Kitabı oxu: «El exilio de los marinos republicanos»
EL EXILIO DE LOS MARINOS
REPUBLICANOS
Victoria Fernández Díaz
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© De los textos, Victoria Fernández Díaz, 2009
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2009
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publicacions@uv.es
Ilustración de la cubierta: Dotación del crucero Libertad, 1937. Archivo particular.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Realización ePub: produccioneditorial.com
Corrección: Lola Espinosa
ISBN: 978-84-370-7395-8
A Navarro,
A los que perdieron, teniendo la razón de su parte,
A sus familias,
A sus hijos e hijas,
A sus nietos y nietas,
A los que vieron sus vidas truncadas,
A los que no sólo perdieron la guerra, sino que también perdieron,
y nosotros con ellos, sueños y anhelos de progreso,
de igualdad, de cultura, de democracia.
A los que fueron exterminados física e ideológicamente y que,
a pesar del ensañamiento puesto en ello, perviven.
Este trabajo no hubiera sido posible sin la imprescindible ayuda, los consejos y orientaciones de la profesora Nuria Tabanera. Su dirección académica, acotando temas y adecuando el lenguaje, ha sido fundamental para llevar a término este trabajo.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
DEDICATORIA
ÍNDICE
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN
PRIMERA ETAPA: ESPERANZAS QUEBRADAS (FEBRERO-MARZO 1939)
1. SALE LA ESCUADRA
CARTAGENA, 5 DE MARZO DE 1939
LOS QUE NO SALIERON
BIZERTA, EN TÚNEZ
CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE MEHERI-ZEBBEUS
2. LOS REZAGADOS
ÚLTIMOS BARCOS DESDE ALMERÍA, ALICANTE Y CARTAGENA
CAMPOS DE CONCENTRACIÓN EN ORÁN
3. OTRAS SALIDAS
LA RETIRADA DE FEBRERO
LAS LANCHAS TORPEDERAS
DESDE MAHÓN EN EL DEVONSHIRE
CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE FRANCIA
SEGUNDA ETAPA: DE GUERRA EN GUERRA
4. EN FRANCIA: SALIR DE LAS ALAMBRADAS
AMÉRICA
LAS COMPAÑÍAS DE TRABAJADORES
COMANDOS DE SABOTAJE
EN LAS FUERZAS NAVALES LIBRES DE DE GAULLE
HUYENDO DE LA INVASIÓN ALEMANA
MAUTHAUSEN
DE DUNKERQUE AL DESIERTO DE ÁFRICA
VIVIR EN LA FRANCIA DE VICHY
5. TÚNEZ: UN PAÍS FRÍO BAJO EL SOL
SALIR DE MEHERI-ZEBBEUS
LA LEGIÓN FRANCESA: EL ALMIRANTE BUIZA
PAÍSES DE ACOGIDA
KASSERINE
COMPAÑÍAS DE TRABAJO
LA 7.ª COMPAÑÍA DE CASTIGO O EL «GRUPO DE GABÈS»
VIVIR EN LA TÚNEZ DE PÉTAIN
6. ARGELIA: DESCENSO A LOS INFIERNOS
NUEVOS FORZADOS
LOS BOSQUES DE KHENCHELA
EN EL DESIERTO DEL SAHARA: EL TRANSAHARIANO
EN LAS MINAS DE KENADSA
DE BOU ARFA A COLOMB-BÉCHAR
CAMPOS DISCIPLINARIOS
EL CAMPO DE LA MUERTE: HADJERAT M’GUIL
CÁRCELES Y PRESIDIOS
TERCERA ETAPA: ESPERANZAS DE VICTORIA (NOVIEMBRE 1942-1945)
7. EL DESEMBARCO ALIADO EN EL NORTE DE ÁFRICA
AIRES DE LIBERTAD
8. INVASIÓN DE LA ZONA SUR DE FRANCIA
CLANDESTINOS
TRABAJANDO PARA LOS ALEMANES
MAQUIS
9. INVASIÓN DE TÚNEZ
ESCAPADA GENERAL
RESISTENCIA
CAMPO DE SACHSENHAUSEN
10. LA HORA DE LA LIBERACIÓN
A LA CONQUISTA DE TÚNEZ
EN COMANDOS INGLESES Y AMERICANOS
EL CORPS FRANC D’AFRIQUE
LA CAMPAÑA DE TÚNEZ
LIBERACIÓN DE LOS CAMPOS DE ARGELIA
A LA CONQUISTA DE EUROPA
CAMINO DE LA VICTORIA
11. EPÍLOGO: LA ESPERANZA TRAICIONADA
Y LA VIDA SIGUIÓ COMO SIGUEN LAS COSAS QUE NO TIENEN SENTIDO…
A MODO DE FINAL
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS
ÍNDICE ONOMÁSTICO*
PRESENTACIÓN
En medio del debate suscitado en Europa sobre la necesidad social del olvido o de la memoria en el tránsito al actual milenio, Humberto Eco señaló que “es la memoria del pasado la que nos dice por qué somos lo que somos y nos confiere identidad”. Con algo de retraso y parecida virulencia que en Francia o Alemania, se discute recientemente en España sobre la memoria histórica, ya sea en la academia, el Parlamento o la calle. Parecería que, fruto de la nueva demanda de memoria sobre la represión franquista durante y después de la Guerra Civil, ha llegado la hora de aplicar el tratamiento preciso para que nuestro país pueda superar la enfermedad adquirida, por exceso de olvido, durante la transición democrática.
La historiografía lleva haciendo sus deberes desde hace ya varias décadas, en pos de historiar la represión de ambos bandos durante la contienda, así como los tristes y múltiples efectos de la dictadura franquista sobre sus enemigos políticos. De hecho, incluso, podríamos pensar que ahora casi se ha llenado el vacío historiográfico existente hasta hace pocos años sobre el exilio republicano de 1939, puesto que desde múltiples trabajos se estudian los orígenes, los destinos o la diferente integración de los que, derrotados, fueron forzados al destierro.
El triunfo de los rebeldes y el reconocimiento internacional del gobierno de Franco generaron el exilio de cientos de miles de hombres, mujeres y niños, lo que provocó para el futuro de la sociedad española pérdidas incontables, pues con ellos salió no sólo una generación de artistas, científicos e intelectuales de primer nivel, sino gran parte de la clase política democrática y de miles de sus defensores. De muchos de ellos se han ocupado historiadores como Vicente Llorens, José Luis Abellán, Alicia Alted, Dolores Pla, Abdón Mateos o Clara E. Lida, entre otros muchos.
No obstante, quedan muchas experiencias, muchas voces por recuperar y demasiadas razones para seguir rehabilitando y reparando, aunque sólo sea simbólica y moralmente, a ciertas víctimas del exilio y del franquismo. Hay que seguir, aquí y ahora, propiciando “irrupciones de memoria”, como A. Wilde define a las peticiones que recurrentemente en Chile se elevan exigiendo que no se relegue al olvido el pasado de la represión pinochetista, y que, en el horizonte español, indicarían la resurgida vitalidad de la memoria en la actual sociedad española, al exigir reparaciones para los represaliados por el franquismo.
El trabajo de Victoria Fernández Díaz nos conduce, con mimo y con celo, al acceso de valioso material para alimentar una nueva irrupción de memoria: la que rehabilitaría del silencio a cientos de marinos españoles que, por compromiso y fidelidad al gobierno legítimo la II República, tuvieron que abandonar su país, con dolor y desgarro.
La autora ha realizado una labor exhaustiva y cuidadosa para reconstruir unas peripecias vitales insólitas, revisando fuentes y documentos de toda naturaleza y manejando información recogida en memorias, relatos y colecciones fotográficas inéditos, así como en decenas de entrevistas a protagonistas o a sus familiares. El magnífico relato hilvanado con esos mimbres tiene un doble valor. Uno inmediato, relacionado con su aportación historiográfica al estudio del exilio republicano, en concreto, al reconstruir la dispersión forzada de un grupo muy homogéneo, el de los marinos republicanos, que superó experiencias tan devastadoras como las padecidas en los campos de Hadjerat M’Guil o Sachsehausen, en la playas de Normandía o en los barcos de judíos deseosos de llegar a Palestina tras el fin de la II Guerra Mundial.
El segundo valor del trabajo de Victoria Fernández Díaz está en su aportación a la pedagogía democrática, siempre en construcción. Para que la cultura democrática española siga fortaleciéndose, nos parece imprescindible devolver el protagonismo a aquellos miles de hombres corrientes, como los que aparecen en este texto, que en medio de una guerra y de un largo exilio, eligieron y lucharon por la opción más legítima, representada en esa coyuntura por la II República. El reconocimiento de su valor y de su compromiso ético con la democracia española de entonces y su memoria recuperada nos permitirán reconocernos más plenamente como ciudadanos de una España democrática.
Afortunadamente ya, los esfuerzos de recuperación de historias y de memoria, como los que ha realizado nuestra autora, nos animan a pensar que la imposición de silencio que extendió por largos años el franquismo ha sido, finalmente, inútil. A pesar del tiempo transcurrido, los protagonistas de El exilio de los marinos republicanos forman ya parte de nuestro pasado reconocido y, por tanto, de nuestra propia identidad como españoles. Y debemos agradecer ese nuevo y feliz enriquecimiento a la constancia, el empeño y el buen oficio de Victoria Fernández Díaz.
Nuria Tabanera García
Universitat de València
INTRODUCCIÓN
Cataluña perdida, el 27 de febrero de 1939 Francia e Inglaterra se apresuran a reconocer a Franco antes de que la guerra se dé por terminada[1]. Al día siguiente, Azaña dimite de la presidencia de la República desde París. En marzo de 1939, la República no tiene posibilidades de ganar la guerra, a menos que la situación internacional permitiera darle un nuevo soplo a sus fuerzas militares.
En Cartagena, donde está la flota republicana, se hacen cada vez más intensos y frecuentes los bombardeos. El 5 de febrero la aviación italiana mata a 30 personas y destruye 150 edificios. Durante los escasos primeros 5 días de marzo de 1939 Cartagena soporta 6 bombardeos[2].
El desaliento, las dudas, invadieron poco a poco la situación y los ánimos.
Entre el 4 y el 5 de marzo, la situación en Cartagena se hace extrema, confusa, dramática. A partir de las once de la noche del día 4 se desencadena toda una maraña de conspiraciones y sublevaciones que terminan por crear una situación caótica. Los presos fascistas son liberados. La emisora de la flota republicana, las baterías de costa, el arsenal, Capitanía, el regimiento de Artillería de Marina y el parque de Artillería terminan por ponerse al servicio de Franco.
Y la flota republicana levanta anclas para una salida sin retorno.
Ese día salieron de España unos 4000 marinos[3] que, al parecer, se tragó la mar. Estos marinos, firmemente leales a la República cuando hubo que demostrarlo, en julio de 1936, desaparecen en el horizonte de África. ¿Qué fue de esos hombres jóvenes[4] que desde el primer momento defendieron la República? Los que quedaron en España tuvieron que padecer el terror de la posguerra, si consiguieron sobrevivir al genocidio físico e ideológico que desencadenó el triunfo franquista. Los que se marcharon, lo hicieron despojados de todo. Se vieron, casi sin darse cuenta, abocados al exilio. Un exilio que les arrancó para siempre de sus raíces y de su porvenir, que les convirtió en apátridas.
Sólo les quedó reinventarse la vida.
Para reconstruir su destierro he recurrido fundamentalmente a la memoria de estos hombres. Ésta ha sido la columna vertebral de este trabajo. Me ha parecido importante dar la palabra a los protagonistas ya que, no sólo no se les ha dado nunca, sino que han sido reiteradamente denigrados por los vencedores. Una espesa capa de silencio ha cubierto sus voces, sus rostros, sus experiencias y sus luchas. Además, el silencio sobre los marinos republicanos ha sido doble. Por un lado, han tenido la pesada losa de silencio que el franquismo echó sobre todos los republicanos. Por otro lado, a este silenciamiento se ha añadido el impuesto por la elitista marina franquista que jamás soportó que «los cabos, clases y marinería» les torcieran los proyectos de sublevación el 18 de julio de 1936, ni que la flota republicana navegara, prácticamente sin oficiales, durante tres años, ni que plantaran batalla cuando hubo que hacerlo, ni que les hundieran el flamante crucero Baleares, con todo el Estado Mayor franquista a bordo, ya que era su buque insignia.
En primer lugar acudí a los propios marinos aún supervivientes. Pude tener el testimonio directo de 16 marinos republicanos. Con alguno no fue posible recabar información porque la memoria se le había diluido en el tiempo. Con otro, habiendo sufrido en carne propia la represión franquista, temió que la publicación de sus recuerdos aún pudiera perjudicar a sus hijos. Pero, en todos los casos, mis peticiones y mis motivos fueron bien acogidos, aunque algunos con un deje de decepción. «Ah, del exilio y todo eso…, no de la guerra…». Hablar de «sus» barcos, de su formación, de sus viajes, de «su» guerra… sí, pero de aquella otra parte, tan poco interesante, tan humillante a veces, tan dura siempre, no era lo que más les apetecía. A pesar de todo eso, siempre encontré la colaboración y el afecto de todos.
La conversación tranquila en un ambiente de confianza se convirtió en el mejor instrumento para aproximarme a la vida de estos testigos. Fueron conversaciones, más que entrevistas, en torno a un cuestionario debidamente planificado pero que jamás volví a utilizar después de casi echar a perder uno o dos testimonios por utilizarlo de forma explícita. Me di cuenta de que el frío cuestionario retraía, paralizaba y dificultaba la fluidez del recuerdo. Alguno se sintió abrumado por la precisión y la cantidad de preguntas que debía contestar y zanjó el tema alegando que no recordaba nada cuando antes había estado contando anécdotas y detalles interesantes de sus experiencias. A partir de entonces, opté por crear un buen clima para conversaciones distendidas. Sólo así se abrieron paso episodios lejanos en el tiempo y en muchos casos dolorosos. Además fueron necesarias varias conversaciones para ir completando detalles, confirmando o desmintiendo elementos contados por otros. Cuando hablamos de recuerdos de hace 70 años, la memoria no es una caja que se abre y se cierra a voluntad. Los elementos que la constituyen van subiendo a la superficie de la conciencia, poco a poco, un recuerdo hace surgir otro, como cerezas.
He contado con la colaboración inestimable de Manuel Pedreiro Pita que siempre tuvo la costumbre, desde su juventud, de recopilar documentos, periódicos, y de llevar un diario. Es un verdadero archivo viviente. Goza de una memoria envidiable y tuvimos largas charlas y una importante correspondencia (más de 20 extensas cartas, a veces, más bien paquetes, repletas de notas, fotocopias, fotos, etc.). Sin él, la mitad de este libro no se hubiera podido escribir.
Otra fuente de información han sido las amplias memorias escritas por tres marinos. Ninguna ha sido publicada y han quedado en manuscritos. Las del comandante del destructor Almirante Miranda, David Gasca, fueron particularmente interesantes por ser un oficial que estuvo al mando de buques durante toda la guerra y por haber contado para su redacción con la colaboración de muchos marinos en el exilio. Estas memorias se han completado con numerosos relatos cortos sobre la guerra de España y el exilio que escribieron varios marinos.
Como fuentes contemporáneas de los acontecimientos, he podido consultar algunas cartas escritas desde el primer exilio. En este ámbito, han sido importantes las del auxiliar alumno de Artillería Antonio Pons Cladera desde el campo de Meheri-Zebbeus o las intercambiadas entre el comandante David Gasca y el almirante Luis González de Ubieta.
He buscado también informaciones de las familias. He podido contactar con familiares de casi 50 marinos de la flota republicana, exiliados, represaliados o fusilados. He hablado con algunas viudas. Sus vidas también han estado marcadas por el trágico final de la guerra de España y por la posterior sucesión de acontecimientos que sacudieron Europa. Si sus maridos apenas ocupan unos renglones en los libros de historia, ellas viven condenadas al más absoluto silencio. He contactado también con hijas e hijos de aquellos marinos. Ellos también me han abierto con generosidad los recuerdos, los documentos, los álbumes de fotos que conservaban. Este exilio aún alcanza a una tercera generación. En algunos casos han sido las nietas y los nietos quienes han aportado y buscado una memoria que, a veces, pensaban perdida.
La conversación con los familiares de los represaliados o los fusilados ha sido dolorosa porque es abrir no sólo la caja de los recuerdos, sino también la de la impotencia, la rabia, el sufrimiento, el silencio, largo tiempo encerrados en el último rincón de la memoria por la feroz represión que vivieron. He incluido, en la medida de lo posible, la memoria de los represaliados y fusilados porque su recuerdo siempre siguió a sus compañeros durante el exilio. Una de las primeras cosas que hizo el teniente de navío José Fernández Navarro, cuando pudo volver a España, fue buscar dónde estaban enterrados dos de sus mejores compañeros y llevar flores a su tumba. Recopilar los nombres de los marinos republicanos ejecutados me ha parecido un deber de memoria necesario. Sus nombres nunca fueron esculpidos en letras de oro sobre placas de mármol. Sin embargo, fueron ejecutados por defender una causa justa y es de justicia que, al menos, se pueda conocer los nombres de estos hombres.
Otro elemento con el que he contado han sido las fotos. Para ello he utilizado como punto de partida tres álbumes de fotos, uno de ellos comentado, de José Fernández Navarro con material sobre sus diez años en la Marina. Luego, a lo largo de las entrevistas, he ido reuniendo fotos y documentos. Ilustran lo que podía ser sólo una lista vacía de lugares o de nombres. Además, las vistas del desierto, de las vagonetas, de las minas, dan realidad a sus relatos que a veces parecen casi increíbles. En cuanto a los retratos de los protagonistas no sólo reflejan la expresión de una cara, el peinado de la época, también muestran ese destello de vida, ese instante del tiempo que no cuentan las palabras.
Por lo demás, las fotos constituyen también una pequeña victoria sobre el olvido, el vacío total al que fueron sometidos los marinos exiliados, fusilados o represaliados por la dictadura.
Era necesario rescatar del olvido a estos hombres, llenos de proyectos, ilusiones y futuro, que vieron en la República la llegada de una sociedad más justa y más igualitaria. Era preciso recordar que estos hombres no hicieron más que cumplir con su deber defendiendo y sirviendo al Gobierno al que habían jurado fidelidad. Era importante recuperar para las generaciones futuras la memoria de los marinos republicanos[5] que supieron luchar en sus buques para defender la República y que siguieron luchando por su dignidad y contra el fascismo en su exilio.
Por último, contar la historia del exilio de los marinos republicanos, por su diversidad y su complejidad, es como un calidoscopio del exilio de la República, esa historia que empezamos apenas a conocer: campos de concentración, campos de trabajo, campos de castigo, lucha contra los nazis junto a los aliados, en Rusia, en el maquis, en los incipientes comandos ingleses, en el Ejército americano, en la Marina aliada, en la francesa, en campos de exterminio como Hadjerat M’Guil, Mauthausen, Sachsenhausen...
Al final, tras 9 años de guerra, dispersos por varios continentes, no volvieron a ninguna parte, porque no tenían dónde. Llevaron vida de apátridas, indocumentados, trabajaron «en lo que fuera», vivieron otros exilios, otros viajes, otras incógnitas hasta la paulatina integración donde les tocó: Túnez, Argel, Marruecos, Francia, urss, Chile, Argentina, México, Suiza, Cuba, Canadá, Estados Unidos… Exiliados incluso en su país, cuando los supervivientes al fin volvieron, porque habían pasado más años fuera que en España y no era la que habían dejado 30 años atrás.
La guerra de España y sus secuelas han sido atrozmente silenciadas. Sin embargo, están aún soterradamente vivas en, al menos, la mitad de las familias de nuestro país. Era imprescindible recuperar los datos pero también las voces de sus protagonistas, antes de que se apaguen.
Recordar es recuperar nuestra identidad y comunicarla, es reelaborar el pasado para que no sólo sea nostalgia y añoranza, sino fuente de vida y nuevas sensaciones. Esa memoria recuperada acumula lo vivido y lo no vivido, lo deseado y lo ocurrido, diluye las fronteras del tiempo y estimula el sueño[6].
[1]. Con Francia se firmó un protocolo el 25 de febrero de 1939. Recordemos que el famoso parte que da por terminada la guerra se emitió el 1 de abril. Los acuerdos, llamados Bérard-Jordana, que se hicieron públicos el 27 de febrero, pactan la devolución al «Gobierno nacional» de todos los bienes que estuvieran en Francia a causa de la guerra.
[2]. Juan Martínez Leal, República y Guerra Civil en Cartagena (1931-1939), Cartagena, Ayuntamiento; Murcia, Universidad, 1993, p. 323 y cuadro p. 316.
[3]. No todos los marinos salieron de Cartagena. Otros fueron evacuados por Rosas, Puerto de la Selva, Mahón o Alicante, como veremos.
[4]. La media de edades ronda los 22-25 años. Los comandantes de los buques tenían en torno a los 30 años.
[5]. A lo largo del libro llamaré «marinos» a los hombres que estaban embarcados en los buques de la flota, los oficiales, suboficiales, cabos y marineros ya que igualmente defendieron la República en los barcos, vivieron el exilio, la represión o cayeron ejecutados ante un pelotón de Infantería de Marina.
[6]. Carmen Martín Gaite, Hilo de la cometa. La visión, la memoria y el sueño, Barcelona, Espasa-Calpe, 1995.
PRIMERA ETAPA: ESPERANZAS QUEBRADAS
(FEBRERO-MARZO 1939)
Por allí salimos...
Por allí salí yo...
Por allí salieron los españoles del Éxodo y del Llanto.
León Felipe
1. SALE LA ESCUADRA
CARTAGENA, 5 DE MARZO DE 1939
A la misma hora en que empieza la sublevación en Cartagena, el sábado 4 de marzo de 1939 a las once de la noche, Manuel Pedreiro Pita está cenando en Los Molinos, una barriada de Cartagena, invitado por un amigo, Cipriano Montero Barrios. Pedreiro es, con orgullo, auxiliar alumno de Artillería en el crucero Libertad. El glorioso Libertad[1] , buque emblemático de la flota republicana. Con 176 metros de eslora, ha sido el buque insignia de la flota durante gran parte de la guerra.
Esa mañana, a pesar de los rumores preocupantes que corren, han dado permisos de francos de ría, o sea para sábado y domingo. Pedreiro lo ha aprovechado para bajar a tierra. Después de cenar, junto con Cipriano Montero Barrios y otro compañero, el auxiliar alumno naval José Tembrás López, regresa a Cartagena a pie porque ya no hay tranvía. El aire es fresco, pero son jóvenes y ni se dan cuenta. Al acercarse a Cartagena empiezan a oír tiros. Como saben la situación crítica, por precaución, abandonan la carretera y malamente, campo a través, llegan hasta la ciudad. Pasan delante del cuartel de Artillería. Unas horas más tarde, éste será el punto neurálgico de la sublevación. Por ahora todo es silencio. Llegan hasta la casa de un compañero, Manuel Beceiro Santalla. Encuentran la puerta abierta, todo el piso revuelto y Beceiro no está[2]. Por las calles oscuras se deslizan hasta el piso que tienen alquilado. Ahora se oyen tiros por todos lados. Pasan la noche en vela hasta que, con la claridad incipiente de la madrugada, deciden salir. Bajan a la calle dispuestos a abrirse paso como sea hasta el puerto. Pedreiro lleva una pistola ametralladora del calibre nueve largo con cuatro cargadores. Por la calle Mayor la gente con la que se cruzan les mira de reojo, pero nadie hace nada contra ellos. Llegan al puerto. Arrimados al muelle esperan botes de los diferentes buques, entre ellos, el del Libertad. Saltan al bote. Van llegando marinos de otros barcos atracados en el muelle de la Curra, al otro lado del puerto. El bote del Libertad los acerca a sus buques y, por fin, Pedreiro sube a su barco. Momentáneamente a salvo.
En cambio, esa noche, el cabo electricista Daniel Díaz Roldán, también del Libertad, no ha bajado a tierra. Mejor dicho, hace dos días que no sale del barco. Se ha dado cuenta de que las máquinas del crucero están listas para dar avante y no está dispuesto a que la salida le pille en tierra[3].
José Fernández Navarro está también en Los Molinos, de luna de miel, si se puede decir. No hace ni un mes que se ha casado con la chica más guapa de la academia de taquimecanografía donde iba antes de estallar la guerra. Por eso, en cuanto han dado los permisos pernocta no se lo ha pensado y se ha ido a la casita alquilada en las afueras. Este alicantino, en estos momentos, es teniente de navío y director de tiro de Artillería en el destructor Escaño.
La noche del 4 de marzo Manuel Díaz Alcazas[4], el hermano de su mujer, se ha quedado a dormir en la casa de Los Molinos. Es un chaval de 17 años que trabaja en el taller de torpedos del arsenal y necesita un lugar, cerca de Cartagena pero lo suficientemente alejado, para poder descansar a pesar de los bombardeos de aviones alemanes que se repiten noche tras noche. Se levanta a las cuatro y media. Entra en el turno de las seis y tiene unos cinco kilómetros de camino por delante. Va por atajos, atraviesa el barrio de las Casas Baratas, o Ciudad Jardín, y se dispone a cruzar la parada del tranvía, para cortar por el Almarjal. Entonces, ve una patrulla armada que monta guardia. Paran a todos los que quieren entrar en Cartagena al grito de «¡Arriba España! ¡Viva Franco!». De pronto, ante sí, tiene a la quinta columna. Le parece una ilusión. Ha habido tantos rumores, tantos cuentos, tantas suspicacias… Pero es verdad, existen y los tiene delante. Casi no se lo puede creer. Vuelve corriendo a Los Molinos. Cuenta lo que ha visto a su cuñado. Navarro, como le llaman sus compañeros, lo escucha, se pone el uniforme y decide ir al barco «a ver qué pasa». Su mujer le pide que no coja la pistola reglamentaria. Ingenuamente piensa que si alguna patrulla lo de tiene, no será molestado por ir desarmado. Se despiden, no saben muy bien si para siempre o para un rato. Porque está convencido de que la escuadra no sale, José le pide que prepare el desayuno, porque a las nueve, asegura, estará de vuelta. Siete años tardaron en tomarse ese desayuno juntos.
José y Manuel bajan a Cartagena campo a través para evitar patrullas. Llegan sin tropiezos al Parque de Artillería. Surge un centinela apuntándoles desde la garita del muro lateral. Les da el alto: «¿Quién va?». La contestación es peliaguda porque les identifica con su convicción política, sin saber, en cambio, a quién tienen enfrente. Los de la República dicen «¡viva España!» y los fascistas «¡arriba España!»[5]. Navarro opta por «¡España!», sin más. Ante la ambigüedad de la contestación el centinela les ordena que pasen al Parque. El portalón de entrada está a unos trescientos metros. Exige que avancen por la acera de enfrente mientras les apunta. Así los tiene a tiro durante todo el recorrido. Es una noche sin luna. Mientras avanzan, José, en voz baja, pide al chaval que lo haga en «ligero adelanto», para cubrirle. Quiere que al llegar al final de la calle se separen, que Manuel tire a la izquierda mientras que él torcerá a la derecha, hacia la fachada del Parque de Artillería. Así lo hacen. La estrategia les da unos segundos de ventaja. Desconciertan al centinela y esquivan el fusil que les apunta. Los dos quedan en esquinas opuestas, a resguardo de las balas. Manuel se vuelve ligeramente sobre sí mismo. Navarro ha quedado enfrente. Levantan levemente la mano en un saludo cómplice. Les ha salido bien la jugarreta. No se volverán a ver durante 27 años.
José no entra en el Parque de Artillería. Las calles están oscuras porque hace dos años que no hay alumbrado por temor a los bombardeos y esta noche no asoma la luna. Se oyen tiros por la plaza de San Francisco, donde está la sede del Partido Comunista. En realidad, hay tiros por todas partes. Aprovechando la oscuridad y fiándose de su buena suerte, José cruza Cartagena, llega al muelle y salta a una barcaza de su buque que está atracada frente al monumento a los Héroes de Cavite. Ha podido salir de la ratonera.
Los marinos van llegando a los buques. Traen noticias alarmantes y confusas de controles y detenciones de compañeros.
Amanece el día 5 y tocan zafarrancho de combate en los buques. Todos acuden a sus puestos. En tierra, por Los Dolores y alrededores de Cartagena, todo son tiros. Hacia las nueve de la mañana, en los barcos, oyen en la emisora de la flota dar vivas a Franco[6] . Como todos los días, aparece la aviación italiana. Esta vez son cinco Savoias. Las dotaciones están acostumbradas a aguantar a pie firme los bombardeos, y así lo hacen hoy, como todos los días, a «las once en punto, que era lo peor: el saber la hora en que uno va a morir»[7] . En cuanto suena la alarma, los portillos y las puertas estancas se van cerrando a golpes. Carreras de los apuntadores, servidores, jefes de pieza, telemetristas hacia los antiaéreos. Cada uno debe estar en su puesto mientras, en su caída, silban las bombas, explotan y estalla la metralla en el pequeño espacio que constituye el puerto[8].
En los últimos 28 meses han aguantado 120 bombardeos[9]. Suena el repiqueteo de los antiaéreos. El puerto se llena de humo y fuego. El Alcalá Galiano y el Lázaga que están en reparación son tocados. El destructor Sánchez Barcáiztegui recibe en la proa un impacto importante, hay muertos y heridos y queda casi hundido, ardiendo. También han tocado la tubería de suministro de petróleo del arsenal. Un espeso humo negro se expande. En la Algameca, los depósitos de combustible se han incendiado[10].
El cabo Daniel Díaz Roldan está al frente de un equipo eléctrico del Libertad. Por su puesto sabe que, si fuera preciso, todo está preparado para salir.
A las once y veinte el Libertad avisa al Cervantes que ha recibido un mensaje de radio en el que se concede un plazo de 15 minutos a la flota para que salga de la rada, amenazando con abrir fuego contra ellos por medio de las baterías de costa. Piden voluntarios para formar una columna de desembarco. Se presenta casi toda la dotación[11]. Preparan 10 hombres armados por destructor y 40 por crucero. La intención es reconquistar las calles y las baterías de costa que han caído en manos de los sublevados y amenazan la flota[12].
A las 11.35 hay contraorden. No obstante, el alférez de navío Álvaro Calderón, comandante del Sánchez Barcáiztegui, casi hundido durante el bombardeo, salta a tierra desde el arsenal con su dotación. La escapada crea una situación tensa en el arsenal, tomado por los sublevados, pero les dejan marchar[13]. Llegan al punto de amarre del destructor Ulloa, en el puerto. Álvaro Calderón sube a bordo con sus hombres. Allí, el capitán de corbeta José García Barreiro, jefe de la flotilla de destructores, le hace entrega del mando de este destructor ya que su comandante, Ignacio Figueras Alonso, ha caído en manos de los sublevados[14].
En el Libertad, un grupo, entre los que están el auxiliar alumno de Artillería, telemetrista, Juan Ponte Paseiro y el auxiliar alumno de Artillería, comandante habilitado, Eugenio Porta Rico, calificado por muchos como el mejor director de tiro de la flota, discuten sobre lo que pueden hacer. Algunos piensan en abrir fuego con la artillería contra los focos rebeldes. Porta hace ver que no es fácil. Los sublevados están en el centro de Cartagena, con lo cual habría que destruir media ciudad y matar a mucha población civil sin que estuviera garantizado hacer algo práctico[15].
Francisco Díaz Bueno, auxiliar alumno electricista del Miguel de Cervantes, está en su puesto, en la popa del crucero, al aire libre. En estos momentos es el buque insignia, ya que en él enarbola su insignia el almirante de la flota. Se trata de un crucero de 176 metros de eslora, gemelo del Libertad. Está atracado de popa al muelle. Enfrente, sobre la balconada blanca de la Muralla del Mar, rodeado por un jardín de palmeras y magnolios, está la Capitanía de la Base.
Suena la alarma anunciando un nuevo bombardeo. Hay mucha confusión en esos momentos. Al pie de la plancha a tierra se presentan el capitán de navío Antonio Ruiz González, último jefe de la Base Naval de Cartagena, José Semitiel, socialista y jefe de los servicios civiles de la Base, el teniente coronel Francisco Galán que ha sido jefe de la Base Naval durante unas horas y venía a impedir la salida de la flota, Norberto Morell[16], jefe del arsenal, ahora en manos de los sublevados, el teniente de navío Vicente Ramírez, jefe del Estado Mayor mixto de la Base de Cartagena y su secretario Adonis Rodríguez González, mayor de Artillería y capitán de Aviación.
Les acompañan personal de la Base y personal civil como el concejal y representante del Frente Popular Alejandro del Castillo Roda y un grupo que llega en coche, formado por Antonio Martínez Rodríguez, miembro del comité local del psoe, Vicente Noguera, alcalde en funciones de Cartagena[17] y el socialista Isidoro Rosa Sanjosé, ayudante de Semitiel.
Empiezan a llegar hombres, mujeres y algunos niños para escapar de la ciudad. Vienen con maletas y bultos, jadeantes y asustados. Allí está un relojero llamado Arcos, un dentista apellidado Arjona, un policía, Rafael Blasco. Suben igualmente por la plancha a tierra Doménech, albañil, y Francisco Sapena, de la cnt. También parten dos hermanos guardias de asalto, Zacarías y Mariano Gontan Romero y un capitán de Artillería del Ejército de Tierra, Amadeo Retiro. Embarcan varios carabineros, como Fernando González Martín, cuya mujer ha sido fusilada por los franquistas hace un mes. Uno de los últimos que suben es el médico Isidro Pérez San José. Es muy grueso y debe subir de costado por la frágil plancha. Le acompañan su mujer, Manuela Max y el hijo de ambos, Miguel, de siete años. Un oficial de carabineros, del que se ignora el nombre, gravemente herido en el bombardeo de la mañana, es atendido en el barco. Morirá a bordo. Suben otros heridos, como el periodista valenciano Salvador Martínez Dasí. Desde embarcaciones que se acercan al buque trepan, por escaleras de mano que les lanzan los marineros, varios militantes cenetistas, Paco Gost, Pedro Nieto, Egea, José Hernández, los Poveda, que eran un padre y sus dos hijos y Juan Alcaraz Saura, de 17 años. Y así van embarcando hasta 300 ó 350 personas[18]. Del arsenal huyen algunos, cogen botes y suben a los barcos más cercanos. Las dotaciones de las naves auxiliares lo hacen en los buques contiguos. En el Libertad embarcan exactamente 112 marinos, entre otros, la dotación del guardacostas V-25 con su comandante, el auxiliar primero naval Tomás Díaz Díaz, al frente.
Los timbres suenan con rabia «babor y estribor, de guardia». Todos se dirigen a los puestos que les corresponden en los momentos que preceden a la salida del puerto. Los barcos están a punto de zarpar.
La emisora de la flota, en la barriada de Los Dolores, tomada por los sublevados, llama pidiendo ayuda a Burgos, donde está el cuartel general de Franco. Más de 2000 presos fascistas han sido liberados durante la noche[19]. El arsenal, Capitanía, el Regimiento de Infantería de Marina y el Parque de Artillería están en manos de los sublevados. Los tanques de petróleo están ardiendo. Hay nuevas alarmas de ataques aéreos. Las baterías de costa amenazan con hundir la flota. Toda suerte de rumores y temores corren entre las dotaciones. Es tal la confusión que muchos creen que las tropas de Franco ya están a las puertas de la ciudad[20]. La situación es percibida como insostenible. A las 12.30h del domingo 5 de marzo de 1939 la flota suelta amarras.
Los ocho destructores, que estaban atracados en el puerto, van saliendo: el Almirante Valdés, el Lepanto, el Almirante Gravina, el Almirante Antequera, el Almirante Miranda, el Escaño, el Jorge Juan y el Ulloa. Después, el crucero Méndez Núñez. Salen también dos lanchas antisubmarinas cuyos tripulantes serán recogidos en alta mar por el Libertad.
Ahora debe salir el Libertad. Por una inoportuna casualidad, una de sus anclas se enreda con la de un barco que hay a babor. Tienen que cortar la cadena con un soplete y en Cartagena se queda el ancla del Libertad[21]. Mal presagio.
El submarino C-4 está en la base de submarinos en el interior del arsenal, en manos de los sublevados. El comisario político, Manuel Marcote, consigue subir a bordo. Pero su comandante, el capitán de navío Eugenio Calderón Martínez, no aparece. Cuando la nave capitana da la orden de partir, el submarino se dispone a salir junto con la flota. Entonces, aparece en el muelle el comandante. Ha sido detenido[22] por los sublevados pero ha conseguido escapar a tiempo. El C-4, inmediatamente, hace maniobra para atracar. Pero la operación, en situación tan tensa y confusa, es complicada y el C-4 choca ligeramente con la proa en el muelle. Eugenio Calderón salta a bordo y el submarino sigue a la flota aunque un poco «averiado de proa[23]».
El otro submarino que queda en Cartagena, el C-2, no puede salir del arsenal por supuesta avería. La noche del 5 al 6 radiará a la flota un aviso alarmante: Cartagena está en poder de los franquistas. El día 6 por la tarde, sale del arsenal y del puerto llevándose «la plana mayor de la subversión que dirigía Pallarés»[24]. Su destino es confuso. A bordo va el teniente coronel de Artillería de la Armada Luis Monreal Pilón y la dotación del submarino, retenida por los sublevados. Querían, al parecer, seguir la ruta de la flota. Pero, a punta de pistola del teniente coronel de Artillería de la Armada, Lorenzo Pallarés, que se había hecho con la jefatura de los sublevados en el arsenal, son obligados a dirigirse a Palma de Mallorca[25].
Desde bien temprano Josefina Valverde está asomada a la galería de su casa, en el paseo de Santa Lucía, mirando el humo cada vez más negro de las chimeneas de los barcos. De madrugada han venido dos marinos a buscar a su marido, el auxiliar alumno de Artillería Alfredo Martí Vallés, apuntador vertical en la torre directora del destructor Almirante Valdés. Le han asegurado que no partían, pero al ver el humo, oír los tiros, respirar el ambiente, ella ha preparado unos bultos y la comida para su hijo Alfredo, de dos años. Ella, allí, no se queda. Y de pronto ve los barcos enfilar la bocana del puerto. Baja corriendo a la calle, con su hijo en brazos y arrastrando el paquete con la comida, pero las piernas se le ponen a temblar y no puede dar un paso más. Paralizada, se sienta en una piedra grande, con la mirada fija en el puerto, su hijo a un lado y el paquete tirado de mala manera. De allí no se pudo levantar hasta varias horas después[26].
Por fin, el teniente de navío Diego Marón, comandante de la capitana, el Miguel de Cervantes, sube al puente. El auxiliar alumno de electricidad Francisco Díaz Bueno desconecta los hilos telefónicos que les comunican con tierra. Se oyen las cadenas de las anclas chirriar. Sólo les unen a tierra firme las gruesas estachas enganchadas en sus norays de hierro en el muelle y la plancha a tierra. Llega la orden de retirarla y de soltar los cabos. Los repetidores puente-máquina dejan oír los timbrazos agudos «¡avante despacio!».
Según algunos, la salida estaba pactada pero las dotaciones no entran en el cenáculo de esos posibles pactos, acuerdos o traiciones. José Fernández Navarro recordará siempre la salida del puerto tensa, eterna y amarga, apuntando a las baterías de costa y bajo su amenaza[27]. Al rebasar el muelle de la Curra y luego la bocana del puerto, Francisco Díaz tiene ganas de llorar y de repente se siente más viejo. Manuel Pedreiro quiere pensar que la salida es temporal, que volverán en cuanto Cartagena sea recuperada a los fascistas; en realidad esa salida se le queda atragantada y durante 60 años jamás hablará de ella. David Gasca, el comandante del Almirante Miran-da, está convencido del retorno. La víspera se ha despedido de su madre y su hermana con «la frase habitual: hasta mañana si Dios quiere»[28]. Daniel Díaz, de pronto y por primera vez, se da cuenta de que lo está perdiendo todo, la guerra, la patria, la familia.
Una gran nube negra cubre el arsenal y una polvareda blanca sube por encima de Cartagena, resuenan tiros, el tableteo de las ametralladoras y explosiones que dentro de la confusa situación nadie sabe a qué achacar[29].
Se alejan. El Miguel de Cervantes, el buque insignia, da órdenes de seguir sus aguas. A las 13.40h, ya en franquía, nuevas instrucciones: «Rumbo 180º. Formación n.º 9, 20 nudos...[30]».
LOS QUE NO SALIERON
A estos marinos que marchan con la flota, sin saber hacia dónde, el azar o la suerte les permite salvar al menos la vida.
Otros no pueden salir. Ese día no están embarcados, están heridos, nadie les avisa o, sabiendo la guerra perdida, se quedan en tierra porque no se sienten culpables de nada. Eran marinos de guerra y han hecho la guerra. Nada más. No han cometido ninguna fechoría, ningún crimen. Han hecho su trabajo y bien hecho. Algunos, ingenuamente, hasta se presentan ante las autoridades, seguros de su inocencia. Lo pagarán, en el mejor de los casos, con años de cárcel y una vida destrozada.
Este es el caso del oficial de cifra José Jorro Mayans. Ha estado durante los últimos meses de la guerra en el Gabinete de Cifra de Indalecio Prieto en Valencia. Cuando todos son evacuados, él se queda. «Era un romántico», dice su hija. No ha cometido ningún delito de sangre. No ha hecho más que su deber como marino. No teme la justicia de los vencidos. Cuando Valencia es ocupada, se presenta a las autoridades militares. Es encerrado en la plaza de toros. Allí son amontonados miles de republicanos, «tratados como animales, insultados, vejados[31]». En un descuido, durante un traslado desde la plaza de toros, consigue escapar. En este mundo inhóspito e inseguro, busca refugio en Altea, donde ha nacido. Probablemente denunciado, es de nuevo arrestado y encerrado en el penal militar de Cartagena. «De todas las cárceles donde estuvo, ésta es la de peor recuerdo[32]». En Cartagena es juzgado y condenado a muerte. Por presiones de sus dos hermanos, uno falangista y otro militar[33], la condena es conmutada por pena de 30 años y un día de cárcel. Durante los siete años de cárcel que cumplió estuvo en el destacamento de penados de Huesca, en el Puerto de Santa María y en la colonia penitenciara de El Dueso.
En Cartagena, también algunos se quedan en tierra y se presentan voluntarios a las autoridades. Es el caso de un hombre que llevaba 21 años, 9 meses y 34 días al servicio de la Marina de Guerra, Luis Fernández Marín. Había ingresado en la Marina como aprendiz en 1914. A base de estudios y tesón era auxiliar primero de Artillería, con graduación de alférez de fragata en julio de 1936. Le había sido concedida la Medalla Militar de Marruecos, la cruz de plata del Mérito naval con distintivo rojo por tres veces y Alfonso XIII en persona le había otorgado la medalla de la Paz de Marruecos. Durante la guerra asistió a los cursos de la Escuela Naval Popular de Cartagena y, habiendo aprobado los exámenes correspondientes, había sido ascendido a alférez y después a teniente de navío. El cinco de marzo de 1939 se queda en Cartagena voluntariamente y se presenta a las autoridades franquistas porque no se siente culpable de ningún delito. En consejo de guerra, celebrado el 10 de octubre de 1939, es condenado a la pena de seis años y un día de prisión. Se defiende como lo hacen muchos, dirigiéndose a los miembros del tribunal que habían sido profesores suyos, les dice: «Yo, como buen alumno y militar obedecí en el acto a mi capitán. Ahora me condenan porque puse en práctica sus enseñanzas, con respeto y profesionalidad[34]».
Vicente Palacio García de Valdivia es el segundo comandante del destructor Lazaga. Ha quedado gravemente herido en el bombardeo del cinco de marzo en Cartagena. Es capitán de la Marina Mercante, habilitado como capitán de corbeta de la Reserva Naval para contribuir al esfuerzo de guerra con la Armada republicana. Apresado, sufre juicio y es condenado a años de cárcel. Además le recae la pena accesoria de impedimento para ejercer su profesión de marino mercante.
Otros, aunque quedan en tierra y, por precaución, porque ya saben de las ejecuciones masivas de marinos republicanos en El Ferrol y en San Fernando en 1936[35], se «camuflan» en pueblecitos de la comarca de Cartagena y nadie les denuncia: el auxiliar alumno naval Adolfo Vivancos Albadalejo en Alumbres, el auxiliar alumno radiotelegrafista Augusto Alcoba en Cuesta Blanca…
Algunos acudirán a Alicante y esperarán en el puerto los barcos que nunca llegaron. Viven la espeluznante tragedia del puerto de Alicante. Cuando entran las tropas italianas son llevados a un campo de concentración improvisado en las faldas de la Serra Grossa, el «campo de los almendros» de Max Aub. Después, son encerrados en la plaza de toros de Alicante, en la cárcel, en el castillo de Santa Bárbara, en cines, en los cuarteles, en el campo de concentración de Albatera. Alicante entera es un penal. El auxiliar alumno de artillería Antonio José García está entre los que han sido llevados a la plaza de toros.
De vez en cuando llegan falangistas de Cartagena, buscando marinos o gente conocida. Tiene suerte. Nadie lo reconoce. Consigue pasar desapercibido. En un traslado, escapa. Alguien le ayuda, le esconde. Más tarde pasará a Francia clandestinamente. Terminará su particular odisea en Canadá.

1. Antonio José García en 1931 cuando era marinero especialista de Artillería.
Alfonso Roca Cayuela es auxiliar alumno de máquinas. Hace 14 años que está en la Marina. Ha servido a la monarquía y a la República. Ha sido condecorado con la cruz de plata del Mérito naval por el rey Alfonso XIII. Ha dado la vuelta al mundo. Es inquieto, habla árabe, italiano y francés. Tiene 40 años, mujer y cuatro hijos: no se plantea marchar. La guerra ha terminado. Por precaución se aleja de Cartagena y se va a la casa de los abuelos, en Morata, cerca de Lorca. Pero allí le alcanza la delación y la mano larga de la represión que enseguida se ha puesto en marcha.
Apenas terminada la ocupación de Cartagena, el 31 de marzo, se desencadena «una terrible represión cuya crueldad, duración e intensidad resulta […] difícil de concebir»[36]. Hay algunos atropellos descontrolados, cometidos por falangistas. Pero la represión pasa casi inmediatamente por las autoridades oficiales, administrativas y legislativas, perfectamente organizados y rodados desde el principio de la sublevación en 1936. Recordemos que, en el puerto de El Ferrol, los marinos defendieron la República a partir del 20 de julio de 1936 hasta la desesperación. El primer marino de los más de 170 ejecutados, lo fue el 30 de julio. Apenas 6 días después de la sublevación. Era Pedro López Amor, segundo maquinista del acorazado España[37]. En San Fernando, Cádiz, se sucedieron atropellos y ejecuciones arbitrarias[38]. Los capitanes de corbeta Virgilio Pérez Pérez y Francisco Javier Biondi Onrubia, el comandante de intendencia Antonio García Moles, el comandante de Infantería de Marina Manuel Sancha González y el capitán de Infantería de Marina Enrique Paz Pinacho fueron ejecutados sin que se haya encontrado ninguna actuación judicial[39].
En Cartagena la represión es sistemática y brutal. Rápidamente se ponen en pie tres juzgados militares permanentes, además de los civiles. Las autoridades de Marina implantan un Consejo de Guerra Permanente y hasta 57 juzgados de instrucción. Todos estos juzgados empiezan a trabajar con prontitud.
El contralmirante Camilo Molins Carreras es procesado apenas dos semanas después de la ocupación de la ciudad.

2. El contralmirante Camilo Molins Carreras.
Camilo Molins era segundo jefe de la Base de Cartagena y jefe del arsenal en julio de 1936. Por su falta de decisión en el momento de la sublevación militar se convirtió en sospechoso para el Gobierno republicano. No obstante, como su actitud había sido más bien ambigua, simplemente pasó a la reserva[40]. Se siente tan seguro con la llegada de los franquistas que aconseja al auxiliar alumno de Artillería Alfredo Martí, cuya familia conoce bien, que se quede en Cartagena porque «miraría por él»[41]. Sin embargo, y probablemente con gran sorpresa para él, fue el primer juzgado por los franquistas. Condenado a muerte, será fusilado el 23 de julio de 1939.
La delación es uno de los instrumentos utilizados por la represión franquista para sembrar el terror. Los anuncios y avisos sobre la obligatoriedad de denunciar, bajo amenaza de «sanciones de máximo rigor», se multiplican.
El Servicio de Información de Marina publica en el periódico Cartagena Nueva, un aviso informando de que «toda persona que sepa o tenga noticias de crímenes, robos y atropellos habidos durante el dominio rojo [sic], y realizado por personal de Marina, se pasará por las oficinas de Marina, Villamartín, núm. 2 y haciéndolo así cooperará a la labor de justicia y depuración necesarias»[42].
La avalancha de denuncias anónimas es tal que el Servicio de Información e Investigación de Falange hace pública una nota en la que pide que las denuncias o acusaciones vayan al menos con una firma que garantice las acusaciones…
Las delaciones son a menudo más el resultado del revanchismo que de una realidad. Se llega a acusaciones delirantes como la que inculpa al fogonero Francisco Hernández Martínez, detenido en Santa Lucía con su mujer, María García Carnet por comerse en una ensalada condimentada por la mujer ¡los sesos de un marinero desertor![43].

3. Brígido Bravo cuando fue nombrado cabo de Artillería en 1932.
Brígido Bravo Caballero no puede salir con la escuadra. Está en el hospital de Marina, seriamente herido en uno de los bombardeos de los primeros días de marzo.
Allí le viene a buscar la justicia militar. Es auxiliar alumno de Artillería, apuntador en el montaje dos del crucero Libertad. Es un buen apuntador. En ese puesto hay otro compañero, Pedro Fernández Montero que, en cambio, logra salir de Cartagena. Brígido ha sido simple y llanamente un buen profesional, consciente y concienciado. Se le incoan dos juicios: ser de Artillería y del crucero Libertad es de por sí un delito. Escapa a la pena de muerte, avalado y amparado por un hermano militar falangista que acude desde Valladolid para salvarle la vida y sacarle de la cárcel. Sin embargo, durante toda su vida, e incluso la de sus hijos, le acosará la persecución franquista, denegando una y otra vez certificados indispensables para trabajar, tomar posesión de una plaza de oposición ganada, estudiar, vivir[44]…
El 6 de abril Alfonso Roca ha salido temprano con su hijo mayor, Alfonso, a echar un vistazo a un campo de pésoles[45] que tiene detrás de la loma. Cuando el sol empieza a apretar vuelven para almorzar. Es una mañana clara de primavera. De lejos distingue los uniformes de la guardia civil delante de su casa. Lo están esperando. Alguien lo ha denunciado. No hacen falta muchas palabras. Queda arrestado. Los hijos lo ven marchar, sin comprender lo que ocurre. Su mujer, Juana, no lo volverá a ver vivo, ni siquiera muerto.
Alfonso Roca es juzgado y acusado del delito de adhesión a la rebelión.

4. Alfonso Roca Cayuela en 1924, cuando ingresó en la Marina.
El oficial primero de Torpedos, Marcelino Solana Crevillén también se ha quedado en Cartagena. Está casado y tiene cinco hijos. Durante la guerra ha sido un buen torpedista, apreciado por todos, leal al Gobierno legítimo. Los últimos meses fue director de Tiro de Torpedos en el heroico destructor José Luis Díez.
Cuando los franquistas entran en Cartagena, no se esconde. No ha hecho nada más que su deber como marino, ha sido un buen profesional, apolítico, no tiene «las manos manchadas de sangre», no teme a la justicia. Se presenta diariamente en Capitanía a las autoridades como se debe hacer cuando no se tiene aún destino hasta que un día no vuelve a casa. Lo encierran en el penal y en septiembre pasa ante un Consejo de Guerra. Es condenado a la pena de muerte por adhesión a la rebelión[46].

5. El oficial primero de torpedos Marcelino Solana Crevillén.
Es la fórmula cuanto menos asombrosa que han pergeñado los franquistas para acusar a los que se han mantenido fieles al Gobierno republicano democráticamente elegido. Por este motivo es condenado a muerte. En estos juicios sumarísimos la defensa es casi siempre confiada a los mismos militares. No son abogados pero cuentan invariablemente con algún miembro de su familia represaliado por los republicanos. No suelen tratar con sus defendidos y tampoco conocen su dossier[47]. A veces, el detalle más absurdo puede aumentar o disminuir la condena: el marinero Tomás Rubio Martínez, encausado por el mismo motivo con otros dos compañeros en 1945, es condenado a muerte, únicamente él, porque consideraron un agravante que sus padres estuvieran exiliados[48]…
Alfonso Roca es encerrado en el penal del arsenal. La cárcel ha quedado demasiado pequeña para tanto preso como hay. Es tal la cantidad de detenidos en el penal que las mujeres que se acercan allí para saber de sus hombres, hijos, parientes o para entregarles ropa, llegan a obstruir la vía pública y hay que dictar normas para que no se vuelva a producir tal situación.
En el penal empieza para Alfonso y otros muchos que pasan por allí, un periodo más o menos largo de hacinamiento, hambre, palizas, vejaciones y torturas.
Para comer, vainas de legumbres y, los días faustos, rábanos hervidos. «La Nochebuena de 1939, en el penal militar de Cartagena dieron por único alimento peladuras de naranjas»[49]. Hay muertes por inanición.
Las torturas para recabar más denuncias y las palizas son continuas. A algunos condenados los tienen que llevar en sillas ante el pelotón de ejecución[50]. Alfonso Roca, a consecuencia de las palizas, orina sangre y sufre dolores insoportables. El marino y practicante, Antonio Martínez Barahona, le da, a escondidas, unas pastillas que le alivian el dolor.
Por las noches abren y cierran las ventanillas de las celdas, dando a entender que allí está el que será ejecutado al día siguiente. A veces es verdad, otras no[51]. El día en que hay ejecución, de madrugada, golpean en todas las celdas. Los presos pasan las noches en vilo, sin saber si ésa es la última o no. «Todas las noches el ritual de las celdas abiertas y cerradas para meterles el miedo en el cuerpo para el resto de sus vidas, las listas leídas parsimoniosamente, las despedidas desgarradoras… era morir poco a poco todas las noches[52]». Todas esas maniobras son verdaderas torturas psicológicas. Algunos no soportan las palizas, las torturas y el terror y optan por el suicidio[53]. Agustín se tira por un balcón aprovechando un traslado. Tiene la desgracia de no matarse y es llevado en camilla, moribundo, con las piernas quebradas, a fusilar. Su mujer, desesperada, le hace llegar un almohadón pequeñito para que pueda reposar la cabeza en el momento de morir[54].
Manuel Díaz Martínez ha sido el barbero en el arsenal y ahora lo han mandado al penal.
Es de los pocos que puede entrar allí y tener trato directo con los presos. Conoce a casi todos. De capitán a paje, todos han pasado por sus manos. Muchos son amigos. Es un hombre profundamente bueno y modestamente valiente. En un pequeño maletín de cuero de unos cuarenta centímetros lleva su instrumental. En ese maletín, a pesar del terror que siente, saca del penal cartas, notas, algún recuerdo. Trae de fuera recados, promesas, alientos. En ese pequeño maletín saca dos cartas de Alfonso Roca y las entrega a su familia. En éstas, Alfonso se despide de su mujer y de sus hijos. Les da unos últimos consejos para seguir con rectitud la vida que a él le truncan.

6. Manuel Díaz Martínez, barbero en el Penal de Cartagena.
Con la misma celeridad con la que se realizan los juicios sumarísimos, se llevan a cabo las sentencias de muerte. La primera se ejecuta el 29 de abril, justo un mes después de la ocupación de Cartagena. Es fusilado el comandante de máquinas Benito Sacaluga Rodríguez[55], junto al auxiliar alumno de máquinas Juan Escobar Rodríguez, de Mazarrón. Benito Sacaluga está casado y tiene 9 hijos. Ha sido director de la Escuela Naval de Cartagena. Es condenado a tres penas de muerte.
Son los dos primeros marinos de una larga lista que termina el 13 de enero de 1945 con un joven marinero de 19 años, Tomás Rubio Martínez y el buzo Alfonso Martínez Peña. Cierran un siniestro rosario de más de 140 ejecuciones. Así, durante casi 6 años resonaron de madrugada en la calle Real, la que recorre la muralla del arsenal de Cartagena, domingos incluidos, la andanada del pelotón de ejecución y luego, uno a uno, los tiros de gracia.

7. El comandante de máquinas Benito Sacaluga en 1928. Foto hecha con ocasión del viaje que realizó a Washington para recoger el submarino Peral.
El 29 de mayo, a las seis en punto de la madrugada, fusilan a José Balboa López, hermano menor de Benjamín Balboa[56].
En el juicio sumarísimo es condenado a varias penas de muerte. Media hora antes de morir escribe a su madre y hermanas: «No llore, no tenga pena, que ya nos abrazaremos eternamente»[57]. Su cuerpo es enterrado en una fosa común, la parcela X.
Al principio, las ejecuciones se realizan en el muelle del Carbón del arsenal, con toda una siniestra parafernalia: asisten la guarnición de Infantería de Marina, los obreros de la Maestranza y una representación de los cuerpos de la Armada. Después, ante los cadáveres, al grito de «¡arriba España! ¡viva Franco!» desfila la tropa. A partir de junio las ejecuciones se realizan en el campo de deportes del arsenal.
En este campo, junto a la muralla, contiguo al barrio de la Concepción fusilan en la madrugada del 6 de julio al oficial primero naval Pedro Adrover Gómez.

8. El oficial primero naval Pedro Adrover Gómez.
Desde su casa, muy cerca, Josefa Ruiz Cayuela oye la andanada que acaba con la vida de su marido. Pedro llega al paredón destrozado por las torturas[58]. Cuando la escuadra marchó el 5 de marzo él se quedó en Cartagena: tiene 42 años y una familia con cuatro hijos. ¿Por qué irse? No ha cometido ningún delito. Ha pertenecido a la Masonería, pero no piensa que eso pueda ser una fechoría. Todavía, el 30 de marzo, con las tropas franquistas a las puertas de Cartagena, un compañero llamado Castillo le viene a buscar para que marche con él en el Campilo. Pero Pedro sigue negándose a partir: no ha participado en ningún atropello, no tiene «las manos manchadas de sangre». Está tranquilo. Pero poco después de entrar los franquistas en Cartagena lo arrestan, lo juzgan y le condenan a muerte. El motivo, «ser portador de órdenes», como era su obligación por ser el ayudante mayor del arsenal y «ser de antecedentes marxistas y pertenecer a la masonería»[59]. Para él, durante toda la guerra no había hecho más que su deber como marino profesional. «Jamás, jamás pensó que le podía ocurrir una cosa así», recuerda su nieto[60]. Lo ejecutan junto a otro compañero, el auxiliar segundo naval Félix Guerrero Díaz.
La madrugada del 31 de julio vienen a buscar a Alfonso Roca para ejecutar la sentencia. Le acompañan ante el pelotón otros dos marinos, José Chico Cánovas y el fogonero Elías Marché Senac. Los «reos son pasados por las armas[61]» a las seis de la madrugada. El teniente de sanidad de la Armada, Román Piña Fuster, «observa cuánto acerca del particular está prevenido», complicada y casi esotérica fórmula para indicar que han fallecido. En el certificado de defunción se dice simplemente que Alfonso Roca ha fallecido por «heridas de armas de fuego». último detalle absurdo en esta cadena de sinsentidos.
Esa madrugada también es fusilado Diego Baeza Soto, comandante de Infantería de Marina, juez permanente en el arsenal de Cartagena en julio de 1936. Después, se había hecho cargo del cuartel de Infantería de Marina de Cartagena.
Durante los primeros meses los cuerpos de los ejecutados ni siquiera son entregados a las familias. Son echados a unas fosas, unos encima de otros y cubiertos con cal viva entre ejecución y ejecución. Es la parcela X[62]. Así aparece en el certificado de enterramiento del libro de registros del cementerio del Nuestra Señora de los Remedios de Cartagena de Alfonso Roca. Esta parcela estaba a la derecha, a unos 20 ó 30 metros antes del osario. Alfonso es colocado en la segunda fila de la fosa siete. Dos días después del fusilamiento, el dos de agosto, su cuñado acude al penal con ropa limpia. En la puerta le dicen que ya no hace falta, que lo fusilaron. Sin palabras, aterrorizado, se da media vuelta y regresa a Morata, bajo un sol de justicia, a dar la noticia.
A partir de julio, alguna familia se atreve a reclamar los cuerpos pasados por las armas. Pero son pocas. Muchas no sabrán nunca dónde quedaron enterrados sus hijos, sus padres, sus maridos. Hay que recordar que la «pedagogía del miedo»[63] de la dictadura se infiltra hasta en lo más recóndito. No se puede llevar luto por un represaliado. Se le niega el saludo a la mujer de un republicano[64]. Prácticamente todos los funcionarios de Cartagena son depurados, y sufren sanciones económicas mientras se aclara o no su implicación real con la República. Según fuentes de Falange, en octubre de 1939 hay 20 000 presos en la provincia de Murcia. En Cartagena se calcula que uno de cada siete habitantes está encarcelado. Es decir, todas las familias tuvieron a alguien preso[65].
Un ejemplo absurdo pero indicativo de la fiebre inquisidora y destructora del franquismo: todas las fotos y sus negativos de uno de los fotógrafos de más solera de Cartagena son requisadas[66]. Jamás serán devueltas. No sólo se extermina físicamente al enemigo ideológico sino que también se borra hasta su imagen.
De algunos, sabemos que fueron fusilados porque así consta en el sumario del consejo de guerra, pero no porque fueran inscritos en el Registro Civil. Este es el caso del buzo de primera Cayetano Ros Girona cuya muerte no consta en el Registro Civil[67]. Lo mismo ocurre con el marinero Serafín Navarro Oliver[68], el auxiliar alumno de máquinas Alfonso Roca Cayuela, el fogonero Bautista Rubio[69] y el marinero Agustín Vergara Ors[70], fusilado con 24 años. Es decir que podemos pensar que no todos los fallecimientos fueron notificados en el Registro Civil.
En noviembre, el día 4, fusilan a Sebastián Porlán Perelló, cabo apuntador en el destructor Lepanto. El cuerpo, en este caso, es entregado a la familia.
El 6 de noviembre, de madrugada, llevan a Marcelino Solana Crevillén, junto con otros 6 compañeros al paredón. Son los marineros Antonio Sánchez Ramírez, Epifanio Pérez Alcaraz, Benito Pedraja Bustio, el operario de la Maestranza Félix Alcaraz Martínez y el capitán de Infantería de Marina, Ceferino Ferro López. La última noche, Marcelino la pasa escribiendo cartas a su familia. Más tarde, les llegarán por medio del capellán. Cuando caen los cuerpos acribillados los cargan en una camioneta y los llevan al cementerio de Nuestra Señora de los Remedios. Allí, tirados en el suelo, en espera de ser enterrados, los ve un amigo de Marcelino. Él es quien va hasta el barrio de la Concepción para dar la mala noticia a la familia, que no sabía nada. El padre, viudo reciente, enloquece. Ya ha perdido un hijo de 20 años, aviador, en un combate. Otro hijo, también marino, está preso, condenado a muerte. Marcelino Solana tenía 36 años y la mayor de sus 5 hijos, Josefina, cumpliría al día siguiente de su ejecución 12 años.

9. Sebastián Porlán Perello en 1936.
Francisco Legaz Vivancos, auxiliar alumno electricista, es fusilado el 23 de diciembre de 1939. Tiene 32 años, está casado. Ha estado embarcado en el destructor José Luis Díez.

10. Francisco Legaz Vivancos cuando era cabo de electricidad y torpedos.
Lo apresan el 29 de marzo de 1939. Durante cuatro meses lo tienen en el Detall[71] hasta que ingresa en la prisión militar de Marina. La causa por la que le condenan a muerte es el número 843/39. El día de Nochebuena su padre va al penal a llevarle la muda limpia y, al entregarla en la puerta, le dicen que ya no le hace falta, que lo fusilaron la víspera. Dolor, miedo, impotencia, se traga las lágrimas y la rabia. Calla y vuelve a Las Palas, cerca de Fuente Álamo, donde le espera la familia. Sobre todo le espera la madre: ya ha perdido un hijo, Carlos, en el frente del Ebro y no sabe dónde está enterrado. En cuanto a Francisco yace ya en la fila 1 de la fosa 6 de la parcela X. Pero su familia lo ignora. Su madre morirá sin saber dónde están enterrados sus dos hijos[72].
En febrero de 1940 cae ante el pelotón el auxiliar alumno de Artillería Camilo Campillo López.

11. El auxiliar alumno de Artillería Camilo Campillo López en 1936.
Era de la promoción de 1929 de la Escuela de Aprendices Marineros de la Armada en Marín. Había estudiado en la Escuela de Artillería del Polígono de Tiro Naval «Janer». Estaba embarcado en el destructor Lepanto como cabo de marinería en julio de 1936. Tiene 27 años en el momento de morir.
El 11 de enero de 1944 es ejecutado ante el pelotón el auxiliar alumno radiotelegrafista José Escudero García. Tiene 30 años. Su mujer y su hijo lo esperan en Menorca.

12. El auxiliar alumno telegrafista José Escudero García.
No sólo fusilan marinos en Cartagena, por supuesto. El auxiliar alumno naval Sebastián Juanico Dalmedo, compañero muy querido y admirado por todos, es fusilado en Mallorca el 29 de marzo de 1939 con 29 años.
Había sido el número 1 de la promoción de 1930 en la Escuela de Marineros Especialistas de Marín. Era cabo de maniobra en el Miguel de Cervantes en julio de 1936. Sin oficiales, él trazó la derrota del buque para llevarlo a Tánger. ¿Por qué no salió con la flota? No se sabe exactamente, sólo que va o es llevado a Mallorca donde es ejecutado.
En Menorca también ejecutan en La Mola durante el mes de abril de 1939, al menos, a siete marinos: Juan Arguimbau Monjo, José Bastida Sánchez, Antonio Juárez López, Ambrosio López Gaitán, Felipe Maldonado Vila, Manuel Pérez Salas, Francisco Quintana Arévalo[73].

13. El auxiliar alumno naval Sebastián Juanico Dalmau.
En Cartagena, siguen enterrando en la parcela X hasta marzo de 1940. El último es el operario de la secn[74] Melchor Vidal Gueriguel, ejecutado el 13 de marzo y enterrado en la fila 1 de la fosa 9. Allí quedan esos muertos, anónimos e inexistentes.
En el campo de deportes del arsenal de Cartagena siguen fusilando hasta el 13 de enero de 1945. Es decir, 6 años después de terminar la guerra siguen matando. Es una verdadera «aniquilación del derrotado»[75].
En torno a 1945, los restos de la fosa común llamada «parcela X» son desenterrados y sepultados en la parcela de «San Jerónimo n.º 65, terreno 1, sector b», bajo una lápida de mármol blanco con una inscripción cuanto menos sibilina: «Restos de los fallecidos por consecuencia de la última guerra. Años 1939 a 1945». Está a la derecha del cementerio. Hay que llegar hasta la última fila de tumbas, frente a los nichos. Luego, subir a la izquierda una callecita estrecha entre las tumbas y los nichos. A aproximadamente 100 metros, está la sepultura. Hay 51 cuerpos anónimamente sepultados, muchos son marinos[76].
Si el número de esqueletos no le dice a usted nada,
pienselo en corazones rotos[77].
BIZERTA, EN TÚNEZ
La Guerra Civil española había terminado. Los buques de la flota republicana dejamos atrás España. En nuestra última singladura y vencidos nos dirigimos a aguas de Argel y el 7 de marzo fondeamos en la rada de Bizerta[78] (Túnez), entregando los barcos a los marinos franceses para que fuesen devueltos a España en vez de hundirlos[79].
Esta flota que sale una mañana de Cartagena, con los cañones apuntando a las baterías de costa, va bajo el mando del almirante Miguel Buiza Fernández-Palacios.
Miguel Buiza ha tomado el mando de la flota dos meses antes, el 22 de enero, aunque ya había sido jefe de la flota durante la guerra y era conocido y apreciado por las dotaciones.
Cuando sale la flota, la decisión de expatriarse a Argelia no está tomada de antemano[80]. Durante la noche del 5 al 6, con la escuadra en alta mar, las dudas son muchas. Esa noche pocos tienen ganas de enganchar el coy, esa cama de lona con manta y colchoneta colgada entre dos barras, en los sollados. Esa noche casi todos los coys se quedan en la batayola, el redil donde se guardan. Esa noche, algunos marinos quieren volver a Cartagena, otros quieren pasar por Alicante, por Valencia para recoger a gente[81]. En algunos barcos, marinos renuentes a la salida, generalmente comunistas[82], son confinados en sus cabinas, por orden del capitán de fragata José Núñez Rodríguez[83]. Por radio, sobre las dos de la madrugada, conocen en los buques la constitución del Consejo Nacional de Defensa presidido por Casado. Sobre esa hora distinguen la ciudad de Argel iluminada. Es una sorpresa porque hace más de un año que no ven una ciudad iluminada de noche. A lo largo de las horas se siguen recibiendo comunicados confusos y contradictorios sobre la situación en Cartagena. A las cuatro de la madrugada reciben una transmisión del Ministerio de Defensa Nacional pidiendo el regreso a Cartagena por estar dominada la situación. Buiza manda cambio de rumbo y la flota se dirige a Cartagena. Nuevos comunicados hacen que Buiza vacile[84]. Se llega a un punto en que las reservas de petróleo que quedan permiten llegar hasta Cartagena o hasta la costa de Argelia. Si no pudieran entrar en el puerto por estar en manos de los franquistas, sin petróleo, la flota quedaría a merced del enemigo.
A las seis y media[85] abandonan definitivamente la ruta del regreso y se dirigen hacia Argel. El día 6 llegan a aguas de Argelia pero las autoridades francesas no les dejan desembarcar ni en Argel ni en Orán. No quieren comprometerse y los mandan hacia el protectorado francés de Túnez. En 1881 el bey de Túnez firmó con Francia el Tratado del Bardo que instituía un protectorado de Francia sobre Túnez. Es decir que había un «Résident Général français» que era quien gobernaba de facto el país, responsable de la cartera de Asuntos Exteriores, la defensa del territorio y las reformas de la Administración. Pero Túnez seguía teniendo un bey que era quien ostentaba el título de soberano. En resumidas cuentas, era Francia sin serlo del todo oficialmente.
El día 7 por la mañana avistan la base de Bizerta. Allí les esperan un crucero y tres destructores franceses.
Bizerta es una ciudad situada en el ángulo nordeste de Túnez, cerca de la antigua Cartago. Tiene un amplio canal que comunica el mar con un profundo lago de 100 km2 de superficie, rodeado de montañas. Dos muelles de 1 km cada uno forman un antepuerto. En la entrada del lago está la Base aeronaval y al otro extremo, a 15 km del mar, el arsenal marítimo, llamado Ferryville, en honor a Jules Ferry.

14. Situación de Bizerta.
La flota fondea primero en el antepuerto, la rada de SidiSalem. Un capitán de fragata francés sube a bordo del Miguel de Cervantes para informar al almirante y al comisario jefe de las condiciones que imponen las autoridades francesas para dejarle entrar. Son sencillas y duras: entrega y desarme total de los navíos. Inmediatamente se quitan los cerrojos de los cañones, inutilizándolos, y se trincan las direcciones de tiro. Los fusiles, las municiones, las ametralladoras se llevan a los pañoles que se cierran con llave, quedándose el mando francés con ellas. A las doce y cuarto el Miguel de Cervantes radia la última orden del jefe de la flota. A partir de ese momento lo harán las autoridades francesas que tienen el control del puente y de la telegrafía. Dan la orden de entregar las pistolas personales. Casi todas van a parar al fondo de la rada de Bizerta antes que ser entregadas[86]. Para algunos, como el auxiliar alumno de Artillería Juan Ponte Paseiro, este acto le hace ser consciente de que realmente empieza su exilio.
«Hubiésemos podido hundirlos, pero no eran nuestros, eran de España y por eso los dejamos a los franceses»[87]. Con ese orgullo, teñido de ingenuidad sin duda, viven muchos marinos la entrega de los barcos.
A las dos de la tarde, escoltados por dos torpederos franceses, les permiten cruzar el canal hasta el lago de Bizerta. Allí, uno a uno, sin arriar las banderas republicanas, van entrando los barcos.
El submarino C-4 llegaría el día siguiente.
Nuestra bandera republicana –rojo, amarillo y morado– ondea por última vez en los mástiles de nuestros buques[88].

15. El crucero Libertad en el canal de Bizerta.

16 El Miguel de Cervantes en Bizerta.

17. El Méndez Núñez en el Lago de Bizerta.

18. Destructores en Bizerta.
Suben marinos franceses a los barcos para entregar víveres y agua. Esa misma tarde y en los días siguientes se van cumplimentando los trámites sanitarios. Todos son fichados y vacunados.
Se les anuncia que irán a un campo de concentración a 10 km de Maknassy y a unos 60 km del puerto de Sfax, hacia el interior, a orillas del desierto. Los días pasan en los buques, lluviosos, nublados e inciertos. Buena parte de la tripulación se inicia en la carpintería haciendo maletas, que no tienen. El día 11 amanece mal tiempo pero comen por primera vez raciones de los marinos franceses y de pronto se dan cuenta del hambre que arrastran desde hace tres años[89].
El auxiliar alumno radio Cosme Carreira Chas, jefe de cifra de la flota y secretario del almirante Buiza, se adelanta para examinar el campamento e intentar organizarlo.
El día 12 establecen la primera tanda para marchar al campo. Para desembarcar a las tripulaciones, las autoridades francesas ponen un remolcador que se va arrimando a los diferentes buques. El desembarco es un momento duro en el que los marinos van a dejar lo que les queda aún de su patria, de su pasado, para dar un salto al vacío, hacia algo de lo que jamás han oído hablar, algo totalmente desconocido. ¿Cómo contar ese desgarro? ¿Cómo hablar del dolor? Para algunos, como Francisco Díaz, haciendo un recuento minucioso, lento y pormenorizado de lo último que hacen antes de dejar su barco donde está gran parte de su vida. Francisco cuenta que cuando el remolcador francés llega junto al Miguel de Cervantes, los marinos saltan y se acomodan. El oficial de guardia da la señal al remolcador que ya puede abrir. El hombre del bichero se afianza sobre el pincho y poco a poco el remolcador se separa del casco del crucero. Todos se vuelven hacia el Cervantes que se aleja. Hay un silencio tenso, contenido. En ese momento, el guardabanderas del Cervantes cambia la bandera en puerto por la grande de combate. último homenaje, último saludo a los compañeros. Sólo en ese momento Francisco Díaz Bueno comprende que han perdido la guerra y que atrás dejan definitivamente las ilusiones[90]. El último gesto del guarda-banderas constituye todo un símbolo de cómo ven su derrota, en el lenguaje que ellos conocen bien, el de las banderas. Enarbola la lucida enseña que se pone en un barco en el momento de la batalla, la que da fuerza y ánimo en los momentos duros y adversos.
José Fernández Navarro es el último que baja del Escaño porque ese día es el oficial de guardia. Entrega la pistola de oficial de guardia pero se queda, como recuerdo, con la gola, un collarín con un triángulo dorado delante, adornado con el ancla de la Armada y la corona mural de la República.
Seguramente, otros muchos, como hizo Manuel Pedreiro, conforme bajan de su buque con el corazón en un puño, conscientes de que es la última vez, rozan fugazmente, antes de salir, el pasamano del portalón[91]. Como cuando tocamos brevemente la madera del ataúd de alguien querido que despedimos para siempre.
Desembarco
En Bizerta desembarcan unas 4000 personas, entre ellos hay alrededor de 300 pasajeros, civiles, guardias de asalto o carabineros que vinieron en el Miguel de Cervantes[92]. También bajan de este buque 21 mujeres y 4 niños que quedan en el hospital de ancianos de Ksar-Saïd, La Manouba[93].
Los comisarios políticos que había en cada barco desembarcan, casi los primeros. El cargo de comisario había sido creado en diciembre de 1936[94] para sustituir a los comités de los barcos, formados en julio de 1936, cuando los mandos se sublevaron contra el Gobierno de la República. Al principio, eran tripulantes de los buques pero a lo largo de la contienda fueron sustituidos por civiles, generalmente socialistas y de la entera confianza del comisario general de la flota, Bruno Alonso. Es el caso de Pablo Toucet San Juan, tipógrafo, santanderino como Bruno Alonso y comisario del Libertad[95]; de Víctor Salvador Polanco, socialista de Santander y comisario del destructor Jorge Juan[96]; de Alejandro Rodríguez Seguí, abogado, periodista murciano y comisario del destructor Ulloa; de Ildefonso Torregrosa García, periodista valenciano y comisario del destructor Almirante Antequera[97]; de Manuel Palacios Rey, civil santanderino y comisario político del destructor Lazaga; de Martín Tevar Carpena, civil, nacido en Murcia y comisario del transporte Artea-Mendi; Bernardo Simó Cruanes, civil y comisario del destructor José Luis Díez, herido durante el último combate que tuvo este barco en Gibraltar, tres meses atrás[98]. En cambio, Manuel Marcote Toba, comisario del submarino C-4, es un veterano oficial de máquinas[99], Luis Molinuevo Mendieta, sin filiación política, es capitán maquinista y comisario del destructor Almirante Valdés, José Feal Galego, auxiliar alumno de máquinas, sin filiación política, es comisario del submarino C-2[100], Joaquín Martínez Hernández, segundo maquinista, comisario del destructor Sánchez Barcáiztegui[101].
El comisario general de la flota, Bruno Alonso[102] –don Bruno, como le llamaban todos– es un antiguo obrero metalúrgico, y diputado en la Cortes por el partido socialista durante las tres legislaturas de la II República.

19. El comisario de la Flota Bruno Alonso.
Los comisarios son desembarcados con toda suerte de precauciones, como si fueran los jefes de las checas más sanguinarias de España. Son registrados minuciosamente y luego mandados con el resto de la flota al campo de concentración.
El almirante de la flota, Miguel Buiza, decide desembarcar también y unir su suerte a la de las tripulaciones. Dice que «si moralmente debo quedarme en la capitana, materialmente debo irme con las dotaciones, cuya suerte se desconoce»[103]. Esta fidelidad y preocupación por sus hombres se traduce en admiración y respeto por parte de los marinos y por los que no lo son. Bruno Alonso considera que es un hombre pundonoroso[104], adjetivo algo anticuado y romántico pero que le define bien. Así, junto con los que desembarcan y en las mismas pésimas condiciones, va camino del campo de concentración el almirante jefe de la flota.
De todos los oficiales del Cuerpo General de la Armada, muy pocos permanecieron fieles a la República[105] y es que «el Cuerpo General tenía un fuerte sentido de casta, sentimientos monárquicos y conservadores»[106]. A Bizerta, al final del viaje –en todos los sentidos–, tan sólo llegan 16[107]. Ni siquiera estos 16 son realmente republicanos, entre ellos aún se camuflan varios quintacolumnistas.
Junto con la tripulación y el almirante Buiza marchan al campo de concentración Diego Marón Jordán, último comandante del Miguel de Cervantes; Vicente Ramírez Togores, jefe de Estado Mayor; y José Esteve Coll, comandante del Méndez Núñez, que proviene de la Marina mercante y que se puso al servicio de la República prestando sus servicios en la Armada; como el segundo comandante del Miguel de Cervantes, Rafael Menchaca Ugalde; el segundo comandante del Libertad, Francisco Amezaga Murua; el oficial de derrota del Méndez Núñez, José Soto Moreno; el segundo comandante del Almirante Valdés, Manuel Azcune Vidaurrazaga o Pedro Marcos Bilbao, nombrado comandante del Almirante Antequera en febrero de 1939, sustituyendo a Ricardo Noval Ruiz, destituido en esa fecha por sus simpatías con los sublevados.
Los demás comandantes y oficiales se quedan en los buques con una tripulación reducida a ciento cuarenta y cuatro hombres[108] para asegurar el mantenimiento de los barcos. Este es el caso del capitán de corbeta José García Barreiro que asume la dirección de la flota en Bizerta.
Es un hombre muy apreciado por las dotaciones. Ha llegado a Bizerta como jefe de la flotilla de destructores. El capitán de fragata David Gasca Aznar, queda también en su buque, el Almirante Miranda, junto a 15 hombres para el mantenimiento. El teniente de navío Juan Oyarzábal de Uribe permanece en el Almirante Valdés. Álvaro Calderón Martínez sigue en el Ulloa y su hermano, el teniente de navío Eugenio Calderón Martínez, se queda con 5 tripulantes en el submarino C-4. Pedro Marcos Bilbao, capitán de corbeta de la Reserva Naval, comandante del Antequera, también se queda. Todos estos oficiales y comandantes no piensan volver a España y se marcharán al campo de concentración.

20. El capitán de corbeta José García Barreiro.
En cambio, otro grupo, que ha estado en los buques de la República durante los tres años de guerra, piensa volver a España lo antes posible. E incluso, ingenuamente, piensa seguir en la Marina por los servicios prestados al franquismo a base de sabotajes, pasividad o informaciones[109]. En realidad, excepto alguna excepción, que la hubo, serán juzgados, condenados y, como pena accesoria, separados del cuerpo.
Un caso particular lo constituye Luis Abárzuza, comandante del destructor Jorge Juan y al servicio, según él mismo cuenta en Bizerta, de los sublevados. Era de la escala de tierra, es decir poco conocido en los barcos. Pero ante la carencia de oficiales pronto se le dio el mando de un buque. Con la flota internada y a punto de llegar los franquistas para recogerla se sincera con sus compañeros durante los días que pasan en Bizerta. Les cuenta que se había labrado fama de «frecuentar casas de rameras» para justificar sus ausencias del barco y así informar a Burgos de la situación en Cartagena por medio de un aparato rudimentario de radio. En la reunión que mantuvieron algunos oficiales con Salvador Moreno cuando llegó a Bizerta, desveló su condición de espía al servicio de Burgos y regresó a España como invitado del almirante franquista[110].
Desembarcan los marinos del Cuerpo de Intendencia, de Sanidad, los del Cuerpo Jurídico y de Maquinistas. Son los que desempeñan cargos técnicos. Han estudiado en academias de su especialidad, a veces muy duras. Los maquinistas, formados en la Academia de Maquinistas de la Marina de Guerra en El Ferrol, han apoyado en su gran mayoría a la República. Algunos, ya retirados, han vuelto al servicio con tal de ayudar en el esfuerzo colectivo. Este es el caso del cartagenero José Morales Marroig, comandante maquinista de la Armada.

21. El comandante maquinista José Morales Marroig.
En 1936 ha vuelto a los barcos. En Cartagena ha dejado a su mujer y a sus 2 hijas.
Desembarcan los auxiliares alumnos, asimilados a alférez. Son los maestres y los cabos «que mandaron la escuadra»[111]. Es decir, los que el 18 de julio 1939 defendieron a la República en los buques de la escuadra, contra los mandos que se adhirieron a la sublevación. Por eso también se les llamaba «los cabos de la República». Provenían de la Escuela de Aprendices Marineros de la Armada en Marín en la que habían entrado mediante un concurso nacional a los 16 años. Eran adiestrados en el buque escuela Nautilus y después Galatea. Eran formados durante dos años en una Escuela de Especialistas –Radio, Electricidad, Torpedista, Marinería, Artillería– al cabo de los cuales, mediante exámenes, los aprobados eran promovidos marineros especialistas. Después embarcaban en la escuadra durante un año y entonces obtenían los galones de cabo, primer escalón de sus carreras dentro del Cuerpo de Suboficiales. Son gente preparada y profesional pero no poseían, antes de la República, un estatus. A menos que tuvieran veinte años de servicio no se les reconocía su carácter de profesionales. Cada tres años, dependían de la aprobación o denegación de sus mandos para obtener un reenganche. «El oficial de brigada, con sus notas trimestrales, era el dueño y señor de la vida, del porvenir de sus subordinados. Para los reenganchados con más años, casados y cargados en su mayoría de familia, era una pesadilla»[112]. Tres «notas en libreta», es decir tres anotaciones negativas, impedían seguir en la Armada, en la que habían entrado con 16 años y fuera de la cual no tenían oficio aunque tuvieran estudios y estuvieran preparados para especialidades que, en la vida civil, no servían para nada. La libreta era un cuaderno de tapas duras donde quedaba consignado el tiempo de servicio, los abonos de servicios, la hoja sanitaria, los estudios realizados en la Armada, los buques y dependencias donde había servido, las licencias, los ascensos, los castigos, el vestuario entregado y las pagas mensuales. Es el expediente personal.
Los cabos recibieron a la República con entusiasmo porque en ella vieron «la ocasión de satisfacer muchas de sus aspiraciones»[113]. El Gobierno les recompensó por su defensa decidida y arriesgada de la República en los buques, dándoles estabilidad con un decreto por el que adquirían la categoría de permanentes a partir del segundo enganche[114]. Luego, al ser promovidos auxiliares alumnos podían aspirar, si demostraban su capacidad en la Escuela Naval Popular de Cartagena, al Cuerpo de Oficiales[115].
En marzo de 1937, se anuncia en la Gaceta de la República la creación de esta Escuela. Uno de sus objetivos es formar oficiales del «Cuerpo de Navegantes», que deberán sustituir al antiguo Cuerpo General. Es un proyecto ambicioso pero como las «excepcionales circunstancias presentes»[116], o sea la guerra, requieren con urgencia oficiales, se inician cursos abreviados. Se publica un minucioso programa[117] y al final del curso se celebran exámenes teóricos y prácticos cuyas notas servirían para el escalafón. Al superar este examen son nombrados alférez de navío.
La Escuela Naval Popular se ubica en la alameda de San Antón, en el antiguo colegio de religiosas de San Vicente, conocido por el de la Rambla. Hubo tiempo para formar dos promociones. El 25 de marzo de 1938 se convocan las cien primeras plazas de alumnos para oficiales. El 15 de septiembre se publica la lista de 78 alumnos aprobados. De éstos, 32 llegaron a ser nombrados tenientes de navío. Dice José Cervera Pery, que «estos nuevos oficiales […] prestaron eficientes servicios perfectamente integrados con disciplina “a la antigua” y moral combativa»[118].
De la Escuela Naval Popular de Cartagena salen dos promociones de alférez de navío, especializadas en Dirección de Tiro de Artillería y Torpedos, mediante cursos teórico-prácticos de tres meses de duración[119]. Habrá cursos para radiotelegrafistas[120] o para maquinistas. Además se imparten clases para personal de la Reserva Naval, o sea para los marinos mercantes.
En Bizerta, también desembarcan los marineros, es decir, los que estaban haciendo la milicia al comienzo de la guerra y los que se han ido incorporando por su quinta. Todos se han especializado a lo largo de la guerra. Han seguido cursillos o se han formado con la práctica. Todos han vivido la guerra durante tres años en los barcos y vivirán el exilio.
Hacia el campo de concentración
El résident général, es decir el representante de Francia en el protectorado de Túnez, Eric Labonne, recibe a los marinos españoles como «hombres libres»[121], según declara a la prensa. En cambio, y sorprendentemente, desde el desembarcadero hasta la estación de ferrocarril de Ferryville, todo el recorrido está acordonado por soldados senegaleses, gendarmes y pelotones de la guardia republicana móvil. Mucho despliegue para unos «hombres libres»…

22. Los marinos, con sus petates, maletas y sacos con ropas y objetos personales son reunidos en el Arsenal de Bizerta.

23. Esperando instrucciones.
Para que no olviden quién manda allí, a pesar de que los marinos marchan en formación, los militares franceses la deshacen y forman nuevos grupos de 20[122]. Las humillaciones no hacen más que empezar.
Tal y como se ve en las fotos, los marinos y civiles evacuados desembarcaron con lo puesto, un petate, una maletita y algún paquete. Los controles aduaneros que se realizaron en Bizerta permiten constatar que los refugiados llevaban poco dinero y sólo algunos efectos personales[123].

24. Incertidumbre.

25. Rodeados de gendarmes son informados de que van a ser enviados al campo de concentración de Meheri-Zebbeus.

26. «Allí mismo, camino del exilio, un marino se hizo con un amigo: un perrillo muy simpático que nos acompañó y se convirtió en nuestra mascota».

27. Los marinos van hacia la estación de tren.

28. «Los marinos siempre “resguardados y protegidos” por los gendarmes franceses, son conducidos al tren. Para que las generaciones futuras vean la humillación con que fueron tratados los combatientes de la Libertad: fuimos “embarcados” como “bestias” en denigrantes vagones que lucían un llamativo rótulo donde rezaba: “8 chevaux ou 40”».

29. Delante de los vagones donde harán el viaje.

30. «Como extrema “delicadeza” por parte de la Autoridades francesas, pusieron un vagón de 3.ª clase para el transporte de los Oficiales, Jefes, Estado Mayor e incluso el Almirante Jefe de la flota, en su camino del exilio». Bajo la flecha el teniente de navío y director de Tiro del Escaño, José Fernández Navarro. Detrás de él, el teniente de navío y director de Tiro del Ulloa, José Barril Rosales.

31. «Para el avituallamiento durante el camino los gendarmes fueron echando en los compartimentos unos rollos de pan»[124].
La llegada de los marinos republicanos no pasa desapercibida entre la población de Bizerta y de Túnez. Mientras las autoridades coloniales mantienen una actitud reservada por no decir desconfiada, otros expresan su solidaridad con la causa republicana. Se constituye un Comité de Tunisie du Rassemblement Populaire formado por la Federación de los Combatientes Republicanos, la Unión de los Sindicatos de Túnez, la Liga de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el Partido Comunista y la Federación del Partido Socialista. Convocan en la ciudad de Ferryville, por donde deben pasar los trenes, a más de un centenar de personas que les saludan, lanzan paquetes y terminan cantando la Internacional[125]. Son momentos de gran emoción. A lo largo de toda la ruta hacia Meheri-Zebbeus la gente demuestra su simpatía y solidaridad con los marinos de la República. Muchos, al recordar, no quieren «dejar de señalar el magnífico y cariñoso comportamiento de la población civil, que a nuestro paso, en las paradas de todas las estaciones del camino, se abrían paso, soportando los palos que les pegaban los gendarmes para impedir que se acercasen al tren, y nos lanzaban comida, bebidas, ropas y otros objetos de utilidad por las ventanillas, y echándonos besos con las manos gritaban “viva los marinos de la República española”»[126].
Los marinos responden lanzando a su vez los lazos de sus gorras con los nombres de sus barcos y otras insignias[127].
Algunas de estas personas que salían a saludarles a los trenes les lanzaban papelitos con sus señas. Estas familias luego les ayudaron como pudieron mandando cartas o algún paquete.
Las autoridades del protectorado francés no aprecian estas demostraciones de solidaridad. El día 14, a las 9 de la noche, se agolpan más de 500 personas en Tinja, una ciudad por donde debe pasar el tren. Van cargadas de paquetes, de víveres, de frutas. Esperan en vano porque, asustadas por tal concentración, las autoridades francesas anulan el convoy[128].
A partir de entonces los viajes se hacen en plena noche, en condiciones inhumanas, lamentables. Ya se ha visto que sólo los oficiales tuvieron un vagón de tercera clase. A los demás los llevan en los vagones «para 8 caballos o cuarenta hombres». Para ir al campo pasan un día y una noche enteros en el tren, sin paradas, sin comida, sin mantas, sin abrigos, obligados a hacer sus necesidades en los propios vagones cerrados. «En las estaciones sacaban las manos por las rendijas y los policías les pegaban en las manos con palos. Les pegaban…»[129]. Llegan sucios, hambrientos, aturdidos, agotados. Al presentarse delante de las puertas del campo, los de la primera tanda están agolpados y les gritan: «¡¡No entréis, no entréis!! ¡¡Que aquí nos morimos todos!!». Muchos no tienen más de 20 años y «se les hiela la sangre»[130]. Pero los fusiles de los gendarmes y las bayonetas de la policía rural tunecina no les dan otra opción y, por fin, entran, a la fuerza, en el campo de concentración de MeheriZebbeus, que al parecer significa «camello azul»…
CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE MEHERI-ZEBBEUS
Meheri-Zebbeus es una antigua mina de fosfato de cal abandonada a orillas del desierto, a mitad de camino entre Sfax y Gafsa.

32. Mapa de Túnez, situación de Meheri-Zebbeus y otros campos donde estuvieron más tarde los marinos.
El tren los deja a unos kilómetros del poblado. Otra vez las maletas y los petates a cuestas camino del campo de concentración. Hablamos con toda propiedad de campo de concentración. Así lo llama a principios de febrero de 1939 el propio ministro del Interior francés, Albert Sarraut[131]. Eran campos de concentración porque no quería que se les confundiera con campos de internamiento cuyo nombre tenía un matiz penitenciario. Desgraciadamente, los campos de concentración franceses tendrán peor realidad y connotación.
El camino a pie y bajo el sol hasta el campo se hace largo. Meheri-Zebbeus es una especie de poblado con casas de mampostería rodeado de alambradas y de policía rural tunecina. A un lado hay casas relativamente grandes. Unos cuantos eucaliptos pequeños y polvorientos las rodean. En medio, una iglesia que hará las funciones de enfermería. Una vaguada cruza el campamento. Al otro lado, sobre un repecho, más casas y, por fin, en hilera, otras más modestas que debían de ser las de los mineros.

33. Campo de Meheri-Zebbeus. Vistas de la parte de arriba con las casas, los eucaliptos y, en medio de la explanada, la iglesia que servía de enfermería.

34. Campo de Meheri-Zebbeus. Al fondo, al otro lado de la vaguada, la parte de abajo, donde estaban los barracones.
La vida interna se organiza, naturalmente, con carácter militar. Lo cual crea algunos problemas con «los [marinos] mercantes que, no siendo militares, no saben formar y los civiles [que] no se prestan de buen grado a organizarse»[132]. Son agrupados en compañías al mando de un oficial español. Se forman 19 compañías. La quinta compañía es casi toda de civiles. Cada una tiene un capitán y tres tenientes al frente. La de Manuel Pedreiro, la cuarta, tiene asignados 18 auxiliares alumnos, 12 cabos y 90 marineros. Les dan como habitáculo dos casas de obreros de las minas. Son siete habitaciones con una cocina rudimentaria. A cada compañía le entregan dos ollas, pero sin rasera ni cucharón. Los cocineros improvisan los utensilios con latas dobladas[133].
Las autoridades francesas nombran jefe español del campo al teniente coronel de Artillería de la Armada Norberto Morrel Salinas. El teniente de navío Vicente Ramírez Togores, que era en Cartagena el jefe de la flotilla de destructores, es escogido como jefe de Estado Mayor. El almirante Buiza sigue siendo almirante jefe. El capitán de corbeta José Esteve Coll, que era el comandante del Méndez Núñez, es designado segundo jefe de Estado Mayor. De primer secretario, el aviador Adonis Rodríguez y de segundo secretario, el auxiliar alumno radiotelegrafista Cosme Carreira Chas, jefe de cifra de la flota y que primero había llegado al campo de concentración.
Pero, por supuesto, el jefe absoluto es francés. Para no faltar a la democracia las autoridades francesas preguntan «a las compañías si están conformes con este nombramiento, caso contrario será nombrado jefe del campo el coronel francés de la guarnición, ni que decir que todos estuvieron de acuerdo»[134].
Las salidas y entradas por la única puerta abierta en la alambrada están muy controladas, aunque en realidad no hay a dónde ir en medio de ese desierto calizo. Fuera del campo montan guardia armada, día y noche. Han enviado especialmente cuatro pelotones de la guardia republicana móvil, entre ellos el P.M. n.º 66 de Frouard, y el P.M. n.º 484 de Calais[135]. Hasta «pusieron ametralladoras en las esquinas». Al cabo de un tiempo las retiran al constatar que «no nos comemos a los niños crudos ni cortamos las orejas a los curas»[136].
Para el traslado a Meheri-Zebbeus, las autoridades francesas esperaron la llegada de guardias móviles venidos expresamente de Marsella. «Estaban especializados para la gente como nosotros, nos creían salvajes, creían que veníamos con el cuchillo entre los dientes y montaron ametralladoras alrededor»[137]. Iban acompañados por policía rural tunecina, dispuestos a pegar un tiro a la más mínima. Evidentemente son tratados peor que prisioneros de guerra.
Son «alojados en unas casas que están a punto de caerse, sin puertas ni ventanas»[138]. Por dentro, las casas están absolutamente vacías, sin un solo mueble, sólo les esperan dos pacas de paja para esparcirla por el suelo a la hora de dormir. Hay algunas bombillas, pero no hay luz. Tendrán que arreglar la instalación eléctrica. No hay letrinas. Tendrán que cavar zanjas. No hay agua. Tendrán que recomponer la acometida.
No les dan nada. Lo que se dice nada. Ni mantas, ni platos, ni cubiertos, ni jabón, ni cuchillas de afeitar. Nada.
Las instalaciones de agua están cerradas e inutilizadas. El agua escasea. Aparece la sed. Los propios marinos tienen que reparar los motores y bombas de un pozo que hay a unos cuantos kilómetros del campo para obtener un poco de agua para beber. Para lavarse, de momento, nada.
La primera noche aparecen los piojos. Se lo achacan a la paja y al día siguiente en muchas compañías la queman. Pero los piojos siguen ahí y en cambio sólo les queda el suelo para dormir. Todas las mañanas hay que hacer despioje general de la ropa, pero todos los días vuelven los malditos bichos.

35. Arreglando las instalaciones del campo de Meheri-Zebbeus.
La comida es escasísima y mala: agua caliente con unas pocas patatas, alubias o garbanzos negros, incomestibles, «los que sobraron de la guerra del 14»[139]. Se pasa hambre. Enrique Font, cabo telegrafista, pasa tanta hambre que un día se atreve a presentarse ante el comandante del puesto y a pedir, muy educadamente, un pedazo de pan. Le dio «un chusco de pan que me duró una semana entera. Le di las gracias y me fui». Ni él mismo se lo cree. «Fue la sola y única cosa que pedí durante todo nuestro largo exilio»[140].
Como no todos han traído cuchara y plato, al principio tienen que esperar a que unos coman para que les pasen los artilugios. Moisés hace para algunos amigos unas cucharas de madera de eucalipto, la única clase de árbol que hay[141]. El sabor a eucalipto que le da a la comida provoca náuseas, pero cumple su papel. Como plato algunos se agencian una lata rectangular de la enfermería que había contenido algodón.

36. Moisés, el que hizo las cucharas de madera.
Teóricamente cada marino tiene derecho a la ración de un militar francés pero no es así. Les dan «un puñado de habichuelas o de garbanzos con algún hueso de camello y un poco de grasa»[142]. Los garbanzos no hay manera de comerlos. En la compañía donde está el auxiliar alumno de Artillería Rafael Dasí Navarro, el encargado de la cocina asegura que «si le llevábamos madera, él recogería agua de lluvia y lograríamos ablandarlos. Y en efecto, así fue. Nuestra compañía rompió el palo que servía para izar la bandera [francesa] del campo y aquel día, con esa leña, pudimos comer garbanzos cocidos»[143]. El pan tiene yeso y plomo para que pese más[144]. Esto ocasiona problemas de salud. Los médicos españoles denuncian esta situación y la comida mejora un poco. Incluso dicen que las autoridades francesas toman alguna medida disciplinaria.
En estos días de marzo hace fresco y llueve a veces. De noche las temperaturas bajan aún más y pasan mucho frío. No hay mantas, nada para cubrirse.
Manuel Pedreiro, por casualidad, lleva una manta que compró en Tánger al volver de las últimas maniobras navales, en 1936, donde se fraguaron los detalles de la sublevación franquista que desencadenó la guerra. Quería regalarla a su familia pero ya no le dio tiempo porque los acontecimientos se precipitaron y aún la tiene en el barco cuando llega a Bizerta. Al empaquetar, se le ocurrió cogerla. Esa manta le alivia del frío. Con ella recorrerá un largo camino por Túnez. Será su consuelo en las frías noches africanas. Cargará con ella, como un mal recuerdo pero a la vez también una amiga, treinta años después, cuando desde Túnez tiene que emprender la ruta hacia otro exilio, esta vez a Francia.
El frío es un recuerdo constante en casi todos los exiliados. Es verdad que el primer invierno de exilio fue particularmente crudo. Las temperaturas en el interior de Túnez de noche pueden bajar drásticamente. No tienen ropa adecuada. Pero cabe preguntarse si además del frío real no había en los exilados también un frío más hondo, un frío de corazón helado.
La enfermería está en la iglesia. Las condiciones no son deplorables porque ellos mismos la organizan con los botiquines que han traído de los barcos. Al frente están el doctor Ernesto Marcos Rodríguez, como jefe de la Enfermería y el auxiliar graduado de Sanidad Salvador Daporta García, como enfermero. Allí muere el primer marino[145]. Es el primero de un largo rosario de tumbas anónimas que van desde el campo de Meheri-Zebbeus de Túnez hasta los hornos crematorios de Gusen, en Alemania.
Unos meses después, en agosto, sabemos que muere de tifus el auxiliar alumno radioletegrafista Manuel López Pinal.
Lo llevaron hasta el hospital militar de Sfax, en un intento de salvarlo, pero no pudo ser. Quedó enterrado en aquella ciudad. Era el cabo radiotelegrafista de guardia en el acorazado Jaime I, junto con Antonio Gili Carbonell y Cosme Carreira Chas. Fue uno de los que recibió el llamamiento de Benjamín Balboa avisando de la sublevación en julio de 1936. La conducta de Manuel, Antonio y Cosme fue fundamental para que el buque quedara victoria fernández díaz en manos de la República, y no con los sublevados, como lo pretendían sus oficiales del Cuerpo General[146].
El auxiliar alumno radiotelegrafista Antonio Gili Carbonell guardó todos los efectos personales de Manuel con la esperanza de poderlos entregar algún día a su familia, tal y como relata en una carta enviada a su familia. Espera, dice, «que el mundo en que vivimos se arregle»[147]. No lo sabe, pero aún quedan muchos años.

37. El auxiliar alumno de Artillería Manuel López Pinal cuando era cabo radiotelegrafista.
Las moscas son una verdadera plaga. Jamás han visto tantas, ni tan tenaces. Con el tiempo, los marinos aprenden a cazar camaleones y a tenerlos de animales de compañía y traga-moscas[148]. Además, el campo está infestado de tarántulas, escorpiones y culebras. Más de uno es llevado a la enfermería para inyectarle un contra-veneno. También tienen que convivir «con una compañía de ratas»[149]que, al parecer, alguno consiguió amaestrar.
Girard, el jefe francés del campo de Meheri-Zebbeus, es jefe de escuadrón. No tiene ninguna simpatía por los republicanos. Es miembro de los Croix-de-feu, un movimiento de extrema derecha francés, ferozmente anticomunista. Lo más adecuado para dirigir un campo de republicanos españoles que acababan de perder la guerra ante una sublevación de corte fascista.
Los primeros meses son una calamidad. El marinero mallorquín Antonio Pont Cladera le cuenta a sus tíos en Argentina que «todo para mí se ha vuelto un mar de tormentos y agudos martirios, es tal el hambre que paso, calor, mal dormir, preocupaciones por otro lado que hay momentos que no sé lo que me digo. Tío, yo quisiera que me comprendiera bien lo que le relato en la presente, nunca creí llegar al extremo este, estoy convencido que ya no existe humanidad, nosotros que hemos luchado por una causa justa y noble y después de millones de traiciones por las naciones que dicen llamarse demócratas nos llevaron al caos de perder la guerra, y no conformes con esto […] nos mandan a un campo de concentración a que terminemos de morirnos de asco y desprecio».
Durante estos días hay bastantes fugas pero los fugitivos son alcanzados fácilmente: son los únicos europeos en muchos kilómetros a la redonda. Además, se ofrece una suculenta recompensa, 20 francos, para los árabes que los señalen a las autoridades. Al volver al campo son encerrados en los calabozos –una casa habilitada al efecto– atados con cadenas, condenados a pan y agua, sin paja ni manta durante 30 días[150].
La Union Départementale des Syndicats de Tunisie manda a Bouzanquet, su secretario general, al campo de concentración. En el informe que elabora denuncia que las autoridades «persisten en considerar a los republicanos como condenados de derecho común», protesta por «la estrecha vigilancia» que sufren y el «extremo rigor» con el que son tratados[151].
De vez en cuando, para cubrir las apariencias, aparece un señor con un amanuense que pregunta: «¿Qué pide el refugiado?». El refugiado pide de todo: mantas, jabón, maquinilla para afeitarse, ropa interior, etc. Se toma nota de todo y se le asegura solemnemente al refugiado: «Se le enviará». Jamás vieron nada de lo solicitado[152].
En este «infierno»[153], desmoralizados, tratan de pasar el tiempo. «Día 25 [de marzo]. Paso el día sin novedad, recordando a mis seres queridos[154]» A veces organizan, como críos, batallas de escorpiones rodeándolos de fuego para verles autoinmolarse. Algunos, «aparte de las conversaciones con unos y con otros […] nos dedicamos a jugar al ajedrez y a dar lecciones de francés»[155].
Organizan clases de francés, de electricidad y de mecánica. Hacen un llamamiento en el campamento para reunir todos los libros traídos de los buques y montar una biblioteca. El impulso cultural que había emprendido la segunda República ha calado también entre este colectivo, aún siendo personas de formación técnica. En el crucero Méndez Núñez había una biblioteca de 500 volúmenes aproximadamente y se hacían unos seiscientos préstamos al mes. En el destructor Lepanto se sabe que la biblioteca contaba con 270 volúmenes. La creación de las bibliotecas había sido encomendada a los comisarios políticos[156].
El día 18 de marzo llaman a la primera compañía a referéndum. En cada papeleta deben escribir su nombre, sus apellidos, su profesión y se les da a elegir entre tres opciones: volver a la España franquista, ingresar en la Legión Extranjera o quedarse en el campo de concentración. Los trámites son largos y diariamente van pasando las compañías ante las autoridades francesas. Los que optan por quedarse son acosados a preguntas y deben explicar por qué eligen esa opción[157]. Como por casualidad, durante estos días, sólo dan de comer un plato al día. Para aliviar el hambre, los marinos venden a los árabes de los alrededores que se acercan a las alambradas del campo, ropa, anillos y relojes a cambio de pan.
Volver a la España de Franco
El 25 de marzo, el mismo día en que Pétain presenta sus credenciales de embajador a Franco[158], Francia da su autorización para recoger los barcos internados en Bizerta. Ese mismo día a las cuatro de la tarde se da a conocer en los buques franquistas un telegrama en el que el almirante jefe se felicita por ello e indica que el contralmirante Salvador Moreno sale para hacerse cargo de la flota.
En realidad es una operación preparada desde el día 14 ya que el destructor Císcar había salido de Barcelona hacia Palma de Mallorca, donde se concentran los barcos que irán a Bizerta.
El 27 de marzo, en avanzadilla, se presenta en Bizerta el Císcar con Salvador Moreno y un representante diplomático, el vizconde de Mamblas. Se entrevistan con el prefecto de Bizerta, el almirante Blery[159]. Todo son parabienes y facilidades. Unos días después, a las cinco de la mañana, llegan el antiguo buque de la Compañía Trasatlántica Española Marqués de Comillas, el Mallorca y el Campas.
El día 29, a las tres de la tarde exactamente, el capitán de fragata David Gasca desembarca del Almirante Miranda donde ha sido comandante durante dos años. Quedan 4 marinos que han manifestado su voluntad de volver a España. Al bajar por la escalerilla, David Gasca se vuelve y, de lejos, ve llegar los botes con el personal asignado a su barco[160].
Esa noche, el grupo que marcha a Meheri-Zebbeus duerme en la enfermería de la Base Naval de Sidi-Abdallah. Al día siguiente, se les conduce en varios autobuses hasta Túnez, al edificio de la Gendarmería francesa. Allí, ya no hay camas. Esa noche, oficiales y marinería deben dormir en el suelo, sobre una capa de paja.
Mientras tanto, en el campo de Meheri-Zebbeus, se suspende el referéndum de las compañías decimoctava y decimonovena porque han recibido un telegrama anunciando que en España han decretado una amnistía para todos. El jefe francés da orden de leer públicamente en el campamento el documento en nombre del contralmirante franquista Salvador Moreno. La lectura se hace por compañías, formando un cuadro alrededor del que lo lee, subido en una silla. En síntesis es un llamamiento para que vuelvan a España, donde no tienen nada que temer los que no tengan «las manos manchadas de sangre». Incluso se deja vislumbrar la posibilidad de la reincorporación a Marina[161]. Tanto en Francia como en el norte de África, una de las principales preocupaciones del Gobierno francés en 1939 es favorecer activamente la vuelta de los refugiados a España, librándose así de la carga económica que suponen.
Todo son corrillos, discusiones, comentarios y cábalas. No conocen, porque no tienen porqué, la ley de Responsabilidades políticas promulgada por Franco el 9 de febrero de 1939 y que será la base pseudo legal con la que serán todos castigados o fusilados. Esta ley, que tiene carácter retroactivo, permite acusar ante un tribunal de excepción a aquellos que desde octubre de 1934 han participado en la vida política republicana o, desde febrero de 1936, se han opuesto al «Movimiento Nacional mediante actos concretos o pasividad grave».
Los que han decidido marcharse regalan los billetes de la última paga. Ahora no son más que estampitas.
Dos mil dos cientos ochenta y cinco hombres deciden regresar[162]. Y es que la situación es dramática. Las condiciones en el campo son infrahumanas, están desmoralizados, llenos de incertidumbres sobre su porvenir y con ganas de creer en esa clemencia que les prometen. «Éramos una especie de prisioneros de Francia, perdidos en un páramo, mal comidos, mal dormidos, sin brújula ni nadie que nos hablase, ni poco ni mucho, de nuestro porvenir en su aspecto más humano»[163].
A las siete de la mañana del 31 de marzo, forman los que se van a la España franquista y marchan en tren. A las nueve y media hacen formar a todas las compañías, o sea lo que queda de ellas, delante de la Jefatura y les leen un papel que les anuncia que el nuevo Gobierno de España ha reiterado las garantías de su amnistía y que amplía las plazas a 4500 para volver, con lo cual las autoridades francesas invitan a todos por última vez a marcharse. Los que no lo hagan tendrán que demostrar el porqué de su decisión. Ni uno de los que quedan, en posición de firme, se mueve de su sitio[164].
Como una escenificación de la dos Españas, de camino hacia Bizerta, en un tramo en que la línea de ferrocarril y la carretera corren en paralelo, se cruzan los que vuelven a España con los que, habiendo dejado ya definitivamente sus barcos, se unen en autobús a sus compañeros en el campo de concentración.
Los que vuelven a España, llegan a Bizerta a las ocho de la mañana del 1 de abril. En cuanto bajan del tren, son encerrados en las bodegas del Marqués de Comillas, ya como prisioneros.
El Gobierno de Franco utiliza a los refugiados que vuelven, éstos y los de la retirada de Cataluña, como moneda de cambio condicionada a la devolución de los bienes españoles que han quedado en Francia[165]. Casualidad o no, el mismo día en que marcha el Marqués de Comillas con su cargamento de marinos, Francia comunica a las autoridades franquistas que los 77 buques mercantes y pesqueros que se han refugiado desde hace meses en puertos franceses les serán devueltos[166].
El domingo 1 de abril a las seis de la tarde sale del puerto de Bizerta toda la flota. En el muelle, grupos de franceses abuchean a los marinos franquistas. Es tal la insistencia y «como tales manifestaciones no cesan, se ordena zafarrancho de combate y se avisa a las autoridades francesas cuyas fuerzas de marinería desalojan a los revoltosos»[167], según les llama un oficial franquista que asiste a la escena desde un barco.
En el camino de vuelta, frente al cabo de Palos y con fuerte temporal, el convoy al que se han unido el Canarias y el Navarra rinde un homenaje al Baleares, el crucero hundido por la flota republicana el 6 de marzo de 1938. Paran las máquinas, arrían las banderas a media asta, entonan un responso, cantan himnos, celebran una misa y arrojan una cruz de laurel y una corona de flores[168]. Ahí, de esa ceremonia, nace una leyenda o verdad que años más tarde evocan a veces los marinos exiliados. Según cuenta el rumor, la corona no era de flores sino de marinos vivos, colocados en una batea y luego hundida[169]. ¿Verdad? ¿Fantasía? Si nos atenemos a que desde el principio uno de los objetivos de los golpistas era hacer «limpieza» para «arrancar de cuajo la experiencia democratizadora de la segunda República e impedir que volviera a intentarse»[170] y sin olvidar, como ocurrió en las macabras ceremonias del arsenal de Cartagena, que «a veces […] convirtieron el terror y la muerte en espectáculo para que su mensaje llegara claramente»[171], cualquier cosa puede ser cierta. En todo caso en la memoria de los que quedan permanece como una foto fija, la muerte de los que volvieron. «Nunca pude localizar a ninguno [de los que volvieron]» recuerda el cabo de Artillería José Salorio[172]. El telemetrista Sequeiro que, según cuentan, formó parte de esa corona, salió de Bizerta pero nunca llegó a destino[173].
El día 4 de abril, el Marqués de Comillas atraca en Cádiz. Salvador Moreno ya ha adelantado que entre estos repatriados hay «individuos de cuidado» y «significantes [sic] criminales» a los que hay que encerrar en un campo de concentración[174]. Así se hace y, de entrada, los marinos que vienen en las bodegas son conducidos al campo de Rota donde en abril de 1939 hay 4655 prisioneros[175]. «Nos engañaron» recordaba el marinero José Martínez García. «Nada más llegar, a algunos, los ponían de rodillas y… un tiro en la nuca»[176].
Anota la vuelta a Cádiz, como si, en esa realidad incomprensible, las fechas, las horas, los días, las distancias, fueran puntos de anclaje a los que asirse: «Salimos de Bizerta el día 1.º de abril con rumbo a España en el Marqués de Comillas navegando desde el domingo hasta el miércoles en la noche, que llegamos a Cádiz a las 2,30 y el jueves en la mañana a las 8 desembarque de dicho buque con rumbo a Rota en el tren pasado Puerto Real; Puerto de Sta. María; y Rota; al campo de concentración de Rota separado 2,800 metros» [del mar].
El campo de Rota es más bien un campo de paso que sirve para distribuir a los presos a la jurisdicción pertinente. Las condiciones en el campo son muy parecidas, si no peores, a las de Túnez. «Pasamos mucha hambre. Ni agua nos daban. Yo llegué a beber meados de burro y comíamos el pescado que dejaba la marea»[177]. Por las noches hay «sacas»: los falangistas se llevan a unos cuantos y amanecen con un tiro en la nuca[178]. Los otros son juzgados, fusilados o condenados a penas de prisión y separados de la Armada. Los oficiales del Cuerpo General fueron encerrados en el castillo de Santa Catalina, luego en el penal de la Casería de Osorio en San Fernando, Cádiz. Todos pasaron por un consejo de guerra y prácticamente todos fueron separados del Cuerpo. Bien es verdad que, en general, se les buscó acomodo en Bazán, Hacienda o la Compañía Transmediterránea, pero ya no pudieron vestir el vistoso uniforme de oficial de Marina.
En el campo de Meheri-Zebbeus se enteran por una carta recibida desde Gibraltar que han fusilado a un maquinista, a un cabo electricista y a un auxiliar alumno del Méndez Núñez. Todas las cartas que reciben les avisan de que no vuelvan de ninguna manera a España[179]. También llega la carta de la mujer de uno de ellos: «No mandes más muñecas para las nenas porque todas han llegado rotas». No tienen hijas. Es un aviso: las muñecas rotas son los marinos ejecutados[180].
Los que no son ejecutados quedan rotos. Les esperan años de presidio. Este es el caso del cabo de Electricidad del Cervantes Eloy López Fojo. Fue condenado a muerte. Tuvo suerte y pudo contar con personas y avales que consiguieron que le fuera conmutada por pena de cárcel que cumple en el penal del Caserío de Ossio, en Zaragoza, en Barbastro y en el Dueso[181].
José Martínez García estaba haciendo la mili en Marina cuando empezó la guerra.

38. El marinero del Almirante Miranda, José Martínez García.
Volvió porque «no había hecho nada». Fue juzgado, condenado, pasó años en la cárcel y cuando por fin pudo salir libre, aún tuvo que hacer dos años de milicia[182]. El marinero Ginés Pérez Paredes vuelve porque «tiene la conciencia limpia y un pasado honrado»[183]. No ha hecho otra cosa que ser un marino leal al Gobierno elegido en votaciones. Durante meses su familia no sabe nada de él. Hasta que reciben una carta en la que les piden ir a recoger a su hijo a un campo de concentración. Allá se van sus padres en tren. Lo encuentran moribundo. Lo traen a Cartagena, donde morirá poco después[184].
Todos quedan separados de la Armada. Un drama para quienes «la Marina era toda su vida»[185]. Se les negó el pan y la sal. Alguno terminó por suicidarse[186].
Sobreviviendo en el campo de Meheri-Zebbeus
En el campo quedan 1850 hombres[187]. El jefe francés del campo, Girard, es sustituido. Algunos sospechan que es porque ya ha cumplido con la labor encomendada: hacer la vida imposible para que se fuera el mayor número posible de marinos. Le sucede el capitán de la Guardia Republicana Loison. «Sois de los míos»[188], les dice, y al menos las cosas mejoran un poco. Quita las ametralladoras. Hace limpiar el campo y pone duchas. Además, aunque la comida no mejora, al menos «estamos más anchos» dice con humor Francisco Díaz Bueno[189].
En los días siguientes a la evacuación de los que marcharon a España, los que quedan reciben un pan para 6 hombres y una onza de chocolate, tabaco y café con leche. El día 5 de abril dan jabón por primera vez. Un día, regalo extraordinario, reparten «medio kilo de pan blanco por individuo, que estaba muy bueno. Se dice que es regalo de los ex combatientes franceses de Sfax»[190].
En Meheri-Zebbeus llega el 14 de abril 1939, aniversario de la instauración de la República. Los marinos preparan una fiesta, triste, por cierto, pero lo celebran. Organizan boxeo en la explanada y a las tres y media un partido de fútbol en el que juegan varios gendarmes. Ganan los rojos a los blancos por 3 a 2… A continuación hay carrera de sacos que gana el marinero Villa, de la cuarta compañía. Después de cenar, en la explanada, toca la rondalla de la flota. Empieza con la Marsellesa, luego el himno de Riego. Esta rondalla se ha formado con los instrumentos que se han traído de los barcos. Asisten todos, vestidos con lo mejor que tienen, así como el jefe de la flota y oficiales franceses y españoles. El auxiliar alumno Antonio Segado Arenas recita algunas poesías y canta acompañado con su guitarra[191]. Cada uno canta de su tierra. Casi de noche, un marinero muy joven, llamado Cervera, canta un vals criollo de Carlos Gardel:
Los lirios y las rosas,
si sales al balcón,
esconden sus corolas,
envidiando tu candor.
Hasta la brisa que pasa silenciosa,
rozando apenas con tus bucles dulcemente,
tú le transmites las esencias de las rosas,
los matices de jazmín de vuestra frente.
¡Ilusión! ¡Ilusión de amor!
¡Ilusión! ¡Ilusión de amor!
Dentro de un campo de concentración, rodeados por un erial calizo y guardias tunecinos, al lado del desierto, abandonados de todos y todo, aquello les transporta al mundo de las ilusiones pasadas, de los anhelos perdidos. Cervera es aplaudido por todos a rabiar, incluso por los gendarmes[192].
Pasan hambre y para poder sobrevivir hacen trueques con los autóctonos que rondan el campamento. El auxiliar alumno Juan Román Jiménez vende su reloj por una docena de huevos, los botones dorados del uniforme por media docena. El auxiliar alumno naval Arturo Manso Camiño vende la gorra de su uniforme de marino a cambio de 6 huevos. Los cuajan encima de una piedra plana, al sol, para comérselos cocidos[193].
Con la primavera un barco de ayuda fletado por los cuáqueros americanos[194] llega a Sfax con víveres, medicinas y ropa para los internados en Meheri-Zebbeus. A los internados en el campo sólo les llega una cuarta parte de lo que traía el barco, porque el cargamento es expoliado en el puerto o en manos de los gendarmes. Aquel cargamento que llega en camiones les permite sobrevivir. Así lo recuerdan muchos. Después de tanta escasez cometen excesos alimenticios. Un joven marinero debe ser hospitalizado por tomarse seis latas de leche. Un día, un refugiado llama la atención a un gendarme al que pilla robando latas de leche. Terminan «a tortas»[195] y el marino en el calabozo. Hay que decir que un par de meses antes, un grupo de refugiados había asaltado el camión del pan. Los asaltantes habían sido castigados, pero también todos los españoles fueron avergonzados por el mando militar francés. Ver ahora a los rubicundos policías franceses robar su comida es un motivo más de resentimiento para los refugiados. Años más tarde aún vieron partidas enteras de botes de leche de los cuáqueros en granjas de colonos franceses que servían de comida a los cerdos[196].

39. El auxiliar alumno naval, Arturo Manso Camiño, en Meheri-Zebbeus, con el uniforme completo antes de venderlo por piezas.
Al poco de llegar al campo fueron autorizados a escribir a la familia[197]. Poco a poco empiezan a recibir noticias y alguna ayuda monetaria. Este es el caso de los que tienen familia fuera de España. En cambio, cuando la familia ha quedado en España, por temor a venganzas y represalias, no se atreven a escribir. Tienen razón porque la lectura de las cartas por parte de censores es corriente, dentro del régimen de terror y de control total que se instaura en España[198]. Por este motivo, Daniel Díaz Bueno no manda noticias suyas a su familia hasta que se entera de que ha muerto su hermano. Ya nada peor puede pasarle. Ya no pueden hacerle daño por su culpa. José Fernández Navarro tampoco se atreve a escribir. Como le ocurrió a otros muchos que llegaron a los barcos la noche del 4 al 5 de marzo, su mujer y familia tardarán meses en saber que aquella madrugada pudo salir y que no está entre los que fusilan de madrugada. David Gasca había dejado a su madre y su hermana en un hotel de Cartagena con un «hasta mañana». En abril aún no sabe qué ha sido de ellas[199].
Poco a poco, la correspondencia con la familia se restablece. Como las cartas están censuradas en España, pasan por muy diversos meandros antes de llegar a sus destinatarios. Algunos, con la ayuda de la Cruz Roja, escriben a una persona desconocida en Suiza. Este voluntario pone la carta en otro sobre con su propio remite y letra y la manda a España. Desde España, la familia también manda su carta a ese desconocido suizo para no levantar sospechas. Así se comunicará durante años José Fernández Navarro con su familia. Otros pasan por Argentina o México, ayudados por familiares, aunque sean lejanos. Algunos, como Félix Agüera Paredes y su familia, se escriben a través de Gibraltar.
Los contenidos de las cartas que mandan a su familia son «anodinos». No hablan de lo mal que lo están pasando, del hambre, del calor abrasador, del frío nocturno, del trato vejatorio. En las cartas, todo son referencias a la alegría tan grande de haber recibido carta, a las ganas de volver a abrazarse, a cuánto recuerdan a su familia[200]. Nada más. «A casa les escribo que estoy muy bien para que al menos el que sufra sea yo sólo»[201]. Mandan recuerdos a la hija o al hijo que no han visto nacer, y se tragan todo lo demás…
Son jóvenes y no pierden el sentido del humor. Le ponen nombre a las casas y «calles» del campo de concentración. Al espacio que hay delante de la casa donde viven los mandos le llaman la «plaza de Burgos». La «casa de la Radio» es aquella en donde «se inventaban y se divulgaban los bulos más extravagantes»[202].
Hasta tienen ganas de hacerse fotos para el recuerdo. Sobre todo para mandar a la familia. En general, van bien peinados, muchas veces con corbata, con su uniforme, sonríen. No quieren preocupar. No quieren dar la impresión de estar pasándolo mal. Algunos llevan barba porque sólo unos pocos tienen maquinillas y no hay muchos barberos.
José González López, el maestro zapatero del Libertad, gran aficionado a la fotografía, mandó a su familia unas fotos para que lo conociera su hija M.ª Luisa. Ésta tenía tres años cuando se fue su padre de casa, al comenzar la guerra. «No me acordaba nada de mi padre. Eso me hizo sufrir mucho»[203].

40. Del Libertad. De izquierda a derecha el cabo de máquinas Ángel Lorenzo Fernández, los auxiliares alumnos de artillería Manuel Pedreiro Pita y Pedro Fernández Montero, el auxiliar alumno naval Benito Seoane Montero. Delante el cabo electricista Justo Leira Seoane y el auxiliar alumno electricista Rogelio Souto Martínez con la cara des figurada por las quemaduras que sufrió en la explosión del Jaime I.

41. Desde la izquierda los tenientes de navío Antonio Luque Cantero, Francisco Molines Bañón, Manuel Rodríguez Duboy, señalado con la flecha, José Fernández Navarro y detrás, con camiseta oscura, José Barril Rosales. Los cuatro directores de Tiro de destructores.
Un día los llevan a un oued, un río, que está a unos cuantos kilómetros del campo.
La salida al río es la única manera de lavarse mejor, puesto que no tienen agua suficiente en el campamento. Pero no todos los españoles acuden a las excursiones que organizan. El mando francés no lo entiende hasta que hay que explicarles que… no todos tienen zapatos para recorrer a pie tantos kilómetros.

42. El maestro zapatero del Libertad José González López.

43. Salida al oued, cerca de Meheri-Zebbeus.

44. Metidos en el oued. Delante, segundo por la izquierda, el teniente maquinista Ricardo Calvo Rivera. Detrás de él, los auxiliares alumnos navales Francisco Deibe Abellá a la derecha y Arturo Manso Camiño a la izquierda.
«Por última vez y para el recuerdo con uniforme de verano»[204] se hacen una foto cuatro amigos y compañeros de promoción.
Son cuatro tenientes de navío formados en la Escuela Naval Popular de Cartagena. Son de la misma promoción, la de 1929 de la Escuela de Aprendices Marineros de la Armada en Marín. Los cuatro embarcaron con 16 años en el buque escuela Nautilus. Luego embarcaron en el buque escuela Galatea en viaje de prácticas donde aprendieron, por ejemplo, a subir al velamen, descalzos, trepando por los cordajes y entrar en puerto cubriendo jarcias, entre las velas desplegadas, haciendo un saludo al puerto. Los cuatro hicieron estudios en la Escuela de Artillería del Polígono de Tiro Naval «Janer» en Marín y ascendieron a Marineros Especialistas de Artillería. Embarcaron durante un año, al cabo del cual los cuatro fueron nombrados cabos de Artillería. Un año después siguieron estudiando un curso de apuntadores en el Polígono de Tiro Naval «Janer» en Marín.
La sublevación franquista les cogió en destructores, donde, para defender la República, arrestaron a los oficiales «facciosos»[205] y los entregaron «con todo el respeto que debíamos a nuestros superiores»[206] a las autoridades navales cuando tocaron tierra.

45. Los tenientes de navío Francisco Molines Bañón, José Fernández Navarro, Antonio Luque Cantero y José Barril Rosales.
Todos los cabos fueron promovidos auxiliares alumnos, en este caso de Artillería. En 1937 aprobaron los exámenes para ingresar en el primer curso abreviado de la Escuela Naval Popular de Cartagena[207] , luego aprobaron los exámenes de un curso de tres meses para el ingreso en el Cuerpo General de la Armada, por lo que fueron promovidos al empleo de alférez de navío[208]. En octubre de 1938 fueron ascendidos a tenientes de navío[209]. Los cuatro fueron directores de Tiro en destructores. José Molines Bañón, del Sánchez Barcaiztegui; José Fernández Navarro, del Jorge Juan y del Gravina; Antonio Luque Cantero, del Lepanto y José Barril Rosales, del Ulloa. En esta foto tienen 26 años. Aún no lo saben pero les quedan por delante muchos años de exilio.
[1] Es el adjetivo que le da el comisario general de la flota, Bruno Alonso González, La flota republicana y la Guerra Civil de España, México, Imprenta Grafos, 1944, p. 147.
[2] Manuel Beceiro Santalla, oficial segundo del Cuerpo de Auxiliares Navales, murió aquella noche en el Parque de Artillería. Había sido comandante segundo del Libertad, en los primeros momentos de la sublevación en 1936. En marzo de 1939 era comandante de un torpedero. Sobre su fallecimiento, Manuel Pedreiro, carta del 30 de agosto de 2005 y de Manuel Martínez Pastor, Cinco de marzo de 1939. Cartagena, Cartagena, Imprenta Molegar, 1969, p. 111.
[3] Daniel Díaz, carta del 30 de junio 2005.
[4] Manuel Díaz Alcazas, Recuerdos, texto mecanografiado, p. 7.
[5] En esos momentos también hay en Cartagena una sublevación «casadista», contra Negrín, cuya consigna es «por España y por la paz». Pero el teniente de navío José Fernández Navarro lo ignora totalmente y no tiene idea de tal consigna ni de tal sublevación. Tampoco parece haberlo oído ningún marino entrevistado o que escribiera sus recuerdos.
[6] Manuel Martínez Pastor, Cinco de marzo de 1939. Cartagena, Cartagena, Agua, 1992, p. 59.
[7] Francisco Díaz Bueno, Victoria y derrota vinieron de la mar, memorias mecanografiadas, p. 228.
[8] El aguante de los marinos bajo las bombas quedó confirmado el día del entierro del oficial de guardia del Libertad, Bernardo Blanco Rodal, de Cangas, que, cuando se produjo un incendio en el crucero, falleció por intoxicación de gases. Durante su entierro en el cementerio de Los Dolores de Cartagena, hubo un ataque aéreo. Los muchísimos marinos que asistían al acto aguantaron formados e impávidos al lado del féretro hasta que los aviones se alejaron y se le dio sepultura. Bruno Alonso, op. cit., pp. 109-112, da numerosos ejemplos de esta actitud y llega a decir que «este heroísmo mudo y nada espectacular de la flota es uno de sus actos más gloriosos pero menos conocidos y apreciados».
[9] Pedro María Egea Bruno dio la cifra de 120 bombardeos en el acto de Recuperación de la memoria histórica de Cartagena, celebrado el 1 de diciembre 2006 en el paraninfo de la Universidad de Cartagena. Por otro lado, la unidad 8.º Stormo di Bombardamento Veloce, fue la responsable de los bombardeos diurnos sobre Cartagena. Desde el 7 de marzo de 1938 tenía su sede en Son Sant Joan, Mallorca. Estos aviones podían cargar con unos 1000 kilos de bombas. Juan Martínez Leal en «El esfuerzo de guerra de Cartagena» (en Los nuevos historiadores ante la Guerra Civil española, vol. 1, 1990, pp. 21-44) señala que durante el último año de guerra Cartagena tuvo que soportar bombardeos diarios y hubo días en que la ciudad fue bombardeada cuatro veces.
[10] Luis Romero, Desastre en Cartagena, Barcelona, Ariel, 1971, p. 161.
[11] Manuel Martínez Pastor, op. cit., p. 64 y Manuel Pedreiro, carta del 15/09/2004.
[12] Manuel Pedreiro, que como responsable de la organización interna debe formar esa columna en el Libertad, recuerda que el problema es que no tenían suficientes fusiles porque se los habían dado, junto con las municiones, a los milicianos que habían recogido en Almería y desembarcado en Motril en los primeros días de la guerra y nunca se los habían repuesto. Fue entonces cuando Pedreiro conoció a una muchacha miliciana de aquella compañía, Lina Odena, no muy alta, simpática y muy guapa, según recuerda, con la que tuvo una animada charla. Luego supo que había muerto en combate. Pau(lina) Odena García era una joven militante comunista que murió poco después de conocerla Pedreiro, el 14 de septiembre de 1936, junto al pantano de Cubillas, Granada. Al verse rodeada por falangistas prefirió darse muerte con su propia pistola.
[13] Álvaro Calderón, de convicciones republicanas, mandó durante la guerra el destructor Sánchez Barcáiztegui. Ahora sabemos que el capitán maquinista de este buque era de ideas contrarias a la República y «procuró fingir, exagerar o provocar todo tipo de averías en el buque» hasta septiembre de 1937 en que desembarcó en el arsenal de Cartagena, donde siguió con su labor de saboteo. Después de la guerra fue recompensado con la categoría de coronel. Información de Fernando y Salvador Moreno, La guerra silenciosa y silenciada, Madrid, autoeditado, 1998, p. 427.
[14] 4 Este comandante republicano pudo escapar y huir hasta Alicante. Salió en el Stanbrook. De Orán llegó a Manila donde tenía familia. Información de Francisco Díaz, op. cit., p. 272.
[15] Juan Ponte Paseiro, «Testimonio», relato mecanografiado.
[16] Este teniente coronel de Artillería de la Armada se fue sin su capa, que era muy popular en Cartagena antes de la guerra y que dejó en el Parque de Artillería, donde estuvo retenido unas horas. Por ello y seguramente otros motivos era apodado el «príncipe del carnaval». Anécdota relatada por Manuel Martínez Pastor, op. cit., 1992, p. 56.
[17] Fallecerá en Túnez en 1947.
[18] Javier Rubio, en La emigración de la Guerra Civil de 1936-1939, Madrid, Ed. San Martín, 1977, vol. I, p. 79, da la cifra de 300 civiles, basándose en las cifras que declara el résident général de France en Túnez; Lucio Santiago, Jerónimo Lloris, Rafael Barrera, en Internamiento y resistencia de los republicanos españoles en África del Norte durante la Segunda Guerra Mundial, Sant Cugat del Vallès (Barcelona), autoeditado, 1988, pp. 63, 151 y 155, hablan de unos 350 evacuados, basándose en las cifras expuestas en la época por M. Labonne, portavoz de la Regencia.
[19] Bruno Alonso, op. cit., p. 142.
[20] Daniel Díaz Roldán, carta del 30 de junio de 2005.
[21] Manuel Pedreiro, carta del 29 de junio de 2005 y Daniel Díaz Roldán, carta del 30 de junio de 2005.
[22] Manuel D. Benavides, La escuadra la mandan los cabos, México D.F., 1944, p. 387 da esta información sobre la detención de Eugenio Calderón. Su hermano Esteban, teniente coronel de Artillería Naval, también retenido, no podrá escapar y saldrá de España más tarde, desde Almería, en una barcaza fondeando en Orán.
[23] Juan Ponte Paseiro, op. cit., y Manuel Pedreiro, «Recuerdos», textos mecanografiados.
[24] Carta de David Gasca a Luis González de Ubieta escrita en abril de 1939 desde Túnez.
[25] Llegaron el 7 de marzo. Informaciones de Bruno Alonso, op. cit., p. 147 y Francisco Díaz Bueno, op. cit., p. 266. Luis Monreal Pilón provenía del Cuerpo General y sabía manejar un submarino. Al llegar a Palma fue juzgado y condenado a muerte. Indultado finalmente tuvo que cumplir varios años de cárcel. Al ser liberado se exilió a París, donde falleció.
[26] Recuerdos de Josefina Valverde, conversación en septiembre de 2005.
[27] A pesar de haberse insistido sobre que esa salida estaba pactada, Manuel Martínez Pastor confirma en op. cit., p. 76, que Buiza, el almirante de la flota, ordenó que hubiera patrullas de desembarco formadas en los barcos durante la salida por si había que desembarcar y atacar las baterías. Mientras tanto, los sublevados ordenaron a las baterías de costa que estuvieran preparadas para repeler cualquier ataque que pudiera darse por parte de los navíos. En los buques los directores de tiro estaban al pie de los cañones preparados para un ataque inminente como recuerdan Manuel Pedreiro Pita y José Fernández Navarro.
[28] David Gasca, «El relato que sigue…», texto mecanografiado.
[29] La tarde del 6 de marzo la 206.ª Brigada Mixta del Ejército, mandada por Negrín a Cartagena para impedir la sublevación, consigue entrar en la ciudad pero encuentra resistencia en el castillo de la Concepción, el Parque de Artillería y el arsenal. El día 7 de marzo por la mañana la flota franquista aborta una operación de desembarco. Por la tarde, se rinde la Base Naval, último refugio de los sublevados. Pero Negrín ya no está en España. El 8 ó 9 de marzo el republicano coronel Joaquín Pérez Salas se hizo cargo de la plaza en nombre de la Junta de Casado. Empieza entonces en Cartagena un periodo de casi tres semanas de espera de lo inevitable. El día 30 de marzo las tropas franquistas entrarán en Cartagena.
[30] David Gasca Aznar, «Memorias de la Guerra Civil española, 1936-1939», texto mecanografiado, p. 355.
[31] Entrevista con Catalina Jorro sobre su padre, 14 de febrero de 2007.
[32] Ibíd.
[33] La familia recurrió también a su primo, José Jorro, conde de Altea, que ayudó mucho.
[34] Antonio Ruiz López, Represaliados roqueteros, Roquetas de Mar, autoedición, 2006, pp. 117-126.
[35] San Fernando y El Ferrol fueron las dos Bases Navales en las que los mandos sublevados se hicieron con el poder en julio de 1936.
[36] Pedro María Egea Bruno, La represión franquista en Cartagena (1939-1945), Cartagena, Novograf, 1987, p. 41. La mayor parte de los datos sobre la represión se encuentran en su libro, particularmente en el capítulo «La trama represiva».
[37] Con respecto a El Ferrol, véase Xosé Manuel Suárez en Guerra civil e represión en Ferrol e comarca, Concello do Ferrol, Editorial Galaxia, 2002. También caerá ante el pelotón el contralmirante Antonio Azarola Gresillón, de 61 años y antiguo ministro de Marina en 1935.
[38] Con respecto a la represión en San Fernando, Cádiz, véanse dos obras fundamentales: José Casado Montado, Trigo tronzado, San Fernando, autoedición, 1992 y Alicia Domínguez Pérez, El verano que trajo un largo invierno (1936-1945), Cádiz, Quórum Editores, 2005.
[39] José Cervera Pery, Alzamiento y revolución en la Marina, Madrid, Editorial San Martín, 1978, p. 61.
[40] Gaceta de la República, n.º 356, 22 diciembre 1937, p. 1350. Camilo Molins vivió con su familia en el Gran Hotel de Cartagena y cuando hubo que evacuar Cartagena por los bombardeos vivió en el pueblecito de Los Belones.
[41] Alfredo Martí, conversación de marzo de 2006.
[42] Citado por Pedro María Egea Bruno, op. cit., p. 44.
[43] Ibíd.
[44] Sin embargo, jamás mencionó ante su hija Guadalupe la cárcel y la pena de muerte (Guadalupe Bravo, conversación de octubre de 2005). Tampoco Rogelio Pomares López, maestre permanente de Artillería, dijo nada durante años a su hijo, José Miguel, de los 6 años de cárcel. Un silencio con el que querían proteger a sus hijos.
[45] «Guisantes» en el habla cartagenera.
[46] En los tres «resultandos» de la sentencia se reconoce que «el acusado no provoca ni es causa de la rebeldía de la dotación [sic]», le condena porque «una vez producida se une a ella espiritualmente», no pudiéndosele imputar ningún delito excepto, si se puede considerar como tal, presenciar el fusilamiento de dos marinos rebeldes en el Cantábrico. Toda la sentencia de la causa 429/39 es un largo rosario de reproches por no haberse pasado a los rebeldes. Su mujer que asistió al juicio recordaba que Marcelino Solana explicó al tribunal que «había jurado una bandera y que le habían enseñado a no traicionarla».
[47] Pedro María Egea Bruno, La represión..., op. cit., p. 50 y conversación del 24 de noviembre de 2005.
[48] Ibíd., nota p. 85.
[49] Catalina Jorro, hija de José Jorro Mayans, conversación del 14 de febrero de 2007.
[50] Pedro María Egea, 2006, ponencia citada. 51 Los cerrojos que se abren y cierran todas las noches trayendo la muerte es un leitmotiv entre los recuerdos terroríficos de los que estuvieron presos. Se refieren a esta tortura, por ejemplo, Alfonso Roca en una carta a su familia, Rogelio Pomares, que se lo contó a su hijo José Miguel (conversación del 18/11/2006), José Jorro Mayans que también lo dijo a su familia (conversación con su hija Catalina Jorro el 14/02/2007) y todos los que estuvieron en la cárcel en aquellos años.
[51] Catalina Jorro, hija de José Jorro Mayans, conversación del 14 de febrero de 2007.
[52] Pedro María Egea Bruno, La represión..., op. cit.
[53] El nombre es supuesto pero la anécdota verídica, relatada por Victoria Eugenia Díaz Alcazas y su hermana, hijas del barbero que pasó clandestinamente el almohadón en su maletín.
[54] El nombre es supuesto pero la anécdota verídica, relatada por Victoria Eugenia Díaz Alcazas y su hermana, hijas del barbero que pasó clandestinamente el almohadón en su maletín.
[55] Causa n.º 4/1939.
[56] Benjamín Balboa López fue el radiotelegrafista que, desde la Estación Radio de Ciudad Lineal, jugó un papel decisivo para abortar la sublevación en la Marina al avisar por radio a las tripulaciones de los buques de guerra el 18 de julio de 1936 a través de los radiotelegrafistas de cada buque. Esto permitió que las dotaciones estuvieran sobre aviso de lo que tramaban los oficiales y que pudieran organizarse para evitar la sublevación en los barcos. Se exilió a México.
[57] Daniel Sueiro, La flota es roja, Barcelona, Editorial Argos Vergara, 1983, p. 275.
[58] Su nieto conoció a los dos torturadores de su abuelo, dos gallegos que llegaron a Cartagena para ese cometido y que, casualidades de la vida, terminaron siendo vecinos suyo.
[59] En la sentencia dictada el 22 de junio de 1939 en Cartagena se dice exactamente que resulta probado «ser portador de la orden de salida a la mar del España 3 en cuya salida encontraron la muerte los jefes y oficiales que había a bordo detenidos; constatando por otra parte que el procesado es de antecedentes marxistas y perteneciente a la masonería desde 1931». En el España 3, en alta mar, fueron aniquilados un buen número de oficiales sublevados por un grupo de incontrolados. Queda claro en la sentencia que fue portador, como era su obligación por ser oficial de órdenes, no el que dictó la orden de zarpar.
[60] Pedro Ureña Adrover, conversación del 20 de enero de 2008.
[61] Diligencia de ejecución de pena de muerte de Elías Marché Senac, José Chico Cánovas y Alfonso Roca Cayuela.
[62] Toda la información sobre la parcela X ha sido aportada por Salvadora Roca, nieta de Alfonso Roca Cayuela.
[63] Pedro María Egea, 2006, ponencia citada.
[64] Victoria Díaz Alcazas, conversación de agosto de 2005.
[65] Antonio Martínez Ovejero, ponencia «Documentación y ley de Memoria histórica» en el acto Recuperación de la memoria histórica de Cartagena, anteriormente citado.
[66] Salvadora Roca, nieta de Alfonso Roca Cayuela, lo pudo comprobar personalmente cuando fue al fotógrafo Matran de Cartagena para buscar posibles clichés de su abuelo.
[67] Ricardo Hernández Conesa en «Sublevación y contrarrevolución en Cartagena» en Cartagena Histórica, cuaderno monográfico n.º 10, Cartagena, marzo de 2004.
[68] Enterrado en la fosa común llamada la «parcela X», según lista del cementerio de Cartagena, proporcionada por Salvadora Roca.
[69] Ricardo Hernández Conesa, Muerte en la..., op. cit., p. 26.
[70] Deseado Mercadal Bagur, La Guerra Civil en Menorca, 1936-1939: Relato histórico de un testigo, Mahón, Editorial Menorca, 1994, p. 295.
[71] Oficina administrativa y de personal.
[72] Su sobrina, Carmen Baños Legaz, tramitó en 2003, mediante expediente al Ministerio Fiscal, la inscripción de defunción de Francisco Legaz Vivancos.
[73] Deseado Mercadal, La guerra civil..., op. cit., pp. 285-296 y pp. 310-313.
[74] Sociedad Española de Construcción Naval.
[75] Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, p. 13.
[76] Sorprendentemente, Michael Alpert, La Guerra Civil española en el mar, Madrid, Siglo XXI, p. 363, citando un informe elaborado por el general Ramón Salas Larrazábal, da la cifra de 10 penas de muerte, con dos indultos. Pero es que sólo tiene en cuenta a los jefes y oficiales del Cuerpo General (en realidad fueron 11 ejecutados y dos indultados). Los que no son del Cuerpo General no parecen existir ni siquiera para entrar en una estadística de ejecutados. Willard C. Frank, «La bandera republicana dominó el mar», Historia 16, n.º 20, diciembre 1977, dice que «los sublevados fusilaron 1400 auxiliares y marineros, que representaban una décima parte del total de esos cuerpos de la Armada; o sea, un cuarto de los prisioneros en zona nacionalista». Él mismo indica que son cifras «estimadas basadas en evidencias fragmentarias».
[77] Juan José Millas, «La memoria», El País, 03/06/2005.
[78] A lo largo de este trabajo se citarán las referencias geográficas como se denominaban en aquella época y tal y como las usan los marinos en sus testimonios o escritos. Esto será así en España o en África.
[79] José Fernández Navarro, álbum de fotos comentadas.
[80] Así se desprende en Julián Zugazagoitia, Guerra y vicisitudes de los españoles, Barcelona, Ed. Crítica, 1977, pp. 562-563; Bruno Alonso, op. cit., p. 147; Manuel Martínez Pastor, op. cit., p. 77. Por los testimonios orales y escritos de los marinos, entre la tripulación había mucha confusión. Salían de la ratonera en se había convertido Cartagena, pero no tenían más información. Cuando ya quedó claro que no podían volver a Cartagena, corrieron rumores de todo tipo entre ellos. Creyeron que iban a ir a Alicante, a Marsella, a Toulon e incluso alguno hace referencia a Nueva York.
[81] Así lo recordaba Daniel Díaz, carta del 6 de septiembre de 2005.
[82] Los comunistas pensaban que había que seguir resistiendo hasta el estallido de una guerra europea que consideraban próxima y que permitiría no estar solos contra el fascismo.
[83] Confirman esta medida Bruno Alonso, op. cit., p. 149; Francisco Galán, «Con la flota republicana», manuscrito, sección Tesis, manuscritos, legajo 38/8, Archivo Histórico del PCE; Francisco Díaz Bueno, op. cit., p. 242; entrevista a Juan Román Jiménez en Cien semblanzas de la resistencia, Cartagena, Asociación P’adelante-Abraxas, 1995, p. 14 y Julián Zugazagoitia, op. cit., p. 563, que es quien nombra a José Núñez como responsable de esta medida.
[84] David Gasca, «Memorias de…», op. cit., p. 355 y Francisco Díaz Bueno, op. cit., p.
242.
[85] Las horas, el número de comunicados, contenidos y procedencia real son muy contradictorias según los autores que refieren estos momentos, seguramente debido a la fuerte carga emotiva que tuvo esa noche y a que a muchos testigos directos les hace perder la noción del tiempo y confundir rumores con realidades.
[86] Casi todos los testimonios de los marinos, aunque estuvieran en buques distintos, hacen referencia a que prefirieron tirar las pistolas al mar.
[87] José Fernández Navarro, conversación de julio de 1985.
[88] José Fernández Navarro, álbum de fotos comentadas.
[89] Manuel Pedreiro, diario, día 11 de marzo de 1939.
[90] Francisco Díaz, op. cit., p. 247.
[91] Manuel Pedreiro, carta del 28 de julio de 2005.
[92] Las cifras de personas que desembarcaron varían un poco según los autores: Javier Rubio, op. cit., vol. I, p. 79, da la cifra de 4132 personas de entre los cuales hay 300 civiles, con 20 mujeres y 5 niños, basándose en las cifras que declara el Résident Général de France en Túnez; Lucio Santiago, Jerónimo Lloris y Rafael Barrera, op. cit., pp. 63, 151 y 155 hablan de 3800 marinos y alrededor de 350 evacuados. Estas cifras son las expuestas en aquella época por M. Labonne, portavoz de la Regencia.
[93] Sobre el número de mujeres y niños hay alguna discrepancia mínima: Abdel-Hakim Gafsi, «La situación de los refugiados españoles en Túnez», en Almenara, vol. 10, Madrid, 1976-1977, p. 106, da la cifra de 21 mujeres y 4 niños; Javier Rubio, op. cit., vol. I, p. 79, da la cifra de 20 mujeres y 5 niños.
[94] Decreto del 29 de diciembre de 1936 publicado en GR n.º 365, el 30 de diciembre de 1936.
[95] Pablo Toucet compuso un himno al crucero Libertad a raíz del combate del cabo de Palos en que la flota republicana hundió el crucero sublevado Baleares, el 6 de marzo 1938. En 1954 vivía en Túnez capital. Posteriormente trabajó en excavaciones arqueológicas en Cartago. Luego marchó a Níger donde fundó el Musée National du Níger que, durante mucho tiempo, fue un ejemplo por ser el primero que recogía la historia y las costumbres de Níger.
[96] Víctor Salvador Polanco se exiliará a Argentina.
[97] Ildelfonso Torregrosa García se exiliará a Argel y más tarde a Francia.
[98] Bernardo Simó era de Cullera. Después de un primer exilio en Túnez vivió en Toulouse, Francia, donde falleció.
[99] Manuel Marcote Toba morirá en Túnez el 19 de septiembre de 1974.
[100] Luis Molinuevo Mendieta emigrará a Chile en el Winnipeg y José Feal Galego a Urugay.
[101] Esta relación ha podido ser establecida y completada con la ayuda de una carta que escriben los comisarios políticos en el campo de concentración de Meheri-Zebbeus en defensa de Bruno Alonso (proviene del archivo de Bruno Alonso, enviada amablemente por Manuel López Franco, sobrino del marino Manuel López Pinal). Con la flota llegan otros civiles o marinos que, en un momento dado de los tres últimos años, han sido comisarios políticos como Emilio Araujo Álvarez, auxiliar alumno de Artillería, del Libertad; Manuel López Pinal, auxiliar alumno radiotelegrafista, del Lazaga; José Moreno Mesa, auxiliar de sanidad, comunista, comisario del Méndez en 1937; Manuel Naranjo, socialista, miembro de la logia masónica Atlántida n.º 5 (Ayala, 1986, p. 439) y representante de Bruno Alonso en la base; José Luis Prieto Collantes, socialista santanderino y secretario de Bruno Alonso; Salvador Ruiz Ros, teniente de navío de la Escuela Naval Popular de Cartagena y comisario del Almirante Miranda en 1937.
[102] Hasta el día 13 de marzo no llegará al campo de concentración, Gonzalo Díaz Reinante lo señala en su diario.
[103] David Gasca, op. cit., p. 358.
[104] Bruno Alonso, op. cit., p. 116.
[105] Las cifras son diferentes según los autores. Ricardo Cerezo, Armada española, siglo XX, Madrid, Ediciones Poniente, 1983, III, p. 130, habla de 47 «afectos al Gobierno» sobre 721 oficiales, sin nombrarlos. Ramón Tamames, La República. La era de Franco, Madrid, Alianza Editorial, 1974, p. 263, indica que «de 764 oficiales que pertenecían a la flota, únicamente 38 permanecieron leales a la República». Fernando y Salvador Moreno, op. cit., p. 353, hablan de 47 oficiales, sin nombrarlos tampoco. Efectivamente, si tenemos en cuenta a los oficiales del Cuerpo General que estuvieron en el Ministerio o en barcos de la República e incluso fueron sus comandantes hasta el último momento, el resultado es aproximadamente ese. Pero si analizamos nominalmente estos oficiales nos damos cuenta de que en realidad, republicanos de convicción y que no ayudaran por acción u omisión a los sublevados, sólo hubo 20. A estos se deben añadir los 10 ejecutados. Entre los que volvieron inmediatamente o poco después de finalizar la guerra y que fueron separados del Cuerpo es curioso observar cuántos fueron consejeros del presidente de la República y comandantes de buques republicanos, y, a la vez, quintacolumnistas o adeptos de los sublevados.
[106] Juan Martínez Leal, op. cit., p. 160.
[107] Cifra de elaboración propia basándome en la información proporcionada por David Gasca, «Cuestionario: ¿Qué personas, nombres y cargos o graduación asistieron a la reunión de Cartagena, el día 2 de marzo de 1939?», 9 folios mecanografiados, y «Memorias…»; por Francisco Díaz Bueno, op. cit., p. 265 y ss.; y por Manuel Pedreiro, «Comentarios a un artículo de Michael Alpert», y en la «Relación de los marinos en Túnez». Por supuesto, otros oficiales del Cuerpo General, en particular los que estaban en el Ministerio y en Mahón, salieron por otros puertos o pasos fronterizos.
[108] Pedro Ferrer Córdoba, «La sanidad en la Marina republicana» [en línea] en Web Republicana <http://www.sbhac.net/Republica/TextosIm/Marina/Marina.html>.
[109] Al menos 5 oficiales de la Armada con mando en la flota republicana figuran en la «Relación enumerativa de miembros de la quinta columna», relación hecha con los que solicitaron su condición una vez acabada la guerra. Quiere esto decir que no es completa puesto que no figuran los que no lo solicitaron expresamente (Manuel Martínez Pastor, 1969, pp. 210216). Estos oficiales son Eduardo Armada, teniente de navío, comandante del destructor Jorge Juan que lleva hasta Bizerta; José Luis Barbastro Jiménez, teniente de navío, comandante de los destructores Almirante Ferrandiz y Gravina y del crucero Méndez Núñez, que lleva hasta Bizerta; José Ruiz de Ahumada, teniente de navío, comandante del Torpedero n.º 3, secretario de la Base Naval Principal de Cartagena y comandante del destructor Gravina, que lleva hasta Bizerta; José María de la Puerta Yañez-Barnuevo, teniente de navío, agregado a la Jefatura de la Flotilla de Destructores y profesor de Tiro Torpedo en la Escuela Naval que quedó en Cartagena; Federico Vidal de Cubas, alférez de navío, comandante de los destructores Alsedo y Lepanto. Destituido el 3 de marzo 1939, quedó en Cartagena.
[110] Informaciones dadas por David Gasca en «Cuestionario...», op. cit., p. 5.
[111] Es el título de la obra de Manuel D. Benavides, ya citada, La escuadra la mandan los cabos.
[112] David Gasca, «Memorias de la guerra…», op. cit., p. 22.
[113] Juan Martínez Leal, República y Guerra Civil en Cartagena, op. cit., p. 160.
[114] Diario Oficial del Ministerio de Marina, n.º 180, 13/08/1936.
[115] DO n.º 236, 24/09/1937. Eran «auxiliares vivos y efectivos».
[116] DO n.º 291, 4/12/1937.
[117] DO n.º 78, 1/04/1938.
[118] José Cervera Pery, «La Escuela Naval Popular, 1938-1939», en Cartagena Histórica, cuaderno monográfico n.º 12, 2004, p. 19.
[119] José M.ª Blanca Carlier , «La escuela naval militar (VI)» [en línea] en <http://www. islabahia.com/Culturalia/01historia/laescuelanaval6.shtml>, noviembre de 2006.
[120] DO n.º 78, 1/04/1938.
[121] Abdelhakim El-Gafsi, «De Cartagena a Bizerta. Prolongaciones tunecinas de la Guerra Civil española (1936-1939)» en Anales de Historia Contemporánea, n.º 2, Murcia, 1983, pp. 251-261 y «La situación de los refugiados españoles…», op. cit., p. 92.
[122] Manuel Pedreiro, diario, 12 de marzo de 1939.
[123] Abdelhakim El-Gafsi, «De Cartagena a Bizerta...», op. cit., p. 258.
[124] Todos los pies de foto entrecomillados son del álbum de fotos comentadas de José Fernández Navarro, incluidos los subrayados.
[125] Bechir Yazidi, «Immigration politique et solidarité», en Cahiers de la Méditerranée, vol. 63, Faculté des Lettres de la Manouba.
[126] José Fernández Navarro, álbum de fotos comentadas.
[127] Lucio Santiago, Jerónimo Lloris, Rafael Barrera, op. cit., p. 63.
[128] Bechir Yazidi, op. cit.
[129] M.ª Luisa González Collado, hija de José González López, conversación del 8 de febrero de 2007.
[130] Daniel Díaz Roldán, carta del 3 de junio de 2005. El traslado desde Bizerta a Meheri-Zebbeus se hizo en varias tandas. La primera salió el 12 de marzo y llegó el 13 por la tarde, la segunda llegó al campo el 14, la tercera el 15 y otra el 16, en la que llegan Miguel Buiza y Diego Marón. El 19 de marzo llega un pequeño grupo de 47 personas. El 31 de marzo a las seis de la tarde llega un grupo de 90 marinos en autobús. Son los últimos, los que se habían quedado al cuidado de los buques y no quisieron volver a España con Salvador Moreno.
[131] Javier Rubio, La emigración..., op. cit., vol. I, p. 290, y todos los historiadores españoles hablan de campos de concentración porque «su régimen de organización y de vida no era en realidad muy dispar del de otros campos que, con todo derecho, han recibido el nombre de campos de concentración». De hecho, los españoles que conocieron los campos franceses y posteriormente los alemanes como los de Mauthausen siguieron llamándoles «campos de concentración».
[132] Manuel Pedreiro, diario, 1 de abril de 1939.
[133] Manuel Pedreiro, diario, 14 de marzo de 1939.
[134] Contado por Pedreiro, diario, 17 de marzo de 1939.
[135] Abdelhakim El-Gafsi, op. cit., p. 104.
[136] Manuel Pedreiro, diario, 14 de marzo de 1939.
[137] Felipe Noguerol, conversación de mayo de 1985.
[138] Antonio Pont Cladera, carta mandada en junio de 1939 a su tío, Gabriel Cladera, a Argentina.
[139] Expresión de Alfredo Martí, conversación del 19 de noviembre de 2005.
[140] Enrique Font Balfego, «Recuerdos», texto mecanografiado, 4 pp.
[141] De Moisés no sabemos más, excepto que estaba en el Cervantes. Su foto proviene del álbum de fotos de Alfonso Vázquez del que era amigo.
[142] Rafael Dasí Navarro, «Exiliados republicanos en África del Norte (1939). Internados en Túnez» en La Voz de los Olvidados. Bulletin d’Information de l’Association d’Anciens Combattants et Victimes de Guerre de la République Espagnole, s. f.
[143] Ibíd.
[144] Hay numerosísimos testimonios con esta información.
[145] El primer fallecimiento es señalado por Manuel Pedreiro sin recordar el nombre, carta del 18 de enero de 2007.
[146] Por los testimonios recogidos podemos afirmar que en MeheriZebbeus no hubo muchos fallecidos aunque algunos tuvieran esa sensación. Manuel Pedreiro sólo señala dos, carta del 18 de enero de 2007.
[147] Carta aportada por el sobrino de Manuel López Pinal.
[148] Rafael Dasí Navarro, «Exiliados republicanos... », op. cit.
[149] Javier Gilsanz, «Los últimos del exilio. 52 marinos republicanos no han vuelto a España» en Cambio 16, 10 de junio de 1979, n.º 302.
[150] Manuel Pedreiro señala en su diario, del 20 de marzo hasta el 5 de abril 1939, que se producen doce fugas, ésas son al menos de las que él oye hablar.
[151] Bechir Yazidi, «Immigration politique et...», op. cit.
[152] José Fernández Navarro, conversación en agosto de 1980.
[153] Expresión de Daniel Díaz, conversación el 6 de septiembre de 2005.
[154] Gonzalo Díaz Reinante, diario, p. 10.
[155] David Gasca, «Memorias de la Guerra Civil...», op. cit., p. 360.
[156] Michael Alpert, La Guerra Civil española..., op. cit., p. 305.
[157] Manuel Pedreiro, diario, 19 de marzo de 1939.
[158] Michel Catala, «L’ambassade espagnole de Pétain» en Vingtième Siècle. Revue d’Histoire, 1997, n.º 55, p. 32, señala que Franco ejerció un verdadero chantaje sobre Pétain, amenazando con no aceptar las credenciales mientras Francia no devolviera la flota que estaba en Bizerta.
[159] J. M.ª Blanca Carlier, «Rumbo a Bizerta» en Revista General de Marina, 1970, mayo, pp. 611-612.
[160] Los barcos no fueron entregados oficialmente hasta el 30 de marzo de 1939.
[161] Francisco Díaz, «Victoria y derrota...», op. cit., pp. 253-262.
[162] Cifras expuestas en aquel momento por M. Labonne, portavoz de la Regencia en Túnez. Citado por Lucio Santiago, Jerónimo Lloris y Rafael Barrera, Internamiento y resistencia..., op. cit., p. 67. La cifra parece importante pero en realidad, como refleja Javier Rubio en La emigración de la Guerra Civil..., op. cit., nota p. 80, si se comparan estas cifras con el balance final de repatriaciones del Ejército de Tierra que pasa a Francia en febrero de 1939 la «proporción de retornos a España [es] semejante si no superior, a la de los marinos de la flota».
[163] Francisco Díaz, «Victoria y derrota...», op. cit., p. 283
[164] Manuel Pedreiro, diario, 31 de marzo de 1939.
[165] Geneviève Dreyfus-Armand, El exilio de los republicanos españoles en Francia. De la Guerra Civil a la muerte de Franco, Barcelona, Editorial Crítica, 2000, p. 74.
[166] J. M.ª Blanca Carlier, «Rumbo a Bizerta», op. cit., p. 613.
[167] Ibíd.
[168] Ibíd., p. 614.
[169] Manuel Pedreiro, carta del 29 de julio de 2005. A Manuel Pedreiro se lo contó el enfermero Germán Casal Ramos, del Libertad, que volvió a España y con el que contactó años más tarde. También supieron algo, indirectamente, por Manuel Lago Delgado, marino que quedó con los sublevados mientras que su hermano, Amable Lago Delgado, hizo la guerra con la República. Pedro Rey Maceiras que volvió a España también aseguraba que vió esa corona humana (conversación con su cuñada, Juana Moreno, 28 de febrero 2008). Este episodio es mencionado por todos los marinos exiliados contactados o sus descendientes. No se ha encontrado ninguna prueba fehaciente.
[170] Anthony Beevor, La Guerra Civil española, Barcelona, Crítica, 2005, p. 129 y todo el capítulo viii.
[171] Ibíd., p. 137.
[172] José Salorio, carta de octubre de 2005.
[173] Manuel Pedreiro, carta del 28de julio de 2005. No todos murieron, por supuesto. Pero la percepción que tuvieron los marinos exiliados, en aquellos momentos, es que los que volvieron fueron ejecutados.
[174] Citado por Michael Alpert, La Guerra Civil..., op. cit., p. 362, recogido del Servicio Histórico del Estado Mayor de la Armada, Madrid. Los oficiales que habían pasado la guerra con la República pero volvían con Salvador Moreno, confiados en su ideología y en los sabotajes que habían realizado, también intentaron congraciarse con sus correligionarios entregando listados completos de las tripulaciones con anotaciones informativas como «rojo indeseable», «rojo peligrosísimo», «rojo muy significado», «rojo confidente del comisario» o «de la fai, asesor del comisario, asesino» (véase Manuel Ruiz Sierra, Así empezó todo, Valladolid, AF Editores, 2005, p. 213-218).
[175] Javier Rodrigo, Cautivos, Barcelona, Ed. Crítica, 2005, p. 199.
[176] Conversación con José Luis Martínez Alemany, su hijo, el 18 de octubre de 2007.
[177] Ibíd.
[178] Manuel Pedreiro, carta del 16 de noviembre de 2005 contado por el enfermero del Libertad que pasó por Rota.
[179] Pedreiro escribe en su diario el 11 de abril de 1939 cómo un marino de Cartagena recibe un telegrama de Orán de los que pudieron escapar a última hora, «en el que le dicen [que] no escriba a Cartagena porque allí hay muchas represalias»; el 15 de abril de 1939: «Se reciben muchas cartas de familiares o amigos de España o de otros países en las que dicen que de ninguna manera vayamos a España»; 28 de abril de 1939: «Por una carta recibida de España dirigida a un capitán mercante con una foto de su mujer y su hijo, detrás de la foto que venía encolada a un cartón decía que le dijera a todos de no ir a España, que allí se cometían crímenes a más no poder».
[180] José Fernández Navarro, conversación en marzo de 1985.
[181] Enrique Vigo, Memorias dun antifranquista, Edicións Embora, 2006, p. 50-51 y p. 69-71.
[182] José Luis Martínez Alemany, hijo de José Martínez García, conversación del 18 de octubre de 2007.
[183] Es la frase exacta extraída del texto distribuido en los campos de concentración franceses para incitar a volver a España y que objetivamente podían prácticamente todos suscribir (Geneviève Dreyfus-Armand y Émile Temine, Les camps sur la plage, un exil espagnol, París, Autrement, 1995, anexo II, p. 136).-
[184] Félix Agüera y Rosana Martínez, sobrinos de Ginés Pérez Paredes, conversación del 3 de noviembre de 2006. No recuerdan el nombre del campo de concentración donde fueron a buscarlo sus padres, ya fallecidos.
[185] Lola Aragón, nuera del marino auxiliar alumno naval Adolfo Vivancos Albaladejo.
[186] Por respeto a la familia no se da el nombre. Se trataba de un auxiliar alumno radiotelegrafista gaditano, amigo de Francisco Díaz, que cuenta su caso en «Victoria y derrota...», op. cit., pp. 259-260.
[187] Cifras dadas por Lucio Santiago, Jerónimo Lloris y Rafael Barrera, Internamiento y resistencia..., op. cit., p. 66, recogiendo los datos dados por el portavoz de la Regencia en Túnez.
[188] Manuel Pedreiro, conversación del 3 de julio de 2005.
[189] Francisco Díaz, «Victoria y derrota...», op. cit., p. 266.
[190] Manuel Pedreiro, diario, 10 de abril de 1939.
[191] Antonio Segado era muy conocido dentro de la flota por sus dotes artísticas. Le llamaban el «poeta del pueblo». Bruno Alonso dijo que Segado «es como yo, un hijo de cuna humilde, un cabo de Artillería que además de mover el cañón en la flota republicana, tiene la cualidad de cantar en bellas estrofas, el ansia y el dolor del pueblo». Vivió en París, dedicado a cantar y componer. Falleció allí el 4 de junio de 1988.
[192] Manuel Pedreiro, carta del 29 de junio 2005.
[193] Andrea Tro, viuda de Arturo Manso Camiño, en conversación del 3 de octubre de 2006.
[194] Ya en 1937 toda una serie de asociaciones cuáqueras de Estados Unidos principalmente se integraron en una Comisión Internacional para la Ayuda de los Refugiados Infantiles en España, aportando ayuda a los niños españoles desplazados dentro de España a causa de la guerra. En enero de 1939 empezaron a enviar auxilios a los campos de concentración. Javier Rubio, La emigración..., op. cit., pp. 151152, califica esta ayuda de «eficaz y digna de encomio» aunque era una «benéfica gota de agua en un prado sediento». Los cuáqueros siguieron mandando ayuda a los refugiados españoles hasta 1945.
[195] Manuel Pedreiro, diario, 6 de mayo de 1939.
[196] Manuel Pedreiro, carta del 20 de marzo de 2005.
[197] Manuel Pedreiro, diario, 15 de marzo de 1939.
[198] Pedro María Egea Bruno, La represión franquista..., op. cit., p. 46.
[199] David Gasca, carta al vicealmirante Luis González de Ubieta desde el campo de Meheri-Zebbeus, abril de 1939.
[200] Contenido de tres cartas de José Fernández Navarro a su familia en aquella época.
[201] Antonio Pons Cladera, carta a su tío en 1939 desde el campo de concentración de Meheri-Zebbeus.
[202] Rafael Dasí, op. cit.
[203] Mª Luisa García Collado, conversación el 8 de febrero de 2007
[204] Comentario de José Fernández Navarro en Álbum de fotos comentadas.
[205] Es la palabra que ellos emplearon siempre. «Faccioso» es un «rebelde armado, un perturbador del orden público», Diccionario de uso del español de María Moliner
[206] José Fernández Navarro, que estaba en el Lepanto. Conversación de agosto de 1980. Así fue, en general, en los destructores y así lo han manifestado otros.
[207] DO n.º 309, 25/12/1937; DO n.º 312, 29/12/1937: se convocó un segundo curso, DO n.º 86, 11/04/38.
[208] DO n.º 103, 27/04/1938.
[209] DO n.º 268, 15/10/1938.
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