Kitabı oxu: «Las mil y una noches personistas»

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Sobre este libro

Treinta y cinco autores reunidos para descifrar un fenómeno que superó hace rato los límites de un movimiento partidario o de una plataforma política para convertirse, claramente, en una clave cultural, en una mitología local e irrepetible. En estas páginas circulan, como dice Luis Gusmán en su prólogo, setenta y cinco años de historia signada por las figuras de Eva Duarte y de Juan D. Perón: la fiesta, la resistencia, la caída, el regreso, el triunfo. A los que deberían sumarse los sueños y utopías que solamente el peronismo logró vestir de realidad.

A esta celebración han sido convocados autores de toda laya, los consagrados y los noveles, los peronistas, los antiperonistas y los neutrales, a fin de amplificar, por así decirlo, la mirada sobre un fenómeno sin el cual sería imposible explicar el devenir de la nación argentina: Rafael Bielsa, Virginia Feinmann, Horacio González, Teodoro Boot, Vicente Battista, Juan Sasturain, Miguel Rep, Ana Arzoumanian, Claudia Cornejo, Jorge Alemán, Alejandro Tarruella, Beatriz Pustilnik, Carlos Piñeiro Iñiguez, Hugo Barcia y Luis Tedesco son algunos de los convocados.

La selección de los textos fue hecha por Gustavo Abrevaya y Leonardo Killian, mientras que prólogo y posfacio corrieron por cuenta de Luis Gusmán y Pedro Saborido.

En síntesis, una suma de historia argentina que es, como dice Pedro Saborido, una realidad paralela, una página que se resiste al análisis objetivo. Pero también, en este caso, una oportunidad: la de escribir sobre el tormento y la bendición de ser argentinos.



Las mil y una noches peronistas: relatos sobre el peronismo del nuevo milenio / Rafael Bielsa ... [et al.];compilado por Gustavo Eduardo Abrevaya; Leonardo L. Killian.–1a ed. -Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Granica, 2019.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-950-641-996-71. Antología de Cuentos. I. Bielsa, Rafael II. Abrevaya, Gustavo Eduardo, comp. III. Killian, Leonardo L., comp.CDD A863

Fecha de catalogación: Septiembre de 2019

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Impreso en Argentina en agosto de 2019.

1a. edición–Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

© 2019 Granica

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Las obras reproducidas de Daniel Santoro (1954) son:

Perón cumple, Evita dignifica.

Niños peronistas combatiendo al capital.

Invierno de 1955.

Paseo por Ciudad Evita.

Recuerdo de Plaza de Mayo 1955.

Índice

Sobre este libro

Palabras liminares, por Gustavo Abrevaya y Leonardo Killian

Prólogo, por Luis Gusmán

Noches 1 a 334 (EL ORO)

El mensaje secreto de los inválidos, por Rafael Bielsa

El espíritu de Perón, por Virginia Feinmann

Escuditos, por Jorge Alemán

Cora volvió a trabajar, por Celeste Abrevaya

Relojito, por Ezequiel Bajadish

Gracias a Evita, por Teodoro Boot

Tita votó, por Beatriz Pustilnik

Aquella visita, por Carlos Dámaso Martínez

Cuestión de tiempo, por Miguel Gaya

Sopa de generales, por Osvaldo Contreras Iriarte

La pasión según San Martín, por Mario Goloboff

El regalo de mamá, por Marta San Martín

La única verdad es la realidad, por Vicente Battista

Reyes del cincuenta y uno, por Marcelo Luján

Noches 335 a 668 (EL HIERRO)

Piskasti, por Ana Arzoumanian

Cabecita, por Luis Tedesco

El vendaval y los juncos, por Ezequiel Bajder

La llamada, por Daniel Sorín

Nosotros Los Monos, por Gustavo Abrevaya

De gorilas y pomelos, por Mercedes Pérez Sabbi

El robot argentino, por Leonardo Killian

Carta desde la retaguardia, por Javier Chiabrando

Roxana Capitana, por Carlos Balmaceda

E lucevan le stelle, por Juan P. Csipka

Noches 669 a 1001 (La memoria)

Nell, por Horacio González

Las máscaras del General, por Alejandro C. Tarruella

El General Perón va en coche y vive, por Juan Sasturain

La lluvia en el pasado, por Elizabet Jorge

Los cordones de los borceguíes desatados, por Mariano Abrevaya Dios

El mito de la eternidad, por Hugo Barcia

Manos, por Claudia K. Cornejo

Sin pájaros en el cielo, por Pablo Mourier

1 de julio, por Ernesto Gonet

El “ratón alemán”, por María Inés Krimer

Los Reyes Magos peronistas, por Juan Diego Incardona

El peronismo en la nuca, por Miguel Rep

El farmer de Port Howard, por Carlos Piñeiro Iñíguez

Posfacio, por Pedro Saborido

Sobre los autores

Créditos editoriales



A la memoria de Eva Piwowarski.

A Sahia y Ulises, que son el mundo nuevo.

A Susy, siempre.

L. K.

A Alberto Szpunberg.

G. A.

Se diría que las aguas del Riachuelo nunca corren

pero hay botes semihundidos sin embargo en esas aguas;

esos botes semihundidos que en un tiempo navegaron

y esas lanchas que hoy navegan

no navegan –se diría– ni nunca navegaron.

Junto al Riachuelo hay cafés donde hay hombres que beben

y nada pasó –se diría– ni nunca pasa nada,

el olor es pesado como aguas que no corren

y viene de las fábricas

donde estos que beben trabajan,

cuando estos hombres que beben hacen huelga

los puentes sin embargo se levantan

y se diría que el Riachuelo apurara sus aguas;

con los puentes arriba

sería más lindo que por los puentes cruzar en lancha

y hay menos olor y menos humo

el día que estos hombres que beben no trabajan,

hubo un día –eso sí– en que estos hombres que beben

cantaron por las calles, qué muchachos,

y cruzaron con botes que hacían agua.

Alberto Szpunberg

17 de octubre

Perón cumple, Evita dignifica.

Palabras liminares

por Gustavo Abrevaya y Leonardo Killian

Una antología es una selección de autores. De sus relatos, de sus deseos y sus fantasías. Un autor escribe desde lo más hondo de sí; por eso, llevar adelante esta selección supuso un cuidado especial, una responsabilidad que debe verse reflejada en los hechos. Algunos autores ingresan, otros quedan afuera, y a veces hasta es posible dar explicaciones respecto de tal o cual elección. Ocurre también que, a veces, no hay nada que hablar. Calidad literaria, cumplimiento de la consigna, honestidad intelectual, disposición a aceptar la crítica y las eventuales modificaciones que el editor pudiera sugerir fueron condiciones durante la gestación de la colección que hoy presentamos. Sentimos un gran orgullo por la selección final, por los nombres que figuran en este índice. Autores muy conocidos conviven con autores noveles; eso es, de entrada, la puesta en práctica de un concepto presente desde el comienzo: esta antología debía ser democrática o no habría tenido sentido.

El concepto “peronistas” jamás supuso adhesión ideológica, pero sí respeto. “Todos somos peronistas”, decía Perón. Una humorada, acaso, pero no era verdad y nadie lo sabía mejor que el viejo General. Ser peronista es una forma de ser argentino y ser antiperonista, qué duda cabe, también.

“Son incorregibles”, decía Borges, y tal vez no estaba tan equivocado. No sabemos si lo son, pero, le gustara o no, la Argentina contemporánea no podría comprenderse sin el peronismo. El peronismo entra en la historia del país para modificarla definitivamente. Para desconcierto de propios y ajenos basta con ver piropos y ensañamientos como bonapartismo, populismo, fascismo y otros etcéteras con que se intenta vanamente cambiar el nombre de la criatura nacida en 1945.

Entre el mensaje jacobino y proletario, y la siniestra Triple A, hay un océano de grises y de desafinadas partituras que cantan la misma marcha. En esa sopa se cocinan las contradicciones argentinas más genuinas, y la Historia –esa vieja chismosa que espía tras las puertas– tiene una mirada piadosa y una sonrisa cruel. “En esta mesa comen todos”, parece decir la vieja señora. Estas narraciones, esta muestra azarosa y variopinta que oscila entre el drama y el humor, este mosaico tan nuestro revela que el peronismo puede ser también un género literario. El cine, la literatura y el arte en general parecen comprender mejor que los rígidos tratados sociológicos y políticos, de qué estamos hablando.

Por eso nos propusimos juntar estas voces que nos cuentan viejas y nuevas historias, con gigantes y plebeyas convertidas en princesas, monstruos voladores y las hazañas cotidianas de la gente simple: los cuentos de las mil y una noches peronistas.

Prólogo

por Luis Gusmán

Es posible que una antología temática sobre el peronismo sea irreductible. Uno de los nombres del peronismo es el de movimiento peronista. Quizás una antología debería responder a esa palabra. Una mitología que siempre se está haciendo. Los tópicos, los lugares y las fechas están, pero quedan trasvasados y atravesados por este movimiento. Ya sea que se cuente la gesta o que se narre la tragedia. Como ocurre con toda antología, esta también incurre en la arbitrariedad. En un juego de inclusiones y exclusiones.

Prefiero mitología porque se sustrae a lo partidario. Y movimiento lo vuelve un libro militante, no por responder a una consigna, sino porque cada cuento ha sido causado por una militancia.

El título está tomado de la clásica versión de Antoine Galland y del libro autóctono de Draghi Lucero: Las mil y una noches argentinas. Es posible que la extensión sea quizás excesiva (Mil y una noches peronistas), pero ¿quién podría negar que el peronismo también lo es? Si hubo gobiernos que repartieron la caja de pan, el peronismo repartía pan dulce, sidra y juguetes. Eso lo cuenta Diego Incardona en su relato “Los Reyes Magos peronistas”, para referir a una epifanía barrial y devolver esa palabra a una ocasión festiva, a la noche en vela de niñas y niños esperando la llegada de los Reyes Magos y, a la vez, arrebatando la epifanía de una circulación poetizante.

Voy a contar la anécdota de un niño peronista. Como en muchos de estos cuentos, hijo de padres antiperonistas. Está con su madre en el velatorio de Evita, en el edificio de la CGT. Ella es profundamente radical como su marido, que ha estado preso por imprimir panfletos contra Perón.

Esa noche fría forman parte de una larga cola. El chico se descompone y lo llevan a una de las ambulancias que estaban estacionadas a lo largo de la calle. Le dan Licor de las Hermanas y el chico se repone. Los hacen sortear la cola y entran con su madre y un señor en una silla de ruedas llevado por su hija. La gente silba. Piensan que se han colado. Entran. En el recinto está el cajón donde yace el cuerpo de Evita. La madre levanta a su hijo para que la pueda ver y besar el vidrio que cubre el cajón. El vidrio está empañado de besos.

Con el tiempo, el niño contará la historia, solo que agregará que quien lo levantó fue el general Perón que estaba al lado del féretro, y no su madre. ¿Quién podría desmentir que fue así? Ni siquiera él mismo. Además, tenía ocho años. En sus sueños, Evita levita, flota. Ese niño era yo. Esos eran mis padres.

Este libro está atravesado por esa ruptura ideológica entre padres e hijos. Como lo cuenta a través de una película tras otra, con ese original recurso, Rafael Bielsa en “El mensaje secreto de los inválidos”. Tal vez, por esas coincidencias, el mismo inválido que acompañó a ese chico de ocho años. Pero también están los hijos de militantes peronistas, o aquel chico con dotes de agente secreto, apuntado por Teodoro Boot, que se aposta en la terraza de su casa a la espera de que el avión negro del General surque el cielo de Buenos Aires.

En el peronismo hay un pasaje del avión a los aviones. Del Pulqui de industria nacional, tan bien mostrado en el documental del director Marcelo Céspedes –con la “mirada codirigida” de Daniel Santoro– al avión negro, a los Glosters que bombardearon la Plaza de Mayo.

Esta antología está atravesada por la infancia; no sé si por la inocencia. Miradas que no llegan a dilucidar una realidad que, por secreta, se puede encontrar en un juguete. Un chico no puede esperar un juguete. Lo quiere tener. Quizás sucede lo mismo que con esta antología: no hay tiempo para la promesa. Se hizo.

Las frases de Perón fueron quedando en la historia, no solo del peronismo. Incluso algunas plagiadas, pero que de todos modos eran de Perón. Quién podría dudarlo. Citarlas todas sería hacer un diccionario peronista. Vicente Battista titula su cuento con una de ellas “La única verdad es la realidad”.

En cada velada una historia se va agregando a otra, las cuenta Scherezade para salvar su cabeza. Siguiendo la lógica de la obra de referencia, las historias se fueron agregando, en orden vagamente cronológico, como en un collar de perlas o como las cuentas de un rosario; sí, hay algo de joya y de reliquia en cada historia.

Es posible que este también sea un libro interminable. Solo bastará nombrar algunos tópicos que aparecen en estos cuentos. El 45, el 11 de noviembre de 1951, cuando se instala legalmente el voto femenino; el 55, el 17 de octubre, el 16 de junio, en ocasión del bombardeo de Plaza de Mayo, el regreso de Perón, el 73, Ezeiza.

Pero también, a la noche iluminada le sigue, como muchas veces sucede históricamente, una noche oscura; tales como podrían ser la historia del aprendiz de brujo y por si las tres moscas, como llamó Ramón Alcalde al grupo de tareas conocido como Triple A. Esa iconografía siniestra ha sido reflejada certeramente por Marcia Schvartz en su obra pictórica.

El cuento de Horacio González no es un relato festivo. No existe lo que se llamaba “un día peronista”. No hay sol. Se trata de un sobreviviente que en Ezeiza recibió un balazo que lo dejó paralítico y que un año más tarde se suicidó al borde del Río de la Plata. Aquí la economía narrativa es como un percutor seco, ya que el mismo personaje apoya la pistola sobre su cabeza y gatilla.

Por supuesto, hay una topografía antiperonista que va desde la interpretación de “Casa tomada”, de Cortázar, o de Invasión, con guión de Borges y Bioy, donde el peronismo es un plasma que avanza sobre nuestra ciudad, como esa mancha que se ve en la película de ciencia ficción La mancha voraz.

Hay una apuesta a escritores militantes, en el sentido de que posiblemente su escritura apueste a un corte que no puede ser reducido a su temática ni a su filiación. Corte que Beatriz Guido, en un artículo de los años setenta, llamó “Los negritos de la literatura”, refiriéndose a Enrique Medina, a Jorge Asís y al que escribe este prólogo.

Hay escritores que han marcado lo que no alcanza a ser un período, pero sí un corte. Megafón y la guerra, de Leopoldo Marechal; los hermanos Lamborghini; Leónidas, con “Eva Perón en la hoguera”, Osvaldo, con “El fiord”; “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh; “Evita vive”, de Néstor Perlongher; Fredi, de Héctor Lastra; “Cabecita negra”, de Germán Rozenmacher; El señor Galíndez, de Tato Pavlovsky.

El interior peronista. Me refiero al hogar peronista: un corpiño y un retrato de Perón. Bastaría ver un solo cuadro de Daniel Santoro para entrar en una casa peronista. En el interior de esa casa, cuando la voz del locutor dice “Son las 20.25, hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad”. Abundan en estos relatos los pequeños ritos de interiores, la comida simple y honesta del hogar proletario, los juguetes anhelados, las veredas como extensiones del hogar, los olores, los sabores, para tratar de cercar con el recuerdo las imágenes de un tiempo ido, un tiempo de regalos peronistas, de lecturas peronistas, de pasiones en conflicto.

En su cuento “El ratón alemán”, María Inés Krimer describe la escena de esta manera: “Además de los corpiños, las medias sobre las sillas y el retrato de Perón en la pared, ahora la menor había conseguido un novio que tocaba el clarinete en La Armonía”.

Y es que desde el principio el peronismo fue una lucha. Una voz que se transformó en voces. “Perón, Perón”, y en la voz de Hugo del Carril. Una voz que atravesó el Riachuelo, cuando cruzar el puente y el Riachuelo era una de las manifestaciones de un pueblo sublevado.

La Marcha Peronista, un cántico de barricada y de conquista y sublevación, y por otro lado un coro extraño que se puede convertir en amenaza, como en el cuento de Ana Arzoumanian. Esa marcha contada con una dureza crudamente bella, en una fábrica donde despiden a un obrero, y conviven un padre antiperonista y su hija.

La Marcha y la marcha en la cabeza del “cabecita negra”, y el fragmento “descamisado”, titulado “El cabecita negra”, de Luis Tedesco, en que la expresión en diminutivo hace del color una forma de la segregación.

Los cuadros, las pintadas y los afiches se multiplican y es de rigor pasar a un plural. En el relato de Gustavo Abrevaya, “Nosotros Los monos”, el hogar se extiende y el espacio peronista se transforma en club: “El club se llamaba ‘Unidos o dominados’ y tenía un cuadro de Evita Montonera, pero alguien había pintado encima de la puerta ‘Nosotros Los monos’”. El motivo se vuelve una zoología selvática de gorilas que combaten con monos. El cuento de Abrevaya habla de esas pintadas que poco a poco invadían la ciudad hasta transformarla en una pintada peronista. Algo parecido ocurre con el relato de Miguel Gaya, pero esta vez lo que invade la ciudad es el fantasma de un viejo camión que ha servido de altavoz del peronismo en todas sus etapas y que vuelve, siempre vuelve, porque jamás se fue. Fantasmas que replican en la narración de Dámaso Martínez. O en la búsqueda de Mario Goloboff entre escombros patrios manchados de lirismo. O en el contrapunto perfecto enhebrado por Marcelo Luján, donde después de la pelea del Mono Gatica con Ike Williams, y de su derrota en el primer round, una noche de Reyes –el 5 de enero de 1951– en el Madison Square Garden, se convertiría en una noche nefasta, ya que Perón, que estaba en la habitación contigua escuchando la pelea, debía comunicarle a su mujer el último parte médico que, evidentemente, no era bueno.

“El peronismo en la nuca” como bien lo dicen las postales de Miguel Rep, va y viene. El peronismo en la nuca y en grafitis es un peronismo en movimiento.

Todavía falta su frase final, como él mismo lo decía: “Estoy descarnado”. Si tomamos una frase del cuento “Las manos”, de Claudia K. Cornejo, “El cuerpo embalsamado de Perón no opuso resistencia”, es posible que el General estuviera en lo cierto.

Pero no solo la muerte de Evita sino la del General, el viejo, el conductor, Perón a secas, el héroe de las mil caras, según el poema de Sasturain parodiando el poema de Borges El general Quiroga va en coche al muere.

El espiritismo es una voz. Es lo que capta el cuento de Alejandro Tarruella: “¡Compañeros! Llamó el General en persona, le escuché la voz y era él”. El peronismo comienza siendo la voz del General.

El espiritismo –lo he visto de chico en alguna reunión espírita– es proclive a una cartografía entre celestial y megalómana. El relato de Virginia Feinmann lo cuenta perfecto. En esa ocasión, bajaron los espíritus de San Martín y de Belgrano. “¡Queremos hablar con Perón!… La copa se movió”. Sí, se trata del Movimiento.

También el peronismo puede ser un velo tenue, un telón de fondo, para relatar las desventuras del muerto que no quería morir, es lo que dice el cuento de Hugo Barcia.

A través de estos relatos pasan setenta y cinco años de historia. La fiesta, la caída, la resistencia, el regreso, el triunfo. Incluso la utopía territorial, cuando Perón recupera las islas Malvinas, como sucede en el fantástico relato de Carlos Piñeiro Iñiguez. El General se transforma en un héroe trágico y hasta se desliza al género de la parodia en el cuento “El robot argentino”, de Leonardo Killian, que inventa el robot de fabricación nacional.

Como ante toda enumeración, el lector dispone de la licencia de leer tanto las presencias como las omisiones. Pero ¿qué escritor argentino de mi generación –e incluyo a los otros autores citados en este prólogo– no ha pasado por ahí?




El mensaje secreto de los inválidos,

por Rafael Bielsa

Siempre fuimos distantes, mi padre y yo. Me refiero al uno respecto del otro.

Hay una película norteamericana de los noventa, en la que Russell Crowe come tempura con Al Pacino, en un restaurante japonés.

–Mi padre fue ingeniero mecánico –dice Crowe–... el hombre más ingenioso que he conocido.

–Mi padre me dejó cuando tenía cinco años –le contesta con impaciencia Pacino tamborileando con los dedos sobre la mesa–… y no fue el hombre más ingenioso que he conocido. –De inmediato cambia de tema.

Bien: en ese diálogo, yo soy Pacino.

Estrictamente hablando, a mi padre le hubiese encantado ser ingeniero mecánico, pero no me abandonó. El peso de su propio padre lo llevó por otro camino, cuyo costado laboral desatendió durante toda su vida. Lo que hizo fue ir internándose en una fronda cada vez más intrincada, una red hermética de helechos, desde que tengo uso de razón, haya sucedido eso a mis cinco o a mis trece años.

Como casi todos, fui poniendo a punto mi “idea del padre” conforme el paso del tiempo. Podría decir que lo central consiste en que decidió asignar a su existencia un lugar adyacente en la vida de los otros, tan aledaño como imperturbable.

Cuando llegaba a un sitio, no parecía venir, sino ir a encontrarse consigo en otro lugar. La mayoría de los recuerdos que tengo de él lo ubican en los márgenes. Si ocupa el centro, se trata de algo provisorio o accidental. Y si no era así, de algo jocoso. Para él, lo furtivo no era ni ilegítimo ni redundante.

Si tuviera que exponer sobre el estado actual de mi propia conjetura diría que, entre aceptar ser lo que los otros querían que fuera, él resolvió no ser nadie. Viviría jornadas enteras, inclusive vertiginosas, pero sin tomar parte de sus propios gestos y decisiones.

En algún momento estableció que el sentido que el mundo le había asignado no le era accesible, por lo que se dedicaría a las orillas y a la farsa. Para lograrlo, hace falta un esfuerzo titánico.

Recuerdo sus ojos, uno turquesa y el otro zafiro, como de hielo, fijos en una tierra incógnita. Como no había encontrado ni la estabilidad ni la fiabilidad en la vida parroquial y sus aledaños, dejó de buscarla; por el contrario, erraba sin patria dentro de una constelación a la que se podía acceder, siempre y cuando no se tuvieran los pies en la tierra. Hacia allí se enfocaban sus ojos desiguales.

Un inválido, podría decir. U otra cosa, mucho más pétrea e indescifrable.

Ahora, que no es hora para nada, pienso que su genio era una especie de locura, aunque esa locura no tuviera nada de genial. Soñaba con el cerebro dormido y con el pensamiento despierto, y de ello resultaba una conducta oblicua, desolada, huidiza. Estrafalaria, al fin y al cabo. Las formas correctas embestían a su mundo real, como cuando se mezclan el agua dulce del Río de la Plata con la salada del Océano Atlántico en la Bahía de Samborombón, cielo y nubes flamencas, brisa de raso y rasgarse de lona. Y por todas partes los cangrejales, rojos y nerviosos.

Como vivió ensoñado, y los sueños son una manera de decir, su manera de ser y las decisiones que tomaba siempre fueron ininteligibles. Terminó por hacer de su sueño otra forma de pensamiento, que no tenía ningún respeto por la cronología y las unidades clásicas de tiempo y de lugar.

Verdaderas idioteces que expresaban o hacían los demás, a él les parecían excelentes e ingeniosas, y viceversa. Si los sueños son eso de lo que uno despierta, él resolvió no despertar nunca y, cuando murió, dejó a los demás perplejos y consternados a su respecto.

Era el mismo efecto que causó durante toda su vida, en particular respecto de aquellos que no tenían el sentido del humor necesario como para no tomárselo en serio. Que, precisamente, fue lo que siempre quiso y por lo que siempre luchó.

Trabajó muy duro, en particular durante la segunda mitad de su vida, para que a nadie se le ocurriese pensar que podía ser la persona indicada para cualquier cosa a la que no estuviera dispuesto. Y no estaba dispuesto a nada serio, según el concepto general que se tiene de ello.

Joven todavía, luego de intentar con un estudio jurídico de amigos, volvió al despacho de la casa familiar, donde lo compartió con su propio padre. Es difícil imaginar una pareja más despareja, el padre y el hijo. Enfrente de aquel caserón había una plaza, que daba comienzo al Parque Independencia de Rosario.

Al frente había una puerta doble de entrada, con un embasamiento apoyado sobre un zócalo de bronce –y un frontal defendido por una verja con barras terminadas en una lanza puntiaguda que cubría los vidrios–. Sobre la izquierda, a cincuenta pasos de distancia, construían el edificio destinado a los Tribunales Provinciales.

Tengo empapados aquellos años por la melodía de la película El tercer hombre, Harry Lime Theme, que mi tía, la hermana menor de mi padre, interpretaba tiesa frente a un piano vertical, con sus ojos desquiciados de color violeta, apagando una alegría que no sentía. También me anega el amarillo del sol derramándose dentro del salón comedor de los domingos, tanto en verano como en invierno, con las vidrieras que daban al este y siempre me hacía pensar en una estampa del transatlántico Normandie, cuyos interiores estaban decorados con muebles de Ruhlmann y paneles figurativos de Jean Dunard. Y me ensordece el rumor de las habitaciones interiores donde trajinaba el personal de servicio, en un movimiento continuo que me impulsaba a dejar mi sitio para sentarme junto a ellos y escucharlos narrar.

Mujeres que enarbolaban palmetas de mimbre para quitar el polvo de las alfombras. Muchachos con tijeras de cizalla para madera adulta y serruchos de corte transversal, con los que hacían la poda de limpieza y con la primavera la de acorte, en las estrellas federales de exuberantes brácteas rojas que goteaban su savia lechosa cuando eran intervenidas.

Hombres y mujeres que entraban y salían con provisiones, cordeles, sábanas de hilo de Holanda, sifones de soda, carnes rojas apoyadas en antebrazos sanguinolentos. Con mucho, ellos eran los habitantes más interesantes de aquella casa, en la que vivía el padre de mi padre cuando compartían el gabinete jurídico.

A veces, entre sombras prohibidas que yo oía entredecir y fulgurantes imágenes con las que trataba de representarme lo que ignoraba, como en una especie de misa bárbara, alguien hacía mención a los patrones y a lo distinto que era todo cuando estaban Evita y Perón. Los inocentes, como durante el reinado del Terror posterior a la Revolución Francesa, eran salvados a capa y espada invertidas por Merle Oberon y Leslie Howard. Yo ya era peronista, de plena contigüidad.

En los almuerzos dominicales, era litúrgico escuchar las largas parrafadas de mi abuelo contra el “régimen depuesto”. Tenía un antiperonismo cuantioso, ornamental y conservador de burgués solícito, apoyado en el derecho, la democracia y la república, a los que el “tirano prófugo” había aparentemente mancillado con sus “charlatanerías”.

Una vez mi padre, que pasaba socialmente por antiperonista y había participado de algunas refriegas durante la Revolución de septiembre del 55, le hizo notar a mi abuelo que en los albores de los años treinta, él mismo había sido funcionario político de Agustín Pedro Justo, elegido mediante fraude electoral y luego había suscrito el ruinoso pacto Roca-Runciman.

Mi abuelo le descerrajó una mirada insalubre, giró la cabeza hasta pasar revista a todos los comensales, y se rió sonoramente: “… pecados de juventud…” –dijo– “… era otro país…”. Y la emprendió “… con esos años en los que por todo el país había gente que sacaba credenciales de los bolsillos y se las refregaba a otros para demostrarles que había estado en algún lado o hecho algo que probaba su incuestionable lealtad”. Enseguida pasó a otro tema, escurriéndose como un cangrejo.

Recuerdo haber pensado que, al fin y al cabo, los peronistas que conocía también eran jóvenes en condición de pecar y que, si aquel había sido otro país, por fuerza lo mismo podría decirse del actual. Pero el tono categórico de mi abuelo me hizo callar la boca. Esas no eran las intervenciones que se esperaban de los niños en esa familia desapacible, sino que dejaran pasar los años hasta que les llegara el momento de mostrar de qué madera estaban hechos.

En una ocasión, mi madre fue a consultar a un relevante facultativo rosarino si la locura era hereditaria. “No es congénita”–recibió por respuesta– “pero sí muy contagiosa”. No estoy seguro de lo primero, pero con lo segundo no se equivocó.

Esas irrupciones temerarias de mi padre me hacían mirarlo fugazmente de otro modo. Por lo general, prevalecía su inválido contorno, internándose solo en su propia espesura. Ahora pienso que habría debido darme cuenta de algo: el tullido de la claridad, adentro de las sombras elegidas por él mismo, forzosamente tenía que haber sido otro hombre. Y de ese, yo no podía decir ni una sola palabra.

Como señalé, a media cuadra se construyó el edificio de los Tribunales Provinciales, una mole stile littorio –una versión mediterránea y fascista de la arquitectura moderna– completamente revestida de mármol travertino, que se inauguró durante los años sesenta. A comienzos de la década, los albañiles se reunían en la plaza, luego del almuerzo o a la salida del trabajo, para jugar al fútbol.

Los pibes del barrio solíamos mirar esos lances, en pequeños grupos contiguos al improvisado campo de juego, o desde las ventanas de las casas en donde vivíamos o por las que transitábamos. Mi hermano se prendía en matiné, vermut y noche, porque la escolaseaba. Muy pocos se animaban a mezclarse tras la pelota (había que pedir permiso utilizando el “usted”, pasar por alguna prueba y luego estar a la altura).

Yo solía asomarme por las ventanas del recibidor, donde unos años después fue velado el padre de mi padre, haciendo equilibrio sobre una robusta mesa ratona que conservo, en la que se apoyaba el cenicero.

Desde aquella atalaya miraba hacia el foro sulfuroso donde un puñado de muchachos corría, gesticulaba, derrapaba. A veces, la madre de mi padre asomaba su cabeza color añil, me veía encaramado y refunfuñaba: “Ahjjj, ¡rafatalla!”, palabra que no he vuelto a ver ni a oír, y que al parecer para ella quería decir “pandilla” o “chusma”, maldición que dirigía a los entusiastas.

Para mí, por ese entonces, comensal infantil sentado en almuerzos ferozmente gorilas, sonaba a tumulto, a descamisados, a batahola. Como “Perón”, ése genitivo agudo como un talismán, magnético por estar prohibido e hipnótico, como lo es el silencio de los desamparados.

Era la única interrupción que podía temer; así pasaba largos lapsos, poniéndoles la camiseta de mis colores favoritos a los mejores exponentes, o transformando el desafío en un partido de primera división, en el que indefectiblemente triunfaba el equipo que me desvela, Ñúbel.

Eso fue así, hasta que apareció el amputado.

Tendría unos veinticinco años y una cresta de pelo negro y brillante que le daba el aire de un gallo pavoneándose ante la hembra. Estaba vestido con una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta el codo, un pantalón oscuro de tela acanalada, y un pañuelo que se ceñía al cuello dejando dos puntas menudas, como los pétalos de una flor de boca de dragón.

La pierna derecha de la prenda estaba escrupulosamente doblada a la altura de la rodilla y sujeta por la parte externa del muslo con un gran alfiler de gancho, y calzaba unas zapatillas “Olímpico” de “Panam”, azules con doble suela y capellada de lona.

Toda la indumentaria parpadeaba de limpieza, y así fue cada vez que lo vi. Al comienzo, sobre un costado de la vereda que enfrentaba la casa de mi abuelo; más adelante, entre los jugadores.

Porque, a poco de llegar, solicitó autorización para mezclarse en el duelo. Uno de los que oficiaba de interlocutor, morocho, alto y fornido, le miró el costado derecho del cuerpo y luego a los ojos.

El amputado encajó el muñón entre los parantes de la muleta, apoyado sobre la empuñadura –que estaba muy baja porque tenía los brazos largos–, se afirmó sobre la almohadilla axilar, con el peso del cuerpo clavó la contera en el pasto e hizo un gesto que luego le vería con frecuencia y que siempre me cegó: ladeó la cabeza, y con ella el penacho oscuro, como al compás de una tormentosa melodía interior, describió un breve semicírculo hacia atrás y terminó el ademán afirmando el cuello y mirando al inspector. El supervisor bajó sus ojos. Yo sentí en aquello un desdén por los almuerzos familiares de los domingos, como si él supiera lo que les hacen los saciados a los que tienen hambre. Así fue la primera manifestación; en adelante, bastaba con que llegara para que le hicieran sitio.

Corría como un hombre con una muleta, claro está, pero no eludía el roce físico y –más todavía– reaccionaba con brusquedad cuando creía que alguien le había tenido lástima. La mayoría de las veces golpeaba la pelota con el extremo de la muleta, pero en algunas ocasiones, mediante un acrobático espasmo, lo hacía con la pierna izquierda; la de apoyo.

Cuando el tiro salía bien, sacudía la cresta brillante contorsionando el cuello, como lo había hecho al llegar. Muchos años más tarde, el acordeonista ciego de Amarcord hizo un gesto semejante, que pensé que había olvidado y que identifiqué de inmediato.

No sé cuánto duró el espectáculo, durante cuánto tiempo el amputado fue a patear a la plaza, pero sí que en una ocasión mi padre abrió la puerta de esa habitación, yo escuché el sonido y me di vuelta.

Achicó los ojos, ofuscados por la claridad que lo golpeaba en la cara, y me preguntó qué hacía ahí, trepado. Le conté y se puso a mi lado para mirar él también; no necesitaba de ningún suplemento y rápidamente se involucró con lo que estaba viendo. ¡Un partidario de Aramburu! “¡Rafatalla! ” Un doble agente, ahora lo sé.

Lo escuché respirar cada vez con mayor agitación, como si en el medio hubiese muchos hilos que se entrecruzaran: una especie de roce, de saludo, de sujeción. Mi padre miraba, tenaz, negativo, categórico.

Como yo no tenía el hábito de su contigüidad, me sentí incómodo y le hice un comentario acerca de una historia que había leído. Era de un brasileño, Monteiro Lobato, y tenía palabras que me regocijaban y me traían serenidad, como jaboticaba o chirimoya.

En uno de los volúmenes de la obra, aparecía el Saci, un negrito atropellador de una sola pierna, que usaba sobre la cabeza un capuchón rojo y que agriaba la leche en las jarras.

“¿Sabías que el Saci es tan artero, que cuando quiere, a pesar de tener una pierna, la cruza como si fueran dos?” Mi padre hizo el ademán de mirarme, pero continuó, agitado, con los ojos en la plaza por unos minutos más, estupefacto como si él mismo hubiera comprendido que era un mutilado.

Luego, se dio la vuelta y salió como había llegado. Nunca más volvió. Solo, alguna vez, mi abuela se asomaba, miraba, profería su: “Ahj, ¡rafatalla!” y me dejaba en paz.

Pero ellos siguen allí, por lo que se puede ver, inmutables y, por tanto, de algún modo eternos.

El espíritu de Perón,

por Virginia Feinmann

Ese año en la escuela se cantaban más marchas. La directora ordenaba formar fila y después decía lo de la patria recuperada, y decía firmes, distancia, descanso, firmes. A la salida se arriaba la bandera con “Vamos, argentinos, vamos a vencer”. Era una bandera nueva, con la franja del medio muy blanca, pero tenía un agujero pequeño en el costado. Cata podía verlo con toda claridad. Cada vez que después de firmes-distancia-descanso-firmes arriaban la bandera, lo único que ella miraba era ese agujero en la tela.

Su hermana Pepi iba a buscarla seguido durante el recreo. No le gustaba jugar con otros chicos. No sabían tocar la guitarra como ella ni conocían temas de Pedro y Pablo. Muchas veces terminaban las dos solas, caminando en círculos por el patio, cantando en voz baja.

Era un día de esos en que Pepi se acercaba. Había querido cantar la La Luis Burela y nadie más quiso. A ella le gustaba esa canción. “¿Con qué armas, señor, lucharemos? / Con las que les quitaremos, dicen que gritó.” Siempre repetía el estribillo, mientras saltaba a la soga, mientras saltaba al elástico, si bien su papá, que era quien en principio se lo había enseñado, desde el comienzo del año venía diciéndole que no lo cantara más.

Así estaban cuando llegaron las inglesas. En realidad no eran inglesas. Florencia se llamaba Florencia pero le decían Florence, y a Carolina, Carol. Sus padres habían nacido en algún lado, con nombres de ese estilo. El nombre de la madre, por ejemplo, era Eudora, pero ellas habían explicado que se pronunciaba Iudora. También contaron que tenían un perro que se llamaba Maxwell y que era un preston terrier. Fue lo primero que les informaron a todos al empezar la escuela.

Ahora querían invitarlas a jugar. ¿A nosotras?, se sorprendió Pepi. Cata esperó callada. Bueno, sí, dijeron las inglesas. Well, yes, dijo Florence. Why not?

Jamás les hablaban en los recreos. Cata y Pepi no tenían idea de qué estaba balbuceando Florence mientras movía las manos y mostraba el cielo y Carol les miraba los zapatos con sus ojos finitos y celestes, así que volvieron a preguntar por qué.

—Es un juego que inventó nuestro primo de Adlington, les va a encantar.

—Pero a nosotras ¿por qué?

—Bueno porque... well... Porque nadie más se anima.

Caminaron. Florence tenía piernas largas e iba adelante sin esfuerzo. La punta del lazo de su delantal, siempre más blanco que los demás, subía y bajaba con sus movimientos, las iba guiando por calles en círculo, con árboles cada vez más grandes que empezaron a oscurecer el cielo. Las casas se hicieron anchas y bajas y las plantas trepaban por las paredes. El aire era frío, pesado.

—¿Cómo es el juego? –dijo Pepi.

—Well... –Carol miró a Florence–, se cortan unos papeles...

—Sí –dijo ella y se dio vuelta, las trenzas rubias también giraron y el lazo de su delantal la rodeó como la cola del corcel encantado–. Se cortan unos papeles, en cada uno escribís una letra del eibicí, los ponés en círculo, arriba de una mesa… Apoyamos una copa de cristal boca abajo. Cada una pone su dedo arriba de la copa.

Siguió caminando.

—¿Y entonces?

—Y entonces podés hablar con los muertos –completó Carol.

La casa tenía puertas verdes como pizarrones gigantes y dos leones de bronce con anillos en la boca. Pepi quiso tocar uno, pero Cata le detuvo la mano. Florence apretó un timbre que sonó como una campanita. Una señora parecida a la portera de la escuela les abrió la puerta. Las inglesas pasaron sin saludarla. Pepi quiso darle un beso pero por alguna razón no se animó. Entraron.

Iudora, la madre, leía un libro cerca del fuego. Era una chimenea como la de los cuentos, como la de Papá Noel en trineo, con fuego encendido de verdad. Ella estaba envuelta en una manta y la tapa del libro era de terciopelo rojo y letras doradas. Antes de que pudieran acercarse las miró, levantó una ceja y les sonrió con media boca. Volvió al libro.

—¿Le avisaste a tu mamá que veníamos? –preguntó Cata mientras seguían a las inglesas por una escalera de madera lustrada.

Cada paso hacía un ruido que nunca habían escuchado. Quizá solo el piano de la escuela cuando venían a afinarlo. Le abrían la panza de madera oscura, las cuerdas y los martillos y el pañolenci adentro. Así pisaban ahora.

—Sí, le avisamos.

—¿Y qué dijo?

—Que estaba bien –se rió un poco–. Que seguro iban a querer hablar con Perón.

—Queremos hablar con Perón –dijo Pepi–. Tenemos que hablar con Perón, Cata, papá se va a poner contento…

—Very well then –Florence dispuso las letras sobre una mesita de madera redonda–, ¿cuál es el nombre del señor Perón?

—Juan Domingo –dijo Cata y sintió que se paraba más derecha.

—Pongan los dedos –indicó Florence y una vez que lo hicieron cerró los ojos y recitó: si el espíritu del señor Juan Domingo Perón se encuentra presente en la sala, que se manifieste a través de la copa.

—Haced que compadezca... –agregó Carol.

—Sí, haced que compadezca delante de..., no, que comparezca...

—No, que compadezca…

—¡Queremos hablar con Perón! –dijo Pepi.

La copa se movió.

Pareció que flotaba sobre esa madera casi negra y suave. Sin que la forzaran de ningún modo fue de letra en letra. Primero a la L, después I, después B. Se miraron.

–Liberación –dijo Cata–. Liberación o dependencia. –Lo había escuchado varias veces.

—No way! –dijo Florence.

—¿Entonces qué?

La copa frenó un segundo y retomó hasta la R y después la O. ¿Libro? Y después M, A, D, R, E. Y después volvió al centro y se quedó totalmente quieta.

—Libro madre no es nada. Libro madre...

—Cuando entramos tu mamá estaba leyendo un libro –se acordó Cata.

Carol bajó las escaleras corriendo. Volvió y dijo que su madre estaba leyendo The hound of the Baskervilles y que lo había escrito sir Arthur Conan Doyle y que por lo tanto estaban hablando con él.

—No puede ser. ¡Llamamos a Perón!

—Excuse me pero me parece mucho más interesante –dijo Florence y empezó a hablar en inglés con la copa.

Cata y Pepi no volvieron a poner los dedos, agarraron sus portafolios y se fueron sin saludar. Cuando la señora igual a la portera de la escuela fue a abrirles Pepi la abrazó y lloró. Ella no dijo nada. Solo le acarició la cabeza con una mano callosa, despacio, hasta que se calmó, hasta que se le pasaron la rabia y el llanto, y pudieron irse y caminar las treinta cuadras que había entre su casa y ese lugar.

Tomaban una sopa de letras. Pepi juntó con la cuchara, la P, la E, la R. Nadie hablaba. Papá no tocaba la guitarra. Mamá lo miraba y cada tanto le daba la mano, le sacudía un poco el brazo.

—Hay que avisarle al Negro, Héctor.

Hay que avisarle al Negro era lo único que decía, en voz muy baja. Solo después, horas más tarde, cuando Cata se despertó en medio de la noche y cruzó el pasillo de baldosas frías para ir al baño, escuchó llorar a mamá.

La directora daba discursos cada vez más largos. Se había triunfado, decía, sobre los enemigos de la nación. Y llevaba los hombros hacia atrás, erguía más el pecho, levantaba más el mentón y taconeaba por los pasillos. Su rodete era cada vez más tirante.

—Nosotras tenemos que hacer algo –le dijo Pepi a Cata en el recreo, mientras caminaba alrededor de ella en círculos porque ninguno de sus compañeros, ni ella misma esta vez, habían querido cantar La Luis Burela.

—Tenemos que hacer algo.

Desde el otro lado del patio Florence las miraba, sentada con su pelo dorado en trenzas, con el lazo del delantal reposando a su lado. Subía y bajaba los ojos del libro de terciopelo rojo con letras doradas. No creían que lo estuviera leyendo. Más bien parecía que lo había llevado para molestarlas.

Esa noche sonó el teléfono y mamá escuchó un rato largo.

—Está bien, yo aviso –dijo–. Héctor no... no sé... no está bien... desde lo de Alicia y el Negro.

Cata miró a papá que a su vez miraba algo inexistente, como si esperara, como si vigilara, como si quisiera atrapar ruidos con los ojos.

—Vamos a jugar de nuevo –les dijeron entonces a las inglesas–. El juego del primo de ustedes.

Florence se hacía la distraída, aunque Carol ya estaba diciendo yes, yes.

—Y si quieren pueden tratar de hablar con Perón otra vez.

—Sí, con Perón queremos hablar. ¿Les parece esta tarde?

Volvieron a recorrer las calles en círculo, las casas con plantas en las paredes, el aire frío y pesado, los árboles que oscurecían el cielo, la punta brillante del lazo del delantal de Florence.

Esta vez no se veía a Iudora frente al fuego y nadie leía el libro del señor ese, así que pensaron que todo iba a ser más fácil.

Carol arrimó la mesita oscura de tres patas y Florence apoyó una por una las letras. De un armario lleno de cristales y adornos sacó la copa. Lo cerró con un clic suave y una vuelta de llave. Pasó una franela verde a la copa, la puso boca abajo en el centro de la mesa, posó el índice en la base y, well, pongan los dedos ustedes también.

—Perón, te pedimos por favor que vengas y ayudes a papá y a mamá –dijo Pepi.

Y las inglesas:

—Dear God, ¡así no es!

Pero ella lo repitió, lo repitió unas tres o cuatro veces, frunciendo los labios finitos, haciendo fuerza con los ojos sobre la copa, hasta que empezó a deslizarse y todas sintieron un golpe seco en la panza, como si hubiera arrancado un auto. Se miraron. Y después a las letras.

I–T–S –pausa– C–A–M–I–L–L–A.

—Camilla. Perón está enfermo. Está en una camilla, Cata, por eso estamos así.

—Así ¿cómo? –dijo Florence.

—No sé –dijo Pepi–, así.

—Tristes –dijo Cata–. Con miedo –y le sostuvo la mirada.

La copa volvió a moverse.

CAMILLA – FROM – BARLEY–FIELD.

—Camilla... ¡la nena del camión silo! –Florence y Carol se agarraron las manos–. Es una nena… –les dijeron–, era una nena... murió en el campo de su padre... era como nosotras...

—Como ustedes cómo.

—Como nosotras, así como somos nosotras, pero fue al campo y habló con los peones. No saben por qué fue y habló con los peones. Y a la noche la encontraron en un camión silo.

—¿Un camión qué?

—Un camión silo... –Carol pensó...

—...Grain storage lorry –dijo Florence, y Cata quiso preguntarle a esa nena si sabía algo, si los peones le habían hablado de Perón.

—¿Vos entendés lo que dice?

—Obvio que entiendo, entiendo todo, ella fue al campo y los peones la metieron en un camión silo y le tiraron los granos encima a propósito y la ahogaron.

—La mataron –completó Carol.

—¿Cómo sabés que fueron los peones? –Cata se levantó tan fuerte que golpeó la mesa con las rodillas. La copa se inclinó un segundo, después volvió a su lugar–. A lo mejor ni sabían que ella se había metido ahí. A lo mejor se metió sola, por ser una nena inglesa tonta que no entiende nada.

—¿Qué decís? Fueron los peones. La mataron, right, Camilla? –Florence siguió hablando en inglés.

Carol lloraba y decía “poor Camilla” y ellas agarraron los portafolios de nuevo y se fueron corriendo de ahí.

A la hora de la cena el teléfono sonó más que nunca. Mamá se apretaba el ceño con dos dedos y decía:

—Sí, sí, estoy avisando. Estoy avisando a los que puedo. A algunos ya no los encuentro.

Papá había dicho que no cenaba, que cenaran sin él. Le dolía mucho la cabeza y se había tirado en un sillón. Estaba acurrucado como un bebé con frío.

Pepi le dijo a su hermana que iba a pasar el recreo con amigas, que había encontrado una que se sabía, Ay país, que iban a cantarla juntas y que no se preocupara. Apenas Cata se dio vuelta para jugar al elástico, ella salió por la puerta de hierro negro sin mirar a nadie. Pensó que así nadie la miraría a ella, y así fue.

Corrió por la avenida hasta la calle en círculo, las casas anchas, el aire frío. Imaginaba el lazo blanco de Florence adelante, como las miguitas de Hansel y Gretel, como la cola del corcel encantado que le decía por dónde ir. Reconoció la casa de los pizarrones verdes. Tocó el timbre de campana. La señora igual a la portera de la escuela la abrazó, le secó las lágrimas, le apartó el pelo húmedo de la frente, escuchó todo lo que tenía para contarle. Cuando, llegado el momento, Pepi le pidió el favor de subir al cuarto de la copa, la dejó pasar. Y cuando le dijo que necesitaba ver las letras un segundo, la señora, tranquila, callada y armoniosamente, también dio vuelta a la llave del mueble y lo abrió con el suave clic.

Esa noche mamá tampoco cenó. Les dejó unas milanesas cortadas y un puré con grumos y se fue a seguir envolviendo. Cada tanto le llevaba un té a la cama a papá. Y después puso la máquina de escribir en una caja y la cerró con cinta. Recubrió los vasos con papel de diario. Bajó libros de la biblioteca y los apiló en el piso, cerca de las valijas.

Cuando todos se acostaron, Pepi la escuchó llorar otra vez, bajito. Golpeó la puerta del dormitorio. Entró. Mamá tenía el codo apoyado en la mesa de luz y la cara sobre ese codo. La levantó y la miró. Le sonrió. Pepi se acercó y le dio lo que guardaba para ella desde la tarde. Una por una le fue alcanzando, primero la P, después la E, la R, la O, la N. Mamá las acomodó sobre el vidrio de la mesa de luz. Le acarició la cabeza. Le dijo sí. Sí, mi amor, sí.

Escuditos,

por Jorge Alemán

a Gustavo Abrevaya

Siendo un niño encontré en casa una cajita llena de escuditos, escondida en un placard. Así fue que hallé una de esas insignias que los mayores llevaban en el ojal. Pero esas insignias, por razones extrañas a mi entendimiento, no eran inocentes. Estaban ocultas desde hacía tiempo, nunca las había visto antes.

Entonces pregunté a Madre por su significado y, antes de terminar la pregunta, me respondió:

—Están prohibidas.

Aquí mi asombro se demoró en el brillo huidizo que me observaba desde el escudito. Nunca había tenido en mis manos un objeto tan mínimo, casi insignificante, y que a la vez participara de lo prohibido. Madre había sido concluyente: prohibidos.

Y pude sentir su temor cuando pronunciaba esa palabra. ¿Qué representaban? ¿Qué bizarra pertenencia señalaban?

—No sé si Padre podrá explicarte esto a tu edad. Que lo haga él porque a mí siempre me gustó Evita –¿Había escuchado antes el nombre de Evita?–. Que él te diga algo porque eso va a volver…

Un pequeño objeto, con colores familiares en el caleidoscopio de una patria perdida en la infancia del hijo de un peronista, se presentaba por primera vez como el talismán de un mito siempre a descifrar.

Cora volvió a trabajar,

por Celeste Abrevaya

Francisca se miró la bombacha limpia y frunció el ceño.

—Mamá, mamá, vení, quiero agua, salí del baño. Mamá, dale.

Los hijos siempre golpeaban a la puerta, ese reclamo de cada día, lleno de amor, seguro, pero implacable.

Terminó lo suyo y salió.

La llamaban la puta. Seco, impiadoso. “Ahí viene la puta”, decían cuando ella pasaba. Esos pantalones, el cigarrillo que fumaba hasta en la calle, hasta en la calle ¿te das cuenta?, es increíble, y la cascada de rulos negros que le llegaba a la cintura, para el barrio eran suficientes argumentos. Los muchachos del Atalaya en Isidro Casanova le comían el culo con los ojos cada vez que salía a hacer los mandados. Un culo redondo y parado que movía como Tita Merello. “Mirá ese pan dulce, por favor, querido”, decían sin disimulo desde la mesa del bar, junto a la ventana. “Cuando viene es una gloria, pero cuando se va, mi Dios, me arruina el día”. Y también: “A esta le gusta que la miren, lo único que quiere es tener un macho encima”.

Algunas vecinas la despreciaban y tampoco ocultaban su opinión: “Ay señora, cuide a su marido, los hombres son cabeza fresca y a estas putitas se le van al humo”.

Sin embargo, otras, las menos, la admiraban en secreto. Quizás porque entendían que Francisca era lo que ellas hubieran querido ser, pero no se habían animado. Mientras baldeaban la vereda cuchicheaban sobre el último novio de Francisca y comentaban ese andar soberbio que tenía, esa seducción desfachatada que ellas habían perdido por tener que lavar calzones. ¿Qué no hubieran dado por ser como ella, aunque más no hubiera sido por un momento? La admiración las desgarraba. Y tenían el coraje de admitirlo.

Elena y Nilda se la cruzaron en la verdulería y rompieron el hielo. Caminaron juntas. Entre risitas nerviosas, como una travesura, le pidieron un Derby. Ella les convidó. Tosieron la tos del primer cigarrillo.

—¿Qué me diste, Francisca? Me da todo vueltas.

Francisca se encogió de hombros.

—Es la costumbre, cuando se te pasa el mareo, empezás a disfrutar y entonces entendés para qué fumás.

— ¿Y para qué fumás?

—Mirá, después de dormir a los nenes, salgo al patio, prendo un cigarrillo y ya tenerlo entre mis dedos me cambia el día. No parece mucho, ¿no? Pero yo lo veo como los negros cuando abolieron la esclavitud. Una vez que probaste eso, es un camino de ida.

Entonces, con la premura de lo nunca dicho, hablaron de la vida doméstica, del ahogo que sentían. Se decía que del trabajo a casa y de casa al trabajo, pero para Elena y para Nilda el trabajo y la casa eran lo mismo.

Francisca había tenido que conseguirse una changa cuando su marido se fue, dos años atrás. Hacía la manicura en la peluquería de Teresa. Juntaba unos mangos, mantenía a los hijos, que eran tres, dos nenas y un varón.

—Se fue con otra, Elisa. Supe que armó una familia nueva. Yo ya hice eso del matrimonio y la verdad es que no me gustó. No me enganchan más. Ya sé que en el barrio me llaman puta, que digan lo que quieran. A Evita también le dicen puta.

— ¿No lo extrañas?

—Al principio, un poco. Pero un día me di cuenta de que hacía mucho que estaba harta de esa vida, y entonces me alivié, así que, en secreto, le agradecí al turro ese por su traición y decidí seguir sola. Mis hijos lo extrañan, y tienen razón, pobrecitos, el tipo no les da ni cinco de bola. Pero estamos inventado una familia sin un pelotudo en camiseta que se tira pedos y que en lo único que piensa es en Boca. Yo me divierto y no lo tengo ahí diciéndome “Francisca, ¿qué hiciste todo el día? ¡Esta casa es una pocilga!”. Igual, les digo, alguna cosa linda tenía Antonio, en primavera mi casa siempre olía a jazmines que él me traía. Pero ahora huele a Derby, qué se le va a hacer. Y me encanta. José duerme conmigo dos veces por semana, el tipo me cumple, eso me gusta, arregla la cortina cada vez que se traba y encima cocina un pastel de papas para chuparse los dedos. No necesito que me dé un techo, ya tengo uno. Y si alguna vez se borra, entonces, chicas, al carajo con José. No necesitás ser un macho para cambiar una lamparita.

Hubo escandalizadas risas femeninas.

—¿Y cómo es estar con otros hombres? –preguntó Nilda, tenía la excitación a la vista–. Yo solo conocí a Juan. Me casé a los 19, y acá estoy. No me quejo, eh, nos llevamos bien, es bueno conmigo, me ayuda con la casa, los sábados hacemos las compras, es un padre amoroso –Nilda hizo un silencio–. Lo que pasa es que yo, cuando era chica, me imaginaba otra cosa de la vida.

Francisca hizo una mueca y las miró con el cigarrillo en la boca.

Las chicas tenían el corazón agitado, querían escucharla, saber más.

—Hay que probarlo. Un mismo hombre para siempre es aburrido, pero eso es para mí. Y que Dios me perdone.

Miró al cielo y dio otra pitada al cigarrillo.

Después charlaron como la mayoría de sus vecinas, dijeron que gracias a la Señora pronto iban a poder votar, algo muy importante.

—¿Se imaginan? Yo nunca estuve en un cuarto oscuro, no veo la hora de depositar mi voto en la urna, PERÓN PRESIDENTE–EVITA VICE, yo apoyo al General y a la Señora hasta la muerte –dijo Elena.

—Eso, hasta la muerte –dijeron las otras dos a coro, se sorprendieron, se miraron, y empezaron a reír a carcajadas.

Después cambiaron los temas, los bueyes perdidos aparecieron como siempre, dijeron que era un invierno frío, y también comentaron la última película de Carlos Schlieper, Cosas de mujer. Se despidieron con un beso, y Nilda propuso ir a la plaza con los chicos el domingo a la tarde.

Cuando Francisca entró a su casa, dejó el changuito con las compras en la cocina y se fue al baño.

La bombacha seguía limpia.

Preparó fideos, gritó “a comer”, los chicos llegaron corriendo, parlotearon y comieron como potros felices. Después los acostó, salió al patio, suspiró, prendió un Derby. Contó las estrellas, canturreó Cambalache, terminó el cigarrillo, lo pisó, se fue a la cama.

Ya se dormía cuando pensó:

—No quiero ser madre otra vez.

El domingo, después de la siesta, se encontraron en la plaza. Llevaron bizcochitos de grasa, mate, una Crush. Mientras los chicos jugaban a la mancha, ellas charlaban, la conversación fluía, los temas se atropellaban, hablaban, se escuchaban, desmenuzaban cada palabra que salía de cada boca, no dejaban de contenerse y aconsejarse, de compartir lo silenciado por pudor o por la creencia de que hay cosas que no se ventilan. Dijeron groserías, hablaron de sexo, se retorcieron de la risa, fumaron, se abrazaron, las lágrimas vinieron solas.

Se hicieron las ocho.

—Chicos, a casa, vamos, a despedirse. Cinco minutos más y listo, es tarde –gritó Elena, que ya juntaba las cosas.

Francisca le agarró la mano a Nilda, la miró a los ojos, le dijo:

—Creo que estoy embarazada.

Elena escuchó y volvió la mirada para donde estaban las dos mujeres.

—Bueno, bueno, jueguen un rato más –dijo, y se metió en la conversación.

—¿Estás embarazada? ¡Qué alegría, Francisca! ¡Felicitaciones! –dijeron casi en automático y se le acercaron para abrazarla.

Francisca les mostró una palma, se fue para atrás, no quería abrazos.

—No entienden. No voy a tener otro hijo, necesito que me ayuden.

La miraban.

—No es momento, no tengo plata, pero tampoco es eso, yo, la verdad, no tengo ganas. A José no voy a contarle. Estamos tan bien así –las miró–. Yo creí que con todo lo que hablamos me iban a entender. Todo ese blablá de la libertad, el deseo, el fastidio con el encierro, ir y venir a mi antojo. Yo no conseguí nada por mí misma. Y estoy cansada para empezar de nuevo con los pañales. Che, no me miren así, por favor.

Elena agarró sus cosas, les pegó un grito a los hijos, miró a Francisca:

—Con esto no puedo, lo que tenés adentro tuyo es un tesoro, y que estés pensando en sacártelo, ay, Dios, no, no. Perdoname.

Se fue Elena.

Nilda la abrazó y le susurró al oído:

—Yo te voy a ayudar, hermana.

Le dio un beso como nunca antes le había dado a una mujer y buscó a sus hijos que seguían en las hamacas.

Francisca se quedó sola, se apretó el entrecejo con los dedos, hizo fuerza para no llorar. Prendió un cigarrillo, le dio una pitada larga. Miró al frente, un grupo de chicos jugaban a la pelota. Atrás, en un viejo paredón una pintada decía “Perón–Eva Perón. La fórmula de la Patria”. Agarró a los nenes, se fueron a casa. Los mandó a bañarse y puso a Juanita Larrauri en el tocadiscos.

Bailó Evita Capitana en la cocina mientras hacía milanesas con puré.

Al día siguiente se despertó temprano, llevó a los hijos al colegio y se fue a lo de Teresa. A media mañana apareció Nilda, se paró frente al mostrador y le dijo a la empleada que quería hacerse las manos.

—Con Francisca, por favor.

Francisca sacó los elementos de manicura, empezó a limarle las uñas. Charlaron del rumor: parecía que el domingo siguiente, Día del niño, la Fundación Eva Perón iría al barrio a repartir regalos.

—Carlitos quiere una bicicleta. Ya le dijimos que ni lo sueñe, no nos alcanza, que le pida a Evita, a ver si tiene suerte. Así que, dicho y hecho, le escribió la carta y, dice que se la quiere dar a la Señora en persona –contó Nilda, y se miró las uñas–. ¡Quedaron preciosas!

Antes de irse, agarró la cartera, sacó la propina para la manicura, en la propina iba un papelito, en el papelito un número de teléfono.

—Llamá a Cora, es amiga de toda la vida –le dijo en un susurro.

—Gracias Nilda, gracias, de verdad.

En el descanso, se fue al teléfono público y marcó el número.

—Hola. ¿Hablo con Cora? Mi nombre es Francisca. Llamo de parte de Nilda Gómez. Ella me pasó su teléfono, quiero hacerme un… este… usted entiende.

—Sí, sí, qué tal. Fenómeno, el viernes de la semana que viene, a las cinco de la tarde, ¿le viene bien?

—Sí, está bien. ¿Cuánto me va a costar?

—Nada, princesa, lo que pueda.

— ¿Cómo?

—¿Nilda no le explicó? Somos la REP, Red de Enfermeras Peronistas. Donde existe una necesidad nace un derecho. Para eso estamos, ayudamos en lo que podemos a las mujeres que lo necesiten, y solo eso. La REP es una red clandestina, somos enfermeras, y peronistas hasta la muerte.

Hasta la muerte, escuchó Francisca, y dijo:

—Gracias, Cora. Estoy un poco nerviosa. ¿Usted está en Capital?

—No estés nerviosa, mami, te puedo tutear, ¿no? Te vamos a cuidar. Estoy en Boedo. Salcedo 3610, departamento 2. Te espero.

—Un beso, gracias en serio. Nos vemos.

***

La calle principal de Isidro Casanova era un hervidero. Los pibes estaban excitados, daban alaridos, corrían entre los adultos, se tropezaban, berreaban. Esperaban la llegada de los camiones con los regalos.

Las veredas estaban decoradas con banderines de colores con las figuras de Perón y Eva, y la leyenda “Los únicos privilegiados son los niños”. Algunos llevaban carteles hechos a mano o con sábanas viejas. Le hablaban a Eva, le pedían que fuera candidata, le decían que la amaban.

Nilda y Elena vieron a Francisca de lejos, se saludaron con la mano. Elena la miró seria, pero fue la primera en acercarse. La agarró a Nilda de la mano y cruzó la calle esquivando gente. Se dieron un abrazo.

—¿Cómo estás, Francisca?

—Estoy tranquila, gracias.

—Disculpá que el otro día me fui así, me sentí mal después.

—No te preocupes, vení, dame un abrazo.

—Escuché que viene Evita, no sé si será cierto, ¿ustedes qué dicen?

—¿Evita? ¿En serio? Ay, que me va a dar algo, conozco una vueltita para quedar más cerca, vengan, llamemos a los nenes. Si la veo la voy a besar, le voy a tocar ese pelo brillante que tiene. ¡Ya sé! Le puedo regalar mi cadenita –dijo Elena casi en un grito.

Los camiones llegaron escoltados por un Cadillac negro. Se acercaban despacio. Estacionaron en medio de la calle, entre el tumulto. Elena, Nilda y Francisca habían podido dar la vuelta, pero no había manera de avanzar más.

—¡La veo! ¡La veo! ¡Ahí está, mirá como saluda! –gritó Francisca.

Los aros de perlas, el rodete, esa sonrisa que solo ella podía mostrar. La piel tersa y luminosa. Tan bella, la Señora. Saludaba con el brazo levantado, la palma de la mano abierta.

Norma, la más chica de las hijas de Francisca, se escabulló y corrió hasta ella. Le colgaban mocos verdes de la nariz. Cuando la vio, se le prendió a las piernas, Eva se agachó, la agarró de la cara y le dijo:

—¡Pero qué hermosa sos! ¿Cuántos años tenés?

Norma abrió grandes los ojos y le mostró cuatro dedos.

—Tomá, mi amor, un regalo para vos –Evita le entregó una muñeca de paño, una negrita llena de rulos, le revolvió el pelo, le dio un beso y siguió.

Un custodio se le acercó al oído y le dijo:

—Señora, la nena le ensució el tapado con moco.

Eva lo miró seca y contestó:

—Los niños no ensucian.

***

—Nilda, ¿me vas a acompañar? Tengo miedo.

—Sí, Francisca, yo te acompaño. Va a salir todo bien.

***

Entraron al consultorio. Cora abrió la puerta y saludó primero a Nilda. Era una gorda sonriente, el pelo corto y lacio, petisa, hablaba fuerte. Tenía la boca ancha, pintada de rojo y un delantal blanco.

—¡Negra querida! ¡Tanto tiempo! No esperaba verte, qué sorpresa.

Se abrazaron, Nilda le presentó a Francisca.

—Cuidámela, Corita, es mi amiga. Ponele unos tangos, que le gustan.

Caminaron por un pasillo largo y entraron al departamento. Había muchas plantas, y en un almanaque un dibujo de un obrero con un overol azul que alzaba un martillo. Dos gatos daban vueltas por ahí. Las paredes estaban pintadas de amarillo clarito, y la luz del hall de entrada titilaba.

—Vení Francisca, vamos a empezar. No va a ser largo.

Francisca besó a Nilda.

Entraron en una habitación, había una camilla negra.

—Acostate y sacate el pantalón, mami, ¿así que te gusta el tango? Vamos a poner la radio.

Francisca hizo caso, estaba nerviosa, pero el tango la calmaba.

Cora empezó a preparar el instrumental.

Nelly Omar cantaba Desde el alma.

—¡Esta Nelly tiene una voz! ¡Por favor! ¡Quién pudiera! Canta mejor que muchos que se hacen los machitos –dijo Cora.

—Sí, sí –contestó Francisca, con voz de persona ausente. Su cuerpo era lo único que tenía en la cabeza.

La transmisión se interrumpió de golpe. El locutor anunció una cadena nacional.

Compañeros, quiero comunicar al Pueblo Argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme en el histórico cabildo abierto del 22 de agosto…

Se produjo un silencio. Francisca, con las piernas abiertas y las manos atrás de la cabeza, masticaba un caramelo de menta.

No tengo en estos momentos, más que una sola ambición. Una sola y gran ambición personal: que de mí se diga cuando se escriba este capítulo maravilloso que la historia seguramente dedicará a Perón, que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que Perón convertía en hermosas realidades y que a esta mujer el pueblo la llamaba cariñosamente Evita. Nada más que eso.

Cora rompió en llanto. Francisca empezó a temblar. Se agarraron de las manos y se miraron.

Evita quería ser cuando me decidí a luchar codo a codo con los trabajadores y puse mi corazón al servicio de los pobres […]. Si con ese esfuerzo mío, conquisté el corazón de los obreros y de los humildes de mi patria, eso ya es una recompensa extraordinaria que me obliga a seguir con mis trabajos y con mis luchas. Yo no quiero otra cosa que este cariño.

—Es una reina –dijo Cora.

Estoy segura de que el Pueblo Argentino y el Movimiento Peronista que me lleva en su corazón, que me quiere y que me comprende, acepta mi decisión porque es irrevocable y nace de mi corazón. Por eso ella es inquebrantable, indeclinable y por eso me siento inmensamente feliz y a todos les dejo mi corazón.

El locutor anunció el fin de la cadena nacional.

Volvió el tango.

Las mujeres quedaron en silencio.

Y en silencio se miraron, sonrieron, lagrimearon.

Cora volvió a trabajar.

Relojito,

por Ezequiel Bajadish

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París – y no me corro –

tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

César Vallejo

Ya deje de mirarme torcido hombre, que no estoy aquí para causarle molestias. Que este ojo ciego y estas pilchas no lo intimiden, que soy un buen cristiano. Simplemente no pude dejar de escuchar a usted y a sus amigos hablar hace unos momentos y se me ocurrió ¿por qué no? acercarme a charlar unos instantes. Los vi llegar hace una hora o quizás un poco más y los noté extraños. Somos pocos y aunque no nos hablemos, nos conocemos bien en este tugurio. Algunos parroquianos vienen solos y beben toda la noche sin mediar palabra con nadie, se desmayan sobre las mesas hasta la hora de cierre o agitan el vaso por los aires y, como si se tratara de un lenguaje cifrado que los mozos interpretan a la perfección, les llenan el vaso. Otros cuantos, en cambio, se la pasan deambulando de mesa en mesa en busca de alguien para conversar. No es mi caso particular, naturalmente ocupo el primero de los ejemplos que le mencioné.

¿Esta libreta? No se me apure que va a haber tiempo para eso. Le decía que hace un poco más de una hora lo vi llegar con sus colegas, sus amigos. ¡Salud por ellos! Que vinieron y se sentaron, todos menos usted. Lo vi caminar de una punta a la otra de la barra, estaba nervioso, y apuesto que todavía lo está. Miraba la puerta de calle, miraba la hora en el aparato aquel, volvía a mirar y se preocupaba.

Después de que se hubieran sentado a su mesa, los escuché hablar prestándoles una atención casi violadora. Me disculpo por eso, pero ya está hecho. “¿Y si no viene?”, preguntó su amigo, mientras una duda le recorría la cara y usted le respondía, más que para él para usted mismo, que Relojito Torres iba a llegar. El muchacho grandulón de allá preguntó, como sacándose un abrigo al llegar, si no se habría enganchado con alguna mina en el camino o quizás se le complicó, pero usted lo cortó en seco aludiendo a la puntualidad de su amigo, y que jamás el tal Relojito llegaría tarde al truco de los jueves. Una bosta el truco gallo, ¿eh? Pero claro que no estoy acá para juzgar los métodos de juego que emplean, sino, por el contrario, para contarles una historia. Porque resulta, muy a pesar de todo, que el tal Relojito que ustedes esperan y nombran, me recuerda a un viejo amigo que, al igual que él, no llegaba tarde a ningún lado. Y era tal su puntualidad que se volvía absurda esa clase de comportamiento. Pongamos por caso que me tenía que encontrar con el aquí mismo a las diez en punto, y al llegar yo a las diez menos cuarto, él ya hubiera estado aquí desde antes de lo que, en un principio, yo podría adivinar.

Soy un hombre viejo y cansado. En cuanto a lo material se refiere, estoy quebrado. No tengo nada para ofrecer ni ganas de que me lo ofrezcan. Pero lo que sí tengo, y eso amigo mío vale más que cualquier oro del mundo, son historias. Historias que marcan el tiempo como un compás eterno, uno que dibuja un vaivén pendular e hilvana los momentos con los lapsos más increíbles que cualquiera de ustedes pueda imaginar.

Mi Relojito era un judío que se hacía llamar Taurelle. Lo conocí en la década del cuarenta, cuando trabajaba en la metalúrgica Tiberi de La Plata. Nos hicimos muy amigos por las cosas que teníamos en común: el peronismo y el fútbol. Era 1943 y se terminaba la década infame, pero las aguas estaban tibias. Eran tiempos difíciles y era complicado amoldarse para sobrevivir. Pero por suerte siempre había una buena razón para yirar un poco, para que la realidad no fuera tan áspera.

Al poco tiempo de conocernos ya éramos amigos. Él era un peronista que vino del anarquismo y yo un peronista de Perón. Sin embargo congeniamos. Era Taurelle quizás la persona con la que más relación tuve durante esa docena de años que duró nuestra amistad. Cada cierta cantidad de tiempo, nos encontrábamos fuera del trabajo en distintos lugares: Plaza de Mayo, Parque Rivadavia, o aún más allá de la General Paz. Cualquier excusa nos venía bien para olvidar la rutina y pasar un buen rato entre amigos.

La primera vez que nos vimos fuera de la fábrica me sembró una sensación extraña. No sé exactamente qué era, pero de sentido tan inexplicable como atractivo. Aquella tarde Taurelle y yo habíamos quedado en encontrarnos en el barrio de Boedo de donde él era oriundo, para ver salir campeón a Boca, en el café Margot. Yo llegué temprano pero cuando lo encontré, el hombre ya estaba ahí desde hacía más de una hora. Taurelle fumaba lento, como quien espera demasiado que las cosas sucedan. Y así nos pasábamos la vida. Él tomando cerveza negra y yo, vino con soda.

En un principio, esta historia no parecería tener nada fuera de lo corriente: dos amigos que solían visitarse para charlar sobre los pormenores de la vida, el trabajo, la familia, quizás un poco de fútbol y política de por medio, pero nada más.

Con el pasar del tiempo la idea de que Taurelle llegara temprano a todos lados me comenzaba a inquietar, y ya no estamos hablando de media hora o una hora de anticipación, dentro de los parámetros medianamente normales para las personas pragmáticas. Sospechaba que el tipo estaba esperándome mucho más tiempo del que yo podría calcular, así que una tarde lo aceché. Habíamos pactado en la planta encontrarnos más tarde en el Luna Park para ver la pelea de Kid Azteca y Sebastián Romanos. Tomé la iniciativa yo. La pelea comenzaría a las 20:00, por lo que lo cité a las 19:00. Tenía la idea de que Taurelle llegaría antes de la hora pactada, por lo que me anticipé en llegar no una, ni dos, sino cuatro horas antes, para ver el momento exacto en el que él llegase.

A las 15:00 horas del 2 de enero de 1943 llegué al Luna Park por la calle Madero frente al parque. Fue tal mi sorpresa que me quedé petrificado. Taurelle estaba sentado en un banco fumando un lento cigarro y dándome la espalda. En ese preciso instante traté de pensar en frío, no iba a lanzarme sobre él para interrogarlo porque habría sido muy obvio. Entonces me metí en un café, me aseguré de que no pudiera flanquearme y lo observé las siguientes horas por la ventana.

Encendí un cigarrillo y después de ese otro más. Taurelle seguía en la exacta misma posición, sentado frente al Luna Park esperándome. Pasaron las horas y no se le movió ni un solo músculo, petrificado con la vista puesta en un irreconocible punto fijo. Cuando faltaban exactamente cinco minutos para las 19:00, Taurelle se movió. Levantó un brazo para mirar su reloj y volvió a tomar su posición habitual. Me acerqué a él con total naturalidad, lo saludé como de costumbre, cruzamos algunas palabras y nos metimos a ver la pelea.

Pasaron extraños años. Pero los momentos de idas y vueltas frecuentando a Taurelle se habían terminado. Para 1954 la fábrica cerró dejándonos a todos en la calle. El mundo vivía alterado: aquí el peronismo ganaba las elecciones legislativas, en Rusia la URSS practicaba un ensayo nuclear que nos dejó perplejos, Alemania salía campeón del mundo, y yo trabajaba como peón en una estancia. Sin embargo, un día caminando por el centro, con un dolor físico que me atormentaba, en un instante que podría haber sido al menos eso, lo volví a ver después de por lo menos un año de no haberme telefoneado ni haberlo visto ni por casualidad. Apareció en mi vida para cambiarlo todo.

En Corrientes y Montevideo lo vi tomando una cerveza en el café La Paz. Estaba solo y fumaba, lento como siempre, estaba escribiendo en una libreta velozmente, como si el tiempo se le acabara. Crucé la calle sin mirar y por poco me atropellan. Al llegar a la vidriera le hice señas desde afuera y, apenas me vio, dejó lo que estaba haciendo, cerró rápidamente la libreta y me invitó a tomar un café.

Hablamos durante horas y nos pusimos al día. Me dijo que había conocido a una mujer hermosa y que había tenido un hijo precipitadamente, que era apenas un bebé de pecho, pero que un día sería un hombre libre. Me dijo que iba a irse de viaje durante un año, pero que a su regreso le gustaría que nos encontráramos para revivir esos momentos antiguos. Fumamos un cigarrillo en la vereda, él paró un taxi y se fue. Me volvió a dejar solo y con preguntas tan tempranas como filosas.

Durante un año me obsesioné con la idea de Taurelle y su regreso. No tanto por recobrar una vieja amistad, sino más bien por el misterio que se escondía en su puntualidad, en sus extrañas apariciones y desapariciones, y durante ese año todo me lo recordaba a él.

El año pasó velozmente a pesar de la ansiedad. A principios de junio recibí una carta de Taurelle diciendo que nos encontraríamos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo cerca del mediodía de la semana entrante. Llegué temprano pero como de costumbre él ya estaba ahí hacía bastante tiempo. Nos dimos un abrazo y eso fue lo único que pudimos hacer. El 16 de junio de 1955 nos abrazó a nosotros.

Antes del estruendo nos invadió el silencio que antecede a la tempestad, las sombras aéreas pasaron velozmente sobre nuestras cabezas, levanté la vista un segundo y vi un avión, el primero de muchos. En una de sus alas una insignia rezaba: “Cristo Vence”, lo demás es difuso. Una bomba cayó a metros de nosotros y voló en pedazos la fuente cerca de donde estábamos parados, caí al suelo con violencia, mientras oía desgarradores sonidos por todos lados. A mi izquierda una mujer se desangraba y un hombre pedía clemencia. Estaba aturdido, confundido, pero Taurelle no. Solo se quedó ahí parado viendo cómo sucedía todo. Me miró a los ojos fijamente y con un lento y certero movimiento se quitó el bolso y me lo arrojó. Luego un centenar de escombros cayeron sobre él.

Corrí cuanto pude. No sé exactamente hasta dónde llegué, pero me faltaba el aire, me sofocaba todo. El cielo se tornaba rojo, los sonidos, las explosiones, la gente que soltaba su último suspiro. Recuerdo que me metí en las entrañas del subte. A pesar del frío de la superficie de aquel junio, los antiguos túneles del subterráneo que desemboca en Plaza de Mayo eran un infierno conocido. El aire comenzaba a faltar y permanecer ahí era una sentencia constante. Si a esta situación le sumáramos explosiones en la superficie, incendios, gente aterrada corriendo por los rieles y los andenes, heridos por todas partes, humos que bajaban a grandes velocidades, el resultado inequívocamente desembocaría en asfixia.

Habían intentado matar a Perón, pero en ese momento lo único que me importaba era Taurelle. Lo primero que hice fue buscar el bolso que me había arrojado mi amigo para recordarlo de alguna manera.

Me senté en la camilla del hospital, aún con mucho dolor en el cuerpo, metí la mano en el bolso y lo único que había ahí era su libreta. La abrí con un nerviosismo nuevo que no experimentaba desde que espiaba a Taurelle. La primera página me dejó helado. Nada de lo que hubiera imaginado en el mundo habría sido lo que estaba viendo en ese instante.

Era una lista de incontables páginas con acciones que parecían indicar lo que debía hacer Taurelle en cada momento. Claramente no reconocí muchas de las cosas, pero sí encontré algunas que estaban relacionadas directamente conmigo.

En agosto de 1943 escribió que durante un tiempo iba a hablar todos los días con un compañero de la fábrica. A partir de esa fecha fui nombrado con regularidad en aquellas páginas. Sabía que el 2 de enero de ese año iba a encontrarse conmigo en las afueras del Luna Park, también sabía que yo estaría observándolo durante horas.

La libreta decía el momento exacto en el que se iba a enfermar, el punto cronológico correcto en el que la fábrica iba a cerrar, y el instante preciso en el que se iba a encontrar conmigo en el café La Paz después de un largo tiempo de ausencia.

Seguí leyendo y vi con claridad, con ese pulso abrumadoramente lento que tenía, cómo escribiría detalladamente cada suceso de su vida, cada acción, cada decisión que hubiera tomado, cómo sería la mujer con la que tendría su hijo, cómo y a dónde sería el viaje del que tardó un año en regresar y, lo más sorprendente y macabro de todo, sabía con exactitud la fecha, la hora y el lugar del bombardeo donde morirían más de trescientas personas. Y claro que en la libreta también estaba su propia muerte.

Creo que me dormí o me desmayé por las sensaciones que me atravesaban como un rayo. No lo sé. Al despertar traté de tomarme las cosas con calma, esperé que los médicos me dieran el alta, y una vez en mi casa, comprendí que ya nada tenía sentido.

Los años me sucedieron parcos e intolerables, me volví un ser solitario con la carga de esta libreta y un Taurelle que me persigue desde los más absolutos silencios para que haga su voluntad de una forma u otra.

Le pido que no gire la cabeza en busca de una mirada cómplice para certificar la locura que no tengo, que no me falte el respeto con su incrédula mirada. Vengo aquí por razones no del todo agradables y bajo cuestionables voluntades.

Los años no me permitían continuar con esta búsqueda, esta insoportable razón de seguir esta travesía, porque ya no puedo. Pero cuando los encontré, hace un tiempo en este lugar, todo se resolvió en un instante.

Debo confesarle, con miedo y con absoluta tristeza, que el Relojito que usted conoció ya no existe. Y que esta libreta que tengo en mi mano será, después de todo, la única responsable y la única guía que tendrá usted para continuar con lo que hace mucho tiempo comenzó Taurelle.

Le transmito estas palabras a usted porque sé que, después de tantos años de búsqueda, al fin lo encontré y sé que en este momento no me va tomar seriamente, pero cuando sepa que su Relojito ha desaparecido de la faz de la tierra y cuando las dudas le carcoman la mente, tomará esta libreta y entenderá que después de todo este montículo de hojas asediado de ilegibles manchones de tinta será lo único verdadero en el mundo, y solo así entenderá que todos los hechos de la historia se repiten una y otra vez hasta el hartazgo. Y entonces sabrá a ciencia cierta que lo que usted no buscó, es acaso la única razón que mantiene girando al mundo.

Gracias a Evita,

por Teodoro Boot

Fue poco tiempo después de la revolución que decidí hacerme agente secreto peronista. Cuando no hojeaba el último Intervalo sentado en la escalera fingiendo no escuchar lo que mi tía y mi vieja secreteaban en el patio, me pasaba las tardes en la terraza tratando de divisar el avión negro que –según mi abuelo– en cualquier momento traería a Perón de regreso a la patria, al poder, o a donde se le cantaran los cataplines, que para eso era Perón. Lo importante era que yo me encontrara con él antes que nadie: tenía un montón de novedades del barrio para contarle. No me pregunten por qué, pero creo que, sin darme cuenta, yo también había sido afectado por el virus infeccioso que transmitía el Tirano Prófugo.

Eso había ocurrido antes, en otro barrio, en Villa del Parque, donde vivíamos hasta que los nervios de mi vieja no dieron para más. Imagínense: nuestra casa estaba pegada a un largo y populoso conventillo lleno de peronistas.

Por algún motivo mi vieja estaba siempre pendiente de que no supieran qué era lo que pensábamos. Yo no sabía muy bien qué pensábamos, inquietante circunstancia que por primera vez debe de haberme hecho sospechar que a lo mejor yo también era un poquito peronista.

En las últimas dos piezas del conventillo, junto a una cocina y a uno de los baños, vivía un chico que iba conmigo a la escuela. No me acuerdo cómo se llamaba. Pongámosle Pocho.

Por entonces el mundo estaba lleno de Pochos, Juanes Domingos y Marías Evas. Después no.

Íbamos al mismo grado, aunque Pocho era más grande que yo, probablemente apenas unos meses, pero a esa edad las diferencias son muy evidentes. Pasaba que yo había entrado a la escuela “antes”. Eso decía mi vieja, pues debería haber ingresado un año más tarde.

¿Cómo había hecho mi familia para conseguir semejante excepción?

Yo estaba secretamente convencido de que había sido por medio de Evita. Mi vieja debía de haberle escrito una cartita explicándole que yo era muy inteligente, que sabía leer y escribir y todo eso.

El que me enseñó a escribir fue mi abuelo, que según mi vieja era socialista de Palacios y hablaba al revés.

“Me se paró el reloj”, decía mi abuelo.

“Me se perdió la bolita lechera”, escribía yo.

Pero fíjense que ya en primero inferior yo sabía escribir con plumín, infernal artefacto que tiraba más tinta que un calamar y de cuya existencia mi hermana no tenía la más remota idea.

Que mi hermana mirara el plumín con respeto y de lejos, sin atreverse a tocarlo, me hacía sentir un privilegiado. Y ya lo decía el libro de lectura: “Los únicos privilegiados son los niños”.

El libro de lectura en ningún momento decía nada de las niñas, así que mi hermana se tenía bien merecido tener que esperar todavía unos años para saber lo que era escribir con plumín, y ni qué hablar de la pluma cucharita.

Desde luego, ni aun de haberlo querido, Evita hubiera podido tener algo que ver con mi prematuro ingreso a primero inferior: para ese momento ya había muerto. Pero los niños no suelen tener una idea muy precisa del tiempo, de manera que yo estaba muy agradecido a Evita por haberme dado mi plumín de acero con portaplumas de madera y tintero involcable.

Por lo que recuerdo, tan solo una vez le pregunté a mi vieja qué le había escrito a Evita para convencerla de que me dejara entrar a la escuela “antes”. Estuvo llorando toda la tarde y cuando mi viejo llegó del trabajo, armó un escándalo. Teníamos que mudarnos inmediatamente de ahí, de al lado de ese conventillo lleno de peronistas, y lejos de la mala influencia de mi abuelo.

No volví a mencionar el tema, pero cuando Pocho me preguntó cómo era que estaba en el mismo grado que él siendo más chiquito, ¿qué podía decirle, sino la verdad?

Que yo hubiera entrado a la escuela gracias a Evita me granjeó el respeto, la admiración y hasta la amistad de Pocho, que no se daba con nadie de la cuadra y era amigo solo de los chicos del conventillo.

Con Pocho una vez salimos caminando para el lado de la plaza, aunque no llegamos más allá de Joaquín V. González.

A la plaza iba con mi abuelo, pero no a los juegos sino a la feria. Mi abuelo hacía la cola para comprar papas. No había papas, ni había pan, ni había un montón de cosas, secreteaban mi vieja y mi tía en el patio, y poco después de la huida del Tirano Prófugo, dirían todos en la radio, porque Perón y Jorge Antonio se habían robado toda la plata con los permisos de importación.

Yo no podía imaginar qué podría ser un permiso de importación, pero lo sospechaba algo terrible, porque por su culpa no había pan y las papas estaban carísimas.

Pan, lo que se dice haber, había. Con manteca y azúcar para el mate o con dulce para el café con leche. Pero no había –eso decían mi vieja y mi tía, en voz baja, para que no se enteraran los peronistas.

No sé por qué no había nunca pan en el mundo, pero siempre había en mi casa. Tal vez porque yo era un niño peronista y a los niños peronistas nunca les faltaba el pan con manteca, o porque el resto en mi casa eran contreras –menos mi abuelo, que según mi vieja era socialista de Palacios–, y a los que no les faltaba el pan con manteca era a los contreras, o porque mi abuelo iba temprano a hacer la cola a la panadería. El caso era que mientras mi vieja protestaba porque no había pan, mi viejo iba hundiendo pancitos en la olla para probar el gusto del tuco.

Pero lo que más loca volvía a mi vieja era el asunto de las papas.

—¡Aumentaron de precio y Perón dice que están más baratas! –chillaba mi vieja, ante la distraída indiferencia de mi viejo, concentrado en la lectura de un artículo de La Nación o escribiendo facturas con copias al carbónico en la Lettera 22 que tenía en casa para adelantar trabajo los fines de semana.

—¿De qué trabaja tu papá? –me preguntó un día la señorita Laura, mi maestra de primero superior.

Quedé mirándola, sin responder. ¿Cómo podía saber yo de qué trabajaba mi viejo?

—¿Qué hace? –creyó precisar la señorita Laura.

Ahí me di cuenta.

—¡Facturas! –respondí exultante.

—¡Qué rico! –exclamó la señorita Laura–. A ver cuándo traes algunas para convidar.

Era decepcionante. Si mi viejo hubiera sido un padre peronista como el General mandaba, yo habría podido llevarle a la señorita Laura una docena de medialunas. Pero ¿qué podía llevarle el hijo de un padre contrera que hacía facturas en una Lettera 22? ¿Unas hojas con copia al carbónico para comer con el mate? La señorita Laura iba a pensar que la estaba cargando y capaz me mandaba castigado a la dirección.

Por entonces, todavía no sabía que también el director, la señorita Laura y hasta la portera de la escuela leían Clarín y La Nación y murmuraban que Perón era un totalitario que había expropiado La Prensa, cerrado La Vanguardia y metido preso a Balbín para poder decir que el kilo de papas había bajado de precio. Y todos los de la cuadra, menos los del conventillo y mi abuelo, pronto hablarían de las joyas, los vestidos y las bombachas de Evita, y dirían que Perón tenía diez autos, sesenta motonetas y cien pares de zapatos.

Estaban en exhibición en la residencia presidencial.

Era impresionante. ¿Qué podía hacer Perón con tantos zapatos? ¿Cuántos pies tenía?

Perón debía ser como uno de esos dioses raros que me la pasaba mirando en la Mitología Clásica Ilustrada. Con un tipo capaz de usar cien pares de zapatos, ¿cómo no iba a hacerse peronista uno, que encima había usado plumín a los cinco años gracias a Evita?

Una tarde, según se entienda, aciaga, salimos con Pocho hacia la derecha, como yendo hacia la plaza. Nos dirigíamos en realidad hacia una casa de la vereda de enfrente, la única de la cuadra que tenía televisor. Si había suerte y las celosías y los postigos estaban abiertos, podíamos ver un rato el Cisco Kid. Pero esa tarde hacía frío y los vecinos habían cerrado las ventanas, de manera que seguimos caminando. Fue al llegar a la esquina de Joaquín V. González que miré hacia la derecha y lo vi.

Les juro que lo vi. Estoy seguro: enfrente del club. Porque a media cuadra había un club, pequeño, de barrio, con una pista de básquet, que servía a la vez para papi fútbol y patinaje artístico, un bufé, una cancha de bochas y gracias.

Es raro, porque lo vi en ese momento, pero lo que veía, si acaso alguna vez ocurrió, tenía que haber sucedido unos meses antes. Estoy seguro. Y estuve tan seguro entonces...

A mitad de cuadra, en la vereda del club, desde la caja de madera de un Rastrojero, inclinado hacia un grupo de niños que alzaban los brazos en su dirección, el general Perón regalaba juguetes.

—Perón es un hombre muy bueno –dije.

Pocho me miró raro. Su familia debía sospechar que nosotros pensábamos lo que pensábamos, fuera eso lo que fuese. Pero ¿cómo? Si cuando criticaba a Perón o a “la Eva”, mi vieja siempre hablaba en susurros. ¿Cómo alguien habría podido escucharla, saber que pensaba lo que pensaba? ¿Leían el pensamiento los peronistas?

—¿En tu familia no son contreras? –preguntó Pocho.

Dije que no, ¿qué otra cosa? ¿O se piensan que me iba a quedar sin amigos?

Además, a cada momento estaba más y más seguro de haber visto a Perón repartiendo juguetes a los niños peronistas del barrio desde la caja de un Rastrojero. Curiosamente, por más esfuerzos que hiciera, la escena se desarrollaba en absoluto silencio y yo seguía sin poder identificar a nadie en el grupo de niños peronistas, ni siquiera a Pocho.

—Mi mamá es amiga de Evita –expliqué–. Ella en persona me dio el plumín y el tintero involcable. Y un beso acá.

Pocho permaneció unos segundos mirando mi mejilla con admiración.

Fue el principio del fin. Como lo oyen. Un par de días después, de la Unidad básica del barrio fueron a ver a mi vieja para designarla jefa de manzana.

Mi vieja estuvo llorando hasta que mi viejo llegó del trabajo. A la mañana siguiente mi vieja, mi hermana y yo nos mudábamos a la casa de mi tía.

Mi viejo se quedó en casa. Haciendo facturas, leyendo la Mitología Clásica Ilustrada, el diario La Razón y despotricando contra Perón y la Constitución del 49, mientras desde el gallinero del fondo mi abuelo no dejaba de mirar al cielo ni un segundo, seguro de que, en cualquier momento, Perón estaría de vuelta manejando el avión negro.

Tita votó,

por Beatriz Pustilnik

I

Tironea de la sisa del guardapolvo pero la manga no cede, queda atrapada en el intento y pega unos grititos desde el cuarto.

—¿Qué pasa, mamá?

—No me entra, no sé si engordé o se achicó. Le dije que no lo ponga en remojo. Debe ser el almidón.

Eva se seca las manos en el delantal, sale de la cocina, va hacia la pieza, la mira desde el marco de la puerta.

—Mamá, ¿qué hacés? –ve la cama cubierta de trapos y objetos viejos–. Hace calor, te vas a descomponer. A ver, sacate esto –Eva tironea de la manga pero la madre se ofusca.

—No, no, tengo que ir a la escuela, a las ocho suena la campana y yo todavía en veremos.

Eva, resignada, la ayuda a calzarse el guardapolvo. La madre queda atrapada en su estrechez. Trata de treparse a un estante para agarrar el puntero. Las cosas se le caen encima. Eva resopla, cansada. Se oye el ruido de la puerta. Un intenso olor a jazmín del país se cuela hacia la casa. La hija suspira aliviada.

—María, ¿sos vos? Ayudame, estamos en el dormitorio.

María se saca los zapatos, va hacia la cocina y se refresca. Toma tres vasos de agua seguidos, se moja la cara, el cuello. La hermana se le acerca.

—Está de nuevo con toda la loca. Quería ir a dar clases.

María se ríe, Eva refunfuña.

—Vos porque no estás todo el día con ella.

Desde la habitación se oye la voz de la madre.

—Tita. votó.

—¿Ves, María? Está de nuevo con eso. Desde que se levantó.

—¿Qué te molesta?

—¿Quién será esa Tita?

Eva sigue preparando la cena. Le saca la piel al pollo, lo deshuesa, empieza a desmenuzarlo.

—No va a rendir así, se achica con la cocción –dice la hermana.

—Le pongo muchas papas y arvejas. Alcanzame dos o tres hojitas de laurel. Además, lo hago al wok.

—Wok, wok, wok… –la madre aparece en la cocina y juega a que es un pato. Las hijas se ríen. María trata de sacarle el guardapolvo, la madre se resiste. Mientras forcejean, la madre recita: “Hombre rubio que has llegado de lejanos países: cultiva en paz el campo. Ganarás el pan sin inquietud. Tu esfuerzo será bien recompensado. No tendrás que vender tus cosechas a vil precio. Estás en la Nueva Argentina, la patria es Justa, Libre y Soberana”.

Eva resopla. María sonríe, indulgente. Le promete a la madre que va a arreglar el guardapolvo para que no le apriete, que lo va a lavar para sacarle el olor a naftalina. La madre la mira sin comprender. Pregunta por qué cocinan tanto pollo si ella solo come las alitas.

—Juan y Silvina vienen a cenar.

—Ah, la cheta –sonríe la madre con picardía.

Eva piensa en los olvidos de la madre, en los exabruptos, en esas frases inconexas que vocifera de golpe y sin razón. Piensa en el cheque que les pasa el hermano a fin de mes, que no alcanza para consultar con un buen médico, con alguno que les aclare cómo tratarla, qué hacer cuando pierde el hilo de los tiempos.

Eva va inundando la casa con olor a comida, impregna el comedor con aroma a cebolla y a morrón. La madre quiere hundir el pan en la salsa pero Eva la reta como si fuese una nena. La madre hace pucheros y María le guiña un ojo. Cuando la hermana no la ve levanta la tapa del wok y deja que la madre se dé el gusto. Abre una botella de vino y sirve un poco para cada una.

—Brindemos –dice–, porque estamos juntas y conservamos esta casa con perfume a laurel y a jazmín.

María va a preparar la ensalada de frutas, le pide a la madre que haga jugo de naranjas. Ella se lleva unos gajos a la boca, se chorrea el brazo, se chupa los dedos. Parte del jugo mancha el delantal. Frota la tela amarilla con un repasador, María limpia el enchastre y la besa con ternura. Eva resopla.

—No la soporto más.

—Tita votó –grita la madre–. Tita votó y yo no.

Y por enésima vez repite que Eva le rompió la libreta cívica, que primero se la mamarrachó con las pinturitas y ella no pudo votar.

—Tita votó y yo no –repite indignada.

Las hermanas ruegan que venga Juan, el mayor, que las ayude. Temen que las deje otra vez plantadas.

—Si no viene, decidimos nosotras –dice Eva.

—¿Viene Juancito? –se ilusiona la madre.

—Juancito tiene cincuenta años, mamá –le dice, brutal, Eva.

—Y sí, esperemos que esta vez nos haga el honor, y también Silvina.

La madre ríe cuando oye el nombre de Silvina.

—¡Silvina! Entonces guardemos el mate, preparemos té de Ceilán –se burla.

II

La mesa está puesta con el mantel blanco bordado en punto cruz, las copas del juego, los platos de loza con florcitas rococó y el hilo dorado en los bordes. La comida empieza a enfriarse. Eva y María están sentadas con las piernas estiradas, la madre va y viene por el comedor con el guardapolvo colgando de una manga.

—Su padre fue un cobarde. Fue un traidor.

Eva y María la miran, incrédulas.

—No hables así de papá –se enoja Eva.

—Vos callate, que me rompiste la libreta cívica. Tita votó y yo no.

—Basta con eso, mamá –Eva pierde la paciencia.

María le acaricia el brazo. La hermana sonríe con amargura. La madre agarra un cuchillo de la mesa, quiere cortar el pan. Eva se lo saca de la mano.

—Dejala, tiene hambre –dice María.

—Si se corta, la llevás vos a la guardia. El año pasado pasamos la Nochebuena en el hospital. Dale que dale con el abrelatas.

—Era de platino –dice la madre–. ¿Dónde quedó?

—Sí, el abrelatas era de platino, ahora el abrelatas era de platino –refunfuña Eva.

María se ríe, abraza a la madre y le pega una suave patadita a la hermana por debajo de la mesa. Eva trae de la cocina un sifón. Levanta la tapa del wok, huele con placer.

Lo bueno de esto es que metés todo adentro y se cocina solo.

La madre juega a que es un pato:

–Wok, wok, wok –grazna divertida–. Ahora todo es wok, no hay ollas. Tu padre trabajaba en La Bernalesa argentina, menaje de aluminio, baterías de cocina, ollas con tapas de colores. Gracias a La Bernalesa compramos esta casa, con el crédito del Banco Hipotecario. Veinticinco años nos dieron para pagarlo.

—¿Te das cuenta, Eva? Está más conectada que vos y yo juntas. No hay de qué preocuparse. A comer.

—Hay que guardarle pollo a Juancito –dice la madre.

—A Juancito le vamos a hacer un enema de pollo con las sobras –dice María. Eva se ríe.

La madre va a la cocina y empieza a revolver las alacenas.

—¿Tiraron las ollas de aluminio? Su padre se va a enojar cuando vuelva de la fábrica.

Eva mira a María con aprensión. María le pide con un gesto que se calle.

—Manijas de baquelita, tapas rojas, verdes y amarillas, bien torneadas, perfectas. Claro que conservar ese trabajo no fue moco de pavo –dice la madre.

—Ya empieza –dice Eva.

—¿Dónde están? –grita la madre.

—No desordenes, mamá. Después tengo que juntar yo.

—Las tiraron, son capaces –las mira amenazante–. Todo plástico, no respetan nada, wok, wok, wok.

María la sienta suavemente a la mesa. Empieza a servir la comida con amargura. La madre recita:

—“Siempre sonríe en sus retratos porque su sueño se cumplió, miles de escuelas para niños y el pueblo fiel, trabajador” –toma un sorbo de vino, se lleva un trozo de pollo a la boca–. “Siempre sonríe en los retratos…” –se adormece con la comida en la boca.

Eva se levanta y enciende la radio, sintoniza un tango y sacude el brazo de la madre para que se despierte. La madre se sobresalta. Al cabo de unos instantes empieza a cantar sobre la voz de Julio Sosa. Se levanta, da unos pasos. Se vuelve a sentar.

—¿Qué estaba haciendo yo? –pregunta.

—Saboreando el pollito que preparó Eva.

—¿No esperamos a papá?

—Mamá, papá falleció hace muchos años, lo sabés, no te hagas la loca.

—Renunció al partido, cobarde.

—Mamá, comé por favor, se enfría.

—No pusieron el nailon, se va a ensuciar el mantel –grita la madre–. Los chicos manchan todo. Lo bordó la abuela de ustedes. Ni luz había y ella bordaba junto a la lámpara de querosén. Y ahora los chicos lo van a estropear todo.

—¿Qué chicos?

—Juancito, Eva, María.

—Juancito ya es un hombre, mamá.

—Un turro. Eva está acá. ¿La ves? Y yo soy María –la toma de los brazos y le acerca la cara, las narices casi se tocan–. María, tu hija menor.

—Ya sé –la empuja–. ¿Qué soy, boluda yo?

La madre se mira el guardapolvo como si en ese momento se diera cuenta de que lo tiene puesto; trata de sacárselo, María la ayuda.

—A mí me gustaba enseñar a leer y a escribir a los niños –dice suavemente.

—Era hermoso ser maestra, ¿no?

—Oír sus vocecitas, verlos juntar las palabras, descubrir las frases –recuerda la madre.

—Mi libro de lectura tenía un conejo en la tapa –dice María.

—El conejo Pon pon –se alegra la madre.

—Mi ma-má me mi-ma –dice Eva como si estuviera leyendo.

—To-ma la ta-za del a-sa –sigue María.

Eva agarra el sifón y le tira un chorro a la hermana.

—To-má la so-pa, ne-na –ríe.

María se seca entre carcajadas y va hacia la heladera, vuelve con una sidra, la destapa. El estampido sobresalta a la madre, que empieza a cerrar puertas y ventanas.

—Escondan todo, escondan todo.

María la tranquiliza.

—Es el tapón de la sidra, mamá, no pasa nada. Dame tu copa.

Le sirve primero a la madre, después a la hermana. Eva le echa media copa de sidra en la cabeza a María. María la baña con un chorro de soda.

—To-da pa-ra ti, Mo-no-na –se burla María, muerta de risa.

—¡El agua no es para jugar! –se enoja la madre. Eva y María dejan el sifón sobre la mesa–. No derrochemos el agua que Dios nos dio –dice la madre–. “Dio trabajo y bienestar al pueblo trabajador. El trabajo dignifica. La sonrisa en sus retratos es como un rayo de sol” –la madre se chupa la sidra que le cayó en la blusa. Las hijas beben–. “Alma de la piedad y la ternura. En vos confiamos” –recita la madre. Se queda mirando la nada–. Les voy a mostrar algo.

Va al dormitorio, se oyen ruidos de objetos que caen. Vuelve al comedor con varios libros de lectura. Las tres se sientan muy apretaditas una al lado de la otra en el sofá. Apoya los libros sobre la mesita. La madre abre un libro, en la primera página se ve el retrato de Eva Perón. La madre lee:

—“En vos confiamos, alma de la piedad y la ternura”. –Abre otro libro–: “Tú, hombre rubio que has llegado de lejanos países, cultiva en paz el campo” –la madre las mira, satisfecha.

–Es lo que recita siempre –dice María.

La madre da vuelta la hoja y lee:

—“Dio trabajo y bienestar al pueblo trabajador, su sonrisa en los retratos es como un rayo de sol. ¿Quién es, quién es?” –sonríe cada vez más contenta.

—Eva Perón –dice Eva.

Suena el timbre, la madre toma los libros y quiere correr hacia el dormitorio.

—No abras, no abras –grita.

—Mamá, tranquila… María pidió helado de crema que tanto te gusta ponerle a la ensalada de frutas.

—Mi mamá me compraba helado de crema para mi cumpleaños.

—Seguí mostrándonos los libros, son preciosos.

Saborean el postre en silencio. La luz de la lámpara enfoca la inclinación de las tres mujeres sobre las páginas amarillentas, se oye el tintinear de las cucharitas en las compoteras. La madre está calma. Da vuelta las hojas, acerca su nariz y las huele. Susurra:

—“Así como mi madre es el ángel tutelar de la casa, Eva es el alma tutelar de los niños” –mira a sus hijas, les acaricia el pelo, las mejillas.

—¿Y Juancito?

—No pudo venir, mamá. Habrá tenido un inconveniente.

—Pero es de noche. Está oscuro. Hay que ir a buscarlo.

María toma uno de los libros entre las manos, mira la tapa. Nivel inicial, año 1953. Primer grado inferior. Eva lo abre, se sorprende.

—Mirá, ahí la tenés.

—¿A quién?

—A Tita. Esta es la famosa Tita.

Ven el dibujo de una mujer de trajecito sastre, casquete y guantes, la cintura diminuta, una gran sonrisa; está poniendo el voto en la urna.

—Tita votó –lee Eva.

—Y yo no –dice la madre–. Porque vos me mamarrachaste la libreta cívica y me la rompiste. Tita votó y yo no.

—Yo no te mamarracheé nada –protesta Eva–. No empieces.

La discusión se diluye bajo el sonido de la radio, mientras el helado se derrite en las compoteras. Por la ventana entra un olor intenso a jazmín del país; desde el interior se puede ver la luna.

—Tita votó y yo no –repite la madre.

Aquella visita,

por Carlos Dámaso Martínez

Vivo la muerte. A los cinco años

me acechaba; por la noche andaba

por el balcón, pegaba el hocico a

los vidrios, yo la veía, pero no me

atrevía a decir nada.

Jean Paul Sartre

Desde muy temprano, como un fantasma, como una sombra ha caminado por la pieza. Se ha visto en el espejo del baño reventándose un granito, o lavándose los dientes para sacarse el gusto desagradable de la boca. Y su cara cada vez más ajena, más mortecina que iluminada por algún gesto elocuente.

Después del último comprimido se ha puesto resignado y se ha metido en la cama. En la mesita de luz, en el cajón, ahí, tan al alcance de la mano, lo que guarda desde hace algunos días envuelto en un pañuelo sucio, gris.

“Debo aprender a vivir así”, se repite y no puede, no puede dormirse, entonces hurga en el cajón de la mesita y lo toca, lo acaricia suavemente y lo saca. Palmo a palmo va sintiendo esas líneas inconfundibles, va penetrando en los pliegues de una ceremonia inevitable.

El juego de levantar las manos aferradas al envoltorio gris es ya un juego sin emoción, y eso lo hace sentirse peor, porque es consciente de que no va a animarse a desenvolverlo y hacer de una vez por todas lo que tiene pensado, lo que quisiera hacer. Es más fuerte el deseo de postergarlo, de dejarse estar un rato más.

Después, nuevamente ese bulto humedecido por el sudor de sus manos dentro del cajón de la mesita, y sus ojos clavados en la foto de Dardo, de Dardo con el traje de la primera comunión.

Te habían comprado una torta inmensa con un rancho encima todo de chocolate. Me acuerdo que comimos durante tres días, hasta que quedó solo una porción para el tío, que estaba trabajando en el Observatorio Astronómico, a unas pocas cuadras de casa, y no podía venir porque afuera retumbaban las balas. Al principio tan lejos y después cada vez más cerca. Era la guerra. Una guerra que empezamos a mirar desde la puerta del pasillo y que recién comenzaba. Habíamos visto asombrados esos camiones con la cruz roja pasando a todo lo que da, uno detrás del otro, como una caravana enloquecida. El solo hecho de saber que iban soldados heridos o muertos nos ponía la piel de gallina; y pensar que algunos vecinos miraban como si estuvieran contentos, como si la guerra fuese una cosa divertida. Para colmo todo empezó justo el día de tu cumpleaños, ese dieciséis de septiembre nublado y tormentoso, y lo tuvimos que festejar solos, metidos adentro todo el día, corriendo a escondernos bajo las camas cada vez que pasaban los aviones y sentíamos ese bramido que parecía que se nos caía el techo; y nosotros que nos tapábamos los oídos para vencerlo. Después, la noche y todos a la pieza de mamá; la oscuridad y papá siempre despierto, sobresaltado, con la radio sobre la mesita de luz.

***

Alguien sube ahora por la escalera o es solo una impresión, un ruido confuso que hay que esperar nuevamente para ver si alguien sube de verdad. De ser así, muy pronto abrirá la puerta y después, desde su cama, esperará ver la figura que avanza, los pasos resonando sobre el parqué. Ahora es una mano la que aprieta el picaporte, la que empuja y entra. Quizás una mano blanca y muy larga. Esteban intuye que esta vez no se equivoca, y sus párpados cerrados contra la almohada no pueden ser ningún obstáculo.

Una mano... por culpa del silencio esas pisadas se escuchan más nítidas, tan cerca. Entran y atraviesan el living, se detienen en la cocina y encienden y apagan luces. Luego alguien avanza, se para en el primer dormitorio: viene un ruido contenido de cajones que se abren y se cierran. Pero los pasos salen nuevamente al pasillo y finalmente están cerca, muy cerca. Entonces Esteban piensa que no tiene ninguna posibilidad de escapar, que es mejor esperar con los ojos cerrados, metido adentro de la cama cubierto hasta la cabeza con las mantas. Mejor así, se dice, algo agitado, como si su voz le viniera desde una zona muy profunda.

***

Y todo había empezado de repente, un comunicado en la radio, un primer bando, y otro y otro. El toque de queda. El to-que-de-que-da, palabras nuevas, cosas nuevas que veíamos con asombro, con temor. La oscuridad. Todos en casa. Papá contando que se había salvado por milagro. Salvado de qué. Papá estaba con los leales porque se había salvado de que lo balearan los rebeldes. “Cargué nafta y a las dos cuadras escuché las ametralladoras: para colmo yo andaba todavía en el Chevrolet del Ministerio...”. Papá estaba a medias con los leales, era más del otro bando. Eso lo entendimos mucho después. Y vos, Dardo, cumplías años. Estabas tan muerto de miedo como yo y no comprendíamos qué estaba pasando: le-a-les y re-bel-des. Aunque a mí me parecía que tenían que ganar los leales. Sonaba lindo: le-a-les.

***

Y alguien ha entrado. Esteban cree verlo sentado en una silla, de espaldas a la cómoda, reflejando su reverso en el espejo. Está ahí y siente que puede estar también en muchos cuartos a la vez. Sin embargo, le cuesta vencer esa oscuridad que se abre detrás de sus párpados: es tan difícil romper esa quietud. Y la duda lo gana prontamente: ¿De qué manera hacer algo? Se da vuelta, se acurruca como si pudiera protegerse a sí mismo. Mamá entonces está por ahí, anda limpiando los muebles en el living; y en la cocina, en la radio: Tarzán. El rey-de-la-sel-va. Tarzán.

***

Había que tomar Toddy para ser fuertes como él... Y yo que creía en esas cosas y tal vez por eso le gané una vez boxeando al pelirrojo grandote de la mercería de la vuelta, aunque nunca fui bueno para pelear; tenía miedo, mucho miedo, ¿sabés? Y después siempre tuve miedo; no sé por qué me acuerdo de que al fin el tío pudo venir del Observatorio y estuvimos todos juntos en el comedor mientras él comía lentamente su pedazo de rancho, esa torta maravillosa, y afuera comenzaba el toque de queda. Qué ocurrencia, la de la panadería de barrio, haber hecho una torta con un rancho criollo todo de chocolate arriba, qué adorno. Le faltaba el gaucho y un caballo, llegó a decir mi tío cuando la vio.

Al otro día la guerra continuaba, pero allá donde estaba ese general Lucero que tanto nombraban por la radio. Era una mañana tranquila, el cielo estaba limpio y el sol empezaba a calentar. Después vino todo eso. No recuerdo bien para qué mi madre me había mandado a la calle; creo que fue porque en esos días se había juntado mucha ropa sucia y como la lavandera no había aparecido, yo debía ir a buscarla. Y en la calle, arriba, bien en el cielo, surgió de pronto el Gloster, un avión chiquito, brincador; y después, por el otro costado, lento, pesado, un Avro Lincoln, hasta que en el medio de ese cielo claro y profundo se rozaron en un tronar de motores y metrallas. Y yo ahí, parado, duro, muerto de miedo por un instante, hasta que empecé a correr por el medio de la vereda y me metí en un almacén que no había alcanzado a cerrar la puerta. Y luego, Dardo, esa penumbra donde nadie hablaba, donde solo se sentía un lloriqueo y alguien rezaba un padrenuestro. Poco a poco me fui dando cuenta de que la cosa no era con nosotros; era entre ellos, allá arriba; y no nos tirarían bombas, como había gritado una mujer en la calle. Entonces me sentí seguro, y envalentonado salí, justo para ver cómo el Gloster disparaba y en el cielo se dibujaba como líneas de puntos su metralla. No sé cuál de los dos venció, pero sé que mucho después todos decían que había sido una batalla inolvidable. Y yo que había ido a buscar a la lavandera. Te das cuenta.

Recuerdo que otra mañana llena de sol comenzaron los festejos. La guerra concluía. Casi todos estaban en las puertas de sus casas y cuchicheaban. Las estudiantes de la pensión de al lado iban y venían con ametralladoras y máuseres. Linda palabra máu-ser. Al frente unas vecinas se besaban con dos militares que repartían chocolates, largos paquetes de chocolates. Alguien decía que los soldados comen chocolate durante la guerra porque les da fuerza. Y nosotros que tomábamos Toddy para ser fuertes como Tarzán.

***

Y el intruso ahora ahí. Por qué de una vez por todas no levanta las colchas y lo enfrenta. Intenta hacerlo, pero se queda mirando a través de las sábanas. Apenas si alcanza a vislumbrar la luz del velador. Hay un sopor que lo detiene. Sin embargo, hace un esfuerzo y se destapa y se queda sentado sobre la cama. Mira hacia la cómoda, pero no ve, no puede ver más allá de su imagen en el espejo. Es consciente de que solo está fingiendo no ver: deliberadamente ha esquivado detenerse sobre la silla que está entre la cama y el espejo: se refugia entonces en las paredes de la pieza, en los objetos que lo rodean. Dardo con el traje de primera comunión. La fiesta en la casa nueva. Dardo elegante. Dardo de pantalón largo. La manta de vicuña. La manta de papá. Papá diciendo que al Pocho le llegó la hora y que si no fuera porque tiene dos hijos ya estaría en la calle con un máuser en la mano. Y la radio en su sitio nuevamente, en el comedor; cada uno en su pieza; y la radio con marchas triunfantes. Y lejos, muy lejos, en una cañonera un General entumecido, derrotado. Y la noche, la noche y sus constelaciones entrando por la ventana.

Vuelve al espejo sin aliento y esta vez le sale al cruce una sombra. No hay miedo, todo se disipa. Hay un rostro blanco, una mirada escrutándolo. Esteban comprende que es el momento de llevar a cabo una decisión tantas veces postergada. Es el momento, se repite y estira la mano hacia la mesita de luz; saca el pañuelo y lo abre sobre sus piernas. Permanece sentado mirando fijamente hacia la silla y descubre, en el espejo, al costado de aquella visita, su propia cara con una mueca tal vez burlona, tal vez de rabia; y más abajo, todo lo que se ve de su cuerpo sobre la cama; y también, su mano derecha que se eleva despaciosamente empuñando un revólver que apunta y dispara. Las balas de las armas de los otros que han entrado resuenan macabramente y una humareda hiriente le cierra los ojos.

Cuestión de tiempo,

por Miguel Gaya

Dicen que vivimos en un pueblo atrasado, y parece que los hechos le dan la razón a quien lo afirma. Algunas cosas del progreso se toman su tiempo para llegar, como la luz eléctrica, o la televisión, y hasta la revolución industrial, que hay quien dice que por acá no pasó. Y dicen que no se trata de distancias, sino más bien de extravíos. Hay cosas que tardan en llegar, porque vaya a saberse a dónde van primero.

Así pasó con la llegada del hombre a la Luna, que en mi pueblo cayó como en el 69; y el Cordobazo, del que se empezó a hablar en el 72. Tanto es así que el destacamento de milicos, que nadie recordaba por qué había quedado ahí, durante la época de los alzamientos militares tuvo muchos inconvenientes con las lealtades. El oficial a cargo se desayunaba con una proclama, y para cuando ensillaban para plegarse, los golpistas se habían rendido, o llamaban a elecciones. Así que un día se hartó, mandó dejar los caballos a la sombra y se puso a leer El desierto de los tártaros. Dicen que en el último capítulo para y vuelve a empezar.

Los que no hicieron eso de ponerse aparte fue un grupo de municipales que decidió apoyar al coronel Perón en el 45, cuando lo pusieron preso en Martín García. Apenas el diario local publicó la noticia, se incautaron de un camión de la Municipalidad y partieron a defender al líder. Al llegar a Chascomús les preguntaron que dónde estaban las compañeras que tenían que votar por vez primera, así que de allá se volvieron, confundidos pero contentos. Unos pocos años después, cuando volvieron a incautarse del camión para defender otra vez al General, esta vez de las bombas, ya les costó un poco más volver, y volvieron taciturnos y más graves.

La última vez que se llevaron el mismo camión fue en el 74, para festejar un triunfo. Vaya a saberse para qué fecha llegaron a la Capital, si es que pudieron. Nunca más nadie los vio. Se perdieron en algún lugar del conurbano, haciendo sonar los bombos y agitando las banderas.

Nosotros, cuando vamos a la Capital, vamos derecho al centro. Si la ciudad nos pone recelosos, el conurbano nos asusta, así que tratamos de evitarlo lo más posible. Demasiado inconmensurable, dicho esto por hombres acostumbrados a la llanura. Así que de las versiones nos enteramos mucho más tarde, y después de todos estos años las seguimos escuchando, y relatando cuando volvemos al pueblo.

Dicen que justamente allí, en el conurbano, a veces se puede ver el camión, el Mercedes Benz gris de la Municipalidad, pasar a lo lejos. Y a veces también, o las más de las veces, no se lo ve, pero se escuchan los bombos, las consignas. Que los obreros que esperan los colectivos en la oscuridad, o que pedalean en la bicicleta que los acerca a la estación de tren, lo han visto, o intuido, en las madrugadas de junio, o en las lloviznas de agosto. Lo oyen pasar, como a varias cuadras de distancia, tal vez por una avenida vacía, o incluso por alguna diagonal llena de pozos y niebla.

También hablan de que la policía ha salido a buscarlo, al camión, y que no han podido hallarlo. Y que alguna vez lo han cruzado, pero que se han vuelto sin hacer nada, demudados, sin decir lo que vieron o sintieron.

Y también dicen que a veces, a la noche, se oye la tos agónica del motor, y el eco de las consignas, y el golpetear del bombo. Que a veces se escucha apagado, lejos, y otras, dicen los que lo cuentan golpeándose el pecho, se escucha acá.

Sopa de generales,

por Osvaldo Contreras Iriarte

El general que fue presidente en el extremo sur del continente americano deambulaba con su capote marrón y peinado tirante a la gomina. Lo hacía por la dimensión de la fantasía, la eternidad o la simple locura de un teclado. Siempre acompañado del mate que le regaló su esposa en épocas de juventud, el general con su tibieza se calentaba las manos. Buscaba con quién conversar. Apareció en escena su acostumbrado contertulio. Hacía tiempo que mantenía largas charlas con el gran zorro de la política. Ambos quedaban con el garguero seco de tanta cháchara. Este último, presidente centroamericano, había cambiado los destinos económicos y políticos de su país. El hombre era de palabra clara y frontal; encontraba en cada expresión la medida justa para acompañar sus disertaciones. Pronunciaba cada sílaba con ahínco. Vestía siempre camisa roja y hablaba con voz potente realizando voluptuosos ademanes. Se sentó y dijo al general engominado:

—¡Hola general! ¿Cómo anda usted?… Parece que tiene frío…

—Como siempre, estoy un poco aburrido… No estar en actividad a veces me pone triste. ¿A usted no le pasa lo mismo?

El de camisa roja se tomó un tiempo para responder:

—Lo hecho, hecho está. Ahora nos toca descansar, observar, sacar conclusiones. Usted, amigo, ¿no trabaja sobre el recuerdo?

—¿Sobre el recuerdo? Quizás debería. ¿Sabe? Nunca me he sentido muerto.

—Lo sé, lo sé… Como fuese, nuestros pueblos jamás nos dejarán morir del todo…

A lo lejos, el general de capote marrón se asomó por un ventanuco: otro general se acercaba. Miró al de rojo y con sonrisa gardeliana le comentó:

—Este sí que la pasó jodido, batallas y batallas y al enemigo lo tenía adentro y afuera.

—Bah, a nosotros nos pasaba lo mismo… –agregó el general centroamericano.

—Usted lo ha dicho, siempre peleamos contra la condición humana, los hombres somos así. Luego del acuerdo viene la cuchillada artera bajo el poncho de sangre.

Cuando el general que llevaba capote azul estuvo a distancia prudente, el de marrón extendió el mate.

—¿Un amargo, general?

El general de capote azul al que llamaron padre de la patria chupó de la bombilla y luego se dirigió a sus anfitriones.

—Acabo de estar con el sargento que me salvó la vida, el “Negro”. La verdad es me enerva que no se diga toda la verdad sobre su identidad. Digo… ¿Por qué nadie dice que era un esclavo y que fue enviado con otros negros por su patrón, y que no fue el único moreno que murió defendiendo a su patria? En mi ejército jamás hubo negros ni blancos: todos eran iguales. Esa es la verdad.

El general de capote marrón oteó el piso, buscando una respuesta a lo expresado por el general de mayor antigüedad.

—Vaya, vaya, general, déjese de embromar. Siempre que nos vemos hablamos de lo mismo… ¿O no? –hizo una pausa–. Tilingos habrá siempre.

—El problema es que hablan y escriben. Y se inventan la historia.

El general de rojo apuró sus palabras para preguntarle al padre de la patria:

—¿Y si mejor hablamos de sus amores? ¿O me va a mandar “alca, alca, al carajo”?

El general de cabellos blancos balbuceó y se le cayó el mate al piso.

—Si quieren saber les contaré no lo que hice sino lo que dicen que hice de mi vida entre las sábanas…

El de rojo sonrió.

—¡Vamos, carajo! Algo es algo…

El hombre de las batallas libertadoras arrancó impetuoso como casi no lo conocían sus camaradas.

—Cébeme un mate, por favor, así tomo coraje… No soy yo mismo el que va a contar, pero cuando uno está muerto todo vale. La leña alimenta cualquier fuego. Les contaré de los amores que marcaron mi vida. En la península fueron Lola y Pepa, una de ellas me acompañó en mi trayectoria militar en Cádiz. La otra, cuando estuve en Badajoz. Siguió mi esposa Remedios, con quien estuvimos poco tiempo… Dios se la llevó muy joven, como ustedes saben. En el Ejército del Norte conocí a Juana Rosa Gramajo Molina, esposa del dueño de la estancia en la que me hospedé. Linda hembra, atrevida y la mejor amiga de la amante de Belgrano. En Mendoza, Jesusa, la mulata de la casa, que cuidaba a Remedios… Dicen que Jesusa tuvo un hijo. Ah, y Josefa Morales de Los Ríos… viví en su casa antes de salir para el Perú. Ahí conocí a Fermina González Lobatón, dueña de una estancia azucarera. También tuvo un hijo. Y por entonces conocí a Rosa Campusano. Creo que estuvimos juntos un año y medio, hasta que me fui del Perú. Luego cayó Carmen Mirón y Alayón. Otro hijo…

Se hizo un silencio. El general de camisa roja y acento caribeño fue el primero en romperlo. El mate ya estaba lavado.

—Mierda… Veo que usted no perdía tiempo, general…

—Bueno… Dicen que en sus cuarenta y siete años de vida el general Bolívar tuvo treinta y cinco amores –añadió el otro general acomodando su capote marrón y chupando la bombilla del mate que había vuelto a ensillar–.Tendríamos que hacer estas tertulias más seguido, ¿no?

—E invitar al general Bolívar para que nos ilustre… –añadió el de capote rojo.

El general de capote marrón se puso de pie y preguntó, dirigiéndose al más anciano:

—General, cuando usted comenta como al pasar que sus amores tuvieron “un hijo”, ¿eran suyos?

—Amigo, lo que acabo de contarle es lo que se dice. La verdad ni yo la sé. Todo está teñido por lo que dice la chusma, la historia... No podemos cuidarnos de eso. ¿Vamos con otra ronda de mate?

Uno a uno abandonaron sus asientos y se despidieron hasta la próxima. El de marrón, solidario como de costumbre, levantó sus brazos para saludar al resto. Sabía que los próximos amores que se iban a lanzar al ruedo serían los suyos. Incluido el amor por su pueblo. Por algo seguía llamándose Juan Domingo Perón.

La pasión según San Martín,

por Mario Goloboff

A Oscar Terán

Hijitos, guardaos de los ídolos.

Primera Epístola de San Juan, 5-21.

Los cuadernos llevaban su nombre, y las cajas de lápices, las plumas de tinta, las gomas de borrar, los guardapolvos. Y además estaba toda la mañana frente a nosotros, arriba, ocupando el centro de la pared principal de un aula enorme con tres ventanas altas a la calle desde donde se alzaban los rumores del día, las voces de los vendedores de fruta, las de los paseantes.

Mis hojas eran desprolijas, llenas de ilevantables manchones en cada deber. Al comienzo, me proponía conservarlas casi intactas, pero a medida que avanzaba la semana veía cómo se malgastaban en borrones, en tachaduras, en correcciones ruinosas, dañándose arriba y abajo con esas orejas que torcían los ángulos y entristecían la página. También yo era un chico triste, y quizá fuera por eso que no podía evitar la lenta corrupción de mis prometedoras hojas blancas.

De todos modos, la figura del Gran Capitán adornaba la primera. En aquel sexto grado, el ritual disponía comenzar (y seguir y poblar y cubrir) todo con él: justamente cien años atrás había muerto en un lugar de Francia cuyo nombre, de pronunciación extraña, parecía hablar del mar y del destierro. Yo me apropiaba de mi primera amada hoja, de mi lápiz de punta casi siempre egoísta, de mis mejores deseos, y comenzaba el desmesurado intento de reproducir en líneas y en contornos lo que indudablemente estaba más allá de mis patrióticos esfuerzos.

Sus virtudes eran tan grandiosas que escapaban a la improvisación de un niño; no obstante, una y otra vez yo insistía. Comenzaba por la erecta nariz, bajaba hacia la boca fina y a pesar de ello decidida y tenaz, tomaba el señero mentón donde el trazo no podía disimularse, recaía en el cuello, regresaba todavía indeciso sobre la sombra de la cara pugnando con las orejas torvas y las inacabables patillas, me entretenía con los arabescos de la mitad de uniforme visible, y dejaba los ojos, la frente, todo lo de arriba, para un postergadísimo aunque ineluctable final. Esos ojos constituían para mí la peor de las pruebas. No acertaba a ubicarlos en algún lugar preciso y tampoco daba con la medida exacta, con la forma adecuada, con el color, ni, muchísimo menos, con la tan elocuente y nítida expresión: un inalterable espíritu de independencia que lo llevaba a vencer.

Me sentía solo en ese combate desigual. No había nadie alrededor de mí. Los otros chicos se alejaban como en un sueño de fiebre. Los ojos del Cóndor de los Andes me escrutaban desde lo alto. Yo los penetraba hasta tragarlos, pero cuando el lápiz arriesgaba el trazo, las líneas verdaderas se desvanecían.

Al fin, como fuera, terminaba. Me libraría la campana del recreo, la salida, o la mueca de la maestra que, al acercarse a mi banco, iba a gritar “acabe de una vez, no se va a pasar la santa mañana haciendo ese desastre”. Y en realidad, cuando en casa abría de nuevo el cuaderno, contemplaba con pena mi obra, porque la estampa era una caricatura, tan distante del cuadro que teníamos en el frente del aula como de cualquier figura humana.

¿No era yo suficientemente patriota? ¿No sentía lo mismo que todos, y por eso fracasaba? “¿O hace esas basuras porque es un judío y no quiere a la Argentina?” Esta última pregunta la espetó la señora de Bileto a una clase enmudecida por lo estrambótico de la cuestión. Ana María (lo supe después, cuando repuesto de una corta enfermedad volví a la escuela) fue la única que respondió no, o la única que al menos contestó algo, argumentando vehementemente que yo dibujaba mal y eso era todo: ella sabía que amaba a mi patria más que a ninguna, y que nunca había hablado mal del Santo de la Espada ni de ningún otro prócer.

En aquellos años que nos tocó vivir, todas las cosas fueron haciéndose particularmente difíciles. Acaso cualquier generación de nuestro inhabitable mundo pueda decir lo mismo. Y muy probablemente tenga razón. Pero cada uno debe dar testimonio del conflicto que lo desgarró, y a lo mejor por la suma de esos desgarramientos pueda conocerse alguna verdad, y por la de esas esforzadas verdades (en un incierto futuro) la historia. La nuestra comenzó frente a las titánicas cejas de un Libertador, en una escuela de pueblo, cuando teníamos once o doce años, y terminó mucho después o quizás termine recién ahora en que a mis cuarenta y tantos trato de dibujar, sin otros artificios que los de la palabra, un rostro que ya escapó de mí, aquel de Ana María.

Ella estaba entre los mejores del grado, única hija adoptiva (era un secreto a voces) de la portera de la escuela, guardaba con decoro su humilde condición, y prefería hacerse querer por su comportamiento y su compañerismo. “Conducta” contaba tanto o más que cualquier otra aptitud escolar, y si bien estas no le faltaban, su poder en la clase venía de las pocas y oportunas ocasiones en que hablaba. Lo hacía suavemente, para hacerse oír; creaba un oasis en medio de nuestro bullicio interminable y nuestro interminable desorden. Naturalmente parca, naturalmente justa, naturalmente católica en un pueblo donde las excepciones eran pocas, la sobria defensa que ese día hizo de mí cerró para siempre el insidioso interrogante lanzado por la señora de Bileto. Y abrió a la vez entre nosotros un camino que jamás habíamos explorado: el de mi gratitud, el de una mutua solidaridad que no quebrantarían ni la edad ni el tiempo ni las tan duras marcas que en el tiempo suceden.

He escrito que aquella época fue difícil; sus avatares no alcanzaron a mellar empero nuestra creciente fraternidad. Debo calificarla así ya que no puedo sostener que hayamos sido amigos: las diferencias entre uno y otro sexo contaban mucho más que ahora por aquel entonces, y nuestra frecuentación era impensable. Tampoco conocíamos aún las posibilidades del amor: acaso nuestros sueños se hayan rozado alguna vez, pero temo que fueran solo los míos los que la buscaban, y en ese caso me parece faltar a su recuerdo el dar cuenta de ellos. No estoy escribiendo para hablar de mí o de mis noches; lo hago para dibujar un sueño que no me pertenece, un inatrapable aliento, esa cara de niña contra la tempestad.

No, no nos amamos, ni nos tuvimos, ni nos perdimos: los ídolos se encargaron de todo ello por nosotros. Los ídolos y mi dificultad para adorarlos.

Terminado el sexto grado, comencé el Nacional y ella el Comercial; fui prefiriendo cada vez más la compañía de amigos callejeros y haraganes; creo haber deseado y obtenido algún éxito entre las muchachas. Afortunadamente, Ana María permaneció siempre apartada de mis relaciones y de esos farragosos contactos. Nos cruzábamos a veces en alguna de las limitadas esquinas, manteníamos un diálogo inocente sobre nuestros respectivos compañeros y estudios, nos separábamos sabiendo que allí vivíamos, cotidianos, presentes, en un universo todavía visible.

En el año 52 la vi desfilar por las desnudas calles de nuestro pueblo con inmensas coronas; atrás y adelante de Ana María iban hombres y mujeres tristes. Peones del campo, obreros de la construcción y de la única refinería de aceite que había en las afueras, modestos empleados, sirvientas. Velaban la imagen de Eva (para ellos “Evita”), una reciente muerta a la que ya calificaban de eterna. Cuerpos anulados dentro de la multitud, volvían a cada paso a quebrarse bajo el silencio de los árboles sin hojas. Pensé que esa noche me perdería irremisiblemente la proyección del cine Rex: Sterling Hayden y Jean Hagen quedarían para siempre detrás de la pantalla sin mostrarme qué pasa Cuando la ciudad duerme, porque esta, la mía, no dormiría jamás: vivía una pesadilla que recién empezaba, y lo hacía con todo el boato alcanzable. El espectáculo me pareció grotesco: amparado tras la ventana del living, sonreí. Al ver nuevamente a Ana María, esta vez junto a su madre, me dolió su dolor y quizás el haber sonreído. Desconocía la ilimitada maldad de que son capaces los seres humanos, y jugaba con el duelo de otros como un dios perverso.

En junio de 1955 se desató la esperada tormenta. Para ese entonces nos asfixiábamos hasta en nuestra propia casa, y ya ni delante de Francisca (que desde antes de mi nacimiento trabajaba para nosotros) podíamos alzar la voz. El levantamiento fracasó, pero aun durante esas cortas horas de esperanza papá hizo señas para que no discutiera con ella. La buena mujer, con lenguaje elemental, se explayó sobre las desgracias del país y contra los “vendepatria”, los mismos que, en su desordenado libreto, “habían matado a Moreno y a Belgrano, a San Martín y a Evita”. La dejamos decir, por compasión, por afecto. También por prudencia: las radios oficiales no tardaron en atronar venganza, y en casa se apagaron las luces del comedor y del salón.

Solo septiembre trajo la tan ansiada libertad. Cayó lo que acusábamos de tiranía, y con ella sus nombres y sus estatuas. La más grande y ridícula, la que afeaba el paseo de la plaza del prócer, la derrumbamos nosotros, los de 5.º Nacional. Por aquel tiempo, yo ya había empezado a escribir y descubría (u otros me hacían descubrir) una innata facilidad oratoria. A impulsos de esos desatinos adolescentes, dije encendidos discursos de victoria, y también abrí la fiesta de clausura de nuestro bachillerato con dos o tres frases que la tentadora difusión de mi propia palabra me había concedido. Ana María estaba allí, representando a su Colegio Comercial, y oyó, naturalmente, todos mis desvaríos. En ese instante me tuvo sin cuidado, y ni siquiera me acerqué; acaso hasta haya subido mi indignación patriótica y mi acaloramiento para señalarle tácitamente ciertas distancias.

Comenzó después un baile con dos orquestas. Yo, que nunca había superado los tímidos valses, salté desaforadamente desde la ranchera hasta el rock suelto. En un momento dado, fuera de mi procaz tembladeral (al que habían ayudado no pocas gotas de alcohol), reparé en ella. Creí que me observaba, junto a otras dos amigas, sin bailar. Desafiante, atravesé la pista, pero cuando me vi tan cerca de su mano, ostentoso, infiel, sin poder retroceder, sentí miedo al rechazo. Me saludó tibiamente, me presentó a sus compañeras, me invitó a compartir su mesa. Le dije que prefería bailar, y asintió. Entendí que no necesitaba testimonios del hombre porque ella sabía qué guardaban los hombres.

Bailamos. Una, dos, muchas piezas. El cantor equivocaba la letra de Garúa y se lo comenté. “No se ve a nadie cruzar por la esquina. Sobre la calle, la hilera de focos lustra el asfalto con luz mortecina. Y yo voy como un descarte, siempre solo, siempre aparte, recordándote.” Festejó mi memoria y mis ocurrencias; me dio una serenidad que no sé si ella misma tenía. Avergonzado, la miré a los ojos para oír: “No temas, algún día toda esta tristeza se convertirá en gozo”. Olvidé que bailábamos, olvidé el lugar, olvidé mis fervores de hacía un rato: no olvidé en cambio que era la primera vez que la abrazaba.

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