguramente ni lo notaría. El joven Sergei la cortejó por insinuación de la zarina, pero al principio Catalina no se mostró de acuerdo, hasta que, finalmente, ante la falta de esposo en la vida real quedó embarazada del joven Sergei. Desgraciadamente para todos, aunque quedó en estado dos veces, las dos veces abortó espontáneamente, con lo que la zarina no obtuvo lo que deseaba: un heredero a toda costa.

Tras el fracaso de los planes para dar al trono un heredero, y a pesar de haber tenido ya dos embarazos, la zarina decidió mudar de candidato para evitar que hubiese maledicencias si la relación continuaba, por lo que Sergei Saltykov fue alejado de la corte. Es entonces, cuando la joven Catalina ya había probado la pasión y podía compararla con la convivencia con un marido insulso que Catalina comienza a su lista de amantes con un rosario de nombres.


Sergei Saltykov, quien suplió al esposo falto de iniciativa


Pablo Petrovich de joven

Mientras Saltykov fue alejado de Rusia y enviado en misión diplomática a Suecia, su esposo el zarevich, por órdenes de la zarina, fue circuncidado. A partir de su circuncisión, el gran duque reclamó a su esposa sus derechos conyugales y ella accedió, pero con total aversión.


Corona Imperial Rusa

El 20 de septiembre de 1754 nació Pablo Petrovich. La emperatriz Isabel se veía radiante, el protocolo indicaba que ella misma se ocuparía de la crianza y educación del nuevo heredero de los Romanov, ese día se aseguró la dinastía, quizás por esta razón arrebató el niño a su madre para criarlo según ella entendía que se había de educar y formar a un futuro zar.

No había posibilidad alguna de saber si el niño era hijo de su esposo o fruto de la relación extramatrimonial con Sergei, Catalina siempre dijo que era hijo de su amante, el hombre que tanto amó, incluso lo hizo saber por escrito en su diario, ella amaba a Sergei y que su hijo fuese fruto de ese amor la hacía feliz, aunque fuese momentáneamente. De pequeño fue considerado inteligente y hermoso, pero luego el joven sufrió un ataque de tifus (1771) que le afeó las facciones de por vida.

Tras el nacimiento del niño, los siguientes días fueron muy duros para Catalina, confinada a reposar en un cuarto oscuro en donde solo contaba con la compañía de sus damas, lejos de su amante y de la pomposa corte imperial, lo único que le quedaba era escribir e imaginar días mejores.

Abandonada a sí misma, Catalina se volcó sobre la lectura intensiva y se transformó en autodidacta. Gradualmente, sobre su escritorio, las novelas fueron sustituidas por los escritos de los filósofos franceses de la Ilustración que eran los maestros del pensamiento europeo.


Porta de el Dictionnaire Historique et Critique de Pierre Bayle

Las obras de Montesquieu, Diderot, Rousseau y, particularmente, Voltaire, derrumbaron todos sus prejuicios sobre el mundo y la encaminaron a estudiar profundamente la historia, la filosofía, la economía y la jurisprudencia. Entre los libros favoritos de Catalina se encontraban las obras de Platón y Tácito, el Dictionnaire Historique et Critique de Pierre Bayle, las memorias de Pierre de Bourdeille, abate de Brantôme, la vida de Enrique IV por Hardouin de Perefix (Histoire du roy Henry le Grand), las obras del jurista inglés William Blackstone y las cartas de madame de Sevigny. Sin embargo, durante muchos años, el primer lugar fue ocupado por las obras de su amado profesor, Voltaire.

En tanto, la zarina estaba tan satisfecha por este nacimiento del heredero que recompensó a los padres con oro. Aprovechando este inesperado regalo, el zarevich empezó a tener amantes, o al menos estas se hicieron más notables y se comentaba por todas partes su relación amorosa con Yelizaveta Vorontsova. Pertenecía la Vorontsova a una distinguida familia que había llegado a lo más alto del poder bajo el reinado de la zarina Isabel, cuando su tío Mikail llegó a ser canciller imperial, mientras su padre, el general Román Vorontsov, gobernaba cuatro provincias, aunque sin gran habilidad ni eficiencia. Los comentarios que nos han llegado de la amante del zarevich nos la presentan como una mujer tosca, rolliza y mal hablada. El historiador Klaus nos dice: «juramentaba como un soldado, olía mal, sus ojos bizqueaban y salpicaba de saliva cuando hablaba». El barón de Breteuil la comparaba con una moza de la más baja extracción, y Catalina la describió como «muy fea, extremadamente sucia con la piel olivácea». Sin embargo, Pedro había desarrollado por esta mujer una dependencia que nadie se explicaba. De la Vorontsova tenemos por todos lados un retrato poco halagüeño, en verdad. Llegados a este punto de la convivencia, cada uno de los cónyuges, Pedro y Catalina, hacía su vida por su lado.


Yelizaveta Vorontsova, amante del gran duque Pedro, el zarévich. «Mujer tosca, rolliza y mal hablada».

Un año después del nacimiento de su primer hijo, Catalina conoció a Estanislao Poniatowski, secretario del cónsul Británico, y al parecer se enamoró de él. Nacido en 1732, Estanislao Antonio Poniatowski pertenecía a una gran familia, era hijo del conde palatino Estanislao Poniatowski, de Cracovia, y de la princesa Constanza Czartoryska.

Hombre de talento, desempeñó cargos diplomáticos importantes desde su juventud, destacaba entre la szlachta por su ingenio, inteligencia y ambición y por la influencia de sus tíos de la aristocrática familia Czartoryski. Szlachta era el nombre de la nobleza en el reino de Polonia y el gran ducado de Lituania. La unión de ambos países formó la llamada República de las Dos Naciones. Surgió en la Edad Media y existió a través de los siglos incluidos el siglo XIX y principios del siglo XX.


Estanislao Poniatowski, amante de Catalina

Por la importancia de estos, en 1755, fue enviado a San Petersburgo en el séquito del embajador británico sir Charles Hanbury Williams, donde se hizo amante de la princesa Catalina Alexeievna, la futura emperatriz; al año siguiente quedó Catalina embarazada de Estanislao y en 1757 nacía una hija a la que llamaron Ana. Tras este suceso, una vez más el amigo fue enviado lejos.

Desprovista de su amante, no podía pasar mucho tiempo sin que se enamorase de nuevo, este nuevo enamorado fue el militar Grigori Orlov, a quien conoció en 1759.

Era este un apuesto oficial de artillería, hijo del gobernador de Novgorod. El joven Grigori había sido educado en el Cuerpo de Cadetes en la ciudad de San Petesburgo, y comenzó a tener experiencia militar en la guerra de los Siete Años, mientras estuvo destinado en la capital despertó el interés de la gran duquesa Catalina. Ella le ayudó a escalar puestos de mando, lo nombró conde y lo elevó al generalato, también le hizo nombrar director general del cuerpo de ingenieros y al fin general en jefe.

Se denomina guerra de los Siete Años o guerra Carlina a la serie de conflictos internacionales desarrollados entre 1756 y 1763, para establecer el control sobre Silesia y por la supremacía colonial en América del Norte e India. Tomaron parte, por un lado, Prusia, Hannover y Gran Bretaña junto a sus colonias americanas y su aliado Portugal. Por la otra parte Sajonia, Austria, Francia, Rusia, Suecia, y España, esta última a partir de 1761. (Ver «La emperatriz María Teresa de Austria» en este mismo libro).

De los amores de Catalina y Orlov nacieron dos niños: Yelizaveta (1761) y luego Alexei (1762), que nació secretamente. Se dice que la duquesa acarició la idea de casarse con Grigori Orlov, pero fue convencida de lo contrario por la influencia de su consejero Nikita Panin. Este fue un influyente hombre de Estado y mentor político de Catalina la Grande en los primeros dieciocho años de su gobierno. Defendió la Alianza del Norte, mantuvo fuertes lazos con Federico el Grande de Prusia y su acérrima oposición a las Particiones de Polonia llevó a su reemplazo por el más obediente príncipe Bezborodko.

La salud de la zarina Isabel (quien había nacido en 1709) empezó a decaer en 1750 cuando apenas había superado los cuarenta años. Empezó a sufrir una serie de mareos y desmayos cuya causa no fue descubierta, probablemente las medicinas prescritas no mejoraron su salud por lo que la zarina se negó a seguir tomándolas.

Tenía miedo a fallecer y, por lo tanto, se negaba a que le hablaran de nada que tuviera que ver con la muerte, al extremo de que prohibió usar esa palabra en su presencia. En sus últimos momentos la zarina Isabel pidió la presencia de un pope para confesarse y rezar con los suyos la oración de los moribundos.


Alexei Razumovsky, supuesto esposo morganático de la zarina Isabel

A su lado pidió en este trance tener junto a sí a su sobrino, el zarevich, a Catalina y a los dos condes Kirill y Alexei Razumovsky. De este último se ha especulado que se casó con la zarina Isabel en secreto en una iglesia rural de Perovo (hoy parte de Moscú). Esto habría sucedido en el otoño de 1742, por esta boda al presunto esposo se le conoce como el Emperador de la Noche. Como quiera que fuese, a los dos años de esta supuesta boda recibió por parte del emperador del Sacro Imperio, Carlos VII, la merced de un condado y en el mismo año fue nombrado conde en Rusia. En 1745 fue nombrado teniente capitán de los guardias de la zarina y en 1748, teniente coronel de los mismos. En septiembre de 1756 fue ascendido al rango de mariscal de campo.

El 25 de diciembre de 1761, falleció la zarina. Tras seis semanas de ritos funerarios, fue sepultada en la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo.


Catedral de San Petesburgo en donde está enterrada la zarina Isabel

Tras la muerte de la zarina Isabel, Pedro subió al trono, en enero 1762, como Pedro III de Rusia. Catalina se convirtió así en emperatriz consorte de Rusia.

Pulsuz fraqment bitdi.

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
482 səh. 255 illustrasiyalar
ISBN:
9788499679839
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar