Kitabı oxu: «La jungla de asfalto»
Título original: The Asphalt Jungle
© W. R. Burnett, 1949.
© de la traducción: José M.ª Claramunda, 1978.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO134
ISBN: 9788490568972
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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El hombre, desde un punto de vista biológico, es la más formidable bestia de presa, y, desde luego, el único que depreda sistemáticamente a sus semejantes.
WILLIAM JAMES
1
A Lou Farbstein, el hombre maduro al que desde hacía veinte años seguían llamando «el brillante chico del periódico World», ni le gustaba ni le disgustaba el nuevo poder fáctico de la ciudad, el comisario de policía Theo J. Hardy. Le consideraba, más bien, un fenómeno pintoresco, y escribía a menudo sobre él con curiosa imparcialidad, e influía notablemente en las opiniones de sus compañeros de prensa con sus nobles y afiladas declaraciones. Casi todo lo que escribía, tenía éxito. Por ejemplo, cuando se refirió al comisario como a un personaje de Harold Ickes, los demás reporteros reconocieron enseguida lo apropiado de la afirmación, y dejaron al margen al anguloso y campesino exjuez y sus constantes alegatos contra la corrupción de los burgueses que dirigían el inestable gobierno de la ciudad. Gracias a las esclarecedoras frases de Farbstein, Hardy era percibido como un hombre honesto, capaz y muy trabajador, que los tenía bien puestos; y también como un tipo extremadamente irritable, algo vengativo y hasta ridículo, a veces.
Durante las semanas posteriores a su toma de posesión, los periodistas tuvieron a Hardy por una figura decorativa, torpe aunque respetable, tras la que los delincuentes habituales seguían cometiendo sus fechorías. Ahora le conocían mejor. Hardy era la única esperanza de la administración. Los políticos temblaban entre bastidores. Si Hardy no lograba salvarlos, serían desposeídos de sus cargos en las próximas elecciones; entonces sus enemigos y detractores les relevarían y se expondrían a ser acusados y sentenciados, o, en última instancia, a caer en desgracia pública.
Bulley, el alcalde, se había ido disolviendo hasta lo insignificante. Curtis, el presidente del Consejo de Supervisores, estaba, pública y notoriamente, de vacaciones en California, «disfrutando de un merecido descanso», como escribió Farbstein en el World, para deleite de todos los que sabían leer entre líneas. Dolph Franc, el formidable jefe de policía, era todo sonrisas y la mar de amable, nada que ver con su proverbial cinismo malcarado, y seguía refiriéndose en público al comisario Hardy como «mi gran jefecito».
Sin embargo, los periódicos continuaban atacando a la administración —especialmente al Departamento de Policía— con desapasionada unanimidad. Hardy, que ya no podía seguir consintiendo las arremetidas y estaba crecido, había convocado una rueda de prensa por la noche en su maltrecha y decrépita oficina del antiguo Ayuntamiento.
Los periodistas estaban sentados fumando sus cigarrillos y refunfuñando. ¿Qué clase de rueda de prensa era esa? No había copas gratis. Ni la cortesía habitual. El secretario de la oficina los había mirado con su cara de sabueso, como si estuviesen a punto de ser arrojados a los leones.
El único que no estaba sorprendido era Farbstein. Como Diógenes, hacía mucho tiempo que buscaba a un hombre honrado y empezaba a sospechar que la luz de su linterna se consumiría antes de dar con él. Y aunque la llama estuviera casi extinguida, al fin le había encontrado: ¡Hardy! No hacía falta quererle —en realidad, era imposible—, pero era respetable, y para Farbstein, en aquel momento de su vida, eso lo significaba todo.
Se sentó a escuchar tranquilamente mientras sus compañeros alborotaban y despotricaban. A pesar de su rudeza y de su cinismo, eran tipos hechos y derechos, padres de familia que pagaban sus impuestos. Pronto, todos ellos verían la luz y vivirían su desacostumbrado esplendor.
Se hizo un silencio repentino cuando entró el comisario. La noche era fría y llevaba un abrigo grueso, unos chanclos pasados de moda y un sombrero plagado de manchas calado hasta los ojos. No les sonrió como un político, ni repartió apretones de manos; no sacó ni puros ni whisky; ni hizo demagógicas alusiones a la pobre esposa que le esperaba en casa ni a la valía política de su encantador nieto. Apenas se caló el sombrero, se sentó en su escritorio con el abrigo puesto y se les quedó mirando duramente con sus ojos grises, fríos e inquisitivos. Notaron que estaba enfadado de verdad y que les odiaba hasta las entrañas. Era interesante.
Al cabo de un momento, sin más preámbulos, dio un pequeño discurso.
—Les he convocado —dijo— no para darles coba y decirles lo maravillosos que son, pues creo que ya lo han oído suficiente. Tampoco para pedirles que renuncien a escribir lo que piensan. Voy a enumerarles algunos hechos y a dejarles que piensen en ello.
»Dicen que el Departamento de Policía es corrupto. Dicen que encubren a los estafadores. Que están haciendo una fortuna con el sindicato de la prostitución, que alardean de ello y que solo registran denuncias de prostitutas solitarias que no están sindicadas. Dicen que la brigada antiapuestas protege a los grandes apostadores y persigue y encierra a los pequeños. Dicen que, a pesar de la ley, las casas de apuestas están activas en todas partes y que muchos policías se están haciendo ricos a fuerza de ser sobornados.
»¿Continúo?
Hardy hizo una mueca y miró a su alrededor implacablemente. Nadie habló.
—Está bien. Supongo que es suficiente para empezar. Ahora solo quiero decir una cosa más. No estoy negando que exista la corrupción en el Departamento de Policía. De hecho, la hay, y mucha, más de la que pueda perseguir y castigar en pocos meses. Pero también hay muchos hombres honestos en el cuerpo, de mayor y menor graduación, que no merecen sus despiadadas críticas. Según ustedes, cada hombre uniformado de policía es una criatura repugnante y pestilente que obstruye el delicado olfato del elevado, irreprochable y extremadamente honesto periodista.
Hubo gran agitación en el despacho del comisario, y Farbstein rio para sus adentros.
—¿En qué se basan? —preguntó Hardy—. Díganme algo que no sea corrupto.
—El amor maternal —dijo Hillis, del Sun, y desató algunas risitas ahogadas.
—Lo niego rotundamente —intervino Farbstein—. ¿Ha oído hablar de un tal doctor Freud?
—No quiero discutir ese asunto —dijo Hardy—. Están criticando al Departamento de Policía como si fuera el único afectado por la corrupción en este mundo puro. Todas las instituciones humanas son falibles, y también el periodismo lo es, aunque ustedes, sus paladines, se resistan a admitirlo. Todos los ataques y las cruzadas de esta clase se parecen si se las compara. El juego es un vicio pernicioso y repugnante, según una de sus cruzadas favoritas, pero ¿comparándolo con qué?
—Comisario Hardy —dijo Kelso, del Examiner—, esto me suena a sofismo. No esperaba oírlo de sus labios.
Hardy sonrió fugazmente.
—He herido su susceptibilidad, ¿verdad? Tenga un poco de paciencia conmigo. Aún tengo que aclarar algunas cosas.
Hardy sacó un puro barato, lo encendió y se puso a pensar mientras exhalaba bocanadas de humo. El olor ácido, a semilla quemada, que despedía, torció el semblante de los periodistas, que se apartaron del comisario.
Hubo un largo silencio, y el comisario, sin pronunciar palabra, se inclinó hacia delante y encendió la radio de su escritorio. En un instante, las llamadas de la policía empezaron a dejarse oír sin interrupción en aquel reducido despacho. Eran llamadas que llegaban desde todos los rincones de la inmensa y agitada área metropolitana.
Los periodistas escuchaban en silencio, removiéndose inquietos a medida que las llamadas entraban, una tras otra, solapándose —desde Camden Square, Leamington, Italian Hill, el barrio polaco, South River, incluso hasta los grandes núcleos donde vivía la gente bien—, centenares de llamadas de toda clase que formaban una corriente sórdida, aterradora, implacable.
—Supongo, caballeros —dijo Hardy—, que como periodistas conocerán los códigos. Pero en caso de que no sea así, permítanme que se los traduzca un momento... —Cogió las llamadas tal como le llegaron—: Un borracho caído en la calle. Otro borracho montando escándalo. Una tentativa frustrada de atraco. Robo en un mercado. Otro caso de embriaguez. Triple accidente de automóvil que necesita una ambulancia y policía. Borrachera. Accidente doméstico; hombre herido con un cuchillo de carnicero. Un coche robado. Asalto consumado... muchacha... ambulancia requerida. Robo en un almacén... detención de un sospechoso. Borracho que arma escándalo en un salón de baile. Dos borrachos. Un niño atropellado. Doble accidente de automóvil... uno de los coches caído en un terraplén... Un borracho. Otro borracho que pretende entrar en casa ajena. Ataque a una muchacha que declara haber sido arrojada desde un coche. Un borracho. Otro borracho. Un tipo sospechoso. Borrachos, más borrachos...
La voz de Hardy calló, pero las llamadas continuaban, una tras otra, hasta que algunos reporteros se pusieron de pie, apoyándose en la mesa del comisario para oír mejor. Farbstein fumaba en silencio, riendo por dentro, escuchando apenas.
El comisario dejó encendida tanto tiempo la radio que Hillis, ligeramente estremecido, le rogó que la apagara, cosa que Hardy hizo, encogiéndose de hombros, momentos después.
—¿Y qué prueba todo esto? —preguntó Hillis, que sabía bien lo que probaba.
—Me parece que está claro —respondió Hardy—. El Departamento de Policía tiene muchos problemas. Su actividad, como no dudo que me harán el honor de admitir, no se limita a asustar a las prostitutas ni a sacar dinero del juego. Está prestando un servicio público y lo está haciendo jodidamente bien. Ustedes han estado oyendo las llamadas durante veinte minutos, quizá media hora. Se oyen llamadas a todas horas, todos los días, incluso domingos y festivos.
Hillis, polemista por naturaleza, no encontró nada que decir. Apretó los labios y sacó un cigarrillo.
—Está todo dicho, señores, salvo por una cosa —continuó diciendo Hardy—. Han oído las llamadas y serán capaces de sacar sus propias conclusiones. Pero no creo que sean tan radicales como las mías. La peor policía del mundo es siempre mejor que no tener policía. Y la nuestra está muy lejos de ser la peor, como ustedes quieren dar a entender. Retiren a la policía de las calles cuarenta y ocho horas y no habrá nadie a salvo, ni en la calle, ni en el trabajo, ni en su propia casa. Se verían amenazados mujeres y niños. Volveríamos a la selva.
»Todo lo que les pido es que reflexionen un poco acerca de esto antes de escribir sus próximos artículos atacando y censurando al Departamento de Policía.
Hardy despidió a los periodistas y todos, menos Farbstein, se dirigieron, todavía pensativos, a un bar cercano. Farbstein se fue corriendo a su casa, al piso que tenía alquilado en un inmueble situado a medio camino de una empinada cuesta en Leamington, y, a pesar de las protestas de su esposa, se encerró en su habitación para escribir lo que se convirtió en un aclamado y muy comentado artículo, publicado en la página de Opinión del World, sobre las intrincadas funciones y los peligros a los que se enfrentaba el Departamento de Policía. Farbstein reverenciaba, aquí y allí, la labor del comisario Hardy, quien le había hecho ver una perspectiva nueva de la ciudad en la que había vivido la mayor parte de sus cuarenta y cinco años.
Contempló la ciudad desde la ventana que había en el guardarropa de su despacho, y le pareció temible y siniestra.
2
La noche, oscura y tempestuosa, cubría como el hábito de un cura la enorme y agitada ciudad de Midwestern, situada al lado del río. Una lluvia fina que caía a intervalos entre los altos edificios humedecía las calles y el pavimento, convirtiéndolos en una suerte de espejos negros de una casa encantada, que reflejaban con formas grotescas y retorcidas las luces de la calle y las marquesinas de neón.
Los grandes puentes de la parte baja de la ciudad, construidos sobre el río ancho y negro, formaban arcos en el vacío, y la lejana orilla quedaba difuminada por la llovizna; bocanadas de aire arrastraban sin rumbo hojas de periódico por los desiertos bulevares, silbando débilmente por las fachadas y gimiendo en los cruces. Coches aparentemente vacíos y autobuses con los cristales empañados rodaban lentos por la parte baja de la ciudad. No había más tráfico que el de los taxis y los coches patrulla.
El bulevar del Río, ancho como una plaza, con sus jardines y sus bóvedas, con las luces anaranjadas de las farolas cada vez menos visibles en el horizonte, como si una plaga hubiera barrido y limpiado las calles, estaba desierto. Los semáforos cambiaban con precisión automática, pero no había coches que les respetaran o desobedecieran. Más allá del bulevar, en la zona de restaurantes y discotecas, las luces de neón parpadeaban entre el resplandor y el vacío. La ciudad nocturna se encargaba de sus asuntos como un juguete de cuerda, con una eficiencia mecánica, prescindiendo del hombre.
Finalmente el viento se detuvo y la lluvia empezó a caer constante por toda la enorme ciudad; por las chimeneas de las fábricas de acero del barrio polaco; las mansiones de los millonarios en Riverdale; en las regiones montañosas de Tecumseh Slope, con sus pequeños colmados italianos y sus restaurantes; sobre la aglomerada masa de casitas de alquiler a lo largo de la parte alta del río, cuyas ventanas habían estado oscuras durante horas y donde los hombres empezarían a despertarse a las cinco de la madrugada maldiciendo a los despertadores; en los suburbios desperdigados al norte y al este, donde las casitas y los céspedes eran uniformes; y, finalmente, sobre aquel inmenso montón de callejuelas infectas y oscuras de la parte baja de la ciudad, más allá del río, que era Camden Square, donde había, al menos, un bar en cada esquina, y donde patrullaban a docenas los coches de policía y los sabuesos iban en pareja.
Un taxi se detuvo frente a la oscura fachada de un almacén cerca de Camden Square y el conductor se volvió para hablar con su pasajero.
—¿Sabe usted adónde va?
El pasajero asintió, salió del coche y le pagó gratificándole con una propina espléndida, que hizo que el taxista se sintiera encantado con aquel hombrecito rechoncho y no muy joven que se había sentado en silencio sepulcral durante todo el largo trayecto desde la parada final del autobús, donde lo había cogido.
—Perdone si me meto donde no me llaman —insistió el taxista—, pero este es un barrio peligroso. —El hombrecito se aclaró la garganta—. Allí está el número que busca. Está muy oscuro. ¿Quiere que le espere?
El cliente negó con la cabeza.
—Está bien —dijo el taxista, que no tenía el menor deseo de esperar allí, solo, en el Camden Boulevard West a las dos de la madrugada—. Le daré un consejo: no se pasee demasiado por aquí con la maleta en la mano. Algunos de esos jovencitos punkis se la arrebatarán, aunque solo sea por conseguir una camisa limpia.
El pasajero ya se había alejado y en ese momento buscaba a tientas el telefonillo que había cerca de la puerta del almacén para llamar. El taxista empezó a alejarse lentamente mientras se giraba a mirar.
Al cabo de un rato el hombrecito rechoncho escuchó un movimiento en la oscuridad del almacén y la puerta que estaba cerrada con una cadena se abrió cinco centímetros.
—¿Quién es? —preguntó una voz áspera y recelosa.
—Joe Cool me dijo que viniera aquí —contestó el visitante—. Quiero ver a Cobby.
—Joe Cool está en la cárcel.
—Ya lo sé. Vengo de allí. He salido esta tarde.
El hombrecillo hablaba con un ligero acento extranjero y el que estaba tras la puerta trataba de verle la cara a la tenue luz de la farola de la esquina.
—Cobby está harto de todos los que no sabéis apostar. No es ningún banco nacional.
—No vengo a pedir dinero. Vengo a proponerle un negocio, un gran negocio.
—¿Cómo puedo saberlo?
—Vaya a decírselo a Cobby.
El hombre del almacén vaciló un buen rato. Luego se oyó el rechinar de una cadena y la puerta se abrió lo suficiente para dejar paso al visitante.
—Espere aquí —dijo el hombre, y volvió a cerrar la puerta colocando la cadena en su sitio. Se dirigió a otra puerta interior por cuyas rendijas se filtraba la luz. Mientras caminaba dijo por encima del hombro—: Vaya con cuidado, compañero. Cobby ha tenido muchos problemas últimamente y resulta muy difícil tratar ahora con él. —Después de una pausa y cuando se disponía a abrir la segunda puerta, añadió—: Siempre lo ha sido.
El recién llegado dejó la maleta en el suelo y se encendió un puro mientras esperaba. Suspiraba tranquilamente y no parecía sorprendido en absoluto por la recepción.
A los pocos minutos la puerta interior se abrió y dejó ver un triángulo de luz que iluminaba la oscura estancia donde estaba el almacén. El portero le hizo señas para que le siguiera.
El visitante se encontró en un pasillo estrecho y alumbrado que olía a tabaco rancio. Le precedía el portero, que le daba la espalda. Había varias puertas en el pasillo, tras las que se escuchaba el rumor de voces y el sonido de las fichas de póquer.
El portero se detuvo junto a la última puerta y se volvió para mirar al visitante, que se paró detrás de él. El portero era un exluchador que tenía la nariz rota y las orejas como coliflores. Tenía pequeños ojos de cerdo y sus labios, gruesos y plegados hacia dentro, parecían hinchados. Lucía una cabellera rubia recién cortada, que semejaba un alambre dorado bajo la estridente luz de la bombilla. Se quedó mirando al pasajero en un silencio malhumorado, incapaz de descifrarle.
El visitante era un hombre bajo, que no medía más de metro sesenta, de espaldas anchas y encorvadas, con barriga incipiente; parecía flojo, gordo y estaba pálido. Tenía el rostro ensombrecido por un incongruente sombrero de fieltro y los ojos ocultos tras unas gruesas gafas. Su cara era inexpresiva. Su pequeño bigote negro y bien recortado no armonizaba con el resto de su aspecto. Al portero le parecía tan inquietante como un maniquí.
Antes de que el portero terminara su minucioso escrutinio la puerta se abrió de golpe e irrumpió un hombre con aspecto de hurón, en mangas de camisa, que gritó impaciente:
—Bien, ¿dónde demonios está?
Entonces se volvió y vio al hombrecillo gordo que estaba ante él, esperando en silencio, con una maleta en la mano y dando una calada a su puro.
—Bien. Dese prisa. Soy un hombre muy ocupado. ¿Qué desea?
—Permítame que me presente —dijo el hombre gordo después de retirarse el puro de la boca con un elegante movimiento de su pequeña, blanca y femenina mano—. Puede que usted me conozca...
—No le había visto nunca —refunfuñó Cobby, moviendo los pies con impaciencia—. Diga, diga, ¿de qué se trata?
—Quiero decir que quizá le hayan hablado de mí, del profesor. ¿Herr Doktor, quizá?
Cobby se quedó boquiabierto y le miró anonadado con sus duros y bizcos ojos azules, muy juntos el uno del otro.
—¿Quiere decir... que es usted Riemenschneider? —El tipo asintió—. Bien... ¿por qué demonios no lo había dicho antes? Entre.
Cobby se giró y fulminó al portero con la mirada y, luego, entró de nuevo en el despacho del final del pasillo. Aunque tenía ya cuarenta y pico, se movía con la impaciencia de un adolescente, siempre nervioso, siempre acelerado, siempre irritado.
Riemenschneider se quitó el sombrero y le siguió. La parte superior de su cabeza, completamente calva, brillaba como la madera recién barnizada, y estaba sembrada en sus bordes por una mata abundante de pelo rizado negro que llevaba un poco largo, como un músico.
Cobby, volviéndole a mirar cuando entró en el despacho, pensó para sí: «Es un tipo raro, ciertamente; pero al que uno no tiene más remedio que respetar. ¿Cuántos hombres hay que hayan logrado realizar impunemente un centenar de estafas? Se necesitaba tenerlos bien puestos».
—Siéntese, doctor —dijo—; póngase cómodo. ¿Quiere tomar algo?
Riemenschneider se sentó y colocó la maleta a su lado.
—No bebo. Perdí el hábito en la cárcel. Eso es lo que es: un hábito. —Hizo una mueca en un intento de sonrisa, sin conseguirlo, pues su rostro continuó inexpresivo.
Cobby, haciendo aspavientos como de costumbre, se sirvió un trago largo y sin mezclar.
—La costumbre de beber —dijo—. Es el único de mis hábitos que no me causa problemas todo el tiempo. ¿Qué le ronda por la cabeza, doctor?
—¿Se acuerda usted de Joe Cool?
—Sí. Lo hizo bien hasta que empezó a calentarse. Entonces mató a un hombre. Todo lo que digo es que si uno se calienta tiene que saber lo que está haciendo. Se es fuerte o no se es, y Joe no lo era. Apostó en un juego en el que no podía ganar. —Cobby se paseó por el despacho—. ¿Que si me acuerdo de Joe? Ya lo creo. Era el mejor ladrón de la ciudad hasta que cayó.
—Hemos compartido litera durante los dos últimos años —explicó Riemenschneider con calma—. Podría conseguir la condicional si alguien le arregla un buen precio fuera. Salvó la vida, pero podrían caerle diez años.
—Está complicado ahora —dijo Cobby— desde lo del mal bicho de Lefty Wyatt. Le concedieron la condicional y dos días después reventó a Johnny Abate, aquí abajo, a la vuelta de la esquina. Era la única razón por la que le liberaron.
—Ya lo sé. Pero creía que tal vez mister Emmerich... —empezó a decir Riemenschneider, que dejó de hablar al observar que Cobby se enderezaba para mirarle severamente con sus ojos bizcos.
—¿Qué sabe usted de mister Emmerich? —preguntó.
—Escucha, Cobb, ¿por qué no intentamos ser amigos, tratarnos con mutua confianza? Joe Cool me ha ofrecido su gran proyecto, planes incluidos, a cambio de que consiga abonar el importe de su condicional.
—¿Qué clase de proposición? ¿De cuánto dinero estamos hablando? —ladró Cobby de repente.
—Medio millón de dólares.
Cobby tragó con una mueca de dolor, contempló a Riemenschneider durante un largo rato y luego se sirvió otro trago con la mano temblorosa. Ese era El Golpe. Cuando Herr Doktor hablaba de mucho dinero, no lo decía por decir. Era un grandioso ejecutor cuando no estaba entre rejas. Mucho mejor que Joe Cool, y ese era de los más grandes.
—Doc. Perdóneme un minuto —dijo Cobby, que salió y cerró la puerta tras de sí.
Riemenschneider bostezó largamente y luego se cubrió la boca con la mano, en un afectado ademán de cortesía.
Se sentía muy cómodo y tranquilo. Gracias a Dios por Joe Cool. Si no hubiera sido por él... Bueno; habría salido del trullo sin blanca ni dónde caerse muerto. En ese momento tenía el problema resuelto. Tenía los gastos pagados mientras trabajara en su caso y en el golpe; y entonces, quizá, el destino final, el gran sueño que tantos andaban persiguiendo: ¡México! Se iría a la capital donde un hombre puede vivir como un rey si dispone de cien mil dólares en metálico.
Siguió aspirando el puro y dejó volar su imaginación. ¡Mujeres jóvenes! Oscuras, morenas y sensuales jovencitas mexicanas... Y nada más que hacer en todo el día que perseguirlas bajo el tórrido solazo del sur. Muy muy agradable, de hecho.
Por un momento su rostro fláccido y pálido se animó, hasta cobrar una expresión casi humana; pero recuperó su blancura de maniquí al abrirse la puerta. Riemenschneider levantó la cabeza esperando ver a Cobby, quien, tenía por seguro, estaría en la habitación contigua intentando contactar por teléfono con Alonzo Emmerich. Pero no era Cobby, ni tampoco el portero.
Un individuo de edad indefinida, alto, muy moreno y huesudo, se había detenido en el umbral de la puerta y le observaba medio sorprendido. A Riemenschneider se le erizaron los pelos de la nuca y sintió un frío desagradable en las palmas de las manos mientras el gigante le clavaba la mirada. «Mal asunto», se dijo el doctor al mirarle.
Sin pronunciar una palabra, el hombre hizo ademán de retirarse; pero en aquel momento regresó Cobby.
—¡Hola, Dix! —dijo Cobby, haciendo entrar al hombrón casi a la fuerza en el despacho—. ¿Qué quiere?
Dix volvió a mirar a Riemenschneider como si no fuera bienvenido, y el doctor volvió a sentir un vago pero incontestable escalofrío de pavor.
—No pasa nada —le contestó Cobby a Dix—. Es un colega.
—Es sobre la cuenta —dijo fríamente Dix.
El doctor percibió un ligero acento forastero. ¿Del sur? ¿De Texas?
—¿Otra vez corto? —aulló Cobby—. ¿Cuánto debe?
—Unos dos mil trescientos —contestó Dix.
—Bueno, se la dejaré en dos mil quinientos —dijo Cobby—. Pero, por el amor de Dios, Dix, o elige a un ganador o sufrirá para pagarme.
Algo cambió en el semblante de Dix y Cobby retrocedió un paso. El pequeño doctor, sentado, se felicitaba de su sagacidad. Era malo de verdad.
—No quiero favores —replicó Dix en voz baja y reposada—. Le voy a traer los dos mil trescientos ahora mismo.
Y salió bruscamente. Cobby salió tras él mostrando una angustia categórica. Suplicaba:
—¡Dix! ¡Dix! ¡Escuche! —Y cerró la puerta tras él.
Riemenschneider aspiró tranquilamente su cigarro. Era extremadamente sensible, aunque no lo parecía, y su extraordinaria sensibilidad le daba una agudeza especial para adivinar el secreto que todos los hombres encubren bajo sus máscaras. Cobby era un chalado —triste pero cierto—. El portero era un capullo sospechoso, aunque, sobre todo, de buena pasta. Era inofensivo, a no ser que fuera impulsado por una voluntad más fuerte que la suya. Pero ese al que llamaban Dix, ese joven sureño, era un hombre peligroso, un asesino en potencia. El pequeño doctor se estremeció ligeramente. Había veces, por supuesto, en que era necesario matar, porque así lo exigían los negocios, y él no titubeaba nunca en dar su aprobación cuando era necesario. Pero a los hombres que hacían eso... había que mantenerlos a distancia.
Cobby regresó maldiciendo nerviosamente en voz alta, como para levantarse el ánimo.
—Ese hombre... ese Dix... —murmuró el pequeño doctor.
—Bah. Nunca trabajará, y está loco por los caballos. A pesar de que le trato a patadas, vuelve siempre. —Cobby encendió un cigarrillo y se sirvió otra copa, temblando—. Dio grandes golpes en sus buenos tiempos, según he oído decir. Dios sabe la edad que tiene. No es posible adivinarla. No sé cómo se las apaña ahora para sacar dinero... pero, a mí, me paga.
Riemenschneider asintió y aspiró tranquilamente su puro. Cobby volvió en sí con un ligero arranque.
—Bien, Doc... Hablando de este tramposo de Dix, me olvidé de anunciarle que mister Emmerich nos recibirá esta noche a última hora. Él y su esposa celebran una cena en su casa, en el centro. Conocen a todo el mundo.
Cobby hinchó su enclenque pecho, orgulloso de tratar con un hombre como Emmerich.
3
Dix, camino de su casa, se detuvo en uno de esos pequeños establecimientos de comidas que están abiertos toda la noche para comprar la prensa de la mañana y el Racing Form, una revista de carreras de caballos. Su cabreo había disminuido, su pulso volvía a ser normal, y el furor asesino que le sobrevenía cada vez que alguien le desafiaba iba abandonando su fuerte y delgado organismo poco a poco. «Algún día irá demasiado lejos —se dijo a sí mismo—. Un día el puto perro baboso abrirá la boca y se callará para siempre».
Un policía, que llevaba el impermeable mojado, estaba sentado a la barra devorando un bocadillo con hambre de lobo. Su compañero estaba frente al revistero, hojeando distraídamente una de cine. Ninguno de los dos pareció darse cuenta de la presencia de Dix. Pero Gus, el pequeño gordo jorobado que llevaba el bar, le miró sonriendo, se acercó por el otro lado de la barra y se dirigió al revistero.
—Un Examiner, un News y un Form, ¿verdad?
—Eso es —dijo Dix, cogiendo los periódicos y dándole una moneda de cincuenta centavos, como hacía cada noche.
Cuando se disponía a marcharse, Gus le puso en guardia despidiéndose de un modo diferente del que tenía por costumbre cuando había extraños. En lugar de decirle: «Buenas noches y muchas gracias», hizo un comentario sobre la tormenta que estaba cayendo y dirigió sus ojos sutilmente hacia el sabueso que estaba delante del revistero.
—Sí, llueve bastante —respondió Dix. Y con un rápido gesto de despedida abrió la puerta y salió.
—¿Viene aquí todas las noches a la misma hora? —interrogó el policía que examinaba la revista.
—No; algunas veces antes, otras después —contestó Gus.
—Siempre después de medianoche, ¿no?
—No sabría decirle; nunca miro el reloj.
—¿Sabe por dónde se mueve?
—No. Ni siquiera conozco su nombre.
—¿Está seguro?
—Se lo acabo de decir. —Gus se quedó mirando arisco al policía, luego se dio media vuelta y volvió a colocarse detrás de la barra, y allí se quedó imperturbable, en silencio, mientras el otro policía le pagaba el bocadillo y el café.
—Has sido muy buen chico durante un buen tiempo, Gus —dijo el policía de la barra—. Aquella época te hizo mucho bien.
—Mira por dónde, gracias —contestó Gus sarcásticamente.
—No tengas miedo, Gus. Si fueras más listo estarías con nosotros. ¿Dónde está el porcentaje adelantado por los matones?
—¿Qué matones?
—Los de la calaña de Dix Handley.
—¿Quién es Dix Handley?
—Por favor, Tom —respondió, fatigado, el policía que estaba frente al revistero.
—Mira, Gus —dijo el policía de la barra—, justo saliendo de Camden West hay un puñado de clubs nocturnos, enclaves de encuentro para estafadores donde se reúne mucha gente por la noche, incluso personas decentes. No me preguntes por qué.
—Nunca antes me habían ilustrado acerca de tales reuniones —dijo Gus, sarcástico otra vez.
—Los clientes se ponen hasta arriba y vuelven tarde a casa. No quedan vigilantes en el aparcamiento —continuó el policía con suavidad—. Unos roban a uno aquí, y a otro, allá. —Sacudió el pulgar en dirección a su compañero—. Randy y yo hemos estado trabajando en el caso en comisaría.
—Lo siento mucho, chicos —dijo Gus.
—Desplegamos una batida increíble —prosiguió el policía—, pero, incluso con los coches patrulla, es como peinar la maleza.
—O como buscar una aguja en un pajar —dijo Gus—. Esta se me acaba de ocurrir.
Randy, el policía del revistero, perdió de pronto la calma y se precipitó hacia la barra en dirección a Gus; pero el otro policía le contuvo y dijo con suavidad:
—Gus, solo te digo que tienes la oportunidad de hacernos un gran favor. Esta noche se reúnen los dueños de los clubs de estriptis y han ofrecido una recompensa de mil dólares por la captura del matón. Nos la podríamos repartir entre nosotros.
—Si me entero de algo les avisaré —afirmó Gus mirando fríamente a los dos policías.
—Vámonos —dijo Randy, cogiendo por el brazo a su compañero—, ¿para qué malgastar el tiempo con esta sabandija?
—Tú también eres un encanto —añadió Gus.
Randy quiso arrojarse sobre él, pero Tom le agarró y señaló a su joven colega el camino hasta la puerta.
—¿Por qué os empeñáis en convertirme en un soplón? ¿Para qué? Ya cumplí en su momento —dijo Gus—. No me dejasteis respirar ni un segundo. Pero ya no estoy en libertad condicional. Así que a la mínima que os paséis de la raya, acudiré a un abogado.
—Tú venderías a tu madre por cinco dólares, no me hagas reír —gritó Randy por encima del hombro, y los dos policías se largaron.
Gus los estuvo observando un momento y luego se volvió para dirigirse al teléfono, mientras murmuraba: «Gus, si no tuvieras esa joroba, habrías podido ser un buen policía. No hay mal que por bien no venga». Y rompiendo a reír se dijo: «No sé cómo se me ocurren observaciones tan agudas».
4
Dix estaba tumbado en la cama, sin chaqueta y con una botella de bourbon a su lado, examinando el Racing Form cuando sonó el teléfono. Maldiciendo por lo bajini, lo dejó sonar un rato esperando que parara; pero como continuaba sonando lo descolgó, furioso. Serían Cobby, Gus el italiano o Doll, y no quería hablar con ninguno de ellos, ni con nadie de aquel asunto.
Era la hora de la noche en que le gustaba estar consigo mismo, completamente solo, sin que le interrumpieran. Fuera, la ciudad estaba oscura y tranquila; no había un sol del que esconderse, ni muchedumbres que le distrajeran, ni ninguno de los miedos que le asaltaban de día. Su pequeño apartamento estaba caliente y era acogedor, un refugio a salvo del mundo. Allí podía beber en paz, leer los periódicos y especular sobre lo que pasaría al día siguiente en los hipódromos del mundo entero. Y luego, cuando los primeros rayos del amanecer empezaran a iluminar los tejados decrépitos de Camden Square y el silencio del nuevo día se extendiera por las calles, todavía oscuras, de la inmensa ciudad, podría apagar la luz de su cuarto, que se amortiguaba a medida que la noche moría, y, acostado en la cama, revivir su pasado, aquel pasado feliz que se parecía más a un sueño que a la realidad, del que dudaba, a pesar de haberlo vivido; aquel tiempo dichoso en que no conocía las horribles y dolorosas certidumbres del presente; aquel tiempo en que nadie le llamaba «Dixie» o «Dix», ni nadie se burlaba de su acento sureño, ni se ponía enfermo porque adeudaba dos mil trescientos dólares que tenía toda la intención de pagar; aquel tiempo en que nadie se dirigía a él sino desde el respeto y la amistad.
Él era un Jamieson, ¿no? ¿Y no había sido su bisabuelo quien importó en su país de nacimiento al primer pura sangre irlandés? ¿Acaso sus abuelos no habían luchado en el ejército del sur durante la guerra civil? ¿No lo hizo uno de ellos con los Morgan Raiders? ¡Pues claro! Así que eran gente sencilla, nada de esnobismos. Nada que ver con los aristócratas de las plantaciones, eran gente del pueblo, la verdadera sal de la tierra.
Dix se levantó y cogió el teléfono.
—¿Eres tú, Gus? No te había reconocido la voz.
—Me han querido sonsacar, Dix. Creo que debes alejarte de los clubs una temporada.
—Necesito dinero, Gus.
—Yo tengo mil dólares invertidos en ti. ¿De acuerdo?
—Necesito enseguida dos mil trescientos dólares.
Gus soltó un silbido.
—Aléjate de los clubs de todos modos. —Le contó lo de la recompensa y que los policías seguían órdenes de la comisaría. Y continuó—. Si sales toma precauciones; no te dejes ver de noche en el bulevar. Hablaré con el Planeador. Los Chicos de la Alegría están deseando echarte el guante.
—Gracias, Gus —dijo Dix—. Mira si puedes conseguirme mil trescientos dólares más. Es algo de lo que tengo que ocuparme.
—Puede que el Planeador aguante, aunque lo dudo. Lo intentaré. Ya le conoces, ahorra para su mujer y para su hijo. ¿Qué hace un tipo como él con esposa e hijo? Es algo que se me escapa. A propósito, Dix: ha habido una redada en el club de Quigley. ¿No es allí donde trabaja Doll?
—Sí —respondió Dix soltando una risa extraña que hizo estremecer a Gus al otro lado de la línea—. Se ve que están llegando en oleadas.
—No tires la toalla, Dix. Sabes que todavía puedes contar con tu viejo amigo Gus.
Dix agitó la cabeza y esbozó media sonrisa al colgar. Aquel pobre ignorante, grasiento, jorobado italiano era lo más parecido a un caballero que había conocido en treinta años.
Se sirvió otro vaso entero de whisky y continuó leyendo el Racing Form. En el este la temporada de las carreras de caballos tocaba a su fin; pronto los grandes establos estarían ya embarcando a sus caballos con destino a Little Rock, Nueva Orleans, Florida y California para empezar la temporada de invierno; y él, mientras tanto, estaba ahí, abandonado en medio de aquella grande y triste ciudad del Medio Oeste, sin ninguna esperanza de salir de ella si no quería caer en manos de las autoridades, cosa que no estaba entre sus objetivos. Peor que eso, se hallaba a merced de un bocazas, de un enano nervioso que se la pegaba a uno sin parar. Y quería cobrar deprisa y hasta el último céntimo.
A algunos como Gus se les puede deber dinero, aunque no mucho. Pero a tipos como Cobby no se le puede deber algo y hacerse respetar.
Dix, irritado, hizo crujir las páginas del Racing Form y las ordenó a golpes. Entonces se puso cómodo y justo cuando empezaba a estudiar las apuestas de Pimlico sonó el portero automático. Se incorporó lanzando insultos.
Se acordó de pronto de Gus y de los policías y, saltando precipitadamente de la cama, cogió el revólver recortado del 45 de debajo de la almohada, se precipitó hacia el escritorio, sacó un cajón entero, depositó el arma en el fondo, en un marco de aluminio, y lo volvió a cerrar. Fue a responder al interfono.
—¿Quién es?
—Soy yo, cariño. —Una voz ronca y femenina ascendió desde el vestíbulo, ligeramente distorsionada por el auricular, triste y burlona, sin sorna. Había algo extraño en su voz que hacía que la gente se volviera a mirarla cuando hablaba. En realidad era una mujer cortita.
¡Doll! ¿Acaso era incapaz de advertir alguna de sus señales? Ella le había aburrido e irritado durante mucho tiempo y él se lo demostraba cada vez más.
Dix pulsó el botón para abrir sin decir palabra, y se puso a escuchar el eco de sus tacones retumbando en la escalera mientras subía, completamente inconsciente del alboroto que estaba armando.
—Dix —dijo ella al verle esperándola en el umbral, al final del corto y sombrío pasillo. Luego se abalanzó sobre él; su largo vestido cubierto de lentejuelas crepitó—. Siento molestarte, cariño, pero...
—No hables aquí fuera —pidió Dix con enfado. La agarró sin contemplaciones del brazo, la hizo pasar al apartamento y cerró de un portazo.
Doll se quitó la chaquetita que llevaba y la tiró en una silla. Era una mujer alta y fuerte, de una belleza tosca. Era morena, pero se había teñido el pelo tantas veces que en ese momento lo tenía indefinible, pues no era ni morena, ni pelirroja, ni rubia, sino alguna mezcla de las tres, muy artificial. Tendría unos treinta y cinco años y se le notaban los surcos del cansancio en la boca y los ojos; pero ella se ponía veinticinco y pasaba la mayor parte del tiempo intentando aparentarlos. Conocía el lado duro de la vida, apenas había visto nada más durante veinte años; pero había logrado mantenerse a distancia del sórdido fatalismo de sus compañeras y había luchando con tenacidad, sin descanso y con todas sus fuerzas para no caer fácilmente. La lucha la había agotado y esa noche se sentía triste, sola y desalentada.
La nula empatía de Dix le dio frío y, algo confundida, revolvió su bolso en busca de un cigarrillo, mientras se esforzaba en pensar lo que iba a decir.
Dix entró en el dormitorio, se sentó en la cama y miró el Racing Form que había dejado extendido, con la firme intención de volver a leerlo. ¿Por qué tenía que fastidiarle?
Doll le siguió y se sentó en una silla que había al lado del escritorio. No encontraba cerillas y se puso a remover distraídamente el contenido de su bolso. Dix, gruñendo, le encendió el cigarrillo y le dijo:
—Si quieres fumar más te vale llevar cerillas.
Doll rompió a llorar de repente, e inclinando el cuerpo se tapó la cara con las manos. Sus hombros temblaban convulsos.
—¿Por qué lloras? —le preguntó Dix con acritud.
—Por nada —respondió Doll. Continuó sollozando unos momentos, haciendo grandes esfuerzos para contenerse. Suspirando y mordiéndose el labio, miró a Dix—. Quiero decir que por todo —se corrigió. Pero la observación no fue acertada; sonaba falsa y autocompadecida, e hizo una mueca para sus adentros.
La expresión de Dix no cambió. Sus ojos negros la contemplaban con fastidio. No se leía nada en ellos, ni siquiera un destello de curiosidad. ¿Qué esperaba ella?, ¿un poco de empatía? Ella empezó a reírse un poco histéricamente; se levantó y se detuvo a contemplar un momento a aquel hombre alto y huesudo de facciones pronunciadas y mejillas hundidas con aspecto de ir en reserva, el extravagante forastero que sentía un misterioso desprecio hacia todos, incluso hacia ella en aquel momento. ¿Empatía? ¿De Dix? Era pedir peras al olmo.
Dejó su cigarrillo en el cenicero y fue a recoger su chaqueta.
—Lo siento, Dix —dijo—. No sé en qué pensaba para venir a molestarte a estas horas de la noche. Me marcho.
Dix se aclaró la garganta y cambió de postura en la cama. Déjala ir. Deshazte de ella. ¿Para qué seguir liándola? Pero un instinto vago, un inconsciente recuerdo del pasado, le hizo levantar y acercarse a ella. La pobre mujer estaba en una situación apurada.
—Ya me ha dicho Gus que la policía ha estado allí.
Doll se volvió a mirarle para examinar su rostro impasible. Estaba loca por aquel vago. ¿Por qué? No importaba. Simplemente lo estaba. Si al menos tuviera una pizca de ternura, un poco de comprensión, aunque no fuera mucha...
—Quigley ha perdido una gran suma en las carreras —dijo, dejando su chaqueta de nuevo en la silla y volviendo a donde estaba Dix—. Cuando llegó el momento de pagar, intentó hacerlo con promesas. Pero eso no vale con la brigada del vicio.
—Siéntate y bebe algo —dijo Dix, haciendo un esfuerzo.
Doll se sentó deprisa, antes de que cambiara de opinión. Deseaba desesperadamente echarse en sus brazos y que la consolara; pero sabía que eso le fastidiaría y le devolvería aquella mirada fría e inhumana.
—No me hagas caso si me río —respondió ella, esforzándose en reír como si no tuviera ninguna preocupación en la vida.
5
El comisario tenía tres secretarios, todos muy activos, y el que estaba de servicio esa noche parecía un soldado de caballería alemán, alto y recio, con el cabello casi albino, cortado de mala manera, como si se lo hubiera hecho un carnicero. Sentado a la mesa del despacho exterior, intentaba aparentar no solo que estaba muy ocupado sino que era un personaje importante. Farbstein, que llevaba allí cerca de una hora esperando ver al comisario, le miraba burlonamente de cuando en cuando. El corpulento policía, sintiéndose observado, se removía molesto en su asiento y se aclaraba la garganta de forma ostentosa.
Detrás de la puerta del despacho privado del comisario podía escucharse, a ráfagas, una voz ronca y quejumbrosa. Cada vez que eso ocurría, el secretario, como si le picaran las ortigas, cambiaba de postura, se ponía a hacer ruido con los pies y a abrir y cerrar los cajones de su mesa; en una de las ocasiones incluso llegó a silbar una canción popular desafinada. Pero cuando Farbstein se puso a acompañarle silbando la parte del tenor, el policía paró en seco y dirigió al periodista del World una mirada despectiva.
Al otro lado de la puerta del despacho privado la voz ronca y quejumbrosa subió de tono y se escuchó un puñetazo en la mesa. El secretario se levantó abruptamente e hizo chirriar la silla. Se dirigió hacia el bidón de agua fría, afirmando con todo su peso los pasos sobre el suelo gastado y desigual.
Farbstein dejó la revista que estaba leyendo y dijo:
—Abre paso, Gauleiter. Creo que va a salir alguien disparado de un puntapié.
El secretario preguntó:
—¿Qué quiere decir Gauleiter, Farbstein?
—Es un nombre cariñoso. Eso prueba que le aprecio.
—Me llamo Welch. Harry Welch.
—No se lo diré más —dijo Farbstein, que hacía como si garabateara al margen de la revista—. Nunca se sabe cuándo puede venir bien.
—Soy el colaborador número uno del comisario —dijo el secretario volviendo a su mesa pesadamente—. Soy su hombre de confianza.
—Las cosas no deben de ir como una seda, entonces.
El secretario miró con recelo a Farbstein y luego dijo con voz insegura:
—¡Oh, yo no diría eso!
Farbstein rio y se incorporó. Había oído movimientos tras la puerta del despacho privado que le indujeron a creer que la conferencia había terminado, y necesitaba atrapar al comisario.
Se abrió la puerta y un grupo de miembros del Departamento de Policía, que vestían de paisano, cruzó en fila la antesala con la cara pálida y solemne y en tenebroso silencio. Poco después salía Dolph Franc, el jefe de policía, con su enorme cuello de toro, sonriendo tímidamente como un colegial grandullón al que hubieran pillado haciendo una travesura. Su cara se puso rígida al ver a Farbstein, quien venía censurándole desde hacía años; pero, al recordarlo, convirtió su expresión huraña en una sonrisa que de tan falsa resultaba cómica.
—Hola, Farbstein —dijo—, ¿cómo van las cosas?
—Eso le pregunto yo a usted —contestó Farbstein, señalando con el pulgar el despacho del comisario.
Franc soltó una risa hueca, se encogió de hombros y siguió a los otros por el pasillo.
Justo al aparecer el comisario en la puerta sonó el teléfono del despacho exterior, y Welch descolgó enseguida.
El comisario se quedó mirando a Farbstein en silencio, esperando. Llevaba el sombrero muy calado y el cuello del abrigo vuelto. Sus ojillos grises miraban enfadados tras los cristales de las gafas.
—Despacho del comisario Hardy —dijo Welch—. Sí, señora Hardy, está...
—He salido —dijo con brusquedad el comisario.
Welch se sonrojó ligeramente.
—Sí, señora —dijo hablando por el teléfono—, acaba de salir ahora mismo, hace un instante, señora. Es la verdad, señora...
Farbstein se reía y el policía se puso más colorado todavía. Welch, después de unas cuantas palabras torpes pero tranquilizadoras, intentó colgar apresuradamente, pero no logró encajar el auricular hasta el tercer intento.
—Haré que le preparen el coche —dijo llevándose la mano a la gorra.
Farbstein se interpuso.
—¿Me permite que le lleve a casa, comisario?
—No le pilla de camino.
—Deje que aproveche ahora para hablarle un momento, así no le robaré ni un minuto. De todos modos tiene que ir a casa.
—De acuerdo —dijo Hardy de mala gana. Se despidió mecánicamente del oficial Welch y salió al frío pasillo, donde el viento silbaba con apagados soplos.
Farbstein hizo sonar sus talones y le dedicó una rápida reverencia a Welch; luego siguió por el pasillo al comisario.
Los dos llegaron en silencio hasta el ascensor.
Condujeron a través de la fría, húmeda y dormida ciudad encogidos en sus respectivos abrigos. Lloviznaba y soplaba un viento polar cerca del río.
—... un artículo entero dedicado a usted, comisario —decía Farbstein—. Biográfico, ¿sabe? ¡Su obra! El Viejo está de su parte y quiere que todo el mundo lo sepa. Enviaremos a su casa a algunos chicos. Para que saquen fotos bonitas. Tal vez la de usted con su nietecito en brazos. El Viejo arde en deseos de ayudarle, se lo digo yo. Está dispuesto a apoyarle para que salga elegido alcalde en las próximas elecciones.
—Soy totalmente contrario a los artículos de esta clase —dijo Hardy—. Eso es para actores.
Farbstein se volvió para mirar al comisario. Estaba sorprendido y complacido al mismo tiempo.
—¿Quiere usted decir que no siente ambiciones políticas?
—No tengo ambiciones de ninguna clase. Estoy cansado y enfermo de tanto crimen en la ciudad. Y voy a hacer algo al respecto.
—Entonces, ¿nada de artículos?
—Nada de artículos.
Guardaron silencio mientras Farbstein, desviándose del bulevar del Río, entraba en Lower Locust Road, una calle de tercer orden donde el comisario vivía en una casa destartalada construida hacia 1880. Estaba pintada de blanco, con remates triangulares, unos balconcitos increíblemente pequeños, un porche y unos adornos muy anticuados en la fachada.
—Sería la portada del domingo —comentó Farbstein pensando concienzudamente en favor del viejo Gresham—. Llamaría muchísimo la atención. Claro que podríamos publicarlo sin contar con usted para nada; pero con su ayuda...
—Estoy en contra, pero le sugiero una idea. Dediquen el mismo espacio a hablar del nuevo edificio para la escuela de policía que estamos construyendo.
—Es una gran idea, comisario.
—Hable de ello con Randolph mañana.
—Sí, señor.
Farbstein hubiera querido darle unas palmaditas en el hombro al viejo cascarrabias en señal de admiración.. Pero por una vez no se atrevió. ¿Por dónde podía empezar?
Tras una breve pausa, el comisario preguntó:
—¿Sabe usted que hoy han puesto en libertad a Erwin Riemenschneider?
Farbstein, intrigado, miró al comisario.
—¿Quién es Riemenschneider?
Hardy chasqueó la lengua con ironía.
—Están todos dormidos. Todo el mundo duerme, hasta los periódicos y el Departamento de Policía. Uno de los criminales más peligrosos del mundo. Le dejan suelto y desaparece. Y nadie tiene la menor pista sobre su paradero.
—¿De ahí el rapapolvo que le ha pegado a sus muchachos en el despacho?
Hardy le miró fijamente.
—Oí mucho ruido detrás de la puerta.
—Farbstein, de esto ni hablar, ¿me comprende?
—Sí, señor. Puede confiar en mí.
—Lo sé, de lo contrario no estaría hablando. Sí, tal era el motivo del rapapolvo. Yo no puedo estar en todo. No debíamos haber perdido la pista de un hombre como él.
—Si tengo alguna noticia se la comunicaré, comisario.
Cuando paró el coche ante la casa de Hardy, el comisario gruñó y carraspeó un momento, y, con tono áspero, dijo:
—Entre, Farbstein, que hace una noche muy fría. Nos tomaremos un sándwich y un café.
—No quisiera molestarle, comisario.
—Si no le necesitara no le invitaría.
—Está bien, comisario.
Mientras Hardy introducía la llave en la cerradura, la puerta se abrió desde dentro y se encontraron con la señora Hardy, una mujer bajita, entrada en años, de nariz gruesa, boca agradable y unos cabellos negroazulados con mechones de plata.
—Theo, ¿ya sabes la hora que es? —gritó. Y al ver a Farbstein preguntó—: ¿Quién es este hombre?
—Es un periodista del World. Entre —dijo Hardy, empujando a su mujer, que retrocedió desconfiada.
Farbstein, molesto por la inquisitiva y poco amistosa mirada de la dueña de la casa, se quitó el sombrero y siguió al comisario por el largo y tenebroso pasillo que conducía al salón. Más allá había una habitación donde ardía un buen fuego en una chimenea muy alta.
La señora Hardy cerró la puerta y se volvió hacia su marido dispuesta a protestar; pero él le dijo con firmeza:
—El señor Farbstein no ha venido a tratar de negocios. Le he invitado yo para que cene con nosotros.
La señora Hardy sonrió al momento.
—Encantada de que se quede, señor Farbstein. Vaya a la biblioteca con Theo. Ya tengo la cena preparada.
Se marchó enseguida y Hardy se volvió para mirarla con una sonrisa indulgente en los labios.
—No le extrañe —dijo sonriendo—, se pasa todo el tiempo tratando de cuidarme.
Se le veía relajado, parecía estar en paz con el mundo. Farbstein le siguió pensativo hasta el cuarto de estar. Envidiaba la felicidad de su hogar. No es que él no fuera feliz en su propia casa. Pero Frieda no era como la señora Hardy. Era como él: ingeniosa, nerviosa, malhumorada.
¿Qué se le va hacer?
6
Nubes espesas y negras se movían en ese momento lentamente desde el norte, viajaban bajas, rasando los tejados y las azoteas de los altos edificios de la parte baja de la ciudad. Al cabo de un rato empezó a llover a cántaros. La lluvia difuminaba las luces y llenaba la silenciosa noche de la ciudad con el firme y monótono estallido del aguacero.
En un pequeño apartamento de un edificio situado al pie de Tecumseh Slope, en un mediocre aunque respetable pequeño suburbio en Leamington —al borde de Italian Hill, pero sin formar parte de este—, una familia de tres miembros dormía tranquilamente, sin advertir la violencia del temporal: eran Louis Bellini, más conocido como el Planeador; su joven esposa y su hijo de un año.
Louis y su mujer estaban acostados en una cama de matrimonio, separados por casi un palmo de distancia, ambos de espaldas y roncando débilmente a sus anchas; en una cunita colocada a pocos pasos de la cama dormía Louis junior, que sonreía en sueños y levantaba en alto su mano cerrada y regordeta en un vago ademán de felicidad. Todas las ventanas estaban cerradas y el agua azotaba los cristales y salpicaba las cornisas.
Los alrededores donde la feliz familia tenía su morada, despiertos y pacientes, esperaban el amanecer y la agitación de un nuevo día.
El teléfono sonó en el salón, más allá de la puerta cerrada, y Louis y su esposa se movieron intranquilos, y el niño lanzó un gritito que pareció un arrullo de paloma. El teléfono sonaba y sonaba, desde el pasillo desierto. Finalmente, Louis se incorporó. Maria también se estaba desperezando. De pronto, Louis reparó en la rabia furibunda de los elementos más allá de las ventanas del dormitorio.
—¡Diablos! —dijo él—. Escucha cómo llueve.
—No digas «diablos», Louis —murmuró Maria soñolienta. Luego se incorporó en la cama y empezó a restregarse los ojos—. El teléfono, Louis —gritó ya despierta del todo. Saltó de la cama y se dirigió a la cunita del niño—. No quisiera que despertaran al niño; me costó mucho trabajo dormirle anoche.
Louis bostezaba y se rascaba la cabeza, y su mujer le sacudió por el brazo.
—Coge el teléfono, Louis, ¡corre!
Cuando Maria, la mejor de las mujeres, le hablaba así, significaba que era hora de ponerse en marcha. Tenía mucha paciencia con él y le incorporaba de la cama en silencio, acostumbrada a su incapacidad para despertarse.
Salió corriendo al pasillo y encendió la luz. El viento húmedo que se filtraba por debajo de la puerta de la calle le hizo estremecer ligeramente. Descolgó el aparato.
—¿Quién es?
—Creí que te habías muerto. ¿Qué pasa?
¡Era Gus! Louis arrugó su fino y casi hermoso rostro aguileño y se mesó con desesperación su espeso y rizado pelo negro.
—Gus, ¡Dios mío!, deben de ser las cuatro de la mañana...
—Sigo olvidándome de lo ordenado que te has vuelto. ¿Cómo está el chico?
—Muy bien, muy bien —respondió Louis, que sentía crecer la angustia dentro de sí—. ¿Qué demonios quieres, Gus?
—¿He interrumpido algo? —preguntó Gus, dejando oír su risa soez.
Louis se indignó. ¡Que Gus se atreviera incluso a mencionar eso refiriéndose a su mujer!
—Eres un depravado... —empezó.
—Es una broma, compadre —le cortó Gus—. Estás casado, ¿a que sí? Estás en tu derecho.
Louis echaba humo y sacudía la cabeza de un lado a otro. Gus tenía buen corazón, pero nunca pareció entender lo que Louis sentía por su mujer, Maria. Siempre le salía con sus comentarios obscenos, adecuados para un burdel, quizá, donde los chulos hablaban siempre de las putas del barrio, pero estaban fuera de lugar cuando se dirigían a una pareja casada y con un saludable, gordo y precioso niño.
—Cierra el pico, Gus, o te cuelgo.
—Está bien, papá —dijo Gus—. Ahora escucha. ¿Me puedes prestar mil trescientos dólares enseguida, para mañana al mediodía?
—¿Estás loco? —Louis echaba humo con más vehemencia en ese momento. En sus tiempos de degenerado, antes de conocer a Maria, era muy derrochador y despilfarraba el dinero como un millonario de Texas. Ahora vivía con estrecheces y ahorraba pensando en Maria y en su hijo. ¿Qué dirían sus compañeros si se llegaban a enterar de que tenía ahorrados cerca de cuarenta mil dólares que guardaba en tres cajas de seguridad distintas?
—Mira, amigo, los necesito para una buena causa.
—¿Qué causa?
—Dix —respondió Gus secamente.
Hubo un breve silencio. Louis tragó saliva y se quedó pensativo. Personalmente, no le gustaba Dix, le tenía algo más que un poco de miedo. Pero Gus, que odiaba a casi todo el mundo, incluso a su madre y a sus hermanos, confiaba en Dix al cien por cien y siempre le andaba protegiendo. ¡Dónde se había visto!
La voz de Louis sonó patética:
—Me gustaría ayudarte, ya lo sabes, Gus. Pero tengo bocas que alimentar, un alquiler que pagar y muchas otras necesidades. No digo que no los tenga, entiéndeme. Quiero decir que los necesito para mi familia.
—¡Tú y tu familia! —dijo Gus enfadado—. Espera un poco y verás. Algún día tu Maria se convertirá en una gorda mamá italiana, y tu niño, cuando cumpla los dieciséis años, te dirá de dónde vienes y lo estúpido que eres. ¿Por qué no despiertas?
Louis palideció de rabia y sus manos temblaron ligeramente.
—¡Eres basura, Gus, eso es lo que eres! ¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Venga ya, afloja la pasta —gritó Gus—. Algún día asistiré a tu entierro y allí estarás tú, el tío más rico del cementerio —dijo, y colgó con brusquedad.
El ruido hizo estremecer a Louis, que se quedó sentado frente al teléfono un momento y, luego, pensativo, colgó despacio. Aquello no estaba bien. No estaba bien en absoluto. Gus sabía lo que se cocía en toda la ciudad. Era el número uno entre los peces gordos porque le consideraban un hombre de una sola pieza. Sabía bastante de lo que ocurría en Camden Square y en el Strip como para reventar al gobierno entero de la ciudad de una sola tacada. Se había pasado largas temporadas en la sombra por no delatar a nadie. Pero, al mismo tiempo, Dix era un mal tipo, un enemigo desaconsejable.
Louis se quedó sentado, temblando, en el pequeño y húmedo pasillo, dolorosamente dividido entre sus antagónicas lealtades, preocupado por el futuro, muy angustiado.
La puerta se abrió y Maria, rolliza y voluptuosa en su camisón, se quedó de pie, mirándole. Su rostro delataba preocupación.
—Louis, cariño —dijo—. No te quedes aquí sentado. Te morirás de frío.
Louis sonrió de repente, mostrando la simetría de su blanca dentadura. Bastaba un segundo para que el mundo volviese a ser un lugar feliz.
—Ven aquí, nena —dijo tendiéndole los brazos.
Ella le miró con recelo, inclinando la cabeza a un lado; luego, sonriendo burlona, dijo:
—¡Oh, no, no! Nada de diabluras ahora. Es muy tarde, Louis. Pronto será de día y...
—Me sorprendes, Maria —dijo estallando en una carcajada y sentándola en su regazo.
—Lo digo en serio, cariño —gritó mientras forcejeaba con él.
—¡Bueno, bueno! —dijo Louis—. Solo quería abrazarte un minuto. ¿Qué tiene de malo?
De repente Maria le sopló en el cuello, lo que le provocó un estremecimiento. Luego saltó de su regazo y echó a correr hacia la puerta. Louis iba a seguirla cuando el teléfono volvió a sonar.
Louis miró a Maria haciendo una mueca que quería decir: ¿cómo, otra vez? Algo de esperanza brotó en su corazón. Tal vez era Gus que quería pedirle perdón por sus palabras de antes. Se acercó al teléfono mientras Maria, ya acostumbrada a las llamadas intempestivas, se metía de nuevo en el dormitorio encogiéndose de hombros.
Era Gus, en efecto.
—¿Qué hay, cabezota? —dijo Gus con su ruda voz—. No sacamos nada enfadándonos...
Louis se sintió tan ligero como el aire. ¡Qué bueno era Gus! Después de todo habían sido compañeros de escuela y habían luchado juntos en las batallas campales contra sus vecinos irlandeses.
—Lo mismo pienso yo, estaba a punto de llamarte.
—¿Por lo del dinero?
Louis sintió frío y libró una pequeña batalla consigo mismo.
—Para eso, Gus... Creo que puedo hacerlo sin grandes trastornos.
—¡Eso es ser un amigo! —gritó Gus—. La palabra de Dix vale tanto como un contrato. Lo sé. Tráelo a eso del mediodía, ¿de acuerdo, muchacho?
—Está bien, Gus.
—Bueno. Dale un beso al bambino de parte de tío Gus. Y saluda a Maria. Es una perita en dulce.
Louis se fue calmando poco a poco después de haber colgado. ¿Por qué estaba tan contento? Le acababan de sacar mil trescientos. ¿Y eran para Dix? Bueno. Se estaba dejando liar por un fugitivo, por más que intentara disimularlo. Quizá su palabra fuera de fiar. Cuando Gus lo decía, sería verdad. Pero, aun así, con la mejor intención del mundo, nadie podía pagar si no tenía dinero.
Volvió a entrar en el dormitorio temblando de frío. Maria se había acostado. Se detuvo un momento para contemplarla antes de apagar la luz del salón y cerrar la puerta. Estaba preciosa con sus cabellos negros derramados sobre la almohada. Abrió lentamente los ojos y le miró.
—Estaba dormida —murmuró.
—Cierra los ojos otra vez —dijo Louis con ternura—. Duerme... Duerme...
Ella volvió a cerrar los ojos. Él apagó la luz del salón, cerró la puerta del dormitorio y se metió con cuidado en la cama. Tembló de frío un momento; pero pronto entró en calor y volvió la cabeza para contemplar la lluvia salpicando las ventanas. Allí se sentía seguro.
Cuando estaba a punto de conciliar el sueño, un pensamiento empezó a torturarle. Ella ignoraba que sucediera nada malo. Era una vergüenza engañarla y mentirle. Pero, por otra parte, ¿para qué atormentarla con sus preocupaciones y sus problemas? Algún día, tal vez... las cosas saldrían mal y tendría que saber la verdad. Pero puede que eso ocurriera demasiado pronto. O puede que su suerte aguantara. Que no le atraparan nunca y dejara un rastro sin antecedentes.
Louis trabajaba localizando y resolviendo problemas en una tienda de electrodomésticos. En realidad, se sacaba un buen sueldo, el suficiente para explicar su modesto tren de vida, así que gozaba de una reputación excelente. Ocultaba con cuidado sus otras ganancias, pues ni siquiera Maria sabía que tenía tres cajas de seguridad, pese a que las guardaba en caso de necesidad o desgracia. Le había costado mucho esfuerzo, había tenido incluso que falsificar documentos para conseguirlo.
Pero ¿cómo decírselo a Maria? Necesitaría prepararla con tiempo y aun así podría ser que no le creyese cuando se lo contara.
Louis empezaba a dormirse; pero en aquel momento el pequeño tosió y eso le despertó inmediatamente a pesar de su naturaleza aletargada; saltó a toda prisa de la cama y se inclinó sobre la cuna.
El muy pillo sonreía en sueños.
7
El limpiaparabrisas se rompió justo cuando alcanzaban la casa de campo de Emmerich, escondida en la orilla del río. Había sido un trayecto duro, demoledor para los nervios, a través de una lluvia inmisericorde. Los dientes de Cobby castañeteaban, y suspiraba por un buen trago de whisky. Sin embargo, Herr Doktor no había perdido la flema ni un solo momento, ni siquiera cuando el coche de Cobby resbaló por la curva que dejaba atrás la droguería de Riverdale y estuvo a punto de chocar contra una farola.
Vieron el enorme y brillante Cadillac de Emmerich aparcado en la entrada y corrieron a refugiarse en el porche.
Un hombre corpulento con uniforme de chófer que sonreía educadamente les hizo entrar y recogió sus abrigos y sombreros. La radio del salón emitía una rumba apagada. Riemenschneider miró a su alrededor con interés. La casita, de una sola planta, era espaciosa y ocupaba un buen terreno. Quizá tendría cuatro dormitorios y estaba lujosamente amueblada; olía a dinero.
—Ya ve usted, Doc, que el hombre no se priva de nada —dijo Cobby. Y añadió fanfarroneando—: He estado aquí infinidad de veces. Emmerich y yo somos así.
Mantuvo los dedos cruzados mientras el abogado salía hacia el pasillo. Venía de una sala de juego en la que ardía un buen fuego en la pequeña chimenea empotrada en la pared.
La actitud de Cobby cambió de repente. Parecía avergonzado.
—Señor Emmerich —dijo—, este es el hombre del que le he hablado.
Riemenschneider se inclinó ligeramente. El señor Emmerich era aparentemente un hombre rico, y uno de los pilares de esas tierras. El pequeño doctor solo adoraba tres cosas: la riqueza, el poder y las mujeres jóvenes. Como Emmerich callaba, volvió a saludar, esta vez inclinándose más.
Cobby le miró de reojo y con desprecio. ¡Estos condenados extranjeros!
Emmerich era un cincuentón de estimable complexión. Su cabello, de un gris hierro, era espeso y rizado; sus hombros, anchos, y su pecho, desarrollado. Parecía estar en buena forma, excepto por la carne que le colgaba ligeramente de la papada. Llevaba un traje de etiqueta muy caro y a medida, y así lo apreció Riemenschneider. Tenía buen ojo para detectar cualquier suntuosidad, aunque él prefería gastarse el dinero en mujeres.
Emmerich tenía un aspecto juvenil: gesticulaba, se movía y sonreía como un adolescente. Aun así sus ojos grises eran tristes y precavidos, y estaban subrayados por sendas bolsas de un morado claro. De vez en cuando suspiraba de forma inconsciente, como si estuviera hastiado de la vida. Entre otras cosas, había sido durante años un prestigioso abogado criminalista; y aunque su reputación estaba algo más que ensombrecida, y pese a que a lo largo de su dilatada y brillante carrera había acumulado enemigos por intervenir en negocios turbios, sabía moverse bien y siempre se las había arreglado para salir indemne de los desastres.
Rezumaba dinero, hablaba de dinero y respiraba dinero. Y el pequeño doctor musitaba para sus adentros: «Este hombre es todo un carácter», mientras estudiaba al legendario personaje del que tanto había oído hablar en la cárcel.
Pero, aun así, el pequeño doctor no las tenía todas consigo. Adivinaba el cansancio de aquel hombre, su ansia por causar buena impresión, su falsa jovialidad. ¿Qué es lo que atormentaría al gran y exitoso abogado? Algo; no había duda. El dinero no, por supuesto. Tal vez el amor o el sexo. A los cincuenta años cumplidos eso era lo más peligroso. El pequeño doctor lo sondeó en silencio, mientras se sentaban junto al fuego en el salón de juego.
—No sé si puedo hacer algo por Joe —decía Emmerich—. La comisión de la libertad condicional se está poniendo cada día más dura. Además, ni siquiera puedo recurrir a los tribunales antes de que pasen otros dieciocho meses.
—Él ya lo sabe —contestó Riemenschneider, con una ligera reverencia.
Cobby bebía un whisky, mordía su puro y odiaba silenciosamente al diminuto doctor por su actitud aduladora; si bien es cierto que él mismo estaba lejos de sentirse relajado. Había algo en Emmerich que siempre le provocaba inquietud e insatisfacción. Era como si Cobby advirtiera a través de repentinos e intermitentes flashes que él —Charles Cobby—, el más grande de los apostadores clandestinos de la ciudad, era un don nadie comparado con el célebre abogado. Y eso era algo que a su ego le costaba digerir.
Emmerich se aclaró la garganta de manera ostensible y encendió uno de los enormes habanos fabricados especialmente para él a un dólar con cincuenta la unidad.
—Tiene usted un ligero acento —le dijo al doctor educadamente—. ¿Alemán? —Al recibir una contestación afirmativa, continuó—: Se lo preguntaba porque mi abuelo nació en Alemania, en Berlín.
—¡Ah, era berlinés, me complace saberlo! —dijo Riemenschneider—. Conozco muy bien Berlín. Aunque ya no sea Berlín.
—Y mejor que así sea —exclamó Cobby de pronto.
Emmerich le miró, y Cobby regresó con esfuerzo a su caparazón como una tortuga asustada.
—A mi abuelo le arrojaron huevos podridos en plena calle cuando estuvo aquí, durante la Primera Guerra Mundial —dijo Emmerich, sonriendo—. Y yo tuve que vérmelas con las fuerzas expedicionarias.
—Así está el mundo hoy día —dijo el doctor—. Peor aún. Los alemanes... ya no son los perros a los que abatir; son los que reciben palos. Ahora, los amos son los rusos.
—Ya lo puede decir —dijo Cobby, saliendo de su caparazón. Esta vez Emmerich no le hizo caso.
El doctor se percató de que la charla cordial tocaba a su fin. El gran hombre se disponía a hablar de negocios.
—Hablemos de esa proposición de Joe —empezó intentando sonreír—. Cobby me dio una cifra fantástica por teléfono, algo así como medio millón de dólares. Ni que decir tiene que no lo creí, pero...
—Es cierto —dijo Riemenschneider—, incluso puede ser más.
La frente de Emmerich enrojeció de repente, y la mano que sujetaba el puro le tembló ligeramente.
—¡Pero si es una cifra fantástica!
—Se trata de Pelletier & Company, uno de los más importantes joyeros de este estado —dijo el doctor suavemente—. Y con el récord de no haber sido robados en cuarenta años. Pero se han echado a dormir. Es una tarea imposible para meros aficionados. Para los profesionales no es nada.
—Pinta usted las cosas muy fáciles —dijo Emmerich bajando la vista para disimular el interés que sentía y forzando una sonrisa de incredulidad.
El doctor encogió los hombros y alzó las manos con un expansivo ademán.
—Puede usted creerme —dijo con calma—, con gente bregada en su oficio es tan fácil como robarle los peniques a un vendedor de periódicos ciego.
Emmerich se levantó en silencio de su asiento y empezó a pasearse por la habitación; luego, antes de hablar, se puso a examinar por un momento el rostro pálido, fofo e inexpresivo del doctor.
—Amigo mío —dijo solemnemente—, si por ustedes fuera, todas las faenas serían fáciles. Pero al cabo de unas semanas he de sacarles de la cárcel. Siempre cometen alguna torpeza, especialmente en los grandes golpes.
—Señor Emmerich, por favor. Quizá usted conozca mi reputación —dijo Riemenschneider con modestia—. He planificado golpes muy grandes. Teniendo en cuenta mis circunstancias he ejercido muy poco tiempo mi profesión. Si en lugar de tirar el dinero hubiera ahorrado, sería ahora un hombre rico y sin preocupaciones de ninguna índole. Le doy mi palabra. Si no fuera porque sé que se trata de una buena oportunidad, ¿cree usted que tendría tanta prisa en empezar la operación? Acabo de salir de la cárcel. —Sonrió e hizo gestos expansivos. Sacó unos papeles del bolsillo interior de su chaqueta y continuó—. Tengo en mis manos un plan que vale, ¿cuánto puede ser?, cincuenta mil dólares en el mercado libre. Todo está aquí, desde la rutina diaria del personal de Pelletier hasta el tipo de cerraduras de las puertas; la antigüedad y condiciones de la caja principal y los movimientos completos de la policía del distrito. Tendremos que hacer una ligera revisión del plan, que ya tiene algunos años. Pero poca cosa, señor Emmerich, poca cosa.
Emmerich se sentó, cruzó las piernas y, aspirando su enorme puro, simuló tranquilidad para tratar de dar la impresión de ser un juicioso hombre de negocios que está escuchando una propuesta que le aburre un poco.
—¿Cuáles son los principales problemas? —preguntó después de un instante.
—De momento, dejaremos la ejecución del plan a un lado —dijo Riemenschneider—. Le garantizo el éxito. Los problemas más importantes son: primero, el dinero; segundo, la gente.
—El dinero no es problema —dijo de pronto Cobby; luego se giró hacia el abogado—, ¿verdad, señor Emmerich?
—Eso habrá que verlo.
—En ese caso —intervino Riemenschneider— tendremos que acordar cómo dividimos el botín. Mi amigo Joe Cool propone para usted, señor Emmerich, un tercio; con la condición de que provea los fondos necesarios y trabaje en su libertad condicional. Para Joe, otro tercio, que habrá que mantener en lugar seguro. —Al decir esto, el doctor sonrió con sarcasmo y saludó con una ligera reverencia a Emmerich—. Y, por último, otro tercio para mí, como encargado del negocio.
—¿Cuánto se les pagará a los colaboradores? —preguntó Cobby.
—Les garantizaremos una cantidad fija —contestó el pequeño doctor—. No estarán incluidos en la división del botín. Se limitarán a obedecer órdenes y les pagaremos como se paga a un pintor de brocha gorda. No se les informará de la magnitud del plan. Al contrario, será muy conveniente quitarle importancia. A veces los hombres se vuelven avaros —dijo el diminuto doctor plácidamente.
—Cuanto menos sepan mejor —confirmó Emmerich—. ¿Cuántos hombres necesita?
—Necesitamos un buen chófer por si es preciso salir huyendo; un experto que sepa manejar bien las herramientas, y luego, como siempre, aunque sea triste decirlo, necesitamos a un hooligan.
—¿Un hooligan? ¿Qué quiere decir...? —preguntó Emmerich.
—Un tipo de brazos fuertes —tradujo Cobby, y luego continuó con cierta pedantería—. Un tipo agresivo. De sangre caliente. Pistolero.
—El chófer no es problema —dijo Riemenschneider—. Joe ha sugerido al experto en herramientas Louis Bellini, ¿le conoce?
Emmerich buscaba en su memoria, pero Cobby no le dio tiempo a pensar.
—Le conocemos de sobra. Excelente sujeto. Uno de los chicos más listos que hay en la ciudad.
—¡Ah! —exclamó el doctor con acento de complacencia en su voz—. A ese le pagaremos bien. Tal vez unos veinticinco mil dólares.
Emmerich se acobardó y lo disimuló girando la cabeza y arrojando el puro a la chimenea. ¿Podría seguir escondiendo que se encontraba en una situación económica apuradísima? Sudaba, tenía las manos frías.
—Con el hooligan tendremos que ir con calma —continuó Riemenschneider—. Siempre son un peligro. Muchos de ellos son drogadictos. Se vuelven avariciosos e indiscretos después de repartir el botín. O le acosan a uno luego con el cuento de que se le ha engañado. Muchos son mala gente, de ahí que sean hooligans. La violencia es una forma de estupidez, y ellos no conocen otra cosa.
—Una gran verdad —dijo Emmerich, de algún modo impresionado con el gordito, pálido y más bien inhumano alemán—. Muy cierto, de hecho. Es lo primero que se aprende en mi profesión, sobre los clientes, quiero decir.
El doctor hizo una pequeña reverencia en señal de agradecimiento por el tono ligeramente más amable con que en ese momento le hablaba el gran abogado.
—Una última cosa —dijo Emmerich tras una pausa—. ¿Qué se hace con las joyas?
—¡Ah! —dijo el doctor—. Ese es el quid de la cuestión. Hace tres meses me hubiera traído sin cuidado. Pero, desgraciadamente, Lefty Wyatt, un hooligan, por supuesto, masacró a balazos al mejor comprador de joyas robadas del Medio Oeste. Mala suerte. Conocía a Johnny Abate muy bien. Hice muchos negocios con él en otros tiempos.
Emmerich se levantó y se paseó por la habitación. Estaba cada vez más agitado y a duras penas se podía contener.
—Estaba pensando —rompió a hablar con una voz que sonó tan poco natural para sus acompañantes como para él mismo— que... quizá yo mismo... podría...
Cobby y Riemenschneider miraron al abogado con sorpresa.
—¡Pero, señor Emmerich! —exclamó Cobby—. ¿Colocar las joyas usted? No me parece muy sensato, señor Emmerich.
—No, tal vez no —dijo Emmerich vivamente—. El caso es que la propuesta es muy tentadora, lo admito. Es maravillosa. Y... no quisiera que el plan se malograra por una simple cuestión...
Se interrumpió de pronto y se puso a contemplar el fuego. Tenía que serenarse. Tenía que ocultarles la apurada situación en que se hallaba. ¿En qué demonios estaba pensando cuando se le ocurrió decir que él sería el comprador? ¿Cómo podría hacerlo? ¿De dónde sacaría la enorme suma de dinero que se necesitaba para pagar las joyas? ¿Acaso estaba ansioso por invertir una fortuna en joyas por el mero placer de atesorarlas? ¿Estaba pensando realmente en traicionarles?
Cobby se quedó sorprendido. Riemenschneider se preocupó y empezó a desconfiar de aquel hombre alto y elegante, tan correcto en apariencia, que vestía con tanto lujo y vivía rodeado de evidencias de una gran fortuna. ¿Por qué en la casita de campo —un simple escondite— había muebles por valor de casi cincuenta mil dólares?
Emmerich decidió lo que tenía que hacer y se volvió de repente hacia ellos. Tenía las manos frías como el hielo y el estómago dolorosamente cerrado. Lo que estaba a punto de decir le estaba suponiendo un esfuerzo titánico. Pero tenía que decirlo. Aquel alemán tan bajito distaba mucho de ser un loco. Sonriendo, seductor, dijo:
—Supongo que lo que acabo de decir les habrá parecido una tontería: cada hombre debe dedicarse a su propio oficio. ¿Se encargará usted de encontrar un comprador, Cobby?
—Por supuesto, señor Emmerich —dijo Cobby, sonriendo, tranquilizado.
Pero Riemenschneider seguía elucubrando mientras se frotaba su rechoncho mentón con la mano. ¡Qué cambio más repentino había dado el gran abogado! ¿Se habría dado cuenta de que había cometido lo que podría llamarse un error? El doctor no ataba cabos.
Durante un rato escucharon el renovado furor con que la lluvia azotaba las ventanas.
Cobby se dirigió al pequeño doctor.
—Todavía no ha hablado demasiado —dijo el apostador, sonriente—. Pero esto es ya casi un trato hecho, ¿no es así, señor Emmerich?
Emmerich asintió, solemne, y sacó un puro nuevo.
—Si lo podemos manejar. —Se giró hacia Riemenschneider—. ¿Cuánto necesitamos en efectivo? ¿Lo pagaremos con las ganancias?
—Se necesitan unos cincuenta mil dólares, que se deducirán del total —dijo el doctor—. De la ganancia líquida obtenida se harán partes iguales. Treinta y tres coma tres por ciento.
—Conforme.
Emmerich se dio la vuelta, se quedó junto al fuego y encendió meditativo su habano. Tenía que conseguir cincuenta de los grandes aunque tuviera que robarlos o chantajear a alguno de sus pudientes clientes (con la gente de medio pelo sería una imprudencia hacerlo). No podía pensar mucho más. Pero no había tiempo para ser cauteloso. ¿No se extrañarían todos ellos si supieran que no disponía ni siquiera de dos mil dólares? ¿De que debía al Gobierno Federal cerca de ciento veinticinco mil dólares de impuestos atrasados?
De repente le cruzó por la cabeza un pensamiento demoledor. ¡Qué idiota había sido! ¿Por qué no colocar las joyas él, y no solo colocarlas, sino desaparecer con ellas? ¿Por qué se había echado atrás? ¿Aprendería alguna vez a seguir sus impulsos? Siempre acertaba. Siempre. ¿Por qué acobardarse? Estaba al borde del abismo y su situación en ese momento solo podía terminar en desastre, en la tragedia de los pusilánimes: la bancarrota. Era la clase de desgracia de los blandos. ¿Por qué no afrontar un verdadero desastre, la muerte misma? Él había sido siempre un jugador, ¿por qué no jugar la última partida?
Se volvió y miró a los dos hombres. Se sentía fuerte y sereno.
—Chicos —les dijo—, he reflexionado. Si damos un paso en falso estamos perdidos. Desde que murió Johnny Abate ya no hay en el distrito un comprador de joyas robadas que tenga la solvencia suficiente para encargarse de nuestro asunto. ¿He entendido bien? —Y añadió dirigiéndose al doctor—: Usted ha dicho, creo, que lo que obtendremos valdrá medio millón. Pero no será eso lo que sacaremos, pues en ningún caso el comprador nos pagará más de la mitad de su valor real.
—Exacto, sí, señor —dijo Riemenschneider, que empezaba a preguntarse si Emmerich, después de todo, era el más astuto de todos—. Tiene usted razón.
—Muy bien. Déjeme ver lo que puedo hacer antes de que Cobby empiece a buscar comprador. Las noticias de un negocio como este se difunden muy deprisa.
—Otra gran verdad —dijo Riemenschneider, que cada vez sentía un mayor respeto hacia el abogado.
—Confieso que estaba equivocado cuando hablé de colocarlas yo —continuó Emmerich con suavidad—. Personalmente, quiero decir. Sin embargo, conozco a gente importante que podría considerar un asunto como este, si se le plantea de forma adecuada.
Emmerich sonrió con todo su encanto.
—Hombres muy respetables, debería añadir. Supongo que una espera de pocos días, en un sentido o en otro, no tendrá mayor importancia.
—Ninguna —dijo Riemenschneider. Entonces saludó como si fuera a hacer una súplica y agitó las manos con ademán de tristeza—. Salvo por una cosa, señor Emmerich, que me desagrada tener que mencionar; pero acabo de salir de prisión...
Emmerich rio de buena gana y palmeó el hombro de Riemenschneider.
—No se preocupe por eso, amigo. Cobb le adelantará lo que necesite, le buscará alojamiento y se ocupará de usted. Lo que usted desee. ¿No es verdad, Cobb? Irá a cargo de la cuenta de gastos.
—Puede estar seguro —dijo Cobby encantado con la sonrisa y el repentino trato amistoso de Emmerich.
—Entonces, ¿les parece que concluyamos la velada aquí? Realmente necesito descansar.
Riemenschneider y Cobby se levantaron en el acto para despedirse.
—Ha sido usted muy atento, señor —dijo el doctor con la más elaborada de las reverencias.
Cobby sonrió a gusto, como si ya no le molestaran los extraños modales del alemán. El gran señor Emmerich le había tratado con familiaridad, evidenciando ante un extraño el vínculo que les unía. El delicado ego de Cobby se había reforzado por el momento.
El señor Emmerich estrechó las manos de ambos, los acompañó hasta la puerta y los despidió diciendo:
—No se preocupen por el dinero, eso no es problema. Denme unos días para lo de la colocación de las joyas. Si no puedo arreglarlo, les llamaré.
Esbozó una amplia sonrisa y salió afuera a pesar de la lluvia. Les hizo un exagerado saludo de despedida; pero, tan pronto como cerró la puerta, se le borró la sonrisa y en su cara apareció una sombra de preocupación, y lentamente volvió a entrar en el salón, sumido en hondos pensamientos.
De repente, tuvo una idea. Fue rápido al teléfono y marcó. Tras una larga espera, se oyó una voz soñolienta y disgustada que decía:
—Diga. Brannom al aparato.
—¿Bob? Soy Emmerich. ¿Tengo fama de no cobrar lo que se me debe?
—¿Ha perdido usted el juicio, señor Emmerich?
—Conteste a mi pregunta.
—Se le conoce, si me permite la expresión, como una presa fácil, como un blandengue de primera. Todo lo que puedo decir es que es una suerte que no sea mujer.
—Me deben, según mis libros, cerca de un centenar de miles de dólares. He sido demasiado generoso con mucha gente. Necesito que usted se encargue de cobrarlos de inmediato.
—¿Está borracho?
—Usted es un detective privado, ¿no es así? Por decirlo educadamente. Dicho en otras palabras: un ser bajo y despreciable que no sirve para nada. ¿Quiere el trabajo o no?
—Con mucho gusto, amigo. ¿El porcentaje habitual?
—Quizá algo más, si trabaja deprisa.
—Él quizá no le pone zapatos a los bebés.
—No sabía que los bebés llevaran zapatos.
—Está bien, pues ropa interior.
—Mantengo mi oferta.
—¡Demonios, qué humor de buena mañana! ¿Prefiere que sea educado o que empiece a matar gente a partir de las nueve?
—Lo que más convenga en cada caso particular. Solo me interesa el resultado.
—¿Qué se propone? ¿Dejar la ciudad con una chica de dieciséis años? Búsquesela de catorce. Las de dieciséis ya saben latín.
Emmerich se mordió el labio de rabia y dijo ásperamente:
—Tendría que haber dejado que el fiscal del distrito le encerrara. Le tenía muchas ganas. Para un hombre que desempeña el cargo que usted tiene, fue bastante descuidado.
—¿Qué espera, gratitud?
—Sí. Tengo que sacar algo de tantas movidas.
—¡Dios santo! No me diga que también quiere que yo... —Luego, con voz alterada, como si hablara con otra persona que tuviera cerca, Brannom dijo: «Puedes revolcarte por el suelo, cariño. Esa es mi chica». Y luego, a Emmerich—: Mi perra es un encanto.
—Es todo lo que puedo decir. Dese prisa, Bob. Y si quiere saber el motivo le diré que el Tío Sam y sus recaudadores de impuestos necesitan dinero.
—Espere, espere. No cuelgue —gritó Brannom—. ¿De qué plus estamos hablando? Me ha confundido con sus brillantes preguntas y respuestas, señor Emmerich.
—Un dos por ciento más.
—Más vale eso que nada. Buenas noches.
Emmerich colgó, se levantó y se quedó unos momentos pensando si habría cometido un error. Era consciente de que estaba alterado, quizá su discernimiento no fuera tan claro como de costumbre. De lo que no cabía duda era de que la persecución de sus deudores removería ciertos círculos de la ciudad y daría lugar a chismorreos, especulaciones y repercusiones. Sonrió, abandonó el salón de juego y volvió a entrar en el cuarto de estar. Todos esos pensamientos resultaban fútiles ya. No tenía por qué pensar en el futuro; por lo menos en un futuro que tuviera relación con la ciudad y con su antiguo modo de vida. Iba a dejar todo eso atrás muy pronto. ¡Que hablen y critiquen a su gusto!
La radio sonaba suavemente en el cuarto de estar. Una pelirroja dormía tumbada en uno de sus enormes sofás, con una revista de cine abierta a su lado. Emmerich se detuvo un momento a contemplarla con indiferencia y, encogiéndose de hombros, se dirigió a la parte posterior de la casa.
Encontró a Frank, el chófer, sentado a la mesa de la cocina bebiéndose una cerveza y leyendo el periódico de la mañana. Hizo ademán de levantarse, pero Emmerich le dijo que no se moviera. Emmerich se dirigió a la nevera, sacó para él otra cerveza, la abrió y se sentó a la mesa junto al chófer.
—Frank, cuando termine la cerveza, llame a la señora Emmerich y dígale que ciertos asuntos me retendrán fuera de casa. Que no se inquiete.
—De acuerdo, señor Emmerich.
Estuvieron bebiendo en silencio un rato, y Emmerich dijo:
—Una de las ventajas del abogado criminalista es que uno pude desaparecer tantas horas como le venga en gana sin despertar sospechas.
Frank soltó una risita, terminó su cerveza, se levantó y se dirigió al teléfono que había en el cuarto de los criados. Emmerich oyó el vago rumor de su voz mientras hablaba, sin prestar atención a lo que decía. Estaba pensando en la pelirroja. Aquella muchacha costado una fortuna. Le había amueblado la casita; la había colmado de dinero; había enviado cheques a su madre y a varios de sus parientes; le había comprado un automóvil, un abrigo de piel, una pulsera de diamantes. Y ahora, mientras bebía su cerveza, se preguntaba por qué demonios lo había hecho. Era un encanto, de eso no había duda, de cabellera preciosa y cuerpo escultural; pero una vez conocida a fondo no era más que una mujerzuela perezosa e ignorante, no era más que una vulgar ramera.
«Me ha costado cerca de un año y tal vez cien mil dólares aprender a darme cuenta», se dijo Emmerich suspirando. Terminó su cerveza y se levantó casi al mismo tiempo que Frank volvía a la cocina.
—He hablado con la nueva doncella de la señora. La señora Emmerich se había acostado ya —informó Frank.
—Bueno —dijo el abogado. Dio unos pasos en dirección al cuarto de estar y se volvió para decir—: Puede llevarse el coche al garaje de la oficina si lo desea, Frank. No le necesitaré hasta mañana al mediodía.
—¿Qué le parece si me quedo a dormir aquí? Llueve todavía y puede que el camino esté inundado.
—Bien, Frank, haga lo que quiera.
—Gracias —dijo Frank al marcharse Emmerich. El chófer volvió a coger el periódico. Estaba apenado por el modo en que iban las cosas en general y por el señor y la señora Emmerich en particular. Eran buenos para él, le pagaban bien y no le hacían trabajar en exceso. ¡Pero había que ver a ese matrimonio! Emmerich, tan mayor como para ser abuelo, liado con una chiquilla pelirroja y arruinándose por ella. Porque ¿qué otra cosa se creía que estaba haciendo? Y la pobre señora Emmerich, enferma, aburrida y sola.
Frank arrugó el periódico y se juró por enésima vez que no se casaría nunca, pasara lo que pasase.
Mientras volvía al cuarto de estar, Emmerich recordó de pronto lo inquieta que se ponía su mujer cuando salía hasta tarde; se angustiaba y se enfadaba mucho. Tanto que, una vez, hasta llegó a dar parte a la policía para que salieran en su busca. Pero, ¡bueno!, el tiempo pasa, las cosas cambian, y las emociones se van apagando.
Eso fue lo que le había hecho volver con Angela, la pelirroja. ¡Menudo nombre para una mujer como ella! Tendría que haberla dejado donde la encontró. Un día de lluvia terminó en un pequeño restaurante del centro. Quería comer algo rápido. Estaba fuera de su camino habitual, y era la primera vez que pisaba aquel sitio. Angela le indicó una mesa. Era una educada y sonriente camarera, que no pensaba más que en servir bien. Pero todos los hombres que había en el comedor, jóvenes y viejos, la miraban sin parar. No era solo por su flamígera cabellera: era delgada y, a la vez, voluptuosa; y había algo en su forma de andar, algo perezoso y despreocupado e insultantemente confiado, que no podía ignorarse.
«Bueno —se dijo Emmerich tras cruzar la sala y sentarse en una gran silla junto al sofá en el que dormía Angela—. Ya la tengo. Me la llevé ante la envidia de muchos hombres. Y ahora...».
En todo caso, tendría que volver pronto al restaurante.
Angela abrió los ojos lentamente, y se volvió para mirarle. Tenía los ojos de color ámbar —muy inusuales— y unas pestañas largas, curvadas, negras.
—¿Cuál es la idea? ¿Quedarte sentado mirándome fijamente, tío Lon?
—¡Tío Lon! ¡Hay que ver! —Y eso que hubo un tiempo en que le encantaba que le llamara así. Ahora le parecía grotesco.
—Lo mejor que podrías hacer es irte a dormir, cariño —dijo ella precipitadamente antes de que él pudiera contestar—. Desde hace unos días se te ve muy cansado. Trabajas demasiado.
Emmerich sonrió con desgana y afirmó moviendo la cabeza. ¡Qué comedia! No había ni sombra de inquietud en su voz. Estaba lanzando su ofensiva para huir de él, para despedirle, para negarle la entrada en su habitación aquella noche. Después de todo, y según sabía, Emmerich todavía estaba forrado hasta los topes.
—Tienes razón —dijo él—. Me fumaré otro cigarro y me iré a descansar un rato. Y tú, ¿por qué no te vas a la cama, nena?
Angela se levantó de inmediato y fue hacia él.
—Estoy muerta de cansancio; pero si tú quieres me quedaré sentada para ti diez horas más. Anda, déjame que lo haga.
Emmerich se estaba desatando los zapatos, y Angela se arrodilló y en un momento se los quitó. Luego se levantó y se inclinó sobre él para besarle en la cabeza.
—Te veré a la hora del almuerzo —dijo Angela sonriendo dulcemente y, antes de que él pudiera contestarle, le dijo—: Encargué las mejores caballas del mercado. Sé que te gustan para almorzar.
—Gracias, nena —dijo Emmerich haciendo un esfuerzo.
Angela le tiró un beso con la mano, bajó corriendo al salón y se metió en su habitación y cerró con llave la puerta sin hacer ruido.
Emmerich, en calcetines, estiró las piernas, encendió un habano y se puso a contemplar el espacio. En ese momento llovía con menos fuerza y un profundo silencio reinaba en el cuarto de estar. Emmerich no estaba acostumbrado a la soledad y empezó a sentirse un poco nervioso. De repente pensó que no estaba disfrutando el puro, y eso le confundió y le preocupó. Los puros siempre le habían funcionado cuando fallaba todo lo demás.
Dejó el puro en el cenicero, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Logró dormirse un momento, pero se despertó sobresaltado. Se sintió atrapado y empezó a sudar. ¿Qué le pasaba? Que se lo jugaba todo a una sola carta. Ya no era un asunto de dólares y centavos: era un asunto de vida o muerte.
—¡Dios mío, qué cansado estoy! —gimió Emmerich en voz alta, y el pie de metal de la lámpara que tenía al lado vibró ligeramente como un débil y siniestro eco.
8
Faltaba poco para el mediodía cuando Gus salió del mugriento cubículo donde dormía, situado en la parte trasera de la hamburguesería. Estaba medio muerto de sueño, muy irritable, y ni siquiera le dio los buenos días a su ayudante, Mike Miklos, un muchachote griego de mirada estúpida, que parecía no darse cuenta de nada y que, sin embargo, se enteraba de todo.
Un par de chaperos del garito que había a media calle estaban comiendo en la barra y un camionero estaba frente al revistero, masticando una hamburguesa gigante y lanzando miradas furtivas a las muchachas medio desnudas fotografiadas en una revista de cine que no tenía la intención de comprar.
Gus le lanzó una mirada hostil y contestó con un gruñido al «hola» de uno de los chaperos. Luego se ajustó los pantalones caídos, se acercó a la puerta y comprobó el tiempo. Se había dormido con el sonido de la lluvia cayendo sobre un tejado de uralita en la calle de atrás; pero en ese momento el día estaba claro y la débil luz del sol esparcía sus rayos por las calles y paseos de Camden Square.
Gus abrió la puerta, respiró el aire exterior y puso cara de preferir el olor a tabaco y hamburguesa medio hecha. Luego comprobó si Terry había llegado a su hora, y, en efecto, lo había hecho. Cerca del buzón del correo, a unos pocos pasos de distancia del Gus All Night —nombre de la hamburguesería— había un gato callejero grande, de aspecto duro y pérfidos ojos amarillos. Estaba sentado, limpiándose tranquilamente, en paz con el mundo y sin miedo a nada.
—Terry, culo gordo, ven aquí —dijo Gus, y en su fea cara gordinflona se reflejó una expresión de alegría—. Vienes a ver si cae algo, ¿eh? —Terry contestó con agudos maullidos y se levantó para acercarse a Gus—. Sabe vivir sin trabajar, el muy granuja —añadió Gus—. Siempre encuentra la comida que necesita. Es un gato muy listo. ¡Ven aquí!
Gus volvió al trabajo y Terry le siguió, caminando muy estirado, con mucha dignidad y la cola en alto.
El grandullón de Mike miró al gato con agrado, pero apenas sonrió. El camionero abandonó el estudio de la anatomía femenina y puso cara de fastidio.
—¿Qué hace un cochino gato en un sitio donde se come? ¡Malditos gatos! Siempre que puedo pillar a uno le doy una patada. No puedo soportar que la gente les dé de comer cuando hay tantos niños que no tienen nada que llevarse a la boca.
Mike, gruñendo entre dientes, se dirigió rápidamente al extremo de la barra. Los chaperos no levantaron la vista del plato. Pero Gus cogió al gato, lo puso en la barra y empezó a darle trocitos de hamburguesa cruda, que el animal se comía con gran distinción.
—¿Va usted a comprar esa revista? —preguntó Gus en voz baja.
El conductor rio.
—¿Para qué? Ya he visto todas las chicas que hay. ¿Busca problemas?
Mike, gruñendo otra vez, se volvió de espaldas y se puso otra vez a limpiar con el trapo los vasos limpios.
—Está usted fuera de sus dominios, ¿no es así, amigo? —preguntó Gus.
—Oiga, gordo, ¿por qué me lo pregunta?
—Porque no es usted de Camden Square. Está de paso, solo que va demasiado lento.
Gus salió de la barra con tal rapidez que sorprendió al mismo Mike, le agarró por el brazo, le hizo dar una vuelta cogiéndole por la culera del pantalón y, sacudiéndole con fuerza hasta hacerlo poner de puntillas, le hizo caminar hasta la puerta. Allí le dio un empujón y le gritó:
—No vuelva más por aquí. Si me entero de que vuelve a hacer daño a un gato, le arranco los dientes.
El conductor se quedó mirando a Gus mientras se reponía de la sorpresa, aunque no sabía muy bien qué hacer, si darle un golpe a aquel jorobado o retirarse con dignidad. Le molestaba que uno de los chaperos que se había quedado dentro se riera de la escena.
—Si fuera usted un palmo más alto y no tuviera esa joroba, le destrozaba —dijo poniéndose muy rojo.
Pero como no volvía para cumplir la amenaza, Gus fue hacia él con la cara pálida y los brazos caídos. Se olvidaba muchas veces de que tenía una joroba, que no era como los demás. Y no le gustaba que se lo recordaran.
Alguien le detuvo con un placaje en el brazo, y mientras Gus se volvía para comprobar de quién se trataba, el conductor se alejó como si no quisiera hacerlo, lanzando miradas desafiantes por encima del hombro.
—Gus, ¿qué te altera ya tan temprano?
Gus miró a su interlocutor, y el color volvió a sus mejillas y la sonrisa a sus labios.
—¡Planeador! Estaba pensando en cuándo aparecerías, en si le dolerían los dientes a tu bambino.
—¿Qué ha pasado? ¿No quería pagar? —Louis Bellini dirigió su pulgar al camionero que, en aquel momento, subía a la cabina para ocupar su asiento.
—A Terry no le gustaba. Así que le eché —dijo Gus riendo.
Louis sonrió y siguió a Gus hasta la hamburguesería. En ese momento era Mike el que daba de comer a Terry, cuyos ronroneos de satisfacción sonaban como el rumor de una lancha en la distancia.
—Hola, Terry —dijo Louis, que pasó por detrás de la barra y se metió con Gus en el cubículo que le servía de dormitorio.
—¿Traes el dinero?
Louis asintió, tragó saliva, batalló un poco más consigo mismo y, por último, sacó un fajo de billetes, atados con una goma elástica, que entregó a Gus; este los metió sin contarlos en el bolsillo de su camisa y se burló de la cara estreñida de Louis.
—Está bien, ríete encima —dijo Louis crispado—. Pero es mucha pasta.
—Sí, Planeador, sí —exclamó Gus, que rodeó con el brazo los hombros de Louis, apretándole con la fuerza de un peso pesado hasta que Louis sintió que le crujían las costillas y pudo esquivar el apretón—. Te quiero mucho por esto —añadió Gus.
—Si fuera para ti te lo hubiese dado sin pensar. Pero Dix, es venenoso.
—No. Cien por cien. ¿Te crees que no entiendo de estas cosas? —protestó Gus.
—Deberías entender, tienes una gran reputación. Pero te puedes equivocar.
—Si me equivoco, te pagaré yo. Te doy mi palabra.
Louis no aceptó la mano que le tendía.
—Muy bien —dijo con rapidez—, te tomo la palabra. Necesito estos dedos para trabajar.
Gus rio. De pronto una idea cruzó por su mente.
—Dime, ¿has oído algo?
—¿El qué?
—Un pez gordo salió de la cárcel anoche.
—Estuve en casa toda la tarde. Nunca me entero de nada, salvo cuando alguien me necesita.
—Ya sabes que tengo un amigo en casa de Cobby: Timmons, el exluchador de lucha libre. Alguien estuvo allí de visita y habló de un plan.
—Puede ser —dijo Louis con indiferencia.
Se hizo un momento de silencio y Gus tuvo otra idea.
—¿Has comido?
—No —dijo Louis—. Acabo de salir del trabajo ahora.
—¿Qué te parecería una buena hamburguesa doble? De las mejores, de las que no tengo a la venta.
—¿De las que no tienes a la venta?
—Sí, de las que reservo para los amigos, para mí, para Mike y Terry. Para la gente que no me gusta, policías y tipos como ese conductor de camión, les sirvo carne de caballo. —Gus se partió de risa y se palmeó el muslo—. ¿Conoces a los Chicos de la Alegría, los sabuesos del estriptis? Siempre están tratando de sonsacarme. Ya pueden relinchar y dar coces que no me sacarán nada.
Louis se apoyó contra la pared para reír. Gus se puso a dar voces y a dar golpes con el puño en la puerta, asustando a algunos clientes que acababan de entrar.
Louis, apretándose los costados con las manos, siguió riendo hasta que se le saltaron las lágrimas. Gus estaba enternecido. Louis, el viejo Planeador, era su compañero, el mismo que se había ido apartando gradualmente de los chicos desde que conoció a esa preciosa y respetable italiana llamada Maria. Hacía más de dos años que Gus no veía reír tan a gusto a Louis.
En los viejos tiempos siempre reía. Esbelto, guapo, muy inteligente, siempre vestido con trajes de sastre, con su sonrisa y su pequeña libreta negra llena de los números de teléfono de las inquilinas más notables del distrito —así le recordaba Gus—. El elegante Louis, el irresponsable Casanova de los salones de baile.
Y allí le tenía ahora con el ceño fruncido, sus trajes sobrios, su aire responsable. Más reprimido que un banquero de pueblo y sin pensar en nada más que en su familia.
Sin embargo, en ese instante se estaba riendo como antes.
Gus se acordaba de una pelea que tuvo con un fanfarrón que iba asiduamente a la sala de baile y que se quejaba de que Louis usaba sus números de teléfono para hacer negocios; que era, para decirlo rápido, un proxeneta. ¡Louis, de entre toda la gente! Gus recordaba con satisfacción cómo le había reventado la boca hasta dejarle sin dientes.
De pronto, Gus volvió en sí y dijo:
—¿En qué estaba pensando? Hay que llamar a Dix.
Louis dejó de sonreír de inmediato, de vuelta al personaje de hombre preocupado, con bocas que alimentar.
9
Dix dormía profundamente, tumbado, boca abajo, a pesar de la luz del sol que entraba por las ventanas del dormitorio, y a pesar de los ruidos del tráfico de Camden Boulevard West, muy nítidos después de la lluvia.
Soñaba, y en sus sueños no era el hombre alto y delgado de mejillas hundidas y ojos negros fríos e impenetrables; era un frágil muchacho de unos trece años a quien su abuelo, un viejo aventurero, uno de los Morgan Raiders de antaño, había montado a los lomos de un alto potro negro que sudaba de miedo y de contrariedad, que cabrioleaba y se agitaba de un lado a otro esperando el momento de arrojar al joven jinete contra la empalizada. Estaba asustado, le había caído el estómago a los pies y sudaba tan pesadamente como el potro, aunque en su boca de niño se dibujara una mueca de desdén y su mirada fuera inexpresiva. Tan pronto como el abuelo soltaba al caballo, veía a su padre, apoyado en una empalizada, riéndose, sujetándose los costados con las manos. En un santiamén, el joven William Tuttle (en sus sueños nunca le llamaban Dix) lo comprendió todo. Presumía de ser un jinete maravilloso y de que su padre y abuelo le hubieran enseñado un buen oficio.
Pero, al poco rato, ambos reían torciendo la boca. El potro echaba a correr con el chiquillo encima, dando saltos y violentas sacudidas de un lado a otro, tratando de estrellar al niño contra los árboles. Hasta que, media hora más tarde, el joven William Tuttle volvía a casa de los Jamieson con el potro ya domado, tan manso como un gato y jadeante de fatiga. Aquella noche, al subir a acostarse, su abuelo le dijo: «Este chico es un verdadero Jamieson».
Era un sueño muy agradable, que Dix tenía con frecuencia.
Los hechos, sin embargo, habían sido algo distintos. El gran potro negro le hizo caer sobre una empalizada al primer bote que dio y su padre le pegó una patada diciéndole: «Puede que esto te enseñe a no ser un maldito fanfarrón».
Dix se colocó de espaldas y suspiró. La nieve caía ligera sobre los campos de maíz, era la primera nevada del año. Lou Sally y él habían salido a buscar calabazas para Halloween. Era hacia el atardecer y estaba oscuro; un humo delgado salía de la chimenea de la granja. El cielo tenía un color pizarroso y un rojo y gran sol de otoño, sin rayos, empezaba a ponerse más allá de una colina en las llanuras donde se acumulaban las granjas. Había enormes calabazas de color naranja esparcidas por todo el campo, entre las altas espigas de maíz. Se inclinaron para cortar una de su grueso tallo. A su alrededor, sobre la fina capa de nieve, se veían las minúsculas huellas de los ratoncillos del campo...
Dix oía sonar una campana, no sabía dónde. Una extraña voz femenina empezó a hablar... y, de repente, el reparador y placentero campo desapareció... Dix, ya despierto, miraba al sol que inundaba la habitación desde Camden Square. Se frotó los ojos, quejumbroso, encogiéndose ante la necesidad de tener que enfrentarse a un nuevo día.
Alguien hablaba por teléfono en la habitación contigua. ¡Doll!, se había olvidado de ella.
Quejándose de nuevo, se agachó y cogió una botella que estaba en el suelo, junto a su cama, y le dio un trago largo. Luego se relajó, dejando que el calor del whisky le fuera penetrando en el cuerpo.
Doll colgó, fue hacia él y se detuvo en el umbral. Y dijo con su tímida vocecita:
—Cariño... era un tal Gus. Dice que puedes ir a verle cuando quieras, que tiene algo para ti.
—Gracias —dijo Dix secamente.
Un repentino sentimiento de júbilo le calentó más que el whisky. Ya podía mandar a paseo a Cobby y disfrutar viéndole arrastrarse por el suelo para recoger los dos mil trescientos dólares en billetes que le iba a restregar por las narices. Se volvió para mirar a Doll, que no se había movido del umbral. Iba vestida con su traje de noche, que no valía dos perras y se veía muy raído a la luz del día. Se le había peinado el pelo teñido y áspero de cualquier manera y tenía el aspecto de una mujer vieja y cansada. Dix apartó la mirada.
—Te voy a traer el almuerzo —dijo fingiendo alegría. Y continuó—: ¡Dios mío, qué sucio está todo esto! Necesita una buena limpieza, apesta. Debes encontrar a alguien que te cuide, Dix. ¿Cómo puedes vivir así?
¡Mujeres! Siempre la misma historia, siempre dispuestas a irse a convivir con uno. Se puso a mirar por la ventana sin decir palabra. En un segundo, Doll se dio media vuelta y se fue hacia la cocina, donde se estaban cociendo los huevos. Había salido a comprarlos ella misma, después de no encontrar más que pan y café en la despensa. La gente se había quedado mirándola en el pequeño colmado italiano que había al final de la calle, por lo mal peinada que iba y por el vestido que llevaba. Pero ella estaba lejos de preocuparse de semejantes tonterías. ¡Que la miraran! ¡Dix tenía que comer!
Pulsuz fraqment bitdi.