Kitabı oxu: «Nueva historia»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 174


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ A. OCHOA ANADÓN .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1992.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO278

ISBN 9788424932077.

INTRODUCCIÓN

Vida de Zósimo

La noticia consagrada a Zósimo en la Biblioteca de Focio (códice 98) contiene sólo dos datos biográficos: era cómite y antiguo abogado del fisco y profesaba la religión pagana. Ambos datos, los únicos directos, esto es, no deducidos acerca de la vida de Zósimo, aparecen paradójicamente repetidos; el primero figura en el encabezamiento del manuscrito que ha transmitido la Nueva Historia (Codex Vaticanus Graecus 156) , el segundo se infiere fácilmente de una lectura, aunque sea superficial de la obra. La reconstrucción de la biografía de Zósimo debe proceder, pues, a partir de la información recabable de su composición, una información siempre indirecta y deducida, ya que el autor no habla nunca de sus circunstancias biográficas.

La fecha de redacción de la Nueva Historia , y por tanto la época en que vivió Zósimo, está firmemente enmarcada entre dos topes cronológicos. Una cita (en V 7, 1) de Olimpiodoro de Tebas, cuya obra histórica se extendía hasta el 425, suministra el término post quem , mientras que el ante quem viene dado por la mención de Zósimo en la Historia Eclesiástica (V 24) de Evagrio Escolástico, terminada en el 592-594 1 . El ámbito temporal que resulta de ello (424-592-4) puede estrecharse considerablemente sin salir de los márgenes que proporcionan conjeturas muy fiables. En el pasaje citado Evagrio habla de Zósimo como fuente del historiador Eustacio de Epifanía, quien había dejado inconclusa su obra de forma que ésta llegaba sólo hasta el 502 2 . Según la preceptiva historiográfica bizantina, las composiciones históricas nunca debían tratar el reinado del emperador bajo el que aparecían; debe deducirse, pues, que si Eustacio trató el año 502, perteneciente al mandato de Atanasio I (491-518), su obra se publicó con posterioridad a dicho emperador, siendo el reinado de Justino I (518-527) el momento en que con más probabilidad cabe ubicar tal publicación: así la utilización de Zósimo por parte de Eustacio implica que la Nueva Historia circularía con anterioridad al 518-27. Por otra parte, cuando Zósimo trata, en II 38, de las innovaciones fiscales debidas a Constantino —el crisárguiro, la fijación del munus distribuido por los pretores al tomar posesión de su cargo y el follis —, la secuencia del texto parece indicar que todas estas imposiciones habían sido abolidas en el momento en que se compuso la Nueva Historia , lo cual data tal composición con posterioridad a mayo del 498, fecha de supresión del crisárguiro, la última de las tres cargas en ser abolida 3 ; en apoyo de ello se ha hecho notar que para Zósimo habría sido peligroso hablar, como lo hace, en términos denigratorios de contribuciones vigentes en su propia época 4 , y que además la supresión del crisárguiro fue sumamente celebrada por la publicística contemporánea, dándose el caso de que determinadas composiciones utilizan, al comentar este evento, vocablos y expresiones similares a las que áparecen en Zósimo 5 . El 498 y el 518-27 aparecen, por tanto, como términos entre los que, con un muy razonable grado de probabilidad, cabe situar la composición de la Nueva Historia . Si se acepta tal datación resultan comprensibles, finalmente, determinados rasgos de la obra a través de los cuales ésta reflejaría ciertas cuestiones particularmente vivas en su época 6 ; así la estrambótica afirmación de I 6, 1, según la cual la introducción de la pantomima fue causa principal de la decadencia del Imperio Romano, se explicaría como reflejo de los desórdenes que en el año 500 se produjeron en Constantinopla con motivo de la Brytae , fiesta pagana que incluía danzas pantomímicas de origen cultual 7 ; y la especial atención dispensada en la Nueva Historia a los isauros 8 constituiría un eco de la importancia que adquiere la cuestión isaura en la segunda mitad del siglo V .

Un segundo dato recabable de la obra es que Zósimo debió o ser originario de Constantinopla o haber residido en ella una parte de su vida, pues sólo así se explica la descripción de la ciudad contenida en II 30, 2-31, 3, descripción con toda probabilidad no retrotraíble a la fuente de ese pasaje, Eunapio 9 . Por lo demás, rasgos expresivos respecto a la personalidad pueden extraerse de su condición de cómite y antiguo abogado del fisco y de su acendrado paganismo.

Durante el Imperio tardío la profesión jurídica era entendida como un servicio público sometido a la tutela del Estado; todos los abogados debían inscribirse en la lista de un palacio de justicia determinado, lista sujeta a los límites de un numerus clausus . En principio el ejercicio de la abogacía no exigía ninguna preparación especial, pero los que se dedicaban a ella habían asistido usualmente a los cursos de retórica que representaban la forma habitual de educación superior 10 . Los abogados del fisco —a quienes competía la defensa ante los tribunales de los bienes del Estado y del emperador— se reclutaban entre los abogados en ejercicio según un procedimiento que implicaba el acceso al cargo sólo a edad bastante avanzada, pues el aspirante debía inscribir su nombre en un registro donde permanecía, progresando cada año un grado en el escalafón, hasta que se produjese una vacante 11 . En cuanto al título de cómite, la comitiva entendida como título honorífico, dispensado a quien ya ocupaba un cargo, se remonta a Constantino, teniendo desde sus orígenes una amplia difusión; otorgado con carácter de recompensa tanto a senadores como a otros ciudadanos, se dividía en tres grados, los comites primi, secundi et tertii ordinis , sin que sepamos a cuál de ellos correspondió la comitiva que ostentaba Zósimo —teóricamente los advocatì fisci de las cortes de justicia superiores podían acceder a la comitiva del primer grado, título que por su asimilación a los grados más altos del orden senatorial gozaba de cierto prestigio 12 —.

De todo ello cabe deducir que Zósimo poseyó una formación retórica —punto este corroborado por los ecos de Heródoto, Tucídides, Eurípides, Jenofonte y Demóstenes que se hallan en la Nueva Historia 13 — y que llegó a desempeñar cargos de alguna importancia. Dicho desempeño choca con su militancia pagana, pues si bien hasta el reinado de Justino I los paganos gozaron, en la práctica, de un alto grado de tolerancia, la profesión abierta de paganismo no sería recomendable para un funcionario que ocupara un puesto de relieve —de hecho una disposición imperial del 468 vedaba a los partidarios de la antigua religión el ejercicio de la abogacía 14 — y máxime cuando se trataba de un paganismo virulento como el de Zósimo, que vinculaba la decadencia del imperio al abandono del culto tradicional. Es probable, por ello, que Zósimo cultivase sus creencias en secreto, y lo es más aún que la Nueva Historia fuese publicada sólo tras su muerte 15 , posibilidad esta que cabe relacionar con el hecho de que la obra, según todos los indicios, no haya sido acabada.

Han habido varios intentos de relacionar al autor de la Nueva Historia con otros Zósimos de los que nos han llegado noticias por fuentes diversas: el Zósimo de Gaza o Ascalona del que habla la Suda, el mencionado por Cedreno, el presunto autor de una vida de Demóstenes o el discípulo de Procopio de Gaza 16 . Sin embargo, de todas las discusiones desarrolladas en torno a este punto pueden extraerse sólo suposiciones más o menos verosímiles, nunca afirmaciones definitivas 17 .

Contenido de la «Nueva Historia»

Tras unos capítulos iniciales en los que el autor declara sus intenciones, expone los principios de su filosofía histórica y efectúa un recorrido a vuelo de pájaro sobre el período correspondiente a Grecia y a la Roma republicana (capítulos 1-5), la Nueva Historia entra en lo que constituye su tema propio: la historia de la Roma Imperial. Si inicialmente el relato apenas es algo más que una simple enumeración de los sucesivos emperadores, a partir de Septimio Severo (cap. 8) la narración comienza a ser más pausada. Una nueva ralentización se produce en los caps. 14-22, dedicados al período que va desde los Gordianos a Filipo el Árabe. Finalmente, al llegar al cap. 23 la exposición se hace aún más morosa, de suerte que a partir de este momento Zósimo constituye una fuente importante para la turbulenta y mal conocida historia de la segunda mitad del siglo III . Al final del cap. 71, que concluye el relato del reinado de Probo (muerto en el 282), el texto ofrece una laguna provocada por la desaparición del cuarto quaternio del Vat. Graec . 156, manuscrito del que depende toda la tradición de la Nueva Historia ; la narración prosigue sólo en el 305, año de la abdicación de Diocleciano, tras una digresión sobre los Juegos Seculares situada ya en el libro II. La laguna en cuestión abarca, por tanto, el relato correspondiente a 23 años.

La digresión sobre los Juegos Seculares (caps. 1-7) constituye para nosotros el inicio del libro II, libro que se halla dividido en tres partes. La primera cuenta las luchas de Constantino hasta su instalación en el trono como soberano único (caps. 8-28); después de un capítulo que expone la conversión al cristianismo de este monarca, Zósimo entra en la segunda parte, donde trata, sometiéndolas a una malevolente crítica, las reformas administrativas y militares de Constantino (caps. 30-38); tras mencionar la muerte del monarca y narrar sumariamente los sucesos acaecidos desde ésta al 350 (caps. 39-41), la Nueva Historia se demora en el relato de la usurpación de Magnencio (caps. 42-54) y finaliza con un capítulo dedicado a la muerte del césar Galo.

El libro III se centra en Juliano, y sólo en tanto que se relaciona con él es mencionado Constancio. Después de narrar el ascenso de Juliano al cesarato (caps. 1-2), sus gestas en Galia (caps. 3-8) y su alzamieno contra Constancio e instalación en el trono (caps. 9-11), Zósimo inicia una detallada exposición de la expedición persa de Juliano: 23 caps. (del 12 al 34) se dedican a este episodio —cuya duración fue de unos cuatro meses (de principios de marzo a principios de julio del 363, cuando se firmó la paz con los persas)— y sus consecuencias. Los dos últimos caps. refieren la muerte de Joviano (en el 364) y la subsiguiente elección de Valentiniano.

La primera parte del libro IV (caps. 1-24) se dedica al reinado de Valentiniano y Valente, resultando favorecido este último, a cuya victoria sobre Procopio (caps. 4-8) y muerte en guerra contra los godos (caps. 20-24) se dedica especial atención. La segunda parte está dominada por Teodosio; las usurpaciones de Máximo (caps. 35-37 y 42-47) y Eugenio (caps. 52-58) así como las luchas y acuerdos con los godos son los asuntos que más detalladamente se tratan. La muerte de Teodosio concluye el libro.

Los sucesos comprendidos entre el 395 y el 409 constituyen la materia del libro V, cuyos primeros 25 capítulos están consagrados casi en exclusiva al Oriente; intrigas de la corte bizantina, rebelión de Gaínas y turbulencias producidas en Constantinopla alrededor de la figura de Juan Crisóstomo son los temas principies del relato. A partir del capítulo 26, el texto de la Nueva Historia sufre un brusco cambio: en primer lugar trata exclusivamente los asuntos del Oeste; en segundo lugar narra dichos asuntos sólo desde el 406-7, con lo que se silencian los sucesos correspondientes a diez años de historia occidental; finalmente varían los juicios del historiador sobre determinados personajes —en concreto Estilicón, hostilmente tratado en la parte anterior del relato, es mirado ahora con simpatía—y el estilo historiográfico mismo —se presta más atención, por ejemplo, a fechas y datos numéricos—. Esta última parte expone primero los sucesos que rodearon la muerte de Estilicón (caps. 26-35) y a continuación las guerras de Alarico en Italia hasta el otoño del 409 (caps. 36-51).

El libro VI comienza relatando, en una especie de salto cronológico hacia atrás, los orígenes de la usurpación de Constantino III (caps. 1-5). A continuación se reanuda la exposición de las guerras de Alarico en Italia. El libro finaliza súbitamente poco antes del saco de Roma por Alarico (24 de agosto del 410), tras sólo 13 capítulos.

Una descripción, aun sumaria como la presente, del contenido de la Nueva Historia pone en evidencia determinadas peculiaridades explicables únicamente cuando se considera la preceptiva historiográfica que sigue Zósimo, el debate ideológico en que se desenvuelve su obra y las circunstancias que rodearon el nacimiento de ésta. El contenido de la Nueva Historia es peculiar, primero, en tanto que limitado. Zósimo consagra su exposición ante todo a los asuntos políticos y militares; prácticamente sólo otros dos temas —reformas administrativas y oráculos o prodigios relacionados con el rumbo de los acontecimientos políticos— aparecen junto a éste, siendo además objeto de una atención mucho menor. Parcelas vitales para la época tratada —piénsese, por ejemplo, en las luchas religiosas— no encuentran cabida en la obra. Esta restricción temática es imputable a la tradición historiográfica en que se mueve Zósimo, la de la historiografía clasicista de la Antigüedad tardía; los presupuestos de dicha tradición imponían, en efecto, no sólo unos moldes formales (empleo de un estilo arcaizante que prohibía la aparición de términos y expresiones no presentes en la prosa de los modelos clásicos), sino también una limitación en el contenido por la que únicamente determinadas parcelas de la realidad —aquellas que habían sido tratadas por los grandes maestros del pasado— se consideraban dignas de admisión en el relato del historiador. Zósimo, pues, se inscribe en una tradición historiográfica cuya preceptiva actúa como un filtro colocado entre la composición histórica y la realidad, de tal manera que el peso de la tradición es el primer factor que moldea el contenido de la Nueva Historia 18 .

Una segunda peculiaridad se refiere al empleo, a lo largo de la Nueva Historia , de diferentes escalas narrativas. Conforme al procedimiento usual en los historiadores clásicos, Zósimo va ralentizando el relato a medida que avanza su composición, de suerte que la exposición se hace tanto más pormenorizada cuanto más se aproxima a la época del autor. Sin embargo, esta progresión se ve rota en el libro III, cuya escala narrativa es mucho más detallada —en una proporción de 10 a 4— que la empleada en los dos últimos libros 19 . Puesto que Juliano es una figura clave en la polémica política y religiosa desarrollada a finales del siglo IV y principios del V , la preeminencia otorgada a su figura por Zósimo delata cómo la Nueva Historia se instala en el seno de esta polémica. Por otra parte, dentro del libro III mismo la escala narrativa muestra considerables desigualdades: de los 29 capítulos durante los cuales Juliano domina la exposición, 11 encierran el período que va desde finales del 355 (Juliano proclamado césar) a marzo del 363 (inicio de la expedición persa), mientras que a la expedición persa, de una duración inferior a cuatro meses, se dedican 18 capítulos. Zósimo parece justificar esta anomalía cuando aduce (en III 2, 4) que las múltiples composiciones existentes acerca de la vida de Juliano le dispensan de extenderse en sus gestas. Tal justificación puede aclarar la brevedad con que se tratan los restantes capítulos de la biografía del Emperador, pero no explica la desproporcionada atención que se presta a la expedición persa, pues sabemos que precisamente ésta constituyó un suceso muy discutido y fue objeto, en consecuencia, de gran número de exposiciones 20 . Más bien debe pensarse que la desproporción comentada —una desproporción en la que Zósimo no está solo: sin ir más lejos Amiano dedica tres libros al mismo episodio— se debe a que la empresa en cuestión constituyó uno de los puntos más polémicos del reinado de Juliano: no sólo por la muerte en ella del Monarca —con su secuela de acusaciones paganas y refutaciones cristianas— sino también por el debate, abierto ya en vida de Juliano, en torno a su conveniencia y operatividad, un debate que además de enfrentar a paganos y cristianos promovió importantes divisiones en el seno del paganismo 21 . La preeminencia otorgada a oráculos y prodigios anunciadores del curso de los sucesos revela, por lo demás, el peso y la importancia que ostenta el elemento religioso dentro de la Nueva Historia .

El giro observable en el libro V señala otra importante característica de la Nueva Historia ; la explicación usual aclara dicho giro como resultado de una variación en la fuente utilizada por Zósimo: si hasta V 26 (con la probable excepción de I 1-46) Eunapio de Sardes constituye la fuente básica de la Nueva Historia , a partir de ahora es Olimpiodoro de Tebas quien cumple tal papel. Olimpiodoro centraba su obra en los asuntos de Occidente; la comenzaba en el 406-7; poseía un estilo historiográfico propio, que incluía una mayor preocupación por las fechas y los datos numéricos; y mantenía unos puntos de vista singulares —y en todo caso diferentes de los de Eunapio— sobre la política occidental 22 . Tales peculiaridades quedarían reflejadas en el triple hiato (geográfico, cronológico e historiográfico) del libro V, que incorpora una serie de características propias del nuevo autor. Esta explicación, cuya exactitud no parece dudosa, implica que Zósimo cambia su estilo, su temática e incluso sus juicios cuando cambia de fuente; ello patentiza un rasgo que hay que tener en cuenta al valorar la Nueva Historia : la enorme, la incluso servil dependencia de Zósimo respecto a sus fuentes.

El abrupto final del libro VI constituye otro de los rasgos cuya elucidación aclara determinados aspectos de la Nueva Historia . Ésta finaliza en un punto temporal que no es el esperado, ya que en él no se produce ningún acontecimiento que complete o marque la meta de la narración anterior; ese final contradice, además, el proceder usual de los historiadores de la época, quienes acostumbran a prorrogar la composición hasta el predecesor de aquel monarca bajo cuyo reinado se publica la obra 23 ; los múltiples errores, confusiones y oscuridades que ofrece el libro VI evidencian, por último, la ausencia de una redacción definitiva 24 . La conclusión lógica es que la Nueva Historia no ha sido acabada, lo cual parece apoyar la hipótesis de Mendelssohn referente a una publicación póstuma de la obra y a la clandestinidad que debió rodear su nacimiento.

Una última peculiaridad viene indicada por la atención que Zósimo dispensa a las reformas administrativas. Tales reformas pueden formar parte del repertorio de materias que maneja la historiografía clásica; pero raramente obtienen en ésta la preeminencia alcanzada en la Nueva Historia , una preeminencia a medir no sólo por el espacio físico que ocupa el tema dentro del texto, sino también por la operatividad del mismo en la estructura de la obra: de hecho las reformas administrativas constituyen una herramienta básica para devaluar el reinado de aquellos emperadores a los que Zósimo es hostil, pero cuya figura está rodeada de prestigio en la mayor parte de la tradición historiográfica (es el caso, especialmente, de Constantino I y Teodosio I). Evidentemente, ello conecta con el hecho de que Zósimo fuese abogado; de ninguna manera, sin embargo, puede reducirse a simple eco de una circunstancia biográfica individual. Como indica la compilación de los códigos de Teodosio II y Justiniano, durante los siglos V y VI el derecho y la cuestión jurídica en general adquieren gran importancia. La dimensión y difusión que cobran las cuestiones legales parece quedar reflejada en un aspecto concreto de la producción historiográfica contemporánea: gran parte de los historiadores activos durante ambos siglos fueron juristas o, al menos, tuvieron una formación jurídica 25 . Zósimo es, por tanto, sólo uno más entre los historiadores que en dicho período ejercieron la profesión de abogado o se relacionaron íntimamente con ella. Vistas las cosas a la luz de este dato, el relieve que adquieren los asuntos administrativos en la Nueva Historia puede intepretarse como efecto de la presencia viva y pujante de un tema candente en la época durante la cual fue compuesta la obra.

Fuentes de la «Nueva Historia»

Punto de partida para el estudio de las fuentes de Zósimo es la afirmación que hace Focio en su noticia sobre el historiador:

Se diría que éste [Zósimo] no ha escrito una historia, sino transcrito la de Eunapio, difiriendo sólo en la brevedad y en que no denigra, como hace aquél, a Estilicón 26 .

La afirmación de Focio debe corregirse, de entrada, en dos puntos: dado que la Historia de Eunapio comenzaba en el 270 y concluía en el 404, esta obra no puede estar ni tras la exposición de la Nueva Historia anterior a I 47, pues sólo aquí se alcanza el 270, ni tras la posterior a V 25, cuando se rebasa el 404. Respecto a lo segundo, ya se ha visto cuál es la solución unánimemente aceptada: la ruptura del libro V, que marca la incorporación al relato de una nueva disposición, la de Olimpiodoro, y el parecido general con los fragmentos de Olimpiodoro patente desde el punto de ruptura señalan a este autor como fuente de la última parte de la obra. Más difícil es contestar el interrogante que plantea la primera corrección.

Puesto que Eunapio presenta su obra como una continuación de la Crónica de Dexipo —historiador del siglo III a quien se deben dos obras, Crónica y Escíticas , además de una historia de los Diádocos que constituía un resumen de la composición dedicada al mismo tema por Arriano 27 — inicialmente se llegó a la conclusión de que el mismo Dexipo sería fuente de Zósimo I 1-46 28 . Dada, sin embargo, la existencia de discrepancias entre la Nueva Historia y determinados pasajes de la Historia Augusta procedentes de Dexipo, se supuso posteriormente que Zósimo manejaba además de Dexipo una segunda fuente no identificada 29 . En 1887, Mendelssohn se incorporó al debate introduciendo un argumento importante no sólo para el esclarecimiento del problema en cuestión, sino también por su significa do respecto al proceso de elaboración de la Nueva Historia . Según Mendelssohn, la posibilidad de que Zósimo se haya servido para I 1-46 de dos fuentes viene excluida por los límites mismos que impone el método de contaminación de este autor. Las características generales de la Nueva Historia indican, en efecto, que su autor se ciñe a una fuente única; de ella puede apartarse —y de hecho se aparta en ocasiones— para interpolar pasajes enteros de otra composición, pero lo que nunca hace Zósimo es entretejer en una narración única y continua datos procedentes de obras diversas. Como en I 1-46 no hay señales de sutura, debe suponerse que dicha sección maneja una sola fuente. Tal fuente sería inidentificable, pero las divergencias con la Crónica de Dexipo eliminan esta obra, a la par que las coincidencias entre Nueva Historia I 1-46, de un lado, y el relato que ofrece el continuador anónimo de Casio Dión, Pedro Patricio y Zonaras, de otro, apuntan a un texto común para todos ellos, texto cuya fuente sería no la Crónica de Dexipo, sino las Escíticas del mismo autor 30 . El debate prosiguió con posterioridad a Mendelssohn, pero sin que se aportaran nuevos datos de interés 31 , y los estudios más recientes se limitan a exponer la cuestión para concluir reconociendo la imposibilidad de solucionar el problema por falta de datos 32 . Sólo en fecha reciente Baldini ha expuesto una hipótesis original: puesto que Eunapio publicó dos ediciones de su Historia 33 y únicamente respecto a la segunda sabemos con certeza que comenzaba en el 270, cabe suponer que Nueva Historia I 1-46 tiene como fuente no la segunda edición de la obra —la habitualmente utilizada por Zósimo— sino la primera 34 .

El argumento de Mendelssohn concerniente al método de contaminación empleado por Zósimo ha alcanzado una especial fortuna, pues las continuas confusiones y errores en que incurre la Nueva Historia delatan un proceso de elaboración apresurado y poco cuidadoso, contrario, por tanto, al lento trabajo de acoplamiento, reflexión y cotejo que exige la contaminación de varias fuentes en una narración continua. Ante lo cual, y con el apoyo que proporciona la afirmación de Focio, gran parte de la investigación actual piensa que Zósimo utiliza —excepto, evidentemente, para el principio y el final de la obra— una sola fuente, la segunda edición de la Historia de Eunapio 35 . Ahora bien, las características de Eunapio son tales que, de alguna manera, su presencia tras determinados pasajes de la Nueva Historia resulta difícil de aceptar. Eunapio era un rétor, y su obra histórica ostentaba los rasgos propios de la historiografía retórica: predominio de lo anecdótico y novelesco, presencia de un lenguaje florido y efectista (cuyos despliegues pretenden con frecuencia ocultar una gran pobreza en el análisis y la exposición de datos), interés más por las actitudes moralmente consideradas que por las acciones examinadas racionalmente y, en suma, falta de precisión general en el tratamiento 36 . Así pues, aquellas partes de la Nueva Historia donde resaltan cualidades contrarias a éstas no deben, aparentemente, proceder de Eunapio. Una de esas partes sería la digresión sobre los Juegos Seculares que abre el libro II; puesto que en ella abundan las precisiones cronológicas, lo cual no sólo desentona con el estilo general de Eunapio, sino que va en contra del interés por la cronología que explícitamente manifiesta este historiador 37 , se ha concluido un origen no eunapiano para el fragmento en cuestión, siendo Flegón de Tralles el autor a quien más usualmente se contempla como fuente alternativa 38 . Otra de tales secciones sería aquella del libro tercero que narra la expedición persa de Juliano, el esclarecimiento de cuyas fuentes ha constituido uno de los capítulos mayores de la investigación sobre Zósimo.

Mendelssohn, autor de una teoría muy difundida sobre esta cuestión, maneja tres argumentos contra la procedencia eunapiana del relato de la expedición persa. En primer lugar la exposición de Zósimo presenta grandes similitudes con la de Amiano; y al comparar la versión de Zósimo/Amiano con los fragmentos de Eunapio concernientes al mismo episodio se observan respecto a Amiano sólo divergencias, respecto a Zósimo/Amiano conjuntamente omisiones en tanto que los últimos no incluyen desarrollos presentes en los fragmentos eunapianos; debe concluirse, pues, que Zósimo/Amiano dependen de una fuente de la que no participa Eunapio 39 . En segundo lugar el mismo Zósimo se refiere, en III 2, 4, al cambio de fuentes efectuado; el pasaje en cuestión dice así:

Las cosas que a partir de entonces y hasta el final de su vida llevó a cabo Juliano, las han registrado historiadores y poetas en libros muy voluminosos, aún cuando ninguno de los que se han ocupado del tema alcance la altura que merece su materia. Por otra parte, quien lo quiera puede enterarse de todo acudiendo a los discursos y cartas de Juliano, con cuya ayuda es como mejor pueden comprenderse sus gestas a lo largo de toda la ecumene. Como además es conveniente no romper la disposición de nuestra historia, narraremos por nuestra parte cada cosa en su debido lugar, atendiendo especialmente a cuanto los demás parecen haber omitido.

Según Mendelssohn, la expresión «los demás» contenida al final del pasaje debe entenderse como referida a Eunapio 40 . En tercer lugar, los fragmentos parecen indicar que la exposición eunapiana de la expedición persa incurría con especial énfasis en aquellos defectos de superficialidad, anecdotismo e incluso distorsión de la verdad propias de su visión retórica de la historia; en cambio Zósimo ofrece un relato ceñido a los hechos y sobrio; su exposición no puede, por tanto, venir de Eunapio. Es más, si los fragmentos de este autor delatan una exacerbación de las debilidades historiogáficas eunapianas en la parte de la obra referida a la expedición persa, cabe concluir que fue esa exacerbación lo que indujo a Zósimo a desecharlo como fuente para dicho episodio 41 .

La conclusión a que llega Mendelssohn —Zósimo utilizaría como fuente para la invasión de Persia al historiador Magno de Carras— no es idéntica a la que sostienen otros partidarios de una procedencia no eunapiana para esta sección 42 ; pero en su teoría quedan compendiados, de alguna manera, el conjunto de argumentos utilizados por dichos autores. Pues bien, ninguno de estos argumentos es terminante. Respecto a las diferencias de contenido y estilo —argumentos primero y tercero— debe decirse que conservamos sólo cinco fragmentos del relato eunapiano de la expedición persa 43 , cuya pobreza, además, no permite conjeturas mínimamente pormenorizadas sobre el carácter de ese relato; en principio nada se opone a que Zósimo haya utilizado a Eunapio, pues las diferencias existentes entre ambos autores revelan únicamente que el primero omite desarrollos contenidos en el segundo, y de ello pueden extraerse sólo argumentos e silentio de escasa o nula capacidad probatoria. El testimonio de Focio, según el cual la Nueva Historia difiere de la obra de Eunapio sólo por la brevedad, autoriza a pensar que el proceder usual de Zósimo habría sido el de extraer de una exposición colorida, pintoresca y verbosa un relato despojado y enjuto: éste sería también el caso de la expedición persa, con lo que las diferencias aludidas se explican sin tener que recurrir a un cambio de fuente. En relación al segundo argumento —las palabras con que Zósimo presenta su tratamiento de Juliano— cabe decir lo siguiente: ciertamente mediante estas palabras el autor singulariza su relato y marca distancias respecto a otras composiciones centradas en el mismo tema; pero es gratuíto suponer que el párrafo alude a un cambio de fuente, pues también cabe pensar que es la dificultad de la materia a tratar lo que aquí se indica. Juliano, en efecto, era una figura difícil, y ello no sólo para los tratadistas cristianos, sino también para los paganos; en su carrera convivían realizaciones cuyo mérito no parecía dudoso —las llevadas a cabo en Galia durante su mandato como césar— con decisiones sometidas a fuerte debate. En concreto, determinadas medidas adoptadas tras su instalación en el trono como único soberano —especialmente aquéllas referidas a la vida religiosa—, así como las ideas políticas y filosóficas subyacentes a esas medidas —su paganismo militante, su activismo político, su actitud frente a las teorías legitimadoras del poder, incluso su belicismo frente al Imperio Persa— despertaron reservas en casi todos los sectores del paganismo 44 . Así pues, si por un lado aparecía como el campeón de la religión tradicional frente a los cristianos, por otro su reinado no contaba con una aprobación generalizada entre los círculos paganos, y el fracaso que significó su muerte en el campo de batalla no hizo sino confirmar la creencia de que, por la razón que fuese, tampoco las fuerzas divinas secundaron su empresa. A la luz de esta dificultad intrínseca al tratamiento de Juliano debe interpretarse la disposición del libro III. En él se mantienen para la parte del reinado de Juliano no sometida a discusión los parámetros expositivos usuales en el resto de la obra, tanto en lo tocante a extensión (12 capítulos para 4 años) como en lo referente al contenido (se tratan las gestas militares de Juliano y sus medidas políticas y administrativas, mencionándose, asimismo, sus creencias religiosas). En cambio, al entrar en los capítulos más polémicos de la biografía del Emperador, Zósimo reacciona acentuando el carácter pragmático de su composición; de aquí que apenas se toquen las reformas administrativas de Juliano —en contraste no sólo con autores como Amiano o Libanio, sino también con el proceder del mismo Zósimo para otros emperadores 45 —; que no se hable de sus creencias religiosas —frente a lo que ocurre con Constantino, a cuya conversión al cristianismo dedica Zósimo un capítulo—; y que la narración se concentre en un relato de la expedición persa pormenorizado pero estrictamente ceñido a los aspectos militares y estratégicos. La disposición del libro III revela así un acercamiento cauteloso a la figura de Juliano. A esa cautela aluden las palabras con que Zósimo presenta su tratamiento del Emperador 46 , como alude igualmente el párrafo que inicia el relato de la expedición persa (III 12, 1):

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