Kitabı oxu: «Nacidos en Mauthausen»
Título original inglés: Born Survivors
© Wendy Holden, 2015.
© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO391
ISBN: 9788490068649
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
CITA
DEDICATORIA
MAPA
NOTA DE LA AUTORA
PREFACIO
1. PRISKA
2. RACHEL
3. ANKA
4. AUSCHWITZ II-BIRKENAU
5. FREIBERG
6. EL TREN
7. MAUTHAUSEN
8. LA LIBERACIÓN
9. EN CASA
10. LA REUNIÓN
PASANDO LISTA
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
AGRADECIMIENTOS

Eva, Mark y Hana. (© Prof. Albert Lichtblau.)
A veces, incluso vivir es un acto de coraje.
SÉNECA
ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO AL CORAJE Y LA TENACIDAD
DE TRES MADRES Y A SUS HIJOS, NACIDOS EN UN MUNDO
QUE NO QUERÍA QUE EXISTIERAN
Tres mujeres embarazadas de sus maridos.
Tres parejas que rezaban por un futuro mejor.
Tres bebés, nacidos con semanas de diferencia entre sí y en circunstancias inimaginables.
Para cuando llegaron al mundo, con menos de kilo y medio, a sus padres los habían asesinado los nazis y sus madres eran «esqueletos vivientes» que vivían, minuto a minuto, en el mismo campo de concentración.
No se sabe cómo, pero las tres mujeres consiguieron sobrevivir.
Contra todo pronóstico, sus hijos también.
Setenta años después, estos «hermanos de corazón» se han reunido para contar por primera vez la extraordinaria historia de sus madres, que desafiaron la muerte para darles la vida.
Todos ellos son supervivientes natos.

NOTA DE LA AUTORA
La historia de cada una de estas supervivientes se ha reconstruido con sumo cuidado a partir de sus recuerdos, de las cartas que cruzaron con sus familiares y de las historias que compartieron con ellos en privado; además, se han tenido en cuenta las declaraciones que hicieron a investigadores e historiadores a lo largo de los años. Cada historia ha quedado reforzada por una dolorosa investigación y por los testimonios de varias personas, tanto vivas como muertas.
Siempre que ha sido posible, dichos recuerdos han sido corroborados por testigos independientes, material de archivo o registros históricos. Cuando no ha habido modo de constatar de forma directa detalles o conversaciones exactas —o les han llegado a unos y otros a lo largo del tiempo con ligeras variaciones—, los he reseñado basándome en la información de que disponía y cabe la posibilidad de que no sean recordados por todo el mundo de la misma manera.
PREFACIO
Estamos en deuda con Wendy Holden por su gran empatía con nuestras madres y su inagotable energía a la hora de recorrer con ellas los durísimos pasos que tuvieron que dar durante la guerra.
En el camino, no solo ha desenterrado información que desconocíamos, sino que nos ha acercado —a los tres «bebés»— aún más como «hermanos», algo por lo que siempre le estaremos agradecidos.
También le damos las gracias por investigar y descubrir la actitud desinteresada de los ciudadanos checos de Horní Bříza, quienes hicieron absolutamente todo cuanto estaba en su mano para proporcionar comida y ropa a nuestras madres, así como a los prisioneros de otros dos campos que viajaban en el «tren de la muerte», camino del campo de concentración de Mauthausen.
No podemos dejar de admirar la tenacidad, diligencia y habilidad con que Wendy Holden ha rastreado y descrito los esfuerzos realizados por los miembros de la 11ª. División Acorazada del Tercer Ejército de los Estados Unidos, cuya actuación resultó fundamental para liberar Mauthausen y para dar a nuestras madres —y a nosotros— un nuevo aliciente para seguir viviendo.
Ellas se sentirían honradas si supieran que, por fin, alguien, después de tantos años, ha contado su historia de principio a fin, dedicándoles a cada una un tercio de este fascinante libro, el cual llega a tiempo de conmemorar nuestro septuagésimo cumpleaños y, por ende, el septuagésimo aniversario del fin de la guerra.
Muchas gracias, Wendy —nueva hermana honoraria— en nuestro nombre; tres personas que, pese a haber nacido durante el gobierno de un régimen que planeaba asesinarlas, estaban destinadas a formar parte de los últimos supervivientes del Holocausto.
HANA BERGER MORAN, MARK OLSKY
Y EVA CLARKE, 2015
1
PRISKA

Carné de identidad de Priska Löwenbeinová. (© Hana Berger Moran.)
«Sind Sie schwanger, fesche Frau?» (¿Estás embarazada, guapa?). La pregunta, dirigida a Priska Löwenbeinová, iba acompañada por la sonrisa de su interrogador de las SS que, con las piernas abiertas frente a ella, la miraba de arriba abajo con fascinación forense.
El doctor Josef Mengele se había detenido delante de la maestra eslovaca de veintiocho años, que desnuda temblaba de vergüenza en la plaza de armas de Auschwitz II-Birkenau, adonde acababa de llegar hacía pocas horas. Era octubre de 1944.
Priska, que medía metro y medio, aparentaba menos edad de la que tenía. Estaba flanqueada por unas quinientas mujeres desnudas, la mayoría de ellas desconocidas entre sí. Todas judías, se hallaban tan estupefactas como Priska después de que las hubieran deportado al campo de concentración en la Polonia ocupada por los nazis desde hogares y guetos de Europa entera, apiñadas de sesenta en sesenta y cerradas a cal y canto en los vagones de convoyes que podían llegar a arrastrar hasta cincuenta y cinco coches.
Desde que habían salido, intentando tomar aire, a la infame Rampe ferroviaria, en el corazón del complejo de exterminación más eficaz de los nazis, conocido en conjunto como Auschwitz, no habían parado de gritarles desde uno y otro lado: «Raus!» («¡Fuera!») o «Schnell, Judenschwein!» («¡Rápido, cerdas judías!»).
La marea humana, confundida y conmocionada, era pastoreada por prisioneros que hacían las veces de funcionarios de prisiones inexpresivos, vestidos con sucios uniformes a rayas, quienes empujaban a las mujeres por un terreno irregular mientras los soldados de las SS se mantenían en pie con su uniforme inmaculado, sujetando a los perros guardianes, que ladraban y tiraban de la correa. No había tiempo para buscar a los seres queridos porque a los hombres los separaban a todo correr de las mujeres, y a los niños los empujaban a una fila junto a los enfermos y los ancianos.
A todo aquel que estuviera tan débil como para mantenerse de pie o que tuviera las piernas entumecidas después de llevar días en un vagón donde faltaba el aire, lo empujaban con rifles o le pegaban latigazos. Por doquier, en aquel ambiente frío y húmedo, se oían descorazonadores gritos de «¡Mis hijos!» o «¡Mis pequeños!».
Delante de las largas columnas de despojados había dos edificios bajos de ladrillo rojo, cada uno de ellos con una inmensa chimenea que escupía humo negro y aceitoso a un cielo plomizo. La atmósfera gris era muy densa debido al olor pútrido y empalagoso del campo, que se les metía sin remedio por las fosas nasales y hacía que les picara la garganta.
A decenas de mujeres que andaban entre los catorce y los cincuenta años, separadas a la fuerza de amigos y familiares, las obligaron a recorrer un pasillo estrecho formado por verjas electrificadas, como las que rodeaban el enorme campo de concentración. Estaban tan impactadas que avanzaban en silencio tambaleándose las unas contra las otras, mientras pasaban junto a las chimeneas y al borde de varios estanques profundos, hasta que llegaron a un edificio de recepción enorme de una sola planta —la Sauna o balneario— escondido entre los abedules.
Allí les enseñaban sin ceremonias lo que era la vida de un Häftling («prisionero») en un campo de concentración; un proceso que empezaba forzándolas a deshacerse de cualquier posesión que les quedara y a desvestirse por completo. Al carecer de un idioma común, protestaban en un clamor de lenguas, pero los guardias de las SS las pegaban o intimidaban con los rifles hasta que se mostraban dóciles.
Luego, estas madres, hijas, esposas y hermanas tenían que avanzar desnudas por un pasillo ancho hasta una estancia amplia donde otros prisioneros —tanto hombres como mujeres— les quitaban prácticamente todo el pelo del cuerpo mientras los soldados alemanes las miraban con lascivia.
Apenas reconocibles entre sí una vez las máquinas eléctricas habían hecho su trabajo, tenían que salir de cinco en cinco, una junto a la otra, al patio, donde los alemanes pasaban lista y donde tenían que esperar, descalzas sobre el barro frío y húmedo, más de una hora antes de enfrentarse a la segunda Selektion, llevada a cabo por el hombre al que el mundo acabaría conociendo como el «Ángel de la Muerte».
El doctor Mengele, con un uniforme impecable, ceñido y de color gris verdoso con brillantes galones y calaveras de plata en el cuello, llevaba en la mano un par de guantes de cuero pálido con puños exagerados. Iba repeinado con brillantina y, como si nada, movía los guantes a derecha o izquierda mientras caminaba por delante de las prisioneras para inspeccionarlas y, más concretamente, preguntarles si estaban esperando un hijo.
Cuando le llegó su turno, Priska Löwenbeinová tan solo tuvo unos segundos para decidir cómo responder al oficial sonriente que tenía aquella separación entre los incisivos. No lo dudó. Mientras negaba con la cabeza a toda prisa, la consumada lingüista contestó en alemán: «Nein».
Estaba embarazada de dos meses, y el suyo era un bebé muy deseado tanto por ella como por su marido Tibor (que la mujer esperaba que estuviera en alguna parte del campo), pero no tenía ni idea de si decir la verdad la salvaría o los condenaría a ella y al bebé a un destino incierto. Lo que sí sabía era que se hallaba en presencia del peligro. Mientras con un brazo se cubría los pechos y con la otra mano, lo poco que le quedaba de vello púbico, rezó para que Mengele aceptara su tajante negación. Aquel oficial de las SS de aspecto agradable se detuvo un instante para mirar a los ojos de la «fesche Frau» antes de seguir adelante.
Tres mujeres más allá, el hombre le retorció con fuerza el pecho a una mujer, que reculó. Cuando unas gotitas de leche delataron que llevaba al menos dieciséis semanas embarazada, un ligero movimiento de los guantes a la izquierda por parte del oficial hizo que la sacaran de la fila a empujones y la llevasen a una esquina de la plaza de armas, donde había un grupo de mujeres embarazadas que no paraban de temblar.
Ninguna de aquellas mujeres con los ojos abiertos como platos sabía en aquel momento que el movimiento de los guantes hacia uno u otro lado significaba la vida o algo muy diferente. Nadie sabe cuál fue el destino de las mujeres que el doctor Mengele eligió aquel día.
Hasta aquel momento, Josef Mengele representaba el mayor peligro para la joven Priska, aun cuando esta desconocía a qué tendría que enfrentarse dentro de nada. En los siguientes meses, el hambre iba a convertirse en su enemigo más temido, al tiempo que parecía la mejor manera de poner fin a sus sufrimientos.
El primo del hambre, la sed, la atormentó con la misma crueldad durante la época que pasó en los campos, junto con el cansancio, el miedo y la enfermedad. Ahora bien, fueron las demandas insistentes y dolorosas de su cuerpo embarazado por nutrirse las que casi acabaron con ella.
Resulta paradójico —y un tanto perverso— que lo que la ayudara a aliviar alguno de sus pinchazos de hambre más terribles fuera recordar aquella vez en que había pegado la nariz contra el escaparate de una pastelería, cuando iba de camino al colegio, antes de regalarse a sí misma algo tan dulce como un babka de canela cubierto de azúcar y migas crujientes. Recordar el instante en que, en la pastelería de Zlaté Moravce, partía con las manos aquel pastel mientras las migas le caían por la blusa, le hacía pensar en su idílica infancia en aquella ciudad, situada en lo que es hoy la esquina suroeste de la República de Eslovaquia.
A unos cien kilómetros de Bratislava, la región donde creció Priska era famosa porque en ella se buscaba oro con bateas, y, de hecho, el nombre de uno de sus ríos, el Zlatnanka, deriva de la palabra eslovaca que significa «oro». «Moravce, la Dorada» era casi tan próspera como sugiere el nombre de la localidad, con una iglesia imponente, colegios y calles de tiendas, cafés y restaurantes, además de un hotel.
Los padres de Priska, Emanuel y Paula Rona, regentaban uno de los cafés kosher más respetables del pueblo, alrededor del que se orquestaba gran parte de la vida local. Con una situación inmejorable en la plaza mayor, el café también tenía un bonito patio. En 1924, Emanuel Rona, próximo a cumplir los cuarenta, había visto en el periódico que el negocio se alquilaba. Con la esperanza de hacer fortuna, tomó la atrevida decisión de trasladarse con su mujer e hijos a doscientos cincuenta kilómetros del remoto pueblecito de Stropkov, emplazado en las colinas orientales que había cerca de la frontera con Polonia.
Priska, que había nacido el 6 de agosto de 1916, tenía ocho años cuando se mudaron, pero volvía a Stropkov con su familia cada vez que se podían permitir ir a visitar a su abuelo materno, David Friedman, un viudo que regentaba una taberna, además de ser un reconocido escritor de panfletos polémicos.
En Zlaté Moravce, el café de la familia era, tal y como la describiría Priska más adelante, bonito, y siempre estaba impoluto gracias a lo duro que trabajaban sus padres y a una serie de devotas camareras. El establecimiento tenía un cacareado salón para funciones privadas que, orgullosa, su madre solía denominar chambre séparée, donde ocho músicos vestidos con traje oscuro tocaban para los clientes cada vez que la mujer retiraba la cortina. «Teníamos buena música y maravillosas bailarinas. La vida que se hacía en el café por aquel entonces era importante. Me encantaba mi juventud».
Su madre, cuatro años más joven y una cabeza más alta que su padre, era tan guapa que quitaba el sentido y bastante ambiciosa —pero sin dar la nota— porque quería lo mejor para su familia. Paula Ronová, que había adoptado el sufijo femenino tradicional eslovaco -ová después de casarse, resultó ser una esposa, una madre y una cocinera excelente, además de una «mujer en extremo decente» que hablaba poco pero pensaba mucho. «Mi madre era mi mejor amiga».
Su padre, por otro lado, les imponía una disciplina estricta y conversaba con su madre bien en alemán, bien en yidis cuando no quería que sus hijos les entendieran. Priska, a quien se le habían dado bien los idiomas desde pequeña, lo entendía todo en secreto. Aunque no siguiera con celo la fe en la que había nacido, Emanuel Rona consideraba importante guardar las apariencias y llevaba a su familia a la sinagoga todos los días festivos judíos.
«Cuando era joven, era importantísimo comportarse con decencia debido al café —comentaba Priska—. Teníamos que ser una buena familia, buenos amigos y buenos propietarios o los clientes no volverían».
Priska, a quien habían llamado Piroška al nacer y que contaba con cuatro hermanos, era la cuarta. Andrej, conocido como «Bandi», era el mayor; su hermana Elizabeth, «Boežka», era la siguiente; luego venía Anička, a quien llamaban «Anita». Cuatro años después de Priska nació Eugen, al que todos conocían por «Janíčko» o «Janko», el más pequeño de todos. Un sexto hermano había muerto siendo un bebé.
La familia vivía detrás del café, en un apartamento tan espacioso como para que cada hijo tuviera su propia habitación. Contaba con un jardín grande que descendía hasta un riachuelo que lo recorría por entero. Priska, atlética y extrovertida, a menudo se reunía allí con sus amigos, donde incluso jugaban al tenis. Era saludable y feliz, tenía un lustroso pelo negro y, como en el caso de sus demás hermanas, era popular entre los chicos de la zona, que, con afecto, la llamaban «Piri» o incluso «Pira».
«Me daba igual que fueran judíos o gentiles. Para mí, todos eran amigos. No establecía diferencias».
Sus hermanos y ella crecieron rodeados de «buenas mujeres», que les ayudaban con las tareas de la casa y hacían las veces de madre. La familia comía bien, con carne kosher presentada de forma «elegante» casi a diario. A menudo, a los suculentos guisos les seguían postres del café. Priska era muy golosa y su postre favorito era la Sachertorte vienesa, un pastel con mucho chocolate, merengue y mermelada de albaricoque.
Aunque no estudiaran religión en el colegio, asistían a las oraciones cada viernes por la tarde y sus padres les exigían que se lavasen las manos a conciencia antes de sentarse a una elegante mesa de Shabbat («Sabbat») con velas especiales y los mejores tejidos.
Priska era una de las seis niñas que había entre los más de treinta alumnos de su clase. Su hermana Boežka era, según ella, una «verdadera intelectual», que aprendía idiomas sin dificultad, como si los absorbiera. Sin embargo, a Boežka apenas le interesaban los libros, pues prefería las labores artísticas, como la costura, en la que destacaba.
Puede que Priska tuviera que esforzarse más que su hermana en el colegio, pero era diligente y estudiar pronto se convirtió en su pasión. Decidida a alcanzar un entendimiento más profundo del mundo, también era diferente de Anna, la más guapa de las hermanas, quien prefería disfrazarse o jugar a las muñecas. «Me gustaba ser la que más sabía», admitía. Desde muy joven le fascinó el cristianismo y a menudo se colaba en el cementerio católico de la ciudad cuando volvía a casa del colegio. Lo que más admiraba era sus imponentes tumbas y mausoleos, y siempre le intrigaban las «nuevas llegadas», acerca de las cuales imaginaba historias, en especial, de cómo habría sido su vida.
Su madre alimentaba el hambre de saber de su hija y se sintió muy orgullosa cuando se convirtió en la primera Rona en ir al colegio secundario —el Gymnázium Janka Král’a—. Inaugurado en 1906, se trataba de un atractivo edificio de estuco blanco y tres pisos de altura, que se alzaba frente al cementerio y el ayuntamiento. Priska, una de los quinientos alumnos con edades comprendidas entre los diez y los dieciocho años, estudiaba inglés y latín, además de alemán y francés, que eran obligatorios. Sus hermanos solo recibieron educación primaria, excepto Bandi, que estudió para contable.
Competitiva por naturaleza, Priska ganó numerosos premios académicos, y sus profesores estaban encantados con sus progresos. La mejor alumna también disfrutaba de la atención de los chicos de su curso, quienes le imploraban que les ayudara con el inglés y se reunían con devoción en el jardín de la chica para que les diera clase. «Solo guardo recuerdos maravillosos de Zlaté Moravce».
La mejor amiga de Priska en el colegio era una chica con el nombre de Gizelle Ondrejkovičová, a la que todos llamaban «Gizka». Aparte de guapa, era también popular. Hija del jefe de policía del distrito, un gentil, no era, ni mucho menos, tan estudiosa como Priska, por lo que su padre llamó un día al de esta para hacerle una oferta. «Si Priska consigue que Gizka acabe los estudios, les permitiré que tengan el café abierto hasta la hora que quieran», ¡y no tendrían que pagar más impuestos por ello!
Y así fue como la cuarta de los Rona pasó a ser, de la noche a la mañana, de vital importancia para el modesto negocio familiar. Mientras Priska fuera la tutora extraoficial de su compañera, garantizaría que el café de la familia prosperase por delante de los demás de la ciudad. Fue una responsabilidad que se tomó muy en serio y, a pesar de que le dejaba poco tiempo para disfrutar de la vida social, Gizka le caía tan bien que se alegraba de ayudarla. Ambas amigas se sentaban juntas en clase y acabaron graduándose al mismo tiempo.
Después de la secundaria, Priska empezó a dedicarse a la enseñanza y parecía que todo le venía de cara para empezar su carrera como profesora de idiomas. Como era buena cantante, se unió al coro de profesores que iba por el país interpretando canciones nacionalistas tradicionales, una de las cuales proclamaba con orgullo: «Soy eslovaco y siempre lo seré», melodía que rompería a cantar con alegría a lo largo de su vida.
En Zlaté Moravce se la tenía en gran estima y disfrutaba de que la saludaran primero por la calle —símbolo eslovaco de respeto—. Se enamoró de un profesor gentil que la llamaba cada semana para llevarla los sábados por la noche a un café, a bailar o a cenar al hotel de la ciudad.
Había pocas razones para que Priska o su familia sospecharan que algo iba a alterar su confortable vida. Aunque los judíos habían sido perseguidos por toda Europa, sufriendo en especial a manos de los rusos durante los pogromos de principios del siglo XIX, se habían adaptado con facilidad a las nuevas naciones europeas surgidas tras la Primera Guerra Mundial y el colapso de los imperios alemán, austrohúngaro y ruso. En Checoslovaquia habían adquirido protagonismo asimilándose bien a la sociedad. Los judíos no solo jugaban un papel clave en la vida productiva y económica, sino que contribuían en todos los campos de la cultura, la ciencia y el arte. Además de construir nuevas escuelas y sinagogas, los judíos estaban en el centro de la vida en los cafés. Así las cosas, la familia Rona apenas sufría el antisemitismo en su comunidad.
Sin embargo, una severa depresión económica después de la Primera Guerra Mundial empezó a cambiar los ánimos a lo largo de la frontera alemana. Adolf Hitler, líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán —conocido más tarde como Partido «Nazi»— desde 1921, acusaba a los judíos de controlar la riqueza de la nación y de ser la fuente de muchos de sus males. Tras las elecciones federales de 1933, en las que los nazis obtuvieron diecisiete millones doscientos mil votos, las autoridades le propusieron a Hitler un gobierno de coalición y lo nombraron canciller. Su ascenso al poder marcó el final de la democrática República de Weimar y el comienzo de lo que fue conocido en el mundo entero como el Dritte Reich («Tercer Reich»).
Los discursos radicales de Hitler denunciaban el capitalismo y condenaban a cuantos se aliaban con los bolcheviques, los comunistas, los marxistas y con el Ejército Rojo ruso para participar en la revolución. Tras escribir en un manifiesto autobiográfico titulado Mein Kampf, publicado en 1925, que «la personificación del diablo como símbolo de todo mal adquiere la forma viva de los judíos» prometió eliminar de Alemania a estos y a otros «indeseables» en lo que describió como una «solución minuciosa».
Una vez proclamado su «nuevo orden» para contrarrestar lo que muchos alemanes veían como injusticias a las que se les había sometido después de la guerra, animó a los guardias de asalto de camisa parda a que hostigaran a los judíos, bloquearan y boicotearan sus negocios. Su grito de guerra, «Sieg Heil!» («¡Arriba la victoria!»), vociferado por las adoctrinadas Juventudes Hitlerianas, retumbaba en las ondas radiofónicas de Berlín. En un tiempo relativamente corto, parecía que Hitler estuviera cumpliendo sus promesas y de hecho obtuvo tal recuperación económica que el apoyo que tenía creció. Animado por el éxito, su gobierno empezó a poner en marcha una serie de leyes que excluyera a los judíos de la vida política, económica y social. Quemaron «degenerados» libros judíos, se expulsó de la universidad a quienes no fueran arios y se empujó al exilio a judíos de renombre, incluido Albert Einstein.
A medida que el antisemitismo germano iba en aumento, los nazis profanaban sinagogas o incluso las quemaban hasta los cimientos, a veces con judíos atrapados en su interior. El piso de las calles en pueblos y ciudades resplandecía por efecto de los cristales rotos, y los escaparates de los negocios judíos eran pintarrajeados con la estrella de David o eslóganes ofensivos. El gobierno animaba a los gentiles —denominados «arios» por los nazis— a denunciar a los judíos y, en medio de aquella atmósfera de desconfianza y traición, judíos que habían vivido felices en el vecindario durante años y cuyos hijos habían crecido mezclándose con los otros, a menudo recibían salivazos o palizas en la calle, e incluso eran arrestados. Había espías muy dispuestos por todos lados, ansiosos por denunciar a sus vecinos con la esperanza de hacerse con sus propiedades. La gente saqueó metódicamente cientos de hogares, en los que entraba sin que nadie se lo impidiera y de los que se llevaba cuanto le placía.
A los alemanes oriundos les animaban a que inspeccionaran y se quedaran con los mejores apartamentos de los judíos, por lo que familias enteras se veían obligadas a abandonar su hogar de la noche a la mañana. Se decía que los nuevos inquilinos se mudaban «antes de que se enfriara el pan recién hecho». A aquellos a quienes habían desahuciado, solo se les permitía mudarse a una casa más pequeña en los distritos más pobres, lo cual les impedía continuar con la vida que habían llevado hasta entonces.
A los que tenían taras físicas y a los enfermos mentales —tanto arios como judíos— los declaraban «indignos de vivir» y muchos fueron enviados a campos o ejecutados sumariamente. El resto de la población tenía pocas opciones, aparte de conformarse con las imposiciones de las Leyes de Nuremberg de Hitler, aplicadas con crueldad y bien pensadas para alienar a los judíos y demás minorías. De acuerdo con lo que los nazis definieron como «racismo científico», con el que pretendían mantener la pureza de sangre alemana, estas regulaciones determinaban quiénes eran «racialmente aceptables» y restringían los derechos civiles básicos de «judíos, gitanos y negros, y de sus retoños bastardos». La Ley de Protección de la Sangre y el Honor Alemán anulaba todos los matrimonios mixtos y, con la intención de evitar la «contaminación racial», condenaba a muerte a todo aquel judío que hubiera mantenido relaciones sexuales con alemanes.
A los judíos les negaron la ciudadanía, y el gobierno arrestaba y recluía en los primeros Konzentrationslager o «KZ» («campos de concentración»), situados, por lo general, en antiguos barracones, a todo aquel que considerara «asocial» o «peligroso» —una categoría difusa que abarcaba a comunistas, activistas políticos, alcohólicos, prostitutas, mendigos y vagabundos; e incluso testigos de Jehová, quienes se negaban a aceptar la autoridad de Hitler.
Los arios tenían prohibido contratar a judíos. Mediante un proceso gradual, les impidieron ejercer su propia profesión —abogacía, medicina y periodismo— y escolarizar a sus hijos más allá de los catorce años. Con el tiempo, les negaron la entrada a los hospitales estatales y no podían alejarse más de treinta kilómetros de su casa. Los parques públicos e infantiles, las piscinas, las playas y las bibliotecas quedaban siempre fuera de dicho límite. El gobierno borró de los monumentos conmemorativos el nombre de los soldados judíos que habían participado en la Primera Guerra Mundial, a pesar de que tantos de ellos hubieran luchado por el káiser en aquel conflicto.
Las autoridades instauraron un sistema de cartillas de racionamiento y sellos de comida, pero a los judíos les tocaba la mitad que a los arios. Además, solo les permitían comprar en tiendas concretas y entre las tres y las cinco de la tarde, hora en la que ya se había vendido la mayor parte de los artículos frescos. Tenían prohibido ir al cine y al teatro y viajar en los vagones delanteros del tranvía; solo podían ir en el último, que a menudo estaba abarrotado y, por tanto, hacía mucho calor en él. Los judíos tuvieron que entregar sus radios en las comisarías, y el gobierno estableció un toque de queda para ellos entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, que aplicaba a rajatabla.
Asustados por la nueva política, miles huyeron a Francia, Holanda y Bélgica en busca de asilo. Checoslovaquia, nación que se llamaba así desde 1918, se convirtió en otro refugio habitual, pues no solo disponía de fuertes fronteras, sino de aliados poderosos —entre los que se contaba Francia, Gran Bretaña, y Rusia— y la familia de Priska seguro que era una de las muchas que se sintió a salvo allí.
Entonces, en marzo de 1938, mientras Europa temblaba, Hitler anexionó Austria en lo que pasó a ser conocido como el Anschluss («la Anexión»). Tras declarar la autodeterminación alemana, exigió Lebensraum, un mayor «espacio vital» para su pueblo. Pocos meses después, el gobierno revocaba todos los permisos de residencia de los extranjeros que vivían en el Reich. El gobierno polaco declaró inesperadamente que invalidaría los pasaportes de los ciudadanos a menos que volvieran a Polonia para renovarlos. Para facilitar esto, los nazis ordenaron la expulsión del país a unos doce mil judíos polacos. Los polacos no lo aceptaron, lo que provocó que vivieran en un nada envidiable limbo en la frontera.
Deseoso de negociar la paz, dado que había pasado tan poco tiempo de la Gran Guerra, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, condujo una serie de reuniones internacionales que concluyeron con el Acuerdo de Múnich en septiembre de aquel año. Sin participación rusa ni checa, los mayores poderes europeos dieron permiso a Hitler para ocupar las regiones del norte, del sur y del oeste de Checoslovaquia, conocidas en conjunto como Sudetenland («Los Sudetes»), y habitadas en su mayoría por hablantes alemanes. Gracias a este pacto, que muchos checos apodaron «La traición de Múnich», el país perdió fronteras estratégicas.
En noviembre de 1938, por venganza, el hijo adolescente de una familia de judíos a la que habían obligado a abandonar su hogar, asesinó a un oficial alemán en París. A modo de respuesta, el alto mando nazi ordenó la Reichspogromnacht, más conocida como Kristallnacht («La noche de los cristales» o «La noche de los cristales rotos»). Los partidarios del régimen atacaron miles de casas, sinagogas y negocios judíos en Alemania en una sola noche, asesinando al menos a noventa judíos, mientras la policía arrestaba a otros treinta mil. En los meses siguientes, los partidarios de Hitler continuaron provocando disturbios antisemitas y hubo que movilizar al ejército checo; pero en marzo de 1939 el Führer invitó a monseñor Jozef Tiso —líder católico de los eslovacos (al que habían depuesto)— a Berlín. Poco más tarde, llegó Emil Hácha —presidente católico de Checoslovaquia—. Se les dio un ultimátum a ambos: o ponían voluntariamente a los suyos bajo la «protección» de Alemania —se encontraban bajo la amenaza del creciente interés de Hungría por sus territorios fronterizos— o serían invadidos a la fuerza por los nazis.
Tiso y su gobierno colaboracionista se mostraron de acuerdo con las exigencias de Hitler casi de inmediato y al primero lo declararon presidente del recién instaurado Estado Eslovaco, sin que fuera necesaria la intervención nazi. Tras sufrir un infarto el presidente Hácha, al día siguiente se esperaba de todas formas una resistencia generalizada por parte del pueblo; razón por la cual el 15 de marzo de 1939, las tropas alemanas marcharon contra el país y la nación checa pasó a convertirse en el Protectorado de Bohemia y Moravia. Hitler invadió Polonia seis meses después. Los rusos invadieron el país por el este unas semanas más tarde, destapando el pacto secreto que mantenían con los alemanes. Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra. La vida de los europeos no volvería a ser igual.
De la noche a la mañana, los judíos de los «estados coloniales» nazis fueron reducidos a parias. Juden nicht zugänglich («Prohibido el paso a los judíos») era un cartel habitual en muchos edificios públicos. A veces, en el letrero ponía: «Prohibido perros y judíos». Cuando estos se enteraron de las atrocidades que se cometían contra los de su fe en Alemania, Austria y Polonia, empezaron a abarrotar embajadas extranjeras implorando un visado, que les era denegado. Ante un futuro del que parecía imposible escapar, algunos se suicidaban.
A Priska y a su familia no les quedó más remedio que acatar el nuevo régimen y cada uno de los decretos que iba promulgando. Eran los pequeños detalles los que más daño hacían. El profesor ya no la llamaba para ir a bailar, la gente que antes la saludaba en primer lugar dejó de hacerlo o miraba hacia otro lado cuando se cruzaba con ella. «Había muchísimas actitudes desagradables, pero tenías que aceptarlas de inmediato si querías seguir con vida». Otros amigos, como Gizka y un compañero de clase, cuya familia de granjeros seguía proveyendo a los Rona de leche fresca, le fueron leales. Incluso hubo quienes se complicaron la vida al saludar en público a sus amistades judías y ofrecerles ayuda.
Debido a los rumores de que el gobierno iba a «reubicarlos» en otro sitio en contra de su voluntad, los judíos empezaron a acumular comida y bienes. Enterraban sus objetos valiosos o les pedían a sus amigos que los escondieran, a pesar de ser una actuación castigada con la pena de muerte. Los judíos que se lo pudieron permitir huyeron al Mandato Británico de Palestina, donde había esperanza de establecer un estado sionista en el futuro. Bandi, el hermano de Priska, era uno de ellos. Se marchó en 1939 porque decía que había entendido «las señales de advertencia». Sin avisarla siquiera, el primer novio de Priska emigró a Bélgica y, después, a Chile. Era rico y joven, y la pareja hacía poco que se había prometido de forma oficial, tal y como se hacía en el caso de los matrimonios concertados; pero desapareció sin más.
El resto de la familia hacía lo que podía para ir tirando. Anička se había casado en 1932, con diecinueve años, con la esperanza de evitar pasarse la vida sirviendo en el café de la familia. Tuvo un hijo, Otto, pero el matrimonio no duró. Después del divorcio, Anna se cambió el nombre por uno que pareciera más ario: Helena Hrubá y encontró trabajo en otro café. A Janko, que había estudiado para ingeniero electricista, lo reclutaron en un batallón de trabajo judío con la intención de convertirlo en un «Robotnik Zid» («obrero judío»), los cuales llevaban un característico uniforme azul y eran a quienes les asignaban los peores trabajos. Boežka, una solterona de treinta y tantos, se quedó en casa cosiendo ropa para la familia y los amigos.
Priska, que siempre se había sentido orgullosa de su nariz judía —o «bella probóscide», como ella la llamaba en broma— estaba encantada de poder lucir las creaciones de su hermana, puesto que así no se sentía un paria de la sociedad. «Nunca había sido una belleza, pero me ocupaba por conservar un buen aspecto —confesaba—. La gente de la ciudad siempre me trató bien, porque les gustaba que me sintiera orgullosa de ser la hija del dueño del café».
Pero no tardaron en negarle aquel honor. En 1940, a sus padres les prohibieron llevar el negocio que con tanto esfuerzo habían levantado a lo largo de dieciséis años. Dado que su educación era limitada y que carecían de otras habilidades, no podían dedicarse a nada más. «Lo perdieron todo —contaba Priska—. Eran buena gente». Resultó sorprendente lo amable que el ario o Treuhänder («administrador»), a quien el gobierno puso al mando de su negocio, se mostraba con Priska, de quien apreciaba que hablara inglés, francés, húngaro y alemán. «Era importante y se daba valor a que supiera hablar idiomas», aseguraba.
Como les impedían trabajar, Priska y lo que quedaba de su familia decidieron mudarse a Bratislava, la nueva capital del Estado Eslovaco, a orillas del Danubio. David Friedman, el abuelo de la muchacha, a quien le arrebataron la taberna, huyó de su pueblo natal y se reunió con ellos. Habían conseguido conservar algo de dinero y tenían la esperanza de que a los judíos les resultase más sencillo pasar desapercibidos en una ciudad grande, y no se equivocaron. Cuando los nazis invadieron el país, en Bratislava vivían quince mil judíos —lo que suponía el 12% de la población—, quienes se habían integrado bien y sufrían poco el antisemitismo.
Aunque todo había cambiado bajo el gobierno de los nazis, la familia de Priska encontró un apartamento en la calle Špitálska, y la joven, que trabajaba como profesora particular, pudo volver a disfrutar del ambiente de un café, tal como había hecho desde niña. Le gustaba en especial el Astorka, donde se codeaba con intelectuales, con quienes hablaba en varias lenguas. Fue allí, en el Café Astorka, un día de octubre de 1940, donde conoció a un joven esbelto con bigote que estaba sentado en la mesa de al lado, conversando, mira por dónde, con unos amigos de Priska.
«Hablaba muy convencido y animadamente con mi amiga Mimi, que era farmacéutica. De pronto, Mimi se puso en pie y vino a decirme que a aquel hombre le parecía muy guapa». El atrevido admirador de Priska se acercó y se presentó. Tibor Löwenbein era un periodista judío de origen polaco que hablaba con fluidez alemán y francés y que venía de Púchov, en la región noroccidental de Eslovaquia. Ella siempre mantuvo que estaba un poco achispado cuando se conocieron, de ahí que le dijera que no le gustaban los hombres que bebían. Decidido a impresionarla, le prometió que nunca más volvería a probar el alcohol. Y mantuvo su palabra.
No obstante, fumaba en pipa y poseía una colección de cuarenta de aquellos utensilios para fumar —que Priska no tenía permiso de tocar siquiera—. Su atractivo pretendiente, quien prestaba mucha atención al vestir, contaba asimismo con una colección de cuarenta camisas. Dado que quería ser escritor, era habitual ver a Tibor escribiendo en los cuadernillos de notas que llevaba consigo. También coleccionaba sellos, aunque Priska siempre dijo con una sonrisa irónica que, después de conocerla, ella se había convertido en su única afición.
Tibor era el único hijo de Heinrich Löwenbein y Elizabeth, la esposa de este y a quien llamaban «Berta». El padre de Tibor tenía una pequeña granja, pero Tibor se había mudado a Bratislava porque no quería llevar una vida de campesino. Allí empezó a escribir para el periódico Allgemeine Jüdische Zeitung, en el que se encargaba de los deportes y de la política local. También escribió un librito titulado SlovenskoŽidovské hnutie a jeho poslanie, donde explicaba qué debía hacer un judío para integrarse por completo en el día a día eslovaco.
Cuando las Leyes de Nuremberg le impidieron seguir en el periódico, el amable dueño griego del Banco Dunajská de Bratislava le ofreció trabajo en calidad de cajero. Tibor era alto y buen mozo, de buenos modales, el pelo rubio y la piel clara. No parecía muy judío —cosa que, como decía Priska, era muy importante en aquella época—. De hecho, estaba tan bien considerado en el banco que lo enviaban a Praga y a Brno a hacer negocios, lo que hubo de estarle prohibido debido a las restricciones que tenían los judíos para viajar. La cuestión es que su jefe tenía contactos muy importantes y Tibor conseguía salir airoso de cualquier asunto. Como era periodista conocía a todo el mundo y la gente tendía a ser educada con él, una cortesía que se hacía extensiva a la bella joven que llevaba del brazo.

El periodista y escritor Tibor Löwenbein, marido de Priska.
(© Hana Berger Moran.)
Cada mañana, de camino al trabajo, se detenían en el café Astorka, donde ella disfrutaba de un café matinal y un pastel. Cuando él se marchaba, se paraba y la saludaba, lo que la hacía reír. Por la tarde, después del trabajo, paseaban por la orilla del Danubio, algo muy popular entre las parejas de novios. Allí escuchaban la música que se tocaba en la calle y observaban el reflejo de la luz de la luna en las ondas que dejaban en el agua las gabarras, las barcazas y los transbordadores, mientras la surcaban despacio.
Durante los seis primeros meses de su noviazgo, Tibor escribía a Priska a diario. La llamaba su «Pirečka Zlaticko» («Pirečka doradita») y ella a él «Tibko» y, más a menudo aún, «Tiborko». Enamoradísima, guardaba todas y cada una de sus notas, alguna de ellas muy breve, pero siempre cálidas. La mayoría sobrevivió a la guerra. En una carta datada el 10 de marzo de 1941, Priska escribe:
Tibko mío, me pone tan contenta recibir tus cartas, en especial las largas. [...] ¡No puedo esperar a contarte una noticia buenísima! A partir del jueves voy a tener algo de tiempo libre, así que nos vamos a ver cuatro días seguidos. Es todo un lujo en estos tiempos de disponibilidad restringida. [...] Querías saber qué me parecen tus cartas. Son maravillosas. Me fascina que tú, que eres tan serio y un pesimista que ve la situación actual tan negra, escribas líneas tan maravillosas. [...] Pienso mucho en ti y sé que encuentras solaz en tus libros. De hecho, cuando estamos alejados, me pone un poco celosa su presencia en tu vida —aunque solo durante un rato—, pero, por favor, salúdalos de mi parte, pues son una gran compañía cuando yo no estoy. Un millón de besos. Tu Pira.
En su respuesta, del 12 de marzo, Tibor escribe:
Mi doradita Pirečka, me alegró muchísimo leer tu carta. ¡Qué felicidad! En la terrible realidad del día a día, tus palabras son como un rayo de sol que se abre camino entre los nubarrones. Intento expresarte mi agradecimiento y mi alegría. [...] Es probable que no te haga justicia. [...] Espero verte mañana a las cuatro y media en mi casa, y mientras pienso en una ocasión tan jubilosa, no puedo olvidar cómo juega con nosotros el destino; pensamiento que me invade al darme cuenta de que no podremos estar juntos en el aniversario de nuestro quinto mes de novios. Por tanto, tendré que esperar a la tarde, que es cuando vamos a vernos, para compartir contigo las palabras que quiero dedicarte. [...] No veo el momento de abrazarte [...] nos vemos mañana, querida [...] hasta entonces, te envío muchos besos. Tuyo, Tibor.
La pareja se casó el sábado 21 de junio de 1941 en la sinagoga de estilo morisco de las torres gemelas de Bratislava. La novia, que tenía veinticinco años, lució un abrigo largo y blanco, sombrero sin ala blanco, perlas y zapatos blancos con un vestido estampado. Llevaba un ramo de gladiolos blancos, pues se mostró conforme con el ketubah («matrimonio judío»). El novio, que tenía veintisiete años, llevó sombrero y un terno elegante con los pantalones holgados, tan de moda por aquella época.
Los padres de Priska, que convinieron en que su yerno era «perfecto», dieron su bendición a la pareja y se mostraron encantados de tener algo que celebrar. Los padres de Tibor no estuvieron en la boda. A principios de año, su padre se había suicidado en la granja que tenía en Púchov y había dejado sola a su madre. El hijo, consternado, había vuelto a casa con ella, pero se había visto obligado a volver a Bratislava porque se arriesgaba a que lo arrestaran por alejarse sin permiso de su dirección registrada. Priska y los padres de esta se convirtieron en su nueva familia.

Priska y Tibor el día de su boda en 1941 en la sinagoga de Bratislava. (© Hana Berger Moran.)
Fue una unión feliz y los recién casados se entendían bien. «No discutimos ni una sola vez», confesó Priska, que describía a su marido como «sensacional». A ella le gustaba que él hablase eslovaco «correctamente», cosa que no hacían muchas personas, pues a menudo lo mezclaban con el alemán o el húngaro. «Era muy bueno conmigo y le maravillaba que supiera hablar tantos idiomas. Tengo muy buenos recuerdos de mi Tiborko. Era el marido que todas deseamos».
No obstante, el eco de la guerra nubló su felicidad. El día después de la boda, los alemanes invadieron la Unión Soviética como parte de la Operación Barbarroja, con la que Hitler pretendía hacerse con territorios rusos. Sin dejar todavía de albergar esperanzas, ignorantes no obstante ante lo que les deparaba el futuro, Priska y Tibor se mudaron a un apartamento del número 7 de Rybárska Brána, calle conocida más tarde como Fischertorgasse, junto a la plaza mayor de Hlavné Námestie. Allí fueron felices a pesar de las amenazas continuas a las que tuvieron que enfrentarse. Deseosos de aumentar la familia con todo, Priska se quedó embarazada muy pronto y la pareja se sintió afortunada. Con un bebé en camino, Tibor daba gracias por tener una fuente de ingresos fija. Incluso consiguió que no lo despidieran en septiembre de 1941, cuando los judíos eslovacos, sin excepción, tuvieron que empezar a seguir una lista de casi trescientas reglas nuevas que los alemanes denominaron Židovský Kódex («Código Judío»).
Este código, que definía oficialmente a los judíos en el campo racial, reinstauraba una práctica de hacía siglos por la que se veían obligados a llevar humillantes emblemas, impuesta por primera vez en el siglo IX en lugares tan alejados entre sí como Inglaterra o Bagdad. A todo aquel que fuera de origen judío le estamparon en el pasaporte y demás documentos una gran «J». También se vieron obligados a comprar brazaletes o estrellas, que recortaban de enormes rollos de tela estampada en fábricas en las que muchos de ellos se habían ganado la vida en el pasado. Tenían que coser cada emblema en la parte delantera y trasera de todas las prendas que llevaran a la vista pero, sobre todo, era para que la lucieran sobre su corazón judío.
A raíz de aquello, su presencia era tan visible que su persecución pública aumentó. Además de que sus tiendas y negocios sufrieran ataques y saqueos constantes, se encontraban en serio peligro en cuanto abandonaban el santuario de su hogar. Muchos de los amigos de Tibor y Priska pagaron grandes sumas de dinero para conseguir documentación falsa, pero se enfrentaban a castigos terribles si les descubrían. El jefe de Tibor consiguió que este no tuviera que llevar la estrella ni padeciera muchas de las restricciones, pero Priska carecía de tal protección. Cada vez que salían tras el toque de queda o iban a algún sitio al que no admitían judíos, ella sujetaba su bolso o giraba la solapa del abrigo de tal manera que nadie pudiera distinguir la estrella.
Entonces, poco después de la imposición de las nuevas reglas y debido a ellas, los judíos tuvieron que abandonar el centro de Bratislava y mudarse a los arrabales más pobres. Priska consiguió trabajo de profesora en una escuela de primaria a veinte kilómetros, en Pezinok. Tibor tenía que viajar a Bratislava a diario, para lo que salía de casa a las seis de la mañana. «Le gustaba mucho su puesto y, además, tenía que trabajar porque estábamos esperando un bebé». Los padres de Priska, su abuelo y su hermana Boežka consiguieron permanecer en Bratislava, en un apartamento a orillas del Danubio, donde Boežka seguía trabajando de costurera. Así es como esta familia tan unida salió adelante, sin perder la esperanza.
Priska siguió enseñando en la escuela hasta que las autoridades decretaron que aquellos que no fueran arios tenían prohibido enseñar a niños que sí lo fueran. Tras despedirse con afecto de los alumnos, siguió considerándose afortunada, puesto que un inglés que dirigía una academia de idiomas le pidió que diera clases en ella —¡incluso empezó a ganar más que antes!—. «Se me presentaban oportunidades. Tenía muchos estudiantes particulares que seguían viniendo a verme, así que era como si no hubiera sucedido nada. No padecía. Me pagaban y tenía para salir adelante».
Decidida a ayudar a otras familias menos afortunadas que la suya, enseñaba gratis a muchos otros alumnos. Les leía clásicos alemanes, franceses e ingleses.
De pronto, perdió el bebé que esperaba.
Mientras la pareja se lamentaba en silencio, el día a día empezó a hacerse más difícil debido a que los nazis cada vez aplicaban el código con mayor rigor. Las autoridades obligaron a los judíos a catalogar toda su plata, obras de arte, joyas y demás propiedades, tras lo cual tenían que enviarlo todo a los bancos locales, que se lo confiscaban. Después fueron las pieles y sus mejores prendas de abrigo. Les prohibieron tener mascotas y tuvieron que entregar gatos, perros, conejos y pájaros en centros de acogida. No volvieron a verlos.
El Estado Eslovaco, gobernado por el padre Tiso, se convirtió en uno de los primeros integrantes del Eje que consintieron las Aktionen de las SS, es decir, las deportaciones de judíos a nuevas «ubicaciones» o campos de trabajo para que ayudaran a los alemanes en sus esfuerzos bélicos en el frente oriental. A cambio de que no fueran enviados a esos lugares ciudadanos arios, el gobierno aceptó pagar quinientos Reichsmarken por cada judío que los alemanes deportaran a través de su frontera. Como contrapartida, los nazis aseguraron a las autoridades que aquellos «parásitos» a los que «reubicaban» jamás volverían para reclamar sus propiedades. En aquella atmósfera tan opresiva, gardistas eslovacos y otros milicianos reunieron a decenas de miles de judíos para «concentrarlos» en campos de labor eslovacos, principalmente en Sered’, Vyhne y Novaky.
Varios miles de presos permanecieron en los nuevos campos fabricando herramientas vitales para los esfuerzos bélicos alemanes, pero a unos cincuenta y ocho mil los enviaron a campos de trabajo orientales como parte de lo que los nazis dieron en llamar Osttransport. Se daba por supuesto que en el «Este» los campos se hallarían próximos a las fábricas de armamento de la Polonia ocupada, donde los presos tendrían que trabajar a cambio de comida y alojamiento. A algunos les prometieron que cosecharían o ayudarían a crear nuevos estados judíos.
Abandonados e indefensos, los judíos eslovacos se resignaron a un destino que cada vez parecía más desalentador. Esperaban encontrarse ante una serie de condiciones duras y privaciones en general, pero rezaban para que, una vez acabada la guerra, su vida volviera a la normalidad. Familias enteras se presentaban voluntarias para acompañar a los primeros deportados tras considerar que sería mejor permanecer juntos. Otros prometieron enviar dinero, cartas y paquetes con comida pues estaban convencidos de que todo llegaría al destino indicado.
En marzo de 1942, casi nueve meses después del día de su boda, más o menos cuando debería haber estado celebrando el nacimiento de su primer hijo, Priska se enteró de que su hermana mayor, Boežka, había sido incluida en una de las Aktionen, tras acceder las autoridades eslovacas a entregar a los nazis cinco mil mujeres solteras y sanas. Viendo cuál iba a ser el destino de su hermana, Priska corrió a la estación de tren de Bratislava para intentar rescatarla —lo que bien podría haberle costado la vida—. Cuando llegó, el tren de pasajeros, abarrotado, estaba a punto de partir y era incapaz de reconocer a su hermana entre el mar de caras de pavor y desconcierto. «No conocía a ninguno de los gardistas, pero les imploré que dejaran marchar a mi hermana. Me gritaron: “¡Si estás soltera sube al tren! ¡De lo contrario, vuelve a casa!”. Me sorprendió que no me dejaran permanecer en la estación».
Los temidos guardias Hlinka eslovacos, con sus característicos uniformes negros —a muchos de los cuales los habían entrenado las SS—, acabaron arrestando a Priska, que pasó la noche en el calabozo. Tibor, consternado, pues no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba su mujer, recibió un mensaje al día siguiente: «Ven a por tu esposa. Es una alborotadora». Acudió a la comisaría y persuadió a las autoridades para que dejaran que se llevara a su mujer a casa sin imponerle ningún castigo, pero estaba tan enfadado por todo lo que su esposa había puesto en peligro que se negó a hablarle, aunque solo durante medio día, ya que la joven estaba tristísima porque había sido incapaz de rescatar a la dulce Boežka.
No pasó mucho tiempo antes de que Priska volviera a quedarse embarazada. Una vez más, a pesar de que parecía que la vida se estuviera desintegrando a su alrededor, la pareja se sentía dichosa. Ninguno se dio cuenta del peligro que corría hasta que, a lo largo de las siguientes semanas, las autoridades continuaron llevando a cabo incursiones relámpago en los hogares de los judíos para deportarlos de mil en mil. En una ocasión, los padres de Priska oyeron unas botas militares en el descansillo y consiguieron escapar saltando por la ventana.
El 17 de julio de 1942, en cambio, no tuvieron tanta suerte. Desamparados ante la cadena de mando que decidía sobre la vida y la muerte, a Emanuel y Paula Rona los atraparon sin previo aviso. Priska ni siquiera se enteró de que hubieran desaparecido hasta que fue demasiado tarde. Ambos mediaban la cincuentena y su hija no había tenido la oportunidad de despedirse de ellos. Tal y como le había sucedido con su hermana, no tuvo ocasión de salvarlos. Tampoco pudo salvar al segundo hijo que esperaba, pues sufrió un aborto. «Pensaba incluso que yo también debía ir al Este. Ya no me importaba nada», confesó.
Tibor se enteró de que a su madre, Berta, también se la habían llevado de casa, cerca de Püchov, a un campo de la Silesia polaca. Era una anciana y estaba sola. A todas luces, se había quedado huérfano. A Priska, amigos de la infancia como Gizka, le contaron que la mayoría de la población judía de Zlaté Moravce también había desaparecido, incluidos amigos y parientes.
Al parecer, ya no importaba que sus padres hubieran conseguido entregarle a Gizka sus pertenencias más valiosas para que se las guardase. Aquella mejor amiga, a la que había dado clases durante toda la secundaria, había arriesgado su vida al poner a buen recaudo dichas pertenencias. Ahora que sus padres y su hermana habían desaparecido y que sus demás hermanos estaban dispersos, Priska se preguntaba de qué le iban a servir unos platos de porcelana y unos cubiertos de plata después de la guerra, si no tenía con quién sentarse a la mesa del Sabbat.
A su hermana Anna, unos amigos gentiles la habían ayudado a escapar al Alto Tatra —unas montañas seguras, hasta cierto punto— donde trabajaba de camarera con nombre falso y vivía con su tío materno, el doctor Gejza Friedman, un especialista en neumología que ejercía en un sanatorio para enfermos de tuberculosis. El hombre también se había llevado consigo a su padre, David Friedman, de ochenta y tres años, el abuelo de Priska, tras quedarse solo cuando raptaron a los padres de Priska. Otto, el hijo de Anna, de once años, estaba escondido con unas monjas católicas. Bandi, el hermano mayor, se encontraba a salvo en la Palestina bajo mandato. Janko había huido de la cuadrilla de trabajo judía a la que lo habían asignado los nazis, uniéndose a los partisanos para organizar ataques contra los guardias Hlinka y llevar a cabo actuaciones que socavaran el gobierno proalemán. Hacía meses que no sabían nada de él.
Priska, cuyo interés por el cristianismo se había reavivado, se bautizó en la fe evangélica con la esperanza de salvarse. Tibor, que había crecido en un hogar judío mucho más observador de las normas, dudaba de que aquello sirviera de nada. Ambos siguieron respetando las tradiciones judías fundamentales. A pesar de la gran incertidumbre que los rodeaba —o quizá por ello—, Priska volvió a quedarse embarazada, aunque de nuevo perdió el bebé.
Para el otoño de 1942, las autoridades eslovacas habían puesto fin a las deportaciones al Este. La élite política y religiosa, junto con los judíos clandestinos, había formado una organización llamada Grupo de Trabajo de Bratislava, la cual presionó muchísimo al gobierno de Tiso en cuanto empezó a sospechar que los nazis habían asesinado a la mayoría de los cincuenta y ocho mil judíos deportados. Más de siete mil eran niños.
Durante los dos años siguientes, después de que el gobierno eslovaco reconsiderase su postura y se negase a deportar a los veinticuatro mil judíos que restaban en el país, quienes habían evitado la deportación gozaron de una seguridad relativa. El Grupo de Trabajo realizó esfuerzos descomunales por salvar a los judíos, para lo cual sobornaba a figuras clave en el gobierno. Incluso negoció con las SS y con el Hauptsturmführer Dieter Wislieceny, el asesor eslovaco de los nazis en temas de judíos, a quienes ofrecieron millones de Reichsmarken en oro. Denominadas «Plan Europa», estas negociaciones se atascaron cuando a Wislieceny lo trasladaron a otro puesto. En el ínterin, no obstante, el Grupo había conseguido suavizar las leyes antisemitas y que se redujera la persecución, aunque todos seguían albergando un mal presentimiento.
Gracias al trabajo de Tibor y a las clases de Priska, el matrimonio consiguió volver a Bratislava y mudarse a un apartamento en la calle Edlova. Aunque seguían sufriendo racionamientos y restricciones respecto a las tiendas en las que podían comprar, estaban bien alimentados en comparación con otros miles que había por toda Europa. Cada vez que a Priska la atormentaba su pasión por los dulces, compartían un pastel en su nuevo local favorito, el histórico Café Štefánka.
Tal y como hacían casi todos sus amigos —ya fueran judíos o gentiles—, intentaban no pensar mucho en el futuro, depositando toda su fe en que la guerra acabase cuanto antes. En 1943, desde luego, parecía que las tornas cambiaban en favor de los Aliados. Las pocas radios de que disponían les informaban de que en Polonia se habían producido alzamientos exitosos y de que, poco a poco, el Ejército Rojo se estaba haciendo con el control. Los alemanes habían perdido Stalingrado tras una campaña brutal que se extendió cinco meses. Por su parte, los Aliados habían recuperado Libia, obligando al Afrika Korps a rendirse. Italia le había declarado la guerra a Alemania y en Berlín empezaban a evacuar a los civiles. Así las cosas, se preguntaban si el final estaba a la vista o si, por el contrario, la situación iba a empeorar.

Priska y Tibor en Bratislava en 1943. (© Hana Berger Moran.)
Nadie lo sabía. Como tampoco qué les había sucedido a sus seres queridos, de quienes no habían vuelto a tener noticias. En Bratislava hacía meses que circulaban rumores acerca de los campos judíos, y otros nuevos aparecían cada vez que, de vez en cuando, alguien explicaba algo sobre las deportaciones. Se decía que les obligaban a trabajar hasta la extenuación, que los mataban de hambre o que los ejecutaban de maneras atroces. Las noticias que llegaban de Estados Unidos y de Gran Bretaña en 1942 aseguraban que a los judíos los estaban masacrando metódicamente. Aquellas historias se tornaron más terribles aún después de abril de 1944, cuando los prisioneros eslovacos Rudolf Vrba y Alfred Wetzler consiguieron huir de un campo al sur de Polonia del que nadie había oído hablar y avisar de las ejecuciones en masa que tenían lugar en cámaras de gas y hornos crematorios. El detallado informe de ambos hombres acerca de Auschwitz-Birkenau, con ilustraciones y todo, tardó un tiempo en empezar a circular y muchos no se lo creyeron ni siquiera entonces, aunque los judíos empezaron a recelar todavía más, evitando a toda costa subirse a los transportes que iban al Este.
Priska y Tibor no querían creer en aquellas historias, que les parecían demasiado inverosímiles. El sentimiento general entre sus amigos era que dichos relatos constituían bien las divagaciones de personas a las que el cautiverio había trastornado, bien exageraciones propagandísticas contra los nazis. A pesar de todo lo que habían padecido, eran incapaces de concebir que Hitler estuviera hablando en serio al afirmar que pensaba erradicar a todo ser humano de origen étnico «indeseable» para crear una raza pura; al fin y al cabo, el alemán era uno de los pueblos más cultos y civilizados del mundo. La nación que había alumbrado a Bach y Goethe, a Mozart y Beethoven, a Einstein, Nietzsche y Durero no podía concebir un plan que fuera tan perverso... ¿O sí podía?
La pareja, que seguía manteniendo la esperanza en el final inminente de aquella guerra incomprensible, siguió adelante con su vida lo mejor que pudo. A mediados de junio de 1944, una semana antes de su tercer aniversario de boda, decidieron de nuevo tener un hijo. Dos meses después, la relativa calma de la que llevaban disfrutando durante casi dos años se rompió en mil pedazos a causa del Alzamiento Nacional Eslovaco, una insurrección armada cuya intención consistía en derrocar el gobierno de paja. Janko, el hermano de Priska, fue uno de los miles de ciudadanos de a pie y partisanos que hicieron lo posible por acabar con el régimen fascista bajo el que vivían sometidos.
La rebelión violenta estalló en el Bajo Tatra el 29 de agosto de 1944 y enseguida se extendió hasta que, dos meses más tarde, los alemanes enviaron tropas de la Wehrmacht para aplastarla con saña. Murieron a millares. Después, todo cambió. Estos soldados, cuyo cometido era vengarse, ocuparon el país en muy poco tiempo bajo el auspicio de la Gestapo, que llegó para imponer el orden allí donde hubiera alguien que se atreviera a desobedecer al Führer. Una de las primeras tareas de la policía de seguridad consistió en obligar al presidente Tiso a imponer de nuevo la deportación forzosa de los judíos eslovacos que quedaran. Desesperados por evitar aquel destino, miles se escondieron o huyeron a Hungría u otros países, en los que se consideraba que no correrían tanto peligro.
Con la intención de mantenerse optimistas ante lo que cada vez parecía más inevitable, Priska y Tibor decidieron permanecer en Bratislava, donde durante tanto tiempo habían conseguido evitar que los capturasen. Consideraban un regalo cada día que pasaba sin que los descubrieran, sobre todo, porque semana a semana recibían más noticias de la guerra: los Aliados habían liberado París, además de los puertos clave de Francia y Bélgica, y habían empezado a asaltar Holanda por el aire. ¿Acaso no era seguro que Alemania capitularía pronto?
El martes 26 de septiembre de 1944, la pareja celebró el trigésimo aniversario de Tibor. Sucedió que aquel año caía en Yom Kippur, el «Sabbat de los Sabbats», las veinticuatro horas de ayuno previos al Día de Redención y el precepto judío más sagrado. Después de haberse lavado bien las manos, como tenían por costumbre, se sentaron a la mesa y disfrutaron de una comida en la que sirvieron cuanto había a su disposición. No solo celebraban el cumpleaños de Tibor, sino también la nueva vida que Priska llevaba en su vientre hacía poco más de ocho semanas. Rezaron para que aquel, su cuarto hijo, sobreviviera.
Dos días después, sus esperanzas de ser felices se esfumaron cuando tres miembros de la Freiwillige Schutzstaffel («voluntarios de las SS») —compuesta en gran medida por eslovacos alemanes paramilitares— entraron por la fuerza en su apartamento y les ordenaron meter sus pertenencias en dos maletas pequeñas que no pesaran más de cincuenta kilos juntas.
«Eran aterradores. Arrogantes. Apenas hablaban y yo tampoco dije nada. [...] Se me daba bien mantenerme en calma ante la adversidad. No les di pie a nada», recordaba Priska.
En aquel agradable día de otoño, y con un coste de mil Reichsmarken para el gobierno eslovaco, a Priska y a Tibor Löwenbein los sacaron a rastras de su casa y les obligaron a subir a la parte trasera de una gran furgoneta negra. En casa dejaban la colección de sellos de Tibor, sus pipas y camisas, una buena biblioteca y las preciadísimas libretas en las que llevaba años escribiendo.
A la joven pareja la trasladaron primero a la gran sinagoga ortodoxa que había en la calle Heydukova. Allí los tuvieron esperando durante horas, junto con unas cuantas decenas de judíos más, sentados en el suelo o sobre su equipaje, temiendo ambos por su vida. A Priska la asaltaron las náuseas matutinas —las primeras que había padecido jamás—. Se obligó a superarlas aferrándose a Tibor, que le pedía que pensase en su pequeñín. «Mi marido no dejaba de acariciarme mientras me decía: “Quizá nos digan que volvamos a casa, Pirečka”. Yo solo pensaba en el bebé. Lo deseaba con todas mis fuerzas».
Más tarde, aquel mismo día, junto con otros dos mil judíos, fueron transportados en autobús a la pequeña estación de tren de Lamač, desde donde los deportaron hasta Sered’, un campo de trabajo y tránsito en expansión ubicado en las tierras bajas del Danubio, a sesenta kilómetros. El sitio, que había sido una base militar, se encontraba ahora bajo la supervisión de Alois Brunner, oficial de las SS y ayudante de Adolf Eichmann, Obersturmbannführer («teniente coronel») nazi, además de uno de los principales perpetradores de la llamada «solución final de la cuestión judía» de Hitler.
A Brunner lo habían enviado a Sered’ para que supervisara en persona la deportación de los últimos judíos eslovacos tras el éxito cosechado en una operación similar en Vichy, Francia. Hoy en día se considera que el oficial, a quien se veía a menudo con uniforme blanco —su preferido—, fue el responsable de deportar a Auschwitz a más de cien mil personas.

Judíos descendiendo de un vagón de ganado al llegar a Auschwitz.
(© akg-images.)
Los recién llegados a Sered’ eran conducidos hasta barracones de madera que enseguida se llenaban hasta los topes. La deshumanización de los prisioneros empezaba con los Appelle («pases de lista») matutinos y un estricto régimen de trabajo físico durísimo o de quehaceres domésticos. Los nazis no solo los hacinaban en el escaso espacio disponible, sino que pretendían que subsistieran con media taza de «café» amargo, una sopa anémica de origen dudoso y un poco de pan duro. Algunos de los judíos más devotos usaban aquel agua caliente —cuyos captores pretendían hacerles creer que era sopa— para lavarse las manos antes de cortar con cuidado y compartir aquellas míseras raciones.
En el Yom Kippur, el día que Priska y su marido habían observado en Bratislava, los nazis de Sered’ asaron un cerdo entero en mitad del campo mientras invitaban a comer, entre risas, a judíos medio muertos de hambre. Por lo visto, ninguno aceptó la invitación.
Los primeros transportes de Sered’ hacia el Este comenzaron a salir poco después de que Priska y Tibor llegasen en autobús, pues Brunner supervisaba la «liquidación» del campo y se preparaba para la siguiente remesa de prisioneros. El 30 de septiembre de 1944, oficiales eslovacos y húngaros de las SS obligaron a los casi dos mil judíos bratislavos a salir de los barracones en mitad de la noche y a guardar fila, en formación militar, antes de ser metidos a empujones en los vagones de tren. En cada vagón, sin ventanas, hacinaban entre ochenta y cien personas sin apenas espacio para respirar, y mucho menos moverse. Una vez cerradas las grandes puertas de madera, mientras que la gente empezaba a sofocarse a oscuras, a los niños más pequeños los pasaban por encima de las cabezas para que quienes habían podido sentarse en una estrecha plataforma situada al fondo los llevaran en su regazo. Los demás tenían que permanecer de pie o en cuclillas.
No había más instalación sanitaria que un cubo de madera y una lata llena de agua, y los vagones enseguida apestaban y resultaban antihigiénicos, puesto que el cubo se volcaba con cada sacudida. Algunos intentaban vaciarlo por un ventanuco que había, pero como estaba tapado con una rejilla de alambre de espino, era imposible hacerlo del todo, por lo que aquellos seres humanos se vieron forzados a orinar o defecar, a mancharse la ropa, allí donde estuvieran.
Sin comida, aire fresco ni agua, aquellas personas sudorosas y desalentadas se bamboleaban los unos contra los otros. Durante el viaje de trescientos kilómetros en dirección noroeste, los que alcanzaban a ver a través de las estrechas rendijas de las paredes de madera iban pronunciando en alto el nombre de las diversas poblaciones por las que pasaban. Para cuando cruzaron la frontera polaca, algunos de los prisioneros más ancianos empezaron a recitar las oraciones judías destinadas a los muertos, tras lo cual cerraban los ojos y se quedaban así, sin más. Aquellos que morían eran abandonados en las paradas que el convoy hacía por el camino, lo que dejaba un poquito más de espacio para los supervivientes. Al igual que los miles de judíos a quienes, antes que ellos, habían deportado desde Sered’ en condiciones abominables durante los últimos meses de 1944, los mil ochocientos sesenta judíos eslovacos se dieron cuenta de que eran conducidos a un sitio en el que, muy posiblemente, iban a tratarlos peor y donde era muy probable que fallecieran.
Priska y Tibor tenían tanto miedo como los demás, pero procuraban consolarse el uno al otro diciéndose que todo saldría bien y que volverían a casa con su bebé. Ella, en especial, estaba decidida a no rendirse porque «me gustaba mucho mi vida». Le recordaba a Tibor que su capacidad para hablar varios idiomas le permitiría comunicarse con los demás prisioneros e incluso con las SS, que quizá la trataran con un poco más de respeto. Le aseguró que tenía cerebro y que sabía cómo usarlo.
Para Priska, su fe era muy importante y confió en ella a lo largo de aquellas horas sombrías en que el tren los condujo hacia el este. «Creer en Dios es lo más importante que hay en la vida. Cuando alguien tiene fe, sin duda es debido a que se trata de una persona decente que sabe comportarse. Cada noche doy gracias a Dios antes de acostarme». Dado que se había bautizado en la doctrina evangelista, no era habitual que se considerase judía, ironía que no le sirvió de nada puesto que a Tibor y a ella los trataron como a los demás, sin ninguna compasión, al margen de su credo. «Es terrible lo que les hicieron a los judíos —admitió—. Horrible. Como si fueran animales. Las personas son seres humanos y deberían comportarse con propiedad los unos con los otros. Trataron fatal a los judíos. Íbamos hacinados en un tren de mercancías [...] del que nos sacaron a empellones. Se portaron de forma abominable».
El viaje en tren duró más de veinticuatro horas, durante las cuales, apretujados, quienes iban en los vagones se preguntaban adónde los conducían y si podrían reunirse con sus seres queridos, aquellos que les habían arrebatado hacía un par de años. ¿Volvería a ver a su hermana Boežka y a sus padres? ¿Se reuniría con sus amigos de Zlaté Moravce, con quienes había nadado, cantado, y hablado en inglés y alemán? ¿Podría Tibor reconfortar por fin a su madre viuda?
El hombre, que cada vez se sentía más afligido, no lo creía posible y tampoco soportaba ver sufrir a su esposa. Con náuseas y sin agua ni aire fresco, Priska se esforzaba por respirar en mitad de aquel vagón oscuro y fétido, mientras él la abrazaba, le daba besos en el pelo e intentaba consolarla. Sin apenas detenerse para tomar aire, Tibor le hablaba sin parar y le pedía que fuera optimista pasara lo que pasase y que se centrara en las cosas bonitas. Igual que cuando en sus cartas la había descrito como un «rayo de sol que se abre camino entre los nubarrones», intentaba esperanzarla de cara al futuro.
No obstante, a medida que el tren avanzaba de forma inexorable, Tibor empezó a perder la esperanza. Si así era como los estaban tratando, ¿qué otras crueldades no les aguardarían cuando llegasen a su destino? Abrazó a Priska con más fuerza todavía y empezó a rezar en voz alta para que su esposa y su tan ansiado bebé sobrevivieran. Consciente de que aquella podía ser la última oportunidad que tuvieran, la pareja decidió elegir, en aquel sitio tan horrible, un nombre para su hijo. Entre susurros, se decantaron por Hanka (Hana, en su versión más formal) —como una de las tías abuelas maternas— si era niña y por Miško (Miguel) si se trataba de un niño.
En aquel vagón en penumbra, junto a la joven pareja, viajaba Edita Kelamanová, una solterona húngara de treinta y tres años que vivía en Bratislava. No había podido evitar escuchar la conversación del matrimonio y se sentía conmovida. Alzando la voz por encima del fortísimo traqueteo del tren, le dijo a Tibor: «Le prometo que si su esposa y yo permanecemos juntas, cuidaré de ella». La mujer, de extracción culta y adinerada, no solo lo consideró su mitzvá («deber moral»), sino que esperaba que guardando su promesa, Dios escuchara sus plegarias —salvarse y casarse algún día—. Tibor dio las gracias a la amable desconocida mientras Priska, que había reconocido su acento, añadía en voz baja en húngaro: «Köszönöm» («gracias»).
Todos empezaron a gritar cuando el tren se detuvo de golpe en una importante estación situada en la frontera entre Polonia y el Reich, donde tuvo lugar la entrega de los prisioneros a las nuevas autoridades. Las puertas de los sofocantes vagones no se abrían y en su interior, mientras los tenían esperando en una vía muerta, ignoraban lo que estaba sucediendo fuera. De pronto, el tren de Sered’ pegó una fortísima sacudida y comenzó a moverse de nuevo hasta que, unas horas después, empezó a zarandearse a uno y otro lado en un cambio de vías, mientras traqueteaba con violencia para ir a detenerse en la estación ubicada en el corazón de Auschwitz II-Birkenau. Era el domingo 1 de octubre de 1944. Tras las puertas cerradas de sus cárceles con ruedas, los reclusos enseguida reconocieron los sonidos de la violencia —hombres gritando y perros ladrando— y cayeron en la cuenta de que habían llegado a su destino.
«Todo va a salir bien, doradita mía», le prometió Tibor a su esposa momentos antes de que las puertas del vagón se abrieran de golpe con un estruendo tremendo. Cuando salieron hacia lo desconocido arrastrando los pies, él le gritaba: «¡Sé optimista, Piroška! ¡Piensa solo en las cosas bonitas!».
2
RACHEL

Rachel Abramczyk. (© Mark Olsky.)
«Guten Morgen hübsche Dame, sind Sie schwanger?» (Buenos días, bella señorita, ¿está usted embarazada?).
A Rachel Friedman le formularon una pregunta semejante en otoño de 1944, cuando Mengele le sonrió con aquel aire de suficiencia que parecía reservarse para esas mujeres afeitadas y desnudas, plantadas como si fueran maniquíes en Auschwitz IIBirkenau.
Rachel no sabía ni qué decir ni adónde mirar, así que siguió con la cabeza gacha, con el mentón pegado al pecho. A su alrededor había cientos de mujeres más en las mismas condiciones, a todas las cuales les habían ordenado que aguardaran de pie durante horas en una plaza de armas descubierta. Igual que ellas, se sentía avergonzada por hallarse desnuda frente a tantos desconocidos. Tenía veinticinco años y de pronto se sintió agradecidísima de que a Monik, su marido, no lo hubieran traído también desde el gueto polaco en el que vivían y, así, no fuera testigo de su humillación.
Igual que Priska Löwenbeinová —una de las miles de mujeres que compartieron su destino—, apenas tuvo unos segundos para decidir cómo responder al oficial nazi de alta graduación, que indicaba con un informal movimiento de la mano quién iba a vivir y quién no. Ni siquiera estaba segura de hallarse embarazada de Monik porque, de ser así, el feto apenas tendría unas pocas semanas. Tampoco sabía qué implicaba reconocerlo.
Había oído muchas historias terribles acerca de lo que sucedía en los campos nazis, pero no llegaba a creérselas. Aunque no importaba lo absurdos que fueran los rumores, porque en ninguno se mencionaba al doctor Mengele, ni cuál era el destino de las mujeres embarazadas que tenía a su cargo, o los horribles experimentos médicos que realizaba con niños, en especial con los gemelos. De eso se enteraría más tarde.
Lo único de lo que Rachel estaba convencida, mientras observaba cómo el impecable doctor examinaba a decenas de prisioneras, era de que aquella sonrisa que esbozaba no se le reflejaba en los ojos. De hecho, su conducta y actitud eran las de un granjero diligente que inspecciona su ganado, solo que, en su caso, ora evaluaba con descaro el cuerpo de una quinceañera ruborizada, ora apretaba los senos de una mujer en la plenitud de la vida.
Con aquellas botas tan relucientes y el uniforme almidonado, semejaba ser un hombre que valorase mucho la disciplina y la rutina. Mientras que daba la impresión de que algunos de los nazis arrogantes, que había repantigados alrededor del perímetro de la plaza de armas embarrada, estaban borrachos —o algo peor—, no parecía que Mengele necesitara adormecer sus sentidos. Todo lo contrario, daba la sensación de que estuviera disfrutando con su trabajo e incluso a veces silbaba mientras paseaba por entre las filas de prisioneras, tarea que solo abandonaba para dar órdenes a unos reclusos que vestían una especie de pijama a rayas.
A todas las mujeres que no podían esconder su embarazo o a quienes se les escapaban gotas de leche de los pezones se las llevaban aquellos hombres inexpresivos. Las mujeres, en cambio, no se mostraban inexpresivas en absoluto. La cara de pavor que ponían mientras las juntaban en un grupo fue suficiente como para convencer a Rachel de la respuesta que debía dar.
Cuando Mengele le formuló la pregunta y empezó a mover, impaciente, los guantes a derecha e izquierda, se protegió los pechos con las manos y le respondió en voz baja: «Nie».
Mengele no llegó a tocar a aquella embarazada que tenía delante. Mientras avanzaba hacia su siguiente víctima, ni siquiera volvió a dedicarle a Rachel Friedman una mirada por encima del hombro.
Rachel había crecido en una familia grande, «feliz y estupenda», en la que los niños jugaban, reían y cantaban juntos, para quienes la vida debería de haber sido larga y dulce.
Su nombre completo era Rachel Abramczyk, pero durante gran parte de su vida se dirigieron a ella como «Ruze» o «Rushka». Era la mayor de nueve hermanos y había nacido un mes después del final de la Primera Guerra Mundial, en la Nochevieja de 1918, en Pabianice, cerca de Łódź —la segunda ciudad más importante de Polonia.
Pabianice constituía una de las poblaciones más antiguas del país y se contaba entre las más prósperas gracias a una larga historia de manufacturas textiles. Aun así, seguía siendo bastante rural y solo había dos coches en ella, uno de los cuales pertenecía al médico. Los judíos de esta parte de Europa del Este habían sufrido discriminación desde que se consolidara el gobierno prusiano, pero en los años treinta del siglo XX se habían integrado muchísimo mejor y ahora representaban casi el 16% de la población. Los judíos ortodoxos y los jasídicos, quienes destacaban por ir vestidos con túnica y sombrero negros, eran mucho más perseguidos que familias no religiosas como la de los Abramczyk, los cuales se reconocían «de cultura judía» o como judíos «reformados» mucho antes de que el movimiento de reforma comenzara de manera oficial.
Aunque hablaran yidis en casa, celebraran el Sabbat y conmemorasen otros días sagrados con comida kosher y velas, apenas iban a la sinagoga y a los niños no los criaron para que observaran con rigurosidad la ley judía, incluso asistiendo a una escuela judía.
Shaiah, el padre de Rachel, era ingeniero textil en una fábrica de sus suegros, una de las pocas industrias en las que podía colocarse alguien que profesara su fe. La familia tenía sus propios telares y empleaba, en su mayoría, a los propios parientes para realizar tapices, cortinas y tejidos con los que decorar los muebles. Vivían bastante bien, en un enorme apartamento de tres pisos con dos balconadas y un jardín trasero enorme, gracias a los padres de Fajga, su esposa.
Shaiah Abramczyk, que contaba cuarenta y ocho años cuando nació su primer hijo, poseía una cultura muy amplia, inusual para la época, y se consideraba un intelectual. Era prácticamente autodidacta, además de un lector voraz al que le encantaban los libros de historia, de arte y los clásicos de la literatura. Obligaba a sus hijos a que se concentraran en los estudios y les animaba a que aprendiesen a hablar alemán con fluidez porque muchos lo consideraban el idioma de la gente culta.
Rachel no solo respetaba a su padre, sino que había heredado su ansia por aprender. Era una estudiante diligente que, junto con sus hermanos, caminaba un kilómetro al día para ir a la escuela, hiciera el tiempo que hiciera. Estudiaban de ocho de la mañana a una y media, tras lo cual tenían libertad para leer o jugar.
Como solía ser habitual por aquel entonces, su madre era mucho más joven que su padre y, de hecho, solo tenía diecinueve años de edad cuando dio a luz a Rachel, a partir de cuyo momento permaneció embarazada durante casi toda la infancia de su hija mayor. Aunque adoraba a sus hijos, Fajga a veces se mostraba en desacuerdo con esa ansia de su marido por amueblar su cabeza y les expresaba a amigos y familiares su deseo de que, por el contrario, podría plantearse considerar métodos de control de natalidad más efectivos.
Fajga, una mujer amable y dulce que estaba orgullosa de su vida y que a menudo les decía a sus hijos «nuestro hogar es nuestro castillo», decoraba el apartamento con una mezcla ecléctica de arte, buena porcelana y adornos, y siempre tenía flores frescas en Pesach («Pascua judía»). Los amigos o familiares que iban a visitarlos se quedaban impresionados de lo ordenada que estaba la casa de los Abramczyk y de lo bien que se portaban los niños. Gran parte de aquella buena conducta se debía a los esfuerzos de Rachel, pues su tímida madre poca disciplina les podía enseñar. En cuanto tuvo edad para sostener un bebé entre los brazos, la niña se convirtió en la figura maternal sustituta de la casa y ayudaba con la comida y las tareas, además de cuidar de sus hermanos.
Preparaba la comida cuando volvían de la escuela y, después de comer, permitía que sus hermanos fueran a jugar. La familia recibía ayuda de otras mujeres de vez en cuando, pero eran las hijas mayores las que hacían la mayor parte de las labores. Sala, la segunda, tres años más joven que Rachel, recordaba: «Una de nosotras siempre estaba con alguno de los pequeños en brazos o haciendo la colada a la antigua, con tabla». A Ester y a Bala, las siguientes, las reclutaron en cuanto tuvieron edad. Sus hermanos, Bernard —al que llamaban «Berek»— y el que vino luego, Moniek, hacían cuanto podían; pero los dos que seguían después, los mellizos Dorcka —a la que llamaban «Dora»— y Heniek, nacidos en 1931; y la más pequeñita de todos, Anička —«Maniusia»—, en 1933, eran demasiado pequeños.
Rachel sentía la presión de la responsabilidad. «Éramos todos muy buenos y no nos peleábamos, como otros hermanos», comentaba, si bien su madre había delegado en ella que se ocupara de que sus hermanos se comportaran y realizaran las tareas. Aquel papel disciplinario lo representó toda la vida. Cabe la posibilidad de que la gran cantidad de quehaceres que tenía a su cargo fuera la causa de que creciera delgaducha y de que a menudo dijeran de ella que era la «enclenque» de la familia. Sala, vivaz y guapa, quien cantaba y bailaba en grupos de teatro locales, comentaba: «Rachel siempre parecía más delgada que los demás».
Financiada en gran medida por los padres de Fajga, que tenían muy buenos contactos, la familia comía bien, disfrutaba de los pierogi rellenos y de platos de carne tales como pato con manzana o pollo con ciruelas. Las comidas eran siempre un momento memorable y al recordar lo que comían se les hacía la boca agua (eso ayudó en parte a Rachel y a su familia a subsistir en los peores momentos de la guerra).
Las cuatro hermanas mayores eran populares entre los chicos de su edad. Educadas, bien vestidas y bilingües, tenían un amplio círculo de amistades compuesto por gente de todos los credos. A Sala la consideraban una belleza tal, que la profesora de pintura de su colegio incluso le hizo un retrato. «Se trató de un gran honor, pero es que siempre fui su favorita», recordaba.
Aunque el negocio de la familia medraba y la suya era una casa moderna y feliz, el estilo de vida de los Abramczyk estaba bajo amenaza constante en su condición de judíos polacos, quienes contaban con experiencia al sufrir una serie de prejuicios generalizados y la única opción de acudir al tribunal de su comunidad o a los rabinos. Todo aquel que no fuera judío y deseara quedarse con algo de lo que poseían, podía hacerlo. Aquello preocupaba a muchos, en especial a las generaciones más jóvenes, que solían hablar de emigrar y empezar una nueva vida en otro sitio en donde no sufrieran un hostigamiento tan continuo. El sionismo, fundado en el siglo XIX, había experimentado un auge de popularidad en la Europa del Este durante la década de los años treinta. Su concepto idealista de poder llevar una vida sin discriminaciones en la «Tierra de Israel» —considerada el hogar de los judíos— atraía cada vez más a los que se sentían desamparados.
Los judíos más ancianos y observantes de la ley soñaban con viajar a Palestina y morir en algún sitio donde Dios estuviera «más cerca» —el mayor símbolo de posición social—. Algunos, como el padre de Rachel, preferían Azerbaiyán, pues había prometido asilo a los judíos. Los más jóvenes apenas seguían la religión y lo único que querían era establecerse en algún lugar donde pudieran criar a sus hijos sin problemas y todos fueran iguales.
Desde que cumpliera los dieciséis años, Rachel había sido miembro del Fondo Nacional Judío, que recaudaba dinero para emigrar a Palestina. Ella también fantaseaba con mudarse allí en algún momento y poder vivir realizando buenas obras. Tras pasar la adolescencia prácticamente como una niñera al cuidado de sus hermanos, se hizo la firme promesa de casarse cuanto antes con un hombre tan rico como pudiera; lo que cumplió nada más terminar la educación secundaria. Él, de nombre Moshe Friedman —conocido también por «Morris» o «Monik»—, era un joven atractivo nacido el 16 de mayo de 1916, dueño —junto con su madre viuda, Ita, y sus dos hermanos mayores, David y Avner— de una fábrica textil tan grande que se veían obligados a emplear incluso a gentiles, lo que no era muy habitual.

Monik Friedman, marido de Rachel. (© Mark Olsky.)
Había sido Ita, una húngara indomable, la que había logrado que la fábrica funcionase después de que su marido, Shimon, muriera de tuberculosis; una enfermedad que a punto estuvo de llevársela a ella también y que la dejó con una salud quebradiza. No obstante, se convirtió en «la jefa de todo cuanto tenía». Era una madre devota que adoraba a sus hijos, y que se había propuesto sacar el negocio adelante para que estos tuvieran algo que heredar.
Monik y Rachel se casaron en marzo de 1937, en cuanto ella acabó la escuela secundaria. Como había ganado algo de peso desde que era niña, fue una novia atractiva. Su marido solo tenía veintiún años y ella, con dieciocho, se convirtió en la típica esposa judía, sumisa y tradicional. Cuando se casó, Fajga, su sufrida madre, aún tenía en casa a los mellizos, de seis años, y a la pequeña Maniusia, de cuatro. Debió de echar mucho de menos a Rachel.
Monik Friedman compartía el interés de su prometida por el sionismo y la pareja se había unido a una organización juvenil llamada Gordonia (por el sionista progresista A. D. Gordon) que promovía seguir la forma de vida tradicional del kibutz y el resurgimiento de los hebreos. Con el fin de adecuarse a sus creencias, pidieron una boda sencilla. Sin embargo, la influyente madre de Monik esperaba que sus hijos vivieran conforme a su riqueza, de modo que su hijo pequeño y la esposa de este llevaban un estilo de vida envidiable en la casa de Łódź a la que se habían mudado. La inflación posterior a la guerra, que tantos millones de vidas arruinó en Europa, tuvo pocas consecuencias para los que fueron tan espabilados como para invertir en telas u oro.
«Me casé con un hombre muy rico y no tenía que trabajar —admitía Rachel—. Vivíamos mejor que el resto de la gente». Decidieron no ampliar la familia de inmediato porque querían disfrutar el uno del otro y ayudar en todo lo posible a que el negocio prosperara. Además, Rachel había pasado demasiado tiempo cuidando niños.
Łódź, que poseía una enrevesada historia —había pertenecido a Prusia, a Alemania y a Polonia—, era una de las ciudades industrializadas más pobladas del mundo. Se trataba de una metrópolis imponente con edificios magníficos, bulevares de estilo parisino y zonas públicas preciosas; además de albergar la segunda comunidad judía más grande del país —después de Varsovia—, la cual comprendía, aproximadamente, el 30% de casi un millón de habitantes. El resto estaba formado por gentiles polacos y una minoría de alemanes. Łódź, donde se estimaba que había mil doscientos negocios textiles y más de dos millones de husos, se había convertido en la joya del imperio comercial polaco durante la Revolución Industrial además de en un polo de atracción para los trabajadores cualificados.
El matrimonio tenía en la cosmopolita Łódź muchas más cosas con las que entretenerse de las que Rachel había gozado jamás en Pabianice. Sin la necesidad de estudiar ni de ocuparse de otras tareas, Rachel tuvo la oportunidad de concentrarse en la captación de fondos, mientras la familia Friedman debatía si abrir otra fábrica en Varsovia —a ciento treinta kilómetros—, donde, de hecho, ya poseían un apartamento. Sin embargo, decidieron posponer aquel plan debido a lo que estaba sucediendo en el mundo. Cuando Adolf Hitler anexionó Austria y expulsó a todos los polacos, quedó claro que seguir ignorando al canciller alemán resultaba un despropósito; después de la Kristallnacht, fue evidente que su amenaza era genuina. Mientras los judíos alemanes, austríacos y sudetinos se preparaban para huir, Rachel y Monik se plantearon hacerlo también mientras estuvieran a tiempo. Al fin y al cabo, eran sionistas y muchos de sus amigos estaban emigrando a Palestina. Ahora bien, ¿qué iban a hacer en Levante, tan lejos de sus seres queridos? ¿Cómo y dónde iban a vivir en mitad de aquel clima cálido y hostil de Oriente Próximo?
Aunque la idea de escapar de las políticas extremistas de los nazis resultaba tentadora, Hitler y sus fanáticos todavía se hallaban bastante lejos y todo el mundo tenía la esperanza de que se conformaran con lo que ya habían tomado. Aun cuando su influencia llegase a Polonia, los Friedman creyeron que el objetivo iban a ser los judíos religiosos, y no los acaudalados e integrados como ellos.
Después de mucho deliberar, Rachel y Monik decidieron quedarse en su madre patria. Parecían alemanes y hablaban alemán. Además, tenían una situación económica mucho mejor que la mayoría y gran cantidad de amigos gentiles. Hasta que las relucientes botas militares negras no marcharon sobre la ciudad, no se dieron cuenta del peligro que corrían. Como Rachel contaría más tarde: «La brutalidad de los nazis no me sorprendió lo más mínimo. Lo que no me cabía en la cabeza era que un pueblo como el alemán estuviera haciendo algo así». Además, la pareja no creía que fuera a tener, en ningún otro lado, una vida tan buena como la que llevaba allí. Ambos consideraron que podrían lidiar con lo que les echaran, más allá de las circunstancias, incluso contemplando la pérdida de sus propiedades.
Pero aquellos pensamientos esperanzados se vieron truncados cuando, en el amanecer del 1 de septiembre de 1939, los nazis invadieron Polonia con una Blitzkrieg («guerra relámpago») mostrando así su tremenda superioridad militar. La infantería irrumpió por las fronteras norte y sur y hubo múltiples bombardeos, incluido un ataque aéreo contra Wieluń —a una hora de Pabianice— que arrasó el 90 % del centro de la ciudad, además de provocar la muerte de mil trescientos civiles. Comunidades enteras huyeron en bicicleta, a pie o en carro con la esperanza de que el ejército polaco consiguiera frenar el avance alemán. Muchos cruzaron la frontera hacia Rumanía, Lituania o Hungría. Después, la Luftwaffe pulverizó Varsovia en un ataque sorpresa en el que hubo tanto objetivos civiles como militares. Murieron decenas de miles de personas y muchas más resultaron heridas.
Tanto Rachel, en Łódź, como su familia, en Pabianice, oyeron los aviones y corrieron a los refugios mientras las sirenas aullaban con cada nuevo ataque. Cuando Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania, el 3 de septiembre, la pareja ya no pudo huir.
Cuando por fin terminó el bombardeo, los nazis asediaron Varsovia durante tres semanas, hasta que las tropas polacas capitularon. Los alemanes tomaron cien mil prisioneros de guerra. Al día siguiente, el 1 de octubre de 1939, los tanques Panzer alemanes rodaban por las calles mientras la Wehrmacht ocupaba la ciudad. Hitler anunciaría triunfante: «El estado al que Inglaterra había extendido su garantía ha sido borrado del mapa en dieciocho días. [...] La primera fase de esta guerra ha terminado y comienza la segunda». A sus jubilosos seguidores les aseguró que Alemania se había convertido en la mayor potencia del mundo.
Después de la conmoción inicial producida por la invasión llegaron las primeras muestras de antisemitismo. Desde el principio, las dos familias se dieron cuenta de que su «bella vida» había llegado a su fin. Los alemanes y los soviéticos se repartieron Polonia y ninguno de los bandos parecía mejor que el otro. De inmediato, los judíos que contasen entre catorce y sesenta años fueron condenados a trabajos forzados. Muchos de los polacos alemanes que con tanto entusiasmo habían celebrado la llegada del ejército de Hitler empezaron a comportarse, de la noche a la mañana, como si fueran más alemanes que los propios germanos, iniciando una campaña de racismo y humillaciones públicas contra aquellos que hasta entonces habían despreciado en secreto.
Los hombres de la secta jasídica, en especial, eran objeto de violencia gratuita en unas calles que se habían vuelto hostiles contra ellos. A menudo los paraban y maltrataban pegándoles con la culata del rifle, cortándoles la barba —o incluso mesándosela— u obligándoles a limpiar el pavimento con un cepillo de dientes o su chal de oración. A muchos los ahorcaron porque sí. Asaltaban sus hogares y rompían los escaparates de sus negocios y las ventanas de las sinagogas. Los alemanes suprimieron las festividades de los judíos y les obligaron a realizar trabajos forzados, en vez de permitirles seguir en la industria textil, que tan bien se les daba. A aquellos a quienes no deportaron, los forzaron a entregarles prácticamente todas sus posesiones y les prohibieron realizar transacciones monetarias.
Miles perdieron su sustento y la mayoría de sus pertenencias a los pocos días de la invasión. Muchos de sus vecinos se unían a las fuerzas de ocupación para asaltar los hogares judíos y apropiarse de cuanto quisieran. Les robaban la vajilla de porcelana y la ropa de hogar, los cuadros y los muebles. Incluso les arrancaban la alianza del dedo. Los judíos tuvieron que llevar, en un principio, brazaletes amarillos y, después, estrellas amarillas, emblemas que ponían de manifiesto su segregación.
Los alemanes declararon idioma oficial el alemán en su parte de Polonia y cambiaron los nombres de las poblaciones y las calles: Pabianice pasó a ser Pabianitz, Łódź se renombró como Litzmannstadt en honor a un general de la Primera Guerra Mundial, y cuando la calle mayor pasó a llamarse Adolf Hitler, Rachel y Monik tuvieron claro que los alemanes pretendían quedarse.
Con todos los medios disponibles a su alcance, que eran considerables, Monik se las ingenió para conseguir documentos de identidad falsos que aseguraban que era Volksdeutsche («polaco alemán ario»). Gracias a que era rubio y tenía los ojos verdes, aquello le dio cierta posición entre los polacos arios, que parecían decididos a convertirse en la clase gobernante. Compró papeles similares para Rachel, lo que les permitía viajar con libertad de Łódź al apartamento de su familia en Varsovia y también que no les aplicaran unas medidas cada vez más restrictivas. Ironías de la vida —de no ser por la devoción que tenían hacia su negocio y sus familias—, la pareja pudo haberse mudado a una población más segura y haber permanecido en ella hasta el final de la guerra sin que la descubrieran.
Unos amigos le habían contado a Rachel que sus familiares, a pesar del asedio, seguían vivos en Pabianice; sin embargo, ponerse en contacto con ellos la delataría. También se enteró de que los nazis estaban preparando un gueto para judíos en una zona pequeña de su antiguo pueblo y que algunos se habían mudado allí de forma voluntaria con la esperanza de que el número hiciera la fuerza. Las autoridades aseguraban que aquel gueto era necesario para proteger a los judíos de los ataques de los arios y para impedir que siguieran «colaborando con los enemigos del Reich»; también alegaban que había que mantenerlos aparte para evitar el riesgo de propagación de las enfermedades con las que, por lo visto, nacían. A principios de 1940, la familia de Rachel se encontraba entre las miles de familias de Pabianice y de las regiones circundantes a las que los nazis habían obligado a mudarse a uno de los primeros guetos europeos y a las que, bajo pena de muerte, se les prohibía abandonar sus límites, fuertemente vigilados.
Avisaban a familias enteras con muy pocos días de antelación y les permitían llevarse solo ropa de cama y unas pocas pertenencias. Para diciembre de 1940, el gueto había pasado de contar con unos cientos de habitantes a casi ocho mil, que vivían hacinados en las habitaciones o apartamentos que les asignaban las autoridades. Por suerte, los Abramczyk tenían unos amigos que eran dueños de una propiedad en el apretado gueto de calles adoquinadas y les ofrecieron una habitación grande. El sitio disponía de algunos muebles y de una cocinita. Otros no tuvieron tanta suerte y muchas familias se vieron obligadas a separarse o a compartir con desconocidos espacios muy pequeños de almacenes casi en ruinas o de bloques de apartamentos desolados, la mayoría de los cuales carecía de luz eléctrica y de agua corriente.
El gobierno nazi obligaba a pagar con bienes o servicios la comida y el combustible que llegaba al gueto, por lo que todos sus habitantes precisaban trabajar. De acuerdo con los términos de las Comunidades Económicas instauradas por el Consejo de Ancianos Judíos —designado por los alemanes—, un día de faena equivalía a una ración de sopa, así que si no cumplían con sus turnos se arriesgaban a morir de hambre. Algunos trabajaban muy duro en fábricas que había a las afueras del perímetro del gueto y otros lo hacían en casa. Sala, Moniek y Berek se hallaban empleados en una fábrica dedicada a manufacturar ropa, uniformes y objetos de lujo. Fajga se quedaba en casa con los hijos más pequeños y Shaiah hacía lo que podía para conseguir comida y que el suyo fuera un hogar habitable. La familia subsistía con ollas de sopa clara o guisos y con un poco de pan. Tenían que pedir, rebuscar entre la basura y realizar trueques para conseguir más verduras y con suerte un poco de carne o huevos.
Desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la mañana, los habitantes del gueto tenían que permanecer en el confín de su hogar, abarrotado siempre y, en verano, además, sofocante. Por si fuera poco, como el sistema de alcantarillado no funcionaba, la gente usaba cubos de madera que enseguida se llenaban y que había que vaciar cada día en apestosas fosas sépticas o carretones para los excrementos —simples carros de madera— que empujaban los desafortunados que componían el Scheisskommando («servicio de la mierda»).
La familia de Rachel intentaba contentarse con su situación y rezaba para que aquella dura prueba terminase pronto. Unos y otros hacían lo imposible por mantener la moral alta y no dejaban de animarse diciendo: «Una semana más y volveremos a ser personas». Pero las semanas se convirtieron en meses y nada cambiaba. La moral decaía, lo que los llevaba a adelgazar y enfermar. Sala dijo en una ocasión: «Cuando nos arrebataron el orgullo, intentamos sobrellevarlo lo mejor que pudimos, pero ya no éramos los de antes».
En febrero de 1940, en los barrios de Bałuty y Stare Miasto —casi en ruinas— los alemanes organizaron un gueto parecido, de unos dos kilómetros y medio cuadrados, para los ciento sesenta y cuatro mil judíos de Łódź. Rachel y Monik decidieron huir, pues aún estaban a tiempo, y se mudaron a su apartamento de Varsovia con la madre de él y sus dos hermanos. Aunque la Luftwaffe había arrasado gran parte de la ciudad, Varsovia era en aquel momento una zona de Polonia dispuesta bajo la administración del gobernador y general alemán Hans Frank. La pareja albergaba la esperanza de no llamar tanto la atención allí. «No esperábamos que la guerra durara más de dos o tres meses», confesó Rachel.
En la capital se encontraron con que la gente estaba muy nerviosa. A diario llegaban riadas de refugiados de todo el país en busca de asilo, así que la vida no era tan sencilla como habían previsto. No paraban de llegar carros —tirados tanto por animales como por personas— cargados hasta arriba en precario equilibrio con todo cuanto sus dueños habían podido recoger, con ollas y sartenes colgadas a los lados traqueteando entre sí. Había una gran escasez de comida e incluso con papeles falsos corrían el riesgo constante de que los arrestasen, o algo peor.
En abril de 1940 empezó la construcción de los muros del gueto de Varsovia, en donde encerraron, hacinados, a los cuatrocientos mil judíos que había en la ciudad, por lo que pasó a convertirse en el gueto judío más grande de la Europa ocupada por los nazis. En los siguientes meses, el pánico comenzó a extenderse, dado que la gente empezaba a huir en mayor medida al este con la esperanza de escapar a Palestina o a algún otro país más seguro. Rachel, Monik y los hermanos de este también viajaron hasta la frontera para investigar de qué posibilidades disponían. A lo largo del camino se encontraron con varias columnas de refugiados rezagados que llevaban consigo todo cuanto habían podido reunir a la espera de encontrar asilo en países lejanos.
Ita, la madre de Monik, se había negado a abandonar su hogar porque su salud había empeorado desde la invasión de los nazis. Al igual que muchos otros hijos de aquella generación, Monik sentía que tenía una obligación para con su madre y que estarían mejor si permanecían juntos. Cuando Rachel y él comprendieron que marchándose les aguardaba una vida nómada y extraña, se dieron cuenta de que huir con Ita no resultaba factible. «Iba a ser muy duro, demasiado para ella, así que decidimos volver y quedarnos», reconocía Rachel.
En noviembre de 1940, los nazis habían forzado a todos los judíos en Varsovia a vivir en el gueto y disparaban a matar contra todo aquel que intentara escapar. Detrás de muros de tres metros de altura coronados por alambre de espino, cientos de miles de personas vivían apiñadas en una zona de poco más de dos kilómetros cuadrados. El gran apartamento de los Friedman se encontraba dentro del gueto desde el principio, así que apenas sintieron el cambio. «La vida era casi normal —aseguraba Rachel—. No hacíamos gran cosa y vivíamos gracias al dinero de mi suegra». Las autoridades permitían la entrada en el gueto con comida y paquetes, y quien tuviera unos cuantos zlotys o Reichsmarken podía adquirir ciertos lujos en el mercado negro. Pasaban los meses y la vida seguía sin grandes cambios, hasta el día en que la familia recibió la orden de abandonar el apartamento porque era demasiado grande para cuatro personas. Con gran amabilidad, un cliente de antes de la guerra les ofreció una habitación de su apartamento, que aceptaron muy agradecidos.
La gente había empezado a caer en las calles y la tasa de mortalidad por inanición y enfermedades como la tuberculosis y el tifus alcanzaba los dos mil individuos al mes, de modo que Rachel decidió organizar un grupo de asistencia para los que no eran tan afortunados como su familia, sobre todo si procedían de Pabianice. «Había mucha gente pobre que estaba muy hambrienta, así que unos cuantos organizamos una cocina para que, por lo menos, pudieran comer una sopa y un mendrugo de pan al día. Algunos pagaban unas monedas por la comida y con eso comprábamos más. Alimentábamos a unas setenta personas a diario».
El Judenrat («Consejo de ancianos»), que dirigía el día a día dentro del gueto, les buscó a Rachel y a sus voluntarios una cocina más grande para que preparasen la comida de los pobres, pero no les proporcionó ninguna ayuda material. «Lo hicimos durante seis meses, hasta que nos quedamos sin dinero. Entonces, tuvimos que dejarlo».
Rachel cambió de objetivo y empezó a reunir ropa para aquellos con más probabilidades de morir de frío en invierno. A pesar de que ellos tenían leña y algo de comida, en las calles empezaban a aparecer cadáveres y el pequeño cementerio del gueto se llenó tan rápido que hubo que empezar a enterrar a los muertos en fosas comunes. Le preocupaban en especial los niños que había en el gueto, muchos de los cuales carecían de defensas, pues estaban desnutridos y enfermos. Junto con un par de amigos, fue a ver a Janusz Korczak, de sesenta y dos años, médico, educador y escritor de cuentos, quien en 1912 había fundado el primer orfanato de Varsovia. Korczak había rechazado varias oportunidades de huir del gueto porque se negaba a abandonar a los doscientos niños callejeros que tenía a su cargo.
Las mujeres le ofrecían ayuda en su orfanato de la calle Dzielna. El director les solicitaba ropa de abrigo para sus «pequeñines» y ellas se la conseguían. Lo más probable es que aquellos fueran los abrigos y vestidos que llevaban el día en que, un año después, Korczak les pidió que se pusieran elegantes porque iban a marcharse del gueto. Las deportaciones al Este habían comenzado y a los jóvenes, viejos y enfermos fue a los primeros a los que trasladaron en los trenes. Dado que había declarado: «Adonde vayan mis niños, he de ir yo», Korczak los acompañó mientras marchaban, de dos en dos, al Umschlagplatz («andén de carga») de la estación de tren Warszawa Gdańska, desde la que un ferrocarril los condujo a las cámaras de gas del campo de concentración de Treblinka. Murió junto a ellos.
Adam Czerniaków, el líder del Judenrat, quien no había conseguido impedir que los nazis deportaran a seis mil judíos al día, prefirió ingerir una cápsula de cianuro en vez de acatar sus imposiciones. A su esposa y a un miembro del Judenrat les dejó una nota en la que decía: «Me piden que asesine con mis propias manos a los hijos de mi nación. No puedo hacer otra cosa que matarme [...] Ya no soporto esta situación. Mi actuación demostrará a los demás qué es lo que deben hacer».
Los límites del gueto estaban muy bien protegidos, pero sus habitantes podían salir con los papeles adecuados. Privados de los productos que se habían acostumbrado a comprar a los mercaderes judíos, los gentiles de Varsovia se veían obligados a recurrir al mercado negro. Aquellos que se mostraron solidarios con las necesidades de las personas atrapadas en el gueto se arriesgaron a que los condenasen a muerte por llevarles bienes tan básicos como comida, combustible o leña. Por otro lado, hombres y chicos se arrastraban por túneles y canalizaciones para introducir el correo y provisiones.
Gracias a sus documentos falsos, Monik a veces se arriesgaba a salir extramuros para comprar provisiones esenciales o en busca de noticias de cómo le iba a la familia de Rachel en Pabianice. Cada vez que lo hacía, su esposa era consciente de la posibilidad de que no regresara de nuevo. Se sentía muy aliviada cuando volvía y, en la cama, entre susurros, pasaban la noche intentando consolarse con la idea de que aquella pesadilla no podía durar mucho más. Incluso cuando empezaron las deportaciones, se decían: «Esto tampoco durará». Cuando los nazis prometieron comida adicional y la posibilidad de trabajar en una granja y vivir en balnearios a aquellos que se ofreciesen voluntarios para que los «reubicaran», la familia no se dejó convencer. Estaban decididos a permanecer juntos hasta que les obligaran a irse. Seguían aferrándose a la esperanza de que la guerra concluyera en poco tiempo.
Sin embargo, era evidente que les estaban apretando las tuercas. Oficiales de las SS, acompañados por policías judíos —que vestían un sombrero y un uniforme especiales adornados con una estrella amarilla—, empezaron a detener a personas que consideraban «subversivas» y a ejecutarlas sumariamente. A otros los ahorcaban en la plaza mayor. Las familias sentían pavor a que llamasen a su puerta, en especial, después del toque de queda. Detuvieron a casi todos los contrabandistas del gueto y los acribillaron a balazos, hecho que seccionó el contacto de los judíos con el mundo exterior. Se volvió demasiado arriesgado usar papeles falsos, y la escasez de comida, cada vez mayor, aceleró las muertes.
Monik, que cada vez se sentía más impotente, estaba convencido de que su joven esposa y él tenían que escapar. Con casi todo el dinero que le quedaba a la familia, y a pesar de que los riesgos eran enormes, contrató a un contrabandista para que sacase a Rachel del gueto. El pasador —gentil, lo más seguro— llegó con un carro y un caballo. Recogió a Rachel y a otra mujer y, sin inmutarse, las sacó por la puerta al trote, tras lo cual emprendió un viaje de ciento veinte kilómetros hasta Pabianice. «Tardamos tres días en llegar —confesó Rachel—. No nos escondíamos. Íbamos vestidas como granjeras, con babushkas». Dos semanas después, el contrabandista volvió a por el marido.
Avner, uno de los hermanos de Monik, se quedó en Varsovia cuidando de Ita, su madre. El otro hermano, David, había huido al Este y lo último que sabían de él es que estaba en la Unión Soviética. Avner le siguió más tarde y acabó en Kiev. No obstante, no hay constancia de que ninguno de los dos sobreviviera a la guerra.
Rachel llevaba dos años sin ver a su familia y la reunión en el gueto de Pabianice fue muy emotiva. Shaiah Abramczyk andaba por los sesenta y cinco años y su esposa mediaba la treintena, pero ambos parecían mucho mayores. Frágiles y céreos, la chispa de sus ojos había desaparecido y también la alegría que, tal y como recordaba su hija, conservaban cuando era niña. Ahora bien, les encantó que volviera, poder oír las noticias que les traía y contarle a su vez las suyas propias, entre las que le relataron, orgullosos, que habían podido celebrar su veinticinco aniversario con unos pequeños regalos y algo un poco mejor que sopa para comer.
A pesar de lo contenta que se sentía por estar con su familia, Rachel no tardó en darse cuenta —al igual que su esposo— de que, allí, la vida era tan mala como en la capital. Al poco de llegar, les informaron de que los judíos de Pabianice iban a ser deportados al gueto de Łódź, donde se decía que las condiciones eran todavía peores. Rachel y Monik dejaron hundida a su familia, pero consideraban que no les quedaba más remedio que volver a pagar a un contrabandista para que les ayudase a entrar en Varsovia de la misma manera que habían salido. Una vez dentro, cada cual hizo su camino por separado instalándose en una casa diferente por motivos de seguridad. A Monik lo acogieron unos amigos, tal y como habían quedado, pero la puerta del «piso franco» en que debía quedarse Rachel estaba cerrada a cal y canto y sus ocupantes tenían tanto miedo que no quisieron dejarla entrar. A pesar del riesgo que corría de ser detenida por la policía, no le quedó más remedio que persuadir al contrabandista, que aún esperaba, para que la llevara de vuelta con sus padres.
Poco después del regreso de Rachel, el sábado 16 de mayo de 1942, militares y policías rodearon el gueto de Pabianice con la intención de «liquidarlo». Las autoridades dieron a los ocupantes veinticuatro horas para que recogieran sus bienes más preciados. Mientras los nazis los apuntaban con los rifles y los amenazadores perros alsacianos les ladraban sin descanso, la población judía se vio obligada a formar con precisión militar. Los once miembros de la familia Abramczyk, Rachel incluida, permanecieron muy juntos mientras marchaban al estadio de la ciudad, donde los alemanes pretendían contarlos para hacer un «censo».
Estuvieron allí sentados todo un día y una noche. No les dieron de comer y a algunas personas les pegaron palizas y humillaron. Por fin, fueron informados de que los iban a enviar a Łódź en autobús y en tren. Mientras permanecían en filas que parecían no tener fin, a la espera de subir a los vehículos, los soldados alemanes decidieron que iban a solventar allí mismo quiénes eran viables para los trabajos forzados y quiénes no. «Vimos cómo se llevaban a los ancianos y a los niños menores de siete u ocho años. No les permitían subir al autobús —explicaba Sala—. Nosotros tuvimos suerte porque la más pequeña de los hermanos tenía once años y pudo quedarse con nosotros».
Se desató el caos porque madres histéricas se negaban a separarse de sus hijos. Rachel y su familia presenciaron horrorizados cómo los nazis le arrancaban un bebé de los brazos a su madre y lo lanzaban por los aires. No vieron dónde aterrizaba el niño, pero eran conscientes de que era muy improbable que hubiera sobrevivido. «Jamás lo olvidaré —comentaba Sala—. Después de aquello, algunas madres les entregaron sus hijos a las abuelas para que los cuidaran; sin que supieran adónde iban o qué iba a ser de ellos».
En cuestión de dos días, los nazis «seleccionaron» de forma despiadada a cuatro mil individuos —entre niños, ancianos y enfermos—, después de lo cual los enviaron a enfrentarse a un futuro desconocido. Los lloros de sus parientes se oían desde fuera del estadio, igual que los disparos, pues los nazis ejecutaban al momento a todo el que protestara.
Mientras la familia de Rachel esperaba su turno para ser deportada, los oficiales alemanes pidieron que se presentaran voluntarios jóvenes y fuertes con el fin de acompañar a los niños y ancianos y desempeñar una «labor importante». Horrorizados, Rachel y los suyos vieron cómo Moniek, que tenía dieciocho años, se ponía en pie de un salto y ofrecía sus servicios. Insistía en que los niños no tendrían tanto miedo si los acompañaba. «Le dijimos: “¡No vayas! ¡Quédate aquí!”, pero respondió: “No, tengo que ayudarles”. Se lo llevaron con los pequeños». La última vez que vieron al joven y atractivo Moniek iba en un autobús lleno de chiquillos, cantando canciones infantiles para intentar calmarlos.
En aquel momento, la desconsolada familia no pudo imaginarlo siquiera, pero a los seleccionados los transportaron a Chełmno —renombrado Kulmhof por los alemanes—, un centro de las SS que se encontraba a unos doscientos kilómetros al noroeste de Łódź, especializado en asesinatos en masa. Se calcula que, durante la guerra, fueron allí exterminadas ciento cincuenta mil personas —ya pegándoles un tiro después de ponerlas ante una fosa común, ya tras subirlas a un camión adaptado para que el monóxido de carbono que salía del tubo de escape entrara en la caja mientras este se dirigía a un claro en medio del bosque de Rzuchów—. Setenta mil de aquellas víctimas provenían de Łódź. Hasta muchos años después de la guerra, la familia no descubrió lo que le había sucedido a su querido Moniek.
«Los llevaron a un bosque y les dispararon —contaba Sala—. Mi hermano era uno de los encargados de recogerlo todo y, cuando él y los demás jóvenes hubieron acabado, les pegaron un tiro. Le pidieron que se quitase la ropa y las autoridades la encontraron más tarde. Fue al primero de nuestra familia que mataron».
Como desconocían cuál había sido el destino del muchacho, los Abramczyk estaban destrozados por la separación y el dolor los tuvo aturdidos mientras los deportaban a Łódź.
A Rachel, las condiciones del nuevo gueto —situado en un suburbio, donde se calcula que, entre 1941 y 1942, setenta mil judíos murieron de hambre— le resultaron terribles en comparación con las de Varsovia. Contaba que nunca había sabido qué era pasar hambre de verdad hasta que llegó a Łódź. Uno de los cartelones que había junto a la verja de acceso, muy vigilada, decía: «Zona residencial judía. Prohibida la entrada». Había soldados apostados cada quinientos metros con órdenes de disparar a todo el que intentase escapar.
Al otro lado de las barricadas, rodeadas de alambre de espino, unas doscientas treinta mil personas se hacinaban en condiciones pésimas en el interior de bloques de pisos que se alzaban en calles embarradas o adoquinadas. Había apartamentos sin ventanas que albergaban comunidades enteras. El aire estaba enrarecido por el olor de las aguas residuales y de la gente que se pudría —muerta o en vida—. Los espantajos que vivían allí estaban tan catatónicos que les daba igual su apariencia. Les colgaban los pellejos como si fueran las arrugas de la ropa y, a la luz, la silueta de muchos era tan insustancial que daba la impresión de que el viento podría llevárselos. Sala explicaba: «Los que más tiempo llevaban allí tenían un aspecto horrible. Estaban desnutridos e hinchados por el hambre. Apenas podían caminar y tenían la cara macilenta y amarilla. Era lastimoso».
Tres puentes de madera cruzaban las calles principales del gueto, prohibidas a quienes no fueran arios. El tranvía pasaba por debajo de ellos, pero a los pasajeros no les permitían bajarse, por lo que solo podían observar cómo las condiciones del gueto iban empeorando por días. Los Abramczyk, que venían de un hogar lleno de color y alegría, estaban rodeados ahora de colores grises y de personas que parecían sombras, como si los pigmentos de la vida se los hubieran llevado el hambre y el frío.
Igual que en casi todos los guetos que crearon, los nazis insistían en que los judíos pagasen su mantenimiento, por lo que el objetivo principal de estos últimos pasaba por trabajar a cambio de la oportunidad de vivir. Había más de un centenar de fábricas al otro lado de los muros que rodeaban el perímetro y todo aquel que estuviera entre los diez y los setenta y cinco años debía buscar trabajo. Cada día, en la calle Lutomierska, las autoridades comunicaban a los recién llegados por la megafonía del patio de la estación de bomberos —el espacio abierto más grande del gueto—, dónde tenían que presentarse antes de que sonasen los silbatos de las fábricas. Los nazis establecieron una «prestación para judíos», de unos treinta pfennige diarios por persona, para que los gastaran en las raciones de subsistencia que se servían en las cocinas comunes, de modo que cada residente precisaba trabajar para devolver aquel «préstamo». A Rachel y a sus familiares enseguida los emplearon en fábricas que producían todo lo necesario para la maquinaria de guerra alemana —entre lo que se incluía productos textiles, zapatos, mochilas, monturas, cinturones y uniformes—. A cambio, los nazis les proporcionaban suficiente comida como para sobrevivir —aunque no siempre— y unos pocos servicios básicos.

Pasarela en el gueto de Łódź destinada a los judíos para evitar las calles
de los arios. (© akg-images.)
Tras haber completado la mitad de un turno, el trabajador tenía derecho a un tazón de sopa o «bazofia», junto a un pedacito de pan. Cada semana hacían cola para obtener otras raciones, tales como remolacha, patatas, col, cebada o cebolla, dependiendo de lo que hubiera. Si las autoridades se sentían generosas, les entregaban una salchicha pequeña de origen dudoso, una barrita de margarina, harina, miel artificial o pececitos —apestosos—, lo que debía alcanzarles para todo el mes. A veces, les daban algo de leche, pero en verano enseguida se agriaba, o bien productos frescos que se pudrían casi de inmediato.
La forma de gestionar las provisiones de la semana quedaba en manos de cada uno. Podían realizar trueques con zapatos, ropa, cigarrillos, libros u otras pertenencias valiosas a cambio de algo más de comida, como hojas de rábano para darle más sabor a la sopa o tubérculos con los que, por lo general, se alimentaba al ganado. Shaiah, el padre de Rachel, fumador empedernido, a menudo cambiaba su comida por cigarrillos, de modo que empezó a encoger.
Lo que más recordaban Rachel y su familia acerca del gueto era que «nunca dejaban de trabajar y siempre sentían hambre». Empezaron a hundírseles los ojos y a sobresalirles la cadera. Se ajustaban el cinturón, pero cada cierto tiempo precisaban realizar agujeros nuevos. La poca ropa que tenían pronto estuvo harapienta y se quedó acartonada por la grasa. Les dolía la tripa y les pesaban las piernas. Igual que en Varsovia, era el mercado negro lo que hacía posible que la gente siguiera viva, pues los puntos de distribución y los almacenes de patatas eran presa cada vez más de la corrupción y de los robos —conocidos por todos como «desnatar»—. A causa de la desnutrición, cientos de personas tenían abscesos purulentos o los pies, las piernas o el cuerpo hinchados. «Algunos apenas podían andar porque se llenaban la tripa de agua, bebían demasiado —recuerda Sala—. Llegó un momento en que mis pies no podían conmigo y mi madre me dio un aceite negro y azúcar moreno como si fueran vitaminas. No sé cómo, pero funcionó».
Se calcula que el 20% de la población del gueto murió de inanición, cansancio o enfermedad. Durante los fríos inviernos, la gente moría congelada en la cama. Algunos se suicidaban tirándose por la ventana, envenenándose o ahorcándose para evitar lo inevitable. Unos pocos padres mataron a sus hijos, tras lo cual se quitaban la vida. Otros «se lanzaron contra el alambre», lo que implicaba correr hacia las barricadas con la esperanza de que una bala nazi les adelantara el final. Más tarde, en los campos de concentración, los prisioneros más desesperados recurrían a este método de lanzarse contra la alambrada electrificada, con el propósito de acelerar su muerte.
Mordechai Chaim Rumkowski, un negociante polaco de sesenta y tres años que no tenía hijos fue declarado por los nazis Juden Älteste («Consejero representante de los judíos»). Al igual que ocurrió con Czerniaków en Varsovia, lo pusieron al frente de la dirección del día a día en el gueto, labor que realizaba desde su despacho en la calle Bałuty. Entre sus quehaceres estaba el de decidir el destino de hombres, mujeres y niños. Antaño había sido fabricante textil y director de un orfanato, pero acabó convirtiéndose en una figura controvertida; considerado un héroe por unos y un colaboracionista por otros cuando decidió cooperar con los nazis.
El hombre, de pelo cano y ojos azules, creía que si ponía en práctica su habilidad negociadora, así lo había hecho mientras fue director del orfelinato más grande de la ciudad, podría conseguir salvar a los suyos como «moneda de cambio», pues eran trabajadores muy habilidosos. Dio forma al lema «Unser Einziger Weg Ist... Arbeit!» («Nuestra única opción es... ¡trabajar!») e insistía en que si el gueto producía mucho, los nazis no iban a poder permitirse el lujo de deshacerse de una mano de obra tan buena. Dos años después de que los alemanes hubieran destruido el gueto de Varsovia y otros, algunos creyeron que, en efecto, aquello podía garantizar su supervivencia.
Ahora bien, también creó una clara estructura de clases dentro del gueto, y a gran parte de la élite gobernante asociada con el hombre conocido como «El más anciano» le fue muy bien con aquella disposición. Quienes le ayudaron a engañar y explotar a judíos como ellos, a que se murieran de hambre, vivían en apartamentos confortables, bebían vodka y se quedaban con la comida destinada para otros. Algunos incluso tenían dachas de veraneo en el antiguo distrito rural de Marysin; o pagaban a profesores de música y hebreo para sus hijos, gozaban de lujos como agua caliente y jabón —artículos que les eran enviados del exterior—, e incluso acudían a conciertos y bailes, mientras el resto de la población permanecía sentada en el suelo de sus casas, rascándose las pústulas. En invierno, cuando los alemanes solo distribuían carbón para los hornos de las cocinas y panaderías, la élite disponía de él en abundancia; los demás debían conformarse con lo que se caía de los vagones o arrancar vigas de edificios deshabitados.
Rachel y ocho de los miembros que quedaban de su familia, al compartir una habitación grande en un apartamento bien situado en la zona centro del gueto —renombrada Pfeffergasse—, estaban mejor que muchos. Aun así, dormían apelotonados en colchones tirados en el suelo, no solo para mantenerse calientes, sino por falta de espacio. A Berek, a quien enseguida condenaron a trabajos forzados por ser joven y fuerte, lo alojaron en otro sitio. Cada semana, un colmado de la zona proporcionaba a la familia su ración de pan. Los Abramczyk enviaban a hacer cola a Heniek, el más pequeño, con la esperanza de que conmoviera al tendero y le entregara alguna hogaza más grande. Cuando, de vez en cuando, el chico conseguía traer aquel pan adicional, Fajga lo cortaba con cuidado en nueve pedazos y siempre le entregaba el más grande a su marido «porque era el rey del castillo».
Cada noche, cuando los miembros mayores de la familia regresaban a casa del trabajo, Fajga les servía la sopa que había cocinado con cualquier resto que hubiera conseguido. A veces les daban patatas, pero la mayoría de las que les llegaban en invierno estaban congeladas y tan negras por la podredumbre que debían deshacerse de ellas por temor a envenenar a la gente. En otras ocasiones, les daban nabos. Entre las raciones de las que podían disponer se incluía un sucedáneo de café en polvo, que Fajga mezclaba con un poco de agua para preparar unas pequeñas empanadillas con las que intentaban saciar a los niños. Más adelante, el olor del café siempre recordó a Rachel y a sus hermanas aquellas empanadas tan innovadoras.
«Por mucha hambre que tuviéramos, procurábamos no perder la alegría —decía Sala—. No dejábamos de pensar que, pronto, cualquier día de aquellos, la situación podía cambiar».
Shaiah Abramczyk, cuyo gran sentido práctico e inventiva resultaban sorprendentes, y a pesar de trabajar todo el día en un taller, también hacía demostraciones de sus habilidades en casa. Dividió una de las zonas de la habitación para tener un poco de privacidad, les arreglaba los zapatos a sus hijos, hacía baldas y, no se sabe cómo, consiguió conectarlos a la electricidad para que tuvieran luz y pudieran usar la máquina de coser. Esto último resultaba muy útil, en especial en relación con Sala, una costurera talentosa que hacía ropa y sombreros para los alemanes. Cuando la muchacha, con los pies doloridos y los ojos enrojecidos por el esfuerzo, volvía a casa de su turno en una fábrica en la que se trabajaba en penumbra, se tomaba la sopa y se ponía a coser a partir de telas viejas; para ofrecerlas luego a cambio de comida a una de las familias de la élite gobernante.

Trabajos forzados en el gueto de Łódź. (© akg-images.)
«Mi trabajo [...] consistía en diseñar ropa elegante para damas, que la fábrica enviaba a Alemania —contaba Sala—. A veces, me tocaba probarme las prendas y los alemanes venían y me observaban con ellas puestas. Luego, ya en casa, me las apañaba para diseñar modelos con lo que tuviera. [...] Recuerdo que en una ocasión conseguimos mucha tela verde».
Trabajar no solo era necesario para conseguir comida, sino para evitar la amenaza constante de que te «reubicaran» en los campos de trabajo, cosa que los nazis habían empezado a realizar en enero de 1942, antes de que Rachel y su familia pasaran a engrosar la población del gueto. Desde finales de 1941, habían estado llegando a Łódź judíos y gitanos roma procedentes de la Europa ocupada, y, con objeto de hacerles sitio, a Rumkowski y a su Comisión de Reubicación les ordenaron supervisar la deportación diaria de mil personas. Si los ancianos no entregaban a las personas suficientes para satisfacer las cuotas, los nazis se encargarían de completarlas con sus propias esposas e hijos. Rumkowski, que se veía obligado a entregar a mil de los suyos cada día, se enfrentaba a un dilema moral monstruoso, pero no creía que tuviera otra opción que obedecer. Enseguida se había dado cuenta de que, si se negaba, aquellos que tan empeñados estaban en destruir a los judíos lo reemplazarían por alguien que hiciera cuanto se le ordenaba. Al menos, pretendía negociar con los alemanes con la esperanza de reducir su número.
Cuando empezaron las deportaciones, la policía alemana, acompañada por la Schutzpolizei («policía urbana») del gueto, rondaba por las calles en busca de «carne fresca». Si alguien intentaba resistirse a la detención, se oía las salvas de disparos con que lo abatían. En cuanto los nazis habían elegido un nuevo grupo de deportados a partir de una lista de nombres que tenían, unos tipos uniformados llegaban en camiones y rodeaban el bloque de casas en donde vivían. Luego, sacaban a todo el mundo a rastras, aunque fuera en pijama. Si los ocupantes no abrían por voluntad propia, echaban la puerta abajo a patadas.
En un primer momento, a los desafortunados de la lista los encerraban en la prisión de la calle Czarnecki, tras lo cual los subían a tranvías para conducirlos hasta la estación de Radogszcz, en Marysin, al otro lado del perímetro. Se calcula que, durante la guerra, doscientos mil judíos pasaron por el andén de carga conocido como Radegast («viajero de tren»). Mientras estuvieran en la calle Czarnecki había esperanza. Durante aquellas pocas horas —días, a veces—, sus seres queridos recorrían el gueto intentando encontrar un «contacto» —o persona influyente— a quien implorar o sobornar para que quitara a los suyos de la lista de deportados. Sin embargo, casi nunca lo conseguían. Ahora bien, en las pocas ocasiones en que tenían éxito, a la persona liberada había que sustituirla por otra para cumplir con el cupo, lo que se conocía con el eufemismo de «acabar en la sartén».
Aunque de vez en cuando cesaran los traslados, todo habitante del gueto vivía con el miedo constante a ser deportado y asesinado. En la familia de Rachel, la esperanza iba mermando. Por aquel entonces ya solo se esforzaban en sobrevivir hasta que fuera posible y en ayudar a sus seres queridos. Como cada vez tenía más miedo de perder a algún otro miembro de su familia —o a todos— en alguna de aquellas selecciones aleatorias, Shaiah Abramczyk hizo algo práctico para protegerlos. El hombre, a quien sus hijos consideraban tan inteligente que podría haber sido inventor, extendió la partición que había hecho en el cuarto y construyó una cómoda de madera que dispuso en medio de dicha pared. Luego, abrió una puerta secreta en la parte trasera del mueble para que la familia la cruzara cada vez que oyera llegar a la policía y a las SS. «Cabíamos todos. Los que entraran en la habitación pensarían que estaba vacía. Nuestro padre incluso colgó cuadros en la pared para que diera más el pego», precisó Sala.
Cuando, en septiembre de 1942, los alemanes reanudaron las deportaciones, aquel escondite resultó de un valor incalculable. En cuanto el estruendo de los camiones diesel y el retumbar de las botas militares anunciaba la llegada de los guardias, a sus vecinos se los llevaban quién sabe dónde. Cada vez que sucedía aquello, la familia Abramczyk reptaba por la puertecita del aparador y conformaba un prieto nudo humano al tiempo que intentaba hacer oídos sordos a las súplicas y lloros de otras mujeres y a las risotadas sádicas que se oían en la calle y en otros pisos. «Los alemanes llegaban y se ponían a gritar a todo el mundo: “¡Fuera de casa!”. Seleccionaban a las personas. Luego, se llevaban en autobús a cinco o seis decenas. Y aquello sucedía a diario», explicaba Sala. Lo único que podía hacer la familia era despedirse en silencio de los amigos y vecinos que acababan de perder para siempre.
Entre las cuatro paredes que formaban las barricadas, pocos eran los que sabían qué estaba pasando en el ancho mundo o entendían qué iba a sucederles a los seres queridos que les habían arrebatado. Como los mantenían en una cuarentena informativa efectiva, resultaba imposible que supieran que sus únicas opciones eran morir —en Chełmno— de un disparo o bien asfixiados con monóxido de carbono. Escondidas entre las rendijas de los vagones de ganado que volvían del Este, los deportados encontraban notas en las que se describían por encima los horrores que les aguardaban y con las que sus compatriotas judíos les instaban a que no se subieran a los trenes. Los campos enviaban al gueto la ropa y pertenencias de los deportados de la Europa ocupada con el fin de que la reciclaran para el esfuerzo bélico, y en alguna de esas prendas reconocían el nombre de personas conocidas. Los judíos de Łódź empezaron a temerse lo peor y a creer que lo de «acabar en la sartén» constituía una terrible realidad.
Por miedo a las represalias de los nazis si no cumplían con las cuotas, Rumkowski y sus delegados intentaban, una y otra vez, asegurar a la población que los deportados iban a otros campos donde les permitirían permanecer con sus familias. Les prometían que ayudarían en las tareas de esfuerzo bélico y que vivirían en barracones donde tendrían mejores condiciones de vida. No obstante, dado que las deportaciones seguían produciéndose sin descanso y que nunca recibían noticias de las personas que se habían marchado, pocos creían aquellas palabras de consuelo. Al final, incluso Rumkowski dejó de fingir.
Su plan maestro estaba fallando. Después de haber creado lo que él consideraba un campo de trabajo modélico, con escuelas, hospitales, cuerpo de bomberos, fuerza policial y una comunidad de la que era el gobernante supremo —incluso oficiaba casamientos—, su autoridad empezaba a evaporarse poco a poco. Los nazis no solo habían deportado a miles de los suyos, sino que nunca les proporcionaban toda la comida convenida a cambio del trabajo que llevaban a cabo. Desesperado por sofocar las huelgas y manifestaciones —cada vez más habituales— que los suyos hacían por culpa del hambre y el descontento, Rumkowski se tornó más dictatorial y empezó a amenazar con el arresto a quienes se resistieran a sus intentos de que el gueto funcionara.
Los nazis, empeñados en acelerar la aniquilación de los judíos, rompieron el pacto que guardaban con él y le reclamaron todavía más gente para las deportaciones. Poco después, le hicieron la más cruel de sus demandas: la deportación de todos los niños por debajo de los diez años y de todos los adultos por encima de los sesenta y cinco (tres mil vidas al día durante ocho días).
El 5 de septiembre, cuando, a las cinco de la tarde, comenzó el Allgemeine Gehsperre («gran toque de queda») o Groyse Sphere en yidis, fue aquel escondite construido por el padre lo que salvó a los Abramczyk. Durante esa semana, los nazis convocaron a más de veinte mil personas. Pocas familias quedaron intactas.
Después de tirarse días con el sombrero en la mano, implorando sin éxito a sus señores que revocaran la orden o que, por lo menos, redujeran el cupo, Rumkowski —que se jactaba de cuánto quería a los niños— aceptó por fin que jamás sería capaz de convencer a los nazis de que abandonaran su plan maestro. «Desmoralizado», convocó a los suyos en el patio de la estación de bomberos el día antes de que comenzara el gran toque de queda. Aquel día de otoño estaba siendo húmedo. Cuando tomó aire, anunció a todos los allí reunidos: «El gueto ha sufrido un duro revés. Nos piden que entreguemos nuestras mejores posesiones... los niños y los ancianos. [...] Nunca creí que fuera a tener que llevar el sacrificio al altar yo mismo. [...] Junto las manos y os lo imploro: entregadme a vuestros hermanos y hermanas. Padres, madres... ¡entregadme a vuestros hijos!».
Entre los alaridos y lloros de los suyos, les explicó que solo había sido capaz de negociar la reducción de la demanda original de veinticuatro mil personas y la preservación de los niños mayores de diez años. Dijo que tendrían que entregar a trece mil niños y ancianos, pero que las otras once mil personas del cupo había que sacarlas de algún lado. Había convenido entregar a los enfermos, como él decía «para salvar a los sanos». Les aseguró que si se oponían a las deportaciones, se llevarían a cabo igual, pero por la fuerza.
La hermana pequeña de Rachel, Maniusia, tenía once años y se salvaba del terrible edicto, pero aquello no mitigaba el horror que suponía lo que les habían pedido, o la manera en la que se desarrolló la operación. Rachel contaba: «Pensábamos que los querían para trabajar hasta que empezaron a recoger a los niños y a los enfermos de los hospitales. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que se los llevaban para matarlos. Detuvieron a los pequeños de una manera tan horrible... Los tiraban al camión desde las ventanas de las casas, por lo que era evidente que no les esperaba nada bueno».
Al borde de la locura por las condiciones en las que se veían obligados a vivir, algunos padres se trastornaron cuando perdieron los hijos por los que tanto habían luchado para proteger. Corrían rumores de que algunas madres habían preferido asfixiarlos a entregárselos a los nazis, que recorrían las calles con rifles y perros.
Sala contaba: «Nos metíamos en nuestro escondite cada vez que oíamos que los alemanes estaban buscando gente y permanecíamos allí hasta que estábamos convencidos de que era seguro salir». Cuando la situación se tranquilizaba, después de una hora o incluso más, salían reptando de la cómoda y recorrían el edificio para ver a quién se habían llevado. Una puerta abierta a patadas y colgando de los goznes era un claro signo de que los vecinos que vivían tras ella no volverían, por lo que los demás se quedaban con la comida que tuvieran y con todos aquellos útiles que no se hubieran llevado. «Así es como tuvimos que vivir las últimas semanas. [...] Cogíamos su comida y la devorábamos como animales, no como personas».
Los prisioneros de Łódź siguieron viviendo bajo estas circunstancias a diario; en ocasiones, minuto a minuto; y, desde luego, entre las distintas comidas. Los zlotys polacos, los Reichsmarken o el dinero del gueto de Litzmannstadt —conocido como «rumkie» o «chaimka» (por una concesión temprana a Chaim Rumkowski)— dejó de tener sentido, porque la comida se convirtió en la única moneda de cambio. Las raciones seguían siendo impredecibles, en especial porque, cada vez que iba a haber una nueva deportación, los nazis restringían las provisiones para reducir la resistencia y ofrecían comida gratis a aquellos que se presentaran voluntarios para reubicarlos en alguna otra parte. Para los que se quedaron, la ingesta de calorías se redujo en dos tercios debido a que la creciente corrupción llevaba a que muchas de las provisiones «desaparecieran».

Andén de carga Radegast, en Łódź, donde Rachel y doscientos mil judíos
fueron deportados. (© Wendy Holden.)
A los más afectados por la desnutrición —a menudo descalzos, vestidos con harapos y con el cuerpo deformado— los conocían con el apelativo de «relojes de arena». Era habitual que aquellas almas cadavéricas, con el vientre y las piernas hinchados, se tumbaran en la cama con los ojos vidriosos por la fiebre y muriesen en cuestión de días. Las epidemias de tiña, tifus y tuberculosis se llevaron a varios cientos. Mientras las condiciones empeoraban, un Rumkowski en una posición cada vez más delicada llego a pedir que «la lámpara de la industria» siguiera encendida en el gueto. En un nuevo discurso prometió: «No puedo protegeros a todos, así que en vez de exponer a la población al completo a una lenta muerte por inanición, voy a salvar al menos a diez mil de vosotros».
Visto que la gente caía muerta en la calle y que enseguida quedaba cubierta por enjambres de moscas azules en verano o congelada en invierno, conseguir comida devino en la única necesidad en la que se podían invertir esfuerzos. En el gueto, obtener aunque fuera unas peladuras de verdura o una patata podrida se convirtió en una obsesión.
Rachel, la joven esposa de uno de los tres hijos de una familia rica y prominente hacía solo unos años, era más afortunada que la mayoría gracias a sus contactos. Sin embargo, eso no la libraba de tener que trabajar doce horas diarias en las oficinas de una fábrica de rafia que producía calzado para los soldados del frente ruso. Aquellos chanclos eran tan rígidos que resultaba casi imposible caminar con ellos, pero impedían que a los soldados de la Wehrmacht se les congelasen los dedos. En la fábrica trabajaban también tres de sus hermanas, incluida la menor de todas.
Más allá de los muros del gueto, Monik, el marido de Rachel, seguía buscando la manera de rescatar a su esposa. Lo arriesgó todo para escapar de Varsovia con documentación falsa y viajar a Łódź para reunirse con ella. «Pensaba que era demasiado débil para vivir sola en aquel gueto, pero no podía sacarme de él —comentaba Rachel—. Mi hermano Berek, que trabajaba en un campo cercano, lo veía ir y venir en el tranvía. Al final, arriesgó la vida y cruzó las barricadas rodeadas de alambre de espino vigiladas por los alemanes para estar conmigo, porque pensaba que, con él, tendría más opciones de salir adelante. No quería vivir aquella guerra sin mí [...] así que entró para quedarse a mi lado».
Monik, que había tirado por la borda para siempre su oportunidad de salvarse, empezó a vivir con la familia de su esposa en una habitación ya abarrotada de por sí. Su situación ilegal era el mayor problema en aquel sistema que los nazis tenían tan bien reglamentado y en el que su nombre no aparecía en ninguna lista. Rumkowski había sido amigo personal de Ita, la madre de Monik, por lo que la familia le pidió un favor. El «rey del gueto» le explicó que en el único sitio donde nadie le haría preguntas era en la división de Sonderpolizei, la «Policía Especial Judía». Accedió a alistarse y se instaló en los barracones con los demás. «Hacía cualquier cosa que le pidieran —explicaba Rachel—. Como nos pasaba a todos los que nos esforzábamos por sobrevivir bajo el yugo nazi, apenas tenía elección».
Monik también se ofreció voluntario para trabajar, junto con Berek, el hermano de Rachel, en la brigada de bomberos de una comunidad que, por fuerza, necesitaba sus propias regulaciones y servicios de emergencia. Aquellos que tenían tanta suerte como para conseguir un puesto de responsabilidad —como ellos dos— se alojaban en la Comisaría Central o en la Estación de Bomberos, donde estaban un poco mejor alimentados. Más tarde, a Rachel le asignaron un pequeño cuarto para ella sola en un apartamento que había en una calle cercana. Era un sitio donde por fin pudo disfrutar de algo de privacidad con su esposo, siempre que sus turnos le permitían reunirse con ella.
También hubo otras sorpresas. «Una persona que había sido representante de nuestra compañía antes de la guerra nos llevó a un almacén grande y nos consiguió algunas prendas de vestir y ropa de cama, porque solo teníamos la ropa que llevábamos puesta». Estaban en lo más crudo del invierno y las ventiscas que recorrían las calles lo cubrían todo con gruesas capas de nieve que le daban un engañoso aire de inocencia hasta a las calles más sórdidas, por lo que una manta podía suponer la diferencia entre sobrevivir o perecer.
Todos hacían lo que estaba en su mano para mantener la moral alta, por lo que organizaban acontecimientos musicales y culturales. Había bandas de jazz y conciertos de música clásica, obras de teatro y pantomimas para niños. Sala, que había bailado y cantado en producciones teatrales de aficionados desde que era pequeña y también en el gueto de Pabianice, sobresalía en muchas de las representaciones. Tampoco dejaban de lado la educación, y en la fábrica en la que trabajaba Rachel contrataban a maestros para que dieran lecciones a los empleados mientras trabajaban. «Les enseñaban sin libros ni papeles, de forma oral. Les hacían deletrear y les contaban historias».
De septiembre de 1942 a mayo de 1944, la fuerza laboral del gueto, compuesta por setenta y cinco mil Judische Arbeitskräfte («mano de obra judía»), fue tan productiva que las SS detuvieron las deportaciones. Sin embargo, las tornas de la guerra empezaron a cambiar y los bombardeos aliados comenzaron a tener como objetivo, por primera vez, ciudades alemanas; incluidos los que arrasaron Hamburgo y la región industrial del Ruhr —y en los que hubo miles de muertos y heridos—. Fue entonces, en mayo, cuando Heinrich Himmler, el segundo hombre más poderoso del Reich, ordenó liquidar el gueto. Durante los siguientes tres meses, las autoridades enviaron a siete mil judíos a Chełmno para que los asesinasen. No obstante, en el momento en que resultó evidente que el campo no iba a poder asumir el ritmo al que llegaban los trenes de la muerte, optaron por llevarlos a Auschwitz. Los pobres carteros del gueto, cuya tarea consistía en dar la mala noticia a quienes habían sido elegidos para las deportaciones, empezaron a ser conocidos como «ángeles de la muerte».
Había tan poca comida que era necesario reducir el número de bocas que alimentar, por lo que ancianos y niños fueron los primeros en subirse a aquellos trenes cuyo destino nadie conocía. De acuerdo con las edades establecidas, Maniusia, la hermana menor de Rachel, tendría que haber estado entre ellos, pero consiguió salvarse una vez más gracias a la pared falsa. En los casos en los que no encontraban a la persona en cuestión, los alemanes se llevaban a hombres en buen estado físico. Berek y Monik se salvaron de aquella deportación porque pertenecían a la Policía y al Cuerpo de Bomberos, pero no pudieron proteger a su familia mucho más tiempo. Ya no había dónde esconderse.
Rachel y los suyos habían conseguido librarse de los raptos y mantenerse juntos durante todos aquellos años. Un día de agosto de 1944, Berek —«el mejor hermano del mundo»—, que había hecho lo imposible para que su familia no se desmembrase y siguiera con vida, fue a visitarlos para contarles la «buena noticia»: las deportaciones habían cesado.
Las autoridades habían asegurado a los bomberos que los familiares de los trabajadores clave se salvarían; tan solo necesitaban salir de sus escondites y reunirse en el patio de la Estación de Bomberos, donde tomarían nota de quiénes eran con la intención de determinar cuántas bocas iban a tener que alimentar. Por desgracia, como casi todo en Łódź, se trataba de una falsa promesa.
«Unos guardias de las SS nos detuvieron cuando volvíamos a casa de la Estación de Bomberos —explicaba Sala—. Nuestra madre se había quedado en la habitación con los más pequeños, por lo que le pedí a uno de los alemanes: “Permita que mi hermanita Maniusia vaya a casa a avisarle de que nos han detenido”. Tenía la esperanza de que se escondiera con el resto de la familia, pero nuestra madre vino a todo correr con los demás y nos detuvieron a todos. Nos condujeron al tren. No hablábamos. No sabíamos cuál era el destino del ferrocarril o qué iba a ser de nosotros. Yo llevaba a mi hermana pequeña como si fuera un bebé. Entonces, abrieron las puertas de los vagones».
Rachel Friedman, una de los últimos judíos en abandonar Łódź —en Polonia no quedaba ningún otro gueto—, tenía veinticinco años cuando fue deportada a Auschwitz II-Birkenau, el lunes 28 de agosto de 1944. Hacía muchas horas que no veía a Monik y no sabía si lo habrían detenido a él también y viajaría en aquel tren o si seguiría escondido en el gueto. No tuvieron oportunidad de despedirse, ni de reconfortarse el uno al otro.
Berek, que podría haberse quedado en Łódź por ser parte de la escuadra especial de setecientos cincuenta judíos asignados a limpiar y reciclar todo cuanto hubiera quedado, prefirió reunirse con su familia. Era joven y fuerte y sabía que podía ayudar a su padre a superar las mayores privaciones en un campo de trabajo, y a punto estuvo de conseguirlo.
Junto con ellos, en alguno de los últimos trenes que salieron de la ciudad aquella noche de agosto, iban Chaim Rumkowski, su esposa y tres miembros más de su familia. Algunos decían que se había prestado voluntario a viajar con los deportados porque se esperaba lo mejor. Por aquel entonces, los alemanes ya habían liquidado los demás guetos polacos y el «rey» de Łódź (cuyo nombre de pila provenía del brindis judío «¡Por la vida!») había conseguido, por todos los medios a su alcance, mantener a los suyos vivos por más tiempo. El destino lo llevó a morir bien en las cámaras de gas a las que, sin saberlo, había enviado a miles, bien a manos de aquellos judíos que le culpaban de dichas muertes. Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Interior de un vagón de mercancías donde se deportaba a los enemigos
del Reich. (© Wendy Holden.)
De las más de doscientas mil personas registradas en el censo de habitantes del gueto de Łódź, sobrevivieron menos de mil. Aquel fue uno de los grandes triunfos de los nazis en su ansia por erradicar a los judíos de Europa. Deportados en vagones cerrados como si fueran animales camino del matadero, Rachel y su familia consiguieron permanecer juntos. Apretujados los unos contra los otros en una esquina sombría de la parte de atrás, con muy poco espacio, sin comida ni agua, tuvieron que esperar para descubrir adónde los enviaban. «Íbamos tan asustados en aquellos vagones en los que no había ni siquiera una rendija por la que mirar, que nos daba miedo hasta hablar», contaba Rachel. Sin intimidad alguna, a aquellas personas no les quedó más remedio que sufrir el hedor de las heces y el picor del amoníaco en los ojos cuando alguien le dio por accidente una patada al cubo de excrementos y orines, que estaba hasta arriba y se derramó por el vagón con un repiqueteo. Desesperados por respirar algo de aire fresco, se dieron cuenta de cuánto mejor habrían estado cerca de la ranura tapada con alambre de espino que había en el vagón y que hacía las veces de ventana.
Para cuando el tren se detuvo en Auschwitz, con un estremecimiento, los niños lloraban y los ancianos rezaban. Respirando con esfuerzo, aquellas personas apiñadas las unas contra las otras en la terrible oscuridad oyeron que alguien abría los cerrojos y que, con un estruendo, las puertas se deslizaban hasta abrirse del todo, momento en que entró una bienvenida ráfaga de aire fresco. Al salir del vagón, mientras los enfocaban con reflectores para cegarlos, fueron recibidos con gritos insufribles y, a empellones, los dispusieron en diferentes filas. Todos coincidían en afirmar que aquel fue el peor momento. «No piensas, no hablas... avanzas como un autómata», confesó Rachel.
El doctor Mengele estaba de servicio aquella noche, de pie junto a la Rampe porque acababa de llegar el nuevo cargamento. Su esposa, Irene, madre de Rolf, su único hijo, había llegado hacía poco para visitarlo —una estancia que acabó durando casi tres meses porque enfermó y tuvo que permanecer en el hospital de las SS, que tan bien equipado estaba—. Durante aquella visita, su marido le explicó que su cometido en Auschwitz equivalía a servir en el frente y que tenía que llevar a cabo sus quehaceres con la «disciplina de un soldado».
Cada vez que llegaba un transporte, algunos de los oficiales de la unidad especial SS-Totenkopfverbände (literalmente, «Regimientos SS de la calavera»), responsables de la administración en los campos de concentración, se quejaban en voz alta de la pésima calidad del «nuevo ganado». Mengele casi nunca hacía comentarios, pero miraba a los prisioneros de arriba abajo y les formulaba ciertas preguntas, a veces con bastante amabilidad, antes de redirigirlos a mano izquierda o a mano derecha (esto es, hacia la vida o la muerte).
A la familia de Rachel la separaron a los pocos minutos de llegar. Fajga, con los ojos abiertos como platos, se aferraba a sus tres hijos más pequeños —los mellizos Heniek y Dora, de trece años, y Maniusia, su «bebé»— mientras a ellos los empujaban a un lado y a Rachel y a sus tres hermanas —Ester, Bala y Sala— al otro. Los recién llegados, pegados entre sí mientras los nazis obligaban a diferentes grupos a ordenarse a uno u otro lado, giraban la cabeza asustadísimos para intentar divisar por última vez a sus seres queridos antes de que les gritaran que miraran hacia delante.
Shaiah Abramczyk, el inventor, el sensible intelectual amante de los libros que había animado a sus hijos a aprender el idioma del Reich, vio cómo su bella familia se dispersaba a los cuatro vientos cuando a Berek y a él los llevaron a la fuerza a un grupo destinado a trabajos forzados. «Estaban muy lejos y no había ni rastro de Monik. Tampoco sabíamos nada de nuestra madre ni de nuestros hermanos más pequeños. [...] Un día vimos a nuestro padre y, con dos dedos, nos indicó que dos habían sobrevivido pero que otro, no», contaba Rachel.
Aunque en aquel momento no podían saberlo, aquella fue la última vez que Rachel y sus hermanas vieron con vida a sus padres y hermanos pequeños.
3
ANKA

Carné de identidad de Anka. (© Eva Clarke.)
«¿Está usted embarazada, señorita?», le preguntó en alemán el infame doctor de Auschwitz II-Birkenau a Anka Nathanová cuando le tocó el turno de permanecer frente a él en el Appell de aquella noche de octubre de 1944.
Anka, una checa bien dotada de veintisiete años que durante un tiempo se avergonzó del tamaño de sus pechos, intentaba cubrírselos con un brazo mientras con la otra mano se protegía el sexo. La muchacha, que miraba estupefacta a ambos lados, no podía creer cómo había podido ser tan estúpida de ofrecerse voluntaria para seguir hasta allí a su marido Bernd. Después de haber sobrevivido tres años en el gueto de Terezín —a una hora de Praga en dirección norte—, había sido tan ilusa como para pensar que los reubicarían en algún sitio similar. Dado que las autoridades ya habían enviado al resto de su familia al Este, pensó que sería mejor permanecer junto a su marido.
Desde el momento en que el tren se detuvo a velocidad agónica en aquella vía muerta que daba a la arqueada «Verja de la Muerte» de Birkenau, se dio cuenta del error que había cometido. En comparación con aquello, Terezín era un paraíso.
Nada más abrir los cerrojos de hierro de los vagones de mercancías, los alemanes descorrieron las grandes puertas de madera, que produjeron un estruendo metálico de mal agüero. Hombres, mujeres y niños desconcertados salieron de golpe a la noche, tropezándose y cayendo unos sobre otros como si estuvieran borrachos.
«Acabábamos de llegar al infierno y no sabíamos qué habíamos hecho para que nos condujeran allí —contaba Anka—. Desembarcábamos, pero no sabíamos dónde. [...] Teníamos miedo, pero no sabíamos de qué».
La muchacha, empujada a aquella hambrienta boca que devoraba transporte tras transporte —pues, no en vano, se había convertido en el centro de asesinato industrializado más eficiente de los nazis—, se sintió aturdida desde el primer momento. Bajo los inhóspitos haces de luz de las torres de vigilancia, lo único que oía era el ruido atronador de los ladridos de los perros y lo único que veía era a hombres armados con porras que les gritaban: «Raus! Raus! (“¡Fuera!”)».
A su alrededor, como estatuas de mármol —al tiempo que sus secuaces (otros judíos prisioneros) pegaban, empujaban o aterrorizaban a la pobre multitud hasta someterla—, había oficiales alemanes vestidos de forma impecable. Todos ellos se mostraron crueles y hostiles con los recién llegados mientras la caótica cacofonía de idiomas en que los guardias gritaban las órdenes lo envolvía todo: las mujeres y los niños chillaban y berreaban, los hombres protestaban en vano.
Sin tiempo para comprender lo que estaba sucediendo, todo el que descendía de aquel tren experimentaba, de inmediato y mientras eran alineados en dos filas largas y separadas, la terrible sensación de hallarse en un lugar peligrosísimo. Tras apartar a las mujeres y a los niños de los hombres y los chicos más mayores, a los judíos de Terezín los hicieron avanzar en una bullente masa de humanidad hacia el oficial de las SS que Anka volvería a ver más tarde.
El sonriente doctor, en cuyas manos estaba su destino, los esperaba con las piernas separadas. Era el único que no los miraba como si no estuvieran allí, como si no existieran. Tras interrogarles a toda velocidad y preguntarles si había algún Zwillinge («gemelo») entre ellos, movía una fusta a uno u otro lado para indicar hacia dónde debían encaminarse. «Rechts» significaba a la derecha y «links», a la izquierda; que es adonde envió al menos a dos tercios de los recién llegados, incluidos hombres, mujeres y niños; no obstante, cuando llegó el turno de Anka le indicó que se dirigiera a la derecha.
Mientras pasaba por su lado, la muchacha sintió en él una excitación casi palpable, como si seleccionar a los mejores especímenes del último envío recibido fuera lo mejor del día. Por detrás del militar, a lo lejos, había dos enormes chimeneas de las que salían llamas resplandecientes y altas como casas. El doble rollo de alambre de espino y un vallado electrificado disuadían a cualquiera de intentar escapar. En el aire había un olor cargado y dulzón que Anka era incapaz de eliminar de sus fosas nasales —ni de su memoria— por mucho que intentara respirar por la boca.
Menos de una hora después de haber entrado en lo que ella denominaba «el infierno de Dante», volvió a encontrarse frente al diligente Mengele —esta vez en una plaza de armas empapada— quien, en aquella ocasión, pretendía que admitiera que estaba embarazada.
Anka evitó el contacto visual fijándose en aquellas botas que le llegaban hasta la rodilla y que llevaba tan bien pulidas que su cuerpo desnudo se reflejaba en ellas. Cerró los ojos para no tener que ver a su yo humillado y negó con la cabeza mientras respondía «Nein». El doctor suspiró exasperado y siguió adelante.
Algunos de los días más felices de la vida de Anka Nathanová tuvieron lugar justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, cuando era una despreocupada estudiante de Derecho en la Universidad Carlos de Praga, una institución de origen medieval.
La muchacha, guapísima y capaz de hablar con fluidez alemán, francés e inglés, además de saber un poquito de español, italiano y ruso, disfrutaba de la rica vida de una de las ciudades más vibrantes y multiculturales de Europa. Praga era próspera y progresista y estaba llena de cafés, teatros y auditorios, por lo que atraía a algunas de las personas más inteligentes y con mayor talento artístico del mundo.
Anka adoraba la música clásica, en especial las composiciones de Dvořák y los conciertos en los que se tocaba a Beethoven y Brahms. La ópera checa La novia vendida era su obra favorita. Popular entre los chicos, lo que más le gustaba era que la llevaran al cine, donde se sumergía en las historias sobre las vidas de los otros y disfrutaba de películas como La buena tierra, Treinta y nueve escalones o Alarma en el expreso.
Anka, que vino al mundo como Anna Kauderová, nació el viernes 20 de abril de 1917 en Třebechovice pod Orebem, un ciudad pequeña del siglo catorce que se hallaba a unos trece kilómetros de Hradec Králové, la cual a su vez había formado parte del Imperio austrohúngaro. Hradec Králové, ciudad cuyo nombre quiere decir «castillo de la reina», constituye uno de los asentamientos más antiguos de la República Checa y se encuentra en la fértil confluencia de los ríos Elba y Orlice. Es una ciudad famosa por los magníficos pianos que se fabrican en ella con la firma de Antonin Petrof.
Alegre y —según ella misma admitía— un poco mimada, Anka era la menor de la familia Kauder, y tanto sus padres, Stanislav e Ida, como sus hermanas mayores, Zdena y Ruzena, y su hermano Antonin, al que llamaban «Tonda», la adoraban. Otro hermano, Jan, había muerto de meningitis cuando contaba tres años, dos antes de nacer Anka, y la madre nunca se recuperó del todo de aquella pérdida.
La familia era copropietaria de Kauder & Frankl, una próspera curtiduría y fábrica de cuero situada en Třebechovice pod Orebem. El otro propietario era un pariente de Ida llamado Gustav Frankl. Anka tenía tres años cuando su familia se mudó de su casa de Hradec a otra mucho más grande en uno de los extremos de la fábrica.
Kauder & Frankl era un complejo en crecimiento en forma de C situado en una gran extensión de tierra. La curtiduría, un bloque nuevo, tenía una chimenea de ladrillos muy alta que Anka, de pequeña, temía que se les derrumbara encima y los matase. La casa poseía un jardín y un patio con un cenador, más un horno exterior para las cenas de verano. Además, contaba con un huerto de verduras y tomates y recogían la fruta de sus propios árboles. La extensión de la parcela era tan grande que, de hecho, cuando su hermana Ruzena se casó, su marido, Tom Mautner, y ella contrataron al famoso arquitecto praguense Kurt Spielmann para que les construyera una villa de estilo Bauhaus en ella, donde, junto con su hijo Peter, fueron muy felices durante muchos años.
Anka, una ávida lectora, se deslizaba al jardín de la familia para devorar a los clásicos, que leía en varios idiomas, además de sus libros preferidos en latín. Compartía aquella pasión con Tonda, su hermano, que era muy bueno con ella y se la llevaba consigo a todos lados, en especial, a los partidos de fútbol que tantísimo le gustaban y de los que siempre volvía ronco. «Nos entendíamos a las mil maravillas —reconocía ella—. Teníamos un coche y salíamos de excursión. Cada vez que me apetecía ir a bailar y a mi madre no, me acompañaba él, se quedaba en un segundo plano y no se inmiscuía. Pero me sentía protegida porque estaba conmigo».
Ida, la madre de Anka, era una mujer inusual para su generación por el hecho de trabajar en la empresa familiar detrás de la caja registradora. Se trataba de una señora agradable y parlanchina a la que le encantaba cotillear con las clientas —una mayoría frente a los hombres—, que le confiaban muchos secretos. Como la matriarca trabajaba, la familia tenía varios sirvientes, incluidos una doncella, una cocinera, un jardinero y una lavandera. Ida se aseguraba de que la casa estuviera siempre limpia y de que los niños estuvieran bien atendidos.
«Mi madre habría sido capaz de hacer cualquier cosa por mí —comentaba Anka—. Teníamos una relación muy buena. En casa, solo nos conformábamos con lo mejor».
Anka era una nadadora atlética, saludable y fuerte y llegó a ser campeona de Checoslovaquia en estilo espalda. Nadaba en el río local, a veces desnuda. Era espabilada por naturaleza y la habían criado para que pensara por sí misma e hiciera aquello que le gustara. Cuando contaba once años, dejó su idílico hogar para convertirse en una de las pocas judías que asistía al Liceo para Chicas de Hradec Králové. También le fue bien en el Gymnasium, donde recibió clases adicionales de latín, alemán e inglés. «Vivía en una pensión de la ciudad e iba al Gymnasium. Siempre estaba contenta. Había tenido muchos novios e iba a bailar y a fiestas. Todo marchaba como la seda». También aprendió a tocar el piano y a bailar, además de practicar varios deportes, entre los que se contaban el tenis y el remo.
La fábrica de su padre hacía bolsos y otros productos para el consumo masivo, y a pesar de que tanto ella como sus hermanas a menudo rechazaban los bolsos con los que este les obsequiaba porque los consideraban demasiado anticuados, Anka estaba orgullosa de la cartera de cuero para libros que le regalaban cada pocos años (en la que le cabía hasta el atlas de la escuela).
Stanislav Kauder, con cuarenta y siete años cuando Anka nació, era un «infiel» y un checo comprometido. No estaba de acuerdo con el concepto del sionismo y se tenía por muy patriota. Aunque judío de nacimiento, su familia no era nada observante y se consideraba librepensadora. «Me educaron sin atender a ninguna religión —explicaba Anka—. Fui a una pequeña escuela donde había alumnos judíos y, de vez en cuando, venía un profesor judío para hablarnos de historia, pero nunca aprendí a hablar hebreo y en casa de mis padres no se mantenía la tradición kosher». Por el contrario, desafiando dicha tradición, la familia a menudo disfrutaba del plato nacional checo: cerdo asado con chucrut y bolas de masa hervidas, incluso en el Sabbat. En una ocasión, Tonda estropeó las posibilidades de Anka de casarse con un judío joven y bueno porque encendió un cigarrillo con la menorá mientras sus padres lo observaban atónitos.
Stanislav amaba a sus hijos, pero era reservado y casi nunca hablaba con ellos. Tal y como era costumbre, dejaba que su esposa se encargara de criarlos. Adoraba a su mujer, a quien Anka describía como «un ángel». Ida Kauderová era un poco más observante que su marido y sus hijos la llevaban a la sinagoga de Hradec Králové, a diez kilómetros, en las fiestas judías más importantes. Iba, sin embargo, más por «devoción hacia sus padres» y por satisfacer a su extensa familia —formada por doce hermanos— que por otra cosa. Siempre decía que lo mejor era cuando después iba con una de sus hermanas al Gran Hotel de la ciudad para tomar un café y un pastelillo. Nunca les impuso ninguna religión a sus hijos.
«Resultaba que habíamos nacido judíos y ya está. No me suponía ninguna traba para hacer nada», aseguraba Anka.
En Třebechovice solo había un puñado de familias judías y Anka no sufría de antisemitismo alguno entre sus amigos, sino todo lo contrario, podía hacer casi todo cuanto se le antojase.
Cuando la situación política europea empezó a empeorar, quienes la rodeaban comenzaron a mostrarse cada vez más nerviosos. Cuando su madre, que sabía alemán, oyó por la radio los discursos incendiarios de Adolf Hitler, a la mujer, por lo común optimista, le entró el miedo e iba diciéndole a todo el mundo que aquel hombre no traería nada bueno.
Sin embargo, como muchos de sus amigos, Anka se mostraba indiferente hasta el punto de vivir en la ignorancia y creía que estaban demasiado lejos como para que la ideología nazi pudiera afectarles de pleno. «Nunca pensamos que fuera a pasarnos nada. Nos sentíamos invencibles», confesaba Anka. Fue la primera de la familia en asistir a la universidad, lo que enorgulleció a sus padres, en especial a su madre, que era bilingüe y una apasionada de la historia, aun cuando no hubiera tenido ocasión de estudiar.
Anka ansiaba mudarse a Praga, que estaba a dos horas en tren. Era una ciudad que conocía bien porque se quedaba en ella siempre que podía, en casa de su tía Frieda, una sombrerera que tenía un apartamento en la plaza Wenceslas. Mientras estudió en la Universidad Carlos, vivió con ella.
Incluso después de mudarse a la ciudad, en 1936, siguió mostrándose inmune, en gran medida, a la creciente preocupación que despertaba Hitler. Gracias a la paga que le pasaba su padre, se encontraba esquiando de vacaciones en el Tirol austríaco con unos amigos cuando, en marzo de 1938, tuvo lugar el Anschluss («la Anexión»). De la noche a la mañana, Austria pasaba a manos de los nazis y Checoslovaquia quedaba rodeada. Las banderas rojas con la Hakenkreuze («esvástica») aparecieron en las calles de Salzburgo y Anka presenció asombrada cómo Austria daba la bienvenida a Hitler como si fuera un héroe, mientras que a los judíos del país los marginaba. Aquel primer contacto directo con los nazis fue «algo que no alcanzaba a comprender». Anka añadía que, a pesar de que no vio ningún ataque directo a los judíos, «el malestar se percibía en el ambiente».
Aun así, no pensaba que el canciller alemán, que lucía aquel bigote tan cómico y con el que compartía fecha de nacimiento, fuera a afectar a su maravillosa vida. Hasta que su primer novio serio, Leo Wildman, no le dijo que se mudaba a Inglaterra para alistarse en el ejército británico, no empezó a cambiar de idea. Al padre de Leo lo habían arrestado por subversivo y se encontraba en prisión, y su familia temía por su futuro. Le apenó que su novio se marchara y fue a despedirse de él a la estación. Mientras el tren partía, el padre del chico —al que acababan de soltar de la prisión— llegó corriendo para despedirse, pero era demasiado tarde.
Aunque la pareja había ido bastante en serio, a Anka ni se le pasó por la cabeza marcharse con Leo, aunque tuvo la oportunidad de hacerlo. «Dos damas inglesas vinieron a Praga a ofrecer trabajo a chicas judías en el servicio doméstico o como niñeras. Pedí uno de los puestos de niñera y lo conseguí. Me proporcionaron un visado válido y papeles para salir del país y podría haberme marchado pero [...] lo aplacé tanto [...] que acabó estallando la guerra. [...] Me alegraba de haber conseguido prolongarlo hasta el punto de que ya no pudiera ir a ninguna parte. [...] Ay, pero qué estúpida fui».
Otros a los que les dieron Durchlassschein («permisos de salida especiales») sí que se marcharon, pero fueron los menos. Entre ellos se encontraba Tom Mautner, el marido de Ruzena, la hermana de Anka, quien aprovechó la oportunidad para huir a Inglaterra en uno de los últimos trenes con destino a Londres. Le había suplicado que tanto ella como Peter, el hijo de ambos, lo acompañaran, pero esta se negó en redondo a abandonar a su familia y su hogar. «Era mucho más cómodo quedarse allí que ir a Inglaterra, por lo que se quedó... y cuánto tuvo que lamentarlo», contaba Anka con tristeza.
Al igual que Ruzena, fueron muchos los que se quedaron, confiando en que todo acabaría bien. No debió de tardar mucho en arrepentirse de aquella decisión. Hitler se hizo con el control de los Sudetes, tras la firma del Acuerdo de Múnich, lo que sumó más de dos millones de alemanes a su dominio. Daba la impresión de que no se pudiera hacer nada para detener su marcha por Europa. Ese mismo año, y en la misma línea, prometería: «Seguiré con esta confrontación, me da igual contra quién, hasta que consiga que el Reich esté seguro».
En cuanto las intenciones de Hitler fueron evidentes, los refugiados judíos de los pueblos y ciudades de la frontera empezaron a llegar a Praga en riadas, llevando consigo solo lo que podían llevar a cuestas. Sin la ayuda de Gran Bretaña ni del resto de los Aliados, los checos se sentían traicionados.
Entonces, en marzo de 1939, los tanques alemanes entraron en Praga. Igual que le había sucedido en Austria, de la noche a la mañana Anka se encontró las calles llenas de soldados mientras que los civiles cortaban el aire con sus saludos. Aquel día gris no era la única que observaba con horror la llegada en varias oleadas de nazis con ojos acerados marchando por la plaza Wenceslas. «Estábamos en lo más crudo del invierno. Las calles se encontraban nevadas. Aquello fue una catástrofe».

Los nazis invaden Praga en 1939. (© akg-images/Album.)
Desde el Hradčany, el castillo de Praga, del siglo IX, Adolf Hitler proclamaba la división de Checoslovaquia en dos nuevos protectorados, el de Bohemia y Moravia, y la República de Eslovaquia o Estado Eslovaco. Mientras el canciller saludaba a las masas desde las ventanas del castillo, muy por encima de la ciudad, Anka de veintiún años y su familia pasaron a ser, de golpe y porrazo, ciudadanos de un territorio administrado por los nazis y parte del gran Reich alemán. «El mundo en sí no me había preocupado hasta que llegó Adolf Hitler —reconoció Anka—. No te das cuenta de la importancia que tienen [tu casa y tu país] hasta que desaparecen [...] que es lo que sucedió después de veinte años y fue un golpe terrible».
Las primeras manifestaciones estudiantiles en contra de la ocupación fueron aplastadas rápidamente por los soldados, que irrumpían en la universidad en la que Anka estudiaba Derecho. Nueve líderes estudiantiles y mil doscientos profesores y estudiantes fueron arrestados y deportados a campos de concentración antes de tomar la decisión de cerrar todas las universidades. Tras los arrestos aleatorios iniciales, empezó la imposición de las Leyes de Nuremberg, cuyas restricciones despojaban, por sistema, a los «enemigos del Reich» de sus derechos fundamentales. A la gente no le quedó otra opción que resignarse a la pérdida gradual de un conjunto de libertades que antes daba por sentado.
Una de aquellas restricciones, por ejemplo, consistió en requisarle el coche a la familia de Anka. Un inspector designado por el Reich se hizo cargo de Kauder & Frankl y expulsó a los padres de Anka de su propia casa. Les permitieron mudarse a la villa de Ruzena, en el jardín, donde podrían vivir con su hija y con su nieto Peter hasta que las autoridades decidieran qué hacer con ellos. Cuando Anka volvía a casa, era allí donde se quedaba. A continuación, les congelaron los activos y les prohibieron sacar de su propia cuenta en el banco más de 1.500 coronas a la semana. Los desposeyeron de la ciudadanía y tan solo les permitían la entrada en zonas segregadas de los restaurantes y en unos pocos hoteles.
En Praga, a los judíos les prohibieron usar los baños públicos y las piscinas, así como entrar en los populares cafés que flanqueaban el río Moldava. Los obligaban a viajar en el segundo coche de los abarrotados tranvías y tampoco podían tener bicicletas, coches o radios.
Dado que los nazis habían cerrado las universidades, Anka tuvo que dejar de estudiar justo un año después de haber empezado —siempre bromeó con que aquello fue una bendición, puesto que había invertido mucho tiempo en divertirse y poco en estudiar—. No obstante, tras la ocupación alemana, poco entretenimiento había. «La cosa empeoraba por momentos, pero como a todo te acostumbras en la vida, a aquello también me acostumbré —comentaba Anka—. Primero no se nos permitía esto y al día siguiente tenías que renunciar a aquello, pero lo hacías. Hablábamos de ello [...] y se nos presentó una oportunidad de marcharnos aunque, como no sabías lo que te esperaba, resultaba muy difícil dejarlo todo y marcharse a la aventura».
La medida nazi que más le dolió fue que le prohibieran ir al cine. Aquello le parecía un tormento innecesario para alguien a quien le encantaban las películas. Así que el día que estrenaron un filme que ansiaba ver, decidió ir a pesar de todo. Salió sin decírselo a nadie, lo que fue —como admitió más tarde— «una verdadera tontería». Se había sentado sola en el centro del patio de butacas y la película iba por la mitad cuando, de repente, la cinta parpadeó y se detuvo. Tras encenderse las luces, entraron varios miembros de la Gestapo para comprobar la documentación de los espectadores, fila por fila. Según iban acercándose, a Anka, paralizada, le aterrorizaba pensar en cómo reaccionarían al ver la «J» estampada en sus papeles. Miró hacia ambos lados como una loca por ver si tenía escapatoria, pero decidió que sería peor. De pronto, justo una fila antes de la suya, la Gestapo se detuvo —aburrida, por lo visto— y abandonó la inspección.
Tomó aliento y, para no llamar la atención, permaneció sentada hasta que aparecieron los créditos. Cuando les contó a sus amigos lo que había hecho, estos no podían dar crédito a lo que oían y le soltaron: «¡Podrían haberte pegado un tiro!». Jamás fue capaz de recordar la película que había ido a ver, que perfectamente habría podido tratarse de Lo que el viento se llevó —una de sus novelas favoritas siendo niña que se estrenó en 1939—, la cual vio tantas veces después de la guerra que era capaz de recitar escenas enteras, lo que fue muy significativo más adelante.
A medida que las restricciones impuestas a los judíos iban en aumento y la gente hacía planes para huir, a Anka y a una amiga suya se les acercaron unos periodistas ingleses cuando tomaban algo en un café. «Mi amiga me dijo: “¡Voy a casarme con uno de ellos!”, y a las seis semanas lo hicieron —recordaba Anka—. El periodista tenía, por su parte, un amigo que me presentaron y que a los diez minutos me preguntó si me querría casar con él. Me pareció que estaba loco y que era muy divertido, pero no me interesaba en absoluto». Aunque se sintiera adulada, Anka le dio calabazas, con lo que volvió a dejar pasar otra oportunidad de escapar del peligro que corría.
Por el contrario, se hizo aprendiz de sombrerera en el taller de su tía, situado en el histórico pasaje de la Rosa Negra de Praga, y su vida social prosiguió a puerta cerrada. A estas alturas, no era la fanfarronería lo que le impedía huir; tenía una muy buena razón para quedarse en Praga. En noviembre de 1939, su primo le había presentado a Bernhard «Bernd» Nathan, un judío alemán guapísimo huido de Berlín en 1933, con la subida al poder de Hitler. Entre los cientos de miles de judíos alemanes que habían emigrado desde 1939, él había sido de los que se equivocaron al pensar que Praga estaría lo suficientemente lejos como para encontrarse a salvo. Rolf, su hermano pequeño, había huido primero a Holanda y, después, a Suiza, donde se mantuvo a salvo alistándose en el ejército de los Estados Unidos. Marga, la hermana más pequeña, escapó a Australia y sobrevivió.

Bernd Nathan. (© Eva Clarke.)
Bernd, que había nacido en 1904, era trece años mayor que Anka. Había estudiado arquitectura y diseño de interiores y trabajaba en los famosos Estudios Cinematográficos Barrandov, uno de los más grandes y mejor equipados de Europa, hasta llegar a ser conocido como «el Hollywood del Este». Bernd tenía su propio taller con varios empleados, lo cual representaba un lucrativo negocio extra decorando tiendas. También trabajaba para los nazis. Ignorantes de que fuera judío, le habían encargado que equipara sus bares, clubes nocturnos y cafés.
Bernd se consideraba primero alemán y, después, judío. No era nada religioso y como el alemán era su lengua materna se le daba muy bien soslayar las restricciones y hacerse pasar por ario. «Era igual que ellos [...] y hablaba como ellos porque era berlinés —explicaba Anka—. Le invitaban a salir con ellos. [...] Nos iba bastante bien, incluso ante las narices de Hitler».
Durante la Primera Guerra Mundial, Louis, el padre de Bernd, había obtenido la máxima condecoración militar que se entregaba en Alemania —la Cruz de Hierro de primera clase— y era Kriegsblind («ciego de guerra») por culpa del gas mostaza, por lo que estaba considerado un héroe de guerra. A pesar de su minusvalía, Louis era un mujeriego y acabó separándose de su elegante esposa, Selma, la madre de Bernd; quien se aseguró de que su hijo mayor recibiera una renta personal de 2.000 coronas al mes.
Con aquel aspecto tan cautivador, a Bernd se le daban muy bien las mujeres —como a su padre— y tenía algo que hacía que se derritieran. La primera vez que lo vio, en una piscina de Barrandov, a Anka le dio un vuelco el corazón. «Me pareció el hombre más guapo que hubiera visto jamás». Pocas semanas después los presentaron formalmente en uno de los clubes nocturnos que él había acondicionado. «Fue amor a primera vista —decía ella al hablar del atractivo arquitecto de pelo castaño claro, arrebatadores ojos azules y sonrisa perenne que le trajeron a la mesa—. Empezamos a conocernos y nos entendimos [...] y nos comportamos como verdaderos idiotas».
El miércoles 15 de mayo de 1940, ocho meses después de que estallara la guerra y un año más tarde de lo que ella describía como «un romance apasionado», se casaron. Anka acababa de cumplir veintitrés años y Bernd, a quien las autoridades aún consideraban un inmigrante alemán, treinta y seis. «Hitler había gobernado Checoslovaquia prácticamente desde el Acuerdo de Múnich —contaba ella—. Ni siquiera con eso nos dimos cuenta del grave peligro que corríamos».

Anka y Bernd el día de su boda en 1940. (© Eva Clarke.)
La boda, sencilla, tuvo lugar en la Oberlandrat alemana de Praga, la oficina regional, situada cerca del Gran Café Slavia, de estilo Art Decó. Tan solo asistieron los dos testigos pertinentes. Como a los judíos no se les permitía tener oro ni diamantes, Anka solo llevaba el anillo de pedida, una bonita amatista rectangular con un engarce plateado, y una alianza de oro nada ostentosa. Anka, con sombrero y chaqueta oscura sobre una almidonada blusa blanca y con una peineta de concha, posó con su trajeado esposo para las fotografías. Estaba radiante de felicidad con su ramillete de lilas del valle.
Hasta el día siguiente no reunió el valor suficiente para ponerse en contacto con sus padres en la rural Třebechovice e informarles de que se había casado. No se manifestaron del todo complacidos, en especial porque Bernd era alemán y temían que aquello fuera a causarles problemas innecesarios. Luego, cuando lo conocieron, tampoco les gustó mucho. A la madre de Anka le pareció un picaflor y decía que era capaz de «ver a través de él como si fuera de cristal».
Pulsuz fraqment bitdi.