Kitabı oxu: «Rubia peligrosa»
WALTER
MOSLEY
RUBIA PELIGROSA
Traducción de
ANA HERRERA

Título original inglés: Blonde Faith.
Autor: Walter Mosley.
© Walter Mosley, 2007.
© de la traducción: Ana Herrera Ferrer. Traducción publicada originalmente por Roca Editorial.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2020.
REF.: ODBO725
ISBN: 978-84-9187-652-6
AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL
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EN MEMORIA DE AUGUST WILSON
CONTENIDO
1 Capítulo 1
2 Capítulo 2
3 Capítulo 3
4 Capítulo 4
5 Capítulo 5
6 Capítulo 6
7 Capítulo 7
8 Capítulo 8
9 Capítulo 9
10 Capítulo 10
11 Capítulo 11
12 Capítulo 12
13 Capítulo 13
14 Capítulo 14
15 Capítulo 15
16 Capítulo 16
17 Capítulo 17
18 Capítulo 18
19 Capítulo 19
20 Capítulo 20
21 Capítulo 21
22 Capítulo 22
23 Capítulo 23
24 Capítulo 24
25 Capítulo 25
26 Capítulo 26
27 Capítulo 27
28 Capítulo 28
29 Capítulo 29
30 Capítulo 30
31 Capítulo 31
32 Capítulo 32
33 Capítulo 33
34 Capítulo 34
35 Capítulo 35
36 Capítulo 36
37 Capítulo 37
38 Capítulo 38
39 Capítulo 39
40 Capítulo 40
41 Capítulo 41
42 Capítulo 42
43 Capítulo 43
44 Capítulo 44
45 Capítulo 45
46 Capítulo 46
47 Capítulo 47
48 Capítulo 48
49 Capítulo 49
50 Capítulo 50
51 Capítulo 51
1
Es difícil perderse cuando uno vuelve a casa del trabajo. Cuando tienes empleo, y cobras un sueldo, la carretera está muy firme ante ti: es una vía bien pavimentada sin otra salida que la tuya. Está el aparcamiento, luego la tienda de comestibles, la escuela, la tintorería, la gasolinera, y luego tu puerta.
Pero yo no tenía trabajo fijo desde hacía un año, y eran las dos de la tarde, y me planté ante la puerta de mi casa preguntándome qué hacía allí. Apagué el motor y me eché a temblar, intentando acostumbrarme a la súbita tranquilidad.
Toda la mañana estuve pensando en Bonnie y en lo que había perdido cuando le dije adiós. Ella había salvado la vida a mi hija adoptiva y yo le pagaba haciendo que dejase nuestro hogar.
Para poder llevar a la pequeña Feather a una clínica suiza, Bonnie había vuelto a ver a Joguye Cham, un príncipe de África occidental a quien había conocido en su trabajo de azafata para Air France. Él acogió a Feather y Bonnie se quedó allí con ella… y con él.
Abrí la portezuela del coche, pero no salí. En parte, mi letargo se debía al cansancio que sentía por llevar levantado las últimas veinticuatro horas.
No tenía trabajo fijo, pero trabajaba a destajo.
Martel Johnson me había contratado para que encontrase a su hija mayor, Chevette, que tenía dieciséis años y se había escapado de casa. Johnson había ido a la policía y ellos tomaron nota de la información que le dio, pero pasadas dos semanas no habían averiguado nada. Le dije a Martel que le haría el trabajo de calle por trescientos dólares. En cualquier otra transacción habría intentado regatear conmigo, me habría dado una cantidad inicial y luego me habría prometido pagarme el resto cuando hubiese acabado el trabajo. Pero cuando un hombre quiere a su hija hace todo lo necesario para devolverla a casa sana y salva.
Me embolsé el dinero, hablé con una docena de amigas del instituto de Chevette y luego me dediqué a rondar por algunos callejones en las proximidades de Watts.
La mayor parte del tiempo yo pensaba en Bonnie, en llamarla y pedirle que volviera a casa conmigo. Echaba de menos su aliento dulce y los tés especiados que preparaba. Echaba de menos su acento suave de las Guyanas y nuestras largas conversaciones sobre la libertad. Echaba de menos todo lo que había entre ella y yo, pero no era capaz de parar ante una cabina telefónica.
En el lugar de donde yo procedía (Fifth Ward, Houston, Texas), que otro hombre durmiera con tu mujer era un motivo suficiente para justificar el doble homicidio. Cada vez que pensaba en ella en sus brazos se me nublaba la vista y tenía que cerrar los ojos.
Mi hija adoptiva seguía viendo a Bonnie al menos una vez a la semana. El chico a quien había criado como un hijo, Jesus, y la joven que vivía con él, Benita Flagg, trataban a Bonnie como la abuela de su hijita recién nacida, Essie.
Yo los quería a todos, y al darle la espalda a Bonnie los había perdido.
De modo que a la una y media de la madrugada, en la entrada de un callejón junto a Avalon, cuando una jovencita pechugona con minifalda y un top sin espalda se acercó a la ventanilla, yo bajé el cristal y le pregunté:
—¿Cuánto por chuparme la polla?
—Quince dólares, papi —dijo, con una voz dulce y aguda.
—Hum —dudé—. ¿En el asiento de delante o atrás?
Ella chasqueó la lengua y me tendió la mano. Puse en su palma tres billetes nuevos de cinco dólares y ella corrió a dar la vuelta hacia el asiento del pasajero de mi Ford último modelo. Tenía la piel oscura y las mejillas regordetas y dispuestas a sonreír por el hombre que tuviese el dinero. Cuando me volví hacia ella detecté una timidez momentánea en sus ojos, pero luego ella adoptó un aire descarado y dijo:
—A ver lo que tienes ahí.
—¿Puedo preguntarte algo antes?
—Me has pagado por diez minutos, así que puedes hacer lo que quieras con ese tiempo.
—¿Eres feliz haciendo esto, Chevette?
La expresión de su cara pasó en un segundo de los treinta a los dieciséis años. Intentó alcanzar la puerta del coche, pero le agarré la muñeca.
—No intento detenerte, chica —le dije.
—Entonces deja que me vaya.
—Has cogido mi dinero. Lo único que te pido son mis diez minutos.
Chevette se echó hacia atrás después de mirar mi otra mano y buscar por el asiento delantero alguna señal de peligro.
—Vale —dijo, mirando hacia el suelo oscuro—. Pero nos quedamos aquí mismo.
Levanté su barbilla con un dedo y cuando volvió la cara hacia mí, miré sus grandes ojos.
—Martel me contrató para encontrarte —dije—. Está destrozado desde que te fuiste. Le dije que yo te pediría que volvieras a casa, pero que no te arrastraría hasta allí.
La mujer-niña me miró en ese momento.
—Pero tengo que decirle dónde estás… y contarle lo de Porky.
—No le hables a papá de él —me rogó—. Uno de los dos acabará muerto, seguro.
Porky el Macarra había reclutado a Chevette a tres manzanas del instituto Jordan. Era un hombre gordo, con marcas de viruela en la cara y cierta inclinación por las navajas, los anillos de brillantes y las mujeres.
—Martel es tu padre —argumenté—. Merece saber lo que te ha pasado.
—Porky lo hará pedazos. Lo matará.
—O al revés —dije yo—. Martel me ha contratado para que te encuentre y le diga dónde estás. Así es como pago mi hipoteca, chica.
—Podría pagarte yo —sugirió mientras colocaba una mano en mi muslo—. Tengo setenta y cinco dólares en el bolso. Y has dicho que querías algo de compañía…
—No. Quiero decir que… eres una chica muy guapa, pero soy honrado y también soy padre.
El rostro de la jovencita quedó inexpresivo y vi que su mente corría a toda velocidad. Mi aparición era una posibilidad que ya había contemplado. No la mía exactamente, sino la de algún hombre que o bien la conociera o quisiera salvarla. Después de veinte mamadas por noche durante dos semanas seguramente habría pensado en el rescate y en los peligros que podrían proceder de un acto desesperado semejante. Porky podía encontrarla en cualquier lugar del sur de California.
—Porky no me dejará marchar —dijo—. Cortó a una chica que intentó dejarle. Cassandra. Le cortó la cara.
Se llevó la mano a la mejilla. Puso una cara horrible.
—Oh —dije—. Estoy casi seguro de que ese cerdo entrará en razón.
Fue mi sonrisa lo que le dio esperanzas a Chevette Johnson.
—¿Dónde está? —le pregunté.
—En la parte de atrás de la barbería.
Cogí de la guantera la 38, de un gris oscuro, y saqué las llaves del contacto.
Rodeando la barbilla de la chica con la mano, dije:
—Tú espérame aquí. No quiero tener que buscarte otra vez.
Ella asintió y yo me dirigí hacia el callejón.
Alto y desgarbado, LaTerry Klegg estaba de pie en el umbral del porche trasero de la barbería Masters y Broad. Parecía una mantis religiosa de un marrón muy oscuro, de pie en un charco de crema amarilla. Klegg tenía fama de ser rápido y mortal, de modo que me acerqué velozmente y le golpeé con la parte lateral de mi pistola en la mandíbula.
Cayó y pensé en Bonnie por un momento. Me pregunté, mientras buscaba la asombrada cara de Porky, por qué no me habría llamado.
Porky estaba sentado en una vieja silla de barbero que habían trasladado hasta el porche para dejar espacio para una nueva, sin duda.
—¿Quién cojones eres tú? —dijo el proxeneta con voz atemorizada de falsete.
Tenía también el color de un cerdo: un horrible marrón rosado. Respondí apretando el cañón de mi pistola en su pómulo izquierdo.
—¿Qué? —chilló.
—Chevette Johnson —dije yo—. O la dejas ir, o te pego un tiro aquí mismo, ahora.
Y pensaba hacerlo. Estaba dispuesto a matarle. Pero aunque me encontraba allí a punto de cometer un crimen, al mismo tiempo se me ocurrió que Bonnie nunca me llamaría. Era demasiado orgullosa, estaba demasiado herida.
—Llévatela —dijo Porky.
Mi dedo se contraía en el gatillo.
—¡Que te la lleves!
Moví la mano diez centímetros a la derecha y disparé. La bala solo le rozó el lóbulo de la oreja, pero su capacidad auditiva por ese lado nunca volvería a ser la misma. Porky cayó al suelo sujetándose la cabeza y chillando. Le di una patada en el vientre y me alejé andando por donde había venido.
De camino hacia el coche pasé junto a tres mujeres con faldas muy cortas y tacones altos que habían venido corriendo. Me dejaron paso, apartándose mucho al ver la pistola que llevaba en la mano.
—Pero, entonces, ¿por qué te fuiste de casa de esa manera? —le pregunté a Chevette en la hamburguesería de Beverly, que estaba abierta toda la noche.
Ella había pedido una hamburguesa con chile y patatas. Yo iba sorbiendo un refresco de vainilla con gas.
—Es que no me dejaban hacer nada —lloriqueó—. Papá quería que llevara faldas largas y colas de caballo. Ni siquiera me dejaba hablar con ningún chico por teléfono.
Aunque llevara puesto un saco de patatas se veía con claridad que Chevette era una mujer. Había pasado mucho tiempo desde que dejó de formar parte del club de Mickey Mouse.
La llevé a mi oficina y la dejé dormir en mi sofá azul mientras yo daba unas cabezadas, soñando con Bonnie, en la silla.
Por la mañana llamé a Martel y se lo conté todo… excepto que Chevette estaba escuchando.
—¿Qué quieres decir con eso de «en la calle»? —me preguntó.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—¿Prostituta?
—¿Aún quieres que vuelva? —le pregunté.
—Por supuesto que quiero que vuelva mi niña.
—No, Marty. Puedo hacer que vuelva, pero la que volverá será una mujer hecha y derecha, y no una niña ni un bebé. Ella necesita que la dejes crecer. Tendrás que ser diferente. Si tú no cambias, poco importará que ella vuelva ahora a casa.
—Pero es mi niña, Easy… —dijo él con seguridad.
—La niña desapareció, Marty. Lo que hay ahora es una mujer.
Entonces él se vino abajo, y Chevette también. Ella enterró la cara en el cojín azul y se echó a llorar.
Le dije a Martel que la llevaría de vuelta a casa. Hablamos tres veces más antes de ir para allá y le dije que no valía la pena que volviese si no era capaz de verla tal y como era, si no podía amarla tal y como era.
Y mientras tanto pensaba en Bonnie todo el tiempo. Pensaba que debía llamarla y rogarle que volviera a casa.
2
Solo me costó diez minutos salir del coche.
Caminando por el césped oí los ladridos del perrito amarillo. Frenchie me odiaba; quería a Feather. Al menos teníamos algo en común. Me sentí feliz al oír sus carreras caninas detrás de la puerta de entrada. Era la única bienvenida que me merecía.
Cuando entré en casa, aquel perrillo de tres kilos empezó a ladrar y a morderme los zapatos. Me agaché para saludarle. Ese gesto conciliador siempre hacía que Frenchie se alejase corriendo.
Cuando levanté la vista para ver cómo se iba correteando a la habitación de Feather vi a la pequeña vietnamita Easter Dawn.
—Hola, señor Rawlins —dijo la pequeña de ocho años.
—Easter, ¿de dónde sales, muchacha? —Miré a mi alrededor buscando a su padre, que había asesinado al pueblo entero de la niña.
—Pues originalmente, de Vietnam —replicó la niña, contundente.
—Hola, papi —dijo Feather, saliendo de detrás de la puerta.
Solo tenía once años, pero parecía mucho mayor. Había crecido casi dos palmos en poco más de un año, y tenía un rostro esbelto e inteligente. Feather y Jesus hablaban entre sí en inglés, francés y español fluido, cosa que hacía que su conversación pareciese mucho más sofisticada.
—¿Dónde está Juice? —pregunté usando el apodo de Jesus.
—Benny y él han ido a recoger a Essie a casa de la mamá de Benny. —Dudó un momento y añadió luego—: Yo hoy me he quedado en casa con Easter porque no sabía qué hacer.
Intenté comprender todo aquello allí, de pie.
Mi hijo había accedido a quedarse con Feather mientras yo estaba fuera buscando a Chevette. Él y su novia Benita no tenían mucho dinero y solo podían permitirse un apartamento con una sola habitación en Venice. Cuando hacían de niñera para mí podían dormir en mi ancha cama, ver la tele y cocinar en una cocina de verdad.
Pero Jesus tenía su propia vida, y se suponía que Feather debía ir al colegio. Easter Dawn Black no tenía por qué estar en mi casa.
La niña llevaba unos pantalones negros de algodón y una chaqueta de seda roja sin adornos, al estilo asiático. Tenía el largo pelo negro atado con una cinta naranja y cayendo hacia delante, encima del hombro derecho.
—Me ha traído mi papá —dijo Easter, respondiendo a la pregunta que leyó en mis ojos.
—¿Por qué?
—Me ha dicho que te dijera que debía quedarme aquí un tiempo, visitando a Feather…
Mi hija se arrodilló y abrazó a la niña desde atrás.
—… y ha dicho que tú sabrías cuánto tiempo tenía que quedarme. ¿Lo sabes?
—¿Quieres un poco de café, papá? —me preguntó Feather.
Mi hija adoptiva tenía una piel de un marrón claro y cremoso que reflejaba su compleja herencia racial. Al mirar su rostro generoso me di cuenta, por enésima vez, de que ya no podía predecir los caprichos o profundidades de su corazón.
Con la tristeza de esa separación creciente, le respondí:
—Claro que sí, cariño. Claro que sí.
Cogí a Easter y seguí a Feather a la cocina. Allí me senté en una silla con la niña pequeña en mi regazo, como una muñeca.
—¿Te lo has pasado bien con Feather? —le pregunté.
Easter asintió con vehemencia.
—¿Te ha preparado la comida?
—Atún y pastel de boniato.
Mirándome a los ojos, Easter se relajó y se apoyó en mi pecho. No la conocía ni a ella ni a su padre, Christmas Black, desde hacía demasiado tiempo, pero la confianza que él tenía en mí había influido en la de la niña.
—¿Así que has venido con tu papá en coche? —le pregunté.
—Ajá.
—¿Y quién iba en el coche, solo él y tú?
—No —respondió—. También iba una señora con el pelo rubio.
—¿Y cómo se llamaba?
—Señorita… no sé qué. No me acuerdo.
—¿Y esa señora estaba en tu casa de Riverside?
—Nos fuimos de allí —dijo Easter con algo de nostalgia.
—¿Adónde os fuisteis?
—Detrás de una casa grande y azul, al otro lado de la calle donde está el edificio que tiene un neumático enorme en el tejado.
—¿Un neumático tan grande como una casa?
—Ajá.
Por entonces la cafetera eléctrica ya empezaba a filtrar el agua.
—El señor Black ha venido esta mañana —dijo Feather—. Me ha preguntado si Easter podía quedarse un tiempo y yo le he dicho que sí, que vale. ¿He hecho bien, papi?
Feather siempre me llamaba papi cuando no quería que me enfadase.
—¿Está bien mi papá, señor Rawlins? —me preguntó Easter Dawn.
—Tu papá es el hombre más fuerte del mundo —le dije exagerando solo un poquito—. Allá donde esté, le irá bien. Seguro que llamará y me dirá lo que pasa antes de que se haga de noche.
Feather hizo chocolate caliente para ella y para Easter. Nos sentamos a la mesa de la cocina como adultos que se visitan por la tarde. Feather contó lo que había aprendido de historia estadounidense y la pequeña Easter Dawn escuchó como si fuera una alumna en clase. Cuando hubimos jugado a las visitas lo suficiente para que Easter se sintiera como en casa, sugerí que se fueran a jugar al patio de atrás.
Llamé a Saul Lynx, el hombre que me había presentado al padre de Easter, pero su servicio de mensajes me dijo que mi colega detective estaba fuera de la ciudad por unos días. Podría haberle llamado a casa, pero si andaba ocupado con un caso no sabría nada de Christmas.
—Residencia Alexander —respondió una voz masculina al primer timbrazo de mi siguiente llamada.
—¿Peter?
—Señor Rawlins, ¿cómo está?
La transformación de Peter Rhone de vendedor a criado personal de EttaMae Harris siempre me resultaba sorprendente. Había perdido al amor de su vida en los disturbios de Watts, una bella joven negra llamada Nola Payne, y había renegado casi por completo de la raza blanca. Se había trasladado al porche de la casa de EttaMae y le hacía recados a ella y a su marido Raymond Alexander, Mouse.
Rhone trabajaba a tiempo parcial como mecánico para mi viejo amigo Primo en un garaje del este de Los Ángeles. Estaba aprendiendo un oficio y contribuyendo a los gastos generales para el mantenimiento de la casa de EttaMae. Yo pensaba que en realidad estaba haciendo penitencia por la muerte de Nola Payne, porque de alguna manera se creía que era la causa de su fallecimiento.
—Vale —dije—. De acuerdo. ¿Cómo va el garaje?
—Ahora estoy limpiando bujías. Jorge me va a enseñar pronto a trabajar con una transmisión automática.
—Hum —gruñí—. ¿Está Raymond por ahí?
—Mejor llamo a Etta —dijo y supe que había algún problema.
—¿Easy? —Etta se puso al teléfono un momento después.
—Sí, cariño.
—Necesito tu ayuda.
—Sí, señora —respondí, porque quería a Etta como amiga y en tiempos la amé como amaba a Bonnie. Si no hubiese estado loca por mi mejor amigo, por aquel entonces ya tendríamos una casa llena de niños.
—La policía busca a Raymond —dijo.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Asesinato.
—¿Asesinato?
—Un idiota que se llama Pericles Tarr ha desaparecido y la policía viene aquí todos los días preguntándome qué sé yo de todo eso. Si no fuera por Pete, creo que me llevarían a rastras a la cárcel solo por estar casada con Ray.
Nada de todo aquello me sorprendía. Raymond llevaba una vida criminal. El diminuto asesino estaba relacionado con toda una red de atracadores que operaban de costa a costa y más allá incluso, por lo que yo sabía. Pero la verdad es que no me lo imaginaba implicado en delitos de poca monta. Y no es que Mouse no hubiese ido más allá del crimen, más bien al contrario, pero en los últimos años se le había enfriado algo la sangre y raramente perdía los nervios. Si hubiese tenido que matar a alguien en la actualidad, habría sido en lo más profundo de la noche, sin dejar testigos ni pistas que le incriminasen.
—¿Dónde está Mouse? —le pregunté.
—Eso es lo que tengo que averiguar —dijo Etta—. Desapareció el día antes que ese hombre, Tarr. Y ahora él no está, y los tipos estos de la ley me van detrás.
—¿Así que quieres que yo lo encuentre? —le pregunté, lamentando haber llamado.
—Sí.
—¿Y luego qué hago?
—Estoy preocupada, Easy —dijo Etta—. Esos polis hablan en serio. Quieren meter a mi chico en la cárcel.
Hacía muchos años que no oía a Etta llamar «chico» a Ray.
—Vale. Lo encontraré, y haré lo que tenga que hacer para asegurarme de que está bien.
—Sé que esto no es gratis, Easy —me dijo entonces Etta—. Te pagaré.
—Bien. ¿Sabes algo de ese Tarr?
—No demasiado. Está casado y tiene la casa llena de críos.
—¿Y dónde vive?
—En la calle Sesenta y tres. —Me recitó la dirección y yo la apunté, pensando que había encontrado más problemas en un solo día que la mayoría de los hombres en una década.
Había llamado a Mouse porque él y Christmas Black eran amigos. Esperaba encontrar ayuda, no prestarla. Pero cuando se vive entre hombres y mujeres desesperados, cualquier puerta que se abre puede tener escrito PANDORA en el otro lado.