Kitabı oxu: «Quién te manda»
QUIÉN TE MANDA
Yehudit Mam
QUIÉN TE MANDA
Ferragosto
Título: Quién te manda
Autora: Yehudit Mam
Primera edición, noviembre 2021
Publicado por:
Editorial Ferragosto, S. L.
info@editorialferragosto.com
www.editorialferragosto.com
© Yehudit Mam, 2021
© de esta edición, Editorial Ferragosto, S. L.
Dirección de arte: Álvaro Recuenco
Diseño de cubierta: Moxarra González
Corrección y maquetación: Marta Jiménez
ISBN: 978-84-123098-1-2
Depósito legal: M-31043-2021
Quedan prohibidas la reproducción y difusión total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización de los titulares del copyright.
Para Aarón y Anita Mam
1
El primer remolino de euforia que se originó entre sus muslos cimbró su cuerpecito huesudo de nueve años mientras veía un antiguo capítulo de Tarzán en la tele.
Tarzán, en taparrabos, tostado por el sol, sus ojos verdes como la selva y su piel aceitosa de sudor tropical, se había resbalado en un pantano espeso. Su torso desnudo se retorcía para escapar de la asfixia y sus brazos se batían como las alas de un pterodáctilo.
Lucía no supo qué fue lo que la trastornó. Sintió unas ondas que la hicieron temblar desde los deditos de los pies hasta la última punta del pelo. Era un vértigo muy diferente al de la resbaladilla o el subibaja, y Lucía intuyó que no lo podía compartir con nadie.
Se pasó todas las tardes viendo religiosamente los capítulos repetidos de Tarzán, pero el episodio del pantano jamás reapareció, como si los señores responsables de la programación lo hubieran censurado por su propio bien. Se obstinó en recrear la escena en su imaginación, pero solo conseguía una imitación imprecisa del placer.
Perdió la virginidad nueve años más tarde, fuera del territorio nacional, cuando se fue un año de internado a Montreux, Suiza, a un colegio para niñas cuyo lema era «Iniciativa. Imaginación. Independencia». Una tarde salió con sus amigas a un bar en el centro de la pequeña ciudad. El tema del bar era un laboratorio, con pisos de mosaico blanco y una barra de cristal esmerilado. Cantineros en casacas blancas servían martinis de sabores en tubos de ensayo.
Recostadas sobre un diván de cuero negro, Lucía y Ximena, su mejor amiga, bebían Bellinis y fumaban un cigarro tras otro, comentando azoradas la eficiencia, la pulcritud, la puntualidad y la modernidad de los suizos. Después se pararon a bailar con algunas de sus compañeras del internado, porque bailar entre mujeres era normal en Europa.
Las luces programadas al ritmo de la música hacían que por momentos todo se volviera naranja o rojo o violeta. El efecto era desconcertante, como si cada vez que una parpadeaba, hubiera cambiado de lugar.
Recargado en el bar, un joven alto de tez pálida y labios delgados observaba a Lucía bailar. Ella le devolvió la mirada, el rubor extendiéndose por sus mejillas. En un movimiento felino, él atravesó el salón y se paró a su lado. Sus ojos rasgados, turbios, le sonrieron. Se presentó como Enzo y le dijo en inglés que venía de Turín y estudiaba la maestría de Economía en Suiza.
En cuanto pusieron una canción calmada, Enzo la tomó de la cintura y comenzó a oscilar con la fluidez de un metrónomo. Olía a alcohol. Lucía recargó su cabeza en el recoveco entre el pectoral y la axila de Enzo, porque no le llegaba al hombro. Sentía como si estuviera hecha de hebras de queso oaxaca. Tan pronto la música se animó, Enzo la sacó de la pista.
—Ponte tu abrigo y vámonos —le ordenó.
—¿A dónde? —preguntó Lucía.
—A mi casa.
—¿Por qué no mejor salimos a tomar el fresco? —dijo Lucía.
—¿Con este frío?
Lucía tenía un acuerdo tácito con Ximena para alentarse mutuamente las conquistas y Ximena lo cumplió con aplomo: se fue a sentar con las monjas que ahora estaban cuchicheando en otro diván, criticando a Lucía.
Enzo y Lucía llegaron a la parada del tranvía empujándose contra los vendavales de febrero. A la luz blanca del tranvía, Enzo le pareció un tanto lúgubre. No era tan guapo como los jóvenes italianos gritones y gesticulantes que había visto en las calles de Roma cuando fueron a misa en San Pedro (uno de los cuales le asestó una trompetilla en la oreja, en plena plaza de España). Lucía se tranquilizó pensando que platicarían en la sala, Enzo la besaría, fajarían delicioso a la luz de una vela, él la acompañaría de regreso al internado, y colorín colorado.
Pero no fue así.
No había sala. Enzo la guio hacia su recámara. Un buda sonreía plácido encima de un colchón colocado directamente sobre la duela, sus sábanas revueltas. Enzo encendió una vela y puso una música de saxofón impredecible. Reclinó a Lucía sobre el colchón. Se quitó la camisa. Su torso, cremoso como los mármoles en el Vaticano, estaba salpicado por una constelación de lunares. Lucía lo besó alrededor de los pezones y en las clavículas. Enzo le desabotonó la blusa y le desabrochó el sostén. Se soltó el cinturón de un latigazo y se quedó desnudo, con la misma economía de movimiento que había demostrado toda la noche. Lucía ojeó aterrada su miembro grueso, duro y colorado. Nunca había visto uno tan de cerca. Enzo la desvistió.
—¿Puedo? —preguntó.
—No —respondió ella.
—¿Por qué no?
—Porque soy virgen.
Él sonrió por segunda vez. Escarbó con su mano por debajo de la almohada, sacó un condón, rasgó el sobrecito y se lo puso.
Lucía se persignó mentalmente: «Ahora sí, no hay vuelta de hoja. Que Dios te agarre confesada».
Enzo le abrió las piernas con las suyas y trató de penetrarla. Lucía gritó.
—Relájate. Si no, te va a doler más.
Lucía cerró las piernas y apretó su vagina estrecha, tratando de expulsarlo. Él se adentró en ella. Lucía desgarró sus jadeos con un alarido.
El le tapó la boca con una mano pesada, salada.
Lucía se puso muy dócil y trató de respirar como las parturientas sudadas que había visto en las películas. Rogó que Enzo terminara pronto. No veía el más mínimo indicio de sentir placer, ni hablar de tener un orgasmo. Finalmente él se vino, para sorpresa de Lucía, en una racha bastante fugaz, comparada con la eternidad que le tomó llegar hasta ese punto.
Respiró aliviada cuando Enzo se le quitó de encima. Una emoción extraña atravesó su cuerpo y le provocó dos lágrimas mudas. Él se levantó de la cama y Lucía se quedó atolondrada mientras sus órganos se reacomodaban bajo las sábanas. Enzo regresó con dos vasos con un licor transparente que olía a naranja.
—Felicidades —brindó Enzo—. Me caes bien porque no lloraste.
El licor dulce y amargo la serenó, pero al levantarse para ir al baño, vio la mancha de sangre sobre las sábanas. Siempre se imaginó que la rotura de su himen sería anunciada por una discreta manchita roja. Esto parecía un homicidio.
Las palabras grotescas de la prefecta de disciplina de la secundaria, la hermana Márgara con su cara de aceituna rancia, irrumpieron en su memoria: «No se puede copular durante la menstruación por la sencilla razón de que los hombres huelen la sangre, así como los caballos con las yeguas y los becerros con las becerras y los perros con las perras». Eso había dicho la monja para contrarrestar el rumor que corría por los pasillos del colegio de que cuando te baja no te puedes quedar embarazada. Qué cara pondría la hermana si la viera en estos momentos.
—No te preocupes, se lava —le dijo Enzo, recogiendo las sábanas.
En el baño, más sangre revuelta con jugos regurgitó de sus entrañas. Tenía ganas de hacer pipí, pero no le salía. Sus muslos estaban manchados de sangre seca. Mojó el papel de baño en agua tibia y se limpió, temblando ligera pero incontrolablemente.
Regresó del baño y se volvió a acostar junto a Enzo, quien ya estaba roncando. Lucía contempló su espalda masiva y posó su mano sobre ella, pero sintió que era un gesto falso y la retiró. Se sentía orgullosa y avergonzada, feliz y perdida, liberada y angustiada. Sus pensamientos revoloteaban como palomillas alrededor de un foco. El primero que atrapó era muy simple: «¿Y por esto arman tanto pedo?». A pesar del dolor y el susto, le pareció de lo más natural, como la vez que vio a un ternerito nacer en un rancho. No se le hizo tan pecaminoso. «Seguro que todas cogen, pero no lo cuentan», pensó.
El cielo no se abrió y la ira de Dios no descendió sobre la faz de la tierra. Un rayo mortal no la partió en dos, la tierra no se la tragó, y cuando el fantasma de la hermana Márgara se apareció a condenarla, Lucía lo desintegró de un resoplo. No se le ocurrió pensar en eso de que «no es no» sino hasta unos años después cuando se vio en una situación similar, bastante menos ambigua.
Su mamá le había advertido más de una vez que los hombres solo querían una cosa y cuando la conseguían te retiraban el respeto, y que ella y su padre contaban con que llegara virgen al matrimonio. También le había informado que la primera vez que una hacía el amor era un martirio y la que creyera lo contrario era una idiota. Gracias a dichas perlas de sabiduría, Lucía había sabido que no debía esperar gran cosa. Por lo menos le podía agradecer a su madre el que su primera vez no hubiera sido la decepción más grande de su vida. Pensó que si las monjas en la escuela les hubieran advertido cuánto dolía, a lo mejor menos niñas se lanzaban. Pero qué iban a saber de esta gloria tan extraña las monjas tétricas.
Se quería bañar, pero le dio vergüenza despertar a Enzo para pedirle una toalla. Se levantó, se vistió sigilosamente y al abrir la puerta de la habitación, esta rechinó y lo despertó.
—¿A dónde vas? —balbuceó él.
—Al internado, voy a llamar un taxi.
—Son casi las cinco de la mañana. Quédate.
—No puedo.
—Es domingo.
—Tengo que llegar a dormir.
Enzo no parecía dar crédito de su infantilidad. ¿Qué se hacía en esos casos? Le habían enseñado a no poner los codos sobre la mesa, a decir por favor, con permiso, y gracias, pero no le habían enseñado qué decirle al que te acaba de estrenar y quiere que amanezcas junto a él en su colchón en el piso. Tuvo la urgencia incontrolable de llegar a su cuarto, ponerse su pijama y meterse a la cama (rezando por que la directora no la estuviera esperando en la entrada y que Ximena estuviera dormida). El regaderazo tendría que esperar. Enzo le pidió un taxi.
—Ciao —le dijo, despidiéndose en la puerta, desnudo. Le dio un beso microscópico en los labios.
—Gracias por todo —dijo ella.
Lucía miró pasar la ciudad con su sien pegada a la ventana helada del taxi. Percibía todo con más intensidad. La neblina de la madrugada. El aliento químico de la calefacción. El silencio cómplice del chofer. Le hubiera gustado lanzar la noticia a los cuatro vientos y despertar a la ciudad entera: «He pasado la prueba de fuego. Ya no soy la misma de antes. Grítenme, piedras del campo».
Se bajó del taxi distraída, pero totalmente alerta. El portero, un turco bigotón y temperamental, la miró con cara de sospecha. La dirección había decidido que era preferible que las niñas entraran y salieran por la puerta principal, en lugar de escabullirse por las ventanas a deshoras y romperse los tobillos y las clavículas. El puño de Lucía se desdobló revelando un billete de diez francos suizos. El portero la dejó pasar.
En la oscuridad, Lucía se puso su camisón de franela, escondió los calzones inculpatorios debajo del colchón y se acostó en su cama.
—¿Dónde andabas? ¿Qué pasó? —susurró Ximena.
—Mañana te cuento —respondió Lucía. Por ahora no tenía palabras.
—¿Estás bien? —dijo Ximena.
—Estoy perfecto. Buenas noches, Xim.
Al poco rato oyó a los pajaritos anunciar el alba.
2
Gabriel levantó una caja de cartón atada con un mecate y se colgó su mochila al hombro. Ambos bultos contenían todas sus pertenencias.
Sus piernas se desdoblaron como acordeones, entumidas de tantas horas de estar constreñidas en el camión. A pesar de que apenas eran las ocho de la mañana, hordas de gente se apiñaban a la salida de los andenes para recibir a sus parientes y no dejaban pasar a los que, como él, no gozaban de un comité de bienvenida. Ecos femeninos anunciaban salidas ininteligibles por los altavoces. Una cacofonía ensordecedora de cumbias chirriantes y bandas norteñas le trepanó las sienes.
Salió de la estación y caminó entre los puestos de carne cruda rodeada de moscas, apilada sobre montones de cebollitas y manojos de cilantro; los de licuados, los de tamales, los de discos piratas, los de las mismas porquerías de plástico Made in Taiwan que había visto en el barrio chino en Nueva York. Los aromas de la comida callejera le despertaron el apetito y se decidió por unos tlacoyos. Le supieron a gloria.
Intentó abrirse paso sobre las angostas banquetas plagadas de gente, junto a las cuales corrían rápidos de agua turbia que transportaban burbujas tornasoladas de jabón, grasa y gargajos. Capas geológicas de polvo ancestral y recién originado, de gases tóxicos y excremento pulverizado saturaron sus pulmones. Se había desacostumbrado al estruendo de las grabadoras, las bocinas de los coches, las alarmas insistentes de los videojuegos y los gritos de los merolicos.
«Bienvenido al pinche DF», pensó Gabriel.
Transbordó de colectivo tres veces y caminó por las calles polvorientas de su colonia, regadas de basura y adornadas por bardas pintarrajeadas. La evidencia de tres años de envíos por Western Union se irguió ante él con menos dignidad de la que se había imaginado. El antiguo tapanco de metal corrugado se había transformado en un cubo de cemento y tabique pintado de azul celeste con una puerta blanca de metal y una ventanilla apresada por barrotes oxidados.
Tocó a la puerta. Oyó las chanclas cansadas de Irma, su madre, arrastrarse y su voz preguntar «¿quién?» con su habitual desconfianza.
—Gabriel.
Al verlo, una emoción fugaz atravesó la mirada seca de su madre. Lo abrazó y lo besó y después lo revisó de pies a cabeza.
—Mira nomás qué fachas traes, hijo. Se te están cayendo los pantalones.
—Así se usan, mamá.
Irma se mordió el labio para disimular una sonrisa incrédula. Gabriel seguía flaco, pero la espalda se le había ensanchado y ahora, en lugar de esos dos popotitos con los que a duras penas podía levantar una papaya, sus brazos estaban hinchados de músculo. La cara se le había afinado. Algo se había endurecido en su mirada.
—¿Qué traes en la oreja? —preguntó su mamá.
—Un arete —respondió Gabriel—. ¿Y qué?
Puso los bultos en el piso de cemento y se arrimó una silla. La única fuente de iluminación de la casa era un foco colgado de un alambre. Estaba tan oscuro que Gabriel se tuvo que llevar las manos a las sienes para ver si llevaba puestos sus lentes de sol. La casa fría y oscura le causó desazón.
—Te mandé un chingo de lana, ¿qué pasó? —le preguntó a su mamá.
—Ni tanta. Nomás llegas de Gringolandia vestido de payaso y te sientes con derecho a faltarme al respeto, canijo escuincle. Si vas a estar aquí de arrimado, no rezongues.
—No te apures, jefa. Mañana me voy a buscar a mi papá a ver si me consigue algo. Mi tía me dijo que trabaja de chofer en las Lomas.
—¡Qué te va a andar consiguiendo nada! Si hace quince años que no se aparece por aquí, ni nos ha dado un quinto desde que se largó.
—Carajo, llego después de tres años de chinga en Estados Unidos y ni siquiera me preguntas cómo me fue. ¿Qué crees, que me regresé por gusto?
En toda su vida, Irma nunca lo había oído decir tantas palabras. No se acordaba precisamente de cuándo le había cambiado la voz, pero los sonidos grabados en su memoria eran los de un adolescente desafinado. Su tono sonoro, maduro, la sorprendió.
—Casi me matan a golpes. Y encima, me deportaron. Pero te vale madres.
Irma no respondió. Se lo habían cambiado y este era un impostor.
Gabriel se aferró al tubo de metal mientras el minibús se zarandeaba por el paseo de la Reforma y lo aventaba contra los cuerpos comprimidos a su alrededor. Los conductores se les echaban encima a los peatones, vociferando histéricos con el claxon.
El cielo era del color de un pollo desplumado. Le ardían los ojos, le picaba la nariz y todo olía a polvo, a óxido y a caño. Gabriel sentía como si una piedra de molcajete chocara contra sus sesos.
Se bajó del minibús aprovechando una parada. Echó a andar bajo la sombra de los árboles del camellón. Aquí había verde; aquí plantaban pensamientos para que bordearan el adoquín como espectadores en un desfile. Se atravesó corriendo por delante de los autos que bajaban por la ancha avenida amurallada de mansiones como si estuvieran en una competencia de Fórmula 1.
Se detuvo ante una barda de hierro forjado que resguardaba un jardín salpicado de islotes de rosales y arbustos podados simétricamente.
La casona parecía un castillo. Hasta una torre tenía, adornada por un largo vitral que retrataba colibríes revoloteando alrededor de inmensos tulipanes. Nubarrones de cantera rosa enmarcaban las ventanas. Tres coches fulguraban en el garaje. Una cámara de seguridad y una caseta de vigilancia vacía hacían guardia en la puerta. Gabriel tragó saliva y tocó el timbre.
Una voz de jovencita chirrió desde el interfón.
—¿Quién?
—¿Está el señor Mendoza?
—No, aquí no hay nadie con ese nombre.
—Disculpe.
Gabriel revisó la dirección apuntada en un papelito: Reforma, 2347. Tocó el timbre otra vez.
—¿Quién?
—Disculpe señorita, pero me dijeron que el señor Agustín Mendoza trabaja de chofer en esta casa.
Le respondió el eructo de la interferencia.
—A ver, permítame tantito. ¿De parte de quién?
—De su hijo Gabriel.
Gabriel se quedó esperando frente a la puerta durante largos instantes. Le dolía el estómago. La puerta se abrió unos centímetros. Su padre estaba más canoso, más barrigón y arrugado, aunque conservaba intacta su expresión agria, la cual Gabriel conocía por la única foto descolorida, tomada en la Alameda, que conservaba su mamá. Agustín se tardó unos segundos en reconocer en ese muchacho al chamaquito enclenque de cinco años al que no había visto desde entonces.
—¿Cómo me encontraste?
—Mi tía me dio la dirección.
—¿No que estabas en Estados Unidos?
—Ya estoy aquí.
—¿Cómo se te ocurre venir sin avisar?
—Necesito chamba. ¿No sabe de algo?
—¿Cómo voy a saber así de buenas a primeras?
—Bueno, entonces ahí nos vemos.
Gabriel comenzó a caminar. Se sintió como un estúpido por haberse permitido, mientras esperaba su destierro esposado en la camioneta de ICE, en la celda del centro de detención, en la silla del juzgado, en la butaca del avión a San Diego, en el asiento del camión escolar a Tijuana, y finalmente en el Flecha Amarilla a la capital, la fantasía de que su papá lo reconocería de inmediato y le daría un abrazo apretado, arrepentido de haberlo abandonado, orgulloso de verlo hecho un hombre.
Su papá corrió detrás de él, ofreciéndole un par de billetes arrugados que sacó de su bolsillo, pero Gabriel le dio la espalda y siguió caminando. Esperó un colectivo y se regresó a casa de su mamá, en San Gregorio Tepehualco.
3
Lucía se entretuvo viéndose a sí misma fumar reflejada en el espejo al fondo de la sala abrumada por una espesa capa de humo. Los invitados fumaban mientras bailaban, mientras gritaban sobre la música, mientras bebían. Banderitas de México clavadas en plastilina y metidas en ceniceros decoraban el salón. Cadenas de papel de china verde, blanco y rojo colgaban sobre las paredes tapizadas de flores de lis.
Un borracho alto y pastoso, con el rostro enrojecido, los ojos hinchados y el pelo negro tieso de jalea, se desplomó junto a Lucía en el sillón e intentó abrazarla.
—No llevas ni media hora aquí y mira cómo te pones, Luis. Estás hasta atrás.
—Es que vengo de otro reven.
—Siempre estás hasta la madre. ¡Quítate!
Luis se rio y le susurró algo en el oído. Sus manos se resbalaron sobre las piernas de Lucía. Ella le dio un codazo.
—Pinche alcohólico —le dijo entre dientes.
—Ya estás muy jarra, maestro —intercedió un caballero anónimo con aire de intelectual por sus lentes cuadrados—. Sal a que te dé el aire.
—Por fin, alguien de categoría —dijo Lucía.
Luis hubiera querido defender su hombría, pero eso requería demasiado esfuerzo. Los imprecó en voz baja y se tambaleó hacia el otro extremo de la sala.
—¿Todo bien? —preguntó el intercesor.
—Sí, gracias. Es un pesado.
—Ricardo Mestre.
—Lucía Orozco.
—¡Ah, órale! No sabía que Adolfo tenía una hermana tan guapa. Y karateca.
—Acompáñame a la cocina —ordenó Lucía, extendiendo su mano para que él la levantara del sillón.
Ricardo la siguió.
En la cocina, dos sirvientas jóvenes, una cocinera y un mozo de edad madura surtían platones, acomodaban cajas de licor y preparaban comida. Lucía abrió las puertas dobles del refrigerador y revisó el interior.
—Vete al súper de volada, Agustín, y tráete más cervezas y más hielos. Pídele a Adolfo que te dé dinero. No te tardes.
—Sí, señorita.
—Zenaida, saca ya los chilaquiles porque se están poniendo demasiado jarras.
—Sí, señorita Lucía.
Adolfo Orozco apareció en la cocina. Su cuerpo se estremeció en un gran bostezo. Debajo de sus enormes ojos verdes asomaba un par de ojeras crepusculares. A excepción de sus ojos, todo en él era compacto: sus labios, el lunar perfectamente redondo que gravitaba junto a ellos, su pelo lacio y rubio a la altura del mentón y sus dientes patinados de nicotina. Sacó una botella de vodka Crystal del congelador, la destapó y le dio un trago.
—¿A poco no mi hermana es una reina, cabrón? Allí me la consientes. No me la vayas a mallugar demasiado —dijo Adolfo.
—Magullar —corrigió Ricardo.
—¿Qué? —dijo Adolfo.
—Se dice «magullar».
—Lo que tú digas, maextro, nomás no me la apachurres.
—Señor Adolfo, la señorita Lucía necesita que vaya por hielos y cervezas —dijo Agustín.
—¿Y a mí qué? —respondió Adolfo.
—Tú eres el empresario y la fiesta fue idea tuya, ¿no? —le contestó su hermana.
—Mi cartera está en unos pantalones que dejé encima de la cama. Tráemela, Agus —dijo Adolfo.
Ricardo aprovechó que Agustín salía de la cocina con dos cubetas repletas de cervezas para detenerle la puerta.
—¿Podemos salir al jardín? —le pidió a Lucía—. Me arden los ojos.
La noche era fría y húmeda. Dejaron sus caballitos de tequila encima del asador. Lucía sacó un cigarro. Él se lo encendió.
—¿Quién era el gañán que te estaba molestando? —le preguntó Ricardo.
—Luis Lombardo, un amigo de Adolfo.
—¿Lombardo de las distribuidoras?
—Ese.
Ricardo cambió de tema.
—¿Y tú vas a la uni? —preguntó Ricardo.
—Sí. A la Ibero.
—¿Qué estudias?
—Diseño Gráfico.
—Ah, mira. Yo soy arquitecto.
—Guau. Construyes casas.
—Más bien diseño espacios.
Desde la casa sonó una balada.
—¿Quieres bailar? —dijo él.
Lucía tomó un trago de tequila y lo miró con ojos pícaros.
—¿Aquí? No. Más bien tengo ganas de que me des un besito —le susurró al oído, exhalando un soplo de aliento perfumado de alcohol.
Independencia. Iniciativa. Imaginación.
—¿Un quequito?
—Sí. Así —lo rozó delicadamente con los labios entreabiertos. Acarició la nuca de Ricardo con las yemas de los dedos—. Mmm. Hueles a licor y tabaco —ronroneó Lucía.
Él se sumergió en esa fragancia a piel nueva y a pelo limpio de niña bien.
—Y tú hueles como a algodón de azúcar —dijo.
Lucía lo llevó a la biblioteca de su papá, en cuya puerta estaba pegado un aviso escrito a mano que decía «NI SE LES OCURRA ENTRAR». Al abrir la puerta, unas sombras se espantaron en la oscuridad. Era una pareja con la ropa torcida y los pelos alborotados.
—¿Qué no vieron el letrero? No pueden estar aquí —dijo Lucía.
La pareja salió apresuradamente.
Lucía rio, cerrando la puerta con botón. Ricardo podía distinguir su sonrisa coqueta a través de la luz amarillenta del alumbrado público.
—Qué hermosa eres —dijo Ricardo.
Se besaron y se tocaron durante un largo rato. Lucía lo miró a los ojos y pasó una mano fugaz por encima de la bragueta, electrificándolo. Esperó un instante y metió su mano por dentro del resorte de la trusa y lo acarició, posando su mirada en la cara felizmente alarmada de Ricardo. Él la sentó sobre el sobrio escritorio de caoba e intentó subirle la falda y bajarle las medias para perderse dentro de ella lo antes posible.
—Vámonos leve —dijo ella, frenándolo por la muñeca.
Lucía continuó sobándolo. «Siempre se tardan años», pensó.
—No me vayas a ensuciar —susurró.
Ricardo se vino sobre el escritorio. Limpió el semen deprisa con un pañuelo desechable y se dispuso a corresponderla, pero al cabo de un rato, ella le quitó la mano de su pubis húmedo.
—Vamos a tu recámara.
—Mis papás llegan mañana.
—Me voy temprano.
—Ya es temprano.
Ella le dio un beso mojado mientras se abotonaba la blusa. Tomó un post-it del escritorio, apuntó su teléfono y se lo pegó a Ricardo en el pecho.
4
Roberto y Natalia Orozco escrutaron los estragos de la fiesta como generales que recorren el campo de batalla después de la derrota. Un vaho de humo rancio emanaba del papel tapiz y las telas de los muebles. Arrodilladas, Ignacia y Jacinta cepillaban con ahínco la alfombra.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Roberto.
Agustín entró detrás de él cargando un par de maletas.
Lucía bajó corriendo a abrazar a su papá en su pijama de franela rosada. Se veía angelical.
—¡Hola, papi! Hicimos una fiesta del 16 de septiembre. Dimos el grito.
—El grito se lo voy a dar yo a tu hermano —dijo su padre.
—Estuvo tranquilo, papá, no vino mucha gente.
Luis Lombardo bajó las escaleras con los pelos parados e intentó abotonarse la gabardina.
—Buenas tardes, licenciado. Señora —dijo galante, atravesando los escalones en dos zancadas.
Roberto le asestó una mirada asesina a su mujer, quien suspiró aburrida.
—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Roberto.
—En su cuarto, es que se quedó recogiendo y se fue a dormir tardísimo.
—No inventes, Lucía.
Adolfo apareció al pie de la escalera en sus jeans de ayer, sin camisa, descalzo, rascándose la cabeza.
—Pásenle, jefes, están en su casa.
—Eres un descarado, Fito —le dijo su mamá—. No se los puede dejar solos. ¡Zenaidaaa! —primero gritó y enseguida susurró—. ¿Por cierto, cómo se portaron aquellas? ¿Se acabaron el súper?
—No, mamá. ¿Les trajiste algo? —le contestó Lucía.
Zenaida apareció en el acto.
—Ya no me dio tiempo. Zenaida, tráeme una coca con hielo.
—Oye, budismo zen. Y a mí hazme unos chilaquiles, no seas malita —dijo Adolfo.
—¿Va a querer coca cola, joven?
—Una chela mejor, Zenaidiux.
Zenaida se congeló.
—Es broma, una coca con hielo, como mi mami.
Zenaida se regresó a la cocina.
—No tiene gracia, Adolfo —dijo Roberto—. Cada vez que viajamos, dejas la casa como un chiquero con tus reventones. La servidumbre no está para limpiar tus cochinadas.
—Ay, ya papá —intervino Lucía—. No te pongas de malas. Te prometo que todo el mundo se portó muy bien y estuvo tranquilo, serio.
Pero Roberto aprovechó el regreso de Agustín con más maletas para continuar la inquisición.
—¿Cuántas cajas de licor se compraron, Agustín?
—Solo como unas tres, licenciado —mintió Agustín.
—Lo voy a decir por última vez, así que óigame bien, Agustín; y tú también, Adolfo: no se hacen más fiestas sin mi consentimiento mientras nosotros estemos fuera.
—Sí, licenciado —dijo Agustín.
Adolfo se regresó a su cuarto y se tiró en la cama. Unos minutos después entró Lucía, seguida de Jacinta, quien llevaba una charola con el desayuno de Adolfo.
—Cómo detesto a ese cabrón, hijo de su chingada. No es feliz si no me amarga la vida.
—¡Adolfo! —Lucía le indicó que fuera más discreto en presencia de la sirvienta. Jacinta puso la charola sobre el escritorio, acercó una mesita plegadiza a la cama, acomodó el desayuno y se retiró.
—Y a ti nunca te dicen nada. La bronca siempre es conmigo —dijo Adolfo—. Yo no sé cómo aguantas a mi papá. Es un hipócrita imbécil. Se lleva a mi mamá de compras para que no rezongue de sus acostones con las secregatas.
—Y mi mamá, ¿para qué sigue con él? Solo se queda con él por la lana —respondió Lucía.
—Para tu información, la lana es de ella. No sé para qué se casó con ese pinche aprovechado que se da sus baños de pureza.
—La casa está hecha un asco y apesta a mota, ¿qué esperas? —dijo Lucía.
—Y tú no te hagas, bien que te la pasaste fajando con Ricardo Mestre.
—Deberías agradecer que te defiendo. Acuérdate que lo de la coca y las tachas y toda tu pinche farmacia, me lo callo. Y mucho más.
—¿Y mucho más qué? —contestó su hermano, pero Lucía ya se había ido.
Agustín se la había pasado esquivando a sus colegas, que traían cara de indagación desde que Gabriel tocó el timbre preguntando por él. Estaba harto de las miradas inquisitivas de Zenaida.
—Era mijo Gabriel. Regresó de Estados Unidos. Necesita chamba.
—Újule, Agustín, ¿y por qué no lo invitó a pasar? —preguntó Zenaida, pellizcando la masa para los sopes de la cena.
—¿Pos cómo lo voy a dejar entrar sin el permiso de los señores?
—Es su hijo, ¿no? ¿Hace cuánto que no lo ve? Además, por un ratito nomás, no se tienen que enterar.
Agustín le dio un sorbo a su café con leche. Se arrepintió de haber abierto la boca.
—¿Y cómo le va a hacer? —inquirió Zenaida.
—Pos no sé qué quiere que yo haga, como están las cosas aquí en México.
—Será que extrañaba. Mis hijos extrañan un montón. No les gusta ni tantito California, pero allá ganan más. Ya no se quieren volver a cruzar. Por lo menos su hijo está por acá. Yo hace seis años que no los veo.
Ignacia y Jacinta escuchaban la conversación mientras picaban cebolla y freían los sopes.
—A lo mejor el licenciado tiene alguna chamba para él en el despacho, todo depende de pa qué sea bueno —dijo Zenaida.
—¡Yo qué sé para qué es bueno! —refunfuñó Agustín.
Zenaida se encogió de hombros. Le dieron ganas de llorar y no supo si porque se acordó de sus hijos o porque Agustín le había hablado feo.
El ronroneo del motor del coche del licenciado rompió el silencio. Agustín salió de la cocina a recibirlo, como todas las noches. Cegado por los faros del Mercedes, escuchó el suave chasqueo de la puerta del auto abrirse y cerrarse. Como de costumbre, el licenciado le puso la alarma aunque el coche estaba resguardado en el garaje.
—Buenas noches, licenciado. ¿Le ayudo con los papeles?
—No es necesario. Ahí le dejo las llaves.
—Licenciado, ¿me permite un momentito?
—Dígame.
—Es que uno de mis chamacos acaba de regresar del otro lado y anda buscando chamba. Y pues si usted necesita un mozo o un mensajero para el despacho, o sabe de alguien que necesite, yo se lo voy a agradecer.
—Ahorita no se me ocurre nadie, pero voy a preguntar.
—Muchas gracias, licenciado —replicó Agustín.
—¡Agustiiín! ¡Mis llaves del coooche! —gritó Adolfo, apareciendo por la puerta principal.
—¿A dónde vas? —lo interceptó Roberto.
—Tengo una cena. Se me hizo tarde.
—Si quieres tus llaves, ve tú por ellas.
Roberto le advirtió a Agustín con la mirada que no se le ocurriera traérselas. Le pasó su portafolio al chofer.
—Su hijo, ¿cuántos años tiene, Agustín?
—Pues anda por los veinte, licenciado.
—Déjeme hablar con la señora.
—Gracias, licenciado.
—Y tú —le dijo a Adolfo—, primero nos acompañas a cenar.
Natalia agitó la campanita de bronce para que una de las muchachas trajera la salsa roja. Roberto esperó a que la otra muchacha terminara de servir los sopes.
—Ganas no me faltan de correrte de la casa —le dijo Roberto a Adolfo—. ¡Pero qué más quisieras!
—Los dos son igual de necios, por eso no se soportan —dijo Natalia.
Roberto la observó sentada a la cabecera de la mesa. Seguía victoriosa en su batalla contra la fuerza de gravedad. Se untaba cremas para la cara, el busto y el cuello y hacía cómicos ejercicios faciales. Ya se había estirado los párpados con un cirujano plástico. Ahora hablaba de inyecciones de bótox para paralizar las arrugas. Seguía esbelta, gracias a su dieta de proteína y verduras asadas, dos litros de agua al tiempo al día, vino blanco y cigarros ultralight.
Cuando la conoció, en la boda de su prima Luisa Lemus, le pareció todavía más guapa en persona que en las páginas de sociales en las que aparecía regularmente, acompañada de barones italianos, tenistas internacionales y conatos de galanes cinematográficos. Nunca se pudo explicar del todo por qué lo eligió a él. Quizás le gustó su Mustang convertible. O que la llevó al restaurante más caro de México y se gastó una pequeña fortuna en ella en su primera cita.
Los Lemaitre no brincaron de gusto cuando Roberto la pidió. «¿Orozco qué?», preguntaron, pero no se quejaron. Mientras otros juniorcitos se dejaban el pelo largo y se drogaban en Avándaro, las juergas de Roberto consistían en acompañar a su papá a comilonas con industriales, banqueros y políticos.
Lo suyo nunca fue una pasión desbordada, sino más bien un cálculo a futuro de mutuo acuerdo: una pareja de buen ver, de dos buenas familias, cada una con sus bienes y propiedades.
Al principio viajaron, gastaron y se divirtieron. Pero pronto Roberto tuvo que poner más atención a los negocios para equilibrar sus extravagancias. Natalia resultó ser muy industriosa para redecorar la casa cada tres años, renovar su guardarropa asiduamente y organizar comidas semanales con sus amigas en los restaurantes de moda.
A sus hijos los crio como la criaron a ella, escudada detrás de un pequeño escuadrón de sirvientas comandado por Zenaida, a quien había heredado de su madre. En cuanto a sus obligaciones conyugales, una vez que nacieron los niños, por lo general se hacía la dormida, le dolía la cabeza, los niños podían oírlos, estaba cansada, no tenía fuerzas. Roberto se preguntaba qué podía haber hecho durante el día para quedar tan exhausta.
—Natalia, ¿no necesitamos un mozo? —preguntó Roberto cuando las sirvientas regresaron a la cocina.
—¿Para qué quieres contratar a alguien más? Siempre te quejas de lo mucho que te cuesta todo.
—Agustín me pidió que le ayudara a encontrar trabajo para su hijo, que acaba de llegar de Estados Unidos. En la oficina estamos a tope.
—Por principio, tú sabes que no me gustan las que llegan con chilpayate. ¿Por qué tenemos que darle asilo a los escuincles de las sirvientas? —cuchicheó, partiendo medio sopecito pecaminoso con tenedor y cuchillo—. No entiendo para qué se regresó.
—¡Ay, mamá! —dijo Lucía—. ¿Cuántos años lleva Agustín aquí y a poco sabías que tenía un hijo?
—Por si no lo sabes, todos tienen hijos. Por lo general, más de uno —dijo Natalia.
—El hombre lleva casi quince años trabajando en esta casa y jamás nos ha pedido nada —dijo su marido.
—Está bien, que ayude. Ça suffit —dijo Natalia con un ademán exhausto—. Puede dormir en el cuarto con su papá. Allí hay dos camas. Nomás me falta que me embarace a las muchachas.
5
Lucía soltó una bocanada de humo. Sentada en los escalones de piedra rugosa, se dedicó a observar la escena mientras esperaba a Ximena. Del otro lado del patio, alrededor de la fuente, los chidos se asoleaban como lagartijas con sus vestimentas imitación pordiosero, su predilección por las playas ecológicas con nombres indígenas, sin excusados ni luz eléctrica, sus chales, sus órales, sus netas y sus tres hoyos en cada oreja; los becarios se aglutinaban en el pasto, los clasemedieros acomplejados se sentaban en las bancas con sus atuendos comprados en centros comerciales patéticos. La Ibero había chafeado cabrón.
De este lado de la escalera, la gente bien, los que organizan viajes a Valle o a Acapulco cada fin y, de vez en cuando, a Las Vegas o Miami: los que hablan en dólares. Aquí los hípsters, mariguanos de pantalón guango de tela de paracaídas con muchos cierres, guayabera, tenis de ante y sombrerito. Aquí, sintiéndose importantes, los mirreyes de economía, de traje y corbata, como si eso asegurara su puesto de ejecutivos en una casa de bolsa. Y la Ibero insistía en las ridículas clases de integración donde sentaban a todos, los de este lado y los de aquel, a conocerse como si fuera el primer día de kínder. Todo mundo dizque muy openmind.
Ximena se sentó a su lado. A veces, Lucía pensaba que Ximena se llevaba con ella para ver qué se sentía ser una niña común y corriente. Ximena andaba eternamente acompañada por dos guardaespaldas y viajaba en un auto blindado conectado a una cámara de circuito cerrado. Vivía en una inmensa y modernísima casa en Bosques de las Lomas, con alberca con techo retráctil, gimnasio con sauna, baño de vapor y canchas de tenis. Era hija de un político.
—¿Vamos al cine hoy en la noche? —dijo Ximena.
—Quedé con Ricardo. Pero, si quieres, mañana en la tarde —respondió Lucía.
—Nomás le vas a calentar la bragueta y luego lo vas a botar, ya te conozco. Qué desperdicio.
—¡Cálmate! Tú estuviste en la fiesta. ¿Te le acercaste? No. ¿Me dijiste que te gustaba? Tampoco —respondió Lucía—. ¡Qué quieres de mí, caray!
—No todas somos igual de descaradas.
—Ay, no te hagas la monja. Si yo fuera tú, no me quedaría de muégano con las otras fresoides en un rincón. Si alguien te gusta, tienes que poner de tu parte. Además, ¿no te presenté a Iván? ¿Qué pasó?
—Ya no quiero tus clínex usados, Lucía. Todos asumen que soy igual de aventada que tú y se ponen como pulpos. Además, Iván es un pésimo amante.
—Pues a mí no me pareció tan mal.
A veces le daban ganas de ahorcarla. Cada vez estaba más celosa, más hostil y con una moralina que nada que ver. Si ella también las daba con singular alegría cuando quería. Por favor, si Ximena, con sus millones, podía tener al hombre que quisiera con solo tronar los dedos.
Ponderó si en realidad Iván era malo en la cama o si Ximena era imposible de satisfacer. Tal vez era frígida. Tal vez los ponía demasiado a prueba, con eso de que nunca sabía si la querían por sus pequitas o por sus pesitos.
«Pobre niña rica —pensó—. Ha de ser duro que se te lancen solo por eso».
Marifer y Viviana se acercaron echando humo como locomotoras en la distancia.
—¿A dónde andaban? —les reclamó Lucía, aventando besos al aire.
—Juan José no nos dejaba salir —dijo Marifer—. Como llegó quince minutos tarde, atrasó la clase.
—Es un enfermo mental —dijo Viviana.
—Oye, Vivis, ¿Juan José no es el que te gusta? —preguntó Ximena.
—¡Cómo crees! —contestó Viviana—. Juan José es un indio. Te estás confundiendo con Javier, el de Historia de la Filosofía.
—El que babea por Lucía —intercedió Marifer.
—Ah, ¿y ese no es indio? —dijo Ximena.
—¿Qué tiene de indio? —respondió Lucía.
—Que tiene piochita de izquierdoso, y maneja un bocho y es un naco de la UNAM —respondió Ximena.
—Sí, pero tiene bonita cara, la verdad —dijo Marifer.
—Están locas —dijo Ximena.
—Para Ximena, si no es suizo, es un naco, no importa si esté bueno o no —anunció Lucía.
—Pues por lo menos tengo criterios más finos —respondió Ximena—. A ti te gusta de tocho.
Esa noche, Ricardo la esperó veinte minutos en la sala, barajando apellidos con su mamá, mientras Lucía se maquillaba en su recámara y reflexionaba que si Ricardo se hubiera desaparecido después del faje olímpico que se metieron y la hubiera desechado como a un trapo sucio, Lucía estaría loca por él. Pero era demasiado solícito y, además, era el único de sus pretendientes que le caía bien a su papá.
Aunque era trece años mayor que ella, Ricardo cumplía todos los requisitos: era atractivo, educado, de buen apellido, estaba forrado de lana. Estudió en el Americano, terminó Arquitectura en la Anáhuac, arreglaba bien sus cajones.
Se imaginó que juntos podrían ser una bonita pareja: él, arquitecto de renombre mundial; ella, picuda en decoración de interiores en plan Casa Mexicana, hasta que él la pidiera, se casaran un añito después en el exconvento de Churubusco, se fueran de luna de miel a las Maldivas y regresaran a vivir en un conjunto exclusivo de seis casas ultramodernas en Bosques de las Lomas diseñadas por él mismo, con toques mexicanos colocados por ella.
Sin embargo, había algo en Ricardo que la aburría. No era como Joel, al que se había ligado en el Júpiter por la sencilla razón de que se parecía a Sting cuando era joven. Dos coronas de espinas de tinta negra rodeaban sus bíceps y usaba una pomada importada para que su pelo rubio se le viera sucio. Siempre estaba rodeado de chiquillos como de catorce años: el clásico dealer desnutrido e hiperreventado, pero güerito y supersexy. Lucía se le había acercado y le había dicho:
—Yo a ti te conozco.
—Pues yo a ti no.
—¿Quieres bailar?
A las mocosas que iban con él les dio risa que fuera tan transparente. Pero Joel bailó con Lucía, con los ojos cerrados, sin tocarla. Acabó con él y sus grupis adolescentes aspirando líneas de coca barata en el departamento de Joel.
Una flaquita que no podía tener más de dieciséis años, con el pelo azul, se hundió junto a ella en el sillón. Lucía notó con horror el balín de metal que atravesaba su lengua. Además del de la lengua, tenía otro insertado en el mentón, una argolla le colgaba de la nariz y sus lóbulos parecían la espiral de un cuaderno. Se preguntó qué clase de padres desnaturalizados dejaban andar a esta criatura perforada y suelta a esas horas por la Ciudad de México. Cuando Lucía le preguntó su edad, dijo que dieciocho, lo cual suscitó risas. «Quince, más bien», dijo alguien.
A los quince su papá no la dejaba llegar después de las once de la noche. Apenas a esa edad Gerardo Alanís la había besado por primera vez, creando el primer eslabón en una larga cadena de enamoramientos fugaces y desquiciados.
Joel estaba desparramado en el love seat, acariciando a uno de los tres cachorritos negros que habían mordisqueado el mobiliario y se habían meado y cagado por todo el departamento.
«Para estar drogándome con una bola de mocosos de Lomas Verdes en un departamento roñoso, mejor me hubiera ido a mi casa», pensó Lucía.
Consideró pedir un Uber, ya que mientras más analizaba los alrededores, más ñáñaras le daban, pero no quería quedarse sin su Joel. Necesitaba rebajarle el filo a las innumerables líneas que se había metido en el baño del Júpiter, cortesía de su hermano, y las que se acababa de dar.
Joel prendió un churro y se lo ofreció. Lucía le dio un buen jalón. Joel le tendió la mano y finalmente la llevó hacia su recámara, por entre los cuerpos de los niños perdidos, sobre la alfombra salpicada de partículas misteriosas.
El tapete de su cuarto era negro, las paredes eran negras, las sábanas de satín negro, llenas de pelusa de cachorro. Podía oír a los perritos chillando y rascando la puerta. Lucía se hipnotizó con las densas bolas azules que flotaban en el almíbar de la lámpara de lava. Luego fijó su mirada en el espejo que recubría el clóset de pared a pared que estaba frente a la cama. Joel la miraba a través de él.
Joel se vestía con pantalones de camuflaje, camisetas negras con las mangas arrancadas y botas de soldado, en homenaje a los ochentas, pero de cerca se veía acabado. Su cabellera se estaba batiendo en retirada, dejando dos anchas entradas que intentaba disimular con su despeinado. Sus ojos eran dos ranuras irritadas, azules como agua de alberca; su piel espectral estaba agrietada por el cigarro y las trasnochadas.
Ya de cerca, a Lucía le pareció un poco siniestro. Pero por eso la atraía.
—¿Así te ligas a todos? —le preguntó Joel, abrazándola.
—No a todos, solo a los que me gustan.
—Ah. Pues eres muy aventada, ¿no?
—Si me gustas —respondió Lucía—, ¿por qué no te puedo tirar la onda? ¿Por qué no te puedo sacar a bailar? ¿Tengo que esperar a que tú me peles a mí primero?
Joel la paró frente al espejo y la fue desvistiendo, como si le proyectara una función de cine. Lucía lo ayudó a bajarle los pantalones y a quitarle los calzones, y admiró sus propios pezones exaltados, su triángulo negro que parecía fundirse con la penumbra. Podía oír las carcajadas de los chavitos en la sala. Supuso que ellos también los podían oír y se reían de sus gemidos.
Joel la aventó en la cama y se le subió encima. Lucía intentó besarlo, pero Joel no se dejó.
—No me gusta besar —le explicó.
—¿Por qué? —preguntó Lucía.
—Es demasiado íntimo —respondió Joel, penetrándola.
Cuando se le ponían así de raritos, una parte de ella se retraía y cesaba de discutir.
A pesar de todas las sustancias que había bebido, ingerido e inhalado previamente, Joel tenía un aguante excepcional. Por encima, por debajo, de ladito, sentados, parados. Lucía se derretía de deleite viendo escena tras escena de su descaro en el espejo: Lucía arrodillada, jadeante, sobre el colchón. Joel la toma por detrás, le jala el pelo, le aprieta los senos, le lame la oreja, se frota contra sus nalgas como un animal en celo. En una de esas, Joel la volteó boca abajo, de cara al espejo, y sacó un tarro de vaselina de su buró.
—¿Qué haces? —preguntó Lucía.
—Te va a gustar —dijo Joel.
—Por allí, no.
Lucía sintió la punta de su pene acariciar delicadamente su ano y se quedó muy quieta. Empezó a sentir como cuando era chiquita y tenía calentura, y el doctor mandaba a su mamá, que mandaba a su nana Zenaida a ponerle un supositorio.
Le dolió tanto que ni podía gritar. Solo imploraba: «No, por favor salte, salte, te lo ruego». Lucía se quiso voltear, lo quiso patear, pero Joel la tenía sujetada de las muñecas y la había inmovilizado apoyando todo su peso contra ella. Qué cara pondría la hermana Márgara, si, por amor de Dios, coger durante la regla era el colmo de la inocencia comparado con esto.
—Ya, por favor —suplicó Lucía—. ¡Me duele mucho!
—Esto me hizo mi tío cuando yo era chiquito —Joel le sopleteó al oído. La asió del pelo y le levantó la cabeza para que se mirara al espejo. Lucía vio su propia cara enrojecida, sus venas del cuello hinchadas, su pelo empapado en sudor. Joel se mecía encima de ella, hipnotizado por su película porno en el espejo.
—Esto me hizo cuando yo tenía doce años.
—¿Y yo qué culpa tengo? —protestó Lucía.
«Y a ti te daba miedo de que algún judicial prieto y cacarizo te fuera a violar en un cuarto de vecindad donde te rebanaría una oreja y se la mandaría a tus papás para que pagaran el rescate del secuestro. Pero tú fuiste la que se le aventó a Joel, tú te metiste con él a este cuarto inmundo, aunque hasta hace diez minutos te la estabas pasando de pelos. ¡Este güey te está violando, Lucía! Técnicamente te está violando, porque le dijiste que no y te mandó a freír espárragos aunque lo hayas dejado que te hiciera todo lo demás. Y con una vez que digas no, con eso te tienen que respetar. Te lo mereces por puta, por cachonda cochambrosa».
Lucía confirmó en el espejo que Joel seguía pujando en su interior, pero, para su sorpresa, el dolor se había apaciguado. Ahora Joel sobaba rítmicamente sus entrañas, llenándola de un placer incómodo, brutal, inexplicable, que la instaba a agitar sus caderas para aumentar la intensidad de la sensación. Los dedos de Joel se meneaban entre los pliegues de su pubis. Lucía sintió los espasmos convulsionados de Joel unos segundos después.
—Perdón, no me aguanté —dijo él.
Estaba semicatatónica. La salida le dolió como cuando tienes ganas de hacer del dos y no has hecho en tres días. «Pues, claro —pensó—, si aquello está diseñado para que salgan cosas, no para que entren».
Joel le dio besitos y le acarició el pelo. Se desprendió de ella y Lucía olfateó un familiar olor agrio, similar al que uno descubre al haber pisado mierda en la calle.
—Llévame a mi casa —le dijo Lucía.
—Te puedes bañar aquí si quieres. Te presto una toalla.
Bañarse, claro, era prudente. Joel abrió la puerta y los cachorritos se abalanzaron hacia adentro, se treparon en la cama, se le subieron encima a Lucía y le lamieron la cara, las piernas y las tetas con sus alientitos huérfanos. Lucía creyó que le iba a dar un colapso nervioso.
—¡Quítamelos de encima! —gritó.
Joel rio y salió de la habitación. Se los tuvo que quitar de encima ella sola.
«Joel es puto y ya me pegó el SIDA», pensó.
Los mosaicos del baño de color verde hospital estaban enmarcados de moho. Joel ya se había bañado y se estaba secando frente al lavabo. Le señaló una toalla negra llena de pelusas, colgada junto a la regadera. Lucía quería hacer pipí y limpiarse, pero le dio pena con él allí, así que reguló las llaves y se metió bajo el chorro de agua humeante.
Le temblaban las rodillas. Quiso que el agua arrastrara por la coladera la suciedad, el pánico, la memoria del placer asustante pegosteada en sus poros. Usó el champú Ma Evans de Joel porque la barrita cuarteada de jabón Nórdico le dio asco.
Se enjuagó la boca y se enjabonó la cabeza cerrando herméticamente los párpados, todavía con el miedo infantil de que le ardieran los ojos. No sabía qué hacer con su ano. No sabía si debía limpiarlo y cómo. Permitió que el chorro de la regadera lo hiciera por ella.
Se envolvió en la toalla húmeda y regañó a la Lucía que la miraba desde el espejo: «Ve nomás tus greñas, tus moretones de souvenir. ¡Ya te la metieron por Detroit! ¡Cómo lo dejaste hacértelo sin condón! ¡Te vas a morir de SIDA!».
Envuelta en la toalla, caminó descalza por la alfombra roñosa y recogió su ropa desparramada en el suelo de la recámara. Joel la observaba recostado en la cama, fumándose un cigarro. Su pene estaba acurrucado encima de él, irreconocible, apacible e inofensivo como un gatito dormido.
Bajó a recibir a Ricardo sin entusiasmo, preguntándose por qué con los galanes oficiales que presentaba en casa jamás se le antojaba hacer las locuras que hacía con ilustres desconocidos que se levantaba en bares o fiestas.
—¡Mira qué flores tan divinas! Ya le pedí a Zenaida que las ponga en agua —le dijo su mamá.
—Qué lindas, gracias —dijo Lucía al ver el arreglo descomunal de tulipanes, rosas, varas de nardo y nube.
Saludó a Ricardo con un beso en la mejilla.
—Perdona la tardanza, pero no me siento muy bien.
—No hay cuidado, estuve platicando muy a gusto con tu mamá —contestó él.
—Lucía, no le hagas pasar un mal rato al pobre de Ricky —dijo su mamá.
Lucía pensó que, si pudiera, su mamá sacaba un cura de la cristalera y los casaba en el acto.
—Ay, hija, andas de un humor negro. Quieres, le pido a Zenaida que te traiga unas aspirinas.
—Gracias, mamá, ya nos vamos.
—¿Van a una fiesta?
—No creo —dijo Lucía—. Si no te molesta, Ricardo, prefiero algo tranquilo.
—¡Qué aburrida es esta niña! —dijo Natalia, demasiado solícita.
Ricardo la llevó a cenar a un lugar minimalista en la colonia Roma y luego a tomar una copa a la terraza del hotel Downtown, donde la informó que era íntimo amigo del dueño.
—Está padre el hotel, ¿no? Salió en la Wallpaper —dijo Ricardo.
—¿Qué es eso? —dijo ella.
—¿Estudias Diseño Gráfico y no sabes qué es la revista Wallpaper?
Ricardo la tomó de la cintura y sonrió triunfal al presentarla como si fuera su novia de años, saludando con demasiada efusividad a gente que nomás conocía de vista. La besó conspicuamente a la luz fluorescente de la alberca. Lucía saboreó el perfume de la ginebra en su aliento.
Mientras él le platicaba su vida y milagros, salpicándolos con nombres de gente que Lucía suponía que debía reconocer, ella se entretuvo pasando revista a la gente en la terraza.
—¿Te dije que estuve en Japón? —preguntó él.
—Qué padre.
—Es un paisazo. Pero es carísimo. Un melón cuesta cuarenta dólares y una coca cola, quince.
—Como que hay demasiado ruco trajeado aquí, ¿no? —dijo Lucía—. Demasiada cuarentona divorciada desesperada, demasiado ejecutivo que se cree de primer mundo pero vive en el error.
—Es la hora —dijo Ricardo—. Al rato se pone mejor. Una casa mía en Malinalco va a salir en la Architectural Digest.
—Qué buena onda.
—Le tomaron unas fotos espectaculares.
—¿De quién es la casa?
—De Álvaro y Cecilia Betancourt. ¿Los conoces?
—Me suenan.
—Tienen mucha lana. He estado enamorándolos con la idea de abrir un hotel boutique en Coyoacán.
—¿Quién se va a querer quedar en un hotel en Coyoacán? Está lejísimos.
—Pero está padrísimo.
—Pues la última vez que yo fui me aturdí con tanto jipioso huarachudo vendiendo aretes de chaquiras y trapos teñidos con anilina y, la verdad, me dio asco tanta mazorca mordida tirada por las banquetas.
—Eres una megafresa, pero te amo, mi amor —rio Ricardo.
—No soy tan fresa como tú crees.
Como solía sucederle con los novios oficiales, a veces Ricardo se le antojaba y a veces le daba grima, pero era interesante eso de andar con alguien más maduro, serio y culto; alguien que no se la pasaba queriendo meterse tachas toda la noche, o que no le pedía que pagara su parte de las copas porque andaba corto de lana, o la llevaba a fiestas a darse una línea tras otra, o que lo único que quería era coger.
Ricardo le presentaba gente muy acá, le hablaba de libros y películas, y se veían bien juntos. Pero a veces ella sentía que era medio bruta para él. Él ya le había regalado tres libros que le daban una flojera espantosa y discos de música incomprensible. Sus amigos le parecieron unos sangrones. Supuso que Ricardo se sentía realizado por andar con alguien más tarado que él.
Saliendo del restaurante, le propuso llevarla a su departamento, pero ella dijo que tenía mucho sueño. Ricardo, quien había evidenciado una paciencia de santo desde aquella feliz noche cuando la conoció, la llevó como es debido a su casa, estacionó el coche frente a la puerta y le dio media vuelta a la llave para dejar la música encendida. La besó larga y apasionadamente.
—No me gusta estar sentada en el coche. Luego pasa la patrulla a decir que estamos cometiendo faltas a la moral —dijo Lucía.
—Pues podemos ir adentro —canturreó Ricardo.
—Están mis papás —repuso Lucía.
Ricardo se acurrucó junto a ella y le acarició un seno. Ella se volteó.
—¿Qué pasa, Lucía?
—Nada, que no me siento a gusto fajando en el coche. Vete leve, ¿no?
—No te entiendo. Tú fuiste la que me tiró todo el can.
—Una también se puede encandilar, ¿no? Ustedes creen que son los únicos que tienen derecho. Además, aquella vez estábamos pedos y medio que se nos fue la mano. Yo soy más tranquila, aunque no lo creas.
—No sé por qué te gusta tanto hacerte del rogar. Si crees que me excita, te equivocas.
La palabra «excita» retumbó en ella como un diapasón.
—¿No te gusta que me haga la remilgada?
—No.
—¿No te gusta que me haga la monja?
—No.
Lucía le bajó la bragueta y se lo metió a la boca. Y se colmó de ternura al oír sus gemidos indefensos y al sentir sus manos acariciándole con dulzura la espalda y el cabello.
Pulsuz fraqment bitdi.