Kitabı oxu: «Historia de la guerra civil española»

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© Vicente Rojo y Jorge M. Reverte, 2010.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO107

ISBN: 9788490568873

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

LA GUERRA SEGÚN ROJO. JORGE M. REVERTE

INTRODUCCIÓN. EL FONDO DE UN ARCHIVO

I. ROJO COMO SÍNTOMA

II. LA GUERRA DE VICENTE ROJO

HISTORIA DE LA GUERRA DE ESPAÑA. VICENTE ROJO

I. CÓMO SE GESTA LA REBELIÓN

II. CÓMO SE DESARROLLA LA REBELIÓN

III. LAS OPERACIONES INICIALES

IV. ASÍ FUE LA DEFENSA DE MADRID1

ANEXOS A «ASÍ FUE LA DEFENSA DE MADRID»

V. EL SEGUNDO AÑO DE LA GUERRA

RÍOS ROSAS, 48; 1º A CÓMO SE GESTÓ LA «HISTORIA DE LA GUERRA DE ESPAÑA»

NOTAS

LA GUERRA SEGÚN ROJO

INTRODUCCIÓN
EL FONDO DE UN ARCHIVO

El proyecto de historia de la Guerra Civil española de Vicente Rojo era ya conocido por algunos editores y, desde luego, por la familia del general. Y una parte del mismo vio la luz editado por uno de sus sobrinos, el pintor y editor Vicente Rojo, para ERA, la ejemplar empresa mexicana emprendida por exiliados españoles, de cuyo grupo fundador formaba parte, bajo el título de «Así fue la defensa de Madrid». En 1987, la Comunidad de Madrid reeditó ese trabajo, al que el autor había dado fin y su placet, y en 2006 se produjo la última impresión, una edición facsímil patrocinada por la Asociación de Libreros de Lance.

Así fue la defensa de Madrid es un libro que he tenido que consultar mucho para algunos de mis trabajos sobre la Guerra Civil española. Sobre todo, para La batalla de Madrid, pero también para el último de ellos, El arte de matar. Se trata de un trabajo excelente en su documentación que tiene, además, una virtud, que es la de poseer el aliento de quien ha participado en los acontecimientos de forma muy destacada. Cuando estaba preparando este último trabajo, utilicé otros muchos textos de Rojo, todos ellos custodiados en el Archivo Histórico Nacional. Allí hay miles de folios escritos por el general para los grandes proyectos que albergó en su mente antes de que el cansancio le obligara a dejar la escritura y la reflexión sobre la guerra española.

Muchos de esos escritos están dispersos en decenas de carpetas que los hacen de difícil manejo para los investigadores, pese a que estaban clasificados por el autor, que era un hombre de carácter metódico y ordenado.

Uno de mis ayudantes de documentación, Mario Martínez Zauner, que estaba buscando entre el bosque de papeles documentos muy específicos para El arte de matar, se topó un día con un largo texto de carácter general, que llevaba el título de Historia de la guerra de España, y me llamó con la excitación lógica ante un hallazgo semejante. Yo atendí la llamada con un cierto escepticismo, porque ya sabía que existían textos de Rojo que habían sido poco trabajados por otros historiadores, y estuve a punto de desechar la idea de trabajar sobre un volumen documental tan excesivo, que se vendría a sumar a los otros miles de folios que iba teniendo que valorar para terminar mi tarea. Pero Mario Martínez insistió y accedí a que fotocopiara primero unas cuantas y después las más de seiscientas hojas que componían el legajo.

La sorpresa al examinarlos fue descomunal, porque el enorme documento cumplía dos requisitos que lo hacían valioso desde mi punto de vista: era inédito en gran parte, y su grado de elaboración estaba bastante avanzado. Comenzaba con los antecedentes de la guerra, con sus primeros compases, y seguía con la defensa de Madrid. Luego, continuaba con el período previo a la batalla de Brunete. Y era una narración continuada, sin trocear, bien hilada aun en sus comienzos.

Mi buen amigo José Andrés Rojo, nieto del general, es autor de una excelente biografía sobre el personaje, y había buceado en esos archivos durante mucho tiempo para poder llevarla a cabo. Cuando le llamé para consultarle sobre los manuscritos, me confirmó que él no había llegado a trabajar sobre ellos; que excepto el manuscrito referido a la defensa de Madrid, el resto le era desconocido.

Le solicité a José Andrés el permiso de su familia para hacer una edición del material, lo que obtuvo con rapidez. Joaquín Palau, mi editor, no tuvo dudas cuando le hice la propuesta de trabajar sobre los documentos para reconstruir la mejor versión posible del trabajo del general.

La segunda decisión fue la referida a los contenidos de la edición. En principio, mi intención era publicar sólo los materiales inéditos pero, de hacer eso, la narración se rompería y tendría un valor mucho menor para los lectores, no sólo nuevos sino también para los conocedores de la obra del general. Santos Juliá y Mercedes Cabrera me ayudaron a que las dudas que había tenido se disiparan. La aportación de los nuevos materiales alcanza su sentido pleno en el contexto en que el autor los situó, por mucho que la pieza de la defensa de Madrid fuera separable.

Porque de las tres partes de que consta esta historia, tan sólo una está completamente terminada y certificada por la mano del autor, que es la referida a la ya mencionada Así fue la defensa de Madrid. Sin embargo, creo que el trabajo realizado responde bien a las intenciones de su autor. Los textos inéditos, los que él no llegó a terminar, son en ocasiones muy farragosos, porque están llenos de acotaciones marginales escritas con una letra menuda, minuciosa y, en ocasiones, ilegible. Pilar Balseyro hizo un muy buen trabajo de interpretación de muchos de estos párrafos; cuando era posible hacerlo. Pero, en todo caso, hay suficientes pistas para completar los desarrollos oscuros sin que se pierda la intención del general.

La simple publicación de estos materiales inéditos es importante desde mi percepción, porque nos da una visión más completa de los puntos de vista de un personaje que tuvo gran importancia para la historia de nuestro país, de la Guerra Civil en concreto. Pero hay mucho más, porque las disgresiones que hace sobre distintos aspectos del conflicto, de sus antecedentes y de su desarrollo arrojan luz algunas veces muy novedosa para su mejor interpretación. En otros casos, la información aportada puede servir para cambiar notablemente el conocimiento sobre lo sucedido en momentos cruciales de la guerra. Desde luego que se trata de la versión de uno de sus protagonistas, pero las piezas encajan casi siempre con exactitud para que podamos considerar la versión de Rojo como más verosímil que otras. En cualquier caso, con la ventaja de poseer mucha más información de la que gozó el autor de estos manuscritos, es también obligatorio hacer un acercamiento crítico a lo narrado, por mucho que el general sea un personaje de culto para muchos lectores de los asuntos de la guerra.

A la hora de leer estas páginas es preciso tener en cuenta una circunstancia muy específica: Rojo acomete la redacción de su obra inacabada con los materiales que tiene. Son sus apuntes, que reclama a su familia en Bolivia, y poco más. La redacción fue realizada entre los años 1958 y 1962. En esa época, las fuentes documentales a las que podía acudir estaban muy restringidas. Rojo no pudo entrar en los archivos militares de la Guerra Civil. Y, sobre todo, no pudo consultar ninguno de los trabajos realizados por historiadores que ahora nos son tan familiares. Porque, por aquel entonces, casi ninguno de los autores decisivos había publicado sus obras nacidas de la investigación independiente.

Eso, en algún momento, tiene sus ventajas. Fuera de la narración, no he podido sustraerme a caer en la tentación de incluir en dicha publicación un documento de singular interés, sobre la cooperación soviética con la República. Hace muy pocos años que hemos podido tener ocasión de conocer en profundidad el carácter y la envergadura de esta colaboración. Hasta donde se ha podido. Los trabajos de algunos historiadores, sobre todo los de Ángel Viñas, que ha entrado en los archivos de la antigua Unión Soviética, han permitido saber bastantes cosas al respecto. Pero la desaparición de documentos hace que sigamos sin conocer del todo lo que realmente sucedió y cómo se llevaba a cabo esa cooperación. Rojo nos informa de una manera que resulta muy ilustrativa, porque detalla su experiencia, la de quien protagonizó, en momentos decisivos, las complejas relaciones entre los militares republicanos y los asesores soviéticos, cuyas funciones nunca fueron definidas de una manera precisa. Eso, por supuesto, además de aportar una ayuda inestimable a un ejército carente de mandos suficientes, provocó conflictos relevantes y problemas operacionales graves. La versión de Rojo sobre cómo se desarrollaron esas relaciones es crucial para entenderlas, porque él padeció, y se benefició, de esa colaboración. Fue protagonista de momentos de colaboración muy positiva pero también de enfrentamientos de envergadura.

El libro se completa con una reflexión sobre los militares leales, los que se mantuvieron a favor de la legalidad republicana, de cuyas actitudes Rojo es un buen crisol. Lo que yo denomino un síntoma. Y con un análisis crítico sobre la forma de conducir la guerra del que fue jefe supremo del Ejército Popular desde la primavera de 1937 hasta la derrota del mismo en Cataluña.

José Andrés Rojo, nieto del protagonista, añade una importante información sobre cómo se gestó el proyecto de Vicente Rojo y las dificultades que se encontró para su realización.

Por todo lo referido, este libro.

I
ROJO COMO SÍNTOMA

LOS ANTECEDENTES DE UNA GUERRA

¿Por qué la Guerra Civil? La pregunta sigue siendo pertinente a pesar de los años transcurridos desde que comenzó. Se han dado muchas respuestas, que suelen encuadrarse en dos grandes líneas de interpretación: en unos casos sirven para justificar la maniobra de los generales y oficiales golpistas. De manera sumaria, los que apoyan las tesis franquistas que avalan el golpe militar tienden a afirmar que éste era inevitable, que no había otra salida posible al enfrentamiento civil que se vivía en el país desde que la Segunda República sustituyó como forma de gobierno a la monarquía de Alfonso XIII.

Ese primer conjunto de análisis suele estar acompañado de un corto aparato reflexivo, y se puede resumir en un argumento tan escaso de fundamento como el de que España estaba siendo víctima de una grave conspiración que iba a provocar su disolución en favor de los proyectos del comunismo y la masonería internacionales. España era, por aquel entonces, según estos análisis, ni más ni menos que el bocado más apetitoso que el régimen comunista soviético ambicionaba engullir.

No es preciso detenerse mucho tiempo para deshacer estas teorías, que ni siquiera en el tiempo en que se produjo el golpe de Estado franquista se creían sus defensores. La polémica está resuelta hace tiempo por gente que ha estudiado y ha demostrado de forma sobrada que la guerra comenzó porque así lo decidió un numeroso grupo de militares que se sentía respaldado por un extensa base social de carácter civil y por algunas instituciones como la Iglesia católica. La insistencia de esos teóricos justificadores del franquismo sólo tiene sentido si se atiende a la lealtad de los coleccionistas de libros reaccionarios que buscan en ellos una satisfacción sentimental. Se podrían haber conformado esos lectores con releer a un clásico del revisionismo tan importante como Joaquín Arrarás, quien es en realidad el gran armador intelectual, por llamarlo de alguna manera, de patrañas como la de que el golpe de 1936 es la lógica consecuencia de la revolución de 1934. Nadie en sus cabales que haya superado la fase de abandono del analfabetismo puede sostener que no hubo bombardeo en Guernica o que los fusilamientos de Badajoz fueron muy reducidos.

Los análisis procedentes de los partidarios del bando derrotado suelen ser más atinados cuando señalan, aunque no siempre, ese carácter voluntarista y voluntario de la rebelión. Pero tendieron durante muchos años a señalar al ejército en su completud como el actor esencial del golpe. Eso es cierto por lo que se refiere al protagonismo, pero no en lo relacionado con esa completud, con la presunta unanimidad de los militares a la hora de enfrentarse al orden constitucional.

Es también cierto que las versiones comprometidas con alguna de las tendencias políticas que apoyaron a la República fueron evolucionando de manera más inteligente que las franquistas y afinaron notablemente esas interpretaciones.

El testimonio, o la narración, como se quiera nombrar, del general Vicente Rojo añade una complejidad mayor a la visión de un ejército dividido, que se parte en dos al producirse la rebelión. Pero que, en lógica, se debería haber partido en muchos más pedazos. El golpe de 1936 simplifica la pluralidad y reduce a dos los bandos.

La idea de un ejército monolítico que todavía permanece viva entre muchos estudiosos de la guerra es reciente. Es un producto del franquismo, de la experiencia de observar a una institución que durante los años de la dictadura se comportó, salvo en muy pocas situaciones, como una estructura carente de fisuras, unida férreamente al destino que el caudillo marcase a todos sus componentes. El ejército de Franco estaba modelado a imagen y semejanza de su indiscutido jefe, fue el fruto de la guerra, de la depuración implacable y del adoctrinamiento intenso, tanto como de la corrupción menuda, de la pequeña ventaja, caldo muy alimenticio en los primeros veinte años de la miserable posguerra.

Sin embargo, cuando se atiende a autores como el general Rojo, se extrae una conclusión muy distinta en relación con los años previos a la guerra. El ejército español estaba tan dividido internamente como lo estaba el resto de la sociedad. En su seno convivían africanistas sedientos de sangre, ascensos y gloria, con agrupaciones corporativas unidas en torno a intereses muy distintos, como los representados por las Juntas de Defensa. Los artilleros, que se habían rebelado casi en bloque contra las políticas de Primo de Rivera en relación con los sistemas de ascensos, y todo el resto que había conseguido hacer cómplice de su golpe al jerezano. Había militares comunistas que compartían cuartos de banderas con monárquicos revanchistas e irredentos, y con falangistas. Sobre esto, cabe decir, en todo caso, que la influencia sobre los militares de las dos ideologías que se confrontaban en gran parte de Europa con pretensiones hegemónicas, el nazi-fascismo y el comunismo, era muy corta. El número de oficiales y generales adscritos a la disciplina, o sencillamente simpatizantes, del partido comunista o de la Falange era muy reducido, por no decir casi nulo.

A este respecto, existe una creciente historiografía que tiende a considerar la situación española como menos excepcional en relación con Europa de lo que se ha tendido a considerar. Las acciones de los militares austríacos y alemanes en la década de 1930, las tentaciones golpistas de los militares franceses, apenas se diferencian en su contenido reaccionario, de conservación del orden existente, de las sostenidas por los militares españoles. Otra cosa es que en cada país, en lógica, las manifestaciones concretas de esas posturas se adaptaran a la política y la situación internas. De forma muy singular se puede evocar el caso de los militares franceses, francamente volcados en militancias de extrema derecha, en posiciones ultranacionalistas e, incluso, con pretensiones de restauración monárquica. Formaciones políticas como Action Française contaban entre sus militantes con una parte muy sustancial de los oficiales y jefes del ejército francés. Y no anduvo muy lejos Francia de verse metida en una rebelión militar como la española.

¿En qué se diferenciaban los militares españoles de sus colegas europeos? En primer lugar, en la hegemonía del monarquismo en sus filas, un monarquismo furioso y reaccionario, completado con el catolicismo militante. La mayoría de los militares españoles que se rebelaron contra la República permanecía ajena a la tentación fascista que, por otra parte, tampoco era dominante entre sus homólogos de Francia, Alemania o Italia. Eran gentes de orden, defensoras de los privilegios de las clases favorecidas, de la religión unida al Estado. Gentes que odiaban la posibilidad de una revolución... y la posible pérdida de sus privilegios. Y tenían también en común con otros europeos el considerar que en el ejército se concentraba el patriotismo. La esencia de la España mítica, de orígenes oscuros, inmemoriales, se conservaba en los cuarteles. Una España incompatible con la existencia de pretensiones autonomistas, incompatible con la desaparición de un imperio, y radicalmente incompatible con cualquier tendencia liberal y modernizadora. Una España de sotanas, sables y señoritos.

El frágil apoyo obtenido por acciones golpistas como la de 1932 no se explica con una evolución de esa concepción autoritaria provocada por las actitudes de la izquierda, sino mucho más con el fracaso de la dictadura de Primo de Rivera y el descrédito de la monarquía alfonsina. Además de una terrible incapacidad técnica para el golpe, acreditada en la intentona de 1932, pergeñada por las mentalidades aventureras de generales como José Sanjurjo o Enrique Varela.

Y estaba África. Un territorio que había sido pacificado por el dictador Primo de Rivera, apoyado en la inestimable fuerza militar francesa. África era el único territorio externo que podía servir para emular la existencia del imperio. Unos cientos de kilómetros cuadrados de terreno infértil poblado de guerreros famosos por su ferocidad desde la época de los Omeyas. Una miserable parcela de tierra que necesitaba una guarnición de casi cuarenta mil soldados, en su mayoría mercenarios. Allí, los militares obtenían ascensos, buenos sueldos y la oportunidad de hacerse un historial heroico. Los que allí hacían carrera acabaron por constituirse en una auténtica secta, que despreciaba al resto de sus compañeros de armas y despreciaba aún más el poder civil.

África desde 1905, desde el Tratado de Algeciras, que obligaba a España a participar en el control del territorio que se habían repartido las grandes potencias, y se volvieron a repartir tras la Gran Guerra.

Muchos autores han reprochado a los gobiernos de la República su presunta desidia por no haber dejado resuelto el problema colonial en sus primeras actuaciones, abandonando el norte de África en manos de sus legítimos propietarios. Hubo entonces una fuerte corriente de opinión en el seno del ejército que tendía al abandonismo. Entre los que deseaban abandonar el territorio estaba el propio Primo de Rivera, aunque luego rectificara y se pusiera a la tarea de pacificarlo.

Pero quienes sostienen eso no tienen en cuenta la importancia de los acuerdos internacionales, y el papel que desempeñaba esa presencia militar española para garantizar el equilibrio estratégico en momentos en que la posibilidad de nuevos conflictos bélicos rondaba la cabeza de todos los gobernantes europeos. ¿El norte de África para los franceses o los italianos? Nadie en Europa habría tolerado semejante alteración del statu quo, empezando por Gran Bretaña, siempre preocupada por el control del estrecho de Gibraltar. No hay que excluir, a efectos de esa presunta dejación en el necesario abandono, la existencia de tentaciones nacionalistas e imperiales de los propios gobernantes republicanos, pero las motivaciones fundamentales de socialistas y republicanos de las más diversas tendencias no residían en esa circunstancia, sino en las servidumbres de la política internacional, tan poco preocupada por lo que sucediera en la península Ibérica siempre que sus habitantes no dieran demasiado la lata y no alteraran el statu quo del Estrecho.

Es cierto que, sin África, sin la existencia de las tropas mercenarias mandadas por oficiales exaltados, la guerra no se habría producido, porque el golpe habría fracasado absolutamente y los alzados habrían sido reducidos en pocos días. Pero no es menos cierto que era muy difícil acabar con la servidumbre política del Protectorado sin contar con la aquiescencia de países como Francia, Inglaterra o Italia. Ésa era una tarea compleja que, hay que reconocerlo, tampoco estaba entre las prioridades del Gobierno republicano.

África había sido ya una fuente de problemas internos de gran envergadura. El golpe de Miguel Primo de Rivera en 1923 no fue ajeno a los debates parlamentarios sobre el informe Picasso, que ponía en la picota la acción del ejército durante la guerra de 1921 que tuvo como punto culminante el llamado desastre de Annual. Hubo más causas para ese pronunciamiento, pero la investigación parlamentaria fue determinante, porque implicaba la puesta en cuestión del comportamiento de los militares y del propio monarca.

Sobre el golpe de Primo de Rivera, Rojo considera que contó con la aprobación de la inmensa mayoría de la sociedad y de sus instituciones. Incluso, el general lo describe con tonos benévolos, como si se hubiera tratado de una acción quirúrgica limpiadora y curativa, que contaba con el apoyo de la «voluntad nacional» en la misma tónica de tantos pronunciamientos militares del siglo XIX. Un golpe sin sangre, apoyado por la gran masa social del país, harta de desorden, corrupciones y del agotado entramado político heredero de la Restauración. Los elementos positivos de este golpe incluyen el fundamental para el general: contó con el respaldo del ejército entero, no quebrantó su unidad.

Rojo se lamenta en sus escritos de que el ejército perdiera su unidad durante los primeros años de la República porque se contagió de las ideas extremas que anidaban en la sociedad civil. Y de que esa ruptura de la unidad condujo a la confrontación sangrienta.

Su análisis es certero en un punto, en el de que la división provocó la guerra, pero también por motivos distintos, que él mismo apunta en otros momentos de su reflexión: el golpe fracasó donde hubo guarniciones que se mantuvieron leales a la República. Es decir, hubo guerra porque el golpe fracasó. Y el golpe fracasó porque en gran parte de las grandes ciudades, en Madrid y Barcelona sobre todo, una facción considerable de la fuerza coercitiva del Estado se opuso al levantamiento. No sólo militares, sino, en muchos casos de forma decisiva, las fuerzas de Asalto y la Guardia Civil, cuyos mandos eran también militares.

Eso, por lo que se refiere a que se crearan bandos dispuestos a enfrentarse y la situación les abocara a que la confrontación tuviera un carácter tan virulento.

Lo que resulta más chocante, a primera vista, es el odio desatado en el seno de unas fuerzas armadas que apenas habían registrado choques internos de ese estilo. Quizás habría que encontrar el origen de tanta inquina en el fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández tras la insensata sublevación de Jaca. Tomando como referencia ese acontecimiento, el análisis de Vicente Rojo adquiere consistencia, porque el levantamiento de los dos capitanes es el de dos comunistas, y el fusilamiento de los mismos se hace con el consentimiento y el aplauso de muchos de sus compañeros. No ya el de los falangistas, que no tenían implantación seria en ninguna parte, sino el de los reaccionarios nacionalcatólicos ligados sobre todo a la monarquía. No hay que buscar hombres ligados al fascismo en las filas de los militares españoles para justificar la existencia de extremistas. El nacionalismo español y el catolicismo español se bastaban para producir un biotipo de patriota insensato y radicalizado que odiaba todo lo que sonara a popular y a democracia. La gran mayoría de los militares que se levantaron contra la República eran eso, aunque algunos de ellos, como Emilio Mola o Miguel Cabanellas apostaran por una república autoritaria en vez de por la vuelta de la monarquía. En ese sentido, eran más europeos, más cercanos a sus colegas austríacos o alemanes que, sin necesidad de buscar la vuelta de algún monarca, no hacía mucho tiempo se habían dedicado a fusilar obreros socialistas y comunistas en Berlín o en Viena.

El antibolchevismo de la gran mayoría de los militares españoles no estaba ligado al fascismo, como no lo había estado en los demás militares europeos a la hora de sofocar intentonas revolucionarias en los años que siguieron al fin de la Gran Guerra. Era una militancia de gente «de orden», asustada —con razones sobradas, hay que reconocerlo— por la ola revolucionaria que agitaba a las masas agrarias e industriales y apuntalada por el discurso de una Iglesia que, además de proteger a las clases sociales más altas, tenía muy cerca los espectáculos de las quemas de iglesias de 1909 en Barcelona o de 1931 en Madrid.

Salvo en un muy reducido grupo de militares, como los aviadores Ramón Franco, hermano del futuro dictador, e Ignacio Hidalgo de Cisneros, o del Ejército de Tierra, como los hermanos Galán, la implantación de ideas izquierdistas de importación era excepcional en las Fuerzas Armadas. Las ideas «extranjeras» no habían llegado a cuajar de forma perceptible.

La gran división, la ruptura de la unidad que Rojo percibía como catástrofe, se producía en torno a esa idea básica del orden y en asuntos como la presencia africana o el pánico a la desmembración del país, por la presión de las ideas nacionalistas en Cataluña y las Vascongadas, que habían alcanzado tintes secesionistas inequívocos en momentos tan cruciales como la proclamación de Francesc Macià al frente de la Generalitat en 1934, cuando llegó a proclamar la independencia de Cataluña aprovechando el caos por la descabellada rebelión social-comunista contra el Gobierno de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Aquel movimiento sedicioso fue aplastado con facilidad por un general constitucionalista, Batet, quien hizo un ejemplar llamamiento democrático al ejecutar lo que su deber exigía. Batet, odiado por los nacionalistas catalanes, mantuvo el 18 de julio de 1936 la idéntica lealtad constitucional, lo que le llevó a ser asesinado por los seguidores de Mola.

Rojo señala los períodos en que la ruptura de la unidad se fue produciendo, tras el costoso proceso de normalización del ejército que sucedió a la terrible etapa de las guerras carlistas. Lo primero, la constitución de camarillas al socaire de las campañas de Marruecos; luego, las Juntas de Defensa; después, la sobreintervención política de los militares durante la dictadura de Primo de Rivera. Pero la culminación se produjo cuando una gran parte de los militares se negó a aceptar el nuevo régimen instaurado en 1931. Los monárquicos fueron, pues, los principales responsables de la desunión, del triunfo de la tendencia sediciosa.

Lo más importante, lo que fue el elemento determinante para marcar la actitud a favor o en contra del golpe, era por tanto la lealtad al juramento de fidelidad a la República, que el primer Gobierno del nuevo régimen se había apresurado a exigir a los miembros de la milicia como requisito esencial para continuar en ella. La gran mayoría de los altos mandos, de los generales, se mantuvo fiel a ese juramento de fidelidad al Gobierno legal cuando en Melilla estalló la rebelión el día 17 de julio de 1936.

La narración de Rojo sobre los primeros momentos de la rebelión, vividos por él en el Ministerio de Defensa, donde acababa de sentar plaza dentro del Estado Mayor Central (EMC), es muy ilustrativa. Es la historia de un hombre al que le sorprenden las noticias del golpe, porque no tiene ni la menor idea de que hubiera una conspiración de tal calibre en marcha, y que se ve obligado primero a informarse de qué pasa, y después, a tomar su decisión en función de cuestiones morales y de lealtad a su compromiso. La conspiración no fue generalizada, sino cuidadosamente preparada para que la condujeran hombres con capacidad de movimiento de fuerzas y «seguros» en cuanto a su hostilidad al Gobierno del Frente Popular; al menos eso, porque, ya se ha dicho, no todos ponían en cuestión la existencia de la República, aunque sí la de la democracia.

Los máximos dirigentes de los alzados habían alcanzado también el generalato, pero eran minoría dentro de su grado. Donde los rebeldes tuvieron, desde el principio, una clara supremacía fue entre los jefes y oficiales más jóvenes. Esa supremacía fue casi absoluta entre la plantilla del ejército destacado en África. Comandantes y tenientes coroneles con mando directo en tropa, sobre todo. En cuanto a las Armas, la Infantería, la Caballería y la Marina fueron más proclives al golpe que la Artillería y la Aviación.

Todo esto sigue sin explicar de forma satisfactoria la cuestión de la dureza del enfrentamiento. El golpe es, desde su concepción y su inicio, un movimiento de carácter sangriento, de enorme violencia. Esa violencia se dirige, desde el primer minuto, contra los colegas de los alzados. A quien muestra fidelidad al juramento republicano, al que vacila en apoyar el golpe, se le aplica de inmediato la pena de muerte, sin que haya que hacer ningún simulacro de juicio. Las primeras víctimas de la Guerra Civil son militares, militares leales al Gobierno, con los que los rebeldes habían compartido comedor y despacho hasta el momento del golpe.

No hay piedad ni vacilación. Se aplica la decisión del paredón según la doctrina del autoproclamado director y cerebro de la conspiración, el general Mola. En sus directivas se señala: el que no está con nosotros, está contra nosotros. Y el castigo por ello no puede ser otro que la muerte.

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14 noyabr 2024
Həcm:
900 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788490568873
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